Patrick Süskind

Este libro me lo prestaron hace como 15 años y el párrafo dónde habla del suicidio como solución a sus problemas, me impactó. Y me impactó por el hecho de que creo que todos en algún momento pensamos en esa salida, sobre todo en la adolescencia y como forma de venganza; la descripción del autor es fenomenal. Me lo prestaron y no me acordaba ni del título ni del autor. Yo lo buscaba en la red como el señor Sommerset o algo así y lógicamente no lo encontraba. Hasta ahora en la pasada Feria del libro del Palacio de Minería, lo encontré y nunca imaginé que el autor, era el mismo de El Perfume.Ah! mención honorífica para las ilustraciones… son geniales! Calificación de 9.0
La historia del señor Sommer

La historia del señor Sommer

Otra secuela de mi caida del abeto blanco puede ser cierta confusión mental e incapacidad para concentrarme que me aqueja últimamente. Por ejemplo, cada vez me es más difícil expresar una idea de forma clara y concisa, por lo que, cuando cuento una historia como ésta. Tengo que poner mucho cuidado en no perder el hilo, o empiezo a divagar y acabo no sabiendo por dónde he empezado.

Lo que me enfurecía, lo que me hacía temblar de rabia, no era la bronca de la señorita Funkel, ni las amenazas de paliza y castigo. No era miedo. Era el solador descubrimiento de que el mundo era un asco, de que todo era maldad e injusticia. Y la culpa la tenían los demás. Todos los demás. Sin excepción. Empezando por mi madre que no me compraba una bicicleta decente y siguiendo por mi padre, que siempre estaba de acuerdo con ella; mis hermanos, que a espaldas mías se reían de que yo tuviera que pedalear de pie; el asqueroso chucho de la señora Hartlaub que la tenía tomada conmigo; los paseantes que taponaban la avenida del lago y me retrasaban; el compositor Hässler, que me atormentaba con sus fugas; la señorita Funkel, con sus falsas acusaciones y su moco en el fa sostenido.[...] ¿Para qué necesitaba yo a toda aquella chusma que se confabulaba contra mi? ¿Qué me importaba este mundo? No se me había perdido nada entre tanta ruindad. ¡Que los otros se asfixiaran en su vileza! ¡Que pegaran mocos donde quisieran! ¡Pero sin mi! ¡Yo me retiraba del juego! Diría adiós al mundo. Me suicidaría y en seguida. Una vez tomada la decisión, me sntí aliviado. La sola idea de que no tenía más que “abandonar este mundo” -como delicadamente decían algunos- para librarme de una vez por todas de sus injusticias y marranadas resultaba extrañamente consoladora y liberadora. Cesó mi llanto y se calmaron mis temblores. En el mundo volvía a haber esperanza. Pero tenía que ser enseguida. Ya. Antes de que cambiara de idea. [...] Hasta aquel momento no habí atenido ocasión de reflexionar sobre lo que iba a hacer, preocupado como estaba de la ejecución en sí. Pero ahora, antes del instante decisivo, volvían a arremolinarse los pensamientos y yo, tras maldecir el mundo cruel y a todos sus habitantes, me puse a pensar en el entrañable acto de mi entierro. ¡Oh, sería un entierro precioso! Repicarían las campanas, sonaría el órgano, el cementerio de Obernsee no podría acoger a tanta gente. Yo estaría en un lecho de flores, en un ataúd de cristal tirado por un caballo negro, y a mi alrededor todo sería llanto. Llorarían mis padres, llorarían mis hermanos, llorarían los niños de la clase, lloraría la señora Hartlaub y la señorita Funkel, parientes y amigos habrían venido de lejos para llorar y todos se darían de golpes en el pecho y lanzarían gritos plañideros: “¡Ay, nosotros tenemos la culpa de que este ser querido e incomparable ya no esté con nosotros! ¿Ay! ¡Si le hubiéramos tratado mejor, si no hubiéramos sido tan malos e injustos con él, todavía viviría, este ser tan bueno y tan dulce, este ser único y querido!”. Y, al borde de mi tumba, estaría Carolina Kückelmann, que me lanzaría un ramo de flores y una última mirada y diría llorando con su voz ronca y dolorida: “¡Ay querido mío! ¡Ser incomparable! ¡Si aquel lunes hubiera ido contigo!”. ¡Maravillosas fantasías! Yo me abandonaba a ellas, e introducía variaciones en el entierro, desde la capilla ardiente hasta el banquete fúnebre, en el que se me haría un fabuloso panegírico, y yo mismo me emocioné de tal modo que, aunque no llegué a llorar, se me humedecieron los ojos. Sería el entierro más hermoso que se hubiera visto en nuestra región y, al cabo de los años, todavía se hablaría de él con admiración… Lástima que yo no pudiera tomar parte en él, porque estaría muerto. Desgraciadamente, esto era seguro. En mi entierro tenía que estar muerto. No podía conseguir las dos cosas: vengarme del mundo y seguir en el mundo.