El diario de Ana Frank


Ana Frank

El diario de Ana Frank

El diario de Ana Frank


Al cumplir 13 años, Ana Frank recibe un diario. Una semana después tiene que ocultarse junto con su familia en el edificio donde trabaja su padre: los nazis han iniciado la persecución de Judíos en Holanda, donde reside. Por poco más de dos años registra en el diario los temores, angustias, y sueños desde su encierro obligado. Calificación de 10. Del Reading Challenge, Reto 25, Un libro que se supone que debías haber leído en la escuela pero no lo hiciste.

Azogue: Mercurio.
Poroto: Nombre común de la alubia.
Execrable: Digno de condena.
Batahola: Bulla, ruido grande.
Bargueño: Mueble de madera con cajoncitos y gavetas.
Gazmoña: Mojigatería, actitud de quien finge devoción o escrúpulos.

Función de mediar -de intermediar- entre dos mundos, entre dos universos lingüísticos, conceptuales, emocionales -entre dos cosmologías acaso- es la del traductor. La del intérprete. Interpretar los signos, las huellas inscritas en un contexto, y convertirlas en pretexto para otro texto. Suerte de villano llevado de frontera en frontera por los aires de Babel, especie de veleta agitada por el soplo del habla, que -cuando coloca la mano sobre el corazón- se esmera en no traicionar.

No he anotado nada durante un par de días, pues quise reflexionar sobre el significado y la finalidad de un diario de vida. Me causa una sensación extraña el hecho de comenzar a llevar un diario. Y no sólo por el hecho de que nunca había «escrito». Supongo que más adelante ni yo ni nadie tendrá algún interés en los exabruptos emocionales de una chiquilla de trece años. Pero eso en realidad poco importa. Tengo deseos de escribir y, ante todo, quiero sacarme algún peso del corazón.

Jopie suele decirme: «Ya no me atrevo a hacer casi nada, pues siempre pienso que puede estar prohibido».

Nunca se sabe en qué puede uno ser útil en la vida.

No te inquietes. Nosotros nos ocuparemos de todo. Diviértete y aprovecha tu libertad todo el tiempo que aún puedas hacerlo.

No te imaginas cuán opresivo resulta el hecho de no poder salir nunca, y tengo muchísimo miedo de que seamos descubiertos y fusilados.

En ocasiones comprendo mejor a mis amigas que a mi propia madre. ¡Es una lástima!

Estoy segura de una cosa: peleándose abiertamente una buena vez es como se aprende a conocerse a fondo. ¡Es entonces cuando en realidad puede juzgarse un carácter!

En mi casa, bien abrigada, me siento menos que nada cuando pienso en las amigas que más quería, arrancadas de sus hogares y caídas en ese infierno. Me da miedo pensar que aquellos que estaban tan próximos a mí se hallen ahora en manos de los verdugos más crueles del mundo. ¡Por la única razón de que son judíos!

Me duermo con la extraña sensación de querer ser distinta de como soy, o también de no ser como yo quiero, o de proceder quizá de manera distinta a como yo querría o a como yo soy. ¡Ay! No lo veo tan claro, y tu tampoco, desde luego; discúlpame por esta confusión, pero no me gusta tachar, y, actualmente, la falta de papel nos prohíbe romperlo. Sólo me resta aconsejarte que no releas la frase precedente y, sobre todo, que no trates de profundizarla, porque nunca sacarás nada en limpio.

No puedo dejar de decirte que cada vez me siento más abandonada, que noto que el vacío crece a mí alrededor.

¡Oh, me he vuelto muy razonable! Aquí se necesita buen sentido para todo: para aprender a escuchar, para callarse, para ayudar, para ser amable y quién sabe para qué más aún. Temo abusar de mi cerebro, ya de por sí no demasiado lúcido, y que no quede nada de él para después de la guerra.

Ya no puedo hablar sin que se me juzgue afectada, ni callarme sin ser ridícula, soy tratada de insolente cuando respondo, de astuta cuando tengo una buena idea, de perezosa cuando estoy fatigada, de egoísta cuando como un bocado de más, de estúpida, de apocada, de calculadora, etc. Durante todo el día no oigo más que eso, que soy una chiquilla insoportable; aunque me ría y finja desentenderme, confieso que todo ello me afecta. Tomaría a Dios por testigo y le pediría que me diese otra naturaleza, una naturaleza que no provocara la cólera ajena. Pero es imposible, no puedo rehacerme.

Cuando menos ruido quiere una hacer, más crujen los peldaños.

Pasado el susto, es bien fácil reírse de estas cosas.

Todos los estudiantes que hayan terminado o piensen proseguir sus estudios este año han sido invitados a firmar una declaración en la que afirman simpatizar con los alemanes y con el nuevo orden. El 80 por ciento se ha negado resueltamente a renegar de su conciencia y de sus convicciones, y han tenido que sufrir las consecuencias. Todos los estudiantes que no firmaron serán enviados a un campo de trabajo en Alemania. Si todos los jóvenes son condenados a trabajos forzados en tierra de nazis, ¿qué va a quedar de la juventud holandesa?

Comprendo que con un poco de hipocresía tengo mucho más que ganar que con mis opiniones sinceras, que nadie ha pedido ni estimado nunca.

Las personas libres jamás podrán imaginar lo que los libros significan para quienes están escondidos.

Un fin terrible es mejor que desesperar del fin.

Emprendimos nuevamente los ejercicios corporales, para poder mirarnos la espalda o la parte trasera de las piernas mientras estamos parados. Ahora pagamos las consecuencias de nuestra falta de agilidad: estamos tan duros que ni siquiera podemos girar la cabeza apropiadamente porque hemos abandonado la gimnasia diaria.

En el anexo, las relaciones personales van de mal en peor. Cuando nos sentamos a la mesa, nadie se atreve ya a abrir la boca (salvo para comer), porque la menor palabra corre el riesgo de ser mal interpretada o de molestar a uno o a otro. Me dan todos los días valeriana para calmarme los nervios, lo que no impide que al día siguiente me sienta todavía más fastidiada. Conozco un remedio mejor: reír, reír de buena gana; pero nosotros casi nos hemos olvidado ya de la risa. Si esto dura aún mucho tiempo, temo bastante verme con una larga cara seria y una mueca agria en los labios para siempre.

En cuanto a mí, la única novedad es que no tenga nada de apetito. Constantemente oigo decir: «¡Qué mala cara tiene!». Te confieso que hacen lo indecible para que mi salud no flaquee; me dan glucosa, aceite de hígado de bacalao y tabletas de levadura y calcio. Mis nervios me juegan malas pasadas: estoy de un humor espantoso. La atmósfera de la casa es deprimente, soñolienta, aplastante, sobre todo el domingo. Afuera, ningún canto de pájaro; adentro, un silencio mortal y sofocante planea sobre personas y cosas, y pesa sobre mí como si quisiera arrastrarme a profundidades insondables.

Este anochecer, cuando Elli estaba todavía en el anexo, llamaron a la puerta, largo rato y con insistencia. Inmediatamente me puse pálida, tuve cólicos y palpitaciones, todo eso por la angustia únicamente. De noche, una vez acostada, me veo en una prisión, sin mis padres. Ora voy a la ventura por una carretera, ora me imagino al anexo pasto de las llamas, o ¡que vienen a buscarnos a todos durante la noche! Miep nos dice a menudo que nos envidia, porque todo es tan tranquilo aquí. Hay quizás en ello algo de verdad, pero Miep olvida nuestras angustias diarias. Ya no concibo siquiera que el mundo pueda volver a ser normal para nosotros. Cuando se me ocurre hablar de la «posguerra» es para mí algo así como un castillo en el aire, una cosa que nunca se realizará. Nuestra casa de antes, las amigas, las bromas en la escuela… pienso en todo eso como si hubiera sido vivido por otra persona que no fuera yo misma.

Llovizna. La estufa humea. Lo que se come pasa en el estómago, provocando detonaciones por todas partes. Las mismas noticias por la radio. La moral, por el suelo.

Abuelita, ¿me quisiste realmente o tú tampoco me comprendiste? No sé. Nadie iba nunca a confiarse con abuelita. ¡Qué sola debía de sentirse, a pesar del cariño de todos nosotros! Hay quien puede sentir la soledad, aunque esté rodeado de afectos, si para nadie es el Amado con A mayúscula.

¡Ah, si sólo tuviera una amiga!

¿Quién sospechará lo que sucede en la mente de una chica?

¿Podrías decirme por qué la gente oculta con tanto temor sus verdaderos sentimientos? ¿Cómo es posible que en compañía de los demás yo sea totalmente diferente a lo que debería ser? ¿Por qué desconfían unos de otros? Debe de haber una razón, no lo dudo, pero cuando noto que nadie, ni siquiera los míos, responden a mi deseo de confianza, me siento desdichada.

Jamás olvidaremos el valor heroico de quienes luchan contra los alemanes; pero existe también el valor de nuestros protectores, que nos demuestran tanto cariño y benevolencia.

Noté esta mañana -seré honesta- que, con gran alegría de mi parte, Peter no ha dejado de mirarme de cierta manera. De una manera muy distinta a la habitual; no podría explicártelo de otra forma.

Querría estar sola, completamente sola. Papá no ha dejado de notar que algo me pasa, pero me sería imposible contárselo todo. Querría gritar: «Déjenme en paz, déjenme sola». ¡Quién sabe! Acaso un día estaré más sola de lo que desearía.

No conozco el miedo. Sólo me asustan mis propios defectos. Pero pienso en ellos cada vez menos.

La noche, como el día, se han convertido en una pesadilla. Lo veo a todas horas, o casi, sin poder ir hasta él; necesito vigilarme para no traicionarme, aparentar jovialidad, mientras que todo en mi no es más que desesperación.

Según ellos, nosotros no podemos opinar: «Cállate». Se puede decir eso, pero nunca dejaremos de tener nuestra propia opinión. Se puede tenerla, por joven que se sea y nadie puede arrebatárnosla.

A Ana, la escolar de entonces, la veo ahora como una chiquilla encantadora, pero muy superficial, que no tiene nada en común conmigo.

Ya no necesito adoradores o admiradores seducidos por una sonrisa lisonjera, sino amigos cautivados por mi carácter y mi proceder. Comprendo que estas exigencias reducirían mucho mi círculo de íntimos, pero ¿qué le vamos a hacer? Lo importante es conservar algunas personas sinceras a mí alrededor.

Por la noche, en la cama, al terminar mis rezos con las palabras: «Gracias, Dios mío, por todo lo que es bueno, amable y hermoso», mi corazón se regocija. Lo «bueno» es la seguridad de nuestro escondite, de mi salud intacta, de todo mi ser, Lo «amable» es Peter, es el despertar de una ternura que nosotros sentimos, sin osar todavía, ni el uno ni el otro, nombrarla o tan siquiera rozarla, pero que se revelará: el amor, el porvenir, la felicidad. Lo «hermoso», es el mundo, la naturaleza, la belleza y todo cuanto es exquisito y admirable. No pienso ya en la miseria, sino en la belleza que sobrevivirá. He ahí la gran diferencia entre mamá y yo. Cuando se está desalentado y triste, ella aconseja: – ¡Pensamos en las desgracias del mundo, y alegrémonos de estar al abrigo!. Y yo, por mi parte aconsejo: -Sal, sal a los campos, mira la naturaleza y el sol, ve al aire libre y trata de reencontrar la dicha en ti misma y en Dios. Piensa en la belleza que se encuentra todavía en ti y a tu alrededor. ¡Sé dichosa! En mi opinión, el consejo de mamá no conduce a nada, porque ¿qué hay que hacer cuando nos encontramos en desgracia? ¿No salir de ella? En tal caso, estaríamos perdidos. En cambio, juzgo que volviéndonos hacia lo que es bello -la naturaleza, el sol, la libertad, lo hermoso que hay en nosotros- nos sentimos enriquecidos. Al no perder esto de vista, volvemos a encontrarnos en Dios, y recuperamos el equilibrio.

Sí, Kitty, Ana es extraña, pero la época en que vivo también es extraña, y las circunstancias son más extrañas todavía.

Creo, Kitty, que el anexo va a ser cruzado por el soplo de un amor verdadero.

¿Es que nuestros padres han olvidado ya su propia juventud? Pareciera que sí. Nos toman siempre en serio cuando decimos algo en son de chanza, y se ríen cuando hablamos en serio.

Margot quiere a Peter igualmente, pero se siente de más, sabiendo que cuando hay tres no se dicen las mismas cosas que entre dos.

Anoche, en la transmisión holandesa de ultramar, el ministro Bolkestein dijo en su discurso que después de la guerra se coleccionarán cartas y memorias concernientes a nuestra época. Naturalmente, todos los ojos se volvieron hacia mí; mi diario parecía tomado por asalto. ¡Figúrate una novela titulada El anexo secreto, cuya autora fuera yo! ¿Verdad que sería interesante? (El mero título ya haría pensar en una novela policial). Pero hablemos con seriedad. Diez años después de la guerra, seguramente causaría un extraño efecto mi historia de ocho judíos en su escondite, su manera de vivir, de comer y de hablar. Aunque de ello te haya dicho mucho, en realidad sabes muy poco, poquísimo.

Tú sabes bien que soy fuerte, bastante fuerte para llevar sola la mayoría de mis pesares. No estoy acostumbrada a compartirlos con nadie; nunca me he confiado a mamá. Pero, al lado de él, ¡cómo me gustaría apoyar la cabeza en su hombro y quedarme quieta!

Quiero seguir viviendo, aun después de mi muerte. Por eso le estoy agradecida a Dios, que, desde mi nacimiento, me dio una posibilidad: la de desarrollarme y escribir, es decir, la de expresar todo cuanto acontece en mí. Al escribir me libero de todo, mi pesar desaparece y mi valor renace. Pero -he ahí la cuestión primordial-, ¿seré alguna vez capaz de escribir algo importante; podré ser algún día periodista o escritora? Confío en que sí. ¡Oh, cómo lo deseo! Pues, al escribir, puedo concretarlo todo: mis pensamientos, mi idealismo y mis fantasías.

Ninguno de nosotros había visto el peligro tan de cerca como la noche anterior. Dios debe de habernos protegido particularmente. Reflexiona un momento: la policía ante la puerta-armario, bajo la luz eléctrica, y nuestra presencia pasó inadvertida.

Nunca terminan las discusiones en el anexo. Kraler nos ha reprochado nuestra imprudencia. Asimismo, Henk opinaba que, en casos semejantes, ninguno de nosotros debía aparecer en los pisos inferiores. Nos han refrescado la memoria sobre nuestra condición de «clandestinos», nuestra categoría de judíos, enclaustrados entre cuatro paredes, sin ningún derecho y con mil obligaciones. Nosotros, judíos, no tenemos el derecho de hacer valer nuestro sentimiento; sólo nos resta ser fuertes y valerosos, aceptar todos los inconvenientes sin pestañear, conformarnos con lo que podemos tener, confiando en Dios. Un día terminará esta terrible guerra, un día seremos personas como los demás y no solamente judíos. ¿Quién nos ha marcado así? ¿Quién ha resuelto la exclusión del pueblo judío de todos los otros pueblos? ¿Quién nos ha hecho sufrir tanto hasta aquí? Es Dios quien nos ha hecho así, pero también será Dios quien nos elevará. Sí. A pesar de esta carga que soportamos, muchos de nosotros siguen sobreviviendo; hay que creer que, como proscritos, los judíos se transformarán un día en ejemplo. ¡Quién sabe! Acaso llegue el día en que nuestra religión enseñe el bien al mundo, es decir, a todos los pueblos… y que en eso radique la única razón de nuestro sufrimiento. Jamás llegaremos a ser los representantes de un país, sea el que fuere, nunca seremos holandeses o ingleses, simplemente; siempre seremos judíos, por añadidura. Pero deseamos seguir siéndolo. y estemos seguros de nuestra salvación. Dios no ha dejado nunca caer a nuestro pueblo. En el correr de los siglos, nos vimos obligados a sufrir, y, en el correr de los siglos, también nos hemos fortalecido. Los débiles caen, pero los fuertes sobrevivirán y no caerán jamás. La otra noche intuía íntimamente que iba a morir. Aguardaba a la policía. Estaba preparada. Presta, como el soldado en el campo de batalla. lba, de buen grado, a sacrificarme por la patria. Ahora que me he salvado, me percato de cuál es mi primer deseo para la posguerra: ser holandesa.

Me siento de más en más apartada de mis padres, progresivamente independiente. Por joven que sea, enfrento la vida con mayor valor, soy más justa, más íntegra que mamá. Sé lo que quiero, tengo un norte en la vida, una opinión, mi religión y mi amor. Soy consciente de ser mujer, una mujer con una fuerza moral y mucho valor. Si Dios me deja vivir, iré mucho más lejos que mamá. No me mantendré en la insignificancia, tendré un lugar en el mundo y trabajaré para mis semejantes. Comprendo en este momento que por sobre todas las cosas necesitaré valor y alegría.

Sólo veo rostros descontentos y sombríos. No oigo más que suspiros y quejas reprimidas. Dijérase que, bruscamente, todo anda mal entre nosotros. En el anexo, cada uno pelea con sus propios nervios, sin llegar jamás a una conclusión. Todos los días oímos. «¡Si esto tan sólo terminara!». Mis estudios, mis esperanzas, mi amor, mi valor, todo eso me hace mantener la cabeza alta y ser juiciosa.

Todavía tengo muchas cosas que decirle, pues las caricias por sí solas no lo son todo. Revelarnos nuestros pensamientos. Para eso es menester confiar y tener fe el uno en el otro. Eso nos hará más fuertes a ambos.

Desde luego, les comprendo muy bien a ambos pero debes ser tú quien guarde distancia; no vayas tan a menudo a su cuarto, no lo alientes al extremo que luego debas arrepentirte. En estas cosas, el hombre es activo, y la mujer más moderada. En la vida normal, cuando se circula libremente, es algo bien distinto; estás forzada a ver a otros amigos y amigas, puedes alejarte por un tiempo, practicar deportes, hacer otras cosas; pero aquí, puede suceder que quieras irte sin poder hacerlo; si no me engaño, ustedes se ven a cada momento. Sé prudente, Ana, y no lo tomes demasiado en serio.

Desde el sábado almorzamos a las once y media; por economía, el desayuno sólo consta de una taza de avena; cuesta aún encontrar legumbres: para el almuerzo tuvimos ensalada cocida podrida. Ensalada cruda o cocida, espinacas… ése es nuestro menú; no hay otra cosa, salvo las patatas podridas: ¡algo delicioso! No es menester mucha imaginación para comprender esta eterna letanía de la desesperación: «¿De qué sirve esta guerra? ¿Por qué los hombres no pueden vivir en paz? ¿Por qué esta devastación?». Pregunta comprensible, pero nadie ha encontrado la respuesta final. En realidad, ¿por qué se construyen en Inglaterra, aviones cada vez mayores, con bombas cada vez más pesadas y, al mismo tiempo, casas prefabricadas para la reconstrucción? ¿Por qué se gastan cada día millones en la guerra y no hay un céntimo disponible para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Por qué hay hombres que sufren hambre, mientras que en otras partes del mundo los alimentos sobran y se pudren? ¿Por qué los hombres han enloquecido así? Jamás creeré que únicamente los poderosos, los gobernantes y los capitalistas son responsables de la guerra. No. El hombre de la calle también es responsable. Si no, los pueblos hace rato que se hubieran rebelado. Los hombres han nacido con el instinto de destruir, matar, asesinar y devorar: hasta que toda la humanidad, sin excepción, no sufra un enorme cambio, la guerra imperará; las construcciones, las tierras cultivadas serán nuevamente destruidas, y la humanidad no tendrá más que volver a empezar.

«Creo, papá, que tú aguardas de mí una explicación, y aquí la tienes: estás decepcionado porque hubieras querido que yo guardase distancias; quieres, sin duda, que a mi edad yo sea una muchacha correcta, tal como tú la has forjado; pero te engañas. Desde que estamos aquí, es decir, desde julio de 1942, y hasta muy recientemente, mi vida no tuvo nada de fácil. Si supieras cuántas lágrimas derramé de noche, qué desgraciada me sentía, completamente sola, comprenderás mejor por qué quiero reunirme con Peter. Eso no se produjo de la noche a la mañana. Llegué a vivir sin el apoyo de mamá o de quienquiera que fuese, a costa de luchas, de muchas luchas y lágrimas; me costó caro llegar a ser tan independiente. Puedes reírte y no creerme, pero eso no me importa. Tengo conciencia de haber crecido sola, y no me siento en lo más íntimo responsable hacia ustedes. Si te digo todo esto es porque no quiero que pienses que me hago la misteriosa; en cuanto a mis actos, me siento responsable conmigo misma. Cuando me debatía completamente sola, todos ustedes, y tú también, cerraron los ojos y se taparon los oídos: nadie me ayudó; al contrario, sólo recibí regaños porque era demasiado revoltosa. Al llamar así la atención, pensaba acallar mi pena, me obsesionaba silenciar esa voz interior. Durante más de un año y medio interpreté la comedia, día tras día, sin quejarme, sin apartarme de mi papel, sin desfallecer. Ahora la lucha ha terminado. He ganado, soy independiente de cuerpo y espíritu; ya no necesito una madre, me he vuelto fuerte a fuerza de luchar. Y ahora que tengo la certidumbre de haber superado las dificultades, quiero proseguir sola mi camino, el camino que me parece bueno. Tú no puedes, no debes considerarme como una niña de catorce años, porque todas estas miserias me han madurado; me propongo obrar según mi conciencia, y no deploraré mis actos. Desde luego, no podrás convencerme de que deje de reunirme con Peter. O me lo prohíbes por la fuerza, o confías en mí en todo y para todo, ¡y me dejas en paz!».

La policía tiene bastante trabajo en buscar a las niñas perdidas diariamente. desaparecen muchachas de quince, dieciséis y diecisiete años.

Porque fui demasiado presuntuosa; Señorita Ana, lo que usted ha hecho está lejos de ser perfecto! Causar semejante pesar a alguien a quien se dice querer, e intencionalmente, por añadidura, no es más que una bajeza, ¡una gran bajeza! Lo que más me avergüenza es cómo papá me ha perdonado; va a quemar la carta, y se ha vuelto tan amable conmigo que se creería que es él el culpable. ¡No, Ana! ¡Tú tienes todavía mucho que aprender! ¡En lugar de encarar a los demás y acusarlos, harías mejor en volver a empezar! He tenido mis penas, sí. Pero todos los jóvenes de mi edad pasan por eso, ¿verdad? Yo interpretaba una comedia antes de tener conciencia de lo que hacía; me sentía sola, pero rara vez vencida. Hay que avergonzarse de eso, y me avergüenzo terriblemente. Lo hecho, hecho está; pero es posible corregirse. Volver a empezar desde el principio, quiero hacerlo, y no debe de ser demasiado difícil, pues tengo a Peter. ¡Con su apoyo tendré éxito! Ya no estoy sola en el mundo. El me quiere y yo lo quiero, tengo mis libros, los cuentos que escribo y mi diario; no soy demasiado fea ni demasiado tonta; poseo una alegría natural y buen carácter. ¡Ese es, pues, mi propósito!

Con gran pesar y consternación hemos sabido que muchas personas se han vuelto contra los judíos. Hemos oído decir que el antisemitismo se ha apoderado de ciertos círculos, donde antes, jamás se hubiera pensado en eso. Los ocho nos sentimos profundamente conmovidos por la noticia. La causa de este odio contra los judíos es plausible, a veces hasta humana, pero inadmisible. Los cristianos reprochan a los judíos que, ante los alemanes, tengan la lengua demasiado larga, traicionando a sus protectores y haciendo sufrir a los cristianos, por culpa de ellos, la suerte trágica y la tortura horrible de tantos de nosotros. Todo eso es verdad, pero hay que ver el reverso de la medalla, como en cualquier otro caso. ¿Los cristianos, en nuestro lugar, obrarían de manera diferente? ¿Un hombre, sea judío o cristiano, puede callarse ante los medios de que se sirven los alemanes? Todo el mundo sabe que eso es casi imposible. ¿Por qué, entonces, exigir lo imposible a los judíos? En los grupos de la Resistencia corre un rumor vinculado a los judíos alemanes otrora emigrados en Holanda, y actualmente en los campos de concentración de Polonia: éstos no podrían, después de la derrota de Hitler, regresar a Holanda, donde tenían el derecho de asilo; se les obligaría a volver a Alemania. Oyendo eso, ¿no es lógico que nos preguntemos por qué se sostiene esta guerra larga y penosa? ¡Se nos ha repetido siempre que nosotros combatimos juntos por la libertad, la verdad y el derecho! Si ya se declara la división en pleno combate, ¿el judío saldrá de él inferior a algún otro, una vez más? ¡Oh! Es triste tener que admitir el viejo aforismo: «De la mala acción de un cristiano, es este mismo responsable; la mala acción de un judío recae sobre todos los judíos».

Más de una vez me pregunto si, para todos nosotros, no habría valido más no ocultarnos y estar ahora muertos, antes de pasar por todas estas calamidades, sobre todo por nuestros protectores, que al menos no estarían en peligro. Ni siquiera este pensamiento nos hace retroceder, amamos todavía la vida, no hemos olvidado la voz de la naturaleza, a pesar de todo. Que algo acontezca bien pronto, que lleguen las bombas si es necesario, porque ellas no podrían aplastarnos más que esta inquietud. Que llegue el fin, aunque sea duro; al menos sabremos si, en última instancia. debemos vencer o perecer.

«Hoy es el día D», ha dicho la B.B.C. a mediodía, y con razón: This is the day. ¡La invasión ha comenzado! […] El anexo es un volcán en erupción. ¿Se acerca de veras esa libertad tan largamente esperada? Esa libertad de la que tanto se ha hablado, ¿no es demasiado hermosa, parecida a un cuento de hadas, para que se transforme en realidad? Este año, 1944, ¿ va a darnos la victoria? Aún no lo sabemos, pero la esperanza nos hace renacer, nos devuelve el valor, nos restituye las fuerzas. Porque va a ser necesario soportar valerosamente muchas angustias, privaciones y sufrimientos. Se trata de permanecer tranquilos y de resistir. A partir de ahora, y más que nunca, tendremos que hundirnos las uñas en la carne antes que gritar. Es el momento para Francia, Rusia, Italia y también Alemania de hacer oír su miseria; en cuanto a nosotros, aún no tenemos ese derecho. ¡Oh, Kitty! Lo más hermoso de la invasión es la idea de que podré reunirme con mis amigos. Después de haber tenido el cuchillo en la garganta, de haber estado durante tanto tiempo oprimidos por esos horribles alemanes, no podemos menos que sentirnos rebosantes de confianza, al pensar en la salvación y en los amigos. Ya no se trata de judíos. Ahora se trata de toda Holanda y de toda Europa ocupada. Margot dice que quizá yo no pueda ir a la escuela en septiembre o en octubre.

La naturaleza es la única cosa que no tolera ser deformada.

Realizar una cosa fácil no demanda ningún esfuerzo. Hay que practicar el bien y trabajar para merecer la dicha, y no se llega a ella a través de la especulación y la pereza. La pereza seduce, el trabajo satisface.

Pueden regocijarse quienes tienen una religión, pues no le es dado a todo el mundo creer en lo celestial. Ni siquiera es necesario temer el castigo, después de la muerte; no todos creen en el purgatorio, el infierno y el cielo, pero una religión, sea cual fuere, mantiene a los hombres en el camino recto. El temor a Dios otorga la estimación del propio honor, de la propia conciencia. ¡Qué hermosa sería toda la humanidad, y qué buena, si, por la noche, antes de dormirse, cada cual evocase cuanto le ocurrió durante el día, y todo lo que hizo, llevando cuenta del bien y del mal en su línea de conducta! Inconscientemente y sin titubeos, las personas se esforzarían por enmendarse, y es probable que después de algún tiempo se hallarán frente a un buen resultado. Todo el mundo puede probar este simple recurso, que no cuesta nada y que indudablemente sirve para algo. «En una conciencia tranquila es donde radica nuestra fuerza». El que lo ignore puede aprenderlo y hacer la prueba.

Hemos leído un libro de la biblioteca con el título provocativo. ¿qué piensa usted de la muchacha moderna? Me gustaría hablarte del tema. La autora (porque es una mujer) critica a fondo a la «juventud de hoy», aunque sin desaprobarla por completo, pues no dice, por ejemplo, que no sirve para nada. Al contrario, es más bien de la opinión de que, si la juventud quisiera, podría ayudar a construir un mundo mejor y más bello, puesto que dispone de los medios; sin embargo, prefiere ocuparse de cosas superficiales, sin mirar lo que es esencialmente hermoso.

En el fondo, la juventud es más solidaria que la vejez.

Me siento demasiado alegre para ser lógica, demasiado contenta con la expectativa de poder sentarme de nuevo, en octubre, en los bancos de la escuela. ¡Oh, oh! ¿No he dicho hace un instante que no hay que anticiparse nunca? ¡Perdón, perdón! No por nada me llaman «un amasijo de contradicciones».

He ahí la dureza de esta época. tan pronto como los idealismos, los sueños, las bellas esperanzas han tenido tiempo de germinar en nosotros, son súbitamente atacados y del todo devastados por el espanto de la realidad.

Los Frank, como otras familias judías alemanas, habían emigrado a Holanda, en 1933, huyendo del antisemitismo. Se instalaron en Amsterdam. A la llegada de los alemanes no pudieron abandonar el país y, el lunes 6 de julio de 1942, se refugiaron en el «anexo secreto», ubicado en las mismas oficinas de Otto Frank. Hoy la casa es un museo. Menos de un mes antes, Ana, la hija menor de sólo trece años, había comenzado a escribir su Diario. Lo hace hasta el 10 de agosto de 1944. Tres días después, hacia las 10.30 de una mañana de verano, irrumpe en el anexo la Grüne-Polizei y sus ocho habitantes, más sus protectores Kraler y Koophuis, son arrestados y enviados a campos de concentración. El fascista holandés que los denunció ganó 60 florines -7,50 por cabeza- por entregar al grupo.

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