La luna

Jaime Sabines

La luna

La luna

Se trata del famoso poema de Jaime Sabines que ahora se presenta ilustrado para dar una nueva forma de entender lo que el poeta quiso comunicar. Muy buena idea para que los niños también puedan apreciar la poesía.

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Recuento de Poemas. 1950 – 1993

Jaime Sabines.

Sensibilidad exquisita, 100% mexicana y provinciana. La manera humana de abordar la muerte de los seres queridos desde el dolor y luego ponerlo en palabras con las que puede uno identificarse, hacen pensar que todos llevamos un Sabines dentro pero que no puede aflorar. Lo mismo respecto al amor y las cosas y acontecimientos cotidianos de que se compone la vida: sublime por sencillo. Excelente colección. Calificación de 9.5
Recuento de Poemas

Recuento de Poemas

El mar se mide por olas, el cielo por alas, nosotros por lágrimas. El aire descansa en las hojas, el agua en los ojos, nosotros en nada. Parece que sales y soles, nosotros y nada…

Yo no lo sé de cierto, pero supongo que una mujer y un hombre algún día se quieren, se van quedando solos poco a poco, algo en su corazón les dice que están solos, solos sobre la tierra se penetran, se van matando el uno al otro.

Porque caí, como una piedra en el agua, o una hoja en el agua, o un suspiro en el agua. Caí como un ojo en una lágrima.

Mi padre me dijo: levántate y anda a la escuela.

Tiene los pechos dulces, y de un lugar a otro de su cuerpo hay una gran distancia: de pezón a pezón cien labios y una hora, de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.

Nadie sino el hombre pudo inventar el suicidio.

Los que tenemos frío de verdad, los que estamos solos por todas partes, los sin nadie. Los que no pueden dejar de destruirse, ésos no importan, no valen nada, nada, que de una vez se vayan, que se mueran pronto. A ver si es cierto: muérete. ¡Muérete, Jaime, muérete! ¡Ah, mula vida, testaruda, sorda! Poetas, mentirosos, ustedes no se mueren nunca. Con su pequeña muerte andan por todas partes y la lucen, la lloran, le ponen flores, se la enseñan a los pobres, a los humildes, a los que tienen esperanza. Ustedes no conocen la muerte todavía: cuando la conozcan ya no hablarán de ella, se dirán que no hay tiempo sino para vivir.

De la muerte. Enterradla. Hay mucho hombres quietos, bajo tierra, que han de cuidarla. No la dejéis aquí, enterradla.

¿Quién eres tú? ¡Qué importa! A pesar de ti misma, hay en tus ojos una breve palabra enigmática. No quiero saberla. Me gustas mirándome de lado, escondida, asustada. Así puedo pensar que huyes de algo, de mí o de ti, de nada, de esas tentaciones que dicen que persiguen a la mujer casada.

Te desnudas igual que si estuvieras sola y de pronto descubres que estás conmigo. ¡Como te quiero entonces entre las sábanas y el frío! Te pones a flirtearme como a un desconocido y yo te hago la corte ceremonioso y tibio. Pienso que soy tu esposo y que me engañas conmigo. ¡Y como nos queremos entonces en la risa de hallarnos solos en el amor prohibido! (Después, cuando pasó, te tengo miedo y siento un escalofrío.)

La cojita está embarazada. Se mueve trabajosamente, pero qué dulce mirada mira de frente. Se le agrandaron los ojos como si su niño también le creciera en ellos pequeño y limpio. A veces se queda viendo quién sabe qué cosas que sus ojos blancos se le vuelven rosas. Anda entre toda la gente trabajosamente. No puede disimular, pero, a punto de llorar, la cojita, de repente, se mira el vientre y ríe. Y ríe la gente. La cojita está embarazada ahorita está en su balcón y yo creo que se alegra cantándose una canción: «cojita del pie derecho y también del corazón».

Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero seguir todas las noches vigilando cuándo voy a dormirme, cuándo. Yo lo que quiero es que pase algo, que me muera de veras o que de veras esté fastidiado, o cuando menos que se caiga el techo de mi casa un rato.

Todos hacen que viven o que mueren, yo hago que hago.

Siempre estás a mi lado y yo te lo agradezco. Cuando la cólera me muerde, o cuando estoy triste -untado con el bálsamo para la tristeza como para morirme apareces distante, intocable, junto a mí. Me miras como a un niño y se me olvida todo y ya sólo te quiero alegre, dolorosamente. He pensado en la duración de Dios, en la manteca y el azufre de la locura, en todo lo que he podido mirar en mis breves días. Tú eres como la leche del mundo. Te conozco, estás siempre a mi lado más que yo mismo. ¿Qué puedo darte sino el cielo? Recuerdo que los poetas han llamado a la luna con mil nombres -medalla, ojos de Dios, globo de plata, moneda de miel, mujer, gota de airepero la luna está en el cielo y sólo es luna, inagotable, milagrosa como tú. Yo quiero llorar a veces furiosamente porque no sé qué, por algo, porque no es posible poseerte, poseer nada, dejar de estar solo. Con la alegría que da hacer un poema, o con la ternura que en las manos de los abuelos tiembla, te aproximas a mí y me construyes en la balanza de tus ojos, en la fórmula mágica de tus manos. Un médico me ha dicho que tengo el corazón de gota -alargado como una gota- y yo lo creo porque me siento como una gruta en que perpetuamente cae, se regenera y cae perpetuamente.

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi, pero esa tarde me fui al cine e hice el amor. Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta con tus setenta años de virgen definitiva, tendida sobre tu catre, estúpidamente muerta. Hiciste bien en morirte, tía Chofi, porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso, porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste, ya no tenías nada qué hacer y a leguas se miraba que querías morirte y te aguantabas. ¡Hiciste bien! Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos porque te quise a tu hora, en el lugar preciso, y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple, pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste. ¡Te siento tan desamparada, tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina, sin quién te dé un pan! Me aflige pensar que estás bajo la tierra fría de Berriozábal, sola, sola, terriblemente sola, como para morirse llorando. Ya sé que es tonto eso, que estás muerta, que más vale callar, ¿pero qué quieres que haga si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte? Ah, jorobada, tía Chofi, me gustaría que cantaras o que contaras el cuento de tus enamorados. Los campesinos que te enterraron sólo tenían tragos y cigarros, y yo no tengo más. Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte, y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido. Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste. Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida a todos. Pedías para dar, desvalida. Y no tenías el gesto agrio de las solteronas porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos. En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida te repetías incansablemente y eras la misma cosa siempre. Fácil, como las flores del campo con que las vecinas regaron tu ataúd, nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte. Sofía, virgen, antigua, consagrada, debieron enterrarte de blanco en tus nupcias definitivas. Tú que no conociste caricia de hombre y que dejaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos, tú, casta, limpia, sellada, debiste llevar azahares tu último día. Exijo que los ángeles te tomen y te conduzcan a la morada de los limpios. Sofía virgen, vaso transparente, cáliz, que la muerte recorra tu cabeza blandamente y que cierre tus ojos con cuidados de madre mientras entona cantos interminables. Vas a ser olvidada de todos como los lirios del campo, como las estrellas solitarias; pero en las mañanas, en la respiración del buey, en el temblor de las plantas, en la mansedumbre de los arroyos, en la nostalgia de las ciudades, serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta. Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia, con una cruz pequeña sobre tu tierra, estás bien allí, bajo los pájaros del monte, y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.

Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas. ¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron , pues, de mi costado, no me dueles? Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo. Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día. Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca. ¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que tuve.

-El tronco estaba ardiendo cuando se fue la lluvia. El rayo lo venció y se introdujo en él. Ahora es un rayo manso. Lo tendremos aquí y le daremos de comer hojas y yerbas. Me gusta el fuego. Acércale tu mano poco a poco, te acaricia o te quema, puedes saber hasta dónde llega su amistad. -A mí me gusta porque es rojo y azul y amarillo, y se mueve en el aire y no tiene forma, y cuando quiere dormir se esconde en la ceniza y vigila con ojitos rojos dentro dentro. ¡Qué simpático! Luego se alza y empieza a buscar, si haya cerca una rama la devora. ¡Me gusta, me gusta! ¡Le cuidaré, no estorba, es tan humilde!

“Abandona a tu padre y a tu madre” y a tu mujer y a tu hijo y a tu hermano y métete en el costal de tus huesos y échate a rodar, si quieres ser poeta.

Viene mi abuelita Chus, que cumplió trece desaños, trece años en la muerte, trece años para atr+as, para lo hondo. Me visitan Tony, Chente, mi tía Chofi, y otros amigos enterrados. Pienso en Tito, jalando de la manga a su muerte y ésta no hace caso. Viene Chayito dolorosa con su hoja de menta y un caballito para mi hijo. Y viene el aguacero más grande de todos los tiempos y el miedo de los rayos, y tengo que subirme a un arca transformado en buey para la vida dichosa que nos espera.

Yo voy a la escuela con mi cuaderno de tareas. Yo estoy de paso y nomás miro. Y este mezquino dolor en la cabeza metiéndose como un ratón en su agujero. ¿En dónde estará?, ¿qué estará haciendo? Me muro de mujer a estas horas. Cabalabua, Tarumba. en mi vida de perro camino pegado a la pared. El viento se tuesta la espalda al sol. Con la mano más larga de las que tengo me busco, husmeo mi cráneo en el cajón de la basura.

¿Qué testamento escribiré algún día? No te dejo nada. Te dejo nada más mi entierro.

Duérmete, mi niño, con calentura con dolor de cabeza, estírate. Duérmete con todo el cuerpo, niño, envidia de los ángeles, hijito enfermo. Duérmete sin el grillo, sin la aguja, sin hambre. Duérmete hasta mañana. Duérmete, duérmete. Vámonos a dormir, a dormirnos. El tubo de la noche, estírate. Que se diga que julio se duerme. (Porque en la noche viene Tará y te quita la enfermedad. Luego encendemos el sol con un cerillo de alcohol.) Pero duérmete mi niño, mi pedacito, a dormir, a dormirse ya. (Don julito el fanfarrón, don julito es un fregón.) Voy a sacudir tu cama: que no tenga calentura ni dolor de barriga ni pulgas. Aquí pongo este letrero contra los mosquitos: que nadie moleste a mi hijo. Vamos a cantar: tararí, tatá. El viejito cojo se duerme con sólo un ojo. El viejito manco duerme trepado en un zanco. Tararí, totó. No me diga nada usted: se empieza a dormir mi pie. Voy a subirlo a mi cuna antes que venga la tía Luna. Tararí, tuí, tuí.

Uno quisiera encender cuatro cirios en las esquinas de la cama, al levantarse, para velar el cadáver diario que dejamos.

La preocupación de uno bajo la lluvia en la noche es la luz del carro y los frenos. Con los frenos mojados es inminente el choque, el atropello, la propia muerte. Pero uno sigue sin detenerse, sin disminuir la velocidad, solamente preocupado de lo previsto. En el fondo se siente que es como la preocupación de la vida, y que es imposible detenerse el día lunes o el martes porque la muerte esté esperándonos el sábado. En la carretera, como en el tiempo, uno se complace de la eficacia de los parabrisas que barren el agua hacia los lados y alargan la mirada prodigiosamente. ¡Qué grato es el ronroneo del motor, su ruido caliente y amistoso! Nadie se siente solo si se pone a oir el motor: es más humano que la voz del locutor en el radio, mucho más que las canciones y los anuncios.

Dice el radio que los Estados Unidos le piden explicaciones a México por eso de su apoyo moral a Cuba. Hoy, este 8 de julio de 1960. ¡Qué pequeño gran país estos Estados Unidos!¡Cómo han crecido y crecido para hacerse pequeños! Acorralados por todas partes, no saben que hacer y cuando hacen algo lo hacen con torpeza. Dan de manotazos tontamente, se ponen serios, amenazan; o sonríen, halagan, para atraerse simpatías. A este rascacielos de los Estados Unidos le han puesto demasiados pisos para sus escasos cimientos. ¡Quién sabe a cuántos va a aplastar en su caída! Pero esta hermosa Cuba de hoy, atacada de tan divina locura, enferma de su libertad, aguantará la historia. ¡Y qué bueno que si miró de México el plan y la cordura, le esté enseñando a México el arrojo y la insensatez! Porque ante la política de la fuerza de los Estados Unidos, sólo la politica del atrevimiento puede enfrentarse.

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño. Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

La procesión del entierro en las calles de la ciudad es ominosamente patética. Detrás del carro que lleva el cadáver, va el autobús, o los autobuses negros, con los dolientes, familiares y amigos. Las dos o tres personas llorosas, a quienes de verdad les duele, son ultrajadas por los cláxones vecinos, por los gritos de los voceadores, por las risas de los transeúntes, por la terrible indiferencia del mundo. La carroza avanza, se detiene, acelera de nuevo, y uno piensa que hasta los muertos tienen que respetar las señales de tránsito. Es un entierro urbano, decente y expedito. No tiene la solemnidad ni la ternura del entierro en provincia. Una vez vi a un campesino llevando sobre los hombros una caja pequeña y blanca. Era una niña, tal vez su hija. Detrás de él no iba nadie, ni siquiera una de esas vecinas que se echan el rebozo sobre la cara y se ponen serias, como si pensaran en la muerte. El campesino iba solo, a media calle, apretado el sombrero con una de las manos sobre la caja blanca. Al llegar al centro de la población iban cuatro carros detrás de él, cuatro carros de desconocidos que no se habían atrevido a pasarlo. Es claro que no quiero que me entierren. Pero si algún día ha de ser, prefiero que me encierren en el sótano de la casa, a ir muerto por las calles de Dios sin que nadie se dé cuenta de mí. Porque si amo profundamente esta maravillosa indiferencia del mundo hacia mi vida, deseo también fervorosamente que mi cadáver sea respetado.

Lo más profundo y completo que puede expresar el hombre no lo hace con palabras sino con un acto: el suicidio. Es la única manera de decirlo todo simultáneamente como lo hace la vida.

No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra su libertad de pensar o creer o de hacer lo que le dé la gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no demostrar. Que cada uno llegue a la verdad por sus propios pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado. (¡Quién es quién para decir “esto es así”, si la historia de la humanidad no es más que una historia de contradicciones y de tanteos y de búsquedas?) Si a alguien he de convencer algún día, ese alguien ha de ser yo mismo. Convencerme de que no vale la pena llorar, ni afligirse, ni pensar en la muerte. “La vejez, la enfermedad y la muerte”, de Buda, no son más que la muerte, y la muerte es inevitable. Tan inevitable como el nacimiento. Lo bueno es vivir del mejor modo posible. Peleando, lastimando, acariciando, soñando. (¡Pero siempre se vive del mejor modo posible!) Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar (pero de verdad volar, yo solo, con mis brazos), tendrá que gustarme caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave. No tengo ningún deseo que me digan que la luna es diferente a mis sueños.

Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, cocacola, zonite, cruz gamada. Y me echaría a llorar. Uno puede llorar hasta con la palabra “excusado” si tiene ganas de llorar. Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas, a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza de café. (“Te convido a una taza de café con cascaritas de ojo, corazón mío.”) Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero, quiero decirte, vida mía, lo agradecido que estoy, por este hígado estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré a tu jardín oculto sin que nadie me viera. Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes -que son estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra- y lo anduve sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste.

Me gusta pensar en ti desde que pienso.

Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen. Que cuando habrá los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían. Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad. Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección. Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.

-Quiero una Tota, digo, a la hora del almuerzo, y Julito se apresura a corregirme: -No se dice Tota, papá se dice ko-ka-ko-la. -Bueno quiero una coca cola. A los tres años y medio Julito aprende nuestro idioma después de habernos enseñado el suyo. Y su facultad de aprender es mayor que la nuestra de olvidar. Son muchas las voces que nos ha dado y de las cuales no podemos deshacernos: Compra unos pipis, le digo a mi mujer al entrar al cine, y Julito me reprende: “papá, son palomitas”. Nos ha enseñado a gustar las películas de vaqueros y las aventuras de Tarzán. Y nos llama la atención sobre las avispas, las hormigas y los saltamontes. ¡Cuántas cosas no le debemos a Julito! Sobre todo este espíritu que aprende a recrearse de nuevo en las cosas simples. Recuerdo su primera impresión de la muerte. Fue frente a un conejito que murió a los dos días de estar en casa. Julito me lo trajo de las patitas, tieso, como un trocito de madera. -No se mueve, papá, está muy feo. -¿Lo tiramos a la basura? -Si, tíralo, está feo. Y no creo que nadie diga nada mejor acerca de la muerte. Ni de la vida.

Cuando esté striste ponte a cantar. Cuando estés alegre, a llorar. Cuando estés vacío, de verdad vacío, ponte a mirar.

No es nada de tu cuerpo, ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, ni ese lugar secreto que los dos conocemos, fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro. No es tu boca -tu boca que es igual que tu sexo-, ni la reunión exacta de tus pechos, ni tu espalda dulcísima y suave, ni tu ombligo, en que bebo. No son tus muslos duros como el día, ni tus rodillas de marfil al fuego, ni tus pies diminutos y sangrantes, ni tu olor, ni tu pelo. No es tu mirada -¿qué es una mirada?- triste luz descarriada, paz sin dueño, ni el álbum de tu oído, ni tus voces, ni las ojeras que te deja el sueño. Ni es tu lengua de víbora tampoco, flecha de avispas en el aire ciego, ni la humedad caliente de tu asfixia que sostiene tu beso. No es nada de tu cuerpo, ni una brizna, ni un pétalo, ni una gota, ni un gramo, ni un momento: Es sólo este lugar donde estuviste, estos mis brazos tercos.

Estoy agradecido porque tengo una cama y es lo mismo que si tuviera un río, lo mismo.

Aquí las cosas pasan lentamente, las ideas se comen, los alimentos se meditan, los brazos salen de la tierra, los yerbazales se agitan, un perro de piedra corre en las calles y corre un pozo de agua bendita.

¿Qué pensaría Lázaro cuando iba a morir por segunda vez? La segunda muerte ¿fue distinta de la primera, como el lunes es distinto del martes? ¿A cuántas muertes tenemos derecho cada uno? Porque la vida es siempre la misma, pero la muerte…

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad. ¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada. Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: “que calor hace”, “dame agua”, “¿sabes manejar?”, “se te hizo de noche”…Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te quiero”.) Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos! ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir. Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras? Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí no sales. Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un río? Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate. Es el tiempo del frío: ama, apresúrate. El viento de las horas barre las calles, los caminos. Los árboles esperan: tú no esperes, éste es el tiempo de vivir, el único.

Cuando tengas ganas de morirte esconde la cabeza bajo la almohada y cuenta cuatro mil borregos. Quédate dos días sin comer y veras que hermosa es la vida: carne, frijoles, pan. Quédate sin mujer: verás. Cuando tengas ganas de morirte no alborotes tanto: muérete y ya.

El amor se come como un pan, se muerde como un labio, se bebe como un manantial. El amor se llora como a un muerto, se goza como un disfraz. El amor duele como un callo, aturde como un panal, y es sabroso como la uva de cera y como la vida es mortal. El amor no se dice con nada, ni con palabras ni con callar. Trata de decirlo el aire y lo está ensayando el mar. Pero el amante lo tiene prendido, untado en la sangre lunar, y el amor es igual que una brasa y una espiga de sal. La mano de un manco lo puede tocar, la lengua de un mudo, los ojos de un ciego, decir y mirar. El amor no tiene remedio y sólo quiere jugar.

Tú eres mi marido y yo soy tu mujer. Tú eres mi hermana y yo soy tu hermano. Tú eres mi madre y yo soy tu hijo. Los dos somos nada más uno.

«Lo mejor de la escuela es el recreo», dice Judit, y pienso: ¿cuándo la vida me dará un recreo? ¡Carajo! Estoy cansado. Necesito morirme siquiera una semana.

Si te sacas los ojos y los lavas en el agua purísima del llanto, ¿por qué no el corazón ponerlo al aire, al sol, un rato?

Me dueles. Mansamente, insoportablemente, me dueles. Toma mi cabeza, córtame el cuello. Nada queda de mí después de este amor. Entre los escombros de mi alma búscame, escúchame. En algún sitio mi voz, sobrevive, llama, pide tu asombro, tu iluminado silencio. Atravesando muros, atmósferas, edades, tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto) viene desde la muerte, desde antes del primer día que despertara al mundo. ¡Qué claridad tu rostro, qué ternura de luz ensimismada, qué dibujos de miel sobre hojas de agua! Amo tus ojos, amo, amo tus ojos. Soy como el hijo de tus ojos, como una gota de tus ojos soy. Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme, del suelo, de la sombra que pisas, del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños. Levántame. Porque he caído de tus manos y quiero vivir, vivir, vivir.

Es muy raro también que yo tuviese una madre. A veces pienso que la soñé demasiado, la soñé tanto que la hice. Casi todas las madres son criaturas de nuestro sueño. En la fotografía conserva para siempre el mismo rostro. Las fotografías son injustas, terriblemente limitadas, esclavas de un instante perpetuamente quieto. Una fotografía es como una estatua: copia del engaño, consuelo del tiempo. Cada vez que veo la fotografía me digo: no es ella. Ella es mucho más. Así, todas las cosas me la recuerdan para decirme que ella es muchas cosas más.

En un principio, con el recncor de su agonía, no podía dormir. Tercas, dolorosas imágenes repetían su muerte noche a noche. Eran mis ojos sucios, lastimados de verla; el tiempo del sobresalto y de la angustia. ¡Qué infinitas caidas agarrado a la almohada, la oscuridad girando, la boca seca, el espanto! PEro una vez, amaneciendo, la luz indecisa en las ventanas, pasó su mano sobre mi rostro, cerró mis ojos. ¡Qué confortablemente ciego estoy de ella! ¡Qué bien me alcanza mi ternura! ¡Qué grande ha de ser su amor que me da su olvido! Fue seputalda en la misma fosa de mi padre. Sus cuerpos reposarán juntos hasta confundirse, hasta que el tiempo diga, ¡basta! (¡Qué nostalgia incisiva, aveces, como ésta!) ¿En dónde seré enterrado yo? Me gustaría cuidar mis funerales: nadie llorando, los encargados del oficio, gente decente. De una vez solo hasta un lugar lejano, sin malas compañías. O incinerado, estupendo. Cualquier río, laguna, charco, alcantarilla, todo lugar sagrado. No me acostumbro a vivir.

Si tú me lo permites, doña Luz, te llevo a mi espalda, te paseo en hombros para volver a ver el mundo. Quiero seguir dándote el beso en la frente, en la mañana y en la noche y al mediodía. No quiero verte agonizar, sino reir o enojart o estar leyendo seriamente. Quiero que te apasiones de nuevo por la justicia, que hables mal de los gringos, que defiendas a Cuba y a Vietnam. Que me digas lo que pasa en Chiapas y en el rincón más apartado del mundo. Que te intereses en la vida y seas generosa, enérgica, espléndida y frutal. Quiero pasear contigo, pasearte en la rueda de la fortuna de la semana y comer las uvas que tu corazón agitaba a cada paso. Tú eres un racimo, madre, un ramo, una fronda, un bosque, un campo sembrado, un río. Toda igual a tu nombre, doña Luz, Lucero, Lucha, manos llenas de arroz, viejecita sin años, envejecida sólo para parecerte a los vinos. ¡Con qué gusto veías los nuevos utencilios de cocina, una sartén, una olla, reluciente, un mondador facilísimo! Sabías para que sirven las cosas y extraías de ella el máximo provecho. Nunca dejaste de estar asombrada ante la radio, la televisión, los progresos del hombre, asombrada, interesada, despierta. Y algo en ti, sin embargo, era antiquísimo, elemental, permanente,. Por eso podías, con el Viejo, remontar un río en canoa, construir una cerca, levantar una pared, cuidar un gallinero, dar de comer, dar sombra, dar amor. Aún en los años de la derrota -vejez, viudez y soledad juntas- seguiste levantándote temprano, hacías café para todos, un desayuno abundante y rico; esperabas tus hijos, tus nietos, lo que te quedaba. Te l agradezco, madre: hay que seguir levantándose temprano para esperar diariamente la vida.

Quiero hacerte un poema, darte unas flores, un plato de comida que te guste, alguna fruta, un buen trago, llevarte tus nietos, comunicarte una noticia estupenda. De la ventana de tu casa me he regresado porque tu casa está vacía inexplicablemente. Me he puesto a trabajar como un burro tratando de ocuparme, de traerme al mundo, de estar con las cosas. Lo he logrado. ¡Pero hay un instante de lucidez, un solo instante! “Si vuelves atrás la mirada quedarás hecho una estatua de sal.” Y yo soy, apenas, un hombre de piedra que quiere ver hacia adelante. Dame la mano, o cógete del brazo, de mi brazo. Entra al coche. Te llevaré a dar el ultimo paseo por el bosque. Querías vivir, lo supe. Insistías en que todo era hermoso. pero tu sangre caía como un muro vencido. Tus ojos se apagaban detrás de ti misma. Cuando dijiste “volvamos” ya estabas muerta. ¡Qué dignidad! ¡Qué herencia! Nos prohíbes las lágrimas ahora. No nos queda otro remedio que ser hombres.

No somos nada, nadie, madre. Es inútil vivir pero es más inútil morir.

He querido hacer un poema con tu muerte y he aquí que tengo la cabeza rota, las manos vacías. No hay poesía en la muerte. En la muerte no hay nada.

Nadie sabe el número exacto de los muertos, ni siquiera los asesinos, ni siquiera el criminal. (Ciertamente, ya llegó la historia este hombre pequeño por todas partes, incapaz de todo menos del rencor.) Tlatelolco será mencionado en los años que vienen como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea, pero esto fue peor; aquí han matado al pueblo: no eran obreros parapetados en la huelga, eran mujeres y niños, estudiantes, jovencitos de quince años, una muchacha que iba al cine, una criatura en el vientre de su madre, todos barridos, certeramente acribillados por la metralla del Orden y la Justicia Social. A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados, y el pueblo se aprestaba jubiloso a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México. El crimen está allí, cubierto de hojas de periódicos; con televisores, con radios, con banderas olímpicas. El aire denso, inmóvil, el terror, la ignominia. Alrededor las voces, el tránsito, la vida. Y el crimen estaba allí. Habría que lavar no sólo el piso: la memoria. Habría que quitarles los ojos a los que vimos, asesinar también a los deudos, que nadie llore, que no haya más testigos. Pero la sangre echa raíces y crece como un árbol en el tiempo. La sangre en el cemento, en las paredes, en una enredadera: nos salpica, nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza. Las bocas de los muertos nos escupen una perpetua sangre quieta. Confiaremos en la mala memoria de la gente, ordenaremos los restos, perdonaremos a los sobrevivientes, daremos libertad a los encarcelados, seremos generosos, magnánimos y prudentes. Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa, pero instauramos la paz, consolidamos las instituciones; los comerciantes están con nosotros, los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos, los colegios particulares, las personas respetables. Hemos destruido la conjura, aumentamos nuestro poder: ya no nos caeremos de la cama porque tendremos dulces sueños. Tenemos secretarios de Estado capaces de transformar la mierda en escencias aromáticas, diputados y senadores alquimistas, líderes inefables, chulísimos, un tropel de putos espirituales enarbolando nuestra bandera gallardamente. Aquí no ha pasado nada. Comienza nuestro reino. En las planchas de la Delegación están los cadáveres. Semidesnudos, fríos, agujerados, algunos con el rostro de un muerto. Afuera, la gente se amontona, se impacienta, Espera no encontrar el suyo: “Vaya usted a buscar a otra parte.” La juventud es el tema dentro de la Revolución. El Gobierno apadrina a los héroes. El peso mexicano está firme y el desarrollo del país es ascendente. Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.Hemos demostrado al mundo que somos capaces, respetuosos, hospitalarios, sensibles (¡Que Olimpiada maravillosa!), y ahora vamos a seguir con el “Metro” porque el progreso no puede detenerse. Las mujeres, de rosa, los hombres, de azul cielo, desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa que construye la patria de nuestros sueños

Por el ojo de la llave no vas a ver nada en el cuarto a oscuras. Tira la puerta!

¿Cómo se escribe agua? Se debería escribir haguah, jáguaj… como el que tiene sed.

Se puso a desprender, una tras otra, las capas de la cebolla, y decía: ¡He de encontrar la verdadera cebolla, he de encontrarla!

Cuarenta días y cuarenta noches estuve en vela esperando. Hasta que llegaste.

Cada amanecer doy las gracias por haber sobrevivido a la noche. cada anochecer doy las gracias por haber sobrevivido al día. (Debiera dar las gracias, es cierto, por sobrevivirme a mí mismo).

Debí haberte encontrado diez años antres o diez años después. Pero llegaste a tiempo.

La policía irrumpió en la casa y atrapó a los participantes de aquella fiesta. Se los llevó a la cárcel por lujuriosos y perversos. Era natural. La policía no puede irrumpir en las calles y acabar con otros escándalos, como el de la miseria.

Esperar que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte, morir poco, a pedazos. No ha habido hora más larga que cuando no dormías, ni túnel más espeso de horror y de miseria que el que llenaban tus lamentos, tu pobre cuerpo herido.

De las nueve de la noche en adelante, viendo televisión y conversando estoy esperando la muerte de mi padre. Desde hace tres meses, esperando. En el trabajo y en la borrachera, en la cama sin nadie y en el cuarto de niños, en su dolor tan lleno y derramado, su no dormir, su queja y su protesta, en el tanque de oxígeno y las muelas del día que amanece, buscando la esperanza. Mirando su cadáver en los huesos que es ahora mi padre, e introduciendo agujas en las escasas venas, tratando de meterle la vida, de soplarle en la boca el aire… (Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas. ¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

Te enterramos ayer. Ayer te enterramos. Te echamos tierra ayer. Quedaste en la tierra ayer. Estás rodeado de tierra desde ayer. Arriba y abajo y a los lados por tus pies y por tu cabeza está la tierra desde ayer. Te metimos en la tierra, te tapamos con tierra ayer. Perteneces a la tierra desde ayer. Ayer te enterramos en la tierra, ayer.

Te fuiste no sé a dónde. Te espera tu cuarto. Mi mamá, Juan y Jorge te estamos esperando. Nos han dado abrazos de condolencia, y recibimos cartas, telegramas, noticias de que te enterramos, pero tu nieta más pequeña te busca en el cuarto, y todos, sin decirlo, te estamos esperando.

No se ha roto ese vaso en que bebiste, ni la taza, ni el tubo, ni tu plato. Ni se quemó la cama en que moriste, ni sacrificamos un gato. Te sobrevive todo. Todo existe a pesar de tu muerte y de mi flato. Parece que la vida nos embiste igual que el cáncer sobre tu omoplato. Te enterramos, te lloramos, te morimos, te estás bien muerto y bien jodido y yermo mientras pensamos en lo que no hicimos y queremos tenerte aunque sea enfermo. Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos a no ser habitantes de tu infierno.

Papá por treinta o por cuarenta años, amigo de mi vida todo el tiempo, protector de mi miedo, brazo mío, palabra clara, corazón resuelto, te has muerto cuando menos falta hacías, cuando más falta me haces, padre, abuelo, hijo y hermano mío, esponja de mi sangre, pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño. Te has muerto y me has matado un poco. Porque no estás, ya no estaremos nunca completos, en un sitio, de algún modo. Algo le falta al mundo, y tú te has puesto a empobrecerlo más, y a hacer a solas tus gentes tristes y tu Dios contento.

¿Será posible que abras los ojos y nos veas ahora? ¿Podrás oírnos? ¿Podrás sacar tus manos un momento? Estamos a tu lado. Es nuestra fiesta, tu cumpleaños, viejo. Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos venimos a abrazarte, todos, viejo. ¡Tienes que estar oyendo! No vayas a llorar como nosotros porque tu muerte no es sino un pretexto para llorar por todos, por los que están viviendo. Una pared caída nos separa, sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.

Me dicen que debo hacer ejercicio para adelgazar, que alrededor de los 50 son muy peligrosos la grasa y el cigarro, que hay que conservar la figura y dar la batalla al tiempo, a la vejez. Expertos bien intencionados y médicos amigos me recomiendan dietas y sistemas para prolongar la vida unos años más. Lo agradezco de todo corazón pero me río de tan vanas recetas y tan escaso afán. (La muerte también ríe de todas esas cosas.) La única recomendación que considero seriamente es la de llevar una mujer joven a la cama porque a estas alturas la juventud sólo puede llegarnos por contagio.

La luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía Un pedazo de luna en el bolsillo es el mejor amuleto que la pata de conejo: sirve para encontrar a quien se ama, y para alejar a los médicos y las clínicas. Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver. Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados. Para los condenados a muerte y para los condenados a vida no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas.

¡Cómo te quiero, Chayo, cómo duele pensar que traen tu cuerpo! —así se dice— (¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible rasparla de la lámpara, recogerla del piso con una escoba? ¿Qué, no tiene escobas la Embajada?) ¡Cómo duele, te digo, que te traigan, te pongan, te coloquen, te manejen, te lleven de honra en honra funerarias! (¡No me vayan a hacer a mí esa cosa de los Hombres Ilustres, con una chingada!) ¡Cómo duele, Chayito! ¿Y esto es todo? ¡Claro que es todo, es todo! Lo bueno es que hablan bien en el Excélsior y estoy seguro de que algunos lloran, te van a dedicar tus suplementos, poemas mejores que éste, estudios, glosas, ¡qué gran publicidad tienes ahora! La próxima vez que platiquemos te diré todo el resto. Ya no estoy enojado.

Veremos el cometa Kohoutec estos días. Calculan los astrónomos que volverá a ser visto dentro de cincuenta mil años. ¿Entiendes mi arrebato? ¿No es una dádiva generosa, amada, amiga mía, tu presencia de hoy?

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.

Acabo de estrenar un coche de lujo. Nunca en mi vida había tenido sino pequeños carros, modestos, mediocres, más bien pobres instrumentos de trabajo. Estuve alegre ayer todo el día, como cuando tuve bicicleta a los once años. ¿Qué simbiosis se establece entre el objeto y uno mismo? ¿Porqué la posesión de lo superfluo enaltece el ánimo como una conquista? Con sus 240 caballos de fuerza parece que aumentara la fuerza de uno mismo, su capacidad de acción, su poderío. Mi mujer y mis hijos están felices también. Nos hemos paseado de un lado al otro admirando su vestidura impecable, su palanca al piso, el espejo lateral que se mueve desde dentro y tantas preciosidades que lo hacen distinto. ¡Dios mío!, me pregunto, ¿esto es lo que llaman enajenación?, ¿o es el principio de mi decadencia? Bueno, me digo, consolándome: todavía me faltan dos años para pagarlo.

Si te despiertas a las dos, ahogándote con tu propia saliva, y das un brinco en la angustia y jalas aire desesperadamente, mortalmente, y vuelves a la vida, no al sueño, porque ya no puedes dormir, y te quedas pensando como una hoja que piensa en el viento, y te acuerdas de Poe, que dicen que murió de su propio vómito en una borrachera, en una madrugada, en una calle, solo, ahogándose, el pobre de Edgar Alían Tremens, agarrándose el cuello, crispándose todito, dando el zapotazo con la cabeza sobre el pavimento; te levantas, te sientas a la orilla de la cama, sientes frío, te cierras bien el suéter, te vas a la cocina, haces café, estás agradecido. Sobre el refrigerador la pecera vacía ya no tiene al príncipe encantado, o la princesa, que dormía con los ojos abiertos en el agua. Recuerdas cómo abría su boca para pedirte alimento o para contarte su silenciosa historia. Amaneció flotando un día, como un pez de colores, y fue depositado bajo las yerbas del jardín para que lenta, verde agua, se evaporara. Sólo «Pujitos» y las moscas, el perrito lanudo mueve la cola, se despereza, se aproxima, te pide su salida a la calle, pero comprende que es de noche y vuelve a echarse. El gato no molesta y sigue durmiendo con sus tres niños de pecho que la semana pasada, de pronto lo hicieron gata. Se asoman las mujeres que perdiste, las que te engañaron, aquella que te dijo «yo soy tu harén». Habías visto en la oscuridad los dos féretros en la misma tumba, el rostro quebrado de tu hijo, y ahora, la reciente, ¿cómo se estará cocinando en su cajón la dulce, la pensativa Rosario? Las elecciones, la televisión, los poetas, los macheteros de la fábrica, la operación de Julio, habrá tiempo para dormir, las palabras, las imágenes. Un coche escandaliza, pasa, ladran, dejan limpio el silencio. ¡Al abordaje, pues: las sábanas!

De pronto, me siento perseguido por la buena suerte. Todo me sale bien. Disfruto de salud, de amor y de dinero. ¿Qué hice?, ¿qué debo hacer para merecerlo? ¿Es una más de tus pruebas, Dios mío?

¿Tiene uno, como la naturaleza, sus estaciones, sus ciclos de vida? En el curso de quince o veinte días pasa una primavera y un verano en el fondo del alma, y luego viene un día violento en que nos quedamos sin hojas, y fríos, e inmóviles.

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido la esposa, ¿cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo, el que pierde el tiempo?

En la estación de los ferrocarriles acabo de dejar a la Rosa. La Rosa tiene cáncer y regresa a Tuxtla a morir. Lo sabe, y nos ha recomendado a su hija. Igual que los toros, uno busca su querencia a la hora de la muerte. Uno lleva consigo el olor de su tierra, las semillas, las hojas de los árboles de su tierra bajo la piel, la arena y el aire en que ha crecido, el agua bautismal de todos los días. Uno quiere confundirse con todas estas cosas cuando se siente herido de muerte. El cadáver de la Rosa anda buscando su lugar. Hoy toma el tren de la ocho veinticinco rumbo a Tuxtla. ¡Buen viaje!

Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete.

No es que muera de amor, muero de ti Muero de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel de ti, de mi alma de ti y de mi boca y del insoportable que yo soy sin ti. Muero de ti y de mi, muero de ambos, de nosotros, de ese, desgarrado, partido, me muero, te muero, lo morimos. Morimos en mi cuarto en que estoy solo, en mi cama en que faltas, en la calle donde mi brazo va vacío, en el cine y los parques, los tranvías, los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza y mi mano tu mano y todo yo te sé como yo mismo. Morimos en el sitio que le he prestado al aire para que estés fuera de mí, y en el lugar en que el aire se acaba cuando te echo mi piel encima y nos conocemos en nosotros, separados del mundo, dichosa, penetrada, y cierto , interminable. Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos entre los dos, ahora, separados, del uno al otro, diariamente, cayéndonos en múltiples estatuas, en gestos que no vemos, en nuestras manos que nos necesitan. Nos morimos, amor, muero en tu vientre que no muerdo ni beso, en tus muslos dulcísimos y vivos, en tu carne sin fin, muero de máscaras, de triángulos obscuros e incesantes. Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo, de nuestra muerte ,amor, muero, morimos. En el pozo de amor a todas horas, Inconsolable, a gritos, dentro de mi, quiero decir, te llamo, te llaman los que nacen, los que vienen de atrás, de ti, los que a ti llegan. Nos morimos, amor, y nada hacemos sino morirnos más, hora tras hora, y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Me encanta Dios. es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos. Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre de traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida – no tú ni yo – la vida, sea para siempre. Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang… Pero ¿que importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes. A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes! Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble. Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento. Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia- y se agita y crece- cuando Dios se aleja. Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer mas amada, el perrito y la pulga, la piedra mas antigua, el pétalo mas tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy. A mi me gusta, a mi me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.