El espíritu de Absalón

Marcos Canela

El espíritu de Absalón

El espíritu de Absalón

La historia de Absalón, llena de violencia a todos los niveles, sirve de base para que el autor nos muestre todos los efectos que se ocasionan cuando no perdonamos, independientemente de si lo que nos hicieron fue injusto o no. Estos efectos pueden impedir una buena relación con Dios, con los demás y/o con nosotros mismos. Calificación de 9.5.

El abecedario de Dios no es a, b, c, d, sino o, be, de, ce.

Lo que más daña el corazón de una persona es ser maltratado injustamente.

El hombre por naturaleza es sociable, constantemente estamos en contacto con otras personas. A menudo ese contacto se vuelve fricción, la fricción se convierte en molestia, la molestia en tensión, luego viene la ruptura por la ofensa y por supuesto, de ésta proviene la herida, que al no ser tratada da lugar a la amargura. Esto pasa a todos en la casa, en la oficina, en la escuela, en la calle.

La iglesia es como el Arca de Noé, a veces huele mal e incómoda, pero definitivamente… ¡afuera está peor!

No se puede entender lo que a la gente le duele cuando no se ha pasado por una situación semejante, por lo tanto, se debe respetar su sentir y no menospreciarlo.

Cuando un corazón está herido lo primero que pide no es sanidad ni restauración sino “justicia”, o mejor dicho, venganza.

Cuando un cristiano se va de la iglesia por problemas, no se va solo, los problemas se van con él.

Si no perdona las heridas que se le infringen justa o injustamente, tarde o temprano brotará una raíz de amargura.

Dios quiere enseñarnos a perdonar, sin embargo ¿cómo aprenderemos a perdonar si no hay quien nos ofenda? Todos en la iglesia podemos ser buenas personas hasta que se meten con nosotros o con nuestra familia. Mientras nadie nos toque somos casi ángeles, pero cuidado y alguien se atreve a meterse con nosotros porque, repentinamente, aflora lo que en realidad somos y el nivel de madurez que tenemos.

La autoridad está directamente relacionada con la obediencia, es decir, cuanto más obedezco, tanto más autoridad tengo.

No debo hablar de la autoridad pero si puedo hablar con la autoridad.

Muéstrame u nombre rebelde a la autoridad y puedo asegurar que el algún momento de su vida, sea en su infancia, adolescencia o juventud, alguien le ofendió causándole una herida, amargándose por no haber perdonado.

Callar no sana la herida, sólo la infecta más. Callar hace la herida más grande, más profunda. […] Cuando usted no habla lo que le duele, es como vendar la herida sin haberla desinfectado.

Una de las cosas que más causan ir en la familia o en la iglesia, es saber que hay un problema, pero que el papá o el Pastor no tienen el valor de tomar una decisión. Es muy fácil criticar las acciones de los que están en autoridad. La pregunta es: ¿usted qué haría en lugar del rey?

La fe no niega la realidad, la cambia.

Un cristiano amargado toma un texto lo saca de contexto y lo toma de pretexto.

El tiempo no sana las heridas. La distancia no sana las heridas. El único remedio para esto, es tomar la decisión de perdonar permitiendo que la sangre de Jesucristo lave, desinfecte y restaure nuestras vidas.

El perdón no fluye de nuestras emociones, sino de nuestra voluntad, pues el perdón no es una emoción, es una decisión. […] Perdonar significa renunciar a tu derecho a vengarte.

Cuando nos sentimos la víctima o el bueno de la película, es síntoma de que estamos heridos. Y se nos olvida que así como nos han ofendido, nosotros también hemos ofendido.

Cuando no tenemos acceso a la presencia de Dios, lugar donde se aprende humildad y nuestro corazón es tratado hasta ser transformado a la imagen y semejanza de Cristo, entonces comenzamos a centrar nuestra atención en nuestras propis capacidades. En vez de caminar en lo celestial preferimos lo terrenal, en lugar de confiar en Dios, ahora confiamos en la carne.

Lo peor que puede pasar a alguien con un corazón amargado es que de repente algo le funcione bien. Ello le motiva a justificar su proceder –pues al fin y al cabo Dios lo está usando-. El día que tiene la oportunidad de orar por los enfermos y éstos sanan, se justifica con el argumento: “Si yo estuviera mal Dios no me usaría”.

La amargura corrompe la sabiduría.

Es más fácil convertir a un hombre fiel en idóneo, que a un idóneo hacerlo fiel.

Lo que determina el futuro eterno del hombre, no es el pecado que comete, sino l actitud que toma después de cometer el pecado.

Pocas personas la honestidad emocional. ¿Qué tiene de malo decir que tienes problemas? ¿Acaso no están los hermanos y líderes para orar por los afligidos? ¿Por qué nos da miedo mostrarnos tal cual somos?

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A través de la esperanza

Nancy Guthrie

Aferrándose a la esperanza

Aferrándose a la esperanza

La autora se basa en el libro de Job para describir y entender su proceso de duelo al sufrir la muerte de dos hijos. Su testimonio es entonces de gran ayuda para quienes se encuentran en un proceso donde lo que se ha perdido es la esperanza. Además en la parte final, hay una sección de “Recursos de las escrituras”, en las que se encuentran versículos escogidos de La Palabra para cada uno de los capítulos del libro y que nos ayudarán a encontrar respuestas. Calificación de 9.5

Job fue elegido específicamente para experimentar gran sufrimiento. Evidentemente fue elegido no porque merecía sufrir o porque estaba siendo castigado, sino debido a su gran fe. Y me pregunté en cuanto a mi propia fe —si yo tenía la clase de fe que soportaría aflicción extrema e inmerecida. Una fe que permaneciera cuando todo tipo de esperanza hubiera desaparecido.

Bueno, creo que ahora ha llegado el momento de la verdad. Aquí es donde encontraré si en realidad creo lo que digo que creo.

Nuestra fe evita que nos dejemos llevar por la desesperación. Pero no creo que haga que nuestra pérdida duela menos.

Nuestra cultura no se siente cómoda con la tristeza. La tristeza es difícil de manejar. Nos deja perplejos. Viene y va y toma su propia forma. Pide ser compartida. Se manifiesta en lágrimas, y nosotros no sabemos qué hacer con las lágrimas. Muchas personas temen hablar de mi pérdida. No quieren hacerme sentir mal. Pero las lágrimas son la única forma que tengo de dejar salir la profunda tristeza que siento. Les digo a las personas: “No se preocupen en cuanto a llorar delante de mí y ¡no teman hacerme llorar! Sus lágrimas me dicen que ustedes se preocupan y mis lágrimas les dicen a ustedes que me han tocado en un lugar que tiene mucho significado para mí —y que nunca olvidaré su disposición de compartir mi sufrimiento.”

Nuestra cultura quiere poner el curita del cielo en nuestro dolor por perder a alguien que amamos. A veces parece que las personas a nuestro alrededor piensan que porque sabemos que el ser que amamos está en el cielo, no deberíamos estar tristes. Pero no entienden lo lejos que se siente el cielo y lo extenso que parece el futuro cuando vemos delante de nosotros los años que tenemos que pasar en la tierra antes de ver de nuevo a la persona que amamos. Afortunadamente, no estamos solos en nuestra tristeza.

Un día después de que enterramos a Esperanza, por primera vez entendí por qué tanta gente trata de aliviar su dolor de maneras tan dañinas. Ese día yo traté de dormir para evitarlo. Y en los días siguientes, descubrí que no podía dormir para evitarlo, comprar para evitarlo, comer para evitarlo, beber para evitarlo o viajar para evitarlo. Simplemente tenía que sentirlo. Y dolía. Físicamente. Me di cuenta de que tenía una elección —podía tratar de ocultar todo el dolor en un armario y fingir que no estaba allí y desear que desapareciera, o podía revelarlo, exponerlo a la Luz, sondearlo, aceptarlo y permitir que sanara.

Una cosa es ir a la iglesia; otra cosa es adorar.

Cuando nuestra piel es aguijoneada por una espina, lo que sale es lo que está adentro: sangre. Cuando nuestras vidas son aguijoneadas por la dificultad, lo que sale es lo que está adentro. Para algunos de nosotros, lo que sale es egoísmo, orgullo, amargura y enojo. Para otros, es el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gálatas 5:22-23). Lo que salió cuando Job no sólo fue aguijoneado, sino traspasado, fue adoración.

Adoramos porque Dios es digno, no necesariamente porque “sentimos ganas” de hacerlo. En medio de una crisis, si sólo hiciéramos lo que tenemos ganas de hacer, podríamos permanecer detenidos en un ciclo de autocompasión. Pero cuando adoramos, quitamos los ojos de nosotros mismos y de nuestro sufrimiento o problemas, y los enfocamos en Dios, lo cual pone nuestras dificultades en la perspectiva correcta.

¿No parece que todos nos están observando muy de cerca cuando la tragedia golpea nuestras vidas? Seguramente nuestra adoración en medio del dolor y la aflicción le es particularmente preciosa a Dios, debido a que nos cuesta tanto. La adoración no se hace más fácil, pero es mucho más significativa cuando la ofrecemos con un corazón que sufre. La verdad es que la adoración en estos tiempos puede ser la más significativa que jamás experimentaremos. Tal vez estemos mejor capacitados que antes para adorar porque llegamos a ser conscientes de nuestra desesperada necesidad de Dios y de nuestras propias y asfixiantes debilidades. Tal vez sea porque comprendemos que nuestra impotencia e insuficiencia están en la perspectiva correcta con el poder y la soberanía de Dios.

La respuesta apropiada a un regalo es la gratitud. Eso es lo que vemos en Job. Cuando cayó al suelo en adoración a Dios, aun cuando acababa de perder todo, Job le estaba dando gracias a Dios por todo lo que le había dado. Cuando Job dijo: “El SEÑOR ha dado; el SEÑOR ha quitado,” vemos que Job reconoció que todo lo que tenía era un don de Dios y que Job había aprendido a sostener esos dones con la mano abierta. Es evidente que Job, mucho antes, se había dado cuenta de que sus enormes riquezas no sólo habían venido de Dios, sino que todavía eran de Dios, mientras que él mismo era sólo un mayordomo.

Dios da, y Dios quita. Pero seamos honestos. Nosotros sólo queremos que él dé, ¿no es verdad? Y por cierto que no queremos que nos quite las cosas o a las personas que amamos. Tenemos la tendencia de pensar que el dinero en nuestras cuentas bancarias y las posesiones que tenemos son nuestros —que los hemos ganado. Que los merecemos. Pero la verdad es que todo lo que tenemos es un don.

¿Estaría dispuesto a agradecerle a Dios por un don que le ha dado y que ahora le ha quitado? Tal vez haya sido su cónyuge, su reputación, su seguridad financiera, su salud, su casa. . . . Gracias.

Muchas veces, cuando sufrimientos injustos o inmerecidos llegan a nuestra vida, exigimos que alguien sea responsable —el doctor que cometió un error drástico de juicio, el conductor que había bebido demasiado, el abogado del divorcio que sacó tanta ventaja. Pero al que hacemos responsable la mayor parte de las veces por el sufrimiento en nuestras vidas es a Dios.

Tal vez no lo digamos, pero en el fondo de nuestra mente de alguna forma pensamos que debido a que Job era tan piadoso, él debería haber sido librado del sufrimiento. Pero la verdad es que a menudo la gente que sigue a Dios sufre —no menos sino más. ¿Se ha dado cuenta de que las personas que sufren están marcadas con una cierta belleza, profundidad y transformación? Sin embargo, esto sólo ocurre cuando experimentan el sufrimiento y buscan a Dios en medio de él. De otra manera, están marcadas con amargura y soledad.

El mundo nos dice que huyamos del sufrimiento, que lo evitemos a toda costa, que clamemos al cielo para que nos lo quite. Muy pocos elegiríamos sufrir. Sin embargo, cuando sabemos que Dios ha permitido el sufrimiento en nuestra vida por un propósito, lo podemos recibir en lugar de correr de él y podemos buscar a Dios en medio del sufrimiento. Aceptar el sufrimiento nos lleva a más profundidad en nuestra devoción. “Cualquiera que quiera venir conmigo tiene que dejarme guiarlo. Tú no estás sentado detrás del timón —yo lo estoy. No corras del dolor; abrázalo. Sígueme y te mostraré cómo hacerlo. La autoayuda no es ayuda alguna. La abnegación es el camino, mi camino, para encontrarte a ti mismo, a tu verdadera naturaleza. ¿De qué te serviría conseguir todo lo que quieres y perderte a ti mismo, a tu verdadera esencia?“ Lucas 9:23-25, The Message. Jesús está sugiriendo que hagamos más que simplemente aguantar el sufrimiento. Él nos está invitando a que dejemos de sentir lástima por nosotros mismos y que en cambio nos enfoquemos en aprender del sufrimiento. Jesús no sólo nos invita a aceptar el sufrimiento, sino que también nos muestra lo que representa.

La Cruz es el ejemplo por excelencia de la habilidad de Dios de hacer que todas las cosas obren para bien —aun los hechos más malvados que la Oscuridad jamás haya concebido.

Por cierto que si Dios requirió un sufrimiento tan intenso de su propio Hijo, a quien amaba, para lograr un propósito tan santo, él tiene un propósito para su dolor y para mi dolor. Y tal vez parte de ese propósito sea aprender obediencia de lo que sufrimos.

Debido a que creo que los planes de Dios para mí son mejores de lo que yo planearía para mí misma, en lugar de alejarme corriendo del camino que él ha establecido para mí, quiero correr hacia él. No quiero tratar de cambiarle la mente a Dios —sus pensamientos son perfectos. Quiero tener sus pensamientos. No quiero cambiar el tiempo de Dios —su tiempo es perfecto. Quiero la gracia de Dios para amoldarme a su tiempo. No quiero cambiar el plan de Dios —su plan es perfecto. Quiero aceptar su plan y ver cómo él es glorificado por eso. Quiero someterme. Sé que ha sido muy difícil para algunas personas alrededor de nosotros entender por qué no hemos clamado al cielo pidiendo sanidad. ¿Es porque creemos que es demasiado difícil para Dios? En absoluto. Dios puede hacer cualquier cosa. A menudo, veo al cuerpo de Cristo poner mucho en buscar a Dios para la sanidad. Con gran valor, pasión y persistencia clamamos a Dios, rogando por sanidad física. Y en esas oraciones, a menudo hay una pequeña posdata en la cual decimos: “Si es tu voluntad.” ¿Pero no deberíamos hacerlo al revés? Quizás deberíamos clamar a Dios con osadía, pasión y persistencia en una oración que dice: “Dios, por favor, que se cumpla tu voluntad. Dame un corazón dispuesto para aceptar tu plan y tu propósito? Moldéame en una vasija que puedas usar para lo que tienes en mente.” Y entonces, tal vez podríamos incluir una pequeña posdata que dijera: “Si eso incluye la sanidad, estaremos agradecidos.”

A veces se requiere el dolor para refinar nuestro carácter y para quitar las actitudes egoístas y pecaminosas. El dolor puede hacer eso, o nos puede amargar. Podemos amargarnos cuando no recibimos lo que queremos de la vida.

Al comienzo de mi travesía, le dije a Dios: “Está bien, si tengo que pasar por esto, entonces dame todo. Enséñame todo lo que me quieres enseñar a través de esto. No permitas que este terrible dolor sea desperdiciado en mi vida.”

En lugar de huir de su sufrimiento y tratar de orar para que se vaya, ¿quisiera aceptarlo y buscar a Dios en él? ¿Dejaría que el sufrimiento fuera su maestro para que pueda aprender algo de él que nunca hubiera podido aprender de las situaciones cómodas y fáciles? ¿Estaría dispuesto a aferrarse a la verdad de que para un hijo de Dios no existe el sufrimiento que no tiene significado, y estaría dispuesto a rehusar permitir que el dolor sea desperdiciado en su vida?

A veces se siente como que no hay nada que alivie el dolor, ¿no es así? La gente pregunta qué es lo que pueden hacer por nosotros, pero sabemos que no hay nada que puedan hacer para que el dolor desaparezca.

¿Se encuentra queriendo abandonar la fe que había reclamado ahora que ha sido puesta a la prueba de la adversidad? Así que, ¿adónde va a ir? En su desaliento, ¿adónde va a encontrar el consuelo que anhela con tanta desesperación?

En lugar de continuar preguntando “¿Por qué?” ¿Estaría dispuesto a cambiar su pregunta a: “¿Para qué propósito?”

Confiar en Dios cuando el milagro no llega, cuando la oración urgente no recibe respuesta, cuando sólo hay tinieblas —esta es la clase de fe que tal vez Dios valora más de todas. Esta es la clase de fe que puede ser desarrollada y exhibida solamente en medio de circunstancias difíciles.

Job reconoció que el proceso de entender, de responder a la pregunta “¿Por qué?” no sería completado durante el transcurso de su vida —que sólo en la vida venidera, en la presencia de Dios, todo llegaría a estar claro. Y Job continuó caminando en la oscuridad.

Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno. 2 Corintios 4:16-18

Una fe como la de Job no puede ser sacudida, porque es el resultado de haber sido sacudido.

Cuando usted pierde a alguien que ama, el cielo llega a ser mucho más real, mucho más que un concepto teológico o un cliché teatral.

Yo he llegado al lugar en el que creo que anhelar el cielo es uno de los propósitos y uno de los privilegios de sufrir y de perder a alguien que se ama. Yo nunca había tenido ese anhelo antes, pero lo tengo ahora. Una parte de mí está allí, ¿sabe? Y demasiado pronto, tendré a dos hijos esperándome allí. Ahora veo de una manera mucho más completa que esta vida no es sino una sombra de nuestra vida verdadera —la vida eterna en la presencia de Dios. ¿Ha notado cómo algunos de los himnos antiguos tienen una estrofa sobre el “cielo,” y lo maravilloso que será estar “más allá del sol”? Pero hoy en día ni hablamos ni cantamos tanto sobre el cielo porque no anhelamos el cielo —porque estamos muy cómodos aquí. Tendemos a pensar que esta vida en la tierra es todo lo que existe, y por cierto que vivimos de esa forma mucho de nuestro tiempo. Dios quiere cambiar por completo esa perspectiva. Él quiere que vivamos con una perspectiva eterna, poniendo la vida en esta tierra en su lugar apropiado y viviendo en anticipación de una eternidad en su presencia. Si en realidad creemos que la vida verdadera, la plenitud del gozo y una vida libre del dolor se encuentran en una eternidad en la presencia de Dios, ¿por qué nos aferramos a esta vida terrenal con tanto vigor?

Isaías 57:1-2 (rv60) es una porción bíblica que me ha mostrado la perspectiva de Dios y me ha ayudado a cambiar mi perspectiva: Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz; descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios.

¿Reconocería que lo que a veces se siente como una tragedia en realidad y a luz de la eternidad no lo es?

No sé por qué, pero tenemos la tendencia de querer comparar el dolor. Esto es más difícil que eso. . . esto es más fácil que aquello. . . . Creo que me estoy dando cuenta de que en realidad no se puede hacer comparaciones con el dolor. Todo simplemente duele.

No perdonamos a las personas porque lo merezcan; las perdonamos porque Dios nos ha perdonado por muchas cosas y porque queremos mantenernos en una relación íntima con Dios. Y el beneficio es que a través del perdón somos liberados.

[Dios] nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren. Pues así como participamos abundantemente en los sufrimientos de Cristo, así también por medio de él tenemos abundante consuelo. Si sufrimos, es para que ustedes tengan consuelo y salvación; y si somos consolados, es para que ustedes tengan el consuelo que los ayude a soportar con paciencia los mismos sufrimientos que nosotros padecemos. Firme es la esperanza que tenemos en cuanto a ustedes, porque sabemos que así como participan de nuestros sufrimientos, así también participan de nuestro consuelo. 2 Corintios 1:4-7

A veces lo que nos causa más dolor y confusión no es lo que Dios nos dice sino el hecho de que en medio de la dificultad parece que no nos dice nada.

El sufrimiento es un misterio . . . y Job llegó a respetar ese misterio. Job llegó a entender que debido a que sabía quién es Dios, él podía aceptar lo que da Dios —aun cuando no lo entendiera. Dios no eligió revelarle todo a Job. Tampoco él nos revela todas las cosas a nosotros. Y la verdad es que no tiene que hacerlo. Él es Dios. Es el Creador y nosotros somos los creados. Dios no nos debe una explicación. ¿Y qué si Dios lo hubiera revelado todo? ¿Qué si él hubiera explicado su plan y propósito completo para el sufrimiento de Job? Tendemos a pensar que si sólo supiéramos por qué estamos sufriendo, lo podríamos soportar. Pero ¿es cierto eso? De alguna forma creo que aunque Dios anotara todas las razones por las cuales él ha permitido que usted perdiera a su ser amado, contrajera la enfermedad, o sufriera rechazo, todavía, desde su perspectiva limitada, no le parecería algo que valiera la pena. En cambio, él amplía nuestra perspectiva dándonos un vistazo de su habilidad de manejar el universo en contraste con nuestro limitado entendimiento y experiencia.

A menudo escuchamos a la gente hablar acerca de la “vida cristiana victoriosa.” ¿Pero no es la vida de un creyente más acerca de doblar las rodillas, humillarnos y tomar nuestra cruz? Jesús dijo que lo es. “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme.“ Mateo 16:24

Tal vez la lección más importante del libro de Job es que no hay respuestas simples —que aunque Dios puede ser conocido, es también misterioso.

Pérdida:

Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas. (Isaías 43:2)

¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia? Así está escrito: “Por tu causa siempre nos llevan a la muerte; ¡nos tratan como a ovejas para el matadero!” Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor. (Romanos 8:35-39)

Lágrimas:

Toma en cuenta mis lamentos; registra mi llanto en tu libro. ¿Acaso no lo tienes anotado? (Salmo 56:8)

Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir. (Apocalipsis 21:4)

Adoración:

Aunque la higuera no dé renuevos, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el SEÑOR, ¡me alegraré en Dios, mi libertador! (Habacuc 3:17-18)

Pero el rey le respondió a Arauna: “Eso no puede ser. No voy a ofrecer al SEÑOR mi Dios holocaustos que nada me cuesten. Te lo compraré todo por su precio justo.” Fue así como David compró la parcela y los bueyes por cincuenta monedas de plata. (2 Samuel 24:24)

Ésta es la oración al Dios de mi vida: que de día el SEÑOR mande su amor, y de noche su canto me acompañe. (Salmo 42:8)

Gratitud:

No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. . . . Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:6-7, 12-13)

Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno. (2 Corintios 4:18)

Culpa:

Pero el SEÑOR cuida de los que le temen, de los que esperan en su gran amor. . . . Que tu gran amor, SEÑOR, nos acompañe, tal como lo esperamos de ti. (Salmo 33:18, 22)

Sufrimiento:

Dondequiera que vamos, siempre llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo. . . . Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno. (2 Corintios 4:10, 16-18)

De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros. (Romanos 8:18)

Desesperación:

Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me echan en cara a todas horas: “¿Dónde está tu Dios?” Recuerdo esto y me deshago en llanto: yo solía ir con la multitud, y la conducía a la casa de Dios. Entre voces de alegría y acciones de gracias hacíamos gran celebración. ¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza y todavía lo alabaré. ¡Él es mi Salvador y mi Dios! (Salmo 42:3-5)

¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra. Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; él es mi herencia eterna. (Salmo 73:25-26)

Pero algo más me viene a la memoria, lo cual me llena de esperanza: . . . Por tanto, digo: “El SEÑOR es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!” . . . Bueno es esperar calladamente a que el SEÑOR venga a salvarnos. (Lamentaciones 3:21, 24, 26)

¿Por qué?:

Así que nos regocijamos . . . en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. (Romanos 5:2-4)

Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. (Romanos 8:28)

Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos. Dondequiera que vamos, siempre llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo. (2 Corintios 4:8-10)

Por eso mantenemos siempre la confianza, aunque sabemos que mientras vivamos en este cuerpo estaremos alejados del SEÑOR. Vivimos por fe, no por vista. Así que nos mantenemos confiados, y preferiríamos ausentarnos de este cuerpo y vivir junto al SEÑOR. Por eso nos empeñamos en agradarle, ya sea que vivamos en nuestro cuerpo o que lo hayamos dejado. (2 Corintios 5:6-9)

El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. (1 Pedro 1:7)

Eternidad:

Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. (Eclesiastés 3:11)

Devorará a la muerte para siempre; el SEÑOR omnipotente enjugará las lágrimas de todo rostro, y quitará de toda la tierra el oprobio de su pueblo. El SEÑOR mismo lo ha dicho. (Isaías 25:8)

Consoladores:

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. (Salmo 23:4, rv60)

Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables. (1 Pedro 5:10)

Misterio:

Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad. (Hebreos 11:13-16)

Como está escrito: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman.” (1 Corintios 2:9)

Sumisión:

Sadrac, Mesac y Abednego le respondieron a Nabucodonosor: —¡No hace falta que nos defendamos ante Su Majestad! Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua. (Daniel 3:16-18)

Pero yo, SEÑOR, en ti confío, y digo: “Tú eres mi Dios.” Mi vida entera está en tus manos. (Salmo 31:14-15)

Me has hecho pasar por muchos infortunios, pero volverás a darme vida; de las profundidades de la tierra volverás a levantarme. (Salmo 71:20)

Sólo en Dios halla descanso mi alma; de él viene mi salvación. Sólo él es mi roca y mi salvación; él es mi protector. ¡Jamás habré de caer! (Salmo 62:1-2)

Si vivimos, para el SEÑOR vivimos; y si morimos, para el SEÑOR morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del SEÑOR somos. (Romanos 14:8)

El SEÑOR recorre con su mirada toda la tierra, y está listo para ayudar a quienes le son fieles. (2 Crónicas 16:9)

Intimidad:

El SEÑOR es refugio de los oprimidos; es su baluarte en momentos de angustia. En ti confían los que conocen tu nombre, porque tú, SEÑOR, jamás abandonas a los que te buscan. (Salmo 9:9-10)

Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. (Santiago 4:8)

Las tentaciones del músico

Martín Valverde

Las tentaciones del músico

Las tentaciones del músico


Como ministro de alabanza se está sujeto a sutiles tentaciones que pueden dar al traste con cualquier buena intención: el protagonismo, la soberbia y el ruido. Existe una extra, la tentación X que dependiendo de las propias concupiscencias, estará al acecho. Para ello, el autor nos sugiere tres poderosas armas: la oración, resistir y huir. Excelente la reflexión basada en el pasaje del pollino, hijo de asna. Calificación de 9.5

Dios te llama para su servicio, y tu disponerte al servicio, también debes prepararte para la prueba: Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. (Eclesiástico 2,1). Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeado por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento (Santiago 1,2-3ss).

La vida es una prueba de principio a fin, y la Gracia es el puente para pasarla con la consoladora certeza de que todo valdrá la pena. Quienes desprecian este puente inevitablemente se ahogan en los problemas de la vida.

En los peores momentos, las pruebas pueden estar rodeadas de una terrible oscuridad, pero cuando estés en ella recuerda que no te encuentras en el fondo de un pozo, sino atravesando un túnel que finalmente tiene salida, Dios te permitirá ver una luz que te conducirá al final del camino.

Cuando somos capaces de entregarle al Señor nuestro arte, éste sufre una transformación radical: de ser un simple talento se convierte en un Don. Un Don que Dios puede utilizar con gran provecho en beneficio de muchos; nuestros instrumentos dejan de ser solo una voz, guitarras, teclados y platillos y se convierten en armas espirituales de alto poder.

En manos de Moisés, un simple cayado fue el instrumento para que obrara prodigios tales como separar en dos murallas las aguas del mar Rojo y para que extrajera gua de la roca. Del mismo modo puede ser la música en tus manos una magnífica herramienta para la liberación de tus hermanos que satisfaga también su sed de Dios, o por el contrario, una peligrosa serpiente de la que tengas que escapar lleno de miedo, porque se te ha ido de las manos y no te encuentras cerca del único que te puede decir como domarla.

La tentación más frecuente de un músico entregado al servicio del Reino es apropiarse del talento que ha recibido de las manos del Señor y pensar que importa más el don del Señor que el Señor de los dones.

El músico cristiano, no importa que tan experimentado pueda ser, cuando canta sin la unción del Señor, a los oídos de Dios, más que cantar, rebuzna.

Si entendiéramos que es Dios y sólo Él a quien debemos agradar, nos ahorraríamos miles de problemas y adelantaríamos enormidades en la calidad de nuestro servicio para la construcción del Reino.

Los grandes públicos son capaces de tirarte ramos y mantos un domingo, gritándote todo pulmón ¡Hosanna!, y el viernes siguiente condenarte a muerte, gritando con la misma fuerza: ¡crucifíquenlo!”.

¿En cuántas ocasiones hemos dejado de servir al Señor poniendo al sonido o a los instrumentos primero que el mandado del Maestro?

La casta de un músico o de un artista no se mide solo cuando todo está en orden, sino cuando somos capaces de sacar lo mejor de nosotros con lo poco que hay para hacerlo y contra el reloj para lograrlo.

No es lo mismos un artista que entona cantos sobre Dios que Dios entonando su propia música a través de la persona del artista.

Este asunto de la soberbia es tan grave que, curiosamente, no sólo es un pecado de hombres. Los mismos ángeles fueron tentados con esta trampa como veremos en el pasaje siguiente: ¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la aurora! ¡Cómo has sido precipitado por tierra, tú que subyugabas a las naciones, tú que decías en tu corazón: “Subiré a los cielos; por encima de las estrellas de Dios erigiré mi trono, me sentaré en la montaña de la asamblea divina, en los extremos del norte; escalaré las cimas de las nubes, seré semejante al Altísimo!”. ¡Pero te han hecho bajar al Abismo, a las profundidades de la Fosa! (Isaías 14,12-15).

La caída de Luzbel no fue resultado de su pecado sino su deseo de estar sobre el Creador mismo.

La soberbia es el peor veneno para poder ser hijos de Dios.

Hace muchos cientos de siglos, allá en el Cielo, había una hermosa e inigualable orquesta sinfónica con su respectivo coro, dirigida por el ángel más bello de la creación. Le llamaban el Ángel Artista. Tal era su calidad como compositor e intérprete, que el mismo Mozart era un aprendiz de violín al lado suyo. Este ángel era consciente de su habilidad y su talento y empezó a tomarle gusto a todo eso. Poco a poco fue surgiendo un plan en lo profundo de su corazón: deseó que fuera a él a quien se le cantara y se le compusiera toda esa música magistral. Aspirar a ello significaba ocupar un lugar que le correspondía a Dios, y esto provocó que se armara una trifulca fenomenal en el Cielo. El final lo conocemos bien: él, que era el más bello de los ángeles, acostumbrado a siempre vivir en la Luz, terminó expulsado y degradado a demonio en jefe, artífice del engaño y príncipe de las tinieblas. Fue tan grande su caída que junto con él, la tercera parte de la orquesta fue arrojada de la presencia del Amor. Hoy por hoy, la misión y el servicio del que habían sido exclusivos de estos ángeles, ha sido encomendada a hombres que llenan las vacantes dejadas por los millones de serafines expulsados. Y no sería nada raro, que el espíritu perverso, que siempre ha sido enemigo de los hombres, sienta un odio muy particular por quienes ahora hacen lo que a él le era exclusivo, pues son llamados a adorar y servir al Señor con ofrendas musicales.

Si llegas a creer que estás sobre el resto del Pueblo de Dios y te ocupas sólo de tu propia gloria dejarás de ser útil l Señor. Si nada más piensas en ti, es imposible que trabajes de verdad por tus hermanos.

La humildad no es tener la cabeza baja sino mantenerla a su altura exacta.

Cuando nuestros sueños y luchas se rebajan al nivel de la más avanzada tecnología y nos preocupamos más porque los micrófonos estén calibrados, en perfecta ecualización y volumen, que por escuchar la propia de la conciencia que nos advierte sobre el peligro en que nos encontramos, nos salimos de la verdadera guerra y quedamos expuestos a una herida mortal de los francotiradores de nuestro enemigo.

Es difícil concebir que el compositor del salmo veintitrés pudo hacer algo tan terrible, pero eso nos puede suceder a ti y a mi sin importar las grandes canciones que hayamos compuesto o interpretado, y si nos mentimos y permitimos la entrada de “pecadillos sin importancia” a nuestra vida.

Dios no corrige al músico sino al hijo al que otorgó el don del arte.

La mayoría de las veces que hemos caído en alguna tentación ha sido por cometer la estupidez de creernos el cuento de que podemos vencerla con un poco de esfuerzo, o de creer que no podemos resistirla y no hacemos nada. ¡Huye, colega amigo, de todo aquello que destruirá sin duda tu persona y tu ministerio!

Cuando alguno se siente tentado en hacer lo malo, no piense que es tentado por Dios, porque Dios ni siente la tentación de hacer lo malo, ni tienta a nadie para que lo haga. Al contrario, uno es tentado por sus propios deseos, que lo atraen y lo seducen. De estos malos deseos nace el pecado; y del pecado, cuando llega a su completo desarrollo, nace la muerte. Santiago 1,15

Contracorriente

Luis Enrique Barrientos

Contracorriente

Contracorriente

El autor lo dice muy claro en el libro, la intención es «Conocer lo que cree el prójimo que no conoce de Dios, con el único fin de poder guiarle a conocerlo». Y de esta manera se irrumpe en temas “escabrosos” como la creación y la evolución de las especies. A fin de cuentas de lo que s trata es que el viaje de la vida a contracorriente, por lo menos sea bien cimentado. Calificación de 8.

Para evangelizar, si hace falta, habla.

Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Juan 3:12

Hay muchas formas de interpretar lo que Jesús le dijo respecto a lo nacido por agua y por espíritu. Algunos consideran que se refiere al bautismo en agua y por el espíritu. Sin embargo esta interpretación no es la más adecuada por que la salvación no viene por “rituales”, es decir, ¿Qué del cristiano que aún no fue bautizado y muere?… se va al infierno?— NO .Entonces, ¿ qué se refirió Jesús cuando le dijo esto a Nicodemo? Se refirió al Antiguo Testamento, específicamente a Ezequiel: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:25-27). Este era el tipo de cosas que un fariseo, estudioso de la Ley debía saber.

La teoría de la evolución y la selección natural de Darwin son aceptadas por la comunidad científica. Por lo mismo, como Cristianos, comprendemos dichas cosas aunque no las compartimos, como bien sabe, estamos en el mundo más no somos del mundo. Si usted está siendo enseñado de estas teorías y se topa con exámenes o evaluaciones relacionadas, usted deje claro que la comunidad científica establece la supuesta veracidad de ellas y afirme en su corazón que no las comparte para evitarle inconvenientes innecesarios […]. La presión social y reputación de las personas hacen complicado llevar a Cristo a un grupo. Por lo mismos si desea impactar en la vida de las personas, hágalo en el momento apropiado e individualmente.

[Con el pecado] Esas características de Dios en nosotros se desorientaron y hoy en día en lugar de reflejar a Dios, buscan sentido y justificación que jamás encontraremos. Entonces las características las tratamos de llenar:
1. En lo Espiritual. Con Espiritismo, “El Más allá”, con Religión, Devoción, etc.
2. En lo Personal. Por medio del Éxito y prosperidad personal.
3. En lo Moral. A través de vanas filosofías buscando hacer lo “correcto” cuando sin Dios, lo “bueno” es relativo la realidad en que se vive.
4. Seres Relacionales: Buscando llenar el vacío con Sexo y otros vicios.
5. Seres Racionales: Tratando de acumular conocimiento en búsqueda de una justificación para nuestro pecado y forma de vivir y que le dé sentido nuestra existencia.
6. En lo Emocional: Buscando cosas que nos hagan sentir aceptados y parte de la sociedad.
7. En lo Creativo: Generando y creando cosas que ocupen nuestra mente y que nos lleven al Éxito.

La teoría de la evolución es una búsqueda desenfrenada por encontrar sentido a nuestra existencia y justificar, a través de ella, la razón de nuestra forma de vivir (justificar el pecado que mora en nosotros). Las personas que la creen es porque no están dispuestos a reconocer que necesitan de Dios por miedo a dejar atrás sus deseos pecaminosos. Pero a través del sacrificio de Jesús encontramos salvación, restituyendo nuestra comunicación con Dios para llegar a la santidad y verdad que Él dispuso desde un principio.

Dado todas las probabilidades en contra de la evolución, si la evolución ocurriera, sería un milagro –y eso sería prueba de la existencia de Dios.

Una persona que se considera atea niega la existencia de Dios mientras que el agnóstico considera inaccesible para el ser humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende o va más allá de lo experimentado o experimentable.

La comprensión de la creación no elimina la necesidad del creador, más bien es al contrario.

De hecho, cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, [a] ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Éstos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo testigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan. Romanos 2:14-15 (NVI). Entonces, para terminar la respuesta. Creo que en efecto, es posible que un Maya, un Inca o de cualquier otra cultura ancestral, pudieran ser salvos. Eso, si y solo si, alcanzaron gracia y favor de Dios, y estos en respuesta creyeron, depositando su confianza en él. Creo que pudo ocurrir que en la época de los mayas, por ejemplo, no todos adoraron a la multitud de dioses que tenían, y que pudo existir alguien que conoció al Dios verdadero. La verdad, no me sorprendería conocer a un primo de Tecun Uman en el cielo, pero eso solo Dios lo sabrá.

No hay situación más engañosa que aquella cuando creemos que vivimos una vida moralmente correcta. No hay momento más incómodo que descubrir que necesitamos un cambio. Y no hay nada que sea más ignorado que ese cambio que debemos hacer a causa de esa misma incomodidad.

Lo que se percibe que es bueno está sujeto a la realidad provocada por todos los agentes externos en lo que un individuo vive. Es decir, lo que una cree que es bueno, para otra persona probablemente no.

Todos los hombres sin Dios pecan desmedidamente. Pero no únicamente ellos, aun los que ya conocen a Dios y han sido lavados por la sangre de Jesucristo caen en pecado. La diferencia está en que unos saben que pecan y otros no.

Los fariseos eran evangelistas: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito (seguidor) y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. Mateo 23:15.

Los fariseos erad diezmadores: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis l menta y el eneldo y el c omino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. Mateo 23:23.

Los fariseos leían su Biblia: Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. Jun 5:39

Los fariseos oraban: Recordemos que Jesús hablo respecto a esto y de la forma en que lo hacían, siempre en lugares públicos para que todos los vieran. Mateo 23. Si bien su forma de orar era despreciable, por lo menos se tomaban el tiempo a orar.

Existe una base en común para el cristiano evangélico independientemente de la denominación. […] Esta base recibe el nombre de “Las 5 Solas”. Estas surgieron durante la Reforma Protestante y resumen las creencias teológicas básicas de los reformadores o protestantes que entraban en contraposición con la doctrina católica. La palabra latina “sola” significa en español “solo” o “solamente”. Las cinco solas expresan cinco creencias fundamentales, que los reformadores entendían como pilares esenciales para la vida y prácticas cristianas.

Sola Scriptura (“Sólo por medio de le Escritura) […] solo la Biblia es la palabra de Dios autoritativa e inspirada, es decir, la única fuente de doctrina cristiana, y que es accesible para todos.

Sola Fide (“Solo por la fe Dios salva”) […] La justificación […] se recibe sólo por la fe, sin ninguna mezcla ni necesidad de buenas obras.

Sola Gratia (“Solo por la gracia”) […] la salvación viene sólo por la gracia divina o gracia de Dios.

Solus Christus o Solo Christo (“Solo Cristo” o “Solo a través de Cristo”) […] Jesucristo es el único mediador entre Dios y el hombre, y que no hay salvación por medio de ningún otro.

Soli Deo Gloria (“La Gloria solo para Dios”) […] toda la gloria es solo para Dios.

Orden bíblico de prioridades de un cristiano: Dios […], Familia ([…] Matrimonio […], Hijos […], Padres […], Resto de parientes), Trabajo […], Comunión entre hermanos de Cristo (Iglesia).

Los primeros convertidos al cristianismo fueron judíos, y la iglesia estaba centrada en Jerusalén. Por esta razón, inicialmente el cristianismo fue visto como una secta judía, semejante a los fariseos, saduceos o esenios.

El Antiguo Testamento proporcionó el fundamento para el Nuevo, y es imposible comprender plenamente el cristianismo sin un conocimiento básico del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento explica la necesidad de un Mesías, contiene la historia del pueblo del Mesías, y predice la llegada del Mesías. En consecuencia, todo el Nuevo Testamento trata de la llegada del Mesías y su obra de salvarnos del pecado. En su vida, Jesús cumplió más de 300 profecías específicas, probando que Él era Aquel de quien el Antiguo Testamento había profetizado.

En el 312 d.C., el emperador romano Constantino, declaró haber sido convertido. Entonces, después de él, los cristianos y no fueron perseguidos. Con el tiempo, fueron los paganos quienes estuvieron bajo persecución, menos que se “convirtieran” al cristianismo. Tal conversión forzada, condujo a mucha gente a entrar a l iglesia sin un verdadero cambio de corazón. Los paganos trajeron con ellos a sus ídolos y las prácticas que ellos acostumbraban, y la iglesia cambio: a la sencillez de la adoración de la iglesia primitiva, fueron añadidos íconos, arquitectura elaborada, peregrinaciones y la veneración a los santos. Por este mismo tiempo, algunos cristianos se retiraron, eligiendo vivir en aislamiento como monjes. Conforme el imperio Romano se debilitaba, la iglesia se hizo más poderosa, y surgieron muchos desacuerdos entre las iglesias del occidente y las del oriente. La iglesia occidental, con su base en Roma, declaró tener la autoridad apostólica sobre todas las otras iglesias. Aún el obispo de Roma comenzó a llamarse sí mismo el “Papa” (el Padre). Esto no fue bien recibido por la iglesia oriental (griega), con base en Constantinopla. Las diferencias teológicas, políticas, de procedimientos y lingüísticas, contribuyeron a que la iglesia Católica Romana y la iglesia Oriental Ortodoxa se separaran rotundamente y rompieran toda relación.

Oportunidades y retos sociales

John Stott

Oportunidades y retos sociales

Oportunidades y retos sociales

El libro forma parte de una serie de cuatro volúmenes que contienen temas que el autor pone en el tintero como un desafío para los cristianos. Temas en los que la iglesia debería tener mayor presencia para ser una alternativa real para todo el mundo, y aunque cuenta con información de más de 10 años de antigüedad, las cifras no han cambiado mucho y siguen siendo de actualidad. En esta tomo, el trabajo, los negocios, la diversidad étnica y modos de vida. Calificación de 10.

Necesitamos aprender a agradecerle a Dios el trabajo como un regalo de él, protestar contra las prácticas injustas y opresoras donde estas existan y animar a la gente a trabajar con integridad, en un mundo laboral que a menudo le falta integridad.

Muchas personas trabajan en su casa, y colaboran en trabajos voluntarios para cuidar niños u otros que dependen de la familia. Esos trabajos pueden ser arduos, pero pasan desapercibidos. Muchas personas que están «retiradas» trabajan tanto en los trabajos voluntarios como lo hicieron en los trabajos pagos que tenían. De hecho, el trabajo de esos que no reciben pago es una contribución tan grande a la sociedad que dependemos de la disposición para hacer trabajo voluntario al igual que dependemos de las personas que están dispuestas a trabajar recibiendo pago por un empleo.

El trabajo es una parte importante en la vida, no lo es todo. No obstante, el trabajo es una de las formas más importantes a través de las cuales expresamos lo que significa ser humano.

El fin del trabajo es la realización del obrero. Es decir, una parte importante de nuestra autorealización como seres humanos se haya, de acuerdo al propósito de Dios, en nuestro trabajo.

El trabajo no es principalmente algo que alguien hace para vivir, sino que uno vive para hacer.

Los seres humanos somos más humanos no cuando trabajamos, sino cuando dejamos el trabajo a un lado para adorar. El día de reposo «hace relativo el trabajo del ser humano, el contenido de los seis días de trabajo. Esto protege al hombre de la absorción total de la tarea de someter la tierra, esto anticipa la distorsión de hacer que el trabajo sea la razón y el propósito de la vida humana».

Las personas retiradas son sabias si buscan un retiro activo, en el que tengan oportunidades para el servicio constructivo, aunque no reciban pago.

«He visto, pues, que nada hay mejor para el hombre que disfrutar de su trabajo» (Eclesiastés 2:20, 24; 3:22).

«El mundo moderno cuida mucho que el cuerpo del trabajador no sufra accidente o daño» y si sufre daño provee compensación. Pero, ¿qué acerca de «su alma y su espíritu»? «Si su trabajo le hace daño, reducirlo a un robot, no importa».

Los cristianos creen que la tercera y más alta función del trabajo es glorificar a Dios a través de este, es decir que se revele y realice su propósito.

«Dios hará todas las cosas a través de ti, él ordeñará las vacas a través de ti y él hará los trabajos domésticos a través de ti, y todos los trabajos, desde el más importante hasta el más insignificante, le agradarán a él».

Laborare est orare, «trabajar es adorar», significa que vemos cómo nuestro trabajo contribuye, aunque sea pequeña e indirectamente, al plan preconcebido de Dios para la humanidad. Entonces cualquier cosa que hagamos se puede hacer para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31).

Trabajo es el gasto de la energía (manual, mental o ambas) para el servicio de otros, la cual trae satisfacción al trabajador, beneficio a la comunidad y gloria a Dios.

¿Cuántos de nosotros miramos nuestras posesiones y nos preocupamos por las circunstancias en las cuales se hicieron esos productos?

El trabajo es un regalo de Dios. Debe satisfacernos, aunque sabemos que la Biblia nos dice en Génesis 3 que desde la caída el ambiente en el que trabajamos puede ser hostil y el trabajo puede ser una lucha.

Cuando uno entiende el lugar central que ocupa el trabajo en los propósitos de Dios para los hombres y las mujeres, se ve al momento que el desempleo es un ataque serio a nuestra humanidad. William Temple, hablando de las personas desempleadas al norte de Inglaterra durante los años de la Depresión, escribió: «La más grave y amarga herida de su estado no es la queja animal (física) de hambre o incomodidad, ni siquiera la queja mental de vacío y aburrimiento; es la queja espiritual de no habérseles dado la oportunidad de contribuir a la vida en general y al bienestar de la comunidad». Perder un trabajo es una experiencia chocante y muchos viven con el temor de que esto les pueda suceder.

Los psicólogos han asociado el desempleo con un duelo, la pérdida de un trabajo en algunos aspectos es similar a la pérdida de un familiar o amigo.

Muchos de los retos emocionales, éticos y espirituales más profundos los enfrentarán dentro del contexto de trabajo. Entonces, es esencial que las iglesias muestren lo importante que es el trabajo, incluyéndolos en sus enseñanzas y al orar por las personas de la iglesia que trabajan y no solo como miembros de la familia o por lo que hagan en la iglesia.

Si el trabajo es importante en la sociedad, entonces debe ser importante en la iglesia.

Aunque es bueno ver que el gobierno apoya la importancia de las iniciativas basadas en la fe, es esencial que esto nunca se haga para que el gobierno evite sus propias responsabilidades de proveer a los que tienen necesidades.

Las comunidades sufren donde hay un trabajo que deprime y degrada el espíritu humano. En tales casos es posible que la iglesia necesite dar mensajes no solo del amor de Dios y del valor de cada ser humano, sino también protestar con lucidez y persistencia para que las condiciones cambien para mejorar.

El trabajo debe ser la forma de salir del empobrecimiento y no la causa para quedarse allí.

Los cristianos no solo necesitan tener interés por la excelencia en la vida de los negocios y, por lo tanto, tener éxito en sus logros, sino que también necesitan interesarse en la reconciliación cuando hay conflicto y en la justicia para todas las personas.

La reconciliación tiene prioridad en la agenda cristiana, porque es el corazón del evangelio. El pecado desbarata las relaciones interpersonales; la salvación las reconstruye. Jesús vino con la misión de la reconciliación. Él es el supremo pacificador; él le dice a sus seguidores que también sean pacificadores.

Oprimir al pobre es insultar a su Hacedor; servirle a ellos en honrar a Dios (ver Proverbios 14:31; 17:5; 22:2). Esta verdad está detrás de muchas de las instrucciones sociales detalles en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, pagarle al siervo su salario el mismo día, preocuparse por el sordo y el ciego, tener compasión de la viuda y el huérfano, dejar la espiga de la cosecha al pobre y al extranjero y administrar justicia imparcial en el tribunal. Este mismo principio también está en el Nuevo Testamento en las instrucciones para los amos y los siervos de respetarse el uno al otro, porque ellos sirven al mismo Señor y son responsables ante el mismo Juez.

Cuando se crea un equipo de trabajadores que sienten que tienen valor y que tienen dignidad, tanto el amor como la justicia son importantes.

A lo que los cristianos deben oponerse es a la inigualdad de privilegios, y lo que debemos asegurar es que las diferencias se deban al mérito y no al privilegio.

Lo que hacen los animales por instinto, el hombre lo hace por decisión.

La tradición cristiana siempre ha enseñado esta verdad bíblica, la libertad moral es un ingrediente esencial en la dignidad del ser humano.

Tomar decisiones es un derecho básico del ser humano, un componente esencial de nuestra dignidad humana.

Los cristianos deben oponerse a todas las formas de trabajo en las que alguien use a los seres humanos. Es cierto, el mal es menor, porque el trabajo es voluntario y lo regula un contrato. Sin embargo, es un contrato que rebaja la humanidad si involucra la renuncia de la responsabilidad personal y obliga a obedecer sin opinar.

Lo que desea el amor, la justicia lo exige.

La función de los cristianos en el mundo de las corporaciones es usar cualquier poder del que puedan disponer para alcanzar la justicia.

El ambiente de los negocios es muy estimulante y exige un nivel profundo de fe práctica al estar rodeados diariamente de «no cristianos» enfrentando con regularidad decisiones difíciles que involucran enormes recursos financieros y pueden afectar el bienestar de miles de personas. Algunos aspectos en particular (donde por lo general los ángeles temen meterse) que a menudo se ven como los aspectos «sucios» del trabajo y donde se espera que el compromiso moral sea inevitable —ventas, publicidad, periodismo y negociaciones— son, desde luego, los que más necesitan una mayor participación de los cristianos. Son estas áreas de tantas exigencias las que exigen niveles altos de integridad y valor y, por supuesto, pueden ser las que más éxitos logren y las que hagan una gran diferencia en la vida diaria de la gente a través del mundo. Hay una larga y honorable tradición de los cristianos que forman el ambiente de los negocios, y como resultado de esto se afectan directamente otras esferas poderosas de influencia, incluyendo el mundo político.

La incompetencia, flojera, entrega tardía o rudeza de los empleados no se debe tolerar más en una compañía cristiana de lo que se tolera en una secular. De hecho, como representante del reino de Dios, debe ser un placer hacer negocios con cualquier organización cristiana.

Es triste, aunque es comprensible, que todavía haya debates acerca de si es bueno ser ético en los negocios. Después de todo, ¿cómo se puede medir el resultado? Realmente es importante ser ético, no importa el resultado.

La gente cumple las promesas porque creen que es correcto hacerlo, no porque sea un buen negocio.

Nestlé vendió leche en polvo para niños a madres en países donde la higiene del agua hacía peligroso su uso. De hecho, esta es una continua crítica a Nestlé.

El salario miserable pagado a los trabajadores de zapatos deportivos por las compañías. Nike alega que en 1992 le pagó $20 millones de dólares al jugador Michael Jordan por patrocinar los zapatos. Esto excede el pago anual de las fábricas de Indonesia que hicieron los zapatos y que lo emplearon para que él hiciera la propaganda.

Cuál es la diferencia entre Tanzania y Goldman Sachs? Uno es un país de África que gana $2,200 millones de dólares al año y lo comparte con 25 millones de personas. El otro es un banco de inversión que gana $2,600 millones de dólares y lo comparte con 161 personas.

Uno de los mecanismos principales que usan las compañías para influir en los gobiernos aparte de la presión política directa, es la amenaza de retirarse del país.

Necesitamos recordar que esos que ejercen poder lo pueden ejercer para bien.

Los negocios no son solo empresas que existen para lograr metas mediante el uso de escasos recursos. También son comunidades de personas, hechas a la imagen de Dios, que necesitan dignidad y respeto. Por lo tanto, es importante que cuando miremos la función de los negocios desde una perspectiva cristiana, veamos que tanto el amor como la justicia son necesarias si la vida del negocio es para honrar a Dios.

El racismo es un penoso pecado que ninguna persona o iglesia debe defender ni practicar […] Como una aberración moral, priva al ser humano de la dignidad, sus obligaciones y sus derechos. Se debe rechazar y oponernos en todas las formas en que se manifieste» (párrafo 112). De nuevo, «Apartheid […] una separación forzada y una división de la gente, no se debe considerar un mandato bíblico. El intento de justificar tal comportamiento como derivado de la Biblia se debe reconocer como un error y denunciar» (párrafo 305), este «contradice la verdadera esencia del amor al prójimo y la justicia entre vecinos, y en forma inevitable la dignidad humana de todos los involucrados.

Yo no estoy en contra de nadie. Yo estoy en contra de ubwana, la mentalidad del jefe.

Una de treinta y cinco personas en el mundo es un emigrante internacional.

Existe una gran cantidad de personas que huyen pero no pasan una frontera para convertirse en refugiados o buscadores de asilo. Se calcula que hay 25 millones de personas desplazadas internamente en todo el mundo, más que el doble del número de refugiados.

Es necesario recordar que la emigración puede tener efectos positivos en la sociedad y en la economía de los países que los recibe. La mayoría de los emigrantes legales que llegan a los países industrializados son personas educadas, el 88% de emigrantes a la OECD tienen educación secundaria y dos tercios de ellos tienen educación más avanzada.

En muchas áreas de la economía británica hay una gran necesidad de tales personas. De acuerdo a la Autoridad del Gran Londres, el 23% de los médicos y el 47% de las enfermeras en Inglaterra nacieron en otros países. Estas personas no le están quitando el trabajo a los ciudadanos, como creen con frecuencia los que practican la discriminación contra los emigrantes. De hecho, son una respuesta para los vacíos laborales en el mercado.

Lo que es «natural» es dado por Dios y heredado; lo que es «cultural» es hecho por el hombre y aprendido. La cultura es una amalgama de creencias, valores, costumbres e instituciones que cada sociedad desarrolla y transmite a la próxima generación. Las culturas humanas son ambiguas porque los seres humanos son ambiguos. «Debido a que el hombre es una criatura de Dios, mucho de su cultura es rico en belleza y bondad. Como ser caído, todo se ensució con el pecado y algo de esto es demoníaco»

No podemos tolerar rivales de Cristo Jesús, si creemos que Dios habló por medio de él y a través de él y que él es el único Salvador que murió y resucitó otra vez y que vendrá algún día a juzgar al mundo. No obstante, nunca debemos permitir que una persona, cualquiera que sea su religión, se discrimine como ha ocurrido con tantos musulmanes en el Occidente después de los sucesos del 11 de septiembre. Debemos luchar por la justicia de todos, aunque proclamemos que Cristo es el único.

En el Antiguo Testamento está la historia de la humanidad dispersa, de naciones alejándose unas de otras, de contención, de peleas. Pero en el Nuevo Testamento está la historia divina de las naciones reunidas en una sociedad internacional. En el versículo 34 hace una alusión, que pocos hombres creyeron, a uno que se llamaba Dionisio, a una mujer llamada Dámaris y a otros más. Así que aquí está el núcleo de la nueva comunidad, en la que hombres y mujeres de todas las edades y de todo origen racial, cultural y social, encuentran su unidad en Cristo.

El «internacionalismo» cristiano no significa que el ser miembros de Cristo y de su iglesia destruya nuestra nacionalidad, masculinidad o feminidad. Por el contrario, esto significa que aunque permanezcan nuestras distinciones étnicas, nacionales, sociales y sexuales, ya no nos dividirán más. Estas se han superado en la unidad de la familia de Dios (Gálatas 3:28).

Combatir el racismo debe comenzar por la forma en que criemos a nuestros hijos. Desde una temprana edad se les puede enseñar el aprecio por una sociedad multiétnica. Las escuelas ahora tienen programas y planes de estudios que destacan la importancia del respeto mutuo entre los diferentes grupos étnicos, y estas enseñanzas se deben reforzar en nuestras casas, iglesias y grupos de la comunidad.

Solo una verdadera teología, la revelación bíblica de Dios, nos puede liberar del racismo. Por ser el Dios de la creación, afirmamos la unidad de la raza humana. Por ser el Dios de la historia, afirmamos la diversidad de las culturas étnicas. Por ser el Dios de la revelación, afirmamos la finalidad de Cristo Jesús. Y por ser el Dios de la redención, afirmamos la gloria de la iglesia cristiana.

Debido a la unidad de la humanidad, pedimos derechos y respeto iguales para las minorías étnicas. Debido a la diversidad de los grupos étnicos, renunciamos a la cultura imperialista y buscamos preservar todas las riquezas culturales que son compatibles con el señorío de Jesús. Debido a la finalidad de Cristo, afirmamos que la libertad en la religión incluye el derecho de propagar el evangelio. Debido a la gloria de la iglesia, necesitamos tratar de librarnos del prolongado racismo y esforzarnos para hacer un modelo de armonía, en donde los sueños multiétnicos se hagan realidad.

[Se] define la pobreza como una amalgama de diferentes problemas: ser invisibles, tener pocos recursos, ser excluidos, no tener poder y ser culpados por los problemas de la sociedad.

Los Obispos latinoamericanos de la Iglesia Católica Romana dijeron en Puebla, en 1979, lo que todavía resuena hoy día: «El cruel contraste entre la lujosa riqueza y la extrema pobreza, que es bastante visible a través de todo nuestro continente y que agrava más la corrupción que con frecuencia invade la vida pública y profesional, muestra hasta qué grado el ídolo de la riqueza domina a nuestras naciones».

El diezmo regular era para apoyar a los levitas, los extranjeros, los huérfanos y las viudas. (Deuteronomio 15:7ss; Levítico 25:35ss; Deuteronomio 14:29; Levítico 26:12).

«Si el hombre cierra sus oídos al clamor del pobre, llorará también sin que nadie le responda» (Salmo 112:1-9; Proverbios 21:13; 29:7; cf. 14:20ss; 19:7; 31:20; Job 31:16ss; Ezequiel 16:49).

«Servir al pobre es hacerle un préstamo al Señor» (Proverbios 17:5a; 19:17a).

«No tuerzas la justicia contra los pobres de tu pueblo en sus demandas legales […] No aceptes soborno, porque nubla la vista y tuerce las sentencias justas». «No perviertas la justicia, ni te muestres parcial en favor del pobre o del rico, sino juzga a todos con justicia». «No le niegues sus derechos al extranjero ni al huérfano». Sobre todo, la razón por la cual repite esto es porque ellos fueron oprimidos en Egipto, y el Señor fue quien los liberó (Éxodo 23:6, 8; Levítico 19:15; Deuteronomio 24:17; 27:19; 15:15).

En Proverbios 31, la madre del Rey Lemuel lo exhorta: «¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos!», «¡Levanta la voz, y hazles justicia!» y «¡Defiende a los pobres y necesitados!» (Salmo 82:1-3; Proverbios 31:8-9; cf. Job 29:11ss; Proverbios 22:22ss; 29:7, 14).

La perspectiva bíblica no es de «supervivencia del más hábil» sino de «protección del débil». Ya que Dios mismo habló por ellos y vino a ayudarlos, su pueblo también debe ser la voz de los que no tienen voz y los defensores de los indefensos.

La iglesia necesita proclamar las buenas noticias del reino a los materialmente pobres, darles la bienvenida, tener comunión con ellos y compartir sus luchas.

Gran parte de la culpa de que haya pobreza es de la sociedad y no de los mismos pobres.

En el contexto de la riqueza Occidental, tenemos tres opciones ante nosotros. La primera es convertirse en pobre, la segunda es quedarse rico y la tercera es cultivar la generosidad, simplicidad y satisfacción.

Enseñaba desde un bote prestado, entró a Jerusalén en un burro prestado, pasó su última noche en una habitación prestada y lo enterraron en una tumba prestada.

Cuando dijo que nadie puede ser su discípulo a menos que «renuncie» a todas sus posesiones y «odie» a sus familiares, necesitamos entender que ambos verbos se usaron como figuras literarias dramáticas. No debemos odiar literalmente a nuestros familiares, ni literalmente debemos renunciar a nuestras posesiones. Lo que debemos hacer es colocar a Jesucristo primero, por encima de nuestra familia y nuestras posesiones.

El antídoto cristiano para el materialismo no es el ascetismo; ser austeros solo por serlo es rechazar los buenos regalos del Creador.

En 1 Timoteo 6:6-10, Pablo elogia el estar satisfechos con lo que tenemos como sigue: Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores.

Nuestro enemigo no son las posesiones sino los excesos. Nuestro grito de batalla no es “nada” sino “suficiente”». La sencillez dice «si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso».

Tres «ismos» que debemos evitar: el materialismo (obsesión por cosas), el ascetismo (una austeridad que niega las cosas buenas de Dios) y el fariseísmo (atarnos con reglas). En su lugar, debemos quedarnos con los principios.

La vida sencilla es incompatible con vivir más allá de las posibilidades económicas de uno, es decir, pedir prestado para comprar lo que no podemos pagar.

Nuestro Dios es un Dios generoso. Si su amor mora en nosotros, debemos relacionar lo que «tenemos» (las posesiones), con lo que «vemos» (las necesidades de otros) y tomar acción.

El liderazgo no se limita a una minoría de estadistas o mandamases en el ámbito nacional. Este toma diferentes formas en cada sociedad. Los clérigos son los líderes en la iglesia local y en la comunidad. Los padres son los líderes en su hogar y su familia. Lo mismo que los maestros en las escuelas y los profesores en las universidades. Los gerentes en los negocios y en las industrias; los jueces, médicos, políticos, trabajadores sociales y jefes de sindicatos, tienen responsabilidades de liderazgo en su esfera respectiva. También la tienen los formadores de la opinión pública que trabajan en los medios de comunicación: autores y dramaturgos, periodistas, los que trabajan en el cine y en la televisión, los artistas y los productores. Los líderes estudiantiles, en especial desde la década de 1960, han ejercido una influencia que supera sus años y experiencia. En todas estas áreas hay una gran necesidad de líderes con una visión más clara, que sean más valientes y dedicados.

¿Qué es una visión? Es el acto de ver, por supuesto, una percepción imaginaria de las cosas, que combina la perspicacia y la previsión. Pero en una forma más particular, en el sentido que estoy usando la palabra, se compone de una profunda insatisfacción de lo que es y una clara comprensión de lo que podría ser. Comienza con una indignación ante el status quo que se convierte en la búsqueda de una alternativa.

La indignación y la compasión forman una poderosa combinación. Son indispensables para una visión y, por lo tanto, para el liderazgo (ver por ejemplo, Juan 11:32-37).

Apatía es aceptar lo inaceptable; el liderazgo comienza con un rechazo decisivo de dicha aceptación.

En el presente hay una gran necesidad de indignación, ira y afrenta justa por causa de toda la maldad que ofende a Dios. ¿Cómo podemos tolerar lo que él considera intolerable? Pero la ira es estéril si no provoca en nosotros una acción positiva para corregir lo que nos causa ira. «Es necesario oponerse a aquellas cosas que uno considera incorrectas».

Tan pronto como empieza la campaña, se reúnen las fuerzas de oposición, los privilegios arraigados se afianzan todavía más, los intereses comerciales se sienten amenazados y dan la voz de alarma, los cínicos se burlan de la locura de los «que hacen buenas obras» y la apatía se convierte en hostilidad. Pero en la oposición prospera la verdadera obra de Dios. Su plata se refina y el acero se endurece. Por supuesto, pronto capitularán los que no tienen una visión, los que se dejan llevar solo por el impulso de la campaña. Tal es así que los jóvenes que protestan en una década se convierten en los conformistas de la próxima. Los jóvenes rebeldes se hunden en una mediocridad de clase media, de mediana edad, moderada. Hasta los revolucionarios, cuando se termina la revolución, tienden a perder sus ideales.

El liderazgo en equipo es más saludable que el liderazgo solitario, por varias razones. Primero, los miembros de un equipo se complementan unos a otros, se apoyan unos a otros con sus talentos y se compensan unos a otro en sus debilidades. Ningún líder tiene todos los dones, ningún líder debe tener todo el control del liderazgo en sus manos. Segundo, los miembros del equipo se animan unos a otros, identificando los dones de cada uno y motivándose unos a otros para desarrollarlos y usarlos. […] Tercero, los miembros del equipo se rinden cuentas unos a otros. El trabajo compartido significa compartir las responsabilidades.

La gente fuerte también tiene fuertes debilidades.

El justo Noé se emborrachó. El fiel Abraham fue lo suficientemente vil como para arriesgar la castidad de su esposa por su propia seguridad. Moisés perdió los estribos. David quebrantó los cinco mandamientos de la segunda tabla de la ley al cometer adulterio, asesinato, robo, dar falso testimonio y codiciar, todo en ese solo episodio con Betsabé. El coraje solitario de Jeremías se dañó con la autocompasión. A Juan el Bautista, a quien Jesús describió como el más grande hombre que haya vivido jamás, lo abrumaron las dudas. Y la impetuosidad arrogante de Pedro era sin lugar a dudas un disfraz de su profunda inseguridad personal. Si estos héroes de las Escrituras fallaron, ¿qué esperanza hay para nosotros?

Esos líderes que piensan que son fuertes en sus propias fuerzas son las personas verdaderamente más débiles de todas; solo los que conocen y reconocen sus debilidades pueden volverse fuertes con la fuerza de Cristo.

Paralíticos en sillas sin ruedas

Maximiliano Hebeling

Paralíticos en sillas sin ruedas

Paralíticos en sillas sin ruedas

El título me pareció excelente, pero el contenido ya no lo fue tanto. La idea es muy buena: basta de ser oyentes porque el tiempo se acaba y el desafío es a ser practicantes. Además una edición muy descuidada con errores ortográficos y de redacción que por momentos tenía que adivinar lo que el autor quería decir. Calificación de 7.

He aquí que yo hago cosa nueva, pronto saldrá a la luz- ¿No la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la soledad. Isaías 43:19

Imagínese a Dios mismo, delante de la rueda, con sus manos llenas de lodo de nuestro pecado, y limpiando todas aquellas impurezas que van saliendo en el momento de pasar sus manos por nuestra vida. Me lo imagino, con tanta delicadeza sacando basurita por basurita, piedra por piedra, impureza por impureza.

Para Dios no es un problema perdonar un pecado, pues está la sangre del cordero de por medio; para el Padre no es difícil sanar un enfermo, pues están las llagas de Cristo, pero créame que los planes de Dios se postergan cuando uno de sus hijos, prefiere estar en una silla de ruedas, rendido ante un insignificante pecado.

Israel no salió de Egipto con una meta desconocida, o con un veremos a dónde vamos, como muchos cristianos hay que perdieron la brújula. ¡No! Ellos tenían la promesa de Canaán; la seguridad en Dios que esto terminaría en un descanso sin igual. […] Cuando salimos del pecado […], Dios nos sacó de es inmundicia con una promesa, no con probabilidades. Pero el error no solo es quejarse o desanimarse cuando la situación no da para más (el mar), sino también olvidar lo que Dios nos aseguró.

Sé de mujeres que al llegar al camino de Dios, hasta de su esposo e hijos se olvidan, pasándose todo el tiempo metidas en el templo y no hacen más que llenarse la lengua de chismes y descuidar el primer ministerio que es la familia; sé de hombres que por ser tan religiosos hasta le elijen la pareja con quien sus hijos “deben” casarse porque según ellos tienen toda la razón.

Hay una verdadera parálisis en la Iglesia, un estancamiento terrible en muchos hijos del Señor, hay un verdadero agotamiento. Una noche orando al Padre por esto, me hizo entender, que hay paralíticos en sillas sin rudas, están sentados en las Iglesias, perdiendo el tiempo, añorando cosas del pasado, sufriendo consecuencias, martirizándose por cosas que Dios no pidió; algunos masoquistas espirituales que pareciera ser que les gusta que les golpeen, les ultrajen y les saquen dinero, les prohíban cosas que Dios no prohíbe, que les impongan deseos de hombres corruptos y les priven de la verdadera vida y revelación de Jesucristo.

La Religión es enemiga directa del Reino de Dios, porque la religión o la religiosidad que es religión aplicada, son inspiradas en las conveniencias humanas y no basadas en las escrituras ni en la revelación del Espíritu del Señor. No es necesario que usted asista a una institución religiosa para ser como tal; pues la religiosidad se adquiere hablando de la Biblia y no poniendo en práctica lo dicho.

Veamos algunos síntomas de los religiosos: 1) siempre tienen alguna objeción cuando se propone algo que fue dado por medio espiritual; tienen que “analizar” las cosas, y no activan la fe. 2) Dudan si los milagros que son dados por testimonios son reales o preparados de antemano. Piensan muy distinto a personas que buscan algo nuevo continuamente. 3) Se oponen a los cambios; si se los corrige lo toman como ataque; conservan sus ideales aunque con su boca declaran querer lo nuevo. 4) Son extremadamente caprichosos en sus convicciones; siempre tendrán una opinión, más no una experiencia. 5) Son cuestionadores de lo sobrenatural por excelencia; acuden más a los médicos que a la oración; buscan primero el defecto de un hermano antes que una virtud; a todo le ven algo malo o raro; creen lo que les conviene y dudan de lo que les demanda compromiso; son lógicos no espirituales.

Qué triste es saber que a veces somos más rápidos en opinar que en interceder por la situación o problema que vemos en otra persona; comúnmente es más rápido sacar conclusiones que orar.

[Los errores no se cometen] porque Dios no estaba, sino sencillamente por no haber buscado la guía suficiente de Él.

Con la alabanza y la adoración, tenemos el acceso libre a Dios, por eso se tiene que hacer con el mayor respeto, reverencia y santidad. La alabanza y la adoración no es una experiencia pasiva, sino que implica una acción y actitud del corazón. La alabanza y la adoración tienen un poder especial, preparan el corazón para recibir la palabra de Dios y nos lleva a un encuentro con nuestro Dios. En la alabanza y la adoración hay un orden, Dios es un Dios de orden, cuando en la alabanza o adoración hay un desorden, eso se debe a que el adorado no estuvo en Su presencia o bien no preparó de antemano lo que le entregaría al Señor. La alabanza y la adoración tienen poder para menguar el “yo”, para engrandecer y poner en primer lugar al nombre y persona de Jesús. También tiene como objetico unir el cuerpo, el alma y el espíritu. La alabanza y la adoración es una decisión personal producto de nuestro dominio propio.

La alabanza no es solo cantar, se puede alabar al Señor de muchas maneras. La adoración es un servicio en el cual uno reconoce Dios por sobre todas las cosas y expresa su amor y gratitud hacia Él, manifestando un temor reverencial, una admiración y respeto a Dios.

Existe una gran diferencia entre la alabanza y la adoración a pesar de que van de la mano y llevan un solo propósito. Podemos alabar a Dios sin adorarlo, pero nunca vamos a poder adorar a Dios sin alabarlo. Siempre como resultado de una adoración vendrá una alabanza. Las alabanzas no son las canciones rápidas y adoración las canciones lentas. La alabanza es una actitud de vida, significa encontrar una virtud, es cuando comienzo a hablar todo lo que Dios es, sus atributos y características. Significa hablar acerca de Dios, de lo que Él hace y produce en mi vida, no importando las circunstancias que estés pasando, ya sean buenas o malas. Cada actitud de alabanza o de adoración, cambiarán tu vida y tu entorno. Otra diferencia que hay es que la alabanza trae la presencia de Dios al pueblo, la adoración te lleva a Su presencia. La alabanza es la puerta que te permite entrar a la presencia de Dios y la adoración es el tiempo de intimidad con Él. La alabanza y la adoración producen un impacto en el ambiente espiritual. Cada vez que alabamos y adoramos a Dios se desata una guerra en le atmósfera espiritual. Satanás y los demonios no soportan la alabanza y adoración a Dios, por eso ofrecen batalla para evitarlo.

Lo más extraordinario de nuestro Dios no es, de ninguna manera, que puede caminar sobre el agua, ni calmar las tempestades. Estas son manifestaciones sin trascendencia cuando las comparamos con la clase de ser que Él es. El comprender esto es la base de la verdadera adoración.

¿Hay algo o alguien en su ida que recibe más lealtad, de su tiempo o atención, que lo que recibe Dios?

¿Cuántos de nosotros antes de conocer al Señor, vivíamos “cómodos y sin problemas”; pero el día que decidimos aceptar a Jesús en nuestros corazones, los problemas de toda índole empezaron y pareciera que en vez de avanzar con Cristo, comenzaríamos a retroceder, pero esto es por una ceguera espiritual, pues es allí donde el hombre fuerte comienza a trabajar sus estrategias contrarias a nosotros. Muchas personas me cuentan que antes de su vida cristiana, jamás nadie les había despreciado o manipulado, hasta que llegaron a la Iglesia. Triste, pero real.

El llamado no es todo, hay una comisión que se ha entregado, hay una herencia que reclamar, pero es necesario que se levante un Josué para reclamar la herencia y hacerla propia. Un Josué que confíe en Dios ciegamente, alguien en quien Él pueda poner su total confianza, alguien que sin cuestionar la comisión que Dios ha dado siga al pie de la letra las instrucciones. ¿Serás tú el Josué que Dios busca? ¿O tendrá que levantarse alguien de tu siguiente generación?

Aligere su equipaje

Max Lucado

Aligere su equipaje

Aligere su equipaje

¿Quién no ha sentido descontento, cansancio o está lleno de preocupaciones? ¿En algún momento quién no se ha quedado sin esperanza, sin vergüenza, desilusionado y con dudas? ¿O ha estado lleno de culpa, de tristeza y de temor a la soledad o a la muerte? Pues bien, Max Lucado nos guía a un análisis del conocido Salmo 23 para encontrar respuestas a todas esas sensaciones (y otras más) que significan una carga en nuestras vidas. El consejo es fácil: aligere su carga, tiene a Alguien a su lado. Lo difícil es creerlo. Calificación de 10.

En algún punto entre el primer paso al salir de la cama y el último al salir de casa, tomó algún equipaje. Caminó hasta la estera del equipaje y tomó su carga. ¿No recuerda haberlo hecho? Es porque lo hizo sin pensar; automáticamente. No recuerda haber visto una cinta transportadora. Es porque no es la del aeropuerto; esta otra está en la mente. Las valijas que llevamos no son de cuero; están hechas de cargas. La maleta de la culpa. Llevas un talego de descontento en un hombro y una bolsa de mano llena de penas en el otro. Agréguese a esto una mochila de dudas, un saco de dormir de soledad y un baúl de temores. Pronto estará llevando más cargas que un maletero de aeropuerto. No es extraño que al final del día esté tan cansado. Arrastrar equipaje es agotador.

«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» ( 1 Pedro 5.7 ).

Los israelitas consideraban el nombre demasiado santo para ser pronunciado por labios humanos. Cuando necesitaban decir Jehová, sustituían la palabra por Adonai , que significa Señor. Si era necesario escribir el nombre, los escribas se bañaban antes de escribirlo, y luego destruían la pluma.

¿No ha tenido demasiados cambios en su vida? Las relaciones cambian. La salud cambia. El tiempo cambia. Pero el Jehová que gobierna la tierra hoy es el mismo que la gobernaba anoche. Las mismas convicciones. El mismo ánimo. El mismo amor. Él nunca cambia.

Los consejeros pueden consolarle en la tormenta, pero usted necesita un Dios que pueda calmar la tormenta. Los amigos pueden sostenerle la mano en el lecho de muerte, pero usted necesita un Jehová que haya vencido al sepulcro. Los filósofos pueden discutir el significado de la vida, pero usted necesita un Señor que declare el significado de la vida. Necesita a Jehová.

Todo lo que necesitaba era pedir perdón, pero me puse a discutir. Todo lo que necesitaba era oír, pero tuve que abrir la bocaza. Todo lo que necesitaba era ser paciente, pero tuve que tomar el control. Todo lo que tenía que hacer era dejárselo a Dios, pero traté de arreglarlo por mí mismo.

Los humanos queremos hacer las cosas a nuestra manera. Olvidamos la vía sencilla. Olvidamos el camino común. Olvidamos el mejor método. Olvidamos el camino de Dios. Queremos hacer las cosas a nuestra manera. Y según la Biblia ese es exactamente nuestro problema. «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino» ( Isaías 53.6 ).

¿A qué se debe que quienes más necesitan un pastor lo resisten tanto?

Lo que tiene no es suyo. Pregúntele a cualquier médico forense. Pregúntele a cualquier embalsamador. Pregúntele a cualquier director de una funeraria. Nadie se lleva nada consigo.

¿Y sabes algo más acerca de todas esas cosas? No son usted. Lo que usted es nada tiene que ver con la ropa que usa ni con el coche que conduce. Jesús dijo: «La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» ( Lucas 12.15 ). El cielo no lo conoce como el tipo del traje hermoso ni como la mujer de la casa grande ni el muchacho de la bicicleta nueva. El cielo conoce su corazón. «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» ( 1 Samuel 16.7 ). Cuando Dios piensa en usted, se fija en su compasión, su devoción, su ternura o ligereza de mente, pero no en sus cosas.

Si se define por las cosas que tiene, se sentirá bien cuando tiene mucho y mal cuando tiene poco.

¿Espera que un cambio de circunstancias traerá un cambio en su actitud? Si es así, usted está en prisión, y necesita aprender un secreto para aligerar su equipaje. Lo que tiene en su Pastor es mayor que lo que no tiene en la vida. Permítame entrometerme por un momento. ¿Qué cosa específicamente se interpone entre usted y su gozo? ¿Cómo llenaría la línea siguiente?: «Seré feliz cuando __________________». Cuando sane. Cuando ascienda. Cuando me case. Cuando esté solo. Cuando sea rico. ¿Cómo podría terminar esta oración? Con su respuesta bien en mente, responda esto. ¿Si su barco nunca llega, si su sueño nunca se hace realidad, si su situación nunca cambia, podría ser feliz? Si dice que no, está durmiendo en la fría mazmorra del descontento. Está preso. Y necesita saber lo que tiene en su Pastor. Tiene un Dios que lo escucha, el poder del amor que lo respalda, el Espíritu Santo que vive en usted, y todo el cielo por delante. Si tiene al Pastor, tiene la gracia a su favor en todo pecado, dirección para cada decisión, una luz para cada rincón y un áncora para cada tormenta. Tiene todo lo que necesita.

¿Qué ganará usted con el contentamiento? Puede ganar su matrimonio. Puede ganar horas preciosas con sus hijos. Puede ganar respeto por sí mismo. Puede ganar gozo. Puede ganar la fe para decir: «Jehová es mi pastor; nada me faltará».

Vemos las olas en lugar de al Salvador que camina sobre ellas. Vemos nuestras míseras provisiones y no vemos a Aquel que puede alimentar a cinco mil hambrientos. Nos quedamos con los oscuros viernes de la crucifixión y nos perdemos los brillantes domingos de resurrección.

De las diez declaraciones grabadas en las tablas de piedra, ¿cuál ocupa más espacio? ¿El adulterio? ¿El homicidio? ¿El robo? Uno tiende a pensar así. Cada uno de ellos merece que se le dé espacio. Pero es curioso: estos mandamientos son un tributo a la brevedad. Dios necesitó sólo tres palabras en castellano para condenar el adulterio y sólo dos para denunciar el robo y el homicidio. Pero cuando se llegó al tema del reposo, no bastó una oración. «Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» ( Éxodo 20.8–11 ).

Los pastos verdes no eran el paisaje natural de Judea. Las colinas de Belén donde David cuidaba su rebaño no eran fértiles ni verdes. Aún en la actualidad son casi desérticas. Los pastos verdes de Judea se deben al trabajo de algunos pastores. Han limpiado el terreno áspero y rocoso. Han quitado los tocones y las han quemado junto con la maleza. Riego, cultivo. Ese es el trabajo de un pastor. Por eso cuando David dice «en lugares de delicados pastos me hará descansar», en realidad dice: «Mi pastor me hace descansar en su obra terminada». Con sus manos horadadas, Jesús creó una pradera para el alma. Arrancó los espinosos arbustos de la condenación. Arrancó los enormes peñascos del pecado. En su lugar puso simiente de gracia y cavó lagunas de misericordia. Y nos invita a reposar allí. ¿Puede imaginarse la satisfacción en el corazón del pastor cuando, acabado el trabajo, ve a sus ovejas descansando en lugares de delicados pastos? ¿Puede imaginar la satisfacción en el corazón de Dios cuando hacemos lo mismo? Sus pastos son su don para nosotros. No son pastos que hemos cultivado. Tampoco son pastos que merecemos. Son un don de Dios. «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios» ( Efesios 2.8 ).

La ansiedad divide nuestra energía entre las prioridades de hoy y los problemas de mañana. Parte de nuestra mente está en el ya; el resto está en el todavía no. El resultado es una vida con la mente dividida. Ese no es el único resultado. La preocupación no es una enfermedad, pero causa enfermedades.

«No sé qué haré si mi esposo muere». Lo sabrás en el momento oportuno. «Cuando mis hijos dejen la casa, no creo que pueda soportarlo». No será fácil, pero la fortaleza llegará en el momento oportuno.

Enfrente los problemas de hoy con la energía de hoy. No se fije en los problemas de mañana hasta mañana. Aun no tiene las fuerzas de mañana. Ya tiene suficiente para el día de hoy.

Nuestro claro deber no es ver lo que apenas se ve en la distancia, sino hacer lo que tenemos al alcance de la mano.

Anoche estaba preocupado en mi sueño. Soñé que se me diagnosticaba la misma enfermedad degenerativa de los músculos que le quitó la vida a mi padre. Desperté del sueño y, en medio de la noche, comencé a preocuparme. Entonces vinieron a mi mente las palabras de Jesús: «No os afanéis por el día de mañana». Y definitivamente, decidí no hacerlo. Arrojé ese pesado saco. Después de todo, ¿por qué permitir que los problemas imaginarios del mañana nos roben el reposo nocturno? ¿Puedo evitar la enfermedad si permanezco despierto? ¿Retardaré la aflicción pensando al respecto? No, por supuesto. Así que hice la cosa más espiritual que pude haber hecho. Me volví a dormir.

El Señor nos promete una lámpara a nuestros pies, no una bola de cristal para mirar el futuro. No tenemos que saber lo que ocurrirá mañana. Basta saber que Él nos guía y que vamos a «alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» ( Hebreos 4.16 ).

«Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo» ( Mateo 28.20 ). Necesitamos ese recordatorio. Todos lo necesitamos. Porque todos necesitamos esperanza.

La humildad es una virtud tan escurridiza. Una vez que uno piensa que la tiene, ya no está, o no debería pensar que la ha alcanzado.

Ser humilde no significa que usted piense que no tiene nada para ofrecer; significa que sabe exactamente lo que puede ofrecer y nada más.

[Adquirí] el hábito de expresarme con palabras de modesta timidez, y dejé de usar expresiones anticipadas que pudieran quedar desmentidas como: con toda seguridad, indudablemente, absolutamente, o cualquiera otra que diese una autoridad positiva a una pura opinión. Más bien digo: Pienso que … Esto lo entiendo así … Creo que este hábito ha sido de gran utilidad para mí».

¿Siente que necesita palabras que lo animen? ¿Necesita atención su autoestima? No es necesario que ande mencionando nombres importantes ni de que se ande luciendo delante de los demás. Sólo necesita detenerse al pie de la cruz y acordarse de esto: El Creador de las estrellas prefirió morir por usted antes que vivir sin usted. Ese es un hecho. Si necesita gloriarse, gloríese en eso.

El ejercicio puede darnos unos pocos latidos más. La medicina puede concedernos algunos respiros más. Pero a la postre, hay un fin. La mejor manera de enfrentar la vida es ser sincero acerca de la muerte.

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» ( Juan 14.2–3 ). Nótese la promesa de Jesús: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». Promete llevarnos al hogar. No delega esa tarea. Puede enviar misioneros que te enseñen, ángeles que te protejan, maestros que te guíen, cantores que te inspiren y médicos que te curen, pero no envía a otro para que te lleve. Esa tarea la reserva para sí mismo. «Vendré otra vez, y os tomaré conmigo». Él es su Pastor personal. Es personalmente responsable de llevarlo al hogar. Dado que Él está presente cuando muere alguna de sus ovejas, podemos decir lo que dijo David: «No temeré mal alguno».

Lo que Dios dijo a Moisés se lo dice a usted: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» ( Éxodo 33.14 ). Lo que Dios dijo a Jacob se lo dice a usted: «Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres» ( Génesis 28.15 ). Lo que Dios dijo a Josué se lo dice a usted: «Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé» ( Jos 1.5 ). Lo que Dios dijo a la nación de Israel se lo dice a usted: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo» ( Isaías 43.2 ). El Buen Pastor está con usted. Porque está con usted, puede decir lo que David dijo: «No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

Isaías 57.1–2 : «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz, descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios». La muerte es el método de Dios para sacar del mal a la gente. ¿De qué clase de mal? ¿Una enfermedad extensa? ¿Una adicción? ¿Una tenebrosa ocasión para la rebelión? No sabemos, pero sí sabemos que ninguna persona vive un día más ni un día menos de lo establecido por Dios.

En el plan de Dios, cada vida es suficientemente larga y cada muerte ocurre en el momento oportuno. Aunque usted y yo pudiéramos desear una vida más larga, Dios sabe mejor las cosas. Y, esto es importante, aunque usted y yo quisiéramos una vida más larga para nuestros seres amados, ellos no. Irónicamente, el primero que acepta la decisión de Dios acerca de la muerte es el que muere.

A la muerte no se le resta importancia, ni se pasa por alto. Enfréntela, luche contra ella, cuestiónela o condénela, pero no la niegue. Como dijo su hijo Salomón: Es «tiempo de llorar» ( Eclesiastés 3.4 ). No oiga, pero perdone a quienes lo exhortan a no llorar. Dios le guiará a través, no alrededor, del valle de sombra de muerte.

No mida la altura de la montaña; hable a aquel que la puede mover. En vez de llevar el mundo a sus espaldas, háblele al que sostiene el universo en las suyas. Tener esperanza es mirar hacia adelante.

La soledad no es la ausencia de rostros. Es la ausencia de intimidad. La soledad no proviene de estar solo; proviene de sentirse solo. Sentir como si usted estuviera enfrentando la muerte solo, enfrentando la enfermedad solo, enfrentando el futuro solo. Sea que ocurra en su cama durante la noche o mientras se dirige al hospital, en el silencio de una casa vacía o en medio de un bar muy concurrido, la soledad se presenta cuando uno piensa: Me siento tan solo. ¿Le importa a alguien?

Puede enfrentar la muerte, pero no está solo al enfrentarla; el Señor está con usted. Puede enfrentar el desempleo, pero no está solo al enfrentarlo; el Señor está con usted. Puede enfrentar graves luchas matrimoniales, pero no está solo al enfrentarlas; el Señor está con usted. Puede enfrentar deudas, pero no está solo al enfrentarlas; el Señor está con usted. Subraye estas palabras: No está solo.

Por temor de no caer bien, tomamos drogas. Por temor de no destacarnos, usamos cierta clase de ropa. Por temor de parecer poca cosa, nos endeudamos y compramos una casa. Por temor de pasar inadvertidos, nos vestimos para seducir o para impresionar. Por temor de dormir solos, dormimos con cualquiera. Por temor de no ser amados, buscamos amor en lugares malos. Pero todo eso cambia cuando descubrimos el perfecto amor de Dios.

¿Es Pedro la única persona que ha hecho lo que prometió que no haría jamás? «¡Basta de infidelidades!» «De ahora en adelante voy a poner freno a mi lengua». «No más tratos oscuros. He aprendido la lección». ¡Qué volumen el de nuestra jactancia! ¡Qué quebranto el de nuestra vergüenza! En vez de resistir el coqueteo, lo correspondemos. En vez de desoír el chisme, lo difundimos. En vez de apegarnos a la verdad, la escondemos. El gallo canta, y la convicción de pecado nos taladra, y Pedro halla un compañero en las sombras. Lloramos como Pedro lloró, y hacemos lo que Pedro hizo. Nos vamos a pescar. Volvemos a nuestra vida antigua. Volvemos a nuestras prácticas de antes que conociéramos a Jesús. Hacemos lo que viene en forma natural, en vez de hacer lo que viene en forma espiritual. Y dudamos que Jesús tenga un lugar para tipos como nosotros.

Jesús preparó mesa en la presencia del enemigo. Permitió que Judas viera la cena, pero no le permitió quedarse. No eres bien recibido. Esta mesa es para mis hijos. Puedes tentarlos. Puedes ponerles tropiezos. Pero nunca te sentarás con ellos. Mucho nos ama. Si quedase alguna duda, en el caso de que hubiera algunos «Pedros» que se preguntan si habrá lugar en la mesa para ellos, Jesús les da un tierno recordatorio cuando pasa la copa: «Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» ( Mateo 26.27–28 ). «Bebed de ella todos ». Los que se sienten indignos, beban. Los que se sienten avergonzados, beban. Los que se sienten confundidos, beban.

Lo que se hace en secreto es mejor no hacerlo.

Podemos seguir el ejemplo del apóstol Pablo. Su meta era ser misionero en España. Sin embargo, en vez de enviar a Pablo a España, Dios lo puso en prisión. Sentado en una cárcel romana, Pablo podría haber tomado la misma decisión que la señorita Haversham, pero no lo hizo. En cambio, dijo: «Mientras esté aquí voy a aprovechar y escribir algunas cartas». Por eso nuestra Biblia tiene las Epístolas a Filemón, a los Filipenses, a los Colosenses y a los Efesios. 1 Nos hay dudas de que Pablo habría hecho una gran obra en España. Pero, ¿sería comparable con la obra de esas cuatro cartas? Usted se ha sentado donde Pablo se sentó. Sé que sí. Usted estaba bien entusiasmado en su camino a España o a la universidad o al matrimonio o a su independencia … pero se presentó el despido o el embarazo o la enfermedad de sus padres. Y terminó encarcelado. Chao, España. Hola, Roma. Adiós ilusiones. Hola desilusión. Hola, tristeza. ¿Cómo se las arregló? Mejor, ¿cómo se las está arreglando? ¿Necesita alguna ayuda? Tengo exactamente lo que necesita. Cinco palabras en el versículo cinco del Salmo 23 : «Unges mi cabeza con aceite».

En el antiguo Israel los pastores usaban el aceite con tres propósitos: repeler los insectos, prevenir los conflictos y curar las heridas.

Muchas de las desilusiones de la vida comienzan como irritaciones. La mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y quebrantos del día a día. No nos invitan a la fiesta. No nos incluyen en el equipo. No obtuvimos la beca. El jefe no toma nota de nuestro arduo trabajo. El marido no se da cuenta del traje nuevo de la esposa. El vecino no nota el desorden que tiene en el patio. Uno se siente más irritable, más melancólico, más … bueno, más herido.

Dice: «Unges mi cabeza con aceite». No dice «tus profetas», «tus maestros» ni «tus consejeros». Otros pueden guiarnos a Dios. Otros pueden ayudarnos a entender a Dios. Pero nadie hace la obra de Dios, porque solo Dios puede sanar.

Su copa podría estar baja en dinero o ropa, pero rebosa en misericordia. Podría no tener un estacionamiento de lujo, pero tiene suficiente perdón. «Será amplio en perdonar» ( Isaías 55.7 ). Su copa rebosa en gracia.

La esperanza de Dios entra en nuestro mundo. Sobre el enfermo, Él envía el rayo de curación. Para el afligido, da la promesa de reunión. Para el moribundo, prepara la llama de la resurrección. Al confundido, ofrece la luz de las Escrituras. Dios da esperanza.

Antes que desear lo que otros tienen, ¿no deberíamos preguntarnos si tienen lo que nosotros tenemos? En vez de estar celosos de ellos ¿no es mejor sentir lástima de ellos?

Confíe en su fe y no en sus sentimientos.

La más grande calamidad no es sentirse lejos de su casa cuando lo está, sino sentirse como en su casa cuando no lo está.

¿Qué palabra describe su cuerpo? ¿Mi cuerpo canceroso ? ¿Mi cuerpo artrítico ? ¿Mi cuerpo deformado ? ¿Mi cuerpo limitado ? ¿Mi cuerpo adicto ? ¿Mi cuerpo que engorda permanentemente ? Las palabras pueden ser diferentes, pero el mensaje es el mismo: los cuerpos son débiles. Comenzaron a decaer en el minuto en que comenzamos a respirar. Y, según Dios, es una parte del plan. Cada arruga y cada fastidio es un paso más cerca del último paso, cuando Jesús cambie nuestros cuerpos comunes en cuerpos eternos. No más dolor. No más depresión. No más enfermedad. No más fin. Esta no es nuestra casa permanente. Puede servir por ahora. Pero no hay nada como el momento en que entremos por la puerta de nuestra casa para siempre.

Cuando Dios dice no

Leith Anderson

Cuando Dios dice no

Cuando Dios dice no


¿Por qué las oraciones no son contestadas, o por qué no se concede mi petición? ¿Por qué tarda tanto en llegar una respuesta? Son sólo algunas de las interrogantes que durante la vida nos hacemos respecto a nuestras necesidades puestas en oración. El autor nos da algunas posibles respuestas y nos encamina más bien a tener una mejor relación con el Creador, que sea independiente de si nuestras necesidades son cubiertas o no. Además, cada capítulo termina con un modelo de oración que se puede aplicar al tema respectivo. Calificación de 10. Muy inspirador y necesario para estos tiempos que corren.

En defensa de Dios, los cristianos explican que siempre responde pero que sus réplicas pueden caer en tres categorías (1) «Sí», (2) «No» o (3) «Luego». El «Sí» se nos dificulta poco. ¡Es una respuesta que deleita! Rápida y correctamente les contamos a la mayor cantidad posible de personas que experimentamos una «verdadera respuesta a la oración», aunque algunas veces nuestras celebraciones parece que nos asignan más crédito por nuestro orar que lo que le damos a Dios por responder. Nuestros problemas son con el «No» y el «Luego». Algunos cristianos profesantes abandonan su fe porque Dios no les respondió como querían o como lo esperaban.

Reconozco que tengo mis dudas y mis luchas con las oraciones no contestadas, no al punto de unirme a las filas de los que abandonan a Dios, pero sí al de expresarle a Dios cuán profundamente me frustra. Casi todos los días, por más de veinte años oro la misma petición: que Dios realice su gran bien en la vida de una persona amada en particular.

Job fue uno de los mejores hombres. Merece ser recordado en la Biblia por su consagración, carácter, éxito y fama. Es irónico que en vez de eso se le recuerde más por su dolor.

Si Job me hubiera pedido ayuda, lo habría ayudado como hubiera podido. Pero se la pidió a Dios. Dios pudo haberlo ayudado en un sinnúmero de maneras. Pero Dios dijo que no.

Como pastor he estado cerca cuando los padres escuchan a Dios decir no. El silencio del cielo puede ser ensordecedor. La muerte de un niño es más espantosa de lo que jamás pudiera describirse, una combinación incomprensible de pérdida de vida, sueños incumplidos y descorazonamiento doloroso, envuelto en un profundo sentimiento de que se rompe el orden esencial de las generaciones (se supone que los niños entierren a los padres, no al revés). He llorado con padres que lucharon no por encontrar explicaciones de la muerte de un niño, sino por la explicación de sus incapacidades y disfunciones. Se culpan a sí mismos si la imperfección es genética, como si pudieran controlar el comportamiento inesperado de sus genes. Se autoincriminan de que «se hubiera podido hacer algo más», preguntándose mil veces qué habría pasado. Los padres se culpan a sí mismos cuando el producto de sus mejores sueños en el mejor de los hogares termina en un tribunal juvenil, un hijo pródigo. Se autoincriminan por las malas elecciones de los hijos adultos, como si la influencia de los padres tuviera la responsabilidad de todo lo que su progenie haga. Les recuerdo gentilmente que aun el padre perfecto tuvo niños que pecaron y murieron. Ni siquiera al mejor de los padres se le garantizan resultados perfectos. Algunas veces parece que las palabras los consuelan. Muchas otras las pasan por alto como jerga teológica impotente contra los dolores más duros de la vida.

Dios no actúa de la manera que queremos. No siempre da la respuesta que deseamos. No es una palabra común en el vocabulario divino respecto a la oración, aun al responderle al más grande de los santos.

¿Cómo superar el dolor y llegar a creer que Dios tiene razón y es bueno cuando dice que no a nuestras oraciones más dolorosas? ¿Cómo creer aún? ¿Cómo entender? Y, lo más importante de todo, ¿cómo continuar cuando toda la esperanza se va y el no divino es definitivo? Esto es algo más que preguntas académicas a discutirse en un aula. Son cuestiones del corazón. Las grandes preguntas de la vida y la fe. Las respuestas no son cortas, sencillas ni fáciles.

Hay respuestas que nos permiten continuar cuando desaparece toda esperanza, cuando el no de Dios es firme y definitivo. Las respuestas se encuentran en la Biblia, en las experiencias de otros, y especialmente en una relación personal con Dios. Algunas respuestas son obvias, otras jamás satisfacen perfectamente. Algunas son respuestas para el intelecto; la mayoría son respuestas para el corazón. Jesús nos invita a explorar estas respuestas: Él dijo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7.7).

Dios, jamás quiero escucharte decir que no. No pediría si realmente no quisiera un sí. Si no vas a decir que sí, ¿podrías al menos decirme por qué dices no? Ayúdame a entender tus caminos y tu sabiduría, Muéstrame en términos humanos sencillos la complejidad de tus decisiones. Por mi parte, comenzaré a confiar en que siempre tienes la razón aunque no pueda entenderlo. Trataré de no forzar las respuestas que deseas que permanezcan en secreto. Reconozco que no tengo derecho a exigir información que decides no ofrecer. No es que debo recibir explicaciones específicas para cada oración que rehúsas, pero ayúdame a entenderte lo suficiente como para clasificar correctamente el orden de tus razones y a creer que siempre hay una explicación divina válida para cada no, a pesar de que posiblemente jamás se me aclare. Amén.

Cuando le rogamos algo a Dios creemos que pedimos lo mejor para nosotros. Solo las oraciones más pervertidas le piden algo malo a Dios a sabiendas. El problema es este: no siempre sabemos qué es lo mejor. A veces eso nos resulta obvio mucho después de pedirlo, y de que se nos niega.

Lo que queremos de Dios no es lo mejor para nosotros. Dios tiene algo mejor que no podemos imaginar –ni tratar de orar por ello-, en ese momento.

¡No, puede ser uno de los mejores regalos de Dios para nosotros!

«Y oró Ezequías delante de Jehová, diciendo: Jehová Dios de Israel, que moras entre los querubines, sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste el cielo y la tierra. Inclina, oh Jehová, tu oído, y oye; abre, oh Jehová, tus ojos, y mira; y oye las palabras de Senaquerib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente. Es verdad, oh Jehová, que los reyes de Asiria han destruido las naciones y sus tierras; y que echaron al fuego a sus dioses, por cuanto ellos no eran dioses, sino obra de manos de hombres, madera o piedra, y por eso los destruyeron. Ahora, pues, oh Jehová Dios nuestro, sálvanos, te ruego, de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que sólo tú, Jehová, eres Dios» 2 Reyes 19.15-19.

Cuando enfrentamos la muerte solo hay una petición lógica, solo una respuesta deseable para nuestras oraciones. Queremos que Dios nos conceda sanidad y vida. Cualquier otra cosa parece cruel y odiosa. Es increíble que la muerte sea nuestra mejor alternativa.

Me avergüenza reconocer que la mayoría de mis oraciones son egoístas. Lo sé. Deseo que no lo fueran. Trato de ser menos egoísta pero me resulta difícil. Vuelvo a caer en patrones que me interesan. Francamente, hasta mis aparentes oraciones abnegadas a menudo tienden a servir a mis propósitos. Por ejemplo, oro para que mejore el matrimonio de dos amigos, consciente de que mi vida sería más feliz si no se divorcian. Dios usa su gracia cuando filtra el egoísmo antes de responder a lo que le pido. No trata de escapar a su promesa de oír y responder a mis oraciones. En vez de eso, se ocupa lo suficiente como para arreglar mis oraciones antes de responderlas. Aunque lo conozco en teoría, lucho con ello en la realidad. Con demasiada frecuencia me irrita que Dios no me dé lo que pido exactamente de la manera que quiero. Casi siempre prefiero que Dios lo haga a mi modo en vez de al suyo, que es mejor.

La búsqueda de la facilidad está relacionada con el egoísmo ciego. Muchas de nuestras oraciones le piden a Dios que nos lleve por el camino más fácil de la vida. ¿Quién desea que Dios dificulte la vida? Supongo que fue la arte naturalmente humana de la oración de Jesús que pidió sobrepasar la copa de la cruz. Los humanos están ideados para evitar el dolor, y las cruces siempre son dolorosas. Pero el camino fácil frecuentemente ni es el correcto ni el mejor. Así como cortar una mariposa de su capullo podría facilitar su escape pero dejar sus alas demasiado debilitadas para volar, las alternativas fáciles con frecuencia nos dejan poco preparados para todo lo que Dios se propone en nuestras vidas. Haga una encuesta de cualquier grupo cristiano. Pregunte: «¿Cuándo estuvo más cerca de Dios en su vida y cuándo creció más espiritualmente?» Con pocas excepciones las respuestas serán «durante los momentos más difíciles». Imagínese cómo serían nuestras vidas sin luchas ni dolor. ¿Acaso una existencia libre de problemas parece deleitosa? Podría no valer la pena vivirla. Nos consumiríamos en el placer, nos creeríamos autosuficientes, nos sumiríamos en la autoindulgencia y jamás conoceríamos a Dios. El sufrimiento tiene grandes beneficios: «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza» (Romanos 5.3-4). Cuando el sufrimiento se entiende desde la perspectiva de Dios, se convierte en una fuente de gozo: «Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría» (1 Pedro 4.13). El sufrimiento no solo edifica el carácter sino que también da solidaridad con Jesucristo, que sufrió por nosotros. El carácter y la semejanza con Cristo son mucho mejor que la comodidad. Sabiendo todo esto, Dios muchas veces dice no a nuestras oraciones que buscan comodidad para preservar los mayores beneficios del sufrimiento.

No critico a los que buscan la facilidad. Yo lo hago todo el tiempo. (Me preocuparía más por el masoquista que disfruta del dolor). Cuando oramos por el camino fácil Dios responde con mayor amor que el padre terrenal más bondadoso. Él nos ama demasiado como para permitir vidas fáciles para que no nos desanimemos por completo y niega suficientes peticiones como para que no nos convirtamos en malcriados impíos e indisciplinados. También tendemos a orar por velocidad. Los humanos y Dios viven bajo relojes distintos. Debido a que nuestras vidas típicamente duran unos setenta años, la presión interna hace que estallemos para obtenerlo todo de inmediato. El Dios eterno que jamás comenzó y jamás terminará no está muy apresurado. Los estadounidenses aceleraron el paso de la vida a un nivel sin precedente, Tenemos más experiencias en la niñez que lo que la mayoría de las personas tienen durante toda una vida. Pero seguimos atiborrando más. Somos moldeados por una era de gratificación instantánea, queremos productos, placeres y dominios sin postergarlos. Y diez minutos después esperamos algo más y que sea diferente. Nuestra generación ha reducido los problemas de la vida a los dramas de televisión en los que surgen los asuntos más profundos y se resuelven en menos de una hora.

Cuando Dios dice que no, a veces es para sosegarnos. Otras nos acelera. De todas maneras, Él es tan bueno para reconocer cuando nuestras oraciones no nos son provechosas que nos lo dice mediante su respuesta negativa a nuestras peticiones.

La felicidad no es obtener lo que deseas, es desear lo que tienes.

La oración misma es un reconocimiento de nuestra posición inferior y la superior de Dios. Si siempre supiéramos qué es lo mejor no habría necesidad de Dios ni de oración.

Cuando Jesús dice no a nuestras oraciones no significa que nos ama menos, El verdadero amor puede dar respuestas sorprendentes.

Muchas amistades de Jesús lo han llamado cuando sus seres amados están enfermos o muriéndose. Cuando Jesús no llegó o arribó tarde, ellos también se decepcionaron no solamente por el resultado sino decepcionados con Jesús. Dudaron de su amor y el dijeron que «si hubiera estado allí» todo sería diferente. No era que a Jesús no le importaba. Lloró tan sincera y profusamente que hasta los extraños supieron que amaba a Lázaro. Jesús sencillamente tenía una causa mayor. Y Lázaro era parte de ella. Jesús resucitó a Lázaro, probándoles a su generación y a toda la historia que tenía el poder definitivo sobre la tumba. Piense cuán diferente habría sido todo si Jesús hubiera venido como se le pidió y sanado a Lázaro de su enfermedad como se esperaba. A pesar de lo extraño que parezca, habría sido simplemente otra sanidad milagrosa. Más importante aún la historia habría visto una persona menos levantada de entre los muertos. Frecuentemente nos preguntamos: «¿Y qué si…?», cuando se niegan nuestras oraciones. ¿Y si Dios no se hubiera negado? Aquí tenemos que hacernos otro tipo de pregunta. ¿Y si Jesús hubiera asentido a las oraciones de las hermanas? Indudablemente Lázaro se habría decepcionado de haberse enterado de lo que se perdió. Recibió algo mejor.

El asunto definitivo de la fe no es la posibilidad de obtener el don que buscamos, sino si confiamos o no en que el Dador es bueno. La fe no es asunto de respuestas. La fe es asunto de Dios.

Cuando Dios die no, no es que nos rechace. No nos ama menos. Sabemos que al final estará en lo correcto. Nuestra fe es en Dios, no en las cosas que esperamos recibir. Nuestra relación con Él es el mejor regalo de todos.

[Dios] Por favor, protégeme de mi ignorancia, impaciencia y egoísmo.

Oramos por una cosa. Dios concede otra. Esta clase de contradicción es una de las ironías de la oración. Pero hay una segunda contradicción relacionada que acontece muchas veces en la oración. Cuando docenas de personas oran por algo parece inevitable que las oraciones no seas idénticas. Oramos en direcciones diferentes. No solo eso, parece probable que cuando un grupo de personas ora algunas oraciones serán completamente contradictorias, con distintas personas pidiendo respuestas opuestas. Cuando una amistad está enferma algunos oran por una muerte tranquila, una bienvenida rápida y misericordiosa al hogar del cielo. Sabemos que otros continúan orando por recuperación, creyendo que lo mejor que puede ofrecer Dios es la sanidad aquí y ahora. Hasta un individuo solitario podría cambiar de parecer y dejar de orar por algo y comenzar a orar por otra cosa, o cambiar entre dos oraciones opuestas.

Dios muchas veces responde a la médula de nuestra oración aunque parezca olvidar la petición superficial. Podríamos orar por clima seco para reunir familiares en relaciones positivas. Dios convierte un paseo lluvioso en una oportunidad para la unión familiar que no habría sucedido acostado en una playa soleada. Un agricultor ora por lluvia para obtener la mejor cosecha. Dios podría usar la sequía para llevar al agricultor a sembrar una cosecha que probará ser mucho mejor.

Cuando Dios le dice no a nuestras oraciones más importantes, podría no haber explicación o razón que nuestras emociones puedan aceptar rápidamente. Pero si Dios es Dios, es Él quien debe establecer las prioridades y no nosotros. Él ve el futuro anticipado. Conoce el final desde el principio. Solo Dios puede saber que el hijo que murió habría vivido una existencia dolorosa sin procrearse. Que está mucho mejor en el cielo que en la tierra. Solo Dios puede saber que el hijo que vivió va a tener un hijo cuyo nieto será el líder de Dios para algún gran movimiento que realizará los propósitos divinos en la tierra y cosechará beneficios eternos en el cielo. No es posible que ninguna madre pueda tener esta información o pueda integrarla adecuadamente en sus pensamientos y oraciones.

Cuando Jesús finalmente se apareció en Betania su amigo estaba muerto por lo que lloró. Su pena era tan grande que los llorones profesionales presentes se percataron de cuánto amaba a Lázaro. Tenía una prioridad mayor que la vida de Lázaro, pero eso no facilitó la elección.

Dios tiene una perspectiva infinitamente aérea. Ve todo lo que está sucediendo y escucha toda oración pronunciada. Cuando los que nos encontramos en el gragor de los conflictos de la vida llamamos por radio a Dios porque «es imposible que ganemos», Él replica confiadamente que «es imposible que perdamos». Por supuesto, es una respuesta de fe creer en la contestación de Dios respecto a nuestra experiencia propia. Es la misma clase de confianza que necesitan los que pronuncian oraciones contradictorias y dejan que Dios se ocupe de cuáles aceptará y cuáles rechazará. Debemos aceptar que ve lo que no podemos ver, sabe lo que no sabemos, elige más sabiamente de lo que podamos elegir, y no responderá a las oraciones de la mejor manera. Cuando sus respuestas confronten nuestro sentido y experiencia se convierte en un acto de fe aceptar su perspectiva como la mejor de siempre.

Todas las oraciones son actos de fe. La fe requiere tanto confianza como sumisión, confianza en el poder de Dios para actuar y sumisión a su infinita superioridad. Él es superior. Su voluntad debe dominar nuestra voluntad. Si fuera al revés, nosotros seríamos dios en lugar de serlo él. A pesar de lo retador que pueda ser, lo «mejor» no aplica primordialmente a nosotros. Es útil primeramente a Dios. Él organiza y responde a nuestras oraciones basado en lo que le resulte mejor. Lo mejor para Dios a su vez siempre es lo mejor para nosotros.

Dios, que no tienes contradicción, eres sorprendente. Uno de tus muchos atributos que me atrae a ti es tu congruencia. En eso eres tan sencillo y directo; nosotros somos tan complejos y torcidos. Gracias por hacernos a todos tan diferentes. Me gusta ser un individuo. Aunque hay problemas, me alegra que cada uno de nosotros sea lo suficientemente distinto como para poder pronunciar oraciones singulares, aunque puedan contradecirse. No busco expresar oraciones contradictorias. Lamento ser tan frecuentemente egoísta en lo que pido. Es cierto que oro de manera competitiva, deseando ganarle a las oraciones de los que piden lo opuesto. Te pido perdón por mi egoísmo, que toleres mis contradicciones y que me des tu gracia para orar mejor. Pero siento que preferirías que haga cualquier oración en lugar de dejar de hacerlo por temor a que mis oraciones no sean correctas. Tú enderezas con gracia todos los favores conflictivos que buscan tus hijos, con paciencia y amor y simpatía. Que nuestras conversaciones sean más frecuentes y nuestra relación más íntima. Que entonces conozca tu voluntad, sienta tus emociones, agarre tus pensamientos, para que mis oraciones contradictorias puedan revisarse rápidamente y que pueda orar lo que deseas que ore. Amén.

La experiencia personal dice que Dios pudo no haberse negado tan a menudo a mis oraciones como creí. Pudo no haber dicho nada porque no escuchó nada. No es que Dios sea sordo o ignorante, pero a veces nuestras oraciones realmente no lo son. Lo que llamamos orar a menudo podría ser poco menos que pensar i hablarnos a nosotros mismos.

Nos acercamos a Dios a medida que le expresamos nuestros secretos más íntimos. Solo Dios nos entiende y está con nosotros en las alturas de nuestro gozo y en las profundidades de nuestras penas.

«En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote, Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor. » Lucas 6.12-16. Una de las decisiones más importantes de Jesús fue seleccionar a los doce apóstoles. La elección correcta incluyó a Pedro, que declaró a Jesús como el cristo; Mateo, Juan y Santiago, que escribieron gran parte del Nuevo Testamento; y Tomás, que fue transformado de dudoso serio a apóstol en India. Estos fueron los hombres que llevaron las buenas noticias de Jesús al mundo y para todas las generaciones futuras. La elección tenía que ser la correcta. Durante toda la noche antes de su decisión final, Jesús oró. Podría sorprendernos que Él, con toda su sabiduría y poder sobrenatural, requiriera esa oración preparatoria. Su ejemplo debe despertarnos de una sacudida. Tomamos nuestras decisiones principales con mucho menos sabiduría y poder, por lo tanto necesitamos al menos mucha oración preparatoria. Me impresiono cuando escucho a los cristianos decir: «Debo orar primero» antes de tomar decisiones en cuanto al empleo, el matrimonio, los contratos de negocios, el cuidado médico y otras elecciones que alteran la vida. Orar toda la noche podría ser bueno, aunque gastamos esas energías con mucha mayor facilidad en nuestras crisis de hospital que en nuestras decisiones venideras. El patrón que Jesús estableció para sus discípulos era orar antes de elegir, nutrir todas las decisiones en el contexto de la comunicación con Dios, en vez de parecer que tratamos a Dios como un apéndice y sello de goma para las decisiones que tomamos independientemente de su consejo.

La oración es mucho más que expresarle una petición a Dios diciéndole qué es lo que deseamos. En algunos casos, ese acercamiento es muy inapropiado, audaz y ofensivo, es como pedirle a un extraño adinerado que le entregue un millón de dólares. Usted no tiene relación con él, ningún derecho sobre él. Él meramente tiene lo que usted desea. Millones de oraciones pueden no serlo del todo. Son deseos de fantasía. Exigencias egoístas. Tienen poco o ningún interés por quién Dios es o lo que Dios desea. Causan tanto daño que es mejor que ni se pronuncien. No son oraciones a las cuales Dios les dice no; ni siquiera son oraciones, en primer lugar. Lo que les falta es entendimiento alguno o esfuerzo para comulgar con Dios. Si no hay relación no hay oración.

A medida que comulgamos con Él todos los días, en todas las circunstancias de la vida, edificamos una relación íntima. Desarrollamos canales claros de comunicación. Cuando le hacemos peticiones a Dios expresamos nuestra relación, no buscamos favores.

La oración siempre debe ser un medio de comunicación en la relación, donde las peticiones solo son parte de la comunicación. La oración nos deja adorar a Dios, amar a Dios, escuchar a Dios, confesarle a Dios y someternos a Dios, no simplemente hacerle peticiones. ¿Y si oro y Dios dice que no pero mejora mi relación con Él? ¿Podría esto no ser una respuesta mejor que un sí? Muchas personas reconocen con franqueza que preferirían obtener lo que desean a tener a Dios. Unos pocos le venderían sus almas al diablo si fuera necesario.

Tú eres a quien deseo, Dios. Significas más para mí que todas las respuestas a todas las peticiones que jamás se me puedan conceder. Anhelo conocerte mejor. Pienso diariamente en ti una y otra vez. Me encanta descubrir nuevas expresiones de lo que eres. Me emociona conocerte más y más. Por favor, perdóname por todas las veces que traté de usarte. Reconozco que a menudo te he tratado como si fueras creado para mí e lugar de yo ser creado para ti. Recuerdo demasiadas «oraciones» que estaban completamente centradas en mí y en lo que deseaba, y casi ni pensaban en ti o lo que tú querías. Simplemente deseaba sacarte lo que pudiera. Lo siento. Más que nada, sé mi Dios. Luego, en base a nuestra relación, contigo como Soberano y yo como sujeto, enséñame a orar. Enséñame a disfrutarte a ti y a nuestra comunión en silencio. Enséñame a deleitarme más en conseguir lo que desean que en obtener lo que pueda pedir. Enséñame a pedir lo que deseas dar y a deleitarme más en tu respuesta que en mi petición. ¡Que mis oraciones verdaderamente sean oraciones! Amén.

Las relaciones son importantes para Dios. Cuando están mal, Él es reacio a escuchar y responder a nuestras oraciones. Nuestras relaciones descompuestas podrían ser con nuestro cónyuge, un familiar, vecino o compañero de trabajo. La relación errónea más perjudicial para la oración es una relación errónea más perjudicial para la oración e una relación errónea con Dios. Si esta relación está mal, Dios podría decirnos que no oremos hasta que comencemos a obedecer.

Dios toma las relaciones en serio. No tiene intención de convertirse en un vendedor impersonal de favores. Desea dar su gracia en el contexto de la amistad y la comunión. Debido a que siempre es el iniciador y nuestro extraordinariamente generoso Creador, da sin que lo pidamos y en muchas ocasiones nos concede nuestras peticiones inmerecidas. El deseo de Dios es ganarse nuestros corazones y nuestra lealtad con la generosidad. Pero, cuando ese acercamiento fracasa, lo forzamos a decir que no hasta que reconozcamos la importancia de una relación correcta con Él e implementemos pasos correctivos. No es que Dios desee obediencia completa o perfección excelsa antes de volver a contestar nuestras oraciones. Es que desea que nos arrepintamos (que significa «volverse y echar a andar en la dirección opuesta») antes de volver a beneficiarnos de su gracia.

Algunos cristianos piensan erróneamente que el llamado de la Biblia a la fe significa creer que Dios responderá una oración precisamente como se pide. La fe no es fe en una respuesta. No es fe en la oración. Es fe en Dios. La fe es la creencia de que un Dios invisible es real, poderoso y personal. La fe constituye la base para que haya una relación. Solo cuando una persona se convierte en un verdadero creyente puede tener una relación que forme la base para la comunicación y la petición a Dios.

No buscamos la amistad con Dios por lo que podamos obtener de Él sino por Dios mismo. La relación debe ser tanto el fin como el medio. Debemos satisfacernos con Dios a pesar de que nunca nos conceda una sola petición. Cuando conocemos y amamos a Dios desarrollamos la intimidad que resulta en oraciones escuchadas y peticiones concedidas.

La oración es comunicación. No es pedir. Es lamentable usar «pedir» y «oración» como si significaran lo mismo. Pedir realmente es una categoría menor para toda nuestra comunicación con Dios. Cuando las peticiones componen la mayoría de nuestra interacción con Dios nuestras oraciones se distorsionan y las respuestas positivas de parte de Él no son muy factibles.

Quejarse es parte de la mayoría de las relaciones interpersonales y las oraciones de queja son sorprendentemente comunes en la Biblia. El Salmo 142.1-2 dice: «Con mi voz clamare a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de Él expondré mi queja; delante de Él manifestaré mi angustia. » Jeremías es mucho más directo cuando se queja de que Dios lo engañó y se las arregló para que otros se burlaran de él: «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí.» Jeremías 20.7.

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Filipenses 4.6-7

No se preocupe en cuanto a que la oración alga «correcta». A Dios le encanta escuchar de parte suya, en cualquier momento, en cualquier lugar, sobre cualquier tema. Le puede pedir dinero, rogar por comodidad o simplemente hablar en cuanto a lo que sucedió en la oficina durante el día. Durante el transcurso de su relación sus oraciones alcanzará toda la gama de emociones, sobre cada asunto y sobre cada cosa. Dios tiene una tolerancia sorprendente. Él entiende. Da la bienvenida. Así que no lo olvide. No se lo pierda. No lo trate como si no estuviera allí como si estuviera de último en la lista.

Si comenzamos con el deseo principal de que Dios cambie su no en sí para que nos dé lo que pidamos, estamos condenados al fracaso. Jamás encontraremos la intimidad de lo que buscamos si Dios es meramente el medio para el fin de obtener lo que deseamos. Eso es usar a Dios, no amarlo. El sí de Dios es un beneficio, un efecto secundario, de una relación íntima con Él. La ironía es que la personas que verdaderamente ama a Dios y tiene una relación íntima con Él se preocupar poco por conseguir respuestas positivas a sus peticiones. Cuando una persona tiene un vínculo de corazón a corazón con Dios, ya las otras cosas no importan tanto como antes.

Sobre todo, anhelo una buena relación contigo. Deseo tener un corazón para ti. Tengo un corazón para ti. Perdóname por mi inadecuado deseo de tener una buena relación contigo para conseguir lo que quiero de ti. De hoy en adelante eres la meta de mi vida y el deseo de mis afectos. Te oro por más de lo que puedas hacer. Deseo respuestas a la oración como producto de nuestra amistad, no como razones para ella. Te amo por lo que eres, no simplemente por el bien que puedas darme. Te amo. Amén.

«En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre den mi nombre, os lo dará» Juan 16.23. Pese a que Jesús insiste en que esto es la verdad, muchos están en desacuerdo. Oran a Dios en el nombre de Jesucristo, y no reciben lo que pidieron. Para los cristianos que creen haber satisfecho los requisitos de Dios, el no escuchar el si de Dios les estremece la fe. Confiaron en una promesa tan clara. Dios no satisfizo su parte del contrato. Esto hace que muchos se pregunten si se puede confiar en Dios o en cualquier otra cosa que Jesús afirme como cierta. Empero hay mayor conocimiento en 1 Juan 5.14: «Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye».

Alguien ora por algo que Dios niega y entonces usa su «respuesta equivocada» para alcanzar otra cosa, quizás una generación o hasta generaciones posteriores. La voluntad de dios se ejecuta en muchas áreas aparte de lo físico.

El Hijo de Dios, dicen los teólogos, es una de las tres Personas eternas de la trinidad, «persona» definida como que posee intelecto, emoción y voluntad. Así que mientras que la Trinidad es un Dios, el Padre, Hijo y Espíritu, cada uno tiene su propia mente, sentimientos y voluntad. Esto ayuda a explicar por qué Jesús muchas veces dijo que había cosas que conocía el Padre pero Él no, como el tiempo exacto de acontecimientos futuros. Cuando el Hijo se convirtió e humano en la persona de Jesús, cedió parte del uso independiente de sus atributos divinos, llegó a ser temporalmente dependiente del Padre y del Espíritu para su conocimiento y poder. Jesús todavía era Dios, empero una persona independiente. Tenía una voluntad propia. El padre deseaba que Jesús muriera en la cruz. Jesús no quería morir. Cuando el Padre y Jesús vieron el futuro, eligieron cursos de acción opuestos. Indudablemente la humanidad de Jesús tuvo una parte significativa en su deseo de vivir. Cuando Jesús oro en el jardín de Getsemaní le pidió específicamente al Padre que encontrara alguna manera para evitar la crucifixión. Rogó no tener que beber esta «copa» de muerte, que le fuera quitada. Jesús aparentemente sabía qué era lo que el Padre deseaba en cuanto a eso, que se realizara la crucifixión tal y como fue planificada. Sin embargo, oró por otra manera. La respuesta del Padre fue un compasivo pero claro no. Debido a que el Padre amaba al mundo insistió en que Jesús muriera (Juan 3.16).

Nuestros deseos personales contrarios a la voluntad de Dios no son necesariamente malos. Jesús no pecó cuando deseó su voluntad y oró para que las cosas salieran a su manera en vez de a la del Padre. Dios conoce nuestra individualidad y reconoce la independencia de cada voluntad humana. No hay nada malo con desear algo distinto a o que Dios quiere para nosotros.

Nuestras peticiones repetidas son adecuadas, aun luego de que Dios diga que no. Dios podría cambiar su no en sí. Pero aun si Dios dice que no Él acoge nuestra comunión continua. Nos ayudará a través del difícil proceso de la desilusión. Entiende cuando deseamos algo de tal manera que somos lentos en aceptar el no como respuesta final.

Nuestro propósito final es someternos a la voluntad de Dios, concordemos o no. No creo que Jesús dejara el jardín esa noche completamente persuadido. No estaba más entusiasmado con la crucifixión cuando salió que al llegar. Siguió siendo muy duro para él, es más, ¡casi murió anticipando la muerte! Sin embargo su mayor y definitiva elección fue doblegar su voluntad para que se conformara a la del Padre. Eligió seguirle la corriente a lo que Dios deseaba aunque no tenía inclinación a hacerlo. Eso no es fácil en los momentos más difíciles de la vida. No lo fue para Jesús, y no lo será para nosotros. Como cristianos, tomamos esa elección definitiva por la fe, convencidos de que Dios está en lo correcto aun si no podemos ver o concordar con ello, habiendo determinado por adelantado seguir la voluntad de Dios a pesar de que preferiríamos no hacerlo. Nuestra oración final es «que se haga tu voluntad y no la mía».

Las revelaciones de la Biblia se enfocan primordialmente en cómo vivir de manera cristiana dentro de una amplia gama de experiencias humanas. La Biblia no nos ofrece declaraciones específicas en cuanto a la voluntad de Dios respecto a qué trabajo aceptar, a cuál escuela asistir o con quién casarse. Desafortunadamente, muchos agonizamos en cuanto a los detalles que no tenemos e ignoramos la amplia avenida de información que poseemos. Es sabio pensar que Dios nos ha dicho la mayoría de las cosas que necesitamos para discernir su voluntad y que lo que no nos ha dicho es comparativamente menos importante. Nuestra tarea es leer la Biblia, aprender la voluntad revelada de Dios y luego orar de acuerdo con esa voluntad con plena expectativa de que Dios responderá que sí a esas oraciones. En los casos en los que la Biblia no revela la voluntad específica de Dios tenemos varias alternativas: 1. Pídale sabiduría a Dios en cuanto a su voluntad. Santiago 1.5 dice que: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada». En otras palabras, nuestra primera oración debe ser primero conocimiento en cuanto a la voluntad de Dios para que seamos guiados por el Espíritu a fin de orar conforme a la voluntad de Dios. 2. Crea que Dios da libertad en cuanto a este asunto. Cuando Dios no nos deja conocer su voluntad, y lo que desea no puede deducirse de otros principios bíblicos, podría ser que nos está permitiendo elegir una cosa o la otra. Cuando oramos es útil reconocer ante Dios y nosotros mismos que este es nuestro método. Podría orar más o menos de esta manera: Señor, no he podido averiguar cuál es tu voluntad en este asunto. Creo que tengo la libertad para elegir entre alquilar el apartamento del cuarto piso o el séptimo. Así que te pido que me ayudes a conseguir este último. Te pido ayuda para encontrar los vecinos correctos y usar este apartamento de manera que te glorifique. Si te estoy malinterpretando en esto, por favor, acláramelo. 3. Reconozca que no es capaz de determinar la voluntad de Dios y diría la oración al Espíritu Santo para que Él la presente. No importa cuánto nos esforcemos, a veces somos incapaces de conocer la voluntad de Dios. Él podría mantener en secreto su voluntad o podríamos estar en un rumbo equivocado. Cualquiera sea la razón, cuando no sabemos cómo orar le pedimos al Espíritu Santo que ore por nosotros. Romanos 8.26-27 dice que: « Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.»

El poder del tiempo afecta de manera significativa nuestra comprensión de la oración sin respuesta. Muchas veces Dios responde a nuestros ruges con «No, por ahora». No es que haya rechazado nuestras peticiones sino que pospuso la respuesta. Como el niño que concluye que lo que su madre y padre quieren decir con «veremos» es «jamás», creemos que la llamada a la espera de Dios implica que aguardaremos para siempre.

Hasta en las situaciones urgentes Jesús no parecía apurarse. Un día un hombre llamado Jairo se acercó a Él con una oración urgente por su hija moribunda. Se postró ante los pies de Jesús y le oró, pidiéndole que viniera y la sanara antes de que se muriera. Jesús avanzó a la casa de Jairo pero se demoró por la muchedumbre. En esa multitud había una mujer que también estaba enferma, con una hemorragia desde hacía doce años. Ella tocó a Jesús y fue sanada al instante, aunque podemos pensar que había orado, y esperado, por esa sanidad durante doce años. Mientras Jesús hablaba con ella llegó un mensaje de que la hija de Jairo había muerto. Era muy tarde. «Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro», le dijo el mensajero a Jairo (Lucas 8.49). Pero Jesús andaba bajo otro reloj. Continuó hacia la casa de la niña, la levantó y se mejoró. Respondió a la oración de Jairo de manera tal que los sorprendió a él y a su esposa, no sucedió en el momento que esperaban pero la oración recibió respuesta afirmativa.

Jesús demostró que hay muchas ocasiones en las cuales escucha las oraciones, ama a las personas que oran, tiene toda la intención de concederles sus peticiones, pero dice: No… por ahora. Obviamente no siempre tiene nuestro apuro. Aunque hay situaciones cuando Jesús nos impone su urgencia y somos nosotros los lentos, parece importarle más qué es lo que vamos a hacer que cuándo se hará. Seguramente una de las razones por las cuales la Biblia nos da estos ejemplos es ayudarnos a entender y aceptar que luego no significa jamás. Un componente vital de nuestra fe es la confianza en que el tiempo de Dios es mejor que el nuestro. Él se ocupará de lo que nos parece urgente en un momento y de una manera que sabe será mejor. Esta no es una lección fácil de aprender cuando tememos a nuestras circunstancias o sufrimos un dolor aplastante en el presente.

« Ciertamente yo buscaría a Dios, y encomendaría a él mi causa; El cual hace cosas grandes e inescrutables, y maravillas sin número». Job 5.8-9

Los que sufren deben rogarle a Dios, que verdaderamente responde a la oración y realiza milagros. Lo que Elifaz no consideró fue el tiempo de Dios, lo que llamaríamos la «tardanza divina». Como Dios no respondió con un sí inmediato, Elifaz asumió que algo andaba mal con Job o con sus oraciones. Ese fue su error.

En su severo dolor Job perdió la perspectiva del plan mayor de Dios. Para Job los grandes asuntos eran la falta de sabor en la comida y su falta de apetito (Job 6.6-7) y tratar de dormir de noche (Job 7.4). Necesitaba que Dios filtrara sus oraciones inapropiadas e irracionales, respondiéndolas con un no. Necesitaba la equilibrada sabiduría de Dios para decidir qué oraciones conceder y cuándo concederlas. Es fácil ser un Elifaz que racionaliza y espiritualiza los dolores ajenos. Otro asunto es ser un Job, que sufre angustia constante, que tiene que esperar por Dios. Para el que sufre y los que verdaderamente sufren juntamente con el doliente, esperar puede ser la prueba mayor de la fe. Esperar por el remedio divino cuando cada segundo es doloroso puede ser indescriptiblemente difícil.

« Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé allí con los reyes de Persia. He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días; porque la visión es para esos días.» Daniel 10.12-14. En este discurso angelical hay varias ideas excepcionales en cuanto a la oración sin respuesta: Dios respondió a la oración de Daniel de manera inmediata en el cielo. La respuesta divina se tardó tres semanas en llegar desde Dios hasta Daniel, aunque fue enviada a través de un ángel. Poderosas fuerzas malvadas, en este caso un demonio llamado «el príncipe del reino persa», se opusieron a la respuesta a la oración de Daniel. Daniel no sabía la razón para la tardanza, aunque era válida. El mensaje del ángel incluía un anuncio de mayores tardanzas antes de que se implementaran por completo las respuestas a las oraciones de Daniel.

El paciente crónicamente enfermo necesita un trasplante de órganos que requiere la muerte de una persona cuyo tiempo no ha llegado. Una demora dolorosa para alguien es una tardanza agradable para el otro. Dios coordina las dos.

Cuando no vemos respuesta o la contestación de Dios es no, debemos elegir si confiamos en Él o no, aunque no entendamos o no deseemos aceptar su respuesta. La confianza requiere que creamos, como cristianos, que Dios está en lo correcto, estemos de acuerdo o no. Es la confianza de Romanos 8.26-31: « Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?».

No siempre estoy seguro de mí mismo, Señor. Tengo mis dudas. Siempre parezco estar apurado. Cuando oro deseo tu respuesta no solo a mi manera, sino a mí tiempo. Puedo desilusionarme pensando que es posible que la oración de hoy no recibirá respuesta por tres semanas, o por trescientos años. Simplemente no estoy seguro de cuánto pueda aguantar. Y realmente no estoy seguro en cuanto a los demás. Comparativamente, mi situación es segura y cómoda. Pero, ¿y qué de aquellos que tienen dolo crónico? ¿Qué de los que están desesperadamente solitarios? ¿Qué de las personas que son muy pobres? Me parece que si tuviera la alternativa preferiría que le dieras lo que piden ahora y me permitas esperar mucho más. Mis dolores parecen pocos; mis posesiones son muchas; mis preguntas pueden esperar. No, no estoy seguro de mí mismo. Pero estoy seguro de ti. Verdaderamente creo que sabes lo que estás haciendo. Eres más sabio que el entendimiento. El tic tac de tu reloj lleva mil años por cada minuto mío o un minuto tuyo implica mil años míos. No solo ya lo averiguaste todo, sino que tienes todo planificado. Tus planes para nosotros son que hagamos el bien y que no hagamos daño. Sabes exactamente cuándo debemos escuchar tus respuestas y cuándo debemos recibirlas. Mi problema es reconciliar mi impaciencia con tu providencia. Por favor, enséñame. Anímame. Hazme paciente. Dame esa gracia abundante que prometiste.

Cuando Dios dice que no me siento tentado a ofenderme. Años después obtuve una perspectiva diferente que muestra que Dios estaba en lo correcto al rechazar mi oración.

Creo que él siempre hace lo mejor para nosotros, aunque nos parezca muy duro o demasiado exigente. Como cualquier padre amoroso, Dios desea e insiste en que sus hijos aprendan a obedecer. A su parecer nuestra obediencia es más importante que obtener un sí, aun a las raciones presentadas con pasión y lágrimas.

Dios nos llama a la fidelidad y a la obediencia aun cuando nos opriman y el resultado parezca incierto. Es bueno orar, rogar y llorar. Pero no desobedezcamos. Dejemos que Dios decida qué es más importante.

Dios a menudo dice que no porque tiene algo mejor planeado para aquellos a quienes ama. Nuestros corazones pueden henchirse con agradecimiento a Dios que sabe qué es lo mejor y qué es lo más importante. « Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jeremías 29.11).

Dios le dijo que no a la oración de Pablo por sanidad. El Señor le dijo que era más importante para él ser humilde que sanado. La humildad es muy importante para Dios.

¿Qué se prueba en cuanto a Dios si una persona que es saludable, adinerada y fuerte vive de manera cristiana? Cualquiera que lo tiene todo realmente no necesita a Dios. Por otro lado, el mejor lugar para que Dios muestre su grandeza podría ser en una persona débil y enferma y que esté luchando. Si una persona ama a Dios y vive para Dios cuando la vida es difícil, entonces en verdad vale la pena vivir por Dios y amarlo. Pablo concluyó que Dios podría verse mejor cuando Pablo estaba débil. Un Pablo orgulloso, fuerte y presumido bloquearía a Dios.

Dios de Israel, de Elías, de la madre de Juan y Santiago, y de Pablo, he aquí mi petición una vez más. La has oído antes. Conoces cada palabra que voy a decir. Sabes qué deseo antes de pedirlo. Pero esto pidiendo de nuevo. Lo que deseo podría no ser tan importante para ti como lo es para mí. Eso me resulta difícil de entender y aceptar. Te someto mis prioridades como mejor puedo. Estoy convencido de que harás lo más importante aunque tengo que esperar por lo que deseo o aceptar un no permanente. Señor, cuando me dices que no, ¿qué buscas? ¿Cuál es el bien superior que intentas alcanzar? Por favor, dame ojos para ver lo que ves. Ayúdame a desear lo que deseas. Enséñame a orar por aquellas cosas de suprema importancia en tu lista. Realmente deseo tener la actitud humilde y la vida de Jesús. Oro por esa semejanza a Cristo en el nombre de Jesús. Amén.

Asegúrate de tomar prestado del banco lo suficiente como para que este se convierta en algo más que tu prestamista. Si el préstamo es grande el banco se convierte en socio tuyo.

Las respuestas a la oración dependen de Dios, no de nosotros. Él muchas veces rechaza oraciones o no las contesta porque se basan en motivos inapropiados. Pero hasta los buenos motivos no son garantía de un sí. Los malos motivos pueden bloquear las respuestas de Dios. Los buenos no cumplen necesariamente con su voluntad. Algunas veces cristianos maravillosos se encuentran en situaciones difíciles y oran como si eso no fuera cierto. Están convencidos de que Dios responderá a cada oración justamente como lo han pedido, de poder realizar sus oraciones de una manera exactamente correcta. Creen que lo vasto de su fe es lo que provoca la respuesta positiva de Dios. Suponen que mientras más personas se reúnan a orar habrá mayor probabilidad de conseguir la respuesta que desean. Algunos hasta afirman que las oraciones en voz alta e intensas aseguran resultados correctos.

Dios se ocupará de nuestro placer. Debemos buscar primordialmente nuestro placer en Dios como Persona, no en lo que nos da.

He aquí una verdad sobria: Las personas con los peores motivos son las que probablemente jamás se molestan en robar su motivación o considerar lo que Dios piensa. Oran a Dios por ayuda para vengarse. O por espaldas en que apoyarse mientras suben la montaña empresarial. O hasta por destreza para robar un banco, matar a un enemigo o seducir a alguien por placer sexual. El egoísmo es enceguecedor. No nos deja ver la realidad, mucho menos la justicia. Con egoísmo extremo llega la racionalización extrema, preparando excusas mentales que hacen parecer las oraciones más pecaminosas en algo legítimo y culpando a Dios por no conceder lo que se pidió. Para aquellos cuyos corazones están endurecidos con egoísmo solo hay una solución. La convicción sobrenatural de que el Espíritu Santo le da al pecador una conciencia profunda de su pecaminosidad. Dicha conciencia debe llevar al hombre o a la mujer al arrepentimiento, a un cambio de parecer, a una reorientación de la vida. La persona que experimenta la intervención de Dios abandonará las oraciones egoístas y ofrecerá oraciones de perdón. Cuando Dios perdona el pecado y cambia un corazón, la oración será motivada por amor a otros.

La oración es comunicación dentro de una relación. Desde un punto de vista bíblico, el cambio no es el asunto primordial de la oración. Es más un asunto de amor y de relación con Dios.

Busco a Dios en las circunstancias. Creo que es Señor de todo y mediante su poder y providencia cumple sus propósitos en los cientos de millones de circunstancias que ocurren cada día. Eso no quiere decir que cada circunstancia es provocada por Dios o que le agrade. Ciertamente el mal también se cumple a través de las circunstancias. No obstante e un mundo en donde Dios nunca interviene en respuesta a nuestras peticiones no tiene esperanza. Si Dios no cambia las circunstancias, entonces la oración llega a ser absurda. Peor aún, si Dios no cambia las circunstancias, entonces su poder y su presencia misma también llegan a ser increíbles y no confiables. Creer que Dios es tan poderoso como presente significa que reconozco que trabaja mediante las circunstancias. Si no, estoy forzado a decir que Dios es poderoso pero demasiado distante como para involucrarse en nuestro mundo y en mi vida, o que lo está pero es demasiado débil como para hacer una diferencia. Eso hace que sea más apropiado que le hable a Dios en cuanto a mis circunstancias y que espere experimentarlo a través de lo que pasa. Nada es demasiado grande. Nada es demasiado pequeño. Dios puede cambiar las circunstancias para encontrar un estacionamiento o para detener los preparativos para usar una bomba nuclear.

«Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» 1 Timoteo 2.1-2

Quizás la parte más dolorosa de orar por otros es la falta de garantías. […] La responsabilidad de orar la da Dios. Él espera que ejerzamos ese privilegio. Responderá a esas oraciones actuando con una influencia poderosa contra el pecado y hacia la justicia en la vida de la otra persona. Empero Dios también permitirá que esa persona elija, y que peque.

Cada cristiano está amenazado por las minas en el suelo y las balas en el aire. La tentación hace que corramos el riesgo de ser despedazados por el pecado. Orar por nosotros mismo es la mejor protección. Las oraciones mismas no son las que nos protegen. Son el medio de utilizar las grandes fuerzas de Dios en nuestras vidas. La primera meta de la oración no es hacer que Dios cambie de parecer para que hágalas cosas a mi manera. Es cambiarme para hacer las cosas a la manera de Dios. Es como llevar el auto para alinearlo. Guiarlo, tomar las curvas, los hoyos y los bultos desalinean las llantas del chasis del auto. Los técnicos no doblan el chasis para que se ajuste a las llantas. Ajustan las llantas para que se alineen con el chasis. Lo mismo es cierto conmigo. Cada día necesito realinearme con Dios: mis pensamientos con sus pensamientos; miv voluntad con su voluntad; mi vida con su vida. Sí, la oración me cambia a mí.

Jamás considere la oración como una manera de empujar el botón de Dios y demandar resultados inmediatos. Recuerde que la oración a Dios siempre está conectada con una relación con Él.

¿Acaso hace la oración alguna diferencia? ¡Absolutamente!… pero no siempre como lo pedimos.

Dios no ve las cosas como nosotros. Él percibe el tiempo como un todo. Nosotros lo vemos en parte y secciones.

Dios, te pediré algo de nuevo. Has escuchado esta misma oración muchas veces. La he hecho de cada manera que he podido imaginar. Cada vez que has dicho no o no has dicho nada. Pero regreso con la misma petición. Y no voy a rendirme. Si toma diez mil vece o más, voy a pedir, a pedir y a pedir. Mi persistencia no proviene de la falta de fe. Es la expresión más profunda de mi fe en ti. Creo que eres Dios. Creo que puedes hacer cualquier cosa. Creo que escuchas cada oración que elevo. Creo que quieres lo mejor para mí. Creo que un día responderás afirmativamente. Pero esas no son las razones principales por las que continúo pidiendo. Pido una y otra vez porque Jesús me dijo que lo hiciera. Dijo que no debo rendirme, así que no lo haré. Hasta que me digas claramente que me rinda, voy a pedirte cada día. Me emociono contigo y lo que hará pronto. En el nombre de Jesús. Amén.

Cuando el autor cristiano Larry Burkett habló públicamente en cuanto a su batalla con el cáncer, reconoció la realidad de un futuro incierto. Convencido de la firme atención y el amor de Dios, dijo «¿No le pregunte a Dios “Por qué” De todas maneras es probable que no le conteste. Pregúntele a Dios; “Y ahora, ¿qué quieres que haga?”». La manera en que respondemos al no divino es tan importante como nuestras oraciones. Puede ser la diferencia entre la amargura y la victoria.

Cómo lidian con el no de Dios se decide por su respuesta individual e interna. Algunos se vuelven contra Él por no salirse con la suya. Otros se vuelven hacia Dios convencidos de que los ama pese a lo que suceda.

«Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho» (Santiago 5.16). Es interesante ver cuán frecuentemente los cristianos citan la última parte de Santiago 5.16, el clamor de nuestras oraciones es poderoso y efectivo. Empero en escasas ocasiones incluimos la primera parte del versículo, la exhortación a confesarnos nuestros pecados los unos a los otros en la iglesia.

Creo que los cristianos deben ser precavidos cuando animan a otros a creer que Dios realizará milagros en sus vidas. Dios hace muchas cosas que no entendemos; debemos ser sinceros en cuanto a eso y evitar la aplicación inadecuada de su Palabra a la vida de otros. En nuestro celo de edificar su fe, podemos destruirla.

Los cristianos son diferentes por las respuestas que vivimos y no por los problemas que enfrentamos.

No es responsabilidad de la iglesia ni de los ancianos saber quién está enfermo y salir corriendo a ofrecer oración. Es responsabilidad del cristiano pedir ayuda.

Los ancianos son los líderes espirituales de la iglesia. No son simplemente los que tienen títulos oficiales o posiciones en la iglesia. En algunas ocasiones las necesidades podrían ser mucho mayores que lo que un puñado de líderes pueda tratar. La iglesia puede asignar la responsabilidad a hombres y mujeres reconocidos por su liderazgo espiritual aunque en el momento no tengan posiciones oficiales. Cuando surge una petición, los ancianos han de reunirse con le persona enferma y orar en fe por sanidad. Eso no significa que no tienen fe en sus oraciones. No significa que tienen fe en la sanidad. Y no significa que tengan fe en la fe. Significa que tienen fe en Dios. Los ancianos han de orar con absoluta confianza en que Dios escucha, Dios se interesa y Dios tiene el poder para sanar. Si esa fe está ausente fallan como ancianos y sus oraciones no sirven para nada. La oración debe ser sincera, fuerte y compasiva, que desee apasionadamente la sanidad, completamente confiada en Dios. Los ancianos, cuando se lo pidan, podrían ungir a la persona enferma con aceita en el nombre del Señor. […] En el primer siglo el aceite de oliva y otros similares se utilizaban ampliamente como medicina. […] Santiago5.14, entonces, en términos modernos podría traducirse como «oren por él y denle penicilina en el nombre del Señor». Los cristianos deben aprovecharse por completo de los beneficios de los médicos y la medicina moderna, aunque asegurándose de que la ayuda médica esté precedida e impregnada de oración y que la medicina se toma «en el nombre del Señor». Los médicos tratan la enfermedad, pero Dios es quien sana. [… Parece que es mejor entender el aceite como un símbolo de la presencia y el poder de Dios, como cuando se unge a la persona para que sea rey, o se le imponen las manos como símbolo del toque de Dios. Cuando estamos enfermos muchas veces necesitamos algo más que palabras para ayudarnos a experimentar a Dios. El aceite es un recuerdo físico del Señor invisible. No se describe la manera de ungir con aceita. Quizá lo derramaban sobre la cabeza o en la parte enferma del cuerpo. En muchas iglesias actuales, sencillamente se aplica un poco de aceite de oliva en la frente de la persona que pide la unción. Más importante que el aceite es «el nombre del Señor». Es el reconocimiento formal de que Jesucristo marca la diferencia. Los ancianos oran y ungen presentándole al paciente al Señor y el Señor al paciente. Podría no importar mucho si se omite el aceite, pero de omitirse Jesucristo habría una enorme diferencia.

La razón verdadera por la cual algunos son sanados y otros no es porque Dios elige hacerlo o no hacerlo. Nos gustaría librarnos de esa conclusión, culpara a cualquier otro excepto a Dios. Pero la verdadera fe cree que la mejor y más decisiva elección la toma Dios y no nosotros. Usualmente no sabemos cómo Dios decide; creemos que lo que decida hacer está bien. Eso es fe en Dios.

Dios es el Gran Médico. Dios es quien levanta al enfermo. Suyo es el poder. Suya es la decisión. Suya es la sanidad. Suyo es el crédito. Dios podría dar sanidad completa y permanente, o la sanidad podría ser parcial y temporal. La sanidad podría ser directa, sin que haya medicina o médico de por medio; o indirecta, utilizando cualquier método que Dios elija. La sanidad podría ser inmediata, en el momento de la oración; gradual o llegar de súbito.

¿Qué haría con toda esta información si mañana me diagnosticaran una enfermedad mortal? Es difícil predecir nuestras respuestas futuras. Sé lo que la Biblia dice. Sé lo que debo hacer y qué espero hacer. Esta es mi lista de deseos para aferrarme a Dios durante los momentos difíciles: Oraría de inmediato. Le pediría a Dios que me cuidara, que me diera su perspectiva en cuanto a mi enfermedad y su voluntad para mi vida o la muerte. Probablemente oraría por sanidad, mientras más pronto mejor, tan fácilmente como sea posible, a través de cualquier medio que Dios elija. Usaría cada recurso que Dios me ha dado, incluyendo el mejor tratamiento médico y las oraciones y el apoyo de compañeros cristianos en la iglesia. Le pediría específicamente a los ancianos de mi iglesia que vinieran a mi casa, que oraran por mí y me ungieran con aceite en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Le pediría a Dios que, de no recibir respuesta a mis oraciones, me explicara el porqué, y que me mostrara si hay algo malo conmigo o en mis oraciones. Le pediría a otros que continúen orando por mí´. Me comprometería a darle a Dios la gloria independientemente del resultado. Concordaría con que Dios sabe qué es lo mejor y sometería mi voluntad a su voluntad.

Escucha, ¡Señor! Por favor, ¡escucha! Vengo en el nombre de Jesucristo para plantearte mi pregunta más importante. ¿Por qué? ¿Por qué dices no? ¿Es por algo que he hecho mal? De ser así, por favor muéstrame mi pecado y te lo confesaré, sé que me perdonarás. Perdona mi egoísmo, mi orgullo, mis contradicciones, mis motivos mal dirigidos. ¿Acaso es por una mala relación? Muéstrame a quien he ofendido. Dirígeme hacia ellos con los cuales mi relación no es correcta. Enséñame todo lo que debo hacer para enmendarme, para reconectarme, para sanar y amar. Dame gracia para estar en paz con todas las personas. ¿O es contigo, Señor? ¿Cómo te he ofendido? ¿Estás herido por mi falta de interés en ti? ¿Acaso es porque te he sacado tantas veces de mi vida? ¿Qué mal he cometido que debo confesar? ¿Qué debí hacer que no hice? Más que nada, quiero que todo entre tú y yo esté bien. Por favor, mi Señor y Amigo, reconcílianos en uno con el otro. ¿Estás diciéndome que espere? Entonces, con la ayuda de tu paciencia, esperaré hasta que llegue tu tiempo indicado. Hasta entonces, ¿debo continuar orando una y otra vez hasta que continúe sintiendo en mi corazón la necesidad de pedir? Dios, ¿deseamos algo opuesto? ¿Acaso lo que deseo no es lo que deseas, y lo que quieres no es lo que quiero? Someto mi voluntad a la tuya. Aceptaré que lo que digas es correcto y bueno. Debido a que creo en ti, también creo en lo que elijas. No en mi voluntad sin o la tuya, Padre mío. Y si no hay respuesta, aceptaré tu mensaje de silencio. En cierta manera, eso sería lo más difícil de todo, pero no me corresponde hacer que hables o decirte qué decir. Si tu respuesta es el silencio, confiaré que hasta esa respuesta proviene de ti. Amén.

¿A dónde acudimos cuando ha pasado el momento de orar? ¿Qué hacemos cuando la persona que amamos ha muerto, cuando nuestro cónyuge se ha marchado y se ha casado con otro, cuando el hijo pródigo ha dicho adiós para siempre? ¿Qué queda cuando el no de Dios es eterno? Hay un vacío en el alma que parece residir permanentemente en donde una vez vivió la esperanza. Es difícil continuar, mucho menos confiar en Dios o ni siquiera hablarle. La cruel expresión «Ya pasó el tiempo de orar», adquiere un significado duro.

No hay palabras de consuelo adecuadas cuando se pierde la esperanza, se quebrantan los sueños, se pierden vidas y el no de Dios llega a ser permanente. Los que no hemos viajado por el sendero de otros debemos ser muy cuidadosos y no ofrecer respuestas enlatadas y soluciones fáciles. El dolor es real. No entendemos completamente y Dios se ha quedado con muchas de las respuestas que deseamos.

Finalmente es asunto de confiar. Cuando se han pronunciado todas las oraciones y se han recibido todas las respuestas, debemos decidir si creeremos que Dios es bueno aunque lloremos por las respuestas que ha enviado. Poner nuestra confianza en el Señor no es simplemente contar con que nos dé lo que queremos sino creer que nos ama y se ocupa de nosotros hasta en el albor de una tragedia. Es la convicción de que Dios sabe qué es lo mejor y que en el cielo podremos pedirle que explique qué es lo que no tiene sentido aquí en la tierra. Es la profunda creencia en que Dios tiene una explicación buena y correcta.

Confiar en Dios es colocar todo nuestro peso sobre Él. Cuando no entendemos, cuando estamos dolidos, cuando sufrimos el desengaño, cuando ya no queremos pedir por algo o alguien, cuando nos sentimos furiosos por el resultado, entonces confiar en Dios finalmente es tirarse exhaustos sobre Él. Ahí es cuando la oración vuelve a su significado más puro como comunión. Cuando estamos al otro lado de pedir simplemente venimos a Dios por quién es y nos conectamos con Él en la expresión más elemental de la fe.

Recuerde. Dios es demasiado sabio como para cometer un error y demasiado bondadoso como para hacer algo cruel.

Buen y sabio Dios, a veces no es fácil decir: «Confío en ti». No me diste lo que tanto quería. Cuando estaba tan seguro de que dirías que sí dijiste que no. Cuando aún tenía esperanza se acabó para siempre. ¿Puedes sentir mi dolor? ¿Entiendes lo que trato de decirte? ¿Estás oyéndome? ¿Escucharás y responderás a esta oración? Ya no tengo más palabras. Deja que mi corazón se comunique con el tuyo. Confiaré en ti lo mejor que pueda. Dame más fe. Pondré todo mi peso sobre ti. Creeré en t para todo lo que no pueda saber. Interpretaré la vida por quien eres y no por lo que suceda. Confiaré en que me darás nueva esperanza y mayor fe. Si pierdo todo lo demás, te tendré a ti. Y eres todo lo que necesito. Gracias, Jesús. Amén.

El abrazo del Padre

Danilo Montero

El abrazo del Padre

El abrazo del Padre

A través de las historias de Jonás, Ana, Jacob, Isaías y Moisés, así como las parábola del hijo pródigo y el fariseo y el publicano, el autor nos describe a un Dios como Padre amoroso que ofrece perdón y amor a cambio de… nada! Calificación de 9.

Resma: Conjunto de quinientos pliegos de papel.
Canfín: Queroseno.

¡Cuanta falta nos hace el abrazo del Padre! Una generación herida camina y tropieza en su juventud, aborreciendo a sus padres y jurando que nunca serán como ellos, sólo para causar el mismo dolor y las mismas heridas sobre sus propios hijos.

¿Por qué hay ocasiones en que el ser humano hace exactamente lo último que debía hacer?

La puerta divina a nuevas dimensiones de unción y servicio es la obediencia.

Para adorar al Dios verdadero necesitamos conocerlo. Pero sólo podemos conocerlo en la medida en que Él se nos revele.

El rito debe cumplirse, el programa debe continuar… nuestra tradición debe perpetuarse. No hay contacto, interacción ni intimidad. Nos da miedo colocarnos en el lugar de no saber qué hacer en la desesperante espera del que quiere escuchar o ver a Dios.

El cielo espera por gente que se atreva a llorar ante Dios. Hay la imperiosa urgencia de transparencia en aquellos que se acercan a adorar. La capacidad de desnudar el alma es lo que nos lleva al punto de cambio.

¿Es acaso la alabanza encender las emociones del pueblo, o es el altar donde levantamos nuestra ofrenda en temor santo y adoración?

La religión esconde inmundicia bajo las vestiduras.

Por esa razón es que el orgullo religioso nos hace errar. Nos hace creer que somos mejores que otros porque no hacemos ciertas cosas y porque sí hacemos nuestras “tareas” cristianas. Ignoramos que lo único que hace de la vida de un cristiano algo maravilloso, es la presencia de Dios. Si ignoramos esa presencia, apagamos la llama, enterramos ese santo altar y estaremos hundidos en la suciedad del pecado.

En su afán por inculcar la ley, cayeron en el error de usarla como un medio de autoexaltación y a la vez, como una herramienta de control. A la postre, lo que una vez fuera una pasión profunda se transformó en una religiosidad enfermiza. Este grupo se convirtió en uno de los acérrimos enemigos de Jesús y fue uno de los involucrados en el complot para enjuiciar y matar al Salvador.

Para un fariseo el amor por Dios se mide por sus logros personales en cuanto a la religión. Es uno que anhela ser amado por Dios, y para ello se basa en su capacidad de “acumular” puntos. Por razón busca minimizar lo más posible sus errores, pues ellos son sinónimo del rechazo de Dios. En contraposición, hacer lo “correcto” es igual a ser amado y aceptado. Por lo que el amor divino sólo puede ser “asegurado” a través de un rendimiento perfecto.

Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. — Santiago 4:2

Y ¿por qué es que no pedimos? ¡Porque aquel que es orgulloso no sabe pedir, no desea pedir y menos recibir! Por un lado, el orgullo nos inhibe para pedir y por otro lado, amarra nuestras manos para recibir lo que nos es ofrecido.

La actitud farisaica se manifiesta en el énfasis exagerado de la forma: el cumplimiento estricto de las normas, el largo del cabello o del vestido, la camisa blanca y la corbata. Mientras observamos meticulosamente estas cosas, olvidamos el amor fraternal, la unidad de la iglesia, la honradez y la misericordia.

Dios no es perfeccionista, es perfecto. El perfeccionismo busca alcanzar una excelencia de carácter o de disciplina para exaltarse a sí mismo y para imponerse a sí mismo sobre otros. Busca controlar a otras personas a través de su supuesto ejemplo. Debemos ser ejemplo pero no con el fin de esclavizar a otros. Esta forma de pensar busca controlar a las personas a través del temor de desagradar a Dios, temor al castigo si no se cumplen ciertas disciplinas.

La oración de este hombre contiene una definición honrada de sí mismo: soy un pecador. Pero a la vez, no se encierra en sí mismo, sino que se extiende hacia Dios como el enfoque de su hambre espiritual. Para aquel que sabe cuál es su condición, es más fácil recibir las buenas nuevas cuando las escucha. Al fariseo había que convencerlo de que estaba mal porque consideraba que él no necesitaba ayuda. El publicano sabía que estaba mal y que no valía nada delante de la gente, como consecuencia buscó a Dios y esa actitud le abrió la puerta a la gracia divina.

Gracia es recibir lo que no merecemos. Misericordia es no recibir lo que sí merecemos.

“¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?” — Isaías 55:2

Podemos llorar toda la vida nuestras faltas, pero nada cambiará hasta que nos determinemos a seguir un nuevo rumbo.

La misericordia corre hacia ti cuando quieres volver a Dios, y corre más rápidamente que el juicio.

“Cuando tú das un paso hacia Dios, Él da dos y tres hacia ti”.

Un abrazo puede hacer que un hijo pródigo olvide la vergüenza de comer basura y de andar como un mendigo. Hace que la culpa se vaya, que el cansancio se olvide. Esa es la gracia de Dios. Nos hace sentir amados y bienvenidos. Nos abre la puerta del corazón y nos dice: “Te he estado esperando”. La gracia de Dios es un abrazo.

Dios hace mucho con poco, más con menos y todo con nada. Arthur Burt

Ninguno de nosotros fue creado para caminar sin ayuda. Ninguno de nosotros contiene la verdad absoluta de Dios y por lo tanto, necesitamos de ese “destello” de Dios que hay en nuestros hermanos.

La historia de nuestra raza se definió trágicamente en el jardín del Edén, pues en ese lugar el hombre decidió hacer su propia voluntad y romper su relación con el Creador. Para cambiar el curso de nuestra historia, Dios tuvo que volver a un jardín (Getsemaní) en el cuál Jesús (Dios-hombre) tomó el lugar de todos nosotros para rendirnos nuevamente a Su voluntad.

Las personas y circunstancias no cambian por sí solas lo que hay en nuestro corazón. El cambio lo produce nuestra actitud ante esa confrontación. A menudo, las personas más cercanas a nosotros son las herramientas que el enemigo usa para herirnos. También aquellos con quienes tratamos diariamente son los mensajeros divinos de confrontación. No los pedimos, es más, si pudiéramos, nos desharíamos de algunos.

Una pobre mujer desesperada por la agonía de una vida miserable junto a su esposo oraba: “Señor, o te lo llevas o te lo mando”. Muchas veces, cuando oramos para que Dios cambie a esa persona que nos irrita, recibiremos la respuesta del dedo divino señalándonos y diciendo: “Tú eres el que más necesita ese cambio”.

Las cosas trascendentales en la vida de un hombre suceden en la soledad que hay en la presencia de Dios. La mayor escuela de cambio no sucede en la multitud de una conferencia ni en la vida social de la iglesia.

Todos tenemos dificultad para sentirnos a gusto cuando estamos solos. Quizás detestamos la soledad porque tememos estar con la persona que más odiamos en este mundo: nosotros mismos. Esto sucede porque no hemos hecho las paces con el que se asoma al espejo cada mañana. Por eso es necesario acudir a Dios, quien nos ayuda a aceptarnos tal cual somos y a valorarnos como Él nos valora.

El quebrantamiento es lo único que nos sana de la religión, y nos tira al piso, humillados, diciendo: “No puedo hacer nada por mí mismo”. Aquel que pelea cree poder alcanzarlo, por eso pelea.

Peniel es el lugar en donde el hombre reconoce que no puede y queda postrado, esperando en Dios. Cuando admitimos nuestra debilidad y limitación humana le abrimos paso al poder de Dios. Sólo allí, el hombre natural es quebrantado y cede el lugar a Dios. Eso se llama rendición total y consagración: cuando nos abandonamos totalmente en las manos de Dios.

Cuando recaí tuve dos opciones: volver a la culpa, el temor y la depresión; o correr a los brazos de mi Padre Celestial. Escoger vivir como una víctima de mi enfermedad; o decidir confiar en el amor inmutable de Abba

Si puedes confesar quién eres, qué te está sucediendo y qué cosas te hacen sufrir, entonces Dios puede liberarte. La necesidad de transparencia y de admitir nuestra vulnerabilidad es un principio de vida. Debemos reconocer nuestra imperfección. Jacob pudo haber dicho: “Es que mi padre nunca me quiso” o “Esaú es un tonto”. Puedes seguir culpando a tus padres, a tu país, a tu mala suerte, pero mientras repitas las palabras de Adán o de Eva: “Fue la serpiente”, no serás transformado. La confesión honesta ante Dios es el punto de partida para que Su intervención poderosa tome lugar en nosotros. Por otra parte, la confesión ante nuestros hermanos es el canal por el que salimos de las tinieblas que hay en el corazón y recibimos la luz sanadora de Dios.

Es necesario abrir el corazón y confiar en otras personas para recibir a través de ellas lo que Dios quiere hacer en nuestra vida. Si buena parte de las heridas que los humanos llevamos fueron causadas por otros, Dios usará a otros seres humanos para sanarlas.

Charles Swindoll dice en su libro Baje la guardia que los amigos son como los espejos retrovisores de un auto porque nos ayudan a proteger los ángulos ciegos al conducir. Esto quiere decir que ellos nos ayudan minimizar el riesgo de tropezar y caer.

Padre de huérfanos… es Dios en su Santa morada — Salmo 68:5

“Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo”. – Salmo 27:4. Mientras David contemplaba la hermosura del Señor, inquiría. La palabra “inquirir” significa preguntar, investigar, indagar.

No hay circunstancia que su amor no conozca y que su consuelo no pueda sanar. Cuando percibes su amor todo resentimiento pierde su poder y el perdón aflora.

En el abrazo del Padre se encuentra la fuerza para caminar por el valle de sombra y de muerte, sin temor alguno.

Isaías respondió a la revelación de Dios de la mejor manera que un ser humano puede hacerlo. Se postró y clamó a Dios: “¡Ay de mí! Reconozco mi condición y te necesito”.

John MacArthur, un exitoso escritor cristiano, declaró en un artículo de la revista Discipleship Journal, lo siguiente: “La esencia y el corazón de la adoración es un deseo intenso y no egoísta de darle a Dios. Ese deseo comienza con la entrega de nosotros mismos, luego la entrega de nuestras actitudes y nuestras posesiones, hasta que la adoración se convierte en un estilo de vida”.

¡Nuestro Dios es terrible! Me pregunto si estamos respondiendo adecuadamente a ese Dios que se nos describe en los Salmos. ¿Tenemos en mente esta clase de perspectiva acerca de Dios cuando cantamos una canción mientras terminamos de mascar un chicle? ¿Habremos perdido esa sensación de asombro que invadió al salmista al igual que a Isaías?

No es fácil adorar a Dios cuando el alma se parte en mil pedazos. No hay música hermosa de iglesia porque estás solo.

Adorar a Dios cuesta la vida. Si adorar significara cantar canciones románticas como las que grabamos en un disco, sería cosa de niños. Pero, cada vez que tú y tu iglesia confiesan su pasión a Dios, les es tomado en cuenta para luego ser probado.

Hebreos, capítulo 11, verso 6, nos dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.

Historia de Jesús

Xabier Picaza

Historia de Jesús

Historia de Jesús


Muy interesante libro en la que el autor comenta la vida de Jesucristo a la luz de los Evangelios, pero considerando datos que en una lectura inicial, pasan desapercibidos. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 1, un libro con más de 500 páginas. En este caso 671 páginas. Con esta lectura, por fin se finaliza el reto iniciado en enero de 2016. 4 meses y medio de atraso, pero es que la carga laboral fue mucha.

Lacónica: Breve.
Jerosolimitano: De Jerusalén o relativo a esta ciudad israelí.
Concordismo: Sistema de conciliación entre los textos de la biblia y los conocimientos científicos modernos, en especial del Génesis.
Orante: Que ora.
Culmen: Punto más alto de una cosa:
Levirato: Institución de la ley de Moisés, que obliga al hermano del que murió sin hijos a casarse con la viuda.
Mojón: señal que sirve de guía.
Hégira: Era musulmana que se cuenta desde el 15 de julio del año 622 d. C., día de la huida de Mahoma de La Meca a Medina.
Logion: frase breve de la divinidad.
Decurso: Sucesión o continuación del tiempo.
Hoya: Concavidad u hondura grande formada en la tierra.
Iconoclasta: Contrario al culto a las imágenes sagradas.
Inconsútil: Sin costuras.
Teofanía: Manifestación de la divinidad al hombre.
Osario: Lugar destinado en las iglesias o los cementerios para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas.

Se llamaba Jesús (en hebreo Yeoshua, Dios-Salva), como el primer conquistador israelita (Josué = Jesús). Era judío de Galilea y nació en torno al 7-6 a.C. (los que fijaron el calendario común o cristiano se equivocaron, suponiendo que había nacido el año 1 d.C.). Fue campesino de origen y artesano de oficio, no letrado (escriba, hombre de letras), de manera que quizá no leía de corrido, pero no se le puede llamar analfabeto, pues, como veremos, tenía una intensa conciencia social y conocía bien las leyes y costumbres de su pueblo, de manera que discutió por ellas con otros maestros y líderes sociales. Fue trabajador como su padre, y creció en contacto una realidad social y religiosa que, a su juicio, se oponía a las promesas de Israel y oprimía a los hombres.

Supo que había llegado el fin de la opresión, y que la lucha decisiva por la nueva historia de Dios (y de los hombres) no era militar (contra Roma), sino humana, contra el Diablo, manifestado de un modo especial en los posesos, y expresado en la injusticia económica, representada por Mamón. Su fuerte programa se hallaba fundado en la certeza de que Dios es Padre, y quiere que los hombres acojan su Reino salvador, viviendo y compartiendo la vida como hermanos.

Fundó un grupo de Reino, familia de amigos e hijos de Dios, con los pobres y los excluidos, con quienes abrió un camino de humanidad (Reino de Dios), iniciando una estrategia de pan compartido, perdón, amor mutuo y reconciliación.

No buscó dignidades, sino que actuó simplemente como hijo de hombre, ser humano, para crear una familia o hermandad universal, fundada en la palabra el Reino y en la vida compartida.

Llegó [a Jerusalén], rodeado de un grupo de discípulos, que compartieron su proyecto, pero no su forma de realizarlo, a la ciudad sagrada para instaurar públicamente su Reino, esperando que Dios le respondiera. Otros prometían prodigios espectaculares (división del Jordán, caída de los muros de Jerusalén…), él solo ofreció el signo de su vida, al servicio de los pobres, y entró como rey de paz, enviado de Dios, sobre un asno, anunciando el final del templo.

Su historia puede dividirse en tres tiempos y lugares: Discípulo y colaborador de Juan en el Jordán; profeta del Reino de Dios en Galilea; pretendiente mesiánico en Jerusalén, donde fue crucificado.

Recibió el nombre y la tarea del conquistador israelita (Jesús/Josué), pero vivió a la luz de otras figuras venerables, como Moisés (Ley), Elías (Profecía) y David (Reino). Las dos primeras aparecen a su lado en el pasaje programático de la transfiguración (cf. Mc 9,2-9).

Jeremías criticó el antiguo templo y se opuso a la política de guerra de los «nobles» judíos, pero pudo escapar de la muerte porque lo ayudaron luego algunos amigos influyentes. […] Jesús era más radical que Jeremías pues no buscaba una simple purificación del templo, ni una política social y militar más justa, sino el fin de este templo y la instauración de un Reino de Dios, por encima de todos los pactos políticos; lógicamente no tuvo amigos que pudieran defenderlo.

Josefo […] pudo ofrecer una visión fiable de la situación de Palestina en el siglo 1 d.C. En ese contexto destaca su texto sobre Jesús (testimonio flaviano), interpolado por copistas cristianos (párrafos en cursiva y entre corchetes), pero que conserva un núcleo auténtico: «Apareció en este tiempo Jesús [un hombre sabio, si en verdad se le puede llamar hombre]. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, lo siguieron. [Este era el Cristo (el Mesías)]. Algunos de nuestros hombres más eminentes lo acusaron ante Pilato. Este lo condenó en la cruz. Sin embargo, aquellos que antes lo habían amado, no dejaron de hacerlo después. [Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de él esta y otras mil cosas maravillosas]. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido». (Ant XVIII, 63-4).

Sus discípulos, sin luchar externamente contra los sacerdotes o los soldados del césar, crearon una iglesia o comunidad religiosa que se extenderá no solo en el imperio de Roma, sino por otras partes del mundo, a las que no había llegado ni Roma.

Para no caer en manos de Herodes y los partidarios de Roma, un anciano héroe (¡de los que ha dado siempre Israel!), mató a sus siete hijos (¡número simbólico, como el de 2 Mc 7), los despeñó por la roca, y mató también a su mujer, antes de lanzarse él mismo al vacío «prefiriendo la muerte a la esclavitud».

En el año 6 d.C., siendo Jesús un adolescente de unos 13 años, se produjo en el país la segunda oleada contra Roma. Esta vez las consecuencias fueron más graves que las anteriores. Nuevamente el centro del estallido fue Galilea, donde vivía Jesús, por lo que él debió de haber conocido todos los detalles de estos disturbios. El iniciador fue un maestro religioso, llamado Judas el Galileo, y la causa fue el cambio de administración del sur del país, es decir, las provincias de Judea, Samaria e Idumea. Hasta entonces estaban regidas por un gobernador judío, pero en el año 6 los romanos lo destituyeron por mal comportamiento, anexaron el territorio a Roma y empezaron a administrarlo directamente a través de un Prefecto. Para ello crearon un nuevo impuesto llamado tributum soli (impuesto a la tierra). El sumo sacerdote de Jerusalén acató la medida para evitar males mayores y ordenó aceptarla. Pero Judas (¡hijo de Ezequías, el de Arbela!) desoyó la orden y reaccionó enérgicamente contra ella. Aunque había nacido en Gamala, al norte de la Galaunítide, y por lo tanto no le afectaba el nuevo impuesto, se trasladó a Jerusalén y desde allí empezó a exhortar a la población a no pagarlo. El argumento que esgrimía era claro: Dios es el único dueño de la tierra; por lo tanto, el emperador no tiene derecho a cobrar impuestos sobre el suelo de Israel. La insurrección de Judas no era militar, como las anteriores, sino pacífica. Judas no pretendía proclamarse Mesías, sino que quería el reconocimiento de Dios como rey del país, y de sus derechos sobre la tierra. Era, pues, un movimiento «teocrático», religioso, no violento, que buscaba imponer ideas, no estructuras. Pero al cuestionar un impuesto de Roma, desairaba la autoridad imperial, y con ella su presencia en Palestina. Por lo tanto, los romanos lo consideraron peligroso. Además, había logrado captar la aceptación de todo el país. Por eso lo persiguieron, lo atraparon, y lo mataron sin contemplaciones (Hch 5,37). Mientras tanto el adolescente Jesús, con sus 13 años, aprendía de su padre José cómo ser un buen artesano en el taller de Nazaret… ¿O aprendía también otras cosas de la historia real de su pueblo?

Lo que define a Jesús como enviado e Hijo de Dios no es el lugar de nacimiento (Belén o Nazaret), ni su posible concepción virginal, sino su filiación divina (es el Logos de Dios) y su entrega total por el Reino haciéndose carne, esto es, plenamente humano.

Jesús ha nacido hacia el año 6 (quizá el 7) a.C., pero es imposible fijar la fecha exacta, aunque la tradición posterior (tomando como referencia la fiesta del Sol) se ha inclinado por el 25 de diciembre, a pesar de que ese tiempo y ese día parecen ir en contra del relato (simbólico, no histórico) de Lc 2,8, donde se afirma que los pastores de Belén hacían por turnos la guardia del rebaño, al cielo abierto de la noche. Ese es un tiempo de frío y de lluvias, y es poco probable que hubiera pastores al raso en el campo. Solo a partir de la primavera velan los pastores al raso en la noche. Sea como fuere, ese día ha sido introducido en la iglesia como fecha de nacimiento de Jesús a partir del siglo IV. Antes se habían propuesto otras fechas, sin insistir en ellas, y sin celebrar una fiesta especial de nacimiento (la fiesta cristiana era la pasca, bien definida a partir del siglo II d.C.). Pero, tras la crisis arriana (contra el rechazo de la divinidad de Jesús), los cristianos ortodoxos empezaron a celebrar la fiesta del nacimiento «divino» de Jesús, y lo hicieron el 25 de diciembre, en el solsticio de invierno, fecha en que el Sol Invicto dejaba de «caer» (inclinarse) en el horizonte y recomenzaba a crecer (en el hemisferio norte), iniciando el nuevo año solar. Así nació Jesús y así nace cada año.[…] Actualmente, por razón de ajuste del «calendario gregoriano» (que no ha sido aceptado por todas las iglesias), la Navidad de Jesús se celebra en fechas distintas entre los cristianos de oriente y occidente.

[El censo] Lc 2,1-4 ha vinculado al nacimiento de Jesús en Belén. Por Flavio Josefo sabemos que ese censo (que no fue universal) no pudo realizarse al nacer Jesús (hacia al 6 a.C.), reinando Herodes (que murió el 4 a.C.), sino doce años más tarde, hacia el 6 d.C., tras la muerte de Arquelao, cuando el gobierno de Judea pasó directamente a Roma. Pero a Lucas no le importa la exactitud puntual, sino el sentido teológico del censo, que encuadra a Jesús en la maquinaria imperial de Roma. En ese sentido, es igual que el censo haya sido anterior o posterior (total o parcial), pues Lucas no quiso ofrecer una crónica de los hechos, sino una historia teológica: Jesús nació censado y morirá condenado por Roma.

El evangelio de Juan, que conoce sin duda la «historia» de la concepción por el Espíritu, ha prescindido de ella, no para negarla, sino para decir lo mismo de otro modo, pues lo que importa no es la forma externa en que Jesús nació, sino el hecho de que, siendo un hombre de la historia, él es la misma Historia/Palabra de Dios, Logos divino hecho carne, es decir, esencia y vida humana.

[Mateo] Supone que Jesús ha desbordado el plano de la «buena» historia israelita, pues añade que proviene de cuatro mujeres irregulares y sufrientes, poseídas por hombres poco ejemplares, de manera que él se inserta en el ancho espacio de la historia universal de exclusión y sufrimiento, pues ellas fueron rechazadas por la familia (Tamar), no integradas en el grupo (Rahab), exiladas (Rut) o adúlteras (mujer de Urías). Jesús aparece así por ellas como Mesías de los rechazados de la sociedad.

Jn 7,15: ¿Cómo sabe este de letras sin haber estudiado, es decir, sin haber seguido un curso en la línea de la tradición letrada? Ciertamente, él sabía «letras», pero en profundidad, desde la experiencia de su propio grupo y de su vida, desde las tradiciones profundas de Israel, de manera que podía ofrecer una interpretación profundamente judía de la vida, aunque distinta de la ofrecida por los rabinos de escuela.

Jesús ha sido campesino sin tierra; no formaba parte de una estirpe sacerdotal probablemente acomodada, como la de Juan Bautista (cf. Lc 1) o F. Josefo (según su Autobiografía), sino que era pobre efectivo, un marginal, un marginado. No se enfrentó a los poderes dominantes desde arriba, ni pidió limosna, ni se limitó a mejorar con pequeños retoques lo que había, desde el interior del sistema, pero inició una mutación social (por revelación de Dios), precisamente desde aquellos que, como él, carecían de poder y tierra, desde la escuela de pobreza y trabajo alienador de millones de personas, que dependían de aquello que otros quieren ofrecerles.

No fue un carpintero rico y acreditado, con trabajo seguro y tiempo libre para argumentar sobre temas de Ley, sino un artesano dependiente, sin acceso a tierra propia, ni pensador de tiempo libre, dispuesto a mejorar en lo posible lo que existe, sino un profeta en tiempo de opresión, teniendo que buscar y descubrir a Dios desde unas circunstancias sociales marcadas por la comercialización herodiana (romana) de los campos, que empezaban a depender de las ciudades y los nuevos ricos.

Jesús no fue purista, ni condenó en bloque el comercio, ni rechazó a los publicanos (recaudadores), pero quiso que la acción económica y el dinero estuvieran al servicio de los pobres, de forma que solo Dios fuera divino. En esa línea, su proyecto implicaba una transformación sociorreligiosa, con lo que ello implica de interpretación de la ley, en clave profética. No fue reformador, como algunos fariseos empeñados en mejorar las relaciones económicas, sino profeta radical, en la línea de la tradición israelita, pues un dinero que no sirve a los hombres se vuelve mamona, el dinero absolutizado, idolatría concreta que destruye al hombre.

No fue un artesano influyente, en la línea de Jeroboam, «joven decidido a quien Salomón puso al mando de los obreros de la construcción (cf. 1 Re 11,28), que pudo iniciar un levantamiento y fundar un nuevo reino (cf. 1 Re 12). Tampoco fue un jefe de sindicatos obreros, para liderar una revolución social, con toma de poder, como muchos a lo largo de los siglos XIX y XX, con la creación de un partido político triunfante, sino un portavoz de los más pobres, sin más posesión que su trabajo (o su falta de trabajo), no para tomar el poder, sino para cambiarlo (superarlo). Así se distingue de gran parte del movimiento cristiano posterior, que será básicamente urbano, de manera que los no cristianos se llamaran paganos (de «pago», campo), habitantes de aldeas, que no han aceptado el nuevo orden social cristiano.

Antipas mata a Juan porque ha tenido miedo de las implicaciones sociales de su mensaje. De un modo semejante, Pilato ejecutará a Jesús.

Lc 3,10-14 se sitúa en la línea de Josefo, condensando la enseñanza de Juan en tres proposiciones. 1) Norma universal: «Quien tenga dos túnicas, que dé una a quien no tiene, y quien tenga comida que hágalo mismo». 2) Norma para publicanos: «No exijáis nada fuera de los fijado». Juan supone que hay un orden establecido, y pide a los «responsables» económicos que lo cumplan. 3) Norma para soldados: No hacer violencia, actuar como ministros de paz; no extorsionar a nadie, ni utilizar el poder para servicio propio; contentarse con la paga.

También Juan acogía a publicanos y prostitutas (cf. Ct 21,32), pero no para comer con ellos, sino para ofrecerles conversión. Jesús, en cambio, come con ellos en señal del Reino (cf. Lc 19,2-8)

Jesús (y los cristianos/mesiánicos): a) No ayunan: Rechazan una visión penitencial de la vida, tomando las comidas como signo de Dios, en apertura a los pobres, sin distinción de pureza-impureza (cf. Mc 6,34-46; 8,1-8). b) Comen y beben, en medio de un mundo injusto, no para avalar la injusticia, sino para ratificar la revelación de Dios (el Reino), compartiendo los panes y los peces (multiplicación) con los necesitados, por alegría y solidaridad, pues es tiempo de bodas (el novio está con ellos: Mc 2,19). c) No rechazan ningún alimento. En principio, conforme a la inspiración de Jesús, comen todo, superando así, como Juan (pero en otra línea) las leyes de pureza farisea (cf. Mc 7,15-19).

[Jesús] había empezado recreando el proyecto bautista de Juan, pero después puso en marcha el suyo, que ya no se centraba en el bautismo para perdón de los pecados, sino en el anuncio del Reino de Dios.

Juan Bautista había seguido confirmando la gran separación entre cielo y tierra. Y una separación semejante había descubierto Jesús en el fondo de la experiencia de dureza y muerte que marcaba la forma de vida (y sufrimiento) de los galileos (cf. Gen. 3). El mismo Jesús había acudido donde Juan y había recibido su bautismo porque se hallaba dominado (como aplastado) por esa gran separación, pidiendo a Dios que descargara su juicio sobre la historia de los hombres, para volverse, para que el resto de los «liberados» de la ira pudiera vivir cerca de Dios. Pues bien, ahora, tras el bautismo, descubre (Is 63,19) que el cielo se rasga, como si cayera la gran cortina/muro que separa a Dios de los hombres, un tema que culmina con la muerte de Jesús, cuando se rasga (con la misma palabra: skhidsein) el velo del templo que separa a Dios de los hombres (cd. Mc 15,38). Esta es la nueva experiencia, la tarea de Jesús: Romper la separación que divide a Dios de los hombres, descubriendo así que el mismo Cielo (Dios) ha de expresarse en la vida humana. Eso significa que ya no hay necesidad de más bautismos (como los de Juan), porque el velo de la gran distancia se ha roto, porque Dios mismo ha bajado, está en su vida (de Jesús), en la vida de los hombres.

Del mismo Cielo (= Dios) desciende el Espíritu, simbolizado por la paloma, que había aparecido tras el diluvio (bautismo), como signo de que la gran «ira» de Dios ha terminado (Gn 8,11-12)

Elías quiso venir al Monte de Dios porque estaba cansado y fracasado (1 Re 18,8-18), pero, después de llegar al monte descubrió que Dios era distinto, fuente de vida, Había buscado signos de violencia (huracán, terremoto, incendio, como los de Juan Bautista en Mc 10-12); pero descubrió a Dios en la suave Brisa (= viento, espíritu) y en la Voz que le pide que inicie su nueva tarea. También Jesús buscó quizá el fuego, el hacha y el terremoto, pero escuchó la voz de Dios que se revela como Padre y que lo envía a realizar una tarea salvadora en la línea mesiánica.

Muchos desde entonces que el Reino es una especie de entidad abstracta, una idea simplemente interna. Pero Jesús lo entendió como salud personal (de cuero y alma), como perdón, comida y libertad en un espacio y un tiempo concreto, ahora en este mismo momento, en Galilea.

El Reino es primero, no viene después, como efecto de una conversión antecedente de los hombres, no se compra, ni obtiene por prácticas sacrales, sino que adviene desde sí mimo, es decir, desde Dios, como algo previo a todo lo que hagamos. Pero ese mismo Reino, que es Buena Noticia, hace posible que nos convirtamos, es decir, que cambie nuestra vida y que cambiemos.

En un momento dado, quizá tras separarse del Bautista, Jesús se convenció de que él debía curar al pueblo enfermo, a miles de galileos que se hallaban arrojados, aplastados, carentes de esperanza, a fin de que pudieran convertirse en dueños de sus propias vidas. Llegaba el Reino y el primero de sus signos (pilares) debía der la salud de los enfermos, la plena humanidad de aquellos que parecían arrojados, al margen de la vida.

Quien curaba no era él, como decían ciertos curanderos a sueldo (que se decían «divinos»=, sino que curaba el mismo Dios que se expresaba allí donde los hombres aceptaban su mensaje. Por eso, él no decía «yo puedo», sino «tú puedes», si crees en Dios y te dejas transformar por su Reino.

Jesús no se limita a preparar la llegada de Dios (cf. Mal 3,1.22-24) juzgando y destruyendo a los perversos, sino que lo hace (lo instaura) sanando a los enfermos.

Jesús no proclama el juicio (como Juan), ni enseña a los hombres que cumplan su deber (como la moral kantiana), sino que les anuncia la llegada del Reino de Dios, que se expresa en los milagros y se expande en las bienaventuranzas como proclama y programa de felicidad. Según eso, la primera tarea del hombre es aceptar el Reino (acoger su presencia y dejarse transformar por ella), respondiendo a la Palabra de Dios, para dejarse curar y vivir en plenitud (en perdón, amor mutuo).

Estas palabras [las bienaventuranzas] evocan (proclaman) el gran cambios, que Jesús ha empezado a realizar y que, conforme a Mt 11,2-6, se expresa en la curación de los enfermos y en la bienaventuranza de los pobres. No anuncian algo que vendrá después, sino que ratifican aquello que se está realizando precisamente ahora, entre los campesinos y desposeídos de Galilea, a quienes él llama (y hace) bienaventurados, al introducirlos en su dinámica de Reino. En vez de lamentarse de (o con) ellos por su desventura, Jesús les enseña a escuchar la Palabra (felicidad) del Reino (Dios en ellos) y les pide que la asuman, viviendo de manera consecuente, precisamente ellos, pobres, hambrientos y oprimidos (los que lloran), como depositarios de la felicidad de Dios (la vida) porque acogen la Palabra y porque él (Jesús) los cura. No les llama felices por lo que tienen (o no tienen) en sí mismos, sino porque Dios actúa en ellos, les ofrece su Palabra y los transforma, haciéndolos capaces de curarse e iniciar un tipo de vida diferente desde la pobreza. Entendidas así, las bienaventuranzas, igual que los milagros, marcan una experiencia de reconocimiento que transforma la vida de los hombres y mujeres, de manera que los antes alienados y oprimidos pueden saberse propietarios de la herencia prometida, viviendo así de un modo diferente (en un plano físico, psicológico, económico).

Los milagros son una especie de expansión de las bienaventuranzas, y nos muestran que el Reino de Dios no se expande ni se manifiesta a través del dinero y el poder de los fuertes, ni a través de aquellos, sino por medio de la palabra de vida que cura y que sana.

Muchos prefieren vivir esclavizados. Quizá se refugian en su enfermedad, tienen miedo de sí mismo, les cuesta asumir su tarea, enfrentarse a los problemas de la realidad. Pues bien, en contra de eso, Jesús quiere que ellos asuman y acepten lo que son, en libertad, de una manera responsable. No los «cura» para resolver desde fuera sus problemas, sin para que vivan en humanidad, compartiendo la Palabra, como testigos del Reino de Dios. No los cura para que abandonen su responsabilidad, renunciando así a la vida, sino para que sean responsables, de una forma creadora, intensa. Jesús no ponía sus curaciones al servicio del sistema (como podían hacer algunos sanadores, o podía hacerse en Epidauro o en otros santuarios famosos de su tiempo), sino que curaba ofreciendo a los curados, y a todos sus oyentes una palabra y camino de libertad en amor.

Tempestad calmada, paso a la otra orilla. Este signo evoca la presencia de Jesús resucitado en el camino misionero de sus seguidores, que deben pasar de Galilea a la ribera pagana del lago (cf. Mc 4,35-41; 6,45-52par). Lo que se calma no es el mar externo, sino el corazón de los seguidores de Jesús, pues para avanzar unas millas sobre un lago existen (sobre todo en la actualidad) otros medios, pero calmar el corazón y tener fuerzas para seguir navegando en la vida sigue siendo hoy tan difícil como en tiempos de Jesús.

El peligro de los hombres no es algo exterior (algo que los otros les puedan hacer otros), sino interno: No acoger el don de la vida, buscar la felicidad en una riqueza que es incapaz de darla. Quien no acepta la bienaventuranza de la gracia, quien no descubre y despliega la felicidad del Reino, desde su pobreza, queda en manos de su propia malaventuranza, vinculada a la idolatría de la riqueza, corriendo el riesgo de destruirse a sí mismo.

Sin una fe profunda en el Dios de la resurrección (que da vida a los que mueren), el mensaje y camino de Jesús carece de sentido. Pero no se puede hablar de resurrección donde domina una estructura de poder (donde se dice que los hombres son así, no pueden cambiar) o un sacerdocio que sacraliza lo que existe (cf Mc 12,18; Hch 23,8), sino allí donde emerge una palabra y una vida capaz de superar la muerte.

Jesús ha colocado la bienaventuranza de los pobres tras el anuncio de la resurrección, como si la obra de resucitar a los muertos (¡que parece más vinculada a Dios!) fuer más fácil que liberar a los pobres (cosa que parece más vinculada a los hombres). Para Jesús ambas son igualmente significativas, y en el fondo la segunda resulta más difícil que la primera: Solo allí donde se cree en la resurrección, es decir, en la vida de los muertos, puede haber Evangelio (Buen Noticia) para los pobres. Sin resurrección de los muertos (de los asesinados) no hay esperanza para los pobres.

Nosotros, ilustrados del siglo XXI, solemos decir que no hay demonios, y que los exorcismos no son más que magia o engaño, pero con eso no resolvemos nada: Quizá no haya Diablo (en sentido escatológico), ni demonios personales, pero «lo demoníaco» existe y marca la vida de los hombres, como un mal interno (social, personal), que se objetiva en instituciones y formas de vida exteriores, que vuelven a influir en las personas, manifestándose especialmente en algunos segmentos (eslabones) más frágiles de la cadena humana, suscitando diversas formas de «locura». Ciertamente, lo que llamamos hoy locura (un gran espectro de enfermedades psicosomáticas) tiene elementos orgánicos y biográficos, vinculados a la herencia genética y a la trama personal, familiar y social de las personas. Pero, en el fondo de ella late casi siempre un tema de opresión (e incomunicación), que en tiempo de Jesús se interpretaba de un modo religioso positivo o negativo, vinculando enfermedad y diablo, posesión diabólica y ruptura persona, En esa línea, podemos afirmar que en la raíz de muchas enfermedades antiguas y actuales sigue habiendo una ruptura personal, una demencia o dislocamiento que destruye al ser humano.

Como representante de su iglesia, Juan Zebedeo pretende impedir que un exorcista no comunitario expulse demonios en nombre de Jesús, para controlar así los exorcismos, de un modo eclesial. De un modo sorprendente, Jesús se lo impide, diciendo que todos pueden realizar exorcismos en su nombre.

Los escribas lo acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, «Señor de las moscas», Dueño malo de la Casa perversa del mundo, de manera que al hacerlo pone en riesgo el orden y la estructura social del judaísmo. Con el pretexto de hacer el bien (ayudando externamente a unos posesos), Jesús rompe o destruye la unidad sacral del pueblo (Casa buena de la alianza de Dios), de manera que el conjunto de Israel corre el riesgo de caer en manos de un Diablo destructor de la nación sagrada. Conforme a la visión de los escribas, los que ayudan y liberan a «condenados» de la cárcel diabólica (asociales peligrosos) son una amenaza para el buen orden del pueblo. Con el código en la mano, los escribas oficiales afirman que la sociedad ha de expulsar y controlar (= encarcelar) con legítima violencia a los endemoniados, para mantener el orden sagrado.

Una buena estructura social solo puede edificarse y defenderse separando a culpables y justos, poniendo una valla entre lo puro y lo impuro, lo firme y lo ruinoso. Por eso, quien acepta y cura, quien valora y reintegra como Jesús a unos posesos, apelando a la Palabra de Dios pone en riesgo la buena sociedad de limpios ciudadanos. Estos escribas defienden la vida del pueblo sargado, que se protege a sí mismo y rechaza a quienes lo amenazan. Fuera de las fronteras de ese pueblo quedan los leprosos y posesos. No hace falta matarlos, no encerrarlos en la cárcel, pero hay que expulsaros del espacio sagrado de la buena sociedad, establecida por escribas.

Esto es el Reino: Que un loco/poseso, que antes era servidor/legionario de un imperio de muerte, pueda convertirse simplemente en ser humano, en libertad, en diálogo con los demás.

Los exorcismos son una terapia gozosa, como indica una expresión jubilosa de Jesús, cuando los setenta discípulos (a quienes él había enviado para realizar la obra del Reino) volvieron con gozo, diciendo «Señor, ¡aun los demonios se nos sujetan en tu nombre!», y él les respondió: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10.17-18). Jesús los ha capacitado para sujetar a los demonio, de manera que podríamos decir que «la misma sujeción queda sujeta» (es decir, dominada; hypotassetai). Los discípulos de Jesús, unos hombres simples (sin poderes imperiales o sacerdotales), pueden iniciar e inician un camino de dominio sobre lo diabólico y Jesús les responde ofreciéndoles su experiencia más profunda, paralela a la que vimos al tratar de su vocación tras el bautismo (Mc 1,10-11; cap. 6). El cielo se abre nuevamente, y Jesús «ve» que Satanás, que parecía estar sobre la altura, al lado de Dios (como consejero suyo; cf. Job 1), cae sobre el mundo, rechazado y condenado, Diablo que ha perdido el trono (cf. Ap 12,1-5). En ese contexto se puede afirmar que los exorcismos forman parte de un proceso de victoria y «liberación» de Dios, que ha de entenderse en línea de gozo.

La ayuda a los padres y a los otros hombres importa más que el templo, porque el sábado (templo) se ha hecho para el hombre y no al contrario (cd. Mc 2,27-28). Eso significa que el Dios de Jesús no va en contra de los hombres, ni antepone sus intereses a los intereses de los necesitados. En otras palabras, Dios no acepta nada que implique merma humana, sino que se muestra divino en el servicio del amor humano.

Los judíos sabían que Dios es Padre y decían: Abinu-Malkenu, Padre nuestro, Rey nuestro. Siguiendo en esa línea, Jesús lo llama simplemente Abba (¡papá, padre mío!), con una palabra cuya singularidad reside en su falta de singularidad y en su fuerte inmediatez, pues evoca la gran cercanía del hijo con el padre, esto es, con aquel que le ha dado la vida. No es palabra secreta, de difícil sentido (como Yahvé, Ex 3,14), porque es originaria y nos sitúa ante el principio de la vida, en la trama originaria del ser humano, no de una religión concreta (judía o helenista). No es locución rebuscada de escribas, que solo se comprende tras un largo aprendizaje, sino la más simple, aquella que hombre recibe y conoce en su infancia, al referirse de manera cariñosa, agradecida al padre (padre/madre), que le ha dado la vida. No hace falta ser judío, ni haber pasado por un largo estudio de la Ley para entenderla. Basta con ser persona.

Dios Abba no es papaíto sentimental, sino Padre que guía y defiende a los hijos, asegurándoles que puedes superar la prueba y mantenerse en camino de Reino.

Asume la Tradición, pero no discute normas particulares, como los maestros de la Msiná. Acepta el Libro, pero no lo comenta con más libros, ni redacta otros escritos, sino que habla desde la vida y el sufrimiento concreto de los hombres y mujeres de su tierra, que son el verdadero Libro de Dios Padre.

Jesús respeta a los escribas, pero, a su juicio, la verdadera Ley (Libro de Dios) no se entiende a través de discusiones técnicas, sino en la vida de los hombres, especialmente de los pobres. Acepta así las tradiciones de Israel, no para absolutizarlas en su letra, sino para ponerlas al servicio de los más necesitados.

Aplicada de modo restrictivo, la Regla de Oro podría convertirse en una fuente de egoísmo: Al querer a los demás como a nosotros podríamos exigirles que se hagan como somos (cristianos, musulmanes…). En contra de eso, el amor a los enemigos exige que los amemos como son, no para que sean como nosotros.

No ha creado una enseñanza esotérica de iniciados, algo que solo entienden ellos, sino un movimiento de liberación universal, desde los pobres. Por eso, los portadores de su mensaje podrían ser y son gentes sin cultura escrita (de libro), pero capaces de acoger la Palabra del Reino y dejarse transformar por ella. En el momento en que se vuelve difícil de entender y exija comentarios especializados, perdiendo su inmediatez vital, la Palabra deja de ser impulso de Reino. Utilizando una expresión que puede ser ambigua, podríamos decir que Jesús «devuelve a los pobres la Palabra de Dios», secuestrada por intereses sociales, religiosos e intelectuales de una minoría de expertos, al servicio del sistema.

Las palabras de Jesús no son discurso filosófico para gente rica (con pan asegurado), sino un mensaje dirigido a gente que no sabe si tendrá para comer mañana y si podrá vestirse de modo adecuado. Ellas evocan y despiertan una providencia de Dios, que se expresa en la búsqueda del Reino, es decir, en el deseo de justicia: en el pan compartido, en la entrega de la vida a favor de los demás.

No quiso centrar su mensaje en problemas externos de economía o política, de violencia militar o ideología religiosa, sino que quiso iniciar una transformación radical de la existencia en línea de humanidad: Proclamó la Palabra y la empezó sembrando entre los pobres y campesinos y pescadores de Galilea, a quienes llamó herederos del Reino. Esta fue su experiencia en una línea que podía compararse al Éxodo de Egipto: Supo que Dios se introduce en la historia de los hombres, y los pone en marcha, como potencial de amor para transformar su vida y hacerlos bienaventurados desde la pobreza.

El Imperio romano buscaba la paz que se alcanza por la victoria (Pax Romana), simbolizada en el Ara Pacis (Altar de Paz), que Augusto había construido en Roma, como signo de unificación política. Pues bien, Jesús quiso y propuso la paz, pero no en forma de imperio, sino de Reino de Dios.

Tras el exilio (siglo VI a.C.), muchos judíos habían convertido su templo (Jerusalén) en santuario expiatorio, dedicado a limpiar los pecados, ofreciendo sacrificios a Dios, para mantener alejada su ira destructora, con sacerdotes expertos en cuestiones de impurezas. Este era su oficio central en un mundo lleno de expulsados y oprimidos: Ofrece r a los piadosos pecadores un camino de arrepentimiento, la forma de limpiarse y ser perdonados, manteniendo lejos la impureza y el pecado.

Las curaciones de Jesús son el signo de un perdón que transforma la vida de los hombres (capacitándolos para «caminar»).

Los discípulos de Jesús no piden a Dios que perdone sus pecados (hamartíais, en clave religiosa), sino sus deudas (opheilemata), como ha estacado expresamente Mt 6,12: «¡Perdona nuestras deudas como hemos perdonado a nuestros deudores!». Jesús no se sitúa en el espacio religioso del pecado (terreno propio de sacerdotes), sino en el plano más social de las deudas, que incluyen no solo los pecados, sino los «bienes» que unos hombres deben a los otros (y en otro plano, a Dios).

Jesús no necesita templos, su perdón no se logra con rituales, sino por el perdón interhumano, de manera que los pobres, que renuncian a vengarse y que perdonan a sus deudores (superando una justicia puramente legal), son sacerdotes de Dios, humanidad reconciliada. Ese perdón es gratuito, pero no indiferente; es superior, pero se encarna (ha de encarnarse) en el amor interhumano, creando un orden social que no nace del talión (doy para que me des), sino del perdón de los ofendidos.

El perdón de Jesús no proviene de un templo, ni de una amnistía política, pues brota de las víctimas. No es un privilegio de sacerdotes o escribas, para situarse así por encima del resto del pueblo, sino don y regalo de los mismos ofendidos, que inician de esa forma el Reino. Algunos profetas habían presentado el perdón como atributo supremo de Dios, vinculándolo a los pobres; pero no habían llevado su propuesta hasta el final, como hará Jesús, que no busca un jubileo parcial, sino la redención (comunión) y reconciliación integral de todos los hombres y mujeres, a partir de los más pobres (excluidos del sistema). Precisamente los ofendidos y humillados pueden ofrecer y ofrecen perdón, realizando así, en clave de Reino, una función que parecía propia de gobernantes o sacerdotes sagrados.

Los sacerdotes oficiales perdonaba a los «convertidos»: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores dejar el pecado y volver a la alianza, para recibir así el perdón. Jesús, en cambio, ha iniciado un camino de perdón gratuito, desde los expulsados, no para olvidar lo pasado, sino para transformar el presente de muerte en Reino de Vida.

El orden judío ratificaba unas funciones establecidas de forma jerárquica: padre sobre hijo, varón sobre mujer, rico sobre pobre, bueno sobre malo, sano sobre enfermo, etc. Pues bien, en gesto provocador, Jesús ha invertido esa estructura y llama bienaventurados a los pobres, cura a los enfermos y ofrece el reino a pecadores. No ha sido reformador social, sino profeta creador, escatológico. No ha cambiado unos detalles, sino que ha proclamado un Reino donde desaparecen las estructuras de dominación, paño viejo, a fin de que hombres y mujeres puedan compartir la misma bodas finales (cf. Mc 2,18-22). No ha llamado bienaventuradas a las mujeres, en cuanto separada (como a los pobres: Lc 6,21), ni ha dicho que son primeras en el reino (como los niños: Mc 9,33-37; 10,13-16), sino que ha querido acogerlas y aceptarlas como son, igual que a los varones, en camino de Reino. No ha enfrentado a mujeres con varones, no las envilece ni enaltece, sino que las valora y llama como a los varones, pues el mismo Dios las hizo como a ellos (cf. Mac10:5-9), para iniciar el Reino. Así rompió el dominio del varón sobre la mujer, iniciando un camino donde cada uno (varón o mujer) vale por sí mismo, en comunión de Reino. Su texto del eunuco (Mt 19,12) solo puede entenderse allí donde se rompe el patriarcado, de forma que varones y mujeres valen y son, en su verdad, como personas. Por eso, todo lo que Jesús dice vale igual para hombres y mujeres, pues todos son iguales, «como los ángeles del cielo», sin necesidad de levirato (cd. Mc 12, 18-27).

Instauró un movimiento de varones y mujeres, en contra de muchos rabinos que no admitían en su escuela a las mujeres. No buscó letrados expertos en conocimientos, sino que llamó a varones y mujeres, iguales ante Dios, responsables ante el Reino, como muestran las parábolas. No fundó un equipo de expertos varones, especialistas de ley, sino una escuela abierta, donde todos (varones y mujeres, niños y mayores), pueden escuchar, entender y seguirlo. Se opuso a los varones poderosos (sacerdotes, letrados), porque no aceptaban el «derecho» de los pobres. Por eso, a lo largo de su vida (y sobre todo al final; cf. Cap.35) las mujeres han conectado mejor con su movimiento. Por otra parte, la tradición las sitúa en un mismo plano de opresión y esperanza con varones, al vincular a las prostitutas con los publicanos (cf. Mt 21,31). Unos y otras parecían obligados a vender su cuerpo (mujeres) o su «honestidad» económica (varones) al servicio de una sociedad machista que los oprime y utiliza.

Tanto la cultura oriental como el judaísmo tomaban al padre de familia como autoridad suprema, de manera que enterrarlo (cuidarlo, mantenerlo y reconocer su poder) constituía el primer deber social y religioso.

Jesús optó precisamente por ellos, los rechazados sociales, condenando un orden social donde unos, en nombre de su poder más alto, oprimían, manipulaban y expulsaban a otros. Por eso, declaró destruida la familia dominante, de tipo jerárquico-impositivo, fundada en bases de posesión de unos y exclusión de los restantes.

El orden antiguo se hallaba presidido por ancianos, representantes de la tradición, portadores de una memoria colectiva que se codifica en la historia del pueblo y expresa su continuidad como jerarquía: Autoridad del varón sobre la mujer, del padre sobre el hijo, del pasado (tradición sobre el futuro. El movimiento de Jesús invierte ese esquema, fundando su nueva familia en la llamada del Reino, desde los excluidos, sin jerarquía de presbíteros y padres, ni exclusión de pobres, un familia centrada en el pan compartido (el pan nuestro de cada día), inseparable del perdón que unos ofrecen a otros y todos comparte (cf. Lc 11,3). No es unidad ideológica impuesta (una superestructura de poder) sino comunión concreta de creyentes.

Como era previsible, en un mundo dirigido por los poderosos, el mensaje de Jesús suscita la oposición de aquellos que quieren mantener sus propios privilegios. Esa oposición de aquellos que quieren mantener sus propios privilegios. Esa oposición no proviene todavía (básicamente) de los estamentos religiosos del templo de Jerusalén, ni de las instituciones políticas (rey Antipas, herodianos, Pilato), sino de los grupos dominantes de las aldeas de Galilea, que se oponen a su movimiento, porque pone en riesgo el orden establecido de sus comunidades. Ciertamente, los responsables finales de su muerte serán los sumos sacerdotes y el gobernador militar de Jerusalén, pero el problema empezó mucho antes. Los elementos dominantes de la sociedad aldeana de Galilea, rechazaron el movimiento, no creyeron en su Reino, no por razones que hoy llamaríamos «religiosas» (un tipo de fe distinta), sino por cuestiones familiares, económicas y sociales.

La posesión de familia y casa (campos) era signo de bendición, pero podía convertirse en fuente de pecado si la abundancia de unos se construía sobre la carencia de otros.

Amar a Jesús (ir con él) significa optar por su Reino. En esa línea, él quiere abandonar (superar) una familia entendida como espacio de egoísmo donde algunos oprimen a otros.

Los pobres dan aquello que parece mayor (evangelio, salud) y los ricos aquello que parece más urgente (casa y comida).

El perdón es la cara negativa de un amor que rompe el principio de equivalencia (amarás al amigo) y se abre de una forma creadora hacia los mismos enemigos.

Cuando Jesús de las antítesis (Mt 5,21-48) afirma «se ha dicho» (habéis oído) está evocando el nivel de la justicia legal, propia del orden político, que apela al denario y a la espada para fundar la sociedad con normas de talión (ojo por ojo, denario por denario) y pena de muerte (como indica el glosador de Pablo en Rom 12,2-8). Pues bien, cuando él añade «pero yo os digo» está iniciando un camino de gracia creadora, esto es, de Reino: No rechaza con otra violencia la violencia de la ley, sino que introduce la levadura de Reino (cd. Mujer de Mt 13,33) en la masa del pan (de la vida) para fermentarla.

Al decirles que «no juzguen», Jesús les muestra que la dinámica legal (juicio) no es un principio originario, sino que ella surge y se despliega por la violencia y dureza de los hombres. Más aún, Jesús sabe que, cerrada en sí, sin un amor, esa dinámica desemboca en un círculo de violencia y muerte.

Jesús no decía a los suyos que acepten las cosas del césar, como revelación del «Dios de la ira», sino que las superen, desde el perdón; por eso perdona a los pecadores y pide que perdonemos a los enemigos.

Esta es la paradoja del Reino, su aportación más revolucionaria: Jesús no empieza anunciando el juicio a los culpables, sino pidiendo a los humillados y ofendidos que perdonen y amen a sus ofensores, irradiando así felicidad y esperanza del Reino. Solo ellos, perseguidos y negados, amenazados y ofendidos, pueden iniciar el camino del Reino. […] En esa línea, amar a los enemigos supone ayudarlos positivamente (¡no responder a su mal con otro mal!), pedir a Dios por ellos, bendecirlos (hacerles el bien), superando el nivel de justicia legal, no por obligación, sino por felicidad, porque está llegando el Reino, y Jesús sabe que solo pueden instaurarlo los ofendidos que perdonan y aman a sus ofensores, y no los poderes dominantes (soldados-jueces romanos, sacerdotes judíos, comerciantes ricos, implicados en una espiral de destrucciones). Ellos, ofendidos y humillados, pueden invertir la norma del sistema, viniendo a presentarse como portadores del Reino que llega, iniciando así una dinámica de transformación, que no lleva a un nuevo Estado legal (¡otra vez talión!), sino al surgimiento de una humanidad gratuita, que llamamos Reino. Amar al enemigo es volverse creadores, como Dios es creador, superando la violencia y la lucha del sistema, precisamente desde los aplastados y expulsados, por felicidad (y no por ley, pues la ley no puede obligar al perdón). Solo quienes superan (sin negarla) una justicia de Ley, amando a opresores-asesinos, son signo y anuncio de Reino, como afirma la tradición de Jesús, según Lc 6,27-28 (amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian…) y Mt 5, 43-44 (amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldice…)

Las parábolas rompen la lógica normal de la vida y nos sitúan ante la paradoja del Reino, que Jesús ha ido encontrando y expresando en su itinerario. No todas y cada una de las parábolas las ha «inventado» (=proclamado) él mismo, pero todas en conjunto expresan y trazan su mensaje de forma que, en sentido estricto, constituyen su «cuaderno de bitácora», una carta de navegación de Jesús y sus discípulos, una Biblia de Reino, que rompe las seguridades oficiales de la sociedad establecida. Las parábolas no trazan una historia sagrada, como la del Pentateuco, ni fijan unas leyes, como los rabinos, ni unos dogmas de credo, como cierta Iglesia posterior. ¿Qué hacen entonces? Van abriendo y expresando el camino paradójico del Reino de Dios, que solo se comprende en la medida en que se va recorriendo, con Jesús.

El Bautista había profetizado el juicio y la tradición no recuerda sus parábolas (quizá no las decía). Jesús, en cambio, fue profeta de la Palabra creadora, que él quiso proclamar y sembrar entre los hombres. Esta fue su paradoja, esta su provocación: Proclamar el Reino de Dios, sin ejército, ni escuela de escribas, ni colegio superior de sacerdotes, y sin juicio o cataclismo previo. ¿Cómo hablar de Reino sin hacha que corta, huracán que destruye, fuego que quema…? (cf. Mt 3,10-12). Solo de una forma: como Palabra de Dios que Jesús mismo proclama e introduce en Galilea (y en Jerusalén) como propuesta de comunicación y salud amorosa, como llamada creadora).

Sin esa experiencia de Palabra que crea (reino), cura a los enfermos y evangeliza a los pobres (Mt 11,2-4), el mensaje y proyecto de Jesús sería palabrería, una nueva imposición, que solo serviría para calmar brevemente a los pobres, mientras se siguen imponiendo los poderes bestiales de siempre.

El hombre, creado por Dios y para Dios, en comunión, se ha vuelto esclavo de sí mismo, de su propia institución dominante, centrada en el dinero.

No hay perdón religioso (de Dios) sin perdón monetario y social, pues Dios se expresa y encarna (es divino) allí donde «humaniza» a los hombres, haciéndoles vivir en justicia social y en bienaventuranza compartida.

Los gestores de la sociedad urbana y comercial de Galilea querían organizar la producción y conseguir riquezas (pan), utilizando métodos imperiales (de Roma), dominando a los demás, es decir, poniendo las riquezas, campos y personas al servicio de sí mismos, es decir, de la gloria del imperio. Jesús se opuso a ese modelo, conforme al cual, cuanto más progresan y producen unos menos comparten en otro, y quiso abrir un espacio compartido de Reino, a través de la Palabra, desde los más pobres, para todos.

A Jesús le preocupan menos otros ídolos menores (astros, magias, fetiches, idolillos…), que entretienen a los hombres y mujeres, de manera que él sitúa en el centro de su crítica a Mamón, dinero convertido en capital, que aparece por un lado como fuente de pobreza (esclaviza y excluye a una mayoría de personas) y por otro como objeto del deseo más hondo de todos, en clave de avaricia que les seca el alma.

Jesús sabe que el hombre que no «sirve» a Dios corre el riesgo [de] caer bajo el servicio de Satán (de Mamón), viviendo esclavizado bajo un tipo de deseo insaciable que destruye internamente a quienes poseen más (los ricos) y mata físicamente a quienes no lo tienen (los pobres). No le importa directamente el «ateísmo» (que sería una actitud abstracta ante la vida), sino la idolatría (que se expresa de un modo concreto como adoración del dinero, que es Mamón, dios falso).

Dios es creador, vida que se regala de forma generosa, comunión para los pobres, esperanza de resurrección. Mamón, en cambio, ha sido creado por los hombres, pero se apodera de ellos y los devora (como el dragón y las bestias de Ap 12-13) a través de la avaricia personal (deseo que nunca se puede saciar) y de la opresión social (los que quieren tener para sí han de oprimir y/o excluir a los otros).

Hay una riqueza mala, que es Mamón, una riqueza que destruye a quien la tiene (la desea, se entrega a ella) y a quien no la tiene (queda al margen de la vida). Pero hay una riqueza buena, que solo se alcanza compartiendo la vida, en gesto de renuncia creadora, no para destruir lo que hay, sino para multiplicarlo, como indica todo el movimiento y mensaje de Jesús, desde los relatos de las multiplicaciones (Mc 6,30-44;8,1-10), hasta las grandes promesas del ciento por uno (Mc 10-29-30), que van en la línea de las bienaventuranzas de los pobres.

La pobreza de Jesús es un medio al servicio de la comunión del Reino, que comienza a realizarse desde los más pobres, no para que sigan siendo pobres, sino para que puedan iniciar un camino de vida y riqueza compartida.

El Reino impica pan (abundancia de bienes), pero no el que se produce y ofrece a través de una opresión social, vinculada al poder, sino en gratuidad: Que hombres y mujeres puedan compartir, desde los más pobres, aquellos que son y tienen (cf. «Eucaristía»).

No parece que Jesús haya sido célibe por pureza o espiritualismo (huida de este mundo), sino para identificarse con los pobres, en especial con aquellos que en aquellas condiciones sociales no podían tener una familia.

No quiso recrear una sociedad patriarcal, con superioridad de varones (padres), sino una comunidad donde cupieran todos (varones y mujeres, casados y solteros, niños y mayores…; cf Mc 15 y 16). Solo en ese trasfondo se entiende su celibato, que no es signo de carencia o debilidad (iba contra el mandato de ¡creced, multiplicaos!: Gn 1,28), sino principio de abundancia, una forma de solidarizarse con los más pobres, abriendo para y con ellos una esperanza de familia y resurrección, donde hombres y mujeres serán «como ángeles del cielo», en libertad de amor (Mc 12,15).

No ha sido sacerdote, sino laico: No ha querido transformar la religión desde arriba, con especialistas sagrados, sino desde la base de la vida humana, al servicio de una humanidad distinta. No ha sido padre de familia, con poder para mandar sobre el conjunto de su casa, sino hermano y amigo de todos. No ha sido marido, para instaurar nuevas formas de relación jerárquica esponsal, sino un hombre (ser humano) para los demás, en un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños.

Jesús no quiere tomar el poder, sino servir a los demás (en perdón y amor al enemigo), poniendo a los hombres en contacto con Dios, el único que puede transformar (recrear) el mundo de un modo gratuito. Él no tiene más poder que la Palabra, el amor que ofrece y expande, de un modo generoso, desde abajo, a partir de los pobres. No sabe previamente la forma en que el Reino vendrá, pero sabe que no puede instaurarlo a la fuerza, porque es Palabra, y no puede imponerse, sino proclamarse, esperando la respuesta de los hombres.

Según cierto judaísmo, los hijos (niños) son signo de Dios, pero solo alcanzan importancia si conocen la Ley y cumplen sus preceptos, al hacerse adultos, como muestra el Código de Damasco (CD 10,6) y la legislación rabínica. En contra de eso (y de cierta praxis cristiana posterior), Jesús declara que los niños son ya (en cuanto niños) testigos y destinatarios del Reino y por (para) ellos inicia su camino. Frente a un mundo donde los hombres valen por su saber (griegos) o hacer (judíos; cf. 1 Cor 1), Jesús los valora porque son (están) necesitados y son capaces de amar (de escuchar la Palabra y responder amando).

Jesús no necesita rabinos (escribas), políticos o sacerdotes eficaces, sino personas capaces de amar

Los discípulos quieren crear un orden de poderes sociales y sacrales a partir de los grade (más valiosos), ratificando el dominio de los más dignos y capaces; No critican el modelo de poder judío o romano, sino su mal funcionamiento; están en teoría a favor de los niños, pero no ponen la vida a su servicio, ni dejan que ellos sean principio de Reino. Jesús, en cambio, los pone al principio del Reino.

No toma el poder ni siquiera para bien (como decían algunos papas medievales, los jacobinos de París o los bolcheviques de Rusia), porque el poder una vez tomado, se convierte en imposición y debe defenderse con violencia.

Los discípulos proyectan un Reino jerárquico, aunque con una diferencia: Donde antes estaban los «malos» (sacerdotes de Jerusalén, soldados de Roma) quieren mandar ellos (buenos discípulos de Jesús). Así, con unos pequeños cambios, todo seguiría como antes. Jesús en cambio, abre un espacio donde los niños (débiles, expulsados) pueden y deben ser los primeros. No ha subido a Jerusalén para mejorar lo existente, sino para anunciar un orden nuevo, donde todos pueden comunicarse de un modo directo y personal, partiendo de los niños y los pobres, para iniciar un movimiento de madres, hermanos y hermanas de niños cf. Mc 3,31-35), sin lugar para poderosos y señores.

Los cristianos ya no veneran a Dios ni en Jerusalén ni en Garizim o la Meca, sino en espíritu y verdad (cf. Jn 4,20-21), pues Jesús no purificó el templo para mejorarlo, sino para decir que había terminado.

No se puede hablar de un Mesías que triunfa, sin haber sufrido, en un mundo como este, lleno de sufrimiento. Dado que muchos padecen y mueren, también él, Mesías, elegido por Dios, para hacerse Hijo del Hombre, debía padecer, cumpliendo su tarea y preparando la llegada del Reino de Dios.

Tras subir como Mesías nazoreo, anunciando y promoviendo el Reino de los pobres, vino al templo, para declarar, con un gesto nítido y preciso, que la función particular de ese templo había terminado, de manera que no hacía falta sacerdotes superiores, pues siendo todos reyes, hombres y mujeres, todos eran sacerdotes y así podían relacionarse directamente con Dios y perdonarse unos a otros, a partir de los más pobres, sin necesidad de un templo cerrado (cf. Mc 11,11-30). Él habría sido sumo sacerdote, pues todos debían ser sacerdotes.

Los romanos admitían todas las religiones, como piedad privada, siempre que reconocieran el poder (o arbitraje) de Roma. Pero Jesús no quería fundar una nueva religión aceptable a Roma, sino un movimiento mesiánico universal. Eso era precisamente lo que molestaba a sacerdotes, amenazados por un tipo distinto de autoridad sin poderes político-religiosos. Si Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén los sacerdotes deberían haber renunciado a su visión particular (sacral) del templo, pues el Reino de Jesús no dejaba espacio para un santuario como el suyo. Con buen criterio «jurídico», en sintonía con los sacerdotes, Pilato lo condenó a muerte. Posiblemente no tenía gran devoción por el templo, pero como político debía defenderlo, pues se trataba de un santuario reconocido y apoyado por roma, que nombraba incluso a los sumos sacerdotes.

No era Dios quien lo había matado, pues Dios no muere ni mata, sino que es Vida y da vida a los que mueren y en especial a Jesús. Lo mataron los jueces del mundo (sacerdotes y Pilato). Pero Pilato no mandó matar a los compañeros de Jesús, sino solo a él, su jefe o responsable, como había hecho Antipas con Juan Bautista. Por otra parte, parece que sus compañeros lo habían abandonado o traicionado. Entre Jesús y sus discípulos se abrió una fosa que solo podrá superarse en la Pascua cristiana. Dos lestai o bandidos (Mc 12,27: malhechos sociales o políticos) ocuparán simbólicamente el lugar de los Doce; donde ellos fallan no han fallado otros.

Las profecías de la Biblia no están ahí para que se cumplan de un modo fatalista, sino para abrir un camino, a fin de que las cosas puedan situarse en el proyecto de Dios y entenderse mejor.

Había anunciado y preparado desde Galilea un Reino donde ya no era necesario este tipo de templo poderoso, con grandes sacrificios y mucho dinero, pues Dios perdona los pecados y ama a los hombres sin necesidad de mediadores sacrales. Por eso, en contra de lo que hubieran hecho otros pretendientes, no vino para coronarse rey en el atrio del templo, sino para proclamar, como mesías nazoreo, que el templo había cumplido su función.

Derribar las mesas del dinero significa rechazar el comercio sagrado, anunciando y promoviendo, al mismo tiempo, el derribo o destrucción del templo. Expulsar a los vendedores de animales supone abrogar los sacrificios animales.

Ha volcado las mesas de los cambistas, mostrando así su decisión más honda: Quiere que acabe el comercio de Mamón, dios falso (idolatrado) del dinero en el santuario de Dios. Como caen las mesas ha de caer, ser derrumbado, este templo que se centra en los sacrificios y el dinero. Enfrentándose así a los compradores-vendedores, Jesús va en contra de una dinámica sacrifical violenta centrada en la muerte de animales, rechazando al mismo tiempo la mediación de los sacerdotes y sus sacrificios, en la línea de su mensaje anterior sobre el perdón y el amor al enemigo.

Herodianos (partidarios del orden imperial) y fariseos (reguladores del orden religioso).

No se trata de quitar dinero al césar para dárselo a los judíos antirromanos, sino para crear una alternativa social muy diferente, sin dinero.

Al decir a los suyo que devuelvan el denario al césar, Jesús los invita a liberarse del dinero, para así ocuparse de las cosas de Dios en un plano más alto, sin necesidad de dinero.

Jesús y los suyos devuelven el dinero y de esa forma se liberan de aquello que pertenece al imperio, tanto en un plano interior (espiritual) como social, para construir un Reino de Dios sin «Mamona» del césar (en la línea de Mt 6,24). En ese sentido, su respuesta ha de entenderse en forma negativa (él no quiere pagar tributo al césar), de manera que en un sentido él está con los celotas, pero siendo más radical que ellos: No rechaza el tributo a fin de quedarse con su dinero (o crear otra estructura monetaria), sino que lo devuelve para no deberle nada. De esa forma, Jesús sale del campo de influjo del césar, del «orden» de un mundo creado y sostenido con dinero, para construir el Reino de Dios sobre otras bases humanas y sociales.

Los sacerdotes que dicen actuar en nombre de Dios son en el fondo unos idólatras, que han «divinizado» la herencia de la viña (el dominio del templo), y que están dispuestos a matar por mantenerlo.

La parábola sabe que este mundo se edifica sobre cimientos de poder y deseo posesivo, de violencia y muerte; los sacerdotes tienen envidia de Dios y precisamente por eso son renteros; no quieren compartir lo que son, ni lo que tienen, y para defenderlo están dispuestos a matar al mismo Hijo de Dios. Pero la parábola sabe que hay alguien (algo) más grande que la envidia y violencia de los sacerdotes: El Hijo que viene en nombre del Dios verdadero y que está dispuestos a morir por compartir el Reino.

Descubrimos que en realidad no se trata de una cena de pascua, como han querido sus discípulos, sino que, en el momento decisivo, Jesús no ha celebrado la pascua con ellos, sino que ha creado una cena nueva, centrada en su propia opción mesiánica. Es como si hubieran querido empujarle en una dirección (fidelidad a la pascua de los sacerdotes), mientras él les ha mostrado su nueva opción.

Juan tendría razón al decir que Jesús no celebró la pascua oficial, que los sacerdotes celebrarían del Viernes al Sábado Santo, con cordero del templo, tras haber juzgado y matado a Jesús. Pero Marcos y los sinópticos tendrían también razón al afirmar que celebró una cena de pascua, pero según el rito esenio, dos días antes (del martes al miércoles) y sin cordero sacrificado en el templo; conforme a esta segunda perspectiva, el proceso y condena de Jesús habría sido más largo (del martes/miércoles al viernes). Los sinópticos tendrían razón en un sentido (la Última Cena fue pascual, pero según el rito esenio) y Juan en otro (Jesús no celebró la pascua oficial de los sacerdotes, sino que murió el Viernes Santo, cuando ellos estaban matando sus corderos para la pascua de la noche siguiente).

Este hombre del cántaro de agua (anthropos… keramion hydatos bastadson) es un caso insólito, ya que eran mujeres las que solían llevarlo. El cántaro/ánfora es signo femenino, tanto en Grecia (Pandora) como en todo el oriente. La Biblia vincula el cántaro de agua con mujeres (Gn 24,11-21; ex 2,16; 1Sm 9,11), o con varones de gripo sometidos o inferiores (cf. Dt 29, 10-11; Jos 9,21-27).

Jesús era consciente de su muerte inminente. Sabía que ya no podría comer la Pascua. En esta clara toma de conciencia invita a los suyos a una Última Cena particular, una cena que no obedecía a ningún determinado rito judío, sino que era su despedida, en la cual daba algo nuevo, se entregaba a sí mismo como el verdadero Cordero, instituyendo así su Pascua… Una cosa resulta evidente en toda la tradición: la esencia de esta cena de despedida no era la antigua Pascua, sino la novedad que Jesús ha realizado en este contexto. Aunque este convite de Jesús con los Doce no haya sido una cena de Pascua según las prescripciones rituales del judaísmo, se ha puesto de relieve claramente en retrospectiva su conexión interna con la muerte y resurrección de Jesús: era la Pascua de Jesús. Y en este sentido, él ha celebrado la Pascua y no la ha celebrado: no se podían practicar los ritos antiguos; cuando llegó el momento para ello Jesús ya había muerto, Pero él se había entregado a sí mismo, y así había celebrado verdaderamente la Pascua con aquellos ritos. De esta manera no se negaba lo antiguo, sino que adquiría su sentido pleno.

No fue un encuentro de paz entre amigos, con las cosas resueltas y todos dispuestos a entregar la vida por el Reino y por sus amigos, sino de ruptura y contraste entre los discípulos, aferrados a su mesianismo triunfal, y Jesús que les ofrecía su experiencia y lección de solidaridad (su cuerpo y sangre), en los signos del pan y el vino, prometiéndoles la próxima copa en el Reino.

El último gesto de Jesús no fue llorar (por su posible fracaso), ni hacer penitencia, ni repetir oraciones rituales, ni condenar por traición a sus discípulos, sino tomar con ellos la copa, esperando la próxima en el Reino (nueva pascua).

Ese gesto (dar el pan, darse como pan) recoge y despliega su proyecto. No ha fracasado, sino al contrario: Ha condensado la Palabra de Dios (su vida) en forma de comida fraterna, que no es alimento aislado, de ritos de separación (para limpios judíos), sino pan de cada día (Padrenuestro), comida que ofrece a los pobres, regala a los pecadores y comparte con todos, compartiendo su cuerpo con ellos, para ellos.

Fueron solo veinticuatro horas, toda la historia humana condensada en la condena y muerte de Jesús.

Jesús va al monte de los Olivos, que es signo y lugar del «paso» de Dios, no para que lo prendan y maten, sino para poner su vida al servicio del Reino. No es suicida, ni temerario, pero está convencido de que debe mantener su propuesta y tarea de Reino.

Jesús había derramado las monedas en el templo (Mc 11,15-18); pero los sacerdotes las siguen conservando y las utilizan para asesinarlo. Judas, en cambio, parece que ha llegado a Jerusalén por dinero. Probablemente está decepcionado por el rumbo que ha tomado el proyecto Jesús desde su gesto en el templo, y, al final, teniendo que elegir, elige como israelita el orden y la ley de su pueblo: Pone el caso en manos de los sacerdotes, disponiéndose a colaborar con ellos, en contra de Jesús, su amigo.

Sacerdotes y políticos velan por la seguridad del pueblo, y todos, incluidos los amigos, tienen el deber de denunciar a los que puedan amenazarla, como hizo Judas, por obediencia y fidelidad a la ley.

Podemos suponer que [Judas] no se había dejado transformar por Jesús, de forma que siguió estando donde había estado (como Pablo al principio, cuando perseguía a los cristianos). Por eso, al llegar el momento en que había que elegir (o los sacerdotes o Jesús) eligió a los sacerdotes, que garantizaban la seguridad del sistema, la identidad del pueblo, el orden sagrado. Siempre que alguien pone a su patria o sistema, a su iglesia o partido, por encima de un hombre concreto (que además puede ser peligroso, como Jesús) está actuando como Judas. A Jesús no lo mataron «los malos», sino los hombres de la ley y el orden del sistema (cf. Gal 3,12.13; Flp 3,2-11, etc.).

Jesús no tuvo un problema directo con Roma, sino con los sacerdotes de Jerusalén; no quiso luchar contra el imperio, como los celotas de 66-70 d.C., sino transformar al pueblo de Israel, para que llegara el Reino.

[Después de la huida], una vez que los discípulos volvieron a agruparse para estudiar la situación, escogieron a Pedro para representarlos y, sirviéndose de alguna persona que conociera al sumo sacerdote, el mismo Pedro acudió al palacio de Caifás para interceder por el grupo… Así pues, Pedro y los demás no solo abandonaron a Jesús. Por decirlo con franqueza, fueron tan traidores como Judas. Los discípulos negaron a Jesús ante Caifás, sumo sacerdote y presidente del Sanedrín, y prometieron no volver a tener la más mínima relación con él. A cambio de esa negación y esa promesa evitaron ser detenidos. […] Esta es una hipótesis. […] Judas lo entregó y los demás lo traicionaron, y huyeron en la hora decisiva (cf. Mc 14,27).

1) Juicio (Jn 18,15-27). El otro discípulo (= el Discípulo amado), que introduce a Pedro en casa del sacerdote a quien conoce personalmente, se mantiene firme; Pedro, en cambio, niega a Jesús. 2) Cruz (Jn 19,25-27). Pedro no está, sigue negando a Jesús. El discípulo amado está allí con la madre de Jesús, como signo de la Iglesia. 3) Mañana pascual (Jn 20,1-10). Corren juntos al sepulcro vacío: el discípulo amado mira los paños y cree; Pedro no puede aún creer, la negación lo deja ciego. 4) Pascue en Galilea (Jn 21). Pedro ha salido a pescar, pero no sabe ver. El otro discípulo descubre a Jesús en la luz naciente de la mañana y se lo dice a Pedro que ahora se echa al mar y cree (21,7-8). Después, acabada la pesca, Jesús pregunta a Pedro tres veces: ¿Me quieres? Solo la triple afirmación ratifica y expresa su cambio. Ahora, en el mismo centro de la pascua, se puede afirmar que ha cantado de verdad el gallo y Pedro cambia.

Jesús condenó el templo como signo de enfermedad religiosa, como sede de un ritual que parecía santo, per estaba al servicio de la opresión y la muerte. Poemas y cantos, sacrificios animales y contratos de dinero justificaban el orden sagrado de unos privilegiados, que lo habían convertido en cueva de bandidos (Mc 11,27), para esclavizar en nombre de Dios a los devotos. Por eso, asumiendo la inspiración de los grandes profetas (Amós, Isaías, Jeremías), proclamó su juicio y condena contra el templo, en gesto que marca el movimiento cristiano.

El problema no fue con todo el Sanedrín (con el judaísmo de Jerusalén en su conjunto), sino con los miembros de la aristocracia sacerdotal, que aparecen como responsables del orden social y religioso del pueblo.

En perspectiva judicial, la actitud del Sanedrín (o de los sacerdotes) ha sido y sigue siendo, a mi entender, correcta. Ciertamente, Jesús era bueno y sus ideales intachables en plano general. Pero en concreto, mirados desde el orden israelita, esos ideales, y la práctica que reflejaban, terminaban siendo peligrosos. Un pueblo necesita garantías legales y no sueños mesiánicos para mantenerse. Tiene que defender las instituciones, los tribunales de justicia, las costumbres que mantienen a los hombres vinculados. Si eso cae, se termina, se diluye el pueblo.

No es que Jesús quiera «matar» a los sacerdotes. Hace algo mucho más profundo y peligroso: No los necesita y, además, enseña al pueblo a liberarse de la opresión sacerdotal del templo.

Pilato no envidia a Jesús, pues se mueve en otro mundo, con otros intereses de poder. Los sacerdotes lo envidian, porque han visto n su conducta algo que en el fondo les gustaría tener, pero que no quieren, pues no quieren cambiar ni perder la autoridad que poseen. No pueden vivir en verdad con lo que tienen, pero tampoco quieren cambiar y transformarse. Por eso necesitan matar a los que son distintos, como Jesús, para seguir manteniendo el poder que tienen.

Cuando afirma que su Reino no es de este mundo (cd. Jn 18,36), Jesús no dice que es un reino de puro espíritu interior, sino un camino y despliegue de nueva humanidad, de vida compartida.

Lucas […] distingue en la acusación tres motivos: a) Jesús anda alborotando al pueblo; b) impide que se paguen tributos al césar; c) se llama a sí mismo «Cristo Rey». El más significativo es el segundo, que trata de los impuestos del césar, es decir, de la economía.

No quiso imponerse sobre nadie, sino regalar su vida a los demás.

Fue un auténtico judío, pero por su fidelidad a los principios de la Escritura de Israel y a su proyecto de Reino vino a presentarse como un riesgo para los sumos sacerdotes, que insistían en otros aspectos «esenciales» de la nación sagrada: Leyes de pureza, tradiciones familiares, exigencias jurídicas, y, en el fondo, dinero (Mamón del templo). Todo lo que Jesús proponía y defendía formaba parte de las tradiciones de Israel. Pero los sacerdotes pensaban que el pueblo necesitaba leyes nacionales, templo (y dinero). Precisamente por eso, para que el pueblo siguiera manteniendo un tipo de identidad religiosa y nacional hubo que condenarlo.

Carecemos de modelos para imaginar este reinado, pues nuestras categorías mentales y sociales se encuentran marcadas por dinámicas de poder militar, político o sagrado. Jn 18,37 afirma que Jesús ha venido a dar testimonio de la verdad;, pero su verdad no es la de los sabios platónicos, que dominan sobre militares y trabajadores (cd República VI), sino la del amor compartido, desde los pobres.

Los seguidores de Jesús deben dialogar en igualdad (en gesto de servicio) con otros grupos (y al final con todas las culturas), para promover un tipo de nueva especie humana, no en sentido biológico, ni por lucha de poder, sino por gratuidad activa y por renuncia a toda imposición (en diálogo gratuito). No ha buscado otra forma de adaptación a lo que ya existía, sino una nueva creación, un grupo de amigos, en gratuidad.

Pilato quiso dirigir la trama, pero calculó mal: Los sacerdotes fueron más sagaces, aceptaron el reto, convencieron al pueblo y lograron condenar a Jesús. Así terminan, uno al lado del otro, Pilato y Barrabás, soldado imperial y guerrillero, y por encima de ellos, los sacerdotes manejando al pueblo. ¿Podía haberse dado otra salida? Humanamente hablando, no: Los que gobiernan el mundo con poder (sacerdotes y Pilato) se unieron contra aquel que quiso dirigirlo con amor y de esa forma lo han matado. Según eso, sacerdotes y celotas acaban vinculados por unos mismos intereses de violencia y dinero.

Al final, la gente ya no sabe lo que pide; solo quiere que se cumpla su deseo, imponiendo su voluntad contra Pilato, quien, evidentemente, acaba cediendo. De esa forma, el procurador que es signo de la justicia imperial, queda dominado por la pasión de un pueblo que, para sentirse vivo, tiene que imponer su violencia, contra Jesús o contra cualquiera que sobresalga.

No fue un hombre de escuela (en la línea de Hillel y Shammai), no se opuso a cuestiones de rito y calendario (como en Qumrán), sino que buscó algo más hondo: Declaro cumplido el tiempo de la sacralidad legal, que había culminado en Juan Bautista (cf. Lc 16,16).

No sabemos si ese juicio de Pilato se ejecutó con las garantías del Derecho Romano o si fue una simple condena sumaria, por razón de Estado.

«Algunos» (se supone que del grupo de los sacerdotes) no se contentan con juzgarlo, sino que lo deshonran (escupen), burlándose de él (tapándole la cara) y ridiculizando su don de profecía (diciéndole que adivine quién le ha pegado). No les basta con haberlo condenado, sino que lo degrada y desprecian, humillándolo así de un modo personal. No sabemos si se dio efectivamente una burla de ese tipo. Es posible que Marcos no tuviera noticia de ello, pero ha podido deducirlo por lo que solía suceder en esos casos, al menos en otros tribunales: Se supone que los condenados pierden sus derechos, no tienen dignidad y pueden ser injuriados.

Pilato condenó a Jesús por ser (querer hacerse) «rey de los judíos», es decir, porque pretendería tomar el poder contra Roma. Para Pilato, Jesús es un rey fracasado, uno más en la lista de pretendientes políticos vencidos. Para los sacerdotes será un rey falso, un profeta de mentiras. Para los seguidores de Jesús, ese título está en la base de su mesianismo, pero solo se puede entender desde la Cruz, y tras la experiencia pascual; antes (o fuera) de ella es un título de escándalo. La tradición sinóptica (partiendo de Marcos) sabe que solo tras la muerte de Jesús se ha podido publicar el gran secreto que él quiso velar a lo largo de su vida, para que nadie pudiera coronarlo con métodos de mando y de violencia armada (cf. Mc 8,27 – 9,1) Ahora, en la Cruz, ya no hay peligro: Jesús es Rey (Mesías) desde la cruz, por su resurrección.

Un elemento esencial de la crucifixión era que vieran al reo agonizar colgado de la cruz, como escarmiento. Por eso debía llegar vivo al lugar del suplicio, llevando en sus hombros el madero vertical (el horizontal solía estar en el lugar de la ejecución). Si no tenía fuerzas lo debía llevar otro, pues era esencial que estuviera vivo al ser crucificado.

Posiblemente clavaron sus pies por los tobillos, apoyándolos sobre un pequeño saliente o pedestal, para que el peso no recayera enteramente en los brazos, pues en ese caso hubiera muerto muy pronto de asfixia, y se quería que los reos duraran más tiempo, para escarmiento.

En sentido material, Jesús solo dejó unos vestidos. Lo había dado todo, y así murió al final, en máxima pobreza, desnudo e impotente, ante la mirada de la gente. Por comprensible vergüenza, los cristianos ponemos un velo ante su miembro varón; pero los romanos dejaban el cuerpo destapado.

Su misma fidelidad a Dios le llevó a correr el riesgo de ser condenado, y le dio el «derecho» de elevar su gran pregunta (¡Dios mío! ¡Dios mío!), en su nombre y en nombre de todos los que fracasan: ¿Por qué me has abandonado? Pero esa pregunta no implica derrumbamiento, sino entrega angustiada (y esperanzada) en manos del Dios del Reino.

Parecía que Jesús se hallaba absolutamente solo, pero no es cierto. Unas mujeres amigas lo han seguido y servido. Han creído el él precisamente allí donde los otros (Judas, Pedro, los Doce) lo han vendido, negado, abandonado. Desde el fondo de su dura soledad, ante la muerte de Jesús, en un mundo que parece controlado por varones, emergen ellas, como signo de la verdadera iglesia, formada por aquellos que siguen y sirven a Jesús y el mensaje de Pascua. Por eso aparecen como máxima sorpresa y señal del Reino, junto al velo del templo rasgado, los sepulcros abiertos, el centurión confiesa… Los otros signos ofrecían indicios de la novedad cristiana, evocando el fin del templo judío, la posible conversión del Imperio romano, la resurrección final de los muertos… pero eran básicamente simbólicos. Pues bien, de un modo distinto, estas mujeres aparecen como realidad histórica firma: Forman parte del presente inmediato de la historia de Jesús.

Ellas han debido «pensar» (= sentir por dentro el peso de) la muerte de Jesús, y revivir su historia, como han hecho a lo largo de siglos las mujeres (mejor que los varones, ocupados en luchar y matar). Jesús había venido para anunciar e instaurar el Reino de Dios, desde Galilea, acompañado «oficialmente» por Doce seguidores varones, como signo de las doce tribus de Israel. Pero ellos lo abandonaron uno a uno, el grupo entero, incapaces de entenderlo. Pues bien, allí donde los Doce (y todos los hombres) no entienden, lo han hecho ellas, mujeres amigas, recreando su historia. […] Ellas no lo abandonaron, sino que repensaron el sentido de su muerte.

Al estar allí presentes, a favor de Jesús, sin comprender quizá del todo lo que hacían y sentían, esas mujeres rechazaron al «dios» del templo de Jerusalén (y del imperio de Roma), el «dios» de un templo y un imperio que dice fundarse en las razones de la Biblia y de la ley sagrada, pero que mata a los distintos.

Las religiones han sacralizado con frecuencia a los muertos (pidiendo que vuelvan a Dios y quizá queriendo impedir que retornen al mundo). Así solemos quemarlos, o ponerlos bajo tierra, o taparlos bajo una losa, a fin de que no vuelvan como antes, que no salgan (que «duerman» del todo), y nosotros podamos seguir vivos, sin que ellos nos lo impidan, hasta que al fin nos entierren también nos quemen en la pira, para que todo siga igual (y continúe la violencia asesina de la historia).

¿Por qué sería «puro» un sepulcro nuevo, exclusivo de Jesús, mientras que una fosa común hubiera sido «impura»? ¿Por qué sería más limpia una tumba de rico que una fosa común de pobres ajusticiados? A la luz del mensaje y de la vida de Jesús, una pobre fosa común parecía más apropiada que una tumba de rico propietario.

La Pascua cristiana no es solo un modo de invertir el fracaso de Jesús, ni una forma de entender su mensaje, sino una experiencia de encuentro personal con él, sabiendo que está vivo o, mejor, que es el Viviente. Los discípulos esperaban quizá otra cosa: un Hijo del Hombre que vienen en las nubes, un ser celestial que desciende a la tierra, la resurrección final de todos los muertos… Pero han visto a Jesús, se han encontrado con él, no solo con su vida y su mensaje, sino con su persona, descubriéndolo vivo, en la Vida de Dios, , como Señor glorificado, que no está simplemente arriba y fuera, sino en ellos, sus seguidores. Este ver y acoger a Jesús, de un modo personal, sabiendo que está vivo y que ha vencido a la muerte, es el centro de la Pascua cristiana. Los cristianos no han visto a Jesús simplemente como Mesías escondido, que retornará al final, sino como amigo y salvador presente en su historia, alguien a quien pueden invocar diciendo: Marana-tha, Señor ven (1 Cor 16,22).

Las Madres de Plaza de Mayo [Buenos Aires] reivindicamos a nuestros 30.000 hijos desaparecidos sin hacer distinciones… Las Madres de Plaza de Mayo sabemos que nuestros hijos no están muertos; ellos viven en la lucha, los sueños y el compromiso revolucionarios de otros jóvenes. Las Madres de Plaza de Mayo encontramos a nuestros hijos en cada hombre o mujer que se levanta para liberar a sus pueblos. Los 30.000 desaparecidos viven en cada uno que entrega su vida para que otros vivan. Las Madres de Plaza de Mayo rechazamos las exhumaciones porque nuestros hijos no son cadáveres. Nuestros hijos están físicamente desaparecidos pero viven en la lucha, los ideales y el compromiso de todos lo que luchan por la justicia y la libertad de sus pueblos. Los restos de nuestros hijos deben quedar allí donde cayeron. No hay tumba que encierre a un revolucionario. Un puñado de huesos no los identifica porque ellos son sueños, esperanzas y un ejemplo para las generaciones que vendrán.

Jesús no es monopolio de ninguna iglesia (pues pertenece a la historia de la cultura universal y puede ser retomado por las grandes religiones).

El Jesús del futuro ha de ser un mesías amoroso. Más que las ideas de una sabiduría abstracta y separada, le importaba la vida de los hombres y mujeres y, en especial, la de aquellos que estaban oprimidos y enfermos, abandonados, arrojados y angustiados, a quienes él quiso curar.

Cristianos son lo que pueden vivir y viven como testigos de la resurrección, asumiendo y encarnado la mutación de Jesús, a favor de la vida y la resurrección de todos los muertos. Por eso, el signo de su historia seguirá siendo la vida enriquecida (resucitada) de sus seguidores, con quienes caminó, como él dijo: «Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 16-20).

El caso de Cristo

Lee Strobel

El caso de Cristo

El caso de Cristo


El autor, un maestro en derecho, nos lleva de la mano en una investigación que tiene como meta validar si Jesucristo es quien dijo ser, proponiendo distintas áreas o pruebas como si de un proceso legal se tratara: pruebas oculares, documentales, corroborativas, centíficas, refutatorias, de identidad, psicológicas, del perfil, dactilares, médicas, y circunstanciales. Lee se entrevistó con expertos en cada uno de estos temas para obtener las respuestas, confrontar discrepancias y emitir un juicio final, el cual dependerá del lector. Calificación de 9.5. Del Reading Challenge, reto 29, un libro que tenga lugar en un sitio que siempre hayas querido visitar, (los tiempos de Jesús).

Cáustica: Irritante.

Por mucho tiempo fui un escéptico. En verdad, me consideraba ateo. Para mí, había demasiada evidencia de que Dios era simplemente un producto de la fantasía, de la mitología antigua, de la superstición primitiva. ¿Cómo podría existir un Dios amoroso si condenaba a la gente al infierno solo por no creer en él? ¿Cómo pueden los milagros transgredir las leyes básicas de la naturaleza? ¿Acaso la evolución no explicó satisfactoriamente el origen de la vida? ¿Acaso la razón científica no erradica la creencia en lo sobrenatural?

Marcos y Lucas no fueron dos de los doce discípulos. Mateo sí, pero como había sido un recaudador de impuestos odiado, [pudiera haber sido el personaje más infame, junto con Judas Iscariote, quien traicionó a Jesús! »Contrástelo con lo que sucedió cuando se escribieron los fantasiosos evangelios apócrifos mucho tiempo después. La gente eligió los nombres de figuras reconocidas y ejemplares para ser sus autores ficticios: Felipe, Pedro, María, Iacobo. Esos nombres tenían más peso que los de Mateo, Marcos y Lucas. Así que para responder a su pregunta, no habría habido razón alguna para atribuirle su autoría a estas tres personas poco respetadas si no fuera cierto.

Si podemos tener confianza en que los Evangelios fueron escritos por los discípulos Mateoy Juan, por Marcos, el compañero del discípulo Pedro, y por Lucas, el historiador, compañero de Pablo y una especie de periodista del siglo 1, podemos estar seguros de que los hechos que registran están basados en el testimonio, directo o indirecto, de testigos oculares.

Eso significa que Hechos no se puede fechar más allá del año 62 d.C. Después de establecer esto, podemos regresar en el tiempo a partir de allí. Dado que Hechos es la segunda parte de una obra de dos, sabemos que la primera parte, el Evangelio de Lucas, debe haberse escrito en una fecha más temprana. Y dado que Lucas incorpora partes del Evangelio de Marcos, eso significa que Marcos es aún anterior. »Si concede quizá un año para cada uno, concluye con que Marcos se escribió a más tardar alrededor del año 60 d.C., quizás a finales de la década del cincuenta. Si Jesús murió en el año 30 ó 33 d.C., estamos hablando de una brecha máxima de treinta años aproximadamente.

Los credos más famosos, entre otros,son Filipenses 2:6-11, que habla de que Jesús era “por naturaleza Dios”, y Colosenses1:15-20, que describe que “Él es la imagen del Dios invisible”, quien creó todas las cosas y por medio del cual se reconcilian con Dios todas las cosas “haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz”. »Ambos son ciertamente significativos al explicar las convicciones de los cristianos primitivos acerca de Jesús. Pero quizás el credo más importante con respecto al Jesús histórico es 1 Corintios 15.

Los vemos relatando las palabras y las acciones de un hombre que los llamó a un nivel de integridad exigente como el que ninguna otra religión ha conocido jamás. Ellos estaban dispuestos a practicar sus creencias hasta el punto de que diez de los once discípulos restantes fueron condenados a muertes espantosas, lo cual demuestra un gran carácter.

Hay una gran parte de la enseñanza de Jesús que se denomina las palabras duras de Jesús. Algunas son muy exigentes éticamente. Si yo estuviera inventando una religión para gratificar mi imaginación, probablemente no me diría que soy perfecto como mi Padre celestial es perfecto, ni definiría el adulterio de manera que incluya la lujuria en mi corazón.

¿Cuántos manuscritos griegos del Nuevo Testamento hay en existencia hoy día? Los ojos de Metzger se agrandaron. -Se catalogaron más de cinco mil-dijo con entusiasmo y su voz una octava más alta.

-¿Cómo determinaron los líderes de la iglesia primitiva qué libros se considerarían autoritarios y cuáles se descartarían? -pregunté-. ¿Qué criterios usaron para determinar qué documentos se incluirían en el Nuevo Testamento? -Básicamente, la iglesia primitiva utilizó tres criterios –observó–. Primero, los libros deben tener autoridad apostólica, es decir, deben haber sido escritos por los propios ap6stoles que fueron testigos oculares de lo que escribieron, o por seguidores de los ap6stoles. Así que en el caso de Marcos y Lucas, si bien no eran de los doce discípulos, la tradición temprana relata que Marcos era ayudante de Pedro, y Lucas era compañero de Pablo. »En segundo lugar, se utilizaba el criterio de conformidad con lo que se denominaba la regla de fe. Es decir, ¿el documento es congruente con la tradición cristiana básica que la Iglesia reconocía como normativa? Y en tercer lugar, se encuentra el criterio que evaluaba si un documento había tenido aceptación y uso continuos por toda la Iglesia.

En Europa, los caminos más transitados son los mejores caminos; y es por eso que son tan transitados.

La prueba corroborativa respalda otro testimonio; afirma o apuntala los elementos esenciales del relato del testigo ocular. Puede ser un documento público, una fotografía u otra declaración por parte de una segunda o tercera persona. Puede verificar la totalidad del testimonio de una persona o solo ciertas partes claves.

En aquel tiempo vivió Jesús, un hombre sabio, si en verdad uno debe llamarlo hombre. Por cuanto fue alguien que llevó a cabo obras sorprendentes y maestro de aquellos que aceptan la verdad con gusto. Ganó a muchos judíos y a muchos de los griegos. Era el Cristo. Cuando Pilato, luego de haber escuchado las acusaciones en sU contra por parte de hombres en eminencia de entre nosotros, lo condenó a ser crucificado, aquellos que en principio lo habían amado no renunciaron a su afecto por él. Al tercer día se les apareció restaurado a la vida, por cuanto loll profetas de Dios habían profetizado esta y muchas otras maravillas acerca de él. Y la tribu de cristianos, que de él toman su nombre, hasta este día no ha desaparecido.

Nerón le echo la culpa e infligió las torturas más agudas a una clase odiada por sus abominaciones, llamada cristianos por el populacho. Cristo, de quien deriva el origen del nombre, sufrió el castigo máximo durante el reino de Tiberio de manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato; y una superstición muy dañina, habiéndose controlado por el momento de esa manera, resurgió no solo en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma… En consecuencia, se realizó el arresto en principio de cualquiera que se declarara culpable: después, según su declaración, una inmensa multitud fue condenada, no tanto por el delito de incendiar la ciudad sino por odio contra la humanidad.

Les he preguntado si son cristianos, y si lo admiten, repito la pregunta una segunda y una tercera vez con la advertencia del castigo que les espera. Si persisten, ordeno que sean llevados para su ejecución;por cuanto, cualquiera que sea la naturaleza de su admisión, estoy convencido de que su terquedad y su obstinación inconmovible no debe quedar sin castigo… También declararon que la suma de su culpa o error no llega a más que esto: se habían reunido en forma regular antes del amanecer en un día fijado para cantar versos en forma alternada entre sí en honor de Cristo comoa un dios, y también que se habían comprometidocon juramento, no con fines delictivos, sino para abstenerse del hurto, del robo, del adulterio… Esto me llevó a determinar que era más que necesario extraer la verdad mediante tortura de dos esclavas, a las que llamaban diaconisas. No encontré más que un tipo degenerado de culto llevado hasta la extravagancia.

Eso no quiere decir que no reconozco que quedan algunas cuestiones pendientes; en esta vida no tendremos un conocimiento completo. Sin embargo estas cuestiones ni siquiera socavan mi fe en la credibilidad esencial de los Evangelios y del resto del Nuevo Testamento. »Creo que las explicaciones alternativas, que tratan de dar cuenta de la propagación del cristianismo mediante razones sociológicas o sicológicas, son muy débiles -dijo negando con la cabeza-. Muy débiles. Luego agregó: -Para mí, la evidencia histórica ha reforzadomi compromiso con Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos ama y murió por nosotros y resucitó de los muertos. Es así de sencillo.

«La arqueología ha hecho algunas contribuciones importantes», expresó con el acento que adquirió de niño en el sudeste de Oklahoma, «pero en realidad no puede probar si el Nuevo Testamento es la Palabra de Dios. Si excavamos en Israel y encontramos lugares antiguos que son compatibles con la ubicación que da la Biblia, eso demuestra que su historia y su geografía son precisas. Sin embargo, eso no confirma que lo que Jesucristo dijo es verdad. Las verdades espirituales no se pueden probar o refutar mediante descubrimientos arqueológicos.

Por ejemplo, si un hombre habla de un viaje que hizo de San Luis a Chicago, y menciona que se detuvo en Springfield, Illinois, para ver la película Titanic en el Teatro Odeón, y que comió una barra Clark grande que compró en el puesto de comida; los investigadores pueden determinar si ese teatro existe en Springfield al igual que si estaba proyectando esa película en particular, y si vendía esa marca y tamaño de barra de caramelo específico al tiempo que él dijo que estuvo allí. Si sus hallazgos contradicen lo que afirmó la persona, su credibilidad queda manchada. Si los detalles se verifican, no quiere decir que todo su relato es verdad pero sí incrementa su reputación de ser preciso. En cierto sentido, esto es lo que logra la arqueología. La premisa es que si se verifica que los detalles incidentales de un historiador antiguo son precisos vez tras vez, se incrementa nuestra confianza en otro material que el historiador escribió pero que no se puede verificar tan fácilmente.

-No quiero basar mi vida en un símbolo -dijo resuelto-. Quiero una realidad, y la fe cristiana siempre se ha arraigado en la realidad. Lo que no está arraigado en la realidad es la fe de los eruditos liberales. Ellos son quienes siguen un sueño imposible, pero el cristianismo no es un sueño imposible.

Si uno ama a una persona, su amor va más allá de los hechos de una persona, pero está arraigada en los hechos de una persona. Por ejemplo, usted ama a su esposa porque es preciosa, es buena, es dulce, es amable. Todos estos son hechos acerca de su esposa y por lo tanto, la ama. »Pero su amor va más allá de eso. Usted puede saber todo eso acerca de su mujer y no estar enamorado de ella y no confiar en ella, pero sí lo hace. Por lo tanto, la decisión va más allá de la evidencia, pero existe sobre la base de la evidencia. »Lo mismo es enamorarse de Jesús. Tener una relación con Jesucristo va más allá del conocer los hechos históricos acerca de él pero está arraigada en los hechos históricos acerca de él. Creo en Jesús sobre la base de la evidencia histórica pero mi relación con Jesús va más allá de la evidencia. Tengo que poner mi confianza en él y caminar con él día tras día.

-El hecho de que hiciera milagros no es lo que ilumina su percepción propia -replicó Witherington-. Lo importante es cómo él interpreta sus milagros. -¿Qué quiere decir? -pregunté. -Jesús dice: “Pero si expulso a los demonios con el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el reino de Dios.” Él no es como otros obradores de milagros que hacen prodigios sorprendentes pero luego la vida sigue igual que siempre. No; para Jesús, sus milagros son indicio de la llegada del reino de Dios. Son una anticipación de lo que será el reino de Dios. Y eso distingue a Jesús.

-“Abba” connota intimidad en la relación de padre e hijo -explicó Witherington-. Es interesante que también es el término que un discípulo utilizaba para dirigirse a un maestro amado en el judaísmo primitivo. Sin embargo, Jesús lo utilizó dirigiéndose a Dios; hasta donde sé, él y sus seguidores eran los únicos que oraban a Dios de esa manera. Cuando le pedí a Witherington que ampliara sobre la importancia de esto, agregó: -En el contexto donde Jesús se movía, era costumbre que los judíos evitaran tener que decir el nombre de Dios. Su nombre era la palabra más sagrada que se podía pronunciar e incluso temían pronunciarla mal. Si se iban a dirigir a Dios, dirían algo como”El Santo, bendito sea”, pero no usarían su nombre personal. -y “Abba” es un término personal –observé. -Muy personal-respondió-. Es el término de cariño con el que un hijo le diría a su padre: “Papá querido, ¿qué quieres que haga?” Sin embargo, advertí una inconsistencia aparente. -Un momento-interpuse-. Orar “Abba” no debe implicar que Jesús piensa que es Dios porque les enseñ6 a sus discípulos que usaran ese mismo término en sus propias oraciones, y ellos no eran Dios. -En realidad -respondió Witherington-, la importancia del término “Abba” radica en que Jesús es quien inicia una relación íntima que antes no estaba disponible. La pregunta es: ¿qué clase de persona puede cambiar los términos para la relación con Dios? ¿Qué clase de persona puede iniciar una nueva relación de pacto con Dios? Su distinción tenía sentido para mí. -Entonces, ¿cuan importante considera que es el uso de “Abba” por parte de Jesús? -le pregunté. -Muy importante -respondió-o Indica que Jesús tenía un grado de intimidad con Dios que no se parece a nada del judaísmo de su tiempo. Y escuche, aquí viene el remate: Jesús está diciendo que solo a través de tener una relación con él se hace posible este tipo de lenguaje de oración, este tipo de relación “Abba” con Dios. Eso habla mucho de cómo se consideraba a sí mismo.

No creo que sea accidental que su ministerio recién comienza en serio después de su bautismo, cuando oye la voz que dice: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.”

A veces la gente puede tener una enfermedad de inducción sicológica y si encuentran un nuevo propósito por el cual vivir, una nueva dirección, ya no necesitan la enfermedad.

Tal como lo expres6 C.S. Lewis: hay dos errores iguales y opuestos en los que podemos caer con respecto a los demonios: “Uno es no creer en su existencia. Y el otro es creer y tener un interés excesivo y poco saludable en ellos. Ellos están complacidos con cualquiera de estos dos errores.”

Llega Jesús, quien puede decir con toda seriedad: “¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?” Si yo lo dijera, mi esposa, mis hijos y todos los que me conocen estarían dispuestos a ponerse en pie y dar testimonio, mientras que nadie pudo hacerlo con respecto a Cristo.

No oímos nada por lo tanto la suposición más probable es que no dijo nada

Cada atributo de Dios, afirma el Nuevo Testamento, se encuentra en Jesucristo:
• ¿Omnisciencia? En Juan 16:30 el apóstol Juan declara acerca de Jesús: «Ya podemos ver que sabes todas las cosas.»
• ¿Omnipresencia? Jesús dijo en Mateo 28:20: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» y en Mateo 18:20: «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
• ¿Omnipotente? «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra» afirm6 Jesús en Mateo 28:18.
• ¿Eternidad? Juan 1:1 declara acerca de Jesús: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.»
• ¿Inmutabilidad? Hebreos 13:8 afirma: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos.»
Asimismo, el Antiguo Testamento pinta un retrato de Dios utilizando títulos y descripciones como Alfa y Omega, Señor, Salvador, Rey, Juez, Luz, Roca, Redentor, Pastor, Creador, dador de vida, perdonador de pecados, vocero con autoridad divina. Es fascinante notar que en el Nuevo Testamento cada uno de ellos se aplica a Jesús.” Jesús lo dijo todo en Juan 14:7: «Si ustedes realmente me conocieran, conocerían también a mi Padre.» Traducción libre: «Cuando miran el boceto de Dios del Antiguo Testamento, verán un retrato de mí.»

-Fui a reuniones budistas pero lo hallé vacío -recordó-. El budismo chino era ateo, el budismo japonés adoraba estatuas de Buda, el budismo zen era demasiado abstracto. Fui a reuniones de la iglesia del Cristo científico pero allí eran muy manipuladores y controladores. El hinduismo creía en todas esas orgías locas de los dioses y en dioses que eran elefantes azules. Nada de eso tenía sentido; nada me satisfacía. Incluso acompañó a unos amigos a unas reuniones con influencias satánicas. -Solía observar y pensar: algo está pasando aquí, pero no es bueno -comentó-. En medio de mi mundo descontrolado por la droga, les dije a mis amigos que creía que existía un poder maligno que estaba más allá de mí, que podía obrar en mí, que existía como entidad. Había visto suficiente mal en mi vida como para creerlo. Me miró con una sonrisa irónica. -Creo que acepté la existencia de Satanás -señaló-, antes de aceptar la existencia de Dios.

La idea de que Jesús en verdad nunca murió en la cruz se puede encontrar en el Corán, el cual se escribió en el siglo VII; de hecho, los musulmanes ahmadiya afirman que Jesús huyó a la India en realidad. Hasta el día de hoy, hay un altar que supuestamente marca su tumba verdadera en Srinagar, Cachemira.

-Un médico que estudié las golpizas romanas observó: “Mientras continuaba la flagelación, las laceraciones rasgaban hasta los músculos y producían jirones temblorosos de carne sangrante.” Un historiador del siglo III llamado Eusebio describió una flagelación de la siguiente manera: “Las venas de la víctima quedaban al descubierto y los mismos músculos, tendones y las entrañas quedaban abiertos y expuestos.” »Sabemos que muchas personas morían a causa de este tipo de castigo incluso antes de que pudieran ser crucificadas. Por lo menos, la víctima podía experimentar un dolor tremendo y entrar en conmoción hipovolémica. Metherell había mencionado un término médico que yo no conocía. -¿Qué significa conmoción hipovolémica? -le pregunté”. -Hipo significa “bajo”, vol se refiere a volumen y émica significa “sangre”, por lo tanto, conmoción hipovolémica quiere decir que la persona sufre los efectos de la pérdida de una gran cantidad de sangre -explicó el doctor-. Esto causa cuatro efectos. Primero, el corazón se acelera para tratar de bombear sangre que ya no existe; en segundo lugar, baja la presión sanguínea, lo cual provoca un desmayo o colapso; en tercer lugar, los riñones dejan de producir orina para mantener el volumen restante; y en cuarto lugar, la persona comienza a sentirse sedienta porque el cuerpo ansía fluidos para reponer el volumen de sangre perdido. -¿Encuentra evidencia de ello en los relatos de los Evangelios? -Sí, definitivamente -respondió-. Jesús se encontraba en conmoción hipovolémica mientras ascendía por el camino hacia el lugar de la ejecución en el Calvario llevando el madero horizontal de la cruz. Finalmente Jesús se desplomó y un soldado romano le ordenó a Simón que llevara la cruz por él. Luego leemos que Jesús dice: “Tengo sed” y en ese momento se le ofrece un trago de vinagre. »Debido a los terribles efectos de esa golpiza, no hay duda de que Jesús se encontraba en estado crítico incluso antes de que con clavos traspasaran sus manos y sus pies.

Por lo tanto los clavos traspasaron sus muñecas, aunque se consideraban parte de la mano en el lenguaje de esa época. »y es importante entender que el clavo atravesaba el lugar por donde pasa el nervio mediano. Ese es el nervio mayor que sale de la mano y quedaba triturado por el clavo que se martillaba. Dado que poseo un conocimiento rudimentario de anatomía humana, no estaba seguro de lo que eso significaba. -¿Qué clase de dolor debe haber producido? -le pregunté. -Pennítame explicárselo de la siguiente manera -respondió-. ¿Conoce el tipo de dolor que uno siente cuando se golpea el codo y se da en ese huesito. Se trata de otro nervio, llamado cúbito. Es muy doloroso cuando uno se lo golpea accidentalmente. Muy bien, ahora imagínese tomar un par de pinzas y presionar hasta triturar ese nervio -dijo mientras hacía énfasis en la palabra presionar mientras giraba un par de pinzas imaginarias-o Ese efecto sería similar a lo que Jesús experimentó. Me sobresalté por esa imagen y me retorcí en la silla. -El dolor era absolutamente insoportable -agregó-. En realidad, literalmente no existían palabras para describirlo; se tuvo que inventar una nueva palabra: excruciante. Literalmente, excruciante significa “de la cruz”. Piénselo: fue necesario crear una palabra porque no había nada en el idioma que pudiera describir la angustia intensa causada durante la crucifixión.

Excruciante: del latín excruciatus, participio de excruciare: atormentar torturar; ex + cruciare: atormentar; derivado de crux: cruz.

La crucifixión es en esencia una muerte lenta y agonizante por asfixia. »La razón es que la presión ejercida en los músculos y en el diafragma pone al pecho en la posición de inhalación; básicamente, para poder exhalar, el individuo debe empujar hacia arriba con los pies para que la tensión de los músculos se alivie por un momento. Al hacerlo, el clavo desgarraría el pie hasta quedar finalmente incrustado en los huesos tarsianos. »Después de arreglárselas para exhalar, la persona podría relajarse y descender para inhalar otra bocanada de aire. Nuevamente tendría que empujarse hacia arriba para exhalar raspando su espalda ensangrentada contra la madera áspera de la cruz. Continuaría de ese modo hasta que el agotamiento completo se adueñara de sí, y la persona ya no pudiera empujarse hacia arriba para respirar. »A medida que la persona reduce el ritmo respiratorio, entra en lo que se denomina acidosis respiratoria: el dióxido de carbono de la sangre se disuelve como ácido carbónico lo cual causa que aumente la acidez de la sangre. Finalmente eso lleva a un pulso irregular. De hecho, al sentir que su corazón latía en forma errática, Jesús se hubiera dado cuenta de que estaba a punto de morir, y es entonces que pudo decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Y luego murió de un paro cardíaco.

-Jesús dijo en Mateo 12:40: “Porque así como tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre de un gran pez, también tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra.” Sin embargo los Evangelios dicen que Jesús en realidad estuvo en la tumba un solo día entero, dos noches enteras y parte de dos días. ¿Acaso no es ese un ejemplo de que Jesús se equivocó y no cumplió su propia profecía? -Algunos cristianos con buenas intenciones han utilizado este versículo para sugerir que Jesús fue crucificado un miércoles en vez de un viernes, ¡para poder ajustarse al tiempo! -mencionó Craig-. Sin embargo, la mayoría de los eruditos reconocen que según la forma de registrar el tiempo de los antiguos judíos, cualquier parte del día se contaba como un día entero. Jesús estuvo en la tumba la tarde del viernes, todo el sábado y la madrugada del domingo: según la forma en la que los judíos concebían el tiempo en ese entonces, eso se hubiera contado como tres días. -De nuevo -concluy6-, ese es simplemente otro ejemplo de cuántas de esas discrepancias se pueden explicar o reducir con un poco de conocimiento del contexto o solo examinarlas con la mente abierta.

La resurrección fue sin duda la proclamación central de la iglesia primitiva desde el principio. Los primeros cristianos no adoptaron simplemente las ensefianzas de Jesús; estaban convencidos de que lo habían visto vivo después de su crucifixión. Eso fue lo que cambió sus vidas y dio inicio a la iglesia. Ciertamente, dado que esa era su convicción central, se habrían asegurado completamente de que era verdad.

Los cristianos creen porque quieren pero los ateos no creen porque no quieren.

Perder a mi esposa fue la experiencia más dolorosa que jamás tuve que enfrentar pero si la resurrección me pudo sacar de ella, me puede sacar de cualquier otra. Fue eficaz en el año 30 d. C., es eficaz en 1995, es eficaz en 1998 y es eficaz más allá del hoy. Habermas fijó su mirada en la mía. -Ese no es un sermón -dijo calladamente-. Lo creo con todo mi corazón. Si hay una resurrección, hay un cielo. Si Jesús resucitó, Debbie resucitó. Y yo también resucitaré algún día. Entonces, los veré a los dos.

Si uno cuenta la conversión de Pablo como evidencia a favor de la verdad de la resurrección, debería contar la conversión de Mahoma al Islam como evidencia a favor de la verdad de que Jesús no resucitó, dado que ¡los musulmanes niegan la resurrección! -Básicamente dice que los valores evidenciales de la conversión de Pablo y de la conversión de Mahomase cancelan mutuamente -le dije a Moreland-. Francamente, parece una buena observación. ¿No admite que tiene razón? Moreland no picó el anzuelo. -Veamos la conversión de Mahoma-dijo con voz segura-. Nadie sabe nada acerca de ella. Mahoma dice haber ido a una cueva donde tuvo una experiencia religiosa en la cual Alá le reveló el Corán. No hay otro testigo ocular que lo verifique. Mahoma no ofreció ninguna señal milagrosa pública para certificar nada. »Además alguien fácilmente pudo tener motivos ulteriores para seguir a Mahoma porque en los primeros años el Islam se propagaba principalmente mediante la guerra. Los seguidores de Mahoma ganaron influencia política y poder sobre los pueblos que conquistaban y “convertían” al Islam a espada. »Contrastelo con las afirmaciones de los primeros seguidores de Jesús, entre ellos Pablo. Decían haber visto acontecimientos públicos que otros también vieron. Estas cosas habían acontecido fuera de su mente y no solo en ella. »Es más, cuando Pablo escribió 2 Corintios, lo cual nadie cuestiona, les recordó al pueblo de Corinto que él había realizado milagros cuando estuvo con ellos con anterioridad. Ciertamente hubiera sido estúpido hacer esta declaración si ellos sabían que no fue así.

¿De qué manera puede explicar que en un breve período de tiempo no solo un judío sino toda una comunidad de por lo menos diez mil judíos, estuvo dispuesta a abandonar estas cinco prácticas claves que les habían servido en el aspecto social y teológico por tantos siglos? Mi explicación es simple: habían visto a Jesús resucitado de entre los muertos.

Moreland señaló el surgimiento de los sacramentos de la comunión y el bautismo en la iglesia primitiva como otra prueba circunstancial de que la resurrección es verdad; pero yo tenía algunas dudas. -¿Acaso no es natural que las religiones creen su propios rituales y prácticas? -le pregunté-. Todas las religiones las tienen. Así que ¿de qué manera eso prueba algo acerca de la resurrección? -Bueno, pero consideremos la comunión por un momento -respondió-. Lo extraño es que estos primeros seguidores de Jesús no se reunían para celebrar sus enseñanzas o lo maravilloso que él era. Se reunían en forma regular para tener una comida de celebración por un solo motivo: para recordar que Jesús había sido masacrado públicamente en una forma humillante y grotesca. »Considérelo en términos modernos. Si un grupo de personas ama a John F. Kennedy, quizás se reúna en forma regular para recordar su enfrentamiento con Rusia, su promoción de los derechos civiles y su personalidad carismática; pero, [no van a celebrar el hecho de que Lee Harvey Oswald lo asesinara! »Sin embargo, es análogo a lo que los primeros cristianos hacían. ¿Cómolo explica? Yo lo explico de la siguiente manera: se dieron cuenta de que la muerte de Jesús era un paso necesario hacia una victoria mucho mayor. Su asesinato no fue la última palabra; la última palabra fue que había vencido la muerte por todos nosotros al resucitar de entre los muertos. Celebraban su ejecución porque estaban convencidos de que lo habían visto salir de la tumba con vida. -¿Y qué acerca del bautismo? -le pregunté. -La iglesia primitiva adoptó una forma de bautismo de su tradición judía llamada el bautismo prosélito. Cuando los gentiles querían adoptar la ley de Moisés,los judíos bautizaban a esos gentiles en la autoridad del Dios de Israel. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, la gente se bautizaba en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, lo cual significaba que habían elevado a Jesús a la categoría plena de Dios. »No solo eso: el bautismo era una celebración de la muerte de Jesús, al igual que la comunión. Al sumergirse en el agua, uno celebra su muerte y al ser sacado del agua, uno celebra el hecho de que Jesús fue resucitado a novedad de vida.

Si la llegada a la existencia de los nazarenos, un fenómeno innegablemente atestiguado por el Nuevo Testamento, abre un gran agujero en la historia, un agujero del tamaño y con la forma de la resurrección, ¿con qué propone el historiador secular que se tape?

-Hay otra categoría de evidencia sobre la cual no preguntó -subrayó. Repasé la entrevista mentalmente. -Me rindo -repliqué-. ¿Cuál es? -Es el continuo encuentro con el Cristo resucitado que ocurre en todo el mundo, en todas las culturas, por parte de personas de todo tipo de trasfondos y personalidad: bien educados y no, ricos y pobres, los que piensan y los que sienten, hombres y mujeres -anunció-. Todos declararán que más que cualquier otra cosa en sus vidas, Jesucristo los cambió.

-El examen de experiencia es: “Aún está vivo, y puedo descubrirlo relacionándome con él.” Si usted estuviera en un jurado y escuchara la evidencia suficiente para convencerse de la culpabilidad del acusado, no tendría sentido detenerse antes del paso final de condenarlo. Y que la gente acepte la evidencia a favor de la resurrección de Jesús y no dé el paso final de someterla al examen de la experiencia sería errar al blanco donde a fin de cuentas la evidencia está apuntando. -Entonces -le dije-, si la evidencia apunta fuertemente en esta dirección, no es más que racional y lógico seguirla hasta el ámbito de la experiencia. Asintió con aprobación. -Precisamente correcto -anunció-o Es la confirmación final de la evidencia. Es más, le diré lo siguiente: la evidencia pide a gritos el examen de la experiencia.

La armonía entre los Evangelios en hechos esenciales, sumada a la divergencia en algunos detalles les confiere credibilidad histórica a los relatos. Es más, la iglesia primitiva no pudo haberse arraigado y florecido allí mismo en Jerusalén si hubiera enseñado hechos acerca de Jesús que sus mismos contemporáneos pudieran haber descubierto que eran exagerados o falsos. En decir, los Evangelios lograron pasar las ocho pruebas de la evidencia.

A la luz de los hechos convincentes que había descubierto durante mi investigación, ante esta avalancha abrumadora de evidencia en el caso a favor de Cristo, la gran ironía era esta: ¡necesitaría mucho más fe para mantener mi ateísmo que para confiar en Jesús de Nazaret!

• Si Jesús es el Hijo de Dios, sus enseñanzas son más que simples buenas ideas de un maestro sabio; son perspectivas divinas sobre las cuales puedo construir mi vida con confianza.
• Si Jesús determina los parámetros de moral, ahora puedo tener una base inconmovible para mis elecciones y decisiones en vez de basarlas en las arenas movedizas de la conveniencia y el egocentrismo.
• Si Jesús en verdad resucitó de entre los muertos, todavía está vivo hoy y disponible para que me encuentre con él en el ámbito personal.
• Si Jesús conquistó la muerte, me puede abrir la puerta de la vida eterna a mí también.
• Si Jesús tiene poder divino, tiene la habilidad sobrenatural para guiarme y ayudarme, y transformarme a medida que lo sigo.
• Si Jesús conoce en forma personal el dolor de la pérdida y el sufrimiento, puede consolarme y alentarme en medio de la turbulencia que, según él mismo advirtió, es inevitable en un mundo corrompido por el pecado.
• Si Jesús me ama como dice, mi bienestar es importante para él. Eso significa que no tengo nada que perder y todo que ganar dedicando mi vida a él y a sus propósitos.
• Si Jesús es quien dice ser (y recuerda ningún líder de ninguna otra religión principal jamás pretendió ser Dios), como mi Creador, merece justamente mi lealtad, mi obediencia y mi adoración.

Cada uno de los demás sistemas de creencias que había estudiado durante mi investigación estaba basado en el plan de «hacer». Es decir, era necesario que la gente hiciera algo; por ejemplo, usar una rueda de oración tibetana, dar limosna, hacer procesiones, pasar por reencarnaciones, expulsar el karma de transgresiones pasadas, reformar el carácter, para intentar de algún modo ganarse poder regresar a Dios. A pesar de sus mejores esfuerzos, mucha gente sincera no lo lograría. El cristianismo es único. Se basa en el plan «hecho»; Jesús ha hecho por nosotros en la cruz lo que nosotros no podemos hacer por nuestra cuenta: pagó la pena de muerte que merecemos por nuestra rebelión y transgresión, para que podamos ser reconciliados con Dios. No tenía que luchar y afanarme por tratar de hacer lo imposible para hacerme digno. Una y otra vez la Biblia dice que Jesús ofrece el perdón y la vida eterna como regalo gratuito que no puede ganarse (Véase Romanos 6:23; Efesios 2:8,9; Tito 3:5). Se llama «gracia», sublime gracia, favor inmerecido. Está disponible para todo aquel que lo recibe con una oración sincera de arrepentimiento. Incluso para alguien como yo.

Nueve días en el cielo

Dennis y Nolene Prince

Nueve días en el cielo

Nueve días en el cielo

Testimonio de Marietta Davis quien a los 25 años luego de caer en una especie de coma inexplicable, tuvo una visión de una visita al cielo, y que aquí se narra. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 19, un libro basado en una historia real.

Durante mucho tiempo antes de que esto sucediera, había luchado con las grandes interrogantes de la vida. Un par de cosas se habían vuelto más claras a medida que le daba vueltas en mi cabeza una y otra vez, y llegué a una serie de conclusiones simples. Éstas fueron: perseguir el dinero y las buenas cosas nunca puede hacerte feliz; las relaciones te pueden fallar (nadie es perfecto); y muchas tradiciones religiosas no son confiables.

Yo miré muy por debajo a través del espacio nublado y oscuro, y finalmente pude ver mi cuerpo inmóvil. En torno a mí, estaban mis amigos preocupados que me llamaban y me sacudían frenéticamente, tratando por todos los medios posibles de despertarme, pero sin éxito. “Este es el punto de vista humano de la vida”, dijo mi guía angelical. “Mira a tu familia. Te aman y lloran por ti. Todo ser humano pasa por problemas y angustias y, finalmente, la muerte. Pero les está oculta la verdadera imagen de lo que sucede después de todo eso.

La vida en la Tierra es un tiempo de prueba para determinar lo que está en nuestro corazón, bueno o malo, y elegir a Dios o rechazarlo. Al final de la vida terrestre, recibimos las consecuencias de nuestra elección. (Vea Juan 5:28-29; Hebreos 10:27.)

Marietta, sabes muy bien que la gente en la tierra tiene valores morales muy diferentes. Puede ser que no estés consciente de que cuando mueren y su espíritu sigue vivo, su naturaleza moral no cambia. Los malos siguen siendo malos, pero los buenos siguen siendo buenos.

A medida que la gente dejaba sus cuerpos, sus espíritus eran atraídos a espíritus de carácter moral similar. Gente mala e impía se unía a los espíritus afines, y luego se alejaban hacia las regiones que estaban cubiertas por nubes oscuras. Las personas que amaron el bien y formaron relaciones con personas buenas eran escoltadas por ángeles santos hacia la gloria celestial de arriba.

Lo primero que debes aprender es que todo el cielo venera la cruz. Decenas de miles de personas se inclinan ante ella. Los redimidos aman quedarse a su alrededor. La adoración en la tierra es muy aburrida, en comparación con la adoración aquí.

El hombre no entiende el pecado. Tampoco entiende cuán grande es la gracia de Dios en proveer la redención. Hay muchas, muchas cosas previniendo que la luz del cielo alcance a la humanidad, pero el tiempo se acerca cuando la gente estará más consciente de la realidad de este lugar. Entonces mirarán con más cuidado la verdad espiritual. La redención final del hombre se acerca.

Nuestros deseos y las cosas buenas que los satisfacen: la comida, la bebida, dormir, etc., fueron creadas por Dios, y todos, buenos y malos, disfrutan su satisfacción. En el cielo, donde todo es bueno, los deseos se cumplen perfectamente. Por el contrario, el infierno no tiene la satisfacción de los deseos innatos. El rechazo a Dios es también un rechazo a los regalos de Dios.

La muerte del cuerpo no puede, de ninguna manera, aliviar el alma de la degradación moral o espiritual.

Tú, hombre, continuamente has violado la ley. ¿Crees que puedes jugar con ella y no sufrir las consecuencias? ¿No entiendes que cuando te opones a la ley, la destrucción vendrá sobre ti? El tiempo ha llegado.”

La cruz permaneció rígida contra el cielo. Mientras sobrellevaba el extremo de su agonía final, Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y con voz fuerte gritó: “¡Consumado es!” Entonces, sosteniendo la muerte en su poder, descendió hacia los espíritus en prisión. Por un largo tiempo, el silencio llenó el aire. Nada se movía. Nadie hablaba. Poco a poco, una suave luz empezó a brillar, revelando una tumba solitaria custodiada por hombres armados. Un ángel se paró cerca. Tocó la tumba con un cetro en su mano derecha y mientras lo hacía, la tumba se hizo transparente, revelando el cuerpo de Jesús. Éste se encontraba en la solitaria tumba, envuelto en una sábana limpia, sin manchas de sangre. El ambiente quieto y en silencio, sin ser molestado por el clamor de la muchedumbre gritando, trajo alivio calmante a las mentes de los niños que miraban. Habían sido abrumados por las escenas de crueldad y masacre reveladas durante los sufrimientos de Jesús. Mientras mirábamos y disfrutábamos de la tranquilidad, el principal guardián habló: “Miren cuán calmado y compuesto está el cuerpo de Jesús ahora”.

Como un Dios justo, Jesús exigió que se hiciese justicia por los pecados cometidos. Sin embargo, como un Dios de amor, también pidió misericordia para sus hijos. La justicia fue aplicada cuando el juicio cayó sobre sí mismo al llevar el pecado del mundo, y la misericordia se ofreció entonces a los que abrazarían este perdón. Éste es el corazón del evangelio.

Tú nos has redimido. Aún cuando no estábamos ni siquiera pensando en ti, tu Espíritu nos buscó. ¡Digno es el Cordero!

Cuando vuelvas al mundo y te reencuentres con los que nos amaron y lloraron nuestra pérdida, diles que somos felices aquí. Diles que no tenemos dolor. Siempre estamos con nuestros guardianes y amamos a todos y a Jesús, nuestro Redentor, sobre todo. Diles que estamos esperando pacientemente su llegada aquí. Nosotros también te amamos, Marietta y nos reuniremos contigo de nuevo.

Fue el pecado lo que provocó la diferencia entre el hombre y los ángeles. Éste cambió por completo la naturaleza moral del hombre. Los ángeles son puros y sin mancha. Ellos no tienen malos deseos para provocar mal en ellos y sólo la más pura vida fluye de ellos.

Aquellos que conocen los efectos del pecado son bien capaces de reconocer la humildad y la misericordia de Jesús, y le adoran desde sus entrañas. Cuando Él se mueve entre ellos, cantan en silencio en su interior, pero cuando se retira, cantan en voz alta.

Hoy puede ser el mejor día de tu vida, mientras “entras por la puerta estrecha” para encontrarte con Dios y comenzar la eternidad con Él.

La única forma de alcanzar la salvación es simple, como se describe anteriormente. Arrepiéntase de sus errores anteriores y, por la fe, acepte el perdón que Jesús ganó por usted. Usted puede hacer esto con esta simple oración: Señor Dios, reconozco que he pecado contra ti. Estoy arrepentido por esto y ahora elijo cambiar mis caminos. Por favor, ayúdame a hacerlo. Acepto con gratitud tu perdón y Espíritu en mi vida. Te doy gracias porque ahora soy tu hijo. Te serviré por el resto de mi vida y por la eternidad. En el nombre de Jesús, Amén.

La esclavitud de la voluntad

Martín Lutero

La esclavitud de la voluntad

La esclavitud de la voluntad


Martín Lutero responde a Erasmo de Rotterdam : La salvación es por gracia y no como resultado de la puesta en práctica del libre albedrío por parte del hombre. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 23, un libro de más de 100 años, publicado por primera vez en 1525.

Nadie cuenta con la habilidad de volverse a Dios. Él tiene que primero mostrarse a ellos. ¡Si fuera posible descubrir la verdad por medio del “libre albedrío”, seguramente un judío en alguna parte lo hubiera hecho! Los razonamientos más elevados de los gentiles y los esfuerzos más poderosos de los mejores judíos no los acercó en lo más mínimo a la fe en Cristo (Rom. 1:21; 2:23, 28-29). Eran pecadores condenados junto con todos los demás. Si todos los hombres tienen un “libre albedrío” y todos los hombres son culpables y condenados, entonces este supuesto “libre albedrío” es impotente para acercarlos a Cristo por la fe. Así que, después de todo, su albedrío no es gratis.

Se puede asustar a la gente para que observe las ceremonias, pero ningún poder humano la puede forzar a guardar la Ley Moral [Los Diez Mandamientos].

La Ley no fue dada para mostrar a los hombres lo que pueden hacer, sino para corregir sus ideas de lo que es bueno y lo que es malo para Dios. El “libre albedrío” es ciego, porque necesita ser enseñado por la Ley. Es también impotente, porque no justifica a nadie ante los ojos de Dios.

El propósito de de Ley es mostrar qué es el pecado y a dónde lleva: a la muerte, al infierno y a la ira de Dios. La Ley sólo puede destacar estas cosas. No puede librarnos de ellas. ¡La liberación viene únicamente por medio de Jesucristo, que nos es revelado en el evangelio! Ni la razón ni el “libre albedrío” pueden guiar a los hombres a Cristo, porque la razón y el “libre albedrío” en sí necesitan la luz de la Ley para mostrarles su propio mal.

Aun los que creen en el “libre albedrío” tienen que coincidir conmigo que no pueden glorificar a Dios por sus propios medios. Aun con su “libre albedrío” dudan si agradan o no a Dios. Por lo tanto, doy prueba, por el testimonio de sus propias conciencias, que el “libre albedrío” no agrada a Dios.

No existe ningún mérito humano para Dios, ni grande ni pequeño. Nadie merece ser salvo. Nadie puede trabajar para ser salvo.

Nadie niega que las obras malas no son aceptables a Dios. Eso es obvio. El argumento es que ni siquiera las buenas obras nos hacen aceptables a Dios. Merecen su ira, no su favor.

Los que llegan a conocer a Cristo no pensaron anteriormente en Él, no lo buscaron ni se prepararon para él.

Quisiera que mis opositores cayeran en la cuenta que cuando argumentan a favor del “libre albedrío”, niegan a Cristo. Si podemos obtener gracia por el “libre albedrío” no necesitamos a Cristo. Y si tenemos a Cristo, no necesitamos “libre albedrío”. Los partidarios del “libre albedrío” prueban su negación de Cristo por sus acciones porque algunos de ellos hasta recurren a la intercesión de María y de los “santos” y no confían en Cristo como el único mediador entre el hombre y Dios. Todos abandonan a Cristo y su obra como Mediador y como el Salvador más bondadoso, y consideran los méritos de Cristo de menos valor que sus propios esfuerzos.

Toda la Escritura proclama que Cristo es el único camino de salvación. Cualquiera que se encuentra fuera de Cristo está bajo el poder de Satanás, el pecado, la muerte y la ira de Dios. Sólo Cristo puede rescatar a los hombres del reino de Satanás. ¡No somos librados por ningún poder dentro de nosotros mismos, sino únicamente por la Gracia de Dios!

La naturaleza humana es tan mala, aun en quienes tienen en ellos el Espíritu de Dios, que no sólo fracasan en hacer lo bueno, sino que luchan contra ello.

Si mi salvación dependiera de mí, no tendría la capacidad de enfrentarme con los peligros, las dificultades y los diablos contra los que tengo que luchar. Pero aun si no hubiera enemigo que enfrentar, nunca podría estar seguro del éxito. Nunca estaría seguro de haber agradado a Dios o de que había algo más que necesitaba hacer.

Pero mi salvación está en las manos de Dios y no en las mías. Él será fiel a su promesa de salvarme, no sobre la base de lo que yo hago sino según su gran misericordia. Dios no miente, no dejará que mi enemigo el diablo me arrebate de sus manos. Por el “libre albedrío” nadie puede ser salvo. Pero por la gracia gratuita, mucho serán salvos. No sólo eso, sino que estoy contento de saber que como cristiano, agrado a Dios, no por lo que hago sino por su gracia. Si trabajo demasiado poco o demasiado mal, él por su gracia me perdona y me hace mejor. Esta es la gloria de todos los cristianos.

Si uno usa la razón humana para considerar la manera como Dios gobierna los asuntos del mundo, se ve forzado a decir que no hay Dios o que Dios es injusto. Los malos prosperan y los buenos sufren (vea Job 12:6; Salmo 73:12), y eso parece ser injusto. Muchos niegan la existencia de Dios y dicen que todo sucede por casualidad.

La realidad de un sueño

Lilly Goodman

La realidad de un sueño

La realidad de un sueño


A través del testimonio de su carrera como cantante, Lilly Goodman aconseja qué hacer para que los sueños se hagan realidad, dando algunos tips que pueden ser útiles en cualquier área que uno se desempeñe. Calificación de 8. Del Reading Challenge, reto 17, un libro que te haya recomendado un amigo.

Padres, pastores, líderes, maestros: es vital que como adultos maduros y con experiencia aprendamos a entender el mundo de las nuevas generaciones… Cada generación piensa, sueña y actúa diferente, y si no lidiamos bien con eso los empujamos a tratar de hallar identidad, aceptación, afecto y credibilidad en otras partes. Muchas veces la presión no solo es externa. Siempre pensamos que nuestros jóvenes solo enfrentan al mundo que está afuera, pero dentro de nuestro círculo, con nuestro pueblo, nuestra gente, nuestra comunidad…, la amada iglesia, hay presiones que enfrentar. Puedo pensar en cientos de chicos con llamados específicos que, tratando de ser aceptados, entendidos y de alguna manera lograr que los miren, optan por involucrarse en áreas en las que piensan serán más valorados, para agradar a los demás.

No es posible hacerlo todo y destacarse en todo. La misma Biblia deja ver que todos tenemos dones diferentes, y funcionando como un cuerpo somos eficientes (fíjate en Efesios 4:11).

No saltes de un lado para otro probando diferentes carreras sin saber en qué eres bueno. Elige lo que de verdad te apasiona y realízalo con excelencia.

Aquello en lo que tienes años poniendo tu mayor empeño, te esfuerzas al máximo y nunca te sale bien, con toda certeza te digo que ese no es tu don. Si es que te gusta tanto y no quieres soltarlo, úsalo como un entretenimiento en tu tiempo libre, pero suelta esa carga.

Eres importante, no te menosprecies, tienes un espacio reservado para ti, usa lo que tienes, no pierdas tiempo en buscar lo que no es tuyo.

No hay mayores enemigos del ser humano que sus propias emociones. La timidez, el miedo, la duda, la baja autoestima, son fuertes enemigos que hay que vencer.

El hombre puede tratar de minimizarte, cerrar puertas haciendo uso de sus recursos o utilizar la crítica y malos comentarios en tu contra sin lograr éxito, pues el poder de abrir y cerrar puertas no está en sus manos.

Se dice que somos lo que pensamos y nos convertimos en lo que decimos.

Cuando me siento cansada y me quiero retirar, medito en la grandeza de lo que Dios ha hecho conmigo; eso me mantiene de pie y viva por dentro para seguir dando, por gracia, el favor que he recibido.

Al final, es siempre cuestión de decisión. Solo tú puedes decidir triunfar o quedarte atrás. Cualquier cosa que permitas posicionarse como un obstáculo se interpondrá en el logro de tus metas.

Más del ochenta por ciento de lo que las personas temen nunca va a pasar, así que temer es una verdadera pérdida de tiempo y energía física y mental.

Es seguro que vamos a sentir temor de algo, es parte de la vida misma, tendremos que lidiar con bastantes cosas simplemente por el hecho de estar vivos y en el planeta Tierra. Lo que hace la diferencia es cómo enfrentemos cada circunstancia. El mismo Jesús en Juan 16:33 les dejó claro a los discípulos en cuanto a las aflicciones venideras, pero también la esperanza de vencer a través de su victoria. Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, amor y dominio propio (fíjate en 2 Timoteo 1:7). Si lo decides puedes ser fuerte, el dominio propio está en tu naturaleza porque Dios lo puso en ti. Cuando llega el susto o el pánico a tu mente haz uso de ese dominio que posees y toma control de tus emociones. No debes permitir que el miedo te quiebre. Las oportunidades de la vida no se deben dejar pasar, hay que tomarlas, vencer el miedo del momento y hacerlo bien; aunque sea temblando del terror debemos continuar por encima de eso.

Una forma segura de fracasar es posponer y echarse para atrás todo el tiempo. Me he dado cuenta de que enfrentando lo que temo es la única manera de vencerlo. En una guerra, para poder vencer a su enemigo, los ejércitos solían colocarse enfrentados cara a cara, tomando el riesgo de ser heridos, pero si no lo hacían de cualquier manera existía el riesgo de ser atacados desprevenidos, entonces, ¿por qué no enfrentarlo y atacar de una vez? Igual es con el miedo, la única manera de derrotarlo es dándole la cara.

Las puertas que Dios abre son esas pequeñas oportunidades que, si las sabemos aprovechar, nos abren la entrada hacia otras y otras más. Un pequeño momento nos lleva a otro y ese otro nos abre las puertas a grandes oportunidades.

Alguien que conozco dice que “la hora es la que mata”, no importa donde estés cuando esa hora llega, llega. Duro, pero cierto.

Es asunto de valentía, no podemos esperar que Dios o los ángeles hagan todo por nosotros, Él nos ha dado el poder para lograr cosas magníficas, pero nos toca a nosotros actuar. Hay que salir a conquistar, enfrentar y vencer. Al realizar nuestra tarea con valor y dignidad, la satisfacción es para nosotros; y a la vez que ponemos el nombre de Dios en alto, le estamos confirmando que no importa lo que haya que enfrentar Él puede contar con nuestras vidas para su servicio. La misión de Jesús le costó un sacrificio de sangre y mucho dolor, pero Él no se echó para atrás, fue fiel y responsable (fíjate en Hebreos 3:1-2). Gran ejemplo para ti y para mí.

Continuamente Él nos está hablando y, por andar ocupados o haber perdido la sensibilidad, ni siquiera nos enteramos, puesto que no sabemos distinguir. Él habla de tantas maneras, algunas veces a través de la naturaleza, de una canción, de la Biblia, de un familiar o en ocasiones su Espíritu Santo pone convicción en nuestro interior y trae confirmación a medida que sentimos paz. La clave es ser sensibles, estar atentos y apagar todos los sonidos que estorben. No será tan fácil pero tampoco imposible.

Siempre que nuestros pasos sean guiados por Dios tendremos éxito en lo que emprendamos. Antes de preguntar a tus amigos, a tus padres, a tu pareja, pregúntale a Él, que sabe dónde comienza y termina todo, déjalo que te guíe y mantén tus oídos atentos.

El pedir señales a Dios es algo que a mí me funciona, y es bíblico (fíjate en Jueces 6:36-40), en vez de estar buscando gente que me dé palabra puedo desarrollar una relación directa con Dios y Él me puede hablar de diferentes formas. No siempre lo hace con señales, en ocasiones ha usado gente que me da una palabra acertada, pero soy muy cautelosa con seguir todo lo que alguien me diga “de parte de Dios”. No todas las profecías vienen de Dios, hay muchos que andan inventando; tenemos que aprender a discernir, en otras palabras, distinguir cuando es algo que Dios nos quiere decir o son las emociones del que habla.

En el tiempo de anonimato es cuando somos preparados para lo extraordinario. Nadie empieza desde arriba, hay un proceso que no puede saltarse.

Si el proceso de entrenamiento es largo, significa que estás siendo preparado para algo muy grande.

No trates de encajar en los prototipos que el mundo te da. No busques ser el más atractivo, el más famoso, el que tiene más influencia. Que tu propósito sea hacer la voluntad del Padre, y te garantizo que Él será tu mejor contacto y el Espíritu Santo será la más grande influencia que necesitarás.

Dios puede transformar nuestro caos en la bendición más gloriosa que nos podamos imaginar. Aun en medio del dolor, la soledad, la tristeza, la enfermedad, el abandono o el acontecimiento más desastroso que pueda estar ocurriendo en tu vida, puedes estar confiado de que al final todo cobrará sentido.

Te voy a dar unos tips que me funcionaron mientras pasé por ese desierto:
Sé valiente.
Descansa en la soberanía de Dios.
Es muy importante que seas fiel.
Que vivas en integridad.
Realiza tus tareas con excelencia.
Desarrolla tus talentos y habilidades.
Mantente enfocado(a) en tu visión.
No guardes rencor.
Perdona a los que te han herido.
Representa a Dios dignamente donde quiera que vayas.
Y mantén el sueño vivo.
Él tiene tu vida en sus manos… Verás que todo es parte de un propósito.

Dios no necesita un ambiente perfecto o circunstancias agradables para crear milagros.

Cuando sientas la presión y los ataques, refúgiate en la bendita Palabra de Dios que declara lo mejor de ti.

Recuerda: el mundo no tiene la autoridad para definirte.

Toda persona que se prepara, que trabaja y se esfuerza constantemente, anda en busca de estabilidad, de seguridad, de establecer un sistema que pueda manejar, de un estilo de vida invariable que le dé sentido de realización, pero sobre todo que la haga sentir estable. Por ello tantos, después de tener toda su vida exactamente en el lugar deseado, caen en depresión y su mundo se les vuelve un desastre, porque una de las piezas de su rompecabezas se ha movido de posición.

Muchas veces no podemos ver lo que nos perdemos al seguir atados a un tiempo que ya acabó. Lo familiar y cómodo nos hace sentir a salvo y nos ciega a un porvenir más prometedor. Siempre que Dios nos mueve de un lado es por nuestro bien. Nos está librando de cosas o quizás rescatándonos de la situación en que estamos metidos o, simplemente, para llevarnos a un mejor lugar. Su camino siempre conduce a ganancia, nunca a pérdida. Solo hay que tener en claro que escuchamos la voz de Dios y no la voz de las emociones o de un profeta mal informado. Así como es peligroso quedarse en donde ya no debemos estar, igual lo es moverse cuando todavía es tiempo de quedarse. Para saber tomar decisiones de este tipo se requiere mucha madurez, seguridad y valor, que provienen de una relación especial con el Espíritu Santo.

Si bien es cierto que debemos confiar en que nuestro Padre ha preparado un fabuloso destino para nosotros, también es cierto que no llegaremos a ese destino mientras estemos inactivos.

El carácter es estabilidad. Creo que es una de las cualidades más importantes en un individuo, así se llame cristiano o no. Un líder, un maestro, un cantante, un padre de familia, un empresario, cualquiera que tenga un buen carácter tiene éxito. No importa cuál sea el oficio, para ser exitoso es necesario tener carácter. Puedes tener mucha gracia y talento, pero si no posees firmeza nadie te respetará, debes ser un individuo confiable y de una sola palabra. El carácter no es una cara seria, es saber mantenerse firme y leal a lo que uno cree sin deslumbrarse ante las ofertas ni perder el norte. La determinación, por otro lado, es valor, osadía, decisión de perseguir lo que anhelas. Es estar dispuesto a pagar el precio por un ideal; a vivir lo que se profesa cueste lo que cueste.

No se trabaja para Dios esperando la alabanza y apreciación de los seres humanos. El hombre falla, ofende y maltrata, pero el que nos llamó siempre se mantiene fiel, solo hay que quedarse quietos y esperar por su justicia.

No me canso de decir que todo es cuestión de decisión. Cuando se presentan los momentos de azotes, no es tiempo de mirar a los que nos hacen daño, es el momento de mirar adelante y arriba, a Jesús. Y aunque sea arrastrándose en el pavimento, con las lágrimas rodando por el pecho, avanzar con determinación. Esa es la gente que triunfa. Cuando alguien me dice que nací con suerte y que por eso he logrado algo, le respondo que está equivocado, nada se consigue sin esfuerzo y determinación. Se nace con talentos y gracia, pero que se concreten los planes del Creador depende mucho de la actitud, las decisiones y el carácter. Es de cobardes poner excusas y culpar a otros por nuestras decisiones.

Todo problema tiene una solución si lo miramos desde la perspectiva correcta. Solo que, cuando nos enfocamos en lo que está mal, en lo que no tenemos o en lo que los demás no están haciendo, se hace difícil ver las posibilidades.

Si en vez de paz reflejamos angustia, en lugar de gozo cargamos amargura, inquietud en vez de paciencia, furia en lugar de mansedumbre, no importa cuánto hablemos de un Dios de paz, de amor y que transforma, tristemente, no somos un testimonio de ello en ningún lugar.

Esperar lo mejor, independientemente de los pronósticos, cambia completamente la perspectiva de nuestra situación.

No hay un ser humano que pueda vivir feliz y cumplir con su llamado en este mundo, si solo depende de lo que otros decidan por él.

Como ministro del reino, sé bien lo fácil que es caer en la ocupación ministerial y descuidar lo más importante; nos dejamos envolver por los quehaceres y empezamos a funcionar con las reservas; es una condición de peligro. Toda persona que está al frente es la que recibe más bombardeos, por lo tanto es vital estar vestidos adecuadamente antes de salir a la vista.

“Todo lo que hago atribuye valor a algo. Cuando paso una hora viendo la televisión, atribuyo un valor a lo que sea que estoy viendo”. Adorar es simplemente eso, atribuir valor a algo. Si mi enfoque del día es cualquier cosa menos sacar tiempo para conversar con Dios, leer su Palabra y preparar mi corazón para recibir lo que Él desea darme para entregar a su pueblo, será difícil estar en sintonía. Lección aprendida.

Si pagar por algo duele tanto es porque el concepto de valor no es muy alto.

En tiempos de tribulación es el mejor momento para alabar al Dios que todo lo puede y es capaz de hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (fíjate en Efesios 3:20).

Si no eres capaz de servir en tu iglesia local con una actitud de obediencia y sumisión, entonces no estás listo para obedecer a Dios y servir en ninguna otra parte del mundo. Ese es el primer lugar para comenzar.

Anormal

Craig Groeschel

Anormal

Anormal


Cuando los cristianos hacen cosas que están dentro de los parámetros que la sociedad impone como normales, algo anda mal. Esa es la premisa del autor, es necesario ser anormal para reflejar el sentir de Cristo, y lo ejemplifica en algunas áreas específicas: tiempo, dinero, relaciones, sexo y valores. Calificación de 9. Del Reading Challenge, reto 46 Un libro escrito por un autor con tus mismas iniciales.

Pergeñar: Idear, disponer o ejecutar una cosa con más o menos habilidad y rapidez:

Lo normal es que odies a tus enemigos. Jesús te dice que los ames.
Lo normal es que busques vengarte de los que te ofenden o lastiman. Jesús te muestra que tienes que ser bueno con ellos.
Si alguien te pega, lo normal es que le pegues de vuelta. Pero Jesús te dice que pongas la otra mejilla.
Seamos sinceros. Todo eso no solo es contrario a nuestra intuición y a todo lo que aprendimos en el patio de la escuela primaria. Es todo lo opuesto, anormal, extraño. Y eso que no son las enseñanzas más inusuales de Jesús. Porque también enseñó que tenemos que orar por quienes nos persiguen. ¡Qué anormal! Además, dijo que si queremos encontrar la vida, tenemos que perderla. Más anormal todavía. Y que si no aborrecemos a nuestros padres es que, en realidad, no nos hemos comprometido con él. ¡De lo más anormal!

Para seguir a Jesús en verdad, y para conocerle, iba a tener que ser distinto a mis amigos, a todos los demás. Pero yo no quería serlo, como esos cristianos que parecían bobos, con sus guitarritas y folletitos que se suponía no tenían que verse como folletitos. Los cristianos eran diferentes, lo cual era anormal, y yo lo que quería era ser normal. Estaba comprometido con eso.
Y como no quería ser anormal, no iba a cambiar de rumbo para seguir a Jesús.

En términos de dinero, es normal endeudarse al punto que ya ni ves cómo salir de ello. El dinero se vuelve un pozo sin fondo, lleno de preocupación, miedo, ansiedad, tensión y peleas. Casi toda la gente que conozco vive de salario en salario. Ganan mucho más que antes, pero nunca les alcanza. Ahora, más que nunca, es caro ser normal, con tantas cosas buenas que hay que comprar y cuidar, con tantas experiencias normales que uno quiere que su familia pueda disfrutar. Lo único es que resulta difícil disfrutar de todo eso si la horca del dinero te aprieta un poco más con cada pago mensual.

En las iglesias, lo normal es el cristianismo tibio, el consumismo espiritual egocéntrico, superficial, la fe centrada en uno mismo. Dios se ha vuelto un medio para llegar a un fin, un utensilio en nuestra caja de herramientas que nos permite conseguir algo más. La mayoría de la gente afirma que conoce a Dios, pero sus acciones lo niegan.
Y todo eso es normal.
Pero ser normales no resulta.

Dios quiere que lo conozcas y lo ames; no que lo reconozcas y consideres un papito cósmico, uno que flota en el cielo.

Vivimos en una sociedad que está desesperada por tener más tiempo, que implacablemente nos empuja al límite y no solo en época de Navidad. Comprar más, hacer más, lograr más, conquistar más. Correr, correr. Rápido, rápido. Más productivo, más eficiente, más expeditivo, más, más, más. La locura parece ser la norma.

Siempre estamos apurados, siempre corriendo, siempre nos falta tiempo. Casi toda la gente que conozco no tiene espacio para equivocarse al organizar sus días. Es lamentable, pero la mayoría casi no tiene tiempo para esas cosas de la vida que dicen que tanto les importan. Cuando nos buscamos demasiadas actividades, creyendo que podemos hacerlo todo, dejamos de ser humanos y tratamos de ser dioses, algo que no solo es imposible, sino que además muestra una arrogancia asombrosa. La mayoría vivimos a un ritmo que no solo es imposible de sostener, sino que además, es contrario a la Biblia.

Dios te ha dado todo lo que necesitas para cumplir con todo lo que quiere que hagas, y eso incluye el tiempo suficiente (2 Pedro 1:3). No necesitamos más tiempo. Lo que necesitamos es utilizar de manera diferente el que ya tenemos. Tienes tiempo para aquello en lo que elijas invertir tus horas. Todos los días decimos: «No tengo tiempo para hacer gimnasia … para leer la Biblia … para ir a la iglesia esta semana … para ir a almorzar con alguien … para agregar algo más». Pero en verdad, siempre encontramos tiempo para lo que nos importa. Si el golf es una prioridad, entonces encontramos tiempo para jugarlo. Si nos importa cenar con los amigos, nos hacemos tiempo para ello. Si la prioridad es tomar sol, hacer ejercicio o cortarnos el cabello, siempre parece que encontramos el tiempo que necesitamos. La próxima vez que estés a punto de decir: «No tengo tiempo» para algo, piénsalo. Y repite esta verdad en tu mente: o no es una prioridad y estás guardándote tu tiempo por una buena razón, o sencillamente no tienes ganas de usar tu tiempo para esto.

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste lo suficiente como para aprovechar un momento superimportante?

«Si el diablo no logra que seamos malos de veras, intentará que estemos siempre muy ocupados». Y es cierto. Lo más importante casi nunca es lo que parece tan urgente. Cuando algo pequeño clama a gritos por nuestra atención, su ruido a menudo ahoga el susurro de lo que tiene una enorme importancia.

El solo hecho de que todos hagan algo no implica que ese algo esté bien (¡Ah, acabo de decir una frase que mamá me decía todo el tiempo!). Es más, cuando todos hacen algo, eso indica que habrá que estudiarlo en lugar de seguir al rebaño por instinto y hacer lo que todos hacen.

La mayoría de las personas normales piensan que Dios nunca nos dará más cosas de las que podamos tratar. Pero el problema está en que Dios nunca afirmó eso. Lo que dijo fue que no permitiría que tuviéramos tentaciones sin que hubiera una salida (1 Corintios 10:13), pero jamás dijo que no nos daría más de lo que pudiéramos manejar. ¿Estás listo para verlo como lo ven los anormales? Dios muchas veces te dará más de lo que puedas manejar para que aprendas a depender de él más que de ti mismo. Si pudieras con todo, no necesitarías a Dios.

El solo hecho de que podamos hacer algo no implica que tengamos que hacerlo.

La consecuencia de la ocupación excesiva nos destruye más que la tensión que nos causa precisamente el tener tanto que hacer.

Hay que tener valentía para decir que no. Empezar a decir que no a las cosas buenas para poder decir que sí a las mejores.

La razón principal por la que tanta gente se rinde al ritmo normal que le abruma, que le pesa y le resulta insostenible […], es que no tiene fe. Sinceramente, no creemos que Dios esté en su trono, que pueda ocuparse de los detalles de nuestras vidas, que quiera lo que es verdaderamente mejor para nosotros, ni que su forma de hacernos vivir sea la mejor. […] —Tememos que si no corremos sin parar y no probamos todo lo que este mundo nos ofrece, vamos a perdenos algo. Tenemos miedo de perdernos esa única cosa que resultaría ser la elusiva pieza de nuestro rompecabezas que finalmente llenaría el hueco, el vacío que sentimos muy dentro. Pero no hay nada que pueda llenarlo. Porque no hay tal cosa como la sana adicción.

La idolatría no es solo falta de obediencia a Dios. Es poner todo el corazón en otra cosa, además de Dios.

«¿Tienes idea de lo importante que soy? ¡No puedo dejarlo todo así, sin más!». Cuando lo dices (aunque no sea en voz alta, pero sí en tu corazón), lo que estás diciendo en realidad es que los principios de Dios no son verdad. Que no crees en Dios. No crees que él sepa qué es lo mejor para ti: que el reposo te hará más productivo, más saludable espiritualmente. Necesitas fe. Y probablemente, también necesites una siesta.

Si tu iPad se ha convertido en tu íDolo, es hora de dejarlo.

Somos ricos únicamente por lo que damos y pobres por lo que negamos. RALPH WALDO EMERSON

Si eres como yo, es muy probable que en algún momento hayas pensado: «Si tuviera todo ese dinero, sería mejor persona que ellos. Gastan su dinero en cosas estúpidas. Yo jamás lo haría. Solo lo gastaría en cosas buenas, en lo que corresponde, como ayudar a otras personas». ¡El problema es que hay alguien leyendo este libro ahora mismo que piensa exactamente eso con respecto a ti! Para esa persona, tú tienes mucho dinero y piensa que gastarían tu dinero mucho mejor que tú (y tal vez tenga razón).

El autor de Eclesiastés observa: «Quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente» (5:10).

Ser rico es un objetivo móvil. Y eso explica por qué los estadounidenses normales, incluso cuando les va mucho mejor que a la mayoría del resto del mundo, no se sienten ricos. Por eso nunca estamos satisfechos y siempre queremos más, sin apreciar jamás todo lo que se nos ha dado. Una vez más, el ser normales nos está matando.

«Además, a quien Dios le concede abundancia y riquezas, también le concede comer de ellas, y tomar su parte y disfrutar de sus afanes, pues esto es don de Dios» (Eclesiastés 5:19).

Como la gente normal no cree que es rica, por lo general apenas mirará o pasará por alto todo lo que le diga la Biblia a los ricos. Si te cruzas con un pasaje de la Biblia que se dirige directamente a ellos, ¿cómo respondes? Por mi experiencia sé que la mayoría diríamos: «Sí, absolutamente sí. Los ricos realmente necesitan oír la Palabra de Dios. Seguramente recordaré este versículo si llego a ser rico». Pero tenemos que recordar lo siguiente: la Palabra de Dios es atemporal y es para todo el planeta. Cuando nos comparamos con el resto del mundo, tenemos que reconocer que Dios nos está hablando a nosotros en este momento. ¡Nosotros somos esa gente rica!

«Hay gente tan rica ¡que tiene un auto! No son muchos, por supuesto. Leí que solo entre un tres y un cinco por ciento de la población global tiene auto. Pero hay gente tan rica ¡que tienen dos autos! Y de ellos, hay algunos que tienen una casa para el auto, que llaman garaje y es como una casita que protege al coche de la intemperie. ¿Y sabes qué más hacen? Esta gente rica se sube al auto y conduce, pasando por veinte o más de esos lugares donde hay comida —los que llaman restaurantes — y son tan ricos que les pagan a otros para que les preparen comida y se las sirvan. ¡Así de ricos son! «Y algunos de esos ricos comen tanto en tantos restaurantes, que engordan mucho, pero siguen comiendo más y más. Luego tienen que ir a unos lugares que se llaman gimnasios y les pagan a otros para hacer ejercicio. Así de ricos son. «Y de estos ricos, algunos tienen cuartos especiales que se llaman clósets, que están llenos de ropa. ¡Son cuartos para guardar ropa! Nadie duerme allí, solo la ropa, que está en perchas o estantes, como en una tienda. Hay gente tan rica que hasta tienen un cuarto grande para la ropa del hombre, y otro para la ropa de la mujer. ¡Tanta ropa! Para los días fríos, para los días cálidos, para el trabajo, para la iglesia. ¡Es una locura! Así vive la gente rica. Nunca lo he visto con mis propios ojos. No, no, no. Pero lo he oído».

Si sigues a Cristo, él te ha dado abundancia para que puedas ocuparte de los demás, y no para que compres pantalones capri para el verano que viene o para que tapices con cuero el interior de tu nuevo auto todoterreno. Mientras no asumas la responsabilidad de haber recibido la bendición de tener recursos que puedes dar para aliviar a quienes te rodean, puedes mantenerte enfocado en comprar más y más cosas para ti mismo.

Si ganas treinta y siete mil dólares al año, estás dentro del cuatro por ciento de los asalariados activos de hoy, y bajo cualquier definición, eres rico. Si ganas cuarenta y cinco mil dólares al año o más, entonces estás dentro del uno por ciento de los asalariados más ricos del mundo. Para honrar a Dios con tu riqueza, ante todo deberás admitir que eres rico. Y la mayoría de las personas no lo hacen. Porque no es normal.

La mayoría de los estadounidenses nunca ha tenido que orar: «Jesús, dame el pan de hoy». Sé que no es así para todos, pero sí para la mayoría. ¿Por qué? Porque siempre hubo pan en la cocina (o Twinkies, o tortillas de queso). Jamás hemos sabido de veras lo que es depender de, y confiar en, Dios para que nos provea lo del día, porque siempre tuvimos para hoy. Y probablemente también para mañana. Y quizá hasta para el invierno que viene, con todo eso que guardamos en el congelador que está en el garaje. Sé que algunos de los que administran tan bien sus recursos no solo están libres de preocupaciones, sin tener que confiar en Dios, sino que además se han asegurado de que tampoco sus hijos tengan que depender de él. Tienen seguro, seguro de salud, planes de jubilación y todo tipo de redes de seguridad.

La peor pobreza es la deuda. THOMAS FULLER

Bueno, al menos sé que mis problemas son normales.

El oxígeno económico te da más lugar para respirar. Puede ayudarte a sentir que descansas. Sin preocuparte, sin ansiedad, sin sentir miedo todo el tiempo. Ya sabes … para vivir como alguien normal.

Hay una forma sabia de administrar el dinero que Dios te confía. Y también hay una forma necia y tonta de despilfarrar lo que Dios te confía. La decisión, en realidad, es tuya.

En 1 Timoteo 6:6-8 escribe: «Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso». […] En los versículos 9 y 10, Pablo describe el doloroso ciclo en el que se encuentran muchas personas: «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores».

Allí donde va tu dinero, irá tu corazón. El cristiano promedio de Estados Unidos da más o menos un dos por ciento de sus ingresos a la ayuda social y al avance del reino de Dios en la tierra. Eso significa que el noventa y ocho por ciento restante va al mundo. Lo cual implica que el noventa y ocho por ciento del corazón va al mundo. Si te preguntas por qué querrías más del mundo y no estás satisfecho con Dios, será porque tienes un problema espiritual. Pensamos que con más seríamos más felices.

Las dos opciones que hay en el camino al margen financiero, son sencillas:
1. Ganar más
2. Gastar menos
Es eso nada más. El secreto para salir de las deudas en cuatro palabras. Lo sabías.

Es mejor algo que pagas por completo, que se usa, se disfruta, se comparte y se gasta, que tener algo nuevo, brillante y lindo que no terminarás de pagar hasta el 2019 y que no disfrutas por culpa del estrés.

Para mantener la salud y vivir el gozo de la riqueza eterna, ha llegado la hora de no ser normal: hay que ser anormales.

Con lo que obtenemos, vivimos. Con lo que damos, creamos vida. WINSTON CHURCHILL.

Estoy convencido de que Dios no nos bendice porque lo merezcamos o porque nos lo ganemos. No nos bendice para que sintamos culpa y vergüenza. Nos bendice para que podamos ser distintos.

«No tengo tanto como para dar», en realidad lo que están diciendo es que no tienen tanto de sobra como para dar sin cambiar su estilo de vida. Es normal, por supuesto. Pero lo cierto es que siempre tienes algo que dar. Y cuando menos tienes, más sacrificio implica el dar a los demás.

No hablo de que le des a la iglesia todo el dinero posible. Esa no es la economía de Dios. Además, francamente sería holgazanería de tu parte. Porque no es eso lo que tienes que hacer. Puedes darle un diez por ciento —un mínimo, al menos— a tu iglesia local. Para apoyarla. Para regar el suelo en que te has plantado. Ayúdala a crecer. Y a medida que aumentes el porcentaje a lo largo del tiempo, mira más allá de tu iglesia y encuentra otros lugares que puedas ayudar a crecer. Ministerios serios. Oportunidades en tu barrio, en la escuela de tus hijos. Causas que te apasionen para que avance el reino de Dios. Aprovecha los recursos que tienes para cambiar la eternidad. Aprende a ahorrar y ganar más recursos para poder dar más.

Cuando ves a tu cónyuge (o potencial cónyuge) como salvador o salvadora, rápidamente te dispondrás a negociar tus parámetros de vida.

Cuando crees que el matrimonio es tu respuesta, muchas veces terminarás dando algo que en última instancia los hiere a ambos.

Cuando te enamoras de un ideal, es imposible no sentir desilusión ante la persona que tienes al lado. Muchas veces nos proponemos casarnos con Raquel, la personificación de lo perfecto, que nos completará y cumplirá todos nuestros deseos. Y terminamos con la realidad de Lea, un ser humano de carne y hueso, con defectos como tenemos todos.

Poner primero a Dios no te dará la garantía de un matrimonio fácil, pero sí te resultará más sencillo eso que luchar con la negociación, con el creerse con derechos (el uno o el otro) y con la amargura.

¿Has notado que solemos juzgar a los demás por sus acciones, pero a nosotros mismos nos juzgamos por las intenciones? Esto vale en especial para la relación conyugal.

No te preocupes porque tus hijos nunca te escuchen. Preocúpate porque siempre te están observando. —ROBERT FULGHUM

Lo normal es afanarse por estar en el centro del estilo de vida mundano. Lo anormal es vivir para estar en el centro de la voluntad de Dios.

No existen las fórmulas a prueba de todo en materia de crianza. Pero aunque no hay garantías, sí hay determinados principios bíblicos a los que apuntamos. En vez de tratar de guiar a nuestros hijos para que se parezcan a quienes los rodean, debiéramos guiarlos para que se parezcan a Cristo. Romanos 12:2 dice en la Traducción en Lenguaje Actual: «Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto».

¿Cómo podemos convertirnos en padres anormales? No es fingiendo ser perfectos, ni haciendo creer que tenemos todas las respuestas. Más bien, tenemos que dejarles ver nuestras dificultades, así como nuestros puntos fuertes. Los padres y madres que son anormales no solo intentan reflejar el carácter de Dios a diario, sino que también muestran su humanidad, con sus propias preguntas, dudas y defectos. Hablan de las respuestas a sus oraciones y también de las oraciones no respondidas. Pierden los estribos y tienen la suficiente humildad como para pedir perdón. Es imposible ser buenos padres si no dependemos de Dios para tener la fuerza, la paciencia, el rumbo, la sabiduría y el discernimiento que nos permitan enseñarles a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Nuestro objetivo no debiera ser el de criar chicos totalmente independientes. Más bien, debe ser criarlos para que dependan, no de nosotros ni de nadie más, sino del verdadero Señor Dios. Él es el único que sabe lo que es mejor para ellos y que puede guiarlos a su perfecta voluntad.

Nuestro objetivo no es criar chicos que puedan soportar las películas prohibidas para menores y aun así ser adolescentes productivos, ni criar chicos tan sobreprotegidos que piensen que HP significa Hewlett Packard. Más bien, oramos que nuestros hijos al crecer ya no nos necesiten, sino que necesiten a Dios y lo conozcan íntimamente, y que luego, por su parte —y en su gracia y verdad— tengan fuerzas como para decir que no a las influencias peligrosas y a la tentación, viviendo con la gracia de amar a los que no viven en la verdad que ellos sí abrazan y albergan en sus corazones.

Lamentablemente, es algo muy normal separar la vida espiritual de la cotidiana. En realidad no hay distinción, ya que todo lo que hacemos es espiritual: estudiar para un examen, jugar a la pelota, ir a la casa de los abuelos. Necesitamos a Dios en todos esos momentos y lugares, en especial si tienes seis hijos y un perro, todos dentro de una camioneta. Si bien la gente normal separa su vida en compartimentos (escuela, hogar, deportes, trabajo, amigos y, ah sí, la iglesia y lo espiritual), la gente anormal sabe que todo es espiritual. No recordamos a Dios en oración solamente cuando el día finaliza. Vivimos conscientes de él momento a momento. Dios no forma parte de nuestras vidas. Dios es nuestra vida.

1. Enseñarles a administrar el dinero de Dios (Proverbios 3:9-10).
2. Educarlos para que sepan elegir amigos con cuidado (Proverbios 13:20).
3. Enseñarles a cuidar sus palabras (Proverbios 4:24).
4. Enseñarles a ser responsables (Proverbios 6:6-8).
5. Enseñarles a guardar sus mentes (Proverbios 23:7).
6. Enseñarles a ser generosos (Proverbios 11:25).
7. Enseñarles a reverenciar y temer a Dios (Proverbios 1:7).

No vemos que al negociar, con tal de complacer, lo que sucede es que la gente nos pierde el respeto.

Tómate un momento para meditar en lo que sientes en esas situaciones. Dios es el artista que creó esas escenas, no un policía enojado que te quiere poner una multa. Nuestro Padre celestial es el creador y sustentador del universo. Lo sabe todo, lo puede todo y está siempre presente. Es tan santo que los mortales no pueden verle en su más pura esencia y seguir viviendo. El mismo Dios que pronunció la existencia de todo lo que vemos te conocía incluso antes de que te formaras en el vientre de tu madre. Es al mismo tiempo el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el amante íntimo de tu alma. Dios conoce cada uno de los cabellos que hay en tu cabeza y ve cada una de las lágrimas que derramas. Es el grandioso «Yo soy». Se le llama fuego consumidor, roca, refugio, escondite, sanador, proveedor. Es el Dios que te amó tanto que su Hijo se despojó de toda gloria celestial para vivir como un pobre carpintero judío, de manera que pudiera derramar su sangre, sufrir y morir por el perdón de nuestros pecados. Es un Dios que está más allá de toda descripción. Y nos ama. Se trata de un temor reverencial, puro, inalterable.

Todos los días hay gente normal que termina haciendo cosas que dañan, cosas que no planeaban hacer.

En Proverbios 5:8-11, Salomón le advierte a su hijo acerca de los peligros de la mujer adúltera: «Aléjate de la adúltera; no te acerques a la puerta de su casa, para que no entregues a otros tu vigor, ni tus años a gente cruel; para que no sacies con tu fuerza a gente extraña, ni vayan a dar en casa ajena tus esfuerzos. Porque al final acabarás por llorar, cuando todo tu ser se haya consumido». El simple consejo de Salomón contiene gran sabiduría. «Haz lo que sea por evitar la tentación». Ni siquiera te acerques. No coquetees con el desastre. No finjas que todo está bien. Haz lo que haga falta. Sé todo lo diferente, drástico, radical y anormal que tengas que ser para minimizar el riesgo (porque nadie puede eliminarlo del todo).

El amor es la respuesta. Pero mientras la esperas, el sexo te presenta algunas preguntas muy buenas. —WOODY ALLEN

Las personas caen en cualquiera de los pecados sexuales porque se acercan demasiado a las oportunidades.

La Biblia no nos dice que huyamos de la glotonería, de los chismes, de la mentira o de cualquier otra categoría de pecado. Sí dice que huyamos, ahora mismo, de la inmoralidad sexual. La gente normal pregunta: «¿Cuánto puedo acercarme sin ir demasiado lejos?». Yo contesto con algunas preguntas: «¿Qué tanto puedes acercarte a una serpiente de cascabel sin que sea peligroso?». «¿Durante cuánto tiempo puedes tocar un cable pelado sin electrocutarte?». La gente sabia y sensata pone toda la distancia posible entre ellos mismos y la tentación sexual. No solo se apartan, sino que además trazan una ruta de escape.

Exceder el límite de velocidad, decir una mentirita blanca y cometer adulterio son todos pecados. Pero las consecuencias no son las mismas.

El sexo genial según la intención de Dios empieza por lo que piensas y no por lo que sientes. El sexo que honra a Dios, que te mueve el piso y te hace vibrar, empieza por tu mente, y no por lo que hay entre tus piernas.

Imagina que tomas una larga tira de tela adhesiva, bien pegajosa, y que la pegas a tu camisa. ¿Y si la quitas y luego la pegas en la camisa de otra persona? ¿Y si vuelves a hacerlo? ¿Y si lo haces diez veces? ¿O veinte? ¿O cien? Después de determinado momento, por mucho que lo intentes no lograrás que se pegue a nadie, porque ya no cumple su función. Porque en la camisa de cada una de las personas ha quedado parte de lo que servía para pegar. Y es cierto que el sexo es mucho más potente que la tela adhesiva. La intimidad física con otra persona apega. Une. Es pegajosa. Pero luego, cuando terminas esa relación y vas con otra persona, va perdiendo parte de su pegajosidad. Cuanto más lo haces, menos especial será. Cuanto menos quede de tu corazón, tu alma y tu condición de persona única para darle a la próxima persona, verás que con el tiempo ya no hay pegamento. Es más difícil el apego. Es más difícil unir. No logras mantener una relación. La otra persona no se siente conectada a ti y tú ya no puedes conectarte con nadie. Enséñales a tus hijos a mantener su pegajosidad hasta que llegue la persona con quien quieran estar pegados por el resto de sus vidas.

Si tienes que vestirte de manera provocadora para que un chico (o chica) te preste atención, entonces no te conviene esa persona. Mereces algo mejor

Tus hijos tienen enormes oportunidades para pecar y para el mal, y las tentaciones que enfrentan son mucho más grandes que las que enfrentabas tú cuando tenías su edad. Afortunadamente, también es cierto lo contrario: la próxima generación tiene un potencial mayor para disfrutar de la justicia y la rectitud de Jesús que el que hayamos tenido nosotros.

Hay personas que no se han dado cuenta, pero Dios también está afuera del edificio de la iglesia. Puedes adorar a Dios donde sea. Incluso en tu auto (claro que pensarán que eres anormal si lo haces).

Es normal dar gracias por las cosas buenas: «¡Gracias, Dios, por bendecirme con buena salud». «Te doy gracias porque me aumentaron el salario». «Dios nos bendijo con otro hijo. Una niña esta vez». «Dios nos favoreció y conseguimos una linda casa a buen precio. ¡Qué bendición!». Pero las bendiciones de Dios no siempre son más grandes, mejores, más bellas. Es más, creo en serio que Dios les da a sus líderes escogidos una bendición muy inusual. Hasta podríamos llamarla una bendición anormal, porque la mayor parte del tiempo la llamamos … carga.

Cuando sientes esta carga, tal vez también sientas frustración y te preguntes por qué a los demás no les importa tanto como a ti. La razón por la que te importa y a otros no quizá sea porque Dios dirigió esta carga directamente a tu corazón. Y es posible que sea debido a lo que viviste, o a la forma en que te han lastimado, o a algo que sencillamente no puedes explicar. Sea cual sea la razón, te importa, y mucho. Te importa porque Dios te dio esta bendición inusual: la de una carga que te hará distinguir.

Si el dinero no tuviera uso para ustedes, ¿qué harían con el resto de su vida?

A medida que tu carga vaya creciendo, y rompa tu corazón, y abra tus ojos, no dudes en actuar. Como Nehemías, quizá llores, ayunes y ores. Luego, levántate y haz algo. Pide ayuda. Recauda fondos. Viaja. Escribe un capítulo. Inicia un blog. Apadrina a un pequeño. Conviértete en un Gran Hermano. Lanza un ministerio. Haz algo. No puedes hacerlo todo. Pero puedes hacer algo.

En los meses previos al Año Nuevo, oro constantemente preguntándole a Dios: «¿Cuál es la única cosa que quieres que cambie en mi vida el año que viene?» En vez de terminar con una larga lista de resoluciones de Año Nuevo, centro mi atención en esa sola cosa que Dios me revela. Y como confío en la sabiduría divina para dirigir mis pasos más de lo que confío en mis propias intenciones, con toda intención pido y escucho su voz para saber cuál es esa única cosa.

Uno de los principales desafíos para los matrimonios de hoy es el hecho de que muchas personas no pueden dejar el pasado atrás. Entonces, si alguien los hirió, siguen castigándolo por lo que haya hecho.

«Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). Desde entonces, y durante estos más de diez años, hemos seguido levantando y construyendo nuestra iglesia, no basándonos en nuestras fuerzas, sino en nuestras debilidades. Es solo en la debilidad que se hace perfecta la fuerza de Dios, su poder.

No somos muy diferentes de los que no son cristianos. Somos normales. Usamos nuestro tiempo y nuestro dinero igual que las personas normales. Nos conducimos como casi todo el mundo. Tenemos los mismos problemas matrimoniales que los demás. Y los mismos problemas con los hijos. La tasa de divorcios entre los cristianos no es inferior a la de los no creyentes. Sí, afirmamos que creemos en Dios, pero no queremos creer tanto como para ser distintos. No queremos ser exagerados con este asunto de la religión. Sí, claro que queremos creer en Dios, pero no nos gusta sobresalir y que otros nos malinterpreten o nos etiqueten.

Aunque Laodicea era una ciudad muy rica, no contaba con una fuente local de agua que pudieran usar sus habitantes. Toda el agua tenía que traerse desde dos lugares. Uno era una fuente de agua termal, y aunque podían utilizar tuberías, para cuando el agua llegaba ya se había enfriado bastante. La otra era un arroyo de agua fresca a unos kilómetros de la ciudad, pero para cuando el agua llegaba ya se había entibiado a temperatura ambiente. De modo que Laodicea no tenía ni agua caliente ni agua fría. Solo agua tibia. «Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca» (Apocalipsis 3:16). El término griego es emeo, que significa escupir o vomitar (sabías que iba a volver al tema, ¿verdad?). Jesús los acusa: «Deberían saber quién soy, pero no son distintos a todos los demás. No puedo tragarlos. Me dan ganas de vomitar».

¿Quieres saber de la iglesia de Jesús que es caliente? ¿Quieres ver fuego? Visita un país donde si confiesas a Cristo te meten en prisión o incluso te ejecutan. En esos lugares, si dices que eres cristiano, estás diciendo algo. Lo estás diciendo todo. Porque identificarte como cristiano puede costarte la vida, literalmente. Estos seguidores de Jesús se ven obligados al sacrificio. Dan. Oran. Son diferentes. Creen de verdad.

Cuando escapas de lo normal y te vuelves el tipo de persona anormal por Dios, habrá quien se burle de ti. No te preocupes cuando eso suceda. Forma parte de seguir a Cristo. Solo debes preocuparte cuando nadie se burle. Porque si eres normal, nadie lo hará.