Anthony de Mello.
| Vuelve la segunda parte de esta colección de historias al estilo del padre de Mello. Fuertemenete criticado por sus escritos y su tendencia oriental, a mi gusto en esta ocasión se rompe la regla y la segunda parte superó a la primera. Con temas que van de la educación y autoridad, pasando por las relaciones, el servicio y la naturaleza humana hasta llegar a la iluminación y la espiritualidad. En fin, con esta entrega Anthony se saca un 10. |
 La oración de la rana 2. |
«¿Cómo están tus hijos?» «Están los dos estupendamente, gracias.»
«¿Qué edad tienen?»
«El médico, tres años; el abogado, cinco.»
Un hombre decidió suministrar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro Dobberman, porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que se resistía con todas sus fuerzas, le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote. Pero, un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para asombro de su dueño, el perro volvió docilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces cuando el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.
Uno de los pocos hombres que han caminado por la luna cuenta cómo tuvo que reprimir sus instintos artísticos cuando llegó al satélite. Recuerda que, cuando se hallaba mirando embelesado a la Tierra, estaba como paralizado por el asombro y diciéndose para sí: “¡Dios mío, qué preciosidad!” Pero en seguida, volviéndo en sí, se dijo: “Deja de perder el tiempo y dedícate a recoger piedras”.
Al darse cuenta de que su padre se estaba haciendo viejo, el hijo de un ladrón le pidió: “Padre, enséñame tu oficio, para que, cuando te retires, pueda yo seguir la tradición de la familia.» El padre no dijo ni palabra, pero aquella noche se llevó al muchacho consigo para asaltar una casa. Una vez dentro, abrió un gran armario y ordenó a su hijo que averiguara lo que había dentro. Apenas el muchacho se había introducido en el armario, el padre cerró violentamente la puerta y dio vuelta a la llave, haciendo tanto ruido que logró despertar a toda la casa. A continuación, se largó tranquilamente. En el interior del armario, el muchacho estaba aterrorizado, enojadísimo y preguntándose cómo iba a arreglárselas para escapar. Entonces tuvo una idea: comenzó a maullar como un gato; con lo cual, un criado encendió una vela y abrió el armario para dejar salir al gato. En cuanto se abrió la puerta, el muchacho saltó afuera y todo el mundo se fue tras él. Al topar con un pozo que había junto al camino, el muchacho arrojó en él una enorme piedra y se ocultó en las sombras; al cabo de un rato logró escabullirse, mientras sus perseguidores escudriñaban el pozo con la esperanza de descubrir en él al ladrón. De regreso a su casa, el muchacho se olvidó de su enfado, impaciente como estaba por relatar su aventura. Pero su padre le dijo: “¿Para qué me cuentas esa historia? Estás aquí, y eso es lo que importa. Ya has aprendido el oficio.»
La madre: “¿Sabías que Dios estaba presente cuando cogiste esa galleta de la cocina?»
El niño: “Sí.»
“¿y sabías que te estaba viendo?”
“Sí.»
“¿y qué crees que te estaba diciendo Dios?»
“Me decía: “No estás tú solo; estamos los dos. De modo que coge dos galletas.”»
La directora del Colegio Mayor se dirigía a las nuevas alumnas y estimó conveniente aludir al tema de la moralidad sexual. «En los momentos de tentación», les dijo, «haceos una sola pregunta: ¿Acaso una hora de placer vale por toda una vida de deshonra?» Al final de su alocución, preguntó si había algo que aclarar. Una de las muchachas alzó tímidamente la mano y dijo: «¿Podría decimos cómo se consigue que dure una hora?»
Un guru estaba dando clase a un grupo de jóvenes discípulos. En un determinado momento, éstos le pidieron que les revelara el sagrado «Mantra» por el que los muertos pueden ser devueltos a la vida. “¿Y qué pensáis hacer con una cosa tan peligrosa?», les preguntó el guru. «Nada. Sólo es para robustecer nuestra fe», le respondieron. «El conocimiento prematuro es peligroso, hijos míos», dijo el anciano. «¿Y cuándo es prematuro el conocimiento?», preguntaron ellos. «Cuando le proporciona poder a alguien que aún no posee la sabiduría que debe acompañar al uso de tal poder.» Los discípulos, no obstante, insistieron. De modo que el santo varón, muy a su pesar, les susurró al oído el «Mantra» sagrado, suplicándoles repetidas veces que lo emplearan con suma discreción. No mucho después, iban los jóvenes paseando por un lugar desierto cuando tropezaron con un montón de huesos calcinados. Con la frivolidad con que suele comportarse la gente cuando va en grupo, decidieron poner a prueba el «Mantra» que sólo debía ser empleado previa una prolongada reflexión. Y en cuanto hubieron pronunciado las palabras mágicas, los huesos se cubrieron de carne y se transformaron en voraces lobos que les atacaron y les hicieron pedazos.
Nasrudin le entregó un cántaro a un muchacho y le dijo que fuera a sacar agua del pozo. Pero, antes de que el muchacho se dispusiera a obedecerle, le dio una bofetada y le gritó: «¡Y ojo con dejarlo caer!» Alguien que lo había visto le dijo: «¿Cómo puedes pegar a un pobre niño antes de que cometa una falta?» Y respondió Nasrudin: «¿Te parecería mejor que le pegara después de haber roto el cántaro, una vez que éste y el agua se hubieran perdido? Si le pego antes, lo recordará, y así se salvarán el cántaro y el agua.»
Antes de castigar a un niño, pregúntate si no serás tú la causa de la transgresión. Los padres: “¿Por qué, a pesar de que Johnny es más pequeño que tú, saca siempre mejores notas en la escuela?” El niño de siete años: “Porque los padres de Johnny son inteligentes.»
La mujer se encontraba aquejada de un grave resfriado, y nada de cuanto le recetaba el médico parecía poder aliviarla. «¿No puede usted hacer nada para curarme, doctor?», le preguntó un día completamente frustrada. «Tengo una idea», dijo el médico. «Váyase a su casa, tome una ducha y, antes de secarse, quédese usted desnuda en medio de una corriente de aire.» «¿Y con eso me curaré?«, preguntó ella, llena de asombro.«No, pero agarrará usted una neumonía. Y eso sí puedo curarlo.»
«Gracias a Dios, se nos ocurrió llevar una mula para la excursión, porque, cuando uno de los chicos tuvo un accidente, usamos la mula para traerlo.» «¿Y qué accidente tuvo?» «La mula le pegó una coz.»
La hija de un pastor protestante le preguntó a éste de dónde sacaba las ideas para sus sermones. «De Dios», le respondió su padre. «Entonces, ¿por qué te veo siempre tachando lo que escribes?», le preguntó ella.
Un antiguo rey de la India sentenció a muerte a un hombre, el cual, al conocer la sentencia, suplicó que le fuera condonada y prometió: «si el rey tiene compasión y me perdona la vida, yo enseñaré a su caballo a volar en el plazo de un año.» «Conforme», dijo el rey. «Pero si, al cabo de ese tiempo, el caballo no es capaz de volar, serás ejecutado.» Cuando, más tarde, sus familiares le preguntaron preocupados cómo pensaba cumplir lo prometido, el hombre dijo: «En el plazo de un año, el rey puede morir, puede que muera el caballo. O, ¿quién sabe?, ¡Puede que el caballo aprenda a volar!»
Para complacer a un funcionario, en cierta ocasión Abraham Lincoln firmó una orden de traslado de ciertos regimientos. El Secretario de la Guerra, Stanton, convencido de que el Presidente había cometido un grave error, se negó a cursar dicha orden. Y, por si fuera poco, añadió: «¡Lincoln está loco!» Cuando se lo contaron a Lincoln, éste dijo: «Si Stanton ha dicho que estoy loco, debo de estarlo, porque él tiene razón casi siempre. Tendré que ir con cuidado y estudiarlo detenidamente.» Y esto fue exactamente lo que hizo. Stanton le convenció de que la orden era un error, y Lincoln se apresuró a revocarla. Todo el mundo sabía que una parte de la grandeza de Lincoln residía en su manera de aceptar las críticas.
Conseguirás la grandeza cuando prescindas de la dignidad de los que están por encima de ti y hagas que los que están por debajo prescindan de tu propia dignidad. Cuando no seas arrogante con el humilde ni humilde con el arrogante.
Un enorme camión, debido a su excesiva altura, había quedado inmovilizado en un paso inferior por encima del cual pasaba la vía férrea. Todos los esfuerzos de los «expertos» por sacarlo de allí habían sido inútiles, y el tráfico había quedado detenido a ambos lados del lugar en cuestión, formándose un atasco monumental. Había allí un muchacho que intentaba a toda costa llamar la atención del que parecía dirigir la maniobra, pero éste le rechazaba una y otra vez. Al fin, completamente exasperado, el individuo aquel le espetó: «Supongo que quieres decirnos cómo tenemos que hacer este trabajo, ¿no es así?» «Sí», respondió el muchacho. «Les sugiero que quiten un poco de aire a los neumáticos.»
Allá por los años treinta, una empresa norteamericana envió una máquina a un cliente del Japón. Un mes más tarde, la empresa recibió un cable: «Máquina no funciona. Envíen alguien repararla.» La empresa envió a un experto al Japón. Pero, antes de que tuviera la oportunidad de examinar la máquina, la empresa americana recibió un segundo cable: «Hombre demasiado joven. Envíen hombre mayor.» Y la respuesta de la empresa fue: «Preferible sírvanse de él. El inventó máquina.»
Cuando, debido a un accidente, el cacique de la aldea perdió el uso de sus piernas, tuvo que caminar con muletas. Poco a poco, fue aprendiendo a moverse con rapidez, llegando incluso a bailar y a realizar pequeñas piruetas, para regocijo de sus vecinos. Luego se le metió en la cabeza la idea de adiestrar a sus hijos en el uso de las muletas, no tardando en convertirse en un símbolo de prestigio en aquella aldea el caminar con muletas; y al cabo de poco tiempo, todo el mundo caminaba de ese modo. Pasadas cuatro generaciones, no había nadie en la aldea que caminara sin muletas. La propia escuela incluía en su currículum un curso de «Muletería teórica y aplicada», y los artesanos de la aldea se hicieron célebres por la calidad de las muletas que fabricaban. Llegó incluso a hablarse de crear unas muletas accionadas electrónicamente. Un día se presentó un joven turco ante los jefes de la aldea y les preguntó por qué todo el mundo caminaba allí con muletas, a pesar de que a todos les había dado Dios unas piernas para caminar. A los ancianos les hizo gracia que aquel insolente joven se considerara más listo que ellos, y decidieron darle una lección. «¿Por qué no nos enseñas cómo se hace?», le dijeron. «De acuerdo», dijo el joven. Y se determinó que la demostración tuviera lugar el sábado siguiente, a las diez en punto de la mañana, en la plaza de la aldea. Allí estaba todo el mundo cuando llegó el joven al centro de la plaza caminando con ayuda de unas muletas; y cuando el reloj de la aldea comenzó a dar la hora, el joven se irguió y soltó las muletas. La multitud guardaba un expectante silencio mientras él daba un enérgico paso adelante… y caía de bruces. Con lo cual, todos se confirmaron en su creencia de que era absolutamente imposible caminar sin ayuda de unas muletas.
Antiguamente era habitual en el Japón usar faroles de papel. Un papel que protegía una vela encendida, todo ello sujetado por varas de bambú. Sucedió que un ciego fue a visitar a un amigo y, como se hizo tarde, éste le ofreció un farol para que regresara a su casa. Lo cual hizo reír al ciego. «Para mí es lo mismo el día que la noche», le dijo. «¿Qué voy a hacer yo con un farol?» Su amigo le replicó: «Es verdad que no necesitas ver el camino hacia tu casa. Pero el farol puede servirte para disuadir a alguien que quisiera atracarte en la oscuridad.» De modo que el ciego tomó el farol y salió. Al poco rato, alguien tropezó con él, haciéndole perder el equilibrio. «¡Eh!, ¿por qué no va con más cuidado, amigo?», gritó el ciego. «¿Es que no ha visto el farol?» «Hermano», dijo el otro, «su farol está apagado.» Es más seguro andar con la propia oscuridad que con la luz de otro.
Cuenta una antigua fábula india que había un ratón que estaba siempre angustiado, porque tenía miedo del gato. Un mago se compadeció de él y lo convirtió… en un gato. Pero entonces empezó a sentir miedo del perro. De modo que el mago lo convirtió en perro. Luego empezó a sentir miedo de la pantera, y el mago lo convirtió en pantera. Con lo cual comenzó a temer al cazador. Llegado a este punto, el mago se dio por vencido y volvió a convertirlo en ratón, diciéndole: «Nada de lo que haga por ti va a servirte de ayuda, porque siempre tendrás el corazón de un ratón.»
Un cura entró en la taberna y montó en cólera al encontrar allí a un montón de feligreses. Se puso a dar vueltas alrededor de ellos y les obligó a salir, conduciéndolos hasta la iglesia. Una vez allí, les dijo solemnemente: «¡Todos los que quieran ir al cielo, que den un paso hacia la izquierda! Todos dieron el paso, excepto uno que se quedó tercamente en su sitio. El cura le miró ferozmente y le dijo: «¿Tú no quieres ir al cielo? «No», respondió el otro. «¿Pretendes quedarte ahí y decirme que no quieres ir al cielo cuando te mueras? «¡Por supuesto que quiero ir al cielo cuando me muera! Pensaba que había que ir ahora…»
No es nuestro dinero, sino nuestra capacidad de disfrutar, lo que nos hace ricos o pobres. Afanarse por la riqueza y no ser capaz de disfrutar es lo mismo que estar calvo y coleccionar peines.
Un avaro había acumulado quinientos mil dinares y se las prometía muy felices pensando en el estupendo año que iba a pasar haciendo cábalas sobre el mejor modo de invertir su dinero. Pero, inesperadamente, se presentó el Ángel de la Muerte para llevárselo consigo. El hombre se puso a pedir y a suplicar, apelando a mil argumentos para que le fuera permitido vivir un poco más, pero el Ángel se mostró inflexible. «¡Concédeme tres días de vida, y te daré la mitad de mi fortuna!», le suplicó el hombre. Pero el Ángel no quiso ni oír hablar de ello y comenzó a tirar de él. «¡Concédeme al menos un día, te lo ruego, y podrás tener todo lo que he ahorrado con tanto sudor y esfuerzo!» Pero el Ángel seguía impávido. Lo único que consiguió obtener del Ángel fueron unos breves instantes para escribir apresuradamente la siguiente nota: «A quien encuentre esta nota, quienquiera que sea: si tienes lo suficiente para vivir, no malgastes tu vida acumulando fortunas. ¡Vive! ¡Mis quinientos mil dinares no me han servido para comprar ni una sola hora de vida!» Cuando muere un millonario y la gente pregunta: «¿Cuánto habrá dejado?», la respuesta, naturalmente, es: «Todo.» Aunque la respuesta también puede ser: «No ha dejado nada. Le ha sido arrebatado.»
Nosotros acumulamos cosas porque tenemos el corazón vacío.
Un rico musulmán acudió a la mezquita después de una fiesta y, naturalmente, tuvo que quitarse sus elegantes y costosos zapatos y dejarlos a la entrada. Cuando, después de orar, salió afuera, los zapatos habían desaparecido. «¡Qué descuidado soy!», se dijo para sí. «Al cometer la necedad de dejar aquí los zapatos, he dado ocasión a alguien para robarlos. Con gusto se los habría regalado. Pero ahora soy responsable de haber creado un ladrón.»
Como buen filósofo que era, Sócrates creía que la persona sabia viviría instintivamente de manera frugal. El mismo ni siquiera llevaba zapatos; sin embargo, una y otra vez cedía al hechizo de la plaza del mercado y solía acudir allí a ver las mercancías que se exhibían. Cuando un amigo le preguntó la razón, Sócrates le dijo: «Me encanta ir allí y descubrir sin cuántas cosas soy perfectamente feliz.» La espiritualidad no consiste en saber lo que quieres, sino en comprender lo que no necesitas.
Había en el Japón un grupo de caballeros de cierta edad que solían reunirse a charlar y a beber té. Una de sus diversiones consistía en buscar costosas variedades de té y crear nuevas mezclas que deleitaran el paladar. Cuando le llegó el turno de agasajar a los demás al miembro de más edad del grupo, hizo alarde del más exquisito ceremonial para servir un té cuyas hojas había extraído de una lata de oro. Todo el mundo se deshizo en elogios hacia el té y quisieron saber cómo había conseguido hacer tan excepcional mezcla. El hombre sonrió y dijo: «Caballeros, ese té que han encontrado tan delicioso es el que beben los empleados de mi granja. Las mejores cosas de la vida no son costosas ni difíciles de encontrar.»
El guru estaba meditando a la orilla del río cuando llegó junto a él un discípulo, se inclinó y depositó a sus pies dos enormes perlas como prenda de respeto y devoción. El guru abrió sus ojos y tomó una de las perlas, pero con tan poco cuidado que se le escapó de la mano y fue rodando hasta caer al río. Horrorizado, el discípulo se zambulló en el agua para recuperarla, pero, a pesar de bucear una y otra vez hasta que se hizo de noche, no consiguió dar con ella. Al fin, completamente empapado y exhausto, sacó al guru de su meditación y le dijo: «Tú viste dónde cayó. Indícame el lugar exacto para que yo pueda recuperarla.» El guru tomó la otra perla, la lanzó al río y dijo: «¡Justo allí!» No trates de poseer cosas, porque las cosas en realidad no pueden ser poseídas. Limítate a cerciorarte de que no eres tú poseído por ellas, y serás el soberano de la creación.
No hay mayor alegría que no tener motivo de tristeza; no hay mayor riqueza que contentarse con lo que uno tiene.
Un mono y una hiena caminaban por el bosque cuando, de pronto, dijo la hiena: «Siempre que paso junto a aquellos arbustos, sale de ellos un león y me ataca, no sé por qué.» «Esta vez voy a ir yo contigo», dijo el mono, «y me pondré de tu lado contra el león.» De modo que se dirigieron juntos hacia los arbustos y, al llegar a ellos, saltó el león sobre la hiena y la atacó hasta casi dejarla muerta. Mientras tanto, el mono lo observaba todo desde un árbol al que se había encaramado en el momento en que apareció el león. «¿Por qué no has hecho nada para ayudarme?», le recriminaría más tarde la hiena. «Te reías tanto», respondió el mono, «que creía que ibas ganando.»
El gran santo budista Nagarjuna solía andar cubierto únicamente con un taparrabos y, aunque parezca absurdo, llevaba también un platillo de oro que le había regalado el rey, el cual había sido su discípulo. Una noche, estaba a punto de acostarse para dormir entre las ruinas de un antiguo monasterio cuando observó la presencia de un ladrón escondido detrás de una de las columnas. «Ven aquí y toma esto», dijo Nagarjuna mientras le ofrecía el platillo. «Así no me molestarás una vez que me haya dormido.» El ladrón agarró con ansia el platillo y salió zumbando. Pero a la mañana siguiente regresó con el platillo… y con una petición: «Cuando anoche te desprendiste con tanta facilidad de este platillo, hiciste que me sintiera muy pobre. Enséñame a adquirir la riqueza que hace posible practicar tan fantástico desprendimiento.» Nadie puede quitarte lo que nunca has hecho tuyo.
En un terreno desocupado que lindaba con su casa, un cuáquero había puesto un cartel con la siguiente leyenda: Este terreno le será dado a quienquiera que esté verdaderamente satisfecho. Un acaudalado granjero que pasó por allí se detuvo a leer el cartel y se dijo: «Si nuestro amigo el cuáquero está dispuesto a entregar este terreno, también yo puedo reclamarlo antes de que lo haga otro. Soy rico y tengo cuanto necesito, de modo que cumplo el requisito exigido.» Se acercó, pues, a la puerta de la casa, llamó y explicó el motivo de su presencia. «¿Y estás verdaderamente satisfecho?», le preguntó el cuáquero. «Naturalmente que sí: tengo todo cuanto necesito.» «Amigo», le dijo el cuáquero, «si estás satisfecho, ¿para qué quieres ese terreno?»
Pirro, rey de Epiro, fue abordado por su amigo Cineas, el cual le preguntó: «Si conquistas Roma, ¿qué será lo siguiente que hagas?» Pirro le respondió: «Sicilia es la siguiente puerta, y será fácil tomarla.» «¿Y qué harás después de tomar Sicilia?» «Entonces pasaremos a África y saquearemos Cartago.» «¿Y después de Cartago?» «Entonces le llegará el turno a Grecia.» «¿ Y cuál será, si me permites preguntarlo, el fruto de todas esas conquistas?» «Una vez hechas todas esas conquistas», dijo Pirro, «podremos sentamos y divertimos.» «¿Y no podemos», dijo Cineas, «divertimos ahora?» Los pobres piensan que serán felices cuando sean ricos. Los ricos piensan que serán felices cuando se hayan librado de sus úlceras.
Un hombre y su mujer viajaron hasta el otro extremo del país para visitar a unos amigos, los cuales les llevaron a presenciar unas carreras de caballos. Fascinados por el espectáculo de los caballos persiguiéndose mutuamente alrededor de una pista, estuvieron toda la tarde apostando, hasta que no les quedó más que un par de dólares. Al día siguiente, el hombre convenció a su mujer para que le permitiera ir solo al hipódromo. En la primera carrera participaba un caballo cuya cotización era de cincuenta a uno. Apostó por él y ganó. En la siguiente carrera apostó por otro penco todo lo que había ganado, y volvió a ganar. Estuvo repitiendo la misma jugada toda la tarde y acabó ganando cincuenta y siete mil dólares. De regreso a casa, pasó por delante de un garito. Una voz interior, la misma que creía él que le había guiado en su elección de los caballos, pareció decirle: «Párate y entra ahí.» De modo que se paró, entró y se vio frente a una ruleta. La voz dijo: «Número trece.» El hombre puso sus cincuenta y siete mil dólares al número trece. Giró la ruleta, y el «croupier» anunció: «¡Número catorce!» De modo que el hombre se fue andando a casa con los bolsillos vacíos. Al llegar, su mujer, que estaba en el porche, le preguntó: «¿Qué tal te ha ido?» El marido se encogió de hombros y dijo: «He perdido los dos dólares.»
La única clase de auténtica dignidad es la que no sufre menoscabo con la falta de respeto de los demás. Por mucho que escupas a las cataratas del Niágara, no lograrás reducir su grandeza.
En cierta ocasión, Buda se vio amenazado de muerte por un bandido llamado Angulimal. «Sé bueno», le dijo Buda, «y ayúdame a cumplir mi último deseo. Corta una rama de ese árbol.» Con un golpe de su espada, el bandido hizo lo que le pedía Buda. «¿y ahora, qué?», le preguntó a continuación. «Ponla de nuevo en su sitio», dijo Buda. El bandido soltó una carcajada: «¡Debes de estar loco si piensas que alguien puede hacer semejante cosa!» «Al contrario», le dijo Buda. «Eres tú el loco al pensar que eres poderoso porque puedes herir y destruir. Eso es cosa de niños. El poderoso es el que sabe crear y curar.»
Un visitante de un manicomio vio cómo uno de los internos se balanceaba en una silla mientras, con aire tierno y satisfecho, repetía una y otra vez: «..Lulú, Lulú…» “¿Cuál es el problema de este hombre?», le preguntó al médico. «Lulú. Es el nombre de la mujer que le dio calabazas», respondió el doctor. Siguieron adelante y llegaron a una celda con las paredes acolchadas, cuyo ocupante no dejaba de golpear su cabeza contra la pared mientras gemía: «..Lulú, Lulú…» «¿También es Lulú el problema de este hombre?», pregunto el visitante. «Sí», dijo el médico. ..Este es el que acabó casándose con Lulú.» Sólo hay dos desgracias en la vida: no conseguir lo que deseas y conseguir lo que deseas.
Una buena manera de cubrir menos distancia en más tiempo consiste en ir más deprisa.
Un grupo de turistas había quedado aislado en un lugar desértico y, como no tenían más víveres que unas latas de conserva cuyo plazo de caducidad ya había expirado, decidieron dárselos a probar antes a un perro, el cual pareció comerlos con gusto y no padecer ningún tipo de efectos. Pero al día siguiente se enteraron de que el perro había muerto, y todo el mundo fue presa del pánico. Muchos comenzaron a vomitar y a quejarse de fiebre y disentería. Consiguieron hacerse con los servicios de un médico para que tratara a las víctimas del envenenamiento. El médico quiso saber qué le había ocurrido exactamente al perro, para lo cual se hicieron las debidas pesquisas. Y un vecino del lugar, que lo había visto casualmente, dijo: «¡Ah!, ¿el perro? Anoche fue atropellado por un automóvil»
La Peste se dirigía a Damasco y pasó velozmente junto a la tienda del jefe de una caravana en el desierto. «¿Adónde vas tan deprisa?», le preguntó el jefe. «A Damasco. Pienso cobrarme un millar de vidas.» De regreso de Damasco, la Peste pasó de nuevo junto a la caravana. Entonces le dijo el jefe: «¡Ya sé que te has cobrado 50.000 vidas, no el millar que me habías dicho!» «No», le respondió la Peste. «Yo sólo me he cobrado mil vidas. El resto se las ha llevado el Miedo.»
Tommy acababa de regresar de la playa. «¿Había más niños bañándose?», le preguntó su madre. «Sí», respondió Tommy. «¿Niños o niñas?» «¿Y cómo quieres que lo sepa? No llevaban ropa.»
Dos hombres de andar vacilante esperaban impacientes, a última hora de la noche, en la estación de autobuses, mucho después de que éstos hubieran dejado de circular. Debido a su intoxicación etílica, tardaron un par de horas en enterarse de que el último autobús había salido hacía ya mucho tiempo. Y al ver una serie de autobuses estacionados en el aparcamiento, decidieron «tomar prestado» uno de ellos para ir a casa. Pero, para su decepción, no pudieron encontrar el autobús que buscaban. «¿Será posible?», dijo uno de ellos. «¡Entre los cien autobuses no hay ni uno solo de la línea 36!» «¡No te preocupes!», le dijo el otro. Nos llevamos un 22 hasta la última parada, y desde allí hacemos a pie los tres últimos kilómetros.»
Un joven ciego de nacimiento se enamoró de una muchacha. Todo iba estupendamente, hasta que un amigo le dijo que la muchacha no era precisamente una belleza. Y en aquel instante perdió todo interés por ella. ¡Qué absurdo! La había estado «viendo» perfectamente. ¡El ciego era su amigo!
Isaac Goldstein se encontró con un primo suyo en una calle de Nueva York.
«¿Qué es de tu vida?», le preguntó.
«¿No te has enterado?», le preguntó a su vez su primo. «Soy socio de la firma Goldstein & Murphy.»
«¿Goldstein & Murphy? ¡Es verdaderamente fantástico este país: gentes de tan diferentes procedencias que se asocian para hacer negocios…! De todos modos, debo confesarte que me he llevado una sorpresa…»
«¿A eso lo llamas una sorpresa? Pues tengo para ti una sorpresa aún mayor: ¡yo soy Murphy!»
Una delegación de trabajadores soviéticos visitaba una fábrica en Detroit. En un determinado momento, el jefe del grupo preguntó al capataz de la fábrica cuántas horas trabajaba a la semana un trabajador norteamericano. «Cuarenta», respondió el capataz. El soviético hizo un gesto de sorpresa y dijo: «En mi país, el trabajador medio hace unas sesenta horas a la semana.» «¿Sesenta horas?», exclamó el capataz. «¡Ni en sueños conseguiría usted que estos hombres trabajaran todo ese tiempo! ¡Son un hatajo de comunistas!»
Un hombre acudió a su párroco y le dijo: «Ayer murió mi perro, Padre, y querría ofrecer una misa por su eterno descanso.» El párroco respondió escandalizado: «¡Nosotros no ofrecemos misas por los animales! Inténtelo en la iglesia de los protestantes que hay en la esquina. Es probable que ellos quieran rezar por su perro…» «La verdad es que le tenía un enorme cariño», dijo el feligrés, «y me gustaría ofrecerle una despedida decente. Pero, claro, no sé lo que se acostumbra a dar en estos casos… ¿Cree usted que bastará con quinientos dólares?» «¡Un momento!», dijo el párroco. «¡No me había dicho usted que su perro era católico!».
Al regresar un hombre a su aldea natal por primera vez en muchos años, uno de los vecinos le dijo: «Supongo que sabrás que el viejo Smith perdió su granja…» «No, no lo sabía. ¿Qué sucedió?» «Pues resulta que un día se le metió en la cabeza la idea de que la cerca de su vecino estaba dos metros dentro de sus tierras. Se obsesionó con el asunto y acabó yendo a un abogado y le dijo que pensaba que aquello era una usurpación. Bueno, pues el abogado pensó lo mismo.»
Un ex-convicto de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. «¿Has olvidado ya a los nazis?», le preguntó a su amigo. «Sí.» «Pues yo no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma.» «Entonces», le dijo apaciblemente su amigo, «aún siguen teniéndote prisionero.»
Cuando Calvin Coolidge era Presidente de los Estados Unidos, tenía que ver cada día a docenas de personas, la mayoría de las cuales le presentaban quejas de uno u otro tipo. Un día, una de esas personas, concretamente un Gobernador, le dijo al Presidente que no comprendía cómo era capaz de entrevistarse con tantas personas en el espacio de unas pocas horas. «Usted», le decía el Gobernador, «ha despachado a todos sus visitantes cuando llega la hora de cenar, mientras que a mí me suelen dar las tantas en mi despacho…» «Sí», le dijo Coolidge. «Eso le pasa porque usted habla.»
Había dos camiones pegados el uno al otro por su parte trasera, y un camionero, con un pie en cada camión, intentaba denodadamente mover un enorme cajón. Pasó por allí otro individuo que, al ver la apurada situación del camionero, se ofreció voluntariamente a ayudarle. Al cabo de más de media hora de inútiles esfuerzos, ambos estaban sudorosos y de un humor de mil demonios. «Me temo que es inútil», dijo el voluntario sin resuello. «¡Nunca conseguiremos sacarlo de este maldito camión!» «¿Sacarlo?», bramó el camionero. «¡Santo Dios! ¡Yo no quiero sacarlo! ¡Quiero echarlo más adentro!»
El borracho del pueblo, con un periódico en la mano, se acercó tambaleando al cura y le saludó con toda cortesía. El cura, un tanto molesto, ignoró su saludo, porque el tipo venía bastante «colocado” Pero se había acercado a él con un propósito: «Usted perdone, padre», le dijo, «¿podría usted decir me qué es lo que produce la artritis?» El cura hizo como que no le oía. Pero cuando el otro repitió la pregunta, el cura se volvió enojado hacia él y le gritó: «¡La bebida produce la artritis! ¡El juego produce la artritis! ¡El ir detrás de las mujeres produce la artritis! ¡Todo eso produce la artritis…!» Y sólo después de unos instantes, ya demasiado tarde, le inquirió: «¿Por qué me lo preguntas?” “Porque aquí, en el periódico, dice que es eso lo que padece el Papa.”
El dueño de un almacén oyó cómo uno de sus dependientes le decía a una clienta: «No, señora, ya hace bastantes semanas que no la tenemos, y no parece que vayamos a tenerla en unos cuantos días…» Horrorizado por lo que había oído, el dueño se precipitó hacia la clienta cuando ésta se disponía a salir, y le dijo: «Disculpe usted al dependiente, señora. Por supuesto que la tendremos muy pronto. De hecho, hemos cursado un pedido hace un par de semanas…» Luego se llevó aparte al dependiente y le regañó: «¡Nunca jamás se le ocurra decir que no tenemos algo! ¡Si no lo tenemos, diga que lo hemos pedido y que lo estamos esperando! Y ahora dígame: ¿qué es lo que quería esa señora?» «Lluvia», respondió el dependiente.
Un periodista estaba entrevistando a una señora que acababa de cumplir cien años. Ella parecía ser una persona extraordinariamente vivaz, encantada de recordar su pasado. Había conocido la época de las diligencias y la de los aviones supersónicos, y parecía dispuesta a describir toda su vida. Cuando la entrevista hubo terminado, todavía parecía deseosa de seguir hablando, de modo que el periodista le hizo a bote pronto una pregunta para que la conversación no cesara: ¿Ha estado usted alguna vez en cama?» «¡Oh, querido, claro que sí1», dijo ella ligeramente ruborizada, «docenas de veces. ¡E incluso dos veces en un pajar!»
Una mujer se quejaba ante una amiga que había ido a verla de lo desaliñada y poco cuidadosa que era una vecina suya. «¡Tendrías que ver cómo lleva de sucios a los niños… y cómo tiene la casa! Es una auténtica desgracia tener que vivir con semejante vecindario… Echa una mirada a la ropa que tiene tendida en el patio: fíjate en las manchas negras que tienen esas sábanas y esas toallas…» La amiga se acercó a la ventana, miró hacia fuera y dijo: «A mí me parece que esa ropa está perfectamente limpia, querida. Lo que tiene manchas son tus cristales.»
Samuel estaba muy triste, y no era para menos: su casero le había mandado dejar el piso, y no tenía adónde ir. De pronto se le ocurrió: ¡podría vivir con su buen amigo Moisés! La idea le proporcionó a Samuel un gran consuelo, hasta que le asaltó otro pensamiento: «¿Qué te hace estar tan seguro de que Moisés te va a dar cobijo en su casa?» «¿Y por qué no?», se respondió el propio Samuel indignado. «A fin de cuentas, fui yo quien le proporcionó la casa en la que ahora vive, y fui también yo quien le adelantó el dinero para pagar la renta de los primeros seis meses. Lo menos que puede hacer es darme alojamiento durante una o dos semanas, mientras estoy en apuros…» Y así quedó la cosa hasta que, después de cenar, le asaltó de nuevo la duda: «Suponte que se negara…» «¿Negarse?», se respondió él mismo. «¿Y por qué, si puede saberse, habría de negarse? Ese hombre me debe todo cuanto tiene: fui yo quien le proporcionó el trabajo que ahora tiene; y fui yo quien le presentó a su encantadora mujer, que le ha dado esos tres hijos de los que él se siente tan orgulloso. ¿Y ese hombre va a negarme una habitación durante una semana? ¡imposible!» Y así quedó de nuevo la cosa hasta que, una vez en la cama, comprobó que no podía dormir, porque nuevamente le entró la duda: «Pero suponte -no es más que una suposición- que él llegara a negarse. ¿Qué pasaría?» Aquello fue ya demasiado para Samuel: «Pero ¿cómo demonios va a poder negarse?», se gritó a sí mismo, casi fuera de sí. «Si ese hombre está vivo, es gracias a mí: yo lo salvé de morir ahogado cuando era un niño. ¿y va a ser ahora tan desagradecido como para dejarme en la calle en pleno invierno?» Pero la duda seguía carcomiéndole: «Suponte…» El pobre Samuel se debatió mientras pudo. Finalmente, hacia las dos de la mañana, saltó de la cama, se fue a casa de Moisés y se puso a tocar insistentemente el timbre, hasta que Moisés, medio dormido, abrió la puerta y exclamó asombrado: «¡Samuel! ¿Qué ocurre? ¿Qué haces aquí a estas horas de la noche?» Pero para entonces estaba Samuel tan enojado que no pudo impedir gritar: «¡Te diré lo que hago aquí a estas horas de la noche! ¡Si piensas que voy a pedirte que me admitas en tu casa ni siquiera un solo día, estás muy equivocado! ¡No quiero tener nada que ver contigo, ni con tu casa, ni con tu mujer, ni con tu condenada familia! ¡A la mierda todos vosotros!» Y, dicho esto, dio media vuelta, pegó un portazo y se marchó.
Un amigo le pidió a Nasrudin que le prestara una suma de dinero. Nasrudin estaba convencido de que el otro no se lo devolvería, pero, como no quería ofender a su amigo, y además se trataba de una pequeña suma, accedió a hacerle el préstamo. Y, para su sorpresa, justamente una semana después de prestárselo, el amigo le devolvió el dinero. Un mes más tarde, volvió a pedirle prestado, aunque esta vez se trataba de una suma algo mayor. Nasrudin se negó en redondo y, cuando el otro le preguntó el porqué, le dijo: «La otra vez no esperaba que me devolvieras el dinero, y me lo devolviste; esta vez espero que me lo devuelvas, y no voy a permitir que me engañes de nuevo.»
Un granjero decidió que le había llegado el momento de casarse, de manera que ensilló su mula, se fue a la ciudad a buscar novia y no tardó en conocer a una mujer que, Según creía él, sería una buena esposa. Y se casaron. Después de la ceremonia, subieron ambos a la mula e iniciaron el camino de regreso a la granja. Al cabo de un rato, la mula se detuvo y se negó a seguir adelante, de modo que el granjero desmontó y empezó a golpear a la mula con una vara, hasta que el animal se puso de nuevo en movimiento. «La primera en la frente», dijo el granjero. Unos kilómetros más adelante, la mula volvió a detenerse, y una vez más desmontó el granjero y golpeó a la mula hasta que ésta decidió reiniciar la marcha. «La segunda en la boca», dijo el granjero. Pocos kilómetros después, la mula se detuvo por tercera vez. Pero entonces el granjero desmontó, hizo desmontar a su mujer, sacó su pistola y le pegó un tiro en la cabeza a la mula, la cual murió al instante. «¡Qué estúpido y qué cruel eres!», le gritó su mujer. «¡Era un animal fuerte y robusto que podría habernos sido muy útil en la granja, y vas tú y, en un arranque de cólera, acabas con él! ¡Si hubiera sabido que eras tan bruto, jamás me habría casado contigo…!»; y siguió increpándole durante casi diez minutos. El granjero estuvo escuchándola hasta que ella se detuvo para tomar aliento. Entonces le dijo: «La primera en la frente.» Cuenta la historia que vivieron felices para siempre.
«Tienes mala cara. Jack. ¿Qué te pasa?» «Bueno llegué a casa cuando ya amanecía y, justamente cuando yo estaba desnudándome, se despertó mi mujer y me dijo: «¿No te levantas demasiado pronto. Jack?» De manera que, para evitar una discusión, volví a vestirme y me vine a trabajar.»
Un agricultor, cuyo maíz siempre había obtenido el primer premio en la Feria del Estado, tenía la costumbre de compartir sus mejores semillas de maíz con todos los demás agricultores de los contornos. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, dijo: «En realidad, es por puro interés. El viento tiene la virtud de trasladar el polen de unos campos a otros. Por eso, si mis vecinos cultivaran un maíz de clase inferior, la polinización rebajaría la calidad de mi propio maíz. Esta es la razón por la que me interesa enormemente que sólo planten el mejor maíz.»
En cierta ocasión, los diversos miembros y órganos del cuerpo estaban muy enfadados con el estómago. Se quejaban de que ellos tenían que buscar el alimento y dárselo al estómago, mientras que éste no hacía más que devorar el fruto del trabajo de todos ellos. De modo que decidieron no darle más alimento al estómago. Las manos dejaron de llevarlo a la boca, los dientes dejaron de masticar y la garganta dejó de tragar. Pensaban que con ello obligarían al estómago a espabilar. Pero lo único que consiguieron fue debilitar el cuerpo, hasta el punto de que todos ellos se vieron en auténtico peligro de muerte. De este modo, fueron ellos, en definitiva, los que aprendieron la lección de que, al ayudarse unos a otros, en realidad trabajaban por su propio bienestar.
Nasrudin estaba mascullando algo entre dientes con cara de satisfacción. Un amigo lo vio y le preguntó qué le pasaba. «Ese imbécil de Ahmed», dijo Nasrudin, «tiene la costumbre de pegarme unas tremendas palmadas en la espalda siempre que me ve. Pues bien, hoy me he puesto un cartucho de dinamita bajo la chaqueta, y esta vez,cuando me dé la palmada, la explosión le va a arrancar el brazo.»
Un individuo subió a un tren en Nueva York y le dijo al revisor que se dirigía a Fordham. «El tren no se detiene en Fordham los sábados», le dijo el revisor, «pero le diré lo que podemos hacer. Cuando entre el tren en la estación de Fordham, reducirá la marcha; entonces yo le abriré la puerta y usted podrá saltar del tren. Pero, cuando toque usted el suelo, tenga la precaución de correr unos cuantos metros en la misma dirección que el tren. De lo contrario, caerá usted de bruces.» Al llegar a Fordham, se abrió la puerta, y el pasajero hizo lo que el revisor le había indicado. Pero, al verle, otro revisor abrió otra puerta y le hizo subir al tren mientras éste recobraba su velocidad. «¡Tiene usted suerte, amigo», le dijo el revisor, «el tren no se detiene en Fordham los sábados!»
Las personas que se empeñan en mejorar las cosas suelen conseguir empeorarlas.
Un sacerdote paseaba por la calle cuando, de pronto, vio cómo un niño se esforzaba, dando saltos, por llegar al timbre de una puerta. Pero el pobre niño era demasiado pequeño, y el timbre estaba demasiado alto. De modo que el sacerdote, para ayudar al pequeño, se acercó y pulsó el timbre. Luego, volviéndose sonriente al muchacho, le preguntó: «¿Qué hacemos ahora?» «Correr todo lo que podamos», le respondió el niño.
Una mujer, perteneciente a una brigada de socorro, se encontraba en la playa por razones de servicio. De pronto, observó que una determinada zona de la playa estaba plagada de botellas vacías y, temiendo que la gente pudiera tropezar inadvertidamente con ellas y hacerse daño, dejó en el suelo su botiquín y se puso a recogerlas. Entonces un hombre de cierta edad, distraído al ver lo que la mujer estaba haciendo, tropezó con el botiquín y se lastimó.
Hay pocas cosas que satisfagan más nuestro ego que el corregir los errores de los demás.
Las personas ancianas no “están solas porque no tengan a nadie con quien compartir su carga, sino porque es únicamente su carga lo que tienen para compartir. Una anciana de ochenta y cinco años estaba siendo entrevistada con motivo de su cumpleaños. La periodista le preguntó qué consejo daría a las personas de su edad. «Bueno», dijo la anciana, «a nuestra edad es muy importante no dejar de usar todo nuestro potencial; de lo contrario, éste se marchita. Es importante estar con la gente y, siempre que sea posible, ganarse la vida prestando un servicio. Eso es lo que nos mantiene con vida y con salud.» «¿Puedo preguntarle qué es exactamente lo que hace usted para ganarse la vida a su edad?» «Cuido de una anciana que vive en mi barrio», fue su inesperada y deliciosa respuesta. El amor cura a todos: tanto a quienes lo reciben como a quienes lo dan.
Iba a celebrarse una gran fiesta en el pueblo, y cada uno de los habitantes tenía que contribuir vertiendo una botella de vino en un gigantesco barril. Cuando llegó la hora de comenzar el banquete y se abrió la espita del barril, lo que salió de éste fue agua. Y es que uno de los habitantes del pueblo había pensado: «Si echo una botella de agua en ese enorme barril, nadie lo advertirá» Lo que no pensó es que a todos pudiera ocurrírseles la misma idea.
La mujer al marido, totalmente embebido en la lectura del periódico: «¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá pueda haber en la vida algo más que lo que ocurre en el mundo?»
Érase una vez un cantero que todos los días subía a la montaña a cortar piedras. Mientras trabajaba, no dejaba de cantar, porque, a pesar de ser pobre, no deseaba tener más de lo que tenía, de modo que vivía sin la menor preocupación. Un día le llamaron para que fuera a trabajar en la mansión de un rico aristócrata. Cuando vio la magnificencia de la mansión, sintió por primera vez en su vida el aguijón de la codicia y, suspirando, se dijo: «¡Si yo fuera rico, no tendría que ganarme la vida con tanto sudor y esfuerzo como lo hago…!» Y, para su asombro, oyó una voz que decía: «Tu deseo ha sido escuchado. En adelante se te concederá todo cuanto desees” El hombre no entendió el sentido de aquellas palabras hasta que, al regresar aquella noche a su cabaña, descubrió que en su lugar había una mansión tan espléndida como aquella en la que había estado trabajando. De modo que el cantero dejó de cortar piedras y comenzó a disfrutar la vida de los ricos. En un caluroso día de verano, se le ocurrió mirar por la ventana y vio pasar al rey con su gran séquito de nobles y esclavos. Y pensó: «¡Cómo me gustaría ser rey y disfrutar del frescor de la carroza real!» Su deseo se cumplió: al instante se encontró sentado dentro de una confortable y regia carroza. Pero ésta resultó ser más calurosa de lo que él había supuesto. Entonces miró por la ventanilla y admiró el poder del sol, cuyo calor podía atravesar incluso la espesa estructura del carruaje. «Me gustaría ser el sol», pensó para sí. Y una vez más vio cumplido su deseo y se encontró emitiendo olas de calor hacia todos los puntos del universo. Todo fue muy bien durante algún tiempo. Pero llegó un día lluvioso y, cuando intentó atravesar una espesa capa de nubes, comprobó que no podía hacerlo. De manera que al instante se vio convertido en nube y gloriándose en su capacidad de no dejar pasar al sol… hasta que se transformó en lluvia, cayó a tierra y se irritó al comprobar que una enorme roca le impedía el paso y le obligaba a dar un rodeo. “¿Cómo?», exclamó. «¿Una simple roca es más poderosa que yo? ¡Entonces quiero ser una roca!» Y en seguida se vio convertido en una gran roca en lo alto de la montaña. Pero, apenas había tenido tiempo de disfrutar de su nueva apariencia, cuando oyó unos extraños ruidos procedentes de su pétrea base. Miró hacia abajo y descubrió, consternado, que un diminuto ser humano se entretenía en cortar trozos de piedra de sus pies. «¿Será posible?», gritó. «¿Una insignificante criatura como ésa es más poderosa que una imponente roca como yo? ¡Quiero ser un hombre!» Y así fue como, una vez más, se vio convertido en un cantero que subía todos los días a la montaña para ganarse la vida cortando piedras con sudor y esfuerzo, pero cantando en su interior, porque se sentía dichoso de ser lo que era y vivir con lo que tenía.
Un gran y estúpido rey se quejaba de que la aspereza del suelo lastimaba sus pies, de manera que ordenó alfombrar de cuero todo el país. El bufón de la corte se mataba de risa cuando el rey se lo contó. «¡Es una idea absolutamente absurda, Majestad!», exclamó. «¿A qué viene un gasto tan innecesario? ¡Mandad cortar dos trozos de cuero y protegeos con ellos vuestros reales pies!» Así lo hizo el rey. Y así se inventaron los zapatos. El que ha alcanzado la iluminación sabe que, para que no haya dolor en el mundo, uno ha de cambiar su corazón, no el mundo.
Un Majarajá se hizo a la mar y, al poco rato, se desató una gran tormenta. Uno de los esclavos de a bordo comenzó a llorar y a gemir de miedo, porque era la primera vez que subía a un barco. Su llanto era tan insistente y prolongado que toda la tripulación comenzó a irritarse, y a punto estuvo el Majarajá de arrojarlo personalmente por la borda. Pero su primer Consejero, que era un sabio, le dijo: «No, dejadme a mí ocuparme de él. Creo que puedo curarlo» y ordenó a unos cuantos marineros que arrojaran a aquel hombre al mar atado con una cuerda. En el momento en que se vio en el agua, el pobre esclavo, totalmente aterrorizado, se puso a chillar y a debatirse frenéticamente. Al cabo de unos segundos, el sabio ordenó que lo izaran a bordo. Una vez en cubierta, el esclavo se tendió en un rincón en absoluto silencio. Cuando el Majarajá quiso saber a qué se debía semejante cambio de actitud, el consejero le dijo: «Los seres humanos nunca nos damos cuenta de lo afortunados que somos hasta que nuestra situación empeora.»
Un hombre cayó al río en pleno ataque epiléptico. Cuando volvió en sí, le sorprendió verse tendido en la orilla. El mismo ataque que le había arrojado al río le había salvado la vida, al alejar de él el miedo a morir ahogado.
Hace muchos años, hubo en China un enorme dragón que iba de aldea en aldea matando vacas, perros, gallinas y niños indiscriminadamente. De modo que los campesinos llamaron en su ayuda a un hechicero, el cual dijo: « Yo no puedo acabar con el dragón, porque, a pesar de ser mago, también yo tengo miedo. Pero me encargaré de encontrar al hombre capaz de hacerlo.» Dicho esto, él mismo se transformó en dragón y se puso en medio de un puente, de manera que quien no supiera que se trataba del hechicero no se atrevería a pasar. Pero un día llegó al puente un individuo que iba de viaje, pasó tranquilamente por encima del dragón y siguió caminando. El hechicero recobró al instante su aspecto humano y llamó a aquel hombre: «¡Regresa aquí, amigo! ¡Llevo semanas esperándote!»
El que ha alcanzado la iluminación sabe que el miedo está únicamente en la manera en que uno mira las cosas, no en las cosas mismas.
Un mercader de Bagdad mandó a su sirviente al bazar a hacer un recado, y el hombre regresó lívido y temblando de miedo. «Amo», le dijo al mercader, «estando en la plaza del mercado, tropecé con un extraño y, cuando le miré a la cara, descubrí que era la Muerte. Me hizo un gesto amenazador y desapareció. Ahora tengo miedo, y te pido, por favor, que me dejes un caballo para irme inmediatamente a Samarra y poner entre la Muerte y yo la mayor distancia posible». El mercader, preocupado por su sirviente, le dio su caballo más veloz, y el hombre subió a él y desapareció en un santiamén. Horas más tarde, el propio mercader se dio una vuelta por el bazar y vio a la Muerte entre la multitud. Entonces se acercó a ella y le dijo: «Esta mañana le hiciste un gesto amenazador a mi pobre sirviente. ¿Qué quisiste decir?» «No fue ningún gesto amenazador, señor», dijo la Muerte. «Fue un gesto de sorpresa por encontrarme con él en Bagdad.» «¿Y por qué no iba a estar en Bagdad, si es aquí donde vive?» «Bueno, yo había entendido que tenía que encontrarme con él esta noche en Samarra, ¿comprende?» La mayoría de las personas tienen tanto miedo a morir que, con tantos esfuerzos como hacen para evitar la muerte, se olvidan de vivir.
Hace mucho tiempo, había un rey en la India que tenía un elefante que se volvió loco. El animal iba de aldea en aldea destruyendo cuanto encontraba a su paso, y nadie se atrevía a hacerle frente, porque pertenecía al rey. Pero, un día, sucedió que un supuesto asceta se disponía a abandonar una aldea, a pesar de que todos sus habitantes le suplicaban que no lo hiciera, porque el elefante había sido visto en el camino y atacaba a todos los que pasaban por él. El hombre se alegró de la ocasión que se le ofrecía para demostrar su superior sabiduría, porque su guru acababa de enseñarle a ver a Rama en todas las cosas. «¡Oh, pobres e ignorantes locos!», les dijo. «¡No tenéis ni idea de las cosas espirituales! ¿Nunca os han dicho que debemos ver a Rama en todas las personas y en todas las cosas, y que todos los que lo hacen gozarán de la protección de Rama? ¡Dejadme ir! ¡Yo no tengo miedo al elefante!» La gente pensó que aquel hombre no tenía mucha más idea de lo espiritual que el elefante loco. Pero, como sabían que era inútil discutir con un santón, le dejaron ir. Y apenas había recorrido unos metros del camino, cuando se presentó el elefante y arremetió contra él, lo alzó del suelo por medio de su trompa y lo lanzó contra un árbol. El hombre se puso a dar alaridos de dolor. Afortunadamente para él, aparecieron en aquel crítico momento los soldados del rey, que capturaron al elefante antes de que pudiera acabar con el iluso asceta. Pasaron unos cuantos meses hasta que el hombre se encontró en condiciones de reanudar sus andanzas. Entonces se fue directamente a ver a su guru y le dijo: «Lo que me enseñaste era falso. Me dijiste que viera en todas las cosas la presencia de Rama. Pues bien, eso fue exactamente lo que hice… iy mira lo que me ocurrió!» y le dijo el guru: «¡Qué estúpido eres! ¿Por qué no viste a Rama en los habitantes de la aldea que te previnieron contra el elefante?»
Cuenta Plutarco que en cierta ocasión vio Alejandro Magno a Diógenes escudriñando atentamente un montón de huesos humanos. «¿Qué estás buscando?», preguntó Alejandro. «Algo que no logro encontrar», respondió el filósofo. «¿Y qué es?» «La diferencia entre los huesos de tu padre y los de tus esclavos.»
«¿Qué tiempo cree usted que vamos a tener hoy?», le preguntó un individuo a un pastor en el campo. «El tiempo que yo quiero», respondió el pastor. «¿Y cómo sabe usted que va a hacer el tiempo que usted quiere?» «Verá usted, señor: cuando descubrí que no siempre puedo tener lo que quiero, aprendí a querer siempre lo que tengo. Por eso estoy seguro de que va a hacer el tiempo que yo quiero.»
Una noche, le fue ordenado en sueños al rabino Isaac que acudiera a la lejana Praga y que, una vez allí, desenterrara un tesoro escondido debajo de un puente que conducía al palacio real. Isaac no se tomó el sueño en serio; pero, al repetirse éste cuatro o cinco veces, acabó decidiéndose a ir en busca del tesoro. Cuando llegó al puente, descubrió consternado que estaba día y noche fuertemente vigilado por los soldados. Todo lo que podía hacer era contemplar el puente a una cierta distancia. Pero, como acudía allá todas las mañanas, el capitán de la guardia se le acercó un día para averiguar el porqué. El rabino Isaac, a pesar de lo violento que le resultaba confiar su sueño a otra persona, le dijo al capitán toda la verdad, porque le agradó el buen carácter de aquel cristiano. El capitán soltó una enorme carcajada y le dijo: «¡Cielos! ¿Es usted un rabino y se toma los sueños tan en serio? ¡Si yo fuera tan estúpido como para hacer caso a mis sueños, ahora estaría dando vueltas por Polonia! Le contaré un sueño que tuve hace varias noches y que se ha repetido unas cuantas veces: una voz me dijo que fuera a Cracovia y buscara un tesoro en el rincón de la cocina de un tal Isaac, hijo de Ezequiel. ¿No cree usted que sería la mayor estupidez del mundo buscar en Cracovia a un hombre llamado Isaac y a otro llamado Ezequiel, cuando probablemente la mitad de la población masculina de Cracovia responde al nombre de Isaac, y la otra mitad al de Ezequiel? El rabino estaba atónito. Le dio las gracias al capitán por su consejo, regresó apresuradamente a su casa, cavó en el rincón de su cocina y encontró un tesoro tan abundante que le permitió vivir espléndidamente el resto de sus días.
Era la hora del almuerzo en la fábrica, y un trabajador abrió su tartera: «¡Oh, no!», exclamó. «¡Otra vez bocadillo de queso!» y lo mismo se repitió varios días. Entonces, un compañero que le había oído quejarse le dijo: «Si odias tanto los bocadillos de queso, ¿por qué no dices a tu mujer que te ponga otra cosa?» «Porque no estoy casado. Soy yo quien hace los bocadillos.»
John y Mary se dirigían a casa a altas horas de la noche. «Tengo un miedo espantoso, John», dijo Mary. «¿Y de qué tienes miedo?» «De que puedas intentar besarme.» «¿y cómo voy a besarte si llevo un cubo en cada mano y una gallina debajo de cada brazo?» «Tengo miedo de que puedas poner una gallina en el suelo debajo de cada cubo y luego me beses.
Dos hombres se hallaban dispuestos para librar un duelo a pistola, para lo cual se había despejado el centro del salón. Uno de ellos, un tipo diminuto y escuálido, era un tirador profesional; el otro, un sujeto enormemente fornido, se puso a protestar: «¡Un momento! ¡Esto no es justo, porque él tiene que apuntar a un blanco mayor que el mío!» Al otro se le ocurrió enseguida una idea. Volviéndose hacia el propietario del salón, le dijo: «Mande dibujar con tiza la silueta de un hombre de mi tamaño en el cuerpo de mi adversario. Cualquier bala que no entre dentro de la silueta no valdrá.»
Una fábrica de muebles envió la siguiente nota a uno de sus clientes: «Estimado Mr. Jones: ¿Qué pensarían sus vecinos si tuviéramos que enviar un camión a su casa de usted para recoger los muebles que aún no se ha dignado usted pagar?» Y la respuesta no tardó en llegar: «Muy señor mío: He hablado del asunto con mis vecinos para averiguar lo que pensaban. Y todos ellos opinan que sería un truco muy sucio, propio de una compañía mediocre y rastrera.»
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