La reina del sur


Arturo Pérez-Reverte

La reina del sur

La reina del sur


Una mujer que huye de sí misma, atrapada entre su pasado y su futuro, logra controlar su presente y sobresalir a través de un resquicio en el que parece sentirse cómoda: el narcotráfico. Al final volverá al sitio desde el que comenzó todo… pero con una nueva oportunidad de vida. Por momentos demasiado “mexicanizado” el lenguaje de la historia. Calificación de 9.5

Trufar: Rellenar de trufas las aves, embutidos y otros alimentos.
Noray: Poste para afirmar las amarras de los barcos.
Farlopa: Cocaína.
Estiba: Paliza.
Patera: Pequeña embarcación empleada para el contrabando de hachís, y también de personas.
Abarloar: Situar una embarcación de costado, muy pegada al muelle o en contacto con otro barco:
Muecín: Musulmán que desde el alminar convoca a los fieles a la oración.
Restinga: Lengua de arena o de piedra que se halla debajo del agua a poca profundidad:
Trirreme: Embarcación antigua de tres órdenes superpuestos de remos.
Peculio: Dinero que poseen los presos en cartones o tarjetas.
Sirla: Atraco en el que el delincuente amenaza con un arma blanca o con un objeto contundente.
Achicoria: Bebida que se obtiene por la infusión de la raíz tostada de esta planta [achicoria] y que se utiliza como sucedáneo del café:
Calima: Bruma, neblina por evaporación de agua que se produce en verano.
Almagre: Óxido de hierro de color rojo, más o menos arcilloso, abundante en la naturaleza:
Chaperos: Hombre que se prostituye con otros hombres.
Napias: Narices, especialmente si son grandes.
Prolijo: Detallado, minucioso.

La realidad suele quedar por debajo de las leyendas.

O muerta. Aunque siempre es preferible eso a que te lleven viva al desierto, y con un soplete de acetileno y mucha paciencia te hagan preguntas. Porque lo malo de las preguntas no es que conozcas las respuestas -en ese caso el alivio llega pronto-, sino que no las conozcas. Ahí está el detalle, que decía Cantinflas. El problema. Cuesta mucho convencer al del soplete de que no sabes cosas que él supone que sabes y que también le gustaría saber.

Sabía que los amigos sólo se probaban visitándote en el hospital, en la cárcel o en el panteón. Lo que venía a significar que los amigos eran amigos hasta que dejaban de serlo.

Alguien te sonreirá, recordó. Y un momento después estarás muerta.

Todo era mucho peor de lo que había creído que era.

Había perdido la cuenta de los hombres y mujeres que aseguraron no saber nada antes de que los matara rápido o despacio, según las circunstancias, en una tierra donde morir con violencia era morir de muerte natural -veinte mil pesos un muerto común, cien mil un policía o un juez, gratis si se trataba de ayudar a un compadre-.

No era ella la que hablaba, sino una desconocida cuyas palabras imprevisibles la sobresaltaran. Una desconocida imprudente que ignoraba la urgencia del silencio.

Era demasiado tarde para el miedo, porque éste se experimenta antes de que las cosas pasen, y el consuelo cuando éstas llegan es que todo tiene un final. El único auténtico miedo es que el final se demore demasiado.

Uno es presentado a alguien por un amigo en quien ese alguien confía, y ese alguien confía en ti porque confía en quien te avala. Después, si algo se tuerce, el avalista responde con su vida, y tú con la tuya. Bang, bang. Los cementerios del noroeste mejicano están llenos de lápidas con nombres de gente de la que alguien se fió una vez.

En este oficio, lo que mata es la envidia.

El Batman Güemes era tan peligroso, me habían advertido, que cuando subía a la sierra los coyotes encendían fogatas para que no se les acercara.

Ganó una feria jugándose la piel con vuelos al límite, de noche y de día: maniobras extrañas, aterrizajes y despegues en dos palmos de tierra y lugares inverosímiles, a fin de desviar la atención lejos de los grandes Boeing, Caravelles y DC8 que, comprados en régimen de cooperativa por los traficantes, transportaban en un solo viaje de ocho a doce toneladas con la complicidad de la policía, el ministerio de Defensa y la propia presidencia del Gobierno mejicano. Eran los tiempos felices de Carlos Salinas de Gortari, con los narcos traficando a la sombra de Los Pinos.

Entre otras cosas lo perdió la boca, que al cabo pierde hasta a los tiburones. Se apendejaba gacho alardeando de lo hecho y de lo por hacer. Mejor, solía decir, cinco años como rey que cincuenta como buey.

-Cuando se vive torcido -puntualizó el Batman Güemes aquella tarde, con la cerveza en una mano y el plato de carne asada en la otra- hay que trabajar derecho.

Aquí hay reglas, comentó. Uno no las elige, sino que se las encuentra hechas cuando entra. Todo es cuestión de reputación y de respeto. Igual que los escualos. Si flojeas o sangras, los demás te vienen encima. Esto es hacer un pacto con la muerte y la vida: equis años como un señor. Digan lo que digan, el dinero sucio quita el hambre lo mismo que el limpio. Además, proporciona lujo, música, vino y mujeres. Luego te mueres pronto, y en paz. Pocos narcos se jubilan, y la salida natural es la cárcel o el panteón; salvo los muy suertudos o muy listos que saben desmontar a tiempo, como Epifanio Vargas, por ejemplo, que se voló la barda comprando media Sinaloa y matando a la otra media, después se metió a farmacéutico y ahora anda en política. Pero eso es lo raro. Aquí la raza desconfía de quien llevando mucho tiempo en el negocio sigue en activo.

En Sinaloa, como en el resto de México, desde el patrullero en busca de mordida -chamarra cerrada para que no vieras el número de placa-, hasta el superior que cada mes recibía un fajo de dólares del narcotráfico, tratar con la ley era a veces meterse en la boca del lobo.

El santo Malverde había sido en vida mortal Jesús Malverde, el buen bandido que robaba a los ricos, decían, para ayudar a los pobres. Los curas y la autoridad nunca lo reconocieron santo; pero los curas y la autoridad no tenían ni idea de esas cosas, y el pueblo lo canonizó por cuenta propia. Tras su ejecución, el Gobierno había ordenado que no se diera sepultura al cuerpo, para escarmiento; pero la gente que pasaba junto al lugar iba poniendo piedras, una sola cada vez para no incumplir, hasta que de esa manera se le dio tierra cristiana, y luego se hizo la capilla y lo demás.

Elegir. Había creído estar a salvo de eso, al margen, mientras alguien lo hacía por ella. Tú tranquila, prietita -aquello era al principio-. Limítate a quererme, y yo me ocupo. Era dulce y cómodo.

Pero nadie se queda para siempre. Nadie está a salvo, y toda seguridad es peligrosa. De pronto despiertas con la evidencia de que resulta imposible sustraerse a la mera vida; de que la existencia es camino, y que caminar implica elección continua. O esto o lo otro. Con quién vives, a quién amas, a quién matas. Quién te mata. Queriendo o sin querer, cada cual recorre sus propios pasos. La Situación. A fin de cuentas, elegir.

A ti se te tiene como a una reina, o no se te tiene. Ni enchiladas haces; y para qué, habiendo restaurantes.

No había nada tan sucio en el mundo como esa indecisa penumbra gris de los amaneceres.

-Nunca me cuentas nada de México -dijo Santiago. Ella se apoyaba en él, poniéndose los zapatos. -No hay mucho que contar -respondió-… Allí la gente se chinga entre ella por el narco o por unos pesos, o la chingan porque dicen que es comunista, o llega un huracán y se los chinga a todos bien parejo.

-No pregunto. Sólo digo que no lo sé. Así fue el pacto. -¿Qué pacto? No recuerdo ningún pacto. -Nada de preguntas chuecas. Tú vienes, yo estoy. Tú te vas, yo me quedo. -¿Y el futuro? -Del futuro hablaremos cuando llegue.

Teresa había aprendido que lo malo no era la espera, sino las cosas que imaginas mientras esperas.

Aquella larga calma previa donde los pensamientos se convertían en el peor enemigo. Hasta la amenaza concreta, el eco hostil que aparecía de pronto en la pantalla de radar, el rugido del motor luchando por la velocidad y la libertad y la vida, la huida a cincuenta nudos con una patrullera pegada a la popa, los pantocazos sobre el agua, las violentas descargas alternativas de adrenalina y miedo en plena acción, suponían para ella situaciones preferibles a la incertidumbre de la calma, a la imaginación serena. Qué mala era la lucidez. Y qué perversas las posibilidades aterradoras, fríamente evaluadas, que encerraba lo desconocido.

Ningún miedo es insoportable, concluyó, a menos que te sobren tiempo y cabeza para pensar en él.

Si me gasto el dinero, tengo demasiados amigos o confío en mucha gente, nunca llegaré a viejo ni tendré nada de eso: cuantos más eslabones, menos puedes fiarte de la cadena.

Lo confesó una vez, al hilo de otro asunto. Nunca pude tenerme a flote, dijo. Me da raro.

La mitad de los gallegos no sabemos nadar, dijo al fin. Nos ahogamos resignados, y punto. Y al principio ella no supo si hablaba del todo en broma, o del todo en serio.

Siempre echaba una mano cuando podía, sin importarle en qué lado de la ley militase cada cual, en parte por relaciones públicas y en parte porque, pese a los resabios de su oficio, decían, no era mala gente.

Los críos jugaban a traficantes y guardias civiles en la orilla del mar, persiguiéndose con cajas vacías de Winston encima de la cabeza; sólo los más pequeños querían desempeñar el papel de guardias.

Unas veces se pierde, otras se gana, y otras se deja de ganar.

Teresa sentía la impotencia de todo cuanto no era posible.

Ojalá esta existencia intermedia entre la vida y la muerte, suspendida en lo alto de un extraño abismo, pudiera prolongarse hasta que un día yo pronuncie palabras que de nuevo sean verdad.

Se murió nomás, como todos nos morimos, pero antes.

Ata más pelo de coño que cuerda de esparto.

A quien empujas cuando subes por una escalera, puedes tropezártelo cuando bajas.

Trabajar con las manos, le había oído decir una vez, hace mejor al hombre. Te devuelve cosas que has perdido o que estás a punto de perder.

La vida era a veces tan hermosa que no se parecía a la vida.

Y razonó: qué voy a hacer ahora con el pinche barquito de vela que está sobre la mesa en la casa de Palmones, a medio hacer, y ya no lo terminará nadie. Y supo que estaba sola por segunda vez, y que en cierta forma era para siempre.

Detesto a esos bichos demasiado silenciosos y demasiado inteligentes para mi gusto -no hay nada como la estólida lealtad de un perro estúpido-;

No se trata sólo de leer libros, Mejicana, sino del placer físico y el consuelo interior que da tenerlos en las manos.

-Tengo un tesoro escondido, afuera -añadió Pati por fin. Teresa escuchó su propia risa antes de pensar que se estaba riendo. -Híjole -comentó-. Como el abate Faria. -Eso mismo -ahora Pati también se reía-. Pero yo no tengo intención de morirme aquí… La verdad es que no tengo intención de morir en ninguna parte. -¿Qué clase de tesoro? -quiso saber Teresa. Algo que se perdió y todos buscaron, y nadie encontró porque quienes lo escondieron están muertos… Se parece a las películas, ¿verdad? -No creo que se parezca a las películas. Se parece a la vida.

Lo único bueno de estar aquí es que no hay más de lo que hay, y eso evita pensar en lo que dejaste afuera. O en lo que aguarda afuera.

Lo que decimos nos aprisiona mucho más que lo que hacemos, o lo que callamos. El peor mal del ser humano fue inventar la palabra. Mira si no los perros. Así de leales son porque no hablan.

-En esta vida todo se paga -dijo tras pensarlo un momento-. Lo que pasa es que algunos pagan antes, otros durante y otros después…

A veces la suerte, de tanto jugar malas pasadas, termina poniéndote un piso.

A lo mejor ocurre que esto es la vida, se decía desconcertada, y el paso de los años, y la vejez, cuando llega, no son sino mirar atrás y ver la mucha gente extraña que has sido y en la que no te reconoces.

No hay dos libros iguales porque nunca hubo dos lectores iguales. Y que cada libro leído es, como cada ser humano, un libro singular, una historia única y un mundo aparte.

Necesitaba esperar a que amaneciera y analizarlo con la luz gris del alba, cuando tuviese miedo. Aquella noche todo parecía engañosamente fácil.

-Creo que hay sueños que matan -alumbraba alrededor, las paredes de piedra negra con pequeñas estalactitas en lo alto-… Más todavía que la gente, o la enfermedad, o el tiempo.

Siempre resulta fácil entenderse con un sinvergüenza. Lo difícil son los otros; pero de ésos hay menos.

Era la suya una sonrisa de las que hacen confiar, pensaba Teresa mirándolo. O desconfiar de tanto que te confías.

En esta clase de transas, cuando una tiene prisa lo rápido es caminar despacio.

-No siempre sé lo que es adecuado… Combinar es difícil. -Pues atente a una regla que no falla: mitad y mitad. Si de cintura para abajo vas provocativa o sexy, de cintura para arriba debes ir discreta. Y viceversa.

Entraron en aquella tienda. Era un comercio muy elegante, y las empleadas vestían uniformadas con faldas cortas y medias negras. Parecían ejecutivas de película gringa, pensó Teresa. Todas altas y guapas, muy maquilladas, con aspecto de modelos o azafatas. Amabilísimas. Nunca me habrían dado trabajo aquí, concluyó. Chale. La pinche lana.

Los zapatos son fundamentales, opinó en ésas Pati. Más que los bolsos. Recuerda que, por muy vestida que vayas, unos malos zapatos te hunden en la miseria. A los hombres se les perdonan, incluso, esas cochinadas sin calcetines que puso de moda Julio Iglesias. En nuestro caso todo es más dramático. Más irreparable.

-La ropa -prosiguió Pati, sin cambiar de expresión- debe adaptarse a cada momento. Siempre choca si estás comiendo y llega alguien con chal, o cenando y con minifalda. Eso sólo demuestra falta de criterio, o de educación: no saben lo adecuado, así que se ponen lo que parece más elegante o más caro. Es lo que delata a la advenediza.

A lo mejor, pensó de pronto, estaba dándole vueltas a algo que no era más que la vida.

De noche parece todo más serio.

Los amigos son buenos hasta que se vuelven malos. Entonces hay que actuar rápido. Pero existe un problema. Descubrir el momento exacto. Cuándo dejan de ser amigos. -Hay algo necesario. Sí. En este negocio -Yasikov se indicaba los ojos con los dedos índice y corazón-. Mirar a un hombre y saber en seguida dos cosas. Primera, por cuánto se va a vender. Segunda, cuándo lo tienes que matar.

Son los silencios propios, hábilmente administrados, los que hacen que los otros hablen.

Daba mucho frío ser libre.

Entiendo, aunque no lo justifique, que alguien que cobra un sueldo reducido vea la oportunidad si le dicen: oye, mañana cuando estés en tal sitio, en vez de allí mira hacia allá. Y a cambio pone la mano y obtiene un fajo de billetes. Es humano. Cada uno es cada uno. Todos queremos vivir mejor de lo que vivimos… Lo que pasa es que unos tienen límites, y otros no.

De esa mujer que acompañaba a su novio en la planeadora hasta la que yo conocí, hay mucho camino. Usted ha visto los reportajes de prensa, supongo. Las fotos en el ¡Hola! y demás. Se refinó mucho, obtuvo unos modales y una cultura. Y se hizo poderosa. Una leyenda, dicen. La Reina del Sur. Los periodistas la apodaron así… Para nosotros siempre fue la Mejicana.

Nunca dudes en público, había dicho Yasikov. Rodéate de consejeros, escucha con atención, tarda en pronunciarte si hace falta; pero después nunca titubees delante de los subalternos, ni dejes discutir tus decisiones cuando las tomes. En teoría, un jefe no se equivoca nunca. No. Cuanto dice ha sido meditado antes. Sobre todo es cuestión de respeto. Si puedes, hazte querer. Claro. Eso también asegura lealtades. Sí. En todo caso, puestos a elegir, es preferible que te respeten a que te quieran.

Lo que se había de cocer lo iban remojando. El miedo siempre es más intenso cuando eres capaz de imaginar lo que te espera.

Recuerda que, en este negocio, un problema sin resolver es como un cáncer. Tarde o temprano, mata.

Al final todos ganaban tanto dinero que nadie podía prescindir de ella. Ésa era su protección y su fuerza.

El miedo no hay que avivarlo de golpe, porque entonces puede convertirse en sorpresa o irreflexión y enloquecer a quienes creen que ya no hay remedio. Eso los vuelve imprevisibles y requetepeligrosos. El arte reside en infiltrarlo poquito a poco: que dure, y desvele, y madure, porque de ese modo se convierte en respeto. La frontera es sutil, y hay que tantearla suave hasta que encaja.

Hay responsabilidades pasivas que son tan graves como las otras. Hay silencios que no podemos excusarnos de haber escuchado con absoluta claridad. Sí. A partir de cierto momento en la vida, cada cual es responsable de lo que hace. Y de lo que no hace.

El desprecio lleva a la arrogancia, y a partir de ahí se cometen errores. El exceso de confianza quiebra más que los plomazos.

Resultaba bien extraño el afán de algunos hombres por establecer, aclarar, definir, justificarse, hacer cuentas que nadie pedía. Ninguna mujer necesitaba tantas chingaderas.

Estas cosas, dijo el abogado -de vez en cuando miraba a Teresa de soslayo, el aire pensativo-, empiezan con una noticia perdida entre los sucesos y terminan en titulares de primera página.

A veces la vida se desquita concediendo lo que deseas.

Tampoco yo sé adónde voy. Pues cuídate de no saberlo, Mejicana… Porque puedes llegar.

Lo normal en México es que quienes se roban el país lo guarden todo para ellos… El PRI pasó setenta años haciéndolo.

Todos hijos de su pinche madre, en guerras sordas por el poder y el dinero, los cárteles de la droga y los amigos de los respectivos cárteles y las distintas familias políticas relacionadas o no con la droga. Gobierne quien gobierne. México lindo, como de costumbre.

Del mismo modo que en otro tiempo lo fueron los corridos de la Revolución, los narcocorridos eran ahora la nueva épica, la leyenda moderna de un México que estaba allí y no tenía intención de cambiar, entre otras razones porque parte de la economía nacional dependía de aquello. Un mundo marginal y duro, armas, corrupción y droga, donde la única ley que no se violaba era la ley de la oferta y la demanda.

Todos los pinches hombres aspiraban a eso. Como el Güero Dávila. Como el mismo Pote. Como, a su manera, Santiago Fisterra. Figurar en la letra de un corrido real o imaginario, música, vino, mujeres, dinero, vida y muerte, aunque fuese al precio del propio cuero.

Devolvió cuidadosamente la foto a la cartera, apagó el cigarrillo en el cenicero, calculó los tres pasos que la separaban del váter, y tras recorrer con calma esa distancia se arrodilló para vomitar el tequila y el resto de sus lágrimas.

Los narcos y los policías son iguales pero no siempre, aunque a veces sí… ¿Me comprende?

La espera siempre resultaba peor que la bronca, por pesada que ésta fuese.

Uno sigue vivo hasta que deja de estarlo.

¿Qué ganas con perjudicarme? ¿Ayudar a esos gringos que consumen la mitad de las drogas del mundo mientras deciden, según les conviene, cuándo el narco es bueno y cuándo es malo? ¿A los que financiaban con droga a las guerrillas anticomunistas del Vietnam, y luego vinieron a pedírnosla a los mejicanos para pagar las armas de la contra en Nicaragua?

A lo mejor me río de puro miedo a morirme, dijo ella. O de miedo a que me duela mientras me muero.

También cuenta mentalmente la bala en la recámara y las quince en el cargador, el primer tiro en doble acción, un poquito más duro y luego los demás ya salen solos, y así uno tras otro, los cuarenta y cinco del parque de reserva que le pesan en los cargadores que lleva en los bolsillos de los tejanos. Hay para quemar, aunque todo depende de lo que traigan los malandrines. En cualquier caso, es la recomendación de Pote Gálvez, mejor irlo quemando de poquito a poco, patrona. Sin nervios y sin prisas, jalón a jalón. Dura más y se desperdicia menos. Y si acaba el plomo, tíreles mentadas, que también duelen.

Don Epifanio Vargas puede comprar a mucha gente, pero nadie puede comprar a todo el mundo.

Escuchando canciones de la rockola entre parroquianos bigotudos y silenciosos, lamenté carecer de talento para resumirlo todo en tres minutos de música y palabras. El mío iba a ser, qué remedio, un corrido de papel impreso y más de quinientas páginas. Cada uno hace lo que puede.

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