Plan B (II)

Pete Wilson

Ante las turbulencias de mi propio Plan B, se estrena (en este blog) la segunda lectura de un libro cuyo único propósito fue encontrar aliento y respuestas, las cuales efectivamente llegaron. Se confirma: dependiendo del estado de ánimo en el tiempo de su lectura, un libro te puede dar distintas visiones, de ahi las nuevas citas encontradas, que se agregan a las anteriores. La calificación se repite: 10
Plan B

Plan B

En cuestión de minutos, David siente que su sueño de llegar a ser rey se le está escapando. Y como teme por su vida, hace lo que muchos de nosotros hemos hecho cuando sentimos que nuestros sueños se escapan. Él huye. […] ¿Y qué hace David? Él hace exactamente lo que muchos de nosotros hemos hecho en una situación así. Entra en pánico. Le da la espalda a Dios y trata de resolver la situación por cuenta propia.

El punto es, que cuando abandonamos a Dios, fácilmente caemos en conductas perjudiciales que nos hieren a nosotros mismos y a otros. Todo lo que podemos pensar es aliviar nuestro malestar, y dejar atrás el dolor. La adicción es simplemente otra de las maneras en la que tendemos a huir.

Cuando se hace evidente que tus sueños no van a hacerse realidad y sientes que te han despojado de todo, no es tiempo de huir. No es tiempo de tomar las cosas en tus propias manos. Y, definitivamente, no es tiempo de darle la espalda a Dios. Es aquí cuando necesitas a Dios más que nunca antes. Necesitas depender de Él en lugar de huir. Tal vez tus sueños no se están haciendo realidad, y las cosas no están resultando de la manera en que esperabas, pero eso no significa que tu vida esté fuera de control. Simplemente significa que tú no estás en control. Es en esos momentos en los que puedes aprender a confiar en el único que, desde el principio, siempre ha tenido el control.

Es mucho más fácil aconsejar a alguien cómo salir de la depresión que salir tu mismo de ella.

Para el pueblo de Josué, el río Jordán marca un límite tanto literal como simbólico. Es lo que se interpone entre ellos, de este lado, y la vida, la tierra a la que Dios les está llamando. Es algo que tienen que atravesar para así alcanzar el futuro que les ha sido prometido.

Esto es Plan B en su máxima expresión. El Plan A era sólo “crucemos el río”; no era realmente fácil, pero por lo menos es posible. Puede lograrse. Pero el Plan B no se ve muy atractivo. De hecho, parece total y absolutamente suicidio.

Si le temes a las alturas, tenderás a mantenerte en el piso. Si le temes al exterior, te mantendrás adentro. Si le temes a la gente, te mantendrás solo. Si le temes al fracaso, simplemente no lo intentarás. Y cuando estás bajo estrés, he observado, se acentúa este efecto limitativo.

La mayoría de nosotros los cristianos tiene las mismas preocupaciones básicas que nuestros vecinos no cristianos. Como cualquier otra persona, nos preocupamos por la economía, por nuestra salud, nuestros hijos, nuestras relaciones. Como cualquier otra persona, tememos perder nuestros empleos, perder nuestra salud o perder nuestras casas. Sin embargo, ¡no debemos ser como todo el mundo! Nuestra respuesta ante las amenazas que enfrentamos debe ser tan fuera de lo ordinario que la gente se sorprenda. No es que no nos preocupemos, ni siquiera es que no sintamos temor, sino que debemos reaccionar diferente ante las amenazas del mundo porque nuestra esperanza está anclada en otra parte.

Tal vez lo único que es más doloroso que no ver tus sueños personales hechos realidad, es ver hacerse añicos los sueños que tienes para tus hijos.

En esta vida muchas de nuestras preguntas simplemente no van a tener respuestas. Pero a través de todas ellas, Dios en sí mismo nunca va a cambiar. Por eso nuestra fe debe descansar en su identidad y no necesariamente en su actividad.

He descubierto que es mucho más fácil ceder ante la tentación cuando nuestras necesidades no han sido satisfechas. Cuando sentimos como si Dios nos hubiera abandonado, ¿por qué sencillamente no continuamos y lo abandonamos a él? El que nuestros sueños y deseos no hayan sido satisfechos, nos deja con hambre, y cuando tenemos hambre somos tentados a satisfacer esa hambre con algo que no es bueno para nosotros.

El simple hecho de saber que papá estaba al tanto de mis circunstancias fue un enorme alivio.

Nada de esto le ocurrió a José porque él era bueno. Nada de esto pasó porque José lo pidió y Dios estaba obligado a contestar. Ocurrió porque Dios sabía lo que estaba haciendo con la vida de José aun cuando JOsé no tenía la más mínima idea. En aquellos momentos en los que todo parecía estar saliendo mal y él no podía ver el fin de sus problemas, JOsé logró mantenerse aferrado a eso.

Y con mucha frecuencia, en vez de darnos lo que nosotros pensamos que merecemos, en lugar de quitar el dolor, la frustración y la confusión en nuestros Plan B, él nos ofrece la promesa de su presencia.

Esta es la verdad -y esta es completamente bíblica: a o largo de tu vida vas a enfrentar una situación tras otra que va a estar completamente más allá de lo que puedes manejar.

Si no recuerdas la fidelidad pasada de Dios, se te va a hacer muy difícil confiar en Él cuando te encuentres contra la pared.

Dios te ama lo suficiente como para despojarte de cualquier cosa que te aleje de Él. Y, con frecuencia, esas cosas que te separan no son malas en sí. De hecho, a menudo, son cosas buenas: relaciones, misiones, trabajos. Pero si por alguna razón evitan que conozcamos a Dios como debemos, Él puede quitarlas de nuestra vida.

La pared es el lugar donde tengo que renunciar a eso a lo que me aferro para encontrar identidad. Es donde tengo que soltar lo que me impide tener intimidad con Dios y adorar a Dios. Esto podría ser trabajo o religión o algunos dones dados por Dios. Podrían ser expectativas o sueños, o pueden ser adicciones. Tal vez es control o la necesidad desesperante de aceptación. No sé lo que es para ti. Pero sí sé que a Dios le honra la fe y él va a influenciar cualquier cosa en tu vida para expandir y aumentar tu fe.

La persona que está sumergida en la duda no es la incrédula, sino la persona que no tiene otra esperanza que la esperanza. De hecho, si lo piensas bien, el incrédulo no tiene que luchar contra la duda. Realmente no puede dudar algo en lo que no cree, en primer lugar. Sin embargo, nosotros los creyentes podemos caer fácilmente en la dudaporque aunque creemos en Dios, realmente no tenemos prueba. Estamos viviendo “por fe, no por vista”. (2 Corintios 5:7)

Somos llamados a ser fieles a Dios, aun cuando parece que Él no nos ha sido fiel. Somos llamados a amarle, aun cuando nos sentimos abandonados. Somos llamados a buscarle, aun en medio de la oscuridad. Somos llamados a adorarle, aun en medio de nuestras lágrimas.

También he estado en suficientes círculos de perdedores con personas que estaban experimentando dolor, sufrimiento y desilusión para saber que tienden a ser diferentes. Mientras que las personas en el círculo de ganadores son notorias por sus críticas, la gente quebrantada en el círculo de perdedores es un poco más renuente a juzgar. Sus plane sB les han recordado que todos dependemos de la misericordia de Dios.

Tal vez pensaste que cuando te convertiste al cristianismo ibas a tener todas las respuestas para las dificultades de la vida. Sin embargo, he aquí algo que puede eliminar las ambigüedades y, espero, aliviar algo de presión. Ser cristiano no quiere decir que sabes cómo responder ante todo lo que se presenta. ¡Ser cristiano no quiere decir que tienes todas las respuestas!

Parte de la razón por la que te sientes tan destrozado y tan quebrantado en medio de tus situaciones Plan B es que le entregaste tu amor y devoción a tus planes y sueños en lugar de a Dios.

¿Acaso es posible que Dios se esté preparando para hacer una obra en ti? ¿Es posible que Dios se esté preparando para tomar tu situación imposible y cambiarla completamente? No estoy diciendo que lo hará, pero… ¿es posible?

Adoramos a un Dios que se especializa en resurrecciones. Él se especializa en situaciones desesperantes. Después de todo, él conquistó la muerte -la máxima situación sin esperanza- para que así pudieras tener vida.

Por esto puedo tener esperanza en medio de mi crisis. Puedo tener esperanza cuando no existe ninguna razón circunstancial para tener esperanza. Mi esperanza no está basada en lo que ocurre con la Bolsa de Valores, o lo que otros piensen de mí, o si mi vida resultó o no de la manera que esperaba. Mi esperanza se fundamenta en un Dios poderoso y en control, que puede hacer y va a hacer lo imposible. Mi esperanza está basada en un Dios que derrotó a la mismísima muerte.

Tal vez tenemos dones y talentos. Tal vez tenemos asombrosas debilidades y una energía impresionante. Quizás tenemos la fuerza de voluntad y la perseverancia… hasta cierto punto. Pero nuestros Plan B revelan todo muy claramente… tenemos muchasmás limitaciones que las que nos gusta admitir. No tenemos el poder para transformar vidas. NO podemos fabricar esperanza. Ninguno de nosotros puede hacerlo. No tenemos el antídoto par anuestra lujuria, nuestra ira, nuestra amargura, nuestra vagancia, y todo ese veneno que nos ha estado contaminando por años. No importa lo mucho que lo deseemos. Nunca vamos a ser capaces de arreglarnos a nosotros mismos. ¡Ciertamente no podemos tener el poder de resucitar lo que está muerto! No podemos resucitar nada. Pero Cristo sí puede. Y el poder de Cristo está disponible para nosotros y en nosotros lo que creemos.

No sé que parece estar muerto en tu vida. No sé qué parece estar en la tumba para ti. No me interesa si es tu matrimonio, tu carrera, tus finanzas, tu salud o tus sueños. No me interesa qué está en la tumba. No me interesa si parece que ha estado en la tumba por días, como estuvo Jesús… o por dos meses… o seis años. Cuando Jesucristo se presenta en tu tumba, él puede liberarte. Él puede infundir vida en ti.

Considérate dichoso cuando enfrenets tiempos difíciles. Considérate dichoso cuando un sueño se disipa o un deseo es doblegado. ¿Y por qué? Porque estás a punto de ser liberado de una falsa esperanza y redirigido hacia una verdadera esperanza.

Me gusta el plan de gloria en el que pateó el último gol y luego señalo al cielo mientras recorro el estadio. Me gusta el plan de gloria en el que gano un Oscar y luego digo: “Simplemente quiero dar toda la gloria a Dios”. Me gusta el plan de gloria en el que escribo un libro que se convierte en éxito de ventas, y luego digo: “No fui yo… todo lo hizo Dios”. No quiero el plan en el que un sueño se hace añicos, se experimenta una crisis, o en el que siento que estoy caminando solo por demasiado tiempo… y luego Dios recibe la gloria.

Dios permitirá absolutamente el sufrimiento y la crisis para que separemos la esperanza de otras cosas y la fijemos en Él mismo. Él usará el sufrimiento del Plan B para fortalecer nuestra fe. Esto es, si se lo permitimos. Si confiamos en él y lo dejamos hacer la obra. Tienes que dejar de mirar a tus sueños hechos añicos y a tus expectativas insatisfechas como algo que Dios te está haciendo. Él no te está haciendo nada. Pero sí podría estar haciendo algo a través de ti. Tal vez esté haciendo algo en ti.

La esperanza no viene sólo por creer en el poder de Dios, sino también por aceptar y confiar en su momento oportuno. Y eso es difícil de hacer. Queremos su poder. Queremos su consuelo. Pero, con frecuencia, no queremos su calendario. Queremos que se revele cuando queremos que se revele, en la manera en que lo queremos.

Es importante que nos demos cuenta que la espera no siempre nos lleva al resultado que deseamos. Pero eso ya lo sabes. Eso es parte de lo que hace que la espera sea tan difícil.

Estás en medio de una jornada difícil y dolorosa en tu Plan B, y te sientes tentado a rendirte. Estás tentado a dar la vuelta, pero no lo hagas. Si das la vuelta ahora, te perderás lo que Dios tiene reservado para ti. Te perderás la transformación que te está esperando.

El resultado final de esta travesía a través de la noche oscura… será un cambio fundamental en nuestra motivación. En lugar de interactuar con otros y con el mundo a cambio de la gratificación, de la satisfacción y del placer que nos brindan, actuaremos según un deseo parecido al de Cristo de ayudar a otros en su lucha por llegar a una genuina comunidad de amor, belleza, verdad y bondad, y ver a los demás en la plenitud de su propia unicidad, complejidad, belleza y necesidad de salvación.

Se nos ha prometido que si ponemos nuestra confianza en Él, vendrá un día en el que “Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Apocalipsis 21:4). Esa es la promesa. Esa es la última palabra… que Dios, finalmente, derrotará al dolor y a la angustia de este mundo. Que ya Él los derrotó, pero simplemente estamos viviendo las secuelas de la batalla. Que llegará un día en que todo será restaurado.

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Plan B

Gran-dio-so. Así puedo describir este libro. El título es un poco engañoso, porque no se trata de saber qué hacer cuando el plan a no funcionó en la consecución de un objetivo. Aquí el Plan B es cuando ese objetivo nunca se podrá alcanzar debido a distintos factores y se sufren por esas desilusión. Tomando el ejemplo de personajes bíblicos, el autor explica las posibles salidas y confirma en quién puede encontrarse descanso. 100% recomendable para cuando se pasen situaciones adversas. Calificación de 10.
Plan B

Plan B

Algunas veces, nuestras desilusiones son, con toda claridad, nuestra culpa: tomamos una mala decisión o seguimos el camino equivocado. A veces, la culpa recae en las malas decisiones de otra persona. Otras veces, francamente, es un poco de ambas.

Todo el mundo necesita sanidad: Todo el mundo.

Nunca nadie creció pensando: Me va a dar cáncer a los cuarenta y uno. Nunca nadie creció pensando: Me van a despedir de mi trabajo a los cincuenta y siete. Nunca nadie planificó estar divorciada a los cuarenta y cinco, ni solo ni deprimido a los treinta y cinco. Nunca imaginaste que serías incapaz de tener hijos. Nunca imaginaste que te quedarías estancado en un trabajo sin posibilidades. Nunca imaginaste que la palabra que mejor describiría tu matrimonio sería mediocre. Pero pasó, y estás frustrado. O herido. O furioso. O todo lo anterior. Y seamos sinceros por un minuto. Parte de lo que provoca estas emociones tan fuertes es el hecho de que parece que todas las demás personas a tu alrededor están alcanzando sus sueños. Sus vidas parecen estar muy en orden.

Si no cambias tus creencias, tu vida será para siempre como es ahora.

Nos metemos en todo tipo de problemas cuando asumimos que Dios debe pensar y sentir como nosotros.

Aunque David se ha dado por vencido con Dios, Dios no se ha rendido con David.

Cuando abandonamos a Dios, fácilmente caemos en conductas perjudiciales que nos hieren a nosotros mismos y a otros. Todo lo que podemos pensar es aliviar nuestro malestar, y dejar atrás el dolor.

David tenía una posición y la perdió. Tenía una esposa y al perdió. Tenía un consejero sabio y lo perdió. Tenía un amigo y lo perdió. Tenía autoestima y la perdió.

¿Recuerdas algún momento como este, cuando ya no puede ignorar más la realidad de que lo que has anhelado no va a poder ser? Este es el momento cuando tu esposa te dice que el matrimonio lleg+o a su fin y que ella ya llamó al abogado. Cuando el consejero escolar te informa que tu hijo está usando drogas. Cuando el hombre de tus sueños dice que sólo quiere que sean amigos o cuando tu jefe te mira a los ojos y te dice: “No tengo otra opción. Hoy es tu último día”. Este es el momento cuando el doctor te dice que no hay nada más que él pueda hacer.

Rendirse a Dios no es sólo la opción apropiada, sino la única opción. Sólo porque no se hará mi voluntad, […] no significa que no se hará la voluntad de Dios. No voy a intentar controlar y mantener lo que no p uedo controlar ni mantener. Esta no es la historia que yo escribiría, pero ¡eh! yo no soy Dios. Vo a abandonar mi sueño, pero no a mi Dios.

Deseamos controlar los resultados en nuestras vidas. Queremos ganar, si es posible de alguna manera. Queremos estar en lo correcto. Queremos que se haga a nuestra manera. Este poderoso deseo se filtra en nuestros matrimonios, en nuestros trabajos y en nuestro estilo de criar a los hijos.

El poder de Dios generalmente se libera cuando alguien confía en él lo suficiente como para obedecerle.

¿Acaso no es más fácil confiar en alguien que conoces?

Las personas que viven en medio de un Plan B con frecuencia tienen una mirada parecida a la de un ciervo cuando lo alumbras con las luces delanteras de tu auto. Tal vez esta es la primera vez, o la primera vez en mucho tiempo, en la que confrontan una situación que está completamente fuera de su control. Así que están pasmadas de miedo, incapacitadas por la preocupación y tan ansiosa por lo que ha pasado y por lo que posiblemente ocurrirá luego, que no pueden tomar una decisión ni hacer ningún cambio. A veces, apenas pueden respirar. El miedo, por supuesto, es una experiencia universal del ser humano y no se limita a las experiencias Plan B. Por lo que sé, los expertos están en desacuerdo sobre si realmente nacemos sintiendo miedo por algo. Algunos dicen que nacemos con el miedo a caernos y el miedo al ruido. Otros añaden a la lista el miedo al abandono y hasta el miedo a las serpientes (¡estoy casi seguro que yo nací con ese miedo!) Otros niegan que cualquiera de estos miedos sea innato, e insisten que todos los miedos son aprendidos. Pero no parece haber mucho desacuerdo sobre el hecho de que venimos a este mundo con la capacidad de sentir miedo. Y la mayoría de nosotros comienza a desarrollar temores a una edad temprana.

Con mucha frecuencia se nos alerta sobre posibles fuentes de peligro y esto nos condiciona a ver amenazas por todos lados. Se nos instruye a que cubramos nuestro rastro, a que no confiemos en nadie, a que evitemos el fracaso a toda costa. Hemos sido especialmente “configurados” para sentirnos amenazados por cualquier cosa que esté fuera de nuestra cerca.

No sé si alguna vez has tenido la oportunidad de pasar tiempo cerca de alguien que está enfrentando a la muerte. Como pator, he pasado tiempo con muchas personas que han estado a días o a minutos de partir de esta vida. La similitud en nuestras conversaciones es casi misteriosa. Las personas agonizantes casi siempre hablan sobre como finalmente “ahora sí entienden”. Comprenden que han pasado demasiado tiempo en sus vidas preocupándose por cosas que no lo merecían, temiendo cosas que no valían la pena temer. Con frecuencia, anhelan otra vez esos momentos.

En una ocasión [El conferencista y motivador Earl Nightingale] hizo una famosa comparación entre la preocupación y una neblina que evita que veamos las cosas como son realmente. El procedió a señalar que “una densa neblina que cubre siete cuadras en una ciudad, hasta una profundidad de treinta metros, está compuesta de un poco menos que un vaso de agua”. El dijo que si creamos categorías de nuestros afanes comunes y corrientes, un cuarenta por ciento de las cosas por las que nos preocupamos nunca ocurren. Un treinta por ciento adicional son cosas que ocurrieron en el pasado y que ya no pueden cambiarse. Un afán innecesario por nuestra salud personal ocupa un doce por ciento de nuestras preocupaciones, y otro diez por ciento son simplemente asuntos insignificantes. En otras palabras, según Nightingale, “el noventa y dos por ciento de las preocupaciones son pura neblina sin ningún tipo de sustancia”. Esto nos deja con cerca de un ocho por ciento de nuestras preocupaciones que son asuntos legítimos y que sí merecen que nos preocupemos.

He notado que aun aquellos de nosotros que hemos confiado nuestra eternidad a nuestro Padre Celestial, con frecuencia nos da trabajo confiarle nuestros mañanas. De hecho, por lo que sé, la mayoría de nosotros los cristianos tiene la mismas precupaciones básicas que nuestros vecinos no cristianos. Como cualquiera otra persona, nos preocupamos por la economía, por nuestra salud, nuestros hijos, nuestras relaciones. Como cualquier otra persona, tememos perder nuestros empleos, perder nuestra salud o perder nuestras casas. Sin embargo, ¡no debemos ser como todo el mundo! Nuestra respuesta ante las amenazas que enfrentamos debe ser tan fuera de lo ordinario que la gente se sorprenda. No es que no nos preocupemos, ni siquiera es que no sintamos temor, sino que debemos reaccionar diferente ante las amenazas del mundo porque nuestra esperanza está anclada en otra parte.

Lo extraordinario sobre el temer a Dios es que cuando temes a Dios no temes a nada más; mientras que, cuando no tenes a Dios, le temes a todo lo demás.

[A alguien que está atravesando por un Plan B] Le diría que dé un paso hacia atrás, que se aleje del caos. No podemos ver con claridad cuando estamos en medio de él. Respira hondo. Permite que el viento sople en tu rostro. Cualquiera sea tu reto, vas a superarlo. Porque no importa como se vean las cosas, Dios está contigo.

Que se fastidie todo… ¡me voy de aqui! Una semana atrás yo era dueño de esclavos y ahora soy uno de ellos. Pero no lo hace [José]. En lugar de esto, tiene la suficiente fe para entender que tal vez Dios tiene un plan en todo lo que le ha ocurrido. Quizás Dios puede usarme aquí. Ciertamente, este no es el plan que tenía en mente, pero tal vez Dios tiene otros planes

Con frecuencia, las personas asumen automáticamente que si están pasando por una crisis Plan B, seguro que malentendieron o malinterpretaron la voluntad de Dios. Muchas de ellas están intensamente preocupadas con entender la voluntad de Dios para que las cosas puedan regresar a la normalidad.

El problema es que la mayoría de nosotros nos enfocamos tanto en el qué, el cuándo y el dónde que descuidamos la pregunta más importante que es por qué.

Sólo porque Dios te llame para un cometido, no garantiza que el cometido tendrá éxito. Simplemente porque la vida no resulte de la manera en que pensaste, no significa que dejaste pasar la voluntad de Dios.

El precio de llegar a ser la persona que Dios quiere que seamos, usualmente no viene de éxito, éxito, éxito. Es de pérdida, éxito, fracaso, éxito, despecho, éxito, desilusión, éxito.

Nuestra visión de lo que Dios quiere y lo que está haciendo en nuestras vidas es muy, muy limitada. Tendemos a pensar que Dios está con nosotros sólo cuando todo está marchando de maravillas y todas las gráficas de nuestras vidas van hacia arriba y hacia la derecha. Pensamos que nuestras situaciones Plan B son señales de que no estamos donde Dios quiere que estemos. Creemos que nuestro sufrimiento es una señal de que no estamos entendiendo algo bien, y no que es evidencia de que Dios está obrando para enseñarnos y traernos bendición.

Una cosa es estar atravesando un Plan B porque hiciste algo mal. Es completamente distinto el dar lo mejor de ti, no hacer nada incorrecto, y aún así que se vengan abajo todos tus planes. ¡Simplemente no es justo! Entonces… ¿está Dios contigo aún cuando eso pasa? Creo que la respuesta es si… pero eso tal vez no quiera decir lo que tú quieres que diga.

Y sí, cuando estás pasando por todo eso, Dios todavía está contigo. Pero no pienses que esto quiere decir que elimina tu dolor, ira, desilusión, y pérdida en ese momento. No pienses que no van a sentir una punzada de injusticia. Me ha tomado mucho tiempo entender esto; entender que aun cuando Dios está conmigo, la vida no siempre va a resultar de la manera que he deseado. Sabía que existirían luchas y desilusiones. Sin embargo, una parte de mi aún así quería creer que mi fe podría funcionar como una especia de calmante gigante. Quería creer que mientras supiera que Dios estaba conmigo, el dolor de esos momentos difíciles sería aliviado.

Y sorprendentemente, a pesar de que Job siente ira y confusión a lo largo de esta inexplicable tragedia, él se las ingenia para mantenerse aferrado a su fe. El cuestiona a Dios, le grita a Dios, pero nunca pierde la esperanza en Dios. Mantiene su compromiso. A la larga, le permite a Dios que lo lleve a un lugar mejor y más sólido, un lugar de sabiduría, humildad y de una fe más profunda. Y todo eso antes de que Dios restaure toda su riqueza.

El sermón más poderoso en el mundo consiste en dos palabras: yo también. […] Porque cuando estás luchando con las circunstancias del Plan B, cuando estás lidiando con expectativas insatisfechas, cuando te sientes herido y tienes dudas, cuando te estás haciendo preguntas y estás llorando, no hay nada más conciliador que saber que alguien más ha estado allí. Cuando estás dolido y tienes dudas, no hay nada más reconfortante que escuchar a alguien decir: “Sé por lo que estás pasando”. Cuando te estás haciendo preguntas y estás llorando, no hay nada que te ayude más que alguien te diga: “Estoy contifo en esto”. Yo también. Cuando otras personas se acercan a decirte esas palabras, de alguna manera sabes que no te van a juzgar ni a menospreciarte ni a sermonearte. Ellas entienden. No tienen que decir ni una palabra porque su simple presencia es como un ungüento sanador para tu dolor.

He visto a muchísimas personas perderse por completo el regalo de la comunidad en medio de su Plan B porque asumieron que Dios no estaba con ellas. Asumieron que nada bueno podría resultar de su dolor. No comprendieron, ni siquiera reconocieron a las personas “yo también” que se presentaron en sus vidas, ofreciendo consuelo y fortaleza en medio de la oscuridad. Y esa justamente es la lección para mi y para ti: ¡no lo hagas! No permitas que tu dolor, sin importar lo profundo que pueda ser, te impida el que aceptes el regalo de la comunidad. No permitas que tu desilusión, sin importar lo devastadora que pueda ser, te impida escuchar (¡o decir!) “Yo también”.

Es mucho más probable que encontremos comunidad en el círculo de personas que han sido quebrantadas.

Por lo general, nuestra lista de pecados involucra aquellos con los que personalmente no luchamos mucho. ¿Sabes qué pecados considero que son los más despreciables para el corazón de Dios? Aquellos que normalmente no cometo. Aquellos que simplemente no me tientan, o aquellos a los que temo tanto que nunca admitiría. Esos son los pecados en mi lista, esos son contra los que hago campaña.

De nuevo , no sé cual es tu Plan B. Puede o no que se relacione con una adicción. Lo que si sé es que en medio de tu Plan B, la vida no está resultando de la manera en que esperabas. Te han hecho recordar que no estás en control, y todo esto puede llevarte a algunos extremos malsanos. He aqui algo que también sé. Si tratas de vencer tu Plan B, tu problema, tu basura, tus pecados, por tu cuenta, te va a derrotar. Rinde tu voluntad, humíllate, a pesar de lo intimidante que es esto, y entonces otro tipo de vida se hace posible. “Ten misericordia de mi, un pecador” son las palabras que hacen posible que aceptes el perdón y el consuelo de Dios. También esas son las palabras que abren tus oídos para escuchar el “yo también” de otras personas que están a tu alrededor. El rendirte es esencial para que puedas experimentar la comunidad que necesitas.

Con demasiada frecuencia en nuestras iglesias, no escuchamos sobre algunos asuntos hasta que ya es demasiado tarde. Es como si nadie tuviera problemas pequeños. Tal como alguien me lo describió en una ocasión: sólo escuchamos sobre la casa que se está quemando, no oímos sobre el problema eléctrico. Escuchamos sobre el divorcio… ¿pero qué tal si hubieran podido hablar sobre el asunto de la pornografía? Escuchamos sobre el arresto por malversación… ¿ per qué tal si hubieran podido hablar sobre los abrumadores problemas financieros? Escuchamos sobre los suicidios… ¿pero qué tal si hubieran podido hablar sobre la abrumadora oscuridad que los estaba cubriendo? Escuchamos que el hijo se fue de la casa… ¿ pero qué tal si hubieran podido hablar de todos los conflictos que estaban teniendo antes de esto? Nunca sabremos qué habría pasado si las personas hubieran sido capaces de abrir sus vidas lo suficiente para escuchar -o para decir- “yo también”. No cabe duda de que a veces la comunidad cristiana puede ser un lugar peligroso cuando tus sueños se hacen trizas. Los cristianos (igual que otros pecadores) pueden ser culpables de ofrecer respuestas cliché, promesas deshonestas y expectativas falsas. A los cristianos (igual que a otros pecadores) se les ha tildado de criticos o simplemente inconscientes. Los cristianos (igual que otros pecadores) con frecuencia olvidan decir “yo también”, o ni siquiera reconocen que eso es posible. Así que si te sientes tentado a huir de la iglesia o simplemente a ocultar tu dolor cuando estás con otras personas, puedo entenderlo. Sin embargo, me gustaría que no lo hicieras. Me gustaría alentarte a que luches con la tentación de ocultar. Arriésgate a compartir tu autentico ser todas las veces que sea posible. Confía en que Dios, con el tiempo, te va a proveer una comunidad que te rodeará, aun si esto llega del lugar que menos lo esperes. (En el proceso, puede que te conviertas en un verdadero don del cielo para alguien que también está herido y que necesita escuchar “yo también”).

Tal vez estás peleando con Dios en este momento. No estás feliz con la forma en que tu vida está marchando. Quizás le estás orando y suplicando a Dios. Pero, ¿crees que es posible que realmente no quieras a Dios? ¿Es posible que sólo quieras lo que piensas que Dios puede darte? Una de las cosas que creo que Dios me está enseñando en mi vida en estos días es que hay momentos en que queremos más nuestros sueños que lo que queremos a Dios. Queremos lo que Dios hace por nosotros en lugar de simplemente a Dios.

Quiero alcanzar el punto donde sinceramente pueda decir: “Si Dios no me da ni una cosa más en esta vida, aún así le debo todo”.

El poder es sólo la herramienta que creemos necesitar para derrotar las cosas de este mundo que son un estorbo para nuestra esperanza. Es por esto que la gente que ha perdido la esperanza con frecuencia dice: “¡Me siento tan impotente!”. Lo que deseamos es esperanza. Eso es lo que todos necesitamos desesperadamente. Y cuando estamos atravesando por las circunstancias del Plan B -cualquiera sea ese Plan B- la esperanza parece escasear.

Pienso que es interesante que no hablemos mucho sobre el sábado. Pasamos mucho tiempo hablando del Viernes Santo, lo que, por supuesto, debemos hacer. Ese es el día en que ocurrió la redención por medio del vertimiento de la sangre de Cristo. Es un día muy importante. Nadie discute que el Domingo de Resurrección es un día de celebración. Celebramos que JEsús conquistó a la muerte para que así nosotros tengamos vida. Nada supera al Domingo de Resurrección. Sin embargo, no escuchamos mucho sobre el sábado, ¿cierto? El sábado parece un día en el que nada está pasando. Es un día de cuestionamiento, duda, y definitivamente, de espera. Es el día de la impotencia y la desesperanza. Es un día en el que comenzamos a preguntarnos si Dios se quedó dormido al volante o simplemente no tiene el poder para hacer nada con respecto a nuestros problemas. No obstante, ¿crees posible que el sábado sea realmente un día de preparación? ¿Será posible que Dios se esté preparando para hacer su mejor obra en nosotros? Eso es exactamente lo que está ocurriendo ese sábado después de la crucifixión de Jesús. El sábado fue el día en el que Dios estaba diseñando una resurrección.

Tal vez estás leyendo esto y te das cuenta que nunca has puesto tu máxima esperanza en Jesucristo. Puedes hacerlo justo en este momento. Confiesa tu pecado y pide perdón. Recibe vida. Pon tu vida y tu destino eterno en sus manos. Y cuando lo hagas, habrás colocado tu esperanza en el único lugar en la tierra donde ningún poder puede tocarla: ninguna circunstancia, ninguna desilusión, ningún accidente, ninguna culpa, ningún pesar, ningún error. Ni siquiera la muerte misma. Y no, eso no te sana de cáncer. Eso no borra la bancarrota por la que estás atravesando. Eso no sana tu relación destrozada. Eso no rremplaza tu sueño en pedazos. Pero si puede recordarte que aunque la vida es incierta, Dios no lo es. Aunque nuestro poder es limitado, el de Dios es ilimitado. El todavía sostiene al mundo es sus manos. Aunque nuestra esperanza pueda ser frágil, Dios es la esperanza misma. Tu mundo puede parecer caótico, especialmente cuando estás atascado en un sábado, luchando desesperadamente con tu Plan B. Pero no lo dudes… Dios está todavía en control. Y de una manera u otra, el domingo está a punto de amanecer.

Ellos estuvieron tratando de encontrar un “balance entre la planificación para la pérdida y la esperanza de algún milagro”. Y creo que esa afirmación describe lo que muchos de nosotros sentimos en medio de un Plan B. Queremos creer que de alguna manera Dios puede y va a redimir nuestra confusión con el Plan B, pero simplemente no estamos seguros de cómo algo bueno podría resultar de esta situación en particular. Queremos esperanza, pero la esperanza parece distante, inverosímil y tal vez, hasta inapropiada. ¿Te has sentido así alguna vez? ¿Te sientes así ahora? Buano, no puedo decirte con ninguna confianza que todo resultará de alguna forma en particular para ti. No puedo decirte cuándo tu Plan B se normalizará y se resolverá. Ni siquiera puedo decirte que las cosa van a mejorar. Simplemente no tengo esa información. Nadie la tiene. Pero sí puedo decirte que Dios tiene una perspectiva de la vida que nosotros no tenemos… y Dios está trabajando en tu situación justo en este momento, aun cuando no puedes verlo. Si hubiera estdo cerca de la cruz el día en que Cristo fue crucificado, habrías jurado que aquello era lo peor que podía pasar. Hoy día no lo vemos así, ¿no es cierto? Tenemos un par de miles de años de perspectiva, y ahora muchos de nosotros percibimos la cruz como la cosa más bella que hemos visto en nuestras vidas.

Ahora bien, aunque algunos no estén de acuerdo conmigo, me parece que la esperanza ha sido implantada en nosotros como una inclinación natural, igual que ocurre con el amor y con la fe. Nacemos con el deseo de ver nuevas posibilidades, de anhelar algo mejor de lo que vemos en el momento. La esperanza simplemente está engranada en nuestro ser.

Y esto es importante: la esperanza, la transformación, la gloria no ocurren necesariamente el domingo cuando la crisis terminó y la espera del sábado acabó y el Plan B es simplemente un recuerdo. La esperanza y la transformación y la gloria son parte de todo el proceso.

Confiar significa creer que alguien va a estar contigo sin importar lo que esté ocurriendo en el camino que tienes delante de ti o detrás de ti. En otras palabras, confiar en Dios no significa que Dios se revela exactamente de la forma en que pensaste que lo haría. Confiar en Dios no significa que su momento oportuno va a ser tu momento oportuno.

Tengo la tendencia a vivir según manejo. Quiero llegar del punto A al punto B, en el tiempo más corto posible y por la ruta más fácil posible. Pero me he dado cuenta que llegar a donde Dios quiere que yo llegue apenas es tan importante como llegar a ser la persona que Dios quiere que yo sea en el proceso. Y Dios parece estar mucho menos preocupado del camino hacia donde voy que de la persona en la que me estoy convirtiendo.

La transformación espiritual no ocurre el domingo , cuando obtenemos lo que queremos. Ocurre el sábado, mientras estamos esperando. Es lo que se forja mientras estamos esperando, anhelando y creyendo, aun cuando todavía no hemos recibido eso que tanto estamos anhelando.

Adoramos a un Dios que se especializa en resurrecciones. El se especializa en situaciones sin remedio.

Si estás en medio de la espera por un milagro o esperando que un sueño se haga realidad, probablemente te sientas desesperanzado. Puede que te sientas frustrado y malhumorado, o simple y sencillamente harto de esperar. Es posible que sientas que la espera es una pérdida de tiempo, como si no estuvieras haciendo nada. Pero no estás haciendo nada, de ninguna manera. De hecho, tal vez esta espera es lo más importante que puedes y necesitas hacer. Lo que estás haciendo es permitir que tu espera madure. Y si no puedes estar quieto y esperar y tener esperanza, aun cuando no exista ninguna razón para tener esperanza, no puedes llegar a ser la persona que Dios creó cuando pensó en ti. Por lo tanto, no importa lo que pueda parecer, lo frustrante y doloroso y el poco sentido que parece tener, tu espera sí tiene un propósito.

Dios tiende a captar nuestra atención a través de las crisis de nuestros Plan B. De hechom muchos de nosotros iniciamos nuestra jornada con Dios durante un momento de dificultad. Y también sé que cuando estoy luchando con una situación Plan B, tiendo a orar más, a leer más la Biblia y a depender mucho más en mi comunidad de fe. También tiendo a experimentar un nivel más profundo de intimidad con Dios cuando estoy atravesando por una crisis. Detesto esto de mí, pero es la verdad. Cuando las cosas están marchando “a pedir de boca”, tiendo a sentirme bastanta autosuficiente y siempre estoy muy ocupado. La agenda de mi vida me absorbe y hasta puedo llegar a usar a la gente para obtener lo que creo que deseo.

Aunque Dios no necesita nuestras tragedias para transformarnos, él ciertamente usa nuestros Plan B para suscitar cambios en nuestras vidas.

Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores; este es su megáfono para despertar a un mundo sordo.

La gente no siente que tiene alternativas cuando está atravesando por un Plan B. Sienten que les han quitado todas sus opciones. Y eso es cierto hasta cierto punto… sólo hasta cierto punto. Es posible que no hayas elegido si podrías tener hijos o si tu ser querido moría o si te despedían o si tu esposo tuvo una aventura amorosa. Pero sí puedes elegir cómo vas a responder. Y esa decisión encierra una maravillosa dosis de esperanza.

No existe un Plan B tan devastador que nuestro Señor no pueda redimir. NO existe ningún dolor que podamos experimentar que él no pueda comprender. El entiende la traición y la pérdida que sientes. El entiende el dolor y la humillación. El comprende la desilusión y el desaliento. El simplemente… entiende. Después de todo, el ha pasado por todo eso antes de nosotros. (¿Crees que exista un ejemplo más contundente de transformación a través de la tragedia de la cruz?). Y él está ahí por nosotros en las más devastadores “noches oscuras” de nuestros Plan B.

Ya se trate de que tu Plan B sea autoinfingido o algo que te ha ocurrido, es posible que sientas que es tu pequeño infierno personal. Imagina entonces… aún allí. Dios está completamente ofreciéndote su presencia. Y esa es una poderosa promesa para cualquiera que está atrevsando una “noche oscura del alma”. Es un poderoso recordatorio para cualquiera caminando con gran esfuerzo a través de un Plan B. Y es la clave para la transformación en la tragedia: podemos permanecer en él porque él permanece con nosotros.

He descubierto que a veces Dios quiere que vivamos dentro de las preguntas. Algunas veces él desea que nos quedemos esperando, anhelando, orando. En ocasiones, es justo en medio de nuestra oscuridad, en medio de nuestra crisis, en medio de las luchas de nuestro Plan B, donde Dios habla con mayor claridad. ¿Por qué? Quizás porque es sólo en ese momento que estamos listos para escuchar. No estoy seguro. Por lo que si sé es esto: tener preguntas no es nada malo. Todo lo contrario, de hecho, He llegado a pensar que deberíamos tener más preguntas y menos conclusiones. Más misterio y menos suposiciones. Más asombro y menos ecuaciones.

Desde la caída de Adán y Eva, hemos tenido que lidiar con este problema del pecado y del mal. Este mundo está quebrantado y manchado con pecado, y así no es como estaba supuesto a ser. Cosas malas le ocurren a gente buena. Gente buena hace cosas malas. Muhas personas sufren en maneras completamente fuera de proporción con respecto a lo que han hecho. En cierto sentido, la caída fue el primer Plan B; la fuente de todos nuestros frustrantes y angustiantes Plan B. No obstante, inmediatamente después de la caída, Dios comenzó a trabajar en un plan para traer redención a cada uno de nosotros. Él reunió a un publo y les enseñó sobre sí mismo. Les mostró su fidelidad y misericordia, les castigó y les perdonó, les enseñó quién era Él y cómo vivir juntos. Y luego, en el momento apropiado, envió a su Hijo, Jesús, quien conquistó el pecado y la muerte que se originaron como resultado de la caída. Por causa de JEsús, sufrimiento nunca es la última palabra. Se nos ha prometido que si ponemos nuetsra confianza en el, vendrá un día en el que “Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Apocalipsis 21:4). Esa es la promesa Esa es la última palabra…

Tu Plan B actual puede fácilmente tornarse en algo muy bueno. Las cosas pueden mejorar, aún cuando no resulten de la forma que lo planificaste. De hecho, las cosas probablemente sí mejorarán. Puede ser que te reconcilies con to cónyuge, o tal vez seas capaz de vivir una vida satisfactoria sin tu cónyuge. Puede ser que te sanes, o tal vez aprendas a manejar tu enfermedad. Puede ser que te devuelvan tu empleo, o tal vez encuentres una carrera completamente nueva. También es posible que las cosas empeoren, que no mejores, Puede que enfrentes un Plan B tras otro, tal vez por el resto de tu vida. Y aún cuando las cosas sí mejoren, podrías que tener que vivir toda tu vida con el dolor de lo que tuviste y perdiste. Durante toda tu vida, una parte de ti probablemente llorará la muerte de tu sueño original. Aun entonces, todavía tenemos la promesa de que eventualmente, de alguna manera y de alguna forma, todo será restaurado. Y entretanto, en medio de nuestro sufrimiento, contamos con la presencia de Dios, la cual experimentamos por medio de la fe. Tenemos esperanza, la cual viene por medio de la fe.

Cada vez que experimentas el dolor del rechazo, la ausencia o la muerte, estás haciendo frente a una elección. Puedes volverte un amargado y decidir que no vas a amar nuevamente, o puedes pararte derecho en tu dolor y dejar que el suelo en el que estás parado se vuelva cada vez más rico y más capaz de dar vida a nuevas semillas.