Ninfas del Valle. La voz del maestro. Pensamientos y Meditaciones.

Khalil Gibrán.

Ninfas del Valle. La voz del maestro. Pensamientos y Meditaciones.

Ninfas del Valle. La voz del maestro. Pensamientos y Meditaciones.

En las Ninfas del valle, hace denuncias a las autoridades, civiles y religiosas. En la voz del Maestro, asistimos a la muerte del maestro y es su amado discípulo quien estudia y hace oir las enseñanzas de aquél.
Y en Pensamientos y Meditaciones, Gibrán medita sobre diversos temas como el amor, la Tierra, la perfección, las distracciones de la vida. Calificación de 7.0

Desdoro: Deslustre, mancilla en la virtud, reputación o fama.
Bajel: buque, barco.

El recuerdo sólo nos trae los ecos de las voces que una vez oímos.

La joven alzó la cabeza y miró a los ojos de su amado, con esa mirada que no necesita del lenguaje habitual de los hombres y que elige el silencio para expresar el amor; era el lenguaje del espíritu; era la mirada de quien no se conforma con que el amor sea un alma prisionera en el cuerpo de las palabras.

Las manos de los monjes habían lastimado sus miembros, pero no habían tocado sus más profundos sentimientos; y en ellos sentíase en paz y seguro, en compañía de Jesús de Nazareth. La persecución no hace daño al justo, ni la opresión destruye a quien está del lado de la verdad. Sócrates bebió la cicuta sonriendo; Pablo se regocijó cuando lo apedrearon. Sólo nos daña oponernos a la oculta conciencia, pues cuando la traicionamos, nos hiere.

-Al oír su voz, sentí un temblor que estremeció mi corazón, pues este hombre habló con un extraño poder.
Y aquel vecino le contestó: -Así es; pero nuestros pastores religiosos saben más que nosotros de estas cosas; es un error dudar de ellos.

Cuatro cosas hay que un gobernante debe desterrar de su reino: la ira, la avaricia, la mentira y laviolencia.

¿Eres un político que dice para sus adentros: «Voy a valerme de mi patria en beneficio propio?» Entonces, no eres sino un parásito que vive de los demás. O bien, ¿eres un patriota sinceró, que susurra al oído de su yo interior: «Me gusta entregarme al servicio de mi país como ciudadano fiel?» En ese caso, eres un oasis en el desierto, dispuesto a apagar la sed del caminante. ¿O eres un mercader que te aprovechas y explotas las necesidades de la gente, acumulando bienes para revenderlos a precios exhorbitantes? Si es así, eres un réprobo; y lo mismo da que mores en un palacio o que tu casa sea la cárcel. ¿O eres un hombre honrado que facilitas al labrador y al tejedor dar salida a sus productos, medias entre comprador y vendedor y permites que ganen también los demás y no tú solo? Entonces, eres un hombre justo; y no importa que te colmen de elogios o de ignominia. ¿Eres un líder religioso, que tejes con la sencillez y simplicidad de los creyentes un manto escarlata para tu cuerpo, y con su bondad una corona de oro para tu cabeza y aunque te aprovechas de la abundancia de Satanás, vas predicando el odio a Satanás? En ese caso eres un hereje y lo mismo da que ayunes todo el día y reces toda la noche. ¿O eres el hombre fiel que ve en la bondad del pueblo una base para el mejoramiento de toda la nación y en cuya alma está la escala de la perfección que lleva hasta el Espíritu Santo? Si eres de esos, vienes a ser como un lirio en el jardín de la Verdad; y no importa que tu fragancia se propague entre los hombres o se disipe en el aire, porque allí será conservada eternamente. ¿O eres un periodista que vende sus principios en los mercados de esclavos y se realiza en la calumnia, en la desventura de la gente y en el crimen? Entonces eres como un buitre voraz que trata de hartarse de carne putrefacta. ¿O eres un maestro que se asoma al escenario de la historia e inspirado en las glorias del pasado, predica a la humanidad y obra de conformidad con lo que predica? Si es así, constituyes un remedio para la humanidad doliente y un bálsamo para los corazones dolidos. ¿Eres acaso un gobernador que mira por encima del hombro a sus gobernados y que no se afana más que por exprimirles la bolsa y explotarlos en beneficio propio? Pues entonces, eres como cizaña en el granero de la Nación. ¿Eres un servidor público dedicado, que ama al pueblo y está siempre alerta para proporcionarles bienestar y eres celoso por su prosperidad? Si es así, eres una verdadera bendición en los campos de pan de la nación. ¿O eres uno de esos maridos que se considera con derecho a cometer toda clase de atropellos, pero estima ilegal cualquier acción reprensible de su esposa? En ese caso, eres como los salvajes ya desaparecidos, que vivían en las cavernas y se tapaban la desnudez con pieles de alimañas. O bien, ¿eres un compañero fiel, cuya esposa está siempre a tu lado, compartiendo cada uno de tus pensamientos, de tus alegrías y de tus triunfos? Si eres así, vienes a ser como el que camina al amanecer al frente de una nación hacia el mediodía de la justicia, de la razón y de la sabiduría. ¿Eres un escritor que yergue ufanamente su cabeza por encima del vulgo, mientras su cerebro se empantana en el abismo del pasado, lleno de andrajos y desechos inútiles de las edades?. Si es así, eres como un charco de agua estancada, ¿O eres uno de esos pensadores profundos que escudriñan su yo interior, eliminando lo que es inútil, gastado y malo, para quedarse únicamente con lo que es útil y bueno? En ese caso, eres maná para el hambriento y agua clara y fresca para el sediento.

Pero debes tener presente que, aunque la Razón esté a tu lado, de nada te vale sin la ayuda del Conocimiento. Sin su hermano de sangre, el Conocimiento, la Razón es como la pobreza sin hogar; y el Conocimiento sin la Razón es como una casa sin protección. Y de poco te valdrá hasta el mismo Amor, la Justicia y la Bondad, si no van acompañados de la Razón.

«Todos los males tienen remedio, menos la insensatez. Reprender a un necio insensato o predicar a un idiota es como escribir en el agua. Cristo curó a los ciegos, a los lisiados, a los paralíticos y a los leprosos. Pero a los idiotas no pudo curarlos.» Estudia un problema desde todos los ángulos y tendrás la seguridad de descubrir dónde se ha deslizado el error. Cuando el portal de tu casa es ancho, procura que el pasillo de atrás no sea demasiado estrecho. El que intente aprovechar una oportunidad después que ha pasado junto a él, es como el que la ve acercarse, pero no sale a su encuentro. Dios no obra el mal. Nos da la Razón y el Conocimiento para que estemos siempre en guardia contra los peligros del Error y de la Destrucción. Bienaventurados aquellos a quienes Dios ha hecho merced con el don de la Razón.

La verdadera riqueza de una nación no consiste en su oro ni en su plata, sino en su saber, en su sabiduría y en la rectitud de sus hijos.

El que no pide consejo es un atolondrado. Su irreflexión lo ciega para la Verdad y lo hace perverso y peligroso para su prójimo. Una vez que hayas comprendido claramente un problema, afróntalo con resolución, porque eso es lo que hace el fuerte. Solicita el consejo de los ancianos, porque sus ojos han mirado a la cara de los años y sus oídos han escuchado las voces de la Vida. Aunque su consejo te parezca desagradable, síguelo. No esperes un buen consejo de ningún tirano, malhechor, engreído o desertor del honor. ¡Ay del que colabore con el perverso que viene a pedirle consejo! Porque dar la razón o aliarse con el malhechor es una infamia, y dar oídos a la falsedad es una traición. Mientras no esté dotado de gran conocimiento, criterio certero y profunda experiencia, no podré considerarme consejero de los hombres.

Te amo, hermano mío, quien quiera que seas, lo mismo si adoras a Dios en una iglesia, que si te hincas de rodillas en un templo o rezas en una mezquita. Tú y yo somos hijos de una sola fe, porque los diversos caminos de la religión son dedos de la mano amante de un solo Ser Supremo, mano qué se extiende a todos, ofrece la plenitud del espíritu a todos y está deseosa de recibir de todos.

—Es la Ciudad del Pasado. Mira y reflexiona. Contemplé aquel escenario maravilloso y distinguí numerosos objetos y perspectivas: atrios erigidos para la acción, que se erguían como gigantes bajo las alas del Sueño; templos del Habla, en torno a los cuales rondaban espíritus que lloraban desesperados o entonaban cánticos de esperanzas. Vi iglesias construidas por la fe y destruidas por la Duda. Divisé minaretes del Pensamiento, cuyas espirales emergían como brazos levantados de mendigos; vi avenidas de Deseo que se prolongaban como ríos a lo largo de los valles; almacenes de secretos custodiados por centinelas de la Ocultación, y saqueados por ladrones de la Revelación; torres poderosas erigidas por el Valor y demolidas por el Miedo; santuarios de Sueños embellecidos por el Letargo y destruidos por la Vigilia; débiles cabañas habitadas por la Fragilidad; mezquitas de Soledad y Abnegación; instituciones de enseñanza iluminadas por la Inteligencia y oscurecidas por la Ignorancia; tabernas del Amor, en que se emborrachaban los enamorados, y el Despojo se mofaba de ellos, teatros en cuyos tablados la Vida desarrollaba su comedia, y la Muerte ponía el colofón a las tragedias de la Vida.

Detenerse es cobardía. Quedarse para siempre contemplando la Ciudad del Pasado es Locura. Mira, la Ciudad del Futuro está ya a la vista… invitándonos.

—Estamos en la campiña de la Perplejidad. Observa. Y yo le dije: —Volvámonos inmediatamente, porque este paraje tan desolado me da miedo, y la vista de las nubes y de los árboles desnudos entristece mi corazón. A lo que replicó: —Ten paciencia. La Perplejidad es el principio de la sabiduría.

Amada, ¿no era acaso mi alma ayer como las tribus de Israel? ¿No esperaba yo por ventura en el silencio de la noche la llegada de mi Salvador, para que me liberase de la esclavitud y de los sinsabores del Tiempo? ¿No sentía la misma gran sed y hambre de espíritu que estas naciones del pasado? ¿No avanzaba yo por el camino de la Vida, como un niño perdido en el desierto y no era mi vida acaso como la simiente arrojada sobre la piedra, que ningún ave busca, ni los elementos pueden abrir para hacerla fructificar? Todo esto acaeció ayer, amada mía, cuando mis sueños se agazapaban en la oscuridad y temían la llegada del día. Todo esto vino o sucedió cuando el Dolor desgarraba mi corazón y la Esperanza se afanaba por zurcir los jirones. En una noche, en una sola hora, en un instante el Espíritu descendió del centro del círculo de la luz divina y me miró con los ojos del alma. De esa mirada nació el Amor, que hizo su morada en mi corazón. Este Amor grande, arrebujado en lo más íntimo de mis sentimientos, ha convertido el dolor en Alegría, la desesperanza en felicidad, la soledad en paraíso. El Amor, el gran Rey, ha devuelto la vida a mi yo muerto; ha encendido nuevamente la luz en mis ojos cegados por las lágrimas; me ha levantado desde el polvo de la desesperación hasta el reino celestial de la Esperanza. Porque todos mis días fueron como noches, amada mía. Pero he aquí que la aurora ha llegado; pronto emergerá el Sol. Porque el aliento del Niño Jesús ha llenado el firmamento y se ha mezclado con el éter. La vida que antes estuviera llena de pesadumbre y aflicción, rebosa ahora de júbilo, porque los brazos del Niño te estrechan en torno mío y cobijan mi alma.

Mi alma me advirtió y me hizo percibir la belleza oculta de la piel, la forma y el matiz. Me eneseñó a meditar sobre lo que la gente llama feo hasta que aparece su verdadero encanto y deleite.

Cuando un débil se queja de la opresión del fuerte, su prójimo lo calmará: “Calla y alégrate, así lo dispone el Destino.” Cuando un aldeano duda de la santidad del sacerdote, le dirán: “Atiende sólo a sus enseñanzas y olvida sus defectos y fechorías.” Cuando un maestro reprende a un estudiante, suele decir: “Las excusas que inventa un joven perezoso suelen ser, peores que el mismo delito.” Si una hija se niega a adherir a las costumbres de la madre, ésta dirá: “La hija no es mejor que la madre: en consecuencia debe seguir los pasos maternos.” Si un joven pide a un sacerdote que le explique el significado de un viejo rito, el predicador lo reprobará, diciendo: “Hijo, el que no mire la religión con los ojos de la fe no verá nada más que niebla y humo.” De ese modo el Oriente descansa sobre su lecho mullido. El que duerme despierta un momento cuando lo pica una pulga y luego retoma su sueño narcótico. Y si alguien intenta despertarlos, los que duermen lo acusan de comportarse groseramente y de no dormir ni dejar dormir. Luego cierran nuevamente los ojos y susurran a los oídos de sus almas: “Es un infiel que envenena la mente de los jóvenes y socava los fundamentos eternos.”

Cuando oigo que injurian mi nombre y mis principios, me siento seguro de que estoy despierto y de que puedo contarme entre los que no se rinden a los sueños de la droga, que pertenezco a aquellos fuertes de corazón que caminan por senderos estrechos y espinosos en los que también se pueden encontrar flores, en medio de lobos que aúllan y de ruiseñores que cantan.

Hermano, Me preguntas cuándo alcanzará la perfección el hombre. Te respondo. El hombre se acerca a la perfección Cuando siente que es un espacio infinito, Un mar sin orillas. Un fuego eterno, una luz inextinguible. Un viento calmo o una tempestad rabiosa, Un cielo tronante o un firmameíito lluvioso. Un arroyo cantarín o un riachuelo gimiente, Un árbol florido en primavera O un brote desnudo en otoño. Una montaña altiva o un valle profundo. Una fértil pradera o un desierto. Cuando el hombre siente todo esto Ya ha recorrido la mitad del camino hacia la perfección. Para lograr su objetivo debe comprender, En consecuencia, Que es un niño que depende de su madre, Un padre responsable por su familia, Un joven entregado al amor, Un anciano que lucha con su pasado, Un fiel en su templo, Un criminal en prisión Un estudioso entre sus papeles, Un alma ignorante Que oscila entre la oscuridad de su noche y la negrura de su día, Una monja que sufre Entre las flores de su fe y las espinas de su soledad, Una prostituta Encerrada entre los colmillos de su debilidad y las garras de sus necesidades. Un hombre pobre atrapado entre su amargura y su sumisión, Un hombre rico entre su codicia y su conciencia, Un poeta entre la bruma de su crepúsculo y las rosas de su amanecer. El que puede experimentar, ver y comprender Estos hechos, Puede alcanzar la perfección Y llegar a ser una sombra de la Sombra de Dios.

El amor adopta diversas figuras. A veces la de la sabiduría, otras la de la justicia, frecuentemente la de la esperanza. Mi amor por él mantenía mi esperanza de ver que la luz triunfara en él sobre la oscuridad. Pero no sabía dónde ni cuándo su vicio se transformaría en pureza, su brutalidad en mansedumbre, su imprudencia en sabiduría. El hombre no sabe cómo hace el alma para liberarse de la esclavitud de la materia hasta después de encontrarse libre. Tampoco sabe cómo sonríen las flores hasta que llega la mañana.

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El vagabundo, Los Secretos del corazón, Los dioses de la tierra, El jardín del profeta.

Khalil Gibrán.

Los Secretos del Corazón, reflexiones desde el exilio. Los Dioses de la Tierra, extraño diálogo entre dioses. El Vagabundo, historias que ponen a meditar sobre el significado de la belleza, la risa, el amor y el dolor. El Jardín del Profeta, un profeta vuelve a su tierra y aquellos que lo seguían, le piden que les muestre lo aprendido en su viajar por el mundo. Calificación de 7.5
Palabra dominguera:
Melopea: Borrachera, melodía musical.
El vagabundo

El vagabundo

Si estuviera hambriento y viviera entre mi Famélico pueblo, y si fuera perseguido junto con Mis oprimidos compatriotas, la carga De estos días negros pesaría menos Sobre mis desasosegados sueños, y la Oscuridad de la noche sería menos Sombría ante mis hundidos ojos y mi Apesadumbrado corazón y mi alma herida. Porque aquel que comparte con los suyos Los pesares y agonías sentirá el Supremo alivio que sólo el sufrimiento Y el sacrificio engendran. Y estará En paz consigo mismo cuando muera, Inocente junto a sus compañeros inocentes. Pero no vivo con mi hambriento Y perseguido pueblo, que camina En el cortejo de la muerte hacia el Martirio… Estoy aquí, al otro lado Del ancho mar, viviendo a la sombra de la Tranquilidad, y a la luz de la Paz… Si mi nación hubiera participado en la guerra De todas las naciones y hubiera muerto en el Campo de batalla, yo diría que fue La rugiente tempestad quien quebró Con su furia las tiernas ramas; y una Muerte violenta bajo un cielo de Tormenta es más noble que mrir Lentamente en los brazos de la senilidad. Pero no hubo salvación de esas Fauces… Los míos cayeron Y lloraron con los sollozantes ángeles. Si un terremoto hubiera desgarrado A mi país en dos y la tierra hubiera Engullido a los míos en su seno, Yo hubiera dicho: “Una gran ley misteriosa Ha actuado por voluntad de la fuerza divina, Y sería una locura si nosotros Frágiles mortales, intentáramos escudriñar Sus profundos secretos…” Pero los míos no murieron en rebeldía; No los mataron en el campo De batalla; ni tampoco un terremoto Destrozó mi país para avasallarlos. La muerte fue su único salvador, y El hambre su único menoscabo. Recuerda, hermano mío, Que la moneda que dejas caer en La marchita mano que se tiende hacia Ti es la única cadena de oro que Enlaza tu rico corazón Con el amante corazón de Dios.

Había en un bosque solitario una bonita violeta que vivía, satisfecha, entre sus compañeras. Cierta mañana, alzó su cabeza y vio una rosa que se alzaba, por encima de ella, radiante y orgullosa. Gimió la violeta diciendo:
-Poca suerte he tenido entre las flores. ¡Humilde es mi destino! Vivo pegada a la tierra y no puedo levantar mi cara hacia el sol como lo hacen las rosas!
Y la Naturaleza la oyó y le dijo a la violeta:
– ¿Qué te ocurre, hijita mía? ¿Las vanas ambiciones se han apoderado de ti?
-Te suplico, oh, Madre Poderosa -dijo la violeta-, que me transformes en rosa, tan siquiera por un día.
-No sabes lo que estás pidiendo -respondió la Naturaleza-. Ignoras los infortunios que se esconden tras la apariencia de las grandezas.
-Transfórmame en una rosa esbelta -insistió la violeta-. Y todo lo que me acontezca será consecuencia de mis propios deseos y aspiraciones.
La Naturaleza extendió su mágica mano y la violeta se transformó en una rosa suntuosa. Y en la tarde de aquel día, el cielo se oscureció y los vientos y la lluvia devastaron el bosque. Y los árboles y las rosas cayeron abatidas. Solamente las humilde violetas escaparon a la masacre. Y una de ellas, mirando alrededor de sí, dijo a sus compañeras:
-Mirad, hermanas, lo que la tempestad hizo de las grandes plantas que se levantaban con orgullo e impertinencia.
-Nosotros nos apegamos a la tierras -dijo otra-, pero escapamos a la furia de los huracanes.
Y dijo una tercera
-Somos pequeñas y humildes, pero las tempestades no pueden con nosotras.
Entonces, la reina de las violetas vio a la rosa que había sido violeta, extendida sobre el suelo, como muerta. Y dijo:
-Ved y meditad, hijas mías, sobre la suerte de la violeta ilusionada por sus ambiciones. ¡Que su infortunio les sirva de ejemplo!
Y oyendo esas palabras, la rosa agonizante se estremeció y, apelando a todas sus fuerzas, dijo con voz entrecortada:
-Oídme, ignorantes, satisfechas y cobardes. Ayer era como vosotras, humilde y segura. Mas la satisfacción que me protegía también me limitaba. Podía continuar viviendo como vosotras, pegada al suelo, hasta que el invierno me envolviera con su nieve y me llevase hasta el silencio eterno, sin conocer los secretos y las glorias de la vida, más allá de lo que innumerables generaciones de violetas conocieron, desde que hubo violetas en el mundo. “Pero escuché, en el silencio de la noche; y oí al mundo superior decir a este mundo: “El objetivo de la vida es alcanzar lo que hay más allá de la vida.” Pedí, entonces a la Naturaleza -que no es sino la exteriorización de nuestros sueños invisibles- me transformara en una rosa. Y la Naturaleza accedió a mi deseo. “Viví una hora como rosa. Viví una hora como reina. Y vi el mundo con los ojos de una rosa. Y oí la melodía del éter con los oídos de una rosa. Y acaricié la luz con los pétalos de una rosa. ¿Puede, alguna de vosotras vanagloriarse de tal honra? “Muero ahora, llevando en el alma lo que el alma de violeta alguna jamás experimentó. Muero sabiendo lo que hay más allá de los horizontes estrechos en que nací. Y este es el objetivo de la vida.

En esa forma conviene a nuestra Majestad Gobernar al ser humano Hasta el fin de los Tiempos, Regulando su hálito, Que comienza con el grito de su madre, Y culmina con el llanto De sus hijos.

¿Y qué otra cosa es el amor sino un escondido tambor, Que dirige una enorme procesión de dulce inseguridad, A una forma diferente de un lento sufrir?

Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:
-Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde Fealdad regresó a la costa y se vistió con las ropas de Belleza, y luego partió. Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era demasiado tímida para quedarse desnuda, así que se vistió con las ropas de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino. Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra. Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras. Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y sus ropas, no lo ocultan a sus ojos.

Cierta vez, un poeta, escribió una hermosa canción de amor. E hizo muchas copias y las envió a sus amigos y conocidos; hombres y mujeres y, también, a una joven que había visto, tan sólo una vez y que vivía más allá de las montañas. Y, cuando pasaron dos o tres días, vino un mensajero de parte de la joven, trayendo una carta. Y la carta decía: “Déjame decirte que estoy profundamente conmovida por la canción de amor que escribiste para mí. Ven pronto y habla con mis padres para tratar los preparativos de la boda”. Y el poeta respondió, diciendo en su carta: “Amiga mía, la canción que le envié no era sino una canción de amor brotada del corazón de un poeta, cantada por todo hombre y a toda cualquier mujer. Y ella le escribió a su vez, diciendo: “¡Hipócrita y mentiroso! ¡Desde hoy, hasta el día en que me entierren, odiaré a todos los poetas por su causa!

Una noche, a orillas del Nilo, una hiena se encontró con un cocodrilo. Ambos se detuvieron y se saludaron. La hiena dijo:
-¿Cómo vas pasando el día, Señor?
-Muy mal -respondió el cocodrilo -. A veces, en mi dolor y tristeza, lloro. Y entonces las criaturas dicen: “Son lágrimas de cocodrilo”. Y eso me hiere mucho más de lo que podría contar.
Entonces la hiena dijo:
-Hablas de tu dolor y de tu tristeza, pero, piensa por un momento en mí. Contemplo la belleza del mundo, sus maravillas y sus milagros y, llena de alegría, río, como ríen los días. Y los pobladores de la selva dicen: “No es sino la risa de una hiena”.

Un día de tormenta estaba un obispo cristiano en su catedral, y se le acercó una mujer no cristiana y dijo:
-Yo no soy cristiana. ¿Existe salvación del fuego del infierno para mí?
El obispo miró y respondió:
-No, sólo se salvan los bautizados en el agua y en el espíritu.
Y mientras aún hablaba, un rayo cayó con estruendo sobre la catedral, y ésta fue invadida por el fuego. Y los hombres de la ciudad llegaron corriendo y salvaron a la mujer, pero el obispo se consumió, alimento del fuego.

Dijo una ostra a otra ostra vecina:
-Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.
Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:
-Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.
En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:
-Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.

Una tarde dos ángeles se encontraron ante la puerta de una ciudad, se saludaron y conversaron.
-¿Qué estás haciendo en estos días y que trabajo te ha sido asignado? -preguntó un ángel.
-Me ha sido encomendada la custodia de un hombre caído en el pecado -respondió el otro -, que vive abajo en el valle, un gran pecador, el más depravado. Te aseguro que es una importante misión y un arduo trabajo.
-Esa misión es fácil -dijo el primer ángel-. He conocido muchos pecadores y he sido guardián numerosas veces. Mas, ahora me ha sido asignado un buen hombre que habita al otro lado de la. ciudad. Y te aseguro que es un trabajo excesivamente difícil y demasiado sutil.
-Eso no es más que presunción -dijo el otro ángel ¿Cómo puede ser que custodiar a un santo sea más difícil que custodiar a un pecador?
-¡Qué impertinente llamarme presuntuoso! -respondió el primero -. He afirmado sólo la verdad. ¡Creo que tú eres el presuntuoso!
De ahí en más los ángeles riñeron y pelearon, al principio de palabra y luego con puños y alas. Mientras peleaban apareció un arcángel. Los detuvo y preguntó:
-¿Por qué peleáis? ¿De qué se trata? ¿Acaso no sabéis que es impropio que los ángeles de la guarda se peleen frente a las puertas de la ciudad? Decidme: ¿por qué el desacuerdo?
Ambos hablaron al unísono, cada uno arguyendo que su trabajo era el más difícil y que les correspondía el premio mayor. El arcángel sacudió la cabeza y meditó.
-Amigos míos -les dijo -, no puedo dilucidar ahora cuál de vosotros es el más merecedor de honor y recompensa. Pero, desde que se me ha dado poder, y en bien de la paz y del buen custodiar, doy a cada uno de vosotros el trabajo del otro, ya que insistís en que la ocupación del otro es la más fácil. Ahora marchaos lejos de aquí y sed felices en vuestros oficios. Los ángeles, así ordenados, tomaron sus respectivos caminos. Pero cada uno volvía la cabeza mirando con gran enojo al arcángel. Y en sus corazones decían: “Oh, estos arcángeles! ¡Cada día vuelven la vida más y más difícil para nosotros los ángeles!” Pero el arcángel se detuvo y una vez más se puso a meditar. Y dijo en su corazón: “Debemos en verdad, ser cautelosos y montar guardia sobre nuestros ángeles de la guarda”.

Cierta vez, entre las colinas vivía un hombre poseedor de una estatua cincelada por un anciano maestro. Descansaba contra la puerta cara al suelo. Y él nunca le prestaba atención. Un día pasó frente a su casa un hombre de la ciudad, un hombre de ciencia. Y, advirtiendo la estatua, le preguntó al dueño si la vendería.
-¿Quién desea comprar esa horrible y sucia estatua? – respondió el dueño, riéndose.
-Te daré esta pieza de plata por ella -dijo el hombre de la ciudad.
El otro quedó atónito, pero complacido. La estatua fue trasladada a la ciudad sobre el lomo de un elefante. Y luego de varias lunas el hombre de las colinas visitó la ciudad y, mientras caminaba por las calles, vio a una multitud ante un negocio, y a un hombre que a voz en cuello gritaba:
-Acercaos y contemplad la más hermosa, la más maravillosa estatua del mundo entero. Solamente dos piezas de plata para admirar la más extraordinaria obra maestra. Al instante, el hombre de las colinas pagó dos piezas de plata y entró en el negocio para ver la estatua que él mismo había vendido por una sola pieza de ese mismo metal.

Un hombre tuvo un sueño y, cuando despertó, visitó a un adivino y quiso que éste lo descifrase. Y el adivino dijo al hombre:
-Ven a mí con los sueños que contemples en tus momentos despiertos y te explicaré sus significados. Pero los sueños de tu dormir no pertenecen ni a mi sabiduría ni a tu imaginación.

En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado. Y sentándome junto a él sobre el banco, le pregunté:
-¿Por qué estás aquí?
Me miró asombrado y respondió:
-Es una pregunta inadecuada, sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta. “Y mis profesores como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo. “Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo. Enseguida se volvió hacia mí y dijo:
-Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?
-No, soy un visitante -respondí.
-Oh, -añadió el-, tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared.

Cierto día, dos hombres que se encontraron en la ruta caminaban junto hacia Salamis, la Ciudad de las Columnas. Al mediodía llegaron hasta un ancho río sin puente para cruzarlo. Debían nadar o buscar alguna otra ruta que desconocían. Y se dijeron: “Nademos. Después de todo el río no es tan ancho”. Y se zambulleron y nadaron. Y uno de los hombres, el que siempre supo de ríos y rutas de ríos, de pronto, en el medio de la corriente, comenzó a perderse y a ser arrastrado por las impetuosas aguas; mientras, el otro, que nunca antes había nadado, cruzó el río en línea recta y se detuvo sobre un banco. Entonces, viendo a su compañero luchando aún con la corriente, se arrojó otra vez al agua y lo trajo a salvo hasta la orilla. Y el hombre que había sido arrastrado por la corriente dijo:
-¿No habías dicho que no podías nadar? ¿Cómo es que cruzaste el río con tanta seguridad?
-Amigo -explicó el segundo hombre-, ¿ves este cinturón que me ciñe? Está lleno de monedas de oro que gané para mi esposa y mis hijos, todo un año de trabajo. Es el peso de este cinturón el que me condujo a través del río, hacia mi esposa y mis hijos. Y mi esposa y mis hijos estaban sobre mis hombros mientras yo nadaba. Y los dos hombres continuaron su camino juntos hacia Salamis.

La luna llena se elevó gloriosa sobre el pueblo, y todos los perros de ese pueblo comenzaron a ladrarle. Sólo un perro no ladró y dijo a los otros con voz grave: -No despertéis el sosiego de su sueño, ni atraigáis a la luna hacia la tierra con vuestros ladridos. Entonces todos los perros cesaron de ladrar, creando un terrible silencio. Mas, el perro que les había hablado continuó ladrando pidiendo silencio durante el resto de la noche.

Hubo una vez un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba hasta la ciudad y en las plazas del mercado predicaba el dar y compartir entre la gente. Y era elocuente y su fama se expandía por sobre la tierra. Una tarde, tres hombres llegaron a su ermita y lo saludaron.
-Tú predicas el dar y compartir -le dijeron-. Y buscas enseñar a quienes tienen mucho para dar a los que poseen poco; y no dudamos que tu fama te ha brindado riquezas. Ahora ven y danos de tus riquezas, pues tamos necesitados.
-Amigos míos -les contestó el ermitaño-, no tengo más que esta cama, esta estera y esta jarra de agua. Lleváoslo si así lo deseáis. No tengo ni oro ni plata.
Entonces lo miraron desdeñosos y dieron vuelta sus caras, y el último hombre se detuvo en la puerta un momento y gritó:
-¡Impostor! ¡Embustero! Tú enseñas y predicas aquello que tú mismo no practicas.

Hubo una vez un hombre rico muy orgulloso de su bodega y del vino que allí había; y también había una vasija con vino añejo guardada para alguna ocasión sólo conocida por él. El gobernador del estado llegó a visitarlo, y aquél, luego de pensar se dijo: “Esa vasija no se abrirá por un simple gobernador”. Y un obispo de la diócesis lo visitó, pero él dijo para sí: “No, no destaparé la vasija. El no apreciará su valor, ni el aroma regodeará su olfato”. El príncipe del reino llegó y almorzó con él. Mas éste pensó: “Mi vino es demasiado majestuoso para un simple príncipe”. Y aún el día en que su propio sobrino se desposara, se dúo: “No, esa vasija no debe ser traída para estos invitados”. Y los años pasaron, y él murió siendo ya viejo, y fue enterrado como cualquier semilla o bellota. El día después de su entierro tanto la antigua vasija de vino como las otras fueron repartidas entre los habitantes del vecindario. Y ninguno notó su antigüedad. Para ellos, todo lo que se vierte en una copa es solamente vino.

Había una vez un hombre poseedor de varios granados en su huerta. Y todos los otoños colocaba las granadas en bandejas de plata fuera de su morada, y sobre las bandejas escribía un cartel que decía así: “Tomad una por nada. Sois bienvenidos”. Mas la gente pasaba sin tomar la fruta. Entonces, el hombre meditó, y un otoño no dejó granadas en las bandejas de plata fuera de su morada, sino que colocó un gran anuncio: “Tenemos las mejores granadas de la tierra, pero las vendemos por más monedas de plata que cualquier otra granada”. Y, creedlo, todos los hombres y mujeres del vecindario llegaron corriendo a comprar.

Había una vez un hombre rico desposado con una joven sorda por completo. Una mañana, mientras desayunaban, ella le dijo:
-Ayer visité el mercado y exhibían vestidos de seda de Damasco, velos de la india, collares de Persia y brazaletes de Yemmen. Parece qué las caravanas acaban de traer todo eso a nuestra ciudad. Y ahora mírame, yo en harapos, siendo la esposa de un hombre rico. Debo comprar alguno de esos hermosos objetos.
-Querida -contestó el esposo, aún ocupado con su café matinal- no existe razón alguna por la cual tú no vayas al mercado y compres todo lo que tu corazón desee.
– ¡No! -protestó la esposa sorda-. Siempre dices no, no. ¿Es necesario que aparezca en harapos ante nuestros amigos, avergonzando así a tu fama y a mi gente?
-No he dicho que no -dijo el esposo-; puedes ir libremente a la plaza del mercado y comprar la vestimenta más hermosa y las joyas que hayan llegado a nuestra ciudad.
Pero otra vez la esposa equivocó la lectura de sus palabras y replicó: -De todos los hombres ricos tú eres el más miserable. Me niegas toda belleza y hermosura mientras las otras mujeres de mi edad caminan por los jardines de la ciudad ataviadas con ricos vestidos. -Y comenzó a llorar. Y mientras sus lágrimas caían sobre su pecho gritó otra vez: -Tú siempre me dices no, no, cuando deseo un vestido o una joya.
Entonces el esposo, conmovido, se levantó y sacando de su bolsa un puñado de oro, se lo entregó y con dulzura le dijo:
-Ve al mercado, querida mía, y compra todo lo que desees. Desde ese día la joven y sorda esposa cada vez que deseaba algo aparecía ante su esposo con una perlada lágrima en los ojos, y él en silencio tomaba un puñado de oro y lo ponía sobre sus faldas. Pero ocurrió que la joven se enamoró de un joven cuyo hábito era re alizar largos viajes. Y cuando él partía ella se sentaba a llorar. Cuando el esposo la hallaba llorando decía en su corazón: “Debe haber llegado una nueva caravana con prendas de seda y joyas raras”. Y sacaba otro puñado de oro y se lo entregaba.

Dos hombres paseaban por el valle y uno, señalando hacia la montaña, dijo:
-¿Ves esa ermita? Allí vive un hombre que hace ya mucho tiempo se divorció del mundo. Busca a
Dios y a nada más sobre la tierra.
-No encontrará a Dios -dijo el otro hombre- hasta que no abandone su ermita y la soledad que lo envuelve, y regrese a nuestro mundo a compartir nuestra alegría y dolor, a bailar con nuestras bailarinas en las fiestas de esponsales, y a llorar junto a aquellos que lloran alrededor del ataúd de nuestros muertos.
Y el otro hombre se convenció en su corazón, mas, pese a ello, respondió:
-Concuerdo con lo que tú dices, mas creo que el ermitaño es un buen hombre. Y ¿no podría ser que un solo buen hombre con su ausencia obrara mayores bienes que la aparente bondad de tantos hombres?

Cierto día de mayo Alegría y Tristeza se encontraron a orillas de un lago. Saludáronse y se sentaron junto a las tranquilas aguas y conversaron. Alegría habló sobre la belleza que reina sobre la tierra, del cotidiano encanto de la vida en el bosque y entre las colinas, y de las canciones escuchadas al amanecer y al anochecer. Y Tristeza estuvo de acuerdo con todo lo que Alegría había dicho; pues Tristeza conocía la magia de la hora y la belleza de aquellas cosas. Y Tristeza habló con elocuencia cuando se refirió a los campos y a las colinas de mayo. Alegría y Tristeza conversaron un largo rato y estuvieron de acuerdo con todas las cosas que conocían. En ese momento pasaban por la otra orilla dos cazadores. Miraron hacia la otra ribera y uno dijo:
-Me pregunto quiénes son esas dos pers onas.
Y el otro dijo: -¿Has dicho dos? Yo veo sólo a una.
El primer cazador respondió: -Pero si hay dos.
Y el segundo: -Según veo yo hay una sola, y el reflejo del lago es sólo uno.
-No, hay dos -respondió el primer cazador-. Y el reflejo sobre las aguas tranquilas muestra a dos personas. Pero el segundo repitió: -Sólo veo a una.
Y el otro: -Veo a dos personas, y muy claramente.
Y, aún hoy día, un cazador dice que el otro ve doble; mientras que el otro repite: “Mi amigo es algo ciego”.

El amor, cuando tiene nostalgia del hogar, está más allá de la medida del tiempo, y del sondeo del tiempo. Hay momentos qué contienen eones de separación. Sin embargo, separarse no es sino una ilusión de la mente. Acaso nunca nos hayamos separado.

Compadeced a la nación que está llena de creencias y vacía de religión. Tened piedad de la nación que lleva vestidos que no teje ella misma, que come un pan cuyo trigo no cosecha y que bebe un vino que no mana de sus propios lagares. Compadeced a la nación que aclama a un fanfarrón como a un héroe, y que considera bondadoso al oropelesco y despiadado conquistador. Compadeced a la nación que desprecia las pasiones cuando duerme, pero que, al despertar, se somete a ellas. Compadeced a la nación que no eleva la voz más que cuando camina en un funeral, que no se enorgullece sino de sus ruinas, y que no se rebela sino cuando su cuello está colo­cado entre la espada y el zoquete de madera. Compadeced a la nación cuyo estadista es un zorro, cuyo filósofo es un prestidigitador y cuyo arte es un arte de remiendos y gesticulaciones imitadoras. Compadeced a la nación que da la bienvenida a su nuevo gobernante con fanfarrias, y lo despide con gritos destempla­dos, para luego recibir con más fanfarrias a otro nuevo gobernante. Compadeced a la nación cuyos sabios están aniquilados por los años, y cuyos hombres fuertes aún están en la cuna. Compadeced a la nación dividida en fragmentos, cada uno de los cuales se considera una nación.

Crecéis en sueños, y vivís vuestra vida más rica mientras dormís. Por ello, todos vuestros días debierais pasarlos dando gracias por lo que habéis recibido en el silencio de la noche. A menudo pensáis en la noche y habláis de ella como si fuera la estación del reposo, pero, en verdad, la noche es la. estación de la búsqueda y del encuentro. El día os da el poder del conocimiento y enseña a vuestros dedos a ser diestros en el arte de recibir; pero es la noche la ue os conduce a la casa de tesoros de la Vida. El Sol enseña a todo lo que crece el anhelo por, la luz. Pero es la noche la que las eleva hacia las estrellas. En verdad es el silencio y lá quietud de la noche lo que teje un velo nupcial sobre los árboles del bosque y sobre las flores del jardín; y luego prepara el lujoso banquete y prepara la alcoba nupcial; y en ese santo silencio se concibe el maña­na, en el útero del tiempo. Así sucede con vosotros, y así, buscáis y encontráis alimento y plenitud. Y aunque al alba el despertar borre vuestros recuerdos, la mesa de los sueños siempre está dispuesta y la alcoba nupcial siempre está esperando.

Amigos míos, hermanos míos, el camino más anchuroso es vuestro prójimo.

¡Solo! ¿Y qué con ello? Solos habéis venido al mundo y solos pasaréis a formar parte de la niebla. Por tanto, bebed vuestra copa a solas y en silencio. Los días del otoño han dado a otros labios otras copas, y las han llenado de vino am_ argo y dulce, así como han llenado vuestra copa. Bebed vuestra copa a solas, aunque os sepa, a vuestra propia sangre y a vuestras propias lágrimas, y alabad a la vida por el donde la sed. Porque sin la sed vuestro corazón no es sino la playa desolada, sin cantos y sin mareas. Bebed vuestra copa a solas y bebedla con exclamaciones de alegría. Alzadla muy por encima de vuestra cabeza y bebed de un solo trago, a la salud de quienes beben a solas. Una vez busqué la compañía de los hombres y me senté con ellos a sus mesas de banquete y bebí mucho con ellos; pero, su vino no se me subió a la cabeza, ni fluyó hasta mi pecho. Sólo bajó hasta mis pies. Mi sabiduría se quedó seca y mi corazón permaneció encerrado y sellado. Solamente mis pies los acompañaron en medio de su niebla. Y no volví a buscar la compañía de los hombres ni a beber vino con ellos sentado a sus mesas. Por tanto, yo os digo que, aunque los cascos de las horas golpeen pesadamente en vuestro pecho, ¿qué con ello? Bien está que bebáis vuestra copa de tristeza a solas, y vuestra copa de. alegría también la beberéis a solas.

Pensarás, amigo mío, que tu corazón late un poco más de prisa. Sí; pero no está tan tranquilo como el de la piedra. El ritmo de la piedra acaso sea otro ritmo, pero yo te digo que si sondeas las profundidades de tu alma y mides las alturas del espacio, no oirás más que una melodía, y que en esa- melodía la piedra y la estrella cantan, una con otra, al. unísono perfecto. Si mis palabras no llegan a tu entendimiento, no importa; ya será en otra aurora. Si- has lanzado una maldición a esta piedra porque en tu ceguera has tropezado con ella, entonces maldecirías a una estrella si tu cabeza se golpeara en ella, en el cielo. Pero día llegará en que reunirás piedras y estrellas, como el niño que reúne los lirios del valle, y entonces sabrás que todas estas cosas son vivientes y fragantes.

Marineros míos y amigos míos, sería más sensato hablar menos de Dios, al que no podemos comprender, y que hablá­ramos más de unos y otros, de nosotros mismos, a ‘los que acaso podamos comprender. Sin embargo, por ahora quisiera que comprendiérais que somos el aliento y la fragancia de Dios. Somos Dios, en la hoja, en la flor, y, a veces, en el fruto.

Pero ahora, ser es ser sabios, mas no ajenos a los insensa­tos; es ser fuertes, más no insensibles a los errores del débil; es jugar con vuestros niños, pero no come padres, sino como compañeros de juego, dispuestos a aprender sus juegos. Ser es ser simples, afables con los ancianos y las ancianas, y sentarse con ellos a la sombra de sus antiguos robles, aunque todavía estéis caminando con la Primavera. Es buscar al poeta, aunque esté vivo más allá de siete ríos, y estar en paz en su presencia, sin querer nada, sin dudar de nada, y sin preguntas en vuestros labios. Es saber que el santo y el pecad ór son hermanos gemelos, cuyo padre es nuestro Magnánimo Rey, que aquél nació en instantes antes que el otro, por lo que lo consideramos como el Príncipe Coronado. Ser es seguir a la Belleza, aunque os conduzca al borde del precipicio, y aunque ella es alada, y vosotros no, y aunque vaya más allá del borde del precipicio, seguidla; porque donde no hay Belleza, no hay nada. Ser es estar en un jardín de tapias, en un viñedo sin guardián, en una casa de tesoros siempre abierta a los transeúntes. Es ser robado, engañado, decepcionado, y, ¡ay!, incluso ser conducido a una trampa, y tener que soportar las burlas del burlador, y, sin embargo, mirar desde las alturas del ego superior y sonreír, sabiendo que hay una Primavera que acu­dirá a vuestro jardín para danzar con vuestras hojas, y un Otoño que hará madurar vuestras vides; sabiendo que si una sola de vuestras ventanas está abierta hacia el Oriente, nunca estaréis vacíos; sabiendo que todos aquellos a quienes se considera ladrones y malhechores; engañadores y burladores, son vuestros hermanos en necesidad, y que acaso vosotros mismos sois como todos éstos, a los ojos de los benditos habi­tantes de la Ciudad Invisible, que se erige por encima de esta ciudad.

Gran peso gravita sobre mi alma con su propio fruto maduro. ¿Quién vendrá y tomará de él, y se satisfará? ¿No hay nadie que haya ayunado, y que sea de corazón bondado so y generoso para venir a romper su ayuno en mis primeros rendimientos al sol y liberarme así del peso de mi propia abundancia? Mi alma está pletórica del vino de las edades. ¿No hay ningún sediento que venga a beber en mi alma? Había un hombre de pie en el cruce de los caminos, con las manos extendidas hacia los transeúntes, y sus manos esta­can llenas de joyas. Y llamaba a los transeúntes, diciendo: “Tened piedad de.mí, y tomad algo de mí. ¡En nombre de Dios, tomad algo de mis manos, y consoladme!” Pero los transeúntes sólo se quedaban mirándold, y nadie tomaba nada de sus manos… Y hubiera sido preferible que ese hombre fuera un mendi­go -sí, un mendigo de mano temblorosa, que la retirara vacía de su pecho-, que extender la mano llena de ricos presentes, para no encontrar a nadie que quisiera recibir… Y también había un magnánimo príncipe que plantó sus tiendas de seda entre la montaña y el desierto, y que ordenó a sus criados que encendieran una hoguera, como señal para el extranjero y el vagabundo, y que envió a sus esclavos a observar el camino, para que consiguieran un huésped. Pero los caminos y las sendas del desierto estaban desolados, y no encontraron a huésped alguno. Y hubiera sido mejor que aquel príncipe fuera un hombre de ninguna parte y sin destino, que buscara comida y techo. Que fuera un vagabundo sin más posesión que su túnica, su báculo y su escudilla de barro. Porque un hombre de esta guisa, al caer la noche, se reuniría con sus iguales, y con los poetas sin hogar y sin destino, y podría compartir su mendi­cidad, y sus recuerdos y sus sueños. Y también conozco la historia de la hija del gran rey que despertó y se puso su mejor vestido de seda, y sus perlas, y sus rubíes, y que esparció almizcle en su pelo y humedeció sus dedos con ámbar. Y luego descendió desde su torre hasta su jardín, donde el rocío de la noche la calzó con sandalias de oro. Y en el silencio de la noche, la hija del gran rey buscaba el amor en el jardín, pero en todo el vasto reino de su padre no había un solo hombre que la amara. Preferible hubiera sido que esa princesa fuera la hija de un labrador, que llevara a pastar sus ovejas a un prado, y que al tornar por la tarde a la casa de su padre llevara de los viñedos en los pliegues de su- vestido. Y al llegar la noche, y el ángel de la noche estuviera sobre el mundo, esta pastorcilla fuera con pasos sigilosos al valle del río, donde la esperaría su amante. O sería preferible que esta princesa fuera una monja, encerrada en un claustro, quemando su corazón como si fuese incienso, para que su corazón pudiera levantarse con el viento, y consumiera su espíritu, como una vela, para hacer una luz que se alzara hacia la luz mayor, junto con todos los que veneran, y junto con quienes aman y son amados. Sí; sería preferible que fuera una mujer de remotas épocas, que permaneciera sentada al sol, recordando a quienes hubieran compartido sus años mozos. Y la noche se puso más oscura, y Almustafá era oscuro, como la noche, y su espíritu era como una nube preñada de lluvia sin caer. Y el profeta volvió a exclamar: Pesada está mi alma con su propio fruto maduro; pesada está mi alma con su fruto. ¡Quién acudirá ahora a comer de ella y saciarse! Mi alma rebosa plena de su vino. ¿Quién se servirá de él y beberá para refrescarse del calor del desierto? Quisiera mejor ser un árbol sin flores ni fruto pues el dolor de la abundancia es más amargo que la esterilidad, y la tristeza del rico del que nadie quiere tomar es mayor que el dolor del mendigo a quien nadie da nada. Quisiera mejor ser un pozo seco y en ruinas, y que los hombres arrojaran piedras en mi interior; porque esto sería preferible, y más llevadero, que ser una fuente de agua vivi­ficante junto a la cual los hombres pasan, sin beber. Y sería mejor que fuera yo un junquillo pisoteado, mejor que una lira de cuerdas de plata, en una casa esplendorosa cuyo dueño carece de dedos, y cuyos hijos son sordos.

Id por vuestro camino cantando, pero que cada canto sea breve, pues sólo los cantos que mueren jóvenes en vuestros labios vivirán en los corazones humanos. Decid una amable verdad en palabras breves, pero nunca digáis una fea verdad sin palabras..Decid a la doncella cuya cabellera brilla al sol que es la hija de la mañana, pero, si miráis al ciego, no le digáis que es uno con la noche.

El loco, Lágrimas y sonrisas, La procesión.

Khalil Gibrán

El Loco, un personaje etiquetado como tal y que a través de historias, busca despertar a los cuerdos de su letanía. Lágrimas y Sonrisas, el eterno encuentro de la felicidad y la tristeza, lo blanco y lo negro, lo bueno y lo malo. La procesión, diálogo a dos voces: se pone el tema, un sabio y un joven, lo explican y defienden los conceptos desde su perspectiva particular. Calificación de 8.5
El loco

El loco

Alimenta la lámpara con aceite y no dejes que su luz se desvanezca, y colócala junto a ti, para que pueda leer con lágrimas lo que tu vida a mi lado ha escrito en tu rostro.

Oh Señor, haz que regrese a salvo al hogar -dijo-. He agotado las lágrimas y nada más puedo ofrecerte, oh señor magnánimo y misericordioso.

Mira, la Oscuridad está dando a luz el Sol.

Un hombre joven y fuerte, debilitado por el hambre, se hallaba sentado en la acera con la mano extendida hacia los transeúntes, mendigando y repitiendo la triste canción de su derrota en la vida, sufriendo el hambre y la humillación.
Al caer la noche, resecos los labios y la lengua, su mano aún estaba tan vacía como su estómago.
Con las pocas fuerzas que le quedaban logró salir de la ciudad y sentarse bajo un árbol a llorar amargamente. Entonces elevó los perplejos ojos al cielo mientras el hambre le corroía por dentro, y dijo:
-Oh Señor, fui a ver al rico y le pedí empleo, pero él me lo negó por mi pobreza; llamé a las puertas de la escuela, pero aquello fue alivio prohibido, pues tenía las manos vacías; busqué cualquier ocupación que me diera de comer, pero las puertas estaban cerradas. Me volqué con desesperación a la mendicidad, pero Tus adoradores al verme me decían: “Eres fuerte y holgazán, y no deberías mendigar.”
“Oh Señor, por Tu voluntad mi madre dio a luz, y ahora la tierra me devuelve a ti antes del Fin de los tiempos.
Su expresión cambió súbitamente. Se puso de pie, y ahora sus ojos resplandecían decididos. Con una rama confeccionó un bastón duro y resistente, y señalando con él la ciudad gritó:
-Clamé por un mendrugo de pan con toda la fuerza de mi voz y me fue negado. ¡Ahora lo obtendré con la fuerza de mis brazos! Clamé por un mendrugo de pan en nombre de la misericordia y el amor, pero la humanidad desoyó mi llamado. Ahora lo tomaré en nombre de la maldad.
Los años implacables convirtieron al joven en ladrón, asesino, y destructor de almas; aniquiló a sus adversarios; acumuló una fabulosa riqueza con la que triunfó sobre los poderosos. Fue admirado por sus colegas, envidiado por el resto de los ladrones, y temido por las multitudes.
Sus riquezas y falso prestigio influyeron sobre el emir para que lo nombrara alcalde de aquella ciudad: el triste proceder de los pérfidos gobernantes. Entonces los robos fueron legales; la autoridad alentó la opresión; el aniquilamiento de los débiles fue un lugar común; las muchedumbres sobornaron y adularon.
¡Así fue como la primera manifestación de egoísmo humano hizo criminales a los mansos, y asesinos a los hijos de la paz; así fue como la primitiva avidez de la humanidad creció y vive azotándose una y mil veces!

¿Hasta cuándo la gente permanecerá dormida?
¿Hasta cuándo continuará glorificando a aquellos que alcanzaron la grandeza con ventaja?
¿Por cuánto tiempo ignorará a aquellos que les permitieronVer la belleza de su espíritu, símbolo de la paz y el amor?
¿Hasta cuándo honrarán los seres humanos a los muertos Y olvidarán a los vivos que pasaron sus días Circundados de desdicha, y se consumieron como velas encendidas para iluminar el camino Al ignorante y guiarlo por el sendero de la luz?

Pero la culpa nunca desvía al corazón de su propósito, ni la soledad aparta al alma de la verdad.

Sólo regresarán a la Eternidad aquellos que en la tierra la buscaron.

Todo es bueno en la vida; hasta el oro, pues él también nos da una lección. El dinero es como un instrumento de cuerdas; aquel que no sabe tocarlo correctamente sólo oirá melodías discordantes. El dinero es como el amor; mata pausada y dolorosamente a aquel que lo rehuye, y vivifica a aquel otro que lo vuelve sobre sus semejantes.

Los seres humanos tienen miedo a todo, hasta a ellos mismos -me respondió-. Temes al cielo, origen de la paz espiritual; temes a la Naturaleza, el cielo del descanso y la quietud; temes al Dios de los dioses y lo acusas de su cólera, cuando es bueno y misericordioso.

La Belleza es aquello que cautiva el alma -respondió-, y aquello que prefiere dar a recibir. Cuando te hallas frente a la Belleza sientes que las manos ocultas en tu interior salen a la luz para llevarla a los dominios de tu corazón. Es algo magnífico donde se combinan la dicha y la tristeza; es lo Oculto que tú puedes ver y lo Incierto que puedes comprender y lo Mudo que puedes oír; es lo más Sagrado de lo Sagrado que comienza en ti y trasciende en mucho tu imaginación terrenal.

Mi alma no sabe temerle a la tierra y no acepta advertencias del mal antes de que el Mal venga.

Recuerdo cuando me besabas y me besabas, con lágrimas surcándote el rostro, y dijiste: “Los cuerpos terrenales a menudo deben separarse con fines terrenales, Y vivir separados por mandato de mundana intención. Pero el espíritu permanece a salvo unido en las manos del Amor, hasta que llega la muerte y lleva las almas unidas a Dios.

Proteger los derechos de los demás es el acto humano más noble y más hermoso; si para vivir tuviera que matar a otros, entonces la muerte sería más honrosa para mí, y si no puedo hallar a nadie que proteja mi honor, entonces no dudaría en quitarme la vida con mis propias manos en aras de la Eternidad, antes de que la muerte llegue.

Aquel que no trata a su alma como a un amigo es un enemigo de la humanidad, y aquel que no halla alivio humano en sí mismo perecerá en la desesperación. La vida emerge de lo interior y no de lo exterior.

La Vida es más débil que la muerte, y la Muerte más débil que el Amor.

En mi ciudad natal vivían una mujer y sus hija, que caminaban dormidas.
Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que
se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.
Y la madre habló primero:
– ¡Al fin! -dijo-. ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti, que destrozaste mi juventud, y que has
vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!
Luego, la hija habló, en estos términos:
– ¡Oh mujer odiosa, egoísta .y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi
vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearías que estuvieras muerta!
En aquel instante cantó el gallo, y ambas mujeres despertaron.
-¿Eres tú, tesoro? -dijo la madre amablemente.
-Sí; soy yo, madre querida -respondió la hija con la misma amabilidad.

Un día, un perro sabio pasó cerca de un grupo de gatos. Y viendo el perro que los gatos parecían
estar absortos, hablando entre sí, y que no advertían su presencia, se detuvo a escuchar lo que decían.
Se levantó entonces, grave y circunspecto, un gran gato, observó a sus compañeros.
-Hermanos -dijo-, orad; y cuando hayáis orado una y otra vez, y vuelto a orar, sin duda alguna
lloverán ratones del cielo.
Al oírlo, el perro rió para sus adentros, y se alejó de los gatos, diciendo:
-¡Ciegos e insensatos felinos! ¿No está escrito, y no lo he sabido siempre, y mis padres antes que yo
que lo que llueve cuando elevamos al Cielo súplicas y plegarias son huesos, y no ratones?

En una lejana montaña vivían dos ermitaños que rendían culto a Dios y que se amaban uno al otro.
Los dos ermitaños poseían una escudilla de barro que constituía su única posesión.
Un día, un espíritu malo entró en el corazón del ermitaño más viejo, el cual fue a ver al más joven.
-Hace ya mucho tiempo que hemos vivido juntos -le dijo-. Ha llegado la hora de separarnos. Por
tanto, dividamos nuestras posesiones.
Al oírlo, el ermitaño más joven se entristeció.
-Hermano mío -dijo-, me causa pesar que tengas que dejarme. Pero si es necesario que te marches,
que así sea. Y fue por la escudilla de barro, y se la dio a su compañero, diciéndole
-No podemos repartirla, hermano; que sea para ti.
-No acepto tu caridad -replicó el otro-. No tomaré sino lo que me pertenece. Debemos partirla.
El joven razonó:
-Si rompemos la escudilla, ¿de qué nos servirá a ti o a mí? Si te parece, propongo que la juguemos
a suerte.
Pero el ermitaño persistió en su empeño.
-Sólo tomaré lo que en justicia me corresponde, y no confiaré la escudilla ni mis derechos a la
suerte. Debe partirse la escudilla.
El ermitaño más joven, viendo que no salían razones, dijo:
-Está bien: si tal es tu deseo, y si te niegas a aceptar la escudilla, rompámosla y repartámosla.
Y entonces el rostro del ermitaño más viejo se descompuso de ira, y gritó:
– ¡Ah, maldito_ cobarde! no te atreves a pelear, ¿eh?

Una noche, hubo fiesta en palacio, y un hombre llegó a postrarse ante el príncipe; todos los invitados se quedaron mirando al recién llegado, y vieron que le faltaba un ojo, y que la cuenca vacía sangraba. Y el príncipe le preguntó a aquel hombre:
-¿Qué te ha sucedido?
-¡Oh príncipe! -respondió el hombre-, mi profesión es ser ladrón, y esta noche, como no hay luna, fui a robar la tienda del cambista, pero mientras subía y entraba por la ventana cometí un error, y entré en la tienda del tejedor, y en la oscuridad tropecé con el telar del tejedor, y perdí un ojo. Y ahora, ¡oh príncipe! suplico justicia contra el tejedor.
El príncipe mandó traer al tejedor y, al llegar éste al palacio, el soberano decretó que le vaciaran un ojo.
– ¡Oh príncipe! -dijo el tejedor-, el decreto es justo. No me quejo de que me hayan sacado un ojo. Sin embargo, ¡ay de mí!, necesitaba yo los dos ojos para ver los dos lados de la tela que hago. Pero tengo un vecino de oficio zapatero, que tiene los dos ojos sanos, y en su trabajo no necesita los dos ojos…
El príncipe entonces, envió por el zapatero. Y éste acudió, y le sacaron un ojo. ¡Y se hizo justicia!

Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría. Había también un el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad. Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.
Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo.
Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera. Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón.

Mi alma y yo fuimos a bañarnos al gran mar. Y al llegar a la playa, empezamos a buscar un sitio solitario y escondido. Pero mientras caminábamos por la playa vimos a un hombre sentado en una roca gris, que tomaba de un saco puñados de sal y los arrojaba al mar.
-Este es el pesimista -dijo mi alma -. Vámonos de aquí, pues no podemos bañarnos en presencia del pesimista.
Seguimos caminando, hasta llegar a una caleta; allí vimos, de pie en una roca blanca, a un hombre que llevaba un cofre enjoyado, del que tomaba azúcar para arrojarla al mar.
-Y este es el optimista -dijo mi alma-, tampoco él debe ver nuestros cuerpos desnudos.
Seguimos caminando. Y en otro lugar de la playa vimos a un hombre que tomaba con la mano peces muertos, y los devolvía al agua.
-Tampoco podemos bañarnos enfrente de este hombre -dijo mi alma-, pues este es el filántropo.
Y seguimos nuestro camino. Luego nos encontramos a un hombre que trazaba el contorno de su sombra en la arena. Llegaban grandes olas y borraban el trazo; sin embargo, aquel hombre seguía una y otra vez dibujando su sombra.
-Este es el místico -dijo mi alma-. Apartémonos de él.
Y seguimos caminando, hasta que en otra calmada ensenada vimos a otro hombre, que recogía espuma del mar y la vertía en un vaso de alabastro.
-Este es el idealista -dijo mi alma-. De ninguna manera debe ver nuestra desnudez.
Y seguimos caminando. De pronto, oímos una voz, que gritaba:
– ¡Este es el mar; el vasto y poderoso mar!
Y al acercarnos vimos que era un hombre que daba la espalda al mar y que aplicaba un caracol a su oído, para oír el murmullo marino.
-Pasemos de largo -dijo mi alma-. Este es el realista; el que da la espalda a todo lo que no puede abarcar de una mirada, y se contenta con un fragmento del todo.
Y pasamos de largo. Y en un lugar lleno de maleza, entre las rocas, un hombre había enterrado su cabeza en la arena. Y le dije a mi alma:
-Nos podemos bañar aquí, pues este hombre no puede vernos.
-No -dijo mi alma-. Porque éste es el más mortífero de todos los hombres; es e l puritano. -Luego, una gran tristeza se reflejó en el rostro de mi alma, y también entristeció su voz. -Vámonos de aquí – dijo -. Pues no hay ningún solitario y oculto lugar donde podamos bañarnos. No dejaré que este viento juegue con mi cabellera de oro, ni dejaré que este viento acaricie mi seno desnudo, ni que esta luz descubra mi sagrada desnudez. Y luego abandonamos aquel mar, para ir en busca del Mar Mayor.

Dijo una mata de hierba a una hoja de otoño:
– ¡Al caer haces tanto ruido, que espantas a todos mis sueños invernales!
-Ser de baja cuna y de miserable morada -dijo la hoja, indignada-, ser malhumorado y sin canto: ¡tú
no vives en la región alta del aire, y desconoces el sonido del canto!
Luego, la hoja de otoño cayó sobre la tierra, y se durmió. Y al llegar la primavera, la hoja despertó
nuevamente, y se convirtió en una mata de hierba.
Y cuando el otoño llegó, y la mata de hierba comenzó a adormecerse con el sueño invernal, las hojas
del otoño, meciéndose en el viento, iban cayendo sobre ella. Entonces se dijo, enojada: “¡Ah, estas
hojas de otoño! ¡Cuánto ruido hacen! ¡Espantan a todos mis sueños invernales!”

Un día dijo el Ojo:
-Más allá de estos valles veo una montaña envuelta en azul velo de niebla. ¿No es hermosa?
El Oído oyó esto, y tras escuchar atentamente otro rato, dijo:
-Pero; ¿dónde está esa montaña? No la oigo… Luego, la Mano habló, y dijo:
-En vano trato de sentirla o tocarla; no encuentro ninguna montaña.
Y la Nariz dijo:
-No hay ninguna montaña por aquí; no la huelo.
Luego, el Ojo se volvió hacia el otro lado, y los demás sentidos empezaron a murmurar de la extraña
alucinación del Ojo. Y decían entre sí: ” ¡Algo debe de andar mal en el Ojo!”

Vivían en la antigua ciudad de Aflcar dos eruditos que odiaban y despreciaban cada uno el saber del otro: Porque uno de ellos negaba que los dioses existieran, y el otro era creyente. Un día ambos se encontraron en el mercado, y en medio de sus partidarios empezaron a discutir acerca de la existencia o de la no existencia de los dioses. Y separáronse tras horas de acalorada disputa. Aquella noche, el incrédulo fue al templo y se postró ante el altar, y pidió a los dioses que le
perdonaran su antigua impiedad. Y a la misma hora, el otro erudito, el que había defendido la existencia de los dioses, quemó todos sus libros sagrados, pues se había convertido en incrédulo.

La felicidad es un mito que perseguimos; Del que nos cansamos cuando se materializa, Tal como el río que desciende veloz hacia los campos Y que al llegar se arrastra enturbiado. Pues un hombre sólo es feliz En la aspiración por ser feliz. Siempre que alcanza su meta pierde interés Y se lanza a otros vuelos por las alturas.

Jesús, el hijo del hombre, Arena y Espuma

Khalil Gibrán.

Arena y espuma, es una serie de citas, pensamientos, viñetas de Gibrán respecto a diversos temas, mientras que Jesús el Hijo del Hombre, es como una serie de entrevistas a personajes de diversa índole que conocieron o tuvieron algún contacto con el personaje central y que ante los micrófonos, ofrecen su punto de vista, en este caso respecto a Jesús. Una muy buena idea. Calificación de 9.0.
Jesús, el hijo del hombre

Jesús, el hijo del hombre

El olvido es una forma de libertad

No se puede llegar al alba, sino por el sendero de la noche.

Es extraño, pero el deseo de algunos placeres forma parte de mi dolor.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

Si dijera el invierno: “La Primavera está en mi corazón”, ¿creerías al invierno?

Una vez le dije a un poeta: -No sabemos lo que vales, hasta que mueras. Y me contestó: -Sí; la muerte es la gran reveladora. Y si en verdad sabes lo que valgo cuando yo muera, es que habré tenido más poesía en mi corazón que en mi lengua, y más en mi deseo, que en la mano.

A menudo entonamos canciones de arrulo a nuestros hijos, para poder dormir nosotros.

El amor que no se renueva cada día, se vuelve un hábito y una esclavitud.

La generosidad no estriba en que me des lo que necesito más que tu, sino en que me des lo que tú necesitas más que yo.

A menudo pedimos prestado a nuestro mañana, para pagar la deuda de nuestros ayeres.

Los que te dan una serpiente cuando les pides un pescado, acaso no tengan más que serpientes. Por lo tanto, si esto te dan, es generosidad de parte de ellos.

Es posible que un hombre se suicide en defensa propia.

¡Qué mezquino soy cuando la vida me da oro, y te doy plata, y todavía me considero generoso!

Es extraño que todos defendamos nuestros errores con más ahínco que nuestros derechos.

El honor del asesinado estriba en no ser el asesino.

Acaso un funeral entre hombres sea una celebración de bodas entre ángeles.

Si; hay un nirvana; consiste en llevar tus ovejas a un verde pastizal, y en llevar a tu hijo a la cama, y en escribir la última línea de tu poema.

Elegimos nuestras alegrías y nuestras penas mucho antes de sentirlas.

Las tortugas pueden decirnos más acerca de los caminos que las liebres.

Puedes olvidar a aquel con quien has reído, pero nunca a aquel con quien has llorado.

Debe de haber algo extrañamente sagrado en la sal. Está en nuestras lágrimas y en el mar

Mi Reino no es de este mundo y mi trono no se erguirá sobre las calaveras de vuestros ancestros.

Yo también creí en la maravilla del vino que Jesús hizo, mas no me asombré, porque en su voz escuchaba muchos milagros y muchas maravillas. Y así me acompañó su voz, desde aquella vez hasta el nacimiento de mi primogénito.

La verdad es que ningún hombre ni mujer alguna cometerían un crimen solos. Todos los delitos y los crímenes son cometidos por todos los hombres juntos; mas aquel que paga la pena sólo quiebra un eslabón de la cadena que sujeta vuestros pies; tal vez paga con su aflicción el precio de vuestra alegría pasajera y efímera.

Y lo más abominable es que viene de Nazareth, la aldea que nuestros profetas han maldecido y la que se convirtió en muladar de las naciones y de cuya esencia nada bueno puede salir.

Jesús era un hábil carpintero. Las puertas que construyó ningún ladrón consiguió violar ni arrancar, y las ventanas que fabricó se abrían maravillosamente al soplo del viento de oeste a este. Los baúles los trabajaba en madera de cedro, y resultaban muy bruñidos y fuertes. Los arados y las estevas que él construía de madera de encina eran también resistentes y de dócil manejo en manos del labrador. Tallaba los facistoles de nuestras sinagogas en la dorada madera de morera, y sobre los dos lados donde se coloca la sagrada Torá, ponía dos alas extendidas, debajo de las cuales exhibía cabezas de toros, de palomas y de gacelas de grandes y bellos ojos.

En la construcción de mi casa han empleado muchas manos desde treinta años; buscaba yo los albañiles y los carpinteros de todos los pueblos de Galilea; cada uno de ellos tenía la habilidad de su arte; yo estaba contento con su trabajo; pero, mira estas dos puertas y aquellas ventanas, que son obra de Jesús el Nazareno; por su primor, esmero y sólida construcción, se burlan de cuanto tengo en mi casa. ¿No ves que estas dos puertas son distintas de todas las otras? ¿Y esta ventana abierta en dirección al este, no es distinta a todas las otras ventanas? Todas las puertas y ventanas de mi casa son accesibles a las leyes del tiempo, menos éstas que él ha fabricado; ellas permanecen firmes y sólidas ante los embates de los elementos. Mira estos travesaños, los ha colocado unos sobre otros, y estos clavos se han hundido en ellos, atravesándolos con toda maestría y meticulosidad, haciéndolos sólidos.

La Judea no quiere un monarca para avanzar contra las legiones de Roma. Yo no quiero serlo, porque las coronas de Sión se han hecho para las frentes chicas, y el anillo de .Salomón es pequeño para este dedo. Ved estas manos, ¿no las veis que son más fuertes para no llevar cetro y más poderosas para no esgrimir espada? No es mi deseo que el sirio se rebele contra el romano, pero vosotros sabréis, mediante mis palabras, despertar la ciudad dormida, y con lo que mi espíritu le hablará en su segunda alborada. Mis palabras formarán un ejército invisible, equipado de carros y caballos; sin picas ni lanzas derrotaré a los sacerdotes de Jerusalén y triunfaré sobre los Césares. No me sentaré en un trono sobre el cual se hayan sentado esclavos para juzgar a otros esclavos como ellos; no; y no es mi propósito sublevarme contra los hijos de Roma, empero seré una tormenta en su cielo y un canto en sus almas; y todos me recordarán y me llamarán Jesús el Ungido.

Estoy cansado de lo que dicen los débiles de corazón y de origen humilde; dicen eso para justificar la pequeñez de sus espíritus y su origen humilde; y, principalmente, cuando oigo hablar a los que caminan sobre las puntas de sus pies, esos que. buscan consuelo poniendo al Maestro entre los de su condición.

Jesús no era ni un sueño ni un pensamiento concebido por la fantasía de los poetas, sino un ser humano como tú y yo, en oído, en vista y en tacto; en lo demás era diferente a todos nosotros. De genio alegre, a través de la alegría conoció la tristeza de los hombres, y desde la más alta cima de su aflicción divisó la alegría de los hombres.

Sus apóstoles se dispersaron porque Él les vaticinó, antes de ser crucificado, que sufrirían mucho. Sus enemigos los cazaban como a gamos y los acosaban como a zorros del monte. Mas, el carcaj del cazador aún sigue lleno de dardos; y cuando eran cogidos por el enemigo y conducidos a la muerte, se alegraban mucho. Sus caras cobraban el esplendor y la frescura de las novias en el momento de sus bodas. También en su Testamento les legó la alegría.

Saúl era calvo y de corta estatura, sus hombros tenían una joroba y no había armonía en las líneas de su cuerpo. Yo no podía quererlo. Me dicen que hoy predica en nombre de Jesús desde las azoteas; mas es difícil de creer. El sepulcro no puede impedir el avance de Jesús sobre el campamento de sus enemigos, para dominar su brutalidad y rendir a sus jefes. Sea como fuere, yo no lo quiero a ese hombre de Tarso, no obstante los buenos informes que me dan sobre la transformación que se operó en él después de la muerte de Esteban. Dicen que se calmó su cólera y fue derrotado en su viaje a Damasco. Ese hombre no puede ser nunca un discípulo leal, porque su cabeza es más grande que su corazón.

Tenía siempre alta la frente. En sus ojos brillaba la luz del Señor. Era a menudo triste, pero su tristeza era un bálsamo para las heridas de los afligidos y desconsolados. Cuando sonreía, era la suya una sonrisa de los que tienen hambre de lo oculto; una sonrisa como polvo de estrellas sobre párpados de niños; era un pedazo de pan en la boca.

Todo lo que habéis oído es cierto. Las mujeres se presentarán, el día del juicio final, delante del trono de mi Padre y Señor, y se petrificarán con sus lágrimas, pero a vosotros se os juzgará y. se os condenará a las cadenas de vuestros propios juicios. Babel no ha sido destruida por el pecado de sus mujeres. Babel se redujo a cenizas para que los ojos de los hipócritas no vieran más en ella la luz del día.

Yo no detesto a los reyes, más bien quiero que gobiernen, pero a condición de que sean más sabios que los demás hombres.

He hablado de estos milagros que, en realidad, no me llaman tanto la atención como el gran Milagro que es el Hombre mismo; ese caminante que ha trocado en oro puro el óxido que había en mí, y que me enseñó cómo debo amar a los que me odian. Con ese hecho que hizo conmigo me trajo el consuelo y coronó mis noches con los más dulces sueños. Este es el milagro de mi vida. Yo era ciego y de errada conducta, y en mis profundidades había mucho de los espíritus inquietos; yo era un muerto. Mas hoy veo con claridad y camino rectamente, porque he recuperado mi salud. Hoy vivo para ver y proclamar los milagros de mi Ser en cada hora de cada día. Yo no soy de sus aliados; soy un viejo astrólogo que recorre el campo del espacio en cada Estación. Ya estoy en el ocaso de mi vida, mas toda vez que busco un amanecer busco en realidad la juventud de Jesús. La vida busca eternamente la juventud, pero la sabiduría busca en mí las visiones apocalípticas.

No me preocupa hoy lo que será de mí mañana, porque sé que Jesús reanimó mis sueños e hizo de ellos mis mejores camaradas y amigos del Camino.

Mas, vosotros los romanos os maravilláis sólo ante los dioses, y ningún hombre os causa admiración; por eso no podéis entender al Nazareno. Jesús se adueñó de la juventud del Pensamiento, y vosotros sólo poseéis la vejez del Pensamiento. Hoy nos gobernáis, pero esperemos un día más… ¡Quién sabe si este Hombre que no dirige ejércitos ni comanda centurias no gobierne el mundo mañana.

Sí; podía decirnos: “Volved a vuestros hogares, pues el mundo no está preparado para recibirme. Volveré dentro de mil años; entretanto, enseñad a vuestros hijos a saber esperar mi regreso”. Todo eso pudo habernos dicho si hubiese querido, pero sabía que para edificar el Templo invisible le era preciso colocarse Él mismo de Piedra Fundamental en sus cimientos, y luego ser nosotros las piedrezuelas del cemento reforzante.

Nació en este país, mas nosotros ya lo habíamos visto en los sueños de nuestros anhelos antes de venir a este mundo y desde el comienzo del tiempo. Es de todas las tribus y no pertenece a ninguna. Vencerá con su palabra de verdad y con el fuego de su espíritu.

Diles a tus hijos, a tus hermanos y nietos, que Judas Iscariote entregó a Jesús el Nazareno a sus enemigos porque creía que era enemigo de su pueblo. Diles asimismo que al cometer ese crimen ha seguido, en el mismo día, al rey de los judíos hasta las gradas de su trono, para ser juzgado por Él en el día del juicio final. Y a Él le diré que mi sangre tiene también sed de la Tierra y mi alma perversa busca la Libertad.

– Todos los posaderos deben sentirse honrados cada vez que sirven, porque quien da el pan y el vino es hermano de aquel que siega y recoge las gavillas para llevarlas a la era; también es hermano del que estruja la uva en el lagar. Todos vosotros sois generosos, porque dais de vuestros bienes al que llega a vuestra casa con su hambre y su sed. Luego, hablándole a Judas, que llevaba la bolsa de la Comunidad, le dijo -Dame dos ciclos. -Son las dos últimas monedas de plata que quedan en nuestra bolsa -advirtió Judas, dándoselas. Jesús lo envolvió con su mirada y contestó: -Pronto tu bolsa se colmará de plata -y poniendo las monedas en mi mano, añadió-: Compra una blusa de seda para tu hija, para que la. luzca en la Pascua, en recuerdo nuestro. Contempló a mi hija, la besó en la frente, y echó a caminar, saludando: -Buenas noches a todos. Ahora me dicen que todo lo que nos dijo esa noche lo escribió uno de sus discípulos sobre cuero fino y lo guardó en su casa; mas yo lo relato tal como lo he oído de sus labios. Mientras viva recordaré el timbre armonioso de su voz, cuando se despidió diciéndome: “Buenas noches a todos”.

Yo soy anciano, he vivido sin privarme de nada y creo que ni Pompeyo ni César tenían el don de mando de aquel galileo, porque desde su muerte, que se ejecutó sin resistencia, se formó un ejército enorme en la tierra, para defender su nombre y combatir por él. Y a pesar de haber muerto se le sirve y venera, lo que Pompeyo ni César jamás obtuvieron de sus soldados y partidarios.

Cuando hundieron los clavos en sus manos y pies, no pronunció una sola palabra, ni salió de su boca una sola queja; tampoco tembló su cuerpo bajo los golpes del martillo. Yo creí que sus manos y pies habían muerto y que en ese instante volvían a la vida bañados en su sangre; mas Él anhelaba los clavos como el príncipe su cetro, y quería elevarse hacia lo alto, muy alto.

Las mujeres no viajan sino cuando son conducidas por sus hijos.

Todos los días, prelados y sacerdotes inclinan la frente al decir tu nombre, y los pordioseros piden limosna asimismo en tu nombre, diciendo: “¡Una moneda, para comprar pan, en nombre de Jesús!”

El profeta, La Tempestad, El Precursor, Lázaro y su amada.

Khalil Gibrán.

Sin duda la obra maestra de Gibrán, El profeta, encierra el pensamiento y filosofía del autor. Como en el prólogo se comenta, su legado es tomado en cuenta en ceremonias religiosas, lo que muestra su condición moral y universal. Sin duda, de mis escritores favoritos y de los primeros que conocí al inicar el gusto por las letras. Mención a parte la obra de teatro de Lázaro, que desde una perspectiva diferente, trata el caso de su resurrección. Calificación de 9.
El Profeta.

El Profeta.

Sé, ahora, que si murieras, moriría la tentación y desaparecerán contigo las fuerzas que obligan al hombre a ser prudente y a orar, ayunar y adorar. Debes vivir, porque sin ti, los hombres dejarán de temer al infierno y se hundirán en el vicio. Tu vida es por lo tanto, necesaria para la Salvación de la humanidad; y yo sacrificaré mi odio por ti en el altar de mi amor a los hombres. Satanás lanzó una carcajada que sacudió el suelo. ¡Cómo eres de inteligente, Padre! -dijo. Y qué conocimientos posees de teología! Has hallado, con el poder de tu inteligencia, una finalidad para mi existencia que yo mismo ignoraba. Ahora comprendemos ambos, nuestra mutua necesidad.

En la boca del ser que llamamos humanidad, también hay dientes cariados. Y las caries ya alcanzaron las raíces, pero la humanidad no los arranca. Prefiere tratarlos y limpiarlos y obturarlos con oro brillante.

El hombre vive a la sombra de leyes y tradiciones inventadas por él y las aves, según las leyes universales que hacen girar a los mundos.

Busqué la soledad porque me cansé de luchar con los adinerados que piensan que el sol y la luna y las estrellas se levantan desde sus cofres y se ponen en sus bolsillos. Busqué la soledad porque me cansé de los políticos que arrojan a los ojos del pueblo polvos dorados y a sus oídos falsas promesas. Me cansé de los sacerdotes que aconsejan a otros y no se aconsejan a sí mismos; y exigen a otros lo que no se exigen a sí mismos.

La vida es una mujer hermosa y fascinante, que atrae nuestros corazones y hechiza nuestras almas. Envuelve nuestra existencia con promesas, cuyo cumplimiento aplaza y difiere y, cuando se nos entrega, provoca el tedio en nosotros.

¿Hay alguien que no atraviese mares, desiertos, montañas y valles, para encontrarse con la elegida de su corazón?

Cada hombre tiene un préstamo de lágrimas que deben ser devueltas algún día.

Cierto día dijo un pez a otro: -Por encima de nuestro mar existe otro. En ese mar hay diversos seres vivientes que viven como nadamos y vivimos nosotros aquí. -Son fantasías tuyas -le contestó el otro pez. -¿No sabes hermano mío, que cada ser viviente que deja nuestro mar un momento moriría? ¿Cuál es entonces la prueba de la existencia de otros seres vivientes en otros mares?

Las desgracias de unos benefician a otros.

Se presentaron un día los ancianos de Ardosa ante el rey y le rogaron que prohibiera el alcoholismo en su ciudad. No prestó el rey oído a su petición, sino que se rió de ellos y les dió las espaldas; y les dejó. Los ancianos de Ardosa se retiraron poseídos de una verdadera desesperación. Al llegar a la puerta del palacio toparon con el visir del rey. Este ministro, que era muy diplomático, sagaz y ladino, viendo perturbados a los ancianos y jefes de la ciudad, se dio cabal idea del asunto. Y les habló así: -¡Oh amigos míos! La suerte no os ha acompañado esta vez. Si vosotros hubierais venido en el momento de hallarse ebrio el rey, habríais conseguido todo lo que venís a pedirle.

Dijo así, un día, una hoja blanca de papel: Me he formado blanca, nítida, inmaculada y pura, y así seré hasta la eternidad. Prefiero quemarme y volverme ceniza blanca antes de permitir que me mancille la negrura y me macule la suciedad. Oyó un tintero aquellas razones y se rió en su negro corazón, pero no se atrevió a tocar aquella hoja blanca. Oyéronla también las plumas y tampoco la tocaron. Y así permaneció la hoja de papel blanca, nítida, cual la nieve,… pero vacía.

Cuando el amor os llame, seguidlo. Y cuando su camino sea duro y difícil. Y cuando sus alas os envuelvan, entregaos. Aunque la espada entre ellas escondida os hiriera. Y cuando os hable, creed en él. Aunque su voz destroce nuestros sueños, tal como el viento del norte devasta los jardines.

Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadua. Que sea, más bien, un mar movible entre las costas de vuestra alma. Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa. Daos el uno al otro de vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo. Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea independiente. Las cuerdas de un laúd están solas, aunque tiemblen con la misma música. dad vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero lo tenga. Porque solo la mano de la vida puede contener los corazones. Y estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están aparte.

Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y aunque están con vosotros no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños. Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.

Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen y lo dan buscando el reconocimiento y su deseo oculto malogra sus regalos. Y hay quienes tienen poco y lo dan todo. Son éstos los creyentes en la vida y en la magnificencia de la vida y su cofre nunca está vacío. Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio. Y hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.

Es bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo.

Y vosotros, los que recibís -y todos vosotros sois de ellos- no asumáis el peso de la gratitud, si no queréis colocar un yugo sobre vosotros y sobre quien os da. Eleváos, más bien, con el dador en su dar como en unas alas. Porque exagerar vuestra deuda es dudar de su generosidad, que tiene el libre corazón de la tiera como madre y a Dios como padre.

¿Y qué es trabajar con amor? Es tejer la tela con hilos extraídos de vuestro corazón como si vuestro amado fuera a usar esa tela. Es contruir una casa con afecto, como si vuestro amado fuera a habitar en ella. Es plantar semillas con ternura y cosechar con gozo, como si vuestro amado fuera a gozar del fruto. Es infundir en todas las cosas que hacéis el aliento de vuestro propio espíritu. Y saber que todos los muertos benditos se hallan ante vosotros observando.

Cuando estéis contentos, mirad en el fondo de vuestro corazón y encontraréis que es solamente lo que os produjo dolor, lo que os da alegría. Cuando estéis tristes, mirad de nuevo en vuestro corazón y veréis que estáis llorando, en verdad, por lo que fue vuestro deleite.

Mucho de vuestro dolor es elegido por vosotros mismos. Es la porción amarga con la que el médico que hay dentro de vosotros cura vuestro ser enfermo. Por tanto, confiad en el médico, y bebed el remedio en silencio y tranquilidad. Porque su mano, aunque dura y pesada, guiada está por la tierna mano del Invisible. Y el vaso con que brinda, aunque queme vuestros labios, ha sido moldeado de la arcilla que el Alfarero ha humedecido con sus propias lágrimas sagradas.

Vuestro amigo es la respuesta a vuestras necesidades.

Oráis en vuestra pena y en vuestra necesidad; deberíais también hacerlo en la plenitud de vuestra alegría y en vuestros días de abundancia.

Algunos jóvenes entre vosotros buscan el placer como si lo fuese todo y son juzgados por ello y censurados. Yo no los juzgaría ni censuraría, Los dejaría buscarlo. Porque encontrarán el placer pero no lo encontrarán solo.

¿Quién puede separar su fe de sus acciones o sus creencias de sus ocupaciones? ¿Quién puede desplegar sus horas ante sí mismo diciendo: “Esto para Dios y esto para mi; esto para mi alma y esto para mi cuerpo”?

Se os ha dicho que, como una cadena, sois tan fuertes como vuestro más débil eslabón. Eso es sólo una verdad a medias. Sois también tan fuertes como vuestro eslabón más fuerte. Mediros por vuestra más pequeña acción es como calcular el poder del océano por la fragilidad de su espuma.

Todos miran a través de alguien para ver a otra persona.