Eduardo Galeano.
| Como un diario fechado de Julio de 1975 a julio de 1977, refleja una serie de infamias, noticias buenas, malas, recuerdos, dolor, alegrías y tristezas, teniendo al Sistema como constante, ya sea de gobierno, de vida o de muerte. Galeano escribe desde el exilio y respecto a la dictadura; no podría ser de otra forma. Calificación de 9.0 |
Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor.
Cuando me separé de Graciela, dejé la casa de Montevideo intacta. Allí quedaron los caracoles cubanos y las espadas chinas, los tapices de Guatemala, los discos y los libros y todo lo demás. Llevarme algo hubiera sido una estafa. Todo eso era de ella, tiempo compartido, tiempo que agradezco.
La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado.
Cuando hay petróleo de por medio, escribe Villar, las muertes accidentales no existen.
Aquél había sido oficialmente declarado “el año de la paz” en Guatemala. Pero ya nadie pescaba en la zona de Gualán, porque las redes atrapaban cuerpos humanos.
El poder -dicen- es como un violín. Se toma con la izquierda y se toca con la derecha.
Una noche, los muchachos me contaron cómo Castillo Armas se había sacado de encima a un lugarteniente peligroso. Para que no le robara el poder o las mujeres, Castillo Armas lo mandó en misión secreta a Managua. Llevaba un sobre lacrado para el dictador Somoza. Somoza lo recibió en el palacio. Abrió el sobre, lo leyó delante de él, le dijo: -Se hará como pide su presidente. Lo convidó con tragos. Al final de una charla agradable, lo acompañó hasta la salida. De pronto, el enviado de Castillo Armas se encontró solo y con la puerta cerrada a sus espaldas. El pelotón, ya formado, lo esperaba rodilla en tierra. Todos los soldados dispararon a la vez.
Escondido en un almacén de los suburbios, yo esperaba al hombre más buscado por la policía militar guatemalteca. Se llamaba Ruano Pinzón, y él también era, o había sido, policía militar. -Mira ese muro. Salta. ¿Podes? Torcí el pescuezo. La pared de la trastienda no terminaba nunca. -No -dije. -Pero si vienen ellos, ¿vas a saltar? Otra que saltar. Si venían ellos, iba a volar. El pánico convierte a cualquiera en campeón olímpico.
Los dueños del poder, como en toda América Latina, ponen sus fortunas a buen recaudo en Zurich o New York. Allá el dinero pega un salto de circo y vuelve al país mágicamente convertido en carísimos empréstitos internacionales.
Una noche llegué muy tarde y me acosté sin hacer ruido ni encender la luz. Pacha no estaba en la cama. La busqué en el baño y en el cuarto donde dormía el hijo. No estaba. Encontré cerrada la puerta del comedor. Fui a abrirla y me di cuenta: al otro lado estaban las cobijas en el suelo. A la mañana siguiente la esperé en la cocina, para matear como siempre. Pacha no hizo ningún comentario. Yo tampoco. Charlamos algo, las cosas de siempre, lo lindo o lo feo que está el tiempo y lo brava que viene la mano política o dame que doy vuelta la yerba para que no se lave. Y cuando llegué, de noche, encontré vacía la cama. Otra vez la puerta del comedor estaba cerrada. Puse la oreja y me pareció que le oía la respiración. De mañana, temprano, nos sentamos en la cocina a tomar mate. Ella no dijo nada y yo no pregunté. A las ocho y media llegaron los alumnos de ella, como todos los días. Y así durante una semana: la cama sin ella, la puerta cerrada. Hasta que una mañanita, cuando me alcanzó el último mate, le dije: “Mira, Pacha. Yo sé que es muy incómodo dormir en el piso. Así que esta noche venite a la cama, nomás, que yo no voy a estar”. Y no volví nunca.
Caminamos por las ramblas de Barcelona, frescos túneles del verano, y nos acercamos a un quiosco de venta de pajaritos. Hay jaulas de muchos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos. Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.
Hoy me entero de que todos los meses, el día que sale la revista, un grupo de hombres atraviesa el río Uruguay para leerla. Son una veintena. Encabeza el grupo un profesor de sesenta y pico de años que estuvo largo tiempo preso. Por la mañana salen de Paysandú y cruzan a tierra argentina. Compran, entre todos, un ejemplar de Crisis y ocupan un café. Uno de ellos lee en voz alta, página por página, para todos. Escuchan y discuten. La lectura dura todo el día. Cuando termina, dejan la revista, de regalo al dueño del café y se vuelven a mi país, donde está prohibida. -Aunque sólo fuera por eso -pienso- valdría la pena.
Y recién ahora, una noche de éstas, me di cuenta de que llamarme Eduardo Galeano fue, desde fines de 1959, una manera de decir: soy otro, soy un recién nacido, he nacido de nuevo.
Mi cabeza era una llaga viva cuando llegué al hospital. La fiebre la escarbaba con puñales, le prendía fuego. Por entre los labios partidos me salían quejas y disparates. Sentía que me moría y no esperaba que nadie apareciera en medio del delirio y abriera sus brazos para salvarme de los hervores y las cuchilladas de la fiebre: el dolor era tanto que no cabía en mí nadie más que el dolor, y simplemente me quería morir porque la muerte dolía menos.
Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo. Había sido muchas personas, yo. ¿Cuántas cédulas de identidad tenía?
El cuerpo se me había levantado en huelga: yo le daba órdenes y él no se movía. “Compañero cuerpo -le pedí-, usted no me puede fallar.”
Éste ha sido el insólito caso [Del Che Guevara] de alguien que abandona una revolución ya hecha por él y un puñado de locos, para lanzarse a empezar otra. No vivió para el triunfo, sino para la pelea, la siempre necesaria pelea por la dignidad humana.
La razón la tienen unos, pero las cosas las tienen otros.
Yo me he equivocado mucho, pero creo que…
-Ustedes arman mucho lío, pero son diez. -Somos diez. Por ahora somos diez -dijo el paraguayo, que habla muy lento-. Pero cuando seamos once…
Ella sonrió, triste, y entonces me acerqué y le vi los primeros signos de la muerte en la cara. Se le había afilado la nariz y la piel estaba un poco apretada contra las encías. La mirada, sin brillo, se perdía en el vacío; algún destello fugaz le atravesaba las pupilas cuando espantaba con la mano enemigos o nubes o moscas. La besé. Los labios estaban fríos.
Una vez me había contado un sueño que la perseguía desde chica. El subte se salía de las vías y avanzaba, aplastando gente, por la plataforma. Ella estaba allí y el subte se le venía encima. Conseguía eludirlo, corriendo, y subía las escaleras a los saltos. Salía al aire libre, feliz de haberse salvado. Entonces se daba cuenta, de golpe, de que se había dejado alguna cosa olvidada allá abajo. Era preciso volver bajo tierra.
“Con Frei, los niños pobres tendrán zapatos”. Alguien había garabateado, abajo: “Con Allende, no habrá niños pobres”.
Faltaba de todo: leche, verdura, repuestos, cigarrillos; y sin embargo, a pesar de las colas y la bronca, ochocientos mil trabajadores desfilaron por las calles de Santiago, una semana antes de la caída, para que nadie creyera que el gobierno estaba solo. Esa multitud tenía las manos vacías.
Me habló del Brasil, me dijo que una república volkswagen no es esencialmente distinta de una república bananera, y en pocos minutos me hizo un análisis completo de la crisis estructural argentina y me explicó las causas de la tragedia de Chile y me dijo qué era lo que se podía hacer en Uruguay.
A los cuarenta se puede ser santo o crápula. Pero puro.
Dentro de veinte años -dice- yo voy a contarle las cosas de ahora. Le hablaré de los amigos muertos y presos y de lo dura que era la vida en nuestros países, y quiero que él me mire a los ojos y no me crea y me diga que miento. La única prueba será que él estuvo aquí, pero ya no recordará nada de todo esto. Yo quiero que él no pueda creer que todo esto fue posible alguna vez.
Los barcos zarpan repletos de muchachos que huyen de la prisión, la fosa del hambre. Estar vivo es un peligro; pensar, un pecado; comer, un milagro. Pero, ¿cuántos son los desterrados dentro de las fronteras del propio país? ¿Qué estadística registra a los condenados a la resignación y al silencio? El crimen de la esperanza, ¿no es peor que el crimen de las personas? La dictadura es una costumbre de la infamia: una máquina que te hace sordo y mudo, incapaz de escuchar, impotente de decir y ciego de lo que está prohibido mirar. El primer muerto por torturas desencadenó, en el Brasil, en 1964, un escándalo nacional. El muerto por torturas número diez apenas si apareció en los diarios. El número cincuenta fue aceptado como “normal”. La máquina enseña a aceptar el horror, como se acepta el frío en invierno.
Como el pan a la boca -supo escribir a una mujer-, como el agua a la tierra, ojalá yo te sirva para algo.
Lo peor era que él no podía recordar cuál había sido la última vez que se habían visto, ni qué se habían dicho, ni nada.
A los uruguayos que canten con cierto énfasis, en una ceremonia pública, la estrofa del himno nacional que dice: ¡Tiranos temblad!, se les aplica la ley que condena “el ataque a la moral de las Fuerzas Armadas”: dieciocho meses aséis años de prisión. Por garabatear en un muro Viva la libertad o arrojar un volante en la calle, un hombre ha de pasar en la cárcel, si sobrevive a la tortura, buena parte de su vida. Si no sobrevive, el certificado de defunción dirá que pretendió huir, dando un traspié y precipitándose al vacío, o que se ahorcó, o que ha fallecido víctima de un ataque de asma. No habrá autopsia. Se inaugura una cárcel por mes. Es lo que los economistas llaman Plan de Desarrollo. Pero, ¿y las jaulas invisibles? ¿En qué informe oficial o denuncia de oposición figuran, los presos del miedo? Miedo a perder el trabajo, miedo a no encontrarlo, miedo de hablar, miedo de escuchar, miedo de leer. En el país del silencio, se puede terminar en un campo de concentración por culpa del brillo de la mirada. No es necesario echar a un funcionario: alcanza con hacerle saber que puede ser destituido sin sumario y que nadie le dará nunca empleo. La censura triunfa de verdad cuando cada ciudadano se convierte en el implacable censor de sus propios actos y palabras. La dictadura convierte en cárceles los cuarteles y las comisarías, los vagones abandonados, los barcos en desuso. ¿No convierte también en cárcel la casa de cada uno?
Se exige a los estudiantes que denuncien a sus compañeros, se exhorta a los niños a denunciar a sus maestros. En la Argentina, la televisión pregunta: “¿Sabe usted lo que está haciendo su hijo en este momento?” ¿Por qué no figura en la crónica roja el asesinato del alma por envenenamiento?
En este país todo gira ahora en torno del petróleo. La época del banano ha llegado a su fin; se promete que en diez años Ecuador tendrá una renta como la de Venezuela. Este país pobrísimo se asoma al delirio de los millones y se marea, le viene el vértigo: antes que las escuelas, los hospitales y las fábricas, llega la televisión en colores. Pronto habrá máquinas enceradoras en casas de piso de tierra y heladeras eléctricas en pueblitos alumbrados a farol de querosén. Seis mil estudiantes de filosofía y letras, apenas dos estudiantes de tecnología del petróleo: en la Universidad, toda ilusión está permitida, pero la realidad no es posible. El país se incorpora súbitamente a la civilización, o sea: a un mundo donde se fabrican en escala industrial los sabores, los colores, los olores y también la moral y las ideas, y donde la palabra Libertad es el nombre de una cárcel, como en Uruguay, o donde una cámara subterránea de torturas se llama, como en Chile, Colonia Dignidad.
Margarita no fue a Cañar para enseñar teatro, sino para aprender y ayudar. Pasaron los meses. Margarita sufría el frío y las lejanías. El jefe de la comunidad, que se llama Quindi, le puso una mano en el hombro: -Margara -le dijo-. Vos estás muy triste. Y si es así, mejor te vas. Para penas, basta con las nuestras.
Los presos de la necesidad, ¿cuántos son? ¿Es libre un hombre condenado a vivir persiguiendo el laburo y la comida?
Hay feos que al menos pueden decir: “Yo soy feo, pero simétrico”.
A Guimaráes Rosa, una gitana le había advertido: “Vas a morir cuando realices tu mayor ambición”. Cosa rara: con tantos dioses y demonios que este hombre contenía, era un caballero de lo más formal. Su mayor ambición consistía en que lo nombraran miembro de la Academia Brasileira de Letras. Cuando lo designaron, inventó excusas para postergar el ingreso. Inventó excusas durante años: la salud, el tiempo, un viaje… Hasta que decidió que había llegado la hora. Se realizó la solemne ceremonia y, en su discurso, Guimaráes Rosa dijo: “Las personas no mueren. Quedan encantadas”. Tres días después, un mediodía de domingo, su mujer lo encontró muerto cuando volvió de misa.
Juan Rulfo dijo lo que tenía que decir en pocas páginas, puro hueso y carne sin grasa, y después guardó silencio. En 1974, en Buenos Aires, Rulfo me dijo que no tenía tiempo para escribir como quería, por el mucho trabajo que le daba su empleo en la administración pública. Para tener tiempo necesitaba una licencia y la licencia había que pedírsela a los médicos. Y uno no puede, me explicó Rulfo, ir al médico y decirle: “Me siento muy triste”, porque por esas cosas no dan licencia los médicos.
Pero ahora no me llamaba para eso. Esta vez me llamaba para contarme que estaba enamorada. Me dijo que por fin había encontrado lo que había estado buscando sin saber qué buscaba y que necesitaba decírselo a alguien y que disculpara la molestia y que ella había descubierto que se podían compartir las cosas de más adentro y quería contártelo porque es una buena noticia, ¿no?, y no tengo a quién decírsela y pensé…
Hace cinco años, en la canchita de Villa Lugano, Vicente Zito Lema dijo un discurso. Era el último día de la huelga de hambre por los presos políticos. Vicente se alzó en la tribuna y más allá de la multitud vio a Claudia y a sus hijas jugando en el prado con las vacas y los perros, y entonces se olvidó de las consignas políticas y se lanzó a hablar del amor y la belleza. Desde abajo le tiraban del saco, pero no había manera de pararlo.
La sabiduría le viene de los tiempos de estudiante, cuando él correteaba las pizzerías de Buenos Aires vendiendo la muzzarella podrida que fabricaba un amigo. Las pizzerías buenas son las que no le compraban.
-¿Sabes cuál fue el día más feliz de mi vida? -me dijo Vicente-. El día que conseguí juntarlos, en Tribunales. Llevaban dos años presos y sin verse. Los iban cambiando de cárcel y siempre les tocaban cárceles distintas. Cuando a él lo mandaban al norte, ella venía al sur. Cuando ella iba a parar a la provincia, a él lo metían en Devoto. Por fin conseguí juntarlos, con el pretexto de un careo. Yo nunca vi a nadie besarse así.
Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería. Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla. Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.
Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.
¿Usted sabe con quién está hablando en estos momentos de la actualidad presente?”
Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, libertad de precios, libertad de cambios: cuanto más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperidad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quiénes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?
-Señor Achával -dijo el caballero-, le agradezco la explicación. Como le dije antes, yo he traído mi novela a esta editorial porque sé que se va a publicar aquí. Acha lo miró. Tragó saliva. Encendió un cigarrillo. Y suavemente preguntó: -¿Y se puede saber quién le dijo que se va a publicar aquí? -Me lo dijo Dios -respondió el caballero. -¿Quién? -Dios. Se me apareció hace tres días y me dijo: “Llévala nomás, que se publica”. Nunca Achával había recibido un escritor tan bien recomendado.
Hablamos de la revista. Esta semana la censura rechazó un trabajo de Santiago Kovadloff. Era un artículo contra las drogas, una denuncia de las drogas como máscaras del miedo. Sostenía que las drogas generan jóvenes conservadores. La censura resolvió quedarse con el original. Le avisé por teléfono. Cuando colgó, Dieguito, el hijo, le vio cara de preocupado. Qué te pasa, preguntó, y Santiago contestó: -No nos dejan hablar. No nos dejan decir nada. Y Dieguito le dijo: -A mí con la maestra me pasa lo mismo.
De la gente nuestra, el que no está preso o muerto, duerme en cama ajena y con un solo ojo.
Más vale avanzar y morir que detenerse y morir.
En 1918, llegó a la región un cargamento de zapatos. La Sociedad de Damas de Beneficencia había enviado zapatos desde los Estados Unidos. Vinieron los hambrientos de todas las aldeas y disputaron los zapatos a dentelladas. Veían zapatos por primera vez. Nunca nadie había usado zapatos en aquellas comarcas. Los más fuertes se marchaban bailando de alegría con la caja de zapatos nuevos bajo el brazo. El padre de Raimundo llegó a su casa, se desató los trapos que le envolvían los pies, abrió la caja y se probó el zapato izquierdo. El pie protestó, pero entró. El que no entró fue el pie derecho. Lo empujaban entre todos, pero no había caso. Entonces la madre advirtió que los dos zapatos tenían la punta torcida para el mismo lado. Él volvió corriendo al centro de distribución. Ya no quedaba nadie. Y empezó la persecución del zapato derecho. Durante meses caminó el padre de Raimundo, de aldea en aldea, averiguando. Después de mucho andar y preguntar, encontró lo que buscaba. En un lejano pueblito, más allá de las colinas, estaba el hombre que calzaba el mismo número y que se había llevado los dos zapatos derechos. Los tenía, brillantes, sobre una repisa. Eran el único adorno de la casa. El padre de Raimundo ofreció el zapato izquierdo. -Ah, no -dijo el hombre-. Si los americanos los mandaron así, así debe ser. Ellos saben lo que hacen.
Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo.
Había venido de Buenos Aires y seguía siendo un intruso en Jujuy, aunque estaba muy hecho al lugar al cabo de los años y los trabajos. Un mal día, distraído, pagó con un cheque sin fondos el arreglo de una goma del auto. Fue juzgado y condenado. Lo echaron del empleo. Los amigos cruzaban la calle cuando lo veían venir. Ya no lo invitaban a ninguna casa ni le pagaban tragos en ningún mostrador. Una noche, tarde, fue a ver al abogado que lo había defendido en el proceso. -No, no -le dijo-. Nada de apelaciones. Yo sé que no hay nada que hacer. Deje nomás. Vine a despedirme y a darle un abrazo para las fiestas. Mil gracias por todo. Esa madrugada, durmiendo, el abogado pegó un salto en la cama. Despertó a su mujer de un sacudón: -Me deseó felices fiestas y para las fiestas faltan dos meses. Se vistió y corrió. No lo encontró. A la mañana se supo: el hombre se había volado la cabeza de un balazo. Al poco tiempo, el juez que le había iniciado el proceso sintió un dolor raro en el brazo. El cáncer lo devoró en unos meses. Al fiscal que había hecho la demanda lo mató la patada de un caballo. El que lo reemplazó perdió primero el habla, después la vista, después la mitad del cuerpo. El automóvil del secretario del juzgado se estrelló en la ruta y se incendió. Un abogado que se había negado a intervenir en el asunto recibió la visita de un cliente ofendido, que sacó la pistola y le reventó la femoral. Héctor me contó esta historia en Yala, y yo pensé en los asesinos de Guevara. Rene Barrientos, el dictador, había dado la orden de matarlo. Terminó envuelto en las llamas de su helicóptero, un año y medio más tarde. El coronel Zenteno Anaya, jefe de las tropas que cercaron y atraparon al Che en Ñancahuazú, había transmitido la orden. Mucho tiempo después se metió en conspiraciones. El dictador de turno lo supo. Zenteno Anaya cayó acribillado en París, una mañana de primavera. El comandante ranger Andrés Selich habría preparado la ejecución del Che. En el 72, Selich fue muerto a golpes por sus propios funcionarios, los torturadores profesionales del Ministerio del Interior. Mario Terán, sargento, ejecutó la orden. Él disparó la ráfaga contra el cuerpo de Guevara tendido en la escuelita de La Higuera. Terán está internado en un hospicio: se babea y contesta disparates. El coronel Quintanilla había anunciado al mundo la muerte del Che. Exhibió el cadáver a fotógrafos y periodistas. Quintanilla murió de tres balazos en Hamburgo, en 1971.
La revista denunciaba un sistema de valores que sacraliza las cosas y desprecia a la gente, y el juego siniestro de la competencia y el consumo que induce a las personas a usarse entre sí y a aplastarse las unas a las otras.
Busco a Cristo y no lo encuentro. Me busco a mí mismo y no me encuentro. Pero encuentro a mi prójimo y juntos nos vamos los tres.
Cuando entras a trabajar es de noche y cuando te vas, ya el sol se va yendo. Y por eso al mediodía todo el mundo se consigue cinco minutos para ver el solcito en la calle, o en un patio de la fábrica, porque no ves el sol en el galpón. Entra la luz pero al sol no lo ves nunca.
El cuerpo mío había crecido para encontrarte, después de tanto caminar y caer y perderse por ahí.
-Tuve un sueño horrible. Te lo cuento mañana, cuando estemos vivos. Quiero que ya sea mañana. ¿Por qué no haces que ahora sea mañana? Cómo me gustaría que ya fuera mañana.
Aquel muchacho de barba y mirada melancólica llegó al velorio de Silvio Frondizi muy tempranito, cuando no había nadie. Dejó sobre el cajón una manzana roja y brillante. Lo viste dejar la manzana y él se alejó caminando. Después supiste que aquel muchacho era el hijo de Silvio. El padre le había pedido la manzana. Estaban comiendo, al mediodía, y él se levantó para alcanzarle la manzana cuando irrumpieron, de golpe, los asesinos.
Cuando las palabras no pueden ser más dignas que el silencio, más vale callarse.
Nos metimos en un café, a beber una copa, y ninguno de los dos se animaba a decir: -Esto significa que Haroldo está muerto, ¿no? Por miedo de que el otro dijera: -Sí.
¿De cuántos siglos está hecho este momento que ahora vivo? ¿De cuántos aires el aire que respiro?
De aquella primera época en Buenos Aires, me quedó una imagen que no sé si viví o soñé en alguna mala noche: la muchedumbre apiñada en una estación de subterráneo, el aire pegajoso, una sensación de asfixia y el subte que no venía. Pasó media hora, quizá más, y entonces se supo que una muchacha se había arrojado a las vías en la estación anterior. Al principio hubo silencios, comentarios en voz baja y como de velorio: “Pobrecita, pobrecita”, decían. Pero el subte seguía sin aparecer y se hacía tarde para llegar al trabajo y entonces la gente pateaba el suelo, nerviosa, y decía: “¿Por qué no se le ocurrió tirarse en otra línea? ¿Justo en ésta, tenía que ser?”
Una revolución, cuando es verdadera, trabaja para los tiempos y los hombres que vendrán.
Pero no me casé nunca. El que se casa, se jode.
Las especias forman, en el mercado, un mundo aparte. Son minúsculas y poderosas. No hay carne que no se excite y eche jugos, carne de vaca o de pez, de cerdo o de cordero, cuando la penetran las especias. Nosotros tenemos siempre presente que si no fuera por las especias no hubiéramos nacido en América y nos hubiera faltado magia en la mesa y en los sueños. Al fin y al cabo, fueron ellas las que empujaron a Cristóbal Colón y a Simbad el Marino. Las hojitas de laurel tienen una linda manera de quebrarse en tu mano antes de caer suavemente sobre la carne asada o los ravioles. Te gustan mucho el romero y la verbena, la nuez moscada, la albahaca y la canela, pero nunca sabrás si es por los aromas, los sabores o los nombres. El perejil, especia de los pobres, lleva una ventaja sobre todas las demás: es la única que llega al plato verde y viva y húmeda de gotitas frescas.
Comer solo es una obligación del cuerpo. Contigo, es una misa y una risa.
Nadie es héroe por irse, ni patriota por quedarse.
Está visto que se puede prohibir el agua. La sed, no.
Creo que el exilio es un desafío. Empieza siendo un tiempo de penitencia, nacido de una impotencia o de una derrota, y se precisan humildades y paciencias para convertirlo en tiempo de creación y para asumirlo como un frente más de lucha.




















Gracias por los comentarios.