El gran tejedor de vidas

Ravi Zacharias

El gran tejedor de vidas

El gran tejedor de vidas

Si conocemos la metáfora en la que nuestras vidas son el barro y Dios el alfarero que nos moldea, el autor propone otra semejante: todo lo que nos sucede (individualidad, desilusiones, moralidad, espiritualidad y destino entre otras cosas) son los hilos que traman y urden nuestra vida, sólo hay que ponerla en manos del Gran Tejedor. Calificación de 9.

Impronta: Marca o huella que, en el orden moral, deja una cosa en otra.

Nadie puede evitar las cosas que nos ha hecho la vida. Suceden antes de que nos demos cuenta y cuando pasan, nos obligan a hacer otras más, hasta que al final todo se interpone entre lo que somos y lo que desearíamos ser, y perdimos nuestro verdadero ser para siempre.

Si un tejedor común y corriente puede tomar los carretes de hilos multicolores y crear una prenda para que alguien luzca más hermosa, ¿no será posible que el gran Tejedor tenga en mente un diseño para ti, uno que te adorne mientras él usa tu vida de acuerdo a su propósito usando todos los hilos a su alcance?

A medida que el fin se acercaba, el desconsuelo se intensificó. Tres de sus cuatro hijas y su esposa lo atendieron todo el tiempo durante su última semana de vida. Cuando sus hijas intentaban consolarlo asegurándole que estarían a su lado para cuidarlo, con labios temblorosos dijo: «No saben lo que dicen. Cuidar una persona moribunda puede ser muy desagradable».

Aceptar y celebrar el hilo de nuestra propia personalidad es el primer paso para comprender el diseño del gran Tejedor en nuestra vida. No eres un número. Él te conoce por tu nombre. Cada etapa del proceso tal vez no parezca muy atractiva, pero cada detalle saldrá a relucir y será hermoso a su manera.

¿Por qué tantas personas malvadas viven hasta una edad madura, mientras tantas otras que se dedicaron al servicio a los demás y a Dios parecen extinguirse tan temprano? ¿No es una pregunta planteada en algún momento u otro por cualquiera que reflexione filosóficamente sobre la vida? No se trata solo de preguntarse el porqué de la tragedia sino el porqué de la injusticia. Podríamos estar dispuestos a aceptar una explicación punitiva si el aparente castigo hubiera recaído sobre la vida de alguien que lo mereciera. ¿Pero qué de todos aquellos que transitan por la senda recta y angosta y cuyas vidas son siempre de bendición para otros? ¿Por qué la inclemencia de la tragedia los golpea a ellos?

Alguien tuvo que haber pecado, pensamos, para que el hombre haya nacido ciego (cf. Juan 9:2). Algo malo tendría que haber en la vida de esa persona para que su matrimonio se acabara. ¿Qué otro motivo puede haber para explicar las cosas malas que pasan? Y así es que razonamos. El problema del dolor sigue siendo uno de los asuntos más fundamentales no solo para el escéptico, que lo usa como excusa para dudar de la existencia de Dios, sino también para el creyente que cuestiona el propósito del Creador.

Con los años, he descubierto que el dolor, como la angustia, no vienen en un mismo envase o de una sola forma sino que hay de todos los tamaños. Aunque el dolor es el nivelador universal, se manifiesta de forma diferente en cada vida. Nos forma de manera singular, y nadie se libra del proceso. Nos retorcemos de dolor y suponemos que es imposible que a alguien le haya pasado lo que nosotros estamos soportando.

He tenido la oportunidad de sentarme en muchas casas con ventanas de oro. ¿Saben lo que descubrí? A pesar del oro, sus ocupantes sufren el mismo deterioro del cuerpo, los mismos anhelos del corazón y las mismas angustias del alma que el resto de los mortales.

Dios no muestra su obra en términos abstractos, prefiere lo concreto, y esto significa que, al final de tu vida, a tu corazón le sucederá una de tres cosas: se volverá duro, roto, o tierno. Nadie se libra de esto. Tu corazón se volverá duro e insensible, se quebrará bajo el peso de la desilusión o se ablandará por las mismas cosas que enternecen también el corazón de Dios. A propósito, su corazón es compasivo. Por eso el autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que se compadece de nuestras debilidades (cf. Hebreos 2:14-18; 4:14—5:3).
Esto explica, a mi entender, por qué la Biblia describe al rey David como un hombre conforme al corazón de Dios (cf. 1 Samuel 13:14; Hechos 13:22). Ahora bien, no era porque él hubiera tenido una vida perfecta (es muy evidente en las Escrituras que no la tuvo), sino porque Dios podía llegar a él en medio de sus fracasos y tragedias. El «dulce cantor de Israel» tenía un corazón tierno. Cuando el profeta lo confrontó con su pecado, reconoció que había cometido adulterio y asesinato (cf. 2 Samuel 12:13).
Dios, el gran Tejedor, busca a las personas de corazón tierno para dejar su sello en ellas. Tus penas y desilusiones son parte de ese diseño, pues darán forma a tu corazón y a la manera en que sientes la realidad. Tus penas siempre te formarán; no hay otra manera.

Por ejemplo, la Biblia dice que Job fue perfecto, «un hombre recto e intachable» (Job 1:1). Pero, ¿cómo podía merecer esta descripción si todavía no había pasado por las pruebas necesarias para la perfección? Sin embargo, en su sabiduría, Dios permitió que las pruebas lo formaran y que estas nos sirvieran a nosotros como ejemplo de la manera en que una persona recta se sobrepone al dolor y el sufrimiento. Aunque Job ya era recto, por medio de sus luchas podemos observar cómo se conduce una persona de ese carácter en medio de la tragedia. Así se manifiesta la obra de Dios.
La perfección entonces no implica un cambio en la esencia del carácter sino la culminación de un camino.

La mayoría de los problemas no se resuelven escuchando sermones. El sermón, por más sincero que sea, no puede solucionar estos problemas complejos. Entonces, si el sermón no resuelve los problemas, ¿adónde iremos en busca de soluciones? Junto con el Espíritu, el sermón existe para señalarnos que tener respuestas no es esencial para vivir. Lo importante es el sentido de la presencia de Dios durante los momentos oscuros de las dudas… Nuestra necesidad de tener respuestas específicas se diluye en la cuestión mayor del señorío de Cristo para todas las interrogantes: las que tienen respuestas y las que no.

Cuando la gente se aferra a su dinero y cree que es una realidad concreta, en realidad se aferran a la fe. El dinero, en ese sentido, carece de valor si no hay confianza. Sin la promesa y el compromiso de pago de otras personas y sistemas no son más que trozos de papel sin valor. Es más, toda la estructura financiera depende del crédito, la confianza, la convicción y la fe.

«Si estuviera varado en una isla y pudiera tener solo un libro, ¿cuál sería?» En vez de una respuesta muy espiritual o literaria, Chesterton respondió: «Guía práctica para la construcción de embarcaciones , ¡sin duda!».

Después de dar estos tres pasos —dejar que Dios ablande tu corazón, fortalezca tu mente mediante la fe y haga de la cruz el punto neurálgico de tu vida— verás el resultado. Observarás el patrón de Dios en ti y serás un instrumento de consuelo para los afligidos.

Es interesante fijarse en la secuencia con que Pablo describe su conocimiento de Jesús. Lo conoció cronológicamente al ver el poder de su resurrección antes del propósito de su crucifixión. Todos los demás discípulos siguieron la secuencia más lógica: de la cruz a la resurrección. Pablo, en cambio, siguió el camino contrario: de la resurrección a la cruz. La resurrección fue una manifestación del poder de Dios, mas la cruz parecía una señal de debilidad. Dios le pidió a Pablo, en efecto, que hiciera el recorrido inverso, porque sin la cruz no hay resurrección. Por eso, Pablo hizo de la cruz el centro de su mensaje.

Los triunfos y el estrellato no necesariamente conducen a la felicidad. Ser el mejor en realidad significa saber qué es lo que Dios quiere para nuestra vida y servirle en ese lugar para dar lo mejor de uno. La meta entonces es descubrir los hilos que Dios tiene preparados para nosotros y seguir su plan para nuestra vida con excelencia.

Un llamado, es simplemente la manera en que Dios da forma a tu carga y te invita a servirle en el lugar y conforme al propósito que tiene para ti. Encontrar tu lugar en el servicio a Cristo es clave para reconocer los hilos diseñados solo para tu vida. También te permitirá tener esa sensación de que el diseño está hecho a tu medida y te brindará la seguridad de saber que usas tus dones y tu voluntad para los fines de Dios y no los propios. Ahora bien, cuando tu voluntad está alineada con la voluntad de Dios, su llamado para ti habrá encontrado un hogar acogedor. La Biblia establece con claridad cuál es el punto de partida para esto… y no es difícil discernirlo. Siempre que alguien ejerció un liderazgo en la Biblia, notamos con qué esmero Dios describe el carácter y la visión de la persona que cumplió con su llamado: «Hizo lo que agrada al SEÑOR.» (2 Reyes 14:3; 15:3,34); «Hizo lo que ofende al SEÑOR» (2 Reyes 13:2,11; 14:24). Estas frases bastan para resumir años y años de vida.

Dios entrenó a Moisés en un palacio para luego usarlo en el desierto. Entrenó a José en el desierto para luego usarlo en un palacio. Todo esto nos explica que algunos tienen que deambular por senderos tortuosos; que otros avanzan por las rutas bien pavimentadas de un nacimiento lleno de privilegios o rodeados de amigos con influencias; y otros más llegan luego de un desvío o después de encontrarse con una clara señal. Por eso, descubrir nuestro llamado es uno de los retos más grandes de la vida, en especial cuando uno tiene un abanico de dones diversos.

Dios confirma su llamado conforme asentimos con la cabeza. Si pudiéramos ver el diseño final con anterioridad, nos encontraríamos actuando sobre la base del interés propio y del pragmatismo, y, para entonces, ¿quién tendría necesidad de tener fe? Es por eso que Dios a menudo refuerza nuestra fe después de que confiamos en él, no antes.

Como todos somos sacerdotes ante Dios, no tiene sentido distinguir entre «lo secular y lo sagrado». De hecho, lo contrario a sagrado no es secular sino profano. En suma, ningún seguidor de Cristo realiza obra secular. Todos tenemos una vocación sagrada.

Simplemente no es posible mezclar lo profano con lo sagrado. Saber que soy templo de Dios es conocer que mi ser es una expresión sagrada. Si soy médico, ¿podría tomar decisiones que desacralizaran la vida? Si tengo una editorial, ¿podría distribuir contenidos profanos? Si soy un deportista, ¿podría hacer trampa? Si trabajo en el ministerio, ¿podría usar métodos manipuladores para conseguir mi sustento? La respuesta a todas estas preguntas es un rotundo no. Por eso, el fin nunca justifica los medios; estos deben justificarse por sí solos. Por tal motivo, es difícil vivir como cristiano, porque a menudo nos sentimos tentados a comprometer nuestros valores fundamentales con el objetivo de conseguir un fin pragmático.

La fórmula H 2 O es verdadera, independientemente de la raza de los pueblos o el sexo del que la analiza. ¿Podríamos decir: «No es justo para el oxígeno que haya dos átomos de hidrógeno en el agua; para ser justos, debería haber también dos de oxígeno»? En este sentido, si uno lo desea, es posible asignarle dos átomos de oxígeno, pero si bebes esta nueva composición, te blanqueará tus entrañas (si no es que te provoca algo peor), porque acabarás con peróxido de hidrógeno y no agua. Por eso, los nombres y la realidad tienen una conexión directa en la física, como también la tienen en la moralidad y la metafísica. La pregunta entonces es: ¿por qué aceptamos tan prontamente los absolutos restrictivos en el caso de las estructuras químicas y nos negamos a transferir estos absolutos a nuestro marco de referencia moral? La respuesta es obvia: simplemente porque no queremos que nadie dicte nuestras sensibilidades morales, ya que deseamos definirlas nosotros mismos. Esto está en el corazón de nuestro rechazo al primer mandato de Dios. Y tiene poco que ver con el árbol, pero sí mucho con la semilla de nuestra rebelión: la autonomía. Deseamos ser nuestra propia ley.

Hace poco tiempo, mientras estaba sentado en la sala de espera de un aeropuerto, leí un cartel que decía: «No hay límites. Solo hay posibilidades». Una idea muy seductora, sin duda. ¿No hay límites para nada? Si yo no tengo límites, ¿tampoco tendrá límites el resto de la gente? Es por eso que lo más fascinante del orden creado es que Dios estipuló solo una cosa para la humanidad. Sin embargo, una vez que la humanidad violó esa única regla y se hizo cargo, hubo que establecer cientos de leyes, porque cada mandato tendría que prever salvedades para las miles de posibilidades de excepción a la regla.

Cuando entendemos que Dios determina el marco de referencia moral y que cualquier violación al mismo es usurpar su lugar, comprendemos que no es Dios el que hace trampa con las cartas sino que es nuestro propio deseo de tomar el lugar de Dios.

La moralidad es una espada de doble filo. Corta al que la blande, aun cuando procura destrozar al que es apuntado con esta.

Cuando comparezcamos ante Dios, no me sorprendería saber que lo más importante de la historia del hijo pródigo fue en realidad el hermano mayor; que el punto más importante en la parábola del Buen Samaritano fue el sacerdote y el levita que pasaron de largo; que lo más importante de que llegaran las mujeres primero al sepulcro fue que los discípulos llegaron después; que lo más importante en la historia de Job fueron sus amigos moralistas. Por tanto, quienes se apegan a las reglas, a veces piensan que con eso basta y que merecen su justa recompensa. Dios nos reitera que sin un corazón redimido, toda la moral es vana.

Tu marco de referencia moral es crítico en cuanto al respeto que tienes hacia tu persona y hacia tus congéneres. Considéralo la moneda legal de tu vida y de tu diario vivir. De todas formas, recuerda que esta moneda no tiene valor si no está respaldada por las riquezas del plan de Dios para tu bienestar espiritual.

¿cómo entretejer los hilos que forman todo este entramado moral? Bueno, todo lo que hagas, ya sea en tu trabajo o en tu matrimonio, en tu lenguaje o en tus ambiciones, en tus pensamientos o en tus intenciones, hazlo pensando en que será para la gloria de Dios (cf. 1 Corintios 10:31) y guiado por las reglas que él impuso; reglas cuyo fin no es solo restringirnos sino guiarnos para que nos elevemos hacia el propósito para el cual él diseñó todas las decisiones.

Uno se pregunta cómo es posible que alguna gente crea las cosas que cree.

Según la revelación original de Mahoma, se debía orar cincuenta veces al día, pero él intercedió y consiguió reducir la exigencia a cinco.

Hay muy pocas ilusiones tan cargadas de errores como una forma de espiritualidad que oculta el vacío de su sustancia. El enemigo de nuestra alma puede usar las ceremonias y los rituales basados en falsedades para controlarnos y esclavizarnos en el error.

«Creo en la espiritualidad». Pero ¿qué significa dicha frase? Creo que afirmar esto es lo mismo que decir: «Creo que hay una cosa espiritual que trasciende lo físico, una especie de combinación de lo místico y lo ético. Pienso que cada uno debe encontrar algo espiritual para aferrarse a la vida, y que la vida no se limita a lo físico». En medio de estas afirmaciones, sin embargo, se camuflan dos mentiras. La primera es que la verdad no importa, lo único que importa es creer; y la segunda es que ser espiritual es ser oriental. Cuanto más exótico sea el término, más útil debería ser.

La seducción espiritual es la más mortal de las seducciones porque trafica con almas. Basta mirar todos los cultos que proliferan hoy. Algunos niegan la realidad física; otros dicen que descendemos de seres extraterrestres; otros más golpean a nuestra puerta para anunciarnos el fin del mundo. Los hilos de la espiritualidad atraviesan toda nuestra vida.

En Mateo 12, Jesús plantea tres cosas extraordinarias como respuesta a las acusaciones que le imputaban: la primera, él era más grande que el templo (cf. v. 6); la segunda, él era más grande que Jonás (cf. v. 41); y la tercera, él era más grande que Salomón (cf. v. 42). Ser más grande que el templo significaba que se podía adorar a Jesús en cualquier lado; él era el objeto de toda la ley y la adoración. Que fuera más grande que Salomón significaba que la sabiduría de este rey era más teórica que práctica; Jesús encarnaba una vida de perfección y de verdadera sabiduría. Por último, que fuera más grande que Jonás significaba que así como él sobrevivió la desgracia de pasar tres días dentro de un gran pez, sin duda un milagro, Jesús conquistaría la muerte y a los tres días resucitaría.

Las preguntas más importantes que te puedes hacer son: «¿Qué es la verdad?», y «¿Por qué importa conocer la verdad?» Nuestra sociedad ha lidiado con estas cuestiones y ha llegado a la conclusión de que no se puede conocer la verdad, en especial cuando se refiere a los temas fundamentales. Jesús cuestiona esa suposición. La palabra, la verdad, la persona de Jesús y la verdadera libertad están inextricablemente conectadas. Este es el diseño que Dios hizo para ti y para mí. De modo que si rompes este diseño, rompes la vida. Cúmplelo, y encontrarás la verdadera libertad. Recuerda, la verdad es el hilo que separa la verdadera espiritualidad de la falsa. La espiritualidad no es lo que aporta relevancia a la vida; por el contrario, es la verdad la que aporta relevancia a la espiritualidad. Por eso, ¡no se te ocurra dejarte descarriar por las ceremonias o el legalismo! Tu espiritualidad debe nacer de la verdad y ser vivida en la gracia.

Anota la meta de tu vida. Esta te proveerá el sistema de medida que necesitas para determinar si las atracciones y distracciones son legítimas o ilegítimas.

Qué es pecado. Dudo que algún teólogo lo hubiera expresado mejor: «Hijo, es todo lo que debilite tu razonamiento, trastorne la ternura de tu conciencia, nuble tu sentido de Dios o robe tu deleite en las cosas espirituales. En suma, cualquier cosa que aumente el poder y el dominio de la carne sobre el Espíritu, eso será para ti el pecado, por más bueno que sea en esencia».

¿Dónde comenzar entonces? Pues bien, muriendo a nosotros mismos. En efecto, debemos asistir a nuestro funeral y enterrar nuestra voluntad para que la voluntad suprema de Dios pueda reinar en nuestros corazones. Nuestra voluntad no tiene poder para hacer la voluntad de Dios si no muere primero a sus deseos y deja que el Espíritu Santo renueve el poder en su ser.

Pides placeres, acabarás vacío. Pides un propósito, acabarás devastado. Por eso, en su bondad, Dios nunca nos engañará con falsas esperanzas. Él promete dar el Espíritu Santo a los que con sencillez y sinceridad se lo piden. Si la voluntad de servir a Dios está presente, el Espíritu Santo alentará la oración y la fuerza de voluntad.

Una convicción no es una mera opinión; es algo tan profundamente arraigado en la conciencia que cambiarla por otra sería cambiar la esencia de lo que somos.

«Si siembras un pensamiento, cosecharás una acción; si siembras una acción, cosecharás una conducta; si siembras una conducta, cosecharás un carácter; si siembras un carácter, cosecharás un destino».

La próxima vez que pienses en la fuerza de tu voluntad, no lo hagas solo en la decisión inmediata que tengas que tomar sino en todos los compromisos que una mala decisión podría generar.

¿Qué entendemos exactamente por «adoración»? La Biblia usa varias palabras para describir lo que es, pero los dos términos claves para comprenderlo significan «postrarse» y «servir». […] Clara y contundentemente, adoración significa «reverencia y acción». Y , ¿por qué es tan importante? Es vital porque pone todas las demás cosas de la vida en su justa perspectiva. La adoración y la vida son extensas. La adoración en última instancia es «entender la vida a la manera de Dios».

Es muy fácil herir, extirpar y condenar con celo profético. Derribar a alguien siempre es fácil; afianzarlo, difícil. Se necesita un corazón maduro y paciente para sanar con una mano delicada, sin comprometer nuestras convicciones. Es más, ¿no fue así como el SEÑOR trató a la mujer samaritana y a la del frasco de perfume (cf. Juan 4:7-26; Mateo 26:6-13)? Y aunque Jesús no justificó los errores de estas mujeres, no dejó de sanarlas y de infundirles esperanza en vez de condenarlas y reprenderlas. Nosotros, en cambio, tendemos a concentrarnos en los errores y pe- cados de los demás. Lastimamos y lesionamos a quienes están heridos. Damos el golpe de gracia a los que ya cayeron. Hemos olvidado lo que significa acompañar al otro en su dolor. En vez de compartir las victorias de nuestro prójimo, lo que demostramos es sentir envidia.

El libro de Hechos describe cinco elementos principales que componen la adoración: la cena del Señor, la enseñanza, la oración, la alabanza y las ofrendas.

«No podemos estar en paz con otros porque no estamos en paz con nosotros mismos, y no podemos estar en paz con nosotros mismos porque no estamos en paz con Dios».

¿Es posible que nos dejemos llevar tanto por la música y el arte de la adoración que perdamos el mensaje y las pautas sobre cómo adorar? La enseñanza tiene que volver a ser el centro de la adoración, y las ideas que dan forma a nuestras expresiones deben ser bíblicas.

Una enseñanza desplazada del lugar que le corresponde garantizará una iglesia herética. Si no creen que la situación de hoy en día es precaria, tan solo hablen con un joven de su iglesia y pídanle que tome una Biblia para que les muestre el camino de la salvación a través de las Escrituras. Pero también pídanle que diga cuáles son las diez canciones que más se cantan en la iglesia, y verán que para esto si no tendrá ningún inconveniente.

Nosotros a veces tenemos esa falacia y fantasía acerca de la oración: la convertimos en un medio para un fin diferente para el que Dios la creó. Más que nada, la oración nos permite escudriñar nuestro corazón y nos pone en sintonía con el corazón de Dios. La oración no es un monólogo en el que nos imaginamos en comunicación con Dios. Se trata de un diálogo a través del cual Dios moldea nuestro corazón y hace realidad el sueño que él tiene nosotros. Es verdaderamente un regalo preciado para el cristiano que mediante respuestas directas, no por lo que pueda conseguir de él.

Cansados de orar y de alabar, la comunidad de israelitas de ese tiempo perdieron su deseo de dar. En vez de ofrecer y cojos; le llevaban las sobras a Dios (cf. Malaquías 1:7-14). Quedarnos con lo mejor para nuestro consumo y ofrecer las sobras a Dios es blasfemia. Un corazón que adora verdaderamente es uno que le da lo mejor tanto en tiempo como en sustancia. Un corazón que lo adore verdaderamente da con generosidad a sus causas, a las causas que a Dios tanto le importan.

Gastar más y más en nosotros mismos y dar cada vez menos a las necesidades del mundo puede ser la razón por la que pocos toman en serio nuestra misión.

La adoración, por tanto, es la culminación placeres.

Cuando pensamos en el destino, es un error enfocarse solo en la muerte o en lo que sucederá después de esta. El destino es mucho más que eso. Es la culminación de todo lo que fue la vida, incluyendo cómo esa persona se preparó para la muerte, ya sea que nos sorprenda pronto o después de muchos años. El destino, por tanto, incorpora el sentido de propósito y diseño cuando está en las manos de un Dios soberano.

El Antiguo Testamento prohibía a los israelitas que se hicieran imágenes y que representaran a Dios en cualquier forma física (cf. Éxodo 20:4). Este mandamiento específico obedece a una razón obvia: los medios pueden fácilmente convertirse en un fin. No obstante, Dios nos ha dado el privilegio de ser portadores de su imagen y de reflejar su esplendor.

La transfiguración de Jesús descrita en los evangelios siempre me ha fascinado. Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de este hecho asombroso. Me resulta extraordinario que los discípulos que vieron a Moisés y a Elías hablando con Jesús fueron capaces de reconocer de inmediato a estos héroes del Antiguo Testamento. ¿Habrán escuchado más de una voz del cielo? ¿Habrá identificado Jesús a estos hombres de la antigüedad? ¿Tuvieron los discípulos una revelación interior de parte de Dios? Los evangelistas guardan silencio. Pedro, sin embargo, tuvo una respuesta especialmente inexplicable a estas visitas: deseaba levantar tres albergues para cada uno de ellos (cf. Mateo 17:4). ¿Un albergue de qué? ¿Y por qué habrían de necesitar ellos esto en la tierra si vivían en el cielo? Al apóstol no se le ocurrió pensar que Moisés y Elías no tenían ninguna lápida porque Dios mismo había enterrado a Moisés y no había dejado ninguna señal de ello (cf. Deuteronomio 34:5-6), y a Elías lo había trasladado directamente al cielo en un carro de fuego (cf. 2 Reyes 2:11). Ninguno tenía una lápida, y Jesús tampoco necesitaría una. El destino que Dios tiene para su iglesia no necesita de esas cosas que nos parecen tan importantes: albergues, tumbas, lápidas. Al final, nuestra identidad será con Dios, y nuestra personalidad será consumada de manera sublime en el propósito diseñado para cada uno de nosotros. Nuestro tiquete de la tierra al cielo servirá como el hilo que enlaza nuestras memorias con la realidad y nos permitirá ver lo temporal a la luz de lo eterno. Juan Sebastián Bach en cierta ocasión dijo que el único propósito de la música era glorificar a Dios y re-crear el espíritu humano.

«Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme, y yo los escucharé. Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón» (Jeremías 29:11-13).

Cuando pierdes a un hijo, de pronto toda la vida se pone en perspectiva.

Algunos problemas sin duda que pueden deberse a la falta de madurez espiritual. Jesús en cierta ocasión sanó a un hombre que hacía treinta y ocho años que era inválido, y luego le dijo: «No vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peor» (Juan 5:14).

Muchos problemas nos suceden para probar nuestra fe… para revelarnos si es auténtica (cf. 1 Pedro 1:6-7). Dios quiere usar otros problemas para ayudarnos a madurar en nuestro caminar con Cristo (cf. Hebreos 12:11). Algunas dificultades se deben a nuestras malas decisiones (cf. 1 Corintios 11:30-32). Y otras obedecen simplemente al hecho de vivir en un mundo caído (cf. Lucas 13:1-5). No obstante, la clave es esta: Dios quiere que usemos todos estos problemas, provengan de donde provengan y sean de la naturaleza que sean, para conformarnos a la imagen de su Hijo Jesucristo.

Pedro escribió: «Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo , él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca» (1 Pedro 5:10). Pedro nos dice que la fuerza espiritual —o sea, una fe fuerte— vendrá después del sufrimiento y de la lucha, no antes. Por lo tanto, no temas a la lucha; por el contrario, acéptala.

La lucha constante por ser el número uno suele ser lo que destruye en última instancia a una persona. Dicho empeño nunca podrá darte lo que esperas.

El éxito no debería enfocarse en atraer la envidia de los colegas o la adoración del público. El verdadero éxito se alcanza cuando vivimos el designio de Dios en nuestras vidas, ya sea que tengamos que atravesar «fracasos» o incluso llegar a prisión para que encontremos su llamado divino.

Haz lo que sabes que es la voluntad de Dios y luego observa cómo él te conducirá a hacer lo que todavía no sabes.

Hay tres ámbitos principales de la vida que se concilian con la determinación de tu llamado. Primero, determinar tu llamado satisface tu necesidad espiritual. No puedes descubrirlo sin saber en primer lugar que tus pecados fueron perdonados por medio de la fe en la obra consumada de Cristo en la cruz por tu vida. Segundo, compromete tus necesidades físicas . Dios nunca te llamará a hacer algo sin prepararte para que lo cumplas. Y tercero, reconoce tus necesidades intelectuales para darle las herramientas que te instruirán en tu viaje.

Él [Jesucristo] no promete hacer buenas a las personas malas sino revivir a las que están muertas. Por eso, todas las religiones, excepto el cristianismo, consideran que la moralidad es un medio de salvación. En el cristianismo, Dios debió actuar primero para darnos vida espiritual; solo así podemos progresar en nuestro esfuerzo moral.

Dios no justifica a nadie por cumplir la ley.

El marco moral es relevante en el respeto que debemos tener con nuestros congéneres. La moralidad es fruto de tu conocimiento de Dios, consciente o inconsciente. La moralidad todavía es la base que permite edificar el espíritu creativo del arte y de otras disciplinas.

Gran parte de su buena voluntad es hacernos nuevas personas. Dios da a cada creyente un corazón y espíritu nuevos (cf. Ezequiel 18:31), un nacimiento nuevo (cf. 1 Pedro 1:3), una vida nueva (cf. Hechos 5:20), una mente nueva (cf. Efesios 4:23), un nombre nuevo (cf. Apocalipsis 2:17), y una naturaleza nueva (cf. Efesios 4:24) que, en conjunto, forman una nueva creación (cf. 2 Corintios 5:17). El apóstol Pablo lo resume bien cuando escribe que Jesús «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien » (Tito 2:14, énfasis añadido ). Un creyente, por consiguiente, decide hacer las cosas de otra manera, y así ayuda para que el diseño de Dios sea algo hermoso.

Todo lo que debilite tu razonamiento, trastorne la ternura de tu conciencia, nuble tu sentido de Dios o robe tu deleite en las cosas espirituales. En suma, cualquier cosa que aumente el poder y el dominio de la carne sobre el Espíritu, eso será para ti el pecado, por más bueno que sea en esencia.

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¿Quién creó a Dios?

Ravi Zacharias, Norman Geisler.

Compendio de respuestas a preguntas comunes a las que los cristianos nos enfrentamos con personas, ya sea de otra creencia o que se declaran ateos. Muy buena la explicación en torno al origen del universo, en donde se alinea con la teoría del Big bang vs la teoría de que el Universo siempre ha existido y no ha sido creado. Al final los temas de la nueva era, hinduísmo e islam de raza negra, me parecen excelentes para quien busca encontrar las bases de dichas creencias. Calificacion de 9.0
¿Quién creó a Dios?

¿Quién creó a Dios?

Las cuestiones más difíciles suelen ser las planteadas por los miembros más jóvenes de la congregación.

Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.

Apelan a la primera ley de la Termodinámica para respaldar su argumento: «La energía no se crea ni se destruye», insisten. Correspondería realizar varias observaciones. Primero, esta manera de expresar la primera ley no es científica, más bien es una aseveración filosófica. La ciencia se basa en observaciones, y no hay ninguna observación empírica que pruebe ese dogmático «nada se creó», implícito en dicha afirmación. Para ser científica, debería expresarse de la siguiente forma: «Según las observaciones, la cantidad de energía presente en el universo permanece constante». Es decir, nadie ha observado el aumento de nuevas existencias de energía o la disminución de las actuales.

Según la segunda ley de la Termodinámica, la energía utilizable del universo se está agotando. Ahora bien, si el universo está agotándose, no puede ser eterno. De lo contrario, ya se habría agotado completamente. Si la cantidad de energía fuera ilimitada no se podría agotar, pero una cantidad limitada de energía puede agotarse. Por lo tanto, el universo debió tener un principio.

Según la segunda ley de Termodinámica, dado que aumenta el desorden en el universo, este no puede ser eterno. De lo contrario, el desorden ya sería completo, lo cual no es el caso. Por lo tanto, debió haber tenido un principio; uno extremadamente ordenado.

Dios es como un triángulo; tiene al mismo tiempo tres ángulos y, sin embargo, es solo un triángulo. Cada ángulo no es lo mismo que todo el triángulo. O sea, Dios es como la tercera potencia (1^3). 1 x 1 x 1 = 1. Dios no es 1 + 1 + 1 = 3, en cuyo caso sería tri-teísmo o politeísmo. Dios es uno, manifestado eterna y simultáneamente en tres personas diferentes. Dios es amor (cf. 1 Juan 4:16). Pero para que haya amor, debe haber un ser que ame (el Padre), un ser amado (el Hijo) y un espíritu de amor (el Espíritu Santo). Por lo tanto, el amor mismo es una unidad tripartita.

Si intentáramos entender a Dios completamente, podríamos llegar a perder el juicio, pero si no creemos sinceramente en la Trinidad, ¡perderemos el alma!

Como lo expresó C.S. Lewis: «La puerta del infierno se cierra del lado de adentro».

Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, Para que no seas tú también como él. Proverbios 26:4

La maldad es la ausencia o la privación del bien. […] El mal existe como corrupción de algo bueno; es una privación y no tiene esencia propia.

Mientras que Dios creó el hecho de la libertad, son los humanos los que ejercen los actos de la libertad. Dios hizo posible el mal, las criaturas lo hicieron efectivo.

El panteísmo es el punto de vista que propugna que Dios es todo y todo es Dios. La palabra panteísmo deriva de dos palabras griegas: pan (<<todo») y theos (<<Dios»). El panteísmo considera que la realidad está permeada por la divinidad.

A veces el «bien» que Dios produce, a partir de nuestro sufrimiento, implica acercarnos más a él.

El testimonio reiterado del Nuevo Testamento es que los creyentes deberían considerar todos los problemas, y aun toda su existencia, a partir de una perspectiva que llamamos “de arriba abajo”: primero Dios y su reino, y luego los diversos aspectos de nuestra existencia terrenal.

Como afirma Eiseley: «Fue el mundo cristiano lo que finalmente dio a luz de modo claro y articulado el método experimental propio de la ciencia».

La religión cristiana, históricamente, proveyó el marco conceptual en que la ciencia nació y se desarrolló.

El séptimo día claramente no es un período de veinticuatro horas sino que representa el día de descanso, cuando Dios reposó del trabajo de la creación y que se extiende hasta el día de hoy. Estamos viviendo el séptimo día.

Génesis no nos dice prácticamente nada acerca de cómo Dios creo las plantas y los animales. ¿Los creó de la nada? ¿Los creó a partir de otras formas de vida existentes? ¿Se valió de la evolución para producirlos poco a poco? Estas son preguntas científicas que la Biblia no se plantea. El punto principal de la historia de Génesis es decir que Dios es el Creador de todo lo que hay en el mundo. El sol y la luna y los animales y las plantas no son deidades; son solo criaturas: Dios creó todo.

Cuando Darwin propuso su teoría, una de las principales debilidades que tenía era que no había ningún organismo a mitad de camino entre diversos organismos, como formas de transición. Él respondió a esta objeción, sin embargo, aduciendo que estos animales de transición existieron en el pasado y que eventualmente serían descubiertos. Pero, a medida que los paleontólogos desenterraban restos fósiles, no encontraron estas formas; han descubierto más animales y plantas diferentes que se extinguieron.

Behe, un microbiólogo de la Universidad de Lehigh, puntualiza que ciertos sistemas celulares, como los mecanismos de coagulación de la sangre o las estructuras filamentosas llamadas cilias, son como máquinas microscópicas increíblemente complicadas que no podrían funcionar a menos que todas sus partes estuvieran presentes y en buen estado. Por lo tanto, no pudieron evolucionar parte por parte. Al analizar miles de artículos científicos sobre estos sistemas, Behe descubrió que prácticamente nada había sido escrito acerca de cómo dichos sistemas irreductiblemente complejos hubieran podido evolucionar a partir de mutaciones aleatorias y selección natural.

En realidad, lejos de ser contradictorios, los Evangelios son claramente complementarios.

Hay suficiente discrepancia como para demostrar que no pudo haber existido un previo acuerdo entre ellos [los autores de los Evangelios]; pero al mismo tiempo hay tal concordancia sustancial para demostrar que todos eran narradores independientes de la misma gran transacción.

Jesús entendía que era el amado Hijo de Dios, elegido por él para traer su reino y el perdón de pecados. Nuestro entendimiento de quién era Jesús debe corresponder con el entendimiento que Jesús tenía de sí. Si no confesamos a Jesús como el Cristo, alguien se engaña: él o nosotros.

Jesús usó el término arameo Abba, o «Querido papá», para dirigirse a Dios. Esto refleja una intimidad extraña al antiguo judaísmo, en el cual los judíos devotos evitaban el uso del nombre de Dios por temor a pronunciarlo mal. El Dr. Witherington hace esta observación: «La importancia del término «Abba» radica en que Jesús es quien inicia una relación íntima que antes no estaba disponible. La pregunta es: ¿qué clase de persona puede cambiar los términos para la relación con Dios? ¿Qué clase de persona puede iniciar una nueva relación de pacto con Dios?» Jesús está diciendo que solo a través de tener una relación con él se hace posible este tipo de lenguaje de oración, este tipo de relación «Abba» con Dios.

No obstante, la Biblia nos manda: «Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno» (Colosenses 4:6). Pedro exhorta: «Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes» (1 Pedro 3:15). Son mandamientos para todos los creyentes, no se limitan a los líderes cristianos. El apóstol Pablo insistió en que todo líder de iglesia debía «apegarse a la palabra fiel, según la enseñanza que recibió, de modo que también pueda exhortar a otros con la sana doctrina y refutar a los que se opongan» (Tito 1:9).

Los escritores bíblicos fueron seres humanos a quienes Dios eligió para ser sus voceros mediante el uso de lenguas humanas y formas literarias.

Un profeta habla en nombre de Dios; es una persona elegida y preparada por él, un instrumento en sus manos para transmitir su palabra a su pueblo.

Ningún otro libro en el mundo tiene autores que hayan sido confirmados de esta manera milagrosa. De todos los líderes religiosos de la historia, ni Confucio ni Buda ni Mahoma ni Joseph Smith fueron confirmados por medio de milagros verificados por testigos contemporáneos y dignos de confianza. La Biblia es el único libro que prueba ser la Palabra de Dios escrita por profetas y apóstoles de Dios que recibieron una confirmación especial de él por medio de prodigios milagrosos.

El cristianismo no enseña que solo la Biblia contenga la verdad sino que se limita a afirmar que la Biblia es verdad y que todo lo que contradiga 10 que dice es falso, porque dos cosas contradictorias no pueden ser ambas verdad.

Los libros apócrifos o Deuterocanónicos, se escribieron entre los años 250 a.c. y 150 d.C. Fueron escritos por judíos acerca de su historia y religión durante el período intertestamentario, pero no declaran ser inspirados, ni el judaísmo los aceptó de esa manera. No obstante, las autoridades de la Iglesia Católica Romana incorporaron once de estos libros apócrifos a la Biblia conforme a la supuesta infalible declaración del Concilio de Trento (1546 d.C.). Los protestantes rechazan la inclusión de los libros apócrifos porque:
• Estos libros no declaran haber sido inspirados.
• No fueron escritos por profetas.
• No hubo milagros que los confirmaran.
• No contienen ninguna profecía sobrenatural nueva.
• Contienen enseñanzas falsas y errores.
• Nunca fueron aceptados por el judaísmo como libros inspirados.
• El Nuevo Testamento en ningún caso los cita como parte de las Escrituras. Jesús aceptó y confirmó el Canon Judío, conocido como la Ley y los profetas (cf. Mateo 5:17-18; Lucas 24:27).
• Fueron rechazados por la mayoría de los principales padres de la Iglesia Primitiva, incluso por Jerónimo el gran erudito bíblico de la Iglesia Católica Romana.
• Su aceptación de parte de los católicos romanos se basó en criterios débiles, aduciendo razones de uso por parte de los cristianos y no porque hubieran sido escritos por algún profeta o apóstol (cf. Juan 14:26; 16:13; Efesios 2:20; Hebreos 1:1; 2:3-4).16

Jesús prometió que guiaría a sus apóstoles en toda verdad: «El Espíritu Santo … les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho» (Juan 14:26); y más adelante: «Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad» (Juan 16:13).

Uno de los requisitos para que fuera apóstol era que hubiera sido testigo ocular de la resurrección de Jesús, que ocurrió en el primer siglo (cf. Hechos 1:22). Cualquiera que hubiera vivido después de ese tiempo estaría en la categoría de «falsos apóstoles» (2 Corintios 11: 13).

Como el Dios de la Biblia conoce todas las cosas (cf. Salmo 139:1~6; 147:5), es completamente b~eno (cf. Salmo 136; 1 Pedro 2:3) y todo lo puede (cf. Génesis 1: 1 j Mateo 19:26), nunca hubiera podido inspirar libros para la fe y el ejercicio de la fe de los creyentes en el curso de los siglos sin tomar los recaudos para conservarlos.

Dios completa lo que comienza (cf. Filipenses 1:6).

Nuestro encuentro con cualquier falsedad debería conducirnos a preguntarnos: «¿Cuál es el original cristiano de esta falsificación?». La respuesta a esta pregunta es crítica porque iluminará la posición cristiana con respecto a ese asunto en particular, poniéndola de relieve, lo que a su vez podría ayudarnos a articular nuestra respuesta a la falsedad. La verdad, cuando no se cuestiona, se convierte en un dogma libre de toda crítica.

Enseñar que creer que el cristianismo es verdad siempre, debería estar acompañado de una invitación a creer en Cristo, el único que puede satisfacer nuestros anhelos más subjetivos.

Las religiones de la antigüedad se basaban en sacrificios, lo que es una realización intuitiva de que la humanidad, de alguna manera u otra, sentía que había ofendido a los poderes supremos, a los que había que aplacar por medio de sacrificios.

Siempre que se adore a una criatura en vez de adorar al Creador (cf. Romanos 1:25), tarde o temprano se acabará en la corrupción moral y la perversión espiritual. El reciente interés del mundo occidental por todo aquello relacionado con el culto satánico, bien podría ser el resultado de un afán impío por la riqueza y el placer; cuando estas cosas no satisfacen el anhelo del alma, la única alternativa es Satanás, porque Dios ya ha sido descartado.

Aun en los círculos cristianos, la santidad no suele ser bien comprendida y se la confunde con el ascetismo de la reclusión (¡en ese sentido los hindúes son mucho mejores que cualquier cristiano!), en vez de considerarla como el compromiso a tener una relación robusta con Dios, con los seres humanos y con el resto de la creación.

A los hindúes les impresiona el compromiso cristiano con las causas sociales, como la obra llevada a cabo por la madre Teresa. Necesitamos comprender que el hinduismo es una religión moralista en que la salvación es por las obras. Sería útil sugerir: primero, que el ser humano nunca estará a la altura de las exigencias morales de su propia conciencia, para no mencionar las exigencias inefables y santas del Dios trino; segundo, las buenas obras realizadas con el ánimo de obtener una recompensa, como la posibilidad de nacer en una futura reencarnación, no pueden en realidad considerarse buenas porque obedecen a un motivo espurio; pero si Dios nos salva gratuitamente (para expresarlo de algún modo), por Cristo, y nos deja en este planeta para hacer buenas obras, estas serán verdaderamente buenas porque ¡no necesitarnos nada más!

El pecado, por lo tanto, es el quiebre de la relación con Dios, la única relación que puede damos identidad, propósito y dignidad.

La respuesta a la meditación errónea no puede ser no meditar sino meditar bien. Necesitamos responder a la meditación vacía del movimiento de la Nueva Era con meditación sobre contenidos. La Biblia nos exhorta a meditar en la Palabra de Dios (d. Salmo 1:2) y a pensar en todo aquello que sea lo verdadero, respetable, justo, puro, amable, digno de admiración, excelente y digno de alabanza (d. Filipenses 4:8). Los cristianos hoy corremos el riesgo de tener la Palabra en un disco duro en vez de guardarla en el corazón (cf. Salmo 119: 11).

Si bien es correcto afirmar que el infierno será el destino de los que han rechazado a Cristo, no deberíamos soslayar el hecho de que los «libros» mencionados en este pasaje son los registros de lo que cada ser humano hizo, cada uno será juzgado «según lo que hay hecho». La salvación cristiana, por lo tanto, es la intervención de Dios encamado, de Jesucristo que rompe el ciclo del karma llevando sobre sí nuestra deuda de karma, para expresarlo de alguna manera, porque si hubiéramos dependido solo de nuestro karma nunca hubiéramos podido agradar a un Dios inefablemente Santo. Su propio carácter es el estándar para juzgar a los humános. Quienes se libren del juicio lo harán no porque Dios haya disminuido las exigencias ni porque las cumplieron (porque esto sería imposible), sino porque Jesucristo vicariamente las cumplió con ellos.

De las tres dimensiones que conocemos, las tres dimensiones espaciales de longitud, ancho y altura más la dimensión del tiempo, solo el tiempo es unidireccional. En las restantes, podemos trasladamos en sentidos opuestos, hacia la derecha o izquierda, hacia adelante y hacia atrás, o hacia arriba y hacia abajo, pero en el tiempo solo podemos avanzar hacia el futuro. Esto sugiere, con mucha fuerza, que el tiempo es lineal más que circular. Esta propiedad del tiempo ha fascinado y cautivado a los físicos, que acuñaron la frase: «la flecha del tiempo» para describirla. Cuando en Hebreos 9:27 dice que «está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio», concuerda más con la interpretación científica del tiempo que con el postulado de que hay una serie interminable de nacimientos y nuevos nacimientos.

Necesitamos ayudar a nuestros amigos budistas a identificar cuál es el verdadero problema del sufrimiento y señalarles la conexión entre el sufrimiento y la existencia de un mal moral: el estado de rebelión contra un Dios moralmente Santo. Podemos tratar el problema del sufrimiento mostrándoles un Dios que se identifica con nosotros en el sufrimiento, mediante el sufrimiento devastador que experimentó en la cruz. La verdadera iluminación será cuando veamos cara a cara a nuestro cariñoso Salvador Jesucristo, cuando nuestro peregrinar sobre esta Tierra llegue a su fin.

El púlpito de la iglesia es un lugar sagrado porque desde allí se anuncia a la humanidad la verdad eterna y absoluta, y no debería usarse para promover ideas personales ni propaganda política. Cristo habla desde el púlpito, y no hay lugar para que, desde allí, se prediquen otras doctrinas.

La meta de Satanás es explotar los anhelos de las personas y, mediante estratagemas y sensacionalismo, arrastrar a los cristianos a las tinieblas. Satanás también se aprovecha de la ignorancia, las emociones, incluso de nuestras pasiones. Los cristianos harían bien en recordar que los lazos que los unen a Cristo son más fuertes que cualquier afiliación de raza, nación o afinidad política (cf. Mateo 10:37). Jesús mandó a su iglesia que fuera luz para la comunidad’ (cf. Mateo 5: 14-16) y que se mantuviera fiel a su fe (cf. Apocalipsis 2-3).