Historia de Jesús


Xabier Picaza

Historia de Jesús

Historia de Jesús


Muy interesante libro en la que el autor comenta la vida de Jesucristo a la luz de los Evangelios, pero considerando datos que en una lectura inicial, pasan desapercibidos. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 1, un libro con más de 500 páginas. En este caso 671 páginas. Con esta lectura, por fin se finaliza el reto iniciado en enero de 2016. 4 meses y medio de atraso, pero es que la carga laboral fue mucha.

Lacónica: Breve.
Jerosolimitano: De Jerusalén o relativo a esta ciudad israelí.
Concordismo: Sistema de conciliación entre los textos de la biblia y los conocimientos científicos modernos, en especial del Génesis.
Orante: Que ora.
Culmen: Punto más alto de una cosa:
Levirato: Institución de la ley de Moisés, que obliga al hermano del que murió sin hijos a casarse con la viuda.
Mojón: señal que sirve de guía.
Hégira: Era musulmana que se cuenta desde el 15 de julio del año 622 d. C., día de la huida de Mahoma de La Meca a Medina.
Logion: frase breve de la divinidad.
Decurso: Sucesión o continuación del tiempo.
Hoya: Concavidad u hondura grande formada en la tierra.
Iconoclasta: Contrario al culto a las imágenes sagradas.
Inconsútil: Sin costuras.
Teofanía: Manifestación de la divinidad al hombre.
Osario: Lugar destinado en las iglesias o los cementerios para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas.

Se llamaba Jesús (en hebreo Yeoshua, Dios-Salva), como el primer conquistador israelita (Josué = Jesús). Era judío de Galilea y nació en torno al 7-6 a.C. (los que fijaron el calendario común o cristiano se equivocaron, suponiendo que había nacido el año 1 d.C.). Fue campesino de origen y artesano de oficio, no letrado (escriba, hombre de letras), de manera que quizá no leía de corrido, pero no se le puede llamar analfabeto, pues, como veremos, tenía una intensa conciencia social y conocía bien las leyes y costumbres de su pueblo, de manera que discutió por ellas con otros maestros y líderes sociales. Fue trabajador como su padre, y creció en contacto una realidad social y religiosa que, a su juicio, se oponía a las promesas de Israel y oprimía a los hombres.

Supo que había llegado el fin de la opresión, y que la lucha decisiva por la nueva historia de Dios (y de los hombres) no era militar (contra Roma), sino humana, contra el Diablo, manifestado de un modo especial en los posesos, y expresado en la injusticia económica, representada por Mamón. Su fuerte programa se hallaba fundado en la certeza de que Dios es Padre, y quiere que los hombres acojan su Reino salvador, viviendo y compartiendo la vida como hermanos.

Fundó un grupo de Reino, familia de amigos e hijos de Dios, con los pobres y los excluidos, con quienes abrió un camino de humanidad (Reino de Dios), iniciando una estrategia de pan compartido, perdón, amor mutuo y reconciliación.

No buscó dignidades, sino que actuó simplemente como hijo de hombre, ser humano, para crear una familia o hermandad universal, fundada en la palabra el Reino y en la vida compartida.

Llegó [a Jerusalén], rodeado de un grupo de discípulos, que compartieron su proyecto, pero no su forma de realizarlo, a la ciudad sagrada para instaurar públicamente su Reino, esperando que Dios le respondiera. Otros prometían prodigios espectaculares (división del Jordán, caída de los muros de Jerusalén…), él solo ofreció el signo de su vida, al servicio de los pobres, y entró como rey de paz, enviado de Dios, sobre un asno, anunciando el final del templo.

Su historia puede dividirse en tres tiempos y lugares: Discípulo y colaborador de Juan en el Jordán; profeta del Reino de Dios en Galilea; pretendiente mesiánico en Jerusalén, donde fue crucificado.

Recibió el nombre y la tarea del conquistador israelita (Jesús/Josué), pero vivió a la luz de otras figuras venerables, como Moisés (Ley), Elías (Profecía) y David (Reino). Las dos primeras aparecen a su lado en el pasaje programático de la transfiguración (cf. Mc 9,2-9).

Jeremías criticó el antiguo templo y se opuso a la política de guerra de los «nobles» judíos, pero pudo escapar de la muerte porque lo ayudaron luego algunos amigos influyentes. […] Jesús era más radical que Jeremías pues no buscaba una simple purificación del templo, ni una política social y militar más justa, sino el fin de este templo y la instauración de un Reino de Dios, por encima de todos los pactos políticos; lógicamente no tuvo amigos que pudieran defenderlo.

Josefo […] pudo ofrecer una visión fiable de la situación de Palestina en el siglo 1 d.C. En ese contexto destaca su texto sobre Jesús (testimonio flaviano), interpolado por copistas cristianos (párrafos en cursiva y entre corchetes), pero que conserva un núcleo auténtico: «Apareció en este tiempo Jesús [un hombre sabio, si en verdad se le puede llamar hombre]. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, lo siguieron. [Este era el Cristo (el Mesías)]. Algunos de nuestros hombres más eminentes lo acusaron ante Pilato. Este lo condenó en la cruz. Sin embargo, aquellos que antes lo habían amado, no dejaron de hacerlo después. [Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de él esta y otras mil cosas maravillosas]. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido». (Ant XVIII, 63-4).

Sus discípulos, sin luchar externamente contra los sacerdotes o los soldados del césar, crearon una iglesia o comunidad religiosa que se extenderá no solo en el imperio de Roma, sino por otras partes del mundo, a las que no había llegado ni Roma.

Para no caer en manos de Herodes y los partidarios de Roma, un anciano héroe (¡de los que ha dado siempre Israel!), mató a sus siete hijos (¡número simbólico, como el de 2 Mc 7), los despeñó por la roca, y mató también a su mujer, antes de lanzarse él mismo al vacío «prefiriendo la muerte a la esclavitud».

En el año 6 d.C., siendo Jesús un adolescente de unos 13 años, se produjo en el país la segunda oleada contra Roma. Esta vez las consecuencias fueron más graves que las anteriores. Nuevamente el centro del estallido fue Galilea, donde vivía Jesús, por lo que él debió de haber conocido todos los detalles de estos disturbios. El iniciador fue un maestro religioso, llamado Judas el Galileo, y la causa fue el cambio de administración del sur del país, es decir, las provincias de Judea, Samaria e Idumea. Hasta entonces estaban regidas por un gobernador judío, pero en el año 6 los romanos lo destituyeron por mal comportamiento, anexaron el territorio a Roma y empezaron a administrarlo directamente a través de un Prefecto. Para ello crearon un nuevo impuesto llamado tributum soli (impuesto a la tierra). El sumo sacerdote de Jerusalén acató la medida para evitar males mayores y ordenó aceptarla. Pero Judas (¡hijo de Ezequías, el de Arbela!) desoyó la orden y reaccionó enérgicamente contra ella. Aunque había nacido en Gamala, al norte de la Galaunítide, y por lo tanto no le afectaba el nuevo impuesto, se trasladó a Jerusalén y desde allí empezó a exhortar a la población a no pagarlo. El argumento que esgrimía era claro: Dios es el único dueño de la tierra; por lo tanto, el emperador no tiene derecho a cobrar impuestos sobre el suelo de Israel. La insurrección de Judas no era militar, como las anteriores, sino pacífica. Judas no pretendía proclamarse Mesías, sino que quería el reconocimiento de Dios como rey del país, y de sus derechos sobre la tierra. Era, pues, un movimiento «teocrático», religioso, no violento, que buscaba imponer ideas, no estructuras. Pero al cuestionar un impuesto de Roma, desairaba la autoridad imperial, y con ella su presencia en Palestina. Por lo tanto, los romanos lo consideraron peligroso. Además, había logrado captar la aceptación de todo el país. Por eso lo persiguieron, lo atraparon, y lo mataron sin contemplaciones (Hch 5,37). Mientras tanto el adolescente Jesús, con sus 13 años, aprendía de su padre José cómo ser un buen artesano en el taller de Nazaret… ¿O aprendía también otras cosas de la historia real de su pueblo?

Lo que define a Jesús como enviado e Hijo de Dios no es el lugar de nacimiento (Belén o Nazaret), ni su posible concepción virginal, sino su filiación divina (es el Logos de Dios) y su entrega total por el Reino haciéndose carne, esto es, plenamente humano.

Jesús ha nacido hacia el año 6 (quizá el 7) a.C., pero es imposible fijar la fecha exacta, aunque la tradición posterior (tomando como referencia la fiesta del Sol) se ha inclinado por el 25 de diciembre, a pesar de que ese tiempo y ese día parecen ir en contra del relato (simbólico, no histórico) de Lc 2,8, donde se afirma que los pastores de Belén hacían por turnos la guardia del rebaño, al cielo abierto de la noche. Ese es un tiempo de frío y de lluvias, y es poco probable que hubiera pastores al raso en el campo. Solo a partir de la primavera velan los pastores al raso en la noche. Sea como fuere, ese día ha sido introducido en la iglesia como fecha de nacimiento de Jesús a partir del siglo IV. Antes se habían propuesto otras fechas, sin insistir en ellas, y sin celebrar una fiesta especial de nacimiento (la fiesta cristiana era la pasca, bien definida a partir del siglo II d.C.). Pero, tras la crisis arriana (contra el rechazo de la divinidad de Jesús), los cristianos ortodoxos empezaron a celebrar la fiesta del nacimiento «divino» de Jesús, y lo hicieron el 25 de diciembre, en el solsticio de invierno, fecha en que el Sol Invicto dejaba de «caer» (inclinarse) en el horizonte y recomenzaba a crecer (en el hemisferio norte), iniciando el nuevo año solar. Así nació Jesús y así nace cada año.[…] Actualmente, por razón de ajuste del «calendario gregoriano» (que no ha sido aceptado por todas las iglesias), la Navidad de Jesús se celebra en fechas distintas entre los cristianos de oriente y occidente.

[El censo] Lc 2,1-4 ha vinculado al nacimiento de Jesús en Belén. Por Flavio Josefo sabemos que ese censo (que no fue universal) no pudo realizarse al nacer Jesús (hacia al 6 a.C.), reinando Herodes (que murió el 4 a.C.), sino doce años más tarde, hacia el 6 d.C., tras la muerte de Arquelao, cuando el gobierno de Judea pasó directamente a Roma. Pero a Lucas no le importa la exactitud puntual, sino el sentido teológico del censo, que encuadra a Jesús en la maquinaria imperial de Roma. En ese sentido, es igual que el censo haya sido anterior o posterior (total o parcial), pues Lucas no quiso ofrecer una crónica de los hechos, sino una historia teológica: Jesús nació censado y morirá condenado por Roma.

El evangelio de Juan, que conoce sin duda la «historia» de la concepción por el Espíritu, ha prescindido de ella, no para negarla, sino para decir lo mismo de otro modo, pues lo que importa no es la forma externa en que Jesús nació, sino el hecho de que, siendo un hombre de la historia, él es la misma Historia/Palabra de Dios, Logos divino hecho carne, es decir, esencia y vida humana.

[Mateo] Supone que Jesús ha desbordado el plano de la «buena» historia israelita, pues añade que proviene de cuatro mujeres irregulares y sufrientes, poseídas por hombres poco ejemplares, de manera que él se inserta en el ancho espacio de la historia universal de exclusión y sufrimiento, pues ellas fueron rechazadas por la familia (Tamar), no integradas en el grupo (Rahab), exiladas (Rut) o adúlteras (mujer de Urías). Jesús aparece así por ellas como Mesías de los rechazados de la sociedad.

Jn 7,15: ¿Cómo sabe este de letras sin haber estudiado, es decir, sin haber seguido un curso en la línea de la tradición letrada? Ciertamente, él sabía «letras», pero en profundidad, desde la experiencia de su propio grupo y de su vida, desde las tradiciones profundas de Israel, de manera que podía ofrecer una interpretación profundamente judía de la vida, aunque distinta de la ofrecida por los rabinos de escuela.

Jesús ha sido campesino sin tierra; no formaba parte de una estirpe sacerdotal probablemente acomodada, como la de Juan Bautista (cf. Lc 1) o F. Josefo (según su Autobiografía), sino que era pobre efectivo, un marginal, un marginado. No se enfrentó a los poderes dominantes desde arriba, ni pidió limosna, ni se limitó a mejorar con pequeños retoques lo que había, desde el interior del sistema, pero inició una mutación social (por revelación de Dios), precisamente desde aquellos que, como él, carecían de poder y tierra, desde la escuela de pobreza y trabajo alienador de millones de personas, que dependían de aquello que otros quieren ofrecerles.

No fue un carpintero rico y acreditado, con trabajo seguro y tiempo libre para argumentar sobre temas de Ley, sino un artesano dependiente, sin acceso a tierra propia, ni pensador de tiempo libre, dispuesto a mejorar en lo posible lo que existe, sino un profeta en tiempo de opresión, teniendo que buscar y descubrir a Dios desde unas circunstancias sociales marcadas por la comercialización herodiana (romana) de los campos, que empezaban a depender de las ciudades y los nuevos ricos.

Jesús no fue purista, ni condenó en bloque el comercio, ni rechazó a los publicanos (recaudadores), pero quiso que la acción económica y el dinero estuvieran al servicio de los pobres, de forma que solo Dios fuera divino. En esa línea, su proyecto implicaba una transformación sociorreligiosa, con lo que ello implica de interpretación de la ley, en clave profética. No fue reformador, como algunos fariseos empeñados en mejorar las relaciones económicas, sino profeta radical, en la línea de la tradición israelita, pues un dinero que no sirve a los hombres se vuelve mamona, el dinero absolutizado, idolatría concreta que destruye al hombre.

No fue un artesano influyente, en la línea de Jeroboam, «joven decidido a quien Salomón puso al mando de los obreros de la construcción (cf. 1 Re 11,28), que pudo iniciar un levantamiento y fundar un nuevo reino (cf. 1 Re 12). Tampoco fue un jefe de sindicatos obreros, para liderar una revolución social, con toma de poder, como muchos a lo largo de los siglos XIX y XX, con la creación de un partido político triunfante, sino un portavoz de los más pobres, sin más posesión que su trabajo (o su falta de trabajo), no para tomar el poder, sino para cambiarlo (superarlo). Así se distingue de gran parte del movimiento cristiano posterior, que será básicamente urbano, de manera que los no cristianos se llamaran paganos (de «pago», campo), habitantes de aldeas, que no han aceptado el nuevo orden social cristiano.

Antipas mata a Juan porque ha tenido miedo de las implicaciones sociales de su mensaje. De un modo semejante, Pilato ejecutará a Jesús.

Lc 3,10-14 se sitúa en la línea de Josefo, condensando la enseñanza de Juan en tres proposiciones. 1) Norma universal: «Quien tenga dos túnicas, que dé una a quien no tiene, y quien tenga comida que hágalo mismo». 2) Norma para publicanos: «No exijáis nada fuera de los fijado». Juan supone que hay un orden establecido, y pide a los «responsables» económicos que lo cumplan. 3) Norma para soldados: No hacer violencia, actuar como ministros de paz; no extorsionar a nadie, ni utilizar el poder para servicio propio; contentarse con la paga.

También Juan acogía a publicanos y prostitutas (cf. Ct 21,32), pero no para comer con ellos, sino para ofrecerles conversión. Jesús, en cambio, come con ellos en señal del Reino (cf. Lc 19,2-8)

Jesús (y los cristianos/mesiánicos): a) No ayunan: Rechazan una visión penitencial de la vida, tomando las comidas como signo de Dios, en apertura a los pobres, sin distinción de pureza-impureza (cf. Mc 6,34-46; 8,1-8). b) Comen y beben, en medio de un mundo injusto, no para avalar la injusticia, sino para ratificar la revelación de Dios (el Reino), compartiendo los panes y los peces (multiplicación) con los necesitados, por alegría y solidaridad, pues es tiempo de bodas (el novio está con ellos: Mc 2,19). c) No rechazan ningún alimento. En principio, conforme a la inspiración de Jesús, comen todo, superando así, como Juan (pero en otra línea) las leyes de pureza farisea (cf. Mc 7,15-19).

[Jesús] había empezado recreando el proyecto bautista de Juan, pero después puso en marcha el suyo, que ya no se centraba en el bautismo para perdón de los pecados, sino en el anuncio del Reino de Dios.

Juan Bautista había seguido confirmando la gran separación entre cielo y tierra. Y una separación semejante había descubierto Jesús en el fondo de la experiencia de dureza y muerte que marcaba la forma de vida (y sufrimiento) de los galileos (cf. Gen. 3). El mismo Jesús había acudido donde Juan y había recibido su bautismo porque se hallaba dominado (como aplastado) por esa gran separación, pidiendo a Dios que descargara su juicio sobre la historia de los hombres, para volverse, para que el resto de los «liberados» de la ira pudiera vivir cerca de Dios. Pues bien, ahora, tras el bautismo, descubre (Is 63,19) que el cielo se rasga, como si cayera la gran cortina/muro que separa a Dios de los hombres, un tema que culmina con la muerte de Jesús, cuando se rasga (con la misma palabra: skhidsein) el velo del templo que separa a Dios de los hombres (cd. Mc 15,38). Esta es la nueva experiencia, la tarea de Jesús: Romper la separación que divide a Dios de los hombres, descubriendo así que el mismo Cielo (Dios) ha de expresarse en la vida humana. Eso significa que ya no hay necesidad de más bautismos (como los de Juan), porque el velo de la gran distancia se ha roto, porque Dios mismo ha bajado, está en su vida (de Jesús), en la vida de los hombres.

Del mismo Cielo (= Dios) desciende el Espíritu, simbolizado por la paloma, que había aparecido tras el diluvio (bautismo), como signo de que la gran «ira» de Dios ha terminado (Gn 8,11-12)

Elías quiso venir al Monte de Dios porque estaba cansado y fracasado (1 Re 18,8-18), pero, después de llegar al monte descubrió que Dios era distinto, fuente de vida, Había buscado signos de violencia (huracán, terremoto, incendio, como los de Juan Bautista en Mc 10-12); pero descubrió a Dios en la suave Brisa (= viento, espíritu) y en la Voz que le pide que inicie su nueva tarea. También Jesús buscó quizá el fuego, el hacha y el terremoto, pero escuchó la voz de Dios que se revela como Padre y que lo envía a realizar una tarea salvadora en la línea mesiánica.

Muchos desde entonces que el Reino es una especie de entidad abstracta, una idea simplemente interna. Pero Jesús lo entendió como salud personal (de cuero y alma), como perdón, comida y libertad en un espacio y un tiempo concreto, ahora en este mismo momento, en Galilea.

El Reino es primero, no viene después, como efecto de una conversión antecedente de los hombres, no se compra, ni obtiene por prácticas sacrales, sino que adviene desde sí mimo, es decir, desde Dios, como algo previo a todo lo que hagamos. Pero ese mismo Reino, que es Buena Noticia, hace posible que nos convirtamos, es decir, que cambie nuestra vida y que cambiemos.

En un momento dado, quizá tras separarse del Bautista, Jesús se convenció de que él debía curar al pueblo enfermo, a miles de galileos que se hallaban arrojados, aplastados, carentes de esperanza, a fin de que pudieran convertirse en dueños de sus propias vidas. Llegaba el Reino y el primero de sus signos (pilares) debía der la salud de los enfermos, la plena humanidad de aquellos que parecían arrojados, al margen de la vida.

Quien curaba no era él, como decían ciertos curanderos a sueldo (que se decían «divinos»=, sino que curaba el mismo Dios que se expresaba allí donde los hombres aceptaban su mensaje. Por eso, él no decía «yo puedo», sino «tú puedes», si crees en Dios y te dejas transformar por su Reino.

Jesús no se limita a preparar la llegada de Dios (cf. Mal 3,1.22-24) juzgando y destruyendo a los perversos, sino que lo hace (lo instaura) sanando a los enfermos.

Jesús no proclama el juicio (como Juan), ni enseña a los hombres que cumplan su deber (como la moral kantiana), sino que les anuncia la llegada del Reino de Dios, que se expresa en los milagros y se expande en las bienaventuranzas como proclama y programa de felicidad. Según eso, la primera tarea del hombre es aceptar el Reino (acoger su presencia y dejarse transformar por ella), respondiendo a la Palabra de Dios, para dejarse curar y vivir en plenitud (en perdón, amor mutuo).

Estas palabras [las bienaventuranzas] evocan (proclaman) el gran cambios, que Jesús ha empezado a realizar y que, conforme a Mt 11,2-6, se expresa en la curación de los enfermos y en la bienaventuranza de los pobres. No anuncian algo que vendrá después, sino que ratifican aquello que se está realizando precisamente ahora, entre los campesinos y desposeídos de Galilea, a quienes él llama (y hace) bienaventurados, al introducirlos en su dinámica de Reino. En vez de lamentarse de (o con) ellos por su desventura, Jesús les enseña a escuchar la Palabra (felicidad) del Reino (Dios en ellos) y les pide que la asuman, viviendo de manera consecuente, precisamente ellos, pobres, hambrientos y oprimidos (los que lloran), como depositarios de la felicidad de Dios (la vida) porque acogen la Palabra y porque él (Jesús) los cura. No les llama felices por lo que tienen (o no tienen) en sí mismos, sino porque Dios actúa en ellos, les ofrece su Palabra y los transforma, haciéndolos capaces de curarse e iniciar un tipo de vida diferente desde la pobreza. Entendidas así, las bienaventuranzas, igual que los milagros, marcan una experiencia de reconocimiento que transforma la vida de los hombres y mujeres, de manera que los antes alienados y oprimidos pueden saberse propietarios de la herencia prometida, viviendo así de un modo diferente (en un plano físico, psicológico, económico).

Los milagros son una especie de expansión de las bienaventuranzas, y nos muestran que el Reino de Dios no se expande ni se manifiesta a través del dinero y el poder de los fuertes, ni a través de aquellos, sino por medio de la palabra de vida que cura y que sana.

Muchos prefieren vivir esclavizados. Quizá se refugian en su enfermedad, tienen miedo de sí mismo, les cuesta asumir su tarea, enfrentarse a los problemas de la realidad. Pues bien, en contra de eso, Jesús quiere que ellos asuman y acepten lo que son, en libertad, de una manera responsable. No los «cura» para resolver desde fuera sus problemas, sin para que vivan en humanidad, compartiendo la Palabra, como testigos del Reino de Dios. No los cura para que abandonen su responsabilidad, renunciando así a la vida, sino para que sean responsables, de una forma creadora, intensa. Jesús no ponía sus curaciones al servicio del sistema (como podían hacer algunos sanadores, o podía hacerse en Epidauro o en otros santuarios famosos de su tiempo), sino que curaba ofreciendo a los curados, y a todos sus oyentes una palabra y camino de libertad en amor.

Tempestad calmada, paso a la otra orilla. Este signo evoca la presencia de Jesús resucitado en el camino misionero de sus seguidores, que deben pasar de Galilea a la ribera pagana del lago (cf. Mc 4,35-41; 6,45-52par). Lo que se calma no es el mar externo, sino el corazón de los seguidores de Jesús, pues para avanzar unas millas sobre un lago existen (sobre todo en la actualidad) otros medios, pero calmar el corazón y tener fuerzas para seguir navegando en la vida sigue siendo hoy tan difícil como en tiempos de Jesús.

El peligro de los hombres no es algo exterior (algo que los otros les puedan hacer otros), sino interno: No acoger el don de la vida, buscar la felicidad en una riqueza que es incapaz de darla. Quien no acepta la bienaventuranza de la gracia, quien no descubre y despliega la felicidad del Reino, desde su pobreza, queda en manos de su propia malaventuranza, vinculada a la idolatría de la riqueza, corriendo el riesgo de destruirse a sí mismo.

Sin una fe profunda en el Dios de la resurrección (que da vida a los que mueren), el mensaje y camino de Jesús carece de sentido. Pero no se puede hablar de resurrección donde domina una estructura de poder (donde se dice que los hombres son así, no pueden cambiar) o un sacerdocio que sacraliza lo que existe (cf Mc 12,18; Hch 23,8), sino allí donde emerge una palabra y una vida capaz de superar la muerte.

Jesús ha colocado la bienaventuranza de los pobres tras el anuncio de la resurrección, como si la obra de resucitar a los muertos (¡que parece más vinculada a Dios!) fuer más fácil que liberar a los pobres (cosa que parece más vinculada a los hombres). Para Jesús ambas son igualmente significativas, y en el fondo la segunda resulta más difícil que la primera: Solo allí donde se cree en la resurrección, es decir, en la vida de los muertos, puede haber Evangelio (Buen Noticia) para los pobres. Sin resurrección de los muertos (de los asesinados) no hay esperanza para los pobres.

Nosotros, ilustrados del siglo XXI, solemos decir que no hay demonios, y que los exorcismos no son más que magia o engaño, pero con eso no resolvemos nada: Quizá no haya Diablo (en sentido escatológico), ni demonios personales, pero «lo demoníaco» existe y marca la vida de los hombres, como un mal interno (social, personal), que se objetiva en instituciones y formas de vida exteriores, que vuelven a influir en las personas, manifestándose especialmente en algunos segmentos (eslabones) más frágiles de la cadena humana, suscitando diversas formas de «locura». Ciertamente, lo que llamamos hoy locura (un gran espectro de enfermedades psicosomáticas) tiene elementos orgánicos y biográficos, vinculados a la herencia genética y a la trama personal, familiar y social de las personas. Pero, en el fondo de ella late casi siempre un tema de opresión (e incomunicación), que en tiempo de Jesús se interpretaba de un modo religioso positivo o negativo, vinculando enfermedad y diablo, posesión diabólica y ruptura persona, En esa línea, podemos afirmar que en la raíz de muchas enfermedades antiguas y actuales sigue habiendo una ruptura personal, una demencia o dislocamiento que destruye al ser humano.

Como representante de su iglesia, Juan Zebedeo pretende impedir que un exorcista no comunitario expulse demonios en nombre de Jesús, para controlar así los exorcismos, de un modo eclesial. De un modo sorprendente, Jesús se lo impide, diciendo que todos pueden realizar exorcismos en su nombre.

Los escribas lo acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, «Señor de las moscas», Dueño malo de la Casa perversa del mundo, de manera que al hacerlo pone en riesgo el orden y la estructura social del judaísmo. Con el pretexto de hacer el bien (ayudando externamente a unos posesos), Jesús rompe o destruye la unidad sacral del pueblo (Casa buena de la alianza de Dios), de manera que el conjunto de Israel corre el riesgo de caer en manos de un Diablo destructor de la nación sagrada. Conforme a la visión de los escribas, los que ayudan y liberan a «condenados» de la cárcel diabólica (asociales peligrosos) son una amenaza para el buen orden del pueblo. Con el código en la mano, los escribas oficiales afirman que la sociedad ha de expulsar y controlar (= encarcelar) con legítima violencia a los endemoniados, para mantener el orden sagrado.

Una buena estructura social solo puede edificarse y defenderse separando a culpables y justos, poniendo una valla entre lo puro y lo impuro, lo firme y lo ruinoso. Por eso, quien acepta y cura, quien valora y reintegra como Jesús a unos posesos, apelando a la Palabra de Dios pone en riesgo la buena sociedad de limpios ciudadanos. Estos escribas defienden la vida del pueblo sargado, que se protege a sí mismo y rechaza a quienes lo amenazan. Fuera de las fronteras de ese pueblo quedan los leprosos y posesos. No hace falta matarlos, no encerrarlos en la cárcel, pero hay que expulsaros del espacio sagrado de la buena sociedad, establecida por escribas.

Esto es el Reino: Que un loco/poseso, que antes era servidor/legionario de un imperio de muerte, pueda convertirse simplemente en ser humano, en libertad, en diálogo con los demás.

Los exorcismos son una terapia gozosa, como indica una expresión jubilosa de Jesús, cuando los setenta discípulos (a quienes él había enviado para realizar la obra del Reino) volvieron con gozo, diciendo «Señor, ¡aun los demonios se nos sujetan en tu nombre!», y él les respondió: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10.17-18). Jesús los ha capacitado para sujetar a los demonio, de manera que podríamos decir que «la misma sujeción queda sujeta» (es decir, dominada; hypotassetai). Los discípulos de Jesús, unos hombres simples (sin poderes imperiales o sacerdotales), pueden iniciar e inician un camino de dominio sobre lo diabólico y Jesús les responde ofreciéndoles su experiencia más profunda, paralela a la que vimos al tratar de su vocación tras el bautismo (Mc 1,10-11; cap. 6). El cielo se abre nuevamente, y Jesús «ve» que Satanás, que parecía estar sobre la altura, al lado de Dios (como consejero suyo; cf. Job 1), cae sobre el mundo, rechazado y condenado, Diablo que ha perdido el trono (cf. Ap 12,1-5). En ese contexto se puede afirmar que los exorcismos forman parte de un proceso de victoria y «liberación» de Dios, que ha de entenderse en línea de gozo.

La ayuda a los padres y a los otros hombres importa más que el templo, porque el sábado (templo) se ha hecho para el hombre y no al contrario (cd. Mc 2,27-28). Eso significa que el Dios de Jesús no va en contra de los hombres, ni antepone sus intereses a los intereses de los necesitados. En otras palabras, Dios no acepta nada que implique merma humana, sino que se muestra divino en el servicio del amor humano.

Los judíos sabían que Dios es Padre y decían: Abinu-Malkenu, Padre nuestro, Rey nuestro. Siguiendo en esa línea, Jesús lo llama simplemente Abba (¡papá, padre mío!), con una palabra cuya singularidad reside en su falta de singularidad y en su fuerte inmediatez, pues evoca la gran cercanía del hijo con el padre, esto es, con aquel que le ha dado la vida. No es palabra secreta, de difícil sentido (como Yahvé, Ex 3,14), porque es originaria y nos sitúa ante el principio de la vida, en la trama originaria del ser humano, no de una religión concreta (judía o helenista). No es locución rebuscada de escribas, que solo se comprende tras un largo aprendizaje, sino la más simple, aquella que hombre recibe y conoce en su infancia, al referirse de manera cariñosa, agradecida al padre (padre/madre), que le ha dado la vida. No hace falta ser judío, ni haber pasado por un largo estudio de la Ley para entenderla. Basta con ser persona.

Dios Abba no es papaíto sentimental, sino Padre que guía y defiende a los hijos, asegurándoles que puedes superar la prueba y mantenerse en camino de Reino.

Asume la Tradición, pero no discute normas particulares, como los maestros de la Msiná. Acepta el Libro, pero no lo comenta con más libros, ni redacta otros escritos, sino que habla desde la vida y el sufrimiento concreto de los hombres y mujeres de su tierra, que son el verdadero Libro de Dios Padre.

Jesús respeta a los escribas, pero, a su juicio, la verdadera Ley (Libro de Dios) no se entiende a través de discusiones técnicas, sino en la vida de los hombres, especialmente de los pobres. Acepta así las tradiciones de Israel, no para absolutizarlas en su letra, sino para ponerlas al servicio de los más necesitados.

Aplicada de modo restrictivo, la Regla de Oro podría convertirse en una fuente de egoísmo: Al querer a los demás como a nosotros podríamos exigirles que se hagan como somos (cristianos, musulmanes…). En contra de eso, el amor a los enemigos exige que los amemos como son, no para que sean como nosotros.

No ha creado una enseñanza esotérica de iniciados, algo que solo entienden ellos, sino un movimiento de liberación universal, desde los pobres. Por eso, los portadores de su mensaje podrían ser y son gentes sin cultura escrita (de libro), pero capaces de acoger la Palabra del Reino y dejarse transformar por ella. En el momento en que se vuelve difícil de entender y exija comentarios especializados, perdiendo su inmediatez vital, la Palabra deja de ser impulso de Reino. Utilizando una expresión que puede ser ambigua, podríamos decir que Jesús «devuelve a los pobres la Palabra de Dios», secuestrada por intereses sociales, religiosos e intelectuales de una minoría de expertos, al servicio del sistema.

Las palabras de Jesús no son discurso filosófico para gente rica (con pan asegurado), sino un mensaje dirigido a gente que no sabe si tendrá para comer mañana y si podrá vestirse de modo adecuado. Ellas evocan y despiertan una providencia de Dios, que se expresa en la búsqueda del Reino, es decir, en el deseo de justicia: en el pan compartido, en la entrega de la vida a favor de los demás.

No quiso centrar su mensaje en problemas externos de economía o política, de violencia militar o ideología religiosa, sino que quiso iniciar una transformación radical de la existencia en línea de humanidad: Proclamó la Palabra y la empezó sembrando entre los pobres y campesinos y pescadores de Galilea, a quienes llamó herederos del Reino. Esta fue su experiencia en una línea que podía compararse al Éxodo de Egipto: Supo que Dios se introduce en la historia de los hombres, y los pone en marcha, como potencial de amor para transformar su vida y hacerlos bienaventurados desde la pobreza.

El Imperio romano buscaba la paz que se alcanza por la victoria (Pax Romana), simbolizada en el Ara Pacis (Altar de Paz), que Augusto había construido en Roma, como signo de unificación política. Pues bien, Jesús quiso y propuso la paz, pero no en forma de imperio, sino de Reino de Dios.

Tras el exilio (siglo VI a.C.), muchos judíos habían convertido su templo (Jerusalén) en santuario expiatorio, dedicado a limpiar los pecados, ofreciendo sacrificios a Dios, para mantener alejada su ira destructora, con sacerdotes expertos en cuestiones de impurezas. Este era su oficio central en un mundo lleno de expulsados y oprimidos: Ofrece r a los piadosos pecadores un camino de arrepentimiento, la forma de limpiarse y ser perdonados, manteniendo lejos la impureza y el pecado.

Las curaciones de Jesús son el signo de un perdón que transforma la vida de los hombres (capacitándolos para «caminar»).

Los discípulos de Jesús no piden a Dios que perdone sus pecados (hamartíais, en clave religiosa), sino sus deudas (opheilemata), como ha estacado expresamente Mt 6,12: «¡Perdona nuestras deudas como hemos perdonado a nuestros deudores!». Jesús no se sitúa en el espacio religioso del pecado (terreno propio de sacerdotes), sino en el plano más social de las deudas, que incluyen no solo los pecados, sino los «bienes» que unos hombres deben a los otros (y en otro plano, a Dios).

Jesús no necesita templos, su perdón no se logra con rituales, sino por el perdón interhumano, de manera que los pobres, que renuncian a vengarse y que perdonan a sus deudores (superando una justicia puramente legal), son sacerdotes de Dios, humanidad reconciliada. Ese perdón es gratuito, pero no indiferente; es superior, pero se encarna (ha de encarnarse) en el amor interhumano, creando un orden social que no nace del talión (doy para que me des), sino del perdón de los ofendidos.

El perdón de Jesús no proviene de un templo, ni de una amnistía política, pues brota de las víctimas. No es un privilegio de sacerdotes o escribas, para situarse así por encima del resto del pueblo, sino don y regalo de los mismos ofendidos, que inician de esa forma el Reino. Algunos profetas habían presentado el perdón como atributo supremo de Dios, vinculándolo a los pobres; pero no habían llevado su propuesta hasta el final, como hará Jesús, que no busca un jubileo parcial, sino la redención (comunión) y reconciliación integral de todos los hombres y mujeres, a partir de los más pobres (excluidos del sistema). Precisamente los ofendidos y humillados pueden ofrecer y ofrecen perdón, realizando así, en clave de Reino, una función que parecía propia de gobernantes o sacerdotes sagrados.

Los sacerdotes oficiales perdonaba a los «convertidos»: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores dejar el pecado y volver a la alianza, para recibir así el perdón. Jesús, en cambio, ha iniciado un camino de perdón gratuito, desde los expulsados, no para olvidar lo pasado, sino para transformar el presente de muerte en Reino de Vida.

El orden judío ratificaba unas funciones establecidas de forma jerárquica: padre sobre hijo, varón sobre mujer, rico sobre pobre, bueno sobre malo, sano sobre enfermo, etc. Pues bien, en gesto provocador, Jesús ha invertido esa estructura y llama bienaventurados a los pobres, cura a los enfermos y ofrece el reino a pecadores. No ha sido reformador social, sino profeta creador, escatológico. No ha cambiado unos detalles, sino que ha proclamado un Reino donde desaparecen las estructuras de dominación, paño viejo, a fin de que hombres y mujeres puedan compartir la misma bodas finales (cf. Mc 2,18-22). No ha llamado bienaventuradas a las mujeres, en cuanto separada (como a los pobres: Lc 6,21), ni ha dicho que son primeras en el reino (como los niños: Mc 9,33-37; 10,13-16), sino que ha querido acogerlas y aceptarlas como son, igual que a los varones, en camino de Reino. No ha enfrentado a mujeres con varones, no las envilece ni enaltece, sino que las valora y llama como a los varones, pues el mismo Dios las hizo como a ellos (cf. Mac10:5-9), para iniciar el Reino. Así rompió el dominio del varón sobre la mujer, iniciando un camino donde cada uno (varón o mujer) vale por sí mismo, en comunión de Reino. Su texto del eunuco (Mt 19,12) solo puede entenderse allí donde se rompe el patriarcado, de forma que varones y mujeres valen y son, en su verdad, como personas. Por eso, todo lo que Jesús dice vale igual para hombres y mujeres, pues todos son iguales, «como los ángeles del cielo», sin necesidad de levirato (cd. Mc 12, 18-27).

Instauró un movimiento de varones y mujeres, en contra de muchos rabinos que no admitían en su escuela a las mujeres. No buscó letrados expertos en conocimientos, sino que llamó a varones y mujeres, iguales ante Dios, responsables ante el Reino, como muestran las parábolas. No fundó un equipo de expertos varones, especialistas de ley, sino una escuela abierta, donde todos (varones y mujeres, niños y mayores), pueden escuchar, entender y seguirlo. Se opuso a los varones poderosos (sacerdotes, letrados), porque no aceptaban el «derecho» de los pobres. Por eso, a lo largo de su vida (y sobre todo al final; cf. Cap.35) las mujeres han conectado mejor con su movimiento. Por otra parte, la tradición las sitúa en un mismo plano de opresión y esperanza con varones, al vincular a las prostitutas con los publicanos (cf. Mt 21,31). Unos y otras parecían obligados a vender su cuerpo (mujeres) o su «honestidad» económica (varones) al servicio de una sociedad machista que los oprime y utiliza.

Tanto la cultura oriental como el judaísmo tomaban al padre de familia como autoridad suprema, de manera que enterrarlo (cuidarlo, mantenerlo y reconocer su poder) constituía el primer deber social y religioso.

Jesús optó precisamente por ellos, los rechazados sociales, condenando un orden social donde unos, en nombre de su poder más alto, oprimían, manipulaban y expulsaban a otros. Por eso, declaró destruida la familia dominante, de tipo jerárquico-impositivo, fundada en bases de posesión de unos y exclusión de los restantes.

El orden antiguo se hallaba presidido por ancianos, representantes de la tradición, portadores de una memoria colectiva que se codifica en la historia del pueblo y expresa su continuidad como jerarquía: Autoridad del varón sobre la mujer, del padre sobre el hijo, del pasado (tradición sobre el futuro. El movimiento de Jesús invierte ese esquema, fundando su nueva familia en la llamada del Reino, desde los excluidos, sin jerarquía de presbíteros y padres, ni exclusión de pobres, un familia centrada en el pan compartido (el pan nuestro de cada día), inseparable del perdón que unos ofrecen a otros y todos comparte (cf. Lc 11,3). No es unidad ideológica impuesta (una superestructura de poder) sino comunión concreta de creyentes.

Como era previsible, en un mundo dirigido por los poderosos, el mensaje de Jesús suscita la oposición de aquellos que quieren mantener sus propios privilegios. Esa oposición de aquellos que quieren mantener sus propios privilegios. Esa oposición no proviene todavía (básicamente) de los estamentos religiosos del templo de Jerusalén, ni de las instituciones políticas (rey Antipas, herodianos, Pilato), sino de los grupos dominantes de las aldeas de Galilea, que se oponen a su movimiento, porque pone en riesgo el orden establecido de sus comunidades. Ciertamente, los responsables finales de su muerte serán los sumos sacerdotes y el gobernador militar de Jerusalén, pero el problema empezó mucho antes. Los elementos dominantes de la sociedad aldeana de Galilea, rechazaron el movimiento, no creyeron en su Reino, no por razones que hoy llamaríamos «religiosas» (un tipo de fe distinta), sino por cuestiones familiares, económicas y sociales.

La posesión de familia y casa (campos) era signo de bendición, pero podía convertirse en fuente de pecado si la abundancia de unos se construía sobre la carencia de otros.

Amar a Jesús (ir con él) significa optar por su Reino. En esa línea, él quiere abandonar (superar) una familia entendida como espacio de egoísmo donde algunos oprimen a otros.

Los pobres dan aquello que parece mayor (evangelio, salud) y los ricos aquello que parece más urgente (casa y comida).

El perdón es la cara negativa de un amor que rompe el principio de equivalencia (amarás al amigo) y se abre de una forma creadora hacia los mismos enemigos.

Cuando Jesús de las antítesis (Mt 5,21-48) afirma «se ha dicho» (habéis oído) está evocando el nivel de la justicia legal, propia del orden político, que apela al denario y a la espada para fundar la sociedad con normas de talión (ojo por ojo, denario por denario) y pena de muerte (como indica el glosador de Pablo en Rom 12,2-8). Pues bien, cuando él añade «pero yo os digo» está iniciando un camino de gracia creadora, esto es, de Reino: No rechaza con otra violencia la violencia de la ley, sino que introduce la levadura de Reino (cd. Mujer de Mt 13,33) en la masa del pan (de la vida) para fermentarla.

Al decirles que «no juzguen», Jesús les muestra que la dinámica legal (juicio) no es un principio originario, sino que ella surge y se despliega por la violencia y dureza de los hombres. Más aún, Jesús sabe que, cerrada en sí, sin un amor, esa dinámica desemboca en un círculo de violencia y muerte.

Jesús no decía a los suyos que acepten las cosas del césar, como revelación del «Dios de la ira», sino que las superen, desde el perdón; por eso perdona a los pecadores y pide que perdonemos a los enemigos.

Esta es la paradoja del Reino, su aportación más revolucionaria: Jesús no empieza anunciando el juicio a los culpables, sino pidiendo a los humillados y ofendidos que perdonen y amen a sus ofensores, irradiando así felicidad y esperanza del Reino. Solo ellos, perseguidos y negados, amenazados y ofendidos, pueden iniciar el camino del Reino. […] En esa línea, amar a los enemigos supone ayudarlos positivamente (¡no responder a su mal con otro mal!), pedir a Dios por ellos, bendecirlos (hacerles el bien), superando el nivel de justicia legal, no por obligación, sino por felicidad, porque está llegando el Reino, y Jesús sabe que solo pueden instaurarlo los ofendidos que perdonan y aman a sus ofensores, y no los poderes dominantes (soldados-jueces romanos, sacerdotes judíos, comerciantes ricos, implicados en una espiral de destrucciones). Ellos, ofendidos y humillados, pueden invertir la norma del sistema, viniendo a presentarse como portadores del Reino que llega, iniciando así una dinámica de transformación, que no lleva a un nuevo Estado legal (¡otra vez talión!), sino al surgimiento de una humanidad gratuita, que llamamos Reino. Amar al enemigo es volverse creadores, como Dios es creador, superando la violencia y la lucha del sistema, precisamente desde los aplastados y expulsados, por felicidad (y no por ley, pues la ley no puede obligar al perdón). Solo quienes superan (sin negarla) una justicia de Ley, amando a opresores-asesinos, son signo y anuncio de Reino, como afirma la tradición de Jesús, según Lc 6,27-28 (amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian…) y Mt 5, 43-44 (amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldice…)

Las parábolas rompen la lógica normal de la vida y nos sitúan ante la paradoja del Reino, que Jesús ha ido encontrando y expresando en su itinerario. No todas y cada una de las parábolas las ha «inventado» (=proclamado) él mismo, pero todas en conjunto expresan y trazan su mensaje de forma que, en sentido estricto, constituyen su «cuaderno de bitácora», una carta de navegación de Jesús y sus discípulos, una Biblia de Reino, que rompe las seguridades oficiales de la sociedad establecida. Las parábolas no trazan una historia sagrada, como la del Pentateuco, ni fijan unas leyes, como los rabinos, ni unos dogmas de credo, como cierta Iglesia posterior. ¿Qué hacen entonces? Van abriendo y expresando el camino paradójico del Reino de Dios, que solo se comprende en la medida en que se va recorriendo, con Jesús.

El Bautista había profetizado el juicio y la tradición no recuerda sus parábolas (quizá no las decía). Jesús, en cambio, fue profeta de la Palabra creadora, que él quiso proclamar y sembrar entre los hombres. Esta fue su paradoja, esta su provocación: Proclamar el Reino de Dios, sin ejército, ni escuela de escribas, ni colegio superior de sacerdotes, y sin juicio o cataclismo previo. ¿Cómo hablar de Reino sin hacha que corta, huracán que destruye, fuego que quema…? (cf. Mt 3,10-12). Solo de una forma: como Palabra de Dios que Jesús mismo proclama e introduce en Galilea (y en Jerusalén) como propuesta de comunicación y salud amorosa, como llamada creadora).

Sin esa experiencia de Palabra que crea (reino), cura a los enfermos y evangeliza a los pobres (Mt 11,2-4), el mensaje y proyecto de Jesús sería palabrería, una nueva imposición, que solo serviría para calmar brevemente a los pobres, mientras se siguen imponiendo los poderes bestiales de siempre.

El hombre, creado por Dios y para Dios, en comunión, se ha vuelto esclavo de sí mismo, de su propia institución dominante, centrada en el dinero.

No hay perdón religioso (de Dios) sin perdón monetario y social, pues Dios se expresa y encarna (es divino) allí donde «humaniza» a los hombres, haciéndoles vivir en justicia social y en bienaventuranza compartida.

Los gestores de la sociedad urbana y comercial de Galilea querían organizar la producción y conseguir riquezas (pan), utilizando métodos imperiales (de Roma), dominando a los demás, es decir, poniendo las riquezas, campos y personas al servicio de sí mismos, es decir, de la gloria del imperio. Jesús se opuso a ese modelo, conforme al cual, cuanto más progresan y producen unos menos comparten en otro, y quiso abrir un espacio compartido de Reino, a través de la Palabra, desde los más pobres, para todos.

A Jesús le preocupan menos otros ídolos menores (astros, magias, fetiches, idolillos…), que entretienen a los hombres y mujeres, de manera que él sitúa en el centro de su crítica a Mamón, dinero convertido en capital, que aparece por un lado como fuente de pobreza (esclaviza y excluye a una mayoría de personas) y por otro como objeto del deseo más hondo de todos, en clave de avaricia que les seca el alma.

Jesús sabe que el hombre que no «sirve» a Dios corre el riesgo [de] caer bajo el servicio de Satán (de Mamón), viviendo esclavizado bajo un tipo de deseo insaciable que destruye internamente a quienes poseen más (los ricos) y mata físicamente a quienes no lo tienen (los pobres). No le importa directamente el «ateísmo» (que sería una actitud abstracta ante la vida), sino la idolatría (que se expresa de un modo concreto como adoración del dinero, que es Mamón, dios falso).

Dios es creador, vida que se regala de forma generosa, comunión para los pobres, esperanza de resurrección. Mamón, en cambio, ha sido creado por los hombres, pero se apodera de ellos y los devora (como el dragón y las bestias de Ap 12-13) a través de la avaricia personal (deseo que nunca se puede saciar) y de la opresión social (los que quieren tener para sí han de oprimir y/o excluir a los otros).

Hay una riqueza mala, que es Mamón, una riqueza que destruye a quien la tiene (la desea, se entrega a ella) y a quien no la tiene (queda al margen de la vida). Pero hay una riqueza buena, que solo se alcanza compartiendo la vida, en gesto de renuncia creadora, no para destruir lo que hay, sino para multiplicarlo, como indica todo el movimiento y mensaje de Jesús, desde los relatos de las multiplicaciones (Mc 6,30-44;8,1-10), hasta las grandes promesas del ciento por uno (Mc 10-29-30), que van en la línea de las bienaventuranzas de los pobres.

La pobreza de Jesús es un medio al servicio de la comunión del Reino, que comienza a realizarse desde los más pobres, no para que sigan siendo pobres, sino para que puedan iniciar un camino de vida y riqueza compartida.

El Reino impica pan (abundancia de bienes), pero no el que se produce y ofrece a través de una opresión social, vinculada al poder, sino en gratuidad: Que hombres y mujeres puedan compartir, desde los más pobres, aquellos que son y tienen (cf. «Eucaristía»).

No parece que Jesús haya sido célibe por pureza o espiritualismo (huida de este mundo), sino para identificarse con los pobres, en especial con aquellos que en aquellas condiciones sociales no podían tener una familia.

No quiso recrear una sociedad patriarcal, con superioridad de varones (padres), sino una comunidad donde cupieran todos (varones y mujeres, casados y solteros, niños y mayores…; cf Mc 15 y 16). Solo en ese trasfondo se entiende su celibato, que no es signo de carencia o debilidad (iba contra el mandato de ¡creced, multiplicaos!: Gn 1,28), sino principio de abundancia, una forma de solidarizarse con los más pobres, abriendo para y con ellos una esperanza de familia y resurrección, donde hombres y mujeres serán «como ángeles del cielo», en libertad de amor (Mc 12,15).

No ha sido sacerdote, sino laico: No ha querido transformar la religión desde arriba, con especialistas sagrados, sino desde la base de la vida humana, al servicio de una humanidad distinta. No ha sido padre de familia, con poder para mandar sobre el conjunto de su casa, sino hermano y amigo de todos. No ha sido marido, para instaurar nuevas formas de relación jerárquica esponsal, sino un hombre (ser humano) para los demás, en un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños.

Jesús no quiere tomar el poder, sino servir a los demás (en perdón y amor al enemigo), poniendo a los hombres en contacto con Dios, el único que puede transformar (recrear) el mundo de un modo gratuito. Él no tiene más poder que la Palabra, el amor que ofrece y expande, de un modo generoso, desde abajo, a partir de los pobres. No sabe previamente la forma en que el Reino vendrá, pero sabe que no puede instaurarlo a la fuerza, porque es Palabra, y no puede imponerse, sino proclamarse, esperando la respuesta de los hombres.

Según cierto judaísmo, los hijos (niños) son signo de Dios, pero solo alcanzan importancia si conocen la Ley y cumplen sus preceptos, al hacerse adultos, como muestra el Código de Damasco (CD 10,6) y la legislación rabínica. En contra de eso (y de cierta praxis cristiana posterior), Jesús declara que los niños son ya (en cuanto niños) testigos y destinatarios del Reino y por (para) ellos inicia su camino. Frente a un mundo donde los hombres valen por su saber (griegos) o hacer (judíos; cf. 1 Cor 1), Jesús los valora porque son (están) necesitados y son capaces de amar (de escuchar la Palabra y responder amando).

Jesús no necesita rabinos (escribas), políticos o sacerdotes eficaces, sino personas capaces de amar

Los discípulos quieren crear un orden de poderes sociales y sacrales a partir de los grade (más valiosos), ratificando el dominio de los más dignos y capaces; No critican el modelo de poder judío o romano, sino su mal funcionamiento; están en teoría a favor de los niños, pero no ponen la vida a su servicio, ni dejan que ellos sean principio de Reino. Jesús, en cambio, los pone al principio del Reino.

No toma el poder ni siquiera para bien (como decían algunos papas medievales, los jacobinos de París o los bolcheviques de Rusia), porque el poder una vez tomado, se convierte en imposición y debe defenderse con violencia.

Los discípulos proyectan un Reino jerárquico, aunque con una diferencia: Donde antes estaban los «malos» (sacerdotes de Jerusalén, soldados de Roma) quieren mandar ellos (buenos discípulos de Jesús). Así, con unos pequeños cambios, todo seguiría como antes. Jesús en cambio, abre un espacio donde los niños (débiles, expulsados) pueden y deben ser los primeros. No ha subido a Jerusalén para mejorar lo existente, sino para anunciar un orden nuevo, donde todos pueden comunicarse de un modo directo y personal, partiendo de los niños y los pobres, para iniciar un movimiento de madres, hermanos y hermanas de niños cf. Mc 3,31-35), sin lugar para poderosos y señores.

Los cristianos ya no veneran a Dios ni en Jerusalén ni en Garizim o la Meca, sino en espíritu y verdad (cf. Jn 4,20-21), pues Jesús no purificó el templo para mejorarlo, sino para decir que había terminado.

No se puede hablar de un Mesías que triunfa, sin haber sufrido, en un mundo como este, lleno de sufrimiento. Dado que muchos padecen y mueren, también él, Mesías, elegido por Dios, para hacerse Hijo del Hombre, debía padecer, cumpliendo su tarea y preparando la llegada del Reino de Dios.

Tras subir como Mesías nazoreo, anunciando y promoviendo el Reino de los pobres, vino al templo, para declarar, con un gesto nítido y preciso, que la función particular de ese templo había terminado, de manera que no hacía falta sacerdotes superiores, pues siendo todos reyes, hombres y mujeres, todos eran sacerdotes y así podían relacionarse directamente con Dios y perdonarse unos a otros, a partir de los más pobres, sin necesidad de un templo cerrado (cf. Mc 11,11-30). Él habría sido sumo sacerdote, pues todos debían ser sacerdotes.

Los romanos admitían todas las religiones, como piedad privada, siempre que reconocieran el poder (o arbitraje) de Roma. Pero Jesús no quería fundar una nueva religión aceptable a Roma, sino un movimiento mesiánico universal. Eso era precisamente lo que molestaba a sacerdotes, amenazados por un tipo distinto de autoridad sin poderes político-religiosos. Si Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén los sacerdotes deberían haber renunciado a su visión particular (sacral) del templo, pues el Reino de Jesús no dejaba espacio para un santuario como el suyo. Con buen criterio «jurídico», en sintonía con los sacerdotes, Pilato lo condenó a muerte. Posiblemente no tenía gran devoción por el templo, pero como político debía defenderlo, pues se trataba de un santuario reconocido y apoyado por roma, que nombraba incluso a los sumos sacerdotes.

No era Dios quien lo había matado, pues Dios no muere ni mata, sino que es Vida y da vida a los que mueren y en especial a Jesús. Lo mataron los jueces del mundo (sacerdotes y Pilato). Pero Pilato no mandó matar a los compañeros de Jesús, sino solo a él, su jefe o responsable, como había hecho Antipas con Juan Bautista. Por otra parte, parece que sus compañeros lo habían abandonado o traicionado. Entre Jesús y sus discípulos se abrió una fosa que solo podrá superarse en la Pascua cristiana. Dos lestai o bandidos (Mc 12,27: malhechos sociales o políticos) ocuparán simbólicamente el lugar de los Doce; donde ellos fallan no han fallado otros.

Las profecías de la Biblia no están ahí para que se cumplan de un modo fatalista, sino para abrir un camino, a fin de que las cosas puedan situarse en el proyecto de Dios y entenderse mejor.

Había anunciado y preparado desde Galilea un Reino donde ya no era necesario este tipo de templo poderoso, con grandes sacrificios y mucho dinero, pues Dios perdona los pecados y ama a los hombres sin necesidad de mediadores sacrales. Por eso, en contra de lo que hubieran hecho otros pretendientes, no vino para coronarse rey en el atrio del templo, sino para proclamar, como mesías nazoreo, que el templo había cumplido su función.

Derribar las mesas del dinero significa rechazar el comercio sagrado, anunciando y promoviendo, al mismo tiempo, el derribo o destrucción del templo. Expulsar a los vendedores de animales supone abrogar los sacrificios animales.

Ha volcado las mesas de los cambistas, mostrando así su decisión más honda: Quiere que acabe el comercio de Mamón, dios falso (idolatrado) del dinero en el santuario de Dios. Como caen las mesas ha de caer, ser derrumbado, este templo que se centra en los sacrificios y el dinero. Enfrentándose así a los compradores-vendedores, Jesús va en contra de una dinámica sacrifical violenta centrada en la muerte de animales, rechazando al mismo tiempo la mediación de los sacerdotes y sus sacrificios, en la línea de su mensaje anterior sobre el perdón y el amor al enemigo.

Herodianos (partidarios del orden imperial) y fariseos (reguladores del orden religioso).

No se trata de quitar dinero al césar para dárselo a los judíos antirromanos, sino para crear una alternativa social muy diferente, sin dinero.

Al decir a los suyo que devuelvan el denario al césar, Jesús los invita a liberarse del dinero, para así ocuparse de las cosas de Dios en un plano más alto, sin necesidad de dinero.

Jesús y los suyos devuelven el dinero y de esa forma se liberan de aquello que pertenece al imperio, tanto en un plano interior (espiritual) como social, para construir un Reino de Dios sin «Mamona» del césar (en la línea de Mt 6,24). En ese sentido, su respuesta ha de entenderse en forma negativa (él no quiere pagar tributo al césar), de manera que en un sentido él está con los celotas, pero siendo más radical que ellos: No rechaza el tributo a fin de quedarse con su dinero (o crear otra estructura monetaria), sino que lo devuelve para no deberle nada. De esa forma, Jesús sale del campo de influjo del césar, del «orden» de un mundo creado y sostenido con dinero, para construir el Reino de Dios sobre otras bases humanas y sociales.

Los sacerdotes que dicen actuar en nombre de Dios son en el fondo unos idólatras, que han «divinizado» la herencia de la viña (el dominio del templo), y que están dispuestos a matar por mantenerlo.

La parábola sabe que este mundo se edifica sobre cimientos de poder y deseo posesivo, de violencia y muerte; los sacerdotes tienen envidia de Dios y precisamente por eso son renteros; no quieren compartir lo que son, ni lo que tienen, y para defenderlo están dispuestos a matar al mismo Hijo de Dios. Pero la parábola sabe que hay alguien (algo) más grande que la envidia y violencia de los sacerdotes: El Hijo que viene en nombre del Dios verdadero y que está dispuestos a morir por compartir el Reino.

Descubrimos que en realidad no se trata de una cena de pascua, como han querido sus discípulos, sino que, en el momento decisivo, Jesús no ha celebrado la pascua con ellos, sino que ha creado una cena nueva, centrada en su propia opción mesiánica. Es como si hubieran querido empujarle en una dirección (fidelidad a la pascua de los sacerdotes), mientras él les ha mostrado su nueva opción.

Juan tendría razón al decir que Jesús no celebró la pascua oficial, que los sacerdotes celebrarían del Viernes al Sábado Santo, con cordero del templo, tras haber juzgado y matado a Jesús. Pero Marcos y los sinópticos tendrían también razón al afirmar que celebró una cena de pascua, pero según el rito esenio, dos días antes (del martes al miércoles) y sin cordero sacrificado en el templo; conforme a esta segunda perspectiva, el proceso y condena de Jesús habría sido más largo (del martes/miércoles al viernes). Los sinópticos tendrían razón en un sentido (la Última Cena fue pascual, pero según el rito esenio) y Juan en otro (Jesús no celebró la pascua oficial de los sacerdotes, sino que murió el Viernes Santo, cuando ellos estaban matando sus corderos para la pascua de la noche siguiente).

Este hombre del cántaro de agua (anthropos… keramion hydatos bastadson) es un caso insólito, ya que eran mujeres las que solían llevarlo. El cántaro/ánfora es signo femenino, tanto en Grecia (Pandora) como en todo el oriente. La Biblia vincula el cántaro de agua con mujeres (Gn 24,11-21; ex 2,16; 1Sm 9,11), o con varones de gripo sometidos o inferiores (cf. Dt 29, 10-11; Jos 9,21-27).

Jesús era consciente de su muerte inminente. Sabía que ya no podría comer la Pascua. En esta clara toma de conciencia invita a los suyos a una Última Cena particular, una cena que no obedecía a ningún determinado rito judío, sino que era su despedida, en la cual daba algo nuevo, se entregaba a sí mismo como el verdadero Cordero, instituyendo así su Pascua… Una cosa resulta evidente en toda la tradición: la esencia de esta cena de despedida no era la antigua Pascua, sino la novedad que Jesús ha realizado en este contexto. Aunque este convite de Jesús con los Doce no haya sido una cena de Pascua según las prescripciones rituales del judaísmo, se ha puesto de relieve claramente en retrospectiva su conexión interna con la muerte y resurrección de Jesús: era la Pascua de Jesús. Y en este sentido, él ha celebrado la Pascua y no la ha celebrado: no se podían practicar los ritos antiguos; cuando llegó el momento para ello Jesús ya había muerto, Pero él se había entregado a sí mismo, y así había celebrado verdaderamente la Pascua con aquellos ritos. De esta manera no se negaba lo antiguo, sino que adquiría su sentido pleno.

No fue un encuentro de paz entre amigos, con las cosas resueltas y todos dispuestos a entregar la vida por el Reino y por sus amigos, sino de ruptura y contraste entre los discípulos, aferrados a su mesianismo triunfal, y Jesús que les ofrecía su experiencia y lección de solidaridad (su cuerpo y sangre), en los signos del pan y el vino, prometiéndoles la próxima copa en el Reino.

El último gesto de Jesús no fue llorar (por su posible fracaso), ni hacer penitencia, ni repetir oraciones rituales, ni condenar por traición a sus discípulos, sino tomar con ellos la copa, esperando la próxima en el Reino (nueva pascua).

Ese gesto (dar el pan, darse como pan) recoge y despliega su proyecto. No ha fracasado, sino al contrario: Ha condensado la Palabra de Dios (su vida) en forma de comida fraterna, que no es alimento aislado, de ritos de separación (para limpios judíos), sino pan de cada día (Padrenuestro), comida que ofrece a los pobres, regala a los pecadores y comparte con todos, compartiendo su cuerpo con ellos, para ellos.

Fueron solo veinticuatro horas, toda la historia humana condensada en la condena y muerte de Jesús.

Jesús va al monte de los Olivos, que es signo y lugar del «paso» de Dios, no para que lo prendan y maten, sino para poner su vida al servicio del Reino. No es suicida, ni temerario, pero está convencido de que debe mantener su propuesta y tarea de Reino.

Jesús había derramado las monedas en el templo (Mc 11,15-18); pero los sacerdotes las siguen conservando y las utilizan para asesinarlo. Judas, en cambio, parece que ha llegado a Jerusalén por dinero. Probablemente está decepcionado por el rumbo que ha tomado el proyecto Jesús desde su gesto en el templo, y, al final, teniendo que elegir, elige como israelita el orden y la ley de su pueblo: Pone el caso en manos de los sacerdotes, disponiéndose a colaborar con ellos, en contra de Jesús, su amigo.

Sacerdotes y políticos velan por la seguridad del pueblo, y todos, incluidos los amigos, tienen el deber de denunciar a los que puedan amenazarla, como hizo Judas, por obediencia y fidelidad a la ley.

Podemos suponer que [Judas] no se había dejado transformar por Jesús, de forma que siguió estando donde había estado (como Pablo al principio, cuando perseguía a los cristianos). Por eso, al llegar el momento en que había que elegir (o los sacerdotes o Jesús) eligió a los sacerdotes, que garantizaban la seguridad del sistema, la identidad del pueblo, el orden sagrado. Siempre que alguien pone a su patria o sistema, a su iglesia o partido, por encima de un hombre concreto (que además puede ser peligroso, como Jesús) está actuando como Judas. A Jesús no lo mataron «los malos», sino los hombres de la ley y el orden del sistema (cf. Gal 3,12.13; Flp 3,2-11, etc.).

Jesús no tuvo un problema directo con Roma, sino con los sacerdotes de Jerusalén; no quiso luchar contra el imperio, como los celotas de 66-70 d.C., sino transformar al pueblo de Israel, para que llegara el Reino.

[Después de la huida], una vez que los discípulos volvieron a agruparse para estudiar la situación, escogieron a Pedro para representarlos y, sirviéndose de alguna persona que conociera al sumo sacerdote, el mismo Pedro acudió al palacio de Caifás para interceder por el grupo… Así pues, Pedro y los demás no solo abandonaron a Jesús. Por decirlo con franqueza, fueron tan traidores como Judas. Los discípulos negaron a Jesús ante Caifás, sumo sacerdote y presidente del Sanedrín, y prometieron no volver a tener la más mínima relación con él. A cambio de esa negación y esa promesa evitaron ser detenidos. […] Esta es una hipótesis. […] Judas lo entregó y los demás lo traicionaron, y huyeron en la hora decisiva (cf. Mc 14,27).

1) Juicio (Jn 18,15-27). El otro discípulo (= el Discípulo amado), que introduce a Pedro en casa del sacerdote a quien conoce personalmente, se mantiene firme; Pedro, en cambio, niega a Jesús. 2) Cruz (Jn 19,25-27). Pedro no está, sigue negando a Jesús. El discípulo amado está allí con la madre de Jesús, como signo de la Iglesia. 3) Mañana pascual (Jn 20,1-10). Corren juntos al sepulcro vacío: el discípulo amado mira los paños y cree; Pedro no puede aún creer, la negación lo deja ciego. 4) Pascue en Galilea (Jn 21). Pedro ha salido a pescar, pero no sabe ver. El otro discípulo descubre a Jesús en la luz naciente de la mañana y se lo dice a Pedro que ahora se echa al mar y cree (21,7-8). Después, acabada la pesca, Jesús pregunta a Pedro tres veces: ¿Me quieres? Solo la triple afirmación ratifica y expresa su cambio. Ahora, en el mismo centro de la pascua, se puede afirmar que ha cantado de verdad el gallo y Pedro cambia.

Jesús condenó el templo como signo de enfermedad religiosa, como sede de un ritual que parecía santo, per estaba al servicio de la opresión y la muerte. Poemas y cantos, sacrificios animales y contratos de dinero justificaban el orden sagrado de unos privilegiados, que lo habían convertido en cueva de bandidos (Mc 11,27), para esclavizar en nombre de Dios a los devotos. Por eso, asumiendo la inspiración de los grandes profetas (Amós, Isaías, Jeremías), proclamó su juicio y condena contra el templo, en gesto que marca el movimiento cristiano.

El problema no fue con todo el Sanedrín (con el judaísmo de Jerusalén en su conjunto), sino con los miembros de la aristocracia sacerdotal, que aparecen como responsables del orden social y religioso del pueblo.

En perspectiva judicial, la actitud del Sanedrín (o de los sacerdotes) ha sido y sigue siendo, a mi entender, correcta. Ciertamente, Jesús era bueno y sus ideales intachables en plano general. Pero en concreto, mirados desde el orden israelita, esos ideales, y la práctica que reflejaban, terminaban siendo peligrosos. Un pueblo necesita garantías legales y no sueños mesiánicos para mantenerse. Tiene que defender las instituciones, los tribunales de justicia, las costumbres que mantienen a los hombres vinculados. Si eso cae, se termina, se diluye el pueblo.

No es que Jesús quiera «matar» a los sacerdotes. Hace algo mucho más profundo y peligroso: No los necesita y, además, enseña al pueblo a liberarse de la opresión sacerdotal del templo.

Pilato no envidia a Jesús, pues se mueve en otro mundo, con otros intereses de poder. Los sacerdotes lo envidian, porque han visto n su conducta algo que en el fondo les gustaría tener, pero que no quieren, pues no quieren cambiar ni perder la autoridad que poseen. No pueden vivir en verdad con lo que tienen, pero tampoco quieren cambiar y transformarse. Por eso necesitan matar a los que son distintos, como Jesús, para seguir manteniendo el poder que tienen.

Cuando afirma que su Reino no es de este mundo (cd. Jn 18,36), Jesús no dice que es un reino de puro espíritu interior, sino un camino y despliegue de nueva humanidad, de vida compartida.

Lucas […] distingue en la acusación tres motivos: a) Jesús anda alborotando al pueblo; b) impide que se paguen tributos al césar; c) se llama a sí mismo «Cristo Rey». El más significativo es el segundo, que trata de los impuestos del césar, es decir, de la economía.

No quiso imponerse sobre nadie, sino regalar su vida a los demás.

Fue un auténtico judío, pero por su fidelidad a los principios de la Escritura de Israel y a su proyecto de Reino vino a presentarse como un riesgo para los sumos sacerdotes, que insistían en otros aspectos «esenciales» de la nación sagrada: Leyes de pureza, tradiciones familiares, exigencias jurídicas, y, en el fondo, dinero (Mamón del templo). Todo lo que Jesús proponía y defendía formaba parte de las tradiciones de Israel. Pero los sacerdotes pensaban que el pueblo necesitaba leyes nacionales, templo (y dinero). Precisamente por eso, para que el pueblo siguiera manteniendo un tipo de identidad religiosa y nacional hubo que condenarlo.

Carecemos de modelos para imaginar este reinado, pues nuestras categorías mentales y sociales se encuentran marcadas por dinámicas de poder militar, político o sagrado. Jn 18,37 afirma que Jesús ha venido a dar testimonio de la verdad;, pero su verdad no es la de los sabios platónicos, que dominan sobre militares y trabajadores (cd República VI), sino la del amor compartido, desde los pobres.

Los seguidores de Jesús deben dialogar en igualdad (en gesto de servicio) con otros grupos (y al final con todas las culturas), para promover un tipo de nueva especie humana, no en sentido biológico, ni por lucha de poder, sino por gratuidad activa y por renuncia a toda imposición (en diálogo gratuito). No ha buscado otra forma de adaptación a lo que ya existía, sino una nueva creación, un grupo de amigos, en gratuidad.

Pilato quiso dirigir la trama, pero calculó mal: Los sacerdotes fueron más sagaces, aceptaron el reto, convencieron al pueblo y lograron condenar a Jesús. Así terminan, uno al lado del otro, Pilato y Barrabás, soldado imperial y guerrillero, y por encima de ellos, los sacerdotes manejando al pueblo. ¿Podía haberse dado otra salida? Humanamente hablando, no: Los que gobiernan el mundo con poder (sacerdotes y Pilato) se unieron contra aquel que quiso dirigirlo con amor y de esa forma lo han matado. Según eso, sacerdotes y celotas acaban vinculados por unos mismos intereses de violencia y dinero.

Al final, la gente ya no sabe lo que pide; solo quiere que se cumpla su deseo, imponiendo su voluntad contra Pilato, quien, evidentemente, acaba cediendo. De esa forma, el procurador que es signo de la justicia imperial, queda dominado por la pasión de un pueblo que, para sentirse vivo, tiene que imponer su violencia, contra Jesús o contra cualquiera que sobresalga.

No fue un hombre de escuela (en la línea de Hillel y Shammai), no se opuso a cuestiones de rito y calendario (como en Qumrán), sino que buscó algo más hondo: Declaro cumplido el tiempo de la sacralidad legal, que había culminado en Juan Bautista (cf. Lc 16,16).

No sabemos si ese juicio de Pilato se ejecutó con las garantías del Derecho Romano o si fue una simple condena sumaria, por razón de Estado.

«Algunos» (se supone que del grupo de los sacerdotes) no se contentan con juzgarlo, sino que lo deshonran (escupen), burlándose de él (tapándole la cara) y ridiculizando su don de profecía (diciéndole que adivine quién le ha pegado). No les basta con haberlo condenado, sino que lo degrada y desprecian, humillándolo así de un modo personal. No sabemos si se dio efectivamente una burla de ese tipo. Es posible que Marcos no tuviera noticia de ello, pero ha podido deducirlo por lo que solía suceder en esos casos, al menos en otros tribunales: Se supone que los condenados pierden sus derechos, no tienen dignidad y pueden ser injuriados.

Pilato condenó a Jesús por ser (querer hacerse) «rey de los judíos», es decir, porque pretendería tomar el poder contra Roma. Para Pilato, Jesús es un rey fracasado, uno más en la lista de pretendientes políticos vencidos. Para los sacerdotes será un rey falso, un profeta de mentiras. Para los seguidores de Jesús, ese título está en la base de su mesianismo, pero solo se puede entender desde la Cruz, y tras la experiencia pascual; antes (o fuera) de ella es un título de escándalo. La tradición sinóptica (partiendo de Marcos) sabe que solo tras la muerte de Jesús se ha podido publicar el gran secreto que él quiso velar a lo largo de su vida, para que nadie pudiera coronarlo con métodos de mando y de violencia armada (cf. Mc 8,27 – 9,1) Ahora, en la Cruz, ya no hay peligro: Jesús es Rey (Mesías) desde la cruz, por su resurrección.

Un elemento esencial de la crucifixión era que vieran al reo agonizar colgado de la cruz, como escarmiento. Por eso debía llegar vivo al lugar del suplicio, llevando en sus hombros el madero vertical (el horizontal solía estar en el lugar de la ejecución). Si no tenía fuerzas lo debía llevar otro, pues era esencial que estuviera vivo al ser crucificado.

Posiblemente clavaron sus pies por los tobillos, apoyándolos sobre un pequeño saliente o pedestal, para que el peso no recayera enteramente en los brazos, pues en ese caso hubiera muerto muy pronto de asfixia, y se quería que los reos duraran más tiempo, para escarmiento.

En sentido material, Jesús solo dejó unos vestidos. Lo había dado todo, y así murió al final, en máxima pobreza, desnudo e impotente, ante la mirada de la gente. Por comprensible vergüenza, los cristianos ponemos un velo ante su miembro varón; pero los romanos dejaban el cuerpo destapado.

Su misma fidelidad a Dios le llevó a correr el riesgo de ser condenado, y le dio el «derecho» de elevar su gran pregunta (¡Dios mío! ¡Dios mío!), en su nombre y en nombre de todos los que fracasan: ¿Por qué me has abandonado? Pero esa pregunta no implica derrumbamiento, sino entrega angustiada (y esperanzada) en manos del Dios del Reino.

Parecía que Jesús se hallaba absolutamente solo, pero no es cierto. Unas mujeres amigas lo han seguido y servido. Han creído el él precisamente allí donde los otros (Judas, Pedro, los Doce) lo han vendido, negado, abandonado. Desde el fondo de su dura soledad, ante la muerte de Jesús, en un mundo que parece controlado por varones, emergen ellas, como signo de la verdadera iglesia, formada por aquellos que siguen y sirven a Jesús y el mensaje de Pascua. Por eso aparecen como máxima sorpresa y señal del Reino, junto al velo del templo rasgado, los sepulcros abiertos, el centurión confiesa… Los otros signos ofrecían indicios de la novedad cristiana, evocando el fin del templo judío, la posible conversión del Imperio romano, la resurrección final de los muertos… pero eran básicamente simbólicos. Pues bien, de un modo distinto, estas mujeres aparecen como realidad histórica firma: Forman parte del presente inmediato de la historia de Jesús.

Ellas han debido «pensar» (= sentir por dentro el peso de) la muerte de Jesús, y revivir su historia, como han hecho a lo largo de siglos las mujeres (mejor que los varones, ocupados en luchar y matar). Jesús había venido para anunciar e instaurar el Reino de Dios, desde Galilea, acompañado «oficialmente» por Doce seguidores varones, como signo de las doce tribus de Israel. Pero ellos lo abandonaron uno a uno, el grupo entero, incapaces de entenderlo. Pues bien, allí donde los Doce (y todos los hombres) no entienden, lo han hecho ellas, mujeres amigas, recreando su historia. […] Ellas no lo abandonaron, sino que repensaron el sentido de su muerte.

Al estar allí presentes, a favor de Jesús, sin comprender quizá del todo lo que hacían y sentían, esas mujeres rechazaron al «dios» del templo de Jerusalén (y del imperio de Roma), el «dios» de un templo y un imperio que dice fundarse en las razones de la Biblia y de la ley sagrada, pero que mata a los distintos.

Las religiones han sacralizado con frecuencia a los muertos (pidiendo que vuelvan a Dios y quizá queriendo impedir que retornen al mundo). Así solemos quemarlos, o ponerlos bajo tierra, o taparlos bajo una losa, a fin de que no vuelvan como antes, que no salgan (que «duerman» del todo), y nosotros podamos seguir vivos, sin que ellos nos lo impidan, hasta que al fin nos entierren también nos quemen en la pira, para que todo siga igual (y continúe la violencia asesina de la historia).

¿Por qué sería «puro» un sepulcro nuevo, exclusivo de Jesús, mientras que una fosa común hubiera sido «impura»? ¿Por qué sería más limpia una tumba de rico que una fosa común de pobres ajusticiados? A la luz del mensaje y de la vida de Jesús, una pobre fosa común parecía más apropiada que una tumba de rico propietario.

La Pascua cristiana no es solo un modo de invertir el fracaso de Jesús, ni una forma de entender su mensaje, sino una experiencia de encuentro personal con él, sabiendo que está vivo o, mejor, que es el Viviente. Los discípulos esperaban quizá otra cosa: un Hijo del Hombre que vienen en las nubes, un ser celestial que desciende a la tierra, la resurrección final de todos los muertos… Pero han visto a Jesús, se han encontrado con él, no solo con su vida y su mensaje, sino con su persona, descubriéndolo vivo, en la Vida de Dios, , como Señor glorificado, que no está simplemente arriba y fuera, sino en ellos, sus seguidores. Este ver y acoger a Jesús, de un modo personal, sabiendo que está vivo y que ha vencido a la muerte, es el centro de la Pascua cristiana. Los cristianos no han visto a Jesús simplemente como Mesías escondido, que retornará al final, sino como amigo y salvador presente en su historia, alguien a quien pueden invocar diciendo: Marana-tha, Señor ven (1 Cor 16,22).

Las Madres de Plaza de Mayo [Buenos Aires] reivindicamos a nuestros 30.000 hijos desaparecidos sin hacer distinciones… Las Madres de Plaza de Mayo sabemos que nuestros hijos no están muertos; ellos viven en la lucha, los sueños y el compromiso revolucionarios de otros jóvenes. Las Madres de Plaza de Mayo encontramos a nuestros hijos en cada hombre o mujer que se levanta para liberar a sus pueblos. Los 30.000 desaparecidos viven en cada uno que entrega su vida para que otros vivan. Las Madres de Plaza de Mayo rechazamos las exhumaciones porque nuestros hijos no son cadáveres. Nuestros hijos están físicamente desaparecidos pero viven en la lucha, los ideales y el compromiso de todos lo que luchan por la justicia y la libertad de sus pueblos. Los restos de nuestros hijos deben quedar allí donde cayeron. No hay tumba que encierre a un revolucionario. Un puñado de huesos no los identifica porque ellos son sueños, esperanzas y un ejemplo para las generaciones que vendrán.

Jesús no es monopolio de ninguna iglesia (pues pertenece a la historia de la cultura universal y puede ser retomado por las grandes religiones).

El Jesús del futuro ha de ser un mesías amoroso. Más que las ideas de una sabiduría abstracta y separada, le importaba la vida de los hombres y mujeres y, en especial, la de aquellos que estaban oprimidos y enfermos, abandonados, arrojados y angustiados, a quienes él quiso curar.

Cristianos son lo que pueden vivir y viven como testigos de la resurrección, asumiendo y encarnado la mutación de Jesús, a favor de la vida y la resurrección de todos los muertos. Por eso, el signo de su historia seguirá siendo la vida enriquecida (resucitada) de sus seguidores, con quienes caminó, como él dijo: «Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 16-20).

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