El principio del placer

José Emilio Pacheco

El principio del placer

El principio del placer

Seis cuentos variados que van del primer amor adolescente, hasta historias de desaparecidos. Calificación de 9. Se incluye resúmen en 5 palabras!

*El principio del placer. El dolor del primer amor. (Diario que un adolescente lleva en donde narra la historia de su primer amor).
La zarpa. Cuando el destino nos alcance. (Las diferencias entre la amiga fea y la bonita, se acortan con la edad).
La fiesta brava. Cualquier parecido con la fantasía. (Un escritor y sus intentos por reiniciar su carrera de la mano de un ¿amigo?)
*Langerhaus. Todos tenemos una doble vida. (Un hombre y su intento por desaparecer su alter ego).
Tenga para que se entretenga. Algo así como los otros. (La misteriosa historia de la desaparición de un niño).
*Cuando salí de La Habana, válgame Dios. Crónica de un viaje trágico. (Un viejo pasajero relata el viaje de Cuba a Nueva Yor, pasando por Veracruz y que no termina de la mejor manera).

Qué risa les daría a mis compañeros de escuela enterarse de que yo también ando con estas mariconadas. El profesor Castañeda nos recomendó escribir diarios. Según él enseñan a pensar. Al redactarlos ordenamos las cosas. Con el tiempo se vuelve interesante ver cómo era uno, qué hacía, qué opinaba, cuánto ha cambiado.

Me encantan los libros pero el profesor de gimnasia nos dijo que leer mucho debilita la voluntad. Nadie entiende a los maestros, uno dice algo y el otro lo contrario. Escribir tiene su encanto: me asombra ver cómo las letras al unirse forman palabras y salen cosas que no pensábamos decir. Además lo que no se escribe se olvida: reto a cualquiera a decirme día por día qué hizo el año anterior.

Al terminar las clases me quedé en el centro con la esperanza de ver a Ana Luisa cuando saliera de la tienda. Me subí al mismo tranvía Villa del Mar por Bravo que toma para regresar a su casa. Hice mal porque Ana Luisa estaba con sus amigas. No me atreví a acercarme pero la saludé y ella me contesté) muy amable. ¿Qué pasará? Misterio.

No he escrito porque no pasa nada importante. Ana Luisa no vuelve todavía. ¿Cómo puedo haberme enamorado de ella si no la conozco?

Me extraña que alguien pueda asesinar por una mujer tan vieja y tan fea como la tamalera. Yo creía que sólo la gente joven se enamoraba…

Después de mucho dudarlo, por la tarde esperé a Ana Luisa en la parada del tranvía. Cuando se bajó con sus amigas la saludé y le puse en la mano un papelito: Ana Luisa: Estoy enamorado de ti. Me urge hablar contigo a solas. Mañana te saludaré como ahora. Déjame tu respuesta en la misma forma. Dime cuándo y dónde podemos vernos, o si prefieres que ya no te moleste. Luego me pareció una metida de pata la última frase pero ya ni remedio. No me imagino qué va a contestarme. Más bien creo que me mandará al demonio.

-¿Y qué piensas?
-¿De qué?
-De lo que te decía.
-Ah, pues no sé. Dame tiempo.
-Ya tuviste mucho tiempo: decídete.
-¿Cómo quieres que me decida si no te conozco?
-Ana Luisa, yo tampoco te conozco y ya ves…
-¿Ya ves qué?
Estoy enamorado de ti.
Me sonrojé. Estaba seguro de que Ana Luisa iba a reírse. Pero en vez de contestarme me tomó de la mano como si no estuviéramos rodeados de gente, en plena terraza entre el salón de baile y la playa. No quiso que la invitara a tomar nada. Nos fuimos caminando por el malecón hasta el fraccionamiento Reforma. Me sentía feliz aunque con miedo de que alguien de la casa nos descubriera. Porque se supone que aún no estoy en edad de andar con mujeres; intentarlo es un delito que arruina los estudios y el desarrollo normal y debe castigarse con la pena máxima. No sé, el placer de caminar con su mano en mi mano, cerca de Ana Luisa que es tan hermosa con su cara tan bella y su cuerpo perfecto, valía todos los riesgos. Al fin Ana Luisa habló:
-Bueno, debo confesarte que tú también me gustas.
Quedé en silencio. Me detuve a mirarla.
-Pero hay un problema.
-¿Cuál?
-Eres como dos o tres años menor que yo. Voy a cumplir dieciséis. -Qué importa. -¿De verdad? -Claro que no importa. Se acercó a mí. La abracé. Nos besamos. Quisiera escribir todo lo que pasó después. Pero acaban de llegar mis hermanas. Sería fatal que leyeran esta libreta. Voy a guardarla en lo más hondo del ropero. Sólo apunto que me sentí feliz y todo salió mil veces mejor de lo que esperaba.
Noche a noche me he reunido con Ana Luisa en el malecón y nos hemos besado en la oscuridad. No he escrito por miedo de que alguien pueda leerlo. Pero si dejo de escribir no quedará nada de todo esto. Ni siquiera tengo una foto de Ana Luisa. Se niega a dármela, ya que si la encuentran mis hermanas…

Ana Luisa habla bien: ¿por qué escribirá en esta forma? Debe de ser porque no lee.

-Gracias por escribirme. Me he acordado mucho de ti. Nos vemos mañana al salir del trabajo. Y ahora, para disimular, comunícame con la Nena.

Pasaré una tarde y una noche horribles. No resisto el deseo de verla.

Iba a medio metro de Ana Luisa, la miraba sin atreverme a abrir la boca. Después de haberle escrito cartas no sabía qué decirle ni cómo hablarle ante extraños.

Ana Luisa me contó que mis hermanas la saludaron muy fríamente. Es decir, ya se sabe todo en la casa… Por nada del mundo dejaré a Ana Luisa.

El director me mandó llamar a su despacho. Dijo que mis calificaciones van para abajo en picada y mi conducta fuera de la escuela es ya escandalosa. Si no me corrijo de inmediato, hablará con mi padre y le recomendará que me interne en Hijos del Ejército, que es como una correccional. El maldito sapo capado me echó un sermón. Insistió en que no tengo edad para andar con mujeres que me van a perder y a volverme un guiñapo. La sexualidad es una maldición que lanzó Dios contra el género humano y la única manera de encauzarla es dentro del matrimonio, sentenció el muy hipócrita. ¿Pensará que nadie se entera de cuando para el ojo que le bizquea mirándoles las piernas a las muchachas?

Me quedé helado. Luego me encerré en mi cuarto y me puse a llorar como si tuviera dos años. Ahora trato de calmarme y hago un esfuerzo por escribir aquí. No puedo creerlo, no soporto la idea de que nunca más volveré a ver a Ana Luisa. Es terrible, es horrible. No sé, no sé. No entiendo nada.

Mil años después llegaron las cosas que habíamos dejado en México, entre ellas el baúl en que mi madre guarda las fotos. En vez de estudiar o de leer me pasé horas contemplándolas. Me cuesta trabajo reconocerme en el niño que aparece en los retratos de hace ya mucho tiempo. Un día seré tan viejo como mis padres y entonces todo esto que he vivido, toda la historia de Ana Luisa, parecerá increíble y más triste que ahora. No entiendo por qué la vida es como es. Tampoco alcanzo a imaginar cómo podría ser de otra manera.

Su padre se hizo multimillonario en el régimen que está por acabar. A muchos que conocemos les pasó lo mismo. Si en México la mayoría de la gente es tan pobre ¿de dónde sacarán, cómo le harán algunos para robar en tales cantidades?

No entiendo cómo es uno. El otro día sentí piedad al ver a los animales asesinados en el patio trasero de mi casa y hoy me divertí pisando cangrejos en la playa. No los enormes de las rocas sino los pequeños y grises de la arena. Corrían en busca de su cueva y yo los aplastaba con furia y a la vez divertido. Pienso que en cierta forma todos somos cangrejos: cuando menos se espera alguien o algo viene a aplastarnos.

Qué injusto es todo: la que amo me rechaza y repudio a la que me quiere.

Yo temblaba sin poder dar un paso. No creía en lo que estaba viendo. Era el final de una pesadilla o de una mala película. Porque en la tierra no pasan tantas cosas o al menos no suceden al mismo tiempo. Era demasiado y a la vez era cierto.

Vine a pie hasta la casa, con ganas de llorar pero aguantándome, con deseos de mandarlo todo a la chingada. Y sin embargo dispuesto a escribirlo y a guardarlo a ver si un día me llega a parecer cómico lo que ahora veo tan trágico… Pero quién sabe. Si, en opinión de mi mamá, esta que vivo es “la etapa más feliz de la vida”, cómo estarán las otras, carajo.

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara. Si alguien nace fea por fuera la gente se las arregla para que también se vaya haciendo horrible por dentro.

La tardanza es el peor augurio.

Las palabras finales que escuché de su boca fueron las que en México disimulan la eterna despedida: “A ver cuándo nos vemos”. Los dos sabíamos muy bien que no íbamos a reunimos jamás.

De todos modos pensé: la gente de mi edad llega al poder como una concesión a esa juventud que se rebeló en 1968 y a la que ya no pertenecemos. Es decir, escala posiciones sobre los muertos del 2 de octubre en Tlatelolco.

Los árboles de ese lugar tienen formas extrañas, se hallan como aplastados por un peso invisible. Esto no puede atribuirse al terreno caprichoso ni a la antigüedad. El administrador del Bosque informó que no son árboles vetustos como los ahuehuetes prehispánicos de las cercanías: datan del siglo XIX. Cuando actuaba como emperador de México, el archiduque Maximiliano ordenó sembrarlos en vista de que la zona resultó muy dañada en 1847, a consecuencia de los combates en Chapultepec y el asalto del Castillo por las tropas norteamericanas.

Otro periódico sostuvo que hipnotizaron a Olga y la hicieron creer que había visto lo que contó. En realidad el niño fue víctima de una banda de “robachicos”. (El término, traducido literalmente de kidnapers, se puso de moda en aquellos años por el gran número de secuestros que hubo en México durante la Segunda Guerra Mundial.) Los bandidos no tardarían en pedir rescate o en mutilar a Rafael para obligarlo a la mendicidad.

Esto sí no es problema: en México siempre que se busca un cadáver se encuentran muchos otros en el curso de la pesquisa.

Dicen que la mejor manera de ocultar algo es ponerlo a la vista de todos.

Churruca fue el almirante español que en 1805 perdió la batalla de Trafalgar contra Horatio Nelson, una bala de cañón le arrancó una pierna, Churruca siguió dirigiendo sus naves con el cuerpo metido en un barril de harina para frenar la hemorragia, se desangró pero murió de pie como un héroe.

Idiotez sentir celos, cómo exigir fidelidad a quien no tiene compromiso alguno conmigo, ni siquiera soñó en este encuentro, sería terrible enamorarme de ella, qué diablos, siempre me .pasa lo mismo, en vez de gozar del presente ya me entristece la futura nostalgia por el ahora que no volverá.

¿cómo pudo pasarnos lo que nos pasó, cómo vamos a vivir en un mundo que ya es otro mundo?

Anuncios

Las Batallas en el desierto

José Emilio Pacheco

Recuerdos escolares y familiares, se mezclan con la remembranza de un amor prohibido de la niñez: la mamá del mejor amigo. Y luego las consecuencias por la osadía de confesar el amor y que se magnifican por la moral de la época del México contemporáneo, que florecía bajo el gobierno de Miguel Alemán. Calificación de 10.
Las Batallas en el desierto

Las Batallas en el desierto

Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.

Para el impensable año dos mil se auguraba -sin especificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.

En los recreos comíamos tortas de nata que no se volverán a ver jamás. Jugábamos en dos bandos: árabes y judíos. Acababa de establecerse Israel y había guerra contra la Liga Árabe. Los niños que de verdad eran árabes y judíos sólo se hablaban para insultarse y pelear. Bernardo Mondragón, nuestro profesor, les decía: Ustedes nacieron aquí. Son tan mexicanos como sus compañeros. No hereden el odio.

Soy de la Irgún. Te mato: Soy de la Legión Árabe. Comenzaban las batallas en el desierto. Le decíamos así porque era un patio de tierra colorada, polvo de tezontle o ladrillo, sin árboles ni plantas, sólo una caja de cemento al fondo.

El ganador de millones y millones a cada iniciativa del presidente: contratos por todas partes, terrenos en Acapulco, permisos de importación, constructoras, autorizaciones para establecer filiales de compañías norteamericanas; asbestos, leyes para cubrir todas las azoteas con tinacos de asbesto cancerígeno; reventa de leche en polvo hurtada a los desayunos gratuitos en las escuelas populares, falsificación de vacunas y medicinas, enormes contrabandos de oro y plata, inmensas extensiones compradas a centavos por metro, semanas antes de que se anunciaran la carretera o las obras de urbanización que elevarían diez mil veces el valor de aquel suelo; cien millones de pesos cambiados en dólares y depositados en Suiza el día anterior a la devaluación.

Dicen en mi casa que están robando hasta lo que no hay. Todos en el gobierno de Alemán son una bola de ladrones.

Nadie escoge cómo nace, en dónde nace, cuándo nace, de quiénes nace. Y ya no vamos a entrar en la guerra de los recreos. Hoy los judíos tomaron Jerusalén pero mañana será la venganza de los árabes.

¿Por qué tendrán tantos baños las casas ricas mexicanas?

Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria. Voy a conservarlo entero porque hoy me enamoré de Mariana.

Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza.

Todos somos hipócritas, no podemos vernos ni juzgarnos como vemos y juzgamos a los demás. Hasta yo que no me daba cuenta de nada sabía que mi padre llevaba años manteniendo la casa chica de una señora, su exsecretaria, con la que tuvo dos niñas.

Querer a alguien no es pecado, el amor está bien, lo único demoníaco es el odio.

“Mi mayor placer”: Subirme a los árboles y escalar las fachadas de las casas antiguas, la nieve de limón, los días de lluvia, las películas de aventuras, las novelas de Salgari. O no: más bien quedarme en cama despierto. Pero mi padre me levanta a las seis y media para que haga ejercicio, inclusive sábados y domingos. “Lo que más odio”: La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los árboles o los destruyan; ver que tiren el pan a la basura.

Cuando escuché que se había endrogado creí que Héctor debía dinero, pues en mi casa siempre se les llamó drogas a las deudas. (En este sentido mi padre era el perfecto drogadicto.) Más tarde Isabel, mi hermana mayor, me explicó de qué se trataba.

El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio.

Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.