Germán Dehesa.
| Desde las playas de la riviera nayarita, fue una delicia volver a leer las palabras del Charro Negro y de esta manera inyectarme una buena dosis de ánimo y optimismo para el nuevo año que comienza. El tema en el que ahora ésta antología hace referencia es el amor; el amor por sus hijos, por su país, por sus muertos, sus amigos, sus libros. El amor, siempre el amor. Calificacion de 10. |
Para las mujeres, uno es tan feo como se ve.
De uno a veinte años, el ser humano es un pasado delgadísimo, un presente fugaz y un vastísimo futuro. Viene luego un muy grato periodo de equilibrio donde los tres segmentos del tiempo tienen una dimensión, un sabor y un peso similares. Esto dura hasta los sesenta, que comienzo a recorrer. Mi impresión es que el pasado es enorme y el presente resiente esta gravedad del pasado y la frágil levedad del futuro. Hay, además, otro factor importante: los hombres, como las piezas del ajedrez, nos definimos por nuestra condición esencial (podemos ser caballos, o peones, o alfiles, o torres); pero también nos definimos por nuestra posición en el tablero y en referencia a la posición que guardan las otras piezas. En la fase final de la partida, las piezas usuales desaparecen; aparecen otras y todo esto dificulta enormemente nuestra propia definición. Muchos de los que formaron parte de mi tablero y de mi juego ya no están y, aunque yo sé que estoy, no me es fácil saber cómo y en dónde estoy, pues he perdido a muchos de mis referentes.
En esto consisten mis trabajos de remodelación. Cuando era pequeño, mis padres me exigían que respetara a mis mayores y esta tarea se me aparecía como algo imposible porque prácticamente todos eran mis mayores. Ahora me es más fácil, porque mis mayores son unas cuantas docenas y porque yo ya soy uno de los mayores.
No es fácil sobrevivir a un naufragio, sobrevivir a dos es terrible y emocionante. Lo único que no se puede hacer es sentarte en la playa a llorar todo lo que perdiste. Lo importante es que no perdiste todo. Por ahí queda el velamen de alguna ternura, la proa de aquella pasión, los frágiles remos de algún gozo. Toda la ciencia consiste en negarte al llanto, conferirle ese privilegio al mar, zambullirte y rescatar lo que quede.
Todo “pendiente” es una prolongación de la dependencia.
Si ya se murió el cojito, ¿para qué compras muletas? Con resignación y convicción me digo: mudarse es seguir vivos y toda joda es una poda.
Compatriotas: ya es mayo. Si ven que las cosas están mal, peor se pondrán con sus quejumbres; hay mucho trabajo y mucha alegría pendientes. Levantémonos a vivir.
El jugo de las hojas de la siempreviva es un buen remedio para las picaduras de insectos, ulceraciones de la piel, callosidades y quemaduras (y convendrán conmigo que este tipo de lesiones pueden aparecer en el cuerpo y/o en el alma).
Somos contadores minuciosos de todo lo que la vida nos quita, pero nunca aquilatamos lo que nos da.
Joven amigo, no te equivoques, no estamos estudiando y adquiriendo saber para imponernos a los demás, sino para quererlos, conocerlos y entenderlos mejor. El éxito, la acumulación de bienes, la fama, el poder son, en el mejor de los casos, logros menores y muy frecuentemente desviaciones fatales. Por estos caminos desviados hemos llegado a nuestros actuales desastres. ¿Por qué? Porque no son retos a la altura de lo humano. Lo nuestro es procurar y distribuir con disciplina, con justicia y con lúcida pasión la belleza verdadera y la verdad que, me consta, es de una belleza aterradora. Los demás son asuntos menores, distracciones, perversiones, pequeñeces. Así pues, no te creas que la felicidad es una dádiva azarosa, intermitente y fortuita. La felicidad es el más alto deber de la inteligencia y nuestro estado natural. Nunca pierdas esto de vista si es que quieres llegar a la tierra prometida. Del mismo modo, nunca olvides que la plena felicidad sólo prospera, florece y engendra todos los aromas, todos los colores y todas sus canciones en el territorio de la justicia. No te agobies por eso; si la felicidad te habita, te moverá necesariamente a la justicia. Si en tu pecho hay una estrella, todos la verán; si esto no sucede, es que simplemente creerás ser dichoso, pero serás en realidad un infeliz.
Algo muy sutil en nuestro genoma nos hace percibir que cualquier cosa que no esté envuelta regiamente está como encuerada, impúdica y a merced de la lascivia popular. Entonces, cuando vamos a regalar lo que sea, le ponemos ropa interior, ropa exterior y numerosos adornos; de ser posible, la bolsa en la que va el regalo deberá recatarse también de artísticos y coloridos cucuruchos de papel de china.
Tenemos que entender que los héroes existen, que el heroísmo es posible y que todo héroe es como el sol: si lo miras muy de cerca, seguramente descubrirás manchas; pero no debes olvidar que lo que importa es la luz y el calor que te proporciona.
Pensemos que las catástrofes son nuestro fuerte y así entenderemos cómo hemos ido construyendo nuestra visión de los vencidos casi siempre traicionada por la historia oficial, que es la visión de los políticos, provisionalmente, siempre provisionalmente vencedores.
La educación en México ha sido tan mala, porque es uno de los bienes, quizá el principal, distribuído de origen y de historia con una autoritaria, temerosa y maligna injusticia. Somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido.
Es un gran orgullo encontrarse con alguien de nuestra especie que puede sentir, pensar y transformar en palabras algo que nosotros percibimos vagamente, pero que nos resulta inexpresable.
Hay músicas, hay poemas, hay imágenes, hay pinturas, hay esculturas, hay modos de hablar que propician el encuentro amoroso. Alguien ya dijo que la belleza es el resplandor de la verdad. Si al ser amado le ofreces verdad y belleza sazonadas con ternura y amor, el encuentro se cumplirá.
A todo digo que sí y cuando llega la hora de la entrega me vienen unos dolores de parto que no me platiques más.
Un ser humano en un momento dado, tiene que escoger entre varios porvenires posibles: escogeré entre esto o lo otro (o entre ésta y aquélla) y así seré esto o aquello. ¿Qué pasaría, qué vertiginoso laberinto se crearía si decidiera no decidir y sencillamente aceptara ser esto o lo otro?
La amistad es la forma más misteriosa y generosa del amor.
Pandroso: Sust. Dícese del zarrapastroso que además huele feo y trae la uña negra.
No alcanzo a entender por qué las buenas conciencias han decidido satanizar los narcocorridos. Yo no me imagino al bucles leyéndolos y decidiendo crear el cártel del Ajusco, o inyectándose Iodex. Que lean corridos y que luego lean a Sabines, o al mamila de Goethe; pero que lean.
No es mi pretensión “escaparme” de la realidad. Ni los libros ni nada sirve para eso. Lo real es inescapable. Lo que sí nos proporciona la literatura es la posibilidad de tomar distancia y ayudarnos a discernir lo que es un mero asunto adjetivo, de lo que es lo profundo, lo misterioso, lo sustantivo, de la entraña humana.
Lector, debes saber que un destino interesante (a veces con ratas, a veces sin ellas) aguarda a casi todos los ratones y a los hombres que no se resignan.
Quien discierne sus orígenes adivina su destino.
Los críticos tontos -y esto casi es un pleonasmo- dicen que Quijote está loco y que Sancho representa la telúrica cordura del pueblo campesino. Puras burradas. Quijote y Sancho están perfectamente locos., están como turbina en reversa, como perforadas regadera por aspersión. Quijote está loco por creer que un limitado hombre puede cumplir las gestas y las hazañas de los héroes de las novelas de caballería; pero si lo piensan bien, Sancho está más loco al suponer que será muy bueno y provechoso para él creerle a Don Alonso Quijano y acompañarlo en sus desventuradas andanzas. Privilegios de la locura: en cada aventura les va peor que en la anterior, pero esto no merma su felicidad ni su libre voluntad de proseguir ese camino que no tiene más mapa ni itinerario que los que se les vayan ocurriendo. Nosotros, tan paralizados por nuestras obligaciones, compromisos, ocupaciones, preocupaciones, deberes, dogmas, prejuicios y agendas, nosotros tendríamos que hacer un quijotesco ejercicio y despertar cualquier día con un solo proyecto: hoy voy a hacer una locura, alguna, la que sea: me voy a ir depinta, voy a dar ese beso (y lo que resulte) tan largamente reprimido, voy a ser perfectamente irresponsable, dejaré de ser confiable y previsible y, por un magnífico día, me pondré a la altura de mi señor Don Quijote.[...] Si alguien pretende detenerte, o impedir tu fuga rumbo a la vida, dale una bofetada y sigue adelante.
Hay veces que sólo el tiempo desenreda las madejas y sólo el tiempo va colocando a cada quien en su lugar. Este no implica desperdiciar ese tiempo. Bien lo podemos aprovechar para disfrutar de tantos amores, tantos gozos, tantas felicidades que no dependen de las trapacerías dizque políticas. Puedes leer un buen libro, puedes dar un buen abrazo y puedes redactar tu libro del buen amor. En estos territorios no hay “¿quién sabe?”; lo que hay es que “cada quien sabe”. ¡Ah!, y no olvides que la vida sabe algo que nosotros no sabemos.
No en balde el español de México percibe como insuficiente la palabra “amigo” y en su habla cotidiana prefiere decir “cuate”. Cuate es una voz de origen náhuatl que significa hermano gemelo y así, entre nosotros, el amigo es un hermano, un semejante, un igual, un partícipe de nuestra sangre.
Somos buenísimos para el quejumbre y la punzada; pero somos pésimos para soltar amarras y permitir que el disfrute se ocupe de nosotros; en cuanto tenemos alguna ocasión de gozo, un motivo de celebración, una ocasión feliz, un triunfo en el futbol, algún logro científico o intelectual, un aniversario memorable, bueno, hasta un furris cumpleaños, siempre encontramos la manera de devaluarnos, de echar a perder las cosas y de decirnos que no es para tanto y que no hay un verdadero motivo para echar las campanas a vuelo. Así somos. Si el logro es personal, nosotros mismos nos encargamos de decirnos que no debemos engañarnos y que en realidad no merecemos nada. Ahora bien, si el logro es de otro o de otros aztecas, entonces nos tiramos a matar y nos encargamos de divulgar los peores rumores, las más insidiosas descalificaciones y los más viperinos rumores en torno a aquel o a aquellos que obtuvieron ese logro.
Tal como yo lo entiendo, un regalo es ante todo un mensaje, una metáfora, un símbolo que el donador pone en manos del homenajeado. Al hacerlo, le está diciendo: esto es lo que pienso de ti y de mi y del vínculo que tenemos. Creo que sólo en estos casos se debería regalar, pues sólo con esta actitud un regalo adquiere relevancia y sacralidad. Quizá estaúltima palabra les suene excesiva en este mundo secular y pragmático en el que vivimos, pero yo insisto en el hecho de que un regalo es modesta y calladamente sagrado; es una forma sim´bolica de darle al otro ea parte de uno mismos que el donador quieres otorgarle. Así pues, un regalo es un símbolo y una íntima entrega. Me detendré en la palabra símbolo. Ésta, por sus raíces griegas, significa llanamente “moneda rota”. En la antigüedad, las guerras, los viajes, las migraciones solían separar por mucho tiempos a los amantes. Ellos necesitaban, pues, de una prenda que les permitiese reconocerse y reencontrarse al cabo de los años. Lo que usualmente hacían era partir una moneda en dos y conservar cada uno una mitad. A la vuelta de los años, frente al posible encuentro, los amantes se mostraban su pedazo de moneda (su símbolo) y la re-unión era posible. No me negarán que esta es una palabra sagrada y poderosa. De hecho, observen el culto y los rituales de cualquier religión y verán que constantemente aparecen símbolos del posible y deseado encuentro entre el hombre y Dios. Más sencillamente: sólo el que es portador de un símbolo estará entregando un regalo digno de tal nombre.
Para dar un regalo no hay que esperar la gran fecha, cualquier día es bueno para regalar; y no olviden que también es posible no regalar nada.
Yo digo que sólo hay vida verdadera mientras el mundo se te presente como vivible, caminable, aventurado, riesgoso, antojable y amoroso. Todo esto te lo debe producir un amanecer (el umbral de la paloma, lo llamaban los poetas árabes), un anochecer (el umbral del cuervo) y todo lo que ocurre en los tiempos intermedios. Un guiño, pero también un árbol, a veces un quirófano, a veces una comisura, una lágrima, un escote, la miseria terrible, los tesoros de una conversación; todo esto son provocaciones que la amorosa vida pone a nuestro paso con el noble fin de producir un deseo que puede ser de justicia, de belleza, de cercanía, de abrazo, de intimidad. La vida y sus antojos. Se acaba el antojo, se acaba la vida.
Yo tengo cuatro hijos cuyas edades van de los treinta y uno a los diez años. Por lo tanto, los cuatro pueden ser clientes bienvenidos y viajeros frecuentes al mundo de las drogas. Éste es el mundo que nos tocó. Podremos quejarnos y patalear y decir que cuando éramos jóvenes no eran así las cosas. Pues no eran, pero ya son.[...] Por eso es importante hablar calmada y amorosamente de estas cosas con los hijos e hijas. Además, no basta con hablar. Es indispensable que nuestra vida sea un testimonio constante de la hermosura (a veces terrible) de la vida. De no ser así, nuestras palabras nacerán muertas. Si nuestros hijos andan tristes, necesitan de nuestro tiempo y de nuestra mejor atención. No sería mala cosa decirle a ese hijo descolocado: ven acá, menso, y vamos a echar mano de un estupefaciente. Cuéntame qué te pasa y yo te cuento lo que me pasa a mi, hablemos de lo que nos duele, o nos molesta, o nos incomoda, o nos asusta; piensa, hijo mío, que todo acaba siendo, como diría Tomás Moro, una cuestión de amor. Nuestro mejor tiempo lo tenemos que dedicar a ese amor y ahora démonos un abrazo y verás quer nos ponemos más locotes que con un llegue de mota. Ahora bien, hijo o hija mía, si lo que quieres es un estimulante enérgico, así digamos entre coca y tacha, enamórate de alguien difícil (todos lo somos) y verás que tu cerebro, tu corazón y hasta tu pírolo se meten un acelerón brutal, pues todo tu ser estará dedicado a imaginar ese lejano castillo del amor, sus vías de accesos y los dragones y endriagos que tendrás que enfrentar si quieres llegar a los brazos del príncipe o la princesa que, en principio, no te pela o te pela poco (a eso se le llama tenerte en pausa, o en dieta de mantenimiento); pero llegarás, y tu piel conocerá otra piel y sólo entonces sabrás lo que es el verdadero éxtasis. De esto tienes que hablar (y hacer) con tus hijos. Sólo los podemos blindar con apasionado amor por la vida.
Cada quien decide si la compañía de los hijos se vive como una carga, o como una oportunidad luminosa. A mí no me costó mucho trabajo optar por la segunda posibilidad. Sólo cuando se presentan estas oportunidades de cercanía excepcional, descubrimos lo lejos que hemos estado de estos seres que supuestamente comparten nuestra vida; cómo han crecido, cuánto han cambiado, de qué modo han variado sus objetivos e intereses. Para averiguar esto, hace falta tiempo; y no cualquier tiempo, sino tiempo libre de primera calidad para vagabundear, caminar de la mano, sentarse en una banca o en la vil banqueta a comer un hot dog y mescuchar las cuitas y los entusiasmos de nuestros seres más entrañables y queridos.
Entiendo que los padres no somos el agente de ninguna venganza que, bien mirado, no nos concierne. Nosotros tenemos que ser el amor firme, la dulzura doméstica, el territorio conocido, el sostenido consuelo y eventualmente, el consejo, siempre y cuando éste nos sea solicitado. Cada quien, cada hombre y cada mujer, ha cursado el primer amor y, al hacerlo, descubre la exaltación, la furia y el abatimiento; las enormes y celestiales sonrisas, la amenazante noción de que estamos incompletos y de que nuestra felicidad necesita de otro, de otros. Por esto los suspiros, los llantos, los súbitos cambios de humor, las carretadas de merengue, la certeza de que, en ausencia de tal o cual persona, lo único que nos espera es una muerte implacable. Frente al primer amor, todos, por mayor seguridad que manifestemos, nos sentimos indignos de ese ser celestial que ha aparecido ante nuestros ojos y que, por lo regular, n se ha dignado mirarnos, o no lo ha hecho con la apasionada intensidad que la ocasión y nuestra alada persona merecían. ¿Qué hacer en estos casos? Creo que guardar silencio, extender un pañuelo, pasar el brazo por los hombros de las daminificada y aguardar esa ruidosísima higienización nasal con la que una mujer de cualquier edad delcara concluida la sesión de llanto.
En el sentido estrictamente humano, cada vez hablamos menos. El ruido, la prisa, los medios electrónicos, el escaso dominio de la palabra y el ancestral y mexicano terror a formular nuestras íntimas verdades, colaboran a esto. Nunca le digas a nadie quién eres, parecería ser las divisa de nuestras etnias. Sin embargo, hay noches, hay tardes en las que podemos decirlo todo. Si la vida nos es benévola, permitirá que en esa noche o en esa tarde nos encontremos con la persona propicia para dar y recibir esas palabras cargadas de verdad. A mi me ha ocurrido; yo he tenido tardes y noches así. Casi siempre los oídos hospitalarios han sido de una mujer y entiendo, más allá de mis preferencias sexuales que aquí no pintan nada, que yo también he hablado con esa espontaneidad fuerte, terrenal y directa que es propia de las mujeres dignas de tal nombre. A esto es a lo que llamo hablar de mujer a mujer y por eso considero que puede y debe ocurrir entre un hombre y otro.
Hay otras palabras como “cáncer” que arrojan un apretado haz de sombras tan terrible y estremecedor que nos resistimos a pronunciarlas. Y sin embargo, no hay otra manera de exorcizarlas, aunque previamente hay que despellejarlas y abrirlas en canal.
Amiga mía, hermana mía, no te enfermes; pero si en algún parpadeo de tu piel, el cangrejo se introduce en tu ser, lo mejor que te puedo desear es el amor y la fuerzas para que éste se transforme en un colibrí que en su vuelo te mantenga revoloteando con nosotros.
Sólo conocemos y poseemos las cosas y los seres cuando podemos recordarlos.
Lo único que se puede hacer ante lo inesperado es esperarlo.
Las mujeres saben, hasta cuando no saben.
¿Sabes, Germán, lo que más me gusta de los museos?… Que son espacios que te permiten la proximidad gratuita del arte; es decir, lo que te muestrans no puede ser objeto de tu voluntad de poder, ni de tus necesidades de adquisición, ni de ninguna de esas malas pasiones que suelen acompañar a la presencia de la belleza. Las obras que admiras en un museo no las puedes adquirir, no te las puedes llevar a tu casa para que sean sólo tuyas, no las puedes emplear para que los demás se enteren de tu poder. Están ahí y son para todos. Basta con esto para defenderlas eficazmente de la estupidez humana que se manifiesta en el autoritarismo y en la posesividad. En el ámbito de un museo, te es otorgada la gracia de beneficiarte de la belleza en un total estado de gracia.[...] ¿Y si la única manera de estar dignamente en la realidad consistiera en contemplar todo lo existente como parte de un inmenso y vertiginoso museo?; si esa flor, ese relámpago, ese pájaro, ese cuerpo desnudo que se me ofrece, esa persona que me odia, esa mujer que me ama; todo, todo, se le impusiera a mis sentidos como un emblema de lo que secretamente los museos te dicen: aquí está la belleza y sólo puedes apropiarte de ella cuando haya muerto en ti el ímpetu de apropiación; ningún bien (y a la larga, todos son bienes) merece ser exclusivamente tuyo; recibe sus dádivas, disfruta de sus prodigios, consérvalos en la intimidad de tu inteligencia, pero no pretendas adueñarte de nada; todo es de la humanidad. Nada ni nadie -muy en especial, ese ser que amas-, merece ser considerado “propiedad”. Cuando en el gran museo del mundo ya no estés tu, todas las cosas, todos los seres, toda la belleza, ahí seguirán.
Los amantes y los amigos tienen todo el tiempo del mundo; de hecho, ellos hacen posible todos los buenos tiempos del mundo.
Con los amigos hay que cumplir siempre.
La segunda muerte, la más terrible, es la que nos infieren el desamor y el olvido.
Cada vez compruebo mejor que los muertos son autoadheribles. No hay mayor mérito en recordarlos; ellos por su cuenta se encargan de comparecer en nuestro pensamiento, en nuestras palabras, en nuestros hechos. Seamos hospitalarios con nuestros fantasmas y levantémonos a vivir. No digo que sea fácil este pleno retorno a la vida y sus afanes; lo que pienso es que es lo único sano que podemos hacer. Todavía más: es lo único que podemos hacer como homenaje a esos amigos que a lo largo de toda su vida fueron luminosos, generosos, sonrientes, solidarios, bravos y decentes. ¿De qué les servirían nuestras lágrimas? El dolor no puede ser más grande que la vida.
Hay entre nosotros el suficiente poder alquímico como para convertir el helado viento de la muerte en la tibia brisa de una vida disuelta en el desafanado gozo y en la deslumbrante reaparición de los libros. Ya no hay que llorar. Ya no le añadamos pena a la pena. Morir, dice Borges, es una costumbre que suele tener la gente. En efecto; pero apuntaría Camus, previamente tenemos la costumbre de vivir. A mi me parece una costumbre excelente. Perdí dos amigos, me dispongo a consguir dosciente. De los que amé ya escribí lo mejor que pude. Ahora escribiré de los que amo y de los que pretendo amar.
Bien mirado, el hecho de que no pase nada no es necesariamente malo, podría ser hasta disfrutable; pero el alma azteca tiene un extraño temple y no hay nada que le produzca más angustia que el hecho de que no ocurra nada. Un buen tenochca interpreta esta calma como la inminencia de algo terrible. La verdad es que a nosotros como nos gusta vivir es en el puritito calambre.
Sólo la plena conciencia de la perdición nos permite ver el fulgor de la esperanza.
Quítale las fiestas a México y lo conviertes en Iowa con pirámides. Desnaturaliza el jolgorio de los mexicanos y éstos regresaran a su fase azteca y no hallarán más placer que despanzurrar tlaxcaltecas. Inspirado en José Iturriaga, diré: ára los mexicanos, trabajo que no termine en pachanga y pachanga que no termine en la cama, son dos actos fallidos.
Es una perfecta idiotez enfrentar la adversidad con cara de que el supositorio se nos fue por donde no y nos está haciendo sufrir muchísimo.
Si no es por otra razón, aunque sea por elegancia debes ser feliz.[...] Mi larga vida me ha enseñado que los llorones, los quejumbrosos, los malhumorados, los violentos no sirven para más cosa que para engendrar seres semejantes a ellos. Hay que huir de esta ralea que nada más estorba. Sea del tamaño que sea el fardo que cargues, tu deber de felicidad es insoslayable.
Con la expresion “loradelora” los aztecas designamos un ámbito temporal que puede ubicarse en el pasado, en el presente o en el futuro y que subraya ese momento en el que las decisiones tienen que ser tomadas, las promesas tienen que ser cumplidas, los ofrecimientos se concretan y los plazos vencen. No es defícil deducir que a este espasmo temporal conocido como loradelora, los tenochcas lo miremos con verdadero terror. Nosotros hemos hecho un verdadero arte de la posposición, la desviación, la negociación y hasta la cancelación del compromiso por muerte de la parte contratante. Y todo esto lo hacemos para evitar que nos llegue loradelora que todo mexicano mira como una especie de terrorífico muro que pone término a cualquier plazo y a cualquier explicación. Es la hora de cumplir.
Ver por alguien es convertirse en sus ojos, en su conexión con el mundo, en el alimentador de sus sueños, de sus deseos y, llegado el momento, convertirse en su palabra.
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