El proceso

Franz Kafka

El proceso

El proceso

Josef K, 30 años de edad y gerente de un banco, es notificado que se inicia un proceso en su contra. ¿Por qué? ¿Quién lo ha iniciado? ¿De qué se le acusa? No se sabe, nunca se sabrá, pero inicia un martirio de procedimientos laberínticos que culminarán de manera trágica. Cualquier parecido con la justicia mexicana, es mera coincidencia. Calificación de 8.

Incoar: Comenzar algo, llevar a cabo los primeros trámites de un proceso, pleito, expediente o alguna otra actuación oficial.
Lasitud: Desfallecimiento, cansancio, falta de fuerzas.
Inextricable: Que no se puede desenredar; muy intrincado y confuso.

Se está comportando como un niño. ¿Qué quiere usted? ¿Acaso pretende al hablar con nosotros sobre documentos de identidad y sobre órdenes de detención que su maldito proceso acabe pronto? Somos empleados subalternos, apenas comprendemos algo sobre papeles de identidad, no tenemos nada que ver con su asunto, excepto nuestra tarea de vigilarle diez horas todos los días, y por eso nos pagan. Eso es todo lo que somos. No obstante, somos capaces de comprender que las instancias superiores, a cuyo servicio estamos, antes de disponer una detención como ésta se han informado a fondo sobre los motivos de la detención y sobre la persona del detenido. No hay ningún error. El organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y sólo conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde puede cometerse aquí un error?

–¿Puedo mirar los libros? –preguntó K, no por mera curiosidad, sino sólo para aprovechar su estancia allí.
–No –dijo la mujer, y cerró la puerta–. No está permitido. Los libros pertenecen al juez instructor.
–¡Ah, ya! –dijo K, y asintió–, los libros son códigos y es propio de este tipo de justicia que uno sea condenado no sólo inocente, sino también ignorante

Josef, querido Josef, piensa en ti, en tus parientes, en nuestro buen nombre. Hasta ahora has sido nuestro orgullo, no puedes convertirte en nuestra vergüenza. Tu actitud –y miró a K con la cabeza ligeramente inclinada–, tu actitud no me gusta, así no se comporta ningún acusado inocente que aún posee fuerzas.

Esto era lo más enojoso que le podía ocurrir a un abogado. No era el acusado el que le quitaba el proceso, eso no sucedía nunca, un acusado que había nombrado a un abogado tenía que quedarse con él ocurriera lo que ocurriese. ¿Cómo podría defenderse solo si ya había pedido ayuda? Eso no sucedía, aunque podía ocurrir alguna vez que el proceso tomase un curso que el abogado ya no pudiese seguir. Entonces al abogado se le privaba del proceso, del acusado y de todo lo demás. En esta situación ya no podía ayudar las mejores relaciones con los funcionarios, pues ni siquiera ellos sabían algo.

He olvidado preguntarle al principio qué tipo de absolución prefiere. Hay tres posibilidades, la absolución real, la absolución aparente y la prórroga indefinida. La absolución real es, naturalmente, la mejor, pero no tengo ninguna influencia para lograr esa solución. Aquí decide, con toda probabilidad, la inocencia del acusado. Como usted es inocente, podría confiar en alcanzarla, pero entonces no necesitaría ni mi ayuda ni la de cualquier otro.

En caso de una absolución real, se deben reunir todas las actas procesales, desaparecen por completo del procedimiento, todo se destruye, no sólo la acusación, sino también todos los escritos procesales, incluida la absolución. En la absolución aparente ocurre de un modo algo diferente. No se produce ninguna modificación más de las actas, a ellas se añaden la confirmación de inocencia, la absolución y el fundamento de la absolución. Por lo demás, las actas continúan en el proceso, se trasladan, como exige el continuo trámite administrativo, a los tribunales supremos, vuelve a los inferiores, y oscila entre unos y otros con mayor o menor fluidez Esos caminos son impredecibles. Considerado desde el exterior, se podría llegar a la conclusión de que todo se ha olvidado hace tiempo, que las actas se han perdido y que la absolución es completa. Un especialista no lo creerá jamás. No se pierden las actas, el tribunal no olvida. Un día –nadie lo espera–, un juez cualquiera toma el acta, le presta poco de atención, comprueba que la acusación aún está en vigor y ordena la detención inmediata.

–¿Cómo te imaginas el final? –preguntó el sacerdote.
Al principio pensé que terminaría bien – dijo K–, ahora hay veces que hasta yo mismo lo dudo. No sé cómo terminará. ¿Lo sabes tú?
–No –dijo el sacerdote–, pero temo que terminará mal. Te consideran culpable. Tu proceso probablemente no pasará de un tribunal inferior. Tu culpa, al menos provisionalmente, se considera probada.
–Pero yo no soy culpable –dijo K–. Es un error. ¿Cómo puede ser un hombre culpable, así, sin más? Todos somos seres humanos, tanto el uno como el otro.
–Eso es cierto –dijo el sacerdote–, pero así suelen hablar los culpables.

La sentencia no se pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente en sentencia.

Muéstrale una mujer al juez instructor y arrollará la mesa y a los acusados para llegar hasta ella.

La lógica es inalterable, pero no puede resistir a un hombre que quiere vivir. ¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el tribunal supremo ante el que nunca había comparecido? Levantó las manos y estiró todos los dedos. Pero las manos de uno de los hombres aferraban ya su garganta, mientras que el otro le clavaba el cuchillo en el corazón, retorciéndolo dos veces. Con ojos vidriosos aún pudo ver cómo, ante él, los dos hombres, mejilla con mejilla, observaban la decisión. –¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.

No aprendió de las experiencias más desgraciadas; lo que no había resultado en diez intentos, creía que podría resultar en el decimoprimero, aunque las circunstancias eran las mismas y todo estaba en su contra.

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La Metamorfosis

Franz Kafka

La verdad es que siempre lo he escuchado y tal vez en algún momento hasta mencionado, hasta el nombre del personaje lo conocía… pero nunca lo había leído! Pues bien, ha llegado el día. Y la sensación después de leerla es de tristeza, confirmando que el ser humano es ingrato por naturaleza y sólo aprecia a sus semejantes mientras le sean útiles. Una vez que ya no se pueden seguir obteniendo beneficios y/o cambian algunas actitudes o condiciones, tal cariño no existe. Aunque sean de tu familia. Calificación de 8.0
La metamorfosis

La metamorfosis

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.

Debían de haber dejado la puerta abierta, como suele suceder en las casas donde ha ocurrido una desgracia.

Gregorio sólo se había preocupado de hacer lo posible para que su familia olvidara cuanto antes el revés financiero que los había hundido en la más completa desesperación. Por eso había comenzado a trabajar con tal ahínco, convirtiéndose en poco tiempo, de simple dependiente, en todo un viajante de comercio, con grandes posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos profesionales se concretaban en sustanciosas comisiones entregadas a la familia ante el asombro y alegría de todos. Habían sido días felices. Pero no se habían repetido, al menos con igual esplendor, pese a que Gregorio había llegado a ganar lo suficiente como para llevar por sí solo el peso de toda la casa. La costumbre, tanto en la familia, que recibía agradecida el dinero de Gregorio, como en éste, que lo entregaba con gusto, hizo que la sorpresa y alegría iniciales no volvieran a producirse con la misma intensidad.

Yo creo que lo mejor sería dejar el cuarto igual que antes, para que Gregorio, cuando vuelva a ser uno de nosotros, lo encuentre todo como estaba y pueda olvidar más fácilmente este paréntesis. Al oír estas palabras de la madre, Gregorio comprendió que la falta de toda relación humana directa, unida a la monotonía de su nueva vida, debía de haber trastornado su mente en aquellos dos meses, pues de otro modo no podía explicarse su deseo de que vaciaran la habitación.

Vosotras, las mujeres, nunca hacéis caso.

Gregorio, pese a su aspecto repulsivo actual, era un miembro de la familia, a quien no se debía tratar como a un enemigo, sino, por el contrario, con la máxima consideración, y que era un elemental deber de familia sobreponerse a la repugnancia y resignarse.

Al padre le pareció más urgente echar de allí a Gregorio, tranquilizar a los huéspedes, los cuales no se mostraron ni muchos menos intranquilos, y parecían divertirse más con la aparición de Gregorio que con el violín.

Basta que procures desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto tiempo es, en realidad, la causa de nuestra desgracia. ¿Cómo puede ser Gregorio? Si lo fuera, hace ya tiempo que hubiera comprendido que unos seres humanos no pueden vivir con semejante bicho. Y se habría ido por su propia iniciativa. Habríamos perdido al hermano, pero podríamos seguir viviendo,, y su recuerdo perduraría para siempre entre nosotros. Mientras que así, este animal nos acosa, echa a los huéspedes y es evidente que quiere apoderarse de toda la casa y dejarnos en la calle. ¡Mira, padre –gritó de pronto–, ya empieza otra vez!