Los cuadernos de Don Rigoberto

Mario Vargas Llosa

Los cuadernos de Don Rigoberto

Los cuadernos de Don Rigoberto


Dos Rigoberto se ha separado de Lucrecia por un bochornoso asunto. Para poder hacer frente al rompimiento, se inventa una serie de fantasías eróticas en las que participan ambos y que plasma de manera elegante en un cuidadoso libro de apuntes. Al final, el amor triunfará. Calificación de 9.5.

Revejido: Envejecido antes de tiempo:
Munuficencia: Generosidad espléndida, especialmente la de un rey, magnate, soberano, etc.
Rientes: Que es alegre o muestra alegría.
Sierpe: Cualquier cosa que se mueve como si fuera una serpiente.
Embridar: Colocar la brida a las caballerías.
Cacaseno: Que es necio o estúpido.
Muerma: Estado de abatimiento o somnolencia producido por el aburrimiento, la fatiga o motivado por la ingestión de alcohol o drogas.
Cachafaz: Pícaro, sinvergüenza.
Crótalo: Catañuelas.
Meliflua: Excesivamente dulce, suave o delicado.
Cuchufleta: Broma o burla.
Hiatos: Encuentro de dos vocales que se pronuncian en sílabas distintas.
Posma: Se dice de la persona lenta y parsimoniosa.
Estulticia: Necedad, ignorancia, tontería.
Deicidas: los que dieron muerte a Jesucristo.
Lisurienta: Atrevida.
Curcuncho: Jorobado o joroba.
Behetría: Antiguamente, población cuyos vecinos podían elegir por señor a quien quisiesen.
Bituminosa: Que tiene betún o semejanza con él.
Lúcuma: Fruto del lúcumo, del tamaño de una manzana pequeña.
Hipogrifo: Animal fabuloso, mitad caballo y mitad grifo alado.
Vaharada: Exhalación de vaho o respiración.
Meandro: Adorno de líneas sinuosas y repetidas.

Ya sé que estás casada con un honorable caballero limeño, viudo y gerente de una compañía de seguros. Yo lo estoy también, con una gringuita de Boston, médica de profesión de seguros, y soy feliz, en la modesta medida en que el matrimonio permite serlo.

¿Sabías que el burro, el mono, el cerdo y el conejo eyaculan en doce segundos, a lo más? – Pero, el sapo puede copular cuarenta días y cuarenta noches, sin parar.

Sus modelos se levantan las faldas, muestran todo, se les ve en posturas rarísimas, pero nunca parecen vulgares. Siempre, unas reinas. ¿Por qué? Porque tienen majestad. Como tú, madrastra.

¿Ya borracho? Camino de estarlo, pues los whiskies se sucedían en sus manos como cuentas de rosario en las de una devota.

Estaban peleando y fornicando a la vez, como tiene que ser, como tendría que ser siempre.

¿Dónde está el heroísmo en hacerse mazamorra al volante de un bólido con motores que hacen el trabajo por el humano o en retroceder de ser pensante a débil mental de sesos y testículos apachurrados por la práctica de atajar o meter goles a destajo, para que unas muchedumbres insanas se desexualicen con eyaculaciones de egolatría colectivista a cada tanto marcado? Al hombre actual, los ejercicios y competencias físicas llamadas deportes, no lo acercan a lo sagrado y religioso, lo apartan del espíritu y lo embrutecen, saciando sus instintos más innobles: la vocación tribal, el machismo, la voluntad de dominio, la disolución del yo individual en lo amorfo gregario.

El sexo era demasiado importante para compartirlo.

El cuaderno, en ese momento le regaló una cita propicia, de Borges: «El deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales». A don Rigoberto se le ocurrió una apostilla machista: «¿Y si en vez de cosas pusiéramos mujeres, qué?».

Los artistas son personas complicadas, que te lo explique tu papá. No tienen que ser unos santos. No hay que idealizarlos, ni satanizarlos. Importan sus obras, no sus vidas.

Al mismo tiempo que estoy a favor de la fe, las religiones en general me incitan a taparme la nariz, porque todas ellas implican el rebañismo procesionario y la abdicación de la independencia espiritual. Todas ellas coartan la libertad humana y pretenden embridar los deseos. Reconozco que, desde el punto de vista estético, las religiones —la católica, acaso, más que ninguna otra con sus hermosas catedrales, ritos, liturgias, atuendos, representaciones, iconografías, músicas— suelen ser unas soberbias fuentes de placer que halagan el ojo, la sensibilidad, atizan la imaginación y nos combustionan de malos pensamientos. Pero, en todas ellas hay emboscado siempre un censor, un comisario, un fanático y las parrillas y tenazas de la inquisición. Es cierto, también, que, sin sus prohibiciones, pecados, fulminaciones morales, los deseos —el sexual, sobre todo— no hubieran alcanzado el refinamiento que tuvieron en ciertas épocas.

Y por verte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma…

Manuel explicó a Lucrecia la diferencia entre el eunuco, variante principalmente sarracena practicada desde el medioevo con los guardianes en los serrallos, a quienes la ablación inmisericorde de falo y testículos volvía castos, del castrado, versión occidental, católica, apostólica y romana, que consistía en privar sólo de los mellizos —dejando en su sitio lo demás— a la víctima de la operación, a quien no se quería privar de la cópula, sino, simplemente, impedir la transformación de la voz del niño que, al llegar a la adolescencia, baja una octava. Manuel contó a Lucrecia la anécdota, que ambos habían festejado, del castrati Cortona, quien escribió al Pontífice Inocencio XI pidiéndole permiso para casarse. Alegaba que la castración lo había dejado indemne para el refocilo. Su Santidad, que no tenía nada de inocente, de puño y letra escribió al margen de la solicitud: «Que le castren mejor». («Esos eran Papas», se alegró don Rigoberto.)

Lo más cobarde y sucio que existe: mandar anónimos.

Metido en el escritorio, oyendo música, contemplando sus grabados. Pero, es un pretexto. No se encierra ahí para leer, ver pinturas ni oír sus discos. Sino, para pensar en ti.

No hay manía o fobia que carezca de grandeza, ya que ellas constituyen la originalidad de un ser humano, la mejor expresión de su soberanía.

La ficción es una fuga a lo imaginario que enmienda la vida.

De modo que estas cosas existen. No sólo en los malos pensamientos, en el arte o las fantasías de los poetas; también, en la vida real. De modo que un culo así es posible en la realidad de carne y hueso, en las mujeres que pueblan el mundo de los vivos.

¿Quién podía hablar de los puntitos rojos de mis axilas, de las rosadas nervaduras de las cavidades ocultas entre los dedos de mis pies, de esa «fruncida boquita circundada por una circunferencia en miniatura de alegres arruguitas de carne viva, entre azulada y plomiza, a la que hay que llegar escalando las lisas y marmoleas columnas de tus piernas» ? Sólo tú, amor mío.

La única patria que reverencio es la cama que holla mi esposa, Lucrecia (Tu luz, alta señora / Venza esta ciega y triste noche mía, fray Luis de León dixit) y, su cuerpo soberbio, la única bandera o enseña patria capaz de arrastrarme a los más temerarios combates, y el único himno que me conturba hasta el sollozo son los ruidos que esa carne amada emite, su voz, su risa, su llanto, sus suspiros, y, por supuesto (tápese los oídos y la nariz) sus hipos, eructos, pedos y estornudos. ¿Puedo o no puedo ser considerado un verdadero patriota, a mi manera?

Schiele pintando una modelo desnuda delante del espejo (1910) (Graphische Sammlung Albertina, Viena) leyó doña Lucrecia. Mientras lo examinaba, intrigada por algo que no sabía qué era, salvo que no estaba en el cuadro mismo, una presencia, o más bien una ausencia, oía a medias a Fonchito, ya en ese estado de excitación progresiva al que lo llevaba siempre hablar de Schiele. Le explicaba a Justiniana que el espejo «está donde estamos nosotros, los que vemos el cuadro». Y que, la modelo vista de frente no era la de carne y hueso, sino la imagen del espejo, en tanto que sí eran reales, no reflejos, el pintor y la misma modelo vista de espaldas. Lo que quería decir que, Egon Schiele, había empezado a pintar a Moa de espaldas, frente al espejo, pero, luego, atraído por la parte de ella que no veía directamente sino proyectada, decidió pintarla también así. Con lo cual, gracias al espejo, pintó dos Moas, que, en verdad, eran una: la Moa completa, la Moa con sus dos mitades, esa Moa que nadie podría mirar en la realidad porque «nosotros sólo vemos lo que tenemos delante, no la parte de atrás de ese delante».

Mi odio a Playboy, Penthouse y congéneres no es gratuito. Ese espécimen de revista es un símbolo del encanallamiento del sexo, de la desaparición de los hermosos tabúes que solían rodearlo y gracias a los cuales el espíritu humano podía rebelarse, ejercitando la libertad individual, afirmando la personalidad singular de cada cual, y crearse poco a poco el individuo soberano en la elaboración, secreta y discreta, de rituales, conductas, imágenes, cultos, fantasías, ceremonias, que, ennobleciendo éticamente y confiriendo categoría estética al acto del amor, lo desanimalizaran progresivamente hasta convertirlo en acto creativo. Un acto gracias al cual, en la reservada intimidad de las alcobas, un hombre y una mujer (cito la fórmula ortodoxa, pero, claro, podría tratarse de un caballero y una palmípeda, de dos mujeres, de dos o tres hombres, y de todas las combinaciones imaginables siempre que el elenco no supere el trío o, concesión máxima, los dos pares) podían emular por unas horas a Hornero, Fidias, Botticelli o Beethoven.

La pornografía despoja al erotismo de contenido artístico, privilegia lo orgánico sobre lo espiritual y lo mental, como si el deseo y el placer tuvieran de protagonistas a falos y vulvas y estos adminículos no fueran meros sirvientes de los fantasmas que gobiernan nuestras almas, y segrega el amor físico del resto de experiencias humanas. El erotismo, en cambio, lo integra con todo lo que somos y tenemos. En tanto que, para usted, pornógrafo, lo único que cuenta a la hora de hacer el amor es, como para un perro, un mono o un caballo, eyacular, Lucrecia y yo, envídienos, hacemos el amor también desayunando, vistiéndonos, oyendo a Mahler, conversando con amigos y contemplando las nubes o el mar.

En lo relativo a pintura y escultura, mi criterio de valoración artístico es muy simple: todo lo que yo podría hacer en materia plástica o escultural es una mierda. Sólo califican, pues, los artistas cuyas obras están fuera del alcance de mi mediocridad creativa, aquellos que yo no podría reproducir. Este criterio me ha permitido determinar, al primer golpe de vista, que toda la obra de «artistas» como Andy Warhol o Frida Kahlo es una bazofia, y, por el contrario, que hasta el más somero diseño de Georg Grosz, de Chillida o de Balthus son geniales.

El mundo de fantasía, de placer, de deseos en libertad, mi única patria querida, no hubiera sobrevivido indemne a la escasez, la estrechez, las angustias económicas, el agobio de las deudas y la pobreza. Los sueños y los deseos son incomestibles. Mi existencia se hubiera empobrecido, vuelto caricatura de sí misma.

—Con unas orejas así, uno debe oír más que las personas normales —decía—Y, con semejante nariz, oler lo que no huele el común de los hombres.

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Toda felicidad es fugaz. Una excepción, un contraste. Pero, tenemos que reavivarla, de tiempo en tiempo, no permitir que se apague. Soplando, soplando la llamita.

Qué poco había durado, que cortísima esa abrumadora felicidad. Ahí estaba, de nuevo, cruda y dura, Rigoberto, la vida real.

Los náufragos se agarran de lo que se les pone delante sin hacer ascos.

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Quien mató a Palomino Molero

Mario Vargas Llosa.

¿Quien mató a Palomino Molero?

¿Quien mató a Palomino Molero?


El hallazgo de un cadáver que muestra signos de tortura y gran saña, inicia las investigaciones de dos policías para dar con los ejecutores, llevándolos a conocer los secretos, motivaciones, angustias y amores de los involucrados. Calificación de 9.

Cacaseno: Hombre despreciable, necio.
Porongo: Planta cucurbitácea, herbácea anual de hojas grandes y frutos blancos o amarillentos que se emplean como recipientes para diversos usos.
Churre: Grasa sucia que escurre de algo.
Mangache: Esclavo venido de Madagascar.
Turbamulta: Multitud confusa y desordenada.
Lúcuma: Fruto del lúcumo, del tamaño de una manzana pequeña.
Percala : Tela de algodón de poca calidad.
Lisuriento: Igualdad y tersura de la superficie de una cosa. Ingenuidad, sinceridad. Dicho o hecho desvergonzado. Atrevimiento, desparpajo.
Chupaco: Ebrio
Bulín: Establecimiento de prostitución
Macró: Proxeneta. Rufián.
Fustán: Tela gruesa de algodón, con pelo por una de sus caras.
Cumanana: Cantar compuesto en cuartetas o décimas que suele entonarse al son de arpas o guitarras propio de la costa norte del Perú.
Piajeno: Burro
Acequia: Zanja o canal por donde se conducen las aguas para regar y para otros fines.
Calatear: Desnudar
Pendejo: Pelo que nace en el pubis y en las ingles.
Circuir: Rodear, cercar.
Huayco: Riada de agua, barro y piedras provocada por lluvias torrenciales, que, al caer en los ríos, ocasiona su desbordamiento.
Huachaferías: Cursilería.

Lituma observaba los insectos que revoloteaban en torno a la lámpara. Eran decenas, se precipitaban zumbando contra el vidrio una y otra vez, tratando de alcanzar la llama. Querían suicidarse, los brutos.

-Ahora me acuerdo que sí -dijo Moisés, abanicando con furia las orejas.
-¿Que sí, qué? -Lituma puso sobre el mostrador el dinero por el jugo de lúcuma.
-Que estaba enamorado hasta las cachas. A mí me contó algo. Un amor imposible. Me dijo eso.
-¿Alguna mujer casada?
-¡Qué sé yo, Lituma! Hay muchos amores imposibles. Enamorarse de una monja, por ejemplo. Pero me acuerdo clarito que una vez le oí decir eso. ¿Por qué traes la cara tan amarga, flaco cantor? Porque estoy enamorado, Moisés, y mi amor es imposible. Por eso se metió de avionero, entonces.
-¿No te dijo por qué era imposible su amor? ¿Ni quién era ella?
Moisés negó con la cabeza y las orejas al mismo tiempo:
-Sólo que la veía a escondidas. Y que le daba serenatas, de lejos, por las noches.

-En el pueblo no se habla de otra cosa -dijo Doña Adriana-. Yo vivo aquí desde que nací y nunca jamás, en todos los años que tengo, se ha visto en Talara matar a nadie con esa maldad. Aquí la gente se mata como Dios manda, peleando de iguales, de hombre a hombre. Pero así, crucificando, torturando, jamás de la vida. Y ustedes no hacen nada, qué vergüenza.

-Si Matías hizo eso y le dijo eso, no hay duda que el muchacho tenía una voz de ángel -aseguró Doña Adriana-. Porque Matías no se emociona así nomás, él es más bien frión.
«Se la sirvió en bandeja», pensó Lituma, y, en efecto, el Teniente se relamió los labios como un gato:
-¿Quiere decir que ya no sopla, Doña Adrianita? Yo la podría calentar, si quiere. Yo más bien soy un carbón ardiendo.
-No necesito que me calienten -se rió Doña Adriana-. Cuando hace frío, entibio mi cama con botellas de agua hirviendo.
-El calor humano es más rico, mamacita -ronroneó el Teniente Silva, inflando los labios hacia Doña Adriana, como si fuera a succionarla.

Había oscurecido en pocos segundos. En el escaso tiempo que había tomado a la pareja de hombres recorrer el tramo entre el jeep y la choza, la tarde se había vuelto noche.

Lituma sintió que una lágrima le rodaba por la mejilla hasta la comisura de los labios. Era salada, una gotita de agua de mar.

«A lo mejor a mí no me ha tocado nacer para sentir lo que es el verdadero amor», pensó. «A lo mejor, por haberme pasado la vida yendo donde las polillas con los inconquistables, se me emputeció el corazón y me volví incapaz de querer a una mujer como el flaquito.»

Es otra cosa que tienes que aprender. Nada es fácil, Lituma. Las verdades que parecen más verdades, si les das muchas vueltas, si las miras de cerquita, lo son sólo a medias o dejan de serlo.

-Le voy a decir una cosa -susurró el guardia, pestañeando-. No es eso lo que más me ha impresionado. Sino ¿sabe qué? Ahora sé por qué el flaquito se enroló como voluntario en la Base de Talara. Para estar cerca de la muchacha que quería. ¿No le parece extraordinario que alguien haga una cosa así? ¿Que un muchacho, exonerado del servicio, venga y se enrole por amor, para estar junto a la hembrita que quiere?
-Y por qué te admira tanto eso -se rió el Teniente Silva.
-Es fuera de lo común -insistió el guardia-. Algo que no se ve todos los días.
El Teniente Silva empezó a hacer alto con las manos a un vehículo que se aproximaba a lo lejos.
-Entonces, no sabes lo que es el amor -lo oyó burlarse-. Yo me metería de avionero, de soldado raso, de cura, de recogedor de basura y hasta comería caca si hiciera falta, para estar cerca de mi gordita, Lituma.

Los insultos de una dama son flores para un caballero. Dése gusto, nomás, si le provoca.

-La pobre señora decía: «Cuando encuentren la guitarra, encontrarán a los que lo mataron» -se oyó decir Lituma, siempre a media voz-. No es que Doña Asunta supiera nada. Pura intuición de madre y de mujer.

El amor es el amor, un huayco que arrastra todo.

-Ojalá sea verdad, Teniente. Que por una vez se haga justicia y no resulten ganando los que siempre ganan.
-¿Quiénes, Don Matías?
-Quiénes van a ser. Usted lo sabe tan bien como yo. Los peces gordos.

¿Sabía Don Matías que el Teniente Silva andaba a la caza de su mujer? Nunca lo había demostrado. Lituma había advertido que el pescador trataba siempre a su jefe con amabilidad. Tal vez con los años un hombre dejaba de ser celoso.

-En inglés, la palabra es «Delusions» -dijo el Coronel, con firmeza, como si no se dirigiera a nadie ahora. En español no hay nada equivalente. Porque «Delusions » quiere decir, a la vez, ilusión, fantasía, y engaño o fraude. Una ilusión que es un engaño. Una fantasía dolosa, fraudulenta.

Ocurrió como ocurrió y cada cual debe asumir sus responsabilidades.

El Teniente mandaba oficio tras oficio a la Dirección General de la Guardia Civil, explicando que si no hacían algo pronto se les caería el techo encima y que los calabozos eran una coladera de donde los presos no se escapaban por conmiseración o cortesía, pues las tablas de las paredes estaban apolilladas y roídas por los ratones.

Pantaleón y las visitadoras

Un capitán del ejército peruano es instado a encontrar una solución a la problemática que ha involucrado a la tropa en denuncias de violaciones a mujeres. Fiel a su responsabilidad, Pantaleón Pantoja organiza un singular servicio que mengüe las ansias de los soldados, con tan buen tino, que termina por poner en jaque a las autoridades castrenses. Excelente estilo narrativo, ello le confiere la calificación de 10.
Pantaleon y las Visitadoras

Pantaleon y las Visitadoras

-Qué secreto militar ni qué ocho cuartos -ordena roperos, cose visillos, desempolva pantallas, enchufa lámparas la señora Leonor-. ¿Secretos con tu mamacita? Cuenta, cuenta.
-Yo no quiero defraudarlos -se angustia el capitán Pantoja-. ¿Pero por dónde miéchica voy a empezar?
-Si no me cuentas, saldrás perdiendo -tiende camas, pone tapetes, barniza muebles, ordena vasos, platos y cubiertos en el aparador Pochita-. Nunca más pellizquitos donde te gusta, nunca más mordisquitos en la oreja. Como tú prefieras, hijito.

-Has estado con mujeres -estalla en sollozos Pochita-. Los hombres no se emborrachan hasta el amanecer sin mujeres. Estoy segura que estuviste, Panta.

No hay misión que no ofrezca dificultades y que no hay dificultad que no pueda ser vencida con energía, voluntad y trabajo;

Consuélese pensando que después de esta experiencia todo lo que le ocurrirá en la vida será mejor. [Extirpación de hemorroides]

Llevar sotana no es llevar faldas, capitán Rojas, y en el Ejército no toleramos a los capellanes con propensión mujeril. Lamento que por su mal entendida noción de la mansedumbre evangélica, o por simple pusilanimidad, contribuya usted a mantener la abyecta especie de que los religiosos no somos varones enteros y de pelo en pecho, capaces de imitar al Cristo que arremetió a latigazos contra los mercaderes que vejaban el Templo.

Solo se puede alegar contra una orden después de cumplirla

La verdad es amarga pero peor es la mentira.

Lo primero para retornar a la vida decente es quererlo.

Pasados los treinta, el secreto de la salud es ayunar.

El hijito de esa señora que va a llorarle, tiene gran parte de culpa en lo que ocurre. Si al me-nos hubiera organizado la cosa de una manera mediocre, defectuosa. Pero ese idiota ha convertido el Servicio de Visitadoras en el organismo más eficiente de las Fuerzas Armadas.

Para mí, lo bacán de esto es que siempre me parecía estar haciendo una buena acción, como dar limosna, consolar a un tipo que ha tenido desgracias o curar un enfermo.

-Iré feliz a cualquier parte, con tal que no tengas que hacer las cochinadas de aquí -cuenta las horas, los minutos, los segundos que faltan para la partida la señora Leonor-. Aunque sea al fin del mundo, hijito.

La Fiesta del Chivo

Mario Vargas Llosa.

Primer novela de Vargas Llosa que leo; tengo que decir que no tenía idea de qué trataba y me llevé una grata sorpresa. El tema de la novela es la dictadura en la República Dominicana a cargo de Rafael Leónidas Trujillo.Contada desde 3 ángulos distintos, el del propio Trujillo, el de Urania Cabral hija de un senador trujillista y el del grupo que organiza el complot para asesinar al dictador, el ritmo de la novela es bastante interesante así como el manejo de los tiempos en que es relatada la historia.Sin dejar de lado el teje y maneje de la política en medio de una dictadura, lo más impactante para mi fue la crudeza con que cuenta las torturas a las que fueron sometidos los conspiradores. La fiesta del chivo

Comulgo todos los días, hace diez años -asintió Salvador-. No sé si tengo el alma como debe tenerla un cristiano. Sólo Dios sabe eso.

La eliminación física de la bestia es bien vista por Dios si con ella se libera a un pueblo.

Nunca había sido un creyente demasiado consciente, ni preocupado con las implicaciones de su fe en la vida de todos los días, ni se había ocupado de verificar si su conducta se ajustaba a los mandamientos.

No nos cuentes nada de lo que podrías arrepentirte -lo atajó el Turco.

El coronel puede ser un demonio; pero, al jefe le sirve: todo lo malo se le atribuye a él y a Trujillo sólo lo bueno. ¿Qué mejor servicio que ése? Para que un gobierno dure treinta años, hace falta un Johnny Abbes que meta las manos en la mierda. Y el cuerpo y la cabeza, si hace falta. Que se queme. Que concentre el odio de los enemigos y, a veces, el de los amigos. El Jefe lo sabe y, por eso, lo tiene a su lado. Si el coronel no le cuidara las espaldas, quién sabe si no le hubiera pasado ya lo que a Pérez Jiménez en Venezuela, a Batista en Cuba y a Perón en Argentina.

Para matar se necesitan más huevos que para morir.

De pronto, en las noches, luego de unas copas de brandy español Carlos I, podía soltar las palabras más soeces, […] hablar como hablan los hombres cuando necesitan sentirse más machos de lo que son.

En alguna parte leí, Su Excelencia, que usted dispuso que los soldados usaran machetes, que no dispararan -preguntó Simon Gittleman-. ¿Para ahorrar municiones?
Para dorar la pildora, previendo las reacciones internacionales -lo corrigió Trujillo, con sorna-. Si sólo se usaban machetes, la operación podía parecer un movimiento espontáneo de campesinos, sin intervención del gobierno. Los dominicanos somos pródigos, nunca hemos ahorrado en nada, y menos en municiones.

Gracias a Su Excelencia, el Benefactor, los dominicanos descubrimos las maravillas de la puntualidad.

Todo, salvo la muerte, tiene su razón.

Yo no quería creer que hubiera traicionado a su compañero de toda la vida. Bueno, la política es eso, abrirse camino entre cadáveres.

-Nadie quiere contagiarse, señor Cabral […] Caer en desgracia es una enfermedad contagiosa.

«Nada de lo que el hombre ha sido, es o será, lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo». Ortega y Gasset

En la secretaría hay un traidor o un inepto. Espero que sea un traidor, los ineptos son más dañinos.

… acaso el mayor atributo de este hombrecillo era no sólo saber lo conveniente, sino, sobre todo, no enterarse de lo inconveniente.

La religión le daba un orden espiritual, una ética con que afrontar la vida. Dudaba a veces de la trascendencia de Dios, pero nunca de la función irreemplazable del catolicismo como instrumento de contención social de las pasiones y apetitos desquiciadores de la bestia humana.

-Usted, Presidente Balaguer, tiene la suerte de ocuparse sólo de aquello que la política tiene de mejor -dijo, glacial-. Leyes, reformas, negociaciones diplomáticas, transformaciones sociales. Así lo ha hecho treinta y un años. Le tocó el aspecto grato, amable, de gobernar. ¡Lo envidio! Me hubiera gustado ser sólo un estadista, un reformador. Pero, gobernar tiene una cara sucia, sin la cual lo que usted hace sería imposible.

–La apariencia es el espejo del alma -filosofó Trujillo-. Si alguien anda apestoso y con los mocos chorreándosele, no es una persona a la que se pueda confiar la higiene pública. ¿No crees?
–Claro que no, jefe.
–Lo mismo ocurre con las instituciones. ¿Qué respeto se les puede tener si ni siquiera cuidan su apariencia?

Una vez más se repitió la divisa de su vida: ni un instante, por ninguna razón, perder la calma.

Les había regalado pesos, casas, tierras, acciones, los había hecho socios de sus fincas y empresas, les había creado negocios para que ganaran buena plata y no saquearan el Estado.

De un resentido siempre se debe esperar lo peor.

Siento decírselo, pero usted no me paga para que lo engañe. Si no se levantan pronto las sanciones, se viene una catástrofe.

En las crisis se conoce al verdadero estadista.

Yo las envidio a ustedes, mas bien. Sí, sí, ya sé, tienen problemas, apuros, decepciones. Pero, también, una familia, una pareja, hijos, parientes, un país. Esas cosas llenan la vida.