When we were kings

When we were kings

When we were kings


Documental que muestra la organización, consecuencias y la propia pelea del siglo: Muahmmad Ali vs. George Foreman. Organizada en Zaire, sirvió como una forma de reivindicar a la raza negra. Calificación de 10.
When we were kings

When we were kings

Un 32 aout sur terre

Un 32 aout sur terre

Un 32 aout sur terre


Luego de un accidente automovilístico, una mujer reflexiona sobre su vida y decide tener un hijo. Para ello, invita a su mejor amigo para que sea el padre, quien por cierto está enamorado de ella. Ahora tendrán que ponerse de acuerdo para llevar a cabo la tarea. Calificación 8.
Un 32 aout sur terre

Un 32 aout sur terre

The towering inferno

The towering inferno

The towering inferno


En San Francisco está por inaugurarse el edificio más alto del mundo y la fiesta ya está programada. Cuando llega el arquitecto a supervisar la obra, se da cuenta que no se usaron los materiales apropiados para la instalación eléctrica. Esto desencadenará un incendio mortal. Una película que continuamente veía en mi infancia. Calificación de 9.
The towering inferno

The towering inferno

The tiger an old hunter’s tale

The tiger an old hunter's tale

The tiger an old hunter’s tale


El ejército japonés llega a un pueblo sudcoreano con el firme propósito de terminar con el Señor de la Montaña, un gigantesco tigre. La cacería no será fácil y además no cuentan con el experto cazador de la región. Calificación de 10.
The tiger an old hunter's tale

The tiger an old hunter’s tale

Radical

David Platt

Radical

Radical


Si consideramos lo radical como lo tajante, que no admite términos medios, según el diccionario, el autor nos invita a volver a lo radical del evangelio dejando de lado las recompensas efímeras e instantáneas que la vida moderna englobadas en el llamado sueño americano, nos entrega. Al final lanza un reto interesante. Calificación de 9.5 Del Reading Challenge, Reto 15, Un popular primer libro de un autor.

Los fundamentos del «sueño americano» son el materialismo y la autosuperación, dos elementos que contradicen la enseñanza del evangelio. […] Estos «vicios» que se interponen entre nosotros y los planes de Dios para nuestra vida no se circunscriben a la realidad de Estados Unidos, sino que aquejan a todos los cristianos. La confianza en los bienes que poseemos (sean muchos o pocos), el amor al dinero y el deseo de alcanzar el éxito por nuestros propios medios (aun en el crecimiento de la iglesia) amenazan con impedirnos entrar a la esfera de una entrega radical al Señor Jesucristo.

Los seguidores de Cristo no tienen garantía de que sus necesidades básicas de refugio estarán cubiertas.

En alguna parte del camino hemos perdido lo que es radical de nuestra fe y lo hemos sustituido por lo que es cómodo.

«Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo»7. Ahora bien, esto ya está subiendo de tono. Levanta un instrumento de tortura y sígueme. Esto se vuelve bastante extraño… y un tanto espeluznante. Imagina a un líder que sube a escena hoy e invita a todos los que quieran seguirlo a tomar una silla eléctrica y ser sus discípulos. ¿Alguien quiere?

Estamos comenzando a redefinir el cristianismo. Estamos cediendo a la peligrosa tentación de tomar al Jesús de la Biblia y torcerlo hasta obtener una versión con la que nos sintamos más cómodos.Un Jesús agradable, de clase media y estadounidense. Un Jesús que no se preocupe por el materialismo y que nunca sea capaz de pedirnos que demos todo lo que tenemos. Un Jesús que no espere que abandonemos nuestras relaciones más estrechas para que Él reciba todo nuestro afecto. Un Jesús que no tenga problema con la devoción nominal que no invade nuestras comodidades porque, después de todo, Él nos ama tal cual somos. Un Jesús que quiere que seamos equilibrados, que evitemos los peligros extremos y que, en realidad, quiere que evitemos toda clase de peligro. Un Jesús que nos consuele y nos dé prosperidad mientras vivimos nuestro paseo cristiano en el sueño americano.

El peligro es que cuando nos reunimos en nuestros templos para cantar y levantar las manos en adoración, es probable que no estemos adorando al Jesús de la Biblia. En cambio, podemos estar adorándonos a nosotros mismos.

Veintitrés millones de dólares para un adornado santuario y cinco mil dólares para cientos de miles de hombres, mujeres y niños que morían de hambre, sin tener fe en Cristo en su mayoría. ¿Adónde nos equivocamos? ¿Cómo llegamos al punto en que esto resulta tolerable?

Esta es la pregunta que muchas veces me persigue cuando estoy parado frente a la multitud de miles de personas en la iglesia que pastoreo. ¿Qué pasaría si sacáramos la música de onda y las sillas acolchadas? ¿Qué pasaría si desaparecieran las pantallas y no se decorara más la plataforma? ¿Qué pasaría si se apagara el aire acondicionado y se quitaran las comodidades? ¿La Palabra seguiría siendo suficiente para que esta gente se reuniera? En Brook Hills decidimos tratar de responder esta pregunta. Lo que hicimos fue quitar el elemento del entretenimiento e invitamos a la gente a reunirse solo para estudiar la Palabra de Dios durante horas seguidas. Le pusimos el nombre de Iglesia Secreta. Fijamos una fecha, un viernes por la noche; nos reuniríamos desde las seis de la tarde hasta la medianoche, y durante seis horas no haríamos otra cosa más que estudiar la Palabra y orar. Interrumpiríamos cada cierto tiempo el estudio bíblico de seis horas para orar por nuestros hermanos alrededor del mundo que se ven obligados a reunirse en secreto. También oraríamos por nosotros mismos, de modo que aprendiéramos a amar la Palabra como ellos.

Si examinamos a fondo el mercado cristiano, encontraremos una plétora de libros, canciones y cuadros que pintan a Dios como un Padre amoroso. Y así es Él. Con todo, no es solo un Padre amoroso, y limitar nuestro entendimiento de Dios a este cuadro, en definitiva, distorsiona la imagen de Él que tenemos en nuestra cultura. Es verdad, Dios es un Padre amoroso, pero también es un Juez airado. En su ira, aborrece el pecado. Habacuc oró a Dios: «Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal; no te es posible contemplar el sufrimiento»2. En algún sentido, Dios aborrece a los pecadores. Te preguntarás: «¿Qué sucede con lo de que “Dios aborrece el pecado pero ama al pecador”?». Bueno, lo que sucede es lo que dice la Biblia. Un salmista dijo de Dios: «No hay lugar en tu presencia para los altivos, pues aborreces a los malhechores».

Nuestra comprensión de quién es Dios y quiénes somos nosotros afecta de manera drástica nuestra comprensión de quién es Cristo y por qué lo necesitamos. Por ejemplo, si Dios no es más que un Padre amoroso que quiere ayudar a la gente, veríamos a Cristo como un simple ejemplo de ese amor. Veríamos la cruz como una simple demostración del amor de Dios por el que permitió que los soldados romanos crucificaran a su Hijo, a fin de que el hombre pecador pueda saber cuánto nos ama. Sin embargo, este cuadro de Cristo y de la cruz es tristemente inadecuado y pierde todo el contenido del evangelio. No somos salvos de nuestros pecados porque los judíos y los oficiales romanos juzgaron a Jesús con falsedades y Pilato lo sentenció a muerte. Tampoco somos salvos porque los verdugos romanos clavaran clavos en las manos y en los pies de Cristo y lo colgaran en la cruz. ¿Creemos de verdad que el falso juicio al que sometieron a Cristo pagaría la deuda de los pecados de toda la humanidad? ¿Creemos de verdad que una corona de espinas, unos azotes, unos clavos y una cruz de madera junto con todas las otras facetas de la crucifixión que hacemos atractivas son lo bastante poderosas como para salvarnos? Imagina a Cristo en el jardín de Getsemaní. Al arrodillarse ante su Padre, de su cabeza caen gotas de sudor mezcladas con sangre. ¿Por qué está en medio de semejante agonía y dolor? No es porque le tema a la crucifixión. No tiembla por lo que los soldados romanos están a punto de hacerle. Desde ese día, un sinnúmero de hombres y mujeres en la historia del cristianismo ha muerto por su fe. A algunos no solo los colgaron de una cruz, sino que los quemaron vivos crucificados. Muchos de ellos fueron cantando hacia la cruz.

¿Por qué Jesús temblaba en el jardín mientras lloraba lleno de angustia? Podemos estar seguros de que no era un cobarde a punto de enfrentar a los soldados romanos. Por el contrario, era un Salvador que estaba a punto de soportar la ira divina. Escucha estas palabras: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa». La «copa» no hace referencia a la cruz de madera, sino al juicio divino. Es la copa de la ira de Dios [Apocalipsis 14:10 él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero;]. Esto fue lo que lo hizo querer retroceder a Jesús cuando estaba en el jardín. Toda la santa ira de Dios hacia el pecado y los pecadores, acumulada desde el principio del mundo, estaba a punto de derramarse sobre Él, y suda sangre ante semejante pensamiento.

Un predicador lo describió como si tú y yo estuviéramos parados a unos escasos noventa metros de una represa de agua de quince mil kilómetros de alto por quince mil kilómetros de ancho. De repente, esa represa se rompe y un torrente de agua se abalanza sobre nosotros. Justo cuando está a punto de alcanzarnos, se abre la tierra frente al lugar donde nos encontramos y se traga toda el agua. En la cruz, Cristo bebió toda la copa de la ira de Dios y cuando acabó la última gota, le dio vuelta a la copa hacia abajo y exclamó: «Consumado es». Este es el evangelio. El Creador justo y amoroso del universo miró a la pecaminosa gente sin esperanza y envió a su Hijo, Dios hecho carne, para ejemplar de muestra – adquiere el original en tu libreria amiga soportar en la cruz su ira contra el pecado y mostrar su poder sobre el pecado en la resurrección, de modo que todos los que confían en Él se reconciliaran con Dios para siempre.

No encontrarás un versículo en la Escritura en el que se le diga a la gente: «Inclina la cabeza, cierra los ojos y repite después de mí». No encontrarás un lugar donde se mencione siquiera la oración supersticiosa de un pecador. Y no encontrarás un énfasis en aceptar a Jesús8. Hemos tomado al infinitamente glorioso Hijo de Dios, que soportó la infinitamente terrible ira de Dios y que ahora reina como el infinitamente digno Señor de todo, y lo hemos reducido a un pobre e insignificante Salvador que tan solo nos ruega que lo aceptemos. ¿Aceptarlo? ¿De verdad pensamos que Jesús necesita nuestro arrepentimiento? ¿No es que nosotros lo necesitamos a Él?

Se nos ha enseñado que todo lo que se requiere es una decisión, tal vez hasta una aceptación solo intelectual de Jesús y que, luego, no debemos preocuparnos por sus demandas, sus normas ni su gloria. Tenemos un boleto para el cielo y podemos vivir como se nos dé la gana en la tierra. Se nos tolerará el pecado durante el camino. Hoy en día, gran parte de la evangelización moderna se construye sobre la idea de conducir a la gente por este camino, y las multitudes van en tropel detrás de estas premisas, pero al final es un camino construido sobre arena que se hunde y corre el riesgo de desilusionar a millones de almas.

No solo somos salvos para que nuestros pecados sean perdonados ni para asegurarnos la eternidad en el cielo, sino que somos salvos para conocer a Dios.

El problema que tenemos es que, en nuestra cultura, nos sentimos tentados a cada instante a confiar en nuestro propio poder.

James Truslow Adams, a quien se le adjudica haber acuñado la frase «sueño americano» en 1931, se refirió a él como «un sueño […] en el cual cada hombre y cada mujer pueden llegar al máximo de su capacidad innata y pueden ser reconocidos por los demás por lo que son»

Mientras que el objetivo del sueño americano es engrandecernos, el objetivo del evangelio es engrandecer a Dios.

Lee el resto de Josué 6 y verás cómo tomaron la ciudad de Jericó tal como lo ordenó Dios. Entonces, fíjate con cuidado en lo que no ves. No ves a todos estos israelitas dirigiéndose a los que tocaron la trompeta para decirles el trabajo tan increíble que realizaron ese día. Casi puedo oírlos hoy: «Abisai, nunca te había oído tocar la trompeta tan bien». «Nimrod, vaya hombre, estuviste impecable cuando tocaste ese Mi alto». No. En su lugar, vemos al pueblo de Israel reconociendo que solo Dios podía haber hecho aquello. Esa es la manera en que obra Dios. Pone a sus hijos en posiciones donde necesiten con urgencia su poder y, luego, muestra su provisión de modo tal que despliega su grandeza.

Los cristianos estamos viviendo el sueño americano en el contexto de nuestras comunidades de fe. Nos hemos convencido de que si podemos ubicar nuestros recursos y organizar las estrategias, seremos capaces de lograr en la iglesia, como en todas las demás esferas de la vida, cualquier cosa que nos propongamos.

Es verdad que planeamos, organizamos y creamos, pero todo lo hacemos mientras ayunamos, oramos y confesamos sin cesar nuestra necesidad de provisión de Dios. En lugar de depender de nosotros mismos, expresamos una radical desesperación por el poder de su Espíritu y confiamos en que Jesús está listo para darnos todo lo que pidamos de modo que pueda engrandecer a nuestro Padre en este mundo.

El mensaje del cristianismo bíblico no es «Dios me ama, punto y aparte», como si fuéramos el objeto de nuestra propia fe. El mensaje del cristianismo bíblico es «Dios me ama para que yo dé a conocer entre las naciones sus caminos, su salvación, su gloria y su grandeza».

Tomamos el mandamiento de Jesús en Mateo 28 de hacer discípulos a todas las naciones y decimos: «Esto se refiere a otros». Entonces, miramos el mandamiento de Jesús en Mateo 11:28: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso», y decimos: «Bueno, esto se refiere a mí». Tomamos la promesa de Jesús en Hechos 1:8, donde dice que el Espíritu nos guiará a los confines de la tierra y decimos: «Eso se refiere a algunos». En cambio, tomamos la promesa de Jesús en Juan 10:10 de que tendremos vida abundante y decimos: «Esto se refiere a mí».

En este proceso, hemos trazado de manera innecesaria (y antibíblica) una línea de distinción que les asigna las obligaciones del cristianismo a unos pocos, mientras que mantiene los privilegios del cristianismo para todos. De esta misma manera, decidimos enviar a otros a llevar a cabo el propósito global del cristianismo, mientras el resto de nosotros se cruza de brazos solo porque «no tenemos ese llamado».

Una mayoría de los individuos que se supone que han sido salvos de la condenación eterna mediante el evangelio, ahora se cruzan de brazos e inventan excusas para no testificarle del evangelio al resto del mundo.

Los que dicen que no se puede hacer deberían apartarse del camino de los que lo están haciendo.

«Te he bendecido para mi gloria. No para que tengas una vida cómoda con una gran casa y un bonito auto. No para que gastes fortunas en vacaciones, educación o ropa. Estas cosas no son malas, pero te he bendecido para que las naciones me conozcan y vean mi gloria».

Hacer discípulos no es un proceso fácil. Es fatigoso. Es complicado. Es lento, tedioso y hasta doloroso algunas veces. Tiene todas estas características porque se basa en relaciones.

En primer lugar, conforme a lo que dijo Jesús, para hacer discípulos es necesario ir. Es necesario llevarles el evangelio a las personas a donde viven, trabajan y juegan. Hacer discípulos no es un llamado para que los demás vengan a oír el evangelio, sino que es un mandamiento a ir y entregarles el evangelio. Es un mandamiento a vivir y hablar el evangelio en todo momento y en todo contexto donde nos encontremos.

Hacer discípulos no tiene que ver con un programa ni un suceso, sino con una relación. Al dar el evangelio, impartimos vida y esta es la esencia de hacer discípulos. Es compartir la vida de Cristo. Por esa razón, hacer discípulos no es solo ir, sino también bautizar.

Era un ex alcohólico, adicto y traficante de droga que había sido salvo de manera radical por la gracia de Dios. (Como comentario al margen, diré que hace poco se acercó a los muchachos de nuestra iglesia que lideran el trabajo en el extranjero y les dijo que tenía habilidades para contribuir con el contrabando a fin de pasar clandestinamente Biblias en las fronteras. Es decir, ¡preguntó si estábamos interesados en usar su experiencia!).

Para enseñarle a otro cómo orar, nosotros debemos saber orar. Para ayudar a alguien a que aprenda cómo estudiar la Biblia, necesitamos estar activos en el estudio de la Biblia. Sin embargo, esto es lo bello de hacer discípulos. Cuando asumimos la responsabilidad de ayudar a otros a creer en Cristo, esto lleva de forma automática nuestra relación con Cristo a un nuevo nivel.

En una cultura donde lo mayor es siempre lo mejor y lo deslumbrante es siempre lo más eficaz, Jesús nos llama a cada uno de nosotros a concentrar nuestra vida de manera sencilla y humilde en los demás. Lo cierto es que no se puede compartir la vida de este modo con las masas ni con las multitudes. Jesús no lo hizo. Pasó tres años con doce hombres. Si el Hijo de Dios pensó que era necesario concentrar su vida en un pequeño grupo de hombres, nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que podemos producir discípulos en serie hoy en día. El diseño de Dios para llevar el evangelio a todo el mundo es un proceso lento, deliberado y simple que implica que cada uno de sus hijos sacrifique todas las facetas de su vida para multiplicar la vida de Cristo en otros.

Esterilizar a un cristiano contra el mundo implica aislarlo en una caja de seguridad espiritual llamada el edificio de la iglesia y enseñarle a ser bueno. En esta estrategia, el éxito de la iglesia se define según lo grande que sea el edificio que tienes para albergar a todos los cristianos, y el objetivo es reunir la mayor cantidad de personas posible durante un par de horas todas las semanas en ese lugar donde estamos aislados de las realidades del mundo que nos rodea. Cuando alguien pregunta: «¿Dónde está tu iglesia?», señalamos un edificio o les damos una dirección y todo se centra alrededor de lo que sucede en ese lugar. Cuando nos reunimos en el edificio, aprendemos a ser buenos. Ser buenos significa evitar al mundo. Somos santos por esas cosas de las que no participamos (y en este sentido, debemos ser la única organización en el mundo que define el éxito por lo que no se hace). Llevamos vidas decentes, en hogares decentes, con trabajos decentes y familias decentes, como ciudadanos decentes. Somos miembros decentes de la iglesia con un poco más de impacto en el mundo de lo que teníamos antes de ser salvos. Aunque se nos puedan unir miles, a fin de cuentas les hemos dado las espaldas a miles de millones que no han oído hablar de Jesús. Discipular es algo muy distinto.

Buenas intenciones, cultos regulares y hasta el estudio de la Biblia no nos impiden la ceguera. Parte de nuestra naturaleza pecaminosa escoge por instinto ver lo que queremos ver y no tomar en cuenta lo que deseamos no tener en cuenta. Puedo vivir mi vida cristiana y hasta liderar la iglesia mientras que, sin querer, paso por alto el mal.

Cualquiera que desee proclamar la gloria de Cristo hasta los confines de la tierra debe considerar no solo cómo declarar el evangelio con palabras, sino cómo demostrar el evangelio de manera visible en un mundo donde hay tantos con un hambre desesperante. Si voy a tratar la urgente necesidad espiritual al transmitir el evangelio de Cristo o edificar al cuerpo de Cristo alrededor del mundo, no puedo pasar por alto su necesidad física cuando lo haga.

¿Cuál es la diferencia entre alguien que de manera deliberada se permite placeres sexuales mientras pasa por alto la Biblia respecto a la pureza moral y alguien que adrede se permite la búsqueda egoísta de cada vez más posesiones materiales mientras que hace caso omiso de lo que dice la Biblia respecto al cuidado de los pobres? La diferencia es que uno está relacionado con un tabú social en la iglesia y el otro está relacionado con una norma social dentro de la iglesia.

Atender a las necesidades de los pobres no es la base de nuestra salvación, no quiere decir que el uso de la riqueza que tenemos esté desconectado por completo de la misma. En realidad, cuidar de los pobres (entre otras cosas) es evidencia de nuestra salvación. La fe en Cristo que nos salva de nuestros pecados implica una transformación interna que tiene consecuencias externas. Según lo que dijo Jesús, puedes decir si alguien es seguidor de Cristo por el fruto de su vida. Además, los escritores del Nuevo Testamento nos muestran que el fruto de la fe en Cristo implica una preocupación material por los pobres3. Cuidar de los pobres es una consecuencia natural y una evidencia necesaria de la presencia de Cristo en nuestros corazones. Si no hay señales de que cuidemos de los pobres, existe una razón para al menos cuestionarse si Cristo está en nuestros corazones.

Cuando volvemos la vista atrás y vemos a los que asistían a la iglesia y tenían esclavos hace ciento cincuenta años, nos preguntamos: «¿Cómo podían tratar a sus congéneres de esa manera?». Me pregunto si los seguidores de Cristo dentro de ciento cincuenta años mirarán a los cristianos de Estados Unidos del día de hoy y se preguntarán: «¿Cómo podían vivir en semejantes casas? ¿Cómo podían conducir esos autos tan lujosos y vestirse con ropa tan costosa? ¿Cómo podían vivir con tanta riqueza mientras que miles de niños morían debido a que no tenían comida ni agua? ¿Cómo podían seguir adelante con sus vidas como si no existieran miles de millones de pobres?».

La riqueza no es mala por naturaleza. La Escritura no condena a los ricos ni a las posesiones en sí. Por cierto, enseña que Dios nos da los recursos materiales para nuestro bien. Como dice Pablo, Dios «nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos»6. Sería un gran error si alguien terminara este capítulo y pensara que el dinero y las posesiones son por necesidad malas; en realidad, son buenas dádivas de la mano de Dios cuyo fin es que las disfrutemos y que las usemos para hacer correr su gloria.

El solo hecho de ser pobre no hace recta a una persona delante de Dios para que vaya al cielo. Sin embargo, al mismo tiempo, una hojeada rápida de la Escritura muestra que Dios oye, alimenta, satisface, rescata, defiende, levanta al pobre que confía en Él y le asegura la justicia.

¿Existe entre muchos cristianos en nuestra cultura la suposición oculta de que si seguimos a Dios las cosas nos irán bien en el aspecto material? Este modo de pensar está explícito en la enseñanza de la salud y la prosperidad, y está implícito en las vidas de los cristianos que usan sus posesiones casi de la misma manera que lo hacen sus vecinos que no son cristianos.

Algunos tratan de universalizar las palabras de Jesús y dicen que siempre les ordena a sus seguidores que vendan todo lo que tienen y que se lo den a los pobres. Sin embargo, el Nuevo Testamento no apoya esta postura. Incluso, algunos de los discípulos, que por cierto abandonaron mucho para seguir a Cristo, seguían teniendo una casa, quizá hasta un barco y tal vez alguna clase de sustento material. Entonces, es obvio que seguir a Jesús no necesariamente implica la pérdida de toda nuestra propiedad privada y de nuestras posesiones.

Debemos ver el otro error en la interpretación de Marcos 10, que es suponer que Jesús nunca les pide a sus seguidores que abandonen todas sus posesiones para seguirlo. Si Marcos 10 nos enseña algo, eso es que Jesús algunas veces le pide a la gente que venda todo lo que tiene y se lo dé a los pobres20. Esto quiere decir que puede llamarnos a ti o a mí a hacer esto. Me encanta cómo lo enuncia un escritor. Él dice: «Solo esos a los que va dirigido este mandamiento son los que se sienten aliviados de que Jesús no les haya ordenado a todos sus seguidores que vendan sus posesiones».

Cuando Jesús nos pide que nos liberemos de las cosas, que las sacrifiquemos, que las vendamos, que las regalemos, no es fácil. ¿Qué haremos? ¿Dónde viviremos? ¿Y si nos sucede algo inesperado en el futuro? Nuestro sentido de seguridad y estabilidad se ve amenazado de inmediato cuando pensamos en dejar que Jesús reine de verdad sobre nuestras posesiones.

Cuando Dios nos dice que demos de manera extravagante, podemos estar seguros de que Él hará lo mismo con nosotros. Y, en realidad, este es el verdadero quid de la cuestión. ¿Confiamos en Él? ¿Confiamos en Jesús cuando nos dice que demos radicalmente por el bien de los pobres? ¿Confiamos en que Él proveerá para nosotros cuando comencemos a usar los recursos que nos ha dado para proveer para los demás? ¿Confiamos en que sabe lo que es mejor para nuestras vidas, nuestras familias y nuestros futuros financieros?

Casi todos nosotros en nuestra cultura y en la iglesia estadounidense no le creemos a Jesús ni a Pablo. No creemos que nuestra riqueza pueda ser una barrera para entrar al reino de Dios. Nos conformamos con pensar que nuestra riqueza, nuestra comodidad y nuestras posesiones materiales son bendiciones. No podemos verlas como barreras. Pensamos como piensa el mundo, que la riqueza siempre es para nuestro bien. No obstante, Jesús dice justo lo contrario. Afirma que la riqueza puede ser un obstáculo peligroso.

1 Timoteo 6 […] : «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción».

2 Corintios 8—9, destaca que Dios «nos ha impuesto la frugalidad y la temperancia, y ha prohibido que alguno tenga en exceso y saque ventaja de su abundancia. Entonces, los que tengan riquezas […] consideren que su abundancia no tiene como propósito la intemperancia ni el exceso, sino el alivio de las necesidades de sus hermanos». Como manifestación práctica de esta verdad, Calvino dijo una vez que la mitad de los fondos de la iglesia deberían asignarse de manera específica a los pobres (algo que está muy lejos de los presupuestos de la mayoría de las iglesias hoy en día). Aunque no esperaba que todos disfrutaran de los mismos recursos, Calvino llegó a la conclusión de que «no se puede permitir que nadie muera de hambre».

¿Qué sucedería si juntos dejáramos de darles las sobras a los pobres y comenzáramos a dar el exceso? ¿Qué sucedería si comenzáramos a dar no solo lo que podemos dar, sino más de lo que podemos?

Cuanto más espacio hay en una casa, más cosas se «necesitan» para llenarla.

La manera en que usamos nuestro dinero es un barómetro de nuestra condición espiritual actual. El descuido de los pobres ilustra mucho respecto a dónde está nuestro corazón. Sin embargo, aun más, la manera en que usamos nuestro dinero es un indicador de nuestro destino eterno. La marca de los seguidores de Cristo es que sus corazones están en el cielo y sus tesoros se gastan allí.

En definitiva, a la gente no la condenan por no creer en Jesús. Las condenan por rechazar a Dios.

«No alcanzados» significa que determinado grupo étnico no tiene una comunidad indígena de cristianos evangélicos con números y recursos adecuados para esparcir el evangelio dentro de ese grupo étnico. «No comprometido» significa que ninguna iglesia ni organización está trabajando de manera activa dentro de ese grupo a fin de esparcir el evangelio.

Jesús les dijo a sus discípulos: «Los envío a lugares peligrosos, donde se encontrarán en medio de personas malas y feroces. Además, estarán allí por mi designio». También les dijo: «Vayan donde hay gran peligro y dejen que se diga de ustedes lo que se diría de ovejas que andan en medio de los lobos. “¡Están locos! ¡No tienen idea! ¡No saben en qué clase de peligro se están metiendo!” Esto es lo que quiere decir ser mi discípulo». Nosotros no pensamos de esa manera. Algunas de nuestras frases favoritas expresan algo así: «El lugar más seguro para estar es el centro de la voluntad de Dios». Pensamos: Si es peligroso, Dios no debe estar allí. Si es arriesgado, si es inseguro, si es costoso, no debe ser la voluntad de Dios. Sin embargo, ¿qué sucedería si estos factores fueran en realidad el criterio mediante el cual determinamos que algo es la voluntad de Dios? ¿Qué sucedería si comenzáramos a ver el designio de Dios como la opción más peligrosa que tenemos ante nosotros? ¿Qué sucedería si el centro de la voluntad de Dios es, en realidad, el lugar más inseguro para nosotros?

La clave es darse cuenta, y creer, que este mundo no es nuestro hogar. Si esperamos liberarnos alguna vez de los deseos mundanos, del pensamiento mundano, de los placeres mundanos, de los sueños mundanos, de los ideales mundanos, de los valores mundanos, de las ambiciones mundanas y de los elogios mundanos, debemos concentrar nuestras vidas en otro mundo. Aunque tú y yo vivamos en Estados Unidos ahora, debemos fijar nuestra atención en «una patria mejor, es decir, la celestial».

Sacrificio es regalar lo que cuesta dar. Sacrificio no es dar según nuestra capacidad; es dar más allá de nuestra capacidad.

Es sabio gastar en lo que puede promover sustento a largo plazo entre los necesitados, en lugar de satisfacer las necesidades a corto plazo.

Recordé que cuando Dios decidió traernos la salvación a ti y a mí, no envió oro o plata, efectivo ni cheque. Se envió a sí mismo, al Hijo. Me sentí culpable por haber considerado siquiera la posibilidad de enviar dinero en lugar de venir en persona a Sudán. ¿Cómo le mostraré el evangelio al mundo si todo lo que les mando es dinero? ¿Era tan superficial en verdad como para pensar que mi dinero era la respuesta a las necesidades del mundo?

Vivas donde vivas, se nos ordena que vayamos y hagamos discípulos allí. A la luz del ejemplo de Jesús, nuestro impacto principal a las naciones se producirá a través de hacer discípulos justo a nuestro alrededor. Recuerda que Jesús no viajó a cada lugar del mundo mientras estaba en la tierra, y tampoco fue a todas las multitudes. Derramó su vida sobre unos pocos hombres por el bien de las multitudes en lugares a los que jamás iría Él. Por lo tanto, nuestro hogar, nuestra comunidad y nuestra ciudad son los lugares principales y albergan a la gente principal con la cual impactaremos las naciones para la gloria de Cristo.

Considera lo que sucedería si todos nosotros comenzáramos a mirar nuestras profesiones y campos de experiencia no solo como un medio para generar ingresos o como el desarrollo de una profesión en nuestro propio contexto, sino como plataformas para proclamar el evangelio en contextos alrededor del mundo. Considera lo que sucedería cuando la iglesia no solo envíe misioneros tradicionales al mundo, sino que también mande hombres y mujeres de negocios, maestros y estudiantes, médicos y políticos, ingenieros y técnicos que pongan en práctica el evangelio en contextos donde nunca iría un misionero tradicional.

Si la manera simple y radical de vivir de la que hablaba Jesús fuera más común en la iglesia, nos resultaría mucho más fácil vivir con sencillez. En cambio, miramos a nuestro alrededor y todos tienen bonitos autos, bonitas casas y estilos de vida caracterizados por los lujos, así que aceptamos que esta debe ser la norma para los cristianos. Tal vez cuando leemos la Biblia nos sintamos culpables, pero cuando nos miramos los unos a los otros, suponemos que debe estar bien, porque todos los demás viven de esa manera.

Ahora, creo en un Dios al que no puedo ver, hablo con Él en oración y procuro una relación con Él. He encontrado la salvación en Cristo, a quien no puedo ver. Anhelo la eternidad en una futura creación que no se ha visto. Ahora, busco la seguridad en mi fe. Todo esto le hubieran parecido tonterías al hombre que era hace un año. Sin embargo, el hombre que era hace un año y la vida mundana que conocía están en proceso de destrucción.

Ni siquiera la muerte como mártir se clasifica como obediencia extraordinaria cuando sigues a un Salvador que murió en la cruz. De repente, la muerte como mártir parece obediencia normal.

Tú y yo tenemos un promedio de setenta u ochenta años en esta tierra. Durante estos años, estamos bombardeados por lo temporal. Ganar dinero. Comprar bienes. Estar cómodos. Vivir bien. Divertirnos. En medio de todo eso, se nos ciega la vista a lo eterno. No obstante, allí está. Tú y yo estamos en el umbral de la eternidad. Pronto estaremos delante de Dios para rendirle cuentas de cómo hemos administrado el tiempo, los recursos, las dádivas y, en definitiva, el evangelio que nos ha confiado. Cuando llegue ese día, estoy convencido de que no desearemos habernos entregado más a vivir el sueño americano. No desearemos haber ganado más dinero, adquirido más bienes, vivido de manera más confortable, tomado más vacaciones, mirado más televisión, buscado una jubilación mejor o haber tenido más éxito a los ojos de este mundo. En cambio, desearemos habernos entregado más a vivir para el día en que toda nación, tribu, pueblo y lengua se inclinen alrededor del trono y canten alabanzas al Salvador que se deleita en la obediencia radical, y en el Dios que merece adoración eterna.

Creador soberano: Nehemías 9:6.
Conoce todas las cosas: 1 Juan 3:20
Sostiene todas las cosas: Salmos 104:24-30.
Dueño de todo: Deuteronomio 10:14.
Santo: 1 Samuel 2:2.
Recto: Deuteronomio 32:4.
Justo en la ira: Romanos 3:5-6.
Amoroso: 1 Juan 4:16.

Oye: Job 34:28.
Alimenta: Salmo 68:10.
Satisface: Salmo 22:26.
Rescata: Salmo 35:10.
Defiende: Salmo 82:3.
Levanta: 1 Samuel 2:8.
Asegura la justicia: Salmo 140:12.

Quiero tener mucho cuidado aquí de no implicar que el cuidado de los pobres es la base de nuestra salvación. Como vimos en el capítulo dos, la obra de Cristo en la cruz es la base de nuestra salvación y la fe en él es el medio por el cual Dios nos salva. Un fruto de nuestra fe es la preocupación por el pobre (lee Santiago 2:14-19 y 1 Juan 3:16-18). Entonces, cuando el pueblo de Dios estudia la verdad de la Palabra de Dios y ve la necesidad que lo rodea en el mundo, subsecuentemente responderá con la compasión de Cristo.

«El Nuevo Testamento siguió adelante con los principios fundamentales del Antiguo Testamento y del judaísmo intertestamentario con una notable omisión: nunca se prometió la riqueza material como recompensa garantida de la obediencia espiritual o del trabajo esforzado».

Team foxcatcher

Team foxcatcher

Team foxcatcher

Documental con imágenes exclusivas de la historia del equipo de lucha Foxcatcher, auspiciado por el millonario John du Pont y que terminó en el asesinato de una de las estrellas, Marck Schultz. Calificación de 10.

Team foxcatcher

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The man who knew infinity

The man who knew infinity

The man who knew infinity


Basada en hechos reales. Ramanujan es un hindú que de forma innata tiene amplios conocimientos matemáticos. Tratando de hacerse camino, logra ser aceptado en la Universidad de Cambridge donde además de enfrentar a los exigentes profesores, tiene que hacer frente a la discriminación en medio de la primera guerra mundial. Calificación de 8.
The man who knew infinity

The man who knew infinity

Lost and delirious

Lost and delirious

Lost and delirious


Una tímida adolescente llega a un internado y comparte habitación con otras dos chicas. Al poco tiempo se percata de que existe una relación entre ellas. Cuando el resto del mundo se entera, se desata un tiempo de desconcierto que termina en tragedia. Calificación de 5.
Lost and delirious

Lost and delirious

All things must pass

All things must pass

All things must pass


Documental que muestra la historia de la tienda musical Tower Records, desde sus orígenes hasta su caída. Sí, yo fui a la tienda en el DF y era impresionante la cantidad de música que uno podía encontrar. Calificación de 9.5
All things must pass

All things must pass

Insomnia

Insomnia

Insomnia


Un policía llega a un poblado de Alaska para dirigir la investigación de un asesinato. Trae a cuestas un expediente de asuntos internos. En una persecución del presunto culpable, mata a su compañero. Para colmo debido a la posición geográfica, no puede dormir. Calificación de 7.
Insomnia

Insomnia

2001 A space odyssey

2001 A space odyssey

2001 A space odyssey


Película de culto con efectos especiales adelantados para su época, narrando un viaje interplanetario y con un soundtrack de música clásica que aumenta el impacto de las escenas. Calificación de 9.5
2001 A space odyssey

2001 A space odyssey

Rabbit hole

Rabbit hole

Rabbit hole


Un matrimonio feliz comienza a desmoronarse luego de enfrentar la accidental muerte de su hijo. Calificación de 6.
Rabbit hole

Rabbit hole

Tru love

Tru love

Tru love


La mamá de una mujer llega a visitarla, pero debido a su trabajo no puede atenderla. Una “amiga” se ofrece a pasar tiempo con la señora, pero entre ellas empieza a florecer algo más que una amistad. Calificación de 6.
Tru love

Tru love

Tenemos que hablar de Kevin

Shriver Lionel

Tenemos que hablar de Kevin

Tenemos que hablar de Kevin


A través de cartas dirigidas a su marido Franklin, Eva hace un recuento de su vida familiar, resaltando los sui géneris comportamientos de su hijo Kevin y que desembocaron en una matanza que llevó a cabo en su escuela secundaria. Calificación de 9.5
Del Reading Challenge, Reto 3, Un libro que haya llegado a ser una película. En 2011 fue adaptada al cine.

Ahítar: Saciar, atiborrar.
Paparrucha: Tontería. Cosa sin importancia.
Yermo: Inhabitado
Lábil: Frágil, caduco, débil.
Bajini: En voz baja, disimuladamente.
Sardónico: Risa afectada y que no nace de alegría interior.
Hogaño: En el año presente: «hogaño» es lo contrario de «antaño».
Rifirrafe: Pelea o discusión ruidosa, pero ligera y sin trascendencia.
Reconcomerse: Impacientarse y sentir desazón o disgusto.
Óbice: Obstáculo, impedimento. Suele usarse en frases negativas.
Consuno; En unión, de común acuerdo.
Barruntar: Conjeturar, presentir una cosa por algún ligero indicio.
Espita: Canuto a modo de grifo, provisto de una llave, por el que sale el licor o el vino que contiene la cuba donde se introduce.
Óbice: Obstáculo, impedimento. Suele usarse en frases negativas.
Enucleación: Extirpación de un órgano, glándula o corpúsculo de la misma manera en que se saca el hueso de una fruta.

Un niño necesita más vuestro amor cuando menos lo merece.

Es una idea absurda muy común la de pensar que, cuando te han herido tanto, la propia herida, en su totalidad, te sirve como protección.

En mi ingenuidad, no había comprendido que el aspecto más atractivo de la propiedad era su mala fama.

Muchas historias están predeterminadas antes de iniciarse.

¿Qué locura se apoderó de nosotros? ¡Éramos tan felices…! ¿Por qué arriesgamos cuanto teníamos en ese juego atroz de tener un hijo?

Con el tiempo, el orden acaba por degenerar en conformismo.

Y una de nuestras diversiones más absorbentes, a medida que envejecemos, consiste en explicar, no sólo a los demás, sino a nosotros, nuestra propia historia.

El nacimiento de un bebé, a condición de que sea sano, es algo que hay que esperar con alegría. Es algo bueno, un acontecimiento bueno, importante. Y, en consecuencia, cualquier cosa buena que les ocurra a ellos a partir de entonces te sucede a ti también. Al igual que cualquier desgracia, naturalmente —me apresuré a añadir—, pero eso ya lo sabes: los primeros pasos, las primeras citas, los primeros lugares en las carreras de sacos… Los chicos se gradúan, se casan, tienen hijos a su vez…, así que, en cierto modo, con ellos te suceden todas las cosas dos veces. E incluso si nuestro hijo tuviera problemas —supuse neciamente—, por lo menos, no serían nuestros mismos viejos problemas…

De verdad, Franklin, creo que deberíamos tener un hijo, aunque sólo fuera para tener alguien más de quien hablar.

Una de mis vanidades era la de fingir que no lo era.

La paternidad es el pago de una deuda. Pero… ¿quién quiere pagar una deuda de la que puede escaparse? En apariencia, quienes no tienen hijos se libran con alguna artimaña. Además, ¿de qué sirve pagar una deuda a quien no se la debes? Sólo la madre más retorcida siente compensados sus desvelos por el hecho de que, finalmente, la vida de su hija resulte tan horrorosa como la suya.

Después de todo, ahora que los hijos no labran tus campos o te aguantan cuando eres incontinente, no hay ninguna razón sensata para tenerlos, y es sorprendente que, con el advenimiento de los métodos eficaces de anticoncepción, haya alguien que elija reproducirse.

Tal vez sea inevitable que precisamente las cosas que al principio te atrajeron de alguien sean después las mismas que hagan que te irrite.

La propia imposibilidad de la tarea, su absoluta falta de atractivo, fue al final lo que me atrajo de ella.

Cuando una mujer emplea el adjetivo sentimental para describir a un hombre, la relación está condenada al fracaso.

Pero yo no como nada de eso, nada que parezca más material de embalaje que alimento.

Qué felices somos cuando se nos da lo que creemos que necesitamos.

Y ésa era también tu perspectiva sobre nuestro país: que no duraría siempre. Que, por supuesto, era un imperio, aunque no había nada vergonzoso en serlo. La historia está hecha de imperios, y el de los Estados Unidos era con mucho el mayor, el más rico y el más justo que jamás hubiera dominado la Tierra. Caería, inevitablemente. Les ocurría a todos los imperios.

He notado que, cuando un coche está a punto de atropellarme en un paso cebra, es frecuente que su conductor se dirija a mí —furioso, gesticulante, maldiciente—, a mí, la casi atropellada, olvidando que era yo quien tenía preferencia en el cruce. Esta es una dinámica muy habitual en los enfrentamientos con conductores varones, que parecen tanto más indignados cuanta menos razón tienen. Pienso que el razonamiento emocional, si puede llamársele así, sigue esta secuencia: haces que me sienta mal; sentirme mal me saca de mis casillas; por consiguiente, tú me sacas de mis casillas. Si yo hubiera tenido por aquel entonces la suficiente serenidad para captar la primera parte de esa secuencia, podría haber vislumbrado un destello de esperanza en la instantánea indignación de Kevin. Pero, en aquel entonces, su ira, simplemente, me engañó. ¡Me parecía tan injusta…! Las mujeres tendemos más hacia la pena, y no sólo en cuestiones de tráfico. Así que me culpaba, y él también. Me sentía como si todo se confabulara contra mí.

Me doy cuenta de que esta experiencia es tan común como la suciedad. Tu marido, tu esposa, tu hijo, se retrasan, se retrasan terriblemente, pero al fin llegan a casa, después de todo, y su retraso tiene una explicación. En su mayor parte, esas visiones de un universo paralelo en el que no volverán nunca a casa —para lo cual existe una explicación, pero una explicación que dividirá tu vida entera en un antes y un después— desaparecen sin dejar rastro.

Pero, si alguna vez tenía que echarte de menos, echarte de menos para siempre, necesitaba tener a mi lado a alguien para echarte de menos con él.

Yo pensaba que la paternidad debía influir en nuestro comportamiento, pero tú opinabas que debía dictarlo.

Lo que la gente dice que no tiene importancia es, a menudo, tan significativo como lo que dice cuando bromea.

Es curioso cómo te entierras en un hoyo a causa de nimiedades: el menor de los compromisos, los pequeños redondeos con que se pule una emoción, o esas pequeñas modificaciones que paulatinamente convierten una emoción en otra que nos resulte más agradable o halagadora.

Sacrificarse es una manera fácil de escapar. Sé que esto suena injusto. Pero creo que esa desesperación tuya —ese afán de librarte de ti mismo, si no es una manera demasiado abstracta de expresarlo—, pesó enormemente sobre nuestro hijo.

Un resentimiento mezquino, como suelen ser la mayoría. Y cuya misma mezquindad hacía que me sintiera obligada a reprimirlo. Por ese motivo, y ésa es la característica del resentimiento, no podemos expresar nuestra objeción. Es el silencio, más que la propia queja, lo que hace que la emoción sea tan tóxica, como venenos que el cuerpo no evacúa.

Tú querías tener un hijo. Yo, en el fondo, no. Sumando las dos cosas, parecía que había ambivalencia, pero, aunque formábamos una pareja superlativa, no éramos una misma persona. Por eso no conseguí jamás que te gustaran las berenjenas.

—Pensé que necesitaba un cambio —repliqué—. Pero nadie necesita un cambio para empeorar.

Presentar las emociones como hechos —que es lo que son— permite una frágil defensa.

Su apatía era tan absoluta que parecía un hoyo en el que podrías caerte.

Cualquier mujer que haya visto cómo se le han estropeado los dientes durante el embarazo, cómo se han debilitado sus huesos y cómo se le ha estirado la piel sabe cuál es el humillante precio de haber cargado durante nueve meses con el peso de un gorrón.

No se deben atesorar las tragedias. Que sólo los no tocados por ellas, los bien alimentados y los satisfechos pueden codiciar el sufrimiento como si fuera una prenda de diseñador.

Cualquier mujer que pasa por delante de un puñado de gamberros borrachos de testosterona sin apretar el paso, sin evitar cualquier contacto visual que pueda ser tomado por un reto o una invitación, y sin dejar escapar interiormente un suspiro de alivio al alcanzar la siguiente manzana, está loca de atar. Un chico es un animal peligroso.

La culpa confiere un poder formidable. Y tiene el valor de la simplificación, no sólo para los espectadores y las víctimas, sino también, y sobre todo, para los propios culpables. Restablece el orden trastornado. La culpa da lecciones claras con las que los otros pueden consolarse: ¡si no lo hubiera hecho…!, e, implícitamente, hace de la tragedia algo que pudo ser evitado. Incluso es posible encontrar una frágil paz en la asunción de la responsabilidad plena.

Pienso que sólo llegas a lo esencial a base de juntar todas esas pequeñas anécdotas triviales que dejarías caer en una conversación de sobremesa y que parecen irrelevantes hasta que las reúnes en un montón.

A Harvey le gusta decir que el mero hecho de tener la razón nunca ha servido para ganar un caso, e incluso me deja con la vaga sensación de que tener la justicia de tu parte es una pequeña desventaja.

Prever un desastre era una forma de atraerlo.

No quería ser madre de un imbécil o un parapléjico; cuando me tropezaba con fatigadas mujeres que acudían al hospital de Nyack empujando las sillas de ruedas de sus retoños enfermos de distrofia muscular para que les aplicaran una terapia termal, mi corazón no se ablandaba, sino que me caía a los pies. Si he de decirlo con toda sinceridad, una lista completa de lo que no quería cultivar, que iba desde la variedad de tarado enano hasta la de gigantón imbécil, ocuparía, como poco, un par de páginas. Sin embargo, mirándolo bien ahora, mi error no fue mantener en secreto el resultado de la prueba, sino el que lo tomara como un motivo para tranquilizarme. La prueba de la doctora Rhinestein no detectaba la malicia, ni la indiferencia despectiva, ni la mezquindad congénita. De haber podido determinarlas, me pregunto a cuántos peces inmaduros hubiéramos podido devolver al mar.

Pero la extrema testarudez es mucho más duradera que el valor, aunque no tan bonita.

En el mismísimo instante de su nacimiento asocié a Kevin con mis propias limitaciones: no sólo con el sufrimiento, sino también con la derrota.

Tenemos una idea clara de la actitud que se espera de nosotros en determinadas situaciones, así como de que, a veces, incluso se confía en que iremos más allá de lo que cabría esperar. Son verdaderas exigencias. Algunas resultan nimias: si nos dan una fiesta por sorpresa, nos mostraremos gratamente sorprendidos. Pero otras son importantes: si muere uno de nuestros padres, tendremos que sentir un gran pesar. Sin embargo, al mismo tiempo, puede embargarnos el íntimo temor de no estar a la altura de esas expectativas cuando llegue el momento decisivo. De que recibamos, por ejemplo, la fatal llamada telefónica que nos anuncia la muerte de nuestra madre y no sintamos nada. Me pregunto si ese silencioso e inexpresable temor no será más agudo aún que el miedo a que nos den una mala noticia, si lo que tememos de veras no será descubrir que somos unos monstruos. Puede que te parezca sorprendente, pero mientras duró nuestro matrimonio había una cosa que me daba un miedo terrible: que te sucediera algo irremediable y quedara destrozada. Pero ese miedo iba siempre acompañado por una extraña duda, por un temor subyacente, por así decirlo: ¿y si no era así?, ¿y si esa misma tarde cambiaba bruscamente de humor y me iba a jugar un partido de squash?

Las expectativas son peligrosas cuando son, a la vez, grandes e imprecisas.

Cuando escrutas tus sentimientos con un exceso de obsesiva atención, llega un momento en que se te escapan.

Incluso si me remonto a 1983, ya me asombraba que se diera por sentado que una etiqueta psiquiátrica como depresión posparto había de tener efectos consoladores. Nuestros compatriotas parecen dar gran importancia al hecho de etiquetar sus dolencias. Presumiblemente, una dolencia lo bastante común para merecer un nombre implica que no la padeces tú solo, y te ofrece opciones como chatear por Internet o el apoyo de grupos de ayuda para entonar rapsódicas lamentaciones colectivas.

El desinterés de Kevin por mi pecho, si persistía, podría provocarme sentimientos de rechazo hacia él. Aquello hizo que me sonrojara. Encontraba embarazoso que pensara que pudieran afectarme tanto las confusas predilecciones de un recién nacido.

La de cosas que descubres que suceden “a veces” cuando te conviertes en madre! Me sentía angustiada.

Porque en lo particular reside lo vulgar.

Tengo la teoría de que es posible ordenar a la mayoría de las personas en una escala de acuerdo con un parámetro fundamental: su grado de satisfacción por encontrarse aquí, por el mero hecho de estar vivas, y que su posición en esa escala se correlaciona con todos sus restantes atributos. Creo que Kevin odiaba estar vivo. Creo que ni siquiera cabía en esa escala de tanto como aborrecía encontrarse aquí.

Muchas de las mentiras matrimoniales consisten, simplemente, en no decir nada.

No hay causa más perdida que una batalla con lo imaginario.

Ya se sabe que las personas desesperadas optan a menudo por un alivio a corto plazo aunque represente grandes pérdidas a la larga.

La maternidad me había ido arrastrando hasta el fondo de un abismo en el que sólo me preocupaban dos cosas, que, en general, son las que consideramos más viles: la comida y la mierda.

Como Kevin ilustraría posteriormente, atraigo a las responsabilidades, reales o imaginarias.

Lo peor que podía suceder en un viaje era que todo fuera como una seda.

Lo único malo era que habías comprado para nosotros la casa de los sueños de otra familia.

Tu padre se sintió profundamente insatisfecho el día en que su casa estuvo acabada; pero no porque hubiera algún defecto en ella, sino porque no lo había.

La tragedia parece sacar a la luz toda clase de cualidades inesperadas en las personas.

Sólo es posible castigar a quienes tienen esperanzas que se puedan frustrar o vínculos afectivos que se puedan cortar, a personas que se preocupen por la opinión que tengan de ellas los demás. Sólo se puede castigar a quienes aún conservan algún resto de bondad.

Los niños viven en el mismo mundo que nosotros. Que nos engañemos suponiendo que podemos protegerlos de él, además de ingenuo, es pura vanidad.

Nuestras prohibiciones también protegen nuestra importancia. Refuerzan la idea de que todos los adultos somos unos iniciados. De que, como por arte de magia, nos hemos ganado el acceso a un Talmud no escrito cuyo terrible contenido hemos jurado ocultar a los «inocentes» por su propio bien. Al propalar ese mito de la inocencia, reforzamos nuestra propia leyenda. Se supone que hemos visto el horror cara a cara, como quien mira el sol con los ojos, sin protección, y nos hemos convertido en turbulentas y corruptas criaturas, enigmáticas hasta para nosotros. Que, henchidos de revelaciones, haríamos retroceder el tiempo si pudiéramos, pero que no hay, que se sepa, ninguna forma de dar marcha atrás a ese horrible canon, ningún retorno al bendito, aunque insípido, mundo de la infancia, ninguna elección que no sea la de respaldar esa triste sagacidad cuyo objetivo más noble es el de impedir que nuestros alocados pequeños puedan tener un atisbo del abismo. Un sacrificio halagadoramente trágico.

Por más que los apartes de las imitaciones, los críos te apuntarán con un palo. Personalmente, no veo ninguna diferencia, por lo que respecta al desarrollo de la personalidad, entre que te apunten con un pedazo de plástico moldeado por extrusión que, gracias a una pila, hace ta-ta-ta-ta-tá cuando aprietan el gatillo o con un trozo de madera mientras gritan «¡Bang, bang, bang!».

El hijo que está más cerca del hogar paterno es el que suele tener que bregar con todos los problemas.

La gente parece capaz de acostumbrarse a todo, y es muy corta la distancia que separa la resignación del apego.

-Siempre es culpa de la madre, ¿no? —dijo en voz baja al tiempo que recogía su abrigo—. El muchacho fue por el mal camino porque su madre era borracha, o drogadicta. O porque nunca estaba en casa cuando volvía de la escuela. Nadie acusará a su padre de borracho, o de no estar en casa cuando su hijo volvía de la escuela. Y nadie dice, jamás, que algunos chicos, sencillamente, son malos por naturaleza. No se crea esas bobadas. No permita que le carguen todas esas muertes. […] —Es difícil ser madre —continuó—. No hay ninguna ley que diga que, antes de quedarte embarazada, debes ser perfecta. Estoy segura de que lo hizo usted lo mejor que pudo. ¿Y no está aquí, en esta pocilga, en una preciosa tarde de domingo? Eso indica que sigue intentándolo. Cuídese mucho, querida. Y no se le ocurra seguir diciendo esas bobadas.

Hay algo de marrullería en toda afirmación que te sientes obligado a hacer dos veces.

Guardar secretos es una disciplina. Nunca me consideré buena mentirosa, pero, tras haber adquirido cierta práctica, adopté el credo del prevaricador de que, más que inventarte mentiras, te casas con ellas. No está bien traer al mundo una buena mentira y abandonarla luego caprichosamente; al igual que toda relación que implica un compromiso, debe ser mantenida, y con mucha mayor devoción que la propia verdad, que tiene la cualidad de ser verdadera de por sí, sin necesidad de ayuda.

Cuando dejas que la gente se las arregle por sí sola, aprenderá pocas cosas, y ninguna buena.

Mis manos resbalaron por el volante y pasaron de las diez y diez a unas desganadas siete y veinticinco.

—Tranquilízate, Eva, por favor. No voy a romper nunca nuestra familia. Hubo un tiempo en el que no habrías dicho eso, sino Nunca te dejaré. Aquella solemne afirmación estaba cargada de solidez, mientras que las promesas de amor eterno de un amante muchas veces resultan ser frágiles, y acaba llevándoselas el viento. Y, sin embargo, no sé por qué, me entristeció tu firme compromiso con nuestra familia.

Resulta curioso que el recuerdo de los días normales sea el que primero se desvanece.

Había aprendido algo que saben todos los buenos mentirosos: que una mentira, para que resulte creíble, debe contener el máximo posible de verdad. Una mentira bien construida se forma básicamente juntando bloques de hechos igual que se juntan los cubos de un rompecabezas alfabético, y con ellos tanto puede hacerse una pirámide como una plataforma.

Si un secreto tiene una fecha de expiración muy lejana, cuanto mejor haya sido guardado, más intereses habrá ganado.

¿Qué pueden hacernos nuestros hijos? Para empezar, partirnos el corazón. También, avergonzarnos y llevarnos a la ruina. Y, por mi experiencia personal, puedo dar fe de que son capaces de hacernos desear no haber nacido.

La cruda realidad es que los padres somos como los gobiernos: mantenemos nuestra autoridad mediante la amenaza, abierta o implícita, de recurrir a la fuerza física. Un niño hace lo que le decimos —no nos engañemos— porque podemos partirle el brazo.

Al emplear el último recurso de que disponía, perdí cualquier posibilidad de volverlo a utilizar.

En realidad, todos tratamos de proteger a quienes nos rodean de la cacofonía de horrores que hay en nuestras cabezas.

Ceder a un miedo sólo servía para alimentarlo.

Aplicado de manera juiciosa, el temor es útil para que uno se proteja a sí mismo.

Pero que, prácticamente en todas las circunstancias de la vida, sea inútil quejarse, no impide que casi todos lo hagamos.

Por desgracia, nuestro conocimiento del carácter de quienes nos rodean se ve limitado por el hecho de que, casi siempre, lo adquirimos estando con ellos, lo cual provoca muchos engaños; por eso resultan tan preciosos los instantes casuales en que podemos observar sin ser vistos a un ser querido mientras camina por la calle.

La creación es una tarea compleja que requiere tensión y concentración, mientras que el vandalismo les resulta relajante; hay que ser todo un artista para dar una expresión positiva al abandono.

Si dejaba tareas sin terminar, no era porque no pudiera acabarlas, sino, precisamente, porque podía.

Aunque diera la impresión de no necesitar prácticamente nada, ahora comprendo que Kevin padecía de una insaciable hambre espiritual.

Aunque evitar que surjan afectos por temor a la pérdida del objeto que los causa es, en cierto modo, evitar la vida.

Cuando se trata de un hijo, importa poco cómo sucedió el accidente, lo lejos o lo cerca que estuvieras en aquel momento y si tuviste o no la posibilidad de evitarlo: te sientes responsable de la desgracia que se ha abatido sobre él. Somos lo único que tienen nuestros hijos, y su convicción de que siempre los protegeremos es contagiosa.

Teníamos que llevar dos coches a casa, y ello me hizo sentir aún más frío. Tenía la sensación de que estábamos en una especie de cruce de caminos, y temí que, si cada uno se marchaba de allí en su universo vehicular propio, tal vez acabaríamos confluyendo en el mismo lugar, pero sólo en sentido geográfico.

No sé si me creerás, pero jamás se me ocurrió abandonarte. Tal vez había pasado el tiempo suficiente girando a tu alrededor para imbuirme de tu profunda convicción de que una familia feliz no puede ser meramente un mito o de que, aunque lo fuera, más vale morir intentando lo bello, aunque inasequible, que sumirse en la pasiva y cínica resignación de que el infierno sean las personas a las que estás unido.

— La respuesta, si la hay, sólo es una: los padres […] Puedes apostar hasta tu último dólar a que esos chicos no tenían a nadie a quien recurrir. Nadie a quien abrirle su corazón, nadie en quien confiar. Cuando uno quiere a sus hijos y está pendiente de ellos, los lleva de excursión a museos y escenarios de antiguas batallas, y busca tiempo para dedicarles, ¿acaso no demuestra así su interés en lo que piensan y la confianza que les tiene? En estas condiciones no se producen episodios como ésos. Y, si no me crees, pregúntale a Kevin.

Los niños tienen una especie de radar para detectar la diferencia que hay entre un adulto interesado de veras y otro que sólo busca a toda costa aparentar interés.

Cada arrebato de violencia armada que se produce no hace otra cosa que aumentar la probabilidad de que ocurran otros.

Quizá porque crea que ya tiene todo lo que puede aspirar a tener. Una gran casa… Una buena escuela… Diría que, en cierto sentido, la vida es muy difícil para los chicos ahora. La misma prosperidad del país se ha convertido para ellos en una carga; en un callejón sin salida. Todo funciona, ¿no? Por lo menos, si eres de raza blanca y de clase media. Por eso hay muchos jóvenes a los que con frecuencia debe de parecerles que no son necesarios. Es, por así decirlo, como si ya no hubiera nada más que hacer.

Imaginar semejantes cosas es invitar a que sucedan.

—Pensé que podríamos arreglárnoslas hasta que los chicos se fueran de casa —dijiste con voz neutra—. Incluso había pensado que, si conseguíamos llegar hasta entonces, quizá… Pero eso significa diez años a partir de ahora, y son demasiados días… Puedo asumir los años, Eva. Pero no los días.

No debería haber ningún problema en amar tanto a los hijos como a la mujer. Pero, por alguna razón que ignoro, hay hombres que eligen; como los buenos gestores de fondos de inversión, minimizan el riesgo a la vez que amplían su cartera de inversiones, retiran todo cuanto habían invertido en su esposa y lo invierten en sus hijos. ¿Qué ocurre entonces? ¿Se sienten más seguros porque ellos los necesitan? ¿Porque nunca pasarás a convertirte en su ex padre, a diferencia de mí, que sí puedo ser tu ex mujer?

Al igual que ocurre con las tostadoras y los coches pequeños, uno sólo trastea con la mecánica de un matrimonio cuando le interesa arreglarlo y que vuelva a funcionar cuanto antes; no tiene objeto apresurarse a hurgar y ver si hay cables desconectados cuando te has decidido a tirar aquel trasto. Y, lo que es más, aunque esperaba echarme a llorar, mis ojos permanecieron completamente secos; con la casa sobrecalentada, tenía las aletas de la nariz tensas e irritadas y los labios agrietados. Tenías razón: aquello había ocurrido ya, y de nada serviría que llorara por nuestro matrimonio durante una década. Ahora entendía cómo se sienten los cónyuges de ancianos seniles cuando, después de obstinadas y agotadoras visitas a un geriátrico, lo que está funcionalmente muerto pasa por fin a mejor vida. Un último estremecimiento de dolor; una punzada de culpable alivio. Por primera vez desde que podía recordarlo, me relajé. Mis hombros cayeron casi cinco centímetros. Seguía sentada en mi butaca. Y allí permanecí sentada. Tal vez nunca había estado tan completamente sentada. Todo lo que hacía era permanecer sentada.

Cada vez que a un estadounidense algo no le sale fabulosamente bien, tiene que echarle las culpas a alguien.

En la definición de suceso es fundamental que lo que sucede sea malo. Tal como yo lo veo, el mundo se divide en los que miran y los que son mirados, y cada vez es más numeroso el público que mira y hay menos cosas que ver. La gente que hace realmente algo es una [pitido] especie en peligro de extinción.

Nuestro futuro divorcio era como un enorme y maloliente elefante que viviera en nuestra sala y bramara ocasionalmente o dejara tras de sí enormes montones de excrementos para que nosotros los pisáramos.

Para tu padre, la máxima manifestación de intimidad consistía en explicarle con un exagerado lujo de detalles el funcionamiento de cualquier objeto a alguien que no se lo había pedido.

Las grandes decisiones son un montón de pequeñas decisiones adoptadas una tras otra.

Preocúpate de los distintos componentes de tu plan por separado, y la suma de todos ellos se convierte en acción como por arte de magia.

He meditado sobre el hecho de que para la mayoría de nosotros existe una barrera dura e infranqueable entre la maldad más imaginativamente descrita y su ejecución en la vida real. Es el mismo muro de sólido acero que se interpone entre la cuchilla y mi muñeca incluso en los momentos en que mayor es mi desconsuelo. Por tanto, ¿cómo pudo Kevin levantar aquella ballesta, apuntar al esternón de Laura y, después —real, verdaderamente, en el tiempo y en el espacio—, apretar el gatillo que liberó la flecha? La única hipótesis a la que me veo abocada es que descubrió lo que yo nunca he querido descubrir: que no existe ninguna barrera. Que, como en mis viajes al extranjero, en aquel cómico plan con antirrobos de bicicleta e invitaciones en papel y sobres con el membrete del instituto, el hecho en sí de apretar el gatillo puede ser descompuesto en una serie de elementos más simples que lo constituyen. Puede que no sea mayor milagro apretar el gatillo de una ballesta o de un arma de fuego que alargar la mano para tomar un vaso de agua. Me temo que dar el paso a lo «inconcebible» no requiere más fuerza atlética que cruzar, simplemente, el umbral de una habitación ordinaria, y que el truco es la voluntad de quererlo. Que ése es el secreto. Como siempre, el secreto consiste en que no hay secreto. Puede que incluso tuviera ganas de dejar escapar una tonta risita, aunque no es su estilo; los chicos de Columbine se reían tontamente. Porque una vez has averiguado que no hay nada que pueda detenerte —que la barrera tan aparentemente infranqueable sólo existe en tu cabeza—, es posible cruzar una y otra vez el umbral, realizar un disparo tras otro, como si cualquier mequetrefe hubiese trazado una línea en el suelo advirtiéndote que no puedes traspasarla y tú desafiaras retadoramente su prohibición saltando por encima de ella una y otra vez en una especie de burlona danza.

Desesperada, probablemente agradecí tener conmigo mi teléfono móvil, que comencé a manipular como si fuera un rosario: pulsar los números me ofrecía algo que hacer.

¡La vida podía ser tan bella! Era posible ser un buen padre, gozar de los fines de semana, las meriendas en el campo, los cuentos a la hora de ponerse a dormir, y todo ello para educar a un hijo honrado y fuerte. Estabas en América. Y tú lo habías hecho todo bien. Por consiguiente, nada de aquello podía suceder realmente.

La prueba más clara de que te sientes extranjera en algún lugar es que te reconcome una lacerante y constante ansia de volver al hogar.

—¿Estás seguro? —le pregunté. Y añadí—: Dime una cosa: ¿por qué no disparaste contra mí?
—Cuando montas un espectáculo, no te cargas al público —dijo sin pasión mientras hacía rodar algo en su mano derecha.
—Supongo que con eso quieres decir que dejarme viva era tu mejor venganza.

De nuevo la verdad es siempre más amplia de lo que hacemos nosotros de ella.

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David Wozniack es un repartidor en la carnicería de su familia. Además de ser trabajador incompetente, está ahogado en deudas con personas non gratas. En el pasado, recurrió a donar semen para hacerse de recursos. Ahora se entera que fueron muchas las mujeres que usaron su esperma para concebir. Sus numerosos hijos buscan conocerlo. Él no sabe qué hacer. Calificación de 10.
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