Aligere su equipaje

Max Lucado

Aligere su equipaje

Aligere su equipaje

¿Quién no ha sentido descontento, cansancio o está lleno de preocupaciones? ¿En algún momento quién no se ha quedado sin esperanza, sin vergüenza, desilusionado y con dudas? ¿O ha estado lleno de culpa, de tristeza y de temor a la soledad o a la muerte? Pues bien, Max Lucado nos guía a un análisis del conocido Salmo 23 para encontrar respuestas a todas esas sensaciones (y otras más) que significan una carga en nuestras vidas. El consejo es fácil: aligere su carga, tiene a Alguien a su lado. Lo difícil es creerlo. Calificación de 10.

En algún punto entre el primer paso al salir de la cama y el último al salir de casa, tomó algún equipaje. Caminó hasta la estera del equipaje y tomó su carga. ¿No recuerda haberlo hecho? Es porque lo hizo sin pensar; automáticamente. No recuerda haber visto una cinta transportadora. Es porque no es la del aeropuerto; esta otra está en la mente. Las valijas que llevamos no son de cuero; están hechas de cargas. La maleta de la culpa. Llevas un talego de descontento en un hombro y una bolsa de mano llena de penas en el otro. Agréguese a esto una mochila de dudas, un saco de dormir de soledad y un baúl de temores. Pronto estará llevando más cargas que un maletero de aeropuerto. No es extraño que al final del día esté tan cansado. Arrastrar equipaje es agotador.

«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» ( 1 Pedro 5.7 ).

Los israelitas consideraban el nombre demasiado santo para ser pronunciado por labios humanos. Cuando necesitaban decir Jehová, sustituían la palabra por Adonai , que significa Señor. Si era necesario escribir el nombre, los escribas se bañaban antes de escribirlo, y luego destruían la pluma.

¿No ha tenido demasiados cambios en su vida? Las relaciones cambian. La salud cambia. El tiempo cambia. Pero el Jehová que gobierna la tierra hoy es el mismo que la gobernaba anoche. Las mismas convicciones. El mismo ánimo. El mismo amor. Él nunca cambia.

Los consejeros pueden consolarle en la tormenta, pero usted necesita un Dios que pueda calmar la tormenta. Los amigos pueden sostenerle la mano en el lecho de muerte, pero usted necesita un Jehová que haya vencido al sepulcro. Los filósofos pueden discutir el significado de la vida, pero usted necesita un Señor que declare el significado de la vida. Necesita a Jehová.

Todo lo que necesitaba era pedir perdón, pero me puse a discutir. Todo lo que necesitaba era oír, pero tuve que abrir la bocaza. Todo lo que necesitaba era ser paciente, pero tuve que tomar el control. Todo lo que tenía que hacer era dejárselo a Dios, pero traté de arreglarlo por mí mismo.

Los humanos queremos hacer las cosas a nuestra manera. Olvidamos la vía sencilla. Olvidamos el camino común. Olvidamos el mejor método. Olvidamos el camino de Dios. Queremos hacer las cosas a nuestra manera. Y según la Biblia ese es exactamente nuestro problema. «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino» ( Isaías 53.6 ).

¿A qué se debe que quienes más necesitan un pastor lo resisten tanto?

Lo que tiene no es suyo. Pregúntele a cualquier médico forense. Pregúntele a cualquier embalsamador. Pregúntele a cualquier director de una funeraria. Nadie se lleva nada consigo.

¿Y sabes algo más acerca de todas esas cosas? No son usted. Lo que usted es nada tiene que ver con la ropa que usa ni con el coche que conduce. Jesús dijo: «La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» ( Lucas 12.15 ). El cielo no lo conoce como el tipo del traje hermoso ni como la mujer de la casa grande ni el muchacho de la bicicleta nueva. El cielo conoce su corazón. «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» ( 1 Samuel 16.7 ). Cuando Dios piensa en usted, se fija en su compasión, su devoción, su ternura o ligereza de mente, pero no en sus cosas.

Si se define por las cosas que tiene, se sentirá bien cuando tiene mucho y mal cuando tiene poco.

¿Espera que un cambio de circunstancias traerá un cambio en su actitud? Si es así, usted está en prisión, y necesita aprender un secreto para aligerar su equipaje. Lo que tiene en su Pastor es mayor que lo que no tiene en la vida. Permítame entrometerme por un momento. ¿Qué cosa específicamente se interpone entre usted y su gozo? ¿Cómo llenaría la línea siguiente?: «Seré feliz cuando __________________». Cuando sane. Cuando ascienda. Cuando me case. Cuando esté solo. Cuando sea rico. ¿Cómo podría terminar esta oración? Con su respuesta bien en mente, responda esto. ¿Si su barco nunca llega, si su sueño nunca se hace realidad, si su situación nunca cambia, podría ser feliz? Si dice que no, está durmiendo en la fría mazmorra del descontento. Está preso. Y necesita saber lo que tiene en su Pastor. Tiene un Dios que lo escucha, el poder del amor que lo respalda, el Espíritu Santo que vive en usted, y todo el cielo por delante. Si tiene al Pastor, tiene la gracia a su favor en todo pecado, dirección para cada decisión, una luz para cada rincón y un áncora para cada tormenta. Tiene todo lo que necesita.

¿Qué ganará usted con el contentamiento? Puede ganar su matrimonio. Puede ganar horas preciosas con sus hijos. Puede ganar respeto por sí mismo. Puede ganar gozo. Puede ganar la fe para decir: «Jehová es mi pastor; nada me faltará».

Vemos las olas en lugar de al Salvador que camina sobre ellas. Vemos nuestras míseras provisiones y no vemos a Aquel que puede alimentar a cinco mil hambrientos. Nos quedamos con los oscuros viernes de la crucifixión y nos perdemos los brillantes domingos de resurrección.

De las diez declaraciones grabadas en las tablas de piedra, ¿cuál ocupa más espacio? ¿El adulterio? ¿El homicidio? ¿El robo? Uno tiende a pensar así. Cada uno de ellos merece que se le dé espacio. Pero es curioso: estos mandamientos son un tributo a la brevedad. Dios necesitó sólo tres palabras en castellano para condenar el adulterio y sólo dos para denunciar el robo y el homicidio. Pero cuando se llegó al tema del reposo, no bastó una oración. «Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» ( Éxodo 20.8–11 ).

Los pastos verdes no eran el paisaje natural de Judea. Las colinas de Belén donde David cuidaba su rebaño no eran fértiles ni verdes. Aún en la actualidad son casi desérticas. Los pastos verdes de Judea se deben al trabajo de algunos pastores. Han limpiado el terreno áspero y rocoso. Han quitado los tocones y las han quemado junto con la maleza. Riego, cultivo. Ese es el trabajo de un pastor. Por eso cuando David dice «en lugares de delicados pastos me hará descansar», en realidad dice: «Mi pastor me hace descansar en su obra terminada». Con sus manos horadadas, Jesús creó una pradera para el alma. Arrancó los espinosos arbustos de la condenación. Arrancó los enormes peñascos del pecado. En su lugar puso simiente de gracia y cavó lagunas de misericordia. Y nos invita a reposar allí. ¿Puede imaginarse la satisfacción en el corazón del pastor cuando, acabado el trabajo, ve a sus ovejas descansando en lugares de delicados pastos? ¿Puede imaginar la satisfacción en el corazón de Dios cuando hacemos lo mismo? Sus pastos son su don para nosotros. No son pastos que hemos cultivado. Tampoco son pastos que merecemos. Son un don de Dios. «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios» ( Efesios 2.8 ).

La ansiedad divide nuestra energía entre las prioridades de hoy y los problemas de mañana. Parte de nuestra mente está en el ya; el resto está en el todavía no. El resultado es una vida con la mente dividida. Ese no es el único resultado. La preocupación no es una enfermedad, pero causa enfermedades.

«No sé qué haré si mi esposo muere». Lo sabrás en el momento oportuno. «Cuando mis hijos dejen la casa, no creo que pueda soportarlo». No será fácil, pero la fortaleza llegará en el momento oportuno.

Enfrente los problemas de hoy con la energía de hoy. No se fije en los problemas de mañana hasta mañana. Aun no tiene las fuerzas de mañana. Ya tiene suficiente para el día de hoy.

Nuestro claro deber no es ver lo que apenas se ve en la distancia, sino hacer lo que tenemos al alcance de la mano.

Anoche estaba preocupado en mi sueño. Soñé que se me diagnosticaba la misma enfermedad degenerativa de los músculos que le quitó la vida a mi padre. Desperté del sueño y, en medio de la noche, comencé a preocuparme. Entonces vinieron a mi mente las palabras de Jesús: «No os afanéis por el día de mañana». Y definitivamente, decidí no hacerlo. Arrojé ese pesado saco. Después de todo, ¿por qué permitir que los problemas imaginarios del mañana nos roben el reposo nocturno? ¿Puedo evitar la enfermedad si permanezco despierto? ¿Retardaré la aflicción pensando al respecto? No, por supuesto. Así que hice la cosa más espiritual que pude haber hecho. Me volví a dormir.

El Señor nos promete una lámpara a nuestros pies, no una bola de cristal para mirar el futuro. No tenemos que saber lo que ocurrirá mañana. Basta saber que Él nos guía y que vamos a «alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» ( Hebreos 4.16 ).

«Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo» ( Mateo 28.20 ). Necesitamos ese recordatorio. Todos lo necesitamos. Porque todos necesitamos esperanza.

La humildad es una virtud tan escurridiza. Una vez que uno piensa que la tiene, ya no está, o no debería pensar que la ha alcanzado.

Ser humilde no significa que usted piense que no tiene nada para ofrecer; significa que sabe exactamente lo que puede ofrecer y nada más.

[Adquirí] el hábito de expresarme con palabras de modesta timidez, y dejé de usar expresiones anticipadas que pudieran quedar desmentidas como: con toda seguridad, indudablemente, absolutamente, o cualquiera otra que diese una autoridad positiva a una pura opinión. Más bien digo: Pienso que … Esto lo entiendo así … Creo que este hábito ha sido de gran utilidad para mí».

¿Siente que necesita palabras que lo animen? ¿Necesita atención su autoestima? No es necesario que ande mencionando nombres importantes ni de que se ande luciendo delante de los demás. Sólo necesita detenerse al pie de la cruz y acordarse de esto: El Creador de las estrellas prefirió morir por usted antes que vivir sin usted. Ese es un hecho. Si necesita gloriarse, gloríese en eso.

El ejercicio puede darnos unos pocos latidos más. La medicina puede concedernos algunos respiros más. Pero a la postre, hay un fin. La mejor manera de enfrentar la vida es ser sincero acerca de la muerte.

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» ( Juan 14.2–3 ). Nótese la promesa de Jesús: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». Promete llevarnos al hogar. No delega esa tarea. Puede enviar misioneros que te enseñen, ángeles que te protejan, maestros que te guíen, cantores que te inspiren y médicos que te curen, pero no envía a otro para que te lleve. Esa tarea la reserva para sí mismo. «Vendré otra vez, y os tomaré conmigo». Él es su Pastor personal. Es personalmente responsable de llevarlo al hogar. Dado que Él está presente cuando muere alguna de sus ovejas, podemos decir lo que dijo David: «No temeré mal alguno».

Lo que Dios dijo a Moisés se lo dice a usted: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» ( Éxodo 33.14 ). Lo que Dios dijo a Jacob se lo dice a usted: «Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres» ( Génesis 28.15 ). Lo que Dios dijo a Josué se lo dice a usted: «Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé» ( Jos 1.5 ). Lo que Dios dijo a la nación de Israel se lo dice a usted: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo» ( Isaías 43.2 ). El Buen Pastor está con usted. Porque está con usted, puede decir lo que David dijo: «No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

Isaías 57.1–2 : «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz, descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios». La muerte es el método de Dios para sacar del mal a la gente. ¿De qué clase de mal? ¿Una enfermedad extensa? ¿Una adicción? ¿Una tenebrosa ocasión para la rebelión? No sabemos, pero sí sabemos que ninguna persona vive un día más ni un día menos de lo establecido por Dios.

En el plan de Dios, cada vida es suficientemente larga y cada muerte ocurre en el momento oportuno. Aunque usted y yo pudiéramos desear una vida más larga, Dios sabe mejor las cosas. Y, esto es importante, aunque usted y yo quisiéramos una vida más larga para nuestros seres amados, ellos no. Irónicamente, el primero que acepta la decisión de Dios acerca de la muerte es el que muere.

A la muerte no se le resta importancia, ni se pasa por alto. Enfréntela, luche contra ella, cuestiónela o condénela, pero no la niegue. Como dijo su hijo Salomón: Es «tiempo de llorar» ( Eclesiastés 3.4 ). No oiga, pero perdone a quienes lo exhortan a no llorar. Dios le guiará a través, no alrededor, del valle de sombra de muerte.

No mida la altura de la montaña; hable a aquel que la puede mover. En vez de llevar el mundo a sus espaldas, háblele al que sostiene el universo en las suyas. Tener esperanza es mirar hacia adelante.

La soledad no es la ausencia de rostros. Es la ausencia de intimidad. La soledad no proviene de estar solo; proviene de sentirse solo. Sentir como si usted estuviera enfrentando la muerte solo, enfrentando la enfermedad solo, enfrentando el futuro solo. Sea que ocurra en su cama durante la noche o mientras se dirige al hospital, en el silencio de una casa vacía o en medio de un bar muy concurrido, la soledad se presenta cuando uno piensa: Me siento tan solo. ¿Le importa a alguien?

Puede enfrentar la muerte, pero no está solo al enfrentarla; el Señor está con usted. Puede enfrentar el desempleo, pero no está solo al enfrentarlo; el Señor está con usted. Puede enfrentar graves luchas matrimoniales, pero no está solo al enfrentarlas; el Señor está con usted. Puede enfrentar deudas, pero no está solo al enfrentarlas; el Señor está con usted. Subraye estas palabras: No está solo.

Por temor de no caer bien, tomamos drogas. Por temor de no destacarnos, usamos cierta clase de ropa. Por temor de parecer poca cosa, nos endeudamos y compramos una casa. Por temor de pasar inadvertidos, nos vestimos para seducir o para impresionar. Por temor de dormir solos, dormimos con cualquiera. Por temor de no ser amados, buscamos amor en lugares malos. Pero todo eso cambia cuando descubrimos el perfecto amor de Dios.

¿Es Pedro la única persona que ha hecho lo que prometió que no haría jamás? «¡Basta de infidelidades!» «De ahora en adelante voy a poner freno a mi lengua». «No más tratos oscuros. He aprendido la lección». ¡Qué volumen el de nuestra jactancia! ¡Qué quebranto el de nuestra vergüenza! En vez de resistir el coqueteo, lo correspondemos. En vez de desoír el chisme, lo difundimos. En vez de apegarnos a la verdad, la escondemos. El gallo canta, y la convicción de pecado nos taladra, y Pedro halla un compañero en las sombras. Lloramos como Pedro lloró, y hacemos lo que Pedro hizo. Nos vamos a pescar. Volvemos a nuestra vida antigua. Volvemos a nuestras prácticas de antes que conociéramos a Jesús. Hacemos lo que viene en forma natural, en vez de hacer lo que viene en forma espiritual. Y dudamos que Jesús tenga un lugar para tipos como nosotros.

Jesús preparó mesa en la presencia del enemigo. Permitió que Judas viera la cena, pero no le permitió quedarse. No eres bien recibido. Esta mesa es para mis hijos. Puedes tentarlos. Puedes ponerles tropiezos. Pero nunca te sentarás con ellos. Mucho nos ama. Si quedase alguna duda, en el caso de que hubiera algunos «Pedros» que se preguntan si habrá lugar en la mesa para ellos, Jesús les da un tierno recordatorio cuando pasa la copa: «Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» ( Mateo 26.27–28 ). «Bebed de ella todos ». Los que se sienten indignos, beban. Los que se sienten avergonzados, beban. Los que se sienten confundidos, beban.

Lo que se hace en secreto es mejor no hacerlo.

Podemos seguir el ejemplo del apóstol Pablo. Su meta era ser misionero en España. Sin embargo, en vez de enviar a Pablo a España, Dios lo puso en prisión. Sentado en una cárcel romana, Pablo podría haber tomado la misma decisión que la señorita Haversham, pero no lo hizo. En cambio, dijo: «Mientras esté aquí voy a aprovechar y escribir algunas cartas». Por eso nuestra Biblia tiene las Epístolas a Filemón, a los Filipenses, a los Colosenses y a los Efesios. 1 Nos hay dudas de que Pablo habría hecho una gran obra en España. Pero, ¿sería comparable con la obra de esas cuatro cartas? Usted se ha sentado donde Pablo se sentó. Sé que sí. Usted estaba bien entusiasmado en su camino a España o a la universidad o al matrimonio o a su independencia … pero se presentó el despido o el embarazo o la enfermedad de sus padres. Y terminó encarcelado. Chao, España. Hola, Roma. Adiós ilusiones. Hola desilusión. Hola, tristeza. ¿Cómo se las arregló? Mejor, ¿cómo se las está arreglando? ¿Necesita alguna ayuda? Tengo exactamente lo que necesita. Cinco palabras en el versículo cinco del Salmo 23 : «Unges mi cabeza con aceite».

En el antiguo Israel los pastores usaban el aceite con tres propósitos: repeler los insectos, prevenir los conflictos y curar las heridas.

Muchas de las desilusiones de la vida comienzan como irritaciones. La mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y quebrantos del día a día. No nos invitan a la fiesta. No nos incluyen en el equipo. No obtuvimos la beca. El jefe no toma nota de nuestro arduo trabajo. El marido no se da cuenta del traje nuevo de la esposa. El vecino no nota el desorden que tiene en el patio. Uno se siente más irritable, más melancólico, más … bueno, más herido.

Dice: «Unges mi cabeza con aceite». No dice «tus profetas», «tus maestros» ni «tus consejeros». Otros pueden guiarnos a Dios. Otros pueden ayudarnos a entender a Dios. Pero nadie hace la obra de Dios, porque solo Dios puede sanar.

Su copa podría estar baja en dinero o ropa, pero rebosa en misericordia. Podría no tener un estacionamiento de lujo, pero tiene suficiente perdón. «Será amplio en perdonar» ( Isaías 55.7 ). Su copa rebosa en gracia.

La esperanza de Dios entra en nuestro mundo. Sobre el enfermo, Él envía el rayo de curación. Para el afligido, da la promesa de reunión. Para el moribundo, prepara la llama de la resurrección. Al confundido, ofrece la luz de las Escrituras. Dios da esperanza.

Antes que desear lo que otros tienen, ¿no deberíamos preguntarnos si tienen lo que nosotros tenemos? En vez de estar celosos de ellos ¿no es mejor sentir lástima de ellos?

Confíe en su fe y no en sus sentimientos.

La más grande calamidad no es sentirse lejos de su casa cuando lo está, sino sentirse como en su casa cuando no lo está.

¿Qué palabra describe su cuerpo? ¿Mi cuerpo canceroso ? ¿Mi cuerpo artrítico ? ¿Mi cuerpo deformado ? ¿Mi cuerpo limitado ? ¿Mi cuerpo adicto ? ¿Mi cuerpo que engorda permanentemente ? Las palabras pueden ser diferentes, pero el mensaje es el mismo: los cuerpos son débiles. Comenzaron a decaer en el minuto en que comenzamos a respirar. Y, según Dios, es una parte del plan. Cada arruga y cada fastidio es un paso más cerca del último paso, cuando Jesús cambie nuestros cuerpos comunes en cuerpos eternos. No más dolor. No más depresión. No más enfermedad. No más fin. Esta no es nuestra casa permanente. Puede servir por ahora. Pero no hay nada como el momento en que entremos por la puerta de nuestra casa para siempre.

Cuando Dios dice no

Leith Anderson

Cuando Dios dice no

Cuando Dios dice no


¿Por qué las oraciones no son contestadas, o por qué no se concede mi petición? ¿Por qué tarda tanto en llegar una respuesta? Son sólo algunas de las interrogantes que durante la vida nos hacemos respecto a nuestras necesidades puestas en oración. El autor nos da algunas posibles respuestas y nos encamina más bien a tener una mejor relación con el Creador, que sea independiente de si nuestras necesidades son cubiertas o no. Además, cada capítulo termina con un modelo de oración que se puede aplicar al tema respectivo. Calificación de 10. Muy inspirador y necesario para estos tiempos que corren.

En defensa de Dios, los cristianos explican que siempre responde pero que sus réplicas pueden caer en tres categorías (1) «Sí», (2) «No» o (3) «Luego». El «Sí» se nos dificulta poco. ¡Es una respuesta que deleita! Rápida y correctamente les contamos a la mayor cantidad posible de personas que experimentamos una «verdadera respuesta a la oración», aunque algunas veces nuestras celebraciones parece que nos asignan más crédito por nuestro orar que lo que le damos a Dios por responder. Nuestros problemas son con el «No» y el «Luego». Algunos cristianos profesantes abandonan su fe porque Dios no les respondió como querían o como lo esperaban.

Reconozco que tengo mis dudas y mis luchas con las oraciones no contestadas, no al punto de unirme a las filas de los que abandonan a Dios, pero sí al de expresarle a Dios cuán profundamente me frustra. Casi todos los días, por más de veinte años oro la misma petición: que Dios realice su gran bien en la vida de una persona amada en particular.

Job fue uno de los mejores hombres. Merece ser recordado en la Biblia por su consagración, carácter, éxito y fama. Es irónico que en vez de eso se le recuerde más por su dolor.

Si Job me hubiera pedido ayuda, lo habría ayudado como hubiera podido. Pero se la pidió a Dios. Dios pudo haberlo ayudado en un sinnúmero de maneras. Pero Dios dijo que no.

Como pastor he estado cerca cuando los padres escuchan a Dios decir no. El silencio del cielo puede ser ensordecedor. La muerte de un niño es más espantosa de lo que jamás pudiera describirse, una combinación incomprensible de pérdida de vida, sueños incumplidos y descorazonamiento doloroso, envuelto en un profundo sentimiento de que se rompe el orden esencial de las generaciones (se supone que los niños entierren a los padres, no al revés). He llorado con padres que lucharon no por encontrar explicaciones de la muerte de un niño, sino por la explicación de sus incapacidades y disfunciones. Se culpan a sí mismos si la imperfección es genética, como si pudieran controlar el comportamiento inesperado de sus genes. Se autoincriminan de que «se hubiera podido hacer algo más», preguntándose mil veces qué habría pasado. Los padres se culpan a sí mismos cuando el producto de sus mejores sueños en el mejor de los hogares termina en un tribunal juvenil, un hijo pródigo. Se autoincriminan por las malas elecciones de los hijos adultos, como si la influencia de los padres tuviera la responsabilidad de todo lo que su progenie haga. Les recuerdo gentilmente que aun el padre perfecto tuvo niños que pecaron y murieron. Ni siquiera al mejor de los padres se le garantizan resultados perfectos. Algunas veces parece que las palabras los consuelan. Muchas otras las pasan por alto como jerga teológica impotente contra los dolores más duros de la vida.

Dios no actúa de la manera que queremos. No siempre da la respuesta que deseamos. No es una palabra común en el vocabulario divino respecto a la oración, aun al responderle al más grande de los santos.

¿Cómo superar el dolor y llegar a creer que Dios tiene razón y es bueno cuando dice que no a nuestras oraciones más dolorosas? ¿Cómo creer aún? ¿Cómo entender? Y, lo más importante de todo, ¿cómo continuar cuando toda la esperanza se va y el no divino es definitivo? Esto es algo más que preguntas académicas a discutirse en un aula. Son cuestiones del corazón. Las grandes preguntas de la vida y la fe. Las respuestas no son cortas, sencillas ni fáciles.

Hay respuestas que nos permiten continuar cuando desaparece toda esperanza, cuando el no de Dios es firme y definitivo. Las respuestas se encuentran en la Biblia, en las experiencias de otros, y especialmente en una relación personal con Dios. Algunas respuestas son obvias, otras jamás satisfacen perfectamente. Algunas son respuestas para el intelecto; la mayoría son respuestas para el corazón. Jesús nos invita a explorar estas respuestas: Él dijo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7.7).

Dios, jamás quiero escucharte decir que no. No pediría si realmente no quisiera un sí. Si no vas a decir que sí, ¿podrías al menos decirme por qué dices no? Ayúdame a entender tus caminos y tu sabiduría, Muéstrame en términos humanos sencillos la complejidad de tus decisiones. Por mi parte, comenzaré a confiar en que siempre tienes la razón aunque no pueda entenderlo. Trataré de no forzar las respuestas que deseas que permanezcan en secreto. Reconozco que no tengo derecho a exigir información que decides no ofrecer. No es que debo recibir explicaciones específicas para cada oración que rehúsas, pero ayúdame a entenderte lo suficiente como para clasificar correctamente el orden de tus razones y a creer que siempre hay una explicación divina válida para cada no, a pesar de que posiblemente jamás se me aclare. Amén.

Cuando le rogamos algo a Dios creemos que pedimos lo mejor para nosotros. Solo las oraciones más pervertidas le piden algo malo a Dios a sabiendas. El problema es este: no siempre sabemos qué es lo mejor. A veces eso nos resulta obvio mucho después de pedirlo, y de que se nos niega.

Lo que queremos de Dios no es lo mejor para nosotros. Dios tiene algo mejor que no podemos imaginar –ni tratar de orar por ello-, en ese momento.

¡No, puede ser uno de los mejores regalos de Dios para nosotros!

«Y oró Ezequías delante de Jehová, diciendo: Jehová Dios de Israel, que moras entre los querubines, sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste el cielo y la tierra. Inclina, oh Jehová, tu oído, y oye; abre, oh Jehová, tus ojos, y mira; y oye las palabras de Senaquerib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente. Es verdad, oh Jehová, que los reyes de Asiria han destruido las naciones y sus tierras; y que echaron al fuego a sus dioses, por cuanto ellos no eran dioses, sino obra de manos de hombres, madera o piedra, y por eso los destruyeron. Ahora, pues, oh Jehová Dios nuestro, sálvanos, te ruego, de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que sólo tú, Jehová, eres Dios» 2 Reyes 19.15-19.

Cuando enfrentamos la muerte solo hay una petición lógica, solo una respuesta deseable para nuestras oraciones. Queremos que Dios nos conceda sanidad y vida. Cualquier otra cosa parece cruel y odiosa. Es increíble que la muerte sea nuestra mejor alternativa.

Me avergüenza reconocer que la mayoría de mis oraciones son egoístas. Lo sé. Deseo que no lo fueran. Trato de ser menos egoísta pero me resulta difícil. Vuelvo a caer en patrones que me interesan. Francamente, hasta mis aparentes oraciones abnegadas a menudo tienden a servir a mis propósitos. Por ejemplo, oro para que mejore el matrimonio de dos amigos, consciente de que mi vida sería más feliz si no se divorcian. Dios usa su gracia cuando filtra el egoísmo antes de responder a lo que le pido. No trata de escapar a su promesa de oír y responder a mis oraciones. En vez de eso, se ocupa lo suficiente como para arreglar mis oraciones antes de responderlas. Aunque lo conozco en teoría, lucho con ello en la realidad. Con demasiada frecuencia me irrita que Dios no me dé lo que pido exactamente de la manera que quiero. Casi siempre prefiero que Dios lo haga a mi modo en vez de al suyo, que es mejor.

La búsqueda de la facilidad está relacionada con el egoísmo ciego. Muchas de nuestras oraciones le piden a Dios que nos lleve por el camino más fácil de la vida. ¿Quién desea que Dios dificulte la vida? Supongo que fue la arte naturalmente humana de la oración de Jesús que pidió sobrepasar la copa de la cruz. Los humanos están ideados para evitar el dolor, y las cruces siempre son dolorosas. Pero el camino fácil frecuentemente ni es el correcto ni el mejor. Así como cortar una mariposa de su capullo podría facilitar su escape pero dejar sus alas demasiado debilitadas para volar, las alternativas fáciles con frecuencia nos dejan poco preparados para todo lo que Dios se propone en nuestras vidas. Haga una encuesta de cualquier grupo cristiano. Pregunte: «¿Cuándo estuvo más cerca de Dios en su vida y cuándo creció más espiritualmente?» Con pocas excepciones las respuestas serán «durante los momentos más difíciles». Imagínese cómo serían nuestras vidas sin luchas ni dolor. ¿Acaso una existencia libre de problemas parece deleitosa? Podría no valer la pena vivirla. Nos consumiríamos en el placer, nos creeríamos autosuficientes, nos sumiríamos en la autoindulgencia y jamás conoceríamos a Dios. El sufrimiento tiene grandes beneficios: «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza» (Romanos 5.3-4). Cuando el sufrimiento se entiende desde la perspectiva de Dios, se convierte en una fuente de gozo: «Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría» (1 Pedro 4.13). El sufrimiento no solo edifica el carácter sino que también da solidaridad con Jesucristo, que sufrió por nosotros. El carácter y la semejanza con Cristo son mucho mejor que la comodidad. Sabiendo todo esto, Dios muchas veces dice no a nuestras oraciones que buscan comodidad para preservar los mayores beneficios del sufrimiento.

No critico a los que buscan la facilidad. Yo lo hago todo el tiempo. (Me preocuparía más por el masoquista que disfruta del dolor). Cuando oramos por el camino fácil Dios responde con mayor amor que el padre terrenal más bondadoso. Él nos ama demasiado como para permitir vidas fáciles para que no nos desanimemos por completo y niega suficientes peticiones como para que no nos convirtamos en malcriados impíos e indisciplinados. También tendemos a orar por velocidad. Los humanos y Dios viven bajo relojes distintos. Debido a que nuestras vidas típicamente duran unos setenta años, la presión interna hace que estallemos para obtenerlo todo de inmediato. El Dios eterno que jamás comenzó y jamás terminará no está muy apresurado. Los estadounidenses aceleraron el paso de la vida a un nivel sin precedente, Tenemos más experiencias en la niñez que lo que la mayoría de las personas tienen durante toda una vida. Pero seguimos atiborrando más. Somos moldeados por una era de gratificación instantánea, queremos productos, placeres y dominios sin postergarlos. Y diez minutos después esperamos algo más y que sea diferente. Nuestra generación ha reducido los problemas de la vida a los dramas de televisión en los que surgen los asuntos más profundos y se resuelven en menos de una hora.

Cuando Dios dice que no, a veces es para sosegarnos. Otras nos acelera. De todas maneras, Él es tan bueno para reconocer cuando nuestras oraciones no nos son provechosas que nos lo dice mediante su respuesta negativa a nuestras peticiones.

La felicidad no es obtener lo que deseas, es desear lo que tienes.

La oración misma es un reconocimiento de nuestra posición inferior y la superior de Dios. Si siempre supiéramos qué es lo mejor no habría necesidad de Dios ni de oración.

Cuando Jesús dice no a nuestras oraciones no significa que nos ama menos, El verdadero amor puede dar respuestas sorprendentes.

Muchas amistades de Jesús lo han llamado cuando sus seres amados están enfermos o muriéndose. Cuando Jesús no llegó o arribó tarde, ellos también se decepcionaron no solamente por el resultado sino decepcionados con Jesús. Dudaron de su amor y el dijeron que «si hubiera estado allí» todo sería diferente. No era que a Jesús no le importaba. Lloró tan sincera y profusamente que hasta los extraños supieron que amaba a Lázaro. Jesús sencillamente tenía una causa mayor. Y Lázaro era parte de ella. Jesús resucitó a Lázaro, probándoles a su generación y a toda la historia que tenía el poder definitivo sobre la tumba. Piense cuán diferente habría sido todo si Jesús hubiera venido como se le pidió y sanado a Lázaro de su enfermedad como se esperaba. A pesar de lo extraño que parezca, habría sido simplemente otra sanidad milagrosa. Más importante aún la historia habría visto una persona menos levantada de entre los muertos. Frecuentemente nos preguntamos: «¿Y qué si…?», cuando se niegan nuestras oraciones. ¿Y si Dios no se hubiera negado? Aquí tenemos que hacernos otro tipo de pregunta. ¿Y si Jesús hubiera asentido a las oraciones de las hermanas? Indudablemente Lázaro se habría decepcionado de haberse enterado de lo que se perdió. Recibió algo mejor.

El asunto definitivo de la fe no es la posibilidad de obtener el don que buscamos, sino si confiamos o no en que el Dador es bueno. La fe no es asunto de respuestas. La fe es asunto de Dios.

Cuando Dios die no, no es que nos rechace. No nos ama menos. Sabemos que al final estará en lo correcto. Nuestra fe es en Dios, no en las cosas que esperamos recibir. Nuestra relación con Él es el mejor regalo de todos.

[Dios] Por favor, protégeme de mi ignorancia, impaciencia y egoísmo.

Oramos por una cosa. Dios concede otra. Esta clase de contradicción es una de las ironías de la oración. Pero hay una segunda contradicción relacionada que acontece muchas veces en la oración. Cuando docenas de personas oran por algo parece inevitable que las oraciones no seas idénticas. Oramos en direcciones diferentes. No solo eso, parece probable que cuando un grupo de personas ora algunas oraciones serán completamente contradictorias, con distintas personas pidiendo respuestas opuestas. Cuando una amistad está enferma algunos oran por una muerte tranquila, una bienvenida rápida y misericordiosa al hogar del cielo. Sabemos que otros continúan orando por recuperación, creyendo que lo mejor que puede ofrecer Dios es la sanidad aquí y ahora. Hasta un individuo solitario podría cambiar de parecer y dejar de orar por algo y comenzar a orar por otra cosa, o cambiar entre dos oraciones opuestas.

Dios muchas veces responde a la médula de nuestra oración aunque parezca olvidar la petición superficial. Podríamos orar por clima seco para reunir familiares en relaciones positivas. Dios convierte un paseo lluvioso en una oportunidad para la unión familiar que no habría sucedido acostado en una playa soleada. Un agricultor ora por lluvia para obtener la mejor cosecha. Dios podría usar la sequía para llevar al agricultor a sembrar una cosecha que probará ser mucho mejor.

Cuando Dios le dice no a nuestras oraciones más importantes, podría no haber explicación o razón que nuestras emociones puedan aceptar rápidamente. Pero si Dios es Dios, es Él quien debe establecer las prioridades y no nosotros. Él ve el futuro anticipado. Conoce el final desde el principio. Solo Dios puede saber que el hijo que murió habría vivido una existencia dolorosa sin procrearse. Que está mucho mejor en el cielo que en la tierra. Solo Dios puede saber que el hijo que vivió va a tener un hijo cuyo nieto será el líder de Dios para algún gran movimiento que realizará los propósitos divinos en la tierra y cosechará beneficios eternos en el cielo. No es posible que ninguna madre pueda tener esta información o pueda integrarla adecuadamente en sus pensamientos y oraciones.

Cuando Jesús finalmente se apareció en Betania su amigo estaba muerto por lo que lloró. Su pena era tan grande que los llorones profesionales presentes se percataron de cuánto amaba a Lázaro. Tenía una prioridad mayor que la vida de Lázaro, pero eso no facilitó la elección.

Dios tiene una perspectiva infinitamente aérea. Ve todo lo que está sucediendo y escucha toda oración pronunciada. Cuando los que nos encontramos en el gragor de los conflictos de la vida llamamos por radio a Dios porque «es imposible que ganemos», Él replica confiadamente que «es imposible que perdamos». Por supuesto, es una respuesta de fe creer en la contestación de Dios respecto a nuestra experiencia propia. Es la misma clase de confianza que necesitan los que pronuncian oraciones contradictorias y dejan que Dios se ocupe de cuáles aceptará y cuáles rechazará. Debemos aceptar que ve lo que no podemos ver, sabe lo que no sabemos, elige más sabiamente de lo que podamos elegir, y no responderá a las oraciones de la mejor manera. Cuando sus respuestas confronten nuestro sentido y experiencia se convierte en un acto de fe aceptar su perspectiva como la mejor de siempre.

Todas las oraciones son actos de fe. La fe requiere tanto confianza como sumisión, confianza en el poder de Dios para actuar y sumisión a su infinita superioridad. Él es superior. Su voluntad debe dominar nuestra voluntad. Si fuera al revés, nosotros seríamos dios en lugar de serlo él. A pesar de lo retador que pueda ser, lo «mejor» no aplica primordialmente a nosotros. Es útil primeramente a Dios. Él organiza y responde a nuestras oraciones basado en lo que le resulte mejor. Lo mejor para Dios a su vez siempre es lo mejor para nosotros.

Dios, que no tienes contradicción, eres sorprendente. Uno de tus muchos atributos que me atrae a ti es tu congruencia. En eso eres tan sencillo y directo; nosotros somos tan complejos y torcidos. Gracias por hacernos a todos tan diferentes. Me gusta ser un individuo. Aunque hay problemas, me alegra que cada uno de nosotros sea lo suficientemente distinto como para poder pronunciar oraciones singulares, aunque puedan contradecirse. No busco expresar oraciones contradictorias. Lamento ser tan frecuentemente egoísta en lo que pido. Es cierto que oro de manera competitiva, deseando ganarle a las oraciones de los que piden lo opuesto. Te pido perdón por mi egoísmo, que toleres mis contradicciones y que me des tu gracia para orar mejor. Pero siento que preferirías que haga cualquier oración en lugar de dejar de hacerlo por temor a que mis oraciones no sean correctas. Tú enderezas con gracia todos los favores conflictivos que buscan tus hijos, con paciencia y amor y simpatía. Que nuestras conversaciones sean más frecuentes y nuestra relación más íntima. Que entonces conozca tu voluntad, sienta tus emociones, agarre tus pensamientos, para que mis oraciones contradictorias puedan revisarse rápidamente y que pueda orar lo que deseas que ore. Amén.

La experiencia personal dice que Dios pudo no haberse negado tan a menudo a mis oraciones como creí. Pudo no haber dicho nada porque no escuchó nada. No es que Dios sea sordo o ignorante, pero a veces nuestras oraciones realmente no lo son. Lo que llamamos orar a menudo podría ser poco menos que pensar i hablarnos a nosotros mismos.

Nos acercamos a Dios a medida que le expresamos nuestros secretos más íntimos. Solo Dios nos entiende y está con nosotros en las alturas de nuestro gozo y en las profundidades de nuestras penas.

«En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote, Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor. » Lucas 6.12-16. Una de las decisiones más importantes de Jesús fue seleccionar a los doce apóstoles. La elección correcta incluyó a Pedro, que declaró a Jesús como el cristo; Mateo, Juan y Santiago, que escribieron gran parte del Nuevo Testamento; y Tomás, que fue transformado de dudoso serio a apóstol en India. Estos fueron los hombres que llevaron las buenas noticias de Jesús al mundo y para todas las generaciones futuras. La elección tenía que ser la correcta. Durante toda la noche antes de su decisión final, Jesús oró. Podría sorprendernos que Él, con toda su sabiduría y poder sobrenatural, requiriera esa oración preparatoria. Su ejemplo debe despertarnos de una sacudida. Tomamos nuestras decisiones principales con mucho menos sabiduría y poder, por lo tanto necesitamos al menos mucha oración preparatoria. Me impresiono cuando escucho a los cristianos decir: «Debo orar primero» antes de tomar decisiones en cuanto al empleo, el matrimonio, los contratos de negocios, el cuidado médico y otras elecciones que alteran la vida. Orar toda la noche podría ser bueno, aunque gastamos esas energías con mucha mayor facilidad en nuestras crisis de hospital que en nuestras decisiones venideras. El patrón que Jesús estableció para sus discípulos era orar antes de elegir, nutrir todas las decisiones en el contexto de la comunicación con Dios, en vez de parecer que tratamos a Dios como un apéndice y sello de goma para las decisiones que tomamos independientemente de su consejo.

La oración es mucho más que expresarle una petición a Dios diciéndole qué es lo que deseamos. En algunos casos, ese acercamiento es muy inapropiado, audaz y ofensivo, es como pedirle a un extraño adinerado que le entregue un millón de dólares. Usted no tiene relación con él, ningún derecho sobre él. Él meramente tiene lo que usted desea. Millones de oraciones pueden no serlo del todo. Son deseos de fantasía. Exigencias egoístas. Tienen poco o ningún interés por quién Dios es o lo que Dios desea. Causan tanto daño que es mejor que ni se pronuncien. No son oraciones a las cuales Dios les dice no; ni siquiera son oraciones, en primer lugar. Lo que les falta es entendimiento alguno o esfuerzo para comulgar con Dios. Si no hay relación no hay oración.

A medida que comulgamos con Él todos los días, en todas las circunstancias de la vida, edificamos una relación íntima. Desarrollamos canales claros de comunicación. Cuando le hacemos peticiones a Dios expresamos nuestra relación, no buscamos favores.

La oración siempre debe ser un medio de comunicación en la relación, donde las peticiones solo son parte de la comunicación. La oración nos deja adorar a Dios, amar a Dios, escuchar a Dios, confesarle a Dios y someternos a Dios, no simplemente hacerle peticiones. ¿Y si oro y Dios dice que no pero mejora mi relación con Él? ¿Podría esto no ser una respuesta mejor que un sí? Muchas personas reconocen con franqueza que preferirían obtener lo que desean a tener a Dios. Unos pocos le venderían sus almas al diablo si fuera necesario.

Tú eres a quien deseo, Dios. Significas más para mí que todas las respuestas a todas las peticiones que jamás se me puedan conceder. Anhelo conocerte mejor. Pienso diariamente en ti una y otra vez. Me encanta descubrir nuevas expresiones de lo que eres. Me emociona conocerte más y más. Por favor, perdóname por todas las veces que traté de usarte. Reconozco que a menudo te he tratado como si fueras creado para mí e lugar de yo ser creado para ti. Recuerdo demasiadas «oraciones» que estaban completamente centradas en mí y en lo que deseaba, y casi ni pensaban en ti o lo que tú querías. Simplemente deseaba sacarte lo que pudiera. Lo siento. Más que nada, sé mi Dios. Luego, en base a nuestra relación, contigo como Soberano y yo como sujeto, enséñame a orar. Enséñame a disfrutarte a ti y a nuestra comunión en silencio. Enséñame a deleitarme más en conseguir lo que desean que en obtener lo que pueda pedir. Enséñame a pedir lo que deseas dar y a deleitarme más en tu respuesta que en mi petición. ¡Que mis oraciones verdaderamente sean oraciones! Amén.

Las relaciones son importantes para Dios. Cuando están mal, Él es reacio a escuchar y responder a nuestras oraciones. Nuestras relaciones descompuestas podrían ser con nuestro cónyuge, un familiar, vecino o compañero de trabajo. La relación errónea más perjudicial para la oración es una relación errónea más perjudicial para la oración e una relación errónea con Dios. Si esta relación está mal, Dios podría decirnos que no oremos hasta que comencemos a obedecer.

Dios toma las relaciones en serio. No tiene intención de convertirse en un vendedor impersonal de favores. Desea dar su gracia en el contexto de la amistad y la comunión. Debido a que siempre es el iniciador y nuestro extraordinariamente generoso Creador, da sin que lo pidamos y en muchas ocasiones nos concede nuestras peticiones inmerecidas. El deseo de Dios es ganarse nuestros corazones y nuestra lealtad con la generosidad. Pero, cuando ese acercamiento fracasa, lo forzamos a decir que no hasta que reconozcamos la importancia de una relación correcta con Él e implementemos pasos correctivos. No es que Dios desee obediencia completa o perfección excelsa antes de volver a contestar nuestras oraciones. Es que desea que nos arrepintamos (que significa «volverse y echar a andar en la dirección opuesta») antes de volver a beneficiarnos de su gracia.

Algunos cristianos piensan erróneamente que el llamado de la Biblia a la fe significa creer que Dios responderá una oración precisamente como se pide. La fe no es fe en una respuesta. No es fe en la oración. Es fe en Dios. La fe es la creencia de que un Dios invisible es real, poderoso y personal. La fe constituye la base para que haya una relación. Solo cuando una persona se convierte en un verdadero creyente puede tener una relación que forme la base para la comunicación y la petición a Dios.

No buscamos la amistad con Dios por lo que podamos obtener de Él sino por Dios mismo. La relación debe ser tanto el fin como el medio. Debemos satisfacernos con Dios a pesar de que nunca nos conceda una sola petición. Cuando conocemos y amamos a Dios desarrollamos la intimidad que resulta en oraciones escuchadas y peticiones concedidas.

La oración es comunicación. No es pedir. Es lamentable usar «pedir» y «oración» como si significaran lo mismo. Pedir realmente es una categoría menor para toda nuestra comunicación con Dios. Cuando las peticiones componen la mayoría de nuestra interacción con Dios nuestras oraciones se distorsionan y las respuestas positivas de parte de Él no son muy factibles.

Quejarse es parte de la mayoría de las relaciones interpersonales y las oraciones de queja son sorprendentemente comunes en la Biblia. El Salmo 142.1-2 dice: «Con mi voz clamare a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de Él expondré mi queja; delante de Él manifestaré mi angustia. » Jeremías es mucho más directo cuando se queja de que Dios lo engañó y se las arregló para que otros se burlaran de él: «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí.» Jeremías 20.7.

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Filipenses 4.6-7

No se preocupe en cuanto a que la oración alga «correcta». A Dios le encanta escuchar de parte suya, en cualquier momento, en cualquier lugar, sobre cualquier tema. Le puede pedir dinero, rogar por comodidad o simplemente hablar en cuanto a lo que sucedió en la oficina durante el día. Durante el transcurso de su relación sus oraciones alcanzará toda la gama de emociones, sobre cada asunto y sobre cada cosa. Dios tiene una tolerancia sorprendente. Él entiende. Da la bienvenida. Así que no lo olvide. No se lo pierda. No lo trate como si no estuviera allí como si estuviera de último en la lista.

Si comenzamos con el deseo principal de que Dios cambie su no en sí para que nos dé lo que pidamos, estamos condenados al fracaso. Jamás encontraremos la intimidad de lo que buscamos si Dios es meramente el medio para el fin de obtener lo que deseamos. Eso es usar a Dios, no amarlo. El sí de Dios es un beneficio, un efecto secundario, de una relación íntima con Él. La ironía es que la personas que verdaderamente ama a Dios y tiene una relación íntima con Él se preocupar poco por conseguir respuestas positivas a sus peticiones. Cuando una persona tiene un vínculo de corazón a corazón con Dios, ya las otras cosas no importan tanto como antes.

Sobre todo, anhelo una buena relación contigo. Deseo tener un corazón para ti. Tengo un corazón para ti. Perdóname por mi inadecuado deseo de tener una buena relación contigo para conseguir lo que quiero de ti. De hoy en adelante eres la meta de mi vida y el deseo de mis afectos. Te oro por más de lo que puedas hacer. Deseo respuestas a la oración como producto de nuestra amistad, no como razones para ella. Te amo por lo que eres, no simplemente por el bien que puedas darme. Te amo. Amén.

«En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre den mi nombre, os lo dará» Juan 16.23. Pese a que Jesús insiste en que esto es la verdad, muchos están en desacuerdo. Oran a Dios en el nombre de Jesucristo, y no reciben lo que pidieron. Para los cristianos que creen haber satisfecho los requisitos de Dios, el no escuchar el si de Dios les estremece la fe. Confiaron en una promesa tan clara. Dios no satisfizo su parte del contrato. Esto hace que muchos se pregunten si se puede confiar en Dios o en cualquier otra cosa que Jesús afirme como cierta. Empero hay mayor conocimiento en 1 Juan 5.14: «Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye».

Alguien ora por algo que Dios niega y entonces usa su «respuesta equivocada» para alcanzar otra cosa, quizás una generación o hasta generaciones posteriores. La voluntad de dios se ejecuta en muchas áreas aparte de lo físico.

El Hijo de Dios, dicen los teólogos, es una de las tres Personas eternas de la trinidad, «persona» definida como que posee intelecto, emoción y voluntad. Así que mientras que la Trinidad es un Dios, el Padre, Hijo y Espíritu, cada uno tiene su propia mente, sentimientos y voluntad. Esto ayuda a explicar por qué Jesús muchas veces dijo que había cosas que conocía el Padre pero Él no, como el tiempo exacto de acontecimientos futuros. Cuando el Hijo se convirtió e humano en la persona de Jesús, cedió parte del uso independiente de sus atributos divinos, llegó a ser temporalmente dependiente del Padre y del Espíritu para su conocimiento y poder. Jesús todavía era Dios, empero una persona independiente. Tenía una voluntad propia. El padre deseaba que Jesús muriera en la cruz. Jesús no quería morir. Cuando el Padre y Jesús vieron el futuro, eligieron cursos de acción opuestos. Indudablemente la humanidad de Jesús tuvo una parte significativa en su deseo de vivir. Cuando Jesús oro en el jardín de Getsemaní le pidió específicamente al Padre que encontrara alguna manera para evitar la crucifixión. Rogó no tener que beber esta «copa» de muerte, que le fuera quitada. Jesús aparentemente sabía qué era lo que el Padre deseaba en cuanto a eso, que se realizara la crucifixión tal y como fue planificada. Sin embargo, oró por otra manera. La respuesta del Padre fue un compasivo pero claro no. Debido a que el Padre amaba al mundo insistió en que Jesús muriera (Juan 3.16).

Nuestros deseos personales contrarios a la voluntad de Dios no son necesariamente malos. Jesús no pecó cuando deseó su voluntad y oró para que las cosas salieran a su manera en vez de a la del Padre. Dios conoce nuestra individualidad y reconoce la independencia de cada voluntad humana. No hay nada malo con desear algo distinto a o que Dios quiere para nosotros.

Nuestras peticiones repetidas son adecuadas, aun luego de que Dios diga que no. Dios podría cambiar su no en sí. Pero aun si Dios dice que no Él acoge nuestra comunión continua. Nos ayudará a través del difícil proceso de la desilusión. Entiende cuando deseamos algo de tal manera que somos lentos en aceptar el no como respuesta final.

Nuestro propósito final es someternos a la voluntad de Dios, concordemos o no. No creo que Jesús dejara el jardín esa noche completamente persuadido. No estaba más entusiasmado con la crucifixión cuando salió que al llegar. Siguió siendo muy duro para él, es más, ¡casi murió anticipando la muerte! Sin embargo su mayor y definitiva elección fue doblegar su voluntad para que se conformara a la del Padre. Eligió seguirle la corriente a lo que Dios deseaba aunque no tenía inclinación a hacerlo. Eso no es fácil en los momentos más difíciles de la vida. No lo fue para Jesús, y no lo será para nosotros. Como cristianos, tomamos esa elección definitiva por la fe, convencidos de que Dios está en lo correcto aun si no podemos ver o concordar con ello, habiendo determinado por adelantado seguir la voluntad de Dios a pesar de que preferiríamos no hacerlo. Nuestra oración final es «que se haga tu voluntad y no la mía».

Las revelaciones de la Biblia se enfocan primordialmente en cómo vivir de manera cristiana dentro de una amplia gama de experiencias humanas. La Biblia no nos ofrece declaraciones específicas en cuanto a la voluntad de Dios respecto a qué trabajo aceptar, a cuál escuela asistir o con quién casarse. Desafortunadamente, muchos agonizamos en cuanto a los detalles que no tenemos e ignoramos la amplia avenida de información que poseemos. Es sabio pensar que Dios nos ha dicho la mayoría de las cosas que necesitamos para discernir su voluntad y que lo que no nos ha dicho es comparativamente menos importante. Nuestra tarea es leer la Biblia, aprender la voluntad revelada de Dios y luego orar de acuerdo con esa voluntad con plena expectativa de que Dios responderá que sí a esas oraciones. En los casos en los que la Biblia no revela la voluntad específica de Dios tenemos varias alternativas: 1. Pídale sabiduría a Dios en cuanto a su voluntad. Santiago 1.5 dice que: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada». En otras palabras, nuestra primera oración debe ser primero conocimiento en cuanto a la voluntad de Dios para que seamos guiados por el Espíritu a fin de orar conforme a la voluntad de Dios. 2. Crea que Dios da libertad en cuanto a este asunto. Cuando Dios no nos deja conocer su voluntad, y lo que desea no puede deducirse de otros principios bíblicos, podría ser que nos está permitiendo elegir una cosa o la otra. Cuando oramos es útil reconocer ante Dios y nosotros mismos que este es nuestro método. Podría orar más o menos de esta manera: Señor, no he podido averiguar cuál es tu voluntad en este asunto. Creo que tengo la libertad para elegir entre alquilar el apartamento del cuarto piso o el séptimo. Así que te pido que me ayudes a conseguir este último. Te pido ayuda para encontrar los vecinos correctos y usar este apartamento de manera que te glorifique. Si te estoy malinterpretando en esto, por favor, acláramelo. 3. Reconozca que no es capaz de determinar la voluntad de Dios y diría la oración al Espíritu Santo para que Él la presente. No importa cuánto nos esforcemos, a veces somos incapaces de conocer la voluntad de Dios. Él podría mantener en secreto su voluntad o podríamos estar en un rumbo equivocado. Cualquiera sea la razón, cuando no sabemos cómo orar le pedimos al Espíritu Santo que ore por nosotros. Romanos 8.26-27 dice que: « Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.»

El poder del tiempo afecta de manera significativa nuestra comprensión de la oración sin respuesta. Muchas veces Dios responde a nuestros ruges con «No, por ahora». No es que haya rechazado nuestras peticiones sino que pospuso la respuesta. Como el niño que concluye que lo que su madre y padre quieren decir con «veremos» es «jamás», creemos que la llamada a la espera de Dios implica que aguardaremos para siempre.

Hasta en las situaciones urgentes Jesús no parecía apurarse. Un día un hombre llamado Jairo se acercó a Él con una oración urgente por su hija moribunda. Se postró ante los pies de Jesús y le oró, pidiéndole que viniera y la sanara antes de que se muriera. Jesús avanzó a la casa de Jairo pero se demoró por la muchedumbre. En esa multitud había una mujer que también estaba enferma, con una hemorragia desde hacía doce años. Ella tocó a Jesús y fue sanada al instante, aunque podemos pensar que había orado, y esperado, por esa sanidad durante doce años. Mientras Jesús hablaba con ella llegó un mensaje de que la hija de Jairo había muerto. Era muy tarde. «Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro», le dijo el mensajero a Jairo (Lucas 8.49). Pero Jesús andaba bajo otro reloj. Continuó hacia la casa de la niña, la levantó y se mejoró. Respondió a la oración de Jairo de manera tal que los sorprendió a él y a su esposa, no sucedió en el momento que esperaban pero la oración recibió respuesta afirmativa.

Jesús demostró que hay muchas ocasiones en las cuales escucha las oraciones, ama a las personas que oran, tiene toda la intención de concederles sus peticiones, pero dice: No… por ahora. Obviamente no siempre tiene nuestro apuro. Aunque hay situaciones cuando Jesús nos impone su urgencia y somos nosotros los lentos, parece importarle más qué es lo que vamos a hacer que cuándo se hará. Seguramente una de las razones por las cuales la Biblia nos da estos ejemplos es ayudarnos a entender y aceptar que luego no significa jamás. Un componente vital de nuestra fe es la confianza en que el tiempo de Dios es mejor que el nuestro. Él se ocupará de lo que nos parece urgente en un momento y de una manera que sabe será mejor. Esta no es una lección fácil de aprender cuando tememos a nuestras circunstancias o sufrimos un dolor aplastante en el presente.

« Ciertamente yo buscaría a Dios, y encomendaría a él mi causa; El cual hace cosas grandes e inescrutables, y maravillas sin número». Job 5.8-9

Los que sufren deben rogarle a Dios, que verdaderamente responde a la oración y realiza milagros. Lo que Elifaz no consideró fue el tiempo de Dios, lo que llamaríamos la «tardanza divina». Como Dios no respondió con un sí inmediato, Elifaz asumió que algo andaba mal con Job o con sus oraciones. Ese fue su error.

En su severo dolor Job perdió la perspectiva del plan mayor de Dios. Para Job los grandes asuntos eran la falta de sabor en la comida y su falta de apetito (Job 6.6-7) y tratar de dormir de noche (Job 7.4). Necesitaba que Dios filtrara sus oraciones inapropiadas e irracionales, respondiéndolas con un no. Necesitaba la equilibrada sabiduría de Dios para decidir qué oraciones conceder y cuándo concederlas. Es fácil ser un Elifaz que racionaliza y espiritualiza los dolores ajenos. Otro asunto es ser un Job, que sufre angustia constante, que tiene que esperar por Dios. Para el que sufre y los que verdaderamente sufren juntamente con el doliente, esperar puede ser la prueba mayor de la fe. Esperar por el remedio divino cuando cada segundo es doloroso puede ser indescriptiblemente difícil.

« Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé allí con los reyes de Persia. He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días; porque la visión es para esos días.» Daniel 10.12-14. En este discurso angelical hay varias ideas excepcionales en cuanto a la oración sin respuesta: Dios respondió a la oración de Daniel de manera inmediata en el cielo. La respuesta divina se tardó tres semanas en llegar desde Dios hasta Daniel, aunque fue enviada a través de un ángel. Poderosas fuerzas malvadas, en este caso un demonio llamado «el príncipe del reino persa», se opusieron a la respuesta a la oración de Daniel. Daniel no sabía la razón para la tardanza, aunque era válida. El mensaje del ángel incluía un anuncio de mayores tardanzas antes de que se implementaran por completo las respuestas a las oraciones de Daniel.

El paciente crónicamente enfermo necesita un trasplante de órganos que requiere la muerte de una persona cuyo tiempo no ha llegado. Una demora dolorosa para alguien es una tardanza agradable para el otro. Dios coordina las dos.

Cuando no vemos respuesta o la contestación de Dios es no, debemos elegir si confiamos en Él o no, aunque no entendamos o no deseemos aceptar su respuesta. La confianza requiere que creamos, como cristianos, que Dios está en lo correcto, estemos de acuerdo o no. Es la confianza de Romanos 8.26-31: « Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?».

No siempre estoy seguro de mí mismo, Señor. Tengo mis dudas. Siempre parezco estar apurado. Cuando oro deseo tu respuesta no solo a mi manera, sino a mí tiempo. Puedo desilusionarme pensando que es posible que la oración de hoy no recibirá respuesta por tres semanas, o por trescientos años. Simplemente no estoy seguro de cuánto pueda aguantar. Y realmente no estoy seguro en cuanto a los demás. Comparativamente, mi situación es segura y cómoda. Pero, ¿y qué de aquellos que tienen dolo crónico? ¿Qué de los que están desesperadamente solitarios? ¿Qué de las personas que son muy pobres? Me parece que si tuviera la alternativa preferiría que le dieras lo que piden ahora y me permitas esperar mucho más. Mis dolores parecen pocos; mis posesiones son muchas; mis preguntas pueden esperar. No, no estoy seguro de mí mismo. Pero estoy seguro de ti. Verdaderamente creo que sabes lo que estás haciendo. Eres más sabio que el entendimiento. El tic tac de tu reloj lleva mil años por cada minuto mío o un minuto tuyo implica mil años míos. No solo ya lo averiguaste todo, sino que tienes todo planificado. Tus planes para nosotros son que hagamos el bien y que no hagamos daño. Sabes exactamente cuándo debemos escuchar tus respuestas y cuándo debemos recibirlas. Mi problema es reconciliar mi impaciencia con tu providencia. Por favor, enséñame. Anímame. Hazme paciente. Dame esa gracia abundante que prometiste.

Cuando Dios dice que no me siento tentado a ofenderme. Años después obtuve una perspectiva diferente que muestra que Dios estaba en lo correcto al rechazar mi oración.

Creo que él siempre hace lo mejor para nosotros, aunque nos parezca muy duro o demasiado exigente. Como cualquier padre amoroso, Dios desea e insiste en que sus hijos aprendan a obedecer. A su parecer nuestra obediencia es más importante que obtener un sí, aun a las raciones presentadas con pasión y lágrimas.

Dios nos llama a la fidelidad y a la obediencia aun cuando nos opriman y el resultado parezca incierto. Es bueno orar, rogar y llorar. Pero no desobedezcamos. Dejemos que Dios decida qué es más importante.

Dios a menudo dice que no porque tiene algo mejor planeado para aquellos a quienes ama. Nuestros corazones pueden henchirse con agradecimiento a Dios que sabe qué es lo mejor y qué es lo más importante. « Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jeremías 29.11).

Dios le dijo que no a la oración de Pablo por sanidad. El Señor le dijo que era más importante para él ser humilde que sanado. La humildad es muy importante para Dios.

¿Qué se prueba en cuanto a Dios si una persona que es saludable, adinerada y fuerte vive de manera cristiana? Cualquiera que lo tiene todo realmente no necesita a Dios. Por otro lado, el mejor lugar para que Dios muestre su grandeza podría ser en una persona débil y enferma y que esté luchando. Si una persona ama a Dios y vive para Dios cuando la vida es difícil, entonces en verdad vale la pena vivir por Dios y amarlo. Pablo concluyó que Dios podría verse mejor cuando Pablo estaba débil. Un Pablo orgulloso, fuerte y presumido bloquearía a Dios.

Dios de Israel, de Elías, de la madre de Juan y Santiago, y de Pablo, he aquí mi petición una vez más. La has oído antes. Conoces cada palabra que voy a decir. Sabes qué deseo antes de pedirlo. Pero esto pidiendo de nuevo. Lo que deseo podría no ser tan importante para ti como lo es para mí. Eso me resulta difícil de entender y aceptar. Te someto mis prioridades como mejor puedo. Estoy convencido de que harás lo más importante aunque tengo que esperar por lo que deseo o aceptar un no permanente. Señor, cuando me dices que no, ¿qué buscas? ¿Cuál es el bien superior que intentas alcanzar? Por favor, dame ojos para ver lo que ves. Ayúdame a desear lo que deseas. Enséñame a orar por aquellas cosas de suprema importancia en tu lista. Realmente deseo tener la actitud humilde y la vida de Jesús. Oro por esa semejanza a Cristo en el nombre de Jesús. Amén.

Asegúrate de tomar prestado del banco lo suficiente como para que este se convierta en algo más que tu prestamista. Si el préstamo es grande el banco se convierte en socio tuyo.

Las respuestas a la oración dependen de Dios, no de nosotros. Él muchas veces rechaza oraciones o no las contesta porque se basan en motivos inapropiados. Pero hasta los buenos motivos no son garantía de un sí. Los malos motivos pueden bloquear las respuestas de Dios. Los buenos no cumplen necesariamente con su voluntad. Algunas veces cristianos maravillosos se encuentran en situaciones difíciles y oran como si eso no fuera cierto. Están convencidos de que Dios responderá a cada oración justamente como lo han pedido, de poder realizar sus oraciones de una manera exactamente correcta. Creen que lo vasto de su fe es lo que provoca la respuesta positiva de Dios. Suponen que mientras más personas se reúnan a orar habrá mayor probabilidad de conseguir la respuesta que desean. Algunos hasta afirman que las oraciones en voz alta e intensas aseguran resultados correctos.

Dios se ocupará de nuestro placer. Debemos buscar primordialmente nuestro placer en Dios como Persona, no en lo que nos da.

He aquí una verdad sobria: Las personas con los peores motivos son las que probablemente jamás se molestan en robar su motivación o considerar lo que Dios piensa. Oran a Dios por ayuda para vengarse. O por espaldas en que apoyarse mientras suben la montaña empresarial. O hasta por destreza para robar un banco, matar a un enemigo o seducir a alguien por placer sexual. El egoísmo es enceguecedor. No nos deja ver la realidad, mucho menos la justicia. Con egoísmo extremo llega la racionalización extrema, preparando excusas mentales que hacen parecer las oraciones más pecaminosas en algo legítimo y culpando a Dios por no conceder lo que se pidió. Para aquellos cuyos corazones están endurecidos con egoísmo solo hay una solución. La convicción sobrenatural de que el Espíritu Santo le da al pecador una conciencia profunda de su pecaminosidad. Dicha conciencia debe llevar al hombre o a la mujer al arrepentimiento, a un cambio de parecer, a una reorientación de la vida. La persona que experimenta la intervención de Dios abandonará las oraciones egoístas y ofrecerá oraciones de perdón. Cuando Dios perdona el pecado y cambia un corazón, la oración será motivada por amor a otros.

La oración es comunicación dentro de una relación. Desde un punto de vista bíblico, el cambio no es el asunto primordial de la oración. Es más un asunto de amor y de relación con Dios.

Busco a Dios en las circunstancias. Creo que es Señor de todo y mediante su poder y providencia cumple sus propósitos en los cientos de millones de circunstancias que ocurren cada día. Eso no quiere decir que cada circunstancia es provocada por Dios o que le agrade. Ciertamente el mal también se cumple a través de las circunstancias. No obstante e un mundo en donde Dios nunca interviene en respuesta a nuestras peticiones no tiene esperanza. Si Dios no cambia las circunstancias, entonces la oración llega a ser absurda. Peor aún, si Dios no cambia las circunstancias, entonces su poder y su presencia misma también llegan a ser increíbles y no confiables. Creer que Dios es tan poderoso como presente significa que reconozco que trabaja mediante las circunstancias. Si no, estoy forzado a decir que Dios es poderoso pero demasiado distante como para involucrarse en nuestro mundo y en mi vida, o que lo está pero es demasiado débil como para hacer una diferencia. Eso hace que sea más apropiado que le hable a Dios en cuanto a mis circunstancias y que espere experimentarlo a través de lo que pasa. Nada es demasiado grande. Nada es demasiado pequeño. Dios puede cambiar las circunstancias para encontrar un estacionamiento o para detener los preparativos para usar una bomba nuclear.

«Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» 1 Timoteo 2.1-2

Quizás la parte más dolorosa de orar por otros es la falta de garantías. […] La responsabilidad de orar la da Dios. Él espera que ejerzamos ese privilegio. Responderá a esas oraciones actuando con una influencia poderosa contra el pecado y hacia la justicia en la vida de la otra persona. Empero Dios también permitirá que esa persona elija, y que peque.

Cada cristiano está amenazado por las minas en el suelo y las balas en el aire. La tentación hace que corramos el riesgo de ser despedazados por el pecado. Orar por nosotros mismo es la mejor protección. Las oraciones mismas no son las que nos protegen. Son el medio de utilizar las grandes fuerzas de Dios en nuestras vidas. La primera meta de la oración no es hacer que Dios cambie de parecer para que hágalas cosas a mi manera. Es cambiarme para hacer las cosas a la manera de Dios. Es como llevar el auto para alinearlo. Guiarlo, tomar las curvas, los hoyos y los bultos desalinean las llantas del chasis del auto. Los técnicos no doblan el chasis para que se ajuste a las llantas. Ajustan las llantas para que se alineen con el chasis. Lo mismo es cierto conmigo. Cada día necesito realinearme con Dios: mis pensamientos con sus pensamientos; miv voluntad con su voluntad; mi vida con su vida. Sí, la oración me cambia a mí.

Jamás considere la oración como una manera de empujar el botón de Dios y demandar resultados inmediatos. Recuerde que la oración a Dios siempre está conectada con una relación con Él.

¿Acaso hace la oración alguna diferencia? ¡Absolutamente!… pero no siempre como lo pedimos.

Dios no ve las cosas como nosotros. Él percibe el tiempo como un todo. Nosotros lo vemos en parte y secciones.

Dios, te pediré algo de nuevo. Has escuchado esta misma oración muchas veces. La he hecho de cada manera que he podido imaginar. Cada vez que has dicho no o no has dicho nada. Pero regreso con la misma petición. Y no voy a rendirme. Si toma diez mil vece o más, voy a pedir, a pedir y a pedir. Mi persistencia no proviene de la falta de fe. Es la expresión más profunda de mi fe en ti. Creo que eres Dios. Creo que puedes hacer cualquier cosa. Creo que escuchas cada oración que elevo. Creo que quieres lo mejor para mí. Creo que un día responderás afirmativamente. Pero esas no son las razones principales por las que continúo pidiendo. Pido una y otra vez porque Jesús me dijo que lo hiciera. Dijo que no debo rendirme, así que no lo haré. Hasta que me digas claramente que me rinda, voy a pedirte cada día. Me emociono contigo y lo que hará pronto. En el nombre de Jesús. Amén.

Cuando el autor cristiano Larry Burkett habló públicamente en cuanto a su batalla con el cáncer, reconoció la realidad de un futuro incierto. Convencido de la firme atención y el amor de Dios, dijo «¿No le pregunte a Dios “Por qué” De todas maneras es probable que no le conteste. Pregúntele a Dios; “Y ahora, ¿qué quieres que haga?”». La manera en que respondemos al no divino es tan importante como nuestras oraciones. Puede ser la diferencia entre la amargura y la victoria.

Cómo lidian con el no de Dios se decide por su respuesta individual e interna. Algunos se vuelven contra Él por no salirse con la suya. Otros se vuelven hacia Dios convencidos de que los ama pese a lo que suceda.

«Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho» (Santiago 5.16). Es interesante ver cuán frecuentemente los cristianos citan la última parte de Santiago 5.16, el clamor de nuestras oraciones es poderoso y efectivo. Empero en escasas ocasiones incluimos la primera parte del versículo, la exhortación a confesarnos nuestros pecados los unos a los otros en la iglesia.

Creo que los cristianos deben ser precavidos cuando animan a otros a creer que Dios realizará milagros en sus vidas. Dios hace muchas cosas que no entendemos; debemos ser sinceros en cuanto a eso y evitar la aplicación inadecuada de su Palabra a la vida de otros. En nuestro celo de edificar su fe, podemos destruirla.

Los cristianos son diferentes por las respuestas que vivimos y no por los problemas que enfrentamos.

No es responsabilidad de la iglesia ni de los ancianos saber quién está enfermo y salir corriendo a ofrecer oración. Es responsabilidad del cristiano pedir ayuda.

Los ancianos son los líderes espirituales de la iglesia. No son simplemente los que tienen títulos oficiales o posiciones en la iglesia. En algunas ocasiones las necesidades podrían ser mucho mayores que lo que un puñado de líderes pueda tratar. La iglesia puede asignar la responsabilidad a hombres y mujeres reconocidos por su liderazgo espiritual aunque en el momento no tengan posiciones oficiales. Cuando surge una petición, los ancianos han de reunirse con le persona enferma y orar en fe por sanidad. Eso no significa que no tienen fe en sus oraciones. No significa que tienen fe en la sanidad. Y no significa que tengan fe en la fe. Significa que tienen fe en Dios. Los ancianos han de orar con absoluta confianza en que Dios escucha, Dios se interesa y Dios tiene el poder para sanar. Si esa fe está ausente fallan como ancianos y sus oraciones no sirven para nada. La oración debe ser sincera, fuerte y compasiva, que desee apasionadamente la sanidad, completamente confiada en Dios. Los ancianos, cuando se lo pidan, podrían ungir a la persona enferma con aceita en el nombre del Señor. […] En el primer siglo el aceite de oliva y otros similares se utilizaban ampliamente como medicina. […] Santiago5.14, entonces, en términos modernos podría traducirse como «oren por él y denle penicilina en el nombre del Señor». Los cristianos deben aprovecharse por completo de los beneficios de los médicos y la medicina moderna, aunque asegurándose de que la ayuda médica esté precedida e impregnada de oración y que la medicina se toma «en el nombre del Señor». Los médicos tratan la enfermedad, pero Dios es quien sana. [… Parece que es mejor entender el aceite como un símbolo de la presencia y el poder de Dios, como cuando se unge a la persona para que sea rey, o se le imponen las manos como símbolo del toque de Dios. Cuando estamos enfermos muchas veces necesitamos algo más que palabras para ayudarnos a experimentar a Dios. El aceite es un recuerdo físico del Señor invisible. No se describe la manera de ungir con aceita. Quizá lo derramaban sobre la cabeza o en la parte enferma del cuerpo. En muchas iglesias actuales, sencillamente se aplica un poco de aceite de oliva en la frente de la persona que pide la unción. Más importante que el aceite es «el nombre del Señor». Es el reconocimiento formal de que Jesucristo marca la diferencia. Los ancianos oran y ungen presentándole al paciente al Señor y el Señor al paciente. Podría no importar mucho si se omite el aceite, pero de omitirse Jesucristo habría una enorme diferencia.

La razón verdadera por la cual algunos son sanados y otros no es porque Dios elige hacerlo o no hacerlo. Nos gustaría librarnos de esa conclusión, culpara a cualquier otro excepto a Dios. Pero la verdadera fe cree que la mejor y más decisiva elección la toma Dios y no nosotros. Usualmente no sabemos cómo Dios decide; creemos que lo que decida hacer está bien. Eso es fe en Dios.

Dios es el Gran Médico. Dios es quien levanta al enfermo. Suyo es el poder. Suya es la decisión. Suya es la sanidad. Suyo es el crédito. Dios podría dar sanidad completa y permanente, o la sanidad podría ser parcial y temporal. La sanidad podría ser directa, sin que haya medicina o médico de por medio; o indirecta, utilizando cualquier método que Dios elija. La sanidad podría ser inmediata, en el momento de la oración; gradual o llegar de súbito.

¿Qué haría con toda esta información si mañana me diagnosticaran una enfermedad mortal? Es difícil predecir nuestras respuestas futuras. Sé lo que la Biblia dice. Sé lo que debo hacer y qué espero hacer. Esta es mi lista de deseos para aferrarme a Dios durante los momentos difíciles: Oraría de inmediato. Le pediría a Dios que me cuidara, que me diera su perspectiva en cuanto a mi enfermedad y su voluntad para mi vida o la muerte. Probablemente oraría por sanidad, mientras más pronto mejor, tan fácilmente como sea posible, a través de cualquier medio que Dios elija. Usaría cada recurso que Dios me ha dado, incluyendo el mejor tratamiento médico y las oraciones y el apoyo de compañeros cristianos en la iglesia. Le pediría específicamente a los ancianos de mi iglesia que vinieran a mi casa, que oraran por mí y me ungieran con aceite en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Le pediría a Dios que, de no recibir respuesta a mis oraciones, me explicara el porqué, y que me mostrara si hay algo malo conmigo o en mis oraciones. Le pediría a otros que continúen orando por mí´. Me comprometería a darle a Dios la gloria independientemente del resultado. Concordaría con que Dios sabe qué es lo mejor y sometería mi voluntad a su voluntad.

Escucha, ¡Señor! Por favor, ¡escucha! Vengo en el nombre de Jesucristo para plantearte mi pregunta más importante. ¿Por qué? ¿Por qué dices no? ¿Es por algo que he hecho mal? De ser así, por favor muéstrame mi pecado y te lo confesaré, sé que me perdonarás. Perdona mi egoísmo, mi orgullo, mis contradicciones, mis motivos mal dirigidos. ¿Acaso es por una mala relación? Muéstrame a quien he ofendido. Dirígeme hacia ellos con los cuales mi relación no es correcta. Enséñame todo lo que debo hacer para enmendarme, para reconectarme, para sanar y amar. Dame gracia para estar en paz con todas las personas. ¿O es contigo, Señor? ¿Cómo te he ofendido? ¿Estás herido por mi falta de interés en ti? ¿Acaso es porque te he sacado tantas veces de mi vida? ¿Qué mal he cometido que debo confesar? ¿Qué debí hacer que no hice? Más que nada, quiero que todo entre tú y yo esté bien. Por favor, mi Señor y Amigo, reconcílianos en uno con el otro. ¿Estás diciéndome que espere? Entonces, con la ayuda de tu paciencia, esperaré hasta que llegue tu tiempo indicado. Hasta entonces, ¿debo continuar orando una y otra vez hasta que continúe sintiendo en mi corazón la necesidad de pedir? Dios, ¿deseamos algo opuesto? ¿Acaso lo que deseo no es lo que deseas, y lo que quieres no es lo que quiero? Someto mi voluntad a la tuya. Aceptaré que lo que digas es correcto y bueno. Debido a que creo en ti, también creo en lo que elijas. No en mi voluntad sin o la tuya, Padre mío. Y si no hay respuesta, aceptaré tu mensaje de silencio. En cierta manera, eso sería lo más difícil de todo, pero no me corresponde hacer que hables o decirte qué decir. Si tu respuesta es el silencio, confiaré que hasta esa respuesta proviene de ti. Amén.

¿A dónde acudimos cuando ha pasado el momento de orar? ¿Qué hacemos cuando la persona que amamos ha muerto, cuando nuestro cónyuge se ha marchado y se ha casado con otro, cuando el hijo pródigo ha dicho adiós para siempre? ¿Qué queda cuando el no de Dios es eterno? Hay un vacío en el alma que parece residir permanentemente en donde una vez vivió la esperanza. Es difícil continuar, mucho menos confiar en Dios o ni siquiera hablarle. La cruel expresión «Ya pasó el tiempo de orar», adquiere un significado duro.

No hay palabras de consuelo adecuadas cuando se pierde la esperanza, se quebrantan los sueños, se pierden vidas y el no de Dios llega a ser permanente. Los que no hemos viajado por el sendero de otros debemos ser muy cuidadosos y no ofrecer respuestas enlatadas y soluciones fáciles. El dolor es real. No entendemos completamente y Dios se ha quedado con muchas de las respuestas que deseamos.

Finalmente es asunto de confiar. Cuando se han pronunciado todas las oraciones y se han recibido todas las respuestas, debemos decidir si creeremos que Dios es bueno aunque lloremos por las respuestas que ha enviado. Poner nuestra confianza en el Señor no es simplemente contar con que nos dé lo que queremos sino creer que nos ama y se ocupa de nosotros hasta en el albor de una tragedia. Es la convicción de que Dios sabe qué es lo mejor y que en el cielo podremos pedirle que explique qué es lo que no tiene sentido aquí en la tierra. Es la profunda creencia en que Dios tiene una explicación buena y correcta.

Confiar en Dios es colocar todo nuestro peso sobre Él. Cuando no entendemos, cuando estamos dolidos, cuando sufrimos el desengaño, cuando ya no queremos pedir por algo o alguien, cuando nos sentimos furiosos por el resultado, entonces confiar en Dios finalmente es tirarse exhaustos sobre Él. Ahí es cuando la oración vuelve a su significado más puro como comunión. Cuando estamos al otro lado de pedir simplemente venimos a Dios por quién es y nos conectamos con Él en la expresión más elemental de la fe.

Recuerde. Dios es demasiado sabio como para cometer un error y demasiado bondadoso como para hacer algo cruel.

Buen y sabio Dios, a veces no es fácil decir: «Confío en ti». No me diste lo que tanto quería. Cuando estaba tan seguro de que dirías que sí dijiste que no. Cuando aún tenía esperanza se acabó para siempre. ¿Puedes sentir mi dolor? ¿Entiendes lo que trato de decirte? ¿Estás oyéndome? ¿Escucharás y responderás a esta oración? Ya no tengo más palabras. Deja que mi corazón se comunique con el tuyo. Confiaré en ti lo mejor que pueda. Dame más fe. Pondré todo mi peso sobre ti. Creeré en t para todo lo que no pueda saber. Interpretaré la vida por quien eres y no por lo que suceda. Confiaré en que me darás nueva esperanza y mayor fe. Si pierdo todo lo demás, te tendré a ti. Y eres todo lo que necesito. Gracias, Jesús. Amén.

El abrazo del Padre

Danilo Montero

El abrazo del Padre

El abrazo del Padre

A través de las historias de Jonás, Ana, Jacob, Isaías y Moisés, así como las parábola del hijo pródigo y el fariseo y el publicano, el autor nos describe a un Dios como Padre amoroso que ofrece perdón y amor a cambio de… nada! Calificación de 9.

Resma: Conjunto de quinientos pliegos de papel.
Canfín: Queroseno.

¡Cuanta falta nos hace el abrazo del Padre! Una generación herida camina y tropieza en su juventud, aborreciendo a sus padres y jurando que nunca serán como ellos, sólo para causar el mismo dolor y las mismas heridas sobre sus propios hijos.

¿Por qué hay ocasiones en que el ser humano hace exactamente lo último que debía hacer?

La puerta divina a nuevas dimensiones de unción y servicio es la obediencia.

Para adorar al Dios verdadero necesitamos conocerlo. Pero sólo podemos conocerlo en la medida en que Él se nos revele.

El rito debe cumplirse, el programa debe continuar… nuestra tradición debe perpetuarse. No hay contacto, interacción ni intimidad. Nos da miedo colocarnos en el lugar de no saber qué hacer en la desesperante espera del que quiere escuchar o ver a Dios.

El cielo espera por gente que se atreva a llorar ante Dios. Hay la imperiosa urgencia de transparencia en aquellos que se acercan a adorar. La capacidad de desnudar el alma es lo que nos lleva al punto de cambio.

¿Es acaso la alabanza encender las emociones del pueblo, o es el altar donde levantamos nuestra ofrenda en temor santo y adoración?

La religión esconde inmundicia bajo las vestiduras.

Por esa razón es que el orgullo religioso nos hace errar. Nos hace creer que somos mejores que otros porque no hacemos ciertas cosas y porque sí hacemos nuestras “tareas” cristianas. Ignoramos que lo único que hace de la vida de un cristiano algo maravilloso, es la presencia de Dios. Si ignoramos esa presencia, apagamos la llama, enterramos ese santo altar y estaremos hundidos en la suciedad del pecado.

En su afán por inculcar la ley, cayeron en el error de usarla como un medio de autoexaltación y a la vez, como una herramienta de control. A la postre, lo que una vez fuera una pasión profunda se transformó en una religiosidad enfermiza. Este grupo se convirtió en uno de los acérrimos enemigos de Jesús y fue uno de los involucrados en el complot para enjuiciar y matar al Salvador.

Para un fariseo el amor por Dios se mide por sus logros personales en cuanto a la religión. Es uno que anhela ser amado por Dios, y para ello se basa en su capacidad de “acumular” puntos. Por razón busca minimizar lo más posible sus errores, pues ellos son sinónimo del rechazo de Dios. En contraposición, hacer lo “correcto” es igual a ser amado y aceptado. Por lo que el amor divino sólo puede ser “asegurado” a través de un rendimiento perfecto.

Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. — Santiago 4:2

Y ¿por qué es que no pedimos? ¡Porque aquel que es orgulloso no sabe pedir, no desea pedir y menos recibir! Por un lado, el orgullo nos inhibe para pedir y por otro lado, amarra nuestras manos para recibir lo que nos es ofrecido.

La actitud farisaica se manifiesta en el énfasis exagerado de la forma: el cumplimiento estricto de las normas, el largo del cabello o del vestido, la camisa blanca y la corbata. Mientras observamos meticulosamente estas cosas, olvidamos el amor fraternal, la unidad de la iglesia, la honradez y la misericordia.

Dios no es perfeccionista, es perfecto. El perfeccionismo busca alcanzar una excelencia de carácter o de disciplina para exaltarse a sí mismo y para imponerse a sí mismo sobre otros. Busca controlar a otras personas a través de su supuesto ejemplo. Debemos ser ejemplo pero no con el fin de esclavizar a otros. Esta forma de pensar busca controlar a las personas a través del temor de desagradar a Dios, temor al castigo si no se cumplen ciertas disciplinas.

La oración de este hombre contiene una definición honrada de sí mismo: soy un pecador. Pero a la vez, no se encierra en sí mismo, sino que se extiende hacia Dios como el enfoque de su hambre espiritual. Para aquel que sabe cuál es su condición, es más fácil recibir las buenas nuevas cuando las escucha. Al fariseo había que convencerlo de que estaba mal porque consideraba que él no necesitaba ayuda. El publicano sabía que estaba mal y que no valía nada delante de la gente, como consecuencia buscó a Dios y esa actitud le abrió la puerta a la gracia divina.

Gracia es recibir lo que no merecemos. Misericordia es no recibir lo que sí merecemos.

“¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?” — Isaías 55:2

Podemos llorar toda la vida nuestras faltas, pero nada cambiará hasta que nos determinemos a seguir un nuevo rumbo.

La misericordia corre hacia ti cuando quieres volver a Dios, y corre más rápidamente que el juicio.

“Cuando tú das un paso hacia Dios, Él da dos y tres hacia ti”.

Un abrazo puede hacer que un hijo pródigo olvide la vergüenza de comer basura y de andar como un mendigo. Hace que la culpa se vaya, que el cansancio se olvide. Esa es la gracia de Dios. Nos hace sentir amados y bienvenidos. Nos abre la puerta del corazón y nos dice: “Te he estado esperando”. La gracia de Dios es un abrazo.

Dios hace mucho con poco, más con menos y todo con nada. Arthur Burt

Ninguno de nosotros fue creado para caminar sin ayuda. Ninguno de nosotros contiene la verdad absoluta de Dios y por lo tanto, necesitamos de ese “destello” de Dios que hay en nuestros hermanos.

La historia de nuestra raza se definió trágicamente en el jardín del Edén, pues en ese lugar el hombre decidió hacer su propia voluntad y romper su relación con el Creador. Para cambiar el curso de nuestra historia, Dios tuvo que volver a un jardín (Getsemaní) en el cuál Jesús (Dios-hombre) tomó el lugar de todos nosotros para rendirnos nuevamente a Su voluntad.

Las personas y circunstancias no cambian por sí solas lo que hay en nuestro corazón. El cambio lo produce nuestra actitud ante esa confrontación. A menudo, las personas más cercanas a nosotros son las herramientas que el enemigo usa para herirnos. También aquellos con quienes tratamos diariamente son los mensajeros divinos de confrontación. No los pedimos, es más, si pudiéramos, nos desharíamos de algunos.

Una pobre mujer desesperada por la agonía de una vida miserable junto a su esposo oraba: “Señor, o te lo llevas o te lo mando”. Muchas veces, cuando oramos para que Dios cambie a esa persona que nos irrita, recibiremos la respuesta del dedo divino señalándonos y diciendo: “Tú eres el que más necesita ese cambio”.

Las cosas trascendentales en la vida de un hombre suceden en la soledad que hay en la presencia de Dios. La mayor escuela de cambio no sucede en la multitud de una conferencia ni en la vida social de la iglesia.

Todos tenemos dificultad para sentirnos a gusto cuando estamos solos. Quizás detestamos la soledad porque tememos estar con la persona que más odiamos en este mundo: nosotros mismos. Esto sucede porque no hemos hecho las paces con el que se asoma al espejo cada mañana. Por eso es necesario acudir a Dios, quien nos ayuda a aceptarnos tal cual somos y a valorarnos como Él nos valora.

El quebrantamiento es lo único que nos sana de la religión, y nos tira al piso, humillados, diciendo: “No puedo hacer nada por mí mismo”. Aquel que pelea cree poder alcanzarlo, por eso pelea.

Peniel es el lugar en donde el hombre reconoce que no puede y queda postrado, esperando en Dios. Cuando admitimos nuestra debilidad y limitación humana le abrimos paso al poder de Dios. Sólo allí, el hombre natural es quebrantado y cede el lugar a Dios. Eso se llama rendición total y consagración: cuando nos abandonamos totalmente en las manos de Dios.

Cuando recaí tuve dos opciones: volver a la culpa, el temor y la depresión; o correr a los brazos de mi Padre Celestial. Escoger vivir como una víctima de mi enfermedad; o decidir confiar en el amor inmutable de Abba

Si puedes confesar quién eres, qué te está sucediendo y qué cosas te hacen sufrir, entonces Dios puede liberarte. La necesidad de transparencia y de admitir nuestra vulnerabilidad es un principio de vida. Debemos reconocer nuestra imperfección. Jacob pudo haber dicho: “Es que mi padre nunca me quiso” o “Esaú es un tonto”. Puedes seguir culpando a tus padres, a tu país, a tu mala suerte, pero mientras repitas las palabras de Adán o de Eva: “Fue la serpiente”, no serás transformado. La confesión honesta ante Dios es el punto de partida para que Su intervención poderosa tome lugar en nosotros. Por otra parte, la confesión ante nuestros hermanos es el canal por el que salimos de las tinieblas que hay en el corazón y recibimos la luz sanadora de Dios.

Es necesario abrir el corazón y confiar en otras personas para recibir a través de ellas lo que Dios quiere hacer en nuestra vida. Si buena parte de las heridas que los humanos llevamos fueron causadas por otros, Dios usará a otros seres humanos para sanarlas.

Charles Swindoll dice en su libro Baje la guardia que los amigos son como los espejos retrovisores de un auto porque nos ayudan a proteger los ángulos ciegos al conducir. Esto quiere decir que ellos nos ayudan minimizar el riesgo de tropezar y caer.

Padre de huérfanos… es Dios en su Santa morada — Salmo 68:5

“Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo”. – Salmo 27:4. Mientras David contemplaba la hermosura del Señor, inquiría. La palabra “inquirir” significa preguntar, investigar, indagar.

No hay circunstancia que su amor no conozca y que su consuelo no pueda sanar. Cuando percibes su amor todo resentimiento pierde su poder y el perdón aflora.

En el abrazo del Padre se encuentra la fuerza para caminar por el valle de sombra y de muerte, sin temor alguno.

Isaías respondió a la revelación de Dios de la mejor manera que un ser humano puede hacerlo. Se postró y clamó a Dios: “¡Ay de mí! Reconozco mi condición y te necesito”.

John MacArthur, un exitoso escritor cristiano, declaró en un artículo de la revista Discipleship Journal, lo siguiente: “La esencia y el corazón de la adoración es un deseo intenso y no egoísta de darle a Dios. Ese deseo comienza con la entrega de nosotros mismos, luego la entrega de nuestras actitudes y nuestras posesiones, hasta que la adoración se convierte en un estilo de vida”.

¡Nuestro Dios es terrible! Me pregunto si estamos respondiendo adecuadamente a ese Dios que se nos describe en los Salmos. ¿Tenemos en mente esta clase de perspectiva acerca de Dios cuando cantamos una canción mientras terminamos de mascar un chicle? ¿Habremos perdido esa sensación de asombro que invadió al salmista al igual que a Isaías?

No es fácil adorar a Dios cuando el alma se parte en mil pedazos. No hay música hermosa de iglesia porque estás solo.

Adorar a Dios cuesta la vida. Si adorar significara cantar canciones románticas como las que grabamos en un disco, sería cosa de niños. Pero, cada vez que tú y tu iglesia confiesan su pasión a Dios, les es tomado en cuenta para luego ser probado.

Hebreos, capítulo 11, verso 6, nos dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.

Historia de Jesús

Xabier Picaza

Historia de Jesús

Historia de Jesús


Muy interesante libro en la que el autor comenta la vida de Jesucristo a la luz de los Evangelios, pero considerando datos que en una lectura inicial, pasan desapercibidos. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 1, un libro con más de 500 páginas. En este caso 671 páginas. Con esta lectura, por fin se finaliza el reto iniciado en enero de 2016. 4 meses y medio de atraso, pero es que la carga laboral fue mucha.

Lacónica: Breve.
Jerosolimitano: De Jerusalén o relativo a esta ciudad israelí.
Concordismo: Sistema de conciliación entre los textos de la biblia y los conocimientos científicos modernos, en especial del Génesis.
Orante: Que ora.
Culmen: Punto más alto de una cosa:
Levirato: Institución de la ley de Moisés, que obliga al hermano del que murió sin hijos a casarse con la viuda.
Mojón: señal que sirve de guía.
Hégira: Era musulmana que se cuenta desde el 15 de julio del año 622 d. C., día de la huida de Mahoma de La Meca a Medina.
Logion: frase breve de la divinidad.
Decurso: Sucesión o continuación del tiempo.
Hoya: Concavidad u hondura grande formada en la tierra.
Iconoclasta: Contrario al culto a las imágenes sagradas.
Inconsútil: Sin costuras.
Teofanía: Manifestación de la divinidad al hombre.
Osario: Lugar destinado en las iglesias o los cementerios para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas.

Se llamaba Jesús (en hebreo Yeoshua, Dios-Salva), como el primer conquistador israelita (Josué = Jesús). Era judío de Galilea y nació en torno al 7-6 a.C. (los que fijaron el calendario común o cristiano se equivocaron, suponiendo que había nacido el año 1 d.C.). Fue campesino de origen y artesano de oficio, no letrado (escriba, hombre de letras), de manera que quizá no leía de corrido, pero no se le puede llamar analfabeto, pues, como veremos, tenía una intensa conciencia social y conocía bien las leyes y costumbres de su pueblo, de manera que discutió por ellas con otros maestros y líderes sociales. Fue trabajador como su padre, y creció en contacto una realidad social y religiosa que, a su juicio, se oponía a las promesas de Israel y oprimía a los hombres.

Supo que había llegado el fin de la opresión, y que la lucha decisiva por la nueva historia de Dios (y de los hombres) no era militar (contra Roma), sino humana, contra el Diablo, manifestado de un modo especial en los posesos, y expresado en la injusticia económica, representada por Mamón. Su fuerte programa se hallaba fundado en la certeza de que Dios es Padre, y quiere que los hombres acojan su Reino salvador, viviendo y compartiendo la vida como hermanos.

Fundó un grupo de Reino, familia de amigos e hijos de Dios, con los pobres y los excluidos, con quienes abrió un camino de humanidad (Reino de Dios), iniciando una estrategia de pan compartido, perdón, amor mutuo y reconciliación.

No buscó dignidades, sino que actuó simplemente como hijo de hombre, ser humano, para crear una familia o hermandad universal, fundada en la palabra el Reino y en la vida compartida.

Llegó [a Jerusalén], rodeado de un grupo de discípulos, que compartieron su proyecto, pero no su forma de realizarlo, a la ciudad sagrada para instaurar públicamente su Reino, esperando que Dios le respondiera. Otros prometían prodigios espectaculares (división del Jordán, caída de los muros de Jerusalén…), él solo ofreció el signo de su vida, al servicio de los pobres, y entró como rey de paz, enviado de Dios, sobre un asno, anunciando el final del templo.

Su historia puede dividirse en tres tiempos y lugares: Discípulo y colaborador de Juan en el Jordán; profeta del Reino de Dios en Galilea; pretendiente mesiánico en Jerusalén, donde fue crucificado.

Recibió el nombre y la tarea del conquistador israelita (Jesús/Josué), pero vivió a la luz de otras figuras venerables, como Moisés (Ley), Elías (Profecía) y David (Reino). Las dos primeras aparecen a su lado en el pasaje programático de la transfiguración (cf. Mc 9,2-9).

Jeremías criticó el antiguo templo y se opuso a la política de guerra de los «nobles» judíos, pero pudo escapar de la muerte porque lo ayudaron luego algunos amigos influyentes. […] Jesús era más radical que Jeremías pues no buscaba una simple purificación del templo, ni una política social y militar más justa, sino el fin de este templo y la instauración de un Reino de Dios, por encima de todos los pactos políticos; lógicamente no tuvo amigos que pudieran defenderlo.

Josefo […] pudo ofrecer una visión fiable de la situación de Palestina en el siglo 1 d.C. En ese contexto destaca su texto sobre Jesús (testimonio flaviano), interpolado por copistas cristianos (párrafos en cursiva y entre corchetes), pero que conserva un núcleo auténtico: «Apareció en este tiempo Jesús [un hombre sabio, si en verdad se le puede llamar hombre]. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, lo siguieron. [Este era el Cristo (el Mesías)]. Algunos de nuestros hombres más eminentes lo acusaron ante Pilato. Este lo condenó en la cruz. Sin embargo, aquellos que antes lo habían amado, no dejaron de hacerlo después. [Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de él esta y otras mil cosas maravillosas]. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido». (Ant XVIII, 63-4).

Sus discípulos, sin luchar externamente contra los sacerdotes o los soldados del césar, crearon una iglesia o comunidad religiosa que se extenderá no solo en el imperio de Roma, sino por otras partes del mundo, a las que no había llegado ni Roma.

Para no caer en manos de Herodes y los partidarios de Roma, un anciano héroe (¡de los que ha dado siempre Israel!), mató a sus siete hijos (¡número simbólico, como el de 2 Mc 7), los despeñó por la roca, y mató también a su mujer, antes de lanzarse él mismo al vacío «prefiriendo la muerte a la esclavitud».

En el año 6 d.C., siendo Jesús un adolescente de unos 13 años, se produjo en el país la segunda oleada contra Roma. Esta vez las consecuencias fueron más graves que las anteriores. Nuevamente el centro del estallido fue Galilea, donde vivía Jesús, por lo que él debió de haber conocido todos los detalles de estos disturbios. El iniciador fue un maestro religioso, llamado Judas el Galileo, y la causa fue el cambio de administración del sur del país, es decir, las provincias de Judea, Samaria e Idumea. Hasta entonces estaban regidas por un gobernador judío, pero en el año 6 los romanos lo destituyeron por mal comportamiento, anexaron el territorio a Roma y empezaron a administrarlo directamente a través de un Prefecto. Para ello crearon un nuevo impuesto llamado tributum soli (impuesto a la tierra). El sumo sacerdote de Jerusalén acató la medida para evitar males mayores y ordenó aceptarla. Pero Judas (¡hijo de Ezequías, el de Arbela!) desoyó la orden y reaccionó enérgicamente contra ella. Aunque había nacido en Gamala, al norte de la Galaunítide, y por lo tanto no le afectaba el nuevo impuesto, se trasladó a Jerusalén y desde allí empezó a exhortar a la población a no pagarlo. El argumento que esgrimía era claro: Dios es el único dueño de la tierra; por lo tanto, el emperador no tiene derecho a cobrar impuestos sobre el suelo de Israel. La insurrección de Judas no era militar, como las anteriores, sino pacífica. Judas no pretendía proclamarse Mesías, sino que quería el reconocimiento de Dios como rey del país, y de sus derechos sobre la tierra. Era, pues, un movimiento «teocrático», religioso, no violento, que buscaba imponer ideas, no estructuras. Pero al cuestionar un impuesto de Roma, desairaba la autoridad imperial, y con ella su presencia en Palestina. Por lo tanto, los romanos lo consideraron peligroso. Además, había logrado captar la aceptación de todo el país. Por eso lo persiguieron, lo atraparon, y lo mataron sin contemplaciones (Hch 5,37). Mientras tanto el adolescente Jesús, con sus 13 años, aprendía de su padre José cómo ser un buen artesano en el taller de Nazaret… ¿O aprendía también otras cosas de la historia real de su pueblo?

Lo que define a Jesús como enviado e Hijo de Dios no es el lugar de nacimiento (Belén o Nazaret), ni su posible concepción virginal, sino su filiación divina (es el Logos de Dios) y su entrega total por el Reino haciéndose carne, esto es, plenamente humano.

Jesús ha nacido hacia el año 6 (quizá el 7) a.C., pero es imposible fijar la fecha exacta, aunque la tradición posterior (tomando como referencia la fiesta del Sol) se ha inclinado por el 25 de diciembre, a pesar de que ese tiempo y ese día parecen ir en contra del relato (simbólico, no histórico) de Lc 2,8, donde se afirma que los pastores de Belén hacían por turnos la guardia del rebaño, al cielo abierto de la noche. Ese es un tiempo de frío y de lluvias, y es poco probable que hubiera pastores al raso en el campo. Solo a partir de la primavera velan los pastores al raso en la noche. Sea como fuere, ese día ha sido introducido en la iglesia como fecha de nacimiento de Jesús a partir del siglo IV. Antes se habían propuesto otras fechas, sin insistir en ellas, y sin celebrar una fiesta especial de nacimiento (la fiesta cristiana era la pasca, bien definida a partir del siglo II d.C.). Pero, tras la crisis arriana (contra el rechazo de la divinidad de Jesús), los cristianos ortodoxos empezaron a celebrar la fiesta del nacimiento «divino» de Jesús, y lo hicieron el 25 de diciembre, en el solsticio de invierno, fecha en que el Sol Invicto dejaba de «caer» (inclinarse) en el horizonte y recomenzaba a crecer (en el hemisferio norte), iniciando el nuevo año solar. Así nació Jesús y así nace cada año.[…] Actualmente, por razón de ajuste del «calendario gregoriano» (que no ha sido aceptado por todas las iglesias), la Navidad de Jesús se celebra en fechas distintas entre los cristianos de oriente y occidente.

[El censo] Lc 2,1-4 ha vinculado al nacimiento de Jesús en Belén. Por Flavio Josefo sabemos que ese censo (que no fue universal) no pudo realizarse al nacer Jesús (hacia al 6 a.C.), reinando Herodes (que murió el 4 a.C.), sino doce años más tarde, hacia el 6 d.C., tras la muerte de Arquelao, cuando el gobierno de Judea pasó directamente a Roma. Pero a Lucas no le importa la exactitud puntual, sino el sentido teológico del censo, que encuadra a Jesús en la maquinaria imperial de Roma. En ese sentido, es igual que el censo haya sido anterior o posterior (total o parcial), pues Lucas no quiso ofrecer una crónica de los hechos, sino una historia teológica: Jesús nació censado y morirá condenado por Roma.

El evangelio de Juan, que conoce sin duda la «historia» de la concepción por el Espíritu, ha prescindido de ella, no para negarla, sino para decir lo mismo de otro modo, pues lo que importa no es la forma externa en que Jesús nació, sino el hecho de que, siendo un hombre de la historia, él es la misma Historia/Palabra de Dios, Logos divino hecho carne, es decir, esencia y vida humana.

[Mateo] Supone que Jesús ha desbordado el plano de la «buena» historia israelita, pues añade que proviene de cuatro mujeres irregulares y sufrientes, poseídas por hombres poco ejemplares, de manera que él se inserta en el ancho espacio de la historia universal de exclusión y sufrimiento, pues ellas fueron rechazadas por la familia (Tamar), no integradas en el grupo (Rahab), exiladas (Rut) o adúlteras (mujer de Urías). Jesús aparece así por ellas como Mesías de los rechazados de la sociedad.

Jn 7,15: ¿Cómo sabe este de letras sin haber estudiado, es decir, sin haber seguido un curso en la línea de la tradición letrada? Ciertamente, él sabía «letras», pero en profundidad, desde la experiencia de su propio grupo y de su vida, desde las tradiciones profundas de Israel, de manera que podía ofrecer una interpretación profundamente judía de la vida, aunque distinta de la ofrecida por los rabinos de escuela.

Jesús ha sido campesino sin tierra; no formaba parte de una estirpe sacerdotal probablemente acomodada, como la de Juan Bautista (cf. Lc 1) o F. Josefo (según su Autobiografía), sino que era pobre efectivo, un marginal, un marginado. No se enfrentó a los poderes dominantes desde arriba, ni pidió limosna, ni se limitó a mejorar con pequeños retoques lo que había, desde el interior del sistema, pero inició una mutación social (por revelación de Dios), precisamente desde aquellos que, como él, carecían de poder y tierra, desde la escuela de pobreza y trabajo alienador de millones de personas, que dependían de aquello que otros quieren ofrecerles.

No fue un carpintero rico y acreditado, con trabajo seguro y tiempo libre para argumentar sobre temas de Ley, sino un artesano dependiente, sin acceso a tierra propia, ni pensador de tiempo libre, dispuesto a mejorar en lo posible lo que existe, sino un profeta en tiempo de opresión, teniendo que buscar y descubrir a Dios desde unas circunstancias sociales marcadas por la comercialización herodiana (romana) de los campos, que empezaban a depender de las ciudades y los nuevos ricos.

Jesús no fue purista, ni condenó en bloque el comercio, ni rechazó a los publicanos (recaudadores), pero quiso que la acción económica y el dinero estuvieran al servicio de los pobres, de forma que solo Dios fuera divino. En esa línea, su proyecto implicaba una transformación sociorreligiosa, con lo que ello implica de interpretación de la ley, en clave profética. No fue reformador, como algunos fariseos empeñados en mejorar las relaciones económicas, sino profeta radical, en la línea de la tradición israelita, pues un dinero que no sirve a los hombres se vuelve mamona, el dinero absolutizado, idolatría concreta que destruye al hombre.

No fue un artesano influyente, en la línea de Jeroboam, «joven decidido a quien Salomón puso al mando de los obreros de la construcción (cf. 1 Re 11,28), que pudo iniciar un levantamiento y fundar un nuevo reino (cf. 1 Re 12). Tampoco fue un jefe de sindicatos obreros, para liderar una revolución social, con toma de poder, como muchos a lo largo de los siglos XIX y XX, con la creación de un partido político triunfante, sino un portavoz de los más pobres, sin más posesión que su trabajo (o su falta de trabajo), no para tomar el poder, sino para cambiarlo (superarlo). Así se distingue de gran parte del movimiento cristiano posterior, que será básicamente urbano, de manera que los no cristianos se llamaran paganos (de «pago», campo), habitantes de aldeas, que no han aceptado el nuevo orden social cristiano.

Antipas mata a Juan porque ha tenido miedo de las implicaciones sociales de su mensaje. De un modo semejante, Pilato ejecutará a Jesús.

Lc 3,10-14 se sitúa en la línea de Josefo, condensando la enseñanza de Juan en tres proposiciones. 1) Norma universal: «Quien tenga dos túnicas, que dé una a quien no tiene, y quien tenga comida que hágalo mismo». 2) Norma para publicanos: «No exijáis nada fuera de los fijado». Juan supone que hay un orden establecido, y pide a los «responsables» económicos que lo cumplan. 3) Norma para soldados: No hacer violencia, actuar como ministros de paz; no extorsionar a nadie, ni utilizar el poder para servicio propio; contentarse con la paga.

También Juan acogía a publicanos y prostitutas (cf. Ct 21,32), pero no para comer con ellos, sino para ofrecerles conversión. Jesús, en cambio, come con ellos en señal del Reino (cf. Lc 19,2-8)

Jesús (y los cristianos/mesiánicos): a) No ayunan: Rechazan una visión penitencial de la vida, tomando las comidas como signo de Dios, en apertura a los pobres, sin distinción de pureza-impureza (cf. Mc 6,34-46; 8,1-8). b) Comen y beben, en medio de un mundo injusto, no para avalar la injusticia, sino para ratificar la revelación de Dios (el Reino), compartiendo los panes y los peces (multiplicación) con los necesitados, por alegría y solidaridad, pues es tiempo de bodas (el novio está con ellos: Mc 2,19). c) No rechazan ningún alimento. En principio, conforme a la inspiración de Jesús, comen todo, superando así, como Juan (pero en otra línea) las leyes de pureza farisea (cf. Mc 7,15-19).

[Jesús] había empezado recreando el proyecto bautista de Juan, pero después puso en marcha el suyo, que ya no se centraba en el bautismo para perdón de los pecados, sino en el anuncio del Reino de Dios.

Juan Bautista había seguido confirmando la gran separación entre cielo y tierra. Y una separación semejante había descubierto Jesús en el fondo de la experiencia de dureza y muerte que marcaba la forma de vida (y sufrimiento) de los galileos (cf. Gen. 3). El mismo Jesús había acudido donde Juan y había recibido su bautismo porque se hallaba dominado (como aplastado) por esa gran separación, pidiendo a Dios que descargara su juicio sobre la historia de los hombres, para volverse, para que el resto de los «liberados» de la ira pudiera vivir cerca de Dios. Pues bien, ahora, tras el bautismo, descubre (Is 63,19) que el cielo se rasga, como si cayera la gran cortina/muro que separa a Dios de los hombres, un tema que culmina con la muerte de Jesús, cuando se rasga (con la misma palabra: skhidsein) el velo del templo que separa a Dios de los hombres (cd. Mc 15,38). Esta es la nueva experiencia, la tarea de Jesús: Romper la separación que divide a Dios de los hombres, descubriendo así que el mismo Cielo (Dios) ha de expresarse en la vida humana. Eso significa que ya no hay necesidad de más bautismos (como los de Juan), porque el velo de la gran distancia se ha roto, porque Dios mismo ha bajado, está en su vida (de Jesús), en la vida de los hombres.

Del mismo Cielo (= Dios) desciende el Espíritu, simbolizado por la paloma, que había aparecido tras el diluvio (bautismo), como signo de que la gran «ira» de Dios ha terminado (Gn 8,11-12)

Elías quiso venir al Monte de Dios porque estaba cansado y fracasado (1 Re 18,8-18), pero, después de llegar al monte descubrió que Dios era distinto, fuente de vida, Había buscado signos de violencia (huracán, terremoto, incendio, como los de Juan Bautista en Mc 10-12); pero descubrió a Dios en la suave Brisa (= viento, espíritu) y en la Voz que le pide que inicie su nueva tarea. También Jesús buscó quizá el fuego, el hacha y el terremoto, pero escuchó la voz de Dios que se revela como Padre y que lo envía a realizar una tarea salvadora en la línea mesiánica.

Muchos desde entonces que el Reino es una especie de entidad abstracta, una idea simplemente interna. Pero Jesús lo entendió como salud personal (de cuero y alma), como perdón, comida y libertad en un espacio y un tiempo concreto, ahora en este mismo momento, en Galilea.

El Reino es primero, no viene después, como efecto de una conversión antecedente de los hombres, no se compra, ni obtiene por prácticas sacrales, sino que adviene desde sí mimo, es decir, desde Dios, como algo previo a todo lo que hagamos. Pero ese mismo Reino, que es Buena Noticia, hace posible que nos convirtamos, es decir, que cambie nuestra vida y que cambiemos.

En un momento dado, quizá tras separarse del Bautista, Jesús se convenció de que él debía curar al pueblo enfermo, a miles de galileos que se hallaban arrojados, aplastados, carentes de esperanza, a fin de que pudieran convertirse en dueños de sus propias vidas. Llegaba el Reino y el primero de sus signos (pilares) debía der la salud de los enfermos, la plena humanidad de aquellos que parecían arrojados, al margen de la vida.

Quien curaba no era él, como decían ciertos curanderos a sueldo (que se decían «divinos»=, sino que curaba el mismo Dios que se expresaba allí donde los hombres aceptaban su mensaje. Por eso, él no decía «yo puedo», sino «tú puedes», si crees en Dios y te dejas transformar por su Reino.

Jesús no se limita a preparar la llegada de Dios (cf. Mal 3,1.22-24) juzgando y destruyendo a los perversos, sino que lo hace (lo instaura) sanando a los enfermos.

Jesús no proclama el juicio (como Juan), ni enseña a los hombres que cumplan su deber (como la moral kantiana), sino que les anuncia la llegada del Reino de Dios, que se expresa en los milagros y se expande en las bienaventuranzas como proclama y programa de felicidad. Según eso, la primera tarea del hombre es aceptar el Reino (acoger su presencia y dejarse transformar por ella), respondiendo a la Palabra de Dios, para dejarse curar y vivir en plenitud (en perdón, amor mutuo).

Estas palabras [las bienaventuranzas] evocan (proclaman) el gran cambios, que Jesús ha empezado a realizar y que, conforme a Mt 11,2-6, se expresa en la curación de los enfermos y en la bienaventuranza de los pobres. No anuncian algo que vendrá después, sino que ratifican aquello que se está realizando precisamente ahora, entre los campesinos y desposeídos de Galilea, a quienes él llama (y hace) bienaventurados, al introducirlos en su dinámica de Reino. En vez de lamentarse de (o con) ellos por su desventura, Jesús les enseña a escuchar la Palabra (felicidad) del Reino (Dios en ellos) y les pide que la asuman, viviendo de manera consecuente, precisamente ellos, pobres, hambrientos y oprimidos (los que lloran), como depositarios de la felicidad de Dios (la vida) porque acogen la Palabra y porque él (Jesús) los cura. No les llama felices por lo que tienen (o no tienen) en sí mismos, sino porque Dios actúa en ellos, les ofrece su Palabra y los transforma, haciéndolos capaces de curarse e iniciar un tipo de vida diferente desde la pobreza. Entendidas así, las bienaventuranzas, igual que los milagros, marcan una experiencia de reconocimiento que transforma la vida de los hombres y mujeres, de manera que los antes alienados y oprimidos pueden saberse propietarios de la herencia prometida, viviendo así de un modo diferente (en un plano físico, psicológico, económico).

Los milagros son una especie de expansión de las bienaventuranzas, y nos muestran que el Reino de Dios no se expande ni se manifiesta a través del dinero y el poder de los fuertes, ni a través de aquellos, sino por medio de la palabra de vida que cura y que sana.

Muchos prefieren vivir esclavizados. Quizá se refugian en su enfermedad, tienen miedo de sí mismo, les cuesta asumir su tarea, enfrentarse a los problemas de la realidad. Pues bien, en contra de eso, Jesús quiere que ellos asuman y acepten lo que son, en libertad, de una manera responsable. No los «cura» para resolver desde fuera sus problemas, sin para que vivan en humanidad, compartiendo la Palabra, como testigos del Reino de Dios. No los cura para que abandonen su responsabilidad, renunciando así a la vida, sino para que sean responsables, de una forma creadora, intensa. Jesús no ponía sus curaciones al servicio del sistema (como podían hacer algunos sanadores, o podía hacerse en Epidauro o en otros santuarios famosos de su tiempo), sino que curaba ofreciendo a los curados, y a todos sus oyentes una palabra y camino de libertad en amor.

Tempestad calmada, paso a la otra orilla. Este signo evoca la presencia de Jesús resucitado en el camino misionero de sus seguidores, que deben pasar de Galilea a la ribera pagana del lago (cf. Mc 4,35-41; 6,45-52par). Lo que se calma no es el mar externo, sino el corazón de los seguidores de Jesús, pues para avanzar unas millas sobre un lago existen (sobre todo en la actualidad) otros medios, pero calmar el corazón y tener fuerzas para seguir navegando en la vida sigue siendo hoy tan difícil como en tiempos de Jesús.

El peligro de los hombres no es algo exterior (algo que los otros les puedan hacer otros), sino interno: No acoger el don de la vida, buscar la felicidad en una riqueza que es incapaz de darla. Quien no acepta la bienaventuranza de la gracia, quien no descubre y despliega la felicidad del Reino, desde su pobreza, queda en manos de su propia malaventuranza, vinculada a la idolatría de la riqueza, corriendo el riesgo de destruirse a sí mismo.

Sin una fe profunda en el Dios de la resurrección (que da vida a los que mueren), el mensaje y camino de Jesús carece de sentido. Pero no se puede hablar de resurrección donde domina una estructura de poder (donde se dice que los hombres son así, no pueden cambiar) o un sacerdocio que sacraliza lo que existe (cf Mc 12,18; Hch 23,8), sino allí donde emerge una palabra y una vida capaz de superar la muerte.

Jesús ha colocado la bienaventuranza de los pobres tras el anuncio de la resurrección, como si la obra de resucitar a los muertos (¡que parece más vinculada a Dios!) fuer más fácil que liberar a los pobres (cosa que parece más vinculada a los hombres). Para Jesús ambas son igualmente significativas, y en el fondo la segunda resulta más difícil que la primera: Solo allí donde se cree en la resurrección, es decir, en la vida de los muertos, puede haber Evangelio (Buen Noticia) para los pobres. Sin resurrección de los muertos (de los asesinados) no hay esperanza para los pobres.

Nosotros, ilustrados del siglo XXI, solemos decir que no hay demonios, y que los exorcismos no son más que magia o engaño, pero con eso no resolvemos nada: Quizá no haya Diablo (en sentido escatológico), ni demonios personales, pero «lo demoníaco» existe y marca la vida de los hombres, como un mal interno (social, personal), que se objetiva en instituciones y formas de vida exteriores, que vuelven a influir en las personas, manifestándose especialmente en algunos segmentos (eslabones) más frágiles de la cadena humana, suscitando diversas formas de «locura». Ciertamente, lo que llamamos hoy locura (un gran espectro de enfermedades psicosomáticas) tiene elementos orgánicos y biográficos, vinculados a la herencia genética y a la trama personal, familiar y social de las personas. Pero, en el fondo de ella late casi siempre un tema de opresión (e incomunicación), que en tiempo de Jesús se interpretaba de un modo religioso positivo o negativo, vinculando enfermedad y diablo, posesión diabólica y ruptura persona, En esa línea, podemos afirmar que en la raíz de muchas enfermedades antiguas y actuales sigue habiendo una ruptura personal, una demencia o dislocamiento que destruye al ser humano.

Como representante de su iglesia, Juan Zebedeo pretende impedir que un exorcista no comunitario expulse demonios en nombre de Jesús, para controlar así los exorcismos, de un modo eclesial. De un modo sorprendente, Jesús se lo impide, diciendo que todos pueden realizar exorcismos en su nombre.

Los escribas lo acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, «Señor de las moscas», Dueño malo de la Casa perversa del mundo, de manera que al hacerlo pone en riesgo el orden y la estructura social del judaísmo. Con el pretexto de hacer el bien (ayudando externamente a unos posesos), Jesús rompe o destruye la unidad sacral del pueblo (Casa buena de la alianza de Dios), de manera que el conjunto de Israel corre el riesgo de caer en manos de un Diablo destructor de la nación sagrada. Conforme a la visión de los escribas, los que ayudan y liberan a «condenados» de la cárcel diabólica (asociales peligrosos) son una amenaza para el buen orden del pueblo. Con el código en la mano, los escribas oficiales afirman que la sociedad ha de expulsar y controlar (= encarcelar) con legítima violencia a los endemoniados, para mantener el orden sagrado.

Una buena estructura social solo puede edificarse y defenderse separando a culpables y justos, poniendo una valla entre lo puro y lo impuro, lo firme y lo ruinoso. Por eso, quien acepta y cura, quien valora y reintegra como Jesús a unos posesos, apelando a la Palabra de Dios pone en riesgo la buena sociedad de limpios ciudadanos. Estos escribas defienden la vida del pueblo sargado, que se protege a sí mismo y rechaza a quienes lo amenazan. Fuera de las fronteras de ese pueblo quedan los leprosos y posesos. No hace falta matarlos, no encerrarlos en la cárcel, pero hay que expulsaros del espacio sagrado de la buena sociedad, establecida por escribas.

Esto es el Reino: Que un loco/poseso, que antes era servidor/legionario de un imperio de muerte, pueda convertirse simplemente en ser humano, en libertad, en diálogo con los demás.

Los exorcismos son una terapia gozosa, como indica una expresión jubilosa de Jesús, cuando los setenta discípulos (a quienes él había enviado para realizar la obra del Reino) volvieron con gozo, diciendo «Señor, ¡aun los demonios se nos sujetan en tu nombre!», y él les respondió: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10.17-18). Jesús los ha capacitado para sujetar a los demonio, de manera que podríamos decir que «la misma sujeción queda sujeta» (es decir, dominada; hypotassetai). Los discípulos de Jesús, unos hombres simples (sin poderes imperiales o sacerdotales), pueden iniciar e inician un camino de dominio sobre lo diabólico y Jesús les responde ofreciéndoles su experiencia más profunda, paralela a la que vimos al tratar de su vocación tras el bautismo (Mc 1,10-11; cap. 6). El cielo se abre nuevamente, y Jesús «ve» que Satanás, que parecía estar sobre la altura, al lado de Dios (como consejero suyo; cf. Job 1), cae sobre el mundo, rechazado y condenado, Diablo que ha perdido el trono (cf. Ap 12,1-5). En ese contexto se puede afirmar que los exorcismos forman parte de un proceso de victoria y «liberación» de Dios, que ha de entenderse en línea de gozo.

La ayuda a los padres y a los otros hombres importa más que el templo, porque el sábado (templo) se ha hecho para el hombre y no al contrario (cd. Mc 2,27-28). Eso significa que el Dios de Jesús no va en contra de los hombres, ni antepone sus intereses a los intereses de los necesitados. En otras palabras, Dios no acepta nada que implique merma humana, sino que se muestra divino en el servicio del amor humano.

Los judíos sabían que Dios es Padre y decían: Abinu-Malkenu, Padre nuestro, Rey nuestro. Siguiendo en esa línea, Jesús lo llama simplemente Abba (¡papá, padre mío!), con una palabra cuya singularidad reside en su falta de singularidad y en su fuerte inmediatez, pues evoca la gran cercanía del hijo con el padre, esto es, con aquel que le ha dado la vida. No es palabra secreta, de difícil sentido (como Yahvé, Ex 3,14), porque es originaria y nos sitúa ante el principio de la vida, en la trama originaria del ser humano, no de una religión concreta (judía o helenista). No es locución rebuscada de escribas, que solo se comprende tras un largo aprendizaje, sino la más simple, aquella que hombre recibe y conoce en su infancia, al referirse de manera cariñosa, agradecida al padre (padre/madre), que le ha dado la vida. No hace falta ser judío, ni haber pasado por un largo estudio de la Ley para entenderla. Basta con ser persona.

Dios Abba no es papaíto sentimental, sino Padre que guía y defiende a los hijos, asegurándoles que puedes superar la prueba y mantenerse en camino de Reino.

Asume la Tradición, pero no discute normas particulares, como los maestros de la Msiná. Acepta el Libro, pero no lo comenta con más libros, ni redacta otros escritos, sino que habla desde la vida y el sufrimiento concreto de los hombres y mujeres de su tierra, que son el verdadero Libro de Dios Padre.

Jesús respeta a los escribas, pero, a su juicio, la verdadera Ley (Libro de Dios) no se entiende a través de discusiones técnicas, sino en la vida de los hombres, especialmente de los pobres. Acepta así las tradiciones de Israel, no para absolutizarlas en su letra, sino para ponerlas al servicio de los más necesitados.

Aplicada de modo restrictivo, la Regla de Oro podría convertirse en una fuente de egoísmo: Al querer a los demás como a nosotros podríamos exigirles que se hagan como somos (cristianos, musulmanes…). En contra de eso, el amor a los enemigos exige que los amemos como son, no para que sean como nosotros.

No ha creado una enseñanza esotérica de iniciados, algo que solo entienden ellos, sino un movimiento de liberación universal, desde los pobres. Por eso, los portadores de su mensaje podrían ser y son gentes sin cultura escrita (de libro), pero capaces de acoger la Palabra del Reino y dejarse transformar por ella. En el momento en que se vuelve difícil de entender y exija comentarios especializados, perdiendo su inmediatez vital, la Palabra deja de ser impulso de Reino. Utilizando una expresión que puede ser ambigua, podríamos decir que Jesús «devuelve a los pobres la Palabra de Dios», secuestrada por intereses sociales, religiosos e intelectuales de una minoría de expertos, al servicio del sistema.

Las palabras de Jesús no son discurso filosófico para gente rica (con pan asegurado), sino un mensaje dirigido a gente que no sabe si tendrá para comer mañana y si podrá vestirse de modo adecuado. Ellas evocan y despiertan una providencia de Dios, que se expresa en la búsqueda del Reino, es decir, en el deseo de justicia: en el pan compartido, en la entrega de la vida a favor de los demás.

No quiso centrar su mensaje en problemas externos de economía o política, de violencia militar o ideología religiosa, sino que quiso iniciar una transformación radical de la existencia en línea de humanidad: Proclamó la Palabra y la empezó sembrando entre los pobres y campesinos y pescadores de Galilea, a quienes llamó herederos del Reino. Esta fue su experiencia en una línea que podía compararse al Éxodo de Egipto: Supo que Dios se introduce en la historia de los hombres, y los pone en marcha, como potencial de amor para transformar su vida y hacerlos bienaventurados desde la pobreza.

El Imperio romano buscaba la paz que se alcanza por la victoria (Pax Romana), simbolizada en el Ara Pacis (Altar de Paz), que Augusto había construido en Roma, como signo de unificación política. Pues bien, Jesús quiso y propuso la paz, pero no en forma de imperio, sino de Reino de Dios.

Tras el exilio (siglo VI a.C.), muchos judíos habían convertido su templo (Jerusalén) en santuario expiatorio, dedicado a limpiar los pecados, ofreciendo sacrificios a Dios, para mantener alejada su ira destructora, con sacerdotes expertos en cuestiones de impurezas. Este era su oficio central en un mundo lleno de expulsados y oprimidos: Ofrece r a los piadosos pecadores un camino de arrepentimiento, la forma de limpiarse y ser perdonados, manteniendo lejos la impureza y el pecado.

Las curaciones de Jesús son el signo de un perdón que transforma la vida de los hombres (capacitándolos para «caminar»).

Los discípulos de Jesús no piden a Dios que perdone sus pecados (hamartíais, en clave religiosa), sino sus deudas (opheilemata), como ha estacado expresamente Mt 6,12: «¡Perdona nuestras deudas como hemos perdonado a nuestros deudores!». Jesús no se sitúa en el espacio religioso del pecado (terreno propio de sacerdotes), sino en el plano más social de las deudas, que incluyen no solo los pecados, sino los «bienes» que unos hombres deben a los otros (y en otro plano, a Dios).

Jesús no necesita templos, su perdón no se logra con rituales, sino por el perdón interhumano, de manera que los pobres, que renuncian a vengarse y que perdonan a sus deudores (superando una justicia puramente legal), son sacerdotes de Dios, humanidad reconciliada. Ese perdón es gratuito, pero no indiferente; es superior, pero se encarna (ha de encarnarse) en el amor interhumano, creando un orden social que no nace del talión (doy para que me des), sino del perdón de los ofendidos.

El perdón de Jesús no proviene de un templo, ni de una amnistía política, pues brota de las víctimas. No es un privilegio de sacerdotes o escribas, para situarse así por encima del resto del pueblo, sino don y regalo de los mismos ofendidos, que inician de esa forma el Reino. Algunos profetas habían presentado el perdón como atributo supremo de Dios, vinculándolo a los pobres; pero no habían llevado su propuesta hasta el final, como hará Jesús, que no busca un jubileo parcial, sino la redención (comunión) y reconciliación integral de todos los hombres y mujeres, a partir de los más pobres (excluidos del sistema). Precisamente los ofendidos y humillados pueden ofrecer y ofrecen perdón, realizando así, en clave de Reino, una función que parecía propia de gobernantes o sacerdotes sagrados.

Los sacerdotes oficiales perdonaba a los «convertidos»: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores dejar el pecado y volver a la alianza, para recibir así el perdón. Jesús, en cambio, ha iniciado un camino de perdón gratuito, desde los expulsados, no para olvidar lo pasado, sino para transformar el presente de muerte en Reino de Vida.

El orden judío ratificaba unas funciones establecidas de forma jerárquica: padre sobre hijo, varón sobre mujer, rico sobre pobre, bueno sobre malo, sano sobre enfermo, etc. Pues bien, en gesto provocador, Jesús ha invertido esa estructura y llama bienaventurados a los pobres, cura a los enfermos y ofrece el reino a pecadores. No ha sido reformador social, sino profeta creador, escatológico. No ha cambiado unos detalles, sino que ha proclamado un Reino donde desaparecen las estructuras de dominación, paño viejo, a fin de que hombres y mujeres puedan compartir la misma bodas finales (cf. Mc 2,18-22). No ha llamado bienaventuradas a las mujeres, en cuanto separada (como a los pobres: Lc 6,21), ni ha dicho que son primeras en el reino (como los niños: Mc 9,33-37; 10,13-16), sino que ha querido acogerlas y aceptarlas como son, igual que a los varones, en camino de Reino. No ha enfrentado a mujeres con varones, no las envilece ni enaltece, sino que las valora y llama como a los varones, pues el mismo Dios las hizo como a ellos (cf. Mac10:5-9), para iniciar el Reino. Así rompió el dominio del varón sobre la mujer, iniciando un camino donde cada uno (varón o mujer) vale por sí mismo, en comunión de Reino. Su texto del eunuco (Mt 19,12) solo puede entenderse allí donde se rompe el patriarcado, de forma que varones y mujeres valen y son, en su verdad, como personas. Por eso, todo lo que Jesús dice vale igual para hombres y mujeres, pues todos son iguales, «como los ángeles del cielo», sin necesidad de levirato (cd. Mc 12, 18-27).

Instauró un movimiento de varones y mujeres, en contra de muchos rabinos que no admitían en su escuela a las mujeres. No buscó letrados expertos en conocimientos, sino que llamó a varones y mujeres, iguales ante Dios, responsables ante el Reino, como muestran las parábolas. No fundó un equipo de expertos varones, especialistas de ley, sino una escuela abierta, donde todos (varones y mujeres, niños y mayores), pueden escuchar, entender y seguirlo. Se opuso a los varones poderosos (sacerdotes, letrados), porque no aceptaban el «derecho» de los pobres. Por eso, a lo largo de su vida (y sobre todo al final; cf. Cap.35) las mujeres han conectado mejor con su movimiento. Por otra parte, la tradición las sitúa en un mismo plano de opresión y esperanza con varones, al vincular a las prostitutas con los publicanos (cf. Mt 21,31). Unos y otras parecían obligados a vender su cuerpo (mujeres) o su «honestidad» económica (varones) al servicio de una sociedad machista que los oprime y utiliza.

Tanto la cultura oriental como el judaísmo tomaban al padre de familia como autoridad suprema, de manera que enterrarlo (cuidarlo, mantenerlo y reconocer su poder) constituía el primer deber social y religioso.

Jesús optó precisamente por ellos, los rechazados sociales, condenando un orden social donde unos, en nombre de su poder más alto, oprimían, manipulaban y expulsaban a otros. Por eso, declaró destruida la familia dominante, de tipo jerárquico-impositivo, fundada en bases de posesión de unos y exclusión de los restantes.

El orden antiguo se hallaba presidido por ancianos, representantes de la tradición, portadores de una memoria colectiva que se codifica en la historia del pueblo y expresa su continuidad como jerarquía: Autoridad del varón sobre la mujer, del padre sobre el hijo, del pasado (tradición sobre el futuro. El movimiento de Jesús invierte ese esquema, fundando su nueva familia en la llamada del Reino, desde los excluidos, sin jerarquía de presbíteros y padres, ni exclusión de pobres, un familia centrada en el pan compartido (el pan nuestro de cada día), inseparable del perdón que unos ofrecen a otros y todos comparte (cf. Lc 11,3). No es unidad ideológica impuesta (una superestructura de poder) sino comunión concreta de creyentes.

Como era previsible, en un mundo dirigido por los poderosos, el mensaje de Jesús suscita la oposición de aquellos que quieren mantener sus propios privilegios. Esa oposición de aquellos que quieren mantener sus propios privilegios. Esa oposición no proviene todavía (básicamente) de los estamentos religiosos del templo de Jerusalén, ni de las instituciones políticas (rey Antipas, herodianos, Pilato), sino de los grupos dominantes de las aldeas de Galilea, que se oponen a su movimiento, porque pone en riesgo el orden establecido de sus comunidades. Ciertamente, los responsables finales de su muerte serán los sumos sacerdotes y el gobernador militar de Jerusalén, pero el problema empezó mucho antes. Los elementos dominantes de la sociedad aldeana de Galilea, rechazaron el movimiento, no creyeron en su Reino, no por razones que hoy llamaríamos «religiosas» (un tipo de fe distinta), sino por cuestiones familiares, económicas y sociales.

La posesión de familia y casa (campos) era signo de bendición, pero podía convertirse en fuente de pecado si la abundancia de unos se construía sobre la carencia de otros.

Amar a Jesús (ir con él) significa optar por su Reino. En esa línea, él quiere abandonar (superar) una familia entendida como espacio de egoísmo donde algunos oprimen a otros.

Los pobres dan aquello que parece mayor (evangelio, salud) y los ricos aquello que parece más urgente (casa y comida).

El perdón es la cara negativa de un amor que rompe el principio de equivalencia (amarás al amigo) y se abre de una forma creadora hacia los mismos enemigos.

Cuando Jesús de las antítesis (Mt 5,21-48) afirma «se ha dicho» (habéis oído) está evocando el nivel de la justicia legal, propia del orden político, que apela al denario y a la espada para fundar la sociedad con normas de talión (ojo por ojo, denario por denario) y pena de muerte (como indica el glosador de Pablo en Rom 12,2-8). Pues bien, cuando él añade «pero yo os digo» está iniciando un camino de gracia creadora, esto es, de Reino: No rechaza con otra violencia la violencia de la ley, sino que introduce la levadura de Reino (cd. Mujer de Mt 13,33) en la masa del pan (de la vida) para fermentarla.

Al decirles que «no juzguen», Jesús les muestra que la dinámica legal (juicio) no es un principio originario, sino que ella surge y se despliega por la violencia y dureza de los hombres. Más aún, Jesús sabe que, cerrada en sí, sin un amor, esa dinámica desemboca en un círculo de violencia y muerte.

Jesús no decía a los suyos que acepten las cosas del césar, como revelación del «Dios de la ira», sino que las superen, desde el perdón; por eso perdona a los pecadores y pide que perdonemos a los enemigos.

Esta es la paradoja del Reino, su aportación más revolucionaria: Jesús no empieza anunciando el juicio a los culpables, sino pidiendo a los humillados y ofendidos que perdonen y amen a sus ofensores, irradiando así felicidad y esperanza del Reino. Solo ellos, perseguidos y negados, amenazados y ofendidos, pueden iniciar el camino del Reino. […] En esa línea, amar a los enemigos supone ayudarlos positivamente (¡no responder a su mal con otro mal!), pedir a Dios por ellos, bendecirlos (hacerles el bien), superando el nivel de justicia legal, no por obligación, sino por felicidad, porque está llegando el Reino, y Jesús sabe que solo pueden instaurarlo los ofendidos que perdonan y aman a sus ofensores, y no los poderes dominantes (soldados-jueces romanos, sacerdotes judíos, comerciantes ricos, implicados en una espiral de destrucciones). Ellos, ofendidos y humillados, pueden invertir la norma del sistema, viniendo a presentarse como portadores del Reino que llega, iniciando así una dinámica de transformación, que no lleva a un nuevo Estado legal (¡otra vez talión!), sino al surgimiento de una humanidad gratuita, que llamamos Reino. Amar al enemigo es volverse creadores, como Dios es creador, superando la violencia y la lucha del sistema, precisamente desde los aplastados y expulsados, por felicidad (y no por ley, pues la ley no puede obligar al perdón). Solo quienes superan (sin negarla) una justicia de Ley, amando a opresores-asesinos, son signo y anuncio de Reino, como afirma la tradición de Jesús, según Lc 6,27-28 (amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian…) y Mt 5, 43-44 (amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldice…)

Las parábolas rompen la lógica normal de la vida y nos sitúan ante la paradoja del Reino, que Jesús ha ido encontrando y expresando en su itinerario. No todas y cada una de las parábolas las ha «inventado» (=proclamado) él mismo, pero todas en conjunto expresan y trazan su mensaje de forma que, en sentido estricto, constituyen su «cuaderno de bitácora», una carta de navegación de Jesús y sus discípulos, una Biblia de Reino, que rompe las seguridades oficiales de la sociedad establecida. Las parábolas no trazan una historia sagrada, como la del Pentateuco, ni fijan unas leyes, como los rabinos, ni unos dogmas de credo, como cierta Iglesia posterior. ¿Qué hacen entonces? Van abriendo y expresando el camino paradójico del Reino de Dios, que solo se comprende en la medida en que se va recorriendo, con Jesús.

El Bautista había profetizado el juicio y la tradición no recuerda sus parábolas (quizá no las decía). Jesús, en cambio, fue profeta de la Palabra creadora, que él quiso proclamar y sembrar entre los hombres. Esta fue su paradoja, esta su provocación: Proclamar el Reino de Dios, sin ejército, ni escuela de escribas, ni colegio superior de sacerdotes, y sin juicio o cataclismo previo. ¿Cómo hablar de Reino sin hacha que corta, huracán que destruye, fuego que quema…? (cf. Mt 3,10-12). Solo de una forma: como Palabra de Dios que Jesús mismo proclama e introduce en Galilea (y en Jerusalén) como propuesta de comunicación y salud amorosa, como llamada creadora).

Sin esa experiencia de Palabra que crea (reino), cura a los enfermos y evangeliza a los pobres (Mt 11,2-4), el mensaje y proyecto de Jesús sería palabrería, una nueva imposición, que solo serviría para calmar brevemente a los pobres, mientras se siguen imponiendo los poderes bestiales de siempre.

El hombre, creado por Dios y para Dios, en comunión, se ha vuelto esclavo de sí mismo, de su propia institución dominante, centrada en el dinero.

No hay perdón religioso (de Dios) sin perdón monetario y social, pues Dios se expresa y encarna (es divino) allí donde «humaniza» a los hombres, haciéndoles vivir en justicia social y en bienaventuranza compartida.

Los gestores de la sociedad urbana y comercial de Galilea querían organizar la producción y conseguir riquezas (pan), utilizando métodos imperiales (de Roma), dominando a los demás, es decir, poniendo las riquezas, campos y personas al servicio de sí mismos, es decir, de la gloria del imperio. Jesús se opuso a ese modelo, conforme al cual, cuanto más progresan y producen unos menos comparten en otro, y quiso abrir un espacio compartido de Reino, a través de la Palabra, desde los más pobres, para todos.

A Jesús le preocupan menos otros ídolos menores (astros, magias, fetiches, idolillos…), que entretienen a los hombres y mujeres, de manera que él sitúa en el centro de su crítica a Mamón, dinero convertido en capital, que aparece por un lado como fuente de pobreza (esclaviza y excluye a una mayoría de personas) y por otro como objeto del deseo más hondo de todos, en clave de avaricia que les seca el alma.

Jesús sabe que el hombre que no «sirve» a Dios corre el riesgo [de] caer bajo el servicio de Satán (de Mamón), viviendo esclavizado bajo un tipo de deseo insaciable que destruye internamente a quienes poseen más (los ricos) y mata físicamente a quienes no lo tienen (los pobres). No le importa directamente el «ateísmo» (que sería una actitud abstracta ante la vida), sino la idolatría (que se expresa de un modo concreto como adoración del dinero, que es Mamón, dios falso).

Dios es creador, vida que se regala de forma generosa, comunión para los pobres, esperanza de resurrección. Mamón, en cambio, ha sido creado por los hombres, pero se apodera de ellos y los devora (como el dragón y las bestias de Ap 12-13) a través de la avaricia personal (deseo que nunca se puede saciar) y de la opresión social (los que quieren tener para sí han de oprimir y/o excluir a los otros).

Hay una riqueza mala, que es Mamón, una riqueza que destruye a quien la tiene (la desea, se entrega a ella) y a quien no la tiene (queda al margen de la vida). Pero hay una riqueza buena, que solo se alcanza compartiendo la vida, en gesto de renuncia creadora, no para destruir lo que hay, sino para multiplicarlo, como indica todo el movimiento y mensaje de Jesús, desde los relatos de las multiplicaciones (Mc 6,30-44;8,1-10), hasta las grandes promesas del ciento por uno (Mc 10-29-30), que van en la línea de las bienaventuranzas de los pobres.

La pobreza de Jesús es un medio al servicio de la comunión del Reino, que comienza a realizarse desde los más pobres, no para que sigan siendo pobres, sino para que puedan iniciar un camino de vida y riqueza compartida.

El Reino impica pan (abundancia de bienes), pero no el que se produce y ofrece a través de una opresión social, vinculada al poder, sino en gratuidad: Que hombres y mujeres puedan compartir, desde los más pobres, aquellos que son y tienen (cf. «Eucaristía»).

No parece que Jesús haya sido célibe por pureza o espiritualismo (huida de este mundo), sino para identificarse con los pobres, en especial con aquellos que en aquellas condiciones sociales no podían tener una familia.

No quiso recrear una sociedad patriarcal, con superioridad de varones (padres), sino una comunidad donde cupieran todos (varones y mujeres, casados y solteros, niños y mayores…; cf Mc 15 y 16). Solo en ese trasfondo se entiende su celibato, que no es signo de carencia o debilidad (iba contra el mandato de ¡creced, multiplicaos!: Gn 1,28), sino principio de abundancia, una forma de solidarizarse con los más pobres, abriendo para y con ellos una esperanza de familia y resurrección, donde hombres y mujeres serán «como ángeles del cielo», en libertad de amor (Mc 12,15).

No ha sido sacerdote, sino laico: No ha querido transformar la religión desde arriba, con especialistas sagrados, sino desde la base de la vida humana, al servicio de una humanidad distinta. No ha sido padre de familia, con poder para mandar sobre el conjunto de su casa, sino hermano y amigo de todos. No ha sido marido, para instaurar nuevas formas de relación jerárquica esponsal, sino un hombre (ser humano) para los demás, en un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños.

Jesús no quiere tomar el poder, sino servir a los demás (en perdón y amor al enemigo), poniendo a los hombres en contacto con Dios, el único que puede transformar (recrear) el mundo de un modo gratuito. Él no tiene más poder que la Palabra, el amor que ofrece y expande, de un modo generoso, desde abajo, a partir de los pobres. No sabe previamente la forma en que el Reino vendrá, pero sabe que no puede instaurarlo a la fuerza, porque es Palabra, y no puede imponerse, sino proclamarse, esperando la respuesta de los hombres.

Según cierto judaísmo, los hijos (niños) son signo de Dios, pero solo alcanzan importancia si conocen la Ley y cumplen sus preceptos, al hacerse adultos, como muestra el Código de Damasco (CD 10,6) y la legislación rabínica. En contra de eso (y de cierta praxis cristiana posterior), Jesús declara que los niños son ya (en cuanto niños) testigos y destinatarios del Reino y por (para) ellos inicia su camino. Frente a un mundo donde los hombres valen por su saber (griegos) o hacer (judíos; cf. 1 Cor 1), Jesús los valora porque son (están) necesitados y son capaces de amar (de escuchar la Palabra y responder amando).

Jesús no necesita rabinos (escribas), políticos o sacerdotes eficaces, sino personas capaces de amar

Los discípulos quieren crear un orden de poderes sociales y sacrales a partir de los grade (más valiosos), ratificando el dominio de los más dignos y capaces; No critican el modelo de poder judío o romano, sino su mal funcionamiento; están en teoría a favor de los niños, pero no ponen la vida a su servicio, ni dejan que ellos sean principio de Reino. Jesús, en cambio, los pone al principio del Reino.

No toma el poder ni siquiera para bien (como decían algunos papas medievales, los jacobinos de París o los bolcheviques de Rusia), porque el poder una vez tomado, se convierte en imposición y debe defenderse con violencia.

Los discípulos proyectan un Reino jerárquico, aunque con una diferencia: Donde antes estaban los «malos» (sacerdotes de Jerusalén, soldados de Roma) quieren mandar ellos (buenos discípulos de Jesús). Así, con unos pequeños cambios, todo seguiría como antes. Jesús en cambio, abre un espacio donde los niños (débiles, expulsados) pueden y deben ser los primeros. No ha subido a Jerusalén para mejorar lo existente, sino para anunciar un orden nuevo, donde todos pueden comunicarse de un modo directo y personal, partiendo de los niños y los pobres, para iniciar un movimiento de madres, hermanos y hermanas de niños cf. Mc 3,31-35), sin lugar para poderosos y señores.

Los cristianos ya no veneran a Dios ni en Jerusalén ni en Garizim o la Meca, sino en espíritu y verdad (cf. Jn 4,20-21), pues Jesús no purificó el templo para mejorarlo, sino para decir que había terminado.

No se puede hablar de un Mesías que triunfa, sin haber sufrido, en un mundo como este, lleno de sufrimiento. Dado que muchos padecen y mueren, también él, Mesías, elegido por Dios, para hacerse Hijo del Hombre, debía padecer, cumpliendo su tarea y preparando la llegada del Reino de Dios.

Tras subir como Mesías nazoreo, anunciando y promoviendo el Reino de los pobres, vino al templo, para declarar, con un gesto nítido y preciso, que la función particular de ese templo había terminado, de manera que no hacía falta sacerdotes superiores, pues siendo todos reyes, hombres y mujeres, todos eran sacerdotes y así podían relacionarse directamente con Dios y perdonarse unos a otros, a partir de los más pobres, sin necesidad de un templo cerrado (cf. Mc 11,11-30). Él habría sido sumo sacerdote, pues todos debían ser sacerdotes.

Los romanos admitían todas las religiones, como piedad privada, siempre que reconocieran el poder (o arbitraje) de Roma. Pero Jesús no quería fundar una nueva religión aceptable a Roma, sino un movimiento mesiánico universal. Eso era precisamente lo que molestaba a sacerdotes, amenazados por un tipo distinto de autoridad sin poderes político-religiosos. Si Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén los sacerdotes deberían haber renunciado a su visión particular (sacral) del templo, pues el Reino de Jesús no dejaba espacio para un santuario como el suyo. Con buen criterio «jurídico», en sintonía con los sacerdotes, Pilato lo condenó a muerte. Posiblemente no tenía gran devoción por el templo, pero como político debía defenderlo, pues se trataba de un santuario reconocido y apoyado por roma, que nombraba incluso a los sumos sacerdotes.

No era Dios quien lo había matado, pues Dios no muere ni mata, sino que es Vida y da vida a los que mueren y en especial a Jesús. Lo mataron los jueces del mundo (sacerdotes y Pilato). Pero Pilato no mandó matar a los compañeros de Jesús, sino solo a él, su jefe o responsable, como había hecho Antipas con Juan Bautista. Por otra parte, parece que sus compañeros lo habían abandonado o traicionado. Entre Jesús y sus discípulos se abrió una fosa que solo podrá superarse en la Pascua cristiana. Dos lestai o bandidos (Mc 12,27: malhechos sociales o políticos) ocuparán simbólicamente el lugar de los Doce; donde ellos fallan no han fallado otros.

Las profecías de la Biblia no están ahí para que se cumplan de un modo fatalista, sino para abrir un camino, a fin de que las cosas puedan situarse en el proyecto de Dios y entenderse mejor.

Había anunciado y preparado desde Galilea un Reino donde ya no era necesario este tipo de templo poderoso, con grandes sacrificios y mucho dinero, pues Dios perdona los pecados y ama a los hombres sin necesidad de mediadores sacrales. Por eso, en contra de lo que hubieran hecho otros pretendientes, no vino para coronarse rey en el atrio del templo, sino para proclamar, como mesías nazoreo, que el templo había cumplido su función.

Derribar las mesas del dinero significa rechazar el comercio sagrado, anunciando y promoviendo, al mismo tiempo, el derribo o destrucción del templo. Expulsar a los vendedores de animales supone abrogar los sacrificios animales.

Ha volcado las mesas de los cambistas, mostrando así su decisión más honda: Quiere que acabe el comercio de Mamón, dios falso (idolatrado) del dinero en el santuario de Dios. Como caen las mesas ha de caer, ser derrumbado, este templo que se centra en los sacrificios y el dinero. Enfrentándose así a los compradores-vendedores, Jesús va en contra de una dinámica sacrifical violenta centrada en la muerte de animales, rechazando al mismo tiempo la mediación de los sacerdotes y sus sacrificios, en la línea de su mensaje anterior sobre el perdón y el amor al enemigo.

Herodianos (partidarios del orden imperial) y fariseos (reguladores del orden religioso).

No se trata de quitar dinero al césar para dárselo a los judíos antirromanos, sino para crear una alternativa social muy diferente, sin dinero.

Al decir a los suyo que devuelvan el denario al césar, Jesús los invita a liberarse del dinero, para así ocuparse de las cosas de Dios en un plano más alto, sin necesidad de dinero.

Jesús y los suyos devuelven el dinero y de esa forma se liberan de aquello que pertenece al imperio, tanto en un plano interior (espiritual) como social, para construir un Reino de Dios sin «Mamona» del césar (en la línea de Mt 6,24). En ese sentido, su respuesta ha de entenderse en forma negativa (él no quiere pagar tributo al césar), de manera que en un sentido él está con los celotas, pero siendo más radical que ellos: No rechaza el tributo a fin de quedarse con su dinero (o crear otra estructura monetaria), sino que lo devuelve para no deberle nada. De esa forma, Jesús sale del campo de influjo del césar, del «orden» de un mundo creado y sostenido con dinero, para construir el Reino de Dios sobre otras bases humanas y sociales.

Los sacerdotes que dicen actuar en nombre de Dios son en el fondo unos idólatras, que han «divinizado» la herencia de la viña (el dominio del templo), y que están dispuestos a matar por mantenerlo.

La parábola sabe que este mundo se edifica sobre cimientos de poder y deseo posesivo, de violencia y muerte; los sacerdotes tienen envidia de Dios y precisamente por eso son renteros; no quieren compartir lo que son, ni lo que tienen, y para defenderlo están dispuestos a matar al mismo Hijo de Dios. Pero la parábola sabe que hay alguien (algo) más grande que la envidia y violencia de los sacerdotes: El Hijo que viene en nombre del Dios verdadero y que está dispuestos a morir por compartir el Reino.

Descubrimos que en realidad no se trata de una cena de pascua, como han querido sus discípulos, sino que, en el momento decisivo, Jesús no ha celebrado la pascua con ellos, sino que ha creado una cena nueva, centrada en su propia opción mesiánica. Es como si hubieran querido empujarle en una dirección (fidelidad a la pascua de los sacerdotes), mientras él les ha mostrado su nueva opción.

Juan tendría razón al decir que Jesús no celebró la pascua oficial, que los sacerdotes celebrarían del Viernes al Sábado Santo, con cordero del templo, tras haber juzgado y matado a Jesús. Pero Marcos y los sinópticos tendrían también razón al afirmar que celebró una cena de pascua, pero según el rito esenio, dos días antes (del martes al miércoles) y sin cordero sacrificado en el templo; conforme a esta segunda perspectiva, el proceso y condena de Jesús habría sido más largo (del martes/miércoles al viernes). Los sinópticos tendrían razón en un sentido (la Última Cena fue pascual, pero según el rito esenio) y Juan en otro (Jesús no celebró la pascua oficial de los sacerdotes, sino que murió el Viernes Santo, cuando ellos estaban matando sus corderos para la pascua de la noche siguiente).

Este hombre del cántaro de agua (anthropos… keramion hydatos bastadson) es un caso insólito, ya que eran mujeres las que solían llevarlo. El cántaro/ánfora es signo femenino, tanto en Grecia (Pandora) como en todo el oriente. La Biblia vincula el cántaro de agua con mujeres (Gn 24,11-21; ex 2,16; 1Sm 9,11), o con varones de gripo sometidos o inferiores (cf. Dt 29, 10-11; Jos 9,21-27).

Jesús era consciente de su muerte inminente. Sabía que ya no podría comer la Pascua. En esta clara toma de conciencia invita a los suyos a una Última Cena particular, una cena que no obedecía a ningún determinado rito judío, sino que era su despedida, en la cual daba algo nuevo, se entregaba a sí mismo como el verdadero Cordero, instituyendo así su Pascua… Una cosa resulta evidente en toda la tradición: la esencia de esta cena de despedida no era la antigua Pascua, sino la novedad que Jesús ha realizado en este contexto. Aunque este convite de Jesús con los Doce no haya sido una cena de Pascua según las prescripciones rituales del judaísmo, se ha puesto de relieve claramente en retrospectiva su conexión interna con la muerte y resurrección de Jesús: era la Pascua de Jesús. Y en este sentido, él ha celebrado la Pascua y no la ha celebrado: no se podían practicar los ritos antiguos; cuando llegó el momento para ello Jesús ya había muerto, Pero él se había entregado a sí mismo, y así había celebrado verdaderamente la Pascua con aquellos ritos. De esta manera no se negaba lo antiguo, sino que adquiría su sentido pleno.

No fue un encuentro de paz entre amigos, con las cosas resueltas y todos dispuestos a entregar la vida por el Reino y por sus amigos, sino de ruptura y contraste entre los discípulos, aferrados a su mesianismo triunfal, y Jesús que les ofrecía su experiencia y lección de solidaridad (su cuerpo y sangre), en los signos del pan y el vino, prometiéndoles la próxima copa en el Reino.

El último gesto de Jesús no fue llorar (por su posible fracaso), ni hacer penitencia, ni repetir oraciones rituales, ni condenar por traición a sus discípulos, sino tomar con ellos la copa, esperando la próxima en el Reino (nueva pascua).

Ese gesto (dar el pan, darse como pan) recoge y despliega su proyecto. No ha fracasado, sino al contrario: Ha condensado la Palabra de Dios (su vida) en forma de comida fraterna, que no es alimento aislado, de ritos de separación (para limpios judíos), sino pan de cada día (Padrenuestro), comida que ofrece a los pobres, regala a los pecadores y comparte con todos, compartiendo su cuerpo con ellos, para ellos.

Fueron solo veinticuatro horas, toda la historia humana condensada en la condena y muerte de Jesús.

Jesús va al monte de los Olivos, que es signo y lugar del «paso» de Dios, no para que lo prendan y maten, sino para poner su vida al servicio del Reino. No es suicida, ni temerario, pero está convencido de que debe mantener su propuesta y tarea de Reino.

Jesús había derramado las monedas en el templo (Mc 11,15-18); pero los sacerdotes las siguen conservando y las utilizan para asesinarlo. Judas, en cambio, parece que ha llegado a Jerusalén por dinero. Probablemente está decepcionado por el rumbo que ha tomado el proyecto Jesús desde su gesto en el templo, y, al final, teniendo que elegir, elige como israelita el orden y la ley de su pueblo: Pone el caso en manos de los sacerdotes, disponiéndose a colaborar con ellos, en contra de Jesús, su amigo.

Sacerdotes y políticos velan por la seguridad del pueblo, y todos, incluidos los amigos, tienen el deber de denunciar a los que puedan amenazarla, como hizo Judas, por obediencia y fidelidad a la ley.

Podemos suponer que [Judas] no se había dejado transformar por Jesús, de forma que siguió estando donde había estado (como Pablo al principio, cuando perseguía a los cristianos). Por eso, al llegar el momento en que había que elegir (o los sacerdotes o Jesús) eligió a los sacerdotes, que garantizaban la seguridad del sistema, la identidad del pueblo, el orden sagrado. Siempre que alguien pone a su patria o sistema, a su iglesia o partido, por encima de un hombre concreto (que además puede ser peligroso, como Jesús) está actuando como Judas. A Jesús no lo mataron «los malos», sino los hombres de la ley y el orden del sistema (cf. Gal 3,12.13; Flp 3,2-11, etc.).

Jesús no tuvo un problema directo con Roma, sino con los sacerdotes de Jerusalén; no quiso luchar contra el imperio, como los celotas de 66-70 d.C., sino transformar al pueblo de Israel, para que llegara el Reino.

[Después de la huida], una vez que los discípulos volvieron a agruparse para estudiar la situación, escogieron a Pedro para representarlos y, sirviéndose de alguna persona que conociera al sumo sacerdote, el mismo Pedro acudió al palacio de Caifás para interceder por el grupo… Así pues, Pedro y los demás no solo abandonaron a Jesús. Por decirlo con franqueza, fueron tan traidores como Judas. Los discípulos negaron a Jesús ante Caifás, sumo sacerdote y presidente del Sanedrín, y prometieron no volver a tener la más mínima relación con él. A cambio de esa negación y esa promesa evitaron ser detenidos. […] Esta es una hipótesis. […] Judas lo entregó y los demás lo traicionaron, y huyeron en la hora decisiva (cf. Mc 14,27).

1) Juicio (Jn 18,15-27). El otro discípulo (= el Discípulo amado), que introduce a Pedro en casa del sacerdote a quien conoce personalmente, se mantiene firme; Pedro, en cambio, niega a Jesús. 2) Cruz (Jn 19,25-27). Pedro no está, sigue negando a Jesús. El discípulo amado está allí con la madre de Jesús, como signo de la Iglesia. 3) Mañana pascual (Jn 20,1-10). Corren juntos al sepulcro vacío: el discípulo amado mira los paños y cree; Pedro no puede aún creer, la negación lo deja ciego. 4) Pascue en Galilea (Jn 21). Pedro ha salido a pescar, pero no sabe ver. El otro discípulo descubre a Jesús en la luz naciente de la mañana y se lo dice a Pedro que ahora se echa al mar y cree (21,7-8). Después, acabada la pesca, Jesús pregunta a Pedro tres veces: ¿Me quieres? Solo la triple afirmación ratifica y expresa su cambio. Ahora, en el mismo centro de la pascua, se puede afirmar que ha cantado de verdad el gallo y Pedro cambia.

Jesús condenó el templo como signo de enfermedad religiosa, como sede de un ritual que parecía santo, per estaba al servicio de la opresión y la muerte. Poemas y cantos, sacrificios animales y contratos de dinero justificaban el orden sagrado de unos privilegiados, que lo habían convertido en cueva de bandidos (Mc 11,27), para esclavizar en nombre de Dios a los devotos. Por eso, asumiendo la inspiración de los grandes profetas (Amós, Isaías, Jeremías), proclamó su juicio y condena contra el templo, en gesto que marca el movimiento cristiano.

El problema no fue con todo el Sanedrín (con el judaísmo de Jerusalén en su conjunto), sino con los miembros de la aristocracia sacerdotal, que aparecen como responsables del orden social y religioso del pueblo.

En perspectiva judicial, la actitud del Sanedrín (o de los sacerdotes) ha sido y sigue siendo, a mi entender, correcta. Ciertamente, Jesús era bueno y sus ideales intachables en plano general. Pero en concreto, mirados desde el orden israelita, esos ideales, y la práctica que reflejaban, terminaban siendo peligrosos. Un pueblo necesita garantías legales y no sueños mesiánicos para mantenerse. Tiene que defender las instituciones, los tribunales de justicia, las costumbres que mantienen a los hombres vinculados. Si eso cae, se termina, se diluye el pueblo.

No es que Jesús quiera «matar» a los sacerdotes. Hace algo mucho más profundo y peligroso: No los necesita y, además, enseña al pueblo a liberarse de la opresión sacerdotal del templo.

Pilato no envidia a Jesús, pues se mueve en otro mundo, con otros intereses de poder. Los sacerdotes lo envidian, porque han visto n su conducta algo que en el fondo les gustaría tener, pero que no quieren, pues no quieren cambiar ni perder la autoridad que poseen. No pueden vivir en verdad con lo que tienen, pero tampoco quieren cambiar y transformarse. Por eso necesitan matar a los que son distintos, como Jesús, para seguir manteniendo el poder que tienen.

Cuando afirma que su Reino no es de este mundo (cd. Jn 18,36), Jesús no dice que es un reino de puro espíritu interior, sino un camino y despliegue de nueva humanidad, de vida compartida.

Lucas […] distingue en la acusación tres motivos: a) Jesús anda alborotando al pueblo; b) impide que se paguen tributos al césar; c) se llama a sí mismo «Cristo Rey». El más significativo es el segundo, que trata de los impuestos del césar, es decir, de la economía.

No quiso imponerse sobre nadie, sino regalar su vida a los demás.

Fue un auténtico judío, pero por su fidelidad a los principios de la Escritura de Israel y a su proyecto de Reino vino a presentarse como un riesgo para los sumos sacerdotes, que insistían en otros aspectos «esenciales» de la nación sagrada: Leyes de pureza, tradiciones familiares, exigencias jurídicas, y, en el fondo, dinero (Mamón del templo). Todo lo que Jesús proponía y defendía formaba parte de las tradiciones de Israel. Pero los sacerdotes pensaban que el pueblo necesitaba leyes nacionales, templo (y dinero). Precisamente por eso, para que el pueblo siguiera manteniendo un tipo de identidad religiosa y nacional hubo que condenarlo.

Carecemos de modelos para imaginar este reinado, pues nuestras categorías mentales y sociales se encuentran marcadas por dinámicas de poder militar, político o sagrado. Jn 18,37 afirma que Jesús ha venido a dar testimonio de la verdad;, pero su verdad no es la de los sabios platónicos, que dominan sobre militares y trabajadores (cd República VI), sino la del amor compartido, desde los pobres.

Los seguidores de Jesús deben dialogar en igualdad (en gesto de servicio) con otros grupos (y al final con todas las culturas), para promover un tipo de nueva especie humana, no en sentido biológico, ni por lucha de poder, sino por gratuidad activa y por renuncia a toda imposición (en diálogo gratuito). No ha buscado otra forma de adaptación a lo que ya existía, sino una nueva creación, un grupo de amigos, en gratuidad.

Pilato quiso dirigir la trama, pero calculó mal: Los sacerdotes fueron más sagaces, aceptaron el reto, convencieron al pueblo y lograron condenar a Jesús. Así terminan, uno al lado del otro, Pilato y Barrabás, soldado imperial y guerrillero, y por encima de ellos, los sacerdotes manejando al pueblo. ¿Podía haberse dado otra salida? Humanamente hablando, no: Los que gobiernan el mundo con poder (sacerdotes y Pilato) se unieron contra aquel que quiso dirigirlo con amor y de esa forma lo han matado. Según eso, sacerdotes y celotas acaban vinculados por unos mismos intereses de violencia y dinero.

Al final, la gente ya no sabe lo que pide; solo quiere que se cumpla su deseo, imponiendo su voluntad contra Pilato, quien, evidentemente, acaba cediendo. De esa forma, el procurador que es signo de la justicia imperial, queda dominado por la pasión de un pueblo que, para sentirse vivo, tiene que imponer su violencia, contra Jesús o contra cualquiera que sobresalga.

No fue un hombre de escuela (en la línea de Hillel y Shammai), no se opuso a cuestiones de rito y calendario (como en Qumrán), sino que buscó algo más hondo: Declaro cumplido el tiempo de la sacralidad legal, que había culminado en Juan Bautista (cf. Lc 16,16).

No sabemos si ese juicio de Pilato se ejecutó con las garantías del Derecho Romano o si fue una simple condena sumaria, por razón de Estado.

«Algunos» (se supone que del grupo de los sacerdotes) no se contentan con juzgarlo, sino que lo deshonran (escupen), burlándose de él (tapándole la cara) y ridiculizando su don de profecía (diciéndole que adivine quién le ha pegado). No les basta con haberlo condenado, sino que lo degrada y desprecian, humillándolo así de un modo personal. No sabemos si se dio efectivamente una burla de ese tipo. Es posible que Marcos no tuviera noticia de ello, pero ha podido deducirlo por lo que solía suceder en esos casos, al menos en otros tribunales: Se supone que los condenados pierden sus derechos, no tienen dignidad y pueden ser injuriados.

Pilato condenó a Jesús por ser (querer hacerse) «rey de los judíos», es decir, porque pretendería tomar el poder contra Roma. Para Pilato, Jesús es un rey fracasado, uno más en la lista de pretendientes políticos vencidos. Para los sacerdotes será un rey falso, un profeta de mentiras. Para los seguidores de Jesús, ese título está en la base de su mesianismo, pero solo se puede entender desde la Cruz, y tras la experiencia pascual; antes (o fuera) de ella es un título de escándalo. La tradición sinóptica (partiendo de Marcos) sabe que solo tras la muerte de Jesús se ha podido publicar el gran secreto que él quiso velar a lo largo de su vida, para que nadie pudiera coronarlo con métodos de mando y de violencia armada (cf. Mc 8,27 – 9,1) Ahora, en la Cruz, ya no hay peligro: Jesús es Rey (Mesías) desde la cruz, por su resurrección.

Un elemento esencial de la crucifixión era que vieran al reo agonizar colgado de la cruz, como escarmiento. Por eso debía llegar vivo al lugar del suplicio, llevando en sus hombros el madero vertical (el horizontal solía estar en el lugar de la ejecución). Si no tenía fuerzas lo debía llevar otro, pues era esencial que estuviera vivo al ser crucificado.

Posiblemente clavaron sus pies por los tobillos, apoyándolos sobre un pequeño saliente o pedestal, para que el peso no recayera enteramente en los brazos, pues en ese caso hubiera muerto muy pronto de asfixia, y se quería que los reos duraran más tiempo, para escarmiento.

En sentido material, Jesús solo dejó unos vestidos. Lo había dado todo, y así murió al final, en máxima pobreza, desnudo e impotente, ante la mirada de la gente. Por comprensible vergüenza, los cristianos ponemos un velo ante su miembro varón; pero los romanos dejaban el cuerpo destapado.

Su misma fidelidad a Dios le llevó a correr el riesgo de ser condenado, y le dio el «derecho» de elevar su gran pregunta (¡Dios mío! ¡Dios mío!), en su nombre y en nombre de todos los que fracasan: ¿Por qué me has abandonado? Pero esa pregunta no implica derrumbamiento, sino entrega angustiada (y esperanzada) en manos del Dios del Reino.

Parecía que Jesús se hallaba absolutamente solo, pero no es cierto. Unas mujeres amigas lo han seguido y servido. Han creído el él precisamente allí donde los otros (Judas, Pedro, los Doce) lo han vendido, negado, abandonado. Desde el fondo de su dura soledad, ante la muerte de Jesús, en un mundo que parece controlado por varones, emergen ellas, como signo de la verdadera iglesia, formada por aquellos que siguen y sirven a Jesús y el mensaje de Pascua. Por eso aparecen como máxima sorpresa y señal del Reino, junto al velo del templo rasgado, los sepulcros abiertos, el centurión confiesa… Los otros signos ofrecían indicios de la novedad cristiana, evocando el fin del templo judío, la posible conversión del Imperio romano, la resurrección final de los muertos… pero eran básicamente simbólicos. Pues bien, de un modo distinto, estas mujeres aparecen como realidad histórica firma: Forman parte del presente inmediato de la historia de Jesús.

Ellas han debido «pensar» (= sentir por dentro el peso de) la muerte de Jesús, y revivir su historia, como han hecho a lo largo de siglos las mujeres (mejor que los varones, ocupados en luchar y matar). Jesús había venido para anunciar e instaurar el Reino de Dios, desde Galilea, acompañado «oficialmente» por Doce seguidores varones, como signo de las doce tribus de Israel. Pero ellos lo abandonaron uno a uno, el grupo entero, incapaces de entenderlo. Pues bien, allí donde los Doce (y todos los hombres) no entienden, lo han hecho ellas, mujeres amigas, recreando su historia. […] Ellas no lo abandonaron, sino que repensaron el sentido de su muerte.

Al estar allí presentes, a favor de Jesús, sin comprender quizá del todo lo que hacían y sentían, esas mujeres rechazaron al «dios» del templo de Jerusalén (y del imperio de Roma), el «dios» de un templo y un imperio que dice fundarse en las razones de la Biblia y de la ley sagrada, pero que mata a los distintos.

Las religiones han sacralizado con frecuencia a los muertos (pidiendo que vuelvan a Dios y quizá queriendo impedir que retornen al mundo). Así solemos quemarlos, o ponerlos bajo tierra, o taparlos bajo una losa, a fin de que no vuelvan como antes, que no salgan (que «duerman» del todo), y nosotros podamos seguir vivos, sin que ellos nos lo impidan, hasta que al fin nos entierren también nos quemen en la pira, para que todo siga igual (y continúe la violencia asesina de la historia).

¿Por qué sería «puro» un sepulcro nuevo, exclusivo de Jesús, mientras que una fosa común hubiera sido «impura»? ¿Por qué sería más limpia una tumba de rico que una fosa común de pobres ajusticiados? A la luz del mensaje y de la vida de Jesús, una pobre fosa común parecía más apropiada que una tumba de rico propietario.

La Pascua cristiana no es solo un modo de invertir el fracaso de Jesús, ni una forma de entender su mensaje, sino una experiencia de encuentro personal con él, sabiendo que está vivo o, mejor, que es el Viviente. Los discípulos esperaban quizá otra cosa: un Hijo del Hombre que vienen en las nubes, un ser celestial que desciende a la tierra, la resurrección final de todos los muertos… Pero han visto a Jesús, se han encontrado con él, no solo con su vida y su mensaje, sino con su persona, descubriéndolo vivo, en la Vida de Dios, , como Señor glorificado, que no está simplemente arriba y fuera, sino en ellos, sus seguidores. Este ver y acoger a Jesús, de un modo personal, sabiendo que está vivo y que ha vencido a la muerte, es el centro de la Pascua cristiana. Los cristianos no han visto a Jesús simplemente como Mesías escondido, que retornará al final, sino como amigo y salvador presente en su historia, alguien a quien pueden invocar diciendo: Marana-tha, Señor ven (1 Cor 16,22).

Las Madres de Plaza de Mayo [Buenos Aires] reivindicamos a nuestros 30.000 hijos desaparecidos sin hacer distinciones… Las Madres de Plaza de Mayo sabemos que nuestros hijos no están muertos; ellos viven en la lucha, los sueños y el compromiso revolucionarios de otros jóvenes. Las Madres de Plaza de Mayo encontramos a nuestros hijos en cada hombre o mujer que se levanta para liberar a sus pueblos. Los 30.000 desaparecidos viven en cada uno que entrega su vida para que otros vivan. Las Madres de Plaza de Mayo rechazamos las exhumaciones porque nuestros hijos no son cadáveres. Nuestros hijos están físicamente desaparecidos pero viven en la lucha, los ideales y el compromiso de todos lo que luchan por la justicia y la libertad de sus pueblos. Los restos de nuestros hijos deben quedar allí donde cayeron. No hay tumba que encierre a un revolucionario. Un puñado de huesos no los identifica porque ellos son sueños, esperanzas y un ejemplo para las generaciones que vendrán.

Jesús no es monopolio de ninguna iglesia (pues pertenece a la historia de la cultura universal y puede ser retomado por las grandes religiones).

El Jesús del futuro ha de ser un mesías amoroso. Más que las ideas de una sabiduría abstracta y separada, le importaba la vida de los hombres y mujeres y, en especial, la de aquellos que estaban oprimidos y enfermos, abandonados, arrojados y angustiados, a quienes él quiso curar.

Cristianos son lo que pueden vivir y viven como testigos de la resurrección, asumiendo y encarnado la mutación de Jesús, a favor de la vida y la resurrección de todos los muertos. Por eso, el signo de su historia seguirá siendo la vida enriquecida (resucitada) de sus seguidores, con quienes caminó, como él dijo: «Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 16-20).

El caso de Cristo

Lee Strobel

El caso de Cristo

El caso de Cristo


El autor, un maestro en derecho, nos lleva de la mano en una investigación que tiene como meta validar si Jesucristo es quien dijo ser, proponiendo distintas áreas o pruebas como si de un proceso legal se tratara: pruebas oculares, documentales, corroborativas, centíficas, refutatorias, de identidad, psicológicas, del perfil, dactilares, médicas, y circunstanciales. Lee se entrevistó con expertos en cada uno de estos temas para obtener las respuestas, confrontar discrepancias y emitir un juicio final, el cual dependerá del lector. Calificación de 9.5. Del Reading Challenge, reto 29, un libro que tenga lugar en un sitio que siempre hayas querido visitar, (los tiempos de Jesús).

Cáustica: Irritante.

Por mucho tiempo fui un escéptico. En verdad, me consideraba ateo. Para mí, había demasiada evidencia de que Dios era simplemente un producto de la fantasía, de la mitología antigua, de la superstición primitiva. ¿Cómo podría existir un Dios amoroso si condenaba a la gente al infierno solo por no creer en él? ¿Cómo pueden los milagros transgredir las leyes básicas de la naturaleza? ¿Acaso la evolución no explicó satisfactoriamente el origen de la vida? ¿Acaso la razón científica no erradica la creencia en lo sobrenatural?

Marcos y Lucas no fueron dos de los doce discípulos. Mateo sí, pero como había sido un recaudador de impuestos odiado, [pudiera haber sido el personaje más infame, junto con Judas Iscariote, quien traicionó a Jesús! »Contrástelo con lo que sucedió cuando se escribieron los fantasiosos evangelios apócrifos mucho tiempo después. La gente eligió los nombres de figuras reconocidas y ejemplares para ser sus autores ficticios: Felipe, Pedro, María, Iacobo. Esos nombres tenían más peso que los de Mateo, Marcos y Lucas. Así que para responder a su pregunta, no habría habido razón alguna para atribuirle su autoría a estas tres personas poco respetadas si no fuera cierto.

Si podemos tener confianza en que los Evangelios fueron escritos por los discípulos Mateoy Juan, por Marcos, el compañero del discípulo Pedro, y por Lucas, el historiador, compañero de Pablo y una especie de periodista del siglo 1, podemos estar seguros de que los hechos que registran están basados en el testimonio, directo o indirecto, de testigos oculares.

Eso significa que Hechos no se puede fechar más allá del año 62 d.C. Después de establecer esto, podemos regresar en el tiempo a partir de allí. Dado que Hechos es la segunda parte de una obra de dos, sabemos que la primera parte, el Evangelio de Lucas, debe haberse escrito en una fecha más temprana. Y dado que Lucas incorpora partes del Evangelio de Marcos, eso significa que Marcos es aún anterior. »Si concede quizá un año para cada uno, concluye con que Marcos se escribió a más tardar alrededor del año 60 d.C., quizás a finales de la década del cincuenta. Si Jesús murió en el año 30 ó 33 d.C., estamos hablando de una brecha máxima de treinta años aproximadamente.

Los credos más famosos, entre otros,son Filipenses 2:6-11, que habla de que Jesús era “por naturaleza Dios”, y Colosenses1:15-20, que describe que “Él es la imagen del Dios invisible”, quien creó todas las cosas y por medio del cual se reconcilian con Dios todas las cosas “haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz”. »Ambos son ciertamente significativos al explicar las convicciones de los cristianos primitivos acerca de Jesús. Pero quizás el credo más importante con respecto al Jesús histórico es 1 Corintios 15.

Los vemos relatando las palabras y las acciones de un hombre que los llamó a un nivel de integridad exigente como el que ninguna otra religión ha conocido jamás. Ellos estaban dispuestos a practicar sus creencias hasta el punto de que diez de los once discípulos restantes fueron condenados a muertes espantosas, lo cual demuestra un gran carácter.

Hay una gran parte de la enseñanza de Jesús que se denomina las palabras duras de Jesús. Algunas son muy exigentes éticamente. Si yo estuviera inventando una religión para gratificar mi imaginación, probablemente no me diría que soy perfecto como mi Padre celestial es perfecto, ni definiría el adulterio de manera que incluya la lujuria en mi corazón.

¿Cuántos manuscritos griegos del Nuevo Testamento hay en existencia hoy día? Los ojos de Metzger se agrandaron. -Se catalogaron más de cinco mil-dijo con entusiasmo y su voz una octava más alta.

-¿Cómo determinaron los líderes de la iglesia primitiva qué libros se considerarían autoritarios y cuáles se descartarían? -pregunté-. ¿Qué criterios usaron para determinar qué documentos se incluirían en el Nuevo Testamento? -Básicamente, la iglesia primitiva utilizó tres criterios –observó–. Primero, los libros deben tener autoridad apostólica, es decir, deben haber sido escritos por los propios ap6stoles que fueron testigos oculares de lo que escribieron, o por seguidores de los ap6stoles. Así que en el caso de Marcos y Lucas, si bien no eran de los doce discípulos, la tradición temprana relata que Marcos era ayudante de Pedro, y Lucas era compañero de Pablo. »En segundo lugar, se utilizaba el criterio de conformidad con lo que se denominaba la regla de fe. Es decir, ¿el documento es congruente con la tradición cristiana básica que la Iglesia reconocía como normativa? Y en tercer lugar, se encuentra el criterio que evaluaba si un documento había tenido aceptación y uso continuos por toda la Iglesia.

En Europa, los caminos más transitados son los mejores caminos; y es por eso que son tan transitados.

La prueba corroborativa respalda otro testimonio; afirma o apuntala los elementos esenciales del relato del testigo ocular. Puede ser un documento público, una fotografía u otra declaración por parte de una segunda o tercera persona. Puede verificar la totalidad del testimonio de una persona o solo ciertas partes claves.

En aquel tiempo vivió Jesús, un hombre sabio, si en verdad uno debe llamarlo hombre. Por cuanto fue alguien que llevó a cabo obras sorprendentes y maestro de aquellos que aceptan la verdad con gusto. Ganó a muchos judíos y a muchos de los griegos. Era el Cristo. Cuando Pilato, luego de haber escuchado las acusaciones en sU contra por parte de hombres en eminencia de entre nosotros, lo condenó a ser crucificado, aquellos que en principio lo habían amado no renunciaron a su afecto por él. Al tercer día se les apareció restaurado a la vida, por cuanto loll profetas de Dios habían profetizado esta y muchas otras maravillas acerca de él. Y la tribu de cristianos, que de él toman su nombre, hasta este día no ha desaparecido.

Nerón le echo la culpa e infligió las torturas más agudas a una clase odiada por sus abominaciones, llamada cristianos por el populacho. Cristo, de quien deriva el origen del nombre, sufrió el castigo máximo durante el reino de Tiberio de manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato; y una superstición muy dañina, habiéndose controlado por el momento de esa manera, resurgió no solo en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma… En consecuencia, se realizó el arresto en principio de cualquiera que se declarara culpable: después, según su declaración, una inmensa multitud fue condenada, no tanto por el delito de incendiar la ciudad sino por odio contra la humanidad.

Les he preguntado si son cristianos, y si lo admiten, repito la pregunta una segunda y una tercera vez con la advertencia del castigo que les espera. Si persisten, ordeno que sean llevados para su ejecución;por cuanto, cualquiera que sea la naturaleza de su admisión, estoy convencido de que su terquedad y su obstinación inconmovible no debe quedar sin castigo… También declararon que la suma de su culpa o error no llega a más que esto: se habían reunido en forma regular antes del amanecer en un día fijado para cantar versos en forma alternada entre sí en honor de Cristo comoa un dios, y también que se habían comprometidocon juramento, no con fines delictivos, sino para abstenerse del hurto, del robo, del adulterio… Esto me llevó a determinar que era más que necesario extraer la verdad mediante tortura de dos esclavas, a las que llamaban diaconisas. No encontré más que un tipo degenerado de culto llevado hasta la extravagancia.

Eso no quiere decir que no reconozco que quedan algunas cuestiones pendientes; en esta vida no tendremos un conocimiento completo. Sin embargo estas cuestiones ni siquiera socavan mi fe en la credibilidad esencial de los Evangelios y del resto del Nuevo Testamento. »Creo que las explicaciones alternativas, que tratan de dar cuenta de la propagación del cristianismo mediante razones sociológicas o sicológicas, son muy débiles -dijo negando con la cabeza-. Muy débiles. Luego agregó: -Para mí, la evidencia histórica ha reforzadomi compromiso con Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos ama y murió por nosotros y resucitó de los muertos. Es así de sencillo.

«La arqueología ha hecho algunas contribuciones importantes», expresó con el acento que adquirió de niño en el sudeste de Oklahoma, «pero en realidad no puede probar si el Nuevo Testamento es la Palabra de Dios. Si excavamos en Israel y encontramos lugares antiguos que son compatibles con la ubicación que da la Biblia, eso demuestra que su historia y su geografía son precisas. Sin embargo, eso no confirma que lo que Jesucristo dijo es verdad. Las verdades espirituales no se pueden probar o refutar mediante descubrimientos arqueológicos.

Por ejemplo, si un hombre habla de un viaje que hizo de San Luis a Chicago, y menciona que se detuvo en Springfield, Illinois, para ver la película Titanic en el Teatro Odeón, y que comió una barra Clark grande que compró en el puesto de comida; los investigadores pueden determinar si ese teatro existe en Springfield al igual que si estaba proyectando esa película en particular, y si vendía esa marca y tamaño de barra de caramelo específico al tiempo que él dijo que estuvo allí. Si sus hallazgos contradicen lo que afirmó la persona, su credibilidad queda manchada. Si los detalles se verifican, no quiere decir que todo su relato es verdad pero sí incrementa su reputación de ser preciso. En cierto sentido, esto es lo que logra la arqueología. La premisa es que si se verifica que los detalles incidentales de un historiador antiguo son precisos vez tras vez, se incrementa nuestra confianza en otro material que el historiador escribió pero que no se puede verificar tan fácilmente.

-No quiero basar mi vida en un símbolo -dijo resuelto-. Quiero una realidad, y la fe cristiana siempre se ha arraigado en la realidad. Lo que no está arraigado en la realidad es la fe de los eruditos liberales. Ellos son quienes siguen un sueño imposible, pero el cristianismo no es un sueño imposible.

Si uno ama a una persona, su amor va más allá de los hechos de una persona, pero está arraigada en los hechos de una persona. Por ejemplo, usted ama a su esposa porque es preciosa, es buena, es dulce, es amable. Todos estos son hechos acerca de su esposa y por lo tanto, la ama. »Pero su amor va más allá de eso. Usted puede saber todo eso acerca de su mujer y no estar enamorado de ella y no confiar en ella, pero sí lo hace. Por lo tanto, la decisión va más allá de la evidencia, pero existe sobre la base de la evidencia. »Lo mismo es enamorarse de Jesús. Tener una relación con Jesucristo va más allá del conocer los hechos históricos acerca de él pero está arraigada en los hechos históricos acerca de él. Creo en Jesús sobre la base de la evidencia histórica pero mi relación con Jesús va más allá de la evidencia. Tengo que poner mi confianza en él y caminar con él día tras día.

-El hecho de que hiciera milagros no es lo que ilumina su percepción propia -replicó Witherington-. Lo importante es cómo él interpreta sus milagros. -¿Qué quiere decir? -pregunté. -Jesús dice: “Pero si expulso a los demonios con el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el reino de Dios.” Él no es como otros obradores de milagros que hacen prodigios sorprendentes pero luego la vida sigue igual que siempre. No; para Jesús, sus milagros son indicio de la llegada del reino de Dios. Son una anticipación de lo que será el reino de Dios. Y eso distingue a Jesús.

-“Abba” connota intimidad en la relación de padre e hijo -explicó Witherington-. Es interesante que también es el término que un discípulo utilizaba para dirigirse a un maestro amado en el judaísmo primitivo. Sin embargo, Jesús lo utilizó dirigiéndose a Dios; hasta donde sé, él y sus seguidores eran los únicos que oraban a Dios de esa manera. Cuando le pedí a Witherington que ampliara sobre la importancia de esto, agregó: -En el contexto donde Jesús se movía, era costumbre que los judíos evitaran tener que decir el nombre de Dios. Su nombre era la palabra más sagrada que se podía pronunciar e incluso temían pronunciarla mal. Si se iban a dirigir a Dios, dirían algo como”El Santo, bendito sea”, pero no usarían su nombre personal. -y “Abba” es un término personal –observé. -Muy personal-respondió-. Es el término de cariño con el que un hijo le diría a su padre: “Papá querido, ¿qué quieres que haga?” Sin embargo, advertí una inconsistencia aparente. -Un momento-interpuse-. Orar “Abba” no debe implicar que Jesús piensa que es Dios porque les enseñ6 a sus discípulos que usaran ese mismo término en sus propias oraciones, y ellos no eran Dios. -En realidad -respondió Witherington-, la importancia del término “Abba” radica en que Jesús es quien inicia una relación íntima que antes no estaba disponible. La pregunta es: ¿qué clase de persona puede cambiar los términos para la relación con Dios? ¿Qué clase de persona puede iniciar una nueva relación de pacto con Dios? Su distinción tenía sentido para mí. -Entonces, ¿cuan importante considera que es el uso de “Abba” por parte de Jesús? -le pregunté. -Muy importante -respondió-o Indica que Jesús tenía un grado de intimidad con Dios que no se parece a nada del judaísmo de su tiempo. Y escuche, aquí viene el remate: Jesús está diciendo que solo a través de tener una relación con él se hace posible este tipo de lenguaje de oración, este tipo de relación “Abba” con Dios. Eso habla mucho de cómo se consideraba a sí mismo.

No creo que sea accidental que su ministerio recién comienza en serio después de su bautismo, cuando oye la voz que dice: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.”

A veces la gente puede tener una enfermedad de inducción sicológica y si encuentran un nuevo propósito por el cual vivir, una nueva dirección, ya no necesitan la enfermedad.

Tal como lo expres6 C.S. Lewis: hay dos errores iguales y opuestos en los que podemos caer con respecto a los demonios: “Uno es no creer en su existencia. Y el otro es creer y tener un interés excesivo y poco saludable en ellos. Ellos están complacidos con cualquiera de estos dos errores.”

Llega Jesús, quien puede decir con toda seriedad: “¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?” Si yo lo dijera, mi esposa, mis hijos y todos los que me conocen estarían dispuestos a ponerse en pie y dar testimonio, mientras que nadie pudo hacerlo con respecto a Cristo.

No oímos nada por lo tanto la suposición más probable es que no dijo nada

Cada atributo de Dios, afirma el Nuevo Testamento, se encuentra en Jesucristo:
• ¿Omnisciencia? En Juan 16:30 el apóstol Juan declara acerca de Jesús: «Ya podemos ver que sabes todas las cosas.»
• ¿Omnipresencia? Jesús dijo en Mateo 28:20: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» y en Mateo 18:20: «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
• ¿Omnipotente? «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra» afirm6 Jesús en Mateo 28:18.
• ¿Eternidad? Juan 1:1 declara acerca de Jesús: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.»
• ¿Inmutabilidad? Hebreos 13:8 afirma: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos.»
Asimismo, el Antiguo Testamento pinta un retrato de Dios utilizando títulos y descripciones como Alfa y Omega, Señor, Salvador, Rey, Juez, Luz, Roca, Redentor, Pastor, Creador, dador de vida, perdonador de pecados, vocero con autoridad divina. Es fascinante notar que en el Nuevo Testamento cada uno de ellos se aplica a Jesús.” Jesús lo dijo todo en Juan 14:7: «Si ustedes realmente me conocieran, conocerían también a mi Padre.» Traducción libre: «Cuando miran el boceto de Dios del Antiguo Testamento, verán un retrato de mí.»

-Fui a reuniones budistas pero lo hallé vacío -recordó-. El budismo chino era ateo, el budismo japonés adoraba estatuas de Buda, el budismo zen era demasiado abstracto. Fui a reuniones de la iglesia del Cristo científico pero allí eran muy manipuladores y controladores. El hinduismo creía en todas esas orgías locas de los dioses y en dioses que eran elefantes azules. Nada de eso tenía sentido; nada me satisfacía. Incluso acompañó a unos amigos a unas reuniones con influencias satánicas. -Solía observar y pensar: algo está pasando aquí, pero no es bueno -comentó-. En medio de mi mundo descontrolado por la droga, les dije a mis amigos que creía que existía un poder maligno que estaba más allá de mí, que podía obrar en mí, que existía como entidad. Había visto suficiente mal en mi vida como para creerlo. Me miró con una sonrisa irónica. -Creo que acepté la existencia de Satanás -señaló-, antes de aceptar la existencia de Dios.

La idea de que Jesús en verdad nunca murió en la cruz se puede encontrar en el Corán, el cual se escribió en el siglo VII; de hecho, los musulmanes ahmadiya afirman que Jesús huyó a la India en realidad. Hasta el día de hoy, hay un altar que supuestamente marca su tumba verdadera en Srinagar, Cachemira.

-Un médico que estudié las golpizas romanas observó: “Mientras continuaba la flagelación, las laceraciones rasgaban hasta los músculos y producían jirones temblorosos de carne sangrante.” Un historiador del siglo III llamado Eusebio describió una flagelación de la siguiente manera: “Las venas de la víctima quedaban al descubierto y los mismos músculos, tendones y las entrañas quedaban abiertos y expuestos.” »Sabemos que muchas personas morían a causa de este tipo de castigo incluso antes de que pudieran ser crucificadas. Por lo menos, la víctima podía experimentar un dolor tremendo y entrar en conmoción hipovolémica. Metherell había mencionado un término médico que yo no conocía. -¿Qué significa conmoción hipovolémica? -le pregunté”. -Hipo significa “bajo”, vol se refiere a volumen y émica significa “sangre”, por lo tanto, conmoción hipovolémica quiere decir que la persona sufre los efectos de la pérdida de una gran cantidad de sangre -explicó el doctor-. Esto causa cuatro efectos. Primero, el corazón se acelera para tratar de bombear sangre que ya no existe; en segundo lugar, baja la presión sanguínea, lo cual provoca un desmayo o colapso; en tercer lugar, los riñones dejan de producir orina para mantener el volumen restante; y en cuarto lugar, la persona comienza a sentirse sedienta porque el cuerpo ansía fluidos para reponer el volumen de sangre perdido. -¿Encuentra evidencia de ello en los relatos de los Evangelios? -Sí, definitivamente -respondió-. Jesús se encontraba en conmoción hipovolémica mientras ascendía por el camino hacia el lugar de la ejecución en el Calvario llevando el madero horizontal de la cruz. Finalmente Jesús se desplomó y un soldado romano le ordenó a Simón que llevara la cruz por él. Luego leemos que Jesús dice: “Tengo sed” y en ese momento se le ofrece un trago de vinagre. »Debido a los terribles efectos de esa golpiza, no hay duda de que Jesús se encontraba en estado crítico incluso antes de que con clavos traspasaran sus manos y sus pies.

Por lo tanto los clavos traspasaron sus muñecas, aunque se consideraban parte de la mano en el lenguaje de esa época. »y es importante entender que el clavo atravesaba el lugar por donde pasa el nervio mediano. Ese es el nervio mayor que sale de la mano y quedaba triturado por el clavo que se martillaba. Dado que poseo un conocimiento rudimentario de anatomía humana, no estaba seguro de lo que eso significaba. -¿Qué clase de dolor debe haber producido? -le pregunté. -Pennítame explicárselo de la siguiente manera -respondió-. ¿Conoce el tipo de dolor que uno siente cuando se golpea el codo y se da en ese huesito. Se trata de otro nervio, llamado cúbito. Es muy doloroso cuando uno se lo golpea accidentalmente. Muy bien, ahora imagínese tomar un par de pinzas y presionar hasta triturar ese nervio -dijo mientras hacía énfasis en la palabra presionar mientras giraba un par de pinzas imaginarias-o Ese efecto sería similar a lo que Jesús experimentó. Me sobresalté por esa imagen y me retorcí en la silla. -El dolor era absolutamente insoportable -agregó-. En realidad, literalmente no existían palabras para describirlo; se tuvo que inventar una nueva palabra: excruciante. Literalmente, excruciante significa “de la cruz”. Piénselo: fue necesario crear una palabra porque no había nada en el idioma que pudiera describir la angustia intensa causada durante la crucifixión.

Excruciante: del latín excruciatus, participio de excruciare: atormentar torturar; ex + cruciare: atormentar; derivado de crux: cruz.

La crucifixión es en esencia una muerte lenta y agonizante por asfixia. »La razón es que la presión ejercida en los músculos y en el diafragma pone al pecho en la posición de inhalación; básicamente, para poder exhalar, el individuo debe empujar hacia arriba con los pies para que la tensión de los músculos se alivie por un momento. Al hacerlo, el clavo desgarraría el pie hasta quedar finalmente incrustado en los huesos tarsianos. »Después de arreglárselas para exhalar, la persona podría relajarse y descender para inhalar otra bocanada de aire. Nuevamente tendría que empujarse hacia arriba para exhalar raspando su espalda ensangrentada contra la madera áspera de la cruz. Continuaría de ese modo hasta que el agotamiento completo se adueñara de sí, y la persona ya no pudiera empujarse hacia arriba para respirar. »A medida que la persona reduce el ritmo respiratorio, entra en lo que se denomina acidosis respiratoria: el dióxido de carbono de la sangre se disuelve como ácido carbónico lo cual causa que aumente la acidez de la sangre. Finalmente eso lleva a un pulso irregular. De hecho, al sentir que su corazón latía en forma errática, Jesús se hubiera dado cuenta de que estaba a punto de morir, y es entonces que pudo decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Y luego murió de un paro cardíaco.

-Jesús dijo en Mateo 12:40: “Porque así como tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre de un gran pez, también tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra.” Sin embargo los Evangelios dicen que Jesús en realidad estuvo en la tumba un solo día entero, dos noches enteras y parte de dos días. ¿Acaso no es ese un ejemplo de que Jesús se equivocó y no cumplió su propia profecía? -Algunos cristianos con buenas intenciones han utilizado este versículo para sugerir que Jesús fue crucificado un miércoles en vez de un viernes, ¡para poder ajustarse al tiempo! -mencionó Craig-. Sin embargo, la mayoría de los eruditos reconocen que según la forma de registrar el tiempo de los antiguos judíos, cualquier parte del día se contaba como un día entero. Jesús estuvo en la tumba la tarde del viernes, todo el sábado y la madrugada del domingo: según la forma en la que los judíos concebían el tiempo en ese entonces, eso se hubiera contado como tres días. -De nuevo -concluy6-, ese es simplemente otro ejemplo de cuántas de esas discrepancias se pueden explicar o reducir con un poco de conocimiento del contexto o solo examinarlas con la mente abierta.

La resurrección fue sin duda la proclamación central de la iglesia primitiva desde el principio. Los primeros cristianos no adoptaron simplemente las ensefianzas de Jesús; estaban convencidos de que lo habían visto vivo después de su crucifixión. Eso fue lo que cambió sus vidas y dio inicio a la iglesia. Ciertamente, dado que esa era su convicción central, se habrían asegurado completamente de que era verdad.

Los cristianos creen porque quieren pero los ateos no creen porque no quieren.

Perder a mi esposa fue la experiencia más dolorosa que jamás tuve que enfrentar pero si la resurrección me pudo sacar de ella, me puede sacar de cualquier otra. Fue eficaz en el año 30 d. C., es eficaz en 1995, es eficaz en 1998 y es eficaz más allá del hoy. Habermas fijó su mirada en la mía. -Ese no es un sermón -dijo calladamente-. Lo creo con todo mi corazón. Si hay una resurrección, hay un cielo. Si Jesús resucitó, Debbie resucitó. Y yo también resucitaré algún día. Entonces, los veré a los dos.

Si uno cuenta la conversión de Pablo como evidencia a favor de la verdad de la resurrección, debería contar la conversión de Mahoma al Islam como evidencia a favor de la verdad de que Jesús no resucitó, dado que ¡los musulmanes niegan la resurrección! -Básicamente dice que los valores evidenciales de la conversión de Pablo y de la conversión de Mahomase cancelan mutuamente -le dije a Moreland-. Francamente, parece una buena observación. ¿No admite que tiene razón? Moreland no picó el anzuelo. -Veamos la conversión de Mahoma-dijo con voz segura-. Nadie sabe nada acerca de ella. Mahoma dice haber ido a una cueva donde tuvo una experiencia religiosa en la cual Alá le reveló el Corán. No hay otro testigo ocular que lo verifique. Mahoma no ofreció ninguna señal milagrosa pública para certificar nada. »Además alguien fácilmente pudo tener motivos ulteriores para seguir a Mahoma porque en los primeros años el Islam se propagaba principalmente mediante la guerra. Los seguidores de Mahoma ganaron influencia política y poder sobre los pueblos que conquistaban y “convertían” al Islam a espada. »Contrastelo con las afirmaciones de los primeros seguidores de Jesús, entre ellos Pablo. Decían haber visto acontecimientos públicos que otros también vieron. Estas cosas habían acontecido fuera de su mente y no solo en ella. »Es más, cuando Pablo escribió 2 Corintios, lo cual nadie cuestiona, les recordó al pueblo de Corinto que él había realizado milagros cuando estuvo con ellos con anterioridad. Ciertamente hubiera sido estúpido hacer esta declaración si ellos sabían que no fue así.

¿De qué manera puede explicar que en un breve período de tiempo no solo un judío sino toda una comunidad de por lo menos diez mil judíos, estuvo dispuesta a abandonar estas cinco prácticas claves que les habían servido en el aspecto social y teológico por tantos siglos? Mi explicación es simple: habían visto a Jesús resucitado de entre los muertos.

Moreland señaló el surgimiento de los sacramentos de la comunión y el bautismo en la iglesia primitiva como otra prueba circunstancial de que la resurrección es verdad; pero yo tenía algunas dudas. -¿Acaso no es natural que las religiones creen su propios rituales y prácticas? -le pregunté-. Todas las religiones las tienen. Así que ¿de qué manera eso prueba algo acerca de la resurrección? -Bueno, pero consideremos la comunión por un momento -respondió-. Lo extraño es que estos primeros seguidores de Jesús no se reunían para celebrar sus enseñanzas o lo maravilloso que él era. Se reunían en forma regular para tener una comida de celebración por un solo motivo: para recordar que Jesús había sido masacrado públicamente en una forma humillante y grotesca. »Considérelo en términos modernos. Si un grupo de personas ama a John F. Kennedy, quizás se reúna en forma regular para recordar su enfrentamiento con Rusia, su promoción de los derechos civiles y su personalidad carismática; pero, [no van a celebrar el hecho de que Lee Harvey Oswald lo asesinara! »Sin embargo, es análogo a lo que los primeros cristianos hacían. ¿Cómolo explica? Yo lo explico de la siguiente manera: se dieron cuenta de que la muerte de Jesús era un paso necesario hacia una victoria mucho mayor. Su asesinato no fue la última palabra; la última palabra fue que había vencido la muerte por todos nosotros al resucitar de entre los muertos. Celebraban su ejecución porque estaban convencidos de que lo habían visto salir de la tumba con vida. -¿Y qué acerca del bautismo? -le pregunté. -La iglesia primitiva adoptó una forma de bautismo de su tradición judía llamada el bautismo prosélito. Cuando los gentiles querían adoptar la ley de Moisés,los judíos bautizaban a esos gentiles en la autoridad del Dios de Israel. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, la gente se bautizaba en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, lo cual significaba que habían elevado a Jesús a la categoría plena de Dios. »No solo eso: el bautismo era una celebración de la muerte de Jesús, al igual que la comunión. Al sumergirse en el agua, uno celebra su muerte y al ser sacado del agua, uno celebra el hecho de que Jesús fue resucitado a novedad de vida.

Si la llegada a la existencia de los nazarenos, un fenómeno innegablemente atestiguado por el Nuevo Testamento, abre un gran agujero en la historia, un agujero del tamaño y con la forma de la resurrección, ¿con qué propone el historiador secular que se tape?

-Hay otra categoría de evidencia sobre la cual no preguntó -subrayó. Repasé la entrevista mentalmente. -Me rindo -repliqué-. ¿Cuál es? -Es el continuo encuentro con el Cristo resucitado que ocurre en todo el mundo, en todas las culturas, por parte de personas de todo tipo de trasfondos y personalidad: bien educados y no, ricos y pobres, los que piensan y los que sienten, hombres y mujeres -anunció-. Todos declararán que más que cualquier otra cosa en sus vidas, Jesucristo los cambió.

-El examen de experiencia es: “Aún está vivo, y puedo descubrirlo relacionándome con él.” Si usted estuviera en un jurado y escuchara la evidencia suficiente para convencerse de la culpabilidad del acusado, no tendría sentido detenerse antes del paso final de condenarlo. Y que la gente acepte la evidencia a favor de la resurrección de Jesús y no dé el paso final de someterla al examen de la experiencia sería errar al blanco donde a fin de cuentas la evidencia está apuntando. -Entonces -le dije-, si la evidencia apunta fuertemente en esta dirección, no es más que racional y lógico seguirla hasta el ámbito de la experiencia. Asintió con aprobación. -Precisamente correcto -anunció-o Es la confirmación final de la evidencia. Es más, le diré lo siguiente: la evidencia pide a gritos el examen de la experiencia.

La armonía entre los Evangelios en hechos esenciales, sumada a la divergencia en algunos detalles les confiere credibilidad histórica a los relatos. Es más, la iglesia primitiva no pudo haberse arraigado y florecido allí mismo en Jerusalén si hubiera enseñado hechos acerca de Jesús que sus mismos contemporáneos pudieran haber descubierto que eran exagerados o falsos. En decir, los Evangelios lograron pasar las ocho pruebas de la evidencia.

A la luz de los hechos convincentes que había descubierto durante mi investigación, ante esta avalancha abrumadora de evidencia en el caso a favor de Cristo, la gran ironía era esta: ¡necesitaría mucho más fe para mantener mi ateísmo que para confiar en Jesús de Nazaret!

• Si Jesús es el Hijo de Dios, sus enseñanzas son más que simples buenas ideas de un maestro sabio; son perspectivas divinas sobre las cuales puedo construir mi vida con confianza.
• Si Jesús determina los parámetros de moral, ahora puedo tener una base inconmovible para mis elecciones y decisiones en vez de basarlas en las arenas movedizas de la conveniencia y el egocentrismo.
• Si Jesús en verdad resucitó de entre los muertos, todavía está vivo hoy y disponible para que me encuentre con él en el ámbito personal.
• Si Jesús conquistó la muerte, me puede abrir la puerta de la vida eterna a mí también.
• Si Jesús tiene poder divino, tiene la habilidad sobrenatural para guiarme y ayudarme, y transformarme a medida que lo sigo.
• Si Jesús conoce en forma personal el dolor de la pérdida y el sufrimiento, puede consolarme y alentarme en medio de la turbulencia que, según él mismo advirtió, es inevitable en un mundo corrompido por el pecado.
• Si Jesús me ama como dice, mi bienestar es importante para él. Eso significa que no tengo nada que perder y todo que ganar dedicando mi vida a él y a sus propósitos.
• Si Jesús es quien dice ser (y recuerda ningún líder de ninguna otra religión principal jamás pretendió ser Dios), como mi Creador, merece justamente mi lealtad, mi obediencia y mi adoración.

Cada uno de los demás sistemas de creencias que había estudiado durante mi investigación estaba basado en el plan de «hacer». Es decir, era necesario que la gente hiciera algo; por ejemplo, usar una rueda de oración tibetana, dar limosna, hacer procesiones, pasar por reencarnaciones, expulsar el karma de transgresiones pasadas, reformar el carácter, para intentar de algún modo ganarse poder regresar a Dios. A pesar de sus mejores esfuerzos, mucha gente sincera no lo lograría. El cristianismo es único. Se basa en el plan «hecho»; Jesús ha hecho por nosotros en la cruz lo que nosotros no podemos hacer por nuestra cuenta: pagó la pena de muerte que merecemos por nuestra rebelión y transgresión, para que podamos ser reconciliados con Dios. No tenía que luchar y afanarme por tratar de hacer lo imposible para hacerme digno. Una y otra vez la Biblia dice que Jesús ofrece el perdón y la vida eterna como regalo gratuito que no puede ganarse (Véase Romanos 6:23; Efesios 2:8,9; Tito 3:5). Se llama «gracia», sublime gracia, favor inmerecido. Está disponible para todo aquel que lo recibe con una oración sincera de arrepentimiento. Incluso para alguien como yo.

Nueve días en el cielo

Dennis y Nolene Prince

Nueve días en el cielo

Nueve días en el cielo

Testimonio de Marietta Davis quien a los 25 años luego de caer en una especie de coma inexplicable, tuvo una visión de una visita al cielo, y que aquí se narra. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 19, un libro basado en una historia real.

Durante mucho tiempo antes de que esto sucediera, había luchado con las grandes interrogantes de la vida. Un par de cosas se habían vuelto más claras a medida que le daba vueltas en mi cabeza una y otra vez, y llegué a una serie de conclusiones simples. Éstas fueron: perseguir el dinero y las buenas cosas nunca puede hacerte feliz; las relaciones te pueden fallar (nadie es perfecto); y muchas tradiciones religiosas no son confiables.

Yo miré muy por debajo a través del espacio nublado y oscuro, y finalmente pude ver mi cuerpo inmóvil. En torno a mí, estaban mis amigos preocupados que me llamaban y me sacudían frenéticamente, tratando por todos los medios posibles de despertarme, pero sin éxito. “Este es el punto de vista humano de la vida”, dijo mi guía angelical. “Mira a tu familia. Te aman y lloran por ti. Todo ser humano pasa por problemas y angustias y, finalmente, la muerte. Pero les está oculta la verdadera imagen de lo que sucede después de todo eso.

La vida en la Tierra es un tiempo de prueba para determinar lo que está en nuestro corazón, bueno o malo, y elegir a Dios o rechazarlo. Al final de la vida terrestre, recibimos las consecuencias de nuestra elección. (Vea Juan 5:28-29; Hebreos 10:27.)

Marietta, sabes muy bien que la gente en la tierra tiene valores morales muy diferentes. Puede ser que no estés consciente de que cuando mueren y su espíritu sigue vivo, su naturaleza moral no cambia. Los malos siguen siendo malos, pero los buenos siguen siendo buenos.

A medida que la gente dejaba sus cuerpos, sus espíritus eran atraídos a espíritus de carácter moral similar. Gente mala e impía se unía a los espíritus afines, y luego se alejaban hacia las regiones que estaban cubiertas por nubes oscuras. Las personas que amaron el bien y formaron relaciones con personas buenas eran escoltadas por ángeles santos hacia la gloria celestial de arriba.

Lo primero que debes aprender es que todo el cielo venera la cruz. Decenas de miles de personas se inclinan ante ella. Los redimidos aman quedarse a su alrededor. La adoración en la tierra es muy aburrida, en comparación con la adoración aquí.

El hombre no entiende el pecado. Tampoco entiende cuán grande es la gracia de Dios en proveer la redención. Hay muchas, muchas cosas previniendo que la luz del cielo alcance a la humanidad, pero el tiempo se acerca cuando la gente estará más consciente de la realidad de este lugar. Entonces mirarán con más cuidado la verdad espiritual. La redención final del hombre se acerca.

Nuestros deseos y las cosas buenas que los satisfacen: la comida, la bebida, dormir, etc., fueron creadas por Dios, y todos, buenos y malos, disfrutan su satisfacción. En el cielo, donde todo es bueno, los deseos se cumplen perfectamente. Por el contrario, el infierno no tiene la satisfacción de los deseos innatos. El rechazo a Dios es también un rechazo a los regalos de Dios.

La muerte del cuerpo no puede, de ninguna manera, aliviar el alma de la degradación moral o espiritual.

Tú, hombre, continuamente has violado la ley. ¿Crees que puedes jugar con ella y no sufrir las consecuencias? ¿No entiendes que cuando te opones a la ley, la destrucción vendrá sobre ti? El tiempo ha llegado.”

La cruz permaneció rígida contra el cielo. Mientras sobrellevaba el extremo de su agonía final, Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y con voz fuerte gritó: “¡Consumado es!” Entonces, sosteniendo la muerte en su poder, descendió hacia los espíritus en prisión. Por un largo tiempo, el silencio llenó el aire. Nada se movía. Nadie hablaba. Poco a poco, una suave luz empezó a brillar, revelando una tumba solitaria custodiada por hombres armados. Un ángel se paró cerca. Tocó la tumba con un cetro en su mano derecha y mientras lo hacía, la tumba se hizo transparente, revelando el cuerpo de Jesús. Éste se encontraba en la solitaria tumba, envuelto en una sábana limpia, sin manchas de sangre. El ambiente quieto y en silencio, sin ser molestado por el clamor de la muchedumbre gritando, trajo alivio calmante a las mentes de los niños que miraban. Habían sido abrumados por las escenas de crueldad y masacre reveladas durante los sufrimientos de Jesús. Mientras mirábamos y disfrutábamos de la tranquilidad, el principal guardián habló: “Miren cuán calmado y compuesto está el cuerpo de Jesús ahora”.

Como un Dios justo, Jesús exigió que se hiciese justicia por los pecados cometidos. Sin embargo, como un Dios de amor, también pidió misericordia para sus hijos. La justicia fue aplicada cuando el juicio cayó sobre sí mismo al llevar el pecado del mundo, y la misericordia se ofreció entonces a los que abrazarían este perdón. Éste es el corazón del evangelio.

Tú nos has redimido. Aún cuando no estábamos ni siquiera pensando en ti, tu Espíritu nos buscó. ¡Digno es el Cordero!

Cuando vuelvas al mundo y te reencuentres con los que nos amaron y lloraron nuestra pérdida, diles que somos felices aquí. Diles que no tenemos dolor. Siempre estamos con nuestros guardianes y amamos a todos y a Jesús, nuestro Redentor, sobre todo. Diles que estamos esperando pacientemente su llegada aquí. Nosotros también te amamos, Marietta y nos reuniremos contigo de nuevo.

Fue el pecado lo que provocó la diferencia entre el hombre y los ángeles. Éste cambió por completo la naturaleza moral del hombre. Los ángeles son puros y sin mancha. Ellos no tienen malos deseos para provocar mal en ellos y sólo la más pura vida fluye de ellos.

Aquellos que conocen los efectos del pecado son bien capaces de reconocer la humildad y la misericordia de Jesús, y le adoran desde sus entrañas. Cuando Él se mueve entre ellos, cantan en silencio en su interior, pero cuando se retira, cantan en voz alta.

Hoy puede ser el mejor día de tu vida, mientras “entras por la puerta estrecha” para encontrarte con Dios y comenzar la eternidad con Él.

La única forma de alcanzar la salvación es simple, como se describe anteriormente. Arrepiéntase de sus errores anteriores y, por la fe, acepte el perdón que Jesús ganó por usted. Usted puede hacer esto con esta simple oración: Señor Dios, reconozco que he pecado contra ti. Estoy arrepentido por esto y ahora elijo cambiar mis caminos. Por favor, ayúdame a hacerlo. Acepto con gratitud tu perdón y Espíritu en mi vida. Te doy gracias porque ahora soy tu hijo. Te serviré por el resto de mi vida y por la eternidad. En el nombre de Jesús, Amén.

La esclavitud de la voluntad

Martín Lutero

La esclavitud de la voluntad

La esclavitud de la voluntad


Martín Lutero responde a Erasmo de Rotterdam : La salvación es por gracia y no como resultado de la puesta en práctica del libre albedrío por parte del hombre. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 23, un libro de más de 100 años, publicado por primera vez en 1525.

Nadie cuenta con la habilidad de volverse a Dios. Él tiene que primero mostrarse a ellos. ¡Si fuera posible descubrir la verdad por medio del “libre albedrío”, seguramente un judío en alguna parte lo hubiera hecho! Los razonamientos más elevados de los gentiles y los esfuerzos más poderosos de los mejores judíos no los acercó en lo más mínimo a la fe en Cristo (Rom. 1:21; 2:23, 28-29). Eran pecadores condenados junto con todos los demás. Si todos los hombres tienen un “libre albedrío” y todos los hombres son culpables y condenados, entonces este supuesto “libre albedrío” es impotente para acercarlos a Cristo por la fe. Así que, después de todo, su albedrío no es gratis.

Se puede asustar a la gente para que observe las ceremonias, pero ningún poder humano la puede forzar a guardar la Ley Moral [Los Diez Mandamientos].

La Ley no fue dada para mostrar a los hombres lo que pueden hacer, sino para corregir sus ideas de lo que es bueno y lo que es malo para Dios. El “libre albedrío” es ciego, porque necesita ser enseñado por la Ley. Es también impotente, porque no justifica a nadie ante los ojos de Dios.

El propósito de de Ley es mostrar qué es el pecado y a dónde lleva: a la muerte, al infierno y a la ira de Dios. La Ley sólo puede destacar estas cosas. No puede librarnos de ellas. ¡La liberación viene únicamente por medio de Jesucristo, que nos es revelado en el evangelio! Ni la razón ni el “libre albedrío” pueden guiar a los hombres a Cristo, porque la razón y el “libre albedrío” en sí necesitan la luz de la Ley para mostrarles su propio mal.

Aun los que creen en el “libre albedrío” tienen que coincidir conmigo que no pueden glorificar a Dios por sus propios medios. Aun con su “libre albedrío” dudan si agradan o no a Dios. Por lo tanto, doy prueba, por el testimonio de sus propias conciencias, que el “libre albedrío” no agrada a Dios.

No existe ningún mérito humano para Dios, ni grande ni pequeño. Nadie merece ser salvo. Nadie puede trabajar para ser salvo.

Nadie niega que las obras malas no son aceptables a Dios. Eso es obvio. El argumento es que ni siquiera las buenas obras nos hacen aceptables a Dios. Merecen su ira, no su favor.

Los que llegan a conocer a Cristo no pensaron anteriormente en Él, no lo buscaron ni se prepararon para él.

Quisiera que mis opositores cayeran en la cuenta que cuando argumentan a favor del “libre albedrío”, niegan a Cristo. Si podemos obtener gracia por el “libre albedrío” no necesitamos a Cristo. Y si tenemos a Cristo, no necesitamos “libre albedrío”. Los partidarios del “libre albedrío” prueban su negación de Cristo por sus acciones porque algunos de ellos hasta recurren a la intercesión de María y de los “santos” y no confían en Cristo como el único mediador entre el hombre y Dios. Todos abandonan a Cristo y su obra como Mediador y como el Salvador más bondadoso, y consideran los méritos de Cristo de menos valor que sus propios esfuerzos.

Toda la Escritura proclama que Cristo es el único camino de salvación. Cualquiera que se encuentra fuera de Cristo está bajo el poder de Satanás, el pecado, la muerte y la ira de Dios. Sólo Cristo puede rescatar a los hombres del reino de Satanás. ¡No somos librados por ningún poder dentro de nosotros mismos, sino únicamente por la Gracia de Dios!

La naturaleza humana es tan mala, aun en quienes tienen en ellos el Espíritu de Dios, que no sólo fracasan en hacer lo bueno, sino que luchan contra ello.

Si mi salvación dependiera de mí, no tendría la capacidad de enfrentarme con los peligros, las dificultades y los diablos contra los que tengo que luchar. Pero aun si no hubiera enemigo que enfrentar, nunca podría estar seguro del éxito. Nunca estaría seguro de haber agradado a Dios o de que había algo más que necesitaba hacer.

Pero mi salvación está en las manos de Dios y no en las mías. Él será fiel a su promesa de salvarme, no sobre la base de lo que yo hago sino según su gran misericordia. Dios no miente, no dejará que mi enemigo el diablo me arrebate de sus manos. Por el “libre albedrío” nadie puede ser salvo. Pero por la gracia gratuita, mucho serán salvos. No sólo eso, sino que estoy contento de saber que como cristiano, agrado a Dios, no por lo que hago sino por su gracia. Si trabajo demasiado poco o demasiado mal, él por su gracia me perdona y me hace mejor. Esta es la gloria de todos los cristianos.

Si uno usa la razón humana para considerar la manera como Dios gobierna los asuntos del mundo, se ve forzado a decir que no hay Dios o que Dios es injusto. Los malos prosperan y los buenos sufren (vea Job 12:6; Salmo 73:12), y eso parece ser injusto. Muchos niegan la existencia de Dios y dicen que todo sucede por casualidad.

La realidad de un sueño

Lilly Goodman

La realidad de un sueño

La realidad de un sueño


A través del testimonio de su carrera como cantante, Lilly Goodman aconseja qué hacer para que los sueños se hagan realidad, dando algunos tips que pueden ser útiles en cualquier área que uno se desempeñe. Calificación de 8. Del Reading Challenge, reto 17, un libro que te haya recomendado un amigo.

Padres, pastores, líderes, maestros: es vital que como adultos maduros y con experiencia aprendamos a entender el mundo de las nuevas generaciones… Cada generación piensa, sueña y actúa diferente, y si no lidiamos bien con eso los empujamos a tratar de hallar identidad, aceptación, afecto y credibilidad en otras partes. Muchas veces la presión no solo es externa. Siempre pensamos que nuestros jóvenes solo enfrentan al mundo que está afuera, pero dentro de nuestro círculo, con nuestro pueblo, nuestra gente, nuestra comunidad…, la amada iglesia, hay presiones que enfrentar. Puedo pensar en cientos de chicos con llamados específicos que, tratando de ser aceptados, entendidos y de alguna manera lograr que los miren, optan por involucrarse en áreas en las que piensan serán más valorados, para agradar a los demás.

No es posible hacerlo todo y destacarse en todo. La misma Biblia deja ver que todos tenemos dones diferentes, y funcionando como un cuerpo somos eficientes (fíjate en Efesios 4:11).

No saltes de un lado para otro probando diferentes carreras sin saber en qué eres bueno. Elige lo que de verdad te apasiona y realízalo con excelencia.

Aquello en lo que tienes años poniendo tu mayor empeño, te esfuerzas al máximo y nunca te sale bien, con toda certeza te digo que ese no es tu don. Si es que te gusta tanto y no quieres soltarlo, úsalo como un entretenimiento en tu tiempo libre, pero suelta esa carga.

Eres importante, no te menosprecies, tienes un espacio reservado para ti, usa lo que tienes, no pierdas tiempo en buscar lo que no es tuyo.

No hay mayores enemigos del ser humano que sus propias emociones. La timidez, el miedo, la duda, la baja autoestima, son fuertes enemigos que hay que vencer.

El hombre puede tratar de minimizarte, cerrar puertas haciendo uso de sus recursos o utilizar la crítica y malos comentarios en tu contra sin lograr éxito, pues el poder de abrir y cerrar puertas no está en sus manos.

Se dice que somos lo que pensamos y nos convertimos en lo que decimos.

Cuando me siento cansada y me quiero retirar, medito en la grandeza de lo que Dios ha hecho conmigo; eso me mantiene de pie y viva por dentro para seguir dando, por gracia, el favor que he recibido.

Al final, es siempre cuestión de decisión. Solo tú puedes decidir triunfar o quedarte atrás. Cualquier cosa que permitas posicionarse como un obstáculo se interpondrá en el logro de tus metas.

Más del ochenta por ciento de lo que las personas temen nunca va a pasar, así que temer es una verdadera pérdida de tiempo y energía física y mental.

Es seguro que vamos a sentir temor de algo, es parte de la vida misma, tendremos que lidiar con bastantes cosas simplemente por el hecho de estar vivos y en el planeta Tierra. Lo que hace la diferencia es cómo enfrentemos cada circunstancia. El mismo Jesús en Juan 16:33 les dejó claro a los discípulos en cuanto a las aflicciones venideras, pero también la esperanza de vencer a través de su victoria. Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, amor y dominio propio (fíjate en 2 Timoteo 1:7). Si lo decides puedes ser fuerte, el dominio propio está en tu naturaleza porque Dios lo puso en ti. Cuando llega el susto o el pánico a tu mente haz uso de ese dominio que posees y toma control de tus emociones. No debes permitir que el miedo te quiebre. Las oportunidades de la vida no se deben dejar pasar, hay que tomarlas, vencer el miedo del momento y hacerlo bien; aunque sea temblando del terror debemos continuar por encima de eso.

Una forma segura de fracasar es posponer y echarse para atrás todo el tiempo. Me he dado cuenta de que enfrentando lo que temo es la única manera de vencerlo. En una guerra, para poder vencer a su enemigo, los ejércitos solían colocarse enfrentados cara a cara, tomando el riesgo de ser heridos, pero si no lo hacían de cualquier manera existía el riesgo de ser atacados desprevenidos, entonces, ¿por qué no enfrentarlo y atacar de una vez? Igual es con el miedo, la única manera de derrotarlo es dándole la cara.

Las puertas que Dios abre son esas pequeñas oportunidades que, si las sabemos aprovechar, nos abren la entrada hacia otras y otras más. Un pequeño momento nos lleva a otro y ese otro nos abre las puertas a grandes oportunidades.

Alguien que conozco dice que “la hora es la que mata”, no importa donde estés cuando esa hora llega, llega. Duro, pero cierto.

Es asunto de valentía, no podemos esperar que Dios o los ángeles hagan todo por nosotros, Él nos ha dado el poder para lograr cosas magníficas, pero nos toca a nosotros actuar. Hay que salir a conquistar, enfrentar y vencer. Al realizar nuestra tarea con valor y dignidad, la satisfacción es para nosotros; y a la vez que ponemos el nombre de Dios en alto, le estamos confirmando que no importa lo que haya que enfrentar Él puede contar con nuestras vidas para su servicio. La misión de Jesús le costó un sacrificio de sangre y mucho dolor, pero Él no se echó para atrás, fue fiel y responsable (fíjate en Hebreos 3:1-2). Gran ejemplo para ti y para mí.

Continuamente Él nos está hablando y, por andar ocupados o haber perdido la sensibilidad, ni siquiera nos enteramos, puesto que no sabemos distinguir. Él habla de tantas maneras, algunas veces a través de la naturaleza, de una canción, de la Biblia, de un familiar o en ocasiones su Espíritu Santo pone convicción en nuestro interior y trae confirmación a medida que sentimos paz. La clave es ser sensibles, estar atentos y apagar todos los sonidos que estorben. No será tan fácil pero tampoco imposible.

Siempre que nuestros pasos sean guiados por Dios tendremos éxito en lo que emprendamos. Antes de preguntar a tus amigos, a tus padres, a tu pareja, pregúntale a Él, que sabe dónde comienza y termina todo, déjalo que te guíe y mantén tus oídos atentos.

El pedir señales a Dios es algo que a mí me funciona, y es bíblico (fíjate en Jueces 6:36-40), en vez de estar buscando gente que me dé palabra puedo desarrollar una relación directa con Dios y Él me puede hablar de diferentes formas. No siempre lo hace con señales, en ocasiones ha usado gente que me da una palabra acertada, pero soy muy cautelosa con seguir todo lo que alguien me diga “de parte de Dios”. No todas las profecías vienen de Dios, hay muchos que andan inventando; tenemos que aprender a discernir, en otras palabras, distinguir cuando es algo que Dios nos quiere decir o son las emociones del que habla.

En el tiempo de anonimato es cuando somos preparados para lo extraordinario. Nadie empieza desde arriba, hay un proceso que no puede saltarse.

Si el proceso de entrenamiento es largo, significa que estás siendo preparado para algo muy grande.

No trates de encajar en los prototipos que el mundo te da. No busques ser el más atractivo, el más famoso, el que tiene más influencia. Que tu propósito sea hacer la voluntad del Padre, y te garantizo que Él será tu mejor contacto y el Espíritu Santo será la más grande influencia que necesitarás.

Dios puede transformar nuestro caos en la bendición más gloriosa que nos podamos imaginar. Aun en medio del dolor, la soledad, la tristeza, la enfermedad, el abandono o el acontecimiento más desastroso que pueda estar ocurriendo en tu vida, puedes estar confiado de que al final todo cobrará sentido.

Te voy a dar unos tips que me funcionaron mientras pasé por ese desierto:
Sé valiente.
Descansa en la soberanía de Dios.
Es muy importante que seas fiel.
Que vivas en integridad.
Realiza tus tareas con excelencia.
Desarrolla tus talentos y habilidades.
Mantente enfocado(a) en tu visión.
No guardes rencor.
Perdona a los que te han herido.
Representa a Dios dignamente donde quiera que vayas.
Y mantén el sueño vivo.
Él tiene tu vida en sus manos… Verás que todo es parte de un propósito.

Dios no necesita un ambiente perfecto o circunstancias agradables para crear milagros.

Cuando sientas la presión y los ataques, refúgiate en la bendita Palabra de Dios que declara lo mejor de ti.

Recuerda: el mundo no tiene la autoridad para definirte.

Toda persona que se prepara, que trabaja y se esfuerza constantemente, anda en busca de estabilidad, de seguridad, de establecer un sistema que pueda manejar, de un estilo de vida invariable que le dé sentido de realización, pero sobre todo que la haga sentir estable. Por ello tantos, después de tener toda su vida exactamente en el lugar deseado, caen en depresión y su mundo se les vuelve un desastre, porque una de las piezas de su rompecabezas se ha movido de posición.

Muchas veces no podemos ver lo que nos perdemos al seguir atados a un tiempo que ya acabó. Lo familiar y cómodo nos hace sentir a salvo y nos ciega a un porvenir más prometedor. Siempre que Dios nos mueve de un lado es por nuestro bien. Nos está librando de cosas o quizás rescatándonos de la situación en que estamos metidos o, simplemente, para llevarnos a un mejor lugar. Su camino siempre conduce a ganancia, nunca a pérdida. Solo hay que tener en claro que escuchamos la voz de Dios y no la voz de las emociones o de un profeta mal informado. Así como es peligroso quedarse en donde ya no debemos estar, igual lo es moverse cuando todavía es tiempo de quedarse. Para saber tomar decisiones de este tipo se requiere mucha madurez, seguridad y valor, que provienen de una relación especial con el Espíritu Santo.

Si bien es cierto que debemos confiar en que nuestro Padre ha preparado un fabuloso destino para nosotros, también es cierto que no llegaremos a ese destino mientras estemos inactivos.

El carácter es estabilidad. Creo que es una de las cualidades más importantes en un individuo, así se llame cristiano o no. Un líder, un maestro, un cantante, un padre de familia, un empresario, cualquiera que tenga un buen carácter tiene éxito. No importa cuál sea el oficio, para ser exitoso es necesario tener carácter. Puedes tener mucha gracia y talento, pero si no posees firmeza nadie te respetará, debes ser un individuo confiable y de una sola palabra. El carácter no es una cara seria, es saber mantenerse firme y leal a lo que uno cree sin deslumbrarse ante las ofertas ni perder el norte. La determinación, por otro lado, es valor, osadía, decisión de perseguir lo que anhelas. Es estar dispuesto a pagar el precio por un ideal; a vivir lo que se profesa cueste lo que cueste.

No se trabaja para Dios esperando la alabanza y apreciación de los seres humanos. El hombre falla, ofende y maltrata, pero el que nos llamó siempre se mantiene fiel, solo hay que quedarse quietos y esperar por su justicia.

No me canso de decir que todo es cuestión de decisión. Cuando se presentan los momentos de azotes, no es tiempo de mirar a los que nos hacen daño, es el momento de mirar adelante y arriba, a Jesús. Y aunque sea arrastrándose en el pavimento, con las lágrimas rodando por el pecho, avanzar con determinación. Esa es la gente que triunfa. Cuando alguien me dice que nací con suerte y que por eso he logrado algo, le respondo que está equivocado, nada se consigue sin esfuerzo y determinación. Se nace con talentos y gracia, pero que se concreten los planes del Creador depende mucho de la actitud, las decisiones y el carácter. Es de cobardes poner excusas y culpar a otros por nuestras decisiones.

Todo problema tiene una solución si lo miramos desde la perspectiva correcta. Solo que, cuando nos enfocamos en lo que está mal, en lo que no tenemos o en lo que los demás no están haciendo, se hace difícil ver las posibilidades.

Si en vez de paz reflejamos angustia, en lugar de gozo cargamos amargura, inquietud en vez de paciencia, furia en lugar de mansedumbre, no importa cuánto hablemos de un Dios de paz, de amor y que transforma, tristemente, no somos un testimonio de ello en ningún lugar.

Esperar lo mejor, independientemente de los pronósticos, cambia completamente la perspectiva de nuestra situación.

No hay un ser humano que pueda vivir feliz y cumplir con su llamado en este mundo, si solo depende de lo que otros decidan por él.

Como ministro del reino, sé bien lo fácil que es caer en la ocupación ministerial y descuidar lo más importante; nos dejamos envolver por los quehaceres y empezamos a funcionar con las reservas; es una condición de peligro. Toda persona que está al frente es la que recibe más bombardeos, por lo tanto es vital estar vestidos adecuadamente antes de salir a la vista.

“Todo lo que hago atribuye valor a algo. Cuando paso una hora viendo la televisión, atribuyo un valor a lo que sea que estoy viendo”. Adorar es simplemente eso, atribuir valor a algo. Si mi enfoque del día es cualquier cosa menos sacar tiempo para conversar con Dios, leer su Palabra y preparar mi corazón para recibir lo que Él desea darme para entregar a su pueblo, será difícil estar en sintonía. Lección aprendida.

Si pagar por algo duele tanto es porque el concepto de valor no es muy alto.

En tiempos de tribulación es el mejor momento para alabar al Dios que todo lo puede y es capaz de hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (fíjate en Efesios 3:20).

Si no eres capaz de servir en tu iglesia local con una actitud de obediencia y sumisión, entonces no estás listo para obedecer a Dios y servir en ninguna otra parte del mundo. Ese es el primer lugar para comenzar.

Anormal

Craig Groeschel

Anormal

Anormal


Cuando los cristianos hacen cosas que están dentro de los parámetros que la sociedad impone como normales, algo anda mal. Esa es la premisa del autor, es necesario ser anormal para reflejar el sentir de Cristo, y lo ejemplifica en algunas áreas específicas: tiempo, dinero, relaciones, sexo y valores. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 46 Un libro escrito por un autor con tus mismas iniciales.

Pergeñar: Idear, disponer o ejecutar una cosa con más o menos habilidad y rapidez:

Lo normal es que odies a tus enemigos. Jesús te dice que los ames.
Lo normal es que busques vengarte de los que te ofenden o lastiman. Jesús te muestra que tienes que ser bueno con ellos.
Si alguien te pega, lo normal es que le pegues de vuelta. Pero Jesús te dice que pongas la otra mejilla.
Seamos sinceros. Todo eso no solo es contrario a nuestra intuición y a todo lo que aprendimos en el patio de la escuela primaria. Es todo lo opuesto, anormal, extraño. Y eso que no son las enseñanzas más inusuales de Jesús. Porque también enseñó que tenemos que orar por quienes nos persiguen. ¡Qué anormal! Además, dijo que si queremos encontrar la vida, tenemos que perderla. Más anormal todavía. Y que si no aborrecemos a nuestros padres es que, en realidad, no nos hemos comprometido con él. ¡De lo más anormal!

Para seguir a Jesús en verdad, y para conocerle, iba a tener que ser distinto a mis amigos, a todos los demás. Pero yo no quería serlo, como esos cristianos que parecían bobos, con sus guitarritas y folletitos que se suponía no tenían que verse como folletitos. Los cristianos eran diferentes, lo cual era anormal, y yo lo que quería era ser normal. Estaba comprometido con eso.
Y como no quería ser anormal, no iba a cambiar de rumbo para seguir a Jesús.

En términos de dinero, es normal endeudarse al punto que ya ni ves cómo salir de ello. El dinero se vuelve un pozo sin fondo, lleno de preocupación, miedo, ansiedad, tensión y peleas. Casi toda la gente que conozco vive de salario en salario. Ganan mucho más que antes, pero nunca les alcanza. Ahora, más que nunca, es caro ser normal, con tantas cosas buenas que hay que comprar y cuidar, con tantas experiencias normales que uno quiere que su familia pueda disfrutar. Lo único es que resulta difícil disfrutar de todo eso si la horca del dinero te aprieta un poco más con cada pago mensual.

En las iglesias, lo normal es el cristianismo tibio, el consumismo espiritual egocéntrico, superficial, la fe centrada en uno mismo. Dios se ha vuelto un medio para llegar a un fin, un utensilio en nuestra caja de herramientas que nos permite conseguir algo más. La mayoría de la gente afirma que conoce a Dios, pero sus acciones lo niegan.
Y todo eso es normal.
Pero ser normales no resulta.

Dios quiere que lo conozcas y lo ames; no que lo reconozcas y consideres un papito cósmico, uno que flota en el cielo.

Vivimos en una sociedad que está desesperada por tener más tiempo, que implacablemente nos empuja al límite y no solo en época de Navidad. Comprar más, hacer más, lograr más, conquistar más. Correr, correr. Rápido, rápido. Más productivo, más eficiente, más expeditivo, más, más, más. La locura parece ser la norma.

Siempre estamos apurados, siempre corriendo, siempre nos falta tiempo. Casi toda la gente que conozco no tiene espacio para equivocarse al organizar sus días. Es lamentable, pero la mayoría casi no tiene tiempo para esas cosas de la vida que dicen que tanto les importan. Cuando nos buscamos demasiadas actividades, creyendo que podemos hacerlo todo, dejamos de ser humanos y tratamos de ser dioses, algo que no solo es imposible, sino que además muestra una arrogancia asombrosa. La mayoría vivimos a un ritmo que no solo es imposible de sostener, sino que además, es contrario a la Biblia.

Dios te ha dado todo lo que necesitas para cumplir con todo lo que quiere que hagas, y eso incluye el tiempo suficiente (2 Pedro 1:3). No necesitamos más tiempo. Lo que necesitamos es utilizar de manera diferente el que ya tenemos. Tienes tiempo para aquello en lo que elijas invertir tus horas. Todos los días decimos: «No tengo tiempo para hacer gimnasia … para leer la Biblia … para ir a la iglesia esta semana … para ir a almorzar con alguien … para agregar algo más». Pero en verdad, siempre encontramos tiempo para lo que nos importa. Si el golf es una prioridad, entonces encontramos tiempo para jugarlo. Si nos importa cenar con los amigos, nos hacemos tiempo para ello. Si la prioridad es tomar sol, hacer ejercicio o cortarnos el cabello, siempre parece que encontramos el tiempo que necesitamos. La próxima vez que estés a punto de decir: «No tengo tiempo» para algo, piénsalo. Y repite esta verdad en tu mente: o no es una prioridad y estás guardándote tu tiempo por una buena razón, o sencillamente no tienes ganas de usar tu tiempo para esto.

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste lo suficiente como para aprovechar un momento superimportante?

«Si el diablo no logra que seamos malos de veras, intentará que estemos siempre muy ocupados». Y es cierto. Lo más importante casi nunca es lo que parece tan urgente. Cuando algo pequeño clama a gritos por nuestra atención, su ruido a menudo ahoga el susurro de lo que tiene una enorme importancia.

El solo hecho de que todos hagan algo no implica que ese algo esté bien (¡Ah, acabo de decir una frase que mamá me decía todo el tiempo!). Es más, cuando todos hacen algo, eso indica que habrá que estudiarlo en lugar de seguir al rebaño por instinto y hacer lo que todos hacen.

La mayoría de las personas normales piensan que Dios nunca nos dará más cosas de las que podamos tratar. Pero el problema está en que Dios nunca afirmó eso. Lo que dijo fue que no permitiría que tuviéramos tentaciones sin que hubiera una salida (1 Corintios 10:13), pero jamás dijo que no nos daría más de lo que pudiéramos manejar. ¿Estás listo para verlo como lo ven los anormales? Dios muchas veces te dará más de lo que puedas manejar para que aprendas a depender de él más que de ti mismo. Si pudieras con todo, no necesitarías a Dios.

El solo hecho de que podamos hacer algo no implica que tengamos que hacerlo.

La consecuencia de la ocupación excesiva nos destruye más que la tensión que nos causa precisamente el tener tanto que hacer.

Hay que tener valentía para decir que no. Empezar a decir que no a las cosas buenas para poder decir que sí a las mejores.

La razón principal por la que tanta gente se rinde al ritmo normal que le abruma, que le pesa y le resulta insostenible […], es que no tiene fe. Sinceramente, no creemos que Dios esté en su trono, que pueda ocuparse de los detalles de nuestras vidas, que quiera lo que es verdaderamente mejor para nosotros, ni que su forma de hacernos vivir sea la mejor. […] —Tememos que si no corremos sin parar y no probamos todo lo que este mundo nos ofrece, vamos a perdenos algo. Tenemos miedo de perdernos esa única cosa que resultaría ser la elusiva pieza de nuestro rompecabezas que finalmente llenaría el hueco, el vacío que sentimos muy dentro. Pero no hay nada que pueda llenarlo. Porque no hay tal cosa como la sana adicción.

La idolatría no es solo falta de obediencia a Dios. Es poner todo el corazón en otra cosa, además de Dios.

«¿Tienes idea de lo importante que soy? ¡No puedo dejarlo todo así, sin más!». Cuando lo dices (aunque no sea en voz alta, pero sí en tu corazón), lo que estás diciendo en realidad es que los principios de Dios no son verdad. Que no crees en Dios. No crees que él sepa qué es lo mejor para ti: que el reposo te hará más productivo, más saludable espiritualmente. Necesitas fe. Y probablemente, también necesites una siesta.

Si tu iPad se ha convertido en tu íDolo, es hora de dejarlo.

Somos ricos únicamente por lo que damos y pobres por lo que negamos. RALPH WALDO EMERSON

Si eres como yo, es muy probable que en algún momento hayas pensado: «Si tuviera todo ese dinero, sería mejor persona que ellos. Gastan su dinero en cosas estúpidas. Yo jamás lo haría. Solo lo gastaría en cosas buenas, en lo que corresponde, como ayudar a otras personas». ¡El problema es que hay alguien leyendo este libro ahora mismo que piensa exactamente eso con respecto a ti! Para esa persona, tú tienes mucho dinero y piensa que gastarían tu dinero mucho mejor que tú (y tal vez tenga razón).

El autor de Eclesiastés observa: «Quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente» (5:10).

Ser rico es un objetivo móvil. Y eso explica por qué los estadounidenses normales, incluso cuando les va mucho mejor que a la mayoría del resto del mundo, no se sienten ricos. Por eso nunca estamos satisfechos y siempre queremos más, sin apreciar jamás todo lo que se nos ha dado. Una vez más, el ser normales nos está matando.

«Además, a quien Dios le concede abundancia y riquezas, también le concede comer de ellas, y tomar su parte y disfrutar de sus afanes, pues esto es don de Dios» (Eclesiastés 5:19).

Como la gente normal no cree que es rica, por lo general apenas mirará o pasará por alto todo lo que le diga la Biblia a los ricos. Si te cruzas con un pasaje de la Biblia que se dirige directamente a ellos, ¿cómo respondes? Por mi experiencia sé que la mayoría diríamos: «Sí, absolutamente sí. Los ricos realmente necesitan oír la Palabra de Dios. Seguramente recordaré este versículo si llego a ser rico». Pero tenemos que recordar lo siguiente: la Palabra de Dios es atemporal y es para todo el planeta. Cuando nos comparamos con el resto del mundo, tenemos que reconocer que Dios nos está hablando a nosotros en este momento. ¡Nosotros somos esa gente rica!

«Hay gente tan rica ¡que tiene un auto! No son muchos, por supuesto. Leí que solo entre un tres y un cinco por ciento de la población global tiene auto. Pero hay gente tan rica ¡que tienen dos autos! Y de ellos, hay algunos que tienen una casa para el auto, que llaman garaje y es como una casita que protege al coche de la intemperie. ¿Y sabes qué más hacen? Esta gente rica se sube al auto y conduce, pasando por veinte o más de esos lugares donde hay comida —los que llaman restaurantes — y son tan ricos que les pagan a otros para que les preparen comida y se las sirvan. ¡Así de ricos son! «Y algunos de esos ricos comen tanto en tantos restaurantes, que engordan mucho, pero siguen comiendo más y más. Luego tienen que ir a unos lugares que se llaman gimnasios y les pagan a otros para hacer ejercicio. Así de ricos son. «Y de estos ricos, algunos tienen cuartos especiales que se llaman clósets, que están llenos de ropa. ¡Son cuartos para guardar ropa! Nadie duerme allí, solo la ropa, que está en perchas o estantes, como en una tienda. Hay gente tan rica que hasta tienen un cuarto grande para la ropa del hombre, y otro para la ropa de la mujer. ¡Tanta ropa! Para los días fríos, para los días cálidos, para el trabajo, para la iglesia. ¡Es una locura! Así vive la gente rica. Nunca lo he visto con mis propios ojos. No, no, no. Pero lo he oído».

Si sigues a Cristo, él te ha dado abundancia para que puedas ocuparte de los demás, y no para que compres pantalones capri para el verano que viene o para que tapices con cuero el interior de tu nuevo auto todoterreno. Mientras no asumas la responsabilidad de haber recibido la bendición de tener recursos que puedes dar para aliviar a quienes te rodean, puedes mantenerte enfocado en comprar más y más cosas para ti mismo.

Si ganas treinta y siete mil dólares al año, estás dentro del cuatro por ciento de los asalariados activos de hoy, y bajo cualquier definición, eres rico. Si ganas cuarenta y cinco mil dólares al año o más, entonces estás dentro del uno por ciento de los asalariados más ricos del mundo. Para honrar a Dios con tu riqueza, ante todo deberás admitir que eres rico. Y la mayoría de las personas no lo hacen. Porque no es normal.

La mayoría de los estadounidenses nunca ha tenido que orar: «Jesús, dame el pan de hoy». Sé que no es así para todos, pero sí para la mayoría. ¿Por qué? Porque siempre hubo pan en la cocina (o Twinkies, o tortillas de queso). Jamás hemos sabido de veras lo que es depender de, y confiar en, Dios para que nos provea lo del día, porque siempre tuvimos para hoy. Y probablemente también para mañana. Y quizá hasta para el invierno que viene, con todo eso que guardamos en el congelador que está en el garaje. Sé que algunos de los que administran tan bien sus recursos no solo están libres de preocupaciones, sin tener que confiar en Dios, sino que además se han asegurado de que tampoco sus hijos tengan que depender de él. Tienen seguro, seguro de salud, planes de jubilación y todo tipo de redes de seguridad.

La peor pobreza es la deuda. THOMAS FULLER

Bueno, al menos sé que mis problemas son normales.

El oxígeno económico te da más lugar para respirar. Puede ayudarte a sentir que descansas. Sin preocuparte, sin ansiedad, sin sentir miedo todo el tiempo. Ya sabes … para vivir como alguien normal.

Hay una forma sabia de administrar el dinero que Dios te confía. Y también hay una forma necia y tonta de despilfarrar lo que Dios te confía. La decisión, en realidad, es tuya.

En 1 Timoteo 6:6-8 escribe: «Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso». […] En los versículos 9 y 10, Pablo describe el doloroso ciclo en el que se encuentran muchas personas: «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores».

Allí donde va tu dinero, irá tu corazón. El cristiano promedio de Estados Unidos da más o menos un dos por ciento de sus ingresos a la ayuda social y al avance del reino de Dios en la tierra. Eso significa que el noventa y ocho por ciento restante va al mundo. Lo cual implica que el noventa y ocho por ciento del corazón va al mundo. Si te preguntas por qué querrías más del mundo y no estás satisfecho con Dios, será porque tienes un problema espiritual. Pensamos que con más seríamos más felices.

Las dos opciones que hay en el camino al margen financiero, son sencillas:
1. Ganar más
2. Gastar menos
Es eso nada más. El secreto para salir de las deudas en cuatro palabras. Lo sabías.

Es mejor algo que pagas por completo, que se usa, se disfruta, se comparte y se gasta, que tener algo nuevo, brillante y lindo que no terminarás de pagar hasta el 2019 y que no disfrutas por culpa del estrés.

Para mantener la salud y vivir el gozo de la riqueza eterna, ha llegado la hora de no ser normal: hay que ser anormales.

Con lo que obtenemos, vivimos. Con lo que damos, creamos vida. WINSTON CHURCHILL.

Estoy convencido de que Dios no nos bendice porque lo merezcamos o porque nos lo ganemos. No nos bendice para que sintamos culpa y vergüenza. Nos bendice para que podamos ser distintos.

«No tengo tanto como para dar», en realidad lo que están diciendo es que no tienen tanto de sobra como para dar sin cambiar su estilo de vida. Es normal, por supuesto. Pero lo cierto es que siempre tienes algo que dar. Y cuando menos tienes, más sacrificio implica el dar a los demás.

No hablo de que le des a la iglesia todo el dinero posible. Esa no es la economía de Dios. Además, francamente sería holgazanería de tu parte. Porque no es eso lo que tienes que hacer. Puedes darle un diez por ciento —un mínimo, al menos— a tu iglesia local. Para apoyarla. Para regar el suelo en que te has plantado. Ayúdala a crecer. Y a medida que aumentes el porcentaje a lo largo del tiempo, mira más allá de tu iglesia y encuentra otros lugares que puedas ayudar a crecer. Ministerios serios. Oportunidades en tu barrio, en la escuela de tus hijos. Causas que te apasionen para que avance el reino de Dios. Aprovecha los recursos que tienes para cambiar la eternidad. Aprende a ahorrar y ganar más recursos para poder dar más.

Cuando ves a tu cónyuge (o potencial cónyuge) como salvador o salvadora, rápidamente te dispondrás a negociar tus parámetros de vida.

Cuando crees que el matrimonio es tu respuesta, muchas veces terminarás dando algo que en última instancia los hiere a ambos.

Cuando te enamoras de un ideal, es imposible no sentir desilusión ante la persona que tienes al lado. Muchas veces nos proponemos casarnos con Raquel, la personificación de lo perfecto, que nos completará y cumplirá todos nuestros deseos. Y terminamos con la realidad de Lea, un ser humano de carne y hueso, con defectos como tenemos todos.

Poner primero a Dios no te dará la garantía de un matrimonio fácil, pero sí te resultará más sencillo eso que luchar con la negociación, con el creerse con derechos (el uno o el otro) y con la amargura.

¿Has notado que solemos juzgar a los demás por sus acciones, pero a nosotros mismos nos juzgamos por las intenciones? Esto vale en especial para la relación conyugal.

No te preocupes porque tus hijos nunca te escuchen. Preocúpate porque siempre te están observando. —ROBERT FULGHUM

Lo normal es afanarse por estar en el centro del estilo de vida mundano. Lo anormal es vivir para estar en el centro de la voluntad de Dios.

No existen las fórmulas a prueba de todo en materia de crianza. Pero aunque no hay garantías, sí hay determinados principios bíblicos a los que apuntamos. En vez de tratar de guiar a nuestros hijos para que se parezcan a quienes los rodean, debiéramos guiarlos para que se parezcan a Cristo. Romanos 12:2 dice en la Traducción en Lenguaje Actual: «Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto».

¿Cómo podemos convertirnos en padres anormales? No es fingiendo ser perfectos, ni haciendo creer que tenemos todas las respuestas. Más bien, tenemos que dejarles ver nuestras dificultades, así como nuestros puntos fuertes. Los padres y madres que son anormales no solo intentan reflejar el carácter de Dios a diario, sino que también muestran su humanidad, con sus propias preguntas, dudas y defectos. Hablan de las respuestas a sus oraciones y también de las oraciones no respondidas. Pierden los estribos y tienen la suficiente humildad como para pedir perdón. Es imposible ser buenos padres si no dependemos de Dios para tener la fuerza, la paciencia, el rumbo, la sabiduría y el discernimiento que nos permitan enseñarles a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Nuestro objetivo no debiera ser el de criar chicos totalmente independientes. Más bien, debe ser criarlos para que dependan, no de nosotros ni de nadie más, sino del verdadero Señor Dios. Él es el único que sabe lo que es mejor para ellos y que puede guiarlos a su perfecta voluntad.

Nuestro objetivo no es criar chicos que puedan soportar las películas prohibidas para menores y aun así ser adolescentes productivos, ni criar chicos tan sobreprotegidos que piensen que HP significa Hewlett Packard. Más bien, oramos que nuestros hijos al crecer ya no nos necesiten, sino que necesiten a Dios y lo conozcan íntimamente, y que luego, por su parte —y en su gracia y verdad— tengan fuerzas como para decir que no a las influencias peligrosas y a la tentación, viviendo con la gracia de amar a los que no viven en la verdad que ellos sí abrazan y albergan en sus corazones.

Lamentablemente, es algo muy normal separar la vida espiritual de la cotidiana. En realidad no hay distinción, ya que todo lo que hacemos es espiritual: estudiar para un examen, jugar a la pelota, ir a la casa de los abuelos. Necesitamos a Dios en todos esos momentos y lugares, en especial si tienes seis hijos y un perro, todos dentro de una camioneta. Si bien la gente normal separa su vida en compartimentos (escuela, hogar, deportes, trabajo, amigos y, ah sí, la iglesia y lo espiritual), la gente anormal sabe que todo es espiritual. No recordamos a Dios en oración solamente cuando el día finaliza. Vivimos conscientes de él momento a momento. Dios no forma parte de nuestras vidas. Dios es nuestra vida.

1. Enseñarles a administrar el dinero de Dios (Proverbios 3:9-10).
2. Educarlos para que sepan elegir amigos con cuidado (Proverbios 13:20).
3. Enseñarles a cuidar sus palabras (Proverbios 4:24).
4. Enseñarles a ser responsables (Proverbios 6:6-8).
5. Enseñarles a guardar sus mentes (Proverbios 23:7).
6. Enseñarles a ser generosos (Proverbios 11:25).
7. Enseñarles a reverenciar y temer a Dios (Proverbios 1:7).

No vemos que al negociar, con tal de complacer, lo que sucede es que la gente nos pierde el respeto.

Tómate un momento para meditar en lo que sientes en esas situaciones. Dios es el artista que creó esas escenas, no un policía enojado que te quiere poner una multa. Nuestro Padre celestial es el creador y sustentador del universo. Lo sabe todo, lo puede todo y está siempre presente. Es tan santo que los mortales no pueden verle en su más pura esencia y seguir viviendo. El mismo Dios que pronunció la existencia de todo lo que vemos te conocía incluso antes de que te formaras en el vientre de tu madre. Es al mismo tiempo el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el amante íntimo de tu alma. Dios conoce cada uno de los cabellos que hay en tu cabeza y ve cada una de las lágrimas que derramas. Es el grandioso «Yo soy». Se le llama fuego consumidor, roca, refugio, escondite, sanador, proveedor. Es el Dios que te amó tanto que su Hijo se despojó de toda gloria celestial para vivir como un pobre carpintero judío, de manera que pudiera derramar su sangre, sufrir y morir por el perdón de nuestros pecados. Es un Dios que está más allá de toda descripción. Y nos ama. Se trata de un temor reverencial, puro, inalterable.

Todos los días hay gente normal que termina haciendo cosas que dañan, cosas que no planeaban hacer.

En Proverbios 5:8-11, Salomón le advierte a su hijo acerca de los peligros de la mujer adúltera: «Aléjate de la adúltera; no te acerques a la puerta de su casa, para que no entregues a otros tu vigor, ni tus años a gente cruel; para que no sacies con tu fuerza a gente extraña, ni vayan a dar en casa ajena tus esfuerzos. Porque al final acabarás por llorar, cuando todo tu ser se haya consumido». El simple consejo de Salomón contiene gran sabiduría. «Haz lo que sea por evitar la tentación». Ni siquiera te acerques. No coquetees con el desastre. No finjas que todo está bien. Haz lo que haga falta. Sé todo lo diferente, drástico, radical y anormal que tengas que ser para minimizar el riesgo (porque nadie puede eliminarlo del todo).

El amor es la respuesta. Pero mientras la esperas, el sexo te presenta algunas preguntas muy buenas. —WOODY ALLEN

Las personas caen en cualquiera de los pecados sexuales porque se acercan demasiado a las oportunidades.

La Biblia no nos dice que huyamos de la glotonería, de los chismes, de la mentira o de cualquier otra categoría de pecado. Sí dice que huyamos, ahora mismo, de la inmoralidad sexual. La gente normal pregunta: «¿Cuánto puedo acercarme sin ir demasiado lejos?». Yo contesto con algunas preguntas: «¿Qué tanto puedes acercarte a una serpiente de cascabel sin que sea peligroso?». «¿Durante cuánto tiempo puedes tocar un cable pelado sin electrocutarte?». La gente sabia y sensata pone toda la distancia posible entre ellos mismos y la tentación sexual. No solo se apartan, sino que además trazan una ruta de escape.

Exceder el límite de velocidad, decir una mentirita blanca y cometer adulterio son todos pecados. Pero las consecuencias no son las mismas.

El sexo genial según la intención de Dios empieza por lo que piensas y no por lo que sientes. El sexo que honra a Dios, que te mueve el piso y te hace vibrar, empieza por tu mente, y no por lo que hay entre tus piernas.

Imagina que tomas una larga tira de tela adhesiva, bien pegajosa, y que la pegas a tu camisa. ¿Y si la quitas y luego la pegas en la camisa de otra persona? ¿Y si vuelves a hacerlo? ¿Y si lo haces diez veces? ¿O veinte? ¿O cien? Después de determinado momento, por mucho que lo intentes no lograrás que se pegue a nadie, porque ya no cumple su función. Porque en la camisa de cada una de las personas ha quedado parte de lo que servía para pegar. Y es cierto que el sexo es mucho más potente que la tela adhesiva. La intimidad física con otra persona apega. Une. Es pegajosa. Pero luego, cuando terminas esa relación y vas con otra persona, va perdiendo parte de su pegajosidad. Cuanto más lo haces, menos especial será. Cuanto menos quede de tu corazón, tu alma y tu condición de persona única para darle a la próxima persona, verás que con el tiempo ya no hay pegamento. Es más difícil el apego. Es más difícil unir. No logras mantener una relación. La otra persona no se siente conectada a ti y tú ya no puedes conectarte con nadie. Enséñales a tus hijos a mantener su pegajosidad hasta que llegue la persona con quien quieran estar pegados por el resto de sus vidas.

Si tienes que vestirte de manera provocadora para que un chico (o chica) te preste atención, entonces no te conviene esa persona. Mereces algo mejor

Tus hijos tienen enormes oportunidades para pecar y para el mal, y las tentaciones que enfrentan son mucho más grandes que las que enfrentabas tú cuando tenías su edad. Afortunadamente, también es cierto lo contrario: la próxima generación tiene un potencial mayor para disfrutar de la justicia y la rectitud de Jesús que el que hayamos tenido nosotros.

Hay personas que no se han dado cuenta, pero Dios también está afuera del edificio de la iglesia. Puedes adorar a Dios donde sea. Incluso en tu auto (claro que pensarán que eres anormal si lo haces).

Es normal dar gracias por las cosas buenas: «¡Gracias, Dios, por bendecirme con buena salud». «Te doy gracias porque me aumentaron el salario». «Dios nos bendijo con otro hijo. Una niña esta vez». «Dios nos favoreció y conseguimos una linda casa a buen precio. ¡Qué bendición!». Pero las bendiciones de Dios no siempre son más grandes, mejores, más bellas. Es más, creo en serio que Dios les da a sus líderes escogidos una bendición muy inusual. Hasta podríamos llamarla una bendición anormal, porque la mayor parte del tiempo la llamamos … carga.

Cuando sientes esta carga, tal vez también sientas frustración y te preguntes por qué a los demás no les importa tanto como a ti. La razón por la que te importa y a otros no quizá sea porque Dios dirigió esta carga directamente a tu corazón. Y es posible que sea debido a lo que viviste, o a la forma en que te han lastimado, o a algo que sencillamente no puedes explicar. Sea cual sea la razón, te importa, y mucho. Te importa porque Dios te dio esta bendición inusual: la de una carga que te hará distinguir.

Si el dinero no tuviera uso para ustedes, ¿qué harían con el resto de su vida?

A medida que tu carga vaya creciendo, y rompa tu corazón, y abra tus ojos, no dudes en actuar. Como Nehemías, quizá llores, ayunes y ores. Luego, levántate y haz algo. Pide ayuda. Recauda fondos. Viaja. Escribe un capítulo. Inicia un blog. Apadrina a un pequeño. Conviértete en un Gran Hermano. Lanza un ministerio. Haz algo. No puedes hacerlo todo. Pero puedes hacer algo.

En los meses previos al Año Nuevo, oro constantemente preguntándole a Dios: «¿Cuál es la única cosa que quieres que cambie en mi vida el año que viene?» En vez de terminar con una larga lista de resoluciones de Año Nuevo, centro mi atención en esa sola cosa que Dios me revela. Y como confío en la sabiduría divina para dirigir mis pasos más de lo que confío en mis propias intenciones, con toda intención pido y escucho su voz para saber cuál es esa única cosa.

Uno de los principales desafíos para los matrimonios de hoy es el hecho de que muchas personas no pueden dejar el pasado atrás. Entonces, si alguien los hirió, siguen castigándolo por lo que haya hecho.

«Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). Desde entonces, y durante estos más de diez años, hemos seguido levantando y construyendo nuestra iglesia, no basándonos en nuestras fuerzas, sino en nuestras debilidades. Es solo en la debilidad que se hace perfecta la fuerza de Dios, su poder.

No somos muy diferentes de los que no son cristianos. Somos normales. Usamos nuestro tiempo y nuestro dinero igual que las personas normales. Nos conducimos como casi todo el mundo. Tenemos los mismos problemas matrimoniales que los demás. Y los mismos problemas con los hijos. La tasa de divorcios entre los cristianos no es inferior a la de los no creyentes. Sí, afirmamos que creemos en Dios, pero no queremos creer tanto como para ser distintos. No queremos ser exagerados con este asunto de la religión. Sí, claro que queremos creer en Dios, pero no nos gusta sobresalir y que otros nos malinterpreten o nos etiqueten.

Aunque Laodicea era una ciudad muy rica, no contaba con una fuente local de agua que pudieran usar sus habitantes. Toda el agua tenía que traerse desde dos lugares. Uno era una fuente de agua termal, y aunque podían utilizar tuberías, para cuando el agua llegaba ya se había enfriado bastante. La otra era un arroyo de agua fresca a unos kilómetros de la ciudad, pero para cuando el agua llegaba ya se había entibiado a temperatura ambiente. De modo que Laodicea no tenía ni agua caliente ni agua fría. Solo agua tibia. «Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca» (Apocalipsis 3:16). El término griego es emeo, que significa escupir o vomitar (sabías que iba a volver al tema, ¿verdad?). Jesús los acusa: «Deberían saber quién soy, pero no son distintos a todos los demás. No puedo tragarlos. Me dan ganas de vomitar».

¿Quieres saber de la iglesia de Jesús que es caliente? ¿Quieres ver fuego? Visita un país donde si confiesas a Cristo te meten en prisión o incluso te ejecutan. En esos lugares, si dices que eres cristiano, estás diciendo algo. Lo estás diciendo todo. Porque identificarte como cristiano puede costarte la vida, literalmente. Estos seguidores de Jesús se ven obligados al sacrificio. Dan. Oran. Son diferentes. Creen de verdad.

Cuando escapas de lo normal y te vuelves el tipo de persona anormal por Dios, habrá quien se burle de ti. No te preocupes cuando eso suceda. Forma parte de seguir a Cristo. Solo debes preocuparte cuando nadie se burle. Porque si eres normal, nadie lo hará.

El plan Daniel

Rick Warren.

El plan Daniel

El plan Daniel


Con la intención de frenar el incremento de la obesidad y enfermedades relacionadas, estrés, depresión y otros males modernos, el pastor Warren propone cuidar el templo del Espíritu Santo trabajando en cinco áreas que ayudarán a cumplir el objetivo: fe, alimentación, ejercicio, enfoque y amistades. Con muy buenos tips para cada tema, es una buena opción para mantener una buena salud en todos los aspectos. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 20. Un libro que esté al final de un TBR.

El plan Daniel es mucho más que una dieta. Es un programa para conseguir un estilo de vida basado en principios bíblicos y en cinco componentes esenciales: alimentación, ejercicio, enfoque, fe y amistades.

Los reveses son parte del proceso de cambio a largo plazo.

Muchas dietas y planes para estar en forma usan la culpa como motivación, pero eso nunca funciona a largo plazo. La culpabilidad funciona solo a corto plazo, ya que el cambio durará solamente mientras dure la culpa (o el temor).

Nuestra cultura nos enseña: «Mi cuerpo es mío y puedo hacer lo que quiera con él». Pero Dios dice: «No, estás equivocado. No es tu cuerpo, porque tú no lo creaste. Yo lo formé, y te lo presté para que vivas en él mientras estés en la tierra, y espero que cuides de mi creación».

Eso es lo que hace que El plan Daniel sea distinto a otros métodos. Está construido sobre el poder de Dios para ayudarte a cambiar, no solamente sobre tu propia fuerza de voluntad. Seamos sinceros. La fuerza de voluntad funciona durante unas semanas, o quizá durante un mes o dos como mucho. Por eso los propósitos de Año Nuevo nunca duran. Intentar cambiar solo con la fuerza de voluntad es agotador. Puedes mantenerlo un tiempo, pero se siente artificial y estresante obligarte a ser distinto simplemente con la fuerza de voluntad.

Siempre que queremos mejorar o cambiar algo, por lo general comenzamos con gran entusiasmo y grandes expectativas, pero con el tiempo, esos sentimientos se desvanecen, y lo mismo le ocurre a nuestra determinación. Por eso la clave para un éxito duradero es desarrollar hábitos: hábitos nuevos y positivos que reemplacen nuestros comportamientos de autoderrota.

Tú eres una creación única de Dios, deteriorada por tu naturaleza y tus decisiones, pero Dios te sigue amando profundamente. Ningún hombre o mujer te amará jamás tanto como Dios te ama. Su amor por ti no depende de tus hábitos.

A largo plazo producen dolor, pero a corto plazo parecen más fáciles y más gratificantes. Y todo lo que gratifica se repite. El gusto adictivo de la comida chatarra, el subidón a corto plazo debido a los carbohidratos, o el placer de vaguear en vez de hacer ejercicio te da una gratificación inmediata. Queremos sentirnos bien ahora, no después. Dios advierte de esto cuando dijo: «El placer del pecado es efímero» (ver Hebreos 11.25). La mayoría de los problemas sociales que vemos en nuestra cultura hoy día son el resultado directo de nuestra poca disposición a retrasar la gratificación. Para vencer esto, debes ver la mayor recompensa y gratificación de tomar decisiones sanas.

Una de las frases más famosas de Jesús es Juan 8.31–32: «Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». Jesús promete que la verdad te hará libre. Pero primero, ¡es probable que la verdad te haga sentir desgraciado! No nos gusta afrontar la verdad acerca de nosotros, nuestras debilidades, nuestros malos hábitos y especialmente nuestras motivaciones; pero hasta que no oigas la verdad acerca de por qué haces lo que haces y vayas a la raíz de tus hábitos, el cambio es muy probable que sea hueco y de corta duración.

¿Por qué debería Dios sanarte de una enfermedad relacionada con la obesidad si no tienes la intención de cambiar las decisiones que te llevaron a ella?

Hace años, Bob Dylan cantaba: «Tendrás que servir a alguien. Puede que sea el Diablo o puede que sea el Señor». En una cultura como la de hoy en la que se fomenta la irresponsabilidad, aconsejo a muchas personas que se han convertido en esclavas de sus propios deseos. Cada vez que tomas una mala decisión, se hace más difícil tomar una buena. Romanos 6.16 dice: «¿No se dan cuenta de que uno se convierte en esclavo de todo lo que decide obedecer? Uno puede ser esclavo del pecado, lo cual lleva a la muerte, o puede decidir obedecer a Dios, lo cual lleva a una vida recta» (NTV).

Tu manera de pensar determina tu manera de sentir, y tu manera de sentir determina tu manera de actuar. Si quieres cambiar la manera en que actúas, debes comenzar por cambiar tu manera de pensar. Tus pensamientos son el piloto automático de tu vida.

Todo lo que resistes, persiste. Cuanto más luchas con un sentimiento, más te controla. El secreto para la victoria sobre cualquier tentación es simplemente cambiar el canal de tu mente. Reenfoca tu atención en otra cosa, y la tentación pierde de inmediato su poder sobre ti.

El secreto del domino propio es permitirnos ser controlados por el Espíritu.

«Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito. Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas […] Alguien que está solo, puede ser atacado y vencido, pero si son dos, se ponen de espalda con espalda y vencen; mejor todavía si son tres, porque una cuerda triple no se corta fácilmente» (Eclesiastés 4.9-12, NTV).

La superviviente del holocausto Corrie Ten Boom dijo: «Si miras el mundo, te angustiarás. Si miras dentro de ti, te deprimirás. Pero si miras a Cristo, encontrarás descanso». Todo depende de dónde esté el enfoque; el lugar hacia el que dirijas la atención de tu mente determina cómo te sientes.

Tienes que confiar en Dios aunque no consigas lo que quieres. Todos sabemos por experiencia propia que la fe no nos exime de los problemas. Es fácil confiar en Dios cuando la vida va bien y nos sentimos fuertes. Pero la fe se desarrolla en los valles. Cuando nuestros sueños se hacen añicos y nos sentimos sin esperanza, es cuando tenemos que creer en el poder y la presencia de Dios. Si alguna vez has estado en un valle y tu fe ha sido probada, entonces sabrás exactamente cómo hacer frente a los bajos en el viaje de la salud: confiar en Dios.

Cada bocado que das es una poderosa oportunidad de crear sanidad o enfermedad. La verdadera comida, la integral que viene de la tierra —los alimentos que Dios creó— sana, mientras que la comida industrial procesada creada en fábricas a manos de hombres daña.

Desgraciadamente, muchos ya no comemos alimentos. Comemos sustancias con apariencia de alimentos fabricados y producidos industrialmente. Esto debería hacernos detener y pensar. ¿Realmente debemos introducir eso en nuestro cuerpo?

Nuestra filosofía es que si creció en una planta, cómelo. Si se fabricó en una planta, déjalo en la estantería.

Sabes que tu fuerza de voluntad debe descansar en el poder de Dios, pero también se hace más fuerte con una mente clara y dominio propio. Piensa en la frecuencia con la que intentas evitar algo malo para ti, pero fracasas porque no puedes controlar tus impulsos. Es frustrante.

El fallo es una parte del viaje de cada uno, pero es tu actitud con respecto al fallo lo que determinará tu éxito final. El enfoque y una mente clara pueden ayudarte a tener la actitud correcta hacia el fracaso.

«Y ahora, que toda la gloria sea para Dios, quien puede lograr mucho más de lo que pudiéramos pedir o incluso imaginar mediante su gran poder, que actúa en nosotros» (Efesios 3.20, NTV).

Jesús dijo: «Para los hombres es imposible […] mas para Dios todo es posible» (Mateo 19.26).

Sin el poder de Dios en tu vida, tan solo corres con tu propia energía. Dios nunca quiso que hicieras eso. Es como tener una computadora portátil que no está enchufada; la batería finalmente se acabará y se apagará la computadora. ¿Por qué vivir así cuando Dios te creó para mucho más? Si te das cuenta de que estás cansado continuamente, una razón podría ser que estás intentando resolver todos tus problemas, cumplir con todas tus responsabilidades y hacer todos los cambios por ti mismo. Una pista de que esto te podría estar ocurriendo es cuando te preocupas más de lo que oras. Piénsalo así: tienes una batería muy pequeña en tu interior. Tiene una cantidad limitada de energía. Cuando se acaba, te apagas. Al mismo tiempo, Dios te ofrece acceso a su planta de energía ilimitada. Lo único que tienes que hacer es enchufarte, y el cable de corriente es la oración.

Vivir por fe significa que estás intentando hacer algo que no puedes hacer por ti mismo. Cualquier cosa que puedas hacer por tus propios esfuerzos obviamente no requiere de la fe. Pero en las áreas de tu vida que parecen incambiables —los intratables problemas, las áreas persistentes de fracaso, los tozudos malos hábitos que no responden a la fuerza de voluntad—, estas cosas requieren un poder mayor que el que tú tienes.

Las personas de fe son las que admiten que no pueden hacerlo con sus propias fuerzas.

No puedes hacer que Dios deje de amarte, porque su amor está basado en quien él es, y no en lo que tú haces. Está basado en su carácter, no en tu conducta. Esto no significa que Dios apruebe o le guste todo lo que haces. No es así, pero tu pecado no hace que Dios deje de amarte.

La verdad es que es más probable que cambiemos por sentir el calor que porque veamos la luz. La gente raras veces cambia hasta que el dolor supera el temor al cambio.

Lo interesante acerca de cómo usa Dios las circunstancias es que para él no importa cuál sea su fuente. A menudo atraemos sobre nosotros problemas por nuestras propias decisiones erróneas, malas elecciones, malos juicios y pecados. Otras veces nuestros problemas los causan otras personas. A veces el diablo hace que nos ocurran cosas como hizo con un hombre llamado Job en la Biblia. Pero Dios dice que la fuente de la circunstancia es irrelevante. Él la usará para tu bien y tu crecimiento si cooperas con él.

A Dios le encanta convertir las piedras de tropiezo en peldaños y las crucifixiones en resurrecciones. Así que Dios te muestra cómo cambiar mediante la verdad en la Biblia, y entonces su Espíritu dentro de ti te da el poder para cambiar. Pero si ignoras estas cosas, Dios alegremente usará ciertas circunstancias para captar tu atención. Dios te ama seas como seas, pero te ama demasiado como para dejarte así como eres, y usará lo que sea necesario para ayudarte a crecer hasta la madurez espiritual.

La palabra bíblica para cambio personal es arrepentimiento. La mayoría de las personas no llegan a entender bien el término. La idea popular de arrepentimiento es «¡Dejar de pecar! ¡Dejar de hacer cosas malas!». Pero la palabra realmente significa cambiar tu mente. Viene de la palabra griega metanoia, que significa cambiar tu perspectiva, pensar de otra forma, hacer un cambio de sentido mental.2 Por supuesto, si cambias tu mente, después cambiará tu conducta, pero el arrepentimiento comienza en la mente, no en las acciones.

Filipenses 4.6–7 explica los beneficios de meditar en las Escrituras en vez de preocuparse: «No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús» (NTV).

Cuando tomas un temor, un problema o un pensamiento negativo y piensas en ello una y otra vez, eso se llama preocuparse. Cuando tomas un versículo de las Escrituras y piensas en él una y otra vez, eso se llama meditación bíblica.

La oración es mucho más que un tiempo a solas una vez al día o una bendición memorizada antes de cada comida. ¡Dios quiere tener una conversación continua contigo!

Si merece la pena preocuparse por ello, entonces merece la pena orar por ello.

Si no estoy hablando calladamente con Dios mientras trabajo, no estoy dependiendo de él en ese momento. Y si no hablo con Dios acerca de lo que estoy haciendo, eso demuestra que lo estoy haciendo en mis propias fuerzas.

Lo que importa en la vida no es tanto lo que nos ocurre, sino qué ocurre en nosotros.

Cualquiera puede sacar algo bueno de lo bueno, pero Dios puede sacar algo bueno de lo malo, si confías en él en cada circunstancia.

Santiago 1.2–4 dice: «Cuando tengan que enfrentar problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada» (NTV).

Vivimos en un páramo nutricional tóxico, así que el último lugar donde deberías estar es en una urgencia alimenticia. ¿Qué es una urgencia alimenticia? Cuando tu azúcar en la sangre comienza a descender, estás diseñado internamente para comer cualquier cosa (o todas las cosas) que veas. Pensar que podrás usar tu fuerza de voluntad para controlar tu hambre o ansia de comer contradice la ciencia de cómo tu cerebro controla tu conducta. Cuanto más fuerza de voluntad trates de usar, más contraproducente resultará. ¿Cuántas veces te encuentras automáticamente comiendo más de la cuenta o dándote un atracón, o tan solo comiendo cualquier cosa que te ponen delante?

La mayor parte de nuestro cerebro también anhela el azúcar. Es sencillamente un mecanismo de supervivencia. De modo que si crees que la fuerza de voluntad puede rescatarte de los malos hábitos alimentarios y la ansiedad por la comida chatarra, el azúcar o los carbohidratos refinados, olvídalo.

Mi casa tenía solo dos cosas en el menú: o lo tomas, o lo dejas.

Si más personas usaran los productos orgánicos, los precios bajarían.

¡No sabía que me sentía tan mal hasta que comencé a sentirme tan bien!.

Los finales de los pasillos del supermercado exponen los peores alimentos, como los refrescos de 2 litros, las cajas gigantes de cereales azucarados, y cosas peores. En los pasillos, los peores artículos están a la altura de los ojos; los mejores alimentos para ti a menudo están en los estantes de abajo o en los más altos.

Convertirte en un experto lector de etiquetas es tu destreza más esencial al hacer la compra. La etiqueta tiene dos partes: los datos nutricionales, que no son tan útiles; y la lista de ingredientes, que es lo que necesitas estudiar.

Si hay alguna palabra en la etiqueta que no reconoces o que no puedes pronunciar, o que está en latín, o que suena como algún proyecto de ciencias, entonces devuélvelo a la estantería.

Las iglesias han sido las primeras en actuar cuando son violados los derechos humanos. Nadie quiere ver nuestras comunidades humanas deterioradas por la enfermedad y la discapacidad. Nadie quiere vernos destruir nuestros propios jardines o patios y la misma tierra que nos sostiene. La erosión de nuestra salud se ha convertido en un asunto de justicia social, un asunto de derechos humanos. El derecho a la salud está entre los derechos humanos fundamentales.

Lo que decides poner en tu tenedor es una influencia poderosa para cambiar nuestra salud individual, la producción de alimentos, las políticas alimenticias, los costos de cuidado de salud, y la salud del entorno. Hacer cambios simples en tu alimentación y cocinar verdaderos alimentos hechos con ingredientes reales, no solo restaurará tu salud y la de tu familia, sino también puede contribuir a cambiar lo que está mal con nuestra comida y sistema de cuidado de salud.

En aquel entonces lo llamábamos jugar, y nos encantaba cada minuto. Actualmente, para muchos, lo llamamos ejercicio y contamos cada minuto, anhelando que termine. Frecuentemente nos resulta doloroso, aburrido o soso, y nos sentimos culpables con respecto a no hacerlo.

Según la Clínica Mayo, ¡estar sentado es ahora el nuevo fumar! Estar sentado demasiado tiempo, hasta tres o cuatro horas de un tirón, es ahora equivalente a fumar un paquete y medio de cigarrillos por día.

«Ninguna disciplina resulta agradable a la hora de recibirla. Al contrario, ¡es dolorosa! Pero después, produce la apacible cosecha de una vida recta para los que han sido entrenados por ella» (Hebreos 12 .11, NTV).

Toda la información en este libro está pensada para ayudarte a ganar la guerra entre la parte pensante de tu cerebro que sabe lo que deberías hacer y tus centros de placer que siempre quieren gratificación instantánea. Tus centros de placer, en lo profundo del cerebro, siempre buscan un buen momento: anhelan la hamburguesa doble con queso, estarán en fila para comprar el pastel de canela, y te convencerán de que te quedes en el sofá delante del televisor durante otra hora en lugar de salir a correr.

Para equilibrar tus centros de placer, hay una zona en la parte frontal de tu cerebro llamada corteza prefrontal, la cual te ayuda a pensar en lo que haces antes de hacerlo. Es el freno del cerebro que evita que digas o hagas cosas estúpidas. La corteza prefrontal se denomina la parte ejecutiva del cerebro porque actúa como el jefe en el trabajo y participa en funciones ejecutivas, tales como enfoque, reflexión, juicio, planificación y dominio propio. Piensa en tu futuro, no solo en lo que quieres hacer en el momento. En lugar de pensar en el pastel de chocolate, es la voz racional en tu cabeza que te ayuda a evitar tener un gran contorno de cintura, se preocupa por tus muchas facturas médicas, y tiene la capacidad de decir no y decirlo de veras.

A medida que aumenta tu peso, tu capacidad de pensar y razonar disminuye, lo cual significa que con el paso del tiempo, si no mantienes bajo control tu peso, será cada vez más difícil para ti utilizar tu propio buen juicio.

El cerebro humano es tan avanzado, que tan solo imaginar un suceso estresante hará que el cuerpo reaccione a la amenaza percibida como si en realidad estuviera sucediendo. Puedes literalmente asustar a tu cuerpo y causar una respuesta al estrés. El cerebro es un órgano poderoso.

Diez nombres de Dios en los que meditar
1. Jehová-rafá: el Dios que sana, que da salud
2. El-rohi: el Señor que me ve
3. Jehová-jiré: el Señor que provee
4. El-shadai: el que es todosuficiente, Señor Dios Todopoderoso
5. Jehová-nisi: el Señor nuestra bandera de amorosa protección
6. Jehová-oz: el Señor mi fortaleza
7. Adonai: el Señor Dios Todopoderoso
8. Jehová-shamá: el Señor está ahí
9. Jehová-shalom: nuestra perfecta paz
10. Jehová-raah: el Señor mi pastor

Si tomásemos lo que sabemos sobre los beneficios médicos de la risa y lo embotelláramos, requeriría la aprobación de la FDA (Departamento de Control de Alimentos y Medicamentos)

Los pensamientos son automáticos. Tan solo suceden. Están basados en complejas reacciones químicas y en información del pasado. Y lo que la mayoría de las personas no saben es que los pensamientos son engañosos y mienten. Mienten mucho. Con frecuencia, esos pensamientos poco investigados son los que proporcionan el combustible emocional para el enojo, la ansiedad, la depresión, y las conductas malsanas como comer en exceso.

Dios es todopoderoso: «¡Ah, Señor mi Dios! Tú, con tu gran fuerza y tu brazo poderoso, has hecho los cielos y la tierra. Para ti no hay nada imposible» (Jeremías 32.17).
Dios es amor: «Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (Romanos 8. 38–39).
Dios es omnisciente: «No me llega aún la palabra a la lengua cuando tú, Señor, ya la sabes toda Tu protección me envuelve por completo; me cubres con la palma de tu mano. Conocimiento tan maravilloso rebasa mi comprensión; tan sublime es que no puedo entenderlo» (Salmos 139.4–6).
Dios es misericordioso: «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8.1–2).
Dios es fiel: «El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota Cada mañana se renuevan sus bondades, ¡muy grande es su fidelidad!» (Lamentaciones 3.22–23).

Tener sobrepeso o estar infeliz es tanto un «trastorno de pensamiento» como un trastorno alimentario o del estado de ánimo.

«Toda mi familia es gorda; está en mis genes». Los genes justifican solamente del 20 al 30% de tu salud. La inmensa mayoría de problemas de salud están impulsados por malas decisiones Muchas personas saludables tienen los genes que aumentan el riesgo de obesidad, pero no toman las decisiones que hacen probable que eso suceda.

Verdad para combatir mentiras:
«Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa» (Isaías 41.10).
«Pero él [Dios] me dijo: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo» (2 Corintios 12.9).
«Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma» (Mateo 11. 28–29).
«El SEÑOR tu Dios está en medio de ti como guerrero victorioso Se deleitará en ti con gozo, te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos» (Sofonías 3.17).
«Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos» (Hebreos 4.16).
«Deléitate en el SEÑOR, y él te concederá los deseos de tu corazón» (Salmos 37.4).

Pensar con tus sentimientos. Estos pensamientos negativos se producen cuando tienes un sentimiento con respecto a algo y supones que tu sentimiento es correcto. Los sentimientos son complejos y con frecuencia están arraigados en potentes recuerdos del pasado. Los sentimientos, al igual que los pensamientos, también pueden mentir. Esos pensamientos normalmente comienzan con la palabra «siento».

La perspectiva que adoptamos de una situación contiene más realidad que la situación en sí misma.

Nuestras percepciones son una de las mayores influencias sobre lo que dicta nuestra conducta.

Tus pensamientos sobre los comentarios determinan cómo te sientes, y no los comentarios por sí mismos.

Se dice que Thomas Edison tuvo unos mil fracasos cuando estaba inventando la bombilla. Cuando un reportero le preguntó cómo se sentía al fracasar tantas veces, se dice que Edison respondió: «No fracasé mil veces. La bombilla fue una invención que tuvo mil pasos». Dios utiliza los fracasos para educarnos. Los errores son simplemente experiencias de aprendizaje, y hay algunas cosas que aprendemos solamente mediante el fracaso. Por tanto, ¡algunos de nosotros hemos recibido mucha educación! ¿Cómo aprendes a llegar a ser un éxito? Al aprender lo que no funciona y no volver a hacerlo. La iglesia Saddleback ha hecho más cosas que no funcionaron que las que sí funcionaron. Cada miembro del personal y ministro en la iglesia comete al menos un buen error por semana. Si no cometemos ningún error, no estamos creciendo. Pero no tenemos temor al fracaso. La libertad del temor al fracaso es la libertad para crecer.

El rey David dijo: «Creí en ti, por tanto dije: “SEÑOR, estoy muy afligido”. En mi ansiedad clamé a ti» (Salmos 116.10–11, NTV). La franqueza de David realmente revela una profunda fe: Primero, él creyó en Dios. Segundo, creyó que Dios escucharía su oración. Tercero, creyó que Dios le permitiría decir cómo se sentía y aun así le seguiría amando.

El fracaso también puede ser motivacional. Muchas veces cambiamos no cuando vemos la luz, sino cuando sentimos el calor. Cuando fracasas, quizás Dios esté intentando captar tu atención y decir: «Quiero que vayas en una nueva dirección». El fracaso no hace crecer automáticamente tu carácter. El fracaso solo edifica tu carácter cuando respondes a él correctamente, cuando aprendes de tus errores, cuando creces a causa de ellos, cuando dices: «¿Qué no funcionó aquí, y qué puedo cambiar?». Cuando piensas sobre el fracaso y los reveses de ese modo, tu corazón se suaviza. El fracaso te hace ser menos crítico y te ayuda a ser un poco más comprensivo con las personas que te rodean.

Dios está siempre más interesado en por qué hacemos algo que en lo que hacemos. Las actitudes cuentan más que los logros.

No solo estás recibiendo influencia; tú también eres alguien que influencia. Si desarrollas y mantienes hábitos sanos, tus amigos y familiares tienen mayor probabilidad de desarrollarlos. Los hábitos son contagiosos, lo cual significa que puedes tener un importante efecto sobre aquellos que te rodean.

¿Cuántos otros niños tienen la capacidad de ser matemáticos, científicos, poetas, músicos o atletas de primera, pero se les arrebatan esas capacidades debido a una dieta poco sana? Esto es algo más que un problema de salud; es un problema de justicia social. Millones de nuestros niños no están llegando al potencial que Dios les ha dado porque nosotros, como adultos, no damos los pasos necesarios para darles la nutrición que necesitan. Para la iglesia, este problema tiene que considerarse un asunto moral. Por causa de nuestros hijos y del futuro de nuestra nación, tenemos que ser más inteligentes.

El éxito de El plan Daniel depende de tener amigos que caminen a tu lado; porque el amor es lo único que puede cambiar lo inalterable. Es la fuerza más poderosa del mundo. El amor vigoriza, revitaliza y renueva.

Si fingimos que todo va bien y que no tenemos verdaderas cargas, nos sentiremos solos y aislados. Cuando somos francos acerca de nuestras cargas (nuestras debilidades y batallas) es cuando encontramos sanidad y consuelo. Descubrimos que somos más capaces de enfocarnos y mantenernos mental y emocionalmente sanos. Descubrimos que no estamos solos en nuestras luchas para permanecer en el curso hacia nuestras metas. Damos un suspiro de alivio, porque las dudas y tentaciones que intentan que nos desviemos de nuestra fe no son únicas. Otros se enfrentan a las mismas luchas.

Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz (Santiago 5.16).

Escuchar significa participar plenamente, observando indicaciones no solo verbales, sino también no verbales, acerca de cómo se siente alguien. No es simplemente esperar a que llegue tu turno para hablar.

Fácilmente nos enfocamos en lo que no podemos tener en lugar de hacerlo en la abundancia de cosas que podemos disfrutar. Sin embargo, la verdad es que el cambio es mucho más sostenible cuando nos enfocamos en lo que poseemos, en vez de enfocarnos en lo que no podemos tener.

El balón es redondo

Dietrich Heyde

El balón es redondo

El balón es redondo


Mediante ocho breves relatos, el autor compara algunas facetas del fútbol para hacer una analogía con situaciones de la vida: Balón es redondo – La vida. El juego dura 90 minutos – Tiempo. El siguiente juego siempre es el más difícil – El presente. Los autogoles – Errores. Fuera de lugar – Reglas. Tiro penal – Oportunidad. Riesgo del éxito – Equilibrio. Juego limpio – Ética. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 4, un libro publicado en 2016. Versión original 2014, pero versión electrónica 2016.

Decir que la vida es “redonda” y abismal”, supone: Que nadie va a ir siempre anotando goles ni va a andar de victoria en victoria. Que cada uno recibirá también goles en contra y experimentará el fracaso. Lo importante es no desanimarse. Y sobre todo, nunca perder la confianza de que aun en las derrotas Dios conduce nuestros pasos. Así como en el futbol me parece que en la vida es igual de importante no retener la pelota; hay que tocarla, traer a otros al juego. Donde esto ocurre y uno se desmarca para recibir pases, hay incluso más posibilidades de triunfo y de éxito, muchas más que cuando uno quiere hacer las cosas por sí solo. Si el balón sale por la línea de banda, aviéntalo de nuevo adentro del campo. No temas recorrer largas distancias o tomar otras rutas cuando sea necesario. Pues aún más que en cualquier partido de futbol, la vida te ha regalado oportunidades. Martín Lutero afirmaba con certeza: “Nadie debe dejar de creer que Dios tiene preparadas grandes cosas para su vida”.

Anhelar el pasado es fácil, soñar con los buenos juegos del ayer… Si pudiéramos cerrar los ojos, despertar y encontrar todo como estaba antes. Sin embargo, las cosas no son así y lo sabemos. Si nos dejamos llevar por aquellos juegos y triunfos del ayer buscando en ellos consuelo, nuestro espíritu corre el riesgo de quebrar sus alas, y entonces, nuestro siguiente juego está ya perdido. Es toda una experiencia desoladora. Decir que el siguiente juego siempre es el más difícil indica también: ve paso por paso. No pienses en el tercero, cuarto o quinto juego. No te preocupes por mañana y pasado mañana. Quien piensa en un futuro muy lejano se distrae fácilmente y pierde la concentración necesaria para estar despierto en el momento presente. Jesús habló de ello en el Sermón del monte, cuando decía: “Así que, no se afanen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Basta a cada día su propio mal”. Desde luego, una visión más allá del día de hoy es necesaria. Sin embargo, siempre se debe estar donde se está, en la vida de hoy. Debemos ir confiados y confiando en que Dios es quien nos guía.

Es fascinante que los partidos ocurren en los rostros de los espectadores que reflejan lo que pasa en la cancha.

El futbol vive de goles: ¡Claro! ¿Pero autogoles? No, los autogoles no deberían de ocurrir, no deben pasar, pero suceden.

Vivimos en un mundo que dicta de manera absoluta que el éxito se debe alcanzar a toda costa; que el error y la derrota, incluyendo los autogoles, no pueden permitirse.

Es imprescindible que una sociedad que se precie de tratar al ser humano con dignidad, también permita los fracasos y los autogoles de las personas. Es decir, en todo, desde la tecnología de vanguardia hasta nuestro trato diario con los demás, se deben tomar en cuenta las debilidades, las carencias intelectuales y en general las limitaciones de la vida humana. Nuestra convivencia debe considerar dichas condiciones y fomentar el perdón de los errores. El ser humano debe alejarse y mantenerse libre del delirio de la perfección. Desde la óptica bíblica nuestro problema como seres humanos no es que cometamos errores, sino el siguiente: que reñimos con Dios y con el mundo, que no queremos reconocer nuestros desaciertos, y que nos cerramos a la creativa y transformadora fuerza del perdón y la reconciliación. Me parece que poder equivocarnos nos ayuda precisamente a darnos cuenta de algo muy importante: una vida sin errores es en esencia, no solamente imposible, sino inhumana. ¿No son precisamente los desatinos, las equivocaciones y los fracasos, los autogoles que nos van abriendo los ojos y nos permiten seguir creciendo? Yo considero afortunado que las reglas del futbol permitan los autogoles. Pues desde el punto de vista humano estos son aún más notables que los mismos goles. Cualquiera los puede llegar a meter, aún los mejores jugadores. Cuando sabemos esto y metemos un autogol podemos continuar el juego con menos angustia; y esto nos vale tanto en la cancha, como en la vida.

¿Cuál es el propósito del fuera de lugar? Busqué una explicación para lo que habíamos dicho. Por donde quiera que le busquemos el fuera de lugar significa aceptar conscientemente un límite. Es decir: No puedes, ni debes hacer siempre todo lo que se te ocurra. Si estás en el momento inadecuado, el lugar inadecuado, el árbitro te va a pitar. Los límites, del tipo que sean, no son muy apreciados que digamos, pero son necesarios y frecuentemente son incluso saludables. También en el gran juego de la vida, en nuestra relación con los demás, es necesario poner límites. Hay espacios en nuestros día a día en que no debemos arrancarnos en cualquier momento sin considerar el riesgo de sufrir percances. Se trata en esencia de aceptar los límites tal y como son dados.

Quizás solo en estos días en que vivimos una época de creer infinitamente en la viabilidad de hacer todo, podemos entender con plenitud la verdad de la narración bíblica. Es decir, que el ser humano no debe hacer todo lo que es capaz de hacer. Si lo hace, sólo porque sí, porque el poder de la tecnología se lo permite o simplemente porque algo le es factible, entonces no escoge la vida, sino la muerte.

Un partido puede tener momentos muy buenos, más aún cuando hay llegadas y atajadas en el área de gol. Pero nada es tan emocionante y tan dramático como un tiro penal. Por unos instantes el juego se reduce de veintidós jugadores a sólo dos contrincantes, quienes a una distancia de once metros se enfrentan cara a cara. Se trata de un juego dentro del juego. Un duelo entre jugador y portero en el cual ambos tienen la oportunidad de galardonarse o de fracasar.

“Kairos”, le llamaban los antiguos griegos al momento preciso en el que una oportunidad es puesta sobre la mesa, un santiamén que no debe escaparse, sino que deben ser tomado con absoluta convicción. Instantes así, con oportunidades excepcionales, parecidas a los penaltis, acontecen en la vida de cada ser humano. Pero ¿cómo los llego a utilizar con éxito? ¿Cómo funcionan?

Cuando quieras aprovechar tu Kairos con éxito, así como en los penales, no pienses en el momento en que vas a fracasar o que puedes hacer el ridículo. Tienes que tener confianza y presentarte con aplomo. Debes estar bien convencido de que te va a funcionar y de que vas a poner el balón en el fondo de la red. El miedo al fracaso es veneno para el éxito. Por supuesto, tendrás que concentrarte al máximo. Si divagas pensando por algún otro lado, tus habilidades no se harán presentes y no las podrás usar en el momento preciso.

Antes de cada partido le entregaba al equipo contrario no solamente la bandera de su equipo, sino también una Biblia. De esta forma le rendía un homenaje público al libro de los libros. La Biblia, decía, me ayuda a no perder el piso cuando gano y a quedarme tranquilo cuando pierdo.

Nos enseñan que para alcanzar la victoria y el éxito debemos pagar el precio de restringirnos de ciertas cosas. Pero a enfrentarnos al éxito, a lidiar con él de manera que no nos destruya, sino que por el contrario, resulte de bendición, eso no se nos enseña.

La gran victoria de la vida no es la que sucede sobre el otro, sino la que acontece sobre uno mismo.

Jugar limpio expresa un comportamiento, una actitud interna. Tiene que ver con el hecho de que debo considerar a mi oponente y que de ninguna manera debo de ofenderlo o humillarlo, ni con palabras ni por medio de acciones. El juego limpio considera la integridad física y espiritual del oponente.

Presencia cristiana en el mundo académico

Sidney Rooy

Presencia cristiana en el mundo académico

Presencia cristiana en el mundo académico


Como resultado del Cuarto Congreso Latinoamericano de Evangelización del año 2000, surgió este documento que resume las ponencias que sobre el tema del quehacer cristiano en la educación superior se llevaron a cabo. A pesar de los años que han pasado, el tema y las propuestas continúan vigentes: que la cosmovisión cristiana forme parte de la eduación integral, con el objetivo de renovar el comportamiento humano. Calificación de 9.5. Del Reading Challenge, reto 36, un libro que tenga lugar en el instituto.

Cosmogonía: Teoría filosófica, mítica y religiosa que trata sobre el origen y organización del universo.
Homeostasis: Conjunto de fenómenos de autorregulación que intentan mantener equilibradas las composiciones y las propiedades del organismo.
Entropía: Desorden, caos.

Desafiar a la Iglesia evangélica en su testimonio como comunidad del Reino de Dios a ser agente de cambio y transformación en una sociedad caracterizada por violencia, corrupción, pobreza e injusticia.

La vida plena, que es la meta de la educación, nunca puede ser captada en palabras.

La concentración del poder mundial, característica de nuestra época, ha llevado a los Estados Unidos –como a China, Japón y los países europeos- a servirse de la cultura, en su acepción global, como factor estratéqico de las relaciones internacionales.

Una doctrina, un evangelio que no tiene consecuencias para la vida y la conducta del hombre [ser humano], no es un evangelio verdadero; y una vida y una conducta que no se basen en lo que recibimos del evangelio, no pueden llamarse vida cristiana o conducta cristiana.

“Así, pues”, dice Pablo, “toma tu cuerpo, toma todas las tareas que debas hacer cada día, toma el trabajo cotidiano de la tienda, la fábrica, el taller, la oficina; y ofrece todo eso como un acto de adoración a Dios” ‘” Adorar realmente es ofrecer a Dios la vida de cada día. La verdadera adoración no es algo que pueda realizarse en una iglesia; la verdadera adoración es aquella que ve al mundo entero como el templo del Dios vivo y en cada hecho común un acto de adoración.

Los griegos aprendieron para comprender, los occidentales modernos aprenden para utilizar, pero los hebreos aprendieron para reverenciar.

Se nos plantea un tremendo reto a los educadores cristianos, a saber: debemos ser los mejor preparados para arremeter con firmeza en la gran tarea de la transformación de nuestra sociedad.

Los mecanismos que se usan hoy para difundir los antivalores del Reino de Dios son más sofisticados y refinados, pero más deshumanizadores y violentos.

No estamos sólo ante una época de cambios en nuestra sociedad mundial, sino en realidad ante un verdadero cambio de época. El mundo ya definitivamente no es lo que fue hace poco tiempo. Y está siendo lo que no sabemos qué será. Se trata de transformaciones vertiginosas, de un cambio del “ritmo del tiempo histórico”

El conflicto Este-Oeste (que privilegiaba un criterio ideológico) dio paso a la tensión Norte-Sur (que puso sobre el tapete una clamorosa realidad socioeconómica: el abismo que existe entre los países hiperdesarrollados del Norte y los países subdesarrollados del Sur). Este cambio aceleró el proceso de transnacionalización del mercado (globalización), que hizo conocido otro conflicto, la llamada guerra comercial, que nos muestra que la lucha por la hegemonía mundial está determinada por el comercio (conquista de mercados).

Al dejar de ser la máquina el factor productivo determinante y al adquirir importancia los procesos de comando y gestión de una producción automatizada, por un lado, y al darse una nueva estructura económico-financiera de la matriz de interrelaciones entre unidades económicas, por el otro, el sector servicios, o sector terciario de la economía ha adquirido una preponderancia sin precedentes. A este cambio se lo ha denominado “terciarización” de la economía.

Aumento de la brecha Norte-Sur, ya que América Latina es un socio con cada vez menor peso en el comercio internacional, no obstante haber diseñado nuestro modelo de desarrollo en función de la capacidad para insertarse en el mercado internacional.

Mientras la sociedad de la información se desarrolla y multiplica la posibilidad de acceso a los datos y a los hechos, la educación debe permitir que todos puedan aprovechar esta información, recabarla, seleccionarla, ordenarla, manejarla y utilizarla. Por consiguiente, la educación tiene que adaptarse en todo momento a los cambios de la sociedad, sin por ello dejar de transmitir el saber adquirido, los principios y los frutos de la experiencia.

Decimos a veces que no vivimos sólo de pan, sino más bien de toda palabra que sale de la boca de Dios. Aquí debemos cuidamos de sacar falsas conclusiones, como si el pan fuera de segunda importancia. Es igualmente cierto que los hombres no pueden vivir si les falta el pan. Escuchamos un “sí” resonante desde la multitud de pasajes bíblicos que nos juzgan por la forma en que tratamos a los pobres. Los teólogos de la liberación lo escucharon claramente: Dios muestra una opción preferencial por ei pobre, la viuda, el huérfano y el exiliado.

De este modo, la Iglesia, el pueblo del pacto, debe enseñar y encarnar los derechos de la personas humanas y de todas las criaturas. Según el mencionado documento, somos la voz profética de la necesidad humana. Cuando la Iglesia toma una posición clara sobre cuestiones políticas y económicas fundamentales, está predicando el evangelio de Jesucristo. Cuando permanece muda ante una persona hambrienta o sufriente, ha roto el pacto con el Señor de los ejércitos (Is 24.5).

Hay una falta enorme de conciencia social. “La tendencia es caer en explicaciones personalistas e individualistas para la pobreza, la movilidad ocupacional o alguna catástrofe social”. Esto nos lleva a la cuestión principal: “¿Cómo piensa un cristiano contemporáneo de manera profética acerca de un acto que acrecienta la miseria de los pobres, la situación difícil de los que no tienen poder y la calidad de vida para todos?”

La justicia es una suerte de materialización de la existencia, es decir, es la encarnación en el tiempo y en el espacio, de la relación de Dios con este mundo; es la forma de vida de la creación en estructuras dadas a la sociedad, sin las cuales no podría existir la vida humana. […] En la perspectiva bíblica, hacer justicia o ser recto no es meramente una relación interpersonal horizontal, ni solamente una virtud privada; es más bien la esencia misma de la vida del pacto porque es el pacto del Señor de la historia el que hace justicia al oprimido, a la viuda y al huérfano. De este modo, la Iglesia, el pueblo del pacto, debe enseñar y encarnar los derechos de la personas humanas y de todas las criaturas. Según el mencionado documento, somos la voz profética de la necesidad humana. Cuando la Iglesia toma una posición clara sobre cuestiones políticas y económicas fundamentales, está predicando el evangelio de Jesucristo. Cuando permanece muda ante una persona hambrienta o sufriente, ha roto el pacto con el Señor de los ejércitos (Is 24.5).

¿Cómo debemos describir la “vida eterna”? De acuerdo con el significado de la palabra, es algo que trasciende el tiempo. Por esa razón la Escritura habla apropiadamente de ella en términos de pasado, presente y futuro. Ya poseemos la vida eterna; ella nos inspira y motiva, y esperamos su plena fruición en el futuro.

Wolterstorff lo resume muy bien: Tal como yo lo veo, la meta de la educación que una institución de educación cristiana les ofrece a sus estudiantes es la de equiparlos y prepararlos para la lucha y la oración necesarias para ese modo de florecer que es el shalom, y para gozar de su presencia y lamentarse de su ausencia. Es interesante notar que las tres personas que respondieron a Wolterstorff en Lusaka hicieron comentarios favorables acerca de su propuesta. Sin embargo, expresaron la necesidad de explicitar lo que ella significa para la tarea educacional. Wolterstorff describe que necesitamos establecer, por medio de nuestra educación, una manera de ser cristianos en el mundo que no excluya el conocimiento racional, sino que lo ponga a su servicio.

Leslie Newbigin define la secularización como el proceso por el cual las diferentes áreas de la vida se retiran del control eclesiástico y pasan al control civil.

La perspectiva protestante afirma la convicción que vivir en este mundo secular, híbrido o no, es precisamente nuestro llamado. Debemos avanzar un paso más y decir que, a menos que vivamos y participemos en este mundo secular, no seremos fieles a nuestra misión fundamental en la vida.

La educación superior debería tener como meta la creación de una sociedad sin violencia y sin explotación, formada por personas cultas e integradas, motivadas por el amor a la humanidad y guiadas por la sabiduría.

Todo conocimiento incluye no sólo el conocimiento formal, sino también la sabiduría popular.

La meta principal de la educación no es, como en el modernismo, convencer al alumno de que su valor consiste en la acumulación de datos y el desarrollo de capacidades técnicas (skills), ni, como en el posmodernismo, aceptar como “light” (débil) los valores y normas heredadas de la tradición. Más bien, es comunicarle un sentido de llamado con el fin de despertar sus dones y capacidades, y autenticar un sentido de dignidad y valor a su persona humana. El mejor maestro no es aquel que sabe más, sino aquel que enseña mejor y tiene el don de ayudar a los alumnos a descubrir quiénes son realmente, y a reconocer sus capacidades. Esto incluye, por supuesto, el reconocimiento de su propio pueblo, raza e identidad nacional.

No es suficiente enseñarle a alguien alguna especialización. Lo que esto significa es que podremos hacer una suerte de máquina útil, o una persona no desarrollada armoniosamente. Es esencial que el alumno adquiera comprensión, un sentido experiencial de los valores, un sentido vital de lo que es hermoso y moralmente bueno. Un estudiante debe aprender las motivaciones de la persona humana, sus sueños y sus miserias, para poder tener una relación real con los individuos y con la comunidad. También es vital para una educación que valga la pena promover en la juventud el desarrollo de un pensamiento crítico e independiente. Sin lugar a dudas, debe haber un compromiso sólido con la base de fe que da coherencia al programa educacional. Para la educación cristiana superior esa base debería ser la teología del Reino de Dios, estructurada de acuerdo con la tradición profética, asumida y llevada a su plenitud por Jesucristo, y alimentada por una teología de la vida que integre la totalidad de la creación. Tal tipo de educación tiene como agentes tradicionales a la familia, la iglesia, la institución escolar y el estado o nación. Con la quiebra de las relaciones tradicionales de la familia causada por las tasas de divorcio, los niños nacidos fuera del matrimonio y la práctica de trabajar de ambos padres -que produjo la generación clonada de la televisión-, cada vez se puede esperar menos de la familia. Con la creciente privatización del sistema público de educación, impuesta por el programa económico neoliberal en el Tercer Mundo, que sustituye el sistema público por instituciones privadas entendidas como máquinas de hacer dinero, poco se puede esperar del estado o de los colegios privados respecto a una educación bien orientada y una correcta visión del mundo. Los programas de educación liberal están siendo borrados de la existencia por falta de fondos.

Lo que me mueve a ser ético por sobre todo es saber que como la educación es, por su propia naturaleza, directiva y política, yo debo respetar a los educandos sin jamás negarles mi sueño o mi utopía… Respetarlos significa, por un lado, darles testimonio de mi elección, defendiéndola; por el otro, mostrarles otras posibilidades de opción… En el momento en que la directividad del educador o de la educadora interfiere con la capacidad creadora, formuladora, indagadora del educando en forma restrictiva, entonces la directividad necesaria se convierte en manipulación, en autoritarismo… ¿Qué clase de educador sería yo si no me sintiera movido por el impulso que me hace buscar, sin mentir, argumentos convincentes en defensa de los sueños por los que lucho, y en la defensa de la razón de ser de la esperanza con que actúo como educador?

Toda persona necesita conocer el mundo del cual depende, al menos lo suficiente como para vivir con dignidad, desarrollar sus capacidades y comunicarse con los demás. El objeto de la educación no es la mera existencia o subsistencia, sino la vida que el Creador se propuso dar a todas las criaturas. Albert Einstein da una descripción vívida de la integración del conocimiento a las cuestiones primarias de la vida: No es suficiente enseñarle a alguien alguna especialización. Lo que esto significa es que podremos hacer una suerte de máquina útil, o una persona no desarrollada armoniosamente. Es esencial que el alumno adquiera comprensión, un sentido experiencial de los valores, un sentido vital de lo que es hermoso y moralmente bueno. Un estudiante debe aprender las motivaciones de la persona humana, sus sueños y sus miserias, para poder tener una relación real con los individuos y con la comunidad. También es vital para una educación que valga la pena promover en la juventud el desarrollo de un pensamiento crítico e independiente.

La mayoría de las iglesias estallan de indignación frente a actos violentos o de inmoralidad individuales, pero casi ni se inmutan acerca de la creciente pobreza infantil, las altas tasas de sida, el aumento de la distancia entre ricos y pobres, y la reacción violenta contra los inmigrantes y personas de color.

El sistema financiero internacional mata más gente que la Segunda Guerra Mundial. Pero por lo menos, Hitler era loco.

La dificultad fundamental de una universidad privada para adquirir fondos ha hecho que en su currículo predominen las disciplinas que responden al mercado más que a una filosofía educativa.

Mediante esta transformación de una ética de la ley en una ética de la gracia, la educación cristiana superior debiera adecuar sus programas de estudio para garantizar que los profesionales sean personas transformadas, que vean su profesión no sólo como un medio de superación personal sino, fundamentalmente, como un medio de servICIO a los demás. Una educación que responde a las necesidades reales y legítimas de los elementos más marginados de la sociedad, por encima de las necesidades del mercado, fomenta una mayor participación de todos los sectores del país y no sólo de las elites en el desarrollo social y cultural de la nación.

Una de las estrategias de la globalización es, evidentemente, la homogeneización de la cultura, lo que significa la asimilación de las culturas marginadas a un modelo cultural del centro, que, naturalmente, tiene como referente a la cultura occidental europea. […] Ante la imagen homogeneizada del pueblo es imperativo recuperar el modelo del cuerpo que plantea el apóstol Pablo, donde la sanidad y el crecimiento tanto del cuerpo como de sus miembros depende, no de la homogeneidad, sino de la diferencia.

Puesto que Cristo es Dios y tomó la forma de un ser humano, se tiende a pensar que la imagen de Dios es igual que la forma humana. Sin embargo, la Biblia muestra que la imagen no es anatómica o física, sino relacional.

El escritor a los Hebreos afirma: “Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve” (11.3). Para ver esta realidad con toda claridad y ser verdaderamente científico, el ser humano debe primero ser regenerado por el Espíritu Santo de Dios. Su mente debe ser iluminada, porque sólo a la luz de Dios él puede ver la luz (Sal 36.9). Si el ser humano no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.

No hay un ápice en nuestra vida de lo cual Cristo pueda decir: “Esto no me pertenece”. Si Cristo “es todo y está en todos” (Col 3.11), todas las expresiones de la vida, desde la adoración liasta la práctica de los deportes, deben ser “santos al Señor”.

Sin duda, la ciencia presenta desafíos a la fe cristiana, pero si tenemos bien puestos nuestros fundamentos y bien ordenadas nuestras prioridades ella resulta en una aventura de la vida cristiana. “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir. .. ” (Mc 10.45). El ideal cristiano es servir a los demás, vivir creativa y responsablemente, y ayudar en el proceso a aquellos que están en necesidad. Los cristianos creemos que confiar en el Señor “con todo nuestro corazón” y reconocerlo “en todos nuestros caminos” conduce a “largura de días y una vida abundante”.

Aunque nos ha sido encomendado el dominio sobre la naturaleza -y, por tanto, tenemos la obligación de explorarla y estudiarla-, nuestra posición es la de administradores o guardianes. Esto implica que debemos enseñar su uso racional y responsable, pues muchas veces el ser humano ha usado el poder sobre la naturaleza no como el administrador sino como el señor soberano que no tiene sentido de responsabilidad hacia el Dios que le dio ese poder.

La mente, para ser verdaderamente cristiana, debe estar nutrida por la Palabra de Dios.

La competencia se ha convertido en uno de los aspectos más universales y destructivos de la educación moderna. El sentido de rivalidad lo abarca todo, con implicancias éticas en la investigación, la elaboración de proyectos y la enseñanza. Los estudiantes conviven con un miedo paralizante que se convierte involuntariamente en el conductor de todo lo que escriben, dicen y hasta piensan.

Cuando las escuelas son lugares en los que puede experimentarse el sentido de comunidad, donde las personas pueden vivir unidas sin miedos mutuos, y donde el aprendizaje puede basarse en un intercambio creativo de experiencias e ideas, entonces se abre la posibilidad de que quienes han vivido ese ambiente tengan un creciente deseo de hacer realidad aquel mundo que ellos han experimentado durante sus años de formación.

La ética cristiana indica las normas que deben regimos respecto a la relación con los demás a la luz del evangelio. Es tan amplia que involucra prácticamente toda nuestra vida.

En las universidades deberían imponerse las ideas por los argumentos que las sostienen y no por las personas que están detrás de ellas.

Debemos formar profesionales jóvenes críticos, no dispuestos a transar sus principios éticos y morales frente a la tentación del consumismo o de las recompensas económicas. Me causó gran satisfacción saber que uno de mis ex alumnos renunció a un trabajo cuarenta y ocho horas después de haber firmado un contrato, cuando se dio cuenta de que su trabajo consistía en producir variedades de maíz trangénico. Se quedó sin trabajo por un tiempo, pero luego Dios lo bendijo con un trabajo en la universidad y con una beca para doctorarse en materias ambientales en España.

Un conocimiento sólo es pertinente en la medida en que se sitúa dentro de un contexto. La palabra es “polisémica”, es decir, toma su sentido una vez que la insertamos en un contexto.

El conocimiento es la aventura de navegar permanentemente del todo a las partes y de las partes al todo, escapando de la alternativa que opone los conocimientos particulares, no religados entre sí, al conocimiento global, vacío y vago. Cuanto más conocimiento especializado y limitado tengamos, más ideas tontas tendremos sobre la política, el amor o la vida.

Pascal decía que lo contrario de una verdad no es un error, sino una verdad contraria. Niels Bohr decía que lo contrario de una verdad profunda no es un error sino otra verdad profunda; en cambio, lo contrario de una verdad superficial es un error imbécil.

Hay personas que tienen una postura científica perfeccionada, intelectualmente madura, pero que en el campo de la fe todavía están en el mismo nivel del departamento de los niños de la escuela bíblica dominical. Normalmente, las personas que se encuentran en esta situación tienen dos caminos: o abdican de la integridad intelectual y se tornan obscurantistas -defensores, por ejemplo, de una versión infantil del creacionismo-, o abdican de la fe. En efecto, perciben -y lo hacen bien- que es imposible mantener una fe infantil con la madurez intelectual que tienen.

Si creemos que el mundo va a empeorar cada día y no hay nada que se pueda hacer, ¿qué estamos haciendo en la universidad? Es mejor abandonar las escuelas, universidades y profesorados, y dedicamos todos a tiempo integral a la evangelización, antes de que acontezca el inevitable naufragio del Titanic del mundo. En fin, para el cristiano hay espacio para la investigación, la enseñanza y la ampliación del conocimiento sólo si se afirma una transformación del mundo.

De una cosa los profesores pueden estar absolutamente seguros: casi todos los estudiantes que entran en la universidad afirman, o dicen afirmar, que la verdad es relativa… Aquél que cree sinceramente en alguna cosa representa el mayor peligro.

Tanto para los profesores que son formados en las universidades y escuelas, como para los estudiantes en general, lo que vale en última instancia (o que ellos imitan y aprenden) son los valores y actitudes mostrados por los profesores, y no necesariamente la instrucción recibida. Enseñar, por ejemplo, se ha convertido en una tarea de proveer al estudiante todo el arsenal (inoten el lenguaje!) de armas académicas, de suerte que un estudiante pueda vencer a su oponente en la lucha de la vida, ganar más dinero, tener una carrera mejor, en fin, illegar a ser el mejor!

En una investigación que hizo la UFScar, le preguntaron a una estudiante de primer semestre qué imaginaba ella que debería hacer para mostrar que respetaba su relación con los otros colegas. Su respuesta fue: “Mira, para sobrevivir con la competencia, tienes que guardar el máximo de información posible. Amistad, sí, pero tiene que haber una restricción en cuanto a pasar información profesional”. En otras palabras: ¡No se debe entregar el oro al bandido!

En general, la enseñanza que tenemos en nuestras universidades es un proceso de mano única, es decir, unilateral. Alguien es competente y el otro no. Uno es débil y el otro es fuerte. Uno sabe y pasa al otro que no sabe, y parece no existir nada del otro lado que pueda ser aprovechado y usado como base para la creación. Hasta los procesos de evaluación que tenemos enfatizan más el apuntar lo que el alumno no sabe que lo que sí sabe. Además, la enseñanza en nuestras universidades se orienta hacia el futuro, hacia lo que ocurrirá “después”. Así, los ojos del estudiante se dirigen hacia afuera de su mundo y de su realidad. La escuela es propedéutica, prepara para la vida, que -isorpresa!- parece que sólo acontecerá después.

Aunque la enseñanza sólo tenga aplicaciones concretas en el futuro, necesita, para ser aprendida, estar relacionada con la persona ahora: con sus problemas, necesidades y desafíos. En otras palabras, se trata de contextualización. La plática y aplicación de la enseñanza a las situaciones presentes capacitan al alumno y al profesor para las situaciones futuras.

Es importante evitar la mentalidad de “ghetto”, aislacionista y ensimismada, al estilo de algunas congregaciones eclesiales. Posiblemente esta mentalidad aporte relaciones intensas entre los miembros de la propia institución, pero hace precario el vínculo y aporte de la institución a la comunidad académica y nacional.

Nuestra sociedad es una sociedad de abundancia sin precedentes, pero experimenta una escasez sin precedentes (paradoja de la escasez). La pobreza se está incrementando agudamente en medio de sociedades de abundancia (paradoja de la pobreza). En un contexto de más abundancia, tenemos menos oportunidades que antes para practicar el cuidado de otros (paradoja del cuidado). Aunque nuestro nivel de salud se ha incrementado, nuestro nivel de enfermedades aumenta (paradoja de la salud). A pesar de que tenemos sustancialmente mayor riqueza, tenemos menos y menos tiempo en nuestra vida (paradoja del tiempo).

En medio del individualismo y la lucha salvaje en un mercado competitivo deshumanizado, se debe afirmar la necesidad de desarrollar una economía humana y solidaria, orientada a la justicia y equidad, a la liberación de todo tipo de opresión y esclavitud social, defensora de la vida, que dignifique al ser humano y afirme la propia identidad y desarrollo cultural. Sobre todo, se necesita persistir en los grandes valores comunitarios, cooperativos, orientados a una sociedad solidaria acorde con el mensaje de las Escrituras. [… ] Definitivamente, es necesario rechazar los rasgos de una “economía consumista y libidinal” y optar por una economía de tipo esencialista y sustentable… La Iglesia debe afirmar una economía de la “suficiencia y solidaridad cristiana”, según los modelos de Cristo, la Iglesia primitiva, y la práctica apostólica (2Co 8.9; Hch 4.32-37; 1 Ti 6.8), y rechazar una “teología de la prosperidad económica” que, trascendiendo una sana aproximación a la mejora material, introduce elementos paganos propios de la presente era, dominada por los valores materialistas del mercado.

Afirmamos que las Escrituras, la Palabra del Dios viviente y verdadero, es nuestra suprema autoridad en todos los aspectos de fe y conducta. Por lo tanto, recurrimos a ella como guía confiable para la reflexión en asuntos concernientes a la vida económica, social y política. Como economistas y teólogos deseamos someter tanto la teoría como la práctica a la norma de la Escritura. Nos desafiamos unos a otros a sostener valores económicos cristianos en medio de circunstancias injustas e inhumanas. Sin embargo, somos conscientes de que las demandas éticas son a menudo ineficaces debido a que ellas son apoyadas sólo por acciones individuales, pero la proclamación de los valores cristianos necesita ser acompañada por acciones que desafíen cambios institucionales y estructurales que promuevan estos valores en nuestras comunidades… Urgimos a todos, y especialmente a los cristianos, a adoptar la mayordomía responsable y la justicia como los principios guía para todos los aspectos de la vida económica, particularmente en favor de aquellos que son más vulnerables. Estos principios deben ser aplicados a todas las esferas de la vida. Los mismos tienen que ver con el uso de los recursos materiales y con los estilos de vida, como también con la forma en que la gente y las naciones se relacionan unas con otras. Aprestados para la lucha y con nuestras lámparas encendidas, esperamos el retorno del Señor Jesucristo, cuando la justicia y la paz nos cubrirá.

Es importante no confundir “mente cristiana” con “mentalidad religiosa”. La “mente cristiana” no se refiere a una mente dedicada a temas exclusivamente “religiosos”, sino a una mente que piensa “cristianamente”, es decir, desde una perspectiva cristiana, aun acerca de los temas más seculares. Se trata de una mente entrenada, formada y equipada para manejar los datos de la controversia secular dentro de un marco de referencia basado en premisas cristianas.

Es necesario absorber la estructura de la visión bíblica en su amplitud, ubicando la problemática ética en la perspectiva e interrelación de los cuatro grandes acontecimientos de la historia bíblica: la creación (“lo bueno”), la caída (“lo malo”), la redención (“lo nuevo”) y la consumación (“lo perfecto”). Así, con un marco de referencia donde encuadrar todo, un modo de integrar nuestro entendimiento y la posibilidad de pensar y orientar correctamente nuestro juicio -aun acerca de los problemas más complejos sobre el hombre y la sociedad- es posible observar el panorama de la historia desde una perspectiva adecuada.

Muchos economistas cristianos han investigado la cosmovisión y los valores subyacentes a la economía neoclásica,3 y han señalado que el marco neoclásico es naturalista y materialista. En otras palabras, el mundo no fue creado por Dios y no es él quien sigue gobernándolo. La economía neoclásica es también mecánica e individualista: los agentes económicos responden a incentivos económicos, en vez de optar por un ejercicio responsable de custodiar aquello que Dios les ha confiado. La economía tradicional es amoral: la gente es vista como inherentemente interesada en sí misma y no se la incita a combatir esa deficiencia de su naturaleza. Por último, el marco neoclásico es utilitario: los individuos persiguen la felicidad como ellos mismos la han definido, y la idea es que deberían conseguir lo que quieren.

La economía es “el estudio de la custodia comunitaria y la organización de la creación para satisfacer las necesidades del hombre. En términos un tanto distintos: la economía es el estudio de cómo la gente, a nivel individual e institucional, responde a su llamado a custodiar lo que Dios les ha confiado en la creación.

La responsabilidad ante Dios es justamente lo que el economista cristiano debe reintroducir en el análisis. Por ende, debemos analizar y reformar nuestra actividad económica en distintos niveles. Debemos examinar nuestras opciones cotidianas de consumo como personas de negocios, empleadores y empleados, para constatar si son opciones responsables que obedecen a lo que Dios pide de nosotros. También debemos analizar cuidadosamente nuestra administración pública y privada de las políticas macroeconómicas, sociales, comerciales y de bienestar. Además, debemos estudiar las estructuras económicas nacionales e internacionales en que se han institucionalizado la justicia y la injusticia. Por último, necesitamos desarrollar las herramientas teóricas y analíticas para examinar nuestra vida económica y entender en qué debe ser obediente yen qué debe efectuar cambios.

La pobreza, el desempleo y el deterioro del medio ambiente son resultados de nuestra extraviada fe en el crecimiento económico y en el desarrollo tecnológico. En lugar de intentar obedecer a Dios en materia de economía y enfatizar nuestra responsabilidad de custodiar lo que nos ha confiado, hemos hecho del crecimiento económico y del avance tecnológico un ídolo. Y, al igual que todos los ídolos, éste nos ha esclavizado y nos ha hecho sentir desesperanza y descontrol, dejándonos subyugados a fuerzas económicas tiránicas.

La educación debe, consecuentemente, tener entre sus metas lograr -siempre de maneras que sean moralmente justificables- la formación de las tendencias correctas. Debe buscar desarrollar en el estudiante el hábito de hablar su propio idioma correctamente. Debe buscar desarrollar en el estudiante el compromiso con el principio de hacer lo honesto. La educación debe apuntar hacia la producción de cambios en las tendencias (disposiciones, inclinaciones) del estudiante hacia la acción. Debe enfocarse en el aprendizaje de tendencias.

La idea del reino de Dios es más exactamente comprehensiva, porque no sólo está orientada a la redención del pueblo de Dios, sino a la autoafirmación de Dios en todas sus obras. No ubica solamente a Israel, también a las naciones paganas, al mundo, e incluso a toda la creación, en la amplia perspectiva de la realización de todos los derechos y promesas de Dios.

Mientras los problemas institucionales no sean vistos como síntomas de la profunda crisis espiritual producida por el materialismo tecnológico, nuestros esfuerzos orientarán a los estudiantes a cómo ser funcionarios exitosos en una sociedad sin Dios. El énfasis en lo teórico, el compromiso con el método científico, el análisis positivista, y aun la excelencia académica dejan los valores y metas de la sociedad consumista totalmente intactos. Las instituciones educativas en que tales énfasis son tomados por ciertos servirán a los interesados y prepararán a los estudiantes para tomar su lugar dentro de sistemas sociales deshumanizadores, pero no servirán al Reino de Dios ni tampoco prepararán a los estudiantes para ser agentes de justicia, amor y libertad … Nuestra crítica debe reconocer que mientras las instituciones educativas simplemente reflejen iglesias conformadas a un cristianismo sincrético, su papel principal será reforzar el statu quo.

El concepto del Reino de Dios nos llama siempre a vivir bajo la luz de la pronta venida de Jesucristo. Ninguna visión cristiana mantendrá su fuerza si no incorpora como meta el retorno de su Señor y Salvador. El problema con muchos de los proyectos universitarios cristianos fracasados ha sido precisamente que se han acomodado a la realidad presente y no han buscado definir o articular la dimensión escatológica de su obra universitaria. Como resultado, mucho de esos proyectos terminan haciendo caso omiso de la idea de la pronta venida de Jesús o resistiéndose a ella. Sin embargo, es imposible hablar del Reino de Dios sin enfocar también la expectativa ferviente de su pronta realización.

Las nuevas universidades cristianas han sido la causa de polémica dentro de la comunidad evangélica por la sencilla razón de que muchos de los académicos evangélicos y protestantes miran a las universidades evangélicas con desconfianza, por ser proyectos mal orientados y carentes de recursos financieros y humanos. En honor a la verdad, debemos reconocer que esa desconfianza no carece de base. Muchas veces los proyectos universitarios evangélicos comienzan con más fe que recursos. Su precariedad las lleva a la mediocridad académica, que perjudica en vez de resaltar la excelencia de nuestro Señor.

Es importante que no nos aislemos de nuestro entorno académico para encerramos en instituciones propias donde nuestros conceptos cristianos nunca se expongan a la prueba de la revisión académica. La historia nos enseña que el lugar más influyente para nuestros mejores académicos muchas veces es, precisamente, la corriente académica de las instituciones no cristianas.

Docencia e investigación, un nuevo concepto de gestión, la expansión universal del conocimiento […], superar el reduccionismo que concibe a la educación como mera información [oo.] promover la sabiduría como objetivo último de la educación [oo.], la capacidad de adaptarse al cambio […], excelencia académica [oo.], responsabilidad social […], no sólo enseñar la ciencia hecha, sino enseñar a hacer ciencia […], la especialización de la universidad en determinados ámbitos […], convertirse en una institución sin edad […], ética académica, pues las universidades no nacieron sólo como un acontecimiento intelectual (Abelardo) o social-institucional (Alfonso X, El Sabio), sino también ético-intelectual (cristianismo). El “cairón” (esencia físico-espiritual) de la universidad es el valor o excelencia ético-profesional de sus académicos… […] hay finalmente un papel que la universidad no puede dejar de cumplir: la intervención en la actualidad, como una autoridad moral capaz de señalar metas y de corregir disfunciones. Porque la universidad extrae su autoridad de la pasión por la verdad, de la búsqueda de la excelencia, del desprecio por la injusticia, de la preservación de la memoria y del compromiso con la razón”.

Es necesario transformar primeramente a las personas (estudiantes) para que luego ellas transformen la sociedad; es decir, es necesario aplicar el método de Jesucristo.

Evitar los peligros de una enseñanza excesivamente profesional (técnico-utilitaria) y dar mayor énfasis en los programas de estudios a la cultura y el humanismo, y propender así hacia una formación integral.

Incorporar siempre valores morales, el respeto por la profesión y las disciplinas, especialmente en su dimensión ética y de servicio.

En el contexto de la impresionante crisis social y económica de Ecuador se llegó a la conclusión que la corrupción política está entre los factores más importantes de la misma. Y la gran mayoría de los políticos y de la burocracia corrupta está integrada por profesionales graduados por nuestras universidades. Un ex-presidente se lamentaba profundamente por la ausencia de valores entre los profesionales universitarios y dijo una verdad indiscutible: “La universidad es lo que es un país, y un país es lo que es la universidad”. Para muchos estudiantes la corrupción universitaria puede comenzar en el momento mismo de escoger una carrera profesional con fines puramente lucrativos o de matricularse con el único fin de obtener un título. Otra forma de corrupción muy notoria es la escasa exigencia académica y la poca preparación de las clases por parte de los profesores.

Las instituciones educativas cristianas deben tener cuidado de no confundir educación cristiana con educación religiosa. En mi opinión, la educación religiosa no es compatible con los principios universitarios. En cambio, la educación cristiana para la formación del ser desde una perspectiva cristiana transformadora, según el Reino de Dios, es plenamente válida e indispensable en cualquier proceso educativo holístico.

Radical

David Platt

Radical

Radical


Si consideramos lo radical como lo tajante, que no admite términos medios, según el diccionario, el autor nos invita a volver a lo radical del evangelio dejando de lado las recompensas efímeras e instantáneas que la vida moderna englobadas en el llamado sueño americano, nos entrega. Al final lanza un reto interesante. Calificación de 9.5 Del Reading Challenge, Reto 15, Un popular primer libro de un autor.

Los fundamentos del «sueño americano» son el materialismo y la autosuperación, dos elementos que contradicen la enseñanza del evangelio. […] Estos «vicios» que se interponen entre nosotros y los planes de Dios para nuestra vida no se circunscriben a la realidad de Estados Unidos, sino que aquejan a todos los cristianos. La confianza en los bienes que poseemos (sean muchos o pocos), el amor al dinero y el deseo de alcanzar el éxito por nuestros propios medios (aun en el crecimiento de la iglesia) amenazan con impedirnos entrar a la esfera de una entrega radical al Señor Jesucristo.

Los seguidores de Cristo no tienen garantía de que sus necesidades básicas de refugio estarán cubiertas.

En alguna parte del camino hemos perdido lo que es radical de nuestra fe y lo hemos sustituido por lo que es cómodo.

«Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo»7. Ahora bien, esto ya está subiendo de tono. Levanta un instrumento de tortura y sígueme. Esto se vuelve bastante extraño… y un tanto espeluznante. Imagina a un líder que sube a escena hoy e invita a todos los que quieran seguirlo a tomar una silla eléctrica y ser sus discípulos. ¿Alguien quiere?

Estamos comenzando a redefinir el cristianismo. Estamos cediendo a la peligrosa tentación de tomar al Jesús de la Biblia y torcerlo hasta obtener una versión con la que nos sintamos más cómodos.Un Jesús agradable, de clase media y estadounidense. Un Jesús que no se preocupe por el materialismo y que nunca sea capaz de pedirnos que demos todo lo que tenemos. Un Jesús que no espere que abandonemos nuestras relaciones más estrechas para que Él reciba todo nuestro afecto. Un Jesús que no tenga problema con la devoción nominal que no invade nuestras comodidades porque, después de todo, Él nos ama tal cual somos. Un Jesús que quiere que seamos equilibrados, que evitemos los peligros extremos y que, en realidad, quiere que evitemos toda clase de peligro. Un Jesús que nos consuele y nos dé prosperidad mientras vivimos nuestro paseo cristiano en el sueño americano.

El peligro es que cuando nos reunimos en nuestros templos para cantar y levantar las manos en adoración, es probable que no estemos adorando al Jesús de la Biblia. En cambio, podemos estar adorándonos a nosotros mismos.

Veintitrés millones de dólares para un adornado santuario y cinco mil dólares para cientos de miles de hombres, mujeres y niños que morían de hambre, sin tener fe en Cristo en su mayoría. ¿Adónde nos equivocamos? ¿Cómo llegamos al punto en que esto resulta tolerable?

Esta es la pregunta que muchas veces me persigue cuando estoy parado frente a la multitud de miles de personas en la iglesia que pastoreo. ¿Qué pasaría si sacáramos la música de onda y las sillas acolchadas? ¿Qué pasaría si desaparecieran las pantallas y no se decorara más la plataforma? ¿Qué pasaría si se apagara el aire acondicionado y se quitaran las comodidades? ¿La Palabra seguiría siendo suficiente para que esta gente se reuniera? En Brook Hills decidimos tratar de responder esta pregunta. Lo que hicimos fue quitar el elemento del entretenimiento e invitamos a la gente a reunirse solo para estudiar la Palabra de Dios durante horas seguidas. Le pusimos el nombre de Iglesia Secreta. Fijamos una fecha, un viernes por la noche; nos reuniríamos desde las seis de la tarde hasta la medianoche, y durante seis horas no haríamos otra cosa más que estudiar la Palabra y orar. Interrumpiríamos cada cierto tiempo el estudio bíblico de seis horas para orar por nuestros hermanos alrededor del mundo que se ven obligados a reunirse en secreto. También oraríamos por nosotros mismos, de modo que aprendiéramos a amar la Palabra como ellos.

Si examinamos a fondo el mercado cristiano, encontraremos una plétora de libros, canciones y cuadros que pintan a Dios como un Padre amoroso. Y así es Él. Con todo, no es solo un Padre amoroso, y limitar nuestro entendimiento de Dios a este cuadro, en definitiva, distorsiona la imagen de Él que tenemos en nuestra cultura. Es verdad, Dios es un Padre amoroso, pero también es un Juez airado. En su ira, aborrece el pecado. Habacuc oró a Dios: «Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal; no te es posible contemplar el sufrimiento»2. En algún sentido, Dios aborrece a los pecadores. Te preguntarás: «¿Qué sucede con lo de que “Dios aborrece el pecado pero ama al pecador”?». Bueno, lo que sucede es lo que dice la Biblia. Un salmista dijo de Dios: «No hay lugar en tu presencia para los altivos, pues aborreces a los malhechores».

Nuestra comprensión de quién es Dios y quiénes somos nosotros afecta de manera drástica nuestra comprensión de quién es Cristo y por qué lo necesitamos. Por ejemplo, si Dios no es más que un Padre amoroso que quiere ayudar a la gente, veríamos a Cristo como un simple ejemplo de ese amor. Veríamos la cruz como una simple demostración del amor de Dios por el que permitió que los soldados romanos crucificaran a su Hijo, a fin de que el hombre pecador pueda saber cuánto nos ama. Sin embargo, este cuadro de Cristo y de la cruz es tristemente inadecuado y pierde todo el contenido del evangelio. No somos salvos de nuestros pecados porque los judíos y los oficiales romanos juzgaron a Jesús con falsedades y Pilato lo sentenció a muerte. Tampoco somos salvos porque los verdugos romanos clavaran clavos en las manos y en los pies de Cristo y lo colgaran en la cruz. ¿Creemos de verdad que el falso juicio al que sometieron a Cristo pagaría la deuda de los pecados de toda la humanidad? ¿Creemos de verdad que una corona de espinas, unos azotes, unos clavos y una cruz de madera junto con todas las otras facetas de la crucifixión que hacemos atractivas son lo bastante poderosas como para salvarnos? Imagina a Cristo en el jardín de Getsemaní. Al arrodillarse ante su Padre, de su cabeza caen gotas de sudor mezcladas con sangre. ¿Por qué está en medio de semejante agonía y dolor? No es porque le tema a la crucifixión. No tiembla por lo que los soldados romanos están a punto de hacerle. Desde ese día, un sinnúmero de hombres y mujeres en la historia del cristianismo ha muerto por su fe. A algunos no solo los colgaron de una cruz, sino que los quemaron vivos crucificados. Muchos de ellos fueron cantando hacia la cruz.

¿Por qué Jesús temblaba en el jardín mientras lloraba lleno de angustia? Podemos estar seguros de que no era un cobarde a punto de enfrentar a los soldados romanos. Por el contrario, era un Salvador que estaba a punto de soportar la ira divina. Escucha estas palabras: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa». La «copa» no hace referencia a la cruz de madera, sino al juicio divino. Es la copa de la ira de Dios [Apocalipsis 14:10 él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero;]. Esto fue lo que lo hizo querer retroceder a Jesús cuando estaba en el jardín. Toda la santa ira de Dios hacia el pecado y los pecadores, acumulada desde el principio del mundo, estaba a punto de derramarse sobre Él, y suda sangre ante semejante pensamiento.

Un predicador lo describió como si tú y yo estuviéramos parados a unos escasos noventa metros de una represa de agua de quince mil kilómetros de alto por quince mil kilómetros de ancho. De repente, esa represa se rompe y un torrente de agua se abalanza sobre nosotros. Justo cuando está a punto de alcanzarnos, se abre la tierra frente al lugar donde nos encontramos y se traga toda el agua. En la cruz, Cristo bebió toda la copa de la ira de Dios y cuando acabó la última gota, le dio vuelta a la copa hacia abajo y exclamó: «Consumado es». Este es el evangelio. El Creador justo y amoroso del universo miró a la pecaminosa gente sin esperanza y envió a su Hijo, Dios hecho carne, para ejemplar de muestra – adquiere el original en tu libreria amiga soportar en la cruz su ira contra el pecado y mostrar su poder sobre el pecado en la resurrección, de modo que todos los que confían en Él se reconciliaran con Dios para siempre.

No encontrarás un versículo en la Escritura en el que se le diga a la gente: «Inclina la cabeza, cierra los ojos y repite después de mí». No encontrarás un lugar donde se mencione siquiera la oración supersticiosa de un pecador. Y no encontrarás un énfasis en aceptar a Jesús8. Hemos tomado al infinitamente glorioso Hijo de Dios, que soportó la infinitamente terrible ira de Dios y que ahora reina como el infinitamente digno Señor de todo, y lo hemos reducido a un pobre e insignificante Salvador que tan solo nos ruega que lo aceptemos. ¿Aceptarlo? ¿De verdad pensamos que Jesús necesita nuestro arrepentimiento? ¿No es que nosotros lo necesitamos a Él?

Se nos ha enseñado que todo lo que se requiere es una decisión, tal vez hasta una aceptación solo intelectual de Jesús y que, luego, no debemos preocuparnos por sus demandas, sus normas ni su gloria. Tenemos un boleto para el cielo y podemos vivir como se nos dé la gana en la tierra. Se nos tolerará el pecado durante el camino. Hoy en día, gran parte de la evangelización moderna se construye sobre la idea de conducir a la gente por este camino, y las multitudes van en tropel detrás de estas premisas, pero al final es un camino construido sobre arena que se hunde y corre el riesgo de desilusionar a millones de almas.

No solo somos salvos para que nuestros pecados sean perdonados ni para asegurarnos la eternidad en el cielo, sino que somos salvos para conocer a Dios.

El problema que tenemos es que, en nuestra cultura, nos sentimos tentados a cada instante a confiar en nuestro propio poder.

James Truslow Adams, a quien se le adjudica haber acuñado la frase «sueño americano» en 1931, se refirió a él como «un sueño […] en el cual cada hombre y cada mujer pueden llegar al máximo de su capacidad innata y pueden ser reconocidos por los demás por lo que son»

Mientras que el objetivo del sueño americano es engrandecernos, el objetivo del evangelio es engrandecer a Dios.

Lee el resto de Josué 6 y verás cómo tomaron la ciudad de Jericó tal como lo ordenó Dios. Entonces, fíjate con cuidado en lo que no ves. No ves a todos estos israelitas dirigiéndose a los que tocaron la trompeta para decirles el trabajo tan increíble que realizaron ese día. Casi puedo oírlos hoy: «Abisai, nunca te había oído tocar la trompeta tan bien». «Nimrod, vaya hombre, estuviste impecable cuando tocaste ese Mi alto». No. En su lugar, vemos al pueblo de Israel reconociendo que solo Dios podía haber hecho aquello. Esa es la manera en que obra Dios. Pone a sus hijos en posiciones donde necesiten con urgencia su poder y, luego, muestra su provisión de modo tal que despliega su grandeza.

Los cristianos estamos viviendo el sueño americano en el contexto de nuestras comunidades de fe. Nos hemos convencido de que si podemos ubicar nuestros recursos y organizar las estrategias, seremos capaces de lograr en la iglesia, como en todas las demás esferas de la vida, cualquier cosa que nos propongamos.

Es verdad que planeamos, organizamos y creamos, pero todo lo hacemos mientras ayunamos, oramos y confesamos sin cesar nuestra necesidad de provisión de Dios. En lugar de depender de nosotros mismos, expresamos una radical desesperación por el poder de su Espíritu y confiamos en que Jesús está listo para darnos todo lo que pidamos de modo que pueda engrandecer a nuestro Padre en este mundo.

El mensaje del cristianismo bíblico no es «Dios me ama, punto y aparte», como si fuéramos el objeto de nuestra propia fe. El mensaje del cristianismo bíblico es «Dios me ama para que yo dé a conocer entre las naciones sus caminos, su salvación, su gloria y su grandeza».

Tomamos el mandamiento de Jesús en Mateo 28 de hacer discípulos a todas las naciones y decimos: «Esto se refiere a otros». Entonces, miramos el mandamiento de Jesús en Mateo 11:28: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso», y decimos: «Bueno, esto se refiere a mí». Tomamos la promesa de Jesús en Hechos 1:8, donde dice que el Espíritu nos guiará a los confines de la tierra y decimos: «Eso se refiere a algunos». En cambio, tomamos la promesa de Jesús en Juan 10:10 de que tendremos vida abundante y decimos: «Esto se refiere a mí».

En este proceso, hemos trazado de manera innecesaria (y antibíblica) una línea de distinción que les asigna las obligaciones del cristianismo a unos pocos, mientras que mantiene los privilegios del cristianismo para todos. De esta misma manera, decidimos enviar a otros a llevar a cabo el propósito global del cristianismo, mientras el resto de nosotros se cruza de brazos solo porque «no tenemos ese llamado».

Una mayoría de los individuos que se supone que han sido salvos de la condenación eterna mediante el evangelio, ahora se cruzan de brazos e inventan excusas para no testificarle del evangelio al resto del mundo.

Los que dicen que no se puede hacer deberían apartarse del camino de los que lo están haciendo.

«Te he bendecido para mi gloria. No para que tengas una vida cómoda con una gran casa y un bonito auto. No para que gastes fortunas en vacaciones, educación o ropa. Estas cosas no son malas, pero te he bendecido para que las naciones me conozcan y vean mi gloria».

Hacer discípulos no es un proceso fácil. Es fatigoso. Es complicado. Es lento, tedioso y hasta doloroso algunas veces. Tiene todas estas características porque se basa en relaciones.

En primer lugar, conforme a lo que dijo Jesús, para hacer discípulos es necesario ir. Es necesario llevarles el evangelio a las personas a donde viven, trabajan y juegan. Hacer discípulos no es un llamado para que los demás vengan a oír el evangelio, sino que es un mandamiento a ir y entregarles el evangelio. Es un mandamiento a vivir y hablar el evangelio en todo momento y en todo contexto donde nos encontremos.

Hacer discípulos no tiene que ver con un programa ni un suceso, sino con una relación. Al dar el evangelio, impartimos vida y esta es la esencia de hacer discípulos. Es compartir la vida de Cristo. Por esa razón, hacer discípulos no es solo ir, sino también bautizar.

Era un ex alcohólico, adicto y traficante de droga que había sido salvo de manera radical por la gracia de Dios. (Como comentario al margen, diré que hace poco se acercó a los muchachos de nuestra iglesia que lideran el trabajo en el extranjero y les dijo que tenía habilidades para contribuir con el contrabando a fin de pasar clandestinamente Biblias en las fronteras. Es decir, ¡preguntó si estábamos interesados en usar su experiencia!).

Para enseñarle a otro cómo orar, nosotros debemos saber orar. Para ayudar a alguien a que aprenda cómo estudiar la Biblia, necesitamos estar activos en el estudio de la Biblia. Sin embargo, esto es lo bello de hacer discípulos. Cuando asumimos la responsabilidad de ayudar a otros a creer en Cristo, esto lleva de forma automática nuestra relación con Cristo a un nuevo nivel.

En una cultura donde lo mayor es siempre lo mejor y lo deslumbrante es siempre lo más eficaz, Jesús nos llama a cada uno de nosotros a concentrar nuestra vida de manera sencilla y humilde en los demás. Lo cierto es que no se puede compartir la vida de este modo con las masas ni con las multitudes. Jesús no lo hizo. Pasó tres años con doce hombres. Si el Hijo de Dios pensó que era necesario concentrar su vida en un pequeño grupo de hombres, nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que podemos producir discípulos en serie hoy en día. El diseño de Dios para llevar el evangelio a todo el mundo es un proceso lento, deliberado y simple que implica que cada uno de sus hijos sacrifique todas las facetas de su vida para multiplicar la vida de Cristo en otros.

Esterilizar a un cristiano contra el mundo implica aislarlo en una caja de seguridad espiritual llamada el edificio de la iglesia y enseñarle a ser bueno. En esta estrategia, el éxito de la iglesia se define según lo grande que sea el edificio que tienes para albergar a todos los cristianos, y el objetivo es reunir la mayor cantidad de personas posible durante un par de horas todas las semanas en ese lugar donde estamos aislados de las realidades del mundo que nos rodea. Cuando alguien pregunta: «¿Dónde está tu iglesia?», señalamos un edificio o les damos una dirección y todo se centra alrededor de lo que sucede en ese lugar. Cuando nos reunimos en el edificio, aprendemos a ser buenos. Ser buenos significa evitar al mundo. Somos santos por esas cosas de las que no participamos (y en este sentido, debemos ser la única organización en el mundo que define el éxito por lo que no se hace). Llevamos vidas decentes, en hogares decentes, con trabajos decentes y familias decentes, como ciudadanos decentes. Somos miembros decentes de la iglesia con un poco más de impacto en el mundo de lo que teníamos antes de ser salvos. Aunque se nos puedan unir miles, a fin de cuentas les hemos dado las espaldas a miles de millones que no han oído hablar de Jesús. Discipular es algo muy distinto.

Buenas intenciones, cultos regulares y hasta el estudio de la Biblia no nos impiden la ceguera. Parte de nuestra naturaleza pecaminosa escoge por instinto ver lo que queremos ver y no tomar en cuenta lo que deseamos no tener en cuenta. Puedo vivir mi vida cristiana y hasta liderar la iglesia mientras que, sin querer, paso por alto el mal.

Cualquiera que desee proclamar la gloria de Cristo hasta los confines de la tierra debe considerar no solo cómo declarar el evangelio con palabras, sino cómo demostrar el evangelio de manera visible en un mundo donde hay tantos con un hambre desesperante. Si voy a tratar la urgente necesidad espiritual al transmitir el evangelio de Cristo o edificar al cuerpo de Cristo alrededor del mundo, no puedo pasar por alto su necesidad física cuando lo haga.

¿Cuál es la diferencia entre alguien que de manera deliberada se permite placeres sexuales mientras pasa por alto la Biblia respecto a la pureza moral y alguien que adrede se permite la búsqueda egoísta de cada vez más posesiones materiales mientras que hace caso omiso de lo que dice la Biblia respecto al cuidado de los pobres? La diferencia es que uno está relacionado con un tabú social en la iglesia y el otro está relacionado con una norma social dentro de la iglesia.

Atender a las necesidades de los pobres no es la base de nuestra salvación, no quiere decir que el uso de la riqueza que tenemos esté desconectado por completo de la misma. En realidad, cuidar de los pobres (entre otras cosas) es evidencia de nuestra salvación. La fe en Cristo que nos salva de nuestros pecados implica una transformación interna que tiene consecuencias externas. Según lo que dijo Jesús, puedes decir si alguien es seguidor de Cristo por el fruto de su vida. Además, los escritores del Nuevo Testamento nos muestran que el fruto de la fe en Cristo implica una preocupación material por los pobres3. Cuidar de los pobres es una consecuencia natural y una evidencia necesaria de la presencia de Cristo en nuestros corazones. Si no hay señales de que cuidemos de los pobres, existe una razón para al menos cuestionarse si Cristo está en nuestros corazones.

Cuando volvemos la vista atrás y vemos a los que asistían a la iglesia y tenían esclavos hace ciento cincuenta años, nos preguntamos: «¿Cómo podían tratar a sus congéneres de esa manera?». Me pregunto si los seguidores de Cristo dentro de ciento cincuenta años mirarán a los cristianos de Estados Unidos del día de hoy y se preguntarán: «¿Cómo podían vivir en semejantes casas? ¿Cómo podían conducir esos autos tan lujosos y vestirse con ropa tan costosa? ¿Cómo podían vivir con tanta riqueza mientras que miles de niños morían debido a que no tenían comida ni agua? ¿Cómo podían seguir adelante con sus vidas como si no existieran miles de millones de pobres?».

La riqueza no es mala por naturaleza. La Escritura no condena a los ricos ni a las posesiones en sí. Por cierto, enseña que Dios nos da los recursos materiales para nuestro bien. Como dice Pablo, Dios «nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos»6. Sería un gran error si alguien terminara este capítulo y pensara que el dinero y las posesiones son por necesidad malas; en realidad, son buenas dádivas de la mano de Dios cuyo fin es que las disfrutemos y que las usemos para hacer correr su gloria.

El solo hecho de ser pobre no hace recta a una persona delante de Dios para que vaya al cielo. Sin embargo, al mismo tiempo, una hojeada rápida de la Escritura muestra que Dios oye, alimenta, satisface, rescata, defiende, levanta al pobre que confía en Él y le asegura la justicia.

¿Existe entre muchos cristianos en nuestra cultura la suposición oculta de que si seguimos a Dios las cosas nos irán bien en el aspecto material? Este modo de pensar está explícito en la enseñanza de la salud y la prosperidad, y está implícito en las vidas de los cristianos que usan sus posesiones casi de la misma manera que lo hacen sus vecinos que no son cristianos.

Algunos tratan de universalizar las palabras de Jesús y dicen que siempre les ordena a sus seguidores que vendan todo lo que tienen y que se lo den a los pobres. Sin embargo, el Nuevo Testamento no apoya esta postura. Incluso, algunos de los discípulos, que por cierto abandonaron mucho para seguir a Cristo, seguían teniendo una casa, quizá hasta un barco y tal vez alguna clase de sustento material. Entonces, es obvio que seguir a Jesús no necesariamente implica la pérdida de toda nuestra propiedad privada y de nuestras posesiones.

Debemos ver el otro error en la interpretación de Marcos 10, que es suponer que Jesús nunca les pide a sus seguidores que abandonen todas sus posesiones para seguirlo. Si Marcos 10 nos enseña algo, eso es que Jesús algunas veces le pide a la gente que venda todo lo que tiene y se lo dé a los pobres20. Esto quiere decir que puede llamarnos a ti o a mí a hacer esto. Me encanta cómo lo enuncia un escritor. Él dice: «Solo esos a los que va dirigido este mandamiento son los que se sienten aliviados de que Jesús no les haya ordenado a todos sus seguidores que vendan sus posesiones».

Cuando Jesús nos pide que nos liberemos de las cosas, que las sacrifiquemos, que las vendamos, que las regalemos, no es fácil. ¿Qué haremos? ¿Dónde viviremos? ¿Y si nos sucede algo inesperado en el futuro? Nuestro sentido de seguridad y estabilidad se ve amenazado de inmediato cuando pensamos en dejar que Jesús reine de verdad sobre nuestras posesiones.

Cuando Dios nos dice que demos de manera extravagante, podemos estar seguros de que Él hará lo mismo con nosotros. Y, en realidad, este es el verdadero quid de la cuestión. ¿Confiamos en Él? ¿Confiamos en Jesús cuando nos dice que demos radicalmente por el bien de los pobres? ¿Confiamos en que Él proveerá para nosotros cuando comencemos a usar los recursos que nos ha dado para proveer para los demás? ¿Confiamos en que sabe lo que es mejor para nuestras vidas, nuestras familias y nuestros futuros financieros?

Casi todos nosotros en nuestra cultura y en la iglesia estadounidense no le creemos a Jesús ni a Pablo. No creemos que nuestra riqueza pueda ser una barrera para entrar al reino de Dios. Nos conformamos con pensar que nuestra riqueza, nuestra comodidad y nuestras posesiones materiales son bendiciones. No podemos verlas como barreras. Pensamos como piensa el mundo, que la riqueza siempre es para nuestro bien. No obstante, Jesús dice justo lo contrario. Afirma que la riqueza puede ser un obstáculo peligroso.

1 Timoteo 6 […] : «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción».

2 Corintios 8—9, destaca que Dios «nos ha impuesto la frugalidad y la temperancia, y ha prohibido que alguno tenga en exceso y saque ventaja de su abundancia. Entonces, los que tengan riquezas […] consideren que su abundancia no tiene como propósito la intemperancia ni el exceso, sino el alivio de las necesidades de sus hermanos». Como manifestación práctica de esta verdad, Calvino dijo una vez que la mitad de los fondos de la iglesia deberían asignarse de manera específica a los pobres (algo que está muy lejos de los presupuestos de la mayoría de las iglesias hoy en día). Aunque no esperaba que todos disfrutaran de los mismos recursos, Calvino llegó a la conclusión de que «no se puede permitir que nadie muera de hambre».

¿Qué sucedería si juntos dejáramos de darles las sobras a los pobres y comenzáramos a dar el exceso? ¿Qué sucedería si comenzáramos a dar no solo lo que podemos dar, sino más de lo que podemos?

Cuanto más espacio hay en una casa, más cosas se «necesitan» para llenarla.

La manera en que usamos nuestro dinero es un barómetro de nuestra condición espiritual actual. El descuido de los pobres ilustra mucho respecto a dónde está nuestro corazón. Sin embargo, aun más, la manera en que usamos nuestro dinero es un indicador de nuestro destino eterno. La marca de los seguidores de Cristo es que sus corazones están en el cielo y sus tesoros se gastan allí.

En definitiva, a la gente no la condenan por no creer en Jesús. Las condenan por rechazar a Dios.

«No alcanzados» significa que determinado grupo étnico no tiene una comunidad indígena de cristianos evangélicos con números y recursos adecuados para esparcir el evangelio dentro de ese grupo étnico. «No comprometido» significa que ninguna iglesia ni organización está trabajando de manera activa dentro de ese grupo a fin de esparcir el evangelio.

Jesús les dijo a sus discípulos: «Los envío a lugares peligrosos, donde se encontrarán en medio de personas malas y feroces. Además, estarán allí por mi designio». También les dijo: «Vayan donde hay gran peligro y dejen que se diga de ustedes lo que se diría de ovejas que andan en medio de los lobos. “¡Están locos! ¡No tienen idea! ¡No saben en qué clase de peligro se están metiendo!” Esto es lo que quiere decir ser mi discípulo». Nosotros no pensamos de esa manera. Algunas de nuestras frases favoritas expresan algo así: «El lugar más seguro para estar es el centro de la voluntad de Dios». Pensamos: Si es peligroso, Dios no debe estar allí. Si es arriesgado, si es inseguro, si es costoso, no debe ser la voluntad de Dios. Sin embargo, ¿qué sucedería si estos factores fueran en realidad el criterio mediante el cual determinamos que algo es la voluntad de Dios? ¿Qué sucedería si comenzáramos a ver el designio de Dios como la opción más peligrosa que tenemos ante nosotros? ¿Qué sucedería si el centro de la voluntad de Dios es, en realidad, el lugar más inseguro para nosotros?

La clave es darse cuenta, y creer, que este mundo no es nuestro hogar. Si esperamos liberarnos alguna vez de los deseos mundanos, del pensamiento mundano, de los placeres mundanos, de los sueños mundanos, de los ideales mundanos, de los valores mundanos, de las ambiciones mundanas y de los elogios mundanos, debemos concentrar nuestras vidas en otro mundo. Aunque tú y yo vivamos en Estados Unidos ahora, debemos fijar nuestra atención en «una patria mejor, es decir, la celestial».

Sacrificio es regalar lo que cuesta dar. Sacrificio no es dar según nuestra capacidad; es dar más allá de nuestra capacidad.

Es sabio gastar en lo que puede promover sustento a largo plazo entre los necesitados, en lugar de satisfacer las necesidades a corto plazo.

Recordé que cuando Dios decidió traernos la salvación a ti y a mí, no envió oro o plata, efectivo ni cheque. Se envió a sí mismo, al Hijo. Me sentí culpable por haber considerado siquiera la posibilidad de enviar dinero en lugar de venir en persona a Sudán. ¿Cómo le mostraré el evangelio al mundo si todo lo que les mando es dinero? ¿Era tan superficial en verdad como para pensar que mi dinero era la respuesta a las necesidades del mundo?

Vivas donde vivas, se nos ordena que vayamos y hagamos discípulos allí. A la luz del ejemplo de Jesús, nuestro impacto principal a las naciones se producirá a través de hacer discípulos justo a nuestro alrededor. Recuerda que Jesús no viajó a cada lugar del mundo mientras estaba en la tierra, y tampoco fue a todas las multitudes. Derramó su vida sobre unos pocos hombres por el bien de las multitudes en lugares a los que jamás iría Él. Por lo tanto, nuestro hogar, nuestra comunidad y nuestra ciudad son los lugares principales y albergan a la gente principal con la cual impactaremos las naciones para la gloria de Cristo.

Considera lo que sucedería si todos nosotros comenzáramos a mirar nuestras profesiones y campos de experiencia no solo como un medio para generar ingresos o como el desarrollo de una profesión en nuestro propio contexto, sino como plataformas para proclamar el evangelio en contextos alrededor del mundo. Considera lo que sucedería cuando la iglesia no solo envíe misioneros tradicionales al mundo, sino que también mande hombres y mujeres de negocios, maestros y estudiantes, médicos y políticos, ingenieros y técnicos que pongan en práctica el evangelio en contextos donde nunca iría un misionero tradicional.

Si la manera simple y radical de vivir de la que hablaba Jesús fuera más común en la iglesia, nos resultaría mucho más fácil vivir con sencillez. En cambio, miramos a nuestro alrededor y todos tienen bonitos autos, bonitas casas y estilos de vida caracterizados por los lujos, así que aceptamos que esta debe ser la norma para los cristianos. Tal vez cuando leemos la Biblia nos sintamos culpables, pero cuando nos miramos los unos a los otros, suponemos que debe estar bien, porque todos los demás viven de esa manera.

Ahora, creo en un Dios al que no puedo ver, hablo con Él en oración y procuro una relación con Él. He encontrado la salvación en Cristo, a quien no puedo ver. Anhelo la eternidad en una futura creación que no se ha visto. Ahora, busco la seguridad en mi fe. Todo esto le hubieran parecido tonterías al hombre que era hace un año. Sin embargo, el hombre que era hace un año y la vida mundana que conocía están en proceso de destrucción.

Ni siquiera la muerte como mártir se clasifica como obediencia extraordinaria cuando sigues a un Salvador que murió en la cruz. De repente, la muerte como mártir parece obediencia normal.

Tú y yo tenemos un promedio de setenta u ochenta años en esta tierra. Durante estos años, estamos bombardeados por lo temporal. Ganar dinero. Comprar bienes. Estar cómodos. Vivir bien. Divertirnos. En medio de todo eso, se nos ciega la vista a lo eterno. No obstante, allí está. Tú y yo estamos en el umbral de la eternidad. Pronto estaremos delante de Dios para rendirle cuentas de cómo hemos administrado el tiempo, los recursos, las dádivas y, en definitiva, el evangelio que nos ha confiado. Cuando llegue ese día, estoy convencido de que no desearemos habernos entregado más a vivir el sueño americano. No desearemos haber ganado más dinero, adquirido más bienes, vivido de manera más confortable, tomado más vacaciones, mirado más televisión, buscado una jubilación mejor o haber tenido más éxito a los ojos de este mundo. En cambio, desearemos habernos entregado más a vivir para el día en que toda nación, tribu, pueblo y lengua se inclinen alrededor del trono y canten alabanzas al Salvador que se deleita en la obediencia radical, y en el Dios que merece adoración eterna.

Creador soberano: Nehemías 9:6.
Conoce todas las cosas: 1 Juan 3:20
Sostiene todas las cosas: Salmos 104:24-30.
Dueño de todo: Deuteronomio 10:14.
Santo: 1 Samuel 2:2.
Recto: Deuteronomio 32:4.
Justo en la ira: Romanos 3:5-6.
Amoroso: 1 Juan 4:16.

Oye: Job 34:28.
Alimenta: Salmo 68:10.
Satisface: Salmo 22:26.
Rescata: Salmo 35:10.
Defiende: Salmo 82:3.
Levanta: 1 Samuel 2:8.
Asegura la justicia: Salmo 140:12.

Quiero tener mucho cuidado aquí de no implicar que el cuidado de los pobres es la base de nuestra salvación. Como vimos en el capítulo dos, la obra de Cristo en la cruz es la base de nuestra salvación y la fe en él es el medio por el cual Dios nos salva. Un fruto de nuestra fe es la preocupación por el pobre (lee Santiago 2:14-19 y 1 Juan 3:16-18). Entonces, cuando el pueblo de Dios estudia la verdad de la Palabra de Dios y ve la necesidad que lo rodea en el mundo, subsecuentemente responderá con la compasión de Cristo.

«El Nuevo Testamento siguió adelante con los principios fundamentales del Antiguo Testamento y del judaísmo intertestamentario con una notable omisión: nunca se prometió la riqueza material como recompensa garantida de la obediencia espiritual o del trabajo esforzado».

Locos por Jesús

DC Talk.
La Voz de los Mártires.

Locos por Jesús

Locos por Jesús

Una recopilación de historias de mártires cristianos que a lo largo del tiempo han preferido entregar su vida a los verdugos, que negar su fe en Cristo. Una teología completamente diferente, pero más apegada a la verdad, que la de la prosperidad. El único pero que le pongo es que al ser autores gringos, hacen énfasis en que la persecución en los tiempos modernos es exclusiva de los gobiernos comunistas/socialistas. Esto no es cierto en su totalidad, también existe persecución en los llamados países democráticos, por ejemplo México. Calificación de 9. Del Reading Challenge, Reto 24, Un libro hayas comprado por su portada.

Jesús fue el inconformista por excelencia. Tomó los convencionalismos de la religión, la tradición y el amor, y los cambió por completo. Se enfrentó a los líderes políticos y religiosos de su época, y les habló verdades que nunca antes habían escuchado. Caminó por nuestro mundo como la voz humana de Dios.

Era una joven de 17 años de edad. Él estaba mirándola fijamente, sostenía un rifle frente al rostro de la joven.
-¿Crees en Dios? Ella guardó silencio. Era una pregunta de vida o muerte.
–Sí, yo creo en Dios.
-¿Por qué?- preguntó el verdugo.
Pero nunca le dio oportunidad de responder. LA joven adolescente yacía muerta ante él. Esta escena pudo haber ocurrido en el Coliseo Romano. Pudo haberse llevado a cabo durante la Edad Media. Y pudo haber sucedido en un sinnúmero de países alrededor del mundo hoy día. Hay quiénes están siendo encarcelados, torturados y asesinados cada día, porque rehúsan negar el nombre de Jesús. Esta historia en particular, no ocurrió en tiempos antiguos, ni en Vietnam, Paquistán o Rumania. Sucedió en la Escuela Secundaria Columbine, en la ciudad de Littleton, colorado, el 20 de abril de 1999.

Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron y dijeron al rey Nabucodonosor: “No necesitamos darte una respuesta acerca de este asunto. Ciertamente, nuestro Dios a quien servimos puede liberarnos del horno de fuego ardiente; y de tu mano, oh rey, nos librará. Pero si no {lo hace, } has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado” (Daniel 3:16-18) Sea para vivir o morir, no negarían su fe.

En el siglo XVI, Felipe II envió al Duque de Alba a Flandes para aplastar a los protestantes quienes insistían en leer las escrituras en su propio idioma. Cualquiera que era descubierto estudiando la Biblia era colgado en la horca, ahogado, cortado en pedazos o quemado vivo en la hoguera.

La joven fue sentenciada a morir sofocada. Abrieron un hueco en la muralla de la ciudad y allí metieron a la joven amarrada; luego volvieron a cerrar la abertura.

Porque los expulsarán de las sinagogas y sin duda llegará el momento en que cualquiera que los mate pensará que está prestando servicio a Dios. Lo harán porque nunca han llegado a conocer al Padre ni a mí. Sí, les digo estas cosas para que cuando ocurran se acuerden que se las advertí. Jesús (Juan 16:2-4 LBAD).

En Cuba le pidieron a un prisionero cristiano que firmase una declaración en la que aparecían acusaciones en contra de hermanos cristianos, lo que resultaría en su arresto: Él dijo:
-La cadena me impide firmar tal cosa.
El oficial comunista protestó diciendo:
-¡Pero no estás ecadenado!
-Lo estoy –dijo el creyente-.
Estoy atado a la cadena de testigos que a través de los siglos han dado sus vidas por Jesús. Yo soy un eslabón en esa cadena. No la romperé.

La mayoría de los que hoy día enfrentan persecución pudieron haber escapado, con tan solo negar su fe. La pregunta no es si estamos siendo perseguidos; la pregunta es si estamos dispuestos a morir por causa de nuestra fe en Jesucristo.

Posteriormente, cuando los discípulos viajaban predicando el evangelio a través del mundo en aquel entonces conocido, Tomás fue escogido para ir a la India y al Norte de África. A pesar de que tenía miedo de vivir entre las tribus salvajes, Dios lo fortaleció, y pudo convertir a muchos en estos países. Cerca del año 70 d.C. fue a Calamina, en la India, donde la gente adoraba una imagen del sol. En el poder de Dios, Tomás destruyó la imagen y puso fin a la idolatría del pueblo. Los sacerdotes del dios sol se enfurecieron. Lo acusaron ante el rey, quien lo sentenció a ser torturado con planchas de metal al rojo vivo y luego fue echado en un horno ardiente. Ante el asombro de todos, el fuego no le hizo daño a Tomás. ¡Estaba vivo en medio del fuego! Cuando los sacerdotes vieron esto, comenzaron a lanzarle jabalinas y lanzas dentro del horno ardiente. Una de las lanzas atravesó su costado y cayó muerto.

Fui llevado a una prisión que estaba localizada a nueve metros bajo tierra, donde me mantuvieron incomunicado. Por espacio de varios años estuve preso en una celda, solo. Nunca me permitieron ver la luz del sol, la luna, las estrellas, las flores. Nunca me permitieron ver a nadie, excepto a los hombre que me interrogaban, castigaban y torturaban. Nunca me permitieron acceso a un libro o pedazo de papel. Años más tarde, cuando tuve que escribir, ni siquiera me acordaba como hace una D mayúscula.

Solo el amor puede producir un cambio en el comunista y en el terrorista.

Parece ser que Dios se limita a sí mismo por nuestra vida de oración, de tal manera que nada hace por la humanidad a menos que alguien se lo pida.

¿Miedo? ¿A qué? ¿De sentir la gozosa liberación del espíritu? ¿De pasar del dolor a la perfecta paz, y que cese la lucha y la tensión de la vida? ¿Tener miedo? ¿Miedo? ¿A qué? ¿Miedo de ver del Salvador el rostro de escuchar su bienvenida, y trazar el glorioso relucir de heridas de gracia? ¿Tener miedo? ¿Miedo? ¿A qué? Un destello, un choque, un corazón perforado; oscuridad, luz, ¡Oh, arte celestial! ¡El equivalente a una de sus heridas! ¿Tener miedo? ¿Miedo? ¿A qué? ¿Lograr mediante la muerte lo que la vida no pudo, bautizar con sangre un pétreo terreno. Hasta que del mismo las almas florezcan? ¿Miedo?

Ustedes los ateos, pueden reunirse en cualquier momento y hacer lo que les venga en gana: hablar, leer o cantar. ¿Por qué razón no podemos nosotros también visitarnos los unos a los otros? ¿Qué ley prohíbe hacer tal cosa? ¿Por qué razón no podemos orar o leer la Biblia cuando lo deseemos? Se nos permite hablar de Dios, pero solo en el templo. Ustedes mismos no lo aceptarían si se les prohibiese hablar del teatro solo en el teatro, o sobre libros solo en la biblioteca. De igual manera, nosotros tampoco podemos estar en silencio sobre aquello que constituye todo el significado de nuestras vidas: la persona de Jesucristo.

Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismo para pensar algo como de nosotros mismo, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de nuevo pacto. El apóstol Pablo martirizado en Roma en el año 65 d.C. (2 Corintios 3:4-6, RV-1960)

El día en que Hamilton fue quemado en la hoguera, alguien se atrevió a decirles a sus perseguidores: “Si van a continuar quemando cristianos, es mejor que lo hagan en un sótano, porque el humo de las llamas que consumieron a Hamilton ha servido para abrirle los ojos a centenares”.

Escoltado por guardias renegados, el verdugo se acercó con un revólver en la mano. ¡Era el pastor de las jóvenes! Él también había sentenciado a morir junto con ellas. Pero, como en muchas otras ocasiones en la historia de la iglesia, los perseguidores lo habían tentado. Le habían prometido libertad si disparaba a las dos jóvenes. Y él aceptó. Las dos jóvenes hablaron entre sí en voz baja, y se inclinaron respetuosamente ante su pastor. Una de ellas dijo: “Antes que dispares, queremos darte las gracias de todo corazón por lo que has significado para nosotras. Nos bautizaste, nos enseñaste el camino de la vida eterna, y nos serviste la santa comunión con la misma mano con la cual ahora sostienes el revólver. También nos enseñaste que nosotros los cristiano a veces somos débiles y cometemos pecados terribles, pero que los mismos pueden ser perdonados. Cuando sientas remordimientos por lo que estás a punto de hacer con nosotras, no te desesperes como Judas, sino arrepiéntete como Pedro. Dios te bendiga, y recuerda que nuestro último pensamiento no fue de indignación en contra de tu falta. Cada cual pasa por momentos de tinieblas. Que Dios te recompense por todo el bien que has hechos a nuestro favor. Nosotras moriremos agradecidas”. Ambas volvieron a inclinarse respetuosamente ante el pastor. El corazón del pastor estaba endurecido, y les disparó a las dos jóvenes. Poco tiempo después, él también murió a manos de los comunistas.

Los Locos por Jesús aman a sus enemigos. Otros dicen que es muy difícil –de hecho imposible-, lo cual es cierto, a menos que Dios lo haga por ti y a través de ti. Nunca es fácil orar por tus enemigos, pero sí se obtienen resultados.

Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. El apóstol Pablo. Escrito después de haber sido encarcelado, apedreado y dejado por muerto, haber naufragado y ser torturado en numerosas ocasiones por los que se oponían a él. (2 Corintios 4:17,18, RV-196).

Sin temor cantábamos en la prisión a diez metros bajo tierra. Estábamos terriblemente hambrientos, golpeados y torturados. Los comunistas eran especialistas en torturarnos. Solíamos decirnos los unos a los otros “Los comunistas nos castigan bien, debemos hacer nuestro trabajo bien también. Vamos a cantar bien entonces”.

Pero esa noche, cuando el guardia la insultó maldiciéndola, y estaba a punto de comenzar a golpearla, de algún modo lo vio diferente. Se percató por primera vez de que él estaba tan cansado de golpearla como ella lo estaba de serlo. Ella estaba acabada por falta de descanso, y él también. Él estaba tan desesperado por no obtener información de ella, como lo estaba ella de sufrir por no traicionar a sus amigos. Una voz le dijo: “Él es muy parecido a ti. Ambos están atrapados en el mismo drama de la vida. Stalin, el principal dictador comunista, mató a miles de los hijos de Dios, pero también mató a 10,000 oficiales de su propia policía secreta. Tres dirigentes de la policía –Yagoda, Yezhov y Beria- fueron asesinados sucesivamente por sus camaradas, de igual manera que los cristianos a quienes habían perseguido. Tú y los que te torturan han pasado por el mismo valle de lágrimas”. Liuba levantó la vista para mirar al guardia que había levantado su látigo para azotarla. Y le sonrió. Asombrado, él le preguntó:
-¿Por qué sonríes?
Ella respondió
–No te veo de la misma manera en que te verías en un espejo ahora mismo. Te veo como ciertamente fuiste en algún momento de tu vida, como un hermoso e inocente niño. Somos de la misma edad. Pudimos haber sido compañeros de juego. Te veo también como espero llegues a ser. Había una vez un perseguidor peor que tú, llamado Saulo de Tarso. Se convirtió en apóstol y santo. El verdugo dejó caer el látigo. Ella continuó diciendo -¿Qué carga pesa tanto sobre ti que te mueve a la locura de azotar a una persona que ningún daño te ha hecho? Él no pudo responder. El verdugo se marchó aquel día como un hombre cambiado.

Bonhoeffer asumió una postura firme de protección de los judíos ante la persecución de los nazis en Alemania, al decir: “Es la voluntad de Dios que los débiles y los perseguidos sean rescatados, y Él debe ser obedecido”. Por causa de esta postura, dejó de apoyar la iglesia estatal alemana. Ayudó en la creación de un nuevo grupo llamado “La Iglesia que Confiesa”, y dirigió un seminario “ilegal”. A su debido tiempo se involucró activamente en el movimiento de resistencia, lo cual resultó en su arresto y ejecución.

Pero tengan cuidado, porque los arrestarán y juzgarán y los azotarán en las sinagogas. Y hasta tendrán que comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa. Esto les brindará la oportunidad de hablarles de mí, de proclamarme ante el mundo. Cuando los arresten, no se preocupen por lo que han de decir en el juicio, porque en el momento oportuno se les pondrá en la boca lo que tienen que decir. No serán ustedes los que hablen: ¡el Espíritu del Padre celestial hablará a través de ustedes! Jesús (Mateo 10:17-20, LBAD)

Trofim Dimitrov podía escuchar a los perros ladrar incesantemente antes de llegar al foso. En el camino hacia el foso, estuvo orando fervientemente por sus enemigos, por los guardias, quienes al llegar lo echaron desnudo a los hambrientos perros. Inmediatamente se escuchó un gran aullido. Cuando los oficiales se acercaron para mirar dentro del foso, pudieron ver al hermano Dimitrov arrodillado, orando, y a los perros en completo estado de pánico. ¡Ladrando salvajemente, los perros daban saltos tratando de brincar las paredes, en un intento por salvarse del poder extraño que emanaba aquel hombre!

Un oficial comunista le dijo a un creyente mientas lo golpeaba:
-Yo soy todopoderoso, como el Dios que tú sopones lo es. Puedo matarte.
El cristiano le respondió:
-El poder está de mi lado. Yo puedo amarte mientras tú me torturas hasta la muerte.

La iglesia tiene una obligación incondicional con las víctimas de cualquier cambio que ocurra en la sociedad. Hay cosas por las que vale la pena asumir una posición intransigente. Dietrich Bonhoeffer, ahorcado en Alemania por resistir a los nazis 1945.

“El cristianismo se ha convertido en una experiencia tremenda para nosotros”, escribió el pastor Richard Wurmbrand, uno de los líderes de la iglesia clandestina en la Rumania comunista. ‘En los países libres, cuando un creyente gana un alma para Cristo, el nuevo creyente puede hacerse miembro de una iglesia que vive muy tranquila. Pero los que viven en países sin libertad saben que ganar a alguien para Cristo significa muy posiblemente ir a la cárcel, y que sus hijos pronto podrían quedarse huérfanos. El gozo de haber llevado alguien a los pies de Cristo, está siempre mezclado con el sentir de que hay un precio que debe ser pagado’.

Él se hincó de rodillas junto a mí. No conocía las frases santas que nosotros usamos para orar. Él decía: ‘¡Oh Dios, qué buen tipo eres! ¡Si yo fuese tú, y tú fueses yo, nunca te hubiese perdonado tus pecados. Pero verdaderamente eres un buen tipo! Te amo con todo mi corazón’ Pienso que todos los ángeles del cielo dejaron de hacer lo que estaban haciendo, para poder escuchar la sublime oración de este oficial ruso. Cuando este hombre aceptó a Cristo, estaba consciente de que inmediatamente perdería su posición como oficial del ejército, que la prisión y quizá hasta la muerte en ella lo estaría esperando casi con seguridad. Pero estaba dispuesto a pagar el precio. Estaba listo para perderlo todo.

Los sufrimientos que se padecen gozosamente a favor de otros convierten más personas que muchos sermones.

Hay un tiempo para resistir la persecución y escapar. Hemos visto como Pablo lo hizo también. Pasó por entre una multitud en Nazaret que quería echarlo por un barranco (Lucas 4:28-30). Caminó entre una multitud en Jerusalén que quería apedrearlo (Juan 8:59). En otra ocasión los líderes judíos intentaron arrestarlo, pero se escapó de entre sus manos (Juan 10:39). La noche cuando fue traicionado, cuando dijo “Yo soy”, los soldados retrocedieron, y cayeron a tierra. Jesús pudo haber escapado, pero en esta ocasión no lo hizo. Los Locos por Jesús conocen a Dios lo suficientemente bien como para saber cuál es su voluntad para su vida, y cuando ha de cumplirse tal voluntad. Pablo sabía que había acabado la carrera, y que había llegado el momento de ir a morar con el Señor. Hasta que no estuvo seguro de esto, mantuvo siempre los ojos de la fe en la gracia de Dios que lo libró, le dio las fuerzas para soportar las pruebas, y hasta lo levantó de entre los muertos. ¡Pablo rehusó rendirse hasta que venció en Cristo!

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación… Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. El apóstol Pablo. Martirizado en Roma el año 65 d.C. (2 Corintios 1:3,5. RV-1960)

Dos personas negaron a Jesús la noche antes de su muerto: Judas y Pedro. Ambos lloraron por el error cometido. ¿Cuál fue la diferencia entre los dos? Judas se apartó de Dios y se juzgó a sí mismo. Pedro se arrepintió, volvió a Dios, y dejó que él lo perdonara y restaurase. Nunca subestimes el poder de Jesús para perdonar y restaurar. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. El apóstol Pablo. Decapitado en Roma en el año 65 d.C. (Romanos 11:29, RV-1960).

¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón , de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas; que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada… Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. Hebreos 11:32-37; 12:1, 2, RV-1960

No importa lo que suceda, no importa a lo que me enfrente o cómo se perfile el futuro, obtendremos la victoria, heredaremos la eternidad y el cielo junto a ti. No podré hacer otra cosa porque …soy un Loco por Jesús.

Las tres bendiciones en Cristo

David Yonggi Cho

Las tres bendiciones en Cristo

Las tres bendiciones en Cristo


Cuando alguien toma un versículo (el que sea) y con ello basa su cosmovisión o su teología particular, algo no me cuadra. En esta ocasión el autor se basa en 3 Juan 2 (“Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”), para declarar que tenemos derecho a la salvación, a la prosperidad en todos los sentidos y a la salud. En el primer punto, estoy de acuerdo. En los dos últimos… también, pero no necesariamente, o sea no es forzoso que sea así y menos decir (bueno, no lo dice tácitamente, pero lo da a entender) que si no las tienes es que algo estás haciendo mal. En fin, hay que examinarlo, todo y retener lo bueno (en negritas, conceptos con los que no estoy de acuerdo). Calificación de 8. Del Reading Challenge, Reto 31, un libro con malas críticas. Más que críticas al libro, lo que más se escuchan son críticas al autor.

Como respuesta a la necesidad de nuestro tiempo y nuestra nación, les presento con especial regocijo este libro titulado Salvación, salud y prosperidad. Las verdades de estas tres bendiciones de Cristo son las piedras fundamentales que edificaron mi fe. A la vez, este es el sustento de mi filosofía al predicar el Evangelio. Es mi oración que la lectura de este libro sea ampliamente difundida y que sea usado como instrumento para llevar tantas personas como fuere posible hacia un camino más radiante y victorioso, lleno de vida y felicidad.

Oré y lloré día tras día, derramando lágrimas, buscando intensamente. Luego de pasar mucho tiempo suplicando a Dios, El me habló al corazón. Sus palabras, cálidas, llenas de esperanza, fueron un descubrimiento para mí. La palabra que Dios me envió contenía la verdad de la bendición triple que está escrita en III Juan 2 y que consiste en salvación, salud y prosperidad: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.” Desde entonces esa verdad ha sido la base de todos mis sermones y he colocado como fundamento de mi ministerio ese versículo. Cuando mi interpretación de toda la Escritura tomó la perspectiva de la luz de la verdad que arroja este versículo en particular, Dios comenzó a manifestarse no solamente como el Dios del pasado y del futuro, sino como el Dios del presente, aquel que vive en el tiempo presente. Posteriormente, a causa del poder de este mensaje, nuestra iglesia se ha expandido internacionalmente y continuará creciendo en el futuro.

Cuando comprendemos cabalmente la triple bendición, podemos interpretar la Escritura desde Génesis hasta Apocalipsis basándonos en los pasajes que enfocan estas verdades. Entonces la verdad de la Biblia revive y reluce al resplandor de la nueva vida y se nos hace aun más clara. Como si fuésemos ciegos y tratáramos de captar la forma de un elefante por medio del tacto, al leer la Biblia sin esta base no podemos entender ni interpretar cabalmente la lectura. Pero cuando leemos la Biblia sostenidos por este fuerte cimiento teológico, toda la Escritura se relaciona y se manifiesta claramente el Dios vivo.

– ¿Cómo fue cuando al segundo día creó el firmamento? – No se menciona que fuera bueno. – Por ser el firmamento el sitio donde el diablo tomaría la potestad del aire y el poder luego de la caída, Dios no mencionó que fuese bueno. Sólo en esa instancia se omite mencionar la buena obra.

Por lo tanto la salvación de Jesucristo, la cual nos libró de la caída y del pecado de Adán, es en un sentido más amplio salvación. No solamente cambió nuestras almas sino que cambió nuestra manera de vivir pasando de ser una maldición a ser una bendición. Esta salvación también cambió nuestra carne: de estar sujeta a la muerte y a la enfermedad pasó a estar sujeta a la vida. Este es el mensaje de la triple bendición.

Aquellos que creen que Dios es un Dios bueno heredan una actitud mental positiva.

El espíritu es la vasija que recibe a Dios. Por eso si no es por medio del espíritu no podemos conocer a Dios. Por medio del espíritu oramos a Dios, lo alabamos, lo adoramos y podemos conocer Su voluntad. Las personas que no conocen a Dios dicen que El no existe porque su propio espíritu está muerto.

El vocablo original griego que se refiere a la vida que recibimos a través de la fe en Jesucristo es “zoé”: Esa es la vida que proviene de Dios; nuestros espíritus pueden ser renovados al obtener esa fe.

Si bien Jesucristo fue crucificado y vertió su sangre por todos, sólo puede ser eficaz para salvar a la persona que acepta voluntariamente a Jesucristo como Salvador. No hay esperanza para aquellos que no aceptan a Jesús. Por lo tanto, para alcanzar la salvación, la vida eterna y la vivificación del espíritu, debemos en primer lugar pasar el proceso absolutamente personal de recibir a Jesucristo como Nuestro Salvador Personal.

Por haber revivido nuestro espíritu mediante el Espíritu Santo, ahora comprendemos la Palabra cuando la oímos predicar o leemos las Escrituras. Podemos cantar alabanzas, orar y comunicarnos con Dios. Lo más importante para nosotros es que nuestro espíritu vuelva a la vida. La religión por sí sola no puede lograrlo. La celebración de un rito tampoco. Para que nuestro espíritu reviva debemos venir ante Jesucristo y aceptarlo como nuestro Salvador. Sólo entonces el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, vivificará nuestro espíritu con Su soplo.

Cuando Jesús rompió el yugo del pecado, comenzó un conflicto entre el espíritu y la carne. La carne da gritos como si dijera: -Vamos, lancémonos a satisfacer los deseos carnales; ¡deben ser satisfechos como fuere! El espíritu dice: -No; viviremos de acuerdo con la Palabra de Dios. ¡y la batalla está en marcha!

“No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor. He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes; trillarás montes y los molerás, y collados reducirás a tamo” (Isaías 41:14-15).

Al tomar en cuenta que Jesús es el amo de los vientos y las olas, sabemos que El no iba a hundirse con la embarcación, y tampoco permitiría que Sus discípulos se ahogaran. ¡Es una preciosa verdad! Cuando Jesús está con nosotros, podemos tener la certeza de que no vamos a sucumbir en las tormentas de la vida puesto que Él es el timón y, si confiamos en Él por completo, seguirá siendo el comandante en cada situación.

Además, ¡somos reyes! Reyes que reinan, porque se nos da poder de gobernar y ejercer potestad sobre las circunstancias como reyes.

Si somos reyes, ¿no deberíamos tener la majestad, el honor y los beneficios materiales acordes con un rey? Ahora es nuestra herencia, es el legado que podemos venir a buscar mostrando la credencial adecuada. Estos tesoros los podemos solicitar con tanta facilidad como extraer dinero de un banco en el cual se hubiera depositado una generosa suma de dinero a nuestro nombre y con nuestro número de cuenta. ¿Cómo podrá creer la gente en uno que se dice rey pero que vive en la pobreza y que está indefenso en cama por una enfermedad?

Adán y Eva no necesitaban transpirar trabajando duro. El sudor simboliza ahora la maldición. Dice el pasaje bíblico que la razón por la cual Adán comenzó a sudar al trabajar fue que había desobedecido el mandato de Dios. El resultado de su desobediencia fue la expulsión del paraíso. Desde entonces las personas tienen que sudar para ganarse la vida porque todos estamos bajo la misma maldición que Adán. Cuando el hombre vivía con la bendición de Dios en el huerto de Edén, no sudaba para ganar el sustento porque no había sido creado con ese propósito. El sudor de la sociedad, causada por los problemas de trabajo de hoy, de la crianza de los hijos, de la enfermedad y la muerte, del cultivo de la tierra que es invadida por espinos y hierbas malas, todo eso vino a causa del pecado de Adán, el cual tuvo por resultado la maldición.

Cuando tú eras pequeño en tus propios ojos, ¿no fuiste hecho jefe y Jehová te ungió por rey sobre Israel? Pero acaso ¿se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente obedecerle es mejor que hacer sacrificios y prestarle atención que quemarle carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión y como idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado y no serás más rey – (véanse 1 Samuel15:17,22 y 23).

La libertad sin ninguna meta ni responsabilidad es más bien un desenfreno que aprisiona en vez de libertar, y el desenfreno siempre es seguido de un vacío. Cuando se produce un vacío interior, nos desesperamos y en el esfuerzo por recobrar el sentido de la vida nos volvemos inescrupulosos. En momentos así se cometen crímenes espantosos.

Dos de los más grandes conquistadores militares, Alejandro Magno y Napoleón Bonaparte, pasaron sus últimos días tristemente. Alejandro ascendió al trono a los veinte años y en menos de diez años conquistó toda Grecia, se apoderó de Siria y de Egipto y también invadió tierras en su marcha hacia la India. Se dice que lloró al llegar allí porque no hallaba más territorio para conquistar. Murió a la edad de treinta y tres años. Por su parte Napoleón, siglos más tarde, fue condenado como un criminal y desterrado luego de haber sido en un momento de su vida el dictador de toda Europa. Tener poder no es garantía de felicidad.

“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

¿Por qué el Dios creador, que por Su palabra hizo todas las cosas, debía ser tan pobre durante su vida en la tierra como para andar de aquí para allá sin un lugar propio donde descansar? ¿Por qué el mismo Jesús que dio comida a más de cinco mil personas y aun le sobraron alimentos llevó una vida tan despojada de todo que buscó frutos en una higuera? También sabemos que a menudo pasaba la noche a la intemperie, expuesto al rocío del cielo. También dormía a veces sobre la tierra por no tener otro sitio donde recostarse. ¿Por qué hacía eso? La respuesta está en la Biblia: “… para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9 b). Si no recibimos las “riquezas”, como dice ese texto, no aprovechamos para nosotros la “pobreza” de Jesús. Es una responsabilidad seria: recibir la vida de prosperidad, una vida en la que fluye la provisión de todo lo que podamos necesitar; eso es ahora posible para nosotros gracias a que El vivió en la pobreza. Estamos insultando esa victoria de Jesús si es que, sin ninguna razón en particular, vivimos una vida de pobreza.

Si no gozamos la prosperidad que Jesús ha conquistado para nosotros sino que vivimos en la miseria, acarreamos vergüenza al nombre de Cristo que se hizo pobre para que nosotros pudiéramos prosperar.

Si somos bendecidos con las bendiciones de Abraham, aunque atravesemos pruebas y tribulaciones como Abraham, podemos vivir una vida sin privaciones.

Una enseñanza falsa acerca de la redención de Cristo acarrea destrucción eterna a los que la enseñan y también a los que le prestan oídos y la siguen.

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo … ” (1 Juan 4:1-3).

Como está escrito: “… que haya alimento en mi casa”. Los diezmos deben entregarse en la casa donde recibimos nuestro alimento espiritual, es decir, la propia iglesia; entonces si, siguiendo un capricho, tomamos los diezmos y lo enviamos a otro lugar o persona, no estamos aun reconociendo la soberanía de Dios del modo que nos revela Malaquías 3.10-12.

Diezmar es un acto de reconocimiento de la soberanía de Dios y un ejercicio de obediencia. Es la llave de fe por la cual abrimos la puerta a las bendiciones preparadas por Jesucristo para nosotros. Reconocemos la soberanía espiritual de Dios al aceptar a Jesús como nuestro Salvador; también reconocemos Su supremo poder sobre el mundo material al darle nuestros diezmos. Si somos obedientes también en esto, se deduce que las bendiciones de Dios nos alcanzarán y prosperaremos en todas las cosas.

No es que diezmamos para recibir bendiciones; damos los diezmos como indicación de que reconocemos la soberanía de Dios y le obedecemos.

La Biblia dice: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6.38). No dijo Dios que El nos devolvería tanto como le diéramos a El; lo que dijo fue que nos daría una buena porción y que la cantidad estaría calculada apretando bien el contenido y haciendo que quepa tanto como para que rebose.

Y porque el reino de Dios está en nuestro corazón, deberíamos disfrutar el gozo del cielo en esta vida, incluyendo la comida y el vestido. Esa es la vida próspera. Para poder prosperar, Dios debe estar en nuestro corazón.

Las atrocidades que Hitler cometió en la Segunda Guerra Mundial procedían del odio. Cuando él era pequeño su padre viajaba con frecuencia por razones de negocios. Su madre vivía un romance prohibido, durante los largos períodos en que su esposo estaba ausente, con un judío que vivía en la vecindad. El odio hacia el hombre que era el amante adúltero de su madre hervía en el corazón del joven Hitler. Cuando llegó al poder, un odio ciego se había acumulado en él y estalló llevándolo a sacrificar seis millones de vidas judías en el altar de su odio. Después se eliminó a sí mismo.

No es para beneficio de nuestros enemigos que Jesús nos dijo que los amáramos. Es porque si los odiamos, nosotros llegamos a ser las víctimas. Jesús quería que fuésemos bendecidos y prosperados.

Primero, cuando nos enojamos debemos intentar cantar alabanzas. Cuando cantamos al Señor el Espíritu Santo obrará la paz dentro de nuestro corazón y apaciguará el enojo que nosotros mismos no podemos calmar. Segundo, cuando uno se enoja debe hacer una pausa y decir: “Postergaré este enojo por sólo veinte minutos.” El diablo es impaciente; el Espíritu Santo no lo es. Esperando veinte minutos el enojo puede desaparecer por completo y la paz vendrá en su lugar, añadiéndose la conciencia de haber obrado bien. Tercero, cuando el enojo sea furioso, trate de entender la causa u orientación que lleva esa pasión. A menudo es la consecuencia de un criterio centrado en uno mismo. Si comprendemos la razón de nuestro enojo, quizá desaparecerá y todo volverá a la calma.

El verdadero goce de la vida se encuentra en aceptar a amigos y parientes, tolerando su manera de ser con una actitud amplia.

Cuando confesamos nuestros pecados estando sinceramente arrepentidos, Dios los perdona y quita nuestra culpa devolviendo a nuestro corazón el gozo y la paz. Pero si seguimos oprimidos por una conciencia que se siente continuamente culpable, entonces es que hemos caído víctimas de Satanás, nuestro enemigo. Para ser libres de esta conciencia de culpa, debemos limpiarla de pecados pasados, también nosotros perdonarnos a nosotros mismos y luego olvidar.

Jesús cargó sobre la cruz nuestras culpas. Ahora ya no puede haber condena para los que están en Cristo. Por el hecho de ser seres humanos, cometemos pecados a veces, pero el arrepentimiento nos restaura; no hay por qué recibir la condenación. Una conciencia que carga con una culpa es un tremendo peso que puede destruir nuestra vida. Nos trae tristeza, depresión, y nos roba el valor y la esperanza.

Cada vez que nos azote la frustración o el fracaso debemos orar como Elías. Aunque había eliminado a 450 profetas de Baal, Elías huyó para salvar su propia vida cuando Jezabel lo amenazó de muerte. Caminó un día entero y se internó en el desierto; allí se sentó bajo un árbol y clamó a Dios por ayuda. Dios escuchó la oración de Elias y le dio nuevas fuerzas.

Cuando nos postramos ante Jesús y le hablamos después de haber gustado la amarga copa del fracaso, Jesús se torna la mejor puerta para nosotros. Pasando la puerta está preparado un mundo maravilloso que supera nuestros más caros sueños… “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (l Corintios 2:9).

En realidad ¿cuál es el significado de la expresión “vida victoriosa”? El hombre moderno tiende a medir el éxito solamente en relación a la acumulación de riquezas materiales, pero hay otras clases de éxito que Dios da. Cualquiera sea la actividad en que nos desenvolvemos, si nos brinda satisfacción, placer, auto-realización y logros y da la gloria a Dios, esa es una vida victoriosa porque El es quien lleva a cabo el éxito en nosotros.

Nosotros aceptamos el modo de pensar de Dios si nos es agradable, pero lo rechazamos si parece desagradable.

“¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación” (l Samuel 15:22-23).

Nunca proceden de Dios ni las revelaciones, ni las visiones, ni las lenguas, ni las profecías que contradicen a la Palabra escrita. Cuando esas cosas no provienen de Dios son del diablo, no importa si están bien disfrazadas para representar la voluntad divina.

Cuando alguien siembra las quejas y el descontento por donde va, esa persona tiene otro espíritu y no está llena del Espíritu Santo.

Cinco pasos mediante los que podemos discernir la voluntad de Dios. Primero: tener una actitud interior de completa obediencia para hacer cualquier cosa que Dios quiere que uno haga. Segundo: tratar de descubrir cuál es el deseo que Dios hace surgir en su corazón. Tercero: comparar con la Palabra de Dios para ver si concuerda con sus enseñanzas. Cuarto: pedir fervientemente que las circunstancias le den evidencias que confirmen. Quinto: esperar hasta tener paz en la mente y en el corazón y luego actuar.

Hacemos todo lo posible y dejamos lo imposible a Dios.

Por medio de la imaginación y el pensamiento podemos ver cosas con los ojos cerrados. Esto quiere decir la Biblia cuando dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

Si reconocemos con nuestros labios el poder de Dios, eso nos conducirá al éxito. Si confesamos con nuestra boca que Jesús nos ha salvado, la salvación será nuestra. Si confesamos que somos bendecidos, la bendición vendrá sobre nosotros.

El diablo, sin embargo, está siempre atento buscando una oportunidad para hacer caer a los elegidos de Dios. Por eso debemos despojar nuestro corazón de odio, ira, codicia, perfeccionismo, conciencia intranquila, temor y frustración. Nuestra prosperidad dependerá de tener esta liberación. Además necesitamos discernir la voluntad de Dios y vivir caminando hacia la meta que esté de acuerdo con esa voluntad para poder triunfar en la vida.

Una vez que somos hechos hijos de Dios es normal que seamos bendecidos, o “prosperados en todas las cosas”.

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Santiago 5:16). Ahí se da a entender que la enfermedad surge a causa del pecado, por eso debemos confesarnos nuestras faltas para que nuestra enfermedad pueda ser curada. Nuestra sanidad está en la gracia redentora de Jesús; recibimos la sanidad del cuerpo al mismo tiempo que nuestros pecados son perdonados.

La enfermedad implica un estado orgánico. Es una sucesión de efectos que resultan en la destrucción final de la vida física. El diablo es el responsable de la enfermedad y abastece la energía destructiva de la enfermedad. Su operación es robar, matar y destruir. Por lo tanto si el diablo se aparta de la enfermedad, los elementos patógenos se desorganizan y desaparecen. No queda nadie que alimente la enfermedad ni cause su propagación. La Biblia explica “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38).

El que es creyente debe recibir la obra del Espíritu Santo, el cual trae vida, en su alma. La vida del Espíritu Santo resiste la obra del diablo que es quien causa la enfermedad y la muerte. Entonces el diablo huye y no solamente se recupera la salud sino que la persona se vuelve más sana de lo que había sido antes.

“Entonces llamando a sus doce discípulos les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” (Mateo 10:1). Esa es la “Gran Comisión” del Evangelio, y no ha cambiado.

La enfermedad no es siempre motivada por el pecado, aunque sí existió por primera vez y alcanzó a toda la humanidad por el pecado original de Adán y Eva con quienes compartimos la responsabilidad.

El hecho de ser librado de una enfermedad es prueba de otro hecho: de que hemos sido puestos en libertad de la atadura del diablo.

Cuando Jesús leyó “el año agradable del Señor” (véase Lucas 4: 19), estaba citando la referencia al jubileo del Antiguo Testamento. El jubileo representa la imagen clara de la bendición que vendría en la dispensación de la gracia. Cuando analizamos Levítico capítulo 25, versículos 8 al 12, vemos que al anuncio del Año del Jubileo le precedía el día de Expiación. En éste se mataba una víctima como sacrificio y la sangre de ese animal se rociaba sobre el trono de la misericordia para que los pecados del pueblo pudieran recibir perdón. A continuación se tocaba la trompeta del jubileo. Era entonces cuando la gente que había perdido su tierra o su casa mucho tiempo atrás la recobraba, y también aquellos qve habían sido vendidos como esclavos en pago de sus deuda; recibían el perdón y eran devueltos a sus familias. Eso es un símbolo del hecho de que recibimos la misericordia de Dios y Su bendición solamente mediando la redención de la cruz de Cristo. Jesús se hizo ofrenda por nuestros pecados cuando fue crucificado en la cruz del Calvario rociando Su sangre en el trono celestial de la gracia. Fue así que restauró todas las cosas que se nos habían perdido. Cuando nos envió al Espíritu Santo, hizo sonar la trompeta de gozo del evangelio proclamando nuestra liberación del diablo. Luego de que la trompeta anunciaba el año de jubileo, la orden de Dios para el pueblo era: “Pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores, … y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia” (Levítico 25:10).

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15-16).

“Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó; y dijo: Si oyeres atentamente la voz de jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti, porque yo soy Jehová tu Sanador” (véase Exodo 15:25-26). La palabra hebrea que aparece en este texto en el original es Yaveh Rofekah, es decir, “el Señor que sana”.

Antiguamente la iglesia enseñaba la sanidad como uno de los tres sacramentos, junto con el bautismo y la santa comunión, con la convicción de que éstos debían preservarse hasta el fin de los tiempos.

“Mi justicia brillará como la luz del sol que en sus rayos trae salud” (Malaquías 4:2 b, Versión Popular).

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad; El logra en nuestra vida la salvación, la salud y la prosperidad conforme a la voluntad de nuestro buen Dios.

El Espíritu Santo que descendió en Pentecostés, después que Jesús había resucitado y ascendido, hizo la obra de Jesús en su Nombre y en su lugar por eso es el “otro consolador”. Jesús había asegurado: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14: 18). Significa que la presencia del Espíritu Santo es la presencia de Jesús.

Algunas personas sostienen hoy que solamente deben predicar el evangelio. Se avergüenzan de que el Espíritu Santo obre señales y maravillas mientras es anunciado el evangelio, y no sólo eso, sino que critican los milagros. Esa es la actitud de un hipócrita, porque representa una falsa piedad y un legalismo que no permite a otros entrar en el reino de los cielos ni entra él mismo puesto que predica en contra de las obras de Dios.

Si creyendo en Jesús recibimos la salvación, la salud debe ser el resultado visible.

El diablo siempre trata de inculcar en nuestro corazón un sentimiento de culpa.

Hay dos tipos de fe. Una es la fe de lo humano, la que confía en el orden natural y en las instituciones sociales. Está basada sobre el razonamiento. Gracias a esa fe es que confiamos en un banco y depositamos en él nuestro dinero; tomamos un ómnibus y confiamos en el conductor; creemos que mañana vendrá después de hoy y que la primavera vendrá después del invierno. Este tipo de fe es muy natural a cualquier persona común. Pero la fe que viene a nuestro corazón por el Espíritu Santo es sobrenatural. Produce milagros. Cualquiera acepta con facilidad que la tierra tiene movimiento, pero sin la ayuda del Espíritu Santo sería difícil para muchos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que por Su sacrificio expió nuestro pecado.

Algunos se dicen cristianos por haber nacido en el seno de una familia cristiana y haberse desarrollado en ese ambiente. Otros confiesan que vienen a la iglesia por el estímulo de sus parientes y amigos. A esa clase de personas algunos les dicen “creyentes”, pero todavía no han nacido de nuevo como hijos de Dios. Para eso deberían tener una experiencia personal con el Salvador; la experiencia de un familiar no puede reemplazar la relación de uno mismo con Jesucristo.

Por estar todavía en la carne podemos a veces tropezar en nuestra debilidad. Otras veces hasta podemos pecar a pesar de saber que estamos procediendo mal. Por esta razón el Espíritu Santo gime dentro de nosotros (véase Romanos 8:26). El mismo Espíritu refrena nuestros pasos hacia el pecado en Su esfuerzo por llevarnos al arrepentimiento. Si le permitimos que nos hable, El nos conducirá arrepentidos de vuelta a jesús para ser limpiados. No obstante, si voluntariamente repetimos una y otra vez el mismo pecado e insistimos en ir por nuestro camino, poco a poco Su presencia se retirará de nuestra vida y será fácil caer nuevamente en la esclavitud.

Lo que la gente teme es el mundo desconocido que espera más allá de la muerte, no propiamente el momento de morir.