Viaje por las mentiras de la Historia Universal


Santiago Tarín

Viaje por las mentiras de la Historia Universal

Viaje por las mentiras de la Historia Universal


Ya sabemos que no todo lo que cuenta la historia es cierto, que se resaltan los acontecimientos que solemos calificar como “buenos”, mientras que ocultamos o disfrazamos aquellos que etiquetamos como “malos”. El autor nos da un repaso de algunos temas en los que esto se resalta, llegando incluso a la invención, con tal de obtener lo que se necesita de algún personaje o acontecimiento histórico. Calificación de 8.5

Incor: Comenzar algo, llevar a cabo los primeros trámites de un proceso, pleito, expediente o alguna otra actuación oficial.
Mendaz: Mentiroso.
Plugo: plació
Quisque: Vada uno.
Pichelingue: Pirata de mar
Baremo: Lista o repertorio de tarifas.
Pátina: Tono sentado y suave que da el tiempo a las pinturas al óleo y a otros objetos antiguos.
Acracia: Doctrina que propugna la supresión de toda autoridad.
Racanear: Rehuir el trabajo, vaguear
Hortera: Vulgar y de mal gusto.
Torna: Obstáculo, por lo general de tierra y césped, que se pone en una reguera para cambiar el curso del agua.
Panoplia: Armadura completa con todas las piezas.
Sármata: Natural de Sarmacia, región de la Europa antigua.
Vituallas: Conjunto de cosas necesarias para la comida, especialmente en los ejércitos.
Solio: Trono.
Égida: Protección, defensa.
Pecunio: Dinero
Mesnada: Compañía de gente de armas que antiguamente servía bajo el mando del rey o de un ricohombre o caballero principal.
Tartufo: Hombre hipócrita y falso.
Pábulo: Aquello que sirve para mantener la existencia de algunas cosas o acciones.
Puridad: Claramente o sin rodeos.
Aluminosis: Degradación de las construcciones hechas con cementos que contienen sales de aluminio en calidades o proporciones inadecuadas.
Zafiedad: Cualidad de zafio (Tosca o vulgar).
Garrulo: Dicho de una persona: Rústica, zafia.
Gabela: Tributo, impuesto o contribución que se paga al Estado.
Cenutrio: Torpe o estúpido.
Petimetre: Persona que se preocupa mucho de su compostura y de seguir las modas.
Murga: Líquido oscuro y fétido que sale de las aceitunas cuando están apiladas antes de la molienda, y cuando, al extraer el aceite, se las exprime con auxilio del agua hirviendo.
Solfa: Melodía y armonía
Estío: Verano.
Boyardo: Señor ilustre, antiguo feudatario de Rusia o Transilvania.
Alisios: vientos fijos que convergen hacia el ecuador, con inclinación al nordeste o al sudeste, según el hemisferio en que reinan.
Zahorí: Persona perspicaz y escudriñadora, que descubre o adivina fácilmente lo que otras personas piensan o sienten.
Brete: Aprieto sin efugio o evasiva.

La verdad es una y las mentiras son infinitas.

Uno de los preceptos que primero se imparte en las ciencias es que el pensamiento evolucionar y que una teoría es válida hasta que no se encuentre otra que la desmienta o mejore.

Mentir causa estrés, miedo, esfuerzo o activación psicológica que desencadenan una serie de expresiones que se pueden observar si se es avezado en estas lides. Incluso la neurología ha puesto su granito de arena, pues expulsar una bola por la boca provoca un aumento de la actividad metabólica en determinadas partes del cerebro. En el mismo sentido, un trabajo de la Universidad de Carolina del Sur aseguró que los mentirosos compulsivos tienen menos materia gris.

Como periodista asistía al juicio de un hombre que había matado a su esposa. Tras la tragedia se reveló una vida enmascarada. Él había sido prejubilado tras una crisis industrial, pero su pareja le hacía permanecer fuera del domicilio, durante todo el horario laboral, a fin de que el vecindario no pudiera deducir la edad que tenían. El jubilado inexistente pasaba las mañanas en un parque, dando de comer a las palomas, hasta que un día, por una fútil discrepancia, apuñaló a su mujer. La mentira es un fenómeno muy extendido. En principio podemos coincidir en que culturalmente no la aceptamos, hasta el punto de que los seres normales sufren alteraciones psicológicas cuando hacen uso de ella. La sociedad, respecto a ella, vive inmersa en la esquizofrenia: mientras no la encuentra tolerable, convive naturalmente con ella. Sin embargo, los que la estudian como fenómeno aceptan que es un hecho que todos mentiríamos más si no tuviéramos miedo a que nos pillaran. O sea, que a veces nos disuade el temor a ser descubiertos, no el freno moral al engaño. Incluso hay quien mantiene cierto desprecio por la verdad. Ahí está la sabiduría popular, que reserva para los niños, los locos y los borrachos el privilegio de decirla.

La gran paradoja es que en la sociedad de las comunicaciones, de Internet y de las libertades individuales cada vez puede ser más costoso discernir lo cierto de lo mendaz. Hay tanta información que lo difícil no es acceder a ella, sino separar el grano de la paja.

La historia miente más que habla, y es que en no pocas ocasiones se emplea como arma ideológica o como excusa. Los gobiernos aluden a conceptos como seguridad nacional o razón de Estado para escudarse y no dar cuenta de sus actos.

De un lado está el papel del que miento, pero de otro el del que es engañado, que a veces transige con la farsa por comodidad, aceptando un bien común superior que surge de actuaciones poco clara. Para invadir Iraq se emplearon excusas como la fabricación de armas de destrucción masiva o el sustento del terrorismo de Al Qaeda. Al poco se constató que no era cierto. Pero se sigue expresando que el engaño está bien, porque Occidente iba a salir beneficiado, ya que la situación geopolítica iba a mejorar sustancialmente, lo que tampoco ocurrió.

También existen dudas sobre si hubo un solo Homero o varios, pues no está totalmente claro si la Ilíada o la Odisea fueron obra de una sola pluma o se trata de la compilación de las gestas y epopeyas cantaras por varios rapsodas. La tradición habla de una especie de trovador ciego y vagabundo que recopiló, en el siglo VIII a.C., 15 693 versos provenientes de la tradición oral y que relataban una guerra ocurrida cinco siglos antes de que él, o ellos, naciera. De esta forma, ¿es factible decir que la Troya de Petersen es poco fiable históricamente? ¡Si ni siquiera sabemos si podemos fiarnos de Homero! La Ilíada y la Odisea son dos bellísimas creaciones, dos epopeyas que han sobrevivido siglos y que siguen cautivando, pero tampoco hay que tomarlas como una verdad sin matices.

Nos encontramos en la España de los Austrias, que equivale a decir una nación perpetuamente empeñada en guerras de religión. Lo que el Imperio sacaba de sus colonias americanas se lo gastaba en pagar los intereses a banqueros italianos que financiaban las aventuras militares de los monarcas y en pagar regimientos de mercenarios.

Se sigue idealizando la figura del salteador, porque seguimos prefiriendo que sean personas que no tuvieron más remedio que escoger este camino, aunque la verdad es que muchos buscaran la vida fácil. Es triste, pero lo más probable es que nunca hubiera arqueros de calzas verdes que buscaran por todos los medios un mundo mejor y más justo.

El ladrón que no se convierte en un revolucionario acaba siendo un delincuente común y corriente o un sicario del poderoso. Quien no sigue este camino es añorado. Esos que no lo hacen son recordados: “no pueden abolir la opresión. Pero demuestran que la justicia es posible y que los pobres no tienen por qué ser humildes, impotentes y dóciles. Por eso Robin [Hood] no puede morir, y se le inventa incluso cuando no existe”.

Lo hermoso de los misterios es que nunca se aclaren del todo.

Yo no acato la autoridad de nadie si no viene acompañada por una razón.

Quien impuso la moda de la bandera negra con cráneo y tibias fue un pirata francés (amigo, la moda siempre viene de París), llamado Emmanuel Wynne, quien la hizo ondear por primera vez frente a Santiago de Cuba al asaltar un barco español.

El pirata era el asaltante del mar cuyo único objetivo era el latrocinio. El corsario también atacaba barcos, pero con las limitaciones impuestas por un documento, la patente de corso, que le extendía la autoridad de su país, y que le amparaba en sus acciones, por lo menos en su nación. En cuanto al bucanero, el origen etimológico de la palara hay que buscarlo en el término buccan, de la lengua de los indios arahucos, de la que se deriva bucannier (francés) y bucanner (inglés). A principios del siglo XVI, aventureros y contrabandistas franceses, ingleses y holandeses se aposentaron en puntos de las Antillas, fuera del alcance de los españoles. Se ganaban la vida cazando reses salvajes que ahumaban en parrillas (que los indios y vendiendo este alimento a los barcos. Vivían desperdigados, pero se unían para hacer incursiones por mar, lo que les dio el nombre de “la hermandad de la costa”. […] Finalmente, filibustero deriva del inglés freebooter y del holandés vrijbueter, que en francés se transforma en filibustier, que significa merodeador.

No hay presa, no hay paga. (¿Será un precedente del capitalismo salvaje?) El reparto se estipulaba antes de partir, lo mismo que las compensaciones que se recibirían en caso de resultar heridos. En este particular baremo (hoy existe algo similar para cuantificar la indemnización por accidente de tránsito), lo más valorado era perder el brazo derecho, luego el izquierdo, seguido de piernas, ojos y dedos. También se reflejaban allí las condiciones que debían regir los destinos de la sociedad de ladrones del mar una vez embarcados, y se plasmaba en un documento por escrito que era de obligado cumplimiento para todos. No se han podido conservar muchos contratos de este tipo, pero sí existe el que usó el capitán Bartholomew Roberts. En él se puede leer cómo están prohibidas las peleas a bordo y que las discrepancias se debían solventar una vez en tierra firme, ya sea a espada o pistola. De la misma forma se prevé un castigo para el que deje su puesto en el combate: o la muerte o el abandono en una isla desierta, otro clásico de la mitología del pirata. De todas formas, no todo era tan igualitario y persistían prejuicios similares al mundo que expoliaban, por ejemplo en el trato dado a los esclavos negros, que seguían siendo encaminados a los trabajos más ingratos.

La leyenda y el mito han cubierto con una pátina de romanticismo a los piratas, incluso a los más sangrientos. Nunca fueron una acracia de hombres libres y su propósito fue el crimen, el latrocinio y el enriquecimiento, sin ideales patrióticos ni fines altruistas. Pero, amigos, el lado oscuro tiene su atractivo, y más si a los malhechores perversos los representan tipo como Errol Flynn o Burt Lancaster; que sólo son malos una temporadita y además se llevan a la chica; héroes de celuloide atractivos, osados y aguerridos.

En cuanto a lo de las cabelleras hay mucho que discutir. No existe un acuerdo entre todos los eruditos respecto a si las tribus indias se lo hacían a sus enemigos, vencidos o no. Una línea de investigadores asegura que sí, si bien reconoce que no era un hábito muy extendido. Por ejemplo, en 1503, el explorador Jacques Cartier describe esta costumbre entre los iroqueses. Sí que existe pleno acuerdo sobre dónde aprendieron no pocas tribus esta práctica y quiénes fueron los que la generalizaron: los primeros colonizadores y, en particular, aquellos a quienes se les llamó puritanos por su rígida conducta. Como ironía, no está mal.

Karl Marx, en El capital, recoge cómo en 1703 los puritanos de Nueva Inglaterra hicieron uso de un acuerdo de su asamblea legislativa, por el cual cada cabellera de indio valía 40 libras esterlinas. Con los años, el precio subió e incluso se amplió el premio por mujeres y niños. Según esta misma fuente, el Parlamento británico, una de las cunas de la democracia moderna. Declaró que la caza de hombres a os que se dejaba sin pelo “eran recursos que Dios y la naturaleza habían puesto en sus manos”. Un poco más tarde, en 1755, una proclama de Jorge II, “rey por la Gracia de Dios de Gran Bretaña e Irlanda y rey defensor de la fe”, consolidaba la práctica y decía que “por la presente exijo a los súbditos de Su Majestad que aprovechen todas las oportunidades para perseguir, matar y destruir a los indios”. No deja de ser curioso cómo los hombres aluden al Altísimo para justificar sus barbaridades y ponerlas en su boca. Por cierto, en esa época había tribus amigas y otras enemigas; pues bien, nadie ha podido dejar claro cómo se discernía el pelo de uno y de los otros: más bien se pagaban todas por igual, sin distinguir la clasificación efectuada del origen del infortunado con el que habían usado el corte.

Buena parte de la épica de la nueva nación se escribió por encima de los americanos primigenios: el pueblo indio; una cultura donde la propiedad era comunal y donde todo el mundo tenía derecho a casa, comida, crianza y educación; y si se era huérfano, de ello se ocupaba la tribu. […] El cine a justificado las tropelías contra ellos, como en otras ocasiones la historia disculpa barbaridades para justificar el alumbramiento de una nueva y luminosa civilización. Un autor estadounidense que escribió sobre los indios relató que en 1915 cenó con Bufalo Bill en Washington, y que éste le dijo: “Nunca conduje una expedición contra los indios que no me avergonzara de mí mismo, de mi gobierno y de mi bandera, porque ellos tenían siempre la razón y nosotros no. Ellos nunca rompieron un tratado, y nosotros nunca respetamos ninguno”. Era una cultura simple, muy apegada al lugar donde moraban y puede que carente de mayores aspiraciones. Y lo expresaban de manera emocionante, como el gran jefe de los Duwamish, Seattle, que envió un mensaje al presidente de EE.UU., Franklin Pierce, en respuesta a la proposición de vender su territorio: “Nosotros somos una parte de la Tierra, y ella es parte de nosotros. […] Lo que acaezca a la Tierra, también le acaece a los hijos de la Tierra. […] Pero quizás es porque yo sólo soy un salvaje y no entiendo nada”.

Fritz Julius Lenz. Fue el hombre que disparó el primer torpedo de la contienda. La Segunda Guerra Mundial se inició el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de Polonia. En ese momento, el teniente de navío Lenz mandaba el U-30. El 3 de septiembre de 1939. A las 48 horas de iniciarse el conflicto, el U-30 navegaba a unas 200 millas de la costa de Irlanda cuando avistó un buque. Lenz pensó que era un mercante armado y lo hundió. Pero no era así. Era el Athenia, un trasatlántico que hacía un viaje chárter con personas evacuadas desde Liverpool hasta Montreal. A bordo iban 14818 personas, entre tripulantes y pasajeros, incluidos 300 estadounidenses. Murieron 28 personas. Lemp se llevó una bronca del mismo Hitler, que temió que este incidente atrajera a Estados Unidos a la guerra en Europa.

Para que los matemáticos de la Estación X pudieran descifrar completamente los códigos [de la máquina Enigma] les faltaban algunas piezas, y se las proporcionó la dotación del destructor Petard. El 30 de octubre de 1942, este navío se enfrentó al submarino U-559 en el Mediterráneo, cerca de Port Said, en Egipto. Cuando el sumergible fue alcanzado de lleno, su capitán ordenó abandonarlo. Entonces, el oficial al mando del Petard mandó a la nave germana al tenienete Anthony Fasson, a un marinero y a un ayudante de la cantina que nadaran hasta él y se apoderaran de todo el material secreto que pudieran. Fasson y el marino pudieron entrar, pero no salir, y se hundieron con el U-559, pero Tommy Brown, el pinche, regresó al Petard con rodillos de Enigma y los libros que permitieron a los especialistas de Bletchley Park terminar con los secretos de Enigma. […] Se desarrolló un proyecto de inteligencia llamado Ultra, cuyo fin era descifrar todas las comunicaciones de las tropas del Eje. Para ello crearon una máquina llamada Colossus, de un tamaño que ahora, en el tiempo de los microchips, resultaría ridículo, pues ocupaba una habitación. En los trabajos para poner en marcha Colossus y desvelar los secretos de Enigma tuvo un papel relevante el matemático y lógico Alan Mathison Turing, el hombre que en 1950 sentó las bases de la inteligencia artificial y que tuvo un triste fin. El 31 de marzo de 1952 fue detenido y juzgado por mantener relaciones homosexuales. El 8 de junio de 1954, su asistenta le halló sin vida en su habitación. Había fallecidos el día anterior por ingestión de cianuro. El dictamen oficial fue suicidio.

Pero la historia de ambos tiene algo en común: los dos se dieron un paseíto por Afganistán. Claro que eso fue antes del año 2001, cuando los miembros de Al Qaeda, que tenían sus bases en ese país, derribaron las Torres Gemelas y atacaron el Pentágono. Porque Rambo y Bond se fueron allí para ayudar a los afganos, que eran descritos como nobles islamistas luchadores por la libertad en contra de los pérfidos rusos. Seguro que ahora no harían lo mismo. ¡Jesús, hay que ver cómo cambian los tiempos!

Una de las razones estratégicas que algunos analistas esgrimieron para explicar la ocupación rusa fue frenar el efecto de la revolución jomeinista de Irán e impedir que se extendiera a las repúblicas socialistas centroasiáticas. Diez años después y miles de vidas perdidas más tarde, los soviéticos se retiraron en 1989, sin someter a los islamistas y señores de la guerra que habían sido apoyados por Estados Unidos. Afganistán fue el Vietnam de la Unión Soviética.

La nación asiática es ahora conocida por sus señores de la guerra, por producir amapola como si fuera algodón y por haber dado cobijo a los talibanes y a los campos de entrenamiento de Al Qaeda, la organización terrorista culpable de las masacres de las Torres Gemelas, de los trenes de Madrid y del metro de Londres. Una coalición internacional lo invadió en busca del jefe supremo de los terroristas, Osama Bin Laden, que en su día fue apoyado por la CIA en su lucha contra la Unión Soviética. Ya no es tiempo de héroes de celuloide: seguro que ni Bond, James Bond, ni Rambo, John Rambo, vuelven por allí a dar una ayudadita a los mujaidines. Y es que todo ha cambiado. Rambo ha dejado las boinas verdes para buscar otra vez el horizonte del boxeo con Rocky; y al nuevo James Bond, Daniel Craig, le partieron dos dientes cuando filmaba su primera escena de acción. Hubo que llamar de urgencia a su dentista, que, por su las moscas, les dejó otras seis muelas de repuesto. ¡Cómo cambian los tiempos, Señor! Pero en el horizonte se atisba una nube de esperanza. En febrero de 2006, Frank Miller declaró que iba a editar una novela gráfica del superhéroe del cómic Batman, en la que el hombre murciélago se dedica a perseguir integristas islámicos. Miller fue explícito al explicar el argumento en una presentación en San Francisco: “¡Batman le patea el culo a Al Qaeda!”. Y también añadió: “pues claro que es propaganda. Superman luchó contra Hitler. El Capitán América también. Para eso están. Son nuestros héroes”. ¡Aún quedan esperanzas para derrotar villanos!¡Tiembla, Osama, que llega Batman!

Los que tenían derecho al voto (maticemos que en la Antigüedad el sentido de los términos derecho al voto o democracia no es el mismo que en la actualidad, ni siquiera en las avanzadas Grecia o Roma) elegían a dos magistrados que recibían el nombre de sufetes. Los candidatos a generales del ejército también tenían que someterse a plebiscito. Su panteón estaba comandad por Él, una deidad de concreto nombre que presidía una suerte de parlamento de seres sobrenaturales y que se había casado con otra de su condición (Asherat). LA estupenda pareja tenía un hijito también divino, Baal. Pero no todo era belleza y concordia: parte de la leyenda negra se sustentó en la existencia de una práctica cruel, el molo, que consistía en el sacrificio ritual de hijo primogénito.

Políticamente, que es casi lo mismo entonces que religiosamente, cinco grupos dominaban la escena: fariseos (que defendían la validez de la ley oral), saduceos (que sólo observaban las reglas de la Torá), herodianos (partidarios de la dinastía del Grande), zelotes (que se oponían a la dominación romana) y esenios (una secta que practicaba la comunidad de bienes y el celibato).

Además de ser recordado como asesino de niños, Herodes el Grande fue un afamado constructor de ciudades (Cesarea Marítima y Sebaste) y fortalezas (Herodión o Masada); y dedicó graneds esfuerzos a embellecer y engrandecer el Templo de Jerusalén.

Cuando desapareció del mapa [Herodes el Grande], en ese año 4 a.C., se produjeron violentos disturbios en la zona, lo que provocó la intervención de Roma, que dividió el territorio en cuatro partes, distribuidas entre vástagos del rey desaparecido, que por ello fueron conocidos como tertrarcas (pues mandaban sobre una cuarta parte, una tetrarquía, del anterior Estado): para Arquelao, la zona que englobaba las regiones de Judea (que fue el centro administrativo del antiguo reino del mismo nombre y donde estaba la capital, Jerusalén), Samaria e Idumea; para Filipo, Iturea y Tracónide; y para Herodes Antipas, Galilea y Perea.

Tácito, en el libro XV de sus Anales, se refirió a Nerón y aseguró que mandó incendiar Roma y que luego cargó las culpas a los cristianos, a los que por cierto, el propio escritor detestaba. Dejando de lado los prejuicios de Tácito contra Nerón y los Julios-Claudios y la dudosa veracidad histórica de su versión sobre el famoso incendio de la capital, el escritor nos aporta la primera mención pagana de Jesús: “Aquel de quien (los cristianos) tomaban nombre, Cristo, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilatos”. Al margen de que Pilato no fue procurador (un cargo eminentemente civil con responsabilidades fiscales) sino prefecto (un cargo militar y político, que en las provincias era asimilable a gobernador), es la primera noticia fiable que hay sobre su existencia en fuentes romanas, aunque no se dice nada de la vida de Jesús, de sus enseñanzas o de por qué fue ejecutado.

Un cuerpo de escritos que está compuesto sobre todo por los Evangelios Canónicos (incluidos en el canon del Nuevo Testamento), cuatro textos elaborados, según opinan los expertos, entre sesenta y cien años después de la muerte de Cristo, y que se atribuyen a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, siendo también éste el orden en que se cree que fueron redactados. Los tres primeros son denominados sinópticos, debido a las coincidencias en las grandes líneas, mientras que el que más difiere, y el que tiene mayor carga teológica, es el de Juan. Todos recogían la tradición oral, que era la cultura predominante en la Galilea de esos tiempos, donde el porcentaje de la población que sabía leer era pequeño. En Mateo y Lucas se puede observar el rastro de lo que se llama sentencias “Q” (de la inicial de la palabra alemana quelle, que quiere decir fuente). Se trata de 230 versículos que originalmente se escribieron en griego y que son las noticias más antiguas sobre el Nazareno, si bien no es una narración biográfica, sino que conciernen más a la carga espiritual. Luego hay otros conjuntos de documentos en griego que data del siglo II y que consta de 114 sentencias o parábolas que se inician con la fórmula “Jesús dijo”. Provienen de la tradición oral y puede que incluso sea anterior en su formulación a los canónicos. También está el de Pedro, donde se ofrecen datos sobre la pasión y muerte; o el de Santiago, donde se habla de la infancia. En las fuentes cristianas hay que incluir también las cartas de Pablo y un grupo de papiros (que se han denominado Egerton u Oxirrinco).

No hay ejecuciones dulces y mucho menos las que se llevaban a cabo en la Antigüedad. Pero entre todos los métodos, la crucifixión era de los peores. Los romanos no fueron los únicos en emplearla (por ejemplo, hay constancia de que también los cartaginenses lo hicieron), pero fundamentalmente la conocemos por ellos. Era un suplicio terrible e infamante, que se aplicó hasta finales del siglo IV a esclavos que delinquían o a reos de rebelión. Había varias modalidades, que siempre partían de colocar al condenado asido a un travesaño que se elevaba sobre un tronco hundido en la tierra. La víctima era sostenida o bien con cuerdas o bien clavando sus manos y sus pies a la madera; y podía ser que le pusieran con la cabeza hacia arriba o apuntando al suelo.

Ser un mito tiene sus ventajas. La principal, que el hombre queda desprovisto de sus defectos y sólo trasciende su grandeza, su carácter épico. Peo no muchos tienen derecho de entrada a este mundo donde no cuenta cómo fueron, sino cómo se les evoca. De hecho, ni siquiera importa si ellos algún día existieron.

Así son los artistas, unos adaptadores de la realidad a su conveniencia narrativa.

¿Quién era ese hombre, ese líder que el tiempo convirtió en mito y que ahora conocemos como Arturo? Parece que existió, pero no es fácil encontrarlo. Uno de los mayores eruditos en la materia, Carlos Alvar, apunta que en Britania el nombre de Arturo se hizo popular a la hora de bautizar niños, y eso que no es originario de la isla, por lo que cabe inferir que la leyenda del héroe provocó que perviviera en la imaginación popular. Pero lo cierto es que hay varios candidatos, si bien cabe reseñar una primera cuestión: no todos moraron al mismo tiempo: entre unos y otros hay, incluso, siglos. El primero, incluso anterior al derrumbe definitivo del Imperio. Se trata del comandante de un destacamento romano en Inglaterra, que se llamó Lucius Artorius Castus. Este hombre sofocó una rebelión en el siglo II usando como arma principal la caballería, lo que daría luego lugar a toda la panoplia de caballeros armados. […] Hay indicios de la presencia de una comunidad sármata en Inglaterra, que mantuvo sus costumbres y religión, y que al mando de Lucius Artorius Castus sofocó un levantamiento de los pictos. Por cierto, el lugar donde estaban acuartelados se llamaba Camboglanna, que enlaza fonéticamente con la batalla de Camlan y, también, con Camelot, el castillo del Arturo mítico. Y aún un detalle más, según Matthews: la raíz de la palabra Excalibur, la espada de Arturo, podría ser sármata.

La muerte de Arturo es un texto que tiene historia y prehistoria y talvez por eso Felipe Mellizo ha dicho de él que es uno de esos libros “que se escriben para ser escritos, más que para ser leídos. Son los libros que, sin duda, escribe el espíritu universal, temerario del hombre. No se me ocurre que pueda haber otra forma de inmortalidad”.

Poco importa quién fue en realidad, ésa es la ventaja de ser un mito, que no sabemos cómo fue en realidad. John Steinbeck, un escritor hechizado por su leyenda, escribió en una carta a su editora: “Arturo no es un personaje. Y acaso es oportuno considerar que tampoco lo son Jesús, ni Buda. Acaso las grandes figuras simbólicas no pueden ser personajes, porque si lo fueran no nos identificaríamos con ellas”. Quizás algún día un galés esté cavando en su jardín y encuentre una tumba, o las pistas que permitan conocer quién fue, cómo se llamó y cuáles fueron los actos del Arturo de la historia real. Pero casi mejor que no, porque entonces igual nos enteramos que fue un hombre sin escrúpulos y con la mano ligera para dar muerte a sus semejantes. Mejor no saber nunca quién fue Arturo, que se quede como está. Que Arturo continúe siendo ese mito con ribetes trágicos que se enfrenta solo a su destino, sabiendo que su último acto será morir y a pesar de ello no huye de su suerte. Ahí está la grandeza del mito, que halla en su derrota personal la forma de vencer a su sino. Por eso Arturo traspasa el tiempo y nos llega como el mejor de los caballeros, el rey de la Tabla Redonda.

Los mongoles se articulaban fundamentalmente teniendo en cuenta tres referentes: tribu, clan y familia. Mientras que en la familia y el clan privaba el parentesco, la tribu no era exactamente una unión por antepasados comunes, sino más bien por intereses coincidentes. Además, los jefes no siempre eran una cuestión dinástica, puesto que la obediencia ciega sólo funcionaba en tiempo de guerra y cuando había paz era posible que un jefe fuera depuesto por sus gobernados. Quien elegía a los dirigentes era una asamblea de nobles, el xuriltai. Hay que referir también que la mujer tenía un importante papel en la comunidad, a pesar de que la poligamia estaba permitida a quien pudiera mantener varias esposas. Ellas tenían un rol trascendente en la política, en la administración de los rebaños familiares y en la guerra. […] Esta suerte de neoliberalismo mongol, donde un jefe no tenía el puesto de trabajo asegurado únicamente por su linaje, benefició a Temujin, quien además se vio favorecido por otra institución, el nökör, cuya traducción podría ser camarada, y que se plasmaba en que los guerreros podían renunciar a la lealtad a su tribu y unirse a un jefe que les inspirara más confianza.

Por lo que respecta a las leyes, se sabe que Gengis reunió en un único código a la tradición de la estepa, el llamado “Gran Yasa”, y que después fue la base de las leyes que se promulgaron en los territorios dominados por los grandes kanes. El texto íntegro se perdió, aunque han llegado hasta nosotros fragmentos que permiten conocer qué normas rigieron la vida de la sociedad mongol. Por ejemplo, que el matrimonio entre miembros del mismo clan estaba prohibido y que el derecho penal conocía sólo tres delitos: el homicidio, la violación de una mujer casada y el robo. Para los tres supuestos había una misma pena: la muerte, que sólo se podía aplicar si había delito flagrante o confesión del acusado. Además, en determinadas circunstancias, la condena podía sustituirse por el resarcimiento económico del perjudicado.

En el combate, era frecuente que sus regimientos fingieran retirarse para provocar que los adversarios se confiaran e iniciaran una persecución, que en el momento oportuno se transformaba en una trampa: en el instante preciso la caballería daba la vuelta y envolvía a los perseguidores, que entonces se convertían en víctimas a la defensiva. Por último, hay que señalar que Gengias Kan y sus generales eran gente que aprendían rápido y no despreciaba nada, puesto que todo aquello de la organización y armamento de los vencidos era rápidamente asimiliado para sus tropas.

Fueron una de las dinastías [la estirpe de Gengis Kan] más capaces de todas las que alguna vez han gobernado un gran imperio. Demostraron poseer una combinación de genio militar, valor personal, versatilidad administrativa y tolerancia hacia otras culturas no igualada por ningún otro linaje europeo de gobernantes hereditarios.

Los condotieros. Esta palabra deriva de condota, que significa, lisa y llanamente, contrato. La sociedad italiana se había transformado notablemente y en las ciudades había surgido una nueva clase dirigente, burguesa, mercantil y comercial que no se deleitaba con la espada. En cambio, la antigua nobleza optó por alquilarse para combatir por otros. En palabras de Marcel Brion, era, para ellos, “una profesión honorable y lucrativa que les procuraba, además del beneficio, los rudos placeres que sus ancestros saboreaban de forma gratuita”. La cosa era sencilla: cada contratante se interesaba por el número de soldados de caballería e infantería, por su origen (pues se distinguía entre ellos por sus especialidades) y se discutía la artillería a emplear. Una vez fijado el precio, quien pagaba se desentendía del asunto y se dedicaba a sus menesteres.

En el horizonte apareció otro ilustre, el capitán en quien Maquiavelo vio encarnadas no pocas de las virtudes que quería para su príncipe, a pesar de su mala fama, la negra reputación de los suyos y sus nulos escrúpulos para proceder. Estamos hablando de César Borgia.

Volvamos a Maquiavelo y a los trances en que se vio inmerso. Tras sus embajadas a la corta de Francia, su regreso a Florencia y su boda, se le requirió para un nuevo cometido: explorar las intenciones, y de paso intentar frenarlas, de un capitán que amenazaba las fronteras de la república: César Borgia. Ambos se vieron por primera vez en junio de 1502, y desde ese momento se entrevistarían unas treinta veces. Si Maquiavelo tomó nota del esplendor de la monarquía francesa y de la austeridad y disciplina del emperador germánico, el Borgia impactaría como ningún otro diplomático florentino. En él vio esas virtudes que debería reunir el líder que estaba buscando, pues era un hombre de acción, un caudillo que no dejaba nada para mañana y que sabía perfectamente cómo usar su fuerza, cómo modular el miedo que infundía y cómo ganarse el respeto de sus administrados, a pesar de que empleara métodos no demasiado sutiles. […] Hay hombres que puede decir que su padre es cura, pero muy pocas personas pueden presumir de que es Papa. César Borgia, sí. […] Al principio se le encarriló hacia la carrera eclesiástica y se le dio la condición de cardenal (lo que da idea de que ostentar tal distinción, en esos tiempos, por muy renacentistas que fuera, no era sinónimo exactamente, de amor y servicio a Dios), si bien se inclinó por la profesión militar. Así se convirtió en el brazo armado de su padre y de las huestes vaticanas.

César Borgia, además, usaba dos recursos que le daban muy buenos resultados para negociar. El primero, que sus palabras atemorizaban, pero sus silencios más. El segundo, que pese a que hablaba mucho, nunca les decía nada. Tras cada conversación, los enviados salían con la sensación de que su interlocutor no les había expresado nada con claridad: solo quedaban las insinuaciones y sus gestos, que sí dejaban bien a las claras sus pretensiones. Sólo tras muchos rodeos puso sobre la mesa sus pretensiones: una condota; o se le pagaba o se atenían a las consecuencias; o se estaba con él o contra él.

La historia demuestra que es muy difícil agitar la autoridad ante las narices de alguien sin que éste no acabe ejerciéndola.

Julio II no tenía nada que ver con los Borgia. Como Papa quiso restituir la integridad de los Estados Pontificios a la Iglesia, en lugar de que fueran un feudo de la familia valenciana, y para ello llevó en una mano el cetro de Pedro y en la otra la espada. (Este es el Sumo Pontífice que formó la Guardia Suiza, este regimiento tan vistoso que podemos ver en los actos del Vaticano y formado íntegramente por helvéticos).

Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.

La naturaleza de los pueblos es muy poco constante: resulta fácil convencerlos de una cosa, pero es difícil mantenerlos convencidos.

A los hombres se les ha de mimar o aplastar, pues se vengan de las ofensas ligeras, ya que de las graves no pueden: la ofensa que se hace a un hombre debe ser tal que no haya ocasión de temer su venganza.

Quienes practican la virtud se convierten en príncipes; obtienen el principado con gran dificultad, pero lo mantienen fácilmente.

Debéis saber, pues, que hay dos maneras de luchar, una mediante las leyes, la otra mediante la fuerza. La primera es propia del hombre, la segunda de los animales. Pero, puesto que la primera muchas veces no es suficiente, es necesario recurrir a la segunda.

Los chinos no tuvieron mucho interés en difundir lo que ocurría en su patria; un rasgo que ha perdurado durante siglos y que explica el por qué, por ejemplo, sus viajes colonizadores fueron escasos. Ellos eran el centro del universo y por lo tanto no había por qué buscar fuera lo que ya existía en casa.

Los egipcios se han dado cuenta de que no están solos en el mundo y de que además son vulnerables, y por ello han estado prácticamente bajo la férula de reyes extranjeros. Por ello adoptaron armas y técnicas de otras naciones, como el carro de guerra. Y eso también influyó en las relaciones entre el poder y los súbditos, que pasaron a llamar a sus monarcas con el nombre de la mansión que habitan, la gran casa, una palabra que traducida es faraón. Por tanto, en puridad, el Egipto faraónico se inició con el Imperio Nuevo, si bien por extensión todos los soberanos del país han sido llamados faraones, sobre todo por la influencia de los textos del Antiguo Testamento. Y también citar una curiosidad: se produce la primera huelga de la historia. Cerca de Tebas se levantó el pueblo de Dayra al-Madina, un recinto amurallado donde residían todos los trabajadores que se empleaban en cavar las tumbas reales (y no todos eran esclavos). Durante el reinado de Ramsés III (1198-1166 a.C.), los obreros y artesanos dejaron el pico en casa, en protesta por la corrupción de la administración y el retraso en la percepción de los jornales. Tras una semana de incidentes, se les abonaron los atrasos y volvieron al tajo.

La publicidad y la propaganda son armas de la política occidental, pero fueron usadas con enorme habilidad por este hombre que llegó del Este, y que amenazó y socavó definitivamente los cimientos del Imperio romano, afectados ya de una galopante aluminosis. No fu él quien puso punto y final a la historia de Roma, pero sí quien inició la redacción del último párrafo de su biografía, protagonizada por unos mediocres emperadores. Los eruditos modernos discrepan de la leyenda de Atila, que si bien es cierto que fue un caudillo sin escrúpulos a la hora de la batalla, también fue un dirigente perspicaz, un político inteligente y un líder que, lejos de la sevicia y zafiedad que le atribuyen numerosos cronistas, amaba la cultura y detestaba los excesos.

El historiador godo del siglo VI Jordanes escribió que el cuerpo del príncipe fue encontrado sin ninguna señal de heridas. Sus hombres colocaron sus restos mortales en medio de la llanura, mientras galopaban alrededor suyo para alegrar su corazón. Los guerreros cantaron un himno en el que se ensalzaba a Atila, hijo de Munzuk, señor de los pueblos más heroicos. Sus seguidores se cortaron el pelo y se causaron heridas en el rostro, para que el caudillo no fuera llorado por las mujeres, sino por la sangre de los valientes. Su cadáver fue depositado en un ataúd de oro, introducido luego en uno de plata y por último en un tercero de hierro; símbolo de que el caudillo había cobrado tributos de dos imperios (el romano de Occidente y Oriente; el oro y la plata) y que los había conseguido por la fuerza de las armas (el hierro). Finalmente, para que nadie pudiera saber dónde descansaba eternamente, se ejecutó a quienes lo sepultaron.

En realidad los historiadores actuales saben que Atila no era un cenutrio, sino un hombre inteligente, culto y no carente de refinamiento, que utilizaba su mala fama como un arma psicológica, pues usaba el terror para evitar batallas y propiciar rendiciones o acuerdos antes de la pelea, con el consiguiente ahorro de vidas humanas en sus ejércitos (los de los rivales a fuerza de ser sinceros, le importaban poco).

El Emir de África del Norte, Musa ben Nusayr, se dio cuenta de las posibilidades que tenía la tierra de más allá del Estrecho y la posible poca resistencia que encontraría, y escribió una carta al califa de Damasco, en la que elogia la “belleza del al-Andalus, sus méritos, sus riquezas, la variedad de sus regiones, la abundancia de sus cosechas y la dulzura de sus aguas” y solicitaba permiso para iniciar la invasión. El líder máximo de los musulmanes aconsejó enviar primero un pelotón para explorar y así se destacó una primera fuerza de quinientos hombres que desembarcaron cerca de Tarifa, comandados por Tariq, y que exploraron el terreno, saquearon lo que pudieron y luego volvieron a casa sin ser demasiado importunados. En el año 711, lo que llegó ya fue un primer cuerpo expedicionario, que desembarcó en Algeciras (según algunas fuentes, el 28 de abril), que se hizo fuerte en Gibraltar (que quiere decir “la roca de Tariq”) y aguardó el momento de enfrentarse a los godos.

Lo importante de un viaje no es simplemente ir, sino volver y contarlo para que otros puedan aprovechar las experiencias de los pioneros. […] Y ésta es la trascendencia de Marco Polo: antes de él, la ruta entre Occidente y Oriente era un abismo; tras su Libro de las maravillas, una autopista señalizada.

Farsante o sincero, fabulador o notario de lo que vio, Marco Polo dejó su huella en la historia. Su libro influyó en las nociones geográficas de su tiempo, como en el Atlas Catalán editado en 1675. Dos siglos después de su muerte, el relato de Marco Polo era aún la mejor herramienta disponible para el conocimiento de China y los países de los que habló. Un lector compulsivo de su texto fue otro viajero trascendental, Cristóbal Colón, e incluso se asegura que parte delos cálculos erróneos que le llevaron a América en lugar de a Catay obedecieron a seguir las instrucciones del veneciano. Hoy en día es difícil encontrar a alguien que no sepa quién es Marco Polo y es tan fuerte su magnetismo que ha eclipsado a todos aquellos que emprendieron su ruta antes que él, incluso a su padre Nicolás y su tío Mateo, a los que sólo menciona para citar su leyenda. Y acaso ya no importe si a la postre estuvo en China o hizo todo lo que cuenta, porque el mérito no es ser el primero, sino contarlo. La historia también es propaganda. Los que caminaron por la misma senda antes no se preocuparon mucho de testimoniar sus andanzas y no sirvieron a los que posteriormente se beneficiaron de la experiencia, aunque fuera fingida o exagerada, del inmortal mercader veneciano. En este sentido, las peripecias de Marco Polo y la de Colón son paralelas. El viajero abrió a Occidente las puertas de Oriente; el almirante descubrió a los europeos que existía otro continente que ya había sido hollado, pero que nadie hasta entonces le había importado. La vida está llena de personas que fueron precursores en su tiempo y en su trabajo, pero de los que no se acuerda nadie, porque lo que cuenta no siempre es hacer o cómo lo haces, sino que se sepa lo que has hecho o lo que tú presumes de haber realizado.

Voltaire, en su Diccionario filosófico de 1764 se ocupa del asunto, y describe que “estos vampiros eran muertos que salían por la noche de sus cementerios para venir a chipar la sangre de los vivos, ya fuese del cuello o del vientre, después de lo cual iban a meterse de nuevo en sus tumbas. Los vivos succionados adelgazaban, palidecían, caían consumidos y los muertos chupadores engordaban, tomaban color rojo, estaban verdaderamente apetitosos. Era en Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria, en Lorena, donde los muertos comían tan bien. No se oí hablar de vampiros en Londres ni en París. Reconozco que en estas dos ciudades hubo agiotistas que chuparon en pleno día la sangre del pueblo, pero éstos no estaban muertos aunque sí corrompidos. Estos verdaderos chupadores no residían en los cementerios, sino en palacios muy agradables.”

Mientras tuvo poder, Vlad democratizó la crueldad, pues no distinguió entre nobles y plebeyos a la hora de difundir el terror, la principal arma en que sustentó su dominio. Su principal recurso era empalar gente. Por eso su país lo bautizó como Tepes, el Empalador. En su haber se cuentan 100 000 ejecuciones; un porcentaje tremendo si se tiene en cuenta que el país contaba con medio millón de habitantes. Prácticamente dos ciudades enteras sufrieron esta suerte: Brasow (30 000 víctimas) y Sibiu (10 000). Aquellos boyardos que eran un estado dentro del Estado también probaron su medicina. Invitó a trescientos a un banquete y tras una comida opípara, y una bebida aún más abundante, los detuvo y los convirtió en un bosque de cuerpos y estacas. Cuando los turcos llegaron a las puertas de Tirgoviste (la capital de Valaquia), encontraron a todos los ciudadanos de este origen y a todos los que se enfrentaron a Vlad en esta situación. Pero no sólo se prodigó en la guerra (tras la batalla, llenaba cestos con las narices y las lenguas de los enemigos fallecidos), su sevicia era cotidiana. A un emisario que no se descubrió ante él, le clavo el sombrero a la cabeza. Tampoco entendía de etnias o razas. Trató a los gitanos igual que a príncipes: reunió a una de sus comunidades, asó vivos a dos de sus miembros y al resto les dio a escoger entre la parrilla o el ejército.

Lo importante de los viajes no solamente es ir, sino que lo trascendente es volver y contarlo.

[Colón] también trajo una novedad que con los años hizo furor y creó una moda, pero que ahora le costaría un proceso contra la salud pública. Estamos hablando de una planta que consumían los nativos de esas tierras y que se conoce como tabaco.

La peripecia de Colón contiene dos paradojas. La primera, que el almirante no se bajó nunca del burro y murió plenamente convencido de que había llegado a Asia, no de que había topado con otro continente. Y, la segunda, que casi parece una burla del destino, es que este nuevo mundo no lleva su nombre, sino el de otro navegante, también trascendente: Américo Vespucio. Nacido en Florencia en 1454 y fallecido en Sevilla en 1512, era miembro de una influyente familia de esta república italiana y dedicó sus mayores esfuerzos a encontrar un paso marítimo con el que acortar la circunvalación de las tierras recién halladas. No sabemos exactamente cuántos viajes hizo y tenemos que guiarnos por las cartas que él mismo escribió, donde habla de cuatro. Recorrió la nueva costa desde el actual México hasta la Patagonia sin hallar el anhelado estrecho. ¿Por qué, entonces, hablamos de un continente llamado América, si no fue de hecho un triunfador? Pues porque en una de estas misivas hablaba de un nuevo mundo, y en 1507 un cartógrafo alemán llamado Martin Waldseemüller publicó un adaptación del atlas de Ptolomeo, acompañado de un mapa y un globo terráqueo donde el nuevo continente se le daba el nombre de América; decisión que provocó no pocas discrepancias por parte de quienes menospreciaban, no sin parte de razón, el papel del florentino en el descubrimiento. Pero lo cierto es que él se quedó con todo un continente y Cristóbal Colón sólo con un país: Colombia.

La falsificación de obras de arte ha contado con entusiastas tramposos, que finalmente, en el colmo, han llegado a realizar exposiciones con sus manipulaciones. Ahí está Elmyr de Hory, nacido en el seno de una acaudalada familia húngara en 1906 y que tuvo una vida aventurera. Residió en París y fue detenido por los nazis. Consiguió huir de forma sensacional: vio una puerta abierta y se marchó disimulando, aprovechando un descuido.

En toda la obra de Conan Doyle no aparece jamás la frase “elemental, querido Watson”; sólo hay una expresión parecida en un párrafo de El perro de los Baskerville. Como todo un buen mito, se ha ido adornando con el tiempo. Tampoco su famoso sobrero figura en los relatos, es un adorno del dibujante del Strand. Y la pipa también es añadida, la usó por primera vez un actor teatral en 1920.

Thomas Midgley, un ejemplo de negación de la evidencia. A este ingeniero su oficio se le quedó pequeño y le dio por innovar y profundizar en las aplicaciones industriales de la química, de forma que halló que un compuesto llamado tetraetilo de plomo reducía que parte de la gasolina de los motores de combustión interna explosionarara a destiempo, cosa que hizo público en 1921, cuando trabajaba para la General Motors. El plomo es un neurotóxico, que entonces tenía numerosas aplicaciones y que era muy barato. Y también muy peligroso. Tres grandes empresas de Estados Unidos comenzaron a emplear el tetraetilo en los carburantes, a pesar de que un número significativo de los trabajadores que lo manipulaban enfermaran. Entre ellos, estaba el mismo inventor, que tuvo que tomarse unas largas vacaciones en 1924 para reponerse, cosa que mantuvo oculta. Pero ni así se bajó del burro, como tampoco para defender las bondades de otro de sus hallazgos, los clorofluorocarbonos (para los amigos CFC). Este gas resultó muy útil para una amplia variedad de aparatos, desde los aires condicionados hasta los aerosoles. Pero la nueva portación de Middley también resultó muy dañina, porque perjudicaba seriamente al equilibrio atmosférico. Thomas Midgley tuvo una muerte absurda, propiciada por uno de sus inventos. Tras quedarse paralítico a los 51 años por causa de la polio, ideó un sistema que, mediante poleas motorizadas, le ayudaba a levantarse de la cama. En 1944, se enredó en las cuerdas de su artilugio y se estranguló él solo. Murió a los 55 años, convencido de que era una persona que había contribuido a mejorar el mundo y que el CFC era un gran descubrimiento. La eliminación de los CFC por su influencia en el calentamiento de la Tierra n ose ha conseguido totalmente, a pesar de las demostraciones meridianas en este sentido, pero los intereses industriales aún pueden enfrentarse a los del ser humano. Y eso de que dos químicos, Sherwood Roland y Mario Molina, demostraron fehacientemente que los CFC eran causantes del agujero de la capa de ozono, trabajo que les valió el premio Nobel de su especialidad en 1995. Pero el fracaso de la inteligencia al que lude Marina parece difícil de rebatir. Tal vez por eso, Rowland –que fue muy criticado por su apocalíptico mensaje- explicó que cuando se avalaron sus estudios nunca gritó eureka, se fue a casa y cuando su esposa le preguntó cómo iban las cosas, respondió; “el trabajo va muy bien: parece que efectivamente se acaba el mundo”.

Desde Chile se coordinó el avieso “Plan Cóndor”, que consistió en la coordinación de los dictadores del Cono Sur para perseguir a sus enemigos, en una suerte de mercado común del terror de Estado, donde no se estaba seguro en ningún lugar del continente.

Pinochet protagonizó un proceso judicial sin parangón al ser detenido por solicitud de Garzón en Inglaterra. Un debate seguido en todo el mundo concedió la extradición del déspota a España, pero finalmente fue enviado a Chile por motivos de salud. El general salió de Londres en silla de ruedas, pero su país obró el milagro, pues al pisar Santiago se levantó y andó como un Lázaro contemporáneo.

En agosto de 1944 se celebró una reunión en la que estuvieron los líderes económicos y Martin Bormann (uno de los allegados al Fhürer), Wilhem Canaris (jefe de inteligencia) y Albert Sperr (ministro) para poner a salvo todo aquello que se pudiera, y uno de los enclaves era América del sur. ¿Puede extrañar, pues, que tantos nazis fueran descubiertos por aquellos parajes? Hagamos una sucinta relación. Una de las vías de escape hacía el otro lado del Atlántico fue España. En Galicia funcionó una red llamada La Araña, que ponía a los evadidos fuera del alcance de los perseguidores. Por el oeste español se fue Josef Mengele, el siniestro médico que buscaba una raza perfecta. Llegó a Argentina, donde incluso se entrevistó con el presidente del país, Juan Domingo Perón. Acosado por los que querían que respondiera de sus pecados, se ocultó luego en Paraguay para terminar sus días en 1979, ahogado en una playa brasileña. Argentina fue el refugio de numerosos nazis, que contaron con la aquiescencia del peronismo para instalarse allí. Investigaciones periodísticas destaparon que desde allí se enviaron a España siete mil quinientos pasaportes en blanco, para que los alemanes pudieran llegar a su tierra. De eso se aprovechó Walter Kutschmann, un oficial de las SS culpable de asesinatos en los campos de concentración, en especial del fusilamiento de un grupo de profesores universitarios polacos. Entre 1945 y 1947 vivió en Vigo y se dice que se camufló bajo los hábitos de un monje carmelita. Con el nombre de Pedro Ricardo Olmo se instaló en la ciudad Argentina de Olivos, donde junto con su esposa se unió a una sociedad protectora de animales. Él, en concreto, se ocupó de la eliminación de perros vagabundos, y lo hizo de una forma que conocía bien: los metía en cámaras de gas. Fue descubierto por Simon Wiesenthal en 1975. Permaneció huido hasta 1985 y un año después murió de un infarto mientras se discutía su extradición Otro tipo con similitudes era Rauff. También se llamaba Walter y también se había dedicado a las cámaras de gas (perfeccionándolas y convirtiéndolas en móviles, instaladas en camiones, lo que permití una mayor eficiencia en el exterminio, como pudieron comprobar en sus propias carnes doscientas mil víctimas. Se instaló en Chile y murió en 1984. Otros casos emblemáticos fueron Adolf Eichmann, uno de los padres de “la solución final”, capturado por el Mossad en Buenos Aires en 1960, llevado a Israel y ejecutado allí; Erick Priekbe, responsable de la masacre de las Fosas Ardeantinas, en Roma, donde fusiló a 335 civiles en represalia por una acción de la resistencia, detenido en Bariloche, deportado a Italia y condenado a cadena perpetua; o Klaus Barbie, conocido como “El Carnicero de Lyon”, que se escondió en La Paz, Bolivia, donde fue descubierto por dos cazanazis en 1983. Extraditado a Francia, se le impuso cadena perpetua en 1987. En 1991 murió de cáncer en prisión.

Son como las capas de una cebolla, cuanto más quitas, más ganas tienes de llorar.

El silencio no deja de ser una adornada fórmula de falsificar la historia. Actualmente son muchos los historiadores que opinan que los hechos no son nunca blanco o negro y que la historia es un proceso social que debe ser continuamente revisado.

Nunca dejes que la realidad te destruya una buena noticia.

Los periodistas no deben suplir a los jueces, fiscales, policías o políticos, pero sí están obligados a mantenerse vigilantes ante los posibles excesos o errores, y difundirlos por la condición inherente e irrenunciable del oficio, del mismo modo que el médico tiene el deber de curar enfermos por muy mal que le caigan.

La corrupción del lenguaje implica la gangrena de las ideas. Sí, en los discursos políticos abundan términos, recogidos y aceptados por los medios de comunicación, como ingeniería financiera o “contabilidad creativa” (en lugar de, simplemente, estafa o robo), “daños colaterales” (para justificar la muerte de civiles en conflictos), “guerra preventiva” (para argumentar acciones militares sin razón) o “asesinato selectivo” (que parece menos grave que atentado). En países que no están e guerra se habla de procesos de paz, grupos totalitarios que usan los explosivos y tiros en la nuca emiten comunicados aludiendo a la democratización de la sociedad (entendiendo eso como el conjunto de lo que piensan lo mismo) y grupos que dicen tener en su norte a Dios le metan para disculpar que vuelan vagones de metro o derriban rascacielos llenos de gente que no saben ni quiénes son. Un último ejemplo, citado por José Antonio Marina en l inteligencia fracasada: llamamos patriotismo al sentimiento que uno siente hacia su propio país, pero podemos llamar peyorativamente “nacionalismo” al patriotismo que otra gente siente por el suyo.

El mundo está siempre en peligro de ser infectado por la mentira y más cuando las palabras se trivializan, y más en sociedades democráticas. Ahora bien, no podemos perder de vista una cosa: por mucho que nos enfademos, por mucho que nos critiquemos, nunca las sociedades occidentales habían sido más prósperas y más justas. Nunca Europa había progresado tanto en todos los sentidos como tras la derrota del nazismo. Nunca España había sido como ahora, treinta y un años después de la muerte de Franco, tan rica y boyante como en democracia. Hay que recordarlo cuando hay quien se apunta a rememorar la bondad de situaciones pretéritas: se trata de mejorar el sistema y profundizar en él, no de cargárselo. En la democracia hay políticos corruptos, pero hay muchas posibilidades de saberlo y denunciarlo, aunque se vayan de rositas. En la unión Soviética, en la España franquista, en la Argentina de los militares, en Cuba, en rabia Saudí o en Corea del Norte, no. El New York Times o el Washington Post han publicado reportajes falsos y se han equivocado, pero lo han reconocido, lo han dicho y han modificado posturas.

Lo peor de los pecados no es que existan, e ignorarlos o desconocerlos.

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