Cuestión de amor.

Germán Dehesa.

Desde las playas de la riviera nayarita, fue una delicia volver a leer las palabras del Charro Negro y de esta manera inyectarme una buena dosis de ánimo y optimismo para el nuevo año que comienza. El tema en el que ahora ésta antología hace referencia es el amor; el amor por sus hijos, por su país, por sus muertos, sus amigos, sus libros. El amor, siempre el amor. Calificacion de 10.
Cuestión de amor

Cuestión de amor

Para las mujeres, uno es tan feo como se ve.

De uno a veinte años, el ser humano es un pasado delgadísimo, un presente fugaz y un vastísimo futuro. Viene luego un muy grato periodo de equilibrio donde los tres segmentos del tiempo tienen una dimensión, un sabor y un peso similares. Esto dura hasta los sesenta, que comienzo a recorrer. Mi impresión es que el pasado es enorme y el presente resiente esta gravedad del pasado y la frágil levedad del futuro. Hay, además, otro factor importante: los hombres, como las piezas del ajedrez, nos definimos por nuestra condición esencial (podemos ser caballos, o peones, o alfiles, o torres); pero también nos definimos por nuestra posición en el tablero y en referencia a la posición que guardan las otras piezas. En la fase final de la partida, las piezas usuales desaparecen; aparecen otras y todo esto dificulta enormemente nuestra propia definición. Muchos de los que formaron parte de mi tablero y de mi juego ya no están y, aunque yo sé que estoy, no me es fácil saber cómo y en dónde estoy, pues he perdido a muchos de mis referentes.

En esto consisten mis trabajos de remodelación. Cuando era pequeño, mis padres me exigían que respetara a mis mayores y esta tarea se me aparecía como algo imposible porque prácticamente todos eran mis mayores. Ahora me es más fácil, porque mis mayores son unas cuantas docenas y porque yo ya soy uno de los mayores.

No es fácil sobrevivir a un naufragio, sobrevivir a dos es terrible y emocionante. Lo único que no se puede hacer es sentarte en la playa a llorar todo lo que perdiste. Lo importante es que no perdiste todo. Por ahí queda el velamen de alguna ternura, la proa de aquella pasión, los frágiles remos de algún gozo. Toda la ciencia consiste en negarte al llanto, conferirle ese privilegio al mar, zambullirte y rescatar lo que quede.

Todo “pendiente” es una prolongación de la dependencia.

Si ya se murió el cojito, ¿para qué compras muletas? Con resignación y convicción me digo: mudarse es seguir vivos y toda joda es una poda.

Compatriotas: ya es mayo. Si ven que las cosas están mal, peor se pondrán con sus quejumbres; hay mucho trabajo y mucha alegría pendientes. Levantémonos a vivir.

El jugo de las hojas de la siempreviva es un buen remedio para las picaduras de insectos, ulceraciones de la piel, callosidades y quemaduras (y convendrán conmigo que este tipo de lesiones pueden aparecer en el cuerpo y/o en el alma).

Somos contadores minuciosos de todo lo que la vida nos quita, pero nunca aquilatamos lo que nos da.

Joven amigo, no te equivoques, no estamos estudiando y adquiriendo saber para imponernos a los demás, sino para quererlos, conocerlos y entenderlos mejor. El éxito, la acumulación de bienes, la fama, el poder son, en el mejor de los casos, logros menores y muy frecuentemente desviaciones fatales. Por estos caminos desviados hemos llegado a nuestros actuales desastres. ¿Por qué? Porque no son retos a la altura de lo humano. Lo nuestro es procurar y distribuir con disciplina, con justicia y con lúcida pasión la belleza verdadera y la verdad que, me consta, es de una belleza aterradora. Los demás son asuntos menores, distracciones, perversiones, pequeñeces. Así pues, no te creas que la felicidad es una dádiva azarosa, intermitente y fortuita. La felicidad es el más alto deber de la inteligencia y nuestro estado natural. Nunca pierdas esto de vista si es que quieres llegar a la tierra prometida. Del mismo modo, nunca olvides que la plena felicidad sólo prospera, florece y engendra todos los aromas, todos los colores y todas sus canciones en el territorio de la justicia. No te agobies por eso; si la felicidad te habita, te moverá necesariamente a la justicia. Si en tu pecho hay una estrella, todos la verán; si esto no sucede, es que simplemente creerás ser dichoso, pero serás en realidad un infeliz.

Algo muy sutil en nuestro genoma nos hace percibir que cualquier cosa que no esté envuelta regiamente está como encuerada, impúdica y a merced de la lascivia popular. Entonces, cuando vamos a regalar lo que sea, le ponemos ropa interior, ropa exterior y numerosos adornos; de ser posible, la bolsa en la que va el regalo deberá recatarse también de artísticos y coloridos cucuruchos de papel de china.

Tenemos que entender que los héroes existen, que el heroísmo es posible y que todo héroe es como el sol: si lo miras muy de cerca, seguramente descubrirás manchas; pero no debes olvidar que lo que importa es la luz y el calor que te proporciona.

Pensemos que las catástrofes son nuestro fuerte y así entenderemos cómo hemos ido construyendo nuestra visión de los vencidos casi siempre traicionada por la historia oficial, que es la visión de los políticos, provisionalmente, siempre provisionalmente vencedores.

La educación en México ha sido tan mala, porque es uno de los bienes, quizá el principal, distribuído de origen y de historia con una autoritaria, temerosa y maligna injusticia. Somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido.

Es un gran orgullo encontrarse con alguien de nuestra especie que puede sentir, pensar y transformar en palabras algo que nosotros percibimos vagamente, pero que nos resulta inexpresable.

Hay músicas, hay poemas, hay imágenes, hay pinturas, hay esculturas, hay modos de hablar que propician el encuentro amoroso. Alguien ya dijo que la belleza es el resplandor de la verdad. Si al ser amado le ofreces verdad y belleza sazonadas con ternura y amor, el encuentro se cumplirá.

A todo digo que sí y cuando llega la hora de la entrega me vienen unos dolores de parto que no me platiques más.

Un ser humano en un momento dado, tiene que escoger entre varios porvenires posibles: escogeré entre esto o lo otro (o entre ésta y aquélla) y así seré esto o aquello. ¿Qué pasaría, qué vertiginoso laberinto se crearía si decidiera no decidir y sencillamente aceptara ser esto o lo otro?

La amistad es la forma más misteriosa y generosa del amor.

Pandroso: Sust. Dícese del zarrapastroso que además huele feo y trae la uña negra.

No alcanzo a entender por qué las buenas conciencias han decidido satanizar los narcocorridos. Yo no me imagino al bucles leyéndolos y decidiendo crear el cártel del Ajusco, o inyectándose Iodex. Que lean corridos y que luego lean a Sabines, o al mamila de Goethe; pero que lean.

No es mi pretensión “escaparme” de la realidad. Ni los libros ni nada sirve para eso. Lo real es inescapable. Lo que sí nos proporciona la literatura es la posibilidad de tomar distancia y ayudarnos a discernir lo que es un mero asunto adjetivo, de lo que es lo profundo, lo misterioso, lo sustantivo, de la entraña humana.

Lector, debes saber que un destino interesante (a veces con ratas, a veces sin ellas) aguarda a casi todos los ratones y a los hombres que no se resignan.

Quien discierne sus orígenes adivina su destino.

Los críticos tontos -y esto casi es un pleonasmo- dicen que Quijote está loco y que Sancho representa la telúrica cordura del pueblo campesino. Puras burradas. Quijote y Sancho están perfectamente locos., están como turbina en reversa, como perforadas regadera por aspersión. Quijote está loco por creer que un limitado hombre puede cumplir las gestas y las hazañas de los héroes de las novelas de caballería; pero si lo piensan bien, Sancho está más loco al suponer que será muy bueno y provechoso para él creerle a Don Alonso Quijano y acompañarlo en sus desventuradas andanzas. Privilegios de la locura: en cada aventura les va peor que en la anterior, pero esto no merma su felicidad ni su libre voluntad de proseguir ese camino que no tiene más mapa ni itinerario que los que se les vayan ocurriendo. Nosotros, tan paralizados por nuestras obligaciones, compromisos, ocupaciones, preocupaciones, deberes, dogmas, prejuicios y agendas, nosotros tendríamos que hacer un quijotesco ejercicio y despertar cualquier día con un solo proyecto: hoy voy a hacer una locura, alguna, la que sea: me voy a ir depinta, voy a dar ese beso (y lo que resulte) tan largamente reprimido, voy a ser perfectamente irresponsable, dejaré de ser confiable y previsible y, por un magnífico día, me pondré a la altura de mi señor Don Quijote.[...] Si alguien pretende detenerte, o impedir tu fuga rumbo a la vida, dale una bofetada y sigue adelante.

Hay veces que sólo el tiempo desenreda las madejas y sólo el tiempo va colocando a cada quien en su lugar. Este no implica desperdiciar ese tiempo. Bien lo podemos aprovechar para disfrutar de tantos amores, tantos gozos, tantas felicidades que no dependen de las trapacerías dizque políticas. Puedes leer un buen libro, puedes dar un buen abrazo y puedes redactar tu libro del buen amor. En estos territorios no hay “¿quién sabe?”; lo que hay es que “cada quien sabe”. ¡Ah!, y no olvides que la vida sabe algo que nosotros no sabemos.

No en balde el español de México percibe como insuficiente la palabra “amigo” y en su habla cotidiana prefiere decir “cuate”. Cuate es una voz de origen náhuatl que significa hermano gemelo y así, entre nosotros, el amigo es un hermano, un semejante, un igual, un partícipe de nuestra sangre.

Somos buenísimos para el quejumbre y la punzada; pero somos pésimos para soltar amarras y permitir que el disfrute se ocupe de nosotros; en cuanto tenemos alguna ocasión de gozo, un motivo de celebración, una ocasión feliz, un triunfo en el futbol, algún logro científico o intelectual, un aniversario memorable, bueno, hasta un furris cumpleaños, siempre encontramos la manera de devaluarnos, de echar a perder las cosas y de decirnos que no es para tanto y que no hay un verdadero motivo para echar las campanas a vuelo. Así somos. Si el logro es personal, nosotros mismos nos encargamos de decirnos que no debemos engañarnos y que en realidad no merecemos nada. Ahora bien, si el logro es de otro o de otros aztecas, entonces nos tiramos a matar y nos encargamos de divulgar los peores rumores, las más insidiosas descalificaciones y los más viperinos rumores en torno a aquel o a aquellos que obtuvieron ese logro.

Tal como yo lo entiendo, un regalo es ante todo un mensaje, una metáfora, un símbolo que el donador pone en manos del homenajeado. Al hacerlo, le está diciendo: esto es lo que pienso de ti y de mi y del vínculo que tenemos. Creo que sólo en estos casos se debería regalar, pues sólo con esta actitud un regalo adquiere relevancia y sacralidad. Quizá estaúltima palabra les suene excesiva en este mundo secular y pragmático en el que vivimos, pero yo insisto en el hecho de que un regalo es modesta y calladamente sagrado; es una forma sim´bolica de darle al otro ea parte de uno mismos que el donador quieres otorgarle. Así pues, un regalo es un símbolo y una íntima entrega. Me detendré en la palabra símbolo. Ésta, por sus raíces griegas, significa llanamente “moneda rota”. En la antigüedad, las guerras, los viajes, las migraciones solían separar por mucho tiempos a los amantes. Ellos necesitaban, pues, de una prenda que les permitiese reconocerse y reencontrarse al cabo de los años. Lo que usualmente hacían era partir una moneda en dos y conservar cada uno una mitad. A la vuelta de los años, frente al posible encuentro, los amantes se mostraban su pedazo de moneda (su símbolo) y la re-unión era posible. No me negarán que esta es una palabra sagrada y poderosa. De hecho, observen el culto y los rituales de cualquier religión y verán que constantemente aparecen símbolos del posible y deseado encuentro entre el hombre y Dios. Más sencillamente: sólo el que es portador de un símbolo estará entregando un regalo digno de tal nombre.

Para dar un regalo no hay que esperar la gran fecha, cualquier día es bueno para regalar; y no olviden que también es posible no regalar nada.

Yo digo que sólo hay vida verdadera mientras el mundo se te presente como vivible, caminable, aventurado, riesgoso, antojable y amoroso. Todo esto te lo debe producir un amanecer (el umbral de la paloma, lo llamaban los poetas árabes), un anochecer (el umbral del cuervo) y todo lo que ocurre en los tiempos intermedios. Un guiño, pero también un árbol, a veces un quirófano, a veces una comisura, una lágrima, un escote, la miseria terrible, los tesoros de una conversación; todo esto son provocaciones que la amorosa vida pone a nuestro paso con el noble fin de producir un deseo que puede ser de justicia, de belleza, de cercanía, de abrazo, de intimidad. La vida y sus antojos. Se acaba el antojo, se acaba la vida.

Yo tengo cuatro hijos cuyas edades van de los treinta y uno a los diez años. Por lo tanto, los cuatro pueden ser clientes bienvenidos y viajeros frecuentes al mundo de las drogas. Éste es el mundo que nos tocó. Podremos quejarnos y patalear y decir que cuando éramos jóvenes no eran así las cosas. Pues no eran, pero ya son.[...] Por eso es importante hablar calmada y amorosamente de estas cosas con los hijos e hijas. Además, no basta con hablar. Es indispensable que nuestra vida sea un testimonio constante de la hermosura (a veces terrible) de la vida. De no ser así, nuestras palabras nacerán muertas. Si nuestros hijos andan tristes, necesitan de nuestro tiempo y de nuestra mejor atención. No sería mala cosa decirle a ese hijo descolocado: ven acá, menso, y vamos a echar mano de un estupefaciente. Cuéntame qué te pasa y yo te cuento lo que me pasa a mi, hablemos de lo que nos duele, o nos molesta, o nos incomoda, o nos asusta; piensa, hijo mío, que todo acaba siendo, como diría Tomás Moro, una cuestión de amor. Nuestro mejor tiempo lo tenemos que dedicar a ese amor y ahora démonos un abrazo y verás quer nos ponemos más locotes que con un llegue de mota. Ahora bien, hijo o hija mía, si lo que quieres es un estimulante enérgico, así digamos entre coca y tacha, enamórate de alguien difícil (todos lo somos) y verás que tu cerebro, tu corazón y hasta tu pírolo se meten un acelerón brutal, pues todo tu ser estará dedicado a imaginar ese lejano castillo del amor, sus vías de accesos y los dragones y endriagos que tendrás que enfrentar si quieres llegar a los brazos del príncipe o la princesa que, en principio, no te pela o te pela poco (a eso se le llama tenerte en pausa, o en dieta de mantenimiento); pero llegarás, y tu piel conocerá otra piel y sólo entonces sabrás lo que es el verdadero éxtasis. De esto tienes que hablar (y hacer) con tus hijos. Sólo los podemos blindar con apasionado amor por la vida.

Cada quien decide si la compañía de los hijos se vive como una carga, o como una oportunidad luminosa. A mí no me costó mucho trabajo optar por la segunda posibilidad. Sólo cuando se presentan estas oportunidades de cercanía excepcional, descubrimos lo lejos que hemos estado de estos seres que supuestamente comparten nuestra vida; cómo han crecido, cuánto han cambiado, de qué modo han variado sus objetivos e intereses. Para averiguar esto, hace falta tiempo; y no cualquier tiempo, sino tiempo libre de primera calidad para vagabundear, caminar de la mano, sentarse en una banca o en la vil banqueta a comer un hot dog y mescuchar las cuitas y los entusiasmos de nuestros seres más entrañables y queridos.

Entiendo que los padres no somos el agente de ninguna venganza que, bien mirado, no nos concierne. Nosotros tenemos que ser el amor firme, la dulzura doméstica, el territorio conocido, el sostenido consuelo y eventualmente, el consejo, siempre y cuando éste nos sea solicitado. Cada quien, cada hombre y cada mujer, ha cursado el primer amor y, al hacerlo, descubre la exaltación, la furia y el abatimiento; las enormes y celestiales sonrisas, la amenazante noción de que estamos incompletos y de que nuestra felicidad necesita de otro, de otros. Por esto los suspiros, los llantos, los súbitos cambios de humor, las carretadas de merengue, la certeza de que, en ausencia de tal o cual persona, lo único que nos espera es una muerte implacable. Frente al primer amor, todos, por mayor seguridad que manifestemos, nos sentimos indignos de ese ser celestial que ha aparecido ante nuestros ojos y que, por lo regular, n se ha dignado mirarnos, o no lo ha hecho con la apasionada intensidad que la ocasión y nuestra alada persona merecían. ¿Qué hacer en estos casos? Creo que guardar silencio, extender un pañuelo, pasar el brazo por los hombros de las daminificada y aguardar esa ruidosísima higienización nasal con la que una mujer de cualquier edad delcara concluida la sesión de llanto.

En el sentido estrictamente humano, cada vez hablamos menos. El ruido, la prisa, los medios electrónicos, el escaso dominio de la palabra y el ancestral y mexicano terror a formular nuestras íntimas verdades, colaboran a esto. Nunca le digas a nadie quién eres, parecería ser las divisa de nuestras etnias. Sin embargo, hay noches, hay tardes en las que podemos decirlo todo. Si la vida nos es benévola, permitirá que en esa noche o en esa tarde nos encontremos con la persona propicia para dar y recibir esas palabras cargadas de verdad. A mi me ha ocurrido; yo he tenido tardes y noches así. Casi siempre los oídos hospitalarios han sido de una mujer y entiendo, más allá de mis preferencias sexuales que aquí no pintan nada, que yo también he hablado con esa espontaneidad fuerte, terrenal y directa que es propia de las mujeres dignas de tal nombre. A esto es a lo que llamo hablar de mujer a mujer y por eso considero que puede y debe ocurrir entre un hombre y otro.

Hay otras palabras como “cáncer” que arrojan un apretado haz de sombras tan terrible y estremecedor que nos resistimos a pronunciarlas. Y sin embargo, no hay otra manera de exorcizarlas, aunque previamente hay que despellejarlas y abrirlas en canal.

Amiga mía, hermana mía, no te enfermes; pero si en algún parpadeo de tu piel, el cangrejo se introduce en tu ser, lo mejor que te puedo desear es el amor y la fuerzas para que éste se transforme en un colibrí que en su vuelo te mantenga revoloteando con nosotros.

Sólo conocemos y poseemos las cosas y los seres cuando podemos recordarlos.

Lo único que se puede hacer ante lo inesperado es esperarlo.

Las mujeres saben, hasta cuando no saben.

¿Sabes, Germán, lo que más me gusta de los museos?… Que son espacios que te permiten la proximidad gratuita del arte; es decir, lo que te muestrans no puede ser objeto de tu voluntad de poder, ni de tus necesidades de adquisición, ni de ninguna de esas malas pasiones que suelen acompañar a la presencia de la belleza. Las obras que admiras en un museo no las puedes adquirir, no te las puedes llevar a tu casa para que sean sólo tuyas, no las puedes emplear para que los demás se enteren de tu poder. Están ahí y son para todos. Basta con esto para defenderlas eficazmente de la estupidez humana que se manifiesta en el autoritarismo y en la posesividad. En el ámbito de un museo, te es otorgada la gracia de beneficiarte de la belleza en un total estado de gracia.[...] ¿Y si la única manera de estar dignamente en la realidad consistiera en contemplar todo lo existente como parte de un inmenso y vertiginoso museo?; si esa flor, ese relámpago, ese pájaro, ese cuerpo desnudo que se me ofrece, esa persona que me odia, esa mujer que me ama; todo, todo, se le impusiera a mis sentidos como un emblema de lo que secretamente los museos te dicen: aquí está la belleza y sólo puedes apropiarte de ella cuando haya muerto en ti el ímpetu de apropiación; ningún bien (y a la larga, todos son bienes) merece ser exclusivamente tuyo; recibe sus dádivas, disfruta de sus prodigios, consérvalos en la intimidad de tu inteligencia, pero no pretendas adueñarte de nada; todo es de la humanidad. Nada ni nadie -muy en especial, ese ser que amas-, merece ser considerado “propiedad”. Cuando en el gran museo del mundo ya no estés tu, todas las cosas, todos los seres, toda la belleza, ahí seguirán.

Los amantes y los amigos tienen todo el tiempo del mundo; de hecho, ellos hacen posible todos los buenos tiempos del mundo.

Con los amigos hay que cumplir siempre.

La segunda muerte, la más terrible, es la que nos infieren el desamor y el olvido.

Cada vez compruebo mejor que los muertos son autoadheribles. No hay mayor mérito en recordarlos; ellos por su cuenta se encargan de comparecer en nuestro pensamiento, en nuestras palabras, en nuestros hechos. Seamos hospitalarios con nuestros fantasmas y levantémonos a vivir. No digo que sea fácil este pleno retorno a la vida y sus afanes; lo que pienso es que es lo único sano que podemos hacer. Todavía más: es lo único que podemos hacer como homenaje a esos amigos que a lo largo de toda su vida fueron luminosos, generosos, sonrientes, solidarios, bravos y decentes. ¿De qué les servirían nuestras lágrimas? El dolor no puede ser más grande que la vida.

Hay entre nosotros el suficiente poder alquímico como para convertir el helado viento de la muerte en la tibia brisa de una vida disuelta en el desafanado gozo y en la deslumbrante reaparición de los libros. Ya no hay que llorar. Ya no le añadamos pena a la pena. Morir, dice Borges, es una costumbre que suele tener la gente. En efecto; pero apuntaría Camus, previamente tenemos la costumbre de vivir. A mi me parece una costumbre excelente. Perdí dos amigos, me dispongo a consguir dosciente. De los que amé ya escribí lo mejor que pude. Ahora escribiré de los que amo y de los que pretendo amar.

Bien mirado, el hecho de que no pase nada no es necesariamente malo, podría ser hasta disfrutable; pero el alma azteca tiene un extraño temple y no hay nada que le produzca más angustia que el hecho de que no ocurra nada. Un buen tenochca interpreta esta calma como la inminencia de algo terrible. La verdad es que a nosotros como nos gusta vivir es en el puritito calambre.

Sólo la plena conciencia de la perdición nos permite ver el fulgor de la esperanza.

Quítale las fiestas a México y lo conviertes en Iowa con pirámides. Desnaturaliza el jolgorio de los mexicanos y éstos regresaran a su fase azteca y no hallarán más placer que despanzurrar tlaxcaltecas. Inspirado en José Iturriaga, diré: ára los mexicanos, trabajo que no termine en pachanga y pachanga que no termine en la cama, son dos actos fallidos.

Es una perfecta idiotez enfrentar la adversidad con cara de que el supositorio se nos fue por donde no y nos está haciendo sufrir muchísimo.

Si no es por otra razón, aunque sea por elegancia debes ser feliz.[...] Mi larga vida me ha enseñado que los llorones, los quejumbrosos, los malhumorados, los violentos no sirven para más cosa que para engendrar seres semejantes a ellos. Hay que huir de esta ralea que nada más estorba. Sea del tamaño que sea el fardo que cargues, tu deber de felicidad es insoslayable.

Con la expresion “loradelora” los aztecas designamos un ámbito temporal que puede ubicarse en el pasado, en el presente o en el futuro y que subraya ese momento en el que las decisiones tienen que ser tomadas, las promesas tienen que ser cumplidas, los ofrecimientos se concretan y los plazos vencen. No es defícil deducir que a este espasmo temporal conocido como loradelora, los tenochcas lo miremos con verdadero terror. Nosotros hemos hecho un verdadero arte de la posposición, la desviación, la negociación y hasta la cancelación del compromiso por muerte de la parte contratante. Y todo esto lo hacemos para evitar que nos llegue loradelora que todo mexicano mira como una especie de terrorífico muro que pone término a cualquier plazo y a cualquier explicación. Es la hora de cumplir.

Ver por alguien es convertirse en sus ojos, en su conexión con el mundo, en el alimentador de sus sueños, de sus deseos y, llegado el momento, convertirse en su palabra.

Qué modos!

Usos y costumbres tenochcas.
Germán Dehesa.

Recién Dehesa anunció su enfermedad, empecé a leer este libro que seguia esperando a ser abierto. Apenas iba comenzando cuando se murió. Es una pena. Me sigue doliendo. Se trata ahora de un compendio de sus editoriales periodísticas que van de 1984 a 2005. Más de veinte años en los que trata de encontrar sentido a la idiosincracia y al comportamiento del mexicano al que cariñosamente se refiere como tenochca. Desde el sentimiento cuetero que nos acompaña, hasta el tratar de encontrar una explicación e una enfermedad tan terrible como el cáncer, de la cual él también fue vícitima. Ampliamente recomendable. Calificación de 10
Qué modos!

Qué modos!

Creo firmemente que no somos más o menos extravagantes que los demás, pero también creo que aún vistos por nosotros mismos (de los perplejos extranjeros mejor ni hablo) alcanzamos a percibir que tenemos unos modos muy extraños, cargados de ritualismos, de señales casi imperceptibles, de códigos sólo legibles para unos cuantos iniciados, de estilos muy peculiares de relación, de guiños de significación múltiple, de amorosos estilos para rechazar y de ásperas maneras para declarar nuestros afectos. Yo no estoy, nadie lo está, en el pleno dominio de esta gramática de las costumbres. Nada más para comenzar, estoy casi descalificado, pues como bien se sabe, o se debería saber, el reino de los modos de una sociedad tan vieja como la nuestra y los estilos alusivos (elusivos) largamente cocinados por esa sociedad son un territorio gobernado y legislado por las mujeres. Sobre los hombres mexicanos pesa y pesará el dictamen fatal de que somos demasiado broncos, demasiado obvios, demasiado rudos y demasiado idiotas.

Quizá, a propósito de esto, habría que estudiar si, como sospecho, existe una relación entre la proliferación de la corrupción diurna y la decisión de la sociedad capitalina de clausurar la vida nocturna. esto de volverse oficialmente decente, me temo que provoca atrocidades enormes.

…nadie está donde debe de estar, nadie hace lo que debería hacer y nadie trabaja en lo que debería trabajar.

Elemento importantísimo en este sistemático descuacharrangue de la lógica cartesiana y el sentido racional de realidad es el manejo que los aguerridos aztecas hacemos del tiempo. Frente al tiempo pragmático de horas, minutos y segundos propio de los sajones, nosotros hemos concebido el vagoroso y poético tiempo mestizo implícito en locuciones como las siguientes: “te veo en la tardecita”, “no vuelvas muy noche, mijo”, “dése una vueltecita en unos diyitas”, “te hablo un día de éstos”, “nueve o diez te caigo, o tirándole a las once”. De todas estas desquiciantes expreciones hay una que merece mención aparte: “orita vengo”. Es maravillosa. No compromete a nada y no significa nada, pero cumple cabalmente con esa formal cortesía que supuestamente nos caracteriza. Todos la hemos usado para abandonar una junta aburrida, para darle largas a un asunto que no nos interesa o para dejar a los amigos colgados con la cuenta en céntrico restaurante. Si además de edecir “orita vengo” añadimos “no me dilato” todos deben entender que, por lo menos, durante varios meses no nos volverán a ver. Así le digo a mi amiga Cuca su marido y coautor de las dos criaturas: “voy por cigarros. Orita vengo. No me dilato”. Diez años después reapareció de lo más formal y dispuesto a subsanar la falla. Fueron dos meses idílicos. Al cabo de ellos, me la encuentro con el rostro descompuesto y me dice: “ya se volvió a ir”. Pues sí, le contesté, ha de haber ido por los cerillos. Lágrimas.

Yo, como Carlota, he visto desde mi perpleja infancia esta mexicanísima ceremonia: un cuetero que prende los cuetes con la colilla de un cigarro y cuarenta compatriotas que lo rodean y que ahí se están hora tras hora alzando la cabeza rítmicamente y oyendo los tronidos. A veces se distraen para comprarse un raspado, un vasito con esquites o un pepino enchilado. Los perros van y vienen, los niños se extravían, a veces para siempre, y sus padres ahí siguen comiendo pepino y oyendo tronar cuetes. Ni modo: somos un pueblo cuetero. Eso no admite dudas. A la pobre emperatriz que no podía entender por qué durante más de setenta y dos horas sus súbditos no pararon de tronar cuetes, hoy no podríamos ofrecerle mejor explicación: somos pueblo cuetero. Lo somos de raíz. La vocación cuetera no distingue ni edades ni niveles sociales. Perssonas como yo (y como Carlota) que abominan de escupidores y chinampinas y que no le ven el chiste al ritual del tronido, son considerados como extranjeros indeseables y terminan o locos en algún castillo, o ejecutados en Querétaro, o de editorialistas de la prensa nacional. Tres destinos aciagos. Lo sé por experiencia. Desde muy pequeño fui radicalmente segregado del resto de mis primos, precisamente por mi falta de pasión cuetera. Nuca pude, por ejemplo, compartir el absoluto regocijo que le producía a mi primo Emilio colocar cinco palomones en serie en el baño de su hermana. Aún hoy, cuando mi amigo Mauricio, tan querido por otras razones y tan respetable en apariencia, se me acerca con rostro de “ahora sí comienza la diversión” y me muestra la enorme caja de cuetes que acaba de comprar, yo me siento extranjero en mi propia tierra y prefiero irme a dormir (cosa que no lograré con los cuetes). Sin embargo, estoy consciente de que yo soy el caso anómalo. Mi primo Emilio y mi amigo Mauricio son hondamente mexicanos.

Comencemos por reconocer que, en principio, el hombre siempre le ha tenido un justificadísimo miedo a las féminas. Los únicos que no les tienen miedo son los ginecólogos y los idiotas profundos. A las demás, llámese ella madre, bruja, sacerdotisa, vedete o señora, les tenemos más miedo que qué. Es que son como el escorbuto pero más fulminantes y sutiles.

El estado de recién vielto a casar es -algún lector podrá apoyarme- un estado rarísimo. No es la infantil ilusión y la conmovedora inocencia dela segunda vez. O sea que los hombres no escarmentamos. Seguimos igual de pasmados e igual de imposibilitados para decir lo que realmente queremos. Educados como fuimos en que la ternura es privilegio femenino, los machos mexicanos no sabemos qué hacer cuando nos invade tan edulcorado sentimiento. MEdiante una alquimia rarísima la convertimos en falsa generosidad y aventamos billetes en lugar de decir: quiero un abrazo, o transformamos en ira súbita nuestra orfandad y ya enrielada en eso, logramos que termine a gritos lo que debería haber terminado en caricias. Contra eso estoy luchando. No es fácil. A lo mejor esa es la razón de haber venido a una ciudad distante y exótica. Es más fácil -rodeado de extraños- decirle a los hijos todo lo que uno los quiere…

Cuando ustedes van por la leche, yo ya vengo con el jocoque.

De todos los milagros que la vida ofrece, pocos me entusiasman tanto como ese prodigio de ingeniería genética, esa tesis de resistencia de materiales, esa viva lección de nácar bien temperado que es un escote exacto.

La realidad mexicana es insuperable. No hay narrador que pudiera mejorar la veraz historia que paso ahora a relatarles. Una independiente y vivaz mujer de ochenta años va y viene por la ciudad en Metro y en combi. Para poblar sus trayectos trae consigo abundante provisión de estambre y sus agujas de tejer. Hace pocos días, abordó una combi, se acomodó junto a un jovenazo y se puso a tejer. En algún enfrenón, el joven la detuvo con enorme solicitud. Segundos después, la matrona descubrió que le faltaba su reloj. Sin parpadear, se corrió unos centímetros a su derecha, empuñó las agujas y con suave voz le dijo al joven: O pone el reloj aqui en mi bolsa de tejido, o le clavo las dos agujas. El muchachón obedeció de inmediato y abandonó el transporte. La dulce ancianita llegó a su casa, abrió su bolsa de tejido y se encontró con un gastado reloj de hombre. Encima de su buró estaba su propio reloj. La policia capitalina anda en búsqueda de la Penélope posmoderna. No sé qué, pero en esta historia hay algo de bello e instructivo.

No puedo hacer ruido ni con la bolsa de papas. De hecho, me las pongo en el paladar hasta que se humedecen y ya luego las mastico.

Puedo decir -por decir algo- que a la inmensa mayoría de los mexicanos nos resulta mucho más fácil decir “te odio”, que decir “te amo”. De aquí se desprende que, puesto que la ternura es el territorio del amor, a los mexicanos (particularmente al sector masculino) el acceso a este dulce paraje nos resulta tortuoso, barroco y -en los casos de mayor gravedad- imposible. En este punto, exactamente en este punto, me visita el fantasma de mi padre (y de tantos padres mexicanos). Cuando yo cumplí los siete años, me dió el último beso y me dijo que los hombres no se besaban. Yo cometí el error de creerle y tuvo que morirse para que yo entendiera que, puesto que nos amábamos tanto, dejamos millones de besos, de abrazos y de caricias pendiente. Entenderán porque desde entonces y hasta hoy me tiro al bulto y no desaprovecho oportunidad para besuquear a todo ser amado (hombre, mujer o punto intermedio) que se encuentre a una milla náutica a la redonda. Ustedes me corregirán, pero a mí me parece una sanísima costumbre. El que se niega a la ternura, se niega a la vida. Todo esto sin desconocer las delicias de la ternura emboscada y churrigueresca. Mi papá llegaba y me daba un manazo en la nuca y un billete de diez pesos: yo sabía que me estaba diciendo que me amaba. Hace unos días llegó la tractor aquí a mi búnker. En sus pies lucía unos tenis estilo hank-nouveau de color blanco con un filito azul y con Bugs Bunny bordado en la parte más visible y superior. Bajita la mano, se sentía Lady Di con sus llamativos cacles. Margarita, si algún día me porto muy mal, alguien me va a regalar unos tenis así, le dije; pero en realidad le estaba diciendo que me caía muy bien y que la quería mucho. Yo no bromeo con los que me caen mal. Ella se me quedó viendo con una veracruzana mirada que podría interpretarse como: vas a ver, hijo de Chuayfett. Pasó el tiempo (nunca deja de pasar) y hoy, precisamente hoy que ando con la angustia del México-Uruguay y de un programa de radio que comenzaré a partir del lunes en Radio Red, se me acercó la pérfida mucama con una caja de regalo. A lo mejor me lo toma a mal, pero es su regalo de cumpleaños, me dijo. La abro y me encuentro con unos tenis que no tienen a Bugs Bunny bordado; tienen al demonio de Tasmania. Mañana mismo los estreno. Haya dicho lo que haya dicho, lo que realmente me dijo la Tractor es: yo también lo quiero mucho.

Mis desarrolladas orejas infantiles escuchaban, semana a semana, historias terríficas (sabrosísimas) de conflictos, pugilatos, lucha en patines, amagos de separación y aún de “divorcio” que, en aquellos años, era una palabra que en las familias decentes (y la mía vivía en la ilusión de que lo era) se pronunciaba en voz muy baja y en el mismo tono que se emplea para decir almorrana. Homericos, así eran los pleitos de la aguerrida pareja que, cuando eran públicos, solían culminar con la “indisposición” del sector mocho de la familia que se retiraba a organizar un novenario y con el regocijo infinito de mi papá que dsifrutaba como si estuviera viendo al Santo contra Blue Demon. Mi madre me exigía que me retirara porque yo no estaba en edad de ver esas cosas y luego añadía con voz de Anita de Momntemar: “a mi los que me pueden son esas criaturas”, porque, a todo esto, el zarandeado matrimonio ya había elaborado cuatro chilpayates que no se veían particularmente afectados por sus belicosos padres que intercambiaban mentadas generosamente. Así pasaron cincuenta años y el sábado nos reunimos los escasos sobrevivientes de la famlia a celebrar las bodas de oro de este matrimonio fallido. Misteriosamente, no faltó nadie. Los vivos porque estuvimos de cuerpo o de espíritu presente, y nuestros muertos, porque decidieron abandonar tan triste condición y resucitaron en los recuerdos, en las sonrisas, en el llanto (lloramos como familia siciliana) y en los incontables brindis que les dedicamos (porque no seremos muy ricos, pero sí somos muy borrachos). Fue tiempo de abrazar. La doctora Dehesa, que tiene la inmerecida honra de ser mi hermana, me dió un abrazo que incluía a mi padre, a mi hermano y a mi augusta madre. Fue una gloriosa resurrección y una caricia de Dios. De los muchos prodigios que ahi acontecieron, ningunno como mirar a la pareja que, según pronósticos, iba a durar cuando mucho un mes. Ahí estaban juntos, como flores que brotan de la misma rama, con su carga de penas enormes y de alegrías inolvidables. Vivos y juntos. Irrefutable prueba de que la terquedad humana todo lo puede. ¿Cómo le hace uno para vivir casados cincuenta años? Muy fácil, mijito, me dijo mi tía la Gorda radiante y dulce como nunca, es cuestión de, por lo menos una vez a la semana, mentarse la madre, pero con ganas, a fondo, con pasión; eso une mucho. El consejo me parece de una sabiduría abismal.

Nos gana la tristeza y ni siquiera podemos declararlo; lo que hacemos es traducirla en impaciencia y en unas furias de tal modo irracionales y fujimorosas que lo único que provocan es el regocijo del personal femenino que nos rodea.

Con todo y mis antiguas resistencias, alcanzo a reconocer que, lejos de ser una maldición bíblica, el trabajo, el trabajo gustoso es la única fuente legítima de dignidad y de bienestar para los hombres. De igual manera reconozco que un hombre sin trabajo es un hombre derrotado y que un hombre que pierde, sin justificación real, su trabajo, pierde su humanidad misma y su dignidad frente a él mismo y frente a los demás; que un sistema, inepto o ladrón o las dos cosas, que deja a los hombres y mujeres sin empleo, es un sistema perverso y que ha perdido su razón de ser. Carecer de trabajo es cancelar el futuro, aniquilar el presente e inutilizar el pasado. Jamás me soñé diciendo estas cosas. Ni modo. Ya las dije.

El matrimonio no es fácil. Por varios años, la Hillary y yo compartimos un vasto lecho que cumplía con todos los requisitos que la FIFA pide para considerar que una cama esoficial.

El que se enoja pierde el sosiego, pierde la lucidez, pierda capacidad de respuesta, pierde la galanura, pierde el sentido de la realidad y, lo peor de todo, se pierde a sí mismo.

Jamás pude ver La Cama y la misma imposibilidad disparó mi imaginación en cuyo ámbito ocurrieron cosas seguramente más desmesuradas y pecaminosas que las que ocurrían en la película.

Los únicos paraísos son los paraísos perdidos.

Lo bueno es que no hay fracaso, por pequeño que éste sea, que un mexicano audaz no pueda convertir en una catástrofe.

Sin mi señora y sin mis mujeres, estoy perdido. Mi inválida condición me confina a la yerma soledad. No sé dónde están los clips, ni las curitas, ni el Merthiolate, ni los antiácidos. No sé si me toca ponerme abrigo o guayabera. Se me pierden los ojos y los hijos. Se me olvida tomar las medicinas correctas a las horas indicadas y en las dosis convenientes. Desde que tiré la ponchera en la primera fiesta infantil a la que asistí, he necesitado de la caridad femenina para servirme ravioles o trasladar limpiamente unos espárragos. No sé estar sin mujer. Me gustan su conversación, sus locuras, sus misteriosas frivolidades, su facilidad de risa y de llanto, su insondable maldad, su terrenal sabiduría y sus generosos relámpagos. Sin ellas, en el más literal sentido de la palabra, no me hallo y acabo perdido en algún recóndito cajón de mí mismo. Su fortaleza es la mía y vivo atento a las comisuras de sus labios, de sus ojos y de sus ideas. Se pueden llamar Maxine, o María Victoria, o concepción, o Manú, o Guadalupe, o Talina, o Mariana, o Juana Inés, o Denisse, o Leticia, o Josefina Vázquez, o la Tractor, o Adriana. Vienen en muchas presentaciones y pueden ser austeras o lujosas. Me encantan y te suplico de la manera más atenta que jamás me hagas viudo, porque no sé vivir.

Los contrayentes, escritores ambos, decidieron participar también hablando con palabras verdaderas (así dice el Sup) y el novio en particular creo que no sopesó los alcances de su oferta. Lo menos que le dijo a su inminente esposa fue: te prometo que jamás te pegaré. Eso es demasiado decir. Ya en plena celebración, me aproximé al recién casado y reservada y libremente le hablé más o menos así: ¡qué bruto eres!, no sabes negociar. Te vas de boca. Pareces Fox con Marcos. ¿Qué es eso de “jamás te pegaré”? Nunca se sabe. Hay veces que es hasta terapéutico darles un zape, o uno de esos cachetadones estilo Indio Fernández para que se desenclochen. Además, no pusiste limite temporal. Le hubieras dicho, no te pegaré durante el presente año fiscal y ya en el próximo veo si te refrendo el engomado. Mal, maestro, muy mal. El contrayente me oía con la vista baja y con la plena conciencia de que mi reclamo era legítimo. Tienes razón, mano, me dijo repetidamente, pero con todo y todo creo que fue una buena negociación, si hice tantos ofrecimientos, no fue de a gratis. ¿Ah, no?, respondí. Pues claro que no, para mí era estratégico, era vital conseguir lo que conseguí. ¿Qué conseguiste? Poca cosa: a cambio de mi oferta me prometió que jamás cocinará. He de reconocer que no es mal resultado para como están las cosas y para como me dicen que cocina la flamante esposa.

Tan sencillo resultó todo, que comenzó a crear enormes desconfianzas. Si era tan simple, no podía ser bueno para nosotros (es como mi tías que dicen: estoy gozando tanto, que seguro me va a dar cáncer).

La extendida teoría de que soy idiota no ha podido ser probada centíficamente, a pesar de la presión brutal que mis tías y mis familias políticas han ejercido sobre los especialistas que se han ocupado del caso. El espacio que me crea el beneficio de la duda lo aprovecho para leer (no con la intención de saber más, sino de ignorar menos, diría sor Juana), para escribir y para disfrutar de la vida que, bien me consta, a veces resulta áspera, hostil y poco disfrutable. Cuando se ponen así las cosas, experimento el ansia genética de no cargarle la vida a mi prójimo y de no colaborar con la zopilotera tarea de agravar los desastres y de moverle el agua a los tiburones. No es seguro, pero es probable que pudiera modificar esta actitud si es que alguien logra demostrarme que poner cara de enterrador y hablar con voz del profeta Jeremías ayuda en algo a remediar el daño, cualquier daño. Lejos de eso, tengo para mi que con los rictus solemnes colaboramos a extender la pena, a difundir la angustia y a ejercer el terrorismo gestual. Esto me parece más frívolo e irresponsable que colaborar a hacer más leve y llevadera lacarga.

Un hombre soltero puede vivir con cierta facilidad. Una mujer sobreviviría hasta en la atmósfera de Plutón. Un hombre casado y repentinamente abandonado vive sólo para contar los minutos de su desgracia.

Mis fatigas apenas comienzan. Todavía tengo que decidir si lavan las alfombras o nada más las aspiran (me imagino a las muchachas consumiendo alfombra cual si fuere cocaína); va a venir el de la tintorería y tengo que decidir si quiero cuete para comer y si lo prefiero “deshebradito”. El niño tiene clase de pintura, clase de karate, hay que ponerlo en remojo, ver que haga la tarea y acompañarlo a ver Shrek. Si después de todo esto llegara mi marido y me pidiera que me pusiera mi camisón sexy, les juro que le partía su mandarina a puros bofetones. No hay suerte para el hombre honrado.

Cada una de mis hijas, a su tiempo y a su modo, me ha permitido asistir a la súbita y deslumbrante edificación de su primer amor. Cual corresponde a la creación de estas ornadas capillas, el padre permanece en el umbral, pues sabe que su obligación es no interferir por más que aqui y allá se manifieste un leve escozor de celos que se disrazan de preocupación paternal. Es un delicado asunto que incluye a la justicia, el respeto y la libertad. Si mis hijos han sido solidarios y respetuosos (por algún misterio el respeto incluye al amor) con un padre que tanto los ha alarmado con su errático comportamiento, la reciprocidad es de justicia y es de elemental sensatez. Desde fuera, el amort sólo es observable en sus ritos más externos, comunes y superficiales. Sólo los enamorados saben de sus florecimientos y cataclismos interiores (el hielo abrasador, el fuego helado).

… vuelvo a aclarar que cada quien es muy libre de escoger qué toca cuando toca. Hay viernes en que lo que toca es platicar y compartir la vida que se acumuló en una semana y ponerse al día y pasarse en limpio. A veces toca compartir el silencio, acurrucarse y no escuchar más que la respiración y los latidos del otro. A veces toca compartir una buena cena, o escuchar música, o ir al teatro, o salir a caminar. De vez en cuando, toca encontrarse con un libro y asomarse a los vericuetos del espíritu y del canto de un escritor. Si la semana ha sido inclemente y ruda, llena de madrazos contra las paredes, es probable que lo que toca sea dormir. Lo que es innegable es que de que toca, toca, y hoy es viernes: ergo, hoy toca.

Aún si ser Sarah Bernhardt, la gran mayoría de las mujeres aspiran a sobrevivir a sus hombres amados u odiados (o las dos cosas) y normalmente lo logran. Esto no es un reclamo, es un a comprobación de la enorme capacidad de resistencia y de sobrevivencia que tienen las mujeres. Y si sólo fuera la resistencia, pero está además la capacidad de ternura y de compasión. ¿Cómo se puede ser al mismo tiempo tan fuerte y tan frágil?. ¿cómo pueden resistirlo todo menos la ternura? Yo no sé.

Los hombres somo más proclives a la corrupción porque no nos acurruca nadie. si se piensa bien, somo el resultado de una educación corrupta en tanto que se reparte mal los valores humanos. Al mexicano medio se le enseña en el hogar y en la escuela que lo suyo es la dureza, la estoica resistencia, la seriedad constante, el humor agresivo y vulgar, la vida entendida como una permanente competencia y la acumulación de bienes y honores como sinónimo del triunfo. Para los hombres de nuestro país, decía Arreola, mostrarse es perderse. Añade Octavio Paz: los hombres no se “rajan”, pues eso sería visto como una intolerable debilidad femenil. Ahora que hago esta sucinta lista, me doy cuenta de que ser hombre en nuestro país es una santa friega. Muy pronto nos dejan solos y las fracturas y recordatorios que nos demandan que “no fallemos”, “no flaqueemos”, “no le saquemos”, no mostremos debilidad y estemos siempre a a altura de lo que nuestro país y nuestros abnegados padres han hecho por nosotros, comienzan a menudear y nos acompañarán a lo largo de todos los días y las noches de nuestra vida. Para nosotros son también las exigencias de triunfo, de solvencia económica, de ver por los nuestros y de estar siempre a la altura de nuestros apellidos (como si fueran la gran cosa). ¡Un González Catoche jamás fracasa!, nos dicen, y el pobre Gonzalitos se verá en la obligación de salir adelante por las buenas o, caso frecuente, por las malas. Son las mujeres, nos dicen, las que andan de sensibleras, de lloronas y soltando la carcajada por cualquier tontería; un hombre cabal, en cambio, debe permanecer serio, heriático, inconmovible y, en casos verdaderamente justificados, esbozar una sonrisa leve y silenciosa. Con un programita existencial como este, no me sorprende que el sector masculino sea más propenso a la corrupción. Yo no sé ustedes, lectores queridos, pero yo ya estoy optudimóder de vivir en esta momificación que es ser hombre en México. Me gustaría llorar más y más a gusto, me gustaría ser admitido en la cofradía de la ternura, me gustaría reírme como loco de las cabalgatas de los gobernadores, o de los desagravios de Cuba, o de la encendida ratorio de Norberto. No se crea que con todo lo que estoy diciendo estoy preparando el terreno para anunciar que me voy a vivir con mi pretenso/pretensa transexual, aunque su solicitud me honra, me conmueve y me divierte, todo en uno. Lo que estoy queriendo expresar es mi convicción de que los hombre de México seríamos menos corruptos si nos diéramos, como las mujeres, permiso para ser tiernos, compasivos y sonrientes hasta con nuestras propias fallas. Ya sé que tenemos deberes y tareas que cumplir, pero, de vez en cuando, de lo único que tenemos ganas es de dejar a un lado el fardo, replegarnos sobre nosotros mismos y acurrucarnos en los brazos de una mujer que son los brazos de la vida. Ya dije.

… ante el anuncio de cualquier acontecimiento del futuro mediato o inmediato, fasto o nefasto, grato o ingrato, esperado o inesperado, usual o eventual, toda mujer reacciona instantáneamente y se hace la siguiente pregunta: ¿qué me pongo? A veces lo dicen, a veces nada más lo piensan, pero para ellas, la pregunta es ineludible.

Cada quien decide libremente lo que hace en la hora del recreo. La única limitante es no despreciar a los que hacen algo distinto.

De todo esto, lo único que concluyo es que el destino de México no está en juego y que cada quien es muy libre de celebrar del modo que le resulte más satisfactorio. Yo nomás me agacho, dejo pasar estos días y espero a que la vida regrese. Sé muy bien que mis muertos van conmigo y que en mi genoma están en sesión permanente. En cuanto desaparecen los niños vestidos de Gasparín, regreso a la calle a pasear en compañía de mis ancestros.

Lo terrible es esa presión social que nos obliga a ser obligatoriamente felices so pena de que todos nos consideren unos desalmados, unos inadaptados sociales con alto potencial delictivo y pres fácil de lo cárteles sudamericanos.

Contento como estoy con mi edad, lo único es que me molesta de ella es que me obligue a asistir al despoblamiento de mi mundo, a la clausura de mis tiempos. Hay algo de vergüenza y mucho de soledad cada vez que muere uno de tus contemporáneos.

Yo no sé de dónde sacan fuerzas las mujeres para hacer todo lo que hacen y, llegada la noche, convertirse en sacerdotisas de Eros. Yo no book (no libro). Yo soy madre y estoy valiendo lo mismo. Bien mirado: madre sólo hay una.

La chipilez o chipilencia, que de los dos modos lan ombramos los aztecas, es una curiosa disposición del ánimo, la voluntad y el espíritu que, hasta donde yo sé, es esxclusiva de los tenochcas. Así como a los portugueses les viene la saudade y a los gallegos la morriña, a los mesticitos nos viene la chipilez, que es una curiosa mezcla de melancolía, fatalismo, autocompasión y desalentada volunta de destruirlo todo o, en su caso, mejor no hacer nada. La palabra “chipil” es de origen náhuatl y, en sus orígenes, se adjudicaba a los niños que, ante alguna noticia infausta como podría ser el nacimiento de un hermanito, el retorno a las labores, o el alejamiento de su nana, caían en un abismo hamletiano y mandaban a todo lo creado al puritito carash. Anda chipi, diagnosticaban nuestras madres cuando nos miraban comportarnos cual sobrinitos de Kafka desalentados, llorones, silenciosos e imbuidos de esa mansa rebeldía cimilar a la de Bartleby, el personaje de Melville que, ante todo lo que le solicitaban, respondía con voz tenue: “preferiría no hacerlo”. La ciencia actual, que no brilla por su agudeza, diría que esos niños son bipolares. Yo digo que la chipilencia es mucho más compleja que eso y añadiría que no es privativa de los infantes.[...] Cuando estamos chípiles los mexicanos hacemos juicios temerarios, pronósticos catastróficos y análisis retorcidos. En plan chípil nada nos parece bien, a todo le encontramos un segundo y perverso sentido. Cuando estamos chípiles desconfiamos de todo y de todos.

Este es otro milagro de la familia mexicana: los parentescos que se pueden adquirir por contigüidad. En cualquier familia tenochca podemos escuchar cosas como las siguientes: no es mi primo, pero yo le digo primo; no es mi papá, pero él me mantiene como si lo fuera; le digo tío, pero en realidad es movida de mi mamá.

… siempre hay razones para la tristeza, pero también las hay para la felicidad.

… en México hay un grave malentendido con respecto al deporte; suponemos que tenemos vocación y aptitudes para practicarlo, cuando la verdad es que para lo que somos buenos es para verlo.

Admito que yo también me reí como orate con mis babosadas, pero eso lo hago yo en defensa propia y como trabajo de bacheo en mi autoestima.

… la mexicanidad es irrenunciable. Ser mexicano es un vocabulario; un modo especial de entonar el español; una oscilación permanente entre el tremendismo y la chacota; una urgencia de andarnos sobando a todas horas; un apetito permanente de colores y de formas extravagantes; una incontenible y rica pancita que se nos hace a los señores; un pobrerío inmenso; una vida que se cumple entre el albur y la exquisitez (entre Chava Flores y Carlos Pellicer); un extraño e incomparable gusto por comer ¡jícamas con limón y chile piquín!; una insuperable actitud de sospecha y reserva frente a la ciencia, el trabajo, la puntualidad, la autoridad y el ahorro; un saboros modo de sufrir, y una reconocida capacidad para que nosa gane la risa en lo momentos menos adecuados. La muerte, las flores y el canto. Los mexicanos.

Si le están dando algún chocho a don Chente, suspéndalo; si no le están dando nada, dénselo.

… aqui sigo yo tenazmente convencido de que quiero ser un buen padre, ya nada más me faltan los hijos.

Un buen diccionario de etimologías nos puede avisar que la palabra cáncer proviene del latín y originalmente designaba a un animalillo marítimo que hoy llamamos cangrejo. Hasta aquí hay unanimidad. Los pareceres de los etimólogos comienzan a diferir cuando intentan explicar por qué el nombre de este bicho se le impuso a uno de los males más destructivos y terribles del ser humano. Hay quien dice que, cuando se presentaba esta enfermedad en la piel, producía lesiones en forma de cangrejo; hay quienes se refieren a las tenazas del cangrejo y habla de las indecibles torturas que esta patología la infiere al ser humano. En ambos casos, nos referimos a un ser estéticamente ingrato, contrahecho desde la perspectiva humana y con capacidades de tortura. A nadie le gusta estar habitado por un vivísimo cangrejo que avanza de modo impredecible y que prende sus tenazas en nuestros espacios más íntimos y sagrados. El cáncer es una suerte de extraño re-mordimiento físico que ni siquiera distingue buenos de malos, inocentes de culpables, jóvenes de ancianos. Ataca ciegamente y llega como portador de un mensaje de dolor y de muerte. Las células, por razones que no acabamos de entender, se vuelven locas y reactivan arbitrariamente la marcha de su crecimiento. No es fácil lidiar con éste cangrejo. Junto con las células, nuestro tiempo, que ya sabíamos limitado, se comprime locamente y nos presenta un reto similar al de Scherezada: inventamos una historia noche a noche para ganarnos un día más de vida. No hay ninguna garantía de que la batalla se vaya a ganar; no hay un método o una cura infalibles. La pelea se da en la tiniebla, aunque según me consta, los logros más exitosos los han obtenido aquellas que no se han arredrado, que no han rendido su alegría y que enfrentan al cangrejo con toda su lucidez. El cuidado del alma y del cuerpo, la detección temprana, el avenimiento con un médico confiable y la íntima confianza de que el dolor no es nuestro destino final ayudan grandemente a deshacernos de estas tenazas que, a veces, se quedan con parte de nosotros, pero nos dejan la vida.

Los maridos que me estén leyendo sabrán, como yo sé, de los malos tratos, peores caras e innúmeras vejaciones de las que somos víctimas los señores que pretendemos irrumpir en nuestro supuesto hogar a la mitad de los preparativos de una pachanga.

¿Y cuál sería el tema a desarrollar? La idiosincracia del mexicano, me contestó. ¡Por ahí hubiéramos comenzado!, le dije, un tema así sólo se puede desarrollar en español; de hecho, el idioma y el uso que hacemos de él es la esencia misma de nuestra idiosincrasia. Yo no conozco en inglés un equivalente a expresiones como “Mi hijito el mayorcito”, o como “Amanecí aposhcahuado y siento el alma muy shirga”. Big tree no equivale a arbolonononón. Nadie dice en inglés “Scare me, graveyard” (¡asústame, panteón!), ni cosas como “mi mujer es muy tocha, pero es más sufrida que la sábana de abajo”.

No basta ser padre.

Germán Dehesa.

Nuevamente se trata de una recopilación de columnas escritas por Dehesa en los periódicos, pero ahora se escogieron aquellas que hacen mención a sus hijos y su obvio papel como padre.
Los artículos comprenden de diciembre de 1984 a septiembre del 2001, casi 20 años en los que relata las anécdotas con sus 4 hijos, 3 con un matrimonio y el benjamín con Adriana Landeros, su segundo matrimonio y de quien por cierto, también recientemente, se separó. Enfermedades, las primeras palabras, las primeras lecturas, la escuela, las calificaciones, los ‘medios hermanos’, las vacaciones… situaciones por las que todos pasamos, son abordadas desde la perspectiva de un padre (igual que todos) que no tiene las habilidades ni la experiencia esperadas para ejercer como tal; aún así, los hijos crecen, siempre y cuando estén rodeados de amor.
La frase: Nadie se aleja de golpe de sus proyectos de vida: una concesión aquí, una omisión allá y de pronto ya no somos lo que podríamos haber sido, es de antología.
Calificación de 9.0
No basta ser padre

No basta ser padre

No sé si así sucede con todos los padres. Yo, ante los frutos de mi vientre vivo en constante sobresalto e inseguridad.

En una ocasión yo pedí unos camarones a la plancha. Me trajeron cinco camarones y me cobraron tres mil pesos. Me comí un camarón diario y al quinto me lo traje para madarlo disecar. Nunca había tenido nada tan valioso.

… yo tengo una hija de ocho años que fue bautizada como Juana Inés pero que es conocida en el bajo mundo infantil con el alias cariñoso de Viruta. Ella es tan maravillosa como cualquier niño. Para mí, lo es más aún puesto que amanezco todos los días oyéndola, mirándola y amándola. Ella y su hermano me educan todos los días al darme la lección más importante de todas. La lección de que la felicidad es posible. Viruta es una niña sana que reparte su tiempo entre la escuela, el baile, la lectura, el juego y la extasiada contemplación de un mundo que para ella es una constante sorepresa. La miro jugar y pienso en lo poco que ella necesita de mi y en la absoluta falta que yo tengo de su ternura y su cercanía. Pues bien, desde el famoso retorno a clases de enero mi hija Juana Inés comenzó a tener problemas respiratorios. Día tras día regresaba a la escuela cansada, tosiendo y con dolor de cabeza. Los periódico hablaban de inversión térmica. Los funcionarios se apresuraron a declarar que no había nada que temer. El doctor que vió a la niña no era de la misma opinión. Según él, tanto la niña como su hermano estaban afectados. Creo que a la mayoría de mis lectores les estpy contando una historia ya sabida. Antibióticos, vaporizadores, inhalaciones, jarabes, bufandas, etcétera. Es una historia cotidiana. Es también la historia de un crimen en el que nuestra pasividad juega un papel coadyuvante al lado de la inconcebible irresponsabilidad y desvergüenza de las autoridades. Hace tres días Juana Inés regresó de la escuela con fiebre y dificultades para respirar. En la tarde estaba con el doctor y en la noche fue internada con espasmo bronquial en el Hospital infantil privado. Yo he leído del dolor, lo he experimentado, sé que es componente ineludible de nuestra condición. Entiendo además que no hay pena personal comparable al infinito dolor que por siglos aqueja a una comunidad como la nuestra. Todo eso lo sé. De cualquier manera tengo que decir que yo jamás había sentido lo que sentí cuando vi a mi hija desnuda en una cama de hospital con su mascarilla de oxígeno y en su mano la aguja del suero. Por fin sé lo que significa real y verdaderamente que se le parta el corazón a uno. Y era el dolor de ella, el de su madre, el de su hermano y el de todos los que la queremos. Dostoyevsky tiene razón. No hay sufrimiento mas absurdo y terrible que el de los niños. Y hoy, nuestros niños sufren. Y no son víctimas de la fatalidad. Son víctimas de un sistema corrupto e inepto que o los condena a la miseria o los imbeciliza en el consumismo o, si les va bien, les provoca espasmo bronquial…

Para terminar, pequeña, le dije, quien tiene que decidir si mula es grosería, eres tú. Tú eres la única que sabes hacia dónde apuntaba tu palabra. Lo que yo te digo es que no hay una sola palabra que no tengas derecho a conocer y, llegado el caso, a pronunciar.

Los hombres tenemos un sexto sentido que, casi siempre, nos sirve para cancelar los otros cinco y para tomar la decisión equivocada, aun en esas circunstancias en las que actuar con sensatez parecería lo más fácil del mundo. Es, digámoslo así, un sexto sentido apocalíptico que, una vez puesto en funcionamiento, desencadena la catástrofe y la lleva a su plenitud a pesar de cualquier obstáculo que se le ponga.

… hay bellezas que es mejor contemplarlas a la distancia y dejar que la imaginación añada lo demás.

Es lo que podríamos llamar el síndrome de Pedro Páramo: en Comala y sus alrededores (la
República Mexicana) el padre o no está o, si está, es un “rencor vivo” que emite billetes, gruñidos, ronquidos y que, el resto del tiempo, lee el periódico o ve en la televisión partidos del América.

Los mexicanos no tenemos una buena relación con el dinero. Intermitentemente lo despreciamos y lo dilapidamos, o bien, lo endiosamos y nos aferramos a él de un modo totalmente insensato.

Yo sigo creyendo que las palabras son importantes. Creo que son nuestro único bien. Hay que conocerlas, hay que hacerse amigo de ellas y hay que invitarlas a jugar. Creo también, contra lo que opinan las buenas familias y los censores, que no existen las malas palabras. Existen, sí, las malas pasiones y las palabras mal usadas; si se conjugan estos dos factores, palabras tan respetables como crepúsculo o palangana pueden convertirse en terribles insultos.

Pensándolo bien, esto de ir a la escuela es horrible. Implica levantarse a unas horas inicuas, recorrer unos trayectos absurdos, aprender un cúmulo de inutilidades, alternar con seres extraños y exponerse a las influencias más insensatas. Todo esto a nombre del futuro y de la formación y de la utilidad a la patria y de no sé cuántas zarandajas más. Para que, además, a la larga resulte que los que no estudiaron y se dedicaron a vender rines de magnesio o a cantar baladas modernas, se hagan millonarios, y los que sí estudiaron sufran todos los días como locos para procurarse su alimento.

Me mira, lo miro, nos miramos. En verdad no sé qué responderle. Yo soy solamente su padre. No tengo entrenamiento ni como asesor vocacional ni -mucho menos- como consejero sentimental. Es aquí “donde” las preposiciones vienen en mi auxilio. Palabras más, palabras menos, esto es lo que le dije a mi hijo: Estimado Colima, sírvete en este momento aceptar mi renuncia irrevocable a ser tu padre. Los padres están siempre “ante” sus hijos o “frente” a sus hijos. Cuando esos hijos crecen, creo que es imprescindible un cambio de preposiciones. Nunca más estaremos uno ante el otro. De hoy en adelante estoy junto a ti; estoy contigo, te ceso como hijo y te doy la bienvenida como amigo. Juntos, uno “con” el otro vamos a ver lo que hacemos y lo que resolvemos (lírica popular); bienvenido a las ligas mayores.

Los humanos sólo soportan la realidad en dosis mínimas.

Papá ¿qué es coito? Frenazo violentísimo, sudoración abundante y respuesta improvisada: corto en portugués. No mentí demasiado. De que es corto, es corto.

Quien bien te quiere, te hará llorar.

Tengo fundadas razones para pensar que la vida… es una delicada trama de asuntos menores que, contemplados con la debida atención y lentitud, dejan de ser milagros.

Compartir una desgracia siempre ayuda.

…el problema no está en la mentira, todos los humanos mentimos, sino en la mala calidad de muchas mentiras. Según Wilde, para alacanzar la excelencia en el arte de mentir, un buen mentiroso tiene que hacerlo de manera gratuita y no tener más objetivo que restaurar la belleza del mundo.

… la palabra y las caricias que logran su plena efectividad cuando las palabras son como caricias y cuando las caricias son el lenguaje de la ternura.

Nadie se aleja de golpe de sus proyectos de vida: una concesión aquí, una omisión allá y de pronto ya no somos lo que podríamos haber sido.

A la fecha, y de modo totalmente empírico, puedo concluir provisionalmente que un hijo se logra bien si tiene una madre inteligente y un padre que no estorbe demasiado y que aporte una cuota suficiente de amor y humor.

Fallaste Corazón

Germán Dehesa.

Recopilación de columnas periodísticas publicadas por Dehesa en el sexenio de Salinas: desde el “Se cayó el sistema” hasta el error de diciembre. Hace un símil entre el paro cardiaco que sufrió el mismo autor y México con la crisis del 94 y el famoso error de diciembre. Recuento de hechos que me tocó vivir y que lograron despertar mi interés por la vida política del país. Conocí a columnistas (Carlos Ramírez y su Indicador Político), periódicos (La Jornada y el Financiero) y por supuesto la revista Proceso. Además de describir la historia, Dehesa narra lo que en su vida ‘privada sucede’: divorcio, nueva boda, nuevo hijo, andar de vocero con el periódico Reforma por problemas en la distribución con el Sindicato de voceadores, etc. Lo curioso es que los actores políticos siguen siendo los mismos dinosaurios que aún siguen apareciendo, obre todo priístas y principalmente la maestra Gordillo. Calificación de 9
Fallaste Corazón

Fallaste Corazón

El olvido es la única forma válida de la venganza o del perdón.

La dignidad estriba en imponerse una tarea y no tanto en la tarea misma.

Lo malo de las esposas es que no las puede uno cesar. De pronto hacen cosas que en cualquier empresa medianamente eficiente provocarían su despido fulminante; pero como el matrimonio es la más onerosa de las paraestatales, uno, en lugar de darles los tres meses y una carta de recomendación, tiene que darles las gracias. Es terrible.

Es una frase inmortal (a lo mejor hasta profética) pronunciada por el C. Secretario Técnico de la Comisión Federal Electoral para explicar el por qué no pudieron proporcionarse el miércoles pasado los tan prometidos resultados rápidos, confiables y transparentes de las elecciones. Se cayó el sistema.

Siglos y siglos de estar incubando, nutriendo y apapachando nuestra vocación de perdedores, para un buen día (un magnífico día) despertar con la noticia (y la sensación) de que es más bonito ganar; de que, de vez en cuando y nada más para variar, la victoria es posible.

Algunos grupos avanzan calmosos como en paseo dominical. Otros casi corren en su ansia por llegar a la plaza. Cada vez que uno de estos grupos irrumpe, mi hijo se acerca y me pasa el brazo por encima del hombro. Me siento levemente humillado. Apenas ayer yo era el que lo protegía de todo mal y de toda amenaza. ¿Qué se cree? ¿Pensará que su padre ya no puede defenderse solo? Si piensa eso, tiene toda la razón.

Por ahí circularía el rumor de que la Quina había patrocinado la edición de un panfleto que acusaba a Salinas de haber asesinado (chiquilladas) a una sirvienta. Tiempo después (todo ocurre tiempo después) sabríamos que el rumor era perfectamente fundado y que los periódicos que dieron la noticia el 18 de diciembre de 1951 fueron desaparecidos de todos los archivos y hemerotecas en un enfermizo intento por corregir el pasado. Todos tenemos en nuestra vida fechas aciagas. Algunos prefieren olvidarlas. Otros creen tener el poder para borrarlas. Yo las conservo conmigo porque entiendo que yo soy yo más mis recuerdos, más mis ilusiones, más mis vidas, más mis muertes, más mis lecturas, más la diabetes que acababa de llegar a mi vida….

Dios perdona siempre, los padres casi siempre, los amigos con frecuencia, las parejas rara vez y el cuerpo nunca.

En la sección de urgencias del Hospital Español ya me alucinaban, porque asistía por lo menos tres veces por semana. Sólo el que ha vivido esto puede entender el horror de estar en la vida pero sentirse en la muerte. Los amigos llegan y te dicen: “Te ves muy bien… tienes que echarle ganas… ya la hiciste… dale gracias a Dios de haberla brincado y de tener trabajo y de tener una familia y de tener un Presidente como Salinas”. No sirve de nada. Entre ellos y tú hay un cristal blindado que te permite verlos, pero que, a la vez, te hace imposible escucharlos y estar con ellos. El tiempo es tu enemigo. Tu país, tu ciudad, tus amigos, tus enemigos, tu familia ya no son nada tuyo. está en brazos de la muerte y la vida te es infinitamente ajena. Escribo todo esto porque entiendo que en el diverso mundo hay muchos seres que han visitado este infierno. Salir de él (y en esto concuerdo con Federico Campbell) no depende mayormente de los fármacos o de la voluntad; depende de la vida. Un buen día (un excelente día) despiertas y ya estás en el purgatorio y rumbo al paraíso (La Divina comedia). Ese día recuperas los recuerdos y llega el amor que anula la muerte y te trae de regreso. Ese jubiloso día -en mi caso- coincidió con mi encuentro con el hermoso neurólogo Daniel Vasconcelos que, no sin sorna, se me quedo viendo y me dijo en perfecto español: ¿porque no dejas de hacerte pendejo y mandas a la chingada esa mochilota [donde cargaba medicamentos, baumanómetro, glaucómetro, etc] que, además de todo, es la que te está provocando las contracturas musculares?

El presidente me escuchó [una propuesta para el Canal 22] mientras tomaba esas crípticas notas que en todo momento y ocasión solía tomar. Terminé y me dijo algo así como: “muy interesante; creo que este proyecto tiene que conocerlo Pepe”. Absurdamente yo pensé que Pepe el Toro. No. Era Pepe Córdoba. “Vamos”, me dijo tomándome del brazo. En ese momento aparentemente inocuo percibí cosas muy ingratas: el Presidente de México, en lugar de ordenar la presencia de su colaborador, se trasladaba a la oficina del que, por lo visto, era el dueño de las decisiones finales. En ese sentido, el protocolo mexicano y, en particular, el protocolo palaciego mexicano constituyen todo un lenguaje no oral. En una primera lectura, Salinas me estaba diciendo que el mero efectivo era Córdoba; en una lectura (y Salinas era casi churrigueresco) don Carlos creía que yo creyera que, “Pepe” era el responsable de las decisiones que, en realidad, eran de Salinas. Hay más lecturas, pero ya me duele la cabeza.

Si te dan, agarra; si te quitan, grita.

A mi -ya lo he contado- me dió un infarto. Al país estaba por ocurrirle lo mismo, pero nadie lo percibía con la suficiente claridad. Yo sobreviví y no tengo la menor duda de que mi país también saldrá adelante. Lo que me consta es que no queda uno igual. Hay un primer periodo (ya reseñado) de hondísima angustia y deconcierto. Si se sobrevive a esto, llega el amanecer y con él llega la felicidad. Todo recupera su sabor y el sobreviviente experimenta el irresistible deseo de probarlo todo, de hacerlo todo, de darse sus gustos, de evitarse sus disgustos y de enconrarse con sus verdades. En esta tarea también hay dolor.

Murió Luis Donaldo Colosio. Meses después morirían la entera Diana Laura y José Francisco Ruiz Massieu. [...] Mejía Barón como tantos otros mexicanos que tienen poder, se resistió al cambio. Después lo cambiaron a él. El asunto chiapaneco seguía empantanado; los berrinches en el gabinete seguían a la orden del día; Ernesto Zedillo amaneció (o anocheció) con la noticia de que era el nuevo candidato del PRI; los asesinatos de Posadas y de Colosio seguían en la impunidad; la macroeconomía rechinaba y Salinas no paraba de hablar y de inaugurar cosas como para que no se oyera nada.

Ahí estamos, pero oficialmente no existimos. Así como en la física hay estados intermedios como el aerosol, que anda entre gas y liquido, así en el bizarro mundo de la política mexicana abundamos los “tolerados” que podemos existir, aunque oficialmente propendamos a la inexistencia.

El corazón de una mujer no se equivoca nunca. Es más, cuando se equivoca, no lo reconoce nunca.

Ya sé que el futbol es solo un juego; lo que no es sólo un juego es nuestro terror a aceptar enteras las responsabilidades de la victoria legítima. O ganamos a la mala, que es un triste modo de derrota, o perdemos con dignidad y nos arrancamos al Tepeyac en busca de consuelo o a Comalá en busca de nuestro apá.

se me ocurría que las tragedias mexicanas siempre encuentran, cuando hay salud mental de por medio, su camino para volverse comedias. . Eso está bien, es una señal de vida. Si conservamos eso y logramos darnos a luz como ciudadanos respetuosos de nuestra legalidad: si logramos esto, la comedia nacional será grata para todos.

En 1996 redacto estas notas mientras recibo la noticia de que nuestra nueva esperanza verde fue al Japón dizque a disputar una copa. Empatamos con Yugoslavia (es todo un logro empatar con un país que ya no existe) y perdimos con Japón tras ir ganando 2-0. En el país hay una sequía terrible; todo está patas para arriba…

Los Prisidentes

Germán Dehesa.

En la portada aparecen los prisidentes (Zedillo, Salinitas, Echeverría, López Portillo, De la Madrid) y Fox y eso me hizo pensar originalmente en un ensayo o algo así, sin embargo, fiel a los ‘libros’ que saca Dehesa, se trata de un colección de columnas periodísticas comprendidas de marzo de 1997 a junio de 2002. Esto no demerita la obra. La crítica se basa, obviamente por las fechas, en Salinas, Zedillo y Fox. Describe su perspectiva de la salida del priísmo y la llegada de Fox. La incontenible felicidad y visos de una mejor situación para el país que esto significaba.
Sin embargo al igual que muchos (entre ellos yo) la desilusión fue de enormes proporciones. Comparto lo escrito por Germán. Calificación de 9.
Los Prisidentes

Dice Paul Claudel que el orden es el deber de la razón, pero el desorden es el lujo de la imaginación.

Dice Proust que pensar y sentir son tareas tan dolorosas, que los hombres sólo nos damos plenamente a ellas en periodos de profunda angustia.

Con una seriedad digna de algún comentarista del arte asirio, H. Roque nos explicó que el enérgico movimiento de sus dos brazos fue de abajo hacia arriba, porque si hubiera sido de arriba hacia abajo eso sí hubiera constituído una verdadera peladez; el problema fue que los fotógrafos los captaron en el momento de arranque y ahí comenzaron las malas interpretaciones. [...] Y Roque seguía explicando que no se trataba de una seña soez, sino de un desahogo. Esta me parece una falsa oposición. A mí me consta que, en la vida de todo hombre, siempre llega el momento en el que el mejor desahogo es una seña soez. [...] Confesó que la verdad, la verdad, para esto del IVA sí consultaron con el presidente, pero de un modo muy respetuoso (¡ah, bueno!) y que, volviendo a lo de la seña (se ve que lo trae obsesionado), debe ser intrerpretada no como algo procaz sino como un desahogo. De nuevo una falsa oposición. Los hombres de mundo sabemos que siempre llega el momento en el que no hay mejor desahogo que hacer algo procaz.

Caín, que es labrador, mata a su hermano Abel, que es pastor. El motivo de este crimen es misterioso (como el de todo crimen) aunque se enmascara de envidia y mezquindad (pero no todos los envidiosos ni todos los mezquinos disponen de la vida de su hermano y, si lo hacen, es en un incruento acto simbólico que, puestros a especular, podría consistir, por ejemplo, en mirar para otra parte cuando cometen uno o muchos delitos y en librar luego al consanguíneo a su propia suerte). Derramada la sangre, Caín trata de huir de la mírada de Yavé. Imposible. La mirada y la voz del Todopoderoso lo alcanzan y, no sin una pizca de sorna, Yavé le pregunta a Caín por su hermano. Es aquí donde entra la infantil, la extraña, la ingenuamente tramposa, la humana respuesta: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?

… no hay nada más estúpido que morirse discutiendo con un imbécil.

Durante la colonia, nos adelantamos a Oscar Wilde y aprendimos la indeleble lección de que la única maner digna de vivir es vivir por encima de nuestras posibilidades.

… estamos en un país libre y cada quien puede opinar lo que quiera; me dirijo exclusivamente a mi familia y les quiero decir que están diciendo puras locuras; no me opongo a que mi esposa o mis hijos tengan opiniones políticas, pero me permito informarles que en esta casa todos vamos a votar por el PRI; les recuerdo también que todo lo que tienen, desde los cubiertos hasta su casa y educación, se la deben a mi magnífica relación con el PRI; entonces opinen en las reuniones lo que quieran, pero a la hora de votar, hay que hacerlo por el PRI: con la comida no se juega. El bohemio calló y yo también caí en la cuenta de por qué el PRI, nutricio y providente, sigue obteniendo votos y obteniendo frutos.

Piensa un número. ¿Ya? ¿Cuál fué? ¿El 163? Muy bien, añádele ahora nueve ceros. ¿Ya? Bueno, ahora a esa cifra ponle el signo de pesos y no le restes nada; más bien súmale lo que tu capacidad de imaginación pueda adjudicarle al sistema de complicidades y de impunidades priístas (desvanecimiento de pruebas, se le dice técnicamente). ¿Ya hiciste toda la operación? Perfecto. Trata ahora de convertir esa cantidad bestial en despensas, en escuelas, en clínicas, en creación de fuentes de trabajo, en instituciones de educación superior, en carreteras, en puertos, en intereses generados, en lo que quieras. No te va a ser fácil; pero además es una tarea inútil: ese dinero ya no existe. Bueno, sí existe, pero no está a la disposición de la sociedad mexicana, pues ha pasado a ser propiedad de unos cuantos mexicanos pri-vilegiados que lo robaron con perfecto cinismo y ante nuestras perplejas y pasivas narices. Tras dos años de investigaciones (consúltese con el senador Aguilar Zinser cuántas trabas, cuántos obstáculos, cuántas amenazas y pistas falsas se presentaron en el camino de las tales investigaciones) la comisión de investigación -creada contra toda la voluntad del PRI- ha llegado a la conclusión de que, más o menos, el daño (el robo) en perjuicio de Conasupo (es decir, tuyo y mío) asciende a la cósmica cantidad que establecimos arriba.

… voy a recordar tres acontecimientos que ocurrieron en ese año todavía vivo de 1988. La declinación generosa e inteligente de Heberto Castillo (cuyo liderazgo moral ahora nos haría tanta falta) en favor de Cuauhtémoc Cárdenas, cuya campaña, a partir de ese momento comenzó a ser vista con cierta preocupación por el PRI que, ¿loado sea alá!, ni la oía ni la veía. La inolvidable y multitudinaria reunión en CU que representó el gran despliegue del cardenismo y, para muchos de nosotros, un crepuscular aviso de que el 68 no había sido en vano. El día de la votación, De la Vega Domínguez, en franco plan descontonero y madrugador, apareció en la tele y anunció el triunfo “claro e inobjetable” de Salinas, para que, minutos después, Bartlett lo desmintiera y nos anunciara, cual cajera de banco, al prodigiosa e inolvidable caída del sistema.

… hay dos consejos que a mí me han sido de enorme utilidad y en mucho me han ayudado a acercarme a la tercera edad. El primero me lo proporcionó mi venerable cardiólogo, que a la letra dijo: todo está bien, Germán, pero cuídate mucho y no te vayas a morir discutiendo con un imbécil.[...] El segundo es un corolario a las leyes de Murphy: “Nunca discutas con un imbécil; es posible que la gente no perciba la diferencia”.

[Con respecto al gabinetazo] Cada quien pensará que podría haber sido mejor o peor. Lo real es que, como dicen en nuestro campo: con estos bueyes hay que arar. Los labradores somos nosotros.

… yo, tú, nosotros estamos paladeando el grato sabor del último día del PRI. En todo nos fijamos, porque esto habrá que contárselo a nuestros nietos. NOs tocó estar, asistir, participar en una epifanía civil: la aparición del ciudadano. es posible que cuando tú leas esto, el cambio de poderes ya se haya consumado. Es posible que seas tan joven como para no entender la magnitud y la trascendencia de los que hemos logrado los ciudadanos.

Fox pidió para todos nosotros la bendición de Dios. La recibo, la agradezco y le recuerdo al presidente el lema de Montaigne: “Cuídame, Dios, de mí”. Hay algo peor que la acartonada solemnidad: la falsa naturalidad.

Si me hubieran dicho: tú votaste fervorosamente para constituir el primer gobierno de elección popular en la ciudad de México, aunque te advertimos que no tan sólo no iba a haber cambios sustanciales, sino que, a mitad del camino, aquel por el que votaste te iba a dejar agarrado de la brocha después de haber “gobernado” con más pena que gloria, para luego cederle el puesto a una recia mujer que no alcanzó a ser tan recia como para frenar la corrupción y la inseguridad y el desmantelamiento de la vida académica de la UNAM y el desamparo. Si me hubieran dicho esto, quizás habría cambiado mi voto, o, por lo menos, habría mitigado mi esperanza y mi voluntad optimista.

De salida y ya subiendo “la rampita” me encuentro con un niño de la edad del Bucles que sube apoyándose con dos muletas. ¿Te ayudo, manito?, le pregunto. ¿A qué?, me responde con mirada dulce y firme. Silencio. Subimos juntos.

Es de Tzvetan Todorov y dice así: “Estar en posición de saber y evitar saber te hacen directamente responsable de las consecuencias”.

El historiador ritual mexicano enseña que un tenochca de buena cuna dedica los lunes a la vida vegetativa, los martes a la contemplación trascendental y, si no se presenta algún emisario del pasado, o algún error de diciembre (que, en México, puede ocurrir en cualquier mes), por ahí del día miércoles al mediodía comenzamos a dar señales de vida neuronal y/o hormonal.

… una cita de Alfonso Reyes: si con la lengua y la inmensa cultura que compartimos los pueblos hispánicos no logramos el lugar y el respeto que merecemos en el mundo, estaremos dando el más grande ejemplo de ineptitud quer conozca la historia.

[A Fox] Yo (y muchos otros) sabemos que el 2 de julio del 2000 nos ganó el derecho a participar en el cambio. Seguimos creyendo en ese cambio y hemos de lograrlo. Si usted quiere entrarle, sea bienvenido; si desea proseguir su luna de miel rodeado de tanto inútil y tanto mediocre, será asunto suyo. Ojalá y no nos estorbe demasiado en nuestra voluntad. Sería muy triste llevárnoslo de corbata.

Mi teoría es la siguiente: durante seis años, el número de errores que un ser humano puede cometer es amplio, pero limitado. Creo que Fox, en este primer año, se apuró a agotarlo. Si esto es así, nos esperan cinco años de aciertos luminosísimos de parte del presidente y de parte de la sociedad. Que así sea.