Arde la calle

Fabrizio Mejía Madrid

Arde la calle

Arde la calle


A través de objetos o conceptos icónicos de la década de los ochenta (el walkman, el cubo de Rubik, el derrumbe o la huelga), el autor nos brinda una novela que describe cómo es que los personajes vivieron esos años, sin dejar de notarse un dejo de autobiografía entre quienes también compartimos esa época. Calificación de 8.

Turgente: Abultado o hinchado
Hierático: Que es solemne e inexpresivo, se mueve poco y no exterioriza sentimientos.

Toda familia es una forma peculiar de la tristeza.

Un día despertaremos en la abundancia, y nos hartaremos de ella, aunque después sobrevenga el desastre.

Supuso que así funcionaba el deseo: alguien te lo señala antes de que lo quieras.

A la plaga ya no le gustaba bailar, ahora lo consumía todo, suspendiendo tus defensas del mundo, de la fiebre, la diarrea, los sarcomas, lo hongos. La generación anterior sólo debía buscar un lugar para quitarse la ropa. La tuya tenía que otear una farmacia cercana. Del sexo libre habíamos pasado al sexo seguro. Una vida sin tocar al otro, sólo al látex. Nos habían jodido el futuro y, ahora, también el sexo.

La idea de besarte y subirme en ti. Esa idea valía la pena ser sudada de vergüenza y miedo en el mostrador de la farmacia para pedir un “preservativo”, porque la sola palabra “condón” ya contenía una atrocidad, una vulgaridad y un desacato. No había duda para el despachador de la farmacia. Sus ojos cambiaban de tono en cuanto sabía que tú, el cliente, tenía una cita y fantaseaba con tener sexo. Lo veías en sus ojos, en una sonrisa a medias, entre cómplice y burlona –así que vas a ver si hoy tienes suerte-, que él se enteraba de tus maquinaciones, de las ideas que tenías para esa tarde. Y sudabas y tenías culpa de pedirlo, pero tú lo valías. Toda esta angustia era para ti. Lo que pensara el despachador de la farmacia, con su ridícula bata blanca –como si fuera un médico- lo valías. Lo merecías todo porque era mejor indagar tu saliva y tu calor que pasar una era en el hielo, en una nueva glaciación.

-Pónganse las máscaras de Halloween, cabrrrrones-dijo en español afrancesado el jefe.
-Pero si nos ponemos las máscaras nos van a reconocer.
-Qué tontería –respondió el francés-. Para eso son las máscaras, para ocultarse.

Cuando una vida se va por un vertedero siempre lo primero que se pierde, que se ausenta, son los dientes, como si la capacidad de morder se fuera cuando más se le necesita.

Una línea es una secuencia infinita de puntos –explica el profesor de matemáticas. Con fuerza toma el gis en el borde del dibujo de un punto y lo sigue por todo el pizarrón. Infinita –dice casi gritando pero el cigarro ha hecho sus estragos en las cuerdas vocales. Y entonces sucede lo insólito: el profesor de matemáticas continúa la línea infinita de puntos a la pared, doble la esquina, sigue por la del costado, llega a la puerta negra que queda rayada por la línea blanca y sale al patio. Los alumnos, asombrados, intrigados, siguen a su profesor de matemáticas por las paredes del patio. Ven como el gis sigue trazando la línea por las paredes de los demás salones, los de secundaria, los de primaria. Cómo raya las paredes de los patios y del estacionamiento, de la dirección y del mantenimiento. – Infinita –va repitiendo más para sí que para los demás -. Infinita. El profesor de matemáticas raya la puerta de entrada de la escuela y sale a la calle. Los alumnos, detrás, preguntándose qué está ocurriendo. Él, sin voltear atrás, va trazando su línea por las bardas de las casas de junto, la gasolinera, la tienda de abarrotes, hasta que llega hasta avenida Insurgentes. Nunca lo volvieron a ver.

Pensó en llamar a su madre que todavía vivía en la Unidad Latinoamericana pero los teléfonos no servían. La ciudad estaba comunicada solo por el radio: -La señora Irma García de la colonia Postal, manda decir a su tía, la señora Gaytán de Contadero, que todos están bien.

Estuvo años entre ellos, de marcha en marcha, de mitin en mitin, de reunión informativa al desánimo de ver que a los diez mil solicitantes se les unían cada semana otros miles que no tenían casas, no por el temblor sino porque nunca las habían tenido.

-A mi pueblo en Oaxaca –recuerda que le dijo uno de los damnificados del Parque Joaquín Pardavé en la colonia Narvarte- le dotaron hace unos años de tierras ejidales de cultivo. ¿Y sabes qué? La mitad de las tierras quedaban debajo del mar. Así trabajan sus planes estos cochinos: desde una oficina con un lápiz y un mapa mal hecho.

Se trataba de desalojar a gente que dormía en unas bodegas que les subarrendaban ilegalmente. Según el notario del desalojo de la gente era porque ese espacio sólo tenía permiso de alojar mercancías, no gente. Las ciudades, el mundo, se estaban convirtiendo en lugares donde lo ilegal era la genta, no los objetos.

Pero las chicas querían sus camisetas del Mundial, entusiasmadas por el evento internacional que no había suspendido ni un terremoto ni menos lo pobres que insistían en quedarse en una ciudad que no los quería, que les había derrumbado todo lo que poseían. Ellas veían las camisetas verdes con el bordado de la mascota de los juegos, “Pique” (un chile con un sombrero), y jamás pensaron de dónde venía semejante objeto. En realidad lo fabricaban las costureras e San Antonio Abad. Las chicas de centro comercial se probaban las camisetas verdes, con los colores de la bandera, y jamás se les ocurrió que quienes las habían hecho con sus manos estaban muertas. Las chicas con sus coletas alegres, sus zapatillas ligeras, sus vestidos hampones no se imaginaban que la ropa de marca que vendían Liverpool, Palacio de Hierro, París-Londres y Sears se confeccionaban en los oscuros y aceitosos talleres de San Antonio Abad que se habían derrumbado con costureras adentro. En empresas de ropa que cambiaban cada seis meses de razón fiscal para no pagarle a sus trabajadoras el seguro social.

Hay muchas cosas que no se pueden volver a pegar –dijo el rescatista encogiéndose de hombros en medio de las ruinas de la ciudad.

-El papel de Estado en la crisis que hemos tenido se puede explicar con sencillez: utilizamos recursos del pueblo para evitar pérdidas patrimoniales de banqueros y capitalistas. A los viejos empresarios, como los de Monterrey, les habían prestado millones de dólares para que no quebraran. Luego, les habían vendido empresas estatales subvaluadas y casi llevadas a la quiebra. Más tarde, los rescataríamos de sus dispendios y fracasos como empresarios. Pero la autoimagen era otra: todos, salvo el gobierno, éramos “iniciativa privada”. Todos nos podíamos- enriquecer en la Bolsa Mexicana de Valores.

-Es lo mejor que podemos hacer. Era el argumento de la venta del Estado, de la quiebra de empresas, de que los nuevos dueños fueran igual de ineficientes y corruptos que los anteriores: era el argumento de siempre. No hay de otra. Es lo mejor que conseguimos. Tómalo o déjalo. Igual ya se decidió así. Vive con las consecuencias.

En el instante en que, en su casa, sonaba el teléfono, él se sentaba en un sillón de la Secretaría de Hacienda con De la Vega Domínguez que le pedía “una aportación” para la campaña de Salinas de Gortari: -Tómalo como inversión, Carlos –le dijo con sus ojitos verdes el presidente del Partido, acompañado del subsecretario de Hacienda-, quién sabe cuáles empresas paraestatales se vayan a vender en el otro sexenio. A lo mejor te interesará alguna y nosotros sabemos cuida a nuestros aliados. ¿O no?

Cuarenta y seis por ciento de las casillas del 6 de julio de 1988 nunca fueron contadas. El representante de la derecha en Gobernación, Diego Fernández de Cevallos, dijo después de las seis y media de la tarde: “Se cayó el Sistema”, refiriéndose a que los datos electorales habían dejado de fluir. Las órdenes del presidente Miguel de la Madrid, a su secretario del interior, Manuel Bartlett, fueron precisas: -No diga que va ganando Cuauhtémoc Cárdenas porque si luego hacemos ganar a Carlos Salinas de Gortari, nadie nos va a creer.

¿Por qué cuando uno obtiene lo deseado, ya no es más algo deseable?

Yo había pensado decirle que ella era como los mismísimos años ochenta: presumía que quería un cambio pero todos sabíamos que iba a terminar con un licenciado, muy trajeado, y con los zapatos relucientes.

Me pregunté todo el rato si son esas historias de cuando acabas de conocer a alguien lo que realmente somos, si nos constituyen de tal forma que terminas por ser lo que narras a los demás. Que llegas al punto en que te extravías entre tus propias historias que te sepultan.

Tras un tiempo uno ya no sabe por qué atesoró ciertos objetos. Por qué frecuentó a ciertas personas. Un día descubres que en el cajón de lo memorable –el que sólo abres para decirte que tu vida melancólica debió valer, alguna vez, la pena- hay boletos de avión a una ciudad que no recuerdas, de concierto de una banda que ya no te gusta; o cajas de cerillos que ya no encienden, monedas extravagantes fuera de circulación, y tus credenciales de los distintos años en las escuelas de las qye ahora no solo guardas, ni siquiera, el recuerdo de una clase, menos del nombre de tus compañeros. Con la gente es un poco distinto. Primero, se te olvidan sus voces, luego sus rostros y, hasta el último, por qué necesitabas oírlos y verlos. Sucede con los meses, con los años. El tiempo borra las ilusiones sobre sí mismo y un día sientes que has vuelto a empezar. Las preguntas en ese momento son otras. ¿Qué habrá pasado con esa persona? ¿Dónde vivirá y si estará acompañada o sola? ¿Será feliz? ¿Cómo se verá y escuchará ahora?

Nuestras pérdidas lo son en la medida en que inoculan el futuro. Lo perdido nunca se recupera pero deja sus estelas, nebulosas, difusas, empapadas en vapores, a veces dulces, casi siempre avinagradas, por el resto de las vidas de quienes lo frecuentaron.

¿Quién dice que los pretextos para emborracharse tienen que ser legítimos?

Las ilusiones desaparecen más rápido que los objetos y las personas.

-¿A veces piensas en nosotros? –me arrepentí mientras hice la pregunta.

El socialismo, en el que realmente nunca creímos –los que lo vivían, lo padecían; los que lo apoyaban sólo lo imaginaban- se había terminado con picos, martillos y sierras eléctricas.

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Luego de un accidente mortal, un hombre regresa como fantasma a su casa para consolar a su esposa y ser testigo del transcurrir del tiempo. Por momentos lenta, la hace visualmente impactante. Calificación de 9.5.
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