Azteca


Gary Jennings

Azteca

Azteca


Luego de que el Rey Carlos I solicita al Obispo de la Nueva España datos sobre la historia, vida y costumbres de los aztecas, el Fray Juan de Zumárraga contacta al indio Mixtli para iniciar una serie de entrevistas donde narra su vida, y por consecuencia, la vida pública del pueblo conquistado. Calificación de 10. Del Reading Challenge, reto 50, un libro que empezaste pero no terminaste. Esta fue la tercera ocasión que lo reinicié y por fin lo terminé!

Intemperancia: Falta de templanza o moderación.
Rataplán: Onomatopeya para imitar el sonido del tambor.
Disoluto: Licencioso, entregado a vicios y placeres.
Laja: Piedra grande, lisa y plana
Gamella: Artesa [cajón que se va estrechando hacia el fondo] que sirve para dar de comer y beber a los animales, para fregar, lavar y otros usos.
Monodia: Composición y canto para una sola voz.
Tríbulo: Nombre genérico de varias plantas espinosas.
Asclepia: Planta algodoncillo.
Abjurar: Retractarse, renunciar alguien a una creencia o a un compromiso públicamente.
Nenúfar: Planta acuática con hojas enteras, casi redondas, que flotan en la superficie del agua, y flores amarillas o blancas.
Aquiescencia: Autorización, consentimiento.
Gazmoño: Que finge mucha devoción o escrúpulos, mojigato.
Ostracismo: Aislamiento al que se somete a una persona, generalmente por no resultar grata.
Nefando: Indigno, repugnante.
Ahíto: Harto por haber comido demasiado.
Trocar: Cambiar una cosa por otra.
Manumisión: Concesión de la libertad a un esclavo.
Abigarrar: Aplicar o mezclar varios colores mal combinados.
Núbil: Que ha alcanzado la madurez sexual y puede tener hijos.
Drapear: Colocar o marcar los pliegues, generalmente de una prenda de vestir, para darles la caída necesaria.
Hender: Atravesar un fluido, cortar su superficie.
Proscribir: Expulsar a una persona del territorio de su patria, especialmente por motivos políticos.
Promontorio: Elevación rocosa de altura considerable que avanza hacia el mar.
Leva: Salida de las embarcaciones del puerto.
Repantigarse: Sentarse en el asiento extendiendo el cuerpo para mayor comodidad.
Palimpsesto: Tablilla antigua en que se podía borrar lo escrito para volver a escribir.
Reluctante: Reacio, opuesto.
Hético: Flaco, débil, extenuado.
Hagiología: ciencia que se trata acerca de las cosas sagradas.
Alborozar: Causar gran regocijo, placer o alegría.
Panegírico: Discurso en alabanza de una persona.
Reluctancia: Resistencia.
Resuello: Aliento o respiración, especialmente el dificultoso o violento.
Avieso: Torcido, malintencionado, malvado.
Batintín: Instrumento chino de percusión que consiste en un disco rebordeado de una aleación metálica muy sonora y que, suspendido, se toca con un mazo.
Angarillas: Armazón formado por dos barras paralelas unidas por una tabla transversal, que sirve para transportar a mano materiales para edificios y otras cosas.
Jubón: Especie de camisa que cubría desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al cuerpo.
Panoplia: Armadura completa.
Jarcia: Conjunto de los aparejos y los cabos de una embarcación.

En una pequeña casa en la isla de Xaltocan, nací de mi madre para empezar a morir.

Más tarde, mi padre daría ese objeto al primer guerrero mexícatl que encontrara y a éste se le confiaría la tarea de enterrar lo en algún lugar del próximo campo de batalla al que fuera destinado. Entonces mi tonali (destino, fortuna, suerte o como ustedes quieran llamarlo) siempre debería estar incitándome a ser un guerrero, la ocupación más honorable para nuestra clase de gente, y también para morir en el campo de batalla; ésta era la muerte más honrosa para nosotros.

También debo mencionar que, de acuerdo con la costumbre, el cordón umbilical de mi hermana Nueve Caña fue enterrado, poco más o menos dos años antes, bajo el hogar de la casa en donde nacimos. Su hilo había sido amarrado alrededor de un huso delgadito de barro, con lo que se esperaba que al crecer fuera una buena, hacendosa y aburrida esposa.

La comadrona me dio por nombre Siete Flor. Este nombre del día de nacimiento sería el mío hasta haber pasado los peligros de la infancia, o sea hasta que tuviera siete años, en cuya edad se podía suponer que podría vivir lo suficiente para poder crecer, y entonces me sería dado un nombre de adulto más distintivo.

«Has venido a sufrir. A sufrir y a perseverar.» Si todos los recién nacidos pudieran entender este saludo se retorcerían dolientes, volviéndose hacia la matriz, consumiéndose en ella como una semilla.

De los cuatro mundos adonde iríamos a habitar después de nuestra muerte, Mictlan era el más profundo; era la morada de la muerte total e irredimible, el lugar en donde nada pasa, jamás ha pasado y jamás pasará.

No tuve ninguna de esas características físicas que nuestra gente consideraba como feos defectos en un hombre: no tuve pelo rizado; ni orejas en forma de asa de jarro; ni barba partida o doble; ni dientes protuberantes de conejo; ni nariz muy achatada, pero tampoco pronunciadamente picuda; ni ombligo saltón; ni lunares visibles. Afortunadamente para mí, mi pelo creció lacio, sin ningún remolino que se levantara o que se rizara.

Cualquier niño con remolino era especialmente preferido por los sacerdotes cuando necesitaban de un joven para sus sacrificios. No me pregunten por qué. Ningún sacerdote me dijo jamás el porqué. Pues ¿cuándo un sacerdote ha dado alguna vez una buena razón para imponernos las reglas irracionales que nos hace vivir, o por hacernos sentir el miedo, la culpa o la vergüenza que tenemos que sufrir cuando algunas veces las violamos?

En nuestro tiempo habían solamente unas pocas leyes, deliberadamente pocas, para que cada hombre pudiera guardarlas, todas, en su corazón y en su cabeza, y no tuviera ninguna excusa para quebrantarlas aduciendo ignorancia.

Una de nuestras leyes decía que en cualquier campo sembrado de maíz a la vera de los caminos públicos, las cuatro primeras hileras de varas eran accesibles a los caminantes. Así cualquier viajero podía tomar de un tirón cuantas mazorcas de maíz necesitara para su panza vacía. Pero el hombre que por avaricia, buscando enriquecerse, saqueara aquel campo de maíz para colectar un saco, ya sea para atesorarlo o para comerciar con él, si era atrapado, moría. De este modo esa ley encerraba dos cosas buenas: que el ladrón sería curado para siempre de robar y que el hombre hambriento no muriera de hambre.

Mi padre me decía severamente: «Ten cuidado, Chapulín (él siempre me llamaba con apodos cariñosos), de no burlarte de los ancianos, de los enfermos, de los incapacitados o de cualquier persona que haya caído en algún error o transgresión. Ni los insultes ni los desprecies, más bien humíllate ante los dioses y tiembla, no sea que ellos dejen caer sobre ti las mismas miserias.»

«No huyas de cualquier labor que los dioses te asignen, hijo, sino que debes estar contento. Rezo para que ellos te otorguen méritos y buena fortuna, pero cualquier cosa que te den, recíbela con gratitud. Aunque te den solamente un pequeño don, no lo desdeñes, porque los dioses pueden quitarte lo poco que tienes. En caso de que la dádiva que recibas sea muy grande, quizá un gran talento, ni seas orgulloso ni te vanaglories, más bien recuerda que los dioses deben haber negado ese tonáli a otra persona, para que tú lo pudieras tener.»

Como todos los demás mexica, a excepción de nuestros sacerdotes, me bañaba dos veces al día en agua caliente y jabonosa, nadaba frecuentemente en el lago y periódicamente sudaba los restantes «malos humores» en la casita de vapor de la aldea. Me limpiaba mis dientes por la mañana y por la noche con una mezcla de miel y cenizas blancas.

Mi Tata tuvo que infligirme el castigo prescrito por «hablar escupiendo flemas», que era así como le llamábamos a una mentira. Él se sintió mal cuando lo hizo. Atravesó mi labio inferior con una espina de maguey, dejándola ahí hasta que me llegó el tiempo de ir a dormir. ¡Ayya ouiya, el dolor, la mortificación, el dolor, las lágrimas de mi arrepentimiento, el dolor!

Debes atender siempre, hija, al servicio de los dioses y a dar comodidad a tus padres. Si tu madre te llama no te esperes a que te hable dos veces, ve siempre al instante. Cuando te ordene una tarea, no contestes insolentemente y no demuestres renuencia para hacerla. Lo que es más, si tu Tene llama a otro y aquél no va rápidamente, ve tú misma a ver qué es lo que desea y hazlo tú y hazlo bien.

Sabíamos que desde que ella cumpliera los trece años hasta que tuviera más o menos veintidós años y estuviera casada adecuadamente, ningún hombre podría ni siquiera hablarle en público, ni ella a él. «Si en un sitio público te encuentras con un joven que te guste, no lo demuestres, no des señal alguna, no sea que vayas a inflamar sus pasiones. Ten cuidado de no tener familiaridades impropias con los hombres, no cedas a los impulsos primitivos de tu corazón o enturbiarás de suciedad tu carácter como lo hace el lodo con el agua.»

La diosa Tlazoltéotl o La Que Come Suciedad. A pesar de que su nombre no era bello, era una diosa muy compasiva. Era a ella a quien los hombres moribundos confesaban todos sus pecados y malos hechos —a menudo los hombres vivos también lo hacían, cuando se sentían particularmente angustiados o deprimidos por algo que habían hecho—, así Tlazoltéotl se podía tragar todos sus pecados y éstos desaparecían como si nunca hubiesen sido cometidos.

Mira todo lo que puedas, hijo Mixtli. Tú puedes ver esta maravilla y muchas otras más de una vez, pero siempre y por siempre habrá sólo una primera vez.

El niño Mixtli verá la verdad, sí. Desafortunadamente para él, dirá también la verdad de lo que vea y esto acarrea más frecuentemente la calumnia que la recompensa.

Con el tiempo, el mito que engrandece lo desconocido llega a ser un tesoro mucho más grande que la realidad tangible.

La necesidad hace virtud.

La carne humana diestramente preparada, sazonada y cocinada, es, como la de cualquier otro animal, un platillo muy sabroso, y en donde no hay otra clase de carne ésta puede ser un sustento adecuado.

Creo sinceramente que un hombre debe experimentar una guerra, o al menos una batalla, durante su vida. Porque, si sobrevive, todos los sabores de la vida vendrán a ser más ricos y más queridos.

Un hombre que tiene talento para escuchar, puede incluso oír cosas que aún no se han dicho.

Con el tiempo, me di cuenta de que ningún noble, ni siquiera uno honorario o provisional como yo, jamás tenía que hacer algo por sí mismo. Cuando un noble levantaba la mano para desabrochar el broche del hombro de su magnífico manto de plumas, simplemente lo soltaba y éste nunca llegaba al suelo; algún sirviente estaba allí, listo para tomarlo de sus hombros, y el noble sabía que siempre habría alguien allí. Si un noble doblaba las piernas para sentarse, nunca miraba atrás, aunque se desplomara por haber tomado octli en exceso, pues nunca caería al suelo; una icpali siempre sería deslizada debajo de él, y él sabía que la silla estaría allí.

Para poder exigir el respeto, la deferencia y los privilegios reservados a la nobleza, lo único que tenía que hacer era osar ser un noble.

Originalmente mi pueblo habitaba una región muy al norte de estas tierras. Era Aztlan, El Lugar de las Garzas Niveas, y en aquel entonces mi pueblo se llamaba a sí mismo los aztlantlaca o los azteca, la Gente Garza. Sin embargo, Aztlan era un país duro y su dios principal, Huitzilopochtli, habló a mi pueblo acerca de una tierra generosa que encontrarían hacia el sur. Dijo que sería un viaje largo y difícil, pero que reconocerían su nueva patria cuando encontraran en ella un nopali en el que estuviera parada un águila dorada. Así es que todos los azteca abandonaron todo: sus finos hogares, sus palacios, sus pirámides, sus templos, sus jardines y se encaminaron hacia el sur.» […] «El viaje duró gavilla tras gavilla de años y tuvieron que pasar por las tierras de muchos otros pueblos. Algunos les fueron hostiles; pelearon con ellos e intentaron que los azteca regresaran. Otros fueron hospitalarios y dejaron que descansaran entre ellos, algunas veces por corto tiempo, otras por muchos años, y estos pueblos fueron pagados con el ser instruidos en el noble lenguaje, las artes y las ciencias únicamente conocidas por los azteca.» […] «Cuando los azteca llegaron finalmente a este valle fueron recibidos amablemente por los tecpanecas, la gente de la orilla occidental del lago, quienes les cedieron Chapultépec como lugar de descanso. Los aztecas vivieron en aquella colina del Chapulín mientras sus sacerdotes seguían vagando por el valle en la búsqueda del águila en el nopali. El nopali en el lenguaje tecpaneca era llamado tenochtli, así es que ese pueblo llamó a los azteca los tenochca y con el tiempo los azteca también tomaron ese nombre para ellos mismos: la Gente Cacto. Como Huitzilopochtli había prometido, los sacerdotes encontraron la señal, un águila dorada parada sobre un nopali y la encontraron en una isla del lago que no estaba poblada. Todos los tenochca-azteca inmediatamente y gozosamente se trasladaron de Chapultépec a esa isla.» […] Los tenochca notaron que cada noche podían ver desde su isla a la luna Metztli reflejada en las aguas del lago. Así es que también llamaron a su nuevo lugar de residencia Metztli-Xictli, que significa En Medio de la Luna. Con el tiempo lo acortaron a Mexitli y luego a México, finalmente llegaron a llamarse a sí mismos los mexica. Por signo adoptaron el águila posada en el nopali, y ésta agarrando con el pico el glifo parecido a un listón que simboliza la guerra.» […] «Entonces, los mexica empezaron a extender su influencia y su dominio y muchos pueblos se beneficiaron, lo mismo como mexica adoptivos o como aliados o socios mercantiles. Aprendieron a adorar a nuestros dioses o a variaciones de ellos y nos dejaron apropiarnos de los suyos. Aprendieron a contar con nuestra aritmética y marcar el tiempo con nuestros calendarios. Nos pagan tributo con bienes y con moneda por el miedo a nuestros invencibles ejércitos. Hablan nuestro lenguaje en deferencia a nuestra superioridad. Los mexica han construido la más poderosa civilización que se haya conocido en este mundo, y Mexico- Tenochtitlan se levanta en su centro… In Cem-Anáhuac Yoyotli, El Corazón del Único Mundo.»

Sus antepasados azteca no aportaron nada a este valle: ninguna sabiduría antigua, ningún arte, ninguna ciencia, ninguna cultura. Lo único que trajeron fueron sus propias personas: un pueblo nómada, furtivo, lamentablemente armado, que llevaban pieles raídas repletas de sabandijas y que adoraban a un dios repulsivamente bélico ansioso de matanzas y de derramamiento de sangre. Ese populacho fue odiado y repelido por todas las demás naciones ya instaladas en este valle. ¿Podría algún pueblo civilizado dar la bienvenida a una invasión de groseros mendigos? Los azteca no se establecieron en aquella isla de la ciénaga, en medio del lago, porque su dios les diera una señal y no fueron hasta allí alegremente. Se quedaron en aquel lugar porque no había otro a donde ir, y nadie más había tenido interés en apropiarse de ese pedazo de tierra rodeado de pantanos.» […] «Los azteca no construyeron inmediatamente grandes ciudades ni ninguna otra cosa; tuvieron que utilizar todo su tiempo y energía en encontrar algo para comer. No tenían permitido pescar, porque los derechos de pesca pertenecían a las naciones que los rodeaban. Así es que durante mucho tiempo sus antepasados subsistieron con gran dificultad comiendo cosas repugnantes como gusanos, insectos acuáticos, los huevos viscosos de esos bichos asquerosos y la única planta comestible que crecía en esa miserable ciénaga. Ésta era el mexixin, el mastuerzo común, una hierba áspera y de sabor amargo. Sin embargo, si sus ascendientes no tenían otra cosa, Cabeza Inclinada, sí poseían un mordaz sentido del humor. Dejaron de usar el nombre de azteca y se llamaron a sí mismos, con una mofa irónica, los mexica.»

El Venerado Orador de los mexica, Itzcoátl, Serpiente de Obsidiana, fraguó la Triple Alianza: mexica-acolhua-tepaneca, siendo por supuesto los mexica la parte dominante. Teniendo segura la eminencia de su pueblo, Serpiente de Obsidiana decretó entonces que se quemaran todos los libros de los días pasados y se escribieran nuevas narraciones para glorificar el pasado de los mexica, para dar a éstos una antigüedad espuria.

Una mujer con un área grande y oscura alrededor de su pezón, invariablemente es de sangre caliente, aunque ella desee ser diferente.

Un hombre debe aprovechar y mejorar sus experiencias aun viéndose mezclado en los sucesos más lamentables.

A veces es tan triste perder a un buen adversario, que ha llegado a ser un héroe, tanto como perder a un buen amigo.

Te voy a suplicar que seas gentil, aun más, que seas cauteloso en la forma en que manejas la rectitud y la verdad. Estas cosas pueden cortar tan cruelmente como una hoja de obsidiana. Y, como una hoja, también, puede cortar al hombre que las empuña.

En los pisos altos, las habitaciones tenían techos móviles que se deslizaban para abrirse y dejar entrar la luz del día cuando el tiempo era bueno.

Cuando un solo hombre muere, es como si todo el universo viviente dejara de existir, en cuanto a lo que a él concierne. Asimismo, cada otro hombre o mujer dejan de existir para él; los que son amados y los desconocidos; cada criatura, cada flor, cada nube o brisa, toda sensación y emoción. Su Ilustrísima, el mundo y cada pequeña cosa muere todos los días, por alguien.

Ningún hombre puede dar más que su propia vida. Cada uno de esos miles de hombres que murieron esa vez, hubieran muerto de todas maneras en algún otro tiempo. Y al morir como lo hicieron, sucumbieron por una causa buena, una causa noble y ellos lo sabían. Si me puedo referir a esos frailes misioneros otra vez, Su Ilustrísima, si bien no recuerdo sus palabras con exactitud, parece ser que entre los Cristianos hay unas creencias similares. De que ningún hombre puede manifestar más grande amor que dar su vida por sus amigos.

He llegado a pensar que el Cristianismo podría llegar a ser más atractivo para los paganos si sus predicadores pudieran describir los placeres del Cielo tan vivida y sabrosamente como presentan los horrores del Infierno.

No tema un engaño en la competencia comercial de sus colegas. A menos de que cada uno de nosotros sea escrupulosamente honesto, no tendremos ganancias e incluso no podremos sobrevivir. Nuestra filosofía es así de simple. Y sepa también esto, usted debe ser igualmente honesto en sus tratos con el salvaje más ignorante en las más lejanas tierras. Porque, a cualquier parte que usted viaje, algún otro pochtécatl ya ha estado antes o llegará después. Solamente si cada uno de los tratos comerciales son justos, puede el siguiente pochtécatl ser aceptado en esa comunidad… o dejarlo salir con vida.

A vuestra orden e instigación, Señor, en los diecisiete meses desde nuestra llegada aquí, han sido destruidos quinientos treinta y dos templos de diferentes tamaños; desde estructuras elaboradas en las altas pirámides hasta simples altares erigidos dentro de cuevas naturales. Han sido destruidos más de veintiún mil ídolos de diferentes tamaños, desde monstruosos monolitos tallados hasta pequeñas figuras caseras hechas de arcilla. Para ninguno de ellos se volverá a hacer un sacrificio humano y nos, continuaremos buscando y destruyendo los que vayan quedando, conforme se vayan expandiendo las fronteras de la Nueva España.

Usted admira los efectos, pero deplora los medios.

Hacia el norte, por donde viajé en otra ocasión, se extiende la gran península a lo largo del océano del norte, el lugar en donde sus exploradores españoles tocaron tierra por primera vez. Yo hubiera pensado que después de echar una mirada a esas tierras infecundas e inhospitalarias, ellos debieron haber vuelto a España, para no regresar aquí jamás. Pero en lugar de eso, le dieron a aquella tierra un nombre todavía más absurdo que el de Cuernos de Vaca por Quaunáhuac o el de Tortilla por lo que debía ser Texcala. Cuando aquellos primeros españoles tocaron tierra y preguntaron: «¿Cómo se llama este lugar?», los habitantes, que nunca antes habían oído hablar castellano, naturalmente replicaron: «Yectetán», que quiere decir solamente: «No entiendo.» De ahí sacaron esos exploradores el nombre de Yucatán y supongo que la penínsulaserá llamada así para siempre.

Usted también puede vivir dándole gracias a los dioses por no estar completamente ciego por la cortina o por las moscas o por cualquier otra causa. Usted verá a muchos que lo están. —Él hizo una pausa y luego me hizo notar—: Ellos nunca lo verán a usted.

Eso es lo peor de sentir pena: el modo en que invita a acumular recuerdos de días felices, en comparación acerca de la presente miseria de uno.

Si los indios nos ofrecen un trabajo barato y útil, debe esto considerarse desde un punto secundario para poder salvar sus almas paganas. Nuestro éxito en esta noble tarea se ve disminuido cada vez que un indio muere sin ser Cristiano. Si muchos de ellos mueren así, el nombre de la Iglesia sufrirá menoscabo. Además, si todos esos indios mueren, ¿quiénes construirán nuestras catedrales e iglesias, nuestras capillas y monasterios, nuestros conventos y claustros, nuestros santuarios y casas de retiro y todos los demás edificios Cristianos? ¿Quiénes constituirán, entonces, la mayor parte de nuestra congregación y quiénes van a trabajar para contribuir en el sostenimiento de los siervos de Dios, en la Nueva España?

No hay una forma más sincera de rezar que amar.

Pienso que los recuerdos son el único tesoro verdadero que cualquier ser humano tiene la esperanza de poseer para siempre.

El joven Motecuzoma no está contento con que reine la paz entre nuestra nación y las otras, ya que así no tendrá muchos adversarios a quienes desafiar. Quiere ser respetado y temido como a un hombre de puño duro y voz fuerte, pero un hombre debe ser algo más que eso, o se humillará cuando se enfrente a un puño más duro o una voz más fuerte.

Uno nunca le presta mucha atención a los muebles de su casa hasta que otro viene de fuera y le halaga esa pieza en particular.

El mejor marido es el que esté casado con la mejor esposa.

Me apresuro a asegurarles, reverendos frailes, que mis catequistas cristianos me educaron en forma diferente: me enseñaron que el entretenerme con una idea puede ser tan pecaminoso como la más lasciva fornificación. Pero entonces yo todavía era un idólatra, todos lo éramos, y las fantasías que no compartí ni cometí, no me causaban ningún problema, como no lo causaron a nadie más.

Si nosotros los mexica hubiéramos escuchado siempre a aquellos que nos decían que no hiciéramos tal o cual cosa, nunca habríamos hecho nada.

«Cuando un niño es muy bonito, alcanza casi su máxima belleza a los dos años y sigue siendo muy bonito, con sutiles cambios por supuesto, hasta alcanzar, a los seis años, su máxima belleza infantil. La belleza de los niños se detiene ahí, pero las niñas…» Yo gruñí. «Quiero decir que los niños dejan de ser bonitos, para llegar a ser guapos, agradables, varoniles, pero no bellos. O por lo menos no deberían desearlo. A la mayoría de las mujeres no les gustan los hombres bonitos, ni tampoco a los hombres.» […] «Luego —continuó ella—, las niñitas alcanzan otro grado de belleza cuando llegan más o menos a los doce años, dependiendo de su primer sangrado. Durante la adolescencia, generalmente son tan nerviosas y malhumoradas, como para ser admiradas en lo absoluto. Sin embargo, después vuelven a florecer y a los veinte más o menos, sí, como a los veinte, diría yo, una muchacha llega a ser tan bella como nunca antes lo fue y como no lo volverá a ser otra vez.»

La muerte no debe ser motivo de aflicción o de tristeza. La muerte, decían los sacerdotes, es solamente el despertar del sueño en que uno ha vivido. Quizás sí.

Yo sé que ella nunca dudó de que la amara, pero ¿por qué dejé pasar la más pequeña oportunidad para demostrárselo? Yo sé que ella perdonaba mis lapsos ocasionales de descuido y mis negligencias triviales; probablemente las olvidaba al instante, lo que yo nunca he podido hacer. Desde entonces, a través de todos los años de mi vida, he estado recordando ese o aquel tiempo en que debí haber hecho eso o aquello y no lo hice, y que nunca volvería a tener la oportunidad de hacerlo.

«Que ningún hombre puede reír sin reservas, mientras todavía esté vivo y navegando sobre el mar incierto de la vida. Ni él ni ningún otro, puede saber si podrá sobrevivir a todas las tempestades que le acechan y a los arrecifes ocultos y a los cantos perturbadores de las sirenas, para llegar a salvo al puerto. Ese hombre puede considerarse justamente glorificado, cuando Dios sea su guía, de tal manera que él pueda finalizar sus días en el puerto de la Salvación, pues la Gloria es cantada solamente al final.»

Pensé acerca de Quetzalcóalt, aquel lejano gobernante de los tolteca, quien de forma parecida había flotado mar adentro en el otro océano del este, y que posteriormente llegó a ser el más querido de todos los dioses, el único dios adorado por pueblos muy distantes unos de otros, que no tenían nada en común.

El miedo hace que cualquier sensación humana sea más aguda, cada emoción más vivida.

La hacemos porque es lo mejor que sabemos hacer.

Es inútil discutir cualquier asunto razonable con personas irrazonables.

El Obispo de Tlaxcala está construyendo una iglesia a Nuestra Señora, en lo alto de esa pirámide gigantesca de Cholula — que era como la arrogante Torre de Babel de Shina —y en donde se rendía adoración a Quetzalcoátl, La Serpiente Emplumada. Aquí, en la capital de la Nueva España, nuestra casi totalmente construida iglesia-catedral de San Francisco, ha sido deliberadamente edificada (como casi lo pudo determinar el arquitecto García Bravo) en el sitio en donde una vez estuvo la Gran Pirámide de los aztecas.

Me detuve en Tolocan, un pueblo agradable encima de una montaña en las tierras de los matlalzinca, una de las tribus menores aliadas a la Triple Alianza.

Nunca sabré por qué las mujeres pueden pensar en que sea una recompensa el nacer hombre.

La obediencia no necesita ser expresada, se da por sentado.

Para mí un gobernante debe inspirar a otros a exaltar su eminencia, no debe de exaltarla él mismo; que los otros deben besar la tierra en su presencia, porque él lo merece no porque él lo exige. Para mi mente, todo ese protocolo, ritual y panoplia con que se había rodeado Motecuzoma era menos majestuoso que pretencioso y aun patético. Era como todos los adornos que usaba en sus vestiduras, simples adornos de supuesta grandeza, asumidos por un hombre impertinente, inseguro de sí mismo e indeciso, que no tenía nada de grandeza en lo absoluto.

De repente se echó a llorar, con ese llanto seco, áspero, desapacible, como lloran los hombres; nada parecido al llanto suave, blando, casi musical de las mujeres…

Si usted no fue quien lo hizo —dijo Motecuzoma con voz fría y enojada—, si usted no ha hecho nada para merecer un castigo, entonces, claramente se ve que no lo estoy castigando.

Un soldado común español llamado Díaz, quien ocupaba sus ratos libres en explorar ociosamente las viejas ruinas, recientemente visitó la ciudad abandonada de Tolan o Tula. Los aztecas le han revelado que allí fue donde se estableció un pueblo legendario llamado los toltecas, y cuyo gobernante fue ese rey que luego se convirtió en dios, Quetzalcóatl. Entre las raíces de un árbol que crecía en una hendidura de una de las viejas paredes de piedra, Díaz encontró una caja de ónix labrado, de manufactura indígena, pero de edad indeterminada y dentro de ésta halló cierto número de obleas blancas y delicadas, de pan, muy diferentes al pan hecho por estos indios. Díaz inmediatamente reconoció lo que eran, y nosotros, cuando él nos las trajo, verificamos que eran hostias. ¿Cómo fue que esas obleas sacramentales llegaron a ese lugar y dentro de un copón de manufactura indígena? ¿Por cuántos siglos se conservó secretamente allí, y cómo es que no se rompieron, se secaron o dejaron de existir, desde hace mucho tiempo? Nadie puede adivinarlo. ¿Podría ser que Vuestra Erudita Majestad nos haya dado la respuesta? ¿Pudieron haber sido dejadas esas obleas de Comunión, por el Evangelista Tomás como un recuerdo?

El momento más vulnerable en la vida de un hombre es cuando se acuesta con una mujer.

Ésos fueron los primeros de nuestro pueblo que se dejaron influenciar por la maldad de un extranjero y empezaron a cambiar. “Alimentad a Huitzilopochtli con sangre”, dijo el extraño, y así lo hicieron.

Así que como puedes ver —continuó el anciano— aquellos azteca que se fueron del Aztlán no eran ni de los mejores ni de los más valerosos. Eran de los peores y menospreciados y se fueron porque se les echó de aquí a la fuerza.

Algunas veces, los dioses voluntariamente nos dan su bendición antes de que se lo pidamos —dijo Motecuzoma y dejó caer sobre mí una mirada inequívoca—. Claro, que nunca podemos estar seguros si ese gesto es en son de burla o seriamente.

Mis señores, yo no estoy hecho de piedra. Sólo soy un hombre y un hombre es el más frágil de los monumentos.

Uno nunca puede saber cuándo un vecino será un tesoro o una desgracia hasta que éste se ha mudado para quedarse, y para entonces será muy tarde para arrepentirse. Lo podría comparar con un matrimonio impetuoso, uno sólo puede tener la esperanza de que será un buen matrimonio.

Nuestra caravana se detuvo a respetable distancia y nuestros cuatro señores, tal como yo les había recomendado en privado, encendieron unos incensarios de copali y empezaron a balancearlos sobre sus cadenas, haciendo espirales de humo azul en el aire que estaba alrededor de ellos. Los hombres blancos creyeron entonces y por mucho tiempo después —y creo que hasta este día, según lo tengo entendido— que el balancear este humo perfumado era nuestra manera tradicional de saludar a los extranjeros distinguidos. Era sólo para tratar de poner un velo defensivo contra el hedor intolerable de esos extranjeros que jamás se bañaban.

Los hombres blancos estaban hambrientos de oro y los regalos de mi señor no los saciaron, sino que sólo excitaron más su apetito. Si le permite a ese barco partir, con la prueba de que aquí hay oro, nada nos podrá salvar de una inundación de hombres blancos, que vendrán cada vez más y más hambrientos de oro.

La cama es el mejor lugar para aprender cualquier idioma.

Chololan ya había sido avisada acerca de los hábitos personales de los hombres, así es que nadie, ni las mujeres cuyas órdenes eran copular con ellos, jamás comentaron sobre el terrible olor que despedían o de la manera tan voraz que tenían de comer, o el que jamás se quitaban sus vestimentas y botas por apestosas, o cómo rehusaban bañarse, o de su descuido por lavarse aunque fuera sólo sus manos, después de hacer sus funciones excretoras y sentarse a comer.

Algunos de los hombres de Chololan alcanzaron a correr por armas con las cuales pelear, pero eran tan pocos y estaban tan rodeados, que sólo podían hacerlo en retirada, moviéndose hacia arriba de los flancos de la pirámide-montaña de Chololan. Se debatieron valerosamente hasta llegar a la cima de ésta y al final se encontraban acorralados dentro del gran templo de Quetzalcóatl. Así que sus atacantes simplemente colocaron leña alrededor de éste y lo encendieron, quemándolos vivos. Eso fue hace cerca de doce años, reverendos frailes, cuando el templo fue quemado, derrumbado y su escombro regado. No quedaron más que árboles y arbustos, razón por la cual mucha de su gente, desde entonces, no ha podido creer que la montaña no es una montaña sino una pirámide levantada, hace mucho, por los hombres. Claro que ahora sé que tiene algo más que verdor. La cima en donde fueron abatidos Quetzalcóatl y sus adoradores esa noche, últimamente ha sido coronada en una iglesia Cristiana.

Puede ser que, al tratar de dar una narración honesta de mi vida y del mundo en que viví, algunas veces lo que descubro de mí mismo es más de lo que mis seres más queridos llegaron a saber de mí, quizás más de lo que yo mismo hubiera deseado saber. Pero no me retractaré, ni cambiaré nada de lo que he dicho, ni les pediré que omitan algo en sus páginas. Que quede así. Algún día mi crónica podrá servir como mi confesión a la bondadosa diosa La Que Come Suciedad, ya que los sacerdotes Cristianos prefieren confesiones más cortas de lo que pudiera ser la mía, e imponen una penitencia más larga que la vida que me queda para hacerla, y no son tan tolerantes con la humana fragilidad como lo era la misericordiosa y paciente Tlazoltéotl.

Puedo evitar el torrente turbulento; que Dios me cuide de las aguas tranquilas.

Realmente no sé si lloró por haber sido derrotado o por la pérdida de su tesoro. Sin embargo, hace poco se puso una cerca alrededor de ese árbol en donde Cortés lloró, para marcarlo en memoria de la «Noche Triste». Si nosotros los mexica todavía estuviéramos anotando la historia, le habríamos dado un nombre muy diferente a ese día, quizás «la noche de la última victoria de los mexica», pero como ahora son ustedes, los españoles, los que escriben la historia, supongo que esa noche sangrienta y lluviosa que por su calendario fue el día treinta del mes de junio en el año mil quinientos veinte será por siempre recordada como la «Noche Triste».

Si alguien merece ser honrado y recordado con el título de El Conquistador, ése debe ser un solo y único hombre, aquel negro sin nombre que trajo la enfermedad de las pequeñas viruelas a Tenochtitlan. Él pudo haber contagiado esa enfermedad a los soldados de Narváez durante su viaje para acá, desde Cuba, pero no lo hizo. Les pudo haber transmitido la enfermedad a ellos, y además a las tropas de Cortés, durante su marcha hacia acá desde la costa, pero no lo hizo. Él mismo pudo haber muerto de la enfermedad antes de llegar aquí, pero vivió. Vivió para ver Tenochtitlan y traernos a nosotros la enfermedad. Tal vez fue uno de los caprichos de los dioses que le permitieran vivir y nosotros nada hubiéramos podido hacer para evitarlo.

He escuchado cómo muchas personas —que no estuvieron aquí en aquel tiempo— critican nuestra apatía o estupidez o nuestro conñado sentido de seguridad, porque nos aislamos y no hicimos nada para evitar la llegada de las fuerzas de Cortés, pero la razón de ello era que no podíamos hacer nada. Desde Tzumpanco, que estaba al norte, hasta Xochimilco, en el sur; desde Tlacopan, al oeste, hasta Texcoco, en el este, todo hombre y mujer que no estaba ayudando a cuidar a los enfermos se encontraba moribundo o muerto.

La enfermedad de las pequeñas viruelas fue el verdadero conquistador de nosotros los mexica y de algunos otros pueblos. Y todavía hubo otras naciones que fueron abatidas o que todavía lo están siendo por enfermedades que antes jamás se habían visto en estas tierras, algunas de las cuales hicieron que nosotros los mexica casi nos sintiéramos agradecidos por haber sido visitados sólo por las pequeñas viruelas.

Ustedes nos trajeron la religión Cristiana y nos aseguran que el Señor Dios nos recompensará en el cielo, cuando hayamos muerto, pero sólo aceptándolo a Él podemos salvarnos de ir al Infierno cuando muramos. ¿Por qué el Señor Dios nos mandó entonces esas enfermedades que mataron y condenaron a tantos inocentes al Infierno, antes de que ellos pudieran ver a Sus misioneros y oír hablar acerca de Su religión? A los Cristianos constantemente se les pide que alaben cada una de las obras del Señor Dios, lo cual ha de incluir el trabajo que Él hizo aquí. Reverendos frailes, si sólo nos pudieran explicar por qué el Señor Dios escogió mandar Su religión gentil y nueva tras aquellas enfermedades nuevas y cruelmente mortales, entonces nosotros, los que sobrevivimos, podríamos unirnos gozosos a sus cantos de alabanzas ante la infinita sabiduría y bondad del Señor Dios, Su compasión, Su bondad y Su amor paternal hacia todos Sus hijos, de todas partes.

Poco tiempo después nuestras canoas guerreras regresaron ignominosamente, y la nave enemiga desdeñó perseguirlos. Durante un rato navegaron alegremente haciendo diseños y cruzando a través del agua, como si estuvieran demostrando que ellos eran los dueños del lago, antes de regresar a Texcoco.

Los mexica se sostuvieron de pie. Los mexica siguen de pie. Los mexica permanecerán de pie hasta que ya no puedan sostenerse de pie.

El nombre de Cuautémoc significa Águila Que Cae Sobre Su Presa, pero supongo que era inevitable y hasta más adecuado que después de ese día, que en nuestro calendario fue Uno-Serpiente de nuestro año Tres-Casa y que en el de ustedes fue el trece de agosto de su año mil quinientos veintiuno, el nombre de nuestro último Venerado Orador fuera siempre y desde entonces traducido al español como El Águila Caída.

Yo recordaba los años que habíamos vivido juntos, sin estar juntos nunca y todo lo que había desperdiciado en esos años; nos habíamos desperdiciado el uno al otro y habíamos desperdiciado el amor, que es el desperdicio más imperdonable de todo. Amor y tiempo son las únicas dos cosas en el mundo que no se pueden comprar, sólo gastar.

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