Cartas a mi amiga maltratada

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David Hormachea.

Si conoces de alguna mujer que sufra maltrato físico dentro de su matrimonio, entonces este libro es perfecto ya que el autor presenta una serie de indicaciones con el fin de acabar con actitudes de violencia. Lo que hay que estar dispuesto a poner es valor para llegar hasta el fin, sea cual sea el resultado, pero lo importante es anular cualquier forma de maltrato físico, que impide la vida de un verdadero matrimonio. Calificación de 8.
Cartas a mi amiga maltratada.

Cartas a mi amiga maltratada.

A mi Padre Celestial, el Dios que por amor ha actuado con justicia. (Me da lo que merezco. Sufro las consecuencias de mis errores y pecados. Por eso evito al máximo el pecado.) Ha actuado con misericordia (No me da todo lo que merezco, pero no me ha dejado de perdonar a pesar de mis constantes fallas. Por eso tengo esperanza.) Ha actuado con gracia. (Me da lo que no merezco: sus bendiciones, su protección, su cuidado, y su salvación. Por eso me siento seguro.)

El maltrato es una de las experiencias más dolorosas de las relaciones humanas. Aunque en diferentes grados, todos sabemos lo que se siente al ser maltratado porque las experiencias son variadas. Existe maltrato en los lugares de trabajo, entre los amigos, en la sociedad, y tristemente, aun en la familia. El maltrato destruye nuestra autoestima y nos puede llenar de amargura y resentimiento.

El amor perfecto de Dios, y no el amor imperfecto enseñado por la sociedad, es el que vale la pena imitar. Él sí nos ama y es así como nosotros debiéramos amar. En su misericordia, Dios no nos da lo que merecemos. Nos perdona cuando fallamos, nos comprende, nos da nuevas oportunidades y nos levanta cuando caemos. En su justicia nos da lo que merecemos. No merecemos destrucción por nuestras faltas y pecados pero merecemos instrucción. No merecemos gritos ni insultos, pero merecemos exhortación y reprensión. No merecemos golpes ni heridas, pero merecemos disciplina. No merecemos que Él nos ignore y nos trate con indiferencia, pero merecemos experimentar las consecuencias. Eso es justicia. En su gracia Dios nos da lo que no merecemos. Merecemos terribles consecuencias, pero Él permite solo algunas para que aprendamos que no paga bien el hacer mal. Merecemos destrucción, pero en su amor y gracia nos da salvación.

No es saludable la familia en la que existe la violencia.

Miles de personas que se casaron profundamente enamorados nunca pensaron que la violencia les acompañaría en su viaje por la vida matrimonial. Pero después de unos años están sufriendo por ella.

No siempre ocurre lo que imaginamos.

Cruzarse de brazos y esperar a que exista una solución sobrenatural es erróneo. No quiero que actúes como muchas personas que han tomado una actitud muy cómoda y, evitando sus responsabilidades, claman a Dios para que les libere de algo en lo que ellas mismas se han metido, y no hacen nada para salir de esa situación destructiva. Nuestro deber es confrontar los problemas con sabiduría.

Es un terrible error enfocarnos en lo que la otra persona nos hace sentir, en vez de enfocarnos en lo que la persona es realmente.

Racionalizar es encontrar razones plausibles a su actitud pero que a su vez no son más que justificaciones inapropiadas a su mal comportamiento. Es lo que hacemos cuando tratamos de acallar las indicaciones de que existe algo erróneo, solo porque estas interfieren con nuestros sentimientos. Es una forma de hacer aceptable lo inaceptable. La verdad es que no eres la única pues todos tenemos la tendencia a hacerlo.

Hay que ser mansos pero nunca mensos.

¿Por qué tendría que aceptar la violencia que proviene de su esposo si ella la rechazaría si viniera de otro hombre?

Si tú no eliges lo correcto, alguien puede elegir por ti lo incorrecto.

Todo en la vida requiere de decisiones, si tú no decides, la decisión de tu compañero te llevará hacia donde él quiera.

Quien anhela la libertad es porque está oprimido.

¿No es cierto que tendemos a permanecer en el mismo estatus, a pesar de que no sea nada agradable?

Para algunas disyuntivas estamos preparados; para otras, nunca tenemos la suficiente preparación ni el conocimiento.

La necedad es una de aquellas raras enfermedades que no afecta tanto al que la tiene, como a los que le rodean.

Es una insensatez esperar un futuro diferente sin hacer cambios en el presente.

Tu presente es producto de las decisiones que tomaste en el pasado y tu futuro dependerá de las decisiones que tomes en el presente.

Aceptar es recibir voluntariamente lo que a uno se le da u ofrece.

Tal vez vendrán más hijos porque muchas mujeres creen que la llegada de un nuevo bené puede cambiar al abusador. Pero lo único que logran es adquirir más responsabilidades, experimentar más pérdida de su autoestima y ser mucho más dependiente de las circunstancias. Todas esas responsabilidades se convertirán en cadenas que te atarán más y más y te dejarán mucho más indefensa.

Quien permite la violencia, la perpetúa.

La aceptación es capitulación o rendición, nunca es una solución.

Quien sinceramente confiesa sus faltas, admite claramente sus culpas y está dispuesto a sufrir las consecuencias que sobrevengan.

El maltrato no es una pérdida del control, sino un intento de ganarlo o mantenerlo si ya lo tiene.

El cambio radical es producto del poder divino todo suficiente, obrando en la vida de un hombre dispuesto, honesto y obediente. No depende de una mujer tierna y sincera, por más amorosa e inteligente que esta sea.

Si no sabes nadar no intentes hacerlo con el que se ahoga.

Todos tenemos derecho a enojarnos por cosas justas, pero nunca se justifica la reacción violenta ante la falla de otro ser humano.

Tú has sido un cómplice indirecto al luchar por mantener una imagen errónea.

Aunque es invalorable el buen consejo, también es inmensamente destructivo el consejo erróneo.

El deseo del cambio no es el cambio en sí. El deseo de actuar no es acción. Solo la acción es acción.

Quien sinceramente confiesa sus faltas, admite claramente sus culpas y está dispuesto a sufrir las consecuencias que sobrevengan.

Si no sabes nadar no intentes hacerlo con el que se ahoga.

Todos tenemos derecho a enojarnos por cosas justas, pero nunca se justifica la reacción violenta ante la falla de otro ser humano.

Cuando un cónyuge está actuando erróneamente y el otro equivocadamente, se agrava la situación. Ningún conflicto se soluciona con amenazas o intimidación.

El deseo del cambio no es el cambio en sí. El deseo de actuar no es acción. Solo la acción es acción.

En las relaciones saludables las confrontaciones llevan al perdón y al acercamiento. Ellas

La violencia en el hogar no es un asunto que se soluciona solamente con medios espirituales ignorando la responsabilidad que tiene la persona afectada de actuar debidamente.

La culpa es una expresión de la conciencia que es producto de nuestras emociones. Es un sentimiento de desaprobación. Este sentimiento fue enviado a nuestra mente influenciado por los valores que tenemos. Los valores revisan nuestras acciones y actitudes y entonces envían sentimientos de culpa a nuestra mente.

Es necesario recordar que las palabras o consejos que damos a nuestros hijos no son la mayor influencia que ellos reciben. La mayor influencia procede de nuestro comportamiento.

Algunas creen que lo único que deben hacer es orar a Dios para que le libre de la violencia o cambie a su esposo. No se vaya al extremo de esperar que Dios haga lo que a usted le corresponde, ni de querer hacer lo que le corresponde a Él. Lo que a Él le corresponde son los milagros. Nosotros no podemos hacerlos. Ore por un milagro pero, por favor, no intente usted hacerlo.

Ore para que Él intervenga y cambie al abusador, pero recuerde que no podemos manipular a Dios exigiéndole que haga lo que queremos, porque Él tampoco manipulará a nadie exigiéndole que cambie. Dios dio a todo hombre un libre albedrío, es decir, la capacidad de elegir entre el bien y el mal. Dios puede hacer un milagro, pero no trate usted de ayudarle a realizarlo.

Mientras más cruel ha sido el trato del hombre abusador, más ligada a él se puede sentir la mujer. Mientras más años ha resistido el maltrato, mayor grado de dependencia ha creado. Por su renuncia a sí misma y a sus capacidades, más impotente se siente frente al mundo y no puede imaginarse que es capaz de sobrevivir sin él.

No existe manera de predecir cuál va ser la reacción de su compañero, ni se sabe si cumplirá sus amenazas de autodestruirse. Pero aunque él cumpla su objetivo usted no es responsable de su compartamiento. Su responsabilidad es hacer lo correcto sin importar las consecuencias.

Una persona es adicta cuando no puede separarse de su pareja pese a la relación destructiva que llevan. Esa relación enfermiza ha creado un hábito o una necesidad.

Fuimos creados para glorificar a Dios, pero cuidado con pensar que glorificamos solo en un templo. Glorificamos a Dios cuando todo lo que hacemos, lo realizamos obedeciendo a sus planes para nuestra vida.

Una puerta llamada divorcio.

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David Hormachea.

Si te encuentras en un periodo difícil dentro de tu matrimonio y no sabes si el divorcio puede ser una salida, he aqui una nueva perspectiva al respecto. Basado en la Palabra, al autor, analiza el divorcio como una puerta hacia la restauración de una vida. Pero ojo, esa puerta no siempre es la adecuada. Calificación de 10.
Una Puerta Llamada Divorcio

Una Puerta Llamada Divorcio

Por un cierto tiempo viví como un intolerante. Gracias a Dios que en los últimos años, el entrar más en contacto con la realidad humana y estudiar profundamente la Palabra de Dios, me ha producido un corazón que lucha por modelar la misericordia, la gracia y la compasión y que se duele ante la tragedia ajena.

Sin gracia, las diferencias nos mueven a divorciarnos. Cuando actuamos con gracia, las diferencias nos instan a apoyarnos. La gracia es el lubricante que suaviza las fricciones de quienes aunque somos diferentes, hemos decidido amarnos.

La gracia se define como un favor inmerecido. Es un favor que nunca podríamos haber alcanzado por nosotros mismos, que no podemos comprar y que no tenemos ninguna posibilidad de pagar una vez que se nos ha otorgado. El término hebreo es chen y significa doblarse o inclinarse. En la gracia, el superior se inclina a mostrar bondad a un inferior cuando no existe obligación por parte del superior.

La mayoría de los seres humanos somos más propensos a tener una actitud curativa en vez de preventiva. Nos preocupamos de nuestra salud cuando nos enfermamos y no antes. Muchos quieren cambiar cuando su cónyuge ya no acepta dar una nueva oportunidad fuera de todas las que ha dado. Y otros quieren entender más sobre el divorcio cuando ya lo han decidido, en vez de entenderlo y estudiarlo antes de decidirlo.

Del ejemplo divino he aprendido que cuando relacionarse con otro ser humano es imposible, la gracia lo hace posible. Dios no puede relacionarse con el pecador si no fuera por su gracia.

El problema que enfrentamos es la tendencia que tenemos a ser solo receptores de la gracia de Dios. Sin embargo, tenemos serios problemas para dispensarla. Nos cuesta ser instrumentos de gracia. El orgullo y el egoísmo batallan dentro de nosotros y nos impiden el flujo de la gracia. Si no vivimos con gracia, no podemos darle el golpe mortal al orgullo que es el principal instigador de la tendencia a compararnos y a controlar a los demás.

En la vida conyugal la ausencia de gracia lleva a la tiranía o la rebelión.[...] La segunda consecuencia de la ausencia de gracia es la tendencia a controlar a los demás. Esto nos incita a manipular e intimidar a quienes se supone que debemos guiar, proteger y amar. Como resultado, las personas son inflexibles, impositivas, exigentes, pasan por alto los sentimientos y no satisfacen necesidades. Quieren hacer las cosas a su manera y quien se oponga sufrirá las consecuencias.

Cuando existen todos los motivos y se dan las condiciones ideales para actuar conforme a lo que sentimos, solo la gracia nos permite evitarlo. Cuando debemos perdonar más de lo que creemos tener capacidad, necesitamos gracia. Cuando creemos que debemos hacer lo que una persona no merece, a pesar de que nunca podrá pagarnos, necesitamos gracia.

Tenemos tendencia a hacer lo que queremos por sobre lo que Dios quiere y buscar nuestro bien por sobre el bien de los demás.

Cuando la relación matrimonial no da resultados, nuestro llamado no es para abandonar esa relación. No se nos exige soltar los vínculos. Por el contrario, se nos exhorta a revisar nuestro compromiso. Es en los momentos en que por los embates de la vida se quieren soltar las amarras cuando más necesitemos afirmar nuestro compromiso y profundizar nuestro pacto. Si usted en este momento enfrenta conflictos matrimoniales, no huya de su pacto. Solo afirme más que nunca su compromiso, y si no sabe cómo hacerlo, busque ayuda.

Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios. 1 Cor 7:15

Separarse para reencontrarse con uno mismo, para poner en orden los pensamientos o para cambiar, no es sabio. La separación debe dirigirla un consejero pues los cónyuges llegaron a esa coyuntura debido a su negativa o incapacidad de resolver sus conflictos. Los cónyuges nunca deben volver a juntarse si no han eliminado la causa de su separación.

Todo lo que tiene potencial para el éxito, tiene potencial para el fracaso.

Así como un buen matrimonio es similar a un cielo, un mal matrimonio es realmente un infierno.

Es difícil porque el divorcio es un proceso que nunca termina. El divorcio es una de las experiencias más dolorosas. Es la muerte de un matrimonio, pero con esto no terminan todas las cosas como sucede con la muerte física. Se acaba la relación conyugal, pero en la mayoría de los casos quedan nexos comunes. Existen lazos económicos que exige cierto trato y es mucho más difícil cuando se tienen hijos. Con estos, los padres se ven obligados a tener un cierto nivel de contacto. Los efectos del divorcio se pueden aprender a manejar con mucha sabiduría, pero en esencia es una herida en el plan perfecto de Dios que deja profundas cicatrices.

Si después de un serio análisis y ayuda especializada considera que tiene razones bíblicas para divorciarse, quisiera que haga un examen profundo de lo destructiva que es su relación conyugal y la compare con las consecuencias que le sobrevendrían en caso de un divorcio.

A veces todas las técnicas que los cónyuges emplean con el fin de sostener el matrimonio solo sirven para permanecer juntos, pero es un fracaso porque el problema real en vez de solucionarse, se agrava. [...] Por lo tanto, ante tal situación, deben rechazarse de inmediato esos mecanismos de presión que se usaron con anterioridad porque no son lo suficientemente sabios como para motivar un cambio.

La manipulación, la angustia, la ira, las exigencias, las peleas, los conflictos pasados por alto, el sufrimiento soportado sin abrir la boca, deben eliminarse. Las técnicas de suplicar, gritar, llorar o la actitud de esclava que adopta una esposa, son del todo destructivas. Indudablemente que hay tiempos en que los sentimientos deben expresarse y hay ocasiones en que hay que mantener una callada tolerancia. Sin embargo, estas respuestas no deben usarse como una técnica persuasiva para mantener el matrimonio. La mayoría de las personas no sueñan ni planifican usar este tipo de métodos coercitivos para convencer al cónyuge de que deben seguir casados. Más bien estas prácticas erróneas son producto de un acomodamiento a las circunstancias o los mecanismos de defensa que los cónyuges han creado. Sin duda, también han usado otros métodos con el sincero afán de atraer, animar, compartir, soportar, apoyar a su cónyuge o para mostrar que aun existe amor verdadero. La dura realidad, no obstante, comprueba que incluso esas técnicas han fallado y usarlas solo consigue agravar la situación.

Recuerde, la súplica constante, el ruego acongojado, son métodos ineficaces para atraer a otra persona. Acciones como estas solo aumentan la falta de respeto.

Algunas parejas después de confrontar profundamente el asunto o de separarse y buscar ayuda profesional, toman la determinación de separarse definitivamente y luego divorciarse. En ese caso, la persona que ha estado sufriendo por tanto tiempo comenzará por primera vez a experimentar cambios.

Enfrentar la situación con determinación y sabiduría es un paso, no una opción. Es una obligación. Con solo enojarse o exigir constantemente, no conseguirá un cambio en su relación interpersonal. Lo que se requiere son acciones y no amenazas que nunca se cumplen. Se requiere un ultimátum que demande respuestas específicas y que resulten en buenas consecuencias para el matrimonio. Se debe hablar con absoluta franqueza. Hay que establecer las metas que se quieren lograr en la confrontación. Hay que establecer formas y fechas en que se comprobará si se está logrando lo planificado o prometido. Nunca haga promesas que no está dispuesta a cumplir. Su cónyuge las verá como falsas amenazas y nada más.

El cristiano tiene la responsabilidad de confrontar en amor y no aceptar con temor.

El divorcio es un pecado, pero no es un pecado imperdonable. El divorcio es un camino saludable cuando existe una relación malsana donde uno o ambos cónyuges no está dispuesto o no tiene la capacidad de sanar.

Pablo, dirigido por el Espíritu Santo, piensa en un tiempo importante de una relación conyugal conflictiva. Me refiero al período que existe desde que la persona cree que la situación del hogar es incontrolable e insoportable y debe divorciarse, y el momento en que esto realmente ocurre. En ese período de total decepción, confrontación y divorcio, las enseñanzas de Pablo nos muestran que existe una opción intermedia. Existe un período muy importante y decisivo entre la unión en un matrimonio destructivo y el divorcio. A ese período el apóstol lo llama separación.

El tiempo de separación sugerido y dirigido por un consejero puede convertirse en una excelente herramienta. Este incluye tareas que cumplir para lograr el propósito común: la sanidad de cada cónyuge y de la relación conyugal. Además, se delimitarán los términos. Se valorará si la relación matrimonial tendrá posibilidades de ser saludable o si se tendrán las pruebas que demuestren la necesidad del divorcio.

El divorcio secreto era un modo misericordioso de evitarle a la esposa adúltera la vergüenza y el dolor de tener que enfrentar un juicio en los tribunales judíos. Cuando un judío colocaba en las manos de la mujer el certificado en presencia de dos testigos, la unión se reconocía oficialmente como disuelta.

Al estudiar la historia, como estamos analizando, uno se da cuenta que la carta de divorcio se podía usar justa o injustamente. Como cualquier otro procedimiento, podía realizarse debida o indebidamente. Unos lo usaban para la sanidad que tanto necesitaban y que no podían encontrar de otra manera, y otros como una excusa para el pecado y para romper relaciones
conyugales con conflictos normales.

Es notoria la preocupación de Jesús. No deseaba que las mujeres quedaran en un estado de repudio. Al contrario, que si alguien debe repudiarla, basado en las causales mencionadas en el siguiente versículo, debe entregarle la carta de divorcio y no solo dejarla en estado de repudio. Note lo que dice el versículo 32 [Mateo 5]: Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio. Jesucristo dice que comete adulterio el que se casa con la «repudiada», no con la «divorciada», porque a la repudiada no se le ha dado el derecho de volverse a casar. Este derecho lo recibía quien había recibido la carta de divorcio y de por medio existía fornicación.

Dios permitió un nuevo matrimonio a quienes tienen legítimas razones bíblicas como son la inmoralidad sexual y la deserción.

Es obvio que estas enseñanzas no deben manipularse, ni usarse como una rápida excusa para escapar por medio del divorcio de problemas que con esfuerzo pueden resolverse.

Si la persona pecó y está sinceramente arrepentida, el perdón no es una opción para el cristiano, sino una obligación. Sin embargo, es obvio que debe comprobarse la sinceridad de quien expresa su arrepentimiento.

El cónyuge fiel tiene la opción de abandonar al que ha cometido tal agravio y no se arrepiente ni quiere abandonarlo. Digo que es una opción, de ninguna manera un mandato, pues eso es lo que podemos interpretar en la explicación de Pablo. Si alguien determina vivir en ese sufrimiento es su opción, pero no culpe a Dios de haberlo metido en una prueba. Esa no es la prueba de la fe del creyente, sino de un acto voluntario de someterse a un sufrimiento innecesario. Esa es mi interpretación, que Dios no manda, pero permite al cónyuge fiel obtener la libertad de dicho individuo creyente o no creyente.

Creo que es un pecado abandonar la relación matrimonial por conflictos que con esfuerzo y ayuda tienen solución. Creo que tienen una actitud muy pecaminosa quienes quieren tomar decisiones rápidas de abandonar la relación conyugal después de una discusión. Tampoco afirmo que se debe abandonar la relación conyugal cuando la pareja ha tenido serios conflictos que se han prolongado durante muchos años solo por la negativa a cambiar y la falta de disposición a aprender a convivir con amor y respeto. Antes de esta trascendental decisión se deben buscar todos los medios de comunicación y se debe hacer todo intento de sanidad en esa relación matrimonial herida. La búsqueda más importante debe ser la de un consejero que oriente bíblicamente y les ayude
a tomar decisiones con sabiduría. Estos intentos de solución con asesoramiento no deben realizarse una sola vez, sino tantas veces como sea posible.

Pablo establece dos razones para dejar que el incrédulo se marche: Primera, el creyente no está sujeto a servidumbre. Con su abandono voluntario el no creyente ha quebrantado el contrato matrimonial por lo que se da la primera causa para el divorcio y el nuevo matrimonio. Segunda, el creyente tiene el llamado a vivir en paz. Esto no sería posible si el creyente intenta suplicar, forzar y presionar a que se quede el incrédulo que desea marchar.

Ningún cristiano debe buscar agresivamente la disolución de su vínculo matrimonial. Es anticristiano planificar y tener un comportamiento soez con el deseo de provocar cansancio en la otra persona a fin de lograr el divorcio.

De ninguna manera estoy diciendo que el divorcio fue algo bueno que Dios creó. Pero sí creo que era una respuesta a un mal que a sus ojos era peor.

Después de un serio estudio que compruebe que la relación conyugal es peligrosa y pecaminosa y que uno de los cónyuges no acepta ayuda ni está dispuesto al cambio, la pareja debe emprender el proceso de divorcio.

No todas las personas que buscan el divorcio tienen motivos pecaminosos, pero la raíz de todo divorcio es el pecado. En muchos casos el pecado de uno y en muchos otros el pecado de ambos cónyuges. Si los cónyuges no pecaran y se relacionaran con gracia, no existiría el divorcio.

Pablo exhorta a la reconciliación de los separados y divorciados, y no anima la separación porque el divorcio no es un derecho sino un permiso.

Nunca debemos enseñar que Dios ordenó el divorcio, sino que es una evidencia del pecado, de la dureza del corazón del hombre.

El divorcio siempre lleva a la tragedia porque acaba con algo que nunca debe terminar, como es el matrimonio, y mete a las personas en experiencias hondamente conmovedoras. Sin embargo, en determinados casos la tragedia que viven algunas personas en el matrimonio es peor que la que puede producir el divorcio.

El divorcio hoy, como en los días de Jesucristo, no es de ninguna manera una solución total. Sin embargo, ofrece esperanza. Cuando se enfrenta adecuadamente, puede permitir el funcionamiento productivo de la persona y su reintegración a la sociedad. El divorcio, si las condiciones en que vive uno de los cónyuges son deplorables, permite romper la terrible y traumática situación y tener esperanza de recuperación. Por favor, entiéndame bien. La pareja debe permanecer unida tratando de
utilizar todos los medios apropiados disponibles, y tratando hasta los últimos momentos de restaurar su relación interpersonal. Los cónyuges deben estar dispuestos a renunciar a todo lo que es renunciable, aceptar que no podemos cambiar a la otra persona, y
aceptar que para tener éxito en la relación matrimonial es imprescindible aprender a vivir con las diferencias. Sin embargo, hay cónyuges que por las condiciones deplorables de su relación conyugal no deberían permanecer juntos. He notado que muchos de los que deciden permanecer en la relación matrimonial a pesar del tremendo conflicto que viven, a pesar del constante maltrato que experimentan o del conocido adulterio que existe, generalmente lo hacen porque tienen motivaciones equivocadas. Algunos continúan solo por temor. Otros reciben presión de su cónyuge, de la familia o de la sociedad. En muchas ocasiones se sienten presionados debido al maltrato físico y sicológico que están experimentando.

Por cierto el divorcio involucra tragedia; pero mayor tragedia es seguir dando ocasión al constante abuso, al interminable castigo o al conocido y denigrante adulterio.

Creo que quien no ha vivido años de lucha por salvar su matrimonio y que pese a sus esfuerzos ha terminado en el divorcio, con mucha facilidad puede tener una actitud condenatoria. Es fácil condenar cuando uno tiene una relación normal.

Lo extraño y sorprendente es que es más común encontrar congregaciones que ofrecen ayuda, restauración y completa comunión a un asesino que entregó su vida al Señor en la cárcel, mientras que se niegan a ofrecer ayuda y restauración y completa comunión a una mujer que tuvo que divorciarse de alguien que la maltrataba. Es triste que un hombre que luchó por mantener su
matrimonio y que, pese a su profundo deseo y esfuerzos no pudo evitar el divorcio, no pueda tener en una congregación el mismo privilegio de quien fuera un criminal a pesar que sabemos que el matrimonio es imposible cuando uno de los cónyuges renuncia a seguir en la relación conyugal. Es lamentable que a quien su esposa decidió abandonar definitivamente no le permitan participar de la eucaristía, a pesar de que sabemos que para poder continuar el matrimonio al estilo bíblico no solo se necesita la decisión y esfuerzo de una persona, sino de los dos.

Si hacemos un análisis de las pérdidas que sufrirán los divorciados, concluiremos que son muchas y variadas. Se pierde una relación interpersonal que no ha sido sencilla; una relación interpersonal que se construyó a través de los años. Se termina una relación que tomó mucho tiempo de desarrollo y que incluyó buenos y malos momentos. Partiendo de un punto cero se llegó a un cierto nivel de acercamiento entre dos seres humanos. Luego se vivió un proceso de deterioro de la relación conyugal que terminó en una situación insoportable. El proceso inverso, es decir, separarse de la persona con que un día se juntó, dejar de amar a alguien, dejar de servirle, dejar de compartir con esa persona amada, dejar de reír con quien reía, dejar de caminar con quien solía hacerlo y muchas otras cosas más, no permiten que el divorcio sea una experiencia fácil. He notado que el dolor que experimentan los cónyuges no depende de quién tomó la decisión. Sin importar de quién haya hecho el mayor esfuerzo por mantener el matrimonio, duele de todas maneras. Durante la convivencia de los cónyuges existieron acciones y actitudes que han lastimado. Los conflictos provocaron dolor y, por lo tanto, existirán angustias y resentimientos que necesitan sanidad. Se comienza a vivir un proceso inverso del que se vivió al inicio del matrimonio. El enamoramiento y el noviazgo que culminó con el matrimonio fue un proceso paulatino, un lento acercamiento a la persona amada. Ahora es un tiempo de separación paulatina y lenta. Este proceso de separación se inicia aun cuando los cónyuges viven juntos, continúa después que se firmó el divorcio y en
determinados casos, dependiendo de las personas y las circunstancias, el proceso nunca termina. Sobre todo cuando existen hijos, el proceso nunca termina. En este proceso reversivo, así como planificó y usó su inteligencia para buscar la manera de conocer y de acercarse a la persona que quería, hoy debe usar esas mismas armas para buscar vías para separarse de dicha persona a quien dice dejó de querer. Poco a poco las personas divorciadas comienzan a convertirse en extraños a diferencia del inicio del matrimonio cuando comenzaban a convertirse paulatinamente en cercanos, en íntimos.

El más grave problema no es la crisis en sí, sino la ausencia de conocimiento para manejarla.

Ninguna persona tiene todo el conocimiento de lo que debe hacer y que todos necesitamos ayuda para enfrentar las circunstancias difíciles que encontramos en nuestra vida.

El divorcio es un privilegio cuando en el matrimonio existen insuperables problemas conyugales y no hay esperanza de que se salve.

Los cónyuges que, por sus diferencias lógicas y los errores que cometen los llevan a serios conflictos, deciden divorciarse y volverse a casar no han entendido sus responsabilidades. Quienes en vez de hacer un compromiso de arrepentimiento y cambio de acciones, palabras y actitudes, prefieren seguir en conflictos, actúan con orgullo y así demuestran a las claras su
falta de honestidad y determinación para permanecer juntos. Si los cónyuges no están determinados a permanecer, y como un escape se divorcian y se vuelven a casar, no solo están en abierta desobediencia a los mandamientos divinos, sino que sufrirán las
consecuencias de su pecado. Cuando esto ocurre, no solo serían dos personas miserables, sino posiblemente serían cuatro. Al casarse ambos con otras personas llevarán consigo sus propios conflictos y tarde o temprano se manifestarán otra vez en su nueva
relación.

El matrimonio es una alianza entre dos personas. Es imposible mantener una alianza si uno de ellos está decidido a quebrantarla. […] Si una persona determinó la ruptura del vínculo matrimonial, todos los esfuerzos que haga la otra persona son prácticamente inútiles.

Si una mujer o un hombre divorciados tienen limitaciones en la sociedad secular, la situación dentro de la iglesia es lamentablemente más condenadora.

El divorciado no encuentra mucho apoyo en una reunión de caballeros. La divorciada no encuentra mucho apoyo en los grupos de damas. Todo porque sus casos son especiales. Los temas que se tratan en estas reuniones obviamente están dirigidos en especial a los matrimonios que viven circunstancias normales y no en situaciones especiales. Muchos de los separados y divorciados sienten que no encajan en ninguno de los grupos.

Creo que la mayoría de los divorciados cometen grandes errores en este proceso de restauración. Algunos se equivocan porque no saben qué hacer y otros porque tratan de echarse toda la culpa, el dolor y la vergüenza que los lleva a ocultar sus sentimientos y sus dolores en vez de buscar la ayuda necesaria. Estas personas necesitan instrucción y quién sino los
pastores y las congregaciones tenemos la responsabilidad de dicha orientación. Creo firmemente que la iglesia no solo debe comprender la situación que viven los divorciados, sino además debe dar instrucción para que aprendan a manejar con sabiduría
sus circunstancias. Debemos dar el apoyo necesario para que la persona no se sienta abandonada ni luchando sola en su crisis, sino que tiene una pan familia que intenta brindar el apoyo necesario. Pienso también que la iglesia debe brindar oportunidades de ministerio en determinadas esferas limitadas a los que tienen un claro y evidente llamado. No debe abandonar a quienes han demostrado madurez, han tenido razones bíblicas para estar en tal circunstancia y han sabido enfrentar el proceso
de divorcio con sabiduría y aplicando los principios y mandamientos de la Palabra de Dios.

Para algunos cristianos el divorcio se convierte en un medio de restauración. Ese nuevo estado de soltería les permite separarse del cónyuge que estaba produciendo un daño constante. La persona se restaura mediante la soltería. Se recupera, se recobra de la soledad a la que se ha visto sometida, del abuso a que ha sido objeto, de la dignidad que le habían usurpado, del maltrato que ha tenido que soportar. En su soltería es libre para servir a Dios, cuidar a sus hijos, dormir tranquila y trabajar con dignidad. Para otros la restauración se inicia con el divorcio, se desarrolla con la soltería y se completa con la
llegada de un nuevo matrimonio. Esa nueva relación conyugal realizada bajo los principios bíblicos le brinda compañía, afecto y seguridad que tanto anhelaba.

Un gran número de personas religiosas se aíslan espiritualmente, mientras que los que no han tenido interés en la vida religiosa se sienten atraídos por la iglesia en su búsqueda de comprensión, empatía y para lograr experimentar el perdón.

El perdón ofrece a la persona liberación y debe otorgarse independientemente de si la otra persona lo desea o no. Cuando perdonamos, nos quitamos un peso de encima y permitimos que sea Dios el que se encargue de tratar con la persona. Cuando perdonamos a la persona, apartamos de nuestra mente el constante martirio del resentimiento y los deseos de venganza. Abrimos la puerta e invitamos a que actúe el Dios de justicia.

Lo que nos permite salir de las experiencias dolorosas en nuestras relaciones conyugales es admitir que nos han tratado injustamente, que existen comportamientos que no debemos aceptar y que nos han herido.

El perdón no significa aceptación de un mal comportamiento, sino la aceptación de la persona a pesar de sus errores. Aceptar a la persona no significa que condonamos sus errores ni que vamos a volver a relacionarnos de la misma manera. Es simplemente sacar del corazón el deseo de venganza. Es renunciar a la posibilidad de herir a alguien que nos hirió.

De nosotros no depende que alguien nos hiera, pero la miseria sí la elegimos.

De la misma manera que la mayoría de las personas que se acercan al matrimonio tienen falsas expectativas de lo que es la vida conyugal, también quienes van hacia el divorcio se forman falsas expectativas de lo que experimentarán en ese proceso.

Otros viven con la esperanza de que su ex cónyuge cambie y aceptan acercamientos que lo único que producen es frustración y más dolor.

En primer lugar, la familia pierde la convivencia constante de todos sus miembros.

Igualmente parece que se pierde el uso de los nombres propios de los cónyuges. El marido se vuelve el «padre de los niños», y la esposa es la «madre de los pequeños» como para enfatizar que lo que les une el uno al otro no es amor, sino el vínculo de los hijos. Si no fuera por ellos (los hijos), jamás se volvería a ver a quien se le juró eterno amor.

De la misma forma que nos llevó tiempo y esfuerzo forjar la intimidad, se precisa tiempo y esfuerzo para perderla.

Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con
gran alegría. 1 Pedro 4:12-13.

Solo los que han sentido el rechazo de un ser querido, especialmente el de un cónyuge, son los que conocen el dolor y la tristeza que esto provoca. Algunas parejas me han dicho: «Cuando esto ocurre, nada en la vida importa. No se encuentra ni siquiera consolación. El futuro se transforma en algo sin interés ni esperanza. Las emociones comienzan a cambiar tan rápidamente, que uno vive en un tiempo de angustia e incertidumbre».

En algunos casos la mujer opta por hacer repetidas sugerencias acerca de la necesidad de buscar asesoramiento. En diversas ocasiones uno de los cónyuges insiste en buscar ayuda, trata de negociar e incluso cede ante peticiones exageradas que rebajan su dignidad a fin de mantener al hombre en el hogar. Algunos hombres, cuando ven que su esposa no soporta más la situación, intentan mantener a la esposa con amenazas.

En ocasiones, a estos períodos de frustración y enojo le sigue un breve tiempo de resignación. Es precisamente en este tiempo en que la tristeza y el dolor abruman a la persona. Incluso, sienten deseos de dejarse llevar por la corriente. Finalmente, el ciclo que he descrito se repite de nuevo dejando a la persona en incertidumbre, inseguridad y pánico.

He notado que nada destruye más rápidamente una relación romántica que el intento de una persona de llorar y suplicar que su cónyuge no se aleje. Por lo general, esto provoca en la persona que intenta abandonar a su cónyuge un más grande deseo de romper aquel vínculo. A veces sienten algo de compasión, pero rara vez esto logra que la persona vuelva a restaurar su relación interpersonal.

Estoy comprometido a proclamar lo que Dios dice y no intento agregar nada más a lo que se ha revelado en las Escrituras. No intento facilitarle el camino a quienes buscan el divorcio por incompatibilidad o porque no están dispuestos a vivir con sus diferencias. Mi corazón se llena de tristeza cuando algunos abusan de la gracia de Dios y eligen el divorcio sin ningún fundamento bíblico. Ellos solo buscan salidas rápidas y no respetan su compromiso con Dios y su cónyuge. No soy profeta, pero les aseguro una vida con muchas angustias porque Dios perdona todos nuestros pecados, pero no siempre elimina las consecuencias. Entiéndame, existe algo mucho peor que vivir con conflictos en el hogar y es vivir en desobediencia al Dios justo y Todopoderoso.

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