Eduardo Galeano.
Excelente libro a la manera de Eduardo Galeano que aborda el tema del futbol de una manera que podría decir exquisita. En él, Galeano se identifica como un romántico que anda en busca de buen futbol sin importar de dónde sea y de quién sea, criticando las nuevas propuestas de futbol defensivo y la falta de compromiso de los jugadores. Recomendado ampliamente, hace reseñas de los mundiales (la versión que tengo en pdf incluye hasta el Mundial 2002) en pocos comentarios, y hace referencias a los momentos históricos que en el mundo se estaban viviendo en las mismas fechas de los mundiales; es puntilloso al hablar en cada mundial, que fuentes de Miami esperan la inminente caída de Fidel Castro, cosa que hasta hace una semana se dió, sólo que al presentar él mismo su renuncia al cargo.
Otro aspecto recomendable son las crónicas de descripciones de goles famosos; casi casi, puedes sentir que estás ahí, en el estadio. Es en fin, un referente para quienes gustamos del futbol. Calificación de 10. |
 |
Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy mas que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: -Una linda jugadita por el amor de Dios. Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece.
Por suerte todavía aparece por las canchas, aunque sea muy de ve en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.
[El hincha] Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos lo rivales son tramposos. [...] El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que has sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.
El estadio del rey Fahd , en Arabia Saudita, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.
Ya existía, eso sí, el fuera de juego. Era desleal meter goles a espaldas del adversario.
¿En qué se parece el futbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.
… porque también en el futbol unos son más iguales que otros.
Hoy en día están prohibidas [las moñas, gambetas que dibujan ochos sucesivos en la cancha], o al menos vigiladas bajo grave sospecha, esta orfebrerías: ahora se considean exhibicionismos egoístas, que traicionan al espíritu de equipo y son perfetamente inútiles ante los férreos sistemas defensivos del futbol moderno.
Y aunque han transcurrido muchos años, la desconfianza continúa: cada vez que un tiro de esquina sacude la red sin intermediarios, el público celebra el gol con una celebración, pero no se lo cree.
Piendibene, hombre de rara maestría y más rara modestia, nunca fstejaba sus goles, por no ofender.
El arquero argentino Bossio, se tiró en paloma, cuando ya la pelota se había estrelaldo contra la red. L pelota rebotó en la red, y volvió, picando, a la cancha. El puntero uruguayo Figueroa, volvió a meterla, catigándola de una patada, porque eso de salirse era mala educación.
[Albet Camus] También aprendio a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura…
[Domingos da Guia] El despreciaba la velocidad. Jugaba en cámara lenta, maestro del suspenso, gozador de la lentitud: se llamó domingada al arte de salir del área a toda calma, como él hacía, desprendiéndose de la pelota sin correr y sin querer, porque le daba pena quedarse sin ella.
Aquella tarde, en el camino al gol, reibió trancazos duros de Angeletti y Suárez, y él se dió el lujo de eludirlos dos veces. Valussi le desgarró la camisa, lo agarró de un brazo y le tiró una patada y el corpulento Ibáñez se le plantó delante en plena carrera, pero la pelota formaba parte del cuerpo de Atilio y nadie podía parar esa tromba que volteaba jugadores como si fueran muñecos de trapo, hasta que por fin Atilio se desprendió de la pelota y su disparo tremebundo sacudió la red. Los jugadores de Boca rodearon al árbitro: le exigían que anulara el gol por las faltas que ellos habían cometido. Como el árbitro no les hizo caso, los jugadores se retiraron, indignados, de la cancha.
… cuando Lago o García metían un gol perfecto, de esos que dejan a los rivales paralíticos de rabia o de admiración, recogían la pelota del fondo de la red y con ella bajo el brazo desandaban su camino, paso a paso, arrastrando los pies: así, levantando el polovo, borraban sus huellas, para que nadie les copiara la jugada.
El público bautizó con el nombre de La Máquina a aquel legendario equpi [River plate], por la precisión de sus jugadas. Era un dudoso elogio. Nada tenían que ver con la frialdad mecánica esos atacantes que gozaban jugando y de tanto disfrutar se olvidaban de patear al arco. Mas justa era la hinchada cuando los llamaban Caballeros de la angustia, porque estos jodones hacían sudar la gota gorda a sus devotos antes de brindarles el alivio del gol.
En el futbol como en todo lo demás, son mucho más numerosos los consumidores que los creadores.
Heleno estaba de espaldas al arco. La pelota llegó de arriba. El la paró con el pecho y se dió vuelta sin dejarla caer. Co el cuerpo en arco y la pelota en el pecho, enfrentó la situación. Entre el gol y él, una multitud. En el área de flamengo había más gente que en todo Brasil. Si la pelota iba al suelo, estaba perdido. Y entonces Heleno se echó a caminar, siempre curvado hacía atrás, y con la pelota en el pecho atravesó tranquilamente las líneas enemigas. Nadie se la podía sacar sin cometer falta, y estaba en la zona de peligro. Cuando llegó a las puertas del arco, Heleno enderezó el cuerpo. La pelota se deslizó hacia sus pies. Y remató.
A mediados de los años cincuenta, Peñarol firmó el primer contrato para lucir publicidad en las camisetas. Diez jugadores aparecieron con el nombre de una empresa en el pecho. Obdulio Varela, en cambio, jugó con la camiseta de siempre, y explicó: -Antes, alos negros nos llevaban de una argolla en la nariz. Ese tiempo ya pasó.
A propósito de santas costumbres, hace ya unos cuantos años que un milagro del Papa de Roma convirtió al Espíritu Santo en un banco de crédito. Actualmente, el club italiano Lazio lo tiene de sponsor. Banco di Santo Spirito, dicen las camisetas, como si cada jugador fuera un cajero de Dios.
Para el hincha fanático, el placer no está en la victoria del propio club, sino en la derrota del otro.
El pertenecía al Hamburgo en cuerpo y alma: -Soy un hincha más, el Hamburgo es micasa -decía. Uwe Seeler despreció todas las ofertas que tuvo, muchas y muy suculentas, para jugar en los más poderosos equipos de Europa.
Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, para no perderse el golazo.
Alain Giresse formó, junta a Platiní, Tigana y Genghini, la más espectacular línea media del Mundial 82 y de toda la historia del futbol francés. En la pantalla del televisor, Giresse era tan chiquito que siempre parecía que estaba lejos. [...] En el futbol la habilidad es más determinante que las condiciones atléticas, y en muchos casos la habilidad consiste en el arte de convertir las limitaciones en virtudes.
Platiní no sólo ofrecía, en cada partido, un recital de goles de ilusionista, de esos que no pueden ser de verdad, sin oque también encandilaba al público con su capacidad para organizar el juego de todo el equipo. Bajo su dirección, la selección francesa exhibía un futbol armonioso, construído y disfrutado paso a paso, a medida que cada jugada crecía: todo lo contrario del centro a la olla, embestida al bulto y que Dios se apiade.
Pero las barras bravas, que ofenden al futbol como el borracho ofende al vino, no son un triste privilegio europeo.
En el Mundial del 86, Valdano, Maradona y otros jugadores protestaron porque los principales partidos se jugaban al mediodía, bajo un sol que freía lo que tocaba. El mediodía de México, anochecer de Europa, era el horario que convenía a la televisión europea.
Aplaudida eficiencia de la mediocridad: cada vez abundan más, en el futbol moderno, los equipos integrados por funcionarios especializados en evitar la derrota, y no por jugadores que corren el peligro de actuar con inspiración y dejarse llevar por la improvisación.
La moral del mercado, que en nuestro tiempo es la moral del mundo, autoriza todas las llaves del éxito, aunque sean ganzúas.
Hoy en días esos clubes son sociedades anónimas que manejan fortunas contratando jugadores y vendiendo espectáculos, y estan acostumbrados a trampear al Estado, a engañar al público y a violar el derecho laboral y todos los derechos. Están, también, acostumbrados a la impunidad. No existe corporación multinacional más impune que la FIFA, que los agrupa a todos. La FIFA tiene su propia justicia. Como Alicía en el país de las maravillas, esa justicia de la injusticia dicta sentencia pimero y hace el proceso después, que ya habrá tiempo.
Somos porque ganamos. Si perdemos, dejamos de ser. La camiseta de la selección nacional se ha convertido en el más indudable símbolo de identidad colectiva, y no sólo en los países pobres o pequeños que dependen del futbol para figurar en el mapa. [...]En el futbol, como en todo lo demás, esta prohibido perder. En este fin de siglo, el fracaso es el único pecado que no tiene redención.
Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado de ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y el crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer».
Según un reciente estudio científico publicado por el Daily Telegraph de Londres, los hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta testosterona como los jugadores.
Antes, los «pases» se referían al viaje de la pelota de un jugador al otro; ahora, los «pases» aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un país a otro.
Los robots, programados por ingenieros, son fuertes en defensa y rápidos y cañoneros en el ataque. Jamás se entretienen con la pelota. Cumplen sin chistar las órdenes
del director técnico y ni por un instante cometen la locura de creer que los jugadores juegan.
Según los datos publicados hace un par de años por France Football, el tiempo de vida útil de los jugadores profesionales ha bajado a la mitad en los últimos veinte años. El promedio, que era de doce años, se ha reducido a seis. Los obreros del fútbol rinden cada vez más y duran cada vez menos. Para responder a las exigencias del ritmo de trabajo, muchos no tienen más remedio que recurrir a la ayuda química, inyecciones y pastillas que
les aceleran el desgaste, las drogas tienen mil nombres, pero todas nacen de la obligación de ganar y merecen llamarse exitoína.