Obra Periodística 4.
1974-1995.
Gabriel García Márquez.
Por la libre es el volumen 4 de la colección Obra Periodística, compendio de colaboraciones periodísticas aparecidas entre 1974 y 1995, y cuyo tema principal es Cuba (evidencía su partidarismo hacia la revolución cubana), Vietnam y la dictadura militar en Sudamérica.
Destaca principalmente las notas referentes al bloqueo comercial posrevolucionario en Cuba, vigente hasta el día de hoy y la crónica de la lucha contra el narcotráfico en su natal Colombia; muy parecido a lo que estamos viviendo en este sexenio en México. En general son un referente si de historia contemporánea se desea saber.
Calificación de 9. |
 Por la libre |
La grandeza del país [Chile] no se funda en la cantidad de sus virtudes sino en el tamaño de sus excepciones.
… no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.
Todos los letreros murales pintados en aquella época contra Cuba, y algunos a favor, según las intenciones secretas, eran pintados por cuenta de la CIA.
… nadie hubiera podido imaginarse que Miguel era en aquel momento el hombre más buscado por la dictadura de Chile. No podían imaginárselo, precisamente porque nunca nos escondimos.
Por motivos históricos y geográficos, siendo uno de los países más pobres del mundo pero con una posición estratégica esencial, Portugal está obligado a sentarse a la mesa de los países más ricos y sofisticados de la tierra, pero hablando un idioma que nadie entiende porque a nadie le conviene entenderlo y con los fondillos remendados y los zapatos rotos, pero con la dignidad que le impone el haber sido en otro tiempo el dueño casi absoluto de todos los mares.
… al despedirme de Ramiro Correira le dije: “Vuelvo en enero del 76. Y el me contestó muerto de risa: “Será muy tarde, porque para entonces ya nosotros estaremos como en diciembre del 78″.
Esto tiene que aclararse hasta encontrar el responsable -gritó-. Porque yo he hecho la zafra durante catorce años, no para tener estos zapatos y esta camisa, sino para que en Cuba no sucedan cosas como ésta. [Refiriéndose a un acto de negligencia].
El viejo y simpático técnico de la fábrica de ron de Santiago nos contó como sus antiguos patronos le ofrecieron una suma fantástica para que se fugara a Estados Unidos, no tanto por servirse de sus conocimientos y secretos, que al fin y al cabo no eran exclusivos, sino para impedir que se sirvieran de ellos los cubanos. Su respuesta fue ejemplar: “¿Por qué no me ofrecieron semejante suma cuando me tenían con un sueldo de hambre?”.
Condenados a morir de hambre, los cubanos tuvieron que inventar la vida otra vez desde el principio. Crearon toda una teconlogía de la necesidad, toda una economía de la escasez, toda una cultura de la soledad. Las mujeres aprendieron a cocinar de otro modo, según los víveres disponibles, y aprendieron a coser de otro modo, sacando los hilos del propio borde de la camisa que debían remendar. Antes, en la mayoría de los casos, habían tenido que afilar la aguja, porque no dispusieron de otra en muchos años. La edad de los niños era un grave problema doméstico: los servicios de abastecimiento, que suministraban dos vestidos y un par de zapatos al año, no podían tomar en cuenta la velocidad del crecimiento.
La abuela de nuestro guía aprendió a leer en la misma campaña a la edad de ochenta años. Ahora tiene noventa y cuatro, su pasatiempo favorito es la lectura y todas las noches maldice al capitalismo por todos los libros que dejó de leer.
No tenía un instante de sosiego, y cambiaba tanto de posición en la silla que parecía cambiar de silla en la misma silla.
Tan seguro está de la viabilidad de estas alianzas, que atribuye el fracaso de las tentativas revolucionarias de los años sesenta en América Latina al error de no haber reconocido a las burguesías nacionales como un aliado decisivo para hacer la síntesis de lo militar y lo político.
Antes del Che Guevara los argentinos no se sentían latinoamericanos. Ahora, en cambio, creen que son los únicos latinoamericanos.
De modo que una mañana Nicolás Guillén abrió su ventana y gritó una noticia única: ¡Se cayó el hombre! Fue una conmoción en la calle dormida porque cada uno de nosotros creyó que el hombre caído era el suyo. Los argentinos pensaron que era Juan Domingo Perón, los paraguayos pensaron que era Alfredo Stroessner, los peruanos pensaron que era Gustavo Rojas Pinilla, los nicaragüenses pensaron que era Anastasio Somoza, los venezolanos pensaron que era Marcos Pérez Jiménez, los guatemaltecos pensaron que era Castillo Armas, los dominicanos pensaron que era Rafael Leónidas Trujillo, y los cubanos pensaron que era Fulgencio Batista. Era Perón, en realidad.
Pérez Jiménez se había fugado de su trono de rapiña con sus cómplices más cercanos, y volaba en un avión militar hacia Santo Domingo. El avión había estado desde medio día con los motores calientes en el aeropuerto de La Carlota, a pocos kilómteros del palacio persidencial de Miraflores, pero a nadie se le había ocurrido arrimarle una escalerilla cuando llegó el dictador fugitivo acosado de cerca por una patrulla de taxis que no lo alcanzaron por muy pocos minutos. Pérez Jiménez, que parecía un nene grandote con lentes de carey, fue izado a duras penas con una cuerda hasta la cabina del avión, y en la dispensiosa maniobra olvidó en tierra su maletín de mano. Era un maletín ordinario, de cuero negro, donde llevaba el dinero que había ocultado para sus gastos de bolsillo: trece millones de dólares en billetes.
Era un bimotor destartalado. Entre nosotros circuló la leyenda de que había sido secuestrado y conducido hacia la Sierra Maestra por un piloto desertor de la aviación batistiana, y que permaneció en el abandono al sol y sereno hasta aquella noche de mi desgracia en que lo mandaron a buscar periodistas suicidas en Venezuela. LA cabina era estrecha y mal ventilada, los asientos estaban rotos y había un olor insoportable de orines agrios. Cada quién se acomodó donde pudo, hasta sentados en el suelo del estrecho corredor entre los bultos de viaje y los equipos de cine y televisión. Me sentí sin aire, arrinconado contra una ventanilla de la cola, pero me confortaba un poco el aplomo de mis compañeros. De pronto, alguien entre los más serenos me murmuró al oído con los dientes apretados: “Feliz tu que no le tienes miedo al avión”. Entonces llegué al extremo del horror, pues comprendí que todos estaban tan asustados como yo, pero que también lo disimulaban como yo con una cara tan impávida como la mía. [...] Al amanecer nos sorprendió una ráfaga de lluvias feroces, el avión se volteó de costado con un crujido interminable de velero al garete, y aterrizó temblando de escalofríos y con los motores bañados en lágrimas en un areopuerto de emergencia de Camagüey.
Hay momentos en que uno está tan cansado que ya no se puede cansar más.
-Cuando oí el elogio que me hizo Carter -dijo- [Omar Torrijos] sentí como un aire caliente que me inflaba el pecho, pero enseguida me dije: “Mierda, esto debe ser la vanidad”, y mandé aquel aire al carajo.
-Si, la plata es secundaria, pero para el que la tiene.
Es verdad que nada en este mundo es más difícil que morir a tiempo: No hay que equivocarse: no hay que caer ni demasiado temprano ni demasiado tarde. No hay que dejar pasar el momento, pero tampoco precipitarlo. Al fin y al cabo, los únicos voluntaristas con la muerte son los fascistas. Los revolucionarios de verdad confían más en la vida, afirman la vida a través de la muerte, al revés de los fascistas, que no buscan nada en la vida sino la repetición hueca de la muerte. Yo, por lo pronto, me conformo con estar vivo y prepararme bien para lo que viene.
… las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir.
Se ha calculado que los Estados Unidos arrojaron sobre Vietnam una cantidad de bombas varios miles de veces mayor que la totalidad de las bombas arrojadas en la segunda guerra mundial: catorce millones de toneladas. Fue el castigo de fuego más feroz padecido jamás por país alguno en la historia de la humanidad.
Pensándolo bien, la idea surgió hace ocho años en el hotel Cesar Palace de Sao Paulo, Brasil, cuando deslizaron por debajo de la puerta de mi cuarto un ejemplar del matutino local con un titular a ocho columnas: “Murió el Papa”. Idignado, llamé por teléfono al capitán de botones, y protesté: -Es escandaloso que en un hotel de cinco estrellas le traigan a uno el periódico del mes pasado. -El señor me perdone -me contestó una voz de portugués acostumbrado a todo-, pero es que el Papa se murió otra vez.
Pero mi amigo Fulvio Zanetti, director en aquel tiempo del semanario L’Espresso de Roma, me dijo de un modo muy romano que él tenía un amigo que tenía un amigo cuyo cuñado conocía a un profesor de filosofía que conocía a otro con posibilidades de conseguir la audiencia [con el Papa].
En el aire inmóvil [del Vaticano] no se sentía Dios, como yo lo hubiera deseado, pero sí se sentía el poder de sus ministros.
… mirando hacia atrás con el prisma embellecedor de la nostalgia…
No volví hasta cinco años después, cuando el poeta Alvaro Mutis, jefe de relaciones públicas de una compañia de aviación que se acabó cuando todos sus aviones se estrellaron, me invitó a pasar un fin de semana en Bogotá. Fue el fin de semana más largo de mi vida, pues todavía no ha terminado.
Los propios empresarios tuvieron que reconocer la razón de Guillermo: las críticas desfavorables no les quitaban público a las malas películas, y en cambio se lo llevaban a las buenas, que eran las más difíciles de promover. Con la misma pasión se empeñó en batallas mucho más bastas y peligrosas, sin detenerse jamás ante la certidumbre de que detrás de las causas más nobles siempre acecha la muerte.
Durante casi cuarenta años, a cualquier hora y desde cualquier parte, cada vez que ocurría algo en Colombia, mi reacción inmediata era llamar a Guillermo Cano por teléfono para que me contara la noticia exacta. Siempre, sin una sola falla, salía al teléfono la misma voz: “Hola, Gabo, qué hay de vainas”. Un mal día del diciembre pasado, María Jimena Duzán, me llevó a La Habana un mensaje suyo, con la solicitud de que escribiera algo especial para el centenario de El Espectador. Esa misma noche, en mi casa, el presidente Fidel Castro estaba haciéndome un relato absorbente en el curso de una fiesta de amigos, cuando oí, casi en secreto, la voz trémula de Mercedes: “Mataron a Guillermo Cano”. Había ocurrido quince minutos antes, y alguien se había precipitado al teléfono para darnos la noticia escueta. Apenas si tuve alientos para esperar, con los ojos nublados, el final de la frase de Fidel Castro. Lo único que se me ocurrió entonces, ofuscado por la conmoción, fue el mismo impulso instintivo de siempre: llamar por teléfono a Guillermo Cano para que me contara la noticia completa, y compartir con él la rabia y el dolor de su muerte.
El periódico El Tiempo denunció los encuentros el 4 de julio del mismo año, alebrestó a la opinión pública contra la posibilidad del acuerdo, y el presidente Betancourt se creyó obligado a dar marcha atrás, e inclusive a negar en público que tuviera algo que ver con el asunto. Pero lo peor fue que el gobierno no tuvo tampoco -ni antes, ni entonces, ni después- ninguna alternativa al diálogo, ni una acción judicial a fondo, ni una expedición punitiva, ni una política definidida para el narcotráfico. A seis años de distancia se ve con claridad que esa vez perdió el país una magnífica ocasión de ahorrarse gran parte de los horrores que ahora está padeciendo.
Jueces y magistrados, cuyos sueldos escuálidos les alcanzaban apenas para vivir pero no para educar a sus hijos, se encontraban con un dilema sin salida: o se vendían o los mataban. Lo admirable y desgarrador es que más de cuarenta, así como tantos periodistas y funcionarios, prefirieron la muerte.
Un observador sagaz de nuestras realidades a dicho que toda la sociedad colombiana está drogada. No por la adicción a la cocaína -que por cierto no es alarmante en Colombia- , sino una droga mucho más perversa: el dinero fácil. La industria, el comercio, la banca, la política, la prensa, los deportes, las ciencias y las artes, el Estado mismo, todos los organismos públicos y privados están enredados de algún modo -tal vez con pocas excepciones, quizás sin saberlo, y aun de buena fe- en una maraña de intereses creados que ya nadie puede deshacer. Es increíble: mil setecientos oficiales del ejército y la policía fueron procesados, sancionados o sustituidos en tres años por relaciones con el narcotráfico; veinticinco políticos profesionales figuran en una lista de beneficiarios de la droga publicada por los Estados Unidos, copias de las actas confidenciales del consejo de seguridad fueron halladas en el maletín de un traficante, las infidencias telefónicas de los altos funcionarios públicos son escuchadas donde no se debe, y en algunos allanamientos en residencias se han encontrado nombres de compatriotas insignes vinculados a negocios impuros. Es una hidra sigilosa pero incontenible que no se ve por ninguna parte y está en todas, y que todo lo infiltra y lo contagia hasta mucho más allá de nuestras fronteras. Tal vez el mismo gobierno ignora hasta qué punto estos ingresos desnaturalizados le han hecho el favor de aliviar las tensiones sociales.
Gracias por los comentarios.