Evidencias de un Creador.

Abraao de Almeida.

Excelente libro que, como su nombre indica, nos da muestras evidencias para aquellos que aún dudan de la existencia de un Creador. Aparecen hechos con suficiente sustento científico que muestran que somos algo más que el producto de la casualidad o de una explosión común. Testimonios de notables científicos y personalidades históricas, apoyan este punto de vista. Como el autor dice, está más orientado a jóvenes que son los más vulnerables al hecho de ignorar la existencia de Dios. Lo más mejor… es que yo no necesito evidencias… 🙂 Calificación de 9.5.
Evidencias de un Creador.

Evidencias de un Creador.

Según la primera conclusión [del origen del universo], la vida es un simple producto del acaso, apenas una combinación exitosa de los elementos que componen la materia orgánica, la cual evolucionó hasta su estado presente… el evolucionismo.

Muchas veces se nos hace pensar que aceptar la creación de todas las cosas por el poder de la Palabra de Dios, es un acto de pura fe, sin cuestionamiento científico.

Son ellos [los científicos] los que ven desfallecer su fe por el desconocimiento de las auténticas evidencias científicas que apoyan el creacionismo.

La poca ciencia lleva al hombre a la incredulidad, al ateísmo; en cambio, la ciencia verdadera, lo lleva a Dios. Francisco Bacon.

Después de estudiar a conciencia el asunto desde el punto de vista astronómico, el profesor Totten, de Yale, en Estados Unidos, publicó en los periódicos de aquel país un amplio desarrollo matemático en el cual había calculado retrospectivamente los equinoccios y eclipses, partiendo de principios de este siglo hasta llegar al solsticio de invierno del día de Josué, y señalando aquel día como miércoles, mientras que, comenzando mucho antes de Josué y acercándose a nuestros tiempos, el mismo solsticio de invierno parece ser un martes. Sostenía el profesor Totten que no hay cálculo matemático posible que sea capaz de anular su conclusión: un día de 24 horas fue insertado en la historia del mundo.

¡Que continúen los sabios multiplicando sus descubrimientos! ¡Que con el pretexto de investigar escudriñen hasta el menor de sus detalles, las narraciones que han sido conservadas para nosotros desde aquellas edades oscuras! Todo lo que logran hacer es volver más persuasivas la admirable sencillez y la fundamental exactitud de las verdades registradas en los libros sagrados, que han iluminado hasta hoy la peregrinación del hombre. Churchill.

Es tan asombrosa la inmensidad del universo, que es absolutamente imposible representarlo en miniatura, aun en una escala ínfima. Tomando como ejemplo apenas una pequeña parte de la Vía Láctea, reduzcamos la tierra a una esfera pequeñísima de un milímetro de diámetro, lo que equivaldría a la cabeza de un alfiler. ¿Dónde pondríamos la estrella “Próxima Centaury”, la que está más cercana a nosotros? ¡Quedaría a treinta kilómetros de distancia! Imagine el lector dónde tendríamos que colocar los cuerpos celestes más distantes.

Si se tomasen todos los artículos autorizados que han sido escritos por los psicólogos y psiquiatras más expertos sobre el tema de la higiene mental; si se combinasen y refinasen, quitándoles toda la palabrería excesiva; si se tomase toda la sustancia, presciendiendo de los adornos, y el más capaz de los poetas contemporáneos expresara de una manera concisa estas porciones no adulteradas de puro conocimiento científico, el resultado sería un resumen inexpresivo e incompleto del Sermón del Monte.

Las Santas escrituras no pueden mentir jamás, aunque todavía no se haya penetrado en su verdadero sentido, el cual -no creo posible negarlo- muchas veces está escondido y es muy diferente a lo que parece indicar el significado más simple de las palabras.

[La resurrección] ¿Una mistificación, una mentira? Una cosa es cierta: las mistificaciones nunca producen aleluyas, y ningún cadaver podrá transformar vidas jamás. Las cosas producen otras cosas semejantes a ellas.

Dice Agustín que si cada cual cree lo que mejor le parezca del Evangelio, y rechaza lo que no le agrada, entonces cree en sí mismo, y no en el Evangelio. En el magnífico texto de Mateo 1:18-20 encontramos las evidencias inalterables del nacimiento virginal de Jesús. Los que rechazan las evidencias canónicas e históricas de su extraordinario nacimiento, tienen un Dios de miniatura.

Dios podría haber creado al hombre por medio de la evolución, pero Él, que tiene el poder para crear todo el universo, desde los elementos microscópicos hasta el cosmos, tiene poder para crear al hombre como lo creó. La teoría de la evolución existe para justificar el pensamiento de los que no creen en Dios. Al no creer en Él, necesitan una explicación sobre el origen del ser humano. No estoy contra la existencia de la teoría; sencillamente, no creo en ella. Aceptar al hombre como producto de la creación implica la aceptación de la existencia del Creador. del Juicio final, de la Palabra de Dios. Es decir, que mucha gente procura huir de la realidad de aquel día, cuando deberá rendir cuentas ante su Creador.

La solución no está en una teología o filosofía constructiva que separe la religión de la ciencia, sino en asociarlas de una forma más sincera, más fiel a los mejores atributos de ambas.

Al comienzo del siglo. XVIII, el célebre naturista Réaumur propuso sacar en claro el siguiente problema: “Constrúyase un prisma hexagonal limitado por paralelogramos y una base piramidal de tres rombos iguales. ¿Qué tamaño deberán presentar los tres ángulos respectivos de la base para que el vaso tenga la mayor capacidad posible, con el gasto mínimo de material? Un gran número de eminentes sabios tomó parte en el certamen, entre ellos el reconocido matemático Koenig. El señaló que los ángulos mayores deberían tener 109 grados y 26 minutos en tanto que los menores 74 grados y 34 minutos. El resultado parecía satisfactorio, tanto que ninguno contradijo al afamado científico. ¿Ninguno? Si, hubo uno que no estuvo de acuerdo y fue una criatura muy pequeña, la abeja.Este ciudadano apícola sin ninguna ceremonia desestimó los cálculos del homo sapiens, prosiguiendo la construcción imperturbable de sus celdillas tradicionales, las cuáles tienen ángulos mayores de 109 grados 28 minutos y ángulos menores de 74 grados y 32 minutos. La diferencia entre las celdas del científico y las que hace la abeja es insignificante, sólo de 2 minutos en cada ángulo, pero sí existía diferencia y, por lo tanto, debería de haber error en una u otra parte. Esta diferencia produjo quebraduras de cabeza en los sabios…

Augustin Louis Cauchy, considerado del rey de los matemáticos del siglo XIX. El dijo: Soy cristiano; es decir, creo en la divinidad de Jesucristo. En esto me uno a Tycho Brahe, Copérnico, Desacrtes, Newton, Fermat, Leibniz, Euler, Guldin, Gérrodel y todos los grandes astrónomos y físicos, así como todos los grandes geómatras de los siglos pasados. Mis convicciones no son resultado de ideas preconcebidas desde mi nacimiento, sino de un profundo exámen […] Su descrubridor [del cloroformo] fue James Simpson, a quien uno de sus alumnos le preguntó :”¿Cuál es el mayor descubrimiento que usted ha hecho?”. James Simpson no mencionó el cloroformo, sino que afirmó sin vacilación: “La cosa más importante que he descubierto es que soy un gran pecador, y que Jesucristo es el gran Salvador”. Encontramos otro testimonio de fe en la persona de Pasteur, considerado por el ateo Berthelot como “una de las mayores lumbreras del siglo XIX, cuyos descubrimientos hicieron que la ciencia y la medicina dieses pasos gigantescos”. Uno de sus alumnos le dijo: “Estimado maestro, usted que ha estudiado y reflexionado tanto, ¿cómo puede tener fe?”. Pasteur le respondió: “Precisamente por lo mucho que he reflexionado es por lo que he conservado la fe. Si hubieses estudiado y reflexionado más, habría llegado a tener una fe mayor aún”. Cerremos estas consideraciones con dos testimonios más. El primero pertenece al célebre entomólogo Jean Henri Fabre: No puedo decir que creo en Dios; lo veo. Sin Él, no comprendo nada; sin Él, toso es oscuridad. No sólo he conservado esta convicción, sino que la he profundizado o mejorado. cada época tiene sus extravagancias. Considero al ateísmo como una extravagancia. Es el malestar de la época. Sería más fácil arrancarme la piel, que quitarme la fe en Dios. El segundo pertenece al famoso conde Alessandro Volta, inventor del electróforo y del eudiómetro, y uno de los padres de la batería eléctrica, afirma: Desde mi juventud, y por bastante tiempo, me atormentaron las dudas. Sin embargo, a pesar de ser opuesto a la fe y de estar decidido a buscar la verdad por medio de la experiencia, aun viviendo en el siglo que domina la filosofía atea, la presencia del Creador se me impuso cada vez más. Después quise informarme con interés del pensamiento y de las doctrinas de aquellos que desprecian la fe en nombre de la ciencia, pero nunca hallé nadie que pudiese justificar el ateísmo. Mucho más aún:no sólo no le es posible a la razón negar a Dios, sino que Él se me rebela por medio de la conciencia. Sumerjo la mirada en el Evangelio y en los cielos, y creo en las verdades de los misterios de la fe: en el pecado original, la encarnaciónm la redención y la cruz, que es la única esperanza de salvación para la humanidad.

… una persona puede vivir aparentemente feliz sin Cristo; sin embargo, morir sin Cristo es terrible.

Se alega que la fe cristiana es una reliquia del pasado, y que la ciencia moderna no tiene necesidad de Dios. Esto es típico de una opinión llena de prejuicios […] Con frecuencia se critica acerbamente a la Iglesia (por la vía de las flaquezas humanas que le son inherentes); yo mismo lo he hecho algunas veces. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos rechazar toda una institución, sólo porque haya en ella partes malas. ¡Si siguiésemos esta regla de manera universal, no nos quedaría nada en el mundo!

Para mí [Wernher von Braun, padre de las investigaciones espaciales], la ciencia y la religión son como dos ventanas de una misma casa. A través de ellas contemplamos las obras del Creador, por medio de las leyes que se nos revelan en su creación. A medida que se va profundizando nuestro conocimiento sobre las maravillas de la creación, se va haciendo más profunda también mi impresión con respecto al orden del universo en su conformidad con las leyes de la naturaleza y su infalible perefección.

… al orden de todo el universo que nos rodea, desde la menor estructura atómica hasta la cosa más gigantesca que es posible conocer: galaxias a millones de años luz de distancia, todas viajando en órbitas exactamente determinadas las unas en relación con las otras. ¿Podría haber sucedido todo esto por casualidad? ¿Fue sólo un accidente que un puñado de restos y ruinas comenzaran de repente a formar esas órbitas por su propia cuenta?. No lo puedo creer. Hubo un plan definido. Esta es una de las grandes cosas del espacio que me demuestran que existe un Dios. Hubo algún poder que puso todo esto en órbita y la mantiene. No se puede evaluar a Dios basándose en la ciencia. Las fueras religiosas no se pueden ver, oler ni tocar, son intangibles. La fuerza que hace funcionar a la aguja magnética desafía todos nuestros sentidos: no la podemos ver, oir, gustar, oler ni tocar. Sin embargo, sabemos que existe, porque vemos los resultados. Todos los que viajamos por el aire nos hemos jugado la vida miles de veces, apoyados en la certeza de que esta aguja nos dará informaciones exactas y nos guiará hasta donde tenemos que ir. Lo mismo se aplica a los principios cristianos en nuestra vida. Si dejamos que nos guíen, nuestros sentidos no tendrán necesidad de captarlos. Veremos los resultados de esa fuerza orientadora en nuestra vida y en la vida de otros.

Explícar algo significa describir una situación extraña en función de situaciones más familiares; se entienden las cosas nuevas cuando se explican mediante ideas más conocidas.

Si a mi fe religiosa le hicieran falta milagros, mi conocimiento científico no tendría por qué negarlos. Con todo, mi fe religiosa no se basa en absoluto en la validez de los milagros antiguos. Para mi, Dios gana en dignidad y poder a través de las manifestaciones de su razón y orden, y no mediante exhibiciones caprichosas.

En su conocida obra El orígen de las especies [Charles Darwin], el naturalista inglés consideraba un absurdo del más alto grado que el ojo humano, con sus dispositivos ilimitados para enfocar a diferentes distancias, para admitir distintas cantidades de luz y para corregir aberraciones esféricas y cromáticas, se haya podido formar por selección natural.

Véase otro misterio que los hombres aún no han podido descubrir: árboles de cinco, diez y hasta veinte metros de altura, que pesan millares de kilogramos y está apoyados en sólo veinticinco o treinta centímetros de fibras y raíces que penetran en el centro de su tronco. Hasta ahora, ningún ser humano ha sido capaz de descubrir la forma de aplicar este principio a la construcción de edificios, puentes y demás.

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