El porvenir de mi pasado

Mario Benedetti

El porvenir de mi pasado

El porvenir de mi pasado

Colección de cuentos al puro estilo de Benedetti, donde se cuenta el desamor, las relaciones, la niñez, en fin.. la vida.
Calificación de 10.

Albufera: laguna litoral de agua salada.
Esmirriado: delgado, raquítico y con aspecto débil o enfermizo.
Manes: almas de los muertos.
Garufa: Que le gusta la juerga y la diversión.
Bocharon: Reprobar.
Zamarra: Prenda amplia de vestir, rústica, de abrigo, que cubre el cuerpo hasta medio muslo, hecha de piel con lana o pelo por fuera o por dentro.
Bonhomía: Cualidad de la persona que es muy buena pero algo ingenua.
Bártulos: Conjunto de utensilios, instrumentos y otros enseres de uso cotidiano que pertenecen a una persona o son propios de una actividad.
Indemne: ileso.
Mamúa: borrachera.
Turgente: Abultado.
Esperanto: Lengua creada artificialmente en 1887 por Zamenhof con la idea de que sirviera como un sistema de comunicación universal.

Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos.

VIUDECES

Eugenia, Iris, Lucía y Nieves eran amigas desde Primaria. Salvo cuando alguna estaba de viaje, se reunían cada dos viernes para intercambiar chismes y nostalgias. Las cuatro estaban casadas, pero no tenían hijos. Gracias a las lucrativas profesiones de sus maridos (un abogado, dos contadores, un arquitecto), gozaban de un buen nivel de vida y lo aprovechaban para manejarse en un plausible estrato cultural. Fue en uno de esos viernes que Iris aguardó a sus amigas con un planteo original.
-¿Saben qué estuve pensando? Que nuestros queridos maridos nos llevan algunos años, así que lo más probable es que se mueran antes que nosotras. Ojalá que no, pero es bastante probable. Mientras tanto ¿qué podemos hacer? Pensando y pensando, de insomnio en insomnio, llegué a la conclusión de que en ese caso infortunado, nosotras, cuatro viudas todavía presentables, podríamos alquilar (o adquirir) una casa bien confortable, con un dormitorio para cada una, con una sola mucama y una sola cocinera (¿para qué más?). Y un solo automóvil, a financiar colectivamente. ¿Qué les parece? Ya hablé con el Flaco y me dio su visto bueno.
Las otras tres se miraron casi estupefactas, pero al cabo de una media hora esbozaron una sonrisa no exenta de esperanza. Seis meses después de ese viernes tan peculiar, una de las cuatro, la pelirroja Lucía, sucumbió como consecuencia de un infarto totalmente inesperado. Para las otras tres fue un golpe sobrecogedor, algo así como si la infancia se les hubiera quebrado para siempre. También a Edmundo, el viudo de Lucía, le costó sobreponerse. Sin embargo no había pasado un año desde aquella desgracia, cuando citó a su hogar de viudo a los otros tres maridos y les expuso su planteo:
-¿Saben qué estuve pensando? Que así como yo quedé viudo, eso también les puede ocurrir a ustedes. No es un pronóstico, entiéndanme bien, es sólo una posibilidad, un juego del azar. Y si eso ocurriera ¿qué harían? Pensando y pensando llegué a la conclusión de que en ese triste caso, nosotros, cuatro viudos con cierto margen de supervivencia, podríamos alquilar (o comprar) una casa bien cómoda, con cuatro dormitorios independientes, con una mucama, una cocinera y un solo coche de segunda mano pero en buen estado, que usaríamos y financiaríamos entre los cuatro. ¿Qué les parece?
Los otros tres quedaron con la boca abierta. Al fin uno estornudó, otro bostezó y el tercero se pellizcó una oreja. De pronto, y sin que ninguno lo advirtiera, en las tres miradas de hombres mayores, algo cansados, nació una expectativa.

CINCO SUEÑOS

En total, soñé cinco veces con Edmundo Belmonte, un tipo esmirriado, cuarentón, con expresión más bien siniestra, malquerido en todos los ambientes y tema obligado de conversación en las mesas de funcionarios o de periodistas. En el primero de esos sueños, Belmonte discutía larga y encarnizadamente conmigo. No recuerdo bien cuál era el tema, pero sí que él me repetía, como un sonsonete: «Usted es un atrevido, un inventor de delitos ajenos», y a veces agregaba: «Me acusa y es perfectamente consciente de que todo es mentira». Yo le mostraba los documentos más comprometedores y él me los arrebataba y los rompía. Era en medio de ese desastre que yo despertaba. En el segundo sueño ya me tuteaba y sonreía con ironía. Sus sarcasmos se basaban en mis canas prematuras. Generalmente, la broma explotaba en una sonora carcajada final, que por supuesto me despertaba. En el tercer sueño yo estaba sentado, leyendo a Svevo, en un banco de la plaza Cagancha, y él se acercaba, se acomodaba a mi lado y empezaba a contarme los intrincados motivos que había tenido, allá por el 95, para herir de muerte a un comentarista de fútbol. Lógicamente, yo le preguntaba cómo era que ahora andaba tan campante, señor de la calle, y él volvía a sonreír con ironía: «¿Querés que te cuente el secreto?», pero fue precisamente en esa pausa que me desperté. En el cuarto sueño me contaba con lujo de detalles que el gran amor de su agitada vida había sido una espléndida prostituta de El Pireo, a la que, tras un quinquenio de maravilloso ensamble erótico, no había tenido más remedio que estrangular porque lo engañaba con un albanés de poca monta. De nuevo insistí con mi pregunta de siempre (cómo era que andaba libre). «El narcotráfico, viejo, el narcotráfico.» Mi estupor fue tan intenso que, todavía azorado, me desperté. Por fin, en mi quinto y último sueño, el singular Belmonte se apareció en mi estudio de proyectista, con una actitud tan absurdamente agresiva que no pude evitar que mis dientes castañetearan. -¿Por qué me vendiste, tarado? -fue su vociferada introducción-. Te crees muy decente y pundonoroso, ¿verdad? Siempre te advertí que con nosotros no se juega. Y vos, estúpido, quisiste jugar. Así que no te asombres de lo que viene ahora. Abrió bruscamente el portafolios y extrajo de allí un lustroso revólver. Me incorporé de veras atemorizado, pero antes de que pudiera balbucear o preguntar algo, Belmonte me descerrajó dos tiros. Uno me dio en la cabeza y otro en el pecho. Curiosamente, de este último sueño aún no me he despertado.

Si en alguna tarde neblinosa, sin estruendo y sin ángelus, tomara esa decisión, sería simplemente por curiosidad. Para saber qué hay después. Puede que sea fascinante.

Después de los cincuenta, la barriga es un signo de experiencia y sabiduría.

No pongas esa cara de pasmado. No somos fantasmas. Somos muertos.

TÉMPANO

No sabía de dónde venía el frío. No estamos en invierno, pensó. Sin embargo, las manos se le habían vuelto rígidas, las rodillas le temblaban, el alma no era alma sino témpano. Se recostó en el muro, que le pareció excesivamente rugoso. Quería reflexionar, refugiarse por un rato en la cordura, sacar cuentas, imaginar con serenidad. Aún no estaba en condiciones de asimilar ni de borrar la imagen de su Viejo muerto. Durante el último mes que el enfermo pasó en el sanatorio, Fermín fue a verlo, pero sobre todo a escucharlo. Nunca el Viejo le había dedicado tanto tiempo ni le había hablado con tanta franqueza.
-A tu madre la quise de veras pero no siempre le fui fiel. Esa doblez me provocaba amargura y hasta pesadillas. ¿Qué me pasaba? Que yo a veces me aburría de mi propio estilo de amar. Por otra parte, me parecía que ella, de tan ingenua, no era capaz de albergar celos o meras sospechas. Precisamente esa calma no me gustaba. ¿Por qué? Porque en el fondo quizá significara (al menos, eso creía) que no me juzgaba lo suficientemente atractivo como para provocar la atracción de otras mujeres. De mis varias relaciones clandestinas, la más prolongada fue la que mantuve con Amelia. ¿Te acordás de ella?
Fermín se acordaba, pero le dijo que no. No quería darle ese gusto. No quería que Amelia fuera el nombre de una triste deslealtad a su madre, cuando ella aún vivía, rozagante y vital. Que después, en su etapa de viudo alegre, tuviera sus amoríos, devaneos y chifladuras, no le afectaba. Allá él con su frivolidad. En esta última visita, Fermín encontró al Viejo especialmente desmejorado. Balbuceaba, tartamudeaba, tenía dificultad para respirar. No obstante, llegó un momento en que se sobrepuso a sus señales de agonizante y retomó el hilo de sus testimonios.
-Bueno, después de todo no era tan ingenua. Me consta que en verdad yo me lo merecía, pero nunca imaginé que ella, nada menos que ella, me fuera infiel, me hiciera cornudo con no sé qué cretino. Quizá vos ignores que en sus relaciones conmigo nunca consiguió quedar encinta, que era una de las metas de su vida. Pero con el cretino, sí quedó.
Ante esa revelación de última hora, Fermín quedó anonadado, vacío de toda piedad. Y entonces fue él quien balbuceó:
-O sea que yo…
-O sea que vos (ya era hora de que te enteraras) no sos mi hijo.
El Viejo ya casi no podía hablar y Fermín se había arrollado en sí mismo.
-¿Me podrías decir, como último favor, quién es entonces mi padre verdadero?
-Puedo y quiero decírtelo. Es mi postumo desquite. Pero acércate un poco más. Ya casi no tengo voz. Tu padre, o sea el cretino que preñó a tu madre, es… o fue…
Fermín no podía creerlo, pero la revelación quedó poco menos que arrugada, en un hueco del último estertor. Y fue allí que Fermín empezó su invierno, fue allí que supo que su alma no era alma sino témpano.

ALGUIEN

Alguien va a venir. Estoy seguro. Sé que alguien vendrá. Aunque me haya ido del mundo, no por muerte sino por soledad y algo de cobardía. Nunca he podido soportar el odio y sin embargo el odio me alcanzó. Fue en la primavera del 2000. No estaba solo entonces. Tenía por lo menos cinco amigos de toda confianza. Especialmente uno: Matías. Nos reuníamos los fines de semana para practicar el ajedrez o el golf. Deportes no muy agitados, por cierto, pero que nos unían. Otro tipo, un tal Freiré, en varias ocasiones había tratado de incorporarse a nuestras reuniones, pero de una u otra manera le hicimos entender que no nos era grata su compañía. La verdad es que era insoportable. Todo aconteció un jueves de octubre. Yo venía solo en mi coche. La carretera estaba completamente vacía. De pronto, junto a un muro semiderruido, vi una escena que me resultó espeluznante. Un hombre, de mameluco azul y zapatos sport, le estaba asestando varias puñaladas a una mujer que parecía joven. Estuve a punto de detenerme, pero no estaba armado y aquel tipo era capaz de cualquier violencia. Simplemente, aminoré la marcha. El tipo por fin abandonó la horrible tarea y levantó la cabeza. Sólo entonces lo reconocí: era Freiré. No estaba seguro de si él, a su vez, me había reconocido. Agitado y confuso, aceleré de nuevo y una hora más tarde llegué a mi casa. Al día siguiente el crimen fue titular de casi todos los diarios. La muchacha, una azafata aérea, había muerto. No había datos del asesino, que estaba prófugo. Al parecer, no había testigos de la agresión. Pasé un día entero cavilando y al fin me decidí: concurrí a la policía e hice la denuncia. Esa misma tarde apresaron a Freiré. Tuve que ir a reconocerlo y él me dedicó una mirada de odio y murmuró entre dientes: «De algo podes estar seguro: me la vas a pagar». La amenaza me golpeó. Seguramente él iba a ser condenado, pero esa misma noche dejé la capital. Sin avisar a nadie, ni siquiera a mis colegas de golf y de ajedrez, alquilé un chalecito en Colonia y allí me instalé. Transcurrido el primer mes, el aislamiento me resultó insoportable y decidí llamar a mi amigo Matías. Le di las señas de mi nuevo alojamiento y le pedí que viniera cuanto antes. A los tres días, o sea hoy, sonó el llamador. Pensé: debe ser Matías. Antes de abrir, miré por la ventana. No era Matías, sino el mismísimo Freiré. Abrí un cajón del armario y tomé el revólver. Me moví con cautela hasta la puerta y la abrí. Freiré me dedicó una irónica sonrisa, y dijo: «No aceptaron tu testimonio. Llegaron a la conclusión de que no había testigos. Además, tengo ahora buenos amigos en el poder. Ya ves, estoy libre». Yo sabía lo que me esperaba. Vi que introducía la mano derecha en el bolsillo, pero le gané de mano y le metí dos balazos en el pecho. Ahí está ahora, en el umbral, agonizando. Pero pudo escucharme: «Lo que son las cosas. Hoy tampoco hay testigos». Después, veré lo que hago. Por lo pronto, borré a Matías de mi lista de amigos.

Alguien me había anunciado que la borrachera es como un sueño. Un sueño del que uno sólo se despierta cuando ingresa en un sueño de verdad.

Supe que había recuperado la famosa sobriedad cuando el corazón me volvió a latir del lado izquierdo y sobre todo cuando el tedio del mundo me empalagó de nuevo.

Es horrible, pero ya no te quiero. Y lo peor es que quiero a otro. Vos, que me ayudaste tanto, no te merecías este abandono, pero qué voy a hacer.

Los amores olvidados son pesadillas dulces.

SOÑAR EN VOZ ALTA

Luciano no se encontraba muy a menudo con su padre. A la madre, en cambio, la veía más frecuentemente, pero más por sentido de responsabilidad que por cariño. Como cualquier hijo de padres divorciados, Luciano se sentía un poco huérfano. No bien pudo se independizó, y después de un noviazgo normal y no muy dilatado se había casado con Cecilia. Un sábado, cerca del mediodía, se encontró con su padre, y por iniciativa del Viejo se metieron en un café del Centro.
-Voy a aprovechar este encuentro casual ⎯dijo Luciano— para hacerte una pregunta no tan casual.
-Venga nomás.
-¿Por qué te separaste de mamá?
-No es tan sencillo de explicar, sobre todo para el que no lo vivió. A tu madre le tuve siempre bastante afecto. No pasión, entendelo bien, pero sí afecto. Y creía que ella también sentía algo parecido hacia mí. Pero una noche llegué a casa bastante tarde por razones de trabajo y ella dormía profundamente. De pronto sentí que murmuraba algo en pleno sueño y alcancé a distinguir un nombre: Anselmo, Anselmo. Era un vecino con el que teníamos una buena relación. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, le pregunté qué le pasaba con Anselmo. Se echó a llorar y sin atreverse a mirarme, me confesó que eran amantes. Y ése fue el final.
Meses más tarde, Luciano le hizo a la madre la misma pregunta.
-¿Por qué nos separamos? Nunca hablé de eso contigo porque lo considero un hecho muy privado. Con tu padre nos habíamos llevado bien durante dieciocho años de matrimonio. Reconozco que no estábamos enamorados, pero soportábamos nuestras diferencias y las frecuentes discusiones hacían más entretenida la relación conyugal. Una tarde, a la hora de la siesta (él siempre la duerme; yo, nunca) empezó a hablar entre sueños y dijo varias veces el mismo nombre: Inés, Inés. Lo pronunciaba con un tono amoroso que por cierto nunca me había dedicado. Inés es una compañera de mi estudio, que muchas veces almorzaba o cenaba con nosotros. Linda y muy simpática. Cuando tu padre despertó y se dio una ducha, le hice la pregunta de rigor: «¿Soñás siempre tan amorosamente con Inés?». Tal como yo lo esperaba, me confesó que hacía por lo menos dos años que tenían relaciones. Y ahí terminó todo.
Después de esas revelaciones (¿cuál de las dos era cierta?, ¿ambas serían verdad?) Luciano se sintió más huérfano que de costumbre. Durante dos o tres horas vagó como un zombi por las calles más concurridas, pensando que la multitud podía borrarle la tristeza. Por fin decidió refugiarse en su casa. Ya era tarde y Cecilia se había acostado. En pleno sueño, ella se dio vuelta en la cama y se abrazó a la almohada. En dos etapas dijo: Luciano, Luciano. Él se sintió orgulloso y satisfecho. La dejó dormir tranquila y fue a la cocina a hacerse un café. Lo tomó con gusto y estaba lavando el pocilio cuando se le encendió la lamparita. Carajo, había un primo que también se llamaba Luciano. El era Luciano Gómez y el primo Luciano Estévez. ¿Sería posible? No quería creerlo, pero la duda le produjo palpitaciones. Más o menos angustiado, regresó al dormitorio. Cecilia seguía abrazada a la almohada y volvió a articular claramente: Luciano, Luciano. Él se recostó en la pared y sólo alcanzó a preguntarse: ¿Por qué será que las mujeres nunca sueñan con apellidos?

Estaba tan borracho que no llegó haciendo eses sino equis.

En vez de dos ojos verdes, tenía dos odios grises.

En el cuerpo femenino no hay centímetro (o centímetros) más seductor (o seductores) que el (o los) del ombligo.

BRINDIS

Brindo por los aparecidos y los desaparecidos brindo por el amor que se desnuda por el invierno y sus bufandas por las remotas infancias de los viejos y las futuras vejeces de los niños brindo por los peñascos de la angustia y el archipiélago de la alegría brindo por los jóvenes poetas que cuentan las monedas y las sílabas y finalmente brindo por el brindis y el vino que nos brindan.

ECHAR LAS CARTAS

Querida muchacha: No te extrañe que te llame así. A pesar de los años transcurridos, para mí seguís siendo la muchacha de entonces, la que atravesaba la plaza de lunes a viernes, a las siete menos cuarto, cosechando las lúbricas miradas de los varones de la tarde. Todos te quitábamos con la imaginación el vestido floreado, aunque cada uno se quedaba con una revelación distinta. Nunca dejaré de agradecerle al doctor Anselmi la noche en que nos presentó en el café Gloria y luego se fue discretamente, dejándonos por primera vez a solas con nuestro mutuo asombro. Y allí empezó todo. Tres meses después tuve el privilegio de quitarte el vestido floreado (eran otras flores, claro) y encontré que superabas en mucho los prodigios de la intuición. Por suerte no eras perfecta, pero tu imperfección le otorgaba un signo irrepetible a mi enamoramiento. Te preguntarás por qué te cuento todo esto que sabes de memoria, por qué rememoro el origen de los tiempos, o sea de nuestro tiempo. Tal vez porque estoy solo frente al mar y evocarte es una forma de sobrellevar la soledad. Las golondrinas, veloces como nunca, pasan y repasan el aire en su estreno de la primavera, y a mi vez yo, lento como siempre, paso y repaso mis inviernos. No sé por qué miro las varices azules de mis tobillos, flacos y cansados, y admito lo que fui y también lo que quise ser y nunca fui. En cada invierno pasado está tu imagen, ese retrato encuadrado que me espera en la pared del fondo de mi estudio. Y de la colección de inviernos surge nítido aquel en que me dijiste: No va más. Querida Andrea: Hoy supe, por tu amiga Natalia, que te casaste por segunda vez y que aparentemente sos feliz. Te conozco lo suficiente como para decirte que sos merecedora de una felicidad cualquiera, pero soy lo bastante honesto como para declararte que esta bienaventuranza tuya no me deja contento, ya que por supuesto habría preferido que la tuvieras conmigo. ¿Por qué no fuiste feliz en nuestro quinquenio de convivencia? Es cierto que discutíamos con frecuencia, pero eso ocurría porque éramos (y somos) muy distintos. Para mí esa desemejanza era un atractivo más, ya que es sabido que las parejas que son (valga la redundancia) demasiado parejas, se aburren como ostras. Por otra parte, aunque muchas veces te dije en broma que yo era fiel pero no fanático, la verdad es que nunca te engañé. Una vez estuve a punto, pero en mi corazón (perdona la cursilería) sólo había sitio para vos. ¿También me fuiste leal? ¿Había en tu corazón una celdilla para mí y otra que estaba disponible? No puedo saberlo. Al menos me consta que sólo reiniciaste tu vida en pareja dos años después de nuestro punto y aparte, ¿o fue punto final? ¿Qué tal es tu marido? No. Mejor no me lo cuentes. El infarto por celos nunca es benigno. Ojalá lo disfrutes y te disfrute. Al menos ya tenes experiencia de cuáles son los parámetros de la parábola sexual, dónde están los límites y dónde las fronteras. Seré curioso. ¿En alguna ocasión reservaste un silencio para rememorar nuestra antigua amalgama, que lamentablemente, todavía no sé bien por qué (y aquí viene bien la nomenclatura futbolística), perdió el invicto? Pasará el tiempo. En el futuro habrá otras primaveras, otras golondrinas reanudarán su vértigo, pero yo soy tozudo en mis evocaciones y puedo asegurarte que no te olvidaré. Tengo ganas de mandarte un abrazo. Pero no te lo mando, de bueno que soy, sólo para que no tengas problemas si te pillan esta epístola a los tesalonicenses.
Querida Andrea: No te alarmes. Esta carta sólo será un parte de viaje. Hace cuatro días que llegué a París, movido por asuntos profesionales. Agosto no es el mejor mes para apreciar monumentos. Tampoco para reencontrar a alguno que otro amigo parisiense. ¿Te acordás de Claude Moreau? No bien llegué, llamé a su teléfono. Me atendió su nuera. «¿Claude? Murió en noviembre.» Balbuceé un breve pésame y me metí en el café de la Paix, donde tantas veces nos habíamos encontrado. Recuerdo que aun la última vez que estuve con él no había asimilado su viudez. Tenía dos hijos, que lo cuidaban y casi lo mimaban, pero no era lo mismo. Años atrás yo había conocido a Angelines, una asturiana que escribía cuentos, por cierto bastante buenos, y realmente era muy querible. ¿Te acordás de Odile? Bueno, se casó con un nigeriano bien oscurito y se fueron a vivir a Canadá. Al parecer, ambos se han especializado en informática, y están trabajando y ganando bien. Me chimentan, además, que Odile está embarazada y que ambos hacen conjeturas, con explicable curiosidad, sobre cuál será el color del primogénito. Ah, como corresponde, estuve en el Louvre ¿y sabes con qué me encontré? Con que la sonrisa de la Gioconda es igualita a la tuya. Al menos, a la que desplegabas en épocas idílicas. Me parece sensato que me hayas enviado el número de tu casilla de correo. De todos modos, el tema de la carta de hoy no iba a despertar ninguna suspicacia. ¿Sabes por qué? Porque me casé. Sí, aunque te cueste creerlo, yo también he desembocado en mis segundas nupcias. Así que, por las dudas, te mando aquí mi número de casilla: 14043. Ahora bien, hoy me he dado cuenta de que hace casi un año que no te escribo. Te aseguro que la demora no tiene que ver con mi nuevo estado. Simplemente, se me fueron acumulando las tareas y los problemas. Y no sólo no te he escrito a vos, sino tampoco a ninguno de mis habituales interlocutores postales. Mi despacho de abogado se ha llenado de papeles, documentos, comprobantes burocráticos, copias fotostáticas, códigos y otras menudencias. Me he pasado la vida en juzgados, palacios de justicia, tribunales, audiencias, etcétera. También la boda me ha reducido el tiempo disponible. Conseguir una vivienda más adecuada, familiarizarme con mis nuevos suegros y sus manías, repartirnos con Patricia, mi nueva mujer, las responsabilidades cotidianas, todo ello me ha hecho trasnochar y hasta provocado insomnios, calamidad esta que nunca antes había padecido. Patricia es tolerante y afectuosa. Es un vínculo bastante distinto del que mantuve contigo. Menos apasionado, más tranquilo y estable, y sin embargo llevadero. Te diré cómo la conocí. Un viernes apareció en mi despacho (ella también es abogada) acompañada de un veterano cargado de problemas: familiares, comerciales, inmobiliarios, administrativos. Eran tantos y aparentemente tan complejos, que les pedí me dejaran todo aquel papeleo para estudiarlo con la debida atención y que volvieran a verme dentro de una semana. Aquel lío era impresionante pero no de difícil solución, de manera que el viernes siguiente, cuando volvió Patricia, sola, sin su cliente, le expuse mi opinión y ella quedó asombrada. Quizá por ello simpatizamos y quedamos en almorzar el próximo martes. Fue el primero de una serie de almuerzos y cenas y todo siguió su curso. La verdad es que yo ya estaba un poco aburrido de mi vida de asceta, sobre todo considerando que, como vos bien sabes, nunca tuve vocación de misántropo. Ella también estaba disponible. Era soltera y el exceso de trabajo profesional no le impedía apreciar que los años iban pasando con su ritmo inexorable. O sea: que tal para cual. Ya llevamos cinco meses de convivencia y aparentemente todo va bien. El mes pasado nos tomamos quince días de vacaciones y nos fuimos a Piriápolis, donde casi te diría que empezamos verdaderamente a conocernos, a ponernos al día con nuestras respectivas biografías (por las dudas no le conté la etapa nuestra), que por cierto no eran demasiado espectaculares. Así pues, ésta es la historia. La verdad es que me siento bien. El tiempo sigue pasando y no hay pesadumbre ni tortura. Ojalá que a vos también te rueden bien las cosas. Cuando puedas, mándame noticias. Como ésta va a la casilla de correos, ahora sí te puedo enviar un abrazo, con viejo y nuevo afecto.
Querida Andrea: No sé por qué, pero hoy me dio por extrañarte; por echar de menos tu presencia. Será tal vez porque el primer amor le deja a uno más huellas que ningún otro. Lo cierto es que estaba en la cama, junto a Patricia plácidamente dormida, y de pronto rememoré otra noche del pasado, junto a vos, plácidamente dormida, y sentí una aguda nostalgia de aquel sosiego de anteayer. Alguien dijo que el olvido está lleno de memoria, pero también es cierto que la memoria no se rinde. Dos por tres suenan como campanitas en el ritmo cardíaco y una escena se hace presente en la conciencia como en una pantalla de televisión. Y aquel cuerpo que las manos casi habían olvidado vuelve a surgir como un destello hasta que otra vez suenan las campanitas y el destello se apaga. ¿Te ocurre a veces algo así? ¿O será que me estoy volviendo un poco loco? Puede ser. Mientras tanto este probable loco te envía un invulnerable abrazo.
Querida Andrea: Antes que nada, eufórico como estoy, me siento obligado a transcribir tu cartita: «Yo también estoy loca. Yo también sueño contigo, dormida y despierta. Yo también oigo campanitas. Yo también añoro, no sólo tus manos en mi cuerpo, sino también mis manos en el tuyo. No voy a dejar a mi marido, porque es bueno y lo quiero, pero quiero encontrarme contigo con o sin campanitas, pero estar contigo. ¿Puede ser?»
Es claro que puede ser, mujer primera. Tampoco pienso dejar a Patricia, la verdad es que la quiero. Pero la otra poderosa verdad es que necesito estar contigo. Tengo la impresión de que vos y yo, que no funcionamos demasiado bien como marido y mujer, sí funcionaremos espléndidamente como amantes. ¿Recordás aquello de «fiel pero no fanático»? Hasta el viernes, muchacha, en el café de siempre.

EL TIEMPO PASA

-¿Alguna vez hiciste eso? -preguntó Gloria con una sonrisa tan espontánea que Sebastián, a sus quince recién cumplidos, sintió que le temblaban las orejas.
-No. Nunca.
Hacía tantos años de ese diálogo, pero Seba no olvidaría jamás su continuación. Gloria era, como su nombre (falso, por supuesto) lo indica, la puta más gloriosa de la calle Finisterre, pero su gran atractivo estribaba en que no tenía aspecto de ramera, ni se vestía como tal, ni se movía como tal. Era tan sólo una veinteañera sencillamente hermosa, que atraía a los hombres con prolija honestidad, informándoles desde el vamos que no tenía vocación de amor único.
-¿Querés inaugurarte conmigo?
-Si usted lo permite.
Ante aquel inesperado tratamiento respetuoso, Gloria estalló en una franca carcajada, que por fin logró quebrar la timidez de Sebastián. Así, con el mejor de los humores, ambos penetraron casi corriendo en el bosquecito de los sauces orilleros. Cuando Gloria halló el sitio que le pareció adecuado y protegido de curiosos y viejos verdes, atrajo con suavidad a Seba, le desabrochó lentamente el short, hizo que él la desnudara a medias, y de inmediato dio comienzo al curso preparatorio que culminó en un coito, tan elemental y tan tierno, que Seba estuvo a punto de llorar. De alegría, claro. A pesar de su inocencia, Seba tuvo la precaución de no comunicar su ficha (apellido, domicilio, familia, etcétera). Después de todo, sabía que ésas eran las reglas del juego. El curso completo incluyó cinco clases, al cabo de las cuales Seba obtuvo de su ufana y generosa amiga el certificado de candida destreza, y si el adiestramiento no se prolongó fue porque el padre de Seba, un tal Basilio Aceves, viudo prematuro, decidió cambiar de casa, debido a que la actual contenía demasiados recuerdos y añoranzas de su mujer, fallecida muy joven en un absurdo accidente de carretera. Basilio exageró el deseo de alejamiento y encontró una linda casita con jardín en el otro extremo de la ciudad. Para despedirse cumplidamente de Gloria, Seba tuvo que esperar, a la hora del crepúsculo, a que ella volviera de atender a un cliente exigente, avaro y remiso. Lo cierto es que fue un adiós sobrio, pero con una buena dosis de sentimiento y gratitud. Durante un par de años Sebastián mantuvo aquel estreno en el ordenado desván de su memoria. Sabía que algún día le sería útil en el desarrollo de su carrera amatoria. En el nuevo barrio, Seba, comunicativo y bien humorado, hizo amistades de ambos sexos. Ya en época universitaria, su entrenada malicia le llevó a dejar varias novias en el camino. El padre no hacía preguntas; a lo sumo algún comentario irónico, que Seba recibía como una muestra de compañerismo, algo así como un intercambio entre muchachos. La viudez de Basilio y la orfandad de Sebastián los habían acercado, aunque rara vez mencionaran el nombre de la ausente. El día en que Sebastián cumplió veintitrés años, Basilio le pidió que cenara en casa. «Te reservo una sorpresa. Ya verás.» A medida que avanzaba la tarde, Basilio se fue poniendo alegremente tenso. Había encargado la cena conmemorativa en un restorán de cinco tenedores. Con un gesto de paternal condescendencia, sirvió dos whiskies, y a mediados del segundo la frase sonó como un disparo: «Sebastián, me caso». Seba se levantó y, sin decir palabra, lo abrazó. A Basilio le brillaron los ojos. «Me hace feliz que te parezca bien. De todas maneras, podes estar seguro de que la imagen de tu madre permanecerá intacta entre nosotros. Pese a mis cuarenta y pico, ya era muy duro permanecer sin amor, sin un cuerpo en la cama. ¿Lo entendés, verdad?» -Sí, claro. A las ocho sonó el timbre y un Basilio exultante se puso de pie. «Seguramente es ella. Quise aprovechar tu cumpleaños para que se conocieran.» Seba escuchó que se abría la puerta de calle. Diez minutos después entró el padre con una mujer todavía joven y atractiva, que examinó a Sebastián con una mirada que mezclaba el encanto con la turbación. «Bueno, bueno», dijo Basilio. «Ha llegado el momento crucial de las presentaciones. Este es Sebastián, mi único hijo. Y ésta es Carmela, mi futura.» Como culminación de aquel trance épico, Basilio no pudo contener una carcajada nerviosa. Pero Sebastián sabía (y ella también) que esta Carmela no era Carmela, sino la cautivante Gloria de sus quince abriles.

NlÑO QUE PIENSA

Vino el Viejo y dijo basta cuando Mamá le contó con lujo de detalles el lío de la maceta lo dijo con la furia de costumbre y esos ojos saltones que tiene cada vez que en la oficina alguno de los malandras le arruina la digestión y después él viene y se desquita conmigo mandándome a la cama y aquí estoy despatarrado como un rey mirando las goteras del techo metiendo el dedo gordo del pie en el agujero de la sábana claro lo lamento más que nada por el flan que hizo la Vieja pero a lo mejor queda para mañana y es mucho mejor comerlo frío dijo basta como si la maceta fuera suya y era en cambio de la gorda de al lado la que tiene várices y también esa nena asquerosita que en la escuela se cree la mona sabia pero nunca se acuerda de la capital de Bolivia y yo en cambio sé todas las capitales de América primero Honduras capital Tegucigalpa después Venezuela capital Caracas después Nicaragua capital Managua total una maceta no es para tanto pero la Vieja claro tiene que adular a la gorda y llevar el cuento para que el otro chinchudo diga que soy imposible esto no puede seguir así vamos a tener que meterte pupilo como si yo fuera a tragarme esa milanesa y no supiera que la Vieja sin mí se vuelve loca por lo menos le dijo la otra noche a la tía Azucena si algo le pasa al nene yo memato memato memato pero claro ella tiene que lucirse con la gorda porque miran juntas la telenovela y lloran juntas y se desesperan y el Viejo se agarra cada luna porque en vez de hacerle la comida se pasan como una hora comentando te das cuenta qué sinvergüenza pero la institutriz tampoco es trigo limpio fíjate que el mayordomo les había dado la cana en la glorieta pero el conde es tan bueno que se lo perdonó por la hija ma qué hija grita el Viejo quiero la sopa o me van a tener esperando hasta las calandrias griegas la macana es que hoy había fútbol y yo aquí despatarrado como un rey todo por querer explicarle a Cacho cómo había sido el gol del puntero izquierdo la maceta estaba tan disponible que la patié despacio nada más que para que entendiera el amague del penal y viene el centro saltan varios goooool la cama es una peste estoy aburrido aburrido aburrido cuando sea grande voy a quemar todas las camas y voy a comprar una pila de macetas para romperlas a patadas y ahora como anticipo podría romper la sábana haciendo fuerza con el dedo gordo pero capaz que después la Vieja ve la rotura y dice que fui yo y va con el cuento y mañana yo quiero comer flan y además tengo que ir al colegio porque van a dar cine para que después hagamos la composición sobre qué buenos son los padres jajá y la maestra que es bruta lora me sienta casi siempre con la niña Fernández pero a mí me gusta la niña Menéndez porque la niña Fernández es flor de naba y sostiene que el que copia no aprende pero ella no copia y tampoco aprende en cambio la niña Menéndez es lo más pierna y de una familia fenómena y platuda yo cuando sea grande quiero ser platudo y tener auto gratis y que me paguen el sueldo mientras paso flor de vida en Punta del Este pero en cambio mi primo Tito dice que a él le gustaría estudiar bailes clásicos y entonces el Viejo pone rostro de arcada y yo estoy aburrido aburrido aburrido y además tendría que ir al baño y el Viejo me dejó encerrado y a oscuras ojalá venga un apagón así ellos también quedan a oscuras ojalá se les pierda la llave y queden encerrados ojalá se le rompa a la Vieja una maceta así el Viejo la mete en la cama y se pasa aburrida aburrida aburrida y no puede ver la telenovela y yo vengo y le digo a que no sabes qué dijo el conde en la glorieta y hago el ruido de la puerta que se abre y de la pata de palo que se acerca y nada más o sea que tendrá que esperar a que venga la gorda y se lo cuente y cuando venga la gorda voy a hacerle fau a la nena asquerosita y ya va como media hora que estoy en la cama así que sólo faltan dieciocho horas y media y voy a ponerme a contar hasta un millón o sea uno-dostrescuatrocincoseissieteocho ya me aburrí pero también podría buscar algo para que lo pongan en penitencia al Viejo así que en cuanto tenga el teléfono a mano voy a llamar al jefe para contarle que el Viejo estuvo hablando de él y dijo que era un imbécil un tarado un ladrón y otra cosa que no me acuerdo bien pero que sonaba algo así como cornudo.

La muerte es acordarnos de que olvidamos algo.

DIALÉCTICA DE MOCOSOS

-¿Nunca?
-Nunca.
-Para vos ¿qué significa la palabra nunca?
-Jamás.
-Ah, no. A mí «jamás» me parece mucho más categórico, negativo.
-Yo los veo como sinónimos.
-A ver si me entendés. Pensá en la palabra «siempre».
-Pienso.
-Trata de encontrarle un sinónimo. No meras aproximaciones, como «permanentemente» o algo por el estilo, sino un sinónimo puro, certero, incanjeable.
-No lo encuentro.
-¿Viste? Si «siempre» no tiene un sinónimo puro, tampoco va a tenerlo «nunca», que es su oponente.
-¿Y «jamás»?
-Es una aproximación, apenas eso.
-¿Cuántos años tenes?
-Trece. ¿Y vos?
-Doce y medio.
-¿Y por qué tenes siempre cara triste?
-Será porque estoy triste.
-¿Nunca estás alegre?
-¿O jamás?
-He dicho nunca.
-¿Y cuándo empezaste a estar triste?
-La primera vez que la vieja me llevó al shopping. Es muy desalentador ver tanta gente que mira y no compra.
-Yo he ido pocas veces, pero recuerdo que un sábado encontré a un viejo, como de treinta años, que no sólo miraba sino que también compraba.
-Sería un turista.
-Puede. En pleno verano se compró una bufanda y todos empezamos a sudar. Y eso que yo jamás sudo.
-¿No sudas nunca?
-Dije jamás.
-Sorry.
-Pero ¿qué es lo que te da tristeza?
-Ver a la gente tan abandonada (aunque vayan de a dos) enfrentándose a las vidrieras como si contemplaran una camisa, cuando en realidad están usando el cristal como espejo.
-¿Vos te miras?
-¿Para qué? Ya me sé de memoria.
-Te aseguro que hay gente que compra. O por lo menos entra en algún puesto.
-Sí, entran al boliche de una gran confitería, y al rato salen chupando un caramelo.
-Y bueno, la tristeza es dulce.
-También me entristece ver a las empleadas, todas planchaditas, mirando con ansia a los muchachos de atuendo deportivo que recorren invictos las avenidas del shopping.
-¿Ansia o seducción?
-Cuando el ansia es invasora no queda sitio para la seducción.
-Qué frasecita, eh. ¿Sabes lo que ocurre? Lo que ocurre es que vos, además de triste incurable, sos un pesimista del carajo.
-¡Si tu abuela te oyera ese vocabulario!
-Bah, mi abuela es más posmoderna que vos y que yo. A menudo dice palabras como pelotudo, mierda, coño, hijo de puta, enchufe.
-Enchufe no es mala palabra.
-En su caso sí lo es, porque la dice escupiendo.
-¿ Jugás al fútbol?
-Por supuesto. Soy golero.
-¿Te han metido algún gol?
-Nunca.
-¿O jamás?
-No, aquí sí es nunca, porque una sola vez me metieron un gol pero fue de penal.
-¿Qué vas a ser de grande? ¿Futbolista?
-No, ingeniero, como mi viejo. ¿Y vos?
-Deshonesto.
-¿Como tu viejo?
-Sí, pero un poco más profesional.
-¿No tenes miedo de caer en cana? ¿Nunca?
-jamás.

CASA VACÍA

Después de tantos años, me encaminé con una moderada expectativa a la casa vacía. El Abuelo, que llevaba varios años de viudez finalmente asumida, me la había dejado en su testamento, con la expresa condición de que no la pusiera en venta; más aún, de que me instalara en ella. Antes de decidir si iba a obedecer o no esa última voluntad, quise volver, en una mera visita de inspección, a aquel albergue que en cierto sentido también había sido mío. Gracias a la amable gestión de un vecino, que fuera buen amigo del Abuelo, tan amigo que tenía una llave de la casa, dos laborantes de toda confianza se habían encargado de una limpieza a fondo, de modo que cuando traspasé el veteado umbral de mármol, me encontré con una prolija casa vacía. Vacía de personas, claro, pero no de mobiliario, cuadros, lámparas, apliques. Me acomodé en un sillón de balance y desde allí empecé mi revisión. Verdadera calistenia de la memoria. En la tercera gaveta del armario el Abuelo guardaba celosamente elementos de su vida en dibujos, apuntes, fotografías. Había una de éstas, cuyo original en blanco y negro se había transformado con los años en pajizo y sepia. Allí estaba el Abuelo, cuando niño, rodeado de familiares, en un puerto de Italia, no sé cuál, todos con expresión de angustia porque habían llegado tarde y el barco había partido sin ellos. Junto con esa imagen y unida a ella con un ganchito, había otra foto, tan vetusta como la otra, también con el Abuelo niño, rodeado de familiares en el mismo puerto, pero esta vez con caras de satisfacción porque se habían enterado de que aquel barco que habían perdido meses atrás había naufragado en pleno Atlántico. Alargué un brazo y las fotos seguían allí, tal vez para que no olvidáramos aquella indigna euforia. Frente a mí había un sofá algo apolillado que todavía conservaba un marchito recuerdo de su verde primario. Allí solía sentarse el Abuelo a leer los diarios de la mañana. Aquello era un rito tan obligatorio como el mate amargo. De vez en cuando hacía un alto en la lectura para introducir un comentario como «no puede ser» o «hijos de putas» o «qué maravilla». Si advertía mi hasta ese momento ignorada presencia, me apuntaba con el índice y decía: «Vos no me hagas caso». Pero yo sí le hacía caso. Sus esporádicas aleluyas se me borraban, pero en cambio no se me olvidaba ninguna de sus imprecaciones, que pasaban a integrar mi diccionario privado. De pronto sentí necesidad de levantarme para completar el inventario y mis consiguientes visiones. Allí, a pocos pasos, estaba el dormitorio, con su gran lecho nupcial, del que yo siempre elogiaba su magnitud, al punto de crear la siguiente etiqueta: «Cama especial, con verificada capacidad para marido, esposa y amante». Como mis padres habían encontrado una muerte prematura en un accidente de carretera, yo viví toda mi infancia con el Abuelo. Luego me independicé, alquilé un apartamento más bien minúsculo, y fui estudiante, siempre sostenido, vigilado y financiado por el Abuelo, que solía estar metido en negocios más o menos complicados (siempre legales, no piensen mal) y en esos períodos me pedía que le cuidara su querida vivienda. Yo estaba terminando el tercer año de Universidad cuando conocí, un poco por azar, a una guapísima chiquilina alemana que quería practicar español. Y vaya si lo practicamos, en todas sus ramas y desarrollos. Una tarde le sugerí que recapituláramos una clase práctica en casa del Abuelo, que precisamente en esos días estaba en México. Aceptó y allí fuimos. Fue mi estreno del famoso lecho nupcial, en el que de seguro había sido concebido mi pobre padre. La alemana no podía creer que existiera en el para ella enigmático Occidente una cama tan amplia y con tantas posibilidades amatorias. Pues existía. Y la berlinesa y yo la honramos con la más creadora de nuestras lecciones bilingües. Ahora, tantos lustros más tarde, cuando ya no está el Abuelo porque el último de sus viajes fue sin regreso, yo y mi memoria nos tendemos en el lecho mayúsculo. No puedo dejar de pensar en el artículo alusivo del testamento del Abuelo. Por fin mido con optimismo erótico mi futuro y tomo una decisión. Voy a quedarme con este confortable y estimulante lecho. Y de paso, aunque importe mucho menos, con el resto de la casa vacía.

En nuestro caso, yo diría que seguimos juntos porque la soledad es una porquería.

VlEJO HUÉRFANO

A los ochenta y dos años, los sueños forman parte de la vida; son probablemente su zona más activa. En la realidad, uno camina con lentitud, las piernas torpes y pesadas; en el sueño, uno corre, salta vallas, dice alegres disparates. En la realidad, uno esconde sus rabias, que se refugian en el hígado; en el sueño, uno propina certeras trompadas al enemigo de ese minuto. En la realidad, uno mira con envidia a los que bailan; en el sueño, uno baila. En mi capítulo onírico más asombroso, yo estaba en una estación de ferrocarril y el tren apareció con sus bufidos de siempre, y quedó, provocativo frente a mí, el primer vagón de la primera clase. Yo había adquirido ese pasaje de privilegio sólo por curiosidad: quería comprobar qué gente de pro, sobria o borracha, disfrutaba de esa prerrogativa. Ascendí, con la ligereza de la alucinación, y en el segundo vagón había un grupo de infantes que sostenían una larga pancarta: Huerfanitos de Santa Catalina. ¿Dónde quedaría eso? No me importaba. Los niños parecían felices, jugaban a los manotazos y la cuidadora los hacía reír, aunque de vez en cuando les dedicaba uno que otro coscorrón. La escena no me sirvió para evocar mi propia infancia. Sólo pensé: «Soy un viejo huérfano, sin cuidadora y sin Santa Catalina». Recorrí dos vagones más y en el segundo me encontré con la bendita sorpresa. En el último asiento, junto a la ventanilla, estaba mi padre, bien entero, todavía maduro, sin canas y casi sin arrugas. Concienzudamente me olvidé de que treinta años atrás había asistido llorando a su velatorio. Como el asiento contiguo estaba libre, allí me situé, le puse una mano sobre el brazo y dije: «Hola». Casi de inmediato él dejó de mirar el paisaje para mirar ese otro paisaje que era yo. Entonces abrió tremendos ojos, después esbozó un gesto de estupor, que se fue ampliando hasta convertirse en su clásica y rotunda sonrisa del siglo pasado. Y dijo: «Qué bueno encontrarte aquí, en medio de este viaje hasta ahora bastante tedioso. Qué lindo. Te confieso que en el primer momento tuve la impresión de que era un sueño».

Por primera vez en su vida gris, Emiliano fue invadido por la alegría. Sintió que la cercanía de la muerte era una reivindicación y confirmación de la vida.

Llega un momento en que cualquier realidad se acaba. Y entonces no hay más remedio que inventarla. Por ejemplo, la infancia suele terminar de sopetón con algún juguete destrozado, o con la muerte entrañable y cercana de un perro o de un abuelo. Y entonces hay que volverla a concebir, aunque ya no se tengan siete sino treinta años o setenta. Si un amor concluye intempestivamente, es urgente improvisar otro, ya que sin amor los resortes de la cotidianidad se oxidan. Y si llega el eco de otro amor vacante, disponible, hay que cazarlo al vuelo. Mejor dicho, abrazarlo al vuelo, besarlo, acariciarlo, penetrarlo. La primera señal de que una realidad se acaba es el estallido del silencio, la detonación de la soledad. La última señal, en cambio, es el fogonazo de la muerte. Ese cruento final de la realidad es inapelable. Y no es posible inventar otra, porque en el vacío, por augusto que sea o nos hayan prometido que va a ser, no existe la invención. Cuando esa realidad cierra su paréntesis, la nada no abre ningún otro. Ni siquiera nos vamos a dar cuenta de que el mundo se ha callado.

Hasta ahora había sido muy satisfactorio ser adúltero, pero no soportaba ser cornudo.

El silencio se incorporaba a mi insomnio, que es como un sueño pero sin sueño.

El suicidio es una institución europea, tal vez norteamericana, y afecta no sólo a los infieles, cornudos y estafados, sino también a los políticos que descienden en las encuestas y a los empresarios corruptores y/o corruptos.

Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido.

EN FAMILIA

Asdrúbal nunca tuvo novia ni esposa ni compañera estable. No las tuvo porque en su corazón no cabían dos imágenes de mujer. Y él, desde la adolescencia, había estado enamorado de Inés. El problema consistía en que Inés era la mujer de Eduardo Sienra, su amigo del alma. Asdrúbal jamás le había dado a Inés el menor indicio de sus sentimientos. Simplemente se había integrado al clan de los Sienra (en el que también figuraba Andrés, hermano menor de Eduardo). Una vez por semana, por lo general los sábados, se reunían para almorzar en un casi silvestre restaurante de la costa. Allí imperaba el buen humor, la puesta al día de los chismes políticos de la semana, el recuento de lo que cada uno estaba haciendo: Eduardo era abogado; Andrés, editor; Inés, acuarelista; Asdrúbal, profesor universitario. De los cuatro, Andrés era el único que no siempre concurría. Los compromisos editoriales, los congresos internacionales, lo llevaban a menudo al exterior. Mientras tanto, Asdrúbal sufría. Inés estaba cada vez más apetecible, más candida, más seductora. Las abiertas sonrisas que solía dedicar a Asdrúbal, éste las iba archivando en el cofre de su memoria, pero a él no se le escapaba que, con sonrisa o sin ella, quien noche a noche la tenía en su cama era Eduardo el afortunado. Pero además, Asdrúbal soñaba pormenorizadamente con Inés. Ella era la dueña de sus insomnios y sus duermevelas. «No puedo seguir así, lamiendo un imposible.» Y ahí fue cuando sonó el teléfono. De inmediato reconoció la voz temblorosa de la secretaria de Eduardo: «Malas noticias, don Asdrúbal. El doctor Eduardo falleció esta mañana de un paro cardíaco». La conmoción fue tremenda. Eduardo sólo tenía cuarenta y dos años. Asdrúbal salió poco menos que corriendo hacia el piso de los Sienra. Inés estuvo llorando, larga y conmovedoramente, abrazada a Asdrúbal. Ni siquiera estaba Andrés, que asistía a la Feria de Frankfurt. -Eramos felices -balbuceó Inés, con un tono de diagnóstico forzoso, inapelable. Tras el velatorio y el sepelio, Asdrúbal volvió a su casa, todavía acongojado. Sin embargo, cuando se sirvió un whisky y se acomodó en la mecedora que era como su hogar, en el largo vaso de Bohemia surgió un extraño reflejo, y él lo interpretó como una señal, como un anuncio. Y ya que estaba solo, lo transformó en palabras. -Ahora Inés está libre. El pecho se le llenó de un júbilo y una ternura egoístas. Dejó pasar unos días antes de llamar nuevamente a Inés, pero cuando por fin se decidió, ella se había ido a Salto, donde vivía su madre. Pasaron seis meses antes de que la viuda regresara. Fue entonces que Asdrúbal se hizo de coraje y resolvió tender su red de seducción. Inés lo recibió con los brazos abiertos, cariñosa como de costumbre. Dijo que se había quedado más tiempo en Salto para acompañar a su madre, para quien la muerte de Eduardo también había representado un rudo golpe. Habló largamente del sosiego del paisaje salteño, de los atardeceres junto al río, del talante tranquilo y afectuoso de la gente pueblerina. Se produjo un silencio más o menos estéril, y precisamente cuando Asdrúbal iba a empezar a hablar de un futuro compartido, ella esbozó su sonrisa de siempre antes de decir: -¡Qué suerte que viniste! Justamente hoy te iba a mandar la invitación. No sé si sabes que el mes que viene me caso con Andrés, mi cuñado. Una suerte de continuidad familiar, ¿no te parece? Además, Andrés y yo estuvimos de acuerdo en pedirte que seas el padrino de boda.

Mi nombre es Servando -dijo el del farol. Dicen que soy un delincuente y por eso escapo.

Luego llegó el perro, con ojos fulgurantes, que más bien parecían de gato.

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La tregua

La tregua

La tregua

Es el diario de Martín Santomé, un hombre viudo de 49 años, oficinista que está próximo a jubilarse y que en medio de su vida rutinaria y solitaria encuentra el oasis del amor en Laura Avellaneda, una muchacha bastante menor que él y que ha llegado a trabajar al departamento donde labora y que lo hace ver el mundo y al vida de una manera diferente… aunque sólo por un tiempo limitado. Otro libro que leí hace más de 20 años y hoy que está más cercana mi edad de la del protagonista, encuentro otro significado. Calificación de 10.

Viaraza: acción inconsiderada y repentina.
Calandraca: persona ridícula.

La muerte es una tediosa experiencia; para los demás, sobre todo para los demás. Yo tendría que sentirme orgulloso de haber quedado viudo con tres hijos y haber salido adelante. Pero no me siento orgulloso, sino cansado. El orgullo es para cuando se tienen veinte o treinta años. Salir adelante con mis hijos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable que se reserva a los padres desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero todo fue precisamente demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz.

He aprendido que mis estados de preestallido no siempre conducen al estallido.

Estoy convencido de que en horas de oficina la ciudad es otra.

Hay una especie de reflejo automático en eso de hablar de la muerte y mirar en seguida el reloj.

¿Será posible que él, que sólo tenía cuatro años, posea la imagen, y que a mí, en cambio, que tengo registradas tantas noches, tantas, noches, tantas noches, no me quede nada? Hacíamos el amor a oscuras. Será por eso, Seguro que es por eso. Tengo una memoria táctil de esas noches, y ésa sí es directa. Pero ¿y el día? Durante el día no estábamos a oscuras. Llegaba a casa cansado, lleno de problemas, tal vez rabioso con la injusticia de esa semana, de ese mes. A veces hacíamos cuentas. Nunca alcanzaba. Acaso mirábamos demasiado los números, las sumas, las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros. Donde ella esté, si es que está, ¿qué recuerdo tendrá de mí?

Le pregunté si se sentía desgraciada y contestó que sí. Le pregunté el motivo y dijo que no sabía. No me extrañó demasiado. Yo mismo me siento a veces infeliz sin un motivo concreto.

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso.

Cuando murió mi madre –hará en agosto 15 años- yo estaba hecho una ruina. Sólo me sostenía una fervorosa rabia contra Dios, los parientes, el prójimo. Cada vez que recuerdo el velorio interminable, siento asco. Los asistentes se dividían en dos clases: los que empezaban a llorar desde la puerta y después me sacudían entre sus brazos, y los que llegaban tan sólo a cumplir, me daban la mano con empalagosa compunción y a los diez minutos estaban contando chistes verdes. Entonces llegó Aníbal, se acercó, ni siquiera me dio la mano, y se puso a hablar con naturalidad: de mí, de sí mismo, de su familia, incluso de mi madre. Esa naturalidad fue una especie de bálsamo, de verdadero consuelo; yo la interpreté como el mejor homenaje que alguien podía hacer a mi madre, y a mí mismo en mi afecto por mi madre. Es tan sólo un detalle, un episodio casi insignificante, eso lo comprendo bien, pero tuvo lugar en uno de esos momentos en que el dolor lo pone a uno exageradamente receptivo.

Lo que deseo ahora es mucho más modesto que lo que deseaba hace treinta años y, sobre todo, me importa mucho menos obtenerlo.

Mi lema secreto: “Cuanto menos jerarquías, menos responsabilidad”. La verdad es que uno vive más cómodo sin grandes cargos.

Después de mucho exprimirme el cerebro llegué al convencimiento de que lo que está peor es la resignación. Los rebeldes han pasado a ser semirrebeldes, los semirrebeldes a resignados. Yo creo que en este luminoso Montevideo, los dos gremios que han progresado más en estos últimos tiempos son los maricas y los resignados. “No se puede hacer nada”, dice la gente. Antes sólo daba su coima el que quería conseguir algo ilícito. Ahora también da coima el que quiere conseguir algo lícito. Y esto quiere decir relajo total.

Creo que en Avellaneda me importa menos el lado sexual, o será tal vez que lo sexual importa menos a los cuarenta y nueve años que a los veintiocho.

En realidad, mi discurso preparado incluía una larga explicación que ni siquiera llegué a iniciar. Es cierto que no estaba muy seguro de que eso fuera lo más conveniente. También había barajado la posibilidad de ofrecerme a aconsejarla, de poner a su disposición la experiencia de mis años. Sin embargo, cuando salí de mis cálculos y la hallé frente a mí, y caí en todos esos ademanes torpes e incontrolados, vislumbré por lo menos que la única salida para escaparme fructuosamente del ridículo era decir lo que dictara la inspiración del momento y nada más, olvidándome de los discursos preparados y las encrucijadas previas. No estoy arrepentido de haber seguido el impulso. El discurso salió breve y –sobre todo- sencillo, y creo que la sencillez puede ser una adecuada carta de triunfo frente a ella.

Mi pretensión, aparte de la muy explicable de sentirme feliz o lo más aproximado a eso, es trata de que usted también lo sea. Y eso es lo difícil. Usted tiene todas las condiciones para concurrir a mi felicidad, pero yo tengo muy pocas para concurrir a la suya.

El 31 de mayo era el cumpleaños de Isabel. Qué lejos está. Una vez, en un cumpleaños, le compré una muñeca. Era una muñeca alemana, que movía los ojos y caminaba. La llevé a casa en una caja larga, de cartón durísimo. La puse sobre la cama y le pedí que adivinara: “Una muñeca”, dijo ella. Nunca se lo perdoné.

El tiempo se va. A veces pienso que tendría que ir apurado, que sacarle el máximo partido a estos años que quedan. Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: “Pero si usted todavía es un hombre joven”. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de todavía? Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre. Porque la vida es muchas cosas (trabajo, dinero, suerte, amistad, salud, complicaciones), pero nadie va a negarme que cuando pensamos en esa palabra Vida, cuando decimos, por ejemplo, “que nos aferramos a la vida”, la estamos asimilando a otra palabra más concreta, más atractiva, más seguramente importante: la estamos asimilando al Placer. Pienso en el placer (cualquier forma de placer) y estoy seguro de que eso es vida. De ahí el apuro, el trágico apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta y soy “todavía joven”. Todavía quiere decir: se termina.

Comprendo que para una mujer joven puede ser un atractivo saber que uno es un tipo que vivió, que cambió hace mucho la inocencia por la experiencia, que piensa con la cabeza bien colocada sobre los hombros. Es posible que eso sea un atractivo, pero qué breve. Porque la experiencia es buena cuando viene de la mano del vigor; después, cuando el vigor se va, uno pasa a ser una decorosa pieza de museo, cuyo único valor es ser un recuerdo de lo que fue. La experiencia y el vigor son coetáneos por muy poco tiempo. Yo estoy ahora en ese poco tiempo. Pero no es una suerte envidiable.

Nunca estuve muy seguro acerca de lo que las mujeres quieren decir cuando me miran. A veces creo que me interrogan y al cabo de un tiempo caigo en la cuenta de que en realidad me estaban respondiendo.

Lloro porque todo es una lástima.

Puede parecer insólito, pero el clima de esta empresa comercial depende, en gran parte, de un orgasmo privado.

Una siempre imagina estas cosas de un modo un poco diferente de lo que después viene a ser.

A las siete y media salí de la oficina y fui al apartamento. Ella había llegado antes, había abierto con su llave y se había instalado. Cuando llegué me recibió alegremente, sin inhibiciones, otra vez con un beso. Comimos. Hablamos. Reímos. Hicimos el amor. Todo estuvo tan bien, que no vale la pena escribirlo. Estoy rezando: “Que dure”, y para presionar a Dios voy a tocar madera sin patas.

Parece que lo de Esteban no es tan serio. La radiografía y los análisis desmintieron al médico y su mal agüero. A ese tipo le gusta aterrorizar, anunciar por lo menos la proximidad de graves complicaciones, de peligros indefinidos e implacables. Después, si la realidad no es tan tremenda, sobreviene una gran sensación de alivio, y el alivio familiar es por lo común el mejor clima posible para pagar sin fastidio, hasta con gratitud, una cuenta abusivamente alta.

En las oficinas no hay amigos; hay tipo que se ven todos los días, que rabian juntos o separados, que hacen chistes y se los festejan, que se intercambian sus quejas y se transmiten sus rencores, que murmuran del Directorio en general y adulan a cada director en particular. Eso se llama convivencia, pero sólo por espejismo la convivencia puede llegar a parecerse a la amistad. En tantos años de oficina, confieso que Avellaneda es mi primer afecto verdadero. Lo demás tiene la desventaja de la relación no elegida, del vínculo impuesto por las circunstancias. ¿Qué tengo yo de común con Muñoz, con Méndez, con Robledo? Sin embargo, a veces nos reímos juntos, tomamos alguna copa, nos tratamos con simpatía. En el fondo, cada uno es un desconocido para los otros, porque en este tipo de relación superficial se habla de muchas cosas, pero nunca de las vitales, nunca de las verdaderamente importantes y decisivas. Yo creo que el trabajo es el que impide otra clase de confianza.[…] Pero también existe la burla. Todos somos especialistas en la burla. La disponibilidad de interés hacia el prójimo hay que gastarla de algún modo; de lo contrario, se enquista y sobreviene la claustrofobia, la neurastenia, qué sé yo.

Que feo eso de que le digan a uno la verdad, sobre todo si se trata de una de esas verdades que uno ha evitado decirse aun en los soliloquios matinales, cuando recién se despierta y murmura pavadas amargas, profundamente antipáticas, cargadas de autorrencor, a las que es necesario disipar antes de despertarse por completo y ponerse la máscara que, en el resto del día, verán los otros y verá a los otros.

Estaba junto a la ventana mirando llover. Me acerqué, yo también miré cómo llovía, no dijimos nada por un rato. De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad. La cumbre es así, claro que es así. Además estoy seguro de que la cumbre es sólo un segundo, un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay derecho a prórrogas.

Hay algo atávico en la mujer que la lleva a defender la virginidad, a exigir y a exigirse las máximas garantías para rodear su pérdida. Después, cuando una ya cayó, entonces se da cuenta de que todo era un mito, una vieja leyenda para cazar maridos.

Mi estilo de querer es ése, un poco reticente, reservado al máximo sólo para las grandes ocasiones. Quizá haya una razón y es que tengo la manía de los matices, de las gradaciones. De modo que si siempre estuviera expresando lo mismo, ¿qué dejaría para esos momentos (hay cuatro o cinco en cada vida, en cada individuo) en que uno debe apelar al corazón en pleno? […] Al que llora todos los días, ¿qué le queda por hacer cuando le toque un gran dolor, un dolor para el cual sean necesarias las máximas defensas? Siempre puede matarse pero eso, después de todo, no deja de ser una pobre solución. Quiero decir que es más bien imposible vivir en crisis permanente, fabricándose una impresionabilidad que lo sumerja a uno (une especia de baño diario) en pequeñas agonías.

Me hace mucho mal no tenerte aquí, o que no me tengas allí.

Me gustan los hijos, los quiero mucho, pero lo que más me gusta es que sean hijos tuyos.

“Dios es la Totalidad”, dice a menudo Avellaneda. “Dios es la Esencia de todo”, dice Aníbal, “lo que mantiene todo en equilibrio, en armonía, Dios es la Gran Coherencia”. Soy capaz de entender una y otra definición, pero ni uno ni otra son mi definición. Es probable que ellos estén en lo cierto, pero no es ése el Dios que yo necesito. Si Dios es la Totalidad, la Gran Coherencia, si Dios es sólo la energía que mantiene vivo el Universo, si es algo tan inconmensurablemente infinito, ¿qué puede importarle de mí, un átomo malamente encaramado a un insignificante piojo de su Reino? No me importa ser un átomo del último piojo de su Reino, pero me importa que Dios esté a mi alcance, me importa asirlo no con mis manos, claro no siquiera con mi razonamiento. Me importa asirlo con mi corazón.

Hija única. Yo también fui hijo único. Y no es fácil, uno acaba por sentirse desamparado.

La experiencia me ha enseñado que uno de los métodos más eficaces para derrotar a un rival en el vacilante corazón de una mujer, es elogiar sin restricciones a ese mismo rival, es volverse tan comprensivo, tan noble y tolerante, que uno mismo se sienta conmovido.

El día en que el uruguayo sienta asco de su propia pasividad, ese día se convertirá en algo útil.

Usted la conoció, usted al quería, y estará atormentado. Yo sé cómo se siente. Siente que su corazón es una cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta.

Yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien.

Pedro y el capitán

Mario Benedetti

Pedro ha sido capturado y bajo tortura es obligado a denunciar a sus cómplices. ¿El delito? Es lo de menos, lo importante es obtener información. El capitán imposibilitado para lograr su objetivo, poco a poco va mudando su seguridad en temor. El diálogo entre torturador y torturado, a modo de obra teatral, va fluyendo de manera que al final intercambian sus papeles. Calificación de 9.
Pedro y el capitán

Pedro y el capitán

Para serte franco, el único silencio que yo justifico es el de la primera sesión. Después es masoquismo.

Mi especialidad no es la picana sino el argumento. La picana puede ser manejada por cualquiera, pero para manejar el argumento hay que tener otro nivel.

Nosotros no podemos dejar de apreciar en ustedes la pasión con que se entregan a una causa, cómo lo arriesgan todo por ella: desde el confort hasta la familia, desde el trabajo hasta la vida. No entendemos mucho el sentido de ese sacrificio, pero te aseguro que lo apreciamos.

Hablando la gente se entiende, decía siempre mi viejo, que era rematador, o sea, que tenía sus buenas razones para confiar en el uso de la palabra. Te digo esto para que te hagas una composición de lugar y no te excedas en tus derechos, si no querés que yo me exceda en mis deberes.

Ellos, los de la línea durísima, prefieren a veces tarer a la esposa del acusado, y, cómo te diré, “perforarla” en su presencia, y hasta hay quienes son partidarios de la técnica brasileña de hacer sufrir a los niños delante de sus padres, sobre todo de su madre.

Con capucha no abrí la boca porque hay un mínimo de dignidad al que no estoy dispuesto a renunciar, y la capucha es algo indigno.

Para usted debe ser jodido, después de interrogar a un recién torturado, darle un besito a su mujer o a su hijo, si lo tiene.

-Decime un poco, ¿vos sabés lo que te espera?
-Me lo imagino.
-Tal vez sea bastante peor de lo peor que imaginás. Diariamente hacemos progresos.
-Lo que imagino siempre es peor.

Usted me ofrece que viva como un muerto. Y antes de eso prefiero morir como un vivo.

De cualquier manera tengo que hacerte hablar. Porque sólo así me sentiré bien ante mi mujer y mis hijos. Sólo me sentiré bien si cumplo mi función, si alcanzo mi objetivo. Porque de lo contrario seré efectivamente un cruel, un sádico, un inhumano, porque habré ordenado que te torturen para nada, y esos sí es una porquería que no soporto.

Qué importante es el dolor cuando uno está vivo. Pero qué poquito significa cuando uno está muerto.

Venía todas las tardes a la biblioteca, y se sentaba a estudiar matemáticas. Yo estudiaba historia, pero en realidad no estudiaba nada porque me pasaba mirándola de reojo y tratando de investigar si ella también me miraba de reojo, pero nunca concidíamos en las investigaciones, así que pasamos todo un trimestre mirándonos si mirábamos.

En el mundo hay millones de anticomunistas que no son torturadores. El Papa, por ejemplo.

No todo lo malo sucede en le vida debido a traumas de infancia.

¿Te acordás que nos quedamos como dos horas tendidos en la arena, sin hablar, mirando la vía láctea, como quien mira un techo interior? Recuerdo que de pronto empecé a mover mi mano sobre la arena hacia vos, sin mirarte, y de pronto me encontré con que tu mano venía hacia mí. Y a mitad de camino se encontraron. Fíjate que este es el recuerdo que rememoro más. También tu cuerpo, tu piel, también tu boca. ¿Cómo no recordad todo eso? Pero aquella noche en la playa es la imagen que rememoro más.

Si yo le dijera que no puedo abandonar esto, usted me diría que es natural porque así abandonar el confort, los dos autos, etcétera. Y no es así. Todo eso lo dejaría sin remordimientos. Si no los dejo es porque tengo miedo. Pueden hacer conmigo lo mismo que hacen, que hacemos con usted. Y usted seguramente me diría: “Bueno, ya ves, puede aguantarse”. Usted sí puede aguantarlo, porque tiene en qué creer, tiene a qué asirse. Yo no. Pero dentro de mi imposibilidad de rescatarme, me queda una solución intermedia. Ya sé que Inés y los chicos pueden un día llegar a odiarme, si se enteran con lujo de detalles de lo que hice y de lo que hago. Pero si todo esto lo gao, además, sin conseguir nada, como ha sido en su caso hasta ahora, no tengo justificación posible. Si usted muere sin nombrar un solo dato, para mí es la derrota total, la vergüenza total. si en cambio dice algo, habrá también algo que me justifique. Ya mi crueldad no será gratuita, puesto que cumple su objetivo. Eso es lo que le pido, lo que le suplico. Ya no cuatro nombres y apellidos, sino tan sólo uno. Y puede elegir.

De más está decir que, aun en medio de la derrota que hoy sobrellevamos, no estoy por una literatura -y menos por un teatro- derrotista y lloriqueante, destinados a inspirar lástima y conmiseración. Tenemos que recuperar la objetividad, como una de las formas de recuperar la verdad, y tenemos que recuperar la verdad como una de las formas de merecer la victoria.

La borra del cafe

Mario Benedetti

Novela que narra las vivencias de un joven en su niñez. Sus constantes mudanzas. Su enfrentamiento con la muerte y con el amor en el cuerpo de una mujer. Cuando es adulto, busca su lugar en el mundo, confundido entre la realidad que lo rodea y la ficción que anhela. Calificación de 8.5
La borra del café

La borra del café

Cosas Chicas para el mundo, pero grandes para mi.

Una vez me contó cómo se había salvado de un naufragio famoso. Le pregunté si se había librado porque sabía nadar. “No, cómo se te ocurre. Siempre he tenido más afinidad con las aves que con los peces. Pero la verdad es que tampoco sé volar”.

En aquella época era muy joven y aún no había aprendido a ser hipócrita.

También los recuerdos se van borrando. A veces recuerdo el recuerdo del color, pero no del color mismo. ¿Vos te acordás de todo lo que te acontenció cuando tenías seis años? ¿No te pasa que a veces recordás algo que ocurrió, pero no como evocación directa de tu memoria, sino porque el episodio viene siendo repetidamente narrado, a través de los años, por tu madre o por tu padre? Al final, asumís tu papel como protagonista de esa historia contada, pero no desde el interior de ese protagonismo que alguna vez tuviste.

Al viejo siempre le gustaban los cafés y allí se encontraba con amigos de antes y de mucho antes. Los de mucho antes eran por lo general más pobres que los de antes.

Estuve llorando un rato, pero no sabría decir se era por la anunciada desaparición de mamá o por mi inminente orfandad.

No tengas vergüenza de llorar. Hace bien. Elimina toxinas. Por eso las mujeres vivimos más que los hombres. Porque lloramos más.

“Elenita”, le dije mientras la acariciaba, “eso es la muerte: la quietud total, la sordera total, la mudez total. Y no pensar. Ni soñar.” “¿Y sentir dolor?”, preguntó en medio de un puchero que me conmovió. “No, tampoco sentir dolor”.

No te avergüences de ninguna pregunta, si es sincera. Generalmente son las respuestas las más acreedoras de vergüenza, porque en ellas es más común que aparezca la doblez: que pienses algo pero digas lo contrario. Ése es otro de nuestros escasos privilegios: creo que los ciegos detectamos mejor la hipocresía. El hipócrita puede disimular su doblez con un gesto, una mirada, un guiño, y así rodearse de un aura falsa de sinceridad frente al interlocutor desvalido. Pero a nosotros sólo nos llega del hipócrita la voz, la voz sin maquillaje, tal como es, con su mentira a la intemperie.

Las verdades a medias son sobre todo mentiras a medias.

Cabia asímismo la posibilidad de que la inicial repetida significara un colmo de soledades, una suerte de espejo empañado, o sea Arsenio más Arsenio, o Azucena más Azucena, es decir el trazado de alguien que reclamaba compañía pero sólo hallaba la de sí mismo, o de sí misma, de ahí que inventara un idilio como un borrador de sentimiento, con un placer tan hedonista y no obstante tan angustioso como suelen ser los placeres solitarios.

Estaba parando por unos días en casa de amigos de mi hermana, vecinos a su vez de Norberto, y ellos hablaron con preocupación de la enfermedad y la inminente muerte de tu madre y asimismo de vos y de tu hermanita, y me entraron unas tremendas ganas, no de consolarte sino de acompañarte, de tocarte, de transmitirte cariño, que es lo que en esos momentos se necesita.

El germen del amor tendrá mejor pronóstico si se lo siembra en el surco del deseo.

Siempre existe la posibilidad de que una mujer dormida pronuncie otro nombre, aunque ese nombre pertenezca al pasado.

¿Por qué seré tan callado? Cuanto más hablan los que me rodean, menos ganas tengo de decir algo.

¿Ves la ventaja de no ser hijo único? Tu hermana te toma de confidente y busca tu apoyo. Yo no tuve a nadie a quien apoyar ni mucho menos alguien que me apoyara.

El trabajo físico te va dando una sabiduría esencial, que probablemente viene de tocar la realidad con las manos, en tanto que el manejo de cifras y planillas te va encerrando en una cueva de abstracciones.

Los números suelen ser flacos, a veces esqueléticos como el uno y el siete, e incluso la gordura del seis o del ocho papada y panza) tienen distinto significado si están a la izquierda o a la derecha de la coma decisiva.

Todas las noches, sin ser conscientes de ello, enfremtamos un Juicio Final. Y es de acuerdo a su dictamen que podemos dormir tranquilos o revolcarnos en pesadillas.

No quiero esperar a los velorios para valorar a mi gente cercana.

El azar siempre deja ganar al debutante, así éste se engolosina y luego puede ser llevado mansamente a la bancarrota.

Ya verás, cuando la tengas, que volver a tu casa, todas las noches, te dará un poco de confianza, no mucha pero un poco, en medio de este mundo tan poco confiable.

En este mundo de hoy quien no tenga conexiones no progresa.

El cuerpo tiene sus propias leyes.

Esta Mañana y Otros Cuentos.

Mario Benedetti.

Buena colección de cuentos, que tienen como tema común, las relaciones de pareja y en particular el matrimonio. Me quedo con: Idilio, Como siempre y No tenía lugares. Va el resúmen en 5 palabras por cuento. Calificación de 8.0
Esta mañana y otros cuentos.

Esta mañana y otros cuentos.

Esta Mañana. Hasta donde llega el cobarde. (Lucha de clases en una oficina).
Como un ladrón. Ciego guiando a otro ciego. (La tergiversación de un versículo bíblico puede destruir a las personas. Literalmente).
Hoy la alegría. La imaginación es muy poderosa. (Un enamorado que mezcla la realidad con la fantasía de su amor escondido).
Idilio. La cruda realidad del matrimonio. (Un asalto visto desde las distintas perspectivas de cada uno de los cónyuges).
Como siempre. La costumbre gana como siempre. (Un matrimonio que se enfrenta a la costumbre de la vida y ni la muerte de un hijo los mueve).
La vereda alta. Hay experimentos que no fructifican. (Un niño que busca el significado de la muerte).
No tenía lunares A Grandes males, grandes remedios. (Después de un engaño, el marido se da cuenta de cómo era su esposa en realidad).
José Nomás. Cuando un nombre significa todo. (Una mujer que intenta liberarse de su manera de vivir, sin conseguirlo).
La lluvia y los hongos. El pasado siempre nos persigue. (Un hombre que busca remediar su pasado, el cual inevitablemente sale a la luz).

¿No ha escrito usted nunca una carta sin la intención de mandarla, y la ha puesto en un sobre sin la intención de mandarla, y ha salido con ella… todavía sin el propósito de enviarla; y entonces ha oído cómo caía en el buzón?

En realidad son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre[…]; alegre de veras, es decir, casi triste.

Pensé que ella iba a ser verdaderamente compañera y poderla sentir al lado en la noche no sólo en la noche como parte de uno mismo aunque no la tocara por más que también sería bueno tocarla casi dormido y estirar la mano y hallarla.

Nunca tomo más de dos copitas ella dice siempre que huelo a alcohol sin embargo no es cierto porque dos noches a propósito no tomé nada y ella dijo lo mismo pero quién la convence ya se ha construido como moldes de lo que tiene que reprocharme.

Las diez y media. Todavía quince minutos de soledad. Hay que aprovecharlos. Aprovecharlos es sacarle el menor provecho. Dejarse estar. Ver. Escuchar. Al mirar hacia la izquierda, cierta presencia física le provoca un choque. A los treinta y cinco años no alcanza a recordar que él, a los veinte, haya sido tan ridículo como ése, tan inconsciente fantoche.

En realidad, entre éste y María Luisa no había mediado nada, ni siquiera palabras comprometedoras, que después de todo son el nudo más fácil.

Ahora mismo, sin arraigo aún y sin motivo, el odio hacía visitas tímidas, espaciadas, pero suficientes para ir formando el habito de retirar a medias la confianza.

Si yo fuera cursi te diría que tenés tu destino en tus manos. Pero como no lo soy, simplemente te recuerdo que lo tengo en las mías.

Después de todo, ¿qué creés que es la sinceridad? ¿Que yo te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevará a odiarnos un poco.

Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos.

Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro.

Primavera con una esquina rota.

Mario Benedetti.

De nuevo el exilio como eje principal de la novela, ahora visto desde la perspectiva de una familia que lo sufre en carne propia, cada integrante lo vive de manera distinta: el marido en exilio encarcelado en un país, el resto de la familia en exilio libre, pero en otro país, el padre avejentado, la esposa confundida, la hija con dudas, el amigo confundido… y Benedetti como un protagonista más. Calificación de 9.
Primavera con una esquina rota.

Primavera con una esquina rota.

La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas. Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco.

Pero también me provoca un poco de nostalgia aquella edad lejana en que el máximo miedo era provocado por manchas fantasmales que uno mismo creaba. Los motivos adultos, o quizás las excusas adultas de los miedos que vienen después, no son fantasmales, sino insoportablemente reales.

… hay corazonadas de la razón que el corazón no entiende.

Cuando uno soporta sufrimientos propios no tiene necesidad de adjusicarse dolores ajenos.

Porque si no pongo orden, todas tus imágenes se concentran en tu cuerpo, en vos y yo haciendo el amor. Y eso no siempre me hace bien. Pasa a ser una constancia dolorosa de tu ausencia. O de mi ausencia. Primero gozo angustiosa y mentalmente. Disfruto en el vacío. Luego me deprimo. Y el bajón me dura horas. De manera que cuando te digo que también en este campo tuve que poner orden, quiero decir que he decidido incorporar otros recuerdos que te (y me) atañen y que son tan decisivos y valiosos como las noches de nuestros cuerpos.

Como quisiera cerrar los ojos y empezar de nuevo y abrirlos después con la tardía lucidez que traen los años pero con la vitalidad que ya no tengo. Dios da pan al que no tiene dientes, pero antes, mucho antes, le dió hambruna al que los tenía. Linda trampa la de Dios. Después de todo, los refranes populares son algo así como un currículum divino. Se armó la de Dios es Cristo: virulencia y furia. Dios los cría y ellos se juntan: conspiración y acoso. Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César: repartija y prorrateo. Como Dios manda: prepotencia e imperio. Dios pasó de largo: indiferencia y menosprecio. A Dios rogando y con el mazo dando: parapoliciales, paramilitares, escuadrones de la muerte, etc. Cuando Dios quiera: poder omnímodo. Dios nos libre y nos guarde: neoclonialismo. Dios castiga sin palo ni piedra: tortura subliminal. Vaya con Dios: malas compañías.

Cuando uno tiene que estar irremediablemente fijo, es impresionante la movilidad mental que es posible adquirir. Se puede ampliar el presente tanto como se quiera o lanzarse vertiginosamente hacia el futuro, o dar marcha atrás que es lo más peligroso porque ahí están los recuerdos, los buenos, los regulares y los execrables. Ahí está el amor, o sea estás vos, y las grandes lealtades y también las grandes traiciones. Ahí está lo que uno pudo hacer y no hizo, y también lo que pudo no hacer y sí hizo. La encrucijada en la que el camino elegido fue el erróneo. Y ahí empieza la película, es decir, cómo habría sido la historia si se hubiera tomado el otro rumbo, aquel que entonces se descartó. Generalmente, después de varios rollos uno suspende la proyección y piensa que el camino elegido no fue tan equivocado y que acaso en igual encrucijada, hoy la elección sería la misma. Con variantes, claro. Con menos ingenuidad, por supuesto. Con más alertas, por las dudas. Pero eso sí, manteniendo el rumbo primordial. […] En los últimos y penúltimos tiempos antes de la obligada internación, todo sucedió tan atropelladamente en medio de tantas tensiones, rodeado por tantas implacables urgencias, por tantas decisiones a tomar, que no había tiempo ni ánimo para la reflexión, para pensar y repensar sobre nuestros pasos, para ver claro en nosotros mismos. Ahora sí hay tiempo, demasiado tiempo, demasiados insomnios, demasiadas noches con las mismas pesadillas y las mismas sombras. Y la tendencia natural, y también la más facilonga, es preguntarse para qué me sirve el tiempo ahora, para qué esta meditación tardía, atrasada, anacrónica, inútil. Y sin embargo sirve. La única ventaja de este tiempo baldío es la posibilidad de madurar, de ir conociendo los propios límites, las propias debilidades y fortalezas, de ir acercándose a la verdad sobre uno mismo, y no hacerse ilusiones acerca de los objetivos que uno nunca podría lograr, y en cambio aprontar el ánimo, preparar la actitud, entrenar la paciencia, para conseguir lo que algún día sí puede estar al alcance.

Los odios vivifican y estimulan sólo si es unno quien los gobierna; destruyen y desajustan cuando son ellos los que nos dominan.

… uno no sabe quién es realmente, cuán incinerable o incombustible es, hasta que no pasa por alguna hoguera.

El trago es más amargo si pensamos que morir de exilio es la señal de que no sólo a Luis, sino a todos, nos han quitado transitoriamente ese supremo derecho a abandonar el tren en la estación donde el viaje empezara. Nos han quitado nuestra muerte doméstica, sencillamente nuestra, es amuerte que dsabe de qué lado dormimos, de qué sueños se nutren las vigilias.

… la verdad es que últimamente el mundo no es una fiesta.

Uno está siempre demasiado atento a su propio ombligo; le parece que los problemas propios son los únicos importantes. No siempre se da cuenta de que los demás también tienen los suyos.

Los padres vienen de regalo, nadie los elige. La mujer y los hijos se adquieren por un acto de voluntad. Por una decisión propia.

La hipocresía es un vicio, pero no estoy tan convencido de que la franqueza sea siempre una virtud.

A veces una buena relación de enclaustramiento o reclusión, una relación que puede convertirse en amistad para siempre, se construye mejor con los silencios oportunos que con las confidencias intempestuvas, Hay gente incluso que se considera tan obligada a intercambiar peripecias autobiográficas que hasta las inventa. Y no siempre se trata de mitómanos o mentirosos, que también los hay; a veces se inventa un episodio como una deferencia, como una cortesía hacia el compañero, creyendo que con eso se le entretiene, o se le hace olvidar su desamparo, o se le extrae de un pozo de angustia, o con ello se le provocan nostalgias y se le enciende la memoria, y hasta se le contagia el virus del recuerdo-ficción.

Todo preso político debe agradecre a sus carceleros que le confirmen, en los hechos y sobre su persona, la validez de sus convicciones, la razón de sus pasos. Nunca un hombre está más seguro de lo que hace, que cuando un dolor prolongado no logra quitarle el aliento y derrotarlo.

Hay multitud de temas que sólo puedo hablar con ellos [los compatriotas], quiero decir hablarlos con plenitud, con conocimiento de causa, aunque no siempre con conocimiento de efectos.

… la dictadura decidió abrir, no una puerta, sino una rendija, y una rendija tan pequeña que sólo pudiera entrar en ella una sola sílaba, y entonces la gente vio aquella hendedura y, sin pensarlo dos veces, colocó allí la sílaba NO. Es probable que mañana den un portazo, cierren otra vez la fortaleza que habían creído inexpugnable, pero ya será tarde, la rotunda sílaba habrá quedado dentro, les será imposible deshacerse de ella. En esta época de bombas neutrónicas y ojivas nucleares, es increíble cuánto puede hacer todavía una pobre sílaba negadora.

Los tangos son unas músicas tristes que se bailan cuando uno está alegre y así vuelve a ponerse triste.

Ahora, a tanta distancia, si quisera ser descarademente franco conmigo mismo, tal vez no sabría reconocer de qué me enamoré, o si realmente me enamoré alguna vez de esa mujer desmesuradamente mesurada. Me digo esto y de inmediato siento que soy injusto. Es claro que debo haberme enamorado. Sólo que no me acuerdo. Hablábamos entre nosotros bastante menos de lo que habla una pareja corriente. Sin embargo, esas pocas conversaciones no eran por cierto banales.

la primavera es como un espejo pero el mío tiene una esquina rota / era inevitable no iba a conservarse enterito después de este quinquenio más bien nutrido / pero aún con una esquina rota el espejo sirve la primavera sirve.

y después pasaba el miedo y parecía mentira el haberlo siquiera rozado / tan corajudo y estoico podía sentirme luego / y tanto me transfiguraba que hasta podía experimentar un cierto desdén por algún otro que tenía miedo y debía tragarse los aullidos / alguien que en algún momento siempre y cuando no aullara habría de sobrepasar ese instante de mierda y habría e sentirse tan corajudo y estoico que hasta podría experimentar cierto desdén por algún otro que en el cepo de su miedo tenía que tragarse los aullidos etcétera. las tristezas son como los gallos / canta una y enseguida las otras se inspiran / y sólo así uno se da cuenta de que la colección es enorme e incluso que uno tiene tristezas repetidas.

al final el dolor provoca más miedo que la muerte / incluso se puede avizorar la muerte como un definitivo analgésico.

Cuando los taxis hacen huelga los aviones no pueden aterrizar. Los taxis sin la parte más importante del aeropuerto.

Gracias por el fuego.

Mario Benedetti.

Novela que narra los pensamientos de Ramón Budiño, hijo de Edmundo Budiño que logró a través de sus relaciones políticas y de influencia, convertirse en el mandamás del país. A sabiendas de los negocios de su padre y la vergüenza que eso le significa, Ramón intenta consumar la venganza perfecta para lavar su nombre y apellido. Pero el destino tiene derroteros que uno no toma en cuenta y el final es contradictoriamente inesperado.
Calificación de 9.
Gracias por el fuego.

Gracias por el fuego.

A veces la mujer tiene que elegir entre morirse de hambre o perder la femineidad.

Parece mentira que uno necesite estos golpes terribles para saber a qué sitio pertenece.

Después de todo, también el hijo es una cicatriz. Buena definición para proponer a la Academia. Hijo: cicatriz del amor.

Sin embargo, uno puede convertirse en traidor con un simple puñetazo en el estómago, otro más curtido, sólo cuando le arrancan las uñas; otro, el más heroico, sólo cuando le quemen los testículos. En el termómetro de la fidelidad, siempre hay un punto de ebullición en que el hombre es capaz de vender a la madre.

Es magnífico aprender con quien no sabe.

… uno va adquiriendo conciencia de sus órganos a medida que empiezan a doler…

En cuanto al amor, el amor sin pasión digamos, es un concepto tan abstracto y general, que a lo mejor sigue existiendo pero sin importar mucho.

Nadie es químicamente puro. El marxista trabaja, por ejemplo, en un Banco. El católico fornica sin pensar en la sagrada reproducción de la especie, o haciendo lo posible por evitarla. El vegetariano convicto come resignadamente su churrasco. El anarquista recibe un sueldo del Estado.

No me importa el dinero como tal, pero me importan algunos de los objetos que pueden adquirirse con él. No me importa el dinero en sí, pero me importa como intermediario obligatorio para la adquisición de la belleza material, de esos síntomas de mi gusto que adornan los mejores momentos del descanso.

Sólo se dieron cuenta de que querían el paisito, cuando alguien les mintió que había sido arrasado.

Su simpatía se basa particularmente en lo que no dice: silencios, gestos, miradas, etcétera.

Cuando los hombres sueñan con una mujer, siempre se trata de lo mismo.

El hambre siempre es mejor de llevar que la vergüenza.

Feliz de él [el auto]. Todos sus problemas los soluciona el mecánico. Pero cuando a mi me falla un sentimiento, un pistón digamos, o mis válvulas de escape están gastadas, o la nostalgia, el sistema de encendido digamos, tiene atrasada la chispa, no hay mecánico que pueda arreglarme.

Lo único seguro es que sos mejor que todas tus imágenes, que todas las imágenes que yo tengo de vos.

No hay nada más parecido a un vestuario de fiestas que un vestuario de velorios.

… todos queremos que la vida nos salga más barata que al común de los mortales, y para ello no importa si el medio es la estafa, la limosna, el acomodo, la inválida promesa o la falsa invalidez. Todos queremos sacar la ventajita, trampear a alguien para salvar el honor; la única forma de adquirir conciencia de las propias fuerzas es cometer la mínima indecencia que nos ponga al amparo de la más agresiva de todas las sospechas…

La inocencia es el mejor condimento de la lujuria.

… cuando uno desea a una mujer, sólo conoce la mitad del propio deseo. El deseo completo sobreviene en el instante en que se tiene conciencia de que también la mujer lo desea a uno. Entonces sí la presión se vuelve insoportable.

El cumpleaños de Juan Ángel.

Mario Benedetti

Novela en verso que narra en primera persona, el crecimiento de Osvaldo (sick) Puente en el día de su cumpleaños. Con el transcurrir del día, el tocayo va creciendo de los 8 años hasta llegar a las 35 primaveras, momento en el que, ya transformado en Juan Angel, está integrado a la guerrilla urbana. La novela intenta narrar cómo es que se llegan a esas medidas ‘extremas’. Calificación de 8.0. juan-angel

partir siempre es morir un poco

después de todo la infancia puede ser una excelente temporada por supuesto ahora sólo tengo una impresión muy vagarosa de semejante privilegio seguramente sólo lo apreciaré dentro de treinta o treinta y cinco años cierta noche en que emerja de una borrachera adulta y tartajosa o mi tercera mujer arañe mi mejilla barbuda al tiempo que me entere de que por fin me ha puesto cuernos o un jefe convulsionado de pánico mercantil me vocifere está despedido imbécil desaparezca ipso facto de mi radio visual o la cigüeña me traiga un pibe mongólico envuelto en celofán o el doctor me diga tiene suerte amigo no es diabetes sino úlcera de duodeno pero por ahora todo eso es resaca basurita escombros que acopia el futuro en su amplia pechuga de sadismo a los once años puedo darme el lujo de ignorarlo como un rey o mejor como un molusco.

las azoteas dicen siempre la verdad no como los balcones y los zaguanes que mienten y se adornan para nadie las azoteas dicen trastos viejos escupideras oxidadas cacerolas sin asas colocan irreparables calzoncillos al viento ponen a cantar gallos desplumados y sin pedigree promueven sin pudor gatos linyeras que hacen el amor sarna con sarna las azteas y los tejados son guaridas de filósofos por algo están más cerca del cielo que los balcones fallutos y rejeros yo en la azotea puedo hacer preguntas que no formulo a nadie tampoco aqui obtengo respuesta y sin embargo quedo satisfecho de haberme quitado ese peso de encima alegre de haber dicho en voz alta mis silencios más inexpugnables

por ejemplo fiftyfifty vos ponés la virginidad yo el espíritu santo

en última instancia habría que reconocer que nadie es mala gente todos cumplen con dios y el estatuto rezan cuando hay que rezar perdonan cuando hay que perdonar falsifican cuando hay que falsificar albrician cuando hay que albriciar escarmientan cuando hay que escarmentar siempre de acuerdo con dios y el estatuto menos mal hermanita que vos sos por fortuna mala gente sólo vos estás decididamente en falta con dios y el estatuto está en falta contigo sólo vos cantás cuando hay que rezar tronás cuando hay que perdonar maldecís cuando hay que albriciar perseverás cuando hay que escarmentar siempre a contrapelo de dios y el estatuto

el azar es un poco nuestra ley pero nosotros debemos planificar el azar intentar el arduo montaje de la suerte porque si dejamos el azar al azar entonces sí lo planifica el enemigo

mis huesos mis recuerdos mis silencios todo se halla en su sitio por lo tanto ya estoy en condiciones de extraviarlos

las mejores alegría son las de formato reducido

es verdad no se puede hacer una revolución sin ellas les cuesta un poco dejar las cacerolas los ruleros la plancha las clases de corte y confección la revista claudia los horóscopos pero cuando dejan atrás su corazón doméstico sus blanduras completas entonces esas frágiles se vuelven más tenaces que un gladiador

entre hombre y mujer no existirá nunca una camaradería físicamente pura y por serios e inconmovibles que sinceramente seamos o nos creamos al menor descuido corre entre las piedras la lagartija erótica

los distraídos suelen oxidarse o bostezar en pleno gas letal o divorciarse de la mujer amada o poner el carbónico al revés

Buzon de tiempo

Mario Benedetti.

Excelente colección de cuentos y poesías, su lectura me fue atrapando y cada cuento que leía
me parecía mejor que el anterior. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que podía hacer un resumen a lo Fernando Marcos, pero la verdad con 4 palabras no me alcanzaba así que quedó en 5 palabras para cada cuento. De entre las cartas del buzón, algunas son sublimes.. y los cuentos, ni se diga. No hay mas, calificación de 10.
Buzón de tiempo

Fin de Semana – Los hijos como justos mediadores (el hijo les dice a los padres divorciados, que el otro esta solo aunque no lo esté).
Conciliar el sueño – Ojalá los sueños fueran reales (los sueños de un paciente a su terapeuta).
Jacinto – El amor lo puede todo (un sordomudo cuya prima, a fuerza de amor, logra que hable).
Cambalache – El verdadero juego del hombre (El buen futbol se arma con un buen equipo de hombres y un mismo sentimiento y objetivo).
Soñó que estaba preso – Los sueños pueden ser costumbre (EL preso que soñó que estaba preso, aunque ya no lo era).
Conversa – Confíamos mas en los extraños (platica entre dos personas en un cafe).
El diecinueve – Los fantasmas de la conciencia (Un preso se aparece a su verdugo).
No hay sombra en el espejo – El del espejo no soy (Monólogo en el espejo).
Asalto en la noche – De todo pueden sacarse ganancias (el asalto a una anciana).
Viejo Tupi – Desaparecen los lugares de reunión ( La desaparición de un café).
Los Robinsones – Soledad y amor dan muerte (Historia de naufragos).
Más o menos hipócritas – El nuevo periodismo es convenenciero (De entrevistas no autorizada).
Ausencias – Siempre se recuerdan las ausencias (El sentimiento de Ausencia en un hombre).
Con los delfines – El dolor de los desaparecidos (Queja de una mujer cuyos padres fueron desaparecidos en el mar).
Terapia de soledad – Cuando la soledad sí funciona (Carta enviada desde la soledad).
Bolso de viajes cortos – Los objetos tienen vida propia (Inventario de objetos y su significado).
La vieja inocencia – La primera impresión es inolvidable (Un anciano describe su mejor recuerdo).
La muerte es una joda – Mejor no saber cuando morir (Carta de un enfermo terminal).
Un sabor ácido – Los celos matan a dos (Los celos toman el control de una mente y la vuelve asesina).
Contestador automático – Cuando alguien despierta la conciencia (Mensajes de un torturado a su verdugo, desde la muerte).
Testamento ológrafo – El testamento incluye un inventario (El testamento de un enfermo).
Primavera de otros – Podemos vivir solo por amor (Un desilusionado recupera las ganas de vivir a través del amor de una pareja).
Nube de verano – El llanto también cura todo (Un adolescente recuerda cómo llorar).
Revelación de otoño – La verdad siempre se sabe (Una hija adoptada enfrenta a sus padres con su origen).
El invierno propio – La mejor de las muertes (Un anciano encuentra la muerte entre sus libros).

… a veces los sueños son mejores que la realidad y también viceversa. ¿Recuerda lo que dijo Kant? “El sueño es un arte poético involuntario.”

… siempre jugué de guardameta o gotero o portero o goalkeeper o arquero. Cuántos nombres para una sola calamidad.

Y una relación no sólo se construye con palabras. También hablan los ojos.

En el mundo hay varios mares, pero en el mar hay varios mundos.

Su moraleja era siempre la misma: “En mi tiempo había que ser muy macho para ser marica”.

Nadie es precoz para jubilarse.

No crea que no comprendo que en el periodismo actual la insolencia es una virtud.

¿Usted sabe aquello que del dicho al hecho hay un gran trecho? Bien, pero del machista al cornudo, ese trecho es menudo.

Él la buscó, al principio con desconcierto, después con desesperación, luego con paciencia, con rigor, siempre con tristeza.

¿Acaso no sabés que la democracia no llegó a los cementerios? Sólo los vencedores tienen tumbas.

Después de todo, pensaba Fabián, la asunción de la tristeza no es tan negativa como parece. Hay una alegría extraña en saber que aún podemos estar tristes. Significa, entre otras cosas, que no estamos perdidos.

Por suerte, lo mejorcito de la pena siempre arrastra consigo algo de amor.

Salí corriendo y llorando a contárselo a mis padres, pero no quise ir con ellos a ver de nuevo a mi primera muerta. Luego han llegado otras, pero nunca olvidaré ese primer dolor, esa noción primaria de nuestra fragilidad, de cómo en el abandono puede ir cobrando fuerza la tentación de la muerte”.

El la tomó en brazos (era tan liviana) y la llevó hacia el interior de la casa. Dedujo que en algún sitio habría una cama, pero tuvo que hallarla por sí mismo. Ella estaba demasiado ocupada con sus escrúpulos como para servir de guía. Cuando por fin él estuvo, también sin ropa, tendido a su lado, ella pronunció un alerta honesto, un necesario aviso a la población: “Soy virgen”.

Y no te olvides de Chiapas, con esa guerrilla indígena,insólita guerrilla de paz, que sólo quiere que no la dejen fuera de la Constitución.

Hay que aprender, Medardo, no tanto de los gobiernos, que enseñan poco y mal,sino de la gente, que en última instancia sabe lo que quiere.

Estoy convencida de que el respeto por la soledad del ser amado es una de las menos frecuentes pero más entrañables formas del amor.

Las palabras, consciente o inconscientemente, a menudo mienten, pero los ojos nunca dejan de ser veraces.

Desde cualquier ángulo que la mires, la muerte es una joda.

La soledad es un estado de ánimo, pero puede convertirse en un vicio.

De todas mis soledades, ésta es la peor. Porque es una soledad con nostalgia.

¿Vos te acordás de cuál fue el origen de nuestro distanciamiento? Yo no. Sinceramente, no me acuerdo. Quizá fue un proceso lento. La conquista de la indiferencia también lleva su tiempo.

La más notoria fue sin duda la muerte de Estela, pero esa noche mi desconsuelo era tan tremendo que me olvidé de llorar.

Su vida familiar era apenas la asunción de dos soledades contiguas.

Bach era la exactitud; Vivaldi, la gracia; Beethoven, la nobleza; Brahms, la profundidad; Mozart, la alegría; Mahler, el rigor; Haendel, la devoción; Paganini, el desafío; Stravinsky, la sorpresa.

Traje los pies desnudos para entrar en el siglo
esa comarca en clave todavía ilusoria
vamos a no estrenarla con quimeras exangües
sino con el dolor de la alegría.