Vivir para contarla

Gabriel García Márquez

Vivir para contarla

Vivir para contarla


Gabriel García Márquez cuenta sus memorias desde su niñez hasta el momento en que por azares del destino es enviado a Europa. Cuando cuenta su vida, se da uno cuenta de que mucho de lo que escribió eran experiencias de vida o anécdotas que alguien más le contó. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 26, unas memorias.

Cisco: Bullicio , reyerta , alboroto.
Cachimba: Pipa.
Hetaira: Nombre que recibían en la Antigua Grecia las cortesanas, es decir, una combinación de dama de compañía y prostituta refinada.
Pilatuna: Acción indecorosa o inmoral.
Vermífugos: Propiedad de una sustancia o planta medicinal que sirve para expulsar los gusanos intestinales (lombrices y oxiuros).
Acoquinar: Acobardar o asustar.
Paraninfo: En algunas universidades , salón de actos.
Atafagar: Molestar a alguien con insufrible importunidad.
Racamandaca: De lo mejor.
Panóptico: Un tipo de arquitectura carcelaria.
Tramoya: Enredo dispuesto con ingenio y disimulo.
Chiflamica: Músico mediocre, sin talento.

La vida no es la que uno vivió, sin ola que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia.

-Tu papá está muy triste –dijo. Ahí estaba, pues, el infierno tan temido. Empezaba como siempre, cuando menos se esperaba, y con una voz sedante que no había de alterarse ante nada.

Cuando viajaba el superintendente de la compañía, o su familia, o sus invitados de nota, enganchaban en la cola del tren un vagón de lujo con ventanas de vidrios solares y cornisas doradas, y una terraza descubierta con mesitas para viajar tomando el té. No conocí ningún mortal que hubiera visto por dentro esa carroza de fantasía. Mi abuelo había sido alcalde dos veces y además tenía una noción alegre del dinero, pero sólo viajaba en segunda si iba con alguna mujer de la familia. Y cuando le preguntaban por qué viajaba en tercera, contestaba: «Porque no hay cuarta».

Allí empezó el calor. Cuando reanudó la marcha, la nueva locomotora nos mandaba en cada vuelta una ráfaga de cisco que se metía por la ventana sin vidrios y nos dejaba cubiertos de una nieve negra.

-¡La estación! –exclamó mi madre-. Cómo habrá cambiado el mundo que ya nadie espera el tren.

Yo detestaba desde niño aquellas siestas inertes porque no sabíamos qué hacer. «Cállense, que estamos durmiendo», susurraban los durmientes sin despertar. Los almacenes, las oficinas públicas, las escuelas, se cerraban desde las doce y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las tres. El interior de las casas quedaba flotando en un limbo de sopor.

Años después, rememorando con ella aquel viaje, comprobé que se acordaba de la tragedia, pero habría dado el alma por olvidarla. Esto fue aún más evidente cuando pasamos frente a la casa donde vivió don Emilio, más conocido como el Belga, un veterano de la primera guerra mundial que había perdido el uso de ambas piernas en un campo minado en Normandía, y que un domingo de Pentecostés se puso a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Yo no tenía más de seis años, pero recuerdo como si hubiera sido ayer el revuelo que causó la noticia a las siete de la mañana.

Adriana Berdugo, la esposa del doctor, estaba cosiendo tan abstraída en su primitiva Domestic de manivela, que no sintió cuando mi madre llegó frente a ella y le dijo casi con un susurro: -Comadre. Adriana alzó la vista enrarecida por los gruesos lentes de présbita, se los quitó, vaciló un instante, y se levantó de un salto con los brazos abiertos y un gemido: -¡Ay, comadre! Mi madre estaba ya detrás del mostrador, y sin decirse nada más se abrazaron a llorar. Yo permanecí mirándolas desde fuera del mostrador, sin saber qué hacer, estremecido por la certidumbre de que aquel largo abrazo de lágrimas calladas era algo irreparable que estaba ocurriendo para siempre en mi propia vida.

-Pues mire usted, comadre -concluyó-. Médico soy, y aquí me tiene usted, sin saber cuántos de mis enfermos se han muerto por la voluntad de Dios y cuántos por mis medicinas.

-Esta pobre casa está en las últimas -dijo.
-Es peor -dijo el hombre-: Si no se nos ha caído encima es por lo que hemos gastado en mantenerla.
Tenían una lista de reparaciones pendientes, además de otras que se habían deducido del alquiler, hasta el punto de que éramos nosotros quienes les debíamos dinero. Mi madre, que siempre fue de lágrima fácil, era también capaz de una entereza temible para enfrentar las trampas de la vida.

Los cuartos eran simples y no se distinguían entre si, pero me bastó con una mirada para darme cuenta de que en cada uno de sus incontables detalles había un instante crucial de mi vida.

-¡Y aquí naciste tú! No lo sabía hasta entonces, o lo había olvidado, pero en el cuarto siguiente encontramos la cuna donde dormí hasta los cuatro años, y que mi abuela conservó para siempre. La había olvidado, pero tan pronto como la vi me acordé de mí mismo llorando a gritos con el mameluco de florecitas azules que acababa de estrenar, para que alguien acudiera a quitarme los pañales embarrados de caca. Apenas si podía mantenerme en pie agarrado a los barrotes de la cuna, tan pequeña y frágil como la canastilla de Moisés. Esto ha sido motivo frecuente de discusión y burlas de parientes y amigos, a quienes mi angustia de aquel día les parece demasiado racional para una edad tan temprana. Y más aún cuando he insistido en que el motivo de mi ansiedad no era el asco de mis propias miserias, sino el temor de que se me ensuciara el mameluco nuevo. Es decir, que no se trataba de un prejuicio de higiene sino de una contrariedad estética, y por la forma como perdura en mi memoria creo que fue mi primera vivencia de escritor.

No podía dormir por la rabia de estar pensando en él, pero lo que más rabia me daba era que mientras más rabia sentía, más pensaba.

Ella no pudo dominar su corazón cuando lo vio atravesar la sala con una determinación demasiado ostensible y la invitó a bailar la primera pieza. «La sangre me golpeaba tan fuerte por dentro del cuerpo que ya no supe si era de rabia o de susto», me dijo ella. Él se dio cuenta y le asestó un zarpazo brutal: «Ya no tiene que decirme que sí, porque su corazón me lo está diciendo». Ella, sin más vueltas, lo dejó plantado en la sala a la mitad de la pieza. Pero mi padre lo entendió a su manera. -Quedé feliz -me dijo.

Poco antes de su muerte le preguntaron en una entrevista de prensa si hubiera querido escribir una novela, y contestó que había desistido cuando le hice la consulta sobre el verbo enclavijar porque entonces descubrió que el libro que yo estaba escribiendo era el mismo que él pensaba escribir.

Ahora que conozco Riohacha no consigo visualizarla como es, sino como la había construido piedra por piedra en mi imaginación.

Ése era el estado del mundo cuando empecé a tomar conciencia de mi ámbito familiar y no logro evocarlo de otro modo: pesares, añoranzas, incertidumbres, en la soledad de una casa inmensa.

Nunca he olvidado la frase casi ritual de la abuela al entrar en la cocina: «Hay que hacer de todo, porque no se sabe qué les gustará a los que vengan».

Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de la familia y a las muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia. Eran de carácter fuerte y corazón tierno, y me trataban con la naturalidad del paraíso terrenal. Entre las muchas que recuerdo, Lucía fue la única que me sorprendió con su malicia pueril, cuando me llevó al callejón de los sapos y se alzó la bata hasta la cintura para mostrarme su pelambre cobriza y desgreñada. Sin embargo, lo que en realidad me llamó la atención fue la mancha de carate que se extendía por su vientre como un mapamundi de dunas moradas y océanos amarillos. Las otras parecían arcángeles de la pureza: se cambiaban de ropa delante de mí, me bañaban mientras se bañaban, me sentaban en mi bacinilla y se sentaban en las suyas frente a mí para desahogarse de sus secretos, sus penas, sus rencores, como si yo no entendiera, sin darse cuenta de que lo sabía todo porque ataba los cabos que ellas mismas me dejaban sueltos.

El calor era insoportable en el cuarto lleno de humo por las ollas de agua hirviendo que llevaban de la cocina. Permanecí en un rincón, repartido entre el susto y la curiosidad, hasta que la partera sacó por los tobillos una cosa en carne viva como un ternero de vientre con una tripa sanguinolenta colgada del ombligo. Una de las mujeres me descubrió entonces en el rincón y me sacó a rastras del cuarto. -Estás en pecado mortal -me dijo. Y me ordenó con un dedo amenazante-: No vuelvas a acordarte de lo que viste. En cambio, la mujer que de verdad me quitó la inocencia no se lo propuso ni lo supo nunca. Se llamaba Trinidad, era hija de alguien que trabajaba en la casa, y empezaba apenas a florecer en una primavera mortal. Tenía unos trece años, pero todavía usaba los trajes de cuando tenía nueve, y le quedaban tan ceñidos al cuerpo que parecía más desnuda que sin ropa. Una noche en que estábamos solos en el patio irrumpió de pronto una música de banda en la casa vecina y Trinidad me sacó a bailar con un abrazo tan apretado que me dejó sin aire. No sé qué fue de ella, pero todavía hoy me despierto en mitad de la noche perturbado por la conmoción, y sé que podría reconocerla en la oscuridad por el tacto de cada pulgada de su piel y su olor de animal. En un instante tomé conciencia de mi cuerpo con una clarividencia de los instintos que nunca más volví a sentir, y que me atrevo a recordar como una muerte exquisita.

Pero debo confesar que ni entonces ni ahora he logrado relacionar el parto con el sexo. En todo caso, pienso que mi intimidad con la servidumbre pudo ser el origen de un hilo de comunicación secreta que creo tener con las mujeres, y que a lo largo de la vida me ha permitido sentirme más cómodo y seguro entre ellas que entre hombres. También de allí puede venir mi convicción de que son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.

Mi recuerdo más inquietante de aquellos tiempos es el de la tía Petra, hermana mayor del abuelo, que se fue de Riohacha a vivir con ellos cuando se quedó ciega. Vivía en el cuarto contiguo a la oficina, donde más tarde estuvo la platería, y desarrolló una destreza mágica para manejarse en sus tinieblas sin ayuda de nadie. Aún la recuerdo como si hubiera sido ayer, caminando sin bastón como con sus dos ojos, lenta pero sin dudas, y guiándose sólo por los distintos olores. Reconocía su cuarto por el vapor del ácido muriático en la platería contigua, el corredor por el perfume de los jazmines del jardín, el dormitorio de los abuelos por el olor del alcohol de madera que ambos usaban para frotarse el cuerpo antes de dormir, el cuarto de la tía Mama por el olor del aceite en las lámparas del altar y, al final del corredor, el olor suculento de la cocina. Era esbelta y sigilosa, con una piel de azucenas marchitas, una cabellera radiante color de nácar que llevaba suelta hasta la cintura, y de la cual se ocupaba ella misma. Sus pupilas verdes y diáfanas de adolescente cambiaban de luz con sus estados de ánimo. De todos modos eran paseos casuales, pues estaba todo el día en el cuarto con la puerta entornada y casi siempre sola. A veces cantaba en susurros para sí misma, y su voz podía confundirse con la de Mina, pero sus canciones eran distintas y más tristes. A alguien le oí decir que eran romanzas de Riohacha, pero sólo de adulto supe que en realidad las inventaba ella misma a medida que las cantaba. Dos o tres veces no pude resistir la tentación de entrar en su cuarto sin que nadie se diera cuenta, pero no la encontré. Años después durante una de mis vacaciones de bachiller, le conté aquellos recuerdos a mi madre, y ella se apresuró a persuadirme de mi error. Su razón era absoluta, y pude comprobarla sin cenizas de duda: la tía Petra había muerto cuando yo no tenía dos años.

La impresión que tengo hoy es que la casa con todo lo que tenía dentro sólo existía para él, pues era un matrimonio ejemplar del machismo en una sociedad matriarcal, en la que el hombre es rey absoluto de su casa, pero la que gobierna es su mujer. Dicho sin más vueltas, él era el macho. Es decir: un hombre de una ternura exquisita en privado, de la cual se avergonzaba en público, mientras que su esposa se incineraba por hacerlo feliz.

Quienes me conocieron a los cuatro años dicen que era pálido y ensimismado, y que sólo hablaba para contar disparates, pero mis relatos eran en gran parte episodios simples de la vida diaria, que yo hacía más atractivos con detalles fantásticos para que los adultos me hicieran caso. Mi mejor fuente de inspiración eran las conversaciones que los mayores sostenían delante de mí, porque pensaban que no las entendía, o las que cifraban aposta para que no las entendiera. Y era todo lo contrario: yo las absorbía como una esponja, las desmontaba en piezas, las trastocaba para escamotear el origen, y cuando se las contaba a los mismos que las habían contado se quedaban perplejos por las coincidencias entre lo que yo decía y lo que ellos pensaban.

Fumaba una cachimba de lobo de mar que solo encendía para el ajedrez, y mi abuelo decía que era una trampa para aturdir al adversario. Tenía un ojo de vidrio desorbitado que parecía más pendiente del interlocutor que el ojo sano.

El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Nunca volvió a estudiar, pero toda la vida fue consciente de sus vacíos y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaba de sobra sus defectos. Aquella tarde del circo volvió abatido a la oficina y consultó el diccionario con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo: -Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca. Era un mamotreto ilustrado con un atlante colosal en el lomo, y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez. -¿Cuántas palabras tendrá? -pregunté. -Todas -dijo el abuelo.

El consuelo fue que en Cataca habían abierto por esos años la escuela montessoriana, cuyas maestras estimulaban los cinco sentidos mediante ejercicios prácticos y enseñaban a cantar. Con el talento y la belleza de la directora Rosa Elena Fergusson estudiar era algo tan maravilloso como jugar a estar vivos. Aprendí a apreciar el olfato, cuyo poder de evocaciones nostálgicas es arrasador. El paladar, que afiné hasta el punto de que he probado bebidas que saben a ventana, panes viejos que saben a baúl, infusiones que saben a misa. En teoría es difícil entender estos placeres subjetivos, pero quienes los hayan vivido los comprenderán de inmediato.

No nos tuteábamos, por la rara costumbre colombiana de tutearse desde el primer saludo y pasar al usted sólo cuando se logra una mayor confianza -como entre esposos.

La lección menos olvidable la aprendí para siempre en el bar Los Almendros, una noche de recién llegado en que Alvaro y yo nos enmarañamos en una discusión sobre Faulkner. Los únicos testigos en la mesa eran Germán y Alfonso, y se mantuvieron al margen en un silencio de mármol que llegó a extremos insoportables. No recuerdo en qué momento, pasado de rabia y aguardiente bruto, desafié a Alvaro a que resolviéramos la discusión a trompadas. Ambos iniciamos el impulso para levantarnos de la mesa y echarnos al medio de la calle, cuando la voz impasible de Germán Vargas nos frenó en seco con una lección para siempre: -El que se levante primero ya perdió.

La tía Francisca, virgen y mártir, siguió siendo la misma de los desparpajos insólitos y los refranes ríspidos, que se negó a entregar las llaves del cementerio y la fábrica de hostias para consagrar, con la razón de que Dios la habría llamado si ésa fuera su voluntad. Un día cualquiera se sentó en la puerta de su cuarto con varias de sus sábanas inmaculadas y cosió su propia mortaja cortada a su medida, y con tanto primor que la muerte esperó más de dos semanas hasta que la tuvo terminada. Esa noche se acostó sin despedirse de nadie, sin enfermedad ni dolor algunos, y se echó a morir en su mejor estado de salud. Sólo después se dieron cuenta de que la noche anterior había llenado los formularios de defunción y cumplido los trámites de su propio entierro.

Era la ley guajira: el agravio a un miembro de la familia tenían que pagarlo todos los varones de la familia del agresor.

En esa misma época mis padres me causaron un percance emocional que me dejó una cicatriz difícil de borrar. Fue un día en que mi madre sufrió una ráfaga de nostalgia y se sentó a teclear en el piano «Cuando el baile se acabó», el valse histórico de sus amores secretos, y a papá se le ocurrió la travesura romántica de desempolvar el violín para acompañarla, aunque le faltaba una cuerda. Ella se acopló fácil a su estilo de madrugada romántica, y tocó mejor que nunca, hasta que lo miró complacida por encima del hombro y se dio cuenta de que él tenía los ojos húmedos de lágrimas. «¿De quién te estás acordando?», le preguntó mi madre con una inocencia feroz. «De la primera vez que lo tocamos juntos», contestó él, inspirado por el valse. Entonces mi madre dio un golpe de rabia con ambos puños en el teclado. -¡No fue conmigo, jesuita! -gritó a toda voz-.Tú sabes muy bien con quién lo tocaste y estás llorando por ella. No dijo el nombre, ni entonces ni nunca más, pero el grito nos petrificó de pánico a todos en distintos sitios de la casa.

Un día hizo sus alforjas y se fue a buscar las fortunas yacentes en los pueblos menos pensados del río Magdalena. Antes de irse me llevó con sus socios y amigos y les hizo saber con una cierta solemnidad que a falta de él estaría yo. Nunca supe si lo dijo en chanza, como le gustaba decirlo aun en ocasiones graves, o si lo dijo en serio como le divertía decirlo en ocasiones banales. Supongo que cada quien lo entendió como quiso, pues a los doce años yo era raquítico y pálido y apenas bueno para dibujar y cantar. La mujer que nos fiaba la leche le dijo a mi madre delante de todos, y de mí, sin una pizca de maldad: -Perdone que se lo diga, señora, pero creo que este niño no se le va a criar. El susto me dejó por largo tiempo a la espera de una muerte repentina, y soñaba a menudo que al mirarme en el espejo no me veía a mí mismo sino a un ternero de vientre. El médico de la escuela me diagnosticó paludismo, amigdalitis y bilis negra por el abuso de lecturas mal dirigidas. No traté de aliviar la alarma de nadie. Al contrario, exageraba mi condición de minusválido para eludir deberes. Sin embargo, mi padre se saltó la ciencia a la torera y antes de irse me proclamó responsable de casa y familia durante su ausencia: -Como si fuera yo mismo. El día del viaje nos reunió en la sala, nos dio instrucciones y regaños preventivos por lo que pudiéramos hacer mal en ausencia suya, pero nos dimos cuenta de que eran artimañas para no llorar. Nos dio una moneda de cinco centavos a cada uno, que era una pequeña fortuna para cualquier niño de entonces, y nos prometió cambiárnoslas por dos iguales si las teníamos intactas a su regreso. Por último se dirigió a mí con un tono evangélico: -En tus manos los dejo, en tus manos los encuentre. Me partió el alma verlo salir de la casa con las polainas de montar y las alforjas al hombro, y fui el primero que se rindió a las lágrimas cuando nos miró por última vez antes de doblar la esquina y se despidió con la mano. Sólo entonces, y para siempre, me di cuenta de cuánto lo quería.

Nunca logré manejar la timidez. Cuando tuve que afrontar en carne viva la encomienda que nos dejó el padre errante, aprendí que la timidez es un fantasma invencible. Cada vez que debía solicitar un crédito, aun de los acordados de antemano en tiendas de amigos, me demoraba horas alrededor de la casa, reprimiendo las ganas de llorar y los apremios del vientre, hasta que me atrevía por fin con las mandíbulas tan apretadas que no me salía la voz. No faltaba algún tendero sin corazón que acabara de aturdirme: «Niño pendejo, no se puede hablar con la boca cerrada». Más de una vez regrese a casa con las manos vacías y una excusa inventada por mí. Pero nunca volví a ser tan desgraciado como la primera vez que quise hablar por teléfono en la tienda de la esquina. El dueño me ayudó con la operadora, pues aún no existía el servicio automático. Sentí el soplo de la muerte cuando me dio la bocina. Esperaba una voz servicial y lo que oí fue el ladrido de alguien que hablaba en la oscuridad al mismo tiempo que yo. Pensé que mi interlocutor tampoco me entendía y alcé la voz hasta donde pude. El otro, enfurecido, elevó también la suya: -¡Y tú, por qué carajo me gritas! Colgué aterrado. Debo admitir que a pesar de mi fiebre de comunicación tengo que reprimir todavía el pavor al teléfono y al avión, y no sé si me venga de aquellos días. ¿Cómo podía llegar a hacer algo? Por fortuna, mamá repetía a menudo la respuesta: «Hay que sufrir para servir».

Mi lectura del Quijote me mereció siempre un capítulo aparte, porque no me causó la conmoción prevista por el maestro Casalins. Me aburrían las peroratas sabias del caballero andante y no me hacían la menor gracia las burradas del escudero, hasta el extremo de pensar que no era el mismo libro de que tanto se hablaba. Sin embargo, me dije que un maestro tan sabio como el nuestro no podía equivocarse, y me esforcé por tragármelo como un purgante a cucharadas. Hice otras tentativas en el bachillerato, donde tuve que estudiarlo como tarea obligatoria, y lo aborrecí sin remedio, hasta que un amigo me aconsejó que lo pusiera en la repisa del inodoro y tratara de leerlo mientras cumplía con mis deberes cotidianos. Sólo así lo descubrí, como una deflagración, y lo gocé al derecho y al revés hasta recitar de memoria episodios enteros.

También entraron por allí los primeros automóviles convertibles que se lanzaban por las calles a velocidades de locos y se hacían tortilla en las nuevas carreteras pavimentadas. La agencia funeraria La Equitativa, inspirada por el humor de la muerte, colocó un anuncio enorme a la salida de la ciudad: «No corra, nosotros lo esperamos».

La pobreza de mis padres en Barranquilla, por el contrario, era agotadora, pero me permitió la fortuna de hacer una relación excepcional con mi madre. Sentía por ella, más que el amor filial comprensible, una admiración pasmosa por su carácter de leona callada pero feroz frente a la adversidad, y por su relación con Dios, que no parecía de sumisión sino de combate. Dos virtudes ejemplares que le infundieron en la vida una confianza que nunca le falló. En los peores momentos se reía de sus propios recursos providenciales. Como la vez en que compró una rodilla de buey y la hirvió día tras día para el caldo cotidiano cada vez más aguado, hasta que ya no dio para más. Una noche de tempestad pavorosa se gastó la manteca de cerdo de todo el mes para hacer mechones de trapo, pues la luz se fue hasta el amanecer y ella misma les había inculcado a los menores el miedo a la oscuridad para que no se movieran de la cama. Mis padres visitaban al principio a las familias amigas emigradas de Aracataca por la crisis del banano y el deterioro del orden público. Eran visitas circulares en las que se giraba siempre sobre los temas de la desgracia que se había cebado en el pueblo. Pero cuando la pobreza nos apretó a nosotros en Barranquilla no volvimos a quejarnos en casa ajena. Mi madre redujo su reticencia a una sola frase: «La pobreza se nota en los ojos».

Su relación [de su hermano Luis Enrique] con el dinero era muy personal. En una ocasión en que mi madre lo sorprendió rasguñando en su cartera la plata del mercado, su defensa fue algo bárbara pero lúcida: la plata que uno saca sin permiso de las carteras de los padres no puede ser un robo, porque es la misma plata de todos, que nos niegan por la envidia de no poder hacer con ella lo que hacen los hijos. Llegué a defender su argumento hasta el extremo de confesar que yo mismo había saqueado los escondites domésticos por necesidades urgentes. Mi madre perdió los estribos. «No sean tan insensatos -casi me gritó-: ni tú ni tu hermano me roban nada, porque yo misma dejo la plata donde sé que irán a buscarla cuando estén en apuros.» En algún ataque de rabia le oí murmurar desesperada que Dios debería permitir el robo de ciertas cosas para alimentar a los hijos.

Hablaba viendo el micrófono como si papá estuviera ahí y al final se aturdió tratando de mandarle un beso, y besó el micrófono. Ella misma no pudo con sus carcajadas, y nunca logró contar el cuento completo porque terminaba bañada en lágrimas de risa. Sin embargo, aquel día permaneció absorta y por fin dijo en la mesa como hablando para nadie: -Le noté a Gabriel algo raro en la voz. Le explicamos que el sistema de radio no sólo distorsiona las voces sino que enmascara la personalidad. La noche siguiente dijo dormida: «De todos modos se le oía la voz como si estuviera mucho más flaco».

Todos se conocían, no tanto por sus nombres como por sus vidas secretas.

La única condición de seguridad para los niños fue que aprendieran a nadar antes de caminar, pues el pueblo estaba dividido en dos por un caño de aguas oscuras que servía al mismo tiempo de acueducto y albañal. Los echaban desde el primer año por los balcones de las cocinas, primero con salvavidas para que le perdieran el miedo al agua y después sin salvavidas para que le perdieran el respeto a la muerte. Años después, mi hermano Jaime y mi hermana Ligia, que sobrevivieron a los riesgos iniciáticos, se lucieron en campeonatos infantiles de natación.

Los maestros jesuítas, tan severos en clases, eran distintos en los recreos, donde nos enseñaban lo que no decían dentro y se desahogaban con lo que en realidad hubieran querido enseñar.

Mi hermano Luis Enrique, que ya era un veterano del cuerpo, se reventaba de risa porque alguien de nuestra edad tuviera que pagar por algo que hacían dos al mismo tiempo y los hacía felices a ambos.

Un disparate genial del poeta bogotano don José Manuel Marroquín, que enloquecía al auditorio desde la primera estrofa: Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan, ahora que albando la toca las altas suenas campanan; y que los rebuznos burran y que los gorjeos pajaran, y que los silbos serenan y que los gruños marranan, y que la aurorada rosa los extensos doros campa, perlando líquidas viertas cual yo lagrimo derramas y friando de tirito si bien el abrasa almada, vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.

Mis compañeros de clase se dividieron desde el primer momento: los que en realidad pensaban que había estado loco desde siempre, los que creían que me hacía el loco para gozar la vida y los que siguieron tratándome sobre la base de que los locos eran los maestros.

Se llamaba Martina Fonseca y era una blanca vaciada en un molde de mulata, inteligente y autónoma, que bien podía ser la amante del poeta.

Estábamos a salvo de todo riesgo, porque su marido anunciaba su llegada a la ciudad con una clave para que ella supiera que estaba entrando en el puerto. Así fue el tercer sábado de nuestros amores, cuando estábamos en la cama y se oyó el bramido lejano. Ella quedó tensa. -Tate quieto -me dijo, y esperó dos bramidos más. No saltó de la cama, como yo lo esperaba por mi propio miedo, sino que prosiguió impávida-: Todavía nos quedan más de tres horas de vida. Ella me lo había descrito como «un negrazo de dos metros y un jeme, con una tranca de artillero». Estuve a punto de romper las reglas del juego por el zarpazo de los celos, y no de cualquier modo: quería matarlo. Lo resolvió la madurez de ella, que desde entonces me llevó de cabestro a través de los escollos de la vida real como a un lobito con piel de cordero.

De eso quería hablarte me dijo sin misterios-. Lo mejor para ambos sería que te fueras a estudiar en otra parte ahora que estamos locos de amarrar. Así te darás cuenta de que lo nuestro no será nunca más de lo que ya fue.

Entonces aprendí que Martina era fácil de convencer cuando decía que sí pero nunca cuando decía que no.

En las vacaciones de aquel buen año había previsto visitar a la abuela Tranquilina en Aracataca, pero ella tuvo que ir de urgencia a Barranquilla para operarse de las cataratas. La alegría de verla de nuevo se completó con la del diccionario del abuelo que me llevó de regalo. Nunca había sido consciente de que estaba perdiendo la vista, o no quiso confesarlo, hasta que ya no pudo moverse de su cuarto. La operación en el hospital de Caridad fue rápida y con buen pronóstico. Cuando le quitaron las vendas, sentada en la cama, abrió los ojos radiantes de su nueva juventud se le iluminó el rostro y resumió su alegría con una sola palabra: -Veo. El cirujano quiso precisar qué tanto veía y ella barrió el cuarto con su mirada nueva y enumeró cada cosa con una precisión admirable. El médico se quedó sin aire. pues sólo yo sabía que las cosas que enumeró la abuela no eran las que tenía enfrente en el cuarto del hospital, sino las de su dormitorio de Aracataca, que recordaba de memoria y en su orden. Nunca más recobró la vista.

El que no canta no puede imaginarse lo que es el placer de cantar.

Sin embargo, su proeza mayor fue que formó a Guillermo López Guerra un bogotano puro, en el arte caribe de tocar las claves, que es cuestión de tres dos, tres dos.

Todavía hoy, para hacer una suma mental, tengo que desbaratar los números en sus componentes más fáciles, en especial el siete y el nueve, cuyas tablas no pude nunca memorizar. De modo que para sumar siete y cuatro le quito dos al siete, sumo el cuatro al cinco que me queda y al final vuelvo a sumar el dos: ¡once! La multiplicación me falló siempre porque nunca pude recordar los números que llevaba en la memoria.

Mi único inconveniente social en el colegio eran unas pesadillas siniestras heredadas de mi madre, que irrumpían en los sueños ajenos como alaridos de ultratumba. Mis vecinos de cama las conocían de sobra y sólo les temían por el pavor del primer aullido en el silencio de la madrugada. El maestro de turno, que dormía en el camarote de cartón, se paseaba sonámbulo de un extremo al otro del dormitorio hasta que se restablecía la calma. No sólo eran sueños incontrolables, sino que tenían algo que ver con la mala conciencia, porque en dos ocasiones me ocurrieron en casas extraviadas. También eran indescifrables, porque no sucedían en ensueños pavorosos, sino al contrario, en episodios felices con personas o lugares comunes que de pronto me revelaban un dato siniestro con una mirada inocente. Una pesadilla apenas comparable con una de mi madre, que tenía en su regazo su propia cabeza y la expurgaba de las liendres y los piojos que no la dejaban dormir. Mis gritos no eran de pavor, sino voces de auxilio para que alguien me hiciera la caridad de despertarme. En el dormitorio del liceo no había tiempo de nada, porque al primer quejido me caían encima las almohadas que me lanzaban desde las camas vecinas. Despertaba acezante, con el corazón alborotado pero feliz de estar vivo.

En mis tiempos de Aracataca había soñado con la buena vida de ir cantando de feria en feria, con acordeón y buena voz, que siempre me pareció la manera más antigua y feliz de contar un cuento. Si mi madre había renunciado al piano para tener hijos, y mi padre había colgado el violín para poder mantenernos, era apenas justo que el mayor de ellos sentara el buen precedente de morirse de hambre por la música. Mi participación eventual como cantante y tiplero en el grupo del liceo probó que tenía oído para aprender un instrumento más difícil, y que podía cantar.

Llegué a ser tan espontáneo, que el día en que se conoció el fin de la guerra mundial salimos a las calles en manifestación de júbilo con banderas, pancartas y voces de victoria. Alguien pidió un voluntario para decir el discurso y salí sin pensarlo siquiera al balcón del club social, frente a la plaza mayor, y lo improvisé con gritos altisonantes, que a muchos les parecieron aprendidos de memoria. Fue el único discurso que me vi obligado a improvisar en mis primeros setenta años. Terminé con un reconocimiento lírico a cada uno de los Cuatro Grandes, pero el que llamó la atención de la plaza fue el del presidente de los Estados Unidos, fallecido poco antes: «Franklin Delano Roosevelt, que como el Cid Campeador sabe ganar batallas después de muerto». La frase se quedó flotando en la ciudad durante varios días, y fue reproducida en carteles callejeros y en retratos de Roosevelt en las vitrinas de algunas tiendas. De modo que mi primer éxito público no fue como poeta ni novelista, sino como orador, y peor aún: como orador político. Desde entonces no hubo acto público del liceo en que no me subieran a un balcón, sólo que entonces eran discursos escritos y corregidos hasta el último aliento.

Él me preguntó si había leído La experiencia literaria, un libro muy comentado de don Alfonso Reyes. Le confesé que no, y me lo llevó al día siguiente. Devoré la mitad por debajo del pupitre en tres clases sucesivas, y el resto en los recreos del campo de futbol. Me alegró que un ensayista de tanto prestigio se ocupara de estudiar las canciones de Agustín Lara como si fueran poemas de Garcilaso, con el pretexto de una frase ingeniosa: «Las populares canciones de Agustín Lara no son canciones populares». Para mí fue como encontrar la poesía disuelta en una sopa de la vida diaria.

Yo contribuía con la lectura de sonetos que firmaba con el seudónimo de Javier Garcés, que en realidad no usaba para distinguirme sino para esconderme.

En la primera semana tuve que escaparme del cuarto a las cuatro de la madrugada, porque nos equivocamos de fecha y el oficial podía llegar en cualquier momento. Salí por el portón del cementerio a través de los fuegos fatuos y los ladridos de los perros necrófilos. En el segundo puente del caño vi venir un bulto descomunal que no reconocí hasta que nos cruzamos. Era el sargento en persona, que me habría encontrado en su casa si me hubiera demorado cinco minutos más. -Buenos días, blanco -me dijo con un tono cordial. Yo le contesté sin convicción: -Dios lo guarde, sargento. Entonces se detuvo para pedirme fuego. Se lo di, muy cerca de él, para proteger el fósforo del viento del amanecer. Cuando se apartó con el cigarrillo encendido, me dijo de buen talante: -Llevas un olor a puta que no puedes con él.

No sé por qué artes de ilusionismo los maestros y condiscípulos que me habían visto siempre como un estudiante retraído empezaron a verme en el quinto año como a un poeta maldito heredero del ambiente informal que prosperó en la época de Carlos Martín. ¿No sería para parecerme más a esa imagen por lo que empecé a fumar en el liceo a los quince años? El primer golpe fue tremendo. Pasé media noche agonizando sobre mis vómitos en el piso del baño. Amanecí exhausto, pero la resaca del tabaco, en vez de repugnarme, me provocó unos deseos irresistibles de seguir fumando. Así empecé mi vida de tabaquista empedernido, hasta el extremo de no poder pensar una frase si no era con la boca llena de humo. En el liceo sólo estaba permitido fumar en los recreos, pero yo pedía permiso para ir a los orinales dos y tres veces en cada clase, sólo por matar las ansias. Así llegué a tres cajetillas de veinte cigarrillos al día, y pasaba de cuatro según el fragor de la noche. En una época, ya fuera del colegio, creí enloquecer por la resequedad de la garganta y el dolor de los huesos. Decidí abandonarlo pero no resistí más de dos días de ansiedad.

No hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor.

Siempre es posible encontrar un culpable para no serlo uno mismo.

Además del nombre bautismal, todos teníamos otro que la familia nos ponía después por facilidad cotidiana, y no era un diminutivo sino un sobrenombre casual. A mí, desde el instante mismo de nacer me llamaron Gabito -diminutivo irregular de Gabriel en la costa guajira- y siempre he sentido que ése es mi nombre de pila, y que el diminutivo es Gabriel. Alguien sorprendido de este santoral antojadizo nos preguntaba por qué nuestros padres no habían preferido de una buena vez bautizar a todos sus hijos con el sobrenombre. Sin embargo, esa liberalidad de mi madre parecía ir en sentido contrario de su actitud con las dos hijas mayores, Margot y Aída, a quienes trataba de imponerles el mismo rigor que su madre le impuso a ella por sus amores empedernidos con mi padre. Quería mudarse de pueblo. Papá, en cambio, que no necesitaba oírlo dos veces para hacer sus maletas y echarse a rodar por el mundo, estaba reacio aquella vez. Pasaron varios días antes de enterarme de que el problema eran los amores de las dos hijas mayores con dos hombres distintos, desde luego, pero con el mismo nombre: Rafael. Cuando me lo contaron no pude disimular la risa por el recuerdo de la novela de horror que habían sufrido papá y mamá, y se lo dije a ella. -No es lo mismo -me dijo. -Es lo mismo -le insistí. -Bueno -concedió ella-, es lo mismo, pero dos veces al mismo tiempo.

El duelo histórico del pueblo fueron las muertes gemelas del mismo Plinio Balmaceda y Tasio Ananías, un sargento de la policía famoso por su pulcritud, hijo ejemplar de Mauricio Ananías, que tocaba el tambor en la misma banda en que Joaquín Vega tocaba el bombardino. Fue un duelo formal en plena calle, en el que ambos quedaron malheridos, y sobrellevaron una larga agonía cada quien en su casa. Plinio recobró la lucidez casi al instante, y su preocupación inmediata fue por la suerte de Ananías. Éste, a su vez, se impresionó con la preocupación con que Plinio rogaba por su vida. Cada uno empezó a suplicar a Dios que no muriera el otro, y las familias los mantuvieron informados mientras tuvieron alma. El pueblo entero vivió el suspenso con toda clase de esfuerzos para alargar las dos vidas. A las cuarenta y ocho horas de agonía, las campanas de la iglesia doblaron a duelo por una mujer que acababa de morir. Los dos moribundos las oyeron, y cada uno en su cama creyó que doblaban por la muerte del otro. Ananías murió de pesar casi al instante, llorando por la muerte de Plinio. Éste lo supo, y murió dos días después llorando a mares por el sargento Ananías.

La tensión se convirtió en otro pan de cada día. Al principio se organizaron rondas furtivas no tanto para descubrir a los autores de los pasquines como para saber qué decían, antes de que los destruyeran al amanecer.

Un escritor serio no puede matar un personaje si no tiene una razón convincente.

Sobre mí se dijo de todo, y corrió la voz de que mi correspondencia no me llegaba a la dirección de mis padres sino a las casas de las bandidas. Me convertí en el cliente más puntual de sus sancochos épicos de hiél de tigre y sus guisos de iguana, que daban ímpetus para tres noches completas. No volví a leer ni a sumarme a la rutina de la mesa familiar. Eso correspondía a la idea tantas veces expresada por mi madre de que yo hacía a mi manera lo que me daba la gana, y en cambio la mala fama la arrastraba el pobre Luis Enrique. Este, sin conocer la frase de mi madre, me dijo por esos días: «Lo único que falta decir ahora es que estoy corrompiéndote y me manden otra vez a la casa de corrección».

-¿No decías que no tomabas café? Sin saber qué contestarle, le inventé lo primero que se me pasó por la cabeza: -Siempre tengo sed a esta hora. -Como todos los borrachos -replicó él. No me miró más ni se volvió a hablar del asunto. Pero mi madre me informó que mi padre, deprimido desde aquel día, había empezado a considerarme como un caso perdido, aunque nunca me lo dejó saber. Mis gastos aumentaban tanto que resolví saquear las alcancías de mi madre. Luis Enrique me absolvió con su lógica de que la plata robada a los padres, si se usa para el cine y no para putear, es plata legítima. Sufrí con los apuros de complicidad de mi madre para que mi padre no se diera cuenta de que yo andaba por malos rumbos. Tenía razón de sobra pues en la casa se notaba demasiado que a veces seguía dormido sin motivo a la hora del almuerzo y tenía una voz de gallo ronco, y andaba tan distraído que un día no escuché dos preguntas de papá, y él me endilgó el más duro de sus diagnósticos: -Estás mal del hígado.

Y entonces le conté mi situación en el liceo. Me juzgaban por mis calificaciones, mis padres se vanagloriaban año tras año de los resultados, me creían no sólo el alumno intachable, sino además el amigo ejemplar, el más inteligente y rápido, y el más famoso por su simpatía. O, como decía mi abuela: «El nene perfecto». Sin embargo, para terminar pronto, la verdad era la contraria. Parecía así, porque no tenía el valor y el sentido de independencia de mi hermano Luis Enrique, que sólo hacía lo que le daba la gana. Y que sin duda iba a lograr una felicidad que no es la que se desea para los hijos, pero sí la que les permite sobrevivir a los cariños descomedidos, los miedos irracionales y las esperanzas alegres de los padres. Mi madre quedó anonadada con el retrato adverso del que ellos se habían forjado en sus sueños solitarios. -Pues no sé qué vamos a hacer -dijo al cabo de un silencio mortal-, porque si le contamos todo esto a tu padre se nos morirá de repente. ¿No te das cuenta de que eres el orgullo de la familia? Para ellos era simple: ya que no había posibilidad alguna de que yo fuera el médico eminente que mi padre no pudo ser por falta de recursos, soñaban al menos con que fuera un profesional de cualquier cosa. -Pues no seré nada de nada -concluí-. Me niego a que me hagan por la fuerza como yo no quiero o como ustedes quisieran que fuera, y mucho menos como quiere el gobierno.

Preocupado también por la carga emocional que había sobrellevado mi madre en aquellos días, le pedí que me preparara el ambiente para hablar cara a cara con papá. Se opuso, segura de que terminaríamos en un pleito. -No hay en este mundo dos hombres más parecidos que él y tú -me dijo-. Y eso es lo peor para conversar. Siempre creí lo contrario. Sólo ahora, cuando ya pasé por todas las edades que mi padre tuvo en su larga vida, he empezado a verme en el espejo mucho más parecido a él que a mi mismo.

De modo que le pedí su opinión a mi padre, para seguir el juego, y su respuesta fue inmediata y de una sinceridad desgarradora: -¿Qué quieres que te diga? Me dejas el corazón partido por la mitad, pero me queda al menos el orgullo de ayudarte a ser lo que te dé la gana.

En mis tiempos de estudiante todavía se leía en aquel lugar un periódico que tal vez tenía pocos antecedentes en el mundo. Era un tablero negro como el de las escuelas, que se exhibía en el balcón de El Espectador a las doce del día y a las cinco de la tarde con las últimas noticias escritas con tiza. En esos momentos el paso de los tranvías se volvía difícil, si no imposible, por el estorbo de las muchedumbres que esperaban impacientes. Aquellos lectores callejeros tenían además la posibilidad de aplaudir con una ovación cerrada las noticias que les parecían buenas y de rechiflar o tirar piedras contra el tablero cuando no les gustaban. Era una forma de participación democrática instantánea con la cual tenía El Espectador un termómetro más eficaz que cualquier otro para medirle la fiebre a la opinión pública.

En aquel tiempo todo el mundo era joven, pero siempre encontrábamos a otros que eran más jóvenes que nosotros. Las generaciones se empujaban unas a otras, sobre todo entre los poetas y los criminales, y apenas si uno había acabado de hacer algo cuando ya se perfilaba alguien que amenazaba con hacerlo mejor. A veces encuentro entre papeles viejos algunas de las fotos que nos tomaban los fotógrafos callejeros en el atrio de la iglesia de San Francisco, y no puedo reprimir un frémito de compasión, porque no parecen fotos nuestras sino de los hijos de nosotros mismos, en una ciudad de puertas cerradas donde nada era fácil, y mucho menos sobrevivir sin amor a las tardes de los domingos. Allí conocí por casualidad a mi tío José María Valdeblánquez, cuando creí ver a mi abuelo abriéndose paso con el paraguas entre la muchedumbre dominical que salía de misa. Su atuendo no enmascaraba un ápice de su identidad: vestido entero de paño negro, camisa blanca con cuello de celuloide y corbata de rayas diagonales, chaleco con leontina, sombrero duro y espejuelos dorados. Fue tal mi impresión que le cerré el paso sin darme cuenta. Él levantó el paraguas amenazante y me enfrentó a una cuarta de los ojos: -¿Puedo pasar? -Perdóneme -le dije avergonzado-. Es que lo confundí con mi abuelo. Él siguió escrutándome con su mirada de astrónomo, y me preguntó con una mala ironía: -¿Y se puede saber quién es ese abuelo tan famoso? Confundido por mi propia impertinencia le dije el nombre completo. El bajó entonces el paraguas y sonrió de muy buen talante. -Pues con razón nos parecemos -dijo-. Soy su primogénito.

Las tardes de los domingos, cuando cerraban la sala de música, mi diversión más fructífera era viajar en los tranvías de vidrios azules, que por cinco centavos giraban sin cesar desde la plaza de Bolívar hasta la avenida Chile, y pasar en ellos aquellas tardes de adolescencia que parecían arrastrar una cola interminable de otros muchos domingos perdidos. Lo único que hacía durante aquel viaje de círculos viciosos era leer libros de versos, quizás una cuadra de la ciudad por cada cuadra de versos, hasta que se encendían las primeras luces en la llovizna perpetua. Entonces recorría los cafés taciturnos de los barrios viejos en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los poemas que acababa de leer. A veces lo encontraba – siempre un hombre- y nos quedábamos hasta pasada la medianoche en algún cuchitril de mala muerte, rematando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos nos habíamos fumado y hablando de poesía mientras en el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.

La práctica terminó por convencerme de que los adverbios de modo terminados en mente son un vicio empobrecedor. Así que empecé a castigarlos donde me salían al paso, y cada vez me convencía más de que aquella obsesión me obligaba a encontrar formas más ricas y expresivas. Hace mucho tiempo que en mis libros no hay ninguno, salvo en alguna cita textual.

Había pasado casi todo el día ventilando mis frustraciones de escritor con Gonzalo Mallarino en su casa de la avenida Chile, y cuando regresaba a la pensión en el último tranvía subió un fauno de carne y hueso en la estación de Chapinero. He dicho bien: un fauno. Noté que ninguno de los escasos pasajeros de medianoche se sorprendió de verlo, y eso me hizo pensar que era uno más de los disfrazados que los domingos vendían de todo en los parques de niños. Pero la realidad me convenció de que no podía dudar, porque su cornamenta y sus barbas eran tan montaraces como las de un chivo, hasta el punto que percibí al pasar el tufo de su pelambre. Antes de la calle 26, que era la del cementerio, descendió con unos modos de buen padre de familia y desapareció entre las arboledas del parque. Después de la media noche, despertado por mis tumbos en la cama, Domingo Manuel Vega me preguntó qué me pasaba. «Es que un fauno se subió en el tranvía», le dije entre sueños. El me replicó bien despierto que si era una pesadilla debía ser por la mala digestión del domingo, pero si era el tema para mi próximo cuento le parecía fantástico. La mañana siguiente ya no supe si en realidad había visto un fauno en el tranvía o si había sido una alucinación dominical. Empecé por admitir que me había dormido por el cansancio del día y tuve un sueño tan nítido que no podía separarlo de la realidad. Pero lo esencial para mí no terminó por ser si el fauno era real, sino que lo había vivido como si lo fuera. Y por lo mismo -real o soñado- no era legítimo considerarlo como un embrujo de la imaginación sino como una experiencia maravillosa de mi vida.

La noche se había vuelto diáfana y fresca bajo la luna llena, y el silencio parecía una sustancia invisible que podía respirarse como el aire. Entonces comprendí lo que tanto nos contaba papá sin que se lo creyéramos, que ensayaba el violín de madrugada en el silencio del cementerio para sentir que sus valses de amor podían oírse en todo el ámbito del Caribe.

A principios de mayo la policía acribilló sin razones buenas ni malas una procesión de Semana Santa en las calles del Carmen de Bolívar, a unas veinte leguas de Cartagena. Yo tenía una debilidad sentimental con aquella población, donde se había criado la tía Mama, y donde el abuelo Nicolás había inventado sus célebres pescaditos de oro. El maestro Zabala, nacido en el pueblo vecino de San Jacinto, me encomendó con una rara determinación el manejo editorial de la noticia sin hacer caso de la censura y con todas sus consecuencias. Mi primera nota sin firma en la página editorial exigía al gobierno una investigación a fondo de la agresión y el castigo de los autores. Y terminaba con una pregunta: «¿Qué pasó en el Carmen de Bolívar?». Ante el desdén oficial, y ya en guerra franca con la censura, seguimos repitiendo la pregunta con una nota diaria en la misma página y con una energía creciente, dispuestos a exasperar al gobierno mucho más de lo que ya estaba. Al cabo de tres días, el director del diario confirmó con Zabala si había consultado con la redacción en pleno, y él mismo estaba de acuerdo en que debíamos continuar con el tema. De modo que seguimos haciendo la pregunta. Mientras tanto, lo único que supimos del gobierno nos llegó por una infidencia: habían dado orden de dejarnos solos con nuestro tema de loquitos sueltos hasta que se nos acabara la cuerda. No fue fácil, pues nuestra pregunta de cada día andaba ya por la calle como un saludo popular: «Hola hermano: ¿qué pasó en el Carmen de Bolívar?».

Quienes ven llorar a los payasos por primera vez quieren irse con ellos, pero al otro día se arrepienten.

Cuando salimos del café Colombia, con cinco tragos a cuestas, ya teníamos años de ser amigos.

Le llamaban tuerto sin serlo, porque en realidad sólo era estrábico, pero también de una manera distinta, y muy difícil de distinguir.

Nos bastó con vernos para que iniciáramos una conversación que todavía no ha terminado, en incontables lugares del mundo, durante más de medio siglo. Primero nuestros hijos y después nuestros nietos nos han preguntado a menudo sobre qué hablamos con una pasión tan encarnizada, y les hemos contestado la verdad: siempre hablamos de lo mismo.

Por la pulmonía me habían prohibido fumar, pero fumaba en el baño como escondido de mí mismo. El médico se dio cuenta y me habló en serio, pero no logré obedecerle. Ya en Sucre, mientras trataba de leer sin pausas los libros recibidos, encendía un cigarrillo con la brasa del otro hasta que ya no podía más, y mientras más trataba de dejarlo más fumaba. Llegué a cuatro cajetillas diarias, interrumpía las comidas para fumar y quemaba las sábanas por quedarme dormido con el cigarrillo encendido. El miedo de la muerte me despertaba a cualquier hora de la noche, y sólo fumando más podía sobrellevarlo, hasta que resolví que prefería morirme a dejar de fumar. Más de veinte años después, ya casado y con hijos, seguía fumando. Un médico que me vio los pulmones en la pantalla me dijo espantado que dos o tres años después no podría respirar. Aterrado, llegué al extremo de permanecer sentado horas y horas sin hacer nada más, porque no conseguía leer, o escuchar música, o conversar con amigos o enemigos sin fumar. Una noche cualquiera, durante una cena casual en Barcelona, un amigo siquiatra les explicaba a otros que el tabaco era quizás la adicción más difícil de erradicar. Me atreví a preguntarle cuál era la razón de fondo, y su respuesta fue de una simplicidad escalofriante: -Porque dejar de fumar sería para ti como matar a un ser querido. Fue una deflagración de clarividencia. Nunca supe por qué, ni quise saberlo, pero exprimí en el cenicero el cigarrillo que acababa de encender, y no volví a fumar uno más, sin ansiedad ni remordimientos, en el resto de mi vida.

Tuve la suerte de que mi madre estuviera sola en la cocina y me llevó al dormitorio por los senderos del jardín para que no se enterara papá. Tan pronto como me ayudó a quitarme la camisa empapada, la apartó a la distancia del brazo con las puntas del pulgar y el índice, y la tiró en el rincón con una crispación de asco. -Estabas con la fulana -dijo. Me quedé de piedra. -¡Cómo lo sabe! -Porque es el mismo olor de la otra vez -dijo impasible-. Menos mal que el hombre está muerto. Me sorprendió semejante falta de compasión por primera vez en su vida. Ella debió advertirlo, porque lo remachó sin pensarlo. -Es la única muerte que me alegró cuando la supe. Le pregunté perplejo: -¡Cómo supo quién es ella! -Ay, hijo -suspiró-, Dios me dice todo lo que tiene que ver con ustedes. Por último me ayudó a quitarme los pantalones empapados y los tiró en el rincón con el resto de la ropa. «Todos ustedes van a ser iguales a tu papá», me dijo de pronto con un suspiro hondo, mientras me secaba la espalda con una toalla de estopa. Y terminó con el alma: -Quiera Dios que también sean tan buenos esposos como él.

En el fondo, la razón de esta costumbre de contar proyectos paralelos no debería merecer reproches sino compasión: el terror de escribir puede ser tan insoportable como el de no escribir. En mi caso, además, estoy convencido de que contar la historia verdadera es de mala suerte. Me consuela, sin embargo, que alguna vez la historia oral podría ser mejor que la escrita, y sin saberlo estemos inventando un nuevo género que ya le hace falta a la literatura: la ficción de la ficción.

Me avisaba cuando tenía alguna noche sin prisa, y la pasábamos juntos en el descalabrado barrio chino, donde nuestros padres y los padres de sus padres aprendieron a hacernos.

El relato, con el título de Crónica de una muerte anunciada, se publicó dos años después. Mi madre no lo leyó por un motivo que conservo como otra joya suya en mi museo personal: «Una cosa que salió tan mal en la vida no puede salir bien en un libro».

La impresión mayor la sentí cuando traté de mover un talego sin forma que se me escapaba de las manos. Eran los restos de la abuela Tranquilina que mi madre había desenterrado y los llevaba para depositarlos en el osario de San Pedro Claver, donde están los de mi padre y la tía Elvira Carrillo en una misma cripta.

Una madrugada nos tuvo despiertos durante varias horas el balido cíclico de un cordero huérfano. Gustavo dijo exasperado: -Parece un faro. No lo olvidé nunca, porque era la clase de símiles que en aquel tiempo atrapaba al vuelo en la vida real para la novela inminente.

Yiyo nos sorprendió desde muy niño con una vocación literaria bien definida y por su carácter fuerte, del cual nos había dado una muestra precoz a los cinco años cuando lo sorprendieron tratando de prenderle fuego a un armario de ropa con la ilusión de ver a los bomberos apagando el incendio dentro de la casa. Más tarde, cuando él y su hermano Cuqui fueron invitados por condiscípulos mayores a fumar marihuana, Yiyo la rechazó asustado. El Cuqui, en cambio, que siempre fue curioso y temerario, la aspiró a fondo. Años después, náufrago en el tremedal de la droga, me contó que desde aquel primer viaje se había dicho: «¡Mierda! No quiero hacer nada más que esto en la vida». En los cuarenta años siguientes, con una pasión sin porvenir, no hizo más que cumplir la promesa de morir en su ley. A los cincuenta y dos años se le fue la mano en su paraíso artificial y lo fulminó un infarto masivo. Nanchi -el hombre más pacífico del mundo- siguió en el ejército después de su servicio militar obligatorio, se esmeró en toda clase de armas modernas y participó en numerosos simulacros, pero nunca tuvo la ocasión en una de nuestras tantas guerras crónicas. Así que se conformó con el oficio de bombero cuando salió del ejército, pero tampoco allí tuvo la ocasión de apagar un solo incendio en más de cinco años. Sin embargo, nunca se sintió frustrado, por un sentido del humor que lo consagró en familia como un maestro del chiste instantáneo, y le permitió ser feliz por el solo hecho de estar vivo.

La última vez que vi a la tía Pa, a sus casi noventa años, fue una tarde de un calor infame en que llegó a Cartagena sin anunciarse. Iba de Riohacha en un taxi expreso con una maletita de escolar, de luto cerrado y con un turbante de trapo negro. Entró feliz, con los brazos abiertos, y gritó para todos: -Vengo a despedirme porque ya me voy a morir. La acogimos no sólo por ser quien era, sino porque sabíanlos hasta qué punto conocía sus negocios con la muerte. Se quedó en la casa, esperando su hora en el cuartito de servicio, el único que aceptó para dormir, y allí murió en olor de castidad a una edad que calculábamos en ciento y un años.

Mi fracaso empezó desde el momento de embarcarme, cuando me preguntaron si me mareaba y contesté que no; si tenía miedo del mar y la verdad era que sí, pero también dije que no, y al final me preguntaron si sabía nadar -que debió haber sido lo primero- y no me atreví a decir la mentira de que sí sabía. De todos modos, en tierra firme y por una conversación de marineros, me enteré de que los cazadores iban hasta las Bocas de Ceniza, a ochenta y nueve millas náuticas de Cartagena, y regresaban cargados de tiburones inocentes para venderlos como criminales de a cincuenta pesos.

Me bastaría con evocar un almuerzo en que conversábamos con mi papá sobre la dificultad de muchos escritores para escribir sus memorias cuando ya no se acordaban de nada. El Cuqui, con apenas seis años, sacó la conclusión con una sencillez magistral: -Entonces -dijo-, lo primero que un escritor debe escribir son sus memorias, cuando todavía se acuerda de todo.

Todo lo que encontraba, todo lo que ocurría, toda la gente que me presentaban era como si ya lo hubiera vivido, y no en otra vida, sino en la que estaba viviendo.

Tanto había oído hablar de Manaure, de sus tardes de mayo y ayunos medicinales, que cuando estuve por primera vez me di cuenta de que lo recordaba como si lo hubiera conocido en una vida anterior.

Estábamos tomando una cerveza helada en la única cantina del pueblo cuando se acercó a nuestra mesa un hombre que parecía un árbol, con polainas de montar y al cinto un revólver de guerra. Rafael Escalona nos presentó, y él se quedó mirándome a los ojos con mi mano en la suya. -¿Tiene algo que ver con el coronel Nicolás Márquez? -me preguntó. -Soy su nieto -le dije. -Entonces -dijo él-, su abuelo mató a mi abuelo. Es decir, era el nieto de Medardo Pacheco, el hombre que mi abuelo había matado en franca lid. No me dio tiempo de asustarme, porque lo dijo de un modo muy cálido, como si también ésa fuera una manera de ser parientes. Estuvimos de parranda con él durante tres días y tres noches en su camión de doble fondo, bebiendo brandy caliente y comiendo sancochos de chivo en memoria de los abuelos muertos. Pasaron varios días antes de que me confesara la verdad: se había puesto de acuerdo con Escalona para asustarme, pero no tuvo corazón para seguir las bromas de los abuelos muertos. En realidad se llamaba José Prudencio Aguilar, y era un contrabandista de oficio, derecho y de buen corazón. En homenaje suyo, para no ser menos, bauticé con su nombre al rival que José Arcadio Buendía mató con una lanza en la gallera de Cien años de soledad.

La gente siempre quiere llorar: lo único que yo hago es darle el pretexto.

La credibilidad, mi querido maestro, depende mucho de la cara que uno ponga para contarlo.

Lo que esa amistad tuvo de ejemplar fue su capacidad de prevalecer sobre nuestras contradicciones. Los desacuerdos políticos eran muy hondos y lo fueron cada vez más a medida que se descomponía el mundo, pero siempre supimos encontrar un territorio común donde seguir luchando juntos por las causas que nos parecían justas.

Mi primo Gonzalo González, con una pierna enyesada por un mal partido de futbol, tenía que estudiar para contestar preguntas sobre todo, y terminó por volverse especialista en todo. A pesar de haber sido en la universidad un futbolista de primera fila, tenía una fe interminable en el estudio teórico de cualquier cosa por encima de la experiencia. La demostración estelar nos la dio en el campeonato de bolos de los periodistas, cuando se dedicó a estudiar en un manual las leyes físicas del juego en vez de practicar como nosotros en la canchas hasta el amanecer, y fue el campeón del año.

El que se emputa se jode.

Dos semanas después, cuando llegué al lugar, sólo setenta y cuatro cadáveres habían sido rescatados, y numerosos sobrevivientes estaban a salvo. La mayoría no fueron víctimas de los derrumbes sino de la imprudencia y la solidaridad desordenada. Como en los terremotos, tampoco fue posible calcular el número de personas con problemas que aprovecharon la ocasión de desaparecer sin dejar huellas, para escapar a las deudas o cambiar de mujer.

Todo lo que suena es música, incluidos los platos y los cubiertos en el lavadero, siempre que cumplan la ilusión de indicarnos por dónde va la vida. Mi límite era que no podía escribir con música porque le ponía más atención a lo que escuchaba que a lo que escribía, y todavía hoy asisto a muy pocos conciertos, porque siento que en la butaca se establece una especie de intimidad un poco impúdica con vecinos ajenos. Sin embargo, con el tiempo y las posibilidades de tener buena música en casa, aprendí a escribir con un fondo musical acorde con lo que escribo. Los nocturnos de Chopin para los episodios reposados, o los sextetos de Brahms para las tardes felices. En cambio, no volví a escuchar a Mozart durante años, desde que me asaltó la idea perversa de que Mozart no existe, porque cuando es bueno es Beethoven y cuando es malo es Haydn.

Nos tomamos tres tazas mortales de café y nos fumamos juntos medio paquete de cigarrillos bastos buscando a tientas el camino para conversar sin hablar, hasta que se atrevió a preguntarme si alguna vez había pensado en ella. Sólo entonces le dije la verdad: no la había olvidado nunca, pero su despedida había sido tan brutal que me cambió el modo de ser. Ella fue más compasiva que yo: -No olvido nunca que para mí eres como un hijo.

Se alegró de haber venido, me entretuvo con algunos recuerdos que nada tenían que ver conmigo, y tuve la vanidad de pensar que esperaba de mí una respuesta más íntima. Pero también, como todos los hombres, me equivoqué de tiempo y lugar.

Aún hoy sabemos que las grabadoras son muy útiles para recordar, pero no hay que descuidar nunca la cara del entrevistado, que puede decir mucho más que su voz, y a veces todo lo contrario.

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De Europa y América

Gabriel García Márquez

De Europa y América

De Europa y América


Tercer volúmen de la colección Obra Periodística, ahora con comentarios respecto de diversos temas durante su estadia en Europa y América. Destacan: El viaje a Viena, las formas de vida europea y los idiomas, El viaje en tren a Viena, Gina Lolobrígida vs Sofía Loren, Espías en París, su estancia en Rusia, Londres, Caracas. Su visión detrás de la cortina de hierro en su visita a Alemania Oriental, Rusia y Checoslovaquia. El golpe de estado en Venezuela. Calificación de 9.

¿Qué hacía García Márquez en Viena? Debe suponerse que allí estuvo solamente de paso, viajando en realidad hacia los países socialistas, precisamente Checoslovaquia y Polonia. Es decir, que García Márquez incluyó mucho tiempo después sus impresiones de esos dos países en u relato referido a su viaje de 1957. No le era posible escribir sobre países socialistas en la prensa colombiana de 1955, e incluso el solo hecho de haber viajado al otro lado de la Cortina de Hierro, si se llegaba a conocer entonces, podía crearle más de un problema y quizá creárselo a El Espectador.

Es evidente que las cosas no podían haber pasado como él las cuenta, pero basta con que las cuente así para que sea un hecho plenamente significativo. “En aquel enorme salón lleno de humo, bailando cumbia con espermas encendidas y comiendo butifarras, me pareció que no había valido la pena atravesar el océano Atlántico para volver a las fiestas de San Roque en Barranquilla. Sólo faltaba el negro Adán. Lo demás es literatura barata”

Los habitantes de París están acostumbrados a que los periódicos les digan lo que está pasando. La libertad de prensa es ilimitada. El obrero que compra su periódico antes de meterse al metro, sale por el extremo completamente informado de lo que está sucediendo en el mundo y sabe a cabalidad cuál es el punto de vista de su periódico: nada le impide exponerlo.

Lo original es el truco de García Márquez que consiste en contar lo que le pasó a él, que es al mismo tiempo la historia de la historia, la noticia de la noticia. La anécdota personal y el segundo grado –dos formas de desmitificación de la noticia- caracterizan buena parte de los reportajes escritos en la época europea.

La reconstitución de la lucha contra la dictadura y la denuncia de sus abusos ocupan casi enteramente las páginas que entonces publicaba. Además de retrospecciones narrativas y denuncias, hay textos de orientación: García Márquez intenta cambiar la realidad, interviniendo en el asunto de los inmigrados e intentando obtener la revisión de una injusticia que debería ser una entre muchas. Se trata de un periodismo militante dentro del margen que un extranjero podía permitirse, en nombre de la justicia y la democracia. La reivindicación de los derechos humanos, incluso en casos limitados, empieza a caracterizar una parte de su actividad.

Cuando los diplomáticos que han venido a Ginebra a componer un mundo que ellos mismos descompusieron entraron a comer, anoche, en el palacio de Eynard, había un lugar del globo que no se daba cuenta de la importancia de ese acontecimiento: la vieja Ginebra, la de Calvino, cuyas piedras huelen a jazmines y nadie sabe por qué, pues no se ven los jazmineros por ninguna parte.

El señor Eisenhower, indiferente a los trucos y los relámpagos que estallaban en la cara del señor Bulganin, presentaba en el Palacio de las Naciones Unidas su espectacular proposición. El presidente de los Estados Unidos estaba explicando cómo era que los aviones rusos podían tomar fotografías sobre los Estados Unidos, y viceversa, cuando un rayo cayó en alguna parte y produjo un cortocircuito.. Se fue la luz. En la oscuridad, a los fogonazos intermitentes de los relámpagos, el señor Eisenhower siguió explicando cómo era la cosa de las fotografías. Cuando acabaron de reparar las instalaciones, todavía el señor Eisenhower no había acabado de explicar su proposición, que en ese instante empezaba ya a provocar otro cortocircuito en las conversaciones.

No todos los periodistas acreditados hablaban francés. La mayoría –y entre ellos los orientales- hablaba inglés. Los otros hablábamos un poco de todo. El español fue lengua minoritaria: ninguno de los 263 empleados de la Maison de la Presse –que hablaban inglés y francés correctamente- hablaba español. Pero en realidad, en la Maison de la Presse no se ha hablado ningún idioma en los últimos días. Los italianos decidieron que pueden entenderse perfectamente con los españoles. Los españoles que pueden entenderse, hablando cada uno en su idioma, con los franceses y los italianos. Los ingleses y norteamericanos recurrieron a sus escasos conocimientos de todos los idiomas de origen latino. Los latinos decidieron que podían entenderse con los cajones, con las pocas palabras romances que conocen los ingleses y con las pocas palabras inglesas que conocen los latinos. El resultado fue un rompecabezas general, hecho con pedacitos de todos los idiomas del mundo, con el cual todos pudimos entendernos de cualquier modo. La agencia de All American Cable en Ginebra está atendida por un alemán, que además habla italiano e inglés- Tiene una secretaria suiza, que habla francés y alemán. Esa oficina se entendió en pedacitos de italiano, francés y español, con este corresponsal. En determinado momento, la secretaria suiza tuvo que actuar como intérprete entre el francés de este corresponsal y el español del gerente alemán.

Hay tantos perros por las calles como en Magangué. Y tal vez más. Pero estos son perros civilizados, que no le ladran a nadie y obedecen las señales del tránsito. Sin embargo, de muchas cosas podrían hablar las señoras de los Grandes, menos de todas estas cosas.

La última vez que el Papa pasó por la hermosa carretera de Castelgandolfo, se creyó que esa sería en realidad la última vez. Fue a fines del verano del año pasado y su salud alarmantemente quebrantada.

Tradicionalmente Su Santidad inicia su periodo de reposo en los primeros días de julio. Esta vez tiene casi un mes de retraso, y son muchas y muy diversas las interpretaciones que se han hecho de ese aplazamiento. Una de esas interpretaciones tiene mucho que ver con la crónica roja. Hace veinte días apareció el cuerpo decapitado de una mujer a orillas del lago de Castelgandolfo. La policía llevó el cuerpo a una nevera. Lo examinaron milímetro a milímetro y se estudiaron los datos de 300 mujeres desaparecidas en los últimos días. Una a una, las 300 mujeres han ido apareciendo. Sin proponérselo, se han descubierto muchas cosas, como ganancia adicional en la actividad investigativa: adulterios, violaciones, fugas sin importancia. Pero la cabeza de la decapitad de Castelgandolfo no ha aparecido por ninguna parte a pesar de que los buzos del gobierno, trabajando durante veinticuatro horas todos los días, han sondeado el lago milímetro a milímetro. Mañana, en su primer día de vacaciones, el Papa se asomará a la ventana de su palacio de verano para contemplar la superficie azul del hermosos lago de Castelgandolfo. Y aunque no se tienen noticias de que Su Santidad se interese por la fecunda y escandalosa crónica roja de los periódicos de Roma, acaso no pueda evitar la visión de los buzos y de las lanchas de la policía. Y acaso sea la única persona que pueda ver –desde una ventana que domina toda la superficie del lago- lo que todos los romanos están desesperados por conocer, la cabeza que, tarde o temprano, los buzos rescatarán de las aguas de Castelgandolfo.

Gli sbandati, hecha por un muchacho de veinticuatro años, es exactamente eso: una película hecha por un muchacho de veinticuatro años. […] Pero es una película valiente y distinta, que dice las cosas como deben decirse. Lucía Bosé, en una final inolvidable, demostró sus extraordinarias cualidades de actriz en esta película que es la última que hizo en Italia, antes de volar a los Estados Unidos, a casarse con Luis Miguel Dominguín.

Como estaba lloviendo, los turistas se refugiaron en el palacio del cine, con cualquier cosa de trapo puesta encima del vestido de baño. Y como la entrada no costaba ni una lira, se metieron a ver a Marcelino, pan y vino. Dos horas después, dentro de sus escandalosas camisas de flores, todos –hombres, mujeres y niños- salieron llorando como viudas desconsoladas. La razón para las lágrimas era bien sencilla: Ladislao Vajda ha hecho una película diabólicamente magistral, y Pablito Calvo es un actor inteligente, seguro y maravillosamente infantil. Marcelino, pan y vino, que debió ser presentada fuera de programa porque ya fue exhibida y premiada en Cannes, tiene la misma calidad de Bienvenido, míster Marshall, pero está hecha desde un punto de vista distinto: es una fábula católica, con toda la demagogia y toda la fe de un auto sacramental de los tiempos modernos. Tiene, naturalmente, porque es una película española al fin y al cabo, mucho material de relleno y rastros de la tradicional grandilocuencia del cine ibérico. Pero la historia, como creación, es impresionantemente bella: la historia del niño que le lleva de comer al Cristo de la buhardilla, porque lo ve flaco y clavado en un palo. Se entiende perfectamente por qué una película así logró que se les atragantaran los chicles a los turistas.

A Mocky no le gustó la película argentina, pero está interesado en rodar un film en Suramérica, porque le apasiona el ambiente. Prefiere que sea en Colombia, pues según le han dicho hay un ambiente semejante al que consiguió en México Yves Allegret para Los orgullosos. Le he dicho que es cierto. Y le he dicho una mentira que acaso dé resultado. Le he dicho que en Colombia hay capitales interesados en realizar coproducciones con Francia e Italia, sobre la base de que las películas tengan un ambiente colombiano auténtico y contribuyan a la formación de actores y técnicos colombianos. Jean-Pierre Mocky ha prometido hablar con sus amigos de Francia, con la esperanza de que en el próximo festival de directores prestados se presente una buena película colombiana hecha por franceses.

Mientras tanto, se anunciaba con mucha alharaca la presentación, el jueves, de El canto del gallo, de Rafael Gil. Los periodistas españoles se encargaron de decirnos a los otros periodistas que ésa sería la revelación del festival. Pero seis horas antes de la proyección anunciada, hubo una sustitución: en lugar de El canto del gallo se exhibió la película inglesa de Anatole Litvak. La explicación es muy española: El canto del gallo no pudo presentarse, porque aún no ha llegado la copia.

La participación de Suramérica en la XVI Exposición de Arte Cinematográfico de Venecia concluyó con la proyección del film brasileño Manos sangrientas, de Carlos Hugo Christiansen, que provocó el estupor de los europeos. Manos sangrientas es la historia de una evasión: 200 presos abriéndose paso, con fusiles y ametralladoras, a través de una isla. El director no economizó un solo disparo. Un periódico italiano hizo el inventario de la matanza: dos muertos por minutos. De aquella despiadada carnicería entre evadidos y guardianes, sólo queda al final el personaje interpretado por Arturo de Córdova. A lo largo de los noventa minutos de proyección no quedó nada más que un sangriento reguero de cadáveres. Los europeos no entienden que se puede matar de esa manera. Según ellos es una manera de matar que no se usa ni en las guerras. Hasta los criminales tienen sus reglas, parecen decir. Y cuando vieron que en la Tierra del Fuego se apaga el personaje central anda para todos los lados con una carabina, como andan los suizos con su perro, y que en Manos sangrientas cada evadido tiene una ametralladora que dispara contra sus compañeros cuando ya han sido exterminados todos los guardias, los europeos piensan que no hay derecho a llevar al cine tanto salvajismo. El jurado de selección hizo todo lo que pudo por evitar más derramamiento de sangre: cortó cincuenta metros de película, especialmente en una escena donde un evadido le saca a un guardia los ojos con espinas. Con todo, los europeos salieron de la proyección aterrorizados y escribieron comentarios de protesta e incredulidad. “Así es Suramérica”, les han dicho los brasileños. Pero los europeos están empeñados en no creerlo. Manos sangrientas no sólo es la mejor de las tres películas suramericanas presentadas en Venecia, sino que tiene algunas de los mejores cosas que se han visto en el salón principal. Christiansen se propuso hacer una película violenta, cruda, de un barbarismo destapado, y lo consiguió con autenticidad y nobleza en las escenas de la evasión. El movimiento de masas es emocionante y el tratamiento de los personajes tiene un acento masculino y convincente. Pero al final, cuando aquel drama de hombres se convierte en un problema psicológico de Arturo de Córdova, toda la armazón del film se viene abajo y se precipita de cabeza por los despeñaderos del peor melodrama.

Los directores de la exposición han tropezado este año con serios problemas. Entre ellos, el programa: El canto del gallo, del español Rafael Gil […] no llegó a tiempo para la proyección. El cambio se hizo rápidamente y se anunció una película inglesa: Deep Blue Sea. Pero la delegación británica, que estaba esperando un avión cargado de estrellas para dar un golpe espectacular, se opuso a última hora a que su primera película se exhibiera como relleno. A las nueve y treinta de la noche, cuando la sala estaba de bote en bote, en espera del film inglés, se anunció un nuevo cambio: en lugar de Deep Blue Sea sería presentada fuera de programa una película norteamericana: The Naked Dawn, del veterano Edgar G. Ulmer. La sustitución resultó ser un western de my baja calidad, que estaba en Venecia nadie sabe por qué, archivada en un depósito. Lo único que la hacía diferente a una mala película de vaqueros era su lentitud, un poco oriental. El público asistió a la proyección, decepcionado, y no abandonó la sala porque afuera no había nada que hacer. Sólo una persona abandonó la sala: el actor italiano Renato Rascel, que se fue al casino y perdió tres millones de liras. Octavio Croze, el director de la exposición, salió corriendo en el instante en que se encendían las luces. Sudaba dentro de su brillante esmoquin tropical, después de haber cancelado aquel día terrible, lleno de telegramas y llamadas telefónicas, que sin embargo fue un día fracasado. Alguien trató de detenerlo en la puerta. Croze se sacudió, diciendo: “Voy al bar a desintoxicarme”. Y allí, en el bar, se tomó un coñac doble, al lado de una mujer madura, vestida de blanco, que se comía un plato de carne helada con un aire melancólico. Cuando vio a Croze, la mujer le soltó una mirada fulminante. Todavía no habían terminado los problemas del día: aquella mujer era Hedy Lamarr, dispuesta a reclamarle a Croze que nadie se hubiera dado cuenta de que ella estaba en Venecia. Pero en realidad, la culpa de todo la tuvo Hedy Lamarr: llegó de incógnito al Lido, seguramente con la secreta esperanza de que la reconocieran los fotógrafos. Pero los fotógrafos no la reconocieron, sencillamente porque Hedy Lamarr no se parece a ella misma: es una mujer otoñal, de piel tostada e intensos ojos verdes, que pasa inadvertida entre las hermosas turistas que vienen a Venecia con la esperanza de pescar un productor. Se supo que estaba aquí desde hacía cinco días. Que había asistido a todas las sesiones de gala en compañía de una vieja señora y de su secretario inglés y que habían pagado tres mil liras por las localidades. En el hotel Excelsior se inscribió con un nombre falso. Es una historia triste, porque hace veintiún años Hedy Lamarr fue la primera estrella de la exposición de Venecia, cuando se presentó Éxtasis, la película en que ella aparece como su madre la echó al mundo. En la actualidad no llamaría la atención a nadie, no siquiera en ese estado.

Fue una lástima que Diana Dors no hubiera venido en el avión, porque además de los 300 periodistas, alguien más la estaba esperando: Joe Di Maggio, el reciente esposo de Marilyn Monroe. Di Maggio llegó de Roma y un periodista amigo le dijo que pocos minutos después llegaría “la Marilyn Monroe de Inglaterra”. Joe estuvo dos horas en el aeródromo de Treviso, esperando.

Desde hace algún tiempo los alemanes están aprovechando el cine para hacer confesiones de fe antinazi. Al parecer, el único que tuvo la culpa de la guerra fue Hitler, y sólo Hitler, con la eficaz pero no muy decidida cooperación de Goebbels. En el exterior se ha ayudado a los alemanes a divulgar esa tesis: El zorro del desierto no es otra cosa que la absolución del mariscal Rommel. Der Teufels General ha sido vista, sin embargo, con un criterio más trascendental en Venecia: los alemanes están tratando de demostrar que su ejército era un coro de inocentes arcángeles y buscan por ese medio conseguir el rearme. Por este aspecto, el film fue mirado con inquietud. Pero en cambio se admiró la formidable, directa y sobria dirección. La fotografía intachable y la actuación de Kurt Jurgens, vigorosa, severa, seca, dentro de la más pura tradición del buen cine alemán. Der Teufels General, desde el punto de vista de la realización, fue una de las mejores películas que se presentaron en Venecia.

La gracia de esta película que se ve en las playas del Lido los domingos de verano es que los pobres se dan cuenta de que allí están los ricos, pero les importa un pito, y en cambio los ricos creen que todo el que se baña en el Adriático es tan rico como ellos. De lo contrario, no se gastarían un cajón de dólares para recorrer medio mundo, después de haberse tomado el trabajo de ser ricos, para bañarse en la misma agua donde se bañan los pobres por cincuenta liras. Es una burla de los pobres, una burla de la sociedad, una burla del capitalismo a los capitalistas. Porque es más fácil y más agradable no tener que conseguir sino cincuenta liras, y no tener que conseguir un millón de dólares y un yate, para ir exactamente al mismo lugar, a hacer la misma cosa. Durante toda la semana, mientras los millonarios engordan una úlcera gástrica para poder venir al Lido el domingo, los pobres de Venecia les venden baratijas a los turistas. Les juegan limpio: compran un sombrero de paja, fabricado en Milán, y le ponen una cinta roja, fabricada en Torino. “Es un sombrero igual al que usaban los venecianos de la Serenísima”, les dicen, y los turistas los compran con un billete fabricado en Nueva York. Después se van con el sombrero puesto, haciendo el ridículo a través de un endiablado vericueto de puentes y echándose encima otro montón de cosas fabricadas en todas partes. El sábado en la noche, cuando ya los turistas no tienen dónde meter sus tres kilos de recuerdos de la Serenísima, los pobres cuentan su plata, se comen un plato de macarrones con un litro de vino y ponen a un lado cincuenta liras, para pasar el domingo en el Lido. Si el millonario de Manhattan supiera que la vida es así de sencilla y fácil, seguramente se vendría a Venecia a vender sombreros, en lugar de estar bebiendo leche de magnesia en el piso número 183. Pero entonces no podría realizarse, todos los domingos, esta película de pobres y ricos, que es un tremendo drama para morirse de risa. A las ocho de la mañana el Lido comienza a llenarse de pobres. Es un terremoto hecho de gente gorda, conversadora y sudorosa, entre la cual pueden verse revueltas con los gondoleros y los hijos de los gondoleros, tres o cuatro de las mujeres más bellas del mundo. Todos vienen vestidos de pobres: con la ropa remendada y los zapatos rotos, hablando ese dialecto veneciano, intrincado y excesivo, que acaso inventaron ellos mismos para poder burlarse de los ricos sin que los ricos lo sepan. Cada caseta, en la playa urbanizada por los ricos, cuesta mil liras. Eso es lo que gana un pobre en un día de trabajo. Y como los pobres no son tan tontos como los ricos, se meten entre los estrechos transversales y empiezan a quitarse la ropa. Es otra burla: debajo de los vestidos remendados, llevan puesto, también remendado, el vestido de baño. Dejan una pila de ropa debajo de un árbol y caminan 200 metros hasta la playa. Allí se acuestan

No sabía qué hacer, pero tenía la certidumbre de que era preciso hacer algo.

Gianna la Rossa proseguía su carta explciando las razones por las cuales prefería ampararse con un seudónimo. La carta terminaba: “Mi pellejo no vale nada, pero da la casualidad de que es el único que tengo”.

Alguien que examinó las verdaderas circunstancias en que murió Wilma Montesi manifestó: “Hubiera necesitado violentar hasta extremos sobrehumanos el instinto de conservación para permanecer ahogándose durante un cuarto de hora, a un metro de profundidad”. Suicidarse no cuesta tanto trabajo.

-¿Cree usted en la influencia del cine sobre las masas?
-Sí creo –respondió René Clair, en francés-. Y la prueba es que los gobiernos le ponen al cine má atención que a la literatura. No existe un oaís donde no haya censura para el cine. En muchos no hay censura para los libros, pero la hay para las películas. Naturalmente, René Clair no lo sabía a ciencia cierta, pero tal vez lo sospechaba: el preguntante era un periodista de España, donde existe la más curiosa y ridícula censura cinematográfica. Ese periodista me contaba un ejemplo: cuando en un film ocurre un adulterio, la censura modifica los diálogos para el doblaje, de tal manera que el amante quede convertido en hermano. “Pero entonces es un incesto”, le dije. Y me respondió: “Para la censura es más grave un adulterio que un incesto”.

Hay una cosa más divertida que saber alemán: no saber alemán. Nosotros los que hablamos esa lengua muerta que es el español en Europa, siempre encontramos una manera de entendernos con los franceses o los italianos. O con los rumanos, que tienen un asombroso parecido con todos nuestros tíos y que hablan una cosa extraordinariamente humana: un español sin preposiciones. Si se admite, en gracia de discusión, que el portugués, el francés y el italiano son desfiguraciones del español, se pueden sacar algunas conclusiones muy útiles en un tren europeo: el portugués es un español hablado con la nariz; el francés, un español hablado hacia adentro, y el italiano, un español hablado con las manos. Creo que es absolutamente imposible que el idioma italiano tenga tantos matices como los que se pueden expresar con las manos los italianos. Por eso es un idioma engañosamente fácil para nosotros, pero en realidad extremadamente difícil. Al poco tiempo de estar en Italia, uno está convencido de que entiende el italiano. Pero no hay más que oír la radio o sentarse en un tranvía al lado de un mutilado de guerra, para darse cuenta de que lo que se entiende es el idioma de las gesticulaciones.

Nosotros empezamos a contar con el índice: uno. Seguido con el cordial, el anular y el meñique: cuatro. Para decir cinco, sacamos el pulgar, que ha estado estratégicamente plegado en la palma de la mano. Los alemanes –y parece que con ellos todos los pueblos eslavos- empiezan a contar con el pulgar. “Eso no tiene ninguna importancia”, se piensa. Pero a las dos horas de estar en Viena, se descubre que la diferencia es más importante de lo que parece. Cuando se sube al ascensor, el ascensorista mastica una palabra; y uno, que va para el tercer piso, hace el número tres con los dedos, a la manera nuestra: índice, cordial y anular. Naturalmente el ascensor se detiene en el cuarto piso, porque los alemanes suponen que el número del pulgar se da por descontado. Así tiene uno que llevarse dos paquetes de cigarrillos cuando va a comprar uno, o cinco manzanas cuando piensa comprar cuatro.

Antes de entrar al vagón, los germanos preguntan si el puesto está desocupado. Es elemental, pero la diferencia es que los italianos hacen la pregunta después de estar sentados. Entonces tienen que cargar otra vez sus maletas, sus enormes envoltorios y pasar a otro compartimiento. Los germanos no pierden tiempo: puede haber una sola persona, que ellos siempre preguntan si los otros siete puestos están desocupados. Sólo entonces se descargan el morral y siguen quitándose cosas de encima. El tren recorre por lo menos un kilómetro antes de que los germanos se hayan acomodado, porque necesitan mucho tiempo para quitarse las cosas que llevan encima, para desocuparse los bolsillos. Al final de esa complicada evacuación se explica uno por qué no llevan equipaje: porque ya no les quedaba nada que llevar en la maleta, pues se habían enganchado encima y habían metido dentro de los bolsillos todas las cosas útiles que tenían en la casa.

Los zapatos de los italianos tienen un corte melancólicamente romántico. Sólo se parecen, en la forma, a otra cosa igualmente italiana; a las góndolas de Venecia. Y es posible que un italiano no use sus mejores zapatos y sus ropas mejores para ir a una fiesta, pero es indudable que por nada del mundo dejará de usarlos para viajar en tren. Los germanos, en cambio, usan esa cosa bárbaramente práctica que es el vestido de cuero. No es cuero sintético: es cuero legítimo crudo, en el cual parece que todavía se sintiera bramar el toro. Pantalón de cuero, camisa de cuero y zapatos de cuero. Y para protegerse de la lluvia, un terrible impermeable de cuero que está hecho seguramente con un toro completo. Los niñitos germanos, que desde los diez años tienen ya la cara que tendrán cuando sean adultos, tienen sus cortos pantaloncitos de cuero. Los adultos, que aun después de viejos tienen la misma cara que tenían cuando eran niños, tienen también sus cortos pantaloncitos de cuero. Es inevitable entonces acordarse de la túnica del Niño-Dios, de la cual se dice que creció junto con su dueño.

Siempre he creído que el sueño es una cosa absolutamente privada. Es decir, si usted tiene deseos de dormir, tiene que dormirse solo. Y se duerme solo. En el compartimiento de un tren donde caben justamente ocho personas y viajan ocho, justamente, el sueño es una función colectiva muy difícil de concebir. El caso es que uno tiene que ayudar a que se duerman los demás, para dormirse uno. Pero al mismo tiempo se tiene la extraña sensación de que las otras siete personas, para poder dormirse, están tratando de ayudarlo a uno para que se duerma. Cada cual se va acomodando como puede, en un momento en que cesa la conversación y sólo se oye el zumbido metálico del tren por el campo en tinieblas. Luego hay un instante de fastidio, de incomodidad y también de un poco de odio por el prójimo, pero después los ocho pasajeros duermen y uno tiene la inconcebible sensación de que está durmiendo un poco con el sueño de los demás. Antes del amanecer, después de casi veinte horas de viaje y sólo cuatro o cinco de sueño, la historia del compartimiento vuelve a empezar por el principio, como el día anterior.

En Ginebra es corriente que los choferes de servicio público hablen cuatro idiomas. En París hablan por lo menos dos. En Roma hablan un italiano que sólo lo entiendes “los romanos de Roma” y las cuatro palabras de inglés que sabe todo el mundo. En general, todo el mundo en Europa, después de la guerra, sabe esas cuatro palabras de inglés que no sirven para hablar, pero en cambio sirven para comer. Creo que un oxoniano no llegaría ni a la otra esquina tratando de entenderse con chofer de taxi. Porque el secreto no consta en saber inglés, sino en saber tan poco inglés como ellos y hablarlo igualmente mal. Si se les habla en un inglés perfecto, o al menos aceptable, los choferes no entienden. Y uno tampoco les entendería, porque al fin y al cabo eso no es inglés, sino una lengua internacional inventada especialmente por la gente que tampoco lo sabe. Ese es exactamente el inglés que yo hablo y entiendo.

Un checoslovaco estaba tratando de explicarle a un alemán cómo podía conseguirse un hotel. Si ahora me preguntan cómo hice para saber que el hombre que hablaba era un checoslovaco y el que escuchaba un alemán, no sabría cómo explicarlo. Pero la combinación era exactamente como la cuento: el checoslovaco, con un impermeable de drill amarillo y una maleta de lona en la mano, le hablaba al alemán en checo. El alemán, con un saco de cuero crudo, un morral, un sombrero verde cotorra y unos espejuelos de fondos de botella, le escuchaba atentamente en alemán. Al cabo de dos minutos se habían puesto de acuerdo. El alemán –bajo, grasiento, con cara de tomate- llamó a uno de los choferes y le dijo en alemán lo que el checo le había dicho en checo. Esa no es una situación apropiada para hacer proverbios. Sin embargo, en ese instante yo estaba dispuesto a hacer cualquier disparate y mentalmente hice un proverbio absurdo, pero efectivo: “Donde duermen dos, duermen tres”. Para una situación extrema sólo sirven los recursos externos. Y por estos lados la más extrema de las situaciones es hablar español. De manera que agarré al alemán por la manga y le dije, en un español que, modestia aparte, era un español perfecto: “Le ruego el favor de que me lleve a mí también”. Lo natural es que él me hubiera preguntado: “¿Para dónde?”. Pero como no me entendió ni una sola palabra, se quedó mirándome un segundo, estupefacto, y luego me soltó una frase en alemán. Después le gritó al chofer, le gritó al checo y me gritó a mí nuevamente, como si estuviera impartiendo órdenes para hacer una revolución. Nosotros obedecimos al pie de la letra, formamos un grupo férreo, invulnerable, solidario, y nos dirigimos resueltamente hacia el interior de la estación. Yo estaba seguro en ese momento de que el alemán iba a sacar una ametralladora, iba a acribillar al cajero de los ferrocarriles austriacos y a violentar la caja de caudales con una carga de dinamita. Pero sufrí una desilusión: el chofer se metió en una cabina y empezó a ladrar por teléfono. Una cosa es hablar alemán y otra bien diferente es hablar alemán por teléfono. Todo el mundo está de acuerdo en que los teléfonos no tienen hígado. Yo también estaba de acuerdo. Pero ahora estoy convencido de lo contrario, porque a ese bombardeado teléfono de la estación de Viena le dolía terriblemente el hígado mientras hablaba el chofer. Además, era de una crueldad gratuita, un sacrificio innecesario, porque en cualquier extremo de la ciudad en que se encontrara el interlocutor habría podido oír los gritos del chofer, sin necesidad de teléfono. Gritaba de tal modo que se habría necesitado ser un cretino para no entender lo que decía. Decía, sencillamente, que se había levantado tres gringos marranos que estaban dispuestos a pagar lo que se les pidiera por una cama.

Sé que era un taxi por el ruido del motor. Todavía no estaba sentado cuando volábamos a cien kilómetros por hora. El checo se fue de bruces contra el asiento delantero y me agarró por el cuello. Yo sentí que el estómago se me puso color de hielo. Luego me dijo algo cortésmente y yo me di cuenta, suspirando, de que me estaba presentando excusas. Sólo entonces el alemán, que estaba al otro lado del asiento, cerró la portezuela con un golpe seco que sonó como un pistoletazo. Volando a través del diluvio, en un automóvil que parecía como si se fuera desarmando en piezas a cien kilómetros por hora, tomé entonces la única precaución sensata: me incliné hacia adelante para convencerme de si realmente alguien iba manejando el automóvil. Corríamos por una calle interminable, con oscuros edificios grises. Parecía una ciudad evacuada. Yo no me movía, juiciosamente sentado como un niñito de escuela, no tanto porque tenía miedo del checoslovaco, sino porque pensaba que el checoslovaco debía tener miedo del alemán y el alemán, a su vez, debía tener miedo de nosotros dos. Ese era el momento preciso en que tres honrados e inofensivos ciudadanos pueden sacar las pistolas y masacrarse mutuamente dentro de un taxi, sin pronunciar una palabra. La cosa fue todavía más truculenta, porque el genio de Graham Green dispuso que en Viena se hicieran túneles interminables por donde los automóviles pasan delirando. Yo no me daba cuenta de los túneles y por eso creí que había llegado al límite en que la realidad es más fantástica que la imaginación. Por un momento sentí la lluvia que golpeaba furiosamente los cristales. De pronto, como interrumpida por una puerta automática, la lluvia cesaba de golpear. Entonces fue cuando se me ocurrió que en Viena había calles especiales, en las cuales no llovía jamás. El hotel donde nos llevaron está situado exactamente debajo de un puente por donde pasa un tren elevado cada cinco minutos. El alemán descargó dos aldabonazos y la puerta se abrió, llamando a gritos. Y es precisamente en ese instante donde no quiero seguir contando esta historia, porque todos mis amigos saben que yo soy un embustero y soy capaz de decir que la puerta la abrió un enano jorobado. Y, sin embargo, corriendo el riesgo de que mis amigos se convenzan de una vez por todas y de que nadie le quepa en adelante la menor duda de que soy un embustero, estoy dispuesto a contar la verdad a cualquier precio. Y la verdad es esa: la puerta la abrió un enano jorobado. No se parecía a Quasimodo. Era un enano común y corriente, común y corrientemente jorobado, pero sin nada de particular, Un administrador metódico, muy formal, que nos cobró a cada uno 25 chelines, nos condujo a través de una escalera, abrió un candado, descorrió el cerrojo y nos hizo pasar adelante. Después volvió a cerrar la puerta y volvió a echar el candado por fuera.

A las cinco de la mañana se me acabaron los cigarrillos. Entonces encendí una colilla. En ese momento empezó a filtrarse la claridad por la ventana y el primer rayo de luz dio exactamente sobre el rostro de un hombre de feroces dientes que me miraba con ojos amenazantes y desorbitados. Cada cinco minutos el edificio se estremecía de arriba abajo al paso del tren elevado. Pero el hombre no parpadeaba. Era dos veces más grande que un hombre normal, colgado al otro extremo del corredor. Me pareció perfectamente normal que hubiera sido un ahorcado, que uno de los mendigos hubiera pagado 25 chelines por una viga donde colgarse.

Viena es todo lo contrario: hay lugares donde los árboles no dejan ver la ciudad. Es un bosque enorme, donde viven un millón de personas serviciales. Esta mañana le dije al conductor de un tranvía que me dejara en Lerchenfelder Strasse, 14. El conductor se distrajo y se pasó de largo. Pero cuando cayó en la cuenta de su error, volteó al revés el trolley y retrocedió tres cuadras con 150 personas, para dejarme en la dirección indicada.

En realidad cuando empezó la guerra ya Austria la había perdido antes de que comenzara: Hitler la incorporó de un nuevo zarpazo al territorio alemán. Viena pasó a ser una remota ciudad de provincia, donde los nazis construyeron –a tres horas de tren- el matadero de Mauthausen. Un campo de concentración edificado con piedra viva, con una escalera de 2.000 peldaños por donde los nazis hacían subir a los prisioneros de guerra con una piedra enorme a la espalda. Tres millones de personas murieron en Mauthausen, en unos inocentes cuartos de baño, por cuyas duchas no salía agua, sino gas carbónico. En el mercado negro de Viena se vendían jabones fabricados en Mauthausen con la manteca que les sacaban a los judíos. He visto uno de esos jabones –que es en sí mismo un panteón- y no he podido explicarme cómo es posible que huela a jabón un jabón fabricado con manteca humana. Cuando los nazis fueron expulsados de Austria, el campo de concentración de Mauthausen se convirtió en un museo, en un monumento nacional. Ese es otro problema para los austríacos: no se sienten muy tranquilos con un monumento con el cual no tuvieron nada que ver y que ahora sirve exclusivamente para ponerles los pelos de punta a los turistas. El otro problema es el tanque soviético. En el territorio de Viena, los rusos erigieron un hermoso monumento: la estatua del soldado rojo, en Stalin Platz. Pero también hicieron una cosa para restregársela por la cara al nazismo: colocaron sobre una plataforma de cemento armado el primer tanque soviético que entró en Viena, vomitando candela contra los alemanes. Es un tanque pintado de verde, como un soldado construido a cachiporrazos con cuatro láminas de acero bárbaro. Frente al tanque, entre cuatro pinos enanos y bajo tres lápidas sencillas, están enterrados tres militares soviéticos.

A través de las calles desportilladas, los vieneses corren como demonios para alcanzar los tranvías. Nunca había visto pelear de tal manera para alcanzar un tranvía. Pero la razón es sencilla: cuando se compra el tiquete, el conductor señala al dorso la hora y el sentido del viaje. Ese tiquete tiene una validez de una hora, y dentro de esa hora se pueden hacer todos los cambios de tranvías que sean indispensables, con el mismo tiquete. El servicio es caro, rápido y puntual. Pero los pasajeros estás sometidos a un plazo angustioso. Mientras se espera una conexión en un paradero, el pasajero está perdiendo plata. Su tiquete está muriéndose minuto a minuto como un ser vivo, pero desahuciado.

Allí mismo hay un salón, abierto, donde se baila por 50 céntimos, con una bulliciosa orquesta que interpreta música suramericana. Después del segundo sifón de tres pisos, estaban tocan La molinera, de Rafael Escalona. Por la madrugada estaban tocando la Cumbia cienaguera. En media hora de descanso, son capaces de orquestar cualquier pieza colombiana. En aquel enorme salón lleno de humo, bailando cumbias con espermas encendidas y comiendo butifarras, me pareció que no había valido la pena atravesar el océano Atlántico para volver a las fiestas de San Roque, en Barranquilla. Sólo faltaba el negro Adán. Lo demás es literatura barata.

En realidad, el método de recoger actores callejeros se le ocurrió a De Sica porque su situación económica no le permitía hacer otra cosa. Cuando Cesare Zavattini escribió la historia de Ladrones de bicicletas, De Sica se dispuso a realizarla recurriendo a sus ahorros y a los ahorros de sus amigos. La guerra había terminado tres años antes. En Italia no había nadie dispuesto a gastarse en películas el dinero que no tenía. Pero De Sica estaba dispuesto a hacer su película y ya tenía todo listo. Sólo le faltaba la aceptación del protagonista central: Henry Fonda. Según el director, ningún otro actor habría podido desempeñar ese papel mejor que el norteamericano. Y le escribió una carta. Pocas semanas después, cuando se adelantaban los preparativos de la película, se recibió la respuesta: Henry Fonda cobraba por su participación exactamente el doble del dinero que se tenía para hacer todo el film. Así empezaron las cosas. Entre los actores italianos de esa época no se encontró a ninguno apropiado. Pero como De Sica no estaba dispuesto a archivar su proyecto por una cosa secundaria, salió a buscar un hombre en la calle. Y lo encontró pegando ladrillos en el sector de San Giovanni. Todo el mundo sabe lo que ese albañil hizo en Ladrones de bicicletas. Pero no todos saben que un empresario de Hollywood se apresuró a contratarle, cuando vio el film, y el negocio le resultó un clavo. Ya fuera de la influencia de De Sica, el albañil no sirvió para interpretar ni un metro de película.

Debiendo atender al mismo tiempo la protesta de los actores y los preparativos de su nuevo film, que debe estar concluido en enero, De Sica resolvió convocar a una rueda de prensa para contestarle al sindicato de actores a través de los periodistas. Fue una conferencia muy breve y muy clara. ”No son muchos en un año –dijo De Sica- los films neorrealistas, para los cuales se necesita un preciso criterio artístico en la escogencia del actor. A los actores profesionales el cine italiano les ofrece infinitas posibilidades de trabajo en las películas que requieren una larga experiencia y una profunda cultura cinematográfica o teatral.“ Un periodista hizo la observación de que, según se decía, la costumbre de recoger actores en la calle perseguía exclusivamente el propósito de gastar menos dinero. “No es cierto”, respondió De Sica. Y explicó enseguida que para encontrar a Luisa y Natale, los protagonistas del Il tetto (El techo), se habían gastado durante un año caso 10.000.000 de liras. “Por otra parte –agregó-, para girar con actores no profesionales se gasta una gran cantidad de películas, pues casi todas las escenas deben ser repetidas muchas veces, con increíble gasto de tiempo y dinero.” En resumidas cuentas, De Sica no respondió nada concreto a los actores. Pero la cosa se quedó de ese tamaño. Il tetto se está girando desde la semana pasada en una aldea de pescadores cercana a Roma. Además de los dos muchachos tan dispendiosamente encontrados, en la película intervienen otros actores: los pescadores de la aldea.

El triunfo de Ginebra, que fue un triunfo para Colombia, no fue, sin embargo, un triunfo en la carrera de Rafael. Fue un accidente, porque su maestro de canto lírico de Italia esperaba que ocupara el primer puesto. Pero Rafael no se ha descorazonado. Lo pueden asegurar todos los habitantes del moderno barrio de Parioli, en Roma, que hace seis años no usan despertador. A las siete en punto, Rafael se levanta a hacer sus ejercicios de canto. Las notas se rompen como piedras contra los cristales de la ventana. Pero en eso se diferencia Roma de las otras ciudades del mundo. Más que un teléfono blanco o un automóvil último modelo, para los romanos es u lujo tener un tenor de carne y hueso como un servicio a domicilio.

He asistido a dos audiencias en Castelgandolfo. Fui la segunda vez por la periodística curiosidad de saber hasta dónde era siempre igual el programa. Y fue una experiencia interesante; punto por punto, minuto a minuto, la audiencia es asombrosamente igual a la anterior.

Como sucede con todas las grandes noticias, algo empezó entonces a ser más interesante que la noticia misma: la historia de la noticia.

Entre los relámpagos de las bombillas fotográficas y los truenos de las preguntas que le soltaban los periodistas por todos lados, la exuberante napolitana logró llegar a su automóvil. Allí, mientras era conducida a su casa, donde la esperaba su madre –una señora que cuando era joven se parecía a Greta Garbo cuando Greta Garbo era joven-, Sofía explicó a Il Messaggero cómo había sido el incidente en Oslo. “He aquí –dijo la actriz, a bordo del automóvil conducido por el director de cine Basilio Franchina- la historia de aquel día: en las primeras horas de la mañana asistí a un recibimiento y estreché no sé cuántas manos entusiastas. Alrededor de las once asistí a una visita al museo de Kon Tiki, donde se conserva la balsa que siguiendo no sé bien qué corriente arribó no sé bien a qué lejano país, la Polinesia, según me parece. Fue una visita interesante: me explicaron todas las cosas relacionadas con la balsa, como si yo misma hubiera tenido que embarcarme para una empresa semejante y me estuvieron dando instrucciones pormenorizadas.”

Por último, Sofía manifestó a los periodistas: “Estoy dispuesta a encontrarme con Gina, donde y cuando ella lo desee, para esclarecer definitivamente esta polémica. Que establezca el día, la hora y el lugar, que yo seré puntual a la cita.” La respuesta de Gina fue amarga, pero casi un poco excesivamente natural: no respondió absolutamente nada.

Sofía Loren, cuyo verdadero nombre es Sofía Scicolone, es hija de un abogado de Milán. Su madre, con quien ella vive, es una pianista, que hace muchos años se ganó un premio por ser la italiana que más se parecía a Greta Garbo. Fue su madre quien le metió en la cabeza la idea del cine. Y tal vez no sea exagerar demasiado las cosas el hecho de pensar que también fue ella quien le metió la idea de parecerse a Gina Lollobrigida, como prolongación de la gloria de haberse parecido a Greta Garbo y el secreto dolor de no haber llegado a serlo.

Así, mientras el comisario Dides acumulaba secretos, alguien acumulaba en otra cartera el secreto de que el comisario Dides tenía grandes secretos acumulados.

Los habitantes de París están acostumbrados a que los periódicos les digan lo que está pasando. La libertad de prensa es ilimitada. El obrero que compra un periódico antes de meterse al metro, sale por el otro extremo completamente informado de lo que está sucediendo en el mundo y sabe a cabalidad cuál es el punto de vista de su periódico: nadie le impide exponerlo.

Antes de que el comisario tuviera tiempo de decir una palabra lo cargaron como un niño y lo metieron dentro de un automóvil. En el asiento posterior, con dos hombres a la derecha y uno a la izquierda y con dos hombres más en el asiento de delante, el comisario Dides se dio cuenta de que no había nada que hacer. Debió pensar en el final de su novela: lo llevarían a un lugar apartado, lo perforarían a bala y lo tirarían de cabeza al Sena. Dos días después, los periódicos darían la noticia: una barcaza de carbón encontró un cadáver flotando en el Sena. Siempre ocurre lo mismo: tiran el cadáver con un gancho, lo ponen boca arriba en cubierta y avisan a la policía. Cuando llegan los funcionarios, traen en la cabeza la idea de que es otro muerto de hambre que se fugó por la puerta falsa. Todos los muertos de hambre hacen lo mismo en París.

¿Por qué se arresta a los que hacen conocer las indiscreciones en lugar de arrestar a los culpables?

-Esto no va para ninguna parte –le digo, refiriéndome al proceso. Pero él tiene otra opinión: -No te preocupes, que estos embrollos siempre revientan por donde menos se espera.

El testigo explica la diferencia: en nua “vigilancia sistemática” es preciso informar e cada uno de los movimientos del vigilado. En una “vigilancia de sondeo” sólo debe informarse de “las cosas que parezcan de algún interés”. El señor Valois cuenta que uno de sus agentes le informó, el 16, que Baranes había conducido al señor Labrousse a su residencia. Pero él no sabía qué cargo ocupaba el señor Labrousse, pues suponía que era un funcionario de la educación. El rpesidente quiere saber entonces si el señor Valois estaba al corriente de los pormenores de su misión. Y el señor Valois responde que no. Y ante esa respuesta, el presidente manifiesta su perplejidad: ¿cómo podrían registrarse las “cosas de interés” si los vigilantes no sabían por qué se ejercía la vigilancia?

“Un nègre”, en francés, es un hombre que trabaja como un burro, en cualquier condición y siempre para que otro, incluso otro negro, disfrute de su trabajo. El diccionario Larousse no se hace de la vista gorda: “Nègre. Colaborador que prepara un trabajo literario o artístico para otra persona”. No está de más advertir que, por lo general, los negros literarios de Francia son de raza blanca.

Jean Negre cuenta una anécdota que ilustra muy bien sobre la forma como el negro literario se pone en contacto con su cliente. Es el editor quien llama por teléfono al personaje de moda para proponerle la compra de su autobiografía. El personaje solicitado protesta modestamente: -Pero si yo no sé escribir… -Eso no importa- responde el editor-. Yo me ocuparé de eso. Y antes de veinticuatro horas está cerrado el negocio. La persona encargada de escribir el libro –una persona sobre cuya discreción se cuenta- se pone en contacto con el personaje. Éste le relata sus memorias. El negro se va a su casa con varias libretas de apuntes, y antes de tres meses el libro está en la calle. El personaje recibe una suma por firmar. El negro, a su vez, recibe la suya. En algunos casos, un negro literario recibe hasta 2.000 francos por página. Un libro de memorias puede producirle al redactor anónimo, ampliamente, 200.000 francos: casi 500 dólares.

En los espectáculos de muchachas desnudas puede hacerse lo que se quiera con una sola condición: que en ningún momento se pueda probar que estuvieron completamente desnudas. En el momento culminante, la más desnuda de las muchachas desnudas debe tener por lo menos una estrella en el sitio más importante del pudor. Hace algún tiempo una bailarina aficionada se entusiasmó más de la cuenta en un local de Saint-Germain-des-Près. La policía logró demostrar que por lo menos en una fracción de segundo la muchacha estuvo completamente desnuda. El local fue clausurado.

El sultán Mahomed V invitó a Túnez a nada menos que el estado mayor revolucionario de Argelia. El gobierno de Francia protestó y calificó de “escandaloso” el hecho de que el propio hijo del sultán hubiera llevado en su avión particular hasta Rabat a los cinco dirigentes más importantes del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Cuando los periodistas conocieron ese grueso bocado, se precipitaron en masa hacia Túnez. Pero los que lograron un puesto en el DC-3 de la Air-Maroc ignoraban que allí mismo viajaba el estado mayor del FNL. La misma cabinera, Claudine Lambert, lo ignoró hasta las 6.15 de la tarde, cuando el avión decoló en Palma de Mallorca y se dispuso a cumplir la última etapa. A esa hora, la muchacha le llevó un vaso de agua mineral al piloto y éste le dijo: “Pórtate como quien eres, que esta noche vas a entrar en la pequeña historia”. E inmediatamente le contó que el avión había cambiado de rumbo. No se dirigía a Túnez, sino al aeródromo de Casablanca, donde los jefes revolucionarios serían arrestados por la policía francesa. “No me costó ningún trabajo identificarlos cuando volví a la cabina de pasajeros –declaró Claudine Lambert-. Eran los únicos que no dormían.” Ben Bella –general en jefe de 45.000 revolucionarios argelinos y uno de los hombres que más dolores de cabeza le ha costado al gobierno francés en los últimos tres años- estaba absorto en la lectura de una voluminosa documentación. Es un hombre de treinta y ocho años, bien vestido, que durante mucho tiempo se movió clandestinamente por todas las capitales de Europa, después de haber pelado en Italia contra los nazis. Es el cerebro militar de la revolución. Junto a Ben Bella, en el asiento de la derecha, Mahomed Didder leía una revista francesa. Un hombre de cuarenta y cinco años y una desmedida afición por los colores grises, que se abrió paso duramente desde su puesto de controlador de tiquetes de los tranvías de Argel hasta las más influyentes esferas políticas. Es el cerebro doctrinario de la revolución. El financista viajaba detrás de Ben Bella: Ait Ahmed, que hasta el mes de mayo fue el representante del Movimiento de Liberación de Argel en Estados Unidos. Hijo de un acaudalado jefe de tribu, habla correctamente doce idiomas y representó un papel brillante en la conferencia de Bandoom. El otro era un héroe popular desconocido hasta ese momento. Y el último, un pacífico profesor de árabe de París, durante quince años, cuya presencia en el FNL, se ignoraba hasta el momento en que fue capturado en el aeródromo de Casablanca. A las 9.30 de la noche el avión se dispuso a aterrizar. “Me incorporé en mi silla –ha declarado la cabinera- y anuncié: vamos a aterrizar en Túnez.” Cinco minutos después, un pelotón de policías franceses penetró en el avión, mientras la noticia más espectacular de los últimos tiempos –una película de la vida real- volaba a todos los rincones de la tierra: el estado mayor del FNL fue capturado, con todos los secretos escritos en 12 kilos de documentos. “Se trata del golpe más vivo que se ha dado a mi honor”, declaró una hora después, en Túnez, el sultán de Marruecos, que se encontraba en el aeródromo esperando a sus invitados. En realidad, éstos no habían tomado el avión del sultán, porque a última hora Mahomed V resolvió llevar consigo a las 52 mujeres de su harén. “Desde el punto de vista moral, es más grave para mí que el golpe de Estado de 1953. En aquel momento se trataba de un conflicto político con Francia.” “Lamento vivamente –ha dicho el sultán- que un grupo de hombres haya sido aprisionado por haber tenido confianza en mí, porque aceptaron mi palabra y mi garantía porque ellos sabían que se perseguía un arreglo honorable para ellos y para Francia. Si yo hubiera estado en París, habría dicho al gobierno: prendedme a mí, pero devolved la libertad a estos hombres que no están prisioneros sino por haber tenido confianza en mí.”

Fue el 5 de febrero de 1930. Se examinaban los problemas de la industria carbonífera. En ese momento, Aneurin –Nye- Bevan, seguramente no podía hablar de muchas cosas, en primer término porque nunca había ido a la escuela y en término segundo porque era tartamudo, pero en cambio podía hablar sin tartamudear de una cosa mejor que nadie en la Cámara de los Comunes: de carbón. Tenía porque saberlo: a los trece años lo bajaron a trabajar en el fondo de una mina, con un pico y una lámpara de carburo, y allí se dio cuenta no sólo de los problemas del carbón inglés, sino especialmente de los problemas de los carboneros. Bevan habló de todas esas cosas en su primera intervención parlamentaria. Habló seis horas consecutivas, tropezando, peleando con las palabras. Habló con una pasión arrolladora, primero de los mineros, pero después contra sir Winston Churchill y Lloyd-George –los intocables del régimen- y por último, contra casi todas las cosas intocables del imperio británico. Habló con una convicción irrefrenable, echando en cada frase la retórica por la ventana, con una colérica, demoledora y legítima fe de carbonero. Tenía treinta y cuatro años, Ahora está considerado como el mejor orador de la Cámara de los Comunes, sin descontar a sir Winston Churchill.

Onassis es uno de los pocos hombres que se van quedando con intereses en todo el mundo. El sol no se pone en sus dominios. El rey de la Arabia, uno de sus socios más importantes, le aseguró por contrato el transporte del sesenta por ciento del petróleo oriental. Sus barcos tienen bandera de casi todo el mundo, pero en especial de los países pequeños –y muy especialmente Panamá- donde son más bajos los impuestos. Al mismo tiempo tiene el monopolio de la navegación aérea griega. Es uno de los principales capitalistas de Buenos Aires. Los armadores del Japón, de Alemania y los Estados Unidos, lo consideran como un cliente estimable. Es el Perú lo espera una deuda de caja menor: una multa de 100.000 dólares, porque su flota ballenera del Pacífico pescó en aguas territoriales sin permiso, hace dos años.

Quienes siguen de cerca los acontecimientos mundiales, probablemente han advertido un hecho que es algo más que una coincidencia: el viaje de Felipe se decidió poco después de que fracasó el matrimonio del capitán Townsend con la princesa Margarita. Curiosamente, fue esa la primera vez que se conoció –más o menos públicamente- la opinión de Felipe en una cuestión de Estado. Que era al mismo tiempo una cuestión de familia. La corte consideró un poco imprudente su opinión francamente manifestada, a pesar de que estaba de acuerdo con ella. El problema de Felipe en su casa hizo crisis. Y eso es apenas humano. Se necesita ser de hierro para no expresar, en su propia casa, las cosa que uno piensa. Felipe lo hizo y para evitar una consecuencia catastrófica, decidió darle vuelta al mundo. Es algo así como la conocida fórmula de contar hasta setenta y siete antes de estallar de cólera. Es bastante probable que si la reina no encuentra una ocupación definida para su inquieto marido, dentro de poco tiempo tendrá que inventar otra fórmula para que él pueda vivir su vida, al menos por un tiempo. No se puede vivir así, en una casa donde se es el marido, pero al mismo tiempo no se tiene voz ni voto. El temperamento autoritario de Felipe ha dado muchos dolores de cabeza al rígido protocolo británico. En público, él debe aparecer un paso detrás de la reina. Eso es evidente en todas las fotografías. Pero cuando los fotógrafos no están a la vista, el príncipe aprovecha la ocasión para caminar a la par de su esposa. También eso es humano. Y, sin embargo, es esa humanidad la fuente de los mayores problemas.

Mientras haya locos capaces de arriesgar su vida gratuitamente, debe haber otros suficientemente locos para arriesgar la suya tratando de salvarlos. Una cosa así no puede suscitar sino admiración.

El comedor con espejo, grandes arañas y muebles forrados en peluche rojo, parecía hecho de cosas nuevas pero con un gusto anticuado.

Hay unos bares cerrados, calientes y llenos de humo, cuya clientela consume enormes vasos de cerveza entre ese sostenido tableteo de ametralladora que es la conversación en lengua húngara. La tarde del 28 de octubre esa gente estaba allí cuando llegó la voz de que los estudiantes habían iniciado la sublevación. Entonces abandonaron los vasos de cerveza, subieron por la ribera del Danubio hasta la plazoleta del poeta Petröfi y se incorporaron al movimiento. Yo hice el recorrido de esos bares al anochecer y comprobé que a pesar del régimen de fuerza, de la investigación soviética y de la aparente tranquilidad que reina en el país, el germen de la sublevación continúa vivo. Cuando yo entraba a los bares el tableteo se convertía en denso rumor. Nadie quiso hablar. Pero cuando la gente se calla –por miedo o por prejuicio- hay que entrar a los sanitarios para saber lo que piensa. Allí encontré lo que buscaba: entre los dibujos pornográficos, ya clásicos en todos los orinales del mundo, había letreros con el nombre de Kadar, en una protesta anónima pero extraordinariamente significativa. Estos letreros constituyen un testimonio válido sobre la situación húngara: «Kadar, asesino del pueblo», «Kadar, traidor», «Kadar, perro de presa de los rusos».

El pueblo no estaba definitivamente contra el socialismo, sino contra el régimen de opresión. Por eso, con una buena memoria asombrosa, llamó al poder de Imre Nagy. En su gabinete figuró Janos Kadar, quien en la noche del 1 de noviembre dirigió a los insurrectos un discurso que en inolvidable, a pear de que ahora el mismos Kadar ha querido olvidar.

Es comprensible que en la Unión Soviética los trenes no sean sino hoteles ambulantes. La imaginación humana tiene dificultades para concebir la inmensidad de su territorio. El viaje de Chop a Moscú, a través de los infinitos trigales y las pobres aldeas de Ucrania, es uno de los más cortos: cuarenta horas. De Vladivostok –en la costa del Pacífico- sale los lunes un tren expreso que llega a Moscú el domingo en la noche después de hacer una distancia que es igual a la que hay entre el Ecuador y a los polos. Cuando en la península de Chukotka son las cinco de la mañana, en el lago de Baikal, Siberia, es la medianoche, mientras en Moscú son todavía las siete de la tarde del día anterior. Esos detalles proporcionan una idea aproximada de ese coloso acostado que es la Unión Soviética, con sus 105 idiomas, sus 200.000.000 de habitantes, sus incontadas nacionalidades de las cuales una vive en una sola aldea, veinte en la pequeña región de Dagestán y algunos no han sido todavía establecidas, y cuya superficie –tres veces la de Estados Unidos- ocupa la mitad de Europa, una tercera parte de Asia y constituye en síntesis la sexta parte del mundo, 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola.

En la estaciones se paseaban hombres en pijamas de colores vivos, de muy buena calidad. Yo creí en un principio que eran nuestros compañeros de viaje que descendían a estirar las piernas. Después me di cuenta de que eran los habitantes de las ciudades que venían a recibir el tren. Andaban por la calle en pijama, a cualquier hora, con un aire natural. Me dijeron que esa es una costumbre tradicional en el verano. El Estado no explica por qué la calidad de los pijamas es superior a la de la ropa ordinaria.

El tránsito –sin bicicletas- es abigarrado y alucinante. El nuevísimo Cadillac del embajador del Uruguay –el del embajador de USA en un modelo antiguo- contrasta con los automóviles rusos de colores neutros, copiados de los modelos norteamericanos de la posguerra, que los soviéticos conducen como si fueran carretas de caballos. Debe ser la tradición de la troika. Ruedan apelotonados a un lado de la avenida, dando saltos a grandes velocidades, de la periferia al centro de la ciudad. De pronto se detienen, dan la vuelta alrededor de un semáforo y se lanzan desbocados por el otro lado de la avenida, en sentido contrario. Es indispensable llegar al centro para incorporarse a la circulación radial. Sólo cuando nos explicaron la organización del tránsito comprendimos por qué se necesitaba una hora para llegar a cualquier parte. A veces hay que recorrer un kilómetro para pasar en automóvil a la acera de enfrente.

Los moscovitas –de una espontaneidad admirable- manifestaban una resistencia sospechosa cuando se insistía en visitar sus casas. Muchos cedían: el hecho es que ellos creen que viven muy bien y en realidad viven mal. El gobierno debió prepararlos para que los extranjeros no viéramos el interior de las casas.

No hay ninguna razón para creer que aquella mujer estaba loca, salvo el hecho lamentable de que lo parecía.

Lo mejor que se puede decir a su favor está esencialmente ligado a lo peor que se puede decir en contra suya; no hay nada en la Unión Soviética que no haya sido hecho por Stalin. Desde su muerte no se ha hecho otra cosa que tratar de desembrollar su sistema. Él controló personalmente las construcciones, la política, la administración, la moral privada, el arte, la lingüística, sin moverse de su oficina. Para asegurar el control de la producción centralizó la dirección de la industria en Moscú como un sistema de ministerios que a su vez estaban centralizados en su gabinete del Kremlin. Si una fábrica de Siberia necesitaba un repuesto producido por otra fábrica situada en la misma calle, tenía que hacer el pedido a Moscú a través de un laborioso engranaje burocrático. La fábrica que producía los repuestos tenía que repetir los trámites para efectuar los despachos. Algunos pedidos no llegaron jamás. La tarde en que me explicaron en Moscú en qué consistía el sistema de Stalin yo no encontré un detalle que no tuviera un antecedente en la obra de Kafka. Al día siguiente de su muerte empezó a fallar el sistema. Mientras un ministerio estudiaba la manera de incrementar la producción de papa –pues tenía informes de que no era satisfactoria- otro ministerio estudiaba la manera de producir derivados de papa- pues tenía informes de que había superproducción-. Ese es el nudo burocrático que Kruschev está tratando de desembrollar.

Nosotros preguntamos a muchos hombres si pueden tener una concubina. La respuesta fue unánime: «Se puede, a condición de que nadie se dé cuenta». El adulterio es una grave causa de divorcio. La unidad familiar está defendida por una legislación férrea. Pero los problemas no tienen tiempo de llegar a los tribunales. La mujer que se sabe engañada denuncia a su marido ante un consejo obrero. «No sucede nada –nos decía un carpintero-. Pero los compañeros miran con desprecio al hombre que tiene una querida.» Ese mismo obrero nos declaró que si su mujer no hubiera sido virgen no se hubiera casado con ella.

Un occidental puede volverse loco tratando de entender las cosas al derecho. Las mejores cámaras fotográficas valen menos que tres pares de zapatos, pero los rollos se venden sin bobina. Es preciso ir a un laboratorio para que un técnico enrolle la película en un cuarto oscuro. Los salones de cine están limitados a la producción nacional, pero en ningún lugar de Europa empiezan las funciones más temprano que en Moscú: desde las nueve de la mañana. La central hidroeléctrica de Dniéper es la más útil de Europa. Ella sola produce más energía que la totalidad e las centrales de la Rusia zarista. Pero en Moscú se atascan los lavamanos. La gente hace otra cola frente a los carritos de refrescos para beber –en el único vaso- una gaseosa que sabe a loción de peluquería.

Cuando llegué a Londres tuve la impresión de que los ingleses hablaban solos por la calle. Después me di cuenta de lo que dicen: Sorry. El sábado, cuando todo Londres se desborda en Piccadilly Circus, no se puede dar un paso sin tropezar con alguien. Entonces hay un rumor total, un coro callejero y uniforme: Sorry. A causa de la niebla lo único que conocía de los ingleses era su voz. Los escuchaba, excusándose en la penumbra del mediodía, caminando por instrumentos como los aviones por entre el oscuro algodón de la niebla. Este último sábado –a la luz del sol- pude verlos por la primera vez. Andaban comiendo por la calle.

A la hora en que el continente está almorzando, en que los franceses están sentados frente a un pedazo de paté de hígado, bistec con papas fritas, ensalada, queso, un litro de vino y un metro de pan, los ingleses están en los restaurantes leyendo el periódico. Al almuerzo y a la comida se conforman con una taza de té y un bizcocho. Los franceses no pueden comer solos porque –como lo anota Pierre Daninos- no pueden comer sin hablar de la comida. Los ingleses comen solos aunque estén acompañados porque tienen que leer el periódico.

Nadie habría podido imaginarse que un hombre perseguido por varios gobiernos, fugitivo de 13 cárceles, amenazado de muerte en su país después de que fue depuesto el gobierno de Perón y buscado ansiosamente por los periodistas de américa, se atrevería a pasar una noche de sábado en la pista de baile del hotel Tamanaco. Kelly ha estado allí varias veces, protegido por el hecho cierto y comprobado de que nadie lo habría creído tan audaz.

Después de conversar varias horas con Patricio Kelly, de haber escuchado el apasionante relato de su aventura, se piensa que la clave de su personalidad es la virtud de no apresurarse. Su odisea por el norte de Chile, en viaje hacia una libertad intrépida y azarosa, es una larga enumeración de detalles sometidos a un cálculo milimétrico. Su elocuencia, su cordialidad un poco desconcertante, sus ademanes desenvueltos, no alcanzan a disimular por completo una personalidad sometida a una autovigilancia implacable. Esa debió ser la fuerza que derrotó a sus perseguidores, durante los cincuenta y nueve días que duró su odisea por el note de Chile, hacia una libertad incierta y remota. Tuvo golpes de suerte. La expedición que salió a cerrarle el paso desde la frontera de Bolivia, se extravió en la puna, mientras él no erró una sola vez su itinerario. En una casa campesina donde solicitó un refugio momentáneo, la dueña de la casa, impresionada por los boletines radiales, manifestó en su presencia: «Si yo me encontrara con ese señor Kelly a quien todo el mundo persigue, lo escondería en mi casa». Él se identificó. Aquel golpe de suerte le hizo más transitable el camino hacia la libertad.

En su plácido despacho de la catedral metropolitana, de espaldas a un estante atiborrado de libros que cubre toda la pared, el padre José Sarratud recibió el 11 de julio, a las nueve de la tarde, una llamada telefónica del Ministerio de Justicia. El padre Sarratud, que es muy joven, pero que parece más joven de lo que es, no tenía motivos para conocer la voz del ministro de Justicia: era la primera vez que le escuchaba. En pocas palabras, el ministro le dijo: «Padre, usted está atacando al gobierno con sus sermones». El padre Sarratud, sin levantar la voz, sin el menor indicio de alteración, respondió: «No hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia». Durante un mes entero no modificó el tono de sus sermones. En septiembre volvió a llamarlo el ministro de Justicia y el padre Sarratud volvió a responder: «Señor ministro, no hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia». Poco tiempo después, un incidente habría de llevar el nombre del padre José Sarratud hasta el sombrío despacho de Pedro Estrada. Ocurrió el 12 de diciembre durante una manifestación de mujeres, a un costado de la catedral, un hombre gritó: «Abajo Pérez Jiménez». Tratando de alcanzarlo, un policía se abrió paso entre las mujeres y agredió a una de ellas, encinta. Seis hombres atacaron al agente. De pronto, sin que nadie hubiera sabido en qué momento, millares de volantes contra el gobierno cayeron sobre la multitud. Habían sido lanzados desde la torre de la catedral. Pedro Estrada hizo averiguaciones y descubrió que aquellos volantes habían sido impresos en el multígrafo de la catedral, puesto al cuidado del padre Sarratud. El director de la SN esperó un momento propicio para actuar. El momento propicio se presentó el primero de enero, a raíz del levantamiento de Maracay. Desde cuando volaron los primeros aviones sobre Caracas, Estrada se asiló en la embajada de Santo Domingo. Pero al día siguiente, cuando supo que el golpe había fracasado, se instaló en su despacho de la avenida México, a dirigir personalmente las represalias. El 3 de enero, el arzobispo le dijo por teléfono al padre Sarratud que Pedro Estrada lo estaba buscando desde hacía tres días. El sacerdote, que no se había escondido, se echó al bolsillo el breviario y se dirigió en su automóvil a la Seguridad Nacional. Lo recibió Miguel Sainz, quien sin fórmula de juicio lo mandó a la celda. En el cuarto piso de la Seguridad Nacional se llevó una sorpresa: allí había, detenidos, cuatro sacerdotes más. Se les acusaba de que sus sermones eran la causa moral del levantamiento militar.

A monseñor Moncada lo visitó el prefecto de Chacao, a las once de la mañana, para advertirle que sería sancionado si tocaba las campanas. El sacerdote respondió que la policía no podía prohibir la secular costumbre de dar las doce, seguidas por un breve repique. Protegido por el pueblo, el sacristán repicó tres minutos por cuenta del párroco y tres minutos más por su propia cuenta.

El último fin de semana se registró actividad extraordinaria en el terminal de pasajeros de La Guaira. Solamente el domingo, en el barco español Montserrat, abandonaron el país 580 emigrantes. La mayoría de ellos eran italianos. Pero los más bulliciosos eran un grupo de gallegos, vestidos con trajes típicos, que celebraban el regreso a la patria con canciones populares y acompañándose de gaitas. Los venezolanos que presenciaron el espectáculo asumieron una actitud discreta, salvo un negro gigantesco cuyo orgullo nacional se sintió herido frente a la alegría de los inmigrantes. –Si están contentos de irse, entonces no vuelvan más nunca- gritó.

La afluencia de extranjeros de Venezuela no afectó notablemente las estadísticas hasta 1946, cuando los europeos, devastados por la guerra, comenzaron a pensar en la posibilidad de restablecerse en otros continentes. Australia y el Canadá necesitaban brazos. Italia, superpoblada y económicamente destrozada; España empobrecida por el régimen de Franco; Portugal, anclado en la Edad Media, buscaron la manera de aliviarse del grave problema demográfico facilitando el éxodo de sus habitantes.

Cuando se solicitó donación voluntaria de sangre en los hospitales, una apreciable cantidad de extranjeros –a quienes las guerras han desarrollado el sentido de la solidaridad en la catástrofe- se apresuró a ponerse a las órdenes.

A las 12.15, Guillermo León Valencia, candidato presidencial sin perspectivas y gran perdedor de la jornada, llegó a votar al Capitolio Nacional. Valencia es famoso por sus gripes oportunas: cada vez que debe afrontar una situación delicada, se queda en cama, con una gripe fabricada sobre medidas. En la última semana, la situación de Valencia se había hecho tan difícil, que ya no le bastó la gripe diplomática, sino que tuvo que inventar una cierta. Estaba demacrado y recibió una ovación de una timidez significativa.

El resto de la avenida [tenía] un aspecto normal, con sus aceras, pero en los edificios no se trabajaba: todo el mundo estaba en las ventanas. Burkart preguntó a un compañero de la oficina, venezolano, qué hacía toda la gente en las ventas, y él le respondió: -Están viendo la falta de agua.

El resto de la avenida un aspecto normal, con sus aceras, pero en los edificios no se trabajaba: todo el mundo estaba en las ventanas. Burkart preguntó a un compañero de oficina, venezolano, qué hacía toda la gente en las ventanas, y él respondió: -Están viendo la falta de agua.

El 26 de julio de 1953, después de la comida, la familia Castro escuchaba el boletín de noticias de la CMQ, en el silencioso corredor de la hacienda, a pocos metros del patiecito de piedra donde los peones negros habían dejado de cantar sus plegarias de amor y superstición. Un comentarista oficial dio la noticia de que un puñado de estudiantes, más armados de temeridad que de fusiles, había atacado en la madrugada el cuartel Moncada. Antes de acostarse, interrumpiendo sus reflexiones patriarcales, don Ángel Castro comentó: -No sé por qué se me ocurre que Fidel está metido en eso. Era un presentimiento certero. Fidel no sólo estaba comprometido en el asalto al cuartel Moncada. Era el cabecilla. Aquel golpe frustrado dio nombre al movimiento que ha sacudido la conciencia de los cubanos y ha reducido al dictador Batista a la condición de un perseguido dentro del palacio presidencial.

El 25 de noviembre de 1956, después de la comida, Fidel y Raúl fueron a despedirse de ella. Entonces no tenían la apariencia guerrillera con que ahora los muestran sus retratos. Fidel vestía un traje azul oscuro, impecable, con corbata a rayas. Como un anuncio incipiente de su barba mesiánica, sólo existía el bigotillo lineal y un poco afectado de los enamorados antillanos. Fidel abrió los brazos y le dijo: -Bueno, llegó la hora. No necesitó decir nada más. Emma Castro sabía de qué se trataba. Pocos días después, una noticia la sacó de la cama: Batista anunciaba la muerte de Fidel. Emma y Agustina leyeron los periódicos con una sonrisa de burla. «También esperábamos eso –comenta Emma Castro-. Sabíamos que de todos modos Batista diría que Fidel había sido muerto en el desembarco.» Estaban preparadas para no creerlo.

Esa es la última esperanza en un caso increíble en el que todo parecía perdido. Incluso la última esperanza.

Al otro lado de la carretera estaba la estación del ferrocarril, un polvoriento edificio de madera con las ventanas y las puertas cerradas. La oscuridad sin ruidos exhalaba un vaho de comida caliente. –Los comunistas también comen- dije, para no perder el humor. Franco dormitaba sobre el volante. –Sí- dijo. A pesar de lo que dice la propaganda occidental. Un poco antes de las diez se encendieron las luces y el soldado de guardia nos hizo acercar al farol para examinar los pasaportes. Examinó cada página con la atención a un tiempo astuta y aturdida de quienes no saben leer ni escribir. Luego levantó la barrera y nos indicó que estacionáramos diez metros más adelante, frente a un edificio de madera con techo de zinc, parecido a los salones de baile de las películas de vaqueros. Un guardia desarmado, de la misma edad del anterior, nos condujo hasta una ventanilla donde nos esperaban otros dos muchachos en uniforme, más aturdidos que duros, pero sin el menor asomo de cordialidad. Yo estaba sorprendido de que el gran portón del mundo oriental estuviera guardado por adolescentes inhábiles y medio analfabetos. Los dos soldados se sirvieron de un plumero de palo y un tintero con tapa de corcho para copiar los datos de nuestros pasaportes. Fue una operación laboriosa. Uno de ellos dictaba. El otro copiaba los sonidos franceses, italianos, españoles, con u nos rudimentarios garabatos de escuela rural. Tenía los dedos embadurnados de tinta. Todos sudábamos. Ellos a causa del esfuerzo. Nosotros a causa del esfuerzo de ellos. Nuestra paciencia soportó hasta el desdichado instante de dictar y escribir el lugar de mi nacimiento: Aracataca.

Se ha calculado que si estalla una guerra Berlín durará veinte minutos. Pero si no estalla, dentro de cincuenta, cien años, cuando uno de los dos sistemas haya prevalecido sobre el otro, las dos Berlines serán una sola ciudad. Una monstruosa feria comercial hecha con las muestras gratis de los dos sistemas.

Ya en la actualidad –y no sólo por su aspecto exterior- Berlín es un disparate. Para apreciar su vida íntima, para mirarla por el revés y descubrir las costuras, hay que meterse al metro. Una hora antes de suicidarse, ya con los rusos en la puerta de su casa, Hitler dio orden de inundar el metro para que la gente que se había refugiado en él saliera a pelear a la calle.

Una organización como ésa, férrea, pero ineficaz, es lo más parecido a la anarquía.

El ambiente estaba para opio, pero pedimos coñac. Mientras tanto, Franco pasó al salón del fondo en busca de los servicios sanitarios. Cuando regresó a la mesa Sergio bailaba un swing con una muchacha de la mesa vecina. Yo empezaba a aburrirme. –Anda al sanitario –dijo Franco-. Aquello es sensacional. Yo pasé al salón de fondo. Había tres puertas marcadas: WC. En la puerta del centro, reservada a las operaciones mayores, estaba lo que debía ver: un taxímetro conectado a la cerradura. Una mujer instalada en un escritorio esperaba la salida del cliente. El taxímetro marcaba 30 pfenning (subdivisión del marco). Cuando el cliente salió puso los 30 pfenning en el platillo del escritorio y agregó una propina para la mujer. Al regreso me di cuenta de que el salón del fondo se prolongaba hacia la derecha en una laberíntica mezcolanza de la Divina Comedia y Salvador Dalí. Hombres y mujeres postrados de la borrachera protagonizaban escenas de amor, lentas y sin imaginación. Era gente joven. Yo no había visto nada igual en Saint Germain-des-Près, donde el existencialismo es un dispositivo que se monta en verano para los turistas. Hay más autenticidad en los bares de vía Margutta, en Roma, pero menos amargura. No era un burdel, pues la prostitución está prohibida y severamente castigada en los países socialistas. Era un establecimiento del Estado. Pero desde un punto de vista social era algo peor que un burdel.

«Toque esta camisa». Yo la toqué: era de tela burda. «Pues bien –siguió diciéndome-, esta camisa me cuesta el sueldo de un mes.» Es una especie de gozosa liberación siguió haciéndome un inventario de todo lo que llevaba encima. Por último, se quitó el zapato para mostrarme la media rota en el talón. –De acuerdo –le dije-. Pero la comisa es más barata que en Occidente. Él se encogió de hombros. «La comida no es todo», explicó. Se abrió de brazos en una actitud meridional y exclamó: -En el campo de concentración comía mal, pero era más feliz que aquí.

El arma legal será la huelga. Pero el derecho de huelga no existe porque el régimen es dogmático: dicen que es un disparate que estando el proletariado en el poder los proletarios hagan huelga para protestar contra sí mismos. Es un sofisma. «La revolución –nos decían los estudiantes marxistas- no se ha hecho en Alemania. La trajeron de la Unión Soviética en un baúl y la pusieron aquí sin contar con el pueblo.» El pueblo no ve el desarrollo de la industria pesada, le importan un pito los huevos fritos al desayuno y lo único nuevo que ve es que Alemania está partida en dos y hay soldados rusos con ametralladoras. Los habitantes de Alemania Occidental ven exactamente lo mismo: el país dividido y soldados americanos en automóviles de último modelo. Ninguno de los dos protesta porque saben que perdieron la guerra y por el momento tienen la cabeza bajo el ala. Pero en secreto todos saben lo que quieren, antes de hablar de socialismo o de capitalismo: la unificación de Alemania y la evacuación de las tropas extranjeras.

A sabiendas de que esas cosas suceden, los países socialistas –con todo el derecho- se las arreglan para que los delegados encuentren una nación vestida con ropas de pontificar en un multitudinario domingo de quince días. Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para recibir una visita. A los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar.

Los directores de teatro y los médicos de ese país [Alemania Oriental] ganan sueldos desproporcionados. El Estado los educa, los especializa, y luego tienen que pagarle muy caro para que no emigren al Occidente. Yo no encontré ningún checo que no estuviera más o menos de acuerdo con su suerte. Los estudiantes manifiestan apenas su inconformidad con el innecesario control de la literatura y la prensa extranjeras y las dificultades para viajar al exterior.

Cuando salí a bailar me advirtió: «Fíjate en la cantante». Yo lo hice mientras bailaba. Era una rubia platinada, muy baja a pesar de los tacones, vestida con un traje de noche azul marino. No descubrí nada especial. Franco insistió: -Mira la punta de sus pies. Allí estaba lo que debía ver: las medias de nylon raídas en los dedos. Yo protesté; no podía partirse un pelo en cuatro para descubrir las faltas de un sistema. En París hay una multitud de hombres y mujeres que duermen en las aceras envueltos en periódicos, aun en invierno, y sin embargo no se ha hecho la revolución. Pero Franco insistió en que era una apreciación importante. «Hay que saber valorar los detalles –dijo-. Para una mujer que se preocupa de su suerte, una media raída es u na catástrofe nacional.»

Al pasar frente al palacio de la Cultura- un pastel de crema de 36 pisos- Adán Waclawek dijo, con una intención indefinible: «Es un regalo de la Unión Soviética». No sé todavía si fue un reconocimiento o una disculpa. Más adelante reconocí un edificio nuevo, de cinco pisos, el único de Varsovia cuya fotografía está en todos los vagones del ferrocarril y en los consulados occidentales. «En un almacén del Estado», me informó el intérprete espontáneamente. Yo tuve la impresión de que estaba sufriendo. Por lo menos en el sector que atravesábamos no había nada que ver. Había una desolación dolorosa. «Es una bella ciudad», dije, no sé por qué, pero seguramente porque no podía resistir más el silencioso sufrimiento de Adán Waclawek. «No es cierto –dijo él. Todavía no se puede decir ni siquiera que sea una ciudad.» Luego me habló de la reconstrucción: los nazis no dejaron piedra sobre piedra. Debo reconocer que Adán Waclawek no tenía suerte esa mañana. El camino de la estación al hotel era precisamente el menos reconstruido. En el hotel Bristol había una pieza reservada y en la administración del hotel un sobre con 300 zlotis. No me tomé el trabajo de averiguar su equivalencia en dólares, pero me alcanzó cómodamente para los gastos menores durante mi permanencia en Polonia. Adán Waclawek me instaló en la pieza, me dio algunas instrucciones preliminares y me anunció que volvería a buscarme después del almuerzo. Creo que eso hacía parte del malestar de la cerveza: la impresión de que el intérprete tenía órdenes de vigilarme. Todo funcionaba con una perfección sospechosa. Rápidamente me cambié de ropa y abandoné el hotel con el propósito de conocer a Varsovia por mi cuenta y riesgo.

Hay salones de lectura abiertos y ocupados desde las ocho de la mañana, pero los polacos no se conforman con sentarse en ellos, sino que llenan con la lectura todos los vacíos de la vida. En las colas que se forman para esperar el tranvía –duran el día entero- o para comprar los artículos de primera necesidad, los polacos leen libros, revistas, folletos de propaganda oficial, con una abstracción que tiene algo de religioso.

El atroz cientifismo de los nazis se aprecia muy bien en Auschwitz. Las salas de cirugía donde los médicos de Himmler hacían sus experiencias de esterilización humana son impecables. Hay –intacto- un laboratorio de elaboración de sustancias humanas. Por una puerta entraba un hombre vivo y por la otra salía el bagazo. Adentro quedaba todo lo que una persona tiene de materia prima. Se organizó una próspera industria de cuero humano, de textiles de cabellos humanos, de derivados de la manteca humana. En Austria vi un enorme pedazo de jabón de pino adornado con flores. Alguien tenía motivos para creer que aquel jabón era de su tío. En Auschwitz hay una exposición de estos artículos y uno comprende que esa industria siniestra tenía un excelente porvenir en el mercado: una maleta fabricada con cuero de hombre es de una calidad superior. Yo no creía que un hombre sirviera para tanto, que sirve inclusive para hacer maletas. Los polacos no dan cifras. Se limitan a mostrar. Cuando uno ve esas cosas y sabe que tiene que contarlas por escrito, comprende que tiene que pedirle permiso a Malaparte. Hay una galería de vitrinas enormes llenas hasta el techo de cabellos humanos. Una galería llena de zapatos, de ropa, de pañuelitos con iniciales bordadas a mano, de las maletas con que los prisioneros entraban a ese hotel alucinante y que tienen todavía etiquetas de hoteles de turismo. Hay una vitrina llena de zapatitos de niños con herraduras gastadas en los tacones; botitas blancas para ir a la escuela y porrones de botas de los que antes de morir en campos de concentración se habían tomado el trabajo de sobrevivir a la parálisis infantil. Hay un inmenso salón atiborrado de aparatos de prótesis, millares de anteojos, de dentaduras postizas, de ojos de vidrio, de patas de palo, de manos sin la otra mano con un guante de lana, todos los dispositivos inventados por el ingenio del hombre para remendar al género humano. Yo me separé del grupo que atravesó en silencio la galería. Estaba moliendo una cólera sorda porque tenía deseos de llorar. Penetré a un corredor profundo en cuyas paredes estaban los retratos de las víctimas –inclusive 13.000 apátridas- que los liberados del campo lograron rescatar de los archivos. Frente a uno de los retratos estaba Ana Kozlowski. Yo observé el retrato: una persona asexuada, con la cabeza pelada, enfrentada a la cámara con una mirada severa. -¿Es hombre o mujer?- pregunté. Ana no me miró. Me arrastró hacia la puerta. –Hombre –respondió-. Es mi papá.

Yo conocí a un delegado alemán que en una estación de Ucrania hizo el elogio de una bicicleta rusa. Las bicicletas son muy escasas y costosas en la Unión Soviética. La propietaria de la bicicleta elogiada –una muchacha- le dijo al alemán que se la regalaba- Él se opuso. Cuando el tren arrancó, la muchacha ayudada por la multitud tiró la bicicleta dentro del vagón e involuntariamente le rompió la cabeza al delegado. En Moscú había un espectáculo que se volvió familiar en el festival: un alemán con la cabeza vendada paseando en bicicleta por la ciudad. Había que ser muy discreto para que los soviéticos no se quedaran sin nada a fuerza de hacer regalos. Lo regalaban todo. Cosas de valor o cosas inservibles. En una aldea de Ucrania una vieja mujer se abrió paso entre la multitud y me regaló un pedazo de peinilla. Era el gusto de regalar por el puro gusto de regalar. Uno se detenía a comprar un helado en Moscú y tenía que comerse veinte, con galletas y bombones. Era imposible pagar una cuenta en un establecimiento público; ya habían pagado los vecinos de mesa. Un hombre detuvo a Franco una noche, le estrechó la mano y le dejó en ella una valiosa moneda del tiempo de los zares. Ni siquiera se detuvo a esperar las gracias. En un tumulto a la puerta de un teatro una muchacha que no volvió a ser vista jamás le metió a un delegado un billete de 25 rublos en el bolsillo de la camisa. Yo no creo que esa desmedida generosidad multitudinaria obedeciera a una orden para impresionar a los delegados. Pero en el caso improbable de que así hubiera sido, el gobierno soviético debe estar orgulloso de la disciplina y la lealtad de su pueblo.

Ese sentido colosal, de la organización multitudinaria, parecer ser un aspecto importante de la psicología soviética. Uno termina por acostumbrarse a la cantidad. Los fuegos artificiales en una fiesta de 11.000 invitados en los jardines del Kremlin duraron dos horas. Las explosiones hacían temblar la tierra. No llovió: las nubes habían sido previamente bombardeadas. La cola frente al Mausoleo –donde se conservan los cadáveres de Lenin y Stalin- tiene dos kilómetros cuando se abren las puertas a la una de la tarde. El movimiento es continuo: nadie puede detenerse frente a las urnas. A las cuatro se cierran las puertas y la cola tiene todavía dos kilómetros. Inclusive en invierno, bajo la borrasca de nieve, la cola frente al Mausoleo tiene dos kilómetros. No es más larga porque lo impide la policía.

También, por ejemplo, un delegado sueco, que se había tratado un eczema persistente con los más notables especialistas de su país, aprovechó el viaje a Moscú para someter su caso al médico de turno más cercano a su delegación. El médico le formuló una pomada que le borró hasta el último vestigio del eczema en cuatro días, pero el farmacéutico que se la despachó la sacó del tarro con el dedo y se la envolvió en un pedazo de periódico. En materia de higiene, tal vez el episodio extremo fue el que presenciamos de regreso de la granja colectiva, cuando nos detuvimos a tomar un refresco en un establecimiento al aire libre, en los suburbios de Moscú. El instinto nos llevó a los servicios sanitarios. Era una larga plataforma de madera, con media docena de huecos sobre los cuales media docena de respetables ciudadanos hacían lo que debían hacer, acuclillados, conversando animadamente, en una colectivización de la fisiología no prevista en la doctrina.

Probablemente, el mayor desacierto que cometieron quienes trataron de contar la violencia, fue el de haber agarrado –por inexperiencia o por voracidad- el rábano por las hojas. Apabullados por el material de que disponían, se los tragó la tierra en la descripción de la masacre, sin permitirse una pausa que les habría servido para preguntarse si lo más importante, humana y por tanto literariamente, eran los muertos o los vivos. El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sesos esparcidos y las tripas sacadas y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no eran probablemente el camino que llevaba a la novela. El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas. Así, quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrás, en la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos. El resto –los pobrecitos muertos que ya no servían sino para ser enterrados- no eran más que la justificación documental.

Ernest Hemingway- explicó su método a u periodista, tratando de contarlo cómo escribió El viejo y el mar. Para llegar a ese pescador temerario, el escritor había vivido media vida entre pescadores; para lograr que pescara un pez titánico, había tenido él mismo que pescar muchos peces y había tenido que aprender mucho, durante muchos años, para escribir el cuento más sencillo de su vida. «La obra literaria –decía Hemingway- es como el iceberg: la gigantesca mole de hielo que vemos flotar, logra ser invulnerable porque debajo del agua la sostienen los siete octavos de su volumen.»

Las generaciones posteriores a aquella cuyos representantes se retrataban sonriendo con Alfonso López, no se explican, con los métodos de raciocinio político que hoy se han puesto de moda, cómo aquella administración privó del derecho del sufragio al ejército y no hubo un golpe de cuartel; cómo se hizo una reforma tributaria fundamental y no se amotinaron los propietarios; cómo se limitaron los privilegios de las compañías extranjeras y no hubo sabotaje de la economía nacional ni desembarcos armados en nuestras costas; cómo pudo definirse la propiedad como una función social, sin que los terratenientes armaran bandoleros para subvertir el orden público; cómo el Estado intervino en la producción privada y no hubo un complot de financistas; cómo se fortaleció el sindicalismo y el régimen no se desbarató minado por la infiltración comunista; cómo se reformó el Concordato, a pesar de las amenazas del Episcopado, y no se desquició el sentido católico de la nación; cómo hubo un Parlamento compuesto enteramente por liberales y se respetó en las elecciones la mayoría de las mayorías, sin que las minorías se lanzaran a la guerra civil.

La misma noticia todos los años, por dramática que sea, termina por no interesar a los lectores.

«Yo creía que estabas muerto –le decía su mujer en esa carta-. Ahora, sabiendo que estás vivo y que me has abandonado, no quiero verte nunca más.»

Descalzo, defendiéndose con trabajos ocasionales, aprendiendo a soñar con los vagabundos, se incorporó a esa muchedumbre que le sobra a la humanidad, esa lava de desperdicios humanos que arroja la selva en los suburbios de desilusión y de fiebre de Manaos. Miguel Sifontes se enredó en un círculo vicioso: no encontró trabajo porque no tenía zapatos y no tenía zapatos porque no encontraba trabajo. El círculo lo rompió la policía, Lo llevaron a la cárcel porque en Manaos está prohibido andar por la calle sin zapatos.

La universidad es un camino demasiado largo y los libros son un caballo demasiado lento para un muchacho que tenía tanta prisa de llegar el primero.

Es más fácil evitar el aumento de un kilo que disminuir un gramo.

Lo encerraron en la misma celda, con una ametralladora, y la orden disparatada de que disparara sin contemplaciones en caso de que Urbina tratara de suicidarse. Monterola dice que pasó la noche en vela, sentado frente al detenido, sin lograr entender la lógica de sus superiores. Era por lo menos contradictorio que se ametrallara a un detenido sólo para evitar que se suicidara.

En cierta ocasión ellos le preguntaron francamente si él participaba en los crímenes de que tanto se hablaba en la calle y Monterola tuvo dificultades para convencerlos de que era inocente. Consideraba que había caído en una trampa de la cual, según pensaba, le sería imposible salir. Dice que cuando lo llevaron a montar guardia en los sótanos, él se acordó de sus hijos y se hizo el propósito de no contrariar su propio modo de ser aunque le costara la vida.

Caracas es la única ciudad del mundo donde los conserjes no viven en la planta baja, sino en la azotea, incluso en los edificios que carecen de ascensor. Cuando el cartero ignora en qué piso vive el destinatario de una carta, tiene que subir hasta el último a preguntarle al conserje. Cuando tiene suerte, ella recibe la carta. En ciertos casos, la conserje no conoce el nombre de los inquilinos. Los carteros de Caracas tienen una experiencia: los propietarios ponen a sus casas el número que más les gusta. Uno de ellos contó a su cartero que se casa es número 24 porque era la edad de su mujer cuando adquirió la propiedad. En la misma calle hay tres casas con el mismo número. Una secreta aspiración de muchos caraqueños parece ser la compra de una quinta con el nombre más repetido en las casas de Caracas: Coromoto. Nada más que en la urbanización San Antonio, en Sabana Grande, hay cinco quintas Coromoto. Pero a Caño Amarillo llegan diariamente muchas cartas con una dirección simple: Quinta Coromoto, Caracas.

No es fácil aprender a ser pobre.

Con los oficiales que se encontraban en La Carlota, no conversó más de lo indispensable. Pero entre lo indispensable había dos de las tres cosas esenciales para viajar: la primera, que el general no tenía documentación en regla; la segunda, que no tenía dinero. Era día feriado. Los bancos no prestaban servicios, porque 175 años antes había nacido el Libertador, como no lo habían estado el día anterior a causa del paro. Esos dos inconvenientes retardaron en treinta y cinco minutos la historia de Venezuela. El C-47 que llevaría a Miami al general Castro León, cuya salida estaba prevista para las cuatro, sólo pudo decolar a las 4.35. La señal de partida, dada desde la torre de control, tuvo, por segunda vez en seis meses, un enorme valor histórico. El 23 de enero, esa señal puso término a diez años de dictadura. El 24 de julio, puso término a setenta y dos horas que fueron como un tremendo escalofría nacional.

El secreto no pudo mantenerse por más tiempo. Desde las primeras horas, los madrugadores de Maiquetía observaron un detalle inusitado: la camioneta de la única tintorería local llevó al muelle donde estaban atracados el Nueva Esparta, el Zulia y el Aragua, todo un cargamento de uniformes limpios, y la camioneta de la panadería hizo varios viajes al mismo lugar, con tres cargamentos de pan que habrían alcanzado para la travesía del Atlántico. Ese simple detalle, registrado por los eternos curiosos que son una especia de servicio de inteligencia de la opinión pública, se propagó como el fuego en la pólvora. No había duda: las naves de la armada nacional abandonaban los muelles. Las chimeneas empezaban a humear. El rumor, tantas veces repetido, tantas veces rectificado, empezaba a tomar los dramáticos contornos de la realidad: el golpe estaba en marcha.

Hay políticos independientes que son más sectarios y difíciles que los hombres de partido y viceversa.

El otoño del patriarca

Gabriel García Márquez

Novela que relata, a veces en primera persona, a veces en segunda o en la primera persona del plural (y llegado el momento ya no se sabe), la vida de un decrépito dictador que se pierde en la inmensidad de sus cien años de poder, con actos inverosímiles como despilfarrar los recursos públicos con regalos increibles a su amada, a quien también mandó arreglar un eclipse como muestra de amor, o utilizar a un doble para los actos públicos y privados, o lograr la canonización civil de su madre al fallar la religiosa, o lo mismo asesinando a dos mil niños que eran evidencia de un fraude, que bombardeando a sus oficiales militares por promover un golpe de estado, hasta llegar a cocinar a su compadre y servirlo a los cómplices por buscar enviarlo a un asilo de ancianos. Rodeado de múltiples embajadores que buscan expropiar las aguas territoriales a cuenta de la deuda externa (luego de haber privatizado todo lo demás), acaba como todos, con la muerte. Calificación de 10.
El otoño del patriarca

El otoño del patriarca

Aqui una lista de los peculiares nombres de los personajes en orden cronológico (espero no haber omitido alguno):
William Dampier: Capitán de barco.
Patricio Aragonés: Doble del patriarca.
Rodrigo de Aguilar: General y compadre.
Bendición Alvarado: Madre del patriarca.
Schnontner: Embajador.
Leticia Nazareno: Primero novicia, luego esposa del patriarca.
Lautaro Muñoz: Poeta, general y presidente a quien el patriarca derrocó.
Adriano Guzmán: General muerto.
Narciso López: Comandante muerto.
Jesucristo Sánchez: General muerto.
Lotario Sereno: General muerto.
Jacinto Algarabía: General muerto.
Saturno Santos: General y compadre.
Manuela Sánchez: Enamorada del patriarca.
Negro Adán, Juancito Trucupey, Elena, Papá Montero: Referencias de dónde se perdió Manuela Sánchez.
Palmerston: Embajador.
Jacinta Morales: Ciudadana que resolvía problemas del patriarca.
Juan Prieto: Ciudadano.
Matilde Peralta: Ciudadana.
Lorenza López: Ciudadana.
Dionisio Iguarán: Gallero.
Narciso Miraval: Coronel muerto.
Francisca Linero: Amante del patriarca.
Poncio Daza: Esposo de Francisca Linero.
Warren: Embajador.
Thompson: Embajador.
Evans: Embajador.
Bonivento Barboza: General insurrecto.
Zacarías: Supuesto nombre del patriarca.
Demetrio Aldous: Monseñor que investiga la posible canonización de Bendición Alvarado.
Matilde Arenales: Dueña de un loro adivinador.
Emanuel: Hijo del patriarca con Leticia Nazareno.
Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento): El poeta.
Wilson: Embajador.
Mauricio y Gumaro Ponce de León: Hermanos asesinos de Leticia Nazareno y su hijo, únicos sobrevivientes.
José Ignacio Sáenz de la Barra: Vengador de la muerte de Leticia Nazareno.
Nepomuceno Estrada: Presunto asesino, degollado.
Nepomuceno Estrada de la Fuente: Presunto asesino, degollado.
Eliécer Castor: Presunto asesino, degollado.
Lídice Santiago: Presunto asesino, degollado.
Roque Pinzón (a) Jacinto El Invisible: Presunto asesino, degollado.
Natalicio Ruiz: Presunto asesino, degollado.
Lord Kóchel: Perro Doberman propiedad de José Ignacio Sáez de la Barra.
Forbes: Embajador.
Baldrich: Embajador.
Rumpelmayer: Embajador.
Streimberg: Embajador.
Setvenson: Embajador.
Charles W. Traxler: Embajador.
Baxter: Embajador.
Roxbury: Embajador.
Fischer: Embajador.
Mitchell: Embajador.
Mac Queen: Embajador.
Ewing: Embajador.
Eberhart: Embajador.
Cornelio Nepote: Cronista.
Livio Andrónico: Cronista.
Cecilio Estato: Cronista.
Kitchener: Comandante.
Macdonall: Cónsul.
Kippling: Embajador.
Marcos de León: Doctor.
Marcos Linares: Marinero.
Braulio Linares Moscote: Hhijo de Marcos Linares, conocido del general.
Delfina Moscote: Madre de Braulio Linares.
Rosendo Sacristan: Brigadier.
Nicanor: Supuesto nombre del patriarca.

Vimos abandonada en un rincón la máquina del viento, la que falsificaba cualquier fenómeno de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue.

Se encerraba en la oficina para decidir el destino de la patria con el comandante de las tropas de desembarco y firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar, pues entonces no sabía leer ni escribir, pero cuando lo dejaron solo otra vez con su patria y su poder no volvió a emponzoñarse la sangre con la conduerma de la ley escrita sino que gobernaba de viva voz y de cuerpo presente a toda hora y en todas partes con una parsimonia rupestre pero también con una diligencia inconcebible a su edad, asediado por una muchedumbre de leprosos, ciegos y paralíticos que suplicaban de sus manos la sal de la salud, y políticos de letras y aduladores impávidos que lo proclamaban corregidor de los terremotos, los eclipses, los años bisiestos y otros errores de Dios, arrastrando por toda la casa sus grandes patas de elefante en la nieve mientras resolvía problemas de estado y asuntos domésticos con la misma simplicidad con que ordenaba que me quiten esta puerta de aquí y me la pongan allá, la quitaban, que me la vuelvan a poner, la ponían, que el reloj de la torre no diera las doce a las doce sino a las dos para que la vida pareciera más larga, se cumplía.

El no dio ninguna orden contra el suplantador sino que había pedido que lo llevaran en secreto a la casa presidencial con la cabeza metida en un talego de fique para que no fueran a confundirlo, y entonces padeció la humillación de verse a sí mismo en semejante estado de igualdad, carajo, si este hombre soy yo, dijo, porque era en realidad como si lo fuera.

Afrontaba los riesgos más tremendos del poder poniendo primeras piedras donde nunca se había de poner la segunda, cortando cintas inaugurales en tierra de enemigos y soportando tantos sueños pasados por agua y tantos suspiros reprimidos de ilusiones imposibles al coronar sin apenas tocarlas a tantas y tan efímeras e inalcanzables reinas de la belleza, pues se había conformado para siempre con el destino raso de vivir un destino que no era el suyo, aunque no lo hizo por codicia ni convicción sino porque él le cambió la vida por el empleo vitalicio de impostor oficial con un sueldo nominal de cincuenta pesos mensuales y la ventaja de vivir como un rey sin la calamidad de serlo, qué más quieres.

El único documento de identidad de un presidente derrocado debe ser el acta de defunción.

Una terraza marina donde a él le gustaba sentarse en las tardes de diciembre no tanto por el placer de jugar al dominó con aquella cáfila de mampolones sino para disfrutar de la dicha mezquina de no ser uno de ellos, para mirarse en el espejo de escarmiento de la miseria de ellos mientras él chapaleaba en la ciénaga grande la felicidad.

Y se dijo esto era, madre, esto era, se dijo, con un terrible sentimiento de alivio, viendo los globos de colores en el cielo, los globos rojos y verdes, los globos amarillos como grandes naranjas azules.

Para qué me voy a callar si lo más que puede hacer es matarme y ya me está matando, más bien aproveche ahora para verle la cara a la verdad mi general, para que sepa que nadie le ha dicho nunca lo que piensa de veras sino que todos le dicen lo que saben que usted quiere oír mientras le hacen reverencias por delante y le hacen pistola por detrás.

Carajo, no puede ser que ése soy yo, se dijo enfurecido, no es justo, carajo, se dijo, contemplando el cortejo que desfilaba en torno de su cadáver, y por un instante olvidó los propósitos turbios de la farsa y se sintió ultrajado y disminuido por la inclemencia de la muerte ante la majestad del poder, vio la vida sin él, vio con una cierta compasión cómo eran los hombres desamparados de su autoridad.

Lo que soy yo no me pienso morir más, qué carajo, que se mueran los otros.

Pero a pesar de aquellos actos de alivio su corazón aturdido no tuvo un instante de sosiego mientras no vio amarrados y escupidos en el patio del cuartel de San Jerónimo a los grupos de asalto que habían entrado a saco en la casa presidencial, los reconoció uno por uno con la memoria inapelable del rencor y los fue separando en grupos diferentes según la intensidad de la culpa, tú aquí, el que comandaba el asalto, ustedes allá, los que tiraron por el suelo a la pescadera inconsolable, ustedes aquí, los que habían sacado el cadáver del ataúd y se lo llevaron a rastras por las escaleras y los barrizales, y todos los demás de este lado.

Y entonces confesaron lo que él quería que les habían pagado cuatrocientos pesos de oro para que arrastraran el cadáver hasta el muladar del mercado, que no querían hacerlo ni por pasión ni por dinero porque no tenían nada contra él, y menor si ya estaba muerto, pero que en una reunión clandestina donde encontraron hasta dos generales del mando supremo los habían amedrentado con toda clase de amenazas y fue por eso que lo hicimos mi general, palabra de honor, y entonces él exhaló una bocanada de alivio, ordenó que les dieran de comer, que los dejaran descansar esa noche y que por la mañana se los echen a los caimanes, pobres muchachos engañados, suspiró, y regresó a la casa presidencial con el alma liberada de los cilicios de la duda, murmurando que ya lo vieron, carajo, ya lo vieron, esta gente me quiere.

Se anticipó al futuro con la ocurrencia mágica de que la vaina de este país es que a la gente le sobra demasiado tiempo para pensar, y buscando la manera de mantenerla ocupada restauró los juegos florales de marzo y los concursos anuales de reinas de la belleza, construyó el estadio de pelota más grande del Caribe e impartió a nuestro equipo la consigna de victoria o muerte, y ordenó establecer en cada provincia una escuela gratuita para enseñar a barrer cuyas alumnas fanatizadas por el estímulo presidencial siguieron barriendo las calles después de haber barrido las casas y luego las carreteras y los caminos vecinales, de manera que los montones de basura eran llevados y traídos de una provincia a la otra sin saber qué hacer con ellos en procesiones oficiales con banderas de la patria y grandes letreros de Dios guarde al purísimo que vela por la limpieza de la nación.

Lo cual nos hizo pensar que era cierta la leyenda corriente de que el plomo disparado a traición lo atravesaba sin lastimarlo, que el disparado de frente rebotaba en su cuerpo y se volvía contra el agresor, y que sólo era vulnerable a las balas de piedad disparadas por alguien que lo quisiera tanto como para morirse por él.

Él consideraba que nadie era hijo de nadie más que de su madre, y sólo de ella.

Y a quien él proclamó por decreto matriarca de la patria con el argumento simple de que madre no hay sino una, la mía.

Estoy cansada de rogarle a Dios que tumben a mi hijo, porque esto de vivir en la casa presidencial es como estar a toda hora con la luz prendida.

Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente de la república lo hubiera mandado a la escuela.

Estropeaba la siesta de los turpiales obligándolos a reventar para que nadie oyera su resuello sin alma de marido urgente, su desgracia de amante vestido, su llantito de perro, sus lágrimas solitarias que se iban como anocheciendo, como pudriéndose de lástima con el cacareo de las gallinas alborotadas en los dormitorios por aquellos amores de emergencia en el aire de vidrio líquido.

Un caracol gigante en cuyo interior no se escuchaba el oleaje y el viento de los mares sino la música del himno nacional.

Una patria sin héroes es una casa sin puertas.

Sabia desde siempre que contra un hombre invencible no había más armas que la amistad.

Está bien que la goces, decía, pero piensa en el futuro, que no te quiero ver pidiendo la caridad con un sombrero en la puerta de una iglesia si mañana o más tarde no lo permita Dios te quitan de la silla en que estás sentado, si al menos supieras cantar, o si fueras arzobispo, o navegante, pero tú no eres más que general, así que no sirves para nada sino para mandar.

Inspeccionó la casa una última vez, a oscuras, por si alguien se hubiera infiltrado creyéndolo dormido, iba dejando el rastro de polvo del reguero de estrellas de la espuela de oro en las albas fugaces de ráfagas verdes de las aspas de luz de las vueltas del faro.

Carajo, por qué te tengo que encontrar si no te me has perdido.

Se quedó dando vueltas en la casa con las manos en los bolsillos para que no se le pusieran por su cuenta donde no debían.

Carajo, si al menos me quitaran lo bailado que es lo que más me duele, suspiró.

Esperó sin pensar siquiera en su propio estado hasta que la madre de Manuela Sánchez lo hizo entrar en la fresca penumbra olorosa a residuos de pescado de la sala amplia y escueta de una casa dormida que era más grande por dentro que por fuera.

Escruté sin piedad los labios de murciélago, los ojos mudos que parecían mirarme desde el fondo de un estanque, el pellejo lampiño de terrones de tierra amasados con aceite de hiel que se hacía más tirante e intenso en la mano derecha del anillo del sello presidencial exhausta en la rodilla, su traje de lino escuálido como si dentro no estuviera nadie, sus enormes zapatos de muerto.

La abrumaba en silencio con aquellos regalos dementes para tratar de decirle con ellos lo que él no era capaz de decir, pues sólo sabía manifestar sus anhelos más íntimos con los símbolos visibles de su poder descomunal.

Para ver si estos alardes de poder conseguían ablandar tu conducta cortés pero invencible de no se acerque demasiado, excelencia, que ahí está mi mamá con las aldabas de mi honra, y él se ahogaba en sus anhelos, se comía la rabia, tomaba a sorbos lentos de abuelo el agua de guanábana fresca de piedad que ella le preparaba para darle de beber al sediento, soportaba la punzada del hielo en la sien para que no le descubrieran los desperfectos de la edad, para que no me quieras por lástima después de haber agotado todos los recursos para que lo quisiera por amor, lo dejaba tan sólo cuando estoy contigo que no me quedan ánimos ni para estar.

No le importaban los estorbos del gobierno, delegaba su autoridad en funcionarios menores atormentado por el recuerdo de la brasa de la mano de Manuela Sánchez en su mano, soñando con vivir de nuevo aquel instante feliz aunque se torciera el rumbo de la naturaleza y se estropeara el universo, deseándolo con tanta intensidad que terminó por suplicar a sus astrónomos que le inventaran un cometa de pirotecnia, un lucero fugaz, un dragón de candela, cualquier ingenio sideral que fuera lo bastante terrorífico para causarle un vértigo de eternidad a una mujer hermosa, pero lo único que pudieron encontrar en sus cálculos fue un eclipse total de sol para el miércoles de la semana próxima a las cuatro de la tarde mi general, y él aceptó, de acuerdo, y fue una noche tan verídica a pleno día que se encendieron las estrellas, se marchitaron las flores, las gallinas se recogieron y se sobrecogieron los animales de mejor instinto premonitorio, mientras él aspiraba el aliento crepuscular de Manuela Sánchez que se le iba volviendo nocturno a medida que la rosa languidecía en su mano por el engaño de las sombras, ahí lo tienes, reina, le dijo, es tu eclipse, pero Manuela Sánchez no contestó, no le tocó la mano, no respiraba, parecía tan irreal que él no pudo soportar el anhelo y extendió la mano en la oscuridad para tocar su mano, pero no la encontró, la buscó con la yema de los dedos en el sitio donde había estado su olor, pero tampoco la encontró, siguió buscándola con las dos manos por la casa enorme, braceando con los ojos abiertos de sonámbulo en las tinieblas, preguntándose dolorido dónde estarás Manuela Sánchez de mi desventura que te busco y no te encuentro en la noche desventurada de tu eclipse, dónde estará tu mano inclemente, dónde tu rosa, nadaba como un buzo extraviado en un estanque de aguas invisibles en cuyos aposentos encontraba flotando las langostas prehistóricas de los galvanómetros, los cangrejos de los relojes de música, los bogavantes de tus máquinas de oficios ilusorios, pero en cambio no encontraba ni el aliento de regaliz de tu respiración, y a medida que se disipaban las sombras de la noche efímera se iba encendiendo en su alma la luz de la verdad y se sintió más viejo que Dios en la penumbra del amanecer de las seis de la tarde de la casa desierta, se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, para siempre jamás, porque nunca en el resto de los larguísimos años de su poder volvió a encontrar a Manuela Sánchez de mi perdición en el laberinto de su casa, se esfumó en la noche del eclipse mi general.

Y se durmió al instante, arrullado por los rasguños de la llovizna en los vidrios.

La patria es estar vivo, le dijo, es esto, le dijo, y abrió el puño que tenía apoyado en la mesa y le mostró en la palma de la mano esta bolita de vidrio que es algo que se tiene o no se tiene, pero que sólo el que la tiene la tiene, muchacho, esto es la patria, dijo.

Autorizó el regreso de todos los desterrados salvo los hombres de letras, por supuesto, ésos nunca, dijo, tienen fiebre en los cañones como los gallos finos cuando están emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para algo.

Reunió al mando supremo, catorce comandantes trémulos que nunca fueron tan temibles porque nunca estuvieron tan asustados.

Antes del amanecer ordenó que metieran a los niños en una barcaza cargada de cemento, los llevaron cantando hasta los límites de las aguas territoriales, los hicieran volar con una carga de dinamita sin darles tiempo de sufrir mientras seguían cantando, y cuando los tres oficiales que ejecutaron el crimen se cuadraron frente a él con la novedad mi general de que su orden había sido cumplida, los ascendió dos grados y les impuso la medalla de la lealtad, pero luego los hizo fusilar sin honor como a delincuentes comunes porque hay órdenes que se pueden dar pero no se pueden cumplir, carajo, pobres criaturas.

Contestó que ni de vainas, que no se iba, aunque no era cuestión de irse o de no irse sino que todo está contra nosotros mi general, hasta la iglesia, pero él dijo que no, la iglesia está con el que manda, dijo.

Mientras se adelantaban los trámites para componer y embalsamar el cuerpo, hasta los menos cándidos esperábamos sin confesarlo el cumplimiento de predicciones antiguas, como que el día de su muerte el lodo de los cenagales había de regresar por sus afluentes hasta las cabeceras, que había de llover sangre, que las gallinas pondrían huevos pentagonales, y que el silencio y las tinieblas se volverían a establecer en el universo porque aquél había de ser el término de la creación.

Pero él no oía, no oía nada desde los lutos crepusculares de Leticia Nazareno cuando pensaba que a los pájaros de sus jaulas se les estaba gastando la voz de tanto cantar y les daba de comer de su propia miel de abejas para que cantaran más alto, les echaba gotas de cantorina en el pico con un gotero, les cantaba canciones de otra época, fúlgida luna del mes de enero, cantaba, pues no se daba cuenta de que no eran los pájaros que estuvieran perdiendo la fuerza de la voz sino que era él que oía cada vez menos, y una noche el zumbido de los tímpanos se rompió en pedazos, se acabó, se quedó convertido en un aire de argamasa por donde pasaban apenas los lamentos de adioses de los buques ilusorios de las tinieblas del poder, pasaban vientos imaginarios, bullarangas de pájaros interiores que acabaron por consolarlo del abismo del silencio de los pájaros de la realidad.

Habían sido inútiles las muchas y arduas diligencias oficiales para aplacar el ruido público de que la matriarca de la patria se estaba pudriendo en vida, divulgaban cédulas médicas inventadas, pero los propios estafetas de los bandos confirmaban que era cierto lo que ellos mismos desmentían.

Nadie sabía a ciencia cierta cuál era su nombre de entonces ni cuándo empezó a llamarse Bendición Alvarado que no debía de ser su nombre de origen porque no es nombre de estos rumbos sino de gente de mar.

Masticaba espuma de hiel no tanto por la rabia de la desobediencia como por la certeza de que algo grande le ocultaban si se habían atrevido a contrariar las centellas de su poder, vigilaba el aliento de quienes lo informaban porque sabía que sólo quien conociera la verdad tendría valor para mentirle, escudriñaba las intenciones secretas del alto mando para ver cuál de ellos era el traidor, tú a quien saqué de la nada, tú a quien puse a dormir en cama de oro después de haberte encontrado por los suelos, tú a quien salvé la vida, tú a quien compré por más dinero que a cualquiera, todos ustedes, hijos de mala madre, pues sólo uno de ellos podía atreverse a deshonrar un telegrama firmado con mi nombre y refrendado con el lacre del anillo de su poder, de modo que asumió el mando personal de la operación de rescate con la orden irrepetible de que en un plazo máximo de cuarentiocho horas lo encuentren vivo y me lo traen y si lo encuentran muerto me lo traen vivo y si no lo encuentran me lo traen, una orden tan inequívoca y temible que antes del plazo previsto le vinieron con la novedad mi general de que lo habían encontrado en los matorrales del precipicio con las heridas cauterizadas por las flores de oro de los frailejones, más vivo que nosotros, mi general, sano y salvo por la virtud de su madre Bendición Alvarado que una vez más daba muestras de su clemencia y su poder en la propia persona de quien había tratado de perjudicar su memoria.

Monseñor Demetrio Aldous había vislumbrado la perfidia dentro de la propia casa presidencial, había visto la codicia en la adulación y el servilismo matrero entre quienes medraban al amparo del poder, y había conocido en cambio una nueva forma de amor en las recuas de menesterosos que no esperaban nada de él porque no esperaban nada de nadie y le profesaban una devoción terrestre que se podía coger con las manos y una fidelidad sin ilusiones que ya quisiéramos nosotros para Dios.

Qué vaina, la habían echado a perder tratando de componerla.

Cómo carajo harán las mujeres para hacer las cosas como si las estuvieran inventando, cómo harán para ser tan hombres.

No habíamos conseguido de él nada más que evasivas y aplazamientos cada vez que le planteábamos la urgencia de ordenar su herencia, pues decía que pensar en el mundo después de uno mismo era algo tan cenizo como la propia muerte, qué carajo, si al fin y al cabo cuando yo me muera volverán los políticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verán, decía, se volverán a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto, porque ésos estarán siempre tan jodidos que el día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo, ya lo verán.

Exasperaba a la servidumbre con las órdenes encontradas de que me traigan una limonada con hielo picado que abandonaba intacta al alcance de la mano, que quitaran esa silla de ahí y la pusieran allá y la volvieran a poner otra vez en su puesto para satisfacer de esa forma minúscula los rescoldos tibios de su inmenso vicio de mandar.

Así era la patria de entonces, no teníamos ni cajones de muerto, nada, él había visto un hombre que trató de ahorcarse con una cuerda ya usada por otro ahorcado en el árbol de una plaza de pueblo y la cuerda podrida se reventó antes de tiempo y el pobre hombre se quedó agonizando en la plaza para horror de las señoras que salieron de misa, pero no murió, lo reanimaron a palos sin molestarse en averiguar quién era pues en aquella época nadie sabia quién era quién si no lo conocían en la iglesia.

Se había asomado a la ventana por casualidad en el instante preciso en que resbaló la última mula y arrastró a las demás al abismo, de modo que nadie más que él había oído el aullido de terror de la recua desbarrancada y el acorde sin término de los pianos que cayeron con ella sonando solos en el vacío, precipitándose hacia el fondo de una patria que entonces era como todo antes de él, vasta e incierta, hasta el extremo de que era imposible saber si era de noche o de día en aquella especie de crepúsculo eterno de la neblina de vapor cálido de las cañadas profundas donde se despedazaron los pianos importados de Austria.

Y ahora cantaban arrodilladas bajo el sol ardiente para celebrar la buena nueva de que habían traído a Dios en un buque mi general, de veras, lo habían traído por orden tuya, Leticia, por una ley de alcoba como tantas otras que ella expedía en secreto sin consultarlo con nadie y que él aprobaba en público para que no pareciera ante los ojos de nadie que había perdido los oráculos de su autoridad.

Tú eras lo que yo había querido que fueras la intérprete de mis más altos designios.

Escuchaban juntos el episodio diario de las novelas habladas de Santiago de Cuba que les dejaba en el alma el sentimiento de zozobra de si todavía mañana estaremos vivos para saber cómo se arregla esta desgracia.

El único consejo que le dio fue que nunca impartiera una orden si no estás seguro de que la van a cumplir, se lo hizo repetir tantas veces cuantas creyó necesarias para que el niño no olvidara nunca que el único error que no puede cometer ni una sola vez en toda su vida un hombre investido de autoridad y mando es impartir una orden que no esté seguro de que será cumplida, un consejo que era más bien de abuelo escaldado que de padre sabio.

Carajo, cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo.

Y sólo entonces se quitó los espejuelos y empezó a escrutarnos con aquellos ojos meticulosos que conocían los escondrijos de comadreja de nuestras segundas intenciones.

Recorría la casa entera buscando los frascos de miel cuyos escondites se le perdían a las pocas horas y encontraba por equivocación los pitillos de márgenes de memoriales que él escribía en otra época para no olvidar nada cuando ya no pudiera acordarse de nada.

Que se lleven esos zapatos, esas llaves, todo cuanto pudiera evocar la imagen de sus muertos, que pusieran todo lo que fue de ellos dentro del dormitorio de sus siestas desaforadas y tapiaran las puertas y las ventanas con la orden final de no entrar en ese cuarto ni por orden mía, carajo.

Era el hombre más valiente que habían visto mis ojos, madre, tenía una paciencia sin esquinas, sabía todo, conocía setenta y dos maneras de preparar el café, distinguía el sexo de los mariscos, sabía leer música y escritura para ciegos, se quedaba mirándome a los ojos, sin hablar.

Usted no es el gobierno, general, usted es el poder.

Y andamos por la calle como fugitivos en siete automóviles iguales que cambiaban de lugar adelantándose unos a otros en el camino de modo que ni yo mismo sé en cuál es el que voy, qué carajo.

Nos queda mucho tiempo para pensar sin que nadie nos estorbe dónde carajo estaba la verdad en aquel tremedal de verdades contradictorias que parecían menos ciertas que si fueran mentira.

El miedo a la muerte es el rescoldo de la felicidad.

Había creído en el progreso dentro del orden porque entonces no tenía más contactos con la vida real que la lectura del periódico del gobierno que imprimían sólo para usted mi general, una edición completa de una sola copia con las noticias que a usted le gustaba leer, con el servicio gráfico que usted esperaba encontrar, con los anuncios de propaganda que lo hicieron soñar con un mundo distinto del que le habían prestado para la siesta.

La gente tendrá más miedo cuanto menos entienda.

Era indispensable una protección más rígida, por lo menos una unidad de rifleros mi general, pero él se había empecinado en que nadie tiene necesidad ni ganas de matarme, ustedes son los únicos, mis ministros inútiles, mis comandantes ociosos, sólo que no se atreven ni se atreverán a matarme nunca porque saben que después tendrán que matarse los unos a los otros.

Pero él no la escuchaba, abatido por las primeras malvas del amanecer que iluminaban en carne viva el lado oculto de la verdad.

Los largos años del poder no traen dos días iguales.

No me diga la verdad, licenciado, que corre el riesgo de que se la crea.

Ni le servían de nada los papelitos enrollados que con tan buen espíritu y tanto esmero había escondido en los resquicios de las paredes porque había terminado por olvidar qué era lo que debía recordar, los encontraba por casualidad en los escondites de la miel de abeja y había leído alguna vez que el 7 de abril cumple años el doctor Marcos de León, hay que mandarle un tigre de regalo, había leído, escrito de su puño y letra, sin la menor idea de quién era, sintiendo que no había un castigo más humillante ni menos merecido para un hombre que la traición de su propio cuerpo.

Lo habían tratado tan mal que si no era un enemigo ya lo es.

No quería ver a nadie, madre, para que nadie descubriera que a pesar de la vigilancia minuciosa de su propia conducta, a pesar de sus ínfulas de no arrastrar los pies planos que al fin y al cabo había arrastrado desde siempre, a pesar del pudor de sus años se sentía al borde del abismo de pena de los últimos dictadores en desgracia que él mantenía más presos que protegidos en la casa de los acantilados para que no contaminaran al mundo con la peste de su indignidad.

Y sólo cuando la vio de cuerpo entero comprendió que lo hubiera llamado Nicanor Nicanor que es el nombre con que la muerte nos conoce a todos los hombres en el instante de morir.

No se vive, qué carajo, se sobrevive, se aprende demasiado tarde que hasta las vidas más dilatadas y útiles no alcanzan para nada más que para aprender a vivir.

La mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad.

La hojarasca

Gabriel García Márquez.

Primer novela de García Márquez cuya historia se bosqueja en el legendario Macondo y alrededor del velorio de un personaje sui géneris: el doctor. Escrita a tres voces, por tres generaciones: el abuelo (quién mas?), la hija y el nieto, dibujan el perfil del misterioso difunto, sus razones, sus soledades y la manera en que entró en su vida, de tal suerte que sólo ellos resultan ser los encargados de asegurar el respectivo entierro. Lo mas interesante creo que resulta ser la dominguera palabra incomploruto. Calificación de 8.0
La hojarasca

La hojarasca

Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea.

Entonces sentí algo frío a mis espaldas, volví a mirar y no vi sino la pared de madera seca y agrietada. Pero fue como si alguien me hubiera dicho desde la pared: «No muevas las piernas, que el hombre que está en la cama es el doctor y está muerto.» Y cuando miré hacia la cama, ya no lo vi como antes. Ya no lo vi acostado sino muerto. Desde entonces, por mucho que me esfuerce por no mirarlo, siento como si alguien me sujetara la cara hacia ese lado. Y a unque haga es fuerzos por mirar hacia otros lugares de la habitación, lo veo de todos modos, en cualquier parte, con los ojos desorbitados y la cara verde muerta en la oscuridad.

En el lecho parecía como si el muerto estuviera con dificultad. En el ataúd parece más cómodo, más tranquilo, y el rostro que era el de un hombre vivo y despierto después de una pelea, ha adquirido una vuelta reposada y segura. El perfil se vuelve suave; y es corno si allí, en la caja, se sintiera ya en el lugar que le corresponde como muerto. Mi abuelo ha estado moviéndose en la habitación. Ha cogido algunos objetos y los ha colocado en la caja. He vuelto a mirar a mamá con la esperanza de que me diga por qué mi abuelo está echando cosas en el ataúd. Pero mi madre permanece imperturbable dentro del traje negro, y parece esforzarse por no mirar hacia el lugar donde está el muerto. Yo también quiero hacerlo, pero no puedo. Lo miro fijamente, lo examino. Mi abuelo echa un libro dentro del ataúd, hace una señal a los hombres y tres de ellos colocan la tapa sobre el cadáver. Sólo entonces me siento liberado de las manos que me sujetaban la cabeza hacia ese lado y empiezo a examinar la habitación.

Al oírlo, yo comprendo que no está tan imbecilizado por el aguardiente como por la cobardía.

Pienso: Ahora está de viaje otra vez. Lo más natural es que en el último se lleve las cosas que le acompañaron en el penúltimo. Por lo menos, eso es lo más natural. Y entonces me parece verlo, por primera vez, cómodamente muerto.

A veces creía que Meme iba a llorar mientras hablaba. Pero se mantuvo firme, satisfecha de estar expiando la falta de haber sido feliz y haber dejado de serlo por su libre voluntad. Después sonrió. Después se estiró en el asiento y se humanizó por completo. Fue como si hubiera sacado mentalmente las cuentas de su dolor, cuando se inclinó hacia adelante, vio que aún le quedaba un saldo favorable en los buenos recuerdos.

Cuando la mujer regresó debió sentirse desconcertada ante la extraña presencia del sacerdote, cuyo rostro era tan inexpresivo que en nada se diferenciaba de una calavera de vaca.

Yo seguí almorzando, porque creí que sólo se trataba de un recado; porque no sabía que esa tarde estaban comenzando las cosas que hoy concluyen.

Estoy segura que no se parece, sino que es el mismo a quien se parece. Estoy segura, mejor dicho, que es un militar. Tiene un bigote negro y punteado y la cara como de cobre. Tiene las botas altas y estoy segura de que no es que se parece, sino que es el mismo a quien se parece.

Y se lo dije: «No voy a darte la navaja. Apenas me la dieron ayer y voy a tenerla toda la tarde.» Abraham siguió con la mano extendida. Entonces le dije:.
—Incomploruto.

Si me vendaran los ojos, si me cogieran de la mano y me dieran veinte vueltas por el pueblo y me volvieran a traer a este cuarto, lo reconocería por el olor. […] Yo conozco los cuartos por el olor.

Hay que soportarlo. Es un hombre sin nadie en el mundo y necesita que se le comprenda.

No habría podido decir en julio de qué color tenía las pupilas el hombre con quien iba a casarme en diciembre.

La fecha de la boda había sido fijada desde julio. Pero a los dos días de la llegada de Martín en diciembre, mi padre llamó a mi madrastra a la oficina para decirle que la boda debía realizarse el lunes. Era sábado. Mi traje estaba concluido. Martín había es tado en la casa todos los días, hablaba con mi padre y éste nos comunicaba sus impresiones a la hora de las comidas. Yo no conocía a mi novio. No había estado sola con él en ningún momento. Sin embargo, Martín parecía vinculado a mi padre por una entrañable y sólida amistad y éste hablaba de aquél, como si fuera él y no yo quien iba a casarse con Martín.

Mi padre y Martín conversaban sobre sus negocios; y yo, sentada tres puestos más allá, veía al hombre que un año después sería el padre de mi hijo y a quien no me vinculaba ni siquiera una amistad superficial.

A nadie le gusta más que a usted clavar sus propios clavos. Yo lo he visto poniéndole bisagras a una puerta cuando hay varios hombres a su servicio que podrían hacerlo por usted. Le gusta eso. Creo que su felicidad consiste en andar por la casa con una caja de herramientas, buscando dónde hay una pieza por arreglar. Usted es capaz de agradecerle a uno que le descom ponga las bisagras, coronel. Lo agradece porque se le da en esa forma una oportunidad para ser feliz.

Sabía que tarde o temprano había de salir, porque no hay hombre que pueda vivir media vida en el encierro, alejado de Dios, sin salir intempestivamente a rendirle al primer hombre que encuentre en la esquina, sin el menor esfuerzo, las cuentas que ni los grillos y el cepo; ni el martirio del fuego y el agua; ni la tortura de la cruz y el torno; mi la madera y los hierros candentes en los ojos y la sal eterna en la lengua y el potro de los tormentos; ni los azotes y las parrillas y el amor, le habrían hecho rendir a sus inquisidores. Y esa hora vendría para él, pocos años antes de su muerte.

Uno toma sus precauciones, coronel. Cuando se corre un riesgo, uno sabe cómo lo corre. Si algo falla es porque había algo imprevisto, fuera del alcance de uno.

Al entrar por la trasera, sorprendimos los escombros de un hombre abandonados en la hamaca. Nada en este mundo debe ser más tremendo que los escombros de un hombre.

Ahora no parece un hombre. Ahora parece un cadáver al que todavía, no se le han muerto los ojos.

Viéndola, yo me acordaba de otros tiempos. le dije: «Estás gordísima, mujer.» Y entonces ella se puso triste. Dijo: «Debe ser que los recuerdos hacen engordar.»

Y con un penetrante y sostenido lamento de metal oxidado, la puerta se abre de par en par. Entonces veo otra vez la calle, el polvo luminoso, blanco y abrasador, que cubre las casas y que le ha dado al pueblo un lamentable aspecto de mueble arruinado. Es como si Dios hubiera declarado innecesario a Macondo y lo hubiera echado al rincón donde están los pueblos que han dejado de prestar servicio a la creación.

Hay algunas personas en las ventanas, pero eso es pura curiosidad. Las mujeres siempre se asoman por cualquier cosa.

Notas de Prensa

Gabriel García Márquez.

Quinto volúmen de la colección Obra Periodística con colaboraciones escritas entre 1961 y 1984 y con variados temas, como sus experiencias y miedo al avion, la historia de la coca-cola en Cuba, la creación de un diccionario, hasta hechos y acontecimientos propios de ese tiempo y que, como otras veces he comentado, tal parece que esas situaciónes de hace mas de 20 años, siguen siendo las mismas. Calificación de 10.
Notas de Prensa

Notas de Prensa



El escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería.

Es muy difícil implantar un semanario, y retener el interés de un público numeroso y comprensivo, y sensible además a una propeusta política distinta, mientras no se pueda competir todos los días, y en condiciones similares, con los órganos de opinión que tienen en sus manos todos los poderes del poder.

En un país donde la prensa grande está subsidiada por los avisos del gran capital y los favores del pode, no le parecía posible que una revista pudiera subsistir sin más apoyo que el de sus lectores. Le faltó pensar que en el mundo hay gente que ve la vida de otro modo, y que es capaz de arriesgar no sólo su plata sino inclusive el pellejo por la defensa de una buena causa, casi con tanta temeridad como ella lo estaba arriesgando en el Ministerio del Trabajo por la defensa de una causa mala. Un año y medio después, mal que bien, la revista sigue aqui mientras que doña María Elena de Crovo no sigue ya ni mal ni bien ni en ninguna parte.

El doctor Turbay tenía todo el derecho a suponer que sería el candidato de la oligarquía. Tenía a su favor veinte años de sacrificios personales en nombre de todos los lugares comunes de la clase en el poder: la unidad del partido, la concordia entre los colombianos, la supervivencia de las instituciones democráticas, y tantas otras vainas que se dicen en los discursos y que ya nadie cree. Habían sido veinte años que le permitieron llegar hasta las goteras del poder por la escalera del buen servicio, tragándose las rabias sin contestar, sin pelearse con nadie, aguantándose las burlas de sus anfitriones de sangre azul por no saber a qué temperatura debe estar el vino para acompañar los espárragos ni cuántos siglos se necesitan en realidad para leer siete mil libros, y todo eso con una paciencia que de todos modos parecería oriental aunque no lo fuera.

Ahora sé, en primer término, que una persona que no contesta las cartas no sólo no merece el tono que yo adopté en la mía, sino que no merece siquiera que se le escriba.

Estamos pues en presencia de un poder personal y absoluto, convencido de que no existe en el mundo ninguna otra novedad distinta de su palabra suprema. Ante esta realidad tenebrosa, a los colombianos sin amparo no nos queda otro recurso que decidir con la conciencia de qué lado está la razón. De un lado están los relatos dramáticos de los torturados y sus familias, y aún de los niños arrestados como rehenes. Del otro lado está la negativa impertérrita del señor Turbay Ayala. Yo no vacilo un instante: les creo a las víctimas.

Lo cierto es que el 22 de septiembre de aquel año [1976] -un mes antes de la votación [para el Premio Nobel]- , Borges había hecho algo que no tenía nada que ver con su literatura magistral: visitó en audiencia solemne al general Augusto Pinochet. “Es un honor inmerecido ser recibido por usted, señor presidente”, dijo en su desdichado discurso. “En Argentina, Chile y Uruguay se están salvando la libertad y el orden”, prosiguió, sin que nadie se lo preguntara. Y concluyó impasible: “Ello ocurre en un continente anarquizado y socavado por el comunismo”. Era fácil pensar que tantas barbaridades sucesivas sólo eran posibles para tomarle el pelo a Pinochet. Pero los suecos no entienden el sentido del humor porteño. Desde entonces, el nombre de Borges había desaparecido de los pronósticos.

La Academia Sueca, que es la encargada de de conceder el Premio Nobel de Literatura, sólo ése, se fundó en 1786, sin pretensiones mayores que las de parecerse a la Academia Francesa. Los otros cuatro premios son: Física y Química, concedidos por la Real Academia de Ciencias; Medicina o Fisiología, concedido por el Comité Nobel del Instituto Carolino, y el de la Paz, concedido por el Comité Nobel del Parlamento de Noruega.

Los bancos, como su nombre lo indica, no tienen corazón.

Albert Camus, que obtuvo el premio a los 44 años, en el esplendor de su gloria y su talento, y murió dos años después, en el accidente de un automóvil conducido por un destino que tal vez no era el suyo.

Una vez, siendo reportero de un diario de Bogotá, en una época irreal en que todo el mundo tenía veinte años, me mandaron con el fotógrafo Guillermo Sánchez a perseguir una mala notitica en uno de aquellos Catalinas anfibios que habían sobrado de la guerra. Volábamos sobre la plena selva de Urabá sentados en bultos de escobas, porque asientos no había en aquel sepulcro volante, ni una azafata de consolación a quién pedirle el número de su teléfono en el paraíso, y de pronto el avión se metió a tientas por donde no era y se extravió en un aguacero íblico. No sólo llovía afuera, sino también adentro. Agarrándose a duras penas,el copiloto nos llevó un periódico para que nos tapáramos la cabeza, y vimos, con asombro, que apenas si podía hablar y le temblaban las manos. Ese día aprendí algo muy alenatdor: también los pilotos tienen miedo, sólo que a ellos, como a los toreros, no se les nota tanto en el temblor de las manos como en las supersticiones.

De pronto, en la lucidez de la vigilia, tuve conciencia de la imposibilidad física de que un avión se sostuviera en el aire, y me juré que nunca volvería a volar.

Mi madre no ha volado más de dos veces en su larga vida. Nunca ha sentido miedo, pero conoce muy bien el de sus hijos -que son doce-, de modo que mantiene siempre una vela encendida en el altar doméstico para proteger a cualquiera de nosotros que se encuentra en el aire. Su fe es tan cierta, que a uno de sus hijos -que es ingeniero de caminos- se le cayó hace poco un bulldozer en una cuneta. Mi madre oyó decir que el rescate podía costar mas de 100,000 pesos, y le dijo a mi hermano que no gastara ni un céntimo, pues ella iba a encender una vela para sacar el bulldozer. Mi hermano le reprendió: “Sólo a ti se te ocurre que una vela pueda sacar un bulldozer de una cuneta”. Mi madre, impasible, le replicó: -¡Cómo no va a sacarlo, si sostiene un avión en el aire!

Hay una foto suya tomada frente a su autorretrato, y el Darío Morales pintado se parece más a él que el Darío Morales de la realidad. Hay también un cuadro insólito en su obra, donde se ve a Ana María -vestida- cosiendo en la máquina de otros cuadros. de la habitación contigua sólo se ve un ángulo iluminado, con otra máquina de coser y otro mecedor vacío, y uno sabe, por la naturaleza de la luz, que esa otra máquina y ese mecedor ineludible, no existen ni siquiera en la realidad de la pintura, sino que Darío Morales los está soñando en algún lugar de la casa. Son los muebles de su obsesión, y por eso se sabe que volveremos a encontrarlos en otros cuadros.

Siempre se ha dicho que entre dos males hay que escoger el menos malo, y que en el arte de preferir a los hombres es más seguro el malo connocido que el bueno por conocer. Estados Unidos -al termino de una campaña electoral que durantre casi un año mantuvo al mundo con el último aliento- ha hecho dos veces lo contrario en una sola vez: eligió al peor desconocido [Ronald Reagan].

Un notable neurólogo francés, investiagador de tiempo completo, me contó la otra noche que había descubierto una función del cerebro humano que parece ser de una gran importancia. Sólo tiene un problema: no ha podido establecerse para que sirve. Yo le pregunté, con una esperanza cierta, si no había alguna posibilidad de que ésa fuera la función que regula los persagios, los sueños premonitorios y la transmisión del pensamiento. Su única respuesta fue una mirada de lástima.

Es la trampa del poder absoluto. Absortos en su propio perfume, los gorilas uruguayos debieron pensar que la parálisis del terror era la paz, que los editoriales de la prensa vendida eran la voz del pueblo y, por consiguiente, la voz de Dios, que las declaraciones públicas que ellos mismos hacían era la verdad revelada, y que todo eso, reunido y amarrado con un lazo de seda, era de veras la democracia. Lo único que les faltaba entonces, por supuesto, era la consagración popular, y para conseguirla se metieron como mansos conejos en la trampa diabólica del sistema electoral uruguayo. Es una máquina infernal tan complicada que los propios uruguayos no acaban de entenderla muy bien, y es tan rigurosa y fatal que, una vez puesta en marcha -como ocurrió el domingo pasado-, no hay manera de detenerla ni de cambiar de rumbo. Sin embargo, lo más importante de esta pifia militar no es que el pueblo haya dicho que no, sino la claridad con que ha revelado la peculiaridad incomparable de la situación uruguaya. En realidad, la represión de la dictadura ha sido feroz, y no ha habido una ley humana ni divina que los militares no violaran ni un abuso que no cometieran. Pero en cambio se encuentran dando vueltas en el círculo vicioso de su propia preocupación legalista. Es decir: ni ellos mismos han podido escapar de una manera de ser del país y de un modo de ser de los uruguayos, que tal vez no se parezca a los de ningún otro país de América Latina. Aunque sea por un detalle sobrenatural: Uruguay es el único donde los presos tienen que pagar la comida que se comen y el uniforme que se ponen, y hasta el alquiler de la celda.

Ha sido una victoria mundial de la poesía. En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre [John Lennon] que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

En nuestra casa de San Ángel, donde apenas si teníamos dónde sentarnos, había sólo dos discos una selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: “Help, I need somebody”. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartók. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bozart. Álvaro mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable pór los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla en favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un oiseau de malheur, es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé, desde entonces, en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”.

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cornetas y fuegos de artificio, tanats guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nación hace 2,000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo.

Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando donde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al probre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda desde hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regales, o de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros, Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesus no nación en Belén, sino en Estados Unidos.

La intervención de Estados Unidos en El Salvador está ya preparada hasta en sus ínfimos detalles políticos y militares. La ha preparado el presidente Carter, y el presidente Reagan sólo tendría que apretar un botón. Tal como lo hizo John F. Kennedy hace veinte años, cuando llegó al poder y se enfrentó con el plan de invasión a Cuba preparado por Eisenhower. Dice el refrán que a ningún perro lo capan dos veces, pero lo peligroso en este caso es que se trata de dos perros distintos.

Para quienes perdemos el tiempo pensando en estas cosas, hay desde entonces dos lunas. La luna astronómica, con mayúscula, cuyo valor científico puede ser muy grande, pero que carece por completo de validez poética. La otra es la Luna de siempre que vemos colgada en el cielo; la Luna única de los licántropos y los boleros, y a la cual -por fortuna- nadie llegará jamas.

En una inmensa noche glacial de 25,000 millones de kilómetros cuadrados donde hay océanos de nitrógeno líquido, vientos diez veces más devastadores que los tifones de Sumatra, y tempestades apocalípticas que pueden durar hasta 30,000 años. Pero no hay una sola flor. Ni siquiera una rosa miserable como esta de mi escritorio, que se aburre quizá por no ser más de lo que es, sin saber que ella sola es un prodigio irrepetible del universo.

Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca he pensado que los novelistas quieran decir más de lo que dicen. Cuando Frzn Kafka dice que Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto, no me parece que eso sea el símbolo de nada, y lo único que me ha intrigado siempre es qué clase de animal udo haber sido. Creo que hubo en realidad un tiempo en que las alfombras volaban y había genios prisioneros dentro de las botellas. Creo que la burra de Balaam habló -como lo dice la Biblia- y lo único lamentable es que no se hubiera grabado su voz, y creo que Josué derribó las murallas de Jericó con el poder de sus trompetas, y lo único lamentable es que nadie hubiera transcrito su música de demolición.

En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya está a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo.

Esta vez fue además un vuelo tan perfecto que por un instante tuve la certidumbre de que el avión se había quedado inmóvil en la mitad del océano e iban a tener que llevar otro para transbordarnos. Es decir, siempre me había atormentado el temor de que el avión se cayera, pero esta vez concebí un miedo nuevo. El miedo espantoso de que el avión se quedara en el aire para siempre.

El delirio empezó en el mismo aeropuerto . Yo unca había observado, hasta que él me lo hizo notar, que las puertas de abordaje y desembarco son imposibles de distinguir. En efecto, hay una con un letrero que dice: “Salida de pasajeros”, y por ella salen los que van a abordar los aviones. Hay otra puerta con otro letrero que dice lo mismo: “Salida de pasajeros”, y es por allí por donde salen los pasajeros que llegan. Lo peor es que ambos letreros son correctos, porque por ambas puertas se sale. Por otra parte, hay también una sala de espera que no es para esperar a los que llegan, sino para que esperen la salida del avión los que se van. Allí hay, por supuesto, varias hileras de sillas muy ordenadas y limpias, frente a una serie de puertas numeradas bajo un letrero general. “Salida de vuelos nacionales”. Pero esas puertas no se usan. En cambio, los pasajeros que llegan en los vuelos nacionales no salen por ninguna de tantas puertas, sino por la salida internacional, que está en otro edificio apartado; sin embargo, cuando una cálida voz de mujer solicita por los altavoces que salgan por la puerta de salida los pasajeros que se van, nadie sufre un tropiezo: “Es que no hay que hacerle caso a los letreros”, nos explicó un agente de policía de turismo. “Aquí todo el mundo sabe por donde se entra y por dónde se sale”.

Agobiado por tanto realismo fantástico, mi amigo me agradeció, como una pausa de alivio, que lo invitara a tomar una café en casa de mis padres. Más le hubiera valido no aliviarse. En efecto, como creo haberlo dicho otras veces, mi padre acaba de cumplir ochenta años, y mi madre setenta y seis. Pero no hay manera de sentarlos a descansar. Mi padre se va a pie todos los días, bajo el sol de fuego, hasta el centro de la ciudad, y no hemos logrado disuadirlo de una excursión que quiere hacer por la selva amazónica. Mi madre se ha empeñado toda la vida en hacer los oficios de la casa, y quiere inclusive acabar de lavar los platos que la lavadora eléctrica deja mal lavados. Mi amigo le preguntó si alguien la ayudaba, y ella le contestó con su lenguaje propio: “Tengo dos secretarias”. Mi amigo le preguntó desde cuándo, y ella le volvió a contestar: “Desde hace quince días”. El secreto de ambos es que nunca se han puesto a pensar en la edad. Hace poco, mi padre compró unos bonos que serían liquidados en el año 2000. Es decir, cuando él tenga cien años. Uno de mis hermanos le reprochó su falta de sentido, y el replicó impasible: “No los compré para mi beneficio, sino para asegurarle a tu madre una vejez tranquila”. Mientras conversábamos, llegó una nieta a contarnos que la noche anterior se había desdoblado. “Cuando regresé del baño”, me dijo, “me encontré conmigo misma que todavía estaba en la cama”. Poco después llegaron tres hermanas y dos hermanos, de los dieciséis que somos en total. Una de ellas, que fue monja hasta hace poco, se enredó en un diálogo de religiones comparadas con un hermano que es mormón. Otro hermano había mandado hacer una tabla sobre medida, pero cuando la volvió a medir en la casa resultó ser más corta que en la carpintería. “Es que en el Caribe no hay dos metros iguales”, dijo. En efecto, midió un metro con el otro, y a uno de los dos le faltaba un centímetro. Otra hermana tocaba al piano la serenata del cuarteto número cinco de Haydn. Le hice ver que lo tocaba tan rápido que parecía una mazurca. “Es que sólo toco el piano cuando estoy acelerada”, me dijo, “lo hago para tratar de calmarme pero lo único uqe consigo es acelerar también el piano”. En ésas estábamos cuando tocó a la puerta una hermana de mi madre, la tía Elvira, de 84 años, a quien no veíamos desde hacía quince años. Venía de Riohacha, en un taxi expreso, y se habia envuelto la cabeza en un trapo negro para protegerse del sol. Entró feliz, con los brazos abiertos, y dijo para que todos la oyéramos: “Vengo a despedirme, porque ya casi me voy a morir”.

Si algo bueno tiene este país es que siempre ha tenido fuerzas capaces de alzarse contra la injusticia y la desigualdad.

Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la responsabilidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oir. He pasado por casi todo el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta morir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política. He dicho alguna vez que todo honor se paga y que oda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi voda social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados.

No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad.

Las memorias son un género al cual recurren los escritores cansados cuando ya están a punto de olvidarlo todo.

Lo malo es que en periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas. La norma tiene injusticias de ambos lados: en periodismo hay que apegarse a la verdad, aunque nadie la crea, y en cambio en la literatura se puede inventar todo, siempre que el autor sea capaz de hacerlo creer como si fuera cierto. Hay recursos intercambiables. Si un escritor dice que vio volar un rebaño de elefantes, no habrá nadie que se lo crea, porque el buen periodismo le ha hecho creer al mundo que los elefantes no vuelan. Pero no faltará quien se lo crea si apela al recurso periodístico de la precisión y dice que los elefantes que volaban eran 326. Yo oí contar muchas veces, siendo muy niño, la historia de un cura rural que levitaba en el momento de apurar el cáliz. Intenté contarlo en una novela, pero no conseguía creerlo yo mismo, hasta que cambié el vino por una taza de chocolate, y el cura se elevó como un ángel a dos centímetros sobre el nivel del suelo.

Dos cuentos que alborotaron a fondo la fiebre literaria de mi juventud. El primero es el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde un décimo piso, y a medida que iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo,y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida. El otro cuento es el de dos exploradores que lograron refugiarse en una cabaña abandonada después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al acbo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente, volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de dare al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.

Todo mundo sabe que los protagonistas de las novelas son los dueños de sus palabras.

Hacer las cosas al desgarriate, es hacerlas de la peor manera posible, y me cuesta trabajo imaginarme una palabra que se parezca tanto a lo que quiere decir.

En México existe, con su significado completo, la palabra mendigo. Pero hay otra, que es la misma, pero pronunciada como esdrújula: méndigo. Suele usarse más como adjetivo, y significa, más o menos, miserable. Los mexicanos tienen para las dos una explicación deslumbrante: “Mendigo es el que pide limosna, y méndigo es el que no la da”.

Siempre he pensado que los dueños de los perros no son conscientes de cuánto sufrimos con los perros quienes no los queremos.

Estoy contra muchos dueños de perros que se derriten de ternura con ellos, y en cambios son capaces de cualquier crueldad con los seres humanos.

En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad.

Durante casi diez años leí todo lo que me fue posible sobre los dictadores de América Latina, y en especial del Caribe, con el propósito de que el libro que pensaba escribir se pareciera lo menos posible a la realidad. Cada paso era una desilusión. […] El doctor Duvalier, en Haití, había hecho exterminar los perros negros en el país, porque uno de sus enemigos, tratando de escapar de la persecución del tirano, se había escabullido de su condición humana y se había convertido en perro negro. El doctor Francia, cuyo prestigio de filósofo era tan extremo que mereció un estudio de Carlyle, cerró a la República del Paraguay como si fuera una casa, y sólo dejó abierta una ventana para que entrara el correo. Antonio López de Santa Anna enterró su propia pierna en funerales espléndidos. La mano cortada de Lope de Aguirre navegó río abajo durante varios días, y quienes la veían pasar se estremecían de horror, pensando que aun en aquel estado aquella mano asesina podía blandir un puñal. Anastacio Somoza García, en Nicaragua, tenía en el patio de su casa un jardín zoológico con jaulas de dos compartimientos: en uno estaban las fieras, y en el otro, separado apenas por una reja de hierro, estaban encerrados sus enemigos políticos. Martínez, el dictador teósofo de El Salvador, hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país, para combatir una epidemia de sarampión, y había inventado un péndulo que ponía sobre los alimentos antes de comer, para averiguar si no estaban envenenados.

Las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren.

En política no hay un error más grave que ser inoportuno.

El trabajo de cada día sólo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo va a empezar al día siguiente.

Nunca he tenido corazón para enterrar a los amigos.

Siempre he pensado, en mis largos viajes por tantas carreteras del mundo, que la mayoría de los seres humanos de estos tiempos somos sobrevivientes de una curva. Cada una es un desafío al azar. Bastaría con que el vehículo que nos precede sufriera un percance después de la curva para que se n os frustrara para siempre la oportunidad de contarlo.

Cada palabra de alguien, cada gesto anterior, y aun sus actos más naturales cobran una significación espectral después de su muerte.

Invencible Margarito Duarte. La semana pasada, mientras conversábamos en el cafecito del Trastévere, me hizo caer en la cuenta de que han pasado ya de cuatro los papas desde que él esperaba, de modo que hay razones para creer que sus posibilidades, hablando en términos estadísticos, son cada vez mayores. Después de eso no tengo ya ninguna duda: el santo es él. Sin darse cuenta, a través del cadáver incorrupto de su hija, Margarito Duarte lleva más de veinte años de estar luchando en la vida por la causa legítima de su propia canonización.

El argumento de que la convención que lo decidió estaba manipulada no tiene ningún valor, porque no hay en este mundo ninguna convención que no sea manipulada: para eso se inventaron.

Al cabo de varios días de intimidad, una interprete ansiosa de conocer los encantos del capitalismo se atrevió a preguntarme a qué sabía la Coca-Cola, y yo le contesté con mi verdad: “Sabe a zapatos nuevos”.

A veces me encuentro por casualidad con alguna fotografía de aquellos tiempos y no puedo reprimir un estremecimiento de lástima, porque no me parece que en realidad los retratados fuéramos nosotros, sino que fuéramos los hijos de nosotros mismos.

Los únicos amigos a los que yo les contaba estas cosas eran Álvaro Mutis, porque le parecían fascinantes aunque no las creyera, y Gonzalo Mallarino, porque sabía que eran verdad aunque no fueran ciertas. En una ocasión, los tres habíamos visto en el atrio de la iglesia de San Francisco a una mujer que vendía unas tortugas de juguete cuyas cabezas se movían con una naturalidad asombrosa. Gonzalo Mallarino le preguntó a la vendedora si esas tortugas eran de plástico o si estaban vivas, y ella le contestó: -Son de plástico, pero están vivas.

El tiempo […] era un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor.

No hay grosería más detestable que la que abusa de la buena educación del adversario.

Cuando las cantaba mi abuela, a mis seis años, las canciones me parecían tristes. Cuando las volví a escuchar en la película, treinta años más tarde, me parecieron mucho más tristes. Ahora, en Barcelona, me parecieron tan tristes que apenas eran soportables para un nostálgico irremediable como yo. Al salir del teatro, la noche era diáfana y tibia y había en el aire una fragancia de rosas de mar, mientras el resto de Europa naufragaba en la nieve. Me sentí conmovido en aquella ciudad hermosa, lunática e indescifrable, donde he dejado un reguero de tantos años de mi vida y de la vida de mis hijos, y lo que entonces padecí no fue la nostalgia de siempre, sino un sentimiento más hondo y desgarrador: la nostalgia de la nostalgia.

Sin embargo, un exámen médico muy completo había establecido que no tenía nada más que un agotamiento general, que es el nombre científico de la tristeza.

También ahora iba en brazos del miedo, que es el único abuelo que me quedó desde que se murieron los de carne y hueso.

Una de las pérdidas que más me han dolido y desconcertado en la vida fue la de una noche completa en un vuelo de Los Ángeles a Tokio. No la volví a encontrar jamás, y cada vez que la recuerdo me pregunto qué hubiera hecho con ella, si no sería esa la noche más feliz que me estaba destinada, y que se me perdió para siempre por no quedarme quieto en mi casa. En efecto, salimos de Los Ángeles un domingo a las dos de la tarde y llegamos a Tokio a las dos de la tarde del lunes, después de volar once horas a pleno día. Lo primero que noté al desembarcar era que faltaba en mi vida la noche del domingo, no sólo con sus horas contadas, sino también con su sueño. Esa noche, en el inmenso hotel de Tokio, donde lo despiertan a uno con computadoras ocultas que cantan como pájaros, yo no me preocupaba por tantas y tantas maravillas de la ciencia, sino que me sentía agobiado por la zozobra de estar tratando de dormir en una noche que no era la mía. En el Concorde, la confusión del tiempo es más amarga, porque uno sale de París a las once de la mañana y llega a Nueva York a las ocho de la mañana del mismo día. Los más avanzados en estos misterios de la ciencia habíamos terminado por aceptar la confusión convencional de que uno saliera de París a las doce del día y llegara a Nueva York a las dos de la tarde, después de haber volado siete horas. Pero desayunar una vez en París y volver a desayunar otra vez en Nueva York el mismo día a la misma hora es una usurpación inadmisible de los misterios reservados a la poesía.

Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir que no cuando es no.

Contra el criterio de muchos amigos incrédulos, he decidido tomas esta amenaza con toda la seriedad que ella merece. He declarado y reiterado muchas veces mi repudio por el terrorismo, venga de donde viniere, y cualquiera sea su finalidad, porque lo considero un método de lucha ilegítimo e indigno. Sería poco menos que una ironía que fuera víctima de él. Siempre soñé como lo que soñó un gran escritor de nuestro tiempo: morir a manos de una marido celoso.

Siempre he creído que uno nace con sus polvos contados, y que los que no se usan a tiempo se pierden para siempre. Pero es mejor el sexo con todo lo demás, que es el amor completo.

Los ingleses consideran que es de muy mala educación habalr en público de los hijos, de las enfermedades y del dinero. Pero como no soy inglés, a Dios gracias, sino de la calle Mayor de Aracataca, tengo otros pudores mucho más frívolos. Me gusta hablar de mis hijos porque son iguales a su madre: bien plantados, inteligentes y serios. Me gusta hablar de mi úlcera duodenal, que sólo se me alivia cuando escribo, porque los amigos no son sólo para compartir la buena vida, sino también para joderse con uno. Me gusta decir cuánto dinero gano y cuánto pago por las cosas, porque sólo yo sé el trabajo que me cuesta ganármelo, y me parece injusto que no se sepa.

En la primavera de 1960 -según cuentan Hinckle y Turner-, el senador John F. Kennedy, que poco después sería el nuevo presidente de Estados Unidos, ofreció un almuerzo a su autor favorito, Ian Fleming. el senador le preguntó al escritor qué se le ocurriría a James Bond si se le encomendara la tarea de eliminar a Fidel Castro. Fleming conetstó, sin pestañear, que había tres cosas importantes para los cubanos: el dinero, la religión y el sexo. A partir de esa pemisa, imaginó tres proyectos El primero, era arrojar sobre Cuba una cantidad fabulosa de dinero falsificado, como una cortesía de Estados Unidos. El segundo era arreglárselas para que apareciera en el cielo cubano una cruz luminosa, como un anuncio de la vuelta inminente de Cristo a la tierra, para exterminar el comunismo. El tercero era lanzar panfletos sobre Cuba, firmados por la Unión Soviética, para advertir a la población que las pruebas atómicas de Estados Unidos habían contaminado de radiactividad las barbas de los revolucionarios, y que esto los vovlería impotentes. Fleming suponía que después de esta advtertencia los revolucionarios se afeitarían la barba, incluso Fidel Castro. Y concluyó: “Sin barbas, no hay revolución”.

Hasta donde yo sé, esa chaqueta sin gracia [el esmoquin] se llama como se llama porque era lo que se ponían los caballeros para fumar en un cuarto aparte, de modo que el humo del tabaco no contaminara el resto de la casa ni sus buenos vestidos. Es decir, todo lo contrario de lo que se hace ahora.

La pasta -esa comida prodigiosa que cambia de sabor con sólo cambiar de forma.

En realidad, el idioma universal no es el inglés, sino el inglés mal hablado. Si uno lo habla apenas bien no encontrará quien entienda lo que uno dice.

Cuentan que la pitonisa, antes de profetizar, se purificaba en las aguas de la cercana fuente de Castalia y masticaba hojas de laurel y aspiraba vapores de incienso y mirra, hasta el punto de que apenas si era dueña de sí misma cuando debía responder a las preguntas que le hacían los viajeros llegados de todo el mundo conocido, y que bien podían ser reyes o mendigos. Cuentan que sus respuestas eran alaridos y contorsiones incomprensibles que los sacerdotes descifraban a su manera. De modo que era imposible conocer el sentido exacto de la adivinación, y como todas las adivinaciones, sólo podía entenderse a fondo después de que se cumplía. La más célebre, sin duda, fue la que recibió el rey Creso, famoso por sus riquezas sin cuento, cuando quiso saber si convenía hacer la guerra contra los persas, cuyo reino estaba al otro lado del río Halys. El oráculo contestó: “Si Creso atraviesa el río, destruirá un gran reino”. Creso lo hizo y fue derrotad, con lo cual se cumplió la predicción, pues destruyó su propio reino, que era uno de los más poderosos de su tiempo. En cambio, al contrario de lo que ocurría en la realidad, la predicción que recibió Edipo, rey de Tebas, fue directa y explícita: la peste sería conjurada el día en que se descubriera quién había sido el asesino de Layo, el rey anterior. Edipo lo descubrió, como se sabe, y descubrió al mismo tiempo su propia identidad y su propio destino. Y así nació para siempre la única estructura literaria de una perfección absoluta: el investigador que descubre que él mismo es el asesino.

En las reuniones sociales, más que la política y los signos del zodíaco, las conversaciones sobre métodos para recobrar la línea son casi obsesivas. Siempre hay alguien que pretende haber encontrado una dieta ideal -e irreal, por supuesto-, que permitea adelgazar como una gacela sin ningún sacrificio. Se reparten copias entre los amigos. Se cuentan puntos de calorías, se habla de comida antes de comer, y cuando se llega a la mesa se tiene tanta hambre que hay un acuerdo unánima: “Hoy no hago dieta, empiezo el lunes”.

Es un mal destino: haber pasado la mitad de la vida sin comer porque no tenía con qué, y tener que pasar igual la otra mitad, sólo por no engordar.

Uno de los placeres de la lectura -como de la música- es la posibilidad de compartirla con los amigos.

Lo buenos [recuerdos], que en última instancia son los peores porque son la semilla de la nostalgia.

Hace poco le dije aun amigo que me disponía a escribir mis memorias, y aquél me replicó que todavía no estaba en edad para eso. “Es que quiero empezar cuando todavía me acuerdo de todo”, le dije. “La mayoría de las memorias se escriben cuando ya su autor no se acuerda de nada”.

Uno se consuela pensando que la vejez no es más que un estado de ánimo. Cuando vemos pasar a un anciano que no puede con su alma tenemos la tendencia a creer que esos son infortunios que sólo les ocurren a los otros. Se piensa, y ojalá con razón, que nuestra voluntad no tendrá fuerzas para oponerse a la muerte, pero sí para cerrarle el paso a la vejez. Hace unos años encontré en la sala de espera de un aeropuerto de Colombia a un condiscípulo de mi edad que parecía tener el doble. Un rápido exámen permitía descubrir que su vejez prematura no era tanto un hecho biológico, como pura y simple negligencia suya. No pude contenerme, le dije, entre otras muchas cosas, que su mal estado no era culpa de Dios, sino suya y que yo tenía todo el derecho a reporchárselo porque su deterioro no sólo lo envejecía a él, sino a toda nuestra generación. Hace poco le pedí a un amigo que viniera a México. “Allí no”, me contestó en el acto, “porque hace veinte años que no voy a México y no quiero ver mi vejez en la cara de mis amigos.” Me di cuenta inmediatamente que él tenía la misma norma que yo: no facilitarle nada a la vejez. Mi padre, que ahora tiene 81 años, tiene una vitalidad y un aspecto excepcionales, y sus hijos sabemos que su secreto contra la vejez es muy simple: no piensa en ella.

Cuba, uno de los pocos países del mundo que las Naciones Unidas han declarado limpios de drogadicción.

Cuando alguien no se sentía bastante preparado para el examen de álgebra, sólo tenía que fingir esos síntomas e irse al hospital con la seguridad de regresar con una excusa válida cosida en la ingle. Era cierto: los novios se regalaban el apéndice dentro de un frasco de formol, y en la ceremonia de la ruptuta había que devolverlo, junto con las cartas de amor.

De todos modos, lo que parece más desastroso no es el herpes, sino la manera alegre con que se está manejando su información. Lo menos que puede decirse es queno es una manera higiénica: la noticia del flagelo puede tener una gravedad social mucho más perjudicial que la del flagelo mismo. Como en la Edad Media. Cuando el miedo a la peste causaba tantos estragos sociológicos y morales, y tanto desorden social, que se consideraban como otra peste distinta y más temible.

Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa.

A veces, cuando hay amigos en casa. Obregón se mete en la cocina. Es un gusto verlo ordenando en el mesón de las mojarras azules, la rompa de cerdo con un clavel en la nariz, el costillar de ternera todavía con la huella del corazón, los plátanos verdes de Arjona, la yuca de San Jacinto, el ñame de Turbaco. Es un gusto ver cómo prepara todo, cómo lo corta y lo distribuye según sus formas y colores, y cómo lo pone a hervir a grandes aguas con el mismo ángel con que pinta. “Es como echar todo el paisaje dentro de la olla”, dice. Luego, a medida que hierve, va probando el caldo con un cucharón de palo y vaciándole dentro botellas y botellas de ron de Tres Esquinas, de modo que éste termina por sustituir en la olla el agua que se evapora. Al final, uno comprende por qué ha habido que esperar tanto con semejante ceremonial de sumo pontífice, y es que aquel sancocho de la edad de piedra que Obregón sirve en hojas de bijao no es un asunto de cocina, sino una pintura para comer.

Los libros son más peligrosos que quienes los escriben.

Por eso me asombra tanto, y me alegra tanto, cada vez que encuentro una película capaz de hacerme llorar, que es lo que uno va buscando en el fondo de su alma cuando se apagan las luces de la sala.

La concepción nos viene de Estados Unidos y es muy simple: el lujo de la muerte es de primera necesidad. El norteamericano medio no tiene en ningún momento un nivel de vida más alto que el nivel de su muerte. Ni nunca es más bello que en el ataúd: sus propios parientes se asombran de cuánto les favorece el embalsamamiento, con cuánta ternura sonríen y cuán comprensivos y amorosos parecen con la cabeza apoyada en las almohadas de la muerte, y tal vez se duelan en secreto de que no se hubiera inventado la posibilidad de embalsamar en vida a los seres difíciles.

Una viuda de clase media había invertido sus ahorros para darle a su marido muerto nuos funerales más lujosos que el de sus posibilidades reales. Todo parecía acordado, cuando un funcionario de la agencia mortuoria le llamó por teléfono para decirle que el cadáver era más alto de lo previsto en el contrato, y que ella debía pagar en consecuencia una suma suplementaria. La viuda no tenía un centavo más. Entonces el funcionario, con la voz melodiosa de los años de su oficio, le dió la solución. “En ese caso”, dijo, “le suplico darnos la autorización para serrucharle los pies al cadáver”. La pobre viuda, por supuesto, encontró donde pudo el dinero que no tenía, sólo para que la agencia le hiciera la caridad de enterrar entero a su marido.

Cuando uno escucha un disco o lee un libro que le deslumbra, el impulso natural es buscar a quién contárselo.

La verdad es que no debe haber libros obligatorios, libros de penitencia, y que el método saludable es renunciar a la lectura en la página en que se vuelve insoportable. Sin embargo, para los masoquistas que prefieran seguir adelante a pesar de todo hay una fórmula certera: poner los libros ilegibles en el retrete. Tal vez con varios años de buena digestión puedan llegar al término feliz de El paraíso perdido, de Milton.

Una noche, uno de ellos me dijo que para ser preso inocente era mejor serlo culpable, y me puso a trabajar para el Frente de Liberación Nacional de Argelia.

Y no había tenido una conciencia muy clara de mi situación hasta una noche en que me encontré de pronto por los lados del jardín de Luxemburgo sin haber comido ni una castaña durante todo el día y sin lugar donde dormir. Estuve merodeando largas horas por los bulevares, con la esperanza de que pasara la patrulla que se llevaba a los árabes para que me llevara a mí también a dormir a una jaula cálida, pero por más que la busqué no pude encontrarla. Al amanecer, cuando los palacios del Sena empezaron a perfilarse entre la niebla espesa, me dirigí hacia la Cité con pasos largos y decididos y con una cara de obrero honrado que acababa de levantarse para ir a su fábrica. Cuando atravezaba el puente de Saint Michel sentí que no estaba solo entre la niebla, porque alcancé a percibir los pasos nítidos de alguien que se acercaba en sentido contrario. Lo vi perfilarse entre la niebla, por la misma acera y con el mismo ritmo que yo, y vi muy cerca su chaqueta escocesa de cuadros rojos y negros, y en el instante que nos cruzamos en medio del puente vi su cabello alborotado, su bigote de turco, su semblante triste de hambres atrasadas y mal dormir, y vi sus ojos anegados de lágrimas. Se me heló el corazón, porque aquel hombre parecía ser yo mismo que ya venía de regreso.

“Para morir de cáncer en la próstata”, dijo [Graham Greene], “prefiero morir de un tiro en la cabeza”.

Como lo dije en una memorable ocasión reciente, aqui [en México] he escrito mis libros, aquí he criado a mis hijos, aquí he sembrado mis árboles.

Un joven de Checoslovaquia abandonó su país con el ánimo de hacer fortuna. Al cabo de veinticino años, casado y rico, volvió a su pueblo natal, donde su madre y su hermana tenían un hotel. Sólo para hacerles una broma, el viajero dejó a su esposa en otro hotel del poblado y tomó una habitacíon en el hotel de la madre y la hermana, quienes no lo reconocieron después de tantos años de separación. Su proósito, al parecer, era identificarse al día siguiente durante el desayuno. Pero a medianoche, mientras dormía, la madre y la hermana lo asesinaron para robarle el dinero.

No hay duda: todos los hombres somos impotentes cuando menos lo esperamos y, sobre todo, cuando menos lo queremos, porque nos han enseñado que las mujeres esperan de nosotros mucho más de lo que somos capaces, y ese fantasma, a la hora de la verdad, inhibe a los humildes y conturba a los arrogantes.

La nostalgia empieza por la comida.

Todo el alborozo, todas las incertidumbres y toda la soledad de la infancia me volvieron de pronto en ese sabor, que era el inconfundible de los lacones de la abuela.

Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo devastado, comiendo unos pescados que siguen diendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían creciendo en la mesa, y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba de caer.

[El] vallenato clásico que fue creado para contar cantando y no para bailar.

Un equipo de televisión holandesa que registró cada minuto de aquella parranda sin una sola tregua se llevó una impresión de la cual no alcanzarán a reponerse en mucho tiempo. No podían entender que existiera en este mundo de horrores un lugar como aquél, donde las casas no se cerraban nunca, y todo el que quería entraba a comer donde quisiera a cualquier hora del día y de la noche en que tuviera hambre y siempre encontraba una mesa servida, y todo el que tuviera sueño entraba a dormir a cualquier hora donde quisiera y siempre encontraba una hamaca colgada. Y todo sin un instante ni un resquicio de silencio: el espacio total estaba saturado de música.

Es a ellos [los escritores] a quienes primero desnudan en los aeropuertos, porque la policía no puede entender que viajen en avión siendo tan pobres, a menos que lleven un tubo de drogas escondido en el trasero. Es a ellos a quienes primero agarran cuando empiezan las redadas, porque no se puede pensar que no se hayan muerto de hambre sin robar, ni se puede pensar que no sean terroristas estando tan peludos y tan pálidos y tan jodidos. También ellos son fruto del mismo talento nacional que alienta a los protagonistas de nuestra mala imágen en el exterior. Sólo que van en sentido contrario y al ritmo imperceptible de la perseverancia y la paciencia, como la tortuga del cuento.

El ´habito de la lectura se adquiere muy joven o no se adquiere nunca. También se dice, quién sabe con cuánta razón, que es necesario inculcárselo a los niños. PArece más probable que se adquiera por contagio: en general, los hijos de buenos lectores suelen serlo también.

El gran peligro de la relectura es la desilusión. Autores que nos deslumbraron en su momento podrían -y casi siempre pueden- resultar insoportables. Es algo como lo que sucede con la novia de colegio, siempre que uno no haya tenido la precaución de casarse con ella, intercambniando arrugas y virtudes.

Uno no debe esconderse porque corre el riesgo de que lo encuentren.

Todo profesional serio -lo confiese o no- tiene casi el deber de sentir miedo en el momento de las grandes responsabilidades del oficio.

Era una mujer tan corpulenta, tan desproporcionada y tan fea, en definitiva, que terminó por parecerle de una hermosura extraña.

Jack Lang, dentro de esos criterios, empezó su programa totalizador con una acción directa en los otros organismos del estado. Primero, con los grandes ministerios. Fue así como se firmó un acuerdo con el Ministerio de Justicia destinado a ejercer una acción cultural dentro de las cárceles. Fue así también como se firmó, al término de una discusión muy prolongada, un acuerdo semejante con el Ministerio de la Defensa para llevar la acción cultural hasta el alma misma de las fuerzas armadas, y fue así como se llegó a un buen acuerdo con el Ministerio de la Salud Pública para que la dinámica de la cultura pudiera penetrar en los hospitales y quizá hasta los suspiros finales de los moribundos,

Por último habría que citar una causa [de la impotencia] de muy alta frecuencia: la fidelidad conyugal absoluta. O, por decirlo de otro modo más feroz: la falta de amor. Está demostradpo que hombres normales y bien servidos, que han disfrutado de una larga y fructífera vida matrimonial, son víctimas a partir de cierta edad de los estragos de la rutina. Algunos de ellos deciden acudir al médico, y si éste es un profesional debería darles un consejo que tal vez fuera providencial: “Pruebe con otra”. Es triste, pero cierto. Y no sólo en el caso de los hombres, desde luego.

Hace poco un campesino que logró escapar de una matanza empezó su relato con una frase que barrió de un solo razo a muchos años de literatura tremenda: “Los muertos fuimos cinco”.

Tal vez el mérito mayor de José Salgar ha sido el saber dar órdenes sin dolor, porque no las da con cara de jefe, sino de subalterno.

Los traficantes de drogas, cuyos nombres y fotos eran de dominio público desde hace mucho tiempo, vivían libres con sus aviones de príncipes, sus gustos babilónicos y sus parques zoológicos sin que nadie perturbara su impunidad feliz. Tenían visas privilegiadas en Estados Unidos, donde nunca hubieran podido ser lo que son sin la complicidad de autoridades venales y socios con poder y clientes bien colocados. Su mercado estaba allá y no acá, y aquel era su paraíso. No se necesitaría de una perspicacia demasiado aguda para preguntarse por qué la justicia que se hizo durante tanto tiempo de la vista gorda, se despertó de pronto yo con una furia luciferina sólo cuando los traficantes de drogas tuvieron la desastrosa idea de irrumpir con ínfulas vandálicas en la política nacional. Es casi imposible impedir el mal pensamiento de que el tratado de extradición levantó su mandoble no como un instrumento de la justicia, sino como un garrote de persecución política y retaliación personal. En cambio, se presume de que cinco ejecutivos del grupo financiero más poderoso de Colombia están huyendo de nuestra justicia en los Estados Unidos y no se sabe hasta ahora que el gobierno colombiano haya acudido al tratado para que vengan a pagar lo que deben.

“Papá”, me dijeron a coro, “nosotros queremos que cuando tú seas niño seas como nosotros y que tengas un papá como tú.”

En este mundo cada vez más distorsionado, las angustias de la ficción empiezan a ser más verosímiles y emotivas que las angustias de la realidad.

Todo el mundo dice que quiere la paz, pero nadie sabe dónde encontrarla.

Yo no vengo a decir un discurso

Gabriel García Márquez.

Colección de discursos elaborados por el autor para distintas audiencias, sobre diversos temas y en tiempos diferentes. Lo extraño es que muchos de ellos fueron pronunciados hace ya bastante tiempo, y los temas como la violencia, el narcotráfico y la educación, siguen siendo tan actuales como entonces. Excelente las notas del editor para indicar lugar, fecha y motivo de cada uno de los discursos. Calificación de 8.
Yo no vengo a decir un discurso

Yo no vengo a decir un discurso

El oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica.

Aqui [en México] han crecido mis hijos, aquí he escrito mis libros, aquí he sembrado mis árboles.

El país que se podría hacer con todos los exiliados y emigrados forzoso de América Latina tendría una población más numerosa que Noruega.

Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si trata de vernos con su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó trescientos años para construirse su primera muralla y otros trescientos para tener un obispo; que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante veinte siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI. los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, doce mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a tres mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas ed su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grande dueños del mundo, Éste es, amigos, el tamaño de nuestra soledad. Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte.

Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Sin embargo, latinoamericanos y caribes nos acercamos a él con la sensación desoladora de habernos saltado el siglo XX: lo hemos padecido sin vivirlo. Medio mundo celebrará el amanecer del año 2001 como una culminación milenaria, mientras nosotros empezamos apenas a vislumbrar los beneficios de la revolución industrial. Los niños que hoy están en la escuela priparia preparándose para regir nuestros destinos en la centuria venidera, siguen condenados a contar con los dedos de la mano, como los contabilistas de la mas remota antigüedad, mientras ya existen computadoras capaces de hacer cien mil operaciones aritméticas por segundo. En cambio hemos perdido en cien años las mejores virtudes humanas del siglo XIX: el idealismo febril y la prioridad de los sentimiento: el susto del amor.

Hoy 6 de agosto de 1986, existen en el mundo más de cincuenta mil ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita cuya explosión total puede eliminar doce veces todo rastro de vida en la Tierra.

La carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia. Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir trescientos ochenta millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos -a diferencia del bisabuelo Pitecántropo- fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario tan dispendioso y colosal pueda regresar a la nada de dond vino por el arte simple de oprimir un botón.

Con toda modestia, pero también con toda determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos sidelares arrojada a los océanos del tiempo para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables y cuán sordos se hicieron ante nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo.

La formación de profesionales sin trabajo sería un modo demasiado caro de fomentar el desempleo.

En el marco de este Festival de Cine de La Habana, nos proponemos hacer un llamado a los gobiernos de América Latina y a sus organismos del cine para que intenten una relfeción creativa sobre algunos puntos de sus leyes de protección a los cines nacionales que en muchos casos sirven más para estorbar que para proteger y que en términos generales van en sentido contrario al de la integración del cine latinoamericano.

Por aquellos días de Roma viví mi única aventura en un equipo de dirección de cine. Fui escogido en la escuela como tercer asistente del director Alexandro Blasetti en la película Lástima que sea una canalla, y esto me causó una gran alegría, no tanto por mi progreso personal como por la ocasión de conocer a la primera actriz de la película, Sofía Loren. Pero nunca la vi, porque mi trabajo consistió, durante un mes, en sostener una cuerda en la esquina para que no pasaran los curiosos. Es con este título de buen servicio, y no con los muchos y rimbombantes que tengo por mi oficio de novelista, como ahora me atreva a ser tan presidente en esta casa como nunca lo he sido en la mía, y a hablar en nombre de tantas y tan meritorias gentes de cine.

Entramos pues en la era de la América Latina, primer productor mundial de imaginación creadora, la materia básica más rica y necesaria del mundo nuevo, y del cual estos cien cuadros de cien pintores visionarios pueden ser mucho más que una muestra: la gran premonición de un continente todavía sin descubrir, en el cual la muerte ha de ser derrotada por la felicidad, y habrá más paz para siempre, más tiempo y mejor salud, más comida caliente, más rumbas sabrosas, más de todo lo bueno para todos. En dos palabras: más amor.

Pues en esas estaba el presidente Belisario Betancourt en auqella madrugada trémula del poder: releyendo los versos matemáticos de don Pedro Salinas, antes de que llegaran los periódicos a amargarle el nuevo día con las fantasías de la vida real.

Estos exabruptos de Álvaro [Mutis] nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, CArolina JAramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los veinte años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de catorce meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macy’s y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de guardería buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo: “No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va”.

Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que causó su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: Siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resistí a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Preferí seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

Es fácil saber cuando alguien se ha vuelto viejo porque todo lo que dice lo ilustra con una anécdota.

También por los años cuarenta, Giovanni Papini declaró que América Latina no había aportado nada a la humanidad, ni siquiera un santo, como si le pareciera poca cosa. Se equivocó, pues ya teníamos a Santa Rosa de Lima, pero no la contó, quizá por ser mujer. Su aifmraicón ilustraba muy bien la idea que siempre han tenido de nosotros los europeos: todo lo que no se parece a ellos les parece un error y hacen todo por corregirlo a su manera, como los Estado Unidos. Simón Bolívar, desesperado con tantot consejos e imposiciones, dijo: “Déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media”.

Un buen ejemplo es Colombia. Basta con que haya elecciones puntuales para legitimar la democracia, pues lo que importa es el rito, sin preocuparse mucho de sus vicios: el clientelismo, la corrupción, el fraude, el comercio de votos. Jaime Bateman, el comandante del M-19, decía: “Un senador no se elige con sesenta mil votos sino con sesenta mil pesos”.

El presidente De la Madrid nos hizo el gran favor de tocar el drama del narcotráfico. Para él los Estados Unidos abastecen a diario entre veinte y treinta millones de drogadictos sin el menor tropiezo, casi a domicilio, como si fuera la leche, el periódico o el pan. Esto sólo es posible con unas mafias más fuertes que las colombianas y una corrupción mayor de las autoridades que en Colombia. El problema del narcotráfico, por supuesto, nos toca a los colombianos muy profundamente. Ya casi somos los únicos culpables del narcotráfico, somos los únicos culpables de que los Estados Unidos tengan ese gran mercado de consumo, por desgracia del cual es tan próspera la industria del narcotráfico en Colombia. Mi impresión es que el tráfico de drogas en un problema que se le salió de las manos a la humanidad. Eso no quiere decir que debemos ser pesimistas y declararnos en derrota, sino que hay que seguir combatiendo el problema a partir de ese punto de vista y no a partir de la fumigación. Hace poco estuve con un grupo de periodistas norteamericanos en una pequeña meseta que no podía tener más de tres o cuatro hectáreas sembradas de amapolas. Nos hicieron la demostración: fumigación desde helicópteros, fumigación desde aviones. Al tercer paso de los helicópteros y aviones, calculamos que aquéllos podían costar ya más de lo que costaba la parcela. Es descorazonador saber que de ninguna manera se combatirá así el narcotráfico. Yo les dije a algunos periodistas norteamericanos que iban con nosotros que esa fumigación debía empezar por la isla de Manhattan y por la alcaldía de Washington. Les reproché también que ellos y el mundo saben cómo es el problema de la froga en Colombia -cómo se siembra, cómo se procesa, cómo se exporta- porque los periodistas colombianos lo hemos investigado, lo hemos publicado, lo hemos divulgado en el mundo. Inclusive, muchos lo han pagado con su vida. En cambio, ningún periodista norteamericano se ha tomado el trabajo de decirnos cómo es el ingreso de la droga hasta los Estados Unidos, y cómo es su distribución y su comercialización interna. Creo que todos terminamos de acuerdo con la conclusión del ex presidente Lacalle de que la redención de estas Américas está en la educación.

Si a un niño se le pone frente a un grupo de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno solo, y el deber del Estado sería crear las condiciones para que ese juguete le durara a ese niño. Soy un convencido de que ésa es la fórmula secreta de la felicidad y la longevidad. Que cada quien pueda vivir y hacer sólo lo que le gusta, desde la cuna hasta la tumba. Al mismo tiempo, todos estamos de acuerdo, al parecer, en que debemos estar alerta contra la tendencia del Estado a desentenderse de la educación y encomendarla a los particulares. El argumento en contra es demoledor: la educación provada, buena o mala, es la forma más efectiva de la discriminación social.

Algunos [periodistas] se precias de que son capaces de leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confiencial. Lo más grave es que éstas transgresiones éticas obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo: el síndrome de la chiva. No los conmueve el fundamento de que la buena primicia no es la que se da primero sino la que se da mejor.

Muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. La cita de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informados o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben pero que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes, porque al autor se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente.

A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en n uestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: “Parece un faro”. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso? Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus frenos normativos para que entre en el siglo XXI como Pedro por su casa. En ese sentido, me atrevería ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, con los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima, ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajerons como si fueran dos y siempre sobra una?

Es imposible imaginar el fin de la violencia en Colombia sin la eliminación del narcotráficoy no es imaginable el fin del narcotráfico sin la legalización de la droga, más próspera a cada instante cuanto más prohibida.

Los lectores de Cien años de soledad son una comunidad que, si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo.

El olor de la guayaba.

Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza.

Sería interesante asistir a una plática de dos amigos entrañables. Ambos periodistas y escritores, uno entrevistando al otro, con más fama, para buscar e indagar en los recuerdos más profundos, las raíces del porqué escribe como escribe. Pues bien, de eso trata este libro, Apuleyo Mendoza entrevistando al Gabo. Recuerdos, crítica y honestidad son el eje de la plática. Calificación de 8.5
El olor de la guayaba

El olor de la guayaba

La tia Francisca Simonosea, por ejemplo, que era una mujer fuerte e infatigable, se sentó un día a tejer su mortaja. “¿Por qué estás tejiendo una mortaja?”, le preguntó Gabriel. “Niño, porque me voy a morir”, respondió ella. Y en efecto, cuando terminó la mortaja se acostó en su cama y se murió.

Está en mi carácter y ya lo he dicho en muchas entrevistas: nunca, en ninguna circustancia, he olvidado que en la verdad de mi alma no soy nadie más ni seré nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca.

En todo caso yo me considero el mejor de mis amigos, y creo que ninguno de ellos me quiere tanto como quiero yo al amigo que quiero menos.

Si mis problemas son grandes, trato de compartirlos con Mercedes y mis hijos. Si son muy grandes es probable que recurra además a algún amigo que pueda ayudarme con sus luces. Pero si son demasiado grandes no los consulto con nadie. En parte por pudor, y en parte por no pasarle a Mercedes y a mis hijos, y eventualmente a algún amigo, una preocupación adicional. De modo que me los trago solo. El resultado, por supuesto, es una úlcera del duodeno que funciona como un timbre de alarma, y con la cual he tenido que aprender a vivir, como si fuera una amante secreta, difícil y a veces dolorosa, pero imposible de olvidar.

No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? Bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible.

Se debe interrumpir el trabajo sólo cuando uno sabe cómo continuar al día siguiente.

Mi diversión más salaz (en aquella época), era meterme los domingos en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar de la Plaza de Bolívar hasta la avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de otros domingos vacíos. Lo único que hacía durante el viaje de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizás de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad hasta que se encendían las primeras luces en la lluvia eterna, y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer.

Dejé todo, inclusive mi carrera de derecho, y me dediqué solamente a leer novelas. A leer novelas y escribir.

La fama perturba el sentido de la realidad, tal vez casi tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada. Por desgracia esto no lo cree nadie mientras no lo padece.

El poder absoluto es la realización más alta y más compleja del ser humano, y que por eso resume a la vez toda su grandeza y toda su miseria. Lord Acton ha dicho que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de modo absoluto”.

La mujer más bella del mundo no tenía que ser, necesariamente, la más apetecible, en el sentido en que yo entiendo este tipo de relaciones. Mi impresión, al cabo de una breve conversación, fue que su caracter podía causarme ciertos conflictos emocionales que tal vez no estarían compensados por su belleza.

En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres, y en las cuales se orientan mejor con menos luces. Esto ha terminado por convertirse en un sentimiento que es casi una superstición: siento que nada malo me puede suceder cuando estoy entre mujeres. Me producen un sentimiento de seguridad sin el cual no hubiera podido hacer ninguna de las cosas buenas que he hecho en la vida. Sobre todo, creo que no hubiera podido escribir. Esto también quiere decir, por supuesto, que me entiendo mejor con ellas que con los hombres.

Mi abuelo me contaba que los hombres se iban a la guerra con una escopeta, sin saber ni siquiera para dónde iban, sin la menor idea de cuando volverían, y por supuesto, sin preocuparse qué iba a suceder en casa. No importaba: las mujeres se quedaban a cargo de la especie haciendo los hombres que iban a reemplazar a los que cayeran en la guerra, y sin más recursos que su propia fortaleza e imaginación. Eran como las madres griegas que despedían a sus hombres cuando iban a la guerra: “Regresa con el escudo o sobre el escudo”. Es decir, vivo o muerto, pero nunca derrotado. Muchas veces he pensado si este modo de ser de las mujeres que en el Caribe es tan evidente, no será la causa de nuestro machismo. Es decir; si en general el machismo no será producto de las sociedades matriarcales.

Yo diría que el machismo -tanto en los hombres como en las mujeres- no es más que la usurpación del derecho ajeno. Así de simple.

No hay mayor desgracia humana [la incapacidad para el amor]. No sólo para el que la padece sino para quienes tengan el infortunio de pasar por dentro de su órbita.

Quienes lo saben hacen creer que tiene efectos maléficos [el número 13] (y los norteamericanos se lo han creído: sus hoteles pasan del piso doce al piso catorce), sólo para que los demás no lo usen y ser los únicos beneficiarios del secreto: es el número del buen agüero.

No volví a escribir cartas desde hace unos doce años, pero no sólo a mis amigos sino a nadie, desde que me enteré por casualidad de que alguien había vendido unas cartas personales mías para los archivos de una universidad en los Estados Unidos. El descubrimento de que mis cartas eran también una mercancía me causó una depresión terrible, y nunca volví a escribirlas.

Relato de un náufrago.

Gabriel García Márquez.

El libro es el relato que el propio náufrago contó al Gabo y que apareció en un diario. Con el filtro innigualable de García Márquez, las palabras de Luis Alejandro Velasco toman forma de narración aventurera, y transmite las angustias, pesares y desesperación sufridas durante el periplo. A final de cuentas él no se describe como héroe, ya que solamente actúo en consecuencia, con el único propósito de sobrevivir; en ese caso, todos seríamos héroes. Algo que llamo mi atención fue el hecho de saber que cuando las gaviotas vuelan, es porque la tierra está cerca. Hay ocasiones en nuestro propio naufragio que llamamos vida, ansiamos ver gaviotas. Calificación de 9.5.
Relato de un náufrago.

Relato de un náufrago.

La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto día de trabajo, cuando le pedí a Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasionó el desastre. Consciente de que la declaración valía su peso en oro, me replicó, con una sonrisa: “Es que no había tormenta”. Así era: los servicios meteorológicos nos confirmaron que aquel había sido uno más de los febreros mansos y diáfanos del Caribe. La verdad, nunca publicada hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se soltó la carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro que el relato, como el destructor, llevaba también mal amarrada una carga política y moral que no habíamos previsto.

Esa madrugada, cuando nos embarcamos, el cabo Miguel Ortega estaba en el puente, precisamente hablando de su esposa y sus hijos, lo cual no era una casualidad, porque nunca hablaba de otra cosa. Traía una nevera, una lavadora automática, y una radio y una estufa. Doce horas después el cabo Miguel Ortega estaría tumbado en su litera, muriéndose del mareo. Y setenta y dos horas después estaría muerto en el fondo del mar.

Para sentirme menos solo me puse a mirar el cuadrante de mi reloj. Eran las siete menos diez. Mucho tiempo después, como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco. Cuando el minutero llegó al número doce eran las siete en punto y el cielo estaba apretado de estrellas. Pero a mí me parecía que había transcurrido tanto tiempo que ya era hora de que empezara a amanecer. Desesperadamente, seguía pensando en los aviones.

Es imposible que la noche sea tan larga como el día. Se necesita haber pasado una noche en el mar, sentado en una balsa y contemplando un reloj, para saber que la noche es desmesuradamente más larga que el día. Pero de pronto empieza a amanecer, y entonces uno se siente demasiado cansado para saber que está amaneciendo.

No pude dormir más porque me sentía agotado, incluso para dormir.

Una alegría elaborada en doce horas desapareció en un minuto, sin dejar rastros. Mis fuerzas se derrumbaron. Desistí de todas mis preocupaciones. Por primera vez en nueve días me acosté boca abajo, con la abrasada espalda expuesta al sol. Lo hice sin piedad por mi cuerpo. Sabía que de permanecer así antes del anochecer me habría asfixiado. Hay un instante en que ya no se siente dolor. La sensibilidad desaparece y la razón empieza a embotarse hasta cuando se pierde la noción del tiempo y del espacio. Boca abajo en la balsa, con los brazos apoyados en la borda y la barba apoyada en los brazos, sentí al principio los despiadados mordiscos del sol. Vi el aire poblado de puntos luminosos, durante varías horas. Por fin cerré los ojos, extenuado, pero entonces ya el sol no me ardía en el cuerpo. No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza.

Nunca hasta esa noche había perdido una remota esperanza de que alguien se acordara de mí y tratara de rescatarme. Pero cuando recordé que aquella debía ser para mi familia la novena noche de mi muerte, la última de mis velaciones, me sentí completamente olvidado en el mar. Y pensé que nada mejor podía ocurrirme que morir. Me acosté en el fondo de la balsa. Quise decir en voz alta: “Ya no me levanto más”. Pero la voz se me apagó en la garganta. Me acordé del colegio. Me llevé a la boca la medalla de la Virgen del Carmen y me puse a rezar mentalmente, como suponía que a esa hora lo estaba haciendo mí familia en mi casa. Entonces me sentí bien, porque sabía que me estaba muriendo.

El general en su laberinto.

Gabriel García Márquez.

Novela que narra el ultimo viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su destierro voluntario. Los achaques propios de la edad, la ingratitud de un país al que le dió todo, la sensación de impotencia y las reflexiones sobre su pasado, son las constantes de los últimos días del General. Calificación de 9.0
El general en su laberinto.

El general en su laberinto.

Novela que narra el ultimo viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su destierro voluntario. Los achaques propios de la edad, la ingratitud de un país al que le dió todo, la sensación de impotencia y las reflexiones sobre su pasado, son las constantes de los últimos días del General. Calificación de 9.0

Terminó afeitándose a ciegas sin dejar de dar vueltas por el cuarto, pues procuraba verse en el espejo lo menos posible para no encontrarse con sus propios ojos.

El mismo general no sabría decir al día siguiente si estaba hablando dormido o desvariando despierto, ni podría recordarlo.

«En suma», concluyó el general, «todo lo que hemos hecho con las manos lo están desbaratando los otros con los pies».

Catorce años de guerras le habían enseñado que no había victoria mayor que la de estar vivo.

A la hora de la siesta se metían en la cama sin cerrar la puerta, sin desvestirse y sin dormir, y más de una vez incurrieron en el error de intentar un último amor, pues él no tenía ya suficiente cuerpo para complacer a su alma, y se negaba a admitirlo.

Nadie le había informado que el general se iba, tal vez porque a nadie podía ocurrírsele que no fuera el primero en saberlo.

El mismo Wilson manifestó más tarde su sorpresa de que nadie en la misión ni en el resto del camino hubiera reconocido al hombre más conocido de las repúblicas nuevas. También para éste, sin duda, fue una lección extraña.

La vida le había dado ya motivos bastantes para saber que ninguna derrota era la última. Apenas dos años antes, perdido con sus tropas muy cerca de allí, en las selvas del Orinoco, había tenido que ordenar que se comieran a los caballos, por temor de que los soldados se comieran unos a otros.

José Palacios no sabía cuándo eran reales y cuándo eran imaginarios los sueños de su señor con el general Santander. Una vez, en Guayaquil, contó que lo había soñado con un libro abierto sobre la panza redonda, pero en vez de leerlo le arrancaba las páginas y se las comía una por una, deleitándose en masticarlas con un ruido de cabra. Otra vez, en Cúcuta, soñó que lo había visto cubierto por completo de cucarachas. Otra vez despertó dando gritos en la quinta campestre de Monserrate, en Santa Fe, porque soñó que el general Santander, mientras almorzaba a solas con él, se había sacado las bolas de los ojos que le estorbaban para comer, y las había puesto sobre la mesa.

Al despedirlo, el general le había dicho que debía estar en La Paz a más tardar en veintiún días. Wilson se cuadró: «Estaré en veinte, Excelencia». Estuvo en diecinueve.

Bailó casi tres horas, haciendo repetir la pieza cada vez que cambiaba de pareja, tratando quizás de reconstituir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias.

Él no tomó ninguna iniciativa, pues su método de seducción no obedecía a ninguna pauta, sino que cada caso era distinto, y sobre todo el primer paso. «En los preámbulos del amor ningún error es corregible», había dicho.

Y lo hizo con una sonrisa fingida para que no se le notara que en aquel 15 de mayo de rosas ineluctables estaba emprendiendo el viaje de regreso a la nada.

Esa noche, mientras deambulaba por el galpón donde le colgaron la hamaca para dormir, había visto una mujer que se volvió a mirarlo al pasar, y él se sorprendió de que ella no se sorprendiera de su desnudez.

Pero las muertes que causaba eran tantas, que al final nadie quería saber nada de la medicina al pie de la vaca, como dieron en llamarla, y muchas madres prefirieron para sus hijos los riesgos del contagio que no los de la prevención. Sin embargo, los informes oficiales que el general recibía le hicieron creer que el flagelo de la viruela estaba siendo derrotado. Así que cuando José Palacios le hizo notar la cantidad de caras pintadas que había entre la muchedumbre, su reacción fue menos de sorpresa que de hastío. «Siempre será así», dijo, «mientras los subalternos sigan mintiéndonos para complacernos».

…se dio cuenta de que los recuerdos le pesaban más que los años…

«En todo caso», dijo el francés, «no son los sistemas sino sus excesos los que deshumanizan la historia».

… le preocupaba la costumbre de contestar las preguntas que le hacían estando dormido.

«Las vidas no se acaban sólo con la muerte», dijo el general. «Hay otros modos, inclusive algunos más dignos».

En la larga historia de la humanidad se ha demostrado muchas veces que la vocación es hija legítima de la necesidad.

«Nunca volveré a enamorarme», le confesó en su momento a José Palacios, el único ser humano con quien se permitió jamás esa clase de confidencias. «Es como tener dos almas al mismo tiempo».

«Yo veo que nada puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor», le escribió. «En el futuro tú estarás sola, aunque al lado de tu marido, y yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo».

… no hay nada más peligroso que la memoria escrita.

Alguien le había dicho al general que cuando un perro moría había que remplazado de inmediato por otro igual con nombre igual para seguir creyendo que era el mismo.

La desesperación es la salud de los perdidos.

El que almuerza con la soberbia cena con la vergüenza.

«Atender una enfermedad es como estar empleado en un buque», le había dicho el general. Cuatro años antes, en Lima, O’Leary le había sugerido que aceptara un tratamiento médico a fondo mientras preparaba la constitución de Bolivia, y su respuesta fue terminante:«No se ganan dos carreras al mismo tiempo».

De manera que José Palacios tenía razón: Manuela estaba bien, porque nada se sabía de ella.

Era un antiguo sueño repetido en la realidad.

El peligro mayor era caminar, no por el riesgo de una caída, sino porque se veía demasiado el trabajo que le costaba.

No fue la perfidia de mis enemigos sino la diligencia de mis amigos lo que acabó con mi gloria. Fueron ellos los que me embarcaron en el desastre de la Convención de Ocaña, los que me enredaron en la vaina de la monarquía, los que me obligaron primero a buscar la reelección con las mismas razones con que después me hicieron renunciar, y ahora me tienen preso en este país donde ya nada se me ha perdido.

… a menudo soñaba con su padre y su madre y con cada uno de sus hermanos, pero nunca con ella, pues la había sepultado en el fondo de un olvido estanco como un recurso brutal para poder seguir vivo sin ella.

«Siempre hemos sido pobres y nada nos ha faltado», le dijo. «La verdad es la contraria», le dijo el general. «Siempre hemos sido ricos y nada nos ha sobrado».

Los funerales de la Mamá Grande.

Gabriel García Márquez.

Colección de cuentos con historias que suceden en los pueblos y en los que aparecen distintos personajes de Cien Años de Soledad, y principalmente el Padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar. Una anécdota que me pasó en alguna ocasión en que iba en el camión leyendo este mismo libro, y estaba leyendo cuando el joven va en el tren a arreglar los papeles de la jubilación de su madre y olvida los documentos… yo también me quedé dormido, me desperté abruptamente para bajarme a donde iba y… olvidé unos documentos!!! Calificación de 7.0 y eso por la historia del ladrón de bolas de billar, sino, reprobaba. Creo que es de los libros que menos me gustan del Gabo.
Los funerales de la Mamá Grande.

Los funerales de la Mamá Grande.

Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.

Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora -dijo la mujer-. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.

Colgadas de un clavo en el interior de la puerta había dos llaves grandes y oxidadas, como la niña imaginaba y como imaginaba la madre cuando era niña y como debió imaginar el propio sacerdote alguna vez que eran las llaves de San Pedro.

Ella lo conocía demasiado para replicar. Lo sintió fumar, respirando como un asmático, hasta que cantaron los primeros gallos. Después lo sintió levantado, trasegando por el cuarto en un trabajo oscuro que parecía más del tacto que de la vista. Después lo sintió raspar el suelo debajo de la cama por más de un cuarto de hora, y después lo sintió desvestirse en la oscuridad, tratando de no hacer ruido, sin saber que ella no había dejado de ayudarlo un instante al hacerle cree que estaba dormida.

Ana examinó el cuarto. Las carátulas de revistas que ella misma había recortado y pegado en las paredes hasta empapelarlas por completo con litografías de actores de cine, estaban gastadas y sin color. Había perdido la cuenta de los hombres que paulatinamente, de tanto mirarlos desde la cama, se había ido llevando esos colores.

-Ya que se van a hacer las cosas -concluyó Ana-, es mejor hacerlas bien hechas.

-Había doscientos pesos -dijo-. Y ahora te los van a sacar del pellejo, no tanto por ratero como por bruto.

Entonces veía al pueblo al otro lado de la línea -ya encendidas las luces- y le parecía que, con sólo verlo pasar, el tren lo había llevado a otro pueblo.

En ese instante pitó el tren. Envuelto en el vapor cálido y saludable de la sopa, él calculó la distancia que lo separaba de la estación e inmediatamente después se sintió invadido por esa confusa sensación de pánico que produce la pérdida de un tren.

Le angustiaba mirar a la gente a la cara y cuando no le quedaba otro recurso que hablar, las palabras le salían diferentes a como las pensaba. “Si”, respondió. Y sintió un ligero escalofrío. Trato de mecerse, olvidado de que no estaba en una mecedora.

Entonces fue cuando se dió cuenta de que había olvidado en el tren el envoltorio de la ropa y los documentos de la jubilación. Despertó abruptamente, sobresaltado, pensando en su madre y otra vez acorralado por el pánico.

Apenas se dió cuenta de sí mismo cuando experimentó la sensación tenebrante que le subió por el costado. En ese momento tuvo conciencia de su peso total: juntos el peso de su cuerpo, de sus culpas y de su edad. Sintió contra la mejilla la solidez del suelo pedregoso que tantas veces, al preparar sus sermones, le había servido para formarse una idea precisa del camino que conduce al infierno. “Cristo”, murmuró asustado, pensando: “Seguro que nunca más podré ponerme en pie”.

Pensó que no había ahí ninguna señal que permitiera distinguir el domingo de otro día cualquiera, y mientras caminaba por la calle desierta se acordó de su madre: “Todas las calles de todos los pueblos conducen inexorablemente a la iglesia o al cementerio”.

Guarda bajo llave todas las cosas de valor, pues mucha gente no viene a los velorios, sino a robar.

Por primera vez se habló de ella y se le concibió sin su mecedor de bejuco, sus sopores a las dos de latarde y sus cataplasmas de mostaza, y se la vio pura y sin edad, destilada por la leyenda.

Por la libre

Obra Periodística 4.
1974-1995.
Gabriel García Márquez.

Por la libre es el volumen 4 de la colección Obra Periodística, compendio de colaboraciones periodísticas aparecidas entre 1974 y 1995, y cuyo tema principal es Cuba (evidencía su partidarismo hacia la revolución cubana), Vietnam y la dictadura militar en Sudamérica.
Destaca principalmente las notas referentes al bloqueo comercial posrevolucionario en Cuba, vigente hasta el día de hoy y la crónica de la lucha contra el narcotráfico en su natal Colombia; muy parecido a lo que estamos viviendo en este sexenio en México. En general son un referente si de historia contemporánea se desea saber.
Calificación de 9.
Por la libre

Por la libre

La grandeza del país [Chile] no se funda en la cantidad de sus virtudes sino en el tamaño de sus excepciones.

… no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.

Todos los letreros murales pintados en aquella época contra Cuba, y algunos a favor, según las intenciones secretas, eran pintados por cuenta de la CIA.

… nadie hubiera podido imaginarse que Miguel era en aquel momento el hombre más buscado por la dictadura de Chile. No podían imaginárselo, precisamente porque nunca nos escondimos.

Por motivos históricos y geográficos, siendo uno de los países más pobres del mundo pero con una posición estratégica esencial, Portugal está obligado a sentarse a la mesa de los países más ricos y sofisticados de la tierra, pero hablando un idioma que nadie entiende porque a nadie le conviene entenderlo y con los fondillos remendados y los zapatos rotos, pero con la dignidad que le impone el haber sido en otro tiempo el dueño casi absoluto de todos los mares.

… al despedirme de Ramiro Correira le dije: “Vuelvo en enero del 76. Y el me contestó muerto de risa: “Será muy tarde, porque para entonces ya nosotros estaremos como en diciembre del 78”.

Esto tiene que aclararse hasta encontrar el responsable -gritó-. Porque yo he hecho la zafra durante catorce años, no para tener estos zapatos y esta camisa, sino para que en Cuba no sucedan cosas como ésta. [Refiriéndose a un acto de negligencia].

El viejo y simpático técnico de la fábrica de ron de Santiago nos contó como sus antiguos patronos le ofrecieron una suma fantástica para que se fugara a Estados Unidos, no tanto por servirse de sus conocimientos y secretos, que al fin y al cabo no eran exclusivos, sino para impedir que se sirvieran de ellos los cubanos. Su respuesta fue ejemplar: “¿Por qué no me ofrecieron semejante suma cuando me tenían con un sueldo de hambre?”.

Condenados a morir de hambre, los cubanos tuvieron que inventar la vida otra vez desde el principio. Crearon toda una teconlogía de la necesidad, toda una economía de la escasez, toda una cultura de la soledad. Las mujeres aprendieron a cocinar de otro modo, según los víveres disponibles, y aprendieron a coser de otro modo, sacando los hilos del propio borde de la camisa que debían remendar. Antes, en la mayoría de los casos, habían tenido que afilar la aguja, porque no dispusieron de otra en muchos años. La edad de los niños era un grave problema doméstico: los servicios de abastecimiento, que suministraban dos vestidos y un par de zapatos al año, no podían tomar en cuenta la velocidad del crecimiento.

La abuela de nuestro guía aprendió a leer en la misma campaña a la edad de ochenta años. Ahora tiene noventa y cuatro, su pasatiempo favorito es la lectura y todas las noches maldice al capitalismo por todos los libros que dejó de leer.

No tenía un instante de sosiego, y cambiaba tanto de posición en la silla que parecía cambiar de silla en la misma silla.

Tan seguro está de la viabilidad de estas alianzas, que atribuye el fracaso de las tentativas revolucionarias de los años sesenta en América Latina al error de no haber reconocido a las burguesías nacionales como un aliado decisivo para hacer la síntesis de lo militar y lo político.

Antes del Che Guevara los argentinos no se sentían latinoamericanos. Ahora, en cambio, creen que son los únicos latinoamericanos.

De modo que una mañana Nicolás Guillén abrió su ventana y gritó una noticia única: ¡Se cayó el hombre! Fue una conmoción en la calle dormida porque cada uno de nosotros creyó que el hombre caído era el suyo. Los argentinos pensaron que era Juan Domingo Perón, los paraguayos pensaron que era Alfredo Stroessner, los peruanos pensaron que era Gustavo Rojas Pinilla, los nicaragüenses pensaron que era Anastasio Somoza, los venezolanos pensaron que era Marcos Pérez Jiménez, los guatemaltecos pensaron que era Castillo Armas, los dominicanos pensaron que era Rafael Leónidas Trujillo, y los cubanos pensaron que era Fulgencio Batista. Era Perón, en realidad.

Pérez Jiménez se había fugado de su trono de rapiña con sus cómplices más cercanos, y volaba en un avión militar hacia Santo Domingo. El avión había estado desde medio día con los motores calientes en el aeropuerto de La Carlota, a pocos kilómteros del palacio persidencial de Miraflores, pero a nadie se le había ocurrido arrimarle una escalerilla cuando llegó el dictador fugitivo acosado de cerca por una patrulla de taxis que no lo alcanzaron por muy pocos minutos. Pérez Jiménez, que parecía un nene grandote con lentes de carey, fue izado a duras penas con una cuerda hasta la cabina del avión, y en la dispensiosa maniobra olvidó en tierra su maletín de mano. Era un maletín ordinario, de cuero negro, donde llevaba el dinero que había ocultado para sus gastos de bolsillo: trece millones de dólares en billetes.

Era un bimotor destartalado. Entre nosotros circuló la leyenda de que había sido secuestrado y conducido hacia la Sierra Maestra por un piloto desertor de la aviación batistiana, y que permaneció en el abandono al sol y sereno hasta aquella noche de mi desgracia en que lo mandaron a buscar periodistas suicidas en Venezuela. LA cabina era estrecha y mal ventilada, los asientos estaban rotos y había un olor insoportable de orines agrios. Cada quién se acomodó donde pudo, hasta sentados en el suelo del estrecho corredor entre los bultos de viaje y los equipos de cine y televisión. Me sentí sin aire, arrinconado contra una ventanilla de la cola, pero me confortaba un poco el aplomo de mis compañeros. De pronto, alguien entre los más serenos me murmuró al oído con los dientes apretados: “Feliz tu que no le tienes miedo al avión”. Entonces llegué al extremo del horror, pues comprendí que todos estaban tan asustados como yo, pero que también lo disimulaban como yo con una cara tan impávida como la mía. […] Al amanecer nos sorprendió una ráfaga de lluvias feroces, el avión se volteó de costado con un crujido interminable de velero al garete, y aterrizó temblando de escalofríos y con los motores bañados en lágrimas en un areopuerto de emergencia de Camagüey.

Hay momentos en que uno está tan cansado que ya no se puede cansar más.

-Cuando oí el elogio que me hizo Carter -dijo- [Omar Torrijos] sentí como un aire caliente que me inflaba el pecho, pero enseguida me dije: “Mierda, esto debe ser la vanidad”, y mandé aquel aire al carajo.

-Si, la plata es secundaria, pero para el que la tiene.

Es verdad que nada en este mundo es más difícil que morir a tiempo: No hay que equivocarse: no hay que caer ni demasiado temprano ni demasiado tarde. No hay que dejar pasar el momento, pero tampoco precipitarlo. Al fin y al cabo, los únicos voluntaristas con la muerte son los fascistas. Los revolucionarios de verdad confían más en la vida, afirman la vida a través de la muerte, al revés de los fascistas, que no buscan nada en la vida sino la repetición hueca de la muerte. Yo, por lo pronto, me conformo con estar vivo y prepararme bien para lo que viene.

… las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir.

Se ha calculado que los Estados Unidos arrojaron sobre Vietnam una cantidad de bombas varios miles de veces mayor que la totalidad de las bombas arrojadas en la segunda guerra mundial: catorce millones de toneladas. Fue el castigo de fuego más feroz padecido jamás por país alguno en la historia de la humanidad.

Pensándolo bien, la idea surgió hace ocho años en el hotel Cesar Palace de Sao Paulo, Brasil, cuando deslizaron por debajo de la puerta de mi cuarto un ejemplar del matutino local con un titular a ocho columnas: “Murió el Papa”. Idignado, llamé por teléfono al capitán de botones, y protesté: -Es escandaloso que en un hotel de cinco estrellas le traigan a uno el periódico del mes pasado. -El señor me perdone -me contestó una voz de portugués acostumbrado a todo-, pero es que el Papa se murió otra vez.

Pero mi amigo Fulvio Zanetti, director en aquel tiempo del semanario L’Espresso de Roma, me dijo de un modo muy romano que él tenía un amigo que tenía un amigo cuyo cuñado conocía a un profesor de filosofía que conocía a otro con posibilidades de conseguir la audiencia [con el Papa].

En el aire inmóvil [del Vaticano] no se sentía Dios, como yo lo hubiera deseado, pero sí se sentía el poder de sus ministros.

… mirando hacia atrás con el prisma embellecedor de la nostalgia…

No volví hasta cinco años después, cuando el poeta Alvaro Mutis, jefe de relaciones públicas de una compañia de aviación que se acabó cuando todos sus aviones se estrellaron, me invitó a pasar un fin de semana en Bogotá. Fue el fin de semana más largo de mi vida, pues todavía no ha terminado.

Los propios empresarios tuvieron que reconocer la razón de Guillermo: las críticas desfavorables no les quitaban público a las malas películas, y en cambio se lo llevaban a las buenas, que eran las más difíciles de promover. Con la misma pasión se empeñó en batallas mucho más bastas y peligrosas, sin detenerse jamás ante la certidumbre de que detrás de las causas más nobles siempre acecha la muerte.

Durante casi cuarenta años, a cualquier hora y desde cualquier parte, cada vez que ocurría algo en Colombia, mi reacción inmediata era llamar a Guillermo Cano por teléfono para que me contara la noticia exacta. Siempre, sin una sola falla, salía al teléfono la misma voz: “Hola, Gabo, qué hay de vainas”. Un mal día del diciembre pasado, María Jimena Duzán, me llevó a La Habana un mensaje suyo, con la solicitud de que escribiera algo especial para el centenario de El Espectador. Esa misma noche, en mi casa, el presidente Fidel Castro estaba haciéndome un relato absorbente en el curso de una fiesta de amigos, cuando oí, casi en secreto, la voz trémula de Mercedes: “Mataron a Guillermo Cano”. Había ocurrido quince minutos antes, y alguien se había precipitado al teléfono para darnos la noticia escueta. Apenas si tuve alientos para esperar, con los ojos nublados, el final de la frase de Fidel Castro. Lo único que se me ocurrió entonces, ofuscado por la conmoción, fue el mismo impulso instintivo de siempre: llamar por teléfono a Guillermo Cano para que me contara la noticia completa, y compartir con él la rabia y el dolor de su muerte.

El periódico El Tiempo denunció los encuentros el 4 de julio del mismo año, alebrestó a la opinión pública contra la posibilidad del acuerdo, y el presidente Betancourt se creyó obligado a dar marcha atrás, e inclusive a negar en público que tuviera algo que ver con el asunto. Pero lo peor fue que el gobierno no tuvo tampoco -ni antes, ni entonces, ni después- ninguna alternativa al diálogo, ni una acción judicial a fondo, ni una expedición punitiva, ni una política definidida para el narcotráfico. A seis años de distancia se ve con claridad que esa vez perdió el país una magnífica ocasión de ahorrarse gran parte de los horrores que ahora está padeciendo.

Jueces y magistrados, cuyos sueldos escuálidos les alcanzaban apenas para vivir pero no para educar a sus hijos, se encontraban con un dilema sin salida: o se vendían o los mataban. Lo admirable y desgarrador es que más de cuarenta, así como tantos periodistas y funcionarios, prefirieron la muerte.

Un observador sagaz de nuestras realidades a dicho que toda la sociedad colombiana está drogada. No por la adicción a la cocaína -que por cierto no es alarmante en Colombia- , sino una droga mucho más perversa: el dinero fácil. La industria, el comercio, la banca, la política, la prensa, los deportes, las ciencias y las artes, el Estado mismo, todos los organismos públicos y privados están enredados de algún modo -tal vez con pocas excepciones, quizás sin saberlo, y aun de buena fe- en una maraña de intereses creados que ya nadie puede deshacer. Es increíble: mil setecientos oficiales del ejército y la policía fueron procesados, sancionados o sustituidos en tres años por relaciones con el narcotráfico; veinticinco políticos profesionales figuran en una lista de beneficiarios de la droga publicada por los Estados Unidos, copias de las actas confidenciales del consejo de seguridad fueron halladas en el maletín de un traficante, las infidencias telefónicas de los altos funcionarios públicos son escuchadas donde no se debe, y en algunos allanamientos en residencias se han encontrado nombres de compatriotas insignes vinculados a negocios impuros. Es una hidra sigilosa pero incontenible que no se ve por ninguna parte y está en todas, y que todo lo infiltra y lo contagia hasta mucho más allá de nuestras fronteras. Tal vez el mismo gobierno ignora hasta qué punto estos ingresos desnaturalizados le han hecho el favor de aliviar las tensiones sociales.

Noticia de un secuestro.

Gabriel García Márquez.

El Gabo regresa a sus orígenes y escribe un reportaje-novela desgarrador en la que cuenta, con su muy particular estilo, el calvario de periodistas secuestrados por los Extraditables (en su mayoría narcotraficantes lidereados por el legendario Pablo Escobar) y que fueron realizados como forma de presión para que el gobierno colombiano no los extraditara hacia EU donde las penas y el control serían mayores. En estos tiempos en que la descomposición social de México está en un punto inadmisible, creo que sería lectura obligada para quienes tienen las riendas de la seguridad pública e incluso, para los mismos narcos. Calificación de 10.
Noticia de un secuestro.

Noticia de un secuestro.

A todos ellos lo dedico, y con ellos a todos los colombianos -inocentes y culpables- con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro.

Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera “mi amor”, y esa licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla.

El 18 de agosto de 1989, Luis Carlos Galán fue ametrallado en la plaza pública del municipio de Soacha a diez kilómetros del palacio presidencial y entre dieciocho guardaespaldas bien armados.

La noche del secuestro de Maruja y Beatriz la casa de Villamizar estaba a reventar. Llegaba gente de la política y del gobierno, y las familias de ambas secuestradas. Asenet Velásquez, marchante de arte y gran amiga de los Villamizar, que vivía en el piso de arriba, había asumido el cargo de anfitriona, y sólo faltaba la música para que fuera igual a cualquier noche de viernes. Es inevitable: en Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile.

Un amigo al que le habían preguntado por esos días cómo era Villamizar, lo había definido de una plumada: “Es un gran compañero de trago”. Villamizar lo había aceptado de buen corazón, como un mérito envidiable y poco común. Sin embargo, el mismo día del secuestro de su esposa había tomado conciencia de que era también un mérito peligroso en su situación, y decidió no volverse a tomar un trago en público mientras sus secuestradas no estuvieran libres. Como buen bebedor social sabía que el alcohol baja la guardia, suelta la lengua y altera de algún modo el sentido de la realidad. Es un riesgo para alguien que debe medir por milímetros cada uno de sus actos y palabras. De modo que el rigo que se impuso no fue una penitencia sino una medida de seguridad.

Azucena, a sus veintiocho años, era tranquila y romántica, y no lograba vivir sin el esposo después de cuatro años aprendiendo a vivir con él.

La condición común era el fatalismo absoluto. Sabían que iban a morir jóvenes, lo aceptaban, y sólo les importaba vivir el momento. Las disculpas que se daban a sí mismos por su oficio abominable era ayudar a su familia, comprar buena ropa, tener motocicletas, y velar por la felicidad de la madre, que adoraban por encima de todo y por la cual estaban dispuestos a morir. Vivían aferrados al mismo Divino Niño y la misma María Auxiliadora de sus secuestradas. Les rezaban a diario para implorar su protección y su misericordia, con una devoción pervertida, pues le ofrecían mandas y sacrificios para que los ayudaran en el éxito de sus crímenes. Después de su devoción por los santos, tenían la del Rohypnol, un tranquilizante que les permitía cometer en la vida real las proezas del cine. “Mezclado con una cerveza uno entra en onda en seguida -explicaba un guardían-. Entonces le prestan a uno un buen fierro y se roba un carro para pasear. El gusto es la cara de terror con que le entregan a uno las llaves”. Todo lo demás lo odiaban: los políticos, el gobierno, el Estado, la justicia, la policía, la sociedad entera. La vida, decían, era una mierda.

Pero el poder -como el amor- es de doble filo: se ejerce y se padece. Al tiempo que genera un estado de levitación pura, genera también su contrario: la búsqueda de una felicidad irresistible y fugitiva, sólo comparable a la búsqueda de un amor idealizado, que se ansía pero se teme, se persigue pero nunca se alcanza.

… ver aquel programa en el cautiverio era como estar muertos y ver la vida desde el otro mundo sin participar en ella y sin que los vivos lo supieran.

Juan Vitta le había dicho cuando lo liberaron que Orlando estaba tan cambiado por el cautiverio que costaba trabajo reconocerlo, pero nunca pensó que el cambio era hasta en la voz.

Nunca hizo pesebres ni árboles de navidad, ni repartió regalos ni tarjetas, y nada la deprimía tanto como las parrandas fúnebres de la Nochebuena en las que todo el mundo canta porque está triste y llora porque es feliz.

Veía televisión, oía radio, a veces leía la prensa, y con más interés que nunca, pero conocer las noticias sin tener con quien comentarlas era lo único peor que no saberlas.

… las grandes familias no tienen pleitos pequeños.

Las dudas entre sus fantasías y la realidad eran tan impresionantes, que Maruja sufrió una alucinación real, una noche en que abrió los ojos y vió al Monje a la luz de la veladora, acuclillado como siempre, y vio su máscara convertida en una calavera.

Beatriz, para no llorar, le repitió en serio el mensaje para su familia: “Si tiene oportunidad de ver a mi marido y a mis hijos, dígales que estoy bien y que los quiero mucho”. Pero Marina no era ya de este mundo.

Maruja y Beatriz no se habían enterado de las muertes. […] antes eran ellas las únicas que la sabía viva, y ahora eran las únicas que no sabían que estaba muerta.

…tal vez lo menos brutal sería la verdad.

Tal vez lo más colombiano de la situación era la asombrosa capacidad de la gente de Medellín para acostumbrarse a todo, lo bueno y lo malo, con un poder de recuperación que quizá sea la fórmula más cruel de la temeridad.

… la vida se había encargado de enseñarles que la felicidad del amor no se hizo para dormirse en ella sino para joderse juntos.

Cuando un hombre se entrega a la ley, aunque fuera culpable, merece un profundo respeto.

Pues en aquella ciudad [Medellín], donde todo era posible, la noticia más secreta del mundo era ya de dominio público.

A las tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés policias vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron la casa y estaban forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió. “Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro”. Fueron sus últimas palabras.

Crónica de una muerte anunciada.

Gabriel García Márquez.

Estupenda crónica que narra en primera persona lo que sucede alrededor de una muerte que todos saben que va a suceder, excepto el asesinado. Y la gran paradoja es, que como todo mundo sabe que matarán a Santiago Nasar por asuntos de honor, nadie se encarga de avisarle porque… lo dan como un hecho; y la narración de la muerte en sí es genial. Calificación de 10.
Crónica de una muerte anunciada

Crónica de una muerte anunciada

Otra cosa interesante son los nombres de los personajes; unos dicen que el Gabo los saca del directorio otros que de los cementerios, pero para el caso de ésta crónica son interesantes. He aquí la lista y el papel que desempeñan. Espero que no se me pase alguno:
Santiago Nasar, el asesinado.
Plácida Linero, su madre.
María Alejandrina Cervantes, amante del autor y del asesinado, dueña de ‘la casa de misericordias’.
Ibrahim Nasar, su padre.
Victoria Guzmán, su cocinera y amante de Ibrahim Nasar.
Divina flor, hija de Victoria Guzmán.
Clotilde Armenta, dueña de la lechería, a un lado de la Iglesia donde esperaron los gemelos a Santiago.
Pedro y Pablo Vicario, gemelos asesinos.
Margot, hermana del autor.
Carmen Amador, el padre del pueblo.
Cristo (Cristóbal) Bedoya, amigo de Santiago y el autor.
Flora Miguel, prometida de Santiago.
Lázaro Aponte, coronel retirado y alcalde municipal.
Ángela Vicario, la ‘esposa’ mancillada.
Luisa Santiaga, madre del autor.
Pura (Purísima del Carmen) Vicario, madre de la novia.
Jaime, hermano del autor.
Bayardo San Román, el novio afrentado.
Magdalena Oliver, compañera de viaje de Bayardo cuando llegó al pueblo.
Poncio Vicario, padre de la novia.
Mercedes Barcha, esposa del autor.
Alberta Simonds, madre de Bayardo.
Petronio San Román, padre de Bayardo.
Aureliano Buendía.. sin comentarios.
Gerineldo Márquez… sin comentarios.
Viudo de Xius, dueño de la casa que compró Bayardo para vivir con Angela.
Dionisio Iguarán, el doctor del pueblo y primo hermano de la madre del autor.
Luis Enrique, hermano del autor.
Faustino Santos, carnicero, amigo del autor.
Leandro Pornoy, agente de policía, de los primeros que vieron a los gemelos en la tienda de Clotilde.
Rogelio de la Flor, marido de Clotilde Armenta.
Hortensia Baute, la primera que lloró por Santiago.
Prudencia Cotes, novia de Pablo Vicario.
Suseme Abdala, matrona de la colonia de árabes, de donde venía Santiago.
Yolanda de Xius, esposa del viudo de Xius.
Aura Villeros, comadrona.
Meme Loaiza, vió a Cristo y Santiago antes de la muerte.
Polo Carrillo, dueño de la planta eléctrica.
Fausta López, esposa de Polo Carrillo.
Indalecio Pardo, amigo de Santiago, iba a prevenirlo por órden de Clotilde Armenta.
Escolástica Cisneros, vió pasar a Cristo y Santiago rumbo a la plaza.
Sara Noriega, abrió su tienda de zapatos justo cuando ellos pasaban.
Celeste Dangond, invitó a Santiago a tomar café para ganar tiempo.
Yamil Shaium, de los últimos árabes originales, habló con Cristo en lugar de Santiago para prevenirlo.
Próspera Arango, cachaca quien pidió a Cristo que revisara a su padre moribundo; le quito 7 valiosos minutos cuando iba a avisarle a Santiago.
Nahir Miguel, padre de Flora, novia de Santiago.
Poncho Lanao, vecino de Santiago.
Argénida Lanao, hija de Poncho.
Wenefrida Márquez, tía del autor.
Autor, primo de los Vicario.

Entonces le contó. “Pero fue como si ya lo supiera -me dijo-. Fue lo mismo de siempre, que uno empieza a contarle algo, y antes de que el cuento llegue a la mitad ya ella sabe cómo termina”.

Mi padre, que había oído todo desde la cama, apareció en piyama en el comedor y le preguntó alarmado para dónde iba. -A prevenir a mi comadre Plácida -contestó ella-. No es justo que todo el mundo sepa que le van a matar al hijo, y que ella sea la única que no lo sabe. -Tenemos tantos vínculos con ella como con los Vicario -dijo mi padre. -Hay que estar siempre de parte del muerto -dijo ella.

Tenía una manera de hablar que más bien le servía para ocultar que para decir.

Lo único que le rogaba a Dios es que me diera valor para matarme -me dijo Ángela Vicario-. Pero no me lo dio.

Se había dormido a fondo cuando tocaron a la puerta. “Fueron tres toques muy despacio -le contó a mi madre-, pero tenían esa cosa rara de las malas noticias

Ave María Purísima -dijo aterrada-. Contesten si todavía son de este mundo.

Sin embargo, la realidad parecía ser que los hermanos Vicario no hicieron nada de lo que convenía para matar a Santiago Nasar de inmediato y sin espectáculo público, sino que hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo consiguieron.

Parecían dos niños, me dijo. Y esa reflexión la asustó, pues siempre había pensado que sólo los niños son capaces de todo.

Clotilde Armenta sufrió una desilusión más con la ligereza del alcalde, pues pensaba que debía arrestar a los gemelos hasta esclarecer la verdad. El coronel Aponte le mostró los cuchillos como un argumento final. -Ya no tienen con que matar a nadie- dijo. -No es por eso- dijo Clotilde Armenta. Espara librar a esos pobres muchachos del horrible compromiso que les ha caído encima.

Fue ella quien arrasó con la virginidad de mi generación. Nos enseñó mucho más de lo que debíamos aprender, pero nos enseñó sobre todo que ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía.

Desde entonces siguieron vinculados por un afecto serio, pero sin el desorden del amor.

Llevaban tres noches sin dormir, pero no podían descansar, porque tan pronto como empezaban a dormirse volvían a cometer el crimen. Ya casi viejo, tratando de explicarme su estado de aquel día interminable, Pablo Vicario me dijo sin ningún esfuerzo: Era como estar despierto dos veces. Esa frase me hizo pensar que lo más insoportable para ellos en el calabozo debió haber sido la lucidez.

Así que forzaron una puerta lateral y recorrieron los cuartos iluminados por los rescoldos del eclipse. Las cosas parecía debajo del agua, me contó el alcalde.

Antes de pisar tierra firme se quitaron los zapatos y atravesaron las calles hasta la colina caminando descalzas en el polvo ardiente del medio día, arrancándose mechones de raíz y llorando con gritos tan desgarradores que parecían de júbilo. Yo las ví pasar desde el balcón de Magdalena Oliver, y recuerdo haber pensado que un desconsuelo como ése sólo podía fingirse para ocultar vergüenzas mayores.

Durante años no pudimos hablar de otra cosa. Nuestra conducta diaria, dominada hasta entonces por tantos hábitos lineales, había empezado a girar de golpe en torno de una misma ansiedad común. Nos sorprendían los gallos del amanecer tratando de ordenar las numerosas casualidades encadenadas que habían hecho posible el absurdo, y era evidente que no lo hacíamos por un anhelo de esclarecer misterios, sino porque ninguno de nosotros podía seguir viviendo sin saber con exactitud cuál era el sitio y la misión que le había asignado la fatalidad.

Sobre todo, nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una muerte tan anunciada.

La fatalidad nos hace invisibles.

Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso firme el rubo de su casa. -¡Santiago, hijo -le gritó-, qué te pasa! Santiago Nasar la reconoció. -Que me mataron niña Wene -dijo.

El coronel no tiene quien le escriba.

Gabriel García Márquez.

En estos tiempos en que hace falta una buena dósis de dignidad, García Márquez bien puede hacerla sentir a través de esta novela. El coronel firme en sus creencias, espera con ansia la pensión con la que pueda vivir. Su único hijo fue asesinado en peleas de gallos y como herencia les dejó un gallo. El mejor gallo según los conocedores. Y el coronel, fiel a su costumbre y pese a la extrema pobreza, no lo vende. Prefiere seguir pasando penurias… pero con la frente en alto. Calificación de 9.0. De la película que se hizo… mejor no hablo. coronel

Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo.

El médico interrumpió la lectura de los periódicos. Miró al coronel. Después miró al administrador sentado frente a los instrumentos del telégrafo y después otra vez al coronel. -Nos vamos -dijo. El administrador no levantó la cabeza. -Nada para el coronel-dijo. El coronel se sintió avergonzado. -No esperaba nada – mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil-. Yo no tengo quién me escriba.

El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador. -¿Nada para el coronel? El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza: -El coronel no tiene quien le escriba.

Lo único que llega con seguridad es la muerte.

– La ilusión no se come -dijo ella. -No se come, pero alimenta- replicó el coronel.

Lo peor de la mala situación es que lo obliga a uno a decir mentiras.

Estoy cansada -dijo la mujer-. Los hombres no se dan cuenta de los problemas de la casa. varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla.

Ahí tienes a mi compadre Sabás con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo. -Pero se está muriendo de diabetes -dijo el coronel. -Y tú te estás muriendo de hambre -dijo la mujer-. Para que te convenzas que la dignidad no se come.

Un momento después apagó la lampara y se hundió a pensar en una oscuridad cuarteada por los relámpagos.

Ahora se me ha dado por saber quién es esa gente desconocida que uno se encuentra en los sueños. Conectó el ventilador eléctrico. La semana pasada se me apareció una mujer en la cabecera de la cama, dijo. Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto. -La casa fue construída hace apenas doce años -dijo el coronel. -Así es- dijo la mujer-. Eso quiere decir que hasta los muertos se equivocan.

No tienes el menor sentido de los negocios, dijo. Cuando se va a vender una cosa hay que poner la misma cara con que se va a comprar.

La mujer se desespere. Y mientras tanto qué comemos, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía. -Dime qué comemos. El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -Mierda.

Las Aventuras de Miguel Littin Clandestino en Chile

Gabriel García Márquez

Miguel Littin, cineasta chileno, fue exiliado tras el golpe militar de Pinochet. En 1985, decide hacer una película en Chile, cuando aún la dictadura está en el poder. Para hacerlo, junto a sus cómplices de lucha y profesión, urde un plan para internarse en Chile, con una nueva personalidad y aceptando los riesgos inherentes. El Gabo, fiel a su estilo, recoge el testimonio del director y lo plasma en este libro, contándolo en primera persona. Obra que en lo personal yo no conocía pero que para no variar, me dejó atónito. Calificación de 10. Clandestino en Chile

Ahora, evocando aquella rara experiencia, [fingir un matrimonio] me pregunto si después de todo no éramos un matrimonio perfecto: apenas si podíamos soportarnos bajo un mismo techo.

Lo único que debía evitar era reírme, pues mi risa es tan característica que me habría delatado a pesar del disfraz. Tanto, que el responsable de mi cambio me advirtió con todo el dramatismo de que fue capaz: “Si te ríes te mueres”.

Te vi como alguien a quien había visto antes, pero que no sabía quién era.

.. asumí la condición extraña de exiliado dentro de mi propio país, que es la forma más amarga del exilio.

… tengo la superstición de que siempre me va mal si regreso a un sitio donde he corrido un riesgo.

Los hijos dan más problemas cuando están grandes.

Desde el taxi que nos llevaba hacia el centro de la ciudad, a través de una niebla densa y helada, vimos la cruz solitaria en el atrio de la Catedral, y el ramo de flores perpetuas mantenidas por manos anónimas. Sebastián Acevedo, un humilde minero del carbón, se había prendido fuego en ese sitio, dos años antes, después de intentar sin resultados que alguien intercediera para que la Central Nacional de Información (CNI) no siguiera torturando a su hijo de veintidós años y a su hija de veinte, detenidos por porte ilegal de armas. Sebastián Acevedo no hizo una súplica sino una advertencia. Como el arzobispo estaba de viaje, habló con los funcionarios del arzobispado, habló con los periodistas de mayor audiencia, habló con los líderes de los partidos políticos, habló con dirigentes de la industria y el comercio,habló con todo el que quiso oírlo, inclusive con funcionarios del gobierno, y a todos les dijo lo mismo: “Si no hacen algo por impedir que sigan torturando a mis hijos, me empaparé de gasolina y me prenderé fuego en el atrio de la Catedral”. Algunos no le creyeron. Otros no supieron qué hacer. En el día señalado, Sebastián Acevedo se plantó en el atrio, se echó encima un cubo de gasolina, y advirtió a la muchedumbre concentrada en la calle que si pasaban de la raya amarilla se prendería fuego. No valieron los ruegos, no valieron órdenes, no valieron amenazas. Tratando de impedir la inmolación, un carabinero pasó la raya, y Sebastián Acevedo se convirtió en una hoguera humana. Vivió todavía siete horas, lúcido y sin dolor. La conmoción pública fue tan radical, que la policía se vio forzada a permitir que su hija lo visitara en el hospital antes de morir. Pero los médicos no quisieron que lo viera en su estado de horror, y sólo le permitieron hablar por el citófono. “¿Cómo sé yo que tú eres Candelaria?”, preguntó Sebastián Acevedo al oír la voz. Ella le dijo entonces el diminutivo cariñoso con que él la llamaba cuando era niña. Los dos hermanos fueron sacados de las cámaras de tortura, tal como el padre mártir lo había exigido con su vida, y puestos a disposición de los tribunales ordinarios. Desde entonces, los habitantes de Concepción tienen también un nombre secreto para el lugar del sacrificio: Plaza Sebastián Acevedo.

… Allende fue tantas veces candidato a lo largo de su vida, que antes de ser elegido se complacía en decir que su epitafio sería: Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile. Lo había sido cuatro veces hasta que lo eligieron, pero antes había sido diputado y senador, y siguió siéndolo en elecciones sucesivas […] Al contrario de tantos políticos que sólo han sido vistos en la prensa o en la televisión, o escuchados por la radio, Allende hacía política dentro de las casas, de casa en casa, en contacto directo y cálido con la gente, como lo que era en realidad: un médico de familia. […] Siendo ya presidente, un hombre desfiló frente a él en una manifestación llevando una pancarta insólita: “Este es un gobierno de mierda, pero es mi gobierno”; Allende se levantó, lo aplaudió, y descendió para estrecharle la mano.

… lo que perdura en la memoria de las poblaciones no es tanto su imagen [de Allende], como la grandeza de su pensamiento humanista. “No nos importa la casa ni la comida, sino que nos devuelvan la dignidad”, decían. Y concretaban: -Lo único que queremos es lo que nos quitaron: voz y voto.

Llegan de todo el mundo [a la casa de Neruda], a pintar corazones con iniciales y a escribir mensajes de amor en la cerca que impide la entrada[…]. Si alguien tuviera la paciencia de hacerlo, podrían reconstruirse poemas completos de Neruda poniendo en orden los versos sueltos que los enamorados han escrito de memoria en las tablas de la cerca. Lo más impresionante de nuestra visita, sin embargo, era que cada diez o quince minutos aquellos letreros parecían cobrar vida con los temblores profundos que sacudían la tierra. La valla quería salirse del suelo, las maderas crujían en los goznes y se oían tintineos de copas y metales como en un balandro a la deriva, y uno tenía la impresión de que era el mundo entero el que se estremecía con tanto amor sembrado en el jardín de la casa.

Así caí en la angustia tantálica de los presos que cavan un túnel para escapar, y no saben dónde esconder la tierra.

Me sentía tan ligado a ellas [a las cajetillas de cigarros], que resolví guardarlas por el resto de mi vida, como una reliquia de tantas experiencias duras que la memoria pondría a hervir a fuego lento en las cocinas de la nostalgia.

De pronto, varios niños se sentaron a mi lado, y me dijeron: -Sáquese una foto con el futuro del país.

A los setenta y dos años descubría que su verdadera vocación había sido la lucha armada, la conspiración, la embriaguez de la acción intrépida. -Para morirme en una cama con los riñones podridos -dijo- prefiero que me cosan a plomo en un combate callejero con los milicos.

Pensé que era el fin, y alcancé a imaginarlo como algo que hasta entonces sólo les podía suceder a otros, pero que ahora me había sucedido a mí sin remedio.

…tomé conciencia de que las seis semanas que dejaba detrás no eran las más heroicas de mi vida, como lo pretendía al llegar, sino algo más importante: las más dignas.