Julio Scherer García.
| Memorias escritas por Julio Scherer, que permiten conocer hechos y datos de personajes diversos con los que logró alternar en su labor periodística. Así, como la vida misma de extremosa, conocemos la escalofriante frialdad de los políticos o la extraordinaria empatía de los amigos. Calificación de 8.0. |
De esa noche recuerdo, sobre todo, un árbol majestuoso que parecía maravillado de su propia existencia.
Erro le había confiado que advertía un lento y progresivo deterioro de su inteligencia. Sólo así podía explicarse la cadena de errores en que últimamente incurría. El mundo científico a su alrededor guardaba respetuoso silencio, pero la honestidad del maestro iba al parejo de su sabiduría. Debía irse y se fue.
El hermano menor de la dinastía más famosa de los Estados Unidos deseaba escuchar mi versión acerca del escándalo que se había suscitado en México a propósito de Excélsior y que los medios, salvo excepciones, habían liquidado con ese silencio que tanto se parece a la asfixia.
La miseria se basta a sí misma, si sólo se cuenta con ella para seguir viviendo.
Escribió Heberto, el 11 de septiembre de 1979, la historia de aquel día. Bastan algunas líneas para dar cuenta de su brutalidad: El teléfono volvió a sonar. El ayudante volvió a aparecer. Echeverría volvió al teléfono. -¿Herido uno de los nuestros? ¿Muerto? Al Campo Militar?. ¿Hay más enfrentamientos, muchos heridos? Todos al Campo Militar. ¿A la Cruz Verde? No, no. No permitan fotos. ¡Quémenlos! – Quemen a los muertos. Que nada quede. No permitan fotografías.
Lo que debe llamarnos la atención de manera alarmante es que esto haya podido ocurrir si que pasara nada.
Enrique sostuvo que en casos como el narrado, se impone un deber íntimo, deber de conciencia. Afirmó, sencillo como es, sentencioso como no puede dejar de serlo: -Si no hay compasión para la persona amada como ninguna otra, la vida se extingue. -¿Qué enteiendes por extingue, Enrique?- le pregunté. -La vida se derrumba, pierde su sentido, cae rota.
Escuché la pesadilla de labios de una señora: en el desayuno de todos los días, puntual a las seis de la mañana, bebía café con una gota de arsénico. Su marido la dejaba caer sigilosamente en la taza de porcelana, de espaldas a su esposa. La señora sabía del paulatino estrago del veneno, pero el hábito la dominaba y no se animaba a enfrentar a su marido o vaciar el café en la cocina. Además, un morbo extraño crecía en su interior, la enfermedad sutil y la atroz dependencia. En elagún sitio de mi memoria se había ocultado la pequeña historia. Al escucharla me había producido cierta fascinación. Me parecía incompleta, sin embargo. Me habría gustado que la víctima también se resolviera y dejara caer el arsénico en el café del esposo. Pero las pesadillas tienen su propio estilo y juegan con reglas que nos son desconocidas. El mal sueño me vino a la cabeza, completo, en una conversación sopresiva con el economista Gustavo Gordillo, activista del Consejo Nacional de Huelga de 1968.[...] Al asumir la presidencia de la república, Carlos Salinas de Gortari le ofreció la subsecretaría de Agricultura. Aceptó sin vacilación. El titular sería Jorge de La Vega Domínguez, quien dejaría la jefatura del PRI y un año disfrutaría del premio burocrático y sus parabienes: secretario de estado. Así se usaba. Así sería. De la Vega fue explíxito con Gordillo: se manejaría como le viniera en gana, como si fuera el propio secretario. Tendría una sola limitación: Tamaulipas. No debería tocar el estado ni atreverse a mover una sola de sus piezas en el paisaje político. Gordillo sabía de qué se trataba: en el estado, algunos personajes eran dueños de ranchos inmensos y ganado del más alto registro. Habría que proteger su tranquilidad, que sólo el viento suave que anuncia lluvia pudiera alterar su bienestra bucólico. Era el caso del propio De La Vega Domínguez, de Andrés Caso, entonces secretario de Comunicaciones y Transportes, de Emilio MArtínez Manatou, aspirante a la presidencia en tiempos diazordacistas, de Manuel Cavazos LErma, norteño de polendas. De acuerdo con el calendario, al año ascendería a la titularidad de Agricultura el profesor rural del estado de México. Durante tres años, día tras día, Gordillo conocería a fondo el arte delicado de la seducción, del que Hank era maestro inimitable y hombre persistente en los detalles, como ninguno. Para él, para Gordillo, estarían permanente abiertas las puertas del gran personaje y si había problemas con algún familiar o persona de su afecto, ya habría manera de ayudarlo. Además, el colaborador eficaz, estricto, merecía atenciones en lo personal. Alguna consideración de tipo económico, algún viaje interesante. Y por qué no, una pequeña casa en el bosque de ésas que se van pagando solas. Lo que necesitara, lo que hiciera falta, la gota de cianuro de todos los días.
Teviño habló mucho y contó poco. Así ocurre cuando la conciencia se mantiene en tensión. No está en los hombres del aparato la claridad a la hora de la confidencia, viaje al interior siempre peligroso. Los secretos, en todo caso, los cuentan en sigilosa
complicidad.
Algunas ocho columnas, nuestra bandera que ondeaba cada amanecer, tenían precio. Era dinero secreto, sin factura, misterioso su destino. Las gacetillas, publicidad embozada como información, costaban caro. Su presentación exigía sutileza, estilo, el gato ofrecido con la salsa apetitosa del conejo. Los reporteros teníamos libertad para contratar gacetillas y desplegados del tamaño que fuera, asegurado el 11 por ciento de comisión. Sólo nos obligábamos a respetar las fuentes de trabajo asignadas a cada reportero.
-Si es una carta de amor, no la escriba a mano- me dijo. -¿Por qué, don Roque?. -Con el tiempo, esas cartas suelen ser comprometedoras. -La vida es un compromiso largo, don Roque. -Allá usted.
- No se arredre -me animaba don Carlos-, no cualquiera tiene a los cincuenta años la posibilidad de probarse en la experiencia que sabe y la imaginación que arriesga. Excélsior fue una herencia; Proceso será una creación.
En reuniones para determinar el nombre de los premiados, Gabriel García Márquez era mirado de otra manera, convencidos todos del cercano reconocimiento universal de su obra. García Márquez correspondía con entusiasmo por todo lo que veía y escuchaba. Habría sido imposible que la sencillez de entonces pudiera recobrarla. Con el timempo, por la magnitud de su obra, comprendí el peso brutal de los homenajes, el cerco que aísla. La consagración altera las relaciones humanas. Resulta difícil tratar con naturalidad a personas de ese tamaño. Yo me propuse lograrlo y un día le dije, presente el rector De la Fuenta e Ignacio Solares, jefe de difusión de la UNAM: -Soy tu amigo, Gabo, porque me importa una chingada que seas Nobel. Antes del gran reconocimiento en Estocolmo, García Márquez me había platicado: -Seré Nobel y haré todo lo que tenga que hacer durante un año, aceptar doctorados, dictar conferencias, pronunciar discursos, participar en todo lo que se quiera de mí, firmar autógrafos hasta el dolor de los dedos entumecidos. Después seré sólo lo que quiero ser. Gabo para mis amigos y Gabito para Mercedes.
Le dije todo lo que pensaba y pienso de Juan Francisco Ealy Ortiz Garza, el dueño de El Universal. Hoy vive en la cima de su periodismo, sin una nota con su firma y en el autoelogio permanente. Pronuncia discursos como un conferencista pagado en dólares y posa para los fotógrafos como un artista de los grandes. Retoma su juventud en el quirófano millonario de los cirujanos plásticos y para los momentos estelares luce un traje con hilos de oro en el entramado del género. Lo atraen los relojes de pulso y los cambia con las estaciones del día y las circunstancias climáticas que se presenten. Ealy Ortiz Garza pertenece a la especia de los filántropos que hicieron su riqueza desde los rincones oscuros del fraude, el golpe bajo, el tráfico de influencias, la corrupción. Para Juan Franciso Ealy no existió el 8 de julio de 1976, día del golpe contra Excélsior. Más aún, oportunamente hizo llegar a Regino Díaz Redondo el material informativo del día. Se trataba de que el periódico apareciera el día nueve como si nada grave hubiera ocurridoen sus instalaciones y en su destino.
-¿Cómo va el ánimo?- le preguntaba a Octavio, ya avistaba la otra orilla. No olvido la frase, que ya he escrito, de tanto que me impresiona su terrible sencillez: -Del cuello para arriba todo está en orden, pero del cuello para abajo reina el caos. -Sólo te queda la cabeza, pero sólo con la cabeza has vivido, Octavio. -¿Y qué valela cabeza sin el cuerpo? ¿Cómo hallas la serenidad de la cabeza sin el reposo del cuerpo?
Los empresarios dueños de diarios, arribistas, no habían tenido lugar en Reforma 18. Indiferentes a la noticia, ajenos al reportaje y a la crónica, se acomodan con su poder, hacen negocios, y se vanaglorian como centinelas de la libertad de expresión y el equilibrio entre los poderes.
La mirada insistente de alguna mujer me sonrojaba y me sentía descubierto, torpe. Acudí al doctor Alfonso Quiroz Cuarón, entendido en le materia. Me dijo que a la timides no se le puede vencer, pero sí esconder. Nadie es tímido frente al espejo, argumentaba. La timidez es un problema social, un problema frente a los demás. -Ocúltala, que no se note. Si una señora te turba, alude a tu sonroja y a tu descompostura. Te ríes de ti mismo y quedas listo para enfrentar a cualquiera. Frente a la timidez uno entrena todos los días, como los boxeadores. Pasó mucho tiempo para que pudiera distinguir entre la timidez y el apocamiento, los guantes colgados, sin gana de pelea, muerto el ímpetu. La timides, en cambio, lleva a formas de soledad y la soledad concita a la reflexión. A la soledad y a la reflexión se les agrega normalmente el dolor, el sufrimiento. Pienso ahora que sólo cuando están unidas la soledad, la reflexión y el sufrimiento hay maneras de intentar una transformación o al menos un cambio personal.
No están hechos los sentidos para resistir el esplendor de un cuerpo perfecto.
Cuando el miedo se esconde, el valor asoma el rostro.
No obstante, la responsabilidad me abrumaba. A la hora de escribir, cómo dar con el sustantivo preciso, el verbo rápido, el adverbio que a veces ayuda, el adjetivo, alma del lenguaje. Cómo hacer de las palabras colores y de los colores fantasías y de las fantasías un lenguaje periodístico. Una crónica bien llevada pero con un detalle de más o de menos equivaldría a un derrumbe profesional. Sólo cabría la brillantez.
Para el presidente Salina de Gortari y para el general Alfonso Corona del Rosal, quien ascendió todos los peldaños de la burocracia priísta y fracaso en el postrer y definitivo esfuerzo, no existen los asesinatos de Rubén Jaramillo, su mujer embarazada y tres hijos asoptivos que reconoció como propios: Enrique, de 20 años, Filemón de 24 y Ricardo de 28. Rubén Jaramillo, líder agrarista, había sido señalado como promotor de tres levantamientos armados de campesinos sin tierra, y se hablaba de crímenes y tropelías. Vivía en su ardiente Morelos, de cañaverales que eran fuego y se le tenía como un luchador social, desprendido hasta del pan si algunos lo miraban con ojos de hambre. En algunas fotografías me pareció percibir un par de ojos de llamas negras sin miedo al miedo. Los datos que informaron del cuádruple asesinato sólo necesitaban de palabras escritas. El horror transmitía su propio escalofrío: El 23 de mayo de 1962, Jaramillo y su familia fueron secuestrados a las dos de la tarde en Tlaqueltenango, por un numeroso grupo de hombres armados con ametralladoras ligeras. Arrastrados lejos del pueblo, fueron ametrallados y rematados con pistolas calibre .45. Jaramillo recibió nueve tiros y tres de gracia. Los cadáveres fueron abandonados en una brecha cercana a las ruinas de Xochicalco, y no serían reclamados. Antonio, hermano de Rubén, explico: “Somos muy pobres. No tenemos dinero para enterrarlos. Dejaremos que los responsables de este artero crimen hagan con ellos lo que quieran. El crimen estremeció al país, pero no movió a indagación alguna. No se supo de diligencias o de alguna comparecencia de presuntos responsables. La muerte quedó abandonada, como los cuerpos acribillados.
López Mateos pudo tener cualidades administrativas sobresalientes, pero se condenaba ahí donde los hombres no tienen salvación: el crimen.
Si hubiera carreras de hormigas o batallas entre hormigas rojas y hormigas negras, ahí estaría un público ansioso de emociones reservadas a la torturante expectativa de ganar o perder.
-En definitiva, ¿lo vas a publicar? -Lo vamos a publicar, Héctor [...]. -Órale, publícalo… Ponle ventilador a la mierda [...]. Y vaya que el ventilador de Proceso es poderoso [...]. -Adiós, Héctor. Héctor Aguilar Camín me llamó por teléfono. En su brevedad, repetimos el diálogo que había sostenido con Rafael Rodríguez Castañeda. En su esencia, así transcurrió: -Ya no te ocupes del asunto, todo está aclarado. -A mí no me lo parece. -Somos amigos. -Éste es un asunto que nada tiene que ver con la amistad. La amistad tiene sus propios caminos.
El 12 de junio de 1989 tuve una reclamación del Gabo. Fue telefónica: -¿Por qué no me avisaste de la muerte de Susana? -La sepultamos sólo los que estuvimos con ella las últimas horas. -Se va el disgusto, queda la tristeza desnuda. Yo habría hecho lo mismo.
El periodismo, si se ejerce con pulcritud, da para vivir holgadamente, no para levantar fortunas.


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