El canto del pájaro

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Anthony de Mello.

Nueva colección de cuentos a la manera del Padre de Mello, aunque muy por debajo de los clásicos de la oración de la rana. Con este libro se reinicia mi lectura en el diario trajinar al nuevo lugar de trabajo en el DF. Calificación de 7.0
El canto del pájaro

El canto del pájaro

Nasruddin llegó a ser primer ministro del rey. En cierta ocasión, mientras deambulaba por el palacio, vio por primera vez en su vida un halcón real. Hasta entonces, Nasruddin jamás había visto semejante clase de paloma. De modo que tomó unas tijeras y cortó con ellas las garras, las alas y el pico del halcón. «Ahora pareces un pájaro como es debido», dijo. «Tu cuidador te ha tenido muy descuidado».

El guerrero japonés fue apresado por sus enemigos y encerrado en un calabozo. Aquella noche no podía conciliar el sueño, porque estaba convencido de que a la mañana siguiente habrían de torturarle cruelmente. Entonces recordó las palabras de su Maestro Zen: «El mañana no es real. La única realidad es el presente». De modo que volvió al presente… y se quedó dormido.

Los Maestros de Zen lo expresan más concisamente: «El que sabe no habla. El que habla no sabe».

Había un hombre que tenía una hija muy fea y se la dio en matrimonio a un ciego, porque ningún otro la habría querido. Cuando un médico se ofreció a devolver la vista al marido ciego, el padre de la muchacha se opuso con todas sus fuerzas, pues temía que el hombre se divorciara de su hija.[...] «El marido de una mujer fea es mejor que siga ciego».

Mi vida religiosa ha estado enteramente en manos de profesio¬nales. Si yo quiero aprender a orar, acudo a un director espiritual; si deseo descubrir la voluntad de Dios con respecto a mí, acudo a un retiro dirigido por un experto; para entender la Biblia recurro a un escriturista; para saber si he pecado o no, me dirijo a un moralista; y para que se me perdonen los pecados tengo que echar mano de un sacerdote. El rey de unas islas del Pacífico Sur daba un banquete en honor de un distinguido huésped occidental. Cuando llegó el momento de pronunciar los elogios del huésped, Su Majestad siguió sentado en el suelo mientras un orador profesional, especialmente designado al efecto, se excedía en sus adulaciones. Tras el elocuente panegírico, el huésped se levantó para decir unas palabras de agradecimiento al rey. Pero Su Majestad le retuvo suavemente: «No se levante, por favor», le dijo. «Ya he encargado a un orador que hable por usted. En nuestra isla pensamos que el hablar en público no debe estar en manos de aficionados».

En cierta ocasión un pariente visitó a Nasruddin, llevándole como regalo un ganso. Nasruddin cocinó el ave y la compartió con su huésped. No tardaron en acudir un huésped tras otro, alegando todos ser amigos de un amigo «del hombre que te ha traído el ganso». Naturalmente; todos ellos esperaban obtener comida y alojamiento a cuenta del famoso ganso. Finalmente, Nasruddin no pudo aguantar más. Un día llegó un extraño a su casa y dijo: «Yo soy un amigo del amigo del pariente tuyo que te regaló un ganso». Y, al igual que los demás, se sentó a la mesa, esperando que le dieran de comer. Nasruddin puso ante él una escudilla llena de agua caliente. «¿Qué es esto?», preguntó el otro. «Esto», dijo Nasruddin, «es la sopa de la sopa del ganso que me regaló mi amigo».

El sacerdote de la aldea era distraído en sus oraciones por los niños que jugaban junto a su ventana. Para librarse de ellos, les gritó: «¡Hay un terrible monstruo río abajo. Id corriendo allá y podréis ver cómo echa fuego por la nariz!». Al poco tiempo, todo el mundo en la aldea había oído hablar de la monstruosa aparición y corría hacia el río. Cuando el sacerdote lo vio, se unió a la muchedumbre. Mientras se dirigía resollando hacia el río, que se encontraba cuatro millas más abajo, iba pensando: «La verdad es que yo he inventado la historia. Pero quién sabe si será cierta…

Nasruddin se ganaba la vida vendiendo huevos. Entró una persona en su tienda y le dijo: «Adivina lo que llevo en la mano». «Dame una pista», dijo Nasruddin. «Te daré más de una: Tiene la forma de un huevo y el tamaño de un huevo. Parece un huevo, sabe como un huevo y huele como un huevo. Por dentro es blanco y amarillo. Antes de cocerlo es líquido y, una vez cocido, es espeso. Además, ha sido puesto por una gallina…». «¡Ya lo tengo!», dijo Nasruddin, «¡es una clase de pastel!». El experto tiene el don de no acertar con lo evidente. El sumo sacerdote tiene el don de no reconocer al Mesías.

Una vez llegó un profeta a una ciudad con el fin de convertir a sus habitantes. Al principio la gente le escuchaba cuando hablaba, pero poco a poco se fueron apartando, hasta que no hubo nadie que escuchara, las palabras del profeta. Cierto día, un viajante le dijo al profeta: «¿Por qué sigues predicando? ¿No ves que tu misión es imposible?». Y el profeta le respondió: «Al principio tenía la esperanza de poder cambiarlos. Pero si ahora sigo gritando es únicamente para que no me cambien ellos a mí».

Cuando, cada tarde, se sentaba el gurú para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que ordenó el gurú que ataran al gato durante el culto de la tarde. Mucho después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino. Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido.

Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que yo era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado. Pero un día me dijo: «No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte». Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: «No cambies. No cambies. No cambies… Te quiero…». Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡Oh, maravilla!, cambié. Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar a alguien que me quisiera, prescindiendo de que cambiara o dejara de cambiar. ¿Es así como Tú me quieres, Dios mío?

Es verdad que pedir a Dios insistentemente lo que deseamos es un ejercicio realmente loable. Pero es también muy peligroso.

Un hombre que paseaba por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas, por lo que el hombre se preguntaba cómo podría sobrevivir. Entonces vio llegar a un tigre que llevaba una presa en su boca. El tigre ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro. Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro por medio del mismo tigre. El comenzó a maravillarse de la inmensa bondad de Dios y se dijo a sí mismo: «Voy también yo a quedarme en un rincón, confiando plenamente en el Señor, y éste me dará cuanto necesito». Así lo hizo durante muchos días; pero no sucedía nada y. el pobre hombre estaba casi a las puertas de la muerte cuando oyó una Voz que le decía: «¡Oh, tú, que te hallas en la senda del error, abre tus ojos a la Verdad! Sigue el ejemplo del tigre y deja ya de imitar al pobre zorro mutilado». Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío dentro de ligero vestidito y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: «¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo?». Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: «Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti».

Entra el primer candidato: «¿Entiende usted que esto no es más que un simple ‘test’ que queremos hacerle antes de darle el trabajo que usted ha solicitado?». «Sí». «Perfectamente. ¿Cuántas son dos y dos?». «Cuatro». Entra el segundo candidato: «¿Está usted listo para el ‘test’?». «Sí». «Perfectamente. ¿Cuántas son dos y dos?». «Lo que diga el jefe». El segundo candidato consiguió el trabajo. La actitud del segundo candidato es muy recomendable si deseas ascender en cualquier institución, secular o religiosa. Frecuentemente te servirá para sacar estupendas notas en los crímenes religiosos. Por eso los licenciados en teología muchas veces son más conocidos por su amor a la doctrina que por su amor a la verdad.

Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey. Y le dijo Aristipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey».

El amante llamó a la puerta de su amada. «¿Quién es», preguntó la amada desde dentro. «Soy yo», dijo el amante. «Entonces márchate. En esta casa no cabemos tú y yo». El rechazado amante se fue al desierto, donde estuvo meditando durante meses, considerando las palabras de la amada. Por fin regresó y volvió a llamar a la puerta. «¿Quién es?». «Soy tú». Y la puerta se abrió inmediatamente.

Un amante estuvo durante meses pretendiendo a su amada sin éxito., sufriendo el atroz padecimiento de verse rechazado. Al fin su amada cedió: «Acude a tal lugar a tal hora», le dijo. Y allí, a la hora fijada, al fin se encontró el amante junto a su amada. Entonces metió la mano en su bolso y sacó un fajo de cartas de amor que había escrito durante los últimos meses. Eran cartas apasionadas en las que expresaba su dolor y su ardiente deseo de experimentar los deleites del amor y la unión con ella. Y se puso a leérselas a su amada. Pasaron las horas y él seguía leyendo. Por fin dijo la mujer: «¿Qué clase de estúpido eres? Todas esas cartas hablan de mí y del deseo que tienes de mí. Pues bien, ahora me tienes junto a ti y no haces más que leer tus estúpidas cartas». «Ahora me tienes junto a ti», dijo Dios a su ferviente devoto, «y no haces más que darle vueltas a tu cabeza pensando en mí, hablar acerca de mí con tu lengua y leer lo que dicen de mí tus libros. ¿Cuándo te vas a callar y me vas a probar?».

De camino hacia su monasterio, dos monjes budistas se encontraron con una bellísima mujer a la orilla de un río. Al igual que ellos, quería ella cruzar el río, pero éste bajaba demasiado crecido. De modo que uno de los monjes se la echó a la espalda y la pasó a la otra orilla. El otro monje estaba absolutamente escandalizado y por espacio de dos horas estuvo censurando su negligencia en la observancia de la Santa Regla: ¿Había olvidado que era un monje? ¿Cómo se había atrevido a tocar a una mujer y a transportarla al otro lado del río? ¿Qué diría la gente? ¿No había desacreditado la Santa Religión? Etcétera. El acusado escuchó pacientemente el interminable sermón. Y al final estalló: «Hermano, yo he dejado a aquella mujer en el río. ¿Eres tú quien la lleva ahora?». Dice el místico árabe Abu Hassan Bushanja: «El acto de pecar es mucho menos nocivo que el deseo y la idea de hacerlo. Una cosa es condescender con el cuerpo en un placentero acto momentáneo y otra cosa muy distinta que la mente y el corazón lo estén rumiando constantemente». Cuando las personas religiosas no dejan de darle vueltas a los pecados de los demás, uno sospecha que esa insistencia les proporciona más placer del que el pecado proporciona al pecador.

El corazón del tío Tom era muy débil y el médico le había aconsejado que tuviera mucho cuidado. De modo que, cuando sus familiares se enteraron de que el tío había heredado mil millones de dólares de un pariente difunto, tuvieron miedo de comunicarle la noticia, no fuera a ser que le ocasionara un ataque al corazón. Así pues, pidieron ayuda al párroco, el cual les aseguró que él encontraría el modo de decírselo. «Dígame, Tom», le dijo el Padre Murphy al anciano cardiópata, «si Dios, en su misericordia, le enviara mil millones de dólares, ¿qué haría usted con ellos?». Tom pensó unos instantes y dijo sin el menor asomo de duda: «Le daría a usted la mitad para la iglesia, Padre». Al oírlo, el Padre Murphy sufrió un repentino ataque al corazón. Cuando el próspero empresario sufrió un ataque al corazón, debido a sus esfuerzos por fomentar su imperio industrial, resultó fácil hacerle ver su codicia y su egoísmo. Cuando el párroco sufrió un ataque al corazón por promover el Reino de Dios, fue impo¬sible hacerle ver que se trataba de codicia y de egoísmo, aunque fuera en una forma más aceptable. ¿Había estado realmente promoviendo el Reino de Dios o a sí mismo? El Reino de Dios no necesita ser promovido, sino que él mismo fluye espontáneamente sin necesidad de nuestra anhelante ayuda. ¡Mucho ojo con nuestra ansia, que puede revelar nuestro egoísmo! ¿O no?

«¿Por qué no dejas nunca de hablar de mis pasados errores?», le preguntó el marido a su mujer. «Yo pensaba que habías perdonado y olvidado». «Y es cierto. He perdonado y olvidado», respondió la mujer. «Pero quiero estar segura de que tú no olvides que yo he perdonado y olvidado». Un diálogo: El discípulo: «;No te acuerdes de mis pecados, Señor!». El Señor.: «¿Pecados? ¿Qué pecados? Como tú no me los recuerdes… Yo los he olvidado hace siglos». El Amor no lleva cuenta de las ofensas.

Cuando trato de edificar, estoy tratando de impresionar a los demás. ¡Cuidado con el fariseo bienintencionado!

Un hombre buscaba una buena iglesia a la que asistir y sucedió que un día entró en una iglesia en la que toda la gente y el propio sacerdote estaban leyendo el libro de oraciones y decían: «Hemos dejado de hacer cosas que deberíamos haber hecho, y hemos hecho cosas que deberíamos haber dejado de hacer». El hombre se sentó con verdadero alivio en un banco y, tras suspirar profundamente, se dijo a sí mismo: «¡Gracias a Dios, al fin he encontrado a los míos!».

El marido: «¿Sabes, querida? Voy a trabajar duro y algún día seremos ricos». La mujer: «Ya somos ricos, querido. Nos tenemos el uno al otro. Tal vez algún día también tengamos dinero».

El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa. ¿Por qué no has salido a pescar?», le preguntó el industrial. «Porque ya he pescado bastante por hoy», respondió el pescador. «¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?», insistió el industrial. «¿Y qué iba a hacer con ello?», preguntó a su vez el pescador. «Ganarías más dinero», fue la respuesta. «De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas… y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo». «¿Y qué haría entonces?», preguntó ‘ de nuevo el pescador. «Podrías sentarte y disfrutar de la vida», respondió el industrial. «¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?», respondió el satisfecho pescador.

En el siglo pasado, un turista de los Estados Unidos visitó al famoso rabino polaco Hofetz Chaim. Y se quedó asombrado al ver que la casa del rabino consistía sencillamente en una habitación atestada de libros. El único mobiliario lo constituían una mesa y una banqueta. «Rabino, ¿dónde están tus muebles?» preguntó el turista. «¿Dónde están los tuyos?», replicó Hofetz. «¿Los míos? Pero si yo sólo soy un visitante… Estoy aquí de paso… », dijo el americano. «Lo mismo que yo», dijo el rabino.

El sannyasi había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto llegó corriendo hasta él un habitante de la aldea y le dijo: «¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la piedra preciosa!». «¿Qué piedra?», preguntó el sannyasi. «La otra noche se me apareció en sueños el Señor Shiva», dijo el aldeano, «y me aseguró que si venía al anochecer a las afueras de la aldea, encontraría a un sannyasi que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre». El sannyasi rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra. «Probablemente se refería a ésta»; dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano. «La encontré en un sendero del bosque hace unos días. Por supuesto que puedes quedarte con ella». El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante! Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano de un hombre. Tomó el diamante y se marchó. Pasó la noche dando vueltas en la cama, totalmente incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue a despertar al sannyasi y le dijo: «Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante».

El equipo de fútbol católico se dirigía a jugar un importante partido. Un periodista subió al mismo tren y entrevistó al entrenador. «Tengo entendido», le dijo el periodista, «que llevan con ustedes a un capellán para que rece por el triunfo del equipo. ¿Tendría usted inconveniente en presentármelo?». «Con mucho gusto», respondió el entrenador. «¿A cuál de ellos desea conocer: al capellán ofensivo o al defensivo?».

La mujer dejó en el suelo su cántaro de agua y marchó a la ciudad. Y dijo a la gente: «Venid y veréis al hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?». Cristiano: ¡Qué lección, la de la samaritana… No dio respuestas. Se limitó a hacer una pregunta y a dejar que los demás encontraran la respuesta por sí solos. Y eso que tuvo que sentir la tentación de dar la respuesta, después de haber oído de tus propios labios: «Yo soy el Mesías, el que te está hablando». Y fueron muchos los que se hicieron discípulos tras escuchar sus palabras. Y le dijeron a la mujer: «No creemos por lo que tú has dicho, sino porque nosotros mismos le hemos oído a El, y sabemos que El es realmente el Salvador del mundo». Cristiano: Me he contentado con saber acerca de Ti de segunda mano, Señor. De las Escrituras y de los santos; de Papas y predicadores… Me habría gustado poderles decir a todos ellos: «No creo por lo que vosotros habéis dicho, sino porque yo mismo le he escuchado a El».

La oración de la rana 2

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Anthony de Mello.

Vuelve la segunda parte de esta colección de historias al estilo del padre de Mello. Fuertemenete criticado por sus escritos y su tendencia oriental, a mi gusto en esta ocasión se rompe la regla y la segunda parte superó a la primera. Con temas que van de la educación y autoridad, pasando por las relaciones, el servicio y la naturaleza humana hasta llegar a la iluminación y la espiritualidad. En fin, con esta entrega Anthony se saca un 10.
La oración de la rana 2.

La oración de la rana 2.

«¿Cómo están tus hijos?» «Están los dos estupendamente, gracias.»
«¿Qué edad tienen?»
«El médico, tres años; el abogado, cinco.»

Un hombre decidió suministrar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro Dobberman, porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que se resistía con todas sus fuerzas, le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote. Pero, un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para asombro de su dueño, el perro volvió docilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces cuando el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.

Uno de los pocos hombres que han caminado por la luna cuenta cómo tuvo que reprimir sus instintos artísticos cuando llegó al satélite. Recuerda que, cuando se hallaba mirando embelesado a la Tierra, estaba como paralizado por el asombro y diciéndose para sí: “¡Dios mío, qué preciosidad!” Pero en seguida, volviéndo en sí, se dijo: “Deja de perder el tiempo y dedícate a recoger piedras”.

Al darse cuenta de que su padre se estaba haciendo viejo, el hijo de un ladrón le pidió: “Padre, enséñame tu oficio, para que, cuando te retires, pueda yo seguir la tradición de la familia.» El padre no dijo ni palabra, pero aquella noche se llevó al muchacho consigo para asaltar una casa. Una vez dentro, abrió un gran armario y ordenó a su hijo que averiguara lo que había dentro. Apenas el muchacho se había introducido en el armario, el padre cerró violentamente la puerta y dio vuelta a la llave, haciendo tanto ruido que logró despertar a toda la casa. A continuación, se largó tranquilamente. En el interior del armario, el muchacho estaba aterrorizado, enojadísimo y preguntándose cómo iba a arreglárselas para escapar. Entonces tuvo una idea: comenzó a maullar como un gato; con lo cual, un criado encendió una vela y abrió el armario para dejar salir al gato. En cuanto se abrió la puerta, el muchacho saltó afuera y todo el mundo se fue tras él. Al topar con un pozo que había junto al camino, el muchacho arrojó en él una enorme piedra y se ocultó en las sombras; al cabo de un rato logró escabullirse, mientras sus perseguidores escudriñaban el pozo con la esperanza de descubrir en él al ladrón. De regreso a su casa, el muchacho se olvidó de su enfado, impaciente como estaba por relatar su aventura. Pero su padre le dijo: “¿Para qué me cuentas esa historia? Estás aquí, y eso es lo que importa. Ya has aprendido el oficio.»

La madre: “¿Sabías que Dios estaba presente cuando cogiste esa galleta de la cocina?»
El niño: “Sí.»
“¿y sabías que te estaba viendo?”
“Sí.»
“¿y qué crees que te estaba diciendo Dios?»
“Me decía: “No estás tú solo; estamos los dos. De modo que coge dos galletas.”»

La directora del Colegio Mayor se dirigía a las nuevas alumnas y estimó conveniente aludir al tema de la moralidad sexual. «En los momentos de tentación», les dijo, «haceos una sola pregunta: ¿Acaso una hora de placer vale por toda una vida de deshonra?» Al final de su alocución, preguntó si había algo que aclarar. Una de las muchachas alzó tímidamente la mano y dijo: «¿Podría decimos cómo se consigue que dure una hora?»

Un guru estaba dando clase a un grupo de jóvenes discípulos. En un determinado momento, éstos le pidieron que les revelara el sagrado «Mantra» por el que los muertos pueden ser devueltos a la vida. “¿Y qué pensáis hacer con una cosa tan peligrosa?», les preguntó el guru. «Nada. Sólo es para robustecer nuestra fe», le respondieron. «El conocimiento prematuro es peligroso, hijos míos», dijo el anciano. «¿Y cuándo es prematuro el conocimiento?», preguntaron ellos. «Cuando le proporciona poder a alguien que aún no posee la sabiduría que debe acompañar al uso de tal poder.» Los discípulos, no obstante, insistieron. De modo que el santo varón, muy a su pesar, les susurró al oído el «Mantra» sagrado, suplicándoles repetidas veces que lo emplearan con suma discreción. No mucho después, iban los jóvenes paseando por un lugar desierto cuando tropezaron con un montón de huesos calcinados. Con la frivolidad con que suele comportarse la gente cuando va en grupo, decidieron poner a prueba el «Mantra» que sólo debía ser empleado previa una prolongada reflexión. Y en cuanto hubieron pronunciado las palabras mágicas, los huesos se cubrieron de carne y se transformaron en voraces lobos que les atacaron y les hicieron pedazos.

Nasrudin le entregó un cántaro a un muchacho y le dijo que fuera a sacar agua del pozo. Pero, antes de que el muchacho se dispusiera a obedecerle, le dio una bofetada y le gritó: «¡Y ojo con dejarlo caer!» Alguien que lo había visto le dijo: «¿Cómo puedes pegar a un pobre niño antes de que cometa una falta?» Y respondió Nasrudin: «¿Te parecería mejor que le pegara después de haber roto el cántaro, una vez que éste y el agua se hubieran perdido? Si le pego antes, lo recordará, y así se salvarán el cántaro y el agua.»

Antes de castigar a un niño, pregúntate si no serás tú la causa de la transgresión. Los padres: “¿Por qué, a pesar de que Johnny es más pequeño que tú, saca siempre mejores notas en la escuela?” El niño de siete años: “Porque los padres de Johnny son inteligentes.»

La mujer se encontraba aquejada de un grave resfriado, y nada de cuanto le recetaba el médico parecía poder aliviarla. «¿No puede usted hacer nada para curarme, doctor?», le preguntó un día completamente frustrada. «Tengo una idea», dijo el médico. «Váyase a su casa, tome una ducha y, antes de secarse, quédese usted desnuda en medio de una corriente de aire.» «¿Y con eso me curaré?«, preguntó ella, llena de asombro.«No, pero agarrará usted una neumonía. Y eso sí puedo curarlo.»

«Gracias a Dios, se nos ocurrió llevar una mula para la excursión, porque, cuando uno de los chicos tuvo un accidente, usamos la mula para traerlo.» «¿Y qué accidente tuvo?» «La mula le pegó una coz.»

La hija de un pastor protestante le preguntó a éste de dónde sacaba las ideas para sus sermones. «De Dios», le respondió su padre. «Entonces, ¿por qué te veo siempre tachando lo que escribes?», le preguntó ella.

Un antiguo rey de la India sentenció a muerte a un hombre, el cual, al conocer la sentencia, suplicó que le fuera condonada y prometió: «si el rey tiene compasión y me perdona la vida, yo enseñaré a su caballo a volar en el plazo de un año.» «Conforme», dijo el rey. «Pero si, al cabo de ese tiempo, el caballo no es capaz de volar, serás ejecutado.» Cuando, más tarde, sus familiares le preguntaron preocupados cómo pensaba cumplir lo prometido, el hombre dijo: «En el plazo de un año, el rey puede morir, puede que muera el caballo. O, ¿quién sabe?, ¡Puede que el caballo aprenda a volar!»

Para complacer a un funcionario, en cierta ocasión Abraham Lincoln firmó una orden de traslado de ciertos regimientos. El Secretario de la Guerra, Stanton, convencido de que el Presidente había cometido un grave error, se negó a cursar dicha orden. Y, por si fuera poco, añadió: «¡Lincoln está loco!» Cuando se lo contaron a Lincoln, éste dijo: «Si Stanton ha dicho que estoy loco, debo de estarlo, porque él tiene razón casi siempre. Tendré que ir con cuidado y estudiarlo detenidamente.» Y esto fue exactamente lo que hizo. Stanton le convenció de que la orden era un error, y Lincoln se apresuró a revocarla. Todo el mundo sabía que una parte de la grandeza de Lincoln residía en su manera de aceptar las críticas.

Conseguirás la grandeza cuando prescindas de la dignidad de los que están por encima de ti y hagas que los que están por debajo prescindan de tu propia dignidad. Cuando no seas arrogante con el humilde ni humilde con el arrogante.

Un enorme camión, debido a su excesiva altura, había quedado inmovilizado en un paso inferior por encima del cual pasaba la vía férrea. Todos los esfuerzos de los «expertos» por sacarlo de allí habían sido inútiles, y el tráfico había quedado detenido a ambos lados del lugar en cuestión, formándose un atasco monumental. Había allí un muchacho que intentaba a toda costa llamar la atención del que parecía dirigir la maniobra, pero éste le rechazaba una y otra vez. Al fin, completamente exasperado, el individuo aquel le espetó: «Supongo que quieres decirnos cómo tenemos que hacer este trabajo, ¿no es así?» «Sí», respondió el muchacho. «Les sugiero que quiten un poco de aire a los neumáticos.»

Allá por los años treinta, una empresa norteamericana envió una máquina a un cliente del Japón. Un mes más tarde, la empresa recibió un cable: «Máquina no funciona. Envíen alguien repararla.» La empresa envió a un experto al Japón. Pero, antes de que tuviera la oportunidad de examinar la máquina, la empresa americana recibió un segundo cable: «Hombre demasiado joven. Envíen hombre mayor.» Y la respuesta de la empresa fue: «Preferible sírvanse de él. El inventó máquina.»

Cuando, debido a un accidente, el cacique de la aldea perdió el uso de sus piernas, tuvo que caminar con muletas. Poco a poco, fue aprendiendo a moverse con rapidez, llegando incluso a bailar y a realizar pequeñas piruetas, para regocijo de sus vecinos. Luego se le metió en la cabeza la idea de adiestrar a sus hijos en el uso de las muletas, no tardando en convertirse en un símbolo de prestigio en aquella aldea el caminar con muletas; y al cabo de poco tiempo, todo el mundo caminaba de ese modo. Pasadas cuatro generaciones, no había nadie en la aldea que caminara sin muletas. La propia escuela incluía en su currículum un curso de «Muletería teórica y aplicada», y los artesanos de la aldea se hicieron célebres por la calidad de las muletas que fabricaban. Llegó incluso a hablarse de crear unas muletas accionadas electrónicamente. Un día se presentó un joven turco ante los jefes de la aldea y les preguntó por qué todo el mundo caminaba allí con muletas, a pesar de que a todos les había dado Dios unas piernas para caminar. A los ancianos les hizo gracia que aquel insolente joven se considerara más listo que ellos, y decidieron darle una lección. «¿Por qué no nos enseñas cómo se hace?», le dijeron. «De acuerdo», dijo el joven. Y se determinó que la demostración tuviera lugar el sábado siguiente, a las diez en punto de la mañana, en la plaza de la aldea. Allí estaba todo el mundo cuando llegó el joven al centro de la plaza caminando con ayuda de unas muletas; y cuando el reloj de la aldea comenzó a dar la hora, el joven se irguió y soltó las muletas. La multitud guardaba un expectante silencio mientras él daba un enérgico paso adelante… y caía de bruces. Con lo cual, todos se confirmaron en su creencia de que era absolutamente imposible caminar sin ayuda de unas muletas.

Antiguamente era habitual en el Japón usar faroles de papel. Un papel que protegía una vela encendida, todo ello sujetado por varas de bambú. Sucedió que un ciego fue a visitar a un amigo y, como se hizo tarde, éste le ofreció un farol para que regresara a su casa. Lo cual hizo reír al ciego. «Para mí es lo mismo el día que la noche», le dijo. «¿Qué voy a hacer yo con un farol?» Su amigo le replicó: «Es verdad que no necesitas ver el camino hacia tu casa. Pero el farol puede servirte para disuadir a alguien que quisiera atracarte en la oscuridad.» De modo que el ciego tomó el farol y salió. Al poco rato, alguien tropezó con él, haciéndole perder el equilibrio. «¡Eh!, ¿por qué no va con más cuidado, amigo?», gritó el ciego. «¿Es que no ha visto el farol?» «Hermano», dijo el otro, «su farol está apagado.» Es más seguro andar con la propia oscuridad que con la luz de otro.

Cuenta una antigua fábula india que había un ratón que estaba siempre angustiado, porque tenía miedo del gato. Un mago se compadeció de él y lo convirtió… en un gato. Pero entonces empezó a sentir miedo del perro. De modo que el mago lo convirtió en perro. Luego empezó a sentir miedo de la pantera, y el mago lo convirtió en pantera. Con lo cual comenzó a temer al cazador. Llegado a este punto, el mago se dio por vencido y volvió a convertirlo en ratón, diciéndole: «Nada de lo que haga por ti va a servirte de ayuda, porque siempre tendrás el corazón de un ratón.»

Un cura entró en la taberna y montó en cólera al encontrar allí a un montón de feligreses. Se puso a dar vueltas alrededor de ellos y les obligó a salir, conduciéndolos hasta la iglesia. Una vez allí, les dijo solemnemente: «¡Todos los que quieran ir al cielo, que den un paso hacia la izquierda! Todos dieron el paso, excepto uno que se quedó tercamente en su sitio. El cura le miró ferozmente y le dijo: «¿Tú no quieres ir al cielo? «No», respondió el otro. «¿Pretendes quedarte ahí y decirme que no quieres ir al cielo cuando te mueras? «¡Por supuesto que quiero ir al cielo cuando me muera! Pensaba que había que ir ahora…»

No es nuestro dinero, sino nuestra capacidad de disfrutar, lo que nos hace ricos o pobres. Afanarse por la riqueza y no ser capaz de disfrutar es lo mismo que estar calvo y coleccionar peines.

Un avaro había acumulado quinientos mil dinares y se las prometía muy felices pensando en el estupendo año que iba a pasar haciendo cábalas sobre el mejor modo de invertir su dinero. Pero, inesperadamente, se presentó el Ángel de la Muerte para llevárselo consigo. El hombre se puso a pedir y a suplicar, apelando a mil argumentos para que le fuera permitido vivir un poco más, pero el Ángel se mostró inflexible. «¡Concédeme tres días de vida, y te daré la mitad de mi fortuna!», le suplicó el hombre. Pero el Ángel no quiso ni oír hablar de ello y comenzó a tirar de él. «¡Concédeme al menos un día, te lo ruego, y podrás tener todo lo que he ahorrado con tanto sudor y esfuerzo!» Pero el Ángel seguía impávido. Lo único que consiguió obtener del Ángel fueron unos breves instantes para escribir apresuradamente la siguiente nota: «A quien encuentre esta nota, quienquiera que sea: si tienes lo suficiente para vivir, no malgastes tu vida acumulando fortunas. ¡Vive! ¡Mis quinientos mil dinares no me han servido para comprar ni una sola hora de vida!» Cuando muere un millonario y la gente pregunta: «¿Cuánto habrá dejado?», la respuesta, naturalmente, es: «Todo.» Aunque la respuesta también puede ser: «No ha dejado nada. Le ha sido arrebatado.»

Nosotros acumulamos cosas porque tenemos el corazón vacío.

Un rico musulmán acudió a la mezquita después de una fiesta y, naturalmente, tuvo que quitarse sus elegantes y costosos zapatos y dejarlos a la entrada. Cuando, después de orar, salió afuera, los zapatos habían desaparecido. «¡Qué descuidado soy!», se dijo para sí. «Al cometer la necedad de dejar aquí los zapatos, he dado ocasión a alguien para robarlos. Con gusto se los habría regalado. Pero ahora soy responsable de haber creado un ladrón.»

Como buen filósofo que era, Sócrates creía que la persona sabia viviría instintivamente de manera frugal. El mismo ni siquiera llevaba zapatos; sin embargo, una y otra vez cedía al hechizo de la plaza del mercado y solía acudir allí a ver las mercancías que se exhibían. Cuando un amigo le preguntó la razón, Sócrates le dijo: «Me encanta ir allí y descubrir sin cuántas cosas soy perfectamente feliz.» La espiritualidad no consiste en saber lo que quieres, sino en comprender lo que no necesitas.

Había en el Japón un grupo de caballeros de cierta edad que solían reunirse a charlar y a beber té. Una de sus diversiones consistía en buscar costosas variedades de té y crear nuevas mezclas que deleitaran el paladar. Cuando le llegó el turno de agasajar a los demás al miembro de más edad del grupo, hizo alarde del más exquisito ceremonial para servir un té cuyas hojas había extraído de una lata de oro. Todo el mundo se deshizo en elogios hacia el té y quisieron saber cómo había conseguido hacer tan excepcional mezcla. El hombre sonrió y dijo: «Caballeros, ese té que han encontrado tan delicioso es el que beben los empleados de mi granja. Las mejores cosas de la vida no son costosas ni difíciles de encontrar.»

El guru estaba meditando a la orilla del río cuando llegó junto a él un discípulo, se inclinó y depositó a sus pies dos enormes perlas como prenda de respeto y devoción. El guru abrió sus ojos y tomó una de las perlas, pero con tan poco cuidado que se le escapó de la mano y fue rodando hasta caer al río. Horrorizado, el discípulo se zambulló en el agua para recuperarla, pero, a pesar de bucear una y otra vez hasta que se hizo de noche, no consiguió dar con ella. Al fin, completamente empapado y exhausto, sacó al guru de su meditación y le dijo: «Tú viste dónde cayó. Indícame el lugar exacto para que yo pueda recuperarla.» El guru tomó la otra perla, la lanzó al río y dijo: «¡Justo allí!» No trates de poseer cosas, porque las cosas en realidad no pueden ser poseídas. Limítate a cerciorarte de que no eres tú poseído por ellas, y serás el soberano de la creación.

No hay mayor alegría que no tener motivo de tristeza; no hay mayor riqueza que contentarse con lo que uno tiene.

Un mono y una hiena caminaban por el bosque cuando, de pronto, dijo la hiena: «Siempre que paso junto a aquellos arbustos, sale de ellos un león y me ataca, no sé por qué.» «Esta vez voy a ir yo contigo», dijo el mono, «y me pondré de tu lado contra el león.» De modo que se dirigieron juntos hacia los arbustos y, al llegar a ellos, saltó el león sobre la hiena y la atacó hasta casi dejarla muerta. Mientras tanto, el mono lo observaba todo desde un árbol al que se había encaramado en el momento en que apareció el león. «¿Por qué no has hecho nada para ayudarme?», le recriminaría más tarde la hiena. «Te reías tanto», respondió el mono, «que creía que ibas ganando.»

El gran santo budista Nagarjuna solía andar cubierto únicamente con un taparrabos y, aunque parezca absurdo, llevaba también un platillo de oro que le había regalado el rey, el cual había sido su discípulo. Una noche, estaba a punto de acostarse para dormir entre las ruinas de un antiguo monasterio cuando observó la presencia de un ladrón escondido detrás de una de las columnas. «Ven aquí y toma esto», dijo Nagarjuna mientras le ofrecía el platillo. «Así no me molestarás una vez que me haya dormido.» El ladrón agarró con ansia el platillo y salió zumbando. Pero a la mañana siguiente regresó con el platillo… y con una petición: «Cuando anoche te desprendiste con tanta facilidad de este platillo, hiciste que me sintiera muy pobre. Enséñame a adquirir la riqueza que hace posible practicar tan fantástico desprendimiento.» Nadie puede quitarte lo que nunca has hecho tuyo.

En un terreno desocupado que lindaba con su casa, un cuáquero había puesto un cartel con la siguiente leyenda: Este terreno le será dado a quienquiera que esté verdaderamente satisfecho. Un acaudalado granjero que pasó por allí se detuvo a leer el cartel y se dijo: «Si nuestro amigo el cuáquero está dispuesto a entregar este terreno, también yo puedo reclamarlo antes de que lo haga otro. Soy rico y tengo cuanto necesito, de modo que cumplo el requisito exigido.» Se acercó, pues, a la puerta de la casa, llamó y explicó el motivo de su presencia. «¿Y estás verdaderamente satisfecho?», le preguntó el cuáquero. «Naturalmente que sí: tengo todo cuanto necesito.» «Amigo», le dijo el cuáquero, «si estás satisfecho, ¿para qué quieres ese terreno?»

Pirro, rey de Epiro, fue abordado por su amigo Cineas, el cual le preguntó: «Si conquistas Roma, ¿qué será lo siguiente que hagas?» Pirro le respondió: «Sicilia es la siguiente puerta, y será fácil tomarla.» «¿Y qué harás después de tomar Sicilia?» «Entonces pasaremos a África y saquearemos Cartago.» «¿Y después de Cartago?» «Entonces le llegará el turno a Grecia.» «¿ Y cuál será, si me permites preguntarlo, el fruto de todas esas conquistas?» «Una vez hechas todas esas conquistas», dijo Pirro, «podremos sentamos y divertimos.» «¿Y no podemos», dijo Cineas, «divertimos ahora?» Los pobres piensan que serán felices cuando sean ricos. Los ricos piensan que serán felices cuando se hayan librado de sus úlceras.

Un hombre y su mujer viajaron hasta el otro extremo del país para visitar a unos amigos, los cuales les llevaron a presenciar unas carreras de caballos. Fascinados por el espectáculo de los caballos persiguiéndose mutuamente alrededor de una pista, estuvieron toda la tarde apostando, hasta que no les quedó más que un par de dólares. Al día siguiente, el hombre convenció a su mujer para que le permitiera ir solo al hipódromo. En la primera carrera participaba un caballo cuya cotización era de cincuenta a uno. Apostó por él y ganó. En la siguiente carrera apostó por otro penco todo lo que había ganado, y volvió a ganar. Estuvo repitiendo la misma jugada toda la tarde y acabó ganando cincuenta y siete mil dólares. De regreso a casa, pasó por delante de un garito. Una voz interior, la misma que creía él que le había guiado en su elección de los caballos, pareció decirle: «Párate y entra ahí.» De modo que se paró, entró y se vio frente a una ruleta. La voz dijo: «Número trece.» El hombre puso sus cincuenta y siete mil dólares al número trece. Giró la ruleta, y el «croupier» anunció: «¡Número catorce!» De modo que el hombre se fue andando a casa con los bolsillos vacíos. Al llegar, su mujer, que estaba en el porche, le preguntó: «¿Qué tal te ha ido?» El marido se encogió de hombros y dijo: «He perdido los dos dólares.»

La única clase de auténtica dignidad es la que no sufre menoscabo con la falta de respeto de los demás. Por mucho que escupas a las cataratas del Niágara, no lograrás reducir su grandeza.

En cierta ocasión, Buda se vio amenazado de muerte por un bandido llamado Angulimal. «Sé bueno», le dijo Buda, «y ayúdame a cumplir mi último deseo. Corta una rama de ese árbol.» Con un golpe de su espada, el bandido hizo lo que le pedía Buda. «¿y ahora, qué?», le preguntó a continuación. «Ponla de nuevo en su sitio», dijo Buda. El bandido soltó una carcajada: «¡Debes de estar loco si piensas que alguien puede hacer semejante cosa!» «Al contrario», le dijo Buda. «Eres tú el loco al pensar que eres poderoso porque puedes herir y destruir. Eso es cosa de niños. El poderoso es el que sabe crear y curar.»

Un visitante de un manicomio vio cómo uno de los internos se balanceaba en una silla mientras, con aire tierno y satisfecho, repetía una y otra vez: «..Lulú, Lulú…» “¿Cuál es el problema de este hombre?», le preguntó al médico. «Lulú. Es el nombre de la mujer que le dio calabazas», respondió el doctor. Siguieron adelante y llegaron a una celda con las paredes acolchadas, cuyo ocupante no dejaba de golpear su cabeza contra la pared mientras gemía: «..Lulú, Lulú…» «¿También es Lulú el problema de este hombre?», pregunto el visitante. «Sí», dijo el médico. ..Este es el que acabó casándose con Lulú.» Sólo hay dos desgracias en la vida: no conseguir lo que deseas y conseguir lo que deseas.

Una buena manera de cubrir menos distancia en más tiempo consiste en ir más deprisa.

Un grupo de turistas había quedado aislado en un lugar desértico y, como no tenían más víveres que unas latas de conserva cuyo plazo de caducidad ya había expirado, decidieron dárselos a probar antes a un perro, el cual pareció comerlos con gusto y no padecer ningún tipo de efectos. Pero al día siguiente se enteraron de que el perro había muerto, y todo el mundo fue presa del pánico. Muchos comenzaron a vomitar y a quejarse de fiebre y disentería. Consiguieron hacerse con los servicios de un médico para que tratara a las víctimas del envenenamiento. El médico quiso saber qué le había ocurrido exactamente al perro, para lo cual se hicieron las debidas pesquisas. Y un vecino del lugar, que lo había visto casualmente, dijo: «¡Ah!, ¿el perro? Anoche fue atropellado por un automóvil»

La Peste se dirigía a Damasco y pasó velozmente junto a la tienda del jefe de una caravana en el desierto. «¿Adónde vas tan deprisa?», le preguntó el jefe. «A Damasco. Pienso cobrarme un millar de vidas.» De regreso de Damasco, la Peste pasó de nuevo junto a la caravana. Entonces le dijo el jefe: «¡Ya sé que te has cobrado 50.000 vidas, no el millar que me habías dicho!» «No», le respondió la Peste. «Yo sólo me he cobrado mil vidas. El resto se las ha llevado el Miedo.»

Tommy acababa de regresar de la playa. «¿Había más niños bañándose?», le preguntó su madre. «Sí», respondió Tommy. «¿Niños o niñas?» «¿Y cómo quieres que lo sepa? No llevaban ropa.»

Dos hombres de andar vacilante esperaban impacientes, a última hora de la noche, en la estación de autobuses, mucho después de que éstos hubieran dejado de circular. Debido a su intoxicación etílica, tardaron un par de horas en enterarse de que el último autobús había salido hacía ya mucho tiempo. Y al ver una serie de autobuses estacionados en el aparcamiento, decidieron «tomar prestado» uno de ellos para ir a casa. Pero, para su decepción, no pudieron encontrar el autobús que buscaban. «¿Será posible?», dijo uno de ellos. «¡Entre los cien autobuses no hay ni uno solo de la línea 36!» «¡No te preocupes!», le dijo el otro. Nos llevamos un 22 hasta la última parada, y desde allí hacemos a pie los tres últimos kilómetros.»

Un joven ciego de nacimiento se enamoró de una muchacha. Todo iba estupendamente, hasta que un amigo le dijo que la muchacha no era precisamente una belleza. Y en aquel instante perdió todo interés por ella. ¡Qué absurdo! La había estado «viendo» perfectamente. ¡El ciego era su amigo!

Isaac Goldstein se encontró con un primo suyo en una calle de Nueva York.
«¿Qué es de tu vida?», le preguntó.
«¿No te has enterado?», le preguntó a su vez su primo. «Soy socio de la firma Goldstein & Murphy.»
«¿Goldstein & Murphy? ¡Es verdaderamente fantástico este país: gentes de tan diferentes procedencias que se asocian para hacer negocios…! De todos modos, debo confesarte que me he llevado una sorpresa…»
«¿A eso lo llamas una sorpresa? Pues tengo para ti una sorpresa aún mayor: ¡yo soy Murphy!»

Una delegación de trabajadores soviéticos visitaba una fábrica en Detroit. En un determinado momento, el jefe del grupo preguntó al capataz de la fábrica cuántas horas trabajaba a la semana un trabajador norteamericano. «Cuarenta», respondió el capataz. El soviético hizo un gesto de sorpresa y dijo: «En mi país, el trabajador medio hace unas sesenta horas a la semana.» «¿Sesenta horas?», exclamó el capataz. «¡Ni en sueños conseguiría usted que estos hombres trabajaran todo ese tiempo! ¡Son un hatajo de comunistas!»

Un hombre acudió a su párroco y le dijo: «Ayer murió mi perro, Padre, y querría ofrecer una misa por su eterno descanso.» El párroco respondió escandalizado: «¡Nosotros no ofrecemos misas por los animales! Inténtelo en la iglesia de los protestantes que hay en la esquina. Es probable que ellos quieran rezar por su perro…» «La verdad es que le tenía un enorme cariño», dijo el feligrés, «y me gustaría ofrecerle una despedida decente. Pero, claro, no sé lo que se acostumbra a dar en estos casos… ¿Cree usted que bastará con quinientos dólares?» «¡Un momento!», dijo el párroco. «¡No me había dicho usted que su perro era católico!».

Al regresar un hombre a su aldea natal por primera vez en muchos años, uno de los vecinos le dijo: «Supongo que sabrás que el viejo Smith perdió su granja…» «No, no lo sabía. ¿Qué sucedió?» «Pues resulta que un día se le metió en la cabeza la idea de que la cerca de su vecino estaba dos metros dentro de sus tierras. Se obsesionó con el asunto y acabó yendo a un abogado y le dijo que pensaba que aquello era una usurpación. Bueno, pues el abogado pensó lo mismo.»

Un ex-convicto de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. «¿Has olvidado ya a los nazis?», le preguntó a su amigo. «Sí.» «Pues yo no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma.» «Entonces», le dijo apaciblemente su amigo, «aún siguen teniéndote prisionero.»

Cuando Calvin Coolidge era Presidente de los Estados Unidos, tenía que ver cada día a docenas de personas, la mayoría de las cuales le presentaban quejas de uno u otro tipo. Un día, una de esas personas, concretamente un Gobernador, le dijo al Presidente que no comprendía cómo era capaz de entrevistarse con tantas personas en el espacio de unas pocas horas. «Usted», le decía el Gobernador, «ha despachado a todos sus visitantes cuando llega la hora de cenar, mientras que a mí me suelen dar las tantas en mi despacho…» «Sí», le dijo Coolidge. «Eso le pasa porque usted habla.»

Había dos camiones pegados el uno al otro por su parte trasera, y un camionero, con un pie en cada camión, intentaba denodadamente mover un enorme cajón. Pasó por allí otro individuo que, al ver la apurada situación del camionero, se ofreció voluntariamente a ayudarle. Al cabo de más de media hora de inútiles esfuerzos, ambos estaban sudorosos y de un humor de mil demonios. «Me temo que es inútil», dijo el voluntario sin resuello. «¡Nunca conseguiremos sacarlo de este maldito camión!» «¿Sacarlo?», bramó el camionero. «¡Santo Dios! ¡Yo no quiero sacarlo! ¡Quiero echarlo más adentro!»

El borracho del pueblo, con un periódico en la mano, se acercó tambaleando al cura y le saludó con toda cortesía. El cura, un tanto molesto, ignoró su saludo, porque el tipo venía bastante «colocado” Pero se había acercado a él con un propósito: «Usted perdone, padre», le dijo, «¿podría usted decir me qué es lo que produce la artritis?» El cura hizo como que no le oía. Pero cuando el otro repitió la pregunta, el cura se volvió enojado hacia él y le gritó: «¡La bebida produce la artritis! ¡El juego produce la artritis! ¡El ir detrás de las mujeres produce la artritis! ¡Todo eso produce la artritis…!» Y sólo después de unos instantes, ya demasiado tarde, le inquirió: «¿Por qué me lo preguntas?” “Porque aquí, en el periódico, dice que es eso lo que padece el Papa.”

El dueño de un almacén oyó cómo uno de sus dependientes le decía a una clienta: «No, señora, ya hace bastantes semanas que no la tenemos, y no parece que vayamos a tenerla en unos cuantos días…» Horrorizado por lo que había oído, el dueño se precipitó hacia la clienta cuando ésta se disponía a salir, y le dijo: «Disculpe usted al dependiente, señora. Por supuesto que la tendremos muy pronto. De hecho, hemos cursado un pedido hace un par de semanas…» Luego se llevó aparte al dependiente y le regañó: «¡Nunca jamás se le ocurra decir que no tenemos algo! ¡Si no lo tenemos, diga que lo hemos pedido y que lo estamos esperando! Y ahora dígame: ¿qué es lo que quería esa señora?» «Lluvia», respondió el dependiente.

Un periodista estaba entrevistando a una señora que acababa de cumplir cien años. Ella parecía ser una persona extraordinariamente vivaz, encantada de recordar su pasado. Había conocido la época de las diligencias y la de los aviones supersónicos, y parecía dispuesta a describir toda su vida. Cuando la entrevista hubo terminado, todavía parecía deseosa de seguir hablando, de modo que el periodista le hizo a bote pronto una pregunta para que la conversación no cesara: ¿Ha estado usted alguna vez en cama?» «¡Oh, querido, claro que sí1», dijo ella ligeramente ruborizada, «docenas de veces. ¡E incluso dos veces en un pajar!»

Una mujer se quejaba ante una amiga que había ido a verla de lo desaliñada y poco cuidadosa que era una vecina suya. «¡Tendrías que ver cómo lleva de sucios a los niños… y cómo tiene la casa! Es una auténtica desgracia tener que vivir con semejante vecindario… Echa una mirada a la ropa que tiene tendida en el patio: fíjate en las manchas negras que tienen esas sábanas y esas toallas…» La amiga se acercó a la ventana, miró hacia fuera y dijo: «A mí me parece que esa ropa está perfectamente limpia, querida. Lo que tiene manchas son tus cristales.»

Samuel estaba muy triste, y no era para menos: su casero le había mandado dejar el piso, y no tenía adónde ir. De pronto se le ocurrió: ¡podría vivir con su buen amigo Moisés! La idea le proporcionó a Samuel un gran consuelo, hasta que le asaltó otro pensamiento: «¿Qué te hace estar tan seguro de que Moisés te va a dar cobijo en su casa?» «¿Y por qué no?», se respondió el propio Samuel indignado. «A fin de cuentas, fui yo quien le proporcionó la casa en la que ahora vive, y fui también yo quien le adelantó el dinero para pagar la renta de los primeros seis meses. Lo menos que puede hacer es darme alojamiento durante una o dos semanas, mientras estoy en apuros…» Y así quedó la cosa hasta que, después de cenar, le asaltó de nuevo la duda: «Suponte que se negara…» «¿Negarse?», se respondió él mismo. «¿Y por qué, si puede saberse, habría de negarse? Ese hombre me debe todo cuanto tiene: fui yo quien le proporcionó el trabajo que ahora tiene; y fui yo quien le presentó a su encantadora mujer, que le ha dado esos tres hijos de los que él se siente tan orgulloso. ¿Y ese hombre va a negarme una habitación durante una semana? ¡imposible!» Y así quedó de nuevo la cosa hasta que, una vez en la cama, comprobó que no podía dormir, porque nuevamente le entró la duda: «Pero suponte -no es más que una suposición- que él llegara a negarse. ¿Qué pasaría?» Aquello fue ya demasiado para Samuel: «Pero ¿cómo demonios va a poder negarse?», se gritó a sí mismo, casi fuera de sí. «Si ese hombre está vivo, es gracias a mí: yo lo salvé de morir ahogado cuando era un niño. ¿y va a ser ahora tan desagradecido como para dejarme en la calle en pleno invierno?» Pero la duda seguía carcomiéndole: «Suponte…» El pobre Samuel se debatió mientras pudo. Finalmente, hacia las dos de la mañana, saltó de la cama, se fue a casa de Moisés y se puso a tocar insistentemente el timbre, hasta que Moisés, medio dormido, abrió la puerta y exclamó asombrado: «¡Samuel! ¿Qué ocurre? ¿Qué haces aquí a estas horas de la noche?» Pero para entonces estaba Samuel tan enojado que no pudo impedir gritar: «¡Te diré lo que hago aquí a estas horas de la noche! ¡Si piensas que voy a pedirte que me admitas en tu casa ni siquiera un solo día, estás muy equivocado! ¡No quiero tener nada que ver contigo, ni con tu casa, ni con tu mujer, ni con tu condenada familia! ¡A la mierda todos vosotros!» Y, dicho esto, dio media vuelta, pegó un portazo y se marchó.

Un amigo le pidió a Nasrudin que le prestara una suma de dinero. Nasrudin estaba convencido de que el otro no se lo devolvería, pero, como no quería ofender a su amigo, y además se trataba de una pequeña suma, accedió a hacerle el préstamo. Y, para su sorpresa, justamente una semana después de prestárselo, el amigo le devolvió el dinero. Un mes más tarde, volvió a pedirle prestado, aunque esta vez se trataba de una suma algo mayor. Nasrudin se negó en redondo y, cuando el otro le preguntó el porqué, le dijo: «La otra vez no esperaba que me devolvieras el dinero, y me lo devolviste; esta vez espero que me lo devuelvas, y no voy a permitir que me engañes de nuevo.»

Un granjero decidió que le había llegado el momento de casarse, de manera que ensilló su mula, se fue a la ciudad a buscar novia y no tardó en conocer a una mujer que, Según creía él, sería una buena esposa. Y se casaron. Después de la ceremonia, subieron ambos a la mula e iniciaron el camino de regreso a la granja. Al cabo de un rato, la mula se detuvo y se negó a seguir adelante, de modo que el granjero desmontó y empezó a golpear a la mula con una vara, hasta que el animal se puso de nuevo en movimiento. «La primera en la frente», dijo el granjero. Unos kilómetros más adelante, la mula volvió a detenerse, y una vez más desmontó el granjero y golpeó a la mula hasta que ésta decidió reiniciar la marcha. «La segunda en la boca», dijo el granjero. Pocos kilómetros después, la mula se detuvo por tercera vez. Pero entonces el granjero desmontó, hizo desmontar a su mujer, sacó su pistola y le pegó un tiro en la cabeza a la mula, la cual murió al instante. «¡Qué estúpido y qué cruel eres!», le gritó su mujer. «¡Era un animal fuerte y robusto que podría habernos sido muy útil en la granja, y vas tú y, en un arranque de cólera, acabas con él! ¡Si hubiera sabido que eras tan bruto, jamás me habría casado contigo…!»; y siguió increpándole durante casi diez minutos. El granjero estuvo escuchándola hasta que ella se detuvo para tomar aliento. Entonces le dijo: «La primera en la frente.» Cuenta la historia que vivieron felices para siempre.

«Tienes mala cara. Jack. ¿Qué te pasa?» «Bueno llegué a casa cuando ya amanecía y, justamente cuando yo estaba desnudándome, se despertó mi mujer y me dijo: «¿No te levantas demasiado pronto. Jack?» De manera que, para evitar una discusión, volví a vestirme y me vine a trabajar.»

Un agricultor, cuyo maíz siempre había obtenido el primer premio en la Feria del Estado, tenía la costumbre de compartir sus mejores semillas de maíz con todos los demás agricultores de los contornos. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, dijo: «En realidad, es por puro interés. El viento tiene la virtud de trasladar el polen de unos campos a otros. Por eso, si mis vecinos cultivaran un maíz de clase inferior, la polinización rebajaría la calidad de mi propio maíz. Esta es la razón por la que me interesa enormemente que sólo planten el mejor maíz.»

En cierta ocasión, los diversos miembros y órganos del cuerpo estaban muy enfadados con el estómago. Se quejaban de que ellos tenían que buscar el alimento y dárselo al estómago, mientras que éste no hacía más que devorar el fruto del trabajo de todos ellos. De modo que decidieron no darle más alimento al estómago. Las manos dejaron de llevarlo a la boca, los dientes dejaron de masticar y la garganta dejó de tragar. Pensaban que con ello obligarían al estómago a espabilar. Pero lo único que consiguieron fue debilitar el cuerpo, hasta el punto de que todos ellos se vieron en auténtico peligro de muerte. De este modo, fueron ellos, en definitiva, los que aprendieron la lección de que, al ayudarse unos a otros, en realidad trabajaban por su propio bienestar.

Nasrudin estaba mascullando algo entre dientes con cara de satisfacción. Un amigo lo vio y le preguntó qué le pasaba. «Ese imbécil de Ahmed», dijo Nasrudin, «tiene la costumbre de pegarme unas tremendas palmadas en la espalda siempre que me ve. Pues bien, hoy me he puesto un cartucho de dinamita bajo la chaqueta, y esta vez,cuando me dé la palmada, la explosión le va a arrancar el brazo.»

Un individuo subió a un tren en Nueva York y le dijo al revisor que se dirigía a Fordham. «El tren no se detiene en Fordham los sábados», le dijo el revisor, «pero le diré lo que podemos hacer. Cuando entre el tren en la estación de Fordham, reducirá la marcha; entonces yo le abriré la puerta y usted podrá saltar del tren. Pero, cuando toque usted el suelo, tenga la precaución de correr unos cuantos metros en la misma dirección que el tren. De lo contrario, caerá usted de bruces.» Al llegar a Fordham, se abrió la puerta, y el pasajero hizo lo que el revisor le había indicado. Pero, al verle, otro revisor abrió otra puerta y le hizo subir al tren mientras éste recobraba su velocidad. «¡Tiene usted suerte, amigo», le dijo el revisor, «el tren no se detiene en Fordham los sábados!»

Las personas que se empeñan en mejorar las cosas suelen conseguir empeorarlas.

Un sacerdote paseaba por la calle cuando, de pronto, vio cómo un niño se esforzaba, dando saltos, por llegar al timbre de una puerta. Pero el pobre niño era demasiado pequeño, y el timbre estaba demasiado alto. De modo que el sacerdote, para ayudar al pequeño, se acercó y pulsó el timbre. Luego, volviéndose sonriente al muchacho, le preguntó: «¿Qué hacemos ahora?» «Correr todo lo que podamos», le respondió el niño.

Una mujer, perteneciente a una brigada de socorro, se encontraba en la playa por razones de servicio. De pronto, observó que una determinada zona de la playa estaba plagada de botellas vacías y, temiendo que la gente pudiera tropezar inadvertidamente con ellas y hacerse daño, dejó en el suelo su botiquín y se puso a recogerlas. Entonces un hombre de cierta edad, distraído al ver lo que la mujer estaba haciendo, tropezó con el botiquín y se lastimó.

Hay pocas cosas que satisfagan más nuestro ego que el corregir los errores de los demás.

Las personas ancianas no “están solas porque no tengan a nadie con quien compartir su carga, sino porque es únicamente su carga lo que tienen para compartir. Una anciana de ochenta y cinco años estaba siendo entrevistada con motivo de su cumpleaños. La periodista le preguntó qué consejo daría a las personas de su edad. «Bueno», dijo la anciana, «a nuestra edad es muy importante no dejar de usar todo nuestro potencial; de lo contrario, éste se marchita. Es importante estar con la gente y, siempre que sea posible, ganarse la vida prestando un servicio. Eso es lo que nos mantiene con vida y con salud.» «¿Puedo preguntarle qué es exactamente lo que hace usted para ganarse la vida a su edad?» «Cuido de una anciana que vive en mi barrio», fue su inesperada y deliciosa respuesta. El amor cura a todos: tanto a quienes lo reciben como a quienes lo dan.

Iba a celebrarse una gran fiesta en el pueblo, y cada uno de los habitantes tenía que contribuir vertiendo una botella de vino en un gigantesco barril. Cuando llegó la hora de comenzar el banquete y se abrió la espita del barril, lo que salió de éste fue agua. Y es que uno de los habitantes del pueblo había pensado: «Si echo una botella de agua en ese enorme barril, nadie lo advertirá» Lo que no pensó es que a todos pudiera ocurrírseles la misma idea.

La mujer al marido, totalmente embebido en la lectura del periódico: «¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá pueda haber en la vida algo más que lo que ocurre en el mundo?»

Érase una vez un cantero que todos los días subía a la montaña a cortar piedras. Mientras trabajaba, no dejaba de cantar, porque, a pesar de ser pobre, no deseaba tener más de lo que tenía, de modo que vivía sin la menor preocupación. Un día le llamaron para que fuera a trabajar en la mansión de un rico aristócrata. Cuando vio la magnificencia de la mansión, sintió por primera vez en su vida el aguijón de la codicia y, suspirando, se dijo: «¡Si yo fuera rico, no tendría que ganarme la vida con tanto sudor y esfuerzo como lo hago…!» Y, para su asombro, oyó una voz que decía: «Tu deseo ha sido escuchado. En adelante se te concederá todo cuanto desees” El hombre no entendió el sentido de aquellas palabras hasta que, al regresar aquella noche a su cabaña, descubrió que en su lugar había una mansión tan espléndida como aquella en la que había estado trabajando. De modo que el cantero dejó de cortar piedras y comenzó a disfrutar la vida de los ricos. En un caluroso día de verano, se le ocurrió mirar por la ventana y vio pasar al rey con su gran séquito de nobles y esclavos. Y pensó: «¡Cómo me gustaría ser rey y disfrutar del frescor de la carroza real!» Su deseo se cumplió: al instante se encontró sentado dentro de una confortable y regia carroza. Pero ésta resultó ser más calurosa de lo que él había supuesto. Entonces miró por la ventanilla y admiró el poder del sol, cuyo calor podía atravesar incluso la espesa estructura del carruaje. «Me gustaría ser el sol», pensó para sí. Y una vez más vio cumplido su deseo y se encontró emitiendo olas de calor hacia todos los puntos del universo. Todo fue muy bien durante algún tiempo. Pero llegó un día lluvioso y, cuando intentó atravesar una espesa capa de nubes, comprobó que no podía hacerlo. De manera que al instante se vio convertido en nube y gloriándose en su capacidad de no dejar pasar al sol… hasta que se transformó en lluvia, cayó a tierra y se irritó al comprobar que una enorme roca le impedía el paso y le obligaba a dar un rodeo. “¿Cómo?», exclamó. «¿Una simple roca es más poderosa que yo? ¡Entonces quiero ser una roca!» Y en seguida se vio convertido en una gran roca en lo alto de la montaña. Pero, apenas había tenido tiempo de disfrutar de su nueva apariencia, cuando oyó unos extraños ruidos procedentes de su pétrea base. Miró hacia abajo y descubrió, consternado, que un diminuto ser humano se entretenía en cortar trozos de piedra de sus pies. «¿Será posible?», gritó. «¿Una insignificante criatura como ésa es más poderosa que una imponente roca como yo? ¡Quiero ser un hombre!» Y así fue como, una vez más, se vio convertido en un cantero que subía todos los días a la montaña para ganarse la vida cortando piedras con sudor y esfuerzo, pero cantando en su interior, porque se sentía dichoso de ser lo que era y vivir con lo que tenía.

Un gran y estúpido rey se quejaba de que la aspereza del suelo lastimaba sus pies, de manera que ordenó alfombrar de cuero todo el país. El bufón de la corte se mataba de risa cuando el rey se lo contó. «¡Es una idea absolutamente absurda, Majestad!», exclamó. «¿A qué viene un gasto tan innecesario? ¡Mandad cortar dos trozos de cuero y protegeos con ellos vuestros reales pies!» Así lo hizo el rey. Y así se inventaron los zapatos. El que ha alcanzado la iluminación sabe que, para que no haya dolor en el mundo, uno ha de cambiar su corazón, no el mundo.

Un Majarajá se hizo a la mar y, al poco rato, se desató una gran tormenta. Uno de los esclavos de a bordo comenzó a llorar y a gemir de miedo, porque era la primera vez que subía a un barco. Su llanto era tan insistente y prolongado que toda la tripulación comenzó a irritarse, y a punto estuvo el Majarajá de arrojarlo personalmente por la borda. Pero su primer Consejero, que era un sabio, le dijo: «No, dejadme a mí ocuparme de él. Creo que puedo curarlo» y ordenó a unos cuantos marineros que arrojaran a aquel hombre al mar atado con una cuerda. En el momento en que se vio en el agua, el pobre esclavo, totalmente aterrorizado, se puso a chillar y a debatirse frenéticamente. Al cabo de unos segundos, el sabio ordenó que lo izaran a bordo. Una vez en cubierta, el esclavo se tendió en un rincón en absoluto silencio. Cuando el Majarajá quiso saber a qué se debía semejante cambio de actitud, el consejero le dijo: «Los seres humanos nunca nos damos cuenta de lo afortunados que somos hasta que nuestra situación empeora.»

Un hombre cayó al río en pleno ataque epiléptico. Cuando volvió en sí, le sorprendió verse tendido en la orilla. El mismo ataque que le había arrojado al río le había salvado la vida, al alejar de él el miedo a morir ahogado.

Hace muchos años, hubo en China un enorme dragón que iba de aldea en aldea matando vacas, perros, gallinas y niños indiscriminadamente. De modo que los campesinos llamaron en su ayuda a un hechicero, el cual dijo: « Yo no puedo acabar con el dragón, porque, a pesar de ser mago, también yo tengo miedo. Pero me encargaré de encontrar al hombre capaz de hacerlo.» Dicho esto, él mismo se transformó en dragón y se puso en medio de un puente, de manera que quien no supiera que se trataba del hechicero no se atrevería a pasar. Pero un día llegó al puente un individuo que iba de viaje, pasó tranquilamente por encima del dragón y siguió caminando. El hechicero recobró al instante su aspecto humano y llamó a aquel hombre: «¡Regresa aquí, amigo! ¡Llevo semanas esperándote!»

El que ha alcanzado la iluminación sabe que el miedo está únicamente en la manera en que uno mira las cosas, no en las cosas mismas.

Un mercader de Bagdad mandó a su sirviente al bazar a hacer un recado, y el hombre regresó lívido y temblando de miedo. «Amo», le dijo al mercader, «estando en la plaza del mercado, tropecé con un extraño y, cuando le miré a la cara, descubrí que era la Muerte. Me hizo un gesto amenazador y desapareció. Ahora tengo miedo, y te pido, por favor, que me dejes un caballo para irme inmediatamente a Samarra y poner entre la Muerte y yo la mayor distancia posible». El mercader, preocupado por su sirviente, le dio su caballo más veloz, y el hombre subió a él y desapareció en un santiamén. Horas más tarde, el propio mercader se dio una vuelta por el bazar y vio a la Muerte entre la multitud. Entonces se acercó a ella y le dijo: «Esta mañana le hiciste un gesto amenazador a mi pobre sirviente. ¿Qué quisiste decir?» «No fue ningún gesto amenazador, señor», dijo la Muerte. «Fue un gesto de sorpresa por encontrarme con él en Bagdad.» «¿Y por qué no iba a estar en Bagdad, si es aquí donde vive?» «Bueno, yo había entendido que tenía que encontrarme con él esta noche en Samarra, ¿comprende?» La mayoría de las personas tienen tanto miedo a morir que, con tantos esfuerzos como hacen para evitar la muerte, se olvidan de vivir.

Hace mucho tiempo, había un rey en la India que tenía un elefante que se volvió loco. El animal iba de aldea en aldea destruyendo cuanto encontraba a su paso, y nadie se atrevía a hacerle frente, porque pertenecía al rey. Pero, un día, sucedió que un supuesto asceta se disponía a abandonar una aldea, a pesar de que todos sus habitantes le suplicaban que no lo hiciera, porque el elefante había sido visto en el camino y atacaba a todos los que pasaban por él. El hombre se alegró de la ocasión que se le ofrecía para demostrar su superior sabiduría, porque su guru acababa de enseñarle a ver a Rama en todas las cosas. «¡Oh, pobres e ignorantes locos!», les dijo. «¡No tenéis ni idea de las cosas espirituales! ¿Nunca os han dicho que debemos ver a Rama en todas las personas y en todas las cosas, y que todos los que lo hacen gozarán de la protección de Rama? ¡Dejadme ir! ¡Yo no tengo miedo al elefante!» La gente pensó que aquel hombre no tenía mucha más idea de lo espiritual que el elefante loco. Pero, como sabían que era inútil discutir con un santón, le dejaron ir. Y apenas había recorrido unos metros del camino, cuando se presentó el elefante y arremetió contra él, lo alzó del suelo por medio de su trompa y lo lanzó contra un árbol. El hombre se puso a dar alaridos de dolor. Afortunadamente para él, aparecieron en aquel crítico momento los soldados del rey, que capturaron al elefante antes de que pudiera acabar con el iluso asceta. Pasaron unos cuantos meses hasta que el hombre se encontró en condiciones de reanudar sus andanzas. Entonces se fue directamente a ver a su guru y le dijo: «Lo que me enseñaste era falso. Me dijiste que viera en todas las cosas la presencia de Rama. Pues bien, eso fue exactamente lo que hice… iy mira lo que me ocurrió!» y le dijo el guru: «¡Qué estúpido eres! ¿Por qué no viste a Rama en los habitantes de la aldea que te previnieron contra el elefante?»

Cuenta Plutarco que en cierta ocasión vio Alejandro Magno a Diógenes escudriñando atentamente un montón de huesos humanos. «¿Qué estás buscando?», preguntó Alejandro. «Algo que no logro encontrar», respondió el filósofo. «¿Y qué es?» «La diferencia entre los huesos de tu padre y los de tus esclavos.»

«¿Qué tiempo cree usted que vamos a tener hoy?», le preguntó un individuo a un pastor en el campo. «El tiempo que yo quiero», respondió el pastor. «¿Y cómo sabe usted que va a hacer el tiempo que usted quiere?» «Verá usted, señor: cuando descubrí que no siempre puedo tener lo que quiero, aprendí a querer siempre lo que tengo. Por eso estoy seguro de que va a hacer el tiempo que yo quiero.»

Una noche, le fue ordenado en sueños al rabino Isaac que acudiera a la lejana Praga y que, una vez allí, desenterrara un tesoro escondido debajo de un puente que conducía al palacio real. Isaac no se tomó el sueño en serio; pero, al repetirse éste cuatro o cinco veces, acabó decidiéndose a ir en busca del tesoro. Cuando llegó al puente, descubrió consternado que estaba día y noche fuertemente vigilado por los soldados. Todo lo que podía hacer era contemplar el puente a una cierta distancia. Pero, como acudía allá todas las mañanas, el capitán de la guardia se le acercó un día para averiguar el porqué. El rabino Isaac, a pesar de lo violento que le resultaba confiar su sueño a otra persona, le dijo al capitán toda la verdad, porque le agradó el buen carácter de aquel cristiano. El capitán soltó una enorme carcajada y le dijo: «¡Cielos! ¿Es usted un rabino y se toma los sueños tan en serio? ¡Si yo fuera tan estúpido como para hacer caso a mis sueños, ahora estaría dando vueltas por Polonia! Le contaré un sueño que tuve hace varias noches y que se ha repetido unas cuantas veces: una voz me dijo que fuera a Cracovia y buscara un tesoro en el rincón de la cocina de un tal Isaac, hijo de Ezequiel. ¿No cree usted que sería la mayor estupidez del mundo buscar en Cracovia a un hombre llamado Isaac y a otro llamado Ezequiel, cuando probablemente la mitad de la población masculina de Cracovia responde al nombre de Isaac, y la otra mitad al de Ezequiel? El rabino estaba atónito. Le dio las gracias al capitán por su consejo, regresó apresuradamente a su casa, cavó en el rincón de su cocina y encontró un tesoro tan abundante que le permitió vivir espléndidamente el resto de sus días.

Era la hora del almuerzo en la fábrica, y un trabajador abrió su tartera: «¡Oh, no!», exclamó. «¡Otra vez bocadillo de queso!» y lo mismo se repitió varios días. Entonces, un compañero que le había oído quejarse le dijo: «Si odias tanto los bocadillos de queso, ¿por qué no dices a tu mujer que te ponga otra cosa?» «Porque no estoy casado. Soy yo quien hace los bocadillos.»

John y Mary se dirigían a casa a altas horas de la noche. «Tengo un miedo espantoso, John», dijo Mary. «¿Y de qué tienes miedo?» «De que puedas intentar besarme.» «¿y cómo voy a besarte si llevo un cubo en cada mano y una gallina debajo de cada brazo?» «Tengo miedo de que puedas poner una gallina en el suelo debajo de cada cubo y luego me beses.

Dos hombres se hallaban dispuestos para librar un duelo a pistola, para lo cual se había despejado el centro del salón. Uno de ellos, un tipo diminuto y escuálido, era un tirador profesional; el otro, un sujeto enormemente fornido, se puso a protestar: «¡Un momento! ¡Esto no es justo, porque él tiene que apuntar a un blanco mayor que el mío!» Al otro se le ocurrió enseguida una idea. Volviéndose hacia el propietario del salón, le dijo: «Mande dibujar con tiza la silueta de un hombre de mi tamaño en el cuerpo de mi adversario. Cualquier bala que no entre dentro de la silueta no valdrá.»

Una fábrica de muebles envió la siguiente nota a uno de sus clientes: «Estimado Mr. Jones: ¿Qué pensarían sus vecinos si tuviéramos que enviar un camión a su casa de usted para recoger los muebles que aún no se ha dignado usted pagar?» Y la respuesta no tardó en llegar: «Muy señor mío: He hablado del asunto con mis vecinos para averiguar lo que pensaban. Y todos ellos opinan que sería un truco muy sucio, propio de una compañía mediocre y rastrera.»

La oración de la rana 1

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Anthony de Mello.

Creo que ya fue el segundo libro que tuve de Anthony de Mello y esta vez las enseñanzas van en torno a los siguientes temas: Oración, Sensibilidad, Religión, Gracia, los Santos, El yo, Amor y Verdad. De nuevo, estos libros fueron de soporte en mi búsqueda espiritual. A ver, ¿qué cuentos corresponden a qué temas? Calificación de 9.0.
La oración de la rana 1

La oración de la rana 1

Tras muchos años de esfuerzos, un inventor descubrió el arte de hacer fuego. Tomó consigo sus instrumentos y se fue a las nevadas regiones del norte, donde inició a una tribu en el mencionado arte y sus ventajas. La gente quedó tane encantada con semejante novedad que ni siquiera se le ocurrió dar las gracias al inventor, el cual desapareció de allí un buen día sin que nadie se percatara. Como era uno de esos pocos seres humanos dotados de grandeza de ánimo, no deseaba ser recordado ni que le rindieran honores; lo único que buscaba era la satisfacción de saber que alguien se había beneficiado de su descubrimiento. La siguiente tribu a la que llegó se mostró tan deseosa de aprender como la primera. Pero sus sacerdotes, celosos de la influencia de aquél extraño, lo asesinaron y, para acallar cualquier sospecha, entronizaron un retrato del Gran Inventor en el altar mayor del templo, creando una liturgia para honrar su nombre y mantener viva su memoria y teniendo gran cuidado de que no se alterara ni se omitiera una sola rúbrica de la mencionada liturgia. Los instrumentos para hacer fuego fueron cuidadosamente guardados en un cofre, y se hizo correr el rumor de que curaban de sus dolencias a todo aquél que pusiera sus manos sobre ellos con fe. El propio Sumo Sacerdote se encargó de escribir una Vida del Inventor, la cual se convirtió en el libro sagrado, que presentaba su amorosa bondad como un ejemplo a imitar por todos, encomiaba sus gloriosas obras y hacía de su naturaleza sobrehumana un artículo de fe. Los sacerdotes se aseguraban del que el Libro fuera transmitido a las generaciones futuras, mientras ellos se reservaban el poder de interpretar el sentido de sus palabras y el significado de su sagrada vida y muerte, castigando inexorablemente con la muerte o la excomunión a cualquiera que se desviara de la doctrina por ellos establecida. Y la gente, atrapada de lleno en toda una red de deberes religiosos, olvidó por completo el arte de hacer fuego.

Un pobre campesino que regresaba del mercado a altas horas de la noche descubrió de pronto que no llevaba consigo su libro de oraciones. Entonces se le ocurrió orar del siguiente modo: “He cometido una verdadera estupidez, Señor: he salido de casa esta mañana sin mi libro de oraciones, y tengo tan poca memoria que no soy capaz de recitar sin él una sola oración. De manera que voya a hacer una cosa; voy a recitar cinco veces el alfabeto muy despacio, y tú, que conoces todas las oraciones, puedes juntar las letras y formar esas oraciones que yo soy incapaz de recordar”. Y el Señor dijo a sus ángeles: “De todas las oraciones que he escuchado hoy, ésta ha sido, sin duda alguna, la mejor, porque ha brotado de un corazón sencillo y sincero”.

En la antigüedad se concedía mucha importancia a los ritos védicos, de los que se decía que funcionaban tan “científicamente” que, cuando los sabios pedían la lluvia, jamás se producía una sequía. Así es que, conforme a dichos ritos, un hombre se puso a rezarle a Lakshmi, la diosa de la abundancia, para que le hiciera rico. Estuvo orando sin éxito durante diez largos años, al cabo de los cuales comprendió de pronto la naturaleza ilusoría de la riqueza y abrazó una vida de renuncia en el Himalaya. Un buen día, mientras se hallaba sentado y entregado a la meditación, abrió sus ojos y vió ante sí a una mujer extraordinariamente hermosa, tan radiante y resplandeciente como si fuera de oro. “¿Quién eres tú y qué haces aquí?” le preguntó. “Soy la diosa Lakshimi, a la que has estado rezando himnos durante doce años”, le respondió la mujer, “y he decidido aparecerme ante ti para concederte tu deseo”. “¿Ah, mi querida diosa!”, exclamó el hombre, “ahora ya he adquirido la dicha de la meditación y he perdido el deseo de las riquezas. Llegas demasiado tarde… Pero dime, ¿por qué has tardado tanto en venir?”. “Para serte sincxera”, respondió la diosa, “dada la fidelidad con que realizabas aquellos ritos, habrías acabado consiguiendo la riqueza, sin duda alguna. Pero, como te amaba y sólo deseaba tu bienestar, me resistí a concedértelo”.

Si pudieras elegir, ¿qué elegirías: que se te concediera lo que pides o la gracia de vivir en paz, aunque no la hubieras pedido?

La abuela: “¿Ya rezas tus oraciones cada noche?” El nieto: “¡Por supuesto!” “¿Y por las mañanas?” “No. Durante el día no tengo miedo”.

En el juego de naipes que llamamos vida cada cual juega lo mejor que sabe las cartas que le han tocado. Quienes insisten en querer jugar no las cartas que les han tocado, sino las que creen que debería haberles tocado, … son los que pierden el juego. No se nos pregunta si queremos jugar. No es ésa la opción. Tenemos que jugar. La opción es: cómo.

Había un leñador que se agotaba malgastando su tiempo y sus energías en cortar madera con un hacha embotada, porque no tenía tiempo, según él, para detenerse a afilar la hoja.

En el verano de 1946 corrió el rumor de que el espectro del hambre amenazaba a una determinada provincia de un país sudamericano. En realidad, los campos ofrecían un aspecto inmejorable, y el tiempo era ideal y auguraba una espléndida cosecha. Pero el rumor adquirió tal intensidad que 20.000 pequeños agricultores abandonaron sus tierras y se fueron a las sociedades. Con lo cual la cosecha fue un verdadero desastre, murieron de hambre miles de personas y el rumor resultó ser verdadero.

Una ostra divisó una perla suelta que había caído en una grieta de una roca en el fondo del océano. Tras grandes esfuerzos, consiguió recobrar la perla y depositarla sobre una hoja que estaba justamente a su lado. Sabía que los humanos buscaban perlas, y pensó: “Esta perla les tentará, la tomarán y me dejarán a mi en paz”. Sin embargo, llegó por ahí un pescador de perlas cuyos ojos estaban acostmbrados a buscar ostras, no perlas cuidadosamente depositadas sobre una hoja. De modo que se apoderó de la ostra -la cual no contenía perla, por cierto- y dejó que la perla rodara hacia abajo y cayera de nuevo en la grieta de la roca.

Sabes exactamente dónde mirar. Por eso no consigues encontrar a Dios.

El guru que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio. “¿Qué deseas?”, le preguntó el guru. El abad le contestó una triste historia. En otro tiempo su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente: “¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?”. “Sí”, respondió el guru, “un pecado de ignorancia”. “¿Y qué pecado puede ser ese?”. “Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis”. Y, dicho esto, el guru cerró sus ojos y volvió a su meditación. Durante el penosos viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías!, había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerle? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrdor? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, el tenía demasiados defectos… Pero resulta que el guru había hablado de un Mesías “disfrazado”… “¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos… ¡y uno de ellos tenía que ser el Mesías! Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿el Mesías… aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado… entonces, tal vez… ¿Podría ser Fulano…? ¿O Mengano, o…? Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron a tratarse con respecto y consideración. “Nunca se sabe”, pensaba cada cual para sí, cuando trataba con otro monje, “tal vez sea este”. El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu del Amor.

Un ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo, pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando suspendido a trescientos metros de las rocas del fondo, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en aquella situación. Entonces tuvo una idea: “¡Dios!”, gritó con todas sus fuerzas. Pero sólo le respondió el silencio. “¡Dios!”, volvió a gritar. “¡Si existes, sálvame, y te prometo que creeré en ti y enseñaré a otros a creer!” ¡Más silencio! Pero, de pronto, una poderosa Voz, que hizo que retumbara todo el cañón, casi le hace soltar la rama del susto: “Eso es lo que dicen todos cuando están en apuros”. “¡No, Dios, no!”, gritó el hombre, ahora un poco más esperanzado. “¡Yo no soy como los demás! ¿Por qué había de serlo, si ya he empezado a creer al haber oído por mi mismo tu Voz? ¿O es que no lo ves? ¡Ahora todo lo que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre hasta los confines de la tierra!”. “De acuerdo”, dijo la Voz, “te salvaré. Suelta esa rama”. “¿Soltar la rama?”, gimió el pobre hombre. “¿Crees que estoy loco?”.

No por mantener el termómetro elevado a base de echarle aliento vas a calentar la habitación.

Cuando la Hermana preguntó a los niños en clase que querían ser cuando fuesen mayores, el pequeño Tommy dijo que quería ser piloto. Elsie respondió que quería ser médico. Bobby, para satisfacción de la Hermana, afirmó que quería ser sacerdote. Al fin, se levantó Mary y dijo que quería ser prostituta. “¿Qué has dicho, Mary? ¿Querrías repetirlo?”. “Cuando sea mayor”, dijo Mary con ese aspecto de quien sabe exactamente lo que quiere, “Seré una prostituta”. La Hermana se quedó viendo visiones. Inmediatamente, Mary fue separada del resto de los niños y enviada al capellán. Al capellán le habían explicado los hechos a grandes líneas, pero quería comprobarlos personalmente. “Mary,”, le dijo a la niña, “dime con tus propias palabras lo que ha ocurrido”. “Bueno,” dijo Mary, un tantop desconcertada por todo aquel lío, “la Hermana me pregunto que qué quería ser cuando fuera mayor, y yo le dije que quería ser una prostituta”. “¿Has dicho ‘prostituta’?”, preguntó el capellán recalcando la última palabra. “Si”. “¡Cielos, qué alivio! ¡Todos habíamos creído que habías dicho que querías ser protestante!”

Un pecador público fue excomulgado y se le prohibió entrar en la Iglesia. Entonces le presentó sus quejas a Dios: “No quieres dejarme entrar, señor, porque soy un pecador…” “¿Y de qué te quejas?”, le dijo Dios, “Tampoco a mi me dejan entrar”.

En un determinado lugar de una accidentada costa, donde eran frecuentes los naufragios, había una pequeña y destartalada estación de salvamento que constaba de una simple cabaña y un humilde barco. Pero las pocas personas que la atendían lo hacían con verdadera dedicación, vigilando constantemente el mar e internándose en él intrépidamente, sin preocuparse de su propia seguridad, si tenían la mas ligera sospecha de que en alguna parte había un naufragio. De ese modo salvaron muchas vidas y se hizo famosa la estacion. Y a medida que crecía dicha fama, creció tambien el deseo, por parte de los habitantes de las cercanias, de que se les asociara a ellos con tan excelente labor. Para lo cual se mostraron generosos a la hora de ofrecer su tiempo y su dinero, de manera que se amplió la plantilla de socorristas, se compraron nuevos barcos y se adiestró a nuevas tripulaciones. También la cabaña fue sustituída por un confortable edificio capaz de satisfacer adecuadamente las necesidades de los que habian sido salvados del mar y, naturalmente, como los naufragios no se producen todos los días, se convirtió en un popular lugar de encuentro, en una especie de club local. Con el paso del tiempo, la vida social se hizo tan intensa que se perdió casi todo el interes por el salvamento, aunque, eso si, todo el mundo ostentaba orgullosamente las insignias con el lema de la estación. Pero, de hecho, cuando alguien era rescatado del mar, siempre podia detectarse el fastidio, porque los naufragos solian estar sucios y enfermos y ensuciaban la moqueta y los muebles.Las actividades sociales del club pronto se hicieron tan numerosas, y las actividades de salvamento tan escasas, que en una reunion del club se produjo un enfrentamiento con algunos miembros que insistían en recuperar la finalidad y la actividad originarias. Se procedió a una votación, y aquellos alborotadores, que demostraron ser minoría, fueron invitados a abandonar el club y crear otro por su cuenta. Y esto fue justamente lo que hicieron: crear otra estación en la misma costa, un poco mas allá, en la que demostraron tal desinteres de sí mismos y tal valentía que se hicieron famosos por su heroísmo. Con lo cual creció el numero de sus miembros, se reconstruyó la cabaña… y acabó apagándose su idealismo. Si, por casualidad, visita usted hoy aquella zona, se encontrara con una serie de clubs selectos a lo largo de la costa, cada uno de los cuales se siente orgulloso, y con razón, de sus orígenes y de su tradición. Todavía siguen produciéndose naufragios en la zona, pero a nadie parecen preocuparle demasiado.

En una pequeña ciudad, un hombre marcó el teléfono el 016 y pidió que le pusieran con Información. Al otro lado del teléfono se oyó la voz de una mujer: “Lo siento, tendrá que marcar el 015″. Cuando hubo marcado el 015, le pareció escuchar la misma voz. Entonces dijo: “¿No es usted la señora con la que acabo de hablar?” “Lo soy”, respondió la voz. “Es que hoy cubro los dos servicios”.

El mullah Nasrudin se encontró un diamante al borde de la carretera. Según la ley, el que encuentra algo sólo puede quedarse con ello si anuncia su hallazgo, en tres ocasiones distintas, en el centro de la plaza del mercado. Como Nasrudin tenía una mentalidad demasiado religiosa como para hacer caso omiso de la ley, y además era demasiado codicioso como para correr el riesgo de tener que entregar lo que había encontrado, acudió durante tres noches consecutivas al centra del mercado de la plaza, cuando estaba seguro de que todo el mundo estaba durmiendo, y allí anunció con voz apagada: “He encontrado un diamante en la carretera que conduce a la ciudad. Si alguien sabe quién es su dueño, que se ponga en contacto conmigo cuanto antes”. Naturalmente, nadie se enteró de las palabras del mullah, excepto un hombre que, casualmente, se encontraba asomado a su ventana la tercera noche y oyo como el mullah decía algo entre dientes. Cuando quiso averiguar de qué se trataba, Nasrudin le replicó: “Aunque no estoy en absoluto obligado a decírtelo, te diré algo: como soy un hombre religioso, he acudido aquí esta noche a pronunciar ciertas palabras en cumplimiento de la ley”.

Propiamente, para ser malo no necesitas quebrantar la ley. Basta con que la observes a la letra.

Cuando las personas están alegres, siempre son buenas; mienbtras que, cuando son buenas, rara vez están alegres.

Se hallaba un sacerdote sentado en su escritorio, junto a la ventana, preparando un sermón sobre la Providencia. De pronto oyó algo que le pareció una explosión, y a continuación vió cómo la gente corría enloquecida de un lado para otro, y supo que había reventado una presa, que el río se había desbordado y que la gente estaba siendo evacuada. El sacerdote comprobó que el agua había alcanzado ya a la calle en la que él vivía, y tuvo cierta dificultad en evitar dejarse dominar por el pánico. Pero consiguió decirse a sí mismo: “Aquí estoy yo, preparando un sermón sobre la Providencia, y se me ofrece la oportunidad de practicar lo que predico. No debo huir con los demas, sino quedarme aquí y confiar en que la providencia de Dios me ha de salvar”. Cuando el agua llegaba ya a la altura de su ventana, paso por allí una barca llena de gente. “¡Salte adentro, Padre!”, le gritaron. “No, hijos míos”, respondió el sacerdote lleno de confianza, “yo confío en que me salve la providencia de Dios”. El sacerdote subió al tejado y, cuando el agua llegó hasta allí, paso otra barca llena de gente que volvió a animar encarecidamente al sacerdote a que subiera. Pero él volvió a negarse. Entonces se encaramó a lo alto del campanario. Y cuando el agua le llegaba ya a las rodillas, llegó un agente de policía a rescatarlo con una motora. “Muchas gracias, agente”, le dijo el sacerdote sonriendo tranquilamente, “pero ya sabe usted que yo confío en Dios, que nunca habrá de defraudarme”. Cuando el sacerdote se ahogó y fue al cielo, lo primero que hizo fue quejarse ante Dios: “¡Yo confiaba en ti! ¿Por qué no hiciste nada por salvarme?” “Bueno”, le dijo Dios, “la verdad es que envié tres botes, ¿no lo recuerdas?”

Un discípulo llegó a lomos de su camello ante la tienda de su maestro sufi. Desmontó, entró en la tienda, hizo una profunda reverencia y dijo: “Tengo tan gran confianza en Dios que he dejado suelto a mi camello ahí afuera, porque estoy convencido de que Dios protege los intereses de los que le aman”. “¡Pues sal afuera y ata tu camello, estúpido!”, le dijo el maestro. “Dios no puede ocuparse de hacer en tu lugar lo que eres perfectamente capaz de hacer por ti mismo”

Un hombre se perdió en el desierto. Y más tarde refiriendo su experiencia a sus amigos, le scontó cómo, absolutamente desesperado, se había puesto de rodillas y había implorado la ayuda de Dios. “¿Y respondió Dios a tu plegaria?”, le preguntaron. “¡Oh, no! Antes de que pudiera hacerlo, apareció un explorador y me indicó el camino”.

Un hombre bastante piadoso, que estaba pasando apuros económicos, decidió orar de la siguiente manera: “Señor, acuérdate de los años que te he servido como mejor he podido y sin pedirte nada a cambio. Ahora que soy viejo y estoy arruinado, voy a pedirte, por primera vez en mi vida, un favor que estoy seguro que no me vas a negar: haz que me toque la lotería”. Pasaron días, semanas, meses… ¡y nada! Por fin, casi a punto de desesperarse, gritó una noche: “¿Por qué no me haces casos Señor?” Y entonces oyó la voz de Dios que le replicaba: “¡Hazme caso tú a mí! ¿Por qué no compras un billete de lotería?”.

Era frecuente ver al párroco charlando animadamente con una hermosa mujer de mala reputación, y además en público, para escándalo de sus feligreses. De manera que le llamó el obispo para echarle un rapapolvo. Y una vez que el obispo le hubo reprendido, el sacerdote le dijo: “Mire usted, monseñor, yo siempre he pensado que es mejor charlar con una mujer guapa y con el pensamiento puesto en Dios que orar a Dios y con el pensamiento puesto en una mujer guapa”.

Tanto aquello de lo que huyes como aquello por lo que suspiras está dentro de ti.

Un joven que buscaba un Maestro capaz de encauzarle por el camino de la santidad llegó a un “ashram” presidido por un guru que, a pesar de gozar de una gran fama de santidad, era un farsante. Pero el otro no lo sabia. “Antes de aceptarte como discípulo”, le dijo el guru, “debo probar tu obediencia. Por este “ashram” fluye un río plagado de cocodrilos. Deseo que lo cruces a nado”. La fe del joven discípulo era tan grande que hizo exactamente lo que se le pedía: se dirigió al río y se introdujo en él gritando: “¡Alabado sea el poder de mi guru!” Y, ante el asombro de este, el joven cruzó a nado hasta la otra orilla y regreso del mismo modo, sin sufrir el mas mínimo dano. Aquello convenció al guru de que era aún más santo de lo que había imaginado, de modo que decidió hacer a todos sus discípulos una demostración de su poder que acrecentara su fama de santidad. Se metió en el río gritando: “¡Alabado sea yo! ¡Alabado sea yo!”, y al instante llegaron los cocodrilos y lo devoraron.

Todo lo que hace falta para descubrir al “ego” es una palabra de adulación o crítica.

Hay un solo motivo de todos los males de la tierra: “¡Esto me pertenece!”.

Una leyenda de los Upanishads: “El sabio Uddalaka enseñó a su hijo Svetaketu a descubrir al Uno tras la apariencia de lo múltiple. Y lo hizo valiéndose de “parabolas” como la siguiente: Un día le ordenó
a su hijo: “Pon toda esta sal en agua y vuelve a verme por la mañana”. El muchacho hizo lo que se le había ordenado, y al día siguiente le dijo su padre: “Por favor, tráeme la sal que ayer pusiste en el agua”. “No la encuentro”, dijo el muchacho. “Se ha disuelto”. “Prueba el agua de esta parte del plato”, le dijo Uddalaka. “¿A qué sabe?”. “A sal”. “Sorbe ahora de la parte del centro. “¿A qué sabe?”. “A sal”. “Ahora prueba del otro lado del plato. “¿A qué sabe?”. “A sal”. “Arroja al suelo el contenido del plato”, dijo el padre. Así lo hizo el muchacho, y observó que, una vez evaporada el agua, reaparecía la sal. Entonces le dijo Uddalaka: “Tú no puedes ver a Dios aquí, hijo mío, pero de hecho está aquí”.

Estaba ardiendo una fábrica, y el anciano propietario lloraba desconsolado su pérdida. “¿Por qué lloras, papá?”, le preguntó su hijo. “¿Has olvidado que hemos vendido la fábrica hace cuatro días?”. Y el anciano dejó inmediatamente de llorar.

Dos amigas se encuentran al cabo de muchos años. “Cuéntame”, dice una de ellas, “¿Qué fue de tu hijo?” “¿Mi hijo?”, responde la otra suspirando. “¿Pobre hijo mio…! iQue mala suerte ha tenido…! Se casó con una chica que no da golpe en su casa. No quiere cocinar ni coser ni lavar ni limpiar… Se pasa el día en la cama holgazaneando, leyendo o durmiendo. ¿Querras creer que el pobre muchacho tiene incluso que llevarle el desayuno a la cama?” “¡Es espantoso! ¿Y que ha sido de tu hija?” “¡Ah, esa sí que ha tenido suerte! Se casó con un verdadero ángel. Figúrate que no permite que ella se moleste para nada. Tiene criados que cocinan, cosen, lavan, limpian y lo hacen todo. ¡Y querras creer que él le lleva todas las mañanas el desayuno a la cama? Todo lo que hace es dormir cuanto quiere, y el resto del dia lo emplea en descansar y leer en la cama”.

Tras una acalorada discusión con su mujer, el hombre acabó diciendo: “¿Por qué no podemos vivir en paz como nuestros dos perros, que nunca se pelean?” “Claro que no se pelean”, reconoció la mujer. “¡Pero átalos juntos, y verás lo que ocurre!”.

Un día, Abraham invitó a un mendigo a comer en su tienda. Cuando Abraham estaba dando gracias, el otro empezó a maldecir a Dios y a decir que no soportaba oír Su Santo Nombre. Presa de indignación, Abraham echó al blasfemo de su tienda. Aquella noche, mientras estaba haciendo sus oraciones, le dijo Dios a Abraham: “Ese hombre ha blasfemado de mi y me ha injuriado durante cincuenta años y, sin embargo, yo le he dado de comer todos los días. ¿No podías haberlo soportado tú durante un solo almuerzo?”.

Se afirmaba en la aldea que una anciana tenía apariciones divinas, y el cura quería pruebas de la autenticidad de las mismas. “La próxima vez que Dios se te aparezca”, le dijo, “pídele que te revele mis pecados, que solo El conoce. Esa será una prueba suficiente”. La mujer regresó un mes más tarde, y el cura le preguntó si se le había vuelto a aparecer Dios. Y al responder ella que si, le dijo: “¿Y le pediste lo que te ordene?”. “Si, lo hice”. “¿Y que te dijo El?” “Me dijo: “Dile al cura que he olvidado sus pecados”.

¿Será posible que todas las cosas horribles que has hecho hayan sido olvidadas por todos… menos por ti?

Estaba un día Diógenes plantado en la esquina de una calle y riendo como un loco. “¿De qué te ríes?”, le preguntó un transeúnte. “¿Ves esa piedra que hay en medio de la calle? Desde que llegué aquí esta mañana, diez personas han tropesado en ella y han maldecido, pero ninguna de ellas se ha tomado la molestia de retirarla para que no tropezaran otros.

Durante un ensayo con la orquesta, el director le dijo al trompetista: “Pienso que este pasaje requiere… ¿cómo le diría yo?… un enfoque más wagneriano…; no sé si me explico… Quiero decir: algo más enérgico, por así decirlo; algo más acentuado, con más cuerpo, más profundo, más…”. El trompetista le interrumpió: “¿Quiere que toque más fuerte, señor?” “¡Si, eso es lo que quiero decir!”, fue todo cuanto pudo decir el pobre director.

Si tienes un reloj sabes qué hora es. Si tienes dos relojes, nunca estarás seguro.

En una pequeña ciudad se produjo un accidente de tráfico. En torno a la víctima se apiñó tanta gente que un periodista que pasaba por allí no conseguía acercarse lo suficiente para verlo. Entonces tuvo una idea. “¡Déjenme pasar, por favor!”, empezó a decir mientras se abría paso a codazos. “Soy el padre de la víctima”. La gente le dejó pasar para que pudiera acercarse al lugar del accidente y descubrir, abochornado, que la víctima era un mono.

Un minuto para el absurdo

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Anthony de Mello.

Sin duda, un autor infaltable en mi biblioteca porque me permitió abrir mi mente a diferentes formas de pensar y de concebir al Ser Supremo. Como el mismo comenta, los cuentos que cuenta no tratan de ser la verdad, sino de ayudar a encontrar una mejor relación con Dios. Pero le cayó el Vaticano con que se estaba desviando de las doctrinas del catolicismo y cristianismo y hasta hojas de advertencia pusieron en sus libros. No vaya a ser que la grey se nos desviara y se fuera con patas de cabra. En fin a mi me sirvió, en su momento para definir mejor mi posición, se puede decir hasta que para afirmar mis creencias. creo que cada quién y dependiendo de la disposición, le beneficia o lo deja de lado. De Mello es como la leche: o te gusta, o lo odias. Calificación de 9.5

En todos estos cuentos, “el Maestro” no es siempre la misma persona. Es al mismo tiempo un “gurú” hindú, un “roshi” zen, un sabio taoísta, un rabino judío, un monje cristiano, un místico sufí… Es Lao-Tse y Sócrates, Buda y Jesús, Zaratustra y Mahoma…

… el Maestro completó su lección con la historia del ladrón que encontró esta nota en la puerta de la caja fuerte que iba a reventar: “Por favor, no emplee dinamita, la caja no está cerrada. Basta con hacer girar el picaporte”. Y, en el momento que hizo girar el picaporte, cayó sobre él un pesado saco de arena, se encendieron las luces de la habitación, y la alarma despertó a todo el vecindario. Cuando el Maestro visitó en la cárcel al ladrón, éste no podía ocultar su resentimiento: “¿Cómo voy a poder confiar de nuevo en ningún ser humano?”.

“Iluminación”, dijo el Maestro, “significa saber exactamente dónde estás en un momento dado; y eso no es nada fácil…” Y habño de un conocidísimo amigo suyo que, a sus ochenta y tantos años, seguía recibiendo infinidad de invitaciones. Un día mientras consultaba su agenda durante una recepción, alguien le preguntó cuántos compromisos tenía para aquella noche. “Seis”, respondió el anciando sin apartar los ojos de su agenda. “¿Y qué hace usted: comprobar adónde tiene que ir a continuación?” “No. Trato de saber dónde estoy ahora mismo”.

La gente no está dispuesta a renunciar a sus celos y preocupaciones, a sus resentimientos y culpabilidades, porque estas emociones negativas, con sus ‘punzadas’, les dan la sensación de estar vivos, dijo el Maestro. Y puso este ejemplo: Un cartero se metió con su bicicleta por un prado, a fin de atajar. A mitad de camino un toro se fijó en él y se puso a perseguirlo. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el hombre consiguió ponerse a salvo. “Casi te agarra, ¿eh?”, le dijo alguien que habia observado lo ocurrido. “Si”, respondió el cartero, “como todos los días”.

Disecciona una rosa y tendrás una valiosa información -y ningún conocimiento- sobre la rosa. Hazte un experto y tendrás mucha información -y ningún conocimiento- sobre la realidad.

“Cuando hablas de la Realidad, dijo el Maestro, intentas expresar con palabras lo Inexpresable, de manera que lo más seguro es que tus palabras no se entiendan. Del mismo modo, las personas que leen esa expresión de la Realidad que llamamos ‘Escrituras’, se vuelven estúpidas y crueles, porque no siguen la lógica de las Escrituras, sino lo que ellas piensan que dicen las Escrituras. Y lo ilustraba con una parábola: El herrero del pueblo contrató a un aprendiz dispuesto a trabajar duro por poco dinerom y se puso a instruirlo: Cuando yo sauque la pieza del fuego, la pondré sobre el yunque; y cuando te haga una señal con la cabeza, golpéala con el martillo. El aprendiz hizo exactamente lo que creía que le habían dicho, y al día siguiente se había convertido en el nuevo herrero del pueblo.

La persona que ha alcanzado la Iluminación, decía el Maestro, es la que ve que todo en el mundo es perfecto tal y como es. ¿Y qué me dicen del jardinero?, le preguntó alguien, ¿también es perfecto? El jardinero del monasterio era un jorobado. Para lo que se supone que ha de ser en la vida, respondió el Maestro, el jardinero es un jorobado perfecto.

Como se aprende a confiar en la Providencia? confiar en la Providencia, dijo el Maestro, es como entrar en un restaurante de lujo sin llevar un céntimo en el bolsillo y encargar docenas de ostras con la esperanza de hallar una perla con la que pagar la cuenta.

El Maestro paseaba calle abajo cuando, de pronto, salió de un portal un hombre que chocó violentamente con él. El individuo fuera de sí, rompió a soltar palabrotas. El Maestro hizo un abreve inclinación, sonrió amablemente y le dijo: Amigo mío, no sé quién de los dos ha tenido la culpa de que chocáramos, pero no estoy dispiuesto a perder el tiempo tratando de averiguarlo… Si la culpa ha sido mía, le pido perdón, si ha sido suya olvídelo. Y, tras hacer una nueva inclinación y esbozar una nueva sonrisa, siguió caminando.

El Maestro solía decir que la Verdad está justamente delante de nuestros ojos y que, si no conseguimos verla, es porque no s falta perspectiva. En cierta ocasión se llevó a un discípulo a subir a una montaña. A mitad del camino, el discípulo se quedó mirando a la maleza con cara de pocos amigos, y preguntó: “¿Dónde está el maravilloso paisaje del que me hablabas?”. El Maestro sonrió burlonamente y dijo: Estás pisando encima de él, como podrás comprobar cuando lleguemos a la cima.

El afecto deforma nuestra percepción: éste era un tema en el que insistía el Maestro una y otra vez. Y los discípulos tuvieron la oportunidad de verlo ejemplificado cuando oyeron cómo el Maestro preguntaba a una madre: ¿Cómo esta tu hija? ¿Mi hija? ¡No sabes la suerte que ha tenido! Se casó con un hombre maravilloso que le ha regalado un coche, le compra todas las joyas que quiere y le ha dado un montón de sirvientes. Incluso le lleva el desayuno a la cama y le permite levantarse a la hora que quiera. ¡Un verdadero encanto de hombre! ¿Y tu hijo? ¡Ese es otro cantar…! Menuda lagarta le ha caído en suerte…! El pobre le ha regalado un coche, le ha cubierto de joyas y ha puesto a su servicio no sé cuántos criados… ¡Y ella se queda en la cama hasta el mediodía! Ni siquiera se levanta para prepararle el desayuno…!

Todo el mundo hablaba del líder religioso que había perdido la vida en una acción suicida. Y, aunque nadie en el monasterio lo aprobaba, no faltó quien afirmara que admiraba su fe. “¿Fe?”, dijo el Maestro. “Hombre, al menos tuvo el valor de defender sus convicciones hasta el final, ¿no crees?” “Eso no es fe sino fanatismo. La fe exige un valor aún mayor: el de reconsiderar las propias convicciones y rechazarlas si no cuadran con los hechos.”

Cuando el Maestro era todavía un muchacho, tenía un compañero en la escuela que no dejaba de ensañarse con él. Posteriormente, ya viejo y arrepentido, aquel tipo había acudido al monasterio, donde fue recibido con los brazo abiertos. Un día quiso abordar el tema de su antiguo comportamiento con el Maestro, pero éste no parecía acordarse de ello. “Qué no lo recuerdas?” “Lo que recuerdo con toda claridad es que lo olvidé”, dijo el Maestro. Y ambos se echaron a reír.

Una madre le preguntó al Maestro cuándo debría de iniciar la educación de su hija. ¿Cuántos años tiene la niña?, le preguntó el Maestro a su vez. Cinco. “¡Cinco! ¡Ve a tu casa corriendo: vas con cinco años de retraso!

Cuando le preguntaron si nunca se había sentido desanimado por el escaso fruto que sus esfuerzos parecían producir, el Maestro contó la historia de un caracol que emprendió la ascensión a un cerezo en un desapacible día de finales de primavera. Al verlo, unos gorriones que se hallaban en un árbol cercano estallaron en carcajadas. Y uno de ellos le dijo: ¡Oye, tu, pedazo de estúpido!¿No sabes que no hay cerezas en esta época del año? El caracol, sin detenerse, replicó: No importa. Ya las habrá cuando llegue arriba.

Un discípulo que solía padecer prolongados periodos de depresión le dijo al Maestro: “El médico no deja de insistir en que tome las medicinas que me ha recetado para mantener a raya la depresión” ¿Y por qué no lo haces?, le dijo el Maestro. “Porque pueden dañarme el hígado y acortar mi vida” Y prefieres tener un hígado sano antes que vivir tranquilo y dichoso? Un año de vida vale mucho más que veinte años de hibernación. Más tarde diría a sus discípulos: Con la vida ocurre lo que con los chistes: lo importante no es lo que duren, sino lo que hagan reir.

¿Cómo se reconoce a la persona iluminada? Porque, habiendo visto el mal como mal, la persona iluminada no puede hacerlo, dijo el Maestro. Y añadió: tampoco puede ser tentada. Si lo es, se trata de un impostor. Y contó la historia de un contrabandista que, huyendo de la policía, pidió a un monje con fama de santo que le escondiera la mercancía, porque, dada su reputación, nadie sospecharía de él. El monje se irguió indignado y ordenó al tipo que abandonara el monasterio al instante. “Te daré cien mil dólares por el favor”, le dijo el contrabandista. El monje dudo ligeramente antes de negarse. “Doscientos mil…” Pero el monje volvió a rechazar la oferta. “¡Quinientos mil!” Entonces el monje esgrimió amenazante un grueso bastón y le gritó: “¡Marcha de aquí ahora mismo: estás acercándote demasiado a mi precio!”.

El Maestro enseñaba que el cambiar, aunque fuera para bien, conllevaba siempre efectos secundarios que convenía examinar con cuidado antes de decidir el cambio: la invención de la pólvora significó una estupenda protección contra los animales salvajes, pero también dió lugar a las guerras modernas; el automóvil agilizó las comunicaciones, pero también agravó la contaminación atmosférica; le tecnología moderna salva muchas vidas, pero también suprime una serie de esfuerzos físicos, con lo que nuestros cuerpos se debilitan. “Erase un hombre”, dijo el Maestro, “Con un ombligo de oro que le ocasionaba constantes apuros, porque siempre que se bañaba, era objeto de toda clase de bromas. El hombre no hacía más que pedirle a Dios que le quitara aquel ombligo. Por fin, una noche soñó que un ángel se lo ‘desenroscaba’ y lo dejó encima de la mesa, tras de lo cual se esfumó. Al despertar por la mañana, comprobó que el sueño había sido real: allí, sobre la mesa, estaba el brillante ombligo de oro. Entusiasmado, se levantó de un salto… ¡y el culo se le desprendió y cayó al suelo!”.

A unos padres preocupados por la eduación de sus hijos, les citó el Maestro un dicho rabínico: No reduzcas a tu hijo a lo que tú hayas aprendido, porque ellos han nacido en otra época.

La principal razón por la que las personas no son felices es porque se complacen insanamente en sus sufrimientos, dijo el Maestro. Y contó cómo, viajando él cierta noche en la litera superior de un vagón de ferrocarril, le era imposible conciliar el sueño, porque en la litera inferior había una mujer que no dejaba de gemir: Que sed tengo, Dios mío, qué sed tengo. Una y otra vez se oía aquella lastimera voz, hasta que, finalmente, el Maestro descendió sigilosamente por la escalerilla, salió del departamento, recorrió todo el pasillo del vagón hasta llegar a los servicios, lleno de agua dos grandes vasos de papel, regresó con ellos y se los dio a la atormentada mujer: ¡Aquí tiene, señora: agua! Muchas gracias, señor. Dios le bendiga… El Maestro volvió a su litera se acomodó en ella… y a punto estaba de conciliar el sueño cuando, de pronto, oyó de nuevo la lastimera voz: ¡Qué sed tenía, Dios mío, qué sed tenía…!

¿Puede la acción conducir a la Iluminación?, le preguntaron al Maestro. Sólo la acción conduce a la Iluminación, fue su respuesta, pero ha de ser una acción desinteresada, hecha por sí misma como tal. Y explicó cómo un día, presenciando un partido de entrenamiento de un equipo de fútbol junto al hijo pequeño de uno de los jugadores, cada vez que éste conseguía un gol, todo el mundo aplaudía, mientras el pequeño permanecía impávido y se limitaba a mirar, aparentemente aburrido. ¿Qué te ocurre?, le dijo el Maestro; ¿no ves cómo marca goles tu padre? Sí; hoy sí los marca. Pero hoy es martes, y el partido de competición será el viernes… Ya veremos si entonces los sigue marcando… Y el Maestro concluyó: Desgraciadamente, valoramos las acciones si nos ayudan a ‘marcar goles’, pero no en sí mismas.

Una de las razones por las que uno se adhiere a una organización religiosa es porque ésta permite eludir la religión con la conciencia tranquila, dijo el Maestro. Y refirió entonces la conversación que había tenido con una discípula que acababa de hacerse novia de un viajante de comercio: ¿Es un hombre atractivo?, le preguntó el Maestro. Bueno… no especialmente. ¿Tiene mucho dinero? Si lo tiene, yo no lo he visto. ¿No tiene vicios ni malas costumbres? La vredad es que fuma y bebe mucho más de lo que debiera. ¡No te comprendo! Si no tienes nada bueno que decir de él, ¿por qué te casas con él? Porque se pasa la mayor parte del tiempo viajando. De este modo, tendré la satisfacción de estar casada sin tener que soportar la carga que supone un marido.

Al Maestro le gustaba jugar a las cartas y undía se encontraba totalmente absorto jugando al póker con algunos de sus discípulos durante un bombardeo nocturno. Cuando interrumpieron el juego para tomar una copa, la conversación giró en torno al tema de la muerte. Si ahora mismo, mientras jugamos, me muriera yo, ¿qué haríais?, preguntó el Maestro. ¿Qué querrías tu que hiciéramos? Dos cosas. La primera, quitar mi cadáver de enmedio. ¿Y la segunda? Repartir cartas.

¿Por qué acudiste al Maestro? Porque mi vida no iba a ninguna parte ni me daba nada. ¿Y a dónde va ahora tu vida? A ninguna parte. ¿Y qué te da ahora? Nada. Entonces, ¿cuál es la diferencia? Ahora no voy a ninguna parte, porque no hay ninguna parte adonde ir; y no obtengo nada, porque no hay nada que desear.

Cuando alguien quiso saber qué pensaba el Maestro sobre el mandato de Jesús a sus discípulos de odiar a sus padres, el Maestro dijo: Difícilmente encontraréis mayor enemigo que un padre. Y contó cómo en cierta ocasión se encontró en un supermercado con una mujer que empujaba un cochecito con dos niños dentro. ¿Qué niños más monos tiene usted!, le dijo el Maestro. ¿Cuántos años tienen? El médico, tres, respondió la mujer; el abogado, dos.

El Maestro se había propuesto destruir sistemáticamente toda doctrina, toda creencia y toda noción de la divinidad, porque estas cosas, originariamente pensadas para servir de puntos de referencia, se estaban tomando como auténticas descripciones. Y le gustaba citar el dicho oriental: Cuando el sabio señala con el dedo a la luna, lo único que ve el idiota es el dedo.

Una noche, el Maestro condujo a los discípulos a campo abierto para poder contemplar el cielo estrellado. Una vez allí, apuntando con el dedo a las estrellas, miró a los discípulos y dijo: Ahora, concentraos todos en mi dedo. Entonces comprendieron.

Los problemas humanos se resisten tenazmente a las soluciones ideológicas, como tuvo ocasión de comprobar el ‘reformista laboral’ cuando llevó al Maestro a ver cómo se abría una zanja con métodos modernos. Esta máquina, el dijo, ha dejado sin trabajo a decenas de hombres. Habría que destruirla y poner en su lugar a cien hombres trabajando con palas. ¿Y por qué no, dijo el Maestro, a mil hombres trabajando con cucharillas?

Dijo el Maestro: lo que vosotros llamáis amistad, en realidad es una transacción comercial: responde a mis expectativas, dame lo que yo quiero, y yo te amaré; no lo hagas, y mi amor por ti se convertirá en resentimiento e indiferencia. Y contó la historia de aquél individuo que, al regresar a casa después de un día de duro trabajo, fue recibido por su mujer y su hija de tres años. ¿No hay un beso para papá? No. Me qvergüenzo de ti. Papá está todo el día trabajando duro para traer dinero a casa, ¿y es éste el pago que tu le das? Ven aquí; a ver, ¿dónde esta ese beso…? Mirándole a los ojos, la preciosa criatura de tres años le dijo: ¿Dónde está el dinero? dijo un discípulo: Yo no cambio mi amor por dinero. Y replicó el Maestro ¿Acaso no es tan malo, o peor, que lo cambies por amor?

Al día siguiente, el Maestro contó la historia de aquel hotelero que se quejaba de los negativos efectos que suponía para su negocio la construcción de una nueva autopista. La verdad es que no te comprendo, le dijo un amigo. Todas las noches veo colgado en la puerta de tu hotel el cartel de ‘Completo’… Si, pero no te fíes de eso. Antes de que construyeran la autopista, cada noche tenía que rechazar a unas treinta o cuarenta personas, mientras que ahora no pasan nunca de veinticinco. Y añadió el Maestro: cuando estás decidido a sentirte mal, hasta los clientes que no existen son reales.

El Maestro tenía que saber que sus palabras ecedían muchas veces la capacidad de comprensión de sus discípulos. No obstante, les hablaba convencido de que algún día esas palabras arraigarían y florecerían en sus corazones. Un día les dijo: El tiempo siempre parece muy largo cuando esperas unas vacaciones o un exámen, algo por lo que has suspirado o has temido que llegara. Pero para quienes se atreven a abandonarse a la experiencia del momento presente – sin pensar en la experiencia misma ni desear que ésta se repita o que pueda ser evitada -, el tiempo se transforma en el resplandor de la Eternidad.

Te está destruyendo la molicie con que vives, le dijo el Maestro a un discípulo bastante indolente. Sólo un desastre puede salvarte. Y lo explicó del siguiente modo: Si arrojas una rana en una olla de agua hirviendo, saltará fuera al instante. Si la arrojas en una olla de agua que está calentándose muy poco a poco, la rana acabará perdiendo la tensión que le permita saltar en el momento oportuno.

Los discípulos se hallaban sentados a la orilla de un río. Si me cayera al agua, ¿me ahogaria? preguntó uno de ellos. No, le respondió el Maestro. No es el caerte al agua lo que hace que te ahogues, sino el quedarte dentro.

Cuando se celebraban las elecciones, el Maestro solía ser el primero en acudir al colegio electoral. Nunca pudo comprender por qué algunos discípulos renunciaban a ejercer su derecho al voto. La gente está dispuesta a pagar impuestos y a derramar su sangre por la democracia, decía. Pero ¿por qué no se toma la molestia de votar y hacer que funcione?

La Iluminación, dijo el Maestro cuando le preguntaron por ella, es un despertar. Ahora mismo estáis dormidos y no lo sabéis. Y les contó el caso de aquella mujer recién casada que se quejaba de que su marido bebía en exceso. Y si sabías que bebía, ¿por qué te casaste con él?, le preguntaron. ¡Yo no tenía idea de que bebía, dijo la mujer, hasta que una noche llegó a casa sobrio!

Un visitante trataba de explicar al Maestro cómo era su religión: Nosotros creemos que somos el pueblo elegido de Dios. ¿Y qué significa eso?, preguntó el Maestro. Que Dios nos ha escogido entre todos los pueblos de la tierra. creo poder adivinar, dijo el Maestro con su peculiar humor, cuál fue, de entre todos los pueblos de la tierra, el que hizo tal descubrimiento.

El Maestro, para divertir a sus visitantes, contaba a veces historias del inefable ‘mullah’ Nasruddin: Una noche, Nasruddin no paraba de dar vueltas en la cama. ¿Qué te pasa?, le preguntó su mujer. ¿Por qué no te duermes? Nasruddin le confesó que no tenía las siete monedas de plata que debía pagarle al día siguiente a su vecino Abdullah, lo cual le preocupaba tanto que le impedía dormir. Su mujer se levantó, se echó encima una bata, salió a la calle y se puso a llamar a gritos a Abdullah, hasta que éste se asomo a la ventana, frotándose los ojos de sueño, y preguntó: ¿Quién me llama? ¿Qué diablos ocurre?. La mujer le dijo: Sólo quiero que sepas que no vas a cobrar mañana tus siete monedas de plata, porque mi marido no las tiene. Dicho lo cual, la mujer regresó a casa y le dijo a su marido: duérmete, Nasruddin. Ahora, que se preocupe Abdullah. El Maestro concluyó: si uno tiene que pagar, ¿Por qué han de preocuparse todos?.

Cuando el predicador volvió sobre el tema de la buena noticia, el Maestro le interrumpió: ¿Qué clase de buena noticia es esa, preguntó, qué hace tan fácil ir al infierno y tan difícil ganar el cielo?

…Contó un día cómo, siendo niño, había oído a su padre, un famoso político, criticar severamente aun miembro de su partido que se había pasado al partido contrario. Pero, padre, si el otro día no hacías más que elogiar a un hombre que había dejado el partido contrario para pasarse al tuyo… Verás, hijo, tienes que aprender cuanto antes esta importantísima verdad: los que se pasan al otro partido son traidores; los que se pasan al nuestro son conversos.

He aquí un cuento que el Maestro contó a un filósofo que quiso saber por qué la inteligencia podía ser un obstáculo para alcanzar la Iluminación: Erase un avión en el que iban sólo tres pasajeros: un famoso científico, un boy scout y un obispo. El avión sufrió una avería, y el piloto anunció que el se largaba, pero que únicamente había tres paracaídas, y uno era para él: Los tres pasajeros deberían decidir quién de ellos debía quedarse. Dijo entopnces el científico: puesto que yo soy un hombre necesario para el país, supongo que uno de los paracaídas ha de ser para mí. Dicho lo cual, agarró uno y saltó afuera. El obispo miró al boy scout y le dijo: hijo mío, yo ya he vivido mucho, por lo que creo que lo más lógico es que el paracaídas restante sea para ti. No me importa morir. No será necesario, señor Obispo, dijo el boy scout. Todavía quedan dos paracaídas, porque ese tipo ha saltado con mi mochila. Y añadió el Maestro: De ordinario, la inteligencia no da cabida al conocimiento.

¿No vas a desearnos una feliz navidad? El Maestro echó un vistazo al calendario, vio que era jueves y dijo: Prefiero desearon un feliz jueves. Aquello ofendió a los cristianos que había en el monasterio, hasta que el Maestro se explicó: Son millones los que van a disfrutar, no el día de hoy, sino la Navidad; por eso su gozo es efímero. Pero, para aquellos que han apendido a disfrutar el hoy, todos los días son Navidad.

Un día, el Maestro dió una conferencia sobre el peligro de la religión, en la que, entre otras cosas, afirmó que las presonas religiosas emplean con demasiada facilidad a Dios para encubrir su propia pequeñez y egoísmo. Aquello provocó una enérgica réplica por parte de un centenar de dirigentes religiosas, que escribieron sendos artículos, con los que hicieron un nuevo libro, para refutar las palabras del Maestro. Cuando éste vio el libro, se sonrió y dijo: Si lo que he dicho no es cierto, habría bastado con un solo artículo.

Después de pronunciar un encendido discurso en un mitín político, un discípulo le preguntó al Maestro que le había parecido. Si lo que has dicho era verdad, le dijo el Maestro, ¿qué necesidad tenías de gritar tanto? Más tarde diría a los discípulos: le hace más daño a la Verdad el ardor de sus defensores que los ataques de sus enemigos.

¿Por qué son más los que no alcanzan la imaginación?, le preguntaron al Maestro. Porque consideran como una pérdida lo que enrealidad es una ganancia. Entonces refirió el Maestro el caso de un conocido suyo que se había dedicado al comercio y había conseguido que los clientes acudieran en masa a su establecimiento. Cuando el Maestro lo felicitó por lo bien que lo estaba haciendo, el otro le replicó con tristeza: Seamos realistas, amigo. Fíjese en las puertas del comercio: si la gente sigue acudiendo de ese modo y sigue empujando tantas veces las puertas, pronto tendremos que cambiar las bisagras.

¡Mi sufrimiento es insoportable!, dijo alguien. Y le replicó el Maestro: El momento presente nunca es insoportable. Lo que te hace desesperar es lo que piensas que va a suceder en los próximos cinco minutos o en los próximos cinco días. ¡Deja de vivir en el futuro!

El Maestro ilustraba del siguiente modo la actitud actual de las naciones ricas: Un hombre es despertado por los codazos de su mujer: Levántate y cierra la ventana; está helando ahí fuera. El hombre lanza un suspiro y dice: ¡Por Dios bendito! Si cierro la ventana, ¿va a dejar de helar?

El Maestro no se hacía ilusiones acerca de lo que la gente suele llamar amor. Y solía recordar una conversación que había oído, en sus años jóvenes, entre un político y un amigo suyo: ¿Ya sabes que nuestro vicepresidente piensa enfrentarse a ti en las elecciones? ¡Ese canalla…! Pero no me da miedo. Todo el mundo sabe que, si no ha ido a la cárcel, es únicamente por sus influencias políticas. Pues eso no es todo: también nuestro secretario piensa anunciar su candidatura… ¡Cóimo! ¿No tiene miedo de que le procesen por malversación de fondos? ¡Cálmate, hombre! Estoy bromeando… De hecho, acabo de estar con los dos, y ambos piensan colaborar en tu campaña. ¡Estarás contento…! ¡Me has hecho decir cosas horribles de dos de las mejores personas de nuestro partido!

¿Por qué no aconsejas nunca el arrepentimiento?, preguntó el predicador. ¡Pero si no enseño otra cosa…!, replicó el Maestro ¡Pues yo nunca te he oído hablar del dolor por los pecados! El arrepentimiento no consiste en afligirse por el pasado. El pasado ha muerto y no merece un solo momento de aflicción. Arrepentirse es cambiar de mente, es ver la realidad de un modo radicalmente distinto.

Cuando el Maestro oía decir a alguien: Me gustarpia mucho más mi mujer si fuese de otra manera, solía contar lo que le ocurrió a el un día mientras contemplaba una puesta de sol en el mar. ¿No es precioso?, le dijo entusiasmado a una pasajera que se encontraba junto a él apoyada en la barandilla. Si, dijo de mala gana la mujer. Pero, ¿no cree usted que estaría mejor con un poco más de rosa a la izquierda? Todo el mundo, dijo el Maestro, te resulta encantador cuando prescindes de las expectativas que te habías forjado sobre cómo deberían ser.

Pero, entonces, ¿qué es lo que hace que una acción sea importante? El realizarse por sí misma y poniendo en ello todo el propio ser. Entonces resulta ser una acción desinteresada, semejante a la actividad de Dios.

Cuando uno de los discípulos cometió una grave equivocación, todos esperaban que el Maestro le aplicara un castigo ejemplar. Pero cuando, rtanscurrido un mes, vieron que no pasaba nada, uno de los discípulos le manifestó al Maestro su desacuerdo: No podemos ignorar lo sucedido. A fin de cuentas, Dios nos ha dado ojos… Si, replicó el Maestro, y también párpados.

Hay una cosa que ni siquiera Dios puede hacer, le dijo el Maestro a un discípulo al que le aterraba la mera posibilidad de ofender a alguien. ¡Y cuál es? Agradar a todo el mundo, dijo el Maestro.

Un joves describía estusiasmado lo que soñaba poder hacer por los pobres. ¿Y cuándo piensas hacer realidad tus sueños?, le preguntó el Maestro. Tan pronto como llegue la oportunidad de hacerlo. La oportunidad nunca llega, dijo el Maestro. La oportunidad ya está aquí.

La mayoría de la gente prefiere salvar su dinero antes que su vida.

Jamás permitas que nadie te arrastre tan abajo que te haga odiarlos.

Los discípulos quedaron desconcertados cuando oyeron al Maestro decir que el mal, visto desde un aperspectiva más elevada, es bueno; que el pecado es una puerta de acceso a la gracia. Entonces les habló de la historia de Cartago, una especie de espina clavada en la carne de la antigua Roma. Cuando Roma, finalmente, arrasó Cartago, se relajó, se debilitó e inició su decadencia. Si desapareciera todo mal, concluyó el Maestro, el espíritu humano acabaría pudriéndose.

Un ejecutivo preguntó al Maestro cuál creía él que era el secreto de una vida dichosa y afortunada. Hacer feliz cada día a una peronsa, le respondió el Maestro. Y, tras unos breves instantes, dijo: Aunque esa persona seas tú mismo. Hizo otra breve pausa y añadió: Sobre todo si esa persona eres tú mismo.

Alguien preguntó al Maestro por qué se mostraba tan receloso respecto de la religión. ¿Acaso no era la religión lo mejor que tenía la humanidad? La respuesta del Maestro fue un tanto enigmática: Lo mejor y lo peor: he aquí lo que se obtiene de la religión. ¿Por qué lo peor? Porque la mayoría de las personas saben la suficiente religión como para odiar, pero no la suficiente como para amar.

Lo importante de la espiritualidad no es el esfuerzo, dijo el Maestro, sino el abandono. Cuando caes al agua y no sabes nadar, te asustas y te dices a ti mismo: No debo hundirme, y te pones a mover como un loco brazos y piernas… y, en tu angustia, tragas agua y acabas ahogándote. Mientras que, si te liberas de tus pensamientos y dejaras de hacer esfuerzos y te dejaras ir hasta el fondo, tu cuerpo regresaría a la superficie por sí solo… ¡Eso es la espiritualidad!

En una noche clara y estrellada, el Maestro obsequió a sus discípulos con sus conocimientos de astronomía: Aquella es la galaxia espiral de Andrómeda, dijo. Es tan grande como nuestra Vía Láctea, y su luz, a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, tarda medio millón de años en llegar a nosotros. Está formada por cien mil millones de soles, muchos de ellos más grandes que el nuestro. Luego, tras una breve pausa, dijo con una sonrisa: Y ahora que ya nos hemos puesto en nuestro lugar, vámonos a dormir.

El Maestro citó en una ocasión las célebres palabras del Bhagavad Gita en las que el Señor insta al devoto a meterse de lleno en lo más reñido de la batalla manteniendo a la vez, el corazón pacificado a los pies del Señor. ¿Cómo puedo yo lograr semejante cosa?, preguntó un discípulo. Decidiendo contentarte con los resultados, sean cuales sean, que tus esfuerzos puedan producir.

Lo malo de ti, dijo el Maestro al predicador, es que todo lo que dices es absolutamente cierto… y vacío. Los tuyos buscan la Realidad y lo único que tu les ofreces son palabras. Cuando el predicador quiso saber qué quería decir el Maestro, peste le dijo: Eres como aquel hombre que recibió una carta de una compañía financiera en la que se le decía: ¿Tendría usted la amabilidad de enviarnos la suma total de lo que nos debe? Y su respuesta fue inmediata y clarísima: La suma total de lo que les debo es de mil quinientos dólares.

El Maestro escribió al Gobernador una durísima carta para protestar or la brutalidad con que había sido reprimida una manifestación en contra del racismo. El Gobernador le respondió afirmando que no había hecho más que cumplir con su deber. Y éste fue el comentario que hizo el Maestro: Siempre que un estúpido hace algo de lo que debería avergonzarse, afirma que ha cumplido con su deber.

El Maestro refirió en cierta ocasión el caso de una mujer que acudió por tercera vez con su dentista para que le redujera la dentadura, porque, según ella, no le cabía. Si hago lo que usted me pide, le dijo el dentista, mucho me temo que la dentadura no va a caber en su boca como es debido… ¿Quién ha hablado de mi boca?, exclamó irritada la mujer ¡Dónde no me cabe la dentadura es en el vaso! Y el Maestro concluyó: Vuestras creencias pueden ajustarse a vuestra mentalidad, pero ¿encajan realmente con los hechos?

En cierta ocasión, el Maestro oyó casualmente cómo un discípulo, le decía a un visitante: Tengo a honra el hecho de haber sido personalmente admitido como discípulo por el Maestro, mientras que se cuentan por centenares los que han sido rechazados. Cuando tuvo ocasión, el Maestro le dijo en un aparte: Vamos a dejar una cosa muy clara desde el principio: si tú fuiste escogido, y otros no, fue únicamente porque tu estabas más necesitado que ellos.

A propósito de la eduación moral de los niños, el Maestro dijo en cierta ocasión: Cuando yo era un adolescente, mi padre me previno contra determinados lugares de la ciudad. Recuerdo que me dijo: No vayas nunca a un night club, hijo mío. ¿Por qué?, le pregunté yo. Porque verías cosas que no debes ver. Aquello, lógicamente, despertó mi curiosidad. Por eso, en cuanto se me presentó la primera ocasión , entré en un night club. ¿Y viste algo que no deberías haber visto?, le preguntaron los discípulos. Ciertamente que sí, dijo el Maestro. Vi a mi padre.

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