Ida y vuelta

Martín Caparrós.
Juan Villoro.

Ida y vuelta

Ida y vuelta


Un intercambio epistolar entre los dos autores, tomando como pretexto el futbol y en específico el Mundial 2010 en Sudáfrica, para comentar lo que sucedió en los partidos y la forma en que cada uno lo vivió. Calificación de 9.5. Del Reading Challenge, reto 28, Un libro con un antónimo en la portada.

Meandro: Curva pronunciada que forma un río en su curso.

Los dioses compensan a los perdedores para que sigan jugando. Argentina derrota a México en el futbol, pero nosotros ganamos apuestas menores.

Yo era un fanático de escribir cartas por la sencilla razón de que era el único modo de recibirlas.

Esto me lleva al mejor gol de los mundiales, cuando Diego dribló a media docena de súbditos de la reina Isabel II. Yo estaba en el estadio y me perdí de algo muy importante, lo que el Negro Enrique le dijo a Maradona en el festejo: «¿Viste qué pase de gol te puse?» Tenía razón, cedió en media cancha y eso acabó en gol.

La vida es lo que sucede mientras hacemos otras cosas, ya lo sabemos. La discusión de goles y partidos fue el pretexto y el disfraz para aludir a lo que en verdad importa: la amistad, el viaje, el regreso a casa, el dolor, la pérdida, la identidad, las cosas que queremos y no sabemos decir.

¿De qué diablos hablamos cuando hablamos de futbol?

Sé que todo es una puesta en escena para que unos pocos ganen plata, sé que las instituciones del futbol son una cueva de mafiosos y entruchados, sé que ningún gol va a influir en lo que sí me atañe y, sin embargo, durante esas dos horas, nada me importa más que lo que está pasando allá en el verde, con un nivel de concentración y de tensión que ya querría para otras situaciones. Digo: salvajería feliz, la suspensión del juicio. La salvajería es difícil de ejercer: la hemos dejado sin espacios. Nos quedan, creo, tres –a mí, digo, a ti no sé-: la mesa, la cama y la tribuna. Y los dos primeros producen discursos tanto más complejos: uno puede planificar una vida alrededor de lo que hace en la cama o entender la historia del mundo y la cultura alrededor de lo que pasa en la mesa. En cambio el futbol no tiene nada de eso: es bastardo, pegajoso y carece de cualquier prestigio, pero sigue siendo tan tontamente apasionante. Es, sin duda, nuestra pavada insigne.

El football tiene un par de ventajas: parece menos peligroso, requiere más habilidad y menos fuerza física y sus reglas son más claras: la entienden incluso los que no lo entienden. Se puede tocar la pelota con todo el cuerpo salvo con la mano, la pelota puede ir en cualquier dirección, cuando alguien la tira afuera un contrario la vuelve a poner en juego, no se puede violentar al contrario; sólo el offside es complicado –pero los partidos informales nunca lo incluyeron- y, en general, pese a su simpleza, ofrece cantidad de situaciones y variantes. Pero siempre creí que la ventaja inicial es que el football es mucho más adaptable: cuatro chicos con una pelota de papel pueden jugar a algo que se parece mucho al football; en cambio el básquet necesita un aro, el beisbol un bate, un guante y un espacio grande, el polo una tropilla, y así de seguido. En el futbol, además, cualquier chivo puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habría descartado antes de que se cambiara. Pero al futbol pueden jugar todos: el petiso movedizo o el grandote casi torpe, el corredor desenfrenado o la mole que se planta, el más vivo de la clase y el más bobo; si hasta tú y yo hemos jugado alguna vez. El futbol no es como otros deportes que exigen un físico o un carácter determinados: cada tipo de habilidad tiene su espacio, hay puestos para todos –sólo hay que descubrirse. Y se podría hablar mucho –el futbol se ha convertido en una fuente incontenible de pavadas-, pero la gran diferencia es que el football tiene el goal: el fin, la meta. En otros deportes colectivos, los equipos hacen muchos tantos: un partido de básquet puede terminar 90 a 85, uno de rugby 35 a 15, uno de volley tres veces 15-13: el momento supremo –el de la conquista- se vuelve, por repetido, un poco pavo. En cambio el gol sucede tan de tanto en tanto que cada vez es única: un gol no es el resultado de la lógica del juego –como en el básquet o el volley o el tenis- sino un azar, una obra extraordinaria, un acto casi mágico. El futbol, todo el futbol, es el contagio de la magia del gol: ese momento que no sucede casi nunca y que, al suceder, hace que todo el resto cobre su sentido. El gol es una irregularidad, una excepción extrema –porque el futbol es fracaso casi siempre. El futbol ofrece una moraleja que, por suerte, no solemos leer: el 98 por ciento de un partido consiste en intentonas: tentativas fracasadas de aproximación a la única meta decisiva. Una montaña de fracasos y, sin embargo, los jugadores no dejan de intentarlo: eso es el futbol –pero no lo cuenten: si lo llega a descubrir un cura o un pastor o un novelista malo hacen un desastre. El futbol es fiasco, desengaño, cabezonería: todo para llegar al gol y el gol no llega. Pero a veces llega –incluso la Selección mexicana, recuerdo, ha hecho algún gol alguna vez- y entonces el gol es, también, la consagración de un modo de suponer el mundo: que todo es posible de repente, que no importa el proceso sino ese momento, que uno –su equipo- puede haberse pasado toda la tarde colgado del travesaño y peloteado y que siempre cabe la esperanza del zapatazo salvador. En la vida las cosas no se definen como en el futbol, en un instante extraordinario. Van pasando de a poco, se extienden en el tiempo, no son como aquel gol en el último minuto o el penal atajado que termina de sacarte campeón -de una vez, para siempre.

A tu catálogo de lo que encandila en el futbol, agrego otro mérito: la injusticia. ¡Qué tedioso sería que el árbitro no se equivocara! La democracia física que describes (en la que un gordo es Maradona y un acelerado de pies torcidos Garrincha) depende de un hombre que suda a diez metros del balón y tiene un segundo para decidir si lo que no alcanzó a ver bien fue un penalti o una caída de teatral escuela. Esta condición imponderable engrandece al juego y desespera a los locutores que preferirían que el futbol fuera vigilado por eficientes robots televisivos. En cada partido 22 hombres pretender ser Aquiles y uno se resigna a ser Héctor. Los futbolistas juegan a ser dioses y el árbitro a ser hombre. Ningún otro deporte tiene un sistema de jurisprudencia tan endeble, es decir, tan parecido a la vida.

Nuestro uniforme negro estuvo a punto de representar luto reglamentario. Cuando Rafa Márquez anotó sin marca, a una distancia de cuchilleros, recuperamos la forma mexicana de la esperanza: el equilibrio, la sensación de que ni todo fue perfecto ni todo está perdido, «Aquí no ha pasado nada» (curiosamente, entre nosotros esa frase es optimista). La negación del hecho brinda tranquilidad. El empate, variante futbolística del no-suceso, expresó la psicología de una Selección neutra. Si los Cascos Azules de la ONU tuvieran un equipo, podrían disponer de una buena cantera en México, donde interesa más participar y ser comparsa que enfrentar ese momento horroroso: la definición. Nuestro futbol sería estupendo si no existieran los resultados. La Selección domina, achica los espacios, muestra motivación y gana balones divididos. Pero se desentiende de anotar y marcar a los rivales en los momentos clave. ¿Qué dice esto de nuestra relación con el cosmos? Que nos gusta andar con los demás sin diferenciarnos de ellos. No en balde hemos sido magníficos anfitriones de dos mundiales. Empatar es una manera de repudiar extremos y rehuir las inclementes decisiones. Hay países que tienen el alma dividida. Nosotros la tenemos empatada.

A mí –debo confesarte- el partido me pareció triste: como si tu equipo fuera una panda desalmada –con el alma empatada, dirías tú-, que intentó un rato y se desanimó y después siguió por compromiso: porque no encontraba la salida y no buscaba la llegada.

Argentina tiene un preparador físico que habla como filósofo, un asesor técnico que ganó el Mundial y le dio agua con somníferos a los rivales, un volante que corre como endemoniado y piensa como exorcista y un entrenador que enfrenta el juego como libreto de ópera. Además tiene al mejor futbolista del mundo. Son suficientes locos útiles. Pero el mundo habla de sus problemas para administrar tanto talento. A mí, que me regalen esos problemas.

Que un arquero de un equipo mundial deje escapar tan tonto una pelota es una amenaza seria para nuestra confianza en la marcha de este mundo; que dos lo hagan en dos días es una crisis de nuestra cultura. Digo, si el arquero que se pasa los días arqueándose para cuidar su arca no lo logra, ¿qué garantías pueden darnos el piloto que debe depositar su avión en esa pista, el médico que receta este remedio, el fumigador que dosifica sus venenos, el cónyuge, el banquero, el confesor o psicopsíquico, cualquiera de las numerosas funciones que damos por seguras? ¿Percibes, estimado, la inmensidad de la zozobra?

Tienes razón: el error se ha convertido en maestro de ceremonias del Mundial. En noviembre pasado Robert Enke, portero de Alemania, se puso a salvo de ese riesgo tirándose a las vías del tren.

Lo interesante es que la culpa ha llegado de la mano de la excusa. Para Sudáfrica, Adidas fabricó el Jabulani, balón ultraligero, alquimia de vinilo, poliuretano termoplástico y otras fantasías teutonas. Hay pensamientos que sólo llegan cuando estás tirado en el césped, con depresión postanotatoria. Pues bien: los porteros vencidos consideran que no son ellos los que fallan sino el proyectil.

En México, aceptar un error es peor que cometerlo. Los editores nunca se retrasan: les falla la imprenta.

¡Qué gusto, caro güey, anoche, ver a Brasil penando frente a un equipo tan pequeño! ¡Qué placer ver a un diez de Brasil errar un pase de diez metros! ¡Qué gozo descubrir que sus jugadores más visibles eran un marcador de punta y un puntero de quien se dijo alguna vez que más que futbolista era un triatleta: corre, hace bicicleta y nada! ¡Qué delicia verlos jugar tan torpe e imaginarlos pensando en los jabulanis que deberían invocar para justificarse!

Ser de uno es ser contra algún otro: en la cancha de Boca -¿lo recueras?- el festejo de un gol supone un ritual cristalizado: primero el grito más primario, después el atavismo –y dale y dale y dale Boca dale- y, en seguida, cuando la pelota no ha vuelto a rodar, la dedicatoria decisiva: y ya lo ve, y ya lo ve, es para River que lo mira por tevé. El gol no está completo si no lo ven los enemigos, el esclavo o el amor de la dialéctica gastada.

Mi placer implicaba tener que soportar esa posición humillante en que uno se pone cuando le da igual quién gane, sólo sabe quién quiere que pierda- y por lo tanto, apoya por 90 minutos a un equipo imposible, perfectamente ajeno.

Los mexicanos tenemos a Brasil como equipo sustituto. Seguimos una imaginaria Ley del Mango, pensamos que ser verde es una forma de llegar al amarillo. Nos vemos como un pre-Brasil. Sabemos que no ganaremos (o no mucho) y apostamos en segundo término a la camiseta canaria. En un partido España-Brasil, el célebre Ángel Fernández dijo por televisión: «De un lado está la Madre Patria; del otro, la magia del futbol. ¡Tengo el corazón totalmente dividido ¡Tengo el corazón totalmente dividido! ¡95% a favor de Brasil, 5% a favor de España!»

Me preguntas quién es el enemigo jurado del Necaxa. La respuesta es triste: el gobernador de Aguascalientes. Como tantos políticos de este país, ofreció recursos del erario para que mi equipo se fuera a esa ciudad. Si Boca Juniors tuviera un dueño mexicano, se mudaría a la Patagonia.

De los ¿50 millones de personas? Que vieron el partido de hoy, sólo 80.000 lo vieron en la cancha.

Estabas en Zambia cuando llegaste a Sudáfrica. La frase revela que no soy como Higuaín: carezco de nociones geográficas.

México le ganó a Francia y el júbilo es de fin de mundo. Debemos disfrutar esta alegría porque no sabemos cuándo llegará otra. Lo que quede de tequila se acabará hoy- ¿Aprovechará el gobierno para hacer una maniobra al cobijo del festejo popular? ¿La Suprema Corte de Justicia archivará sus casos más urgentes? «¿Es demasiado paranoico pensar eso?», le pregunté a un amigo. Se rascó el pelo y me contestó con la alegría de Nietzsche: «En México ser sensato es paranoico». […] ¿Qué ganamos cuando ganamos un partido? Los mexicanos sólo tenemos una respuesta: todo. No hay posibilidad de cucharada pequeña o dosis media porque la victoria llega a nosotros como un talismán irrepetible.

Se habla de 20 mil mexicanos en las tribunas, lo cual podría crear la falsa idea de que en estas tierras sobra el dinero. Lo que sobra es la ilusión: de que gane México y de poder pagara la tarjeta de crédito.

Aquí cerca, en Somalia o Somalía, patrullas de militantes islamistas recorren las calles de los pueblos buscando a quienes miran el Mundial: según parece, no hay nada en el Corán que justifique el futbol. «Advertimos a toda la juventud somalí que no osen mirar los partidos del Mundial», dijo un portavoz sheikh de Hizbul-Islam, «porque los distrae de sus deberes con la Jihad. Es una pérdida de tiempo y de dinero, y no conseguirán ningún beneficio ni experiencia positiva por mirar a unos locos corriendo y saltando». Y no sólo lo dicen: ya mataron a dos fans que veían en su casa Argentina-Nigeria; a muchos otros, dicen, sólo los azotaron con látigos de cuero.

Carlos [Monsiváis] odiaba el futbol. Una de las razones para escribir del tema es que se trataba de uno de sus pocos vacíos intelectuales. Le gustaba contar el momento en que le preguntaron sobre «la crisis de los penales». El entrevistador se refería a nuestra atávica incapacidad de solventar la pena máxima en el futbol. Pero él creyó que le hablaban de los problemas en las cárceles: «En los penales hay demasiado hacinamiento y eso provoca motines», respondió. […] La influencia de Monsiváis en la cultura mexicana era como la de Cruyff. Estaba en todas partes de la cancha. Aunque lo vieras en un sitio, determinaba los demás lugares.

También pretendía, se ve, demostrar otros puntos menores: que necesita a Di María, Tévez e Higuaín; que no necesita a Heinze teniendo a Rodríguez; que Demichelis necesita un reemplazo; que Messi no necesita hacer un gol; que Agüero necesita el espacio que sólo existe al final del partido; que Verón necesita un geriátrico –jugó casi como Kakà: perdió todas las pelotas que no dio para atrás. Y, para terminar de demostrar que el partido no iba en serio, entró Palermo e hizo un gol ¡con la muleta derecha! Un momento sublime.

Esa anticipación de la derrota es un ruco muy viejo: que sea particularmente mexicano no significa que no sea generalmente universal. Todos hemos simulado alguna vez que no teníamos esperanza como forma de animar nuestras esperanzas a convertirse en realidades –y de no sufrir más de la cuenta si, como era de esperar, no lo lograban. Así que no me vengas con humildades arrulfadas, tan poco creíbles como la famosa incapacidad de tus paisanos para decir no; no es que no lo digan, es que lo dicen sin decirlo: sí claro pero. Es obvio que, detrás de esa coraza, tú y los tuyos quieren ganar, piensan que pueden ganar –y, seguramente, pierdan.

¡Y ahí está Palermo, tu polémico tocayo! Durante años no te gustó nada. Las razones estaban a la vista: llegó a Boca como un sufrido trozo de cemento. Pero ha hecho tantas cosas locas que a estas alturas el monolito se ha vuelto estatua. Fallar un penalti en la Copa América y querer tirar otro implica determinación, terquedad, presencia de ánimo o falta de vida interior. Fallar dos y querer tirar un tercero –que irremediablemente acabará fuera del arco- es algo épico. Martín lo logró. ¿Y qué decir de ese otro desastre fenomenal? Cuando se puso contento como sueles hacerlo los ogros torpes, corrió a juntarse con la gente en la gradería y se le vino encima una pancarta publicitaria, fracturándole el pie. La publicidad humilla a la mente, pero sólo lesionó a Palermo. Lo mejor es que cuando ya sólo esperábamos rarezas dignas de su esforzada ineptitud, metió aquel gol de cabeza a unos 30 metros de la portería, con la gracia del ángel que no sabe lo que hace. En el partido de clasificación contra Perú, cuando Argentina podía quedar fuera, se soltó una tormenta que movía las cámaras como si transmitieran desde un barco muy capaz de naufragar. En medio del tifón todo era espuma y rabia y desconcierto. Al final llegó el viejo pirata para mostrar que una pata de palo le perjudica la figura, pero sirve de remo en la tormenta. En la borrasca de aquel juego, más adivinado que visto en la pantalla, Martín anotó para salvar a la tripulación. Se discutió mucho si debía ir a Sudáfrica, pero Diego sabe de símbolos más que nadie. En 1986 insistió en que Bochini estuviera en el grupo. El veterano de Independiente ya había comidos sus mejores tallarines, pero podía aportar la suerte que sólo conceden las leyendas. Jugó muy poco, pero cuando entró al campo, Diego se acercó con el balón y le dijo: «Tenga, maestro». El respeto a lo que fue, acabó pesando en el desenlace Un Mundial también se gana con recuerdos. Martín Palermo entró ante Grecia para hacer lo suyo. Messi limpió el área de defensas y soltó un riflazo. Tanto virtuosismo no venció al arquero. Hacía falta el recurso de los gladiadores pobres. En todo barco que se respete se necesita a alguien que no sepa nadar. Martín Palermo se ahoga para que los demás floten.

Pero si te fijas, los ganaros de mundiales son Uruguay, Italia, Alemania, Brasil y Argentina; hay dos ganadores de Mundial propio, Francia e Inglaterra –y los demás les hacen de comparsa. Es un orden casi inexplicable, que siempre parece a punto de romperse, y que, como la mayoría de ellor, no se rompe.

El futbol, como todo lo que importa, produce una espera perfectamente desproporcionada a lo esperado. Nos pasaremos lo que falta hasta el domingo, horas y horas, imaginando la infinitud de esa hora y media. La inversión de tiempo que le haremos a esos dos tiempo de 45 va a ser un despilfarro: como todo lo que importa, un despilfarro.

Como siempre he tratado de estar con los débiles, me alegro de que un equipo tan rematadamente triste y anodino como el tuyo, un equipo de corifeos del sí se puede –grito que no insiste en la posibilidad de lo imposible sino en la suposición de lo deseado como imposible, grito de melancolía- le haya ganado a esa colección de millonarios aburridos que se dignaron usar, por un par de semanas, la celeste y blanca.

Habría que buscar mucho para encontrar cuatro partidos seguidos de Messi sin un gol: la Argentina no logra utilizar su arma biológica. Cuando el mejor del mundo juega un papel para moscas –atrayendo a los contrarios para que sus compañeros tengan más espacio- es que algo decisivo no funciona. Que no lo sería tanto si el resto compensara. Pero sólo nos quedan los arrestos, y algún día se van a acabar los regalos, los contrarios culposos, los árbitros piadosos, y va a haber que organizar jugadas.

Paso a la tarea más bien ociosa de valorar la justicia en la cancha. El error del árbitro es parte del juego; por eso se parece a la vida, esa experiencia azarosa donde de pronto orinas sangre o encuentras un billete de cien dólares en el asiento del taxi. Ante argentina, el árbitro nos jodió pero no mucho. Como Rosita Alvírez en el célebre corrido, México «estaba de suerte: de los tres tiros que le dieron, sólo uno era de muerte». El verdadero problema no es que el árbitro pueda equivocarse, sino que la FIFA se equivoca al elegirlos. Sudáfrica 2010 es un bazar de jueces incompetentes. ¿En qué escuela de ciegos fueron reclutados? El árbitro y el asistente que hundieron a Inglaterra olvidaron el método más sencillo para analizar lo real: abrir los ojos. El mexicano Marco Antonio Rodríguez, que ya acuchilló a Chile, tiene otro defecto: ignora que ya se inventó el criterio. Nació para tomar dictado o ser dictador, no para discernir. Si un equipo pierde 0-2, basta una tarjeta amarilla para que sepa que está en apuros. A no ser que se trate de un foul de amputación, el color dela mostaza es preferible al de la sangre.

Cuando comenzó la proyección entendimos por qué el 3-D cautiva poco. Brasil y Chile salieron a la cancha. En la oscura cavidad del cine, sentimos que eso había sido filmado. La televisión permite ver el resto de la vida: a un metro de la pantalla tu hermana se acerca con las quesadillas y a tu lado el teléfono suena como un promotor que desea ficharte para el infierno. Eso indica que vives en tiempo presente y que el partido pertenece a la confusión de tu existencia. En cambio, el cine suspende la temporalidad: no hay otro hecho que el partido que parece creado en Hollywood o en una Play Station. Es como en el cuento de Borges y Bioy, donde conjeturan que el futbol carece de realidad y sólo se escenifica en televisión como una performance para los aficionados.

Futbolistas tácticos, que es lo peor que puede ser un futbolista.

España juega al futbol: es, digamos, la contracara de la Argentina: un equipo que juega, juega, juega, y se empacha de juego: no hace goles porque se ve que les da pena deshacerse de la pelota con la que tanto se divierten. Es el famoso, tan mentado tiquitaca; si yo no tuviera un pasaporte español me haría hincha de España: es un placer mirarlos. Sus jugadores son un prodigio extraño, sobrevivientes del peor darwinismo futbolístico: especímenes que tienen que competir en la liga más compradora para hacerse un lugar en el mundo –en un sentido demasiado literal. Lo consiguieron con el argumento de un estilo extrañamente catalán, y dominan con una autoridad inesperada. En este punto, la única razón para suponer que España no va a ganar este Mundial es el peso de la tradición: la que dice que nunca llegan, que se pinchan, se apichonan, abatatan –que se desinflan antes. La tradición está perfectamente establecida, y la creen tanto ellos como sus rivales: es eficaz, operativa. Las tradiciones, por supuesto, están hechas para deshacerse pero, mientras eso no pasa, es tonto subestimar su peso.

El efecto Mourinho, la tentación de perder el futbol con el pretexto de ganarlo.

Llama la atención que el obsesivo Rajevac, estupendo entrenador de Ghana, no haya revisado suficientes historias clínicas para saber que Abreu venía del pabellón donde se inventan realidades. El pase a semifinales dependía de su disparo. Minutos antes, Gyan había estado en la misma situación. El ghanés actuó como un tirador normal: disparó con fuerza y colocación, y falló por unos centímetros. El loco no necesitaba ejemplos para su carácter, pero Gyan le dio uno: Ghana perdió con un disparo lógico. Llegaba el turno de la sinrazón. El Loco tomó suficiente impulso para que el portero se fijara en las piernas y en los ojos, es decir, en lo que no iba a ocurrir. El enorme Kingson se venció: «Yo sé quién soy», se dijo Abreu, como don Quijote en pleno delirio, y lanzó un tiro que hubiera detenido un niño de ocho años. Pero en la puerta nadie estaba de pie.

Sin nuestros favoritos en el campeonato, hemos pasado a una región espantosa: ¡ahora podemos ser objetivos!

Alberto Onofre, volante de embrujo que se fracturó en el último entrenamiento para el Mundial de 1970. Llovió esa tarde en la Ciudad de México, Onofre se resbaló y chocó contra el defensa Juan Manuel Alejándrez. Se fracturó la tibia y el peroné. Fue así como mi generación supo que existían esos huesos. México eras sede del Mundial por primera vez y vivíamos en trance de futbolitis. Nuestras ilusiones se habían depositado en el jugador de la Chivas que alternaba las funciones de enganche y delantero. Iniciaba los lances en la media cancha para darle un pase a un jugador que por casualidad era él mismo. Leí la noticia de su fractura en Acapulco, en las vacaciones previas al Mundial. Hasta ese momento, mis rarezas nocturnas habían tenido que ver con el sonambulismo. A los 14 años, ante el oleaje sin tregua del Pacífico, descubrí el insomnio. La Selección había perdido al dueño de la brújula. Una ambulancia se llevó al mejor de los nuestros, todavía con el uniforme puesto. Ya en el quirófano, pidió que no le quitaran la camiseta de la Selección. Intuía que no volvería a usarla. Aquel golpe terminó con su carrera pero también con la de Alejándrez, que no se repuso de la culpa. Agustín del Moral escribió un muy buen libro sobre el tema. Ahí narra la curiosa relación entre los protagonistas del suceso. La vida volvió a reunirlos en esos encuentros de ex futbolistas que no saben qué decirse porque siempre se habían comunicado por medio de un balón. Se saludan con cortesía, preguntando por sus familias. No mencionan la tragedia que decidió su suerte.

España no tiene ese problema: es uno de los pocos países compradores, uno de los pocos cuyos seleccionados se arman con jugadores que juegan en sus –dos- equipos. Todos de clase alta y ninguno con la idea de que es más: así, arman un conjunto, co-laboran, juegan como si jugaran. A los dos, parece, mi querido, nos duele España –de maneras distintas. A ti te mata de tedio, a mí de envidia. Es cierto que no hacen goles –te decía, quieren tanto a la pelota que les da pena soltarla hacia el arco-; es cierto que el partido de ayer fue, durante mucho rato, perfectito, que es el contrario exacto de perfecto. Pero, aun así, qué placer ver esa avidez por la pelota, y ese cariño: no hay mayor forma de adoración por un objeto que la tacañería más extrema. Es lo que, en otros estadios, solemos denominar pasión. España la quiere toda y no la presta. Decíamos que Brasil había perdido como perdió porque se apartó de su esencia y jugó ese futbol neorrealista, tan italiano; creo que no dijimos que la Argentina perdió como perdió porque persistió en su esencia: la de considerar que «estamos condenados al éxito» y Dios es argentino y somos tan bueno que no necesitamo laburá.

No hay que quejarse demasiado porque el aburrimiento es parte esencial del futbol. Sólo quien ha visto pésimos partidos entiende la importancia del taconazo mágico que Xavi Hernández le dio a Villa para el gol contra Portugal. Nos faltaron milagros. Eso nos autoriza a seguirlos esperando.

Una de las cosas que no me gustan del futbol es que, en su mundo, las incertidumbres duran demasiado poco. Cuentan que a Chou Enlai, jerarca comunista y chino, le preguntaron en 1965 qué opinaba de la Revolución Francesa de 1789. –Todavía es muy pronto para saber. Dicen que dijo.

Esa extraordinaria generación de futbolistas nos ha llenado de alegría en otros juegos y era digna de triunfar. Es una lástima que su alegría provenga de un partido horrible, pero no siempre la emoción está a la altura de la realidad. Aunque insistió en fracturar a más un contrario, Holanda tuvo dos gestos de nobleza en el partido. Después de una falta, los holandeses trataron de devolverle la pelota a España, el Jabulani dio un salto de los suyos y Casillas tuvo que despejar a córner. Van Persie no cobró la falta sino que le devolvió la pelota a quien le correspondía. Después de la derrota, los holandeses tuvieron otro gesto: hacer un pasillo de honor para los triunfadores. Los piratas tienen sentido del honor.

Es cierto que no tiene estrellas [España], y que Iniesta –que es todo lo contrario de una- se ha convertido en su estrella accidental, su enana blanca, porque solo hace un gol cuando realmente no queda más remedio. Es cierto que tiene una defensa invicta y sin embargo su figura siempre es el arquero. Es cierto que ha salido campeón con una sucesión de 1 a 0 que el Getafe firmaría. Es cierto que gana todos por puntos y ni uno por nocaut, pero es que si además de jugar lo que juega metiera más goles sería un equipo perfecto –sería el Barcelona. Y ya queda dicho que en el imperio del futbol de mercado ninguna Selección puede ser mejor que tres o cuatro empresas futbolísticas italobritohispanas. Así que me quedé contento de que haya ganado un equipo de futbol –una expresión banalizada donde la palabra equipo y la palabra futbol no suelen significar gran cosa. […] Lo he pensado mucho, y he llegado a la conclusión de que la mejor jugada del Mundial fue el penal picado por el venerable abuelo Abreu. Era el momento decisivo: el último tiro de una serie, el que podía definirla y darle al Uruguay su mejor posición en medio siglo. Cualquiera hubiera hecho la ortodoxa: fuerte, media altura, si es posible esquinado –y, de últimas, si el arquero te la para nadie te puede echar la culpa, mala leche. En cambio el picarla es puro despilfarro: si sale bien es un gran chiste, carcajada del Guasón; si sale mal es la crucifixión sin tercer día, el final sin revancha posible. Abreu se mandó porque tenía ganas de joder, de ser el que se jugó la vida a un cuatro de copas y ganó, de romper con la lógica de la producción, de cagarse en la tapa del piano. Algo así, supongo, es el arte. Me imagino cómo estarán los españoles, los envidio alguito, pero admiro a unos pocos: la prórroga del partido de ayer fue lo más visto en la historia de la televisión española, con 90.3% de cuota de pantalla, más de 16 millones de personas. Lo cual significa que, pese a todo, mientras tanto, el 9.7% de los televidentes miraban otra cosa: quedan esperanzas. Estos días recordé con frecuencia el final –argentino- del Mundial 2006. Alemania acababa de acertar el último penal; en casa, frente al televisor, siete y ocho nos mirábamos cariacontecidos, y mi hijo se levantó sin sombra de tristeza y dijo bah, yo soy de Boca.

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Dios es redondo

Juan Villoro.
Creo que fue por el periódico que me enteré de la existencia de este libro y pues sabiendo que habla de futbol me llamó la atención y traté de encontrarlo en electrónico, sin poder conseguirlo. Por lo mismo, me decidí a comprarlo; creo que ha sido el primero libro que compro en unos tres años, prácticamente desde que tengo la palm y desde la última vez que fuí a la feria del libro en el Zócalo del DF, cuando todavía estaba en Blitz.
El libro me pareció excelente y altamente recomendable, nunca había leído al autor pero es muy práctico: parece una plática de futbol entre amigos. Un detalle que encontré, es que el capítulo VI está dedicado al primer mundial del nuevo siglo, Corea-Japón 2004, cuando en realidad ese mundial fue en el 2002. Un error de dedo… supongo.

Los milagros del fútbol ocurren de tanto en tano, pero n dejamos de aguardarlos.

Aunque se mencionana ejemplos en los que el raciocinio ha intervenido para mudar de entusiasmos, el fanático de raza no recusa a los suyos, así reciban golizas de escándalo.

Para un aficionado al futbol, el resultado se puede dividir entre los contrincantes, sin que esto sea un desdoro.

…el espectador acepta en forma tácita que verá lo inimaginable, y que eso le va a gustar muy poco. La situación sería equivalente a la de ir a un concierto donde la orquesta armara trifulcas, los violinistas desafinaran y sólo a veces se produjera el raro milagro de la música. Así es el futbol, algo que no sucede o sucede a medias o sucede mal, pero insinúa en todo momento que puede componerse.

El futbol es un juego sencillo en el que 22 jugadores disputan un balón y al final siempre gana Alemania. [Gary Lineker]

Holanda sólo ganará el mundial cuando sea menos feliz y se deje afectar por complejos y frustraciones que hasta ahora desconoce.

El futbol ofrece una de las condiciones más propicias para la vida intelectual, durante buena parte del partido, se practica sin hacer nada. Corres lejos de la pelota, te detienes, te amarras los zapatos, gritas cosas que no te escuchan, escupes, cruzas una mirada tensa con un contrario, recuerdas que no cerraste la puerta de la azotea. La mayor parte del tiempo el jugador no es otra cosa que la posibilidad de un futbolista.

… la amenza principal del veterano no llega con su deterioro, sino con los número en la banda que anuncian la entrada de un novato.

… se escucha a Maradona como si también opinara con el pie izquierdo.

A veces una pérdida produce el efecto de revelar lo que siempre había estado allí pero solo podía potenciarse en ausencia.

Zidane ha pisado a sus adversarios en el vientre o les ha propinado cabezazos sin dejar de parecer un santo.

En las situaciones que casi nunca pasan pero pasan, un gladiador agraviado vale más que un crack.

Las canchas existen para que la gente se dé vacaciones de sí misma y puede adorar dioses en camiseta.

El fan auténtico sufre pero se resigna, acepta la lluvia como el reporte meteorológico de su atribulado corazón.

Los equipos se relacionan cada vez menos con sus seguidores. El Barcelona puede alinear a siete holandeses.

… al aficionado sólo le importa la eternidad que vive en ese momento.

… los escritores tendemos a sobredimensionar la experiencia, a pensar no tanto en lo que oímos sino en sus posibles desarrollos. (Vila-Matas)

… nada es tan ingrato como administrar el talento ajeno…. es más difícil arreglar un texto ajeno que escribir uno propio.

Cuando Platini logró tres tantos en un partido de la Eurocopa 84, le preguntaron cuál había sido su secreto: “es mu sencillo: metes un gol izquierda, otro con la derecha y otro con la cabeza”.

Soy de la idea de que el buen entrenador debe haber sido, si no mediocre, por lo menos claramente imperecto. (Valdano).

… el jugador se acostumbró tanto a recibir órdenes que no sabría qué hacer con la libertad en caso de tenerla. (Valdano).

Al final, los únicos contratos que valen son los de los jugadores que no rinden o se lesionan. En cambio, los jugadores que son no digamos figuras excepcionales sino titulares, te golpean la puerta todos los días para que les mejores el contrato. (Valdano).

Dios es redondo