Besando mis rodillas

Jesús Adrián Romero

Besando mis rodillas

Besando mis rodillas


En este libro, Jesús Adrián Romero nos da su punto de vista sobre distintos temas de actualidad, con algunas ideas poco ortodoxas, lo que le ha valido que ha últimas fechas su popularidad haya decaído. Puede uno estar de acuerdo o no, pero hay que leerlo para conocer. Calificación de 8.5

Veranda: es una galería o porche techado abierto.​

La misión de Editorial Vida es ser la compañía líder en satisfacer las necesidades de las personas con recursos cuyo contenido glorifique al Señor Jesucristo y promueva principios bíblicos.

Los conceptos de este libro no traen resolución, más bien te presentan un espacio para que puedas continuar su composición.

En una ocasión escuché a alguien decir que cuando estaba en casa anhelaba estar de viaje y cuando estaba de viaje anhelaba estar en casa. Será que ¿no encontramos nuestro hogar?

Casi siempre el inicio de la vida cristiana parece una eterna primavera. Los nuevos creyentes no conocen el invierno o el desierto. Están viviendo una luna de miel, pero la luna de miel no dura todo el tiempo. Tenemos que dejar de ser niños, tenemos que crecer, madurar.

El verano es un tiempo de mucho trabajo, de mucho sol, de crecimiento y cosecha. En esta etapa, la tierra es fértil y nuestros esfuerzos dan fruto, los ministerios florecen, las iglesias crecen.

La necesidad nos enseña… nos ubica… nos regresa al centro. Así que después de la cosecha y la abundancia, después de las conquistas y las vacas gordas, inevitablemente llegará el otoño y con el otoño llegarán los días grises. El otoño es un tiempo de cambio, parecido a la primavera pero al revés. Las flores se secan y comienzan a morir. Las hojas de los árboles se apergaminan y empiezan a caer. El viento sopla y la lluvia cae. Los días se hacen más cortos. El cielo se nubla y nuestra actitud también.

Durante el otoño, muchos sufren de depresión y ansiedad, y aunque suene a tabú, los cristianos también sufren de depresión y ansiedad, y van a terapia con el psicólogo. La depresión y la ansiedad son sentimientos que vienen con el otoño espiritual, y con mucha frecuencia son el resultado de haber perdido la conexión con Dios, esa conexión que nos da vida, significado e identidad. En el otoño muere el verano, y mientras más productivo haya sido nuestro verano, más gris veremos nuestro otoño, porque es mucho más lo que estamos perdiendo, mucho más lo que estamos dejando. Muchos se aferran a cosas que tienen que soltar; un ministerio, una relación, un sueño… y aunque el otoño no siempre significa que dejaremos de hacer lo que estábamos haciendo, sí significa que vienen cambios. Durante los otoños, el trabajo que antes era un deleite se convierte en una carga. Entonces, los resultados que antes se lograban con facilidad, ahora se alcanzan con mucha dificultad. Al igual que en los veranos, nos cansamos, pero este tipo de cansancio nos quita el sueño, y a veces sufrimos de insomnio, nuestra mente da vueltas y quisiéramos poder apagarla. Este es el tiempo de la rutina. Caminamos en automático… hacemos las cosas por inercia y responsabilidad más que por pasión.

En el invierno enfrentamos la desesperanza y perdemos la confianza.

Por mucho tiempo no entendí a las personas que piensan en el suicidio, tenía compasión de ellas pero no las entendía. Mi mente decía: con tanta belleza, tanta vida, tanta alegría, tantas cosas buenas, ¿cómo puede alguien pensar en el suicidio? Y aunque nunca he pensado en el suicidio, sí he conocido por momentos la desesperanza del invierno, y cuando cruzas por un crudo invierno puedes llegar a entender a los que no tienen esperanza.

En el invierno todo muere y en el invierno espiritual debemos morir. Aunque la muerte suene como el fin, en la vida espiritual no lo es. Fue a través de la muerte que Jesús triunfó sobre sus enemigos.

Cada invierno es un tiempo para pensar en las cosas que deben morir en nosotros. Mientras más tiempo nos tome entenderlo, más largo será nuestro invierno.

Hay ministerios que deben morir para descubrir lo nuevo que Dios tiene para nosotros. No podemos dar la bienvenida a Isaac si nos hemos conformado con Ismael. Aunque en los inviernos Dios parece distanciarse, es cuando más cerca está de nosotros. Jesús camina a nuestro lado, pero como los caminantes a Emaús, no le reconocemos porque nuestros ojos están vendados. Es durante los inviernos que más oramos y, aunque nuestras oraciones parecen no encontrar respuestas, es cuando más crecemos. Curiosamente, después de haber atravesado un invierno, después de haber pasado por una situación devastadora en la vida, la mayoría de las personas dicen: fue lo mejor que me pudo haber sucedido.

No hay crecimiento espiritual sin invierno.

Lo largo de nuestro invierno dependerá de qué tan dispuestos estemos a morir.

Somos parte de una generación que se ufana de practicar una fe urbana, moderna y sofisticada, pero el peligro de practicar una fe moderna es que podemos perder la conexión tan necesaria con el pasado.

Hay tres ramas de la iglesia cristiana; la católica, la evangélica y la ortodoxa. La ortodoxa es la más antigua de todas. Sus orígenes datan de los primeros apóstoles. Se encuentra mayormente en el Medio Oriente y partes de Europa. Turquía tiene algunas de las iglesias más antiguas del cristianismo.

Para los artistas religiosos de la antigüedad había una diferencia entre pintar una pintura y crear un icono. Aunque ambos eran hechos por un artista, la pintura se pintaba mientras que el icono se escribía, por eso es que ese tipo de cuadros con iconos eran llamados iconografías. A través de los iconos contaban la historia bíblica, la historia de la redención y la fe. Los iconoclastas eran los destructores de iconos. Así es la iglesia moderna.

Nuestras reuniones tienen muy poco misterio. Somos parte de una generación que quiere entender y solucionar todos los rompecabezas. Queremos resolver el misterio de Dios.

Las oraciones litúrgicas son oraciones escritas. Algunas de ellas se escribieron hace cientos de años y han sido utilizadas por creyentes ortodoxos a través de los siglos. Estas oraciones están llenas de Biblia e historia.

La iglesia se ha convertido en un ejército de personas que visten, piensan, cantan, adoran y oran de la misma manera. Al desarrollar este tipo de iglesia estamos menospreciando la inmensa creatividad de Dios. Dios nos hizo distintos, y debemos practicar la vida espiritual de distintas maneras.

Por mucho tiempo rechacé mi temperamento hasta que un día me di cuenta de que los dones y el llamado que Dios tenía para mí iban a fluir a través de mi temperamento, y empecé el proceso de aceptarme tal y como Dios me había hecho. Algo muy interesante empezó a suceder, un río de canciones empezó a surgir dentro de mí. Lo que sucedió fue algo muy simple, acepté mi temperamento de músico. Como tal, soy melancólico, introspectivo y hasta bohemio, y al aceptarlo, el don de Dios de la música empezó a fluir en mí.

Los artísticos crecen espiritualmente a través de expresiones de arte. Muchas personas artísticas se sienten incómodas con expresiones emocionales fuera de control.

El problema moderno no es el escepticismo, sino la credulidad.

Molesto con los judíos que estaban instigando a los gálatas a circuncidarse, Pablo les dice que deberían de castrarse. «¡Ojalá que quienes los molestan no sólo se circunciden, sino que de una vez se lo corten todo!» (Gálatas 5.12, TLA).

La Biblia no es como cualquier otro libro, pero se debe de leer como se leen otros libros. La diferencia estará en lo que provoca en nosotros.

Para que la palabra penetre, necesitamos leerla, disfrutarla, meditarla e impregnarnos de ella hasta que penetre y llegue hasta los tuétanos.

Hay tantas historias que nos van a desafiar y nos llevarán a cuestionar muchas cosas. Al leer la historia del joven rico debe hacer que nos preguntemos: ¿estaría yo dispuesto a venderlo todo y darlo a los pobres? La historia de la negación de Pedro. ¿Actuaría como Pedro? ¿Haría yo lo mismo? ¿Lo negaría? ¿Cuántas veces has luchado con esos pasajes? ¿Cuántas veces después de leer este pasaje has cuestionado tu fidelidad, tu amor, tu fe, tu cristianismo? A menos que experimentes la Biblia de una manera interactiva, no la has leído.

Después de pensarlo muchas veces me di cuenta de que ambos, Abraham e Isaac, estaban llenos de temor, pero confiados en su padre. Isaac estaba confiado en su padre Abraham, y Abraham estaba confiado en su padre Dios. Ese enfoque me llevó a cuestionar si yo realmente confío como lo hicieron Isaac y Abraham. El pasaje me ha hecho interactuar muchas veces.

«Hagamos tres enramadas» (Marcos 9.5), dijo Pedro cuando el monte en el que estaban se convirtió en un santuario. Aquí me quiero quedar, aquí me siento seguro. Los santuarios son lugares de refugio donde nos sentimos seguros. Cuando David huye de Saúl, está luchado por sobrevivir, sabía que en cualquier momento le podían quitar la vida. Muchos de los salmos que hablan de confianza fueron escritos por David en estos días difíciles de persecución. En su huida, David encuentra refugio en el santuario en Nob, donde Abimelec era el sacerdote y allí es alimentado de pan. El pan consagrado, el pan de la presencia. Además de haber llegado con hambre, David también había llegado al santuario sin espada, y le pide una al sacerdote. Abimelec le responde que la única espada que tenía era la del filisteo Goliat, y David la toma diciendo que no podía haber otra mejor. Cuando David sale del santuario, ha sido fortalecido físicamente y lleva en sus manos la espada de Goliat. Una espada que representaba el respaldo de Dios a su vida. En el santuario, Dios nos recuerda nuestras victorias y recobramos la confianza.

Tradicionalmente se relaciona la palabra «santuario» con la palabra «iglesia» o el lugar donde la gente se congrega para adorar, pero hay una generación emergente que está descubriendo un santuario en su lugar de trabajo, en su escuela, en la casa donde viven y hasta en el baño. Dios está presente en su creación, declara el poeta/profeta: «Toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6.3).

Hemos encerrado a Dios en las cuatro paredes de un templo, pero Dios está en todas partes y el mundo entero es un santuario.

Eugene Peterson nos dice en su libro Leap Over a Wall: «En los textos bíblicos ser ungido significa que Dios te dio un trabajo. Significa empleo. Se nos está diciendo que hay un trabajo para hacerse, nos ha asignado un trabajo y lo podemos hacer». Jesús fue ungido para su trabajo, David fue ungido para el suyo y después se va al palacio del rey a trabajar como escudero y a tocar el arpa. El ser ungido para el trabajo no se limita al trabajo «espiritual».

El trabajo dignifica, nos da valor y propósito. Nos lleva a proveer para los nuestros.

Haz de tu lugar de trabajo un santuario. Mira las cosas que tienes y que tu trabajo ha provisto. La ropa que usas, los zapatos que traes puestos, la comida que tienes en el refrigerador o en la alacena, la mesa en la que comes, el coche que conduces, aunque no sea mucho es mejor que nada. Dile al Señor gracias porque hay comida para dar en esta casa. Te doy gracias porque pude pagar el recibo de electricidad, el recibo del agua.

Me suena lógico que mientras más cerca estás de Dios, más creativo serás, pero algo sucedió con el arte y los cristianos. De repente se empezó a pasar el arte por un filtro de supuesta espiritualidad por el que muy pocas cosas pueden pasar, y el arte empezó a ser rechazado. El único arte que realmente se acepta en la iglesia es la música.

En muchas ocasiones he estado con algunos de mis músicos escribiendo y de repente surge una melodía, una canción. Sabes que cruzaste el umbral de la creatividad. Se te eriza la piel, sabes que algo extraordinario acaba de suceder, te conectaste con esa voz creativa. Realmente no puedes tomar demasiado crédito por lo que acaba de suceder, el único crédito que puedes tomar es el de haber sido sensible a esa voz creativa de Dios.

En las últimas décadas muchas personas en la iglesia se han vertido en contra de todo. En contra de Hollywood, el cine, las caricaturas, la música, la navidad, y la lista continúa. Dicen que el diablo está en La bella y la bestia, en La cenicienta, en Blancanieves. ¿Por qué será que los cristianos tan fácilmente encuentran al diablo en todo, pero difícilmente encuentran a Dios? ¿No dijo el profeta/poeta que toda la tierra está llena de la gloria de Dios?

De niño creía en Santa Claus, en Superman y en el ratón que me traía dinero cuando se me caía un diente y lo ponía debajo de mi almohada. Ahora que soy grande no creo en ninguno de ellos, pero todos ellos de alguna manera me invitaron a creer, me iniciaron en el campo de la fe y finalmente me dirigieron a Dios. ¿Por qué privar a nuestros hijos de una imaginación que los llevará a Dios? ¿Por qué privarnos nosotros de imaginar y encontrar a Dios en el arte?

La realidad es que si no tenemos relaciones significativas, aunque tengamos a Dios, seguiremos estando solos y fue Dios quien lo diseñó así.

C. S. Lewis tenía muchos amigos, y pasaba muchas horas disfrutando su compañía. En una de sus cartas preguntó: «¿Habrá un placer más grande que el de un círculo de amigos al lado de una fogata?». La gente más feliz es aquella que conecta, que se relaciona con los demás.

C. S. Lewis dijo: «El amor eros nos lleva a tener cuerpos desnudos, pero el amor fileo nos lleva a tener personalidades desnudas».

Como Adán y Eva, todos negamos nuestra necesidad de conexión y nos escondemos, pero no podemos estar siempre escondidos, algún día tendremos que salir de nuestra guarida.

No hay verdadera comunidad sin transparencia.

No hay sustituto para la verdadera comunidad, y no se puede dar en las redes sociales.

Cuando Dios ve a Adán y Eva con hojas de higuera cubriendo su desnudez, hace algo: «Dios el SEÑOR hizo ropa de pieles para el hombre y su mujer, y los vistió» (Génesis 3.21, NVI). Para darles estas pieles un animal tuvo que ser sacrificado. Este animal era una figura, una profecía de lo que Dios haría miles de años después a través del sacrificio del cordero del Dios que es Cristo Jesús. Así lo declara el autor de Hebreos. Él quiere limpiar tu conciencia para que seas libre, para que disfrutes la relación con Él y con los demás sin esconderte.

Los que son padres de niños con frecuencia se preguntan: ¿cómo les puedo enseñar a mis hijos acerca de Dios?, y aunque esta pregunta es relevante, hay otra pregunta que nos debemos hacer; ¿de qué manera pueden mis hijos enseñarme de Dios? ¿De qué manera mis hijos me pueden acercar a Dios?

En una ocasión cuando Jesús era niño se perdió, y sus padres no lo encontraban. Imagina tal situación, se les perdió, ¡Dios¡ Tal vez María le pregunta a José: «¿Has visto a Jesusito?». «¡Yo pensé que estaba contigo!», le responde José. «¡Y yo pensé que estaba contigo!», replica María. Se les extravió el creador de las galaxias. Después de haberlo buscado por tres días, lo encontraron en el templo hablando con los maestros de la ley, y como padres, cuando lo encuentran, se ponen a regañarlo. Primero pierden a Dios y luego lo regañan.

Los niños viven en un mundo diferente al nuestro. Ellos viven en un mundo espontáneo y natural, donde todo es personal. En cambio, nosotros los adultos dejamos de ser espontáneos y naturales. Nos volvemos almidonados, acartonados y desconectados, batallamos para las relaciones. Hay personas que no se hallan bien con nadie, aunque de niños no eran así.

La paternidad de nosotros los hombres apunta hacia la paternidad de Dios. Nosotros somos padres porque Él fue padre primero. Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar les dijo que empezaran diciendo: «Padre nuestro que estás en los cielos». Los únicos que nos pueden enseñar a ser padres y parecernos más a Dios son los niños.

Creo que tal vez esa sea la razón por la que inconscientemente no queremos que nuestros hijos crezcan. Nos acercan a Dios, nos hacen mejores personas. Queremos que se queden como niños un poco más de tiempo.

Dicen los expertos en ejercicio que si tú haces ejercicio constante por un periodo de tres años, tus células, que tienen memoria independiente, empezarán a actuar como si hubieras hecho ejercicio toda la vida. ¡Asombroso! Tú puedes tener cincuenta años de edad, y si el día de hoy empiezas a hacer ejercicio, en tres años tu cuerpo actuará como si hubieras hecho ejercicio toda la vida.

Una sinécdoque es un recurso del lenguaje literario que utiliza una parte de algo para referirse a un todo. Por ejemplo, cuando se dice que una señorita cumplió quince primaveras, se está utilizando la estación de la primavera (parte del año) para representar el todo (el año total).

Mi identidad estaba estrictamente ligada a mis actividades, yo era lo que hacía, y cuando dejé de hacerlo entré en una crisis de identidad.

Tim Keller, hablando del tema de buscar identidad en el amor y utilizando la historia de Jacob como ejemplo, dice que Jacob pensaba que Raquel vendría a darle lo que su alma necesitaba. Después de haber engañado a su padre y haber obtenido la bendición del primogénito a base de mentiras. Después de haber huido de la casa de su padre porque su hermano lo quería matar. Jacob está en una tierra lejana, solo y lejos de su familia. Tal vez está lamentando todo lo que había sucedido. Cuando ve a Raquel piensa que ella le solucionará todos sus problemas. Que le dará lo que realmente necesita. El escritor de Génesis dice que cuando Jacob la vio «la besó y rompió en llanto». Nunca he visto a un hombre romper en llanto de la manera que este pasaje lo describe. Jacob ve a Raquel como su salvación. Tan seguro está de esto que se dispone a trabajar siete años para que Labán se la dé en matrimonio, mucho más de lo requerido, pero a Jacob no le importa y los siete años le parecieron muy poco tiempo. El desenlace de la historia es conocido por todos. La noche de bodas, en medio de la oscuridad, Jacob no se da cuenta de que le cambiaron a la novia. En vez de dormir con Raquel, Jacob terminó durmiendo con Lea su hermana, la hermana mayor que no era tan atractiva como Raquel. Tim Keller dice: «Ninguna persona, ni la mejor, le puede dar a tu alma lo que necesita. Vas a pensar que te fuiste a la cama con Raquel pero cuando te levantes siempre será Lea».

¿Cuántas veces oramos por algo y continuamos preocupados? Decimos que hemos puesto las cosas en las manos de Dios, pero aún continúan en las nuestras. Creemos que somos nosotros los que vamos a cambiar las cosas y arreglar a las personas. Creo que a veces Dios no contesta nuestras oraciones porque no se lo permitimos.

Le pregunté si no estaba preocupada por lo que estaba pasando en casa y su respuesta inmediata fue que no. «En el momento en que puse esta carga en las manos de Dios, allí la dejé, ya no es mi carga; si no puedo descansar en Dios, entonces realmente no creo lo que dice su Palabra».

Cuando tomamos un día libre, cuando dejamos de hacer las cosas, y dejamos de preocuparnos por ellas, le estamos diciendo a Dios: mi vida es tuya, tú estás en contro, mi trabajo es tuyo, mi negocio es tuyo. Mi ministerio es tuyo.

«En paz me acostaré, y así mismo dormiré; porque solo tú, oh Señor, me haces vivir confiado» (Salmos 4.8). Hemos enfocado este versículo para poner a dormir a los niños, pero no es un versículo que los niños necesitan oír. Es un versículo para adultos que necesitan aprender a confiar y descansar en Dios.

Aunque como iglesia hablamos de ir por los perdidos y rescatarlos, hemos desarrollado una cultura para los triunfadores. Al igual que los hombres de David, se nos ha olvidado que en un tiempo nosotros también estuvimos rezagados. «David se fue de Gat y huyó a la cueva de Adulán […] Además, se le unieron muchos otros que estaban en apuros, cargados de deudas o amargados. Así, David llegó a tener bajo su mando unos cuatrocientos hombres». (1 Samuel 22.1–2, NVI)

La mayoría de los cristianos no saben cuáles son las preguntas que el mundo está haciendo porque no escuchan. Estamos fascinados con el sonido de nuestra propia voz y listos a dar respuestas. Y aunque nuestra respuesta sea la correcta, a la gente le suena a intolerancia, juicio, odio y condenación.

«Ciertamente el SEÑOR está en este lugar y yo no lo sabía» (Génesis 28.16, LBLA).

Nuestros días corren tan de prisa que no nos detenemos a mirar las zarzas que arden a nuestro alrededor.

La zarza está en llamas cuando me reúno con mis amigos y reímos hasta llorar. La zarza está en llamas cuando juego con mis hijos. Cuando paseo en bicicleta, cuando corro por los campos. La zarza está en llamas cuando veo el sol ponerse. Cuando veo las olas del mar llegar a donde están las rocas y las baña. Una antigua leyenda rabínica cuenta de dos hombres que tuvieron el privilegio de experimentar uno de los milagros más extraordinarios de la historia. Rubén y Simón eran parte de los cientos de miles que Dios liberó de Egipto a través de Moisés. Cuando salieron de Egipto, el ejército de Faraón los iba persiguiendo y llegaron al Mar Rojo. Ellos no estaban a un lado de Moisés cuando este pone su vara sobre el mar y se abre. Empezaron a caminar entre la multitud, sin darse cuenta de lo que estaba sucediendo, no sabían que estaban caminando en medio del mar que se había abierto. Había algo así como el lodo de arena que se hace cuando baja la marea en el mar y dice Rubén: «¡Esto es terrible!, ¡hay lodo por todas partes!». «¡Sí, qué asco!, responde Simón, estoy lleno de lodo hasta los tobillos». «¿Sabes qué?, le dice Rubén, cuando éramos esclavos en Egipto teníamos que hacer ladrillos de lodo, exactamente como este». «Sí, le contesta Simón, no hay diferencia entre ser esclavos en Egipto y estar libres aquí». Y así siguieron, quejándose y lamentándose, sin darse cuenta de que estaban participando de uno de los milagros más extraordinarios de la historia. Tal vez en este momento estés cruzando el mar. Tal vez ahora mismo estás pisando tierra santa y sea necesario remover el calzado. Tal vez en este momento el cielo se está conectando con la tierra en el lugar donde estás. ¿Te has dado cuenta?

Redimir también significa devolverle la dignidad y el valor a alguien que los ha perdido.

Tu prójimo son todos, especialmente aquellos que no son como tú.

Nuestra interpretación del amor está más de acuerdo al Antiguo Testamento que al nuevo. No amamos como Cristo amó, hacemos una distinción entre nosotros y ellos, entre los de adentro y los de afuera. Creemos en el amor condicional, el amor que se gana, el amor que se merece. Por eso tenemos la palabra amable. Alguien digno de ser amado. Lo experimento cada vez que viajo, en los aeropuertos, en los hoteles. «Gracias, eres muy amable». Como me trataste bien, me caíste bien, te trataré bien, eres digno de amor.

Hay mucha gente a nuestro alrededor que se siente devaluada, olvidada, sola y sin esperanza. Entender la obra redentora en su totalidad implica ayudar a las personas en sus diferentes problemas y regalarles esperanza, no ayudar a la distancia, sino ser amigo de los pobres y débiles. Hay tanto sufrimiento que necesita ser mitigado, tantos daños que necesitan ser corregidos, y aquí es donde entra la obra de la redención. Si cada creyente alrededor del mundo decidiera redimir a alguien, el mundo entero entendería más fácilmente el otro mensaje de la redención. Antes de predicar la redención debemos vivir la redención. Busca alguien a quién devolverle el valor, la dignidad, la honra… que Dios ponga en tu corazón a quién redimir. Cuando leí el versículo de Proverbios 23.10–11 que vimos anteriormente: «No cambies de lugar los linderos antiguos, ni invadas la propiedad de los huérfanos, porque su Defensor es muy poderoso y contra ti defenderá su causa», me quedé pensando en la frase «su defensor es muy poderoso». Seguramente no todas las personas que en el Antiguo Testamento decidían redimir a sus parientes eran poderosas. Seguramente había personas que con dificultad hacían la obra de la redención, pero este pasaje afirma, asume, que todos los defensores son poderosos. Esta es la razón: Cuando nos hacemos del lado de los marginados, nos hacemos del lado de Dios. Cuando decidimos redimir a alguien, estamos haciendo equipo con Dios. Cuando defendemos la causa de los pobres, los oprimidos y los débiles, nos hacemos parte de la causa de Dios. Dios es poderoso y quien decida ser parte de su equipo también lo será. No hay mejor inversión que podamos hacer en esta tierra que redimir al necesitado. «Si ayudas al pobre, le prestas al SEÑOR, ¡y él te lo pagará!» (Proverbios19.17, NTV). De la misma manera, el ignorar al necesitado es una receta para nosotros terminar en necesidad. «Los que tapan sus oídos al clamor del pobre tampoco recibirán ayuda cuando pasen necesidad». (Proverbios 21.13, NTV) «Al que ayuda al pobre no le faltará nada, en cambio, los que cierran sus ojos ante la pobreza serán maldecidos». (Proverbios 28.27, NTV)

Dios no creó el alimento solo para nuestro sustento, también para nuestro deleite.

La realidad es que en la cultura moderna la gente no come de una manera apropiada y mucho menos a la medida.

El comer kosher transforma el comer, llevándolo desde la perspectiva nutricional hasta el terreno de la fidelidad. Si mantienes una dieta kosher, el protagonista de tu comida no eres tú; es Dios.

Antes había cosas que no se comían por algunos meses del año porque no las encontrabas en el mercado. Era muy común que cuando quería comer algo, mi mamá me decía que no era temporada. Ahora encuentras todo en el mercado. Los mercados de antes asaltaban todos tus sentidos, olías y veías la carne de la vaca que acababan de traer del matadero. El pescado que había llegado en la madrugada del puerto más cercano parecía estar todavía vivo. Las verduras aún tenían tierra en sus raíces. Ahora todo lo traen de alguna parte del mundo. No anticipamos nada. No esperamos nada. El placer es inmediato porque todos los alimentos están a nuestro alcance. Tal vez esa sea la razón por la que en nuestra cultura no sabemos posponer la gratificación o la satisfacción en otras áreas. Estamos acostumbrados a que todo lo que queremos lo podemos tener ahora.

El sexo no sacia…

El sexo se ha convertido en el espejismo más engañoso. Promete mucho, pero cumple poco.

Los antiguos convertían las cosas buenas en ídolos. Los ídolos son cosas a las que les damos atributos que solo Dios posee. Cuando esperamos que el dinero, el trabajo, o en este caso el sexo vengan a llenar nuestros anhelos más profundos, los convertimos en ídolos.

Me fascinan los ruidos en las casas de madera. Crujen cuando sienten el calor, el frío y la humedad y a veces pienso que se acuerdan de cuando eran árboles.

«Ya sea que te desvíes a la derecha o a la izquierda, tus oídos percibirán a tus espaldas una voz que te dirá: “Éste es el camino; síguelo”». (Isaías 30.21, NVI)

A veces leemos libros, y a veces los libros nos leen a nosotros.

A veces he estado hablando con personas cuyos pensamientos se sienten dispersos. Parecen tener un déficit de atención. Platican, pero lo hacen volteando a los lados como buscando algo. Juegan con su teléfono y hacen de todo menos concentrarse. A veces me pregunto si Dios se sentirá así con nosotros. No ponemos atención. No estamos presentes.

En una ocasión, Jesús sanó a un hombre de ceguera. Después que puso sus manos sobre él, le preguntó qué era lo que veía. El hombre respondió que veía a los hombres como árboles. Jesús volvió a poner sus manos sobre él para que pudiera ver completamente bien. Tal vez lo mismo necesita suceder con nosotros. A veces nuestra visión no es lo suficientemente clara.

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Cenando con Jesús

Jesús Adrián Romero

Cenando con Jesús

Cenando con Jesús


El autor nos invita a tener una comunión más íntima con Dios, a conocerlo más de cerca y a aceptar la invitación que Jesús nos hace de acercarnos a su mesa, a cenar con Él y Él con nosotros, entendiendo que en una cena común con amigos, la charla y los temas que ahi se tratan, se basan en la confianza y la amistad. Calificación de 9.5

Es obvio que Dios, por su naturaleza infinita y sobrenatural, es difícil d entender y es complejo. Nuestra mente finita tiene una capacidad muy limitada para comprender lo que es Dios, por eso el Padre en su deseo de revelarse y acercarse a nosotros, lo hizo a través de su hijo Jesús, el Verbo hecho carne. Jesús en forma humana, era la imagen misma dela sustancia de Dios, pero a la vez era como cualquiera de nosotros. Él es el Creador del Universo, pero también es el hijo de un carpintero. Jesús construyó un puente entre nuestra naturaleza finita y la naturaleza infinita de Dios. Acercó lo lejano, tornó simple lo complejo, hizo a Dios personal y comprensible, aun para la mente de un niño de cuatro años.

Al leer los evangelios descubrí que le seguían e iban en pos de Él, porque en Jesús había una atracción especial. Él es el prototipo del hombre. Cuando el verbo fue hecho carne, Dios expresó a través de Jesús la idea que tenía en mente cuando nos creó. Jesús es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen misma de su sustancia, y es a la vez la mayor expresión de lo que significa “ser hombre”. Cualquiera se sentía atraído por Él. Hombres de influencia, religiosos, hombres comunes, niños y mujeres. Aun publicanos y prostitutas se encontraban entre aquellos que pública o secretamente lo admiraban y seguían. Las peregrinaciones de miles y miles de personas padeciendo cansancio y hambre para verlo y escucharlo, nos muestra la atracción que Jesús provocaba en ellos.

¿Has oído Su voz en la madrugada y decidiste dormir más tiempo? ¿Has oído Su voz en medio del ajetreado horario del día, y no pudiste separar tiempo para estar con Él? Jesús constantemente está llamando a la puerta de nuestro corazón, pero para muchos su voz pasa desapercibida.

En ocasiones su voz puede ser como un suave y ligero susurro, como el silbido apacible que escuchó Elías. Pero en estos días hay muchas voces que reclaman nuestra atención, voces estridentes que nos aturden con un sinnúmero de oferta.

La voz del enemigo puede llevarnos a la confusión. Elías prestó oído a la voz de Jezabel y terminó con una cueva lleno de temor (1 Reyes 19). Días antes, él había experimentado el poder de Dios de una manera sobrenatural. En el monte Carmelo, Elías actuó como un hombre de fe y poder. A través de su oración, fuego de Dios descendió del cielo, no sin antes burlarse de los profetas de Baal. Poco después, Jezabel le mandó un mensaje que lo hizo temblar y huir. Parece inconcebible, pero la realidad es que Elías prestó más atención a la voz de Jezabel y perdió la perspectiva de quién era Dios. Entre los momentos más susceptibles en nuestra vida, están aquellos que preceden a un gran triunfo. Todas nuestras victorias como hijos de dios son una afrenta para Satanás, y no se cruzará de brazos. Muchos nos dormimos en nuestros laureles después de una gran victoria. Nos gloriamos en nuestros triunfos y nos confiamos demasiado. Pero hacer esto es un gran error, porque después de una gran victoria en nuestra vida, Satanás arremeterá con todas sus fuerzas.

Cuando el pueblo de Israel era perseguido por los madianitas, vivían en cuevas. Cuando el ángel del Señor le habló a Gedeón, estaba sacudiendo el trigo para esconderlo de los madianitas en las cuevas donde vivían (Jueces 6). Las cuevas son un lugar de refugio, pero no para los hijos de Dios, “… nuestro refugio es el Dios de Jacob” (Salmo 46:7). El deseo del enemigo es que nos refugiemos en cuevas que él ha preparado para nosotros, pero esas cuevas son de soledad, oscuridad y temor. Cuevas de depresión y auto lástima. Dios habló a Elías en esa cueva y le preguntó: “¿Qué estás haciendo aquí=”. Ese no era el lugar adecuado para un profeta de Dios, como tampoco lo es para ningún hijo de Dios. Muchos se han refugiado en cuevas en vez de refugiarse en él. Viven en oscuridad, cuando Dios nos ha sacado de las tinieblas para que vivamos en Su luz admirable. La principal causa de la epidemia de depresión que en nuestros días afecta a muchos cristianos, se debe a que hemos dejado de oír la voz de Dios y estamos escuchando la voz del enemigo.

Aun nuestra mente puede volverse nuestro enemigo, cuando la dejamos desviarse. Entendí la importancia de traer cautivos los pensamientos a la obediencia de cristo. Entendí que el enemigo puede levantar fortalezas de argumentos en nuestra mente cuando no renovamos nuestros pensamientos cada día. También descubrí que mi corazón conocía más a dios que mi mente.

Cuando Aquel, en el cual está la plenitud, pone sus ojos sobre nosotros, nuestra vida es cambiada, por eso David oraba: “… pon los ojos en el rostro de tu ungido” (Salmo 84:9). Lucas nos cuenta que la noche que Pedro negó al Señor tres veces antes de que el gallo cantara, se encontraba en el patio de la casa del sumo sacerdote, y cuando le negó: “… vuelto el Señor, miró a Pedro… Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” (Lucas 22:61-62) Seguramente la mirada de Jesús estaba llena de perdón y gracia; y el mensaje que Jesús envió a Pedro, después de su resurrección, nos muestra que Él lo había perdonado. Cuando por alguna razón hemos desobedecido, sólo tenemos que buscar Su mirada que nos quiere llevar al arrepentimiento. El enemigo tratará de convencernos que estamos perdidos, pero Su mirada nos dice que hay perdón y gracia abundante.

En su casa el hombre se siente rey. Allí está su dominio, excepto cuando tiene un invitado muy especial. Entonces todo cambia. Cuando Jesús entró a la casa de Zaqueo, me imagino que Zaqueo se sentiría como el invitado. Tal vez estaba acostumbrado a recibir todas las atenciones, epro en esa oportunidad las cosas eran distintas. Jesús había entrado a su casa.

Cuando la presencia de Jesús llena nuestra vida o nuestra casa, nos inunda de tal manera que toma el control sin tener que pedirlo o sin tener que dárselo. En la mayoría de nuestras reuniones públicas actuamos como que si el Señor fuera el invitado y nosotros los anfitriones. Nos olvidamos que estamos en Su casa, e inclusive le cantamos “bienvenido a este lugar”. Pero cuando Su presencia realmente inunda nuestras reuniones, nos damos cuenta que nosotros somos los invitados, y que Él es el anfitrión porque toma control de todo. Nos olvidamos del horario, hacemos a un lado el programa, y por cualquier movimiento que necesitamos hacer, nuestra principal preocupación es: “¿Será del agrado del Señor?”. También es cierto que cualquier lugar que fue inundado por Su presencia , se vuelve Su casa. Por eso Jaco, después de haber experimentado la presencia de Dios en el campo, teniendo como almohada una piedra dijo sobre el lugar: “No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo” (Génesis 28:17).

Hay tanta oscuridad en los hombres, tanta confusión, tanta falta de dirección y sentido, pero Jesús es la luz de los hombres. En +El podemos encontrar dirección y sentido. Cuando está en nosotros, Su luz nos llena. Los rincones más escondidos de nuestra alma son alumbrados con Su presencia, y los pecados más escondidos son revelados para arrepentimiento. Aun como hijos de Dios, a veces vivimos en obscuridad. Especialmente cuando se trata de discernir la voluntad de Dios para nuestra vida. “¿Cómo descubrir la voluntad de Dios?”, es una de las preguntas más frecuentes, pero la respuesta es muy sencilla. Cuando tenemos comunión con la luz, todas nuestras dudas son disipadas y podemos ver claramente Su voluntad.

El día que las multitudes dejaron de seguir a Jesús y se fueron, porque la palabra que había predicado se les hizo muy dura, solamente quedaron los doce. Y la Biblia relata que Jesús se dirige a ellos y diciéndole: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67). Pero Pedro respondió como un hombre cuya vida giraba alrededor de la persona de Jesús. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). Pedro estaba diciendo: “Señor, si te dejamos, no tenemos a donde ir, ya no hay lugar para nosotros. ¿No ves que hemos dejado todo por servirte?”. Sin duda, Pedro tenía a donde ir, su casa, su familia, sus barcas, pero él había experimentado lo mismo que muchos de nosotros. Cuando lo conocemos y lo dejamos, ya no tenemos a donde ir. Si puedes imaginar tu vida sin Él, no lo has conocido. Si aún estimamos nuestra vida como preciosa, no lo hemos conocido. Si aún estimamos nuestras posesiones como imprescindibles, ¡no lo hemos conocido! Por eso el joven rico se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Si hubiera conocido al que le estaba pidiendo que vendiera todo lo que tenía, no lo hubiera pensado dos veces.

A los seres humanos nos atrae tanto la hermosura porque fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios. El modelo perfecto fue utilizado para crearnos. Cada vez que vemos a alguien, buscamos y admiramos la hermosura, la imagen de Dios en él. Pero la imagen de Dios en el hombre ha sido diluida por el pecado, y aun el concepto de la hermosura ha sido distorsionado porque no conocemos el modelo de la belleza. Por lo tanto, sólo cuando conocemos a Jesús llegamos a descubrir lo que la belleza realmente es.

Para los judíos de esa época, la santidad tenía que ver con la observación escrupulosa de la ley, las tradiciones, y las costumbres que gobernaban la vida religiosa. De manera similar en nuestros días, al oír la palabra “santidad” la gente inmediatamente la asocia con religiosidad y legalismos. Pero la santidad de Jesús era diferente. Era santo porque en Él no había señales de maldad. Era inocente. Era el único que podía recibir el título de “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) La Biblia dice que cada uno es tentado de acuerdo a su propia concupiscencia. El diablo conoce cuáles son las áreas en las que somos débiles, pero con Jesús, el diablo se “topo con piedra“. No encontró en Él ningún área de concupiscencia, porque Jesús era y es santo.

Cuando estamos delante de Él y contemplamos Su hermosura, descubrimos nuestra condición de pecado y experimentamos la gracia y el perdón; entonces nuestro corazón se desborda de agradecimiento.

¿Cuándo fue la última vez que perdiste el estilo por estar en la hermosura de Su presencia?

Después de llorar por un tiempo, esta mujer de la calle tomó un frasco de alabastro con perfume y lo quebró, derramándolo sobre Jesús. El valor de ese vaso con perfume equivalía a un año de salario. No era una baratija, no le estaba entregando al Señor las sobras. Le dio lo mejor que tenía. El Evangelio según San Marcos dice que algunos se enojaron y dijeron que tal demostración de amor por el Señor era exagerada. ¿Por qué será que está permitido emocionarnos por cosas de valor temporal, pero cuando nos emocionamos por el Señor, lo consideramos una exageración? Nadie critica a un joven cristiano por emocionarse frente a un gol hecho por su equipo de futbol preferido, pero cuando nos emocionamos por el Señor, lo consideramos “carnal”. No sé cuándo, pero en algún momento de la historia de la Iglesia, alguien enseñó que toda expresión física, toda demostración de afecto al Señor que involucrara movimiento de nuestro cuerpo, era del diablo. Hubo momentos en la historia de la Iglesia en lo que si alguien aplaudía o levantaba sus manos durante una reunión, le pedían que se detuviera o lo sacaban fuera del edificio. Esta enseñanza marcaba una separación entre “la carne” y el espíritu. Al decir carne, no me refiero a la naturaleza pecaminosa del hombre, sino a nuestro cuerpo. Esta lección comenzó a señalar una separación de la carne y el espíritu que no es bíblica. NO lo es porque no podemos separar nuestro cuerpo de nuestra alma o de nuestro espíritu Dios nos creó seres integrales, lo que sentimos en el alma se manifiesta en nuestra carne a través de diferentes movimientos y gestos.

El ecumenismo consiste en poner a todas las religiones del mundo bajo el mismo techo, para juntos alcanzar los mismos fines espirituales enseñando la paternidad universal de Dios. La cruda realidad es la siguiente: el cristianismo es una religión de absolutos, y formar parte de un concilio mundial de religiones, compromete lo que creemos. El resto de las religiones del mundo no tienen nada que perder al formar algún concilio porque sus enseñanzas son relativas. Creen que, además de Jesús, hay otras formas de llegar a Dios. Las diferentes religiones del mundo consideran a los cristianos “cerrados de la mente”, pero no es nuestra mente la que está cerrada, es la Biblia. Lo que creemos no está basado en nuestras opiniones sino en las Escrituras, por eso nuestra fe es de absolutos. De allí que el ecumenismo no funciona para nosotros, los cristianos.

Antes de Jesús, Dios era distante e incomprensible. Un aura de misterio rodeaba todo lo relacionado al Padre. Su mismo nombre era algo que los judíos no pronunciaban ligeramente. Después de Jesús, Dios se volvió personal y accesible. La imagen de un Dios distante y lleno de misterio fue cambiada por la de un Padre amoroso y compasivo al cual tenemos libre acceso. Este cambio fue producido por la persona de Jesús. Su vida, Sus enseñanzas acerca del Padre y la relación que tenía con Él, nos lo enseñó.

La palabra “comunión” del griego “koinonia”, hace referencia a una relación que sólo puede establecerse entre dos personas. Una relación interpersonal en la que hay intercambio de preguntas y respuestas, sentimientos, gestos y reciprocidad. ¡Qué maravilloso es darnos cuenta que podemos tener este tipo de relación con Jesús! Poder sentarnos a la mesa y tener comunión con Él. Aquí en la tierra podemos experimentar varios niveles de adoración, pero el más profundo es el que se genera cuando nos sentamos a la mesa con Él. Este es un nivel de adoración personal. El nivel máximo de adoración es apocalíptico, y se iniciará aquel día cuando estemos delante de su presencia, y su gloria lo llene todo de tal manera que nuestra individualidad, aquello que nos hace personas, se pierda en Él.

Algunos de estos amigos y familiares que nos visitan, tal vez será la única vez que lo harán por espacio de uno o dos años, pero esos momentos juntos nos hacen estrechar aún más nuestros lazos de amistad y profundiza más nuestro vínculo. Lo que esa noche experimentamos sostiene nuestra amistas por los siguientes meses o tal vez años.

Para que Él venga a visitarnos necesitamos hacer los preparativos. Debemos enderezar nuestras sendas torcidas y caminar de acuerdo a Su justicia. Debemos rellenar todo valle en nuestra vida, bajar todo monte y collado de altivez en nuestra mente y corazón; enderezar todo camino torcido en nuestra forma de vivir y allanar toda aspereza en nuestra conducta. Aunque las palabras anteriores son una paráfrasis del mensaje de Juan el Bautista predicando en el desierto, al preparar el camino para la venida del Señor, también pueden ser instrucciones para todo aquel que desea preparar el camino para que Jesús habite con él diariamente. Así como las cenas especiales requieren planeación y tiempo, la intimidad con Dios también lo demanda. Es necesario que preparemos nuestro corazón para que esté libre de las cosas que a Dios no le agradan. Las cenas especiales no son ligeras o triviales o superficiales. Son íntimas y profundas. Son prolongadas, pero no tediosas, porque se disfrutan.

El desayuno en la mayoría de los casos es visto como una necesidad, y muchos tienen con Jesús una relación de necesidad, una relación de desayuno.

El lado triste de la historia del hijo pródigo, es que no regresó porque extrañaba al padre, sino porque tenía hambre. No fue el corazón, sino el vientre lo que hizo al hijo pródigo volver a la casa de su padre. Todos volvemos a casa por la misma razón. A diferencia de nosotros, el Padre sí anhela nuestra presencia en casa. Él nos ha estado esperando. Cuando el hijo pródigo regresó, su padre no se limitó a suplir sólo su necesidad. Saciar su hambre era sólo el principio. El padre tenía mucho más. De la misma manera, Dios no solamente quiere darnos perdón y salvación.

Muchos creyentes viven como el hermano mayor o como Marta. Están involucrados en tantas cosas: células, reuniones, evangelismo, viaje misioneros, etc., pero no tienen intimidad con el Padre, no celebran, no hay gozo en su corazón. Definen su lugar sirviendo, y a veces, juzgando a aquellos que no actúan como ellos. Es cierto que como hijos de Dios tenemos que servir, tenemos que trabajar, pero eso no debe definir nuestra posición como hijos, eso no debe regir nuestra vida, eso es sólo una parte de nuestro caminar cristiano.

Anunciaré a mis hermanos (a ti y a mí) tu nombre. En medio de la congregación te alabaré. Hebreos 2:12

Todos conocen la historia. Dios deja a Satanás intervenir en la vida de Job y este desata una serie de ataques en su contra. Tragedia, muerte, destrucción y ruina. Después de todo esto: “Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:20-21). Después de perderlo todo: “Adoró”. La motivación de su adoración no eran las bendiciones ni la protección que Dios le daba. Dios mismo era la razón de su adoración. Me temo que mucho de lo que nosotros llamamos adoración, es realmente una forma de entretenimiento. Una manera de salir de la rutina. Si después que la música terminó, las luces se apagaron y la gente se fue, tu corazón sigue apasionado por Él, estás en el camino correcto; pero si con la música acaba tu adoración, eso realmente no es adoración.

Como director de alabanza, puedo decir que la música es la mejor forma de expresar mi adoración, pero la música por sí misma no es adoración.

La mayoría de los pecados se cometen cuando estamos lejos de la gente que amamos. Ningún joven peca frente a sus padres. Ningún hombre peca frente a su esposa. Ningún cristiano peca frente a su pastor. Regularmente los pecados son cometidos cuando estamos lejos de personas tan importantes.

La Biblia no da lugar a esta ambivalencia. Yo no puedo hacer una separación en mi vida de loas cosas espirituales y las no espirituales. Mi relación con Dios debe de afectar todas las áreas de mi vida: mi trabajo, mis relaciones, mis finanzas, mi educación, etc. Cuando Jesús no es parte de todo lo que hago, claudico entre dos pensamientos, sirvo a dos señores, y en vez de recoger, desparramo. Cuando vivimos así, caemos en un sinnúmero de pecados, pero cuando permitamos que Jesús entre en todas estas áreas de nuestra vida, seremos vencedores.

La adoración pública de la Iglesia tiene mucho poder, porque el Cuerpo de Cristo es la institución más poderosa sobre la faz de la tierra. A veces esperamos en sistemas políticos o gobiernos para resolver los problemas de nuestro ´país, y nos olvidamos que el poder para cambiar las naciones está en la Iglesia. Cuando nos reunimos a adorar juntos, unidos como Iglesia, la devastación que causamos en el reino de las tinieblas es cuantiosa. Jesús dijo acerca del poder de la Iglesia que “… las puertas del Hades no prevalecerán contra ella…” (Mateo 16:18). Pero es también muy cierto que la efectividad de la Iglesia sería mayor si cada miembro respaldara su adoración pública con una vida privada de oración.

Como hombre, estoy acostumbrado a consultar a Dios para asuntos “relevantes”, como por ejemplo su voluntad para este año, su guía para tomar decisiones importante, etc. Pero a través de mi esposa aprendí a tener una fe más sencilla. Ese es el tipo de fe que se requiere para escuchar Su voz llamando a nuestro corazón, para tener intimidad con Él.

Que hayamos salido de Egipto no significa necesariamente que hemos entrado a la tierra prometida. Muchos siguen dando vueltas en el desierto por continuar pecando.

Las personas tratan de saciar su hambre espiritual de muchas formas. En la actualidad, el pecado y sus diferentes representaciones han alcanzado niveles escandalosos. A través de los medios de comunicación se ha desatado una popularización y globalización del pecado sin precedentes. Todas estas formas de pecado son un grito desesperado en el corazón de las personas por el hambre de pan espiritual que hay en su alma, y no hallan como saciarla. Hace miles de años el profeta Isaías declaró a aquellos que buscan saciar su hambre espiritual, lo siguiente: “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?” (Isaías 55:2).

Jesús nació en Belén. Acertadamente “Belén” significa “casa de pan”; allí nació “el pan” que da vida a los hombres. El que rehúsa a Jesús rechaza lo único que puede suplir su necesidad primordial.

En la mayoría delos casos, el río que pasa delante de mí no es lo que fue en su nacimiento. A través de su trayecto recogió todo tipo de desechos. También fue alimentado de otras corrientes que cambiaron su color, su temperatura y su comportamiento. Si quiero conocer más cerca de ese río, de su verdadera esencia, necesito ir a su nacimiento, su fuente. Si nos remontamos a su origen y si éste se encuentra al pie de alguna montaña nevada, descubriremos lo cristalino de sus aguas, lo puro de su esencia. Allí no hay contaminación, su pureza sigue intacta. Los hombres también tenemos una fuente, un lugar de origen, una esencia. En nuestro recorrido a través de los años fuimos contaminados, afectados por muchas corrientes; y si queremos encontrar nuestra verdadera esencia, también tenemos que ir a la fuente. ¡La fuente es Jesús! En Él encontraremos la imagen cristalina y pura del verdadero hombre.

Necesito conocer a Jesús porque Él es mi hermano mayor. Es mi defensor y mi protector. Él está interesado en mi bienestar y me librará de la mano del enemigo. Él es mi aliado. Es mi hermano porque decidió despojarse de sí mismo y convertirse en un hombre como yo, por amor a mí. Tal vez hoy pienses que no eres digno de tan grande privilegio por las fallas en tu carácter, o por tu pasado, pero el autor del libro de Hebreos dice que Jesús no sólo es nuestro hermano, sino que además, no se avergüenza de llamarse como tal (Hebreos 2:11). ¡Qué alivio! Él no se avergüenza de llamarse nuestro hermano porque se identifica totalmente con nosotros. Él padeció lo mismo que nosotros para poder sentir lo mismo y pararse en la brecha a nuestro favor. Él está de nuestro lado, ya que por haberse hecho carne experimentó nuestras luchas. “Para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad…” (Hebreos 5:2). ¡Él también se sintió débil! A veces como líderes queremos hacer creer a la gente que no tenemos debilidades, que somos de hierro, que nada nos preocupa, que somos casi perfectos, pero esta actitud automáticamente nos descalifica para poder ayudar a los débiles y afligidos. Al hacer creer a la gente que somos casi perfectos, invalidamos el mensaje de la cruz. Este mensaje tiene que ver con el poder de la debilidad. Jesús fue un débil e inocente Cordero que enmudeció delante de sus trasquiladores.

El mensaje de la cruz está en la debilidad. Por eso el mensaje de la cruz es para aquellos que reconocen que no han podido vencer sus debilidades, para aquellos que necesitan perdón. Cuando somos perfectos dejamos de necesitar la cruz. En el cielo no habrá necesidad de recurrir a la cruz, porque entonces seremos como Él es; perfectos. Jesús dijo que los santos no tenían necesidad del médico. Entonces cuando nosotros creemos o le hacemos creer a la gente que no hay en nosotros debilidad, estamos diciendo que no necesitamos de médico, que no necesitamos a Jesús.

El temor era algo que Jesús experimentó como hombre. “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Marcos 14:34), le dijo a sus discípulos la noche que sería aprehendido. Rodeado de tanta gente, tal vez inundado por esos pensamientos de temor. Tal vez había interrogantes en su mente acerca de cómo afrontaría cada una e esas situaciones cuando se le presentaran. Tal vez se sentía inseguro… Fue entonces, en ese preciso momento, que escuchó la voz de Su Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti tengo complacencia” (Marcos 1:11). Qué palabras tan oportunas, ¿verdad? Momentos antes, Juan el Bautista había declarado proféticamente algo muy poderoso acerca de Jesús: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), pero estas palabras son eclipsadas en comparación a lo expresado por el Padre. “Tú eres mi hijo…”, una expresión de orgullo; “amado”, una expresión de amor; “en el cual tengo complacencia”, una expresión de deleite. Eso era lo que Jesús necesitaba oir, y esto es lo que todo hombre necesita: ser amado y afirmado por alguien.

Tal vez, al estar leyendo estas palabras piensas en ti mismo y en el hecho de que tal vez tú tampoco recibiste afirmación. Si puedes, deberías acercarte a tu padre y pedir su afirmación como lo hice yo. Te animo a que lo hagas, pero si no puedes hacerlo, estoy convencido que esa afirmación puedes recibirla de parte de Jesús; yo también la recibí. En un sinnúmero de ocasiones, estando a solas con Él me ha dicho que me ama y sentí su abrazo.

El menosprecio del pueblo hacía que los leprosos tuvieran una actitud servil, así que caminó lento y encorvado. A medida que el leproso se acercaba, la gente se movía a los lados alargando más y más ese pasillo… Entonces, por primera vez lo vio al fondo de ese pasillo humano. ¡Allí estaba Jesús, esperándolo! En su rostro no había menosprecio, más bien una gran sonrisa. En sus ojos no había rechazo sino aceptación. El leproso se aproximó lo más que pudo, pero guardaba distancia, y para asombro de él y de muchos, Jesús caminó y se acercó a él. Cuando estaba frente a frente, hizo lo inesperado… lo tocó. Si entendiéramos lo “mágico” que es para tanta gente en necesidad sentir el toque humano. Es mucho más poderoso que cualquier medicina. La madre Teresa decía que tenían medicinas para tratar la lepra, pero que estas no resolvían el problemas más grave de los leprosos: el sentirse rechazados. El corazón de este leproso saltó dentro de su pecho. Hacía tanto tiempo que no sentía el toque de una persona. Su aspecto era repugnante por lo avanzado de la lepra, aun así, Jesús lo miró a los ojos y lo tocó. Estoy seguro que si la historia hubiese terminado allí, hubiera tenido un final feliz. Si este leproso no hubiera recibido la sanidad física, hubiera recibido algo más preciado que eso. Hubiera sido aceptado… amado… afirmado. Este hombre hubiera regresado a la aldea de leprosos lleno de gozo diciendo: “¡Me tocó, me aceptó, me vio a los ojos y no me rechazó!”. Jesús también sanó al leproso. Le preguntó que era lo que quería y cuando le respondió que quería ser limpio, su deseo fue cumplido. Jesús lo sanó completamente. El apóstol Pablo nos asegura que “nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:6). No importa cual haya sido nuestra condición, no importa que otros no nos hayan aceptado, no importa que nadie nos haya amado. Él nos acepta y nos ama, “no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:5). Él nos ama como nadie jamás nos amará. Él es nuestro primer amor porque nos amó antes que nadie más nos amara. Nada puede darnos más seguridad y afirmación que saber que Jesús nos ama. En su amor no hay un “Quid pro quo” (una cosa por otra). Él nos ama incondicionalmente y nos acepta tal cual somos.

El amor de Dios provoca en nosotros una urgencia al cambio. Somos literalmente empujados a cambiar. Ninguna otra cosa provocará en nosotros el cambio deseado. Ni la más estricta disciplina, ni el más cruel castigo, sólo el amor de Dios. Las reglas no cambian el corazón de nadie, sino que mecanizan a las personas. Si les quitan las reglas volverán a lo mismo, pero el amor sí los cambiaría. La obediencia provocada por las reglas es temerosa y austera. En cambio, la obediencia provocada por el amor es alegre y llena de vida.

Las personas se hicieron esclavas de la ley, inclusive los judíos agregaron costumbres y tradiciones a la ley de Dios porque no podían cumplirla. Pensaban que agregando más reglas a la ley, les libraría de fallar, pero no fue así.

Antes de ser llevado al desierto para ser tentado, Jesús recibió una manifestación del amor de Dios. Cuando salió del agua después de haber sido bautizado por Juan el Bautista, se abrieron los cielos, el Espíritu Santo descendió en forma de paloma, y se oyó una voz del cielo que dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Después de esto fue llevado por el Espíritu Santo al desierto para ser tentado por el diablo y de allí salió vencedor. Jesús pudo vencer porque sabía que era el hijo de Dios. Jesús pudo vencer, porque sabía que era amado por el Padre, y se aferraba a ese amor para vencer. Es más fácil vencer las tentaciones cuando sabemos que hay alguien en casa que nos espera y nos ama. La mayoría de los jóvenes que luchan con problemas de promiscuidad vienen de hogares donde la manifestación del amor era escasa. Si tan solo supiéramos aquellos que somos padres, lo importante que es demostrar constantemente el amor a nuestros hijos, no se nos pasaría un día sin hacerlo. El amor es la fuerza más poderosa, aún más que cualquier arma, porque nos lleva a vencer la fuerza más destructiva en la tierra: el pecado. Cuando más pienso en el asunto me doy cuenta que evito pecar porque Dios me ama y yo lo amo. Él me amó con amor eterno y no quiero ofenderlo. Evito pecar porque mi esposa me ama y yo la amo. Evito pecar porque tengo tres preciosos hijos que me aman y yo los amo, y no quiero ofenderlos. Evito pecar porque Dios puso en mis manos una tarea que ministra su presencia y Su cuerpo, y no quiero defraudarlo. ¡Tengo suficientes razones para no pecar! ¿Y tú? Aunque el amor de Dios es motivación suficiente, el amor de nuestros seres queridos es motivación adicional.

El amor de Dios no es solamente para nosotros, sus hijos. Es también apra todos aquellos que esán lejos de Él. Su amor los atrae, Él no los rechaza. Los pecadores querían estar con Jesús porque sentían su amor. ¿Te has dado cuenta que a veces los pecadores no quieren estar con nosotros? ¿Te has dado cuenta que ven a la Iglesia como un lugar de juicio y condenación? ¿Será que no estamos predicando un mensaje de amor?

Tal vez en estos momentos podrás recordar tiempos mejores de tu vida, tiempos de prosperidad y bendición, tiempos de salud y abundancia. Cuando vivías en tal o cual ciudad. Cuando tenías un mejor trabajo. Cuando todo iba viento en popa en tus negocios. Cuando tus hijos estaban en casa y todo era felicidad. Cuando la relación matrimonial era mejor. Pero para muchos eso es cosa del pasado, sólo un recuerdo y un tema de conversación. De la misma manera, estos discípulos recordaban y hablaban de esos tiempos que se habían ido, porque Jesús ya no estaba con ellos. Había sido aprehendido, crucificado y sepultado, y ya era el tercer día y su promesa de resucitar de entre los muertos parecía apagarse. Mientras hablaban de todas estas cosas se les acercó un caminante y empezó a conversar con ellos. “¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?” (Lucas 24:17), les preguntó. Entonces comenzaron a hablar de su maestro, de su amigo, aquel que había caminado con ellos y les había permitido soñar de nuevo. Pero ahora ya no estaba entre ellos, había sido sentenciado a muerte y crucificado común criminal común, y agregaron: “Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido” (Lucas 24:21). A veces nos sentimos como los dos caminantes rumbo a Emaús, desilusionados y sin esperanza… Cuando una enfermedad nos ha derribado… Cuando la sanidad no ha venido… Cuando perdimos a un ser querido… Cuando pedimos todas nuestras posesiones… Cuando una crisis familiar nos ha abatido… Cuando problemas económicos azotan nuestra casa… Entonces caminamos cabizbajos, tristes y lklenos de desilusión. Cuando nos agobian los problemas, nuestro corazón clama por regresar a casa. Como el hijo pródigo, que al sufrir hambre y ver a los cerdos comer las algarrobas sintió deseos de regresar a casa. “Cuántos jornaleros en casa de mi apdre tienen abundancia de pan”, pensó, así que tomó la decisión diciendo: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré… “(Lucas 15:17-18). Cuando los problemas nos azotan anhelamos regresar a casa, pero el camino a Emaús no es el camino de regreso al hogar sino que es la dirección opuesta. Es un camino vacío de esperanza. Es el regreso a la rutina de siempre, una rutina vacía de Dios. Es el camino de la auto lástima y la conmiseración.

Cuando estamos a punto de tomar una decisión, decimos: “Como no sentía paz, no creí que fuera la voluntad de Dios, así que mejor decidí no hacerlo”. Esta forma de pensar no es totalmente bíblica, porque podemos estar en medio de una guerra en la que “no tenemos paz”, y estar en el centro de la voluntad de Dios. Jesús estaba en medio de una guerra desde el jueves en la noche que fue aprehendido hasta el momento de su muerte. Ese no era un tiempo de paz para Jesús. Eran días muy difíciles. Angustia y tristeza llenaban su corazón al grado de decirle al Padre: “Si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Si Jesús hubiera pensado: “No siento paz”, tal vez hubiera renunciado a la cruz, pero no lo hizo. Él sabía que la aflicción, la tristeza y el dolor, eran parte de la voluntad de Dios para su vida en ese momento. Para Jesús, el camino de la cruz era el camino de regreso al Padre. Puede ser que en este momento estés pasando por tristeza y aflicción, y quieras renunciar, pero al hacerlo te estarás alejando más y más de la casa de tu Padre. Atravesar por una situación difícil no significa que debes renunciar u optar por la retirada. ¡Es tiempo de avanzar! Es tiempo de hacer guerra. Los problemas vendrán, pero no deben detenernos. Los dos caminantes de Emaús iban tan cansados y abatidos que no se dieron cuenta quien era el que caminaba a su lado. Después de oír las quejas de estos hombres, el caminante empezó a hablar con ellos, “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” Lucas 24:27). Era Jesús quien hablaba con ellos en el camino. Les hablaba con autoridad y conocimiento, de tal manera que el tiempo corría y, cuando menos lo esperaban, ya había legado al lugar donde iban. La Biblia dice que Jesús hizo como que iba más lejos, pero ellos le pidieron que se quedara, es más, la Biblia dice que le obligaron a quedarse diciéndole: “Quédate con nosotros, porque se hace tare, y el día ya ha declinado” (Lucas 24:29). Para muchos, el día ha declinado y la noche está llegando, cualquier señal de esperanza es buena, cualquier palabra de ánimo es aceptada, por eso los discípulos le obligaban a quedarse. Ese hombre hablaba palabras que hacían arder su corazón, con sus palabras les volvía la esperanza que habían perdido el viernes cuando su Maestro expiró en una cruz.

Jesús decidió quedarse con ellos, pero aún siguieron sin reconocerlo. Estaban tan desilusionados, tan cansados, que sus ojos estaban velados y no se daban cuenta que el que acababa de entrar a su casa y estaba a su lado, era el Maestro resucitado. Hasta entonces no había podido reconocerlo, pero cuando se sentaron a la mesa a compartir el pan con Jesús, algo asombroso sucedió. Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio para comer. Fue en ese momento que sus ojos fueron abiertos milagrosamente y pudieron reconocer a su Maestro, al cristo resucitado, aunque luego desapareció de su vista. Una gran carga fue quitada de sus hombros. El pesar y la tristeza. Allí estaba el Maestro con ellos. ¡Había resucitado! Estaban tan emocionados que se les olvidó el cansancio, porque inmediatamente se levantaron de la mesa y emprendieron el camino de regreso a Jerusalén. El camino de regreso “a casa”. El camino a casa es el camino que te lleva a la dirección correcta, no es el camino que te lleva a tu domicilio. Puede ser que en este momento te encuentres en tu domicilio, pero tal vez estés muy lejos de casa. Cuando estamos en desobediencia, estamos lejos de casa. Cuando vivimos con ataduras y pecados, estamos lejos de casa. Cuando vivimos en depresión, estamos lejos de casa. Cuando no hacemos la voluntad de Dios, estamos lejos de casa. Entonces, los discípulos iban de regreso “a casa” y contaban todo lo que les había acontecido y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Es en la mesa del Seño que nuestros ojos son abiertos. Cuando compartimos el pan con Él, podemos verlo, porque el pan partido es Jesús. En la mesa del Señor captamos la inmensidad de Su amor. En la mesa del Señor llegamos a comprender que, no importa cuán grande sea nuestro problema, ¡Su amor es suficiente para poder sobrellevarlo! Si en ocasiones has creído que el Señor no está interesado en tu problema, piensa lo siguiente. ¿Qué tenía que hacer Jesús en ese trayecto de Jerusalén a Emaús? Él podía haber regresado al cielo, ya que el Padre lo estaba esperando. Podía haber recorrido el mundo y proclamando a los principados y potestades la victoria en la cruz. Podría haber estado haciendo “cosas más importantes”, pero en su gran amor fue a encontrarse con dos caminantes cansados y tristes, camino a una aldea desconocida. Porque para eso murió en la cruz, para traer paz y consuelo al corazón afligido. De la misma manera está contigo ahora en tu jornada de Jerusalén a Emaús y quiere mostrarte Su amor y Su perfecta voluntad para tu vida. ¿Estás triste, afligido y cansado? Ven a la mesa del Señor. Allí Él abrirá tus ojos y te darás cuenta de que tus ojos y te darás cuenta que en todo tu viaje de Jerusalén a Emaús, estuvo contigo. No camines afligido en el día de la resurrección. No permanezcas en prisión el día de tu libertad. No llores por Saúl, cuando Dios ya ha provisto un David. No sigas dando vueltas en el desierto, cuando el Jordán ya está a la vista. No digas: si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto. ¡Él es la resurrección y la vida! Ven a la mesa ahora, en este mismo momento puedes sentarte con él, y su presencia será el bálsamo que sanará todas tus heridas. Él aderezará mesa delante de ti en presencia de todos tus angustiadores.

Cuando atravesamos una crisis pensamos que Dios está totalmente ajeno a lo que nos está sucediendo. El desierto por el que estamos pasando nos hace sentir solos y desamparados, pero Su providencia está controlándolo todo. Él está obrando su perfecta voluntad, aun cuando parezca que todo está en nuestra contra.

Los lugares que se consideran “poco probables” para que algo trascendente salga de ellos, son los que Dios escogió para hacer nacer sus propósitos. Frecuentemente escuchamos testimonios de ministerios que Dios ha levantado en los lugares más “áridos”. Dios sigue destruyendo nuestros paradigmas, confundiendo nuestras presunciones, y burlando nuestros planes de grandeza a través de los hombres y ministerios que Él levanta. “Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1° Corintios 1:27). Desde Su nacimiento hasta Su muerte en medio de dos ladrones, la historia de Jesús fue algo común. La encarnación del Hijo de Dios en las circunstancias más comunes, es una muestra del gran deseo que Dios tenía de que le conociéramos. Sin embargo, esto se volvió un obstáculo para la mayoría de los contemporáneos de Jesús. La forma en la que Dios humanizó a Su Hijo se volvió una piedra de tropiezo para muchos, por eso Jesús dijo: “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mi” (Mateo 11:6). El tipo de Mesías que los judíos esperaban era como alguno de los hombres que gobernaban en aquellos años, líderes hábiles, déspotas y sin misericordia.

A veces, el Señor se aparecerá de formas que nos será difícil reconocerlo, al menos que lo conozcamos en el Espíritu. Los creyentes, además de vivir en la tierra, vivimos en una dimensión diferente a los demás: la dimensión del espíritu. Cuando interpretamos las cosas espirituales con una mente natural no las entendemos y las rechazamos, pero la Biblia dice que las cosas espirituales deben de percibirse con los ojos de la fe. Porque “por fe andamos, no por vista” (2° Corintios 5:7), dijo el apóstol Pablo. En el Reino de Dios todos somos piedras vivas y debemos de tener mucho cuidado con las personas o situaciones que a veces rechazamos, porque se pueden volver piedras de ángulos. Cuando rechazamos piedras de ángulos no podemos ser parte del edificio que está siendo formado.

A veces pensamos que lo que está sucediendo en nuestra congregación, en nuestro movimiento, o en nuestro ministerio, es lo único o lo máximo. Pero Él está cumpliendo Sus propósito a través de todo Su Cuerpo. Él está haciendo Su voluntad a través de diferentes personas y ministerios, aunque tal vez muchos no lleguen a ser parte de esos propósitos porque tropiezan. Es decir, rechazan aquello que Dios levantó. […] Puede ser que la bendición mayor para tu vida esté camuflada detrás de algo o alguien que consideras incompatible. A veces, las personas con las cuales tenemos más dificultades son las que Dios quieres usar para tratar con nuestra visa. En ocasiones, las personas que menospreciamos son las que Dios levantará para bendición de muchos.

Necesitamos descubrir los caminos y los pensamientos de Dios, que difieren mucho de los nuestros. Sólo entonces experimentaremos la totalidad de Su plan para nuestra vida. Todo lo que creemos como cristianos, para el mundo parece ser una paradoja, una aparente contradicción, una piedra de tropiezo. “Perdemos para ganar”, “morimos para vivir”, “somos los postreros para ser los primeros”, “bajamos para subir”, “damos para recibir”, “para ser el mayor, tenemos que ser el menor”. Si nos parece difícil digerir este estilo de vida, sólo tenemos que voltear y ver a Jesús para darnos cuenta que Él encarnó cada una de estas paradojas.

Si Jesús viniera físicamente a la tierra a ministrar de nuevo. ¿Adónde iría? ¿A nuestro grupo de discipulado? ¿A nuestros congresos? ¿A nuestras conferencias y campamentos? ¿A nuestros conciertos? La respuesta fue unánime: “Jesús iría los lugares de necesidad”, como: los hospitales, los guetos, las cárceles. Él vendría a servir, a buscar a los perdidos y a sanar a los enfermos. La realidad de la situación es que Jesús está aquí en la tierra. Nosotros, la Iglesia, somos Su Cuerpo. Esto no es una analogía, no es una metáfora. La Iglesia no es parecida al Cuerpo de Cristo, no es una representación del cuerpo de Cristo, ¡La iglesia “es” el Cuerpo de Cristo! Y debemos hacer lo que Él haría si estuviera físicamente con nosotros.

En la actualidad predomina una mentalidad que nos está haciendo tropezar. Los cristianos nos hemos vuelto plantas de invernadero que no conocemos el mundo real. Los invernaderos son nuestros edificios, nuestros congresos, nuestras escuelas cristianas, nuestras casas, nuestros automóviles, y en algunas ocasiones nuestros ministerios, cuando estos giran alrededor de nuestra necesidad o de nuestro capricho.

Durante una revista para una revista cristiana me preguntaron cómo me preparaba espiritualmente antes de subir a ministrar en una noche de alabanza. Mi respuesta fue que, aunque casi siempre orábamos antes de subir a ministrar, no creía que el orar antes de un evento sirviera de mucho si no tenemos una comunión constante con el Señor. La unción para ministrar en poder no viene por haber orado quince minutos antes de empezar el evento o predicar; es consecuencia de tener comunión con Jesús de una manera constante. Equivocadamente pensamos que si tan sólo llenamos el requisito de orar antes de ministrar, todo saldrá bien, pero esto es actuar como los hijos de Esceva. Ellos representan a todos aquellos que han tratado de hacer guerra espiritual y no les funcionó. Aquellos que piensan que unas cuantas palabras serán suficientes para tener el poder de Dios, deben saber que eso es usar la oración como palabras mágicas. Hay quienes han confundido la fuente de poder con su carisma o su capacidad, pero no es así. Necesitamos tener una vida de comunión con el Señor para ser usados en poder. Si tenemos comunión con el Señor, la oración que hacemos antes de comenzar un evento es realmente algo representativo, algo simbólico. Lo hacemos para demostrar nuestra dependencia de Dios, y para unirnos en un mismo propósito. Claro que hay ocasiones en las que nos sentimos dirigidos a orar un buen tiempo antes de empezar la reunión. Ya sea porque percibimos algún tipo de opresión y necesitamos hacer guerra en oración, o tal vez porque el Señor quiere hacer algo especial, pero hay factores espirituales que quieren impedirlo, y tenemos que luchar. Pero el orar entes de una reunión no compensa nuestra falta de intimidad con Dios.

Ten cuidado que lo que estás haciendo no se vuelva más importante que la relación que tienes conmigo.

Cuando David Ravenhill vivía en Nueva Zelanda y venía a predicar a los Estados Unidos, comentó que veía con tristeza cómo la iglesia tomaba alguna enseñanza, algún aspecto del Reino de Dios, y acampaba alrededor de ella. Durante algún tiempo no se hablaba de otra cosa que no fuera fe. En otro tiempo se hablaba sólo del Reino de Dios. En otro tiempo de prosperidad. En otro tiempo de sanidad, etc. Cuando inclinamos la balanza hacia un solo lado, perdemos la perspectiva de todo lo que es Dios, y todo lo que está haciendo. De esta manera corremos el peligro de desviarnos y caer en el error.