El olor de la guayaba.

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Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza.

Sería interesante asistir a una plática de dos amigos entrañables. Ambos periodistas y escritores, uno entrevistando al otro, con más fama, para buscar e indagar en los recuerdos más profundos, las raíces del porqué escribe como escribe. Pues bien, de eso trata este libro, Apuleyo Mendoza entrevistando al Gabo. Recuerdos, crítica y honestidad son el eje de la plática. Calificación de 8.5
El olor de la guayaba

El olor de la guayaba

La tia Francisca Simonosea, por ejemplo, que era una mujer fuerte e infatigable, se sentó un día a tejer su mortaja. “¿Por qué estás tejiendo una mortaja?”, le preguntó Gabriel. “Niño, porque me voy a morir”, respondió ella. Y en efecto, cuando terminó la mortaja se acostó en su cama y se murió.

Está en mi carácter y ya lo he dicho en muchas entrevistas: nunca, en ninguna circustancia, he olvidado que en la verdad de mi alma no soy nadie más ni seré nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca.

En todo caso yo me considero el mejor de mis amigos, y creo que ninguno de ellos me quiere tanto como quiero yo al amigo que quiero menos.

Si mis problemas son grandes, trato de compartirlos con Mercedes y mis hijos. Si son muy grandes es probable que recurra además a algún amigo que pueda ayudarme con sus luces. Pero si son demasiado grandes no los consulto con nadie. En parte por pudor, y en parte por no pasarle a Mercedes y a mis hijos, y eventualmente a algún amigo, una preocupación adicional. De modo que me los trago solo. El resultado, por supuesto, es una úlcera del duodeno que funciona como un timbre de alarma, y con la cual he tenido que aprender a vivir, como si fuera una amante secreta, difícil y a veces dolorosa, pero imposible de olvidar.

No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? Bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible.

Se debe interrumpir el trabajo sólo cuando uno sabe cómo continuar al día siguiente.

Mi diversión más salaz (en aquella época), era meterme los domingos en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar de la Plaza de Bolívar hasta la avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de otros domingos vacíos. Lo único que hacía durante el viaje de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizás de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad hasta que se encendían las primeras luces en la lluvia eterna, y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer.

Dejé todo, inclusive mi carrera de derecho, y me dediqué solamente a leer novelas. A leer novelas y escribir.

La fama perturba el sentido de la realidad, tal vez casi tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada. Por desgracia esto no lo cree nadie mientras no lo padece.

El poder absoluto es la realización más alta y más compleja del ser humano, y que por eso resume a la vez toda su grandeza y toda su miseria. Lord Acton ha dicho que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de modo absoluto”.

La mujer más bella del mundo no tenía que ser, necesariamente, la más apetecible, en el sentido en que yo entiendo este tipo de relaciones. Mi impresión, al cabo de una breve conversación, fue que su caracter podía causarme ciertos conflictos emocionales que tal vez no estarían compensados por su belleza.

En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres, y en las cuales se orientan mejor con menos luces. Esto ha terminado por convertirse en un sentimiento que es casi una superstición: siento que nada malo me puede suceder cuando estoy entre mujeres. Me producen un sentimiento de seguridad sin el cual no hubiera podido hacer ninguna de las cosas buenas que he hecho en la vida. Sobre todo, creo que no hubiera podido escribir. Esto también quiere decir, por supuesto, que me entiendo mejor con ellas que con los hombres.

Mi abuelo me contaba que los hombres se iban a la guerra con una escopeta, sin saber ni siquiera para dónde iban, sin la menor idea de cuando volverían, y por supuesto, sin preocuparse qué iba a suceder en casa. No importaba: las mujeres se quedaban a cargo de la especie haciendo los hombres que iban a reemplazar a los que cayeran en la guerra, y sin más recursos que su propia fortaleza e imaginación. Eran como las madres griegas que despedían a sus hombres cuando iban a la guerra: “Regresa con el escudo o sobre el escudo”. Es decir, vivo o muerto, pero nunca derrotado. Muchas veces he pensado si este modo de ser de las mujeres que en el Caribe es tan evidente, no será la causa de nuestro machismo. Es decir; si en general el machismo no será producto de las sociedades matriarcales.

Yo diría que el machismo -tanto en los hombres como en las mujeres- no es más que la usurpación del derecho ajeno. Así de simple.

No hay mayor desgracia humana [la incapacidad para el amor]. No sólo para el que la padece sino para quienes tengan el infortunio de pasar por dentro de su órbita.

Quienes lo saben hacen creer que tiene efectos maléficos [el número 13] (y los norteamericanos se lo han creído: sus hoteles pasan del piso doce al piso catorce), sólo para que los demás no lo usen y ser los únicos beneficiarios del secreto: es el número del buen agüero.

No volví a escribir cartas desde hace unos doce años, pero no sólo a mis amigos sino a nadie, desde que me enteré por casualidad de que alguien había vendido unas cartas personales mías para los archivos de una universidad en los Estados Unidos. El descubrimento de que mis cartas eran también una mercancía me causó una depresión terrible, y nunca volví a escribirlas.

Relato de un náufrago.

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Gabriel García Márquez.

El libro es el relato que el propio náufrago contó al Gabo y que apareció en un diario. Con el filtro innigualable de García Márquez, las palabras de Luis Alejandro Velasco toman forma de narración aventurera, y transmite las angustias, pesares y desesperación sufridas durante el periplo. A final de cuentas él no se describe como héroe, ya que solamente actúo en consecuencia, con el único propósito de sobrevivir; en ese caso, todos seríamos héroes. Algo que llamo mi atención fue el hecho de saber que cuando las gaviotas vuelan, es porque la tierra está cerca. Hay ocasiones en nuestro propio naufragio que llamamos vida, ansiamos ver gaviotas. Calificación de 9.5.
Relato de un náufrago.

Relato de un náufrago.

La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto día de trabajo, cuando le pedí a Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasionó el desastre. Consciente de que la declaración valía su peso en oro, me replicó, con una sonrisa: “Es que no había tormenta”. Así era: los servicios meteorológicos nos confirmaron que aquel había sido uno más de los febreros mansos y diáfanos del Caribe. La verdad, nunca publicada hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se soltó la carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro que el relato, como el destructor, llevaba también mal amarrada una carga política y moral que no habíamos previsto.

Esa madrugada, cuando nos embarcamos, el cabo Miguel Ortega estaba en el puente, precisamente hablando de su esposa y sus hijos, lo cual no era una casualidad, porque nunca hablaba de otra cosa. Traía una nevera, una lavadora automática, y una radio y una estufa. Doce horas después el cabo Miguel Ortega estaría tumbado en su litera, muriéndose del mareo. Y setenta y dos horas después estaría muerto en el fondo del mar.

Para sentirme menos solo me puse a mirar el cuadrante de mi reloj. Eran las siete menos diez. Mucho tiempo después, como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco. Cuando el minutero llegó al número doce eran las siete en punto y el cielo estaba apretado de estrellas. Pero a mí me parecía que había transcurrido tanto tiempo que ya era hora de que empezara a amanecer. Desesperadamente, seguía pensando en los aviones.

Es imposible que la noche sea tan larga como el día. Se necesita haber pasado una noche en el mar, sentado en una balsa y contemplando un reloj, para saber que la noche es desmesuradamente más larga que el día. Pero de pronto empieza a amanecer, y entonces uno se siente demasiado cansado para saber que está amaneciendo.

No pude dormir más porque me sentía agotado, incluso para dormir.

Una alegría elaborada en doce horas desapareció en un minuto, sin dejar rastros. Mis fuerzas se derrumbaron. Desistí de todas mis preocupaciones. Por primera vez en nueve días me acosté boca abajo, con la abrasada espalda expuesta al sol. Lo hice sin piedad por mi cuerpo. Sabía que de permanecer así antes del anochecer me habría asfixiado. Hay un instante en que ya no se siente dolor. La sensibilidad desaparece y la razón empieza a embotarse hasta cuando se pierde la noción del tiempo y del espacio. Boca abajo en la balsa, con los brazos apoyados en la borda y la barba apoyada en los brazos, sentí al principio los despiadados mordiscos del sol. Vi el aire poblado de puntos luminosos, durante varías horas. Por fin cerré los ojos, extenuado, pero entonces ya el sol no me ardía en el cuerpo. No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza.

Nunca hasta esa noche había perdido una remota esperanza de que alguien se acordara de mí y tratara de rescatarme. Pero cuando recordé que aquella debía ser para mi familia la novena noche de mi muerte, la última de mis velaciones, me sentí completamente olvidado en el mar. Y pensé que nada mejor podía ocurrirme que morir. Me acosté en el fondo de la balsa. Quise decir en voz alta: “Ya no me levanto más”. Pero la voz se me apagó en la garganta. Me acordé del colegio. Me llevé a la boca la medalla de la Virgen del Carmen y me puse a rezar mentalmente, como suponía que a esa hora lo estaba haciendo mí familia en mi casa. Entonces me sentí bien, porque sabía que me estaba muriendo.

El general en su laberinto.

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Gabriel García Márquez.

Novela que narra el ultimo viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su destierro voluntario. Los achaques propios de la edad, la ingratitud de un país al que le dió todo, la sensación de impotencia y las reflexiones sobre su pasado, son las constantes de los últimos días del General. Calificación de 9.0
El general en su laberinto.

El general en su laberinto.

Novela que narra el ultimo viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su destierro voluntario. Los achaques propios de la edad, la ingratitud de un país al que le dió todo, la sensación de impotencia y las reflexiones sobre su pasado, son las constantes de los últimos días del General. Calificación de 9.0

Terminó afeitándose a ciegas sin dejar de dar vueltas por el cuarto, pues procuraba verse en el espejo lo menos posible para no encontrarse con sus propios ojos.

El mismo general no sabría decir al día siguiente si estaba hablando dormido o desvariando despierto, ni podría recordarlo.

«En suma», concluyó el general, «todo lo que hemos hecho con las manos lo están desbaratando los otros con los pies».

Catorce años de guerras le habían enseñado que no había victoria mayor que la de estar vivo.

A la hora de la siesta se metían en la cama sin cerrar la puerta, sin desvestirse y sin dormir, y más de una vez incurrieron en el error de intentar un último amor, pues él no tenía ya suficiente cuerpo para complacer a su alma, y se negaba a admitirlo.

Nadie le había informado que el general se iba, tal vez porque a nadie podía ocurrírsele que no fuera el primero en saberlo.

El mismo Wilson manifestó más tarde su sorpresa de que nadie en la misión ni en el resto del camino hubiera reconocido al hombre más conocido de las repúblicas nuevas. También para éste, sin duda, fue una lección extraña.

La vida le había dado ya motivos bastantes para saber que ninguna derrota era la última. Apenas dos años antes, perdido con sus tropas muy cerca de allí, en las selvas del Orinoco, había tenido que ordenar que se comieran a los caballos, por temor de que los soldados se comieran unos a otros.

José Palacios no sabía cuándo eran reales y cuándo eran imaginarios los sueños de su señor con el general Santander. Una vez, en Guayaquil, contó que lo había soñado con un libro abierto sobre la panza redonda, pero en vez de leerlo le arrancaba las páginas y se las comía una por una, deleitándose en masticarlas con un ruido de cabra. Otra vez, en Cúcuta, soñó que lo había visto cubierto por completo de cucarachas. Otra vez despertó dando gritos en la quinta campestre de Monserrate, en Santa Fe, porque soñó que el general Santander, mientras almorzaba a solas con él, se había sacado las bolas de los ojos que le estorbaban para comer, y las había puesto sobre la mesa.

Al despedirlo, el general le había dicho que debía estar en La Paz a más tardar en veintiún días. Wilson se cuadró: «Estaré en veinte, Excelencia». Estuvo en diecinueve.

Bailó casi tres horas, haciendo repetir la pieza cada vez que cambiaba de pareja, tratando quizás de reconstituir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias.

Él no tomó ninguna iniciativa, pues su método de seducción no obedecía a ninguna pauta, sino que cada caso era distinto, y sobre todo el primer paso. «En los preámbulos del amor ningún error es corregible», había dicho.

Y lo hizo con una sonrisa fingida para que no se le notara que en aquel 15 de mayo de rosas ineluctables estaba emprendiendo el viaje de regreso a la nada.

Esa noche, mientras deambulaba por el galpón donde le colgaron la hamaca para dormir, había visto una mujer que se volvió a mirarlo al pasar, y él se sorprendió de que ella no se sorprendiera de su desnudez.

Pero las muertes que causaba eran tantas, que al final nadie quería saber nada de la medicina al pie de la vaca, como dieron en llamarla, y muchas madres prefirieron para sus hijos los riesgos del contagio que no los de la prevención. Sin embargo, los informes oficiales que el general recibía le hicieron creer que el flagelo de la viruela estaba siendo derrotado. Así que cuando José Palacios le hizo notar la cantidad de caras pintadas que había entre la muchedumbre, su reacción fue menos de sorpresa que de hastío. «Siempre será así», dijo, «mientras los subalternos sigan mintiéndonos para complacernos».

…se dio cuenta de que los recuerdos le pesaban más que los años…

«En todo caso», dijo el francés, «no son los sistemas sino sus excesos los que deshumanizan la historia».

… le preocupaba la costumbre de contestar las preguntas que le hacían estando dormido.

«Las vidas no se acaban sólo con la muerte», dijo el general. «Hay otros modos, inclusive algunos más dignos».

En la larga historia de la humanidad se ha demostrado muchas veces que la vocación es hija legítima de la necesidad.

«Nunca volveré a enamorarme», le confesó en su momento a José Palacios, el único ser humano con quien se permitió jamás esa clase de confidencias. «Es como tener dos almas al mismo tiempo».

«Yo veo que nada puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor», le escribió. «En el futuro tú estarás sola, aunque al lado de tu marido, y yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo».

… no hay nada más peligroso que la memoria escrita.

Alguien le había dicho al general que cuando un perro moría había que remplazado de inmediato por otro igual con nombre igual para seguir creyendo que era el mismo.

La desesperación es la salud de los perdidos.

El que almuerza con la soberbia cena con la vergüenza.

«Atender una enfermedad es como estar empleado en un buque», le había dicho el general. Cuatro años antes, en Lima, O’Leary le había sugerido que aceptara un tratamiento médico a fondo mientras preparaba la constitución de Bolivia, y su respuesta fue terminante:«No se ganan dos carreras al mismo tiempo».

De manera que José Palacios tenía razón: Manuela estaba bien, porque nada se sabía de ella.

Era un antiguo sueño repetido en la realidad.

El peligro mayor era caminar, no por el riesgo de una caída, sino porque se veía demasiado el trabajo que le costaba.

No fue la perfidia de mis enemigos sino la diligencia de mis amigos lo que acabó con mi gloria. Fueron ellos los que me embarcaron en el desastre de la Convención de Ocaña, los que me enredaron en la vaina de la monarquía, los que me obligaron primero a buscar la reelección con las mismas razones con que después me hicieron renunciar, y ahora me tienen preso en este país donde ya nada se me ha perdido.

… a menudo soñaba con su padre y su madre y con cada uno de sus hermanos, pero nunca con ella, pues la había sepultado en el fondo de un olvido estanco como un recurso brutal para poder seguir vivo sin ella.

«Siempre hemos sido pobres y nada nos ha faltado», le dijo. «La verdad es la contraria», le dijo el general. «Siempre hemos sido ricos y nada nos ha sobrado».

Los funerales de la Mamá Grande.

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Gabriel García Márquez.

Colección de cuentos con historias que suceden en los pueblos y en los que aparecen distintos personajes de Cien Años de Soledad, y principalmente el Padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar. Una anécdota que me pasó en alguna ocasión en que iba en el camión leyendo este mismo libro, y estaba leyendo cuando el joven va en el tren a arreglar los papeles de la jubilación de su madre y olvida los documentos… yo también me quedé dormido, me desperté abruptamente para bajarme a donde iba y… olvidé unos documentos!!! Calificación de 7.0 y eso por la historia del ladrón de bolas de billar, sino, reprobaba. Creo que es de los libros que menos me gustan del Gabo.
Los funerales de la Mamá Grande.

Los funerales de la Mamá Grande.

Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.

Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora -dijo la mujer-. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.

Colgadas de un clavo en el interior de la puerta había dos llaves grandes y oxidadas, como la niña imaginaba y como imaginaba la madre cuando era niña y como debió imaginar el propio sacerdote alguna vez que eran las llaves de San Pedro.

Ella lo conocía demasiado para replicar. Lo sintió fumar, respirando como un asmático, hasta que cantaron los primeros gallos. Después lo sintió levantado, trasegando por el cuarto en un trabajo oscuro que parecía más del tacto que de la vista. Después lo sintió raspar el suelo debajo de la cama por más de un cuarto de hora, y después lo sintió desvestirse en la oscuridad, tratando de no hacer ruido, sin saber que ella no había dejado de ayudarlo un instante al hacerle cree que estaba dormida.

Ana examinó el cuarto. Las carátulas de revistas que ella misma había recortado y pegado en las paredes hasta empapelarlas por completo con litografías de actores de cine, estaban gastadas y sin color. Había perdido la cuenta de los hombres que paulatinamente, de tanto mirarlos desde la cama, se había ido llevando esos colores.

-Ya que se van a hacer las cosas -concluyó Ana-, es mejor hacerlas bien hechas.

-Había doscientos pesos -dijo-. Y ahora te los van a sacar del pellejo, no tanto por ratero como por bruto.

Entonces veía al pueblo al otro lado de la línea -ya encendidas las luces- y le parecía que, con sólo verlo pasar, el tren lo había llevado a otro pueblo.

En ese instante pitó el tren. Envuelto en el vapor cálido y saludable de la sopa, él calculó la distancia que lo separaba de la estación e inmediatamente después se sintió invadido por esa confusa sensación de pánico que produce la pérdida de un tren.

Le angustiaba mirar a la gente a la cara y cuando no le quedaba otro recurso que hablar, las palabras le salían diferentes a como las pensaba. “Si”, respondió. Y sintió un ligero escalofrío. Trato de mecerse, olvidado de que no estaba en una mecedora.

Entonces fue cuando se dió cuenta de que había olvidado en el tren el envoltorio de la ropa y los documentos de la jubilación. Despertó abruptamente, sobresaltado, pensando en su madre y otra vez acorralado por el pánico.

Apenas se dió cuenta de sí mismo cuando experimentó la sensación tenebrante que le subió por el costado. En ese momento tuvo conciencia de su peso total: juntos el peso de su cuerpo, de sus culpas y de su edad. Sintió contra la mejilla la solidez del suelo pedregoso que tantas veces, al preparar sus sermones, le había servido para formarse una idea precisa del camino que conduce al infierno. “Cristo”, murmuró asustado, pensando: “Seguro que nunca más podré ponerme en pie”.

Pensó que no había ahí ninguna señal que permitiera distinguir el domingo de otro día cualquiera, y mientras caminaba por la calle desierta se acordó de su madre: “Todas las calles de todos los pueblos conducen inexorablemente a la iglesia o al cementerio”.

Guarda bajo llave todas las cosas de valor, pues mucha gente no viene a los velorios, sino a robar.

Por primera vez se habló de ella y se le concibió sin su mecedor de bejuco, sus sopores a las dos de latarde y sus cataplasmas de mostaza, y se la vio pura y sin edad, destilada por la leyenda.

Por la libre

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Obra Periodística 4.
1974-1995.
Gabriel García Márquez.

Por la libre es el volumen 4 de la colección Obra Periodística, compendio de colaboraciones periodísticas aparecidas entre 1974 y 1995, y cuyo tema principal es Cuba (evidencía su partidarismo hacia la revolución cubana), Vietnam y la dictadura militar en Sudamérica.
Destaca principalmente las notas referentes al bloqueo comercial posrevolucionario en Cuba, vigente hasta el día de hoy y la crónica de la lucha contra el narcotráfico en su natal Colombia; muy parecido a lo que estamos viviendo en este sexenio en México. En general son un referente si de historia contemporánea se desea saber.
Calificación de 9.
Por la libre

Por la libre

La grandeza del país [Chile] no se funda en la cantidad de sus virtudes sino en el tamaño de sus excepciones.

… no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.

Todos los letreros murales pintados en aquella época contra Cuba, y algunos a favor, según las intenciones secretas, eran pintados por cuenta de la CIA.

… nadie hubiera podido imaginarse que Miguel era en aquel momento el hombre más buscado por la dictadura de Chile. No podían imaginárselo, precisamente porque nunca nos escondimos.

Por motivos históricos y geográficos, siendo uno de los países más pobres del mundo pero con una posición estratégica esencial, Portugal está obligado a sentarse a la mesa de los países más ricos y sofisticados de la tierra, pero hablando un idioma que nadie entiende porque a nadie le conviene entenderlo y con los fondillos remendados y los zapatos rotos, pero con la dignidad que le impone el haber sido en otro tiempo el dueño casi absoluto de todos los mares.

… al despedirme de Ramiro Correira le dije: “Vuelvo en enero del 76. Y el me contestó muerto de risa: “Será muy tarde, porque para entonces ya nosotros estaremos como en diciembre del 78″.

Esto tiene que aclararse hasta encontrar el responsable -gritó-. Porque yo he hecho la zafra durante catorce años, no para tener estos zapatos y esta camisa, sino para que en Cuba no sucedan cosas como ésta. [Refiriéndose a un acto de negligencia].

El viejo y simpático técnico de la fábrica de ron de Santiago nos contó como sus antiguos patronos le ofrecieron una suma fantástica para que se fugara a Estados Unidos, no tanto por servirse de sus conocimientos y secretos, que al fin y al cabo no eran exclusivos, sino para impedir que se sirvieran de ellos los cubanos. Su respuesta fue ejemplar: “¿Por qué no me ofrecieron semejante suma cuando me tenían con un sueldo de hambre?”.

Condenados a morir de hambre, los cubanos tuvieron que inventar la vida otra vez desde el principio. Crearon toda una teconlogía de la necesidad, toda una economía de la escasez, toda una cultura de la soledad. Las mujeres aprendieron a cocinar de otro modo, según los víveres disponibles, y aprendieron a coser de otro modo, sacando los hilos del propio borde de la camisa que debían remendar. Antes, en la mayoría de los casos, habían tenido que afilar la aguja, porque no dispusieron de otra en muchos años. La edad de los niños era un grave problema doméstico: los servicios de abastecimiento, que suministraban dos vestidos y un par de zapatos al año, no podían tomar en cuenta la velocidad del crecimiento.

La abuela de nuestro guía aprendió a leer en la misma campaña a la edad de ochenta años. Ahora tiene noventa y cuatro, su pasatiempo favorito es la lectura y todas las noches maldice al capitalismo por todos los libros que dejó de leer.

No tenía un instante de sosiego, y cambiaba tanto de posición en la silla que parecía cambiar de silla en la misma silla.

Tan seguro está de la viabilidad de estas alianzas, que atribuye el fracaso de las tentativas revolucionarias de los años sesenta en América Latina al error de no haber reconocido a las burguesías nacionales como un aliado decisivo para hacer la síntesis de lo militar y lo político.

Antes del Che Guevara los argentinos no se sentían latinoamericanos. Ahora, en cambio, creen que son los únicos latinoamericanos.

De modo que una mañana Nicolás Guillén abrió su ventana y gritó una noticia única: ¡Se cayó el hombre! Fue una conmoción en la calle dormida porque cada uno de nosotros creyó que el hombre caído era el suyo. Los argentinos pensaron que era Juan Domingo Perón, los paraguayos pensaron que era Alfredo Stroessner, los peruanos pensaron que era Gustavo Rojas Pinilla, los nicaragüenses pensaron que era Anastasio Somoza, los venezolanos pensaron que era Marcos Pérez Jiménez, los guatemaltecos pensaron que era Castillo Armas, los dominicanos pensaron que era Rafael Leónidas Trujillo, y los cubanos pensaron que era Fulgencio Batista. Era Perón, en realidad.

Pérez Jiménez se había fugado de su trono de rapiña con sus cómplices más cercanos, y volaba en un avión militar hacia Santo Domingo. El avión había estado desde medio día con los motores calientes en el aeropuerto de La Carlota, a pocos kilómteros del palacio persidencial de Miraflores, pero a nadie se le había ocurrido arrimarle una escalerilla cuando llegó el dictador fugitivo acosado de cerca por una patrulla de taxis que no lo alcanzaron por muy pocos minutos. Pérez Jiménez, que parecía un nene grandote con lentes de carey, fue izado a duras penas con una cuerda hasta la cabina del avión, y en la dispensiosa maniobra olvidó en tierra su maletín de mano. Era un maletín ordinario, de cuero negro, donde llevaba el dinero que había ocultado para sus gastos de bolsillo: trece millones de dólares en billetes.

Era un bimotor destartalado. Entre nosotros circuló la leyenda de que había sido secuestrado y conducido hacia la Sierra Maestra por un piloto desertor de la aviación batistiana, y que permaneció en el abandono al sol y sereno hasta aquella noche de mi desgracia en que lo mandaron a buscar periodistas suicidas en Venezuela. LA cabina era estrecha y mal ventilada, los asientos estaban rotos y había un olor insoportable de orines agrios. Cada quién se acomodó donde pudo, hasta sentados en el suelo del estrecho corredor entre los bultos de viaje y los equipos de cine y televisión. Me sentí sin aire, arrinconado contra una ventanilla de la cola, pero me confortaba un poco el aplomo de mis compañeros. De pronto, alguien entre los más serenos me murmuró al oído con los dientes apretados: “Feliz tu que no le tienes miedo al avión”. Entonces llegué al extremo del horror, pues comprendí que todos estaban tan asustados como yo, pero que también lo disimulaban como yo con una cara tan impávida como la mía. [...] Al amanecer nos sorprendió una ráfaga de lluvias feroces, el avión se volteó de costado con un crujido interminable de velero al garete, y aterrizó temblando de escalofríos y con los motores bañados en lágrimas en un areopuerto de emergencia de Camagüey.

Hay momentos en que uno está tan cansado que ya no se puede cansar más.

-Cuando oí el elogio que me hizo Carter -dijo- [Omar Torrijos] sentí como un aire caliente que me inflaba el pecho, pero enseguida me dije: “Mierda, esto debe ser la vanidad”, y mandé aquel aire al carajo.

-Si, la plata es secundaria, pero para el que la tiene.

Es verdad que nada en este mundo es más difícil que morir a tiempo: No hay que equivocarse: no hay que caer ni demasiado temprano ni demasiado tarde. No hay que dejar pasar el momento, pero tampoco precipitarlo. Al fin y al cabo, los únicos voluntaristas con la muerte son los fascistas. Los revolucionarios de verdad confían más en la vida, afirman la vida a través de la muerte, al revés de los fascistas, que no buscan nada en la vida sino la repetición hueca de la muerte. Yo, por lo pronto, me conformo con estar vivo y prepararme bien para lo que viene.

… las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir.

Se ha calculado que los Estados Unidos arrojaron sobre Vietnam una cantidad de bombas varios miles de veces mayor que la totalidad de las bombas arrojadas en la segunda guerra mundial: catorce millones de toneladas. Fue el castigo de fuego más feroz padecido jamás por país alguno en la historia de la humanidad.

Pensándolo bien, la idea surgió hace ocho años en el hotel Cesar Palace de Sao Paulo, Brasil, cuando deslizaron por debajo de la puerta de mi cuarto un ejemplar del matutino local con un titular a ocho columnas: “Murió el Papa”. Idignado, llamé por teléfono al capitán de botones, y protesté: -Es escandaloso que en un hotel de cinco estrellas le traigan a uno el periódico del mes pasado. -El señor me perdone -me contestó una voz de portugués acostumbrado a todo-, pero es que el Papa se murió otra vez.

Pero mi amigo Fulvio Zanetti, director en aquel tiempo del semanario L’Espresso de Roma, me dijo de un modo muy romano que él tenía un amigo que tenía un amigo cuyo cuñado conocía a un profesor de filosofía que conocía a otro con posibilidades de conseguir la audiencia [con el Papa].

En el aire inmóvil [del Vaticano] no se sentía Dios, como yo lo hubiera deseado, pero sí se sentía el poder de sus ministros.

… mirando hacia atrás con el prisma embellecedor de la nostalgia…

No volví hasta cinco años después, cuando el poeta Alvaro Mutis, jefe de relaciones públicas de una compañia de aviación que se acabó cuando todos sus aviones se estrellaron, me invitó a pasar un fin de semana en Bogotá. Fue el fin de semana más largo de mi vida, pues todavía no ha terminado.

Los propios empresarios tuvieron que reconocer la razón de Guillermo: las críticas desfavorables no les quitaban público a las malas películas, y en cambio se lo llevaban a las buenas, que eran las más difíciles de promover. Con la misma pasión se empeñó en batallas mucho más bastas y peligrosas, sin detenerse jamás ante la certidumbre de que detrás de las causas más nobles siempre acecha la muerte.

Durante casi cuarenta años, a cualquier hora y desde cualquier parte, cada vez que ocurría algo en Colombia, mi reacción inmediata era llamar a Guillermo Cano por teléfono para que me contara la noticia exacta. Siempre, sin una sola falla, salía al teléfono la misma voz: “Hola, Gabo, qué hay de vainas”. Un mal día del diciembre pasado, María Jimena Duzán, me llevó a La Habana un mensaje suyo, con la solicitud de que escribiera algo especial para el centenario de El Espectador. Esa misma noche, en mi casa, el presidente Fidel Castro estaba haciéndome un relato absorbente en el curso de una fiesta de amigos, cuando oí, casi en secreto, la voz trémula de Mercedes: “Mataron a Guillermo Cano”. Había ocurrido quince minutos antes, y alguien se había precipitado al teléfono para darnos la noticia escueta. Apenas si tuve alientos para esperar, con los ojos nublados, el final de la frase de Fidel Castro. Lo único que se me ocurrió entonces, ofuscado por la conmoción, fue el mismo impulso instintivo de siempre: llamar por teléfono a Guillermo Cano para que me contara la noticia completa, y compartir con él la rabia y el dolor de su muerte.

El periódico El Tiempo denunció los encuentros el 4 de julio del mismo año, alebrestó a la opinión pública contra la posibilidad del acuerdo, y el presidente Betancourt se creyó obligado a dar marcha atrás, e inclusive a negar en público que tuviera algo que ver con el asunto. Pero lo peor fue que el gobierno no tuvo tampoco -ni antes, ni entonces, ni después- ninguna alternativa al diálogo, ni una acción judicial a fondo, ni una expedición punitiva, ni una política definidida para el narcotráfico. A seis años de distancia se ve con claridad que esa vez perdió el país una magnífica ocasión de ahorrarse gran parte de los horrores que ahora está padeciendo.

Jueces y magistrados, cuyos sueldos escuálidos les alcanzaban apenas para vivir pero no para educar a sus hijos, se encontraban con un dilema sin salida: o se vendían o los mataban. Lo admirable y desgarrador es que más de cuarenta, así como tantos periodistas y funcionarios, prefirieron la muerte.

Un observador sagaz de nuestras realidades a dicho que toda la sociedad colombiana está drogada. No por la adicción a la cocaína -que por cierto no es alarmante en Colombia- , sino una droga mucho más perversa: el dinero fácil. La industria, el comercio, la banca, la política, la prensa, los deportes, las ciencias y las artes, el Estado mismo, todos los organismos públicos y privados están enredados de algún modo -tal vez con pocas excepciones, quizás sin saberlo, y aun de buena fe- en una maraña de intereses creados que ya nadie puede deshacer. Es increíble: mil setecientos oficiales del ejército y la policía fueron procesados, sancionados o sustituidos en tres años por relaciones con el narcotráfico; veinticinco políticos profesionales figuran en una lista de beneficiarios de la droga publicada por los Estados Unidos, copias de las actas confidenciales del consejo de seguridad fueron halladas en el maletín de un traficante, las infidencias telefónicas de los altos funcionarios públicos son escuchadas donde no se debe, y en algunos allanamientos en residencias se han encontrado nombres de compatriotas insignes vinculados a negocios impuros. Es una hidra sigilosa pero incontenible que no se ve por ninguna parte y está en todas, y que todo lo infiltra y lo contagia hasta mucho más allá de nuestras fronteras. Tal vez el mismo gobierno ignora hasta qué punto estos ingresos desnaturalizados le han hecho el favor de aliviar las tensiones sociales.

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