Aráoz y la verdad

Eduardo Alfredo Sacheri

Aráoz y la verdad

Aráoz y la verdad


Ezequiel Aráoz un hombre hundido en la depresión, encuentra en un recuerdo de la niñez la razón para vivir: averiguar qué es lo que realmente sucedió durante el partido en que el equipo de sus amores, perdió la categoría. Una vez conocida la verdad, da a conocer la suya, con la esperanza de que la catársis le renueve la vida. Calificación de 10.

Perimir: Caducar [un procedimiento judicial] por haber transcurrido el término fijado por la ley sin que lo hayan impulsado las partes.
Colegir: Sacar una conclusión por medio de un razonamiento a partir de hechos, indicios, supuestos anteriores o de un principio general.
Aliscafo: Buque autopropulsado cuyo peso, en condiciones normales de navegación, es soportado parcial o totalmente por fuerzas hidrodinámicas
Hendija: Abertura estrecha y alargada que se produce naturalmente en un cuerpo sólido o que queda entre dos cuerpos o dos partes de una misma cosa.
Catafalco: Armazón cubierto con tela negra que representa un sepulcro y que se levanta en los templos para celebrar los funerales por un difunto.
Achurar: Matar con arma blanca.

Aráoz considera la situación. Quince horas atrás estaba tirado a la bartola sobre su cama, con los zapatos puestos y fumando un cigarrillo detrás de otro. Si ahora, a las nueve y diez de la noche, se halla a cuatrocientos cincuenta kilómetros de su casa, ha sido por seguir un impulso. Minúsculo tal vez, pero un impulso.

El país crece. Avanza. No podemos detenernos por un par de trenes o por cuatro o cinco pueblos. ¿No le parece?

Lo mejor cuando uno no quiere que lo jodan con preguntas es devolverlas

Mejor callarse, porque las cosas pasan más rápido si uno no dice nada, si uno no contesta.

Hace un rato la gente se puso a saltar y los tablones de madera se movían para todos lados, pero Aráoz no se asusta porque sabe que no se caen. La primera vez sí se asustó, pero su padre le dijo que se quedara tranquilo y él se quedó. Bueno, en realidad, le dijo que se quedara quieto, que no es lo mismo pero es parecido. Lo mismo se quedó.

Para cruzar la avenida tiene que darle la mano al padre. Del otro lado lo suelta y Aráoz sigue caminando solo por la calle. A él no le molestaría seguir de la mano, porque le gusta que lo traten como grande pero también le gustaría que su padre le diera la mano. Que le diera más la mano. No solo para cruzar la avenida.

Cada vez que ataca Lanús todos murmuran. Y cuando en la cancha un montón de tipos murmuran al mismo tiempo es como si murmurara un gigante. Suena fuertísimo, sin dejar de ser murmullo. Es raro, pero es así.

“¡Foul!”, grita alguien, unos escalones arriba de Aráoz. De todos modos lo grita apenas y sin ganas, porque sabe que es mentira.

Suele ocurrirle eso de tener que cerrar dos veces las puertas de los autos, la primera sin energía suficiente y la segunda con estragos de demolición.

Cuando sea el número cinco titular de Deportivo Wilde, de vez en cuando, pero solo de vez en cuando, Aráoz tendrá que pegar alguna patada fuerte. Perlassi a veces lo hace, cuando no le queda otra. Pero después se va a quedar al lado del delantero hasta que se levante y le va a pedir perdón, porque pegar es feo. Pegar es horrible.

Algunas palabras son complicadas. “Conocer” a alguien. “Ser amigo” de alguien. No sé. A veces me parece que son cosas que uno no puedo decir ni de uno mismo.

“No puede ser”. Aráoz reconoce la voz del tío Quique, y la voz del tío de repente se ha llenado de sombras. Y aunque tenga ocho años, Aráoz comprende el sentido de lo que dice el tío. No es que el tío piense que lo que está ocurriendo sea mentira, o sea una pesadilla. Lo que dice el tío es que lo que pasa —más allá de que esté pasando— es demasiado confuso y terrible y el alma de la gente no aguanta cosas así, y por eso el alma de las personas prefiere pensar que no puede pasar lo que pasa. El alma sufre mucho, a veces. Aráoz lo sabe porque, aunque sea chico, ya le ha pasado eso. A veces.

Aráoz nunca ha visto a la gente tan callada. Se ve que eso es el descenso. Así se desciende, y no de otra manera. Aráoz incorpora esta forma de dolor a las otras, a las que ya conoce.

Esa felicidad incrédula que es tal vez la forma más perfecta de la felicidad. “Más que la más perfecta es la única forma posible de la felicidad”, piensa Aráoz; porque a fuerza de vivir y de sufrir los seres humanos terminan por intuir que es imposible hallar un camino sensato hacia la felicidad, y que si ella acaece es por un capricho tan inconmensurable, por un accidente tan impredecible que lo único que le cabe al ser humano es rendirse y orar para que dure más de treinta segundos. Eso no lo piensa el Aráoz de ocho años, ese que está de pie, rígido de frío, en esa tribuna colmada y atónita; sino el Aráoz de cuarenta y dos. Ese Aráoz al que le cuesta la vida entera conciliar el sueño.

Aráoz se acuerda de que hace un rato, cuando el equipo salió a jugar el segundo tiempo, la gente aplaudía y alentaba a los jugadores. Todos, en la tribuna. El tío Quique y los primos también. Y su padre lo mismo. ¿Por qué de repente todos los odian? ¿Es posible que Aráoz sea el único que los sigue queriendo.

Hay un montón de cosas que uno entierra así, con apariencias de eternidad. Porque, de lo contrario, vivir es imposible.

Aráoz se pregunta por qué algunos insultos son más hirientes que otros. O tal vez no sean más hirientes, pero sí exijan del insultado mayores aspavientos a la hora de responder.

A veces Aráoz, al atardecer, mira a su alrededor y se le ocurre pensar que su cama es como un muelle perdido en un mar de niebla ácida, penetrada de repente por la luz tangente del fanal de un barco perdido. Pero solo a veces piensa eso, porque en general no se distrae y se mantiene pensando siempre en lo mismo. Siempre en Leticia.

¿Por qué será que cuando las cosas son mensurables lo angustian menos?

Hablar de los problemas ajenos sigue funcionándole como un excelente antídoto para distraerse de los suyos.

Aráoz prefería no decir nada cuando lo que tenía para decir le sonaba idiota. Por eso Aráoz tan a menudo se callaba la boca.

Le da lo mismo matarse que seguir vivo. Así que va a seguir vivo. Resulta menos trabajoso que matarse.

Aráoz sabe llorar sin ruido. Hay que abrir un poco la boca porque, si uno la tiene cerrada y le vienen las ganas, el aire sale como un resoplido y se nota que uno está llorando. Pero, si uno deja la boca medio abierta, el aire entra y sale y las lágrimas no son un problema, porque resbalan sin hacer ruido. Otro problema son los mocos, porque cuando uno sorbe los mocos por la nariz se nota que está llorando.

Aráoz las tristezas las camina hasta el fondo.

Si estuviese menos asombrado y confuso, Aráoz se daría cuenta de que el silencio en el que se hunde lo coloca no tanto en los márgenes inciertos de la sospecha como en el cauce profundo de la culpabilidad.

El miedo es una excelente llave para guardar cosas en la memoria.

Para eso hace falta crecer: para poder apilar palabras sobre la lisa superficie de un miedo que al principio carece de ellas.

A veces, en los días muy, pero muy feos, Aráoz fantaseaba con ser hijo del tío Quique. ¿Por qué no había podido ser hijo del tío? ¿Tan difícil era, para Dios, haberlo hecho nacer en otra casa? Ahí nomás, tres cuadras para el lado de la avenida Tres de Febrero. Además así habría tenido hermanos. A Diego y a Enrique. Y no hubiese sido hijo único. Y no lo mirarían así. Bueno, aunque su padre lo siguiese mirando así no sería tan grave, porque ya no sería su padre sino su tío, y no es lo mismo que a uno lo mire así un tío que un papá. O que le diga esas cosas.

Aunque la regla número uno para combatir el insomnio es jamás, pero jamás de los jamases, mirar la hora en el reloj despertador, Aráoz estira la mano hacia la silla que usa a modo de mesa de luz y aprieta el botón que ilumina el cuadrante. Y se lo queda mirando mientras el segundero avanza con su minúsculo redoble de algodones. […] Es cierto que ver que son las cinco y cuarto no contribuye a serenarlo; pero por lo menos le sirve para convencerse de que no está en una caja muerto y enterrado, porque a nadie lo entierran con un despertador para que pueda alzarlo y ver que son tac, tac, las cinco y dieciséis.

Aráoz, de cara al techo, siente que está subido al último peldaño de una escalera apoyada en ningún lado.

Los demás no lo vieron por la distancia, o porque las lágrimas se le mezclaban con el sudor y la mueca de la angustia se parece a la mueca del esfuerzo.

Esa mañana Perlassi lleva quince años metido en el mundo del fútbol, y la mayoría de las personas con las que se ha tenido que cruzar son un asco. No le echa la culpa al fútbol por eso. Está seguro de que el mundo de los bomberos, el de los farmacéuticos y el de las amas de casa son, también, un asco, porque en el fondo todos los mundos son pedazos del mismo mundo.

Hay cosas que es mejor no decirlas. Se hacen o no se hacen, pero no se dicen.

Había llegado el momento de pagar. Y no es lindo pagar.

A veces cuesta cara la lealtad.

—¿Esa es la verdad? Tiene la voz extenuada e insegura de quien viene de viajar mucho y no está convencido de haber arribado al sitio al que debía.

Una vida a la que no le falta nada salvo nosotros. Que en realidad no es que le falte algo, pero a nosotros nos parece como si le faltara… Lo que pasa nomás es que sobramos nosotros. Eso es todo.

Aráoz no congenia con la gente que no puede escuchar cosas espantosas sin intercalar frases de consuelo, de resignación o de esperanza. Gente sin espaldas para aguantar los horrores que carecen de remedio.

Él sigue con el pasado a cuestas. Lo que le sobra es pasado. Lo que no tiene es futuro, y eso no es la inocencia sino todo lo contrario.

Aráoz odia que las cosas no tengan salida. Sería tan sencilla la vida si hubiese siempre a dónde ir.

Corre con desesperación. Y en Aráoz la desesperación, a veces, es un sendero estrecho que conduce hacia alguna forma peculiar de valentía.

Gira de nuevo hacia fuera. No hay nada más que noche. Es demasiada soledad como para que pueda quedársela mirando.

El olor del papel viejo es uno de los más encantadores que se pueden oler.

Se burla, porque le da pudor ponerse tan contento por algo tan sencillo.

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Un viejo que se pone de pie y otros cuentos

Eduardo Alfredo Sacheri

Un viejo que se pone de pie y otros cuentos

Un viejo que se pone de pie y otros cuentos


Colección de cuentos, de la vida y de fútbol, que en su mayoría están basados por recuerdos de tiempos pasados. Los que más me gustaron: Pericón, Los miércoles de Urrutia y Biciletas. Calificación de 10.

Resúmen en 5 palabras:
Un viejo que se pone de pie. Por sus jugadas lo conoceréis. (Con solo verlo jugar futbol, un abuelo sabrá identificar al nieto que nunca conoció).
Frío. Todo lo debo al Rubio. (Cada que siente frío, un hombre recuerda lo que otro hizo por él en la guerra).
En paz descansa. El barrio ayuda a madurar. (Añoranzas de los años de infancia en el barrio).
Pericón. Tan cercanos amor y odio. (De cómo en tiempos escolares una pareja pasa de una amistad a un odio cimentado en el amor).
Montes, en el patio. Empate con sabor a vida. (Un hombre dispuesto al suicidio, se lo piensa de nuevo cuando escucha que su equipo ha logrado el campeonato con un agónico empate).
Valperga. La importancia de estar alerta. (Un hombre hubiera encontrado a su hermano tras años de búsqueda, si a quienes les contó su peregrinar no hubieran estado borrachos).
El apellido terminaba con A. (Lo importante es el apellido. Un hombre detalla santo y seña de un gran jugador, pero no recuerda su apellido).
Fuego. El valor de los libros. (El fantasma de una persona se manifiesta con el único fin de rescatar su biblioteca de la insensibilidad de los huéspedes).
Volver. La genialidad nunca se pierde. (Un crack venido a menos tiene la oportunidad de demostrar el gran jugador que es).
Los miércoles de Urrutia. Las mentiras son verdades crudas. (Un hombre paga a una mujer por escuchar mentiras, que luego se tornan en verdades).
Bicicletas. No hay mal que dure. (Un hombre encargado de un taller de bicicletas, rememora la lesión de un pupilo suyo y al mismo tiempo lo alienta a continuar su carrera en las canchas).
Topadoras. Qué padre fue mi padre. (Recuerdos de un hombre por su padre cuando ve una obra en construcción).
Una sonrisa exactamente así. Ver.
Señor Pastoriza. La muerte y un campeonato. (La muerte de un entrenador da pie para que un hombre recuerde el último campeonato de su equipo que pudo festejar con su padre).

Y las palabras domingueras:
Ñato: Que tiene la nariz aplastada o poco prominente.
Engrupido: Que es engreído o vanidoso.
Colimba: Hombre joven que cumplía con el servicio militar obligatorio..
Pergeñar: Hacer el esbozo o idea previa de un trabajo o una acción, generalmente de manera rápida y con mayor o menor habilidad, o sin concederle mucha importancia.
Benteveo: Ave de unos 25 cm de largo, de color pardo oliváceo en la región dorsal, con el pecho y vientre amarillos y la cabeza negra con una ancha ceja blanca
Yuyal: Paraje poblado de diversas hierbas silvestres.
Chicanear: Mostrar o mentar algo públicamente y con intención de atraer admiración o aplauso sobre uno mismo.
Opa: Fingir o simular [una persona] que no ve o no entiende algo presente o manifiesto para no verse obligado a contestar o a actuar en consecuencia.
Pollerudo: Dicho de un varón casado o en pareja con una mujer, que tiende a someterse y acatar las decisiones de esta.
Fondillo: Parte trasera de los calzones o pantalones.
Curda: borrachera.
Mamúa: borrachera.
Pilcha: Prenda de vestir, particularmente si es elegante y cara
Munificencia: Generosidad espléndida.

Cuando somos capaces de encontrar explicaciones, o por lo menos de buscarlas echando mano a las palabras, ya no estamos asombrados. Podemos estar conmovidos, felices o dañados, pero ya no asombrados.

El dolor es algo que se reparte con criterio más o menos igualitario, y que cada ser humano se lleva una dosis más o menos equivalente. Que unos sufren primero y que otros sufren después, pero que a fin de cuentas a todos nos corresponde sufrir más o menos lo mismo.

Jugadores distintos que aprovechan lo mucho que tienen y que suplen con huevos lo poco que les falta.

Una cosa es que las cosas te sucedan y otra cosa es saber que te están sucediendo. En todas las vidas hay cosas que no se saben. Que pasan sin que se sepan. Y algunas no se saben hasta que uno se da cuenta. Porque uno se da cuenta o porque se las dicen. O a veces sucede que cuando a uno se las dicen uno se da cuenta de que las sabía, o casi.

No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero a mí me cuesta mucho pensar en el frío si no estoy teniendo frío en el momento de querer pensar en el frío.

No es que los hijos se parezcan a los padres sino que uno ve a los dos y le busca el parecido.

Decir una cosa hace que uno diga otra y a la final tenga que decirlas todas y no puedo.

Ese invierno asistí a mi primer velorio, y todavía hoy me angustia el olor marchito y abombado que dan muchas flores cuando yacen juntas. Lloré el primer día y después me quedé seco.

¿Por qué me había pasado justo a mí, habiendo tantos pibes por todos lados? ¿Por qué no les había pasado a ellos? ¿Qué mierda había hecho yo para merecerme semejante castigo? ¿A ver? ¿Por qué justo a mí? No eran preguntas de fácil respuesta. Por añadidura, yo no estaba dispuesto a formularlas en voz alta. Me las hacía para adentro

Los jugadores eran todos iguales. De plástico, con pelo oscuro y raya al costado. Tenían una sonrisa triste y eran medio cachetudos. Lástima que no permanecían de pie. Se caían permanentemente, pero a mí no me importaba. Me servían para reproducir los partidos.

La ventaja era que en la cancha de alfombra, debajo de la mesa, no había sorpresas. Independiente ganaba siempre. Ningún imprevisto, ninguna noticia tremenda, ningún Dios injusto.

En el primer baile que pergeñamos, su madre cometió el desatino de venir a buscarla antes de las diez. Durante el resto de la noche aprendí a extrañar a una mujer.

Fue triste comprobar que había cambiado tanto que ya no teníamos en común ni siquiera los recuerdos.

Cuando uno recuerda es porque ya no tiene aquello que recuerda. No hay certificado de defunción más preciso que ese.

El único modo de contar historias felices es tomar la precaución de detener el relato a tiempo.

Nos gustan las historias felices, pero si ya nos han advertido que no lo son las preferimos tristes pero completas. Nada de engañosas amputaciones.

Duró mucho menos que en mis sueños. Todavía me faltan unos cuantos años para aprender que siempre sucede así.

Las mujeres adivinan nuestros secretos porque están condenadas a entender mejor el mundo.

De repente la tuve enfrente de mí. Alta como yo porque todavía le faltaba un tiempo para superarme, con su delgadez que empezaba a poblarse de inquietantes sinuosidades, con la piel morena y suave, con los labios llenos que yo, además, fantaseaba tibios, con esos ojos negrísimos y brillantes. Creo que ese día empecé a enamorarme de Mariana. Cuando la maestra encendió la música y empezamos a practicar los pasos básicos, uno junto al otro, intuí lo que debían sentir las almas al ingresar al cielo de los justos.

La de Mariana fue la primera mano de mujer que aferré. Claro que antes había tomado otras manos femeninas. Pero esta fue la primera mano de mujer que tomé sabiendo lo que hacía. Y ahí radica toda la diferencia.

Sabía que estaba respirando el aire que ella soltaba.

El cielo está gris, con uno de esos grises parejos que no amenazan con lluvia sino con quedarse para siempre ensombreciendo las cosas.

Montes recuerda haber leído algo, alguna vez, sobre lo atroces que son las noches de los domingos para los depresivos. Algo sobre un aumento drástico de los suicidios. Algo sobre el peor momento de la semana.

La brisa sopla un poco más fuerte y Montes siente frío. Qué curioso es el cuerpo humano. Su piel se ha erizado al contacto con el viento frío. Hace diez segundos, cuando se apoyó el caño de un arma en la cabeza, su cuerpo no se inmutó en absoluto. Pero sopla este vientito manso y toda la piel de su cuerpo se conmueve. Qué cuerpo idiota: no es capaz de advertir por dónde pasa el verdadero peligro.

Para qué vive uno si no es para darse un gustito de vez en cuándo.

Solo los cambios, los movimientos, las mutaciones de los seres y de las cosas, nos permiten corroborar que existimos.

Movido por la curiosidad del deseo (¿existe acaso otro móvil para nuestras acciones?) tomé la decisión de incorporarme.

No son las cosas sino las personas las que nos causan daños verdaderamente irreparables.

No obstante, por gratitud, o por temor a que el astro resucitase de su eclipse, permanecíamos en silencio cuando nos preguntaban qué ocurría, mirábamos para otro lado si Contini le pifiaba feo a la pelota, fingíamos una súbita distracción si un rival joven y entero le sacaba seis metros de ventaja en un pique de diez.

Si ese año el club hubiese tenido una buena campaña la cosa habría sido diferente. Pero naufragábamos casi en el fondo de la tabla y habíamos perdido todos los clásicos de la temporada. Y esas cosas destruyen todas las lealtades y sepultan todas las gratitudes.

Tenía cincuenta años, una calvicie pronunciada, los hombros enjutos y la expresión de quien sabe que casi todas las puertas de la vida se han cerrado para siempre, si es que alguna vez han estado verdaderamente abiertas.

El tono del comentario pretendía ser el de una reconvención, pero para los dos era claro que se trataba de una broma, o de una caricia.

Si don Lecci le gritaba «qué hiciste» a Cachito, de ese modo, quería decir que Cachito lo había roto, ni más ni menos. Y aunque era raro hasta un poco lo tranquilizaba, eso de saberse roto. Porque al muchacho la pierna le dolía como nunca jamás le había dolido nada, y si ese era el dolor de haberse roto, entonces por lo menos lo que le pasaba tenía nombre. De manera que así dolían las fracturas. Por eso el fuego y la sensación rara de sentir la pierna en los dedos de las manos pero no los dedos de las manos en la pierna. Como si esa pierna ya no fuese suya.

A muchos adultos les gustaba hacer eso de decir «te lo dije». Pero don Lecci no era de esos. Aunque fuera cierto que supiera que iba a pasar lo que terminó pasando.

A veces me parece que somos lo que hacemos.

lo que hacemos, pibe. No lo que decimos. Lo que hacemos.

No sé cuánto nos demoramos ahí viendo el trajín de las topadoras. Es cierto que el tiempo en la infancia no se ciñe fácilmente a los cronómetros. Pero es bien posible que hayamos permanecido allí una hora, o cosa parecida. Mi padre tenía la particular virtud de encontrarle sitio a las cosas importantes, y esas topadoras bien que lo eran. Cuando en su compañía miraba topadoras, o aviones, o películas de Disney, no me sentía al lado de un adulto que teme estar perdiendo el tiempo. En absoluto.

Mi padre era probablemente el único adulto en el mundo con la sensibilidad necesaria para comprender un dolor semejante. Comprender y acompañar, que para el caso son sinónimos.

Las astillas del pasado nunca se clavan de a una. Y lo que recuerdo se mezclará con lo que no recuerdo. Con lo que dudo. Con lo que olvidé. Con lo que nunca supe y no tengo a quién preguntar. Y enfrente estará mi padre. Alto. El pelo escaso peinado hacia atrás con fijador. Las cejas pobladas, el gesto serio, los labios gruesos, la voz profunda, los ojos divertidos y tiernos.

A veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio.

Lo normal no se recuerda casi nunca.

Cuando me enteré, casi no pude decir palabra sobre su muerte, señor Pastoriza. No sé muy bien por qué. Aunque supongo que siempre me ocurre eso con las cosas que me lastiman. No puedo nombrarlas mientras me duelen, o mientras me duelen mucho, o mientras son un dolor nuevo y desconocido, un dolor que busca su sitio en el cementerio de tristezas que todos tenemos en algún lugar del alma.

Tengo esos recortes guardados en mi casa. Tal vez alguna vez junte el valor de ir a buscarlos. No lo sé. Temo que si abro la bolsa verde en la que los tengo escondidos se escapen, también, todas las lágrimas.

Los dueños del mundo

Eduardo Sacheri

Los dueños del mundo

Los dueños del mundo


Una serie de pequeñas historias con las que el autor recuerda su niñez y específicamente las aventuras que junto a sus amigos vecinos vivieron. Sin duda uno se puede identificar con algunas de esas historias. Mis favoritas: Colectivos, Bicicletas IV: La espiral de la violencia y El mejor gol de mi vida, Calificación de 8. Del Reading Challenge, reto 12, Un libro de historias cortas.

Resúmen en cinco palabras:
Pelotas perdidas: Aunque haya obstáculos, yo jugaré. (Una palma crece en medio del campo de juegos.)
Colectivos: Para qué sirven los recuerdos. (Una historia de choferes de transporte para ensalzar a los seres queridos.)
El diablo con una sola media: A los enemigos tenerlos cerca. (Un vecino al que le incomodan los niños y sus juegos.)
La casa abandonada: ¿Qué es verdad, fantasía, realidad? (Aventuras en una misteriosa casa, habitada por dos personas aún más misteriosas.)
Bicicletas I. Introducción: Las bicicletas, los antiguos videojuegos. (La bicicleta como el máximo juguete a que se podía aspirar.)
Bicicletas II. El factor humano: De niños, los adultos estorban. (Una mujer mayor se atraviesa en pleno desafío en bici.)
Bicicletas III. Cemento fresco: Aviso: no pisar, cemento fresco. (Ignorando lo evidente de las situaciones, lo importante es la diversión.)
Bicicletas IV. La espiral de la violencia: ídem. (Cuando llega el aburrimiento, se inventan juegos sin importar sus riesgos.)
Ferrocarriles: ¡Que ahí viene el tren! (El paso del tren como alternativa para crear juegos y diversión.)
La laguna: Aprovechando los recursos para jugar. (La aparición de una laguna hace la delicia de los niños.)
Figuritas: Una broma disfrazada de juego. (Una singular riña entre rivales de cuadra.)
Curso de ingreso: Ni modo de quedarme callado. (El retraso para llegar a un curso es ocasionado por atender un desafío callejero.)
Navidades I. Rompeportones: El valor y la cobardía. (La pirotecnia, otro desafío de la niñez.)
Navidades II. La casita: ¿De todos, cual truena más? (Un método para probar cuál de los artefactos pirotécnicos es más potente.)
Navidades III. Anticapitalismo: Otra prueba de valor infantil. (De cómo es uno orillado a realizar las pruebas de valor.)
Carnavales: Todo tiempo pasado fue mejor. (En respuesta al cuestionamiento de los mayores de que los carnavales de antes eran mejores.)
El mejor gol de mi vida: El amor depende del gol. (Una rivalidad que trasciende las canchas de concreto.)

Palabras domingueras:
Ligustro: Arbusto de la familia de las oleáceas, deunos dos metros de altura, ramoso, con hojas casipersistentes, opuestas, aovadas, lisas y lustrosas, flores pequeñas, blancas y olorosas, en racimosterminales, y por frutos bayas negras, redonday del tamaño de un guisante.
Piélago: Parte del mar, que dista mucho de la tierra.

En mi niñez existían, en los barrios, dos tipos de canchas de fútbol en las que los pibes podíamos jugar: las canchitas y los campitos. Hoy, como ya soy un adulto y por lo tanto se me han agarrotado los reflejos para captar el mundo completo, tengo que hacer un esfuerzo para fundamentar la diferencia entre unos y otros. ¿Qué era lo que volvía campito al campito y canchita a la canchita? Digamos que cuando el terreno era más bien salvaje, cimarrón, apenas un poco más evolucionado que un baldío, recibía el nombre de campito. En cambios, cuando se trataba de un territorio más cuidado, con postes de madera para los arcos, o con pastizales y yuyos solo en la periferia del campo de juego, por ejemplo, alcanzaba el rango mucho más honorable de canchita.

Era usual que el encuentro cara a cara entre automovilista y colectivero derivase en un recíproco achaque de responsabilidades. “Fue culpa suya”, “¿Qué? ¿Cómo dice? ¡Culpa suya!” y así sucesivamente, hasta que la cosa se deslizaba al terreno de los insultos. Esa era para nosotros una de las mejores partes de la ceremonia. Escuchar, hilvanadas una tras otra con una precisión litúrgica y proferidas con la entonación estentórea del Himno Nacional, todas las malas palabras que nuestros padres nos tenían solemnemente prohibidas, era un deleite mayúsculo.

Yo no lo vi, pero me contaron que una vez se fue a las manos con un colectivero que lucía un pucho en la comisura de la boca y resultó demasiado sensible a sus críticas. Todavía hoy lamento habérmelo perdido. Parece que mi padre lo trató, iracundo, de “delincuente”. Eran otros tiempos, en los que había tanta gente honrada que decirla a otra persona que era un delincuente constituía, de verdad, un insulto. No sé quién ganó la dichosa pelea. Pero como es un recuero hecho a la medida de mis deseos, y por lo tanto un poco más mentiroso que los otros, me tomo la liberta de construirlo como quiero. Me gusta imaginármelo a mi papá así: con su uniforme de los sábados consistente en pantaloncitos cortos, camisa sport y calzado con chinelas, con sus cuatro pelos locos desordenados en el tole tole, lanzándole iracundos y certeros manotazos a un colectivero de la dos treinta y ocho que termina por huir despavorido hacia las alturas de su castillo de hierro, mientras el público presente aplaude la venganza del odontólogo justiciero. Podrá decirse que el recuerdo no es precisamente la verdad, y es cierto. Pero, a fin de cuentas ¿existe alguna utilidad mejor, para nuestros recuerdos, que embellecer las acciones de aquellos a quienes hemos amado?

Como siempre es más emocionante lo que imaginamos que lo que en realidad sucede, en las anécdotas truculentas que compartíamos solíamos mezclar lo que sabíamos a ciencia cierta en escenas de las películas de terror que daban los sábados a la noche y con nuestras más floridas pesadillas. Y el producto era al mismo tiempo tétrico y atrayente.

Cuando uno está sin sus amigos no tiene a quién pedirle prestada la valentía.

Es normal que le sucediera a Nicolás, porque tenía una bici de carrera que los padres le habían comprado y que le quedaba un poco grande. Los padres a veces hacen esas cosas, con la ropa o con las bicis; prefieren que al principio nos quede un poco grande para que nos siga sirviendo cuando peguemos el estirón. Y cuando la bici es grande, frenar te cuesta el doble; por el envión que agarra la bici y porque, hasta que conseguís bajar un pie hasta el piso, seguís un par de metros por pura inercia y, llegado el caso, te llevas un obstáculos puesto.

“A punto” siempre implica el prólogo de un fracaso. Yo estuve “a punto” de ser futbolista o “a punto” de ponerme de novio con Miss Castelar 1984 o “a punto” de ganar la lotería. Bueno, en los hechos eso significa que fracasé en los tres casos.

A veces, la experiencia directa vuelve superfluas las volutas conceptuales del lenguaje.

En este juego cambiaban los roles en relación con las carreras: acá tenían ventaja los que usaban bicicletas chicas y maniobrables, aunque fueran un desastre de óxido y de abolladuras. Las bicis de carrera resultaban perezosas y torpes. Y los que tenían bicicletas nuevas rehuían el contacto. Más de una vez, dos bicis terminaban con los manubrios y los cables de los frenos enredados, y sus dueños despatarrados en la calle: nadie en su sano juicio arriesgaba las bicis nuevas en semejante competencia. Es cierto que los dos o tres pibes de la barra con más plata que el resto tenían dos bicis: una para correr como el viento en las carreras, y otra para llenar de rayones y golpes en las cerraditas. Paciencia, que así se vive el mundo capitalista.

Su madre, cuando lo viese así de estropeado, iba a castigarlo. En realidad, si uno lo piensa, no tiene mucho sentido que a uno lo reten por lastimarse. Pero la lógica materna opera sobre senderos inescrutable, y a uno lo retan un poco por lo que le pasó, otro poco por lo que no le pasó pero pudo haberle pasado, y otro poco porque, si uno sigue siendo así de estúpido, lo que lo le pasó esta vez terminará pasándole la próxima.

Nos habían hecho prometer que jamás de los jamases, nos acercaríamos a las vías sin la debida custodia. Pero nosotros, que considerábamos que sus remilgos eran excesivos y que nuestras existencias eran inmortales, desobedecíamos sin remordimientos.

A veces uno sabe las cosas, y a veces uno no las sabe pero es como si las supiera. Nosotros teníamos diez o doce años, y nadie nos había dicho que energúmenos como esos andaban por las calles del país secuestrando gente y llevándosela a cárceles clandestinas. No sabíamos que detrás de esos bigotes, de esos lentes oscuros, de esos ademanes prepotentes, había asesinos auspiciados por la Dictadura.

No es por mandarme la parte, pero la verdad es que me mandé una linda artesanía atando el cuerpo plano de la rata a la vía del tren. Lástima que en esa época no existían los teléfonos celulares ni las cámaras digitales como para sacarle una foto que diera testimonio de mi obra.

Después de todo, son lindas las hazañas, pero más lindo es apabullar con ellas a tus amigos incrédulos.

Cuando uno es chico, siempre es bonito ver la destrucción de alguna cosa, y cuanto más sólida la cosa, mejor el espectáculo.

Por unos días, la cuadrilla municipal trabajó a buen ritmo. Alisaron la superficie y la cubrieron con una buena capa de tosca, esa tierra amarronada que hay debajo de la tierra negra. Pero después, nunca supimos bien por qué, los operarios desaparecieron hacia más altos destinos, y dejaron las cosas a la mitad: las montañas en los extremos, el piso de arcilla bien liso, casi un metro debajo de las veredas. A veces me causa gracia, ahora, cuando escucho algún fascista nostálgico alabando las virtudes administrativas de los gobiernos militares. Si “como muestra un botón”, como diría Abuelita Nelly, sirva el ejemplo de la calle Blanco Encalada: demoraron seis meses en pavimentar dos cuadras, y lo hicieron tan mal que casi enseguida la calle volvió a rajarse y a llenarse de baches.

Después me acordé de todas esas veces en que lo habíamos visto pasar solo, y le dije que a la tarde seguro nos juntábamos a patear a la vuelta, y que si quería que viniese. Parece mentira todo el bien que puede hacerse a veces con diez palabras. No terminé de invitarlo que ya estaba aceptando mi ofrecimiento. Casi enseguida se fue pedaleando rápido hasta su casa, porque era la hora de almorzar o porque estaría tan feliz que tendría ganas de contárselo a alguien. Me da gusto que este recuerdo, de cuando nos levantaron la calle completita, me haya conducido a Miguel. Si no le cambió la suerte a lo largo de la vida, tiene que haber sido un tipo afortunado. Eso de entrar a nuestra barra de amigos justo cuando nos disponíamos a conquistar un mundo nuevo, con lago propio y montañas empinadas, lo señala como un tipo mimado por los dioses. Y me alegra haber tenido, aquella vez, la perspicacia de detectar su soledad, y la espontaneidad de invitarlo a venir, y la intuición de saber que, con ese gesto, estaba haciéndole un favor de los grandes. Claro: yo tenía doce años y a esa edad uno no se anda con tantos miramientos para eso de si le digo o no le digo, si le ofrezco o no le ofrezco. Ojalá uno de adulto no perdiese los reflejos, y siguiera siendo así de generoso.

Que fuese domingo a la tarde tiene su importancia, porque las cosas ocurrieron en medio de esa pesadez de siesta, de ese fastidio de lunes inminente. Para peor, tarde de domingo sin pibes, porque de vez en cuando el azar se ensañaba con nosotros y a casi todos se los llevaban a visitar a tíos y padrinos distantes.

-¿Y por qué no se meten a buscarla? –Carlitos estaba echando mano a sus últimas reservas de inteligencia.
-Yo no puedo porque me arruino las zapatillas –adujo Sergio, que calzaba unas Adidas de cuero que en esa época estaban al alcance únicamente de los potentados.
-Yo estoy saliendo de una pulmonía –me apresuré a tomar por la variante de la salud, porque nadie me hubiera creído que quisiera proteger mis Flecha de lona con la puntera hecha polvo.
Y como tenían muchas ganas de dar el siguiente paso, nos creyeron.

Los demás se habían mudado o habían crecido demasiado, que es otro modo de mudarse.

En mi familia primaba el criterio de que lo mejor era, en la medida de lo posible, no tirar nunca nada a la basura, porque alguna vez podía resultarnos útil. Por eso no me sorprendió que al cabo de un rato emergiera, de las profundidades de los últimos estantes, el dichoso disfraz de príncipe valiente.

“Te quedaba lindo el disfraz de príncipe”. No supe qué decir. Saludé y me fui a mi casa. Yo sabía que ella había dicho una mentira. Que ese disfraz de príncipe era tan feo como el corso y tan defectuoso como esos carnavales moribundos. Pero igual fui feliz. Que una mujer nos mienta por amor es, a pesar de todo, un gesto inolvidable.

Porque una de las grandes cualidades que tiene el fútbol es su capacidad de construir un mundo aparte dentro del mundo. Y mientras la pelota rueda los límites del universo son los laterales y la línea de fondo, y no hay otra frontera que las de las áreas y el mediocampo. Y la vida no tiene más extensión que la cancha. Y el género humano es la suma exacta de tus compañeros y tus adversarios. Y entonces puede cambiar la escala de las cosas.

El partido está parejo. Claro que no es un partido de cero a cero. No existe –no puede existir- un partido que vaya cero a cero a los trece años y en la calle. Un partido parejo es, para nosotros, diez a diez o quince a quince. No hemos desarrollado aún la sospechosa virtud de la prudencia, y nos manejamos con la convicción de que para ganar hay que llenar de goles el arco de enfrente. Y el partido es parejo porque hemos armado los equipos para que lo sean. Somos chicos, y tal vez por eso somos mucho más justos de lo que seremos cuando crezcamos.

Sueño con que ella me acompañe al centro de Castelar a una confitería a tomar una Coca Cola en vaso alto. Y con que a la vuelta caminemos, vergonzosos, turbados, tomados de la mano. Y con que, justo antes de doblar la última esquina hacia su casa, me deje besarla en la boca. Que en todo eso consiste para mí, a los trece, salir con una mujer.

Retrocedo tres pasos para tomar carrera y pienso. Pienso que lo lógico sería pegarle un chumbazo colosal que, si cruza con la humanidad de Esteban, la meta en el arco con pelota y todo. Pienso que no soy habilidoso con la pelota en los pies. Pienso que lo mío es el sacrificio y los dientes apretados. Pienso que no puedo andar improvisando en trance semejante. Pero también pienso que Esteban debe estar pensando lo mismo. Y que tal vez sea el momento exacto para cambiar. ¿O acaso el amor de una mujer no merece que cambiemos?

Con la mayoría nos perdimos de vista para siempre. Son cosas que pasa. A medida que crecemos nuestras vidas cambian, se hacen distintas, y se pueblan de personas nuevas. Supongamos que hoy, treinta años después, volviésemos a juntarnos con los quince o veinte pibes con los que compartí mi niñez. No sé si volveríamos a ser amigos. Tal vez no. Tal vez hemos cambiado tanto que nos resultaría imposible reconocernos. Y sin embargo… creo que tuve los mejores amigos del mundo. Les debo mucho. Cuando yo tenía diez años se murió mi papá. Un papá que no era cualquier papá. Era, según me parecía a mí, el mejor papá del mundo. Un papá que hoy, treinta años después, sigue pareciéndome el mejor papá que pude haber tenido. Y eso me produjo un gran dolor, una enorme impotencia, y una rabiosa soledad. Gracias a Dios, conocí a mis amigos. Ellos me ayudaron a curarme esa soledad. A pensar que seguían existiendo cosas lindas para hacer, cosas divertidas para compartir, y razones para volver, poco a poco, a ser feliz. Eso, ni más ni menos, es lo que les debo a mis amigos. Y es tanto, que nunca voy a poder pagarles todo lo que les debo. Escribir este libro es, me parece una manera chiquita de decirles gracias. Gracias por todo.

Te conozco, Mendizábal

Eduardo Sacheri

Te conozco, Mendizábal

Te conozco, Mendizábal


Otra colección de cuentos. Los mejores: Decí que el Carozo es un tipo de recursos, Confesión de amor en la parada del 93 y El Castigo. Calificación de 10.
Resúmen en 5 palabras:
Te conozco, Mendizábal. Te perdono para seguir viviendo. (El jefe encuentra a un traidor para ajustar cuentas pasadas).
Nunca tuve suerte con las mujeres. Mis problemas con las mujeres. (El desengaño de un hombre que creía haber vencido su timidez).
El hombre. Mal de muchos, mi consuelo(Un hombre se siente libre al tener cautivo a otro)
Decí que el Carozo es un tipo de recursos. El Cachi no se va. (Un elaborado plan, que tiene como eje el fútbol, para evitar que un amigo se vaya del pueblo).
La última visita de Edmundo Sánchez. Los caballeros no tienen memoria. (La visita de un caballero a una moribunda dama a quien ha prometido guardar el secreto que los une).
Matar el tiempo. Disertaciones de un hombre muerto. (Un hombre muerto que se angustia porque el tiempo transcurre muy lento).
Acabo de mirar el reloj. Ni contigo ni sin ti.(Una mujer y sus desesperados intentos por aparentar que no extraña a su ex marido).
Ahí viene caminando Andrés. La melancolía del tiempo pasado. (Dos amigos de la infancia se encuentran y despierta el temor de uno de ellos al advertir que el pasado se ha ido).
Confesión de amor en la parada del 93. Quien no arriesga no gana. (Un hombre declara su amor a una mujer en la víspera de la boda. De ella).
El castigo. Con mi equipo, aunque duela. (Un niño se enfrenta a los hijos del tendero por defender el honor de la familia… y de su club).
Estimado doctor. De lo malo lo bueno. (Carta desde la cárcel a un doctor con una petición singular).
Cruzar el puente. El amor cruza cualquier puente (Dos ancianos deciden seguir juntos hasta la muerte)
Las precauciones necesarias. Nadie sabe para quien trabaja. (Un perseguido político busca afanosamente huir de su país).
Encuentros clandestinos. La muerte en medio del amor. (Un hombre mayor intenta arreglar los problemas entre una pareja)
9 de diciembre de 1824. Y yo que hago aquí. Un joven militar se cuestiona las causas por las que pelea en una guerra.
Mi abuelo sabía mucho de fútbol.
Mi mujer es una persona sumamente discreta. La discreción puede ser dolor. (El trágico origen de un matrimonio)
El piloto de combate. Mi papá es más grande. (Lo que un padre es capaz de hacer por su hijo).

Palabras domingueras.
Opa: Tonto, idiota.
Garúa: Llovizna.
Piróscafo: Buque de vapor.
Espichar: morir.
Julepe: Susto, miedo.
Sabiola: Cabeza de una persona.
Morigerar: Templar o moderar los excesos de los afectos y acciones.
Perimida: Obsoleta.
Osario: En las iglesias o en los cementerios, lugar destinado para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas a fin de volver a enterrar en ellas.
Disquisición: Divagación, digresión.
Batahola: Bulla, ruido grande.
Brete: Aprieto.

No sé por qué siempre tengo esta tendencia a cambiar de tema, a irme por las ramas, a abandonar el hilo de lo que digo y a intercalar asuntos que no hacen al nudo de la cuestión.

Suficientes dolores y desengaños trae la vida por sí sola —suelo decirme— como para que uno por atolondrado, por pusilánime, cargue a sus espaldas desilusiones improvisadas.

A su juicio, el tiempo transcurría sólo si las cosas cambiaban. Únicamente la transmutación de las personas, de los sentimientos, de los objetos, podía dar una cabal pauta del certero transcurrir del tiempo. Y en su vida nada cambiaba.

La nostalgia lo ganaba de noche, mientras porfiaba en conciliar el sueño esquivo. Entonces Liliana le dolía en cada rincón entumecido de su alma. Si, como le había sucedido ese día, Liliana se colaba además en sus sueños, al despertarse la nostalgia lo desangraba hasta ponerlo al borde de las lágrimas. Pero en la claridad solitaria de la mañana, esa nostalgia huía junto con sus fantasmas.

Cruzó con paso lento el huerto que él mismo cultivaba con el empeño triste que ponía en todas sus cosas.

Que nos citara a todos juntos, un domingo a la noche, era llamativo. Pero que la reunión se hiciera en la piecita significaba que era grave.

El Cabezón, que es bruto pero no estúpido, le preguntó cuánto tiempo duraba la beca. “Un año”, contestó el Coqui. Te confieso que fue entonces cuando a mí se me bajaron los colores. Cuando le vi la jeta que puso al contestar. Porque vos podés decir “un año” con cara de un año, o podes decir “un año” con cara de diez años, o con cara de no tengo ni la menor idea, o con cara de no vuelvo en la perra vida. Y bueno, el Coqui tenía cara de una de las dos últimas.

El Vicente se inclinó hacia atrás hamacándose en la silla, lanzó un eructo profundo (vos viste que Vicente siempre eructa antes de decir algo importante) y dijo solamente: —Yo al Coqui lo quiero. Pero lo quiero acá. Eso dijo. Y yo como un pelotudo casi me pongo a llorar.

Vos viste cómo duele sentir el grito de la gente cuando viene del otro lado de la cancha. ¿Te fijaste? Se te mezcla ese ruido como de mar con las puteadas murmuradas alrededor tuyo. Aparte, como te sobra tiempo, ves los festejos con todo detalle. Cuando es gol tuyo, entre los abrazos, los empujones y los gritos casi ni mirás para abajo. Pero cuando el gol lo hacen los contrarios te sobra una eternidad para ser testigo de la cara de bragueta de tu arquero, las recriminaciones recíprocas de los centrales, los abrazos en el banco de suplentes visitante, todo. Te mirás con los de alrededor y te dan ganas de matarte. Bueno. Imaginate cómo nos cayeron esos tres goles. Un balde de agua fría, pero en el bajo vientre, figurate.

Pensó que las muertes eran el único evento social capaz de celebrarse por encima de cualquier protocolo que tuviese que ver con horarios específicos y días de la semana estipulados. A nadie se le ocurría contraer matrimonio un miércoles a las once de la noche, o bautizar a un crío un lunes a las cuatro de la mañana. Pero la muerte gozaba de libertades propias de su solemnidad macabra. No sólo acaecía en el momento más inopinado, sino que ponía en movimiento, fuese la hora que fuese, una rueda descomunal de avisos, recomendaciones, encargos, preparativos, que tenían a los deudos de aquí para allá y de allá para aquí en frenéticas diligencias. Recién cuando el velorio fuese tomando forma —empresa nada sencilla, sobre todo si empezaba de madrugada—, con una ronda más o menos establecida de café y galletitas, con unos cuantos mates itinerantes viajando entre la multitud creciente y circunspecta, sólo entonces y recién entonces, los deudos podrían al fin derrumbarse a descansar, a mirarse unos a otros, a tomar conciencia de que el muerto los había sorprendido por completo con la guardia baja, y de que entre pitos y flautas llevaban tal vez veintidós o veintitrés horas despiertos, desde la mañana anterior, desde que desayunaban ajenos al descalabro en ciernes, ignorantes de esa muerte intempestiva y reticente a las estipulaciones de la coherencia y los buenos modales.

Se contentó, entonces, con sostenerle la mirada al más joven. Lo asfixió en su calma. Lo aporreó con su mirada de silencio. Y luego lo crucificó en la exigüidad cruenta de sus palabras: “No sea impertinente, mocoso. Y no se atreva a poner en cuestión el honor de su señora madre, o me veré obligado, aun a mi edad, a cruzarle la cara por imbécil”.

Ayer pensé todo el día en la lluvia cayendo sobre el pasto. Puede parecer poca cosa. Pero de hecho pensé todo el día en la lluvia cayendo sobre el pasto. Ojo que no hablo en sentido figurado, para hablar de que pasé largo rato, o me detuve recurrentemente, en la lluvia cayendo sobre el pasto. Dije que pasé toda la jornada pensando en la lluvia lloviendo sobre el pasto. Tal vez se debió a que me despertaron los truenos, muy temprano, y a que casi de inmediato percibí el rumor quedo de las gotas estrellándose contra el suelo. Entonces decidí poner todas mis fuerzas en imaginar esa escena: la de la lluvia regando sus cristales blandos en la luz gris de la mañana.

Noté que era de noche cuando un perfume húmedo a tierra saciada terminó por envolverme. Entonces sí creo que pensé en ella y en todos los demás, y me entristeció la distancia y la inminencia del olvido. Por suerte me dormí con rapidez. Supongo que el esfuerzo de concentración de toda la jornada terminó por fatigarme, precipitándome en un sueño anodino, pero tal vez por eso mismo agradable.

Sólo me quedará el camino de vociferar mi horror, de gritar hasta enloquecer, o —lo que es peor, sin duda— de gritar a perpetuidad sin conseguir enloquecer nunca. Pero quiero alejar esa idea de mi mente. Logré pasar el día entero pensando en la lluvia cayendo sobre el pasto. Y merezco estar feliz por eso. Feliz, o al menos satisfecho. El ejercicio de ayer es por cierto promisorio. No es tan sencillo pasar todo un día pensando en la lluvia cayendo sobre el pasto. Y sobre todo siendo un muerto novato. Un muerto con apenas tres días de muerto.

Como por arte de magia, las telarañas del olvido fueron desgajándose y dejándonos uno frente al otro con la simpleza y la plenitud que sólo conservan los amores perennes y fracasados.

En mis sueños, ese caos se resuelve en la sencillez cristalina de unas pocas frases: te encuentro, nuestros ojos se cruzan en miradas incandescentes, y con la franqueza reposada de las verdades demoledoras te digo que no quiero volver a verte, pero que mi vida sin vos no funciona, aunque con vos tampoco funcione. Te pido que no me llames más, pero en seguida me desdigo y te confieso que necesito que lo hagas. Te increpo por mi dolor, este dolor sordo de vivir despidiéndote, de vivir extrañándote, a sabiendas de que no hay otro modo de vivirte. Y justo cuando vas a responder, cuando en mi sueño sé que vas a contestar que a vos te pasa lo mismo, que tu vida no está entera sin esas expediciones elusivas a nuestro campo de batalla, mi sueño se interrumpe entre sollozos e hipos de llanto.

A veces sospecho que una infancia dichosa es una carga. Un pecado brutal e imperdonable. Porque el asunto es después. Cuando te mirás y te convencés de que ya no sos un chico. Y que se acabó el tiempo legendario en el que ibas por ahí fundando el mundo y bautizando con sus nombres a las cosas. Después… después es un largo transcurso en el que uno, a duras penas, llega a entrever, de vez en cuando, la luz moribunda de las siete en agosto; el aire helado en los pulmones, los cuatro cascotes de la cancha. Verlo a Andrés me duele por eso. Porque al verlo intuyo al chico que alguna vez fue, y fue mi amigo. A él, sin duda, le pasará lo mismo. Será por eso que al darle un beso y despedirlo le veré los ojos tristes. En mi egoísmo, no voy a compadecerlo ni a extrañarlo. Estaré demasiado ocupado velando dentro mío al amigo que tuve hace veinte años.

Al final le dijo que la amaba. Se lo escupió sin atenuantes, sin fijarse ya en escoger las palabras adecuadas. Se lo dijo casi con bronca, casi como si ella tuviera la culpa. Bueno, se dijo Esteban, alguna culpa le cabría por ese amor que a él hacía años le quemaba las entrañas.

Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, tal vez intuyendo que Esteban iba a lanzarse por la pendiente sin retorno de las verdades tardías.

En el vértigo de la verdad, y temiendo la proximidad de un final de catástrofe, comenzó a ametrallarla con los dardos flamígeros de sus sentimientos desnudos.

Y aunque no se arrepintió de haber hablado como acababa de hacerlo, cayó en la cuenta de que la tranquilidad de conciencia tenía muy poco que ver con la paz del espíritu.

No tenía la menor idea de adónde ir. Entendió, apesadumbrado, que la vida le arrancaba de nuevo de cero, y que iba a tener que coleccionar un sinnúmero de cosas y de gentes como para ocupar el agujero descomunal que acababa de abrírsele en el lugar donde había estado ella.

El chico se sintió aferrado por dos manos fuertes que lo condujeron en vilo hacia el pecho del hombre. Sintió el perfume inconfundible de su padre, una mezcla de sudor y del jabón blanco que usaba para bañarse en las mañanas. También sintió el contacto de un beso sobre su pelo recién peinado. Y después se olvidó de todo eso porque los ojos se le nublaron mientras empezaba a descubrir que uno no sólo llora de dolor o de rabia, sino que a veces uno llora de contento.

Sucede siempre lo mismo doctor: uno no puede tocar un elemento sin alterar el equilibrio del resto.

El martes es el símbolo de la monotonía por excelencia. No es como el lunes, paradigma de la depresión, ni como el miércoles, bisagra de la esperanza, ni como el jueves, preludio de la alegría, ni como el viernes, éxtasis de la liberación. No, nada de eso. El martes es la evidencia de lo efímero de lo placentero. Es el canto de la monotonía. El martes demuestra que lo peor no es el lunes con su tristeza. Que lo terrible está en la continuidad, en la seguidilla, en la inútil cadena de días de la cual el martes es el eslabón más macabro. Es el puente nefasto que nos conduce de la desesperación al engaño. Pues si quedásemos en la desesperación del lunes, si nos ahogásemos en el pantano de su melancolía, vaya y pase. Pero no, fíjese que ahí está el martes con toda su vacía extensión, sin otro objeto en el mundo que conducirnos hasta el miércoles, y ponernos de nuevo a la espera de un nuevo fin de semana que nada ha de aportarnos, pero que mirado desde el dolor de la esclavitud de entre semana se nos antoja promisorio y dichoso.

Le doy otro ejemplo de mi superación espiritual: yo llegué acá balbuceando el castellano. Y ahora leo en inglés, alemán, francés e italiano. Todo es cuestión de voluntad, un buen diccionario bilingüe al lado, y tiempo. Esa es la verdadera clave, doctor. Tiempo para usar, para perder, para malgastar, para verlo pasar. Sin rendir ni pedir cuentas por él. ¿Se imagina usted el hallazgo que eso significa?

Él la dejó hablar sin contestarle, porque sabía que ésas eran las cosas que ella decía sin que hiciera falta que él dijese nada.

Allí sentado, mientras sentía los alfilerazos del frío a través del pulóver de cashmilon, trató de ponerle nombre a lo que sentía por ella, y como siempre se dio por vencido. Apenas sabía que era algo enorme, y que había logrado vencer las trampas viscosas del tiempo, y arraigar aun en las grietas mohosas de todas sus equivocaciones. Sabía que sin ella no iba quedarle mundo por ningún lado, y que no iba a ser capaz de tolerar los pésames ni las manos inútiles sobre sus hombros, ni el olor de las flores inservibles. Se santiguó y rezó un rosario. El cura Miguel le había dicho que tenía que resignarse. Pero el cura no estaba casado con ella desde hacia sesenta y cuatro años.

Difícilmente una historia de amor merece tal nombre, a mi juicio, si tiene otro desenlace que el dolor, la distancia y el silencio.

La discreción no es una virtud fácil de hallar entre la gente. Y mucho menos frecuente, me atrevo a considerar, es encontrarla entre las mujeres.

El resto del día era una tortura. Trabajaba como un autómata, porque mi mente aterida estaba dedicada al conteo minucioso de cada uno de los gestos, las palabras, y las actitudes de las que había sido protagonista o testigo. Cada sonrisa de Elena para conmigo iba al saldo favorable del día. También iban a parar allí mis comentarios ocurrentes, o las mínimas coincidencias que ella dejara entrever entre nosotros. En cambio, las miradas que yo sorprendía entre ella y Ugarmendi, o las preguntas de Elena interesándose por la vida y las cosas de Ramírez, abarrotaban un pasivo que se me clavaba en las entrañas. Mi amor desesperado me otorgaba tal nivel de concentración que yo era capaz de reproducir cada comentario, cada respuesta y cada ademán. Y desde ese amor desesperado tenía tiempo de observar con un cuidado quirúrgico a mis contrincantes y desnudar hasta sus mínimos pensamientos.

Lo extraño de algunos recuerdos es que crecen con uno. Cambian con uno.

Lo raro empezó después

Eduardo Alfredo Sacheri

Lo raro empezó después

Lo raro empezó después


De nuevo el autor nos deleita con estupendos cuentos, la mayoría de futbol, pero otros tantos de situaciones ordinarias que bajo su estilo, se vuelven grandes historias. Los que más me gustarón: Lo raro empezó después, Un verano italiano y Lunes. Calificación de 10.

Resúmen en 5 palabras:
Lo raro empezó después. El futbol vive de fe. (Un importante partido que finaliza con un milagro).
Un verano italiano. La música, invocadora de recuerdos. Una historia de amor en el mundial Italia 90.
Los informes de Evaristo Romero. Por sus escritos lo conoceréis. Un hombre deja algunos escritos como evidencia de su mayor virtud: la paciencia de esperar.
El golpe del hormiga. Hay de tesoros a tesoros. La descripción detallada de un robo significativo.
Cerantes y la tentación. Gran tentación es el futbol. Un apasionado medio de contención no puede dejar de jugar pese a sus lesiones.
Lunes. La soledad de la muerte. La muerte del padre, vista desde los ojos de un niño de 10 años.
El apocalipsis según el Chato. No podemos perder un clásico. Crónica de un partido entre acérrimos rivales que se sirven de todo con tal e que el otro sea minimizado.
El retorno de Vargas. Ver.
Reuniones de egresados. Cuando el amor es verdadero. Historia de amor que perdura más allá de los tiempos escolares.
Hechizo indio. El fin justifica los medios. Un jugador que juega al fubtol con la intención de construir su casa.
Motorola. Ver.
La multiplicación de Elenita. Cuando la presión nos desborda. El trabajo excesivo hace que una mujer pierda la cordura… y algo más.
Por Achával nadie daba dos mangos. Ver.
Un buen lugar para esperar sin prisa. Claro que recordar es vivir. Un anciano ex futbolista llega a un asila para bien morir.
Correo. El verdadero amor al trabajo. En una oficina se ve pasar el tiempo a través del clima y de los despidos.
Segovia y el quinto gol. Ver.
El rulo y la muerte. El que meta gol vive. Una serie de penalties que decidirá sobre la vida o la muerte de un hombre.
Geografía de tercero.Con el látigo del olvido. Un estudiante cobra venganza de su maestra luego de años de angustia y tormento.
Fotos viejas. Una foto sirve para recordar. Una disertación sobre ese momento en que uno se dedica a ver fotos.
Mito y realidad sobre el dos a cero. Ver.

Palabras domingueras:
Sabiola: Cabeza de una persona.
Julepe: Poción de aguas destiladas, jarabes y otras materias medicinales.
Opúsculo: Obra científica o literaria de poca extensión.
Catafalco: Túmulo adornado con magnificencia, el cual suele ponerse en los templos para las exequias solemnes.
Ligustros: arbusto oleáceo.
Carpir: Dejar a alguien pasmado y sin sentido.
Bidón: Recipiente con cierre hermético, que se destina al transporte de líquidos o de sustancias que requieren aislamiento.
Otario: Tonto, necio, fácil de embaucar.

¿Existe, acaso, para una historia, mejor destino que ayudar a alguien a atravesar inmune la desolación de su noche?

Todos, quien más quien menos, estuvimos de acuerdo en que el Tití se hiciera cargo del manejo táctico. Sobre todo porque en nuestra barrita somos como dieciséis, y en el desafío íbamos a jugar de once, y nadie quería decirles a tipos como Beto o como Lalo —que son horribles jugadores pero pibes macanudos— que tenían que quedarse afuera. Pero al Tití esos detalles sentimentales le importan un carajo, con perdón. Él dice que un buen técnico tiene que saber evitar los amiguismos y las camarillas y que los hombres de carácter se ven en los momentos difíciles. Al final nadie le hizo problema. Primero porque armó el equipo con lo mejorcito que tenemos y segundo porque el Tití cuando quiere es medio loco y no le gusta que lo contradigan.

Cuando vas ganando, se hace de noche apenas las primeras nubes se ponen rosaditas. Cuando vas perdiendo, te parece que sigue siendo de día aunque la bola la veas sólo cuando la tenés a veinte centímetros de la jeta y necesites una brújula luminosa para ubicar el arco contrario. Al final hicimos el arreglo que tienen los veteranos para los partidos que juegan ahí los domingos a la tarde. Se haría de noche cuando se encendiera la luz de mercurio del poste blanco de la calle, delante del campito. Con eso no podía haber confusiones.

No les quedó más remedio que arrastrarlo hasta los árboles y meter un cambio. Por supuesto que cobraron penal, y la yegua de Zalaberri casi lo incrusta al Peluca en el arco del chumbazo que pegó, pero bien valía el dos a dos a cambio de haber neutralizado a uno de sus cracks.

El Gato se acercó sin prisa al tal Angeli, que esperaba un poco afuera del tumulto con la idea de armar el contraataque. El Gato se detuvo a treinta centímetros de la nuca del rival. Lanzó un eructo poderoso. Y a continuación le vomitó encima los fideos con tuco. Mientras veía resbalar el vómito por la espalda de Angeli, yo pensaba que el Tití es un genio, porque sabe explotar a fondo las habilidades de sus jugadores. Hay tipos que escupen bien. Otros que saben tirar piedras como si fueran artilleros. Otros pueden lanzar el chorro de pis a dos metros. Bueno, lo del Gato pasa por el vómito. Puede vomitar cuando se le canta, sin necesidad siquiera de tocarse el paladar con los dedos, por puro efecto de concentración mental.

Nos reunimos alrededor del Tití confiando tal vez en que nuestro líder técnico fuese capaz de aplacar nuestras angustias. Tenía los ojos fijos adelante, sin mirar a nadie ni nada en particular, como quien busca respuestas dentro de sí mismo. Por fin habló, aunque fue breve: “Cagamos”, declaró, y bajó la mirada.

La sorpresa puede ser una emoción difícil de manejar.

—Gracias, Señor, mil gracias. Aunque el turro de Atilio diga que fue un eclipse, yo sé bien, Dios, que éste es un regalo que nos hacés porque te lo pedimos con fe, como dice el cura Antonio en la parroquia, y porque te gusta la justicia y sabés que el Cañito Zalaberri es un malparido y no se merece jugar a las cuatro, pero se aprovecha de los más chicos porque ya cumplió los quince. ¡Gracias, Dios, mil gracias de nuevo! Te pido perdón por el incrédulo de Atilio, pero igual te doy las gracias por él y por todos nosotros. ¡Gracias, Dios querido!

Yo mismo recuerdo mi cara porque es mía. Si no fuera mía difícilmente la recordaría. Imagino que a los demás les pasa lo mismo.

Miré un partido de la liga inglesa, y no sé a cuento de qué pasaron algunas imágenes de Italia ‘90 con la musiquita de fondo. Y fue como si me tiraran un cañonazo al pecho. Me derrumbé en un sillón y empecé a recordar. No pienso siempre en eso. Pero a veces me ocurre. Más si escucho la musiquita, como me pasó esta noche. Fui paso por paso, día por día, sensación por sensación, hasta que me quedé vacío de recuerdos. Cuando miré el reloj había pasado como una hora. Entonces me levanté y vine aquí, a la computadora, y escribí que no puedo escuchar la música de Italia ‘90 sin entristecerme.

Serás lo que debas ser, o si no serás abogado o contador.

Cuando me miraba yo me sentía nadando en agua tibia. Mejor cuando corrija estas páginas tacho lo último que puse. ¿Qué boludez es eso del agua tibia? Aunque no sé, tal vez lo dejo y alguien me entiende.

Me preguntó con quién íbamos a jugar si pasábamos a Yugoslavia. Contesté maquinalmente que la semifinal era el miércoles, contra Italia. Sin dejar de mirarme me dijo que le encantaría que la viésemos los dos juntos. El corazón se me salió por la boca y escapó dando saltitos por las baldosas grises del pasillo. Con lo que me quedaba de vida le devolví la sonrisa. Recuerde, amigo lector, lo que usted sintió durante esa definición del partido por penales en que la Argentina lo tuvo para ganarlo, lo tuvo para perderlo, y finalmente lo ganó gracias a Goycochea. Imagine lo que pude haber sentido yo, que además de un pasaje a la semifinal del Mundial me jugaba un encuentro a solas con Victoria. Cuando ganó la Argentina el bar se convirtió en un quilombo. Cualquiera abrazaba a cualquiera, y a la primera de cambio terminé en sus brazos y ella en los míos. Fue un segundo, porque cuando nos dimos cuenta nos soltamos, turbados. Pero el perfume de esa chica… no sé, prefiero no describirlo para no quitarle lo sagrado.

Victoria no estaba diciendo que nos juntásemos a ver la final. Hablaba de encontrarnos después. Y ésa era la puerta hacia el futuro. El Mundial nos había unido. Terminado el Mundial arrancaría nuestra historia.

Me sentía parte del milagro o, más bien, protagonista de mi propio milagro paralelo. Yo era como la Argentina, que seguía avanzando contra todos los pronósticos y desafiando todas las leyes de probabilidades. Los jugadores no lo sabían, pero al ganarles a los rusos me habían mantenido en carrera a mí. Al eliminar a Brasil me habían entreabierto las puertas del Paraíso. Yo me había colgado con ellos del travesaño en el primer tiempo. Yo había esquivado las camisetas amarillas del mediocampo junto al Diego. Mi alma había corrido con el viento y la melena rubia del Cani cuando lo sobró al arquero por la izquierda. Todo mi futuro se había encomendado en las manos sagradas de Goycochea en esos penales memorables.

El destino guarda para los hombres dardos insospechados.

El médico se lo había adelantado. Nada bueno saldría de remover heridas viejas. No debía compadecerse. Debía concentrarse en lo que había ganado, no en lo que había perdido. “Cuando se sienta flaquear acuérdese de la pesadilla por la que pasó, Cerantes. Acuérdese.” Así decía el médico, y él se acordaba. De veras se acordaba. Y su mujer también. Por algo ella volvía en el auto con el gesto adusto y sin dirigirle la palabra.

Las viejas compañías son el pasaje directo a la reincidencia.

Se acordó de las advertencias del médico, pero las hizo a un lado sacudiendo la cabeza. Mucho más tardó en quitarse de la mente a su mujer. ¿Qué iba a decirle a la vuelta? No tenía perdón, y lo sabía. Le iba a decir la verdad, que fue a jugar pero livianito, levantando apenas las patas del pasto. Que no fue a saltar en ninguna. Que sacó la pierna en todas las pelotas divididas. O no. Capaz que no le decía nada y se quedaba callado hasta que a ella se le pasase la calentura, que por lo que sospechaba Cerantes iba a demorar dos o tres milenios. Tal vez si le dijera la verdad, la verdad en serio. Pero no podía, porque ni él sabía qué era lo que lo llevaba una vez y otra vez a estar ahí, con la panza en ciernes pero ahí, escupiendo los pulmones pero ahí, con las patas en ruinas y cruzadas de cicatrices pero ahí. Seguro que lo que decía el médico tenía sentido. Seguro que había otros modos de pasar los sábados a la tarde. Por supuesto que tenía que establecer un orden de prioridades y respetarlo. Sin duda que había mil maneras de tener una vida feliz. Pero Cerantes no conocía ninguna que no incluyera esto. Esto de cortar un par de pelotas bien parado de último. Esto de sentir las voces cálidas de los suyos. Esto de ir tomando confianza y salir con pelota al pie. Esto de trepar por el mediocampo sintiéndose mejor en cada pique. Esto de decirle al ocho que te aguante atrás porque vas a ir a buscar el córner. Esto de esperar un poquito afuera para poder tomar impulso cuando venga el centro. Esto de saltar con todas las fuerzas y la cara crispada por el esfuerzo allá, bien allá, bien arriba, en el fresco, y esperar al balón como a una novia.

El chico sabe que todos saben y eso le pesa en las entrañas.

Su hermana siempre dice cosas que a uno lo tranquilizan, por eso el chico la quiere tanto.

Dice que no va a ir a trabajar. Que no, que no puede, porque falleció su cuñado. El chico tiembla. Conoce esa palabra, fallecer. Es la que usan los grandes para hablar de los muertos. Los chicos dicen morir, murió, muerto. Los grandes usan eso de falleció, que significa morirse.

Y el chico hunde la cara en la almohada y llora a los gritos pero pega la cara a la almohada porque no quiere que lo escuchen porque no quiere que nadie le diga nada, porque tiene que ser mentira, porque él una vez preguntó cuando era más chico y le dijeron que los papás se mueren de viejos cuando uno es grande y él no es grande, aunque sea más grande que cuando tenía cinco o seis todavía es chico porque está en quinto grado y eso es ser chico, entonces no puede ser o le mintieron o Dios es un maldito, pero no puede ser porque él tomó la primera comunión el año pasado y fue bueno y fue a confesarse cuando se mandó alguna macana y no puede ser que Dios lo castigue así porque a ninguno de los chicos de la escuela le pasó eso, o su tío de enfrente es más malo todavía de lo que él pensaba y lo dice a propósito para lastimarlo, pero entonces no se entiende qué hace su tío en su casa a las siete y diez de la mañana y por qué no vino su mamá a despertarlo.

El chico duda porque nunca ha estado en un velorio y cuando ha preguntado le han contestado medio confuso, y se pone a pensar si será tan terrible, y capaz que el tipo se lo dice por su bien. Y justo el enfermero le dice eso, que es por su bien, porque el último recuerdo que se va a llevar es verlo en un cajón todo con flores, y esa imagen lo horroriza de tal manera que acepta, porque el chico piensa que no quiere verlo en un cajón con flores y que seguro que no hay nada peor que eso, así que mejor acompañar al enfermero hasta la otra habitación.

Y entonces se acerca y encienden un velador y lo destapan y está todo blanco y con los ojos cerrados y le han puesto una tela adhesiva en la nariz, y el chico no sabe para qué cuernos se la pusieron y nunca en la vida va a preguntarlo pero siempre se va a acordar de esa imagen de su papá acostado con la tira de tela adhesiva cerrándole la nariz, y le dicen que se acerque y le dicen que lo bese y el chico obedece pero no quiere porque intuye que cuando lo roce con los labios va a ser cualquier cosa menos un beso, y tiene razón porque cuando lo roza en la frente con los labios siente frío, tanto frío como cuando se despertó en la cama mojada pero peor porque está la piel, encima la piel, que no se siente como la piel, y llora porque se quiere ir pero el tarado del enfermero supone que llora por la tristeza porque no sabe que el chico no llora de tristeza delante de cualquier estúpido como él, sino que llora del horror y de la impresión y porque se quiere ir.

Se aleja de la cama, y no lo retienen ahí, pero antes de irse ve que apagan la luz y vuelven con lo de la cintita en la nariz y la sábana hasta arriba de la cabeza, y el chico se espanta porque no quiere que lo dejen así, quiere que abran la ventana y que entre el sol y le destapen la cara y lo dejen tranquilo, porque si es tan cierto que ahora está mejor y que ya no le duele y no sufre por qué cuernos no lo dejan en paz y lo tapan todo y lo dejan a oscuras y lo dejan así solo y oscuro que es lo peor que pudieron haberle hecho, y mientras el chico sale al pasillo y a la luz y respira piensa que el velorio debe ser la porquería más grande del mundo porque si no no entiende que pueda existir algo peor que lo que acaban de obligarlo a hacer.

Y parece que un velorio es para eso, para que venga un montón de gente de todos lados y de familiares que hace una pila de tiempo que no se ven para alzarlo a él hasta el borde del cajón para que le dé un beso, y lloran un poco y él se aguanta aunque quiere irse porque alguno le dijo que aproveche a mirarlo ahora porque no lo va a ver más, y se parece al asunto ese de mirarlo en casa porque el velorio iba a ser peor.

Y entonces el chico piensa que lo peor de lo peor debe ser el cementerio pero cuando mira ve que no tanto, porque es un campo grande grande, hasta donde se pierde la vista no hay nada, apenas una filita de cruces delante de todo, y alguien comenta que es un cementerio nuevo y alguien dice que la Municipalidad se hace cargo de todo porque su papá tenía un puesto ahí muy importante y el chico se siente un poco orgulloso de que digan eso, y cuando bajan el cajón a la fosa tiran como unos cañonazos, o unos balazos, y eso le gusta porque suena como que lo respetan, pero no le gusta nada el ruido que empieza a hacer la tierra cuando empiezan a tapar el cajón, y le vuelve el temor de que en serio su papá esté ahí adentro porque entonces qué va a sentir, y no está seguro del todo pero llora, el chico se larga a llorar como un loco, y la mamá lo abraza y él llora y no puede parar, y le dicen bueno bueno, pero cada vez llora más fuerte, hasta que al final su mamá le dice que tienen que ser fuertes y parar de llorar, y entonces para, sigue un poco pero para, y piensa que mejor no va a llorar más porque si no seguro lo empiezan a mirar con esa cara de pobrecito y es lo último que quiere en el mundo.

Está sentado en el borde de la cama, igual que a la mañana temprano cuando empezó esa pesadilla. Pasa su hermano y le acaricia el pelo y le dice que cuente con él, que no está solo. El chico piensa lo mal que pinta la cosa para que su hermano, que nunca le dice nada, se anime a decirle eso.

Le gusta la sopa de cabellos de ángel. Todos comen callados. Cuando termina, el chico decide hacer lo que tiene ganas. Levanta el plato con las dos manos y chupa a los lengüetazos los restos de queso rallado del fondo. Su hermano lo reta. Su madre dice algo de que hoy lo deje, que lo tiene permitido. El chico entiende que la vida ha cambiado. Si su madre lo ha dejado chupar el plato de sopa es porque el futuro viene complicado. El chico se acuesta. Recibe los besos de su madre y su hermana. Le dicen que mañana no va a ir a la escuela. Y que si quiere faltar hasta el otro lunes puede hacerlo. Tarda en dormirse. No reza. Al final Dios debe ser un mentiroso. Encima tomó sopa, y como estaba salada tomó agua, y capaz que de nuevo moja la cama.

Físicamente son parecidísimos: dos negrazos gigantescos, grandes como roperos, de esos que si te los cruzás de noche por una calle oscura te conformás con que lo que te vayan a hacer dure lo menos posible.

Al Alelí le dicen así porque se llama Alberto Elías, y bastó que una vez el Chato le dijera que tenía iniciales de florcita para que el otro se pusiera violeta de la rabia y lógicamente le quedara el apodo para toda la vida.

Yo soy amigo del Chato desde primer grado y amigo de los amigos del Chato. Eso me convierte en enemigo del Alelí y en enemigo de los amigos del Alelí.

El campeonato es largo como esperanza de pobre, pero nadie se queja porque cuantos más equipos son, más plata se junta para el premio.

En el auditorio estaba Lalo, que juega de siete para ellos, y que como win derecho es una flecha pero que tiene de bruto lo que su hermana la Pupi tiene de fea, y como usa el cerebro apenas para acolchar por dentro los huesos del cráneo.

Así están las cosas ahora. El Alelí acaba de salir y tiene una furia que mastica durmientes de ferrocarril. Jura a los gritos que ya llegará el tiempo de su venganza. Igual nosotros estamos tranquilos. Primero porque el Chato está contentísimo, y la felicidad de los amigos es el mejor pan para nutrirnos el alma. Y segundo porque este año venimos hechos un violín en el campeonato, y no creo que se nos escape, Amén.

Éramos como un espejo que reproducía con aumento la imagen del otro. Y así como nos iluminábamos con revelaciones de epopeya, nos desangrábamos en rabietas feroces. Podíamos entonces decirnos cosas horribles, acusarnos de pecados espantosos, desearnos los tormentos más horrendos.

Nunca hay que quejarse, decía una tía mía, porque las cosas siempre pueden ponerse peor.

Pero después me entró a tirar con todo lo que tenía. Es un modo decir, eso de “con todo lo que tenía”. Cecilia siempre parecía dueña de un arsenal flamante e inagotable, como si sus comentarios cáusticos, sus puñales gélidos, se reprodujeran en algún infierno recóndito con la ferocidad urgente de las hormigas o las abejas. Me dejó en paz con el tema de mi trabajo, pero me acribilló por el lado de esa demora inexplicable en contraer matrimonio. Dios mío, pensé, lo que me faltaba.

No sé si a los demás les pasa eso de volverse aparatosos y torpes en el peor momento. A mí sí. Siempre.

Cuando era chico me gustaba jugar con una especie de rompecabezas de piezas cuadradas, cuyo nombre no recuerdo. Eran unos bastidores también cuadrados, sobre los que corrían quince piezas en dieciséis posiciones posibles. Había que acomodar, mover, ordenar, rotar esas piezas, sin levantarlas, aprovechando el único espacio en blanco, hasta ubicarlas en su orden correcto. El juego terminaba al ubicar las quince en su sitio y dejar vacío el extremo inferior de la derecha. Bueno, esa noche, cuando miré los ojos de Cecilia, fue como volver a jugar a aquello, porque sin pestañear, sin sacarle los míos del volcán de los suyos, fui haciendo a un lado su furia, acomodando su altivez, ordenando su ironía, desplazando su artificiosidad, cuadrando su resquemor, alineando su enojo, emplazando su arrogancia, y cuando llegué al fondo lo que vi me alumbró como un relámpago, y por eso con la naturalidad de quien sabe que lo que va a decir es cierto le contesté intuyendo que estaba pronunciando las palabras secretas que desde la noche de los tiempos le daban sentido a su vida y a la mía: “Vengo porque necesito comprobar, de vez en cuando, todo el amor que me seguís teniendo”.

Al salir nos demoramos a propósito con Luis y con Romualdo para que Aniceto nos sacara cierta ventaja, porque no queríamos ponerlo en el aprieto de tener que darnos las gracias.

Ese muchacho jugaba a otra cosa. Tenía el raro privilegio de los cracks: no necesitaba mirar ni sus pies ni la pelota mientras gambeteaba. Observaba al rival que tenía enfrente y lo dormía en cada enganche.

Su economía emocional le confería una concentración absoluta en los avatares del juego.

No me le acerqué, porque no tenía nada especial para decirle y porque Aniceto era de esas personas que atesoran las palabras para utilizarlas sólo en casos de emergencia.

Resulta que el jueves habíamos discutido con papi por un asunto de su higiene personal, que no viene al caso, y él se puso muy enojado y yo también y él me dijo algunas cosas muy feas y yo también perdí un poco la paciencia y le alcé la voz y después, como me pasa siempre, cuando me serené me dio lástima y me sentí mal porque el pobrecito ya está grande y es natural que se le pasen ciertas cosas y no está bien que yo me impaciente, porque ya habrá que ver cómo estoy yo cuando llegue a la edad de él.

A mí hay dos cosas que me ponen muy nerviosa. Una son las sorpresas porque me asusta que me pasen cosas que yo no sabía que me iban a pasar sin haber tenido tiempo de pensar qué hacer. Y la otra son las cosas que no entiendo, porque yo soy mucho de pensar las cosas y cuando me pasa algo raro de repente me angustio y seguro que no sé qué hacer.

—Es insoportable el calor que hace —la mujer habló mientras se abanicaba con una revista que había sacado de su bolsa de compras. Antes de responder el hombre consideró si valía la pena iniciar una conversación que tuviera que ver con el calor que hacía. En lo que iba de la mañana había tolerado una docena de esas charlas y sospechaba que para lo único que servían era para provocar más calor aún.

—Buenas tardes —saludó la Muerte, y el Rulo respondió en un murmullo porque lo sobresaltó la voz ronca y gastada propia de un hombre, aunque uno hablase siempre de “la” Muerte, como mujer.

Cuando el Rulo se lo alcanzó vio con un poco de asco cómo la Muerte derramaba el líquido en el agujero negro de sus fauces, abierto entre los dientes amarillentos.

Ella ni siquiera me había mirado. No me había visto, pero yo me sentía como desnudo delante de una multitud. Y lo peor de todo era justamente comprobar el poder inmenso que, más allá de los años apilados unos sobre otros, esa mujer conservaba sobre mis emociones.

No me atrevo a decir que eso volvía estúpida su crueldad, porque supongo que cualquier crueldad es estúpida. Pero al menos diré que su ignorancia tornaba aún más estéril esa crueldad.

Yo soy de esas personas que suelen lamentarse de las contestaciones que dan y de las reacciones que tienen. Cuando discuto con alguien, cuando alguna persona me trata con descortesía, cuando alguno se pasa de piola y se me adelanta o se burla de mí, suelo ser tímido, corto, torpe, y nunca elijo las respuestas adecuadas. Por supuesto que después me arrepiento de mi estupidez y se me suelen ocurrir respuestas ingeniosas capaces de desarmar a mis rivales. Pero es tarde. Nunca se me ocurren en el momento oportuno. Lo raro de aquel encuentro fue que el modo en que actué fue tan espontáneo como siempre, pero mucho menos torpe que de costumbre, como si de pronto hubiese aprendido cómo tratarla.

Para algunos malparidos no hay mejor castigo que el olvido.

Mirar fotos viejas constituye un pasatiempo peligroso. Es cierto que, a primera vista, parece una actividad inofensiva. Pero es tal vez allí, en su aparente candidez, donde reside buena parte del riesgo. La situación toda habla de la parsimonia, de la nostalgia, de la mansedumbre, y no parece que bajo esa dulzura puedan agazaparse amenazas. Pero lo hacen, y vaya que lo hacen. Para contemplar viejas fotografías uno necesita cierta disposición de ánimo. Difícilmente emprenda la tarea al volver de un paseo dichoso, o rodeado del bullicio de la familia en pleno en un día festivo. Nada de eso. Uno tiene que llevar en el alma, en el momento de la decisión, una extraña conjunción de nostalgia y de recogimiento y de un no sé qué de tristeza y de algo perdido que busca asir nuevamente entre sus dedos. ¿Para qué mira uno fotos, si no es para mejor ejercitar y dirigir la facultad de la memoria?

Fotos, fotos propiamente dichas, fotos en el sentido cabal de la palabra, son aquellas que retratan a personas. Fotos son porque atraparon a la gente y la fijaron como estatuas en dos dimensiones. Nada de cataratas ni de montañas nevadas ni de mares grises y estáticos. Esas son simples postales y no cuentan. Ni aun cuando haya alguien posando en medio de paisajes gigantescos. Porque ahí las personas son excusas, simples extras que están para justificar lo otro, o para dar la real dimensión gigantesca de la catarata o de la montaña o del océano. No. Nada de eso. Fotos-fotos son las de la gente, donde el fondo que hay atrás es simplemente eso: un fondo detrás de lo importante. Fotos de rostros que miran en la cándida ingenuidad de desconocer a su interlocutor, ese otro mudo que es uno y que los observa desde el sillón bien iluminado sin otra labor que esa de explorarlos.

Porque una foto es eso. Es la vida como era entonces. Por supuesto que no hablo de la foto del mes ni del año pasado. Hablo de fotos en serio, o las que para mí son fotos en serio. Fotos de… yo qué sé, treinta años para atrás, por lo menos. Porque las que cuentan son ésas. Esas que te hablan desde una vida que era otra, otra totalmente distinta, donde el mundo era otro, y el sol que les pegaba de costado y les dejaba medio en sombra un lado de la cara también era otro, y esa magnolia que se ve borrosa en segundo plano hace años que se secó para siempre apestada por un pulgón que no hubo manera de sacarle, y el colectivo que no se ve pero que pasa detrás de la medianera (y que hace que la nena de la foto entrecierre apenas los ojos aturdida por el ruido), hace años que dejó de andar porque ni siquiera sirve para usarlo de reparto de verduras, tanto tiempo hace de aquella tarde de sol brillante.

Quedarán las fotos. Ellas sí han de trascendernos en algún cajón de la cómoda. Y tarde o temprano llegará el tiempo de que alguien nos exhume y nos vea así: silenciosos, convencidos, sonrientes, descorazonadoramente ingenuos.

Papeles en el viento

Eduardo Alfredo Sacheri.

Extraordinaria novela que cuenta los sucesos de un grupo de amigos que, tras la muerte por cáncer de uno de ellos, tienen que pasar para recuperar el dinero invertido por aquél y devolverlo a la hija sobreviviente. La complicación pasa porque la inversión fue realizada en la compra de la carta de un jugador de futbol con un futuro promisorio, pero que devino en jugador de cuarta división. Dividida a dos tiempos, en uno se narra la historia de el Mono, su lucha contra el cáncer y su analogía de la enfermedad con las desventuras del equipo de sus amores: Independiente; y por otro se da cuenta de la mezcla de caracteres de los amigos restantes y como afloran durante la recuperación de la inversión. Calificación de 10.
Papeles en el viento

Papeles en el viento

¿Qué pesa más, a la hora de sufrir? ¿Una vida siendo hermanos o treinta años siendo los mejores amigos del mundo? Una pregunta difícil. Inútil, también, pero difícil.

Fernando se topa con la mirada de Mauricio y se acomoda en la silla. No hay que ser un genio para advertir el reproche que carga esa mirada. El otro está pensando que hizo mal en no tomar las riendas del asunto un par de meses antes, cuando era evidente que el Mono se moría. Fernando no se ocupó precisamente por eso. Porque el Mono se moría y tomar esas decisiones, acomodar los papeles, dirimir las imprecisiones, aclarar las dudas, le había parecido precipitar el desenlace.

Estaba convencido de que uno no tenía que callarse las grande alegrías, ni las pretéritas ni las inminentes.

Todo el mundo, cuando se entera de la muerte del Mono, da ese respingo. El error, muy humano al parecer, de considerar que la juventud y la muerte nunca andan juntas.

Sólo están íntegras las cosas que nadie quiere.

Esos ejercicio de pros y contras son una imbecilidad, porque nunca le resuelven nada. Al final tiene que actuar por impulsos, como siempre. Y tan mal no le va. En general.

¿Viste cuando te perdés? ¿Cuando vas a algún lado y te perdés? Vos no te das cuenta en el momento. No es que girás en una esquina y decís “acá, justo aca, me estoy perdiendo”. Si no, no te perderías. No funciona así. Vos te perdés pero no te das cuenta de que te perdés. Avanzás, avanzás, creyéndote que la tenés más o menos clara, hasta que llega un punto en que te parás y decís “me perdí, no tengo ni la más puta idea de doónde estoy metido”. Bueno, yo estoy así.

Me fue bien hasta que me fue mal.

Lo mío creció muy rápido. Demasiado. Supongo… supongo que no elegí del todo bien mis compañías. O mejor dicho: las elegí pésimo. Cuando me quise acordar, no me podía despegar sin que sonase a traición. Tuve que apechugar y quedarme a bailar con la más fea.

Nadie dice nada de la dicusión que mantuvieron en el café, ni de las cosas que se dijeron, ni de las que se callaron, ni de las que pensaron después, cada uno por su lado.

Si el riesgo es grande, la ganancia también.

Al décimo día Mariel acepta cenar a la misma mesa y conversar después, y Mauricio se da cuenta de que es ahora o nunca, es un partido que tendría que tener perdido pero tiene una chance de que no, un penal en el último minuto, y si lo tira afuera no hay nadie más a quien echarle la culpa, de modo que se sienta con toda su prudencia y toda su templanza dispuesto a negociar una salida digna de esa crisis.

No siempre el afecto más profundo es garantía de nada, ni a la hora de establecer una pareja ni a la de dar un consejo certero.

Más de una vez Fernando se asombró de la tenacidad de la naturaleza. Lourdes y el Mono se odiaban casi siempre. Los pocos hilos que los unían se iban cortando sin chance de reparación.

Dan vuelta la esquina. Fernando ve una piedra en la vereda. Redonda, no muy grande. Un poco más allá hay un poste de teléfono. Se aproxima con una carrerita y le pega a la piedra pensando que si logra pegarle al poste, gana. No sabe qué, pero gana. Le erra por poco.

No necesita ningún esfuerzo para recordar las palabras de Cristina, al final de la discusión número dos mil quinientos. “Con vos yo fui muy feliz, Fernando. Pero fui. Fuimos. Ya no somos. Y si seguimos, si no nos damos cuenta, vamos a hacer bolsa los recuerdos.” Contundente, la petisa. Y sabia. Y valiente, porque Fernando sabe que jamás se habría decidido.

Fernando hizo lo que hacía siempre para prepararse frente al dolor: imaginó algo terrible. Algo angustiante. Algo que lo dejara tieso de espanto. Así, cualquier noticia que trajera su hermano iba a ser menos terrible. Se murió el jugador, decidió Fernando. A este boludo se le murió el jugador que compró y se quedó sin un mango. Y ahora no tiene dónde caerse muerto. O peor. Lourdes se juntó con un pelotudo que vive en Asia y se la lleva a Guadalupe para allá. Miró fijo a su hermano. La cara que traía era de que podía ser cualquier cosa. Fernando se asustó en serio.
– ¿Qué te pasa, boludo? Te pusiste pálido -le preguntó Alejandro.
– ¿Yo? No. ¿Yo? ¿Por?
– ¿Te pasa algo?
– ¡Nada, boludo! -y la negativa sonó un poco más abrupta de lo que hubiera querido. Suavizó el tono:
– Dejate de misterios y contame.
– No es tan fácil, Fer. No… no sé cómo empezar.
– Empezá por el prin…
– Tengo cáncer.

Fernando iba a recordar mil veces esa conversación. Evocaría las palabras de los dos. Lo que fue pensando. Lo que fue temiendo. Pero no se acordaría del esfuerzo sobrehumano que hizo por no llorar. Una estupidez. Un ahínco inútil. Pero buena parte de su atención y su energía estaba puesta en que no se le escapara una lágrima.

Fernando sabía que lo único que quería Mauricio era disparar, alejarse, perderse, desconectarse. Cortar todos los puentes con las otras personas, como si el dolor fuese una plaga que llegase, siempre, por esos puentes. Sabía que iba a meterse en un cine a ver cualquier película, empezada o desde el principio, y que iba a llegar a su casa bien pasada la medianoche para no tener que hablar con su mujer, y que al Mono no iba a llamarlo ni al día siguiente ni al otro, porque Mauricio estaba convencido de que frente al dolor, y mucho más frente a la posibilidad de la muerte, el único comportamiento posible es callar, callar y seguir callado.

Y todo sigue igual. Ni mejor ni peor que antes del viaje. Ella erizada de reclamos, de impaciencias agazapadas. Y el Ruso entre la conciliación y el enojo. Hay días en los que se promete no dirigirle la palabra, no requerirla, no rozarla por nada del mundo. Pero siempre sucumbe a buscarla por todo lo que la necesita.

Bueno, el Mono -para nosotros nunca fue Alejandro, siempre fue el Mono- no era un empresario del fútbol. Había jugado, eso sí. Era bueno, muy bueno. Marcador de punta por derecha. Siempre de cuatro. Pero lo dejaron libre en cuarta división y nunca más. Después estudió para analista de sistemas. Era un bocho, el pelotudo. Y era mi mejor amigo, también. Bueno, la cosa es que lo echaron de un laburo groso, cobró una guita, muy buena guita. Salvatierra le habló de vos, y el Mono te compró. Fue cuando te convocaron al Mundial de Indonesia. Pero el año pasado se agarró un cáncer que lo hizo mierda. Seis, siete meses. El Ruso hace silencio. Somos tan poquita cosa que nuestra biografía entra en cinco minutos. Nos quieran lo que nos quieran los que quedan acá. Cinco minutos y te sobra tiempo.

– ¿Y cuánto te creés que vas a cobrar en el ascenso? ¿Fortunas vas a cobrar?
– No. Pero puedo tirar unas cuantas temporadas.
– Y cuando termines esas cuantas temporadas te vas a quedar en Pampa y la vía, en la ruina te vas a quedar. ¿Después qué vas a hacer? ¿Te ponés un quiosco?
– ¡Capaz que sí! -el pibe vuelve a engranar-. ¡Capaz que me pongo un quiosco! Usted no tiene ni idea de dónde vengo yo. Ni idea. Para usted poner un quiosco es una mierda y en una de esas para mí está bárbaro. ¿O no puede ser?

El delantero la tiene que embocar en un “rectángulo”, ya que insistís, que tiene siete metros. Nada más. Siete. Y con un arquero parado ahí en el medio. En cambio el marcador, el tipo que todas las semanas te marca a vos, tiene cincuenta metros para cada lado para tirarla a la mierda. ¿Entendés? Si vos sos delantero y le errás al arco la hinchada te caga a puteadas. ¿Digo bien? En cambio, si sos defensor y para evitar el peligro vos le metés al balón una quema furibunda que la saca del universo, te aplaude todo el mundo.

Así como a veces las cosas parecen combinarse para salir mal, a veces se conjugan para salir bien.

El Ruso le hace señas de que mire el campo de juego. Están saliendo los equipos y Pittilanga viene en la hilera de los suyos.
– Menos mal -dice Fernando-. El año pasado una vuelta me fui hasta Trenque Lauquen y resulta que Pittilanga se había lesionado en la semana previa y yo no sabía nada.
– Me contaste.
– Mil doscientos kilómetros al pedo. Y a la vuelta llovía a baldazos.
– Sí, me contaste.
– Pues te lo voy a contar de vuelta y vos vas a poner cara de qué barbaridad, pobre Fernandito.
– Qué barbaridad, pobre Fernandito.

– Te la hago corta -concede, como después de una larga introspección-. Hablé con él y me costó. Mil cosas, le dije. Pero… ¿sabés con qué argumento lo convencí?
– ¿Con cuál?
– Con el de las bisagras de una puerta.
– ¿Qué?
– ¿Vos tampoco lo entendés? Que jugar al fútbol de defensor o de atacante es como manipular una puerta en sus bisagras.
– No entiendo un carajo.
– Por eso yo soy empresario y vos sos un vulgar docente, pendejo.
– Te digo en serio.
– ¿Vos probaste de sacar alguna vez una puerta de las bisagras?
– Sí, más bien.
– Bueno: ¿y probaste de volver a ponerla?
– Sí.
– ¿Y no te dio cincuenta veces más laburo encajarla en las tres bisagras que sacarla de las tres bisagras? -el Ruso hace una pausa-. Bueno: con el fútbol es lo mismo. Como defensor, sacás la puerta. Como delantero, tenés que estar poniendo la puerta.

Mauricio se pregunta si las cosas están bien o, como en esas películas de terror que le gustan a Mariel, todo parece bien hasta que de repente atacan los vampiros o aparece un loco enmascarado con una motosierra.

Vos lo sabés, yo lo sé, todos sabemos que lo más probable es que hoy nos llenen la canasta. Y si no es hoy, es la fecha que viene. Y la otra y la otra y la otra. No tenemos esperanza, entendés. No es un mal momento. No es una mala temporada. Es así. Somos un desastre, y vamos a seguir siendo un desastre. Y cada vez nos vamos a parecer menos a los que fuimos, y va a llegar un punto en que no nos vamos a reconocer. Nos va a quedar el nombre. Fotos viejas.

– Desde el ’95, un campeonato. Estamos en el 2008, Fernando. Un campeonato en catorce años, macho. Y seguiremos contando.
– Todos los equipos pasan…
– Un carajo. Vos sabés lo que era Independiente. Una fija. O casi. De locales era un festín. A Boca lo teníamos de hijo. El único que siempre nos tiró la camiseta y nos ganó fue River. A los demás, papita pal loro.
– Bueno…
– Ahora somos un horror, Fernando. ¡Banfield nos tiene de hijos! ¡Banfield!
– …
– ¡Lanús!
– …
– ¡La otra vuelta nos ganó Arsenal! ¡Cuando éramos chicos jugaba en la C Arsenal! Y ahora nos pintó la cara, Fernando.
– ¿A dónde querés llegar?
– ¡A ningún lado! ¡A eso! A que antes jugar con el Rojo era un desafío para cualquiera. También perdíamos, ya lo sé. No soy tan boludo. No digo que ganábamos siempre. Pero siempre estaba la chance de que ganáramos, de que diéramos vuelta los partidos, de que volteásemos al más pintado en cualquier cancha. Y jugando bien. O tratando de jugar bien. ¿Te acordás? ¡“La mística del Rojo”! ¿Te acordás o no te acordás? ¿Yo exagero o era así?
– …
– ¿Yo exagero?
– …

– ¿El brazo te sigue doliendo, Fer?
– No, ahora no.
– Tenés mejor color.
– ¿Sí, Mono?
– Sí. Antes estabas blanco tiza. Ahora estás un poquito verde. Verde esperanza, capaz.
– Menos mal, boludo.

¿Hasta cuándo estuvo el Mono enamorado de esa mujer? ¿Hasta que se juntaron y su vida se transformó en un tormento? ¿Hasta que se separaron? ¿Y si la quiso siempre? ¿Y si hasta que se enfermó de cáncer y se murió siguió enamorado de esa yegua? ¿Qué fue lo que lo enamoró? ¿Qué le vio? ¿Qué virtudes fue capaz de inventarle? ¿O amar a una mujer es siempre eso de inventarle virtudes a una mina por el solo hecho de que nos atrae; nos atrae y queremos tenerla?

– ¿Estás llorando, Mono? Con esta manguera enchufada no me puedo dar vuelta y no te veo. Vení más acá.
– No lloro, boludo, me estoy riendo.
– ¿Y de qué te reís?
– Estaba pensando en lo de la resignación.
– Qué pensabas.
– Que ser del Rojo nos ayuda, boludo. Ya nos acostumbramos a esperar lo peor.
– Cierto.
– …
– …
– …
– …
– ¿Le ganaremos a Newells, Fer? ¿Vos qué decís?
– …
– …
– …
– ¿Ni en pedo, no?
– Ni en pedo, Mono.
– …
– …
– La puta que lo parió.

– ¿Hola? ¿Me escucha?
– Sí, sí, Bermúdez. Está, está bien -es la primera vez que escucha lo que hace un año y medio está esperando escuchar, y ahora no sabe cómo sentirse-.

– A Guadalupe… ¿yo qué le dejo?
– No empecemos, Mono.
– Dejate de joder y contestame, Fernando.
– Un montón de cosas, le dejás.
– De futuro, digo.
– ¿Cómo “de futuro”?
– Claro. De pasado te entiendo. Le dejaré recuerdos, fotos, lo que hicimos juntos. ¿Y de futuro?
– …
– ¿Ves? A eso voy. No tengo nada para dejarle. De acá para adelante, digo.
– …
– …
– ¿Y qué le querrías dejar?
– Yo le quiero dejar a Independiente, Fer. Pero un Independiente que sea un regalo en serio, entendés. Como decir “Tomá, te dejo el amor por este cuadro, este equipo que es buenísimo. Tenelo para siempre”.
– …
– …
– Quedate tranquilo, Mono.
– ¿Con qué?
– La nena te va a salir de Independiente. Lo demás no sé. Digo, lo de las copas y la mística, no te puedo asegurar nada. Capaz que vuelve, capaz que no. Pero te la vamos a sacar del Rojo.
– …
– …
– ¿Me lo prometés?
– …
– ¡Che! ¿Me lo prometés?
– …
– …
– Prometido, Mono. Prometido.

El Ruso obedece. No le molesta la reprimenda. Al contrario, porque Mónica acaba de llamarlo Dano, y eso significa que el universo marcha como debiera. De inmediato se amonesta: no debe entregarse tan mansamente a la alegría. El Ruso es un optimista global, salvo en lo que tiene que ver con la salud de las nenas y el humor conyugal de su mujer. Porque las quiere demasiado. Cuando las nenas se resfrían, el Ruso intuye una pulmonía. Cuando tienen fiebre, el Ruso reza y lamenta no tener en su religión, a medias heredada y a medias personal, un sacramento como la extremaunción de los católicos. Desde que nacieron es así. No puede evitarlo. Y con su mujer es algo parecido. Siempre teme lo peor. No importa cuán bien estén las cosas ahora. El dolor y la distancia siempre pueden volver.

Querer es, a veces, ocultar.

– Lo que pasa es que a veces es… como demasiado.
Pittilanga lo observa con cara de no entender. Cruzan la calle.
– Claro. Demasiado responsable. Demasiado solidario. Demasiado recto.
– Demasiado demasiado.
– ¡Claro! El tipo te obliga a que lo admires. No te queda otra.

– ¿Y de dónde los sacan?
– ¿Los datos? Si podemos, de otras páginas. Y si no, los inventamos.
– ¿Pero no te van a tirar la bronca?
– Ay, Fer. Esto es Internet. ¿Quién se hace responsable de algo, en esta mierda?

Yo lo que digo es que es muy difícil tolerar un presente como este, después del pasado que tuvimos. Eso es lo que pasa.
– No te entiendo, Mono.
– Claro: capaz que para otras hinchadas es más fácil aguantar la mala. Como que están más templados, más hechos a perder.
¿Me entendés, Ruso?

– Sí, Ruso. Vos pensá. Compará. Compará lo que fue tu adolescencia con la de un pibe hincha del Rojo que ahora tenga doce, trece, quince años.
– Uh…
– ¡Ahí tenés! Acordate de nosotros. Campeonatos, copas, clásicos. Había para elegir.
– Y más en esa edad. Todo es más fuerte a la edad esa, Fer. ¿O no, Ruso?
– Puede ser, Mono.
– ¡Seguro! Todo te marca el doble. Esa época: estás creciendo, los bailes, las minitas, el Rojo. No sé, era como si todo estuviera armado para la fiesta. ¿O no, Fer?
– Como que no existía posibilidad de perder. ¿No te lo acordás así?
– Exacto. Era ganar… era ver por cuánto ganabas. En todo. Con Independiente y con todo.

El Cristo se dice que es un imbécil. Cuanto más natural quiere parecer, más artificial actúa.

Algo en el aire, piensa Fernando, y aunque sabe que esa imagen es de una obviedad lamentable, no encuentra otra mejor y se repite para sus adentros: algo en el aire. Algo malo, algo tenso, algo amenazante, algo agazapado detrás de las cortinas gruesas o de los cómodos sillones en los que están sentados. Algo que está en todos lados y en ninguno, algo que cuando se deje ver del todo será demasiado tarde, mierda. Independiente puede parecer a salvo. Hasta puede, en apariencia, tener el partido bajo control. Y sin embargo… hay algo. Tal vez no es más que un temblor en el aire. En esas circunstancias las cosas se cargan de símbolos herméticos. Un saque lateral en mitad de la cancha, un vendedor de garrapiñada al que se le suelta el elástico de la bandeja y se le derrumba la pirámide de paquetes, un viejo de boina que resopla, indescifrable, tres lugares más allá. Y de buenas a primeras el saque lateral deriva en un forcejeo en el mediocampo, y el forcejeo en un pelotazo profundo, y el pelotazo en un centro al área, y el centro en un cabezazo y de repente la tragedia. Y el algo toma cuerpo y se convierte en todo.

Y de allí en adelante experimenta la perturbadora sensación de que la realidad se divide en dos, como la pantalla del televisor cuando se juegan simultáneamente dos partidos que pueden definir un campeón, y de nuevo la estúpida metáfora futbolera pero no importa, porque de un lado lo tiene a Salvatierra retomando cosas que ya dijo y argumentos que ya usó, para defender el principio de que el pase de Mario Juan Bautista Pittilanga no puede valer menos de cuatrocientos mil dólares, o trescientos ochenta mil como mínimo, y del otro lo tiene al Ruso parado como un chico en penitencia (un chico de hace cincuenta años, porque las penitencias ya no se usan) con la cara contra el ángulo de la pared, hablando en un susurro. Y como le ocurre con la pantalla dividida del televisor, ahora tampoco entiende nada, ni lo que tiene a la derecha ni lo que tiene a la izquierda, ni al Salvatierra del sprint final para torcer el brazo de los árabes ni al Ruso de florero en el rincón.

Después de todo está en lo suyo, y no tiene la menor idea de que ese algo que estaba en el aire está, ahora, en la mesa, en los ojos desorbitados del Ruso, en su tirón de cabello: el saque lateral que deriva en un forcejeo y el pelotazo profundo, la puta madre.

El mozo pasa junto a su mesa y sin querer -pero sin tampoco tomarse la molestia de evitarlo ni de disculparse- le propina a Fernando un ligero empellón en el hombro. Fernando suele salirse de quicio con la mala educación de la gente, y protestar como si sirviese para algo. Pero esta vez permanece en silencio. Cuando venís torcido se aprovechan todos.

– Nada que ver. Me alegro. En serio me alegro. Quedé un poco mal parado, supongo. Nada más.
– ¿Mal parado por qué?
– ¿Me lo preguntás en serio? Vos te armaste la película todo lo que quieras. Pero a este lo recontraputeé de lo lindo. Habla sin mirar a Mauricio, señalándolo apenas con la mano, pero el Cristo comprende que no es porque le dure el rencor, sino porque lo supera la vergüenza. El Ruso no sabe qué contestarle.

Los mejores cuentos de fútbol de

Eduardo Sacheri.

Primer libro adquirido en la FIL de Guadalajara y específicamente con Futbología, que aunque sus precios son algo elevados, tiene una muy buena oferta futbolístico-literaria. El libro es muy bueno, pero por ser una colección de los mejores cuentos, algunos ya los había leído en Esperándolo a Tito, pero es una excelente selección que dificulta el poder nombrar los que más me agradaron; pero siguiendo la tradición, me gustaron un poco más: Una sonrisa exactamente así, Segovia y el quinto gol y Mito y realidad sobre el dos a cero. Calificación de 10.
Los mejores cuentos de fútbol de

Los mejores cuentos de fútbol de

El cuadro de RaulitoVer
Volver – Epilogo de un gran futbolista. (Un futbolista que ha pasado sus mejores glorias, siempre está dispuesto a regresar).
Una sonrisa exactamente así – El amor y el futbol. (Un hombre usa de excusa para hablarle a una chica desconocida, una crónica del maracanazo).
La promesaVer
Segovia y el quinto gol – No caerá ningún gol mas. (A pesar de ir perdiendo por goleada, un equipo tiene como objetivo ningún gol más).
Mi abuelo sabía mucho de futbol – Siempre sabe mas por viejo. (Mientras no le toquen a sus nietos, un abuelo es capaz de todo. O incluso por eso).
Por Achaval nadie daba dos mangos – Todos somos heroes un día. (El menos indicado se convierte en héroe de un partido decisivo).
Motorola – Es cierto, La pasión manda. (Un taxista intenta olvidar su pasión por los colores de su equipo).
Los traidoresVer
En paz descansa – Melancolía por el viejo barrio. (Recuerdos de las cascaritas de la niñez).
El retorno de Vargas – Los viejos son los buenos. (Inminente regreso del entrenador que llevó a un equipo a sus grandes logros. Pero…).
Valla invictaVer
Mito y realidad sobre el dos a cero – Lo dificil es mantenerse arriba. (Grandísima reflexión sobre el engañoso marcador 2-0).
Me van a tener que disculparVer
El hombre – Y dónde esta el futbol?. (Cuento que no entendí la relación con el futbol).

Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que se le imponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista, pensó que si tenía que ser, sería, y que si no, era inútil gastar pólvora en chimangos.

La gente es jodida. si ese año el club hubiese tenido una buena campaña. la cosa habría sido diferente. Pero naufragábamos casi en el fondo de la tabla y habíamos perdido todos los clásicos de la temporada. Y esas cosas destruyen todas las lealtades y sepultan todas las gratitudes.

A veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio.

Lo normal no se recuerda casi nunca.

Si Uruguay pudo en el 50, me dije… en una de esas quién te dice. Por eso me desentendí del semáforo y de la calle Corrientes y entré al bar y caminé hasta tu mesa y te sonreí y vos, por reflejo, me devolviste tu primer sonrisa. Pero como te dije hace un rato el problema no son tus primeras siete sonrisas. El asunto es la que viene. Tengo novecientas noventa y nueve chances de que me digas que me vaya, y una sola de que me pidas que me quede. Porque ponele que yo ahora termine y vos sonreís: alguien lo mira de afuera y puede decir: “¿y qué tiene que ver que sonría¡ Puede sonreir porque piensa que estas loco, o que sos un tarado”, y es cierto, puede ser por eso. Y en una de esas es verdad. Pero también puede ser que no, que sonrías porque te gusté, o porque te gustó la historia que acabo de contarte. O las dos cosas: a lo mejor te gustamos mi historia y yo, y a lo mejor te estás diciendo que en una de esas para vos también este es un día especial. Un día distinto, ese día diferente a todos los días en que las cosas se salen de la lógica y la vida cambia para siempre, y a lo mejor pensás eso a medida que yo te lo digo y en tu cabeza se abre la pregunta de si no será una buena idea seguirme la corriente, por lo menos hasta dentro de medio minuto cuando te invite al cine y a cenar, o hasta dentro de un mes o hasta dentro de un año o hasta dentro de cuarenta. Y puede que ahora sonrías una sonrisa que me indique a mi, que llevo media hora intentando leer las señales de tu rostro, que hoy no sonó el despertador y me pegue con el filo de la puerta y perdí los colectivos y corrí hasta el subte y vine corriendo desde Rivadavia, y me cortó el semáforo y giré y vos estabas sentada en el café nada más que para esto, para que yo me atreva a rozar tu mano con la mía y vos des un respingo y me mires a los ojos con tus ojos como lunas y yo te sonría y vos también me sonrías, pero no con una sonrisa cualquiera sino con esta que te digo y que vos estás empezando a poner, ¿ves? Así: una sonrisa exactamente así.

La desesperación es más atroz que la vergüenza.

A esa altura el descenso tenía color de certeza. Sin embargo, los genios de la comisión guardaban un as bajo la manga. Resulta que no sé quién era amigo de no sé qué fulano que había estudiado con Ongania, y en plena Revolución Argentina ésos eran contactos provechosísimos. De buenas a primeras se introdujo una ligera modificación en el reglamento de la liga, según la cual el descenso directo del último clasificado se cambió por un partido final y decisivo entre los dos últimos, en cancha neutral. “Cláusula de repechaje”, la llamaron. Naturalmente los equipos que venían arriba de nosotros peleando el descenso protestaron ferozmente, pero, como carecían en sus comisiones directivas de personajes que fueran conocidos de otros personajes que hubiesen estudiado con Ongania, nadie les llevó el apunte.

El Club Esperanza, después de cincuenta años de éxitos y laureles, se iba de cabeza al tacho, y ellos no eran suicidas. Dijeron que se debían a las inferiores, para hacer nacer desde allí un “futuro nuevo”. Con eso lo decían todo. Si no hubiésemos estado tan tristes habría sido como para reírse. En el club del pasado, ahora se llenaban la boca con el futuro. Lástima que nosotros estábamos en el medio, como un presente ominoso y detestable.

Con el pitazo inicial salimos a hacer aquello que nos había pedido Segovia que hiciéramos. Salimos a morder en cada pelota dividida, a embarullar el mediocampo, a comerle los tobillos a los rivales para que no hilvanaran dos jugadas. Corrimos como flechas. Trabajamos como esclavos. Luchamos como gladiadores. Aguantamos como mártires. Lástima que todo eso duró cuatro minutos y treinta y ocho segundos, porque a esa altura del partido nos embocaron el primer gol de cabeza y se acabó la epopeya. El gol no fue culpa de nadie y fue culpa de todos. Una de esas distracciones zonzas de las que habíamos cometido setecientas a lo largo de todo el año.

Planté la pelota en el círculo central y le saqué a Salvatierra, el número 5. Era un pase de medio metro pero le erré por dos y la pelota se la llevaron los de Podestá. En otro momento Salvatierra me hubiera puteado con toda la razón del mundo, pero ese día no dijo nada y se quedo mirando la estampida de rivales que nos pasaban por los costados como un malón de ranqueles. Nos embocaron el segundo gol a los veinticinco y después se tomaron un respiro. Se tiraron atrás y nos regalaron la bola. Eso les servía a ellos para tomar aliento y a nosotros no nos servía para nada. El arco de Podestá nos quedaba tan cerca como las cataratas del Niágara. Podíamos estar así nueve años sin conseguir hacerles un gol ni de chiripa.

Lo lindo de no tener nada que perder es eso, que detrás de la ruina se acaba el miedo.

La vida es más larga que la tristeza.

En el club era mayor la euforia por el dinero que iba a ingresar que la desdicha de perderlo.

Suponete que Platense va y se salva. Difícil, pero ponele que si: ¿qué me cambia? ¿Voy a ser más rico? ¿Va a subir más gente al tacho? ¿Voy a volverme inmune a los afanos? No, loco, no me cambia nada. Y ponele que hoy se va al descenso: ¿qué pierdo, hermano? No hay vuelta loco. El fulbo es una mentira, sab+es. ¿O ustedes piensan que a esos turros de los jugadores les importa algo? No, padre, los tipos cobran y se van. ¿Quién se queda como un boludo parado en la popular? ¿Vos o ellos? ¿Y los dirigentes? ¿Vos te pensás que les calienta algo? ¡Si son una manga de chorros!

Acababa de entender que todos los hombres son cautivos de sus amores. Uno no entiende por qué ama las cosas que ama. El intelecto no sirve para escapar de los laberintos del afecto. Por eso es tan difícil enfrentar el dolor: porque uno puede engañarse enfrentando con argumentos razonables las llagas que tiene abiertas en el alma, pero lo cierto es que esas llagas no se curan n ise callan. Y por eso un hombre puede amar a una mujer que a los otros hombres les parezca funesta, o puede poner su corazón al servicio de amores que a los otros se les antojen inútiles o intrascendentes.

En el primer baile que pergeñamos, su madre cometió el desatino de venir a buscarla antes de las diez. Durante el resto de la noche aprendí a extrañar a una mujer.

Y cuando uno recuerda es porque ya no tiene aquello que recuerda. No hay certificado de defunción más preciso que ese.

Así como el crecimiento es sinónimos de cambios, a veces es sinónimo de errores y hasta de dolor.

La verdad cruda y sin remedio a veces detestada pero siempre preferible al engaño dulce de los placebos.

Una de esas frases hechas de las que el futbol está lleno es esa que dice que el dos a cero es un mal resultado. Según los que así razonan es malo porque si el equipo contrario anota un gol, los nervios harán estrago en el ánimo de los jugadores que van ganando. Y muy probablemente terminen empatando, o aun perdiendo ese partido. En ese caso, y según una lógica algo estrafalaria pero al parecer generalizada entre quienes cultivan este deporte, el oprobio de la derrota será peor que si hubiesen perdido dos a cero o dos a uno, como si fuese de cobardes, de poco hombres, sufrir una derrota luego de haber obtenido semejante ventaja.

¿Hay algo tan lindo en la vida como no necesitar nada más que lo que ya se tiene?

Si, como le había sucedido ese dia, Liliana se colaba además en sus sueños, al despertarse la nostalgia lo desangraba hasta ponerlo al borde de las lágrimas.

Esperándolo a Tito y otros cuentos de Futbol

Eduardo Alfredo Sacheri.

Excelente colección de cuentos futboleros narrados con lo único que envidio a los argentinos en cuanto a futbol se refiere: Pasión.
Volvamos a los resúmenes en 5 palabras. Mis tres favoritos: Esperándolo a Tito, La promesa y Los traidores. Calificación 10.
Esperandolo a Tito y otros cuentos de futbol.

Esperandolo a Tito y otros cuentos de futbol.

Esperándolo a Tito – La amistad lo es todo (Un famoso futbolista vuelve a las canchas del barrio a cumplir con el partido tradicional).

Me van a tener que disculpar – Cada quien tiene su héroe (Evocación de un héroe a pesar de sus errores: Maradona).

La promesa – Una promesa se debe cumplir (Un grupo de amigos tiene que cumplir la promesa de esparcir sus cenizas en el estadio).

Valla invicta – Un héroe también se fabrica. (O de como se mantiene un récord con la suerte)

De chilena – Hay partidos que deben ganarse (El hermano mayor evoca un partido de su niñez , ante su hermano menor que está postrado en una cama de hospital).

El cuadro del Raulito – Siempre se vuelve al origen (Un padre que da la libertad a su hijo de elegir el equipo de su preferencia; al final, descubre la verdad: su hijo es hincha del mismo equipo).

Jugar con una tango es algo mucho más difícil de lo que a primera vista se podría suponer – La belleza de un balón (La aventura de jugar con el balón Tango, el oficial del mundial Argentina ’78).

Independiente, mi viejo y yo – Con fe hasta ganas partidos (La final del futbol es en la noche, el niño ya no aguanta despierto, pero el padre le dice que vaya a dormir y confíe en que su equipo ganará el campeonato).

Ultimo hombre – Siempre hay tiempo de despuntar (Un defensa que se incorpora al ataque hasta conseguir la meta contraria).

Angel Cabeceador – La conciencia busca poner orden (En un partido, un jugador misterioso consigue un gol).

La hipotética resurrección de Baltazar Quiñones – Cuando las leyendas cobran vida (Un famoso jugador que prefiere el anonimato para poder vivir su vida).

Decisiones – No tener miedo al cambio (Un noberl jugador, apoyado por su amigo, decide probar en un equipo de primera y botar su empleo actual).

El sueño de Nicoletti – Cuando los sueños cierran ciclos (Sólo a través de un sueño, un jugador logra el objetivo).

Los traidores – Por amor apoyarias al enemigo? (Un chico se enamora de la chica del barrio vecino, el problema es que tiene que fingir que es hincha del mismo equipo)

Ese día ganamos 12 a 7 (a los diez años, uno no se preocupa tanto de apretar la salida y el mediocampo, y salen partidos más abiertos, con muchos goles).

Tuvimos que ser muy hombres para salir de la cancha año tras año con la canasta llena y estar siempre dispuestos a volver. Para colmo, para la época en que empezamos a perder, a algunos de nosotros, y también de ellos, se nos ocurrió llevar a las novias a hacer hinchada en los desafíos. Perder es terrible, pero perder con las minas mirando era intolerable.

… y él diciéndome perdoná, Carlos, me tuve que hacer llamar a la concentración por mi tía Juanita, pero conseguí pasaje para la noche, y llegué hace un rato, y perdonáme por los nervios que te hice chupar, te juro que no te lo hago más, Carlitos, perdonáme, y yo diciéndole calláte, boludo, calláte, con la garganta hecha un nudo, y abrazándolo para que no me viera los ojos, porque llorar, vaya y pase, pero llorar delante de los amigos jamás; y el mundo haciendo click y volviendo a encastrar justito en su lugar, el cosmos desde el caos, los amigos cumpliendo, cerrando círculos abiertos en la eternidad, cuando uno tiene catorce y dice ‘ta bien, te acompañamos, así no te da miedo.

… la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.

Yo conservo el deber de la memoria.

A veces Beto y su buen criterio me sacan de quicio.

Recuerdo todo aquello con la precisión con la que atesoramos las cosas de la juventud.

Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su bullicio.

Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.

Llorabas con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres.

Parece mentira cómo uno, a veces, no se olvida de las cosas que se olvida.

Entre argentinos hay una sola cosa más dulce que el placer propio: la desgracia ajena.

Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo.

Porque uno puede decir que es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces. Sobre todo si abundan los tíos y los primos grandes, dispuestos a comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón novato. Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas. Porque cuando uno sufre por su Cuadro, tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O mejor dicho, sólo se le llena con una cosa: con ganar el domingo que viene. De manera que asunto concluido. La suerte está echada. Nosotros acá, el resto enfrente. Algunos más amigos, otros menos. Pero de este lado nosotros, los de acá, los que no tenemos en común, tal vez, victoria alguna, pero que compartimos las lágrimas de un montón de derrotas.

… lo encontró llorando a él también, pero unas lágrimas gordas, densas, de esas que abren surcos pegajosos en su camino, de esas que uno llora cuando está demasiado feliz como para sencillamente reírse.

Los demás lo habremos imitado, obedeciendo a ese reflejo solidario que en la niñez funciona a la perfección y que con los años se va, tristemente, anquilosando.

Caminamos la media cuadra dándonos valor con la mirada, ocultando celosamente que jamás en la vida habíamos jugado en una cancha en serio.

Pero la carne es débil. No importa cuánta preocupación ocupe nuestro pensamiento, ni cuánta angustia agobie nuestro espíritu. Uno siempre termina teniendo hambre, o teniendo sueño, y sucumbiendo a esas necesidades poco altruistas.

Supongo que ésos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida. Por lo menos así ocurrió conmigo. Y no me avergüenza reconocer que ahora, ya grande, cuando tengo un problema que me agobia, o cuando me toca sufrir por radio y por televisión un partido de Independiente y me como los codos por la ansiedad y la angustia (la vida me enseñó lo inconveniente que puede resultar fumarse los nervios), siento un impulso difícil de dominar, una tentación casi irresistible que me invita a irme a dormir, a abrigarme en la certeza de que mientras yo sueño, mi papá e Independiente, como duendes laboriosos, van a arreglarme el mundo para que yo lo encuentre refulgente en la mañana.

A casi sesenta años de aquella noche, me cuesta creer el tamaño ridículo de nuestras pasiones de entonces. ¿A usted no le pasa? Eso de atarse fanáticamente a una consigna, defenderla contra todo y contra todos, hacer de ese objetivo el único de nuestras vidas… Después, con el tiempo, las cosas recuperan dimensiones razonables. Y uno se pregunta cómo todo un pueblo pudo ser tan estúpido de encaramarse en semejante utopía. Cómo fue capaz de darle tanta importancia a esa meta que se había fijado. Creo que nos pasamos la vida pasando de un estado de ánimo al otro: de la idiotez apasionada al desengaño razonable. Supongo que volverse viejo es quedarse inmóvil para siempre en este segundo momento.

Conté siete pelotas en los palos. Fueron más, pero después de la séptima se me fueron las ganas de seguir contando.

… el fútbol no es mi vida, es sólo un hermoso trabajo que me ha permitido mejorarla.

Nunca envejecerá. Nunca deberá retirarse. Nunca se desvalorizará su pase. Nunca deberá rechazar jugosas ofertas para convertirse en director técnico. Nunca deberá arriesgar su buen nombre y el cariño popular en aventuras políticas que traten de involucrarlo.

Pero justo entonces es cuando el sueño se empieza a poner raro, o mejor dicho cuando empiezan a pasar las cosas propias de los sueños.

A veces la vida es así, pibe, te pone en lugares extraños.

La boca puede caminarte más rápido que la mente.

«Me llamo Mercedes, encantada». Me alargó la diestra, y mientras se la estrechaba pensé que cuando llegara a casa me iba a cortar la mano y la iba a poner de recuerdo sobre la repisa. Tenía la piel suave, y me dejó en los dedos un aroma de flores que me duró hasta la mañana siguiente.

Tuve que apilar una mentira sobre la otra, y sobre la otra, y así hasta formar una torre interminable.

Es cierto que la conciencia a veces me remordía mientras saboreaba la picadita con el Gancia rodeado de mis enemigos de sangre. Pero de inmediato se acercaba Mercedes, precedida por su sonrisa de arcoiris y su mirada de incendio; Mercedes, rodeada por su fragancia de mujer inolvidable, y me ofrecía la última aceituna antes de que se la deglutieran aquellos mastodontes, y la sensación de culpa se disolvía en una egoísta gratitud a Dios y a la Creación en general.

Y mientras tanto rezar, rezar para que nadie se diera cuenta de la impostura, para que Gatorra estuviese en una mala tarde, para que ganáramos el clásico, para que la derrota le torciese el humor al padre de ella y cancelara la salida al cine de la noche en el auto del tarado de Alberto. Demasiados pedidos para un solo Dios en un solo rezo.

… uno es cursi cuando habla de amor.

Hay cosas que podés hacer y cosas que no.

No te pido más nada, Dios. Lo demás que sea como vos dispongás. Pero por favor, en serio, por favor: que la cancha esté. [En el cielo]