El libro negro de los cuentos


A. S. Byatt

El libro negro de los cuentos

El libro negro de los cuentos


Cinco cuentos que mezclan magia y suspenso con situaciones de la vida cotidiana. Lo que más me llamó la atención fueron los nombres de los personajes de cada cuento, me parecen bastante interesantes. Por lo demás, la calificación lo dice todo, 6.5. Del Reading Challenge, reto 37, un libro con un título de un color.

La cosa del bosque: Una cosa es una cosa. (Dos mujeres estan unidas por un episodio de terror del pasado).
Penny
Primrose
Alys

Arte corporal: Un amor a primera vista. (Un médico y una estudiante son unidos por el más elemental de los amores).
Damián Becket
Yasmin Muller
Daisy Whimple
Martha Sharpin
Letitia Holm
Joey Blount
Eli Pettifer

Una mujer de piedra: La dureza de la muerte. (Tras una operación, una mujer inicia una asombrosa metamorfosis).
Inés
Thorsteinn Hallmundursson

Material en bruto: Cuando lo sencillo no brilla. (Una anciana mujer asombra con sus escritos cotidianos).
Jack Smollet
Adam Abbs
Megan Archer
Blossom Armytage
Bobby Forster
Cicely Fox
Martin Hogg
Anita Parson
Amanda Pearson
Gilly Pygge
Lola Secrett
Tamsin Secrett
Annabel Silver
Rosy Wheelwright

La cinta rosa: El presente y el pasado. (Los recuerdos de un hombre se mezclan con el pesente que vive).
Deanna Bright
James Ennis
Dido
Madeleine

Miríada: Cantidad muy grande e indefinida.
Jamba: Cualquiera de las dos piezas verticales que, puestas en los dos lados de las puertas o ventanas, sostienen el dintel o el arco de ellas.
Falleba: Varilla de hierro sujeta en varios anillos y que puede girar por medio de una manilla, para cerrar las ventanas o puertas de dos hojas, asegurando una con otra, o con el marco.
Sinécdoque: Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa: al usar la forma «cuarenta velas» para designar «cuarenta naves» se está empleando una sinécdoque.
Tropo: Figura retórica que consiste en emplear las palabras en sentido distinto del que propiamente les corresponde.

¿Cómo se le dice a un hijo «Te envío lejos porque pueden caer bombas enemigas del cielo, porque las calles de la ciudad pueden arder como un incendio forestal de ladrillos y vigas, pero yo me quedo aquí, donde creo que diariamente correré el peligro de acabar quemada, enterrada viva, ahogada por los gases, y al fin veré quizá un ejército gris invadiendo la ciudad en tanques, o remontando el río en submarinos, con los cañones llameantes?

Tenía su propio círculo de sillas de plástico amarillo brillante en un centro comercial de los alrededores, donde cuidaba a los niños de mujeres agobiadas y, mientras los vigilaba, les ofrecía un estremecimiento de miedo y de terror que los hacía rebullir de placer.

Quiero decir, no sé qué es lo que vimos, pero siempre estuve totalmente segura de que la habíamos visto.

Ella preguntó por su hijo. El doctor Becket dijo que seguía aguantando. Era un niño fuerte, en la medida en que puede serlo un bebé nacido tan prematuramente. Todavía es muy pronto, explicó el doctor, que había llegado a la conclusión de que la mejor manera de proceder era casi siempre decir estrictamente la verdad, aunque la cantidad de verdad podía variar.

Pertenezco a una religión que adora la forma de un hombre muerto o agonizante.

La comunicación es mucho más difícil en una intimidad de miedo e ira que entre compañeros casuales.

Ella explicó las dificultades para colocar artistas como residentes. Una vez habían tenido uno que quería fotografiar cánceres de pecho, ampliar las imágenes y colocarlas en la sala de espera de los pacientes. —Eran fotografías espectaculares, pero inapropiadas —dijo—. O que se apropiaban de lo que no correspondía.

Martha dijo que todas las mujeres deberían reflexionar sobre lo que significaba ser un hombre que ve tantas mujeres. En circunstancias extremas. Damian dijo que su profesión lo había hecho anormalmente impasible. Las veo como vidas y muertes, le explicó a Martha, como problemas y peligros, y a veces como triunfos. En general, no como personas. No soy bueno en el trato con las personas, añadió Damian Becket.

—Mira, tengo que decírtelo: todas esas tachuelas y aros en el tejido blando del cuerpo… Hay una probabilidad muy alta de que sean cancerígenos.
—Uno no puede preocuparse por todo —dijo Daisy Whimple—. Vaya comentario para hacer en un momento como éste.
—Es lo que estaba pensando.
—Bueno, podrías habértelo guardado para un momento más apropiado.
—Lo siento.
—No pasa nada.

La vida transcurre por canales estereotipados muy estrechos, hasta que se ve interrumpida por un accidente o una visión.

—La encontré alojada en el sótano y la llevé a casa. Ella se metió en mi cama. Habría sido terriblemente grosero echarla así como así, ya lo sabes. No, no lo sabes.
—Claro, todos nos acostamos con otro porque sería muy grosero no hacerlo.

Cuando fue a visitarla al día siguiente, descubrió que tenía el corazón atenazado por un miedo intenso. Iba a ver otra vez a su hija: eso era lo esencial.

—Todo el mundo habla del amor. Amor, amor, amor. Tú y yo, yo y tú… Bueno, no tú y yo personalmente, sino en sentido abstracto. Nadie escribe canciones a los bebés, ¿no? Pero, en cuanto la vi, eso fue amor, eso es lo que era, sé que es amor…

El anestesista, que había escogido su profesión porque no le gustaban los sentimientos de la gente y prefería el silencio a las palabras, le ofreció lo que ella quería: un analgésico. No bien cerró él la puerta, ella se sumergió en una bruma que se hizo cada vez más densa.

Por fantástico que fuera, convertirse en piedra era una metáfora de la muerte. ¿Pero convertirse en lava fundida y contener un horno en su interior?

—Personalmente —dijo Thorsteinn— no creo que seas una gnoma. Creo que eres una metamorfosis.

En su vejez, mi madre se sentaba junto a una lavadora de dos tambores, una reducción mecánica de todos esos arcaicos recipientes y cabrestantes y poleas, y usaba las mismas pinzas de madera para sacar del agua su ropa interior y sus fundas y ponerla a aclarar y luego a escurrirse. Estaba artrítica y tenía unos huesecillos de pajarito, como una gaviota furiosa. Le ofrecieron una nueva máquina con puerta frontal que podía lavar y secar un poco de ropa cada día y, supuestamente, aliviar su trabajo. La idea la horrorizó y la llenó de consternación. Dijo que se sentiría sucia —que se sentiría mal— si no tenía un día de colada. Necesitaba el vapor y remover la ropa para convencerse de que estaba viva y que se comportaba como debía. Hacia el final, el número creciente de sábanas sucias la derrotó, y tal vez incluso la mató, si bien creo que murió, no por agotamiento, sino de pena cuando al fin tuvo que reconocer que ya no podía manejar su batidor ni levantar un cubo. Sintió que ya no era necesaria. Tenía un camisón blanco nuevo que había lavado, almidonado y planchado y que nunca había usado, listo para amortajar su carne blanca inerte en su ataúd, y el azulete Reckitt tenía un brillo más vivo que el gris amarillento de sus párpados y labios contraídos y magullados.

Debía pasar por la farmacia a buscar sus medicinas, y las de ella. Sustancias para calmar a dos personas cuyas vidas calmas eran una forma de frenesí.

A ella no le gustaba contarle —no, lo cierto es que le gustaba no contarle— a donde iba ni por cuánto tiempo. A él no le importaba. Lo pasaba bien solo.

Hacía mucho tiempo que se había dicho que tenía que entender cuando algo se había acabado y renunciar a ello con dignidad

Esa noche, en la cama, lo invadió un recuerdo tan vivido —como le sucedía cada vez con mayor frecuencia— que por unos momentos pareció como si fuera real y estuviera pasando allí y en ese instante. Era algo que le ocurría más y más a menudo cuando resbalaba y perdía pie en la pendiente que separaba el sueño de la vigilia. Daba la impresión de que no hubiera más que una membrana separándolo de la vida del pasado,

Si antes temía olvidar cosas, ahora lo atormentaban las cosas que recordaba, con vivida precisión.

La muerte estaba cerca. Amigos con los que uno iba a encontrarse para cenar, que estaban vivos en nuestra mente en el momento de salir para ir a su encuentro, nunca llegaban, porque eran carne aplastada bajo ladrillos y vigas. Otros amigos que habían quedado con la mirada fija en nuestros recuerdos, como quedan los muertos cuando adquieren la forma final que les da nuestra memoria, aparecían de improviso en nuestra puerta como carne viviente y miserable, magullados y sucios, acarreando bolsas con las pertenencias rescatadas, y pedían rogando una cama, una taza de té.

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