El gallo de oro

Juan Rulfo

El gallo de oro

El gallo de oro


Obra póstuma de tipo édita del gran escritor Juan Rulfo basada en las andanzas de un gallero que con tal de ganar dinero, cambia el palenque por la sala de juegos, con la esperanza de que su mujer continúe dándole la buena suerte. Además contiene una colección de muy buenos relatos. Calificación de 9.5

Édita: obra que, aun cuando no hubiera sido publicada, sí hubiera sido representada con anterioridad a su presentación al llamado, inclusive de forma parcial.
Chincual: entusiasmo o excitación por realizar una actividad.
Pochiche: árbol sin follaje durante la eflorescencia (Es la propiedad que presentan algunas sales y óxidos hidratados de perder su agua de hidratación o agua de cristalización por exposición al aire, para transformarse en un hidrato inferior o en un sólido anhidro).
Atiriciado: concerniente, relativo y perteneciente a la atiricia y de la ictericia de una anomalía médica como una coloración de color amarilleo.
Venadear: Asesinar a una persona en el campo, a mansalva y despiadadamente.
Agorzomar: Acosar, molestar hasta el cansancio, hostigar, acatarrar.

Contra la mala suerte no se puede.

– ¿Por qué no me avisaste que estabas muerta, Bernarda?

El miedo es la cosa que más miedo le tiene a la soledad.

Los vivos son los que son una vergüenza. ¿No lo crees tú así? Los muertos no le dan guerra a nadie; pero lo que es los vivos, no encuentran cómo mortificarle la vida a los demás. Si hasta se medio matan por acabar con el corazón del prójimo. Con eso te digo todo. En cambio a los muertos no hay por qué aborrecerlos. Son la gran cosa. Son buenos. Los seres más buenos de la tierra.

Ya casi era de día. Olía a día, aunque la tierra, las puertas y las casas seguían a oscuras.

Y ahora sé por qué antes no me gustaba pedir favores, y es que no me gusta aceptarlos.

Uno debe vivir en el lugar donde se encuentre uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados. Espero que me regañes por escribirte quejidos en lugar de hablarte del amor que te tengo, pero es que la forma como me siento tenía que decírsela a alguien. Y tú naciste para que yo me confesara contigo. Quizá más tarde te cuente hasta mis pecados. Ojalá estés bien y tan bonita como ninguna (iba a decir como siempre, pero me acordé de que a veces te pones muy fea, por ejemplo cuando me regañas).

No tengo sentimientos. Sólo recuerdos. Malos recuerdos. Lo poco que había de bueno en mí se fue al cielo con mi alma, en la última lágrima de mis ojos. Quiero darles un consejo. Cuando vayan a morir, lloren. Traten de cualquier modo de forzar el llanto, aunque sea una gota. Ése es el camino del alma. Hagan por echar fuera su alma del cuerpo, porque si no sufrirán en todo el más duro e insoportable dolor que le es dado al hombre.

Y otra cosa. No hagan llorar a los demás. Es una condena que perdura y pesa sobre los mismos muertos. En los vivos desaparece; pero en los muertos sigue permaneciendo, porque la muerte es permanente.

Yo pienso en el tiempo que ha pasado desde el día en que ella murió, pues cuando murió yo me quedé solo. Ella, que tan apurada anduvo por mí mientras vivió, al morir se le olvidó por completo encargarme a alguien para que me cuidara. En aquel tiempo yo tenía diez años. Y no, no me encargó con nadie.

Ya estaba yo todo ampollado de amarguras; ella las borró con sólo mirarme y dejar que la viera. Y es que ver a una mujer como uno quisiera verla, sin nada entre ella y uno, sino únicamente la mirada de los ojos, es para volverse loco y perder el habla de repente. Esto tuvo que causarme buen efecto. Es lo que yo pienso.

Miro a la pared desde hace un rato y pienso en lo que acabo de contarles y pienso también en la manera de arreglármelas para que ella, mi tía Cecilia, estuviera viva. Pero no, nadie está vivo; ni mi padre que aquí vivió y al cual no llegué a conocer; ni mi madre tampoco, nadie más. En la pared sólo hay descarapeladuras y manchas de alguna cosa que alguien tiró ahí hace mucho tiempo. Adonde no quiero mirar es al techo, porque en el techo, atravesando las vigas, sí que hay alguien vivo. Sobre todo en la noche, cuando prendo un cabito de vela, aquella sombra que hay en el techo se mueve. No se crea que es una figuración mía; es algo que conozco: es la figura de Cleotilde. Cleotilde también está muerta; pero no bien a bien. A Cleotilde yo la maté, sin embargo. Yo sé que todo lo que uno mata, mientras uno siga vivo, sigue viviendo. Eso es lo que pasa. Hace casi ocho días que yo maté a Cleotilde. Le di muchos golpes en la cabeza, grandes y duros golpes, hasta que se quedó quietecita. No es que yo le guardara tanto rencor como para matarla; pero un momento de coraje es un momento de coraje y en eso estuvo todo.

Me la comía con los ojos, pero escondía mis manos para que no fueran a tentalear por su cuenta; las acomodaba debajo de la almohada, muy juntas, deteniéndose la una a la otra, por si alguna no aguantara el chincual de tentar aquel cuerpo azul que estaba a mi lado. Luego me ponía a esperar que Cleotilde tuviera ganas de abrazarse a algo.

Nos dijeron: “Su padre ha muerto”, en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a mitad del sueño dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatalas, pero necesarios.
-Su padre ha muerto.
Yo soñaba que tenía un venado en mis brazos. Un venado dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido.
-Se le acabó la vida.
Era hora del amanecer, tan sombría, tan sin color, sin ningún color. En que todo está tan lejano. Y tuve que llorar, y tener que oprimir el corazón para que soltara su jugo. Forzarlo hasta el llanto. A un corazón que sueña casi dormido, para golpearlo con el martillo de la pena y hacerle sentir su dolor. Hice eso, sólo por llorar. Por no gemir en silencio.

Escondía mis manos para que no fueran a tentalear por su cuenta; las acomodaba debajo de la almohada, muy juntas, deteniéndose la una a la otra, por si alguna no aguantara el chincual de tentar aquel cuerpo azul que estaba a mi lado. Luego me ponía a esperar que Cleotilde tuviera ganas de abrazarse a algo.

Anuncios

El llano en llamas

Juan Rulfo

Colección de Cuentos cuyo eje rector es la muerte, así como las costumbres y lugares mexicanos. Los cuentos que más me gustaron son: La noche que lo dejaron solo, Paso del norte y El día del derrumbre. Volvemos al resúmen en cinco palabras. Calificación de 8.5.
El llano en llamas

El llano en llamas

Nos han dado la tierrra. Hasta en las mejores familias. (Historia de abuso en la repartición de tierras).
La cuesta de las comadres. El dulce sabor de la venganza. (El eterno conflicto entre familias).
Es que somos muy pobres. Siempre existe la excusa perfecta. (Las hijas de una familia se dedican a darle gusto al cuerpo y no debido a su posición social).
El hombre. Si no soy un adivino. (Persecución de un asesino y la posterior declaración de un inculpado).
En la madrugada. Estar en el momento equivocado. (El patrón reacciona mal ante el amor, le cuesta la vida. Hay un culpable).
Talpa. Cuando los deseos se cumplen. (Deseo cumplido de cuñados incómodos).
Macario. Yo sólo quiero mi leche. (Las vivencias de un niño).
El llano en llamas. La vida en la revolución. (Andanzas de un revolucionario).
Diles que no me maten. Una súplica equivocada sin respuesta. (Un anciano desesperado por salvar su vida implora la ayuda de su hijo).
Luvina. Donde el aire da vuelta. (Crónica de un profesor en un pueblo fantasma).
La noche que lo dejaron solo. Cuando llegar tarde es seguro. (Un joven salva la vida por su lento caminar).
Paso del norte. Estabamos mejor cuando estabamos peor. (Un hombre busca mejorar su nivel de vida).
Acuérdate. Tan bueno que se veía. (Repaso de la “genealogía” de conocidos de un difunto para dar con su identidad).
No oyes ladrar los perros. Hasta el amor tiene limite. (Un padre se preocupa por su hijo solamente por el recuerdo de su madre).
El día del derrumbe. La politica y su retorica. (rónica de la visita del gobernador a un pueblo recien azotado por un temblor).
La herencia de Matilde Arcángel. El sonido de la flauta. (Un padre culpa a su hijo de la muerte de su esposa).
Anacleto Morones. Nadie sabe para quien trabaja. (Andanzas de un grupo de mujeres en busca del testigo clave).para la canonización de un peculiar personaje.

Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.

Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas.

Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.

“Subió por aquí, rastrillando el monte -dijo el que lo perseguía-“. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. “Eso lo perderá.”

El que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.

Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno.

Me gusta matar matones, créame usted.

No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.

Después sintió que se le nublaba la cabeza y que caía rebotando contra el empedrado del corral. Quiso levantarse y volvió a caer, y al tercer intento se quedó quieto. Una nublazón negra le cubrió la mirada cuando quiso abrir los ojos. No sentía dolor, sólo una cosa negra que le fue oscureciendo el pensamiento hasta la oscuridad total.

Y ahora ya ve usted, me tienen detenido en la cárcel y que me van a juzgar la semana que entra porque criminé a don Justo. Yo no me acuerdo; pero bien pudo ser. Quizá los dos estábamos ciegos y no nos dimos cuenta de que nos matábamos uno al otro. Bien pudo ser. La memoria, a esta edad es engañosa; por eso yo le doy gracias a Dios, porque si acaba con todas mis facultades, ya no pierdo mucho, ya que casi no me queda ninguna. Y en cuanto a mi alma, pues ahí también a El se la encomiendo.

Cuánto miedo sentía de no tener ya remedio.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir.

No queremos verlos, pero si los vemos los matamos.

Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado.

-¿Dónde está la fonda?
-No hay ninguna fonda.
-¿Y el mesón?
-No hay ningun mesón
-Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
-Sí, allí enfrente… unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran…Han estado asomándose para acá… Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos…
Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer…
Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
-¿Qué país éste, Agripina? Y ella volvió a alzarse de hombros.

Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.

Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘!Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.’
Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
-¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?
Les dije que sí.
-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de gobierno.
Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el gobierno no tenía madre.
Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.

Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las mismas horas.

Si la campana no repica es porque no tiene badajo.

Nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache, que siempre le. quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Entonces fue allí ni más ni menos donde me agarró el temblor ese que les digo y cuando la tierra se pandeaba todita como si por dentro la estuvieran rebullendo. Bueno, unos pocos días después, porque me acuerdo que todavía estábamos apuntalando paredes, llegó el gobernador; venía a ver qué ayuda podía prestar con su presencia. Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté, allá metido en su casa, nomás dando órdenes. En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se le haya caído la casa encima, queda muy contento con haberlo conocido.¿

Y a la hora de los discursos se paró uno de sus acompañantes, que tenía la cara alzada un poco borneada a la izquierda. Y habló. Y no cabe duda de que se las traía. Hablo de Juárez, que nosotros teníamos levantado en la plaza, y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que estaba encaramado en el monumento aquel. Siempre creímos que podía ser Hidalgo o Morelos Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de ellos, allí les hacíamos su función. Hasta que el catrincito aquel nos vino a decir que se trataba de don Benito Juárez.

Lo que me dolió aquí en el estómago, que es donde más duelen los pesares, fue que se hubiera olvidado ese atajo de pobres diablos que íbamos a verla y nos guarecíamos en el calor de sus miradas.

Ya uno no sabía si era pena o coraje el que sentía por la muerta.

¿Desde cuándo no te confiesas?
-¡Uh!, desde hace como quince años. Desde que me iban a fusilar los cristeros. Me pusieron una carabina en la espalda y me hincaron delante del cura y dije allí hasta lo que no había hecho. Entonces me confesé hasta por adelantado.

-No sabía que tenías marido. ¿No eres la hija de Anastasio el peluquero? La hija de Tacho es soltera, según yo sé.
-Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy senorita, pero soy soltera.
-A tus años haciendo eso, Micaela.
-Tuve que hacerlo. Qué me ganaba con vivir de señorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.

-Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una?
-¿Quién?
-El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor.

Pedro Páramo

Juan Rulfo.

Inquietante novela de difuntos y aparecidos, con una narrativa 100% mexicana y con tintes revolucionarios.
Juan Preciado intenta cumplir la promesa a su madre agónica: ir a Comalá en busca de Pedro Páramo, su padre; pero sorpresivamente se encuentra enterrado con la amiga de su madre en el mismo ataud y platicando con ella… encontró la muerte … qué imaginación!… estar en la caja de muerto, oyendo las pláticas de otros difuntos y las pisadas arriba de la tumba… ay nanita!
Al final ya no se sabe quién está vivo y quién está muerto. Calificación de 8.5, sobre todo porque la segunda parte se dedica a contar las tropelías de Pedró Páramo y su vástago… aunque.. qué no la novela es Pedró Páramo?!?!
Pedro Páramo

Pedro Páramo

Allá me oirás mejor. estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.

Aquí no hay dónde acostarse -le dije. -No se preocuper por eso. Usted ha de venir cansado y el sueño es muy buen colchón para el cansancio.

Miraba caer las gotas iluminadas por los relámpagos, y cada vez que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba, pensaba en ti, Susana.

Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy. -No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto.

Mejor no hubieras salido de tu tierra. ¿Qué viniste a hacer aquí? -Ya te lo dije en un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión. -¿La ilusión? Eso cuesta caro.

Estoy comenzando a pagar. Más vale empezar temprano, para terminar pronto.

Nadie vino a verla. Así estuvo mejor. La muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas.

-Ve con Dios, Gerardo. -¿Qué dijo usted? -Digo que Dios te acompañe.

¿Por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo, o qué?

Ya te he dicho que hay que estar con el que vaya ganando.