Arde la calle

Fabrizio Mejía Madrid

Arde la calle

Arde la calle


A través de objetos o conceptos icónicos de la década de los ochenta (el walkman, el cubo de Rubik, el derrumbe o la huelga), el autor nos brinda una novela que describe cómo es que los personajes vivieron esos años, sin dejar de notarse un dejo de autobiografía entre quienes también compartimos esa época. Calificación de 8.

Turgente: Abultado o hinchado
Hierático: Que es solemne e inexpresivo, se mueve poco y no exterioriza sentimientos.

Toda familia es una forma peculiar de la tristeza.

Un día despertaremos en la abundancia, y nos hartaremos de ella, aunque después sobrevenga el desastre.

Supuso que así funcionaba el deseo: alguien te lo señala antes de que lo quieras.

A la plaga ya no le gustaba bailar, ahora lo consumía todo, suspendiendo tus defensas del mundo, de la fiebre, la diarrea, los sarcomas, lo hongos. La generación anterior sólo debía buscar un lugar para quitarse la ropa. La tuya tenía que otear una farmacia cercana. Del sexo libre habíamos pasado al sexo seguro. Una vida sin tocar al otro, sólo al látex. Nos habían jodido el futuro y, ahora, también el sexo.

La idea de besarte y subirme en ti. Esa idea valía la pena ser sudada de vergüenza y miedo en el mostrador de la farmacia para pedir un “preservativo”, porque la sola palabra “condón” ya contenía una atrocidad, una vulgaridad y un desacato. No había duda para el despachador de la farmacia. Sus ojos cambiaban de tono en cuanto sabía que tú, el cliente, tenía una cita y fantaseaba con tener sexo. Lo veías en sus ojos, en una sonrisa a medias, entre cómplice y burlona –así que vas a ver si hoy tienes suerte-, que él se enteraba de tus maquinaciones, de las ideas que tenías para esa tarde. Y sudabas y tenías culpa de pedirlo, pero tú lo valías. Toda esta angustia era para ti. Lo que pensara el despachador de la farmacia, con su ridícula bata blanca –como si fuera un médico- lo valías. Lo merecías todo porque era mejor indagar tu saliva y tu calor que pasar una era en el hielo, en una nueva glaciación.

-Pónganse las máscaras de Halloween, cabrrrrones-dijo en español afrancesado el jefe.
-Pero si nos ponemos las máscaras nos van a reconocer.
-Qué tontería –respondió el francés-. Para eso son las máscaras, para ocultarse.

Cuando una vida se va por un vertedero siempre lo primero que se pierde, que se ausenta, son los dientes, como si la capacidad de morder se fuera cuando más se le necesita.

Una línea es una secuencia infinita de puntos –explica el profesor de matemáticas. Con fuerza toma el gis en el borde del dibujo de un punto y lo sigue por todo el pizarrón. Infinita –dice casi gritando pero el cigarro ha hecho sus estragos en las cuerdas vocales. Y entonces sucede lo insólito: el profesor de matemáticas continúa la línea infinita de puntos a la pared, doble la esquina, sigue por la del costado, llega a la puerta negra que queda rayada por la línea blanca y sale al patio. Los alumnos, asombrados, intrigados, siguen a su profesor de matemáticas por las paredes del patio. Ven como el gis sigue trazando la línea por las paredes de los demás salones, los de secundaria, los de primaria. Cómo raya las paredes de los patios y del estacionamiento, de la dirección y del mantenimiento. – Infinita –va repitiendo más para sí que para los demás -. Infinita. El profesor de matemáticas raya la puerta de entrada de la escuela y sale a la calle. Los alumnos, detrás, preguntándose qué está ocurriendo. Él, sin voltear atrás, va trazando su línea por las bardas de las casas de junto, la gasolinera, la tienda de abarrotes, hasta que llega hasta avenida Insurgentes. Nunca lo volvieron a ver.

Pensó en llamar a su madre que todavía vivía en la Unidad Latinoamericana pero los teléfonos no servían. La ciudad estaba comunicada solo por el radio: -La señora Irma García de la colonia Postal, manda decir a su tía, la señora Gaytán de Contadero, que todos están bien.

Estuvo años entre ellos, de marcha en marcha, de mitin en mitin, de reunión informativa al desánimo de ver que a los diez mil solicitantes se les unían cada semana otros miles que no tenían casas, no por el temblor sino porque nunca las habían tenido.

-A mi pueblo en Oaxaca –recuerda que le dijo uno de los damnificados del Parque Joaquín Pardavé en la colonia Narvarte- le dotaron hace unos años de tierras ejidales de cultivo. ¿Y sabes qué? La mitad de las tierras quedaban debajo del mar. Así trabajan sus planes estos cochinos: desde una oficina con un lápiz y un mapa mal hecho.

Se trataba de desalojar a gente que dormía en unas bodegas que les subarrendaban ilegalmente. Según el notario del desalojo de la gente era porque ese espacio sólo tenía permiso de alojar mercancías, no gente. Las ciudades, el mundo, se estaban convirtiendo en lugares donde lo ilegal era la genta, no los objetos.

Pero las chicas querían sus camisetas del Mundial, entusiasmadas por el evento internacional que no había suspendido ni un terremoto ni menos lo pobres que insistían en quedarse en una ciudad que no los quería, que les había derrumbado todo lo que poseían. Ellas veían las camisetas verdes con el bordado de la mascota de los juegos, “Pique” (un chile con un sombrero), y jamás pensaron de dónde venía semejante objeto. En realidad lo fabricaban las costureras e San Antonio Abad. Las chicas de centro comercial se probaban las camisetas verdes, con los colores de la bandera, y jamás se les ocurrió que quienes las habían hecho con sus manos estaban muertas. Las chicas con sus coletas alegres, sus zapatillas ligeras, sus vestidos hampones no se imaginaban que la ropa de marca que vendían Liverpool, Palacio de Hierro, París-Londres y Sears se confeccionaban en los oscuros y aceitosos talleres de San Antonio Abad que se habían derrumbado con costureras adentro. En empresas de ropa que cambiaban cada seis meses de razón fiscal para no pagarle a sus trabajadoras el seguro social.

Hay muchas cosas que no se pueden volver a pegar –dijo el rescatista encogiéndose de hombros en medio de las ruinas de la ciudad.

-El papel de Estado en la crisis que hemos tenido se puede explicar con sencillez: utilizamos recursos del pueblo para evitar pérdidas patrimoniales de banqueros y capitalistas. A los viejos empresarios, como los de Monterrey, les habían prestado millones de dólares para que no quebraran. Luego, les habían vendido empresas estatales subvaluadas y casi llevadas a la quiebra. Más tarde, los rescataríamos de sus dispendios y fracasos como empresarios. Pero la autoimagen era otra: todos, salvo el gobierno, éramos “iniciativa privada”. Todos nos podíamos- enriquecer en la Bolsa Mexicana de Valores.

-Es lo mejor que podemos hacer. Era el argumento de la venta del Estado, de la quiebra de empresas, de que los nuevos dueños fueran igual de ineficientes y corruptos que los anteriores: era el argumento de siempre. No hay de otra. Es lo mejor que conseguimos. Tómalo o déjalo. Igual ya se decidió así. Vive con las consecuencias.

En el instante en que, en su casa, sonaba el teléfono, él se sentaba en un sillón de la Secretaría de Hacienda con De la Vega Domínguez que le pedía “una aportación” para la campaña de Salinas de Gortari: -Tómalo como inversión, Carlos –le dijo con sus ojitos verdes el presidente del Partido, acompañado del subsecretario de Hacienda-, quién sabe cuáles empresas paraestatales se vayan a vender en el otro sexenio. A lo mejor te interesará alguna y nosotros sabemos cuida a nuestros aliados. ¿O no?

Cuarenta y seis por ciento de las casillas del 6 de julio de 1988 nunca fueron contadas. El representante de la derecha en Gobernación, Diego Fernández de Cevallos, dijo después de las seis y media de la tarde: “Se cayó el Sistema”, refiriéndose a que los datos electorales habían dejado de fluir. Las órdenes del presidente Miguel de la Madrid, a su secretario del interior, Manuel Bartlett, fueron precisas: -No diga que va ganando Cuauhtémoc Cárdenas porque si luego hacemos ganar a Carlos Salinas de Gortari, nadie nos va a creer.

¿Por qué cuando uno obtiene lo deseado, ya no es más algo deseable?

Yo había pensado decirle que ella era como los mismísimos años ochenta: presumía que quería un cambio pero todos sabíamos que iba a terminar con un licenciado, muy trajeado, y con los zapatos relucientes.

Me pregunté todo el rato si son esas historias de cuando acabas de conocer a alguien lo que realmente somos, si nos constituyen de tal forma que terminas por ser lo que narras a los demás. Que llegas al punto en que te extravías entre tus propias historias que te sepultan.

Tras un tiempo uno ya no sabe por qué atesoró ciertos objetos. Por qué frecuentó a ciertas personas. Un día descubres que en el cajón de lo memorable –el que sólo abres para decirte que tu vida melancólica debió valer, alguna vez, la pena- hay boletos de avión a una ciudad que no recuerdas, de concierto de una banda que ya no te gusta; o cajas de cerillos que ya no encienden, monedas extravagantes fuera de circulación, y tus credenciales de los distintos años en las escuelas de las qye ahora no solo guardas, ni siquiera, el recuerdo de una clase, menos del nombre de tus compañeros. Con la gente es un poco distinto. Primero, se te olvidan sus voces, luego sus rostros y, hasta el último, por qué necesitabas oírlos y verlos. Sucede con los meses, con los años. El tiempo borra las ilusiones sobre sí mismo y un día sientes que has vuelto a empezar. Las preguntas en ese momento son otras. ¿Qué habrá pasado con esa persona? ¿Dónde vivirá y si estará acompañada o sola? ¿Será feliz? ¿Cómo se verá y escuchará ahora?

Nuestras pérdidas lo son en la medida en que inoculan el futuro. Lo perdido nunca se recupera pero deja sus estelas, nebulosas, difusas, empapadas en vapores, a veces dulces, casi siempre avinagradas, por el resto de las vidas de quienes lo frecuentaron.

¿Quién dice que los pretextos para emborracharse tienen que ser legítimos?

Las ilusiones desaparecen más rápido que los objetos y las personas.

-¿A veces piensas en nosotros? –me arrepentí mientras hice la pregunta.

El socialismo, en el que realmente nunca creímos –los que lo vivían, lo padecían; los que lo apoyaban sólo lo imaginaban- se había terminado con picos, martillos y sierras eléctricas.

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Disparos en la oscuridad

Fabrizio Mejía Madrid

Disparos en la oscuridad

Disparos en la oscuridad

Con una excelente prosa, mezcla de ficción y realidad, Mejía Madrid desgrana la vida y obra de Gustavo Díaz Ordaz, un político en cuyos orígenes se explica mucho de su proceder como burócrata, y que reflejó en su máxima expresión cuando ocupó el más alto puesto de la política mexicana. Es además una buena radiografía del poder, de cómo se maneja la política en México, en los años en que el Partido hegemónico era ley. Aunque a pesar del tiempo no creo que las formas hayan variado mucho. Calificación de 10.

El poder tiene la facultad de atemorizar a quienes se apoderan de él por métodos espurios, antes incluso de aterrorizar a quienes en principio debieran estar destinados a sufrirlo. Guglielmo Ferrero.

La derrota de los republicanos españoles es mantenida por México como mantiene la memoria de todos los derrotados de su propia Revolución: Madero, Pancho Villa y Zapata.

-Carlos Fuentes renunció a la embajada en Francia, licenciado…
-Fuentes se erige en juez de acontecimientos que no presenció. Yo no sabía que él estaba aquí en México en esos días. Si hubiera estado, quizás hubiera ido a la cárcel y no fue. Y no fueron centenares de muertos. Hubo algunos, no centenares. Tengo entendido que no pasaron de treinta y no llegaron a cuarenta, entre soldados, alborotadores y curiosos.

Sabrá que es muy fácil ocultar y disminuir –dice Díaz Ordaz-. Que se hicieron desaparecer cadáveres, que se sepultaron clandestinamente, se incineraron. Eso es fácil. No es fácil hacerlo impunemente, pero es fácil hacerlo. Pero los nombres no se pueden desaparecer. Si hay un nombre, que lo pongan en una lista. Ese nombre corresponde a un hombre, a un ser humano que dejó un hueco en una familia. Hay una novia sin un novio, una madre sin su hijo, un hermano sin hermanos, un padre sin hijo. Hay un banco en la escuela que quedó vacío, hay un taller en la fábrica, en el campo, que quedó vacío. Si hacen la lista de los muertos, no voy a admitir nombres inventados, que cojan dos o tres páginas del directorio telefónico. Vamos a comprobar dónde está el hueco porque el hueco no se puede destruir. Cuando se trata de destruir un hueco de esos, se agranda. Porque, para que no se quede un hueco en una familia, habría que acabar con la familia entera. –Pero el 2 de octubre ensombreció a México… -No a México. Ensombreció a unos cuantos hogares mexicanos. Y no vine a dar una clase de historia. Mire muchachito –Díaz Ordaz se le queda viendo fijamente al reportero José Reveles de la revista Proceso; para él es un universitario imberbe con un cuadrado que debe ser una grabadora-, estoy muy orgulloso de haber podido ser Presidente y haber podido así servir a México. Pero de lo que estoy más orgulloso de esos seis años es del año de 1968 porque me permitió servir y salvar al país, le guste o no le guste -reacciona al gesto de desprecio del reportero- con algo más que horas de trabajo burocrático, poniéndolo todo: vida, integridad física, horas, peligros, la vida de mi familia, mi honor, y el paso de mi nombre en la historia. Todo eso se puso en la balanza. Afortunadamente salimos adelante. Y, si no ha sido por eso, usted no tendría la oportunidad, muchachito, de estar aquí preguntando. –Usted salvo a México, ¿de qué? –pregunta el muchachito. Del desorden, del caos, de que terminaran las libertades de las que disfrutamos. Quizás usted estaba muy chavito y por eso no se dio cuenta. –Pero hay un país antes y después de 1968… -Para mí, México es México, antes y después de Tlatelolco, esta plaza cercana –dice Díaz Ordaz, viendo las persianas del Salón Magno en Relaciones Exteriores moviéndose con los ventiladores-. Es un incidente penoso, pero México ya existía –y mira a los periodistas como una sombra compacta-. Yo les puedo decir a ustedes que a España va un mexicano limpio que no tiene las manos manchadas de sangre. Hubiera querido borrarlos a todos: a los reporteros, a los estudiantes, a sus familia. Limpiar, arrasar con todo. Quedarse solo en su ceguera, después de mirar que los españoles que creyó que lo festejarían como primer embajador de México, en realidad, le decían “asesino”. Gustavo Díaz Ordaz se levanta, exasperado, todavía con la pistola en la mano. Suda, siente la camisa pegada al cuerpo. Piensa en tacos de nopales y chilaquiles, platillos que no existen en ninguna parte de Madrid. Habla con el mayor Bellato: -¿Siguen ahí? –¿Quiénes?- le pregunta el militar, asomándose a la ventana-. No hay más que árboles.

No tenía amigos médicos porque los había encarcelado. Ni amigos ferrocarrileros, porque los había mandado golpear y arrestar. Ni maestros, ni telegrafistas, ni universitarios. No le tenía confianza a ningún gremio: todos habían atentado contra la paz y la estabilidad de su gobierno. Los primeros en hacerlo fueron los médicos. Habían estallado una serie de paros en los hospitales públicos del país a sólo cuatro días de su toma de posesión como Presidente de la República.

Yo no le digo nada a los sindicatos –explica Díaz Ordaz-. Eso lo deciden otras autoridades. Yo estoy aquí platicando con ustedes para cuidar la calidad de Presidente electo. Pero sí les digo algo, doctores: fuera del Partido no hay sino la muerte. La entrevista fue por lo menos tensa. Al cerrar la puerta los médicos, Díaz Ordaz llama al procurador de Justicia: -Acuse a los médicos de homicidio. Empiezan los despidos, pero los médicos se adelantan: renuncian a sus puestos en los hospitales y ofrecen consultas gratuitas en sus consultorios particulares. Es una idea de Ismael Cosío Villegas que apoyará al rector de la Universidad Nacional, el cardiólogo Ignacio Chávez. Cosío será despedido de su plaza de profesor universitario después de treinta y ocho años de tenerla. A Chávez se le hará renunciar a la rectoría de la Universidad Nacional un año después de que apoyara a los médicos. La noticia la dará su jefa de prensa, la escritora Rosario Castellanos. Ahora el doctor francés le está tomando placas radiográficas para saber por qué le sale sangre del intestino. Díaz Ordaz mira el techo iluminado, blanco: es un lugar donde se espera la salvación inmediata. Los médicos tienen esa aura de santos que nos curan, esa mano salvadora. Y cuando no pueden, te exigen resignación.

-Que el presidente López Portillo andaba muy ocupado llevando y trayendo el avión presidencial a París con el piano de su esposa y, luego, lo voló de regreso a México sólo porque se le había olvidado el perro y le querían medir un collar de diamantes en Chanel. Cerraron la tienda para la comitiva presidencial. ¿Cómo iba a tener cabeza para pensar en su embajador en Madrid?
-Exacto y el otro ex presidente. – Tu amigo Echeverría. -No es mi amigo. Ese hijo de la chingada no es mi amigo: yo acepté la responsabilidad por Tlatelolco, pero nunca la culpa. La culpa fue de todos, hasta de Agustín Yáñez, que tenía que haber hecho algo desde la secretaría de Educación. Y luego Echeverría se lava las manos y hace un minuto de silencio “por los caídos”.

Los sacerdotes, desesperados por el ambiente anticatólico desatado por el enfrentamiento entre la iglesia y el presidente Plutarco Elías Calles, obligan a los estudiantes –de los que Gustavo es uno de los mayores, casi debería estar en la preparatoria pero apenas cursa el sexto año- a sacar piedras y polvo del suelo para construir un túnel que conecte el Colegio Salesiano con la Catedral. Para Gustavo la idea del túnel es toda una revelación: hay formas de hacer cosas sin ser visto, la ley humana puede doblarse, todo es cuestión de saber hacer el túnel, hay una ley por encima de las leyes, una voluntad por encima de las voluntades, un poder sobre los demás. Durante semanas los alumnos del Salesiano son obligados a ser mineros. A Gustavo no le importa, de hecho es uno de los más entusiastas: le satisface demostrar que se ha esforzado para luego, humildemente, recibir la aprobación del padre Fulgencio Ramos, el director del colegio. Sus compañeros no le satisfacen: unos le dicen cosas como “ey, Gustavo, ya termínate el pozole”, o, “Gustavo, bájate del caballo”, en referencia a su hocico animal lleno de dientes como granos de mazorca, y los otros, los tímidos, los pobres, los indios, no le importan. Gustavo quiere pertenecer a los que son sus iguales por derecho familiar: los herederos de un gobernador de Oaxaca o de un político poblano prominente.

Gustavo odiaba a Jesús Reyes Heroles porque les había avisado a los estudiantes lo que iba a suceder en Tlatelolco. Afortunadamente no le hicieron caso.

[López Mateos decía] “el que no tenga un amigo Libanés, que se consiga uno”. En el caso de Díaz Ordaz era Salim, el abogado de la policía del Distrito Federal durante la regencia de Uruchurtu, y a quien él había nombrado director de guanos, un año antes de que se casara con su hija. Había sido casi una broma, pero Salim había hecho una fortuna de los guanos, de la mierda de los murciélagos, de la mierda de las gaviotas, de la mierda a secas. –Sólo así se hace dinero, suegro –le había dicho Salim en una ocasión-: metiendo la nariz hasta el fundillo del mundo. Luego se respira profundo, profundo, hasta llenarse los pulmones, y así, con el tiempo, ya cuando ni arrugas la nariz, se llenan las cuentas del banco.

Puebla de los Ángeles o Puebla de Zaragoza, según la historia que se prefiera. De los Ángeles quiere decir que es una ciudad vista en un rapto místico por un colonizador español, Julián Garcés, que en 1531, ve en un sueño la traza de una nueva ciudad sólo para los españoles, sin indios, sin México, la ciudad ideal que los ángeles desean para sí. De Zaragoza es la del general, Ignacio, trescientos años después, derrotando, durante el 5 de mayo de 1862, la invasión francesa a México. La ciudad de Puebla, la ideal, la de los puros ángeles, siempre quiso estar en un lugar distinto al resto de México: a favor del emperador Maximiliano y del ejército francés. Zaragoza, el general que ayudó a derrotar franceses, le recomendó a Benito Juárez quemar la ciudad, acabar con ella, borrarla de los mapas y volver a empezarla, no soñada por un místico, sino proyectada como libera: “Puebla es una vergüenza. Celebraron nuestras derrotas y cada victoria de los franceses. Hay que quemarla”. Pero Juárez no hizo tal cosa. Simplemente le infligió el apellido de su libertador.

Acepto que se reciba con una tesis sobre “el derecho de queja”, pero no es la queja lo importante, sino el derecho. La Revolución se hizo para que la queja se ajuste a lo que hay. Y lo que hay es, casi siempre, nada. Tiempo después, Díaz Ordaz adaptaría esa idea a una frase propia: “Los principios no existen, sólo los pactos, en el caso extraordinario en que uno se viera obligado a pactar”.

Los Camisas Doradas creían que Hitler dejaría vivos a los mexicanos porque tenían un origen puro, al igual que los arios. Si tan sólo se exterminara a los judíos, chinos y protestantes, el país sería, de pronto, un contingente militar bien ordenado, próspero y limpio. Creían que la conjura contra México la habían encendido los obreros sindicalizados, los zapatistas descontentos, los cardenistas y su “educación socialista”. Todos conspiraban contra la Unidad desde las fábricas, escuelas, ejidos y, con el general Cárdenas desde el mismísimo Palacio Nacional. Para evitar esos peligros estaban ellos, los Camisas Doradas, que traducían a términos universitarios el desalojo violento de los judíos de La Merced en 1931, y la resistencia a la llegada masiva de españoles “rojos” que traían en sus baúles la desestabilización para un México en paz: “el catolicismo hace de México una isla en medio del caos”, decía el rector Márquez desde su silla labrada. Traducción en la cabeza de aquel mediocre estudiante de Derecho: los que no sean católicos no son mexicanos. El rector Márquez habría cabalgar hacia atrás los temerarios de la universidad poblana introduciendo, de nuevo, materias como “Piedad” y “Vida de los Santos”. Al menos en el año en que resistió como rector, antes de que los estudiantes se rebelaran. A Gustavo lo recibió, como una deferencia, en marzo de 1937, en su oficina del edificio Carolina: -Me viene usted altamente recomendado por mis compadres Maximino y Gonzalo Bautista- le dijo, solemne, la papada que se agitaba con cada frase-. ¿Qué piensa hacer ahora que fue abogado? –Casarme y trabajar para el bien común, como todo buen católico –respondió Gustavo. Ya dominaba el arte de decir lo que los superiores quieren escuchar. –Pues apúrese, porque usted ya es abogado. Exculpado de sostener su tesis frente a un jurado, Gustavo entró pasante y salió licenciado. Pero, antes, se le exigió un favor. En política no hay regalos, sólo intercambios.

Por la mañana el gerente del rancho de Rosendo Cortés lo alcanzó mientras preparaban los caballos para ir de regreso a Teziutlán y, luego, a Puebla de los Ángeles, a informar “que la posible toma de tierra del Gobernador había tomado un cauce legal”. El gerente de la hacienda de Cortés le extendió una hoja doblada en cuatro. –Se la manda el patrón. Gustavo la abrió. Era un acta de nacimiento suya donde se decía que había nacido “vivo” en Chalchicomula, no en Oaxaca, no en el pueblo de los sepulcros, sino en el de los ángeles. Se sonrió, mirando a una Aurora ocupada en trapear el frente de la casa. Ahora era poblano. Era como si Díaz Ordaz regresara al sitio donde la Revolución los avasalló, los pulverizó y los hizo huir. Al que ahora Gustavo regresaba para cobrar su venganza.

El desenlace de una historia no tiene atajos. La ley no se rebasa a sí misma. Y mientras llegaba el Paraíso: a aguantar y a aplicar las leyes vigentes. Entre la violencia latente de los pobres y la ostentación de los ricos, sólo estaban ellos, el Grupo. Había que apoyar a los ricos para que generaran empresas, haciendas, escuelas católicas y, aguantar a los necesitados, decirles que no dejarían de serlo pronto y que más les valía trabajar duro y resignarse.

Jenkins era alguien cuyo sólo nombre inspiraba pesadumbre, reverencia o miedo. Los únicos gestos que desatan la percepción de que alguien tiene el poder.

Y Gustavo, pecho a tierra dentro de la camioneta, pensaba “a esto suena la justicia, a esto huele la ley, así se oye el Estado de Derecho”. A pólvora, a disparos, a incendios.

Las cosas que se asientan por escrito son más reales que los acontecimientos, recuerda sus enseñanzas en la Puebla de Maximino Ávila Camacho. Una cosa asentada en actas es la realidad de lo que ocurrió. Es el truco de la memoria, es decir, de la inexistencia.

–A eso debemos aspirar, Gustavito –le dijo Maximino a Díaz Ordaz un día de visita en la oficina de Conciliación-. Los electos se eligen, antes de la elección, por mí. Es una feliz conciliación: los votan todos, pero los elijo yo.

Al siguiente año, 1940, su candidato a la gubernatura, su compadre Gonzalo Bautista, gana por 230 mil 235 votos contra cero de su contrincante fuera del Partido, el general Rubén García. -¿Cero?– le dirá Gustavo en la fiesta de la victoria-. O sea que, ¿ni el general García votó por sí mismo? –Así de grande es mi poder de convencimiento- responderá Maximino, eufórico, pero sin poder carcajearse. Ese mismo día, su hermano, Manuel Ávila Camacho, ha ganado la Presidencia de la República. Si bien a Gustavo le consta que Maximino nunca estuvo de acuerdo con que su hermano fuera candidato del Partido al puesto más alto del país –“pero si no ha sido ni regidor de Teziutlán. Esa candidatura debería ser para mí” o “mi hermano no puede ser Presidente de la República: es un bistec con ojos”-, sabe también que el Jefe de Jefes en Puebla hizo todo lo posible por sumar diputados, caciques, industriales, hacendados y organizaciones, como la de los paleteros, en apoyo a su hermano, A los que no quisieron cooperar, los asesinó. A los que sí, les impuso El Pacto, firmado el 3 de enero de 1939 –todavía ciegos de coñac por el fin de año- con los “allegados”, como Gustavo Díaz Ordaz y los diputados de la XXXII Legislatura de Puebla: Uno. La única orientación que se reciba en materia política y social será del Jefe Nato del Avilacamachismo, Maximinio. Dos. Los firmantes se comprometen a responderle en la forma en que las circunstancias lo requieran, con lealtad cooperación y disciplina. Tres. Formarán un grupo cerrado que excluirá de los asuntos políticos a los no nacidos en Puebla. Gustavo lo firmó con su acta de nacimiento falsificada. La inexistencia era una mera cuestión de papelería.

El poder no se pregunta por cómo llegó ahí –es más, borra su pasado, lo limpia, lo altera, lo purifica-, sino por cómo se ejerce aquí y ahora.

-Para ser el próximo Presidente de México, necesito una secretaría de Estado- dijo y enfiló una caravana de autos desde Puebla hacia la Ciudad de México. Sin nombramiento de su hermano, el presidente Manuel Ávila Camacho, Maximino llegó con doscientos automóviles y motocicletas, armado con una metralleta Thompson. Iba disfrazado con zapatos de charol y sombrero de fieltro andaluz. Como si fuera a una de sus tientas de vaquillas, rodeó el edificio con pistoleros y entró. Detrás de él, los “tinterillos”, abogados, como Gustavo, que tenían instrucciones de “recibir” del secretario, Jesús de la Garza, la oficina. La secretaria, Trinidad, Pascualón, el chofer y El Chorreado, su guardaespaldas, entraron detrás de ellos. Gustavo escuchó a Maximino decir: -Mientras le aviso a mi hermano de mi nombramiento, quiero que este cuarto tenga una cama redonda de espejos. –¿No te nombró el Presidente?- preguntó Díaz Ordaz, todavía genuinamente asombrado. Era joven. –No, pero ahorita se entera- le respondió Maximino dando órdenes con un puro desde su nueva silla labrada de ministro.

Gustavo había desarrollado una segunda piel para las contradicciones de la realidad mexicana: impartir Derecho para un alumnado que muy probablemente acabaría torciendo la ley para avanzar por la senda del éxito económico. En medio, quedaba la gente. Al carajo con la gente. –Si ustedes quieren torcer la ley –solía decirle a los alumnos-, más les vale que la ley no se entere. Se reía solo, de su ingenio.

Si bien Gustavo había oído al gobernador Bautista referirse a la masonería de Lázaro Cárdenas o al comunismo de su secretario de Comunicaciones y Obras, Francisco Mújica, para La Vanguardia los enemigos de México vendrían del extranjero en forma de caos, desmembramiento de las familias, penetración de costumbres “modernas” en el islote de la mexicanidad.

Todo lo que recibió el general Cesáreo Castro fue un aplauso de la Cámara de Diputados, en reconocimiento efímero a su lucha en la Revolución. Escaños para los amigos; a los reconocidos, un sentido aplauso. Así se iban los revolucionarios y llegaban los licenciados. Otros, como Antonio Ulíbarri, que fue declarado –con el voto de Gustavo Díaz Ordaz- diputado por el distrito décimo en la Ciudad de México, sólo porque era dueño de una cantina, La Cabaña, en el poblado de Magdalena Contreras. Y en esa cantina bebía, apostaba y gozaba el presidente Manuel Ávila Camacho. En 1943 se iban los méritos de batallas ganadas y entraban los contubernios. Era un momento para subir a la tribuna a decir lo primero que se te viniera a la cabeza; el poder estaba tan seguro de sí mismo que se permitía cantinflear.

-No se preocupe, mi amigo- le había dicho el senador por Puebla, Gustavo Díaz Ordaz-. Esas cosas se arreglan. Siempre hay modo. En efecto, los senadores acabaron por descartar las acusaciones y le dieron a Adolfo López Mateos su escaño por el Estado de México. “El modo”: por órdenes del diplomático Isidro Fabela. La carta la llevó su secretario, Carlos Hank González.

La reforma para ampliar los alcances del delito de disolución social fueron idea de Miguel Alemán: “Incurre en disolución social el extranjero o nacional mexicano que realice propaganda política, defendiendo ideas, programas o normas de acción de cualquier gobierno extranjero que perturben el orden público”. Era un nuevo delito, aplicable a todos los mexicanos que trataran de leer el libro Cómo hicimos la revolución de octubre, de León Trotsky, en una plaza.

En política, la dignidad es como una pierna rota: nomás estorba.

Gustavo Díaz Ordaz, un destacado ex senador “alemanista” (pero, claro, antes juez avilacamachista, universitario gonzalista, ahora funcionario ruizcortinista).

El poder se deleita en lo absoluto cuando escatima palabras y abunda en acontecimientos en los que se demuestra. El poder no está hecho de palabras, sino de silencios.

Si el Presidente, cuyo papel es cuidar que el rebaño no se descarríe, cree que no hay poderes en Guerrero, debe ser por algo. “Por algo”, se levantan las manos para votar y los diputados se van de día de asueto.

Para deshacerse de su otro gobernador incómodo, Bartlett, manda a Díaz Ordaz urdir un plan que involucre tácticas de desestabilización. El 14 de marzo, desde la Oficialía Mayor de Gustavo Díaz Ordaz se lanza el rumor de que los transportes de Villahermosa subirán de precio. […] Ese mismo día, los estudiantes del Instituto Juárez, más proclives a su ex compañero diputad, Carlos Madrazo, incendian la cooperativa de los camioneros y comienza así una semana negra para el gobernador Bartlett. Al día siguiente, en una manifestación en el Parque Juárez, el ejército dispara contra la multitud y matan a un muchacho. Las siguientes horas son de saqueos, robos al banco de Tabasco, incendios, y atacan los automóviles de la comitiva del Gobernador. Ahí, Bartlett se da cuenta de que no tiene más opción que renunciar: trata de hablar con el presidente Ruiz Cortines, pero la llamada se corta. El 19 de marzo de 1955, un capitán, Ignacio de la Cruz, incendia el puerto de Frontera. La prensa local hace añicos al Gobernador por inútil y éste viaja a la Ciudad de México el 22 de marzo. El secretario del Presidente lo hace pasar con Gustavo Díaz Ordaz: -Más vale que digan “aquí renunció” que “aquí murió”- le dice con sorna. Es un gobernador caído pero al Oficial Mayor no le da pena patear a la gente en el suelo: son los deseos del Señor Presidente. Es lo divertido del poder: ver, sentir, oler, tocar su existencia: los demás agachando la cabeza ante ti, en su inexistencia, dejándose patear, ya fantasmas. Como Maganda, Bartlett, tuvo que hacer una antesala de horas para entregar su renuncia. Ambos, se desesperaron, se sintieron humillados, con funcionarios, soldados, secretarias, que pasaban sin voltearlos a ver, pues ya no existían. El misterio del poder es el de la obediencia. Los dos aceptaron la espera, aunque ya no valía de nada.

El método de designación es lo que se conoce como El Dedazo, el dedo del único elector del país, El Señor Presidente, cayendo sobre alguno de sus subalternos. Como no se conocía el nombre del sucesor hasta noviembre de cada seis años, los “posibles” eran “tapados”, un término que viene de las peleas de gallos: los tapan con toallas para que las apuestas sean ciegas, sin valorar el peso, las garras, el pico. En un Partido encabezado por el Presidente, su elección, era, en realidad, un nombramiento hereditario que, para cubrir apariencias, medir el nivel de lealtades dentro del Partido, pulsar descontentos y oposiciones soterradas, pasaba por unas elecciones generales en las que se convocaba a la ciudadanía a votar poe el Candidato del Presidente y del Partido. Todos trataban de estar con “el bueno” antes de que se hiciera público el nombramiento presidencial. Por lo tanto, si no apostabas por el que ganaría, estabas frito durante seis años. En México, adivinar la voluntad del Presidente se convirtió en la principal lotería. Y se vivía como un juego de una Presidencia Barroca, de un Partido de Masas que dirigía una Corte del siglo XVIII, una monarquía sin descendientes biológicos y sí con ungidos revolucionarios. Había que reconocer cada gesto, cada detalle, cada alegoría del discurso para saber con quién irse, a quién apoyar. Los que adivinaban antes de que se diera a conocer el nombre del siguiente Presidente por boca del Presidente que salí, estaban salvados: eran los leales. Los que nos, no importaba que, después, a toro pasado, dieran su apoyo incondicional y hasta su “afecto eterno”; estaban fuera. Eran considerados menos avezados en el arte de leer los gestos, de no saber ver los signos en algo que se decidía a ciegas.

Cada Presidente, desde el primer día perdía poder frente a los que deseaban sucederlo. Y los que querían sucederlo debían cuidarse del poder absoluto del Presidente que podía sacarlos o alentarlos –dependiendo de qué tan absoluto siguiera siendo su poder- en esa contienda por la sucesión. Después, los ciudadanos, partícipes y ajenos a ese juego de la Corte Barroca, salían a votar como si tuvieran los ojos vendados y debieran, por fuerza, que atinar a la piñata: a refrendar las reglas y al ganador. Igual que en la cúspide de la pirámide del poder, se votaba por quien iba a ganar. Como en una lotería. Este juego barroco que el país jugó siete décadas no era, por supuesto, una democracia, sino una charada en la que todo mundo creía algo sobre México. Los profesionales de la política sostenían que México era esas reglas del juego, su estabilidad, la resolución jocosa a la que habían llegado distintas facciones en diez años de Revolución. Los votantes creían que salir a votar era cumplir una obligación: refrendar la ocurrencia sucesoria del Presidente saliente. No había explicación posible, más que la fe en que con este nuevo gobernante sí nos irá bien. Todos sabían lo que Díaz Ordaz sabia: fuera del Partido no hay más que la muerte. Dentro, hay que jugar el juego de la obediencia y el disimulo. Ése era, como siempre, el caso, cada vez que un Presidente que salía nombraba a su sucesor. Nadie, ni él, sabía por qué. Nunca se habló de razones, sólo se daba a conocer y, entonces, empezaban los elogios, los aplausos, los apoyos al nuevo ungido.

Había cierto gusto en sobrevivir a los demás. Ésa era la historia de la política. Es un cuento de sepultureros. No de héroes, sino de personas que fueron todos los días a una oficina y tomaron decisiones. Que vieron cómo fueron cayendo, a su paso, los demás, los amigos y los enemigos, quienes después, serán parte de la Historia, la que cuenta las hazañas de los que ya no pudieron oírlas porque estaban bien muertos. La narración de la política era justo lo contrario: sobrevivir sin leyenda, por el gusto de ver a los demás caer de bruces en la polvareda. Los caídos, a veces, se convertían en ficciones. Los políticos sólo sonríen cuando se habla de héroes.

Hay una sola regla de la sucesión presidencial en México: un Presidente no le deja un problema al que sigue.

Díaz Ordaz consideraba el negociar y ceder como “unas mariconadas”. A lo que llamaba “pantalones”, era precisamente a lo contrario: no dialogar, no recibir, aplastar.

Tienen garantías para manifestarse, profesor –dijo un Díaz Ordaz afable por primera vez en las tres veces que habían hablado-, pero sólo le pido un favor, profesor, no desquicie el tráfico marchando. Haga un mitin. Le aseguro: el acuerdo para que sea respetada su elección como líder de los profesores de la Ciudad de México es cuestión de Díaz –bromeó para sí-. Sea paciente. Más vale comer nabo que comer ansias, ¿eh? Seguimos dialogando.

En la desazón, dos batallones de granaderos los disolvieron a punta de bayoneta y golpe de macana. Hubo cientos de maestros detenidos. –El mismo Salazar facilitó las cosas: convocó a un mitin y no a una marcha. Un mitin es más fácil de disolver y los tienes a todos ahí, listos para ser aprehendidos –presumió Díaz Ordaz a Echeverría, a quien ya había escogido como subsecretario para la nueva Gobernación. Brindaron con refresco, ya que los dos eran poco dados al alcohol: Díaz Ordaz se quejaba de gastritis y a Echeverría no le gustaba contradecirlo.

Parar los trenes por mejoras a sus empleados –le dice Díaz Ordaz- es egoísta y estúpido porque afecta al país, a su economía, al comercio, la vecindad con Estados Unidos. ¿No pueden protestar de otra forma? –Me puedo parar encuerado en la lluvia –le responde Vallejo-, pero para usted, licenciado, hasta la lluvia es disolución social.

Sería una “firma” de Díaz Ordaz: mañana negociamos, pero te arresto hoy, después de que te dije que mañana negociamos. El poder nunca es en pasado ni futuro, es sólo en el instante. Es su verdadero rostro: no es historia patria ni proyecto de nación: no es lo valeroso que fuimos ni lo felices que seremos. Es sólo un coche sin placas al que te meten y terminas entregando, adolorido en los huesos, en la cara, en la piel, tus llaves, tus dos pesos, tu peine de bolsillo, al custodio de la cárcel.

De pronto, la mirada de Díaz Ordaz capta a un empleado vestido con el uniforme polvoriento del cementerio. Se parece e Rubén Jaramillo, el líder campesino en Morelos. El hombre se agacha para arrancar unas hierbas. Es Rubén Jaramillo y ha vuelto para asesinarlo. Díaz Ordaz saca la pistola. El empleado ya no está. Seguro es Rubén Jaramillo. El único problema es que está muerto. Díaz Ordaz mira al cielo y le cae, de tajo, una nueva certeza: los muertos están volviendo para increparlo, humillarlo y asesinarlo. […] No eran reporteros lo que lo interrogaron en Tlatelolco, sino muerto del 68 que regresaban para burlarse. Lo nombraron embajador en el momento en que volvían los espíritus en pena para que él les resarciera algo. Se lleva las manos a los ojos y se topa con sus lentes. Se los quita. Se talla la cara. Tiene que salir de allí. Rubén Jaramillo lo está cazando. Y tenía fama de buena puntería.

Tenemos argumentos para afirmar que muchas de las cosas que están sucediendo en nuestra ciudad de Puebla, como la toma de la Universidad, están profundamente ligadas a conjuras internacionales, a todo un plan mundial de destrucción de nuestra civilización cristiana, a un titánico esfuerzo de los poderes del mal para adueñarse de nuestra patria. La monstruosidad del comunismo es arrancar a los padres de familia los sagrados derechos que tienen sobre sus hijos y sobre la educación de los mismos. Esa abominación son los libros de texto gratuitos. Os decimos –los sacerdotes mexicanos hablan como si acabaran de desembarcar en América- “con toda la fuerza de nuestro espíritu: mirad la táctica diabólica del enemigo. Desde la Rusia soviética nos mandan sus emisarios.

Esa mañana, entre cigarros y tazas de café negro, Adolfo López Mateos se convirtió en informador de la CIA, bajo el nombre de Litensor. Unos días más tarde se lo comentó a Gustavo Díaz Ordaz: – Todo lo que tienen estos gringos es dinero para repartir. Les das dos o tres datos y te tienen en su nómina. Y podríamos pedirles que, si descubren algo, nos lo avisen. Díaz Ordaz se convirtió en Litempo-1, siendo Litempo el grupo de autoridades mexicanas dispuestas a darle información a la CIA sobre las actividades de los ciudadanos que creían en la Unión Soviética y en la revolución cubana. Con el tiempo, Fernando Gutiérrez Barrios, desde la Dirección Federal de Seguridad fue Litempo-4 y Luis Echeverría sólo alcanzó el número ocho.

Winston Scott, alguna vez un genio matemático capaz de descifrar cualquier mensaje encriptado de los nazis, ahora vivía la vida ebria, lujosa, aventurera, de los poderosos en los años sesenta mexicanos. Así, borracho, asistió a su propia boda en Las Lomas de Chapultepec, en la que las dos máximas autoridades de México eran sus testigos formales. El Presidente y el Secretario de Gobernación, en la nómina de la CIA, exigiendo autos para sus amantes. El decoro en política es que la indecencia permanezca en secreto.

Y empezó a pensar, otra vez, en el cáncer. Decían que la mariguana ayudaba a los dolores, a las náuseas de la quimioterapia, al cansancio de las radiaciones. Se rio. Él que había mandado detener una marcha de hippies en el Parque Hundido en 1967; él, que había militarizado Huautla, Ayautla y Tenango porque hasta ahí llegaban las caravanas de chavos a meterse hongos alucinógenos de la mano de una bruja que se llamaba como su madre, María Sabina; él, que mandó al Estado Mayor Presidencial a desalojar a su propio hijo, Alfredo –al que le decía “El Alfredazo”- y a JimMorrison porque se habían metido ácidos en la casa de Los Pinos. Nada más eso le faltaba: ahora compraría mariguana para los achaques.

Era un político del país ensimismado que describiría Octavio Paz en El laberinto de la soledad, libro que a Díaz Ordaz le parecía que denigraba a los mexicanos. Y es que no hablaba de México, sino de los priístas, de los licenciados enjutos, de los ingenieros taimados, de los artistas acomodándose en el presupuesto con cada nuevo sexenio. Del rencor, la obediencia y el favor. Los tres pilares de la política mexicana.

La enfermedad de López Mateos fue el boleto de Díaz Ordaz para la candidatura del Partido. Él era quien había llevado las decisiones que López Mateos simplemente no estaba en condiciones de tomar, tirado, doliéndose del cerebro. Y López Mateos nunca lo ocultó como es la costumbre en el “tapadismo”.

Miles de venganzas más: suspender a una comediante de la televisión que confundió a Díaz Ordaz con Porfirio Díaz. Y el 23 de junio de 1966, cerrar El Diario de México porque había publicado en portada una foto de él con los sindicatos y una foto de dos gorilas recién llegados al zoológico: los pies de foto fueron invertidos por error. Al día siguiente, el periódico desapareció. El punto de los enemigos en la cabeza de Díaz Ordaz mientras se atragantaba de confeti en su nominación era ése: las humillaciones.

“La Convención Nacional elegirá al candidato que apoye al Partido”. Y la Convención se reunió diez días después del “destape” de Díaz Ordaz. ¿Quién era el Partido?, era una pregunta que variaba con los meses: a veces los poderosos caían en desgracia y, otras, subían. En medio de ese sube y baja, el Partido era una ocurrencia del Presidente en turno. Lo que a él se le ocurría una tarde: el que debe sucederé es… Corona del rosal era autor de la regla que permitía que una ocurrencia se convirtiera en unanimidad. Se votaba por quien ya había sido elegido. ¿Quién lo había elegido? El enfermo presidente saliente y un artículo redactado por Corona del Rosal.

Así que, desde la toma de posesión, Díaz Ordaz se sintió inseguro. Un movimiento en falso y se destaparían las ambiciones, los juegos dobles y triples, las conjuras, las burlas. Visualizaba un mundo de dolor para él. Sus primeras palabras con su gabinete fueron: -Aunque no lo crean, desde hoy van a empezar a candidatearlos para ser los próximos presidentes de México. Les pido que no se me adelanten. –Como le digo, licenciado- respondió Echeverría a solas en la oficina de Palacio Nacional-. Hay que atacar lo que se apoya y apoyar a lo que se ataca. –O como sigo yo –terció Díaz Ordaz-: primero, chíngate a quien quiera quitarte la silla, luego, a quien te la dio.

Pero lo que nunca calculó Díaz Ordaz era que la Ciudad de México no era Atenancingo. Los estudiantes de clase media no eran los obreros azucareros. No se dejaban. No se arredrarían ante una orden de militarizar los planteles de la universidad, como había sido el sueño de Gonzalo Bautista y de su vicerrector Díaz Ordaz en Puebla. El 31 de julio, al día siguiente, el rector de la universidad, Javier Barros Sierra, suspende las clases e iza la bandera nacional a media asta, en señal de luto. La Universidad Nacional, el Politécnico Nacional, Chapingo, La Salle, El Colegio de México, la Iberoamericana se van, todas a la huelga.

-Si libero a los presos políticos, acepto que no son delincuentes –reflexiona Díaz Ordaz, haciendo una lista en su despacho-. Si despido a los jefes de las policías, daño a la autoridad. Si castigo funcionarios, acepto que no tengo el control del país. Si termino con el delito de disolución social de la Segunda Guerra Mundial, dejo al país a expensas de la propaganda subversiva. –Hay que tratar de que los estudiantes se armen para contar con una justificación como para dispararles –concluye el secretario de Gobernación, Luis Echeverría.

Pero fíjese usted, general Durazo –le dice desde la mesita donde están las botellas y el hielo-. No sólo es entrar a romper madres. Se debe contar con una estrategia de conjunto. –La estrategia es llegar bien servidos, casi inconscientes con coca y golpear a todos –le responde Durazo. Díaz Ordaz no está de acuerdo. En la violencia del Estado hay una estética. Para él es, todavía, un tipo de barroco, contiene un enigma que, al descifrarse, es un mensaje. La intimidación es sólo una forma de restaurar la sumisión.

El 27 de agosto sus intentos de que tomen Palacio Nacional se ven recompensados: después de que una señora subida en el camión del Politécnico llama a parir más hijos para que los mate el Presidente, un dirigente del Consejo Nacional de Huelga, Sócrates Amado Campus Lemus –contactado por Gutiérrez Barrios días antes para que tratara de venderle armas y dinamita a los demás dirigentes-, secuestra el micrófono, fuera del programa –los oradores debían entregar por escrito y con antelación sus discursos para que el Consejo Nacional de Huelga los aprobara- para decir: -Queremos el diálogo público con Díaz Ordaz el primero de septiembre, día de su informe de gobierno. ¿Dónde quieren que sea el diálogo? –Aquí –respondió el medio millón-. Zócalo. Zócalo. –Aprobado –dice Campos Lemus confundiendo el mitin con la asamblea de universitarios-. Aquí nos quedamos a esperarlo. Hasta el primero de septiembre a las diez de la mañana. Algunos estudiantes han arriado en el asta bandera un trapo –como decía Maximino Ávila Camacho- rojinegro. Es otro incidente fuera del programa aprobado por el consejo de los estudiantes: unos jóvenes de provincia se pasan por el hombro de Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca y suben la bandera de huelga en el Zócalo de la capital. Saben cómo amarrarla, cómo jalar el cordón.

-Han insultado a la bandera nacional poniendo un trapo de huelga en el asta centra –le dice por la red Díaz Ordaz a Luis Echeverría y a Alfonso Corona del Rosal-. Mañana quiero a todo el gobierno en las calles. Nosotros también podemos llenar el Zócalo. Que cada burócrata venga a desagraviar la bandera nacional, a riesgo de perder su trabajo. Quiero a los nuestros apoyando. A la mañana siguiente sucede algo que nadie imaginó: los burócratas de la secretaría de Hacienda marchan, obligados, como todos los que pertenecen al Partido, pero salen de sus oficinas gritando: -Somos borregos. Nos llevan. Beeeee. A dóóóónde nos lleeeeevan. Díaz Ordaz, que está recién bañado y cafeteado para salir al balcón de Palacio Nacional a saludar a los “auténticos” mexicanos, a los que sí responden a su “mano tendida”, baja el patio, sin lentes, los ojos refulgentes, y le ordena a su Estado mayor que vuelva a salir, ahora a desalojar a los empleados de su propio gobierno. No le cabe la ira. Los tanques arrasan con los propios trabajadores de su sexenio, al que le faltan dos años, una Olimpiada y un Mundial de Futbol, pero que parece desvanecerse en el aire. Él ya no lo ve, pero los burócratas comienzan a jugar a torear a los tanques. Los estudiantes, que no se han ido del todo, se sacan los suéteres y se unen a la corrida. El jefe del Estado Mayor Presidencial, José Luis Gutiérrez Oropeza, parado en la puerta del Palacio Nacional mira eso y le dice a Francisco Quiroz Hermosillo, otro general: -esto ya valió madre. No sólo no nos tienen miedo, sino que ahora, hasta somos su burla.

A partir del 2 de septiembre. Los miembros del gabinete no saldrán más de sus oficinas. No llegarán a casa a ver a la mujer y a los hijos. Sólo los saludarán por teléfono. Hasta nuevo aviso. Díaz Ordaz dejará que vengan a verlo sus parientes a la oficina de Palacio Nacional, pero Lupita no se atreve a salir a la calle, a exponer a sus hijos. Así que la única que va es su novia, La Tigresa, que entra y sale por un túnel del Palacio que desemboca en la calle de Moneda, custodiada por los batallones, la policía, los agentes secretos. La amante le pregunta por uno de los dos licenciados que negocian con los estudiantes, de la Vega Domínguez, su primer novio, a los catorce años: -¿No crees que los convenza con esos ojazos que se gasta? –No es de ojos, Pelusita –le responde el presidente, que nunca le dijo “Tigresa”, que fue el nombre de un personaje suyo en una película, sino por un apodo que viene de su pubis rasurado-, la comisión con los estudiantes nomás es para distraer a todo mundo de lo que realmente va a pasar. -¿Qué va a pasa? –Usted no se angustie. Todo esto va a terminar muy pronto..

Todos los gremios que él había atacado durante su carrera burocrática comienzan a aliarse: los maestros de Othón Salazar, los telegrafistas, los telefonistas, los universitarios de Coahuila, Morelos, Veracruz, Sinaloa, se solidarizan con los estudiantes a partir de su amenaza. Piden la libertad para el ferrocarrilero Demetrio Vallejo. No responden con un amago, sino con la solicitud de que el diálogo público se realice cuanto antes. Y siguen desarmados, a pesar de que los dos estudiantes contactados por Gutiérrez Barrios y Echeverría, Ayax Segura y Sócrates Campus Lemus, lograron introducir armas en el movimiento: una calibre .22 para Florencio López Asuna y una carga de dinamita que dejaron en el Politécnico.

Los seis puntos del pliego del medio millón de estudiantes del Zócalo, reciben como única respuesta la de siempre, la de las oficinas burocráticas del Gobierno-Partido: “Ingrese sus formularios llenados en letra negra impresa, original y veinte copias. En horario de 12:00 a 13:00”. A ver a qué horas entran los estudiantes a hacer filas, salas de espera, el deporte nacional que los funcionarios poderosos le infligen a los débiles ciudadanos: hacerlos esperar dos días para recibirlos durante tres minutos y nunca resolverles nada. Para la burocracia, no existen demandas, sólo quejas.

-Tenemos que poner una fecha límite- interviene el General García Barragán, vestido de militar, pero arremangado y sin corbata: no se ha bañado en días-, Señor Presidente. ¿Cuántos días antes de la Olimpiada tomamos una decisión final? –Diez días antes. No más –dice Díaz Ordaz. Echeverría saca un calendario: -Dos de octubre. Ésa es la fecha.

Con los estudiantes detenidos y golpeados en frente los ministerios públicos dicen: “Permanecerán detenidos hasta que alguien nos diga de qué se les acusa”.

-Tendermos dos operaciones separadas y al mismo tiempo: una militar y una civil. Serán dos cercos. Nadie saldrá vivo de ahí –comentó Echeverría, sin saber que parafraseaba a Jim Morrison. Así comenzó la planeación de la matanza de Tlatelolco que estaba pensada como había aprendido. Díaz Ordaz de Maximino Ávila Camacho: masacrar y después decir que había un enfrentamiento entre las propias víctimas. Detener a los dos mil líderes que la policía política identificaba. Acabar con todo de una buena vez enfilar la atención a la Olimpiada. Pero el país del 68 no era la Puebla de los cuarentas. Eso jamás lo entendieron el Presidente, ni su gabinete, los empresarios, los diputados y senadores, ni el Partido.

A las siete de la mañana del 2 de octubre de 1968, La Operación Galeana (así se llamaba la Quinta, el rancho, del secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán) comienza con una reflexión de Díaz Ordaz en su cuarto de guerra: -El ejército no puede sentir que tiene el control. Será un golpe de mano ordenado por civiles, usando a los soldados. No vamos a ordenar que el ejército le dispare a los estudiantes, sino que responda al fuego. Sería defensa propia.

A los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga los desnuda y los ponen de cara al muro de la iglesia de Santiago Tlatelolco. Muchos tienen las bocas y narices rotas, la ropa interior blanca a manchada con sangre. No hay luz en toda la zona de guerra. Son alumbrados por linterna, por fotógrafos de las policías, por los faros de los tanques. Empieza a llover. Lo único que queda en la plaza son miles de zapatos.

La noche del 3 de octubre Díaz Ordaz hablará por última vez con su amigo de la adolescencia, el doctor Julio Glockner. –Mi yerno, Gustavo –le dice el médico poblano de las enfermedades venéreas, su compañero en el equipo de basquetbol Cronos en la ciudad de Oaxaca, cuarenta años antes-, mi yerno desapareció en Tlatelolco. No sabemos nada. Mi hija Julieta está desesperada. ¿Puedes ayudarnos? –No tenemos todavía los nombres de los detenidos –le responde Díaz Ordaz-. Si no, con todo gusto, Julio. Yo me comunico en cuanto sepa algo. Nunca lo hizo. La hija del doctor Glockner acabaría muerta a balazos en 1975, en el escozor de la Guerra Sucia de Echeverría.

Asumo íntegramente la responsabilidad persona, ética, social, jurídica, política de las decisiones del gobierno en rulación, en relación con los sucesos del año pasado. La Cámara, los invitados, los soldados, los militares, el gabinete –Echeverría, el más emocionado porque entendió que él podía ser Presidente sin la sombra del pájaro negro- volvieron a aplaudir, como siempre, de pie. Él, Díaz Ordaz, hizo una caravana a su público. En lo alto de la cabeza todo mundo pudo ver unas antenas metálicas. Eran unos cuarzos que Lupita, delirante, ya sola por los pasillos de Los Pinos, le había rogado que usara para que no lo atacaran telepáticamente los estudiantes presos, sus familias, sus novias o una larga lista de encarcelados. El hueco. Cuando se lo pidió, se lo rogó, se hincó para que se pudiera los cuarzos en la cabeza, Díaz Ordaz se le quedó viendo a Lupita, mientras su secretario le ponía la banda presidencial frente al espejo. –Ta bien –le dijo y le tendió la mano. La que lo vestía, Alfonsina, le puso los cuarzos en lo alto de la cabeza con un prendedor. Y por eso la escena cuando asume la responsabilidad de los tanques en 1968, de las golpizas en 1968, de las tomas militares de escuelas, hospitales, calles, conventos, departamentos, oficinas, techos en 1968, de los encarcelados en 1968, de los enterrados en el Campo Militar Número Uno en 1968, de las persecuciones en 1968, del espionaje en 1968, del nuevo miedo en 1968, del hueco en 1968, tienen esa ridícula imagen de un licenciado frente a seis micrófonos con unas antenas brillosas sobre la cabeza. Son los cuarzos.

Lo cierto es que no le quedaba ni un solo amigo. El presidente López Portillo está en a funeraria durante diez minutos y declara a la prensa: “Un hombre que tomó decisiones históricas, solo”. En una frase, exculpa a la clase política que emergió contra la Revolución, a los empresarios, a los curas, al Partido, a la clases ociosa.

Los presidentes se van construyendo en su entorno una columna de autojustificaciones para lo que hicieron y no. Para razonar lo irracional: el error, la omisión, la matanza, la venganza, la ira, el miedo, la resignación y el rencor. Casi todos se encierran en esa columna de ladrillos de argumentos, de razones de anécdotas, de nostalgia por el poder, y ya no alcanzan a ver nada ahí, afuera, donde vivimos todos los demás. Sólo algunos dejan un hueco en lo alto de la muralla, al que si brincan a su altura, alcanzan a ver lo arbitrario, gratuito, vano de todas sus acciones.

Salida de emergencia

Fabrizio Mejía Madrid

Salida de emergencia

Salida de emergencia

Un libro que contiene crónicas del autor y que a través de ellas se reflejan la realidad de un país con múltiples heridas que hacen que se desangre de a poco: En el sur: caciquismo, guerrilla, discriminación, injusticia, exterminio, desplazados, lucha por la tierra. En el centro del país: los multimillonarios y sus nuevas dinámicas de vida, las marchas, los crímenes sin sentido, las celebridades, nuevas drogas, terrorismo, religión. En el norte: desapariciones, secuestros, muertas de Juárez, inmigrantes Cada una de ellas, aún vigente a casi 8 años de su publicación. Calificación de 9.5

Tequio: Molestia, perjuicio.

La crónica es, por ello, el género de los náufragos, el testimonio del que usó su tiempo de superviviente no en pensar su ruta hacia tierra firme, sino en dejar un acta que las aguas, de todos modos, se llevarán con ellas. No tiene botella, como los novelistas, en la cual poner su mensaje para futuras generaciones. Sólo dispone del papel para que algún otro náufrago lo alcance a leer. Su acto solitario de escribir después de haber estado entre los cientos, miles o millones viviendo un suceso es un desperdicio voluntario de energías para no salvarse del naufragio, sino para narrarlo. Carece del instinto de los demás mortales: ahí cuando una turba corren del peligro, el cronista, corre en sentido inverso. Pero, a diferencia del reportero, toma distancia.

Despojado de lo único que el nuevo capitalismo vende ahora –la marca-, lo pirata brinda la única satisfacción posible en un país desigual: el precio. “Mira lo que me encontré por 20 varos”. También se asumieron individuos deseantes en medio de la vorágine del consumo de las fugacidades a la venta: el sexo en público se permitió en México su propia visibilidad porque era lo novedoso, lo que había que probar, lo que estaba justificado porque era consumible. La pornografía y los objetos de la noche salieron de entre las sábanas no por una rebelión moral, sino por la fuerza del mercado. Pero lo que realmente nos metió a todos en la modernidad no fue el consumismo sino la vigilancia. Tras el 11 de septiembre, el miedo cundió: cualquiera podía ser víctima de la guerra sin lugar definido o de la seguridad tan omnipresente que la inseguridad está por todos lados. Se levanta el acta de lo que nos sucedió en aquellos días en los aeropuertos internacionales.

Uno tiene más en común con alguien que mira el mismo programa de tele que con sus vecinos.

Los triquis tienen, por lo menos, dos nombres: uno secreto y otro que usan para los papeles civiles. Viven convencidos de que quien conoce tu verdadero nombre tiene acceso inmediato a tu “tona”, una especie de alma o esencia, que puede ser dañada con facilidad al invocarlo. Por lo tanto, cuando el triqui emigra, se cambia de nombre para protegerse. Y, en este caso, el verdadero nombre del triqui permaneció oculto porque tenía toda una vida como extranjero: a lo largo de 10 años, desde que fue expulsado de su comunidad por la llamada “Guerra Civil Triqui”, el hombre que sonreía sin razón regó nombres por toda la costa del Pacífico, en la pisca en Sinaloa y Ensenada, en plantíos cerca de San Diego, en Los Ángeles, en Rosarito y, al final de la línea, en Oregon. De hecho, los dos nombres que dio en Oregon son los de sus antiguos patrones en un rancho de Ensenada. Pero en 10 años de exilio, el triqui tuvo tantos nombres como los gatos de T.S. Eliot: el que le pusieron, el que le dicen, el que le ocultan, el que le niegan, el que sólo él conoce. De dónde eres, de dónde crees que eres, de dónde dices que vienes y hacia dónde vas, lo cual es, siempre, una trampa.

Como si fuera una región de fantasmas, desde el camino uno no sabe que detrás de la vegetación hay casas. A uno lo ven desde las montañas, pero el visitante podría pasar sin saber que eso está habitado. Vivir como refugiados ha sido el sello de los triquis. Una leyenda de las tantas que cuentas sobre su origen, los data como un batallón azteca del siglo XIII que pierde el combate contra el cacique mixteco de Tlaxiaco. Temerosos de lo que pueda ocurrirles si regresan ha decir que han sido derrotados, deciden subir a las montañas y refugiarse en San Juan Copala. Vivieron en guerra contra los mixtecos y los mexicas. Siete siglos después, la mayor parte de las casas en Yutazaní y los alrededores parecen construidas por quien piensa abandonarlas en cualquier momento. Todo es provisional, sobre todo la vida.

No es fácil vivir fugitivo, sobresaltado por cada crujido de ramas, sosteniendo a mujer e hijos de la nada. Se lo digo. –La comida no es muy distinta en la cárcel- se ríe-, allá también nos daban chipil con agua, a veces sin el chipil.

Las cicatrices en la nariz y los párpados de Juan José Maldonado son signos de una de las más oscuras historias imaginables: la del “otro”, el que solo por parecerse al criminal termina pagando una condena ajena. Juan no es de Loxicha, sino de Tlacolula, y deambula por la ciudad de Oaxaca tratando de sacar a los 27 zapotecos que siguen presos. Es una forma de atemperar las memorias que le persiguen y que inician el 15 de julio de 1998, cuando andaba de compras en San Felipe del agua y cuatro judiciales lo treparon a un Tsuru rojo. –Le alcancé a gritar mi nombre a una señora que iba pasando y de la cajuela del Tsuru sale otra voz: “Y yo me llamo Simón Aurelio”. No supo más. Dentro de un cuarto es torturado con la asfixia, la falta de comida, agua y sueño, las golpizas y las amenazas a su familia. –Me ponen una capucha y comienzan a decirme que correspondo al perfil de un comandante del EPR, y que van a tener que presentarme de un comandante del EPR, y que van a tener que presentarme como culpable en un asunto. –Así de plano- me asombro. –Así. Yo les digo que me dedico a vender zapato y que no sé de política. Pasa el tiempo y me siguen preguntando si no voy a cooperar. Me niego. Me toman fotos, me ponen una franela en la boca y me echan botellas de agua por la nariz. A eso le llamaban “Viajes a Huatulco”. Y varias veces me desmayo. Cuando regreso en mí ya es el otro día. A los tres días me hablan con muchos detalles de mi casa y de mi mujer, Leonor, y empiezo a pensar que tengo una decisión que tomar: acepto decir que soy guerrillero y me voy a una cárcel la mitad de mi vida o matan a mi familia, a mi Leonor. Y Juan acepta. –Te llamas el comandante Fausto- le dicen. -¿Por qué tan feo nombre?- él reclama. –No te pases de listo. Te vas a aprender bien una historia y se la repites a quien te lo pida. Y así, Juan, un vendedor de zapatos ambulante, tendría que aprender que había salido del bachillerato técnico, se afilió al EPR y fue el encargado de “la logística” del ataque a la policía en el Puente de Macuilxóchitl. –No me van a creer –opina Juan-. ¿No es más fácil que agarren a quien de veras lo hizo? –No nos vamos a arriesgar a que no sean- les responde su torturador. Y Juan, como él mismo se describe, se pone “muy cooperador”. Le piden que “identifique fotos”, lo que quiere decir que memorizó los nombre de gente que no conocía. –No eran fotos de personas armadas- se talla la cara Juan, acosado por sus demonio-, eran gente en marchas, hablando en un micrófono, escuchando en un mitin. Como el resto de los caso 250 detenidos entre el 97 y el 99, Juan firmó papeles en blanco (“Les tapaban el sello oficial de la izquierda con la mano”); lo videograbaron contando “su historia” y reconociendo “comandantes”. El 7 de agosto lo dejan entrar, por primera vez en casi un mes, a un baño. “Yo digo: ya me voy a mi casa. Me dejaron rasurarme y bañarme”. Pero ese día Juan ingresa al penal de Matías Romero. Hasta un mes después de su desaparición Juan es presentado frente a un juez, a quien le dice la verdad: la tortura, la “historia”, las firmas. “El juez se me queda viendo y me dice: ‘Hay un Hilario Sebastián Ramírez en Etla que te reconoció en una fotografía como el comandante Fausto”. Uno igual que él, torturado, del otro lado de Oaxaca, lo había memorizado. A Juan le dictan auto de formal prisión el 15 de agosto, y 13 meses después lo trasladan cerca de su esposa, Leonor, a Ixcotel.

Lo que cuenta Estela después de aguantarse las lágrimas es la búsqueda de Celerino que ella fantaseaba vivo. La policía la deja ver el cadáver cuatro días después, hasta Pochutla. “Celerino estaba con la piel bajada hasta las manos. Tenía balazos en las axilas y la parte de atrás de la cabeza explotada. No tenía pies, y se lo busqué, pero le habían quitado el anillo con el que nos casamos”. A partir de ese momento, Estela tiene que huir del Estado porque cada semana la policía se presenta para interrogarla, trata de convencer a su mamá de que ella es también guerrillera y amenaza con hacer extensiva la acusación al resto de la familia. Estela vivió cuatro años en el D.F., escondida en locales de ONG y de maestros rurales, mientras la prensa local la daba por muerta, desaparecida o arrestada por posesión de armas y recluida en Almoloya. “Cuando me decían que estaba desaparecida, hasta yo dudaba. ¿Estaré? Un día me hablaron mis papás a México y preguntaron si de veras era yo. Y es que nunca nos habíamos oído por teléfono.” Estela está aquí, en la ciudad de Oaxaca. La adolescente que salió de Miahuatlán para hacer familia en Loxicha era la misma que, cuando unos transeúntes de Oaxaca le recomendaron que viera los periódicos para que leyera si había noticias de la desaparición de su esposo Celerino, ella preguntó: “¿Qué son los periódicos” Esta Estela es ya otra. Es ella misma la que me comenta de las noticias que aquí se difunden sobre la “reorganización del EPR”. –Viene una lista de los que supuestamente están haciendo reuniones guerrilleras. Y la veo y veo que están nombres de gente que sigue presa o que está muerta. Y, ¿sabes?, hasta aparece Celerino. Y yo lo vi muerto. Celerino sigue hablando en los periódicos como un fantasma. Se va a su turno de trabajo. La veo bajar por la calle. En ese instante es la única evidencia de que existo.

No tengo idea de la dimensión del plantón sino hasta que las escucho: “Nadie estaba trabajando la tierra en Loxicha, así que no teníamos nada que comer. Era plantón y, al mismo tiempo, huelga de hambre porque los comerciantes al principio ni un jitomate nos querían dar. Recolectábamos en un día de boteo 10, 15 pesos, y con eso teníamos que darle de comer a todas”. “Teníamos dos problemas: cómo sobrevivir aquí y cómo decirle a la gente que creyera en nosotras. Nadie se nos acercaba. Nos tenían miedo porque creían que éramos terroristas. “La gente nos regañaba que porque habíamos tomado las armas, y les explicábamos, pero no nos entendían.” “No entendíamos que ahora ser indígena es como yo creo era ser estudiante en 68.” “Ya no pudimos regresar en cuatro años a Loxicha. Más bien cada vez había más mujeres que llegaban al plantón y llegaban golpeadas porque, como hablan zapoteco, no podían contestar rápido a las preguntas de los judiciales y los ejércitos, y les pegaban porque creían que no querían contestar.” “Nos llevaron a la Procuraduría a interrogar por qué estábamos en plantón, y nos desnudaron y firmamos unos papeles que tenían renglones en blanco. Nunca supimos con qué los rellenaron.

Muchos de los testimonios de la guerra de exterminio contra la Loxicha mencionan la presencia de dos perros negros que viajaban con los detenidos en la parte trasera de las camionetas policiales. “Siéntense y no molesten a los perros”, se les decía a los campesinos y maestros zapotecos. “Los perros valen más que ustedes.” “Si ladran, a ustedes es a quienes les vamos a meter un balazo.” Los perros negros me obsesionaron y comencé a preguntar por ellos. Un ex preso en Oaxaca me reveló algo sobre el entrenamiento de esos animales: “Nos dimos cuenta de que sólo ladraban si hablábamos en zapoteco. Así que eran para obligarnos a callar o a que habláramos en español para que nos entendieran. Pobre de ti si soltabas una expresión en lengua zapoteca. Te enseñaban los colmillos”. Y quizás ahí está una clave para entender el mal radical de lo que aquí ha sucedido. La región Loxicha ya no existe. Sigue apareciendo en los mpasa a 200 kilómetros de la ciudad de Oaxaca con el aviso de que en la entrada hay una Base de Operaciones Mixtas de la policía y el Ejército. Lo que fue desde su ocupación inicial en 1665, este “lugar de piñas”, cuya defensa legal le costó la cárcel a Benito Juáerz en su juventud, cuyos jefes zapatistas, Gaudencio Ambrosio y Serafín Antonio Felipe, lograron hacerla ejido en 1912, se ha esfumado. Está más allá de la imaginación actual de sus pobladores que ya no pueden regresar más que de vista, unos días, para volver a huir. “Acá acaban con la pobreza matando a los pobres”.

Lo que inició la batalla por Oaxaca no fue la huelga de los maestros –en 26 años de existencia no reconocida oficialmente, la Sección XXII de su sindicato ha parado en casi mil ocasiones-, sino la intención de desalojarlos de la ciudad usando gases lacrimógenos. No existió ninguna idea de una “comuna”, ni de una “república socialista-indígena”, ni siquiera la “zona temporal autónoma” del altermundismo. Fue simple defensa ante la policía. A las cuatro y media de la mañana nos despertó la frecuencia de Radio Plantón: “Les hacemos un llamado… en este instante nos están atacando con bombas de gas desde el techo de esta emisora”. Y se cortó. Las calles a oscuras hervían de gas pimienta y lacrimógeno. Los maestros corrían de un lado a otro tratando de reagruparse, pero el olor picante del gas no se los permitía. Estaban dormidos durante el ataque que comenzó desde un helicóptero comercial. No podían respirar, les ardían los ojos. Nos ardían a todos. Aprenderíamos todo sobre el gas en una madrugada: echarse agua en la cara no es tan eficaz como taparse la nariz con un trapo con vinagre o coca-cola; no hay que correr porque arrastras el gas contigo; lo mejor es caminar agachado porque el gas tiende a subir. Lo que recuerdo de esa madrugada es apenas un jirón de lo que sucedió: se incendiaron fogatas en las esquinas, se improvisaron barricadas con camiones incendiados, se usaron los suéteres como pasamontañas. Un hombre corpulento emergió de la noche con el escudo de un policía en una mano: “Sí se puede, compañeros”, dijo, orgulloso. Tenía sangre en la nariz.

Los maestros han ganado la batalla. Hay marchas espontáneas de todos aquellos vecinos que no durmieron porque el gas invadió sus recámaras. Están indignados, pero con el ánimo de una victoria sobre la autoridad policiaca. Sin mucha convicción, el gobernador Ruiz sale a desmentir los hechos: “No hay ningún enfrentamiento entre la policía y el magisterio”. Está en la lona y despachará, a partir de esa fecha, en el hangar de un avión privado, listo para salir del estado en cuanto la gente logre averiguar dónde se esconde. En ese instante nace el movimiento de Oaxaca, una mezcla de hartazgo por el avasallamiento de los caciques –donde el gobernador es el mayor-, ganas de relajo, de moverse por una ciudad sintiéndola tuya, de discutir sobre asuntos que parecen enterrados.

Una idea que Digna [Ochoa] tenía de su propio oficio es que los gritos siempre son más efectivos que el seguimiento legal: “Una cosa que he descubierto es que los policías y militares están acostumbrados a que sus superiores les griten, y se habitúan al maltrato. Cuando se encuentran con una mujer, insignificante para ellos, pero que les pega de gritos en una forma autoritaria, se paralizan. Y obtenemos lo que buscamos”.

Es la falta de disciplina lo que hace ver no a “guerrilleros” [a los habitantes de San Salvador Atenco], como el gobierno del Estado de México aseguró apenas 15 horas antes, sino una resistencia autorregulada por los recelos, las simpatías, el estado de ánimo mayoritario. El de esta mañana es, sin duda, el de estar al tú por tú con las autoridades. El poder les responde en la televisión, se refiere a ellos tras nueve meses de ignorarlos

-Nacho del Valle- me cuenta un ejidatario que me lleva a la comida del funeral- ordenó que el parque volviera a ser gratis como siempre ha sido y que ya no lo cerraran con candados. Pero los árboles quemados, ya no podemos revivirlos, ¿o sí? En la voz del campesino urbano hay ese clima de fatalidad que envuelve a la muerte y, sin duda, a lo que hace tan monstruosa a la vida: que el tiempo no es reversible.

A pesar de que México es un país donde la nieve es de sabores, somos la octava nación con mayor número de esquiadores glaciales: tres millones. Esta población de goggles y gorrito, concentrada en sobrevivir esta ciudad sin salir de Santa Fe y Las Lomas, quizás no comparta la opinión del resto de que esquiar es la manera más fría de romperte una pierna. Como también les debe parecer normal que México, junto con Jamaica, participe en las Olimpiadas de Invierno con un carrito que a los atletas se les voltea justo en una curva y que terminan la carrera de cabeza y con una intensa pérdida de clavículas. A ellos tampoco debe parecerles extraño el proyecto que viene de tiempos el profesor Hank y que han retomado los priístas mexiquenses desde que fueron descubiertos en el eslalon, y que hoy pertenece a la alcaldía panista: instalar en el Nevado de Toluca un centro de esquí que, como no tiene nieve suficiente, requerirá de un sistema de producción que capte un millón 500 mil metros cúbicos de agua, la almacene entre mayo y septiembre, la baje a menos de cero grados entre octubre y abril, bombee los copos por una tubería subterránea y haga que unos cañones la escupan a la superficie, donde los ávidos esquiadores estarán a la expectativa –esquíes balanceándose en el lodo- de a ver a qué horas se llena la montaña o mejor ya vámonos a nuestras clases de DJ. Es como tratar de poner una cancha de tenis en una cueva. Ellos los llaman “detonador de desarrollo”, otros imaginan que, en caso de apagón en el sistema de nieve, las paletas de La Michoacana tendrían que solventar el déficit.

En los primeros meses de 1995, llegó a Raíces un tráiler proveniente de Toluca. Las mujeres bajaron a verlo y mandaron hacer sonar la campana de la parroquia. Hasta ahí llegó Santiago Pérez Alvarado, entonces comisario ejidal, y cientos de campesinos. Con la carretera bloqueada por los ejidatarios, el chofer fue compelido a enseñar qué cargaba en el tráiler. Éste abrió la puerta, bajó, hizo un par de flexiones y se echó a correr. Una turba lo persiguió por el bosque hasta las faldas del volcán. Ahí, al escuchar que le disparaban, se detuvo. Lo trajeron de regreso a Raíces y, atándole una cuerda al cuello, lo colgaron del arco de la iglesia. Con él murió el primer intento del gobierno estatal y compañía Arfra Ingenieros, S.A., de construir el “Centro Internacional de Esquí Nevado de Toluca”. El conflicto terminó cuando, en los últimos días de septiembre de ese año, la zona se entregó al Estado de México en calidad de “reserva natural protegida”.

El gerente de Arfra, Mariano Carrera, mandó preparar el estudio de mercado: 600 mi esquiadores mexicanos erogaban cada año 1 200 millones de dólares en Aspen y Boulder sólo porque aquí en México no había suficiente nieve. Su mente comenzó a trabajar: pongamos la nieve, concluyó. A esa idea tan de “la novena economía del mundo” -¿qué nos falta para ser Suiza? ¿Serán acaso las nevadas? ¿O las cuentas de Raúl Salinas?- se le fueron agregando las del priísmo prehistórico –que confunde la grandeza con lo grandote-: 360 hectáreas para una zona residencial con un club de golf de 27 hoyos, clubes hípico, de tenis y de casa y una casa club. Sin embargo, el proyecto se ha caído durante varias administraciones por el único detalle no elaborado: las poblaciones que tienen ahí desde antes de los aztecas se levantan cuando ven que se acerca un camión con maquinaria. Y habrá que deshacerse de ellos pues a la gente que se puede comprar un traje Bogner de neopreno no le gusta que desde una casa con piso de tierra lo vean rodando por la ladera. Es humillante. El alcalde panista que tomó posesión el 17 de agosto pasado relanza la audaz iniciativa que, de inmediato, respalda el gobernador del PRI. Es un proyecto “detonador” –porque creará la delirante cifra de tres mil empleos permanentes. Al proyecto original ahora se le agregan villas alpinas, un centro corporativo y otro comercial. Y ahí van los panistas, con los ojos cerrados y –a pesar de lo que ellos dicen- sin frenos.

Lo más caro es, por definición, lo que crece de precio: en ninguna parte se nos revela cuánto cuesta este traje Armani. Y si uno pregunta, es porque no tiene para pagar lo que sea y eso ya es muy naco.

Todo es tan pulcro como eso: lo señorial es no discutir el precio, aunque muchas de las prendas y accesorios tengan sobreprecios de 30 o 40 por ciento con respecto a sus franquicias en París, Milán o Nueva York. Por ejemplo, ahí mismo, en Armani, los zapatos de 450 dólares cuentan en Nueva York 150. Las corbatas de la tienda Hermes –numeradas- valen 120 dólares aquí contra los 80 que se pagarían, por unas que además tendrían el sobrevalor de tus vacaciones anuales, en París. Pero, por supuesto, no vamos a discutir por dinero, como los de Somalia, los cocaleros de Evo Morales o el rector de la UNAM. Se paga lo que se tenga que pagar. El sobreprecio, sin duda consecuencia de que las rentas de Masaryk Drive rondan entre los cuatro mil y los nueve mil dólares mensuales, y de una clientela necesariamente reducida –de ahí su idea de que comprar ahí es el reforzamiento de su propia relevancia en el espacio –tiempo de los que los vieron entrar vacíos y salir por igual, pero erguidos-, y todo está más caro y es por ello que existe el programa “Masaryk ayuda”, con el que se sacan las colecciones pasadas de moda con descuentos y se apoya a algún sector lacrimoso como los niños de la calle. Algunos aseguran que, incluso con estos descuentos, la ayuda resulta un negocio: la imagen se proyecta hacia la caridad, un ángulo amable del lucro salvaje. ¿Qué tan salvaje? En la sociedad de castas de la modernización, el poder adquisitivo se nota en el tono de la voz. Hace un par de años, en Versace: -¿Podría probarme este abrigo?- preguntó un chico espigado. –No puedes, suéñate en él- le respondió el vendedor volteando la mirada hacia el horizonte.

Alguien instruyéndome sobre los misterios de Masaryk Drive: “Las colas son para entrar, no para ver si entras”.

El aprecio de Dios por los pobres es porque la mayoría lo somos.

-Llegó una señora, escogió la mitad de la tienda, apartó, se le hicieron ajustes –comienza recordando la mañana aquella- y el día de entregarle las cosas, se aparecieron unos tipos supersiniestros con bolsas de plástico. Traían 25 mil dólares en billetes de a 20. Algunos hasta tierra tenían. Los conté pero luego me fui a lavar las manos.

Lo que me molesta de los pobres es que siempre están pensando en el dinero.

Una vez intentaron escapar del país sin abandonarlo y crearon Santa Fe. Pero, 10 años después, a Santa Fe entra cualquiera. Ahora intentan alejarse aún más, en una ciudad interna, la última en la que sólo existen los servicios para pocos. Resolvieron el problema de Santa Fe: que atrae a la gente. Por eso las Nuevas Lomas tienen un solo significado: no vengas, los centros comerciales son minúsculos, los departamentos demasiado caros, las rejas demasiado altas, no hay nombres en las calles ni indicaciones para llegar, no hay nada que ver aquí. Los nuevos millonarios, emergidos de los quebrantos en la Bolsa, la banca tan rescatada que acabó por ser española, la aviación comercial tan favorecida que ahora la maneja el gobierno, las carreteras tan hechas y deshechas que ahora son estatales, la política de otorgarse préstamos de sus bancos para sus carteras, se han ido desplazando en este corredor inmenso, cada vez más aislados del resto, amurallados, solitarios. Un lunes cualquiera la zona se ve despoblada: sus habitantes la poseen, pero la habitan pocas horas al día; el único signo de vida es el parpadeo del circuito cerrado de televisión. Se escuchan algunas risas atrás de los muros: las mucamas ligan con los guaruras.

Tras una serie de puntos –número de movilizaciones, tequios, cuotas-, una familia de la zona de cartón puede acceder a uno de los sólidos departamentos. Las casas de cartón, a la que todo adherente tiene derecho, son de seis por cinco metros. Los departamentos en el aire, de 40 metros cuadrados. La cartolandia mira su propio futuro todas las mañanas y se apresta para la marcha, el plantón, la cuota semanal de 20 pesos, la negociación de una situación menos precaria. A pesar de que todos están asentados en terrenos ecológicos o predios propiedad del gobierno, la genialidad del villismo urbano es que puede exhibir a los recién llegados el futuro por el que deben trabajar –el departamento de ladrillo- y les da, de entrada, una región, que si bien es un terregal, está a salvo del resto de la ciudad. En el Molino, las murallas de metal que cercan a los villistas son custodiadas día y noche por guardias del asentamiento, “la velada” por las noches mantiene afuera a la delincuencia. Si un vecino llega ebrio, se le escolta hasta su módulo, si resulta que nadie lo conoce o la familia no quiere convivir esa noche con él, se le echa de la ciudad interna. Una enorme torre de vigilancia con un sonido potente, en el centro de todo, como en las prisiones, le da al Comité una visión adelantada de alguna posible incursión de la policía.

El origen de los villistas está, como muchos otros de la historia reciente del país, en la huelga de los estudiantes de la UNAM en 1987. Un año después, dos mil familias llegaron con sus tiendas de campaña, provenientes del desalojo de Lomas del Seminario, a vivir en los jardines de la biblioteca Central, las Islas, de la Universidad Nacional. Estuvieron ahí un mes, entre el futbolito de los que ya se fueron a extraordinario y la parejita más allá del historial académico, hasta que les prometieron que tendrían un nuevo asentamiento. Al no recibirlo, invadieron El Molino, a un costado del canal de Cuemanco.

Ese día, ahora lo recuerdo, había fiesta en El Molino, un aniversario de la muerte del Che Guevara y mucho Carlos Puebla en el sonido. El entonces embajador de Cuba en México me vio entrar a la oficina de los villistas donde sólo cabía una mesa con carnitas y botellas de tequila y me dijo “Yo no estoy aquí, y si dices lo contrario, te desmiento”. Salimos ya de noche, nos escoltaron, y el jefe de prensa, alguien marxistamente llamado Alfredo Burgos, me advirtió sobre lo que esperaba que yo escribiera. Fue en ese instante cuando decidí que yo tampoco había estado ahí.

En México, la ciudadanía se crea no por obra de le escuela o la modernidad, sino por los agravios del poder. A veces el agravio es la simple omisión.

Para la televisión es la Marcha Buena, opuesta a todas las demás protestas de campesinos, maestros, estudiantes y trabajadores, que sólo son pintorescas y desquician el tráfico. Ésta no. La televisión se compromete a tal grado con la promoción que, de pronto, volvemos a la nota roja como nota principal, a retransmitir los más escalofriantes y horrorosísimos secuestros, a reproducir las grabaciones telefónicas en las que se pide rescate con poco respeto por el apellido de la familia.

Los primeros narcotraficantes organizados fueron los miembros de la brigada del general Hernández Toledo, el “héroe” de Tlatelolco –al que, dice el presidente Díaz Ordaz, le dispararon los estudiantes-; los policías antisecuestros organizaron las primeras bandas y diseñaron el modus operandi; los aduanales, el contrabando. El 68 se nos repite al infinito; una organización para combatir algo que no existe –una oposición en armas- termina por producir el delito por sí misma.

La difusa incertidumbre del miedo empezó ganando consumidores de chips satelitales antisecuestro, guardias privados y localizadores GPS, y terminó ganando elecciones.

Con el gobierno del alcalde de la ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, los ancianos cobraron una notoriedad pública de la que carecían. En un país donde los servicios para mayores de 60 años son griegos: la seguridad social es una farsa y las jubilaciones son una tragedia, dotar a los ancianos de una tarjeta que les permitía hacer el súper los convirtió en sujetos de atención política. La Revolución Blanca, el movimiento de reivindicación de la senectud, se volvió lopezobradorista, y el programa de ayuda, motivo de críticas de quienes decían que era “populismo”, aprovechar la vulnerabilidad de los viejos para votos, y todo eso. Pero funcionó y el gobierno federal acabó por copiarlo. En ese nuevo espacio de luz pública surgió el Mataviejitas, la otra cara de la ayuda de los ancianos: un depredador que aprovechaba el programa de la tarjeta “Sí vale” para asesinar. La prioridad de la Procuraduría se convirtió en atraparlo. Pero en un país sin bases de datos de huellas digitales –salvo la del IFE, que es “confidencial”, aunque acabe en poder de compañías de datos norteamericanas- la tarea fue penosa. Tras 125 retratos hablados muy distintos unos de otros, la antropóloga forense de la Procuraduría de la ciudad, Patricia Payán, una muchacha seria y modesta que se dedicó durante años a elaborar escenografías para obras de teatro, logró una cara en plastilina montada sobre la cabeza de un maniquí. Al fin, la policía contaba con algo que enseñarle a la población. El rostro hombruno, con lentes, y una camisa roja fue pegado en cada patrulla de la ciudad. Era una mujer hombruna, pero muchos dudaron, porque los asesinos seriales casi siempre son hombres. “Debe ser un travesti”, especuló la policía de la ciudad. Era octubre de 2005. Y el Mataviejitas aguantó su deseo de matar y dejó los homicidios por un rato. Dos veces pasó delante de la Procuraduría de Justicia –para provocar su detención-, sobre Gabriel Hernández, pero nadie lo reconoció. Era una mujer.

Tras su conferencia de prensa como el primer embajador de México en España [Díaz Ordaz] en 40 años (“si de algo estoy orgulloso es del año de 1968”), destapó ese terror: “Los muertos dejan hueco. Es fácil deshacerse de los cuerpos: se les quema, se les desaparece. Pero el hueco queda. Y para deshacerse de un hueco siempre hay que hacer un hueco mayor: matar a todos los familiares y conocidos del muerto”.

Una televisora puede no sólo hacer, sino sobre todo deshacer a una estrella, hasta lograr la acción del sistema judicial. Al final de cuentas, la caída de Gloria Trevi fue un fenómeno de la distorsión de que sólo existan dos televisoras nacionales en México. Si una te contrata, la otra te machaca.

A diferencia de American Idol, la versión mexicana, Cantando por un sueño, el talento para destacarse de los demás, aunque sea en perjuicio de su propia autoestima, no es el principal atractivo. Lo es, en cambio, la capacidad para hacer derramar una lágrima de compasión al público, que sigue fingiendo que le importan los desfavorecidos.

Lo apadrina Raquel Bigorra, una cantante de reggaetón, que se recicla como actriz de reality shows: estuvo en Big Brother Vip de 2005, sí, el que nadie vio. Y ése es el otro elemento de nuestra nueva cultura de la celebridad: hace 50 años, los famosos eran dolores del Río y el Indio Fernández. Ahora son personajes empequeñecidos, porque su celebridad proviene de que los vimos comiendo y fumando en una cocina con cámaras de televisión. Sabemos quiénes son si seguimos viéndolos en televisión. El día que se les termina el contrato se nos olvidan los nombres.[…] La celebridad depende de su reproducción continua. A diferencia de las personas vinculadas a la fama como posteridad y permanencia, los personajes de la videosfera deben serle fieles al incidente por el cual les pusimos atención por primera vez: una caída, un borrachazo, un divorcio demasiado público o una boda demasiado íntima, incluso una fiereza a la hora de entrevistar a alguien.

El uso de la discapacidad para obtener audiencias ya es una constante del circo del Teletón, pero al menos ahí el dinero recaudado es para ayudar. En Cantando por un sueño el asunto se consume a sí mismo: que el presentador o el jurado enjuguen una lágrima. Que el público se desgañite en apoyo más compasivo que genuino. Marco Antonio Gutiérrez. Su sueño es que operen a su madre de los oídos porque se quedó sorda dándolo a luz. Nunca había oído –y perdón el juego de palabras- que a alguien se le reventaran los tímpanos pujando por la vida de su crío. Y veo mucho Discovery Channel. Pero, en fin. Quien apadrina al señor de la mamá sorda es Alicia Machado, la gorda ex Miss Universo. Su caso es de celebridad por ingestión de carbohidratos. Si hubiera cuidado su dieta no nos acordaríamos de ella, pero se hizo resaltable entre la masa –perdón, de nuevo, por el juego de palabras- porque incumplió un contrato de permanecer bella. En Alicia Machado se completa el ciclo natural de toda celebridad: es grande, cae y renace.

Cantando por un sueño es una colección notable de wanna be artists mezclada con indigentes de la vida que usan la victimización como carta de presentación: “Hola, soy ciega. Vota por mí”. Es un freak show reinventado por una audiencia a la que le falló el sistema de seguridad social, la salud pública y las opciones vitales, en el que el sufrimiento no es ocultable, sino un derecho. Y todos sigan conmigo: La celebridad reside en tu desventaja. En un país que se construyó con la política aprovechándose de la desigualdad en cada elección, el entretenimiento se amoldó a la explotación del accidente.

Margaret Tatcher reaccionó con un acta que prohibía la música en pública que contuviera “sonidos predominantemente caracterizados por la emisión de una sucesión de beats repetitivos”.

Cuando uno se come una tacha, tras sobrevivir a lo amargo de su sabor le quedan 30 minutos para llegar al rave sin que nada ocurra. Al pasa ese lapso, el calor sube desde las plantas de los pies hasta la cabeza, en 10 minutos, en los que oleadas de frío comienzan a hacer presencia, todo estalla: la sensación sobrecogedora de estar hecho de piel es tan absoluta como repentina. Da miedo, se pierde el control, hay náuseas. Cualquier tela, peluche o mano que toques –aunque sea la tuya- es una conmoción de textura, temperatura y bienestar. En medio del rave regresas a casa, a los brazos de tu madre arrullándote en una tibia frazada. Se abren las puertas del tacto y el contacto. Algunos se descalzan y recorren la superficie de la alfombra como si la besaran con las plantas de los pies. Se abren percepciones, aunque se cierra la mandíbula con toda la fuerza de que es capaz. Se traban los maxilares, se descoyuntan y empieza una batalla perdida por no morderse la lengua, el interior de las mejillas, los labios. Las ganas de hablar no vences al castañeo de los dientes, aunque se dicen cosas simples: “bienvenido”, “hermano”, “bien”. Los abrazos mutuos parecen comunicar mucho más. Los ojos se ponen en blanco, viajan hacia atrás de los párpados, los brazos se extienden a todo lo que dan. Ése es el rush, la “gateada”, la sumisión instantánea a la fuerza de la sustancia. No puedes dejar de magullar tus propias manos, las de otros alrededor, de sentir tu suéter, el de junto, de sentir el nervio maxilar doliéndote hasta la nuca. Es el lapso de dos o tres horas en que, si te miras a un espejo, la distorsión de los músculos es tal, que no reconoces a quién pertenece. Si no te relajas puedes pasar preguntándotelo el resto del rush, y eso sería desaprovecharlo: hay que tocar y sentirlo. Ya pasa el rush, lo sobrevives, quizás te has puesto un chupón para mantener la mandíbula batiente entretenida, pero bajas a una meseta, la que durará el resto de la noche, la del “diseño”, en la que la música electrónica, de la que normalmente sólo percibes un beat lineal, comienza a cobrar complejidades nunca oídas, profundidad, escuchas los cientos de pistas con las que está mezclada y, sobre todo, el ritmo puede cambiarte el estado de ánimo para siempre. Para siempre es hoy. La música está diseñada para las sustancias, éstas para ella, y el escenario –pista semicircular de bocinas a todo lo que dan, lugares para descansar, puestos de jugos y agua, cuartos para tocarse y besarse- encaja con ambas.

La informalidad es una versión pirata de Big Brother: todo el mundo lo ve, pero nadie es expulsado.

Durante tres meses, el Águila y su novia, Norma Patricia Bustos, la Pequeña, se escondieron donde nadie podría buscarlos: en su propia casa.

Y, si los terroristas de septiembre 11 llegaron de Berlín por la vía legal, ¿por qué revisar, juzgar y fichar a un ciudadano de Huetamo? ¿Por qué será que el queso oaxaca es refractario al escáner computarizado y hay que morderlo para saber si adentro hay o no más queso Oaxaca? ¿Por qué habiendo pasado tres filtros de seguridad, los pasajeros del vuelo 490 fueron interrogados en la puerta del avión? ¿Alguien pensó que podrían secuestrar el avión a mano pelona?

Fox, como los reyes, argumenta tener dos cuerpos: el de su investidura y el de sus creencias. Y ese doblez le permite llevar a su divorciada esposa como jefe de Estado y recibir de rodillas, como torero, al jefe de su Iglesia. También en un instante, el Presidente deja de ser el gobernante de todos para convertirse en el representante de los católicos romanos, de un país viejo de rezos donde sólo caben las partes más tercas de lo que somos, el lugar de las nostalgias porfiristas de orden y progreso, y de las niñas que se acuestan a las ocho de la noche porque a las 10 tienen que regresar a casa de sus papás.

La historia detrás de esa imagen, la que hoy se oficializa por Juan Pablo Segundo, es la de la relación entre los indios y las autoridades. Cuenta la leyenda que el obispo no cree que la propia Virgen le haya hablado a un indio pobre y entonces la propia Virgen se imprime, mediante unas rosas mágicas, en la vestimenta del indio. Es hasta que el cura mira ahí la imagen cuando cree en las palabras del indígena. En el fondo la idea que subyace es que el poder sólo escucha a los indios si ellos se avienen a la nueva cultura colonial. No hay diálogo so no aceptan nuestra cultura.

Desde hace tiempo es difícil de captar a simple vista la diferencia entre “aristocracia” mexicana y vil demencia. Es hasta que hablas con ellos cuando te das cuenta de que no existe alguna.

Una de las verdades que me gusta ocultar a los extranjeros es que sólo tomo tequila delante de ellos. Y lo hago para no tronarles la imagen de Pedro Infante, quien –ellos tampoco lo saben- era abstemio, así como Jorge Negrete nunca se emborrachó y las botellas que Agustín Lara tenía en su cava estaban rellenas de té negro.

El patriotismo es algo que se dice del país a sabiendas de que es mentira. El nacionalismo es más una especie de ética escolar de no tirar basura en la calle. El arraigo es lo que importa.

Las etapas ya célebres de la borrachera con tequila son: a) exaltación del amor y la amistas; b) cantos y bailes regionales; c) vocalizaciones en lenguas adánicas; d) destrucción del inmueble; e) estampida rumbo al inconsciente reptiliano; f) desayuno con el ministerio público.

En los últimos poblados donde hay gente, preguntar por el camino a Bernalejo es recibir este tipo de respuestas: -¿A dónde? Nunca he ido. ¿Es por aquí? -¿Van allá? ¿Para qué querrían ir allá? –Eso es la sierra. Nunca se llega. –No sé dónde está, pero está lejos siempre.

Mis abuelos nacieron aquí. Le digo una cosa: el gobierno nos dejó morir solos. Y ya me voy a morir en otro lugar distinto al que debí.

El mito del ladrón justiciero se reproduce con cada nuevo criminal. También es aplicable a Loncho y al Toro Ávila Palafox.[…] -Su familia era del rancho Las Urracas, en Choix, pero vinieron a Estación Naranjo a que los dos hermanos estudiaran. Eran buenos alumnos, en especial Loncho, pero el gobierno no le quiso dar una beca para estudiar la universidad. Él y su hermano decidieron vengarse y empezaron asaltando los camiones repartidores, y vea hasta dónde llegaron. Acabaron secuestrando a un japonés. Me cuesta creer que la industria del secuestro en el norte del país haya nacido por la decisión de un comité de becas. No es probable que por lo menos ocho poblaciones se dediquen hoy al secuestro […], que los ministerios públicos locales, los jueces y policías de tres estados se hayan implicado sólo por un suceso, digamos, “académico”. Cuando Loncho murió am anos de la policía, a los 32 años, según los que lo conocieron de cerca tenía 20 millones de dólares en avionetas, transportes terrestres, casas y en efectivo, algo que ninguna carrera universitaria deja. Así que no hay compensación pensable. –Es la velocidad –tercia en la banqueta soleada el síndico local, Eladio Cárdenas. -¿Cómo dijo? –Sí, hombre- me responde desde el fondo de sus lentes oscuros-. Por ejemplo, allá en la sierra, en San José de Gracia, se dedican a la amapola. Tienen a los que la despatan (cosechan), los guardias que cuidan el cultivo, aviones y pistas, contactos para sacarla del país. De que siembras a que recibes tu dinero pasan meses, como en cualquier cultivo. Los secuestros son mucho menos complicados. ¿Qué necesitas? Un informante, una casa, dos guardias de medio turno, un doctor para que le cortes los dedos sin que se te muera, un cocinero. Son días para recibir tu dinero. La velocidad es todo: “tiene 10 horas para juntar el dinero, o le corto una oreja”. Y ya está. La obviedad me hace recordar la frase del “mochaorejas” de Morelos, Daniel Arizmendi: “A mí el dinero nunca me emocionó, ver una cantidad grande, que me dieran, 10, 20 millones, nunca me emocionó. Me emocionaba más ir a la hora en que se iba a secuestrar a la persona, y el día que se iba a cobrar. Ése era un miedo emocionante”.

-Los secuestradores van hasta donde la autoridad quiere- explica el síndico.[…] Describe con frialdad que apenas en febrero de este año se supo que la policía ministerial andaba tras Pancho Cárdenas, un secuestrador de Playa Segunda que le había cortada seis dedos a la esposa de un empresario algodonero. Cuando encontraron a Pancho Cárdena, lo desaparecieron. Varias semanas después, su cuerpo fue encontrado “con los brazos al revés” (descoyuntado de los codos). -¿Sabes quién encontró el cuerpo de Pancho?- me preguntan. Disfrutan mucho la nota roja. –Pues Pancho Cárdenas mismo. Habían matado a un gemelo suyo, un cuate, pues, Javier. Él no era secuestrador. Era bueno. Hasta era “chiva” (cornudo) de tan bueno. La policía lo confundió. Y días después el Pancho vengó a su hermano. Encontraron a dos ministeriales con los brazos al revés, en la misma zanja que Javier. Policías y secuestradores se disputan el delito. Los métodos de la represión que antes fueron dominio exclusivo del Estado hoy son del dominio público. Quizás los maridos que golpean a sus esposas e hijas, los secuestradores, los asaltantes que hacen uso de la violencia calculada son, cada uno, el precio que vamos pagando por haber permitido que existiera la DIPD, la Federal de Seguridad, los paramilitares que no aprehendían al sospechoso, sino que lo desaparecían. Se ha operado ya una privatización de las coacciones. Cada pequeño presidente replica las formas de la represión: los métodos se desincorporan y las funciones de mantener atemorizada a la población corren a cargo de quien vaya teniendo la fuerza en cada instante. Aunque, a la larga, todos terminen muertos. En un radio cercano se escucha a Los Invasores de Nuevo León cantando algo como: “Más vale ser león por un día, que mil perros para toda la vida”.

La manera en que se usan los cadáveres también es un lenguaje. En la época del piercing y el body art, los cadáveres están cifrados: cómo murió, donde lo o la aventaron y en qué momento. El ejecutado de esta semana, todavía sin identidad clara fue encontrado en un deportivo en el norte de la ciudad. Estaba quemado. –Eso quiere decir que alguien de más arriba le va a llegar el calor- me explica César Martínez. -¿Y la cobija? A veces no es muy elaborado: el “madrina” cobijaba a alguien y éste lo envió de regreso. Ya no me sirve tu protección, no la necesito, no me importa. Toma tu cobija. Ése es el mensaje.

-La cartera o te quiebro. El tipo es lo que se conoce aquí como una “trampita”. Un “trampa” es el que llega a la frontera desde el sur húmedo brincando de mosca en los trenes de carga. El trampa lo ha visto todo: piernas mutiladas por las llantas de metal contra el riel, mordeduras de serpientes letales, polleros que te roban y te dejan a tu suerte. La diferencia entre el trampa y el trampita es que este último jamás logró cruzar. Se quedó en Nogales y vive de una mezcla entre la caridad y robo. La gente dice que lo que volvió locos a los trampitas fue el sol del desierto, al que no están acostumbrados, ellos que venían de la selva. Y este trampita, que supone que puede asaltarme sin arma alguna –tiene un ladrillo en la mano-, es el que me hace pensar en que, quizás, los cuerdos sean los que se han ido. Que los locos somos los que nos hemos ido quedando. Sabe.