Gabriel García Márquez.

El Gabo regresa a sus orígenes y escribe un reportaje-novela desgarrador en la que cuenta, con su muy particular estilo, el calvario de periodistas secuestrados por los Extraditables (en su mayoría narcotraficantes lidereados por el legendario Pablo Escobar) y que fueron realizados como forma de presión para que el gobierno colombiano no los extraditara hacia EU donde las penas y el control serían mayores. En estos tiempos en que la descomposición social de México está en un punto inadmisible, creo que sería lectura obligada para quienes tienen las riendas de la seguridad pública e incluso, para los mismos narcos. Calificación de 10.
Noticia de un secuestro.

Noticia de un secuestro.

A todos ellos lo dedico, y con ellos a todos los colombianos -inocentes y culpables- con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro.

Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera “mi amor”, y esa licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla.

El 18 de agosto de 1989, Luis Carlos Galán fue ametrallado en la plaza pública del municipio de Soacha a diez kilómetros del palacio presidencial y entre dieciocho guardaespaldas bien armados.

La noche del secuestro de Maruja y Beatriz la casa de Villamizar estaba a reventar. Llegaba gente de la política y del gobierno, y las familias de ambas secuestradas. Asenet Velásquez, marchante de arte y gran amiga de los Villamizar, que vivía en el piso de arriba, había asumido el cargo de anfitriona, y sólo faltaba la música para que fuera igual a cualquier noche de viernes. Es inevitable: en Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile.

Un amigo al que le habían preguntado por esos días cómo era Villamizar, lo había definido de una plumada: “Es un gran compañero de trago”. Villamizar lo había aceptado de buen corazón, como un mérito envidiable y poco común. Sin embargo, el mismo día del secuestro de su esposa había tomado conciencia de que era también un mérito peligroso en su situación, y decidió no volverse a tomar un trago en público mientras sus secuestradas no estuvieran libres. Como buen bebedor social sabía que el alcohol baja la guardia, suelta la lengua y altera de algún modo el sentido de la realidad. Es un riesgo para alguien que debe medir por milímetros cada uno de sus actos y palabras. De modo que el rigo que se impuso no fue una penitencia sino una medida de seguridad.

Azucena, a sus veintiocho años, era tranquila y romántica, y no lograba vivir sin el esposo después de cuatro años aprendiendo a vivir con él.

La condición común era el fatalismo absoluto. Sabían que iban a morir jóvenes, lo aceptaban, y sólo les importaba vivir el momento. Las disculpas que se daban a sí mismos por su oficio abominable era ayudar a su familia, comprar buena ropa, tener motocicletas, y velar por la felicidad de la madre, que adoraban por encima de todo y por la cual estaban dispuestos a morir. Vivían aferrados al mismo Divino Niño y la misma María Auxiliadora de sus secuestradas. Les rezaban a diario para implorar su protección y su misericordia, con una devoción pervertida, pues le ofrecían mandas y sacrificios para que los ayudaran en el éxito de sus crímenes. Después de su devoción por los santos, tenían la del Rohypnol, un tranquilizante que les permitía cometer en la vida real las proezas del cine. “Mezclado con una cerveza uno entra en onda en seguida -explicaba un guardían-. Entonces le prestan a uno un buen fierro y se roba un carro para pasear. El gusto es la cara de terror con que le entregan a uno las llaves”. Todo lo demás lo odiaban: los políticos, el gobierno, el Estado, la justicia, la policía, la sociedad entera. La vida, decían, era una mierda.

Pero el poder -como el amor- es de doble filo: se ejerce y se padece. Al tiempo que genera un estado de levitación pura, genera también su contrario: la búsqueda de una felicidad irresistible y fugitiva, sólo comparable a la búsqueda de un amor idealizado, que se ansía pero se teme, se persigue pero nunca se alcanza.

… ver aquel programa en el cautiverio era como estar muertos y ver la vida desde el otro mundo sin participar en ella y sin que los vivos lo supieran.

Juan Vitta le había dicho cuando lo liberaron que Orlando estaba tan cambiado por el cautiverio que costaba trabajo reconocerlo, pero nunca pensó que el cambio era hasta en la voz.

Nunca hizo pesebres ni árboles de navidad, ni repartió regalos ni tarjetas, y nada la deprimía tanto como las parrandas fúnebres de la Nochebuena en las que todo el mundo canta porque está triste y llora porque es feliz.

Veía televisión, oía radio, a veces leía la prensa, y con más interés que nunca, pero conocer las noticias sin tener con quien comentarlas era lo único peor que no saberlas.

… las grandes familias no tienen pleitos pequeños.

Las dudas entre sus fantasías y la realidad eran tan impresionantes, que Maruja sufrió una alucinación real, una noche en que abrió los ojos y vió al Monje a la luz de la veladora, acuclillado como siempre, y vio su máscara convertida en una calavera.

Beatriz, para no llorar, le repitió en serio el mensaje para su familia: “Si tiene oportunidad de ver a mi marido y a mis hijos, dígales que estoy bien y que los quiero mucho”. Pero Marina no era ya de este mundo.

Maruja y Beatriz no se habían enterado de las muertes. [...] antes eran ellas las únicas que la sabía viva, y ahora eran las únicas que no sabían que estaba muerta.

…tal vez lo menos brutal sería la verdad.

Tal vez lo más colombiano de la situación era la asombrosa capacidad de la gente de Medellín para acostumbrarse a todo, lo bueno y lo malo, con un poder de recuperación que quizá sea la fórmula más cruel de la temeridad.

… la vida se había encargado de enseñarles que la felicidad del amor no se hizo para dormirse en ella sino para joderse juntos.

Cuando un hombre se entrega a la ley, aunque fuera culpable, merece un profundo respeto.

Pues en aquella ciudad [Medellín], donde todo era posible, la noticia más secreta del mundo era ya de dominio público.

A las tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés policias vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron la casa y estaban forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió. “Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro”. Fueron sus últimas palabras.

Gabriel García Márquez.

En estos tiempos en que hace falta una buena dósis de dignidad, García Márquez bien puede hacerla sentir a través de esta novela. El coronel firme en sus creencias, espera con ansia la pensión con la que pueda vivir. Su único hijo fue asesinado en peleas de gallos y como herencia les dejó un gallo. El mejor gallo según los conocedores. Y el coronel, fiel a su costumbre y pese a la extrema pobreza, no lo vende. Prefiere seguir pasando penurias… pero con la frente en alto. Calificación de 9.0. De la película que se hizo… mejor no hablo. coronel

Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo.

El médico interrumpió la lectura de los periódicos. Miró al coronel. Después miró al administrador sentado frente a los instrumentos del telégrafo y después otra vez al coronel. -Nos vamos -dijo. El administrador no levantó la cabeza. -Nada para el coronel-dijo. El coronel se sintió avergonzado. -No esperaba nada – mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil-. Yo no tengo quién me escriba.

El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador. -¿Nada para el coronel? El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza: -El coronel no tiene quien le escriba.

Lo único que llega con seguridad es la muerte.

- La ilusión no se come -dijo ella. -No se come, pero alimenta- replicó el coronel.

Lo peor de la mala situación es que lo obliga a uno a decir mentiras.

Estoy cansada -dijo la mujer-. Los hombres no se dan cuenta de los problemas de la casa. varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla.

Ahí tienes a mi compadre Sabás con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo. -Pero se está muriendo de diabetes -dijo el coronel. -Y tú te estás muriendo de hambre -dijo la mujer-. Para que te convenzas que la dignidad no se come.

Un momento después apagó la lampara y se hundió a pensar en una oscuridad cuarteada por los relámpagos.

Ahora se me ha dado por saber quién es esa gente desconocida que uno se encuentra en los sueños. Conectó el ventilador eléctrico. La semana pasada se me apareció una mujer en la cabecera de la cama, dijo. Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto. -La casa fue construída hace apenas doce años -dijo el coronel. -Así es- dijo la mujer-. Eso quiere decir que hasta los muertos se equivocan.

No tienes el menor sentido de los negocios, dijo. Cuando se va a vender una cosa hay que poner la misma cara con que se va a comprar.

La mujer se desespere. Y mientras tanto qué comemos, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía. -Dime qué comemos. El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -Mierda.

Gabriel García Márquez

Miguel Littin, cineasta chileno, fue exiliado tras el golpe militar de Pinochet. En 1985, decide hacer una película en Chile, cuando aún la dictadura está en el poder. Para hacerlo, junto a sus cómplices de lucha y profesión, urde un plan para internarse en Chile, con una nueva personalidad y aceptando los riesgos inherentes. El Gabo, fiel a su estilo, recoge el testimonio del director y lo plasma en este libro, contándolo en primera persona. Obra que en lo personal yo no conocía pero que para no variar, me dejó atónito. Calificación de 10. Clandestino en Chile

Ahora, evocando aquella rara experiencia, [fingir un matrimonio] me pregunto si después de todo no éramos un matrimonio perfecto: apenas si podíamos soportarnos bajo un mismo techo.

Lo único que debía evitar era reírme, pues mi risa es tan característica que me habría delatado a pesar del disfraz. Tanto, que el responsable de mi cambio me advirtió con todo el dramatismo de que fue capaz: “Si te ríes te mueres”.

Te vi como alguien a quien había visto antes, pero que no sabía quién era.

.. asumí la condición extraña de exiliado dentro de mi propio país, que es la forma más amarga del exilio.

… tengo la superstición de que siempre me va mal si regreso a un sitio donde he corrido un riesgo.

Los hijos dan más problemas cuando están grandes.

Desde el taxi que nos llevaba hacia el centro de la ciudad, a través de una niebla densa y helada, vimos la cruz solitaria en el atrio de la Catedral, y el ramo de flores perpetuas mantenidas por manos anónimas. Sebastián Acevedo, un humilde minero del carbón, se había prendido fuego en ese sitio, dos años antes, después de intentar sin resultados que alguien intercediera para que la Central Nacional de Información (CNI) no siguiera torturando a su hijo de veintidós años y a su hija de veinte, detenidos por porte ilegal de armas. Sebastián Acevedo no hizo una súplica sino una advertencia. Como el arzobispo estaba de viaje, habló con los funcionarios del arzobispado, habló con los periodistas de mayor audiencia, habló con los líderes de los partidos políticos, habló con dirigentes de la industria y el comercio,habló con todo el que quiso oírlo, inclusive con funcionarios del gobierno, y a todos les dijo lo mismo: “Si no hacen algo por impedir que sigan torturando a mis hijos, me empaparé de gasolina y me prenderé fuego en el atrio de la Catedral”. Algunos no le creyeron. Otros no supieron qué hacer. En el día señalado, Sebastián Acevedo se plantó en el atrio, se echó encima un cubo de gasolina, y advirtió a la muchedumbre concentrada en la calle que si pasaban de la raya amarilla se prendería fuego. No valieron los ruegos, no valieron órdenes, no valieron amenazas. Tratando de impedir la inmolación, un carabinero pasó la raya, y Sebastián Acevedo se convirtió en una hoguera humana. Vivió todavía siete horas, lúcido y sin dolor. La conmoción pública fue tan radical, que la policía se vio forzada a permitir que su hija lo visitara en el hospital antes de morir. Pero los médicos no quisieron que lo viera en su estado de horror, y sólo le permitieron hablar por el citófono. “¿Cómo sé yo que tú eres Candelaria?”, preguntó Sebastián Acevedo al oír la voz. Ella le dijo entonces el diminutivo cariñoso con que él la llamaba cuando era niña. Los dos hermanos fueron sacados de las cámaras de tortura, tal como el padre mártir lo había exigido con su vida, y puestos a disposición de los tribunales ordinarios. Desde entonces, los habitantes de Concepción tienen también un nombre secreto para el lugar del sacrificio: Plaza Sebastián Acevedo.

… Allende fue tantas veces candidato a lo largo de su vida, que antes de ser elegido se complacía en decir que su epitafio sería: Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile. Lo había sido cuatro veces hasta que lo eligieron, pero antes había sido diputado y senador, y siguió siéndolo en elecciones sucesivas [...] Al contrario de tantos políticos que sólo han sido vistos en la prensa o en la televisión, o escuchados por la radio, Allende hacía política dentro de las casas, de casa en casa, en contacto directo y cálido con la gente, como lo que era en realidad: un médico de familia. [...] Siendo ya presidente, un hombre desfiló frente a él en una manifestación llevando una pancarta insólita: “Este es un gobierno de mierda, pero es mi gobierno”; Allende se levantó, lo aplaudió, y descendió para estrecharle la mano.

… lo que perdura en la memoria de las poblaciones no es tanto su imagen [de Allende], como la grandeza de su pensamiento humanista. “No nos importa la casa ni la comida, sino que nos devuelvan la dignidad”, decían. Y concretaban: -Lo único que queremos es lo que nos quitaron: voz y voto.

Llegan de todo el mundo [a la casa de Neruda], a pintar corazones con iniciales y a escribir mensajes de amor en la cerca que impide la entrada[...]. Si alguien tuviera la paciencia de hacerlo, podrían reconstruirse poemas completos de Neruda poniendo en orden los versos sueltos que los enamorados han escrito de memoria en las tablas de la cerca. Lo más impresionante de nuestra visita, sin embargo, era que cada diez o quince minutos aquellos letreros parecían cobrar vida con los temblores profundos que sacudían la tierra. La valla quería salirse del suelo, las maderas crujían en los goznes y se oían tintineos de copas y metales como en un balandro a la deriva, y uno tenía la impresión de que era el mundo entero el que se estremecía con tanto amor sembrado en el jardín de la casa.

Así caí en la angustia tantálica de los presos que cavan un túnel para escapar, y no saben dónde esconder la tierra.

Me sentía tan ligado a ellas [a las cajetillas de cigarros], que resolví guardarlas por el resto de mi vida, como una reliquia de tantas experiencias duras que la memoria pondría a hervir a fuego lento en las cocinas de la nostalgia.

De pronto, varios niños se sentaron a mi lado, y me dijeron: -Sáquese una foto con el futuro del país.

A los setenta y dos años descubría que su verdadera vocación había sido la lucha armada, la conspiración, la embriaguez de la acción intrépida. -Para morirme en una cama con los riñones podridos -dijo- prefiero que me cosan a plomo en un combate callejero con los milicos.

Pensé que era el fin, y alcancé a imaginarlo como algo que hasta entonces sólo les podía suceder a otros, pero que ahora me había sucedido a mí sin remedio.

…tomé conciencia de que las seis semanas que dejaba detrás no eran las más heroicas de mi vida, como lo pretendía al llegar, sino algo más importante: las más dignas.

Gabriel García Márquez.

Es la novela con la que me nació el gusto por la lectura y sin duda la mejor que he leido. No recuerdo ni cuándo fue la primera vez que la leí, pero con ésta ya va mas o menos para la quinta o sexta vez. De ella puedo decir todo. Tiene pasajes fantásticos e increíbles; aparecen personajes de otras de sus novelas (El coronel y la abuela desalmada), contiene dosis de guerra civil, matanzas e injusticias. Amor y desamor. Tendría que transcribirla toda para poner lo que más me gusta. En fin que no tiene comparación. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que tenía que leer todo lo que escribiera el Gabo… y ahí la llevo. El lanzamiento de ésta edición de la Asociación de Academías de la Lengua como celebración de los cuarenta años de haber sido lanzada por primera vez, coincidió con la lectura para este blog y me llevé un agradable sorpresa ya que además de la novela, la edición contiene comentarios de famosos escritores que ayudan a una mejor comprensión de la misma; pero lo mejor, contiene un glosario con las palabras que luego uno no entiende, y así ya no tiene uno que cargar con el diccionario a cuestas.
En alguna de las lecturas que anteriormente había realizado, se me ocurrió la idea de hacer un árbol genealógico de la familia Buendía para no perderme ya que entre tanto José Arcadio y Aureliano, llegaba un momento en que no sabía quién era hijo de quién. Pero oh! sorpresa, esta edición, ya lo tiene! En fin, calificación de 1000. Es difícil pero van algunos párrafos interesantes.
Cien años de soledad

Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.

Pero la tribu de Melquiades, segun contaron los trotamundos, había sido borrada de la faz de la tierra por haber sobrepasado los límites del conocimiento humano.

En ese estado de alucinada lucidez no solo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros.

¿Qué día es hoy? Aureliano le contestó que era martes. “Eso mismo pensaba yo”, dijo José Arcadio Buendía. “Pero de probto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira la begonias. También hoy es lunes”… Al día siguiente, miércoles, Jose Arcadio Buendía volvió al taller. “Esto es un desastre -dijo. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes”.

Si hay que ser algo, sería liberal -dijo- porque los conservadores son unos tramposos.

“Prepara los muchachos”, dijo “Nos vamos a la guerra”. Gerineldo Márquez no lo creyó. -¿Con qué armas? -preguntó. -Con las de ellos -contestó Aureliano.

… tenía la rara virtud de no existir por completo sino en el momento oportuno.

“¡Ah carajo!” -alcanzó a pensar-, se me olvidó decir que si nacía mujer le pusieran Remedios”. Entonces, acumulado en un zarpazo desgarrador, volvió a sentir todo el terror que le atormentó en la vida.

Esta mañana cuando me trajeron, tuve la impresión de que ya había pasado por todo esto.

Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes desparejos, descendió esalinatas y subió pretiles, paso de largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, voleó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, paso por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan. -Ave María Purísima- gritó Úrsula. Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias donde Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y tres son nueve, y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la Calle de los Turcos, sin recordar que todavía llevaba puestos el delantal de hornear y las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó con el olor a pólvora quemada, y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las polainas que se acababa de quitar, y vió el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado de fluir de su oído derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver.

Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la parede del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro extremo exactamente igual, hasta el infinito.

Desde muy niño tenía la costumbre de abandonar la hamaca para amanecer en la cama de Amaranta, cuyo contacto tenía la virtud de disipar el miedo a la oscuridad.

Aunque aparentaron ignorar lo que ambos sabían, y lo que cada uno sabía que el otro sabía, desde aquella noche qudaron mancornados por una complicidad inviolable.

Todos son iguales, se lamentaba Úrsula. Al principio se crían muy bien, son obedientes y formales y parecen incapaces de matar una mosca, y apenas les sale barba se tiran a la perdición.

Ustedes han tomado muy en serio este juego espantoso, y han hecho bien, porque están cumpliendo con su deber, dijo a los miembros del tribunal. Pero no olviden que mientras Dios nos dé vida, seguiremos siendo madres, y por muy revolucionarios que sean tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles una cueriza a la primera falta de respeto.

La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón.

El mejor amigo [...] es el que acaba de morir.

Había tenido que promover treinta y dos guerras, y había tenido que violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad.

Ya ven que yo rechacé mi pensión para evitarme la tortura de estarla esperando hasta la muerte.

La buscó sin piedad. Con la temeridad atroz con que José Arcadio Buendía atravesó la sierra para fundar Macondo, con el orgullo ciego con que el coronel Aurealiano Buendia promovió sus guerras inútiles, con la tenacidad insensata con la que Úrsula aseguró la supervivencia de la estirpe, así buscó Aureliano Segundo a Fernanda, sin un solo instante de desaliento.

… la soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos.

… optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con su propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios.

Hay que hacer de todo -insistía- porque nunca se sabe que quieren comer los forasteros.

Nosotros venimos -dijeron- porque todo el mundo viene.

… la búsqueda de las cosas perdidas está entorpecida por los hábitos rutinarios, y es por eso que cuesta trabajo encontrarlas.

Se hubiera dicho que bordaba durante el día y desbordaba en la noche, y no con la esperanza de derrotar de esa forma la soledad, sino todo lo contrario, para sustentarla.

En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz. Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales.

Eran más de tres mil – fue todo cuanto dijo José Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estación.

La atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos.

Pero hasta esos recuerdos locos de su juventud estrafalaria lo dejaban impávido, como si en la última parranda hubiera agotado sus cuotas de salacidad, y sólo le hubiera quedado el premio maravilloso de poder evocarlas sin amargura ni arrepentimientos.

No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente….

… se obstinaban en lo que después de todo habia quedado establecido en expediente judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido nunca.

… había renunciado a la perniciosa costumbre de llevar las cuentas de su edad, y continuaba viviendo en el tiempo estático y marginal de los recuerdos, en un futuro perfectamente revelado y establecido, mas allá de los futuros perturbados por las acechanzas y las suposiciones insidiosas de las barajas.

Ella lo dejó terminar, rascándole la cabeza con la yema de los dedos, y sin que el le hubiera revelado que estaba llorando de amor, ella reconoció de inmediato el llanto más antiguo de la historia del hombre. -Bueno niñito -lo consoló-: ahora dime quién es.

El mundo habrá acabado de joderse [...] el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga.

…en cualquier lugar que estuviera recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

… y entonces aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte…

…y en aquel relámpago de lucidez tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso abrumador de tanto pasado.

Gabriel García Márquez.

Otra recopilación de cuentos bastante aceptable y en casi todos ellos aparece como referente el mar. A mi me gustaron principalmente: El último viaje del buque fantasma, me hizo recordar que a veces los sueños son más vivos que la misma realidad; El ahogado más hermoso del mundo, a fin de cuentas, todos somos Esteban y Blacamán el bueno, vendedor de milagros, por su oratoria de merolico.
Calificación de 9.0
Candida Erendira

Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.

Quiero morirme en la seguridad de que me pondrán bajo tierra, como a la gente decente – prosigió ella-. Y la única manera de saberlo es yéndome a otra parte a rogar la caridad de que me entierren viva.

A mi edad -dijo la mujer- se tiene tanto tiempo para pensar, que uno termina por volverse adivino.

…hacía toda clase de cosas porque nunca tenía nada que hacer y además tenía una caja de herramientas y unas manos inteligentes

Cada disco les recordaba a alguien que había muerto, el sabor que tenían los alimentos después de un larga enfermedad, o algo que debían hacer al día siguiente, muchos años antes, y que nunca hicieron por olvido.

Sus recuerdos eran tan antiguos, que no existían discos suficientemente viejos para removerlos.

…y se asombró de que los ricos con hambre se parecieran tanto a los pobres.

Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba.

Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morirse cuando encontró a la mujer de su vida.

Olvídate de la llave -dijo- y duérmete un rato conmigo. Es bueno estar con alguien cuando uno está solo.

…y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía nada más que estar vivo porque todo lo demás no valía la pena…

…porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del faro…..

…ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

Te ves horrorosa -admitió- pero así es mejor: los hombres son muy brutos en asunto de mujeres.

La abuela comprendió que a un hombre que vivía de las esperanzas ajenas le sobraba tiempo para regatear.

-Doscientos cincuentra y cuatro piezas -le dijo- a cincuenta centavos cada una, mas treinta y dos en domingos y días feriados, a sesenta centavos cada una, son ciento cincuenta y seis con veinte.
El músico no recibió el dinero.
-Son ciento ochenta y dos con cuarenta -dijo-. Los valses son más caros.
-¿Y eso por qué?
-Porque son más tristes -dijo el músico.
La abuela lo obligó a que cogiera el dinero.
-Pues esta semana nos tocas dos piezas alegres por cada vals que te debo, y quedamos en paz.

-Y duerme despacio para que no te canses, que mañana es jueves, el día más largo de la semana.

Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó.

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