Mario Vargas Llosa.

Primer novela de Vargas Llosa que leo; tengo que decir que no tenía idea de qué trataba y me llevé una grata sorpresa. El tema de la novela es la dictadura en la República Dominicana a cargo de Rafael Leónidas Trujillo.Contada desde 3 ángulos distintos, el del propio Trujillo, el de Urania Cabral hija de un senador trujillista y el del grupo que organiza el complot para asesinar al dictador, el ritmo de la novela es bastante interesante así como el manejo de los tiempos en que es relatada la historia.Sin dejar de lado el teje y maneje de la política en medio de una dictadura, lo más impactante para mi fue la crudeza con que cuenta las torturas a las que fueron sometidos los conspiradores. La fiesta del chivo

Comulgo todos los días, hace diez años -asintió Salvador-. No sé si tengo el alma como debe tenerla un cristiano. Sólo Dios sabe eso.

La eliminación física de la bestia es bien vista por Dios si con ella se libera a un pueblo.

Nunca había sido un creyente demasiado consciente, ni preocupado con las implicaciones de su fe en la vida de todos los días, ni se había ocupado de verificar si su conducta se ajustaba a los mandamientos.

No nos cuentes nada de lo que podrías arrepentirte -lo atajó el Turco.

El coronel puede ser un demonio; pero, al jefe le sirve: todo lo malo se le atribuye a él y a Trujillo sólo lo bueno. ¿Qué mejor servicio que ése? Para que un gobierno dure treinta años, hace falta un Johnny Abbes que meta las manos en la mierda. Y el cuerpo y la cabeza, si hace falta. Que se queme. Que concentre el odio de los enemigos y, a veces, el de los amigos. El Jefe lo sabe y, por eso, lo tiene a su lado. Si el coronel no le cuidara las espaldas, quién sabe si no le hubiera pasado ya lo que a Pérez Jiménez en Venezuela, a Batista en Cuba y a Perón en Argentina.

Para matar se necesitan más huevos que para morir.

De pronto, en las noches, luego de unas copas de brandy español Carlos I, podía soltar las palabras más soeces, [...] hablar como hablan los hombres cuando necesitan sentirse más machos de lo que son.

En alguna parte leí, Su Excelencia, que usted dispuso que los soldados usaran machetes, que no dispararan -preguntó Simon Gittleman-. ¿Para ahorrar municiones?
Para dorar la pildora, previendo las reacciones internacionales -lo corrigió Trujillo, con sorna-. Si sólo se usaban machetes, la operación podía parecer un movimiento espontáneo de campesinos, sin intervención del gobierno. Los dominicanos somos pródigos, nunca hemos ahorrado en nada, y menos en municiones.

Gracias a Su Excelencia, el Benefactor, los dominicanos descubrimos las maravillas de la puntualidad.

Todo, salvo la muerte, tiene su razón.

Yo no quería creer que hubiera traicionado a su compañero de toda la vida. Bueno, la política es eso, abrirse camino entre cadáveres.

-Nadie quiere contagiarse, señor Cabral [...] Caer en desgracia es una enfermedad contagiosa.

«Nada de lo que el hombre ha sido, es o será, lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo». Ortega y Gasset

En la secretaría hay un traidor o un inepto. Espero que sea un traidor, los ineptos son más dañinos.

… acaso el mayor atributo de este hombrecillo era no sólo saber lo conveniente, sino, sobre todo, no enterarse de lo inconveniente.

La religión le daba un orden espiritual, una ética con que afrontar la vida. Dudaba a veces de la trascendencia de Dios, pero nunca de la función irreemplazable del catolicismo como instrumento de contención social de las pasiones y apetitos desquiciadores de la bestia humana.

-Usted, Presidente Balaguer, tiene la suerte de ocuparse sólo de aquello que la política tiene de mejor -dijo, glacial-. Leyes, reformas, negociaciones diplomáticas, transformaciones sociales. Así lo ha hecho treinta y un años. Le tocó el aspecto grato, amable, de gobernar. ¡Lo envidio! Me hubiera gustado ser sólo un estadista, un reformador. Pero, gobernar tiene una cara sucia, sin la cual lo que usted hace sería imposible.

–La apariencia es el espejo del alma -filosofó Trujillo-. Si alguien anda apestoso y con los mocos chorreándosele, no es una persona a la que se pueda confiar la higiene pública. ¿No crees?
–Claro que no, jefe.
–Lo mismo ocurre con las instituciones. ¿Qué respeto se les puede tener si ni siquiera cuidan su apariencia?

Una vez más se repitió la divisa de su vida: ni un instante, por ninguna razón, perder la calma.

Les había regalado pesos, casas, tierras, acciones, los había hecho socios de sus fincas y empresas, les había creado negocios para que ganaran buena plata y no saquearan el Estado.

De un resentido siempre se debe esperar lo peor.

Siento decírselo, pero usted no me paga para que lo engañe. Si no se levantan pronto las sanciones, se viene una catástrofe.

En las crisis se conoce al verdadero estadista.

Yo las envidio a ustedes, mas bien. Sí, sí, ya sé, tienen problemas, apuros, decepciones. Pero, también, una familia, una pareja, hijos, parientes, un país. Esas cosas llenan la vida.