Gabriel García Márquez.
| El Gabo regresa a sus orígenes y escribe un reportaje-novela desgarrador en la que cuenta, con su muy particular estilo, el calvario de periodistas secuestrados por los Extraditables (en su mayoría narcotraficantes lidereados por el legendario Pablo Escobar) y que fueron realizados como forma de presión para que el gobierno colombiano no los extraditara hacia EU donde las penas y el control serían mayores. En estos tiempos en que la descomposición social de México está en un punto inadmisible, creo que sería lectura obligada para quienes tienen las riendas de la seguridad pública e incluso, para los mismos narcos. Calificación de 10. | ![]() Noticia de un secuestro. |
A todos ellos lo dedico, y con ellos a todos los colombianos -inocentes y culpables- con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro.
Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera “mi amor”, y esa licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla.
El 18 de agosto de 1989, Luis Carlos Galán fue ametrallado en la plaza pública del municipio de Soacha a diez kilómetros del palacio presidencial y entre dieciocho guardaespaldas bien armados.
La noche del secuestro de Maruja y Beatriz la casa de Villamizar estaba a reventar. Llegaba gente de la política y del gobierno, y las familias de ambas secuestradas. Asenet Velásquez, marchante de arte y gran amiga de los Villamizar, que vivía en el piso de arriba, había asumido el cargo de anfitriona, y sólo faltaba la música para que fuera igual a cualquier noche de viernes. Es inevitable: en Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile.
Un amigo al que le habían preguntado por esos días cómo era Villamizar, lo había definido de una plumada: “Es un gran compañero de trago”. Villamizar lo había aceptado de buen corazón, como un mérito envidiable y poco común. Sin embargo, el mismo día del secuestro de su esposa había tomado conciencia de que era también un mérito peligroso en su situación, y decidió no volverse a tomar un trago en público mientras sus secuestradas no estuvieran libres. Como buen bebedor social sabía que el alcohol baja la guardia, suelta la lengua y altera de algún modo el sentido de la realidad. Es un riesgo para alguien que debe medir por milímetros cada uno de sus actos y palabras. De modo que el rigo que se impuso no fue una penitencia sino una medida de seguridad.
Azucena, a sus veintiocho años, era tranquila y romántica, y no lograba vivir sin el esposo después de cuatro años aprendiendo a vivir con él.
La condición común era el fatalismo absoluto. Sabían que iban a morir jóvenes, lo aceptaban, y sólo les importaba vivir el momento. Las disculpas que se daban a sí mismos por su oficio abominable era ayudar a su familia, comprar buena ropa, tener motocicletas, y velar por la felicidad de la madre, que adoraban por encima de todo y por la cual estaban dispuestos a morir. Vivían aferrados al mismo Divino Niño y la misma María Auxiliadora de sus secuestradas. Les rezaban a diario para implorar su protección y su misericordia, con una devoción pervertida, pues le ofrecían mandas y sacrificios para que los ayudaran en el éxito de sus crímenes. Después de su devoción por los santos, tenían la del Rohypnol, un tranquilizante que les permitía cometer en la vida real las proezas del cine. “Mezclado con una cerveza uno entra en onda en seguida -explicaba un guardían-. Entonces le prestan a uno un buen fierro y se roba un carro para pasear. El gusto es la cara de terror con que le entregan a uno las llaves”. Todo lo demás lo odiaban: los políticos, el gobierno, el Estado, la justicia, la policía, la sociedad entera. La vida, decían, era una mierda.
Pero el poder -como el amor- es de doble filo: se ejerce y se padece. Al tiempo que genera un estado de levitación pura, genera también su contrario: la búsqueda de una felicidad irresistible y fugitiva, sólo comparable a la búsqueda de un amor idealizado, que se ansía pero se teme, se persigue pero nunca se alcanza.
… ver aquel programa en el cautiverio era como estar muertos y ver la vida desde el otro mundo sin participar en ella y sin que los vivos lo supieran.
Juan Vitta le había dicho cuando lo liberaron que Orlando estaba tan cambiado por el cautiverio que costaba trabajo reconocerlo, pero nunca pensó que el cambio era hasta en la voz.
Nunca hizo pesebres ni árboles de navidad, ni repartió regalos ni tarjetas, y nada la deprimía tanto como las parrandas fúnebres de la Nochebuena en las que todo el mundo canta porque está triste y llora porque es feliz.
Veía televisión, oía radio, a veces leía la prensa, y con más interés que nunca, pero conocer las noticias sin tener con quien comentarlas era lo único peor que no saberlas.
… las grandes familias no tienen pleitos pequeños.
Las dudas entre sus fantasías y la realidad eran tan impresionantes, que Maruja sufrió una alucinación real, una noche en que abrió los ojos y vió al Monje a la luz de la veladora, acuclillado como siempre, y vio su máscara convertida en una calavera.
Beatriz, para no llorar, le repitió en serio el mensaje para su familia: “Si tiene oportunidad de ver a mi marido y a mis hijos, dígales que estoy bien y que los quiero mucho”. Pero Marina no era ya de este mundo.
Maruja y Beatriz no se habían enterado de las muertes. [...] antes eran ellas las únicas que la sabía viva, y ahora eran las únicas que no sabían que estaba muerta.
…tal vez lo menos brutal sería la verdad.
Tal vez lo más colombiano de la situación era la asombrosa capacidad de la gente de Medellín para acostumbrarse a todo, lo bueno y lo malo, con un poder de recuperación que quizá sea la fórmula más cruel de la temeridad.
… la vida se había encargado de enseñarles que la felicidad del amor no se hizo para dormirse en ella sino para joderse juntos.
Cuando un hombre se entrega a la ley, aunque fuera culpable, merece un profundo respeto.
Pues en aquella ciudad [Medellín], donde todo era posible, la noticia más secreta del mundo era ya de dominio público.
A las tres y cuarto de la tarde, un grupo especial nada ostensible de veintitrés policias vestidos de civil acordonaron el sector, se tomaron la casa y estaban forzando la puerta del segundo piso. Escobar lo sintió. “Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro”. Fueron sus últimas palabras.




