Nunca olvides que te quiero


Delphine Bertholon

Para mi, una obra maestra a tres voces, con muy buen ritmo, buen manejo de los tiempos, estupendamente narrada. Bajo un diario personal, plasma su secuestro, sus “5 años de coma artificial” (desde los 11 hasta los 16 años). Su madre intenta mantener la comunicación con ella a través de cartas que no saben si llegaran a su destino y que firma con la despedida: nunca olvides que te quiero. Y el profesor, amor imposible de la niña, narra sus desventuras en el amor. Calificación de 10 no hay mas.
Nunca olvides que te quiero

Nunca olvides que te quiero

Una novela que nos recuerda que la capacidad de ser feliz es también un estado del alma.

Durante un segundo es una chica de dieciséis años; un segundo después, tiene once años y medio.

Intento interesarme por las cosas más pequeñas para pensar menos en las grandes.

Pero determinadas miradas son inevitables.

Respiraba a pleno pulmón el perfume de las higueras y madreselvas, acodado en la balaustrada, con los ojos perdidos en la peligrosa contemplación del cénit.

… el aguante de Antoine cada día me dejaba más pasmado. Hoy sé que las penas de amor tienen la virtud de multiplicar por diez la capacidad de absorción del hígado.

Y no quiero morirme, ni mucho menos (aunque a veces crea que sí). Pienso mucho en la muerte desde que estoy aquí. Antes casi nunca pensaba en ella.

aunque Mounie se hubiera volatilizado en el sistema solar, aunque Stanislas me tratara estilo niñita simpática dándome un azote en las nalgas cuando fallaba un servicio, recuerdo haber pensado que la vida era estupenda.

Me entraron ganas de llorar, pero había llorado tanto antes que ya no me quedaban lágrimas, y ya había aprendido a transformarlas en salidas desagradables.

Tengo un recuerdo de cada día de tu existencia, y efectivamente cada día pensaba: «¿Y por qué tiene que crecer tan deprisa?».

El día en que preguntaste cómo sabía el hombrecillo que enciende y apaga la luz de la nevera que íbamos a abrir la puerta antes de que la tocáramos. ¡Te preocupaba saber si le cansábamos mucho!

Al salir del cine aquel sábado, al principio no reconocí nada, como si la sala de proyecciones se hubiera excavado en la pendiente de una falla espacio-temporal. Durante un segundo tuve la sensación de haber entrado en algún lugar dos horas antes y de haber sido arrojado a otro país mediante un complicado sistema de vórtices invisibles.

Eran 2.200.000 habitantes: ¡haberla encontrado de nuevo era como un milagro!

—¿Por qué crees que se secuestra a la gente? —No lo sé. —Piensa un poco. —¡No lo sé! ¡Normalmente no se secuestra a la gente!

Mis ojos eran como un jarrón que se ha llenado tanto que a la fuerza se derrama cuando se meten las flores en él.

A veces me pregunto si en realidad no he sido yo quien ha inventado a R. Me parece tan increíble esta asquerosa historia… Es posible que me atropellara el Volvo negro aquel día, que ahora esté muerta, completamente tiesa, y me encuentre al principio de la eternidad, que es como una gran carretera desierta sin fin, con un viento frío rolando como un tornado que proyecta trocitos de hielo contra mis ojos. En este caso, R. sería simplemente un demonio enviado para castigarme por haberme portado mal, pero en realidad no existiría, y eso me parece mucho más lógico que lo de estar prisionera sin comprender el porqué, con este hombre que me da de comer, que me cuida y me viste como si yo fuera una ardilla domesticada. Viéndolo así resulta muchísimo menos tortuoso lo de encontrarse a seis pies bajo el suelo.

Su sola presencia me electrificaba, notaba el roce de los faldones de nuestros abrigos que se bamboleaban al viento, y en mi interior aquello era tan intenso como si se tocaran nuestros brazos, nuestras manos, como si nuestras pieles se deslizaran en aquel roce. Mi neocórtex trazaba ya los planes más audaces cuando ella se detuvo bruscamente y me miró de hito en hito. —Oye, ¿no esperarás que nos acostemos?

¡La ilusión del heroísmo es tan confortable, y la vida hace tanto daño!

Sé que nunca leerás estas cartas, por ello te revelo la verdad. Cruda, sucia, triste, sí, esta verdad es una auténtica marranada, Madi.

Con la solemne despreocupación que dan los amores nuevos, mandé este mensaje lapidario: «Perdóname, te dejo». No sabía qué otra cosa podía hacer; es algo que siempre he odiado: romper. Toda mi existencia se centra en encontrar la palabra justa, pero en esos casos me siento totalmente incapaz de hacerlo.

Las rupturas son crueles y, digan lo que digan, al que se va siempre le toca el mejor papel.

Ahora conozco las penas de amor: unas penas tan extrañas que te quieren matar pero no te matan nunca.

El amor y el odio son dos sentimientos fáciles de confundir: ni uno ni otro tienen la menor piedad.

Contra la falta de amor no hay nada que hacer.

Lo que tienen de extraordinario los cuentos es que uno puede ver en ellos una historia nueva en cada etapa de la vida.

He decidido volver a tomar las pastillas. No soporto esas pastillas porque cada día me alejan un poco más de los sentimientos humanos. Naturalmente, cauterizan la desgracia, pero si no siento nada tengo la impresión de estar muerta. En la aflicción, la culpabilidad, el terror, como mínimo estaba viva. Pero si seguimos así, Raphaël me dejará. Hará las maletas y yo me quedaré sola en esta casa demasiado grande, ahogándome por tanto espacio, ausencia y luz. Otra pérdida y no sobreviviré. Acabaré como mi padre, colgada o desbordada: ridícula, egoísta.

Era demasiado bonita y por ello yo le adjudicaba una evidente grandeza de espíritu.

Existe una teoría según la cual hay menos artistas mujeres porque con la maternidad realizamos la creación definitiva.

Puede parecer raro, pero sé que un día me evadiré. También sé que vivo una experiencia fuera de lo común y que por ello nunca seré una chica como las demás. Habría preferido que esto no ocurriera, claro, pero ahora que ya está hecho hay que intentar sacarle alguna ventaja. En El ingenuo, Voltaire escribió: «Desgracia es buena para algo»

Pero al cabo de unas semanas, cuando me encontraba en la desesperación más profunda, se produjo un acontecimiento extraordinario: mi estancia quedó invadida de hormigas rojas, tan rojas y tan brillantes que se habría dicho que eran huevas de mújol que se movían de dos en dos. ¡Imagínate! ¡Montones y montones de hormigas! Daba un yuyu de muerte, y además mordían, con lo que no paraba de rascarme hasta hacerme sangre. Pero, por decirlo de algún modo, ¡por lo menos pasaba algo! Algo que no era comer, dormir y dar vueltas sobre mí misma, algo sorprendente que se parecía a la vida.

A R. le entró el pánico cuando vio aquello. Se fue corriendo y estuvo fuera exactamente veintinueve minutos. Luego volvió a abrir mi puerta y dijo: -Ven. ¡Era la palabra más increíble que podía pronunciar! ¿Te das cuenta? ¡Abandonar mi cuarto! Aquel día era un martes teniendo en cuenta que la antevíspera había hecho la marca trigésimo primera en la pared. Ocho meses en cautividad y, ¡por primera vez iba a SALIR!

¿Tú crees que una relación tiene como objetivo destrozar los sueños del otro?

Vosotros, los jóvenes, al primer tropiezo en la perfecta trama del amor ¡lo mandáis todo a paseo! Piensa, cariño, que una pareja exige compromiso, esfuerzo, adaptación… ¡No me extraña que hoy en día toda la juventud se divorcie! ¡No estáis dispuestos a luchar!

Me odié por ser tan lamentable… no por pensar cosas parecidas, sino por no haber tenido el valor de poner en práctica aquellos pensamientos.

—Hace seis meses —murmuró—, la gente me miraba como a una víctima. Ahora me miran como a un monstruo. No sé qué es peor.

Le escribo… A Madi… Sé perfectamente que es una idiotez. Un montón de cartas fantasma, sin dirección que poner. .. Pero necesito hacerlo. Necesito decirle que la quiero, dejar un rastro de ese amor.

La circularidad. El hecho de que se repitan una y otra vez las mismas escenas, en circuito, dando la sensación de que el horror no acabará nunca. Eso es, el infierno: la repetición de lo mismo.

Cuando se me mete una idea en la cabeza, no se mete en otra parte.

Pasan tan pocas cosas, que, cuando pasa algo, de golpe me parece que es increíblemente SÚPER o, por el contrario, especialmente CATASTRÓFICO

Si quiero la verdad, tendré que descubrirla yo sola, como una persona mayor. Aunque eso implique rebuscar en la basura.

Para un padre, siempre es difícil al principio, el vínculo de fusión entre la madre y el pequeño, la lactancia,

He decidido cambiar la ficción de ser yo misma por la auténtica y satisfactoria ilusión de ser otra persona.

No preguntes cómo ir a alguien que conoce el camino —me dijo con los zapatos en la mano—, ¡correrías el riesgo de no perderte!

Me habría gustado decírselo, pero era incapaz de hablarle con franqueza, con lo que me había costado desde el principio esconderle mis sentimientos, incluso los más anodinos. De modo que, como siempre con ella, utilicé un sistema indirecto.

Estaba muy equivocado: aquella escapada era el gesto de gracia concedido por un torero con escarpines dorados. Aún no lo sabía, pero su seno en mi boca era el último pitillo del condenado.

Tengo miedo de que un día ya no pueda recordar cómo eran, ni mi casa, ni las playas, nada.

En los cementerios siempre hace más frío que en otras partes.

Tú no me conoces. Nunca me has conocido. Me has inventado, Stanislas; y las invenciones se esfuman.

Hace unas semanas anunciaron el cierre del museo por obras: durarán tres meses. Y él, Mathis, pensó: «¡Tres meses…!, ¡No voy a sobrevivir!».Y se lo dijo. La misma noche que lo habían anunciado, se fue a verla y, mirándola a los ojos le dijo: «Tres meses sin verla, Amélie, no sobreviviré.» Ella lo miró por primera vez. A veces basta con mirar las cosas de frente para que empiecen a existir. A veces lo que parece imposible está al alcance de la mano.

Escribir era salvar la propia vida.

Porque las cosas puestas en frases es como si fueran menos graves: si se acuestan sobre papel, las angustias que te roen estilo hámster diabólico se transforman en cosas materiales que cuando uno quiere puede romperlas.

No me respetaba a mí mismo, me había vendido en rebajas en la acera de los espejismos, había malvendido mi vida.

Me porté mal contigo y la cobardía de la que a veces te acusaba era también la mía. Pero no eras aquel a quien yo esperaba, y eso, por desgracia, no puede controlarse.

Una pareja es una asociación de beneficios recíprocos. Una relación en la que se sufre todo el tiempo —y creo que ese era tu caso conmigo— no es digna de ser vivida. Una historia de amor, Stanislas, no es una toma de rehenes. Era consciente del desequilibrio; pero tú y yo… ¡era tan cómodo…! Perfectamente instalada en una confortable butaca ante la chimenea, ¿por qué iba a salir al frío?

Si la juventud supiera, si la vejez pudiera.

Raphaël se desmayó. Pura y simplemente su cuerpo se soltó. Me precipité hacia él. Le abracé, abrió los ojos. En su mirada vi la desesperación de haberse despertado, el terror una vez más de que hubiera sido un sueño y nada más, esa desesperación sin fondo que tan bien conozco.

Y, como cuando se acaba una novela maravillosa, me he quedado mucho rato así, inmóvil y agitado, asimilando la evidencia.

Publicado el junio 23, 2012 en Libros y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 38 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: