Días y Noches de Amor y de Guerra.

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Eduardo Galeano.

Como un diario fechado de Julio de 1975 a julio de 1977, refleja una serie de infamias, noticias buenas, malas, recuerdos, dolor, alegrías y tristezas, teniendo al Sistema como constante, ya sea de gobierno, de vida o de muerte. Galeano escribe desde el exilio y respecto a la dictadura; no podría ser de otra forma. Calificación de 9.0
Dia y Noches de Amor y de Guerra

Dia y Noches de Amor y de Guerra

Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor.

Cuando me separé de Graciela, dejé la casa de Montevideo intacta. Allí quedaron los caracoles cubanos y las espadas chinas, los tapices de Guatemala, los discos y los libros y todo lo demás. Llevarme algo hubiera sido una estafa. Todo eso era de ella, tiempo compartido, tiempo que agradezco.

La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado.

Cuando hay petróleo de por medio, escribe Villar, las muertes accidentales no existen.

Aquél había sido oficialmente declarado “el año de la paz” en Guatemala. Pero ya nadie pescaba en la zona de Gualán, porque las redes atrapaban cuerpos humanos.

El poder -dicen- es como un violín. Se toma con la izquierda y se toca con la derecha.

Una noche, los muchachos me contaron cómo Castillo Armas se había sacado de encima a un lugarteniente peligroso. Para que no le robara el poder o las mujeres, Castillo Armas lo mandó en misión secreta a Managua. Llevaba un sobre lacrado para el dictador Somoza. Somoza lo recibió en el palacio. Abrió el sobre, lo leyó delante de él, le dijo: -Se hará como pide su presidente. Lo convidó con tragos. Al final de una charla agradable, lo acompañó hasta la salida. De pronto, el enviado de Castillo Armas se encontró solo y con la puerta cerrada a sus espaldas. El pelotón, ya formado, lo esperaba rodilla en tierra. Todos los soldados dispararon a la vez.

Escondido en un almacén de los suburbios, yo esperaba al hombre más buscado por la policía militar guatemalteca. Se llamaba Ruano Pinzón, y él también era, o había sido, policía militar. -Mira ese muro. Salta. ¿Podes? Torcí el pescuezo. La pared de la trastienda no terminaba nunca. -No -dije. -Pero si vienen ellos, ¿vas a saltar? Otra que saltar. Si venían ellos, iba a volar. El pánico convierte a cualquiera en campeón olímpico.

Los dueños del poder, como en toda América Latina, ponen sus fortunas a buen recaudo en Zurich o New York. Allá el dinero pega un salto de circo y vuelve al país mágicamente convertido en carísimos empréstitos internacionales.

Una noche llegué muy tarde y me acosté sin hacer ruido ni encender la luz. Pacha no estaba en la cama. La busqué en el baño y en el cuarto donde dormía el hijo. No estaba. Encontré cerrada la puerta del comedor. Fui a abrirla y me di cuenta: al otro lado estaban las cobijas en el suelo. A la mañana siguiente la esperé en la cocina, para matear como siempre. Pacha no hizo ningún comentario. Yo tampoco. Charlamos algo, las cosas de siempre, lo lindo o lo feo que está el tiempo y lo brava que viene la mano política o dame que doy vuelta la yerba para que no se lave. Y cuando llegué, de noche, encontré vacía la cama. Otra vez la puerta del comedor estaba cerrada. Puse la oreja y me pareció que le oía la respiración. De mañana, temprano, nos sentamos en la cocina a tomar mate. Ella no dijo nada y yo no pregunté. A las ocho y media llegaron los alumnos de ella, como todos los días. Y así durante una semana: la cama sin ella, la puerta cerrada. Hasta que una mañanita, cuando me alcanzó el último mate, le dije: “Mira, Pacha. Yo sé que es muy incómodo dormir en el piso. Así que esta noche venite a la cama, nomás, que yo no voy a estar”. Y no volví nunca.

Caminamos por las ramblas de Barcelona, frescos túneles del verano, y nos acercamos a un quiosco de venta de pajaritos. Hay jaulas de muchos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos. Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.

Hoy me entero de que todos los meses, el día que sale la revista, un grupo de hombres atraviesa el río Uruguay para leerla. Son una veintena. Encabeza el grupo un profesor de sesenta y pico de años que estuvo largo tiempo preso. Por la mañana salen de Paysandú y cruzan a tierra argentina. Compran, entre todos, un ejemplar de Crisis y ocupan un café. Uno de ellos lee en voz alta, página por página, para todos. Escuchan y discuten. La lectura dura todo el día. Cuando termina, dejan la revista, de regalo al dueño del café y se vuelven a mi país, donde está prohibida. -Aunque sólo fuera por eso -pienso- valdría la pena.

Y recién ahora, una noche de éstas, me di cuenta de que llamarme Eduardo Galeano fue, desde fines de 1959, una manera de decir: soy otro, soy un recién nacido, he nacido de nuevo.

Mi cabeza era una llaga viva cuando llegué al hospital. La fiebre la escarbaba con puñales, le prendía fuego. Por entre los labios partidos me salían quejas y disparates. Sentía que me moría y no esperaba que nadie apareciera en medio del delirio y abriera sus brazos para salvarme de los hervores y las cuchilladas de la fiebre: el dolor era tanto que no cabía en mí nadie más que el dolor, y simplemente me quería morir porque la muerte dolía menos.

Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo. Había sido muchas personas, yo. ¿Cuántas cédulas de identidad tenía?

El cuerpo se me había levantado en huelga: yo le daba órdenes y él no se movía. “Compañero cuerpo -le pedí-, usted no me puede fallar.”

Éste ha sido el insólito caso [Del Che Guevara] de alguien que abandona una revolución ya hecha por él y un puñado de locos, para lanzarse a empezar otra. No vivió para el triunfo, sino para la pelea, la siempre necesaria pelea por la dignidad humana.

La razón la tienen unos, pero las cosas las tienen otros.

Yo me he equivocado mucho, pero creo que…

-Ustedes arman mucho lío, pero son diez. -Somos diez. Por ahora somos diez -dijo el paraguayo, que habla muy lento-. Pero cuando seamos once…

Ella sonrió, triste, y entonces me acerqué y le vi los primeros signos de la muerte en la cara. Se le había afilado la nariz y la piel estaba un poco apretada contra las encías. La mirada, sin brillo, se perdía en el vacío; algún destello fugaz le atravesaba las pupilas cuando espantaba con la mano enemigos o nubes o moscas. La besé. Los labios estaban fríos.

Una vez me había contado un sueño que la perseguía desde chica. El subte se salía de las vías y avanzaba, aplastando gente, por la plataforma. Ella estaba allí y el subte se le venía encima. Conseguía eludirlo, corriendo, y subía las escaleras a los saltos. Salía al aire libre, feliz de haberse salvado. Entonces se daba cuenta, de golpe, de que se había dejado alguna cosa olvidada allá abajo. Era preciso volver bajo tierra.

“Con Frei, los niños pobres tendrán zapatos”. Alguien había garabateado, abajo: “Con Allende, no habrá niños pobres”.

Faltaba de todo: leche, verdura, repuestos, cigarrillos; y sin embargo, a pesar de las colas y la bronca, ochocientos mil trabajadores desfilaron por las calles de Santiago, una semana antes de la caída, para que nadie creyera que el gobierno estaba solo. Esa multitud tenía las manos vacías.

Me habló del Brasil, me dijo que una república volkswagen no es esencialmente distinta de una república bananera, y en pocos minutos me hizo un análisis completo de la crisis estructural argentina y me explicó las causas de la tragedia de Chile y me dijo qué era lo que se podía hacer en Uruguay.

A los cuarenta se puede ser santo o crápula. Pero puro.

Dentro de veinte años -dice- yo voy a contarle las cosas de ahora. Le hablaré de los amigos muertos y presos y de lo dura que era la vida en nuestros países, y quiero que él me mire a los ojos y no me crea y me diga que miento. La única prueba será que él estuvo aquí, pero ya no recordará nada de todo esto. Yo quiero que él no pueda creer que todo esto fue posible alguna vez.

Los barcos zarpan repletos de muchachos que huyen de la prisión, la fosa del hambre. Estar vivo es un peligro; pensar, un pecado; comer, un milagro. Pero, ¿cuántos son los desterrados dentro de las fronteras del propio país? ¿Qué estadística registra a los condenados a la resignación y al silencio? El crimen de la esperanza, ¿no es peor que el crimen de las personas? La dictadura es una costumbre de la infamia: una máquina que te hace sordo y mudo, incapaz de escuchar, impotente de decir y ciego de lo que está prohibido mirar. El primer muerto por torturas desencadenó, en el Brasil, en 1964, un escándalo nacional. El muerto por torturas número diez apenas si apareció en los diarios. El número cincuenta fue aceptado como “normal”. La máquina enseña a aceptar el horror, como se acepta el frío en invierno.

Como el pan a la boca -supo escribir a una mujer-, como el agua a la tierra, ojalá yo te sirva para algo.

Lo peor era que él no podía recordar cuál había sido la última vez que se habían visto, ni qué se habían dicho, ni nada.

A los uruguayos que canten con cierto énfasis, en una ceremonia pública, la estrofa del himno nacional que dice: ¡Tiranos temblad!, se les aplica la ley que condena “el ataque a la moral de las Fuerzas Armadas”: dieciocho meses aséis años de prisión. Por garabatear en un muro Viva la libertad o arrojar un volante en la calle, un hombre ha de pasar en la cárcel, si sobrevive a la tortura, buena parte de su vida. Si no sobrevive, el certificado de defunción dirá que pretendió huir, dando un traspié y precipitándose al vacío, o que se ahorcó, o que ha fallecido víctima de un ataque de asma. No habrá autopsia. Se inaugura una cárcel por mes. Es lo que los economistas llaman Plan de Desarrollo. Pero, ¿y las jaulas invisibles? ¿En qué informe oficial o denuncia de oposición figuran, los presos del miedo? Miedo a perder el trabajo, miedo a no encontrarlo, miedo de hablar, miedo de escuchar, miedo de leer. En el país del silencio, se puede terminar en un campo de concentración por culpa del brillo de la mirada. No es necesario echar a un funcionario: alcanza con hacerle saber que puede ser destituido sin sumario y que nadie le dará nunca empleo. La censura triunfa de verdad cuando cada ciudadano se convierte en el implacable censor de sus propios actos y palabras. La dictadura convierte en cárceles los cuarteles y las comisarías, los vagones abandonados, los barcos en desuso. ¿No convierte también en cárcel la casa de cada uno?

Se exige a los estudiantes que denuncien a sus compañeros, se exhorta a los niños a denunciar a sus maestros. En la Argentina, la televisión pregunta: “¿Sabe usted lo que está haciendo su hijo en este momento?” ¿Por qué no figura en la crónica roja el asesinato del alma por envenenamiento?

En este país todo gira ahora en torno del petróleo. La época del banano ha llegado a su fin; se promete que en diez años Ecuador tendrá una renta como la de Venezuela. Este país pobrísimo se asoma al delirio de los millones y se marea, le viene el vértigo: antes que las escuelas, los hospitales y las fábricas, llega la televisión en colores. Pronto habrá máquinas enceradoras en casas de piso de tierra y heladeras eléctricas en pueblitos alumbrados a farol de querosén. Seis mil estudiantes de filosofía y letras, apenas dos estudiantes de tecnología del petróleo: en la Universidad, toda ilusión está permitida, pero la realidad no es posible. El país se incorpora súbitamente a la civilización, o sea: a un mundo donde se fabrican en escala industrial los sabores, los colores, los olores y también la moral y las ideas, y donde la palabra Libertad es el nombre de una cárcel, como en Uruguay, o donde una cámara subterránea de torturas se llama, como en Chile, Colonia Dignidad.

Margarita no fue a Cañar para enseñar teatro, sino para aprender y ayudar. Pasaron los meses. Margarita sufría el frío y las lejanías. El jefe de la comunidad, que se llama Quindi, le puso una mano en el hombro: -Margara -le dijo-. Vos estás muy triste. Y si es así, mejor te vas. Para penas, basta con las nuestras.

Los presos de la necesidad, ¿cuántos son? ¿Es libre un hombre condenado a vivir persiguiendo el laburo y la comida?

Hay feos que al menos pueden decir: “Yo soy feo, pero simétrico”.

A Guimaráes Rosa, una gitana le había advertido: “Vas a morir cuando realices tu mayor ambición”. Cosa rara: con tantos dioses y demonios que este hombre contenía, era un caballero de lo más formal. Su mayor ambición consistía en que lo nombraran miembro de la Academia Brasileira de Letras. Cuando lo designaron, inventó excusas para postergar el ingreso. Inventó excusas durante años: la salud, el tiempo, un viaje… Hasta que decidió que había llegado la hora. Se realizó la solemne ceremonia y, en su discurso, Guimaráes Rosa dijo: “Las personas no mueren. Quedan encantadas”. Tres días después, un mediodía de domingo, su mujer lo encontró muerto cuando volvió de misa.

Juan Rulfo dijo lo que tenía que decir en pocas páginas, puro hueso y carne sin grasa, y después guardó silencio. En 1974, en Buenos Aires, Rulfo me dijo que no tenía tiempo para escribir como quería, por el mucho trabajo que le daba su empleo en la administración pública. Para tener tiempo necesitaba una licencia y la licencia había que pedírsela a los médicos. Y uno no puede, me explicó Rulfo, ir al médico y decirle: “Me siento muy triste”, porque por esas cosas no dan licencia los médicos.

Pero ahora no me llamaba para eso. Esta vez me llamaba para contarme que estaba enamorada. Me dijo que por fin había encontrado lo que había estado buscando sin saber qué buscaba y que necesitaba decírselo a alguien y que disculpara la molestia y que ella había descubierto que se podían compartir las cosas de más adentro y quería contártelo porque es una buena noticia, ¿no?, y no tengo a quién decírsela y pensé…

Hace cinco años, en la canchita de Villa Lugano, Vicente Zito Lema dijo un discurso. Era el último día de la huelga de hambre por los presos políticos. Vicente se alzó en la tribuna y más allá de la multitud vio a Claudia y a sus hijas jugando en el prado con las vacas y los perros, y entonces se olvidó de las consignas políticas y se lanzó a hablar del amor y la belleza. Desde abajo le tiraban del saco, pero no había manera de pararlo.

La sabiduría le viene de los tiempos de estudiante, cuando él correteaba las pizzerías de Buenos Aires vendiendo la muzzarella podrida que fabricaba un amigo. Las pizzerías buenas son las que no le compraban.
-¿Sabes cuál fue el día más feliz de mi vida? -me dijo Vicente-. El día que conseguí juntarlos, en Tribunales. Llevaban dos años presos y sin verse. Los iban cambiando de cárcel y siempre les tocaban cárceles distintas. Cuando a él lo mandaban al norte, ella venía al sur. Cuando ella iba a parar a la provincia, a él lo metían en Devoto. Por fin conseguí juntarlos, con el pretexto de un careo. Yo nunca vi a nadie besarse así.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería. Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla. Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.

Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.

¿Usted sabe con quién está hablando en estos momentos de la actualidad presente?”

Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, libertad de precios, libertad de cambios: cuanto más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperidad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quiénes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?

-Señor Achával -dijo el caballero-, le agradezco la explicación. Como le dije antes, yo he traído mi novela a esta editorial porque sé que se va a publicar aquí. Acha lo miró. Tragó saliva. Encendió un cigarrillo. Y suavemente preguntó: -¿Y se puede saber quién le dijo que se va a publicar aquí? -Me lo dijo Dios -respondió el caballero. -¿Quién? -Dios. Se me apareció hace tres días y me dijo: “Llévala nomás, que se publica”. Nunca Achával había recibido un escritor tan bien recomendado.

Hablamos de la revista. Esta semana la censura rechazó un trabajo de Santiago Kovadloff. Era un artículo contra las drogas, una denuncia de las drogas como máscaras del miedo. Sostenía que las drogas generan jóvenes conservadores. La censura resolvió quedarse con el original. Le avisé por teléfono. Cuando colgó, Dieguito, el hijo, le vio cara de preocupado. Qué te pasa, preguntó, y Santiago contestó: -No nos dejan hablar. No nos dejan decir nada. Y Dieguito le dijo: -A mí con la maestra me pasa lo mismo.

De la gente nuestra, el que no está preso o muerto, duerme en cama ajena y con un solo ojo.

Más vale avanzar y morir que detenerse y morir.

En 1918, llegó a la región un cargamento de zapatos. La Sociedad de Damas de Beneficencia había enviado zapatos desde los Estados Unidos. Vinieron los hambrientos de todas las aldeas y disputaron los zapatos a dentelladas. Veían zapatos por primera vez. Nunca nadie había usado zapatos en aquellas comarcas. Los más fuertes se marchaban bailando de alegría con la caja de zapatos nuevos bajo el brazo. El padre de Raimundo llegó a su casa, se desató los trapos que le envolvían los pies, abrió la caja y se probó el zapato izquierdo. El pie protestó, pero entró. El que no entró fue el pie derecho. Lo empujaban entre todos, pero no había caso. Entonces la madre advirtió que los dos zapatos tenían la punta torcida para el mismo lado. Él volvió corriendo al centro de distribución. Ya no quedaba nadie. Y empezó la persecución del zapato derecho. Durante meses caminó el padre de Raimundo, de aldea en aldea, averiguando. Después de mucho andar y preguntar, encontró lo que buscaba. En un lejano pueblito, más allá de las colinas, estaba el hombre que calzaba el mismo número y que se había llevado los dos zapatos derechos. Los tenía, brillantes, sobre una repisa. Eran el único adorno de la casa. El padre de Raimundo ofreció el zapato izquierdo. -Ah, no -dijo el hombre-. Si los americanos los mandaron así, así debe ser. Ellos saben lo que hacen.

Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo.

Había venido de Buenos Aires y seguía siendo un intruso en Jujuy, aunque estaba muy hecho al lugar al cabo de los años y los trabajos. Un mal día, distraído, pagó con un cheque sin fondos el arreglo de una goma del auto. Fue juzgado y condenado. Lo echaron del empleo. Los amigos cruzaban la calle cuando lo veían venir. Ya no lo invitaban a ninguna casa ni le pagaban tragos en ningún mostrador. Una noche, tarde, fue a ver al abogado que lo había defendido en el proceso. -No, no -le dijo-. Nada de apelaciones. Yo sé que no hay nada que hacer. Deje nomás. Vine a despedirme y a darle un abrazo para las fiestas. Mil gracias por todo. Esa madrugada, durmiendo, el abogado pegó un salto en la cama. Despertó a su mujer de un sacudón: -Me deseó felices fiestas y para las fiestas faltan dos meses. Se vistió y corrió. No lo encontró. A la mañana se supo: el hombre se había volado la cabeza de un balazo. Al poco tiempo, el juez que le había iniciado el proceso sintió un dolor raro en el brazo. El cáncer lo devoró en unos meses. Al fiscal que había hecho la demanda lo mató la patada de un caballo. El que lo reemplazó perdió primero el habla, después la vista, después la mitad del cuerpo. El automóvil del secretario del juzgado se estrelló en la ruta y se incendió. Un abogado que se había negado a intervenir en el asunto recibió la visita de un cliente ofendido, que sacó la pistola y le reventó la femoral. Héctor me contó esta historia en Yala, y yo pensé en los asesinos de Guevara. Rene Barrientos, el dictador, había dado la orden de matarlo. Terminó envuelto en las llamas de su helicóptero, un año y medio más tarde. El coronel Zenteno Anaya, jefe de las tropas que cercaron y atraparon al Che en Ñancahuazú, había transmitido la orden. Mucho tiempo después se metió en conspiraciones. El dictador de turno lo supo. Zenteno Anaya cayó acribillado en París, una mañana de primavera. El comandante ranger Andrés Selich habría preparado la ejecución del Che. En el 72, Selich fue muerto a golpes por sus propios funcionarios, los torturadores profesionales del Ministerio del Interior. Mario Terán, sargento, ejecutó la orden. Él disparó la ráfaga contra el cuerpo de Guevara tendido en la escuelita de La Higuera. Terán está internado en un hospicio: se babea y contesta disparates. El coronel Quintanilla había anunciado al mundo la muerte del Che. Exhibió el cadáver a fotógrafos y periodistas. Quintanilla murió de tres balazos en Hamburgo, en 1971.

La revista denunciaba un sistema de valores que sacraliza las cosas y desprecia a la gente, y el juego siniestro de la competencia y el consumo que induce a las personas a usarse entre sí y a aplastarse las unas a las otras.

Busco a Cristo y no lo encuentro. Me busco a mí mismo y no me encuentro. Pero encuentro a mi prójimo y juntos nos vamos los tres.

Cuando entras a trabajar es de noche y cuando te vas, ya el sol se va yendo. Y por eso al mediodía todo el mundo se consigue cinco minutos para ver el solcito en la calle, o en un patio de la fábrica, porque no ves el sol en el galpón. Entra la luz pero al sol no lo ves nunca.

El cuerpo mío había crecido para encontrarte, después de tanto caminar y caer y perderse por ahí.

-Tuve un sueño horrible. Te lo cuento mañana, cuando estemos vivos. Quiero que ya sea mañana. ¿Por qué no haces que ahora sea mañana? Cómo me gustaría que ya fuera mañana.

Aquel muchacho de barba y mirada melancólica llegó al velorio de Silvio Frondizi muy tempranito, cuando no había nadie. Dejó sobre el cajón una manzana roja y brillante. Lo viste dejar la manzana y él se alejó caminando. Después supiste que aquel muchacho era el hijo de Silvio. El padre le había pedido la manzana. Estaban comiendo, al mediodía, y él se levantó para alcanzarle la manzana cuando irrumpieron, de golpe, los asesinos.

Cuando las palabras no pueden ser más dignas que el silencio, más vale callarse.

Nos metimos en un café, a beber una copa, y ninguno de los dos se animaba a decir: -Esto significa que Haroldo está muerto, ¿no? Por miedo de que el otro dijera: -Sí.

¿De cuántos siglos está hecho este momento que ahora vivo? ¿De cuántos aires el aire que respiro?

De aquella primera época en Buenos Aires, me quedó una imagen que no sé si viví o soñé en alguna mala noche: la muchedumbre apiñada en una estación de subterráneo, el aire pegajoso, una sensación de asfixia y el subte que no venía. Pasó media hora, quizá más, y entonces se supo que una muchacha se había arrojado a las vías en la estación anterior. Al principio hubo silencios, comentarios en voz baja y como de velorio: “Pobrecita, pobrecita”, decían. Pero el subte seguía sin aparecer y se hacía tarde para llegar al trabajo y entonces la gente pateaba el suelo, nerviosa, y decía: “¿Por qué no se le ocurrió tirarse en otra línea? ¿Justo en ésta, tenía que ser?”

Una revolución, cuando es verdadera, trabaja para los tiempos y los hombres que vendrán.

Pero no me casé nunca. El que se casa, se jode.

Las especias forman, en el mercado, un mundo aparte. Son minúsculas y poderosas. No hay carne que no se excite y eche jugos, carne de vaca o de pez, de cerdo o de cordero, cuando la penetran las especias. Nosotros tenemos siempre presente que si no fuera por las especias no hubiéramos nacido en América y nos hubiera faltado magia en la mesa y en los sueños. Al fin y al cabo, fueron ellas las que empujaron a Cristóbal Colón y a Simbad el Marino. Las hojitas de laurel tienen una linda manera de quebrarse en tu mano antes de caer suavemente sobre la carne asada o los ravioles. Te gustan mucho el romero y la verbena, la nuez moscada, la albahaca y la canela, pero nunca sabrás si es por los aromas, los sabores o los nombres. El perejil, especia de los pobres, lleva una ventaja sobre todas las demás: es la única que llega al plato verde y viva y húmeda de gotitas frescas.

Comer solo es una obligación del cuerpo. Contigo, es una misa y una risa.

Nadie es héroe por irse, ni patriota por quedarse.

Está visto que se puede prohibir el agua. La sed, no.

Creo que el exilio es un desafío. Empieza siendo un tiempo de penitencia, nacido de una impotencia o de una derrota, y se precisan humildades y paciencias para convertirlo en tiempo de creación y para asumirlo como un frente más de lucha.

Espejos.

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Una historia casi universal.
Eduardo Galeano.

Mezcla de historia universal, mitología, leyendas y verdades que abarcan tribus, clanes, griegos, romanos, hebreos, católicos, medievo, musulmanes, cruzadas, los chinos, la inquisición, el renacimiento, los rostros del diablo (mujeres, negros, indios, homosexuales, judíos, musulmanes, pobres, extranjeros, gitanos), la conquista de América, reinados de España, Francia e Inglaterra, esclavitud, independencias y sus héroes, matanzas de indios, pintores, la publicidad, inventores, los ritmos musicales, la revolución mexicana, el socialismo, implantación de la “democracia” en América, gracias a Estados Unidos, el Holocausto, la guerra civil española, deportistas de raza negra, la discriminación, libertad en África, y ¿Cómo no? el fútbol! Todo, a la manera sui-géneris de Eduardo Galeano. Calificación de 9.0
Espejos

Espejos

Los sincasta, uno de cada cinco hindúes, están por debajo de los de más abajo. Los llaman intocables, porque contaminan: malditos entre los malditos, no pueden hablar con los demás, ni caminar sus caminos, ni tocar sus vasos ni sus platos. La ley los protege, la realidad los expulsa. A ellos, cualquiera los humilla; a ellas, cualquiera las viola, que ahí sí que resultan tocables las intocables. A fines del año 2004, cuando el tsunami embistió contra las costas de la India, los intocables se ocuparon de recoger la basura y los muertos. Como siempre.

Y se lanzó al camino, en busca de la vida eterna. El perseguidor de la inmortalidad vagó por estepas y desiertos, atravesó la luz y la oscuridad, navegó por los grandes ríos, llegó hasta el jardín del paraíso, fue servido por la tabernera enmascarada, la dueña de los secretos, alcanzó el otro lado de la mar, descubrió al barquero que sobrevivió al diluvio, encontró la hierba que daba juventud a los viejos, siguió la ruta de las estrellas del norte y la ruta de las estrellas del sur, abrió la puerta por donde entra el sol y cerró la puerta por donde el sol se va. Y fue inmortal, hasta que murió.

Unos cinco mil años antes de Champollion, el dios Thot viajó a Tebas y ofreció a Thamus, rey de Egipto, el arte de escribir. Le explicó esos jeroglíficos, y dijo que la escritura era el mejor remedio para curar la mala memoria y la poca sabiduría. El rey rechazó el regalo: —¿Memoria? ¿Sabiduría? Este invento producirá olvido. La sabiduría está en la verdad, no en
su apariencia. No se puede recordar con memoria ajena. Los hombres registrarán, pero no recordarán. Repetirán, pero no vivirán. Se enterarán de muchas cosas, pero no conocerán ninguna.

Si eres capaz, finge incapacidad. Si eres fuerte, exhibe debilidad. Cuando estés cerca, simula que estás lejos. No ataques nunca donde el enemigo es poderoso. Evita siempre el combate que no puedas ganar. Si estás en inferioridad de condiciones, retírate. Si el enemigo está unido, divídelo. Avanza cuando no te espere y por donde menos te espere, lanza tu ataque. Para conocer al enemigo, conócete.

Los que matan en la guerra deberían celebrar cada conquista con un funeral.

En 1863, la Sociedad Antropológica de Londres llegó a la conclusión de que los negros eran intelectualmente inferiores a los blancos, y sólo los europeos tenían la capacidad de humanizarlos y civilizarlos. Europa consagró sus mejores energías a esta noble misión, pero no tuvo suerte. Casi un siglo y medio después, en el año 2007, el estadounidense James Watson, premio Nobel de Medicina, afirmó que está científicamente demostrado que los negros siguen siendo menos inteligentes que los blancos.

Aristófanes, un escritor conservador que defendía las tradiciones como si creyera en ellas, pero en el fondo creía que lo único sagrado era el derecho de reír.

Mientras las olimpíadas ocurrían, los griegos olvidaban sus guerras por un rato. Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos. Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y la admiración de sus vecinos.

Tampoco la muerte es temible, decía [Epicuro]. Mientras nosotros somos, ella no es; y cuando ella es, nosotros dejamos de ser. ¿Miedo al dolor? Es el miedo al dolor el que más duele, pero nada hay más placentero que el placer cuando el dolor se va. ¿Y el miedo al fracaso? ¿Qué fracaso? Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco, pero ¿qué gloria podría compararse al goce de charlar con los amigos en una tarde de sol? ¿Qué poder puede tanto como la necesidad que nos empuja a amar, a comer, a beber?

Los romanos más respetados eran los señores de la guerra, que rara vez la peleaban, y los dueños de la tierra, que rara vez la tocaban.

La palabra salario proviene del pago en sal que los legionarios recibían durante las campañas militares.

San José, tú que tuviste sin hacer haz que yo haga sin tener.

En su primera imagen, publicada en 1863 en la revista «Harper’s», de Nueva York, Santa Claus era un gnomo gordito entrando en una chimenea. Nació de la mano del dibujante Thomas Nast, vagamente inspirado en las leyendas de san Nicolás. En la Navidad de 1930, Santa Claus fue contratado por la Coca-Cola. Hasta entonces, no usaba uniforme, y por lo general prefería ropas azules o verdes. El dibujante Habdon Sundblom lo vistió con los colores de la empresa, rojo vivo con ribetes blancos, y le dio los rasgos que todos conocemos. El amigo de los niños lleva barba blanca, ríe sin parar, viaja en trineo y es tan rechoncho que no se sabe cómo se las arregla para entrar por las chimeneas del mundo, cargado de regalos y con una Coca-Cola en cada mano. Tampoco se sabe qué tiene que ver con Jesús.

Defiende tu derecho a pensar. Pensar equivocándote es mejor que no pensar.

El rey Darío había celebrado, en Persia, esta caña que da miel sin necesidad de abejas, y desde mucho antes la habían conocido los hindúes y los chinos. Pero los europeos cristianos descubrieron el azúcar gracias a los árabes, cuando los cruzados vieron las plantaciones en las llanuras de Trípoli y probaron los deleitosos jugos que habían salvado del hambre a las poblaciones sitiadas en Elbarieh, Marrah y Arkah. Como el fervor místico no les cegaba el buen ojo para los negocios, los cruzados se apoderaron de las plantaciones y de los molinos en los territorios que iban conquistando, desde el reino de Jerusalén hasta Acre, Tiro, Creta y Chipre, pasando por un lugar de las cercanías de Jericó, que por algo se llamaba A-Sukkar. A partir de entonces, el azúcar fue el oro blanco que en Europa se vendía, por gramos, en las boticas.

Desde el Papa de Roma hasta el más humilde cura de parroquia, no hay sacerdote que no dicte lecciones de buena conducta sexual. ¿Cómo pueden saber tanto sobre una actividad que tienen prohibido practicar?

Salvo en el bautismo, el baño se evitaba porque daba placer y porque invitaba al pecado. En los tribunales de la Santa Inquisición, bañarse con frecuencia era prueba de herejía de Mahoma. Cuando el cristianismo se impuso en España como verdad única, la Corona mandó arrasar los muchos baños públicos que los musulmanes habían dejado, por ser fuentes de perdición. Ningún
santo ni santa había puesto nunca un pie en la bañera y entre los reyes era raro bañarse, que para eso estaban los perfumes. La reina Isabel de Castilla tenía el alma limpia, pero los historiadores discuten si se bañó dos o tres veces en toda su vida. El elegante Rey Sol de Francia, el primer hombre que usó tacones altos, se bañó una sola vez entre 1647 y 1711. Por receta médica.

Los viajes de la gran flota china eran misiones de exploración y de comercio. No eran empresas de conquista. Ningún afán de dominio obligaba a Zheng a despreciar ni a condenar lo que encontraba. Lo que no era admirable resultaba, al menos, digno de curiosidad. Y de viaje en viaje iba creciendo la biblioteca imperial de Pekín, que en cuatro mil libros reunía los saberes del mundo. Seis libros tenía, por entonces, el rey de Portugal.

La burocracia del dolor tortura al servicio del poder que la necesita para perpetuarse. La confesión del torturado vale poco o vale nada. En cambio, el poder se arranca la máscara en las cámaras de tormento. El poder confiesa, torturando, que come miedo.

Cuando el Demonio apareció, en forma de becaria, en el Salón Oval de la Casa Blanca, el presidente Bill Clinton no recurrió a ese anticuado método católico [el exorcismo] . Durante tres meses, el presidente espantó al Maligno arrojando un huracán de misiles sobre Yugoslavia.

Para eludir el castigo, algunos homosexuales se disfrazaban de mujeres y se hacían pasar por prostitutas. A fines del siglo quince, Venecia dictó una ley que obligaba a las profesionales a exhibir sus tetas. Los pechos desnudos debían ser mostrados en las ventanas donde ellas se ofrecían a los clientes de paso. Trabajaban en un puente, cercano al Rialto, que todavía se llama Ponte delle Tette.

Siglos antes, san Pedro Damián había denunciado esta novedad venida de Bizancio: —Dios no nos hubiera dado dedos si hubiera querido que usáramos ese instrumento satánico. La reina Isabel de Inglaterra y el Rey Sol de Francia comían con las manos. El escritor Michel de Montaigne se mordía los dedos cuando almorzaba apurado. Cada vez que el músico Claudio Monteverdi se veía obligado a usar el tenedor, pagaba tres misas por el pecado cometido.

Las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento, la brújula, la pólvora y la imprenta, venían de China. Los babilonios habían anunciado a Pitágoras con mil quinientos años de anticipación. Mucho antes que nadie, los hindúes habían sabido que la tierra era redonda y le habían calculado la edad. Y mucho mejor que nadie, los mayas habían conocido las estrellas, los ojos de la noche, y los misterios del tiempo. Esas menudencias no eran dignas de atención.

Si es pobre, joven y no es blanco, el intruso, el que vino de afuera, está condenado a primera vista por indigencia, inclinación al caos o portación de piel. Y en cualquier caso, si no es pobre, ni joven, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida, porque llega dispuesto a trabajar el doble a cambio de la mitad. El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos entre todos los miedos que nos gobiernan en estos tiempos del miedo, y el inmigrante está situado siempre a mano a la hora de acusar a los responsables del desempleo, la caída del salario, la inseguridad pública y otras temibles desgracias.

En vísperas del asalto de cada aldea, el Requerimiento de Obediencia explicaba a los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a san Pedro y que san Pedro tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la Reina de Castilla de toda esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso de negativa o demora se les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos. Este requerimiento se leía en el monte, en plena noche, en lengua castellana y sin intérprete, en presencia del notario y de ningún indio.

Nunca se había visto soledad tan sola.

Hoy en día, la coca sigue siendo sagrada para los indios de los Andes y buen remedio para cualquiera. Pero los aviones exterminan los plantíos, para que la coca no se convierta en cocaína. Los automóviles matan mucha más gente que la cocaína y a nadie se le ocurre prohibir la rueda.

Ladran, Sancho, señal que cabalgamos es la frase que los políticos citan con más frecuencia. Don Quijote jamás la dijo.

Ningún castigo, por severo que sea, impedirá que la gente robe si ése es su único medio de conseguir comida.

El precio dictaba el valor. Cuesta tanto, tanto vale. Baratos y abundantes eran los esclavos, y por lo tanto no valían nada. Cuanto más caray más rara era alguna cosa, más valor tenía, y cuanto menos se necesitaba, mejor era: la fascinación por lo que venía de afuera daba preferencia a las novelerías inútiles, modas cambiantes, hoy esto, mañana aquello, pasado mañana quién sabe. Esos brillos fugaces, símbolos de poder, distinguían a los mandones de los mandados. Como ahora.

No se van: los empujan. Nadie emigra porque quiere.

Por entonces, Brasil era colonia de Portugal y Portugal era colonia de Inglaterra, aunque eso no se decía.

Por regla general, los himnos confirman la identidad de cada nación por medio de las amenazas, los insultos, el autoelogio, la alabanza de la guerra y el honroso deber de matar y morir.

Brasil fue el último país de las Américas y el penúltimo del mundo. Allí, hubo esclavitud legal hasta fines del siglo diecinueve. Después también hubo, pero ilegal; y sigue habiendo. En 1888, el gobierno brasileño mandó quemar toda la documentación existente sobre el tema. Así, el trabajo esclavo fue oficialmente borrado de la historia patria. Murió sin haber existido, y existe aunque murió.

Mandar recitar de memoria lo que no se entiende, es hacer papagayos. Enseñen a los niños a ser preguntones, para que se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.

Había afirmado que jamás iba a vender nuestro rico patrimonio al bajo precio de la necesidad.

Bolivia demoró ciento ochenta y un años en enterarse de que era un país de amplia mayoría indígena. La revelación ocurrió en el año 2006, cuando Evo Morales, indio aymara, pudo consagrarse presidente por una avalancha de votos. Ese mismo año, Chile se enteró de que la mitad de los chilenos eran chilenas, y Michelle Bachelet fue presidenta.

Cuando la culpa es de todos, es de nadie.

Cuando llegó arriba, pateó la escalera.

De todo lo que dibujé antes de mis setenta años, no hay nada que valga la pena. A la edad de setenta y dos, finalmente he aprendido algo sobre la verdadera calidad de los pájaros, animales, insectos y peces, y sobre la vital naturaleza de las hierbas y los árboles. Cuando tenga cien años, seré maravilloso. [Hokusai, artista japonés].

Paraguay recibió un préstamo de un millón de libras esterlinas. El préstamo estaba destinado al pago de indemnización a los países vencedores. El país asesinado pagaba a los países asesinos, por lo mucho que les había costado asesinarlo.

Ya se sabe que la felicidad no dura.

Muchos chinos se ahorcan, antes de matar por hambre o antes de que el hambre los mate.

El obispo de Oxford preguntaba a los lectores de Darwin: —¿Usted desciende del mono por su abuelo o por su abuela?

Se llamaron era de paz mundial las tres décadas que desembocaron en la guerra de 1914. En esos dulces años, la cuarta parte del planeta fue a parar al buche de media docena de naciones.

Cuando el presidente George W. Bush invadió Irak, declaró que la guerra de liberación de las islas Filipinas era su modelo. Ambas guerras habían sido inspiradas desde el Cielo. Bush reveló que Dios le había ordenado hacer lo que hizo. Y un siglo antes, el presidente William McKinley también había escuchado la voz del Más Allá: —Dios me dijo que no podemos dejar a los
filipinos en manos de ellos mismos, porque no están capacitados para el autogobierno, y que nada podemos hacer salvo hacernos cargo de ellos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos. Así, las Filipinas fueron liberadas del peligro filipino, y de paso, los Estados Unidos salvaron también a Cuba, Puerto Rico, Honduras, Colombia, Panamá, República Dominicana, Hawai, Guam, Samoa…

En 1889, murió la monarquía en Brasil. Esa mañana, los políticos monárquicos despertaron siendo republicanos. Un par de años después, se promulgó la Constitución que implantó el voto universal. Todos podían votar, menos los analfabetos y las mujeres. Como casi todos los brasileños eran analfabetos o mujeres, casi nadie votó.

Uruguay era el centro latinoamericano de la audacia y probaba con hechos su energía creadora. El país tuvo educación laica y gratuita antes que Inglaterra, voto femenino antes que Francia, jornada de trabajo de ocho horas antes que los Estados Unidos y ley de divorcio setenta años antes de que la ley se restableciera en España. El presidente José Batlle, don Pepe, nacionalizó los servicios públicos, separó la Iglesia del Estado y cambió los nombres del almanaque. La Semana Santa todavía se llama, en el Uruguay, Semana de Turismo, como si Jesús hubiera tenido la mala suerte de ser torturado y asesinado en una fecha así.

Villa ofrece a Zapata la dorada silla presidencial. Zapata no la acepta. —Deberíamos quemarla —dice—. Está embrujada. Cuando un hombre bueno se sienta aquí, se vuelve malo.

La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por numeroso que sea, no es libertad. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien opina diferente.

El Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Andrew Mellon, consoló a las víctimas. Dijo que la crisis tenía su lado positivo, porque así la gente va a trabajar más duro y va a vivir una vida más moral.

Algún estudioso llegó a la conclusión de que los Estados Unidos eran el único país donde no había golpes de estado, porque allí no había embajada de los Estados Unidos.

Según las autoridades, los judíos no eran judíos por su religión, ni por su idioma, sino por su raza. Definirlos no resultaba nada fácil. Los expertos nazis encontraron inspiración en la frondosa historia del racismo universal y contaron con la invalorable ayuda de la empresa IBM. Los ingenieros de la IBM diseñaron los formularios y las tarjetas perforadas que definían las características físicas y la historia genética de cada persona. Y pusieron en marcha un sistema automatizado, de alta velocidad y enorme alcance, que permitió identificar a los judíos totales, a los semijudíos y a los que tenían más de una decimosexta parte de sangre judía circulando por sus venas.

Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas. Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino. Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral. El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice: —En mi hambre, mando yo.

Un comandante raro: cuando Oliver Law daba orden de ataque, no contemplaba a sus hombres con prismáticos, sino que se lanzaba a la pelea antes que ellos. Pero raros son, al fin y al cabo, todos estos voluntarios de las brigadas internacionales, que no combaten por ganar medallas, ni por conquistar territorios, ni por capturar pozos de petróleo. A veces, Oliver se preguntaba: —Si ésta es una guerra entre blancos, y los blancos nos han esclavizado durante siglos, ¿qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo, un negro, aquí? Y se contestaba: —Hay que barrer a los fascistas. Y riendo agregaba, como si fuera chiste: —Algunos de nosotros tendrán que morir haciendo este trabajo.

Por razones de higiene, a la entrada de las cámaras de gas había rejillas de hierro. Ahí los funcionarios limpiaban el barro de sus botas. Los condenados, en cambio, entraban descalzos. Entraban por la puerta y salían por las chimeneas, después de ser despojados de los dientes de oro, la grasa, el pelo y todo lo que pudiera tener valor. Allí, en Auschwitz, el doctor Josef Mengele hacía sus experimentos. Como otros sabios nazis, él soñaba con criaderos capaces de generar la súper raza del futuro. Para estudiar y evitar las taras hereditarias, trabajaba con moscas de cuatro alas, ratones sin patas, enanos y judíos. Pero nada excitaba tanto su pasión científica como los niños gemelos. Mengele repartía chocolatines y afectuosas palmadas entre sus cobayos infantiles, aunque en la mayoría de los casos no resultaron útiles al progreso de la Ciencia. Intentó convertir a algunos gemelos en hermanos siameses, y les abrió las espaldas para conectarles las venas: murieron despegados y aullando de dolor. A otros trató de cambiarles el sexo: murieron mutilados. A otros les operó las cuerdas vocales, para cambiarles la voz: murieron mudos. Para
embellecer la especie, inyectó tintura azul en gemelos de ojos oscuros: murieron ciegos.

Como sus colegas Mussolini y Franco, Hitler contó con el temprano beneplácito de la Iglesia Católica. Hugo Boss vistió su ejército. Bertelsmann publicó las obras que instruyeron a sus oficiales. Sus aviones volaban gracias al combustible de la Standard Oil y sus soldados viajaban en camiones y jeeps marca Ford. Henry Ford, autor de esos vehículos y del libro El judío internacional, fue su musa inspiradora. Hitler se lo agradeció condecorándolo. También condecoró al presidente de la IBM, la empresa que hizo posible la identificación de los judíos. La Rockefeller Foundation financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. Joe Kennedy, padre del presidente, era embajador de los Estados Unidos en Londres, pero más parecía embajador de Alemania. Y Prescott Bush, padre y abuelo de presidentes, fue colaborador de Fritz Thyssen, quien puso su fortuna al servicio de Hitler. El Deutsche Bank financió la construcción del campo de concentración de Auschwitz. El consorcio IGFarben, el gigante de la industria química alemana, que después pasó a llamarse Bayer, Basf o Hoechst, usaba como conejillos de Indias a los prisioneros de los campos, y además los usaba de mano de obra. Estos obreros esclavos producían de todo, incluyendo el gas que iba a matarlos. Los prisioneros trabajaban también para otras empresas, como Krupp, Thyssen, Siemens, Varta, Bosch, Daimler Benz, Volkswagen y BMW, que eran la base económica de los delirios nazis. Los bancos suizos ganaron dinerales comprando a Hitler el oro de sus víctimas: sus alhajas y sus dientes. El oro entraba en Suiza con asombrosa facilidad, mientras la frontera estaba cerrada a cal y canto para los fugitivos de carne y hueso. Coca-Cola inventó la Fanta para el mercado alemán en plena guerra. En ese
período, también Unilever, Westinghouse y General Electric multiplicaron allí sus inversiones y sus ganancias. Cuando la guerra terminó, la empresa ITT recibió una millonaria indemnización porque los bombardeos aliados habían dañado sus fábricas en Alemania.

Berlín, Reichstag, mayo de 1945. Dos soldados plantan la bandera de la Unión Soviética en la cúpula del poder alemán. Esta foto, de Evgeni Jaldei, retrata el triunfo de la nación que más hijos perdió en la guerra. La agencia Tass difunde la foto. Pero antes, la corrige. El soldado ruso que tenía dos relojes pasa a tener uno solo. Los guerreros del proletariado no andan saqueando cadáveres.

La primera bomba atómica fue ensayada en el desierto de Nuevo México. El cielo se incendió, y Robert Oppenheimer, que había dirigido los experimentos, sintió orgullo de su trabajo bien hecho. Pero tres meses después de las explosiones en Hiroshima y en Nagasaki, Oppenheimer dijo al presidente Harry Truman: —Siento que mis manos están manchadas de sangre. Y el presidente Truman dijo a su secretario de Estado, Dean Acheson: —Nunca más quiero ver a este hijo de puta en mi oficina.

La objetividad consiste en difundir los puntos de vista de cada una de las partes implicadas en situaciones de conflicto.

Arriba, en lo alto del estrado, enfundado en su toga negra, el presidente del tribunal [español]. A la derecha, el abogado. A la izquierda, el fiscal. Escalones abajo, el banquillo de los acusados, todavía vacío. Un nuevo proceso va a comenzar. Dirigiéndose al ujier, el juez, Alfonso Hernández Pardo, ordena: —Que pase el condenado.

El derecho al voto costó, pero a la larga salió. Fue una de las conquistas de la Unión de Hijas del Nilo. Entonces el
gobierno prohibió que se convirtieran en partido político, y condenó a prisión domiciliaria a Doria Shafik, que era el símbolo vivo del movimiento. Eso nada tenía de raro. Casi todas las mujeres egipcias estaban condenadas a prisión domiciliaria. No podían moverse sin permiso del padre o del marido, y muchas eran las que sólo salían de casa en tres ocasiones: para ir a La Meca, para ir a su boda y para ir a su entierro.

Los moribundos demoraron su muerte y los bebés apresuraron su nacimiento. Río de Janeiro, 16 de julio de 1950, estadio de Maracaná. La noche anterior, nadie podía dormir. La mañana siguiente, nadie quería despertar.

Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga.

El miedo no es solución. Cuanto más asustado estés, más fantasmas vendrán a visitarte. [Mao]

Proponemos que se destine a la salvación de la vida en este planeta al menos el uno por ciento de las fabulosas sumas que se gastan estudiando la vida en otros planetas.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional nos niegan fondos para buscar agua a cien metros, pero nos Ofrecen excavar pozos de tres mil metros para buscar petróleo.

Jorge Oviedo: Yo tenía catorce años cuando llegaron los brigadistas a Palma Soriano. Nunca había ido a la escuela. Pero fui a la primera clase de alfabetización, dibujé unos palotes y ya me di cuenta: esto es lo mío. Y a la mañana siguiente me escapé de casa y me eché al camino. Bajo el brazo llevaba el manual de los brigadistas. Caminé mucho, hasta que llegué a un pueblo metido allá en las montañas de Oriente. Me presenté como alfabetizador. Di la primera clase, repetí lo que había escuchado allá en Palma Soriano. Recordaba todito. Para la segunda, estudié, o más bien adiviné, lo que decía el manual. Y para las clases
siguientes… Yo fui alfabetizador antes de ser alfabetizado. O fui todo junto, no sé.

-Quieren mandarme a matar vietnamitas —dijo [Alí]—. ¿Quién humilla a los negros en mi país? ¿Los vietnamitas? Ellos nunca me hicieron nada.

Aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada. Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla. Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y será quince veces más largo que el Muro de Berlín, y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que perpetúa el robo de la patria saharaui por el reino marroquí y mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.

La pureza revolucionaria exigía liquidar a los impuros. Los impuros: los que pensaban, los que discrepaban, los que dudaban, los que desobedecían.

En el idioma internacional del fútbol, todavía se llaman Pinochet los equipos muy malos, porque llenan estadios para
torturar a la gente.

En gesto de involuntaria adhesión, Pinochet murió el Día Internacional de los Derechos Humanos. Para entonces, se habían descubierto más de treinta millones de dólares, por él robados, en ciento veinte cuentas de varios bancos del mundo. Esa revelación había afectado, un poquito, su prestigio. No porque hubiera sido un ladrón, sino porque había sido un ladrón ineficiente.

En 1998, la Dirección Nacional del Régimen Penitenciario de la República de Bolivia recibió una carta firmada por todos los presos de una cárcel del valle de Cochabamba. Los presos pedían a las autoridades que tuvieran a bien elevar la altura del muro de la prisión, porque los vecinos lo saltaban fácilmente y les robaban la ropa que ellos colgaban a secar en el patio. Como no había presupuesto disponible, no hubo respuesta. Y como no hubo respuesta, los presos no tuvieron más remedio que poner manos a la obra. Y alzaron bien alto el muro, con ladrillos de barro y paja, para protegerse de los ciudadanos que vivían en los alrededores de la prisión.

La desgracia de estos tiempos es que los locos conducen a los ciegos.

Un viejo proverbio dice que enseñar a pescar es mejor que dar pescado. El obispo Pedro Casaldáliga, que vive en la región amazónica, dice que sí, que eso está muy bien, muy buena idea, pero ¿qué pasa si alguien compra el río, que era de todos, y nos prohíbe pescar? ¿O si el río se envenena, y envenena a sus peces, por los desperdicios tóxicos que le echan? O sea: ¿qué pasa si pasa lo que está pasando?

Los trenes de Bombay, que transportan seis millones de pasajeros por día, violan las leyes de la física: en ellos entran muchos más pasajeros que los pasajeros que en ellos caben. Suketu Mehta, que sabe de esos viajes imposibles, cuenta que cuando ya ha partido cada tren repletísimo, hay gente que lo persigue corriendo. Quien pierde el tren, pierde el empleo. Y entonces, de los vagones brotan brazos, brazos que salen por las ventanillas o cuelgan desde los techos, y ayudan a trepar a los rezagados. Y esos brazos del tren no preguntan al que viene corriendo si es extranjero o nacido aquí, ni le preguntan qué lengua habla, ni si cree en Brahma o en Alá, en Buda o en Jesús, ni le preguntan a qué casta pertenece, o si es de casta maldita, o de ninguna casta.

Toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer. La vida sólo latía en lo que tenía cicatrices.

El libro de los abrazos.

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Eduardo Galeano.

Colección de cuentos, anécdotas, metáforas, vivencias que dan testimonio de la vida y que forman abrazos para el mundo, otorgados desde el exilio. Calificación de 9.0
El libro de los abrazos

El libro de los abrazos

Era el medio siglo de la muerte de César Vallejo, y hubo celebraciones. En España, Julio Vélez organizó conferencias, seminarios, ediciones y una exposición que ofrecía imágenes del poeta, su tierra, su tiempo y su gente. Pero en esos días Julio Vélez conoció a José Manuel Castañón; y entonces todo homenaje le resultó enano. José Manuel Castañón había sido capitán en la guerra española. Peleando por Franco había perdido una mano y había ganado algunas medallas. Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castañón, héroe del ejército vencedor, pasó toda la noche en vela, atrapado, leyendo y releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más del gobierno de Franco. Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.

En el sector infantil de la Feria del Libro, en Bogotá: El locóptero es muy veloz, pero muy lento.
En la rambla de Montevideo, ante el río-mar: Un hombre alado prefiere la noche.
A la salida de Santiago de Cuba: Cómo gasto paredes recordándote.
Y en las alturas de Valparaíso: Yo nos amo.

Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytarnbo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba Solo, mirando de lejos las ruinas de piedra cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano. Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles, de cuero quemado. había quien queria un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón. Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca: – Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo. – Y anda bien? – le pregunté. – Atrasa un poco – reconoció.

La burocracia. En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación del reglamento. Desde el punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner una sola mano en la espalda. Notieched era manco. Había caído preso en dos etapas. Primero había caído su brazo. Después, él. El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el policía que lo perseguía alcanzó a pegarle un manotón, le gritó: ¡Dése preso! y se quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio después, en Paysandú. En la cárcel, Noueched quiso recuperar su brazo perdido:
- Haga una solicitud -le dijeron. Él explicó que no tenía lápiz.
- Haga una solicitud de lápiz – le dijeron. Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel.
- Haga una solicitud de papel – le dijeron.
Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo. Al tiempo, le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en
otro expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia civil.

Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla. En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería. Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de
mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

En Buenos Aires, en el puente de La Boca: Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
En Caracas, en tiempos de crisis, a la entrada de uno de los barrios más pobres: Bienvenida, clase media.
En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional: Dios vive.
Y debajo, con otra letra: De puro milagro.
Y también en Bogotá: Proletarios de todos los países, unídos!
Y debajo, con otra letra: (último aviso.)

El socialismo es el camino más largo para llegar del capitalismo al capitalismo.

Los negros norteamericanos, los más oprimidos, crearon el Jazz, que es la más libre de las músicas.

En la isla de Vancouver, cuenta Ruth Benedict, los indios celebraban torneos para medir la grandeza de los príncipes. Los rivales competían destruyendo sus bienes. Arrojaban al. fuego sus canoas, su aceite de pescado y sus huevos de salmón; y desde un alto promontorio echaban a la mar sus mantas y sus vasijas. Vencía el que se despojaba de todo.

La extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente y la humillación pública son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo. – Los derechos humanos tendrían que empezar por casa -me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.

A Ramona Caraballo la regalaron no bien supo caminar. Allá por 1950, siendo una niña todavía, ella estaba de esclavita en una casa de Montevideo. Hacía todo, a cambio de nada. Un día llegó la abuela, a visitarla. Ramona no la conocía, o no la recordaba. La abuela llegó desde el campo, muy apurada porque tenía que volverse enseguida al pueblo. Entró, pegó tremenda paliza a su nieta y se fue. Ramona quedó llorando y sangrando. La abuela le había dicho, mientras alzaba el rebenque: – No te pego por lo
que hiciste. Te pego por lo que vas a hacer.

La televisión, muestra lo que ocurre? En nuestros países, la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra. La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad. Porque la vida es un espectáculo: a los que se portan bien, el sistema les promete un cómodo asiento.

A los libros, ya no es necesario que los prohíba la policía: los prohíbe el precio.

La máquina de retroceder. A principios del siglo veinte, el Uruguay era un país del siglo veintiuno. A fines del siglo veinte, el Uruguay es un país del siglo diecinueve. En el reino del aburrimiento, las buenas costumbres prohíben todo lo que la rutina no impone. Los hombres sueñan con jubilarse y las mujeres sueñan con casarse. Los jóvenes, culpables del delito de ser jóvenes, sufren pena de soledad o destierro, a menos que puedan probar que son viejos.

Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno. entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado.

Mentras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

No hay que pasar de los setenta, porque entonces te envicías y ya no querés morirte.

De Montevideo me había marchado porque no me gusta estar preso; de Buenos Aires, porque no me gusta estar muerto.

En pleno centro de Medellín; la letra con sangre entra. Y abajo, firmando: Sicario alfabetizador.
En la ciudad uruguaya de Melo: Ayude a la policía: Tortúrese.
En un muro de Masatepe, en Nicaragua, poco después de la caída del dictador Somoza: Se morirán de nostalgia, pero no volverán.

Ni diez personas iban a los últimos recitales del poeta español Blas de Otero. Pero cuando Blas de Otero murió, muchos miles de personas acudieron al homenaje fúnebre que se le hizo en una plaza de toros de Madrid. Él no se enteró.

Fue en la selva, en la amazonica ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:
- Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
- Para que sepa que la queremos mucho.

En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo: La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.
En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho: Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces.
En Buenos Aires, en el barrio de Flores: Una novia sin tetas más que novia es un amigo.

Si el pelo fuera importante, estaría dentro de la cabeza, y no afuera.

Peca el que miente, [...] porque roba verdad a las palabras.

Julio César Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores. Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos: – Tan cerquita y sin saberlo.
Se ofrecieron una copa, y otra.
- Se te ve muy bien.
- No te vayas a creer.
Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años mozos:
- Te acordás?
- Si me acordaré.
Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero quiso
retribuir:
- Te acompaño.
- No te molestes.
- Faltaba más.
Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían, a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad daba
bastante que desear, pero enseguida volvían al ir y venir de esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible, queriéndose sin decirlo y abrazándose sin tocarse.

La derecha mezquina y la izquierda puritana han dedicado buena parte de sus fervores a discutir si Salvador Allende se suicidó o no se suicidó. Allende había anunciado que no saldría vivo del palacio presidencial. En América Latina, es tradición: todos lo dicen. Después, cuando ocurre el golpe de Estado, se toman el primer avión. Habían pasado muchas horas de bombas y fuego y Allende seguía combatiendo entre los escombros. Entonces llamó a sus colaboradores más íntimos, que resistían con él, y les dijo: – Bajen ustedes, que yo ya voy. Ellos le creyeron y se fueron, y Allende quedó solo en el palacio en llamas. Qué importa de quién fue el dedo que disparó la bala final?

Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien sabía que yo odiaba los trámites. Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa, pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió. Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido. A veces, la Abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.

Mientras ocurría, esa alegría estaba siendo ya recordada por la memoria y soñada por el sueño. Ella no iba a terminarse nunca, y nosotros tampoco, porque somos todos mortales hasta el primer beso y el segundo vaso, y eso lo sabe cualquiera, por poco que sepa.

En Montevideo, hay un niño que explica: – Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre.

Patas arriba.

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La escuela del mundo al revés.
Eduardo Galeano.

Al puro estilo de galeano, llega este ensayo que raya en lo apocalíptico, y no porque de predicciones se trate, sino por la forma de vida en el mundo actual: se vive al revés. Como si de un curso escolar se tratase, Eduardo nos invita a su escuela para conocer la manera en que las cosas se han ido descomponiendo de tal manera que los de arriba, los del norte, los ricos, hacen, deshacen y descomponen con los pobres, los del sur, los de abajo. El programa escolar incluye: Curso básico de injusticia, racismo y machismo, Cátedras del miedo, Seminario de ética, Clases magistrales de impunidad y Pedaogía de la Soledad. El autor finaliza con una soberbia nota que no deja lugar a dudas: El autor terminó de escribir este libro en agosto de 1998. Si quiere usted saber cómo continúa, lea, escuche o mire las noticias cada día. Calificación: 10.
Patas Arriba. Eduardo Galeano.

Patas Arriba. Eduardo Galeano.

Cuando un delincuente mata por alguna deuda impaga, la ejecución se llama ajuste de cuentas; y se llama plan de ajuste la ejecución de un país endeudado, cuando la tecnocracia internacional decide liquidarlo.

En el mundo tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz universal son los que más armas fabrican y los que más armas venden a los demás países; los bancos más prestigiosos son los que más narcodólares lavan y los que más dinero robado guardan; las industrias más exitosas son las que más envenenan el planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante negocio de las empresas que lo aniquilan. Son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo. Caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés. Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia.

Esos niños [de la calle] eran habitualmente acosados por los policías y los perros de la Central Camionera del Norte. El gerente general de la empresa declaró a la periodista: -No dejamos que los niños se mueran porque, de alguna manera, son humanos.

La vejez es un fracaso, la infancia es un peligro.

Está la clase media asfixiada por las deudas y paralizada por el pánico, y en el pánico cría a sus hijos. Pánico de vivir, pánico de caer: pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. En el clamor colectivo por la seguridad pública, amenazada por los monstruos del delito que acecha, la clase media es la que más alto grita. Defiende el orden como si fuera su propietaria, aunque no es más que una inquilina agobiada por el precio del alquiler y la amenaza del desalojo. Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo ciudad del presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde alguna ventana de sus telecasas: la calle prohibida por la violencia o por el pánico a la violencia, la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.

El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos. Esta paradoja es madre de otra paradoja: el norte del mundo dicta órdenes de consumo cada vez más imperiosas, dirigidas al sur y al este, para multiplicar a los consumidores, pero en mucha mayor medida multiplica a los delincuentes. Al apoderarse de los fetiches que brindan la existencia real a las personas, cada asaltante quiere tener lo que su víctima tiene, para ser lo que su víctima es. Armaos los unos a los otros: hoy por hoy, en el manicomio de las calles, cualquiera puede morir de bala: el que ha nacido para morir de hambre y también el que ha nacido para morir de indigestión.

En la era de las privatizaciones y del mercado libre, el dinero gobierna sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al estado? El estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y de la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un estado juez y gendarme, y poco más. En muchos países del mundo, la justicia social ha sido reducida a justicia penal. El estado vela por la seguridad pública: de los otros servicios, ya se encargará el mercado; y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. Aunque la administración pública quiera disfrazarse de madre piadosa, no tiene más remedio que consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En estos tiempos neoliberales, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública, como si fueran formas de la caridad pública, en vísperas de elecciones.

Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece. La pobreza puede merecer lástima, en todo caso, pero ya no provoca indignación: hay pobres por ley de juego o fatalidad del destino.

El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso. Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra del Vietnam, escribió un libro donde reconoció que la guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a más de tres millones de vietnamitas y a cincuenta y ocho mil norteamericanos, no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota, no en la injusticia. Según McNamara, ya en 1965 había abrumadoras evidencias que demostraban la imposibilidad del triunfo de las fuerzas invasoras, pero el gobierno norteamericano siguió actuando como si la victoria fuese posible. El hecho de que los Estados Unidos hayan pasado quince años practicando el terrorismo internacional para imponer, en Vietnam, un gobierno que los vietnamitas no querían, está fuera de cuestión. Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la segunda guerra mundial es un detalle que carece de importancia.

Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso per cápita.

Ayuda externa se llama el impuestito que el vicio paga a la virtud en las relaciones internacionales.

No hay más que echar un vistazo a las nuevas leyes de inmigración en los países europeos, o al muro de acero que los Estados Unidos están construyendo a lo largo de la frontera con México: éste no es un homenaje a los caídos del muro de Berlín, sino que es una puerta cerrada, una más, en las relaciones de los trabajadores mexicanos que insisten en ignorar que la libertad de mudarse de un país es un privilegio del dinero.

Pareces indio, o hueles a negro, dicen algunas madres a los hijos que no quieren bañarse, en los países de más fuerte presencia indígena o negra. Pero los cronistas de Indias registraron el estupor de los conquistadores, ante la frecuencia con que los indios se bañaban; y desde entonces han sido los indios, y más tarde lo esclavos africanos, quienes han tenido la gentileza de trasmitir, a los demás latinoamericanos, sus costumbres de higiene.

Confirmaciones del derecho de propiedad: el macho propietario comprueba a golpes su derecho de propiedad sobre la hembra, como el macho y la hembra comprueban a golpes su derecho de propiedad sobre sus hijos. Y las violaciones, ¿no son, acaso, ritos que por la violencia celebran ese derecho? El violador no busca, ni encuentra, placer: necesita someter. La violación graba a fuego una marca de propiedad en el anca de la víctima, y es la expresión más brutal del carácter fálico del poder, desde siempre expresado por la flecha, la espada, el fusil, el cañón, el misil y otras erecciones. En los Estados Unidos, se viola una mujer cada seis minutos. En México, una cada nueve minutos. Dice una mujer mexicana: -No hay diferencia entre ser violada y ser atropellada por un camión, salvo que después los hombres te preguntan si te gustó.

A mediados de 1982, ocurrió en Río de Janeiro un hecho de rutina: la policía mató a un sospechoso de hurto. La bala entró por la espalda, como suele ocurrir cuando los agentes de la ley matan en defensa propia, y el asunto fue archivado.

…a principios del 98, los Estados Unidos amenazaron con invadir Irak, por segunda vez, para que la gente se dejara de hablar de las costumbres sexuales del presidente Bill Clinton.

Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos.

El mercado mundial de armas creció en un ocho por ciento en el 96, con una facturación total de cuarenta mil millones de dólares. A la cabeza de los países compradores, con nueve mil millones de dólares, figura Arabia Saudita. Este país está también a la cabeza, desde hace muchos años, en la lista de los países que violan los derechos humanos. En el 96, dice Amnistía Internacional, «continuaron recibiéndose informes sobre torturas y malos tratos a detenidos, y los tribunales impusieron penas de flagelación, de entre 120 y 200 latigazos, a por lo menos 27 personas. Entre ellos, 24 filipinos, a quienes, según informes, se condenó por comportamientos homosexuales. Al menos 69 personas recibieron sentencias de muerte y fueron ejecutadas». Y también: «El gobierno del rey Fahd mantuvo la prohibición de los partidos políticos y de los sindicatos. Continuó ejerciéndose una estricta censura sobre la prensa». Hace muchos años que esta monarquía petrolera es la mejor cliente de la industria norteamericana de armamentos y de los aviones británicos de combate. El sano intercambio de petróleo por armamentos, permite a la dictadura saudí ahogar en sangre la protesta interna, y permite a los Estados Unidos y a Gran Bretaña alimentar sus economías de guerras y asegurar sus fuentes de energía contra cualquier amenaza: armas y petróleo, dos factores claves de la prosperidad nacional. Algún malpensado podría llegar a creer que el rey Fahd paga esas millonadas por las armas y, de paso, compra impunidad. Por motivos que Alá sabrá, jamás vemos, escuchamos ni leemos ninguna denuncia de las atrocidades de Arabia Saudita, en los medios de comunicación. Esos medios, sin embargo, suelen preocuparse por los derechos humanos en otros países árabes. El fundamentalismo islámico sólo es demoníaco cuando obstaculiza los negocios, y los mejores amigos son los que más armas compran. La industria norteamericana de armamentos practica la lucha contra el terrorismo vendiendo armas a gobiernos terroristas, cuya única relación con los derechos humanos consiste en que hacen todo lo posible por aniquilarlos. En la Era de la Paz, que es el nombre que dicen que tiene el período histórico abierto en 1946, las guerras han matado no menos de 22 millones de personas y han expulsado de sus tierras, de sus casas o de sus países a más de cuarenta millones. Nunca falta alguna guerra o guerrita para que se lleven a la boca los televidentes consumidores de noticias. Pero nunca los informadores informan, ni los comentaristas comentan, nada que pueda ayudar a entender lo que pasa. Para eso, tendrían que empezar por responder a las preguntas más elementales: ¿Quién está traficando con todo este dolor humano? ¿A quién da de ganar esta tragedia? «la cara del verdugo está siempre bien escondida», cantó, alguna vez, Bob Dylan.

Hay treinta y cinco mil armas nucleares en el mundo. Los Estados Unidos poseen la mitad, y la otra mitad pertenece a Rusia y, en menor medida, a otras potencias. Los dueños del monopolio nuclear ponen el grito en el cielo cuando India, o Pakistán, o quien sea, realiza el sueño de la explosión propia, y entonces denuncian el peligro que el mundo corre: cada una de esas armas puede matar a varios millones de personas, y unas cuantas bastarían para acabar con la aventura humana en el planeta, y con el planeta también.

Salvo una fugaz excursión de Pancho Villa en los tiempos de la revolución mexicana, ningún enemigo ha atravesado sus fronteras. En cambio, los Estados Unidos han tenido siempre la desagradable costumbre de invadir a los demás. Buena parte de la opinión pública norteamericana padece una asombrosa ignorancia acerca de todo lo que ocurre fuera de su país, y teme o desprecia lo que ignora. En el país que más ha desarrollado la tecnología de la información, los informativos de la televisión otorgan poco o ningún espacio a las novedades del mundo, como no sea para confirmar que los extranjeros tienen tendencia al terrorismo y a la ingratitud. Cada acto de rebelión o explosión de violencia, ocurra donde ocurra, se convierte en nueva prueba de que la conspiración internacional prosigue su marcha, alimentada por el odio y por la envidia. Poco importa que la guerra fría haya terminado, porque el demonio dispone de un amplio guardarropa y no sólo viste de rojo. Las encuestas indican que Rusia ocupa ahora el último lugar entre todos los fantasmas del terrorismo internacional, el narcoterrorismo es el que más asusta. Decir la droga es como era, en otras épocas, decir la peste: el mismo terror, la misma sensación de impotencia. Una maldición misteriosa, encarnación del demonio que tienta y pierde víctimas: como todas las desgracias, viene de afuera. De la marihuana, antes llamada the killer weed, la yerba asesina, ya se habla poco, y quizás algo tiene que ver el hecho de que las plantas de marihuana se han incorporado exitosamente a la agricultura local y se cultivan en once estados de la Unión. En cambio, la heroína y la cocaína, producidas en el extranjero, han sido elevadas a la categoría de enemigos que socavan las bases de la nación.

El deseo: Un hombre encontró la lámpara de Aladino tirada por ahí. Como era un buen lector, el hombre la reconoció y la frotó. El genio apareció, hizo una reverencia, se ofreció:
-Estoy a su servicio, amo. Pídame un deseo, y será cumplido. Pero ha de ser un solo deseo.
Como era un buen hijo, el hombre pidió:
-Deseo que resucite a mi madre muerta.
El genio hizo una mueca:
-Lo lamento, amo, pero es un deseo imposible. Pídame otro.
Como era un buen tipo, el hombre pidió:
-Deseo que el mundo no siga gastando dinero en matar gente.
El genio tragó saliva:
-Este… ¿Cómo dijo que se llamaba su mamá?

El general Jesús Gutiérrez Rebollo, que encabezaba la guerra contra las drogas en México, ya no duerme en su casa. Desde febrero de 1997, está preso por tráfico de cocaína. Pero los helicópteros y las armas sofisticadas que los Estados Unidos han enviado a México para combatir las drogas, han demostrado ser los más útiles contra los campesinos alzados en Chiapas y en otros lugares.

Bertolt Brecht decía que robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo.

Para la Cátedra de Religión. Cuando llegué a Roma por primera vez, yo ya no creía en Dios, y no tenía más que a la tierra por único cielo y único infierno. Pero no guardaba un mal recuerdo del Dios padre de los años de mi infancia, y en mis adentros seguía ocupando un lugar entrañable el Dios hijo, el rebelde de Galilea que había desafiado a la ciudad imperial donde yo estaba aterrizando en aquel avión de Alitalia. Del Espíritu Santo, lo confieso, poco o nada me había quedado: apenas el vago recuerdo de una paloma blanca de alas desplegadas, que caía en picada y embarazaba a las vírgenes. No bien entré al aeropuerto de Roma, un gran cartel me golpeó los ojos: BANCO DEL ESPÍRITU SANTO. Yo era muy joven, y me impresionó enterarme de que la paloma andaba en eso.

Es por amor a la patria, que algunos políticos se la llevan a su casa.

Al que trabaja, no le queda tiempo para hacer dinero.

El vivo vive del bobo, y el bobo de su trabajo.

El desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo de ocio y los espacios de libertad, sino que está multiplicando la desocupación y está sembrando el miedo. Es universal el pánico ante la posibilidad de recibir la carta que lamenta comunicarle que nos vemos obligados a prescindir de sus servicios en razón de la nueva política de gastos, o debido a la impostergable reestructuración de la empresa, o porque sí nomás, que ningún eufemismo alivia el fusilamiento. Cualquiera puede caer, en cualquier momento y en cualquier lugar; cualquiera puede convertirse, de un día para el otro, en un viejo de cuarenta años.

… el funcionario o el obrero que tiene trabajo debe agradecer el favor que alguna empresa le hace permitiéndole romperse el alma día tras día, carne de rutina, en la oficina o en la fábrica. Encontrar trabajo, o conservarlo, aunque sea sin vacaciones, ni jubilaciones, ni nada, y aunque sea a cambio de un salario de mierda, se celebra como si fuera milagro.

En Gran Bretaña, son cada vez más numerosos los trabajadores que permanecen en sus casas, siempre disponibles y sin cobrar nada, hasta que suena el teléfono. Entonces trabajan por un tiempo, al servicio de una agencia contratista. Después, vuelven al hogar, y sentados esperan que el teléfono suene nuevamente.

El miedo ha sido siempre, junto con la codicia, uno de los dos motores más activos del sistema que otrora se llamaba capitalismo. El miedo al desempleo permite que impunemente se burlen los derechos laborales. La jornada máxima de ocho horas ya no pertenece al orden jurídico, sino al campo literario, donde brilla entre otras obras de la poesía surrealista; y ya son reliquias, dignas de ser exhibidas en los museos de arqueología, los aportes patronales a la jubilación obrera, la asistencia médica, el seguro contra accidentes de trabajo, el salario vacacional, el aguinaldo y las asignaciones familiares. Los derechos laborales, legalmente consagrados con valor universal, habían sido, en otros tiempos, frutos de otros miedos: el miedo a las huelgas obreras y el miedo a la amenaza de la revolución social, que tan al acecho parecía. Pero aquel poder asustado, el poder de ayer, es el poder que hoy por hoy asusta, para ser obedecido. Y así se rifan, en un ratito, las conquistas obreras que habían costado dos siglos. El miedo, padre de familia numerosa, también genera odio. En los países del norte del mundo, suele traducirse en odio contra los extranjeros que ofrecen sus brazos a precios de desesperación. Es la invasión de los invadidos. Ellos vienen desde las tierras donde una y mil veces habían desembarcado las tropas coloniales de conquista y las expediciones militares de castigo. Los que hacen, ahora, este viaje al revés, no son soldados obligados a matar: son trabajadores obligados a vender sus brazos en Europa o al norte de América, al precio que sea. Viene de África, de Asia, de América latina y, en estos últimos años, después de la hecatombe del poder burocrático, también vienen del este europeo.

El precio de una camiseta con la imagen de la princesa Pocahontas, vendida por la casa Disney, equivale al salario de una semana del obrero que ha cosido esa camiseta en Haití, a un ritmo de 375 camisetas por hora.

Las mejores condiciones para las empresas son las peores condiciones para el nivel de salarios, la seguridad en el trabajo y la salud de la tierra y de la gente.

Si no se portan bien, dicen las empresas, nos vamos a Filipinas, o a Tailandia, o a Indonesia, o a China, o a Marte. Portarse mal significa: defender la naturaleza o lo que quede de ella, reconocer el derecho de formar sindicatos, exigir el respeto de las normas internacionales y de las leyes locales, elevar el salario
mínimo.

Vidas ejemplares: A mediados del 98, se desató una ventolera de indignación popular contra la dictadura del general Suharto, en Indonesia. Entonces, el Fondo Monetario Internacional le agradeció los servicios prestados, y el general se jubiló. Su vida laboral había comenzado en 1965, cuando asaltó el poder matando a medio millón de comunistas, o presuntos comunistas. Suharto no tuvo más remedio que dejar el gobierno, pero se quedó con los ahorros acumulados en más de treinta años de trabajo: 16 mil millones de dólares, según la revista Forbes (28-7-97). Un par de meses después del retiro de Suharto, su sucesor, el presidente Habibie, habló por televisión: exhortó al ayuno. El presidente dijo que si el pueblo indonesio no comía dos días por semana, los lunes y los jueves, se podría superar la crisis económica.

A fines de 1997, Leonardo Moledo publicó un artículo en defensa de los sueldos bajos en la enseñanza argentina. Este profesor universitario reveló que las magras retribuciones aumentan la cultura general, favorecen la diversidad y la circulación de los conocimientos y evitan las deformaciones de la fría especialización. Gracias a los sueldos de morondanga, un catedrático que por la mañana enseña cirugía del cerebro puede enriquecer su cultura, y la cultura de los demás, haciendo fotocopias por la tarde y exhibiendo sus habilidades, por la noche, como trapecista de circo. Un especialista en literatura germánica tiene la estupenda oportunidad de atender también un horno de pizza y luego puede desempeñar la función de acomodador en el Teatro Colón. El titular de Derecho Penal puede darse el lujo de manejar un camión de reparto, de lunes a viernes, y puede dedicarse a cuidar una plaza los fines de semana; y el adjunto de biología molecular está en óptimas condiciones para aprovechar su formación haciendo changas de plomería y pintura de automóviles.

Hasta 1991, la empresa CMS fabricaba minas para el ejército de los Estados Unidos. A partir de la guerra del Golfo, cambió de ramo, y desde entonces gana 160 millones de dólares al año despejando terrenos. La CMS pertenece al consorcio alemán Daimler Benz, que produce misiles con el mismo entusiasmo con que produce automóviles y que sigue fabricando minas por medio de otra de sus filiales, la empresa Messerschmidt-Bulkow-Blohm.

A mediados de 1978, mientras la selección argentina ganaba el campeonato mundial de fútbol, la dictadura militar arrojaba sus prisioneros, vivos, al fondo del océano. Los aviones despegaban desde Aeroparque, bien cerca del estadio donde ocurrió la consagración deportiva. No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que impide dormir a pata suelta y sin otra molestia que los mosquitos del verano; pero a veces se da. Cuando el capitán Alfonso Scilingo reveló a sus superiores que no podía dormir sin lexotanil o borrachera, ellos le sugirieron un tratamiento psiquiátrico. A principios de 1995, el capitán Scilingo decidió hacer una confesión pública: dijo que él había echado al mar a treinta personas. Y denunció que a lo largo de dos años habían sido entre mil quinientos y dos mil los prisioneros políticos que la Marina argentina había enviado a las bocas de los tiburones. Después de su confesión, Scilingo fue preso. No por haber asesinado a treinta personas, sino por haber firmado un cheque sin fondos.

… alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo.

Concluida la epopeya, el político uruguayo Adauto Puñales celebró la derrota del comunismo. Y en pleno arrebato anatómico, tronó: -¡El comunismo es un pulpo que tiene la cabeza en Moscú y los testículos por todas partes!

Para elogiar una flor, se dice: Parece de plástico.

… en numerosos estados de la Unión [Estados Unidos], el permiso de conducir es el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar una metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario. El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que también se exige para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer un trámite o para firmar un contrato. El permiso de conducir hace las veces de documento de identidad; son los automóviles quienes otorgan identidad a las personas.

Pánico a la vejez: la vejez, como la muerte, se identifica con el fracaso. El automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede comprar. Este cuerpo animado come gasolina y aceite en sus restoranes, dispone de farmacias donde le dan remedios, y de hospitales donde lo revisan, lo diagnostican y lo curan, y tiene dormitorios para descansar y cementerios para morir.

Nunca tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte público desastroso y la ausencia de carriles para bicicletas hacen poco menos que obligatorio el uso del automóvil privado, pero, ¿cuántos pueden darse el lujo? Los latinoamericanos que no tienen coche propio ni podrán comprarlo nunca, viven acorralados por el tráfico y ahogados por el smog. Las aceras se reducen o desaparecen, las distancias crecen, hay cada vez más autos que se cruzan y cada vez menos personas que se encuentran. Los autobuses no sólo son escasos: para peor, en la mayoría de nuestras ciudades, el transporte público corre por cuenta de unos destartalados cachivaches, que echan mortales humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar de aliviarla.

Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

Beatriz Sarlo ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo de fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos oasis urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas. La cultura de consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso inmediato. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. En este fin de siglo donde lo único permanente es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz, ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shopping center, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos existen fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin embargo y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo. En estos santuarios del bienestar se puede hacer todo, sin necesidad de salir a la intemperie sucia y amenazante. Hasta dormir se puede, según los últimos modelos de shoppings, que en Los Ángeles y en Las Vegas incluyen servicios de hostelería y gimnasios. Los shoppings, que no se enteran del frío ni del calor, están a salvo de la contaminación y de la violencia.

Las grandes ciudades latinoamericanas compran más y más. ¿Hasta dónde? Hay un techo que no pueden atravesar, sometidas como están a la contradicción entre las órdenes que recibe el mercado interno y las órdenes que trasmite el mercado internacional: la contradicción entre la obsesión de consumir, que requiere salarios cada vez más latos, y la obligación de competir, que exige salarios cada vez más bajos.

… Gran Bretaña, que suele actuar como si fuera colonia de la que fue su colonia.

Últimamente, la llamada telebasura está teniendo, en unos cuantos países de América latina, tanto o más éxito que las telenovelas: la niña violada llora ante el periodista que la interroga como si la violara otra vez; este monstruo es el nuevo hombre elefante, miren, señoras y señores, no se pierdan este fenómeno increíble: la mujer barbuda busca novio; un señor gordo dice estar embarazado. Hace treinta y poco años, en Brasil, ya los concursos del horror convocaban multitudes de candidatos y ganaban enormes teleaudiencias: ¿Quién es el enano más bajito del país? ¿Quién es el narigón de nariz más larga, que la ducha no le moja los pies? ¿Quién es el desgraciado más desgraciado de todos? En los concursos de desgraciados, desfilaba por los estudios la corte de los milagros: la niña sin orejas, comidas por las ratas; el débil mental que había pasado treinta años encadenado a la pata de una cama; la mujer que era hija, cuñada, suegra y esposa del marido borracho que la había dejado inválida. Y cada desgraciado tenía su hinchada, que desde la platea gritaba, a coro: ¡Ya ganó! ¡Ya ganó!

Quien no sale en la tele, no está en la realidad; quien de la tele sale, se va del mundo. Para tener presencia en el escenario político, hay que aparecer con cierta continuidad en la pantalla chica, y esa continuidad, difícil de conseguir, suele no ser gratuita. Los empresarios de la televisión brindan tribuna a los políticos, y los políticos retribuyen el favor otorgándoles impunidad: impunemente, los empresarios pueden darse el lujo de poner un servicio público al servicio de sus bolsillos privados.

A esta altura, el bloqueo de adentro [En Cuba], el bloqueo autoritario, está resultando tan enemigo como el bloqueo imperial de afuera, contra la energía creadora que la revolución contiene. Son muchos los ciudadanos que pierden la opinión, por falta de uso. Pero otros hay que no tienen miedo de decir y tienen ganas de hacer, y por su aliento sigue Cuba viva y coleando: ellos prueban que las contradicciones son el pulso de la historia, mal que les pese a quienes las confunden con herejías o con molestias que la vida plantea a los planes.

Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

… cada cual es tan pequeño como el miedo que siente, y tan grande como el enemigo que elige.

Mente anciana en cuerpo sano.

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y, como juega el niño sin saber que juega;[...] los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos; la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

… los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

… la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Las Palabras Andantes.

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Eduardo Galeano.

Colección de cuentos y reflecciones al más puro estilo de Galeano. La verdad no sé si sean historias que el se ha inventado o que más bien le han contado, algunas buenas, otras no tanto pero todas tienen en común que suceden en Latinoamérica. Las ilustraciones tampoco son de mi agrado… pero cada quién sus gustos. Creo que lo que más me gustó son las inscripciones en los muros :P Calificación de 7.5
Las palabras andantes

Las palabras andantes

Los curas, como usted sabe, sólo reciben la confesión de los pecados, que es lo que la gente menos necesita confesar.

Dios tampoco permite que regresen los demás pescadores del lago de Galilea, ni su propio hijo Jesús. Cuando ellos estuvieron en el mundo, fueron corridos a palos y fueron colgados de altas cruces y fueron desangrados a golpes de lanza. Han pasado dos mil años pero Dios no olvida.

Escrito en un muro de Montevideo: Nada en vano, Todo en vino. También en Montevideo: Las Vírgenes tienen muchas Navidades, pero ninguna Nochebuena. En Buenos Aires: Tengo ambre. Ya me comí la h. También en Buenos Aires: ¡Resucitaremos aunque nos cueste la vida! En Quito: Cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas. En México: Salario mínimo al Presidente, para que vea lo que se siente… En Río de Janeiro: Quien tiene miedo de vivir, no nace.

La madre abnegada ejerce la dictadura de la servidumbre. El amigo solícito ejerce la dictadura del favor. La caridad ejerce la dictadura de la deuda. La liberta de mercado te permite aceptar los precios que te imponen. La libertad de opinión te permite escuchar a los que opinan en tu nombre. La liberta de elección te permite elegir la salsa con que serás comido.

En la pared de una fonda de Madrid, hay un cartel que dice: Prohibido el cante. En la pared del aeropuerto de Río de Janeiro, hay un cartel que dice: Prohibido jugar con los carritos porta-valijas. O sea: todavía hay gente que canta, todavía hay gente que juega.

A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos. Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia. Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla.

¿Para qué son redondas las monedas? Para que corran.

…los hijos están hechos de los mismos materiales que los sueños y las pesadillas.

Para mal de amores, no valen doctores.

La boca del ciego canta lo que han visto sus oídos…

Javier Villafañe busca en vano la palabra que se le escapó justo cuando iba a decirla. ¿Adónde se habrá ido esa palabra que tenía en la punta de la lengua? ¿Habrá algún lugar donde se juntan las palabras que no quisieron quedarse? ¿Un reino de las palabras perdidas? Las palabras que se te fueron, ¿dónde te están esperando?

Se sabe que hubo una fiesta en el cielo. Que ustedes [los perros] se bañaron en un río que no era el Paraná, un río de allá del Paraíso… -Y dejamos los rabos a secar en la orilla. Rabo mojado no espanta mosquitos. -Si. Todos los rabos en la orilla, en fila. -Y Dios nos hizo la broma aquella. Mandó al río crecer. -Se desbordó, el río. -Y tuvimos que salir de aputo. Y en el desespero, cada cual agarró el primer rabo que encontró. Y desde entonces nos andamos olfateando, en busca del rabo perdido.

Yo era muchacho, casi niño, y quería dibujar. Mintiendo la edad pude mezclarme con los estudiantes que dibujaban una modelo desnuda. En las clases, yo borroneaba papeles, peleando por encontrar líneas y volúmenes. Aquella mujer en cueros, que iba cambiando de pose, era un desafío para mi mano torpe y nada más: algo así como un jarrón que respiraba. Pero una noche, en la parada del ómnibus, la vi vestida por primera vez. Al subir al ómnibus, la pollera se alzó y le descubrió el nacimiento del muslo. Y entonces mi cuerpo ardió.

La A tiene las piernas abiertas. La M es un subibaja que va y viene entre el cielo y el infierno. La O, círculo cerrado, te asfixia. La R está notoriamente embarazada. -Todas las letras de la palabra AMOR son peligrosas- comprueba Romy Díaz-Pereyra.

…más allá de las nubes no puede la gente renacer en los hijos que tiene, ni en las papas que planta, ni en los amores que deja.

Papá Montero era bailandero y cantador, fundador de las alegría en la noche de La Habana. Toda la ciudad se iba de rumba con él, y en el rumbo de su rumba se perdía. Cuando una puñalada acabó con Papá Montero, la noche de La Habana se quedó muda. Pero en pleno velorio, una rumba sonó. Muy lejana. Casi nadie la oyó. Al amanecer, cuando los amigos iban a llevarse el ataúd, descubrieron que en el ataúd no había nadie.

Quien sabe leer, lee: Prohibido. Quien no sabe, aprende a golpes, curso de pobre.

Día que empieza mal, sigue peor.

Si la bestia te ataca, ¿qué harás? ¿Rezarás? ¿Te resignarás, y que se cumpla la voluntad de Dios? ¿O te treparás a un árbol? A mi papá no le gusta que lo usen de coartada para la cobardía o la estupidez.

El no los quiere [Dios], por casi buenos. El Diablo tampoco, por casi malos.

Me van a escuchar después de muerto -dice-. Aquí, en la tierra, es así.

Si las palabras engordaran, con todas las que yo me trago, no cabría en el mundo.

Ella está en el horizonte -dice Fernando Birrí-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre dies pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.

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