Jeux d’enfants

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Una historia de amistad y amor entre dos niños y en donde un juego de apuestas acompaña su camino. El cariño es tan grande que tendrá que hacerse realidad y grabarse en piedra hasta mucho tiempo después. Calificación de 10.
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About Schmidt

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Un hombre recién jubilado pierde a su esposa, justo cuando su hija está a punto de casarse. El viaje para la boda será un tiempo de introspección y reflexión. El final vale toda la película. Calificación de 10.
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Un viejo que se pone de pie y otros cuentos

Eduardo Alfredo Sacheri

Un viejo que se pone de pie y otros cuentos

Un viejo que se pone de pie y otros cuentos


Colección de cuentos, de la vida y de fútbol, que en su mayoría están basados por recuerdos de tiempos pasados. Los que más me gustaron: Pericón, Los miércoles de Urrutia y Biciletas. Calificación de 10.

Resúmen en 5 palabras:
Un viejo que se pone de pie. Por sus jugadas lo conoceréis. (Con solo verlo jugar futbol, un abuelo sabrá identificar al nieto que nunca conoció).
Frío. Todo lo debo al Rubio. (Cada que siente frío, un hombre recuerda lo que otro hizo por él en la guerra).
En paz descansa. El barrio ayuda a madurar. (Añoranzas de los años de infancia en el barrio).
Pericón. Tan cercanos amor y odio. (De cómo en tiempos escolares una pareja pasa de una amistad a un odio cimentado en el amor).
Montes, en el patio. Empate con sabor a vida. (Un hombre dispuesto al suicidio, se lo piensa de nuevo cuando escucha que su equipo ha logrado el campeonato con un agónico empate).
Valperga. La importancia de estar alerta. (Un hombre hubiera encontrado a su hermano tras años de búsqueda, si a quienes les contó su peregrinar no hubieran estado borrachos).
El apellido terminaba con A. (Lo importante es el apellido. Un hombre detalla santo y seña de un gran jugador, pero no recuerda su apellido).
Fuego. El valor de los libros. (El fantasma de una persona se manifiesta con el único fin de rescatar su biblioteca de la insensibilidad de los huéspedes).
Volver. La genialidad nunca se pierde. (Un crack venido a menos tiene la oportunidad de demostrar el gran jugador que es).
Los miércoles de Urrutia. Las mentiras son verdades crudas. (Un hombre paga a una mujer por escuchar mentiras, que luego se tornan en verdades).
Bicicletas. No hay mal que dure. (Un hombre encargado de un taller de bicicletas, rememora la lesión de un pupilo suyo y al mismo tiempo lo alienta a continuar su carrera en las canchas).
Topadoras. Qué padre fue mi padre. (Recuerdos de un hombre por su padre cuando ve una obra en construcción).
Una sonrisa exactamente así. Ver.
Señor Pastoriza. La muerte y un campeonato. (La muerte de un entrenador da pie para que un hombre recuerde el último campeonato de su equipo que pudo festejar con su padre).

Y las palabras domingueras:
Ñato: Que tiene la nariz aplastada o poco prominente.
Engrupido: Que es engreído o vanidoso.
Colimba: Hombre joven que cumplía con el servicio militar obligatorio..
Pergeñar: Hacer el esbozo o idea previa de un trabajo o una acción, generalmente de manera rápida y con mayor o menor habilidad, o sin concederle mucha importancia.
Benteveo: Ave de unos 25 cm de largo, de color pardo oliváceo en la región dorsal, con el pecho y vientre amarillos y la cabeza negra con una ancha ceja blanca
Yuyal: Paraje poblado de diversas hierbas silvestres.
Chicanear: Mostrar o mentar algo públicamente y con intención de atraer admiración o aplauso sobre uno mismo.
Opa: Fingir o simular [una persona] que no ve o no entiende algo presente o manifiesto para no verse obligado a contestar o a actuar en consecuencia.
Pollerudo: Dicho de un varón casado o en pareja con una mujer, que tiende a someterse y acatar las decisiones de esta.
Fondillo: Parte trasera de los calzones o pantalones.
Curda: borrachera.
Mamúa: borrachera.
Pilcha: Prenda de vestir, particularmente si es elegante y cara
Munificencia: Generosidad espléndida.

Cuando somos capaces de encontrar explicaciones, o por lo menos de buscarlas echando mano a las palabras, ya no estamos asombrados. Podemos estar conmovidos, felices o dañados, pero ya no asombrados.

El dolor es algo que se reparte con criterio más o menos igualitario, y que cada ser humano se lleva una dosis más o menos equivalente. Que unos sufren primero y que otros sufren después, pero que a fin de cuentas a todos nos corresponde sufrir más o menos lo mismo.

Jugadores distintos que aprovechan lo mucho que tienen y que suplen con huevos lo poco que les falta.

Una cosa es que las cosas te sucedan y otra cosa es saber que te están sucediendo. En todas las vidas hay cosas que no se saben. Que pasan sin que se sepan. Y algunas no se saben hasta que uno se da cuenta. Porque uno se da cuenta o porque se las dicen. O a veces sucede que cuando a uno se las dicen uno se da cuenta de que las sabía, o casi.

No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero a mí me cuesta mucho pensar en el frío si no estoy teniendo frío en el momento de querer pensar en el frío.

No es que los hijos se parezcan a los padres sino que uno ve a los dos y le busca el parecido.

Decir una cosa hace que uno diga otra y a la final tenga que decirlas todas y no puedo.

Ese invierno asistí a mi primer velorio, y todavía hoy me angustia el olor marchito y abombado que dan muchas flores cuando yacen juntas. Lloré el primer día y después me quedé seco.

¿Por qué me había pasado justo a mí, habiendo tantos pibes por todos lados? ¿Por qué no les había pasado a ellos? ¿Qué mierda había hecho yo para merecerme semejante castigo? ¿A ver? ¿Por qué justo a mí? No eran preguntas de fácil respuesta. Por añadidura, yo no estaba dispuesto a formularlas en voz alta. Me las hacía para adentro

Los jugadores eran todos iguales. De plástico, con pelo oscuro y raya al costado. Tenían una sonrisa triste y eran medio cachetudos. Lástima que no permanecían de pie. Se caían permanentemente, pero a mí no me importaba. Me servían para reproducir los partidos.

La ventaja era que en la cancha de alfombra, debajo de la mesa, no había sorpresas. Independiente ganaba siempre. Ningún imprevisto, ninguna noticia tremenda, ningún Dios injusto.

En el primer baile que pergeñamos, su madre cometió el desatino de venir a buscarla antes de las diez. Durante el resto de la noche aprendí a extrañar a una mujer.

Fue triste comprobar que había cambiado tanto que ya no teníamos en común ni siquiera los recuerdos.

Cuando uno recuerda es porque ya no tiene aquello que recuerda. No hay certificado de defunción más preciso que ese.

El único modo de contar historias felices es tomar la precaución de detener el relato a tiempo.

Nos gustan las historias felices, pero si ya nos han advertido que no lo son las preferimos tristes pero completas. Nada de engañosas amputaciones.

Duró mucho menos que en mis sueños. Todavía me faltan unos cuantos años para aprender que siempre sucede así.

Las mujeres adivinan nuestros secretos porque están condenadas a entender mejor el mundo.

De repente la tuve enfrente de mí. Alta como yo porque todavía le faltaba un tiempo para superarme, con su delgadez que empezaba a poblarse de inquietantes sinuosidades, con la piel morena y suave, con los labios llenos que yo, además, fantaseaba tibios, con esos ojos negrísimos y brillantes. Creo que ese día empecé a enamorarme de Mariana. Cuando la maestra encendió la música y empezamos a practicar los pasos básicos, uno junto al otro, intuí lo que debían sentir las almas al ingresar al cielo de los justos.

La de Mariana fue la primera mano de mujer que aferré. Claro que antes había tomado otras manos femeninas. Pero esta fue la primera mano de mujer que tomé sabiendo lo que hacía. Y ahí radica toda la diferencia.

Sabía que estaba respirando el aire que ella soltaba.

El cielo está gris, con uno de esos grises parejos que no amenazan con lluvia sino con quedarse para siempre ensombreciendo las cosas.

Montes recuerda haber leído algo, alguna vez, sobre lo atroces que son las noches de los domingos para los depresivos. Algo sobre un aumento drástico de los suicidios. Algo sobre el peor momento de la semana.

La brisa sopla un poco más fuerte y Montes siente frío. Qué curioso es el cuerpo humano. Su piel se ha erizado al contacto con el viento frío. Hace diez segundos, cuando se apoyó el caño de un arma en la cabeza, su cuerpo no se inmutó en absoluto. Pero sopla este vientito manso y toda la piel de su cuerpo se conmueve. Qué cuerpo idiota: no es capaz de advertir por dónde pasa el verdadero peligro.

Para qué vive uno si no es para darse un gustito de vez en cuándo.

Solo los cambios, los movimientos, las mutaciones de los seres y de las cosas, nos permiten corroborar que existimos.

Movido por la curiosidad del deseo (¿existe acaso otro móvil para nuestras acciones?) tomé la decisión de incorporarme.

No son las cosas sino las personas las que nos causan daños verdaderamente irreparables.

No obstante, por gratitud, o por temor a que el astro resucitase de su eclipse, permanecíamos en silencio cuando nos preguntaban qué ocurría, mirábamos para otro lado si Contini le pifiaba feo a la pelota, fingíamos una súbita distracción si un rival joven y entero le sacaba seis metros de ventaja en un pique de diez.

Si ese año el club hubiese tenido una buena campaña la cosa habría sido diferente. Pero naufragábamos casi en el fondo de la tabla y habíamos perdido todos los clásicos de la temporada. Y esas cosas destruyen todas las lealtades y sepultan todas las gratitudes.

Tenía cincuenta años, una calvicie pronunciada, los hombros enjutos y la expresión de quien sabe que casi todas las puertas de la vida se han cerrado para siempre, si es que alguna vez han estado verdaderamente abiertas.

El tono del comentario pretendía ser el de una reconvención, pero para los dos era claro que se trataba de una broma, o de una caricia.

Si don Lecci le gritaba «qué hiciste» a Cachito, de ese modo, quería decir que Cachito lo había roto, ni más ni menos. Y aunque era raro hasta un poco lo tranquilizaba, eso de saberse roto. Porque al muchacho la pierna le dolía como nunca jamás le había dolido nada, y si ese era el dolor de haberse roto, entonces por lo menos lo que le pasaba tenía nombre. De manera que así dolían las fracturas. Por eso el fuego y la sensación rara de sentir la pierna en los dedos de las manos pero no los dedos de las manos en la pierna. Como si esa pierna ya no fuese suya.

A muchos adultos les gustaba hacer eso de decir «te lo dije». Pero don Lecci no era de esos. Aunque fuera cierto que supiera que iba a pasar lo que terminó pasando.

A veces me parece que somos lo que hacemos.

lo que hacemos, pibe. No lo que decimos. Lo que hacemos.

No sé cuánto nos demoramos ahí viendo el trajín de las topadoras. Es cierto que el tiempo en la infancia no se ciñe fácilmente a los cronómetros. Pero es bien posible que hayamos permanecido allí una hora, o cosa parecida. Mi padre tenía la particular virtud de encontrarle sitio a las cosas importantes, y esas topadoras bien que lo eran. Cuando en su compañía miraba topadoras, o aviones, o películas de Disney, no me sentía al lado de un adulto que teme estar perdiendo el tiempo. En absoluto.

Mi padre era probablemente el único adulto en el mundo con la sensibilidad necesaria para comprender un dolor semejante. Comprender y acompañar, que para el caso son sinónimos.

Las astillas del pasado nunca se clavan de a una. Y lo que recuerdo se mezclará con lo que no recuerdo. Con lo que dudo. Con lo que olvidé. Con lo que nunca supe y no tengo a quién preguntar. Y enfrente estará mi padre. Alto. El pelo escaso peinado hacia atrás con fijador. Las cejas pobladas, el gesto serio, los labios gruesos, la voz profunda, los ojos divertidos y tiernos.

A veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio.

Lo normal no se recuerda casi nunca.

Cuando me enteré, casi no pude decir palabra sobre su muerte, señor Pastoriza. No sé muy bien por qué. Aunque supongo que siempre me ocurre eso con las cosas que me lastiman. No puedo nombrarlas mientras me duelen, o mientras me duelen mucho, o mientras son un dolor nuevo y desconocido, un dolor que busca su sitio en el cementerio de tristezas que todos tenemos en algún lugar del alma.

Tengo esos recortes guardados en mi casa. Tal vez alguna vez junte el valor de ir a buscarlos. No lo sé. Temo que si abro la bolsa verde en la que los tengo escondidos se escapen, también, todas las lágrimas.

Heart attack

Heart attack

Heart attack


Un diseñador gráfico trabaja por su cuenta y con tal de tener asignaciones, realiza su trabajo sin importar que pasen días sin dormir. El cuerpo le pasa factura y cuando asiste al médico, quien da seguimiento a su trastorno, logra que cambie su mentalidad. Un gran tema, una gran película a la que le faltó un mejor final. A pesar de ello, calificación de 10.
Heart attack

Heart attack

Catch me if you can

Catch me if you can

Catch me if you can


Basada en hechos reales. A raíz de la separación de sus padres, Frank Abagnale Jr. se dedica a huir y a darse una vida de lujo a base de engaños y fraudes. Cuando finalmente es capturado, aplica el dicho de: si no puedes con el enemigo, únete a él. Calificación de 10
Catch me if you can

Catch me if you can

Perfetti sconosciuti

Perfetti sconosciuti

Perfetti sconosciuti


Una cena entre amigos se sale de control cuando, a manera de juego, se propone escuchar o leer cualquier llamada o mensaje que llegue a los celulares de cada uno. Será el momento de conocerse verdaderamente. Un juego bastante arriesgado. Calificación de 10.
Perfetti sconosciuti

Perfetti sconosciuti

El porvenir de mi pasado

Mario Benedetti

El porvenir de mi pasado

El porvenir de mi pasado

Colección de cuentos al puro estilo de Benedetti, donde se cuenta el desamor, las relaciones, la niñez, en fin.. la vida.
Calificación de 10.

Albufera: laguna litoral de agua salada.
Esmirriado: delgado, raquítico y con aspecto débil o enfermizo.
Manes: almas de los muertos.
Garufa: Que le gusta la juerga y la diversión.
Bocharon: Reprobar.
Zamarra: Prenda amplia de vestir, rústica, de abrigo, que cubre el cuerpo hasta medio muslo, hecha de piel con lana o pelo por fuera o por dentro.
Bonhomía: Cualidad de la persona que es muy buena pero algo ingenua.
Bártulos: Conjunto de utensilios, instrumentos y otros enseres de uso cotidiano que pertenecen a una persona o son propios de una actividad.
Indemne: ileso.
Mamúa: borrachera.
Turgente: Abultado.
Esperanto: Lengua creada artificialmente en 1887 por Zamenhof con la idea de que sirviera como un sistema de comunicación universal.

Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos.

VIUDECES

Eugenia, Iris, Lucía y Nieves eran amigas desde Primaria. Salvo cuando alguna estaba de viaje, se reunían cada dos viernes para intercambiar chismes y nostalgias. Las cuatro estaban casadas, pero no tenían hijos. Gracias a las lucrativas profesiones de sus maridos (un abogado, dos contadores, un arquitecto), gozaban de un buen nivel de vida y lo aprovechaban para manejarse en un plausible estrato cultural. Fue en uno de esos viernes que Iris aguardó a sus amigas con un planteo original.
-¿Saben qué estuve pensando? Que nuestros queridos maridos nos llevan algunos años, así que lo más probable es que se mueran antes que nosotras. Ojalá que no, pero es bastante probable. Mientras tanto ¿qué podemos hacer? Pensando y pensando, de insomnio en insomnio, llegué a la conclusión de que en ese caso infortunado, nosotras, cuatro viudas todavía presentables, podríamos alquilar (o adquirir) una casa bien confortable, con un dormitorio para cada una, con una sola mucama y una sola cocinera (¿para qué más?). Y un solo automóvil, a financiar colectivamente. ¿Qué les parece? Ya hablé con el Flaco y me dio su visto bueno.
Las otras tres se miraron casi estupefactas, pero al cabo de una media hora esbozaron una sonrisa no exenta de esperanza. Seis meses después de ese viernes tan peculiar, una de las cuatro, la pelirroja Lucía, sucumbió como consecuencia de un infarto totalmente inesperado. Para las otras tres fue un golpe sobrecogedor, algo así como si la infancia se les hubiera quebrado para siempre. También a Edmundo, el viudo de Lucía, le costó sobreponerse. Sin embargo no había pasado un año desde aquella desgracia, cuando citó a su hogar de viudo a los otros tres maridos y les expuso su planteo:
-¿Saben qué estuve pensando? Que así como yo quedé viudo, eso también les puede ocurrir a ustedes. No es un pronóstico, entiéndanme bien, es sólo una posibilidad, un juego del azar. Y si eso ocurriera ¿qué harían? Pensando y pensando llegué a la conclusión de que en ese triste caso, nosotros, cuatro viudos con cierto margen de supervivencia, podríamos alquilar (o comprar) una casa bien cómoda, con cuatro dormitorios independientes, con una mucama, una cocinera y un solo coche de segunda mano pero en buen estado, que usaríamos y financiaríamos entre los cuatro. ¿Qué les parece?
Los otros tres quedaron con la boca abierta. Al fin uno estornudó, otro bostezó y el tercero se pellizcó una oreja. De pronto, y sin que ninguno lo advirtiera, en las tres miradas de hombres mayores, algo cansados, nació una expectativa.

CINCO SUEÑOS

En total, soñé cinco veces con Edmundo Belmonte, un tipo esmirriado, cuarentón, con expresión más bien siniestra, malquerido en todos los ambientes y tema obligado de conversación en las mesas de funcionarios o de periodistas. En el primero de esos sueños, Belmonte discutía larga y encarnizadamente conmigo. No recuerdo bien cuál era el tema, pero sí que él me repetía, como un sonsonete: «Usted es un atrevido, un inventor de delitos ajenos», y a veces agregaba: «Me acusa y es perfectamente consciente de que todo es mentira». Yo le mostraba los documentos más comprometedores y él me los arrebataba y los rompía. Era en medio de ese desastre que yo despertaba. En el segundo sueño ya me tuteaba y sonreía con ironía. Sus sarcasmos se basaban en mis canas prematuras. Generalmente, la broma explotaba en una sonora carcajada final, que por supuesto me despertaba. En el tercer sueño yo estaba sentado, leyendo a Svevo, en un banco de la plaza Cagancha, y él se acercaba, se acomodaba a mi lado y empezaba a contarme los intrincados motivos que había tenido, allá por el 95, para herir de muerte a un comentarista de fútbol. Lógicamente, yo le preguntaba cómo era que ahora andaba tan campante, señor de la calle, y él volvía a sonreír con ironía: «¿Querés que te cuente el secreto?», pero fue precisamente en esa pausa que me desperté. En el cuarto sueño me contaba con lujo de detalles que el gran amor de su agitada vida había sido una espléndida prostituta de El Pireo, a la que, tras un quinquenio de maravilloso ensamble erótico, no había tenido más remedio que estrangular porque lo engañaba con un albanés de poca monta. De nuevo insistí con mi pregunta de siempre (cómo era que andaba libre). «El narcotráfico, viejo, el narcotráfico.» Mi estupor fue tan intenso que, todavía azorado, me desperté. Por fin, en mi quinto y último sueño, el singular Belmonte se apareció en mi estudio de proyectista, con una actitud tan absurdamente agresiva que no pude evitar que mis dientes castañetearan. -¿Por qué me vendiste, tarado? -fue su vociferada introducción-. Te crees muy decente y pundonoroso, ¿verdad? Siempre te advertí que con nosotros no se juega. Y vos, estúpido, quisiste jugar. Así que no te asombres de lo que viene ahora. Abrió bruscamente el portafolios y extrajo de allí un lustroso revólver. Me incorporé de veras atemorizado, pero antes de que pudiera balbucear o preguntar algo, Belmonte me descerrajó dos tiros. Uno me dio en la cabeza y otro en el pecho. Curiosamente, de este último sueño aún no me he despertado.

Si en alguna tarde neblinosa, sin estruendo y sin ángelus, tomara esa decisión, sería simplemente por curiosidad. Para saber qué hay después. Puede que sea fascinante.

Después de los cincuenta, la barriga es un signo de experiencia y sabiduría.

No pongas esa cara de pasmado. No somos fantasmas. Somos muertos.

TÉMPANO

No sabía de dónde venía el frío. No estamos en invierno, pensó. Sin embargo, las manos se le habían vuelto rígidas, las rodillas le temblaban, el alma no era alma sino témpano. Se recostó en el muro, que le pareció excesivamente rugoso. Quería reflexionar, refugiarse por un rato en la cordura, sacar cuentas, imaginar con serenidad. Aún no estaba en condiciones de asimilar ni de borrar la imagen de su Viejo muerto. Durante el último mes que el enfermo pasó en el sanatorio, Fermín fue a verlo, pero sobre todo a escucharlo. Nunca el Viejo le había dedicado tanto tiempo ni le había hablado con tanta franqueza.
-A tu madre la quise de veras pero no siempre le fui fiel. Esa doblez me provocaba amargura y hasta pesadillas. ¿Qué me pasaba? Que yo a veces me aburría de mi propio estilo de amar. Por otra parte, me parecía que ella, de tan ingenua, no era capaz de albergar celos o meras sospechas. Precisamente esa calma no me gustaba. ¿Por qué? Porque en el fondo quizá significara (al menos, eso creía) que no me juzgaba lo suficientemente atractivo como para provocar la atracción de otras mujeres. De mis varias relaciones clandestinas, la más prolongada fue la que mantuve con Amelia. ¿Te acordás de ella?
Fermín se acordaba, pero le dijo que no. No quería darle ese gusto. No quería que Amelia fuera el nombre de una triste deslealtad a su madre, cuando ella aún vivía, rozagante y vital. Que después, en su etapa de viudo alegre, tuviera sus amoríos, devaneos y chifladuras, no le afectaba. Allá él con su frivolidad. En esta última visita, Fermín encontró al Viejo especialmente desmejorado. Balbuceaba, tartamudeaba, tenía dificultad para respirar. No obstante, llegó un momento en que se sobrepuso a sus señales de agonizante y retomó el hilo de sus testimonios.
-Bueno, después de todo no era tan ingenua. Me consta que en verdad yo me lo merecía, pero nunca imaginé que ella, nada menos que ella, me fuera infiel, me hiciera cornudo con no sé qué cretino. Quizá vos ignores que en sus relaciones conmigo nunca consiguió quedar encinta, que era una de las metas de su vida. Pero con el cretino, sí quedó.
Ante esa revelación de última hora, Fermín quedó anonadado, vacío de toda piedad. Y entonces fue él quien balbuceó:
-O sea que yo…
-O sea que vos (ya era hora de que te enteraras) no sos mi hijo.
El Viejo ya casi no podía hablar y Fermín se había arrollado en sí mismo.
-¿Me podrías decir, como último favor, quién es entonces mi padre verdadero?
-Puedo y quiero decírtelo. Es mi postumo desquite. Pero acércate un poco más. Ya casi no tengo voz. Tu padre, o sea el cretino que preñó a tu madre, es… o fue…
Fermín no podía creerlo, pero la revelación quedó poco menos que arrugada, en un hueco del último estertor. Y fue allí que Fermín empezó su invierno, fue allí que supo que su alma no era alma sino témpano.

ALGUIEN

Alguien va a venir. Estoy seguro. Sé que alguien vendrá. Aunque me haya ido del mundo, no por muerte sino por soledad y algo de cobardía. Nunca he podido soportar el odio y sin embargo el odio me alcanzó. Fue en la primavera del 2000. No estaba solo entonces. Tenía por lo menos cinco amigos de toda confianza. Especialmente uno: Matías. Nos reuníamos los fines de semana para practicar el ajedrez o el golf. Deportes no muy agitados, por cierto, pero que nos unían. Otro tipo, un tal Freiré, en varias ocasiones había tratado de incorporarse a nuestras reuniones, pero de una u otra manera le hicimos entender que no nos era grata su compañía. La verdad es que era insoportable. Todo aconteció un jueves de octubre. Yo venía solo en mi coche. La carretera estaba completamente vacía. De pronto, junto a un muro semiderruido, vi una escena que me resultó espeluznante. Un hombre, de mameluco azul y zapatos sport, le estaba asestando varias puñaladas a una mujer que parecía joven. Estuve a punto de detenerme, pero no estaba armado y aquel tipo era capaz de cualquier violencia. Simplemente, aminoré la marcha. El tipo por fin abandonó la horrible tarea y levantó la cabeza. Sólo entonces lo reconocí: era Freiré. No estaba seguro de si él, a su vez, me había reconocido. Agitado y confuso, aceleré de nuevo y una hora más tarde llegué a mi casa. Al día siguiente el crimen fue titular de casi todos los diarios. La muchacha, una azafata aérea, había muerto. No había datos del asesino, que estaba prófugo. Al parecer, no había testigos de la agresión. Pasé un día entero cavilando y al fin me decidí: concurrí a la policía e hice la denuncia. Esa misma tarde apresaron a Freiré. Tuve que ir a reconocerlo y él me dedicó una mirada de odio y murmuró entre dientes: «De algo podes estar seguro: me la vas a pagar». La amenaza me golpeó. Seguramente él iba a ser condenado, pero esa misma noche dejé la capital. Sin avisar a nadie, ni siquiera a mis colegas de golf y de ajedrez, alquilé un chalecito en Colonia y allí me instalé. Transcurrido el primer mes, el aislamiento me resultó insoportable y decidí llamar a mi amigo Matías. Le di las señas de mi nuevo alojamiento y le pedí que viniera cuanto antes. A los tres días, o sea hoy, sonó el llamador. Pensé: debe ser Matías. Antes de abrir, miré por la ventana. No era Matías, sino el mismísimo Freiré. Abrí un cajón del armario y tomé el revólver. Me moví con cautela hasta la puerta y la abrí. Freiré me dedicó una irónica sonrisa, y dijo: «No aceptaron tu testimonio. Llegaron a la conclusión de que no había testigos. Además, tengo ahora buenos amigos en el poder. Ya ves, estoy libre». Yo sabía lo que me esperaba. Vi que introducía la mano derecha en el bolsillo, pero le gané de mano y le metí dos balazos en el pecho. Ahí está ahora, en el umbral, agonizando. Pero pudo escucharme: «Lo que son las cosas. Hoy tampoco hay testigos». Después, veré lo que hago. Por lo pronto, borré a Matías de mi lista de amigos.

Alguien me había anunciado que la borrachera es como un sueño. Un sueño del que uno sólo se despierta cuando ingresa en un sueño de verdad.

Supe que había recuperado la famosa sobriedad cuando el corazón me volvió a latir del lado izquierdo y sobre todo cuando el tedio del mundo me empalagó de nuevo.

Es horrible, pero ya no te quiero. Y lo peor es que quiero a otro. Vos, que me ayudaste tanto, no te merecías este abandono, pero qué voy a hacer.

Los amores olvidados son pesadillas dulces.

SOÑAR EN VOZ ALTA

Luciano no se encontraba muy a menudo con su padre. A la madre, en cambio, la veía más frecuentemente, pero más por sentido de responsabilidad que por cariño. Como cualquier hijo de padres divorciados, Luciano se sentía un poco huérfano. No bien pudo se independizó, y después de un noviazgo normal y no muy dilatado se había casado con Cecilia. Un sábado, cerca del mediodía, se encontró con su padre, y por iniciativa del Viejo se metieron en un café del Centro.
-Voy a aprovechar este encuentro casual ⎯dijo Luciano— para hacerte una pregunta no tan casual.
-Venga nomás.
-¿Por qué te separaste de mamá?
-No es tan sencillo de explicar, sobre todo para el que no lo vivió. A tu madre le tuve siempre bastante afecto. No pasión, entendelo bien, pero sí afecto. Y creía que ella también sentía algo parecido hacia mí. Pero una noche llegué a casa bastante tarde por razones de trabajo y ella dormía profundamente. De pronto sentí que murmuraba algo en pleno sueño y alcancé a distinguir un nombre: Anselmo, Anselmo. Era un vecino con el que teníamos una buena relación. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, le pregunté qué le pasaba con Anselmo. Se echó a llorar y sin atreverse a mirarme, me confesó que eran amantes. Y ése fue el final.
Meses más tarde, Luciano le hizo a la madre la misma pregunta.
-¿Por qué nos separamos? Nunca hablé de eso contigo porque lo considero un hecho muy privado. Con tu padre nos habíamos llevado bien durante dieciocho años de matrimonio. Reconozco que no estábamos enamorados, pero soportábamos nuestras diferencias y las frecuentes discusiones hacían más entretenida la relación conyugal. Una tarde, a la hora de la siesta (él siempre la duerme; yo, nunca) empezó a hablar entre sueños y dijo varias veces el mismo nombre: Inés, Inés. Lo pronunciaba con un tono amoroso que por cierto nunca me había dedicado. Inés es una compañera de mi estudio, que muchas veces almorzaba o cenaba con nosotros. Linda y muy simpática. Cuando tu padre despertó y se dio una ducha, le hice la pregunta de rigor: «¿Soñás siempre tan amorosamente con Inés?». Tal como yo lo esperaba, me confesó que hacía por lo menos dos años que tenían relaciones. Y ahí terminó todo.
Después de esas revelaciones (¿cuál de las dos era cierta?, ¿ambas serían verdad?) Luciano se sintió más huérfano que de costumbre. Durante dos o tres horas vagó como un zombi por las calles más concurridas, pensando que la multitud podía borrarle la tristeza. Por fin decidió refugiarse en su casa. Ya era tarde y Cecilia se había acostado. En pleno sueño, ella se dio vuelta en la cama y se abrazó a la almohada. En dos etapas dijo: Luciano, Luciano. Él se sintió orgulloso y satisfecho. La dejó dormir tranquila y fue a la cocina a hacerse un café. Lo tomó con gusto y estaba lavando el pocilio cuando se le encendió la lamparita. Carajo, había un primo que también se llamaba Luciano. El era Luciano Gómez y el primo Luciano Estévez. ¿Sería posible? No quería creerlo, pero la duda le produjo palpitaciones. Más o menos angustiado, regresó al dormitorio. Cecilia seguía abrazada a la almohada y volvió a articular claramente: Luciano, Luciano. Él se recostó en la pared y sólo alcanzó a preguntarse: ¿Por qué será que las mujeres nunca sueñan con apellidos?

Estaba tan borracho que no llegó haciendo eses sino equis.

En vez de dos ojos verdes, tenía dos odios grises.

En el cuerpo femenino no hay centímetro (o centímetros) más seductor (o seductores) que el (o los) del ombligo.

BRINDIS

Brindo por los aparecidos y los desaparecidos brindo por el amor que se desnuda por el invierno y sus bufandas por las remotas infancias de los viejos y las futuras vejeces de los niños brindo por los peñascos de la angustia y el archipiélago de la alegría brindo por los jóvenes poetas que cuentan las monedas y las sílabas y finalmente brindo por el brindis y el vino que nos brindan.

ECHAR LAS CARTAS

Querida muchacha: No te extrañe que te llame así. A pesar de los años transcurridos, para mí seguís siendo la muchacha de entonces, la que atravesaba la plaza de lunes a viernes, a las siete menos cuarto, cosechando las lúbricas miradas de los varones de la tarde. Todos te quitábamos con la imaginación el vestido floreado, aunque cada uno se quedaba con una revelación distinta. Nunca dejaré de agradecerle al doctor Anselmi la noche en que nos presentó en el café Gloria y luego se fue discretamente, dejándonos por primera vez a solas con nuestro mutuo asombro. Y allí empezó todo. Tres meses después tuve el privilegio de quitarte el vestido floreado (eran otras flores, claro) y encontré que superabas en mucho los prodigios de la intuición. Por suerte no eras perfecta, pero tu imperfección le otorgaba un signo irrepetible a mi enamoramiento. Te preguntarás por qué te cuento todo esto que sabes de memoria, por qué rememoro el origen de los tiempos, o sea de nuestro tiempo. Tal vez porque estoy solo frente al mar y evocarte es una forma de sobrellevar la soledad. Las golondrinas, veloces como nunca, pasan y repasan el aire en su estreno de la primavera, y a mi vez yo, lento como siempre, paso y repaso mis inviernos. No sé por qué miro las varices azules de mis tobillos, flacos y cansados, y admito lo que fui y también lo que quise ser y nunca fui. En cada invierno pasado está tu imagen, ese retrato encuadrado que me espera en la pared del fondo de mi estudio. Y de la colección de inviernos surge nítido aquel en que me dijiste: No va más. Querida Andrea: Hoy supe, por tu amiga Natalia, que te casaste por segunda vez y que aparentemente sos feliz. Te conozco lo suficiente como para decirte que sos merecedora de una felicidad cualquiera, pero soy lo bastante honesto como para declararte que esta bienaventuranza tuya no me deja contento, ya que por supuesto habría preferido que la tuvieras conmigo. ¿Por qué no fuiste feliz en nuestro quinquenio de convivencia? Es cierto que discutíamos con frecuencia, pero eso ocurría porque éramos (y somos) muy distintos. Para mí esa desemejanza era un atractivo más, ya que es sabido que las parejas que son (valga la redundancia) demasiado parejas, se aburren como ostras. Por otra parte, aunque muchas veces te dije en broma que yo era fiel pero no fanático, la verdad es que nunca te engañé. Una vez estuve a punto, pero en mi corazón (perdona la cursilería) sólo había sitio para vos. ¿También me fuiste leal? ¿Había en tu corazón una celdilla para mí y otra que estaba disponible? No puedo saberlo. Al menos me consta que sólo reiniciaste tu vida en pareja dos años después de nuestro punto y aparte, ¿o fue punto final? ¿Qué tal es tu marido? No. Mejor no me lo cuentes. El infarto por celos nunca es benigno. Ojalá lo disfrutes y te disfrute. Al menos ya tenes experiencia de cuáles son los parámetros de la parábola sexual, dónde están los límites y dónde las fronteras. Seré curioso. ¿En alguna ocasión reservaste un silencio para rememorar nuestra antigua amalgama, que lamentablemente, todavía no sé bien por qué (y aquí viene bien la nomenclatura futbolística), perdió el invicto? Pasará el tiempo. En el futuro habrá otras primaveras, otras golondrinas reanudarán su vértigo, pero yo soy tozudo en mis evocaciones y puedo asegurarte que no te olvidaré. Tengo ganas de mandarte un abrazo. Pero no te lo mando, de bueno que soy, sólo para que no tengas problemas si te pillan esta epístola a los tesalonicenses.
Querida Andrea: No te alarmes. Esta carta sólo será un parte de viaje. Hace cuatro días que llegué a París, movido por asuntos profesionales. Agosto no es el mejor mes para apreciar monumentos. Tampoco para reencontrar a alguno que otro amigo parisiense. ¿Te acordás de Claude Moreau? No bien llegué, llamé a su teléfono. Me atendió su nuera. «¿Claude? Murió en noviembre.» Balbuceé un breve pésame y me metí en el café de la Paix, donde tantas veces nos habíamos encontrado. Recuerdo que aun la última vez que estuve con él no había asimilado su viudez. Tenía dos hijos, que lo cuidaban y casi lo mimaban, pero no era lo mismo. Años atrás yo había conocido a Angelines, una asturiana que escribía cuentos, por cierto bastante buenos, y realmente era muy querible. ¿Te acordás de Odile? Bueno, se casó con un nigeriano bien oscurito y se fueron a vivir a Canadá. Al parecer, ambos se han especializado en informática, y están trabajando y ganando bien. Me chimentan, además, que Odile está embarazada y que ambos hacen conjeturas, con explicable curiosidad, sobre cuál será el color del primogénito. Ah, como corresponde, estuve en el Louvre ¿y sabes con qué me encontré? Con que la sonrisa de la Gioconda es igualita a la tuya. Al menos, a la que desplegabas en épocas idílicas. Me parece sensato que me hayas enviado el número de tu casilla de correo. De todos modos, el tema de la carta de hoy no iba a despertar ninguna suspicacia. ¿Sabes por qué? Porque me casé. Sí, aunque te cueste creerlo, yo también he desembocado en mis segundas nupcias. Así que, por las dudas, te mando aquí mi número de casilla: 14043. Ahora bien, hoy me he dado cuenta de que hace casi un año que no te escribo. Te aseguro que la demora no tiene que ver con mi nuevo estado. Simplemente, se me fueron acumulando las tareas y los problemas. Y no sólo no te he escrito a vos, sino tampoco a ninguno de mis habituales interlocutores postales. Mi despacho de abogado se ha llenado de papeles, documentos, comprobantes burocráticos, copias fotostáticas, códigos y otras menudencias. Me he pasado la vida en juzgados, palacios de justicia, tribunales, audiencias, etcétera. También la boda me ha reducido el tiempo disponible. Conseguir una vivienda más adecuada, familiarizarme con mis nuevos suegros y sus manías, repartirnos con Patricia, mi nueva mujer, las responsabilidades cotidianas, todo ello me ha hecho trasnochar y hasta provocado insomnios, calamidad esta que nunca antes había padecido. Patricia es tolerante y afectuosa. Es un vínculo bastante distinto del que mantuve contigo. Menos apasionado, más tranquilo y estable, y sin embargo llevadero. Te diré cómo la conocí. Un viernes apareció en mi despacho (ella también es abogada) acompañada de un veterano cargado de problemas: familiares, comerciales, inmobiliarios, administrativos. Eran tantos y aparentemente tan complejos, que les pedí me dejaran todo aquel papeleo para estudiarlo con la debida atención y que volvieran a verme dentro de una semana. Aquel lío era impresionante pero no de difícil solución, de manera que el viernes siguiente, cuando volvió Patricia, sola, sin su cliente, le expuse mi opinión y ella quedó asombrada. Quizá por ello simpatizamos y quedamos en almorzar el próximo martes. Fue el primero de una serie de almuerzos y cenas y todo siguió su curso. La verdad es que yo ya estaba un poco aburrido de mi vida de asceta, sobre todo considerando que, como vos bien sabes, nunca tuve vocación de misántropo. Ella también estaba disponible. Era soltera y el exceso de trabajo profesional no le impedía apreciar que los años iban pasando con su ritmo inexorable. O sea: que tal para cual. Ya llevamos cinco meses de convivencia y aparentemente todo va bien. El mes pasado nos tomamos quince días de vacaciones y nos fuimos a Piriápolis, donde casi te diría que empezamos verdaderamente a conocernos, a ponernos al día con nuestras respectivas biografías (por las dudas no le conté la etapa nuestra), que por cierto no eran demasiado espectaculares. Así pues, ésta es la historia. La verdad es que me siento bien. El tiempo sigue pasando y no hay pesadumbre ni tortura. Ojalá que a vos también te rueden bien las cosas. Cuando puedas, mándame noticias. Como ésta va a la casilla de correos, ahora sí te puedo enviar un abrazo, con viejo y nuevo afecto.
Querida Andrea: No sé por qué, pero hoy me dio por extrañarte; por echar de menos tu presencia. Será tal vez porque el primer amor le deja a uno más huellas que ningún otro. Lo cierto es que estaba en la cama, junto a Patricia plácidamente dormida, y de pronto rememoré otra noche del pasado, junto a vos, plácidamente dormida, y sentí una aguda nostalgia de aquel sosiego de anteayer. Alguien dijo que el olvido está lleno de memoria, pero también es cierto que la memoria no se rinde. Dos por tres suenan como campanitas en el ritmo cardíaco y una escena se hace presente en la conciencia como en una pantalla de televisión. Y aquel cuerpo que las manos casi habían olvidado vuelve a surgir como un destello hasta que otra vez suenan las campanitas y el destello se apaga. ¿Te ocurre a veces algo así? ¿O será que me estoy volviendo un poco loco? Puede ser. Mientras tanto este probable loco te envía un invulnerable abrazo.
Querida Andrea: Antes que nada, eufórico como estoy, me siento obligado a transcribir tu cartita: «Yo también estoy loca. Yo también sueño contigo, dormida y despierta. Yo también oigo campanitas. Yo también añoro, no sólo tus manos en mi cuerpo, sino también mis manos en el tuyo. No voy a dejar a mi marido, porque es bueno y lo quiero, pero quiero encontrarme contigo con o sin campanitas, pero estar contigo. ¿Puede ser?»
Es claro que puede ser, mujer primera. Tampoco pienso dejar a Patricia, la verdad es que la quiero. Pero la otra poderosa verdad es que necesito estar contigo. Tengo la impresión de que vos y yo, que no funcionamos demasiado bien como marido y mujer, sí funcionaremos espléndidamente como amantes. ¿Recordás aquello de «fiel pero no fanático»? Hasta el viernes, muchacha, en el café de siempre.

EL TIEMPO PASA

-¿Alguna vez hiciste eso? -preguntó Gloria con una sonrisa tan espontánea que Sebastián, a sus quince recién cumplidos, sintió que le temblaban las orejas.
-No. Nunca.
Hacía tantos años de ese diálogo, pero Seba no olvidaría jamás su continuación. Gloria era, como su nombre (falso, por supuesto) lo indica, la puta más gloriosa de la calle Finisterre, pero su gran atractivo estribaba en que no tenía aspecto de ramera, ni se vestía como tal, ni se movía como tal. Era tan sólo una veinteañera sencillamente hermosa, que atraía a los hombres con prolija honestidad, informándoles desde el vamos que no tenía vocación de amor único.
-¿Querés inaugurarte conmigo?
-Si usted lo permite.
Ante aquel inesperado tratamiento respetuoso, Gloria estalló en una franca carcajada, que por fin logró quebrar la timidez de Sebastián. Así, con el mejor de los humores, ambos penetraron casi corriendo en el bosquecito de los sauces orilleros. Cuando Gloria halló el sitio que le pareció adecuado y protegido de curiosos y viejos verdes, atrajo con suavidad a Seba, le desabrochó lentamente el short, hizo que él la desnudara a medias, y de inmediato dio comienzo al curso preparatorio que culminó en un coito, tan elemental y tan tierno, que Seba estuvo a punto de llorar. De alegría, claro. A pesar de su inocencia, Seba tuvo la precaución de no comunicar su ficha (apellido, domicilio, familia, etcétera). Después de todo, sabía que ésas eran las reglas del juego. El curso completo incluyó cinco clases, al cabo de las cuales Seba obtuvo de su ufana y generosa amiga el certificado de candida destreza, y si el adiestramiento no se prolongó fue porque el padre de Seba, un tal Basilio Aceves, viudo prematuro, decidió cambiar de casa, debido a que la actual contenía demasiados recuerdos y añoranzas de su mujer, fallecida muy joven en un absurdo accidente de carretera. Basilio exageró el deseo de alejamiento y encontró una linda casita con jardín en el otro extremo de la ciudad. Para despedirse cumplidamente de Gloria, Seba tuvo que esperar, a la hora del crepúsculo, a que ella volviera de atender a un cliente exigente, avaro y remiso. Lo cierto es que fue un adiós sobrio, pero con una buena dosis de sentimiento y gratitud. Durante un par de años Sebastián mantuvo aquel estreno en el ordenado desván de su memoria. Sabía que algún día le sería útil en el desarrollo de su carrera amatoria. En el nuevo barrio, Seba, comunicativo y bien humorado, hizo amistades de ambos sexos. Ya en época universitaria, su entrenada malicia le llevó a dejar varias novias en el camino. El padre no hacía preguntas; a lo sumo algún comentario irónico, que Seba recibía como una muestra de compañerismo, algo así como un intercambio entre muchachos. La viudez de Basilio y la orfandad de Sebastián los habían acercado, aunque rara vez mencionaran el nombre de la ausente. El día en que Sebastián cumplió veintitrés años, Basilio le pidió que cenara en casa. «Te reservo una sorpresa. Ya verás.» A medida que avanzaba la tarde, Basilio se fue poniendo alegremente tenso. Había encargado la cena conmemorativa en un restorán de cinco tenedores. Con un gesto de paternal condescendencia, sirvió dos whiskies, y a mediados del segundo la frase sonó como un disparo: «Sebastián, me caso». Seba se levantó y, sin decir palabra, lo abrazó. A Basilio le brillaron los ojos. «Me hace feliz que te parezca bien. De todas maneras, podes estar seguro de que la imagen de tu madre permanecerá intacta entre nosotros. Pese a mis cuarenta y pico, ya era muy duro permanecer sin amor, sin un cuerpo en la cama. ¿Lo entendés, verdad?» -Sí, claro. A las ocho sonó el timbre y un Basilio exultante se puso de pie. «Seguramente es ella. Quise aprovechar tu cumpleaños para que se conocieran.» Seba escuchó que se abría la puerta de calle. Diez minutos después entró el padre con una mujer todavía joven y atractiva, que examinó a Sebastián con una mirada que mezclaba el encanto con la turbación. «Bueno, bueno», dijo Basilio. «Ha llegado el momento crucial de las presentaciones. Este es Sebastián, mi único hijo. Y ésta es Carmela, mi futura.» Como culminación de aquel trance épico, Basilio no pudo contener una carcajada nerviosa. Pero Sebastián sabía (y ella también) que esta Carmela no era Carmela, sino la cautivante Gloria de sus quince abriles.

NlÑO QUE PIENSA

Vino el Viejo y dijo basta cuando Mamá le contó con lujo de detalles el lío de la maceta lo dijo con la furia de costumbre y esos ojos saltones que tiene cada vez que en la oficina alguno de los malandras le arruina la digestión y después él viene y se desquita conmigo mandándome a la cama y aquí estoy despatarrado como un rey mirando las goteras del techo metiendo el dedo gordo del pie en el agujero de la sábana claro lo lamento más que nada por el flan que hizo la Vieja pero a lo mejor queda para mañana y es mucho mejor comerlo frío dijo basta como si la maceta fuera suya y era en cambio de la gorda de al lado la que tiene várices y también esa nena asquerosita que en la escuela se cree la mona sabia pero nunca se acuerda de la capital de Bolivia y yo en cambio sé todas las capitales de América primero Honduras capital Tegucigalpa después Venezuela capital Caracas después Nicaragua capital Managua total una maceta no es para tanto pero la Vieja claro tiene que adular a la gorda y llevar el cuento para que el otro chinchudo diga que soy imposible esto no puede seguir así vamos a tener que meterte pupilo como si yo fuera a tragarme esa milanesa y no supiera que la Vieja sin mí se vuelve loca por lo menos le dijo la otra noche a la tía Azucena si algo le pasa al nene yo memato memato memato pero claro ella tiene que lucirse con la gorda porque miran juntas la telenovela y lloran juntas y se desesperan y el Viejo se agarra cada luna porque en vez de hacerle la comida se pasan como una hora comentando te das cuenta qué sinvergüenza pero la institutriz tampoco es trigo limpio fíjate que el mayordomo les había dado la cana en la glorieta pero el conde es tan bueno que se lo perdonó por la hija ma qué hija grita el Viejo quiero la sopa o me van a tener esperando hasta las calandrias griegas la macana es que hoy había fútbol y yo aquí despatarrado como un rey todo por querer explicarle a Cacho cómo había sido el gol del puntero izquierdo la maceta estaba tan disponible que la patié despacio nada más que para que entendiera el amague del penal y viene el centro saltan varios goooool la cama es una peste estoy aburrido aburrido aburrido cuando sea grande voy a quemar todas las camas y voy a comprar una pila de macetas para romperlas a patadas y ahora como anticipo podría romper la sábana haciendo fuerza con el dedo gordo pero capaz que después la Vieja ve la rotura y dice que fui yo y va con el cuento y mañana yo quiero comer flan y además tengo que ir al colegio porque van a dar cine para que después hagamos la composición sobre qué buenos son los padres jajá y la maestra que es bruta lora me sienta casi siempre con la niña Fernández pero a mí me gusta la niña Menéndez porque la niña Fernández es flor de naba y sostiene que el que copia no aprende pero ella no copia y tampoco aprende en cambio la niña Menéndez es lo más pierna y de una familia fenómena y platuda yo cuando sea grande quiero ser platudo y tener auto gratis y que me paguen el sueldo mientras paso flor de vida en Punta del Este pero en cambio mi primo Tito dice que a él le gustaría estudiar bailes clásicos y entonces el Viejo pone rostro de arcada y yo estoy aburrido aburrido aburrido y además tendría que ir al baño y el Viejo me dejó encerrado y a oscuras ojalá venga un apagón así ellos también quedan a oscuras ojalá se les pierda la llave y queden encerrados ojalá se le rompa a la Vieja una maceta así el Viejo la mete en la cama y se pasa aburrida aburrida aburrida y no puede ver la telenovela y yo vengo y le digo a que no sabes qué dijo el conde en la glorieta y hago el ruido de la puerta que se abre y de la pata de palo que se acerca y nada más o sea que tendrá que esperar a que venga la gorda y se lo cuente y cuando venga la gorda voy a hacerle fau a la nena asquerosita y ya va como media hora que estoy en la cama así que sólo faltan dieciocho horas y media y voy a ponerme a contar hasta un millón o sea uno-dostrescuatrocincoseissieteocho ya me aburrí pero también podría buscar algo para que lo pongan en penitencia al Viejo así que en cuanto tenga el teléfono a mano voy a llamar al jefe para contarle que el Viejo estuvo hablando de él y dijo que era un imbécil un tarado un ladrón y otra cosa que no me acuerdo bien pero que sonaba algo así como cornudo.

La muerte es acordarnos de que olvidamos algo.

DIALÉCTICA DE MOCOSOS

-¿Nunca?
-Nunca.
-Para vos ¿qué significa la palabra nunca?
-Jamás.
-Ah, no. A mí «jamás» me parece mucho más categórico, negativo.
-Yo los veo como sinónimos.
-A ver si me entendés. Pensá en la palabra «siempre».
-Pienso.
-Trata de encontrarle un sinónimo. No meras aproximaciones, como «permanentemente» o algo por el estilo, sino un sinónimo puro, certero, incanjeable.
-No lo encuentro.
-¿Viste? Si «siempre» no tiene un sinónimo puro, tampoco va a tenerlo «nunca», que es su oponente.
-¿Y «jamás»?
-Es una aproximación, apenas eso.
-¿Cuántos años tenes?
-Trece. ¿Y vos?
-Doce y medio.
-¿Y por qué tenes siempre cara triste?
-Será porque estoy triste.
-¿Nunca estás alegre?
-¿O jamás?
-He dicho nunca.
-¿Y cuándo empezaste a estar triste?
-La primera vez que la vieja me llevó al shopping. Es muy desalentador ver tanta gente que mira y no compra.
-Yo he ido pocas veces, pero recuerdo que un sábado encontré a un viejo, como de treinta años, que no sólo miraba sino que también compraba.
-Sería un turista.
-Puede. En pleno verano se compró una bufanda y todos empezamos a sudar. Y eso que yo jamás sudo.
-¿No sudas nunca?
-Dije jamás.
-Sorry.
-Pero ¿qué es lo que te da tristeza?
-Ver a la gente tan abandonada (aunque vayan de a dos) enfrentándose a las vidrieras como si contemplaran una camisa, cuando en realidad están usando el cristal como espejo.
-¿Vos te miras?
-¿Para qué? Ya me sé de memoria.
-Te aseguro que hay gente que compra. O por lo menos entra en algún puesto.
-Sí, entran al boliche de una gran confitería, y al rato salen chupando un caramelo.
-Y bueno, la tristeza es dulce.
-También me entristece ver a las empleadas, todas planchaditas, mirando con ansia a los muchachos de atuendo deportivo que recorren invictos las avenidas del shopping.
-¿Ansia o seducción?
-Cuando el ansia es invasora no queda sitio para la seducción.
-Qué frasecita, eh. ¿Sabes lo que ocurre? Lo que ocurre es que vos, además de triste incurable, sos un pesimista del carajo.
-¡Si tu abuela te oyera ese vocabulario!
-Bah, mi abuela es más posmoderna que vos y que yo. A menudo dice palabras como pelotudo, mierda, coño, hijo de puta, enchufe.
-Enchufe no es mala palabra.
-En su caso sí lo es, porque la dice escupiendo.
-¿ Jugás al fútbol?
-Por supuesto. Soy golero.
-¿Te han metido algún gol?
-Nunca.
-¿O jamás?
-No, aquí sí es nunca, porque una sola vez me metieron un gol pero fue de penal.
-¿Qué vas a ser de grande? ¿Futbolista?
-No, ingeniero, como mi viejo. ¿Y vos?
-Deshonesto.
-¿Como tu viejo?
-Sí, pero un poco más profesional.
-¿No tenes miedo de caer en cana? ¿Nunca?
-jamás.

CASA VACÍA

Después de tantos años, me encaminé con una moderada expectativa a la casa vacía. El Abuelo, que llevaba varios años de viudez finalmente asumida, me la había dejado en su testamento, con la expresa condición de que no la pusiera en venta; más aún, de que me instalara en ella. Antes de decidir si iba a obedecer o no esa última voluntad, quise volver, en una mera visita de inspección, a aquel albergue que en cierto sentido también había sido mío. Gracias a la amable gestión de un vecino, que fuera buen amigo del Abuelo, tan amigo que tenía una llave de la casa, dos laborantes de toda confianza se habían encargado de una limpieza a fondo, de modo que cuando traspasé el veteado umbral de mármol, me encontré con una prolija casa vacía. Vacía de personas, claro, pero no de mobiliario, cuadros, lámparas, apliques. Me acomodé en un sillón de balance y desde allí empecé mi revisión. Verdadera calistenia de la memoria. En la tercera gaveta del armario el Abuelo guardaba celosamente elementos de su vida en dibujos, apuntes, fotografías. Había una de éstas, cuyo original en blanco y negro se había transformado con los años en pajizo y sepia. Allí estaba el Abuelo, cuando niño, rodeado de familiares, en un puerto de Italia, no sé cuál, todos con expresión de angustia porque habían llegado tarde y el barco había partido sin ellos. Junto con esa imagen y unida a ella con un ganchito, había otra foto, tan vetusta como la otra, también con el Abuelo niño, rodeado de familiares en el mismo puerto, pero esta vez con caras de satisfacción porque se habían enterado de que aquel barco que habían perdido meses atrás había naufragado en pleno Atlántico. Alargué un brazo y las fotos seguían allí, tal vez para que no olvidáramos aquella indigna euforia. Frente a mí había un sofá algo apolillado que todavía conservaba un marchito recuerdo de su verde primario. Allí solía sentarse el Abuelo a leer los diarios de la mañana. Aquello era un rito tan obligatorio como el mate amargo. De vez en cuando hacía un alto en la lectura para introducir un comentario como «no puede ser» o «hijos de putas» o «qué maravilla». Si advertía mi hasta ese momento ignorada presencia, me apuntaba con el índice y decía: «Vos no me hagas caso». Pero yo sí le hacía caso. Sus esporádicas aleluyas se me borraban, pero en cambio no se me olvidaba ninguna de sus imprecaciones, que pasaban a integrar mi diccionario privado. De pronto sentí necesidad de levantarme para completar el inventario y mis consiguientes visiones. Allí, a pocos pasos, estaba el dormitorio, con su gran lecho nupcial, del que yo siempre elogiaba su magnitud, al punto de crear la siguiente etiqueta: «Cama especial, con verificada capacidad para marido, esposa y amante». Como mis padres habían encontrado una muerte prematura en un accidente de carretera, yo viví toda mi infancia con el Abuelo. Luego me independicé, alquilé un apartamento más bien minúsculo, y fui estudiante, siempre sostenido, vigilado y financiado por el Abuelo, que solía estar metido en negocios más o menos complicados (siempre legales, no piensen mal) y en esos períodos me pedía que le cuidara su querida vivienda. Yo estaba terminando el tercer año de Universidad cuando conocí, un poco por azar, a una guapísima chiquilina alemana que quería practicar español. Y vaya si lo practicamos, en todas sus ramas y desarrollos. Una tarde le sugerí que recapituláramos una clase práctica en casa del Abuelo, que precisamente en esos días estaba en México. Aceptó y allí fuimos. Fue mi estreno del famoso lecho nupcial, en el que de seguro había sido concebido mi pobre padre. La alemana no podía creer que existiera en el para ella enigmático Occidente una cama tan amplia y con tantas posibilidades amatorias. Pues existía. Y la berlinesa y yo la honramos con la más creadora de nuestras lecciones bilingües. Ahora, tantos lustros más tarde, cuando ya no está el Abuelo porque el último de sus viajes fue sin regreso, yo y mi memoria nos tendemos en el lecho mayúsculo. No puedo dejar de pensar en el artículo alusivo del testamento del Abuelo. Por fin mido con optimismo erótico mi futuro y tomo una decisión. Voy a quedarme con este confortable y estimulante lecho. Y de paso, aunque importe mucho menos, con el resto de la casa vacía.

En nuestro caso, yo diría que seguimos juntos porque la soledad es una porquería.

VlEJO HUÉRFANO

A los ochenta y dos años, los sueños forman parte de la vida; son probablemente su zona más activa. En la realidad, uno camina con lentitud, las piernas torpes y pesadas; en el sueño, uno corre, salta vallas, dice alegres disparates. En la realidad, uno esconde sus rabias, que se refugian en el hígado; en el sueño, uno propina certeras trompadas al enemigo de ese minuto. En la realidad, uno mira con envidia a los que bailan; en el sueño, uno baila. En mi capítulo onírico más asombroso, yo estaba en una estación de ferrocarril y el tren apareció con sus bufidos de siempre, y quedó, provocativo frente a mí, el primer vagón de la primera clase. Yo había adquirido ese pasaje de privilegio sólo por curiosidad: quería comprobar qué gente de pro, sobria o borracha, disfrutaba de esa prerrogativa. Ascendí, con la ligereza de la alucinación, y en el segundo vagón había un grupo de infantes que sostenían una larga pancarta: Huerfanitos de Santa Catalina. ¿Dónde quedaría eso? No me importaba. Los niños parecían felices, jugaban a los manotazos y la cuidadora los hacía reír, aunque de vez en cuando les dedicaba uno que otro coscorrón. La escena no me sirvió para evocar mi propia infancia. Sólo pensé: «Soy un viejo huérfano, sin cuidadora y sin Santa Catalina». Recorrí dos vagones más y en el segundo me encontré con la bendita sorpresa. En el último asiento, junto a la ventanilla, estaba mi padre, bien entero, todavía maduro, sin canas y casi sin arrugas. Concienzudamente me olvidé de que treinta años atrás había asistido llorando a su velatorio. Como el asiento contiguo estaba libre, allí me situé, le puse una mano sobre el brazo y dije: «Hola». Casi de inmediato él dejó de mirar el paisaje para mirar ese otro paisaje que era yo. Entonces abrió tremendos ojos, después esbozó un gesto de estupor, que se fue ampliando hasta convertirse en su clásica y rotunda sonrisa del siglo pasado. Y dijo: «Qué bueno encontrarte aquí, en medio de este viaje hasta ahora bastante tedioso. Qué lindo. Te confieso que en el primer momento tuve la impresión de que era un sueño».

Por primera vez en su vida gris, Emiliano fue invadido por la alegría. Sintió que la cercanía de la muerte era una reivindicación y confirmación de la vida.

Llega un momento en que cualquier realidad se acaba. Y entonces no hay más remedio que inventarla. Por ejemplo, la infancia suele terminar de sopetón con algún juguete destrozado, o con la muerte entrañable y cercana de un perro o de un abuelo. Y entonces hay que volverla a concebir, aunque ya no se tengan siete sino treinta años o setenta. Si un amor concluye intempestivamente, es urgente improvisar otro, ya que sin amor los resortes de la cotidianidad se oxidan. Y si llega el eco de otro amor vacante, disponible, hay que cazarlo al vuelo. Mejor dicho, abrazarlo al vuelo, besarlo, acariciarlo, penetrarlo. La primera señal de que una realidad se acaba es el estallido del silencio, la detonación de la soledad. La última señal, en cambio, es el fogonazo de la muerte. Ese cruento final de la realidad es inapelable. Y no es posible inventar otra, porque en el vacío, por augusto que sea o nos hayan prometido que va a ser, no existe la invención. Cuando esa realidad cierra su paréntesis, la nada no abre ningún otro. Ni siquiera nos vamos a dar cuenta de que el mundo se ha callado.

Hasta ahora había sido muy satisfactorio ser adúltero, pero no soportaba ser cornudo.

El silencio se incorporaba a mi insomnio, que es como un sueño pero sin sueño.

El suicidio es una institución europea, tal vez norteamericana, y afecta no sólo a los infieles, cornudos y estafados, sino también a los políticos que descienden en las encuestas y a los empresarios corruptores y/o corruptos.

Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido.

EN FAMILIA

Asdrúbal nunca tuvo novia ni esposa ni compañera estable. No las tuvo porque en su corazón no cabían dos imágenes de mujer. Y él, desde la adolescencia, había estado enamorado de Inés. El problema consistía en que Inés era la mujer de Eduardo Sienra, su amigo del alma. Asdrúbal jamás le había dado a Inés el menor indicio de sus sentimientos. Simplemente se había integrado al clan de los Sienra (en el que también figuraba Andrés, hermano menor de Eduardo). Una vez por semana, por lo general los sábados, se reunían para almorzar en un casi silvestre restaurante de la costa. Allí imperaba el buen humor, la puesta al día de los chismes políticos de la semana, el recuento de lo que cada uno estaba haciendo: Eduardo era abogado; Andrés, editor; Inés, acuarelista; Asdrúbal, profesor universitario. De los cuatro, Andrés era el único que no siempre concurría. Los compromisos editoriales, los congresos internacionales, lo llevaban a menudo al exterior. Mientras tanto, Asdrúbal sufría. Inés estaba cada vez más apetecible, más candida, más seductora. Las abiertas sonrisas que solía dedicar a Asdrúbal, éste las iba archivando en el cofre de su memoria, pero a él no se le escapaba que, con sonrisa o sin ella, quien noche a noche la tenía en su cama era Eduardo el afortunado. Pero además, Asdrúbal soñaba pormenorizadamente con Inés. Ella era la dueña de sus insomnios y sus duermevelas. «No puedo seguir así, lamiendo un imposible.» Y ahí fue cuando sonó el teléfono. De inmediato reconoció la voz temblorosa de la secretaria de Eduardo: «Malas noticias, don Asdrúbal. El doctor Eduardo falleció esta mañana de un paro cardíaco». La conmoción fue tremenda. Eduardo sólo tenía cuarenta y dos años. Asdrúbal salió poco menos que corriendo hacia el piso de los Sienra. Inés estuvo llorando, larga y conmovedoramente, abrazada a Asdrúbal. Ni siquiera estaba Andrés, que asistía a la Feria de Frankfurt. -Eramos felices -balbuceó Inés, con un tono de diagnóstico forzoso, inapelable. Tras el velatorio y el sepelio, Asdrúbal volvió a su casa, todavía acongojado. Sin embargo, cuando se sirvió un whisky y se acomodó en la mecedora que era como su hogar, en el largo vaso de Bohemia surgió un extraño reflejo, y él lo interpretó como una señal, como un anuncio. Y ya que estaba solo, lo transformó en palabras. -Ahora Inés está libre. El pecho se le llenó de un júbilo y una ternura egoístas. Dejó pasar unos días antes de llamar nuevamente a Inés, pero cuando por fin se decidió, ella se había ido a Salto, donde vivía su madre. Pasaron seis meses antes de que la viuda regresara. Fue entonces que Asdrúbal se hizo de coraje y resolvió tender su red de seducción. Inés lo recibió con los brazos abiertos, cariñosa como de costumbre. Dijo que se había quedado más tiempo en Salto para acompañar a su madre, para quien la muerte de Eduardo también había representado un rudo golpe. Habló largamente del sosiego del paisaje salteño, de los atardeceres junto al río, del talante tranquilo y afectuoso de la gente pueblerina. Se produjo un silencio más o menos estéril, y precisamente cuando Asdrúbal iba a empezar a hablar de un futuro compartido, ella esbozó su sonrisa de siempre antes de decir: -¡Qué suerte que viniste! Justamente hoy te iba a mandar la invitación. No sé si sabes que el mes que viene me caso con Andrés, mi cuñado. Una suerte de continuidad familiar, ¿no te parece? Además, Andrés y yo estuvimos de acuerdo en pedirte que seas el padrino de boda.

Mi nombre es Servando -dijo el del farol. Dicen que soy un delincuente y por eso escapo.

Luego llegó el perro, con ojos fulgurantes, que más bien parecían de gato.

Cinema Paradiso

Cinema Paradiso

Cinema Paradiso


Un niño y su pasión por el cine, tanto el lugar físico como el arte. Pasión que es superada con creces cuando de manera intempestiva conoce el amor. Calificación de 10. Mi película favorita de toda la vida.
Cinema Paradiso

Cinema Paradiso

Diary of a wimpy kid – The long haul

Diary of a wimpy kid - The long haul

Diary of a wimpy kid – The long haul


El cumpleaños de la abuela, es el pretexto para que la familia de Greg haga un largo viaje en auto, en el que en medio de aventuras y complicaciones, aprenderán valores que parecían olvidados. Aunque cambió todo el casting, los nuevos actores cubrieron las expectativas. Calificación de 10.
Diary of a wimpy kid - The long haul

Diary of a wimpy kid – The long haul

Daddy’s home

Daddy's home

Daddy’s home


Un hombre se ha casado con una mujer divorciada y su mayor ilusión es que los hijos de ella lo consideren su padre. Cuando llega el padre biológico a visitarlos, las cosas parecen complicarse, pero al final cada uno cumplirá su objetivo. Calificación de 10.
Daddy's home

Daddy’s home

Tutto quello che vuoi

Tutto quello che vuoi

Tutto quello che vuoi


Un joven descubre el valor de la poesía, el amor y la amistad cuando consigue un trabajo cuidando a un anciano poeta. De paso, sus amigos también aprenderán la lección. Calificación de 10.
Tutto quello che vuoi

Tutto quello che vuoi

Long shot

Long shot

Long shot


Un hombre es acusado de un asesinato. Su abogado pregunta por una coartada.Casualmente: asistió a un juego de serie mundial, ese día filmaban en el estadio, su hija le pide algo de comer, realizó una llamada a la hora del crimen. ¿Que pasaría si no hubiera ocurrido esas casualidades? Calificación de 10.
Long shot

Long shot

First they killed my father

First they killed my father

First they killed my father


Basada en hechos reales. Durante la guerra en Vietnam, el ejército estadounidense arrojó bombas sobre Camboya, un país neutral. Esto fue aprovechado por el Jemer Rojo “un ejército de liberación” camboyano que sometió a buena parte de la población de ese país. Este es el testimonio de una niña de 7 años. Calificación de 10.
First they killed my father

First they killed my father