La oveja negra y demás fábulas

Augusto Monterroso

La oveja negra y demás fábulas

La oveja negra y demás fábulas

Una colección de fábulas y cuentos cortos en los que a partir de comparaciones con los animales, se retrata el comportamiento humano; entre los que más destacan se encuentran: La fe y las montañas, La oveja negra, La tortuga y Aquiles, El rayo que cayó dos veces en el mismo sitio, La jirafa que de pronto comprendió que todo es relativo, Monólogo del mal, La cucaracha soñadora, Una rana auténtica, El paraíso imperfecto y La buena conciencia. Calificación de 9.5

Entomología: Parte de la zoología que trata de los insectos.
Piara: Manada de cerdos.

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía. La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carrera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo y ligerísimo atisbo de Fe.

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas. Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo. De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Si el León no hiciera lo que hace sino lo que hace el Caballo, y el Caballo no hiciera lo que hace sino lo que hace el León; y si la Boa no hiciera lo que hace sino lo que hace el Ternero y el Ternero no hiciera lo que hace sino lo que hace la Boa, y así hasta el infinito, la Humanidad se salvaría, dado que todos vivirían en paz y la guerra volvería a ser como en los tiempos en que no había guerra.

Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario y se deprimió mucho.

La Jirafa siguió caminando, hasta que llegó a una parte del desfiladero en que estaba montado un enorme Cañón, que en ese preciso instante hizo un disparo exactamente unos veinte centímetros arriba de su cabeza, más o menos. Al ver pasar la bala tan cerca, y mientras seguía con la vista su trayectoria, la Jirafa pensó: “Qué bueno que no soy tan alta, pues si mi cuello midiera treinta centímetros más esa bala me hubiera volado la cabeza; o bien, qué bueno que esta parte del desfiladero en que está el Cañón no es tan baja, pues si midiera treinta centímetros menos la bala también me hubiera volado la cabeza. Ahora comprendo que todo es relativo.”

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó: “Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él si hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.” Y así el Bien se salvó una vez más.

Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían. Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.

“Las cosas no son tan simples”, pensaba aquella tarde el Bien, “como creen algunos niños y la mayoría de los adultos.” “Todos saben que en ciertas ocasiones yo me oculto detrás del Mal, como cuando te enfermas y no puedes tomar un avión y el avión se cae y no se salva ni Dios; y que a veces por lo contrario, el Mal se esconde detrás de mí, como aquel día en que el hipócrita Abel se hizo matar por su hermano Caín para que éste quedara mal con todo el mundo y no pudiera reponerse jamás.” “Las cosas no son tan simples.”

Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos. Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos. Únete siempre a los filisteos.

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo. Todo el mundo sabe —continuaba su razonamiento— que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.

-Es cierto —dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió un día que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada. David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente. Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños. Dedicado años después a la milicia, en la segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar viva una Paloma mensajera del enemigo.

En el centro de la Selva existió hace mucho una extravagante familia de plantas carnívoras que, con el paso del tiempo, llegaron a adquirir conciencia de su extraña costumbre, principalmente por las constantes murmuraciones que el buen Céfiro les traía de todos los rumbos de la ciudad. Sensibles a la crítica, poco a poco fueron cobrando repugnancia a la carne, hasta que llegó el momento en que no sólo la repudiaron en el sentido figurado, o sea el sexual, sino que por último se negaron a comerla, asqueadas a tal grado que su simple vista les producía náuseas. Entonces decidieron volverse vegetarianas. A partir de ese día se comen únicamente unas a otras y viven tranquilas, olvidadas de su infame pasado.

Obras completas y otros cuentos

Augusto Monterroso

Colección de cuentos que incluyen (ahora lo sé) el segundo cuento más corto del mundo hispano: El dinosaurio. Mis favoritos de esta colección: Mister Taylor, Uno de cada tres y el eclipse. Calificación de 9.0.
Obras completas y otros cuentos

Obras completas y otros cuentos

Míster Taylor. Negocio redondo y cazador cazado. (Un cazador encuentra la gallina de los huevos de oro, la exprime hasta que él mismo se convierte en un blanquillo dorado).
Uno de cada tres. Origen de los reality shows. (Ante la falta de audiencia que escuche sus cuitas, a un ciudadano se le ofrece una peculiar alternativa para informar a sus amistades de su situación).
Sinfonía concluida. La fuerza de la costumbre. (Nadie acepta que un organillero haya encontrado los movimientos faltantes de una pieza de Schubert, ya sea por incredulidad o por la inutilidad que ello representa).
Primera dama. Los medios justifican los fines. (La esposa del presidente busca sobresalir a costa de lo que sea).
El eclipse. Los mayas superan a Aristóteles. (Un fray busca desesperadamente salvar su vida prediciendo un eclipse que los indígenas ya esperaban).
Diógenes también. Más vale prevenir que lamentar. (Recuerdos mezclados con acciones propias en la mente de un hijo-esposo-padre).
El dinosaurio. Cuanta destrucción detrás del dinosaurio. (El segundo cuento más corto del mundo).
Leopoldo (sus trabajos). Quien mucho abarca poco aprieta. (Un escritor busca la manera de finalmente escribir una obra).
El concierto. A nadie se tiene contento. (El sufrimiento de un padre que se avergüenza de los gustos de su hija).
El centenario. Me cambiaste por unas monedas. (La afición del hombre más alto del mundo por las monedas, es su perdición).
No quiero engañarlos. Quien se excusa, se acusa. (Un simple gesto de cortesía en un evento cinematográfico, se torna en tormento para los involucrados).
Vaca. Ni un puño de tierra. (El sufrimiento de un niño por una vaca muerta sin haber sido enterrada).
Obras completas. El poder de las palabras. (Mediante un encagro sorpresa, un alumno se gana el respeto de su maestro).

Si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría. Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Padece usted una de las dolencias más normales en el género humano: la necesidad de comunicarse con sus semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha encontrado nada más grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya sea para el dolor como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento. Hay quienes se conforman con un amigo. Existen aquellos a quienes no les bastan mil.

Los hombres, sean presidentes o no, son llenos de cosas.

En los tiempos en que la enamoraba le gustaba que declamara y hasta le pedía que lo hiciera para quedar bien con ella. Pero ahora era otra cosa.

Lo que no me gusta es que estoy algo acatarrada. Pero yo creo que es por los nervios. Siempre que tengo que hacer algo importante en una fecha fija me da miedo de enfermarme y empiezo a pensar: ya me va a dar catarro, ya me va a dar catarro, hasta que me da de veras. Sí pues. Deben de ser los nervios. La prueba está en que después se me pasa.

En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se siente de nada sirve conocer todas las reglas.

Después se le veía gordito dando órdenes y disponiéndolo todo, de acuerdo con el principio de que si uno mismo no hace las cosas no hay quien las haga.

No formaba parte de mis conocimientos en esa época el hecho de que la hora de la caída del sol va variando de día en día. Por esta razón, en junio, cuando los días se alargan y parece que no van a terminar nunca, llegaba tan tarde que mi madre algunas veces, preocupada por lo que pudiera acontecerme, estaba esperándome a la puerta. Entonces me azotaba con un poco de furia y me clavaba las uñas en los brazos mientras me reprendía. Pero a pesar de los golpes y de las reprimendas yo nunca entendí que el sol pudiera atrasarse y seguía llegando tarde, en ocasiones con los pies llenos de barro y empapado por los insultantes aguaceros del verano, que en mi país se llama invierno.

Por lo reiterado de aquellas situaciones llegué a pensar que en efecto mi padre no era mi padre. Sólo se me hacía difícil comprender cómo, no siendo yo su hijo, me pegaba en aquella forma sin que nunca se le hubiera ocurrido hacer lo mismo, ni una sola vez, con los otros chicos de la vecindad, que sin duda alguna tampoco lo eran.

El nombre de un perro es tan importante como el perro mismo. Un hombre, una mujer, pueden, si les da la gana, y por motivos a cual más extraño y pintoresco, buscarse otro apelativo. Esto es cuestión de gustos y con tres publicaciones del Registro Civil en los diarios de menor circulación queda todo arreglado. Pero un perro tiene que sufrir su nombre de por vida, a menos que tome la decisión de lanzarse a la calle y convertirse en un perro vagabundo, huesoso, innominado; mas ésta es una vida dura y triste, y es evidente que son pocos los que se resignan a que los echen de los restaurantes y de los mingitorios de las cantinas con el genérico de «¡perro!», «¡perro!», cuando no con un mal golpe en el vientre.

A veces tiene uno que decir cosas monstruosas.

La alegría se comunica con facilidad.

Cuando lo oí moví los ojos lentamente en dirección a mi padre. Sonreía. Mi madre también lo observaba; cuando lo vio sonreír, sonrió. Cuando yo la vi sonreír, sonreí. Entonces coincidimos todos en volver a ver al animal, que también sonrió a su modo.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Está bien leer mucho, estudiar con ahínco, se decía con frecuencia: pero observar a las personas le sirve más a un escritor que la lectura de los mejores libros. El autor que se olvide de esto está perdido. La cantina, la calle, las oficinas públicas, rebosan de estímulos literarios. Se podría por ejemplo, escribir un cuento sobre la forma que tienen algunas personas de llegar a una biblioteca, o sobre su modo de pedir un libro, o sobre la manera de sentarse de algunas mujeres. Estaba convencido de que podía escribirse un cuento sobre cualquier cosa. Había descubierto (y tomado certeras notas sobre ello) que los mejores cuentos, y aun las mejores novelas, están basados en hechos triviales, en acontecimientos cotidianos y sin importancia aparente. El estilo, cierta gracia para hacer resaltar los detalles, lo era todo. La obra superaba a la materia. No cabía duda, el mejor escritor era el que de un asunto baladí hacía una obra maestra, un objeto de arte perdurable. «El escritor —dijo una tarde en el café— que más se parece a Dios, el más grande creador, es don Juan Valera: no dice absolutamente nada. De esa nada ha creado una docena de libros.» Lo había dicho por casualidad, casi sin sentirlo. Pero esta frase hizo reír a sus amigos y confirmó con ella su fama de ingenioso. Por su parte, Leopoldo tomó nota de aquellas memorables palabras y esperó la oportunidad para usarlas en un cuento.

Tomó una boleta. Extrajo con elegancia del bolsillo su fiel estilográfica y con su mejor letra, con lentitud cuidadosa, escribió: E–42–326. Katz, David. Animales y hombres. Leopoldo Ralón. Estudiante. 32 años. Desde hacía ocho se venía quitando dos. Desde hacía ocho ya no era estudiante.

Tenía por lema que la salud completa no existe y que sentirse enteramente sano es peor que una enfermedad conocida y, por lo tanto, controlable; y en fin, que de los confiados estaba lleno el cementerio.»

La herida es peor que la enfermedad. La forma más certera de matar a una persona es la que consiste en inferirle una herida en el vientre.

Desdeñaba tanto la gloria que, generalmente, ni siquiera terminaba sus obras. Había veces, incluso, en que ni se tomaba el trabajo de comenzarlas.

Hoy una duda, mañana un nuevo escrúpulo.

Ayer se me olvidó apuntar mis aventuras, pero como no tuve ninguna aventura no importa.

Leopoldo no carecía de sentido crítico. Comprendió que su estilo no era muy bueno. Al día siguiente compró una retórica y una gramática Bello–Cuervo. Ambas lo confundieron más. Ambas enseñaban cómo se escribía bien; pero ninguna cómo no se escribía mal.

¿A qué escribir tanto sí todo, absolutamente todo, puede expresarse en la sobriedad de una cuartilla?

En verdad, su reino no era de este mundo, y se podía adivinar en sus ojos tristes y lejanos una persistente nostalgia por las cosas terrenales. En el fondo de su corazón sentía especial envidia por los enanos, y se soñaba siempre tratando, sin éxito, de alcanzar los aldabones de las puertas y echando a correr, como en las tardes de su niñez.

Acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha.