La piedra arde

Eduardo Galeano

La piedra arde

La piedra arde

Pequeño cuento infantil donde un anciano rechaza volver a ser joven por el pesar que le causaría el borrar lo que ha vivido. Recuerdos buenos y malos. Calificación de 9.

Sólito: Que ocurre o se hace ordinariamente.

Hablar en voz alta ayuda mucho cuando uno está perdido y solo y siente miedo.

Lucha por la libertad es una lucha de nunca acabar. Ahora hay otros que luchan, allá lejos, como yo he luchado. Mi tierra y mi gente no son libres todavía. ¿Comprendes? Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición.

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Los hijos de los días

Eduardo Galeano

Los hijos de los días

Los hijos de los días

Un recorrido por todos los días de un año, en el que Galeano nos recuerda, y nos cuenta a su manera, algunas anécdotas que sucedieron en ese día y que forman parte de la historia del mundo. Calificación de 9.5

Insofismable: que no puede engañar, faltar a la verdad, que es verdadero.

Enero 1
Hoy.
Hoy no es el primer día del año para los mayas, los judíos, los árabes, los chinos y otros muchos habitantes de este mundo. La fecha fue inventada por Roma, la Roma imperial, y bendecida por la Roma vaticana, y resulta más bien exagerado decir que la humanidad entera celebra este cruce de la frontera de los años. Pero eso sí, hay que reconocerlo: el tiempo es bastante amable con nosotros, sus fugaces pasajeros, y nos da permiso para creer que hoy puede ser el primero de los días, y para querer que sea alegre como los colores de una verdulería.

Enero 2
Del fuego al fuego.
En este día de 1492 cayó Granada, y con ella cayó la España musulmana. Victoria de la Santa Inquisición: Granada había sido el último reino español donde las mezquitas, las iglesias y las sinagogas podían ser buenas vecinas. En el mismo año comenzó la conquista de América, cuando América era un misterio sin nombre todavía. Y en los años siguientes, en hogueras distantes, el mismo fuego quemó los libros musulmanes, los libros hebreos y los libros indígenas. El fuego era el destino de las palabras que en el Infierno nacían.

Enero 3
La memoria andante.
En el tercer día del año 47 antes de Cristo, ardió la biblioteca más famosa de la antigüedad. Las legiones romanas invadieron Egipto, y durante una de las batallas de Julio César contra el hermano de Cleopatra, el fuego devoró la mayor parte de los miles y miles de rollos de papiro de la Biblioteca de Alejandría. Un par de milenios después, las legiones norteameri-canas invadieron Irak, y durante la cruzada de George W. Bush contra el enemigo que él mismo había inventado se hizo ceniza la mayor parte de los miles y miles de libros de la Biblioteca de Bagdad. En toda la historia de la humanidad, hubo un solo refugio de libros a prueba de guerras y de incendios: la biblioteca andante fue una idea que se le ocurrió al Gran Visir de Persia, Abdul Kassem Ismael, a fines del siglo diez. Hombre prevenido, este incansable viajero llevaba su biblioteca consigo. Cuatrocientos camellos cargaban ciento diecisiete mil libros, en una caravana de dos kilómetros de largo. Los camellos también servían de catálogo de obras: cada grupo de camellos llevaba los títulos que comenzaban con una de las treinta y dos letras del alfabeto persa.

Enero 4
Tierra que llama.
Hoy nació, en 1643, Isaac Newton. Newton nunca tuvo, que se sepa, amantes ni amantas. Murió virgen, tocado por nadie, aterrorizado por la amenaza de contagios y fantasmas. Pero este señor miedoso tuvo el coraje de investigar y revelar el movimiento de los astros, la composición de la luz, la velocidad del sonido, la conducción del calor y la ley de la gravedad, esa irresistible fuerza de atracción de la tierra que nos llama y llamándonos nos recuerda nuestro origen y nuestro destino.

Enero 5
Tierra que dice.
George Carver soñó con Dios. —Pídeme lo que quieras —ofrecía Dios. Carver pidió que le revelara los secretos del maní. —Pregúntale al maní —le dijo Dios.
George, hijo de esclavos, dedicó su vida a la resurrección de las tierras asesinadas por las plantaciones esclavistas.
En su laboratorio, que parecía cocina de alquimista, elaboró centenares de productos derivados del maní y del boniato: aceite, queso, mantequilla, salsas, mayonesa, jabón, colorantes, tintas, melazas, pegamentos, talco…
—Lo dicen las plantas —explicaba—. Ellas lo ofrecen a quien sepa escucharlas.
Cuando murió, en el día de hoy de 1943, tenía más de ochenta años y seguía difundiendo recetas y consejos, y daba clases en una rara universidad, que había sido la primera en aceptar estudiantes negros en Alabama.

Enero 6
Tierra que espera.
En el año 2009, Turquía devolvió la nacionalidad negada a Nazim Hikmet y reconoció, por fin, que era turco su poeta más amado y más odiado. El no pudo enterarse de esta buena noticia: había muerto hacía medio siglo en el exilio, donde había pasado la mayor parte de su vida. Su tierra lo esperaba, pero sus libros estaban prohibidos, y él también. El desterrado quería volver: Todavía me quedan cosas por hacer. Me reuní con las estrellas, pero no pude contarlas. Saqué agua del pozo, pero no pude ofrecerla. Nunca volvió.

Si el Bien no existe, hay que inventarlo.

Pero don Dávalos… A este paso, no va a llegar nunca. Y él aclaró: —Yo no viajo por llegar,; Viajo por ir.

La prohibición es la mejor publicidad

—¡No corran tanto, que va a parecer que estamos huyendo!

Febrero 13
El peligro de jugar.
En el año 2008, Miguel López Rocha, que estaba brincando en las afueras de la ciudad mexicana de Guadalajara, resbaló y cayó al río Santiago. Miguel tenía ocho años de edad. No murió ahogado. Murió envenenado. El río contiene arsénico, ácido sulfhídrico, mercurio, cromo, plomo y furanos, arrojados a sus aguas por Aventis, Bayer, Nestlé, IBM, DuPont, Xerox, United Plastics, Celanese y otras empresas, que en sus países tienen prohibidas esas donaciones.

Febrero 17
El festejo que no fue.
Los peones de los campos de la Patagonia argentina se habían alzado en huelga, contra los salarios cortísimos y las jornadas larguísimas, y el ejército se ocupó de restablecer el orden. Fusilar cansa. En esta noche de 1922, los soldados, exhaustos de tanto matar, fueron al prostíbulo del puerto San Julián, a recibir su merecida recompensa. Pero las cinco mujeres que allí trabajaban les cerraron la puerta en las narices y los corrieron al grito de asesinos, asesinos, fuera de aquí… Osvaldo Bayer ha guardado sus nombres. Ellas se llamaban Consuelo García, Angela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster. Las putas. Las dignas.

Febrero 19
Quizás Horacio Quiroga hubiera contado así su propia muerte:
Hoy me morí. En el año 1937, supe que tenía un cáncer incurable. Y supe que la muerte, que me perseguía desde siempre, me había encontrado. Y enfrenté a la muerte, cara a cara, y le dije: —Esta guerra acabó. Y le dije: —La victoria es tuya. Y le dije: —Pero el cuándo es mío. Y antes de que la muerte me matara, me maté.

Febrero 20
Día de la justicia social.
A fines del siglo diecinueve, Juan Pío Acosta vivía en la frontera uruguaya con Brasil. Su trabajo lo obligaba a ir y venir, de pueblo en pueblo, a través de aquellas soledades. Viajaba en un carro de caballos, junto a ocho pasajeros de primera, segunda y tercera clase. Juan Pío compraba siempre el pasaje de tercera, que era el más barato. Nunca entendió por qué había precios diferentes. Todos viajaban igual, los que pagaban más y los que pagaban menos: apretados unos contra otros, mordiendo polvo, sacudidos por el incesante traqueteo. Nunca entendió por qué, hasta que un mal día de invierno el carro se atascó en el barro. Y entonces el mayoral mandó: —¡Los de primera se quedan arriba! —¡Los de segunda se bajan! —Y los de tercera… ¡a empujar!

Febrero 26
África mía.
A fines del siglo diecinueve, las potencias coloniales europeas se reunieron, en Berlín, para repartirse el África. Fue larga y dura la pelea por el botín colonial, las selvas, los ríos, las montañas, los suelos, los subsuelos, hasta que las nuevas fronteras fueron dibujadas y en el día de hoy de 1885 se firmó, en nombre de Dios Todopoderoso, el Acta General. Los amos europeos tuvieron el buen gusto de no mencionar el oro, los diamantes, el marfil, el petróleo, el caucho, el estaño, el cacao, el café ni el aceite de palma; prohibieron que la esclavitud fuera llamada por su nombre; llamaron sociedades filantrópicas a las empresas que proporcionaban carne humana al mercado mundial; advirtieron que actuaban movidos por el deseo de favorecer el desarrollo del comercio y de la Civilización y, por si hubiera alguna duda, aclararon que actuaban preocupados por aumentar el bienestar moral y material de las poblaciones indígenas. Así Europa inventó el nuevo mapa del África. Ningún africano estuvo, ni de adorno, en esa reunión cumbre.

Marzo 4
El milagro saudí.
En 1938, estalló la gran noticia: la Standard Oil Company había descubierto un mar de petróleo bajo los inmensos arenales de Arabia Saudita. Actualmente, éste es el país que fabrica a los terroristas más famosos y el que más viola los derechos humanos; pero las potencias occidentales, que tanto invocan el peligro árabe para sembrar pánicos o arrojar bombas, se llevan de lo más bien con este reino de cinco mil príncipes. ¿Será porque también es el que más petróleo vende y el que más armas compra?

Marzo 9
El día que México invadió a los Estados Unidos.
En esta madrugada de 1916, Pancho Villa atravesó la frontera, incendió la ciudad de Columbus, mató a algunos soldados, se llevó unos cuantos caballos y municiones y al día siguiente regresó a México, para contar su hazaña. Esta fugaz incursión de los jinetes de Pancho Villa fue la única invasión que los Estados Unidos sufrieron en toda su historia. En cambio, este país ha invadido y sigue invadiendo a casi todo el mundo. Desde 1947, su Ministerio de Guerra se llama Ministerio de Defensa, y su presupuesto de Guerra se llama presupuesto de Defensa. El nombre es un enigma más indescifrable que el misterio de la Santísima Trinidad.

Marzo 12
Más sabe el sueño que la vigilia.
Se vuelve rojo el monte Fuji, el símbolo del Japón. Cubren el cielo las rojas nubes de plutonio, las nubes amarillas de estroncio, las nubes púrpuras de cesio, todas cargadas de cáncer y otros monstruos. Seis centrales nucleares han estallado. La gente, desesperada, huye hacia ninguna parte: —¡Nos han estafado! ¡Nos han mentido! Algunos se arrojan al mar o al vacío, para apresurar el destino. Akira Kurosawa soñó esta pesadilla, y la filmó, veinte años antes de la catástrofe nuclear que a principios de 2011 desencadenó un apocalipsis en su país.

Marzo 20
El mundo al revés.
El 20 de marzo del año 2003, los aviones de Irak bombardearon los Estados Unidos. Tras las bombas, las tropas iraquíes invadieron el territorio norteamericano. Hubo numerosos daños colaterales. Muchos civiles estadounidenses, en su mayoría mujeres y niños, perdieron la vida o fueron mutilados. Se desconoce la cifra exacta, porque la tradición manda contar las víctimas de las tropas invasoras y prohíbe contar las víctimas de la población invadida. La guerra fue inevitable. La seguridad de Irak, y de la humanidad entera, estaba amenazada por las armas de destrucción masiva acumuladas en los arsenales de los Estados Unidos. Ningún fundamento tenían, en cambio, los rumores insidiosos que atribuían a Irak la intención de quedarse con el petróleo de Alaska.

Marzo 23
Por qué masacramos a los indios.
En el año 1982, el general Efraín Ríos Montt volteó a otro general, mediante una certera zancadilla, y se proclamó presidente de Guatemala. Un año y medio después, el presidente, pastor de la Iglesia del Verbo, con sede en California, se atribuyó la victoria en la guerra santa que exterminó cuatrocientas cuarenta comunidades indígenas. Según él, esa hazaña no hubiera sido posible sin la ayuda del Espíritu Santo, que dirigía sus servicios de inteligencia. Otro importante colaborador, su asesor espiritual Francisco Bianchi, explicó a un corresponsal del diario The New York Times: —La guerrilla tiene muchos colaboradores entre los indios. Esos indios son subversivos, ¿verdad? ¿Y cómo acabar con la subversión? Es evidente que hay que matar a esos indios. Y luego se dirá: “Están masacrando inocentes Pero no son inocentes.

Marzo 30
Día del servicio doméstico.
Maruja no tenía edad. De sus años de antes, nada contaba. De sus años de después, nada esperaba. No era linda, ni fea, ni más o menos. Caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero, o la escoba, o el cucharón. Despierta, hundía la cabeza entre los hombros. Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas. Cuando le hablaban, miraba el suelo, como quien cuenta hormigas. Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria. Nunca había salido de la ciudad de Lima. Mucho trajinó, de casa en casa, y en ninguna se hallaba. Por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona. A los pocos días, se fue. Se estaba encariñando.

Abril 5
Día de la luz.
Ocurrió en África, en Ifé, ciudad sagrada del reino de los yorubas, quizás un día como hoy, o quién sabe cuándo. Un viejo, ya muy enfermo, reunió a sus tres hijos, y les anunció: —Mis cosas más queridas serán de quien pueda llenar completamente esta sala. Y esperó afuera, sentado, mientras caía la noche. Uno de los hijos trajo toda la paja que pudo reunir, pero la sala quedó llena hasta la mitad. Otro trajo toda la arena que pudo juntar, pero la mitad de la sala quedó vacía. El tercer hijo encendió una vela. Y la sala se llenó

Abril 8
El hombre que nació muchas veces.
Hoy murió, en 1973, Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso, más conocido como Pablo Picasso. Había nacido en 1881. Y se ve que le gustó, porque siguió naciendo.

Abril 9
La buena salud.
En el año 2011, por segunda vez la población de Islandia dijo no a las órdenes del Fondo Monetario Internacional. El Fondo y la Unión Europea habían resuelto que los trescientos veinte mil habitantes de Islandia debían hacerse cargo de la bancarrota de los banqueros, y pagar sus deudas internacionales a doce mil euros por cabeza. Esta socialización al revés fue rechazada en dos plebiscitos: —Esa deuda no es nuestra deuda. ¿Por qué vamos a pagarla nosotros? En un mundo enloquecido por la crisis financiera, la pequeña isla perdida en las aguas del norte nos dio, a todos, una saludable lección de sentido común.

Abril 11
Miedos de comunicación.
En el día de hoy del año 2002, un golpe de Estado convirtió al presidente de los empresarios en presidente de Venezuela. Poco le duró la gloria. Un par de días después, los venezolanos, volcados a las calles, restituyeron al presi-dente elegido por sus votos. Las grandes televisoras y las radios de mayor difusión de Venezuela habían celebrado el golpe, pero no se enteraron de que la pueblada había devuelto a Hugo Chávez a su legítimo lugar. Por tratarse de una noticia desagradable, los medios de comunicación no la comunicaron.

Abril 12
La fabricación del culpable.
Un día como hoy del año 33, día más, día menos, Jesús de Nazaret murió en la cruz. Sus jueces lo condenaron por incitación a la idolatría, blasfemias y superstición abominable. Unos siglos después, los indios de las Américas y los herejes de Europa fueron condenados por esos mismos crímenes, exactamente los mismos, y en nombre de Jesús de Nazaret se les aplicó castigo de azote, horca o fuego.

Abril 22
Día de la tierra.
Einstein dijo, alguna vez: —Si las abejas desaparecieran, ¿cuántos años de vida le quedarían a la tierra? ¿Cuatro, cinco? Sin abejas no hay polinización, y sin polinización no hay plantas, ni animales, ni gente. Lo dijo en rueda de amigos. Los amigos se rieron. El no. Y ahora resulta que en el mundo hay cada vez menos abejas. Y hoy, Día de la tierra, vale la pena advertir que eso no ocurre por voluntad divina ni maldición diabólica, sino por el asesinato de los montes nativos y la proliferación de los bosques industriales; por los cultivos de exportación, que prohíben la diversidad de la flora; por los venenos que matan las plagas y de paso matan la vida natural; por los fertilizantes químicos, que fertilizan el dinero y esterilizan el suelo, y por las radiaciones de algunas máquinas que la publicidad impone a la sociedad de consumo.

Abril 23
La fama es puro cuento.
Hoy, Día del libro, no viene mal recordar que la historia de la literatura es una paradoja incesante.
¿Cuál es el episodio más popular de la Biblia? Adán y Eva mordiendo la manzana. En la Biblia, no está.
Platón nunca escribió su famosa frase: Sólo los muertos han visto cómo termina la guerra.
Don Quijote de La Mancha nunca dijo: Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.
No fue dicha ni escrita por Voltaire su frase más conocida: No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo.
Georg Friedrich Hegel nunca escribió: Gris es la teoría, y verde el árbol de la vida.
Sherlock Holmes jamás dijo: Elemental, mi querido Watson.
En ninguno de sus libros, ni panfletos, Lenin escribió: El fin justifica los medios.
Bertolt Brecht no fue el autor de su poema más celebrado: Primero se llevaron a los comunistas/ pero a mí no me importó/ porque yo no era comunista…
Jorge Luis Borges no fue el autor de su más difundido poema: Si pudiera vivir nuevamente mi vida/ trataría de cometer más errores…

Abril 24
El peligro de publicar.
En el año 2004, el gobierno de Guatemala quebrantó por una vez la tradición de impunidad del poder, y oficialmente reconoció que Myrna Mack había sido asesinada por orden de la presidencia del país. Myrna había cometido una búsqueda prohibida. A pesar de las amenazas, se había metido en las selvas y las montañas donde deambulaban, exiliados en su propio país, los indígenas que habían sobrevivido a las matanzas militares. Y había recogido sus voces. En 1989, en un congreso de ciencias sociales, un an-tropólogo de los Estados Unidos se había quejado de la presión de las universidades que obligaban a producir continuamente: —En mi país —dijo—, si no publicas estás muerto. Y Myrna dijo: —En mi país, estás muerto si publicas. Ella publicó. La mataron a puñaladas.

Abril 26
Aquí no ha pasado nada.
Ocurrió en Chernobyl, Ucrania, en 1986. Fue la más grave catástrofe nuclear hasta entonces padecida en el mundo entero, pero los pájaros que huyeron y los gusanos que se hundieron bajo tierra fueron los únicos que informaron de la tragedia desde el primer instante. El gobierno soviético dictó orden de silencio. La lluvia radiactiva invadió buena parte de Europa y el gobierno seguía negando o callando. Un cuarto de siglo después, en Fukushima, estallaron varios reactores nucleares y el gobierno japonés también calló o negó las versiones alarmistas. Razón tenía el veterano periodista inglés Claude Cockburn cuando aconsejaba: —No creas nada hasta que sea oficialmente desmentido.

Abril 27
Las vueltas de la vida.
El Partido Conservador gobernaba Nicaragua cuando en este día de 1837 se reconoció a las mujeres el derecho de abortar si su vida corría peligro. Ciento setenta años después, en ese mismo país, los legisladores que decían ser revolucionarios sandinistas prohibieron el aborto en cualquier circunstancia, y así condenaron a las mujeres pobres a la cárcel o al cementerio.

Abril 28
Este inseguro mundo.
Hoy, Día de la seguridad en el trabajo, vale la pena advertir que hoy por hoy no hay nada más inseguro que el trabajo. Cada vez son más y más los trabajadores que despiertan, cada día, preguntando: —¿Cuántos sobraremos ? ¿Quién me comprará? Muchos pierden el trabajo y muchos pierden, trabajando, la vida: cada quince segundos muere un obrero, asesinado por eso que llaman accidentes de trabajo. La inseguridad pública es el tema preferido de los políticos que desatan la histeria colectiva para ganar elecciones. Peligro, peligro, proclaman: en cada esquina acecha un ladrón, un violador, un asesino. Pero esos políticos jamás denuncian que trabajar es peligroso, y es peligroso cruzar la calle, porque cada veinticinco segundos muere un peatón, asesinado por eso que llaman accidente de tránsito; y es peligroso comer, porque quien está a salvo del hambre puede sucumbir envenenado por la comida química; y es peligroso respirar, porque en las ciudades el aire puro es, como el silencio, un artículo de lujo; y también es peligroso nacer, porque cada tres segundos muere un niño que no ha llegado vivo a los cinco años de edad.

Abril 30
Las rondas de la memoria.
Esta tarde del año 1977, se reunieron por primera vez catorce madres de hijos desaparecidos. Desde entonces, buscaron juntas, juntas golpearon las puertas que no se abrían: —Todas por todas —decían. Y decían: —Todos son nuestros hijos. Miles y miles de hijos habían sido devorados por la dictadura militar argentina y más de quinientos niños habían sido repartidos como botín de guerra, y ni una palabra decían los diarios, las radios, ni los canales de televisión. Unos meses después de la primera reunión, tres de aquellas madres, Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Eugenia Ponce, desaparecieron también, como sus hijos, y como ellos fueron torturadas y asesinadas. Pero ya era imparable la ronda de los jueves. Los pañuelos blancos daban vueltas y más vueltas a la Plaza de Mayo, y al mapa del mundo.

Mayo 1
Día de los trabajadores.
Tecnología del vuelo compartido: el primer pato que levanta vuelo abre paso al segundo, que despeja el camino al tercero, y la energía del tercero alza al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, que presta viento al séptimo… Cuando se cansa, el pato que hace punta baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro, que sube al vértice de esa V que los patos dibujan en el aire. Todos se van turnando, atrás y adelante; y ninguno se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás.

Mayo 3
La deshonra.
A fines de 1979, las tropas soviéticas invadieron Afganistán. Según la explicación oficial, la invasión quería defender al gobierno laico que estaba intentando modernizar el país. Yo fui uno de los miembros del tribunal internacional que en Estocolmo se ocupó del tema, en el año 1981. Nunca olvidaré el momento culminante de aquellas sesiones. Daba su testimonio un alto jefe religioso, representante de los fundamentalistas islámicos, que en aquel entonces eran llamados freedom fighters, guerreros de la libertad, y ahora son terroristas. Aquel anciano tronó: —¡Los comunistas han deshonrado a nuestras hijas! ¡Les han enseñado a leer y a escribir!

Para que veas los mundos del mundo, cambia tus ojos. Para que los pájaros escuchen tu canto, cambia tu garganta.

Mayo 14
La deuda ajena.
En el día de hoy de 1948, nació el estado de Israel. Pocos meses después, ya había más de ochocientos mil palestinos expulsados, y más de quinientas aldeas demolidas. Esas aldeas, donde crecían los olivos, las higueras, los almendros y los árboles frutales, yacen sepultadas bajo las autopistas, los centros comerciales y los parques de diversiones. Son muertas sin nombre. El Comité de Nombres de las nuevas autoridades ha rebautizado el mapa. Ya poca Palestina queda. La implacable devoración del mapa invoca títulos de propiedad, generosamente otorgados por la Biblia, y se justifica por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió. La cacería de judíos fue, siempre, una costumbre europea; pero los palestinos pagan esa deuda ajena.

Mayo 15
Que mañana no sea otro nombre de hoy.
En el año 2011, miles de jóvenes, despojados de sus tasas y sus empleos, ocuparon las plazas y las calles de varias ciudades de España. Y la indignación se difundió. La buena salud resultó más contagiosa que las pestes, y las voces de los indignados atravesaron las fronteras dibujadas en los mapas. Así resonaron en el mundo: Nos dijeron “¡a la puta calle!”, y aquí estamos. Apaga la tele y enciende la calle. La llaman crisis, pero es estafa. No falta dinero: sobran ladrones. Los mercados gobiernan. Yo no los voté. Ellos toman decisiones por nosotros, sin nosotros. Se alquila esclavo económico. Estoy buscando mis derechos. ¿Alguien los ha visto? Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir.

Mayo 16
Marche al manicomio.
Los meros y otros peces, los delfines, los cisnes, los flamencos, los albatros, los pingüinos, los bisontes, las avestruces, los osos koalas, los orangutanes y otros monos, las mariposas y otros insectos y muchos más parientes nuestros del reino animal tienen relaciones homosexuales, hembra con hembra, macho con macho, por un rato o para siempre. Menos mal que no son personas: se salvaron del manicomio. Hasta el día de hoy del año 1990, la homosexualidad integró la lista de enfermedades mentales de la Organi-zación Mundial de la Salud.

Mayo 19
El profeta Mark.
Mark Twain había anunciado: —Yo llegué con el cometa Halley, en 1835. El cometa volverá en 1910, y yo espero irme con él. Sin duda, el Todopoderoso ha dicho: “He aquí dos anormalidades inexplicables. Han llegado juntas, y juntas se irán”. El cometa visitó la tierra en estos días de 1910. Twain, impaciente, se había ido un mes antes.

Mayo 20
Un raro acto de cordura.
En 1998, Francia dictó la ley que redujo a treinta y cinco horas semanales el horario de trabajo. Trabajar menos, vivir más: Tomás Moro lo había soñado, en su Utopía, pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común. Al fin y al cabo, ¿para qué sirven las máquinas si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? ¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia? Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón. Pero poco duró la cordura. La ley de las treinta y cinco horas murió a los diez años.

Mayo 21
Día de la diversidad cultural.
En 1906, un pigmeo cazado en la selva del Congo llegó al zoológico del Bronx, en Nueva York. Fue llamado Ota Benga, y fue exhibido al público, en una jaula, junto con un orangután y cuatro chimpancés. Los expertos explicaban al público que este humanoide podía ser el eslabón perdido, y para confirmar esa sospecha lo mostraban jugando con sus hermanos peludos.

Mayo 23
La fabricación del poder.
En 1937 murió John D. Rockefeller, dueño del mundo, rey del petróleo, fundador de la Standard Oil Company. Había vivido casi un siglo. En la autopsia, no se encontró ningún escrúpulo.

Mayo 25
Herejías.
En el año 325, en la ciudad de Nicea, se celebró el primer concilio ecuménico de la cristiandad, convocado por el emperador Constantino. Durante los tres meses que duró el concilio, trescientos obispos aprobaron algunos dogmas necesarios en la lucha contra las herejías, y decidieron que la palabra herejía, del griego haíresis, que significaba elección, pasara a significar error. O sea: comete error quien elige libremente y desobedece a los dueños de la fe.

Mayo 28
Oswiecim.
En el día de hoy del año 2006, el papa Benedicto, sumo pontífice de la Iglesia Católica, paseó entre los jardines de la ciudad que se llama, en lengua polaca, Oswiecim. A cierta altura del paseo, el paisaje cambió. En lengua alemana, la ciudad de Oswiecim se llama Auschwitz. Y en Auschwitz, el Papa habló. Desde la fábrica de muerte más famosa del mundo, preguntó: —Y Dios, ¿dónde estaba? Y nadie le informó que Dios nunca había cambiado de domicilio. Y preguntó: —¿Por qué Dios se quedó callado? Y nadie le aclaró que quien se había quedado callada era la Iglesia, su Iglesia, que en nombre de Dios hablaba.

Junio 2
Los indios son personas.
En 1537, el papa Paulo III dictó la bula Sublimis Deus. La bula salió al choque contra quienes, deseando saciar su codicia, se atreven a afirmar que los indios deben ser dirigidos a nuestra obediencia, como si fueran animales, con el pretexto de que ignoran la fe católica. Y en defensa de los aborígenes del Nuevo Mundo, estableció que son verdaderos hombres, y como verdaderos hombres que son pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades y no deben ser reducidos a servidumbre. En América, nadie se enteró.

Junio 5
La naturaleza no es muda.
La realidad pinta naturalezas muertas. Las catástrofes se llaman naturales, como si la naturaleza fuera el verdugo y no la víctima, mientras el clima se vuelve loco de remate y nosotros también. Hoy es el Día del medio ambiente. Un buen día para celebrar la nueva Constitución de Ecuador, que en el año 2008, por primera vez en la historia del mundo, reconoció a la naturaleza como sujeto de derecho. Suena raro esto de que la naturaleza tenga derechos, como si fuera persona. En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de los Estados Unidos tengan derechos humanos. Y los tienen, por decisión de la Suprema Corte de Justicia, desde 1886. Si la naturaleza fuera banco, ya la habrían salvado.

Junio 10
Y un siglo después.
En estos días del año 2010, se abrió en Buenos Aires el debate sobre el proyecto de legalización del matrimonio homosexual. Sus enemigos lanzaron la guerra de Dios contra las bodas del Infierno, pero el proyecto fue venciendo obstáculos, a lo largo de un camino espinoso, hasta que el 15 de julio Argentina se convirtió en el primer país latinoamericano que reconoció la plena igualdad de todas y de todos en el arcoíris de la diversidad sexual. Fue una derrota de la hipocresía dominante, que invita a vivir obedeciendo y a morir mintiendo, y fue una derrota de la Santa Inquisición, que cambia de nombre pero siempre tiene leña para la hoguera.

Junio 12
La explicación del misterio.
En el año 2010, la guerra contra Afganistán confesó su porqué: el Pentágono reveló que en ese país había yacimientos que valían más de un millón de millones de dólares. Esos yacimientos no contenían talibanes. Contenían oro, cobalto, cobre, hierro y sobre todo litio, imprescindible en los teléfonos celulares y las com-putadoras portátiles.

Junio 13
Daños colaterales.
En estos días del año 2010 se supo que son cada vez más los soldados norteamericanos que se suicidan. Los suicidados están siendo casi tantos como los muertos en combate. Para resolver este problema, el Pentágono ha resuelto multiplicar a sus especialistas en salud mental, que integran el sector más promisorio de las fuerzas armadas. El mundo se está convirtiendo en un inmenso cuartel, y el inmenso cuartel se está convirtiendo en un manicomio del tamaño del mundo. En este manicomio, ¿quiénes son los locos? ¿Los soldados que se matan o las guerras que los mandan matar?

Junio 14
La bandera como disfraz.
En el día de hoy de 1982, la dictadura argentina perdió la guerra. Mansamente se rindieron, sin que se hicieran ni un tajito al afeitarse, los generales que habían jurado dar la vida por la recuperación de las islas Malvinas, usurpadas por el imperio británico. División militar del trabajo: estos heroicos violadores de mujeres atadas, estos valientes torturadores y ladrones de bebés y de todo lo que pudieron robar, se habían ocupado de las arengas patrioteras, mientras mandaban al matadero a los jóvenes reclutas de las provincias más pobres, que en aquellas lejanas islas del sur murieron de bala o de frío.

Junio 15
Una mujer cuenta.
Varios generales argentinos fueron sometidos ajuicio por sus hazañas cometidas en tiempos de la dictadura militar. Silvina Parodi, una estudiante acusada de ser protestona metelíos, fue una de las muchas prisioneras desaparecidas para siempre. Cecilia, su mejor amiga, ofreció testimonio, ante el tribunal, en el año 2008. Contó los suplicios que había sufrido en el cuartel, y dijo que había sido ella quien había dado el nombre de Silvina cuando ya no pudo aguantar más las torturas de cada día y cada noche: —Fui yo. Yo llevé a los verdugos a la casa donde estaba Silvina. Yo la vi salir, a los empujones, a culatazos, a patadas. Yo la escuché gritar. A la salida del tribunal, alguien se acercó y le preguntó, en voz baja: —Y después de eso, ¿cómo hizo usted para seguir viviendo? Y ella contestó, en voz más baja todavía: —¿Y quién le dijo a usted que yo estoy viva ?

Junio 21
Todos somos tú.
En el año 2001, resultó sorprendente el partido de fútbol entre los equipos de Treviso y Génova. Un jugador del Treviso, Akeem Omolade, africano de Nigeria, recibía frecuentes silbidos y rugidos burlones y cantitos racistas en los estadios italianos. Pero en el día de hoy, hubo silencio. Los otros diez jugadores del Treviso jugaron el partido con las caras pintadas de negro.

Junio 26
El reino del miedo.
Hoy es el Día contra la tortura.
Por trágica ironía, la dictadura militar del Uruguay nació al día siguiente, en 1973, y convirtió al país entero en una gran cámara de torturas. Los suplicios servían poco o nada para arrancar información, pero eran muy útiles para sembrar el miedo, y el miedo obligó a los uruguayos a vivir callando o mintiendo. En el exilio, recibí una carta anónima: Es jodido mentir, y es jodido acostumbrarse a mentir. Pero peor que mentir es enseñar a mentir. Yo tengo tres hijos.

Junio 27
Somos todos culpables.
El Directorium Inquisitorium, publicado por la Santa Inquisición en el siglo catorce, difundió las reglas del suplicio, y la más importante mandaba: Se torturará al acusado que vacila en sus respuestas.

Junio 29
El Más Acá.
Dizque dicen que hoy es el Día de san Pedro, y dicen que él tiene las llaves del Cielo. Vaya uno a saber. Fuentes bien informadas aseguran que el Cielo y el Infierno son nada más que dos nombres del mundo, y cada uno de nosotros los lleva adentro.

Julio 1
Un terrorista menos.
En el año 2008, el gobierno de los Estados Unidos decidió borrar a Nelson Mandela de la lista de terroristas peligrosos. Durante sesenta años, el africano más prestigioso del mundo había integrado ese tenebroso catálogo.

Practicó el amor al prójimo (empezando por las prójimas, decía).

Julio 6
Engáñame.
Hoy fue bautizado, en 1810, en Connecticut, un bebé llamado Phineas Barnum. Ya mayorcito, fundó el más famoso de los circos. El circo empezó siendo un museo de rarezas y mons-truosidades, donde acudían las multitudes: se inclinaban ante una esclava ciega, que tenía 161 años y había dado de mamar a George Washington; besaban la mano de Napoleón Bonaparte, que medía 64 centímetros de alto; y comprobaban que estaban bien pegaditos los hermanos siameses Chang y Eng, y que las tres sirenas del circo tenían auténticas colas de pez. Barnum fue el hombre más envidiado por los políticos profesionales de todos los tiempos. El llevó a la práctica, mejor que nadie, su gran descubrimiento: A la gente le encanta que la engañen.

Julio 11
La fabricación de lágrimas.
En 1941, todo Brasil lloraba el primer radioteatro: Crema dental Colgate presenta… “En busca de la felicidad” El drama había sido importado de Cuba y adaptado a la realidad nacional. Los personajes tenían dinero de sobra, pero eran desdichados. Cada vez que estaban a punto de alcanzar la felicidad, el Destino cruel echaba todo a perder. Así pasaron casi tres años, capítulo tras capítulo, y ni las moscas volaban cuando llegaba la hora de la novela. No había radios en algunas aldeas escondidas en el interior de Brasil. Pero siempre había alguien dispuesto a cabalgar unas cuantas leguas, escuchar el capítulo, memorizarlo bien y regresar al galope. Entonces el jinete contaba lo que había oído. Y su relato, mucho más largo que el original, convocaba a una multitud de vecinos ávidos por saborear las últimas desgracias, con ese impagable placer de los pobres cuando pueden sentir lástima por los ricos.

Julio 15
Una ceremonia de exorcismo.
En esta noche de 1950, víspera de la final del campeonato mundial de fútbol, Moacir Barbosa durmió arrullado por los ángeles. Él era el hombre más querido de todo Brasil. Pero al día siguiente, el mejor arquero del mundo pasó a ser un traidor a la patria: Barbosa no había sido capaz de atajar el gol uruguayo que arrebató a Brasil el trofeo mundial. Trece años después, cuando el estadio de Maracaná renovó sus arcos, Barbosa se llevó los tres palos donde aquel gol lo había humillado. Y partió los palos a golpes de hacha, y los quemó hasta hacerlos ceniza. El exorcismo no lo salvó de la maldición.

Julio 16
Mi querido enemigo.
Blanca era la camiseta de Brasil. Y nunca más fue blanca, desde que el Mundial de 1950 demostró que ese color daba desgracia. Doscientas mil estatuas de piedra en el estadio de Maracaná: el partido final había concluido, Uruguay era campeón del mundo, y el público no se movía. En la cancha deambulaban, todavía, algunos jugadores. Los dos mejores, Obdulio y Zizinho, se cruzaron. Se cruzaron, se miraron. Eran muy diferentes. Obdulio, el vencedor, era de hierro. Zizinho, el vencido, estaba hecho de música. Pero también eran muy parecidos: los dos habían jugado lastimados casi todo el campeonato, uno con el tobillo inflamado, el otro con la rodilla hinchada, y a ninguno se le había escuchado una queja. Al fin del partido, no sabían si darse un puñetazo o un abrazo. Años después, le pregunté a Obdulio: —¿Te ves con Zizinho ? —Sí. De vez en cuando. Cerramos los ojos y nos vemos.

Julio 23
Gemelos.
En 1944, en el paraíso turístico de Bretton Woods, se confirmó que estaban en gestación los hermanos gemelos que la humanidad necesitaba. Uno iba a llamarse Fondo Monetario Internacional y el otro, Banco Mundial. Como Rómulo y Remo, los gemelos fueron amamantados por la loba, y en la ciudad de Washington, cerquita de la Casa Blanca, encontraron residencia. Desde entonces, los dos gobiernan a los gobiernos del mundo. En países donde han sido votados por nadie, los gemelos imponen el deber de obediencia como fatalidad del destino: vigilan, amenazan, castigan, toman examen: —¿Te has portado bien ? ¿Has hecho los deberes?

Julio 25
Receta para difundir la peste.
En el siglo catorce, los fanáticos custodios de la fe católica declararon la guerra contra los gatos en las ciudades europeas. Los gatos, animales diabólicos, instrumentos de Satán, fueron crucificados, empalados, desollados vivos o arrojados a las llamas. Entonces las ratas, liberadas de sus peores enemigos, se hicieron dueñas de las ciudades. Y la peste negra, por las ratas trasmitida, mató a treinta millones de europeos.

Julio 26
Llueven gatos.
En la gran isla de Borneo, los gatos comían a las lagartijas, que comían a las cucarachas, y las cucarachas comían a las avispas, que comían a los mosquitos. El DDT no figuraba en el menú. A mediados del siglo veinte, la Organización Mundial de la Salud bombardeó la isla con descargas masivas de DDT, para combatir la malaria, y aniquiló los mosquitos y todo lo demás. Cuando las ratas se enteraron de que también los gatos habían muerto envenenados, invadieron la isla, devoraron los frutos de los campos y propagaron el tifus y otras calamidades. Ante el imprevisto ataque de las ratas, los expertos de la Organización Mundial de la Salud reunieron su comité de crisis y resolvieron enviar gatos en paracaídas. En estos días de 1960, decenas de felinos atravesaron el cielo de Borneo. Los gatos aterrizaron suavemente, ovacionados por los humanos que habían sobrevivido a la ayuda internacional.

Agosto 6
La bomba de Dios.
En 1945, mientras este día nacía, murió Hiroshima. En el estreno mundial de la bomba atómica, la ciudad y su gente se hicieron carbón en un instante. Los pocos sobrevivientes deambulaban, mutilados, sonámbulos, entre las ruinas humeantes. Iban desnudos, y en sus cuerpos las quemaduras habían estampado las ropas que vestían cuando la explosión. En los restos de las paredes, el fogonazo de la bomba atómica había dejado impresas las sombras de lo que hubo: una mujer con los brazos alzados, un hombre, un caballo atado… Tres días después, el presidente Harry Traman habló por radio. Dijo: —Agradecemos a Dios que haya puesto la bomba en nuestras manos, y no en manos de nuestros enemigos; y le rogamos que nos guíe en su uso de acuerdo con sus caminos y sus propósitos.

Agosto 7
Espíame.
En 1876, nació Mata Hari. Suntuosos lechos fueron sus campos de batalla en la primera guerra mundial. Altos jefes militares y políticos de mucho poder sucumbieron al encanto de sus armas, y le confiaron secretos que ella vendía a Francia, Alemania o a quien mejor le pagara. En 1917, fue condenada a muerte. La espía más deseada del mundo lanzó besos de adiós al pelotón de fusilamiento. Ocho de los doce soldados erraron el tiro.

Agosto 8
Maldita América.
Hoy murió, en 1553, el médico y escritor italiano Girolamo Fracastoro. Entre otras enfermedades contagiosas, Fracastoro había investigado la sífilis, y había llegado a la conclusión de que esa enfermedad europea no provenía de los indios de las Américas. En nuestros días, Moacyr Scliar, brasileño, colega de Fracastoro en la ciencia y en las letras, también desmiente el origen de la presunta maldición americana: desde antes de la conquista del Nuevo Mundo ya los franceses llamaban a la sífilis el mal italiano, y los italianos la llamaban el mal francés; los holandeses y los portugueses la llamaban enfermedad española; era enfermedad portuguesa para los japoneses, enfermedad alemana para los polacos y enfermedad polaca para los rusos, y los persas creían que era peste de los turcos.

Agosto 11
Familia.
Según se sabe en el África negra y en la América indígena, tu familia es tu aldea completa, con todos sus vivos y sus muertos. Y tu parentela no termina en los humanos. Tu familia también te habla en la crepitación del fuego, en el rumor del agua que corre, en la respiración del bosque, en las voces del viento, en la furia del trueno, en la lluvia que te besa y en el canterío de los pájaros que saludan tus pasos.

Agosto 12
Atletos y atletas.
En 1928, culminaron las olimpíadas de Amsterdam. Tarzán, alias Johnny Weissmuller, fue campeón de natación, y Uruguay, campeón de fútbol. Y por primera vez la llama olímpica, encendida en una torre, acompañó las jomadas del principio al fin. Pero estos juegos resultaron memorables por otra novedad: por primera vez, participaron mujeres. Nunca, en toda la historia de las olimpíadas, desde Grecia en adelante, se había visto nada igual. En las olimpíadas griegas, las mujeres tenían prohibido competir, y ni siquiera podían asistir a los espectáculos. Y el fundador de las olimpíadas modernas, el Barón de Coubertin, se opuso a la presencia femenina mientras duró su reinado: —Para ellas, la gracia, el hogar y los hijos. Para ellos, la competición deportiva.

Agosto 15
La perla y la corona.
Winston Churchill había anunciado: —Es alarmante y nauseabundo ver a este señor Gandhi, este maligno y fanático subversivo… La verdad es que tarde o temprano tendremos que hacerle frente, a él y a todos los que lo apoyan, y finalmente aplastarlos. De nada vale tratar de calmar al tigre dándole comida de gato. Y no tenemos la menor intención de abandonar la más brillante y preciosa perla de nuestra corona, gloria y poder del Imperio Británico. Pero algunos años después, la perla abandonó la corona. En el día de hoy de 1947, la India conquistó su independencia. El duro camino hacia la libertad se había abierto en 1930, cuando Mahatma Gandhi, escuálido, casi desnudo, llegó a una playa del océano índico. Era la marcha de la sal. Habían sido poquitos cuando la marcha partió, pero una multitud llegó a destino. Y cada uno recogió un puñado de sal y la llevó a la boca, y así cada uno violó la ley británica, que prohibía que los hindúes consumieran la sal de su propio país.

Agosto 16
Las semillas suicidas.
Desde hace unos trescientos sesenta millones de años, las plantas vienen produciendo semillas fecundas, que generan nuevas plantas y nuevas semillas, y nunca han cobrado nada por ese favor que nos hacen. Pero en 1998, fue otorgada a la empresa Delta and Pine la patente que santifica la producción y la venta de semillas estériles, que obligan a comprar nuevas semillas en cada siembra. A mediados de agosto del año 2006, la empresa Monsanto, de sacro nombre, se adueñó de la Delta and Pine, y también de la patente. Así Monsanto consolidó su poder universal: las semillas estériles, llamadas semillas suicidas o semillas Terminator, integran el muy lucrativo negocio que también obliga a comprar herbicidas, pesticidas y otros venenos de la farmacia transgénica. En la Pascua del año 2010, pocos meses después del terremoto, Haití recibió un gran regalo de Monsanto: sesenta mil bolsas de semillas producidas por la industria química. Los campesinos se juntaron para recibir la ofrenda, y quemaron todas las bolsas en una inmensa hoguera.

Agosto 20
La mano de obra celestial.
En la sierra ecuatoriana, se alza la iglesia de Licto. Esta fortaleza de la fe fue reconstruida, con piedras gigantescas, mientras nacía el siglo veinte. Como ya no había esclavitud, o eso decía la ley, indios libres cumplieron la tarea: cargaron las piedras a sus espaldas, desde una cantera lejana, a varias leguas de allí, y unos cuantos dejaron la vida en el camino de quebradas profundéis y senderos angostos. Los curas cotizaban en piedras la salvación de los pe-cadores. Cada bautismo se pagaba con veinte bloques y veinticinco costaba una boda. Quince piedras era el precio de un entierro. Si la familia no las entregaba, el difunto no entraba al cementerio: se lo enterraba en tierra mala, y de ahí marchaba derechito al Infierno.

Agosto 21
La división del trabajo.
En la universidad norteamericana de Stanford se realizó un revelador experimento sobre la relación entre el hombre y su función. Los psicólogos reclutaron algunos estudiantes blancos, de buena educación, buena conducta y buena salud física y mental. El vuelo de una moneda decidió quién sería carcelero y quién sería prisionero en una cárcel ficticia, inventada en los sótanos de la universidad. Los prisioneros, desarmados, eran números sin nombres. Los carceleros, nombres sin números, llevaban cachiporras. Parecía un juego, pero desde el primer día los que hacían el papel de carceleros empezaron a sentirle el gustito. El permiso para ir al baño sólo se otorgaba tras mucho rogar, los presos dormían desnudos en el piso de hormigón, y en celdas de castigo, sin comer ni beber, pagaban la insolencia de hablar en voz alta. Golpes, insultos, humillaciones: poco duró el experimento. No más que una semana. En el día de hoy de 1971, se dio por concluido.

Agosto 28
“Yo tengo un sueño”.
En este día de 1963, ante un inmenso gentío que cubría las calles de Washington, el pastor Martin Luther King soñó en voz alta: —Sueño que algún día mis hijos no serán juzgados por el color de su piel, sueño que algún día toda llanura se elevará y toda montaña encogerá… Por entonces, el FBI dictaminó que King era el negro más peligroso para el futuro de esta nación, y numerosos espías perseguían paso a paso sus días y sus noches. Pero él siguió denunciando la humillación racial y la guerra de Vietnam, que convertía a los negros en carne de cañón, y sin pelos en la lengua decía que su país era el mayor proveedor de violencia en el mundo. En 1968, una bala le partió la cara.

Agosto 29
Hombre de color.
Querido hermano blanco: Cuando yo nací, era negro. Cuando crecí, era negro. Cuando me da el sol, soy negro. Cuando estoy enfermo, soy negro. Cuando muera, seré negro. Y mientras tanto, tú: Cuando naciste, eras rosado. Cuando creciste, fuiste blanco. Cuando te da el sol, eres rojo. Cuando sientes frío, eres azul. Cuando sientes miedo, eres verde. Cuando estás enfermo, eres amarillo. Cuando mueras, serás gris. Entonces, ¿cuál de nosotros dos es un hombre de color? (De Léopold Senghor, poeta de Senegal)

Agosto 30
Día de los desaparecidos.
Desaparecidos: los muertos sin tumba, las tumbas sin nombre. Y también: los bosques nativos, las estrellas en la noche de las ciudades, el aroma de las flores, el sabor de las frutas, las cartas escritas a mano, los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo, el fútbol de la calle, el derecho a caminar, el derecho a respirar, los empleos seguros, las jubilaciones seguras, las casas sin rejas, las puertas sin cerradura, el sentido comunitario y el sentido común.

Septiembre 8
Día de la alfabetización.
Sergipe, nordeste del Brasil: Paulo Freire inicia una nueva jomada de trabajo con un grupo de campesinos muy pobres, que se están alfabetizando. —¿ Cómo estás, Joáo ? Joáo calla. Estruja su sombrero. Largo silencio, y por fin dice: —No pude dormir. Toda la noche sin pegar los ojos. Más palabras no le salen de la boca, hasta que murmura: —Ayer yo escribí mi nombre por primera vez.

Septiembre 14
La independencia como medicina preventiva.
En la noche de hoy de 1821, unos poquitos caballeros redactaron el Acta de Independencia de Centroamérica, que solemnemente firmaron en la mañana siguiente. El Acta dice, o más bien confiesa, que había que declarar sin demora la independencia, para prevenir las consecuencias que serían terribles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.

Septiembre 15
¡Adopte un banquerito!
En el año 2008, se fue a pique la Bolsa de Nueva York. Días histéricos, días históricos: los banqueros, que son los más peligrosos asaltantes de bancos, habían desvalijado sus empresas, aunque jamás fueron filmados por las cámaras de vigilancia y ninguna alarma sonó. Y ya no hubo manera de evitar el derrumbe general. El mundo entero se desplomó, y hasta la luna tuvo miedo de perder su trabajo y verse obligada a buscar otro cielo. Los magos de Wall Street, expertos en la venta de castillos en el aire, robaron millones de casas y de empleos, pero sólo un banquero fue a la cárcel. Los demás imploraron a gritos una ayudita por amor de Dios y recibieron, por mérito de sus afanes, la mayor recompensa jamás otorgada en la historia humana. Ese dineral hubiera alcanzado para dar de comer a todos los hambrientos del mundo, con postre incluido, de aquí a la eternidad. A nadie se le ocurrió la idea.

Septiembre 22
Día sin autos.
Los ecologistas y otros irresponsables proponen que por un día, en el día de hoy, los automóviles desaparezcan del mundo. ¿Un día sin autos? ¿Y si el ejemplo se contagia y ese día pasa a ser todos los días? Dios no lo quiera, y el Diablo tampoco. Los hospitales y los cementerios perderían su más numerosa clientela. Las calles se llenarían de ridículos ciclistas y patéticos peatones. Los pulmones ya no podrían respirar el más sabroso de los venenos. Las piernas, que se han olvidado de caminar, tropezarían con cualquier piedrita. El silencio aturdiría los oídos. Las autopistas serían deprimentes desiertos. Las radios, las televisiones, las revistas y los periódicos perderían a sus más generosos anunciantes. Los países petroleros quedarían condenados a la miseria. El maíz y la caña de azúcar, ahora convertidos en comida de autos, regresarían al humilde plato humano.

Septiembre 27
Pompas fúnebres.
Durante las once presidencias de Antonio López de Santa Anna, México perdió la mitad de su territorio y el presidente perdió una pierna. Medio México fue almorzado por el vecino del norte, al cabo de algunas batallas y a cambio de quince millones de dólares, y la pierna, caída en combate, fue enterrada en el día de hoy de 1842, con honores militares, en el cementerio Santa Paula. El presidente, llamado Héroe, Águila, Benemérito, Guerrero Inmortal, Padre de la Patria, Alteza Serenísima, Napoleón del Oeste y César Mexicano, vivía en una mansión de Xalapa, que más bien parecía un palacio de Versalles. El presidente había traído de París todos los muebles y los adornos y los adornitos. En el dormitorio tenía un enorme espejo, curvilíneo, que mejoraba a quien en él se contemplara. Cada mañana, al despertar, se paraba ante el mágico espejo que le devolvía la imagen de un caballero alto y apuesto. Y honesto.

Octubre 8
Los tres.
En 1967, mil setecientos soldados acorralaron al Che Guevara y a sus poquitos guerrilleros en Bolivia, en la Quebrada del Yuro. El Che, prisionero, fue asesinado al día siguiente. En 1919, Emiliano Zapata había sido acribillado en México. En 1934, mataron a Augusto César Sandino en Nicaragua. Los tres tenían la misma edad, estaban por cumplir cuarenta años. Los tres cayeron a balazos, a traición, en emboscada. Los tres, latinoamericanos del siglo veinte, compartieron el mapa y el tiempo. Y los tres fueron castigados por negarse a repetir la historia.

Octubre 10
El Padrino.
Según me contaron mis amigos sicilianos, don Genco Russo, capo dei capi de la mafia, llegó a la cita con una estudiada demora de dos horas y media. En Palermo, en el hotel Solé, lo esperaba Frank Sinatra. Y en este mediodía de 1963, el ídolo de Hollywood rindió pleitesía al monarca de Sicilia: Frank Sinatra se arrodilló ante don Genco y le besó la mano derecha. En el mundo entero, Sinatra era La Voz, pero en la tierra de sus antepasados, más importante que la voz era el silencio. El ajo, símbolo del silencio, es uno de los cuatro alimentos sagrados en la misa de la mesa mañosa: los otros son el pan, símbolo de la unión; la sal, emblema del coraje, y el vino, que es la sangre.

Octubre 12
El Descubrimiento
En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo,
y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.

Octubre 14
Una derrota de la Civilización.
En el año 2002, cerraron sus puertas los ocho restoranes de McDonald’s en Bolivia. Apenas cinco años había durado esta misión civilizadora. Nadie la prohibió. Simplemente ocurrió que los bolivianos le dieron la espalda, o mejor dicho: se negaron a darle la boca. Estos ingratos se negaron a reconocer el gesto de la empresa más exitosa del planeta, que desinteresadamente honraba al país con su presencia. El amor al atraso impidió que Bolivia se pusiera al día con la comida chatarra y los vertiginosos ritmos de la vida moderna. Las empanadas caseras derrotaron al progreso. Los bolivianos siguen comiendo sin apuro, en lentas cere-monias, tozudamente apegados a los antiguos sabores nacidos en el fogón familiar. Se ha ido, para nunca más volver, la empresa que en el mundo entero se dedica a dar felicidad a los niños, a echar a los trabajadores que se sindicalizan y a multiplicar a los gordos

Octubre 20
El profeta Yale.
En 1843, Linus Yale patentó la cerradura más invulnerable de todas, inspirada en un invento egipcio de hacía cuatro mil años. A partir de entonces, Yale aseguró las puertas y los portones de todos los países, y fue el mejor guardián del derecho de propiedad. En nuestros días, las ciudades, enfermas de pánico, son cerraduras gigantescas. Las llaves están en pocas manos.

Octubre 21
Estallaos los unos a los otros.
Allá por el año 630 y pico, un célebre médico y alquimista chino llamado Sun Simiao mezcló nitrato de potasio, salitre, azufre, carbón de leña, miel y arsénico. Estaba buscando el elixir de la vida eterna. Encontró un instrumento de muerte. En 1867, el químico sueco Alfred Nobel patentó la dinamita en su país. En 1876, patentó la gelignita. En 1895, creó el Premio Nobel de la Paz. Como su nombre lo indica, el premio nació destinado a recompensar a los militantes pacifistas. Lo financió una fortuna cosechada en los campos de batalla.

Octubre 30
¡Se vienen los marcianos!
En 1938, aterrizaron las naves espaciales en las costas de los Estados Unidos, y los marcianos se lanzaron al ataque. Tenían tentáculos feroces, enormes ojos negros que arrojaban rayos ardientes, y una babeante boca en forma de V. Muchos despavoridos ciudadanos salieron a las calles, envueltos en toallas mojadas para protegerse del gas venenoso que los marcianos emitían, y muchos más prefirieron encerrarse a trancas y retrancas, bien armados, en espera del combate final. Orson Welles había inventado esta invasión extraterrestre, y la había trasmitido por radio. La invasión era mentira, pero el miedo era verdad. Y el miedo continuó: los marcianos fueron rusos, coreanos, vietnamitas, cubanos, nicaragüenses, afganos, iraquíes, iraníes…

Octubre 31
Los abuelos de las caricaturas políticas.
En el año 1517, el monje alemán Martín Lutero clavó sus palabras de desafío en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Gracias a un invento llamado imprenta, esas palabras no se quedaron allí. Las tesis de Lutero llegaron a las calles y a las plazas y entraron en las casas, las tabernas y los templos de Alemania y más allá. La fe protestante estaba naciendo. Lutero atacaba la ostentación y el despilfarro de la Iglesia de Roma, la venta de entradas al Paraíso, la hipócrita soltería de los sacerdotes… No sólo por palabras se difundían estas herejías. También por imágenes, que llegaban a más gente, porque pocos sabían leer pero todos eran capaces de ver. Los grabados que ayudaron a difundir las protestas de Lutero, obras de Lucas Cranach, Hans Holbein y otros artistas, no eran muy amables, que digamos: el Papa apa-recía como un monstruoso becerro de oro, o un burro con tetas de mujer y rabo de Diablo, o era un gordo muy enjoyado que caía de cabeza a las llamas del infierno. Estos filosos instrumentos de propaganda religiosa, que tanto ayudaron a la difusión masiva de la rebelión luterana, fundaron, sin saberlo, las caricaturas políticas de nuestro tiempo.

Noviembre 1
Cuidado con los bichos
En 1986, la peste de las vacas locas golpeó a los británicos, y más de dos millones de vacas, sospechosas de contagiosa demencia, fueron castigadas con la pena capital. En 1997, la gripe del pollo, difundida desde Hong Kong, sembró el pánico y condenó a un millón y medio de aves a la muerte precoz. En el año 2009, estalló en México y en los Estados Unidos la gripe porcina, y el planeta entero tuvo que enmascararse contra la peste. Millones de cerdos, no se sabe cuántos, fueron sacrificados por toser o estornudar. ¿Quién tiene la culpa de las pestes humanas? Los animales. Así de simple. En cambio, están libres de toda sospecha los gigantes del agronegocio mundial, esos aprendices de brujos que convierten los alimentos en bombas químicas de alta peligrosidad.

Noviembre 2
Día de los difuntos.
En México, los vivos invitan a los muertos, en la noche de hoy de cada año, y los muertos comen y beben y bailan y se ponen al día con los chismes y las novedades del vecindario. Pero al fin de la noche, cuando las campanas y la primera luz del alba les dicen adiós, algunos muertos se hacen los vivos y se esconden en las enramadas y entre las tumbas del camposanto. Entonces la gente los corre a escobazos: ya vete de una vez, ya déjanos en paz, no queremos verte hasta el año que viene. Es que los difuntos son muy quedados. En Haití, una antigua tradición prohíbe llevar el ataúd en línea recta al cementerio. El cortejo lo conduce en zig-zag y dando muchas vueltas, por aquí, por allá y otra vez por aquí, para despistar al difunto y que ya no pueda encontrar el camino de regreso a casa. En Haití, como en todas partes, los muertos son muchísimos más que los vivos. La minoría viviente se defiende como puede.

Noviembre 5
Una enfermedad llamada trabajo.
En 1714 murió, en Padua, Bernardino Ramazzini. Era un médico raro, que empezaba preguntando: —¿En qué trabaja usted ? A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia. Su experiencia le permitió escribir el primer tratado de medicina del trabajo, donde describió, una por una, las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos.

Noviembre 6
El rey que no fue.
El rey Carlos II nació en Madrid, en 1661. En sus cuarenta años de vida, nunca consiguió pararse sobre sus pies, ni hablar sin babearse, ni sostener la corona en su cabeza jamás visitada por ninguna idea. Carlos era nieto de su tía, su madre era sobrina de su padre y su bisabuelo era tío de su bisabuela: los Habsburgo eran de quedarse en casa. Tanta devoción familiar acabó con ellos. Cuando Carlos murió, con él murió su dinastía en España.

Noviembre 10
Día de la ciencia.
El médico brasileño Drauzio Varella ha comprobado que el mundo invierte cinco veces menos dinero en la cura del mal de Alzheimer que en estímulos para la sexualidad masculina y en siliconas para la belleza femenina. —De aquí a unos años —profetizó—, tendremos viejas de tetas grandes y viejos de penes duros, pero ninguno de ellos recordará para qué sirven.

Noviembre 11
Fiódor Dostoievski nació dos veces.
Por primera vez nació en Moscú, en el día de hoy de 1821. A fines del año 1849, nació de nuevo, en San Petersburgo. Dostoievski llevaba ocho meses preso, esperando su fusilamiento. Al principio, no quería que ocurriera nunca. Después, aceptaba que ocurriera cuando tuviera que ocurrir. Y por fin quería que ocurriera cuanto antes, que ocurriera ya, porque peor que la muerte era la espera. Y así fue hasta la madrugada en que él y los demás condenados arrastraron sus cadenas hasta la plaza Se- menovsk, a orillas del río Neva. Y la voz de mando mandó, y al primer grito los fusila- dores vendaron los ojos de sus víctimas. Al segundo grito, se escuchó el clic-clac de la carga de las armas. Al tercer grito, Apunten, sonaron súplicas, gemidos, algún llanto; y después, silencio. Y silencio. Y más silencio, hasta que en ese silencio de nunca acabar se escuchó que el zar de todas las Rusias, en magnánimo gesto, había enviado su perdón.

Noviembre 14
La mamá de las periodistas.
En la mañana de hoy de 1889, Nellie Bly emprendió su viaje. Julio Verne no creía que esta mujercita linda pudiera dar la vuelta al mundo, ella sola, en menos de ochenta días. Pero Nellie abrazó el planeta en setenta y dos días, mientras iba publicando, crónica tras crónica, lo que veía y vivía. Este no era el primer desafío de la joven periodista, ni fue el último. Para escribir sobre México, se mexicanizó tanto que el gobierno de México, asustado, la expulsó. Para escribir sobre las fábricas, trabajó de obrera. Para escribir sobre las cárceles, se hizo arrestar por robo. Para escribir sobre los manicomios, simuló locura, y tan bien actuó que los médicos la declararon loca de remate; y así pudo denunciar los tratamientos psiquiátricos que padeció, capaces de volver loca a cualquiera. Cuando Nellie tenía veinte años, en Pittsburgh, el periodismo era cosa de hombres. En aquel entonces, ella cometió la insolencia de publicar sus primeras crónicas. Treinta años después publicó las últimas, esquivando balas en la línea de fuego de la primera guerra mundial.

Noviembre 21
El partido más triste de la historia.
En 1973, Chile era un país prisionero de la dictadura militar, y el Estadio Nacional se había convertido en campo de concentración y en cámara de torturas. La selección chilena iba a disputar, contra la Unión Soviética, un partido decisivo para clasificar a la Copa del Mundo. La dictadura de Pinochet decidió que el partido debía disputarse en el Estadio Nacional, sí o sí. Los presos que el estadio encerraba fueron trasladados de apuro y las máximas autoridades del fútbol mundial inspeccionaron la cancha, césped impecable, y dieron su bendición. La selección soviética se negó a jugar. Asistieron dieciocho mil entusiastas, que pagaron entrada y ovacionaron el gol que Francisco Valdés metió en el arco vacío. La selección chilena jugó contra nadie.

Noviembre 24
Abuela.
En 1974, sus huesos aparecieron en las colinas pedregosas de Etiopía. Sus descubridores la llamaron Lucy. Gracias a la tecnología más avanzada, pudieron calcularle la edad, unos tres millones ciento setenta y cinco mil años, día más, día menos, y también la estatura: era más bien bajita, medía un metro y poco. Lo demás fue deducido, o quizás adivinado: tenía el cuerpo bastante peludo, ya no caminaba en cuatro patas pero se balanceaba en andares de chimpancé, con las manos casi rozando el suelo, y más que el suelo le gustaban las copas de los árboles. Quizás había muerto ahogada en un río. Quizás huía de un león o de algún otro desconocido que se mostró interesado por ella. Había nacido mucho antes que el fuego y la palabra, pero quizás hablaba ya un lenguaje de gestos y ruidos que quizá decían, o querían decir, pongamos por caso, tengo frío, tengo hambre, no me dejen sola.

Noviembre 30
Cita en el Paraíso.
En el año 2010, se inició otra conferencia mundial, la mil y una, en defensa del medio ambiente. Como de costumbre, los exterminadores de la naturaleza le recitaron poemas de amor. Ocurrió en Cancún. Mejor lugar, imposible. A primera vista, Cancún es una tarjeta postal, pero esta vieja aldea de pescadores se ha convertido, en el último medio siglo, en un modernoso y gigantesco hotel de treinta mil habitaciones, que en el camino de su prosperidad ha aplastado los médanos, los lagos, las playas vírgenes, los bosques vírgenes, los manglares y todos los obstáculos que la naturaleza oponía a su exitoso desarrollo. Hasta la arena de las playas ha sido sacrificada, y ahora Cancún compra arena ajena.

Diciembre 1
Adiós a las armas.
El presidente de Costa Rica, don Pepe Figueres, había dicho: —Aquí lo único que anda mal es todo. Y en el año 1948, suprimió las fuerzas armadas. Muchos anunciaron el fin del mundo, o por lo menos el fin de Costa Rica. Pero el mundo siguió girando, y Costa Rica se salvó de las guerras y los golpes de Estado.

A veces preguntaba, sorprendido: —¿No tienes enemigos? ¿Cómo que no? ¿Es que jamás dijiste la verdad, ni jamás amaste la justicia?

Diciembre 12
Tonantzin se llama Guadalupe.
Mucho después de engendrar a Jesús, la Virgen María viajó a México. Llegó en el año 1531. Se presentó llamándose Virgen de Guadalupe, y por afortunada casualidad la visita ocurrió en el exacto sitio donde tenía su templo Tonantzin, la diosa madre de los aztecas. La Virgen de Guadalupe pasó a ser, desde entonces, la encarnación de la nación mexicana: Tonantzin vive en la Virgen, y México y Jesús tienen la misma madre. En México, como en toda América, los dioses prohibidos se han metido en las divinidades católicas, por los caminos del aire, y en sus cuerpos residen. Tlaloc llueve en san Juan Bautista, y en san Isidro Labrador florece Xochipilli. Tata Dios es el Padre Sol. Tezcatlipoca, Jesús crucificado, señala desde la cruz los cuatro rumbos donde soplan los vientos del universo indígena.

Diciembre 17
La llamita.
En esta mañana del año 2010, Mohamed Bouazizi venía arrastrando, como todos los días, su carrito de frutas y verduras en algún lugar de Túnez. Como todos los días, llegaron los policías, a cobrar el peaje por ellos inventado. Pero esta mañana, Mohamed no pagó. Los policías lo golpearon, le volcaron el carrito y pisotearon las frutas y verduras desparramadas en el suelo. Entonces Mohamed se regó con gasolina, de la cabeza a los pies, y se prendió fuego. Y esa fogata chiquita, no más alta que cualquier vendedor callejero, alcanzó en pocos días el tamaño de todo el mundo árabe, incendiado por la gente harta de ser nadie.

Diciembre 19
Otra exiliada.
Afines de 1919, doscientos cincuenta extranjeros indeseables partieron del puerto de Nueva York, con prohibición de regresar a los Estados Unidos. Entre ellos, marchó al exilio Emma Goldman, extranjera de alta peligrosidad, que había estado presa varias veces por oponerse al servicio militar obligatorio, por difundir métodos anticonceptivos, por organizar huelgas y por otros atentados contra la seguridad nacional. Algunas frases de Emma: La prostitución es el más alto triunfo del puritanismo. ¿Hay acaso algo más terrible, más criminal, que nuestra glorificada y sagrada función de la maternidad? El Reino de los Cielos ha de ser un lugar terriblemente abu-rrido si los pobres de espíritu viven allí. Si el voto cambiara algo, sería ilegal. Cada sociedad tiene los delincuentes que merece. Todas las guerras son guerras entre ladrones demasiado cobardes para luchar, que mandan a otros a morir por ellos.

Diciembre 24
¡Milagro!
En la Nochebuena de 1991, murió la Unión Soviética y en su pesebre nació el capitalismo ruso. La nueva fe hizo el milagro: por ella iluminados, los funcionarios se hicieron empresarios, los dirigentes del Partido Comunista cambiaron de religión y pasaron a ser ostentosos nuevos ricos, que pusieron bandera de remate al Estado y compraron a precio de banana todo lo comprable en su país y en el mundo. Ni los clubes de fútbol se salvaron.

Diciembre 25
El viaje del sol.
Jesús no podía festejar su cumpleaños, porque no tenía día de nacimiento. En el año 354, los cristianos de Roma decidieron que él había nacido el 25 de diciembre. Ese día, los paganos del norte del mundo celebraban el fin de la noche más larga del año y la llegada del dios Sol, que venía a romper las tinieblas. El dios Sol había llegado a Roma desde Persia. Se llamaba Mitra. Pasó a llamarse Jesús.

Memoria del fuego III (El siglo del viento)

Eduardo Galeano.

Memoria del fuego III - El siglo del viento

Memoria del fuego III – El siglo del viento


Última de tres partes, en la que detalla la historia de América Latina en el siglo XX, hasta 1984. México y su revolucion. Las dictaduras militares en el continente, su crueldad con los que piensan distinto y su servilismo con el imperialismo gringo. La lucha y consecuencias de los que no aceptaron esa forma de vida. La pugna de EU por “impedir” el avance del socialismo a como diera lugar. Y luego, el inicio del renacer de las cenizas. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 32, Una trilogía.

Bohío: Casa de planta rectangular construida con troncos o ramas de árbol sobre un entarimado a cierta altura del suelo para preservarla de la humedad; es característica de América tropical.

Andrew Carnegie vende, en 250 millones de dólares, el monopolio del acero. Lo compra el banquero John Pierpont Morgan, dueño de la General Electric, y así funda la United States Steel Corporation. Fiebre del consumo, vértigo del dinero cayendo en cascadas desde lo alto de los rascacielos: los Estados Unidos pertenecen a los monopolios, y los monopolios a un puñado de hombres, pero multitudes de obreros acuden desde Europa, año tras año, llamados por las sirenas de las fábricas, y durmiendo en cubierta sueñan que se harán millonarios no bien salten sobre los muelles de Nueva York. En la edad industrial, El dorado está en los Estados Unidos; y los Estados Unidos son América.

El paso entre los mares había sido una obsesión de los conquistadores españoles. Con furor lo buscaron; y lo encontraron demasiado al sur, allá por la remota y helada Tierra del Fuego. Y cuando alguno tuvo la idea de abrir la cintura angosta de América Central, el rey Felipe II mandó a parar: prohibió la excavación del canal, bajo pena de muerte, porque el hombre no debe separar lo que Dios unió. Tres siglos después, una empresa francesa, la Compañía Universal del Canal Interoceánico, empezó los trabajos en Panamá. La empresa avanzó treinta y tres kilómetros y cayó estrepitosamente en quiebra. Desde entonces, los Estados Unidos han decidido concluir el canal y quedarse con él. Hay un inconveniente: Colombia no está de acuerdo y Panamá es una provincia de Colombia. En Washington, el senador Hanna aconseja esperar, debido a la naturaleza de los animales con los que estamos tratando, pero el presidente Teddy Roosevelt no cree en la paciencia. Roosevelt envía unos cuantos marines y hace la independencia de Panamá. Y así se convierte en país aparte esta provincia, por obra y gracia de los Estados Unidos y sus buques de guerra.

Un día sí y otro también, en solemne ceremonia, el presidente Estrada Cabrera coloca la primera piedra de una nueva escuela que jamás será construida. Él se ha otorgado el título de Educador de Pueblos y Protector de la Juventud Estudiosa, y en su propio homenaje celebra cada año la colosal fiesta de la diosa Minerva. En el partenón de aquí, que reproduce el partenón helénico en tamaño natural, tañen sus liras los poetas: anuncian que la ciudad de Guatemala, Atenas del Nuevo Mundo, tiene un Pericles.

También en la isla Martinica revienta un volcán. Ocurre un ruido como del mundo partiéndose en dos y la montaña Pelée escupe una inmensa nube roja, que cubre el cielo y cae, incandescente, sobre la tierra. En un santiamén queda aniquilada la ciudad de Saint Pierre. Desaparecen sus treinta y cuatro mil habitantes —menos uno. El que sobrevive es Ludger Sylbaris, el único preso de la ciudad. Las paredes de la cárcel habían sido hechas a prueba de fugas.

Dos semanas después, en Washington, en el Salón Azul de la Casa Blanca, se firma el tratado que entrega a los Estados Unidos, a perpetuidad, el canal a medio hacer y más de mil cuatrocientos kilómetros cuadrados de territorio panameño. En representación de la república recién nacida, actúa en la ocasión Philippe Bunau-Varilla, mago de los negocios, acróbata de la política, ciudadano francés.

El coronel José Manuel Pando, jefe liberal, había prometido a los soldados de Huilka la emancipación de toda servidumbre y la recuperación de la tierra. De batalla en batalla, Huilka iba implantando el poder indio: a su paso por los pueblos, devolvía a las comunidades las tierras usurpadas y degollaba a quien vistiera pantalón. Derrotados los conservadores, el coronel Pando se hace general y presidente. Entonces declara, con todas las letras: —Los indios son seres inferiores. Su eliminación no es un delito. Y procede. Fusila a muchos. A Huilka, su imprescindible aliado de la víspera, lo mata varias veces, por bala, filo y soga. Pero en las noches de lluvia Huilka espera al presidente Pando a la salida del palacio de gobierno y le clava los ojos, sin decir palabra, hasta que Pando desvía la mirada.

Matando ratas y mosquitos ha vencido a la peste bubónica y a la fiebre amarilla. Ahora Oswaldo Cruz declara la guerra a la viruela. De a miles mueren, por viruela, los brasileños. Cada vez mueren más, mientras los médicos desangran a los moribundos y los curanderos espantan la peste con humo de bosta de vaca. Oswaldo Cruz, responsable de la higiene pública, implanta la vacuna obligatoria. El senador Rui Barbosa, orador de pecho hinchado y docta labia, pronuncia discursos que atacan a la vacuna con jurídicas armas floridas de adjetivos. En nombre de la libertad, Rui Barbosa defiende el derecho de cada individuo a contaminarse si quiere. Torrenciales aplausos y ovaciones lo interrumpen de frase en frase. Los políticos se oponen a la vacuna. Y los médicos. Y los periodistas: no hay diario que no publique coléricos editoriales y despiadadas caricaturas que tienen porvíctima a Oswaldo Cruz. Él no puede asomarse a la calle sin sufrir insultos y pedreas. Contra la vacuna, cierra filas el país entero. Por todas partes se escuchan mueras a la vacuna. Contra la vacuna se alzan en armas los alumnos de la Escuela Militar, que por poco tumban al presidente.

Uno de los pecados que Barrett ha cometido, imperdonable violación de tabú, es la denuncia de la esclavitud en las plantaciones de yerbamate. Cuando hace cuarenta años acabó la guerra de exterminio contra el Paraguay, los países vencedores legalizaron, en nombre de la Civilización y de la Libertad, la esclavitud de los sobrevivientes y de los hijos de los sobrevivientes. Desde entonces los latifundistas argentinos y brasileños cuentan por cabezas, como si fueran vacas, a sus peones paraguayos.

El gobernador, general Miguel Marino Torralvo, expide el certificado exigido por las empresas petroleras que operan en la costa de Colombia. Los indios no existen, certifica el gobernador, ante escribano y con testigos. Hace ya tres años que la ley número 1905/55, aprobada en Bogotá por el Congreso Nacional, estableció que los indios no existían en San Andrés de Sotavento y otras comunidades indias donde habían brotado súbitos chorros de petróleo. Ahora el gobernador no hace más que confirmar la ley. Si los indios existieran, serían ilegales. Por eso han sido enviados al cementerio o al destierro.

Los Flores Magón llevan unos cuantos años burlándose del eterno Porfirio Díaz. Desde sus periódicos y panfletos han enseñado al pueblo a perderle el respeto. Después de perderle el respeto, el pueblo empieza a perderle el miedo.

Saluda dando el dedo índice, porque nadie es digno de los otros cuatro. Cipriano Castro reina en Venezuela, y a modo de corona usa un gorro de borla colgante. Anuncia su paso la chillona trompetería, el trueno de los aplausos y el crujidero de espaldas que se inclinan. Lo sigue una caravana de matasietes y payasos de corte. Castro es petiso, corajudo, bailarín y mujeriego, como Bolívar, y pone cara de Bolívar cuando posa para la inmortalidad; pero Bolívar perdió algunas batallas y Castro, el Siempre Invicto, nunca. Tiene los calabozos llenos de gente. No confía en nadie, salvo en Juan Vicente Gómez, su brazo derecho en la guerra y el gobierno, que llama a Castro el Hombre Más Grande de los Tiempos Modernos. Menos que nadie confía Castro en los médicos locales, que curan la lepra y la locura con caldo de buitre hervido, de modo que decide poner sus achaques en manos de altos sabios de Alemania. En el puerto de La Guaira, embarca hacia Europa. No bien la nave se aleja de los muelles, Gómez le roba el poder.

Philander Knox fue abogado y es accionista de la empresa The Rosario and Light Mines. Además, es Secretario de Estado del gobierno de los Estados Unidos. El presidente de Nicaragua, José Santos Zelaya, no trata con el debido respeto a la empresa The Rosario and Light Mines. Zelaya pretende que la empresa pague los impuestos que jamás pagó. El presidente tampoco trata con el debido respeto a la Iglesia. La Santa Madre se la tiene jurada desde que Zelaya le expropió tierras y le suprimió los diezmos y las primicias y le profanó el sacramento del matrimonio con una ley de divorcio. De modo que la Iglesia aplaude cuando los Estados Unidos rompen relaciones con Nicaragua y el Secretario de Estado Philander Knox envía unos cuantos marines que tumban al presidente Zelaya y ponen en su lugar al contador de la empresa The Rosario and Light Mines.

Por cumplirse cien años de la independencia de México, todos los burdeles de la capital lucen el retrato del presidente Porfirio Díaz. En la ciudad de México, dos de cada diez mujeres jóvenes ejercen la prostitución. Paz y Orden, Orden y Progreso: la ley regula este oficio tan numeroso. La ley de burdeles, promulgada por don Porfirio, prohíbe practicar el comercio carnal sin el debido disimulo o en las cercanías de escuelas e iglesias. También prohíbe la mezcla de clases sociales —en los burdeles sólo habrá mujeres de la clase a la que pertenezcan los clientes—, a la par que impone controles sanitarios y gravámenes y obliga a las matronas a impedir que sus pupilas salgan a la calle reunidas en grupos que llamen la atención. No siendo en grupos, pueden salir: condenadas a malvivir entre la cama, el hospital y la cárcel, las putas tienen al menos el derecho a uno que otro paseíto por la ciudad. En este sentido, son más afortunadas que los indios. Por orden del presidente, indio mixteco casi puro, los indios no pueden caminar por las avenidas principales ni sentarse en las plazas públicas.

En México hasta las piedras del edificio de Correos han venido de Europa, como todo lo que aquí se considera digno de ser mirado. De Italia, Francia, España o Inglaterra llegan los materiales de construcción y también los arquitectos, y cuando el dinero no alcanza para importar arquitectos, los arquitectos nativos se encargan de levantar casas igualitas a las de Roma, París, Madrid o Londres.

Un mes entero duran los festejos. Don Porfirio, ocho veces reelegido por él mismo, aprovecha uno de estos históricos bailes para anunciar que ya se viene su noveno período presidencial. Al mismo tiempo, confirma la concesión del cobre, el petróleo y la tierra a Morgan, Guggenheim, Rockefeller y Hearst por noventa y nueve años. Lleva más de treinta años el dictador, inmóvil, sordo, administrando el más vasto territorio tropical de los Estados Unidos. Una de estas noches, en plena farra patriótica, el cometa Halley irrumpe en el cielo. Cunde el pánico. La prensa anuncia que el cometa meterá la cola en México y que se viene el incendio general.

Había nacido llamándose Doroteo Arango. Pancho Villa era otro, un compañero de banda, un amigo, el más querido: cuando los guardias rurales mataron a Pancho Villa, Doroteo Arango le recogió el nombre y se lo quedó. Él pasó a llamarse Pancho Villa, contra la muerte y el olvido, para que su amigo siguiera siendo.

La enmienda Platt, obra del senador Platt, de Connecticut, es la llave que los Estados Unidos usan para entrar en Cuba a la hora que quieren. La enmienda, que forma parte de la Constitución cubana, autoriza a los Estados Unidos a invadir y a quedarse y les atribuye el poder de decidir cuál es el presidente adecuado para Cuba. El presidente adecuado para Cuba, Mario García Menocal, que también preside la Cuban American Sugar Company, aplica la enmienda Platt convocando a los marines para que desalboroten el alboroto: hay muchos negros sublevados, y ninguno de ellos tiene una gran opinión sobre la propiedad privada.

Nicaragua paga a los Estados Unidos una colosal indemnización por daños morales. Esos daños han sido infligidos por el caído presidente Zelaya, quien ofendió gravemente a las empresas norteamericanas cuando pretendió cobrarles impuestos. Como Nicaragua carece de fondos, los banqueros de los Estados Unidos le prestan el dinero para pagar la indemnización. Y como además de carecer de fondos, Nicaragua carece de garantía, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Philander Knox, envía nuevamente a los marines, que se apoderan de las aduanas, los bancos nacionales y el ferrocarril. Benjamín Zeledón encabeza la resistencia. Tiene cara de nuevo y ojos de asombro el jefe de los patriotas. Los invasores no pueden derribarlo por soborno, porque Zeledón escupe sobre el dinero, pero lo derriban por traición. Augusto César Sandino, un peón cualquiera de un pueblito cualquiera, ve pasar el cadáver de Zeledón arrastrado por el polvo, atado de pies y manos a la montura de un invasor borracho.

Si la vida no vale nada, ¿cuánto vale la muerte?

Escribe artículos calumniando a los santos y pronuncia discursos atacando al negocio de venta de terrenos en el Más Allá. Cuando asumió la presidencia de Uruguay, no tuvo más remedio que jurar por Dios y por los Santos Evangelios, pero en seguida aclaró que no creía en nada de eso. José Batlle y Ordóñez gobierna desafiando a los poderosos del cielo y de la tierra. La Iglesia le ha prometido un buen lugar en el infierno: atizarán el fuego las empresas por él nacionalizadas o por él obligadas a respetar los sindicatos obreros y la jornada de trabajo de ocho horas; y el Diablo será el macho vengador de las ofensas por él infligidas al gremio masculino.
—Está legalizando el libertinaje —dicen sus enemigos, cuando Batlle aprueba la ley que permite a las mujeres divorciarse por su sola voluntad.
—Está disolviendo la familia —dicen, cuando extiende el derecho de herencia a los hijos naturales.
—El cerebro de la mujer es inferior —dicen, cuando crea la universidad femenina y cuando anuncia que pronto las mujeres votarán, para que la democracia uruguaya no camine con una sola pierna y para que no sean las mujeres eternas menores de edad que del padre pasan a manos del marido.

Un golpecito de aldaba, entre queriendo y no queriendo, y una puerta que se entreabre: alguien se descubre la cabeza y con el descomunal sombrero apretado entre las manos pide, por amor de Dios, agua o tortillas. Los hombres de Zapata, indios de calzón blanco y cananas cruzadas al pecho, merodean por las calles de la ciudad que los desprecia y los teme. En ninguna casa los invitan a pasar. Dos por tres se cruzan con los hombres de Villa, también extranjeros, perdidos, ciegos. Suave chasquido de huaraches, chas-ches, chas-ches, en los escalones de mármol; pies que se asustan del placer de la alfombra; rostros mirándose con extrañeza en el espejo de los pisos encerados: los hombres de Zapata y Villa entran al Palacio Nacional y lo recorren como pidiendo disculpas, de salón en salón. Pancho Villa se sienta en el dorado sillón que fue trono de Porfirio Díaz, por ver qué se siente, y a su lado Zapata, traje muy bordado, cara de estar sin estar, contesta con murmullos las preguntas de los periodistas. Los generales campesinos han triunfado, pero no saben qué hacer con la victoria: —Este rancho está muy grande para nosotros. El poder es asunto de doctores, amenazante misterio que sólo pueden descifrar los ilustrados, los entendidos en alta política, los que duermen en almohadas blanditas. Cuando cae la noche, Zapata se marcha a un hotelucho, a un paso del ferrocarril que conduce a su tierra, y Villa a su tren militar. Al cabo de unos días, se despiden de la ciudad de México. Los peones de las haciendas, los indios de las comunidades, los parias del campo, han descubierto el centro del poder y por un rato lo han ocupado, como de visita, en puntas de pie, ansiosos por terminar cuanto antes esta excursión a la luna. Ajenos a la gloria del triunfo regresan, por fin, a las tierras donde saben andar sin perderse. No podría imaginar mejor noticia el heredero de Huerta, el general Venustiano Carranza, cuyas descalabradas tropas se están recuperando con ayuda de los Estados Unidos.

Llueve hacia arriba. La gallina muerde al zorro y la liebre fusila al cazador. Por primera y única vez en la historia, soldados mexicanos invaden los Estados Unidos. Con la descuajaringada tropa que le queda, quinientos hombres de los muchos miles que tenía, Pancho Villa atraviesa la frontera y gritando ¡Viva México! asalta a balazos la ciudad de Columbus.

Una expedición de castigo, diez mil soldados y mucha artillería, entra en México para cobrar a Pancho Villa el insolente ataque a la ciudad norteamericana de Columbus. —¡En jaula de hierro nos vamos a llevar a ese asesino! —proclama el general John Pershing, y le hace eco el trueno de sus cañones. A través de los inmensos secarrales del norte, el general Pershing encuentra varias tumbas —Aquí yace Pancho Villa— sin Villa adentro. Encuentra serpientes y lagartijas y piedras mudas y campesinos que murmuran pistas falsas cuando los golpean, los amenazan o les ofrecen en recompensa todo el oro del mundo. Al cabo de algunos meses, casi un año, Pershing se vuelve a los Estados Unidos. Se lleva sus huestes, larga caravana de soldados hartos de respirar polvo y de recibir pedradas y mentiras en cada pueblito del cascajoso desierto. Dos jóvenes tenientes marchan a la cabeza de la procesión de humillados. Ambos han hecho en México su bautismo de fuego. Dwight Eisenhower, recién salido de West Point, está iniciando con mala pata el camino de la gloria militar. George Patton escupe al irse de este país ignorante y medio salvaje. Desde la cresta de una loma, Pancho Villa contempla y comenta: —Vinieron como águilas y se van como gallinas mojadas.

Mientras arranca la tierra a los campesinos de Morelos y les arrasa las aldeas, el presidente Carranza habla de reforma agraria. Mientras aplica el terror de Estado contra los pobres, les otorga el derecho de votar por los ricos y brinda a los analfabetos la libertad de imprenta. La nueva burguesía mexicana, hija voraz de la guerra y del saqueo, entona himnos de alabanza a la Revolución mientras la engulle con cuchillo y tenedor en mesa de mantel bordado.

Los campesinos de Morelos no creen, ni creerán nunca, que Emiliano Zapata pueda haber cometido la infamia de morirse y dejarlos solitos.

Ricardo, el más talentoso y peligroso de los hermanos Flores Magón, ha estado ausente de la revolución que tanto ayudó a desatar. Mientras el destino de México se jugaba en los campos de batalla, él picaba piedras, engrillado, en una cárcel norteamericana. Un tribunal de los Estados Unidos lo había condenado a veinte años de trabajo forzado por haber firmado un manifiesto anarquista contra la propiedad privada. Varias veces le ofrecieron el perdón, si lo pedía. Nunca lo pidió. —Cuando muera, mis amigos quizás escriban en mi tumba: «Aquí yace un soñador», y mis enemigos: «Aquí yace un loco». Pero no habrá nadie que se atreva a estampar esta inscripción: «Aquí yace un cobarde y traidor a sus ideas». En su celda, lejos de su tierra, lo estrangulan. Paro cardíaco, dice el parte médico.

Cuando acabó la película de Tom Mix, hubo discurso. Parado ante la pantalla del único cine de Acapulco, Juan Escudero sorprendió al público con una arenga contra los mercaderes chupasangres. Cuando los de uniforme se le echaron encima, ya había nacido el Partido Obrero de Acapulco, bautizado por ovación. En poco tiempo, el Partido Obrero ha crecido y ha ganado las elecciones y ha clavado su bandera rojinegra sobre el palacio municipal. Juan Escudero, alta figura, patilludo, mostachos en punta, es el nuevo alcalde, el alcalde socialista: en un abrir y cerrar de ojos convierte al palacio en sede de cooperativas y de sindicatos, emprende la campaña de alfabetización y desafía el poder de los dueños de todo: las tres empresas que poseen el agua, el aire, el suelo y la mugre de este cochino puerto mexicano abandonado de Dios y del gobierno federal. Entonces los dueños de todo organizan nuevas elecciones, para que el pueblo corrija su error, pero vuelve a ganar el Partido Obrero de Acapulco. De modo que no hay más remedio que convocar al ejército, que de inmediato procede a normalizar la situación. El victorioso Juan Escudero recibe dos tiros, uno en el brazo y otro en la frente, tiro de gracia de bien cerquita, mientras los soldados prenden fuego al palacio municipal.

Resucita y sigue ganando elecciones. En silla de ruedas, mutilado, casi mudo, hace su triunfal campaña de diputado dictándole discursos a un muchacho que le descifra los murmullos y los repite a viva voz desde las tribunas. Los dueños de Acapulco deciden pagar treinta mil pesos a la patrulla militar, para que esta vez dispare como se debe. En los libros mayores de contabilidad de las empresas se registra la salida de los fondos, pero no el destino. Y por fin Juan Escudero cae fusiladísimo, muerto de muerte total, para que no se diga.

En diez años de guerra, para que finalmente los jefes militares se apoderen de las mejores tierras y de los mejores negocios. Los oficiales de la revolución comparten el poder y la gloria con los doctores desplumadores de indios y los políticos de alquiler, brillantes oradores de banquete, que llaman a Obregón el Lenin mexicano. En el camino de la reconciliación nacional, toda discrepancia se supera mediante contratos de obras públicas, concesiones de tierras o favores a bolsillo abierto. Álvaro Obregón, el presidente, define su estilo de gobierno con una frase que hará escuela en México: —No hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos.

El fusilamiento de Felipe Carrillo Puerto repite la historia de Juan Escudero en Acapulco. Un par de años ha durado el gobierno de los humillados en Yucatán. Los humillados tenían el gobierno y las armas de la razón. Los humilladores no tenían el gobierno, pero tenían la razón de las armas. Y como en todo México, a muerte se juega la suerte.

El arte de caballete invita al encierro. El mural, en cambio, se ofrece a la multitud que anda. El pueblo es analfabeto, sí, pero no ciego: Rivera, Orozco y Siqueiros se lanzan al asalto de las paredes de México. Pintan lo que nunca: sobre la cal húmeda nace un arte de veras nacional, hijo de la revolución mexicana y de estos tiempos de partos y funerales. El muralismo mexicano irrumpe contra el arte enano, castrado, cobarde, de un país entrenado para negarse. Súbitamente las naturalezas muertas y los difuntos paisajes se hacen realidades locamente vivas y los pobres de la tierra se vuelven sujetos de arte y de historia en vez de objetos de uso, desprecio o compasión. A los muralistas les llueven agravios. Elogios, ni uno. Pero ellos continúan, impávidos, trepados a los andamios, su tarea. Dieciséis horas diarias sin parar trabaja Rivera, ojos y buche de sapo, dientes de pez. Lleva una pistola al cinto: —Para orientar a la crítica —dice.

Tras una inmensa cruz de palo atropellan los jinetes. Se alzan los cristeros en Jalisco y en otros estados de México, en busca de martirio y gloria. Echan vivas a un Cristo Rey que en la cabeza lleva enjoyada corona en vez de espinas, y vivas al Papa, que no se resigna a perder los pocos privilegios clericales que en México quedaban en pie. Los campesinos pobres vienen de morir por una revolución que les prometió la tierra. Condenados a vivir muriendo, ahora pasan a morir por una Iglesia que les promete el Cielo.

Cuatro aviones Corsair bombardean la fortaleza de Sandino en la montaña de El Chipote, cercada y acosada por el cañoneo de los marines. Durante varios días y noches truena y tiembla toda la región, hasta que los invasores calan bayonetas y se lanzan al ataque contra las trincheras de piedra erizadas de fusiles. La heroica acción culmina sin muertos ni heridos, porque los atacantes encuentran soldados de paja y fusiles de palo. Pronto los diarios norteamericanos informan sobre esta batalla de El Chipote. No dicen que los marines han abatido a una legión de muñecos de anchos sombreros y pañuelos rojinegros. En cambio, aseguran que el propio Sandino figura entre las víctimas. En el lejano pueblo de San Rafael del Norte, Sandino escucha cantar a su gente a la luz de las fogatas. Allí recibe la noticia de su propia muerte: —Dios y nuestras montañas están con nosotros. Y al fin y al cabo, la muerte no es más que un momentito de dolor. En los últimos meses, treinta y seis buques de guerra y seis mil nuevos marines, fuerzas de refresco, han llegado a Nicaragua. De setenta y cinco batallas y batallitas, han perdido casi todas. La presa se les ha escurrido varias veces, nadie sabe cómo, de entre las manos. Pequeño ejército loco, llama la poeta chilena Gabriela Mistral a la hueste de Sandino, estos rotosos guerreros maestros del coraje y la diablura.

Los niños norteamericanos estudian geografía en mapas donde Nicaragua es una mancha de color sobre la que se lee: Protectorado de los Estados Unidos de América. Cuando los Estados Unidos decidieron que Nicaragua no podía gobernarse por su cuenta, había cuarenta escuelas públicas en la región de la costa atlántica. Ahora hay seis. La potencia tutelar no ha tendido una vía, ni ha abierto una sola carretera, ni ha fundado ninguna universidad. En cambio, Nicaragua debe ahora mucho más de lo que debía. El país ocupado paga los gastos de su propia ocupación; y los ocupantes siguen ocupando so pretexto de garantizar la cobranza de los gastos que ellos generan. Las aduanas de Nicaragua están en poder de los banqueros norteamericanos acreedores. Los banqueros han designado al norteamericano Clifford D. Ham interventor de aduanas y recaudador general. Clifford D. Ham es, además, corresponsal de la agencia de noticias United Press. El vice-interventor de aduanas y vice-recaudador general, el norteamericano Irving Lindbergh, es corresponsal de la agencia de noticias Associated Press. Así, Ham y Lindbergh no sólo usurpan los aranceles de Nicaragua: también usurpan la información. Son ellos quienes informan a la opinión pública internacional sobre las fechorías de Sandino, bandolero criminal y agente bolchevique. Un coronel norteamericano dirige el ejército de Nicaragua, National Guard o Guardia Nacional, y un capitán norteamericano encabeza la policía nicaragüense. El general norteamericano Frank McCoy preside la Junta Nacional de Elecciones. Cuatrocientos treinta y dos marines presiden las mesas de votación, custodiadas por doce aviones de los Estados Unidos. Los nicaragüenses votan, los norteamericanos eligen. Apenas electo, el nuevo presidente anuncia que los marines seguirán en Nicaragua. Esta inolvidable fiesta cívica ha sido organizada por el general Logan Feland, comandante de las fuerzas de ocupación. El general Feland, mucho músculo, mucha ceja, cruza sus pies sobre el escritorio. A propósito de Sandino, bosteza y dice: —Ese pájaro ha de caer algún día.

Apenas muere Obregón, volteado por las balas de un catoliquísimo, el gobernador del estado mexicano de Tabasco, Manuel Garrido, decreta venganza: manda demoler la catedral hasta la última piedra y con el bronce de las campanas erige una estatua del difunto. Cree Garrido que la religión católica mete a los trabajadores en la jaula del miedo, aterrorizándolos con la amenaza del fuego eterno: para que la libertad entre en Tabasco, dice Garrido, la religión debe salir. Y a patadas la saca: decapita santos, arrasa iglesias, arranca las cruces del cementerio, obliga a los curas a casarse y aplica nuevos nombres a todos los lugares con nombres de santos. La capital del estado, San Juan Bautista, pasa a llamarse Villahermosa. Y en solemne ceremonia dispone que un toro semental se llame Obispo y un asno responda al nombre de Papa.

En las orillas de Ciénaga, un oleaje de mar y de banderas. Los huelguistas han venido desde todas las distancias, hombres de machete al cinto, mujeres cargadas de ollas y de niños, y aquí, rodeados de fogatas, esperan. Les han prometido que esta noche la empresa firmará el acuerdo que pondrá fin a la huelga. En lugar del gerente de la United Fruit, llega el general Cortés Vargas. En lugar del acuerdo, les lee un ultimátum. La multitud no se mueve. Tres veces suena, advirtiendo, el clarín militar. Y entonces, de pronto, revienta el mundo, súbito trueno de truenos, y se vacían las ametralladoras y los rifles. Queda la plaza alfombrada de muertos. Los soldados la barren y la lavan, durante toda la noche, mientras los barcos arrojan a los muertos mar adentro; y al amanecer no pasa nada. —En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca.

Hasta hace unas horas, esta mujer era tan feliz que sentía envidia de sí misma.

Buster Keaton llega a los estudios de la empresa Metro con horas de atraso, arrastrando la resaca de la borrachera de anoche, ojos de fiebre, lengua de cobre, músculos de trapo, y quién sabe cómo hace para ejecutar las piruetas de payaso que el guión ordena y cómo se las arregla para recitar los chistes idiotas que le mandan decir. Ahora las películas son sonoras y Keaton tiene prohibido improvisar. Tampoco puede repetir filmaciones en busca del evasivo instante en que la poesía encuentra a la risa, prisionera, y la desencadena. Keaton, genio de la libertad y del silencio, está ahora obligado a seguir al pie de la letra los charlatanes guiones escritos por otros. Así los costos se reducen a la mitad aunque el talento se reduzca a la nada, según mandan las normas de producción de las fábricas de películas en la época del cine sonoro, alta industria, gran negocio: han quedado atrás, por siempre atrás, los tiempos en que Hollywood era una aventura loca. Cada día Keaton se entiende mejor con los perros y las vacas. Cada noche destapa una botella de bourbon y suplica a su propia memoria que beba y calle.

El general Maximiliano Hernández Martínez, presidente por golpe de Estado, convoca al pueblo de El Salvador a elegir diputados y alcaldes. A pesar de mil trampas, el minúsculo Partido Comunista gana las elecciones. El general se indigna y dice que así no vale. Queda suspendido por siempre jamás el escrutinio de votos.

Después de noventa mil muertos, acaba la guerra del Chaco. Tres años ha durado la guerra, desde que paraguayos y bolivianos cruzaron las primeras balas en un caserío llamado Masamaclay —que en lengua de indios significa lugar donde pelearon dos hermanos. Al mediodía llega al frente la noticia. Callan los cañones. Se incorporan los soldados, muy de a poco, y van emergiendo de las trincheras. Los haraposos fantasmas, ciegos de sol, caminan a los tumbos por campos de nadie hasta que quedan frente a frente el regimiento Santa Cruz, de Bolivia, y el regimiento Toledo, del Paraguay: los restos, los jirones. Las órdenes recién recibidas prohíben hablar con quien era enemigo hasta hace un rato. Sólo está permitida la venia militar; y así se saludan. Pero alguien lanza el primer alarido y ya no hay quien pare la algarabía. Los soldados rompen la formación, arrojan las gorras y las armas al aire y corren en tropel, los paraguayos hacia los bolivianos, los bolivianos hacia los paraguayos, bien abiertos los brazos, gritando, cantando, llorando, y abrazándose ruedan por la arena caliente.

En el año 6 de la Era de Trujillo se corrige el nombre de la capital de la República Dominicana. Santo Domingo, así bautizada por sus fundadores, pasa a llamarse Ciudad Trujillo. También el puerto se llama ahora Trujillo y Trujillo se llaman muchos pueblos y plazas y mercados y avenidas. Desde Ciudad Trujillo, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo hace llegar al generalísimo Francisco Franco su más fervorosa adhesión. Trujillo, incansable azote de rojos y de herejes, ha nacido, como Anastasio Somoza, de la ocupación militar norteamericana. Su natural modestia no le impide aceptar que su nombre figure en las placas de todos los automóviles y su efigie en todos los sellos de correo. No se ha opuesto a que se otorgue a su hijo Ramfis, de tres años de edad, el grado de coronel, por tratarse de un acto de estricta justicia. Su sentido de la responsabilidad lo obliga a designar personalmente ministros y porteros, obispos y reinas de belleza. Para estimular el espíritu de empresa, Trujillo otorga a Trujillo el monopolio de la sal, el tabaco, el aceite, el cemento, la harina y los fósforos. En defensa de la salud pública, Trujillo clausura los comercios que no venden carne de los mataderos de Trujillo o leche de sus tambos; y por razones de seguridad pública hace obligatorias las pólizas que Trujillo vende. Apretando con mano firme el timón del progreso, Trujillo exonera de impuestos a las empresas de Trujillo y proporciona riego y caminos a sus tierras y clientes a sus fábricas. Por orden de Trujillo, dueño de la fábrica de zapatos, marcha preso quien osa pisar descalzo las calles de cualquier pueblo o ciudad. Tiene voz de pito el todopoderoso, pero él no discute nunca. En la cena alza la copa y brinda con el gobernador o diputado que después del café irá a parar al cementerio. Cuando una tierra le interesa, no la compra: la ocupa. Cuando una mujer le gusta, no la seduce: la señala.

Los condenados son negros de Haití, que trabajan en la República Dominicana. Un día y medio dura esta operación militar de exorcismo, planificada por el general Trujillo hasta el último detalle. En la región dominicana del azúcar, los soldados encierran a los jornaleros haitianos en los corrales, rebaños de hombres, mujeres y niños, y los liquidan allí mismo a machetazos; o los atan de pies y manos y a punta de bayoneta los arrojan a la mar. Trujillo, que se empolva la cara varias veces al día, quiere que la República Dominicana sea blanca.

La Standard Oil exige la inmediata invasión de México. Cárdenas advierte que incendiará los pozos si asoma un solo soldado en la frontera. El presidente Roosevelt silba y mira para otro lado, pero la corona inglesa hace suyas las furias de la Shell y anuncia que no comprará ni una gota de petróleo mexicano. Francia dice que tampoco. Otros países se suman al bloqueo. México no encuentra quien le venda una pieza de repuesto; los barcos desaparecen de sus puertos. Cárdenas no se baja de la mula. Busca clientes en las áreas prohibidas, la roja Rusia, la Alemania nazi, la Italia fascista, mientras las instalaciones abandonadas van resucitando poquito a poco: los trabajadores mexicanos remiendan, improvisan, inventan, se las arreglan como pueden a fuerza de puro entusiasmo, y así la magia de la creación va haciendo posible la dignidad.

En el año 9 de la Era de Trujillo una salva de veintiún cañonazos le da la bienvenida en la academia militar de West Point. Trujillo se echa aire con un perfumado abanico de marfil y saluda revoleando el plumaje de avestruz de su sombrero. Lo acompaña una rechoncha delegación de obispos, generales y cortesanas, un médico y un brujo especialista en mal de ojo. También lo acompaña el brigadier general Ramfis Trujillo, de nueve años de edad, que arrastra una espada más larga que él. El general George Marshall ofrece a Trujillo un banquete a bordo del Mayflower y el presidente Roosevelt lo recibe en la Casa Blanca. Legisladores, gobernadores y periodistas cubren de alabanzas al estadista ejemplar. Trujillo, que paga sus muertos al contado, también al contado compra elogios, con cargo al rubro Alpiste para pájaros del presupuesto del Poder Ejecutivo de la República Dominicana.

La guerra acepta negros. Miles y miles de negros norteamericanos. La Cruz Roja, no. La Cruz Roja de los Estados Unidos prohíbe la sangre de negros en los bancos de plasma. Así evita que la mezcla de sangres se haga por inyección.

Charles Drew es un inventor de vida. Sus investigaciones han hecho posible la conservación de la sangre. Gracias a él existen los bancos de plasma, que están resucitando a miles de moribundos en los campos de batalla de Europa. Drew dirige el servicio de plasma de la Cruz Roja en los Estados Unidos. Cuando la Cruz Roja resuelve rechazar la sangre de negros, renuncia a su cargo. Drew es negro.

Los buenos vecinos del sur acompañan a los Estados Unidos en la guerra mundial. Es el tiempo de los precios democráticos: los países latinoamericanos aportan materias primas baratas, baratos alimentos y algún soldado que otro. El cine exalta la causa común. En las películas rara vez falta el número southamericano, cantado y bailado en español o portugués. El Pato Donald estrena un amigo brasileño, el lorito José Carioca. En islas del Pacífico o campos de Europa, los galanes de Hollywood liquidan japoneses y alemanes por montones: cada galán tiene al lado un latino simpático, indolente, más bien tonto, que admira al rubio hermano del norte y le sirve de eco y sombra, fiel escudero, alegre musiquero, mensajero y cocinero.

Einstein creía que la ciencia era una manera de revelar la belleza del universo. El más célebre de los sabios tiene los más tristes ojos de la historia humana.

El anticomunista Figueres no toca las tierras de la United Fruit Company, muy poderosa señora, pero nacionaliza los bancos y disuelve el ejército, para que el dinero no especule ni conspiren las armas. Costa Rica quiere ponerse a salvo de las feroces turbulencias de América Central.

Al anochecer, Obdulio Varela huye del hotel, asediado por periodistas, hinchas y curiosos. Obdulio prefiere celebrar en soledad. Se va a beber por ahí, en cualquier cafetín; pero por todas partes encuentra brasileños llorando. —Todo fue por Obedulio —dicen, bañados en lágrimas, los que hace unas horas vociferaban en el estadio—. Obedulio nos ganó el partido. Y Obdulio siente estupor por haberles tenido bronca, ahora que los ve de a uno. La victoria empieza a pesarle en el lomo. Él arruinó la fiesta de esta buena gente, y le vienen ganas de pedirles perdón por haber cometido la tremenda maldad de ganar. De modo que sigue caminando por las calles de Río de Janeiro, de bar en bar. Y así amanece, bebiendo, abrazado a los vencidos.

Chaplin y Keaton siguen siendo los mejores, los incomparables. Ellos conocen el secreto. Ellos saben que no hay asunto más serio que la risa, arte de mucho pero mucho trabajo, y que dar de reír a los demás es lo más hermoso que hacerse pueda mientras siga el mundo girando en el universo.

Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar; lo inconcebible es que haya niños que mueran sin asistencia médica; lo inconcebible es que el treinta por ciento de nuestros campesinos no sepa firmar y el noventa y nueve por ciento no sepa historia de Cuba; lo inconcebible es que la mayoría de las familias de nuestros campos esté viviendo en peores condiciones que los indios que encontró Colón al descubrir la tierra más hermosa que ojos humanos vieron… De tanta miseria sólo es posible librarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos… Más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas, está en manos extranjeras. En Oriente, que es la provincia más ancha, las tierras de la United Fruit Company y de la West Indian unen la costa norte con la costa sur… Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos, se exporta cuero para importar zapatos, se exporta hierro para importar arados…

El presidente Truman puso el grito en el cielo cuando los obreros empezaron a ser personas en las plantaciones bananeras de Guatemala. Y ahora el presidente Eisenhower escupe relámpagos ante la expropiación de la United Fruit. El gobierno de los Estados Unidos considera un atropello que el gobierno de Guatemala se tome en serio los libros de contabilidad de la United Fruit. Arbenz pretende pagar, como indemnización, el valor que la propia empresa había atribuido a sus tierras para defraudar impuestos. John Foster Dulles, Secretario de Estado, exige veinticinco veces más. Jacobo Arbenz, acusado de conspiración comunista, no se inspira en Lenin sino en Abraham Lincoln. Su reforma agraria, que se propone modernizar el capitalismo en Guatemala, es más moderada que las leyes rurales norteamericanas de hace casi un siglo.

Richard Nixon visita esta tierra ocupada. El sindicato de los trabajadores de la United Fruit y otros quinientos treinta y dos sindicatos han sido prohibidos por el nuevo gobierno. Ahora el Código Penal condena a muerte a los autores de huelgas. Los partidos políticos están fuera de la ley. Se arrojan a la hoguera los libros de Dostoievski y otros soviéticos. El reino de la banana ha sido salvado de la reforma agraria. El vice-presidente de los Estados Unidos felicita al presidente Castillo Armas. Por primera vez en la historia, dice Nixon, un gobierno comunista ha sido reemplazado por un gobierno libre.

Burlando la vigilancia de la guardia de honor, la mano de alguien, mano de todos, ha garabateado de apuro este epitafio sobre el mármol de la tumba: Aquí yace Somoza, algo más podrido que en vida.

Resplandece el fútbol brasileño, que baila y hace bailar. En el Campeonato Mundial de Suecia, se consagran Pelé y Garrincha, para desmentir a quienes dicen que los negros no sirven para jugar en clima frío. Pelé, flaquito, casi niño, hincha el pecho, para impresionar, y alza el mentón. Él juega al fútbol como jugaría Dios, si Dios decidiera dedicarse seriamente al asunto. Pelé cita a la pelota donde sea y cuando sea y como sea, y ella nunca le falla. A los altos aires la envía: ella describe una amplia curva y vuelve al pie, obediente, agradecida, o quizás atada por un elástico invisible. Pelé la levanta, encoge el pecho, la deja rodar suavemente por el cuerpo: sin que toque el suelo la va cambiando de pierna mientras se lanza, corre que te corre, camino del gol. No hay quien pueda atraparlo, a lazo ni a balazo hasta que deja la pelota clavada, blanca, fulgurante, en el fondo de la red. Dentro y fuera de la cancha, se cuida. Jamás pierde un minuto de su tiempo, ni se le cae nunca una moneda del bolsillo. Hasta hace poco, lustraba zapatos en los muelles del puerto. Pelé ha nacido para subir; y lo sabe.

Amaga Garrincha tumbando rivales. Media vuelta, vuelta completa. Hace como que va, pero viene. Hace como que viene, pero va. Los rivales caen despatarrados al suelo, uno tras otro, culo en tierra, piernas al aire, como si Garrincha desparramara cáscaras de banana. Cuando ha eludido a todos, incluyendo al arquero, se sienta sobre la pelota, en la línea de gol. Entonces, retrocede y vuelve a empezar. Los hinchas se divierten con sus diabluras, pero los dirigentes se arrancan los pelos: Garrincha juega por reír, no por ganar, alegre pájaro de patas chuecas, y se olvida del resultado. Él todavía cree que el fútbol es una fiesta, no un empleo ni un negocio. Le gusta jugar a cambio de nada o por unas cervezas, en playas y campitos, Tiene muchos hijos, propios y arrimados. Bebe y come como si fuera la última vez. Manoabierta, todo lo da, todo lo pierde. Garrincha ha nacido para derrumbarse; y no lo sabe.

A ritmo alucinante ha sido construida. Durante tres años éste fue un hormiguero donde los obreros y los técnicos trabajaron hombro con hombro noche y día, compartiendo la tarea y el plato y el techo. Pero cuando Brasilia queda terminada, termina la fugaz ilusión de la fraternidad. Se cierran de golpe las puertas: la ciudad no sirve a los sirvientes. Brasilia deja afuera a quienes la alzaron con sus manos. Ellos vivirán amontonados en los rancheríos que brotan a la buena de Dios en las afueras. Ésta es la ciudad del gobierno, la casa del poder, sin pueblo en las plazas ni veredas para caminar. Brasilia está en la luna: blanca, luminosa, flota allá lejos, allá arriba, por encima del Brasil y a salvo de sus mugres y sus locuras. No la había soñado así Oscar Niemeyer, el arquitecto de sus palacios. Cuando se celebra la gran fiesta inaugural, Niemeyer no aparece en el palco.

Un mediodía, en una calle de Dallas, el presidente de los Estados Unidos cae asesinado. Apenas muere, se difunde la versión oficial. La versión oficial, que será definitiva, afirma que Lee Harvey Oswald ha asesinado a Kennedy. El arma no coincide con la bala, ni la bala con los agujeros. El culpable no coincide con la culpa: Oswald es hombre de pésima puntería y físico mediocre, pero según la versión oficial actuó como un campeón olímpico de tiro al blanco y carreras de velocidad. Ha disparado un viejo rifle a un ritmo imposible y su bala mágica ha dado acrobáticas vueltas para atravesar a Kennedy y al gobernador de Texas, Connally, quedando milagrosamente intacta. Oswald niega, a gritos. Pero nadie sabe, nadie sabrá nunca, qué es lo que declara. Y a los dos días se desploma ante las cámaras de la televisión: el mundo entero asiste al espectáculo. Le cierra la boca Jack Ruby, un hampón consagrado al tráfico de mujeres y de drogas. Dice Ruby que ha vengado a Kennedy por patriotismo y por la lástima que le da la pobre viuda.

Podrá andar descalzo el indio boliviano, hombre o mujer, niño o niña; pero sin sombrero, no. El sombrero prolonga la cabeza que protege; y cuando el alma se cae, el sombrero la recoge del suelo.

La Embajada de los Estados Unidos, que llama a los rebeldes escoria comunista y pandilla de hampones, informa que no hay modo de parar el alboroto y pide ayuda urgente a Washington. Desembarcan, entonces, los marines. Al día siguiente muere el primer invasor. Es un muchacho de las montañas del norte de Nueva York. Cae tiroteado desde alguna azotea, en una callecita de esta ciudad que nunca en su vida había oído nombrar. La primera víctima dominicana es un niño de cinco años. Muere de granada, en un balcón. Los invasores lo confunden con un francotirador. El presidente Lyndon Johnson advierte que no tolerará otra Cuba en el Caribe. Y más soldados desembarcan. Y más. Veinte mil, treinta y cinco mil, cuarenta y dos mil. Mientras los soldados norteamericanos destripan dominicanos, los voluntarios norteamericanos los remiendan en los hospitales. Johnson exhorta a sus aliados a que acompañen esta Cruzada de Occidente. La dictadura militar del Brasil, la dictadura militar del Paraguay, la dictadura militar de Honduras y la dictadura militar de Nicaragua envían tropas a la República Dominicana para salvar la Democracia amenazada por el pueblo. Acorralado entre el río y la mar, en el barrio viejo de Santo Domingo, el pueblo resiste. José Mora Otero, Secretario General de la OEA, se reúne, a solas, con el coronel Caamaño. Le ofrece seis millones de dólares si abandona el país. Es enviado a la mierda.

Fidel revela la carta de despedida del Che Guevara: Ya nada legal me ata a Cuba, dice el Che, sólo los lazos que no se pueden romper. El Che también escribe a sus padres y a sus hijos. A sus hijos les pide que sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Aquí, en Cuba, con asma y todo, el Che ha sido siempre el primero en llegar y el último en irse, en la guerra y en la paz, sin aflojar ni un poquito. De él se han enamorado las mujeres, los hombres, los niños, los perros y las plantas.

«Sabemos que el hambre es mortal» decía el cura Camilo Torres. Y si lo sabemos, decía, ¿tiene sentido perder el tiempo discutiendo si es inmortal el alma? Camilo creía en el cristianismo como práctica del amor al prójimo y quería que ese amor fuera eficaz. Tenía la obsesión del amor eficaz. Esa obsesión lo alzó en armas y por ella ha caído, en un desconocido rincón de Colombia, peleando en las guerrillas.

La metralla le rompe las piernas. Sentado, sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos. Los soldados disputan a manotazos el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales lo interrogan, uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin mar, lo insulta y lo amenaza. El Che le escupe la cara. Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino. En el pueblito de Higueras, el general Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes. Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica.

Lo llamaron Cassius Clay: se llama Muhammad Alí, por nombre elegido. Lo hicieron cristiano: se hace musulmán, por elegida fe. Lo obligaron a defenderse: pega como nadie, feroz y veloz, tanque liviano, demoledora pluma, indestructible dueño de la corona mundial. Le dijeron que un buen boxeador deja la bronca en el ring: él dice que el verdadero ring es el otro, donde un negro triunfante pelea por los negros vencidos, por los que comen sobras en la cocina. Le aconsejaron discreción: desde entonces grita. Le intervinieron el teléfono: desde entonces grita también por teléfono. Le pusieron uniforme para enviarlo a la guerra de Vietnam: se saca el uniforme y grita que no va, porque no tiene nada contra los vietnamitas, que nada malo le han hecho a él ni a ningún otro negro norteamericano. Le quitaron el título mundial, le prohibieron boxear, lo condenaron a cárcel y multa: gritando agradece estos elogios a su dignidad humana.

Los estudiantes invaden las calles. Manifestaciones así, en México jamás se han visto, tan inmensas y alegres, todos atados brazo con brazo, cantando y riendo. Los estudiantes claman contra el presidente Díaz Ordaz y sus ministros, momias con vendas y todo, y contra los demás usurpadores de aquella revolución de Zapata y Pancho Villa. En Tlatelolco, plaza que ya fue moridero de indios y conquistadores, ocurre la encerrona. El ejército bloquea todas las salidas con tanques y ametralladoras. En el corral, prontos para el sacrificio, se apretujan los estudiantes. Cierra la trampa un muro continuo de fusiles con bayoneta calada. Las luces de bengala, una verde, otra roja, dan la señal. Horas después, busca su cría una mujer. Los zapatos dejan huellas de sangre en el suelo.

—Los señores del gobierno están muertos. Por eso nos matan. En México, el poder asimila o aniquila, fulmina de un abrazo o de un balazo: a los respondones que no se dejan meter en el presupuesto, los mete en la tumba o en la cárcel. El incorregible Revueltas vive preso. Rara vez no duerme en celda y entonces pasa las noches tendido en algún banco de la alameda o escritorio de la universidad. Los policías lo odian por revolucionario y los dogmáticos por libre; los beatos de izquierda no le perdonan su tendencia a las cantinas. Hace un tiempo, sus camaradas le pusieron un ángel de la guardia, para que salvara a Revueltas de toda tentación, pero el ángel terminó empeñando las alas para pagar las juergas que se corrían juntos.

La nave espacial llega desde Houston, Texas, y posa en la luna sus largas patas de araña. Los astronautas Armstrong y Aldrin ven la Tierra como nadie la había visto hasta ahora, y la Tierra no es la generosa teta que nos da de mamar leche y veneno sino una bella piedra helada que rueda en la soledad del universo. Parece sin hijos la Tierra, habitada por nadie, o quizás indiferente, como si no sintiera ni siquiera cosquillas por las pasiones humanas que hormiguean en su suelo. Los astronautas nos transmiten por televisión y radio las palabras previamente programadas acerca del gran paso que la humanidad está dando, mientras clavan el estandarte de los Estados Unidos de América en el pedregoso Mar de la Tranquilidad.

Se han puesto tozudos los pobladores de Praia do Pinto y las demás favelas que cubren las montañas de Río de Janeiro. Pero los jefes militares han echado el ojo a estos terrenos tan vendibles y revendibles y especulables, de modo que se resuelve el asunto mediante oportunos incendios. Los bomberos jamás acuden. El amanecer es la hora de las lágrimas y las cenizas. Después que el fuego arrasa las casas hechas de basura, como a basura barren a la gente y en camiones de basura la arrojan lejos.

El cardenal Maurer dice que el presidente Barrientos es como san Pablo, porque recorre los campos de Bolivia repartiendo verdades, pero Barrientos también reparte dinero y pelotas de fútbol. Por todas partes va y viene, regando billetes, en helicóptero. La Gulf Oil ha regalado el helicóptero a Barrientos, a cambio de dos mil millones de dólares en gas y mil millones de dólares en petróleo que Barrientos ha regalado a la Gulf Oil. En este helicóptero, Barrientos paseó por los cielos de Bolivia el cuerpo del Che Guevara, atado a los patines. En este helicóptero Barrientos llega a la quebrada de Arque, en una de sus jiras incesantes, y como de costumbre arroja dinero sobre los campesinos; pero al irse choca con un alambre, se estrella contra las rocas y se quema vivo. Después de haber incendiado tantos cuadros y libros, el fogoso Barrientos muere achicharrado en este helicóptero repleto hasta el tope de billetes que arden con él.

La llamada «guerra del fútbol» tiene por enemigos a dos pedazos de América Central, jirones de la que fue, hace un siglo y medio, patria única.
Honduras, pequeño país agrario, está dominado por los latifundistas.
El Salvador, pequeño país agrario, está dominado por los latifundistas.
El pueblo campesino de Honduras no tiene tierra ni trabajo.
El pueblo campesino de El Salvador no tiene tierra ni trabajo.
En Honduras hay una dictadura militar nacida de un golpe de Estado.
En El Salvador hay una dictadura militar nacida de un golpe de Estado.
El general que gobierna Honduras ha sido formado en la Escuela de las Américas, en Panamá.
El general que gobierna El Salvador ha sido formado en la Escuela de las Américas, en Panamá.
De los Estados Unidos provienen las armas y los asesores del dictador de Honduras.
De los Estados Unidos provienen las armas y los asesores del dictador de El Salvador.
El dictador de Honduras acusa al dictador de El Salvador de ser un comunista a sueldo de Fidel Castro.
El dictador de El Salvador acusa al dictador de Honduras de ser un comunista a sueldo de Fidel Castro.
La guerra dura una semana. Mientras dura la guerra, el pueblo de Honduras cree que su enemigo es el pueblo de El Salvador y el pueblo de El Salvador cree que su enemigo es el pueblo de Honduras. Ambos pueblos dejan cuatro mil muertos en los campos de batalla.

Artículo I — Se declaran crímenes contra la seguridad del Estado las actividades comunistas bajo la forma que sea: toda profesión de fe comunista, verbal o escrita, pública o privada, toda propagación de doctrinas comunistas o anarquistas a través de conferencias, discursos, conversaciones, lecturas, reuniones públicas o privadas, por la vía de folletos, carteles, periódicos, revistas, diarios, libros e imágenes; toda correspondencia oral o escrita con asociaciones locales o extranjeras o con personas dedicadas a la difusión de ideas comunistas o anarquistas; y también el hecho de recibir, recoger o proporcionar fondos destinados directa o indirectamente a la propagación de dichas ideas. Artículo II — Serán condenados a muerte los autores y los cómplices de estos crímenes. Sus bienes muebles e inmuebles serán confiscados y vendidos en beneficio del Estado, Dr. François Duvalier Presidente Vitalicio de la República de Haití

Los guerrilleros tupamaros liquidan a Dan Anthony Mitrione, uno de los instructores norteamericanos de la policía del Uruguay. El finado impartía sus cursos para oficiales en un sótano a prueba de sonidos. Para las lecciones prácticas utilizaba pordioseros y prostitutas cazados en la calle. Así mostraba a sus alumnos el efecto de los diversos voltajes de electricidad en las zonas más sensibles del cuerpo humano, y les enseñaba cómo aplicar eficazmente vomitivos y otras sustancias químicas. En los últimos meses, tres hombres y una mujer murieron durante estas clases de Técnica del Interrogatorio. Mitrione detestaba el desorden y la mugre. Una cámara de torturas debía tener la asepsia de un quirófano. Y detestaba el lenguaje incorrecto: —Huevos no, comisario. Testículos. También detestaba el gasto inútil, el movimiento no necesario, el daño que se puede evitar: —Es un arte, más que una técnica —decía: el dolor preciso, en el lugar preciso, en la medida precisa.

Leonel Rugama tenía veinte años. De los amigos, prefería a los jugadores de ajedrez. De los jugadores de ajedrez, a los que pierden por culpa de la muchacha que pasa. De las que pasan, a la que queda. De las que quedan, a la que todavía no llegó. De los héroes, prefería a los que no dicen que mueren por la patria. De las patrias, a la nacida de su muerte.

En un acto de imperdonable mala conducta, el pueblo chileno elige presidente a Salvador Allende. Otro presidente, el presidente de la empresa ITT, International Telephone and Telegraph Corporation, ofrece un millón de dólares a quien acabe con tanta desgracia. Y el presidente de los Estados Unidos dedica al asunto diez millones: Richard Nixon encarga a la CIA que impida que Allende se siente en el sillón presidencial, o que lo tumbe si se sienta. El general René Schneider, cabeza del ejército, se niega al golpe de Estado y cae fulminado en emboscada: —Esas balas eran para mí —dice Allende. Quedan suspendidos los préstamos del Banco Mundial y de toda la banquería oficial y privada, salvo los préstamos para gastos militares. Se desploma el precio internacional del cobre. Desde Washington, el canciller Henry Kissinger explica: —No veo por qué tendríamos que quedarnos de brazos cruzados, contemplando cómo un país se hace comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo.

El reloj de la catedral queda clavado, para siempre, a la hora en que el terremoto alza en vilo a la ciudad. El terremoto sacude a Managua y la destroza. Ante la catástrofe, Tachito Somoza prueba sus virtudes de estadista y empresario. Decreta que los albañiles trabajarán sesenta horas semanales sin ganar ni un centavo más y declara: —Ésta es la revolución de las oportunidades. Tachito, hijo de Tacho Somoza, ha desplazado a su hermano Luis del trono de Nicaragua. Graduado en West Point, tiene mejores uñas. A la cabeza de una voraz bandada de primos segundos y tíos terceros, se lanza sobre las ruinas: él no ha fabricado el terremoto, pero lo cobra. La tragedia de medio millón de personas sin casa es un espléndido regalo de Navidad. Somoza trafica desaforadamente con escombros y terrenos; y por si fuera poco, vende en Estados Unidos la sangre donada a las víctimas por la Cruz Roja Internacional. Después profundiza este filón, descubierto gracias a las aciagas circunstancias. Demostrando más iniciativa y espíritu de empresa que el conde Drácula, Tachito Somoza funda una sociedad anónima para comprar sangre barata en Nicaragua y venderla cara en el mercado norteamericano.

El pensamiento vivo de Tachito Somoza. No ostento mi dinero como símbolo de poder, sino como símbolo de fuente de trabajo para los nicaragüenses.

Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir. Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire. Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez: —Yo no voy a renunciar…

Yo no voy a renunciar. Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza. Podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos… Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y en su destino, Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! Éstas son mis últimas palabras. Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano.

El general Kjell Laugerud, recién llegado a la presidencia por falsificación de elecciones, se compromete a seguir aplicando en Guatemala las técnicas que el Pentágono había ensayado en Vietnam. Guatemala es el primer laboratorio latinoamericano de la guerra sucia.

Por decreto de Velasco, la lengua quechua tiene ahora los mismos derechos que la lengua española, y es tan oficial como ella; pero ningún funcionario reconoce ese decreto, ni lo aplica ningún juez, ni policía, ni maestro. La Academia de la Lengua Quechua recibe un subsidio del Estado. Ese subsidio equivale a seis dólares con setenta y cinco centavos por año.

Aparicio Méndez es presidente por elecciones en las que votaron, en total, veintidós ciudadanos: catorce generales, cinco brigadieres y tres almirantes. Los militares habían prohibido al presidente por ellos electo que hablara con los periodistas o con nadie que no fuera su mujer. Por lo tanto, castigan al diario que publica las declaraciones, suspendiéndolo por dos días; y el periodista queda despedido. Antes de prohibir la palabra al presidente, los militares se la habían prohibido a los demás uruguayos. Toda palabra que no mienta es subversiva. No se puede mencionar a ninguno de los miles de políticos, sindicalistas, artistas y científicos puestos fuera de la ley. El término guerrillero está oficialmente prohibido, y en su lugar debe decirse malviviente, reo, delincuente o malhechor. Las murgas de carnaval, de tradición respondona, siempre burlonas del poder, no pueden cantar las palabras reforma agraria, soberanía, hambre, clandestino, paloma, verde, verano ni contracanto. Tampoco pueden cantar la palabra pueblo, aunque usen pueblo en el sentido de ciudad pequeña. En el reino del silencio, la principal cárcel de presos políticos se llama Libertad. Los presos aislados inventan códigos. Hablan sin voz, golpeteando la pared con los nudillos de los dedos, de celda a celda, haciendo letras, haciendo palabras, para seguir queriéndose y puteándose.

Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros. Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel. Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: —¿Son naranjas? ¿Qué frutas son? La niña lo hace callar: —Ssshhhh. Y en secreto le explica: —Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

Mientras tanto, en la otra orilla del río de la Plata, los militares argentinos dan su golpe de Estado. Uno de los jefes de la nueva dictadura, el general Ibérico Saint-Jean, anuncia: —Primero mataremos a todos los subversivos. Luego mataremos a los colaboradores. Luego, a los simpatizantes. Luego, a los indecisos. Y por último, mataremos a los indiferentes.

A una prisionera, embarazada, le dan a elegir entre la violación y la picana eléctrica. Ella elige la picana, pero al cabo de una hora ya no aguanta el dolor. Entonces, la violan todos. Mientras la violan, entonan la Marcha Nupcial. —Y bueno, es la guerra —dice monseñor Gracelli. Llevan escapulario y comulgan cada domingo los hombres que en los cuarteles queman senos con soplete. —Por encima de todo, está Dios —dice el general Videla. Monseñor Tortolo, presidente del Episcopado, compara al general Videla con Jesucristo y a la dictadura militar con la Pascua de Resurrección. En nombre del Santo Padre, el nuncio Pío Laghi visita los campos de exterminio, exalta el amor de los militares a Dios, la Patria y la Familia y justifica el terrorismo de Estado porque la Civilización tiene el derecho de defenderse.

Más de mil intelectuales brasileños firman un manifiesto contra la censura. En julio del año pasado, la dictadura militar impidió que el semanario «Movimiento» publicara la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, de 1776, porque en ella se dice que el pueblo tiene el derecho y el deber de abolir los gobiernos despóticos. Desde entonces, la censura ha prohibido, entre muchas otras cosas, el ballet Bolshoi, por ruso, los grabados eróticos de Pablo Picasso, por eróticos, y el libro Historia del surrealismo, porque uno de sus capítulos luce en el título la palabra Revolución (Revolución en la poesía).

Despacha una carta y varias copias. La carta original, a la Junta militar que gobierna la Argentina. Las copias, a las agencias extranjeras de prensa. Al cumplirse un año del golpe de Estado, está enviando algo así como un memorial de agravios, constancia de las infamias cometidas por un régimen que sólo puede balbucear el discurso de la muerte. Al pie, estampa su firma y documento (Rodolfo Walsh, C. I. 2845022). Sale de la oficina del Correo y a poco andar lo derriban a balazos y se lo llevan herido, sin regreso.

Las madres de Plaza de Mayo, mujeres paridas por sus hijos, son el coro griego de esta tragedia. Enarbolando las fotos de sus desaparecidos, dan vueltas y vueltas a la pirámide, ante la rosada casa de gobierno, con la misma obstinación con que peregrinan por cuarteles y comisarías y sacristías, secas de tanto llorar, desesperadas de tanto esperar a los que estaban y ya no están, o quizás siguen estando, o quién sabe: —Me despierto y siento que está vivo —dice una, dicen todas—. Me voy desinflando mientras pasa la mañana. Se me muere al mediodía. Resucita en la tarde. Entonces vuelvo a creer que llegará y pongo un plato para él en la mesa, pero se vuelve a morir y a la noche me caigo dormida sin esperanza. Me despierto y siento que está vivo. Las llaman locas. Normalmente no se habla de ellas. Normalizada la situación, el dólar está barato y cierta gente también. Los poetas locos van al muere y los poetas normales besan la espada y cometen elogios y silencios. Con toda normalidad el ministro de Economía caza leones y jirafas en la selva africana y los generales cazan obreros en los suburbios de Buenos Aires. Nuevas normas de lenguaje obligan a llamar Proceso de Reorganización Nacional a la dictadura militar.

El arzobispo le ofrece una silla. Marianela prefiere hablar parada. Siempre viene por otros; pero esta vez, Marianela viene por ella. Marianela García Vilas, abogada de los torturados y los desaparecidos de El Salvador, no viene esta vez en busca de la solidaridad del arzobispo para alguna de las víctimas de D’Aubuisson, el Capitán Antorcha, que tortura con soplete, o de algún otro militar especializado en el horror. Marianela no viene a pedirle ayuda para ninguna investigación ni denuncia. Esta vez, tiene algo personal que decirle. Con toda suavidad, cuenta que los policías la han secuestrado, atado, golpeado, humillado, desnudado —y que la han violado. Lo cuenta sin lágrimas ni sobresaltos, con su calma de siempre, pero el arzobispo Arnulfo Romero jamás había escuchado estas vibraciones de odio en la voz de Marianela, ecos del asco, llamados de la venganza; y cuando Marianela calla, el arzobispo, atónito, calla también. Después de mucho silencio, él empieza a decirle que la Iglesia no odia ni tiene enemigos, que toda infamia y todo contradiós forman también parte del orden divino, que también los criminales son nuestros hermanos y que por ellos debe rezar, que debe perdonar a sus perseguidores, que debe aceptar el dolor, que debe… Y de pronto, el arzobispo Romero se interrumpe. Baja la mirada, hunde la cabeza entre las manos. Mueve la cabeza, negando, y dice: —No, no quiero saber. —No quiero saber —dice, y se le rompe la voz. El arzobispo Romero, que siempre da consuelo y amparo, está llorando como un niño sin madre y sin casa. Está dudando el arzobispo Romero, que siempre da certeza, la tranquilizadora certeza de un Dios neutral que a todos comprende y a todos abraza. Romero está llorando y dudando y Marianela le acaricia la cabeza.

—El enemigo principal, ¿cual es? ¿La dictadura militar? ¿La burguesía boliviana? ¿El imperialismo? No, compañeros. Yo quiero decirles estita: nuestro enemigo principal es el miedo. Lo tenemos adentro. Estito dijo Domitila en la mina de estaño de Catavi y entonces se vino a la capital con otras cuatro mujeres y una veintena de hijos. En Navidad empezaron la huelga de hambre. Nadie creyó en ellas. A más de uno le pareció un buen chiste: —Así que cinco mujeres van a voltear la dictadura. El sacerdote Luis Espinal es el primero en sumarse. Al rato ya son mil quinientos los que hambrean en toda Bolivia. Las cinco mujeres, acostumbradas al hambre desde que nacieron, llaman al agua pollo o pavo y chuleta a la sal, y la risa las alimenta. Se multiplican mientras tanto los huelguistas de hambre, tres mil, diez mil, hasta que son incontables los bolivianos que dejan de comer y dejan de trabajar y veintitrés días después del comienzo de la huelga de hambre el pueblo invade las calles y ya no hay manera de parar esto. Las cinco mujeres han volteado la dictadura militar.

El pensamiento vivo de Tachito Somoza: Yo soy empresario, pero humilde.

José Villarreina, casado, tres hijos. Minero de la empresa norteamericana Rosario Mines, que hace setenta años volteó al presidente Zelaya. Desde 1952, Villarreina escarba oro en los socavones de Siuna; pero sus pulmones no están todavía del todo podridos. A la una y media de la tarde del 3 de julio de 1979, Villarreina asoma por una de las chimeneas del socavón y un vagón de mineral le arranca la cabeza. Treinta y cinco minutos después, la empresa comunica al muerto que de conformidad con lo dispuesto por los artículos 18, 115 y 119 del Código de Trabajo, queda despedido por incumplimiento de contrato.

La Sorbona otorga el título de doctor honoris causa a Darcy Ribeiro. Él acepta, dice, por mérito de sus fracasos. Darcy ha fracasado como antropólogo, porque los indios del Brasil siguen condenados a la aniquilación. Ha fracasado como rector de una universidad que él quiso que fuera transformadora de la realidad. Ha fracasado como ministro de Educación, en un país que multiplica analfabetos. Ha fracasado como miembro de un gobierno que intentó hacer la reforma agraria y controlar el caníbal capital extranjero. Ha fracasado como escritor que soñó con prohibir que la historia se repita. Estos son sus fracasos. Estas son sus dignidades.

Suárez es el más importante capitalista boliviano de una inmensa empresa multinacional. En sus manos, la hoja de coca sube diez veces de precio, por convertirse en pasta y salir del país. Después, por hacerse polvo y llegar a la nariz que la inhala, sube de precio doscientas veces. Como toda materia prima de país pobre, la coca da de ganar a los intermediarios, y sobre todo a los intermediarios del país rico que la consume transformada en cocaína, diosa blanca.

Hasta hace un par de años, sólo se entendía con Dios. Ahora habla con todos y por todos. Cada hijo del pueblo atormentado por los poderosos es el hijo de Dios crucificado; y en el pueblo Dios resucita después de cada crimen que los poderosos cometen. Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador, abremundo, rompemundo, nada tiene que ver ahora con aquel titubeante pastor de almas que los poderosos aplaudían. Ahora el pueblo interrumpe con ovaciones sus homilías que acusan al terrorismo de Estado. Ayer, domingo, el arzobispo exhortó a los policías y a los soldados a desobedecer la orden de matar a sus hermanos campesinos. En nombre de Cristo, Romero dijo al pueblo salvadoreño: Levántate y anda. Hoy, lunes, el asesino llega a la iglesia escoltado por dos patrulleros policiales. Entra y espera, escondido detrás de una columna. Romero está celebrando misa. Cuando abre los brazos y ofrece el pan y el vino, cuerpo y sangre del pueblo, el asesino aprieta el gatillo.

La dictadura del Uruguay convoca a un plebiscito y pierde. Parecía mudo este pueblo obligado a callar; pero abre la boca y dice no. Clamoroso había sido el silencio de estos años, que los militares confundieron con resignación. Ellos no se esperaban una respuesta así. Al fin y al cabo, preguntaron por preguntar, como un cocinero que manda que las gallinas digan con qué salsa desean ser comidas.

En Nicaragua, quien no se muere de hambre o peste o tiro, se muere de risa.

Por culpa de los gases venenosos que las fábricas echan al cielo y que las nieves y las lluvias devuelven a la tierra. Ciento setenta lagos han sido asesinados por esa lluvia ácida en el estado de Nueva York, pero el director de la Oficina Federal de Administración y Presupuesto dice que no vale la pena preocuparse, porque esos lagos no suman más que el cuatro por ciento del total.

Domitila, una de las cinco mujeres que derribó a una dictadura militar, ha sido condenada al destierro por otra dictadura militar y ha venido a parar, con su marido minero y sus muchos hijos, a las nieves del norte de Europa. De donde todo falta a donde sobra todo, de la última miseria a la primera opulencia: ojos de estupor en estas caras de barro: aquí en Suecia se tiran a la basura televisores casi nuevos, ropas apenas usadas y muebles y heladeras y cocinas y lavaplatos que funcionan perfectamente. Van al muere los automóviles de penúltimo modelo. Domitila agradece la solidaridad de los suecos y les admira la libertad, pero el derroche la ofende. La soledad, en cambio, le da pena: la pobre gente rica a solas ante el televisor, bebiendo a solas, comiendo a solas, hablando a solas: —Nosotros —cuenta, recomienda Domitila— nosotros, allá en Bolivia, aunque sea para pelearnos, nos juntamos.

Un avión cae, a fines de mayo, y así acaba Jaime Roldós, presidente del Ecuador. Algunos campesinos del lugar escuchan que el avión estalla, y lo ven en llamas antes de que se estrelle. No se permite a los médicos analizar el cadáver. No se intenta la autopsia. No aparece la caja negra: dicen que el avión no tenía. Los tractores aplanan el terreno del desastre. Se borran las grabaciones de las torres de control de Quito, Guayaquil y Loja. Varios testigos mueren en sucesivos accidentes. El informe de la Fuerza Aérea descarta de antemano cualquier atentado. Mala suerte, falla humana, mal tiempo. Pero el presidente Roldós estaba defendiendo el codiciado petróleo del Ecuador, había restablecido relaciones con la prohibida Cuba y apoyaba las malditas revoluciones de Nicaragua, El Salvador y Palestina. Dos meses después, otro avión cae, en Panamá. Mala suerte, falla humana, mal tiempo. Desaparecen dos campesinos que han escuchado la explosión del avión estallando en el aire. Omar Torrijos, culpable del rescate del canal de Panamá, sabía que no iba a morir de viejo en una cama. Y casi en seguida, un helicóptero se derrumba en el Perú. Mala suerte, falla humana, mal tiempo. Esta vez la víctima es el comandante del ejército peruano, general Rafael Hoyos Rubio, viejo enemigo de la Standard Oil y de otras sociedades internacionales de beneficencia.

Las madres de Plaza de Mayo lo llamaban el Ángel, por su rubia cara de nene. Llevaba unos meses trabajando con las madres, siempre sonriente, siempre dispuesto a poner el hombro, cuando una tarde, a la salida de una reunión, los soldados atraparon a varias de las militantes más activas del movimiento. Esas madres desaparecieron, como sus hijos, y nunca más se supo. Las madres secuestradas habían sido señaladas por el Ángel, o sea el teniente de fragata Alfredo Astiz, miembro del Grupo de Tareas 3-3-2 de la Escuela de Mecánica de la Armada, de larga y lucida actuación en las cámaras de tormento. El espía y torturador Astiz, ahora teniente de navío, es el primero en rendirse ante los ingleses en la guerra de las Malvinas. Se rinde sin disparar un tiro.

[García Márquez al recibir el Premio Nóbel] Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Éste es, amigos, el nudo de nuestra soledad

Dan miedo las madres y las abuelas de Plaza de Mayo. Porque, ¿qué pasaría si se hartaran de dar vueltas ante la Casa Rosada y se pusieran a firmar decretos de gobierno? ¿Y si los mendigos de la escalinata de la catedral arrancaran al arzobispo la túnica y el bonete y se pusieran a lanzar homilías desde el púlpito? ¿Y si los honestos payasos de los circos se pusieran a dictar órdenes en los cuarteles y cátedras en las universidades? ¿Y si se pusieran? ¿Y si?

Penachos de humo brotan de las bocas de los volcanes y de las bocas de los fusiles. Los campesinos van a la guerra en burro, con un papagayo al hombro. Dios era pintor primitivo cuando imaginó esta tierra de hablar suavecito. Los Estados Unidos, que entrenan y pagan a los contras, la condenan a morir y a matar. Desde Honduras la atacan los somocistas; desde Costa Rica, Edén Pastora la traiciona. Y en eso viene el Papa de Roma. El Papa maldice a los sacerdotes que aman a Nicaragua más que al alto cielo, y manda callar, de mala manera, a quienes le piden que rece por las almas de los patriotas asesinados. Tras pelearse con la católica multitud reunida en la plaza, se marcha, furioso, de esta tierra endemoniada.

En 1981, habían ocurrido en Nicaragua otros dos milagros de amplia repercusión. La Virgen de Cuapa hizo en ese año una espectacular aparición en los campos de Chontales. Descalza y coronada de estrellas, desde el centro de un resplandor que encegueció a los testigos, la Virgen formuló declaraciones a un sacristán llamado Bernardo. La Madre de Dios manifestó su apoyo a la política del presidente Reagan contra el sandinismo ateo y comunista.

El Santo Oficio de la Inquisición luce ahora el más discreto nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe. Ya no quema vivo a ningún hereje, aunque ganas no le faltan. Su principal preocupación viene de América. En nombre del Santo Padre, los inquisidores convocan a los teólogos latinoamericanos Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez, y en el Vaticano les aplican severa reprimenda por falta de respeto a la Iglesia del Miedo. La Iglesia del Miedo, opulenta empresa multinacional, devota del dolor y de la muerte, está ansiosa por clavar en la cruz a cualquier hijo de carpintero, de esos que andan por las costas de América sublevando pescadores y desafiando imperios.

Memoria del fuego II (Las caras y las máscaras)

Eduardo Galeano

Memoria del fuego 2 - Las caras y las máscaras

Memoria del fuego 2 – Las caras y las máscaras


Segunda de tres partes del memorial del fuego. Abarca los siglos XVIII y XIX, considerando la historia de los libertadores: Hidalgo y Morelos en México, Artigas en Uruguay y Paraguay, Bolívar en Venezuela, Ecuador, Chile y Perú. Sucre en Bolivia. Las Andanzas de Alexander Von Humboldt, el vendedor Santa Anna, la expansión de EU la fiebre del oro en San Francisco, la Esclavitud, Marx y sus opiniones sobre México Juárez y su racismo, blancos vs pieles rojas, Chile y su anexión de tierras de Perú y Bolivia y la vida y obra de José Martí. Calificación de 9.5.

Tonsurar: Adscribir a alguien a la clerecía, lo que se realizaba mediante el corte ritual de cierta porción de cabello.
Pescante: En los carruajes, asiento exterior desde donde el cochero gobierna las mulas o caballos.

Como no conocían el papel, ni sabían que lo necesitaban, los indios no tenían ninguna palabra para llamarlo. Hoy le ponen por nombre piel de Dios, porque el papel sirve para enviar mensajes a los amigos que están lejos.

Hace dos siglos que creció el mundo, y se hizo redondo, y desde entonces los perseguidores de alucinaciones se marchan, desde todos los muelles, hacia tierras de América. Al amparo de un dios navegante y conquistador, atraviesan, apretujándose en los navíos, la mar inmensa. Junto a pastores y labriegos que Europa no ha matado de guerra, peste o hambre, viajan capitanes y mercaderes y pícaros y místicos y aventureros. Todos buscan el milagro. Al otro lado de la mar, mágica mar que lava sangres y transfigura destinos, se ofrece, abierta, la gran promesa de todos los tiempos. Allá se vengarán los mendigos. Allá se harán marqueses los pelagatos, santos los malandrines y fundadores los condenados a la horca. Se harán doncellas, de alta dote, las vendedoras de amor.

Cimarrón, voz antillana, significa «flecha que busca la libertad». Así llamaron los españoles al toro que huía al monte, y después la palabra ganó otras lenguas, chimarrao, maroon, marrón, para nombrar al esclavo que en todas las comarcas de América busca el amparo de selvas y pantanos y hondos cañadones y lejos del amo levanta una casa libre y la defiende abriendo caminos falsos y trampas mortales. El cimarrón gangrena la sociedad colonial.

Europa paga buenos precios por las pieles de castores, nutrias, martas, ciervos, zorros y osos. A cambio de las pieles, los indios reciben armas, para matarse entre sí o para morir en las guerras entre los ingleses y los franceses que disputan sus tierras. Los indios también reciben aguardiente, que convierte en piltrafa al guerrero más robusto, y pestes más arrasadoras que las peores tempestades de nieve.

La revelación de Dios ocurrió a la luz de los relámpagos. El capitán John Newton se convirtió al cristianismo una noche de blasfemias y borrachera, cuando una súbita tempestad estuvo a punto de echar su barco al fondo del océano. Desde entonces, es un elegido del Señor. Cada atardecer, dicta un sermón. Reza plegarias antes de cada comida y comienza cada jornada cantando salmos que la marinería repite roncamente a coro. Al fin de cada viaje, paga en Liverpool una ceremonia especial de acción de gracias al Altísimo. Mientras espera la llegada de un cargamento en la desembocadura del río Sierra Leona, el capitán Newton espanta miedos y mosquitos y ruega a Dios que proteja a la nave African y a todos sus tripulantes, y que llegue intacta a Jamaica la mercadería que se dispone a embarcar. El capitán Newton y sus numerosos colegas practican el comercio triangular entre Inglaterra, África y las Antillas. Desde Liverpool embarcan telas, aguardiente, fusiles y cuchillos que cambian por hombres, mujeres y niños en la costa africana. Las naves ponen proa a las islas del Caribe, y allá cambian los esclavos por azúcar, melaza, algodón y tabaco que llevan a Liverpool para reiniciar el ciclo. En sus horas de ocio, el capitán contribuye a la sagrada liturgia componiendo himnos. Esta noche, encerrado en su camarote, empieza a escribir un himno nuevo, mientras espera una caravana de esclavos demorada porque algunos quisieron matarse comiendo barro por el camino. Ya tiene el título. El himno se llamará Cuán dulce suena el nombre de Jesús. Los primeros versos nacen, y el capitán tararea posibles melodías bajo la lámpara cómplice que se balancea.

Los amos de las plantaciones obligan al cocinero a probar ante sus ojos cada plato. Venenos de larga agonía se deslizan entre las sabrosuras de la mesa. Los esclavos matan; y también se matan o huyen, que son maneras de robar al amo su principal riqueza. O se sublevan creyendo, danzando, cantando, que es la manera de redimirse y resucitar.

Dicen los que mandan en Bahía que el negro no va al Cielo, aunque sea rezador, porque tiene el pelo duro y pincha a Nuestro Señor. Dicen que no duerme: ronca. Que no come: traga. Que no conversa: rezonga. Que no muere: acaba. Dicen que Dios hizo al blanco y al mulato lo pintó. Al negro, dicen, el Diablo lo cagó.

Mucho diamante escapa de contrabando. Yacen sin sepultura, carne de cuervos, los mineros clandestinos que han sido sorprendidos, aunque el cuerpo del delito tenga el tamaño de un ojo de pulga; y al esclavo sospechoso de tragar lo que no debe le aplican violenta purga de ají picante. Todo diamante pertenece al rey de Portugal y a Joao Fernandes de Oliveira, que aquí reina por contrato con el rey. A su lado, Chica da Silva también se llama Chica que Manda. Ella es mulata, pero usa ropas europeas prohibidas para los de piel oscura y alardea yendo a misa en litera, acompañada por un cortejo de negras ataviadas como princesas; y en el templo ocupa el lugar principal. No hay noble de por aquí que no quiebre el espinazo ante su mano llena de anillos de oro, y no hay quien falte a sus convites en la mansión de la sierra. Allí Chica da Silva ofrece banquetes y funciones de teatro, estreno de Los encantos de Medea o cualquier pieza de moda, y después lleva a los invitados a navegar por el lago que Oliveira hizo excavar para ella porque ella quería mar y mar no había. Se llega al muelle por escalinatas doradas y se pasea en gran navío tripulado por diez marineros. Chica da Silva usa peluca de rulos blancos. Los rulos le cubren la frente y ocultan la marca que a hierro le hicieron cuando era esclava.

Apenas diez meses ha durado el dominio británico sobre Cuba, pero a los españoles les cuesta reconocer a la colonia que recuperan. El sacudón de los ingleses ha despertado a Cuba de su larga siesta agraria. Esta isla se convertirá, en los tiempos que vienen, en una inmensa fábrica de azúcar, trituradora de esclavos y devastadora de todo lo demás. Serán arrasadas las vegas de tabaco, los cultivos de maíz y los huertos vegetales. Serán devastados los bosques y secados los arroyos. Cada esclavo negro será exprimido hasta acabarse en siete años.

Los indios conservan la mayor parte de sus antiguas supersticiones. Yo subrayaría su fe en los sueños, locura de la que no pueden curarse a pesar de las repetidas decepciones… Un salvaje nos estaba contando un sueño profético, que según él anunciaba la muerte de un oficial inglés, y yo no pude contener una sonrisa. «Ustedes, los europeos», me dijo, «son la gente menos razonable del mundo. Se burlan de nuestra fe en los sueños y sin embargo esperan que nosotros creamos cosas que son mil veces más increíbles».

Si admitimos que los negros son seres humanos, admitimos cuán poco cristianos somos, dice Montesquieu. Toda religión que bendiga la esclavitud merece que la prohíban, afirma el abate Raynal. A Juan Jacobo Rousseau, la esclavitud lo avergüenza de ser hombre.

Los indios pasean a la Virgen en andas de plumas, y llamándola Abuela de la Luz le piden cada noche que mañana traiga el sol; pero con mayor devoción veneran a la serpiente que ella aplasta bajo el pie. Ofrecen incienso a la serpiente, viejo dios que da buen maíz y buen venado y ayuda a matar enemigos. Más que a san Jorge celebran al dragón, cubriéndolo de flores; y las flores al pie del jinete Santiago rinden homenaje al caballo, no al apóstol. Se reconocen en Jesús, que fue condenado sin pruebas, como ellos; pero no adoran la cruz por ser símbolo de su inmolación, sino porque la cruz tiene la forma del fecundo encuentro entre la lluvia y la tierra.

Aristócrata de Virginia, Jefferson predica la democracia, una democracia de propietarios, y la libertad de pensamiento y fe; pero defiende la jerarquía del sexo y de los colores. Sus planes de educación no alcanzan a las mujeres, ni a los indios, ni a los negros. Jefferson condena la esclavitud y es, y seguirá siendo, amo de esclavos. Más lo atraen las mulatas que las blancas, pero tiene pánico a la pérdida de la pureza racial y cree que la mezcla de sangres es la peor de las tentaciones que acechan al colono blanco.

Muy lejos del Cuzco, la tristeza de Jesús también preocupaba a los indios tepehuas. Desde que el dios nuevo había llegado a México, los tepehuas acudían a la iglesia, con banda de música, y le ofrecían bailes y juegos de disfraces y sabrosos tamales y buen trago; pero no había manera de darle alegría. Jesús seguía penando, aplastada la barba sobre el pecho, y así fue hasta que los tepehuas inventaron la Danza de los Viejos. La bailan dos hombres enmascarados. Uno es la Vieja, el otro el Viejo. Los Viejos vienen de la mar con ofrendas de camarones y recorren el pueblo de San Pedro apoyando en bastones de palo y plumas sus cuerpos torcidos por los achaques. Ante los altares improvisados en las calles, se detienen y danzan, mientras canta el cantor y el músico bate un caparazón de tortuga. La Vieja, pícara, se menea y se ofrece y hace como que huye; el Viejo la persigue y la atrapa por detrás, la abraza y la alza en vilo. Ella patalea en el aire, muerta de risa, simulando defenderse a los bastonazos pero apretándose, gozosa, al cuerpo del Viejo que embiste y trastabilla y ríe mientras todo el mundo celebra. Cuando Jesús vio a los Viejos haciendo el amor, levantó la frente y rió por primera vez. Desde entonces ríe cada vez que los tepehuas danzan para él esta danza irreverente.

Desde que amanece humea la tierra, suplicando de beber, y los vivos buscan sombra y se dan aire. Si el calor marchita a los vivos que atrapa, ¿qué no hará con los muertos, que no tienen quien los abanique? Los muertos principales yacen en las iglesias. Así lo quiere la costumbre en la seca meseta de Castilla y por lo tanto así debe ser, también, en este hervidero de Panamá. Los fieles pisan lápidas, o se arrodillan sobre ellas, y desde abajo les murmura la muerte: Ya vendré por ti; pero más hace llorar el olor a podrido que el pánico de morir o la memoria de la irreparable pérdida. Sebastián López Ruiz, sabio investigador de la naturaleza, escribe un informe demostrando que esa costumbre de allá es, acá, enemiga de la higiene y fatal para la salud pública y que más sano sería enterrar a los hidalgos de Panamá en algún lejano camposanto. Se le contesta que bien están los muertos en las iglesias; y que lo que ha sido y es, seguirá siendo.

Armado de verdes espadas, el maguey resiste invicto la sequía y el granizo, las noches de hielo y los soles de furia de los desiertos de México. El pulque viene del maguey, el árbol que amamanta, y del maguey vienen el forraje de los animales, las vigas y las tejas de los techos, los troncos de las cercas y la leña de las hogueras. Sus hojas carnosas brindan lazos, bolsas, esteras, jabón y papel, el papel de los antiguos códices, y sus púas valen de agujas y alfileres. El maguey sólo florece cuando va a morir. Se abre y florece como diciendo adiós. Un altísimo tallo, quizás mástil, quizás pene, busca paso desde el corazón del maguey hacia las nubes, en un estallido de flores amarillas. Entonces el gran tallo cae y con él cae el maguey, arrancado de raíz. Es raro encontrar un maguey florecido en el árido valle del Mezquital. Apenas empieza a dar tallo, la mano del indio lo castra y revuelve la herida y así el maguey vierte su pulque, que calma la sed, alimenta y consuela.

Explicaban los aztecas que un buen alfarero da un ser al barro y hace vivir las cosas. La remota tradición se multiplica cada día en botellones, tinajas, vasijas y sobre todo en jarros: marfilinos jarros de Tonalá, peleones jarros de Metepec, jarros barrigones y lustrosos de Oaxaca, humildes jarritos de Chililico; rojizos jarros de Toluca, chorreosos de greda negra… El jarro de barro cocido preside las fiestas y las cocinas y acompaña al preso y al mendigo. Recoge el pulque, despreciado por la copa de cristal, y es prenda de amantes: Cuando muera, de mi barro hágase, comadre, un jarro. Si de mí tiene sed, beba: si la boca se le pega, serán besos de su charro.

Sobre la literatura de ficción en la época colonial: El virrey de México, Matías de Gálvez, firma un nuevo bando en favor de los trabajadores indios. Han de recibir los indios salario justo, buenos alimentos y asistencia médica; y tendrán dos horas de descanso, al mediodía, y podrán cambiar de patrón cuando quieran.

La Corona portuguesa manda liquidar los talleres textiles del Brasil, que en lo sucesivo no podrán producir más que ropa rústica para esclavos. En nombre de la reina, el ministro Melo e Castro envía las instrucciones correspondientes. Observa el ministro que en la mayor parte de las capitanías del Brasil se han establecido, y se van propagando cada vez mas, diversas fabricas y manufacturas de tejidos de varias calidades y hasta de galones de oro y plata. Éstas son, dice, perniciosas transgresiones: si continúan, la consecuencia será que todas las utilidades y riquezas de estas importantísimas colonias terminarán siendo patrimonio de sus habitantes. Siendo el Brasil tierra tan fértil y abundante en frutos, quedarán dichos habitantes totalmente independientes de su capital dominante: es, en consecuencia, indispensablemente necesario abolir dichas fabricas y manufacturas.

En las plantaciones cubanas de azúcar, los esclavos no sufren desamparo. El amo los redime por el trabajo y les abrevia la estancia en este valle de lágrimas; y los frailes los salvan del infierno. La Iglesia recibe el cinco por ciento de la producción de azúcar por enseñar a los esclavos que Dios los ha hecho esclavos, que esclavo es el cuerpo pero libre el alma, que el alma pura es como el azúcar blanca, limpiada de raspadura en el purgatorio, y que Jesucristo es el gran mayoral que vigila, apunta méritos, castiga y recompensa. A veces Jesucristo no sólo es el mayoral, sino el amo en persona. El conde de Casa Bayona lavó los pies de doce negros, una noche de Jueves Santo, y los sentó a su mesa y compartió con ellos su cena. Los esclavos le expresaron su gratitud incendiándole el ingenio, y hubo doce cabezas clavadas, ante los campos de caña, en hilera de lanzas.

La corona española ya no considera vil el linaje indio; la sangre negra, en cambio, oscurece los nacimientos por muchas generaciones. Los mulatos ricos pueden comprar certificados de blancura pagando quinientas monedas de plata. Por quitarle el borrón que le aflige en extremo, el rey declara blanco a Diego Mejías Bejarano, mulato de Caracas, para que su calidad triste e inferior no le sea óbice al uso, trato, alternativa y vestido con los demás sujetos. En Caracas, sólo los blancos pueden escuchar misa en la catedral y arrodillarse sobre alfombras en cualquier iglesia. Mantuanos se llaman los que mandan, porque la mantilla es privilegio de las blancas damas. Ningún mulato puede ser sacerdote ni doctor. Mejías Bejarano ha pagado las quinientas monedas, pero las autoridades locales se niegan a obedecer. Un tío de Simón Bolívar y los demás mantuanos del Cabildo declaran que la cédula real es espantosa a los vecinos y naturales de América. El Cabildo pregunta al rey: ¿Cómo es posible que los vecinos y naturales blancos de esta provincia admitan a su lado a un mulato descendiente de sus propios esclavos, o de los esclavos de sus padres?

Frente a la isla de Uruana, Humboldt conoce a los indios que comen tierra. Todos los años se alza el Orinoco, el Padre de los ríos, y durante dos o tres meses inunda sus orillas. Mientras dura la creciente, los otomacos comen suave arcilla, apenas endurecida al fuego, y de eso viven. Es tierra pura, comprueba Humboldt, no mezclada con harina de maíz ni aceite de tortuga ni grasa de cocodrilo. Así viajan por la vida hacia la muerte estos indios andantes, barro que anda hacia el barro, barro erguido, comiendo la tierra que los comerá.

Humboldt descubre y elogia la Escuela de Minas y a sus sabios profesores, mientras México produce más plata que todo el resto del mundo, creciente río de plata que fluye hacia Europa por el puerto de Veracruz; pero a la vez advierte Humboldt que la tierra se trabaja poco y mal y que el monopolio colonial del comercio y la miseria del pueblo bloquean el desarrollo de las manufacturas. México es el país de la desigualdad, escribe: salta a la vista la desigualdad monstruosa de los derechos y las fortunas. Los condes y los marqueses pintan sus recién comprados escudos de armas en los carruajes y el pueblo malvive en una indigencia enemiga de toda industria. Los indios padecen espantosa penuria. Como en toda América, también aquí la piel más o menos blanca decide la clase que ocupa el hombre en la sociedad.

El mulato Ambrosio, que pertenece al maestre de campo Nieva y Castillo, fue denunciado a las autoridades porque había cometido el delito de aprender a leer y a escribir. Le acribillaron la espalda a latigazos para escarmiento de indios y mulatos tinterillos metidos a españoles.

Por voluntad del príncipe portugués, recién llegado al Brasil, queda prohibida en esta colonia la tradicional quema de los Judas en Semana Santa. Por vengar a Cristo y vengarse, el pueblo arrojaba al fuego, una noche por año, al mariscal y al arzobispo, al rico mercader, al gran terrateniente y al comandante de la policía; y gozaban los desnudos viendo cómo los muñecos de trapo, ataviados de gran lujo y rellenos de cohetes, se retorcían de dolor y estallaban entre las llamas. Desde ahora, ni en Semana Santa sufrirán los poderosos.

Aborrezco más las deudas que a los españoles, escribe Bolívar al general colombiano Santander, y le cuenta que por pagarlas ha vendido a los ingleses las minas de Potosí en dos millones y medio de pesos. Además, escribe, he indicado al gobierno del Perú que venda en la Inglaterra todas sus minas, todas sus tierras y propiedades y todos los demás arbitrios del gobierno, por su deuda nacional, que no baja de veinte millones. El Cerro Rico de Potosí, venido a menos, pertenece ahora a una empresa de Londres, la fantasmal Potosí, La Paz and Peruvian Mining Association. Como sucede con otros delirios en plena fiebre de especulación, el nombre es más largo que el capital: la empresa anuncia un millón de libras, pero reúne cincuenta mil.

Simón Bolívar borda constituciones con fervor. Ahora eleva al Congreso un proyecto de Constitución para la nueva república que lleva su nombre. Según el texto, en Bolivia habrá presidente vitalicio y tres cámaras legislativas: la de tribunos, la de senadores y la de censores, que tiene alguna semejanza, dice Bolívar, con la del areópago de Atenas y la de los censores de Roma. No tendrán derecho de voto quienes no sepan leer. O sea: sólo tendrá derecho de voto un puñado de selectos varones. Casi todos los bolivianos hablan quechua o aymara, ignoran la lengua castellana y no saben leer. Como en Colombia y en Perú, Bolívar ha decretado en el nuevo país la abolición del tributo indígena y del trabajo forzado de los indios; y ha dispuesto que se divida la tierra de las comunidades en lotes privados. Y para que los indios, inmensa mayoría del país, puedan recibir las luces europeas de la Civilización, Bolívar ha traído a Chuquisaca a su viejo maestro, Simón Rodríguez, con orden de fundar escuelas.

Se ha de educar a todo el mundo sin distinción de razas ni colores. No nos alucinemos: sin educación popular, no habrá verdadera sociedad. Instruir no es educar. Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, y tendrán quien haga. Mandar recitar de memoria lo que no se entiende, es hacer papagayos. No se mande, en ningún caso, hacer a un niño nada que no tenga su «porque» al pie. Acostumbrado el niño a ver siempre la razón respaldando las órdenes que recibe, la echa de menos cuando no la ve, y pregunta por ella diciendo: «¿Por qué?». Enseñen a los niños a ser preguntones, para que, pidiendo el porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. En las escuelas deben estudiar juntos los niños y las niñas. Primero, porque así desde niños los hombres aprenden a respetar a las mujeres; y segundo, porque las mujeres aprenden a no tener miedo a los hombres. Los varones deben aprender los tres oficios principales: albañilería, carpintería y herrería, porque con tierras, maderas y metales se hacen las cosas más necesarias. Se ha de dar instrucción y oficio a las mujeres, para que no se prostituyan por necesidad, ni hagan del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia. Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.

Proclama el gobernador: …Bolívar, el genio del mal, la tea de la anarquía, el opresor de su patria, ha dejado de existir.

Ya el cometa había anunciado calamidad sobre los cielos de México. Para nadie fue noticia, porque México vive en estado de perpetua calamidad desde que los asesinos de Hidalgo y Morelos declararon la independencia para quedarse con ella. Poco dura la guerra. El general mexicano Santa Anna llega tocando a degüello, y degüella y fusila en El Álamo, pero en San Jacinto pierde cuatrocientos hombres en un cuarto de hora. Santa Anna entrega Texas a cambio de su vida y se vuelve a México acompañado por su ejército vencido, su cocinero privado, su espada de siete mil dólares, sus infinitas condecoraciones y su vagón de gallos de riña. El general Houston celebra su triunfo consagrándose presidente de Texas. La Constitución de Texas asegura al amo derecho perpetuo sobre sus esclavos, por tratarse de propiedades legítimamente adquiridas. Extender el área de la libertad, había sido el lema de las tropas victoriosas.

Samuel Colt, ingeniero, registra en Hartford, Connecticut, la patente de la revolving pistol que ha inventado. Se trata de una pistola de tambor giratorio, de cinco tiros, que mata cinco veces en veinte segundos. Desde Texas llega el primer pedido.

En una iglesia, el embajador encuentra un santo aporreado. A pedradas piden milagro las solteras. Por esperanza disparan piedras las jóvenes, creyendo que la mejor puntería les dará el mejor marido; y por venganza las marchitas, que ya no esperan de san Antonio de Padua marido ni consuelo y lo acribillan vociferándole insultos. Bien reventado lo tienen al pobre san Antonio, la cara deshecha, muñones por brazos y puro agujero el pecho. Al pie, le dejan flores.

Hace seis años, durante una guerrita contra el rey de Francia, un cañonazo le arrancó la pierna. Desde el lecho de agonía, el mutilado presidente dictó a sus secretarios un lacónico mensaje de quince páginas de adiós a la patria; pero volvió a la vida y al poder, como tenía costumbre. Un cortejo enorme acompañó a la pierna desde Veracruz hasta la capital. Llegó la pierna bajo palio, escoltada por Santa Anna, que asomaba su sombrero de blancas plumas por la ventana del carruaje; y detrás, a toda gala, vinieron obispos y ministros y embajadores y un ejército de húsares, dragones y coraceros. La pierna atravesó mil arcos de flores, de pueblo en pueblo, entre filas de banderas, y a su paso iba recibiendo responsos y discursos, odas, himnos, salvas de cañón y repiques de campana. Al llegar al cementerio, el presidente pronunció, ante el panteón, el homenaje final a ese pedazo de él que la muerte se había llevado a modo de adelanto. Desde entonces le duele la pierna que le falta. Hoy le duele más que nunca, le duele hasta no dar más, porque el pueblo en sublevación ha reventado el monumento que la guardaba y está arrastrando la pierna por las calles de México.

Al primer mordiscón, México perdió Texas. Ahora los Estados Unidos tienen todo México en el plato. El general Santa Anna, sabio en retiradas, huye hacia el sur, dejando un reguero de espadas y cadáveres en las zanjas. De derrota en derrota, retrocede su ejército de soldados sangrantes, mal comidos, jamás pagados, y junto a ellos los antiguos cañones arrastrados por mulas, y tras ellos la caravana de mujeres que cargan en canastas hijos, harapos y tortillas. El ejército del general Santa Anna, con más oficiales que soldados, sólo es eficaz para matar compatriotas pobres. En el castillo de Chapultepec, los cadetes mexicanos, casi niños, no se rinden. Resisten el bombardeo con una obstinación que no viene de la esperanza. Sobre sus cuerpos se desploman las piedras. Entre las piedras, los vencedores clavan la bandera de las barras y las estrellas, que se eleva, desde el humo, sobre el vasto valle. Los conquistadores entran en la capital. La ciudad de México: ocho ingenieros, dos mil frailes, dos mil quinientos abogados, veinte mil mendigos. El pueblo, encogido, gruñe. Desde las azoteas, llueven piedras.

En Washington, el presidente Polk proclama que su nación es ya tan extensa como toda Europa. No hay quien pare la arremetida de este joven país devorador. Hacia el sur y hacia el oeste, los Estados Unidos crecen matando indios, atropellando vecinos, o pagando. Han comprado la Luisiana a Napoleón y ofrecen a España cien millones de dólares por la isla de Cuba. Pero el derecho de conquista es más glorioso y más barato. El tratado con México se firma en la villa de Guadalupe Hidalgo. México cede a los Estados Unidos, pistola al pecho, la mitad de su territorio.

Los indios oyen por la espalda, dice el látigo. Y estalla la guerra. Hartos de poner los muertos en guerras ajenas, los mayas acuden al llamado del tambor de tronco hueco. Brotan de la espesura, de la noche, de la nada, el machete en una mano, la antorcha en la otra: con las haciendas arden sus dueños y los hijos de sus dueños y arden también los documentos de deuda que hacen esclavos a los indios y a los hijos de los indios. El torbellino maya se revuelve y arrasa. Cecilio Chi arremete con quince mil indios contra los cañones que disparan al bulto y así cae la soberbia Valladolid de Yucatán, que tan hidalga se cree, tan de Castilla, y caen Bacalar y muchos pueblos y guarniciones, uno tras otro. Cecilio Chi extermina enemigos invocando al antiguo rebelde Jacinto Canek y al más antiguo profeta Chilam Balam. Anuncia que la sangre inundará la plaza de Mérida hasta los tobillos de las gentes. Ofrece aguardiente y fuegos artificiales a los santos patronos de cada pueblo que ocupa: si los santos se niegan a cambiar de bando, y siguen al servicio de los amos, Cecilio Chi los degüella a machetazos y los arroja a la hoguera.

Los fulgores de violencias y milagros no enceguecen a Levi Strauss, que llega desde la remota Bavaria y en un parpadeo advierte que aquí el mendigo se vuelve millonario y el millonario mendigo o cadáver en un chasquido de barajas o gatillos. Y en otro parpadeo descubre que los pantalones se hacen hilachas en estas minas de California, y decide dar mejor destino a las fuertes telas que ha traído. No venderá toldos ni tiendas de campaña. Venderá pantalones, ásperos pantalones para hombres ásperos en el áspero trabajo de excavación en ríos y galerías. Para que no estallen las costuras, las refuerza con remaches de cobre. Atrás, bajo la cintura, Levi estampa su nombre en etiqueta de cuero. Pronto los vaqueros de todo el oeste harán suyos estos pantalones de sarga azul de Nimes, que no se dejan gastar por los soles ni los años.

Simón Rodríguez ofrece sus consejos al colegio del pueblo de Latacunga, en Ecuador: que una cátedra de lengua quechua sustituya a la de latín y que se enseñe física en lugar de teología. Que el colegio levante una fábrica de loza y otra de vidrio. Que se implanten maestranzas de albañilería, carpintería y herrería.[…] —Yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí.

¡Vea la Europa cómo inventa, y vea la América cómo imita! […] La sabiduría de la Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son, en América, dos enemigos de la libertad de pensar. Nada quieren las nuevas repúblicas admitir, que no traiga el pase… Los estadistas de esas naciones, no consultaron para sus instituciones sino la razón; y ésta la hallaron en su suelo. ¡Imiten la originalidad, ya que tratan de imitar todo!

La explotación del hombre por el hombre no deja al hombre tiempo para ser hombre. La sociedad se divide entre los que todo lo pueden y los que todo lo hacen. Para que resucite Chile, gigante sepultado bajo el monte, hay que acabar con un sistema que niega albergue a quien construye palacios y viste de harapos a quien teje las mejores ropas.

Como el sol, los pioneros blancos marchan hacia el oeste. Una luz de diamante los guía desde las montañas. La tierra prometida rejuvenece a quien le clava el arado para fecundarla. En un santiamén brotan calles y casas en la soledad habitada por cactus, indios y serpientes. El clima, dicen, es tan pero tan sano, que para inaugurar los cementerios no hay más remedio que bajar a alguien de un balazo. El capitalismo adolescente, embestidor y glotón, transfigura lo que toca. Existe el bosque para que el hacha lo derribe y el desierto para que lo atraviese el tren; el río vale la pena si contiene oro y la montaña si alberga carbón o hierro. Nadie camina. Todos corren, urgentes, urgidos, tras la errante sombra de la riqueza y el poder. Existe el espacio para que lo derrote el tiempo, y el tiempo para que el progreso lo sacrifique en sus altares.

Los libros de contabilidad hablan, en cambio, el áspero lenguaje de la realidad. En los ingenios de azúcar de toda Cuba, se registra el nacimiento o la compra de cada esclavo negro como el ingreso de un bien mueble, y se le calcula un ritmo de depreciación del tres por ciento anual. La enfermedad de un hombre equivale al desperfecto de una válvula y el fin de una vida es como la pérdida de una cabeza de ganado: Las reses matadas son toros. Se malogró una puerca de la ceiba. Ha muerto el negro Domingo Mondongo.

Dos países opuestos habían compartido hasta ahora el mapa, la bandera y el nombre de los Estados Unidos. Un diario del sur informó en la sección Noticias del extranjero que Abraham Lincoln había ganado las elecciones. Al mes, los estados sureños formaron país aparte y se desencadenó la guerra. Lincoln, el nuevo presidente, encarna los ideales del norte. En su campaña ha anunciado que no se puede seguir siendo mitad libre y mitad esclavo y ha prometido granjas en lugar de latifundios y más altas tarifas contra la competencia de la industria europea. Norte y sur: dos espacios, dos tiempos. Al norte, fábricas que ya producen más que los campos, incesantes inventores creando el telégrafo eléctrico y la máquina de coser y la cosechadora, nuevas ciudades brotando por todas partes, un millón de habitantes en Nueva York y muelles donde ya no caben los barcos repletos de europeos desesperados en busca de patria nueva. Al sur, el abolengo y la nostalgia, los campos de tabaco, las vastas plantaciones de algodón: cuatro millones de esclavos negros produciendo materia prima para las hilanderías inglesas de Lancashire y Manchester, caballeros batiéndose a duelo por el honor mancillado de la hermana o el buen nombre de la familia y damas paseándose en calesa por los campos en flor y desmayándose en las verandas de los palacios a la hora del crepúsculo.

«La Argelia americana» es el nuevo nombre de México según la prensa de París. El ejército de Napoleón III embiste y conquista la capital y las principales ciudades. En Roma, el papa salta de alegría. El gobierno de Benito Juárez, desalojado por los invasores, era culpable de blasfemia contra Dios y sus propiedades en México. Juárez había dejado desnuda a la Iglesia, despojándola de sus sagrados diezmos, de sus latifundios vastos como el cielo y del amoroso abrigo del Estado. Los conservadores se suman a los conquistadores. Veinte mil soldados mexicanos ayudan a los treinta mil soldados de Francia, que vienen de asaltar Crimea, Argelia y Senegal. Napoleón III se apodera de México invocando el espíritu latino, la cultura latina y la raza latina, y exigiendo de paso el pago de un inmenso y fantasmal empréstito. De la nueva colonia se hará cargo Maximiliano de Austria, uno de los muchos príncipes sin trabajo en Europa, acompañado por su mujer despampanante.

Napoleón III se romperá la crisma en el asunto de México, si es que no le ahorcan antes —anuncia un profeta sabio y pobretón, que vive de prestado en Londres. Mientras corrige y pule los borradores de una obra que va a cambiar el mundo, Karl Marx no pierde detalle de cuanto en el mundo sucede. En cartas y artículos llama imperial Lazarillo de Tormes al tercer Napoleón y a la invasión de México infame empresa. Denuncia también a Inglaterra y a España, que quisieran repartirse con Francia el territorio de México como botín de guerra, y a todas las naciones ladronas de naciones, acostumbradas a enviar al matadero a miles y miles de hombres para que los usureros y los traficantes amplíen el campo de sus negocios. Marx ya no cree que la expansión imperial de los países más desarrollados sea una victoria del progreso sobre el atraso. Hace quince años, en cambio, no había discrepado con Engels cuando Engels aplaudió la Invasión de México por los Estados Unidos, creyendo que así se harían proletarios los campesinos mexicanos y caerían del pedestal los obispos y los señores feudales.

Quien priva a otro de su libertad no es digno de disfrutarla.

Bajo las sucesivas dictaduras de Gaspar Rodríguez de Francia, Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano, caudillos de muy absoluto poder, el Paraguay se ha convertido en ejemplo peligroso. Corren los vecinos grave riesgo de contagio: en el Paraguay no mandan los terratenientes, ni los mercaderes especulan, ni asfixian los usureros. Bloqueado desde afuera, el país ha crecido hacia adentro, y sigue creciendo, sin obedecer al mercado mundial ni al capital extranjero. Mientras los demás patalean, ahorcados por sus deudas, el Paraguay no debe un centavo a nadie y camina con sus propias piernas. El embajador británico en Buenos Aires, Edward Thornton, es el supremo sacerdote de la feroz ceremonia de exorcismo. Argentina, Brasil y Uruguay conjurarán al demonio clavando bayonetas en el pecho de los soberbios.

Con bendición inglesa y créditos ingleses, los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay se lanzan a redimir al Paraguay. Firman un tratado. Hacen la guerra, dice el tratado, en nombre de la paz. El Paraguay tendrá que pagar los gastos de su propio exterminio y los vencedores le brindarán un gobierno adecuado. En nombre del respeto a la integridad territorial del Paraguay, el tratado garantiza al Brasil un tercio de susuperficie y adjudica a la Argentina todo Misiones y el vasto Chaco. La guerra se hace también en nombre de la libertad. El Brasil, que tiene dos millones de esclavos, promete libertad al Paraguay, que no tiene ninguno.

Acribillado el pecho de condecoraciones brasileñas, Melgarejo cede al Brasil sesenta y cinco mil kilómetros cuadrados de selva boliviana en la Amazonia. Convertido en general del ejército chileno, Melgarejo entrega a Chile la mitad del desierto costero de Atacama, riquísimo en salitre. Capitales chilenos y británicos están explotando allí el fertilizante más codiciado por las cansadas tierras de Europa. Con la amputación del desierto de Atacama, Bolivia empieza a perder su salida al mar.

Inscripciones en una roca del desierto de Atacama:
Antonia, por ti me muero. El que tú sabes.
EL JUEZ DE CHAÑARCILLO ESTÁ ROBANDO
Págame mis tres onzas, Ramón.
El Intendente es un bruto.
Don T.P. dice que no es mulato.

El ejército de Juárez y las mil guerrillas del pueblo mexicano corren a los franceses. Maximiliano, el emperador, se desploma en el barro gritando que viva México. Al final, Napoleón III le había quitado el ejército, el papa le odiaba y los conservadores le llamaban Empeorador. Napoleón le había ordenado administrar la nueva colonia francesa, pero Maximiliano no obedecía. El papa esperaba la devolución de sus bienes terrenales, y los conservadores creían que iba a exorcizar a México del demonio liberal, pero Maximiliano, en plena guerra contra Juárez, dictaba leyes iguales a las de Juárez. Un carruaje negro llega a Querétaro bajo la lluvia. El presidente Juárez, el vencedor de los intrusos, se asoma al ataúd abierto y sin flores, donde yace el príncipe de lánguidos ojos azules que gustaba pasear por la alameda vestido de charro, con sombrerote y lentejuelas.

México tenía más sacerdotes que maestros y la Iglesia era dueña de la mitad de todo cuando Juárez llegó al poder y los liberales recetaron su pócima civilizadora al país enfermo de ignorancia y atraso. La terapia de la modernización exige paz y orden. Es preciso acabar con las guerras que matan más gente que el paludismo o la pulmonía, pero la peste de la guerra acosa a Juárez sin cuartel. Primero fue la guerra contra los frailes y los conservadores y después la guerra contra los invasores franceses; y desde entonces la guerra contra los caudillos militares, héroes que se niegan a jubilarse, y contra los indios que se niegan a perder la tierra de sus comunidades. Los liberales mexicanos profesan ciega fe en el sufragio universal y en la libertad de expresión, aunque el sufragio sea privilegio de pocos y sean pocos los que se expresan. Creen en la salvación por la educación, aunque las escasas escuelas estén todas en las ciudades, porque los liberales se entienden mejor, al fin y al cabo, con las musas que con los indios. Mientras crecen los latifundios, ellos sueñan con emprendedores granjeros fecundando los eriales, y sueñan con rieles milagrosos, humo de locomotoras, humo de chimeneas, ideas y gentes y capitales que traerán el progreso desde Europa. El propio Juárez, hijo de indios zapotecas, está convencido de que si México copia las leyes norteamericanas, crecerá como los Estados Unidos, y si consume productos ingleses se convertirá en una nación industriosa como Inglaterra. Importando ideas francesas, cree el vencedor de Francia, será México una nación ilustrada.

José Martí tiene veintidós años cuando asiste, en México, a la primera manifestación conjunta de estudiantes y trabajadores. Los sombrereros han declarado la huelga. Cuentan con la solidaridad de la Sociedad Fraternidad y Constancia de Peluqueros, la Sociedad Fraternal de Encuadernadores, los tipógrafos, los sastres y los intelectuales obreros de la Idea. Al mismo tiempo, se desata la primera huelga universitaria, contra la expulsión de tres estudiantes de medicina. Martí organiza recitales en beneficio de los sombrereros y en sus artículos describe a los estudiantes, que marchan junto con los obreros por las calles de la ciudad de México, todos tomados del brazo, todos vestidos de domingo: Esta juventud entusiasta, escribe, tiene razón. Pero aunque estuviera equivocada, la amaríamos.

Buffalo Bill, el más célebre de los vaqueros, no ha arreado una vaca en su vida. El símbolo vivo de la conquista del Oeste, inmortal superhombre, ha hecho su fama exterminando indios y búfalos y hablando sin parar sobre su propio coraje y puntería. Lo bautizaron Buffalo Bill cuando trabajaba para el ferrocarril de la Kansas Pacific: él dice que en un año y medio disparó 4.280 tiros y mató 4.280 búfalos, aunque las mujeres le impedían trabajar a pleno rendimiento.

Hay muchos chinos, chinos del Perú, peleando del lado chileno. Son chinos huidos de los latifundios, que entran en Lima cantando gratitudes al general invasor, Patricio Lynch, el Príncipe Rojo, el Salvador. Esos chinos habían sido embarcados, hace pocos años, por los traficantes ingleses, portugueses y franceses en los puertos de Macao y Cantón. De cada tres, dos llegaron vivos al Perú. En el puerto del Callao, fueron puestos en venta: los diarios de Lima los ofrecían acabaditos de llegar. A muchos marcaron con hierro candente. El ferrocarril, el algodón, el azúcar, el guano y el café necesitaban brazos esclavos. En las islas guaneras, los guardias no les quitaban el ojo de encima, porque al menor descuido los chinos se mataban arrojándose a la mar.

El Perú gime bajo la dominación de unos cuantos seres privilegiados… Esos hombres nos laminarían entre los cilindros de un trapiche, nos destilarían en la pila de un alambique, nos carbonizarían en un horno de quemar metales, si de nuestro residuo pudieran extraer un solo miligramo de oro… Ellos, como tierra maldita, reciben la semilla y beben el agua, sin producir jamás el fruto… En la guerra con Chile, probaron su cobardía, no habiendo tenido coraje ni para defender la presa del guano y del salitre… Fuimos ultrajados, pisoteados y ensangrentados como no lo fue nación alguna; pero la guerra con Chile nada nos ha enseñado ni de ningún vicio nos ha corregido.

Y el padre cuenta cómo se vive en Teotitlán del Camino. Allí trabajan los que pueden y se reparte a cada cual lo que necesita. Está prohibido que nadie tome más de lo que necesita. Eso es delito grave. En la sierra se castigan los delitos con silencio, desprecio o expulsión. Fue el presidente Juárez quien llevó la cárcel, que allá no se conocía. Juárez llevó jueces y títulos de propiedad y mandó dividir la tierra común: —Pero nosotros no hicimos caso a los papeles que nos dio. Teodoro Flores tenía quince años cuando aprendió la lengua castellana. Ahora quiere que sus hijos se hagan abogados, para defender a los indios de las artimañas de los doctores. Por eso los trajo a la capital, a esta pocilga estrepitosa, a malvivir amontonados entre hampones y mendigos. —Lo que Dios creó y lo que el hombre crea. Todo es de todos ¡Repítanlo! Noche tras noche, los niños lo escuchan hasta que los voltea el sueño. —Nacemos todos iguales, encueraditos. Somos todos hermanos ¡Repítanlo!

John Pemberton, boticario, ha ganado cierto prestigio por sus pócimas de amor y sus lociones contra la calvicie. Ahora inventa una medicina que alivia el dolor de cabeza y disimula las náuseas. Su nuevo producto está hecho a base de hojas de coca, traídas de los Andes, y nueces de cola, semillas estimulantes que vienen del África. Agua, azúcar, caramelo y algunos secretos completan la fórmula. Pronto Pemberton venderá su invento en dos mil trescientos dólares. Está convencido de que es un buen remedio; y reventaría de risa, no de orgullo, si algún adivino le dijera que acaba de crear el símbolo del siglo que viene.

El tango viene de las tonadas gauchas de tierra adentro y viene de la mar, de los cantares marineros. Viene de los esclavos del África y de los gitanos de Andalucía. De España trajo la guitarra, de Alemania el bandoneón y de Italia la mandolina. El cochero del tranvía de caballos le dio su corneta de guampa y el obrero inmigrante su armónica, compañera de soledades. Con paso demorón, el tango atravesó cuarteles y bodegones, picaderos de circos ambulantes y patios de prostíbulos de arrabal. Ahora los organitos lo pasean por las calles de las orillas de Buenos Aires y de Montevideo, rumbo al centro, y los barcos se lo llevan a loquear a París.

José Manuel Balmaceda quiso impulsar la industria nacional, vivir y vestirnos por nosotros mismos, presintiendo que la era del salitre pasaría sin dejar a Chile más que el remordimiento. Quiso aplicar estímulos y protecciones semejantes a las que habían practicado, en su infancia industrial, Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania. Alzó los salarios de los trabajadores y sembró de escuelas públicas el país. Dio al largo cuerpo de Chile una columna vertebral de vías y caminos. En sus años de presidencia, el sagrado capital británico corrió grave riesgo de profanación: Balmaceda quiso nacionalizar los ferrocarriles y quiso acabar con la usura de los bancos y la voracidad de las empresas salitreras. Mucho quiso Balmaceda, y bastante pudo; pero más pudo el enorme presupuesto que John Thomas North destina a comprar conciencias y torcer justicias. La prensa desató sus truenos contra el César ebrio de poder, déspota enemigo de la libertad y hostil a las empresas extranjeras, y no menos fuerte resonó el clamor de los obispos y los parlamentarios. La sublevación militar estalló como un eco y entonces corrió sangre de pueblo. «The South American Journal» anuncia el triunfo del golpe de Estado: Chile volverá a los buenos tiempos de antes. El banquero Eduardo Matte también lo celebra: Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es masa influenciable y vendible. Balmaceda se mata de un balazo.

Al sur del río Bravo, dice Martí, hay otra América, nuestra América, tierra que balbucea, que no reconoce su completo rostro en el espejo europeo ni en el norteamericano. Es la patria hispanoamericana, dice, que reclama a Cuba para completarse con ella, mientras en el norte la reclaman para devorarla.

Un tribunal francés ha decretado la quiebra de la Compañía del Canal de Panamá. Se suspenden las obras y estalla el escándalo. Súbitamente se evaporan los ahorros de miles de campesinos y pequeños burgueses de Francia. La empresa que iba a abrir un tajo entre los océanos, aquel paso que los conquistadores buscaron y soñaron, ha cometido una monumental estafa. Se divulgan las cifras millonarias derrochadas para sobornar políticos y enmudecer periodistas. Desde Londres, Friedrich Engels escribe: En lo de Panamá podría hacerse añicos toda la porquería burguesa. Se ha hecho el milagro de transformar el canal en abismo insondable… Nadie menciona a los obreros antillanos, chinos e hindúes que la fiebre amarilla y la malaria han exterminado a un ritmo de setecientos muertos por cada kilómetro de canal abierto entre las montañas.

[Ruben Darío:] El siglo que viene verá la mayor de las revoluciones que han ensangrentado la tierra. ¿El pez grande se come al chico? Sea; pero pronto tendremos el desquite. El pauperismo reina, y el trabajador lleva sobre sus hombros la montaña de una maldición. Nada vale ya sino el oro miserable. La gente desheredada es el rebaño eterno para el eterno matadero… No habrá fuerza que pueda contener el torrente de la fatal venganza. Habrá que cantar una nueva Marsellesa que, como los clarines de Jericó, destruya la morada de los infames… El cielo verá con temerosa alegría, entre el estruendo de la catástrofe redentora, el castigo de los altivos malhechores, la venganza suprema y terrible de la miseria borracha.

Derramando sangre, escribe Martí, los cubanos están impidiendo la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia… Viví en el monstruo y le conozco las entrañas —y mi honda es la de David. Y más adelante: Esto es muerte o vida, y no cabe errar.

Los indios lo llaman caucho. Lo tajean y brota la leche. En hojas de plátano plegadas a modo de cuenco, la leche se recoge y se endurece al calor del sol o delhumo, mientras la mano humana le va dando forma. Desde muy antiguos tiempos los indios hacen, con esa leche silvestre, antorchas de largo fuego, vasijas que no se rompen, techos que se burlan de la lluvia y pelotas que rebotan y vuelan. Hace más de un siglo, el rey de Portugal recibió jeringas sin émbolo y ropas impermeables desde el Brasil; y antes el sabio francés La Condamine había estudiado las virtudes de la escandalosa goma que no hacía caso de la ley de gravedad. Miles y miles de zapatos viajaron desde la selva amazónica hacia el puerto de Boston, hasta que hace medio siglo Charles Goodyear y Thomas Hancock descubrieron un método para que la goma no se quebrara ni se ablandara. Entonces los Estados Unidos pasaron a producir cinco millones de zapatos por año, zapatos invulnerables al frío, a la humedad y a la nieve, y grandes fábricas surgieron en Inglaterra, Alemania y Francia. Y no sólo zapatos. La goma multiplica productos y crea necesidades. La vida moderna gira vertiginosamente en torno del árbol inmenso que llora leche cuando lo hieren. Hace ocho años, en Belfast, el hijo de John Dunlop ganó una carrera de triciclos con neumáticos que su padre había inventado en lugar de las ruedas macizas; y el año pasado Michelin creó neumáticos desmontables para los automóviles que corrieron entre París y Burdeos. La Amazonia, selva descomunal que parecía reservada a los monos, los indios y los locos, es ahora coto de caza de la United States Rubber Company, la Amazon Rubber Company y otras lejanas empresas que de su leche maman.

Los cubanos insurrectos son un montón de degenerados, no más capaces de auto gobernarse que los salvajes del África. Cuando el ejército español ya se derrumba ante el asedio implacable de los patriotas, los Estados Unidos deciden hacerse cargo de la libertad de Cuba. Si se meten, no habrá quien los saque —habían advertido Martí y Maceo. Y se meten. España se había negado a vender esta isla por un precio razonable y la intervención norteamericana encontró su pretexto en la oportuna explosión del acorazado «Maine», hundido frente a La Habana con sus muchos cañones y tripulantes. El ejército invasor invoca la protección de los ciudadanos norteamericanos y la salvación de sus intereses amenazados por la arrasadora guerra y el descalabro económico. Pero charlando en privado, los oficiales explican que ellos impedirán que una república negra emerja ante las costas de la Florida.

El presidente McKinley explica que los Estados Unidos deben quedarse con las Islas Filipinas por orden directa de Dios: Yo caminaba por la Casa Blanca, noche tras noche, hasta medianoche; y no siento vergüenza al reconocer que más de una noche he caído de rodillas y he suplicado luz y guía al Dios todopoderoso. Y una noche, tarde, recibí Su orientación —no sé cómo, pero la recibí: primero, que no debemos devolver las Filipinas a España, lo que sería cobarde y deshonroso; segundo, que no debemos entregarlas a Francia ni a Alemania, nuestros rivales comerciales en el oriente, lo que sería indigno y mal negocio; tercero, que no debemos dejárselas a los filipinos, que no están preparados para auto-gobernarse y pronto sufrirían peor desorden y anarquía que en el tiempo de España; y cuarto, que no tenemos más alternativa que recoger a todos los filipinos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos, y por la gracia de Dios hacer todo lo que podamos por ellos, como prójimos por quienes Cristo también murió. Y entonces volví a la cama y dormí profundamente.

En plena euforia imperial, los Estados Unidos celebran la conquista de las islas de Hawaii, Samoa y las Filipinas, Cuba, Puerto Rico y alguna islita que se llama, elocuente, de los Ladrones. Ya son lagos norteamericanos el océano Pacífico y el mar de las Antillas, y está naciendo la United Fruit Company; pero el novelista Mark Twain, viejo aguafiestas, propone cambiar la bandera nacional: que sean negras, dice, las barras blancas, y que unas calaveras con tibias cruzadas sustituyan a las estrellas.

Memoria del fuego I (Los nacimientos)

Eduardo Galeano

Como lo indica el propio autor, se trata de un recuento de hechos históricos en América, pero contados a su manera, citando las fuentes originales y arrebatando así el monopolio de la historia a los gobernantes, los poderosos, que la manejan a su conveniencia. Es una colección de tres volúmenes, y en este primera va de lo siglos XV a XVII, contando el descubrimiento, conquista y colonia de América por parte de los europeos, españoles y portugueses principalmente. Calificación de 9.5.

Palabras domingueras.
Alfanje: Especie de sable, corto y curvado, con filo solo por un lado y doble filo en la punta.
Jubón: Especie de camisa que cubría desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al cuerpo.
Gualdrapa: Trozo de tela desaliñado que cuelga de la ropa. Cobertura larga que cubre y adorna las ancas de las cabalgaduras.
Cimera: Parte superior del morrión de una armadura, que solía adornarse con plumas.
Palafrenero: Criado que lleva del freno al caballo.
Esquifes: Barco pequeño que se lleva en el navío para saltar a tierra y para otros usos.
Benjuí: Bálsamo aromático que se obtiene por incisión en la corteza de algunos árboles tropicales y que se emplea en medicina y perfumería.

Memoria del fuego I - Los nacimientos

Memoria del fuego I – Los nacimientos

Las clases de historia eran como visitas al Museo de Cera o a la Región de los Muertos. El pasado estaba quieto, hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba hecha, sino para aceptarla. La pobre historia había dejado de respirar: traicionada en los textos académicos, mentida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habían encarcelado en los museos y la habían sepultado, con ofrendas florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos.

El Señor de los Caracoles miró la fogata con el ceño fruncido. Avanzó, retrocedió, se detuvo. Dio un par de vueltas. Como no se decidía, tuvieron que empujarlo. Con mucha demora se alzó en el cielo. Los dioses, furiosos, lo abofetearon. Le golpearon la cara con un conejo, una y otra vez, hasta que le mataron el brillo. Así, el arrogante Señor de los Caracoles se convirtió en la luna. Las manchas de la luna son las cicatrices de aquel castigo.

Andaba en busca de agua una muchacha del pueblo de los nivakle, cuando se encontró con un árbol fornido, Nasuk, el guayacán, y se sintió llamada. Se abrazó a su firme tronco, apretándose con todo el cuerpo, y clavó sus uñas en la corteza. El árbol sangró. Al despedirse, ella dijo: —¡Cómo quisiera, Nasuk, que fueras hombre! Y el guayacán se hizo hombre y fue a buscarla. Cuando la encontró, le mostró la espalda arañada y se tendió a su lado.

Eran blancas las plumas de los pájaros y blanca la piel de los animales. Azules son, ahora, los que se bañaron en un lago donde no desembocaba ningún río, ni ningún río nacía. Rojos, los que se sumergieron en el lago de la sangre derramada por un niño de la tribu kadiueu. Tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos.

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.
—No —dijo ella—. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
—No comas yuca, ni guanábanas, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
—No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca. Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.

No había agua en la selva de los chocoes. Dios supo que la hormiga tenía, y se la pidió. Ella no quiso escucharlo. Dios le apretó la cintura, que quedó finita para siempre, y la hormiga echó el agua que guardaba en el buche. —Ahora me dirás de dónde la sacaste. La hormiga condujo a Dios hacia un árbol que no tenía nada de raro. Cuatro días y cuatro noches estuvieron trabajando las ranas y los hombres, a golpes de hacha, pero el árbol no caía del todo. Una liana impedía que tocara la tierra. Dios mandó al tucán: —Córtala. El tucán no pudo, y por eso fue condenado a comer los frutos enteros. El guacamayo cortó la liana, con su pico duro y afilado. Cuando el árbol del agua se desplomó, del tronco nació la mar y de las ramas, los ríos. Toda el agua era dulce. Fue el Diablo quien anduvo echando puñados de sal.

Cuando bajaron las aguas del Diluvio, era un lodazal el valle de Oaxaca. Un puñado de barro cobró vida y caminó. Muy despacito caminó la tortuga. Iba con el cuello estirado y los ojos muy abiertos, descubriendo el mundo que el sol hacía renacer. En un lugar que apestaba, la tortuga vio al zopilote devorando cadáveres. —Llévame al cielo —le rogó—. Quiero conocer a Dios. Mucho se hizo pedir el zopilote. Estaban sabrosos los muertos. La cabeza de la tortuga asomaba para suplicar y volvía a meterse bajo el caparazón, porque no soportaba el hedor. —Tú, que tienes alas, llévame —mendigaba. Harto de la pedigüeña, el zopilote abrió sus enormes alas negras y emprendió vuelo con la tortuga a la espalda. Iban atravesando nubes y la tortuga, escondida la cabeza, se quejaba: —¡Qué feo hueles! El zopilote se hacía el sordo. —¡Qué olor a podrido! —repetía la tortuga. Y así hasta que el pajarraco perdió su última paciencia, se inclinó bruscamente y la arrojó a tierra. Dios bajó del cielo y juntó sus pedacitos. En el caparazón se le ven los remiendos.

Después del Diluvio, la selva estaba verde pero vacía. El sobreviviente arrojaba sus flechas a través de los árboles y las flechas atravesaban nada más que sombras y follajes. Un anochecer, al cabo de mucho caminar buscando, el sobreviviente regresó a su refugio y encontró carne asada y tortas de mandioca. Lo mismo ocurrió al día siguiente, y al otro. El que había desesperado de hambre y soledad se preguntó a quién debía agradecer la buena suerte. Al amanecer, se escondió y esperó. Dos papagayos llegaron desde el cielo. No bien se posaron en tierra, se convirtieron en mujeres. Encendieron fuego y se pusieron a cocinar. El único hombre eligió a la que tenía los cabellos más largos y lucía las plumas más altas y coloridas. La otra mujer, desdeñada, se alejó volando. Los indios maynas, descendientes de aquella pareja, maldicen a su antepasado cuando sus mujeres andan haraganas y gruñonas. Dicen que él tiene la culpa, porque eligió a la inútil. La otra fue la madre y el padre de todos los papagayos que viven en la selva.

El conejo quería crecer. Dios le prometió que lo aumentaría de tamaño si le traía una piel de tigre, una de mono, una de lagarto y una de serpiente. El conejo fue a visitar al tigre.
—Dios me ha contado un secreto —comentó, confidencial.
El tigre quiso saber y el conejo anunció un huracán que se venía.
—Yo me salvaré, porque soy pequeño. Me esconderé en algún agujero. Pero tú, ¿qué harás? El huracán no te va a perdonar.
Una lágrima rodó por entre los bigotes del tigre.
—Sólo se me ocurre una manera de salvarte —ofreció el conejo—.
Buscaremos un árbol de tronco muy fuerte. Yo te ataré al tronco por el cuello y por las manos y el huracán no te llevará.
Agradecido, el tigre se dejó atar. Entonces el conejo lo mató de un garrotazo y lo desnudó. Y siguió camino, bosque adentro, por la comarca de los zapotecas. Se detuvo bajo un árbol donde un mono estaba comiendo. Tomando un cuchillo del lado que no tiene filo, el conejo se puso a golpearse el cuello. A cada golpe, una carcajada. Después de mucho golpearse y reírse, dejó el cuchillo en el suelo y se retiró brincando. Se escondió entre las ramas, al acecho. El mono no demoró en bajar. Miró esa cosa que hacía reír y se rascó la cabeza. Agarró el cuchillo y al primer golpe cayó degollado. Faltaban dos pieles. El conejo invitó al lagarto a jugar a la pelota. La pelota era de piedra: lo golpeó en el nacimiento de la cola y lo dejó tumbado. Cerca de la serpiente, el conejo se hizo el dormido. Antes de que ella saltara, cuando estaba tomando impulso, de un santiamén le clavó las uñas en los ojos. Llegó al cielo con las cuatro pieles.
—Ahora, créceme —exigió.
Y Dios pensó: «Siendo tan pequeñito, el conejo hizo lo que hizo. Si lo aumento de tamaño, ¿qué no hará? Si el conejo fuera grande, quizás yo no sería Dios.» El conejo esperaba. Dios se acercó dulcemente, le acarició el lomo y de golpe le atrapó las orejas, lo revoleó y lo arrojó a la tierra. De aquella vez quedaron largas las orejas del conejo, cortas las patas delanteras, que extendió para parar la caída, y colorados los ojos, por el pánico.

Muchos eran los muertos en el pueblo de los nookta. En cada muerto había un agujero por donde le habían robado la sangre. El asesino, un niño que mataba desde antes de aprender a caminar, recibió su sentencia riendo a las carcajadas. Lo atravesaron las lanzas y él, riendo, se las desprendió del cuerpo como espinas. —Yo les enseñaré a matarme —dijo el niño. Indicó a sus verdugos que armaran una gran fogata y que lo arrojaran adentro. Sus cenizas se esparcieron por los aires, ansiosas de daño, y así se echaron a volar los primeros mosquitos.

La yerba mate despierta a los dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no se conocen.

El murciélago, colgado de la rama por los pies, vio que un guerrero kayapó se inclinaba sobre el manantial. Quiso ser su amigo. Se dejó caer sobre el guerrero y lo abrazó. Como no conocía el idioma de los kayapó, le habló con las manos. Las caricias del murciélago arrancaron al hombre la primera carcajada. Cuanto más se reía, más débil se sentía. Tanto se rió, que al fin perdió todas sus fuerzas y cayó desmayado. Cuando se supo en la aldea, hubo furia. Los guerreros quemaron un montón de hojas secas en la gruta de los murciélagos y cerraron la entrada. Después, discutieron. Los guerreros resolvieron que la risa fuera usada solamente por las mujeres y los niños.

Esos cuerpos nunca vistos los llamaban, pero los hombres nivakle no se atrevían a entrar. Habían visto comer a las mujeres: ellas tragaban la carne de los peces con la boca de arriba, pero antes la mascaban con la boca de abajo. Entre las piernas, tenían dientes. Entonces los hombres encendieron hogueras, llamaron a la música y cantaron y danzaron para las mujeres. Ellas se sentaron alrededor, con las piernas cruzadas. Los hombres bailaron durante toda la noche. Ondularon, giraron y volaron como el humo y los pájaros. Cuando llegó el amanecer, cayeron desvanecidos. Las mujeres los alzaron suavemente y les dieron agua de beber. Donde ellas habían estado sentadas, quedó la tierra toda regada de dientes.

En épocas remotas, las mujeres se sentaban en la proa de la canoa y los hombres en la popa. Eran las mujeres quienes cazaban y pescaban. Ellas salían de las aldeas y volvían cuando podían o querían. Los hombres montaban las chozas, preparaban la comida, mantenían encendidas las fogatas contra el frío, cuidaban a los hijos y curtían las pieles de abrigo. Así era la vida entre los indios onas y los yaganes, en la Tierra del Fuego, hasta que un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron las máscaras que las mujeres habían inventado para darles terror. Solamente las niñas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras ellas crecían, los asesinos les decían y les repetían que servir a los hombres era su destino. Ellas lo creyeron. También lo creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas.

El que hizo al sol y a la luna avisó a los taínos que se cuidaran de los muertos. Durante el día los muertos se escondían y comían guayaba, pero por las noches salían a pasear y desafiaban a los vivos. Los muertos ofrecían combates y las muertas, amores. En la pelea, se esfumaban cuando querían; y en lo mejor del amor quedaba el amante sin nada entre los brazos. Antes de aceptar la lucha contra un hombre o de echarse junto a una mujer, era preciso rozarle el vientre con la mano, porque los muertos no tienen ombligo. El dueño del cielo también avisó a los taínos que mucho más se cuidaran de la gente vestida. El jefe Cáicihu ayunó una semana y fue digno de su voz: Breve será el goce de la vida, anunció el invisible, el que tiene madre pero no tiene principio: Los hombres vestidos llegarán, dominarán y matarán.

Después, alza el estandarte. Hincado, ojos al cielo, pronuncia tres veces los nombres de Isabel y Fernando. A su lado, el escribano Rodrigo de Escobedo, hombre de letra lenta, levanta el acta. Todo pertenece, desde hoy, a esos reyes lejanos: el mar de corales, las arenas, las rocas verdísimas de musgo, los bosques, los papagayos y estos hombres de piel de laurel que no conocen todavía la ropa, la culpa ni el dinero y que contemplan, aturdidos, la escena.

Desde atrás, irrumpen los trofeos. Centellean sobre las bandejas las piezas de oro que Colón cambió por espejitos y bonetes colorados en los remotos jardines recién brotados de la mar. Sobre ramajes y hojarascas, desfilan las pieles de lagartos y serpientes; y detrás entran, temblando, llorando, los seres jamás vistos. Son los pocos que todavía sobreviven al resfrío, al sarampión y al asco por la comida y por el mal olor de los cristianos. No vienen desnudos, como estaban cuando se acercaron a las tres carabelas y fueron atrapados. Han sido recién cubiertos por calzones, camisolas y unos cuantos papagayos que les han puesto en las manos y sobre las cabezas y los hombros. Los papagayos, desplumados por los malos vientos del viaje, parecen tan moribundos como los hombres. De las mujeres y los niños capturados, no ha quedado ni uno.

Absorto, ausente, está el prisionero sentado a la entrada de la casa de Cristóbal Colón. Tiene grillos de hierro en los tobillos y las esposas le atrapan las muñecas. Caonabó fue quien redujo a cenizas el fortín de Navidad, que el Almirante había levantado cuando descubrió esta isla de Haití. Incendió el fortín y mató a sus ocupantes. Y no sólo a ellos: en estos dos años largos, ha castigado a flechazos a cuantos españoles pudo encontrar en su comarca de la sierra de Cibao, por andar cazando oro y gente. Alonso de Ojeda, veterano de las guerras contra los moros, fue a visitarlo en son de paz. Lo invitó a subir a su caballo y le puso estas esposas de metal bruñido que le atan las manos, diciéndole que ésas eran las joyas que usaban los reyes de Castilla en sus bailes y festejos. Ahora el cacique Caonabó pasa los días sentado junto a la puerta, con la mirada fija en la lengua de luz que al amanecer invade el piso de tierra y al atardecer, de a poquito, se retira. No mueve una pestaña cuando Colón pasa por allí. En cambio, cuando aparece Ojeda, se las arregla para pararse y saluda con una reverencia al único hombre que lo ha vencido.

Bartolomé Colón, hermano y lugarteniente de Cristóbal, asiste al incendio de carne humana. Seis hombres estrenan el quemadero de Haití. El humo hace toser. Los seis están ardiendo por castigo y escarmiento: han hundido bajo tierra las imágenes de Cristo y la Virgen que fray Ramón Pane les había dejado para su protección y consuelo. Fray Ramón les había enseñado a orar de rodillas, a decir Avemaría y Paternóster y a invocar el nombre de Jesús ante la tentación, la lastimadura y la muerte. Nadie les ha preguntado por qué enterraron las imágenes. Ellos esperaban que los nuevos dioses fecundaran las siembras de maíz, yuca, boniatos y frijoles. El fuego agrega calor al calor húmedo, pegajoso, anunciador de lluvia fuerte.

Los guaraos, que habitan los suburbios del Paraíso Terrenal, llaman al arcoiris serpiente de collares y mar de arriba al firmamento. El rayo es el resplandor de la lluvia. El amigo, mi otro corazón. El alma, el sol del pecho. La lechuza, el amo de la noche oscura. Para decir «bastón» dicen nieto continuo; y para decir «perdono», dicen olvido.

Colón, buscando el Levante, ha encontrado el Poniente. Leonardo adivina que el mundo ha crecido.

En la corte, nadie ha escuchado sus súplicas. Del tercer viaje había regresado preso, atado con cadenas, y en el cuarto viaje no había quién hiciera caso de sus títulos y dignidades. Cristóbal Colón se va sabiendo que no hay pasión o gloria que no conduzca a la pena. No sabe, en cambio, que pocos años faltan para que el estandarte que él clavó, por vez primera, en las arenas del Caribe, ondule sobre el imperio de los aztecas, en tierras todavía desconocidas, y sobre el reino de los incas, bajo los desconocidos cielos de la Cruz del Sur. No sabe que se ha quedado corto en sus mentiras, promesas y delirios. El Almirante Mayor de la Mar Océana sigue creyendo que ha llegado al Asia por la espalda. No se llamará el océano mar de Colón. Tampoco llevará su nombre el nuevo mundo, sino el nombre de su amigo, el florentino Américo Vespucio, navegante y maestro de pilotos. Pero ha sido Colón quien ha encontrado ese deslumbrante color que no existía en el arcoiris europeo. Él, ciego, muere sin verlo.

Hace tres días, el soldado Salcedo llegó, solo, a orillas del río Guauravo. Los indios le ofrecieron sus hombros para pasarlo. Al llegar a la mitad del río, lo dejaron caer y lo aplastaron contra el fondo hasta que dejó de patalear. Después, lo tendieron en la hierba. Salcedo es ahora un globo de carne morada y crispada que velozmente se pudre al sol, apretado por la coraza y acosado por los bichos. Los indios lo miran, tapándose la nariz. Día y noche le han pedido perdón, por las dudas. Ya no vale la pena. Los tambores trasmiten la buena nueva: Los invasores no son inmortales.

En estas islas, en estos humilladeros, son muchos los que eligen su muerte, ahorcándose o bebiendo veneno junto a sus hijos. Los invasores no pueden evitar esta venganza, pero saben explicarla: los indios, tan salvajes que piensan que todo es común, dirá Oviedo, son gente de su natural ociosa e viciosa, e de poco trabajo… Muchos dellos por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron con sus propias manos. Hatuey, jefe indio de la región de la Guahaba, no se ha suicidado. En canoa huyó de Haití, junto a los suyos, y se refugió en las cuevas y los montes del oriente de Cuba. Allí señaló una cesta llena de oro y dijo: —Éste es el dios de los cristianos. Por él nos persiguen. Por él han muerto nuestros padres y nuestros hermanos. Bailemos para él. Si nuestra danza lo complace, este dios mandará que no nos maltraten. Lo atrapan tres meses después. Lo atan a un palo. Antes de encender el fuego que lo reducirá a carbón y ceniza, un sacerdote le promete gloria y eterno descanso si acepta bautizarse. Hatuey pregunta: —En ese cielo, ¿están los cristianos?
—Sí.
Hatuey elige el infierno y la leña empieza a crepitar.

En la iglesia de troncos y techo de palma, Antonio de Montesinos, fraile dominico, está echando truenos por la boca. Desde el púlpito, denuncia el exterminio:
—¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis a los indios en tan cruel y horrible servidumbre? ¿Acaso no se mueren, o por mejor decir los matáis, por sacar oro cada día? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?
Después Montesinos se abre paso, alta la cabeza, entre la muchedumbre atónita. Crece un murmullo de furia. No esperaban esto los labriegos extremeños y los pastores de Andalucía que han mentido sus nombres y sus historias y con un arcabuz oxidado en bandolera han partido, a la ventura, en busca de las montañas de oro y las princesas desnudas de este lado de la mar. Necesitaban una misa de perdón y consuelo los aventureros comprados con promesas en las gradas de la catedral de Sevilla, los capitanes comidos por las pulgas, veteranos de ninguna batalla, y los condenados que han tenido que elegir entre América y la cárcel o la horca.
—¡Será denunciado ante el rey Fernando! ¡Será expulsado!
Un hombre, aturdido, calla. Ha llegado a estas tierras hace nueve años. Dueño de indios, de veneros de oro y sementeras, ha hecho buena fortuna. Se llama Bartolomé de Las Casas y pronto será el primer sacerdote ordenado en el Nuevo Mundo.

Enciso habla en nombre del rey don Fernando y de la reina, doña Juana, su hija, domadores de las gentes bárbaras. Hace saber a los indios del Sinú que Dios ha venido al mundo y ha dejado en su lugar a San Pedro, que San Pedro tiene por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre, Señor del Universo, ha hecho merced al rey de Castilla de toda la tierra de las Indias y de esta península. Los soldados se asan en las armaduras. Enciso, letra menuda y sílaba lenta, requiere a los indios que dejen estas tierras, pues no les pertenecen, y que si quieren quedarse a vivir aquí, paguen a Sus Altezas tributo de oro en señal de obediencia. El intérprete hace lo que puede. Los dos caciques escuchan, sentados, sin parpadear, al raro personaje que les anuncia que en caso de negativa o demora les hará la guerra, los convertirá en esclavos y también a sus mujeres y a sus hijos y como tales los venderá y dispondrá de ellos, y que las muertes y los daños de esa justa guerra no serán culpa de los españoles. Contestan los caciques, sin mirar a Enciso, que muy generoso con lo ajeno había sido el Santo Padre, que borracho debía estar cuando dispuso de lo que no era suyo, y que el rey de Castilla es un atrevido, porque viene a amenazar a quien no conoce. Entonces, corre la sangre. En lo sucesivo, el largo discurso se leerá en plena noche, sin intérprete y a media legua de las aldeas que serán asaltadas por sorpresa. Los indígenas, dormidos, no escucharán las palabras que los declaran culpables de los crímenes cometidos contra ellos.

Cuenta el navegante que en Utopía no existe el dinero ni la propiedad privada. Allí se fomenta el desprecio por el oro y el consumo superfluo y nadie viste con ostentación. Cada cual entrega a los almacenes públicos el fruto de su trabajo y libremente recoge lo que necesita. Se planifica la economía. No hay acaparamiento, que es hijo del temor, ni se conoce el hambre. El pueblo elige al príncipe y el pueblo puede deponerlo; también elige a los sacerdotes. Los habitantes de Utopía abominan de la guerra y sus honores, aunque defienden ferozmente sus fronteras. Profesan una religión que no ofende a la razón y que rechaza las mortificaciones inútiles y las conversiones forzosas. Las leyes permiten el divorcio pero castigan severamente las traiciones conyugales, y obligan a trabajar seis horas por día. Se comparte el trabajo y el descanso; se comparte la mesa. La comunidad se hace cargo de los niños mientras sus padres están ocupados. Los enfermos reciben trato de privilegio; la eutanasia evita las largas agonías dolorosas. Los jardines y las huertas ocupan el mayor espacio y en todas partes suena la música.

Los aztecas han recuperado su ciudad. Las azoteas se erizaron de arcos y lanzas y la laguna se cubrió de canoas en pelea. Los conquistadores huyeron en desbandada, perseguidos por una tempestad de flechas y piedras, mientras aturdían la noche los tambores de la guerra, los alaridos y las maldiciones. Estos heridos, estos mutilados, estos moribundos que Cortés está contando ahora, se salvaron pasando por encima de los cadáveres que sirvieron de puente: cruzaron a la otra orilla pisando caballos que se habían resbalado y hundido y soldados muertos a flechazos y pedradas o ahogados por el peso de las talegas llenas de oro que no se resignaban a dejar.

Esta lomita es la montaña más alta del mundo. Los hombres van trepando y se consuelan contando las horas que faltan para morir.

El obispo Zumárraga escucha y desconfía. El obispo es el protector oficial de los indios, designado por el emperador, y también el guardián del hierro que marca en la cara de los indios el nombre de sus dueños. Él arrojó a la hoguera los códices aztecas, papeles pintados por la mano del Demonio, y aniquiló quinientos templos y veinte mil ídolos. Bien sabe el obispo Zumárraga que en lo alto del cerro de Tepeyac tenía su santuario la diosa de la tierra, Tonantzin, y que allí marchaban los indios en peregrinación a rendir culto a nuestra madre, como llamaban a esa mujer vestida de serpientes y corazones y manos. El obispo desconfía y decide que el indio Juan Diego ha visto a la Virgen de Guadalupe. La Virgen nacida en Extremadura, morena por los soles de España, se ha venido al valle de los aztecas para ser la madre de los vencidos.

Fray Bartolomé de Las Casas escribe al Consejo de Indias. Más hubiera valido a los indios, sostiene, irse al infierno con su infidelidad, su poco a poco y a solas, que ser salvados por los cristianos. Ya llegan al cielo los alaridos de tanta sangre humana derramada: los quemados vivos, asados en parrillas, echados a perros bravos…

El rescate de Atahualpa financiará las guerras santas contra la media luna del Islam, que ha llegado hasta las puertas de Viena, y contra los herejes que siguen a Lutero en Alemania. El emperador armará una gran flota para barrer del Mediterráneo al sultán Solimán y al viejo pirata Barbarroja.

Cuando llegaron a Santo Domingo las noticias del oro de Atahualpa, todo el mundo buscó barco. Alonso Hernández, repartidor de indios, fue de los primeros en salir corriendo. Se embarcó en Panamá y al llegar a Tumbes compró un caballo. El caballo costaba en Tumbes siete veces más que en Panamá y treinta veces más que en Santo Domingo. El paso de la cordillera ha dejado a Hernández de a pie. Para seguir viaje hacia Quito, compra otro caballo. Lo paga noventa veces más caro que en Santo Domingo. Compra también, por trescientos cincuenta pesos, un esclavo negro. En Riobamba, un caballo cuesta ocho veces más que un hombre. Todo se vende en este reino, hasta las banderas enchastradas de barro y sangre, y todo se cotiza por las nubes. Se cobra una barra de oro por dos hojas de papel. Los mercaderes, recién llegados, derrotan a los conquistadores sin desenvainar la espada.

En 1519, Hernán Cortés lo mandó buscar: —No —dijo Gonzalo al mensajero—. Mira mis hijos, cuan bonicos son. Déjame algunas de estas cuentas verdes que traes. Yo se las daré a mis hijos, y les diré: «Estos juguetes los envían mis hermanos, desde mi tierra.» Mucho después, Gonzalo Guerrero ha caído defendiendo otra tierra, peleando junto a otros hermanos, los hermanos que eligió. Él ha sido el primer conquistador conquistado por los indios.

El papa Paulo III estampa su nombre en el sello de plomo, que luce las efigies de san Pedro y san Pablo, y lo ata al pergamino. Una nueva bula sale del Vaticano. Se llama Sublimis Deus y descubre que los indios son seres humanos, dotados de alma y razón.

Habían oído hablar de estas mujeres, y ahora creen. Ellas viven al sur, en señoríos sin hombres, donde ahogan a los hijos que nacen varones. Cuando el cuerpo pide, dan guerra a las tribus de la costa y les arrancan prisioneros. Los devuelven a la mañana siguiente. Al cabo de una noche de amor, el que ha llegado muchacho regresa viejo.

Éste es el hombre más amado de América. Voz de los mudos, empecinado defensor de los que reciben peor trato que el estiércol de las plazas, denunciador de quienes por codicia convierten a Jesucristo en el más cruel de los dioses y al rey en lobo hambriento de carne humana. No bien desembarcó en Campeche, fray Bartolomé de Las Casas anunció que ningún dueño de indios sería absuelto en confesión. Le contestaron que aquí no valían sus credenciales de obispo ni valían tampoco las nuevas leyes, porque habían llegado en letras de molde y no de puño y letra de los escribientes del rey. Amenazó con la excomunión y se rieron. Se rieron fuerte, a las carcajadas, porque fray Bartolomé tiene fama de sordo.

El licenciado Zárate moja la pluma de ganso, dibuja una cruz y debajo, antes de firmar, escribe: Juro a Dios y a esta Cruz y a las palabras de los Santos Evangelios, que firmo por tres motivos: por miedo, por miedo y por miedo.

La Corona ha suspendido las más importantes leyes nuevas, que hacían libres a los indios. Mientras duraron, tres años apenas, ¿quién las cumplió? En la realidad siguen siendo esclavos hasta los indios que llevan marcada en el brazo, al rojo vivo, la palabra libre. —¿Para esto me han dado la razón? Fray Bartolomé se siente abandonado de Dios, hoja sin rama, solo y nadie. —Me han dicho que sí para que nada cambie. Ya ni el papel protegerá a los que no tienen más escudo que sus vientres. ¿Para esto han recibido los reyes el Nuevo Mundo de manos del Papa? ¿Es Dios mero pretexto? Esta sombra de verdugo, ¿sale de mi cuerpo? Acurrucado en una manta, escribe una carta al príncipe Felipe. Le anuncia que viajará a Valladolid sin esperar respuesta ni licencia. Después, fray Bartolomé se hinca sobre la estera, de cara a la noche, y reza en voz alta una oración inventada por él.

—¿Y Valdivia? ¿Dónde está Valdivia? Todos se precipitan a la orilla de la mar. Saltan, gritan, alzan los puños. Valdivia se ve cada vez más pequeño. Allá va, remando en el único bote, hacia el navío cargado con el oro de todos. En la playa de Valparaíso, las maldiciones y las amenazas suenan más fuerte que el estrépito del oleaje. Las velas se hinchan y se alejan rumbo al Perú. Se marcha Valdivia en busca de su título de gobernador de Chile. Con el oro que se lleva y el brío de sus brazos, espera convencer a los que mandan en Lima. En lo alto de una roca, el escribano Juan Pinel se estruja la cabeza y ríe sin parar. Morirán vírgenes sus hijas en España. Algunos lloran, rojos de rabia; y el corneta Alonso de Torres desentona una vieja melodía y después rompe en pedazos el clarín, que es lo único que le queda.

—Carvajal —dice Diego Centeno, comandante de las tropas victoriosas—. Has caído con honor, Carvajal. El viejo ni lo mira.
—¿Acaso no me conoces? —insiste Centeno, y adelanta la mano para recibir la espada.
Carvajal, que más de una vez ha derrotado a Centeno y lo ha puesto en fuga y lo ha perseguido por medio Perú, le clava los ojos y dice:
—Sólo te conocía de espaldas.

Si Potosí tuviera hospital y ella pasara por la puerta, se curarían los enfermos.

Desde la amenaza del galán, don Diego se palpa las orejas cada mañana, al despertarse, y las mide ante el espejo. Ha descubierto que las orejas crecen cuando están contentas y que las encogen el frío y las melancolías; que las calientan al rojo vivo las miradas y las calumnias y que aletean desesperadamente, como pajaritos en la jaula, cuando escuchan los chasquidos de una hoja de acero que se afila.

Algo así también opinan, sobre los frailes, los antiguos señores que han sobrevivido en Tlaxcala: Pobres, dicen. Pobres. Deben estar enfermos o locos. A medio día, a media noche y al cuarto del alba, cuando todos se regocijan, estos dan voces y lloran. Mal grande han de tener. Son hombres sin sentido. No buscan placer ni alegría, sino tristeza y soledad.

Huexotzingo era un reino independiente cuando los españoles llegaron. Ellos nunca habían pagado tributo a los aztecas. Nuestros padres, abuelos y antepasados no conocían el tributo y a nadie lo pagaban. Ahora, en cambio, los españoles exigen tan altos tributos en dinero y en maíz que declaramos ante Su Majestad que no pasará mucho tiempo antes de que nuestra ciudad de Huexotzingo desaparezca y muera.

Los pueblos creados por Vasco de Quiroga, donde nadie es dueño de nadie ni de nada y no se conoce el hambre ni el dinero, no se multiplicarán, como él quisiera, por todo México. El Consejo de Indias jamás se tomará en serio los proyectos del insensato obispo ni echará siquiera una ojeada a los libros que él, porfiadamente, recomienda. Pero ya la utopía ha regresado a América, que era su realidad de origen. La quimera de Tomás Moro ha encarnado en el pequeño mundo solidario de Michoacán; y los indios de aquí sentirán suya, en los tiempos por venir, la memoria de Vasco de Quiroga, el alucinado que clavó los ojos en el delirio para ver más allá del tiempo de la infamia.

Hace un par de años, Hawkins hizo ese trayecto por su cuenta. En una nave llamada Jesús, vendió de contrabando trescientos negros en Santo Domingo. Estalló de furia la reina Isabel cuando lo supo, pero se le desvaneció la ira apenas conoció el balance del viaje. En un santiamén, se hizo socia comercial del audaz perro de mar del condado de Devon, y los condes de Pembroke y Leicester y el alcalde mayor de Londres compraron las primeras acciones de la nueva empresa. Mientras los marineros izan las velas, el capitán Hawkins los arenga desde el puente. La armada británica hará suyas estas órdenes en los siglos por venir: —¡Servid a Dios diariamente! —manda Hawkins a pleno pulmón—. ¡Amaos los unos a los otros! ¡Reservad vuestras provisiones! ¡Cuidaos del fuego! ¡Manteneos en buena compañía!

Fray Bartolomé de Las Casas está pasando por encima del rey y del Consejo de Indias. ¿Será castigada su desobediencia? A los noventa y dos años, poco le importa. Medio siglo lleva peleando. ¿No están en su hazaña las claves de su tragedia? Muchas batallas le han dejado ganar, hace tiempo lo sabe, porque el resultado de la guerra estaba decidido de antemano. Los dedos ya no le hacen caso. Dicta la carta. Sin permiso de nadie, se dirige directamente a la Santa Sede. Pide al papa Pío V que mande cesar las guerras contra los indios y que ponga fin al saqueo que usa la cruz como coartada. Mientras dicta se indigna, se le sube la sangre a la cabeza y se le quiebra la voz que le queda, ronca y poca. Súbitamente, cae al suelo.

Bajo su autoridad suprema, serán atormentados o quemados los herejes. Hace siglos, el papa Inocencio IV mandó apremiar con tormentos a los asesinos de las almas y ladrones de la fe de Cristo; y mucho después el papa Paulo III prohibió que la tortura durara más de una hora. Desde entonces, los inquisidores interrumpen su trabajo cada hora, por un ratito. El inquisidor general recién llegado a México cuidará que nunca se use leña verde en las ejecuciones, para que no apeste a malos humos la ciudad; y las ordenará en días de cielo claro, para que todos puedan admirarlas. No se ocupará de los indios, por ser nuevos en la fe, gente flaca y de poca sustancia,

¿Del espejo o de la cara? El rey no lo piensa dos veces. Por decreto ordena la incautación de todos los manuscritos que ha dejado fray Bartolomé de Las Casas, para que no lleguen a manos de los malos españoles y los enemigos de España. Sobre todo preocupa a Felipe II que pueda publicarse o de alguna manera difundirse la muy voluminosa Historia de las Indias, que Las Casas no pudo concluir y que vive, prisionera bajo llave, en el monasterio de San Gregorio.

Desde lo alto del tablado, Túpac Amaru levanta una mano, la apoya sobre el oído y la deja caer parsimoniosamente. Calla, entonces, el gentío. No hay nada que no sea silencio cuando el sable del verdugo parte el cuello del nieto de Huaina Cápac. Con Túpac Amaru acaban cuatro siglos de dinastía de los incas y casi cuarenta años de resistencia en las montañas de Wilcabamba. Ya no bajarán sobre el valle del Cuzco los vendavales de la guerra, al ronco ritmo de los pututus.

Yo he visto a un hombre vivir con más de cien puñaladas y luego lo vi morir por una sola mirada. En lo profundo del mar suspiraba una ballena y en los suspiros decía: «Quien tiene amor, tiene pena.» Quiero cantar ahora que tengo ganas, por si acaso me toca llorar mañana.

Desde lo más lejano de los tiempos, en estas tierras se divorciaba quien quería y hacían el amor los hermanos, si tenían ganas, y la mujer con el hombre o el hombre con el hombre o la mujer con la mujer. Así fue en estas tierras hasta que llegaron los hombres de negro y los hombres de hierro, que arrojan a los perros aquienes aman como los antepasados amaban.

Arden los regadíos y las sementeras que alegraban la vista y daban de comer, los campos de labranza donde los tairona hacían el amor a pleno día, porque nacen ciegos los niños hechos en la oscuridad.

Un cura, recién llegado a Potosí, los ve aparecer en los suburbios de la ciudad, larga procesión de fantasmas escuálidos, las espaldas marcadas por el látigo, y comenta:
—No quiero ver este retrato del infierno.
—Pues cierre usted los ojos —le aconsejan.
—No puedo —dice el cura—. Con los ojos cerrados, veo más.

Por obra del azar y de la herencia, cada español que trabaja mantiene a treinta. Para los rentistas, trabajar es pecado. Los hidalgos tienen por campo de batalla las alcobas; y crecen en España menos árboles que frailes y mendigos.

En este cabildo se trató y dixo que por no haberse examinado las comedias que se han representado en esta ciudad, ha resultado haberse dicho muchas cosas en perjuicio de partes y contra la autoridad y honestidad que se debe a esta república. Y para que cesen los dichos inconvenientes para en adelante conviene proveerse de remedio. Y habiéndose tratado y conferido sobre ello, se acordó y mandó que se notifique a los autores de comedias que al presente son y en adelante fueren, que en ninguna manera representen comedia ninguna ni la hagan representar sin que primero se haya visto y examinado e aprobado por la persona queste cabildo para ello nombrase, so pena de doscientos pesos de a nueve reales…

Todo Londres habla de la princesa Pocahontas y su fugaz paso por aquí. Esa mujer… Ella sola era un harem.

—No, no —concluye el indiscreto cazador de historias, mientras paga sus cervezas y sale a la calle—. Esta historia es demasiado buena para escribirla. Como suele decir el galeno Silva, poeta de las Indias: «Si la escribo, ¿qué me quedará para contar a mis amigos?»

Cuenta el padre Antonio que en la costa de la mar Caribe llueve de tal manera que esperando que cese la lluvia quedan embarazadas las mujeres y les nacen los hijos: cuando escampa, ya son hombres.

En Panamá las piedras sudan y dice la gente: «Apúrate con la sopa, que se calienta.»

—¿Por qué camino he de tentar a los mercaderes? —Procurando que lo sean y dejándolos.
—A los superiores, ¿tiénenlos aquí amor o respeto? —Miedo.
—¿Pues qué ha de hacer el que quisiere premio? —No merecerlo.
[…]
—En cuanto a los presumidos de la gala, te pregunto si se visten bien. —Pudieran, por lo mucho que todo el año cortan.
—¿Tanto murmuran? —De suerte que en Lima todas las horas son críticas.

Con los nobles que andan en carroza de plata, los venidos a menos sólo tienen en común el sentido del honor y la nostalgia de la gloria, el horror al trabajo —mendigar es menos indigno— y el asco al baño, que es costumbre de moros, ajena a la religión católica y mal vista por la Inquisición.

Durante casi dos años había predicado fray Francisco Bravo en este pueblo de Motocintle. Un día anunció a los indios que había sido llamado desde España. Él quería regresar a Guatemala, dijo, y quedarse para siempre aquí, junto a su querido rebaño, pero allá en España sus superiores le negarían el permiso.
—Solamente el oro podría convencerlos —advirtió fray Francisco
—Oro no tenemos —dijeron los indios.
—Sí tenéis —desmintió el cura—. Yo sé que hay un criadero de oro escondido en Motocintle.
—Ese oro no nos pertenece —explicaron ellos—. Ese oro es de nuestros antepasados. Nosotros nomás lo estamos cuidando. Si algo falta, ¿qué les diremos cuando vuelvan al mundo?
—Yo sólo sé lo que dirán mis superiores en España. Me dirán: «Si tanto te aman los indios de ese pueblo donde quieres quedarte, ¿cómo estás tan pobre?»
Se reunieron los indios en asamblea para discutir el asunto. Un domingo, después de la misa, vendaron los ojos de fray Francisco y lo hicieron dar vueltas hasta marearlo. Todos fueron tras él, desde los viejos hasta los niños de pecho. Al llegar al fondo de una gruta, le quitaron la venda. El cura pestañeaba, lastimados los ojos por el fulgor del oro, más oro que el de todos los tesoros de las mil y una noches, y sus manos tembleques no sabían por dónde empezar. Convirtió en bolsón la sotana y cargó lo que pudo. Después juró por Dios y los santos evangelios que jamás revelaría el secreto y recibió una mula y tortillas para el viaje. Al tiempo, llegó a la real audiencia de Guatemala una carta de fray Francisco Bravo desde el puerto de Veracruz. Con gran dolor del alma cumplía el sacerdote su deber, en acto de servicio al rey por tratarse de importante y esmerado negocio. Daba noticias del posible rumbo del oro: «Creo haber andado a escasa distancia del pueblo. Corría a la izquierda un arroyo…» Enviaba algunas pepitas de muestra y prometía emplear el resto en devociones a un santo de Málaga. Ahora irrumpen a caballo en Motocintle el juez y los soldados. Vistiendo túnica roja y con una vara blanca colgada del pecho, el juez Juan Maldonado exhorta a los indios a entregar el oro. Les promete y garantiza buen trato. Los amenaza con rigores y castigos. Encierra a unos cuantos en prisión. A otros aplica el cepo y da tormento. A otros hace subir las escaleras del patíbulo. Y nada.

El Consejo Supremo del Santo Oficio de la Inquisición, velando por la limpieza de la sangre, decide que en lo sucesivo se hará una prolija investigación antes de que sus funcionarios contraigan matrimonio. Todos los que trabajan para la Inquisición, el portero y el fiscal, el torturador y el verdugo, el médico y el pinche de cocina, deberán presentar la genealogía de dos siglos de la mujer que han elegido, para evitar que casen con personas infectas. Personas infectas, o sea: con litros o gotas de sangre india o sangre negra, o con tatarabuelos de fe judía o cultura islámica o devoción de cualquier herejía.

Está de pie en la sala, desnudo ante el espejo labrado en oro, y ve a otro. Busca su cuerpo de toro y no lo encuentra. Bajo el soposo vientre y entre las piernas flacas cuelga, muda, la llave que había sabido abrir todas las cerraduras de mujer.

Hace unos días, el padre Thomas Gage aprendió a escapar de los caimanes. Si uno huye en zig-zag, los caimanes se desconciertan. Ellos sólo saben correr en línea recta. En cambio, nadie le ha enseñado a escapar de los piratas. Pero, ¿acaso conoce alguien la manera de huir de dos buenos navíos holandeses en una fragata lenta y sin cañones?

Lo que es común a todos no pertenece a nadie.

Martín de Porres había nacido de una esclava negra y de su amo, caballero de abolengo y puro solar español, que no la embarazó por disponer de ella como cosa, sino por aplicar el principio cristiano de que en la cama todas son iguales ante Dios. A los quince años, Martín fue donado al convento de los frailes dominicos. Aquí vivió sus trabajos y milagros. Nunca lo ordenaron sacerdote, por ser mulato; pero abrazando con amor la escoba, ha barrido cada día los salones, los claustros, la enfermería y la iglesia. Navaja en mano afeitaba a los doscientos curas del convento; atendía a los enfermos y distribuía la ropa limpia con aroma de romero.

¿Que tiene dueño la tierra? ¿Cómo así? ¿Cómo se ha de vender? ¿Cómo se ha de comprar? Si ella no nos pertenece, pues. Nosotros somos de ella. Sus hijos somos. Así siempre, siempre. Tierra viva. Como cría a los gusanos, así nos cría. Tiene huesos y sangre. Leche tiene, y nos da de mamar. Pelo tiene, pasto, paja, árboles. Ella sabe parir papas. Hace nacer casas. Gente hace nacer. Ella nos cuida y nosotros la cuidamos. Ella bebe chicha, acepta nuestro convite. Hijos suyos somos. ¿Cómo se ha de vender? ¿Cómo se ha de comprar?

Ha interrogado a miles y miles de indios, sin encontrar uno que no fuera hereje. Ha desbaratado ídolos y adoratorios, ha quemado momias; ha rapado cabezas y ha desollado espaldas a latigazos. A su paso, el viento de la fe cristiana ha purificado al Perú. El sacerdote Francisco de Ávila tiene sesenta y cinco años cuando siente que las fuerzas lo abandonan, anda medio sordo y le duele hasta la ropa; y decide que no se irá del mundo sin conseguir lo que viene queriendo desde que era muchacho. Solicita, entonces, su ingreso a la Compañía de Jesús.
—No, contesta el rector de los jesuitas, Antonio Vázquez. —No,
porque por más que diga que es hombre docto y gran lenguaraz, Francisco de Ávila representa su condición de mestizo.

Mariana jamás ha jugado a ser feliz ni ha soñado que lo era, ni ha dormido nunca más de cuatro horas. La única vez que un hombre le rozó la mano, quedó enferma, y con fiebre, durante una semana. Desde muy niña decidió ser la esposa de Dios y no le brinda su amor en el convento sino en las calles y los campos: no bordando ni haciendo dulces y jaleas en la paz de los claustros, sino orando de rodillas sobre las espinas y las piedras y buscando pan para los pobres, remedio para los enfermos y luz para los anochecidos que ignoran la ley divina.

Juana tiene hipo y crece. Crece. Llorar, en cambio, encoge. Por eso tienen tamaño de cucarachas las viejitas y las lloronas de los entierros.

El obispo Payo Enríquez de Ribera es uno de los más fervorosos partidarios del trabajo forzado de los indios. Sin los repartimientos de indios, razona el obispo, ¿quién cultivará los campos? Y si no hay quien cultive los campos, ¿quién cultivará los espíritus? Está redactando el obispo un documento sobre el tema, cuando recibe desde Puebla la primera imprenta que llega a Guatemala. El docto jefe espiritual de esta diócesis ha hecho traer la prensa y las cajas de letras de molde, con tipógrafo y todo, para que se imprima aquí su tratado de teología Explicatio Apologética. El primer libro que se edita en Guatemala no está escrito en lenguas mayas ni en castellano, sino en latín.

Brotan aquí dos cosechas anuales de maíz y también frijoles, mandioca, azúcar, papa, tabaco, legumbres, frutas; y se crían cerdos y gallinas. Mucho más y mejor comen los negros de Palmares que los habitantes de la costa, donde la devoradora caña de azúcar, producida para Europa, usurpa todo el tiempo y todo el espacio de todos.

De un par de cañonazos, los ingleses abaten la bandera que flamea sobre el fortín y arrancan la isla de Manhattan de manos de los holandeses, que la habían comprado a los indios delaware por sesenta florines. Dicen los delaware, recordando la llegada de los holandeses hace más de medio siglo: El gran hombre quería sólo una tierra pequeña, pequeña, para sembrar las verduras de su sopa, apenitas el espacio que una piel de toro podría cubrir. Debimos advertir entonces su espíritu fraudulento. Nueva Ámsterdam, el mercado de esclavos más importante de América del Norte, pasa a llamarse, ahora, Nueva York; y Wall Street es el nombre de la calle de la muralla construida para que no se fuguen los negros.

Los sirvientes blancos sueñan con convertirse en dueños de tierras y de negros. Cuando recuperan su libertad, al cabo de los años de dura penitencia y trabajo sin sueldo, lo primero que hacen es comprarse un negro que los abanique a la hora de la siesta. Hay cuarenta mil esclavos africanos en Barbados. Los nacimientos se registran en los libros de contabilidad de las plantaciones. Al nacer, un negrito vale media libra.

—Si te mueres, te mato.

Lo que el pícaro no gana, lo empata; lo que no empata, lo enreda.

En Virginia no queda tiempo para otra cosa. Hace tres años, el gobernador William Berkeley pudo decir, orgulloso: Agradezco a Dios que no haya escuelas gratuitas ni imprenta, y espero que no las tengamos en cien años; porque la instrucción ha traído al mundo la desobediencia, la herejía y las sectas, y la imprenta las ha divulgado.

Por grande que sea la multitud de los enemigos, es una multitud de esclavos. La naturaleza los ha creado más para obedecer que para resistir. Si los destruimos, tendremos tierras para nuestras plantaciones, negros para nuestro servicio y honor para nuestros nombres. Los negros pelean como fugitivos. ¡Nosotros los perseguiremos como señores!

No creo en la palabra de mis enemigos —dice Zumbí—. Mis enemigos no se creen ni entre ellos.

Yo sólo estudio por ver si con estudiar, ignoro menos.

Muy temprano supe que las universidades no son para mujeres, y que se tiene por deshonesta a la que sabe más que el Padrenuestro. Tuve por maestros libros mudos, y por todo condiscípulo, un tintero. Cuando me prohibieron los libros, como más de una vez ocurrió en este convento, me puse a estudiar en las cosas del mundo. Hasta guisando se pueden descubrir secretos de la naturaleza.

¿A qué especie de criaturas pertenecen los europeos, qué clase de hombres son? Los europeos, que sólo hacen el bien por obligación, y no tienen otro motivo para evitar el mal que el miedo al castigo…

¿Qué sabe la vigilia comparado con lo que sabe el sueño?

Bocas del tiempo

Eduardo Galeano.

Paseo en el tiempo para contar injusticias, inocencia de los niños, anécdotas increíbles de gente común, de ríos, lagos, y mares, el vino, árboles, cerros, montañas y volcanes, animales, cartas, escritores y periodistas, música y baile, cantantes, cine, teatro y actores, transportes, migrantes y exiliados, muertes, criminales por gusto y por necesidad, políticos corruptos, dinero, crímenes culturales, economía, difuntos, elecciones y democracia, enfermedades y médicos, tragedias y represión, miedo, invasiones y golpes de estado, dictadura, torturas y desapariciones, guerras, matanzas y armas, las torres gemelas, Irak, Israel, EU… y desde luego futbol. Algunas tan crudas que resultan inverosímiles por contradictorias. Calificación 9.5
Bocas del tiempo

Bocas del tiempo

Oriol Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.

Los líquenes viven mientras dura el matrimonio entre las algas y sus hijos, los hongos. Si el matrimonio se deshace, se deshacen los líquenes. A veces, las algas y los hongos se divorcian, por riñas y disputas. Según ellas, ellos las tienen encerradas y no las dejan ver la luz. Según ellos, ellas los empalagan de tanto darles azúcar noche y día.

Informó que sufría taquicardia cada vez que lo veía, aunque fuera de lejos. Declaró que se le secaban las glándulas salivales cuando él la miraba, aunque fuera de refilón. Admitió una hipersecreción de las glándulas sudoríparas cada vez que –él le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo. Reconoció que padecía graves desequilibrios en la presión sanguínea cuando él la rozaba, aunque fuera por error. Confesó que por él padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas. Que en los días no podía parar de decir bobadas y en las noches no conseguía dormir. –Fue hace mucho tiempo, doctor –dijo–. Yo nunca más sentí nada de eso. El médico arqueó las cejas: –¿Nunca más sintió nada de eso? Y diagnosticó: —Su caso es grave.

De rodillas en el confesionario, un arrepentido admitió que era culpable de avaricia, gula, lujuria, pereza, envidia, soberbia e ira: Jamás me confesé. Yo no quería que ustedes, los curas, gozaran más que yo con mis pecados, y por avaricia me los guardé. ¿Gula? Desde la primera vez que la vi, confieso, el canibalismo no me pareció tan mal. ¿Se llama lujuria eso de entrar en alguien y perderse allí adentro y nunca más salir? Esa mujer era lo único en el mundo que no me daba pereza. Yo sentía envidia. Envidia de mí. Lo confieso. Y confieso que después cometí la soberbia de creer que ella era yo. Y quise romper ese espejo, loco de ira, cuando no me vi.

¿Señor o señora? ¿O los dos a la vez? ¿O a veces él es ella, y a veces ella es él? En las profundidades de la mar, nunca se sabe. Los meros, y otros peces, son virtuosos en el arte de cambiar de sexo sin cirugía. Las hembras se vuelven machos y los machos se convierten en hembras con asombrosa facilidad; y nadie es objeto de burla ni acusado de traición a la naturaleza o a la ley de Dios.

Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo: –Lo único que te cambiaría es el domicilio. Y desde entonces vivieron juntos. fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados. Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era. Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenia la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia. Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.

El hospital público, ubicado en el barrio más copetudo de Río de Janeiro, atendía a mil pacientes por día. Eran, casi todos, pobres o pobrísimos. Un médico de guardia contó a Juan Bedoian: –La semana pasada, tuve que elegir entre dos nenas recién nacidas. Aquí hay un solo respirador artificial. Ellas llegaron al mismo tiempo, ya moribundas, y yo tuve que decidir cuál iba a vivir. Yo no soy quién, pensó el médico: que decida Dios. Pero Dios no dijo nada. Eligiera a quien eligiera, el médico iba a cometer un crimen. Si no hacía nada, cometía dos. No había tiempo para la duda. Las nenas estaban en las últimas, ya yéndose de este mundo. El médico cerró los ojos. Una fue condenada a morir, y la otra fue condenada a vivir.

El pueblo de Cerro Chato nunca tuvo ningún cerro, ni chato ni puntiagudo. Pero Javier Zeballos recuerda que Cerro Chato sí tenía, en los tiempos de su infancia, tres comisarios, tres jueces y tres doctores. Uno de los doctores, que vivía en el centro, era la brújula de los mandados. La mamá de Javier lo orientaba así: –De la casa del Doctor Galarza, vas dos cuadras para abajo. –Esto queda en la esquina del Doctor Galarza. –Anda a la farmacia que está a la vuelta del Doctor Galarza. Y allá marchaba Javier. A cualquier hora que pasara por allí, con sol o con luna, el Doctor Galarza estaba siempre sentado en el zaguán de su casa, mate en mano, dando cumplida respuesta a los saludos del vecindario, buenos días, Doctor; buenas tardes, Doctor; buenas noches, Doctor. Ya Javier era hombre crecido, cuando se le ocurrió preguntar por qué el Doctor Galarza no tenía consultorio médico ni estudio jurídico. Y entonces se enteró. Doctor no era: se llamaba. Así había sido anotado en el Registro Civil: Doctor de nombre, Galarza de apellido. El papá quería un hijo con diploma, y aquel bebé no le pareció digno de confianza.

Cara de hormiga sonriente, ancas de rana, patas de pollo: Sally cumplía su primer año de vida en el mundo. El acontecimiento fue celebrado en grande. La madre, Beatriz Monegal, tendió en el piso un enorme mantel de flores bordadas, de origen inconfesable, y encendió la velita en el mástil de la torta que había comprado, a pagar nunca, en El Emporio de los Sandwiches. En un santiamén desapareció la torta y se desató el bailongo, mientras la homenajeada dormía profundamente, envuelta en ropa limpia y almidonada, dentro de una canasta de verdulería. A las tres menos cuarto de la madrugada, cuando ya no quedaba ni una gota de vino en las damajuanas, Beatriz tomó sus últimas fotografías, apagó la radio, echó a la gente y recogió de apuro todas sus pertenencias. A las tres en punto, sonó la sirena policial. Beatriz había invadido aquella casona hacía un par de meses, junto a sus muchos hijos y a su más reciente amor, que era fornido y bueno para abrir casas a patadas. Cuando entraron los policías, con orden de desalojo, ya Beatriz había iniciado su nueva peregrinación. Ella iba por el medio de la calle, tirando de las varas de un carro lleno de niños y de trapos, seguida por su hombre y sus hijos mayores. Iba en busca de otra casa para invadir, y su risa rompía el silencio de la noche de Montevideo.

En una playa de estacionamiento de las muchas que hay en Buenos Aires, Raquel lo escuchó llorar. Alguien lo había arrojado entre los autos. Se incorporó a la casa, se llamó Lord Chichester. Tenía poco tiempo de nacido y ya era desteñido y cabezón. Quedó tuerto después, cuando creció y se batió en duelo de amor por la gata Milonga. Una noche, cuando Raquel y Juan Amaral estaban sumergidos en la más profunda de las dormidumbres, unos feroces chillidos los hicieron saltar de la cama. Chillaba Lord Chichester como si lo estuvieran desollando. Cosa rara, porque él era feo pero callado. Algo le duele mucho –dijo Juan. Siguiendo los chillidos, llegaron al fondo del corredor. Raquel aguzó el oído, y opinó: –Nos está avisando que hay una gotera. Deambularon por la antigua casona, hasta que ubicaron el clip–clop de la gotera en el baño. –Ese caño siempre perdió –dijo Juan. –Se va a inundar–temió Raquel. Y discutieron, que sí, que no, hasta que Juan miró el reloj, casi las cinco de la mañana, y bostezando suplicó: –Vamos a dormir. Y sentenció: –Lord Chichester está loco de remate. Ya estaban por entrar al dormitorio, perseguidos por los chillidos del gato, cuando el techo, viejo y agrietado, se desplomó sobre la cama.

Carlitos, de cuarenta años, hijo de María Scaglione: –Mamá, ¿a qué edad me sacaste la teta? Mi psicóloga quiere saber.

Cuando Manuel tenía un año y medio, quiso saber por qué no podía agarrar el aqua con la mano. Y a los cinco años, quiso saber por qué se muere la gente: –Y morir, ¿qué es? –¿Mi abuela se murió porque era viejita? ¿Y por qué se murió un nene más chico que yo, que lo ví ayer en la tele? ––¿Los enfermos se mueren? ¿Y por qué se mueren los que no están enfermos? –¿Los muertos se mueren por un rato o se mueren del todo? Al menos, Manuel tenía respuesta para la pregunta que más lo mortificaba: –Mi hermano Felipe no se va a morir nunca, porque él siempre quiere jugar.

Ximena Dahm andaba muy nerviosa, porque aquella mañana iba a iniciar su vida en la escuela. Corriendo iba de un espejo al otro, por toda la casa; y en uno de esos ¡res y venires, tropezó con un bolso y cayó desparramada al piso. No lloró, pero se enojó: –¿Qué hace esta mierda acá? La madre educó: –Mijita, eso no se dice. Y Ximena, desde el piso, quiso saber: ––Para qué existen, mamá, las palabras que no se dicen?

Cherna jugaba con la pelota, la pelota jugaba con Chema, la pelota era un mundo de colores y el mundo volaba, libre y loco, flotaba en el aire, rebotaba donde quería, picaba para aquí, saltaba para allá, de brinco en brinco: pero llegó la madre y mandó a parar. Maya López atrapó la pelota y la guardó bajo llave. Dijo que Chema era un peligro para los muebles, para la casa, para el barrio y para la ciudad de México y lo obligó a ponerse los zapatos, a sentarse como es debido y a hacer las tareas para la escuela. –Las reglas son las reglas –dijo. Cherna alzó la cabeza: –Yo también tengo mis reglas –dijo. Y dijo que, en su opinión, una buena madre debía obedecer las reglas de su hijo: –Que me dejes jugar todo lo que yo quiera, que me dejes andar descalzo, que no me mandes a la escuela ni a nada parecido, que no me obligues a dormir temprano y que cada día nos, mudemos de casa. Y mirando al techo, como quien no quiere la cosa, agregó: –Y que seas mi novia.

Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo, se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que quería al maestro, lo quería muuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.

Mohammed Ashraf no va a la escuela. Desde que sale el sol hasta que asoma la luna, él corta, recorta, perfora, arma y cose pelotas de fútbol, que salen rodando de la aldea paquistaní de Umar Kot hacia los estadios del mundo. Mohammed tiene once años. Hace esto desde los cinco. Si supiera leer, y leer en inglés, podría entender la inscripción que él pega en cada una de sus obras: Esta pelota no ha sido fabricada por niños.

Se supo que lo había matado el fuego amigo, como se llaman las balas que se equivocan de enemigo.

En el siglo doce, cuando el agua era gratuita como el aire y no existían las marcas, el Papa y la mosca se encontraron al pie de una fuente. El Papa Adriano IV, único pontífice inglés de toda la historia del Vaticano, había vivido una vida muy agitada por sus guerras incesantes contra Guillermo el Malo y Federico Barbarroja. De la vida de la mosca, no se conocen acontecimientos dignos de mención. Por milagro divino o fatalidad del destino, sus caminos se cruzaron en la fuente de agua de la plaza del pueblo de Agnani, un mediodía del verano del año 1159. Cuando el Santo Padre, sediento, abrió la boca para recibir el chorro, el díptero insecto se le metió en la garganta. La mosca se introdujo por error en ese lugar que no era para nada interesante, pero sus alas no pudieron salir y los dedos del Papa no pudieron sacarla. En la batalla, perecieron los dos. El Papa, atragantado, murió de mosca. La mosca, prisionera, murió de Papa.

Pedimos ayuda a los dioses, a los diablos y a las estrellas del cielo. A los caracoles, nadie pide. Pero gracias a los caracoles no mueren ahogados los indios shipibos, cada vez que el río Ucayali se pone de mal humor y sus aguas alborotadas invaden la tierra y atropellan cuanta cosa encuentran. Los caracoles avisan. Antes de cada calamidad, dejan sus huevos pegados a los troncos de los árboles, bastante arriba de la altura adonde llegará la creciente. Y jamás se equivocan en el cálculo.

Harto de tanta desobediencia y pecado, Dios había decidido borrar de la faz de la tierra toda la carne creada por su mano. Iban a ser exterminadas las gentes y las bestias y las sierpes y hasta las aves del cielo. Cuando el sabio Johannes Stoeffler dio a conocer la fecha exacta del segundo diluvio universal, que iba a sepultar a todos bajo las aguas el día 4 de febrero de 1524, el conde von Igleheim se encogió de hombros. Pero entonces ocurrió que Dios en persona se le apareció en sueños, barba de relámpagos, voz de trueno, y le anunció: –Morirás ahogado. El conde von Igleheim, que era capaz de repetir la Biblia entera de memoria, saltó del lecho y mandó llamar de urgencia a los mejores carpinteros de la región. Y en un santiamén apareció en las aguas del río Rin una inmensa arca flotante, alta de tres pisos, hecha de maderas resinosas y calafateada por dentro y por fuera. Y el conde se metió en ella, con su familia y toda su servidumbre y víveres en abundancia, y llevó al arca una pareja de macho y llembra de cada especie de todos los bichos que poblaban la tierra y el aire. Y esperó. Cayó lluvia en el día señalado. No mucha, fue más bien Iloviznita; pero las primeras gotas bastaron para desatar el pánico y una multitud enloquecida invadió los muelles y se apoderó del arca. El conde opuso resistencia y fue arrojado a las aguas del río, donde ahogado murió.

En las arenas de la barra de Guaratiba, suenan las carcajadas de las gaviotas. Las barcas están descargando peces y sucedidos. Uno de los pescadores, Claudionor da Silva, se estruja la cabeza, y arrepentido gime. Había atrapado un pargo de buen tamaño, pero el pez señaló hacia atrás con una aleta, y dijo: “Ahí viene otro, mucho más grande que yo”. Y él le creyó, y lo dejó escapar. Jorge Antunes muestra su ropa nueva: llevaba varios días perdido en la mar, y un oleaje violento lo dejó desnudo y se llevó su bidón de agua dulce. Ya se había resignado a morir de sol y de sed, cuando la red le trajo un tiburón que tenía, en la barriga, una lata de Coca–Cola bien fría y un sombrero, un pantalón y una camisa sin estrenar. Reinaldo Alves ríe con todos sus dientes postizos. No es por despreciar, dice, pero buena fortuna, lo que se dice buena fortuna, tuvo él. En plena navegación, perdió su dentadura. Estornudó y la dentadura voló al agua. Se zambulló, la buscó, no la encontró. Y un par de días después, tuvo la suerte de pescar el lenguado que la estaba usando.

Isaac Asimov pasó horas y horas allí tendido, acribillado por la fusilería del cielo, y no encontró ninguna respuesta. ¿Por qué la naturaleza echa agua a la mar, que tiene agua de sobra, habiendo en el mundo tantas tierras muertas de sed, que a las nubes imploran un favorcito?

Quería volver, pero no sabía cómo, y quería seguir, pero no sabía adónde.

Angelo Giuseppe Roncalli, nacido y crecido en huerta pobre, no lloraba de emoción cuando evocaba su infancia campesina: –Los hombres –decía– tienen tres maneras de arruinarse la vida: las mujeres, los juegos de azar y la agricultura. Mi padre eligió la más aburrida. Pero él subía, cada día, a la Torre del Viento, la torre más alta del Vaticano, y allí se sentaba a mirar. Catalejo en mano, echaba una rápida ojeada sobre las calles y después buscaba las siete colinas de las afueras de Roma, donde la tierra es tierra todavía. Y en la contemplación del lejano verderío pasaba las horas, hasta que el deber lo obligaba a interrumpir la comunión. Entonces, Angelo se ponía el manto blanco, con su lapicera y su cruz al pecho, las únicas propiedades que tenía en este mundo, y regresaba al trono donde volvía a ser el papa Juan XXIII.

En 1992, mientras se celebraban los cinco siglos de algo así como la salvación de las Américas, un sacerdote católico llegó a una comunidad metida’en las hondonadas del sureste mexicano. Antes de la misa, fue la confesión. En lengua tojolobal, los indios contaron sus pecados. Carlos Lenkersdorf hizo lo que pudo traduciendo las confesiones, una tras otra, aunque él bien sabía que es imposible traducir esos misterios: –Dice que ha abandonado al maíz –tradujo Carlos–. Dice que muy triste está la milpa. Muchos días sin ir. –Dice que ha maltratado al fuego. Ha aporreado la lumbre, porque no ardía bien. –Dice que ha profanado el sendero, que lo anduvo macheteando sin razón. –Dice que ha lastimado al buey. –Dice que ha volteado un árbol y no le ha dicho por qué. El sacerdote no supo qué hacer con esos pecados, que no figuran en el catálogo de Moisés.

Jerónimo, el abuelo de José Saramago, no tenía letras, pero era sabido; y callaba lo que sabía. Cuando se enfermó, supo que había llegado su hora. Y calladamente caminó por el huerto, deteniéndose de árbol en árbol, y uno por uno los abrazó. Abrazó a la higuera, al laurel, al granado y a los tres o cuatro olivos. En el camino, un automóvil esperaba. El automóvil se lo llevó hacia Lisboa, hacia la muerte.

Lucila creía en el Paraíso, y sabía que se lo merecía, pero se sentía mucho mejor en casa. Para despistar a la muerte, dormía cada noche en un lugar diferente. Nunca le faltaba algún tataranieto para ayudarla a correr la cama, y de oreja a oreja sonreía pensando en el chasco que se llevaría la Parca cuando viniera a buscarla.

Se llamaba Las telitas, por las telarañas que la araña Ramona tejía en el techo, sin descanso, dando ejemplo de laboriosidad a los vecinos del puerto de Montevideo. Era verdulería durante el día y vinería en la noche. Bajo las estrellas, los nocheros bebíamos y cantábamos y charlábamos. Las deudas se anotaban en una pared, detrás del mostrador. –Esa pared se cae de sucia –comentaban los clientes, como al pasar, entre trago y trago. Los hermanos D”Alessandro, el Lito y el Rafa, el gordo y el flaco, se hacían los sordos, hasta que ya no tenían dónde anotar más numeritos. Entonces ocurría la Noche del Perdón, y la cal blanqueaba las cuentas. Los clientes viejos celebraban el acontecimiento, y los clientes nuevos eran bautizados con un toquecito de vino en la frente.

Testigos no hubo, más que el caballo, que ya es muerto. Del peón, comido por las hormigas y los soles, no se guardó ni el nombre: sólo quedaron los huesos, con los brazos en cruz, sobre la tierra roja. Y don Carmen no era hombre de andar hablando de estas cuestiones, porque la propiedad privada forma parte de la vida privada, y la vida privada es cosa de uno.

Sarah Tarler Bergholz era muy bajita. Ella no tenía que sentarse para que sus nietos le cepillaran la melena, que en caracoles caía desde la cara simpática hasta el ombligo. Sarah estaba tan gorda que ya ni podía respirar. En un hospital de Chicago, el médico le dijo lo que era evidente: para recuperar la proporción entre la estatura y el volumen, debía hacer una dieta rigurosa y eliminar las grasas. Ella tenía voz de seda. Sus más enérgicas afirmaciones parecían confidencias. Hablando como en secreto, miró fijo al médico, y dijo: –Yo no estoy segura de que la vida valga la pena sin salame. Muriq, abrazada a su perdición, el año siguiente. Le falló el corazón. Para la ciencia, el caso estaba claro; pero nunca se sabrá si el corazón estaba harto de salame, o cansado de darse.

Aprendió que el eclipse ocurre porque el sol y la luna son una pareja que se lleva mal, sol de fuego, luna de agua, y cuando se encuentran se pelean, y el sol quema a la luna o la luna moja al sol y lo apaga; y aprendió que la lluvia es hermana de los ríos; que por los ríos corre la sangre de la tierra, y hay inundación cuando la sangre se derrama; que la niebla se mata de risa burlando a los caminantes; que la helada es tuerta, y por eso quema los cultivos por un solo lado; que el ventarrón se relame comiéndose las semillas sembradas en luna verde; y que el remolino da vueltas porque tiene un solo pie.

Es el más antiguo de los árboles. Está en el mundo desde la época de los dinosaurios. Dicen que sus hojas evitan el asma, calman el dolor de cabeza y alivian los achaques de la vejez. También dicen que el ginkgo es el mejor remedio para la mala memoria. Eso sí que está probado. Cuando la bomba atómica convirtió a la ciudad de Hiroshima en un desierto de negrura, un viejo ginkgo cayó fulminado cerca del centro de la explosión. El árbol quedó tan calcinado como el templo budista que el árbol protegía. Tres años después, alguien descubrió que una lucecita verde asomaba en el carbón. El tronco muerto había dado un brote. El árbol renació, abrió sus brazos, floreció. Ese sobreviviente de la matanza sigue estando ahí. Para que se sepa.

La jubilación es una mierda que no alcanza ni para pagar la soga donde colgarse.

El último aguti paca, o cuy de monte, que pasa las noches caminando en círculos y pasa los días escondido bajo el tronco hueco de un árbol caído. Él es el único de su especie que queda vivo en esta región. Todos los suyos han sido exterminados. Mientras espera la muerte, no tiene a nadie con quien conversar.

Dicen que si una muchacha besa un sapo, el sapo se convierte en príncipe. El sapo no parece muy besable, pero algunas probaron. No funcionó. En cambio, cuando los pesticidas químicos besaron a las ranas, las ranas se convirtieron en monstruos.

En Brasil, los campesinos preguntaron: ¿Por qué hay tanta gente sin tierra habiendo tanta tierra sin gente? Les respondieron a balazos. Pero el miedo era su única herencia, y lo habían perdido. Siguieron preguntando, y conquistando tierras, y cometiendo el delito de querer trabajar. Fueron millones y siguieron preguntando. Preguntaron: ¿Por qué se permite que las torturas químicas atormenten a la tierra? Y también: ¿Qué será de nosotros si las semillas dejan de ser semillas? A principios del año 2001, los campesinos sin tierra invadieron una plantación experimental de semillas genéticamente modificadas, de la empresa Monsanto, en Río Grande do Sul. No dejaron en pie ni una sola planta de soja artificial. La plantación se llamaba Náo me toque.

De los topos, aprendimos a hacer túneles. De los castores, aprendimos a hacer diques. De los pájaros, aprendimos a hacer casas. De las arañas, aprendimos a tejer. Del tronco que rodaba cuesta abajo, aprendimos la rueda. Del tronco que flotaba a la deriva, aprendimos la nave. Del viento, aprendimos la vela. ¿Quién nos habrá enseñado las malas mañas? ¿De quién aprendimos a atormentar al prójimo y a humillar al mundo?

Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso. Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los aXudó a pelear contra el miedo y el frío. Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse. Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.

Una larga mesa de amigos, en el restorán Plataforma, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro. Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más. –No –dijo Tom, cuando alguien se arrimó–. Estoy en una conversa muy importante. Y cuando se acercó otro amigo: –Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar. Y a otro: –Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave. En ese rincón aparte, Tom y Zó Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde. Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.

Los cronistas de la conquista de América se deshicieron en elogios a esa fruta rara, jamás vista ni saboreada, que los indios mexicanos llamaban ahuacátl y los peruanos palta. Escribieron los cronistas que su forma semejaba a las peras, pero más se parecía a los pechos de moza doncella. Que crecía en los montes sin trabajo alguno, con Dios por hortelano. Que su delicada manteca, ni dulce ni amarga, regalaba suavidad a la boca, salud a los enfermos y fuerza a los flojos. Y que no había nada mejor para dar ardor al amor. Ella, la fruta, opinó que muy merecidos eran esos homenajes, y para que el tiempo no los borrara ofreció a los cronistas la tinta indeleble de sus semillas. Con tinta de aguacate, con tinta de palta, fueron escritas las alabanzas.

Albert Londres había viajado mucho y había escrito mucho. Había escrito sobre los hervideros de furia de los Balcanes y de Argelia, las trincheras de la primera guerra mundial, las barricadas de Rusia y de China, la trata de negros en Dakar y la trata de blancas en Buenos Aires, las penurias de los pescadores de perlas en Adén y el infierno de los presos en Cayena. Una noche serena, cuando caminaba por las calles de Shangai, algo como un rayo lo golpeó con la violenta luz de la revelación. Algún dios, supongo, le hizo ese favor, por gentileza o crueldad. Desde entonces, no pudo comer ni dormir. Todas las horas de su vigilia y de su sueño fueron consagradas a crear un libro que iba a ser el primero, aunque ya llevaba veinte libros publicados. Empezó a trabajar encerrado en su habitación de un hotel del puerto y continuó su tarea, fiebre sin pausa, metido en su camarote de un buque llamado Georges Philippar. Al llegar a las aguas del mar Rojo, el buque se incendió. Albert no tuvo más remedio que salir a cubierta y a los empujones fue arrojado a un bote salvavidas. Ya el bote se estaba alejando del naufragio, cuando Albert se golpeó la frente, gritó imi libro! y se echó al agua. Nadando, llegó. Trepó como pudo al buque en llamas y se metió en el fuego, donde su libro ardía. Y nunca más se supo de ninguno de los dos.

Las ideas del semanario Marcha revelaban cierta inclinación al rojo, pero más rojos estaban los números. Hugo Alfaro, que además de ser periodista hacía las veces de administrador y cumplía la insalubre tarea de pagar las cuentas, saltaba de alegría en raras ocasiones: –¡Tenemos la edición financiada! Había llegado publicidad. En la historia universal del periodismo independiente, siempre se ha celebrado semejante milagro como una prueba de la existencia de Dios. Pero al director, Carlos Quijano, se le ponía verde la cara. Horror: no había peor noticia que aquella buena noticia. Si entraba publicidad, se iba a sacrificar alguna página, o varias, y cada pedacito de página era un sagrado espacio imprescindible para cuestionar certezas, arrancar máscaras, alborotar avisperos y ayudar a que mañana no fuera otro nombre de hoy. Al cabo de treinta y cuatro años, la dictadura militar irrumpió en el Uruguay y acabó con Marcha y otras locuras.

Los demás pobladores de La Habana no compartían para nada esa certeza, pero el poeta no tenía buena opinión de las opiniones ajenas.

Yo de aquí no me levanto, hasta que no sepa quién soy.

Si las mujeres fueran necesarias, Dios tendría una.

–Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas.
–Del mismo que tú –sonrió el director.
–¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?

Bautista Riolfo era electricista y sieteoficios, un todero que arreglaba tractores, relojes, molinos, radios o escopetas. La joroba que tenía en la espalda le había salido de tanto agacharse hurgando enchufes, engranajes y rarezas. René Favaloro, el único médico de la comarca, también era todero. Con los pocos instrumentos que tenía y los remedios que encontraba, oficiaba de cardiólogo, cirujano, partero, psicólogo y especialista en todo lo que se necesitara componer. Un buen día, René viajó a Bahía Blanca y a la vuelta se trajo una máquina jamás vista en aquellas soledades habitadas por el viento y el polvo. Ese tocadiscos tenía sus mañas. En un par de meses, se negó a seguir funcionando. Y ahí vino Bautista, en su bicicleta. Sentado en el suelo, se rascó la barba, investigó, soldó unos cablecitos, ajustó tornillos y arandelas: A ver ahora –dijo. Para probar el aparato, René eligió un disco, la Novena de Beethoven, y colocó la púa en su movimiento preferido. Y la música invadió la casa y se echó a volar por la ventana abierta, hacia la noche, hacia la tierra sin nadie; y siguió viva en el aire cuando el disco dejó de girar. René comentó algo, o algo preguntó, pero Bautista no contestó nada. Bautista tenía la cara estrujada entre las manos. Un largo rato pasó, hasta que el electricista consiguió decir: –Perdone, don René, pero yo nunca había escuchado eso. Yo no sabía que esa… esa electricidad existía en el mundo.

Algunas noches, en los cafés, la competencia venía brava: –A mí, en los tiempos de la infancia, me meó un león –decía uno, sin alzar la voz, negando importancia a su tragedia. –A mí, lo que más me gustaba era caminar por las paredes –confesaba otro, y se quejaba porque en su casa le prohibían el pasatiempo. Y otro: –Yo, de muchacho, escribía poemas de amor. Los perdí en un tren. ¿Y quién los encontró? Neruda. Don Arnaldo, de profesión odontólogo, no se dejaba intimidar. Acodado en el mostrador, soltaba un nombre: –Libertad Lamarque. Esperaba el impacto, y después: –– –¿Les suena? Y entonces evocaba su encuentro con la Novia de América. Don Arnaldo asentía, Una madrugada, allá por los años treinta, Libertad Lamarque, cantante y actriz, venía sufriendo duro castigo en un hotel de Santiago de Chile. El marido le estaba volando bofetadas, porque más vale prevenir que curar, y en plena biaba Libertad gritó:–íBasta! íVos lo quisiste! y se arrojó en picada desde la ventana del cuarto piso. Rebotó en un tollo y cayó encima del odontólogo, que venía de visitar a su mamá y justo en ese momento pasaba por la vereda. Libertad quedó intacta, y también intacta quedó su bata de damasco ornada de dragones chinos: pero el aplastado don Arnaldo fue conducido, en ambulancia, al hospital. Cuando se le recompuso el hueserío, y le quitaron sus vendajes de momia, don Arnaldo empezó a contar la historia que después siguió contando, hasta el fin de sus días. en los cafés y en todo lugar donde hubiera alguna oreja: desde el cielo, desde la alta nube donde moraban las diosas del éter y de las candilejas, aquella estrella fugaz se había dejado caer sobre la tierra, y entre millones de hombres lo había elegido a él, sí, a él, y en sus brazos se había desplomado, para no morirse sola.

Había un gentío a las puertas del cine Yara, en La Habana, y un policía intentaba organizar la cola. La intención era buena, quizás heroica, pero no parecía muy realista. Cada vez que él conseguía poner a la gente en fila, la cola estallaba en un nuevo tumulto. Solita estaba la autoridad, impotente ante la pasión por el cine y la pasión por el caos, cuando la voz de mando se hizo escuchar: –¡Atrás! –ordenó el policía–. íDamas y caballeros, la cola se hace atrás del muro! ¡Del muro, para allá! ––¿Qué muro? –preguntó la multitud, desconcertada. Y la espada del orden explicó: –Si el muro no está… ¡imagínenlo!

A fines del año 1999, el presidente del Uruguay inauguró una escuela en la zona de Pinar Norte. Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora, el primer mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico. El presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero, acompañado por las cámaras de televisión. En su discurso, rindió homenaje a los niños de la patria, que constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se lanzaron al aire globos de colores. Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el presidente regaló un juguete a cada uno de los alumnos. La televisión trasmitió todo en directo. Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el presidente regresó al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlos de manos de los niños.

Horacio Tubio había hecho casa en el valle de El Bolsón. La casa no tenía luz eléctrica. Él había venido desde California, cargando sus modernos chirimbolos: pero la computadora, el fax, el televisor y el lavarropas se negaban a funcionar con luz de velas. Horacio acudió a la oficina correspondiente. Lo atendió un ingeniero. El ingeniero consultó unos enigmáticos mapas, y respondió que el servicio eléctrico ya estaba funcionando en esa zona. –Sí, funciona –reconoció Horacio–. Funciona en el bosque. Los árboles están felices. El ingeniero se indignó y sentenció: ––¿Sabe cuál es su problema? La arrogancia. Con esa arrogancia, usted no va a conseguir nunca nada en la vida. Y le señaló la salida. Horacio se retiró, cerró la puerta. Pero en seguida el ingeniero escuchó: toc–toc. Horacio estaba allí, arrodillado, humillando la cabeza: –Usted, ingeniero, que ha tenido la suerte de poder estudiar… – Levantesé, levantesé. –Usted que tiene un título… –Levantesé, por favor. –Comprenda mi situación, ingeniero. Yo quisiera aprender aleen… Horacio no interrumpió la letanía hasta que la luz eléctrica llegó a su casa.

Hace más de medio siglo, la Comedia Nacional llevó Bodas de sangre a los campos de Salto. Esta obra de Federico García Lorca venía desde otros campos, lejanos campos de Andalucía. Era una tragedia de familias enemigas: una boda rota, una novia robada, dos hombres que se acuchillaban por una mujer. La madre de uno de los muertos exigía a su vecina: —¿Te quieres callar? No quiero llantos en esta casa. Tus lágrimas son lágrimas de los ojos, nada más. Margarita Xirgu era, en escena, esa madre altiva y dolida. Cuando se apagaron los aplausos, un peón de estancia se acercó a Margarita y le dijo, sombrero en mano, la cabeza gacha: –Le acompaño el sentimiento. Yo también perdí un hijo.

HOY FUNCIÓN HOY: Portugal celebró a lo grande los quinientos años del desembarco de Bartolomé Días en las costas del sur del África. Convertido en un gran teatro de la nostalgia imperial, el país puso en escena al osado navegante que había llegado al Cabo de Buena Esperanza en 1487, en una época de alta gloria, cuando Dios había regalado a Portugal la mitad del mundo. Actores vestidos al modo de los tiempos, sedas y terciopelos, finas espadas, sombreros de mucho plumaje, poblaron una copia exacta del navío de Bartolomé Días, que se hizo a la mar y puso proa al África. En la playa sudafricana, estaba previsto, habría una multitud de negros, saltando de alegría y de gratitud ante los navegantes que habían venido, cinco siglos antes, para hacerles el favor de descubrirlos. Pero esa playa era, en 1987, exclusiva para blancos. Los negros tenían prohibida la entrada, por esas cosas del apartheid. Una eufórica multitud de blancos, pintados de negro, recibió a los portugueses.

En 1889, París festejó, con una gran exposición internacional, los cien años de la revolución francesa. Argentina envió una variada muestra de frutos del país, Entre otros, mandó una familia de indios de la Tierra del Fuego. Eran once indios onas, ejemplares raros, una especie en extinción: los últimos onas estaban siendo aniquilados, en esos años, a tiros de winchester. De los once onas enviados, dos murieron en el viaje. Los sobrevivientes fueron exhibidos en una jaula de hierro. Antropófagos sudamericanos, advertía un cartel. Durante los primeros días, no les dieron nada de comer. Los indios aullaban de hambre. Entonces, empezaron a arrojarles algunos pedacitos de carne cruda. Era carne de vaca; pero nadie quería perderse aquel espectáculo horripilante. El público, que había pagado entrada, se agolpaba en torno a la jaula donde los salvajes caníbales disputaban a zarpazos la comida. Así fueron celebrados los primeros cien años de la Declaración de los Derechos del Hombre.

Se cumplían cincuenta años de las explosiones atómicas que habían aniquilado Hiroshima y Nagasaki. La Smithsonian Institution anunció, en Washington, una gran exposición. La muestra iba a incluir mucha información documental y numerosas opiniones de científicos, historiadores especializados y expertos militares. También iba a ofrecer testimonios de los protagonistas, desde el coronel que comandó los bombardeos, a quien aquel asunto nunca le había quitado el sueño, hasta algunos japoneses sobrevivientes, que habían perdido el sueño y todo lo demás. Los visitantes de la exposición corrían el peligro de enterarse de que la multitud asesinada desde el cielo estaba formada, en su mayoría, por mujeres y niños. Y, peor todavía, la amplia documentación reunida podía informarles que las bombas no habían sido arrojadas para ganar la guerra, porque la guerra ya había sido ganada, sino para intimidar a la Unión Soviética, que era el próximo enemigo. Para evitar esos graves riesgos, la muestra se anunció, pero nunca ocurrió. Todo se redujo a la exhibición del Enola Gay, el avión que había descargado las bombas, para que los patriotas fervorosos pudieran besarle la nariz.

Juró que iba a volar. Lo juró por todos los ojales que había abierto y los botones que había colocado y por los incontables trajes y vestidos y abrigos que había medido, recortado, hilvanado y cosido, puntada tras puntada, a lo largo de los días de su vida. Y desde entonces, el sastre Reichelt consagró todo su tiempo a la confección de unas enormes alas de murciélago. Las alas eran plegables, para que pudieran entrar en la covacha donde él tenía taller y vivienda. Por fin, al cabo de mucho trabajo, quedó lista esa complicada armazón de tubos y varillas de metal, toda recubierta de tela. El sastre pasó la noche sin dormir, rogando a Dios que le regalara un día de viento. Y a la mañana siguiente, una mañana de aire fuerte del año 1912, subió a lo más alto de la torre Eiffel, desplegó sus alas y voló su muerte.

Ella era el avión. Tendida en la noche, volaba. De pronto, se dio cuenta de que había perdido el rumbo, y ni siquiera recordaba adónde debía ir. A los pasajeros, los pasajeros que su cuerpo contenía, no les importaba nada ese despiste. Todos estaban muy ocupados bebiendo, comiendo, fumando, charlando y bailando, porque en el avión de su cuerpo había espacio de sobra, sonaba buena música y nada estaba prohibido. Tampoco ella estaba preocupada. Había olvidado su destino, pero las alas, sus brazos desplegados, rozaban la luna y giraban entre las estrellas, dando vueltas por el cielo, y era muy divertido eso de andar atravesando la noche hacia ningún lugar. Helena despertó en la cama, en el aeropuerto.

Dos trenes ingleses chocan entre sí, a la salida de la estación de Paddington. Un bombero se abre paso, a golpes de hacha, y entra en un vagón tumbado. A través del humo, que agrega niebla a la niebla, puede ver a los pasajeros caídos unos sobre otros, maniquíes rotos en pedazos entre las maderas en astillas y los hierros retorcidos. La linterna recorre esos despojos buscando, en vano, algún signo de vida. No se escucha ni un gemido. Sólo rompen el silencio los timbrazos de los teléfonos móviles, que llaman y llaman y llaman desde los muertos.

¿Cuántos millones de personas caben en una sola calle? Aquel mediodía, todos los habitantes de Buenos Aires andaban por Florida, la única calle todavía caminable de la ciudad. Era un gentío de urbanoides escapados de sus envases, una multitud de piernas que caminaban muy apuradas, como si fuera a durar poco ese espacio de exilio en el reino de los motores. En medio de aquella muchedumbre, Rogelio García Lupo advirtió que un señor venía acercándose, trabajosamente, a los codazos, hacia él. El señor, de aspecto respetable, abrió los brazos; y Rogelio, sin tiempo para ponerse a pensar, fue abrazado y abrazó. La cara de ese señor le resultaba vagamente conocida. Rogelio no atinó más que a preguntar: ––Quiénes somos?

En Chicago, no hay nadie que no sea negro. En pleno invierno, en New York, el sol fríe las piedras. En Brooklyn, la gente que llega viva a los treinta años merecería una estatua. Las mejores casas de Miami están hechas de basura. Perseguido por las ratas, Mickey huye de Hollywood. Chicago, New York, Brooklyn, Miami y Hollywood son los nombres de algunos de los barrios de Cité Soleil, el suburbio más miserable de la capital de Haití.

–El lago Titicaca. ¿Conoce usted? –Conozco. Antes, el lago Titicaca estaba aquí. –¿Dónde? –Aquí, pues. Y paseó el brazo por el inmenso secarral. Estábamos en el desierto del Tamarugal. un paisaje de cascajos calcinados que se extendía de horizonte a horizonte, atravesado muy de vez en cuando por alguna lagartija: pero yo no era quién para contradecir a un entendido. Me picó la curiosidad científica. Y el hombre tuvo la amabilidad de explicarme cómo había sido que el lago se había mudado tan lejos: –Cuándo fue, no sé. Yo no era nacido. Se lo llevaron las garzas. En un largo y crudo invierno, el lago se había congelado. Se había hecho hielo de pronto, sin aviso, y las garzas habían quedado atrapadas por las patas. Al cabo de muchos días y muchas noches de batir alas con todas sus fuerzas, las garzas prisioneras habían conseguido, por fin, alzar vuelo, pero con lago y todo. Se llevaron el lago helado y con él anduvieron por los cielos. Cuando el lago se derritió, cayó. Y allá lejos quedó. Yo miraba las nubes. Supongo que no tenía cara de muy convencido, porque el hombre preguntó, con cierto fastidio: –Y si hay platos voladores, dígame usted, ¿por qué no va a haber lagos voladores? ¿Eh?

En ese lugar, como en todos los lugares, estaba de paso. Él siempre llegaba para partir. Venía de cien países y de doscientos relojes de sol, y se iba cuando se enamoraba, fugitivo del peligro de echar raíz en una cama o en una casa. Para irse, prefería el amanecer. Cuando el sol estaba viniendo, se iba. No bien se abrían las puertas de la estación de trenes o autobuses, don Félix echaba al mostrador los pocos billetes que había juntado, y mandaba: –Hasta donde llegue.

Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de sus ríos. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua. No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano. En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible. Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente. Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los suelos arrasados. Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar. Sebastiáo Salgado los ha fotografiado, en cuarenta países, durante varios años. De su largo trabajo, quedan trescientas imágenes. Y las trescientas imágenes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Suma solamente un segundo toda la luz que ha entrado en la cámara, a lo largo de tantas fotografías: apenas una guiñada en los ojos del sol, no más que un instantito en la memoria del tiempo.

En el mes de marzo del año 2000, sesenta haitianos se lanzaron a las aguas del mar Caribe, en un barquito de morondanga. Los sesenta murieron ahogados. Como era una noticia de rutina, nadie se enteró. Los tragados por las aguas habían sido, todos, cultivadores de arroz. Desesperados, huían. En Haití, los campesinos arroceros se han convertido en balseros o en mendigos, desde que el Fondo Monetario Internacional prohibió la protección que el estado brindaba a la producción nacional. Ahora Haití compra el arroz en los Estados Unidos, donde el Fondo Monetario Internacional, que es bastante distraído, se ha olvidado de prohibir la protección que el estado brinda a la producción nacional.

El Chato llevaba muchos años detrás de aquel mostrador. Servía bebidas, a veces las inventaba. Callaba, a veces escuchaba. Conocía las costumbres y las manías de cada uno de los clientes que venían, noche tras noche, a mojar la garganta. Había un hombre que llegaba siempre a la misma hora, a las ocho en punto de cada noche, y pedía dos copas de vino blanco seco. Pedía las dos a la vez y las bebía él solo, un sorbo de una copa, un sorbo de la otra. Muy lentamente, en silencio, el hombre vaciaba sus dos copas, pagaba y se marchaba. El Chato tenía la costumbre de no preguntar. Pero una noche el hombre le leyó alguna curiosidad en los ojos; y como quien no quiere la cosa, contó. Dijo que su amigo más amigo, su amigo de siempre, se había ido. Harto de correr la liebre, se había ido muy lejos del Uruguay, y ahora estaba en Canadá. –Allá le va muy bien –dijo. Y después dijo: –No sé si le va muy bien. Y se calló la boca. Desde que su amigo se había ido, los dos se encontraban cada noche, a las ocho en punto, hora de Montevideo, él en este bar de aquí y su amigo en un bar de allá, y bebían úna copa juntos. Y así pasó el tiempo, noche tras noche. Hasta que una vez el hombre llegó con la puntualidad de siempre pero pidió una sola copa. Y bebió, lento, callado, quizás un poco más lento y callado que de costumbre, hasta la última gota de esa única copa. Y cuando pagó la cuenta y se levantó para marcharse, el Chato hizo lo que nunca: lo tocó. Estiró el brazo sobre el mostrador y lo tocó: –Mi pésame–dijo.

Habían pasado ya unos cuantos años desde el fin de la guerra de España, pero todavía los vencidos la continuaban, en las tardes, discutiendo a gritos en los cafés de Montevideo; y en las noches consolaban la derrota en las vinerías, cantando, abrazados, sus canciones de las trincheras. Uno de los exiliados, que había peleado en el frente republicano desde ‘el principio hasta el fin, me contaba la guerra, paso a paso, en la cocina de su casa. Las batallas ocurrían sobre el mantel. Las cucharitas, el azucarero y las tazas de café con leche señalaban las posiciones de los milicianos y de las tropas de Franco. Un cuchillo se inclinaba y disparaba un cañonazo, que volteaba el tarro de mermelada, rojo de sangre. Los vasos, los tanques, avanzaban rodando sobre las tostadas, que aplastadas crujían. Los aviones de Hitler arrojaban naranjas y panes que estremecían la mesa y arrasaban los escarbadientes, que eran la infantería. En aquella mesa del desayuno, me dolían en los oídos y en el alma los truenos de las bombas, la tormenta de la metralla y los aullidos de las víctimas.

El andante, volvía al camino, porque el camino es el destino.

Las hormigas del desierto asoman desde las profundidades y se lanzan a los arenales. Buscan comida por aquí, por allá; y en sus andanzas se van apartando de su casa más y más. Mucho después regresan, desde lejos, cargando a duras penas los alimentos que han encontrado donde nada había. El desierto se burla de los mapas. La arena, revuelta por el viento, nunca está donde estaba. En esa ardiente inmensidad, cualquiera se pierde. Pero las hormigas recorren el camino más corto hacia su casa. Marchando en línea recta, sin vacilar, vuelven al exacto punto de salida, y excavan hasta encontrar el minúsculo orificio que conduce a su hormiguero. Jamás confunden el rumbo, ni se meten en agujero ajeno. Nadie entiende cómo pueden saber tanto estos cerebritos que pesan un miligramo.

A poco de nacer, los salmones abandonan sus ríos y se marchan a la mar. En aguas lejanas pasan la vida, hasta que emprenden el largo viaje de regreso. Desde la mar, remontan los ríos. Guiados por alguna brújula secreta, nadan a contracorriente, sin detenerse nunca, saltando a través de las cascadas y de los pedregales. Al cabo de muchas leguas, llegan al lugar donde nacieron. Vuelven para parir y morir.

Las estadísticas dicen que son muchos los pobres del mundo, pero los pobres del mundo son muchos más que los muchos que parece que son. La joven investigadora Catalina Álvarez Insúa ha señalado un criterio útil para corregir los cálculos: –Pobres son los que tienen la puerta cerrada –dijo. Cuando formuló su definición, ella tenía tres años de edad. La mejor edad para asomarse al mundo, y ver.

Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante. Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo: –Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso? Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía: –Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto. –Sí. doctor, gracias. Ahora, por favor, ¿me toma el pulso? Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible. Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra. Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo. Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.

Recibo, por correo, un folleto de ofertas para este día tan especial. Ahí está lo mejor que uno puede regalar a la abnegada autora de sus días. Noches tranquilas, promete el folleto, que a precios razonables vende alarmas de control remoto, sirenas antivándalos, llaves electrónicas de seguridad, rejas invulnerables, cámaras de vigilancia, sensores infrarrojos con lente triple y sensores magnéticos para puertas y portones.

En 1984, enviado por alguna organización de derechos humanos, Luis Niño recorrió las galerías de la cárcel de Lurigancho, en Lima. Luis se hundió en aquella soledad amontonada. A duras penas se abrió paso entre los presos haraposos o desnudos. Después, pidió hablar con el director de la cárcel. El director no estaba. Lo recibió el jefe de los servicios médicos. Luis dijo que había visto algunos presos en agonía, vomitando sangre, y a muchos más humeando fiebres y comidos por las llagas, y no había visto ningún médico. El jefe explicó: –Los médicos sólo entramos en acción cuando nos llaman los enfermeros. –¿Y dónde están los enfermeros? –No tenemos presupuesto para pagar enfermeros.

Según dicen los que saben, Malverde fue llamado así porque entre lo verde se escondía y se disfrazaba de árbol para despistar a la policía mexicana. Hay quienes dicen que nunca existió este ladrón que repartía lo que robaba; pero nadie niega que existe. Aunque no es santo del Vaticano, tiene capilla propia en Culiacán, a unos pasos del palacio donde gobierna el gobierno. El gobierno promete milagros. Malverde los hace. Desde la sierra y desde la mar, acuden los peregrinos, que en la capilla dejan sus gratitudes: las hojas del primer maíz de mi cosecha, mi primer camarón pescado en la temporada, la bala que no me mató. En el altar, hay una hilera de limones. Cada creyente se lleva uno. Comidos solos, los limones limpian la boca. Comidos con fe, limpian el alma y dan buena suerte. La capilla se alza en el lugar donde Malverde quedó tirado, cuando lo acribillaron a balazos. Eso fue hace muchos años. Prohibieron el entierro; y ahí empezó la pedrea. De todas partes venía gente a tirar piedras. Feliz estaba la autoridad, viendo cómo la ciudadanía apedreaba al bandido. Una alta pirámide de piedras cubrió a Malverde. Mintiendo castigo, el pueblo le dio casa.

El general Arturo Durazo, que dirigía la policía de México, cobraba a fin de mes los sueldos de dos mil agentes que habían muerto o que nunca habían nacido. También cobraba una comisión por cada gramo de cocaína o heroína que pasaba por el país, y quien se hacía el distraído pagaba con la mercancía o la existencia. Para redondear sus ingresos, el jefe del orden público vendía, además, plazas de oficiales, a millón y medio de pesos el puesto de coronel; pero regalaba el grado de capitán a los cantantes que más le gustaban. En 1982, recibió el título de Doctor Honoris Causa y los diarios lo exhibieron vestido de toga y birrete. Para entonces, con los ahorros de toda una vida consagrada al trabajo, el general Durazo había podido realizar el sueño de las casas propias. Tenía unas cuantas en México y en el mundo. De sus hogares mexicanos, uno lucía muebles de Francia, otro contaba con hipódromo inglés y discoteca de Nueva York, otro reproducía un chalet de los Alpes y no podía faltar una copia exacta del Partenón, con piscina al centro. Terminó preso, por exagerado.

En 1999, según informó el diario The Times of India, una nueva institución educativa estaba funcionando exitosamente en la ciudad de Muzaffarnagar, al oeste del estado de Uttar Pradesh. Allí se ofrecía a los adolescentes una formación especializada. Uno de los tres directores, el pedagogo Susheel Mooch, tenía a su cargo el curso más sofisticado, que incluía, entre otras materias, Secuestros, Extorsiones y Ejecuciones. Los otros dos directores se ocupaban de materias más convencionales. Todos los cursos incluían trabajos prácticos. Por ejemplo, para la enseñanza del robo en autopistas y carreteras, los estudiantes, agazapados, arrojaban algún objeto metálico sobre el automóvil que elegían: el impacto detenía al sorprendido conductor y entonces se procedía al asalto, que el docente supervisaba. Esta escuela había surgido para dar respuesta a una necesidad del mercado y para cumplir una función social. Según explicaron los responsables de la institución, el mercado exigía niveles cada vez más altos de especialización en el área del delito, y la educación criminal era la única formación profesional capaz de asegurar a los jóvenes un trabajo bien remunerado y permanente. La noticia me dejó preocupado. Desde que la leí, he estado meditando el asunto. ¿Cuántos maestros de las escuelas tradicionales podrán reciclarse y adaptarse a estas exigencias de la modernidad?

En América Latina, las dictaduras militares quemaban los libros subversivos. Ahora, en democracia, se queman los libros de contabilidad. Las dictaduras militares desaparecían gente. Las dictaduras financieras desaparecen dinero. Un buen día, los bancos de la Argentina se negaron a devolver el dinero de los ahorristas. Norberto Roglich había guardado sus ahorros en el banco, para que no los comieran los ratones ni los robaran los ladrones. Cuando fue asaltado por el banco, don Norberto estaba muy enfermo, porque los años no vienen solos, y la jubilación no daba para pagar los remedios. De modo que no le quedaba otra: desesperado, penetró en la fortaleza financiera y sin pedir permiso se abrió paso hasta el escritorio del gerente. En el puño, apretaba una granada: –O me dan mi plata o volamos todos. La granada era de juguete, pero hizo el milagro: el banco le entregó su dinero. Después, don Norberto marchó preso. El fiscal pidió de ocho a dieciséis años de cárcel. Para él, no para el banco.

Según el diccionario de nuestro tiempo, las buenas acciones ya no son los nobles gestos del corazón, sino las acciones que cotizan bien en la Bolsa, y la Bolsa es el escenario donde ocurren las crisis de valores. El mercado ya no es el entrañable lugar donde uno compra frutas y verduras en el barrio. Ahora se llama Mercado un temible señor sin rostro, que dice ser eterno y nos vigila y nos castiga. Sus intérpretes anuncian: El Mercado está nervioso, y advierten: No hay que irritar al Mercado. Comunidad internacional es el nombre de los grandes banqueros y de los jefes guerreros. Sus planes de ayuda venden salvavidas de plomo a los países que ellos ahogan y sus misiones de paz pacifican a los muertos. En los Estados Unidos, el Ministerio de Ataques se llama Secretaría de Defensa, y se llaman bombardeos humanitarios sus diluvios de misiles contra el mundo. En una pared, escrito por alguien, escrito por todos, leo: “A mí me duele la voz”.

En 1921, los peones de la Patagonia se alzaron en huelga. Entonces los estancieros llamaron al embajador británico qué llamó al presidente argentino que llamó al ejército. A tiros de máuser, el ejército acabó con la huelga y con los huelguistas también. Los peones fueron arrojados a las fosas comunes abiertas en las estancias; y para la zafra siguiente no quedaba vivo nadie que supiera esquilar las ovejas. El capitán Pedro Viñas Ibarra comandó las operaciones en una de las estancias. Medio siglo después, cuando ya el capitán era coronel jubilado, Osvaldo Bayer habló con él. Escuchó la historia oficial: Ah, sí –evocó el militar–. La estancia Anita. Aquel combate. Bayer quería saber por qué aquel combate había dejado seiscientos obreros muertos y ningún soldado muerto, ni herido, ni lastimado. Y el brazo armado del orden, amablemente, explicó: –El viento. Nosotros nos poníamos del lado del viento. Por eso las balas nuestras no se desviaban. Las balas de ellos, a contraviento, se perdían.

En 1839, el embajador norteamericano en Honduras, John Lloyd Stephens, compró la ciudad maya de Copán, con dioses y todo, por cincuenta dólares. En 1892, en las cercanías de Nueva York, un jefe indígena iroqués vendió las cuatro fajas sagradas que su comunidad guardaba desde siempre. Como las ruinas alzadas en la maleza de Copán, esas fajas de conchillas contaban la historia colectiva. El general Henry B. Carrington las compró por setenta y cinco dólares. Para blanquear la República Dominicana, el general Rafael Leánidas Trujillo asesinó a dieciocho mil negros en 1937. Eran todos haitianos, como su abuela materna. Trujillo pagó al gobierno de Haití una indemnización de veintinueve dólares por muerto. En el año 2001, al cabo de varios procesos por sus crímenes, el general chileno Augusto Pinochet terminó pagando una multa de 3.500 dólares. Un dólar por muerto.

En 1499, en Granada, el arzobispo Cisneros echó a las llamas los libros que contaban ocho siglos de cultura islámica en España, mientras trece siglos de cultura judía ardían en las hogueras de la Inquisición. En 1562, en Yucatán, fray Diego de Landa mandó a la hoguera ocho siglos de literatura maya. Otros incendios hubo antes en el mundo, memorias arrojadas al fuego, y muchos hubo después. En el año 2003, cuando las tropas invasoras concluyeron la conquista de Irak, los vencedores rodearon con tanques y soldados los pozos de petróleo, las reservas de petróleo y el Ministerio del Petróleo. En cambio, los soldados silbaron y miraron para otro lado cuando fueron vaciados todos los museos y fueron robados los libros de barro cocido que contaban las primeras leyendas, las primeras historias y las primeras leyes escritas en el mundo. Acto seguido, fueron quemados los libros de papel. Ardió la Biblioteca Nacional de Bagdad, y se hicieron cenizas más de medio millón de libros. Muchos de los primeros libros impresos en lengua árabe y en lengua persa murieron allí.

Grandes Invenciones de la Humanidad: no se sabe quién inventó la rueda que mueve las carretillas y las máquinas, pero sí se conoce el nombre del inventor de la rueda que mueve la economía. Fue Marco Licinio Craso, nacido en el año 115 antes de Cristo. Él descubrió que la vitalidad del mercado depende del impulso mutuo entre la oferta y la demanda de bienes y servicios. Para poner en práctica esta ley del circuito económico, fundó una empresa en Roma. Así nació la primera empresa privada de bomberos. Tuvo mucho éxito. Don Marco Licinio provocaba los incendios y después cobraba por apagarlos.

Pepe Arias fundó la primera empresa virtual. Medio siglo antes de que nacieran los negocios on line y el índice Nasdaq, él puso en venta un terreno de cuatro mil metros cuadrados, en pleno centro de Buenos Aires. Pepe recibía a los interesados con el contrato en la mano, ya listo para la firma. Los recibía de pie, porque el espacio no alcanzaba para meter ni una silla. –¿Dónde está el terreno?–preguntaban. –Aquí. –¿Aquí? —Sí señor–aclaraba Pepe, alzando los brazos al cielo–. Son cuatro mil metros cuadrados, pero para arriba.

Largo fue el tiempo de la desgracia. Cada día era peor que el anterior y mejor que el siguiente, hasta que una noche Salim frotó una lamparita quemada y recibió la visita de un duende venido desde su remoto país. Y el duende le reveló la fórmula mágica: había que cobrar entrada. Y entonces, cambió la suerte. Todo el pueblo hacía cola.

La pócima Z no es una novedad tecnológica en la era de la globalización laboral, sino un antiguo secreto de las tradiciones de Haití. Así se aplica: En la noche, las abejas alimentadas con la pócima Z clavan sus dardos en el cuerpo de alguien que duerme. Al amanecer, el inoculado no consigue levantarse. Al mediodía, se apaga como una vela. Al atardecer, sus queridos lo llevan, en andas, al cementerio. A la medianoche, el difunto abre su tumba y vuelve al mundo. El regresado, convertido en zombi, ha perdido la pasión y la memoria. Trabaja sin horario ni salario, moliendo caña o alzando paredes o cargando leña, los ojos idos, callada la boca: no se queja jamás, ni exige nada, ni pide siquiera.

Vivió obedeciendo al mandato bíblico y a la tradición histórica. Ella barría, lustraba, enjabonaba, enjuagaba, planchaba, cosía y cocinaba. A las ocho en punto de la mañana servía el desayuno, con una cucharada de miel para el eterno ardor de garganta de su marido. A las doce en punto servía el almuerzo, consomé, puré de papas, pollo hervido, duraznos en almíbar; y a las ocho en punto la cena, con el mismo menú. Jamás se atrasó, jamás se adelantó. Comía en silencio, porque no era mujer opinativa ni preguntativa, mientras el marido contaba hazañas presentes y pasadas. Después de la cena, se demoraba lavando lentamente los platos, y entraba en la cama rogando a Dios que él estuviera dormido. Para entonces ya se habían difundido bastante la máquina lavarropas, la aspiradora eléctrica y el orgasmo femenino, que habían llegado poco después de la penicilina; pero ella no se enteraba de las novedades. Sólo escuchaba los radioteatros, y rara vez salía del refugio de paz donde vivía a salvo de la violencia del mundo. Una tarde, salió. Fue a visitar a una hermana enferma. Cuando regresó, al anochecer, encontró al marido muerto. Algunos años después, la abnegada confesó que esta historia no había terminado exactamente así. Contó el otro final a un vecino llamado Gerardo Mendive, que se lo contó a un vecino que se lo contó a otro vecino que se lo contó a otro: al volver de la casa de la hermana, ella encontró al marido caído en el suelo, jadeando, bizqueando, la cara de color tomate, y pasó de largo, se metió en la cocina, preparó un inolvidable banquete de calamares en su tinta y merluza a la vasca, con un postre de alta torre de frutas y de helados, todo regado con un vino añejo que tenía escondido, y a las ocho en punto de la noche, como era su deber, sirvió la cena, se hartó de comer y de beber, confirmó que él estaba definitivamente quieto en el suelo, se persignó, se vistió de negro y llamó por teléfono al médico.

No fueron dos. Fueron tres: en el 2002 hubo también un tercer campeonato mundial. Consistió en un solo partido, que se disputó en los picos del Himalaya el mismo día en que Brasil se consagró campeón en Tokio. Nadie se enteró. Midieron sus fuerzas las dos peores selecciones del planeta, la última y la penúltima en el ranking mundial: el reino de Bhután y la isla caribeña de Monserrat. El trofeo era una gran copa plateada, que esperaba a la orilla de la cancha. Los jugadores, ningún famoso, todos anónimos, lo pasaron en grande, sin más obligación que divertirse mucho. Y cuando los dos equipos terminaron el partido, la copa, que estaba pegada por la mitad, se abrió en dos y fue por los dos compartida. Bhután había ganado y Monserrat había perdido, pero ese detalle no tenía la menor importancia.

Vivir es una costumbre mortal, contra eso no hay quien pueda, y también doña Asunción Gutiérrez murió, al cabo de un largo siglo de vida. Parientes y vecinos la velaron en su casa, en Managua. Ya hacía rato–que habían pasado del llanto a la fiesta, ya las lágrimas habían abierto paso a los tragos y a las risas, cuando en lo mejor de la noche, doña Asunción se alzó en el ataúd. Sáquenme de aquí, babosos –mandó. Y se sentó a comer un tamalito, sin hacer el menor caso de nadie. En silencio, los deudos se fueron retirando. Ya los cuentos no tenían quien los contara, ni los naipes quien los jugara, y los tragos habían perdido su pretexto. Velorio sin muerto, no tiene gracia. La gente se perdió por las calles de tierra, sin saber qué hacer con lo que quedaba de la noche. Uno de los bisnietos comentó, indignado: –Es la tercera vez que la vieja nos hace esto.

Corría el año 1916, año de elecciones en la Argentina. En el pueblo de Campana, se votaba en la trastienda del almacén de ramos generales. José Gelman, de profesión carpintero, fue el primero en llegar. Iba a votar por primera vez en la vida, y el deber cívico le hinchaba el pecho. Aquella mañana, iba a ingresar en la democracia este inmigrante venido del otro lado del mundo, que no había conocido nada más que el despotismo militar de la lejana Ucrania. Cuando José estaba metiendo su voto en la urna, voto por el Partido Radical, una voz ronca le paralizó la mano: –Te estás equivocando de montón –advirtió la voz. Por entre las rejas de la ventana, asomó el caño de una escopeta. El caño apuntó al montón correcto, donde estaban las listas del Partido Conservador.

Árboles de color canela, frutos dorados. Manos de caoba envuelven las semillas blancas en paquetes de grandes hojas verdes. Las semillas fermentan al sol. Después, ya desenvueltas, el sol las seca, a la intemperie, y lentamente las pinta de cobre. Entonces, el cacao inicia su viaje por la mar azul. Desde las manos que lo cultivan hasta las bocas que lo comen, el cacao se procesa en las fábricas de Cacibury, Mars, Nestlé o Hershey y se vende en los supermercados del mundo: por cada dólar que entra en la caja, tres centavos y medio van a las aldeas de donde el cacao viene. Un periodista de Toronto, Richard Swift, estuvo en una de esas aldeas, en las montañas de Ghana. Recorrió las plantaciones. Cuando se sentó a descansar, sacó de su mochila unas barras de chocolate. Antes del primer mordisco, se encontró rodeado de niños curiosos. Ellos nunca habían probado eso. Les encantó.

A los veintiséis años, entró al quirófano por primera vez. Desde entonces, vivió entre el quirófano y el escenario. ¿De qué color es la cumbre del mundo? Del color de la nieve. Para ser rey de reyes, el más alto entre los altos, él cambió de piel, de nariz, de labios, de cejas y de pelo. Pintó de blanco su piel negra, afiló su nariz ancha, sus labios gruesos y sus cejas pobladas y se implantó pelo lacio en la cabeza. Gracias a la industria química y a las artes de la cirugía, de inyección en inyección, de operación en operación, al cabo de veinte años su imagen quedó limpia de la maldición africana. Ya no tenía ni una sola mancha. La Ciencia había derrotado a la naturaleza. Para entonces, su piel tenía el color de los muertos, su nariz muchas veces mutilada había sido reducida a una cicatriz con dos agujeros, su boca era un tajo teñido de rojo y sus cejas un dibujo de susto, y se cubría la cabeza con pelucas. Nada quedaba de él. Sólo el nombre. Se seguía llamando Michael Jackson.

A la orilla del altar, en las iglesias de México, se acumulan los exvotos. Son imágenes y letras, pintadas sobre latitas, que dan gracias a la Virgen de Guadalupe, porque las tropas de Pancho Villa violaron a mi hermana y a mí no; gracias al Santo Niño de Atocha, porque tengo tres hermanas y yo soy la más fea y me casé primero; gracias a la Virgencita de los Dolores, porque antenoche mi mujer se juyó con mi compadre Anselmo y con eso él va a pagar todas las que me ha hecho; gracias al Dibino Rostro de Acapulco, porque maté a mi marido i no me isieron nada. Así era. Y sigue siendo. Pero también se ven novedades, como los exvotos que dan gracias a Nuestro Señor Jesucristo porque crucé el río y me vine a los Estéis y no me augué ni me murieron. Alfredo Vilchis, llamado Leonardo da Vilchis, pinta exvotos por encargo en el mercado de la Lagunilla. Sus Jesucristos tienen, todos, la cara de él. Y con frecuencia también pinta, para acompañar las palabras de gratitud, arcángeles vestidos de futbolistas. Son muchos los clientes que se han encomendado al Cielo en vísperas de los partidos decisivos, y el divino poder ha otorgado la gracia de los goles al club de sus amores o a la selección mexicana.

Al fin del verano del 96, José Luis Chilavert hizo un gol histórico en Buenos Aires. El arquero paraguayo, que atajaba goles y también los hacía, tiró desde muy lejos, casi desde el centro de la cancha: la pelota voló al cielo, atravesó las nubes y de pronto cayó verticalmente sobre el arco contrario y entró. Los periodistas quisieron conocer el secreto de su disparo: ¿Cómo hizo la pelota ese viaje increíble? ¿Por qué cayó en línea recta desde la altura? –Porque chocó con un ángel –explicó Chilavert. Pero a nadie se le ocurrió ver si la pelota estaba manchada de sangre. Nadie se fijó. Y así nos perdimos la oportunidad de saber si los ángeles se nos parecen, aunque sea en eso.

Según el evangelio de san Mateo, Jesús tuvo cuarenta y seis antepasados: cuarenta y un hombres y cinco mujeres. Una de las cinco mujeres, María, concibió sin pecado, como bien se sabe. Pero las otras que figuran en el abolengo son Tamar, que para tener un hijo con el suegro se disfrazó de prostituta; Rahab, que ejercía ese oficio en la ciudad de Jericó; Betsabé, que estaba casada con otro cuando engendró a Salomón en el lecho del rey David; y Rut, que no pertenecía a la raza elegida y fue por eso indigna de la fe del pueblo de Israel. Tres pecadoras y una despreciada: malditas en la tierra habían sido las abuelas del hijo del Cielo.

1973, Montevideo, cuartel noveno de Caballería: jodida noche. Rugidos de camiones, ráfagas de metralla, los presos al suelo, boca abajo, manos en la nuca, un fusil clavado en cada espalda, gritos, patadas, culatazos, amenazas… A la mañana siguiente, uno de los presos, que todavía no había perdido la cuenta del almanaque, recordó: –Hoy es domingo de Pascua. Estaba prohibido juntarse. Pero se hizo. Al centro del barracón, se hizo. Ayudaron los que no eran cristianos. Algunos vigilaban los portones de rejas y seguían los pasos de los soldados de guardia. Otros formaron un anillo de gente que iba y venía, caminando como al descuido, alrededor de los celebrantes. Miguel Brun susurró algunas palabras. Evocó la resurrección de Jesús, que anunciaba la redención de todos los cautivos. Jesús había sido perseguido, encarcelado, atormentado y asesinado, pero un domingo como éste había hecho crujir los muros, y los había volteado, para que toda prisión tuviera libertad y toda soledad tuviera encuentro. Los presos no tenían nada. Ni pan, ni vino, ni vasos siquiera. Fue la comunión de las manos vacías. Miguel ofreció al que se había ofrecido: –Comamos –susurró–. Éste es su cuerpo. Y los cristianos se llevaron la mano a la boca, y comieron el pan invisible. –Bebamos. Ésta es su sangre. Y alzaron la ninguna copa, y bebieron el vino invisible.

Un emperador de China, no se sabe su nombre, ni su dinastía, ni su tiempo, llamó una noche a su consejero principal, y le confió la angustia que le impedía dormir: –Nadie me teme –dijo. Como sus súbditos no lo temían, tampoco lo respetaban. Como no lo respetaban, tampoco lo obedecían. –Falta castigo –opinó el consejero. El emperador dijo que él mandaba azotar a quien no pagara el tributo, que sometía a lento suplicio a quien no se inclinara a su paso y que enviaba a la horca a quien osara criticar sus actos. –Pero esos son los culpables –dijo el consejero. Y explicó: –El poder sin miedo se desinfla como el pulmón sin aire. Si sólo se castiga a los culpables, sólo los culpables sienten miedo. El emperador meditó, en silencio, y dijo: –Entiendo. Y mandó al verdugo que cortara la cabeza del consejero, y dispuso que toda la población de Pekín asistiera al espectáculo en la Plaza del Poder Celestial. El consejero fue el primero de una larga lista.

Andaba por las calles el médico sanador de los instrumentos que habían perdido el corte o el recorte. El pie del afilador hacía girar la rueda de esmeril, que arrancaba una lluvia de chispas a las hojas de cuchillos, navajas y tijeras. Los chiquilines del barrio, un enjambre de admiradores, éramos el público del espectáculo. Como el organito anunciaba al barquillero, la flauta era el pregón del afilador. Los vecinos decían que si uno estaba pensando en algo y escuchaba el son de esa flauta, cambiaba de opinión en el acto. Ya casi no quedan afiladores en las calles de las ciudades, ya sus flautas no se meten por las ventanas. Otros sones suenan, músicas del miedo, y mucha es la gente que cambia de opinión en un instante.

Tiene pánico a la invasión el país que nadie invade y que tiene la costumbre de invadir a los demás.

Seis años después, a contramiedo, la izquierda ganó las elecciones en Chile. –No podemos permitir… –advirtió Henry Kissinger. Al cabo de mil días, un cuartelazo bombardeó el palacio de gobierno, empujó a la muerte a Salvador Allende, fusiló a muchos más y salvó a la democracia asesinándola. En la ciudad de Santiago, el estadio de fútbol fue convertido en cárcel. Miles de presos, sentados en las tribunas, esperaban que se decidiera su destino. Un encapuchado recorría las gradas. Nadie le veía la cara; él veía las caras de todos. Esa mirada disparaba balas: el encapuchado, un socialista arrepentido, caminaba, se detenía y señalaba con el dedo. Los hombres por él marcados, que habían sido sus compañeros, marchaban a la tortura o iban al muere. Los soldados lo llevaban atado, con una soga al cuello. –Ese encapuchado parece perro –decían los presos. –Pero no es –decían los perros.

Es mejor morir que perder la vida.

Mil colores luce la muerte en el cementerio de Chichicastenango. Quizá los colores celebran, en las tumbas florecidas, el fin de la pesadilla terrestre: este mal sueño de mandones y mandados que la muerte acaba cuando de un manotazo nos desnuda y nos iguala. Pero en el cementerio no hay lápidas de 1982, ni de 1983, cuando fue el tiempo de la gran matazón en las comunidades indígenas de Guatemala. El ejército arrojó esos cuerpos a la mar, o a las bocas de los volcanes, o los quemó en quién sabe qué fosas. Los alegres colores de las tumbas de Chichicastenango saludan a la muerte, la Igualadora, que con igual cortesía trata al mendigo y al rey. Pero en el cementerio no están los que murieron por querer que así también fuera la vida.

El pulgo no hace ostentación. No alza altos mástiles, torres, obeliscos ni rascacielos. Tampoco fabrica largos fusiles, cañones ni misiles. El pulgo, amante de la pulga, no necesita inventar ningún símbolo fálico, porque lo lleva puesto: mide nada menos que una tercera parte de su cuerpo, el tamaño más impresionante de todo el reino de este mundo, y está adornado con plumitas. Los machos humanos, mandones y matones, llevan miles de años ocultando esta humillante información.

El león, símbolo de la valentía y la nobleza, vibra en los himnos, flamea en las banderas y custodia castillos y ciudades. La hiena, símbolo de la cobardía y la crueldad, no vibra, ni flamea, ni custodia nada. El león da nombre a reyes y plebeyos, pero no hay noticia de que ninguna persona se haya llamado o se llame Hiena. El león es un mamífero carnívoro de la familia de los félidos. El macho se dedica a rugir. Sus hembras se ocupan de cazar un venado, una cebra o algún otro bicho indefenso o distraído, mientras el macho espera. Cuando la comida está lista, el macho se sirve primero. De lo que sobra, comen las hembras. Y al final, si algo queda todavía, comen los cachorros. Si no queda nada, se joden. La hiena, mamífero carnívoro de la familia de los hiénidos, tiene otras costumbres. Es el caballero quien trae la comida; y él come último, después que se han servido los niños y las damas. Para elogiar, decimos: Es un león. Y para insultar: Es una hiena. La hiena se ríe. Por qué será.

El conde Drácula le dio mala fama. Aunque Batman hizo lo posible por mejorarle la imagen, el murciélago sigue provocando más terror que gratitud. Pero el símbolo del reino de las tinieblas no atraviesa la noche en busca de pescuezos humanos. En realidad, el murciélago nos hace el favor de combatir la malaria cazando mil mosquitos por hora y tiene la gentileza de devorar los insectos que matan las plantas. A pesar de nuestras calumnias, este eficiente pesticida no nos enferma de cáncer ni nos cobra nada por sus servicios.

En 1991, los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron Irak porque Irak había invadido Kuwait. Timothy McVeigh fue diseñado para matar, y programado para esa guerra. En los cuarteles lo instruyeron. Los manuales mandaban gritar: –¡La sangre hace crecer la hierba! Con ese propósito ecologista, el mapa de Irak fue regado de sangre. Los aviones arrojaron bombas como en cinco hiroshimas, y luego los tanques enterraron vivos a los heridos. El sargento McVeigh machacó a unos cuantos en aquellas arenas. Enemigos con uniforme, enemigos sin: –Son daños colaterales –le dijeron que dijera. Y lo condecoraron con la Estrella de Bronce. Al regreso, no fue desenchufado. En Oklahoma, liquidó a 168. Entre sus víctimas, había mujeres y niños: –Son daños colaterales –dijo. Pero no le pusieron otra medalla en el pecho. Le pusieron una inyección en el brazo. Y fue desactivado.

Mientras los misiles eran sufridos por Yugoslavia, celebrados por la televisión y vendidos por las jugueterías del mundo, dos muchachos realizaron el sueño de la guerra propia. A falta de enemigo, eligieron lo que tenían más a mano. Eric Harris y Dylan Klebold mataron a trece y dejaron un tendal de heridos, en la cafetería del colegio Columbine, donde estudiaban. Fue en Littleton, una ciudad que vive de la fábrica de misiles de la empresa Lockheed. Eric y Dylan no usaron misiles. Usaron pistolas, rifles y municiones que compraron en el supermercado. Y después de matar, se mataron. La prensa informó que habían colocado, además, dos bombas de propano, para volar el colegio con todos sus ocupantes, pero las bombas no estallaron. La prensa casi no mencionó otro plan que tenían, por lo absurdo que era: estos jóvenes enamorados de la muerte pensaban secuestrar un avión y estrellarlo contra las torres gemelas de Nueva York.

La industria del entretenimiento vive del mercado de la soledad. La industria del consuelo vive del mercado de la angustia. La industria de la seguridad vive del mercado del miedo. La industria de la mentira vive del mercado de la estupidez. ¿Dónde miden sus éxitos? En la Bolsa. También la industria de las armas. La cotización de sus acciones es el mejor noticiero de cada guerra.

Como era su costumbre, el presidente del planeta razonó. Razonó así: Para acabar con los incendios forestales, hay que talar los bosques; para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para liberar a los iraquíes, vamos a bombardearlos hasta hacerlos puré. Y así, después de Afganistán, fue el turno de Irak. Otra vez Irak. La palabra petróleo no fue mencionada.

Irak era un peligro para la humanidad. Por culpa de Saddam Hussein habían caído las torres, y en cualquier momento este tirano terrorista iba a arrojar una bomba atómica en la esquina de tu casa. Eso dijeron. Después, se supo. Las únicas armas de destrucción masiva resultaron ser los discursos que inventaron su existencia. Mintieron esos discursos, mintieron la televisión, los diarios y las radios. No mintieron, en cambio, las bombas inteligentes, que tan burras parecen. Destripando civiles desarmados, que volaron en pedazos en los campos y en las calles del país invadido, las bombas inteligentes dijeron la verdad de esta guerra.

Ocurrió el once de setiembre del año 2001, cuando el avión secuestrado por los terroristas embistió la segunda torre de Nueva York. No bien la torre empezó a crujir, la gente huyó volando escaleras abajo. En plena fuga, resonaron de pronto los altavoces. Los altavoces mandaban que los empleados volvieran a sus puestos de trabajo. Se salvaron los que no obedecieron.

El primer ministro de Israel tomó la decisión. Su ministro de Defensa la trasmitió. El jefe de estado mayor explicó que iba a aplicar quimioterapia contra los palestinos, que son un cáncer. El general de brigada declaró el toque de queda. El coronel ordenó el arrasamiento de los caseríos y de los campos sembrados. El comandante de división envió los tanques y prohibió el ingreso de ambulancias. El capitán dictó la orden de fuego. El teniente mandó que el artillero disparara el primer misil. Pero el artillero, ese artillero, no estaba. Yigal Bronner, último eslabón en la cadena de mandos, había sido enviado a prisión por negarse a la matanza.

Aquella no era una tarde de un domingo cualquiera del año 1967. Era una tarde de clásico. El club Santafé jugaba contra el Millonarios, y toda la ciudad de Bogotá estaba en las tribunas del estadio. Fuera del estadio, no había nadie que no fuera paralítico o ciego. Ya parecía que el partido iba a terminar en empate, cuando Omar Lorenzo Devanni, el goleador del Santafé, el artillero, cayó en el área. El árbitro pitó penal. Devanni quedó perplejo: aquello era un error, nadie lo había tocado, él había caído por un tropezón. Quiso decírselo al árbitro, pero los jugadores del Santafé lo levantaron y lo llevaron en andas hasta el punto blanco de la ejecución. No había marcha atrás: el estadio rugía, se venía abajo. Entre los tres palos, palos de horca, el arquero aguardaba. Y entonces Devanni colocó la pelota sobre el punto blanco. Él supo muy bien lo que iba a hacer, y el precio que iba a pagar por hacer lo que iba a hacer. Eligió su ruina, eligió su gloria: tomó impulso y con todas sus fuerzas disparó muy afuera, bien lejos del gol.

Seis siglos después de su fundación, Roma decidió que el año empezaría el primer día de enero. Hasta entonces, cada año nacía el 15 de marzo. No hubo más remedio que cambiar la fecha, por razón de guerra. España ardía. La rebelión, que desafiaba el poderío imperial y devoraba miles y más miles de legionarios, obligó a Roma a cambiar la cuenta de sus días y los ciclos de sus asuntos de estado. Largos años duró el alzamiento, hasta que por fin la ciudad de Numancia, la capital de los rebeldes hispanos, fue sitiada, incendiada y arrasada. En una colina rodeada de campos de trigo, a orillas del río Duero, yacen sus restos. Casi nada ha quedado de esta ciudad que cambió, para siempre, el calendario universal. Pero a la medianoche de cada 31 de diciembre, cuando alzamos las copas, brindamos por ella, aunque no lo sepamos, para que sigan naciendo los libres y los años.

Días y Noches de Amor y de Guerra.

Eduardo Galeano.

Como un diario fechado de Julio de 1975 a julio de 1977, refleja una serie de infamias, noticias buenas, malas, recuerdos, dolor, alegrías y tristezas, teniendo al Sistema como constante, ya sea de gobierno, de vida o de muerte. Galeano escribe desde el exilio y respecto a la dictadura; no podría ser de otra forma. Calificación de 9.0
Dia y Noches de Amor y de Guerra

Dia y Noches de Amor y de Guerra

Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor.

Cuando me separé de Graciela, dejé la casa de Montevideo intacta. Allí quedaron los caracoles cubanos y las espadas chinas, los tapices de Guatemala, los discos y los libros y todo lo demás. Llevarme algo hubiera sido una estafa. Todo eso era de ella, tiempo compartido, tiempo que agradezco.

La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado.

Cuando hay petróleo de por medio, escribe Villar, las muertes accidentales no existen.

Aquél había sido oficialmente declarado “el año de la paz” en Guatemala. Pero ya nadie pescaba en la zona de Gualán, porque las redes atrapaban cuerpos humanos.

El poder -dicen- es como un violín. Se toma con la izquierda y se toca con la derecha.

Una noche, los muchachos me contaron cómo Castillo Armas se había sacado de encima a un lugarteniente peligroso. Para que no le robara el poder o las mujeres, Castillo Armas lo mandó en misión secreta a Managua. Llevaba un sobre lacrado para el dictador Somoza. Somoza lo recibió en el palacio. Abrió el sobre, lo leyó delante de él, le dijo: -Se hará como pide su presidente. Lo convidó con tragos. Al final de una charla agradable, lo acompañó hasta la salida. De pronto, el enviado de Castillo Armas se encontró solo y con la puerta cerrada a sus espaldas. El pelotón, ya formado, lo esperaba rodilla en tierra. Todos los soldados dispararon a la vez.

Escondido en un almacén de los suburbios, yo esperaba al hombre más buscado por la policía militar guatemalteca. Se llamaba Ruano Pinzón, y él también era, o había sido, policía militar. -Mira ese muro. Salta. ¿Podes? Torcí el pescuezo. La pared de la trastienda no terminaba nunca. -No -dije. -Pero si vienen ellos, ¿vas a saltar? Otra que saltar. Si venían ellos, iba a volar. El pánico convierte a cualquiera en campeón olímpico.

Los dueños del poder, como en toda América Latina, ponen sus fortunas a buen recaudo en Zurich o New York. Allá el dinero pega un salto de circo y vuelve al país mágicamente convertido en carísimos empréstitos internacionales.

Una noche llegué muy tarde y me acosté sin hacer ruido ni encender la luz. Pacha no estaba en la cama. La busqué en el baño y en el cuarto donde dormía el hijo. No estaba. Encontré cerrada la puerta del comedor. Fui a abrirla y me di cuenta: al otro lado estaban las cobijas en el suelo. A la mañana siguiente la esperé en la cocina, para matear como siempre. Pacha no hizo ningún comentario. Yo tampoco. Charlamos algo, las cosas de siempre, lo lindo o lo feo que está el tiempo y lo brava que viene la mano política o dame que doy vuelta la yerba para que no se lave. Y cuando llegué, de noche, encontré vacía la cama. Otra vez la puerta del comedor estaba cerrada. Puse la oreja y me pareció que le oía la respiración. De mañana, temprano, nos sentamos en la cocina a tomar mate. Ella no dijo nada y yo no pregunté. A las ocho y media llegaron los alumnos de ella, como todos los días. Y así durante una semana: la cama sin ella, la puerta cerrada. Hasta que una mañanita, cuando me alcanzó el último mate, le dije: “Mira, Pacha. Yo sé que es muy incómodo dormir en el piso. Así que esta noche venite a la cama, nomás, que yo no voy a estar”. Y no volví nunca.

Caminamos por las ramblas de Barcelona, frescos túneles del verano, y nos acercamos a un quiosco de venta de pajaritos. Hay jaulas de muchos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos. Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.

Hoy me entero de que todos los meses, el día que sale la revista, un grupo de hombres atraviesa el río Uruguay para leerla. Son una veintena. Encabeza el grupo un profesor de sesenta y pico de años que estuvo largo tiempo preso. Por la mañana salen de Paysandú y cruzan a tierra argentina. Compran, entre todos, un ejemplar de Crisis y ocupan un café. Uno de ellos lee en voz alta, página por página, para todos. Escuchan y discuten. La lectura dura todo el día. Cuando termina, dejan la revista, de regalo al dueño del café y se vuelven a mi país, donde está prohibida. -Aunque sólo fuera por eso -pienso- valdría la pena.

Y recién ahora, una noche de éstas, me di cuenta de que llamarme Eduardo Galeano fue, desde fines de 1959, una manera de decir: soy otro, soy un recién nacido, he nacido de nuevo.

Mi cabeza era una llaga viva cuando llegué al hospital. La fiebre la escarbaba con puñales, le prendía fuego. Por entre los labios partidos me salían quejas y disparates. Sentía que me moría y no esperaba que nadie apareciera en medio del delirio y abriera sus brazos para salvarme de los hervores y las cuchilladas de la fiebre: el dolor era tanto que no cabía en mí nadie más que el dolor, y simplemente me quería morir porque la muerte dolía menos.

Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo. Había sido muchas personas, yo. ¿Cuántas cédulas de identidad tenía?

El cuerpo se me había levantado en huelga: yo le daba órdenes y él no se movía. “Compañero cuerpo -le pedí-, usted no me puede fallar.”

Éste ha sido el insólito caso [Del Che Guevara] de alguien que abandona una revolución ya hecha por él y un puñado de locos, para lanzarse a empezar otra. No vivió para el triunfo, sino para la pelea, la siempre necesaria pelea por la dignidad humana.

La razón la tienen unos, pero las cosas las tienen otros.

Yo me he equivocado mucho, pero creo que…

-Ustedes arman mucho lío, pero son diez. -Somos diez. Por ahora somos diez -dijo el paraguayo, que habla muy lento-. Pero cuando seamos once…

Ella sonrió, triste, y entonces me acerqué y le vi los primeros signos de la muerte en la cara. Se le había afilado la nariz y la piel estaba un poco apretada contra las encías. La mirada, sin brillo, se perdía en el vacío; algún destello fugaz le atravesaba las pupilas cuando espantaba con la mano enemigos o nubes o moscas. La besé. Los labios estaban fríos.

Una vez me había contado un sueño que la perseguía desde chica. El subte se salía de las vías y avanzaba, aplastando gente, por la plataforma. Ella estaba allí y el subte se le venía encima. Conseguía eludirlo, corriendo, y subía las escaleras a los saltos. Salía al aire libre, feliz de haberse salvado. Entonces se daba cuenta, de golpe, de que se había dejado alguna cosa olvidada allá abajo. Era preciso volver bajo tierra.

“Con Frei, los niños pobres tendrán zapatos”. Alguien había garabateado, abajo: “Con Allende, no habrá niños pobres”.

Faltaba de todo: leche, verdura, repuestos, cigarrillos; y sin embargo, a pesar de las colas y la bronca, ochocientos mil trabajadores desfilaron por las calles de Santiago, una semana antes de la caída, para que nadie creyera que el gobierno estaba solo. Esa multitud tenía las manos vacías.

Me habló del Brasil, me dijo que una república volkswagen no es esencialmente distinta de una república bananera, y en pocos minutos me hizo un análisis completo de la crisis estructural argentina y me explicó las causas de la tragedia de Chile y me dijo qué era lo que se podía hacer en Uruguay.

A los cuarenta se puede ser santo o crápula. Pero puro.

Dentro de veinte años -dice- yo voy a contarle las cosas de ahora. Le hablaré de los amigos muertos y presos y de lo dura que era la vida en nuestros países, y quiero que él me mire a los ojos y no me crea y me diga que miento. La única prueba será que él estuvo aquí, pero ya no recordará nada de todo esto. Yo quiero que él no pueda creer que todo esto fue posible alguna vez.

Los barcos zarpan repletos de muchachos que huyen de la prisión, la fosa del hambre. Estar vivo es un peligro; pensar, un pecado; comer, un milagro. Pero, ¿cuántos son los desterrados dentro de las fronteras del propio país? ¿Qué estadística registra a los condenados a la resignación y al silencio? El crimen de la esperanza, ¿no es peor que el crimen de las personas? La dictadura es una costumbre de la infamia: una máquina que te hace sordo y mudo, incapaz de escuchar, impotente de decir y ciego de lo que está prohibido mirar. El primer muerto por torturas desencadenó, en el Brasil, en 1964, un escándalo nacional. El muerto por torturas número diez apenas si apareció en los diarios. El número cincuenta fue aceptado como “normal”. La máquina enseña a aceptar el horror, como se acepta el frío en invierno.

Como el pan a la boca -supo escribir a una mujer-, como el agua a la tierra, ojalá yo te sirva para algo.

Lo peor era que él no podía recordar cuál había sido la última vez que se habían visto, ni qué se habían dicho, ni nada.

A los uruguayos que canten con cierto énfasis, en una ceremonia pública, la estrofa del himno nacional que dice: ¡Tiranos temblad!, se les aplica la ley que condena “el ataque a la moral de las Fuerzas Armadas”: dieciocho meses aséis años de prisión. Por garabatear en un muro Viva la libertad o arrojar un volante en la calle, un hombre ha de pasar en la cárcel, si sobrevive a la tortura, buena parte de su vida. Si no sobrevive, el certificado de defunción dirá que pretendió huir, dando un traspié y precipitándose al vacío, o que se ahorcó, o que ha fallecido víctima de un ataque de asma. No habrá autopsia. Se inaugura una cárcel por mes. Es lo que los economistas llaman Plan de Desarrollo. Pero, ¿y las jaulas invisibles? ¿En qué informe oficial o denuncia de oposición figuran, los presos del miedo? Miedo a perder el trabajo, miedo a no encontrarlo, miedo de hablar, miedo de escuchar, miedo de leer. En el país del silencio, se puede terminar en un campo de concentración por culpa del brillo de la mirada. No es necesario echar a un funcionario: alcanza con hacerle saber que puede ser destituido sin sumario y que nadie le dará nunca empleo. La censura triunfa de verdad cuando cada ciudadano se convierte en el implacable censor de sus propios actos y palabras. La dictadura convierte en cárceles los cuarteles y las comisarías, los vagones abandonados, los barcos en desuso. ¿No convierte también en cárcel la casa de cada uno?

Se exige a los estudiantes que denuncien a sus compañeros, se exhorta a los niños a denunciar a sus maestros. En la Argentina, la televisión pregunta: “¿Sabe usted lo que está haciendo su hijo en este momento?” ¿Por qué no figura en la crónica roja el asesinato del alma por envenenamiento?

En este país todo gira ahora en torno del petróleo. La época del banano ha llegado a su fin; se promete que en diez años Ecuador tendrá una renta como la de Venezuela. Este país pobrísimo se asoma al delirio de los millones y se marea, le viene el vértigo: antes que las escuelas, los hospitales y las fábricas, llega la televisión en colores. Pronto habrá máquinas enceradoras en casas de piso de tierra y heladeras eléctricas en pueblitos alumbrados a farol de querosén. Seis mil estudiantes de filosofía y letras, apenas dos estudiantes de tecnología del petróleo: en la Universidad, toda ilusión está permitida, pero la realidad no es posible. El país se incorpora súbitamente a la civilización, o sea: a un mundo donde se fabrican en escala industrial los sabores, los colores, los olores y también la moral y las ideas, y donde la palabra Libertad es el nombre de una cárcel, como en Uruguay, o donde una cámara subterránea de torturas se llama, como en Chile, Colonia Dignidad.

Margarita no fue a Cañar para enseñar teatro, sino para aprender y ayudar. Pasaron los meses. Margarita sufría el frío y las lejanías. El jefe de la comunidad, que se llama Quindi, le puso una mano en el hombro: -Margara -le dijo-. Vos estás muy triste. Y si es así, mejor te vas. Para penas, basta con las nuestras.

Los presos de la necesidad, ¿cuántos son? ¿Es libre un hombre condenado a vivir persiguiendo el laburo y la comida?

Hay feos que al menos pueden decir: “Yo soy feo, pero simétrico”.

A Guimaráes Rosa, una gitana le había advertido: “Vas a morir cuando realices tu mayor ambición”. Cosa rara: con tantos dioses y demonios que este hombre contenía, era un caballero de lo más formal. Su mayor ambición consistía en que lo nombraran miembro de la Academia Brasileira de Letras. Cuando lo designaron, inventó excusas para postergar el ingreso. Inventó excusas durante años: la salud, el tiempo, un viaje… Hasta que decidió que había llegado la hora. Se realizó la solemne ceremonia y, en su discurso, Guimaráes Rosa dijo: “Las personas no mueren. Quedan encantadas”. Tres días después, un mediodía de domingo, su mujer lo encontró muerto cuando volvió de misa.

Juan Rulfo dijo lo que tenía que decir en pocas páginas, puro hueso y carne sin grasa, y después guardó silencio. En 1974, en Buenos Aires, Rulfo me dijo que no tenía tiempo para escribir como quería, por el mucho trabajo que le daba su empleo en la administración pública. Para tener tiempo necesitaba una licencia y la licencia había que pedírsela a los médicos. Y uno no puede, me explicó Rulfo, ir al médico y decirle: “Me siento muy triste”, porque por esas cosas no dan licencia los médicos.

Pero ahora no me llamaba para eso. Esta vez me llamaba para contarme que estaba enamorada. Me dijo que por fin había encontrado lo que había estado buscando sin saber qué buscaba y que necesitaba decírselo a alguien y que disculpara la molestia y que ella había descubierto que se podían compartir las cosas de más adentro y quería contártelo porque es una buena noticia, ¿no?, y no tengo a quién decírsela y pensé…

Hace cinco años, en la canchita de Villa Lugano, Vicente Zito Lema dijo un discurso. Era el último día de la huelga de hambre por los presos políticos. Vicente se alzó en la tribuna y más allá de la multitud vio a Claudia y a sus hijas jugando en el prado con las vacas y los perros, y entonces se olvidó de las consignas políticas y se lanzó a hablar del amor y la belleza. Desde abajo le tiraban del saco, pero no había manera de pararlo.

La sabiduría le viene de los tiempos de estudiante, cuando él correteaba las pizzerías de Buenos Aires vendiendo la muzzarella podrida que fabricaba un amigo. Las pizzerías buenas son las que no le compraban.
-¿Sabes cuál fue el día más feliz de mi vida? -me dijo Vicente-. El día que conseguí juntarlos, en Tribunales. Llevaban dos años presos y sin verse. Los iban cambiando de cárcel y siempre les tocaban cárceles distintas. Cuando a él lo mandaban al norte, ella venía al sur. Cuando ella iba a parar a la provincia, a él lo metían en Devoto. Por fin conseguí juntarlos, con el pretexto de un careo. Yo nunca vi a nadie besarse así.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería. Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla. Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.

Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.

¿Usted sabe con quién está hablando en estos momentos de la actualidad presente?”

Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, libertad de precios, libertad de cambios: cuanto más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperidad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quiénes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?

-Señor Achával -dijo el caballero-, le agradezco la explicación. Como le dije antes, yo he traído mi novela a esta editorial porque sé que se va a publicar aquí. Acha lo miró. Tragó saliva. Encendió un cigarrillo. Y suavemente preguntó: -¿Y se puede saber quién le dijo que se va a publicar aquí? -Me lo dijo Dios -respondió el caballero. -¿Quién? -Dios. Se me apareció hace tres días y me dijo: “Llévala nomás, que se publica”. Nunca Achával había recibido un escritor tan bien recomendado.

Hablamos de la revista. Esta semana la censura rechazó un trabajo de Santiago Kovadloff. Era un artículo contra las drogas, una denuncia de las drogas como máscaras del miedo. Sostenía que las drogas generan jóvenes conservadores. La censura resolvió quedarse con el original. Le avisé por teléfono. Cuando colgó, Dieguito, el hijo, le vio cara de preocupado. Qué te pasa, preguntó, y Santiago contestó: -No nos dejan hablar. No nos dejan decir nada. Y Dieguito le dijo: -A mí con la maestra me pasa lo mismo.

De la gente nuestra, el que no está preso o muerto, duerme en cama ajena y con un solo ojo.

Más vale avanzar y morir que detenerse y morir.

En 1918, llegó a la región un cargamento de zapatos. La Sociedad de Damas de Beneficencia había enviado zapatos desde los Estados Unidos. Vinieron los hambrientos de todas las aldeas y disputaron los zapatos a dentelladas. Veían zapatos por primera vez. Nunca nadie había usado zapatos en aquellas comarcas. Los más fuertes se marchaban bailando de alegría con la caja de zapatos nuevos bajo el brazo. El padre de Raimundo llegó a su casa, se desató los trapos que le envolvían los pies, abrió la caja y se probó el zapato izquierdo. El pie protestó, pero entró. El que no entró fue el pie derecho. Lo empujaban entre todos, pero no había caso. Entonces la madre advirtió que los dos zapatos tenían la punta torcida para el mismo lado. Él volvió corriendo al centro de distribución. Ya no quedaba nadie. Y empezó la persecución del zapato derecho. Durante meses caminó el padre de Raimundo, de aldea en aldea, averiguando. Después de mucho andar y preguntar, encontró lo que buscaba. En un lejano pueblito, más allá de las colinas, estaba el hombre que calzaba el mismo número y que se había llevado los dos zapatos derechos. Los tenía, brillantes, sobre una repisa. Eran el único adorno de la casa. El padre de Raimundo ofreció el zapato izquierdo. -Ah, no -dijo el hombre-. Si los americanos los mandaron así, así debe ser. Ellos saben lo que hacen.

Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo.

Había venido de Buenos Aires y seguía siendo un intruso en Jujuy, aunque estaba muy hecho al lugar al cabo de los años y los trabajos. Un mal día, distraído, pagó con un cheque sin fondos el arreglo de una goma del auto. Fue juzgado y condenado. Lo echaron del empleo. Los amigos cruzaban la calle cuando lo veían venir. Ya no lo invitaban a ninguna casa ni le pagaban tragos en ningún mostrador. Una noche, tarde, fue a ver al abogado que lo había defendido en el proceso. -No, no -le dijo-. Nada de apelaciones. Yo sé que no hay nada que hacer. Deje nomás. Vine a despedirme y a darle un abrazo para las fiestas. Mil gracias por todo. Esa madrugada, durmiendo, el abogado pegó un salto en la cama. Despertó a su mujer de un sacudón: -Me deseó felices fiestas y para las fiestas faltan dos meses. Se vistió y corrió. No lo encontró. A la mañana se supo: el hombre se había volado la cabeza de un balazo. Al poco tiempo, el juez que le había iniciado el proceso sintió un dolor raro en el brazo. El cáncer lo devoró en unos meses. Al fiscal que había hecho la demanda lo mató la patada de un caballo. El que lo reemplazó perdió primero el habla, después la vista, después la mitad del cuerpo. El automóvil del secretario del juzgado se estrelló en la ruta y se incendió. Un abogado que se había negado a intervenir en el asunto recibió la visita de un cliente ofendido, que sacó la pistola y le reventó la femoral. Héctor me contó esta historia en Yala, y yo pensé en los asesinos de Guevara. Rene Barrientos, el dictador, había dado la orden de matarlo. Terminó envuelto en las llamas de su helicóptero, un año y medio más tarde. El coronel Zenteno Anaya, jefe de las tropas que cercaron y atraparon al Che en Ñancahuazú, había transmitido la orden. Mucho tiempo después se metió en conspiraciones. El dictador de turno lo supo. Zenteno Anaya cayó acribillado en París, una mañana de primavera. El comandante ranger Andrés Selich habría preparado la ejecución del Che. En el 72, Selich fue muerto a golpes por sus propios funcionarios, los torturadores profesionales del Ministerio del Interior. Mario Terán, sargento, ejecutó la orden. Él disparó la ráfaga contra el cuerpo de Guevara tendido en la escuelita de La Higuera. Terán está internado en un hospicio: se babea y contesta disparates. El coronel Quintanilla había anunciado al mundo la muerte del Che. Exhibió el cadáver a fotógrafos y periodistas. Quintanilla murió de tres balazos en Hamburgo, en 1971.

La revista denunciaba un sistema de valores que sacraliza las cosas y desprecia a la gente, y el juego siniestro de la competencia y el consumo que induce a las personas a usarse entre sí y a aplastarse las unas a las otras.

Busco a Cristo y no lo encuentro. Me busco a mí mismo y no me encuentro. Pero encuentro a mi prójimo y juntos nos vamos los tres.

Cuando entras a trabajar es de noche y cuando te vas, ya el sol se va yendo. Y por eso al mediodía todo el mundo se consigue cinco minutos para ver el solcito en la calle, o en un patio de la fábrica, porque no ves el sol en el galpón. Entra la luz pero al sol no lo ves nunca.

El cuerpo mío había crecido para encontrarte, después de tanto caminar y caer y perderse por ahí.

-Tuve un sueño horrible. Te lo cuento mañana, cuando estemos vivos. Quiero que ya sea mañana. ¿Por qué no haces que ahora sea mañana? Cómo me gustaría que ya fuera mañana.

Aquel muchacho de barba y mirada melancólica llegó al velorio de Silvio Frondizi muy tempranito, cuando no había nadie. Dejó sobre el cajón una manzana roja y brillante. Lo viste dejar la manzana y él se alejó caminando. Después supiste que aquel muchacho era el hijo de Silvio. El padre le había pedido la manzana. Estaban comiendo, al mediodía, y él se levantó para alcanzarle la manzana cuando irrumpieron, de golpe, los asesinos.

Cuando las palabras no pueden ser más dignas que el silencio, más vale callarse.

Nos metimos en un café, a beber una copa, y ninguno de los dos se animaba a decir: -Esto significa que Haroldo está muerto, ¿no? Por miedo de que el otro dijera: -Sí.

¿De cuántos siglos está hecho este momento que ahora vivo? ¿De cuántos aires el aire que respiro?

De aquella primera época en Buenos Aires, me quedó una imagen que no sé si viví o soñé en alguna mala noche: la muchedumbre apiñada en una estación de subterráneo, el aire pegajoso, una sensación de asfixia y el subte que no venía. Pasó media hora, quizá más, y entonces se supo que una muchacha se había arrojado a las vías en la estación anterior. Al principio hubo silencios, comentarios en voz baja y como de velorio: “Pobrecita, pobrecita”, decían. Pero el subte seguía sin aparecer y se hacía tarde para llegar al trabajo y entonces la gente pateaba el suelo, nerviosa, y decía: “¿Por qué no se le ocurrió tirarse en otra línea? ¿Justo en ésta, tenía que ser?”

Una revolución, cuando es verdadera, trabaja para los tiempos y los hombres que vendrán.

Pero no me casé nunca. El que se casa, se jode.

Las especias forman, en el mercado, un mundo aparte. Son minúsculas y poderosas. No hay carne que no se excite y eche jugos, carne de vaca o de pez, de cerdo o de cordero, cuando la penetran las especias. Nosotros tenemos siempre presente que si no fuera por las especias no hubiéramos nacido en América y nos hubiera faltado magia en la mesa y en los sueños. Al fin y al cabo, fueron ellas las que empujaron a Cristóbal Colón y a Simbad el Marino. Las hojitas de laurel tienen una linda manera de quebrarse en tu mano antes de caer suavemente sobre la carne asada o los ravioles. Te gustan mucho el romero y la verbena, la nuez moscada, la albahaca y la canela, pero nunca sabrás si es por los aromas, los sabores o los nombres. El perejil, especia de los pobres, lleva una ventaja sobre todas las demás: es la única que llega al plato verde y viva y húmeda de gotitas frescas.

Comer solo es una obligación del cuerpo. Contigo, es una misa y una risa.

Nadie es héroe por irse, ni patriota por quedarse.

Está visto que se puede prohibir el agua. La sed, no.

Creo que el exilio es un desafío. Empieza siendo un tiempo de penitencia, nacido de una impotencia o de una derrota, y se precisan humildades y paciencias para convertirlo en tiempo de creación y para asumirlo como un frente más de lucha.

Espejos.

Una historia casi universal.
Eduardo Galeano.

Mezcla de historia universal, mitología, leyendas y verdades que abarcan tribus, clanes, griegos, romanos, hebreos, católicos, medievo, musulmanes, cruzadas, los chinos, la inquisición, el renacimiento, los rostros del diablo (mujeres, negros, indios, homosexuales, judíos, musulmanes, pobres, extranjeros, gitanos), la conquista de América, reinados de España, Francia e Inglaterra, esclavitud, independencias y sus héroes, matanzas de indios, pintores, la publicidad, inventores, los ritmos musicales, la revolución mexicana, el socialismo, implantación de la “democracia” en América, gracias a Estados Unidos, el Holocausto, la guerra civil española, deportistas de raza negra, la discriminación, libertad en África, y ¿Cómo no? el fútbol! Todo, a la manera sui-géneris de Eduardo Galeano. Calificación de 9.0
Espejos

Espejos

Los sincasta, uno de cada cinco hindúes, están por debajo de los de más abajo. Los llaman intocables, porque contaminan: malditos entre los malditos, no pueden hablar con los demás, ni caminar sus caminos, ni tocar sus vasos ni sus platos. La ley los protege, la realidad los expulsa. A ellos, cualquiera los humilla; a ellas, cualquiera las viola, que ahí sí que resultan tocables las intocables. A fines del año 2004, cuando el tsunami embistió contra las costas de la India, los intocables se ocuparon de recoger la basura y los muertos. Como siempre.

Y se lanzó al camino, en busca de la vida eterna. El perseguidor de la inmortalidad vagó por estepas y desiertos, atravesó la luz y la oscuridad, navegó por los grandes ríos, llegó hasta el jardín del paraíso, fue servido por la tabernera enmascarada, la dueña de los secretos, alcanzó el otro lado de la mar, descubrió al barquero que sobrevivió al diluvio, encontró la hierba que daba juventud a los viejos, siguió la ruta de las estrellas del norte y la ruta de las estrellas del sur, abrió la puerta por donde entra el sol y cerró la puerta por donde el sol se va. Y fue inmortal, hasta que murió.

Unos cinco mil años antes de Champollion, el dios Thot viajó a Tebas y ofreció a Thamus, rey de Egipto, el arte de escribir. Le explicó esos jeroglíficos, y dijo que la escritura era el mejor remedio para curar la mala memoria y la poca sabiduría. El rey rechazó el regalo: —¿Memoria? ¿Sabiduría? Este invento producirá olvido. La sabiduría está en la verdad, no en
su apariencia. No se puede recordar con memoria ajena. Los hombres registrarán, pero no recordarán. Repetirán, pero no vivirán. Se enterarán de muchas cosas, pero no conocerán ninguna.

Si eres capaz, finge incapacidad. Si eres fuerte, exhibe debilidad. Cuando estés cerca, simula que estás lejos. No ataques nunca donde el enemigo es poderoso. Evita siempre el combate que no puedas ganar. Si estás en inferioridad de condiciones, retírate. Si el enemigo está unido, divídelo. Avanza cuando no te espere y por donde menos te espere, lanza tu ataque. Para conocer al enemigo, conócete.

Los que matan en la guerra deberían celebrar cada conquista con un funeral.

En 1863, la Sociedad Antropológica de Londres llegó a la conclusión de que los negros eran intelectualmente inferiores a los blancos, y sólo los europeos tenían la capacidad de humanizarlos y civilizarlos. Europa consagró sus mejores energías a esta noble misión, pero no tuvo suerte. Casi un siglo y medio después, en el año 2007, el estadounidense James Watson, premio Nobel de Medicina, afirmó que está científicamente demostrado que los negros siguen siendo menos inteligentes que los blancos.

Aristófanes, un escritor conservador que defendía las tradiciones como si creyera en ellas, pero en el fondo creía que lo único sagrado era el derecho de reír.

Mientras las olimpíadas ocurrían, los griegos olvidaban sus guerras por un rato. Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos. Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y la admiración de sus vecinos.

Tampoco la muerte es temible, decía [Epicuro]. Mientras nosotros somos, ella no es; y cuando ella es, nosotros dejamos de ser. ¿Miedo al dolor? Es el miedo al dolor el que más duele, pero nada hay más placentero que el placer cuando el dolor se va. ¿Y el miedo al fracaso? ¿Qué fracaso? Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco, pero ¿qué gloria podría compararse al goce de charlar con los amigos en una tarde de sol? ¿Qué poder puede tanto como la necesidad que nos empuja a amar, a comer, a beber?

Los romanos más respetados eran los señores de la guerra, que rara vez la peleaban, y los dueños de la tierra, que rara vez la tocaban.

La palabra salario proviene del pago en sal que los legionarios recibían durante las campañas militares.

San José, tú que tuviste sin hacer haz que yo haga sin tener.

En su primera imagen, publicada en 1863 en la revista «Harper’s», de Nueva York, Santa Claus era un gnomo gordito entrando en una chimenea. Nació de la mano del dibujante Thomas Nast, vagamente inspirado en las leyendas de san Nicolás. En la Navidad de 1930, Santa Claus fue contratado por la Coca-Cola. Hasta entonces, no usaba uniforme, y por lo general prefería ropas azules o verdes. El dibujante Habdon Sundblom lo vistió con los colores de la empresa, rojo vivo con ribetes blancos, y le dio los rasgos que todos conocemos. El amigo de los niños lleva barba blanca, ríe sin parar, viaja en trineo y es tan rechoncho que no se sabe cómo se las arregla para entrar por las chimeneas del mundo, cargado de regalos y con una Coca-Cola en cada mano. Tampoco se sabe qué tiene que ver con Jesús.

Defiende tu derecho a pensar. Pensar equivocándote es mejor que no pensar.

El rey Darío había celebrado, en Persia, esta caña que da miel sin necesidad de abejas, y desde mucho antes la habían conocido los hindúes y los chinos. Pero los europeos cristianos descubrieron el azúcar gracias a los árabes, cuando los cruzados vieron las plantaciones en las llanuras de Trípoli y probaron los deleitosos jugos que habían salvado del hambre a las poblaciones sitiadas en Elbarieh, Marrah y Arkah. Como el fervor místico no les cegaba el buen ojo para los negocios, los cruzados se apoderaron de las plantaciones y de los molinos en los territorios que iban conquistando, desde el reino de Jerusalén hasta Acre, Tiro, Creta y Chipre, pasando por un lugar de las cercanías de Jericó, que por algo se llamaba A-Sukkar. A partir de entonces, el azúcar fue el oro blanco que en Europa se vendía, por gramos, en las boticas.

Desde el Papa de Roma hasta el más humilde cura de parroquia, no hay sacerdote que no dicte lecciones de buena conducta sexual. ¿Cómo pueden saber tanto sobre una actividad que tienen prohibido practicar?

Salvo en el bautismo, el baño se evitaba porque daba placer y porque invitaba al pecado. En los tribunales de la Santa Inquisición, bañarse con frecuencia era prueba de herejía de Mahoma. Cuando el cristianismo se impuso en España como verdad única, la Corona mandó arrasar los muchos baños públicos que los musulmanes habían dejado, por ser fuentes de perdición. Ningún
santo ni santa había puesto nunca un pie en la bañera y entre los reyes era raro bañarse, que para eso estaban los perfumes. La reina Isabel de Castilla tenía el alma limpia, pero los historiadores discuten si se bañó dos o tres veces en toda su vida. El elegante Rey Sol de Francia, el primer hombre que usó tacones altos, se bañó una sola vez entre 1647 y 1711. Por receta médica.

Los viajes de la gran flota china eran misiones de exploración y de comercio. No eran empresas de conquista. Ningún afán de dominio obligaba a Zheng a despreciar ni a condenar lo que encontraba. Lo que no era admirable resultaba, al menos, digno de curiosidad. Y de viaje en viaje iba creciendo la biblioteca imperial de Pekín, que en cuatro mil libros reunía los saberes del mundo. Seis libros tenía, por entonces, el rey de Portugal.

La burocracia del dolor tortura al servicio del poder que la necesita para perpetuarse. La confesión del torturado vale poco o vale nada. En cambio, el poder se arranca la máscara en las cámaras de tormento. El poder confiesa, torturando, que come miedo.

Cuando el Demonio apareció, en forma de becaria, en el Salón Oval de la Casa Blanca, el presidente Bill Clinton no recurrió a ese anticuado método católico [el exorcismo] . Durante tres meses, el presidente espantó al Maligno arrojando un huracán de misiles sobre Yugoslavia.

Para eludir el castigo, algunos homosexuales se disfrazaban de mujeres y se hacían pasar por prostitutas. A fines del siglo quince, Venecia dictó una ley que obligaba a las profesionales a exhibir sus tetas. Los pechos desnudos debían ser mostrados en las ventanas donde ellas se ofrecían a los clientes de paso. Trabajaban en un puente, cercano al Rialto, que todavía se llama Ponte delle Tette.

Siglos antes, san Pedro Damián había denunciado esta novedad venida de Bizancio: —Dios no nos hubiera dado dedos si hubiera querido que usáramos ese instrumento satánico. La reina Isabel de Inglaterra y el Rey Sol de Francia comían con las manos. El escritor Michel de Montaigne se mordía los dedos cuando almorzaba apurado. Cada vez que el músico Claudio Monteverdi se veía obligado a usar el tenedor, pagaba tres misas por el pecado cometido.

Las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento, la brújula, la pólvora y la imprenta, venían de China. Los babilonios habían anunciado a Pitágoras con mil quinientos años de anticipación. Mucho antes que nadie, los hindúes habían sabido que la tierra era redonda y le habían calculado la edad. Y mucho mejor que nadie, los mayas habían conocido las estrellas, los ojos de la noche, y los misterios del tiempo. Esas menudencias no eran dignas de atención.

Si es pobre, joven y no es blanco, el intruso, el que vino de afuera, está condenado a primera vista por indigencia, inclinación al caos o portación de piel. Y en cualquier caso, si no es pobre, ni joven, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida, porque llega dispuesto a trabajar el doble a cambio de la mitad. El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos entre todos los miedos que nos gobiernan en estos tiempos del miedo, y el inmigrante está situado siempre a mano a la hora de acusar a los responsables del desempleo, la caída del salario, la inseguridad pública y otras temibles desgracias.

En vísperas del asalto de cada aldea, el Requerimiento de Obediencia explicaba a los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a san Pedro y que san Pedro tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la Reina de Castilla de toda esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso de negativa o demora se les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos. Este requerimiento se leía en el monte, en plena noche, en lengua castellana y sin intérprete, en presencia del notario y de ningún indio.

Nunca se había visto soledad tan sola.

Hoy en día, la coca sigue siendo sagrada para los indios de los Andes y buen remedio para cualquiera. Pero los aviones exterminan los plantíos, para que la coca no se convierta en cocaína. Los automóviles matan mucha más gente que la cocaína y a nadie se le ocurre prohibir la rueda.

Ladran, Sancho, señal que cabalgamos es la frase que los políticos citan con más frecuencia. Don Quijote jamás la dijo.

Ningún castigo, por severo que sea, impedirá que la gente robe si ése es su único medio de conseguir comida.

El precio dictaba el valor. Cuesta tanto, tanto vale. Baratos y abundantes eran los esclavos, y por lo tanto no valían nada. Cuanto más caray más rara era alguna cosa, más valor tenía, y cuanto menos se necesitaba, mejor era: la fascinación por lo que venía de afuera daba preferencia a las novelerías inútiles, modas cambiantes, hoy esto, mañana aquello, pasado mañana quién sabe. Esos brillos fugaces, símbolos de poder, distinguían a los mandones de los mandados. Como ahora.

No se van: los empujan. Nadie emigra porque quiere.

Por entonces, Brasil era colonia de Portugal y Portugal era colonia de Inglaterra, aunque eso no se decía.

Por regla general, los himnos confirman la identidad de cada nación por medio de las amenazas, los insultos, el autoelogio, la alabanza de la guerra y el honroso deber de matar y morir.

Brasil fue el último país de las Américas y el penúltimo del mundo. Allí, hubo esclavitud legal hasta fines del siglo diecinueve. Después también hubo, pero ilegal; y sigue habiendo. En 1888, el gobierno brasileño mandó quemar toda la documentación existente sobre el tema. Así, el trabajo esclavo fue oficialmente borrado de la historia patria. Murió sin haber existido, y existe aunque murió.

Mandar recitar de memoria lo que no se entiende, es hacer papagayos. Enseñen a los niños a ser preguntones, para que se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.

Había afirmado que jamás iba a vender nuestro rico patrimonio al bajo precio de la necesidad.

Bolivia demoró ciento ochenta y un años en enterarse de que era un país de amplia mayoría indígena. La revelación ocurrió en el año 2006, cuando Evo Morales, indio aymara, pudo consagrarse presidente por una avalancha de votos. Ese mismo año, Chile se enteró de que la mitad de los chilenos eran chilenas, y Michelle Bachelet fue presidenta.

Cuando la culpa es de todos, es de nadie.

Cuando llegó arriba, pateó la escalera.

De todo lo que dibujé antes de mis setenta años, no hay nada que valga la pena. A la edad de setenta y dos, finalmente he aprendido algo sobre la verdadera calidad de los pájaros, animales, insectos y peces, y sobre la vital naturaleza de las hierbas y los árboles. Cuando tenga cien años, seré maravilloso. [Hokusai, artista japonés].

Paraguay recibió un préstamo de un millón de libras esterlinas. El préstamo estaba destinado al pago de indemnización a los países vencedores. El país asesinado pagaba a los países asesinos, por lo mucho que les había costado asesinarlo.

Ya se sabe que la felicidad no dura.

Muchos chinos se ahorcan, antes de matar por hambre o antes de que el hambre los mate.

El obispo de Oxford preguntaba a los lectores de Darwin: —¿Usted desciende del mono por su abuelo o por su abuela?

Se llamaron era de paz mundial las tres décadas que desembocaron en la guerra de 1914. En esos dulces años, la cuarta parte del planeta fue a parar al buche de media docena de naciones.

Cuando el presidente George W. Bush invadió Irak, declaró que la guerra de liberación de las islas Filipinas era su modelo. Ambas guerras habían sido inspiradas desde el Cielo. Bush reveló que Dios le había ordenado hacer lo que hizo. Y un siglo antes, el presidente William McKinley también había escuchado la voz del Más Allá: —Dios me dijo que no podemos dejar a los
filipinos en manos de ellos mismos, porque no están capacitados para el autogobierno, y que nada podemos hacer salvo hacernos cargo de ellos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos. Así, las Filipinas fueron liberadas del peligro filipino, y de paso, los Estados Unidos salvaron también a Cuba, Puerto Rico, Honduras, Colombia, Panamá, República Dominicana, Hawai, Guam, Samoa…

En 1889, murió la monarquía en Brasil. Esa mañana, los políticos monárquicos despertaron siendo republicanos. Un par de años después, se promulgó la Constitución que implantó el voto universal. Todos podían votar, menos los analfabetos y las mujeres. Como casi todos los brasileños eran analfabetos o mujeres, casi nadie votó.

Uruguay era el centro latinoamericano de la audacia y probaba con hechos su energía creadora. El país tuvo educación laica y gratuita antes que Inglaterra, voto femenino antes que Francia, jornada de trabajo de ocho horas antes que los Estados Unidos y ley de divorcio setenta años antes de que la ley se restableciera en España. El presidente José Batlle, don Pepe, nacionalizó los servicios públicos, separó la Iglesia del Estado y cambió los nombres del almanaque. La Semana Santa todavía se llama, en el Uruguay, Semana de Turismo, como si Jesús hubiera tenido la mala suerte de ser torturado y asesinado en una fecha así.

Villa ofrece a Zapata la dorada silla presidencial. Zapata no la acepta. —Deberíamos quemarla —dice—. Está embrujada. Cuando un hombre bueno se sienta aquí, se vuelve malo.

La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por numeroso que sea, no es libertad. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien opina diferente.

El Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Andrew Mellon, consoló a las víctimas. Dijo que la crisis tenía su lado positivo, porque así la gente va a trabajar más duro y va a vivir una vida más moral.

Algún estudioso llegó a la conclusión de que los Estados Unidos eran el único país donde no había golpes de estado, porque allí no había embajada de los Estados Unidos.

Según las autoridades, los judíos no eran judíos por su religión, ni por su idioma, sino por su raza. Definirlos no resultaba nada fácil. Los expertos nazis encontraron inspiración en la frondosa historia del racismo universal y contaron con la invalorable ayuda de la empresa IBM. Los ingenieros de la IBM diseñaron los formularios y las tarjetas perforadas que definían las características físicas y la historia genética de cada persona. Y pusieron en marcha un sistema automatizado, de alta velocidad y enorme alcance, que permitió identificar a los judíos totales, a los semijudíos y a los que tenían más de una decimosexta parte de sangre judía circulando por sus venas.

Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas. Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino. Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral. El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice: —En mi hambre, mando yo.

Un comandante raro: cuando Oliver Law daba orden de ataque, no contemplaba a sus hombres con prismáticos, sino que se lanzaba a la pelea antes que ellos. Pero raros son, al fin y al cabo, todos estos voluntarios de las brigadas internacionales, que no combaten por ganar medallas, ni por conquistar territorios, ni por capturar pozos de petróleo. A veces, Oliver se preguntaba: —Si ésta es una guerra entre blancos, y los blancos nos han esclavizado durante siglos, ¿qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo, un negro, aquí? Y se contestaba: —Hay que barrer a los fascistas. Y riendo agregaba, como si fuera chiste: —Algunos de nosotros tendrán que morir haciendo este trabajo.

Por razones de higiene, a la entrada de las cámaras de gas había rejillas de hierro. Ahí los funcionarios limpiaban el barro de sus botas. Los condenados, en cambio, entraban descalzos. Entraban por la puerta y salían por las chimeneas, después de ser despojados de los dientes de oro, la grasa, el pelo y todo lo que pudiera tener valor. Allí, en Auschwitz, el doctor Josef Mengele hacía sus experimentos. Como otros sabios nazis, él soñaba con criaderos capaces de generar la súper raza del futuro. Para estudiar y evitar las taras hereditarias, trabajaba con moscas de cuatro alas, ratones sin patas, enanos y judíos. Pero nada excitaba tanto su pasión científica como los niños gemelos. Mengele repartía chocolatines y afectuosas palmadas entre sus cobayos infantiles, aunque en la mayoría de los casos no resultaron útiles al progreso de la Ciencia. Intentó convertir a algunos gemelos en hermanos siameses, y les abrió las espaldas para conectarles las venas: murieron despegados y aullando de dolor. A otros trató de cambiarles el sexo: murieron mutilados. A otros les operó las cuerdas vocales, para cambiarles la voz: murieron mudos. Para
embellecer la especie, inyectó tintura azul en gemelos de ojos oscuros: murieron ciegos.

Como sus colegas Mussolini y Franco, Hitler contó con el temprano beneplácito de la Iglesia Católica. Hugo Boss vistió su ejército. Bertelsmann publicó las obras que instruyeron a sus oficiales. Sus aviones volaban gracias al combustible de la Standard Oil y sus soldados viajaban en camiones y jeeps marca Ford. Henry Ford, autor de esos vehículos y del libro El judío internacional, fue su musa inspiradora. Hitler se lo agradeció condecorándolo. También condecoró al presidente de la IBM, la empresa que hizo posible la identificación de los judíos. La Rockefeller Foundation financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. Joe Kennedy, padre del presidente, era embajador de los Estados Unidos en Londres, pero más parecía embajador de Alemania. Y Prescott Bush, padre y abuelo de presidentes, fue colaborador de Fritz Thyssen, quien puso su fortuna al servicio de Hitler. El Deutsche Bank financió la construcción del campo de concentración de Auschwitz. El consorcio IGFarben, el gigante de la industria química alemana, que después pasó a llamarse Bayer, Basf o Hoechst, usaba como conejillos de Indias a los prisioneros de los campos, y además los usaba de mano de obra. Estos obreros esclavos producían de todo, incluyendo el gas que iba a matarlos. Los prisioneros trabajaban también para otras empresas, como Krupp, Thyssen, Siemens, Varta, Bosch, Daimler Benz, Volkswagen y BMW, que eran la base económica de los delirios nazis. Los bancos suizos ganaron dinerales comprando a Hitler el oro de sus víctimas: sus alhajas y sus dientes. El oro entraba en Suiza con asombrosa facilidad, mientras la frontera estaba cerrada a cal y canto para los fugitivos de carne y hueso. Coca-Cola inventó la Fanta para el mercado alemán en plena guerra. En ese
período, también Unilever, Westinghouse y General Electric multiplicaron allí sus inversiones y sus ganancias. Cuando la guerra terminó, la empresa ITT recibió una millonaria indemnización porque los bombardeos aliados habían dañado sus fábricas en Alemania.

Berlín, Reichstag, mayo de 1945. Dos soldados plantan la bandera de la Unión Soviética en la cúpula del poder alemán. Esta foto, de Evgeni Jaldei, retrata el triunfo de la nación que más hijos perdió en la guerra. La agencia Tass difunde la foto. Pero antes, la corrige. El soldado ruso que tenía dos relojes pasa a tener uno solo. Los guerreros del proletariado no andan saqueando cadáveres.

La primera bomba atómica fue ensayada en el desierto de Nuevo México. El cielo se incendió, y Robert Oppenheimer, que había dirigido los experimentos, sintió orgullo de su trabajo bien hecho. Pero tres meses después de las explosiones en Hiroshima y en Nagasaki, Oppenheimer dijo al presidente Harry Truman: —Siento que mis manos están manchadas de sangre. Y el presidente Truman dijo a su secretario de Estado, Dean Acheson: —Nunca más quiero ver a este hijo de puta en mi oficina.

La objetividad consiste en difundir los puntos de vista de cada una de las partes implicadas en situaciones de conflicto.

Arriba, en lo alto del estrado, enfundado en su toga negra, el presidente del tribunal [español]. A la derecha, el abogado. A la izquierda, el fiscal. Escalones abajo, el banquillo de los acusados, todavía vacío. Un nuevo proceso va a comenzar. Dirigiéndose al ujier, el juez, Alfonso Hernández Pardo, ordena: —Que pase el condenado.

El derecho al voto costó, pero a la larga salió. Fue una de las conquistas de la Unión de Hijas del Nilo. Entonces el
gobierno prohibió que se convirtieran en partido político, y condenó a prisión domiciliaria a Doria Shafik, que era el símbolo vivo del movimiento. Eso nada tenía de raro. Casi todas las mujeres egipcias estaban condenadas a prisión domiciliaria. No podían moverse sin permiso del padre o del marido, y muchas eran las que sólo salían de casa en tres ocasiones: para ir a La Meca, para ir a su boda y para ir a su entierro.

Los moribundos demoraron su muerte y los bebés apresuraron su nacimiento. Río de Janeiro, 16 de julio de 1950, estadio de Maracaná. La noche anterior, nadie podía dormir. La mañana siguiente, nadie quería despertar.

Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga.

El miedo no es solución. Cuanto más asustado estés, más fantasmas vendrán a visitarte. [Mao]

Proponemos que se destine a la salvación de la vida en este planeta al menos el uno por ciento de las fabulosas sumas que se gastan estudiando la vida en otros planetas.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional nos niegan fondos para buscar agua a cien metros, pero nos Ofrecen excavar pozos de tres mil metros para buscar petróleo.

Jorge Oviedo: Yo tenía catorce años cuando llegaron los brigadistas a Palma Soriano. Nunca había ido a la escuela. Pero fui a la primera clase de alfabetización, dibujé unos palotes y ya me di cuenta: esto es lo mío. Y a la mañana siguiente me escapé de casa y me eché al camino. Bajo el brazo llevaba el manual de los brigadistas. Caminé mucho, hasta que llegué a un pueblo metido allá en las montañas de Oriente. Me presenté como alfabetizador. Di la primera clase, repetí lo que había escuchado allá en Palma Soriano. Recordaba todito. Para la segunda, estudié, o más bien adiviné, lo que decía el manual. Y para las clases
siguientes… Yo fui alfabetizador antes de ser alfabetizado. O fui todo junto, no sé.

-Quieren mandarme a matar vietnamitas —dijo [Alí]—. ¿Quién humilla a los negros en mi país? ¿Los vietnamitas? Ellos nunca me hicieron nada.

Aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada. Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla. Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y será quince veces más largo que el Muro de Berlín, y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que perpetúa el robo de la patria saharaui por el reino marroquí y mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.

La pureza revolucionaria exigía liquidar a los impuros. Los impuros: los que pensaban, los que discrepaban, los que dudaban, los que desobedecían.

En el idioma internacional del fútbol, todavía se llaman Pinochet los equipos muy malos, porque llenan estadios para
torturar a la gente.

En gesto de involuntaria adhesión, Pinochet murió el Día Internacional de los Derechos Humanos. Para entonces, se habían descubierto más de treinta millones de dólares, por él robados, en ciento veinte cuentas de varios bancos del mundo. Esa revelación había afectado, un poquito, su prestigio. No porque hubiera sido un ladrón, sino porque había sido un ladrón ineficiente.

En 1998, la Dirección Nacional del Régimen Penitenciario de la República de Bolivia recibió una carta firmada por todos los presos de una cárcel del valle de Cochabamba. Los presos pedían a las autoridades que tuvieran a bien elevar la altura del muro de la prisión, porque los vecinos lo saltaban fácilmente y les robaban la ropa que ellos colgaban a secar en el patio. Como no había presupuesto disponible, no hubo respuesta. Y como no hubo respuesta, los presos no tuvieron más remedio que poner manos a la obra. Y alzaron bien alto el muro, con ladrillos de barro y paja, para protegerse de los ciudadanos que vivían en los alrededores de la prisión.

La desgracia de estos tiempos es que los locos conducen a los ciegos.

Un viejo proverbio dice que enseñar a pescar es mejor que dar pescado. El obispo Pedro Casaldáliga, que vive en la región amazónica, dice que sí, que eso está muy bien, muy buena idea, pero ¿qué pasa si alguien compra el río, que era de todos, y nos prohíbe pescar? ¿O si el río se envenena, y envenena a sus peces, por los desperdicios tóxicos que le echan? O sea: ¿qué pasa si pasa lo que está pasando?

Los trenes de Bombay, que transportan seis millones de pasajeros por día, violan las leyes de la física: en ellos entran muchos más pasajeros que los pasajeros que en ellos caben. Suketu Mehta, que sabe de esos viajes imposibles, cuenta que cuando ya ha partido cada tren repletísimo, hay gente que lo persigue corriendo. Quien pierde el tren, pierde el empleo. Y entonces, de los vagones brotan brazos, brazos que salen por las ventanillas o cuelgan desde los techos, y ayudan a trepar a los rezagados. Y esos brazos del tren no preguntan al que viene corriendo si es extranjero o nacido aquí, ni le preguntan qué lengua habla, ni si cree en Brahma o en Alá, en Buda o en Jesús, ni le preguntan a qué casta pertenece, o si es de casta maldita, o de ninguna casta.

Toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer. La vida sólo latía en lo que tenía cicatrices.

El libro de los abrazos.

Eduardo Galeano.

Colección de cuentos, anécdotas, metáforas, vivencias que dan testimonio de la vida y que forman abrazos para el mundo, otorgados desde el exilio. Calificación de 9.0
El libro de los abrazos

El libro de los abrazos

Era el medio siglo de la muerte de César Vallejo, y hubo celebraciones. En España, Julio Vélez organizó conferencias, seminarios, ediciones y una exposición que ofrecía imágenes del poeta, su tierra, su tiempo y su gente. Pero en esos días Julio Vélez conoció a José Manuel Castañón; y entonces todo homenaje le resultó enano. José Manuel Castañón había sido capitán en la guerra española. Peleando por Franco había perdido una mano y había ganado algunas medallas. Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castañón, héroe del ejército vencedor, pasó toda la noche en vela, atrapado, leyendo y releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más del gobierno de Franco. Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.

En el sector infantil de la Feria del Libro, en Bogotá: El locóptero es muy veloz, pero muy lento.
En la rambla de Montevideo, ante el río-mar: Un hombre alado prefiere la noche.
A la salida de Santiago de Cuba: Cómo gasto paredes recordándote.
Y en las alturas de Valparaíso: Yo nos amo.

Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytarnbo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba Solo, mirando de lejos las ruinas de piedra cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano. Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles, de cuero quemado. había quien queria un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón. Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca: – Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo. – Y anda bien? – le pregunté. – Atrasa un poco – reconoció.

La burocracia. En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación del reglamento. Desde el punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner una sola mano en la espalda. Notieched era manco. Había caído preso en dos etapas. Primero había caído su brazo. Después, él. El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el policía que lo perseguía alcanzó a pegarle un manotón, le gritó: ¡Dése preso! y se quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio después, en Paysandú. En la cárcel, Noueched quiso recuperar su brazo perdido:
– Haga una solicitud -le dijeron. Él explicó que no tenía lápiz.
– Haga una solicitud de lápiz – le dijeron. Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel.
– Haga una solicitud de papel – le dijeron.
Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo. Al tiempo, le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en
otro expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia civil.

Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla. En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería. Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de
mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

En Buenos Aires, en el puente de La Boca: Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
En Caracas, en tiempos de crisis, a la entrada de uno de los barrios más pobres: Bienvenida, clase media.
En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional: Dios vive.
Y debajo, con otra letra: De puro milagro.
Y también en Bogotá: Proletarios de todos los países, unídos!
Y debajo, con otra letra: (último aviso.)

El socialismo es el camino más largo para llegar del capitalismo al capitalismo.

Los negros norteamericanos, los más oprimidos, crearon el Jazz, que es la más libre de las músicas.

En la isla de Vancouver, cuenta Ruth Benedict, los indios celebraban torneos para medir la grandeza de los príncipes. Los rivales competían destruyendo sus bienes. Arrojaban al. fuego sus canoas, su aceite de pescado y sus huevos de salmón; y desde un alto promontorio echaban a la mar sus mantas y sus vasijas. Vencía el que se despojaba de todo.

La extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente y la humillación pública son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo. – Los derechos humanos tendrían que empezar por casa -me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.

A Ramona Caraballo la regalaron no bien supo caminar. Allá por 1950, siendo una niña todavía, ella estaba de esclavita en una casa de Montevideo. Hacía todo, a cambio de nada. Un día llegó la abuela, a visitarla. Ramona no la conocía, o no la recordaba. La abuela llegó desde el campo, muy apurada porque tenía que volverse enseguida al pueblo. Entró, pegó tremenda paliza a su nieta y se fue. Ramona quedó llorando y sangrando. La abuela le había dicho, mientras alzaba el rebenque: – No te pego por lo
que hiciste. Te pego por lo que vas a hacer.

La televisión, muestra lo que ocurre? En nuestros países, la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra. La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad. Porque la vida es un espectáculo: a los que se portan bien, el sistema les promete un cómodo asiento.

A los libros, ya no es necesario que los prohíba la policía: los prohíbe el precio.

La máquina de retroceder. A principios del siglo veinte, el Uruguay era un país del siglo veintiuno. A fines del siglo veinte, el Uruguay es un país del siglo diecinueve. En el reino del aburrimiento, las buenas costumbres prohíben todo lo que la rutina no impone. Los hombres sueñan con jubilarse y las mujeres sueñan con casarse. Los jóvenes, culpables del delito de ser jóvenes, sufren pena de soledad o destierro, a menos que puedan probar que son viejos.

Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno. entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado.

Mentras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

No hay que pasar de los setenta, porque entonces te envicías y ya no querés morirte.

De Montevideo me había marchado porque no me gusta estar preso; de Buenos Aires, porque no me gusta estar muerto.

En pleno centro de Medellín; la letra con sangre entra. Y abajo, firmando: Sicario alfabetizador.
En la ciudad uruguaya de Melo: Ayude a la policía: Tortúrese.
En un muro de Masatepe, en Nicaragua, poco después de la caída del dictador Somoza: Se morirán de nostalgia, pero no volverán.

Ni diez personas iban a los últimos recitales del poeta español Blas de Otero. Pero cuando Blas de Otero murió, muchos miles de personas acudieron al homenaje fúnebre que se le hizo en una plaza de toros de Madrid. Él no se enteró.

Fue en la selva, en la amazonica ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:
– Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
– Para que sepa que la queremos mucho.

En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo: La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.
En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho: Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces.
En Buenos Aires, en el barrio de Flores: Una novia sin tetas más que novia es un amigo.

Si el pelo fuera importante, estaría dentro de la cabeza, y no afuera.

Peca el que miente, […] porque roba verdad a las palabras.

Julio César Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores. Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos: – Tan cerquita y sin saberlo.
Se ofrecieron una copa, y otra.
– Se te ve muy bien.
– No te vayas a creer.
Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años mozos:
– Te acordás?
– Si me acordaré.
Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero quiso
retribuir:
– Te acompaño.
– No te molestes.
– Faltaba más.
Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían, a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad daba
bastante que desear, pero enseguida volvían al ir y venir de esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible, queriéndose sin decirlo y abrazándose sin tocarse.

La derecha mezquina y la izquierda puritana han dedicado buena parte de sus fervores a discutir si Salvador Allende se suicidó o no se suicidó. Allende había anunciado que no saldría vivo del palacio presidencial. En América Latina, es tradición: todos lo dicen. Después, cuando ocurre el golpe de Estado, se toman el primer avión. Habían pasado muchas horas de bombas y fuego y Allende seguía combatiendo entre los escombros. Entonces llamó a sus colaboradores más íntimos, que resistían con él, y les dijo: – Bajen ustedes, que yo ya voy. Ellos le creyeron y se fueron, y Allende quedó solo en el palacio en llamas. Qué importa de quién fue el dedo que disparó la bala final?

Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien sabía que yo odiaba los trámites. Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa, pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió. Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido. A veces, la Abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.

Mientras ocurría, esa alegría estaba siendo ya recordada por la memoria y soñada por el sueño. Ella no iba a terminarse nunca, y nosotros tampoco, porque somos todos mortales hasta el primer beso y el segundo vaso, y eso lo sabe cualquiera, por poco que sepa.

En Montevideo, hay un niño que explica: – Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre.

Patas arriba.

La escuela del mundo al revés.
Eduardo Galeano.

Al puro estilo de galeano, llega este ensayo que raya en lo apocalíptico, y no porque de predicciones se trate, sino por la forma de vida en el mundo actual: se vive al revés. Como si de un curso escolar se tratase, Eduardo nos invita a su escuela para conocer la manera en que las cosas se han ido descomponiendo de tal manera que los de arriba, los del norte, los ricos, hacen, deshacen y descomponen con los pobres, los del sur, los de abajo. El programa escolar incluye: Curso básico de injusticia, racismo y machismo, Cátedras del miedo, Seminario de ética, Clases magistrales de impunidad y Pedaogía de la Soledad. El autor finaliza con una soberbia nota que no deja lugar a dudas: El autor terminó de escribir este libro en agosto de 1998. Si quiere usted saber cómo continúa, lea, escuche o mire las noticias cada día. Calificación: 10.
Patas Arriba. Eduardo Galeano.

Patas Arriba. Eduardo Galeano.

Cuando un delincuente mata por alguna deuda impaga, la ejecución se llama ajuste de cuentas; y se llama plan de ajuste la ejecución de un país endeudado, cuando la tecnocracia internacional decide liquidarlo.

En el mundo tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz universal son los que más armas fabrican y los que más armas venden a los demás países; los bancos más prestigiosos son los que más narcodólares lavan y los que más dinero robado guardan; las industrias más exitosas son las que más envenenan el planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante negocio de las empresas que lo aniquilan. Son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo. Caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés. Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia.

Esos niños [de la calle] eran habitualmente acosados por los policías y los perros de la Central Camionera del Norte. El gerente general de la empresa declaró a la periodista: -No dejamos que los niños se mueran porque, de alguna manera, son humanos.

La vejez es un fracaso, la infancia es un peligro.

Está la clase media asfixiada por las deudas y paralizada por el pánico, y en el pánico cría a sus hijos. Pánico de vivir, pánico de caer: pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. En el clamor colectivo por la seguridad pública, amenazada por los monstruos del delito que acecha, la clase media es la que más alto grita. Defiende el orden como si fuera su propietaria, aunque no es más que una inquilina agobiada por el precio del alquiler y la amenaza del desalojo. Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo ciudad del presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde alguna ventana de sus telecasas: la calle prohibida por la violencia o por el pánico a la violencia, la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.

El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos. Esta paradoja es madre de otra paradoja: el norte del mundo dicta órdenes de consumo cada vez más imperiosas, dirigidas al sur y al este, para multiplicar a los consumidores, pero en mucha mayor medida multiplica a los delincuentes. Al apoderarse de los fetiches que brindan la existencia real a las personas, cada asaltante quiere tener lo que su víctima tiene, para ser lo que su víctima es. Armaos los unos a los otros: hoy por hoy, en el manicomio de las calles, cualquiera puede morir de bala: el que ha nacido para morir de hambre y también el que ha nacido para morir de indigestión.

En la era de las privatizaciones y del mercado libre, el dinero gobierna sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al estado? El estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y de la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un estado juez y gendarme, y poco más. En muchos países del mundo, la justicia social ha sido reducida a justicia penal. El estado vela por la seguridad pública: de los otros servicios, ya se encargará el mercado; y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. Aunque la administración pública quiera disfrazarse de madre piadosa, no tiene más remedio que consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En estos tiempos neoliberales, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública, como si fueran formas de la caridad pública, en vísperas de elecciones.

Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece. La pobreza puede merecer lástima, en todo caso, pero ya no provoca indignación: hay pobres por ley de juego o fatalidad del destino.

El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso. Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra del Vietnam, escribió un libro donde reconoció que la guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a más de tres millones de vietnamitas y a cincuenta y ocho mil norteamericanos, no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota, no en la injusticia. Según McNamara, ya en 1965 había abrumadoras evidencias que demostraban la imposibilidad del triunfo de las fuerzas invasoras, pero el gobierno norteamericano siguió actuando como si la victoria fuese posible. El hecho de que los Estados Unidos hayan pasado quince años practicando el terrorismo internacional para imponer, en Vietnam, un gobierno que los vietnamitas no querían, está fuera de cuestión. Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la segunda guerra mundial es un detalle que carece de importancia.

Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso per cápita.

Ayuda externa se llama el impuestito que el vicio paga a la virtud en las relaciones internacionales.

No hay más que echar un vistazo a las nuevas leyes de inmigración en los países europeos, o al muro de acero que los Estados Unidos están construyendo a lo largo de la frontera con México: éste no es un homenaje a los caídos del muro de Berlín, sino que es una puerta cerrada, una más, en las relaciones de los trabajadores mexicanos que insisten en ignorar que la libertad de mudarse de un país es un privilegio del dinero.

Pareces indio, o hueles a negro, dicen algunas madres a los hijos que no quieren bañarse, en los países de más fuerte presencia indígena o negra. Pero los cronistas de Indias registraron el estupor de los conquistadores, ante la frecuencia con que los indios se bañaban; y desde entonces han sido los indios, y más tarde lo esclavos africanos, quienes han tenido la gentileza de trasmitir, a los demás latinoamericanos, sus costumbres de higiene.

Confirmaciones del derecho de propiedad: el macho propietario comprueba a golpes su derecho de propiedad sobre la hembra, como el macho y la hembra comprueban a golpes su derecho de propiedad sobre sus hijos. Y las violaciones, ¿no son, acaso, ritos que por la violencia celebran ese derecho? El violador no busca, ni encuentra, placer: necesita someter. La violación graba a fuego una marca de propiedad en el anca de la víctima, y es la expresión más brutal del carácter fálico del poder, desde siempre expresado por la flecha, la espada, el fusil, el cañón, el misil y otras erecciones. En los Estados Unidos, se viola una mujer cada seis minutos. En México, una cada nueve minutos. Dice una mujer mexicana: -No hay diferencia entre ser violada y ser atropellada por un camión, salvo que después los hombres te preguntan si te gustó.

A mediados de 1982, ocurrió en Río de Janeiro un hecho de rutina: la policía mató a un sospechoso de hurto. La bala entró por la espalda, como suele ocurrir cuando los agentes de la ley matan en defensa propia, y el asunto fue archivado.

…a principios del 98, los Estados Unidos amenazaron con invadir Irak, por segunda vez, para que la gente se dejara de hablar de las costumbres sexuales del presidente Bill Clinton.

Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos.

El mercado mundial de armas creció en un ocho por ciento en el 96, con una facturación total de cuarenta mil millones de dólares. A la cabeza de los países compradores, con nueve mil millones de dólares, figura Arabia Saudita. Este país está también a la cabeza, desde hace muchos años, en la lista de los países que violan los derechos humanos. En el 96, dice Amnistía Internacional, «continuaron recibiéndose informes sobre torturas y malos tratos a detenidos, y los tribunales impusieron penas de flagelación, de entre 120 y 200 latigazos, a por lo menos 27 personas. Entre ellos, 24 filipinos, a quienes, según informes, se condenó por comportamientos homosexuales. Al menos 69 personas recibieron sentencias de muerte y fueron ejecutadas». Y también: «El gobierno del rey Fahd mantuvo la prohibición de los partidos políticos y de los sindicatos. Continuó ejerciéndose una estricta censura sobre la prensa». Hace muchos años que esta monarquía petrolera es la mejor cliente de la industria norteamericana de armamentos y de los aviones británicos de combate. El sano intercambio de petróleo por armamentos, permite a la dictadura saudí ahogar en sangre la protesta interna, y permite a los Estados Unidos y a Gran Bretaña alimentar sus economías de guerras y asegurar sus fuentes de energía contra cualquier amenaza: armas y petróleo, dos factores claves de la prosperidad nacional. Algún malpensado podría llegar a creer que el rey Fahd paga esas millonadas por las armas y, de paso, compra impunidad. Por motivos que Alá sabrá, jamás vemos, escuchamos ni leemos ninguna denuncia de las atrocidades de Arabia Saudita, en los medios de comunicación. Esos medios, sin embargo, suelen preocuparse por los derechos humanos en otros países árabes. El fundamentalismo islámico sólo es demoníaco cuando obstaculiza los negocios, y los mejores amigos son los que más armas compran. La industria norteamericana de armamentos practica la lucha contra el terrorismo vendiendo armas a gobiernos terroristas, cuya única relación con los derechos humanos consiste en que hacen todo lo posible por aniquilarlos. En la Era de la Paz, que es el nombre que dicen que tiene el período histórico abierto en 1946, las guerras han matado no menos de 22 millones de personas y han expulsado de sus tierras, de sus casas o de sus países a más de cuarenta millones. Nunca falta alguna guerra o guerrita para que se lleven a la boca los televidentes consumidores de noticias. Pero nunca los informadores informan, ni los comentaristas comentan, nada que pueda ayudar a entender lo que pasa. Para eso, tendrían que empezar por responder a las preguntas más elementales: ¿Quién está traficando con todo este dolor humano? ¿A quién da de ganar esta tragedia? «la cara del verdugo está siempre bien escondida», cantó, alguna vez, Bob Dylan.

Hay treinta y cinco mil armas nucleares en el mundo. Los Estados Unidos poseen la mitad, y la otra mitad pertenece a Rusia y, en menor medida, a otras potencias. Los dueños del monopolio nuclear ponen el grito en el cielo cuando India, o Pakistán, o quien sea, realiza el sueño de la explosión propia, y entonces denuncian el peligro que el mundo corre: cada una de esas armas puede matar a varios millones de personas, y unas cuantas bastarían para acabar con la aventura humana en el planeta, y con el planeta también.

Salvo una fugaz excursión de Pancho Villa en los tiempos de la revolución mexicana, ningún enemigo ha atravesado sus fronteras. En cambio, los Estados Unidos han tenido siempre la desagradable costumbre de invadir a los demás. Buena parte de la opinión pública norteamericana padece una asombrosa ignorancia acerca de todo lo que ocurre fuera de su país, y teme o desprecia lo que ignora. En el país que más ha desarrollado la tecnología de la información, los informativos de la televisión otorgan poco o ningún espacio a las novedades del mundo, como no sea para confirmar que los extranjeros tienen tendencia al terrorismo y a la ingratitud. Cada acto de rebelión o explosión de violencia, ocurra donde ocurra, se convierte en nueva prueba de que la conspiración internacional prosigue su marcha, alimentada por el odio y por la envidia. Poco importa que la guerra fría haya terminado, porque el demonio dispone de un amplio guardarropa y no sólo viste de rojo. Las encuestas indican que Rusia ocupa ahora el último lugar entre todos los fantasmas del terrorismo internacional, el narcoterrorismo es el que más asusta. Decir la droga es como era, en otras épocas, decir la peste: el mismo terror, la misma sensación de impotencia. Una maldición misteriosa, encarnación del demonio que tienta y pierde víctimas: como todas las desgracias, viene de afuera. De la marihuana, antes llamada the killer weed, la yerba asesina, ya se habla poco, y quizás algo tiene que ver el hecho de que las plantas de marihuana se han incorporado exitosamente a la agricultura local y se cultivan en once estados de la Unión. En cambio, la heroína y la cocaína, producidas en el extranjero, han sido elevadas a la categoría de enemigos que socavan las bases de la nación.

El deseo: Un hombre encontró la lámpara de Aladino tirada por ahí. Como era un buen lector, el hombre la reconoció y la frotó. El genio apareció, hizo una reverencia, se ofreció:
-Estoy a su servicio, amo. Pídame un deseo, y será cumplido. Pero ha de ser un solo deseo.
Como era un buen hijo, el hombre pidió:
-Deseo que resucite a mi madre muerta.
El genio hizo una mueca:
-Lo lamento, amo, pero es un deseo imposible. Pídame otro.
Como era un buen tipo, el hombre pidió:
-Deseo que el mundo no siga gastando dinero en matar gente.
El genio tragó saliva:
-Este… ¿Cómo dijo que se llamaba su mamá?

El general Jesús Gutiérrez Rebollo, que encabezaba la guerra contra las drogas en México, ya no duerme en su casa. Desde febrero de 1997, está preso por tráfico de cocaína. Pero los helicópteros y las armas sofisticadas que los Estados Unidos han enviado a México para combatir las drogas, han demostrado ser los más útiles contra los campesinos alzados en Chiapas y en otros lugares.

Bertolt Brecht decía que robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo.

Para la Cátedra de Religión. Cuando llegué a Roma por primera vez, yo ya no creía en Dios, y no tenía más que a la tierra por único cielo y único infierno. Pero no guardaba un mal recuerdo del Dios padre de los años de mi infancia, y en mis adentros seguía ocupando un lugar entrañable el Dios hijo, el rebelde de Galilea que había desafiado a la ciudad imperial donde yo estaba aterrizando en aquel avión de Alitalia. Del Espíritu Santo, lo confieso, poco o nada me había quedado: apenas el vago recuerdo de una paloma blanca de alas desplegadas, que caía en picada y embarazaba a las vírgenes. No bien entré al aeropuerto de Roma, un gran cartel me golpeó los ojos: BANCO DEL ESPÍRITU SANTO. Yo era muy joven, y me impresionó enterarme de que la paloma andaba en eso.

Es por amor a la patria, que algunos políticos se la llevan a su casa.

Al que trabaja, no le queda tiempo para hacer dinero.

El vivo vive del bobo, y el bobo de su trabajo.

El desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo de ocio y los espacios de libertad, sino que está multiplicando la desocupación y está sembrando el miedo. Es universal el pánico ante la posibilidad de recibir la carta que lamenta comunicarle que nos vemos obligados a prescindir de sus servicios en razón de la nueva política de gastos, o debido a la impostergable reestructuración de la empresa, o porque sí nomás, que ningún eufemismo alivia el fusilamiento. Cualquiera puede caer, en cualquier momento y en cualquier lugar; cualquiera puede convertirse, de un día para el otro, en un viejo de cuarenta años.

… el funcionario o el obrero que tiene trabajo debe agradecer el favor que alguna empresa le hace permitiéndole romperse el alma día tras día, carne de rutina, en la oficina o en la fábrica. Encontrar trabajo, o conservarlo, aunque sea sin vacaciones, ni jubilaciones, ni nada, y aunque sea a cambio de un salario de mierda, se celebra como si fuera milagro.

En Gran Bretaña, son cada vez más numerosos los trabajadores que permanecen en sus casas, siempre disponibles y sin cobrar nada, hasta que suena el teléfono. Entonces trabajan por un tiempo, al servicio de una agencia contratista. Después, vuelven al hogar, y sentados esperan que el teléfono suene nuevamente.

El miedo ha sido siempre, junto con la codicia, uno de los dos motores más activos del sistema que otrora se llamaba capitalismo. El miedo al desempleo permite que impunemente se burlen los derechos laborales. La jornada máxima de ocho horas ya no pertenece al orden jurídico, sino al campo literario, donde brilla entre otras obras de la poesía surrealista; y ya son reliquias, dignas de ser exhibidas en los museos de arqueología, los aportes patronales a la jubilación obrera, la asistencia médica, el seguro contra accidentes de trabajo, el salario vacacional, el aguinaldo y las asignaciones familiares. Los derechos laborales, legalmente consagrados con valor universal, habían sido, en otros tiempos, frutos de otros miedos: el miedo a las huelgas obreras y el miedo a la amenaza de la revolución social, que tan al acecho parecía. Pero aquel poder asustado, el poder de ayer, es el poder que hoy por hoy asusta, para ser obedecido. Y así se rifan, en un ratito, las conquistas obreras que habían costado dos siglos. El miedo, padre de familia numerosa, también genera odio. En los países del norte del mundo, suele traducirse en odio contra los extranjeros que ofrecen sus brazos a precios de desesperación. Es la invasión de los invadidos. Ellos vienen desde las tierras donde una y mil veces habían desembarcado las tropas coloniales de conquista y las expediciones militares de castigo. Los que hacen, ahora, este viaje al revés, no son soldados obligados a matar: son trabajadores obligados a vender sus brazos en Europa o al norte de América, al precio que sea. Viene de África, de Asia, de América latina y, en estos últimos años, después de la hecatombe del poder burocrático, también vienen del este europeo.

El precio de una camiseta con la imagen de la princesa Pocahontas, vendida por la casa Disney, equivale al salario de una semana del obrero que ha cosido esa camiseta en Haití, a un ritmo de 375 camisetas por hora.

Las mejores condiciones para las empresas son las peores condiciones para el nivel de salarios, la seguridad en el trabajo y la salud de la tierra y de la gente.

Si no se portan bien, dicen las empresas, nos vamos a Filipinas, o a Tailandia, o a Indonesia, o a China, o a Marte. Portarse mal significa: defender la naturaleza o lo que quede de ella, reconocer el derecho de formar sindicatos, exigir el respeto de las normas internacionales y de las leyes locales, elevar el salario
mínimo.

Vidas ejemplares: A mediados del 98, se desató una ventolera de indignación popular contra la dictadura del general Suharto, en Indonesia. Entonces, el Fondo Monetario Internacional le agradeció los servicios prestados, y el general se jubiló. Su vida laboral había comenzado en 1965, cuando asaltó el poder matando a medio millón de comunistas, o presuntos comunistas. Suharto no tuvo más remedio que dejar el gobierno, pero se quedó con los ahorros acumulados en más de treinta años de trabajo: 16 mil millones de dólares, según la revista Forbes (28-7-97). Un par de meses después del retiro de Suharto, su sucesor, el presidente Habibie, habló por televisión: exhortó al ayuno. El presidente dijo que si el pueblo indonesio no comía dos días por semana, los lunes y los jueves, se podría superar la crisis económica.

A fines de 1997, Leonardo Moledo publicó un artículo en defensa de los sueldos bajos en la enseñanza argentina. Este profesor universitario reveló que las magras retribuciones aumentan la cultura general, favorecen la diversidad y la circulación de los conocimientos y evitan las deformaciones de la fría especialización. Gracias a los sueldos de morondanga, un catedrático que por la mañana enseña cirugía del cerebro puede enriquecer su cultura, y la cultura de los demás, haciendo fotocopias por la tarde y exhibiendo sus habilidades, por la noche, como trapecista de circo. Un especialista en literatura germánica tiene la estupenda oportunidad de atender también un horno de pizza y luego puede desempeñar la función de acomodador en el Teatro Colón. El titular de Derecho Penal puede darse el lujo de manejar un camión de reparto, de lunes a viernes, y puede dedicarse a cuidar una plaza los fines de semana; y el adjunto de biología molecular está en óptimas condiciones para aprovechar su formación haciendo changas de plomería y pintura de automóviles.

Hasta 1991, la empresa CMS fabricaba minas para el ejército de los Estados Unidos. A partir de la guerra del Golfo, cambió de ramo, y desde entonces gana 160 millones de dólares al año despejando terrenos. La CMS pertenece al consorcio alemán Daimler Benz, que produce misiles con el mismo entusiasmo con que produce automóviles y que sigue fabricando minas por medio de otra de sus filiales, la empresa Messerschmidt-Bulkow-Blohm.

A mediados de 1978, mientras la selección argentina ganaba el campeonato mundial de fútbol, la dictadura militar arrojaba sus prisioneros, vivos, al fondo del océano. Los aviones despegaban desde Aeroparque, bien cerca del estadio donde ocurrió la consagración deportiva. No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que impide dormir a pata suelta y sin otra molestia que los mosquitos del verano; pero a veces se da. Cuando el capitán Alfonso Scilingo reveló a sus superiores que no podía dormir sin lexotanil o borrachera, ellos le sugirieron un tratamiento psiquiátrico. A principios de 1995, el capitán Scilingo decidió hacer una confesión pública: dijo que él había echado al mar a treinta personas. Y denunció que a lo largo de dos años habían sido entre mil quinientos y dos mil los prisioneros políticos que la Marina argentina había enviado a las bocas de los tiburones. Después de su confesión, Scilingo fue preso. No por haber asesinado a treinta personas, sino por haber firmado un cheque sin fondos.

… alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo.

Concluida la epopeya, el político uruguayo Adauto Puñales celebró la derrota del comunismo. Y en pleno arrebato anatómico, tronó: -¡El comunismo es un pulpo que tiene la cabeza en Moscú y los testículos por todas partes!

Para elogiar una flor, se dice: Parece de plástico.

… en numerosos estados de la Unión [Estados Unidos], el permiso de conducir es el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar una metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario. El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que también se exige para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer un trámite o para firmar un contrato. El permiso de conducir hace las veces de documento de identidad; son los automóviles quienes otorgan identidad a las personas.

Pánico a la vejez: la vejez, como la muerte, se identifica con el fracaso. El automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede comprar. Este cuerpo animado come gasolina y aceite en sus restoranes, dispone de farmacias donde le dan remedios, y de hospitales donde lo revisan, lo diagnostican y lo curan, y tiene dormitorios para descansar y cementerios para morir.

Nunca tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte público desastroso y la ausencia de carriles para bicicletas hacen poco menos que obligatorio el uso del automóvil privado, pero, ¿cuántos pueden darse el lujo? Los latinoamericanos que no tienen coche propio ni podrán comprarlo nunca, viven acorralados por el tráfico y ahogados por el smog. Las aceras se reducen o desaparecen, las distancias crecen, hay cada vez más autos que se cruzan y cada vez menos personas que se encuentran. Los autobuses no sólo son escasos: para peor, en la mayoría de nuestras ciudades, el transporte público corre por cuenta de unos destartalados cachivaches, que echan mortales humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar de aliviarla.

Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

Beatriz Sarlo ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo de fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos oasis urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas. La cultura de consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso inmediato. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. En este fin de siglo donde lo único permanente es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz, ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shopping center, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos existen fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin embargo y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo. En estos santuarios del bienestar se puede hacer todo, sin necesidad de salir a la intemperie sucia y amenazante. Hasta dormir se puede, según los últimos modelos de shoppings, que en Los Ángeles y en Las Vegas incluyen servicios de hostelería y gimnasios. Los shoppings, que no se enteran del frío ni del calor, están a salvo de la contaminación y de la violencia.

Las grandes ciudades latinoamericanas compran más y más. ¿Hasta dónde? Hay un techo que no pueden atravesar, sometidas como están a la contradicción entre las órdenes que recibe el mercado interno y las órdenes que trasmite el mercado internacional: la contradicción entre la obsesión de consumir, que requiere salarios cada vez más latos, y la obligación de competir, que exige salarios cada vez más bajos.

… Gran Bretaña, que suele actuar como si fuera colonia de la que fue su colonia.

Últimamente, la llamada telebasura está teniendo, en unos cuantos países de América latina, tanto o más éxito que las telenovelas: la niña violada llora ante el periodista que la interroga como si la violara otra vez; este monstruo es el nuevo hombre elefante, miren, señoras y señores, no se pierdan este fenómeno increíble: la mujer barbuda busca novio; un señor gordo dice estar embarazado. Hace treinta y poco años, en Brasil, ya los concursos del horror convocaban multitudes de candidatos y ganaban enormes teleaudiencias: ¿Quién es el enano más bajito del país? ¿Quién es el narigón de nariz más larga, que la ducha no le moja los pies? ¿Quién es el desgraciado más desgraciado de todos? En los concursos de desgraciados, desfilaba por los estudios la corte de los milagros: la niña sin orejas, comidas por las ratas; el débil mental que había pasado treinta años encadenado a la pata de una cama; la mujer que era hija, cuñada, suegra y esposa del marido borracho que la había dejado inválida. Y cada desgraciado tenía su hinchada, que desde la platea gritaba, a coro: ¡Ya ganó! ¡Ya ganó!

Quien no sale en la tele, no está en la realidad; quien de la tele sale, se va del mundo. Para tener presencia en el escenario político, hay que aparecer con cierta continuidad en la pantalla chica, y esa continuidad, difícil de conseguir, suele no ser gratuita. Los empresarios de la televisión brindan tribuna a los políticos, y los políticos retribuyen el favor otorgándoles impunidad: impunemente, los empresarios pueden darse el lujo de poner un servicio público al servicio de sus bolsillos privados.

A esta altura, el bloqueo de adentro [En Cuba], el bloqueo autoritario, está resultando tan enemigo como el bloqueo imperial de afuera, contra la energía creadora que la revolución contiene. Son muchos los ciudadanos que pierden la opinión, por falta de uso. Pero otros hay que no tienen miedo de decir y tienen ganas de hacer, y por su aliento sigue Cuba viva y coleando: ellos prueban que las contradicciones son el pulso de la historia, mal que les pese a quienes las confunden con herejías o con molestias que la vida plantea a los planes.

Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

… cada cual es tan pequeño como el miedo que siente, y tan grande como el enemigo que elige.

Mente anciana en cuerpo sano.

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y, como juega el niño sin saber que juega;[…] los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos; la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

… los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

… la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Las Palabras Andantes.

Eduardo Galeano.

Colección de cuentos y reflecciones al más puro estilo de Galeano. La verdad no sé si sean historias que el se ha inventado o que más bien le han contado, algunas buenas, otras no tanto pero todas tienen en común que suceden en Latinoamérica. Las ilustraciones tampoco son de mi agrado… pero cada quién sus gustos. Creo que lo que más me gustó son las inscripciones en los muros 😛 Calificación de 7.5
Las palabras andantes

Las palabras andantes

Los curas, como usted sabe, sólo reciben la confesión de los pecados, que es lo que la gente menos necesita confesar.

Dios tampoco permite que regresen los demás pescadores del lago de Galilea, ni su propio hijo Jesús. Cuando ellos estuvieron en el mundo, fueron corridos a palos y fueron colgados de altas cruces y fueron desangrados a golpes de lanza. Han pasado dos mil años pero Dios no olvida.

Escrito en un muro de Montevideo: Nada en vano, Todo en vino. También en Montevideo: Las Vírgenes tienen muchas Navidades, pero ninguna Nochebuena. En Buenos Aires: Tengo ambre. Ya me comí la h. También en Buenos Aires: ¡Resucitaremos aunque nos cueste la vida! En Quito: Cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas. En México: Salario mínimo al Presidente, para que vea lo que se siente… En Río de Janeiro: Quien tiene miedo de vivir, no nace.

La madre abnegada ejerce la dictadura de la servidumbre. El amigo solícito ejerce la dictadura del favor. La caridad ejerce la dictadura de la deuda. La liberta de mercado te permite aceptar los precios que te imponen. La libertad de opinión te permite escuchar a los que opinan en tu nombre. La liberta de elección te permite elegir la salsa con que serás comido.

En la pared de una fonda de Madrid, hay un cartel que dice: Prohibido el cante. En la pared del aeropuerto de Río de Janeiro, hay un cartel que dice: Prohibido jugar con los carritos porta-valijas. O sea: todavía hay gente que canta, todavía hay gente que juega.

A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos. Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia. Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla.

¿Para qué son redondas las monedas? Para que corran.

…los hijos están hechos de los mismos materiales que los sueños y las pesadillas.

Para mal de amores, no valen doctores.

La boca del ciego canta lo que han visto sus oídos…

Javier Villafañe busca en vano la palabra que se le escapó justo cuando iba a decirla. ¿Adónde se habrá ido esa palabra que tenía en la punta de la lengua? ¿Habrá algún lugar donde se juntan las palabras que no quisieron quedarse? ¿Un reino de las palabras perdidas? Las palabras que se te fueron, ¿dónde te están esperando?

Se sabe que hubo una fiesta en el cielo. Que ustedes [los perros] se bañaron en un río que no era el Paraná, un río de allá del Paraíso… -Y dejamos los rabos a secar en la orilla. Rabo mojado no espanta mosquitos. -Si. Todos los rabos en la orilla, en fila. -Y Dios nos hizo la broma aquella. Mandó al río crecer. -Se desbordó, el río. -Y tuvimos que salir de aputo. Y en el desespero, cada cual agarró el primer rabo que encontró. Y desde entonces nos andamos olfateando, en busca del rabo perdido.

Yo era muchacho, casi niño, y quería dibujar. Mintiendo la edad pude mezclarme con los estudiantes que dibujaban una modelo desnuda. En las clases, yo borroneaba papeles, peleando por encontrar líneas y volúmenes. Aquella mujer en cueros, que iba cambiando de pose, era un desafío para mi mano torpe y nada más: algo así como un jarrón que respiraba. Pero una noche, en la parada del ómnibus, la vi vestida por primera vez. Al subir al ómnibus, la pollera se alzó y le descubrió el nacimiento del muslo. Y entonces mi cuerpo ardió.

La A tiene las piernas abiertas. La M es un subibaja que va y viene entre el cielo y el infierno. La O, círculo cerrado, te asfixia. La R está notoriamente embarazada. -Todas las letras de la palabra AMOR son peligrosas- comprueba Romy Díaz-Pereyra.

…más allá de las nubes no puede la gente renacer en los hijos que tiene, ni en las papas que planta, ni en los amores que deja.

Papá Montero era bailandero y cantador, fundador de las alegría en la noche de La Habana. Toda la ciudad se iba de rumba con él, y en el rumbo de su rumba se perdía. Cuando una puñalada acabó con Papá Montero, la noche de La Habana se quedó muda. Pero en pleno velorio, una rumba sonó. Muy lejana. Casi nadie la oyó. Al amanecer, cuando los amigos iban a llevarse el ataúd, descubrieron que en el ataúd no había nadie.

Quien sabe leer, lee: Prohibido. Quien no sabe, aprende a golpes, curso de pobre.

Día que empieza mal, sigue peor.

Si la bestia te ataca, ¿qué harás? ¿Rezarás? ¿Te resignarás, y que se cumpla la voluntad de Dios? ¿O te treparás a un árbol? A mi papá no le gusta que lo usen de coartada para la cobardía o la estupidez.

El no los quiere [Dios], por casi buenos. El Diablo tampoco, por casi malos.

Me van a escuchar después de muerto -dice-. Aquí, en la tierra, es así.

Si las palabras engordaran, con todas las que yo me trago, no cabría en el mundo.

Ella está en el horizonte -dice Fernando Birrí-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre dies pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.

El futbol a sol y sombra

Eduardo Galeano.

Excelente libro a la manera de Eduardo Galeano que aborda el tema del futbol de una manera que podría decir exquisita. En él, Galeano se identifica como un romántico que anda en busca de buen futbol sin importar de dónde sea y de quién sea, criticando las nuevas propuestas de futbol defensivo y la falta de compromiso de los jugadores. Recomendado ampliamente, hace reseñas de los mundiales (la versión que tengo en pdf incluye hasta el Mundial 2002) en pocos comentarios, y hace referencias a los momentos históricos que en el mundo se estaban viviendo en las mismas fechas de los mundiales; es puntilloso al hablar en cada mundial, que fuentes de Miami esperan la inminente caída de Fidel Castro, cosa que hasta hace una semana se dió, sólo que al presentar él mismo su renuncia al cargo.
Otro aspecto recomendable son las crónicas de descripciones de goles famosos; casi casi, puedes sentir que estás ahí, en el estadio. Es en fin, un referente para quienes gustamos del futbol. Calificación de 10.
Futbol a sol y sombra

Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy mas que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: -Una linda jugadita por el amor de Dios. Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece.

Por suerte todavía aparece por las canchas, aunque sea muy de ve en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

[El hincha] Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos lo rivales son tramposos. […] El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que has sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

El estadio del rey Fahd , en Arabia Saudita, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.

Ya existía, eso sí, el fuera de juego. Era desleal meter goles a espaldas del adversario.

¿En qué se parece el futbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

… porque también en el futbol unos son más iguales que otros.

Hoy en día están prohibidas [las moñas, gambetas que dibujan ochos sucesivos en la cancha], o al menos vigiladas bajo grave sospecha, esta orfebrerías: ahora se considean exhibicionismos egoístas, que traicionan al espíritu de equipo y son perfetamente inútiles ante los férreos sistemas defensivos del futbol moderno.

Y aunque han transcurrido muchos años, la desconfianza continúa: cada vez que un tiro de esquina sacude la red sin intermediarios, el público celebra el gol con una celebración, pero no se lo cree.

Piendibene, hombre de rara maestría y más rara modestia, nunca fstejaba sus goles, por no ofender.

El arquero argentino Bossio, se tiró en paloma, cuando ya la pelota se había estrelaldo contra la red. L pelota rebotó en la red, y volvió, picando, a la cancha. El puntero uruguayo Figueroa, volvió a meterla, catigándola de una patada, porque eso de salirse era mala educación.

[Albet Camus] También aprendio a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura…

[Domingos da Guia] El despreciaba la velocidad. Jugaba en cámara lenta, maestro del suspenso, gozador de la lentitud: se llamó domingada al arte de salir del área a toda calma, como él hacía, desprendiéndose de la pelota sin correr y sin querer, porque le daba pena quedarse sin ella.

Aquella tarde, en el camino al gol, reibió trancazos duros de Angeletti y Suárez, y él se dió el lujo de eludirlos dos veces. Valussi le desgarró la camisa, lo agarró de un brazo y le tiró una patada y el corpulento Ibáñez se le plantó delante en plena carrera, pero la pelota formaba parte del cuerpo de Atilio y nadie podía parar esa tromba que volteaba jugadores como si fueran muñecos de trapo, hasta que por fin Atilio se desprendió de la pelota y su disparo tremebundo sacudió la red. Los jugadores de Boca rodearon al árbitro: le exigían que anulara el gol por las faltas que ellos habían cometido. Como el árbitro no les hizo caso, los jugadores se retiraron, indignados, de la cancha.

… cuando Lago o García metían un gol perfecto, de esos que dejan a los rivales paralíticos de rabia o de admiración, recogían la pelota del fondo de la red y con ella bajo el brazo desandaban su camino, paso a paso, arrastrando los pies: así, levantando el polovo, borraban sus huellas, para que nadie les copiara la jugada.

El público bautizó con el nombre de La Máquina a aquel legendario equpi [River plate], por la precisión de sus jugadas. Era un dudoso elogio. Nada tenían que ver con la frialdad mecánica esos atacantes que gozaban jugando y de tanto disfrutar se olvidaban de patear al arco. Mas justa era la hinchada cuando los llamaban Caballeros de la angustia, porque estos jodones hacían sudar la gota gorda a sus devotos antes de brindarles el alivio del gol.

En el futbol como en todo lo demás, son mucho más numerosos los consumidores que los creadores.

Heleno estaba de espaldas al arco. La pelota llegó de arriba. El la paró con el pecho y se dió vuelta sin dejarla caer. Co el cuerpo en arco y la pelota en el pecho, enfrentó la situación. Entre el gol y él, una multitud. En el área de flamengo había más gente que en todo Brasil. Si la pelota iba al suelo, estaba perdido. Y entonces Heleno se echó a caminar, siempre curvado hacía atrás, y con la pelota en el pecho atravesó tranquilamente las líneas enemigas. Nadie se la podía sacar sin cometer falta, y estaba en la zona de peligro. Cuando llegó a las puertas del arco, Heleno enderezó el cuerpo. La pelota se deslizó hacia sus pies. Y remató.

A mediados de los años cincuenta, Peñarol firmó el primer contrato para lucir publicidad en las camisetas. Diez jugadores aparecieron con el nombre de una empresa en el pecho. Obdulio Varela, en cambio, jugó con la camiseta de siempre, y explicó: -Antes, alos negros nos llevaban de una argolla en la nariz. Ese tiempo ya pasó.

A propósito de santas costumbres, hace ya unos cuantos años que un milagro del Papa de Roma convirtió al Espíritu Santo en un banco de crédito. Actualmente, el club italiano Lazio lo tiene de sponsor. Banco di Santo Spirito, dicen las camisetas, como si cada jugador fuera un cajero de Dios.

Para el hincha fanático, el placer no está en la victoria del propio club, sino en la derrota del otro.

El pertenecía al Hamburgo en cuerpo y alma: -Soy un hincha más, el Hamburgo es micasa -decía. Uwe Seeler despreció todas las ofertas que tuvo, muchas y muy suculentas, para jugar en los más poderosos equipos de Europa.

Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, para no perderse el golazo.

Alain Giresse formó, junta a Platiní, Tigana y Genghini, la más espectacular línea media del Mundial 82 y de toda la historia del futbol francés. En la pantalla del televisor, Giresse era tan chiquito que siempre parecía que estaba lejos. […] En el futbol la habilidad es más determinante que las condiciones atléticas, y en muchos casos la habilidad consiste en el arte de convertir las limitaciones en virtudes.

Platiní no sólo ofrecía, en cada partido, un recital de goles de ilusionista, de esos que no pueden ser de verdad, sin oque también encandilaba al público con su capacidad para organizar el juego de todo el equipo. Bajo su dirección, la selección francesa exhibía un futbol armonioso, construído y disfrutado paso a paso, a medida que cada jugada crecía: todo lo contrario del centro a la olla, embestida al bulto y que Dios se apiade.

Pero las barras bravas, que ofenden al futbol como el borracho ofende al vino, no son un triste privilegio europeo.

En el Mundial del 86, Valdano, Maradona y otros jugadores protestaron porque los principales partidos se jugaban al mediodía, bajo un sol que freía lo que tocaba. El mediodía de México, anochecer de Europa, era el horario que convenía a la televisión europea.

Aplaudida eficiencia de la mediocridad: cada vez abundan más, en el futbol moderno, los equipos integrados por funcionarios especializados en evitar la derrota, y no por jugadores que corren el peligro de actuar con inspiración y dejarse llevar por la improvisación.

La moral del mercado, que en nuestro tiempo es la moral del mundo, autoriza todas las llaves del éxito, aunque sean ganzúas.

Hoy en días esos clubes son sociedades anónimas que manejan fortunas contratando jugadores y vendiendo espectáculos, y estan acostumbrados a trampear al Estado, a engañar al público y a violar el derecho laboral y todos los derechos. Están, también, acostumbrados a la impunidad. No existe corporación multinacional más impune que la FIFA, que los agrupa a todos. La FIFA tiene su propia justicia. Como Alicía en el país de las maravillas, esa justicia de la injusticia dicta sentencia pimero y hace el proceso después, que ya habrá tiempo.

Somos porque ganamos. Si perdemos, dejamos de ser. La camiseta de la selección nacional se ha convertido en el más indudable símbolo de identidad colectiva, y no sólo en los países pobres o pequeños que dependen del futbol para figurar en el mapa. […]En el futbol, como en todo lo demás, esta prohibido perder. En este fin de siglo, el fracaso es el único pecado que no tiene redención.

Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado de ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y el crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer».

Según un reciente estudio científico publicado por el Daily Telegraph de Londres, los hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta testosterona como los jugadores.

Antes, los «pases» se referían al viaje de la pelota de un jugador al otro; ahora, los «pases» aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un país a otro.

Los robots, programados por ingenieros, son fuertes en defensa y rápidos y cañoneros en el ataque. Jamás se entretienen con la pelota. Cumplen sin chistar las órdenes
del director técnico y ni por un instante cometen la locura de creer que los jugadores juegan.

Según los datos publicados hace un par de años por France Football, el tiempo de vida útil de los jugadores profesionales ha bajado a la mitad en los últimos veinte años. El promedio, que era de doce años, se ha reducido a seis. Los obreros del fútbol rinden cada vez más y duran cada vez menos. Para responder a las exigencias del ritmo de trabajo, muchos no tienen más remedio que recurrir a la ayuda química, inyecciones y pastillas que
les aceleran el desgaste, las drogas tienen mil nombres, pero todas nacen de la obligación de ganar y merecen llamarse exitoína.