Política para Amador

Fernando Savater

Nuevamente el autor se acerca a su hijo para explicar un tema escabroso de nuestra sociedad: la política. En el mismo sentido que su orientación respecto a la ética, busca hacer entender al menor la importancia de la posición que cada uno de nosotros tenemos respecto a la vida en sociedad, abordando aspectos como la gobernabilidad, la democracia, las riquezas, la guerra y la libertad. Calificación de 8.
Política para Amador

Política para Amador

Cuando pienso moralmente no tengo que convencerme más que a mí; en política, es imprescindible que convenza o me deje convencer por otros.

Los antiguos griegos (tipos listos y valientes por los que ya sabes que tengo especial devoción), a quien no se metía en política le llamaron idiotés; una palabra que significaba persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, obsesionada por las pequeñeces de su casa y manipulada a fin de cuentas por todos.

Morir es una costumbre que suele tener la gente. Borges.

Aristóteles: «el hombre es un animal cívico, un animal político» (lo cual no debe confundirse con que los políticos sean unos animales, como opinan algunos).

Pero atención: no nos rebelamos contra la sociedad, sino contra una sociedad determinada. No desobedecemos porque no queramos obedecer jamás a nada ni a nadie, sino porque queremos mejores razones para obedecer de las que nos dan y jefes que ordenen con una autoridad más respetable.

La política no es más que el conjunto de las razones para obedecer y de las razones para sublevarse…

Según el ideal anárquico, cada cual debería actuar de acuerdo con su propia conciencia, sin reconocer ningún tipo de autoridad. Son las autoridades, las leyes, las instituciones, el aceptar que unos pocos guíen a la mayoría y decidan por todos, lo que provoca los infinitos quebraderos de cabeza que padecemos los humanos: esclavitud, abusos, explotación, guerras… La anarquía postula una sociedad sin razones para obedecer a otro y por tanto también sin razones para rebelarse contra él.

De modo que vivimos en conflicto porque nuestros deseos se parecen demasiado entre sí y por ello colisionan unos contra otros. También es por demasiada sociabilidad (por querer ser todos muy semejantes, por fidelidad excesiva a los de nuestra misma tierra, religión, lengua, color de piel, etc..) por lo que consideramos enemigos a los distintos y proscribimos o perseguimos a los que difieren.

La política (recuerda que se trata del conjunto de las razones para obedecer y para desobedecer) se ocupa de atajar ciertos conflictos, de canalizarlos y ritualizarlos, de impedir que crezcan hasta destruir como un cáncer el grupo social.

Los jefes dan soluciones a los problemas planteados que resultan después más problemáticas que los males que intentaban resolver. Para acabar con la violencia promueven ejércitos y policías que cometen violencia en gran escala; pretendiendo ayudar a los débiles debilitan a todo el mundo con su prepotencia ordenancista; en nombre de la unidad de lo colectivo acogotan la espontaneidad libre y creadora de los individuos.

Ser gobernado es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, estimado, apreciado, censurado, mandado por seres que no tienen ni título, ni ciencia, ni virtud. Ser gobernado significa, en cada operación, en cada transacción, ser anotado, registrado, censado, tarifado, timbrado, tallado, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, contenido, reformado, enmendado, corregido. Es, bajo pretexto de utilidad pública y en nombre del interés general, ser expuesto a contribución, ejercido, desollado, explotado, monopolizado, depredado, mistificado, robado; luego, a la menor resistencia, a la primera palabra de queja, reprimido, multado, vilipendiado, vejado, acosado, maltratado, aporreado, desarmado, agarrotado, encarcelado, fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado, deshonrado. ¡He aquí el gobierno, he aquí su moralidad, he aquí su justicia» (P. J. Proudhon, Idea general de la revolución en el siglo XIX).

Ningún jefe es tan fuerte, físicamente hablando, como el conjunto de sus súbditos, ni siquiera como cuatro o cinco súbditos

Hasta un Calígula, con todo su horror, es menos malo que dejar sueltos a los mil Calígulas que todos llevamos dentro.

A fin de cuentas, a ningún hombre le gusta obedecer sin más a otro hombre: prefiere considerarle un poco más que hombre y así le obedece más a gusto, sin sentirse humillado. De ahí que suela endiosarse a los gobernantes, rodeándoseles de admiración y privilegios; pero también que cuando nos decepcionan les tratemos con saña singular. Se les concede algo especial, un poder que excede al de los individuos corrientes y molientes; pero por la misma razón no se les toleran debilidades que en cambio consentimos a los individuos corrientes y molientes. La obligación de obedecer a un igual siempre se le ha hecho inaguantable a los hombres, desde hace miles de años. El jefe tenía que ser algo que los demás no eran (un dios, por ejemplo), o tener características excepcionales que los demás no tenían, o representar con sus órdenes algo que está por encima de los individuos (la Ley) y que también él debe respetar. No hay nada más humano que la pretensión de que aquellos a los que obedecemos son más que humanos o encarnan algo situado por encima de las pasiones y flaquezas humanas. Nada más humano… ni más peligroso, tanto para el interesado como sobre todo para los restantes miembros de la comunidad.

La fuerza física y la sabiduría, los conocimientos ganados a base de experiencia, constituyen dos argumentos primitivos pero eficaces que hacen rentable la obediencia.

De modo que la fuerza muscular, la capacidad de cazar o de buscar buenos asentamientos para el grupo, la experiencia que da la edad y su memoria… tales debieron ser los primeros criterios que establecieron el derecho a mandar y la posibilidad justificada de ser obedecido.

Como los hombres nos movemos por intereses, nunca se abandona una práctica que produce beneficios (la guerra, por ejemplo) más que sustituyéndola por algo que interesa más… ¡jamás predicando en contra y pidiendo arrepentimiento a los beneficiados!

La forma más elemental de legitimidad, es decir, de justificación de la autoridad en sociedades relativamente complejas, provenía siempre del pasado. ¿Por qué son los padres más fuertes y más sabios que el hijo? Porque están en el mundo desde antes que él.

De todas las cosas dignas de admiración que hay en el mundo, ninguna es tan admirable como el hombre. Sófocles

Los griegos inventaron la polis, la comunidad ciudadana en cuyo espacio artificial, antropocéntrico, no gobierna la necesidad de la naturaleza ni la voluntad enigmática de los dioses, sino la libertad de los hombres, es decir: su capacidad de razonar, de discutir, de elegir y de revocar dirigentes, de crear problemas y de plantear soluciones. El nombre por el que ahora conocemos ese invento griego, el más revolucionario políticamente hablando que nunca se haya dado en la historia humana, es democracia.

La ley no provenía de nada más elevado que los hombres, no era la orden irrevocable dada por los dioses o los antepasados míticos, sino que la asamblea de los ciudadanos (todos ellos políticos, es decir administradores de su polis) era su origen y por tanto podía modificarla o abolirla si a la mayoría le parecía conveniente.

Cuanta más libertad, menos tranquilidad […] tomar una decisión entre muchos es más complicado que dejar que la tome uno sólo y que no hay ninguna garantía de que el acierto sea mayor.

Los enemigos de la democracia insistieron desde el primer momento en que fiarse de los muchos es fiarse de los peores.

Cualquier sofista o demagogo que dice palabras bonitas es más escuchado que la persona razonable que señala defectos o problemas.

Los griegos fueron grandes artistas: la democracia fue la obra maestra de su arte, la más arriesgada e inverosímil, la más discutida. El invento de que cada cual tiene derecho en la comunidad a que nadie viva por él, a acertar o engañarse por sí mismo, a ser responsable —aunque sea en una mínima parte— de los éxitos y los desastres que le conciernen. Este sistema no garantiza más aciertos que los habituales cuando manda uno sólo o unos pocos; ni tampoco mejores leyes, ni mayor honradez pública, ni siquiera más prosperidad. Lo único garantizado es que habrá más conflictos y menos tranquilidad (suele decirse que «tranquilidad» viene de tranca: los despotismos y las tiranías no dejan moverse ni a una mosca). Pero el griego prefería discutir con sus iguales que someterse a los amos; prefería hacer disparates elegidos por él que disfrutar de aciertos impuestos por otro; quería inventar las leyes de su ciudad y poder cambiarlas si no funcionaban bien, en vez de someterse a los mandamientos inapelables, fueran naturales o divinos. Eran raros y originales, aquellos griegos: pero muy valientes.

La competición deportiva es un fruto directo del establecimiento de la igualdad política.

Los romanos aportaron el derecho, […]: unas reglas de juego comunes precisas y públicamente divulgadas que regulasen con detalle (a veces con demasiado detalle) los intereses de los individuos, sus conflictos, lo que podían esperar de la comunidad y lo que la comunidad podía esperar de ellos.

Cuando predomina excesivamente el individuo, la armonía del conjunto social puede romperse, nadie se preocupa de sostener lo que debe ser común a todos, los individuos mejor dotados se aprovechan de los más débiles y no reconocen ninguna obligación de solidaridad hacia ellos, cada cual se siente solo, acosado por la ferocidad y la codicia de los demás, sin una instancia comunitaria a la que exponer sus quejas y de la que recabar protección.

Creo que el Estado es para los individuos, no los individuos para el Estado. Me parece que los individuos tienen unos valores específicos que el Estado puede ayudarle a conservar pero no sustituir con sus ordenanzas; sobre todo, sostengo que el individuo (la persona moral y política, el sujeto creador, las mujeres y hombres cotidianos, del más bajo al más encumbrado) constituyen la auténtica realidad humana, de la cual provienen el Estado y las demás instituciones, pero no al revés.

En la pertenencia a un grupo lo que cuenta es ser del grupo, sentirse arropado e identificado con él; en la participación lo importante son los objetivos que pretendemos lograr por medio de la incorporación al grupo: si no los conseguimos, lo dejamos.

Lo más siniestro del racismo es que no permite ninguna reconciliación con el «otro», con el «diferente»: en efecto, uno puede educarse mejor, cambiar sus costumbres, sus ideas, su religión… pero nadie puede modificar su patrimonio genético. Por eso las contiendas ideológicas o religiosas pueden arreglarse alguna vez, mientras que no hay reconciliación posible para el estúpido odio racial. ¿Hay algún tipo de hombre inferior a los demás? Racialmente, no; pero ética y políticamente es inferior a los otros el que cree en la existencia racial de seres humanos inferiores.

En la mayoría de los casos, la gente no es racista (en el sentido seudocientífico de este término) sino xenófoba: detesta a los extranjeros, a los diferentes, a los que hablan otra lengua o se comportan de manera distinta. Los detestan porque se sienten incómodos ante ellos: como no están muy seguros de su propia cordura, los fanáticos quieren que todos a su alrededor piensen y vivan como ellos, para sentirse acogedoramente confirmados.

Los grupos «puros», las razas «puras», las naciones «puras» no producen más que aburrimiento… o crímenes.

Los griegos tenían en muy poco aprecio la «vida privada» y dejaban las cuestiones domésticas, familiares, a cargo de las mujeres, cuya categoría en la polis era decididamente secundaria: para un griego lo único que contaba era lo realizado en público, compitiendo y colaborando con los iguales, sea en discusiones sobre temas políticos o jurídicos, sea en diversiones colectivas (tragedias, comedias, olimpíadas…), sea en el campo de batalla. A los individuos actuales nos importa mucho más nuestra actividad privada, las aficiones y placeres que no necesitamos compartir con los demás, el cultivo de sentimientos amorosos y protectores en el marco familiar, el asegurar un bienestar a nuestro estilo para nosotros y nuestros seres queridos, todo eso que llamamos nuestra intimidad, a lo que concedemos más importancia incluso que a nuestra vida pública (¿no solemos decir que la verdadera vida son las vacaciones y las fiestas, no el trabajo remunerado?), y que defendemos contra las injerencias estatales. Los griegos eran ante todo «políticos», es decir, vivían pendientes de la polis y éste era su principal negocio; nosotros somos ante todo particulares y por tanto nuestra entrega a la cosa pública es bastante limitada. A ti, sin ir más lejos, no te imagino renunciando a ver la retransmisión de una final de liga o renunciando a salir con la pandilla para dedicarte a la revisión crítica de los presupuestos del Estado…

De modo que por eso los gobiernos actuales en las democracias están formados por representantes elegidos por los ciudadanos, que se ocupan de resolver los problemas prácticos de la administración de la comunidad de acuerdo con la voluntad expresa de la mayoría y son pagados para ello. Lo malo es que tales representantes muestran una evidente tendencia a olvidar que no son más que unos mandados —nuestros mandados— y suelen convertirse en especialistas en mandar. Los partidos políticos tienen una función en la democracia moderna que no me parece hoy fácil de sustituir; pero por medio de las listas electorales cerradas, la disciplina de voto en el parlamento y otros procedimientos autoritarios acaban por volverse casi impermeables a la crítica y control de los ciudadanos. Y por tanto los ciudadanos se desalientan cada vez más de reflexionar sobre los asuntos públicos («total, ¿para qué molestarse si van a hacer lo que les dé la gana?») y se desinteresan de la política.

«Uno de los recuerdos más vivos de mi niñez es el de haber escuchado en la radio el segundo combate de boxeo entre el norteamericano negro Joe Louis y el peso pesado alemán Max Schmeling. Schmeling había dejado fuera de combate a Louis en el primer asalto y la prensa nazi habló con elocuencia de la superioridad innata de la raza blanca. En el combate de vuelta, Louis dejó fuera de combate a Schmeling en el primer asalto, si no me falla la memoria. El arbitro puso el micrófono ante el vencedor y le preguntó emocionado: “Bueno, Joe, ¿te sientes orgulloso de tu raza esta noche?”, y Louis contestó con su deje sureño: “Sí, estoy orgulloso de mi raza, la raza humana, claro”» (Gabriel Jakson).

Cuando un animal satisface una necesidad, la deja de lado hasta que vuelva a presentarse su urgencia: nosotros seguimos teniéndola presente y nos ponemos a pensar sobre cómo satisfacerla más y mejor. Los animales buscan, nosotros somos rebuscados.

Este vivir para querer en lugar de querer para vivir (como los animales) nos ha traído a los humanos muchísimas complicaciones: al conjunto de todas esas complicaciones le damos el nombre de cultura y, poniéndonos más soberbiamente modernos, civilización.

Decir (¡y establecer legalmente!) lo tuyo y lo mío es la causa de los innumerables sinsabores que desembocan en el Estado, la policía, los bancos, el aprovecharnos unos de otros y el resto de las esclavitudes vigentes. El origen de la auténtica desigualdad entre los hombres no es político, dice Rousseau, sino económico.

Somos seres activos, juguetones, viajeros… pero la disciplina laboral nos fastidia. Lo malo es qué como tenemos la capacidad de anticipar lo que va a ocurrir y de disfrutar o preocuparnos por el futuro, nos encontramos trabajando desde la más remota antigüedad: para hacernos dueños del mañana, nos esclavizamos al mañana. ¡Siempre las malditas paradojas de nuestra condición!

El comunismo ha sido muy útil en los países capitalistas; donde en cambio ha funcionado fatal es en los países comunistas.

En nombre del absurdo «derecho a nacer de los no nacidos» se condena a no poder vivir a los nacidos: el hambre y los horrendos asesinatos de niños abandonados en tantos países subdesarrollados se encargan de «equilibrar» el número de habitantes en aquellos lugares en los que no lo hace la prudencia humana.

Si por fin mañana —o pasado mañana— las naciones subdesarrolladas se ponen a la altura del Primer Mundo, su aumento de tecnología y consumo ¿no dañará irreversiblemente el equilibrio ecológico de nuestro planeta, ya bastante amenazado? ¿No deberíamos reducir todos nuestras exigencias consumistas y tecnológicas, en lugar de extenderlas a quienes hoy todavía no las disfrutan?

La guerra, [es] «la prolongación de la política por otros medios…» Clausewitz.

El valor de las cosas no es ya medida de la vida de quienes las han hecho o de la fuerza de quienes las poseen, sino de la cantidad de dinero cuyo equivalente son. Los objetos circulan entonces sin amenazar la vida de quienes los intercambian.

Algunos rezagados siguen mostrando entusiasmo por las noticias de las guerras lejanas, por la idea genérica de la guerra, pero en cuanto la bomba cae cerca o le ponen el casco a su hijo pierden todo su patriótico entusiasmo. La gente no quiere que la metan en líos: no es que le guste del todo la paz (siempre hay motivos para refunfuñar o, cuando las cosas marchan bien, se aburre uno) pero quiere que la dejen en paz.

El antimilitarismo parte del principio siguiente: ninguna institución política (como la guerra o el ejército) puede ser eficazmente abolida si no se la sustituye por otra institución más fuerte y en la práctica más satisfactoria.

No hay sino dos poderes en el mundo: el sable y el espíritu. A la larga, el sable siempre es vencido por el espíritu» (Napoleón Bonaparte).

Al ciudadano le da miedo su propia libertad, la variedad de opciones y tentaciones que se abren delante de él, los errores que puede cometer y las barbaridades que puede llegar a hacer… si quiere.

Pero, sobre todo, el ciudadano le da miedo la libertad de los demás. El sistema de libertades se caracteriza porque nunca puede uno estar del todo seguro de lo que va a ocurrir. La libertad de los otros la siento como una amenaza, porque me gustaría que fuesen perfectamente previsibles, que se pareciesen obligatoriamente a mí y no pudiesen ir nunca contra mis intereses. Si los demás son libres, está claro que pueden portarse bien o mal. ¿No sería mejor que tuviesen que ser buenos por narices? ¿No corro demasiados riesgos dejándoles en libertad? Muchas personas renunciarían con gusto a su propia libertad con tal de que los otros tampoco disfrutaran de ella: así las cosas serían en todo momento como tienen que ser y sanseacabó. Mi libertad es peligrosa, porque puedo utilizarla mal y hacerme daño a mí mismo; la de los otros no digamos, porque pueden emplearla en hacerme daño a mí.

El estilo de irresponsabilidad burocrática se caracteriza porque casi nunca nadie dimite pase lo que pase: ni por la corrupción política, ni por la incompetencia ministerial, ni por errores de bulto que deben pagar los ciudadanos de su bolsillo, ni por la patente ineficacia en atajar los males que se había prometido resolver. Como el gobernante se considera irresponsable, procura que la trama de las instituciones le ayude a gozar de impunidad. Toda denuncia de abusos, por fundada que esté, se presenta como formando parte de una maliciosa campaña de los adversarios políticos; en cuanto a la indignación de los ciudadanos de a pie, expresada a través de los medios de comunicación, se aplica el viejo principio de «ladrad, ladrad, que ya os cansaréis…».

Libertad es autocontrol: o bien cada cual llevamos un policía, un médico, un psicólogo, un maestro y hasta un cura al lado para que nos digan lo que hay que hacer en cada caso o asumimos nuestras decisiones y luego somos capaces de plantar cara a las consecuencias, para bien o para mal. Porque ser libre implica equivocarse y aun hacerse daño a sí mismo al usar la libertad: si por ser libres jamás puede pasarnos nada malo o desagradable… es que no lo somos.

Cuanto más se prohíbe y persigue una tentación, más tentadora se la hace. En la mayoría de las ocasiones, hasta que no nos señalan el fruto prohibido no nos damos cuenta de lo mucho que nos apetece. Y si el fruto no sólo es prohibido, sino prohibidísimo, pues fíjate qué gusto más grande.

Abundan los casos semejantes y el más grave por sus efectos sociales es el de las drogas. Desde que su prohibición y persecución se ha institucionalizado como una auténtica cruzada internacional, se han convertido en el negocio más fabuloso del siglo (no hay nada tan provechoso económicamente como las tentaciones) y cada vez hay más delitos relacionados con ellas, más desaprensivos que trafican con ellas, más muertes por adulteración o sobredosis de un producto sin control (imagínate lo que pasaría si cada vez que te tomases una aspirina no supieras cuánta cantidad de ácido acetilsalicílico hay en la pastilla ni si contiene otras sustancias diversas, como estricnina o cemento), más incautos que aspiran a llegar al paraíso o al infierno de lo prohibido para escapar de lo cotidiano, etc.. ¿No sería más eficaz despenalizarlas —lo cual acabaría con el negocio de las mafias que las manejan— e informar sin aspavientos ni melindres sobre las consecuencias de su uso y sobre todo de su abuso? Recuerda lo que ocurrió en Estados Unidos con la dichosa Ley Seca: antes, los borrachos no tenían más problema que el alcohol; después, tuvieron el problema del alcohol… y el de Al Capone. Las tentaciones, hijo mío, no se pueden combatir a base de prohibiciones porque las prohibiciones las fomentan y además perjudican a las personas que empleando mejor su libertad son capaces de usar las cosas sin abusar de ellas. Siempre habrá quien utilice lo que está a su alcance (la química, el erotismo, la política, la religión, cualquier cosa) para autodestruirse o para castigarse por sus pecados. Pero lo único que puede hacerse si queremos una sociedad adulta y no represiva es educar para la templanza y preparar para la prudencia a los individuos libres. ¿Acaso porque hay quien se tira desde un sexto piso vamos a construir todas las casas de una sola planta?

Hasta el más público de los individuos tiene derecho a una esfera privada. Y el derecho a la información no justifica vocear las intimidades de nadie, porque no de todo tienen derecho todos a ser informados.

A la política sólo se le pueden pedir remedios políticos… y la felicidad no es un asunto político. Los gobiernos no pueden hacer feliz a nadie: basta con que no le hagan desgraciado, que es cosa que sí pueden lograr en cambio bastante fácilmente.

No siembres hoy lo que no quieras cosechar mañana; no utilices ahora la represión para conseguir más libertad, ni aumentes la violencia para que un día nos libremos de la violencia, ni favorezcas la mentira como herramienta para conseguir en el futuro la verdad. Nunca sale bien.

Franz Kafka: «Por favor, deja que el futuro siga todavía durmiendo como merece. Ya que si uno lo despierta antes de tiempo, tiene entonces un presente dormido.»

Anuncios

Ética para Amador

Fernando Savater.

Otro libro que tras varios intentos fallidos, finalmente pude retomar hasta terminarlo. Después del mundo de Sofía, viene Savater con este libro en el que intenta explicar a su hijo de lo que trata la ética. Con un lenguaje más digerible, siendo para un niño-adolescente, en momentos pareciera que asistimos a una profunda plática padre-hijo para intentar responder las preguntas vitales de la existencia. Los capítulos correspondientes al placer y los conceptos políticos son bastante buenos. Calificación de 8.5.
Ética para Amador

Ética para Amador

No creo que la ética sirva para zanjar ningún debate, aunque su oficio sea colaborar a iniciarlos todos…

La paciencia de los hijos también tiene un límite.

Llevarse razonablemente bien con un adulto incluye, a veces, tener ganas de ahogarle.

Un padre o un profesor como es debido tienen que ser algo cargantes o no sirven para nada. Para joven ya estás tú.

Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan vivir.

Con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros seres naturales sí por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podernos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos, que no esté del todo). Podemos decir «sí» o «no», quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.

No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya o huir, etc.).

Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). Por ello, cuanta más capacidad de accción tengamos, mejores resultados podremos obtener de nuestra libertad. Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado físico y mi nula preparación en alpinismo es prácticamente imposible que consiguiera mi objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como aprendí a leer de pequeñito la cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay cosas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre… aunque me escueza.

Como no somos libres, no podemos tener la culpa de nada de lo que nos ocurra…

Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética.

La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No.

Aunque no podamos elegir lo que nos pasa, podemos en cambio elegir lo que hacer frente a lo que nos pasa.

Hay ocasiones en que elegimos aunque preferiría no tener que elegir.

[Un motivo] es la razón que tienes o al menos crees tener para hacer algo, la explicación más aceptable de tu conducta cuando reflexionas un poco sobre ella. En una palabra: la mejor respuesta que se te ocurre a la pregunta «¿por qué hago eso?». Pues bien, uno de los tipos de motivación que reconoces es el de que yo te mando que hagas tal o cual cosa. A estos motivos les llamaremos órdenes. En otras ocasiones el motivo es que sueles hacer siempre ese mismo gesto y ya lo repites casi sin pensar, o también el ver que a tu alrededor todo el mundo se comporta así habitualmente: llamaremos costumbres a este juego de motivos. En otros casos los puntapiés a la lata, por ejemplo el motivo parece ser la ausencia de motivo, el que te apetece sin más, la pura gana. ¿Estás de acuerdo en que llamemos caprichos al por qué de estos comportamientos?

Las órdenes y las costumbres tienen una cosa en común: parece que vienen de fuera, que se te imponen sin pedirte permiso. En cambio, los caprichos te salen de dentro, brotan espontáneamente sin que nadie te los mande ni a nadie en principio creas imitarlos.

«Tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder. En efecto, siempre que está en nuestro poder el hacer, lo está también el no hacer, y siempre que está en nuestro poder el no, lo está el sí, de modo que si está en nuestro poder el obrar cuando es bello, lo estará también cuando es vergonzoso, y si está en nuestro poder el no obrar cuando es bello, lo estará, asimismo, para no obrar cuando es vergonzoso» (Aristóteles, Ética para Nicómaco).

«No hemos de preocupamos de vivir largos años, sino de vivirlos satisfactoriamente; porque vivir largo tiempo depende del destino, vivir satisfactoriamente de tu alma. La vida es larga si es plena; y se hace plena cuando el alma ha recuperado la posesión de su bien propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma» (Séneca, Cartas a Lucilio).

Nunca una acción es buena sólo por ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me resulta de veras conveniente o no tendré que examinar lo que hago más a fondo, razonando por mí mismo.

Pero entre las órdenes que se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los caprichos que nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos. No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos (con perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.

«Moral» es el conjunto de comportamientos y normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras «morales» que tienen personas diferentes.

Las gentes libres, bien nacidas y bien educadas, cuando tratan con personas honradas, sienten por naturaleza el instinto y estímulo de huir del vicio y acogerse a la virtud. Y es a esto a lo que llaman honor. Pero cuando las mismas gentes se ven refrenadas Y constreñidas, tienden a rebelarse y romper el yugo que las abruma. Pues todos nos inclinamos siempre a buscar lo prohibido y a codiciar lo que se nos niega.

La vida está hecha de tiempo, nuestro presente está lleno de recuerdos Y esperanzas, pero Esaú vive como si para él ya no hubiese otra realidad que el aroma de lentejas que le llega ahorita mismo a la nariz, sin ayer ni mañana. Aún más: nuestra vida está hecha de relaciones con los demás somos padres, hijos, hermanos, amigos o enemigos, herederos o heredados, etc. , pero Esaú decide que las lentejas (que son una cosa, no una persona) cuentan más para él que esas vinculaciones con otros que le hacen ser quien es.

La ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor.

Quizá el hombre es malo porque, durante toda la vida, está esperando morir: y así muere mil veces en la muerte de los otros y de las cosas. Pues todo animal consciente de estar en peligro de muerte se vuelve loco. Loco miedoso, loco astuto, loco malvado, loco que huye, loco servil, loco furioso, loco odiador, loco embrollador, loco asesino» (Tony Duvert, Abecedario malévolo).

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida (Spinoza, Ética).

El sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros.

La muerte es una gran simplificadora: cuando estás a punto de estirar la pata importan muy pocas cosas (la medicina que puede salvarte, el aire que aún consiente en llenarte los pulmones una vez más … ). La vida, en cambio, es siempre complejidad y casi siempre complicaciones. Si rehúyes toda complicación y buscas la gran simpleza (¡vengan las lentejas!) no creas que quieres vivir más y mejor sino morirte de una vez. Y hemos dicho que lo que realmente deseamos es la buena vida, no la pronta muerte. De modo que Esaú no nos sirve como maestro.

La verdad es que las cosas que tenemos nos tienen ellas también a nosotros en contrapartida: lo que poseemos nos posee.

Un día, un sabio budista le decía a su discípulo esto mismo que te estoy diciendo y el discípulo le miraba con la misma cara rara («este tío está chalao») con la que a lo mejor tú lees esta página. Entonces el sabio preguntó al discípulo: «¿Qué es lo que más te gusta de esta habitación?» El avispado alumno señaló una estupenda copa de oro y marfil que debía costar su buena pasta. «Bueno, cógela», dijo el sabio, y el muchacho, sin esperar a que se lo dijeran dos veces, agarró firmemente la joyita con la mano derecha. «No se te ocurra soltarla, ¿eh?», observó el maestro con cierta guasa; y después añadió: «¿Y no hay ninguna otra cosa que te guste también?» El discípulo reconoció que la bolsa llena de dinerito contante y sonante que estaba sobre la mesa tampoco le producía repugnancia. «Pues nada, ¡a por ella!», le animó el otro. Y el chico empuñó fervorosamente la bolsa con su mano izquierda. «Y ahora ¿qué?», preguntó al maestro con cierto nerviosismo. Y el sabio repuso: «Ahora ¡ráscate!» No había manera, claro. ¡Y mira que puede llegar uno a necesitar rascarse cuando le pica alguna parte del cuerpo… o aun del alma! Con las manos ocupadas, no puede uno rascarse a gusto ni hacer otros muchos gestos. Lo que tenemos muy agarrado nos agarra también a su modo…

De una cosa aunque sea la mejor cosa del mundo sólo pueden sacarse… cosas.

A veces uno puede tratar a los demás como a personas y no recibir más que coces, traiciones o abusos. De acuerdo. Pero al menos contamos con el respeto de una persona, aunque no sea más que una: nosotros mismos. Al no convertir a los otros en cosas defendemos por lo menos nuestro derecho a no ser cosas para los otros.

Se puede ser listo para los negocios o para la política y un solemne borrico para cosas más serias, como lo de vivir bien o no.

Yo creo que la primera e indispensable condición ética es la de estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos.

Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo: y no concibo que quien no ame nada pueda ser feliz.

Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener conciencia.

Un trono no concede automáticamente ni amor ni respeto verdadero: sólo garantiza adulación, temor y servilismo.

No hay peor castigo que darse cuenta de que uno está boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere ser…

De modo que lo que llamamos «remordi¬miento» no es más que el descontento que sentimos con nosotros mismos cuando hemos empleado mal la libertad, es decir, cuando la hemos utilizado en contradicción con lo que de veras queremos como seres humanos.

Los partidarios del autoritarismo creen firmemente en lo irresistible y sostienen que es necesario prohibir todo lo que puede resultar avasallador: ¡una vez que la policía haya acabado con todas las tentaciones, ya no habrá más delitos ni pecados! Tampoco habrá ya libertad, claro, pero el que algo quiere, algo le cuesta… Además ¡qué gran alivio, saber que’ si todavía queda por ahí alguna tentación suelta la responsabilidad de lo que pase es de quien no la prohibió a tiempo y no de quien cede a ella!

«Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.» En efecto, nadie ha vivido nunca en tiempos completamente favorables, en los que resulte sencillo ser hombre y llevar una buena vida. Siempre ha habido violencia, rapiña, cobardía, imbecilidad (moral y de la otra), mentiras aceptadas como verdades porque son agradables de oír…

El valor de toda virtud radica en ella misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de la acción virtuosa es haberla realizado.

No hay peor enemigo que un enemigo inteligente, capaz de hacer planes minuciosos, de tender trampas o de engañarme de mil maneras.

Quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier modo de uno no por ello deja de ser humano. Aquí el lenguaje es engañoso, porque al acuñar el título de infamia («ése es un ladrón», «aquélla una mentirosa», «tal otro un criminal») nos hace olvidar un poco que se trata siempre de seres humanos que, sin dejar de serlo, se comportan de manera poco recomendable. Y quien «ha llegado» a ser algo detestable, como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible…

Una de las características principales de todos los humanos es nuestra capacidad de imitación. La mayor parte de nuestro comportamiento y de nuestros gustos la copiamos de los demás. Por eso somos tan educables y vamos aprendiendo sin cesar los logros que conquistaron otras personas en tiempos pasados o latitudes remotas. […] Si no fuésemos tan copiones, constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde cero.

¿Te parece prudente aumentar el ya crecido número de los malos, de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu buena vida? ¿No es más lógico sembrar lo que intentas cosechar en lugar de lo opuesto, aun a sabiendas de que la cizaña puede estropear tu cosecha? ¿Prefieres portarte voluntariamente al modo de tanto loco como hay suelto, en lugar de defender y mostrar las ventajas de la cordura?

Pero estudiemos un poco más de cerca lo que hacen esos que llamamos « malos », es decir, los que tratan a los demás humanos como a enemigos en lugar de procurar su amistad. Seguro que recuerdas la película Frankenstein, interpretada por ese entrañable monstruo de monstruos que fue Boris Karloff. Intentamos verla juntos en la tele cuando eras bastante pequeñajo y tuve que apagar porque, según me dijiste con elegante franqueza, « me parece que empieza a darme demasiado miedo». Bueno, pues en la novela de Mary W. Shelley en la que se basa la película, la criatura hecha de remiendos de cadáveres hace esta confesión a su ya arrepentido inventor: « Soy malo porque soy desgraciado. »Tengo la impresión de que la mayoría de los supuestos «malos» que corren por el mundo podrían decir lo mismo cuando fuesen sinceros. Si se comportan de manera hostil y despiadada con sus semejantes es porque sienten miedo, o soledad, o porque carecen de cosas necesarias que otros muchos poseen: desgracias, como verás. O porque padecen la mayor desgracia de todas, la de verse tratados por la mayoría sin amor ni respeto, tal como le ocurría a la pobre criatura del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña quisieron mostrar amistad. No conozco gente que sea mala de Puro feliz ni que martirice al prójimo como señal de alegría. Todo lo más, hay bastantes que para estar contentos necesitan no enterarse de los padecimientos que abundan a su alrededor y de algunos de los cuales son Cómplices. Pero la ignorancia, aunque esté satisfecha de sí misma, también es una forma de desgracia… Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo, ¿no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal? El que colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio… se la está buscando. ¡Que no se queje luego de que haya tantos malos sueltos! A corto plazo, tratar a los semejantes como enemigos (o como víctimas) puede parecer ventajoso.

La mayor ventaja que podemos obtener de nuestros semejantes no es la posesión de más cosas (o el dominio sobre más personas tratadas como cosas, como instrumentos) sino la complicidad y afecto de más seres libres. Es decir, la ampliación y refuerzo de mi humanidad.

El ratón pregunta «¿qué me pasará?» y el león «¿qué haré?».

« No siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes.»

Cuando la gente habla de «moral» y sobre todo de «inmoralidad», el ochenta por ciento de las veces y seguro que me quedo corto el sermón trata de algo referente al sexo. Tanto que algunos creen que la moral se dedica ante todo a juzgar lo que la gente hace con sus genitales.

El que se avergüenza de las capacidades gozosas de su cuerpo es tan bobo como el que se avergüenza de haberse aprendido la tabla de multiplicar.

Cuanto más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta. Claro que de ello se derivan consecuencias buenas y malas, como siempre que la libertad está en juego…

¿Por qué asusta el placer? Supongo que será porque nos gusta demasiado.

A lo largo de los siglos, las sociedades siempre han intentado evitar que sus miembros se aficionasen a darle marcha al cuerpo a todas horas, olvidando el trabajo, la previsión del futuro y la defensa del grupo: la verdad es que uno nunca se siente tan contento y de acuerdo con la vida como cuando goza, pero si se olvida de todo lo demás puede no durar mucho vivo.

El placer nos distrae a veces más de la cuenta, cosa que puede resultarnos fatal. Por eso los placeres se han visto siempre acosados por tabúes y restricciones, cuidadosamente racionados, permitidos sólo en ciertas fechas, etc.: se trata de precauciones sociales (que a veces perduran aun cuando ya no hacen falta) para que nadie se distraiga demasiado del peligro de vivir.

El puritano cree que cuando uno vive bien tiene que pasarlo mal y que cuando uno lo pasa mal es porque está viviendo bien.

Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros.

No dejes que se te enfríe el huevo frito por esforzarte a contracorriente en conseguir una hamburguesa ni te amargues la hamburguesa ya servida porque le falta ketchup… Recuerda que lo placentero no es el huevo, ni la hamburguesa, ni la salsa, sino lo bien que tú sepas disfrutar con lo que te rodea.

Cuando usas un placer, enriqueces tu vida y no sólo el placer sino que la vida misma te gusta cada vez más; es señal de que estás abusando el notar que el placer te va empobreciendo la vida y que ya no te interesa la vida sino sólo ese particular placer. O sea que el placer ya no es un ingrediente agradable de la plenitud de la vida, sino un refugio para escapar de la vida, para esconderte de ella y calumniarla mejor…

Una cosa es que te «mueras de gusto» y otra bastante distinta que el gusto consista en morirse…

La ética consiste en apostar a favor de que la vida vale la pena, ya que hasta las penas de la vida valen la pena. Y valen la pena porque es a través de ellas como podemos alcanzar los placeres de la vida, siempre contiguos es el destino a los dolores. De modo que si me das a elegir obligadamente entre las penas de la vida y los placeres de la muerte, elijo sin dudar las primeras… ¡precisamente porque lo que me gusta es disfrutar y no perecer! No quiero placeres que me permitan huir de la vida, sino que me la hagan más intensamente grata.

El límite negativo del placer no es el dolor, ni siquiera la muerte, sino la alegría: en cuanto empezamos a perderla por determinado deleite, seguro que estamos disfrutando con lo que no nos conviene.

Al arte de poner el placer al servicio de la alegría, es decir, a la virtud que sabe no ir a caer del gusto en el disgusto, se le suele llamar desde tiempos antiguos templanza.

Si confiásemos menos en ellos [los políticos] desde el principio, no tendríamos que aprender a desconfiar tanto de ellos más tarde.

El objetivo de la política es el de organizar lo mejor posible la convivencia social, de modo que cada cual pueda elegir lo que le conviene.

Por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos la tiene cada uno y lo demás son coartadas.

Aprender a considerar los intereses del otro como si fuesen tuyos y los tuyos como si fuesen de otro. A esta virtud se le llama justicia y no puede haber régimen político decente que no pretenda, por medio de leyes e instituciones, fomentar la justicia entre los miembros de la sociedad.

A la condición que puede exigir cada humano de ser tratado como semejante a los demás, sea cual fuere su sexo, color de piel, ideas o gustos, etc., se le llama dignidad.

Una comunidad política deseable tiene que garantizar dentro de lo posible la asistencia comunitaria a los que sufren y la ayuda a los que por cualquier razón menos pueden ayudarse a sí mismos. Lo difícil es lograr que esta asistencia no se haga a costa de la libertad y la dignidad de la persona. A veces el Estado, con el pretexto de ayudar a los inválidos, termina por tratar como si fuesen inválidos a toda la población. Las desdichas nos ponen en manos de los demás y aumentan el poder colectivo sobre el individuo: es muy importante esforzarse porque ese poder no se emplee más que para remediar carencias y debilidades, no para perpetuarlas bajo anestesia en nombre de una «compasión» autoritaria.

La guerra agresiva (arte inmoral de suprimir al otro en lugar de intentar ponerse en su lugar).

Si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría de mi espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientras que no soy francés más que por casualidad» (Montesquieu).

¿El sentido de la vida? Primero, procurar no fallar; luego, procurar fallar sin desfallecer. En cuanto a si merece la pena vivir, te remito a lo que comentaba a este respecto Samuel Butler, un escritor inglés a menudo guasón: «Ésa es una pregunta para un embrión, no para un hombre.» Cualquiera que sea el criterio que elijas para juzgar si la vida vale la pena o no, lo tendrás que tomar de esa misma vida en la que ya estás sumergido. Incluso si rechazas la vida, lo harás en nombre de valores vitales, de ideales o ilusiones que has aprendido durante el oficio de vivir. De modo que es la vida lo que vale… incluso para quien llega a la conclusión de que no vale la pena vivir. ¡Más razonable sería preguntarnos si «tiene sentido la muerte», si la muerte «vale la pena», porque de ésa si que no sabemos nada, ya que todo nuestro saber y todo lo que para nosotros vale proviene de la vida!

A través de mí, la ética lo único que puede decirte es que busques y pienses por ti mismo, en libertad sin trampas: responsablemente. He intentado enseñarte formas de andar, pero ni yo ni nadie tiene derecho a llevarte en hombros.

Procura elegir siempre aquellas opciones que permiten luego mayor número de otras opciones posibles, no las que te dejan cara a la pared. Elige lo que te abre: a los otros, a nuevas experiencias, a diversas alegrías. Evita lo que te encierra y lo que te entierra.

El gran laberinto

De Fernando Savater.

Novela de aventuras para niños y adolescentes, donde entre diferentes personajes históricos y de ficción, un grupo de adolescentes buscan rescatar a sus seres queridos de El Gran Laberinto. A fin de cuentas en algún momento todos tenemos nuestro laberinto y es necesario que alguien nos saque de el.

Recuerdo que la primera vez que lo ví, fué en Pipul y me llamó la atención porque en la sinopsis decía que estaban atrapados… en un estadio de futbol! Como ya había leído Etica para Amador del mismo autor, pos se me hizo que podía estar interesante. Hasta ahora lo pude conseguir.

Creo que está muy bien para iniciar a los niños el refinado gusto de la lectura. Espero que el Uzi lo lea.

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Dios vende todas las cosas valiosas al precio de la fatiga que cuesta conseguirlas.

Siempre hay una cosa que podemos hacer por los que amamos cuando el resto parece imposible y es seguir amándoles.

Lo importante no es aquello en que los hombres somos diferentes, sino lo que nos hace semejantes: nuestras necesidades y nuestro miedo, nuestra búsqueda de amistad.

Me he pasado la vida padeciendo a los que no ven más que diferencias que separan en lugar de razones para vivir juntos.

Ni las derrotas ni las desgracias bastan para cortarnos el apetito de vivir, de luchar. Sólo una cosa puede quitarnos las ganas de todo: la traición.

!El pueblo! Hace tiempo era una hermosa palabra, noble y solidaria. Pero después se ha convertido en la justificación de todos los atropellos y en la coartada de quienes quieren gobernar sin críticos ni rivales. Mira, al pueblo le pasa como a Dios: lo malo son quienes hablan en su nombre.

Si tú no quieres meterte en política, ya se encargará la política de meterse contigo. Un antiguo griego dijo que los humanos somos animales políticos, es decir, que vivimos en la «polis», en la Ciudad, con nuestros semejantes. Y no podemos desentendernos de la vida en común…

Por medio de la filosofía, de la aventura o del amor, lo importante es hacerse un alma. La vida tomada en serio consiste en buscar y fabricar nuestra alma, para desde ella aceptar el mundo en su complejidad ciega, tratar de mejorarlo si es posible y luego mirar a la muerte a los ojos, diciendo: «no te merezco».

No perdáis el tiempo en castigar, ni mucho menos en odiar… Los que no tienen miedo no deben odiar, ¿verdad? Si queréis vengaros, si queréis vengarme… sed felices. La mejor venganza contra nuestros enemigos es la felicidad.

[A los jóvenes] Como os falta experiencia para temer lo probable, aún sois capaces de creer en lo posible.