Ramón Sampedro.

Ser joven de 27 años, en plenitud de vida, quedar tetrapléjico por un accidente, pasar 30 años en esa condición y pelear por lo que el llamó su derecho: la eutanasia, hacen de Ramón Sampedro, para mi, una persona digna de admiración. Y es en este libro que recoje sus pensamientos donde deja plasmada una desesperación por su condición y por sentirse fuera de lugar. No lo juzgo, pero hay cosas en sus escritos que para mí, siendo creyente, están fuera de lugar; sin embargo hay que estar en sus zapatos para poder entenderlo. Calificación de 8.
Cartas desde el infierno.

Cartas desde el infierno.

El día 23 de agosto de 1968 me fracturé el cuello al zambullirme en una playa y tocar con la cabeza en la arena del fondo. Desde ese día soy una cabeza viva y un cuerpo muerto. Se podría decir que soy el espíritu parlante de un muerto. Si hubiese sido un animal, habría recibido un trato acorde con los sentimientos humanos más nobles. Me habrían rematado pro que les habría parecido inhumano dejarme en ese estado para el resto de la vida ¡A veces es mala suerte ser un mono degenerado! Dicen los técnicos de la medicina y s e lo confirman políticos, jueces, juristas y demás castas asociadas para formar el inhumano estado de derecho y bienestar- seria más coherente llamarle del revés y malestar-, que un tetrapléjico es un enfermo crónico.

Lo primero que expresaron mis padres cuando les dije que deseaba la muerte fue que ellos me preferían así perderme para siempre. No hay forma de escapar, la gente no quiere tocar el tema. La ley prohíbe. Y el ¡yo no soy capaz de prestarle la ayuda que me pides! Prevalece como la voluntad de una ley invisible sobre la persona!.

El individuo es siempre él y sus circunstancias. Pero si necesitas la visión, o vivencia, del horror para elevarte y crecer espiritualmente, humanizarte y ser ética y moralmente superior, mírate a ti mismo. Tú puedes estar incapacitado para amar, pero no justifiques por ello el horror de los demás. ¡Para entender el dolor no es necesario vivirlo!

En la vida jamás se puede volver atrás.

Creo que uno de los graves errores del cristianismo es no saber, o no querer, darle otro sentido a la muerte a la que nos referimos todos los que hablamos eutanasia, considerada como un bien, la que tiene como único fin liberar a la vida del dolor sin sentido racional.

Solamente el malvado y el necio temen al infierno.

Abrazo y diálogo son el ideal de los amantes, y por tanto el del amor y la vida.

Nunca me harán creer con sus fundamentos de derecho que proteger la vida humana en contra de la voluntad personal es un acto noble, racional, humano, justo y bueno. ¡Y no es porque no trate de entenderlos, es porque cuanto más conozco, más absurdas me resultan sus razones!

La tolerancia es una virtud reservada a los ética y moralmente superiores.

El amor del amigo es el menos egoísta de todos.

Debes entender que yo escribo con un bolígrafo entre los dientes. Y eso me cansa mucho. Cuando empiezo a responder una carta me extiendo un poco, pero eso no quiere decir que me sea fácil. No puedo contestar a todas las cartas, sólo a aquellas que me descubren una persona necesitada de ternura. Aunque ese deseo nos es común, no creo que necesites que yo te escriba.

Belén, desear la eutanasia no es, precisamente, estar desesperado, triste o necesitado de cariño. Es buscar la sensatez en la razón humana. La razón humana es lo que debe prevalecer.

Mi cuerpo sobrevive gracias a los fármacos modernos, y a una sonda para poder orinar, además del esfuerzo y sacrificio de una o dos personas que se ocupan de mantenerme con vida, limpio y alimentado.

Creo que hay un miedo natural en todo ser vivo, no tanto por la muerte en sí, como por el dolor.

Supongo que sabes que eutanasia significa buena muerte.

Cuando somos niños y estamos en la cuna, lloramos para que nos cojan en brazos. Supongo que nuestro deseo es sentir el movimiento, la libertad. Pero nos ponen un chupete en la boca para que olvidemos nuestros propósitos y miremos a otra parte, para que se haga la voluntad del que nos coloca el chupete. Sencillamente, porque no quieren cargar con nosotros. Cuando nos distraemos, alguien se aprovecha de nuestros despistes.

Primero se nos induce a creer ciegamente en los progenitores, y más tarde, cuando llegamos a cierta edad, se nos exige que seamos decididos, valientes y triunfadores. Y lo único que podemos ser es una copia mala de las taras y virtudes de nuestros educadores.

El hábito que no se aprende de niño no se practica de adulto.

Hay en cada entrega una metamorfosis. Y lo que se entrega jamás se puede volver a poseer. Cierto que a veces nos es devuelto el ser después de amado. Pero, aunque parezca que es siempre el mismo, acaba siempre de renacer. Como no quiero que me devuelvas ese ser mío al que has amado, hazme un favor, si puede ser. Tú me dijiste que te gustaba sentirlo cerca. Si no te importa, me gustaría que te lo quedases. Siempre ha tenido como ideal acariciar eternamente el corazón de una mujer.

En su momento abolieron la esclavitud de los cuerpos pero, al parecer, le tienen mucho más miedo a la libertad de la conciencia.

Yo también conozco a personas de esas que tú dices que aparentan ganas de vivir. ¡Hay mucho artificio y mucho fingimiento para ocultar el miedo y la angustia en casi todos nosotros!

Y si ganamos la apuesta de la muerte, si la esquiva suerte una vez nos mira, ganaremos el cielo, porque en el infierno ya hemos pasado toda nuestra vida.

De la vida pienso que comienza por el amor; y todo lo que se entiende por amor es en la ley universal de la vida un placer: una llamada tuya por teléfono es una forma de amarme porque me agrada escuchar tu voz. Y si tú me dices que te agrada recibir alguna de mis cartas, ésa es una forma de amarte, pues a mí me satisface también saber que mis tonterías pueden hacerte alguna ilusión. La ilusión de un ensueño que dure un momento, no porque yo diga nada interesante, sino por el simple hecho de saber que hay alguien que idealiza nuestra imagen en sus pensamientos.

Una persona puede sobrevivir con la ayuda de sus semejantes. Puede y debe ser así, si él solicita su ayuda. Pero, cuando uno no puede sobrevivir por sus propios medios, y solicita ayuda de los demás, los demás deben prestarle esa ayuda que él solicita, no la que los demás quieran darle de acuerdo con sus prejuicios morales.

Los médicos no salvan vidas. Reparan accidentes o curan enfermedades, y esperan, como lógica consecuencia, prolongar la vida un poco más de tiempo. Pero, cuando no se puede reparar el accidente o curar la enfermedad, su autoridad moral o sus juicios de valor sobre cómo y cuándo una persona puede terminar su vida, su influencia sobre las decisiones judiciales o sobre la conciencia de los legisladores no debería tener más peso que las mías –en este caso- o las de otro ciudadano cualquiera que reclame el derecho a su muerte.

Mi incapacidad física me causa un sufrimiento del que no puedo librarme. Eso me causa una humillación que mi concepto de la dignidad no admite. ¿Quién me causa esta humillación? La vida, la circunstancia.

No es lo mismo participar en hacer un hijo que parirlo.

Los adultos también necesitamos afectos que nos den motivos para vivir. Aunque yo creo que es mejor buscar a alguien que necesite apoyarse en nosotros. En la gratitud de los que se apoyan hay una recompensa mayor que la de apoyarse. ¡El que da siempre es el más fuerte!

Habla con tus hijos. No sé que deberás contarles. No sé qué prejuicios llevan en sus almas. Ni quienes son los adultos responsables de sus resentimientos, pero opino que si se les oculta la verdad a los niños acabarán repitiendo –igual que tú- que no tuvieron amor, cariño y comprensión. Tú tendrás la certeza de que no fue la verdad. Tú sabrás que los quisiste con toda el alma de madre. El error está en que ellos nunca lo entendieron.

A los que me ofrecen cosas, les doy sinceramente las gracias por el valor que las cosas tienen en sí, y por el trabajo que es necesario realizar para comprarlas. Sé que es una forma de amor solidario y humano.

La vida sólo es vida racional mientras sea placentero y voluntario el hecho de vivirla. No hay acto más cruel que el de prohibirle a una persona el derecho a liberarse de sus sufrimientos, aunque ello lleve consigo ayudarle a morir.

Porque nada poseo quiero darte a entender que deseo dártelo.

Arrojar la toalla significa inteligencia, racionalidad, no dejarse masacrar a golpes para el disfrute de sádicos, morbosos y degenerados espectadores. Una retirada a tiempo es una victoria.

A toda persona equilibrada psíquica y físicamente le causa más temor estar como usted y como yo, que muertos.

Quien se suicida es porque desea liberarse del infierno.

Cuando la muerte voluntaria tiene como único fin liberarse de un sufrimiento dramático, siempre sobrevive como trascendente un acto de la bondad humana, que es la única forma de acceder al nivel de una bondad divina.

Las cartas abiertas son panfletos ideológicos con un mensaje muy concreto : ¡No se puede tolerar!

No hay mejor protector de una vida que su propio dueño.

Las razones filosóficas -éticas- para sacrificar la propia vida en defensa del interés personal me parecen igual de nobles –si no más- que las esgrimidas para defender la patria colectiva. Con la muerte personal no se atenta contra la vida humana como concepto sino contra unas dudosas creencias sobre la propiedad de ésta, y el cómo y cuándo la vida puede terminarse, o en qué circunstancias la dignidad tiene más valor que la vida.

El derecho de nacer parte de una verdad: el deseo del placer. El derecho de morir parte de otra verdad: el deseo de no sufrir. La razón ética pone el bien o el mal en cada uno de los actos. Un hijo concebido contra la voluntad de la mujer es un crimen. Una muerte contra la voluntad de una persona también. Pero un hijo deseado y concebido por amor es, obviamente, un bien. Una muerte deseada para liberarse del dolor irremediable, también.

La tolerancia es una virtud de los espíritus moralmente superiores.

La voluntad personal es más noble porque lo que busca la razón no es terminar con la vida, sino con el dolor, que no posee sentido para la vida.

Majestad, protesto: Tengo delante de mí un escrito de los Excelentísimos señores magistrados de la Sala segunda, Sección tercera, del Tribunal Constitucional, Don Luis López Guerra, Don Eugenio Díaz Eimil y Don Julio González Campos, explicando las razones por las que me es rechazado un recurso de amparo promovido por mí como consecuencia de una sentencia desfavorable de la Audiencia Provincial de Barcelona que denegaba mi petición de que no fuese castigada penalmente la persona que me facilitase la sustancia química que yo, libre y voluntariamente, solicitase con el fin de terminar mi vida de un modo racional y humano, hallándome incapacitado físicamente para llevar a cabo este acto por mí mismo. Sólo así se cumpliría el principio de igualdad, pues toda persona goza de la libertad de terminar su vida, se ésa es su voluntad. Sufro una tretaplejía. Desde hace algunos años vengo llamando a las puertas de los palacios de la justicia, pero sus servidores acabaron siempre poniéndome un obstáculo nuevo: el Defensor del Pueblo me dice que el asunto corresponde ser resuelto por el Legislativo; el subsecretario del presidente del Gobierno, con el poder de legislar, responde, más o menos, que la ley es la ley y a ella hay que aferrarse; el juez de la Primera Instancia analiza mi demanda según la filosofía de códigos a los que la Constitución ha dejado Obsoletos; la Audiencia de Barcelona dice que no estoy obligado a vivir, pero que existe un vacío legal para juzgar el asunto que yo les planteo; el ministro de Justicia afirma que no existe vacío legal, y por último, los señores jueces del Constitucional rechazan el recurso por falta de forma, cuando dos tribunales ya habían entrado en el análisis de fondo, que era lo más importante.

Para la persona psicológicamente madura, morir es una opción; depende del dolor que tenga que soportar para disfrutar del placer de vivir.

Dicen que no se puede tolerar la muerte decidida como un acto de voluntad personal. Yo pienso que es la única de las muertes que la Humanidad podría justificar ética y moralmente.

Negarle a una persona la libertad de morir antes de convertirse en una piltrafa, tanto por liberarse da sí mismo de la sinrazón como por amor y respeto hacia quienes le prestan auxilio, es negarle el derecho al amor, y es, también, negar el valor moral del sentido común, y estético, de la generosidad y del pudor. ¡Es el fracaso de la razón!

No me habré muerto –como tratarán de argumentar los explicadores- por desesperación, por falta de capacidad para soportar el dolor o por falta de afecto y cariño, tampoco por resentimiento ni como un acto de protesta o inmolación contra el principio de autoridad. La única verdad será que no quise ser tetrapléjico. Lo que fracasó fue el método. Tener que morirse de inanición no es la buena muerte, no es lo que elige la razón. Tener que morirse de sed y hambre para renunciar racionalmente a la vida es la venganza de los necios contra la libertad y la razón.

Tú, maestro, afirmas interpretar los deseos y la voluntad de un Dios a través de su obra. Negar un principio creador es negar la evidencia de uno mismo. Lo que pongo en duda es la capacidad de los explicadores para exponerla, y más aún, imponerla en su nombre.

Vivir es un derecho pero no una obligación.

El estado tiene medios represores para protegerse de las posibles agresiones individuales. Sin embargo, el individuo se encuentra indefenso para protegerse del abuso de las agresiones del Estado.

Entre dos circunstancias dramáticas, optaremos siempre por la que menos dolor y temor nos cause. Es decir, la más placentera.

Cuando no puedas cumplir tu deseo y la voluntad de volver atrás, te queda la posibilidad de llegar al final.

A veces demostraríamos más amor por una persona si le ofreciéramos ayuda para morir antes que para vivir. Os quise lo mejor que supe y pude. Todos me quisisteis del mismo modo. Sólo puedo pagaros con la mayor muestra de gratitud: muriéndome. Y vosotros respetando mi voluntad.