Invitación a la serenidad.

Lecciones para el hombre ocupado.
Séneca.

Ufff, recuerdo que cuando leí este libro recién acababa de ingresar a Bital. Era un sueño cumplido y el título sentaba bastante bien para el momento.Pero como el prólogo lo dice: “Cuando leemos a un autor en periodos distintos de la vida no leemos en realidad lo mismo”. A mí me pasó igual. En ese entonces lo subrayé y ahora que lo volví a leer, mucho de lo que en ese momento era importante, hoy no sé porqué. En fin, buen tema, buenas ideas.. pero en ésta ocasión, llegó un momento en que el libro se me hizo pesadísimo. Finalmente logré terminarlo. Calificación de 8.5.
Invitación a la serenidad.

Invitación a la serenidad.

Cuando leemos a un autor en periodos distintos de la vida no leemos en realidad lo mismo. El lector siempre hace una selección, entiende un trozo, subraya lo que en aquel instante le resulta más interesante.

El buen piloto, aun con la vela rota y desarmado y todo, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta.

No nos hacen sufrir las cosas, sino las ideas que tenemos de las cosas.

Sólo este último [el pasado] es verdaderamente nuestro, pues tenemos el milagro de la memoria, que nadie puede arrebatarnos.

El camino es difícil, dice a Sereno (nos dice a todos), pero la alta recompensa, pues sólo la sabiduría, esto es, la cualidad del sabio, del virtuoso, del hombre de bien, del que sabe vivir, del sereno, es fuente de la felicidad.

Mas Séneca, con su siempre característico realismo, nos advierte para que no caigamos en el error de aceptar sólo al sabio como amigo, pues nos veremos solos. El sabio, tal como él lo define, es modelo de perfección, difícil de hallar, y por ello hemos de considerar “el mejor al menos malo”.

Es propio de una mente segura y tranquila el recorrer todas las partes de su vida. Los espíritus de las personas ocupadas, como si estuviesen bajo un yugo, no pueden volver, ni mirar hacia atrás.

No esperes hasta que las circunstancias te dejen en liberta, sino sepárate tu mismo de ellas.

No tenemos un corto tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es suficientemente larga y se nos ha entregado con abundancia para lograr la consumación de las cosas más importantes. Pero cuando se abandona entre el lujo y el descuido, cuando no se consume en ninguna cosa buena, al final, en el momento de lamuerte, nos damos cuenta que se va la vida, la que no comprendimos que pasaba.

!Qué tarde es entonces para comenzar a vivir, cuando hay que abandonar la vida! ¡Qué olvido tan necio del género humano diferir a los cincuenta o a los sesenta años los buenos propósitos y querer dar principio a la vida desde esa edad a la que pocos han llegado!

Hay que aprender a vivir a lo largo de toda la vida y, lo que tal vez te sorprenda más, hay que aprender a morir a lo largo de toda la vida.

Pero aquel que dedica todo el tiempo en su propia utilidad, el que dirige cada día como si fuese el último, ni suspira por el mañana, ni lo teme.

De manera que no hay nada que te pueda llevar a pensar que una persona ha vivido mucho tiempo, porque le veas canas y arrugas. Aquél no ha vivido mucho tiempo, sino existió largo tiempo.

Debe conservarse con sumo cuidado lo que no sabes cuándo va a faltar.

Este periodo [el pasado] lo pierden los ocupados, porque no les queda tiempo libre para volver su mirada hacia el pasado y, si tienen tiempo, les es desagradable el recuerdo de una cosa de la que tienen que arrepentirse.

… los que están entregados a los estudios de inútiles conocimientos literarios, que ya también entre los romanos forman una gran tropa. Fue enfermedad típica de los griegos investigar qué número de remeros tenía Ulises, si fue escrita antes la Ilíada o la Odisea, y además si son de un mismo autor, y así, sucesivamente, otras cosas de este género que, si las retienes, en nada ayudan a tu conocimiento interior, y si las revelas a otros, no les parecerás más sabio, sino más pesado.

Pierden el día con la espera deseada de la noche, la noche por el temor de la luz.

Sus mismos placeres están llenos de miedos, en desasosiego por diversos terrores, y se desliza un pensamiento angustioso cuando están más transportados por el gozo: “¿Cuánto tiempo durará?” Por este sentimiento los reyes lloraron su poder y no les agradó la magnitud de su fortuna, sino que les llenó de terror el fin que había de venir alguna vez. Cuando a través de las grandes extensiones de los campos, el insolentísimo rey de los persas desplegó su ejército, y no alcanzaba a percibir el número de él, sino sólo el tamaño, derramó lágrimas, porque dentro de cien años nadie, de entre tanta juventud, sobreviviría.

No permitas que tu vida se agote, imperceptible, entre tantas ocupaciones […] La vida de quienes preparan con un gran esfuerzo lo que poseerán con un esfuerzo mayor, es desgraciadísima, y no sólo muy breve. Con gran trabajo consiguen las cosas que quieren, con ansiedad mantienen las que han conseguido, entretanto, no hay ningún cálculo del tiempo, de ese que no va a tornar nunca más.

A través de las ocupaciones se pasa la vida.

El deseo de trabajar dura en ellos más tiempo que la facultad de hacerlo. Luchan con la debilidad del cuerpo, no juzgan pesada a la misma vejez por ninguna otra razón que porque los deja a un lado. La ley no admite soldados a partir de los cincuenta años, desde los sesenta no convoca senadores.

Al examinarme se dejaron ver en mí, Séneca, ciertos defectos manifiestos, que podía tocar con mism anos; otros más oscuros y escondidos; otros no me eran habituales, sino que llegaban a intervalos, y podría decir que eran los más molestos, como enemigos inconstantes y que ocasionalmente nos acometen y por cuya causa no podemos hacer ni una ni otra cosa: ni estar preparados como en la guerra, ni estar tranquilos como en la paz. No obstante, encuentro en mí sobre todo esta disposición (pues ¿por qué no voy a confesar la verdad como a un médico?): ni estoy de veras liberado de las cosas que temía y odiaba, ni tampoco sujeto a ellas. Me hallo en un estado que, aunque no es pésimo, si en extremo lamentable y fastidioso: ni estoy enfermo ni sano. Y no qiuero que me digas que los principios de todas las virtudes son delicados, que con el tiempo llegan la fortaleza y la solidez. No ignoro tampoco que las cosas que se ejecutan para vestir las apariencias, me refiero a la dignidad, a la fama que arrastra la elocuencia, y a lo que viene junto a la opinión pública, se desarrollan con el tiempo, y las cosas que producen fuerzas verdaderas, y las que se adornan con afeites para agradar, esperan años hasta que, poco a poco, el transcurso del tiempo les confiere color. Pero yo temo que la constumbre, que ocasiona constancia a las cosas, introduzca este vicio más profundamente en mi: el largo trato nos induce tanto al amor de las cosas malas como al de las buenas.

La serenidad significa este estado plácido del alma al que le es ajena cualquier exaltación.

… son innumerables las variedades, pero uno sólo es el efecto del vicio: sentirse mal consigo mismo.

… la infeliz pereza alimenta los celos y, desean que todos sufran mermas porque ellos no pudieron avanzar.

Por tanto, si ofreces al estudio el tiempo que hurtas a tus obligaciones, no habrás abandonado ni declinado tu deber, pues no sólo combate aquel que está en la línea de batalla y defiende el ala derecha e izquierda, sino también al que protege las puertas y se ocupa del cuerpo de guardia (actividad algo menos peligrosa pero no sosegada), el que sirve como centinela durante la noche y está al frente del almzacén de armas.

A menudo el anciano bien entrado en años no tiene ningún otro argumento por el que pueda probar que ha vivido mucho excepto la edad.

Te han cerrado el tribunal y se te prohíbe subir a la tribuna y a las asambleas: mira tras de ti cuántas regiones extentísimas tienes abiertas, cuántos pueblos. Nunca se cerrará para ti una parte lo suficientemente grande como para que no se te deje una mayor.

Aunque otros tengan la primera línea y la suerte te haya colocado a ti entre los soldados de reserva, sirve desde allí con tu voz, con tu exhortación, con tu ejemplo, con tu espíritu.

… si la fortuna te retirase de los primeros cargos d la república, con todo, manténte en pie y ayuda con tus gritos, y, si alguien te sujeta por la fuerza la boca, incluso así, manténte de pie y ayuda con tu silencio.

Pues siempre debe haber más fuerzas en el actor que en la obra: los pesos que son mayores que el que los soporta, por necesidad lo abaten. Además, algunos negocios son tan grandes como fecundos y comportan muchas ocupaciones.

No obstante, nada en igual medida puede agradar al espíritu como una amistad fiel y tierna. Cuánto bien existe cuando hallamos corazones dispuestos a abrazar cualquier secreto con seguridad, cuya complicidad temes menos que la tuya, cuya conversación ablanda la angustia, cuya opinión desenreda una decisión, su alegría disipa la tristeza, su misma presencia agrada. Sin dudar los elegimos libres de pasiones, cuanto nos sea posible hacerlo, pues los vicios andan arrastrándose y pasan en silencio por quien les esté más próximo, y dañan por su solo contacto. […] el principio de la epidemia nace de mezclar lo enfermo con lo sano.

Pasemos a los patrimonios, casua máxima de las aflicciones humanas. Pues si comparas todas las otras razones por las que nos angustiamos: muertes, enfermedades, miedos, anhelos, sumisión ante los dolores y fatigas, con los males que nos causa nuestro dinero, esta última parte rendirá con su peso la balanza. Por tanto, hay que pensar cuánto más leve sea el dolor de no tener que de perder, y comprenderemos que a la pobreza le corresponde un tormento menor en cuanto es menor la posibilidad de mermar. En efecto, te confundes si piensas que los ricos soportan sus pérdidas con mayor ánimo. El dolor de una herida es igual para los cuerpos más grandes y para los más pequeños.

La mejor medida del dinero es no caer en la pobreza ni alejarse demasiado de la pobreza.

En todas partes es un vicio lo que es excesivo.

Por ningún título mejor que peste la naturaleza merece nuestro reconocimiento; ella, aun conociendo las desgracias con las que nacemos, ha inventado un consuelo a la calamidad, la costumbre, que al instante hace familiares los más pesados males.

Da entrada a la razón en las dificultades: pueden ablandarse las situaciones duras, dársele amplitud a las estrechas y las graves oprimir menos a quienes las soportan con elegancia.

Desecha aquéllos [deseos], o que no pueden lograrse, o que se pueden alcanzar con dificultad, sigamos a los que están situados cerca y que se corresponden con nuestra esperanza.

A cualquiera puede sucederle lo que le sucede a uno.

También con tus males conviene quer te conduzcas de tal modo que des al dolor sólo cuanto la naturaleza ordene, no cuanto ordene la costumbre. Pues muchos derraman lágrimas para dejarse ver, y tienen a menudo secos los ojos siempre que está ausente el espectador, al considerar que es una vergüenza no llorar cuando todos lo hacen. Este mal se fija tan profundamente, el de depender de la opinión ajena, que incluso la más simple de todas, el dolor, llega a ser simulación.

… hay que mezclar y alternar estas cosas: la soledad y la compañía de la multitud. Aquella nos traerá el anhelo de los hombres, esta última el de nosotros, y una será remedio de otra.

… tras haber descansado surgen los mejores y más vivos proyectos.

Los legisladores instituyeron días festivos para que los hombres se viesen obligados a divertirse en común.

Ni siquiera leía cartas después de esta hora [la hora décima] para que no surgiesen por ello nuevas preocupaciones, sino que se calmaba del cansancio del día en aquellas horas. Otros tomaron un poco de reposo al mediodía y destinaron a las horas primeras de la tarde algún trabajo menor. Nuestros mayores también prohibían la exposición de un nuevo asunto en el senado después de la hora décima.

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