Claraboya


José Saramago

Claraboya

Claraboya


Novela que en su tiempo, no fue aceptada por ningún editor, y el desconocido autor se olvidó de ella. Recién apareció y es ahora cuando se publica. Narra la vida de los habitantes de un edificio, pues familias conocemos, vidas detrás de las paredes no sabemos. Un zapatero y su esposa, solitarios, alquilan un cuarto a un joven. Un matrimonio infeliz donde ella es española, él portugués y en medio un pequeño hijo. Otro matrimonio infeliz donde la hija única ha muerto. Una hermosa mujer, amante de un exitoso empresario que le paga la renta. Cuatro mujeres: dos hermanas mayores de las cuales una tiene dos hijas, de las cuales una guarda un secreto. Un matrimonio mayor que guarda a su hija como su mayor tesoro. Calificación de 7. Del Reading Challenge, reto 16, un libro de un autor que te encanta pero que aún no has leído.

Batiburrilo: Mezcla de cosas revueltas, sin orden e inconexas, que desdicen entre sí.
Zaragata: Alboroto, tumulto, gresca.
Enfoscar: Cubrirse [el cielo] de nubes muy oscuras que amenazan tormenta.
Aquiescencia: Consentimiento, (permiso).
Contumacia: Tenacidad y dureza en mantener un error.
Albura: Blancura perfecta.
Repulgo: Pliegue o dobladillo que se hace con este punto en los bordes de una prenda de vestir o un tejido como remate.
Periclitar: Decaer o declinar.

«El libro perdido y hallado en el tiempo», así se hablaba de Claraboya en casa. Quienes leyeron la novela entonces intentaron convencer al autor de la necesidad de su publicación, pero obstinadamente José Saramago se negaba, decía que no se editaría mientras viviera. Sin otra explicación que no fuera su norma de vida, tantas veces escrita y pronunciada: nadie está obligado a amar a nadie, todos estamos obligados a respetarnos.

Ninguno de ellos se engañaba acerca del otro y bien sabían que el fuego de la juventud se había apagado para siempre jamás, pero se amaban tiernamente, hoy como hacía treinta años, cuando se casaron. Tal vez ahora su amor fuera mayor, porque ya no se alimentaba de perfecciones reales o imaginadas.

El diálogo del reloj y del silencio fue interrumpido otra vez.

Hay palabras que se retraen, que se niegan, porque tienen demasiado significado para nuestros oídos cansados de palabras.

-¿Por qué costará tanto decir la palabra bello? –preguntó Isaura sonriendo. -No sé –respondió la hermana-. Lo cierto es que cuesta. Y, mirándolo bien, debería ser como otra cualquiera. Es fácil de pronunciar, son sólo cuatro letras… Tampoco lo entiendo. Tía Amelia, todavía sorprendida por su falta de reacción de unos momentos antes, quiso aclarar: -Yo lo entiendo. Es como la palabra Dios para los que creen. Es una palabra sagrada.

Es siempre la misma historia. Para unos mucho, para otros poco y para otros nada.

Allí, en casa, no existía miseria, sobre la mesa había alimentos en todas las comidas, pero existía la rigidez del presupuesto apretado, del que estaba excluido todo lo superfluo, hasta la superfluo necesario, ese sin el que la vida del hombre se desenvuelve casi al nivel de los animales.

Caetano había tenido una aventura, una aventura inmunda, que eran las que más le gustaban. Por eso sonreía. Apreciaba las cosas buenas y se deleitaba dos veces con ellas: cuando las experimentaba y cuando las recordaba.

A veces pensaba que el marido tenía una amante, una amiga. En su opinión, todas las desavenencias conyugales estaban provocadas por la existencia de las amigas… Los hombres son como los gallos, que cuando están sobre una gallina ya han elegido la que vendrá a continuación.

Nadie sabe si [se] olvida antes de olvidar. Si fuera posible saberlo antes, muchas cosas de solución difícil la tendrían fácil.

Te olvidarías, sí. Estoy seguro. De aquí a un año no te acordarías de mí. O antes. Trescientos sesenta y cinco días de ausencia y para ti mi cara sería una cosa pasada. Más tarde, aunque vieras mi foto, no te acordarías de mi cara. Y si pasara más tiempo, no me reconocerías aunque cruzara delante de ti. Nada te diría que soy tu padre. Para ti soy un hombre que ves todos los días, que te da agua cuando estás enfermo y tienes sed, un hombre al que tu madre trata de tú, un hombre con quien tu madre se acuesta. Me quieres porque me ves todos los días. No me quieres por lo que soy, me quieres por lo que hago o no hago. No sabes quién soy. Si me hubieran cambiado por otro cuando naciste, no te abrías dado cuenta y lo querrías como me quieres a mí. Y si yo volviera alguna vez, necesitarías mucho tiempo para habituarte a mí, o tal vez, a pesar de ser yo tu padre, preferirías a otro. También lo verías todos los días, también él te llevaría al cine.

Mis recuerdos de infancia no interesan, sobre todo porque no soy suficientemente mayor para que me dé placer contarlos.

No hay dinero que pague una esperanza.

A mi entender, las mujeres hermosas no quieren amar, quieren ser amadas.

No era contenta lo que parecía. No sé explicarlo. Era como si el dolor le estuviera dando gusto, o como si el gusto le produjera dolor.

La oscuridad es enemiga de las sonrisas, sugiere pensamientos graves.

Su presencia era como una penitencia, inútil como todas las penitencias y sólo comprensible porque era voluntaria.

Sentía de forma clara que en esa casa era un extraño, que nada de lo que lo rodeaba, aunque hubiera sido comprado con su dinero, le pertenecía. Tener no es poseer. Puede tenerse aquello que no se desea. Posesión es tener y disfrutar lo que se tiene. Tenía una casa, una mujer y un hijo, pero nada era, efectivamente, suyo. Que se pudiera decir suyo, sólo se tenía a sí mismo, y no por completo.

De todas las mujeres, sólo desdeñaba a una: la suya. Justina era, para él, un ser asexuado, sin necesidad ni deseos.

Lentos pasaron los minutos y las horas. El reloj de abajo alargó el tiempo en marañas sonoras de un hilo inagotable. Exhausta, Isaura acabó por dormirse. Adriana, no. Hasta que en la ventana la luz azulada de la noche se transformó en la luz parda de la madrugada y ésta fue sustituida, en lentas degradaciones, por la blancura de la mañana, estuvo despierta.

Hasta cuando podemos cerras los ojos, los debemos mantener abiertos.

La lámpara del techo distribuía la luz de tal modo que su función parecía, más bien la de distribuidora de sombras.

Las lágrimas hasta entonces reprimidas cayeron. Dos lágrimas sólo, dos lágrimas que tenían que caer porque habían llegado hasta los ojos y no podían volver atrás.

El sentido oculto de la vida es que la vida no tiene ningún sentido oculto.

Sí, dicen los sabios que las paralelas se encuentran en el infinito de la estupidez, de la apatía, del marasmo.

¿Contento? Al contrario. Creo que usted está preso del aburrimiento. Está harto de la vida, cree que lo ha aprendido todo, sólo ve cosas que aumentan su aburrimiento. ¿Cree que puedo estar contento= No todo es fácil de contar. Siempre es posible dejar un empleo que nos pesa o una mujer que nos cansa. Pero el aburrimiento ¿cómo se corta?

Sólo puede ser verdaderamente útil quien ya ha sentido que era inútil. Por lo menos, no corre tanto riesgo de volver a serlo.

Sólo quiero decir que lo que cada uno de nosotros tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los que consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres. Después, se trata de actuar…

Emilio dejaba pasar el tiempo. Anunció que se iría, pero no daba el paso. Se le moría el valor. Cuando estaba casi a punto de cruzar el umbral de la puerta para no volver nunca más, algo le retenía. El amor había huido de su casa. No odiaba a la mujer, pero estaba fatigado de infelicidad. Todo tiene un límite: puede soportarse la infelicidad hasta aquí, pero no hasta allí. Y, sin embargo, no partía. La mujer ya no hacía esas escenas exasperantes, estaba más tranquila. Nunca más levantó la voz, nunca más se quejó de su negra vida. Pensando en esto, Emilio se asustaba ante la posibilidad de que ella pretendiera reconstruir la vida hogareña. Ya se sentía lo suficientemente preso para desear tal eventualidad. Pero Carmen le hablaba sólo cuando no podía dejar de hacerlo. Nada permitía, pues, pensar en un deseo de reconciliación.

Cuando necesitaban entenderse, lo hacían con monosílabos y frases cortas. Nunca la aversión mutua fue tan completa.

Los hombres que se consideran engañados matan o dejan la casa. O fingen que no lo saben. ¿Qué va a hacer usted?

Se acabó. Era necesario recomenzar. Recomenzar. Recomenzar… Despacio, dos lágrimas brillaron en sus ojos. Oscilaron un momento, suspendidas del párpado inferior. Después cayeron. Sólo dos lágrimas. La vida no vale más que dos lágrimas.

Si no fuera por las cartas anónimas, se quedarían escondidas muchas cosas.

Las emociones fatigan.

Los hombres confían más en las mujeres que ellas en ellos, por eso le he contado todo. Tengo confianza en usted, la más completa de las confianzas… -se inclinó hacia delante con una sonrisa-. Queda, entonces, como un secreto entre nosotros. Los secretos aproximan, ¿sabe? Como única respuesta, María Claudia sonrió. Hizo lo que todas las mujeres hacen cuando no saben qué responder. La persona a quien la sonrisa va dirigida puede interpretarla como quiera.

Descubrió que, habiendo deseado tanto la liberta, ahora no sabía cómo gozarla completamente. Los proyectos de poco antes le parecían mezquinos y frívolos. En resumidas cuentas, sería hacer solo lo que había hecho con la familia. Recorrería los mismos lugares, se sentaría bajo los mismos árboles, iba a tumbarse sobre la misma arena. No podía ser. Tenía que pensar en algo más importante, algo que pudiera recordar después del regreso de la mujer y del hijo. ¿Qué podía ser? ¿Orgías? ¿Juergas? ¿Aventuras con mujeres? De todo eso tuvo en los años de soltería y no tenía ganas de comenzar. Sabía que esos excesos dejan siempre un sabor amargo de arrepentimiento y disgusto. Repetirlos sería ensuciar su libertad. Pero, además de excursiones y de lujuria, no veía nada más con que ocupar los tres meses que tenía por delante. Quería algo más elevado y digno, y no sabía qué. Encendió un nuevo cigarro, se desnudó y se acostó. En la cama sólo había una almohada: era como si estuviese viudo, o soltero, o divorciado. Y pensó: «¿Qué voy a hacer mañana? Tengo que ir al trabajo. Por la mañana daré una vuelta. Necesito hacer encargos. ¿Y por la tarde? ¿Voy al cine?, ¿adónde iré? A dar una vuelta, claro. Pasear por cualquier lugar. Pero ¿por dónde? Lisboa es una ciudad en la que sólo puede vivir bien quien tenga mucho dinero. Quien no lo tenga, debe trabajar para ocupar el tiempo y ganar para comer. Mi dinero no es mucho… ¿Y por la noche? ¿Qué haré por la noche? Otra vez al cine… Qué panorama… ¿Será que me voy a pasar los días metidos en un cune, como si no hubiera nada más que hacer? ¿Y el dinero? Por estar solo no puedo dejar de comer y de pagar el alquiler de la casa. Estoy libre, no hay duda, pero ¿para qué sirve la libertad si no tengo los medios para beneficiarme de ella? Si sigo pensando de esta manera, acabaré deseando que regresen…». Se sentó en la cama, nervioso: «He ambicionado tanto este día… Lo he disfrutado completamente hasta llegar a casa, pero no ha sido nada más que entrar y venirme estos pensamientos idiotas. ¿Me habré transformado tanto como para parecerme a las mujeres a las que los paridos pegan y que, pese a eso, no pueden pasar sin ellos? Sería estúpido. Sería absurdo. Sería cómico que llevara tantos años deseando la libertad y, apenas pasado el primer día, sentir ya deseos de correr en busca de quien me la impedía». Aspiró una bocanada y murmuró: -Es el hábito, claro. También el tabaco es malo para la salud y no lo dejo. Sin embargo, podría dejar de fumar si el médico me dijera: «El tabaco lo mata». El hombre es un animal de hábitos, evidentemente. Esta indecisión es consecuencia del hábito. Todavía no me he habituado a la libertad.

Me han dado muchas patadas, he sufrido demasiado. No haré como el otro, que ponía la mejilla izquierda a quien le abofeteaba la derecha… Silvestre interrumpió con vehemencia: -Yo tampoco, Antes le cortaría la mano a quien me agrediera. –Si todos actuaran de esa manera, no habría en el mundo nadie que tuviera dos manos. Quien es golpeado, si no ha golpeado aún, golpeará un día. Es una cuestión de oportunidad.

La edad puede mucho. Trae la experiencia, pero trae también el cansancio.

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