Guantes blancos

Personajes del fútbol
Félix Fernández Christlieb

Guantes blancos

Guantes blancos


Desde la portada del libro se mira de lo que se trata. Un ex futbolista que devela algunos de los llamados secretos de vestidor, con el único fin de que los aficionados de a pie, podamos conocer un poco más de ese lado oculto del balompié. Calificación de 9.

Ocurre que la primera impresión que causaron personas importantes en la vida de uno, suele ser bastante vaga.

Todos nos equivocamos… Pero eso sí, todos corregimos.

El jugador que por desgracia vestía la casaca de suplente en los interescuadras no tenía posibilidad de salvación. Si no daba un buen pase, si no corría, si no tiraba, si dejaba jugar al titular, si no hablaba, era reprimido. Pero si, por el contrario, mostraba disposición, precisión, corría, gritaba, evidenciaba las fallas del titular, etcétera… recibía en premio el mismo trato y, en ocasiones, peor.

Actualmente, ser futbolista es ser visto como mercancía, como objeto. Un jugador debe rendir y no hablar, rendir y no cobrar, rendir y no pensar. (Javier Aguirre). La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo .Hoy el público le grita: “-¡No te mueras nunca!- y el domingo siguiente lo invita a morirse”. (Eduardo Galeano).

Los guantes son parte del cuerpo del portero más allá de su indumentaria. La imagen de un portero sin guantes es incompleta; por eso vemos, cada vez que finaliza un torneo, a los guardametas campeones festejar y recibir sus medallas con los guantes puestos; es decir: el portero tiene guantes hoy en día, no tiene manos… y lo más tractivo de esto es que esas nuevas extremidades son desechables y renovables.

Durante la primera vuelta del campeonato 1994-95, al medio tiempo le ganábamos 2-0 al América en el Estadio Azulgrana. La Volpe decidió sustituir a Hugo para meter a Salas, un defensa. El final nos empataron 2-2-; el Pentapichichi no se contuvo y declaró que se empató porque se hicieron cambios equivocados, que nunca se puede cambiar cuando se va ganando. Se metió en asuntos que no le correspondían y le fue bastante mal.

Porque ese era y es Bonifacio Núñez: el que perdió la cabeza en Veracruz; el que tropezó en la banca del estadio Corregidora cuando a toda velocidad llegó a reprimir a un director técnico; el mismo que aflojaba la tensión de los partidos más tensos; el que combatía la soberbia de ciertos jugadores en la cancha, incitando a rivales para ablandarlos; el que se aprendía los nombres incluso de los jugadores más novatos; el que exhibía a los ídolos locales ante su afición y el que no tenía el menor reparo en señalar faltas en favor del visitante.

“El árbitro es arbitrario por definición. Es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible… y con toda razón se persigna al entrar al campo de juego. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad en el futbol: todos lo odian. Los silban siempre, jamás lo aplauden.” Cuando Eduardo Galeano escribió (y publicó) estas líneas no tenía la menor idea de que existía Bonifacio Núñez Vega; de conocerlo, su texto habría cambiado radicalmente. Jamás fuiste arbitrario sin justificación; permitía cierto diálogo, siempre y cuando fuera ingenioso; porque sabías que tus palabras eran ingeniosas, de otra forma no valía la pena perder esos segundos. No sé si te persignabas al entra a la cancha, pero si lo hacías estoy seguro que no era para que te protegiera, ni te diera suerte: tu seguridad no la necesitabas.

Mis reclamos no se hicieron esperar mediante un berrinche, de tal magnitud, que provocó el derrame de paciencia de mis padres. Sus adecuadas y concretas palabras en ese momento, me enseñaron a valorar y no a valuar.

Kant definía la voluntad como “la facultad de elegir sólo aquello que la razón, independientemente de las inclinaciones, reconoce como prácticamente necesario, vale decir, como bueno”.

Hace tiempo leí una entrevista que le realizaron al finlandés Ari Vatanen, campeón del mundo en rallyes: “Yo comparo la vida con un partido de futbol. Tienes un tiempo límite para jugar, pero a veces el árbitro te concede una prórroga. Me di cuenta con precisión de la intensidad de esto tan magnífico que se llama vida cuando se me concedieron algunos minutos más”.

El que no encuentra diversión en todo lo que hace, necesita reorganizar su vida lo antes posible, pues el gozo de lo que hacemos en la vida es la base de la felicidad, la eficiencia y el éxito.

Llega un día que se aburren de comprobar, una y otra vez, que los futbolistas también son seres humanos; cuando lo palpable resulta alcanzado se pierde el mito; es como las canciones exitosas: tienen cierta duración y la curva del éxito desciende de manera irremediable hasta llegar al esporádico recuerdo, que dará gusto revivir cinco años después, al escucharlas casualmente. Pero eso sí, siempre habrá una nueva rola que ocupe la vacante.

Aquel característico escudo circular, con el toro negro en el centro, fue utilizado por última vez bajo la dirección de los Fernández una tarde apocalíptica de 2002, en Celaya, fecha que, paradójicamente, se celebra de nuevo la salvación del equipo con un espectáculo de varias pistas: por un lado el equipo era goleado por La Piedad; por otro, un par de jugadores se golpeaban en el vestidor, mientras otro pisoteaba la camiseta. En una portería, el arquero local insultaba al público -minutos después la camioneta de este jugador era apedreada- y, en el palco principal, esos mismos que llevaron a la ciudad el futbol de Primera División, que lo mantuvieron, que apostaron por la salvación una y otra vez, lográndola deportivamente… que siempre cumplieron contractualmente con los jugadores… esos mismos decidieron, esa tarde, por fin, responder a las agresiones del público de plateas, lanzándose a los golpes.

Ambos declarábamos oficialmente inaugurada la nostalgia que por fortuna no desaparecerá, porque está invadida de maravillosos recuerdos.

Y es que esos cronistas, los que nunca pretendieron robarle protagonismo a los actores y, menos, robarle riqueza al lenguaje; los que se ganaron el título de “celebridad” con base en el conocimiento objetivo, la crítica fundamentada, y, sobre todo, la imparcialidad. Ese fue don Fernando Marcos (1913-2000), el del punto de vista radical, el antiamericanista declarado, el que sólo jugó futbol seis años, el director técnico invicto con la Selección Nacional.

Se alargó la cosa por motivos que no tiene caso explicar y me despedí de la chica para irme directamente al campo Necaxa… De pronto empecé a soñar que alguien me decía: “Vete a vestir y entra a jugar lo más pronto que puedas”. Usted sabe, después de una noche borrascosa uno sueña cosas poco agradables. Sólo que este no era un sueño: mi padre me zarandeaba tratando de despertarme y el entrenador me gritaba que me apurara… El Necaxa le iba dando una paliza al España… Hice dar un vuelco rotundo al partido, empatamos el marcador, hice dos goles de oro y serví otro… ¡Había jugado en las peores condiciones, el mejor partido de mi vida!

Traducir un sentimiento en palabras es de las tareas más complejas que le pueden asignar a uno; ahora, experimentar un sentimiento que tantas veces nos han compartido, es descubrir que, aunque sea la misma situación, es única. Es el caso de jugar futbol en Primera División, de realizar una gran atajada; es también el caso de observar a nuestro bebé a través de un ultrasonido y del nacimiento de nuestra hija. Tantas veces escuchados, tan aparentemente cotidiano, pero tan exclusivo: “Lo que se siente no se puede decir y lo que se dice no es lo que se siente. La gente no se refiere a sus sentimientos, sino a las palabras” (Pablo Fernández en La afectividad colectiva).

No puede ser más que lamentable observar en las tribunas esta invasión de símbolos tan ajenos a propósitos deportivos y de animación, como las mantas con nombre de grupos de música heavy o metalera; no puede ser más que vergonzoso darse cuenta de que los integrantes de las barras mexicanas ignoran por completo la esencia de su equipo, al adoptar extranjerismos no sólo en sus cánticos, sino también en su imagen: al vestir camisetas de equipos argentinos y de la selección de aquellos lares, a pesar de apoyar instituciones tan nacionalistas en su origen como el Guadalajara, el Atlante o la UNAM… y no puede revelar más que ignorancia el tener como estandarte a un guerrillero heroico como el Che –amante de las distracciones sanas, la lectura, el estudio y el deporte-, que debe retorcerse en su tumba cada jornada, cuando estos tipos desenrollan las mantas con su imagen en la tribuna.

Una de las peores cosas de la vida es no saber casi nunca cuándo es la última vez de nada, o cuando algo que nos entusiasma ha llegado a su fin… no lo previmos, y al llegar al término tenemos la sensación de que lo que hubo no basta, y de que no disfrutamos a conciencia las ocasiones finales: si hubiéramos sabido que ya no iba a haber más…

Al recibir una noticia como esa no sé qué inunda primero el cuerpo: la consternación o el coraje. Porque no es la mala fortuna ni la suerte, es la imprudencia que puso de moda convocar al destino fatal acelerando. El punto central es reducir el riesgo de la catástrofe, porque si usted camina por la mitad de la avenida, es más probable que lo atropellen, aunque nadie asegura que se encuentre totalmente a salvo sobre la banqueta; si tira despacio un penalti, incrementa la posibilidad de ser atajado, aunque la velocidad del tiro no garantiza su anotación… y, por supuesto, si conduce a ciento cincuenta kilómetros por hora le hace un llamado inmediato al accidente, que en nueve de cada diez casos se debe, precisamente, al exceso de velocidad.

Usted y yo nos quedamos viendo el rayón que le dimos a un mueble por descuida al pasar apresuradamente junto a él; a los diez segundos queremos regresar el tiempo, diez segundos para pasar con más precaución y no rayar el mueble que, a partir de ese momento, recordará nuestra torpeza por mucho tiempo, claro, hasta que el carpintero lo resane. Pero al fin y al cabo el mueble tiene compostura, a pesar de que gastemos mucho más tiempo en toda esa reparación que pasando junto al mueble con mayor cuidado.

Cuenta el ex futbolista y médico, Rafael Chávez Carretero, que una tía suya le regaló en una ocasión una virgencita cuando era jugador profesional activo; se la dio junto con una advertencia: -Esta virgencita es para que la traigas en tu coche y te proteja; pero te acompaña hasta que llegas a cien o máximo ciento diez kilómetros por hora; si pasas de esa velocidad, la virgencita se baja, ¿eh? Sí, la virgencita se baja y todos los santos invocados en las plegarias acumuladas de por vida se bajan del coche al aumentar las probabilidades de un accidente.

El portero de la pifia monumental durante la Copa del Mundo Italia ’90, aquel que perdió u balón arriesgándolo innecesariamente y que a la postre costó la eliminación de su país, fue capaz de pasar a segundo plano esa irresponsable jugada, patentando el Escorpión cinco años más tarde en el mítico estadio de Wembley –jugada considerada como la más espectacular de la historia, de acuerdo a una encuesta entre aficionados al futbol-, para dejar boquiabierto al mundo entero, mediante una irresponsabilidad quizá más grande que la primera, pero justo por ello, aún más admirable.

El doctor Jaime Sanabria –árbitro de la Real Federación Española de Futbol-, harto de que su madre fuera culpada en cada señalamiento de fuera de lugar, harto de ser recipiente de improperios, concluyó tras una detallada investigación científica que la regla 11, del fuera de juego, “está pensada para androides”, ya que es fisiológicamente imposible apreciar con exactitud las posiciones del último defensa y el atacante más adelantado en el momento del pase. “Los 300 milisegundos que tarda el movimiento ocular en girar, son suficientes para que dos jugadores en línea se separen hasta 1.5 metros”. Así como el doctor Sanabria se abocó a esta investigación precisa, hay quien calcula que un árbitro toma no menos de 120 decisiones en un partido y podemos comprobar que lo hacen con un promedio bajísimo de equivocaciones. Todos sabemos que tomar decisiones no es fácil; sabemos que tomar decisiones rápidas es muy complicado; entendamos, pues, que la toma de decisiones bajo la presión de miles de testigos, en cuestión de fracciones de segundo, es una labor admirable. Ser portero y ser árbitro son dos actividades aparentemente incomprendidas; ambas desatan un gozo particular entre quienes las llevamos a cabo. Parecería que los dos estamos destinados a la infelicidad.

Portero y árbitros somos calificados por el número de errores que cometemos, no por el número de aciertos. En el caso de los jueces centrales, su equivocación está destinada desde antes del cotejo, pues en el remoto caso de no equivocarse, un sector siempre catalogará su decisión como fallida. Lo anterior, pese a que el error se desarrolla según formas altamente inesperadas y a sabiendas que el error en sí mismo es un fenómeno histórico. Por es la profesionalización del arbitraje no garantiza la disminución en las fallas –la profesionalización del futbol tampoco lo hizo-, aunque les garantizaría una estabilidad económica mayor sin arriesgar sus trabajos actuales, en los que tienen muchas concesiones de horario. En lo particular, debo confesar el agrado de encontrar siempre en el árbitro profesional dos requisitos sumamente ambiguos y subjetivos de los seis que el artículo 29 del Reglamento de la comisión de árbitros exige: a) Solvencia moral y buena conducta; y c) Personalidad y presencia. Esto, gracias a que la preparación y escolaridad de los árbitros está muy por encima de los jugadores, razón por la que me sigue causando gracia que los futbolistas nos quejemos de que un juez se dirigió a nosotros con groserías, cuando muchas veces ni siquiera entendemos la complejidad de su vocabulario.

Aunque lamentamos profundamente su partida, de pronto, al enterarnos de su muerte o reunidos en el velorio o la misa, nos dimos cuenta de su gran herencia a través de nuestro gran dolor.

La verdadera generosidad para con el futuro consisten en entregarlo todo al presente.

Cuando se pierde algo como una agenda, que se carga a diario durante un año, pensando que se utiliza poco, uno se da cuenta de que la pérdida ha sido mucho mayor de lo que se pensaba al tenerla, y que ha sido una perdida que, a diferencia de otros objetos, no le es útil a nadie más.

Ahora comprendo las palabras de Voltaire: “Nada de lo que es humano me es ajeno”. Quizá por ello existe esa conexión en la que al alegrar la vida de uno se alegra la vida de muchos; pero cuando un inocente sufre, lo hacemos también quienes somos inocentes.

“Olvidar lo malo es tener buena memoria”; debe ser por eso –y por mi buena memoria- que no lo recuerdo bien. No recuerdo la fecha, para mí todo se funde y se nubla en el año de mi retiro, que ya no recuerdo cual fue; el año en que aprendí a contar los días al revés y en el que cada día no era uno más, sino uno menos de futbol.

Convencido de la naturaleza mental de su lesión, intentaba retornar, cada día con más ahínco y menos resultados. A todos preguntaba: -“¿Qué onda güey, cómo me ves?” A lo que le respondíamos: -Muy bien cabrón, cada día cojeas más rápido.

Al igual que el reportero, el vendedor sabe esperar, tiene paciencia, se desplaza distancias impensables con la esperanza de cobrar, si es que ya vendió; o con la esperanza de vender, si es que quiere cobrar. El vendedor futbolero lleva el producto, da facilidades de pago y, supuestamente, ofrece mejor precio que cualquier tienda. Se relaciona con el futbolista, se deja bromear y sacrifica su nombre propio en manos del primer apodo. El vendedor futbolero viste sencillo y se porta sencillo; jamás pasa por alto el saludo y la cortesía, bien sabe que son inversiones para una posible venta futura.

Coincido con mi amigo Germán Dehesa: “En mi genoma no se encuentra la necesidad de ser dueño de una casa, ni de nada ni de nadie. En dado caso me gustaría alguna vez ser dueño de mí”.

Cuando uno alienta con el testimonio propio de la experiencia, puede aconsejar estrategias para mantenerse a flote, pero cuando uno tiene piernas y el requerimiento moral va dirigido a quien las acaba de perder, resulta infinitamente más complicado convencer. Si algo hubo que recordarle a Francisco fue que la lucha no se abandona un solo día, aunque él parecía tenerlo asimilado desde que nació. Si algo hubo que señalarle fue que si él –y don Raúl, su compañero de habitación- salió vivo del lugar donde muchos murieron fue porque el destino le ofreció la oportunidad de trascender por caminos que hasta ese día no conocía. Es decir, si la vida es frágil, se tiene que vivir corajuda y valientemente, porque en cualquier momento la muerte nos toma desprevenidos. Muchas veces pensamos que si llega un grado más de dolor, seremos incapaces de resistirlo, y cuando llega, lo enfrentamos […]. Porque luchar es vivir sin morir, y cada uno ha de mantenerse a flote sobre sus propias aguas, con su origen social, su modo de ser o su estado físico alterado. Nadie puede nadar sobre aguas que no le corresponden, aunque reciba toda clase de ayuda. También en el desastre existe un valor intrínseco, aunque se diga fácil desde lejos. Thomas A. Edison puso un ejemplo en 1914, cuando su laboratorio quedó en cenizas tras un incendio perdiendo una buena parte del trabajo de su vida. Al día siguiente del siniestro, contemplando las ruinas, Edison le dijo a su hijo Charles: – Hay un gran valor en el desastre: todos nuestros errores se queman; gracias a Dios que podemos empezar de nuevo. Cuentan que tres semanas después entregó su primer fonógrafo.

Retirarse es aceptar que llegó el momento de ser uno más, de buscar opciones, ya no de recibirlas; el tiempo de hacer fila en la oficina de pasaportes, como siempre debimos hacerla. Con decirte, mi estimado Raúl, que un buen compañero común me dijo una vez: -No me vas a creer, pero cuando me retiré no sabía ni cómo llenar un cheque; estaba acostumbrado a que me hicieran todo.

Lo peor del futbol es tener que dejarlo. Estoy seguro que es más doloroso el retiro que la frustración de ni haber llegado jamás a ser futbolista. Me contaba Daniel Guzmán sobre el tormento que pasó durante un año luego del retiro. Él llegó a una conclusión bastante fuerte: que el futbolista muere dos veces. Esa “primera muerte” se sufre, por lo general, a solas, descargando depresión al interior de la familia y nadie puede asegurar cuando revivirá. Reforzando a Guzmán, Norberto Alonso dijo una vez sobre su retiro: “Corrió tanto frío por mi cuerpo que parecía que estaba muerto”. Pero Carlos MacAllister, ex jugador argentino, declaró lo contrario que Daniel, pero igual de válido: “Retirarse es nacer de nuevo. El futbolista vive programado. Durante mucho tiempo le dijeron a qué hora debía levantarse, a qué hora entrenar, a qué hora comer, a qué hora tener sexo, a qué hora lavarse los dientes… por eso retirarse es volver a nacer”.

Prefiero irme cuando me digan que me quede y no quedarme cuando todos me piden que me vaya.

En el tema deportivo, ni hablar, no hay forma de mantener el mismo grado físico, porque hay que buscar, por cuenta de uno mismo, el lugar adecuado para entrenar solo, los horarios, las cargas de trabajo, los materiales, el balanceo en la alimentación y todo bajo la atmósfera que más teme el futbolista: la soledad. A esto hay que agregarle el paso del tiempo que no perdona.

La felicidad completa no existe, es necesario un punto de comparación adverso para saber que se vive un momento feliz, que contiene gozo.

-Si hay algo que recordarte, es que la lucha no se abandona un solo día- y un futbolista lo debe tener dentro de sus mandamientos-. Si algo hay que señalarte, es que al conservar la vida después de la magnitud de este accidente, definitivamente el destino te ofrece una oportunidad de trascender por un camino desconocido hoy, pero que dominarás mañana. Es decir, al ver nuestra fragilidad no hay otra opción que vivir corajuda y valientemente, porque los momentos dolorosos siempre nos toman desprevenidos… Porque luchar es vivir sin morir y, aunque hagamos planes futuros (los cuales son necesarios porque sin ellos no es posible construir), debemos dedicarnos apasionadamente a dar los pasos de hoy; eso sí, confiando en que mañana tendremos unos centímetros más de coraje para mantenernos en la interminable lucha.

El hombre debe caminar porque esa es su obligación, ir adelante porque ese es su deber; y debe hacerlo tanto si tiene luz como si no la tiene. Probablemente sea un asunto de la conciencia, la cual es incómoda en la mayoría de los casos; pero siempre, por más incómoda que sea, la conciencia nos recuerda que debemos caminar y no sentarnos.

Hay dos cosas por las que un hombre nunca se debe enfadar: por las que puede remediar y por las que no puede remediar. Thomas Fuller.

Puede ser inexplicable que un atleta como Robert Enke decida quitarse la vida en la cúspide de su carrera, pero de acuerdo a lo que experimentó y aprendió en la portería, su acción suicida podría interpretarse de la siguiente forma: “¿Quieren que fracase? De acuerdo, voy a fallar definitivamente… pero no me voy a enterar de las consecuencias”.

Sólo dime a qué hora regresas, no importa cuál sea, pero dime una hora.

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Guantes Blancos

Las redes del futbol.
Félix Fernández Christlieb.

Es raro, muy raro encontrar futbolistas que a parte de buscar sobresalir en su profesión, lo intenten en la vida diaria, y aún más complicado cuando se trata de que se superen en lo que a su educación y cultura corresponde. Es así como Félix Fernández, portero de un Atlante que hizo época, y fiel a lo que aprendió de sus padres, se aventuró como escritor en diversos diarios deportivos. De ahí surge esta colección de reflexiones algunas bastante interesentes y que brindan, a los aficionados de a pie, una óptica distinta para ver futbol. Calificación de 9.5
Guantes Blancos

Guantes Blancos

Por más que se quiera, nunca podrán abarcar todos los elementos que rodean este “juego” tan serio, que de lúdico solamente puede quedar el espíritu original y el resultado, porque ganar resulta tan importante que a los futbolistas se nos impide (y luego se nos olvida) jugar.

Estas reflexiones únicamente pueden surgir desde adentro de un plantel profesional con todo lo que eso implica; quien opine desde afuera, sin haber sido parte de esta intimidad, es un impostor.

Y al igual que el mismo Borges, considero que lo que he leído en mi vida, es mucho más importante que lo que he escrito. Porque uno lee lo que quiere, pero escribe lo que puede.

Roberto Coppe nunca lo supo y quién sabe si lo sabrá, pero lloré por dentro esa noche en Austin cuando me “pidió” los guantes para echar una cáscara. Roberto era entrenador del Instituto México y a la fecha e spiloto aviador. Estábamos disputando un torneo en aquella hermosa ciudad texana y al término de nuestro partido se dirigió a mí: “Félix, préstame tus guantes porque hoy voy a jugar de portero”. Fue una petición entrecomillada por el tono y por la persona. Desde que conocí a Coppe lo estimé de manera muy especial, así que me fue imposible explicarle por qué no le quería prestar esas “joyitas”, no pude externarle lo que sentiría cada vez que mis guantes tocaran el pasto en sus manos, una herida. O cada vez que atrapara un balón, una mancha. No pude externarle la punzada que sentiría simplemente con verlo aplaudir o sacudirse el polvo. Esa noche, en mi habitación, observaba las huellas de una simple cáscara, las heridas y las manchas que yo evité hacerles durante tanto tiempo y que permití que alguien más se las hiciera. Sentí que traicioné un simple objeto, pero también, sentí que no había sido capaz de cuidar el valioso regalo de mi hermano. Los consentí aseándolos y tratando de colocar cada pedacito desprendido en su lugar, pero no eera posible ocultar que habían empezado a envejecer.

Varios años después de aquel histórico ascenso del Atlante, en 1991, una persona se presentó en el campo de entrenamiento con una bolsa de supermercado. Me esperó pacientemente y, cuando estaba yo solo, se acercó mostrando ua sonrisa que aseguraba mi emoción al abrir la bolsa: “Félix, a ver si te acuerdas de esto”. Sacó un guante blanco con lila que había utilizado en aquella final, mismo que, junto con su par, lancé hacia la tribuna llena de atlantistas, mientras sábamos la “vuelta olímpica” en el Estadio Cuauhtémoc de Puebla. El guante tenía todavía las huellas de la batalla, las manchas de pasto y tierra; pero mostraba también el paso del tiempo, que en un guante de látex es muy evidente, pues la palma se reseca y comienza a desmoronarse. Ese tipo de gestos, que afortunadamente he recibido con varios objetos, son, además de conmovedores, un homenaje para mí mucho más grande que medallas y condecoraciones, que partidos de homenaje y entrevistas, que autógrafos y elogios. Porque esos detalles contiene atrás el cariño auténtico de quien conoce la importancia del sentimiento por encima del valor material.

Eran años en los que un día hábil fuera de la escuela significaba invadir el misterioso y atractivo mundo de los adultos que ya no “tenían” que estudiar.

El tiempo nos enseña que cada día no es más que el prólogo del siguiente y que cada vez lo que queda por hacer es muy distinto a lo hecho hasta ese momento. Deliciosa infancia en la que no conocía los nervios, dolores (uno jugaba a que estaba lesionado), presión, errores, discordias, depresiones, crudas, cuates transas, calvicie, el “usted” hacia uno, arrugas, desodorantes, la barba (uno jugaba a rasurarse), “el correteo del bolillo”, la obligación de ganar, las cuentas del banco, las mudanzas, llevarlas al ginecólogo, arreglar un contrato, pagar impuestos, hacer la verificación, el servicio y las cuotas de mantenimiento.

Preocupaciones que se delatan al comentar cada vez más seguido acerca de la salud, la economía, de la desigualdad; preocupaciones que de pronto hasta incluyen penar sobre la muerte, pero que, aun sin saltar en escaleras y techos, recuerdan ahora, casi de manera obsesiva, la infancia y la juventud que tanto nos urgía abandonar y que ahora nos encantaría recuperar.

El arbitraje es un ejercicio de poder, sanciona pero nunca premia y en ocasiones parece fascinar a quien lo ejerce. “El árbitro se equipara a un gobernante enérgico, de gran poder, pero que está a su vez limitado por la propia ley y por tribunales especiales que lo juzgan y lo sancionan cuando así corresponde” (Fernando Marcos). El árbitro enjuicia a los jugadores y el audtorio lo enjuicia a él; al sancionar a unos premia sin quererlo a otros. Lo que la afición aprueba es lo correcto, cada aficionado es , aunque no se canse de desacreditarlo y maldecirlo, un árbitro. El doctor Jaime Sanabria (árbitro de la Real Federación Española de Futbol), harto de que su madre fuera culpada en cada señalamiento de fuera de lugar, harto de ser recipiento de improperios, concluyó tras una detallada investigación científica, que la regla 11 “está pensada para androides”, ya que es fisiológicamente imposible apreciar con exactitud las posiciones del último defensa y el atacante más adelantado, en el momento del pase. “Los 300 milisegundos que tarda el movimiento ocular en girar, son suficientes para que dos jugadores en línea se separen hasta 1.5 metros”. Así como el doctor Sanabria se abocó a esta investigación precisa, hay quien calcula que un árbitro toma no menos de 120 decisiones en un partido y podemos comprobar que lo hacen con un promedio bajísimo de equivocaciones. Todos sabemos que tomar decisiones no es fácil, sabemos que tomar decisiones rápidas es muy complicado, entendemos pues, que la toma de decisiones bajo la presión de miles de testigos, en cuestión de fracciones de segundo, es una labor admirable.

Porteros y árbitros somos calificados por el número de errores que cometemos, no por el número de aciertos.

Personalidad y presencia.. Esto, gracias a que la preparación y escolaridad de los árbitros está muy por encima de la de los jugadores, razón por la que me sigue causando gracia que los jugadores nos quejemos de que un juez se dirigió a nosotros con groserías, cuando muchas veces ni siquiera entendemos la complejidad de su vocabulario.

Pocas cosas puedes ser ejemplificadas tan gráficamente como la pasión: un estadio lleno, un gol y su respectivo festejo, tanto en la tribuna como en la cancha. ¿A quién se le pudo ocurrir sancionar el festejo “exagerado” de un gol con una tarjeta amarilla?, solamente a quien no siente una pasión.

Así como amar lo conocido es tarea relaticamente fácil, aprender de las buenas experiencias no tiene gran mérito. Ofrecer ese amor a lo que no vemos y no nos afecta directamente es la labor compleja, como lo es exprimir el aprendizaje de lo desagradable y del revés. Se valora la salud en la enfermedad, el trabajo en el desempleo y el silencio en el bullicio.

No es fácil dejar de culpar al director técnico de nuestra ausencia en la alineación, no es fácil dejar de verlo con resentimiento, no es fácil reírse de sus bromas. Pero tampoco debe ser nada fácil escoger a 11 jugadores para iniciar un partido, teniendo a 22 con capacidades similares, ni debe ser sencillo tener a gusto a tanto cabrón tan distinto, tan ambicioso y triunfador, y menos aún desempolvar a uno de ellos, pedirle que se quite el fastidio y esperar que solucione el partido.

Los estadios nos permiten ver cada vez más su esqueleto durante los partidos, pero los uniformes nos permiten identificar cada vez menos su escudo.

El jugador está sujeto a las contingencias de la praxis dictada por los imponderables del juego y de los resultados… Cuando el jugador comete una infracción, tiene un arbitro para juzgarle; cuando falla en las acciones técnicas, su juez pasa a ser el público.

Michael Jordan tocó un punto clave cuando dijo: Nunca tomo en cuenta las consecuencias de fallar un tiro importante. ¿Por qué? Porque cuando se piensa en las consecuencias siempre se piensa en un resultado negativo”. Ojalá uno pudiera pensar siempre que el tiro, la salida o el pase tendrán la precisión necesaria y así no fecundar la maldita desconfianza.

No creas, la mejor forma de ocultar una lágrima es con una sonrisa.

Detrás de cada porrista hay una razón que supera y soporta cambios de dueño, de director técnico y de jugadores, para seguir apoyando a su equipo campeón y a su equipo descendido, Hay una tradición que sólo entienden quienes no tuvieron posibilidad de elección, quienes al nacer ya traían escudo.

Échale ganas. ¿Qué demonioes es: échale ganas? Dos palabras que escuchamos desde que nacemos: cuando hay que pasar un exámen, cuando estamos enfermos, cuando se presenta un problema… siempre el consejo es: échale ganas. Si echar es arrojar o lanzar y las ganas son un deseo con avidez, por lo tanto, el arrojar ese deseo supone simpleente ir al frente, sin precaución ni orden. Cuando no hay otra cosa que decir, cuando se quiere encerrar un todo cerrando todo (el coco) a la formación de una frase más compleja se acciona el automático: échale ganas. Pero echándole ganas nadie ha conseguido nada más que desgastarse, porque las ganas por sí solas no tienen análisis, no tienen inteligencia y no tienen estrategia; las ganas son impetuosas, atrabancadas e inconscientes.

Ganar es tan importante que se nos olvidó jugar.

Claro, América y Chivas, escudos afrodisiacos y, claro, la Selección Nacional con “cirugía plástica” incluída: ahí todos tienen lo suyo.

Cada vez que José Ramón Fernández habla de Jorge Santillana dice que “es un jugador rapidísimo””; cada vez que El Perro Bermúdez comenta sobre Gastón Obledo, recuerda que fue campeón goleador con el Jalisco “en la década de los ochenta”; cada vez que Roberto Gómez Junco habla del equipo, menciona: “en lo colectivo”; cada vez que Rafael Ouente entrevista o comenta no se le escapa el: “…de manera importante” o “…de manera interesante” y cada comentario de Juan Dosal, durante un partido, invariablemente lleva implícitas las palabras “es decir”.

Las canas hacen que un hombrre joven luzca distinguido y la mujer vieja; la ropa no hace al hombre, a la mujer si; el verdadero atractivo del hombre es el éxito; un teléfono observado nunca suena; mientras más viejo sea el hombre, más joven será la segunda esposa.

Algo anda mal si la situación del país obliga a ver los semáforos cada vez más saturados de gente luchando a diario por sobrevivir, en un sistema que ha incrementado el desempleo 100% en un año, con 2 millones 170 mil personas (1996) formando parte de ese disputado equipo, que ha llevado a la necesidad de cascarear en algún crucero de la gran ciudad para ganar unas monedas.

El éxito es el meticuloso cuidado de los detalles.

Si nosotros los jugadores utilizamos cierta parte de nuestro tiempo en ver videos, lo comentaristas deberían hacer lo mismo para darse cuenta que cometen muchos más errores que el tan señalado árbitro (Emilio Fernando Alonso ya me autorizó a tomarle nota). “Va a cobrar prácticamente un semitiro de esquina… Jaime Cuesta está arrancando la temporada completa…” (Paco González, TV Ezteca, en el Toros Neza-Celaya. 30 julio de 1997).

Mientras en Estados Unidos se te vaya una pelota jugando en la calle y el señor que pasa te la devuelve con la mano, el futbol no va a prender.

Definitivamente hay entrenadores que deberían ir a desayunar a esta barra de Vips, para aprender que se puede dirigir sin insultar, sin entregarle el alma a un promotor y sin someterse a los caprichos de un patrón.

La imposibilidad de usar las manos en el futbol hace que el anotador tome venganza en su festejo, utilizando como instrumento lo primero que encuentra, que desde hace algunos años es, justamente, la camiseta de juego. En ocasiones observamos que esta tendencia carnavalesca resulta más elaborada que el mismo gol; pero no es más que una manifestación proporcional a la dificultad, cada vez mayor, para anotar actualmente dentro de un partido de futbol.

Los elevadores son puntos de reunión donde usted no quisiera encontrar a un grupo de futbolistas. Por lo general, el elevador es un espacio incómodo donde se juntan extraños que, en los segundos que dura el trayecto, desvían la mirada hacia los numeritos que indican el piso, porque en algún lugar hay que poner los ojos, pero no en el prójimo.

Alguna vez tuve un compañero que llevaba a cabo una práctica muy singular con estos aparatos tan bien surtidos: él sabía abrir el servibar del hotel donde nos concentrábamos sin que lo notaran los inspectores. Se tomaba un whiskito y rellenaba la botellita con orina…jamás lo descubrieron, pero no dejé de imaginar la sorpresa del siguiente bebedor.

Un día fuimos conducidos a poner los pies sobre la tierra y, al momento de hacer contacto, se desvanecieron los sueños. Si acaso a estas alturas aparecen, los psicólogos les llaman visualización, negándose a aceptar las regresiones que de pronto somos capaces de sentir, cuando en el cuarto del hotel nos aventamos hacia la cama en pos de un balón invisible, cuando por los pasillos del hotel brincamos para descolgar un centro que tiene forma de lámpara, o cuando dominamos en el vestidor una bola de tela adhesiva para agarrarla de volea como remate final.

Cada deporte tiene un receso, una pausa o un entretiempo; porque cada actividad cotidiana requiere de un receso, cada cosa de pausas y cada manifestación de la naturaleza muestra entretiempos: cuando el niño comienza a llorar, sabemos que tras el receso de tomar aire, viene la parte más escandalosa; el elevador hace una breve pausa antes de abrir sus puertas y las olas, las bellísimas olas del mar, nos muestran un entretiempo antes de atacar de nuevo la playa.

La fe es una actitud del hombre ante Dios y la vida. El hacer oración no es un recurso ante la necesidad, sino una actitud ante Dios.

Los malos futuros son peores que los pasados porque nos torturan ya con su temor desde ahora mismo.

A lo largo de nuestra vida somos acompañados por objetos que se niegan a abandonarnos, aunque de inicio no sean significativos. Pasa ños, mudanzas, limpiezas, accidentes y ahí siguen, los hemos conservado sin la mejor intención y un día comenzamos a prestarles verdadera atención. Si antes tenían alguna utilidad secundaria, la supervivencia incrementa considerablemente su valor afectivo y, el día que desaparecen, entonces duele.

Desgraciadamente es una realidad que muy pocos futbolistas aprovechen la oportunidad de conocer la parte cultural de los lugares privilegiados que el fubtol da la oportunidad de visitar. Es más importante conseguir el regalito para el pariente que profundizar en la historia o los monumentos, a sabiendas que el conocimiento permanece y el regalito pronto desaparece.

La casa que habitamos, sin importar si somos propietarios o no, es nuestro confidente, nuestro depósito de amarguras y nuestro contenedor de festejos. Nos conoce tal cual somos. Conoce nuestra vida privada, pública, íntima y secreta, además de manejarla con absoluta discreción eterna. Dice Bruckner que “cuando lo deseable se convierte en posible, se integra de inmediato en la categoría de lo necesario”. Así que, al llegar a una nueva casa, no podemos dar por terminada la mudanza sino hasta que la televisión por cable e internet han sido recontratados y reinstalados y hasta que la lavadora y la secadora han sido reconectadas. Estas “necesidades” adquiridas, junto con algunas otras tan secundarias, incluyen el constante ruidos del timbre que demanda abrir la puerta a técnicos, plomeros, carpinteros, electricistas, cortineros o jardineros.

Ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal.

La solución de unos es el problema de otros y así vemos a quienes piensan intensamente en lo que viene y a quienes prefieren pensar en lo que pasó.

Esta lesión ha sido un fondo de retiro a la inversa que, sin saber, pacté con el futbol profesional, y que hoy acepto sin reclamos. Cada una de esas caídas, en cientos de estadios, miles de veces en decenas de campos de entrenamiento, feron un pequeño martillazo a la zona lubar. El saldo me indica, luego de la crónica médica sobre la prolongada intervención quirúrgica, no sólo que visité el suelo infinidad de veces; sino que 15 años dentro del alto rendimiento lo convierte a uno en un paciente singular, duro de penetrar en huesos, músculos y tendones.