El llano en llamas


Juan Rulfo

Colección de Cuentos cuyo eje rector es la muerte, así como las costumbres y lugares mexicanos. Los cuentos que más me gustaron son: La noche que lo dejaron solo, Paso del norte y El día del derrumbre. Volvemos al resúmen en cinco palabras. Calificación de 8.5.
El llano en llamas

El llano en llamas

Nos han dado la tierrra. Hasta en las mejores familias. (Historia de abuso en la repartición de tierras).
La cuesta de las comadres. El dulce sabor de la venganza. (El eterno conflicto entre familias).
Es que somos muy pobres. Siempre existe la excusa perfecta. (Las hijas de una familia se dedican a darle gusto al cuerpo y no debido a su posición social).
El hombre. Si no soy un adivino. (Persecución de un asesino y la posterior declaración de un inculpado).
En la madrugada. Estar en el momento equivocado. (El patrón reacciona mal ante el amor, le cuesta la vida. Hay un culpable).
Talpa. Cuando los deseos se cumplen. (Deseo cumplido de cuñados incómodos).
Macario. Yo sólo quiero mi leche. (Las vivencias de un niño).
El llano en llamas. La vida en la revolución. (Andanzas de un revolucionario).
Diles que no me maten. Una súplica equivocada sin respuesta. (Un anciano desesperado por salvar su vida implora la ayuda de su hijo).
Luvina. Donde el aire da vuelta. (Crónica de un profesor en un pueblo fantasma).
La noche que lo dejaron solo. Cuando llegar tarde es seguro. (Un joven salva la vida por su lento caminar).
Paso del norte. Estabamos mejor cuando estabamos peor. (Un hombre busca mejorar su nivel de vida).
Acuérdate. Tan bueno que se veía. (Repaso de la “genealogía” de conocidos de un difunto para dar con su identidad).
No oyes ladrar los perros. Hasta el amor tiene limite. (Un padre se preocupa por su hijo solamente por el recuerdo de su madre).
El día del derrumbe. La politica y su retorica. (rónica de la visita del gobernador a un pueblo recien azotado por un temblor).
La herencia de Matilde Arcángel. El sonido de la flauta. (Un padre culpa a su hijo de la muerte de su esposa).
Anacleto Morones. Nadie sabe para quien trabaja. (Andanzas de un grupo de mujeres en busca del testigo clave).para la canonización de un peculiar personaje.

Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.

Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas.

Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.

“Subió por aquí, rastrillando el monte -dijo el que lo perseguía-“. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. “Eso lo perderá.”

El que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.

Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno.

Me gusta matar matones, créame usted.

No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.

Después sintió que se le nublaba la cabeza y que caía rebotando contra el empedrado del corral. Quiso levantarse y volvió a caer, y al tercer intento se quedó quieto. Una nublazón negra le cubrió la mirada cuando quiso abrir los ojos. No sentía dolor, sólo una cosa negra que le fue oscureciendo el pensamiento hasta la oscuridad total.

Y ahora ya ve usted, me tienen detenido en la cárcel y que me van a juzgar la semana que entra porque criminé a don Justo. Yo no me acuerdo; pero bien pudo ser. Quizá los dos estábamos ciegos y no nos dimos cuenta de que nos matábamos uno al otro. Bien pudo ser. La memoria, a esta edad es engañosa; por eso yo le doy gracias a Dios, porque si acaba con todas mis facultades, ya no pierdo mucho, ya que casi no me queda ninguna. Y en cuanto a mi alma, pues ahí también a El se la encomiendo.

Cuánto miedo sentía de no tener ya remedio.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir.

No queremos verlos, pero si los vemos los matamos.

Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado.

-¿Dónde está la fonda?
-No hay ninguna fonda.
-¿Y el mesón?
-No hay ningun mesón
-Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
-Sí, allí enfrente… unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran…Han estado asomándose para acá… Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos…
Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer…
Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
-¿Qué país éste, Agripina? Y ella volvió a alzarse de hombros.

Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.

Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘!Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.’
Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
-¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?
Les dije que sí.
-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de gobierno.
Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el gobierno no tenía madre.
Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.

Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las mismas horas.

Si la campana no repica es porque no tiene badajo.

Nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache, que siempre le. quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Entonces fue allí ni más ni menos donde me agarró el temblor ese que les digo y cuando la tierra se pandeaba todita como si por dentro la estuvieran rebullendo. Bueno, unos pocos días después, porque me acuerdo que todavía estábamos apuntalando paredes, llegó el gobernador; venía a ver qué ayuda podía prestar con su presencia. Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté, allá metido en su casa, nomás dando órdenes. En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se le haya caído la casa encima, queda muy contento con haberlo conocido.¿

Y a la hora de los discursos se paró uno de sus acompañantes, que tenía la cara alzada un poco borneada a la izquierda. Y habló. Y no cabe duda de que se las traía. Hablo de Juárez, que nosotros teníamos levantado en la plaza, y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que estaba encaramado en el monumento aquel. Siempre creímos que podía ser Hidalgo o Morelos Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de ellos, allí les hacíamos su función. Hasta que el catrincito aquel nos vino a decir que se trataba de don Benito Juárez.

Lo que me dolió aquí en el estómago, que es donde más duelen los pesares, fue que se hubiera olvidado ese atajo de pobres diablos que íbamos a verla y nos guarecíamos en el calor de sus miradas.

Ya uno no sabía si era pena o coraje el que sentía por la muerta.

¿Desde cuándo no te confiesas?
-¡Uh!, desde hace como quince años. Desde que me iban a fusilar los cristeros. Me pusieron una carabina en la espalda y me hincaron delante del cura y dije allí hasta lo que no había hecho. Entonces me confesé hasta por adelantado.

-No sabía que tenías marido. ¿No eres la hija de Anastasio el peluquero? La hija de Tacho es soltera, según yo sé.
-Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy senorita, pero soy soltera.
-A tus años haciendo eso, Micaela.
-Tuve que hacerlo. Qué me ganaba con vivir de señorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.

-Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una?
-¿Quién?
-El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor.

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