Salida de emergencia


Fabrizio Mejía Madrid

Salida de emergencia

Salida de emergencia

Un libro que contiene crónicas del autor y que a través de ellas se reflejan la realidad de un país con múltiples heridas que hacen que se desangre de a poco: En el sur: caciquismo, guerrilla, discriminación, injusticia, exterminio, desplazados, lucha por la tierra. En el centro del país: los multimillonarios y sus nuevas dinámicas de vida, las marchas, los crímenes sin sentido, las celebridades, nuevas drogas, terrorismo, religión. En el norte: desapariciones, secuestros, muertas de Juárez, inmigrantes Cada una de ellas, aún vigente a casi 8 años de su publicación. Calificación de 9.5

Tequio: Molestia, perjuicio.

La crónica es, por ello, el género de los náufragos, el testimonio del que usó su tiempo de superviviente no en pensar su ruta hacia tierra firme, sino en dejar un acta que las aguas, de todos modos, se llevarán con ellas. No tiene botella, como los novelistas, en la cual poner su mensaje para futuras generaciones. Sólo dispone del papel para que algún otro náufrago lo alcance a leer. Su acto solitario de escribir después de haber estado entre los cientos, miles o millones viviendo un suceso es un desperdicio voluntario de energías para no salvarse del naufragio, sino para narrarlo. Carece del instinto de los demás mortales: ahí cuando una turba corren del peligro, el cronista, corre en sentido inverso. Pero, a diferencia del reportero, toma distancia.

Despojado de lo único que el nuevo capitalismo vende ahora –la marca-, lo pirata brinda la única satisfacción posible en un país desigual: el precio. “Mira lo que me encontré por 20 varos”. También se asumieron individuos deseantes en medio de la vorágine del consumo de las fugacidades a la venta: el sexo en público se permitió en México su propia visibilidad porque era lo novedoso, lo que había que probar, lo que estaba justificado porque era consumible. La pornografía y los objetos de la noche salieron de entre las sábanas no por una rebelión moral, sino por la fuerza del mercado. Pero lo que realmente nos metió a todos en la modernidad no fue el consumismo sino la vigilancia. Tras el 11 de septiembre, el miedo cundió: cualquiera podía ser víctima de la guerra sin lugar definido o de la seguridad tan omnipresente que la inseguridad está por todos lados. Se levanta el acta de lo que nos sucedió en aquellos días en los aeropuertos internacionales.

Uno tiene más en común con alguien que mira el mismo programa de tele que con sus vecinos.

Los triquis tienen, por lo menos, dos nombres: uno secreto y otro que usan para los papeles civiles. Viven convencidos de que quien conoce tu verdadero nombre tiene acceso inmediato a tu “tona”, una especie de alma o esencia, que puede ser dañada con facilidad al invocarlo. Por lo tanto, cuando el triqui emigra, se cambia de nombre para protegerse. Y, en este caso, el verdadero nombre del triqui permaneció oculto porque tenía toda una vida como extranjero: a lo largo de 10 años, desde que fue expulsado de su comunidad por la llamada “Guerra Civil Triqui”, el hombre que sonreía sin razón regó nombres por toda la costa del Pacífico, en la pisca en Sinaloa y Ensenada, en plantíos cerca de San Diego, en Los Ángeles, en Rosarito y, al final de la línea, en Oregon. De hecho, los dos nombres que dio en Oregon son los de sus antiguos patrones en un rancho de Ensenada. Pero en 10 años de exilio, el triqui tuvo tantos nombres como los gatos de T.S. Eliot: el que le pusieron, el que le dicen, el que le ocultan, el que le niegan, el que sólo él conoce. De dónde eres, de dónde crees que eres, de dónde dices que vienes y hacia dónde vas, lo cual es, siempre, una trampa.

Como si fuera una región de fantasmas, desde el camino uno no sabe que detrás de la vegetación hay casas. A uno lo ven desde las montañas, pero el visitante podría pasar sin saber que eso está habitado. Vivir como refugiados ha sido el sello de los triquis. Una leyenda de las tantas que cuentas sobre su origen, los data como un batallón azteca del siglo XIII que pierde el combate contra el cacique mixteco de Tlaxiaco. Temerosos de lo que pueda ocurrirles si regresan ha decir que han sido derrotados, deciden subir a las montañas y refugiarse en San Juan Copala. Vivieron en guerra contra los mixtecos y los mexicas. Siete siglos después, la mayor parte de las casas en Yutazaní y los alrededores parecen construidas por quien piensa abandonarlas en cualquier momento. Todo es provisional, sobre todo la vida.

No es fácil vivir fugitivo, sobresaltado por cada crujido de ramas, sosteniendo a mujer e hijos de la nada. Se lo digo. –La comida no es muy distinta en la cárcel- se ríe-, allá también nos daban chipil con agua, a veces sin el chipil.

Las cicatrices en la nariz y los párpados de Juan José Maldonado son signos de una de las más oscuras historias imaginables: la del “otro”, el que solo por parecerse al criminal termina pagando una condena ajena. Juan no es de Loxicha, sino de Tlacolula, y deambula por la ciudad de Oaxaca tratando de sacar a los 27 zapotecos que siguen presos. Es una forma de atemperar las memorias que le persiguen y que inician el 15 de julio de 1998, cuando andaba de compras en San Felipe del agua y cuatro judiciales lo treparon a un Tsuru rojo. –Le alcancé a gritar mi nombre a una señora que iba pasando y de la cajuela del Tsuru sale otra voz: “Y yo me llamo Simón Aurelio”. No supo más. Dentro de un cuarto es torturado con la asfixia, la falta de comida, agua y sueño, las golpizas y las amenazas a su familia. –Me ponen una capucha y comienzan a decirme que correspondo al perfil de un comandante del EPR, y que van a tener que presentarme de un comandante del EPR, y que van a tener que presentarme como culpable en un asunto. –Así de plano- me asombro. –Así. Yo les digo que me dedico a vender zapato y que no sé de política. Pasa el tiempo y me siguen preguntando si no voy a cooperar. Me niego. Me toman fotos, me ponen una franela en la boca y me echan botellas de agua por la nariz. A eso le llamaban “Viajes a Huatulco”. Y varias veces me desmayo. Cuando regreso en mí ya es el otro día. A los tres días me hablan con muchos detalles de mi casa y de mi mujer, Leonor, y empiezo a pensar que tengo una decisión que tomar: acepto decir que soy guerrillero y me voy a una cárcel la mitad de mi vida o matan a mi familia, a mi Leonor. Y Juan acepta. –Te llamas el comandante Fausto- le dicen. -¿Por qué tan feo nombre?- él reclama. –No te pases de listo. Te vas a aprender bien una historia y se la repites a quien te lo pida. Y así, Juan, un vendedor de zapatos ambulante, tendría que aprender que había salido del bachillerato técnico, se afilió al EPR y fue el encargado de “la logística” del ataque a la policía en el Puente de Macuilxóchitl. –No me van a creer –opina Juan-. ¿No es más fácil que agarren a quien de veras lo hizo? –No nos vamos a arriesgar a que no sean- les responde su torturador. Y Juan, como él mismo se describe, se pone “muy cooperador”. Le piden que “identifique fotos”, lo que quiere decir que memorizó los nombre de gente que no conocía. –No eran fotos de personas armadas- se talla la cara Juan, acosado por sus demonio-, eran gente en marchas, hablando en un micrófono, escuchando en un mitin. Como el resto de los caso 250 detenidos entre el 97 y el 99, Juan firmó papeles en blanco (“Les tapaban el sello oficial de la izquierda con la mano”); lo videograbaron contando “su historia” y reconociendo “comandantes”. El 7 de agosto lo dejan entrar, por primera vez en casi un mes, a un baño. “Yo digo: ya me voy a mi casa. Me dejaron rasurarme y bañarme”. Pero ese día Juan ingresa al penal de Matías Romero. Hasta un mes después de su desaparición Juan es presentado frente a un juez, a quien le dice la verdad: la tortura, la “historia”, las firmas. “El juez se me queda viendo y me dice: ‘Hay un Hilario Sebastián Ramírez en Etla que te reconoció en una fotografía como el comandante Fausto”. Uno igual que él, torturado, del otro lado de Oaxaca, lo había memorizado. A Juan le dictan auto de formal prisión el 15 de agosto, y 13 meses después lo trasladan cerca de su esposa, Leonor, a Ixcotel.

Lo que cuenta Estela después de aguantarse las lágrimas es la búsqueda de Celerino que ella fantaseaba vivo. La policía la deja ver el cadáver cuatro días después, hasta Pochutla. “Celerino estaba con la piel bajada hasta las manos. Tenía balazos en las axilas y la parte de atrás de la cabeza explotada. No tenía pies, y se lo busqué, pero le habían quitado el anillo con el que nos casamos”. A partir de ese momento, Estela tiene que huir del Estado porque cada semana la policía se presenta para interrogarla, trata de convencer a su mamá de que ella es también guerrillera y amenaza con hacer extensiva la acusación al resto de la familia. Estela vivió cuatro años en el D.F., escondida en locales de ONG y de maestros rurales, mientras la prensa local la daba por muerta, desaparecida o arrestada por posesión de armas y recluida en Almoloya. “Cuando me decían que estaba desaparecida, hasta yo dudaba. ¿Estaré? Un día me hablaron mis papás a México y preguntaron si de veras era yo. Y es que nunca nos habíamos oído por teléfono.” Estela está aquí, en la ciudad de Oaxaca. La adolescente que salió de Miahuatlán para hacer familia en Loxicha era la misma que, cuando unos transeúntes de Oaxaca le recomendaron que viera los periódicos para que leyera si había noticias de la desaparición de su esposo Celerino, ella preguntó: “¿Qué son los periódicos” Esta Estela es ya otra. Es ella misma la que me comenta de las noticias que aquí se difunden sobre la “reorganización del EPR”. –Viene una lista de los que supuestamente están haciendo reuniones guerrilleras. Y la veo y veo que están nombres de gente que sigue presa o que está muerta. Y, ¿sabes?, hasta aparece Celerino. Y yo lo vi muerto. Celerino sigue hablando en los periódicos como un fantasma. Se va a su turno de trabajo. La veo bajar por la calle. En ese instante es la única evidencia de que existo.

No tengo idea de la dimensión del plantón sino hasta que las escucho: “Nadie estaba trabajando la tierra en Loxicha, así que no teníamos nada que comer. Era plantón y, al mismo tiempo, huelga de hambre porque los comerciantes al principio ni un jitomate nos querían dar. Recolectábamos en un día de boteo 10, 15 pesos, y con eso teníamos que darle de comer a todas”. “Teníamos dos problemas: cómo sobrevivir aquí y cómo decirle a la gente que creyera en nosotras. Nadie se nos acercaba. Nos tenían miedo porque creían que éramos terroristas. “La gente nos regañaba que porque habíamos tomado las armas, y les explicábamos, pero no nos entendían.” “No entendíamos que ahora ser indígena es como yo creo era ser estudiante en 68.” “Ya no pudimos regresar en cuatro años a Loxicha. Más bien cada vez había más mujeres que llegaban al plantón y llegaban golpeadas porque, como hablan zapoteco, no podían contestar rápido a las preguntas de los judiciales y los ejércitos, y les pegaban porque creían que no querían contestar.” “Nos llevaron a la Procuraduría a interrogar por qué estábamos en plantón, y nos desnudaron y firmamos unos papeles que tenían renglones en blanco. Nunca supimos con qué los rellenaron.

Muchos de los testimonios de la guerra de exterminio contra la Loxicha mencionan la presencia de dos perros negros que viajaban con los detenidos en la parte trasera de las camionetas policiales. “Siéntense y no molesten a los perros”, se les decía a los campesinos y maestros zapotecos. “Los perros valen más que ustedes.” “Si ladran, a ustedes es a quienes les vamos a meter un balazo.” Los perros negros me obsesionaron y comencé a preguntar por ellos. Un ex preso en Oaxaca me reveló algo sobre el entrenamiento de esos animales: “Nos dimos cuenta de que sólo ladraban si hablábamos en zapoteco. Así que eran para obligarnos a callar o a que habláramos en español para que nos entendieran. Pobre de ti si soltabas una expresión en lengua zapoteca. Te enseñaban los colmillos”. Y quizás ahí está una clave para entender el mal radical de lo que aquí ha sucedido. La región Loxicha ya no existe. Sigue apareciendo en los mpasa a 200 kilómetros de la ciudad de Oaxaca con el aviso de que en la entrada hay una Base de Operaciones Mixtas de la policía y el Ejército. Lo que fue desde su ocupación inicial en 1665, este “lugar de piñas”, cuya defensa legal le costó la cárcel a Benito Juáerz en su juventud, cuyos jefes zapatistas, Gaudencio Ambrosio y Serafín Antonio Felipe, lograron hacerla ejido en 1912, se ha esfumado. Está más allá de la imaginación actual de sus pobladores que ya no pueden regresar más que de vista, unos días, para volver a huir. “Acá acaban con la pobreza matando a los pobres”.

Lo que inició la batalla por Oaxaca no fue la huelga de los maestros –en 26 años de existencia no reconocida oficialmente, la Sección XXII de su sindicato ha parado en casi mil ocasiones-, sino la intención de desalojarlos de la ciudad usando gases lacrimógenos. No existió ninguna idea de una “comuna”, ni de una “república socialista-indígena”, ni siquiera la “zona temporal autónoma” del altermundismo. Fue simple defensa ante la policía. A las cuatro y media de la mañana nos despertó la frecuencia de Radio Plantón: “Les hacemos un llamado… en este instante nos están atacando con bombas de gas desde el techo de esta emisora”. Y se cortó. Las calles a oscuras hervían de gas pimienta y lacrimógeno. Los maestros corrían de un lado a otro tratando de reagruparse, pero el olor picante del gas no se los permitía. Estaban dormidos durante el ataque que comenzó desde un helicóptero comercial. No podían respirar, les ardían los ojos. Nos ardían a todos. Aprenderíamos todo sobre el gas en una madrugada: echarse agua en la cara no es tan eficaz como taparse la nariz con un trapo con vinagre o coca-cola; no hay que correr porque arrastras el gas contigo; lo mejor es caminar agachado porque el gas tiende a subir. Lo que recuerdo de esa madrugada es apenas un jirón de lo que sucedió: se incendiaron fogatas en las esquinas, se improvisaron barricadas con camiones incendiados, se usaron los suéteres como pasamontañas. Un hombre corpulento emergió de la noche con el escudo de un policía en una mano: “Sí se puede, compañeros”, dijo, orgulloso. Tenía sangre en la nariz.

Los maestros han ganado la batalla. Hay marchas espontáneas de todos aquellos vecinos que no durmieron porque el gas invadió sus recámaras. Están indignados, pero con el ánimo de una victoria sobre la autoridad policiaca. Sin mucha convicción, el gobernador Ruiz sale a desmentir los hechos: “No hay ningún enfrentamiento entre la policía y el magisterio”. Está en la lona y despachará, a partir de esa fecha, en el hangar de un avión privado, listo para salir del estado en cuanto la gente logre averiguar dónde se esconde. En ese instante nace el movimiento de Oaxaca, una mezcla de hartazgo por el avasallamiento de los caciques –donde el gobernador es el mayor-, ganas de relajo, de moverse por una ciudad sintiéndola tuya, de discutir sobre asuntos que parecen enterrados.

Una idea que Digna [Ochoa] tenía de su propio oficio es que los gritos siempre son más efectivos que el seguimiento legal: “Una cosa que he descubierto es que los policías y militares están acostumbrados a que sus superiores les griten, y se habitúan al maltrato. Cuando se encuentran con una mujer, insignificante para ellos, pero que les pega de gritos en una forma autoritaria, se paralizan. Y obtenemos lo que buscamos”.

Es la falta de disciplina lo que hace ver no a “guerrilleros” [a los habitantes de San Salvador Atenco], como el gobierno del Estado de México aseguró apenas 15 horas antes, sino una resistencia autorregulada por los recelos, las simpatías, el estado de ánimo mayoritario. El de esta mañana es, sin duda, el de estar al tú por tú con las autoridades. El poder les responde en la televisión, se refiere a ellos tras nueve meses de ignorarlos

-Nacho del Valle- me cuenta un ejidatario que me lleva a la comida del funeral- ordenó que el parque volviera a ser gratis como siempre ha sido y que ya no lo cerraran con candados. Pero los árboles quemados, ya no podemos revivirlos, ¿o sí? En la voz del campesino urbano hay ese clima de fatalidad que envuelve a la muerte y, sin duda, a lo que hace tan monstruosa a la vida: que el tiempo no es reversible.

A pesar de que México es un país donde la nieve es de sabores, somos la octava nación con mayor número de esquiadores glaciales: tres millones. Esta población de goggles y gorrito, concentrada en sobrevivir esta ciudad sin salir de Santa Fe y Las Lomas, quizás no comparta la opinión del resto de que esquiar es la manera más fría de romperte una pierna. Como también les debe parecer normal que México, junto con Jamaica, participe en las Olimpiadas de Invierno con un carrito que a los atletas se les voltea justo en una curva y que terminan la carrera de cabeza y con una intensa pérdida de clavículas. A ellos tampoco debe parecerles extraño el proyecto que viene de tiempos el profesor Hank y que han retomado los priístas mexiquenses desde que fueron descubiertos en el eslalon, y que hoy pertenece a la alcaldía panista: instalar en el Nevado de Toluca un centro de esquí que, como no tiene nieve suficiente, requerirá de un sistema de producción que capte un millón 500 mil metros cúbicos de agua, la almacene entre mayo y septiembre, la baje a menos de cero grados entre octubre y abril, bombee los copos por una tubería subterránea y haga que unos cañones la escupan a la superficie, donde los ávidos esquiadores estarán a la expectativa –esquíes balanceándose en el lodo- de a ver a qué horas se llena la montaña o mejor ya vámonos a nuestras clases de DJ. Es como tratar de poner una cancha de tenis en una cueva. Ellos los llaman “detonador de desarrollo”, otros imaginan que, en caso de apagón en el sistema de nieve, las paletas de La Michoacana tendrían que solventar el déficit.

En los primeros meses de 1995, llegó a Raíces un tráiler proveniente de Toluca. Las mujeres bajaron a verlo y mandaron hacer sonar la campana de la parroquia. Hasta ahí llegó Santiago Pérez Alvarado, entonces comisario ejidal, y cientos de campesinos. Con la carretera bloqueada por los ejidatarios, el chofer fue compelido a enseñar qué cargaba en el tráiler. Éste abrió la puerta, bajó, hizo un par de flexiones y se echó a correr. Una turba lo persiguió por el bosque hasta las faldas del volcán. Ahí, al escuchar que le disparaban, se detuvo. Lo trajeron de regreso a Raíces y, atándole una cuerda al cuello, lo colgaron del arco de la iglesia. Con él murió el primer intento del gobierno estatal y compañía Arfra Ingenieros, S.A., de construir el “Centro Internacional de Esquí Nevado de Toluca”. El conflicto terminó cuando, en los últimos días de septiembre de ese año, la zona se entregó al Estado de México en calidad de “reserva natural protegida”.

El gerente de Arfra, Mariano Carrera, mandó preparar el estudio de mercado: 600 mi esquiadores mexicanos erogaban cada año 1 200 millones de dólares en Aspen y Boulder sólo porque aquí en México no había suficiente nieve. Su mente comenzó a trabajar: pongamos la nieve, concluyó. A esa idea tan de “la novena economía del mundo” -¿qué nos falta para ser Suiza? ¿Serán acaso las nevadas? ¿O las cuentas de Raúl Salinas?- se le fueron agregando las del priísmo prehistórico –que confunde la grandeza con lo grandote-: 360 hectáreas para una zona residencial con un club de golf de 27 hoyos, clubes hípico, de tenis y de casa y una casa club. Sin embargo, el proyecto se ha caído durante varias administraciones por el único detalle no elaborado: las poblaciones que tienen ahí desde antes de los aztecas se levantan cuando ven que se acerca un camión con maquinaria. Y habrá que deshacerse de ellos pues a la gente que se puede comprar un traje Bogner de neopreno no le gusta que desde una casa con piso de tierra lo vean rodando por la ladera. Es humillante. El alcalde panista que tomó posesión el 17 de agosto pasado relanza la audaz iniciativa que, de inmediato, respalda el gobernador del PRI. Es un proyecto “detonador” –porque creará la delirante cifra de tres mil empleos permanentes. Al proyecto original ahora se le agregan villas alpinas, un centro corporativo y otro comercial. Y ahí van los panistas, con los ojos cerrados y –a pesar de lo que ellos dicen- sin frenos.

Lo más caro es, por definición, lo que crece de precio: en ninguna parte se nos revela cuánto cuesta este traje Armani. Y si uno pregunta, es porque no tiene para pagar lo que sea y eso ya es muy naco.

Todo es tan pulcro como eso: lo señorial es no discutir el precio, aunque muchas de las prendas y accesorios tengan sobreprecios de 30 o 40 por ciento con respecto a sus franquicias en París, Milán o Nueva York. Por ejemplo, ahí mismo, en Armani, los zapatos de 450 dólares cuentan en Nueva York 150. Las corbatas de la tienda Hermes –numeradas- valen 120 dólares aquí contra los 80 que se pagarían, por unas que además tendrían el sobrevalor de tus vacaciones anuales, en París. Pero, por supuesto, no vamos a discutir por dinero, como los de Somalia, los cocaleros de Evo Morales o el rector de la UNAM. Se paga lo que se tenga que pagar. El sobreprecio, sin duda consecuencia de que las rentas de Masaryk Drive rondan entre los cuatro mil y los nueve mil dólares mensuales, y de una clientela necesariamente reducida –de ahí su idea de que comprar ahí es el reforzamiento de su propia relevancia en el espacio –tiempo de los que los vieron entrar vacíos y salir por igual, pero erguidos-, y todo está más caro y es por ello que existe el programa “Masaryk ayuda”, con el que se sacan las colecciones pasadas de moda con descuentos y se apoya a algún sector lacrimoso como los niños de la calle. Algunos aseguran que, incluso con estos descuentos, la ayuda resulta un negocio: la imagen se proyecta hacia la caridad, un ángulo amable del lucro salvaje. ¿Qué tan salvaje? En la sociedad de castas de la modernización, el poder adquisitivo se nota en el tono de la voz. Hace un par de años, en Versace: -¿Podría probarme este abrigo?- preguntó un chico espigado. –No puedes, suéñate en él- le respondió el vendedor volteando la mirada hacia el horizonte.

Alguien instruyéndome sobre los misterios de Masaryk Drive: “Las colas son para entrar, no para ver si entras”.

El aprecio de Dios por los pobres es porque la mayoría lo somos.

-Llegó una señora, escogió la mitad de la tienda, apartó, se le hicieron ajustes –comienza recordando la mañana aquella- y el día de entregarle las cosas, se aparecieron unos tipos supersiniestros con bolsas de plástico. Traían 25 mil dólares en billetes de a 20. Algunos hasta tierra tenían. Los conté pero luego me fui a lavar las manos.

Lo que me molesta de los pobres es que siempre están pensando en el dinero.

Una vez intentaron escapar del país sin abandonarlo y crearon Santa Fe. Pero, 10 años después, a Santa Fe entra cualquiera. Ahora intentan alejarse aún más, en una ciudad interna, la última en la que sólo existen los servicios para pocos. Resolvieron el problema de Santa Fe: que atrae a la gente. Por eso las Nuevas Lomas tienen un solo significado: no vengas, los centros comerciales son minúsculos, los departamentos demasiado caros, las rejas demasiado altas, no hay nombres en las calles ni indicaciones para llegar, no hay nada que ver aquí. Los nuevos millonarios, emergidos de los quebrantos en la Bolsa, la banca tan rescatada que acabó por ser española, la aviación comercial tan favorecida que ahora la maneja el gobierno, las carreteras tan hechas y deshechas que ahora son estatales, la política de otorgarse préstamos de sus bancos para sus carteras, se han ido desplazando en este corredor inmenso, cada vez más aislados del resto, amurallados, solitarios. Un lunes cualquiera la zona se ve despoblada: sus habitantes la poseen, pero la habitan pocas horas al día; el único signo de vida es el parpadeo del circuito cerrado de televisión. Se escuchan algunas risas atrás de los muros: las mucamas ligan con los guaruras.

Tras una serie de puntos –número de movilizaciones, tequios, cuotas-, una familia de la zona de cartón puede acceder a uno de los sólidos departamentos. Las casas de cartón, a la que todo adherente tiene derecho, son de seis por cinco metros. Los departamentos en el aire, de 40 metros cuadrados. La cartolandia mira su propio futuro todas las mañanas y se apresta para la marcha, el plantón, la cuota semanal de 20 pesos, la negociación de una situación menos precaria. A pesar de que todos están asentados en terrenos ecológicos o predios propiedad del gobierno, la genialidad del villismo urbano es que puede exhibir a los recién llegados el futuro por el que deben trabajar –el departamento de ladrillo- y les da, de entrada, una región, que si bien es un terregal, está a salvo del resto de la ciudad. En el Molino, las murallas de metal que cercan a los villistas son custodiadas día y noche por guardias del asentamiento, “la velada” por las noches mantiene afuera a la delincuencia. Si un vecino llega ebrio, se le escolta hasta su módulo, si resulta que nadie lo conoce o la familia no quiere convivir esa noche con él, se le echa de la ciudad interna. Una enorme torre de vigilancia con un sonido potente, en el centro de todo, como en las prisiones, le da al Comité una visión adelantada de alguna posible incursión de la policía.

El origen de los villistas está, como muchos otros de la historia reciente del país, en la huelga de los estudiantes de la UNAM en 1987. Un año después, dos mil familias llegaron con sus tiendas de campaña, provenientes del desalojo de Lomas del Seminario, a vivir en los jardines de la biblioteca Central, las Islas, de la Universidad Nacional. Estuvieron ahí un mes, entre el futbolito de los que ya se fueron a extraordinario y la parejita más allá del historial académico, hasta que les prometieron que tendrían un nuevo asentamiento. Al no recibirlo, invadieron El Molino, a un costado del canal de Cuemanco.

Ese día, ahora lo recuerdo, había fiesta en El Molino, un aniversario de la muerte del Che Guevara y mucho Carlos Puebla en el sonido. El entonces embajador de Cuba en México me vio entrar a la oficina de los villistas donde sólo cabía una mesa con carnitas y botellas de tequila y me dijo “Yo no estoy aquí, y si dices lo contrario, te desmiento”. Salimos ya de noche, nos escoltaron, y el jefe de prensa, alguien marxistamente llamado Alfredo Burgos, me advirtió sobre lo que esperaba que yo escribiera. Fue en ese instante cuando decidí que yo tampoco había estado ahí.

En México, la ciudadanía se crea no por obra de le escuela o la modernidad, sino por los agravios del poder. A veces el agravio es la simple omisión.

Para la televisión es la Marcha Buena, opuesta a todas las demás protestas de campesinos, maestros, estudiantes y trabajadores, que sólo son pintorescas y desquician el tráfico. Ésta no. La televisión se compromete a tal grado con la promoción que, de pronto, volvemos a la nota roja como nota principal, a retransmitir los más escalofriantes y horrorosísimos secuestros, a reproducir las grabaciones telefónicas en las que se pide rescate con poco respeto por el apellido de la familia.

Los primeros narcotraficantes organizados fueron los miembros de la brigada del general Hernández Toledo, el “héroe” de Tlatelolco –al que, dice el presidente Díaz Ordaz, le dispararon los estudiantes-; los policías antisecuestros organizaron las primeras bandas y diseñaron el modus operandi; los aduanales, el contrabando. El 68 se nos repite al infinito; una organización para combatir algo que no existe –una oposición en armas- termina por producir el delito por sí misma.

La difusa incertidumbre del miedo empezó ganando consumidores de chips satelitales antisecuestro, guardias privados y localizadores GPS, y terminó ganando elecciones.

Con el gobierno del alcalde de la ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, los ancianos cobraron una notoriedad pública de la que carecían. En un país donde los servicios para mayores de 60 años son griegos: la seguridad social es una farsa y las jubilaciones son una tragedia, dotar a los ancianos de una tarjeta que les permitía hacer el súper los convirtió en sujetos de atención política. La Revolución Blanca, el movimiento de reivindicación de la senectud, se volvió lopezobradorista, y el programa de ayuda, motivo de críticas de quienes decían que era “populismo”, aprovechar la vulnerabilidad de los viejos para votos, y todo eso. Pero funcionó y el gobierno federal acabó por copiarlo. En ese nuevo espacio de luz pública surgió el Mataviejitas, la otra cara de la ayuda de los ancianos: un depredador que aprovechaba el programa de la tarjeta “Sí vale” para asesinar. La prioridad de la Procuraduría se convirtió en atraparlo. Pero en un país sin bases de datos de huellas digitales –salvo la del IFE, que es “confidencial”, aunque acabe en poder de compañías de datos norteamericanas- la tarea fue penosa. Tras 125 retratos hablados muy distintos unos de otros, la antropóloga forense de la Procuraduría de la ciudad, Patricia Payán, una muchacha seria y modesta que se dedicó durante años a elaborar escenografías para obras de teatro, logró una cara en plastilina montada sobre la cabeza de un maniquí. Al fin, la policía contaba con algo que enseñarle a la población. El rostro hombruno, con lentes, y una camisa roja fue pegado en cada patrulla de la ciudad. Era una mujer hombruna, pero muchos dudaron, porque los asesinos seriales casi siempre son hombres. “Debe ser un travesti”, especuló la policía de la ciudad. Era octubre de 2005. Y el Mataviejitas aguantó su deseo de matar y dejó los homicidios por un rato. Dos veces pasó delante de la Procuraduría de Justicia –para provocar su detención-, sobre Gabriel Hernández, pero nadie lo reconoció. Era una mujer.

Tras su conferencia de prensa como el primer embajador de México en España [Díaz Ordaz] en 40 años (“si de algo estoy orgulloso es del año de 1968”), destapó ese terror: “Los muertos dejan hueco. Es fácil deshacerse de los cuerpos: se les quema, se les desaparece. Pero el hueco queda. Y para deshacerse de un hueco siempre hay que hacer un hueco mayor: matar a todos los familiares y conocidos del muerto”.

Una televisora puede no sólo hacer, sino sobre todo deshacer a una estrella, hasta lograr la acción del sistema judicial. Al final de cuentas, la caída de Gloria Trevi fue un fenómeno de la distorsión de que sólo existan dos televisoras nacionales en México. Si una te contrata, la otra te machaca.

A diferencia de American Idol, la versión mexicana, Cantando por un sueño, el talento para destacarse de los demás, aunque sea en perjuicio de su propia autoestima, no es el principal atractivo. Lo es, en cambio, la capacidad para hacer derramar una lágrima de compasión al público, que sigue fingiendo que le importan los desfavorecidos.

Lo apadrina Raquel Bigorra, una cantante de reggaetón, que se recicla como actriz de reality shows: estuvo en Big Brother Vip de 2005, sí, el que nadie vio. Y ése es el otro elemento de nuestra nueva cultura de la celebridad: hace 50 años, los famosos eran dolores del Río y el Indio Fernández. Ahora son personajes empequeñecidos, porque su celebridad proviene de que los vimos comiendo y fumando en una cocina con cámaras de televisión. Sabemos quiénes son si seguimos viéndolos en televisión. El día que se les termina el contrato se nos olvidan los nombres.[…] La celebridad depende de su reproducción continua. A diferencia de las personas vinculadas a la fama como posteridad y permanencia, los personajes de la videosfera deben serle fieles al incidente por el cual les pusimos atención por primera vez: una caída, un borrachazo, un divorcio demasiado público o una boda demasiado íntima, incluso una fiereza a la hora de entrevistar a alguien.

El uso de la discapacidad para obtener audiencias ya es una constante del circo del Teletón, pero al menos ahí el dinero recaudado es para ayudar. En Cantando por un sueño el asunto se consume a sí mismo: que el presentador o el jurado enjuguen una lágrima. Que el público se desgañite en apoyo más compasivo que genuino. Marco Antonio Gutiérrez. Su sueño es que operen a su madre de los oídos porque se quedó sorda dándolo a luz. Nunca había oído –y perdón el juego de palabras- que a alguien se le reventaran los tímpanos pujando por la vida de su crío. Y veo mucho Discovery Channel. Pero, en fin. Quien apadrina al señor de la mamá sorda es Alicia Machado, la gorda ex Miss Universo. Su caso es de celebridad por ingestión de carbohidratos. Si hubiera cuidado su dieta no nos acordaríamos de ella, pero se hizo resaltable entre la masa –perdón, de nuevo, por el juego de palabras- porque incumplió un contrato de permanecer bella. En Alicia Machado se completa el ciclo natural de toda celebridad: es grande, cae y renace.

Cantando por un sueño es una colección notable de wanna be artists mezclada con indigentes de la vida que usan la victimización como carta de presentación: “Hola, soy ciega. Vota por mí”. Es un freak show reinventado por una audiencia a la que le falló el sistema de seguridad social, la salud pública y las opciones vitales, en el que el sufrimiento no es ocultable, sino un derecho. Y todos sigan conmigo: La celebridad reside en tu desventaja. En un país que se construyó con la política aprovechándose de la desigualdad en cada elección, el entretenimiento se amoldó a la explotación del accidente.

Margaret Tatcher reaccionó con un acta que prohibía la música en pública que contuviera “sonidos predominantemente caracterizados por la emisión de una sucesión de beats repetitivos”.

Cuando uno se come una tacha, tras sobrevivir a lo amargo de su sabor le quedan 30 minutos para llegar al rave sin que nada ocurra. Al pasa ese lapso, el calor sube desde las plantas de los pies hasta la cabeza, en 10 minutos, en los que oleadas de frío comienzan a hacer presencia, todo estalla: la sensación sobrecogedora de estar hecho de piel es tan absoluta como repentina. Da miedo, se pierde el control, hay náuseas. Cualquier tela, peluche o mano que toques –aunque sea la tuya- es una conmoción de textura, temperatura y bienestar. En medio del rave regresas a casa, a los brazos de tu madre arrullándote en una tibia frazada. Se abren las puertas del tacto y el contacto. Algunos se descalzan y recorren la superficie de la alfombra como si la besaran con las plantas de los pies. Se abren percepciones, aunque se cierra la mandíbula con toda la fuerza de que es capaz. Se traban los maxilares, se descoyuntan y empieza una batalla perdida por no morderse la lengua, el interior de las mejillas, los labios. Las ganas de hablar no vences al castañeo de los dientes, aunque se dicen cosas simples: “bienvenido”, “hermano”, “bien”. Los abrazos mutuos parecen comunicar mucho más. Los ojos se ponen en blanco, viajan hacia atrás de los párpados, los brazos se extienden a todo lo que dan. Ése es el rush, la “gateada”, la sumisión instantánea a la fuerza de la sustancia. No puedes dejar de magullar tus propias manos, las de otros alrededor, de sentir tu suéter, el de junto, de sentir el nervio maxilar doliéndote hasta la nuca. Es el lapso de dos o tres horas en que, si te miras a un espejo, la distorsión de los músculos es tal, que no reconoces a quién pertenece. Si no te relajas puedes pasar preguntándotelo el resto del rush, y eso sería desaprovecharlo: hay que tocar y sentirlo. Ya pasa el rush, lo sobrevives, quizás te has puesto un chupón para mantener la mandíbula batiente entretenida, pero bajas a una meseta, la que durará el resto de la noche, la del “diseño”, en la que la música electrónica, de la que normalmente sólo percibes un beat lineal, comienza a cobrar complejidades nunca oídas, profundidad, escuchas los cientos de pistas con las que está mezclada y, sobre todo, el ritmo puede cambiarte el estado de ánimo para siempre. Para siempre es hoy. La música está diseñada para las sustancias, éstas para ella, y el escenario –pista semicircular de bocinas a todo lo que dan, lugares para descansar, puestos de jugos y agua, cuartos para tocarse y besarse- encaja con ambas.

La informalidad es una versión pirata de Big Brother: todo el mundo lo ve, pero nadie es expulsado.

Durante tres meses, el Águila y su novia, Norma Patricia Bustos, la Pequeña, se escondieron donde nadie podría buscarlos: en su propia casa.

Y, si los terroristas de septiembre 11 llegaron de Berlín por la vía legal, ¿por qué revisar, juzgar y fichar a un ciudadano de Huetamo? ¿Por qué será que el queso oaxaca es refractario al escáner computarizado y hay que morderlo para saber si adentro hay o no más queso Oaxaca? ¿Por qué habiendo pasado tres filtros de seguridad, los pasajeros del vuelo 490 fueron interrogados en la puerta del avión? ¿Alguien pensó que podrían secuestrar el avión a mano pelona?

Fox, como los reyes, argumenta tener dos cuerpos: el de su investidura y el de sus creencias. Y ese doblez le permite llevar a su divorciada esposa como jefe de Estado y recibir de rodillas, como torero, al jefe de su Iglesia. También en un instante, el Presidente deja de ser el gobernante de todos para convertirse en el representante de los católicos romanos, de un país viejo de rezos donde sólo caben las partes más tercas de lo que somos, el lugar de las nostalgias porfiristas de orden y progreso, y de las niñas que se acuestan a las ocho de la noche porque a las 10 tienen que regresar a casa de sus papás.

La historia detrás de esa imagen, la que hoy se oficializa por Juan Pablo Segundo, es la de la relación entre los indios y las autoridades. Cuenta la leyenda que el obispo no cree que la propia Virgen le haya hablado a un indio pobre y entonces la propia Virgen se imprime, mediante unas rosas mágicas, en la vestimenta del indio. Es hasta que el cura mira ahí la imagen cuando cree en las palabras del indígena. En el fondo la idea que subyace es que el poder sólo escucha a los indios si ellos se avienen a la nueva cultura colonial. No hay diálogo so no aceptan nuestra cultura.

Desde hace tiempo es difícil de captar a simple vista la diferencia entre “aristocracia” mexicana y vil demencia. Es hasta que hablas con ellos cuando te das cuenta de que no existe alguna.

Una de las verdades que me gusta ocultar a los extranjeros es que sólo tomo tequila delante de ellos. Y lo hago para no tronarles la imagen de Pedro Infante, quien –ellos tampoco lo saben- era abstemio, así como Jorge Negrete nunca se emborrachó y las botellas que Agustín Lara tenía en su cava estaban rellenas de té negro.

El patriotismo es algo que se dice del país a sabiendas de que es mentira. El nacionalismo es más una especie de ética escolar de no tirar basura en la calle. El arraigo es lo que importa.

Las etapas ya célebres de la borrachera con tequila son: a) exaltación del amor y la amistas; b) cantos y bailes regionales; c) vocalizaciones en lenguas adánicas; d) destrucción del inmueble; e) estampida rumbo al inconsciente reptiliano; f) desayuno con el ministerio público.

En los últimos poblados donde hay gente, preguntar por el camino a Bernalejo es recibir este tipo de respuestas: -¿A dónde? Nunca he ido. ¿Es por aquí? -¿Van allá? ¿Para qué querrían ir allá? –Eso es la sierra. Nunca se llega. –No sé dónde está, pero está lejos siempre.

Mis abuelos nacieron aquí. Le digo una cosa: el gobierno nos dejó morir solos. Y ya me voy a morir en otro lugar distinto al que debí.

El mito del ladrón justiciero se reproduce con cada nuevo criminal. También es aplicable a Loncho y al Toro Ávila Palafox.[…] -Su familia era del rancho Las Urracas, en Choix, pero vinieron a Estación Naranjo a que los dos hermanos estudiaran. Eran buenos alumnos, en especial Loncho, pero el gobierno no le quiso dar una beca para estudiar la universidad. Él y su hermano decidieron vengarse y empezaron asaltando los camiones repartidores, y vea hasta dónde llegaron. Acabaron secuestrando a un japonés. Me cuesta creer que la industria del secuestro en el norte del país haya nacido por la decisión de un comité de becas. No es probable que por lo menos ocho poblaciones se dediquen hoy al secuestro […], que los ministerios públicos locales, los jueces y policías de tres estados se hayan implicado sólo por un suceso, digamos, “académico”. Cuando Loncho murió am anos de la policía, a los 32 años, según los que lo conocieron de cerca tenía 20 millones de dólares en avionetas, transportes terrestres, casas y en efectivo, algo que ninguna carrera universitaria deja. Así que no hay compensación pensable. –Es la velocidad –tercia en la banqueta soleada el síndico local, Eladio Cárdenas. -¿Cómo dijo? –Sí, hombre- me responde desde el fondo de sus lentes oscuros-. Por ejemplo, allá en la sierra, en San José de Gracia, se dedican a la amapola. Tienen a los que la despatan (cosechan), los guardias que cuidan el cultivo, aviones y pistas, contactos para sacarla del país. De que siembras a que recibes tu dinero pasan meses, como en cualquier cultivo. Los secuestros son mucho menos complicados. ¿Qué necesitas? Un informante, una casa, dos guardias de medio turno, un doctor para que le cortes los dedos sin que se te muera, un cocinero. Son días para recibir tu dinero. La velocidad es todo: “tiene 10 horas para juntar el dinero, o le corto una oreja”. Y ya está. La obviedad me hace recordar la frase del “mochaorejas” de Morelos, Daniel Arizmendi: “A mí el dinero nunca me emocionó, ver una cantidad grande, que me dieran, 10, 20 millones, nunca me emocionó. Me emocionaba más ir a la hora en que se iba a secuestrar a la persona, y el día que se iba a cobrar. Ése era un miedo emocionante”.

-Los secuestradores van hasta donde la autoridad quiere- explica el síndico.[…] Describe con frialdad que apenas en febrero de este año se supo que la policía ministerial andaba tras Pancho Cárdenas, un secuestrador de Playa Segunda que le había cortada seis dedos a la esposa de un empresario algodonero. Cuando encontraron a Pancho Cárdena, lo desaparecieron. Varias semanas después, su cuerpo fue encontrado “con los brazos al revés” (descoyuntado de los codos). -¿Sabes quién encontró el cuerpo de Pancho?- me preguntan. Disfrutan mucho la nota roja. –Pues Pancho Cárdenas mismo. Habían matado a un gemelo suyo, un cuate, pues, Javier. Él no era secuestrador. Era bueno. Hasta era “chiva” (cornudo) de tan bueno. La policía lo confundió. Y días después el Pancho vengó a su hermano. Encontraron a dos ministeriales con los brazos al revés, en la misma zanja que Javier. Policías y secuestradores se disputan el delito. Los métodos de la represión que antes fueron dominio exclusivo del Estado hoy son del dominio público. Quizás los maridos que golpean a sus esposas e hijas, los secuestradores, los asaltantes que hacen uso de la violencia calculada son, cada uno, el precio que vamos pagando por haber permitido que existiera la DIPD, la Federal de Seguridad, los paramilitares que no aprehendían al sospechoso, sino que lo desaparecían. Se ha operado ya una privatización de las coacciones. Cada pequeño presidente replica las formas de la represión: los métodos se desincorporan y las funciones de mantener atemorizada a la población corren a cargo de quien vaya teniendo la fuerza en cada instante. Aunque, a la larga, todos terminen muertos. En un radio cercano se escucha a Los Invasores de Nuevo León cantando algo como: “Más vale ser león por un día, que mil perros para toda la vida”.

La manera en que se usan los cadáveres también es un lenguaje. En la época del piercing y el body art, los cadáveres están cifrados: cómo murió, donde lo o la aventaron y en qué momento. El ejecutado de esta semana, todavía sin identidad clara fue encontrado en un deportivo en el norte de la ciudad. Estaba quemado. –Eso quiere decir que alguien de más arriba le va a llegar el calor- me explica César Martínez. -¿Y la cobija? A veces no es muy elaborado: el “madrina” cobijaba a alguien y éste lo envió de regreso. Ya no me sirve tu protección, no la necesito, no me importa. Toma tu cobija. Ése es el mensaje.

-La cartera o te quiebro. El tipo es lo que se conoce aquí como una “trampita”. Un “trampa” es el que llega a la frontera desde el sur húmedo brincando de mosca en los trenes de carga. El trampa lo ha visto todo: piernas mutiladas por las llantas de metal contra el riel, mordeduras de serpientes letales, polleros que te roban y te dejan a tu suerte. La diferencia entre el trampa y el trampita es que este último jamás logró cruzar. Se quedó en Nogales y vive de una mezcla entre la caridad y robo. La gente dice que lo que volvió locos a los trampitas fue el sol del desierto, al que no están acostumbrados, ellos que venían de la selva. Y este trampita, que supone que puede asaltarme sin arma alguna –tiene un ladrillo en la mano-, es el que me hace pensar en que, quizás, los cuerdos sean los que se han ido. Que los locos somos los que nos hemos ido quedando. Sabe.

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