La escafandra y la mariposa

Jean-Dominique Bauby.

Colección de pensamientos, memorias y reflexiones escritos desde una cama de hospital. El autor, redactor en jefe de la revista Elle en Francia, sufre un accidente cardiovascular que lo deja inmerso en una escafandra: su propio cuerpo; su único medio de comunicación es a través del párpado. Eso sí, sus facultades mentales quedan intactas y vuelan libres como mariposas. Mediante un alfabeto ordenado conforme a las letras más usadas en francés, quienes intentaban comunicarse con Jean Do, deletreaban el alfabeto y el, mediante un guiño indicaba la letra en la que debían parar. Así, se armaban las oraciones para poder mantener una conversación con él y así… fue dictado el libro. En medio de esa dificultad, dicta un libro soberbio. Impactante lección de vida. No hay más. Calificación de 10.
La Escafandra y la mariposa

La Escafandra y la mariposa

Aquel día descubrí de golpe y porrazo esa pieza maestra de nuestro ordenador de a bordo, cuando un accidente cardiovascular puso dicho tronco [cerebral] fuera de la circulación Antaño eso se denominaba “congestión cerebral” y uno se moría con absoluta naturalidad. El progreso de las técnicas de reanimación ha sofisticado el castigo. Sobrevives, pero inmerso en lo que la medicina anglosajona ha bautizado con toda justicia como locked-in syndrom: paralizado de la cabeza a los pies, el paciente permanece encerrado en el interior de sí mismo, con la mente intacta y el parpadeo del ojo izquierdo como único medio de comunicación

Ante todo, es preciso que redacte el comienzo de este viaje inmóvil, para estar preparado cuando la persona enviada por mi editor venga a tomar el dictado, letra por letra.

Por el momento me sentiría el más dichoso de los hombres si llegase a tragar convenientemente el exceso de saliva que invade mi boca de manera permanente.

Una extraña euforia se apoderó de mi. No sólo me hallaba exiliado, paralizado, mudo, medio sordo, privado de todos los placeres y reducido a una existencia de medusa, sino que además resultaba horrible de ver. Fui presa de esa demente risa nerviosa que un cúmulo de catástrofes acaba provocando cuando, tras un definitivo golpe del destino, se decide considerarlo como una broma.

Cuando una situación le desagradaba, tenía el don de sumirse en un sueño instantáneo y protector. Se tomaba unas vacaciones de la existencia durante cinco minutos o varias horas.

Me ha invadido una oleada de tristeza. Theóphile, mi hijo, está ahí sentado tan formalito, con el rostro a cincuenta centímetros del mío, y yo, su padre, no tengo siquiera el derecho de pasar la mano por su espeso cabello, de pellizcarle la nuca cubierta de pelusa, de estrechar su menudo cuerpo liso y tibio hasta sofocarle.

Me alejo. Lenta, pero inexorablemente. Al igual que en una travesía el marino ve desaparecer la costa donde ha soltado amarras, siento cómo mi pasado se difumina. Mi antigua vida pervive aún en mi, pero se reduce cada vez más a las cenizas del recuerdo.

Recibo algunas cartas notables. Las abren, las desdoblan y me las colocan ante los ojos según un ritual que se ha establecido con el tiempo y que confiere a la llegada del correo el carácter de una ceremonia silenciosa y sagrada. Leo cada carta yo mismo escrupulosamente. Algunas no carecen de gravedad. Me hablan del sentido de la vida, de la supremacía del alma, del misterio de toda existencia, y por un curioso fenómeno de la inversión de las apariencias, son aquellos con quienes había establecido las relaciones más triviales los que más abordan estas cuestiones esenciales. Su ligereza enmascaraba un alma profunda. ¿Acaso estaba ciego y sordo, o bien se requiere la luz de una desgracia para que un hombre se revele tal como es?

El recuerdo de esa historia acaba de volverme a la memoria, dejando en ella una huella doblemente dolorosa. La nostalgia de un pasado que no ha de volver y sobre todo los remordimientos por las ocasiones perdidas. Mithra-Grandchamp son las mujeres que no has sabido amar, las oportunidades que no has querido aprovechar, los momentos de felicidad que has dejado escapar. Hoy tengo la sensación de que toda mi existencia no ha sido sino una sucesión de pequeños fracasos. Una carrera cuyo resultado se conoce pero en la que se es incapaz de apostar por el ganador.

…el tiempo aplaca las más frías cóleras.

Cómo hablar del cuerpo flexible y tibio de muchacha alta y morena junto al que te despiertas por última vez sin prestarle atención, casi refunfuñando.

Llegamos enseguida a la clínica. La gente corre en todas direcciones. Me trasladan con los brazos inertes a una silla de ruedas. Las portezuelas del BMW se cierran con un suave chasquido. Alguien me dijo un día que los buenos coches se reconocen por la calidad de ese chasquido. Me deslumbra el neón de los pasillos. En el ascensor, unos desconocidos me prodigan expresiones de aliento, y los Beatles atacan el final de A day in the life. El piano que cae del piso 60. Antes de que se estrelle, tengo tiempo para un último pensamiento: hay que anular las reservas del teatro. De todos modos, hubiéramos llegado tarde. Iremos mañana por la noche. A propósito, ¿dónde se ha metido Théophile? Y caigo en coma.

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