El gran divorcio

C.S. Lewis

Una visita imaginaria al cielo, donde el autor se encuentra a un artista, una esposa controladora, una madre posesiva, un pecador, un amante chantajeador y todos ellos quieren encontrar la diferencia entre el cielo y el infierno, pues aún algunos prefieren continuar con su vida “normal”. La opción sigue abierta: cielo o infierno. Calificación de 8.
El gran divorcio

El gran divorcio

No se puede llevar todo el equipaje en cada viaje; hay un viaje en el cual puede ser imprescindible dejar atrás hasta la mano derecha y el ojo derecho.

Si insistimos en conservar el infierno (e incluso la tierra), no veremos el cielo; si aceptamos el cielo, no podremos conservar ni el menor ni el más íntimo recuerdo del infierno.

El capitalismo, además de esclavizar a sus trabajadores, les rebajaba el gusto y les vulgarizaba el intelecto.

La escasez es lo que permite existir a las sociedades.

El asesinato del viejo Jack no fue lo peor que hice. Fue asunto de un instante y estaba medio loco cuando lo hice. Pero te asesiné a ti, en el corazón, adrede, durante años. Solía quedarme despierto, por las noches, pensando en lo que te haría si tenía oportunidad. Por eso me enviaron ahora contigo: para que te pidiera perdón y fuera tu servidor mientras necesites o quieras tener uno. Yo era el peor.

—¿Acaso no cree usted que hay pecados de la inteligencia?
—Por cierto que sí, Dick. Hay los prejuicios más cerrados, la deshonestidad intelectual, la pusilanimidad, el inmovilismo. Pero las opiniones honestas, que se siguen sin miedo… no son pecado.

Si uno se deja a la deriva, si no resiste, si no reza, si acepta cualquier demanda semiconsciente de sus deseos, se llega a un punto en que ya no se cree en la Fe. Del mismo modo, un hombre celoso, a la deriva y sin fuerzas para resistir, puede llegar a un punto en que cree cualquier mentira sobre su mejor amigo; también el ebrio llega a un punto en el cual cree (de momento) que otro vaso no le hará daño. Esas creencias son sinceras en el sentido que efectivamente ocurren como sucesos psicológicos en la mente. Si eso me quiere usted significar con sinceridad, son sinceras, y lo eran las nuestras. Pero los errores, sinceros en ese sentido, no son inocentes.

No le puedo prometer nada de eso. Ninguna esfera de utilidad; allí no le necesitan para nada. Ni el menor alcance para sus talentos; sólo el perdón por haberlos pervertido. Ningún ambiente propicio para la crítica: le llevo a la tierra de las respuestas, no de las preguntas. Y verá el rostro de Dios.

La gente siempre olvida que Jesús —en este momento el fantasma se inclinó— era un hombre relativamente joven cuando murió. Habría superado alguno de sus iniciales puntos de vista, sabrás, si hubiera vivido más. Y lo mismo habría hecho con un poco más de tacto y paciencia. Le voy a preguntar a mi público cuáles habrían sido sus ideas maduras. Una pregunta del más profundo interés. ¡Qué cristianismo diferente habríamos tenido si sólo su fundador hubiera alcanzado toda su estatura!

¿No recuerdas que en la tierra había cosas demasiado calientes para tocarlas con los dedos, pero que se podía beber sin problemas? La vergüenza es como eso. Si la aceptas, si te bebes la copa de un trago, la hallarás muy nutritiva. Pero te quemará si tratas de hacer cualquier otra cosa con ella.

El cielo, una vez que se lo ha obtenido, trabaja hacia atrás y convierte en gloria cada sufrimiento. Y dicen de un placer pecaminoso: “déjenme gozar de esto y me haré cargo de las consecuencias”. No se imaginan cómo se esparcirá la condenación por su pasado y cómo les contaminará el placer del pecado. Ambos procesos empiezan antes de la muerte. El pasado del hombre bueno empieza a cambiar y sus pecados perdonados y sus penas recordadas adquieren cualidad de cielo. El pasado del hombre malo se configura según su maldad y sólo se llena de melancolía. Por esto, al fin de los tiempos, cuando el sol se alce aquí, y allá el crepúsculo se vuelva negra oscuridad, los benditos dirán “siempre hemos vivido en el cielo” y los perdidos, “siempre estuvimos en el infierno”. Y ambos dirán la verdad.

La opción de cada alma perdida se puede expresar con las palabras “mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”. Siempre hay algo que quieren mantener, aun al precio del dolor. Hay siempre algo que prefieren antes que la alegría, es decir, antes que la realidad. Es comprensible que un niño mal educado eche de menos sus juegos y su comida preferida; y que entonces sea incapaz de arrepentirse y ser amistoso. A esto se lo llama caprichos.

El sensualista empieza persiguiendo un placer verdadero, aunque pequeño. Su pecado es menor. Pero llega un tiempo en el cual, si bien el placer disminuye y aumenta el deseo, y si bien sabe que el gozo nunca llegará de ese modo, prefiere disfrutar la mera caricia del placer implacable y se niega a aceptar que se lo quiten. Lucha hasta morir para mantenerlo. Le habría gustado rascarse; pero incluso cuando ya no puede rascarse le importa más la picazón que suprimirla.

Ya ha habido hombres tan interesados en probar la existencia de Dios que terminan sin que Dios mismo les importe nada…, como si el buen Dios no tuviera otra cosa que hacer que existir… Hubo más de alguien tan interesado en la expansión del cristianismo que nunca pensó en Cristo. ¡Hombre! Lo puedes ver en los detalles.

Sólo hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios “hágase tu voluntad” y aquellos a quienes Dios dirá, al fin, “hágase tu voluntad”. Todos los que están en el infierno lo han elegido. Sin esta opción personal no habría infierno. Nadie que desee continua y seriamente la alegría se va a equivocar. Los que buscan, encuentran. A quienes golpean la puerta, se les abre.

El asunto es si está quejumbrosa o si sólo es una quejumbrosa. Si hay una mujer verdadera —aunque sea un rasgo ínfimo de una— dentro de tanta queja, se la puede traer de nuevo a la vida. Si quedan brasas bajo tanta ceniza, las soplaremos hasta que el conjunto quede rojo y brille. Pero si sólo quedan cenizas, no seguiremos soplándolas para que nos den en los ojos para siempre. Habrá entonces que barrerlas.

Este curioso deseo de describir el infierno resultó, sin embargo, sólo el modo más suave de un deseo muy común entre los fantasmas, el de extender el infierno, de encarnarlo —si eso fuera posible— en el cielo.

Todo poeta y músico y artista, a menos que actúe la gracia, se aparta del amor de la cosa de que habla y se aproxima al amor del hablar mismo, hasta que, en lo profundo del infierno, ya no puede interesarse en Dios sino en lo que dice sobre El. Porque, como usted sabe, no se detienen en el interés en la pintura. Caen más bajo, se interesan en la propia personalidad y después en nada más que en su propia fama.

—Lo perdono como cristiana —dijo la fantasma—. Pero hay ciertas cosas que una no puede olvidar.

Estás tratando a Dios como si sólo fuera un medio para llegar a Michael. Pero el tratamiento de solidificación consiste en aprender a querer a Dios por Sí Mismo.

Los seres humanos no pueden hacerse felices mutuamente demasiado tiempo.

Eso es lo que todos descubrimos cuando llegamos a este país. ¡Todos nos hemos equivocado! Esa es la gran broma. ¡No hace falta ir por allí pretendiendo que se tiene la razón! Y después empezamos a vivir.

Sólo hay un único bien: Dios. Todo lo demás es bueno cuando lo mira a El y malo cuando se aparta de El. Y mientras más alto y poderoso sea en el orden natural, más demoníaco será si se rebela. Los demonios no se hacen a partir de ratones malos ni a partir de malas moscas; se hacen a partir de arcángeles. La religión falsa del placer es más baja que la religión falsa del amor maternal o del patriotismo o del arte; pero es menos probable que el placer se transforme en religión.

Es muy posible que en este instante esté exigiendo que la dejen con su hijo en el infierno. Esa clase de persona a veces está muy dispuesta a precipitar en la desgracia a quien dice amar con tal de seguir poseyéndola de algún modo.

Por todo lo malo que hice, y por todo lo bueno que no hice desde la primera vez que nos conocimos. Te pido perdón.

La acción de la piedad vivirá para siempre; pero no la pasión de la piedad. La pasión de la piedad, la piedad que sólo sufrimos, el dolor que lleva a que los hombres concedan lo que no deben conceder y a que adulen o halaguen cuando deben manifestar la verdad, la piedad que ha engañado a tantas mujeres que perdieron la virginidad, que ha privado a tanto estadista de su honradez…, eso debe morir. La utilizan hombres malos contra los buenos: esa arma será quebrada.

Toda enfermedad que se somete a la cura será curada; pero no llamaremos azul a lo amarillo para agradar a los que siguen con hepatitis, ni convertiremos en basural el jardín del mundo para complacer a los que no soportan el aroma de las rosas.

El mal no puede tener éxito en ser malo como el bien es bueno.

La elección de los caminos está ante ti. Ninguno está cerrado. Todo hombre puede escoger la muerte eterna. Los que la escojan la tendrán.

Los Milagros

C. S. Lewis

Con figuras metafóricas, lógicas y filosóficas (por ejemplo el caso de una parte faltante en una novela o sinfonía, para comprobar la encarnación), el autor busca dar una explicación a los milagros, de manera que pueda satisfacer la inquietud tanto de no creyentes como de creyentes y tratando de dejar a un lado la común definición que dice que un milagro es el quebrantamiento de alguna ley de la naturaleza. En momentos un poco pesado por el lenguaje, creo que el autor, si no logra su cometido, si deja abierta la oportunidad para un análisis mayor e individual. Calificación de 8.5
Los milagros

Los milagros

Los que quieren acertar, deben investigar las exactas preguntas preliminares.

Los que establecen que no pueden darse los milagros están simplemente perdiendo el tiempo al investigar en los textos; sabemos de antemano los resultados que obtendrán, ya que han comenzado a prejuzgar la cuestión.

Naturaleza significa lo que ocurre “por sí mismo” o “por una propia iniciativa”; aquello por lo que no es necesario trabajar; lo que se obtiene si no se toman medidas para impedirlo.

La diferencia entre las dos concepciones podría expresarse diciendo que el Naturalismo nos da una visión democrática de la realidad, y el sobrenaturalismo una visión monárquica.

Al conocimiento se llega por experiencias y por las deducciones que de ella se extraen, no por el perfeccionamiento de las respuestas. No son los hombres de mejor vista los que más saben de la luz, sino los que han estudiado la ciencia pertinente.

La misma ciencia ha hecho que la realidad aparezca menos homogénea de lo que esperábamos que fuera.

Lo que existe por sí mismo tiene que haber existido desde toda la eternidad; porque si alguna otra cosa le pudo hacer a él que empezara a existir, entonces no existirá por sí mismo, sino por causa de otra cosa.

Para algunas personas, la mayor preocupación sobre cualquier argumento en defensa de los Supernatural es simplemente el hecho de que se requieran argumentos. Si existe una cosa así de estupenda ¿no debería ser tan evidente como el sol en el cielo?

Si nos conformamos con regresar a nuestra situación de hombres humildes obedientes a la tradición, bien está. Si nos decidimos a la escalada y a la lucha hasta llegar a ser sabios, mejor aún. Pero si el hombre no hiciera ninguna de las dos cosas, si no obedeciera a la sabiduría de otros, ni corriera la aventura sapiencial por sí mismo, el resultado sería fatal. Una sociedad donde los muchos sencillos obedecen a los pocos videntes, puede sobrevivir; una sociedad en que todos fueran videntes puede vivir más plenamente. Pero una sociedad donde la masa es ignorante y los videntes no son ya escuchados, sólo puede construir superficialidad, mezquindad, fealdad y al final, extinción.

La presencia de la racionalidad humana en el mundo es ya un milagro.

El experimento descubre lo que ordinariamente ocurre en la naturaleza; la norma o la regla de su comportamiento. Quienes admiten los milagros no niegan la existencia de tales normas o reglas; solamente afirman que pueden ser suspendidas. El milagro es por definición una excepción.

Los milagros provocan temor y admiración (esto es lo que expresa la misma palabra “milagro”) en los espectadores, y son constatados como prueba de poder supernatural.

Nada parece extraordinario hasta que se descubre lo que es ordinario. La creencia en los milagros, lejos de provenir de la ignorancia de las leyes de la naturaleza, sólo es posible en la medida que estas leyes son conocidas.

No captaremos el milagro hasta que no admitamos que la naturaleza actúa según leyes constantes. si usted no ha advertido aún que el sol nace por el este, no encontrará nada milagroso si una mañana aparece por el oeste.

Las bases para la creencia o la incredulidad son hoy las mismas de hace dos mil o diez mil años.

Cristo no murió por los hombres porque fueran intrínsecamente dignos de que se muriera por ellos, sino porque Él es intrínsecamente amor y por eso ama infinitamente.

Cuanto más ciertos estamos de la ley, tanto más claramente conocemos que, si nuevos factores intervienen, el resultado variará de acuerdo a su interferencia.

La necesaria verdad de las leyes, lejos de ahcer imposible que los milagros ocurran, establece inconcusamente que, si el Supernatural actúa, los milagros tienen que ocurrir.

Tenemos el hábito de hablar como si ellas hicieran que los sucesos ocurrieran; sin embargo, las leyes naturales no han causado nada nunca. […] Es por consiguiente, inexacto definir el milagro como algo que quebranta las leyes de la Naturaleza.

El vino milagroso emborrachará, la concepción milagrosa evolucionará en embarazo, los libros inspirados sufrirán el proceso ordinario de la corrupción de transcripciones, el pan milagroso será digerido. El arte divino del milagro no es el arte de suspender el patrón a los que los sucesos se conforman, sino de alimentar este patrón con nuevos acontecimientos. El milagro no viola la previsión de la ley: “Si A, entonces B”; sino que establece: “Por esta vez, en lugar de A, va a ser A2”; y la naturaleza, hablando a través de sus leyes, replica: “Entonces, será B2”.

Un milagro no es, en manera alguna, un acontecimiento sin causa o sin consecuencias. Su causa es la actividad de Dios; sus resultados se siguen de acuerdo con las leyes naturales.

Decir milagro no es decir contradicción o ultraje ala Naturaleza; sólo significa que, limitada a sus propios recursos, no lo hubiera podido producir.

El pensamiento puede ser correcto en ciertos aspectos, aunque la imagen que lo acompaña no sólo sea falsa, sino que además sea admitida equivocadamente como verdadera.

Las narraciones de los “milagros” en la Palestina del primer siglo son una de tres: mentiras, leyendas o historia. Y si la mayoría o los más importantes de éstos son mentiras o leyendas, entonces la predicación que el cristianismo ha estado haciendo durante los últimos dos mil años es simplemente falsa. sin duda podrán contener, a pesar de todo, nobles sentimientos y verdades morales. También la mitología girega y la nórdica. Pero se trata de un asunto totalmente distinto.

Si alguna cosa ha de existir alguna vez, entonces la Cosa Originante tiene que ser no un principio ni una generalización, mucho menos un “ideal” o un “Valor”, sino un hecho tremenadmente concreto.

Atrevámonos a decir que Dios es una Cosa especial. En un tiempo Él fue la única Cosa; pero es creativo, hizo que otras cosas existieran. Él no es esas otras cosas. No es “el ser universal”. Si lo fuera, no existirían criaturas, porque una generalización no puede hacer nada. El es “ser absoluto”, o mejor, “el” Ser Absoluto, en el sentido que sólo Él existe por sí mismo.

Dios es indecible no por ser indefinido, sino por ser demadiado definido para la inevitable vaguedad del lenguaje.

El principio, en el mismo instante en que explica las reglas, las supera.

El procedimiento ordinario del moderno historiados, aún cuando admita la posibilidad del milagro, es no aceptar ninguno en particular, hasta que todas y cada una de las probadas posibles explicaciones “naturales” han sido probadas y descartadas. Es decir, el historiador aceptará la más improbable explicación “natural” antes que admitir que el milagro ha ocurrido.

Cuanto más frecuente se conozca que una cosa ha ocurrido, tanto es más probable que la cosa pueda volver a ocurrir; y cuanto menos frecuente, tanto menos probable.

Los hombre se hicieron científicos porque confiaban en una ley de la naturaleza, y confiaban en una ley de la naturaleza porque creían en un Legislador.

Creemos que el sol está en el cielo al mediodía, no porque podamos ver claramente el sol (de hecho, no podemos verlo), sino porque podemos ver las demás cosas.

Los judíos a todo lo largo de su historia tuvieron que ser constantemente apartados de la tentación de adorar a los dioses de la Naturaleza; no porque los dioses de la Naturaleza fueran bajo todos los aspectos distintos del Dios de la Naturaleza, sino porque, en el mejor de los casos, ellos eran sólo semejantes; y era el destino de esta nación el ser apartada de la semejanza para llegar a la realidad misma.

A Abraham se le dice que “en su semilla” (la nación elegida) “serán bendecidas todas las naciones”. Esta nación es elegida para acarrear una pesada carga. Sus sufrimientos son grandes; pero, como Isaías reconoce, sus sufrimientos curan a otros.

Cuanto mayor es el pecado, mayor es la misericordia, y cuanto más profunda la muerte, más brillante la resurrección.

De una parte, la muesrte es el triunfo de Satanás, el castigo de la caída y el último de los enemigos. Cristo lloró juntó a la tumba de Lázaro y sudó sangre en Getsemaní; la Vida de las vidas que existía en Él detestó el horror de esta pena no menos que nosotros, sino más. Por otra parte, sólo aquél que pierda su vida la salvará. Somos bautizados en la muerte de Cristo y es el remedio de la caída. La muerte es, en efecto, lo que algunos modernos llamarían “ambivalente”. Es la gran arma de Satanás y también la gran arma de Dios; es santa y no santa; aquello que Cristo vino a conquistar y los medios por los cuales lo conquistó.

Los esclavos de los sentidos después del primer bocado, son condenados al hambre por sus mismos dueños.

Todo buen general, todo buen jugador de ajedrez, escoge precisamente el punto fuerte del plan de su oponente y hace de él la palanca eficaz para su propio plan.

Los milagros de Cristo se pueden clasificar de dos maneras. El prime sistema engloba los siguientes órdenes: 1) Milagros de fertilidad, 2) de Curaciones, 3) de Destrucción, 4) de Dominio sobre la materia inorgánica, 5) de Reversión, 6) de Perfección y Glorificación. El segundo sistema, que atraviesa el anterior como si fueran diversos estratos, abarca sólo dos clases: 1) Milagros de la Vieja creación, y 2) Milagros de la Nueva creación.

Cualesquiera que pudieran ser los poderes del hombre no caído, aparece que los del hombre redimido serán casi ilimitados.

El primero de éstos [milagros de Fertilidad] fue la transformación del agua en vino en las bodas de Caná. Este mialgro proclama que el Dios de todo el vino está presente. La viña es una de las bendiciones otorgadas por Yahvéh: Él es la ealidad detrás del falso dios Baco. Cada año, como una parte del orden natural, Dios hace vino. Lo hace al crear un vegetal que puede cambiar el agua, las sustancias de la tierra y la luz del sol en un jugo que, bajo las condiciones adecuadas, se convierte en vino. Así, en un cierto sentido, constantemente convierte agua en vino, porque el vino, como todas las demás bebidas, no es más que agua modificada. Una vez sólo y en un año, Dios, ahora encarnado, acorta el proceso del circuito; hace vino en un momento; usa jarras de tierra en lugar de fibras vegetales para que contengan el agua. Pero las usa para hacer lo que siempre está haciendo. El milagroconsisten en la abreviación del proceso; pero el resultado al que conduce es el normal.

Las heridas se curan a sí mismas; ninguna herida se cura en un cadáver.

En los días más antiguos del Cristianismo, un apóstol era ante todo un hombre que proclamaba ser testigo ocular de la Resurrección.

La Resurrección es el tema central en todos los sermones cristianos que consignan los Hechos de los Apóstoles. La Resurrección y sus consecuencias eran el Evangelio o buena nueva que los cristianos anunciaban. Lo que nosotros llamamos “Evangelios”, los relatos de la vida y muerte del Señor, fueron escritos más tarde en beneficio de los que ya habíam aceptado “El Evangelio”. No eran modo alguno la base del Cristianismo, sino escritos para los ya convertidos.

Admito desde luego que Cristo no puede “estar a la derecha de Dios” más que en un sentido metafórico. Admito e insistto en que la eterna Palabra, la segunda Persona de la Trinidad no puede estar y nunca ha estado confinada a un lugar en absoluto; es más bien en Él en quien tienen existencia todos los lugares.

“Cielo” puede significar: 1) La Vida divina condicionada que trasciende todos los mundos, 2) La bienaventurada participación en esa Vida por el espíritu creado. 3) La naturaleza total o sistema de condiciones en que los espíritus humanos redimidos, pueden gozar tal participación plenamente y por siempre. Este es el cielo que Cristo va a prepararnos. 4) El Cielo físico, el cielo del espacio en que la Tierra se mueve.

La inmensa cúpula del cielo es de todas las cosas sensorialmente percibidas la más semejante al infinito.

La letra y el espíritu de la Escritura y de todo el Cristianismo nos prohíbe suponer que en la nueva creación habrá vida sexual: y esto reduce a nuestra imaginación a la desconcertante alernativa, o de imaginar cuerpos difícilmente reconocibles como cuerpos humanos o si no, a un perpetuo ayuno. Por lo que se refiere al ayuno, íenso que nuestra perspectiva presente podría ser semejante a la del niño que, al oír que el acto sexual es el más grande placer corporal, pregunta inmediatamente se se come chocolatinas al mismo tiempo; y al recibir la respuesta “No”, consdiera ña ausencia de chocolatinas como la principal característica de la sexualidad. en avno se le dirá que la razón por la que no se comen chocolatinas es porque en estos momentos hay cosas mejores en qué pensar. El niño conoce las chocolatinas y no conoce el bien positivo que las excluye. Nosotros estamos en la misma situación; conocemos la vida sexual; no conocemos, excepto por débiles destellos, la otra realidad en el cielo no dejará lugar para ella; de aquí que, en donde nos aguarda la plenitud, nosotros proyectamos el ayuno. Al negar que la vida sexual, tal como la conocemos ahora, no forma parte de la bienaventuranza final.

La oración y la meditación hecha entre el vientp que gime a pleno sol, en la alegrí de la mañana o en la resignación de la tarde, en la juventud o en la vejez; con buena o mala salud, puede ser igual pero es bendecida de manera diferente.

Admito de todo corazón que ees más importante hoy para ti y para mi impedir una burla o abrazar con un pensamiento caritativo a un enemigo que conocer todo lo que los ángeles y arcángeles conocen sobre los misterios de la nueva creación.

Tienes realmente que reeducarte a ti mismo; tienes que trabajar duro y constantemente para erradicar de la mente el estilo total de pensamiento en que todos nosotros hemos sido educados. Es el estilo de pensamiento que bajo diversos difraces ha sido nuestro adversario a través de todo este libro. Técnicamente se llama “Monismo”; pero quizá el lector no erudito me entenderá mejor si lo denominno “Totalismo”. Esto significa la creence de que “todo”, o lo que hemos llamado el “espectáculo total” tiene que ser existente por sí mismo, tiene que ser más importnate que cada cosa particular y tiene que contener todas las cosas particulares de tal manera que no pueden ser realmente muy distintas las unas de las otras, que no pueden “ir a una”, sino que tienen que “ser una”. Así, el Totalismo, si comienza por Dios, se convierte en un Panteísmo; no puede haber nada que no sea Dios. Si comienza por la Naturaleza, se convierte en Naturismo; no puede haber nada que no sea Naturaleza.

Los pensamientos nuevos, hasta que se convierten en habituales, afectarán a tu conciencia como un todo sólo mientras los estás tú presenciando

Dios no espolvorea milagros sobre la Naturaleza porque sí como si utilizara un salero. Los milagros ocurren en grandes ocasiones; se encuentran en los grandes ganglios de la historia; no de la historia política o social sino de la historia espiritual que no puede ser plenamente conocida por el hombre. Si no acontece que tu vida se encuentre cerca de uno de esos grandes ganglios, ¿cómo puedes esperar ver un milagro? Si fuéramos heroicos misioneros, apóstoles o mártires, sería cuestión diferente. Pero, ¿por qué tu o yo? A menos que vivas cerca de la vía, no verás pasar trenes delante de tu ventaan. ¿Qué probabilidades hay de que tu o yo estemos presentes cuando se firme un tratado de paz, cuando se realice un gran descubrimiento científico o cuando se suicide un dictador? Así debemos entender que ver un milaro es aún menos probable. Y, si lo entendiéramos, tampoco deberíamos tener empeño en persenciarlo. “Casi nada ve el milagro sino es la miseria”. Milagros y martirios tienden a juntarse en las mismas áreas de la historia; área que naturalmente tenemos pocos deseos de frecuentar. Te recomiendo muy seriamente no desear ninguna prueba ocular, a menos que ya estés totalmente cierto de que no va a ocurrir.

Cartas del diablo a su sobrino

C.S. Lewis

Interesante propuesta del autor que describe situaciones normales, simples a partir de las cuales los diablos buscan desencadenar sucesos que desemboquen en la pérdida del alma del “paciente” asignado, comprobando así que debemos temer más a quien roba el alma, que el cuerpo. Tengo que decir que fue un poco complicado leerlo ya que no debía perder la idea de que se trataban de consejos vistos desde el “lado oscuro de la fuerza”. Calificación de 8.5
Cartas del diablo a su sobrino

Cartas del diablo a su sobrino

Si por “el Diablo” se entiende un poder opuesto a Dios y, como Dios, existente por toda la eternidad, la respuesta es, desde luego, no. No hay más ser no creado que Dios. Dios no tiene contrario. Ningún ser podría alcanzar una “perfecta maldad” opuesta a la perfecta bondad de Dios, ya que, una vez descartado todo lo bueno (inteligencia, voluntad, memoria, energía, y la existencia misma), no quedaría nada de él. La pregunta adecuada sería si creo en los diablos. Sí, creo. Es decir, creo en los ángeles, y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrío, se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos ángeles podemos llamarles “diablos”. No son de naturaleza diferente que los ángeles buenos, pero su naturaleza es depravada. Diablo es lo contrario que ángel tan sólo como un Hombre Malo es lo contrario que un Hombre Bueno. Satán, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcángel Miguel.

En las Escrituras, la visitación de un ángel es siempre alarmante; tiene que empezar por decir: “No temas”.

Mi corazón —no necesito el de otro— me mostró la maldad de los impíos.

La mejor forma de expulsar al diablo, si no se rinde ante el texto de las Escrituras, es mofarse y no hacerle caso porque no puede soportar el desprecio. Lutero.

La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.

Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable “vida real”. Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado, en conversaciones o lecturas es “el resultado de las últimas investigaciones”.

Importa muy poco, por supuesto, la clase de personas que realmente haya en el banco. Puede que haya alguien en quien reconozcas a un gran militante del bando del Enemigo; no importa, porque tu paciente, gracias a Nuestro Padre de las Profundidades, es un insensato, y con tal de que alguno de esos vecinos desafine al cantar, o lleve botas que crujan, o tenga papada, o vista de modo extravagante, el paciente creerá con facilidad que, por tanto, su religión tiene que ser, en algún sentido, ridícula.

Por supuesto, es imposible impedir que rece por su madre, pero disponemos de medios para hacer inocuas estas oraciones: asegúrate de que sean siempre muy “espirituales”, de que siempre se preocupe por el estado de su alma y nunca por su reuma. De ahí se derivarán dos ventajas. En primer lugar, su atención se mantendrá fija en lo que él considera pecados de su madre, lo cual, con un poco de ayuda por tu parte, puede conseguirse que haga referencia a cualquier acto de su madre que a tu paciente le resulte inconveniente o irritante. De este modo, puedes seguir restregando las heridas del día, para que escuezan más, incluso cuando está postrado de rodillas; la operación no es nada difícil, y te resultará muy divertida. En segundo lugar, ya que sus ideas acerca del alma de su madre han de ser muy rudimentarias, y con frecuencia equivocadas, rezará, en cierto sentido, por una persona imaginaria, y tu misión consistirá en hacer que esa persona imaginaria se parezca cada día menos a la madre real, a la señora de lengua puntiaguda con quien desayuna. Con el tiempo, puedes hacer la separación tan grande que ningún pensamiento o sentimiento de sus oraciones por la madre imaginaria podrá influir en su tratamiento de la auténtica.

Es frecuente que, cuando dos seres humanos han convivido durante muchos años, cada uno tenga tonos de voz o gestos que al otro le resulten insufriblemente irritantes. Explota eso: haz que tu paciente sea muy consciente de esa forma particular de levantar las cejas que tiene su madre, que aprendió a detestar desde la infancia, y déjale que piense lo mucho que le desagrada. Déjale suponer que ella sabe lo molesto que resulta ese gesto, y que lo hace para fastidiarle. Si sabes hacer tu trabajo, no se percatará de la inmensa inverosimilitud de tal suposición. Por supuesto, nunca le dejes sospechar que también él tiene tonos de voz y miradas que molestan a su madre de forma semejante. Como no puede verse, ni oírse, esto se consigue con facilidad.

Nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas.

Enséñales a medir el valor de cada oración por su eficacia para provocar el sentimiento deseado, y no dejes que lleguen a sospechar hasta qué punto esa clase de éxitos o fracasos depende de que estén sanos o enfermos, frescos o cansados, en ese momento.

No hay nada como el suspense y la ansiedad para parapetar el alma de un humano contra el Enemigo. Él quiere que los hombres se preocupen de lo que hacen; nuestro trabajo consiste en tenerles pensando qué les pasará.

Todos los extremos, excepto la extrema devoción al Enemigo, deben ser estimulados.

Debes haberte preguntado muchas veces por qué el Enemigo no hace más uso de Sus poderes para hacerse sensiblemente presente a las almas humanas en el grado y en el momento que Le parezca. Pero ahora ves que lo Irresistible y lo Indiscutible son las dos armas que la naturaleza misma de Su plan le prohíben utilizar. Para Él, sería inútil meramente dominar una voluntad humana (como lo haría, salvo en el grado más tenue y reducido, Su presencia sensible). No puede seducir. Sólo puede cortejar. Porque Su innoble idea es comerse el pastel y conservarlo; las criaturas han de ser una con Él, pero también ellas mismas; meramente cancelarlas, o asimilarlas, no serviría. Está dispuesto a dominar un poco al principio. Las pondrá en marcha con comunicaciones de Su presencia que, aunque tenues, les parecen grandes, con dulzura emotiva, y con fáciles victorias sobre la tentación. Pero Él nunca permite que este estado de cosas se prolongue. Antes o después retira, si no de hecho, sí al menos de su experiencia consciente, todos esos apoyos e incentivos. Deja que la criatura se mantenga sobre sus propias piernas, para cumplir, sólo a fuerza de voluntad, deberes que han perdido todo sabor. Es en esos períodos de bajas, mucho más que en los períodos de altos, cuando se está convirtiendo en el tipo de criatura que Él quiere que sea. De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía sean las que más le agradan. Nosotros podemos arrastrar a nuestros pacientes mediante continua tentación, porque los destinamos tan sólo a la mesa, y cuanto más intervengamos en su voluntad, mejor. Él no puede “tentar” a la virtud como nosotros al vicio. Él quiere que aprendan a andar y debe, por tanto, retirar Su mano; y sólo con que de verdad exista en ellos la voluntad de andar, se siente complacido hasta por sus tropezones. No te engañes, Orugario. Nuestra causa nunca está tan en peligro como cuando un humano, que ya no desea pero todavía se propone hacer la voluntad de nuestro Enemigo, contempla un universo del que toda traza de Él parece haber desaparecido, y se pregunta por qué ha sido abandonado, y todavía obedece.

Es mucho más probable que consigas hacer de tu hombre un buen borracho imponiéndole la bebida como un anodino cuando está aburrido y cansado, que animándole a usarla como un medio de diversión junto con sus amigos cuando se siente feliz y expansivo. Nunca olvides que cuando estamos tratando cualquier placer en su forma sana, normal y satisfactoria, estamos, en cierto sentido, en el terreno del Enemigo. Ya sé que hemos conquistado muchas almas por medio del placer. De todas maneras, el placer es un invento Suyo, no nuestro. Él creó los placeres; todas nuestras investigaciones hasta ahora no nos han permitido producir ni uno. Todo lo que podemos hacer es incitar a los humanos a gozar los placeres que nuestro Enemigo ha inventado, en momentos, o en formas, o en grados que Él ha prohibido. Por eso tratemos siempre de alejarnos de la condición natural de un placer hacia lo que en él es menos natural, lo que menos huele a su Hacedor, y lo menos placentero

Una religión moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión —y más divertida.

Todos los mortales tienden a convertirse en lo que pretenden ser.

Yo distingo cuatro causas de la risa humana: la alegría, la diversión, el chiste y la ligereza.

El primer tipo de humanos bromea acerca del sexo porque da lugar a muchas incongruencias; el segundo, en cambio, cultiva las incongruencias porque dan pretexto a hablar del sexo.

Mil chistes obscenos, o incluso blasfemos, no contribuyen a la condenación de un hombre tanto como el descubrimiento de que puede hacer casi cualquier cosa que le apetezca no sólo sin la desaprobación de sus semejantes, sino incluso con su admiración, simplemente con lograr que se tome como una broma.

He dejado pasar la mayor parte de mi vida sin hacer ni lo que debía ni lo que me apetecía.

El camino más seguro hacia el Infierno es el gradual: la suave ladera, blanda bajo el pie, sin giros bruscos, sin mojones, sin señalizaciones.

Lo característico de las penas y de los placeres es que son inequívocamente reales y, en consecuencia, mientras duran, le proporcionan al hombre un patrón de la realidad.

Haría una norma erradicar de mi paciente cualquier gusto personal intenso que no constituya realmente un pecado, incluso si es algo tan completamente trivial como la afición al cricket, o a coleccionar sellos, o a beber batidos de cacao. Estas cosas, te lo aseguro, de virtudes no tienen nada; pero hay en ellas una especie de inocencia, de humildad, de olvido de uno mismo, que me hacen desconfiar de ellas; el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo, por ello mismo, y sin importarle un comino lo que digan los demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la “mejor” gente, la comida “adecuada” o los libros “importantes”.

Ni siquiera quiere el Enemigo que piense demasiado en sus pecados: una vez que está arrepentido, cuanto antes vuelva el hombre su atención hacia afuera, más complacido se siente el Enemigo.

De ahí el impulso que hemos dado a esquemas mentales como la Evolución Creativa, el Humanismo Científico, o el comunismo, que fijan los efectos del hombre en el futuro, en el corazón mismo de la temporalidad. De ahí que casi todos los vicios tengan sus raíces en el futuro. La gratitud mira al pasado y el amor al presente; el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante. No creas que la lujuria es una excepción. Cuando llega el placer presente, el pecado (que es lo único que nos interesa) ya ha pasado. El placer es sólo la parte del proceso que lamentamos y que excluiríamos si pudiésemos hacerlo sin perder el pecado; es la parte que aporta el Enemigo, y por tanto experimentada en el presente. El pecado, que es nuestra contribución, miraba hacia delante.

Nosotros queremos un hombre atormentado por el futuro: hechizado por visiones de un Cielo o un infierno inminente en la tierra —dispuesto a violar los mandamientos del Enemigo en el presente si le hacemos creer que, haciéndolo, puede alcanzar el Cielo o evitar el Infierno—, que dependen para su fe del éxito o fracaso de planes cuyo fin no vivirá para ver. Queremos toda una raza perpetuamente en busca del fin del arco iris, nunca honesta, ni gentil, ni dichosa ahora, sino siempre sirviéndose de todo don verdadero que se les ofrezca en el presente como de un mero combustible con el que encender el altar del futuro.

Esta señora es una verdadera pesadilla para las anfitrionas y los criados. Siempre está rechazando lo que le han ofrecido, diciendo, con un suspiro y una sonrisa coqueta: “Oh, por favor, por favor… todo lo que quiero es una tacita de té, flojo pero no demasiado, y un pedacito chiquitín de pan tostado verdaderamente crujiente”. ¿Te das cuenta? Puesto que lo que quieres más pequeño y menos caro que lo que le han puesto delante, nunca reconoce como gula su afán de conseguir lo que quiere, por molesto que pueda resultarles a los demás. Al tiempo que satisface su apetito, cree estar practicando la templanza. En un restaurante lleno de gente, da un gritito ante el plato que una camarera agobiada de trabajo le acaba de servir, y dice: “¡Oh, eso es mucho, demasiado! Lléveselo, y tráigame algo así como la cuarta parte”. Si se le pidiese una explicación, diría que lo hace para no desperdiciar; en realidad, lo hace porque el tipo particular de exquisitez a la que la hemos esclavizado no soporta la visión de más comida que la que en ese momento le apetece.

Déjales discutir si el “Amor”, o el patriotismo, o el celibato, o las velas en los altares, o la abstinencia del alcohol, o la educación, son “buenos” o “malos”. ¿No te das cuenta de que no hay respuesta? Nada importa lo más mínimo, excepto la tendencia de un estado de ánimo dado, en unas circunstancias dadas, a mover a un paciente particular, en un momento particular, hacia el Enemigo o hacia nosotros.

El matrimonio, aunque sea un invento del Enemigo, tiene sus usos. Debe haber varias mujeres jóvenes en el barrio de tu paciente que harían extremadamente difícil para él la vida cristiana, si tan sólo lograses persuadirle de que se casase con una de ellas.

Es una falsificación, por supuesto; los cuerpos del arte popular están engañosamente dibujados; las mujeres reales en traje de baño o en mallas están en realidad apretadas y arregladas para que parezcan más firmes, esbeltas y efébicas de lo que la naturaleza permite a una mujer desarrollada. Pero, al mismo tiempo, se le enseña al mundo moderno a creer que es muy “franco” y “sano”, y que está volviendo a la naturaleza. En consecuencia, estamos orientando cada vez más los deseos de los hombres hacia algo que no existe; haciendo cada vez importante el papel del ojo en la sexualidad y, al mismo tiempo, haciendo sus exigencias cada vez más imposibles. ¡Es fácil prever el resultado!

Damos lugar a este sentimiento de propiedad no sólo por medio del orgullo, sino también por medio de la confusión. Les enseñamos a no notar los diferentes sentidos del pronombre posesivo: las diferencias minuciosamente graduadas que van desde “mis botas”, pasando por “mi perro”, “mi criado”, “mi esposa”, “mi padre”, “mi señor” y “mi patria”, hasta “mi Dios”. Se les puede enseñar a reducir todos estos sentidos al de “mis botas”, el “mi” de propiedad. Incluso en el jardín de infancia, se le puede enseñar a un niño a referirse, por “mi osito”, no al viejo e imaginado receptor de afecto, con el que mantiene una relación especial (porque eso es lo que les enseñará a querer decir el Enemigo, si no tenemos cuidado), sino al oso “que puedo hacer pedazos si quiero”. Y, al otro extremo de la escala, hemos enseñado a los hombres a decir “mi Dios” en un sentido realmente muy diferente del de “mis botas”, significando “el Dios a quien tengo algo que exigir a cambio de mis distinguidos servicios y a quien exploto desde el púlpito…, el Dios en el que me he hecho un rincón.”

El Mundo y la Carne nos han fallado; queda un tercer Poder. Y este tercer tipo de éxito es el más glorioso de todos. Un santo echado a perder, un fariseo, un inquisidor, o un brujo, es considerado en el Infierno como una mejor pieza cobrada que un tirano o un disoluto corriente. Pasando revista a los nuevos amigos de tu paciente, creo que el mejor punto de ataque sería la línea fronteriza entre la teología y la política. Varios de sus nuevos amigos son muy conscientes de las implicaciones sociales de su religión. Eso, en sí mismo, es malo; pero puede aprovecharse en nuestra ventaja.

A los humanos no se les debe permitir notar que todos los grandes moralistas son enviados por el Enemigo, no para informar a los hombres, sino para recordarles, para reafirmar contra nuestra continua ocultación las primigenias vulgaridades morales. Nosotros creamos a los sofistas; Él creó un Sócrates para responderles.

Con respecto a la conexión general entre el cristianismo y la política, nuestra posición es más delicada. Por supuesto, no queremos que los hombres dejen que su cristianismo influya en su vida política, porque el establecimiento de algo parecido a una sociedad verdaderamente justa sería una catástrofe de primera magnitud. Por otra parte, queremos, y mucho, hacer que los hombres consideren el cristianismo como un medio; preferentemente, claro, como un medio para su propia promoción; pero, a falta de eso, como un medio para cualquier cosa, incluso la justicia social. Lo que hay que hacer es conseguir que un hombre valore, al principio, la justicia social como algo que el Enemigo exige, y luego conducirle a una etapa en la que valore el cristianismo porque puede dar lugar a la justicia social.

Al Enemigo le encantan los tópicos. Acerca de un plan de acción propuesto Él quiere que los hombres, hasta donde alcanzo a ver, se hagan preguntas muy simples: ¿Es justo? ¿Es prudente? ¿Es posible? Ahora, si podemos mantener a los hombres preguntándose: “¿Está de acuerdo con la tendencia general de nuestra época? ¿Es progresista o reaccionario? ¿Es éste el curso de la Historia?”, olvidarán las preguntas relevantes. Y las preguntas que se hacen son, naturalmente, incontestables; porque no conocen el futuro, y lo que será el futuro depende en gran parte precisamente de aquellas elecciones en que ellos invocan al futuro para que les ayude a hacerlas.

El noviazgo es el momento de sembrar esas semillas que engendrarán, diez años después, el odio doméstico. El encantamiento del deseo insaciado produce resultados que se puede hacer que los humanos confundan con los resultados de la caridad. Aprovéchate de la ambigüedad de la palabra. “Amor”: déjales pensar que han resuelto mediante el amor problemas que de hecho sólo han apartado o pospuesto bajo la influencia de este encantamiento. Mientras dura, tienes la oportunidad de fomentar en secreto los problemas y hacerlos crónicos.

Una mujer entiende por desinterés, principalmente, tomarse molestias por los demás; para un hombre significa no molestar a los demás. En consecuencia, una mujer muy entregada al servicio del Enemigo se convertirá en una molestia mucho mayor que cualquier hombre, excepto aquellos a los que Nuestro Padre ha dominado por completo; e, inversamente, un hombre vivirá durante mucho tiempo en el campo del Enemigo antes de que emprenda tanto trabajo espontáneo para agradar a los demás como el que una mujer completamente corriente puede hacer todos los días. Así, mientras que la mujer piensa en hacer buenas obras y el hombre en respetar los derechos de los demás, cada sexo, sin ninguna falta de razón evidente, puede considerar y considera al otro radicalmente egoísta.

El encantamiento erótico produce una mutua complacencia en la que a cada uno le agrada realmente ceder a los deseos del otro. También saben que el Enemigo les exige un grado de caridad que, de ser alcanzado, daría lugar a actos similares. Debes hacer que establezcan como una ley para toda su vida de casados ese grado de mutuo sacrificio de sí que actualmente mana espontáneo del encantamiento pero que, cuando el encantamiento se desvanezca, no tendrán caridad suficiente para permitirles realizarlos. No verán la trampa, ya que están bajo la doble ceguera de confundir la excitación sexual con la caridad y de pensar que la excitación durará.

Al considerar cualquier acción conjunta, resulta obligatorio que A argumente a favor de los supuestos deseos de B y en contra de los propios, mientras B hace lo contrario. Con frecuencia, es imposible averiguar cuáles son los auténticos deseos de cualquiera de las partes; con suerte, acaban haciendo algo que ninguno quiere mientras que cada uno siente una agradable sensación de virtuosidad y abriga una secreta exigencia de trato preferencia! por el desinterés de que ha dado prueba y un secreto motivo de rencor hacia el otro por la facilidad con que ha aceptado su sacrificio.

No olvides usar el razonamiento: “Cara, yo gano; cruz, tú pierdes”. Si no ocurre lo que él pide, entonces eso es una prueba más de que las oraciones de petición no sirven; si ocurre, será capaz, naturalmente, de ver algunas de las causas físicas que condujeron a ello, y “por tanto, hubiese ocurrido de cualquier modo”, y así una petición concedida resulta tan buena prueba como una denegada de que las oraciones son ineficientes.

El Punto de Vista Histórico significa, en pocas palabras, que cuando a un erudito se le presenta una afirmación de un autor antiguo, la única cuestión que nunca se plantea es si es verdad. Se pregunta quién influyó en el antiguo escritor, y hasta qué punto su afirmación es consistente con lo que dijo en otros libros, y qué etapa de la evolución del escritor, o de la historia general del pensamiento, ilustra, y cómo afectó a escritores posteriores, y con qué frecuencia ha sido mal interpretado (en especial por los propios colegas del erudito) y cuál ha sido la marcha general de su crítica durante los últimos diez años, y cuál es el “estado actual de la cuestión”. Considerar al escritor antiguo como una posible fuente de conocimiento —presumir que lo que dijo podría tal vez modificar los pensamientos o el comportamiento de uno—, sería rechazado como algo indeciblemente ingenuo.

La rutina de la adversidad, la gradual decadencia de los amores juveniles y de las esperanzas juveniles, la callada desesperación (apenas sentida como dolorosa) de superar alguna vez las tentaciones crónicas con que una y otra vez les hemos derrotado, la tristeza que creamos en sus vidas, y el resentimiento incoherente con que les enseñamos a reaccionar a ella, todo esto proporciona admirables oportunidades para desgastar un alma por agotamiento. Si, por el contrario, su edad madura resulta próspera, nuestra posición es aún más sólida. La prosperidad une a un hombre al Mundo. Siente que está “encontrando su lugar en él”, cuando en realidad el mundo está encontrando su lugar en él. Su creciente prestigio, su cada vez más amplio círculo de conocidos, la creciente presión de un trabajo absorbente y agradable, construyen en su interior una sensación de estar realmente a gusto en la Tierra, que es precisamente lo que nos conviene. Notarás que los jóvenes suelen generalmente resistirse menos a morir que los maduros y los viejos.

Para ser enorme y efectivamente malo, un hombre necesita alguna virtud. ¿Qué hubiera sido Atila sin su valor, o Shylock sin abnegación en lo que se refiere a la carne? Pero como no podemos suministrar esas cualidades nosotros mismos, sólo podemos utilizarlas cuando las suministra el Enemigo; y esto significa dejarle a Él una especie de asidero en aquellos hombres que, de otro modo, hemos hecho más totalmente nuestros.

De todos los vicios, sólo la cobardía es puramente dolorosa: horrible de anticipar, horrible de sentir, horrible de recordar; el odio tiene sus placeres. En consecuencia, el odio es a menudo la compensación mediante la que un hombre asustado se resarce de los sufrimientos del miedo. Cuanto más miedo tenga, más odiará. Y el odio es también un antídoto de la vergüenza. Por tanto, para hacer una herida profunda en su caridad, primero debes vencer su valor.

El peligro de inculcar la cobardía a nuestros pacientes, por tanto, estriba en que provocamos verdadero conocimiento de sí mismos y verdadero autodesprecio, con el arrepentimiento y la humildad consiguientes.

En la paz, podemos hacer que muchos de ellos ignoren por completo el bien y el mal; en peligro, la cuestión se les plantea de tal forma en la que ni siquiera nosotros podemos cegarles. Esto supone un cruel dilema para nosotros.

Una de las razones del Enemigo para crear un mundo peligroso, un mundo en el que las cuestiones morales se plantean a fondo. El ve tan bien como tú que el valor no es simplemente una de las virtudes, sino la forma de todas las virtudes en su punto de prueba, lo que significa en el punto de máxima realidad. Una castidad o una honradez o una piedad que cede ante el peligro será casta u honrada o piadosa sólo con condiciones. Pilatos fue piadoso hasta que resultó arriesgado.

En cuanto a la técnica real de la tentación a la cobardía, no hace falta decir mucho. Lo fundamental es que las precauciones tienden a aumentar el miedo. Las precauciones públicamente impuestas a tu paciente, sin embargo, pronto se convierten en una cuestión rutinaria, y ese efecto desaparece. Lo que debes hacer es mantener dando vueltas por su cabeza (al lado cíe la intención consciente de cumplir con su deber) la vaga idea de todo lo que puede hacer o no hacer, dentro del marco de su deber, que parece darle un poco más de seguridad. Desvía su pensamiento de la simple regla (“Tengo que permanecer aquí y hacer tal y cual cosa”) a una serie de hipótesis imaginarias. (“Si ocurriese A —aunque espero que no— podría hacer B, y en el peor de los casos, podría hacer C.”) Si nos las reconoce como tales, se le pueden inculcar supersticiones. La cuestión es hacer que no deje de tener la sensación de que, aparte del Enemigo y del valor que el Enemigo le infunde, tiene algo a lo que recurrir, de forma que lo que había de ser una entrega total al deber, se vea totalmente minado por pequeñas reservas inconscientes. Fabricando una serie de recursos imaginarios para impedir “lo peor”, puedes provocar, a ese nivel de su voluntad del que no es consciente, la decisión de que no ocurrirá “lo peor”. Luego, en el momento de verdadero terror, méteselo en los nervios y en los músculos y puedes conseguir que cometa el acto fatal antes de que sepa qué te propones. Porque, recuérdalo, el acto de cobardía es lo único que importa; la emoción del miedo no es, en sí, un pecado, y, aunque disfrutamos de ella, no nos sirve para nada.

Los hombres suelen sentir que no habrían podido soportar por más tiempo un esfuerzo en el momento preciso en que se está acabando, o cuando creen que se está acabando. […] en los ataques contra la paciencia, la castidad y la fortaleza, lo divertido es hacer que el hombre se rinda justo cuando (si lo hubiese sabido) el alivio estaba casi a la vista.