Apocalipstick

Carlos Monsiváis

Apocalipstick

Apocalipstick


Crónica/ensayo de diversos temas: los sonidos, las vecindades, los antros, el zócalo, la zona rosa, el metro, las fiestas, los malls, las marchas y un largo etc, todo ello ocurriendo en la Ciudad de los Palacios, el Distrito Federal próximamente conocida como CDMX, todo ello a la manera de Monsiváis. Calificación de 8. Del Reading Challenge, reto 11, Un libro con un título de una palabra.

Anomia: Ausencia de ley
Aliteración: Figura retórica de dicción que consiste en la repetición de uno o varios sonidos dentro de una misma palabra o frase.
Indomeñable: Que no puede ser dominado.
Logorrea: Empleo excesivo y desordenado de palabras al hablar causado por un determinado estado de excitación.

En el principio y ante la tardanza del dios cristiano, Huitzilopochtli y Tláloc crearon los cielos y la tierra, y en la Tierra (llamada así porque su componente mayor era el agua) la nación mexicana, hija del dios Caos y la diosa Demografía, estaba desordenada pero nunca carente de población, y por eso las deidades aztecas en su empeño de beneficiar a la primera ciudad, produjeron un Centro, atenidas a su poder de convocatoria, y pronto en Tenochtitlán ya no cabía un alma aunque todavía quedaba sitio para los cuerpos, y como había tiempo -la población no se hizo en un día- se construyó la Provincia para fomentar las migraciones a la gran ciudad.

Y ahora recuerdo al señor de la unidad habitacional donde todos los edificios son a tal punto iguales, que un día se equivocó de apartamento, halló una puerta abierta y como nadie le dijo nada lleva cinco años viviendo allí, así de vez en cuando se extrañe de que su mujer no recuerde nada de la luna de miel en Cuernavaca.

Soñé que nomás iba yo en un vagón de Metro, y nadie me empujaba, ni me vendían nada, ni contaban estupideces. Desperté angustiadísimo de la pesadilla.

La ciudad crece en dirección opuesta a la autoestima de sus habitantes.

Dos horas en ir del trabaja a mi casa y no fue el peor embotellamiento que me ha tocado. Con razón ya perdimos el hábito de la prisa.

Hay tanta gente que ya se acabaron los rostros familiares.

Ya no se tiende a visiones ensoñadoras, sino a lo sensato, acomodarse en las hendeduras del pesimismo. “Esta ciudad es terrible, pero en mi casa todavía hay agua y luz eléctrica.”

El status se mide por las medidas de protección, y un megamillonario con veinte guardaespaldas aprende a vivir en el populoso aislamiento de la jerarquía.

Pequé, porque no todos han de ser santos. Me arrepiento, porque no todos han de condenarse.

Te puedes ir a donde quieras, con quien tú quieras, te puedes ir. Pero el divorcio porque es pecado no te lo doy.

Lo mejor de las décadas ocurre después de que han fenecido.

El epitafio [para el país]: “Los mariachis callaron”.

La cantina gira en torno a la supremacía viril en la desdicha, de la ambición de sujetar la realidad para cancelar las frustraciones.

A la sombra de los semáforos se improvisan malls en las esquinas: “Qué va a llevar, patroncito, lléveselo barato antes de que se lo regalen.”

¿Qué se oye en la ciudad? En este mismo instante “Poker Face” y “La Marcha de Zacatecas” y “El Danubio Azul” y “She Loves You“, y la pesadilla marcial de las bandas escolares a las siete de la mañana, y los automóviles que flagelan las colonias populares con publicidad comercial, y la maquinaria pesada que es alarde de la industria de la construcción, y la vibración de los aviones, y el punk, y el hip-hop y las cumbias y el reggaetón y los helicópteros que vigilan la avidez de los congestionamientos del tráfico, y el fragor de la demografía, eso sobre todo, lo más parecido al sonido de la capital es la precipitación rugiente de seres que se escucha aún en la quietud más diáfana. A eso sí suena la ciudad… ¡Ah! Me faltaba citar el “Huapango” de Mocayo, un coro infantil que desoriente a Jaime Nunó y González Bocanegra, que no sabrán qué crearon, el danzonazo que se revienta como inauguración del himen colectivo, el zumbido decapitador de una tocada de rock en el vecindario, y el ensayo de la fiesta de quince años con “El Sueño Imposible” y, orden y concierto, “No rompas mi pobre corazón”, y “Caballo viejo” y “La Macarena” y “Aserejé” y “El gato volador”, bailados por los presentes y los ausentes. De algo estoy seguro: si hay un disc jockey del Último Día, éste será la Ciudad de México. Y sí, ni hablar, faltó “Nereidas”.

El éxito de Big Brother, el programa iniciado en Holanda, la prisión por gusto tan innegable como la crítica que lo desprecia sin dejar de verlo, es asunto de globalización y los caprichos de la hipnosis televisiva.

Sin que nadie lo advierta, nos hemos convertido en un país de comunicólogos, de expertos distribuidos en mesas redondas en pos de las cámaras de televisión y en este viaje de México, la nación al simposio sobre México, la posnación, todo lo determinan las discusiones enardecidas, los rechazos, el falso distanciamiento irónico, la ignorancia teatral. ¡Dios mío! ¡Qué daño han hecho las mesas redondas, que han sustituido al padre de familia por el moderador en las reuniones familiares!

La Casa Blanca de 1985, o quedan muy severamente dañadas. Ese día, sin que haya declaraciones explícitas, conoce su fin la Era de la Vecindad.

Por lo común son los pecadores los que mueren jóvenes. Nada daña tanto a los pulmones como las atmósferas del pecado.

Todo se concentra en la Familia, cuyo ideal, la dictadura del patriarcado, se transparenta y se ejerce en unas cuantas acciones: monogamia formal y unilateral (sólo para mujeres), negación del placer, uso político de prohibiciones (y tolerancias) sexuales, elevación de la ignorancia al rango de obediencia de la ley divina o de la ley social, construcción de la índole estatal a imagen y semejanza del modelo familiar.

Un elemento cereal es el celibato, el que se consagra por argumentos del tipo: “Si el sacerdote en la mañana manipula el cuerpo de Cristo en forma de hostia, ¿cómo en la noche tocará el cuerpo femenino?” En esta formación doctrinaria no es extraño que a los hijos “ilegítimos” se les llame “semilla maldita de la lujuria paterna”.

“Vete y peca más pero en otro lado”, apostrofa el padre airado a la hija embarazada. El culto de la honra es el gran final de la mitología sexual del siglo XIX.

En la década de 1970, al producirse el debate sobre los nuevos libros de texto gratuitos, a la derecha le afectan más las referencias a la justicia social que al sexo, aunque para guardar las formas sigue quejándose de la información innecesaria para niños de 12 a 30 años de edad.

“No es falta de cariño, te quiero con el alma. Te juro que te adoro, y en nombre de ese amor y por tu bien te digo adiós.” ¡Qué lujo! Vivir como dentro de un bolero, como si el amor expresado en forma muy bonita lo fuese todo. Ni trabajo, ni pesares ajenos al rechazo pasional, ni política, ni nada. El bolero es el nirvana de la dicha y la desdicha, el ensueño que ni acaba ni empieza, la existencia acompañada por un piano y trompetas, la voz que es cuna y tumba de ilusiones y anhelos.

Un político sin guardaespaldas como que no luce, no exhibe su categoría, ni parece político. Po lo menos eso se piensa: si nadie te defiende, es que no tienes de qué te defiendan, y si no tienes de qué te defiendan, ni perder el tiempo ocupándome de ti. Guardaespaldas sí, pero depende de quién. El patrón es abusado, tiene personalidad, es entrón, no se deja de nadie, sabe relacionarse y sabe mandar. Con él se aprende algo a diario, hacer las cosas sin alzar la voz, soltando frases que entiende quien debe hacerlo. Claro que aburren las horas allí sentadote a la salida de los restoranes y las mansiones nomás esperando, pero a todo se acostumbra uno y se mide la importancia de la gente por el tiempo que el patrón les dedica, y los otros choferes cuentan cosas, y se aprende a leer expresiones, sonrisas, abrazos, comentarios. Ya vendrá el turno de independizarse, y en un rato de buen humor el jefe accede a la petición, dar la oportunidad de progresar, el dinero para montar un negocio, no es que quiera dejarlo, ¿me entiende?, pero allí están los chamacos y la vieja, y nadie tiene la vida comprada. Gracias, patrón. Usted sabe que estoy para servirlo en lo que quiera.

Estas vidas serían muy distintas sin el acento sentimental, sin el melodrama que es tierra firme del bolero y la canción ranchera y el cine (no menciono a las telenovelas, porque es un melodrama al servicio de los anuncios es en rigor un coitus interruptus). En el desfiladero son re el abismo –en el gusto por las ilusiones perdidas y ganadas- el oyente recuerda lo obvio: un día sin escenificar el sufrimiento, o sin contemplar y oír su escenificación, es un día perdido. Y la letra de los boleros, sea que iluminen el sentimiento diáfano o que subrayen el amargo desencuentro, es la zona de intimidad donde la melodía desarrolla el éxtasis que las letras anuncian.

Es poco todavía lo que los ecologistas pueden hacer. La creencia común es fatídica: la tecnología todo lo puede, y el porvenir está asegurado porque los inventos siempre se adelantan a la gravedad de los problemas. Y no obstante su tenacidad, las victorias de los grupos ecologistas son por lo común mínimas porque sus causas no alcanzan constituirse en las grandes causas populares, excepción hecho, y en los tiempos recientes, del agua, cuya escasez amenaza con volverse la tragedia de los años próximos.

¿Qué fue primero, la pregunta o la respuesta? La salida más fácil es adjudicarle el debut a la pregunta, pero –es notorio- ninguna interrogante surge en el vacío, sino siempre en respuesta a algo, a la ignorancia por ejemplo, así como toda respuesta algo le debe a la pregunta.

El lujo es una de las funciones exclusivas del dinero, y el lujo suele demandar despilfarros, extravagancias, ostentaciones y, esto es básico, la inocencia suprema de los que ganan o pierden todo al exhibirse. El lujo es en sí mismo un santoral de primer orden, aprobado por sus virtudes teologales: el despilfarro rechaza la avaricia, las extravagancias forjan “atmósferas únicas”, la ostentación es certidumbre moral (el dinero es su propia fuente de legitimidad) y la inocencia confía en el asombro bien intencionado de los espectadores (por lo común los sirvientes, no me vengan con lo políticamente correcto de “asistencia doméstica”). Sé que les atribuyo a los muy ricos expresiones ajenas a su decir, y me consuelo de mi error observando el afán de multiplicar Versalles con la pura voluntad de dispendio.

“¿Cómo le hago para no andar papando moscas, como decía mi abuela?” A su pregunta, don Pepe contesta intensificando la expresión que aprendió desde niño cuando se preparaba para la primera comunión. “Imagínate que la Virgen te habla”, le instruyó el señor cura. “Imagínatelo y verás cómo te pierdes en el deseo de atender nada más a su voz. Si la Virgen te habla no puedes distraerte.”

Ese consejo le ha funcionado desde entonces, y lo rae a cuenta cada que le toca un presídium (pocas ocasiones, lo admite), cuando se casó, cuando murió el suegro y le dejó todo al hijo mayor (su mujer no se desmayó del dolor sino de la furia), cuando firmó el acta de reestructuración de la empresa y se asoció con el político que le daba los contratos y al que él llamaba “Mi Cid Campeador precioso”, aunque bien a bien ignoraba el significado de eso del “Cid Campeador” porque nunca vio la película donde, le contaron, el protagonista ganaba batallas después de muerto y no era un muerto viviente… “Ya viste, güey, te volviste a distraer”.

Para esas reuniones (de la Buena Sociedad) Edmundo Lasalle ideó tres aparatos imaginarios de extraordinaria precisión, con los cuales es posible calificar el ambiente de cada festejo: el pendejómetro, el cabronímetro y el putavolt. Cuando los inexistentes manómetros, al ponerse en marcha, acusaban la presencia de una mayoría de pendejos en el salón, la fiesta pronosticaba convertirse en un verdadero desastre. Si el indicador del segundo aparato registraba un número razonable de cabrones, la falla anotada en el primero se corregía parcialmente. Los niveles de excelencia se daban cuando la aguja del putavolt daba cuenta de una presencia significativa de señoras dispuestas al faje, con lo cual el convivio se convertía en una atractivo surtidor de promesas y realidades. (Un cocktail-party) exitoso no debe tolerar que la marca del pendejómetro suba más allá de 25 puntos y esto sólo cuando las personas calificadas por ese manómetro tengas cualidades marginales que justifiquen su presencia. El cabronímetro debe oscilar entre los 50 y 60 puntos y el putavolt no puede ser, en caso alguno, inferior a 70.) Los aparatos Lasalle forman parte de un equipo indispensable para garantizar el éxito de cierto tipo de fiestas, por lo cual su utilización es altamente recomendable. Tienen como ventaja adicional la de no representar gasto alguno y sus indiscutibles atributos continúan conservando plena vigencia.

En el Metro, en la calle, en el mismísimo hogar, todos nos saludamos como si coincidiéramos en el elevador, con la vista fija en el tablero, las palabras medidas y la sonrisa petrificada en un gesto. El elevador y el Internet son la versión posmoderna del ágora, y en el elevador, o en el descendedor, díganle como sea, todos se impacientan en espera del piso correspondiente.

¿A dónde iba? ¿Qué lata con las divagaciones! Si uno no echara la mente a volar podría resolver cualquier problema, incluso la recesión económica, ese pórtico del salto en el vacío o, mejor, ese precipitarse en el vacío sin necesidad de movimientos.

Ahora todos se tomaban fotos el día entero, los celulares o móviles son también cámaras, no se sale a la calle sin un instrumento fotográfico, se acabó la Era del Perfecto Desconocido, en el futuro todo mundo tendrá a quince minutos de anonimato visual.

Cuando la gana llega la gana gana.

Vayan observando cómo crece y alcanza su límite la tradición de la habitación popular. Primero, a lo mejor nomás es una tienda como de apache tequilero, luego se esparcen ladrillos, láminas, cartones, juguetes, sillas rotas, mesas de plástico. Lo fundamental es asirse de una propiedad, por distante que se halle del trabajo, de las diversiones consagradas, de la luz y del agua potable. Algo nomás mío es lo que me distingue de los demás mortales, lo que me hace único, porque otros tendrán más, pero no tienen esto, que yo puedo vender, o regalar, o dejárselo a mis hijos, en caso de que no les toque a diez centímetros cuadrados por cabeza.

Yo, en mi calidad de particular, compré estas grandes extensiones, y te incito a ti, paracaidista urbano, a que las ocupes por la fuerza, de tal modo que yo, gobierno del Estado de México, me vea obligado a comprármelas a mí, particular.

“En el mundo precarista”, anota Margarita Nolasco, “la vivienda que fue producida progresivamente como un bien de uso, tiene un costo que fluctúa de acuerdo con la ubicación, los servicios (dotación y tipo), la forma de posesión de la tierra, el material de construcción, el plano de la vivienda, el acabado de la misma y, sobre todo, con el tamaño de la construcción. Hay que recordar que el tamaño del lote suele ser pequeño y va de los 60 metros cuadrados a un máximo de 120”. Que el mayor bien es pequeño, pero estos lotes arman ciudades dentro de las ciudades, y en estos bienes de uso se albergan las nuevas tradiciones, y de estos costos hay que restar (en la cuenta siempre hipotética de la justicia social) los sacrificios, los años de acarrear agua, los años invertidos en esperar transporte, los años gastados en esperar a secas. Que toda la vida es sueño.

Gastó una fortuna y adquirió otra: la admiración de sus visitas.

Por 1984 o 1985 se empieza a decirles antros a toda institución nocturna o, si se quiere, a todo local donde el objetivo no está vinculado con la producción de bienes aunque sí de servicios. ¿Por qué antros? Tal vez porque la inseguridad ya notoria despojaba de su aureola a los sitios nocturnos por pomposos que fueran, o porque el nombre discos agotó su patrimonio de credulidades o, lo más probable, porque se quería devolverle su crédito a la sordidez. De pronto, decir antro fue retroceder ventajosamente a la era de las cavernas y alguno recordó, por cierto, que en Himno la letra de don Francisco González Bocanegra afirmaba, recién escrita: “Y retiemble en sus antros la tierra”. Esta es la leyenda y a lo mejor la palabra no gustó o la aliteración hizo de las suyas, y se empezó a cantar “Y retiemble en sus antros la tierra”, y así quedó, como si el planeta dispusiera de variedad de centros que se estremecen ante el poderío de la balística.

En las discos primero y en los antros después se dejan ver los reformados por el ejercicio, las flores del gym. El gym se ha vuelto en todas partes la universalidad de la figura, el prerrequisito de los cuerpos que se distorsionan en las noches y se afinan durante el día entre pesas y barras. Todo ese asunto de tríceps, bíceps, reconstitución de glúteos, reeducación del torso, you name it. Estar bien es indispensable, pero estar bueno es otra exigencia del espejo. En los estanques mitológicos sólo se reflejan las musculaturas. El push-up es el verdadero ejercicio espiritual de San Ignacio, el que se conforma con el cuerpo que tiene tergiversa la voluntad de los dioses, también inmersos en la excelencia del abdomen gracias a Pilates, y afiliados al stretching, a los aerobics, al spinning, al bumping. En la antigüedad, el Olimpo empezó siendo un gym.

Si algo acelera el respeto a la diversidad es el Metro, escuela del respeto a fuerzas. ¿Quién convoca aquí la atención o, más específicamente, quién se llama a ultraje por un escote, un pantalón demasiado ajustado o un diálogo de “obscenidades”? En el Metro nadie se deja escandalizar con el color azul pecado de una cabellera, ni se queja en voz alta de la decadencia de las costumbres. (Una queja en voz baja es un estar de acuerdo con lo que se critica.) En cada vagón la variedad es extraordinaria, y el método para abarcarla es la curiosidad por aquello o aquellos que no solicitan permiso de existencia. Recuérdese, por si ya se sabía: el gran prejuicio de la sociedad tradicional fue desconfiar de los extravagantes “porque no son como uno”. Pero en el siglo XXI hay demasía de extravagantes, porque el desempleo y el subempleo alisan y uniforman lo rutinario y lo excéntrico. Se quiera o no, el Metro enseña a prescindir de los desplantes de superioridad ante el regocijo de la turba, a democratizar el fastidio ante el suplicio de Tántalo (a que ya nadie usa esta metáfora clásica), y a respetar lo anómalo porque –ni quien lo evite- será mañana lo habitual.[…] Y al mezclarse lo homogéneo y lo supremamente heterogéneo, el Metro resulta la universidad de lo excepcional que es también la suma de los iguales.

En el Metro se esmeran los silencios. No se trata de silencios combativos, hostiles, agresivos. Son, y que nada los perturbe, silencios que depositan su elocuencia en un hecho fundacional: si no se piensa nada en el transporte, más pronto se llegará a la meta y se recuperarán las palabras. En un embotellamiento se reflexiona sobre la política o la incompetencia de las autoridades o la explosión demográfica de los automóviles: en el Metro lo que callan están al tanto de un capítulo de los derechos verbales: donde incluso los lugares comunes necesitan de vacaciones periódicas. “Me gusta cuando callo porque estoy como ausente”.

En mi casa somos de familia acomodada. (Nos acomodaron a diez en un cuarto de dos por dos.)

Yo no trabajo por necesidad ya que en la casa comemos a la carta. (El que saque la carta mayor, come; los demás se aguantan el hambre.)

Para quien sepa ver y oír, así vaya prensado entre cien mil cuerpos, el Metro es la alegoría del mundo felizmente suspendido entre la estación Génesis y la estación Apocalipsis.

Hay frases alejadas de sus consecuencias.

Muchas felicidades. Que todo siga igual para que sepamos sin lugar a dudas que estamos en el nuevo milenio.

¡Ah, Ciudad de México! Así que la delincuencia no te deja salir sola en las noches… El protocolo histórico se mantiene, y lo que varía es la eliminación de la frase explicativa: “Esto es un asalto”, ¿Qué más va a ser si el hampón o los hampones amagan con revólveres, y si el hecho es tan común que incluso los nunca antes despojados ya creen haber vivido la experiencia? Se acentúa la impresión fatídica: aquí a nadie lo asaltan por vez primera, de tanto oír y leer o ver al respecto a todos nos han capturado en un taxi, o al abrir la puerta del garaje, o en la calle a cualquier hora, o en el restaurante de lujo, o en el negocio, o en el microbús, o en el salón de belleza, o en el camino del Metro a la casa, o en la combi, o en el Metro, o al salir del Banco, o en el alto que se eterniza, o en donde quiera que ustedes gusten y ellos atraquen. En esta materia no existe dl día menos pensado.

Lo más relevante de las campesinas frente al Senado es su serenidad. No se avergüenzan ni se inmutan por la acción que a sus correspondientes en otras clases sociales llevarían al sanatorio psiquiátrico (a causa de mi alegato, exagero las consecuencias del pudor agraviado.) Las campesinas ni se enorgullecen ni se sonrojan, y su desenfado me envía a una hipótesis. Están al tanto de que no se les percibe, y que los extraños (los de arriba) igualan en el desprecio y la desconsideración absoluta a las campesinas pobres sin atractivo sexual, indignas siquiera de un vistazo. Y si se desnudan, sin capitalizar las consecuencias simbólicas de su acción, es con tal de convencerse de la existencia de su cuerpo y adquirir el vestuario de la mirada ajena, por lo menos en el nivel de registro patrimonial. No renuncian al decoro, y su performance se limita a declarar lo obvio: el principio de la inexistencia social es la falta de atributos reconocidos.

Ayer en el Zócalo hubo un momento en que sí me apené, al darme cuenta que no sentía pena alguna.

A estas alturas, las ideas que circulan igual entre las masas y las élites no conocen ámbito más fértil que el universo de la autoayuda o Self Help, con su diluvio de libros, discos, folletos, cursos, conferencias, videos, consejos, refranes y espacios de convencimiento, lo que abarca, entre decenas de miles de títulos y ofertas, a los ladrones del queso, Og Mandino, Carlos Cuauhtémoc Sánchez y lo que aparezca esta semana. Y esto llega a su culminación cuando la red de narcotraficantes, la Familia de Michoacán, contrata a dos expertos en autoayuda para que den conferencias de motivación. “Narcotraficante: ¡Tú puedes!”

Al miedo provocado por la inseguridad urbana y rural (“Ay Dios mío, que por lo menos ya no se metan en mis pesadillas y allí no me asalten”), lo complementa, y con ímpetu desbordado, el miedo causado por la incertidumbre laboral. Es la hora del desempleo, del miedo alternativo con su cauda de frases y fatalidades; ya se sabe, donde trabajan diez se quedarán dos, si me despiden qué va a hacer mi familia, si no me despiden cómo me voy a quitar el temor de ser el próximo…

Los exorcismos fracasan o se diluyen: échale ganas, y qué con eso, el desempleado le echa ganas y eso no resuelve el calvario de los ires y venires (“Ya cambien de símil con gusto, pero antes levanten la cruz de mis espaldas”), y ella o él le echan ganas y vuelva el sábado, pero, señor, deme una ayudita, el sábado no existe, es el único día de la semana del que un desempleado nunca encuentra, a lo mejor ya lo borraron de la semana, tantos años de volver el sábado y qué pasa, nadie está el sábado, en el mejor de los casos uno se topa con miradas de lástima o de enfado, y cómo distinguirlas, vuelva el sábado, eso era entes, ahora es “vuelve el sábado”, el tuteo es todavía más impersonal, te fregaste mano y no te apresures en echarle ganas, de cualquier modo ya no la hiciste, mira que te chotean, seguir diciéndote “vuelve el sábado”, qué ganas de reírse de ti.

Una no se hace el look para verse bien, simplemente para que la vean.

La tradición de las vacaciones… En el siglo XX los vacacionistas clásicos de México (y de su capital, que pretende el monopolio de lo típico y lo clásico) se dividen en dos grandes vertientes: la primera, la masificación iniciad en la década de 1940, se distingue por el culto de los bronceadores, y localiza su primer centro ceremonial en las playas de Caleta y Caletilla, en La Quebrada al lado de las miradas ansiosas que siguen al clavadista, en el gusto por la aglomeración que embotella las playas y le confisca a las olas su vocación tumultuosa (o algo así de rimbombante). Y la otra vertiente, la de la cacería del Paraíso Perdido, indaga en los sitios desconocidos de la provincia y encuentra los escenarios idílicos donde se come regiamente por caso nada, y en donde los paisajes aportan el sentimiento devoto que se hubiere dado burocráticamente en las ceremonias eclesiásticas (eso dicen). ¡Ah, Tepoztlán en 1950! ¡Ah, Tlayacapán! ¡Ah, Chapala! (Medio siglo después, en esos u otros lugares alguien recuerda que conoció alguna vez un nativo del lugar. La mayoría de los pobladores ya desciende de la etnia más poblada: la de los turistas).

Y el rugido se levanta, la procesión avanza, el teatro sagrado viene hacia ellos, la multitud se unifica en el pasmo, en la alabanza, en la plegaria entre dientes, en el aplauso como eco de rezanderas, en el saludo al vecino que todavía hace unas horas se llamaba Pepe y ahora es Simón Pedro, “!Ahí viene! ¡Saluda a Jesucristo, hijito! ¡Dile que te bendiga y que te ayude a pasar de año!”

Cristo avanza penosamente, y el vecino de Iztapalapa que lo interpreta se mueve con mucha mayor dificultad porque se le olvidaron algunas de las instrucciones. “Te descuidaste, Nacho, cómo que a tu mamacita la saludaste y el dijiste Mamá. Tú eres el Señor, no Nacho el de la Tlapalería”. La procesión se mueve en el intento de convocar a los fieles al arrepentimiento, y los fieles se desplazan o se inmovilizan para que el registro de lo eterno en el canal 2 y sus repetidoras no los deje atrás. ¿Por qué persisten las representaciones de La Pasión¡ ¡Ah, caray!, eso es como preguntarse por qué continúa la gente rezando el rosario. Las cosas se hacen porque deben hacerse, porque la vida está hecha de lo mismo y vivir es repetirse y… le pongo freno a la disquisición, qué vocablo más enmohecido, y vuelvo a ver las zonas muertas de la peregrinación, el tedio también invade los lugares sagrados, bostezar es abjurar y es acumular disturbios en la conciencia de La Pasión, no profanes el acto con tu resistencia a prender la tele, Miguel Ángel.

La neta, el sonido no es tan bueno, y muy probablemente se comió cinco palabras o frases, los que están a mi lado no oyeron el “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”, ni el “Sed tengo”, y sí escucharon el “Consumado es” como un suspiro que equivalía a una tormenta. (Más que a los escribas y los fariseos habría que perdonar a los altavoces porque no saben lo que transmiten ni con qué fuerza.) Y lo que si no se discute es el modo gallardo en que Jesús exclama: “Consumado es”, mientras inclina la cabeza.

La cruz, lo expresó muy bien Tomás Méndez, no pesa, lo que calan son los filos.

Es posible sacar dinero de las piedras o de los pobres.

Lo que se dificulta se encarece.

A un pobre se le califica de “ánima sedentaria” (apenas sale fuera de México, es casi televisiva su idea del ancho mundo). Y una característica de los pobres es cubrir sin tregua la distancia entre su casa y su trabajo y de regreso, con la variante de que cada día se alarga el tiempo dedicado al transporte. Los trabajadores, en rigor, deberían cobrar horas extra, su trabajo comienza en las madrugadas, se desgastan en larguísimas colas, y se desespera al grado de adquirir otra psicología para el transporte, allí no son personas sino objetos que se comprimen al entrar en el Metro, al arriesgar la vida en los microbuses; al deambular en los pasillos de las estaciones (nuevos equivalentes del viaje de los condenados), al acomodar su pena en los vagones. Parte de las labores cotidianas es el entrenamiento en la espera, la paciencia, la habilidad para caber en espacios francamente inexistentes. De manera penosa, las libertades de expresión y la historia de los automovilistas se equilibran. El embotellamiento es una institución de la mesura, un humilde aprendizaje del uso del tiempo como pedagogía sin contenido, situación que conduce a la propuesta de instalar en las arterias más congestionadas confesionarios, venta de libros, casetes, DVD y atención especial a enfermos nerviosos. También se propone, y no parece mala idea, cursos rápidos de Historia del Arte, Historia de México, Historia Universal. El Periférico es un lugar ideal de los deseosos de conocimientos. Hay tiempo de sobra y desde las computadoras en los autos el chateo será de lo más entretenido.

Las mamás transportan en carritos a sus hijos no con tal de no dejarlos solos (no los hubieran traído), sino con tal de impartirles la verdadera educación, la que comienza –dormidos o despiertos- ante las ofertas. “Yo me eduqué frente a los escaparates, yo crecí frente a los espectaculares.” El nuevo aroma mundial le pertenece al consumo, que mezcla esencias raras con la adrenalina generada en el instante de elegir y recordar la falta de recursos.

Los urbanistas insisten: remodelar la ciudad en formas seguras, limpias y controladas, le otorga el mal una importancia mucho mayor como centro social y comunitario. En este sentido y por ejemplo, se apoyó lo que llaman en Sudamérica “la Familia Miraván”, que miran y se van, nomás contemplan y se retiran, sin gastar en algo ajeno a cafés y refrescos .Pero el fluir de la gente le resulta beneficioso a los malls, porque acudir allí ya es de alguna manera señal de status y el que compra, siempre una minoría, se siente el más afortunado de todos, nunca regresa a su casa con las manos vacías. Y el espíritu de competencia acrecienta el aspecto suntuoso de los malls, que de entrada y en la medida de sus posibilidades, lo primero que venden son las atmósferas del dispendio: “Fíjate bien, oh tú, paseante sin recursos, esto es lo que está a tu vista pero no al alcance de tu bolsillo, para que le transfieras a tu memoria tu único patrimonio, el visual”.

Se veía tan bien con esa ropa, que no me explico por qué le gusta bañarse sin ella.

El día más feliz de mi vida fue cuando renuncié a usar tarjetas de crédito. Puse a prueba mi fuerza de voluntad, que la tengo y mucha, y tuve éxito. Podrías decir que renuncié a las tarjetas porque me las negaron, pero ése es un argumento insustancial. Lo coyuntural es siempre inferior a lo espiritual y las tarjetas de crédito se vuelven una ofensa para los partidarios de la vida profunda.

El peor chiste antimexicano que conozco es ése de: “México es el primer país consumista porque una de las deidades prehispánicas era Chac-Mall”.

En Internet lo que se da es maravilloso, el esplendor de la mitomanía colectiva. El ligue en el chat, lo que tal vez sea “el chateo lúbrico”, es formidable porque los chateadores se enfundan personalidades descomunales, cualidades físicas, dimensiones inacabables. Como nunca, la gente deposita en el Internet la personalidad, el cuerpo, el atractivo, la cantidad de orgasmos por noche que quisiera tener. Y el anonimato facilita las invenciones. Antes todos firmaban: “Pedro Infante”, ahora firman “Hugh Jackman”, o “Matt Damon”, y quieren ser aceptados por lo que obviamente no son, y al no tener ya el contexto del físico verdadero, el chateo alcanza extremos gloriosos. Es otro modo de reducir la idea del amor a la “declaración de bienes” que cada uno hace de sí mismo en función de su fantasía. Si algo logra Internet es dejar al lado la función del amor, porque además, el amor exige imágenes.

Muñoz Ledo sale del recinto acompañado por los diputados del Frente, y por el show de serenidad priísta. El gobernador de Quintana Roo, Miguel Borge Martín, lo llama “¡Traidor de mierda!” La diputada o senadora, o senadora y diputada, Hilda Anderson de la CTM, le aúlla en pleno rostro: “¡Traidor!” Muñoz Ledo le replica: “Ustedes son los que traicionan los intereses de los trabajadores”. El gobernador de Baja California, Xicoténcatl Leyva, insiste en relacionarse con Muñoz Ledo a través del recuerdo de la militancia compartida y oye la respuesta: “¡Traidor tú, que como tus compañeros han lesionado a la patria, no tienen valor civil”. Xicoténcatl, ante numerosos testigos de su ecuanimidad, quiere golpear a Muñoz Ledo, y al fallarle la puntería le traslada el rencor y el impulso boxístico a un reportero. El gobernador de Aguascalientes, Miguel Ángel Barberena, habrá de bordar su elocuencia casi al oído de Porfirio: “¡Hijo de tu chingada madre, eso no se vale!” El imperturbable Fidel Velázquez será flemático ante la prensa: “Es un hijo de puta”.

Los zapatistas, mal armados, van dispuestos al sacrificio, y algunos ya prisioneros son asesinados, o eso denuncian activistas de los derechos humanos. A raudales, acuden a San Cristóbal los medios informativos. Si la violencia en un país pobre es “pintoresca”, una guerrilla a fines de milenio, y tras la caída del Muro de Berlín, es un banquete. Al inicio, la persuasión de las imágenes es extraordinaria y muy novedosa. Los “encapuchados” en San Cristóbal, el subcomandante Marcos que habla en la plaza con nativos y turistas, los disparos al reloj del edificios municipal de Ocosingo “para detener el tiempo”, la exasperación del racismo, todo vuelve “fascinante” un fenómeno que sólo lo es en segunda o tercera instancia y que, esencialmente, se presenta como “debate armado” sobre el neoliberalismo.

Asómate al debate de estos días. Los elogios o las descalificaciones del EXLN se unifican en un punto: los motivos del levantamiento son irrefutables, la postración de los indígenas es moral y racionalmente intolerable.

Cerca de Querétaro muere un agente de tránsito al intentar detener un camión sin frenos. Hay temores y rumores alarmantes, y se pierde un día. Al explicar el accidente, el EZLN me resulta muy desconsiderado. No asume como suya (de todos) la muerte del agente en cumplimiento estricto de su deber, y esta vez los zapatistas resultan incongruentes y un tanto cuanto mezquinos.

Hay sorpresas, como la del joven de Copalillo (15 o 16 años de edad) que habla en Iguala: “Tomo el estrado por asalto. A los ricos siempre les hemos pagado el precio de nuestra pobreza. Pero no venimos aquí a llorar. Nos estuvieron esperando a la puerta y nos abrieron. Ahora ya no importa porque nosotros somos la puerta”. ¿Quién lo podría decir mejor?

La desigualdad se profundiza al negarse la diversidad.

Los asistentes vienen de casi todas las clases sociales, de lugares muy distintos, de convicciones políticas separadas drásticamente por la similitud… en lo básico, vienen de las realidades y las sensaciones de la exclusión, de la monstruosa distribución del ingreso, y de la impresión categórica: la “democracia” que se nos vende impide el participar en los asuntos del país. Vaya que lo saben: votan en 1988 y se produce el fraude electoral; votan en el 2000, un buen número incluso por Fox y sobreviene el fraude de las expectativas. Y conocen también de los errores y las fallas de López Obrador, no olvidan los videoescándalos y los maniobreos clientelares de grupos como el de René Bejarano, y no ignoran los riesgos del autoritarismo y del Yo que suplanta al Nosotros, pero en ellos cuentan más la gran simpatía, la confianza que les suscita un líder, y lo primordial, la gana de intervenir civilmente, y allí su alternativa es Amlo.

El turno de la concordia: “Nosotros no odiamos ni buscaremos venganzas. No vamos a perseguir a nadie ni inventaremos delitos”. Declara, como es previsible, su amor a México, interroga a la macromultitud que desborda la (por insuficiente) microplaza, y anuncia su regreso a la Jefatura de Gobierno el día siguiente. Y concluye: “Por eso vuelvo a repetir: De todo corazón, los quiero desaforadamente”. A intervalos, uno o dos jóvenes se acercan y me confían: “Esto ya no lo para nadie. Vamos a cambiar al país”. ¿Cuántas veces he oído esto? ¿Hasta dónde llega la confianza? ¿Cuándo sobrevendrá la desilusión? Por lo pronto, este movimiento es lo más real en el horizonte de posibilidades de un sector enorme. Busco una cita apropiada para concluir y encuentro una de Goethe: “Las exigencias superiores son ya de por sí más apreciables, aunque no se cumplan, que las inferiores plenamente cumplidas”.

No te vuelvas un oportunista deleznable y no te conviertas rapidito a cualquier credo, o no asegures que eres el mejor creyente de tu manzana. Se ve mal. Mejor, con serenidad, acepta que siempre has creído en los valores y que ésos están asegurados en las reservas del Banco de México.

El 68 La tradición de la resistencia.

Carlos Monsiváis.

Con su particular estilo, Monsiváis hace una retrospectiva del movimiento estudiantil del 68 en México, analizando las partes que intervinieron y la forma en que afectó (o más bien, benefició) a la vida democrática y social de nuestro país. Interesantes los párrafos respecto al papel que desempeñó el entonces rector de la UNAM. Calificación de 9.
El 68 La tradición de la resistencia.

El 68 La tradición de la resistencia.

El lema “2 de octubre no se olvida”, de eficacia notable, es la primera consigna del recuerdo como deber político. Y cada año el lema vertebra las marcgas, alegres y combativas, no obstante la intervención durante algún tiempo de provocadores de “ultraizquierda”. Al relevo generacional del compromiso lo enmarca el “2 de octuber no se olvida”.

En esos días se cuenta la anécdota de un encontronazo de dos ministros del presidente López Mateos. Se encuentran en un acto oficial Barros Sierra y Díaz Ordaz, ya muy distanciados. Deben entrar a un recinto y, con sorna, Díaz Ordaz le dice al ingeiero “Primero los sabios”. Y Barros Sierra responde: “No, primero los resabios”.

Si la resistencia estudiantil el 23 y 26 de julio explica la fundamentación moral del Movimiento, la acción del rector Barrios Sierra le aporta al 68 la legitimidad y la convicción de justicia, lo que salva a las protesta del destino de la tradición izquierdista, fácilmente reprimible y desgastable y con una validación moral que depende del porvenir socialista. Sin la certificación ética de Barrios Sierra, el Movimiento se habría disuelto en el círculo fatal de las marchas y arengas.

Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud. Julio Torri.

Las causas fundamentales de una generación suelen alimentar la incomprensión y la ironía de las siguientes. Si el olvido suele ser una técnica de equilibrio emocional, el pasado no sólo es otro país, es también el otro idioma jubilado, el funeral de muchas palabras clave.

El anticomunismo es el odio a lo diferente, el rechazo beligerante de las protestas legítimas, el aplastamiento de la libertad de expresión; casi reflejo condicionado, el anticomunismo le es necesario a los gobiernos adheridos al “panamericanismo” y la política estadounidense, y requeridos de la eliminación de la disidencia. Y el anticomunismo, también, exorciza los miedos de los ávidos de explicaciones enfáticas y milagreras de lo que no ocurre. Eso explica el silencio y la indiferencia ante los asesinatos de líderes agrarios en el país, la visión estremecida ante los movimientos de independencia sindical de 1958-1959, y el desdén ante las atrocidades judiciales. ¿Para qué preocuparse del destino de los “subversivos”? La policía golpea, tortura y desaparece disidentes; el Ejército ocupa instalaciones ferrocarrileras; los agentes del Ministerio Público y lo sjueces inventan cargos y pruebas, emiten sentencias aberrantes, y todo se abona a la cuenta de los derechos contra la subversión.

En la definición corriente en México, el líder no precisa seguidores.

Primero están las necesidades del D.F. que la petición de los estudiantes. Es lo mismo que pasó en Washington cuando los negros quisieron llegar a la Casa Blanca.

La valentía es el mejor aplazamiento del miedo.

Claro que participé en el 68. Era una experiencia generacional. Lo hice por convicción y por no dejar solos a los cuates. Me metí en las manifestaciones, salí varias veces con las brigadas, repartí volantes a lo bestia y no me quedé con ninguno, qué lástima. Cuando vino lo de Tlatelolco, me quise ir de México para siempre. Este país no se merece a nadie, me dije, aquí sólo pasan chingaderas. Tardé en asimilar el fregadazo. Y luego, no he rectificado, ni transado, ni claudicado, ni entrado en razón, pero las oportunidades surgen y si se es competente, las oportunidades lo formar y lo reforman a uno. Para nosotros, los de la generación del 68, la experiencia de ese año fue amarga, pero al fin y al cabo fue experiencia de gobierno. Por lo menos, así lo veo en mi caso. de no haber participado en el Movimiento, me la habría pasado domando sillas en las antesalas, preocupado por la sobriedad de mis trajes. Gracias a 68 entendí la mecánica del poder desde afuera, en las calles y las manifestaciones, en el miedo, en la joda. ¿De qué me sirvió el 68? Aprendí por contraste a ser flexible, a negocira, a incorporar demandas, a no caer en provocaciones. He madurado en estos años. Ya creo ver todos los lados de la moneda, que siempre son más de dos. Cuando me metí al movimiento estudiantil ni me daba cuenta de las cosas. Vivía como dentro de una película de rock mexicano, preocupado por las tardeadas. Ahora mido la profundidad de nuestra crisis y la amplitud de nuestra capacidad de respuesta a nivel vivencia, y a nivel análisis y a nivel decisión administrativa y a nivel informática. Y sí, si me siento orgulloso de ser miembro de la generación de 68 y por eso para que no se repita Tlatelolco, gente como nosotros debe participar en las decisiones de gobierno.

Sigue vigente el “¡Únete Pueblo!”, ya un tanto inútil en estos meses porque tantos participantes no pueden ser sino pueblo (Tal vez hubiese funcionado mejor un “Únete Élite”, para denotar el carácter plenamente popular de la manifestación).

“Sinceramente creo que mi lealtad y la de mis hijos está a prueba de cualquier duda… Sin embargo mucho le agradeceremos que si usted personalmente cree que nos hemos equivocado, por favor nos lo haga saber Señor Presidente, nos sentimos en un cuarto oscuro y solamente usted nos puede dar la luz que necesitamos y señalarnos el camino a seguir”. Más objetivo y veraz ni un tapete.

-Tiene la palabra el compañero…
-Se le suplica a la asamblea abstenerse de comentarios sin valor dialéctico.
– Compañero de la mesa, he solicitado la palabra nueve veces y nada más me la han concedido cuatro. ¿Es censura o qué?
– Miren compañeros, no es posible votar mientras no aclaremos el punto. Pero también, hay que reconocerlo, si no se vota no se puede aclarar el punto. Así que propongo que votemos con voto secreto, y que se guarden los resultados hasta terminar la discusión.
– Compañeros, protesto. La mesa está maniobrando a favor de la síntesis, y eso compromete la profundidad del análisis.
– Miren, llevamos tres días días discutiendo el mismo punto y en tan poco tiempo no podemos llegar a conclusiones.

A escasas ocho o nueve horas de iniciada la asamblea, sólo quedan los hombres-de-hierro, de habilidad consistente en asimilar (o proceso parecido) la oleada de pronunciamientos y réplicas, de mociones y chiflidos desdeñosos, de interrupciones en serie, de acusadores que exigen se les recuerde en qué consistieron sus acusaciones (las de ellos).

En nuestra historia contemporánea, las manifestaciones del 68 son las primeras que no encabezan o inducen los partidos de oposición.

Por los magnavoces, se invita al éxodo: “Están ustedes violando el Artículo Noveno Constitucional. Tienen ustedes cinco minutos para abandonar la plaza. Se les dejó hacer su mitin y realizar su manifestación. Han estado demasiado tiempo y no se puede permitir que la plaza para usos comunes sea dedicada a otros menesteres. Dentro de cinco minutos intervendrá la fuerza pública.

A Martínez Domínguez se le atribuye un axioma clásico: “el PRI llega a los lugares donde la mano de Dios no ha puesto el pie”.

No nos afectan los ataques, ni las injurias, ni la represión. La historia nos pondrá en su sitio a cada cual. Se nos acusa de intransigentes y lo cierto es que el gobierno ha escamoteado la verdad al pueblo. El intransigente es el gobierno que pretende discutir los problemas del pueblo a espaldas del pueblo. Sabemos que tenemos responsabilidad como estudiantes, que esa responsabilidad consiste en estudiar, pero no queremos anteponer el interés mezquino de llegar a ser médico o abogado para enriquecernos con una profesión. Nuestra primera responsabilidad es saber ser mexicanos y cumplir con la obligación de luchar al lado del pueblo. Estamos dispuestos a volver a la normalidad, sí; pero no sin democracia y sin libertad.

A las diez de la noche el Ejército invade Ciudad Universitaria, con carros de asalto blindados y camiones colmados de soldados. Se desaloja de los edificios a estudiantes, padres de familia (convocados a una reunión), funcionarios, empleados. No hay resistencia. Deja de transmitir Radio Universidad. Lo último que se escucha es el disco de Voz Viva de México donde León Felipe lee sus poemas. La que pone el disco es la uruguaya Alcira que permanece oculta en los baños del octavo piso de la Torre de Humanidades. Allí es encontrada luego de doce días a punto de morir de hambre.

Ya en la explanada nos ordenaron tirarnos pecho a tierra. La humillación. Así estábamos cuando a un cuate se le ocurrió cantar el Himno Nacional. Hasta entonces yo del Himno Nacional sólo tenía dos imágenes reales: una, de una película con la esposa del poeta Bocanegra encerrándolo, lo que siempre me ha hecho mucha gracia porque el poeta era amigo de Pedro Infante, y porque si no hay llave ni novia, ni quien componga el Himno Nacional; otra, cuando el gobernador de mi estado fue a mi escuela primaria y el director, para adornarse, nos hizo aprender ocho estrofas del Himno y el gobernador que iba de prisa pidió que mejor le hicieran un resumen. Eso era toda mi experiencia cívica, me cae. Pero cuando empezamos con el Himno me emocioné mucho, no por la letra o la punzada histórica o lo que fuera, sino porque no podían callarnos y porque nosotros, así de jodidos y tan a pecho a tierra como estábamos, éramos mexicanos. Por ahí va la onda. Ahora ya contado como que se le va la fuerza, pero en ese momento ante las armas y las amenazas, a nosotros, en el suelo y haciéndole la V a los soldados, hazme favor, nos parecía que la onda patriótica tenía todo el sentido del mundo. Nomás nos sabíamos las clásicas dos estrofas y la voz nos fallaba y se quebraba o subía destempladamente y los soldados no se atrevían a sisear el Himno y así estuvimos un rato, muy corto seguramente, pero larguísimo. Luego nos subieron a los camiones.

Unos gritos interrumpieron la tranquilidad castrense: -¿Quién manda aqui?… ¡Mis derechos constitucionales!… ¡Las garantías individuales! Vaya, pensé, al fin detuvieron “a un agitador”. Resultó un hombre joven, bien vestido y acompañado por su esposa; lo traían un grupo de soldados que, a jalones, lo obligaron a separarse de su mujer; ante la violencia masiva que se ejercía contra su persona, se desplomó, llorando virilmente de rabia e impotencia. Era un funcionario bancario que transitaba por Insurgentes rumbo a su domicilio y a quien se pidió “bajo mi palabra de honor militar, de que luego se va” que se identificara. Se identificó plenamente en Lecumberri uno o dos días después.

Díaz Ordaz es de memoria larga y cumplidora. Si a Eli de Gortari lo detesta porque en Morelia desafió su poder, a Marcué lo condena por sus críticas al autoritarismo del secretario de Gobernación. Entre los dones del poder, está el de la represalia con efectos retroactivos, y esto explica la caprichosa selección de los presos no estudiantiles. Fuera de Eli de Gortari y Marcué, los demás son resultado del sorteo de chivos expiatorios.

¡Señor rector Barros Sierra, qué afortunado es usted, qué feliz momento le ha tocado vivir! Debe estar usted orgulloso del auxilio que se le ha dado para el rescate de las propiedades universitarias de la institución descentralizada del Estado, para el efecto de que ahora sí le dé usted el destino para el que fueron construídas. Tome usted mis palabras como una felicitación de un ex-rector de una universidad tan querida y respetada como la que usted dirige, la Universidad de Coahuila…

En la Cámara de Diputados, Guillermo Morfín. de Michoacán, un tanto a tropezones, llega a la tribuna a disentir: Quiero dejar asentada mi opinión de que es preciso que salga el Ejército Nacional de Ciudad Universitaria. No lo exijo, lo pido respetuosamente; lo pide un joven diputado federal universitariom que probablemente se equivoca, pero que se negaría a sí mismo si no lo hiciera como lo está haciendo. No concuerdo con el diputado Octavio Hernández respecto de su dicho del rector de la Universidad. Estoy de acuerdo con la conducta observada por el rector, a quien sin concer personalmente, le entrego mis respetos. Aplausos, y vítores para el héroe por un día. Pero las presiones moldean los espíritus, el Aparato interviene y veinticuatro horas más tarde Morfín matiza o se rinde, como se quiera: “Las expresiones de admiración y respeto pra el Rector sólo pueden ser válidas si muestra capacidad y aptitud para resolver los problemas de su jurisdicción y controlar la situación”.

Al día siguiente, domingo, la Vocacional está impenetrable por la cantidad de gases lacrimógenos que hay impregnados. Se hace una especie de caminito para que la gente entre a verla, como si fuera un monumento o una visita guiada. Los habitantes de Tlatelolco bajan a la Iglesia, salen de misa y entran a la Vocacional, la recorren, ven la enorme cantidad de balazos por todas partes. A la entrada, les repartimos a los visitantes una gasa con vinagre para que puedan recorrer la Vocaciones y nuestras finanzas crecen de una manera extraordinaria; así como van y depositan su limosna a la iglesia, aquí a la entrada ponemos un tambo grande y la gente que entra con su vinagre a recorrer la Vocacional echa dinero. Ese domingo, una enorme cantidad de gente de Tlatelolco visita y reconoce la Vocacional, sube a todos los pisos, ve laboratorios y descubre lo que han hecho los granaderos.

David Vega explica por qué las ecuelas son, para los del Poli, tan primordiales: “Es el punto que me parece más significativo, la defensa de nuestra institución, nuestra casa, el lugar donde vamos a realizar la posibilidad de nuestra superación”. LA necesidad de no dejarse y la ira acumulada y colectivizada, asumen entre los politécnicos dimensiones antes no registradas entre los estudiantes de la ciudad de México. La desesperación heroica es el factor inesperado.

En la toma de cualquier plaza alguien con un altavoz dice: “Ríndanse”, o cualquiero cosa. Pero en Santo Tomás no hay intento de negociación, el ejército, las fuerzas paramilitares y la policía actúan para el desalojo. No permitieron una rendición. Se trataba de matar, destruir. La resistencia era de vida o muerte. ¿Cómo decir: “Bueno, ahí muere, señores. Nos rendimos. Tomen la plaza”? No se podía. Sí hubo muertos, pero pocos en relación a la violencia.

En la práctica, el único requisito para pertenecer al PRI es aceptar que así nunca se vaya a una casilla electoral, siempre se vota por él.

Uno puede vivir por años sin vivir verdaderamente, y de pronto toda la vida se agolpa multitudinariamente en una sola hora”. Oscar Wilde.

Fuimos muy duros, algunas veces hasta llegar a la crueldad; pero todo esto entonces fue necesario para la vida y progreso de la nación; si hubo crueldades, los resultados las han justificado. Fue mejor derramar un poco de sangre para salvar mucha. La derramada era mala sangre; la que se salvó, buena. La paz, aún paz forzada, era necesaria para que la nación tuviera tiempo de reflexionar y trabajar. General Porfirio Díaz.

Coronel, si en el desempeño de sus funciones tiene usted que violar la Constitución, no me lo consulte, porque yo, el Presidente, nunca le autorizaré que la viole; pero si se trata de la seguridad de México o de la vida de mis familiares, coronel, viólela, pero donde yo me entere, yo, el Presidente, lo corro y lo proceso, pero su amigo Gustavo Díaz Ordaz le vivirá agradecido.

En la asamblea del CNH, la señora Ojeda viuda de Ríos, madre del joven Lorenzo Ríos Ojeda, muerto el 23 de septiembre durabte la toma del casco de Santo Tomás, es muy elocuente: “adopto a los universitarios y poitécnicos como mis hijos, en sustitución del mío”.

De que sentí miedo, creo que desde ese primer minuto no he sentido otra cosa. ¿Pero qé sentido tenía pensar “tengo miedo”, allí, tirado en la plaza, casi sin atreverme a resporar, pensando en todas las pendejadas posibles, en las que te embarcas para darle la vuelta a lo único en lo que quieres pensar, las imágenes vacías que se entrometen para no dar paso a las otras, las muy reales que me llegaban como sonido, nomás como el desmenuzarse de un sonido, altísimo en ruidos y gritos y gemidos y llantos. El 2 de octubre supe lo que era pensar, lo que era pasársela sin traducción simlutánea, algo así. Luego cesó el estrépito, y yo no sabía cómo hacer para que el miedo no me arrasara, aunque ya estaba muerto de miedo, y me acordé de reuniones familiares, tardeadas sexuales, lecturas pendientes, promesas incumplidas… y se acababa el repertorio, y de hecho nunca funcionó del todo, así tuviera la vista clavada en el mismo sitio, y volvía miedo como miedo únicamente, el miedo de que se acabara el miedo y volviera algo peor, el miedo es también saber que no eres nada, tu insignificancia te estremece, una bala sencillita y al carajo, la Plaza de las Tres Culturas es una trampa, ya me lo habían dicho y yo necio, respondiendo con los derechos que otorga la Constitución, hazme favor, yo allí en el piso, agobiado, dándole vueltas al pavor que sentía, como asándome en el susto, sin otro civismo que reconciliarme con la familia. De plano, el miedo no está hecho de palabras, qué va, es una presión física que te cambia el cuerpo, te lo enreda y desenreda, e stu segunda piel o tu segunda madre, tu cuerpo es otro, cabrón, es un crucigrama de sudores y temblores. ¡Puta madre! a estas horas, sólo me trataba a base de palabrotas, y cada una era un espasmo nervioso. Y en la tembladera pensaba en el sexo, y en que el sexo era una porquería, porque estaba convencido de no volverme a acostar con nadie… Y luego creía que el sexo era lo más glorioso, por el mismo terror de que eso ya nunca más. Se acabaron los tiros, le subieron el volúmen a murmullos y gemidos, y un grito nos conminó: “¡Pónganse de pie, hijos de la chingada!”.

El 3 de octubre el gobierno aclara su principio infalible de autoridad: la garantía de la conducta impune. La censura avasalla los medios informativos: hay intimidaciones, sobornos y amenazas; se insiste en lo adecuado del “correctivo para la violencia subersiva”; los agentes judiciales revisan los textos en las imprentas y decomisan fotos en los periódicos y films en los noticieros. En los círculos oficiales el alivio es palpable. Se les ganó la partida a los “guerrilleros”.

En cuanto a la tregua pedida por el Comité Olímpico Internacional, el CNH reitera: “… si al referirse a una tregua se refiere al cese de la violencia por nuestra parte, nunca hemos recurrido a ella; si se refiere a la suspensión de hacer uso de las libertades que nuestra Constitución garantiza, no estamos dispuestos a renunciar a nuestros derechos”.

Luego se sabrá que el mismísimo Comité Olímpico mantuvo el espionaje sobre los líderes del CNH. Lo importante no es ganar sino investigar.

Según la prensa extranjera, hay entre 50 y 300 muertos. Más tarde se habla de quinientos muertos. LA cifra ya nunca se sabrá, aunque el culpable directo de la hipótesis de defunción no es la imaginación estudiantil, sino la política de ocultamiento del gobierno, ansioso por ratificar que aquí nunca pasa nada, nadie muere en los terremotos, ni en las inundaciones, ni en esa Plaza de Seres Inmortales que es Tlatelolco. No nada más se rebajan las cifras, también se desaparecen cadáveres, se amedrenta a los familiares de las víctimas, se minimiza la matanza hasta encajonarla en un “mero episodio de sangre”.

Nadie ha reconocido que el movimiento estudiantil -con todos sus errores- ha supuesto nuestra única posibilidad de verdadera renovación en cuarenta años, la única fuerza capaz de modificar la arterioesclerosis del PRI, de los líderes corruptos, la injusticia del reparto de la riqueza pública, la situacíon trágica de los campesinos y de los indios mexicanos.

Nadie renuncia. Nadie abandona por gusto el Sistema. Nadie se aleja del espacio redentor, del único y pronto auxilio en las tribulaciones, de la persistencia al paraíso concebible. Nadie se distancia por gusto del gobierno o del Estado. Mientras tales axiomas funcionen, el PRI resulta invencible. Y el elemento clave no es tanto el miedo como la inseguridad frenética: No me veo fuera del gobierno. ¿Qué hago yo en la oposición? Entiéndeme, no hay alternativa.

Ya con Luis Echeverría en la Presidencia de la República, el método para liberar a los del 68 es típico de la hipocresía del régimen. En vez de admitir la monstruosidad del proceso, se le da curso a una táctica marrullera: salen porque son inocente, pero a la cárcel fueron por su culpabilidad.

El ex Presidente [Díaz Ordaz] esquivó las imputaciones, y echó a volar su imaginación, y su hábito de salir siempre bien librado con sólo contestar puntualmente a las preguntas que no se le formulan.[…] Algo se filtra sin embargo en la más evasiva de las confrontaciones. De la visión de lo real da cuenta la minimización de los hechos: “¡La matanza de Tlatelolco fue un exceso!”.[…] El término no es casual y es sincerísimo. Lo triste no es que mataran sino que se les pasara la mano. ¿Cuántos muertos está bien, y cuántos son ya un exceso?

Con igual congruencia [Echeverría], los muertos, dice, fueron “muchos, muchos” y, por lo mismo, “su número es variable”.

Ya en el 2 de octubre de 1998, el 68 es un orgullo generacional y nacional.

Una vez más s e impone la sentencia anticlimática: los únicos culpables son las víctimas.

Si, como afirma Cioran, cada siglo tiene su Edad Media, el 68 es uno de los momentos medievales de la Era del PRI.

Parte de Guerra

Tlatelolco 1968.
Documentos del General Marcelino García Barragán.
Los hechos y la historia.
Julio Scherer García y Carlos Monsiváis.

Magnífica investigación-crónica de los sucesos de 1968 en México. A la manera clásica de los autores, uno periodista, el otro intelectual (lo que sea que esto signifique), el libro desnuda una vez más los sucesos trágicos de aquel año. Dividido en dos partes, la primera Scherer narra las peripecias que sufre para conseguir el expediente personal del General Barragán (Secretario de Defensa con Díaz Ordaz) y remata con copias de los informes de las operaciones militares. Documentos fríos que revelan la verdad. Para la segunda parte Monsiváis, con su tono irónico, realiza una crónica de lo que significó el movimiento. Ampliamente recomendable si se quiere otra perspectiva de los hechos, sobre todo después que el pasado octubre se conmemoraran 40 años del movimiento. Calificación de 9.0
Parte de Guerra

Parte de Guerra

Los hechos ya están consumados y la Historia que se escribe a largo plazo se encargará de darnos a cada uno el lugar que nos corresponde.

Sedentario, porfiado, de rotunda fealdad, a disgusto entre la multitud, Díaz ordaz llegó a la Presidencia de la República con antecedentes que lo marcaban. Jefe del gabinete en la ley de secretarías de Estado y jefe del gobierno en los hechos, sofocó hasta el crimen la huelga nacional ferrocarrilera de 1959 y metió en la cárcel a diez mil trabajadores que soltó poco a poco. Demetrio Vallejo, símbolo del movimiento, salió de prisión viejo, desmedrado.

Decía el general que Alemán había devastado la moral pública, deshonesto como hombre y como Presidente. Como hombre se había enriquecido hasta el escándalo y como Presidente había desviado la ruta de México en beneficio de los Estados Unidos.

Entre 7 y 8 de la noche el general Crisóforo Mazón Pineda me pidió autorización para registrar los departamentos, desde donde todavía los francotiradores hacía fuego a las tropas. Se les autorizó el cateo habían transcurrido unos quince minutos cuando recibí una llamada telefónica del General Oropeza, Jefe del Estado Mayor Presidenciasl, quien me dijo: Mi General, yo establecí oficiales armados con metralletas para que dispararan contra los estudiantes, todos alcanzaron a salir de donde estaban, sólo quedan dos que no pudieron hacerlo, están vestidos de paisanos, temo por sus vidas. ¿No quiere usted ordenar que se les respete? Le contesté que, en esos momentos le ordenaría al General Mazón, cosa que hice inmediatamente. Pasarían diez minutos cuando me informó el Mazón que ya tenía en su poder a uno de los oficiales del Estado Mayor, y que al interrogarlo le contestó el citado oficial que tenía órdenes él y su compañero del Jefe del Estado Mayor Presidencial de disparar contra la multitud. Momentos después se presentó el otro oficial quien manifestó tener iguales instrucciones.

Para justificar ante la opinión pública la intervención de las Fuerzas Armadas, el entonces Secretario de Gobernación, en mi presencia, le dió instrucciones al Rector Ing. Javier Barros Sierra, de organizar una manifestación de maestros y alumnos de la Universidad y el Politécnico; no imaginó, al inventar a este Héroe Civil, que las consecuencias serían trágicas para el País y su tranquilidad. El Sr. Rector Javier Barros Sierra, preocupado me preguntó si tendrían las suficientes garantías él y los manifestantes y si el Ejército no procedería a disolver la manifestación, a lo que le contesté que no se saliera de las indicaciones recibidas, o sea, llevar a cabo la manifestación partiendo de la Ciudad Universitaria hasta las calles de Félix Cuevas para regresar nuevamente al punto de partida y que no habría problema. El Rector de referencia en el transcurso de la manifestación escuchó el canto de las sirenas comunistas y creyéndose un Héroe en verdad y tomado muy en serio su papel de Caudillo Prefabricado, cometió la insensatez de izar nuestra Enseña Patria a media asta como protesta por la supuesta agresión a la Autonomía Universitaria; procedió también a rodearse de elementos contrarios al régimen gubernamental y a planear un verdadero problema estudiantil que creció en forma alarmante hasta el desenlace del 2 de octubre de 1968.

Como consecuencia de esta animadversión hacia el Ejército, la tarde del 2 de octubre, al presentarse el Ejército a darle apoyo a la Policía Preventiva, surgieron francotiradores de la población civil que acribillaron al Ejército y a los manifestantes. A éstos se sumaron oficiales de Estado Mayor Presidencial que una semana antes, como lo constatamos después, habían alquilado departamentos de los edificios que circundan a la Plaza de las Tres Culturas y que, de igual manera, dispararon al Ejército que a la población en general.

La Historia se escribe a largo plazo y la verdad resalta cuando, con el tiempo, se serenan las pasiones. Recordando respetuosamente al gran Juárez he de decirles que la Historia y, sobre todo, el Pueblo de México, se encargará de juzgarnos.

Terminamos el plan a las dos de la tarde y lo traducimos en órdenes que se cumplieron a las 15:30 de esa tarde. El Capitán Careaga faltando 20 minutos estaba acantonado en los departamentos vacíos del edificio Chihuahua, con órdenes de aprehender a Sócrates Amado Campos cuando estuviera al micrófono; el Coronel Gómez Tagle a las 3:40 del día 2 estaba con su batallón Olimpia con su dispositivo, para tapar todas las salidas del edificio Chihuahua, para evitar la fuga de los cabecillas que a las cuatro de la tarde ya estaban todos en los balcones del 3er piso y una terraza para empezar el mitín, este Capitán Fernando Gutiérrez Barrios. Empezó; y a la hora en que Sócrates estaba más entusiasmado hablando a la multitud con micrófono en mano, un soldado escogido por el capitán X, muy fuerte y decidido jaló de las piernas a Sócrates derribándolo, éste siguió hablando hasta que el Capitán le puso su pie en el micrófono y se lo quitó, en esoso momentos comenzaron los disparos de las cinco columnas de seguridad que a las órdenes de XXX estaban apostados en las azoteas de los demás edificios esperando al ejército quien contestó el fuego. En los priemros tiros cayó el General Toledo Comandante de Paracaidistas; durante el tiroteo murieron XX oficiales y XX tropa y 35 civiles muertos y XX heridos que las mismas columnas de seguridad de los estudiantes y disparos de la tropa hicieron en la refriega.

Por ningún concepto las armas se llevaran abastecidas, el Comandante del Batallón será el único que ordenará lo conducente para hacer fuego, en la inteligencia de que nunca será antes de tener 5 bajas por bala.

Todo el personal de la unidad exhortará al personal de estudiantes, desalojen dicha plaza, sin llegar a la violencia. Los comandantes vigilarán que por ningún motivo las armas serán abastecidas.

El Movimiento Camionero [de 1958], como se le conoce, es producto del azar, o del azar orientado por un grupo pequeño, lo que a estas alturas de lo mismo. Un día se produce el alza en los transportes, “severo golpe a la economía popular”. A las diez de la mañana, un camión atropella frente a su facultad al estudiante de leyes Alfredo V. Bonfil (cuya vocacion agraria lo depositó en la direccion de la Central Nacional Campesina del periodo de Echeverría). Como suele ocurrir, el incidente, politizado como es debido, se torna conmoción. En unas horas, Ciudad Universitaria es un cementerio de autobuses secuestrados, no sin escenas de violencia, y emisora de demandas de justicia para Bonfil, que dura unos días en el hospital.

Quien no es radical en su juventud, no sabrá bien cómo reprimir a los radicales en su madurez.

Si la resistencia estudiantil el 23 y el 26 de julio es la fundación política del Movimiento, la acción del rector Barros Sierra le aporta al 68 la legitimidad y la convicción de justicia, lo que salva a la protesta del destino de la tradición izquierdista, fácilmente reprimible y desgastable. Sin la certificación ética de Barros Sierra, el Movimiento se hubiese disuelto en el círculo fatal de las marchas y arengas.

De allí una hipótesis: lo que llamamos el 68 surge al chocar frontalmente la gana de no admitir el abuso y la consigna de evitar la subversión. El miedo a la transgresión organizada cree ubicado al enemigo urdido por su inventiva, y al golpear con saña desata la transgresión espontánea. Emitida la profecía (“Quieren boicotear los Juegos Olímpicos para dañar a México y a su Presidente”), se buscan con ahínco las evidencias de su materialización, y se les ubica en un grupo de jóvenes sorprendidos y airados. Y en respuesta a la barbarie que surge de los infiernos mentales, el “¡Ya basta!” se representa con piedras y palos y cocteles molotov.

Cuando vino lo de Tlatelolco, me quise ir de Méxixo para siempre. Este país no se merece a nadie, me dije, aquí sólo pasan chigaderas… Tardé en asimilar el fregadazo. Y luego, no he rectificado, ni transado, ni claudicado, ni entrado en razón, pero las oportunidades surgen y si se es competente, las opotunidades lo forman y lo reforman a uno. Para nosotros, los de la generación del 68, la experiencia de ese año fue amarga, pero al fin y al cabo fue experiencia de gobierno. Por lo menos, así lo veo en mi caso. De no haber participado en el movimiento, me la habría pasado domando sillas en las antesalas, preocupado por la sobriedad de mis trajes. Gracias al 68 entendí la mecánica de poder desde afuera, en las calles y las manifestaciones, en el miedo, en la joda.

[El Rector dice] Estoy siendo objeto de toda una campaña de ataques personales, de calumnias, de injurias y de difamación. Es bien cierto que hasta hoy procede de gentes menores, sin autoridad moral; pero en México todos sabemos a qué dictados obedecen. La conclusión inescapable es que, quienes no entienden el conflicto ni han logrado solucionarlo, decidieron a toda costa señalar supuestos culpables de lo que pasa, y entre ellos me han escogido a mi.

Del inagotable Oscar Wilde: “Uno puede vivir por años sin vivir verdaderamente, y de pronto toda la vida se agolpa multitudinariamente en una sola hora.”

… es curioso observar la indiferencia oficial a los enfrentamientos con los politécnicos, la única revuelta popular de consideración. Para explicar tal minimización, sólo dispongo de una hipótesis; al Presidente le importaban los universitarios muy especialmente porque eran la élite del relevo. Los demás eran pueblo, algo que se reprime sin condederle mayor importancia a sus intenciones.

Con una parte fundamental del CNH en la cárcel o en la clandestinidad, con el temor de los padres de familia que hasta ese momento apoyaban la politización de sus hijos, con la resaca de las imágenes escalofriantes, el Movimiento se extenúa.

Ya con Luis Echeverría en la Presidencia de la República, el método para liberar a los del 68 es típico de la hipocresía del régimen. En vez de admitir la monstruosidad del proceso, se le da curso a una táctia marrullera: salen porque son inocentes, pero a la cárcel fueron por su culpabilidad.