Mitos de la historia mexicana. De Hidalgo a Zedillo.

Alejandro Rosas.

Cuando ví el título del libro me interesó mucho y me animé a comprarlo sin tener ningún antecedente y me llevé una gran desilusión porque no cumplió las expectativas que me había hecho. El único dato sorprendente que me encontré, y que yo no sabía, es que Francisco I. Madero era espiritista y que gracias a ello, su caracter tímido se fortaleció (es que es más facil hablar con los muertos que con los vivos); y los difuntitos le dijeron: es tiempo de que inicies la revolución.
El autor busca evidenciar la historia oficial y sus distorciones, pero para mi gusto, busca presentarse como un autor objetivo e imparcial; sin embargo me paso exactamente lo contrario. Lo sentí un historiador oficial. Calificación de 6.0
Mitos de la historia mexicana.

La historia oficial suprimió los temas incómodos de las biografías de los héroes nacionales; los deshumanizó. En ningún momento se hablaba de las terribles masacres de españoles permitidas por Hidalgo; del matrato McLane-Ocampo de Juárez, o de cómo las leyes de reforma afectaron a los indígenas; era impensable señalar la terrible corrupción que permitió Carranza durante su régimen o presentar a Pancho Villa como asesina consumado. Estos defectos sólo eran concebibles en los enemigos históricos del régimen, como Iturbide, Santa Anna, Porfirio Días, Victoriano Huerta y Miguel Miramón; en pocas palabras, sólo en los hombres de reacción.

Hasta 1958 la historia oficial y sus símbolos habían bombardeado la conciencia nacional a través del discurso político, las ceremonias cívicas, algunas columnas periodísticas, libros y programas de radio, como la hora nacional. Sin embargo, con el proyecto del libro de texto gratuito impulsado por el presidente López Mateos, la historia llego a los mexicanos a través de la educación. -Y, aprovechando los 150 años del inicio de la independencia y los 50 años del comienzo de la revolución, la historia oficial fue difundida masivamente.

Por encima de los demás jefes insurgentes, Hidalgo se ganó la voluntad de su pueblo gracias a métodos poco ortodoxos: permitió el saqueo, la rapiña y, en ocasiones, hasta el asesinato. El desorden fue la característica de su movimiento. El desorden se convirtió en caos y el caos terminó por devorar a los primeros caudillos de la independencia. El propio Hidalgo llegó a reconocer que nunca “pudo sobreponerse a la tempestad que había levantado”.

Cuando el niño Benito dejó atrás su pueblo natal, en diciembre de 1818, San Pablo pasó a la historia. Hoy tiene presupuesto.

Algo de ingenuo parecía tener el documebto revolucionario que notificaba al gobierno porfirista la fecha y la hora en que debía comenzar la revolución: “He designado -señalaba Madero en el plan- el domingo 20 del entrante noviembre, para que de las seis de la tarde en adelante, todas las poblaciones de la República se levanten en armas”. Ningún otro plan revolucionario en toda la historia de México fijó con semejante precisión el inicio de un levantamiento armado.

En el archivo parroquial del templo de Santa María de las Parras, Coahuila[ …] existe el documento que prueba que Madero fue bautizado bajo el nombre de Francisco Ignacio.

A juicio de Ángeles, el disparo de un cañón no era la burda conjunción de fuego y destrucción, era la ciencia que encontraba su máxima expresión en un tiro parabólico, liberador de ideas y de sueños.

La segunda guerra mundial descubrió a un Vasconcelos débil, desconcertante y contradictorio, a un Vasconcelos antítesis de aque que en 1910 había confiado en la prédica democrática de Madero. Su actitud frente al conflicto bélico y su abierto apoyo al nazismo resultan difíciles de explicar.

Así, en cuanto al himno nacional, hay que destacar la paradoja de que siendo el autor de la música el español Jaime Nunó, y habiendo sido compuesto en plena dictadura conservadora santanista, siga vigente. Con respecto a la bandera […] Agustín de Iturbide tuvo la visión de otorgar a los colores un significado incluyente […] En primer lugar aparecía el blanco, que simbolizaba la pureza de la religión católica; en el centro se encontraba el verde, que representaba la independencia -color eminentemente insurgente por su devoción a la Guadalupana-; y al final, el rojo, símbolo de la unión entre mexicanos y españoles.

La historia oficial contribuyó a la legitimación del sistema político mexicano y más tempano que tarde, le arrebató a Iturbide la potestad sobre la bandera. En un acto supremo de autoritarismo, y violentando hechos comprobados, el presidente Echeverría decretó que el consumador de la independencia nacional había sido Vicente Guerrero, con lo cual borró la figura histórica de Iturbide […]. Bajo la mas completa manipulación histórica, para el sistema político mexicano el verde sólo podía representar la esperanza; el blanco, “las nieves de nuestros volcanes”; y el rojo, la sangre de los héroes de la historia oficial.

Y como un gran drama histórico, hacia noviembre de 1824, cuando Iturbide ya se encontraba en el infierno cívico luego de ser fusilado el 19 de julio anterior, el exaltado Congreso expidió un decreto que suprimía el 27 de septiembre como “fiesta patriótica”, quedando como tales exclusivamente el 16 de septiembre y el 4 de octubre, fecha de promulgacíon de la primera Constitución de México. La consumación de la independencia había sido suprimida por decreto.

“Estoy aquí por haber hecho caso a mi esposa”, confesó apesumbrado Maximiliano, que junto con Miramón y Mejía esperaba el momento de su ejecución. “Nada tiene que lamentar Su Excelencia -respondió el general Miramón-, yo estoy aquí por no hacerle caso a la mía”.

Fray Servando no negaba el milagro guadalupano, pero lo situaba siglos antes de 1531, en las primeras décadas de la era cristiana. Su premisa inicial sostenía que la “imagen de nuestra señora de Guadalupe” no estaba pintada en la tilma o ayate de Juan Diego, sino en la capa de Samto Tomás apóstol, que llevando la palabra de Dios hasta los confines del mundo había llegado al continente americano. Hacia el año 44 de nuestra era, los indios veneraban la imagen en el cerro de Tenayuca, en donde Santo Tomás la había colocado, pero varios infieles renegaron de la fe cristiana y atentaron contra la imagen guadalupana. Pra protegerla, el apóstol la escondió y diez años después de la conquista la Virgen se apareció frente a Juan Diego, le mostró la capa de Santo Tomás y le ordenó que la llevara ante fray Juan de Zumárraga. El resto de la historia era conocida por todos.

Los verdaderos héroes no se encuentran en la historia oficial.

Por entonces el presidente de la República no gozaba de pensión vitalicia -que serí establecida en los últimos días del sexenio de Luis Echeverría-; al concluir su gobierno regresaba a su vida profesional o se dedicaba a escribir. Para muchos, la mayor riqueza que conservaban, luego de haber cumplido su mandato, era la de mantener limpia su reputación. No era concebible tampoco el enriquecimiento de la familia del presidente. En uno de tantos casos, al morir el presidente Miguel Barragán, en 1836, su hija sólo heredó su buen nombre y para sobrevivir estableció un estanquillo de tabaco.

Con un sueldo de 333 pesos mensuales como magistrado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Ignacio Manuel Altamirano escribió: No tengo remordimientos, estoy pobre porque no he querido robar. otros me ven desde lo alto de sus carruajes tirados por frisones, pero me ven con vergüenza. Yo los veo desde lo alto de mi honradez y de mi legítimo orgullo. Siempre va as alto el que camina sin remordimientos y sin manchas. Esto consideración es la única que puede endulzar el cáliz, porque es muy amargo.

La Inquisición quemaba en efigie a los reos que habían muerto y sacaban grotescas figuras que los representaban, hechas de cartón, armadas con carrizos o bien de trapo… Los muchachos, para jugar, empezaron a hacer cosa semejante; fingían autos defe con muñecos a los que llevaban a la hoguera dizque por herejes. Después se les ocurrió que las figuras retrataban a Judas Iscariote, con el cual querpian representar a los judaizantes -contrarios a la religión católica-, y como gustaban mucho de este entretenimiento, los monigotes se empezaron a vender en el Portal de los Mercaderes, con caras feísimas, barbas, cuernos y largas colas como de toro. Como el traidor discípulo se ahorcó, del mismo modo se colgaban a los feísimos muñecotes y, en ves de echarlos en una hoguera como hacían los niños, les ponían racimos de cohetes tronadores a fin de que éstos quemaran imaginando castigar con tal simulacro la nefanda traición del barbitaheño Judas.

Había un personaje que todos los hombres deseaban representar y no era Cristo; era un papel menor, pero permitía a los varones lucirse ante las damas que acudían a la representación: no era ninguno de los apóstoles y mucho menos Judas: era el centurión. No hablaba, pero andaba a caballo siguiendo los pasos de Cristo hasta su calvario; corría de un lado a otro de la procesión, caracoleaba el caballo, lo levantaba en dos patas y mostraba a la multitud expectante sus dotes de buen jinete. Además, tenía la misión de llevar el pergamino donde se leía la sentencia de Jesús. Ser el centurión era símbolo de hombría.

Para evitar que la ciudad fuera testigo de las tristes procesiones y los dolorosos cortejos fúnebres, los entierros se realizaban por la noche.

La cuestión no es de astronomía ni de cronología -apuntaba un editorial de El Liberal en su edición del 31 de diciembre de 1899-, es de caracteres, es cuestión de temperamentos y circunstancias. ¿Cuándo comienza el siglo XX?, preguntan todos. ¿En 1900 o en 1901? ¿Con qué comienza: con 0 o con 1? Cuando uno cuenta diez pesos ¿se cuenta “cero, uno, dos, tres”? o bien ¿Se cuenta “uno, dos , tres, cuatro”?

La Constitución contenía, además, otro elemento susceptible de provocar la inestabilidad política y desatar todo tipo de impugnaciones en la elección presidencial: “Si hubiere empate -señalaba el artículo 90- en las votaciones hechas por las legislaturas, se repetirá por una sola vez la votación, y si aún resultare empatada, decidirá la suerte”.

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